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Nuestro propio Tratado de Versalles
Por Domingo
Schiavoni
Bucear en la historia y desentrañarla suele ser provechoso
y muy aleccionador. Conforme a la teoría de la circularidad concéntrica (que
no de la linealidad infinita), aplicada entre otros por Alwyn y Heidi
Toffler, se puede apreciar cómo las circunstancias se repiten en tiempos
diversos y reproducen realidades que los siglos parecieran haber sepultado
para siempre. Un caso realmente ejemplar es el del Tratado de Versalles, que
ahora tiene una clara versión nacional.

La Primera Guerra Mundial (1914-1918) fue una contienda
tremenda en todo el sentido de la palabra. Para tener una idea aproximada,
digamos que en la batalla de Verdún murieron 530.000 hombres y en la ofensiva
del Somme, las bajas superaron el millón. El saldo final de la Primera Gran
Guerra fue de 10 millones de muertos y 20 millones de heridos y mutilados en
el campo militar, sin contar las numerosas bajas civiles. Alemania, el país
vencido, sufrió la peor parte con 2 millones de muertos. Había movilizado un
ejército de 13 millones de hombres.
Las potencias vencedoras, lideradas por Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos
e Italia, se instalaron en Versalles en enero de 1919 para imponer sus
condiciones a los vencidos.
El territorio alemán fue desmembrado, de modo que Francia se apropió de
Alsacia, Lorena y la cuenca carbonífera del Sarre. A su vez, Austria fue
separada con la expresa prohibición de volver a formar parte de Alemania;
Polonia se quedó con Posnania y la Alta Silesia (Danzig pasó a llamarse desde
entonces Gdansk); y Dinamarca con el Schleswig septentrional. La región de
los sudetes pasó a formar parte de la ex Checoeslovaquia y las colonias
alemanas se repartieron entre Gran Bretaña, Francia, Japón y Bélgica. Por su
parte, Italia se apropió de Trieste, Istria, el Tirol sur y el Trentino-Alto
Adige.
Las fuerzas armadas alemanas fueron desmanteladas y de ese modo el ejército
sólo podía contar con 100.000 hombres, la Armada con 15.000 y se disolvía la
fuerza aérea. El servicio militar obligatorio fue suprimido. También se
disponía el desguace de la imponente maquinaria industrial alemana, principal
competidora de Inglaterra y Francia. Así, 60.000 toneladas de maquinaria de
las industrias Krupp fueron destruidas luego de Versalles. Los buques de la
Marina Mercante alemana fueron confiscados como pago de indemnizaciones, y
los aliados se apropiaron de 14.000 aviones alemanes. No se permitía a los
alemanes poseer tanques ni blindados de ningún tipo.
Se prohibía la fabricación de submarinos y de buques que superaran
determinado tonelaje, como asimismo la elaboración de material de guerra o de
uso militar. A su vez, la producción de carbón mineral y hierro pasaba a
estar bajo control de las potencias vencedoras. Esas onerosas condiciones se
conocieron como el Tratado de Versalles, que fue suscripto el 28 de Junio de
1919 por el gobierno socialista de la recién creada República de Weimar. Los
alemanes, por su parte, lo llamaron el Diktat de Versalles (Dictado de
Versalles). En un documento complementario, dado a luz en París en 1921, se imponía
a Alemania una deuda externa por indemnizaciones de guerra, que llegaba a los
132.000 marcos oro.
El Senado de los Estados Unidos rechazó ratificar el Tratado de Versalles.
Uno de los miembros de la delegación norteamericana dijo: “Esto no es un tratado
de paz. Puedo ver al menos once guerras en él”.
Al gobierno militarista del Kaiser Guillermo, le sucedió la democracia. En
Alemania se instalaron la miseria, el desempleo, la hiperinflació n, el
cierre de fuentes de trabajo, las cocinas de caridad, los dormitorios
colectivos para indigentes, las huelgas, los motines, las barricadas, la
violencia, las humillaciones públicas a los militares. Y una deuda externa
impagable.
El quiebre del principio de autoridad trajo el desorden y la decadencia moral.
Surgieron los cabarets con los primeros travestidos (por entonces llamados
“invertidos” en la jerga popular que nosotros heredamos), los prostíbulos de
homosexuales, la prostitución infantil, el tráfico de morfina y cocaína, el
arte decadente.
¿Porqué traer a la memoria aquel Tratado de Versalles? Porque existen
demasiadas analogías con la situación del país. Porque cuando se analizan los
graves problemas que sacuden a la Argentina, nadie o casi nadie llega al nudo
de la cuestión: estamos pagando el precio que nos imponen los vencedores de
la Guerra de Malvinas. Nos han dado el trato de país derrotado en una guerra,
librada contra la primera potencia naval de la OTAN en Europa: Gran Bretaña.
Potencia europea que tuvo el apoyo de otro país beneficiado con nuestra
derrota: Chile. Y que hizo base en la Isla Ascensión, y empleó los servicios
de información satelital de su aliado natural: los EEUU.
Veamos cuáles han sido los hechos que demuestran a las claras lo que
afirmamos. En el último tramo del gobierno de facto, Domingo Felipe Cavallo
abultó el endeudamiento externo público al sumarle la deuda de particulares
con entes extranjeros. El gobierno constitucional de Alfonsín legitimó la
medida, declarando a la totalidad de la deuda externa “de legítimo abono”, a
la vez que inició una campaña de repudio a la guerra de Malvinas, dando
comienzo a la “leyenda negra” que hoy subsiste.
El mismo gobierno socialdemócrata entregó a Chile el Canal de Beagle, con lo
cual el país entonces gobernado por Pinochet pasó a ser una potencia
bioceánica, controlando el estratégico paso entre el Atlántico y el Pacífico,
rompiendo la doctrina del derecho internacional que establece: “Argentina en
el Atlántico, Chile en el Pacífico”. Fue una compensación de guerra hacia el
aliado táctico que suministraba información a Gran Bretaña durante la Guerra.
Baste recordar el agradecido discurso de Margaret Thatcher a Pinochet “por
salvar tantas vidas de soldados ingleses”, o las recientes declaraciones del
general Mathei, ex comandante de la FACH (Fuerza Aérea Chilena). Los ingleses
reconocen que un solo día que el radar chileno no estuvo operable, la
aviación argentina hizo estragos entre la flota agresora.
También llegó la vertiginosa devaluación de la moneda en varios ceros, la
inflación y la hiperinflació n. Los ajustes e impuestazos. Como en Alemania
luego de Versalles. Muchos militares argentinos fueron a dar al banquillo de
los acusados por la derrota de Malvinas. Otros fueron justamente a la cárcel
por las atrocidades que cometieron en lo que equívocamente se llamó “guerra
antisubversiva” , cuando en realidad fue una política de exterminio de la
disidencia nacional, que intentaba salvar las esencialidades de la Patria. En
un caso con justicia y en el otro con extrema arbitrariedad, el resultado
concreto fue la “desmilitarizació n” de la Argentina”, no sólo condenando a
los execrables sicarios de la dictadura sino también a los militares
patriotas y nacionales.
El gobierno que sucedió al de Alfonsín entregó a empresas o países extranjeros
el petróleo, el gas, el carbón, los teléfonos, la energía eléctrica, el
acero, la línea aérea de bandera con todas sus rutas, y los servicios de
cloacas y agua potable. La vasta red ferrovial, que vertebraba la dilatada
extensión del territorio nacional, fue suprimida. Los puertos, aeropuertos,
rutas y autopistas fueron “privatizados” . Había que “vaciar” literalmente a
la Argentina.
Se suprimió el servicio militar obligatorio, por un caso lastimoso pero al
fin de cuentas excepcional, se cerraron astilleros navales, fabricaciones
militares y fábricas de aviones de la Fuerza Aérea. Se desmanteló la fábrica
del misil de largo alcance Cóndor (por orden de Estados Unidos), la Fábrica
del Tanque Argentino Mediano (TAM) y la CONEA (Comisión Nacional de Energía
Nuclear) que había logrado un desarrollo admirable bajo la dirección del
almirante Castro Madero. Las FF.AA. fueron reducidas a su mínima expresión,
con un presupuesto insuficiente, cerrándose cuarteles a la vez que se
disolvían batallones y regimientos. Se eliminaron las hipótesis de conflicto.
Había que “desarmar” a la Argentina.
La industria nacional cayó ante la avalancha de productos importados
subsidiados o ingresados por una aduana paralela, que inundaron el mercado.
Comercios, fábricas y empresas de todo tipo fueron a la quiebra. La deuda
externa creció en proporciones geométricas, alcanzando niveles descomunales,
en paralelo con la corrupción y el descrédito de la clase política. Había que
“empobrecer” a la Patria.
Las semejanzas no terminan acá, ya que también se dieron similares resultados
a partir de “nuestro” Tratado de Versalles. La legión de desocupados incluyó
a millones de argentinos, la mitad de la población quedó sumergida bajo la
línea de pobreza y la miseria pobló las villas suburbanas. Las fábricas no se
reabrieron y sus trabajadores se convirtieron en piqueteros que viven de la
asistencia social, que lleva inevitablemente al clientelismo, ahora y en
otros tiempos también. La otrora orgullosa Argentina se convirtió en un país
de mendigos, pululando por las calles y hurgando entre los residuos para
comer.
Lo dijo ayer con energía monseñor Jorge Casaretto: “Cada vez hay más chicos
que duermen en la calle”. Y no se cayó la boca para denunciar la falta de
calidad institucional, si tanto el gobierno como una oposición vengativa la
están destrozando. Si hubiera calidad institucional, si hubiera conciliación
nacional, si hubiera respeto entre los que mandan y los que se oponen, si se
pudiera dialogar en este país al borde del abismo, tal vez sería más fácil
tratar el tema de la pobreza.
¡Ni qué hablar de las consecuencias morales! La corrupción de las costumbres,
el auge de la droga, la perversión sexual y la inseguridad son hoy moneda
corriente en el país. El gobierno sobreestima sus avances y progresos. La
oposición los minimiza y comienza a caer en prácticas estalinistas, como la
que aplicó ayer al humillar groseramente a Mercedes Marcó del Pont. Usó la
censura que la presidenta dice que imponen los obispos. Los nuevos mandamases
del Senado no la dejaron ni hablar.
Hoy anarquizada, sin futuro con esperanza, con enfrentamientos atroces, la
Patria se desangra en el desencuentro. Clamamos por una voz que imponga
cordura y serene las conciencias. Ojalá estuviera aquí de nuevo Juan el Bautista
para enrrostrarnos a todos nuestros pecados, porque todos los tenemos, y
exigirnos contrición y conversión hacia las virtudes que jamás debimos
perder.
Éste es el horroroso resultado del Diktat de Versalles impuesto a nuestro
país luego de Malvinas. Así nos ve el mundo. Así nos ven todos, menos
nosotros mismos. Entenderlo de una buena vez será empezar a descubrir las
verdaderas causas de nuestros males. Algo de lo que no se quiere hablar...,
aunque el maestro Cicerón haya dicho, hace ya demasiados siglos, que “la
historia es la maestra de la vida”.
Fe de erratas
El autor de esta nota desea aclarar que la nota publicada
ayer en este mismo espacio, bajo el link http://www.diariopa norama.com/
diario/noticias/ 2010/03/11/ a-59112.html, en realidad pertenece al Diario El
Malvinense, que la publicó el año pasado bajo el link http://www.malvinen
se.com.ar/ snacional/ . htm, y pertenece al director de dicha publicación,
señor Patricio Mendiondo. Lamentablemente dicha nota me fue enviada por la
lista de correos del Movimiento El Cóndor Nacional, que dirige el
vicecomodoro Horacio Ricciardelli (héroe de Malvinas), a quien solicitamos la
pertinente autorización para reproducirla, no en su integridad y con algunos
agregados propios. En dicho despacho no constaban ni su original autoría ni
su copyright y la petición fue acordada favorablemente y sin más trámite. En
consecuencia, deseo por este medio efectuar las aclaraciones pertinentes y
pedir al señor Mendiondo las excusas del caso, efectuando una clara rectificación
al respecto. En modo alguno existió de nuestra parte la intención de una
apropiación menoscabatoria de la autoría intelectual de dicha pieza
periodística. La dirección web de la publicación de referencia es
http://www.malvinen se.com.ar.
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