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Discurso Contralmirante (R) Carlos Büsser, acto 25º aniversario, 2 de abril 2007, Cenotafio
Hace veinticinco años, a esta hora, la bandera argentina ondeaba en todos los mástiles
de Puerto Argentino. La recuperación de las islas era un hecho consumado. El
gobernador británico y las fuerzas militares que lo respaldaban se habían
rendido y estaban en pleno proceso de ser evacuados para su entrega a la
Embajadora de Gran Bretaña en Montevideo. Se había cumplido rigurosamente la
condición impuesta por el gobierno argentino de no causar ningún daño ni bajas
a los habitantes y soldados británicos ni a las instalaciones de las islas. El
precio pagado por la Argentina era la vida del Capitán Giachino y las graves
heridas sufridas por el Cabo Enfermero Urbina y el Teniente García Quiroga. La
acción decidida y enérgica del grupo al que pertenecían había forzado la
decisión de rendirse del gobernador británico. Debe afirmarse con
absoluta seguridad que fue Giachino con su agresiva acción, arrastrando a sus
hombres hasta la propia casa del Gobernador británico el que provocó su
rendición, al someterlo a la presión directa del fuego de sus armas, que
tiraban a la parte superior de la ventana de su propio despacho con el
propósito de quebrar su voluntad de resistir, pero tomando precauciones para no
herir a nadie. Tuvo éxito y logró que el Gobernador pidiera parlamentar. Cuando
yo concurrí a ese lugar, su voluntad estaba quebrada y no necesité ningún
esfuerzo para lograr su rendición. En ese momento Giachino yacía herido y
moribundo. Gracias a su acción habíamos conseguido que la rendición fuera
temprana y antes de que se produjera un combate generalizado que ocasionaría
muchas bajas. Con su sacrificio Giachino salvó las vidas de muchos de los que
estábamos en ese lugar. Al morir, nacía un héroe. Es una lástima que los
argentinos no hayamos reconocido todavía en toda su magnitud el mensaje de
valor y de entereza que nos legó, recordándolo sólo por ser el primer caído en
el conflicto de 1982, en lugar de incorporar el ejemplo que nos dejó, como un
verdadero valor moral de conocimiento generalizado. Esta es una deuda que todos
nosotros tenemos con nosotros mismos.
La característica
básica de la operación de recuperación de las islas fue la hidalguía con que se
comportaron todos los integrantes de las fuerzas argentinas respecto a los
soldados y pobladores británicos, característica que subsistió durante todo el
período que se prolongó hasta el 14 de junio.
El 2 de abril e 1982 cesó
la usurpación británica iniciada en 1833. Las islas Malvinas volvían al seno de
la Patria y el 3 de abril ocurría lo mismo con el archipiélago de Georgias del
Sur, donde caían el Cabo Guanca y los conscriptos Aguila y Almonacid, también
sin que se causaran bajas a los británicos.
Tan pronto las islas
estuvieron aseguradas, la Fuerza de Desembarco regresó al continente,
permaneciendo en las islas sólo una reducida guarnición militar argentina.
La población argentina
reaccionaba fervorosa y entusiastamente mostrando en las calles y plazas de
toda la República su alegría por la acción realizada. Y la dirigencia argentina
manifestaba su adhesión a lo hecho por el gobierno argentino.
Pero en Londres, el mismo
3 de abril, se anunciaba que se enviaría una fuerza de tarea que incluía una
Brigada de las mejores tropas británicas, con el propósito de reponer las islas
bajo el control del Reino Unido, lo que con tales fuerzas hubieran logrado sin
mayores problemas ni demoras. Ante esas informaciones, nuestro gobierno decidió
enviar a las islas una Brigada de infantería que obligara a Londres a reforzar
los efectivos que estaban anunciados, con lo que le provocaría demoras que
darían mayor tiempo para negociar. Los británicos doblaron su apuesta,
destacando una segunda Brigada, lo que a su vez fue respondido en forma
equivalente por Buenos Aires, con la misma intención de lograr más tiempo para
negociar. Era evidente que Gran Bretaña buscaba provocar un enfrentamiento
militar, amparada en el apoyo de toda índole que a esa altura ya le brindaban
los Estados Unidos.
El período de mediación
del Secretario de Estado de los Estados Unidos sirvió para que Gran Bretaña
acercara su fuerza de tarea al Atlántico Sur, simulando una negociación que
siempre trabó poniendo una exigencia inaceptable: el reconocimiento del derecho
de los habitantes de las islas a hacer valer sus deseos en la solución de
descolonización a que instaba la Asamblea General de la ONU. Hoy sabemos que
desde el primer día de su gestión, el General Haig había manifestado a la
señora Thatcher que los Estados Unidos apoyarían a Gran Bretaña, a la vez que
se le entregaba toda clase de abastecimientos, armamentos e información
mientras presionaba al gobierno argentino para que aceptara las imposiciones
británicas. De modo que su aparente intento mediador fue nada más que una
pantalla para encubrir la violación británica de la Resolución de las Naciones
Unidas que ordenaban el cese inmediato de las hostilidades, teniendo en cuenta
que para esa organización, el desplazar fuerzas con la intención expresa de
ejecutar hostilidades, es un acto de hostilidad. A fines de abril Gran Bretaña
había colocado su fuerza en el teatro de operaciones, y repito, violando con
ese desplazamiento el mandato de las Naciones Unidas de no ejecutar actos de
hostilidad. Y Haig hizo durar su gestión hasta que el Reino Unido estuvo listo
a atacar. Fue entonces cuando dio por finalizada su tarea.
Hasta ese momento nadie
hablaba de una guerra por las Malvinas, porque la acción del 2 de abril había
sido tan controlada para no causar daños que no era considerada como una acción
de guerra. Si no hubiera habido un ataque británico posterior, nadie hubiera
dicho que el solo acto del 2 de abril fue una guerra. Pero los ataques que se
desarrollaron desde los últimos días de abril en las Georgias, y
fundamentalmente los bombardeos a Puerto Argentino del 1° de mayo, nos
mostraron la evidencia de que estábamos en guerra con Gran Bretaña apoyada por
los Estados Unidos.
Cuando pareció que la
gestión mediadora del Presidente del Perú podría conducir a una esperanza
de paz, Gran Bretaña decidió hundir a nuestro portaaviones en cualquier lugar
del océano donde se encontrara, para lo que destacó un submarino nuclear con
esa misión. Al fallar éste en el intento de localizarlo, la señora Thatcher
ordenó el hundimiento del Belgrano el 2 de mayo. Y así se frustró la mediación
peruana. El posterior intento del Secretario General de las Naciones Unidas,
Pérez de Cuéllar, fue sólo otra simulación británica de negociación. Tan pronto
las tropas británicas llegaron al teatro de operaciones, el 21 de mayo comenzó
su desembarco en las playas de San Carlos. A partir de ese hecho el
enfrentamiento militar terrestre tenía fecha cierta.
Y la Argentina confirmaba
su decisión de defender las islas que había recuperado el 2 de abril. Que el
enemigo sería superior en medios ya se sabía. Pero los pueblos van a la guerra
en dos circunstancias determinadas: cuando están seguros de ganar o cuando son
atacados. La Argentina fue atacada en las Malvinas por Gran Bretaña, que estaba
segura de ganar, y por esa razón hubo guerra. Porque nos defendimos. Cada vez
que alguien manifiesta que no debimos luchar porque el enemigo era superior,
hay que recordarle las muchas veces que en nuestra historia hemos luchado
contra un enemigo superior, varias veces británicos, y que en oportunidades
hemos resultado victoriosos y en otras hemos perdido, pero donde nunca
mostramos la cobardía que hoy se propugna como que pudiera haber sido una
salida salvadora.
Producido el ataque
británico y la resolución argentina de defender la integridad de nuestro
territorio, comenzaron las acciones militares en proximidades del archipiélago
y poco después, dentro del mismo. Creo firmemente que la decisión de defender
las islas contra ese enemigo que se sabía era superior, es una de las
circunstancias más trascendentes de nuestros últimos años del siglo XX. Pudimos
retroceder y no combatir amparándonos en el argumento de que el enemigo era
superior. Y hoy, veinticinco años después, estaríamos tratando de justificar
ante el mundo nuestra propia cobardía. Luchamos porque fuimos atacados. Nos
defendimos duramente y en su momento el mundo reconoció nuestro valor como
nación, aunque los medios de comunicación no mostraran en toda su integridad
ese sentimiento. La prueba de ese reconocimiento a nuestra lucha lo dio el voto
de los Estados Unidos en la Asamblea General de las Naciones Unidas a fines de
1982, cuando todavía Gran Bretaña no había terminado de ejecutar todas sus
operaciones militares, apoyando la Resolución que instaba a los dos países en
pugna a negociar la cuestión pendiente de soberanía. Fue la primera vez que
Estados Unidos votaba a favor de una resolución de esas características
poniéndose del lado de la Argentina , y lo siguió haciendo hasta que el
gobierno argentino dejó de presentar el proyecto respectivo en 1989. Todos esos
reconocimientos se originaron en una misma y sola cosa: peleamos con dureza y
con valor por lo que creíamos que era nuestro.
Y en esos días se pusieron de manifiesto numerosos actos de valor y de
excepcional profesionalidad. Nuestros aviadores fueron una imprevista pesadilla
para la flota británica, que jamás había sufrido tantas bajas en un período tan
reducido. Eran los mismos aviadores que burlaban repetidamente el bloqueo
británico llevando elementos imprescindibles a las islas cada vez que era
necesario. En el mar se vio a un Capitán Gómez Roca buscando un piloto que
había sido derribado el día anterior, entrando en la zona dominada por la flota
británica y entregando su vida mientras trataba de encontrarlo. La eficiencia
de la tripulación del Belgrano durante la evacuación del buque, y la abnegación
y el coraje de los que fueron a rescatarlos, permitió que se salvaran muchas
vidas valiosas. La entrega de nuestros soldados durante la lucha terrestre fue
reconocida por un enemigo que no es generoso en el elogio.
Recordemos algo más de los hombres que combatieron en la guerra por las Malvinas,
las Georgias y las Sándwich del Sur. La mayoría, como es normal, fueron
militares, incluyendo en ellos a los soldados conscriptos que estaban
incorporados en ese año, Y a su lado estuvieron presentes hombres de las
fuerzas de seguridad y policiales que evidenciaron en muchos casos su valor, su
entrega y su entereza. Pero hubo otros hombres, muchos, que siendo civiles,
pero sabiéndose argentinos que tenían la obligación constitucional de armarse
en defensa de su Patria, acudieron voluntariamente a prestar servicios en
buques mercantes y pesqueros, en aviones y en otras actividades que contribuían
al esfuerzo defensivo argentino. Todos ellos conformaron las fuerzas
argentinas. Todos ellos arriesgaron sus vidas para defender la integridad del
territorio nacional. Concurrieron al teatro de operaciones sin pedir nada a
cambio. No pusieron condiciones. No hicieron reclamos. Sólo ofrecieron sus
vidas y su entrega de cada día. Y al volver no se quejaron por no haber sido
recibidos como los héroes que eran, ni reclaman dádivas o favores, sino que han
mantenido un comportamiento de ejemplar y altiva dignidad.
Y el enfrentamiento
militar de 1982 se perdió. La guarnición argentina no pudo resistir el ataque
británico y debió rendirse el 14 de junio. En esa oportunidad se presentó un
hecho que debe destacarse siempre. Se rindió la guarnición militar de las
islas, pero no se rindió la Argentina. Los británicos no le pudieron arrancar a
la Argentina ninguna concesión como consecuencia de su victoria militar en las
islas El gobierno argentino no firmó ningún documento de rendición, ni hizo
ninguna concesión al británico. Se mantuvo firme en su posición de que el
conflicto no había finalizado, no reconoció que hubieran cesado las
hostilidades y eso obligó a Gran Bretaña a mantener durante mucho tiempo su
esfuerzo defensivo en las islas con los costos y los problemas consiguientes.
No perdimos una guerra. Perdimos la batalla por la defensa de las islas. La
victoria militar británica fue tan mezquina, tan corta, tan marginal, que Gran
Bretaña no nos pudo arrancar una sola concesión ni obtener una sola ventaja.
Quedaron con la posesión de las islas que todavía hoy están en disputa y la
Argentina siguió desde el mismo 14 de junio, reclamando lo que había reclamado
desde 1833 hasta el 1° de abril de 1982.
Muchas veces un enemigo
superior puede ser vencido por el que se encuentra en una aparente
inferioridad. Cuando los pueblos son atacados como lo fue la Argentina en 1982,
sólo les quedan dos posibles caminos: o pelean hasta donde pueden, o se
entregan a la voluntad de su enemigo sin intentar defenderse. Cuando pelean
bravamente por lo suyo, esos pueblos son respetados por otros pueblos que
rápidamente comprenden y reconocen su esfuerzo y su sacrificio. Cuando los
pueblos no luchan por lo suyo son rápidamente despreciados y pierden el respeto
de sus pares, situación que tiene importantes consecuencias, porque a partir de
ese momento todos saben que les podrán disputar o exigir cualquier elemento o
ventaja, porque siempre serán proclive a ceder frente al que vean decidido o
exigente.
Las guerras a veces se
ganan y otras veces se pierden. Pero lo que un estado nacional no tiene derecho
a hacer es a perder su propia posguerra, aunque en ella el enemigo nos aplique su
superioridad o mayor experiencia en diferente aspectos. Tenemos el ejemplo
admirable de países, vencidos o vencedores, que fueron devastados por las
guerras y que se levantaron después del conflicto reconstruyendo sus
estructuras, sus economías, sus culturas fundados en su propia fortaleza y en
la clara comprensión que sus dirigentes tenían de sus respectivos intereses
nacionales. Nosotros estamos mostrando que el odio insensato que se aloja en el
corazón de algunos argentinos, unido al oportunismo perverso de otros, ha
regido sus conductas desde el fin de los enfrentamientos militares de 1982, lo
que afecta la buena solución de nuestra reivindicación territorial.
La usurpación británica
que hoy impera en las islas se debe a una nueva usurpación, producto de un
nuevo acto de fuerza y de una nueva violación del derecho internacional.
Cometen un grosero error aquellos que afirman que los británicos usurpan
las islas desde 1833. La de hoy es una nueva usurpación, cometida por el mismo
usurpador, en junio de 1982.
Ayer domingo hemos leído
ediciones de los dos periódicos de mayor tiraje de la Argentina con numerosos
artículos donde se ve un renovado esfuerzo desmalvinizador. Todo el esfuerzo
argentino parece que estuvo mal. Todos los propósitos argentinos parecen haber
tenido una motivación espuria. Pero esas lecturas nos deben alegrar y
motivar. Si se las interpreta bien, ellas nos están indicando que no hemos sido
suficientemente desmalvinizados, que el esfuerzo desmalvinizador que nuestro
enemigo lleva a cabo desde 1982 no tiene el éxito deseado, y que es necesario
retomarlo. Por eso es ese reverdecer de la desmalvinización.
Este aniversario nos obliga a reconsiderar todos los errores que hemos cometido a lo largo de los años que corrieron desde 1982 hasta hoy, y los que todavía hoy cometemos. Debemos seguir demostrando al usurpador que nunca lo dejaremos disfrutar tranquilo de su usurpación. Que nunca podrá bajar la guardia, porque tan pronto como lo haga estaremos dispuestos a una nueva recuperación de las islas, por los medios que en ese momento sean los más apropiados.