Hitler
Ganó
Por Waler Graziano
Capítulo 1 - Prólogo - Nash: La Punta del Ovillo
Capítulo 2 - El Problema del Petróleo
Capítulo 3 - 11 de Septiembre y El Mito de las guerras Justificadas
Capítulo 4 - La Dinastía Bush, Clinton y Cia
Capítulo 5 - El Gobierno del Mundo: El CFR
Capítulo 6 - Mecanismos de Control
Capítulo 7 - Poder y Sociedades Secretas
Capítulo 8 - Palabras Finales - La Bomba de Tiempo de Wall Street
ISBN 987566099X
Walter Graziano nació en 1960 en
No importa que
nos odien,
siempre que
en la misma medida nos teman.
CALIGULA
Prólogo
Apenas comencé a realizar las investigaciones
preliminares para escribir este libro, caí en la cuenta de que la vastedad del
tema me imponía la necesidad de encontrar colaboradores. Por lo tanto, decidí
contratar a estudiantes y graduados en disciplinas humanísticas.
Una de las primeras personas que acudieron a las
entrevistas de trabajo era una licenciada en historia, recién graduada, con
excelentes calificaciones. A través del diálogo inicial, pude entrever la
sólida formación histórica y cultural que poseía para este trabajo. Se trataba
además de una persona con otras cualidades: inteligencia y sagacidad.
Resolví, entonces, tomarle la real prueba de fuego.
Le acerqué una información de las muchas que el lector va a encontrar en este
libro. La recién graduada comenzó a leerla en silencio. Mientras tanto, yo la
observaba, y veía cómo se iba sonrojando y los ojos se le entornaban, no sé si
de furia o de incredulidad. Cuando terminó la lectura del texto me miró. Con
voz entrecortada, y un poco mareada, defendió lo que hace instantes consideraba
un saber poco menos que inexpugnable: "La
historia no debe escribirse hasta mucho tiempo después de que ocurran los
acontecimientos", dijo con el tono de una lección aprendida de
memoria.
Opté entonces por acercarle más información, más
abundante en datos. Esta vez se puso lívida. Ensayó una respuesta menos
estructurada, pero aún se defendía de lo que bien podía considerar tan
horroroso como incongruente con respecto a lo que le habían enseñado arios y
años. Ante tal tibia defensa, opté por presentarle más material. Se rindió, y
sólo dijo: "Si eso es verdad, ya no
sé qué pensar".
Le expliqué, entonces, que el concepto de que era
necesario dejar pasar bastante tiempo antes de escribir la historia era
aplicable a la época en que la tecnología hacía imposible escribirla con buena
dosis de rapidez y exactitud. Obviamente Herodoto debió tardar mucho tiempo en
juntar el material para su obra. No es de esperar que Suetonio tuviera al
alcance de la mano la información para escribir la vida de doce césares. Pero
ya en nuestros días algo había comenzado a cambiar: Arnold Toynbee y Paul
Johnson estaban escribiendo historia (posiblemente muy sesgada, pero una
versión de la historia, al fin) en forma casi simultánea con los propios
sucesos. Es comprensible: los medios de comunicación y el rápido acceso al tipo
de información que ellos brindan lo hacen posible.
Con el rápido desarrollo de la red global, quizás
en poco tiempo más surjan los primeros historiadores que puedan escribir la
historia en forma simultánea a la propia sucesión de hechos considerados como
históricos. Y hasta incluso sería posible que aparezcan los primeros futurólogos
realmente serios. A través de la red se puede acceder con escaso costo y sin
demora a cualquier tipo de información, de toda índole, que cualquier individuo
del mundo haya deseado conseguir. Sea verdadera o falsa, se trata de
información sin ningún tipo de censura directa ni indirecta. Esta última es
peor aún que la primera ya que pasa inadvertida y es ejercida por las líneas
editoriales y estrategias de los mega medios de comunicación.
La red no sólo ha posibilitado el libre acceso a la
información. También permite comprar a distancia cualquier libro editado en
cualquier lugar del mundo, nuevo o usado, y tenerlo en casa en menos de una
semana, sin innecesarias demoras en preguntas por ediciones agotadas en
librerías físicamente lejanas entre sí. También permite el acceso a variados
resúmenes de textos, de todas las tendencias, e incluso a comentarios de
lectores anteriores, los que en buena medida pueden ayudar a ganar tiempo. Como
siempre me gusta repetir: el tiempo es un bien aún mucho más escaso que el
dinero. El dinero puede ir y venir. El tiempo, en cambio, sólo va...
Gracias a la red, ya están apareciendo los primeros
historiadores online. Y si bien mucha de la información que aparece en la red
puede ser falsa o inexacta, con frecuencia lo es menos que la que se ha
publicado en muchísimos libros, o que la que aparece a diario en los mega
medios de comunicación. La ventaja que nos ofrece la red, sea porque nos brinda
información directamente, sea porque nos permite un rápido acceso para ubicar y
comprar en sólo segundos libros que nos podría costar años conseguir, es la
posibilidad de escribir sobre el presente, y conocerlo, con incontables
elementos adicionales de información. Es posible que esto provoque muy
beneficiosos efectos en poco tiempo más. Es probable que las poblaciones de
muchos países se enteren mucho antes, mientras están en condiciones de hacer
algo al respecto, de tretas de engaño colectivo, psicópatas en los más altos
cargos del poder, ambiciosos planes de dominio global, etcétera.
Este libro no se hubiera podido escribir hace
cincuenta años. Ni siquiera hace diez. La muchacha graduada en historia arriba
mencionada habría tenido, en ese caso, razón. Pero hoy las cosas han cambiado.
Tenemos acceso a infinitos elementos más de información. Si no los usáramos por
prejuicios o frases hechas al estilo de que "la historia necesita mucho tiempo para escribirse" le
estaríamos haciendo el juego a los personajes más oscuros: los que desean que
la realidad se escriba de la manera que más les conviene. Muchas veces se trata
precisamente de los personajes con más recursos para intentar
"borrar" de la memoria colectiva informaciones que pueden llegara
comprometerlos. Ésta es una muy vieja costumbre utilizada por tiranos en todas
las épocas. Se cuenta que los más sanguinarios emperadores romanos tenían
historiadores oficiales. Éstos escribían loas a atroces emperadores y a su
acción de gobierno. Sólo muchas décadas más tarde, cuando ya todos los
protagonistas estaban muertos, Tácito y Suetonio pudieron poner las cosas en su
lugar y colocar a personajes como Tiberio, Calígula y Nerón en el lugar que se
merecían: en el panteón de los más siniestros y perversos emperadores que se
recuerden.
Sin embargo, muchos de los ciudadanos romanos
contemporáneos de ellos murieron sin saber cuántos de sus males, miserias y
hasta sus propias muertes diarias se debían a los propios emperadores y su
sistema de censura y manipulación de la prensa y la historia. En el propio
Imperio Romano se tardó más de sesenta años para
que se conocieran acabadamente quiénes habían sido esos tres emperadores.
Que lo mismo no ocurra con nosotros. Gracias a la
red, ello ahora es posible. Pero que nos libremos de los problemas depende de
nosotros, de una participación activa. En las próximas páginas comenzará a
quedar claro por qué.
Capítulo
1
- NASH:
La guerra es la paz.
La libertad
es la esclavitud.
La
ignorancia es la fuerza.
George Orwell.
Teoría y práctica del colectivismo
oligárquico.
Capítulo 9. Parte 2.1984.
¿Quién no cree, sin casi ningún cuestionamiento el
viejo refrán que asevera que "la
historia la escriben los vencedores"? Más aún, se suele repetir esa
frase una y otra vez. Sin embargo, en pocas ocasiones se tiene una exacta idea
de hasta qué niveles de profundidad esto puede llegar a ser verdad. Existe otra
frase famosa, que también forma parte del refranero popular.
Vale la pena poner ambas en juego dialéctico. Se
trata de aquel viejo dicho que asegura que "la realidad supera a la ficción". Si estamos de acuerdo en que
ambas aseveraciones generalmente son correctas, no cabe más remedio que
comenzar a pensar que la historia —por más doloroso o no que esto pueda
resultar— es sólo lo que se habría deseado que hubiera ocurrido. O sea, algo
alejado de lo que realmente sucedió. Más aún, es sólo lo que habrían deseado
que hubiera acontecido quienes la escribieron, o la escriben, mediante la
distorsión de hechos ocurridos en la realidad. Muchas veces les resulta
necesario a los vencedores interpretar de forma cambiada los hechos, silenciar
espinosas cuestiones ocurridas o, incluso, generar de la nada la historia.
Precisamente por eso bien se puede pensar,
siguiendo hasta sus últimas consecuencias el juego dialéctico de esas dos
verdades populares, que si algo no está escrito en los medios masivos de
comunicación o en abundante bibliografía, y no forma parte del "saber mayoritario", entonces no
ocurrió, no pasó, no es verdad. La versión de un suceso divulgada por los
medios masivos de comunicación es precisamente lo que se conoce como historia.
Empecé recién a tener una cabal idea de todo esto a raíz de un hecho trivial,
casual, cotidiano, como fue haber ido al cine a ver una película. El film en
cuestión no era otro que Una mente
brillante, la obra protagonizada por Russell Crowe, que ganó el Oscar a la
mejor película del año 2001, en marzo de 2002. En realidad, se trata de un
doble galardón porque la historia narra la vida del matemático John Nash, quien
en 1994 obtuvo el Premio Nóbel de Economía por sus descubrimientos acerca de la
denominada "Teoría de los Juegos".
Si bien la película tenía características altamente
emotivas, debido a la mezcla de realidad y fantasía que el guión mostraba
acerca de la vida de Nash, un detalle del mismo no podía pasar
inadvertido para quienes ejercemos la profesión de
economistas. Se trata sólo de un detalle, de un instante, de apenas un momento
del film en el que el protagonista asevera que descubrió, literalmente, que
Adam Smith —el padre de la economía —no tenía razón, cuando en el año 1776 en
su obra La riqueza de las naciones
esbozó su tesis principal —y base fundamental de toda la teoría económica
moderna— de que el máximo nivel de bienestar social se genera cuando cada
individuo, en forma egoísta, persigue su bienestar individual, y nada más que
ello. En la escena siguiente de la película, el decano de
Como economista me debía hacer una pregunta: ¿se
trataba de una verdad o de una alocada idea del guionista del film? Me puse a
investigar, y lo bueno del caso es que se trataba... de una verdad. Ahora bien,
lo que llama muy poderosamente la atención es que estas expresiones vertidas en
la película hayan pasado inadvertidas para miles y miles de economistas. Que el
público corriente, que no pasó años enteros estudiando economía, escuche que
alguien descubrió que Adam Smith no tenía razón en su tesis acerca de la
panacea que significaba el individualismo para cualquier tipo de sociedad,
puede no llamar la atención, puede parecer hasta trivial. Pero a un economista
no se le puede escapar, si está en una posición realmente científica, la real
dimensión de lo que significaría la demolición del individualismo y de la libre
competencia como base central de la teoría económica.
Es necesario remarcar que Nash descubre que una
sociedad maximiza su nivel de bienestar cuando cada uno de sus individuos
acciona en favor de su propio bienestar, pero sin perder de vista también el de
los demás integrantes del grupo. Demuestra cómo un comportamiento puramente
individualista puede producir en una sociedad una especie de "ley de la selva" en la que todos
los miembros terminan obteniendo menor bienestar del que podrían. Con estas
premisas, Nash profundiza los descubrimientos de
Todo esto puede parecer difícil de entender. Pero
no lo es. En el fondo, si se lo piensa bien, los descubrimientos de Nash
implican una verdad de Perogrullo. Por ejemplo, tomemos el caso del fútbol.
Supongamos un equipo en el que todos sus jugadores intentan brillar con luz
propia, jugar de delanteros y hacer el gol. Más que compañeros, serán rivales
entre sí. Un equipo de esas características será presa fácil de cualquier otro
que aplique una mínima estrategia lógica: que los once integrantes se ayuden
entre sí para vencer al rival. ¿Cuál cree el lector que será el equipo ganador?
Aun cuando el primer equipo tenga las mejores individualidades, es probable que
naufrague y que, incluso hasta individualmente, los miembros del segundo equipo
luzcan mejor. Esto, ni más ni menos, es lo que Nash descubre, en contraposición
a Adam Smith, que sugeriría que cada jugador "haga la suya".
A pesar de que se trata de un concepto muy básico,
entonces, prácticamente nada de
que no sea el inglés y, obviamente, lo escaso que
se enseña en carreras de grado y postgrado se hace sin formular la aclaración
previa de que al trabajar con
De ello resulta que se contamina a la teoría
económica —que debería constituir una ciencia— con una visión ideológica, lo
que instituye en ella todo lo contrario de lo que debería ser una ciencia.
Muchos de los profesores que día a día enseñan economía a sus alumnos ni
siquiera han sido informados de que hace más de medio siglo alguien descubrió
que el individualismo, lejos de conducir al mejor bienestar de una sociedad,
puede producir un grado menor, y muchas veces muy apreciablemente menor, de
bienestar general e individual que el que se podría conseguir por otros métodos
de ayuda mutua. ¿Cómo puede explicarse esto, entonces? ¿Cómo es que nos venimos
a enterar, a través de una película, de que el presupuesto básico, fundamental,
de la ciencia económica es una hipótesis incorrecta? Peor aún, los descubrimientos
de Nash fueron efectuados a principios de la década del 50, hace ya más de
medio siglo, y fueron hechos nada menos que en Princeton, no en algún alejado
lugar del planeta, sin conexiones académicas con el resto de los economistas,
los profesores y los profesionales de la economía y las finanzas, factores que
deben aumentar el grado de sorpresa.
¿Cuál es el papel que podríamos esperar que
desarrollen las mentes más brillantes de una ciencia, si de repente alguien
descubre matemáticamente que el propio basamento fundamental de esa ciencia es
incorrecto? Podría presuponerse que en tal caso todos tendrían que frenar los
desarrollos de las teorías que vienen sosteniendo o generando, y las ideas
sobre las cuales están trabajando, para ponerse a repensar las bases
fundamentales de la teoría, admitiendo que en realidad se sabe mucho menos de
lo que creía saberse hasta la aparición del descubrimiento. Se comenzaría así a
trabajar para dotar de nuevas bases y fundamentos a la ciencia cuya premisa
fundamental acaba de desvanecerse. Ésta sería la lógica, sobre todo si se tiene
en cuenta que, en lo relativo a la economía, las conclusiones de una teoría, y
los consejos que a raíz de ella puedan dar los economistas, y las medidas que
finalmente encaran los gobiernos y las empresas de hecho alteran la riqueza, el
trabajo y la vida diaria de millones y millones de personas. Los efectos sobre
la humanidad pueden ser mayores que en otras ciencias.
Cuando se hacen recomendaciones económicas, se está
tocando directa o indirectamente el destino de millones de personas, lo que
debería imponer el cuidado y la prudencia, no sólo en quienes elaboran las
políticas económicas sino también en quienes opinan y aconsejan. Por lo tanto,
el descubrimiento de Nash acerca de la falsedad de la teoría de Adam Smith
debería haber puesto en estado de alerta y en emergencia a la comunidad de los
economistas en el planeta entero. Ello, por supuesto, no ocurrió, en buena
medida debido a que sólo un reducido núcleo de profesionales de la economía se
enteró a inicios de los años '50 de la verdadera profundidad de los
descubrimientos de Nash. Puede pensarse, entonces, que un saludable revisionismo
sería una verdadera actitud científica frente a lo acontecido. Sin embargo,
nada de esto ocurrió ni ocurre en la economía. Los economistas, no sólo en
carreras de grado, sino también en las de postgrado, tanto en Argentina como en
el exterior, no reciben información alguna acerca de que la base fundamental de
la economía es una hipótesis demostrada incorrecta, nada menos que desde las
propias matemáticas. Además de carecer de información alguna en ese sentido, se
les enseña enormes dosis de teorías y modelos económicos desarrollados desde la
década del 50, precisamente cuando ya esa incorrección se conocía en pequeños e
influyentes núcleos académicos, los que no sólo entronizan la premisa básica
del individualismo smithsoniano, sino que intentan universalizar para todo
momento del tiempo y del espacio los desarrollos económicos clásicos y
neoclásicos iniciados por el propio Smith.
Quien crea que esto no tiene consecuencias se
equivoca gravemente. Habría que preguntarse, por ejemplo, si la propia
globalización hubiera sido posible, en su actual dimensión, en el caso de que
los descubrimientos de Nash hubieran tenido la repercusión que merecían, si los
medios de comunicación los hubieran difundido y si muchos de los economistas
considerados más prestigiosos del mundo, muchas veces financiados por
universidades norteamericanas que deben su existencia a grandes empresas del
sector privado, no los hubieran dejado "olvidados" en el closet. Si
hubiera habido en su debido momento un revisionismo a fondo a partir de los
descubrimientos de Nash, quizás hoy tendríamos Estados nacionales mucho más
fuertes, reguladores y poderosos de lo que, tras una década de globalización,
resultan.
Un punto central que se debe tener en cuenta, que
asocié a poco de comenzar a investigar el tema, es que, en forma prácticamente
simultánea a los descubrimientos de Nash, dos economistas, Lipsey y Lancaster,
descubrieron el denominado "Teorema del Segundo Mejor". Este
descubrimiento enuncia que si una economía, debido a las restricciones propias
que ocurren en el mundo real, no puede funcionar en el punto óptimo de plena
libertad y competencia perfecta para todos sus actores, entonces no se sabe a
priori qué nivel de regulaciones e intervenciones estatales necesitará ese país
para funcionar lo mejor posible. En otras palabras, lo que Lipsey y Lancaster
descubrieron es que es posible que un país funcione mejor con una mayor
cantidad de restricciones e interferencias estatales, que sin ellas. O sea que
bien podría ser necesaria una muy intensa actividad estatal en la economía para
que todo funcione mejor.
Lo que se pensaba hasta ese momento era que si el
óptimo era inalcanzable porque el "mundo real" no es igual al frío
mundo de la teoría, entonces el punto inmediato mejor para un país era el de la
menor cantidad de restricciones posibles al funcionamiento de plena libertad económica.
Pues bien, Lipsey y Lancaster derrumbaron hace más de medio siglo ese preconcepto.
Como consecuencia directa de ello, reaparecen en el
centro de la escena temas como aranceles a la importación de bienes, subsidios
a la exportación y a determinados sectores sociales, impuestos diferenciales,
restricciones al movimiento de capitales, regulaciones financieras, etcétera.
Al igual que lo ocurrido con
Craso error. Un caso típico es el de la ex Unión
Soviética. Gorbachov en su momento decidió desregular, privatizar y abrir la
economía eliminando rápidamente la mayor cantidad de barreras posibles a la
libre competencia. No le fue bien. Lejos de progresar rápidamente, la economía
rusa cayó en una de las peores crisis de su historia. Si se hubieran aplicado
los postulados de Lipsey y Lancaster, se habría tenido más cautela y muy
probablemente las cosas no habrían salido tan mal.
Si combináramos los descubrimientos de Nash, Lipsey
y Lancaster, lo que obtendríamos es que no puede establecerse a ciencia cierta,
y de antemano, qué resulta mejor para un determinado país, sino que ello
dependerá de una gran cantidad de variables. Por lo tanto, toda
universalización de recomendaciones económicas es incorrecta. No se puede dar
el mismo consejo económico (por ejemplo, privatizar o desregular o eliminar el
déficit fiscal) para todo país y en todo momento. Sin embargo, esto es lo que
precisamente se ha venido haciendo cada vez con más intensidad, sobre todo
desde los años '90, cuando, al ritmo de la globalización, se han encontrado
recetas que se han enseñado como universales, como verdades reveladas, que todo
país debe siempre aplicar.
Puede resultar extraño, pero probablemente no lo
sea: un descubrimiento fundamental que hubiera cambiado la historia de la
teoría económica, y hasta hubiera dificultado la aparición de la globalización,
no tuvo prácticamente difusión alguna más que en un muy reducido núcleo de
economistas académicos residentes en Estados Unidos, por lo que se impuso la
ideología falsa con la que muchos gobiernos, en muchos casos sin saberlo, toman
decisiones económicas.
Mientras estas teorías no recibían el grado de
atención adecuada por la profesión de los economistas, por los diseñadores de
políticas gubernamentales y por la población en general, empezaron a cobrar, en
aquel mismo momento, a partir de los años '50 y '60, una gran difusión en los
medios de comunicación las teorías desarrolladas en
Nada menos que la misma casa de estudios que había
albergado en su sede al italiano Enrico Fermi con el fin de que desarrollara la
bomba atómica financió en materia económica a Milton Friedman, también premio
Nobel en Economía, quien comienza a desarrollar en los mismos años '50 la
denominada "Escuela Monetarista". Luego de más de una década de
estudios, Friedman y sus seguidores llegan a la conclusión de que la actividad
del Estado en la economía debe reducirse a una sola premisa básica: emitir dinero
al mismo ritmo en que la economía está creciendo. O sea, si un determinado país
naturalmente crece al 5% anual, para Friedman, su Banco Central debe emitir
moneda a ese mismo ritmo. Si, en cambio, crece naturalmente al 1% anual, debe
emitir moneda sólo al 1% anual. La lógica intrínseca de este razonamiento es
que el dinero sirve como lubricante de la economía real. Por lo tanto, si una
economía en forma natural crece muy rápidamente, necesita que el Banco Central
de dicho país genere más medios de pago que si está estancada. En el fondo, la
recomendación de Milton Friedman es que cada país mantenga una relación
constante entre cantidad de dinero y PBI. Toda otra política económica estatal
es desaconsejada por Friedman.
Cabe aclarar que hay generalmente dos clases de
personas para las cuales las fórmulas de Friedman han resultado de una
atracción poco menos que irresistible: se trata de teóricos en economía en
primer lugar, y en segundo, grandes empresarios. Pero ambos, por motivos bien
diferentes. Para muchos economistas teóricos, la atracción que producían las
teorías de Friedman provenían de la sencillez de su recomendación: "Emita moneda al ritmo que usted crece".
Además, el carácter universal de esta premisa básica acercaba, en la mente un
tanto" distorsionada" de muchos profesionales en la materia, la
economía a las ciencias duras: a la física y a la química, objetivo que muchos
de los economistas más renombrados del siglo XX han perseguido, en la creencia
de que una ciencia es más seria si logra encontrar fórmulas de aplicación
universal al estilo de lo que la ley de gravedad es en la física.
Milton Friedman parecía proporcionar precisamente
eso: una ley de aplicación universal al campo económico. Bien podríamos
discutir si esta quimera, perseguida por muchos economistas, no es en el fondo
nada más que un peligroso reduccionismo, dado que las ciencias sociales no se
mueven con los mismos parámetros que las ciencias exactas. Pero no todos
quienes fueron atraídos por las teorías de Friedman lo hacían por esos motivos:
una buena parte del establishment veía en la generación y en la aplicación de
este tipo de teorías la posibilidad de derrumbar un gran número de trabas y
regulaciones estatales en muchos países, pudiendo así ensanchar su base de
negocios a zonas del planeta que permanecían ajenas a su actividad. Esto
explica el alto perfil que alcanzaron las teorías monetaristas, a pesar de
estar fundadas en los incorrectos supuestos de Adam Smith antes mencionados, y
su presencia constante en los medios de comunicación, muchas veces propiedad de
ese mismo establishment.
El hecho de que el establishment de los países
desarrollados hiciera enormes loas a esas teorías, pero los gobiernos de esos
mismos países desarrollados no aplicaran para sí las teorías monetaristas, no
fue un obstáculo para que muchos de los más poderosos empresarios presionaran a
gobernantes de países periféricos para que aplicaran las tesis de Milton
Friedman. Un típico caso de ello fue el de
Mientras los descubrimientos de Nash, Lipsey y
Lancaster permanecían ocultos para el gran público y apenas diseminados entre
los propios profesionales en economía, teorías íntegramente basadas en los
supuestos básicos de Adam Smith, y que Nash demostró que se hallaban
equivocadas, como la monetarista de Milton Friedman, no sólo recibían una
enorme difusión en los medios de comunicación, sino que además contaban con el
beneplácito del establishment, y comenzaban a hacer estragos en países tomados
como laboratorios, todo ello a pesar de que al basarse íntegramente en los
presupuestos de Smith, de antemano los principales académicos de EE.UU. no
podían desconocer que se trataba de teorías económicas fundadas en supuestos
incorrectos, por lo que sus chances iniciales de éxito eran casi nulas.
Desde los años '60 hasta la fecha,
Si la gente literalmente se muere de hambre, no
debe hacer nada. Un buen ministro —para esa escuela— debe dejar en "piloto automático" a la economía de
un país, y sólo debe preocuparse de que el gasto público esté íntegramente
financiado con recaudación de impuestos.
Robert Lucas, de profesión ingeniero, también en
Esto implica transformar la hipótesis psicológica
de la perfecta racionalidad en una hipótesis sociológica: se supone que los
desvíos en la racionalidad humana, en una sociedad, se compensan entre si. Se
trata, como se ve, de un supuesto exótico, rarísimo, pero a la vez tan central
en la teoría de Lucas, que si se cae, nada en ella permanece en pie. Es extraño
que esto haya ocurrido, sobre todo a la luz de los descubrimientos de otro
economista, Gary Becker (Nóbel en 1992), quien descubrió matemáticamente que
las preferencias individuales no son agregables (o sea, no puede obtenerse una
función de preferencias sociales a partir de la adición de las individuales,
dado que estas últimas no pueden sumarse). Con este descubrimiento Becker lanzó
un verdadero misil a toda la denominada "teoría de la utilidad", que
es la base subyacente en las teorías económicas de Chicago y termina de
derrumbar mucho más que todo el aparato teórico de Chicago.
A pesar de ello, y como con Nash y Lipsey, los
"científicos" que estaban creando las escuelas de Chicago no parecen
haber efectuado acuse de recibo alguno. Para Lucas, todas las sociedades del
mundo, en todo momento del tiempo, toman sus decisiones económicas con perfecta
racionalidad. Las decisiones de consumo, ahorro, inversión se hacen, según
Lucas, sabiendo perfectamente bien qué es lo que el gobierno está haciendo en
materia económica. Por lo tanto, para Lucas y su gente, cualquier iniciativa
estatal para cambiar el rumbo natural con el que una economía se mueve no sólo
es inútil sino contraproducente. Es así que Lucas y su gente llegaron a la
conclusión de que lo mejor que puede hacer todo gobierno del mundo en cualquier
momento, en materia económica, es no realizar nada que no sea mantener el
equilibrio fiscal.
Es difícil entender cómo puede ser que estas ideas,
extrañas por cierto, hayan acaparado la atención de economistas y de los medios
de comunicación de la manera que lo hicieron. En el caso específico de
Para Lucas, entonces, si los gobiernos no se meten
con la economía, ésta logra muy fácilmente el pleno empleo: todo es cuestión de
que los gobernantes levanten todo tipo de restricciones a la competencia
perfecta y cuiden que no haya déficit fiscal. Nada más que eso, y en forma
mágica, se llega al pleno empleo.
Y no sólo al pleno empleo, sino también a los
mejores salarios posibles para toda la masa laboral, de cualquier país del
mundo, en cualquier momento del tiempo. La implicancia de esto es en el fondo
grotesca: Lucas nos quiere hacer creer que la tasa de crecimiento demográfico
en cualquier país iguala, en poco tiempo, la tasa de generación de empleo. Que
es lo mismo que decir que la gente opta por reproducirse al mismo ritmo en que
se ponen avisos clasificados en búsqueda de obreros y empleados en los diarios.
Como se ve, una verdadera aberración, de tamaño supino, si se tiene en cuenta
que además se transforma esa creencia en postulado universal. No es difícil
entender por qué de la mano de Robert Lucas llegamos a una conclusión tan disparatada
si consideramos que el ingeniero parte de hipótesis equivocadas tanto porque se
basa en el individualismo de Adam Smith, como en hipótesis psicológicas sui
generis.
Sin embargo, habría una forma de pensar que Lucas
podía tener algo de razón. Ello se da si pensamos la existencia humana con un
criterio malthusiano: Thomas Robert Malthus, ensayista inglés del siglo XIX,
pensaba que mientras las poblaciones humanas se multiplican en forma
geométrica, las subsistencias lo hacen sólo aritméticamente. Por lo tanto, la
sobrepoblación era, para Malthus, el peor peligro que acechaba al planeta. De
esta manera, las guerras, las hambrunas o las epidemias eran "sanos"
métodos de corregir el fantasma de la sobrepoblación. Si bien el tiempo no dio
la razón a Malthus, y la población mundial ha crecido increíblemente en los
últimos dos siglos. A pesar de ello, el establishment norteamericano es un ferviente
creyente de las ideas malthusianas. Baste con señalar que el obsequio que el
presidente George Bush le hizo al presidente argentino Kirchner en su visita a
Washington DC no fue otro que la principal obra de Malthus, llamada Un ensayo sobre el principio de la población,
del año 1798.
El corolario de la teoría de Lucas es entonces que
en forma universal la tasa de crecimiento demográfico iguala la tasa
degeneración de empleo. Por lo tanto, dado que la tasa de crecimiento
demográfico no es otra cosa que la tasa de natalidad menos la de mortalidad, si
esta última es rápidamente variable, y la gente muere a medida que desaparece
el empleo, o vive más si se le ofrece trabajo, podríamos ubicarnos casi siempre
en una especie de "pleno empleo", según Lucas. Si se posee una
filosofía malthusiana, es por supuesto mucho más fácil creer en
¿Por qué el establishment, la élite norteamericana,
es creyente de Malthus, aun cuando la realidad demostró que no estaba en lo
correcto? Porque estiman que es sólo una cuestión de tiempo, hasta que Malthus
esté en lo correcto. Como la energía del planeta está basada en recursos no
renovables, lo que buena parte del establishment anglonorteamericano cree es
que, a medida que el petróleo se agote, Malthus irá teniendo razón. Si no hay
energía disponible para transportar los alimentos o para producirlos, una buena
parte de la población podría estar destinada a desaparecer. Todo sería cuestión
de determinar quienes, y para ello, la élite de negocios norteamericana usa la
teoría de otro inglés famoso Charles Darwin.
Darwin fue el creador de
En lo que atañe al petróleo, elemento central en
esa línea de pensamiento, muy poca información acerca de sus cantidades,
distribución geográfica e ideas para reemplazarlo se suele divulgar en forma
masiva en los medios de comunicación. Pensar en reemplazar la tecnología del
petróleo por otra, desde el punto de vista económico, presenta más de un riesgo
—que habrá que correr—.
Requiere pensar la situación que puede desatarse en
los mercados financieros con mucha anticipación, dado que un eventual
reemplazante barato del petróleo podría poner en un riesgo elevado la salud
financiera de los enormes pulpos petroleros y, por lo tanto, de los mercados
financieros en su conjunto. Por otro lado, un reemplazante muy barato y
abundante del petróleo podría sacar de forma inmediata de la pobreza a millones
de personas.
Volviendo a
Quien se pregunte por qué en
Sin embargo, si se revisa la historia, se observa
que en los años '50 e inicios de los '60 en Estados Unidos prácticamente no
había inflación y en la gran mayoría de los países desarrollados las tasas de
inflación eran relativamente bajas, de un solo dígito anual. Habría que
cuestionar, entonces, el supuesto origen anti-inflacionario de las teorías de
Chicago, dado que la inflación no era un problema en los países desarrollados
en el momento en que estas teorías empezaron a surgir. Queda por ahora en la
nebulosa, entonces, la verdadera causa de estas, teorías, precursoras en la
realidad de la globalización. Cuando se gestaron, la inflación sólo era un
problema grave en países envías de desarrollo. ¿Habrá sido acaso un gesto de
filantropía del establishment norteamericano hacía los países pobres dedicar
tantos recursos a la generación de "las escuelas de Chicago"?
En resumen de cuentas, desde al menos los años '50,
la teoría económica se viene manejando de una manera no sólo muy poco
profesional sino además acientífica, casi como si se tratara de la astrología o
de alguna otra disciplina cuyos basamentos fundamentales no pueden explicarse
racionalmente. Descubrimientos científicos de gran envergadura, cuya difusión
hubiera podido cambiar la historia de la globalización y detener sus peores
consecuencias, fueron prolijamente ocultados hasta a los propios economistas,
mientras que teorías basadas de antemano en hipótesis probadas matemáticamente
como falsas fueron diseminadas no solamente entre los profesionales en
economía, sino también en los medios de comunicación, y hasta fueron aplicadas
en los lugares del mundo en los que ello ha sido posible, donde había un ambiente
receptivo favorable, como en América latina.
Se nos había enseñado que el sistema de
universidades norteamericano era el más desarrollado del mundo, que su actitud
hacia el conocimiento científico era fría e imparcial. Que la ciencia
progresaba en estas universidades independientemente depresiones políticas y de
conveniencias económicas y empresariales. ¿Cómo pudo ocurrir esto, entonces? Un
detalle no menor que se debe tener en cuenta es que las dos escuelas
mencionadas se originaron, desarrollaron y expandieron desde
Es evidente, entonces, que ha habido poderosos
intereses atrás de las teorías de la denominada Escuela de Chicago, que han
constituido el basamento para lo que hoy es la globalización, aun cuando se
trataba, ni más ni menos, que de un saber falso. ¿Qué intereses están atrás de
Pues bien, la industria petrolera no sólo fundó
Precisamente por eso no debe llamar la atención
tanto que las teorías clásicas de la economía y sus derivadas (Friedman, Lucas,
etc.) den prácticamente un trato uniforme a todos los mercados, de todos los
bienes, en todos los países y en todo momento, sin hacer distinción entre
ellos. ¿Por qué? Hay bienes que se pueden producir y otros cuya capacidad de
producción es limitada: hay recursos renovables y otros no renovables.
Precisamente el petróleo es un recurso no renovable, por lo que su mercado es
de características especiales. A pesar de ello, es una cuestión que escapa al
tratamiento que se le da usualmente en la teoría económica: la teoría suele
tratarlo como si fuera un mercado más.
La cantidad de petróleo que hay en
Ahora comenzaba a quedarme más claro por qué, y
debido a quién es, el principal descubrimiento de Nash había permanecido
bastante oculto y, al mismo tiempo, aparecía como un enigma el verdadero estado
de situación del mercado petrolero, sobre todo a la luz de las guerras
ocurridas en el siglo XXI.
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