Hitler Ganó la Guerra

Por Waler Graziano

 

 

 

 

Palabras finales

 

Capítulo 8 - La Bomba de Tiempo de Wall Street

 

Quien controle el pasado, controla el futuro. Quien controle

el presente, controla el pasado.

George Orwell en 1984.

 

Supongo que el lector puede estar, en este punto, con un cierto desasosiego. Sin embargo, sugiero no desesperar, ni pensar que el cuadro de situación descrito a lo largo de esta obra no

tiene remedio. Aunque pueda ser cierto que algún mal dure cien años, es improbable que dure doscientos.

 

Ocurre que el sutil andamiaje de dominio que la élite contribuyó a generar y perfeccionar a través de mucho tiempo dista de ser un mecanismo inexpugnable. El mismo se basa, sobre todo, en la forma en que los negocios se realizan en Wall Street y el mundo financiero en general. Y como muchos hechos recientes lo demuestran, Wall Street está lejos, muy lejos, de proporcionar sueños tranquilizadores para la élite.

 

Es necesario explicar esto. El esquema de dominio se basa principalmente en poder dominar un extenso abanico de negocios (petróleo, armas, laboratorios, educación, información, banca,

etc.) en una vasta gama de países del mundo. Para controlar esos negocios estratégicamente centrales, fue necesario, entre otras cosas, idear e implementar mecanismos financieros por medio de los cuales un reducido grupo de personas puede controlar la política empresarial de una gran cantidad de firmas de esos sectores. Un muy reducido grupo de personas maneja entonces esos sectores. Pero lo hace administrando el dinero de otras muchísimas —millones y millones— de personas que han invertido sus ahorros en los mercados financieros. El mecanismo ha funcionado aceptablemente bien en tanto y en cuanto los mercados han respondido favorablemente: o sea, subiendo.

 

Pero el mecanismo entra en contradicción interna apenas los mercados, lejos de subir, bajan. A inicios de este milenio, el escándalo de Enron y otras tantas mega empresas bastan como una simple muestra de cómo el control puede escapar fácilmente de las manos de los pocos que lo detentan. Ocurre que cuando los mercados bajan muchas empresas que no fueron manejadas de manera pulcra ven cortado su acceso a más endeudamiento, al mismo tiempo que les resulta poco menos que imposible hacerse de más capital mediante colocación de acciones en los mercados. Cuando ese momento llega, ya no hay margen de acción para administrar las empresas, y por lo tanto el poder, a piacere.

 

Como bien reza el refrán popular, "la necesidad tiene cara de hereje". Y en momentos de necesidad, los "pactos", secretos o no, entre empresas y entre empresarios no pueden sobrevivir mucho tiempo. Aun cuando al momento de escribir esto, en septiembre de 2003, todavía no han acontecido episodios de una gravedad que puedan hacer pronosticar un final cierto para los mecanismos globalizadores que han esclavizado a una enorme cantidad de personas en una vasta cantidad de países, algunos episodios pronostican, desde hace algunos años, que se avecinan problemas poco menos que insolubles para la élite.

 

Y no sólo el escándalo de la Enron, que motivó la sorprendente ley Sarbanes-Oxley, tras la cual los directores de empresas deben jurar que los balances de las mismas son correctos. Un balance es un balance. ¿Por qué hay que creer en juramentos, si no se puede creer en un balance? Con mecanismos artificiales como éstos se logró en 2002 evitar una crisis bursátil en Wall Street de proporciones como hace más de medio siglo no se veía.

 

Pero los espejismos, y menos cuando se trata de dinero, no duran para siempre.

 

Las contradicciones han invadido también en forma muy palpable terrenos en los que antes eran no sólo infrecuentes sino casi inconcebibles. Sin ir más lejos, cuando George Bush hijo declaró la guerra a Irak, tuvo que bajar los impuestos a los dividendos accionarios a la mitad, a fin de evitar un pánico en WallStreet. Se trata de la primera vez en la historia que un presidente norteamericano debe bajar impuestos al mismo momento en que inicia una guerra. Todo un contrasentido. Mayor aún si se tiene en cuenta que la situación fiscal en EE.UU. ya era claramente deficitaria a inicios de 2003.

 

Las contradicciones alcanzan niveles incluso sorprendentes cuando EE.UU. solicita, periódicamente, incluso en reuniones del FMI o del G7, una mayor valoración de las monedas de los países asiáticos. Es comprensible que EE.UU. intente reducir el abultado déficit de balanza de pagos que posee. Es una espada de Damocles siempre pendiente para el dólar y la economía de EE.UU. Sin embargo, vale recordar que si las cosas no se han descarrilado por completo en la economía norteamericana, ha sido gracias a que países como Japón y China, principalmente, han comprado grandes cantidades de títulos de deuda de EE.UU. con el producto de sus superávit comerciales con el Tío Sam. Vale entonces recordar el viejo refrán: "Sólo hay algo peor a que tus deseos no se cumplan: que logres que se cumplan".

 

Aliviar la situación de balanza de pagos de EE.UU. implicaría la necesidad de dejar sin financiamiento no sólo a su Estado, sino también a muchas de las principales empresas norteamericanas. Las contradicciones, como se ve, están a la orden del día, y son cada vez más perceptibles a simple vista. Y no se trata de contradicciones secundarias: sino en la propia base del sistema económico norteamericano, ideado casi a la medida de la élite empresarial anglonorteamericana. Sí estas contradicciones no se solucionan, será harto dificultoso evitar una crisis medular. El grave inconveniente es que los problemas tienen solución. Las contradicciones no. Tienen otro tipo de salida...

 

No es difícil imaginar entonces, a raíz de los problemas económicos y financieros que se van acumulando a ritmo cada vez más veloz, el comienzo de la era de la desglobalización. Probablemente se trate de un mundo en el que, al empuje de recesiones económicas, los países intenten exportar unos a otros, renazcan barreras comerciales, regulaciones y controles al movimiento de divisas y capitales. Como se ve, algo bastante alejado del Nuevo Orden Mundial deseado por la élite. Obviamente, a ese punto no se llega por un camino de éxitos económicos sino de fracasos. Por necesidad pura. Pero ello ha sido motivado por el persistente error —tremendo error— de persistir en la senda de la globalización, cuando hace años ya ha comenzado a brindar amargos frutos de empobrecimiento general, desempleo y excesos empresariales y financieros de todo tipo.

 

Valdría la comparación con los muchos planes de estabilización en una variada gama de países. Durante un cierto tiempo ellos brindan éxitos económicos. Cuando se insistió en prolongar su existencia, sólo se logró caer en crisis económicas y sociales mucho más profundas que las que había antes de su implementación. Y era esperable. Ningún país —y mucho menos el mundo en su conjunto— funciona en un solo sentido todo el tiempo. Si seguimos esta línea de pensamiento, es fácil comprender que más tarde o más temprano, la élite ha perdido la partida. La ha perdido de antemano, paradójicamente por aplicar al exceso los mecanismos financieros aún imperantes en Wall Street. Es como si un malabarista, de tanto practicar sus trucos, y conocerlos cada vez mejor, decide incrementar cada vez más la cantidad de palotes que usa en su ejercicio. Y para peor, cada vez a mayor ritmo. El juego no puede durar para siempre. El riesgo es cada vez mayor, y llega un momento en que el juego no puede ser dominado por el malabarista, que se transforma de fácil dominante de su juego en esclavo de él. Algo por el estilo parece que ha comenzado a ocurrir hace ya algunos años Sin embargo, sólo unos pocos analistas, en relación con el típico "coro" de voces que únicamente pronostican las crisis cuando ellas ya están ocurriendo, han percibido que la situación económica y financiera internacional se ha vuelto, silenciosamente, alarmante.

 

Si además introducimos el muy grave problema energético que señalamos en la primera parte de esta obra, que explica el afán de invadir Irak contra viento y marea, y que se silencia habitualmente por temor a fuertes presiones sociales para acelerar cambios tecnológicos y acabar cuanto antes con los hidrocarburos fósiles (lo que significaría un muy rudo golpe al poder de la élite), resulta obvio que la crisis no sólo no parece ser evitable, sino que los tiempos pueden estar mucho más cercanos de lo que las transitorias bonanzas en los mercados pueden augurar.

 

Obviamente los cambios no se van a producir sin costos. Éstos hoy no pueden evaluarse Sólo puede pensarse que muy probablemente serán superiores a los alguna vez vividos por las actuales generaciones. Puede que esto no guste, pero la alternativa sería nada menos que la profundización de la globalización a niveles tan dis-placenteros para las mayorías populares que... De todas maneras, no hace falta pensar en ello. La probabilidad parece tan pequeña, que hasta puede que sea imposible. Claro que la consecuencia más lamentable de todo esto es cuántos miles, millones de personas quedan mientras tanto en el camino. A merced de la indigencia, la pobreza, el embrutecimiento y la muerte.

 

Puede resultar paradójico. Pero todo indica que la estocada mortal al poder de la élite la dará, en algún momento aún incierto del tiempo, el propio dios moderno creado por ella misma. Un dios hecho a medida de las grandes masas, pero en el que los propios integrantes de la élite descreen en su afán cada día más oligopolista. Como en Dr. Frankenstein, la élite ha contribuido a desarrollar al extremo un ser que se apresta a volverse en contra de su propio creador y merendárselo. Ese dios no es otro que el mercado. Quizá, ni Mary Shelley lo hubiera pensado mejor.

 

A propósito, a veces la propia realidad nos sorprende y parece proporcionar datos paradójicos o premonitorios. Por ejemplo, pocos parecen haber reparado en que si se recorre WallStreet, en el downtown Manhattan, en el mismo sentido del sol, o sea de este a oeste, finaliza en un muy extraño lugar; sobre todo resulta extraño por tratarse del centro financiero del mundo. Wall Street no termina en el agujero que dejaron las Torres Gemelas en su caída precipitada luego de que antes de las nueve de la mañana del 11 de septiembre de 2001 comenzara una de las peores tragedias para los más de dos mil operarios, ascensoristas, porteros, mozos, empleados de baja jerarquía y jefes intermedios que se hallan en sus puestos de trabajo a esa

hora en Nueva York.

 

Triste ironía, pero si Osama Bin Laden tuvo mucho o poco que ver con los atentados, no mató precisamente a altos ejecutivos ni millonarios como él, ni a dueños de empresas, que a la hora en que impactó el primer avión no suelen, casi nunca, estar trabajando en oficinas, sino a pobres asalariados. No, Wall Street no termina allí en ese agujero, aun cuando mucha gente suele responder eso, casi automáticamente, cuando se le pregunta.

 

Muchas veces ni los propios neoyorquinos en su apuro por caminar el centro financiero del mundo, en el que se hacen y deshacen fortunas en minutos, preocupados sólo por el dinero y el poder, reparan que Wall Street termina en el pequeño y lúgubre cementerio colonial de Saint Paul, al lado de una ruinosa, oscura y casi siempre cerrada o vacía iglesia. Allí, en ese cementerio muy anterior a la globalización y al mundo de las finanzas, bajo unas descuidadas y viejas lápidas cuyos nombres y fechas ya ni se leen, debido al paso del tiempo, yacen los únicos restos, las únicas "calaveras y huesos" que hoy descansan en paz en el downtown Manhattan.

 

WALTER GUSTAVO GRAZIANO

Buenos Aires,

24 de septiembre de 2003

 

Agradecimientos

 

Un libro es siempre la combinación de al menos dos factores claves: el esfuerzo del autor, y la inteligencia y rapidez de la casa editorial. En este caso, Sudamericana. Es por ello que deseo agradecer en primer lugar a los directivos, miembros del staff y personal de la editorial que han elegido, permitido y agilizado la publicación de esta obra. Este trabajo no hubiera sido posible sin una metodología de trabajo clara, precisa, inteligente y muy rápida. Agradezco por

ello en primer lugar a Jorge Menéndez, sin cuya valiosa colaboración hubiera carecido de ella, por lo que la tarea me hubiera resultado mucho más larga, sinuosa y difícil. El tiempo y el esfuerzo que me ha ahorrado la posibilidad del acceso a una excelente metodología de trabajo me resultan invalorables.

 

Sin las sugerencias acerca del mundo editorial que me aportó Silvia Hopenhayn, me hubiera resultado muy dificultoso publicar esta obra en una excelente editorial y con suma rapidez. Por

ello, mi gran agradecimiento. El trabajo ágil, rápido, inteligente, de Paula Velásquez fue crucial para la muy veloz —casi contra reloj— elaboración del texto final de esta obra, una vez que la investigación de dos años había concluido su fase primordial. Muchas gracias, Paula.

 

En mí mismo "campo de batalla" han estado, colaborando conmigo codo a codo, Alicia Nieva y Romina Scheuschner. Es difícil explicar el grado de efectividad de su trabajo. Sobre todo cuando se trata de tomar contacto con información complicada, a veces muy angustiante, que suele operar como una descarga de cables eléctricos de alta tensión.

 

Muchísimas gracias también a Camila Cásale, Julieta Galera, Luciana Cotton, Julia Hoppstock y Pamela Cavanagh, quienes aportaron muy valiosos datos, análisis e informaciones en todo el inicio de esta investigación. Su trabajo ha servido mucho para el desarrollo de toda la obra.

 

Finalmente, gracias "Tato", Aquel "raro dato aislado" que tenías, y que un día, hace un par de años, me comentaste, resultó ser correcto y abrió la pista y los caminos de algunos de los arduos temas en los que fue necesario meterse para entender lo que ocurre.

 

índice

-Prólogo

-1.NASH: LA PUNTA DEL OVILLO

-2.EL PROBLEMA DEL PETRÓLEO

-Haciendo un poco de historia

-Energía y Poder

-Muy cerca del techo

-Mirando para otro lado

-¿Un Mundo Feliz?

3. 11 DE SEPTIEMBRE Y EL MITO DE LAS GUERRAS JUSTIFICADAS

-Treinta Dineros

-Osama en la era de Clinton

-En el Nombre del Padre de Bush

-George de Arabia

4. LA DINASTÍA BUSH, CLINTON Y CIA

-Poppy

-Prescott ("Gampy"), el Socio de Hitler

-Clinton, el socio del silencio

-Billy the Kid

5. EL GOBIERNO DEL MUNDO: EL CFR

-El Poder en el Mundo: El enigmático CFR

-Bilderberg y la Comisión Trilateral

-El Rol de los Intelectuales

-El Nuevo Orden Mundial

6. MECANISMOS DE CONTROL

-La CIA y el FBI

-La guerra de Víetnam

-La CIA y el Vaticano

-La CIA en las Universidades

-Los Organismos Internacionales

7. PODER Y SOCIEDADES SECRETAS

-La Orden

-Nociones de Hegel

-El Origen de La Orden

-Thule Gessellschaft

-Palabras finales

-La Bomba de Tiempo de Wall Street

-Agradecimientos