EL NUEVO ORDEN
MUNDIAL
GENESIS Y
DESARROLLO DEL CAPITALISMO MODERNO
Martín
Lozano
Ó
Alba Longa Editorial, 1996
"Los grandes bandidajes solamente
pueden darse en naciones democráticas en las que el gobierno está concentrado
en pocas manos".
Alexis de Tocqueville
"Guste o no, tendremos un Gobierno
Mundial. La única cuestión es si será por concesión o por imposición"
James P.Warburg
"Si de los gobiernos quitamos la
justicia, ¿en qué se convierten sino en bandas de criminales a gran escala? Y
esas bandas ¿qué son sino reinos en pequeño? Son un grupo de hombres, se rigen
por un jefe, se comprometen en pacto mutuo, reparten el botín según la ley por
ellos aceptada. Supongamos que a esta cuadrilla se le van sumando nuevos grupos
de bandidos y llega a crecer hasta ocupar posiciones, establecer cuarteles,
tomar ciudades y someter pueblos. Abiertamente se autodenominan entonces reino,
título que a todas luces les confiere no la ambición depuesta, sino la
impunidad lograda. Con toda profundidad le respondió al célebre Alejandro un
pirata caído prisionero, cuando el rey en persona le preguntó: ¿qué te parece
tener el mar sometido a pillaje? Lo mismo que a ti, le respondió, el tener al
mundo entero. Solamente que a mí, que trabajo en una ruin galera, me llaman
bandido, y a ti, por hacerlo con toda una flota, te llaman
emperador".
Agustín de Hipona
INDICE
CAPITULO I.
LOS CIMIENTOS DEL EDIFICIO: DE LOS ALBORES
A LA CONSOLIDACION.
-MERCADERES DEL
MEDIEVO Y MAGNATES RENACENTISTAS
-EL NACIMIENTO DE LA
EMPRESA CAPITALISTA
-EL AFIANZAMIENTO DEL
MODELO ECONOMICO
-LA CONSOLIDACION
POLITICA E INSTITUCIONAL
CAPITULO II.
LA FALACIA BOLCHEVIQUE
CAPITULO III.
EL SISTEMA FINANCIERO MUNDIAL Y SUS NUCLEOS
DE PODER
1. LA URDIMBRE EN SUS ORIGENES
-LOS ILLUMINATI DE
WEISHAUPT
-LA FUNDACION DE LA
REPUBLICA NORTEAMERICANA
-LOS DOCTRINARIOS DEL
IMPERIO BRITANICO
-EL EASTERN
ESTABLISHMENT
-UNA DINASTIA
PARADIGMATICA: EL CLAN ROCKEFELLER
2. LOS CIRCULOS CONCENTRICOS: ANILLOS
EXTERIORES Y ANILLOS INTERIORES
-LA SUPERFICIE DEL
PODER MUNDIAL: THE TRILATERAL COMISSION Y THE BILDERBERG GROUP
-EL INTERIOR DEL
ENTRAMADO: EL REAL INSTITUTO DE ASUNTOS INTERNA-
CIONALES; EL CONSEJO
DE RELACIONES EXTERIORES; LA LOGIA B'NAI B'RITH
-LOS CIRCULOS
HERMETICOS
CAPITULO IV.
EL ENEMIGO NECESARIO: LA AMENAZA FASCISTA O
EL ARTE DE RESUCITAR UN CADAVER
CAPITULO I. LOS CIMIENTOS DEL
EDIFICIO: DE LOS ALBORES A LA CONSOLIDACION
MERCADERES DEL MEDIEVO Y MAGNATES RENACENTISTAS
Ya en una fase tan temprana de la alta Edad Media como el siglo sexto,
Gregorio de Tours narra que, con motivo de la entrada del rey Gontran en
Orleans, acaecida el año 585, el monarca fue aclamado por la muchedumbre
"en latín y en la lengua de los sirios". Poco después, en el 591, el
rey Clotario concedía la sede episcopal de París a un acaudalado mercader
sirio, tras el oportuno desembolso por parte de éste de una importante suma
pecuniaria. No obstante, la numerosa presencia de mercaderes y negociantes
sirios en la Europa medieval desapareció casi por completo, y por causas
escasamente conocidas, hacia principios del siglo IX, momento a partir del cual
su lugar sería ocupado por sus principales competidores, los comerciantes
judíos.
Durante los cinco siglos siguientes, la trayectoria de los mercaderes
israelitas en territorio europeo se verá
envuelta en una compleja sucesión de éxitos económicos y de vicisitudes
políticas de muy diverso signo. Duramente tratados por varios monarcas
visigodos y burgundios, su momento de mayor esplendor e influencia se producirá
en la Francia Carolingia, período después del cual sus condiciones fueron
empeorando progresivamente hasta desembocar en la expulsión decretada en 1306
por el rey Felipe el Hermoso, que confiscó todas sus propiedades. A partir de
aquel suceso habrá que esperar tres siglos para advertir nuevamente la
presencia de los empresarios y banqueros judíos en los primeros lugares de la
economía europea, coincidiendo con la gran eclosión mercantil y financiera que
se produjo a lo largo del siglo XVII en los Países Bajos. Desde entonces, y ya
sin interrupción, su auge no haría sino ir en aumento.
Pero el interdicto del trono francés no afectó únicamente a los
negociantes hebreos, sino que se hizo extensivo a los otros dos grandes poderes
económicos de la época: los Templarios y los mercaderes lombardos, aunque los
resultados del golpe fueron distintos en
cada caso. Así, mientras que la Orden del Temple, principal potencia financiera por entonces, se precipitó a raíz de aquel
evento en un declive irremisible en prácticamente todo el occidente europeo,
para los empresarios lombardos el suceso apenas supuso un contratiempo limitado
al territorio francés y al reinado del citado monarca. En sus restantes
dominios, y muy especialmente en el ámbito mediterráneo, su poderío
permanecería inalterable, hasta el punto de poder afirmarse que con ellos se
inició la configuración de los elementos que iban a dar paso al capitalismo
renacentista y moderno.
No obstante, dentro de la denominación genérica de lombardos debe
significarse la existencia de dos grupos claramente diferenciados, tanto por
sus actividades mercantiles como por los métodos y procedimientos que
caracterizaron a cada uno de ellos. Tales fueron, de un lado, los mercaderes
florentinos, y de otro, los grandes empresarios genoveses y venecianos. En
cualquier caso, la preponderancia económica alcanzada por todos ellos a partir
del siglo XIV se hizo ostensible no solamente en la cuenca mediterránea, sino
también en países como Alemania, Francia o Inglaterra, al punto que durante las
tres centurias siguientes la denominación de lombardo fue sinónimo en toda
Europa de prestamista usurario.
Si fuese preciso citar un nombre paradigmático de la influencia y el
poderío alcanzados por los magnates florentinos, éste no podría ser otro que el
de la familia Médicis, cuya trayectoria e intereses discurrieron por lo regular
íntimamente ligados a los del Estado Vaticano. De hecho, Juan de Médicis,
fundador de la dinastía, fue el banquero oficial de los papas Juan XXII y
Martín V, siendo su hijo Cosme quien gestionó y administró todos los
movimientos de fondos destinados a financiar el Concilio de Basilea de 1431.
Pero el momento de máximo esplendor de la familia se iba a alcanzar con un
biznieto de Juan de Médicis, Lorenzo el Magnífico, quien tomó parte activa en
casi todas las disputas y querellas europeas de su época, aunque el escaso tino
que demostró en tales menesteres le acarreó un cúmulo de reveses y enemistades
que acabarían provocando el declive político y financiero del clan. Pese a
todo, la saga de los Médicis aún sobrevivió durante largos años a su
decadencia, como lo demuestra el hecho de que dos de sus miembros se sentaran
en el solio pontificio (Clemente VII y León X) y otros dos alcanzaran la
dignidad real (Catalina y María de Médicis, ambas reinas de Francia).
Entre las notas que caracterizaron
la metodología operativa de los comerciantes florentinos merecen
significarse su inclinación por los procedimientos de componenda negociada,
ciertamente inusuales en una época más proclive a la confrontación, y la
preponderancia que concedieron en sus operaciones comerciales a los aspectos
financieros sobre los de índole
estrictamente mercantil. Más que comerciantes, pues, fueron traficantes en
dinero, es decir, banqueros. De su pericia negociadora, de la que ellos mismos
se ufanaban, da buena prueba el hecho de que Florencia fuese el único Estado
del occidente europeo que mantuvo por entonces excelentes relaciones con el
Imperio Otomano, relaciones en las que el lucro y el beneficio primaron en todo
momento sobre cualquier otra consideración.
Por lo que se refiere a las peculiaridades psíquicas propias del sujeto
mercantil, eso que en un alarde eufemístico ha dado en calificarse como "virtudes
burguesas", bien podría decirse que éstas alcanzaron en los negociantes
florentinos su más nítida manifestación. Como será fácil advertir, nos estamos
refiriendo a la racionalización a ultranza de la administración económica y,
por extensión, de la vida en general, de la austeridad, la diligencia, la
economicidad, la laboriosidad, la templanza y demás atributos prototípicos de
la mentalidad mercantilista. Atributos que una mistificación secular de muy
diverso signo ha venido presentando bajo la forma de otras tantas categorías
morales, cuando lo cierto es que nunca tuvieron otra causa o razón de ser que
el puro y simple utilitarismo. Y buena muestra de ello nos la ofrece un
próspero mercader florentino de la época, Leon Battista Alberti, cuyos escritos
constituyen un documento de inapreciable valor para comprender la mentalidad
que impregnaba el quehacer de la burguesía emergente del momento. Por otra
parte, las reflexiones de dicho personaje, recogidas en un libro titulado
"Del Goberno della Famiglia", gozaron ya en su época, y durante mucho
tiempo después, de una notable popularidad, y en ellas puede encontrarse un
perfecto prontuario del espíritu florentino, en concreto, y de la mentalidad
mercantilista en general. De hecho, todos los preceptos y recomendaciones de
tales escritos se verían reproducidos casi con exactitud en textos muy
posteriores y de muy diversa nacionalidad.
Así, tras pasar revista en su obra a las ya mencionadas cualidades
"morales" que deben presidir la vida del buen mercader, el florentino
Alberti deja traslucir la razón última de tanta virtud con frases como éstas:
"Hijos míos, sed caritativos como lo manda nuestra santa Iglesia, pero
preferid el amigo afortunado al desgraciado, y el rico al pobre. El mayor arte
de la vida consiste en parecer caritativo y superar al astuto en astucia";
"La honestidad es siempre la mejor maestra de la virtud, la más fiel
compañera de las buenas costumbres, la madre de una existencia feliz. Nos es
extraordinariamente útil, porque si nos consagramos sin descanso al cultivo de
la honestidad seremos ricos y nos ganaremos el elogio y la veneración
generales".
Está bien claro, pues, que las tan manidas virtudes burguesas no fueron
nunca sino un cúmulo de estereotipos, o lo que es lo mismo, una serie de
condicionantes imprescindibles en determinadas circunstancias para la
prosperidad y buena marcha de los negocios. Estereotipos, en definitiva, que en
modo alguno constituyen los rasgos esenciales y definitorios del capitalismo,
que podrá ser austero u ostentoso, pacato o libertino, negociador o brutal,
según convenga en cada momento y circunstancia, pero cuya genuina
caracterización vendrá siempre marcada por una visión economicista,
utilitarista y materialista de la existencia. Es esto último lo que constituye
la auténtica esencia de la idiosincrasia burguesa, algo que, en rigor, no
podría asimilarse hoy al capitalismo de manera restrictiva, sino, más
propiamente, a la mentalidad contemporánea en su totalidad, y ello por la
sencilla razón de que los fundamentos esenciales del capitalismo moderno
(materialismo, positivismo, economicismo, utilitarismo, etc.) fueron la matriz
ideológica en la que se inspiraron las doctrinas supuestamente antagónicas
surgidas con posterioridad.
Todo apunta, por tanto, al siglo XIV como el punto de partida de la
mentalidad mercantilista moderna, y no sólo por la forma en que ésta se iba
plasmar en los agiotistas florentinos y en otros traficantes coetáneos suyos,
sino también por el clima de apego desmedido a los bienes materiales que por
entonces comenzó a generalizarse, y del que dan buena cuenta numerosos
testimonios de la época. Precisamente, uno de los sectores donde con mayor
virulencia se manifestó ese "lucri rabies" del que hablan las
crónicas fue el eclesial. El propio Alberti, nada sospechoso de tendenciosidad
al respecto, señalaría más de una vez en sus escritos que la codicia y el afán
de lucro desmedido eran rasgos sumamente extendidos entre los clérigos de su
tiempo. Del papa Juan XXII escribió el comerciante florentino en estos
términos: "Tenía defectos y, sobre todo, aquél que, como es sabido, es
común a casi todos los clérigos: era codicioso en grado sumo".
Pero el mal, restringido en un principio a determinados círculos
sociales (la putrefacción comienza siempre por arriba), no tardaría en
extenderse al resto de la población, muy especialmente en los países de mayor
desarrollo mercantil de la Europa occidental (Italia, Alemania, Francia). Así
habrían de reflejarlo fuentes tan heterogéneas como los cantares del Carmina
Burana, la "Descripción de Florencia" de Dante, o los escritos
posteriores de Erasmo de Rotterdam, en uno de los cuales se lamenta de que
"todo el mundo obedece al dinero", una descripción de su época que a
buen seguro le habría parecido exagerada de haber conocida la sociedad de
consumo actual.
Con todo, el acontecimiento más significativo de la mentalidad económica
surgida en la época renacentista no sería tanto el auge del mercantilismo como
la irrupción del préstamo pecuniario a modo de herramienta comercial de primera
magnitud. Una práctica hasta entonces secundaria y casi restringida al círculo de los agiotistas
judíos, y que a partir del siglo XIV comenzó a convertirse en un instrumento fundamental
del nuevo sistema económico. Iniciaba así su andadura el capitalismo
financiero, que no representa sino un eslabón superior, un salto cualitativo
respecto del capitalismo meramente mercantil, y cuyas funestas consecuencias
habrían de hacerse bien patentes con el transcurso del tiempo. Dado que en el
marco implantado por el capitalismo financiero queda eliminada toda noción de
corporeidad, el acto económico se convierte en algo de naturaleza puramente
abstracta, posibilitándose con ello el lucro a costa del trabajo de terceros y,
lo que es peor, el dominio absoluto de toda la realidad económica, política y
social. Añádase a esto el hecho de que el sistema monetario está desde hace
tiempo en manos de las grandes entidades financieras, lo que les confiere a
éstas la potestad no ya de traficar con
el dinero ajeno, sino incluso de crearlo de la nada, consolidando de esta forma
su dominio a partir de una entelequia irreal. Una circunstancia que Frederick
Soddy, nobel de Economía en 1921, calificaría certeramente con estas palabras:
"el rasgo más siniestro y antisocial del dinero escriptural es que no
tiene existencia real".
Finalmente, no podrá cerrarse este epígrafe sin poner de manifiesto las
notables diferencias existentes entre el concepto de "libre mercado",
tal y como era entendido éste en la época renacentista, y el que sostiene la
ideología actual, diferencias debidas, naturalmente, a la inexorable dinámica
expansiva propia de la economía capitalista. En efecto, la libre actividad
comercial de entonces, contrariamente al modelo actual, estuvo sometida en sus
inicios a una serie de restricciones elementales absolutamente impensables hoy.
De hecho, en los albores del capitalismo la competencia mercantil no constituía
un principio supremo al que pudiera apelarse para traspasar ciertos límites
considerados entonces infranqueables. Límites entre los que figuraban el
abaratamiento intencionado de precios para arruinar al competidor, o la
propaganda destinada tanto a sobrestimar los propios productos como a
menospreciar los de cualquier otro comerciante. No hará falta comentar que en
la época actual, en que el principio del lucro y del beneficio prevalece sobre
cualquier otra consideración, aquellos antiguos escrúpulos, por elementales que
pudieran parecer, serían considerados irrisorios. Lo mismo podría decirse de la
austeridad y el recato postulados por los doctrinarios del capitalismo
temprano, conceptos que por entonces no limitaban su aplicación a la
administración de los negocios, sino que se hacían extensivos a la propia vida
privada, y ello por las razones de utilidad ya comentadas. Es evidente que, con
el transcurso del tiempo, aquel afán economizador en la gestión comercial no
sólo se ha mantenido, sino que, en virtud de uno de los principios esenciales
del mercantilismo contemporáneo (la reducción de costes), se ha acentuado
progresivamente. Sin embargo, la vida social y la esfera privada de los grandes
magnates económicos hace ya largo tiempo que no participan de los esquemas
arcaicos, constituyendo, por el contrario, un verdadero alarde de lujo y
ostentación. Lo que pone de manifiesto una vez más la naturaleza de esos
estereotipos aglutinados bajo el tópico de las "virtudes burguesas",
meros convencionalismos circunstanciales de los que se prescindió tan pronto
como dejaron de ser necesarios.
Así pues, el concepto de libre mercado, tal y como es entendido en el
presente, y la idea de una publicidad dirigida a perseguir y asaltar a los
potenciales clientes, era algo totalmente extraño a la mentalidad predominante
por aquel entonces. En ningún código ideológico o moral de la Europa renacentista tuvieron cabida
semejantes conceptos, con la única excepción de la literaratura rabínica y, más
concretamente, del Talmud. Y aunque este último hecho no carezca de
importancia, tampoco constituye la clave que sirva para explicar de manera
concluyente la irrupción y el asentamiento del modelo capitalista, como
determinados tratadistas (Sombart entre los más notables) han pretendido
explicar. Baste decir al respecto que dicho modelo económico debió buena parte
de su arraigo a la activa participación de individuos y sectores sociales cuyo
acervo cultural e ideológico poco tenían que ver con el judaico. Menos
consistente aún es el argumento de la teórica incompatibilidad entre el
capitalismo y el código religioso vigente en la Europa renacentista, ya que en
tiempos de putrefacción los reglamentos morales no son sino letra muerta, o
peor aún, meras herramientas de sórdida instrumentalización.
Todo lo apuntado no impide ser cierto el importante papel desempeñado
por la plutocracia judía en la consolidación del capitalismo, al punto que todo
intento por describir la evolución y el desarrollo de la sociedad moderna
prescindiendo de dicha participación sería tanto como falsificar la Historia,
además de suponer un injusto escamoteo de los méritos contraídos por la
oligarquía israelita con el sistema vigente y tan unánimemente ensalzado en la
actualidad. Por lo demás, no deja de ser paradójico que hayan sido precisamente
autores hebreos quienes con más claridad y rigor han escrito sobre este asunto
hoy tabú (Bernard Lazare, Marcus Ravage, Artur Koestler, Benjamín Beit, Alfred
Lilienthal, etc.). Autores que constituyen
la mejor fuente de información al respecto, además de la única a la que
los intoxicadores de oficio no podrán aplicar el acostumbrado sambenito del
antisemitismo.
Dicho esto, volvamos, pues, al tema apuntado líneas atrás, esto es, al
reglamento talmúdico, para significar que, efectivamente, son varios los
preceptos de ese código que recogen el principio en virtud del cual la conducta
de sus seguidores deberá atenerse a normas distintas según se trate de miembros
de su comunidad o de individuos ajenos a ella. A estos últimos, es decir,a los
goim (término mediante el que se designa a los no-judíos), es lícito
"mentirles y trampearlos". Una concepción que, aplicada al terreno
mercantil, alcanzaría uno de sus momentos álgidos en la Polonia del Antiguo
Régimen, tal y como lo refleja un apunte sobre el particular tan poco
sospechoso de animosidad como el del rabino e historiador Heinrich Graetz,
quien describió el proceder de los mercaderes hebreos de aquella época con
estas palabras: "Líos y tergiversaciones, artimañas jurídicas, chocarrería
y una cerrazón total ante todo lo que se hallase fuera de su horizonte, en eso
consistía la esencia y forma de vida de los judíos polacos.....La honradez y la
rectitud les eran tan ajenas como la
sencillez y la veracidad. Esta cuadrilla asimiló las mañosas enseñanzas de las
escuelas superiores (rabínicas) y las utilizaba para engañar a los menos
astutos, experimentando con ello una especie de gozo triunfal. Claro es que su
argucias difícilmente podían emplearlas contra sus hermanos de religión, que se
las sabían todas; pero el mundo no-judío con que trataban sufrió en sus propias
carnes la superioridad del ingenio talmúdico del judío polaco....La depravación
de los judíos polacos acabó volviéndose contra ellos de manera sangrienta, y
tuvo como consecuencia el que la restante judería europea se contagiara durante
un tiempo del modo de ser polaco. Con la emigración de los judíos polacos (a
raíz de las persecuciones cosacas) se polonizó, por así decirlo, todo el mundo
judío".
En cualquier caso, y situándonos en el momento presente, la cuestión
principal hoy ya no es tanto la libertad estrictamente mercantil, que incluso
podría considerarse como un asunto menor, sino el libertinaje que preside el
movimiento del capital transnacional y
la impunidad con la que operan los grandes traficantes financieros. Y todo ello
al amparo del "libre mercado", una falacia refrendada por todos los
foros políticos subordinados a la Alta Finanza mundial, entre los que figura
por méritos propios el engendro pergeñado en Maastricht.
En eso, en el dominio absoluto de una reducida oligarquía, consiste el
concepto de "libertad" alumbrado por el modelo capitalista, gracias
al cual ha podido configurarse una sociedad de siervos alienados y envilecidos
por el consumo material.
EL NACIMIENTO DE LA EMPRESA CAPITALISTA
Si, como hemos visto, el carácter usurario y especulador del capitalismo
emergente se encarnó en los mercaderes y banqueros florentino del siglo XIV, la
otra faceta del nuevo sistema económico, esto es, la predadora y coercitiva, se
materializaría en los comerciantes venecianos, auténticos precursores de la
moderna mentalidad empresarial. Dos facertas, entiéndase bien, que en la
práctica de los hechos han caminado indisolublemente unidas, aunque en el plano
meramente teórico la explicación de ciertos acontecimientos pueda resultar más
asequible recurriendo a categorías más o menos convencionales.
Los inicios del auge comercial veneciano se remontan al siglo XI,
durante el cual el Imperio Bizantino concedió a los negociantes de esa ciudad
el derecho a establecer en sus dominios agencias comerciales libres de tasas.
Pero fue en el siglo XIII, tras la expulsión de las huestes sarracenas de
Sicilia y de otros enclaves de la zona, cuando la flota veneciana pasó a
convertirse poco menos que en la dueña del comercio marítimo mediterráneo.
Si hay un rasgo que singulariza a los empresarios-navegantes venecianos,
distinguiéndoles así del proceder florentino, fue su proclividad a la acción
militar para llevar a cabo sus proyectos de expansión comercial. Bien podría
decirse, por tanto, que con ellos el rudimentario bandolerismo medieval se
organizó y estructuró bajo el signo de la empresa. En efecto, a lo largo de la
Edad Media el asalto y el pillaje habían constituido una práctica frecuente
entre buena parte de la nobleza europea. Este fenómeno se manifestó con
especial virulencia en Francia y, muy especialmente, en territorio alemán,
donde casi alcanzaría características de epidemia. Las correrías expoliadoras
de los caballeros salteadores germanos, los célebres raubritter, llegaron a
configurar un clima social conocido en aquel país como "la ley del
puño". Pero ese tipo de acciones tuvo siempre un carácter anárquico y
ocasional, totalmente desprovisto de cualquier cálculo o plan orientado a la
consecución de un objetivo ambicioso. Pura improvisación, en suma, sin el menor
atisbo de lo que pudiera definirse como una auténtica empresa.
En el proceder de los magnates venecianos, por el contrario, el pillaje
alcanzó cotas de organización verdaderamente empresarial, con toda una
maquinaria bélica puesta al servicio de un proyecto lucrativo minuciosamente
estructurado. Tanto es así que el término "corsar" fue utilizado en
las actas mercantiles venecianas de forma absolutamente natural, sin el menor
matiz infamante o peyorativo. Estas prácticas, compartidas igualmente por otras
ciudades italianas (Génova, Pisa, Amalfi), se extendieron con el transcurso del
tiempo a varios países europeos, llegando a alcanzar en algunos de ellos
caracteres de auténtica institución social. Tales fueron los casos de Francia,
Holanda y, muy especialmente, de la nación corsaria por excelencia, esto es,
Inglaterra..
La piratería francesa, que durante el siglo XVI se nutrió
preferentemente de elementos procedentes de la pequeña nobleza protestante, alcanzó
su apogeo a mediados del siglo XVII con las flotillas de bucaneros y
filibusteros que operaban en aguas de las colonias caribeñas hispanas.
Empresas corsarias, y no otra cosa, fueron también la grandes compañías
comerciales de los siglos XVI y XVII (Compañías de Indias Holandesa, Francesa e
Inglesa), en cuyos balances de pérdidas y ganancias figuraban, como un capítulo
más, las originadas por actos de piratería, lo que era perfectamente normal en
ese tipo de sociedades mercantiles dotadas de atribuciones paraestatales de
carácter económico, político y militar.
Pero, donde la piratería alcanzó su mayor caracterización y proyección
como actividad empresarial, fue, sin ninguna duda, en la Inglaterra del XVI y
del XVII y, posteriormente, en sus dominios coloniales del Estado de Nueva
York.
A
lo largo de todo ese período, la organización y el desenvolvimiento de las
escuadras corsarias británicas diferían muy poco de las de cualquier otro
negocio, de ahí el calificativo de "business" con que denominaron sus
actividades los tratadistas de la época. De hecho, las flotillas piratas eran
equipadas y financiadas de forma regular por acaudalados hombres de negocios,
cuando no por la propia Corona, y sus más destacados cabecillas fueron elevados
a la dignidad señorial (sir Francis Drake, sir Martin Frobischer, sir Richard
Grenville,etc).
Aquel carácter predador puesto al servicio de la empresa lucrativa que
inspiraba el ánimo de los empresarios-corsarios del XVII, es el mismo que
impregnó después la dinámica expansiva del capitalismo actual. Con el
transcurso del tiempo evolucionarían las técnicas, pero perduraría la misma
rapacidad.
EL AFIANZAMIENTO DEL MODELO ECONÓMICO
Fue a partir del 1600 cuando las formas embrionarias del capitalismo moderno
surgidas en los albores del Renacimeinto alcanzaron su desarrollo definitivo,
primeramente en Holanda, y en Inglaterra después.
Los Países Bajos constituyeron, en efecto, el primer escenario en el que
el nuevo modelo económico y la mentalidad empresarial se manifestaron
plenamente, pero ya no sólo en unos cuantos enclaves localizados, sino en toda
la extensión de una nación.
Fueron varios los factores que confluyeron en la eclosión del
capitalismo holandés. Uno de ellos, de indudable relevancia, pero en modo
alguno exclusivo, sería el asentamiento en aquel país de un notable contingente
de inmigrantes sefarditas salidos de España a raíz del decreto de expulsión. De
los aproximadamente 300.000 sefarditas que abandonaron España en las postrimerías
del siglo XVI, la porción más importante se asentó en dominios otomanos, si
bien hubo grupos numerosos que dirigieron sus pasos hacia Holanda, Inglaterra y
las ciudades alemanas de Hamburgo y Frankfurt. Esta última localidad habría de
ser con el tiempo la casa matriz de
varias dinastías de finacieros ashkenazim, tales como los Rothschild, los
Warburg, los Mendelsohn y los Speyer.
No obstante, sería inexacto, por no decir falso, atribuir en exclusiva a
los inmigrantes hebreos el espectacular desarrollo del mercantilismo holandés
y, más tarde, del capitalismo británico. Si, como ya se apuntó, el Talmud era
el único corpus ideológico que en los
inicios del capitalismo renacentista se compaginaba plenamente con los
postulados mercantiles de éste, no podría decirse lo mismo de la situación
reinante en la Europa del XVII, en la que ya se había desarrollado por completo
la mentalidad surgida de la Reforma
protestante. Una mentalidad
perfectamente identificada con el nuevo modelo socio-económico, del que
en realidad no fue sino una derivación. Sobre este particular, no hará falta
extenderse aquí en excesivas explicaciones, por cuanto se trata de un tema
perfectamente conocido. La máxima calvinista (compartida, salvo anecdóticas
excepciones, por el protestantismo en su conjunto) en virtud de la cual
"el éxito y los beneficios de toda empresa mercantil son la recompensa
concedida por Dios a sus elegidos", es sobradamente ilustrativa al
respecto, y resume a la perfección la esencia del espíritu protestante, que convirtió
la trascendencia religiosa en un asiento contable o, si se prefiere, en una
ética para propietarios y tenderos.
Por lo demás, está suficientemente claro que en el escenario europeo
posterior a la Reforma la Iglesia Romana era una institución vinculada a los
intereses propios del régimen aristocrático y del orden señorial, mientras que
las confesiones protestantes representaban las aspiraciones y mentalidad de la
nueva clase emergente y del nuevo sistema socio-económico. Aunque no por ello deja
de ser cierto que, con el transcurso del tiempo, y una vez que el sistema
burgués hubo logrado su consolidación política en toda la órbita occidental, la
institución vaticana se fue adaptando plenamente a las coordenadas del nuevo
modelo, haciendo gala con ello de su conocida versatilidad para acomodarse a
las exigencias de los tiempos y a los imperativos del Poder.
Para comprender el desarrollo experimentado por la economía capitalista
en los Países Bajos durante el siglo XVII, bastará significar la aparición por
entonces de una serie de prácticas que, con el andar de los años, habrían de
convertirse en rasgos característicos del capitalismo contemporáneo.
Uno de esos fenómenos fue la fiebre especulativa que se manifestó con
inusitada intensidad en la Holanda del XVII, circunstancia de la que da buena
prueba el espectacular tráfico económico que tuvo lugar en torno a un artículo
tan simple como el tulipán. Esta planta, traída desde Adrianópolis al occidente
europeo por el botánico Busbeck hacia mediados del siglo XVI, se convirtió
durante el primer tercio del siglo XVII en un objeto de veneración para los
ciudadanos holandeses. Fue una de esas extrañas modas, tan corrientes en la
época actual, que prendió casi repentinamente, sin que se conozca con certeza
la razón. El hecho es que, a partir de 1630,
el esnobismo de los primeros momentos comenzó a adquirir tintes de pura
y simple especulación. Cada día era
mayor el número de personas deseosas de adquirir ejemplares de ese bulbo,
aunque ya no por razones decorativas, sino con el propósito de venderlos a un
precio superior, no tardando en desarrollarse en torno a los tulipanes un
auténtico mercado bursátil en el cual participaban individuos de todas las
condiciones sociales. Las Bolsas de las principales ciudades holandesas se
convirtieron así en el escenario de transacciones en las que se pagaban miles
de florines por ejemplares de tulipán que, convertidos ya en un valor
abstracto, al modo de las acciones actuales, nadie había llegado a ver, ni el comprador,
ni el vendedor, ni mucho menos el agente bursátil. La histeria especuladora fue
en aumento, impulsada por el hecho de que, como en todo negocio de esa índole,
el incremento injustificado y vertiginoso de la cotización hizo que, en un
principio, todo el mundo obtuviera beneficios. Al punto que muchas personas
llegaron al extremo de enajenar todos sus bienes para invertir el numerario así
obtenido en tan lucrativo negocio. Claro que, al final, acabó ocurriendo lo
inevitable en todo proceso de especulación montado en torno a un objeto carente
de valor intrínseco, y cuya estimación resulta ser puramente ficticia. Al
vertiginoso ascenso de los precios le sucedió una caída más vertiginosa aún, lo
que supuso la bancarrota absoluta para
centenares de familias.
El episodio referido no fue sino un claro antecedente de lo que poco
después, ya en la Inglaterra del siglo XVIII, habría de desarrollarse
plenamente bajo la fórmula del Mercado de Acciones o Bolsa de Valores. Una
fórmula, sobra decirlo, de plena actualidad.
Otro fenómeno que se desarrolló también por aquellos años, y muy
especialmente en Inglaterra a partir del último tercio del siglo XVII, fue la
proliferación de los llamados proyectistas, una especie de antecesores de los
actuales expertos en inversiones financieras. Una muestra evidente de la
nitidez con la que ya por entonces comenzaron a perfilarse ciertos usos
consagrados en la actualidad, nos la ofrece el testimonio de un testigo
privilegiado de la época, el inglés Defoe. En su obra "An Essay on
Projects", el escritor británico definió de manera magistral a los
proyectistas de entonces con palabras como éstas: "Hay personas demasiado
astutas para convertirse en auténticos criminales en su desenfrenada carrera en
pos del oro. Éstas se dedican a inventar ciertas formas oscuras de tretas y
engañifas, un modo de robar tan reprobable como otro cualquiera, o incluso más,
ya que bajo atractivos pretextos inducen a gentes honradas a soltar su dinero y
ponerse de su parte, para desaparecer después tras la cortina de un refugio
seguro, burlándose de las leyes y de la honradez".
Las actividades de los proyectistas tuvieron su perfecta correspondencia
en la especulación bursátil y en el llamado Mercado de Efectos, cuyas prácticas
también nos dejaría descritas el citado autor en sus escritos: "Al
principio estaba constituido por las transferencias simples y esporádicas de
títulos y acciones. Pero debido a la industriosidad de los corredores de
comercio, en cuyas manos se hallaba el negocio, éste se convirtió en un tráfico
basado en las mayores intrigas, astucias y artimañas que jamás se dieron bajo
la máscara de la honradez. Pues como los corredores tenían la sartén por el
mango, convirtieron la Bolsa en una partida de juego; subían y bajaban los precios
de las acciones a su antojo, y mientras tanto siempre contaban con vendedores y
compradores dispuestos a confiarles su dinero, no obstante sus falaces
promesas".
Lógicamente, la consolidación del modelo económico capitalista que se
operó durante los siglos XVII y XVIII dió paso al nacimiento de las primeras
instituciones bancarias al estilo de las que se conocen hoy. Y no es que hasta
ese momento no hubiesen existido profesionales del préstamo a gran escala. Lo
que ocurre es que tales individuos, pese a su poderío económico, permanecieron
supeditados a los avatares y decisiones del poder político, siendo así que su
suerte dependía en gran medida de la del monarca al que se hallaban vinculados
o de que éste les retirara su confianza. Pero, con el discurrir de la era
moderna, los poderes económicos no sólo se fueron emancipando del dominio de la
autoridad política, sino que acabaron por erigirse en los dueños y patrones de
ésta.
En 1694, y a propuesta del escosés William Patterson (la rapacidad económica
de los negociantes escoceses no tardaría en convertirse en algo proverbial), el
Parlamento inglés autorizó la creación de una banca de emisión cuya razón
social completa sería The Governor and Company of the Bank of England. El capital social del
recién creado Banco de Inglaterra, que ascendía a 1.200.000 libras, fue
suscrito en su totalidad por inversores privados, y si bien el acta de su
fundación no otorgaba a esa entidad ningún monopolio, tres años después, en
1697, una nueva disposición parlamentaria le concedió en exclusiva el
privilegio de emitir moneda. A esta prerrogativa se le irían añadiendo con el
transcurso del tiempo algunas otras (Carta de 1892, Acta de 1928) que no harían
sino consolidar el poder de dicha institución.
Por lo que a Francia se refiere, el escenario económico de aquel país
estuvo presidido durante un tiempo por dos personajes. El primero, un
financiero de origen israelita llamado Samuel Bernard, fue el banquero personal
de Luis XIV y de toda la corte gala. Sus relaciones con los ministros del rey
le proporcionaba, entre otras ventajas, una información de primera mano de la
que el acaudalado Bernard extraía la oportuna rentabilidad. La fortuna y
posición de este finaciero llegaron a ser tales que las más destacadas familias
de la aristocracia francesa se disputaron el privilegio de emparentar con su
descendencia.
No obstante, los últimos años del reinado de Luis XIV se vieron afectado
por una progresiva crisis económica, que se acentuó aún más a la muerte del rey
Sol. Fue entonces cuando emergió al primer plano la figura del escocés John
Law, propietario de la poderosa Compañía Comercial de Occidente y de una
entidad bancaria que, en virtud de un edicto de agosto de 1717, pasó a
convertirse en la Banca Real, con todas las prerrogativas que ello comportaba,
entre otras la de emitir papel moneda. Posteriormente, la desaforada gestión
del financiero escocés no tardó en conducir a un crecimiento desmesurado de la
circulación fiduciaria, lo que acabaría desembocando en el absoluto descrédito
de los billetes emitidos por dicha institución bancaria, prácticamente carentes
al final de respaldo y de valor efectivos. En diciembre de 1720 la actividad de
la Banca Real fue suspendida, restableciéndose nuevamente el pago exclusivo en
numerario metálico.
Las catastróficas consecuencias de aquella experiencia marcaron durante
un tiempo tanto a los poderes públicos franceses como a la mayor parte de la
población. Habría que esperar al clima generado por la Revolución Francesa para
que el recelo de antaño diera paso a un ambiente más propicio para el
desenvolvimiento del Gran Capital.
Albert Matiez, uno de los escasos historiadores de la Revolución
Francesa que se interesó por los aspectos económicos de la misma, aportó en su
día una documentación precisa acerca del papel desempeñado en su gestación y
desarrollo por diversos finacieros. Figuran entre los más relevantes el
banquero Jacques Necker, director general de Finanzas y primer ministro de Luis
XVI, Etienne Delessert, fundador y propietario de la principal compañía
aseguradora francesa, Prevoteau, destacado financiero, y Nicolás Cindre, agente
de cambio. A esta relación podrían añadirse los nombres del banquero lionés
Fulchiron y de su asociado Givet, así como el del financiero Boscary,
presidente de la Caisse D'Escompte y titular de varios cargos políticos de
primer orden durante el episodio revolucionario. Todo esto, claro está, sin
mencionar la participación de otros patrocinadores foráneos, de los que se dará
cuenta más adelante.
Igualmente explícitos son los testimonios de dos destacados
protagonistas de aquel evento. El primero de ellos, el revolucionario
republicano Rivarol, dejaría escrito en sus memorias que "una multitud de
agiotistas y capitalistas decidieron la Revolución". No menos elocuentes
fueron las palabras pronunciadas en la Convención por el diputado y miembro del
Comité de Salud Pública Joseph Cambon: "La gran Revolución ha golpeado a
todo el mundo, excepto a los financieros"; palabras que, aun siendo certeras,
constituyeron un alarde de cinismo por parte de quien las pronunció, un sicario
del nuevo régimen capitalista.
Una vez agotado el período convencional, la situación resultaría todavía
más favorable para los intereses de la oligarquía económica. Durante el
Directorio, los financieros y hombres de negocios coparon los puestos clave del
gobierno y de la Administración, lograron la derogación en la Asamblea de la
ley de 17 Germinal del año II (apenas aplicada mientras estuvo en vigor), que
ponía algunas trabas al desenvolvimiento de sus actividades y, finalmente,
acapararon el lucrativo negocio de los suministros al Estado.
El golpe bonapartista del 19 Brumario de 1799 acabaría por conslidar los
intereses plutocráticos. Tan solo dos meses después de que Napoleón fuera
proclamado Primer Cónsul nació el Banco de Francia, institución a la que le fue
concedida desde su creación el privilegio de recibir en cuenta corriente los
fondos de la Hacienda Pública, a lo que se añadiría tres años después la facultad
exclusiva de emitir papel moneda. Todo ello tratándose, claro está, de una
entidad de carácter privado, cuyo presidente y administradores eran nombrados
por los 200 accionistas mayoritarios de la misma.
Por lo demás, son sobradamente conocidas las estrechas relaciones que
Napoleón Bonaparte mantuvo con la Alta Finanza, hasta el punto que, pese a
existir un poso de mutua desconfianza, el autócrata corso jamás emprendía una
campaña militar ni adoptaba una decisión política comprometida sin recabar el
parecer de sus banqueros. No menos conocidos son los gigantescos beneficios que
las guerras napoleónicas reportaron al entonces llamado Sindicato Financiero
Internacional (Baring, Hope, Boyd,
Parish, Bethmann, Rothschild), al que el historiador británico Mc Nair Wilson
atribuyó la caída de Napoleón a raíz de las medidas adoptadas por éste (bloqueo
comercial sobre Inglaterra) en contra de sus intereses.
Inmediatamente después del desmantelamiento del régimen bonapartista
comenzó a perfilarse el protagonismo hegemónico de la casa Rothschild, que en
el transcurso de unos cuantos años se situaría en una posición de privilegio en
el ámbito finaciero del continente europeo.
El fundador de dicha dinastía de banqueros fue Meyer Amschel Rothschild,
nacido el año 1744 (1743, según algunos biógrafos) en la localidad alemana de
Frankfurt. Tras un breve período de estudios en la escuela talmúdica de su
ciudad natal, el joven Rothschild ingresó como empleado en una casa de cambio
de Hannover regentada un correligionario suyo llamado Oppenheim, donde se
iniciaría en los fundamentos del negocio bancario. Debido a sus excepcionales
dotes para los asuntos financieros, no tardó en ocupar un puesto relevante en
la Banca Oppenheim, lo que le iba a permitir relacionarse con su más adinerada
clientela. Fue precisamente por ese conducto como un día entró en contacto con
el general von Estorff, quien, impresionado por su agudeza y visión comercial,
le introdujo en la corte del Landgrave de Hesse-Cassel , que a la sazón constituía
por entonces una especie de establecimiento mercantil donde se trataban todo
tipo de negocios.
Coincidiendo con aquel suceso, que marcaría el inicio de su vertiginosa
ascensión, Meyer Amschel contrajo matrimonio en 1770 con una joven hebrea llamada
Gutta Schapper, y se estableció en un inmueble de Frankfurt, futura sede de su
imperio económico.
Uno de los más lucrativos negocios de aquella época lo constituía el
aprovisionamiento de mercenarios para los ejércitos de las monarquías europeas.
Y justamente, los mayores organizadores de ese tráfico eran el príncipe
Federico II de Hesse-Cassel y su hijo Guillermo IX. Meyer Rothschild, asociado
de éstos, se encargaba de reclutar, equipar y alojar a la tropa hasta su
embarque, percibiendo a cambio un porcentaje por cada operación. Huelga
comentar la importancia que adquirió ese comercio a raíz de las guerras
desatadas en Europa como consecuencia de la Revolución Francesa, así como los
dividendos que reportó a sus principales promotores. Con todo, ésta no fue más
que una de las múltiples fuentes de ingresos de nuestro financiero, como muy
bien señalaría su principal biógrafo y panegirista, el conde Corti: "Allí
donde había algo en que ganar, ya fuera comisión o expedición, ya se tratase de
ropas o de vinos, o bien de artículos para los cuales había sido establecida la
libertad de comercio, allí estaba presente la casa Rothschild". Otra de
las especialidades de la casa, no mencionada por el citado cronista, fue el
contrabando, actividad de la que dan repetida
cuenta varios informes policiales elaborados en 1812 y dirigidos al ministro del Interior francés,
el duque de Rovigo.
En 1810, plenamente consolidado ya su negocio, Meyer Amschel redacta y formaliza un contrato por medio del
cual asocia a sus hijos varones a la sociedad, que pasa a denominarse a partir
de ese momento Meyer Amschel Rothschild e Hijos. Dos años más tarde, el 19 de
septiembre de 1812, moría el fundador de la dinastía, dejando en su testamento
la propiedad exclusiva de todos sus negocios a sus cinco hijos, cada uno de los
cuales recibió una quinta parte del capital social. El acta testamentaria
excluía explícitamente de cualquier participación en la empresa a sus hijas, a
los maridos de éstas y a sus descendientes, si bien establecía la entrega a
cada una de ellas de una estimable suma económica.
Como ya se apuntara líneas atrás, fue a partir de ese instante, y en el
marco del nuevo escenario europeo configurado por la Revolución Francesa y las
guerras napoleónicas, cuando la casa Rothschild emprendió una progresión
imparable que la llevaría en pocos años a situarse a la cabeza de la finanza
europea. Aunque no el único, el factor que más decisivamente contribuyó a tan
fulgurante escalada fue el hecho de que
cada uno de los cinco herederos se estableciera en una capital europea, lo que
habría de permitirles en lo sucesivo coordinar sus estrategias y disponer en
todo momento de una visión completa y no limitada a un sólo país de la
situación reinante en el viejo continente.
La
rama francesa de la casa Rothschild, que estuvo comandada en un principio por
Salomón, pasó en muy poco tiempo de figurar en los archivos policiales por sus
prácticas contrabandísticas, al pleno reconocimeinto de la corte real y de la
alta sociedad. En 1823, Luis XVIII solicita y obtiene de la firma un empréstito
de 400 millones de francos, y unos meses después Salomón Rothschild es
condecorado con la Legión de Honor por sus valiosos servicios a la causa de la
Restauración. A lo largo de los años 1830,1831 y 1832 se suceden otros tantos
empréstitos de la banca Rothschild al gobierno francés.
A
partir de 1836 la rama francesa de los Rothschild pasa a ser dirigida por otro
de los hermanos, Jacob, más conocido bajo el nombre de uerre
aux Fripons") daba cuenta del modo en que numerosos miembros de las dos
Cámaras Legislativas, varios jueces y los periodistas más influyentes de aquel
país, habían sido obsequiados por el dadivoso James Rothschild con miles de
acciones de su recién creada compañía ferroviaria.
Mientras tanto, la hostilidad de la opinión pública, clamorosa en un
principio, iba cediendo progresivamente merced a la intensa propaganda
desplegada por los diarios más influyentes, que se dedicaban a destacar las
obras filantrópicas de la poderosa Banca. Muy pronto la filantropía habría de convertirse en un
recurso habitual de numerosos imperios financieros, que desde hace tiempo
vienen dedicando parte de sus ingentes beneficios a dicho capítulo, cuya
utilidad no sólo se deriva de su impacto efectista sobre la población, sino
fundamentalmente de las posibilidades que ese conducto ofrece para (a través de
las Fundaciones) penetrar y controlar amplios sectores de la vida social.
En cuanto a los restantes miembros de la saga, Amschel regentaba el
establecimiento bancario de Frankfurt, Karl dirigía el de Nápoles, y Salomón,
que en un principio figuró al frente de la rama francesa, acabó instalándose
definitivamente en Viena, donde muy pronto se hizo con la amistad personal de
Metternich y con las simpatías de la corte imperial. Por si eso fuera poco, el
influyente Gentz, brazo derecho del canciller austríaco, le mantenía
puntualmente informado de los asuntos de Estado, percibiendo a cambio una
sustanciosa asignación mensual. Sus relaciones con la curia romana eran también
óptimas, y fruto de ellas fue un importante empréstito negociado con el Estado
Vaticano.
Finalmente, el quinto de los vástagos, Natham, se instaló en Londres. De
su posición en la sociedad británica puede decirse que fue tan sólida o incluso
más que la de sus hermanos en los otros países europeos. De hecho, el salón de
su hija mayor se convirtió en el lugar más frecuentado por la aristocracia
británica y las oligarquías económicas, políticas y sociales de aquel país. Tampoco
estará de más significar el papel desempeñado por Nathan Rothschild en el
conflicto que enfrentó a carlistas e isabelinos por el trono español. Un papel
tan decisivo como rentable para aquél, ya que su apoyo financiero a la causa
isabelina le valió, entre otras prebendas, la explotación en exclusiva de las
minas de Almadén. Y dado que el otro gran yacimiento europeo de mercurio,
ubicado en Istria, había sido comprado tiempo atrás al Estado austríaco por su
hermano Salomón, la casa Rothschild pudo así acaparar en régimen de monopolio
el mercado europeo de ese mineral.
LA CONSOLIDACION POLITICA E INSTITUCIONAL
El afianzamiento en el terreno económico del modelo capitalista, que
comenzó a perfilarse a principios del XVII, no fue más que la primera fase de
un proceso que habría de desembocar tiempo después en su consolidación política
e institucional, aspecto del que nos ocuparemos a continuación.
Antes de penetrar en el análisis de la Revolución Francesa, que sin duda
constituye el modelo prototípico de revolución burguesa, convendrá dedicar una
breve alusión a los dos movimientos políticos de significación equivalente que
la precedieron en el tiempo. Alusión que resulta incluso necesaria, y no tanto
por las similitudes de fondo que entre las tres revoluciones (inglesa,
americana y francesa) se pudieran establecer, como por las peculiaridades que
caracterizaron a la última respecto de las otras dos.
En efecto, el régimen republicano instaurado por la revolución inglesa
de 1680 no fue sino el resultado del compromiso al que llegaron la aristocracia
terrateniente y la clase burguesa para compartir el poder; un pacto, además,
que al no necesitar del auxilio popular para afianzarse, pudo llevarse a efecto
sin realizar excesivas concesiones a las capas inferiores de la población. Algo
parecido podría decirse de la revolución americana de 1776, cuyos logros
políticos, netamente orientados en beneficio exclusivo de un sector minoritario
de la sociedad, se verían magnificados por una declaración de principios tan
altisonante como hueca y puramente formal. En la práctica, la esclavitud siguió
existiendo en aquel país y la jerarquización socio-política siguió basándose en
el poderío económico.
Por contra, lo que marcó el carácter específico de la Revolución
Francesa fue el hecho de que, en su asalto al poder político e institucional,
la burguesía tuvo que recurrir a las masas populares para quebrar la tenaz
oposición a todo compromiso de una parte considerable del estamento
aristocrático. Esta contingencia fue la causa que obligó a la clase burguesa a
efectuar ciertas concesiones circunstanciales y estratégicas a las capas
populares, lo que habría de desencadenar una serie de consecuencias cuyos ecos
perdurarían hasta mucho tiempo después.
Por lo demás, las convulsiones sociales que posibilitaron el
acaparamiento del poder político por parte de la burguesía no fueron más que la
culminación de un proceso que se venía gestando desde mucho tiempo atrás. En el
siglo XVIII, e incluso antes, la burguesía francesa dominaba por completo el
panorama económico de aquel país, situándose a la cabeza tanto del comercio
como de la industria y las finanzas. De sus filas procedían igualmente la mayor
parte de los cuadros técnicos de la administración monárquica. Por otra parte,
el esquema ideológico burgués y su escala de valores (presidida por el culto al
dinero) impregnaban desde hacía tiempo
la mentalidad de las capas superiores de la clase aristocrática. Ya es bien
significativo el hecho de que los conciábulos donde se incubaron y desde donde
se propalaron las consignas burguesas de la Ilustración encontraran su mejor
acogida en los salones de la aristocracia. Naturalmente, la burguesía tenía plena consciencia de que su hegemonía
económica y su ascendiente ideológico sobre la población le facultaban para
abordar la segunda fase del proceso, esto es, la conquista del poder
institucional.
Con todo, la colaboración que la burguesía encontró entre una
porción importante de las clases
populares, y la favorable acogida de que gozaron sus señuelos ideológicos,
debieron buena parte de su éxito a la profunda degradación en que se hallaba
sumido en Antiguo Régimen y sus estructuras de mando. Por lo que se refiere al
estamento eclesial, otro de los pilares seculares del orden aristocrático, su
grado de putrefacción había alcanzado cotas igualmente considerables; al punto
que en la Francia de entonces las palabras clérigo y disoluto llegaron a
convertirse poco menos que en términos sinónimos. Todo ello sin olvidar que una
parte considerable del alto clero compartió desde muy pronto los postualdos de
la nueva ideología, y que casi la mitad de los párrocos franceses juraron
fidelidad a la Constitución de 1790, que consagraba los principios del nuevo
régimen.
La profunda aversión al estamento clerical y a sus usos depravados,
unido al arraigo que, pese a todo, siguieron manteniendo las creencias
religiosas entre amplios sectores de la población, fueron bazas que la
oligarquía burguesa supo instrumentalizar en cada coyuntura como mejor convino
a sus intereses. En un primer momento tales resortes sirvieron para la
confiscación de los bienes eclesiales (cuya adquisisición proporcionó a la
burguesía revolucionaria beneficios inmensos), así como para canalizar la
penuria y la indignación de las masas contra la reacción aristocrática. Pero,
una vez consolidados sus objetivos y alcanzada la hegemonía institucional, la
burguesía dirigente execró los excesos de las turbas que ella misma había
instigado y apeló de nuevo a las viejas creencias, viendo en ellas un factor de
control y estabilización de su orden social. Nadie sería más explícito a este
respecto que Napoleón Bonaparte, cuando afirmara que "la sociedad no puede existir sin la
desigualdad de las fortunas, y la desigualdad de las fortunas no puede existir
sin la religión". Esta frase refleja a la perfección el concepto
que del hecho religioso tuvo siempre la mentalidad burguesa, una mentalidad
patológica en su esencia y patógena en su proyección.
A
la descomposición del Antiguo Régimen, que sin duda constituyó un factor básico
en el desencadenamiento del proceso, se sumó la regresión económica sobrevenida
a partir de 1778, y que en realidad no fue sino el detonante. En efecto, aunque
el siglo XVIII había constituido hasta ese momento un período de prosperidad,
muy especialmente durante la fase comprendida entre 1760 y 1776, a partir de
1778 se desencadenó una etapa de contracción económica que culminaría
finalmente en la gran crisis de 1787, con todo su cortejo de penurias y miseria.
Esa circunstancia, que tan oportunamente iban a explotar los promotores de la
Revolución, no fue, conviene reiterarlo, sino el desencadenante de una
situación larvada cuyo mar de fondo se venía gestando desde mucho antes. De
hecho, carestías y hambrunas de envergadura incomparablemente mayor a las que se produjeron entonces las ha habido
por docenas a lo largo de la historia, sin que ello comportara la caída del
sistema anterior y la implantación de un nuevo régimen. Y es que, para que esto
último sucediera en 1789 se precisó de algo más. Hizo falta, en primer término,
la profunda decadencia de la casta dominante que entonces se dio, y el
progresivo descrédito en el que, como lógica consecuencia, se vieron envueltos
los valores que esa vieja oligarquía había venido utilizando para legitimar su
autoridad. Pero fue necesaria, además, la presencia de una estructura
organizada capaz de llevar a cabo una labor sistemática de demolición cultural
y de agitación social, como lo era la maquinaria que venía preparando desde
hacía tiempo el asalto de la burguesía al poder político e institucional. Sobra
decir que en todo ese ejercicio de fuerza, el tan largamente invocado papel de
las masas no fue sino el de mera comparsa, como los acontecimientos sucesivos demostrarían
hasta la saciedad.
Nada menos oportuno, por tanto, que extenderse en argumentos para
desmontar el mito de la revolución espontánea, una más de las innumerables
patrañas consagradas por la intoxicación oficial. Además de la experiencia
histórica (y de la lógica más elemental), que ha acreditado sin excepción que
las revueltas populares verdaderamente espontáneas jamás rebasaron el grado de
simple motín, se cuentan por centenares los datos y los testimonios que no
dejan lugar a dudas sobre la autoría de la orquestación.
Esa estructura minuciosamente organizada a través de la cual la
oligarquía burguesa alcanzó sus objetivos no fue otra que la francmasonería,
una organización que, por el papel desempeñado a todo lo largo de la época
moderna, es merecedora de un tratamiento exhaustivo imposible de abordar
aquí; bastará, por el momento, con
reseñar algunos datos que permitan hacerse una idea de su decisiva
participación en aquel suceso.
Bien podría empezarse, pues, significando el hecho de que todos los
ideólogos del nuevo régimen y de la Revolución, y la totalidad de sus
dirigentes políticos, sin ninguna excepción sobresaliente, fueron feligreses de
las logias. Desde los teóricos y propagandistas de la primera hora, como
D'Alembert, Montesquieu, Rousseau, Condorcet o Voltaire, hasta los activistas
más destacados del proceso revolucionario, del Directorio y del régimen
bonapartista, como Mirabeau, Desmoulins, Robespierre, Danton, Saint-Just,
Marat, Hebert, Fouché, Siéyès, o el propio Napoleón. Todo ello sin contar,
claro está, los innumerables clérigos afiliados a la secta. Masónicos
igualmente eran los símbolos republicanos (gorro frigio, bandera republicana) y
el himno revolucionario (la marsellesa), compuesto por el adepto Rouget de
L'Isle y cantado por vez primera en la logia de los Caballeros Francos de
Estrasburgo. Lo mismo podría decirse de las consignas ideológicas, comenzando
por la más hipócrita y falaz de todas ellas ("libertad, igualdad,
fraternidad"), amparo desde entonces de masacres y tiranías, y artificio
que bastante antes de convertirse en el eslogan señero del régimen burgués era
ya la divisa de las logias masónicas. Bien es cierto que sus creadores y
propaladores nunca han interpretado tan capcioso señuelo con el papanatismo habitual
de sus incautos destinatarios, sino de un modo muy distinto. Véase, si no, el
modo en que se manifestaba sobre ese particular Jules Boucher, alto grado de la
Gran Logia de Francia, en declaraciones recogidas por el órgano oficial de
dicha logia, la revista Humanisme, en su número de abril 1990: "¿Libertad? La libertad
masónica es muy relativa. La masonería ha multiplicado las obligaciones a las
cuales debe someterse el francmasón, lo que significa obediencia, y dictado
reglamentos draconianos cuya enumeración precisaría un volumen de casi
doscientas páginas. ¿Igualdad? La masonería es la negación misma de la
igualdad. Sus grados y su jerarquía recuerdan constantemente al francmasón que
la igualdad es un mito. ¿Fraternidad? El masón sincero constata con pesar que
la fraternidad no es más que una palabra vacía de sentido en su aplicación
real". Esto vale como muestra de lo que, desde hace tiempo, se ha
convertido ya en táctica habitual de los grupos de poder multinacional,
propaladores a través de sus voceros (grandes medios de comunicación) de
filantropías y mundialismos de probados efectos hipnóticos sobre las masas,
aunque no se trate sino de falacias dirigidas a consolidar la hegemonía de
tales grupos, cuyas prácticas constituyen la antítesis de sus espúreas
monsergas.
Por lo que se refiere a la participación fáctica de la francmasonería en
el proceso revolucionario, ostensible ya desde el primer momento, tampoco
escasean los testimonios de la propia casa que reducen a escombros la falacia
de la espontaneidad. Figura entre ellos el de M. Zeller, gran maestre del Gran
Oriente Francés, quien en 1973, con motivo del bicentenario de la fundación de
esa logia, declaraba lo siguiente: "Las logias masónicas fueron el crisol
donde se ha formado, desarrollado y enriquecido el pensamiento republicano y
progresista. Ellas constituyeron a través de Francia entera una vasta asamblea
en el seno de la cual se elaboraron los programas y las perspectivas de lucha
que debían permitir el nacimiento y el desarrollo del régimen
republicano".
En la misma línea se sitúan las manifestaciones de M. Béhar, gran
maestre del Gran Oriente de Francia, a
la revista Humanisme, en mayo de 1975: "En Francia, es en el seno de las
logias masónicas donde se elaboraron las ideas que han sido en buena medida el
motor de la revolución burguesa de 1789"; a lo que la propia revista
añadía: "Es conveniente recordar que la francmasonería está en el origen
de la Revolución Francesa....Durante los años que precedieron a la caída de la
monarquía, la Declaración de los Derechos del Hombre y la Constitución fueron
larga y minuciosamente elaboradas en las logias masónicas. Y, naturalmente,
desde que fuera proclamada la República Francesa se adopta la divisa prestigiosa que los francmasones habían
inscrito siempre en el Oriente de su Templo: Liberté, Egalité,
Fraternité".
Más explícito aún habría de ser un francmasón de tronío, el Doctor
Encausse, quien en su obra "Traité élémentaire d'occultisme" dejó
escritas estas palabras: "Hay ingenuos que abren los libros de Historia
donde se encuentra una idílica imagen representando a un señor que gesticula y
que grita ¡A la Bastilla! Esos incautos se figuran simplemente que la toma de
la Bastilla se efectuó gracias al furor popular desencadenado por el gesto
soberbio del tribuno. Sin embargo, yo lamento decirles que se engañan
grandemente, pues hicieron falta cuarenta y dos años para preparar el grito de
Camille Desmoulins. Para tomar la Bastilla fue necesario que todos los
oficiales que debían estar de guardia en Versalles ese día pertenecieran a la
orden masónica; hizo falta asegurarse la complicidad de los más altos
servidores del rey; y se necesitó que los cañones que sirvieron para la toma de
la Bastilla fueran transportados a los Inválidos quince días antes por hombres
entregados a la causa. En fin, fue preciso orquestar una revuelta y lanzar a
los parisinos al asalto de la fortaleza del Estado".
Los hechos a los que aludiera el Doctor Encausse fueron minuciosamente
descritos por Funck-Bretano en "Légendes et archives de la Bastille",
un documento riguroso y exhaustivo en el que se desvelan las claves de esa gran
falsificación histórica, una más entre otras tantas, así como el papel
desempeñado en aquel suceso por las bandas de criminales a sueldo reclutados en
Alemania y Suiza por la Logia de los Illuminati, y financiados por los
traficantes y agiotistas de Estraburgo. En esa obra se revela igualmente la
identidad de los reclusos de la Bastilla, las famosas "víctimas políticas
del absolutismo" liberadas por los asaltantes. Siete eran los prisioneros:
de Whyte y Tavernier, dos pobres enajenados que inmediatamente después serían
recluídos por el régimen republicado en Charenton; el conde de Solages, un
libertino culpable y convicto de crímenes espeluznantes; y cuatro
defraudadores; Laroche, Béchade, Pujade y La Corrége, encarcelados por
falsificar letras de cambio en perjuicio de dos banqueros parisinos, un hecho
que no impediría al sistema plutocrático surgido a raíz de aquel suceso
elevarlos a la categoría de víctimas de la tiranía. Peor suerte correrían tres
años después los ocupantes de las cárceles y hospicios parisinos del régimen de
la "fraternité", ocupantes que fueron masacrados en masa y entre los
cuales figuraban delincuentes comunes, enfermos mentales, mendigos y niños
abandonados.
En último término convendrá significar que la masonería moderna es,
entre otras cosas, sinónimo de plutocracia. No obstante, se engañaría quien
pensara que la operatividad de esta organización se reduce a sus objetivos
hegemónicos en el terreno económico y político, ya que en el ámbito ideológico
ha venido desempeñando asimismo un papel determinante a la hora de conformar la
mentalidad actual. Y es que sin el arraigo social de sus falacias humanistas, ese
repertorio de tópicos que sirven de cobertura al materialismo moderno, tal
hegemonía nunca habría sido posible.
Vistos ya los resortes que desencadenaron la Revolución, es llegado el
momento de analizar el desarrollo ideológico y político del proceso
revolucionario que dio paso a la instauración en Francia del modelo capitalista
y del régimen burgués. Y al hacerlo comprobaremos que la Revolución Francesa no
solamente fue el marco embrionario en el que se gestaron las corrientes
políticas surgidas posteriormente, sino también la matriz ideológica de casi
todos los clichés fraudulentos que conforman la mentalidad actual. Y los que no
se fraguaron allí lo habían hecho anteriormente en el otro hemisferio del
universo burgués, al otro lado del Atlántico.
Como parece evidente, nada puede ser más oportuno a la hora de iniciar dicho
análisis que abordar el contenido del eslogan señero de la Revolución, el ya
célebre enunciado "liberté, egalité, fraternité". De lo que se trata,
pues, es de escrutar lo que, con arreglo a los hechos, constituía el contenido
real de aquella tríada hipnótica.
Efectivemente, lo primero que reclamaba la burguesía emergente era la
libertad, pero no tanto la libertad política, que no habría de ser sino un
instrumento a su servicio, como la libertad económica, es decir, la de empresa
y beneficio, factores imprescindibles
para garantizar la consolidación y el desarrollo del capitalismo. Es cierto que
la Declaración de Derechos de 1789 no recogió tales conceptos, y ello por dos
razones muy simples: la primera, que no era preciso explicitar algo tan obvio
para los artífices del nuevo régimen; y la segunda, porque el hacerlo habría
despertado el recelo de las masas populares, fuertemente apegadas al sistema
económico tradicional, que a través de la tasación y la reglamentación
aseguraba en gran medida sus medios de subsistencia.
Pero la dinámica de los hechos demostró desde el primer momento que el
liberalismo económico constituía la piedra angular del nuevo régimen. Así, la
ley Allarde del 2 de marzo de 1791 suprimió no sólo las prerrogativas reales de
la industria manufacturera, sino también las corporaciones y asociaciones
gremiales, base de la economía productiva artesanal. Simultáneamente fueron
decretadas la libertad mercantil y la libertad laboral, aunque eso sí, en
virtud de la ley Le Chapelier del 14 de junio de 1791, quedaron excluídos del
nuevo marco "libertario" los derechos de asociación y de huelga.
En el ámbito rural, la redención de las rentas establecida por el
Decreto del 3 de mayo de 1790, y la supresión de los diezmos decretada el 11 de
marzo de 1791, fueron un malabarismo infame que, además de beneficiar
exclusivamente a los propietarios, abocó al campesinado francés a una situación
aún peor que la que padecía antes. No en vano se estaban sentando las bases del
capitalismo "liberal", en virtud del cual la libertad pasaba a ser
una abstracción puramente ornamental para los más, al tiempo que un útil de
acaparamiento y poder para una reducida minoría.
Con anterioridad a todas esas medidas, ya en noviembre de 1789 habían
sido confiscados todos los bienes eclesiales, a los que se añadirían tiempo
después los recursos expropiados a los exiliados del Terror. Fueron los
denominados "bienes nacionales", que constituyeron una fuente de
beneficios inmensos para la burguesía jacobina, y cuya titularidad pasaría a
manos de la nueva clase dominante.
En el terreno de las libertades civiles y políticas, la revolución
burguesa dejó bien claro desde el principio cuál era el sentido de su magnánima
liberalidad. Ya en los años de la Ilustración, los editores de la libérrima
Enciclopedia, Diderot y D'Alembert, se habían dirigido a Malesherbes,
responsable de las publicaciones durante el reinado de Luis XVI, para solicitarle
la censura y, en su caso, el secuestro
de todos aquellos escritos que criticasen la Enciclopedia. Pero el infortunado
funcionario, protector y valedor, por otra parte, de los enciclopedistas ante
la Adminsitración real, tuvo la mala ocurrencia de rechazar dicha solicitud.
Tiempo después, en 1794, habría de pagar muy cara su torpe interpretación de la
tolerancia burguesa, siendo guillotinado. Aquello no fue más que un simple
antecedente de la tolerancia actual, en cuyo nombre la Inquisición progresista
exige el absoluto respeto para sus clichés ideológicos y sus esnobismos
sórdidos, mientras reduce al silencio o a la ignominia (cuando no puede ir aún
más lejos) a quienquiera que se atreva a rebatirlos.
No obstante los negros presagios enciclopedistas, una vez desencadenado
el proceso revolucionario la situación mejoraría ostensiblemente. La libertad
religiosa fue abolida, permitiéndose únicamente los cultos disidentes. La
libertad de prensa corrió parecida suerte. En 1792, y sólo en París, fueron clausurados
de un plumazo once diarios: La Hoja del Día, El Amigo del Rey, La Gaceta
Universal, Los Anales Monárquicos, La Gaceta de París, El Diario de París, El
Espectador y Moderador Nacional, El Diario de la Corte y de la Villa, El
Boletín de Medianoche, El Diario Eclesiástico, y El Logógrafo. Eran todavía los
buenos tiempos, pues lo peor estaba aún por ocurrir.
Por lo que se refiere los derechos civiles más relevantes, como el de
ingresar en la Guardia Nacional o el de sufragio, ambos estuvieron limitados,
con arreglo a los cánones de la democracia censataria, a los ciudadanos
activos, esto es, a aquéllos cuyo nivel de rentas les permitía pagar la
contribución directa, inasequible para la mayoría. Muy pronto comprobaremos
cómo fue modificada temporalmente esa situación durante los momentos álgidos
del proceso revolucionario, y de qué
forma se restableció después.
Sobre los otros dos términos del tríptico no merece la pena extenderse,
ya que hablar de igualdad en un sistema cuyo fundamento social y político es
esencialmente oligárquico no pasaría de ser un escarnio. En cuanto a la
fraternidad, esa flor que, como todo el mundo sabe, se desarrolla pródigamente
en la sociedad competitiva y materialista alumbrada por el capitalismo moderno,
bastará con remitirse a las calamidades y matanzas que el nuevo régimen
perpetró para consolidarse si se quiere comprender su exacta significación.
Pero el elemento central del sistema burgués a la hora de articular su
régimen político, y el que suscitaría, alternativamente, el apoyo y el recelo de las capas subordinadas de la
población, fue, sin duda, el concepto de democracia. Y aquí, como en tantos
otros aspectos, la Revolución Francesa, en tanto que paradigma del modelo burgués,
habría de marcar las pautas y sentar los dogmas vigentes en el mundo actual.
No existe la menor duda acerca de lo que clase burguesa entendía por
democracia. De hecho, para los más celebrados teóricos del nuevo régimen
político, el modelo a seguir no podía ser otro que el sistema representativo ya
establecido con anterioridad en Inglaterra y Norteamérica. El propio
Montesquieu, máximo ideólogo de la democracia burguesa, había dejado bien clara
su posición al respecto cuando en "El Espíritu de las Leyes"
escribiera: "La mayoría de las repúblicas antiguas adolecían de un gran
defecto: en ellas el pueblo tenía derecho a adoptar resoluciones activas, que
exigen algún tipo de ejecución, cosa de la que aquél es totalmente incapaz. El
pueblo debe participar en el gobierno exclusivamente para elegir a sus
representantes".
Pero, como resulta obvio, esa concepción tuvo que modificarse
circunstancialmente cuando la burguesía precisó del concurso de las masas para
doblegar la resistencia aristocrática. Esa fue la razón de que, tres años
después de iniciarse el curso revolucionario, la Convención concediera el
sufragio general. Lo malo es que tal medida no consiguió colmar las
expectativas de las clases populares, convencidas de que sus sacrificios en pro
de la causa revolucionaria debían ser retribuidos con mejores recompensas. No
menos ajenas a sus pretensiones ilusorias fueron las demagógicas llamadas de
los activistas burgueses a la soberanía del pueblo, una mera entelequia que
éste acabaría interpretando de modo consecuente al pie de la letra.
Bien es cierto que las florituras de algunos ideólogos burgueses
contribuyeron a dotar de tintes más vistosos al nuevo régimen, pero al precio
de provocar expectativas imprevistas. Tal fue el caso de Rousseau, que se
permitió escribir sobre el parlamentarismo británico en estos esclarecedores
términos: "El pueblo inglés cree ser libre, pero se equivoca gravemente;
solamente lo es durante la elección de los miembros del Parlamento, pero una
vez elegidos éstos, es un esclavo, no es nada. En las antiguas repúblicas el
pueblo nunca tuvo representante alguno, no se conocía esa palabra....Desde el
momento en que el pueblo se da representantes, deja de ser libre, deja de
existir". Lo curioso es que, después de su demoledor análisis del sistema
representativo, elemental, por otra parte, y tal vez comprendiendo que había
ido más allá de lo conveniente, el escritor ginebrino se apresuró a atemperar
sus atrevidos juicios mediante una fórmula de compromiso a mitad de camino
entre la pseudodemocracia representativa o formal y la democracia real. Fórmula
que sería adoptada posteriormente por la demagogia jacobina para granjearse el
apoyo de las masas y que podría resumirse en los siguientes puntos: el modelo
representativo se aceptaba como el único válido, pero a cambio de ciertas
garantías; los diputados elegidos por el pueblo no serían sus representantes,
ya que la voluntad soberana es inalienable, sino únicamente sus
"comisarios"; y las leyes emanadas de la Asamblea de comisarios
carecerían de valor en tanto no hubieran sido refrendadas por el pueblo. Todos
estos planteamientos marcan la frontera más lejana a la que, en el plano
teórico, llegaría jamás la democracia burguesa, aunque no es necesario decir
que ni remotamente han sido nunca
llevados a la práctica. Tiempo después el bolchevismo marxista, trasunto
perfecto de la dictadura jacobina, iría aún más lejos que aquélla, tanto en su
espúrea demagogia como en su totalitarismo criminal.
La
retórica democrática de la burguesía surtió pronto los efectos previstos, aunque
no tardaron en añadírseles otros menos deseados. A fuerza de vociferar el
eslogan de la soberanía del pueblo, éste acabó por tomarlo no como la metáfora
hipnótica que en realidad era, sino como una posibilidad real. Buena muestra de
ello fue la moción aprobada por las secciones sans-colulottes parisinas, que
uno de sus portavoces, el enragé Varlet, redactó en estos términos:
"Invitamos al departamento de París, parte integrante del pueblo soberano,
a apoderarse del ejercicio de la soberanía; autorizamos al cuerpo electoral de
París a renovar los miembros de la Convención traidores a la causa del
pueblo".
Pese a todo, ése era un riesgo que la burguesía francesa tenía que
correr para abatir tanto a la resistencia interna como a la amenaza foránea, un
riesgo calculado e imprescindible en todo caso para consolidar su asalto al
poder institucional. De ahí las concesiones del año 1792 a los ciudadanos
pasivos, otorgándoles el derecho al voto y la franquicia para ingresar en las
filas de la Guardia Nacional, prerrogativas hasta entonces exclusivas de la
minoría burguesa que pagaba la contribución censataria. Durante el año
siguiente las dificultades acarreadas por la guerra exterior, que en el caso de
derrota habría significado el colapso del régimen republicano, obligaron a la
burguesía dirigente a paliar la extrema penuria desencadenada por la Revolución
mediante una serie de concesiones económicas. El motivo de fondo no era otro
que la imperiosa necesidad de ganar la guerra, y para ello no había otro remedio
que conciliarse temporalmente con las masas sans-coulottes que nutrían el
ejército revolucionario. Un miembro de la Convención, el diputado Baudot,
resumiría tiempo después aquellas circunstancias de forma explícita en sus
"Notes Historiques" con estas palabras: "Solamente las masas
populares podían derrotar a las tropas extranjeras; por consiguiente había que
sublevarlas e interesarlas por el éxito de la Revolución. La burguesía, además
de pacífica, era poco numerosa para un movimiento de esa envergadura".
El grado de oposición interna y las guerras exteriores marcaron, pues,
el pulso y los vaivenes políticos del proceso revolucionario. Cada fracaso
militar conducía a una mejora momentánea de las condiciones de vida y de las
prerrogativas políticas de las masas; cada victoria, a un debilitamiento de las
mismas. Debe especificarse, además, que, en lo fundamental, esas guerras
exteriores nunca obedecieron, como a menudo sostiene la intoxicación oficial, a
razones de antagonismo ideológico entre la Europa monárquica y la Francia
republicana, sino a los sórdidos intereses habituales de quienes desencadenan
tales conflictos sin sufrir sus consecuencias. Prueba de ello es que la
Inglaterra "democrática" y burguesa, principal antagonista militar de
la nueva "democracia" francesa, no se opuso al proceso revolucionario
hasta que éste entró en colisión con sus intereses comerciales. Por su parte,
la burguesía francesa sufragó los gastos de la Revolución y de la guerra con
los bienes expropiados y a través de la inflación, que sumió al país en una
penuria calamitosa. No sólo no desembolsó ni un céntimo para costear sus
"patrióticas" contiendas, sino que obtuvo de ellas beneficios
inmensos merced al negocio de los suministros al Ejército.
A
finales del invierno de 1794, ahogada en sangre la oposición interna y
conjurada la amenaza exterior, los acontecimientos se precipitaron en la
dirección prevista y en la única que podían hacerlo. En marzo era licenciado el
Ejército Revolucionario, integrado en su práctica totalidad por descamisados, y
pieza clave hasta poco antes tanto de las campañas militares como de la
represión interna. Inmediatamente después eran suprimidos los comisarios para
la vigilancia del acaparamiento de víveres, y daba comienzo el desmantelamiento
de la Comuna y de las unidades seccionarias, núcleos políticos de las
organizaciones populares. La depuración iniciada contra los hebertistas en
marzo de 1794 siguió su curso implacable a lo largo de todo un año, para
culminar en la jornada del 4 Pradial (23 mayo 1795) con la rendición
incondicional del barrio Saint-Antoine, último reducto sans-coulotte.
Simultáneamente, el proceso de depuración política fue acompañado por una labor
paralela de violencia callejera. Dada su condición "pacífica" (según
la expresión empleada por el citado Baudot en sus Notes Históriques), la
burguesía se sirvió en cada momento de los elementos oportunos para conseguir
sus propósitos. Durante el período revolucionario había instigado los más bajos
instintos de las turbas para instaurar su régimen de terror y hecho uso de los
descamisados para laminar cualquier clase de resistencia. Una vez concluida esa
primera fase con sus objetivos cubiertos, usó a las juventudes doradas
realistas para liquidar definitivamente los restos del movimientos
sans-coulotte.
En agosto de 1795 era promulgada
una nueva Constitución, que retornaba al sistema censatario y consagraba
explícitamente el poder oligárquico y el beneficio como pilares del régimen
republicano. La mascarada sangrienta había terminado.
En el capítulo político-ideológico, al igual que en los restantes, la
Revolución Francesa fue un banco de pruebas en el que se desarrollaron la mayor
parte de las pautas y estereotipos consagrados posteriormente. No estará de
más, por tanto, describir someramente la composición y actitud de las diversas
facciones políticas que concurrieron en aquel proceso.
El estamento burgués, auténtico promotor de dicho proceso, estaba
integrado por dos grandes grupos, girondinos y jacobinos, cuya equivalencia
contemporánea vendría a corresponder a la derecha conservadora y a la izquierda
progresista respectivamente. De entonces arranca la falacia de la división
entre izquierdas y derechas que tan rentables beneficios ha venido rindiendo al
Sistema. También por aquellos años se operó una especie de ósmosis en virtud de
la cual se amalgamaron hasta prácticamente confundirse la izquierda burguesa y
los elementos más oportunistas y ambiciosos de los estratos populares, algo que
desde aquel momento ha venido siendo una constante. Sobra decir que la
mentalidad de las diversas facciones que se disputaron el poder político era
esencialmente la misma, aunque en no pocos casos sus intereses inmediatos
resultaran contrapuestos.
La Gironda representaba a la gran burguesía comercial, cuyos intereses
no eran necesariamente antagónicos, sino más bien compatibles, con los de la
alta aristocracia. De ahí que su deseo del primer momento fuese una solución a
la inglesa, es decir, un régimen parlamentario comandado y compartido por los
notables de ambos estamentos. Pero el desarrollo posterior de los
acontecimientos la llevaría a adoptar posturas muy diversas que fluctuaron en
la medida que lo hicieron los avatares del proceso revolucionario. Hubo
momentos en que accedió a una alianza táctica con los sectores más radicales de
la Montaña, llegándose incluso a producir un considerable trasvase de diputados
girondinos al bando jacobino, alentado por el sustancioso botín que para estos
últimos supuso la adquisición de los llamados "bienes nacionales".
Pero la preocupación constante de la facción girondina, la razón fundamental de
su recelo permanente fue el temor a que el proceso político iniciado para
consolidar su posición acabara desbordándose.
Sin embargo, y pese a las inclinaciones de la burguesía girondina hacia
una solución de compromiso, éste no pudo alcanzarse, y ello por dos razones
fundamentales. La primera, porque tal compromiso conllevaba una serie de
reformas económicas acordes con el nuevo modelo capitalista, reformas que
suponían la bancarrota total para buena parte de la nobleza y, por tanto,
inaceptables para ésta. Y la segunda, y no menos importante, porque de haberse
llevado a buen término esa fórmula de compromiso, la posición de la mediana y
pequeña burguesía se habría visto relegada a un lugar secundario, y eso era
algo que aquélla no estaba dispuesta a permitir. Su firme propósito de
participar en el reparto de la tarta llevó, por tanto, a la burguesía jacobina
a radicalizar el proceso, para lo cual hubo de desplegar toda su capacidad
demagógica y realizar las concesiones ya comentadas al objeto de involucrar en
su empresa a las masas. Fue de esta forma como el bando jacobino consiguió
hacerse con las riendas de la Revolución. De hecho, todos los mecanismos del
Poder estuvieron en sus manos en los momentos álgidos del proceso, y a través
de ellos pudo aplastar cualquier oposición disidente y canalizar en su provecho
las pretensiones y los excesos de las masas sans-coulottes. A su inicial dominio
de la Convención, órgano legislativo que detentaba la "soberanía del
pueblo", se uniría posteriormente el acaparamiento casi absoluto de los
cargos ejecutivos del Gobierno Revolucionario.
Por otra parte, la hegemonía de la facción jacobina en los centros de
poder institucional iba acompañada de una estrategia política
extraordinariamente eficaz, y en la que puede reconocerse el modelo prototípico
adoptado después por los partidos de izquierda. En efecto, dada la necesidad de
contar con un respaldo extendido, la burguesía jacobina se granjeó el apoyo de
las masas a través del radicalismo populista, un papel hábilmente interpretado
por demagogos de la talla de Danton o Robespierre. Como sería norma
posteriormente, ese cometido lo desempeñaron entonces individuos procedentes de
la pequeña y media burguesía, con algunas excepciones de baja extracción social
(Danton). Un surtido elenco de demagogos y arribistas ávidos por escalar
posiciones y codearse con la alta sociedad. Tal vez fuera el infortunado Varlet
quien mejor retrató a la izquierda jacobina, a los "patriotas"
revolucionarios, cuando en las páginas de su periódico les dedicara estas
palabras: "Ayer no teníais otra cosa que un comercio minúsculo, y hoy
tenéis almacenes inmensos; ayer no erais sino empleados insignificantes de
oficinas y hoy armáis barcos de guerra; ayer vuestra familia tendía la mano al
primer llegado, y hoy hace alarde de un lujo insolente. En verdad que ya no me
sorprende que haya tantas personas amantes de la Revolución; les ha proporcionado
un buen pretexto para acumular patrióticamente y en poco tiempo riquezas sobre
riquezas".
Visto ya el cometido político y la procedencia social de los demagogos
populistas, cuya plataforma de actuación se situaba en la Convención y en las
innumerables sociedades adscritas al Club de lo Jacobinos, no queda sino
dirigir la mirada hacia los miembros del Ejecutivo, donde operaban los
técnicos. ¿Quiénes eran, pues, esos tecnócratas del Comité de Salud Pública?
Por su origen social, la mayor parte de ellos pertenecían a la alta burguesía.
Jeanbon Saint-André, director de la Marina, era hijo de un gran fabricante, al
igual que Joseph Cambon, máximo responsable de las Finanzas. Robert Lindet,
director de las Subsistencias, era hijo de un rico negociante y antiguo
procurador del rey. El jefe de la Diplomacia, Bertrand Barère, procedía de una
acaudalada familia de juristas y poseía la titularidad del feudo de Vienzac.
Lazare Carnot, el organizador del Ejército, era ex-oficial de la Armada Real e
hijo de un acaudalado notario.
Unos y otros se complementaban mutuamente. Los tecnócratas conducían con
eficacia los intereses vitales del nuevo régimen capitalista, aunque debido a
su posición social carecían de la credibilidad necesaria para despejar la
desconfianza y el recelo que inspiraban a los sans-coulottes. Y los demagogos
políticos de la pequeña y mediana burguesía, faltos de preparación técnica, se
encargaban con su retórica populista de interesar a las masas en el éxito de la
causa revolucionaria emprendida para la instauración del régimen burgués.
No podrá cerrarse este repaso a las facciones políticas que
protagonizaron la Revolución sin aludir al hebertismo, considerado por la mayor
parte de los tratadistas como la vanguardia del movimiento sans-coulotte, un
término, este último, sumamente genérico, y bajo el que se amalgamó un complejo
y heterogéneo amasijo de categorías sociales tan diversas como el maestro
artesano y los asalariados que trabajaban para él, el pequeño tendero, el
incipiente proletariado urbano, y un variado lastre de buscavidas, aventureros
y otras especies de lumpen. El
ideario sans-coulotte se resumía en dos puntos: en lo económico, imposición de
un máximo a las fortunas, de tal manera que ninguna persona pudiera poseer un
patrimonio superior a ese máximo, que se cifró en el equivalente a la pequeña
propiedad artesanal o comercial; y en el terreno político, establecimiento de
una democracia efectiva, en virtud de la cual las leyes de la Asamblea y los
decretos del Ejecutivo carecerían de validez hasta haber sido sancionados por
la ciudadanía, que, además, tendría la facultad de controlar y, en su caso,
revocar a sus elegidos. Un ideario, huelga decirlo, que chocaba
frontalmente con la libertad de empresa
y de beneficio y con el modelo representativo postulados por el nuevo régimen
capitalista; y una visión de la sociedad que, como también se podrá apreciar,
nada tenía en común con las tesis que más tarde iban a elaborar los
doctrinarios burgueses del totalitarismo colectivista. Pues bien, la supuesta
avanzadilla de esas clases populares eran los hebertistas y cordeliers, una
mezcla de medreadores pequeño-burgueses (Hebert, Ronsin) y arribistas plebeyos
(Chaumette, Rosignol, Santerre) íntimamente vinculados a la burguesía jacobina,
y cuyo máximo empeño era encumbrarse política y económicamente a través del
acaparamiento de cargos en los Departamentos Ministeriales (especialmente el de
la Guerra) del Consejo Ejecutivo, organismo reducido finalmente a la nada por
el Comité de Salud Pública. Esta camarilla de oportunistas, que sirvieron a la
causa burguesa al tiempo que se servían a sí mismos, habían colaborado
estrechamente con el partido jacobino en la eliminación de los actores más
desinteresados de aquel funesto episodio, Roux y Varlet, escarnecidos por
añadidura con el apodo peyorativo de "enragés", aunque al final, en
justo premio a su bajeza, acabaron corriendo la misma suerte que aquéllos.
Apenas concluida la Revolución Francesa, comenzaron ya a manifestarse los
primeros efectos de su múltiple herencia ideológica; y no solamente merced a
los postulados políticos, económicos y sociales propios del sistema capitalista
que instauró, sino también a través de los esbozos colectivistas pergeñados por
uno de sus herederos inmediatos, el
agrimensor y geómetra Gracchus Babeuf. Comenzaban así los análisis
superficiales y en clave exclusivamente material de las sociedades humanas, y
se iniciaba la siniestra dinámica de las alternativas materialistas y
economicistas al materialismo y el economicismo burgués, elaboraciones todas
ellas producto de una misma mentalidad. Los utopismos rudimentarios de
Babeuf serían recogidos y perfilados más
tarde por Buonarrotti, Blanqui y otros ideólogos burgueses del colectivismo,
para desembocar finalmente en el socialismo científico del
"proletario" Carlos Marx, quien, refundiendo las provechosas
enseñanzas de la dictadura jacobina con su gélida pseudociencia, pudo alumbrar
por fin la fórmula magistral. Pero éste es un tema del que nos ocuparemos más
adelante.
No podrá cerrarse este análisis sin aludir a otros dos importantes
aspectos en los que la Revolución Francesa fue precursora y pionera. Se trata
del totalitarismo y del genocidio, dos temas de permanente actualidad en
nuestros días, y que el sistema capitalista no deja de instrumentalizar, aunque
tales lacras, como tantas otras que han asolado el mundo moderno, hundan sus
raíces precisamente en las concepciones ideológicas alumbradas por las
revoluciones burguesas.
No había transcurrido mucho tiempo desde que el Comité de Salud Pública
fuese creado (6 Abril 1793) cuando, en el verano de ese mismo año, comenzó a
gestarse la dictadura jacobina que muy pronto se iba a implantar. Un hecho, por
otra parte, en el que la propia estructura organizativa del bando jacobino
desempeñaría un papel determinante. En efecto, el Club de los Jacobinos se
había convertido desde bastante antes en una perfecta maquinaria de poder; un
entramado que, en palabras de uno de sus dirigentes, Camille Desmoulins,
"abarcaba en su correspondencia con sus sociedades filiales todos los
rincones y recovecos de los ochenta y tres Departamentos franceses". Esa
estructura, perfectamente coordinada bajo la dirección de la matriz parisina,
dispuso desde el principio de una capacidad operativa muy superior a la de
cualquier otra organización de su tiempo. De hecho, y aunque no adoptara ese
nombre, se trataba del primer partido político de la era moderna y de la única
estructura de mando plenamente consciente de su poderío en aquel momento. Baste
con significar que el Club de los Jacobinos llegó a contar con una red de 3.000
sociedades y alrededor de 40.000 comités repartidos a todo lo ancho del país.
La inspiración netamente despótica del Gobierno Revolucionario constituido
en la primavera del año II (1793), se fue perfilando a lo largo del verano
hasta desembocar en el Decreto del 14 Frimario (4 Diciembre 1793), que
consagraba definitivamente la dictadura del Terror. Las pautas del llamado
Gobierno Revolucionario habían sido diseñadas por el jacobino Saint-Just en su
informe del 10 de octubre de 1793, informe adoptado por la Convención y a raíz
del cual quedaron suspendidas la Constitución, la división de poderes y los
derechos individuales, lo que, sumado a la creación de un Tribunal
Revolucionario sumarísimo, dio paso al primer ensayo totalitario de la era
moderna. Tales medidas eran ratificadas y reforzadas poco después por el citado
Decreto del 14 Frimario y por sendos informes de Robespierre (25-Diciembre-1793
y 5-Febrero-1794).
Por lo que se refiere a los pretextos esgrimidos por los modernos
apologistas de la dictadura jacobina, que significativamente son los mismos que
en su día justificaron el totalitarismo soviético, bastará con acudir a los
hechos para constatar que tales pretextos no fueron nunca otra cosa que burdas
patrañas carentes del menor fundamento. Las falacias exculpatorias se resumen
en dos: la amenaza exterior, representada por los ejércitos realistas
extranjeros, y el peligro interno, encarnado en los elementos
contrarrevolucionarios. Razones, todas ellas, de indudable peso si se considera
que la fecha en que era refrendada la Dictadura del Terror (10-Octubre-1793)
coincidió precisamente con el momento en que las citadas amenazas estaban por vez
primera bajo control del régimen republicano. En el interior, los últimos
restos del federalismo girondino, que nunca constituyó un peligro real, sino
más bien un recurso propagandístico, habían sido definitivamente laminados tras
la caída de la municipalidad de Burdeos (18-Septiembre-1793) y la toma de Lyon
(9-Octubre-1793). Paralelamente, el 17 de octubre de ese mismo año los últimos
resistentes de la Vendée eran aplastados en Cholet. En lo concerniente al
frente exterior, la amenaza de invasión había desaparecido por completo en los
comienzos del otoño de 1793; más aún, la victoria de Watignies del 16 de
octubre sobre los coaligados marcaba el vuelco de la balanza en favor de las
armas republicanas.
No fueron, por tanto, esos peligros ya conjurados lo que la burguesía
jacobina se propuso erradicar, sino la competencia de todo cuanto pudiera
suponer una merma en su ejercicio absoluto del poder. De ahí que el primer
objetivo a abatir fuesen las unidades militares y las organizaciones
seccionarias sans-coulottes, utilizadas hasta entonces como fuerza de choque
brutal para laminar a sus primeros
oponentes, pero que, una vez reducidos éstos, pasaron a convertirse en un
peligroso estorbo que era preciso neutralizar. Pero una vez alcanzados sus
primeros objetivos la maquinaria represiva emprendió una dinámica ciega y feroz
que golpeaba indiscriminadamente a todo lo que se interpusiera en su camino,
una dinámica en la que el poder y el terror ya no se justificaban más que en sí
mismos y en su lógica criminal.
A
través de los dos organismos que asumieron los poderes excepcionales, el Comité
de Salud Pública y el Comité de Seguridad General, la burguesía jacobina pudo
instaurar un régimen de dominio cuya naturaleza difería cualitativamente de
todo lo conocido hasta entonces. De hecho se trataba de una forma de Poder que,
tanto por sus resortes ideológicos, como por sus procedimientos, rebasaba
ampliamente los viejos esquemas del absolutismo del Antiguo Régimen. Dicho con
otras palabras, lo que se estaba gestando en aquel episodio no era otra cosa
que el basamento del totalitarismo moderno. Y así lo vio, adelantándose incluso
al desarrollo de los hechos, el enragé Leclerc, quien supo vislumbrar la
naturaleza de las primeras propuestas de Danton, en el verano de 1793, cuando
éste abogara por convertir el Comité de Salud Pública en un órgano de gobierno
dotado de poderes excepcionales. "En esa masa de poderes reunidos -apuntó
premonitoriamente Leclerc- no veo otra cosa que una dictadura espantosa".
En cuanto a la filosofía que inspiró el régimen de Terror instaurado por
la dictadura jacobina, nada mejor para captar su alcance y significado que
reproducir los términos empleados por el dirigente Couthon, términos que serían
recogidos por la ley represiva del 24 Pradial del año II (10-Junio-1794):
"Se trata menos de castigar a los enemigos de la Revolución que de
exterminarlos".
Todo lo dicho guarda, a su vez, un estrecho parentesco con otro de los
temas apuntados, el genocidio, pues eso, y no otra cosa, fueron las matanzas
perpetradas en la Vendée por la filantropía revolucionaria. Vaya por delante el
hecho de que, del aluvión de víctimas causadas por la represión y el Gran
Terror, aproximadamente un 86% se registraron en las capas sociales inferiores.
Una circunstancia, por otra parte, que desde entonces ha venido siendo la norma
de todas las revoluciones desencadenadas para "liberar" a los
parias.
Hoy son ya bien conocidas la sevicia y la saña con que el régimen
jacobino combatió a sus adversarios, en primera instancia, y seguidamente a
todo aquél que no comulgara con sus procedimientos. De la dureza con que fueron
reprimidos sus oponentes dan buena cuenta varias órdenes oficiales dirigidas
por el Comité de Salud Pública a sus delegados departamentales. Sirva como
muestra al respecto el decreto dictado en 1794 para aplastar la rebelión
lionesa: "La ciudad de Lyon debe ser destruida. Sobre sus ruinas se
levantará una columna que dará testimonio a la posteridad de los crímenes y el
castigo de los realistas de dicha ciudad con esta inscripción: Lyon combatió
contra la libertad; Lyon dejó de existir".
Pero donde sin ninguna duda desplegó el Terror jacobino su más abyecta
política exterminadora fue en las regiones del noroeste, y especialmente en la
Vendée. La proclama emitida por la Convención burguesa tan pronto como tuvo
noticia del levantamiento vendeano no dejaba lugar a dudas sobre el fanatismo
criminal con que se iba a desarrollar la represión subsiguiente: "Se trata
de exterminar a los bandoleros de la Vendée para purgar completamente el suelo
de la libertad (sic) de esa raza maldita".
¿Y quiénes eran esos "bandoleros" a los que había que
exterminar? En la Vendée, sencillamente toda la población. Una población que,
dicho sea de paso, se había decantado en los primeros momentos por el nuevo
régimen revolucionario, pero que, al igual que ocurriera en otros lugares de
Francia, acabó levantándose contra las arbitrariedades, las tropelías, la
desolación y la miseria provocadas por aquél. Las levas masivas decretadas por
el poder republicano supusieron el acicate definitivo para el desencadenamiento
de la insurrección. Acto seguido, se sucedieron los pronunciamientos criminales
de la Convención. "Se trata de despoblar la Vendée", rezaba uno de
ellos, cosa que fue llevada a cabo de manera sistemática mediante una política
de matanzas indiscriminadas de todo cuanto se tuviera en pie: prisioneros,
ancianos, mujeres, aunque estuvieran encintas, y niños. Como la destrucción
debía ser completa, la Convención elevó sus resoluciones al Comité de Salud
Pública para que el territorio rebelde fuera devastado, una de las cuales decía
así: "No se ha incendiado bastante en la Vendée; es preciso que durante un
año ninguna persona, ningún animal, encuentren subsistencia en ese suelo".
Lo realmente significativo, pues, del impulso que movió a los pregoneros
de la "libertad", la "fraternidad" y los "derechos del
hombre", fue su afán no ya de derrotar al oponente, sino de exterminarlo.
Buena prueba de ello es que la represión y las matanzas se prolongaron bastante
tiempo después de que la rebelión hubiese sido aplastada. Los ahogamientos en
masa perpetrados en Nantes en diciembre de 1793, con la situación totalmente
controlada por el poder republicano desde varios meses antes, son uno de los
varios ejemplos que podrían citarse a este respecto. Centenares de personas
fueron ahogadas en dicha localidad tras ser amarradas a embarcaciones provistas
de un dispositivo para que se hundieran. En relación con aquel, suceso siniestro
aún podría citarse la sangrante anécdota de la amonestación que el Comité de
Salud Pública dirigiera a su comisario en la zona, Carrier, por haberse
permitido enviar a París 110 detenidos para que el Tribunal Revolucionario los
juzgase formalmente, en lugar de liquidarlos in situ sin más miramientos.
El episodio vendeano, por tanto, no fue otra cosa que un genocidio en
toda la regla y con todos los ingredientes de éste, a saber: propósito de
exterminio y no de simple doblegamiento del adversario; represión
indiscriminada dirigida contra toda la población; y alevosía manifiesta en la prolongación de las matanzas
una vez que el enemigo ya ha sido sojuzgado, obedeciendo todo ello a un plan
consciente y sistemático trazado desde las altas instancias del Poder.
Resumir en media docena de líneas todo lo dicho a lo largo de este
epígrafe podría parecer imposible, pero no lo es. Léase, si no, y léase con atención, el contenido de un
escrito confidencial que el aristócrata jacobino Mirabeau le envió a Luis XVI
durante los primeros meses de la Revolución con el evidente propósito de
hacerle ver las ventajas del nuevo Poder que ya despuntaba sobre el viejo y
caduco autoritarismo monárquico. Esto era lo que Mirabeau le decía al monarca
francés: "Comparad el nuevo estado de cosas con el Antiguo Régimen, pues
es ahí donde nacen los consuelos y las esperanzas. Una parte de las actas de la
Asamblea, y la más considerable, es favorable al gobierno monárquico....La idea
de no formar más que una sola clase de ciudadanos habría gustado a Richelieu;
esa superficie igual facilita el ejercicio del Poder. Varios reinados de un
gobierno absoluto no habrían hecho tanto por la autoridad real como este único
año de Revolución".
En aquellas breves líneas estaba condensado de manera magistral y con
muchas décadas de adelanto el trasfondo del nuevo Poder y la naturaleza de la
nueva sociedad que las revoluciones burguesas iban a alumbrar. En unas pocas
palabras se apuntaba con diabólica perspicacia la magnitud de un dominio asentado
y ejercido sobre una masa uniformizada.
CAPITULO II. LA FALACIA
BOLCHEVIQUE
Un examen mínimamente riguroso de la evolución y el desarrollo del
capitalismo moderno basta para constatar el papel fundamental desempeñado en la
consolidación de éste por las dos grandes corrientes político-ideológicas que
habrían de presentarse como sus más encarnizados adversarios. Y es que, como
bien muestran los hechos, cada confrontación con esos pretendidos adversarios
se ha traducido invariablemente en un reforzamiento progresivo del Sistema en
vigor. Algo lógico, por otra parte, si se tiene en cuenta que los fundamentos
básicos del capitalismo burgués (materialismo, cientificismo, economicismo,
etc) constituyeron también la fuente de inspiración de sus teóricos enemigos,
el marxismo y el fascismo, que en realidad no serían sino variaciones
circunstaciales de un mismo tema. De ahí que esas diversas corrientes,
antagónicas en las formas y apariencias, pero complementarias en lo esencial,
hayan contribuido a configurar un
proceso único plenamente consolidado en la actualidad.
De lo que significó el fascismo, de las causas que lo motivaron, de
quiénes lo promovieron y de las utilidades que en su momento rindió, ya se
habló en un ensayo precedente. Lo que aún queda por desvelar son las
motivaciones que empujan a quienes a toda costa pretenden resucitar su
fantasma, cosa que se hará cumplidamente en el último capítulo. Pero de lo que
ahora toca ocuparse es del bolchevismo marxista y del régimen soviético.
De entre las diversas contribuciones del marxismo a la configuración de
la sociedad contemporánea caben destacarse dos. En el ámbito ideológico, su
mayor aportación, su verdadero cometido no sería otro que actuar como amplificador
de los postulados materialistas inherentes a la mentalidad burguesa, postulados
sin cuyo extendido arraigo el modelo socio-económico vigente en la actualidad
nunca se habría impuesto de la forma abrumadora que lo ha hecho. En modo alguno
es casual que los grandes foros del mundo capitalista se manifiesten en el
presente abiertamente "progresistas".
Pero todavía queda un segundo aspecto que merece resaltarse, y para ello
bastará con comprobar los efectos inmediatos producidos por el sistema
capitalista a raíz de su implantación. Al hacerlo podremos ver que el régimen
de explotación que dicho sistema instauró, las condiciones de vida en las que
sumió a sus víctimas, y el inexorable descrédito de las falacias que sirvieron
de sustento a su modelo político e ideológico, habrían desembocado
inevitablemente en el colapso sin la aparición "providencial" de la
"alternativa" marxista, que, entre todas las opciones posibles era,
sin duda, la más nefasta, aunque para el Sistema (y no por casualidad)
resultara ser la mejor. A mayor abundamiento, la táctica que el discurso
marxista empleó no fue otra que reeditar en una nueva versión, y adaptados a
las nuevas circunstancias, los clichés humanistas y los reclamos democráticos
esgrimidos tiempo atrás por las revoluciones burguesas para implantar su
régimen político. Una táctica que con el marxismo volvió a funcionar de nuevo,
provocando aún mayores expectativas entre las masas desheredadas y
desencadenando un régimen de opresión todavía mayor tan pronto como fue llevada
a la práctica. Aunque tributario de la dictadura jacobina, cuyos procedimientos
le sirvieron de inspiración, fue en el terreno de la filosofía y de la técnica
totalitarias donde el marximo desarrolló algún grado de innovación, y no en los
señuelos liberadores de la clase obrera o en las tesis igualitarias, conceptos,
ambos, muy anteriores al credo marxista, y que en éste nunca pasaron de ser
espúreos adornos, como se pondría de manifiesto reiteradamente, y sin ninguna
excepción, en sus sucesivas manifestaciones prácticas. De hecho, bajo la férula
del régimen marxista instaurado en la URSS, la mayor máquina de picar carne que
recuerdan los siglos y el modelo prototípico de todos los siguientes, la
explotación y la opresión de los parias alcanzarían cotas desconocidas hasta
entonces.
Hecha esta breve introducción, lo oportuno ahora será abordar más
detenidamente dos aspectos fundamentales del régimen marxista por excelencia,
el de la Rusia soviética, al objeto de poner de manifiesto la auténtica
realidad de unos hechos permanentemente falsificados por la maquinaria
ideológica oficial.
Esos dos aspectos a los que se ha hecho mención se corresponden con
sendas falacias ya consagradas en el ámbito occidental, una de ellas merced a
la intensa tarea manipuladora desplegada al efecto por el bando progresista, y
la otra gracias a la desarrollada por el Sistema en su totalidad. La primera de
tales falacias es la que ha atribuido al estalinismo todos los males de la
puesta en escena del programa marxista, cuando lo cierto es que el régimen
estalinista no supuso en realidad sino su más fidedigna y genuina
interpretación.; y ahí están como muestra reciente los escritos del ínclito
Althusser, un purista de la causa. La segunda falsificación está aún más
arraigada, y goza de un consenso mayor, pues no en vano se trata de un dogma
oficial compartido, a izquierda y derecha, por todas las facciones del Sistema.
Un dogma en virtud del cual el régimen bolchevique se ha venido presentando
como la alternativa antagónica y como una amenaza mortal para el capitalismo
occidental, lo que nunca pasó de ser una solemne patraña. Muy pronto lo
comprobaremos al describir los apoyos finacieros que, desde un principio, y
durante largo tiempo, afluyeron desde el bloque capitalista al "ogro"
soviético.
Por lo que se refiere al primer punto, esto es, a la falacia de la
"desviación" estalinista, se trata de un argumento que comenzó a
utilizarse con profusión una vez finalizado el gobierno de Stalin en la URSS, y
precisamente por aquéllos que, hasta ese mismo momento, habían negado
sistemáticamente los excesos criminales de esa supuesta desviación, aunque las
pruebas concluyentes se acumularan desde hacía tiempo. No obstante, lo más
endeble de semejante argumento es que en todas las ocasiones y latitudes en que
el marxismo se implantó, lo hizo siguiendo los cauces de la
"desviación" totalitaria, incluso después de que el autócrata
georgiano hubiera muerto. Y es que esa pretendida anomalía no fue sino la pura
normalidad desde los primeros momentos, algo implícito e inherente al propio
modelo, como bien demuestran los hechos; sirvan como muestra elocuente los que
se exponen a continuación.
En pleno fragor de la revolución bolchevique, con Lenin y Trotzki al
mando de la misma, la ciudad de Petrogrado fue escenario de graves convulsiones
sociales, que comenzaron en los círculos proletarios de esa localidad,
extendiéndose muy pronto a los marineros de la flota del Báltico, vanguardia
durante 1917 del levantamiento soviético. El 28 de febrero de 1921, la
tripulación del acorazado Petropavlosk emitió una resolución en la que se
formulaban las reivindicaciones de la tropa naval, resolución que sería
aprobada al día siguiente en el curso de una asamblea de toda la guarnición de
Cronstadt.
Los principales puntos del programa aprobado
eran la reelección de los soviets, la libertad de palabra y de prensa para los
obreros, la libertad de reunión, el derecho a fundar sindicatos, y el derecho
de los campesinos a trabajar la tierra del modo que deseasen. Reivindicaciones,
todas ellas, fieles al más puro ideario soviético. Así pues, los marineros de
Cronstadt no se sublevaban contra la causa revolucionaria, sino contra el
régimen totalitario del Partido Comunista. De hecho, uno de los párrafos de la
resolución, cuyo elocuente título era "Por qué luchamos", rezaba así:
"Al efectuar la Revolución de Octubre la clase obrera esperaba obtener su
libertad. Pero el resultado ha sido un avasallamiento mayor de la persona
humana.....Cada vez ha ido resultando más claro, y ello es hoy una evidencia,
que el Partido Comunista ruso no es el defensor de los trabajadores que dice
ser, que los intereses de éstos le son ajenos y que, una vez llegados al poder,
no piensan más que en conservarlo".
Como se podrá apreciar, volvían a reproducirse los mismos hechos que ya
tuvieran lugar durante la Revolución Francesa, y de nuevo se levantaban los
parias para reclamar la "soberanía del pueblo" y los restantes
señuelos en cuyo nombre habían sido movilizados contra el régimen anterior. No
será ocioso decir que también el desenlace se reprodujo otra vez. El 2 de
marzo, Lenin y Trotzki denunciaban el movimiento de Cronstadt y lo calificaban
de "conspiración blanca", ordenando acto seguido la provisión de una
fuerza de 50.000 hombres que, al mando de Tukhatcchevski, salió para aplastar
la revuelta. En la noche del 17 al 18 de marzo, tras encarnizados combates, la
expedición punitiva penetró en la ciudadela rebelde defendida por 5.000 marinos
y aplastó la insurrección. De entre los supervivientes, una parte fueron
fusilados, y el resto trasladados a los campos de concentración de Arkangelsk y
Kholmogory. La revuelta de Cronstadt, había declarado Lenin durante el X
Congreso del PCUS celebrado en marzo de 1921, "es más peligrosa para
nosotros que Denikin, Yudenitch y
Koltchak (jefes de la contrarrevolución) juntos".
La represión y el gulag fueron instituciones consustanciales al Estado
bolchevique desde sus inicios. Así, en una fecha tan temprana como 1925, la
cifra oficial de fusilados por el régimen marxista se elevaba a 1.722.747, de
los cuales un setenta y cinco por ciento eran obreros, campesinos y soldados.
No obstante, y debido precisamente a su carácter oficial, esa cifra no recogía
las ejecuciones sumarias ni las muertes ocurridas en las prisiones, y mucho
menos aún las masacres colectivas. Según otro recuento igualmente oficial
elaborado por el propio régimen leninista, en 1922 había 825.000 personas
internadas en los campos de concentración de Kholmo, Kem, Naryn, Mourmane,
Tobolsk, Portaminsk y Solovski. Al final de la época estalinista,el balance
total de víctimas, incluidas las ocasionadas por las hambrunas provocadas
artificialmente, arrojaba una cifra que oscila, dependiendo de las
estimaciones, entre los treinta y cinco y los cincuenta y cinco millones de
muertos.
Todos estos hechos, que incluso todavía hoy se pudren en el silencio,
fueron denunciados desde muy pronto por revolucionarios disidentes, si bien sus
acusaciones alcanzaron muy escaso eco en el ámbito occidental, ideológicamente
colonizado por la nutrida ralea de los pseudointelectuales acomodados de
izquierdas, cuya labor se vería propiciada, cuando no auspiciada claramente,
por un Sistema capitalista que empezaba ya a explotar la utilidad que, en todos
los órdenes, habrían de reportarle los estereotipos "progresistas".
La ocultación y la manipulación sistemáticas de lo que realmente significó
aquel evento ha sido de tal calibre que, pese a todo lo ocurrido, el mero hecho
de proclamarse de izquierdas sigue valiendo todavía hoy como certificado de
altruismo para un sinnúmero de fantoches, además de constituir el mejor
procedimiento para convertir en éxito la más absoluta mediocridad. Por contra,
los individuos íntegros que se atrevieron a denunciar la mascarada criminal
fueron metódicamente silenciados y escarnecidos por una jauría de desalmados y
medradores que, a cambio de su bajeza, han venido recibiendo la correspondiente
recompensa en forma de reconocimiento y de status social. Vayan, pues, estas líneas
en homenaje y desagravio de André Gide (calumniado y vejado tras sus denuncias
de la infamia bolchevique por sus antiguos colegas de La Liga de los
"Derechos" del Hombre), de Victor Serge, Boris Suvarin, Panaït
Istrati, Artur Koestler y, en fin, de tantos otros militantes de una causa
falaz que repudiaron tan pronto como los acontecimientos pusieron de manifiesto
que no era la suya.
Hubo que esperar al desmoronamiento del bloque marxista para que una
pléyade de farsantes se dieran cuenta de evidencias clamorosas que hasta poco
antes prefirieron ignorar. Farsantes que ahora abominan de sus pasados
planteamientos para abrazar con entusiasmo el nuevo credo progresista-liberal,
esa fórmula definitiva en la que ya se amalgaman felizmente la libertad de beneficio
y los "valores" de izquierdas. Aunque es lo cierto que, tanto los
conversos recientes, como los devocionarios peremnes del sistema capitalista
que hoy denuncian con afectación los excesos del marxismo, deberían en realidad
guardarle reconocimiento público, ya que la labor de disolución en todos los
órdenes llevada a cabo por el materialismo marxista no ha hecho más que
allanarle el terreno al capitalismo multinacional. Fue necesaria, por tanto, la
dictadura jacobina, como lo sería después el totalitarismo soviético, para que
el sistema capitalista alcanzara el poderío de que disfruta en la actualidad.
Todo lo dicho en el párrafo anterior enlaza directamente con la segunda
gran mistificación apuntada al comienzo de este capítulo. Una falacia sostenida,
como ya se señalara, por todas las facciones políticas del Sistema, y en virtud
de la cual se presentó al régimen bolchevique como una amenaza mortífera para
el capitalismo occidental. De la envergadura de semejante patraña dan buena
cuenta, entre otros hechos, las cuantiosas aportaciones realizadas por la Alta
Finanza en pro del asentamiento y posterior desarrollo de su
"temible" adversario, algunas de las cuales se citan a continuación.
El 2 de febrero de 1918, el rotativo Washington Post recogía una breve
reseña en la que se consignaba la entrega de un millón de dólares a los
dirigentes bolcheviques por parte de la banca Morgan.
Un año después, el Anuario Judío reproducía un informe fechado en
Londres el 4 de abril de 1919, y firmado por su corresponsal E.R.Fields, en el
que se aportaban nuevas y más completas informaciones al respecto. Dicho
informe reseñaba las aportaciones a la causa bolchevique del financiero
judío-norteamericano Jacob Schiff, patrón de la Banca Khun&Loeb, junto con
las de sus asociados y correligionarios Felix Warburg, Otto Kahn, Jerónimo
Hanauer, Max Breitung e Isaac Seligman.
Con todo, aquel documento no reflejaba al completo el alcance de la red
financiera que colaboró en el sostenimiento económico del régimen leninista, ya
que, junto a la Banca Khun&Loeb, que figuraba a la cabeza de la causa,
operaron también varias entidades bancarias adscritas a la American
International Corporation (Chase National Bank, de Rockefeller, National City
Bank, J.P.Morgan, Equitable Building, Bankers Club, entre otras). Así como
diversas Corporaciones Comerciales (Guggeheim Exploration, General Electric,
Sinclair Gulf, Stone and Webster, etc).
Los fondos económicos enviados a Lenin y Trotzki recorrían un largo
circuito bancario hasta llegar a su destino final. Por lo regular, las
aportaciones financieras eran canalizadas hasta territorio europeo por Jacob
Schiff a través del establecimiento que la banca Warburg poseía en Hamburgo, y
esta última, a su vez, las hacía llegar a las diversas cuentas abiertas por los
intermediarios de Lenin en varias capitales europeas. Los principales centros
de aprovisionamiento fueron Copenhague, donde actuaba como corresponsal
recaudador un estrecho colaborador de Lenin llamado Israel Gelphand (más
conocido como Parvus), y Estocolmo, ciudad en la que operaba otro fiel auxiliar
de Lenin y Trotzki , de nombre Jacob Furstemberg, aunque conocido en la nomenclatura
bolchevique como Hanecki. En la capital sueca, la entidad bancaria receptora de
los fondos destinados al gobierno soviético era el Nye Bank, dirigido por el finaciero
judío-ruso Wladimir Olaf Aschberg, quien a la muerte de Jacob Schiff, acaecida
en 1920, pasaría a desempeñar un papel similar al desarrollado por éste. En
1921 Aschberg fundó la Banca Comercial Rusa, establecimiento a través del cual
se gestionaron entre las dos guerras mundiales buena parte de los empréstitos
concedidos por la Alta Finanza internacional a la Rusia soviética.
A
todo esto deben añadirse las declaraciones públicas de simpatía y los
ofrecimientos de ayuda económica ( ayuda que se hizo efectiva de forma
cuantiosa) manifestados desde muy pronto al régimen soviético por parte de los
dos dirigentes más destacados del área capitalista, el premier británico Lloyd
George y el presidente estadounidense Woodrow Wilson.
Otro personaje que desempeñó un relevante papel en este asunto fue el
financiero judío-nortemanericano Bernard Baruch, quien ya durante el mandato
presidencial de Woodrow Wilson le había "sugerido" a éste el sexto
punto de la Declaración de Apoyo a la Rusia soviética. Aunque fue en los años
de la Administración Roosevelt cuando el peso y la influencia de Baruch
alcanzaron su apogeo. Considerado unánimemente como la eminencia gris de la
Casa Blanca, así describía el American Hebrew del 1-diciembre-1933 la posición
de este banquero en los círculos políticos: "Cuando el presidente de los
Estados Unidos sale de vacaciones de verano, Bernard Baruch es oficialmente
designado presidente suplente". Una vez concluida la 2ª Guerra Mundial, el
ínclito Baruch ocupó la primera presidencia de la Comisión de Energía Atómica,
si bien su labor más significativa habría de desarrollarse en el marco de las
negociaciones tripartitas mantenidas por los vencedores de la Gran Guerra.
Durante la Conferencia de Londres de 1945, reservada a los ministros de
Exteriores de las potencias vencedoras, Bernard Baruch se trasladó a la capital
británica dispuesto a intervenir, cosa que hizo en efecto. Preguntado por el
periodista Victor Lasky sobre las razones de su presencia en dicha reunión, el
financiero respondió: "He venido a amenazar a los muchachos grandes con el
palo grande para asegurarme de que no
estropeen la paz". Una "paz" que, entre otras cosas, incluía la
entrega de media Europa al totalitarismo soviético.
Después de la 2ª Guerra Mundial, y hasta el momento mismo del colapso
del régimen bolchevique, los contactos económicos y comerciales no dejaron de
multiplicarse. Bien directamente, ya a través de organismos creados al efecto,
fueron varios los trusts económicos del área capitalista que mantuvieron una
relación fluida con la URSS, cuya economía llegó a depender en no pocos
aspectos de los empréstitos y aprovisionamientos procedentes del bloque
occidental. Durante todo ese tiempo el suministro de cereales (trigo en
especial) y de todo tipo de equipamientos industriales, sistemas electrónicos,
productos petroquímicos, abonos, etc, fue vital para la supervivencia económica
de la Unión Soviética, al tiempo que proporcionó sustanciosos beneficios a sus
proveedores occidentales.
Entre los personajes que se distinguieron en las labores de mediación y
ayuda al bloque marxista destacan los nombres del magnate Edgard Bronfman,
presidente del Congreso Judío Mundial, y de su correligionario Armand Hammer,
otro poderoso finaciero cuyos contactos con la URSS se desarrollaron a través
de la American Trading Organization, un consorcio comercial controlado por
él.
No menos digna de mención es la figura del multimillonario estadounidense
Cyrus Eaton, que en estrecha colaboración con el clan Rockefeller puso en
marcha una sociedad comercial dedicada específicamente a los países del Este.
Dicho consorcio estaba formado por la International Basic Economy Corporation,
dirigida por Nelson Rockefeller, y la Tower International Inc., encabezada por
Cyrus Eaton junior. La asociación de ambas entidades era descrita el 16 de
enero de 1967 por el New York Times (diario del Establishment) en estos
términos: "El esfuerzo mancomunado de la International Basic Economy y la
Tower International puede verse como una combinación de las habilidades
inversoras y los recursos de los Rockefeller con el privilegio de que goza la
Tower dentro del oficialismo comunista, como resultado de los contactos que a lo
largo de los últimos quince años ha venido cultivando Cyrus Eaton senior,
recibido siempre como un VIP en los países comunistas". Por otro lado,
Cyrus Eaton fue el promotor y organizador de la Conferencia de Pugwash, con la
que se iniciaron los contactos periódicos entre las altas esferas científicas
de ambos bloques.
Otros organismos que destacaron en esas mismas labores fueron el US-URSS
Trade and Economic Council (USTECO), y el American Committee on East-West
Accord (ACEWA), esta última una entidad adscrita a los círculos de la Comisión
Trilateral y creada por iniciativa de varios miembros del poderoso Council on
Foregn Relations (CFR) o Consejo de Relaciones Exteriores, cuya importancia se
irá viendo a lo largo de las páginas sucesivas.
Por lo que se refiere al ámbito europeo, merece destacarse el papel
desempeñado en ese mismo sentido por la firma multinacional Royal-Dutch,
dependiente del grupo judio-británico Lazard, así como el de los dos
principales empresarios de Italia, Giovanni Agnelli, patrón de la Fiat y figura
destacada de la Comisión Trilateral, y Carlo de Benedetti, miembro prominente
de la comunidad israelita de aquel país
A
mayor abundamiento, las cumbres periódicas convocadas por la Comisión
Trilateral (una especie de cónclave de grandes Multinacionales) contaron desde
el principio con la presencia de un delegado soviético. A esto podría añadirse,
entre otras "anécdotas", la consideración de nación más favorecida
otorgada por la Administración norteamericana desde comienzos de los años 70 a
la Unión Soviética.
Cabría significar por último el hecho de que los inicios de la celebrada
perestroika se vieron precedidos por una reunión de alto nivel mantenida en
Moscú entre una delegación del Comité Ejecutivo de la Comisión Trilateral, con
David Rockefeller a la cabeza, y los principales dirigentes soviéticos, con
Gorbachov, Yacovlev, Dobrinin, Arbatov y Primakov entre ellos. Por supuesto que
se trató de una simple coincidencia.
El breve recorrido efectuado a lo largo de este capítulo bastará para
constatar la puntualidad con la que se ha desarrollado la célebre dialéctica
hegeliana, y cómo de la antítesis de los falsos opuestos (capitalismo y
marxismo) ha resultado finalmente el capitalismo multinacional y progresista,
que es la síntesis deseada y la fórmula más idónea para impulsar la expansión
del modelo socio-económico materialista y consumista vigente en la actualidad.
Justamente el modelo que mejor garantiza el dominio absoluto de la oligarquía
plutocrática.
CAPITULO III. EL SISTEMA FINANCIERO MUNDIAL Y SUS NUCLEOS DE PODER
1. LA URDIMBRE EN SUS ORIGENES
LOS ILLUMINATI DE WEISHAUPT
La Orden de los Iluminados de Baviera fue fundada el 1 de marzo de 1776
por Adam Weishaupt, un profesor de Derecho Canónico de la Universidad alemana
de Ingolstadt formado en el colegio de los jesuitas de su ciudad natal. Sus
primeros adeptos fueron cuatro alumnos de su propia cátedra, que en un
principio constituyó el epicentro de la labor proselitista del fundador. A
partir de ese reducido núcleo se articuló la expansión de la Orden sobre la
premisa básica de conseguir la adhesión de elementos situados en posiciones
sociales y económicas relevantes. Consecuentemente, el reclutamiento de los
nuevos acólitos no se efectuaba por candidatura, sino por cooptación,
atendiendo a las propuestas de algún miembro de la secta e iniciando
seguidamente una discreta maniobra de aproximación al candidato considerado
idóneo.
Poco tiempo después de que fuese creada, tuvo lugar la incorporación a
la Orden del primer adepto de alto rango social, un barón protestante de
Hannover llamado Adolf von Knigge, cuyo temperamente ecléctico y ambicioso se
dejaría sentir en las futuras actividades de la organización. A partir de
entonces las incorporaciones de nuevos acólitos de destacada posición se
sucederían ininterrumpidamente: el duque Luis Eduardo de Saxe-Gotha, el duque
de Saxe-Weimar, el príncipe Ferdinand de Brunswick, el conde de Stolberg, el
príncipe Karl de Hesse, el príncipe de Neuwied, el conde von Pappenheim, el
barón de Dalberg, el escritor Wofgang Goethe (Abaris, en la nomenclatura de la
secta) y un largo etcétera.
La estrategia diseñada por
Spartacus (nombre sectario de Weishaupt) habría de convertirse con el tiempo en
el modelo inspirador de todas las sociedades afines orientadas al advenimiento
de un "nuevo orden", y básicamente se resumía en los puntos
siguientes: reclutamiento en los círculos sociales oligárquicos; rígida
jerarquización interna; mando restringido a un reducido grupo de iniciados; y
agitación ideológica fundamentada en los señuelos humanistas, filantrópicos y
democráticos plenamente consagrados en la actualidad. De los Illuminati y de la
Francmasonería procede igualmente el esquema organizativo en círculos concéntricos,
adoptado después por las sociedades carbonarias (Babeuf, Buonarrotti, Bakunin,
Marx), y por las actuales agrupaciones financiero-tecnocráticas de ámbito
mundial.
El hecho de que se disponga de un conocimiento prácticamente absoluto de
los inicios de la Orden, cuyos documentos internos cayeron en manos de la
policía bávara, permite seguir el rastro de sus actividades y constatar la
permanencia en el tiempo de sus métodos operativos. Las directrices de
Weishaupt no podían ser más elocuentes: "es en la intimidad de las
sociedades secretas donde ha de saberse preparar la opinión"; "cada
adepto debe llevar un diario donde anotará todas las particularidades
concernientes a las personas con las cuales esté en relación". Por otra
parte, y en tanto, que iniciado en la masonería regular, y conocedor, por ello,
de los métodos de ésta, Weishaupt adoptó la máxima según la cual "cada
iluminado debía actuar como si el grado al que pertenecía fuera el
último", para añadir a continuación que "la franqueza sólo es una
virtud cuando se manifiesta con los superiores jerárquicos"
Por lo que se refiere a los objetivos de la Orden, las consignas
impartidas por Weishaupt a sus grados superiores no dejan espacio a la duda:
"Cada uno de los hermanos debe
poner en conocimiento de su jerarquía
los empleos, servicios, beneficios y demás dignidades de las que podamos
disponer o conseguir por nuestra influencia, a fin de que nuestros superiores
tengan la ocasión de proponer para esos empleos a los dignos miembros de
nuestra Orden"; "De lo que se
trata es de infiltrar a los iniciados en la Administración del Estado, bajo la
cobertura del secreto, al objeto de que llegue el día en que, aunque las
apariencias sean las mismas, las cosas sean diferentes"; "En una
palabra -apostillaba Weishaupt- es preciso establecer un régimen de dominación
universal, una forma de gobierno que se extienda por todo el planeta. Es
preciso conjuntar una legión de hombres infatigables en torno a las potencias
de la tierra, para que extiendan por todas partes su labor siguiendo el plan de
la Orden".
Como será fácil advertir, esos últimos pronunciamientos guardan un
estrecho paralelismo con las manifestaciones efectuadas en nuestra época por
varias figuras prominentes del Nuevo Orden Mundial. Sirvan como muestra las que
se reproducen a continuación:
Edmond de Rothschild, en
declaraciones a la revista Enterprise: "La estructura que debe desaparecer
es la nación"
James Paul Warburg, patrón del grupo
financiero S.G.Warburg, miembro de la Round Table y del Council on Foreign
Relations, en una alocución pronunciada ante una comisión del Senado
estadounidense. "La única interrogante de nuestro tiempo no es si el
Gobierno Mundial será alcanzado o no,
sino si será alcanzado pacíficamente o con violencia. Se quiera o no, tendremos
un gobierno mundial. La única cuestión es saber si será por concesión o por
imposición".
Guardando el debido orden jerárquico, y una vez que han hablado los
patrones, es ahora el turno de sus subalternos.
Gianni de Michelis, ex-ministro
italiano de Asuntos Exteriores y presidente del Instituto Aspen (un apéndice de
la Comisión Trilateral), en declaraciones efectuadas al diario El País el 4 de
abril de 1990: "El poder ha de ser inevitablemente transferido de las naciones
soberanas a instituciones supranacionales"
John Kennet Galbraith,
socialista fabiano, profesor de la Universidad de Harvard (feudo académico del
Council on Foreign Relations y de la Comisión Trilateral), en declaraciones
publicadas el 9 de marzo de 1977 por el diario La Vanguardia: "El
socialismo moderno no dependerá de los teóricos o de los políticos, sino de los
dirigentes de las empresas multinacionales".
El corpus ideológico iluminista, idéntico en lo esencial al de la
francmasonería especulativa, hace del culto al racionalismo una de sus piedras
angulares, lo que no es obstáculo para que, simultáneamente, recurra a un
variopinto galimatías de conceptos extraídos arbitrariamente de la Biblia o del
confucionismo, conceptos a los que se añaden otros tomados de filósofos como
Epicteto, Séneca o Marco Aurelio. Se trata, pues, del característico ejercicio
de sincretismo doctrinal, un hecho que aplicado al terreno metafísico e
iniciático, al que habitualmente apelan las organizaciones pseudoiniciáticas modernas,
es síntoma inequívoco de mascarada y de fraude.
Por lo que se refiere a las
relaciones entre los Illuminati y la Francmasonería, y al margen de su notoria
afinidad ideológica, cabe subrayar, en primer término, la pertenencia del
propio Weishaupt a la masonería regular, en la cual había sido iniciado tiempo
antes de que fundara la Orden iluminista. Más significativa aún a este respecto
fue la Reunión o Convento de Wilhelmsbad, una especie de Conferencia de todos
los grupos masónicos que tuvo lugar en 1782, y en la que participó la logia de
la Estricta Observancia, a la cual pertenecían extraoficialmente los Iluminados
de Baviera. En dicha reunión se acordó refundir los tres primeros grados
de todas las obediencias masónicas, dejando los restantes al arbitrio de cada
una de las logias. A raíz de aquel evento, y tras el intento fallido de
Weishaupt de unificar bajo su autoridad todas las disciplinas masónicas, se
produjo un fluido trasvase merced al cual numerosos francmasones fueron
iniciados en la Orden iluminista, mientras que otros tantos acólitos de
Weishaupt ingresaban en las filas de diversas logias masónicas, duplicando así,
unos y otros, su filiación. A esa circunstancia obedecería la pervivencia en el
tiempo de la corriente iluminista, aunque la Orden fuese declarada ilegal en
1784 por el Elector de Baviera, y pese a que su fundador fuera desterrado y,
más tarde, una vez conocido el alcance de la trama iluminista, condenado a
muerte.
Tras dicha condena, que en realidad no fue sino un gesto efectista del
Elector bávaro, y contando con la aquiescencia de este último, Weishaupt se
evadió a la corte del duque de Saxe, uno de sus adeptos, que le nombró su
consejero y le confió la educación de su
heredero. Los restantes dirigentes de la Orden se evaporaron temporalmente,
prosiguiendo su actividad en las logias masónicas europeas y americanas, aunque
su ostracismo duraría poco tiempo. En efecto, en 1786 vuelven a aparecer en una
reunión que tuvo lugar en Frankfurt, casa matriz de los Rothschild, y en la que
se gestaron los preparativos de la Revolución Francesa. Allí fue acordada la
muerte de Luis XVI y la creación de la Guardia Nacional republicana, y desde
allí se impartieron las correspondientes órdenes a las logias militares
francesas para que, llegado el momento, no obstaculizaran el desarrollo del
proceso revolucionario. No menos relevante fue la participación en dicho
proceso de los acólitos iluministas, muchos de los cuales militaban
simultáneamente en diversas logias de la masonería regular. Figuraron entre
ellos el abate Siéyes, el marqués de Condorcet, Danton y Tayllerand, así como
Mirabeau, Marat y Robespierre, afiliados a una sociedad iluminista conocida
como el Comité Secreto de los Amigos Reunidos. Por otro lado, las labores de
agitación y los disturbios sociales promovidos por los militantes iluministas
en Francia contaron con el generoso patrocinio económico de financieros como
Benjamín y Abraham Goldsmid, Moisés Mocatta, David Friedlander, Herz Cerfbeer y
Moisés Mendelsshon.
En la línea de lo apuntado conviene significar que la filosofía y la
simbología iluministas jugaron asimismo un papel sobresaliente en la gestación
de la República Norteamericana, como muy pronto veremos.
Para cerrar este epígrafe bueno será dedicar algunas líneas a una de las
herramientas ideológicas que más propició el óptimo desenvolvimiento de la
francmasonería en su conjunto y del iluminismo en particular, dando paso con
ello a la instauración del nuevo régimen. Se trata de la filantropía, un concepto
que habría de consolidarse como una de las peculiaridades características del
modelo burgués. Partiendo del los postulados del humanismo renacentista, dicho
concepto fue desarrollándose a modo de sucedáneo de las creencias religiosas,
sometidas a un progresivo descrédito como lógica consecuencias de su sórdida
instrumentalización durante el Antiguo Régimen; un hecho, este último, en el
que nunca reparan ciertos críticos del mundo moderno casualmente pertenecientes
a los sectores de la burguesía que siguieron practicando esa espúrea
instrumentalización. Devenida, pues, en una suerte de pseudorreligión
antropocéntrica, la filantropía pasaría a convertirse en el instrumento
predilecto de la nueva clase dominante para engalanar su mentalidad
materialista y como contrapunto de la vacuidad metafísica y espiritual que le
es característica.
Desde entonces la causa filantrópico-humanista serviría para promover
las convulsiones más sangrientas, para justificar los mayores despotismos y
para adulterar los más elementales principios, amén de convertirse en la mejor
cobertura del dominio oligárquico. Ese fue el mecanismo ideológico de la
dictadura jacobina, y en cuyo nombre se perpetraron las matanzas de la Vendée y
se instauró el Gran Terror. El mismo que utilizaría después el totalitarismo
marxista y el mismo que esgrimen en el presente los psicópatas
"filántropos" del Nuevo Orden
Mundial.
LA FUNDACIÓN DE LA REPUBLICA NORTEAMERICANA
El 4 de julio de 1776, los delegados de los trece Estados de Nueva
Inglaterra proclamaban la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de
América. De los trece firmantes del Acta de Independencia, nueve eran
francmasones (Ellery, Franklin, Hancock, Hewes, Hooper, Paine, Stockton, Walton
y Whipple). Idéntica condición compartían nueve de los trece delegados que
rubricaron los artículos de la nueva Confederación (Adams, Carroll, Dickinson,
Ellery, Hancock, Harnett, Laurens, Roberdau y Bayard Smith), así como los
trece firmantes de la Constitución estadounidense (Bedford, Blair, Brearley,
Broom, Carroll, Dayton, Dickinson, Franklin, Gilman, King, McHenry, Paterson y
Washington). La gran mayoría de los congresistas que ratificaron dichos
acuerdos eran igualmente miembros de la hermandad masónica, lo mismo que la
práctica totalidad de los mandos del ejército republicano que combatió a las
tropas realistas de la metrópoli inglesa.
La influencia de la francmasonería se haría patente desde el principio
en todos los ámbitos del incipiente Estado, modelando sus componentes ideológicos
y políticos e inspirando buena parte de su simbología.
Inmediatamente después de
proclamar la Declaración de Independencia, el Congreso reunido en Filadelfia
adoptó una resolución encargando a John Adams, Benjamín Franklin y Thomas
Jefferson la confección del sello oficial del nuevo Estado. A tal efecto, cada
uno de los tres miembros del comité sugirió un diseño para el sello de la
Unión. Jefferson propuso una imagen que representase al pueblo de Israel
marchando hacia la Tierra Prometida. Franklin proyectó una alegoría en la que
aparecía Moisés conduciendo a los israelitas a través del Mar Rojo. John Adams,
por su parte, se inclinó por un tema de la mitología griega que representaba a
Hércules. A estas primeras propuestas se les fueron añadiendo las de sucesivos
comités hasta que, finalmente, fue aprobado el diseño definitivo propuesto por
el secretario del Congreso, Charles Thomson, maestre de una logia masónica de
Filadelfia dirigida por Benjamín Franklin.
El reverso de dicho sello no era
(es) sino una transcripción de la simbología iluminista. En su parte central
figura una pirámide truncada de trece escalones, el último de los cuales
contiene una fecha escrita en caracteres romanos: MDCCLXXVI, esto es, 1776.
Coronando la cima de la pirámide aparece un triángulo radiante con un ojo en su
interior. Tal ideograma era el símbolo de los Illuminati de Baviera, y el que
figuró en las portadas de los textos jacobinos más radicales durante la
Revolución Francesa. El reverso del Gran Sello incluye también dos leyendas,
una en su parte superior, circundando el triángulo, que reza "Annuit
Coeptis", y otra en su parte inferior, que circunda la base de la pirámide
y dice "Novus Ordo Seclorum".
Los trece escalones de la
pirámide representan a los trece Estados firmantes de la Declaración de
Independencia. La leyenda "Annuit Coeptis" se traduce como "(él)
ha favorecido nuestra empresa", refiriéndose al ojo encerrado en el
triángulo, que representa a una fuerza providencial cuya naturaleza será mejor
dejar para otra ocasión. Esta consigna refleja fielmente esa especie de
mesianismo pseudorreligioso que ha impregnado desde sus comienzos la
idiosincrasia nacional estadounidense. No será necesario extenderse aquí
sobre las pretensiones "salvíficas" de ese país, pretensiones que se
han venido manifestando como una constante prácticamente desde su nacimiento.
De ahí los innumerables atropellos "libertadores" cometidos por tan
emérita nación sobre sus vecinos continentales del sur, por no hablar de los perpetrados
contra los nativos amerindios, y de ahí sus ínfulas contemporáneas que le
llevan a erigirse en faro de la humanidad, pese a tratarse una de las
sociedades en las que con mayor virulencia se manifiestan todas las lacras de
la patología occidental. Aunque justo es reconocer que también se trata de uno
de los pocos países, por no decir el único, en el que aún subsiste una prensa
independiente digna de ese nombre, minoritaria y arrinconada, naturalmente.
Entendiendo por prensa independiente, claro está, aquélla que desenmascara al
Sistema en su conjunto, y no la que practica la nauseabunda farsa de censurar
las irregularidades de alguna de las facciones políticas que lo componen,
santificando simultáneamente al Sistema que está por encima de todas ellas.
En cuanto a la otra frase del
sello, "Novus Ordo Seclorum", su traducción correspondiente vendría a
ser "El Nuevo Orden de los Siglos" o "El Nuevo Orden de las
Eras". Como podrá apreciarse, las referencias a un Nuevo Orden y a una
Nueva Era, tan recurrentes a todo lo largo de la época moderna, no son nada
nuevas. Esta frase, tomada del filósofo romano Virgilio, es interpretada en su
sentido más superficial como una equiparación del nuevo Estado norteamericano
con la antigua Roma Imperial. Pero en la simbología iluminista la leyenda en
cuestión no se refiere a nada de eso, sino a la "Nueva Era de
Acuario" (otro concepto muy en boga hoy), que habrá de suceder a la Era de
Piscis o Era Cristiana. Con arreglo a dicha simbología, la fecha que figura en
el Gran Sello norteamericano, 1776, que es la fecha en la que tuvo lugar tanto
la Declaración de Independencia como la fundación de la Orden de los
Iluminados, marca el inicio de un período de 250 años durante el cual deberá
consumarse la transición de la Era de Piscis a la de Acuario. Y en esa
transición, tal y como pensaban los diseñadores del Sello, los Estados Unidos
desempeñarían un papel determinante.
Un buen colofón de todo lo apuntado hasta aquí podría ser la carta que
el propio George Washington le escribiera en 1798 al pastor protestante G.W.
Snyder, y en la que se expresaba en estos términos: "Yo no tenía la
intención de poner en duda que la doctrina de los Iluminados y los principios
del jacobinismo se habían extendido en los Estados Unidos. Al contrario, nadie
está más convencido de ello que yo. La idea que yo querría exponeros era que yo
no creía que las logias de nuestro país hayan buscado, en tanto que
asociaciones, propagar las diabólicas doctrinas de los primeros y los
perniciosos principios de los segundos, si es que es posible separarlos. Que
las individualidades lo hayan hecho, o que el fundador o los intermediarios
empleados para crear las sociedades democráticas en los Estados Unidos hayan
tenido ese proyecto, es demasiado evidente para permitir la duda".
Como culminación del proceso, en
1945 otro hermano francmasón, el presidente Franklin Delano Roosevelt, ordenó
que el reverso del Gran Sello norteamericano se imprimiera en la cara posterior
del billete de dólar, sin duda el lugar más idóneo. Todo un símbolo de la
religión humanista del poder y del dinero que impera en la actualidad y que
tiene sus centros de culto en la Sala de Oración del Capitolio, en el Templo
del Entendimiento de Washington y en el Salón de Meditaciones de la ONU.
Desde el primer presidente de la nación, George Washington, iniciado en
la logia Fredicksburg nº 4 de Virginia, y con el tiempo Gran Maestre de la
logia Alejandría nº 22, quince han sido sus sucesores en la suprema
magistratura de los Estados Unidos que han vestido el mandil francmasón:
James Monroe, presidente de 1817 a 1824. Maestre de la logia Williamburg
nº 6 de Virginia.
Andrew Jackson, presidente de 1829 a 1836. Gran Maestre de la logia
Harmony nº1 de Nashville (Tenesse).
James Knox Polk, presidente de 1845 a 1849. Maestre de la logia Columbia
nº 31 de Tenesse.
James Buchanan, presidente de 1857 a 1861. Maestre de la logia nº 43 de
Lancaster (Pensilvania).
Andrew Johnson, presidente de 1865 a 1868. Grado 33 del rito escocés.
James Garfield, presidente en 1881. Grado 14 en la logia Mithras de
Washington.
William McKinley,
presidente de 1897 a 1901. Caballero del Templo en la logia Canton nº
60 de Ohio.
Theodore Roosevelt, presidente de 1901 a 1909. Maestre en la logia
Matinecock nº 806, de Oyster Bay (Nueva York).
William Howard Taft,
presidente de 1909 a 1913. Gran Maestre de la masonería de Ohio.
Warren G. Harding, presidente de 1921 a 1923. Grado 33 en la fraternidad
nº 26 de Ohio.
Franklin Delano Roosevelt, presidente de 1933 a 1945. Grado 32 del rito
escocés.
Harry S. Truman, presidente de 1945 a 1953. Gran Maestre de la masonería
de Missouri y, posteriormente, grado 33, el máximo de la organización.
Lyndon B. Johnson, presidente de 1963 a 1969. Iniciado en la masonería
de Tejas.
Gerald Ford, presidente de 1974 a 1977. Miembro de la logia Columbia nº
3 de Washington e Inspector General Honorario del grado 33.
Y
George Bush, grado 33 del Supremo Consejo, además de Gran Carnicero de Panamá y
Gran Devastador de Irak, aunque este tipo de títulos no suelan ser reconocidos
oficialmente por la filantropía francmasónica.
Esto no es más que una muestra de la presencia de la francmasonería en
la vida pública estadounidense, ya que la nómina de todos los adeptos pertenecientes
a las altas esferas económicas, políticas y sociales sería, por su extensión,
imposible de reproducir aquí.
Junto a las logias adscritas al rito escocés, es decir, a las
Constituciones de Anderson, y en estrecha relación con las mismas, opera en los
Estados Unidos otra masonería con identidad propia agrupada en torno a la Logia
B'naï B'rith y reservada exclusivamente a los ciudadanos de origen judío. Esta
entidad, cuyo peso e influencia en las altas esferas del Poder serán analizados
más adelante, cuenta con ramificaciones distribuidas por 47 países, y el número
de sus afiliados supera la cifra de 600.000. De cualquier modo, el hecho de
pertenecer a la logia B'naï B'rith no impide la militancia de sus miembros en
otras logias de la masonería regular, cosa, por lo demás, harto frecuente, si
bien el flujo en sentido inverso no es posible.
Por otro lado, el papel desempeñado por los francmasones judíos en la
fundación y desarrollo de la masonería norteamericana fue, desde los mismos
inicios de ésta, más que notable. Y nada mejor para constatarlo que acudir a la
valoración efectuada sobre ese particular por la publicación Jurisdiction Sud,
boletín oficial del rito escocés reservado a los adeptos, en cuyo número
correspondiente a marzo de 1990, el francmasón de grado 32 Paul M.Bessel
escribía lo siguiente:
"Los judíos han estado activamente vinculados a los inicios de la
francmasonería en los Estados Unidos. Numerosos detalles prueban, en efecto,
que ellos estuvieron entre los fundadores de la francmasonería en siete de los
trece Estados primitivos: Rhode Island, New York, Pennsylvania, Mayland,
Georgia, Carolina del Sur y Virginia".
"Un francmasón judío, de nombre Moisés Michael Hays, fue el primero
que introdujo el rito masónico escocés en los Estados Unidos. Fue igualmente
Inspector General delegado para la francmasonería de América del Norte en 1768,
y Gran Maestre del Estado de Massachussets de 1788 a 1792".
"Los francmasones judíos jugaron un papel importante en el curso de
la Revolución Americana: 24 de ellos fueron oficiales del ejército de George
Washington, y otros muchos ayudaron con su dinero a la causa americana. Hayim
Salomon, un masón de Filadelfia que, junto con otros, contribuyó a la colecta
de fondos destinados a sostener el esfuerzo de
guerra americano, también prestó dinero a Jefferson, Madison y
Lee".
"Se dispone de pruebas de que numerosos judíos, rabinos incluidos,
permanecieron vinculados al movimiento francmasón americano a todo lo largo de
la historia de los Estados Unidos. Ha habido al menos una cincuentena de
Grandes Maestres judíos americanos. Hoy, numerosos judíos son activos
francmasones en los Estados Unidos, así como en otros países. A título
indicativo, el Estado de Israel cuenta con unas sesenta logias que comprenden
un total de casi trece mil miembros. Sin hablar de los afiliados a la logia
B'naï B'rith".
Tiempo antes, el Masonic Service Association of the United States había
incluído en su publicación confidencial "Short Talk Bulletin" (vol.
XLV, nº3) una lista de los Grandes Maestres judíos de la francmasonería
estadounidense.
Por lo demás, la relación existente en el ámbito francmasónico no es más
que un reflejo de la estrecha vinculación que, a todos los niveles, se ha dado
siempre entre el protestantismo norteamericano y el universo judío. Vinculación
que no sólo se manifiesta en los altos círculos sociales de ese país, donde la
trabazón entre la oligarquía protestante y la plutocracia judía ha sido y sigue
siendo íntima, sino también en la esfera ideológico-religiosa del
fundamentalismo anglosajón. Es, por lo tanto, una solemne patraña, o si se
prefiere, pura intoxicación, la idea que, desde los medios voceros del
capitalismo progresista, atribuye al fundamentalismo protestante norteamericano
un contenido antijudaico (como muestra perfecta de dicha intoxicación léase un
artículo aparecido en el rotativo El Mundo el 29-4-95 bajo el título "Del
Mayflower a Forrest Gump"). Intoxicación que, como se habrá podido
comprobar, arreció con ocasión del atentado de Oklahoma, un suceso a partir del
cual los manipuladores de costumbre han pretendido extender al conservadurismo
protestante en su conjunto los planteamientos de los supuestos autores del
delito, individuos pertenecientes a unos círculos ideológicos marginales y
absolutamente minoritarios en aquel país. Baste decir a este respecto que los
militantes de tales grupúsculos ultras no superan en los Estados Unidos la
cifra de unas cuantas docenas, cantidad a todas luces irrisoria en un territorio
habitado por doscientos cincuenta millones de personas, y en el que cualquiera
de las aberraciones y extravagancias que lo recorren cuenta con millares de
adeptos. A título de anécdota grotesca, tampoco será ocioso recordar la
intervención del presidente Clinton, que se dirigió a los niños norteamericanos
que vieron las escenas de la catástrofe por televisión para mitigar el impacto
traumático de tales imágenes y recordarles que "las personas mayores son
buenas". Como si los niños norteamericanos no estuviesen hasta las
criadillas de ver violencias y carnicerías de toda índole en la televisión de
su país.
Lo cierto, pues, con arreglo a los hechos, y la auténtica realidad es
que los sectores más conservadores del republicanismo estadounidense simpatizan
con la causa sionista con el mismo entusiasmo que lo hacen los progresistas del
partido demócrata. Y tal cosa ha sido así desde los mismos comienzos de esa
nación.
El fundamentalismo nortemericano
moderno hunde sus raíces en los puritanos pilgrims que arribaron a las costas
de Nueva Inglaterra a principios del siglo XVII. Ahítos de Biblia e imbuídos de
una especie de fanatismo mesiánico, los tripulantes del Mayflower y del Arbella
se consideraban a sí mismos los elegidos de Dios, un concepto que, por
aberrante que a la luz de los hechos pueda parecer, ha estado siempre presente
en el protestantismo estadounidense.
Concepciones similares a aquéllas fueron reproducidas después por "teólogos" más cercanos en el
tiempo, entre los que cabría citar a John Wilson, un frenólogo londinense que
en 1840 publicó un libro titulado "Our Israelitisch Origin", donde se
establecían las bases "históricas" y "científicas" del
mesianismo anglosajón. Según el citado autor, a raíz de las invasiones asirias
un contingente del pueblo judío marchó al exilio. Con el transcurso del tiempo
esos judíos exiliados se convirtieron en los escitas, que, a su vez, eran los
antepasados de los sajones. Una vez establecida semejante cadena genealógica, y
tras afirmar que la palabra "sajón" significaba "hijo de
Israel", el tal Wilson concluyó finalmente que los ingleses eran
descendientes por línea directa de la tribu judía de Efraín.
Como será fácil de suponer, Wilson no estuvo sólo en esa labor de
búsqueda "científica". Muy pronto sus fantasmagóricas pesquisas se
vieron secundadas e incluso sobrepasadas por otros lunáticos de parecido
calibre. Uno de ellos fue el reverendo Glover, que identificó al león británico
con el león de Judá y, al igual que Wilson, afirmó que los ingleses descendían
de la tribu de Efraín, y los galeses y escoceses de la tribu de Manasés. Poco
después aparecería otro investigador similar, Edward Hine, quien en 1870
publicó una obra donde se ratificaban y ampliaban las conclusiones de sus
predecesores ("The English nation identified with the lost house of Israel
by twenty-seven identifications"). La primera edición de dicha obra fue
seguida cuatro años más tarde de una segunda edición revisada según la cual los
anglosajones ya no estaban entroncados con varias de las antiguas tribus
hebreas, sino con todas ellas.
Todo esto no pasaría de ser una anécdota esperpéntica si no fuera por el
hecho de que tales dislates no sólo alcanzaron una considerable aceptación en
su época, sino que todavía hoy se incluyen como conceptos básicos en los libros
de texto del fundamentalismo protestante anglosajón.
Con el declive del Imperio Británico, semejantes lucubraciones
mesiánicas, tan idóneas por otra parte para servir de soporte ideológico al
expansionismo y a la dominación, se afincaron en el nuevo centro de gravedad
del mundo capitalista, donde encontrarían un terreno abonado para su arraigo en
las mistificaciones del protestantismo pilgrim.
No hará falta decir que el enemigo supremo fue identificado durante años
por el fundamentalismo nortemericano con la URSS. Pero ésa no era la única
amenaza que se cernía sobre tan benemérita nación. Entre algunos sectores de
los más adinerados e influyentes círculos del ultraconservadurismo republicano,
también estuvo extendida la idea de que la Bestia de las Diez Diademas del
Apocalipsis, era la Comunidad Europea, integrada entonces por diez naciones.
Aunque es de suponer que la posterior incorporación de nuevos países a la
Comunidad dejaría un tanto desconcertados a tan sagaces cabalistas, que a buen
seguro estarán escudriñando con redoblada atención en el esoterismo numérico en
busca de nuevas combinaciones que confirmen su tesis según la cual "la CE reducirá a la esclavitud a Gran
Bretaña y a Norteamérica".
Otro de los elementos recurrentes del fundamentalismo protestante es el
célebre Harmagedón, una idea que reviste especial importancia entre amplios
sectores de la oligarquía económica y política del conservadurismo
estadounidense. Así, durante la campaña presidencial de 1980, y en el curso de
una alocución pronunciada ante un grupo de dirigentes del lobby judío
neoyorquino, Ronald Reagan se refirió a ese tema asegurando que "Israel es
la única democracia estable en la que podemos confiar en la zona donde puede
llegar el Harmagedón". No será ocioso significar que uno de los mentores
"espirituales" de Ronald Reagan era por entonces Jerry Falwell,
destacado predicador fundamentalista y presidente de la llamada "Mayoría
Moral" de los Estados Unidos, colectivo que tiempo después se integraría
en la Liberty Federation. Por otra parte, las opiniones de Reagan eran
compartidas por varios altos cargos de la Administración, entre los cuales
figuraban James Watt, secretario de Interior, James Watkins, jefe de
Operaciones Navales, John Vessey, jefe del Estado Mayor conjunto, y Caspar
Weinberger, secretario de Defensa. Este último también se manifestó sobre el
particular durante una conferencia celebrada en la Universidad de Harvard,
donde afirmó que, por su condición de judío practicante, estaba familiarizado
con los temas bíblicos, señalando su convicción de que la gran batalla del
Harmagedón se libraría en la colina de Meggido, un pequeño promontorio situado
a unos veinticinco kilómetros de la localidad israelita de Haifa.
Por lo demás, la importancia que los postulantes del Harmagedón otorgan
al territorio israelí es algo común y reiterativo en esos ambientes
ideológicos, importancia que, en cualquier caso, no tiene más fundamento que
sus estrafalarias interpretaciones de ciertos pasajes bíblicos. Muy distinto,
por el contrario, es el criterio sobre ese respecto de quienes han sabido
valorar la verdadera relevancia estratégica de dicha zona basándose en
elementos de juicio bastante más pragmáticos y realistas. Tal fue el caso de
Nahum Goldmann, fundador del Congreso Judío Mundial y, posteriormente,
presidente de Israel, quien en el curso de la 7ª sesión plenaria del Congreso
Judío canadiense se refirió a ese tema en los siguientes términos: "El
Medio Oriente, situado entre tres continentes, cruce de Europa, Asia y Africa,
es probablemente la región estratégica más importante del mundo....Recuerdo que
el encargado de la administración del petróleo en Norteamérica durante la
guerra, el señor Ickes, me manifestó que los informes de los expertos
confirmaban la presencia de más petróleo en el Medio Oriente que en toda
América del Norte y Central juntas, de diez a veinte veces más. Y ustedes saben
lo que el petróleo significa para el mundo. Una vez que hayamos establecido un
Estado judío en Palestina, todo estará a nuestro favor.....Palestina es hoy el
centro de la estrategia política mundial, y los hombres de Estado que se ocupan
ahora del sionismo piensan así. Querría que los sionistas lo comprendieran. No
siempre lo que se sustenta en la justicia y la honradez es lo que cuenta en
este mundo. Las naciones y los gobernantes del mundo determinan su actitud con
arreglo a sus intereses realistas. Esas serán las consideraciones decisivas.
Todos los aspectos humanitarios del problema palestino no serán, pues,
decisivos, y nosotros debemos adaptar nuestra política a los aspectos realistas
del asunto".(Seventh Plenary Session, National Dominion Canadian Jewish
Congress, May 31, 1947)
Para concluir este breve repaso relativo a las claves mentales propias
del fundamentalismo protestante estadounidense, bueno será dedicar unas
palabras a la Liberty Federation, auténtico núcleo ideológico de la antigua
"Mayoría Moral" y del movimiento ultraconservador actualmente
encabezado por Gingrich bajo el lema del Contrato con América. Dicha Federación
mantiene una especie de índice de libros proscritos en el que, a juzgar por el
puritanismo exacerbado del que hacen gala sus mentores, sólo sería previsible
encontrar textos atentatorios contra la moral sexual, cosa que, por supuesto,
no es así. Esa hipócrita obsesión por todo lo referente al sexo es simplemente
la clásica y manida fachada conservadora, de la que tan buen partido suelen
sacar sus "rivales" y equivalentes de la burguesía progresista, el
otro bando del muladar, que aprovechan tal circunstancia para proponer a cambio
su característico repertorio de esnobismos sórdidos y para intensificar sus
campañas de disolución global. Pero el meollo fundamental de ese índice de
lecturas malsanas no son los panfletos pornográficos, sino las obras que
cuestionan el liderazgo político y militar de los Estados Unidos, las que se
muestran críticas con el culto al dinero, las que desenmascaran la
"ética" de las finanzas y de las sociedades anónimas, y las que ponen
en solfa el sacrosanto "liberalismo" económico. Aunque todavía hay
más. Entre los libros
censurados figuran títulos como "1984", de Orwel, y "Un Mundo
Feliz", de Huxley, dos retratos premonitorios del totalitarismo
posmoderno. También aparece en la lista negra la obra de Solzhenitsin "Un
día en la vida de Iván Denisovich", uno de los más preclaros
alegatos que se hayan podido escribir contra la dictadura soviética.
De
esta forma, con un paso hacia atrás de los fariseos piadosos, y dos hacia
adelante de sus homólogos progresistas, se va culminado el proceso.
LOS DOCTRINARIOS DEL IMPERIO BRITANICO
Para establecer las bases inmediatas del imperialismo británico, cuyo
testigo pasaría con los avatares del siglo XX a sus antiguas colonias de Nueva
Inglaterra, es ineludible referirse al papel desempeñado en el mismo por dos
figuras de especial significación, John Ruskin y Cecil Rhodes, alrededor de las
cuales se iba a tejer una tupida maraña de poderosas entidades en las que
pueden detectarse las claves de algunos de los
acontecimientos que han configurado el mundo actual.
John Ruskin nació en Londres el año 1819. Hijo de un acaudalado hombre
de negocios, cursó estudios en el Christ Churc de Oxford, donde muy pronto se
pondrían de relieve sus peculiares inclinaciones, en las que entremezclaban la
pasíón por el arte, las inquietudes de tipo social y la expansión del Imperio
Británico, al que Ruskin consideraba el vehículo más idóneo para llevar a cabo
la labor mesiánica a que estaban destinadas las "élites" de su país.
Fue a través de su cátedra en la Universidad de Oxford como Ruskin
inició una labor de proselitismo y adoctrinamiento que no tardó en depararle
numerosos adeptos entre sus alumnos, todos ellos procedentes de las altas
esferas sociales británicas. De ese vivero saldrían sus más íntimos
colaboradores, como Arnold Toynbee, Henry Birchenough, George Parkin, Philipp
Lyttelton y Alfred Milner. Este último personaje, que volveremos a encontrarnos
más adelante, sería en 1915 uno de los cuatro integrantes del Gabinete de
Guerra británico, organismo desde donde puso en práctica las enseñanzas de su
maestro. De ahí que su condición de director de una potente institución
financiera, el London Joint Stock Bank (hoy Midland Bank), no le impidiera utilizar
su cargo político para brindar una eficaz
cobertura al tráfico de armamento realizado durante la revolución rusa
por Basil Zaharoff, uno de los principales proveedores del bando bolchevique.
El ideario de Ruskin consistía en el hoy ya consagrado esquema del
capitalismo oligárquico y "humanista", y se basaba en la acción
conjunta de una élite de tecnócratas y académicos sostenidos y auspiciados por
los poderes financieros. Lógicamente, tales planteamientos suscitaron muy
pronto el interés de las altas esferas económicas, que no tardaron en promover
su divulgación al otro lado del atlántico. Esa labor corrió a cargo de dos
simpatizantes norteamericanos de la doctrina ruskiniana, Walter Vrooman y
Charles Beard, quienes, tras entrevistarse con el maestro, fundaron en Estados
Unidos el Ruskin College, contando para ello con el soporte financiero y el
apoyo social del duque de Norfolk, miembro de la Gran Logia Unida de
Inglaterra, de lord Ripon, virrey de la India y maestre de la citada logia, de
lord Rosebery, nieto del barón de Rothschild, y del duque de Fife, militante
igualmente del Gran Oriente inglés.
El otro gran embajador de la filantropía británica, Cecil Rhodes, nació
en 1853, y fue el tercer vástago de la numerosa prole del pastor protestante
Francis Rhodes. Su trayectoria ascendente comenzaría poco después de
trasladarse a Africa, donde su hermano Herbert administraba una plantación
algodonera ubicada en el territorio de Natal. Tras una breve estancia en la
plantación, Cecil se dirigió a los campos diamantíferos sudafricanos, montando
allí una empresa de extracción en sociedad con un tal Charles Rudd. La buena
marcha del negocio le permitió regresar a la metrópoli y graduarse en Oxford,
donde entró en contacto con el que habría de convertirse en su mentor
ideológico, John Ruskin. El promotor del encuentro entre ambos personajes fue
W.Stead, director de una publicación sensacionalista llamada Pall Mall Gacette,
que se dedicaba a promover el ideario progresista sobre la base, eso sí, de un
proyecto de alcance mundial dirigido por la civilización angloparlante.
Acto seguido, Cecil Rhodes se asoció con otros dos empresarios del
negocio diamantífero, Alfred Beit y Barney Barnato, con los que creó una vasta
red industrial y comercial que muy pronto se hizo con el control mundial de la
producción y venta de diamantes, monopolio que posteriormente pasaría a manos
de dos ilustres firmas de la plutocracia internacional, los Rothschild y los
Oppenheimer, que a través de la sociedad De Beers Consolidatd Mines Ltd.
controlan en la actualidad el 85% del mercado mundial de diamantes.
Los éxitos económicos de Cecil Rhodes corrieron parejos al importantante
papel que desempeñó durante el conflicto anglo-boer, desencadenado por los
poderes financieros británicos, y muy especialmente por la casa Rothschild,
para hacerse con el control de las inmensas riquezas del territorio
sudafricano. Y es que, como muy bien señalara el rabino y escritor Marcus Eli
Ravage, excelente conocedor de los entresijos político-económicos de aquella
época, el poder oculto de Cecil Rhodes no era otro que el dinero de los
Rothschild.
La concepción ideológica y los pilares doctrinales de nuestro
protagonista no eran sino una perfecta prolongación de las tesis de su maestro
Ruskin. En lo esencial, se trataba de los mismos planteamientos que han venido
reiterándose a todo lo largo del presente siglo por los promotores y teóricos
del Gobierno Mundial. El ideario de Rhodes aparece perfilado con diáfana
nitidez en varias de las cartas que dirigiera a unos de sus más íntimos
confidentes, el ya mencionado W.T. Stead. Una correspondencia en la que pueden
leerse frases como éstas:
"Sostengo que somos la primera raza del mundo y que cuanto mayor
porción del mismo sea habitado por nosotros, tanto más se beneficiará la
humanidad. Imponer nuestro gobierno significará terminar con las guerras";
"Anhelo la unión con América y la paz universal, que supongo podrá
ser una realidad dentro de cien años. He pensado, además, en la fundación de
una sociedad secreta organizada como la compañía de Loyola y sustentada por la
riqueza creciente de aquellos que aspiren a hacer algo". Bien es cierto que tan conmovedoras
inquietudes pacifistas y humanitarias de proyección mundial no incluían entre
sus objetivos el poner término a la explotación y a las condiciones
infrahumanas en que vivían los trabajadores de las minas sudafricanas
controladas por el filántropo británico. Pero comparado con sus elevados planes
aquello no pasaba de ser una anécdota insignificante.
El exponente más visible, aunque ni mucho menos el único, de la labor
proselitista de Rhodes habrían de ser la Fundación y las Becas Cecil Rhodes,
con cuyos fondos han completado su formación innumerables peones de lujo de la
plutocracia internacional.
La influencia de estos dos personajes, John Ruskin y Cecil Rhodes, se
materializó a lo largo de su época en una serie de entidades surgidas al amparo
de su inspiración ideológica y sostenida por las altas esferas económicas y
oligárquicas, como veremos seguidamente. Más tarde, con el declive del Imperio
Británico, sus cánones y procedimientos pasarían al otro lado del Atlántico,
como también veremos más adelante.
Entre esas instituciones aludidas en primer lugar merecen destacarse
dos: la Pilgrims Society y la Round Table. La Pilgrims Society fue presentada
oficialmente el 24 de julio de 1902. Su nombre, como será fácil deducir, se
adoptó en memoria de los puritanos ingleses que desembarcaron en la costa de
Massachussets y fundaron la colonia de New Plymouth en septiembre de 1620. Los
promotores de esta sociedad fueron varios miembros del Rhodes Trust, entre los
que figuraban Harry Britain, Joseph Wheeler, C. Roll, patrón de la firma
Rolls-Royce, y Lindsay Russell. La presidencia de la entidad recayó en lord
Roberts, célebre por las matanzas y estragos que perpetrara como
plenipotenciario del gobierno británico durante la guerra anglo-boer.
Unos meses más tarde, el 13 de enero de 1903, nacía la rama americana de
la Pilgrims Society por iniciativa del anteriormente citado Lindsay Russell,
que en 1921 se convertiría en el primer presidente del Council on Foreign
Relations (Consejo de Relaciones Exteriores), un organismo privado de corte
oligárquico del que han salido los más altos cargos de la Administración
norteamericana desde su creación hasta hoy. Debe precisarse que, con
anterioridad a la fundación en los Estados Unidos de la Pilgrims Society, ya
existía en aquel país la Sociedad de Descendientes del Mayflower, un influyente
club que agrupa a la cerrada oligarquía protestante cuyo árbol genealógico se
remonta a los puritanos pilgrims. Son las mismas familias que, junto con
ciertos clanes de la alta finanza, nos encontraremos más adelante cuando salga
a relucir una hermética y poderosa sociedad estadounidense denominada The
Order.
Por lo que se refiere a la Round Table, fue fundada en 1909 por lord
Milner. A pesar de su carácter cerrado y elitista, este restringido club no era
en realidad sino el círculo más visible o exterior de la sociedad secreta Table
Mountain, creada en 1891 por Cecil Rhodes y su íntimo colaborador, W.T.Stead, e
integrada por un reducido grupo de iniciados entre los que figuraban el citado
lord Milner, lord Grey, lord Rotschild, lord Esher, sir Harry Johnston y lord
Balfour. Este último sería algún tiempo después Primer Ministro británico
(1902-1905) y, posteriormente, ministro de Asuntos Exteriores en el gabinete de
LLoyd George (1916-1919).
Para costear los cuantiosos gastos derivados de los proyectos y
actividades de la Round Table, lord Milner, que ostentaba simultáneamente el
cargo de Gran Vigilante de la Gran Logia Unida de Inglaterra, contó con las
aportaciones económicas de dos acaudalados industriales mineros, sir Abe Bayley
y Alfred Beit, ex-socios de Cecil Rhodes en el negocio diamantífero
sudafricano. Desde la Round Table y la fundación Rhodes, lord Milner influyó
decisivamente en las directrices políticas del gabinete presidido por LLoyd
George, cuyos asesores fueron todos ellos miembros de dicha sociedad. Como
muestra de lo apuntado bastará citar la célebre Declaración Balfour, así como
las ayudas brindadas por el Gobierno de Lloyd George a los dirigentes
bolcheviques, ya comentadas líneas atrás.
Uno de los objetivos primordiales de la Round Table desde su creación
fue extender su radio de acción al resto de los territorios de habla inglesa,
cosa que no tardó en conseguir. Al punto que en 1915 contaba ya con
delegaciones en seis países, además de la sede inglesa (Estados Unidos, Canadá,
Sudáfrica, la India, Australia y Nueva Zelanda). La actividad de los diversos
grupos se mantuvo en todo momento coordinada a través de las reuniones
periódicas de sus miembros y por medio de un boletín informativo muy completo.
Finalizada la Iª Guerra Mundial, la Round Table entraría en una fase de
gran expansión, entre otras razones merced al extraordinario incremento de las
aportaciones económicas que comenzaron a lloverle desde un aerópago financiero
en el que figuraban los trusts J.P. Morgan, Rockefeller, Carnegie y Lazard
Brothers. A través de ese proceso de expansión y penetración social la Round Table ha venido ejerciendo desde
entonces su poderosa influencia en los círculos académicos, políticos y
mediáticos. Entre sus actuales feudos, cuyo dominio comparte con otras
sociedades afines del Establishment, figuran los rotativos The International
Herald Tribune, The Financial Times, The Wall Street Journal, The Economist,
The New York Times y The Washington Post, voceros prototípicos todos ellos del
capitalismo progresista y multinacional, y órganos cuyos editoriales y
artículos son recogidos en todo el ámbito occidental como si procediesen de un
oráculo. Otro de los enclaves dominados por la Round Table es la Universidad de
Princeton, donde ha organizado el Instituto de Estudios Avanzados, una entidad
entre cuyos más conspícuos y asiduos residentes figura el ideólogo marxista
Adam Schaff.
Uno de los mejores conocedores del entramado oligárquico mundial, al que
no en vano perteneció durante largo tiempo, sería el historiador Carroll
Quigley. Este autor, de obligada referencia en esta materia, fue profesor de
historia en la Escuela del Servicio Exterior de la Universidad de Georgetown,
además de profesor invitado en las Universidades de Harvard y Princeton. Fue
miembro asimismo de la Asociación Americana de Economía y de la Asociación
Americana para el Avance de la Ciencia, becario de la Brookings Institution y
colaborador de la Smithsonian Institution, organismos todos ellos adscritos a los
círculos del Establishment. Fruto
de sus muchos años de estudios e investigaciones en los archivos de dichas
entidades, Quigley publicó en 1965 un libro ("Tragedy and Hope") cuya
primera y única edición se agotó en pocos días, y no precisamente a manos de
sus potenciales lectores. Desde entonces la obra en cuestión no ha conocido
nuevas reediciones, por lo que resulta prácticamente inencontrable, habiendo
desaparecido incluso de las bibliotecas y establecimientos similares de acceso
público. Convendría, pues, retener el nombre de este historiador, a quien se
acudirá en más de una ocasión a lo largo de las próximas páginas.
A
modo de anticipo, bueno será reproducir uno de los más esclarecedores párrafos
que Quigley dedicara en su libro a la Round Table. Párrafo que no tiene
desperdicio, y dice así.: "Existe, y ha existido durante una generación,
una red anglófila que opera con el objeto de que la derecha radical crea en la
acción comunista. De hecho, esta red, que podríamos identificar con los grupos
de la Round Table, no tiene aversión a cooperar con los comunistas o con
cualquier otro grupo, y así lo hace frecuentemente. Sé de las operaciones de
esta red porque las he estudiado durante veinte años, y pude, durante dos años,
a principios de 1960, examinar sus papeles y grabaciones secretas. No tengo
aversión por ella ni por la mayoría de sus fines, y he estado mucho tiempo de
mi vida cerca de ella y de muchos de sus instrumentos. He objetado, tanto en el
pasado como recientemente, algunos de sus procedimientos. Pero en general, mi
principal diferencia de opinión son sus deseos de permanecer desconocida, y
creo que su papel en la historia es suficientemente significativo como para ser
conocida".
El rápido repaso efectuado hasta aquí quedaría incompleto sin hacer
alusión a la Fabian Society, otra importante entidad íntimamente relacionada
con las citadas anteriormente.
El convulso clima reinante en la Inglaterra victoriana, derivado del
hecho de ser aquel país la primera potencia industrial de su época, con todo lo
que ello suponía de explotación y marginación social, brindó el caldo de
cultivo adecuado para el alumbramiento de la Fabian Society. Esta entidad fue
así concebida al amparo de las consabidas consignas obreristas y humanitarias
por un reducido grupo de "filántropos" perteneciente a los medios
acomodados de la burguesía británica y estrechamente vinculados a los círculos
de la alta sociedad. Una circunstancia, esta última, nada sorprendente, por
cuanto ha venido siendo algo habitual a todo lo largo de los últimos cien años.
Entre los mentores y dirigentes de la Fabian Society figuraban Frank Podmore,
George Bernard Shaw, Sidney Webb y lord Olivier, a los que se sumó poco después
el influyente columnista Graham Wallas. Posteriormente se sucederían las
incorporaciones de personajes tan notorios como el economista John Keynes, el
filósofo Bertrand Russell, el escritor H.G.Wells y el historiador Arnold
Toynbee. También se incorporaron a sus filas algunos dirigentes sindicales, Ben
Tiller y Tom Mann entre ellos, así como otras figuras que iremos viendo más
adelante.
Pero antes de trazar un sucinto perfil de las actividades de esta
sociedad y de sus dirigentes, no estará de más recordar sus orígenes
"proletarios", toda vez que la Fabian Society surgió como un grupo
escindido de otra organización anterior denominada Hermandad de la Nueva
Vida. Entre los quince miembros
fundadores de dicha hermandad figuraban, además de Podmore y Bernard Shaw,
Edward Pease, agente de bolsa del Hutchinson Trust, Havellok Ellis, psicólogo
precursor del sexo libre, Ramsay McDonald, futuro primer ministro, lord
Haldane, más tarde ministro de la Guerra, y Hubert Bland, columnista del
influyente diario Star. Sin olvidarse de Annie Besant, quien a la muerte de la
célebre y fantasmagórica Mme. Blavatsky había asumido el mando de la Sociedad
Teosófica, inmersa ya por aquellas fechas en un cisma imparable debido, entre
otras razones, al hecho de que muchos de sus militantes europeos empezaban a
constatar que la tal sociedad no era fundamentalmente sino un instrumento al
servicio del imperialismo británico.
Los quince integrantes de la Hermandad de la Nueva Vida se reunieron en
Londres el 24 de octubre de 1883 con el objetivo de impulsar un nuevo proyecto
del que después saldría la Fabian Society. Y lo hicieron bajo los auspicios de
Thomas Davidson, un profesor escocés afincado en los Estados Unidos, donde
había fundado la American Economy Association en compañía de Woodrow Wilson y
el financiero Isaac Seligman.
Por lo que se refiere a las vinculaciones existentes entre la Fabian
Society y la Round Table, puede decirse que fueron desde un principio
manifiestas, y no solamente por la doble militancia de varios de sus
respectivos miembros, sino también por la pertenencia común de muchos de ellos
a entidades como la Sociedad de Relaciones Culturales y el Real Instituto de
Asuntos Internacionales, desde donde se marcaban al Gobierno británico las
directrices a seguir en política exterior; organismos que, por otra parte, estaban
patrocinados y sostenidos económicamente por las mismas potencias financieras
(Hutchinson Trust, Lazard Brothers, Rothschild, Oppenheimer). Y es que el
socialismo fabiano representaba el primer intento sistemático de amalgamar el
modelo económico capitalista con las tesis del colectivismo marxista, todo
ello, claro está, bajo la sabia y filantrópica dirección de las
"élites" angloparlantes. Se trataba, en suma, de una temprana
manifestación del proyecto totalitario que, por una u otra vía, se viene acariciando
desde hace tiempo.
Naturalmente, la evolución gradual hacia el nuevo modelo de sociedad no
se ultimaría en un plazo breve. Como los socialistas fabianos sabían y saben
muy bien, ese proceso llevaría algún tiempo, siendo preciso, por tanto, contemporizar
con ciertos excesos, necesarios en cualquier caso para la consecución de tan
elevado fin. De ahí que, tras unos primeros momentos de rechazo, las más
notorias figuras de la Fabian Society manifestasen sus simpatías por el régimen
de exterminio implantado en la URSS. Tal fue la actitud, entre otros, del
ínclito H.G.Wells, turiferario destacado del régimen bolchevique, y de Sidney
Webb, que definió a la Unión Soviética como "una democracia madura" y
justificó las purgas estalinistas con el argumento de que "la justicia
comunista tendría sus buenos motivos para actuar así". En la misma línea
se manifestaría el dramaturgo Bernard Shaw, que aunque no aprobaba las huelgas
obreras en su país, como el resto de los burgueses fabianos, sí se mostró
comprensivo con el terror bolchevique, al que consideraba "un mal
necesario".
Sea
como fuere, lo cierto es que el renombrado dramaturgo británico, acostumbrado a
transitar por los pasillos del Poder, y por tanto buen conocedor de lo que se
cocía en ellos, puso en boca de uno de sus personajes literarios, el financiero
Undershaft, unas significativas palabras que bien merecen reproducirse aquí.
Así le habla el financiero al político en una obra de Shaw titulada La
Comandante Bárbara: "¡El gobierno
de tu país! Yo soy el gobierno de tu país, yo y Lazarus. ¿Crees que tú y unos
cuantos principiantes como tú sentados en fila en esa institución de estúpido
parloteo pueden gobernar a Undershaft y a Lazarus? No, amigo mío, ustedes harán
lo que nos convenga. Harán la guerra cuando nos sirva. Comprenderán que el
comercio necesita ciertas medidas cuando nosotros hayamos decidido esas
medidas. Cuando yo necesite algo que aumente mis ganancias, ustedes descubrirán
que mi voluntad es una necesidad nacional, y cuando los demás necesiten algo
que disminuya mis ganancias, ustedes llamarán a la policía y al ejército. Como
recompensa gozarán del apoyo de mis diarios
y de la satisfacción de pensar que son grandes estadistas.......Vuestras
multitudes depositan sus votos y se imaginan que de esa forma gobiernan a sus
gobernantes. ¡Votar! Cuando usted vota lo único que cambia son los nombres del
Gabinete".
Dos de los más activos animadores de la Fabian Society en los inicios de
ésta fueron los esposos Webb (Sindney Webb y Beatriz Potter), que, como el
resto de los dirigentes de dicha entidad, procedían de los medios acomodados de
la burguesía inglesa. Entre las más significativas dotes de este matrimonio
fabiano figuraba su encendida verborrea proletaria, lo que les impediría
condenar la huelga minera de 1920 y negar toda ayuda a las familias de los
huelguistas. Igualmente, sus públicas muestras de simpatía hacia el régimen
soviético no entorpecieron en lo más mínimo la buena acogida que en todo
momento se les dispensó en los círculos oligárquicos de la alta sociedad
británica. Más bien todo lo contrario, pues como muy certeramente señalara el
sindicalista americano George Meany, la retórica izquierdista siempre ha gozado
de un buen cartel entre amplios sectores de la "mejor" gente. De hecho,
Sidney Webb fue distinguido en 1929 con el título de barón Pasfield, y su
cuñada, Georgina Potter, entroncó con la élite financiera tras casarse con
David Meinertzhagen, presidente de la Banca Lazard londinense. Los Webb
constituían, pues, una muestra prototípica de esa burguesía esnob que adopta
poses obreristas sin renunciar ni por un momento a sus privilegios de clase y
al vacuo tipo de vida característico de su condición social. El conmovedor afán
redentor de esas almas sensibles y progresistas se cifra, por tanto, en hacer
de los atrasados proletarios unos burguesitos de provecho, trasladándoles a tal
efecto todas las taras propias de su decrépita mentalidad, cosa que, como bien
prueban los hechos, ya han logrado casi completamente.
Entre las iniciativas del matrimonio Webb destacó la constitución de un
Club de "cerebros" cuyo objetivo sería lograr la máxima eficacia en
todos los campos, dentro del más puro estilo tecnocrático. Esa agrupación de
"superdotados", bautizada por Beatriz Webb con el nombre de Los
Coeficientes, fue tratada por H.G. Wells en uno de sus escritos,
"Experiment in Autobiography", donde le dedicaría todo un capítulo
cuyo elocuente título (La idea de un mundo planificado) ahorra cualquier
comentario.
En 1894 el trust de Henry Hutchinson, en el que Sidney Webb ocupaba un
alto cargo, concedió a la Fabian Society diez mil libras para propaganda y
demás actividades. Con este dinero y los cuantiosos fondos aportados por la
casa Rothschild, los máximos dirigentes de la Fabian Society (Webb, Wallas,
Shaw) crearon la London School of Economics and Political Science (Escuela de
Economía y Ciencia Política de Londres), cuyo cometido sería formar a los
futuros arquitectos de una nueva sociedad regida por los principios fabianos. A
lo largo de los últimos decenios este centro académico ha recibido ingentes
aportaciones económicas de la Alta Finanza, y muy especialmente del trust
Rockefeller, a través de la Fundación L.Spellman-Rockefeller, y por sus aulas ha pasado el propio David
Rockefeller, así como una pléyade de políticos y tecnócratas de la izquierda
occidental.
EL EASTERN ESTABLISHMENT
En una de sus acepciones, el término establishment se traduce como un
conjunto de personas unidas por un propósito u objetivo común. Más
explícitamente, con la expresión Eastern Establishment se designa al entramado
plutocrático del Big Banking y del Big Business que domina la vida económica,
política y social de los Estados Unidos.
El origen de los grandes capitales estadounidenses se sitúa en la Guerra
de Secesión de 1861-65, con la
confrontación entre la economía comercial e industrial del Norte y el viejo
modelo latifundista y agrícola del Sur. No hará falta aclarar a estas alturas
de los tiempos que las razones humanitaristas (abolición de la esclavitud)
esgrimidas por el expansionismo nordista no eran otra cosa que espúreos
adornos. De hecho, las condiciones de vida del proletariado norteño diferían
muy poco de las reinantes en las plantaciones esclavistas del Sur. Lo que se
ventiló, pues, en aquel conflicto no fue otra cosa que la supremacía del modelo
económico del Norte, que era el que mejor respondía a las exigencias del
capitalismo expansivo.
El balance de aquella guerra, tan trágico para muchos como rentable para
unos pocos, ofrece por tal motivo dos caras bien distintas. En una de ellas
aparecen sus 600.000 víctimas y las cuantiosas pérdidas materiales causadas por
la contienda. Y en la otra figura el gran desarrollo industrial que el esfuerzo
bélico proporcionó a la zona Norte, así como el espectacular enriquecimiento
que de ello se derivó para los especuladores y los proveedores del ejército. La
transformación económica operada por el conflicto permitió la acumulación de
enormes fortunas y dio paso al ulterior proceso de concentración mercantil e
industrial en beneficio de los grandes trusts económicos.
El curso iniciado con la guerra de Secesión, durante la cual se gestaron
los primeros imperios económicos (Vanderbilt, Carnegie, Morgan, Rockefeller),
daría paso a la concentración monopolística que comenzó a desarrollarse a
partir de aquel evento. Desde entonces cada nueva contienda bélica supondría un
reforzamiento de esa dinámica. Así, la guerra hispano-norteamericana de 1898 abrió
el camino a los oligopolios azucareros. A ésta le seguiría la 1ª Guerra
Mundial, que consolidó la concentración de la industria pesada y consagró el
ascenso de otros dos imperios económicos: el de la dinastía Pont de Nemours, de
Detroit (Unites States Rubber, General Motors, National Bank of Detroit), y el
del clan finaciero Mellon, de Pittsburg (Aluminium Co. of America,
Westinghouse, Mellon Bank).
La concentración prosiguió a ritmo acelerado durante el boom de 1925-29,
período en el cual 4.583 sociedades industriales fueron absorbidas por los
grandes trusts, que se lanzaron preferentemente sobre las empresas de servicios
públicos (electricidad, agua, gas, ferrocarriles, etc). Posteriormente, la 2ª
Guerra Mundial y los conflictos sucesivos incrementaron aún más los beneficios
y el poderío de los grandes complejos económicos, como tendremos ocasión de
comprobar. Pero antes convendrá retrotraerse nuevamente a los inicios de este
proceso para analizar más de cerca sus características y la trayectoria de sus
principales protagonistas.
De entre las grandes fortunas amasadas a partir de la guerra civil
norteamericana, cuatro nombres sobresalen en especial: Cornelius Vanderbilt,
Andrew Carnegie, John Pierpont Morgan y John Davison Rockefeller. El primer apellido
prácticamente ha desaparecido del concierto plutocrático mundial y de las altas
esferas de influencia política. Los dos últimos, por el contrario, se sitúan
actualmente en su vértice más elevado. El hecho de que los Morgan y los
Rockefeller ligaran el destino de sus grandes empresas a un potente complejo
bancario habría de jugar, sin duda, un papel fundamental en su proyección
futura.
Cornelius Vanderbilt era ya un próspero empresario en los comienzos de
la guerra. También era, y con diferencia, el de más edad, 65 años, ya que el
mayor de sus tres concurrentes no sobrepasaba la treintena. Las concepciones
empresariales de Vanderbilt y su forma de gestionar los negocios estaban, por
ello, más próximas a los viejos métodos que a las técnicas que demandaba el
capitalismo avanzado. Tampoco en esto se asemejaba a los otros tres. Su imperio
económico se articulaba en torno a varias compañías navieras subvencionadas por
el Estado. Durante la guerra de Secesión, el "comodoro" Vanderbilt
registró enormes beneficios proporcionando al Gobierno nordista la flota de
guerra destinada a la toma de Nueva Orleans. Otro sector en el que desarrolló
una notable actividad fue el del tendido ferroviario.
La escalada de Andrew Carnegie se fraguó a partir de su cargo como
secretario del director de Transportes del Ministerio de la Guerra. Valiéndose
de su ventajosa posición, este ambicioso inmigrante escocés montó una factoría
de raíles a través de la cual suministraba al Departamento de Transportes todos
los pedidos efectuados por éste. Los ingentes beneficios así obtenidos
constituyeron la base de la futura Carnegie Steel Co.of New Jersey, uno de los
más potentes complejos industriales estadounidenses hasta principios del siglo
XX, en que pasaría a la órbita del grupo J.P.Morgan.
Pero vayamos ya con los dos grandes de aquel cuarteto. John Pierpont
Morgan era hijo de un inmigrante inglés asociado a la banca británica
Peabody&Co., cuyos negocios estaban estrechamente vinculados a los intereses
nordistas. Su primera operación comercial, realizada precisamente a través de
dicha entidad bancaria, consistió en suministrar cinco mil fusiles anticuados
al ejército del Norte, embolsándose en la transacción la nada despreciable suma
de 92.500 dólares, una fortuna por aquel entonces. Los sustanciosos beneficios
obtenidos durante la guerra constituyeron el punto de partida de su futuro
imperio económico. En 1901 fundó la United States Steel Corp., que con el
tiempo se convertiría en uno de los mayores trusts acereros del mundo, y en
1903 creó, mediante la fusión de varias empresas navieras, otro gigante
comercial, la International Mercantile Marine Co. Tras su muerte, acaecida en
1913, fue su heredero, J.P.Morgan junior, quien consolidó el poderío del trust,
dotándole de una potente institución financiera, la Banca Morgan and Co.
La influencia en los medios políticos de los grandes trusts
económicos fue significada ya en la
década de los años veinte por el diplomático americano James W.Gerard , quien
se refirió al asunto en estos términos: " Los factores económicos dominan
toda la vida nacional en este momento, y los hombres que reinan sobre las
fuerzas económicas reinan también sobre el país".
La 2ª Guerra Mundial supuso para la casa Morgan una nueva oportunidad de
incrementar su vasto imperio. Con motivo de dicha contienda, el gobierno
norteamericano destinó 17.000 millones de dólares a la creación de modernas
factorías para la fabricación de material bélico, ya que la demanda
armamentista amenazaba con desbordar la capacidad productiva de la industria
privada. Naturalmente, la mayor parte de esas nuevas instalaciones (un 80%
aprox.) fueron puestas a disposición de las grandes compañías industriales, con
todas las ventajas derivadas de ello, pero con la particularidad añadida de
que, una vez finalizada la Gran Guerra, las factorías estatales, ya
reconvertidas, pasaron a manos de los esos grandes trusts en virtud de una
disposición de compra preferente ejecutada a precio de saldo. Uno de los
mayores beneficiarios de aquellas transacciones fue el imperio Morgan, que a
través de su macrocompañía United States Steel incorporó a su red comercial las
imponentes acerías de Geneva (Utah).
Como ya se señalara, el centro neurálgico de este gigantesco trust es la
Banca J.P. Morgan, que constituye el instrumento a través del cual se articula
toda su red empresarial. No será preciso extenderse aquí sobre el decisivo
papel desempeñado por las instituciones financieras como núcleo fundamental de
los grandes complejos económicos. El hecho de que los más sobresalientes se
articulen en torno a una poderosa banca no obedece precisamente a la
casualidad, sino a razones tan sencillas como notorias, ya que los recursos
financieros de que dispone un gran establecimiento bancario son inmensamente
superiores a los del más acaudalado propietario. Como resulta evidente, el
mecanismo operativo de las sociedades por acciones y de las instituciones
bancarias no se basa en las fortunas personales de los plutócratas que las
controlan, por cuantiosas que pudieran ser, sino en las gigantescas sumas
aportadas por los millares de pequeños accionistas y depositantes de dichas
entidades. El poder y la influencia de un magnate económico no se mide, pues,
por el volumen de su patrimonio personal, sino en razón de los recursos que es
capaz de movilizar y, lo que es más importante aún, por su emplazamiento en los
centros decisorios de poder, esto es, en los organismos y cónclaves donde se
decide el curso de los acontecimientos. Y éste es un asunto sobre el que conviene
aclarar algunos conceptos.
El hecho de que en los últimos años varios bancos japoneses se hayan
situado en los primeros lugares del escalafón mundial (en volumen de depósitos
o de activos financieros), no tiene, ni por aproximación, la trascendencia que
le confieren no pocos expertos en el arte de la confusión. Primeramente sería
preciso significar que, tanto los activos de los bancos de inversión japoneses,
como su rentabilidad y radio de acción, proceden y se circunscriben casi
exclusivamente al mercado nipón. Así pues, su enorme volumen de negocios y de
beneficios, proceden del mercado nacional, mercado que dominan prácticamente en
su totalidad. Sin embargo, y debido a las circunstancias ya expuestas, la
incidencia de los bancos de inversión japoneses en el plano internacional es
poco menos que relevante.
A
todo lo apuntado en el párrafo anterior deberá añadirse todavía otra
circunstancia no menos importante, como es el hecho de que Japón, pese a
haberse convertido en un emporio económico, no pasa de ser un pigmeo en el
terreno político y militar. Esto implica, entre otras cosas, que, a diferencia
de otras potencias, y de una muy en especial, el Estado japonés no dispone de
una poderosa maquinaria de proyección internacional que actúe en beneficio de
los intereses exteriores de sus firmas económicas. Justamente lo contrario de lo que sucede en el
caso de la Administración estadounidense, cuyo dilatado historial de servicios
a los grandes trusts radicados en aquel país no será preciso (ni posible por su
extensión) reproducir aquí. Aunque se trata de algo notorio, bastaría con
repasar el contenido de diversos informes secretos elaborados por la
Administración yanqui para confirmar la evidencia. Algunos de ellos, sacados
recientemente a la luz por Noam Chomski, resultan sobradamente explícitos al
respecto cuando señalan que "la mayor amenaza la constituyen los regímenes
nacionalistas que obedecen a presiones internas para mejorar el nivel de vida y
promover reformas sociales, sin prestar demasiada atención a las necesidades de
los inversores estadounidenses".
Indudablemente, el mayor banco japonés posee una envergadura económica
superior al Chase Manhattan Bank, pero, por citar un solo ejemplo, no fue al
presidente de ese banco nipón a quien recibió el gobierno de Gorbachov para
dirimir los términos del desmantelamiento del caduco régimen soviético, sino a
una selecta delegación de la Comisión Trilateral comandada por David
Rockefeller. Del mismo modo, todavía no se ha interrumpido ningún Consejo de
Ministros del gobierno español para que el jefe del gabinete recibiera a un
financiero japonés, cosa que, por el contrario, sí ha ocurrido tratándose del
ínclito David Rockefeller.
Queda aún otro aspecto digno de mención , y es el artificio fraudulento
en virtud del cual los intoxicadores de oficio abundan en la falacia del
"libre mercado", apoyándose en la pugna que mantienen los grandes
consorcios multinacionales para encaramarse a las más altas posiciones del
escalafón empresarial. De tal modo que las fluctuaciones en el ranking de los
mejor colocados son aducidas por los oficiantes del liberalismo económico como
muestra de la libre competencia, competencia que, obviamente, está reservada a
un reducido pelotón de oligopolios económicos, y cuyos resultados, sean cuales
sean éstos, en nada modifican lo esencial de la situación. Debe quedar claro,
además, que las rivalidades circunstanciales que se puedan producir en la
superficie del Sistema no afectan en lo más mínimo a los pilares sobre los que éste
se asienta. Como podrá comprenderse, las disputas entre los oligopolios
económicos, cuya importancia es en cualquier caso secundaria, pasan a un
segundo plano tan pronto como aparece en el horizonte algo que suponga un
atisbo de amenaza para sus intereses conjuntos, en cuyo caso todas las piezas
del engranaje actúan como un bloque granítico.
Esta mecánica, que constituye el denominador común de todos los círculos
oligárquicos, se manifiesta de idéntica forma en el ámbito político, donde las
rivalidades y los golpes bajos entre las diversas facciones que conforman el
cotarro se convierten en sólida alianza desde el mismo instante en que algún
elemento ajeno a la farsa pseudodemocrática pone en tela de juicio la validez
del Sistema del que todas ellas son tributarias. Exactamente la misma línea
seguida por los grandes medios de comunicación, otro de los pilares del
Establishment y su más eficiente herramienta, pues no en vano el poder
económico y el aparato mediático se encuentran en las mismas manos. De ahí que,
más allá de sus sórdidas disputas de intereses y de su adscripción a banderías
políticas diversas, todos los grandes medios compartan idénticos planteamientos
en lo tocante a la validez incuestionable del Sistema vigente. Unos y otros,
partidos políticos y medios de comunicación, no hacen sino interpretar con
diferentes matices una misma partitura, y es en los centros de poder
plutocrático donde se compone esa partitura y desde donde se dirige la
orquesta.
Volviendo el tema central de este análisis, el otro gran protagonista
empresarial de la escena decimonónica estadounidense fue John Davison
Rockefeller, fundador de una dinastía financiera que, junto con la casa Morgan
y el grupo bancario Warburg-Lehman-Kuhn&Loeb, constituyó el triunvirato plutocrático
sobre el que habría de cimentarse el Eastern Establishment. Por el momento, y a
la espera del análisis más detallado que se dedicará al clan Rockefeller en el
próximo epígrafe, bastará con adelantar aquí que su imperio económico, gestado
también durante los años de la guerra de Secesión, se articuló en sus inicios
en torno a una gran empresa, la Standard Oil, afianzándose posteriormente sobre
la base de una poderosa institución financiera, el Chase Manhattan Bank
Como ya se apuntara páginas atrás, uno de los autores que con más
conocimiento de causa ha descrito las claves ideológicas y los métodos
operativos del Eastern Establishment es el historiador Carroll Quigley. En su
análisis del asunto, que conocía desde dentro, Quigley sitúa la génesis del
sistema financiero occidental en el vuelco de las relaciones de poder producido
por las revoluciones capitalistas o burguesas. Como consecuencia de la
instauración del sistema capitalista como modelo, el poder efectivo pasó de las
instituciones aristocráticas defenestradas a las oligarquías burguesas,
plenamente conscientes de que, una vez implantado dicho modelo, el dinero
habría de erigirse en el factor determinante del acontecer moderno.
Seguidamente, Quigley describe el proceso a través del cual las grandes
dinastías bancarias (Rothschild, Baring, Lazard, Warburg, Schiff, Seligman,
Malet, Erlanger etc.) conformaron un sistema de alianzas financieras de alcance
internacional. El procedimiento seguido desde el primer tercio del siglo XIX consistió
en incorporar a su órbita de dominio un creciente número de bancos
provinciales, sociedades aseguradoras y complejos industriales, para
desarrollar a continuación, y a nivel internacional, un mecanismo de control
del dinero y de su circulación. De esta forma, tanto la economía en desarrollo
como las altas esferas políticas entraron en una situación de absoluta
dependencia.
Durante el apogeo del imperialismo inglés, el centro operativo desde
donde actuó la alta finanza internacional fue el Banco de Inglaterra, el más
eficiente de sus instrumentos de dominio por entonces. Posteriormente, con el
declive del Imperio Británico y la transferencia de su papel hegemónico a los
Estados Unidos, el principal núcleo operativo pasó a ser la Reserva Federal o Banco
Central estadounidense, como veremos más adelante.
Por lo que se refiere a los ingredientes ideológicos del engranaje, el
citado historiador no duda en señalar como sus máximos mentores a John Ruskin y
a Cecil Rhodes, cuyas concepciones basadas en un gobierno mundial regentado por
una oligarquía plutocrático-tecnocrática ya fueron debidamente comentadas con
anterioridad. De hecho, las sociedades creadas por ambos personajes fueron el
principal vehículo de expansión de sus doctrinas al otro lado del atlántico.
En los Estados Unidos, la configuración del Eastern Establishment se
desarrolló siguiendo los mismos cauces, y transcurrió de la mano de los dos
grandes de la economía norteamerica, Morgan y Rockefeller, a quienes se sumaría
en las postrimerías del siglo XIX otro poderoso grupo financiero del que en
breve se hablará. Quigley, por su parte, refiere el modo en que, a partir del
último tercio del pasado siglo, los trusts Morgan y Rockefeller desarrollaron
una labor sistemática de absorción y de concentración económica ejercida
fundamentalmente sobre los bancos comerciales, las sociedades aseguradoras, la
industria pesada, las compañías de servicios públicos y el ferrocarril. En su
obra "Tragedy and Hope", Quigley también hace alusión a las fundaciones
"filantrópicas" auspiciadas por ambos trusts. Instituciones que,
además de constituir plataformas inmejorables de penetración e influencia en
todos los ámbitos de la sociedad, habrían de revelarse muy pronto como
instrumentos de primer orden para burlar la inoperante legislación antitrust,
otro de los espúreos adornos de los regímenes "democráticos"
occidentales.
Para completar esta descripción, nada mejor que reproducir textualmente
algunos comentarios sumamente ilustrativos escritos por el propio Quigley sobre
el particular:
"La estructura de los controles financieros que crearon los
magnates del Big Banking y del Big Business en el período 1880-1933 era de una
extraordinaria complejidad. Una empresa feudo era erigida sobre otra, ambas
eran ligadas con firmas semi-independientes, y el todo creció hasta formar dos
cimas de poder económico y financiero, de las cuales, una, con centro en Nueva
York, era comandada por J.P. Morgan, y la otra, en Ohio, por la familia
Rockefeller. Cuando ambas trabajaban en común, como por lo general hacían,
podían influenciar la vida económica del país en alto grado, y casi controlar
su vida política, al menos a nivel federal"
"En 1930, las doscientas grandes sociedades (estadounidenses)
poseían el 49,2% de los activos de cuarenta mil sociedades del país. De hecho,
en 1930 los activos de una sola sociedad, la American Telephone and Telegraph,
controlada por Morgan, eran superiores a la riqueza total de 21 Estados de la
Unión. La influencia de estos dirigentes de la economía era tan grande que los
grupos Morgan y Rockefeller, cuando operaban conjuntamente, o incluso Morgan
actuando en solitario, hubieran podido destruir el sistema económico de todo el
país".
Otro buen conocedor del panorama reinante en la Norteamérica de
principios de siglo fue John Moody, fiel partidario, por otra parte, del modelo
capitalista, lo que no le impediría expresarse en una obra publicada en 1904
("The Truth About the Trusts") en estos elocuentes términos:
"Consideradas en conjunto, las influencias hegemónicas de los trusts
obedecen a una intrincada red de pequeños y grandes grupos de capitalistas,
muchos de ellos aliados entre sí por lazos de mayor o menor importancia, pero
todos apéndice o partes de grupos mayores que, a su vez, dependen y se alían
con los dos grupos mastodónticos de Rockefeller y Morgan. Estos dos gigantes
constituyen el corazón y la vida comercial del país. Los otros son las arterias
que se extienden en miles de ramificaciones por la vida nacional, haciendo
sentir su influencia en todos los lugares, sin dejar de estar conectados y
depender de esa gran fuente central, cuya influencia y política domina a
todos".
Finalmente, el tercer bloque financiero que, junto con los trusts Morgan
y Rockefeller, compuso la cima del poder plutocrático en los albores del
Eastern Establishment, fue el grupo Warburg-Lehman-Kuhn&Loeb. Este potente
complejo bancario se había configurado a través de las alianzas familiares de
varios financieros judío-alemanes que, en las últimas décadas del siglo XIX, se
instalaron en territorio estadounidense.
Entre los forjadores de dicho imperio económico, muchos de los cuales ya
salieron a relucir en páginas anteriores, figuran los nombres de Jacob Schiff,
máximo dirigente de la banca Kuhn&Loeb hasta su fallecimiento en 1920,
Isaac Seligman, cuya firma bancaria ligó sus intereses a la casa Kuhn&Loeb
tras su matrimonio con la segunda hija de Loeb, Felix Warburg, casado, a su
vez, con una hija de Schiff, lo que estrechó los vínculos entre la banca
Warburg y la firma Kuhn&Loeb, Herbert Lehman, presidente de la banca Lehman
Brothers, antiguo gobernador de Arkansas y vicepresidente honorario del
American Jewish Committee, y por último, Lewis L. Strauss, consejero de la
familia Rockefeller, asociado de la firma Kuhn&Loeb, almirante de la armada
estadounidense durante la 2ª Guerra Mundial y, posteriormente, presidente de la
Comisión de Energía Atómica de los Estados Unidos.
Este complejo bancario ha sido tradicionalmente el alma mater del
American Jewish Committee, así como de la Organización Sionista Americana y de
la United Jewish Appeal, organismos a través de los cuales se han canalizado
los fondos para el patrocinio de la causa sionista y los empréstitos de la
Administración norteamericana al Estado de Israel.
Entre los diversos instrumentos articulados por la plutocracia del
Eastern Establishment para dominar la
vida pública estadounidense merecen destacarse dos: el Council on Foreign
Relations, o Consejo de Relaciones Exteriores, y la Reserva Federal. Del
primero, que es un club oligárquico de carácter privado, han salido a lo largo
de los últimos setenta años la práctica totalidad de los altos cargos políticos
de la Administración norteamericana, con independencia de cuál haya sido el partido
político gobernante en cada momento. Más adelante se dedicará a esta poderosa
entidad la atención que indudablemente merece. Por lo que se refiere a la Reserva Federal, esto es, al
Banco Central estadounidense, se trata de una institución de importancia
crucial que, en contra de lo que pudiera suponerse a tenor de su carácter público, está gestionada y dirigida por la
Alta Finanza privada.
La creación de este organismo se gestó
durante una reunión restringida convocada al efecto por Nelson Aldrich (abuelo
de Nelson Rockefeller) el 22 de noviembre de 1910 en Jekyl Island (Georgia), y
en la que participaron Benjamín Strong, en representación del Bankers Trust
Company, adscrito a la órbita de la casa Morgan, Henry Davison, alto ejecutivo igualmente
de J.P.Morgan, Frank Vanderlip, presidente del National City Bank, de
Rockefeller, Paul Warburg, director de la banca Warburg, y Piatt Andrew,
secretario de Hacienda estadounidense. En dicha reunión se redactaron los
informes que poco después recogería con puntualidad el Decreto del Federal
Board System, refrendado oficialmente el 20 de diciembre de 1913.
En virtud de aquella disposición legal,
que establecía el sistema de la Reserva Federal vigente desde entonces, el
Estado otorgó a un grupo bancario privado la facultad de acuñar moneda y el
derecho exclusivo a la emisión de billetes, o dicho de otro modo, el control
absoluto de la circulación monetaria en todo el país. Desde que dicho sistema
fuera adoptado, el gobierno estadounidense se limita a emitir bonos estatales,
que son respaldados por la Reserva Federal gestionada por la banca privada.
Como consecuencia de ello, la banca privada titular del Board System percibe
anualmente en concepto de intereses miles de millones de dólares, que son
pagados, naturalmente, por el contribuyente norteamericano.
La adopción del Federal Board System
respondía fielmente a la dinámica señalada por el profesor Carroll Quigley
cuando describiera los mecanismos y procedimientos empleados por la oligarquía
financiera: "Se trataba, señala Quigley, de la creación de un sistema
internacional de hegemonía financiera en manos de algunas individualidades
capaces de dominar la política de cada país y la economía mundial. El sistema
así estructurado descansaría sobre la
autoridad de tipo feudal de los Bancos Centrales, enlazados entre sí a través
de acuerdos estipulados en el curso de entrevistas periódicas y de reuniones
privadas".
Efectivamente, desde que ese sistema fuera
implantado de forma generalizada, los gobernadores de los Bancos Centrales se reúnen con
periodicidad, aunque por encima de los encuentros de quienes a la postre no son
sino meros subalternos del Gran Capital, se sitúan los contactos entre los
financieros rectores del Establishment mundial, que, en palabras de Quigley:
"conforman un sistema de dominación nacional y de cooperación
internacional más potente y más discreto que el de los agentes de los Bancos
Centrales".
El elemento sobre el que habría
de basarse este proceso, iniciado en el siglo XVIII, no fue otro que el papel
moneda o billete bancario, cuya emisión y control circulatorio fueron pronto
prerrogativas exclusivas de los Bancos Centrales, gestionados y dominados por
la banca privada. Las ventajas que para la Alta Finanza supondría la
instauración de un sistema económico basado en la moneda fiduciaria, aparecen
reflejadas sin tapujos en una carta enviada por los Rothschild de Londres a un
banquero neoyorquino el 25 de junio de 1863. Dicha carta, recogida en el
documento nº 23 del National Economy and the Banking System of the United
States, dice así: "Las escasas personas que puedan comprender el sistema
-cheques y créditos- mostrarán tanto interés por sus beneficios o dependerán en
tal manera de sus ventajas que no se debe esperar de ellas ninguna oposición,
mientras que, de otro lado, la gran masa de público, mentalmente incapaz de
comprender las enormes ventajas que el capital saca de ese sistema, soportará
los costes sin oponerse e, incluso, sin sospechar siquiera que ese sistema es
contrario a sus intereses".
El modelo de los Bancos centrales fue adoptado en los principales países
europeos a lo largo del siglo XIX, con la única excepción sobresaliente de la
Rusia zarista. Por lo que a los Estados Unidos se refiere, uno de los más
solventes especialistas en esta materia, Gustavus Myers, describió en su obra
"History of the Great American Fortunes" el modo en que varios
banqueros europeos, y muy especialmente los Rothschild, ejercieron su poderosa
influencia para la adopción de las leyes financieras norteamericanas. Los
archivos legislativos, señala Myers, muestran claramente el poder de los
Rothschild en la antigua Banca de los Estados Unidos, suprimida por el
presidente Jackson en 1836.
Sin embargo, el financiamiento de de la guerra de Secesión ( la guerra
es uno de los elementos clave sobre los que ha pivotado el progresivo
endeudamiento de los Estados modernos) empujó al presidente Lincoln a recurrir
a los grandes bancos internacionales, que en 1863 le impusieron la adopción de
la National Bank Act, en virtud de la cual dichas entidades compraban los bonos
emitidos por el Estado para sufragar los gastos de guerra, con los
correspondientes intereses en su favor, obteniendo como contrapartida la
facultad de emitir billetes bancarios sin interés; es decir, beneficios a dos
bandas para la Alta finanza. Ése sería el régimen bancario vigente en los
Estados Unidos hasta que fuera adoptado el Federal Board System, que no hizo
sino completar el modelo anterior y garantizar todavía mejor los intereses de
sus beneficiarios.
No podría cerrarse este asunto sin mencionar el nombre de Edward Mendel
House, alias "coronel" House, un sujeto cuya posición cerca del
presidente Woodrow Wilson (del que fue asesor especial y eminencia gris) hizo posible sus turbias maniobras en los
círculos políticos norteamericanos hasta lograr la aprobación del sistema de la
Reserva Federal. Un servicio inestimable a sus patrones del club plutocrático
estadounidense que éstos no dudarían en reconocerle, como bien muestra esta
carta que uno de ellos, el banquero Jacob Schiff, le dirigió al eficiente peón:
Mi querido coronel House
Yo tengo que deciros cuánto aprecio el trabajo tan útil, incluso más
cuando se persigue en la sombra, que acabáis de cumplir para la legislación
bancaria....Esta ley es buena bajo muchos aspectos; ella permite comenzar bajo
felices auspicios, y dejará que el tiempo cumpla su obra; y cuando pida algunos
retoques, nosotros estaremos en buena posición para proceder entonces. De todos
modos, tenéis excelentes razones para estar satisfecho con los resultados
obtenidos, y yo espero que ese sentimiento acrecentará el placer tomándonos
unas vacaciones.
Yo soy, con mis mejores votos, Jacob W. Schiff
Ese mismo sistema sería
posteriormente adoptado como modelo inspirador del Fondo Monetario
Internacional, a través del cual la Alta Finanza privada ejercita sus
mecanismos de control del dinero y del crédito a nivel mundial. Y es también el
que sirve de marco al Banco Mundial, otra institución financiera gestionada por
la banca privada, aunque sus fondos procedan de las aportaciones de los
Estados, es decir, de los ciudadanos. Una institución cuyas concesiones
crediticias a los países tercermundistas van invariablemente acompañadas de las
directrices económico-políticas que deben seguir. Ambas entidades fueron
creadas en el curso de la Conferencia de Bretton Woods (julio 1944), un foro
promovido y auspiciado por el Grupo Económico y Financiero del Consejo de
Relaciones Exteriores estadounidense.
UNA DINASTIA PARADIGMATICA: EL CLAN ROCKEFELLER
El forjador de la saga, John Davison Rockefeller, nació en 1839 en
Richford (New York), en el seno de una familia descendiente de inmigrantes
judío-alemanes llegados a Estados Unidos en 1733.
Durante sus modestos inicios como contable de la firma Hewit and Tuttle,
el joven John Davison emprendió la redacción de una especie de diario económico
al que tituló Libro Mayor A. Aquel curioso registro, que todavía se conserva
actualmente, y las anotaciones contenidas en su libro autobiográfico
"Random Reminiscences", ofrecen un esbozo magistral de su
personalidad, en la que se combinaban, a partes iguales y en una suerte de
simbiosis perfecta, la austera cicatería del buhonero y la ambición ilimitada
del empresario predador. Y como se comprenderá, un hombre adornado de tales
cualidades, y de otras que iremos viendo, estaba irremisiblemente abocado al
éxito económico.
En 1858 abandonó su primer empleo para asociarse con un negociante
inglés llamado Maurice Clark, con quien fundó la compañía Clark and
Rockefeller. A la habilidad para los negocios del joven Rockefeller vino a
sumarse muy pronto un acontecimiento crucial: la guerra de Secesión. Tal suceso
multiplicó los pedidos y el volumen comercial de la firma, aunque ése no fue
más que el primer capítulo de su dilatada carrera empresarial. El segundo y más
importante comenzaría el 10 de enero de 1870, cuando, después de una
experiencia de varios años en el sector petrolífero, fundara ya en solitario la
Standard Oil.
A
partir de ese momento se inició una ascensión imparable que acabaría
desembocando en el dominio prácticamente absoluto del trust Rockefeller en la
industria del petróleo. Por el camino quedaron sus competidores y un largo
rosario de artimañas, extorsiones, sobornos e irregularidades de toda índole.
Nada, por otra parte, que no fuera la propia lógica del capitalismo llevada a
sus naturales consecuencias. Desde entonces, la jaculatoria preferida del fundador
de la dinastía sería "Dios bendiga a la Standard Oil", y la divisa de
su imperio económico, perpetuada en el tiempo por sus descendientes, dice
así: "Por el bien de la
Humanidad".
Entre las prácticas habituales de la Standard Oil figuraban los sobornos
a los empleados de otras compañías, las coacciones a los clientes de sus
competidores, amenazándoles para que cancelasen sus pedidos, y la compra de
parlamentarios, mediante la cual paralizó en numerosas ocasiones diversos
proyectos legales tendentes a poner coto a sus desmanes. A todo esto se
añadiría la extraordinaria complejidad jurídica de su estructura, lo que, unido
a la absoluta laxitud e inoperancia de las leyes federales antimonopolísticas,
garantizaba a la Standard una amplia impunidad. Tanto es así que, desde su
creación en 1870, la Standard pasó de una producción inicial equivalente al 4%
del mercado petrolífero americano, al control en 1876 del 95% de dicho mercado.
En el corto espacio de seis años la compañía de Rockefeller había laminado o
absorbido prácticamente a todos sus competidores.
Las innumerables tropelías perpetradas por la Standard se fueron
acumulando con los años en forma de otras tantas demandas legales interpuestas
por sus víctimas, a las que se añadieron las de diversos Estados de la Unión.
Huelga decir que sin ningún resultado satisfactorio para los querellantes. Pero
en 1907 un juez encontró a la Compañía culpable de 1.642 casos de extorsión,
condenándola por ello al pago de indemnizaciones por valor de 29.240.000 dólares.
Cuando John Davison Rockefeller tuvo noticia del fallo, comentó sin inmutarse:
"El juez Landis estará muerto mucho antes de que hayamos saldado esa
deuda". El magnate americano, que conocía muy bien el terreno que pisaba,
no se equivocó. Aquella resolución condenatoria sería anulada en recurso años
después.
Con el transcurso del tiempo, el nivel de organización y eficacia del
Trust se iría ampliando de acuerdo con las exigencias del capitalismo en
expansión. Una de las innovaciones más provechosas para la firma fue adoptada
por el primogénito del fundador, John Davison Rockefeller junior, quien, a raíz
de su matrimonio con Abby Greene Aldrich, había entroncado con una de las más
rancias familias de la oligarquía pilgrim. En 1923, Junior incorporó al trust
familiar una nueva categoría de colaboradores: los asociados, una especie de
consultores con rango oficial que en poco tiempo conformaron una amplia red de
influencia cuyas ramificaciones abarcaban todos los sectores de la sociedad
norteamericana. Además de velar por los intereses de la casa Rockefeller, uno
de los más importantes cometidos de sus asociados consistía en contactar con
personas bien situadas y relacionadas e incorporarlas a la firma, extendiendo
así el peso y la influencia de ésta. Sin embargo, las bazas más importantes en
lo tocante a la consolidación y la expansión del Trust fueron, sin ninguna
duda, su implantación en el ámbito bancario, y sus inversiones filantrópicas.
En 1911, John D. Rockefeller adquirió un grueso paquete de
participaciones de la Equitable Trust Company, convirtiéndose así en su
accionista mayoritario. Nueve años después esa entidad financiera manejaba ya
un volumen de depósitos superior a los 250 millones de dólares y se había
situado en el octavo lugar del escalafón bancario estadounidense. El siguiente
paso tuvo lugar en 1930, cuando John Davison Junior ultimó la fusión de la
Equitable Trust Company con el Chase National Bank, que pasó a convertirse de
ese modo en el mayor banco del país. No habían transcurrido aún tres años desde
la fusión cuando el clan Rockefeller lograba situar a uno de sus miembros
(Winthrop Aldrich) en la presidencia del Consejo de Administración de la
entidad. El proceso de consolidación finaciera culminaría finalmente en 1955, con
la fusión del Chase Natinal Bank y el Bank of the Manhattan Company, ligado al
grupo Warburg, fusión de la que resultó el Chase Manhattan Bank, presidido
desde 1969 por David Rockefeller, nieto del fundador de la dinastía y cabeza de
la misma en la actualidad.
No será difícil advertir que la conformación de esos mastodónticos
conglomerados económicos, que no ha hecho sino acentuarse con el transcurso del
tiempo, contradice frontalmente las cacareadas reglamentaciones antitrust, así
como el no menos vociferado sofisma del libre mercado, conceptos que no son en
la práctica más que entelequias propagandísticas, como los hechos demuestran
hasta la saciedad.
Por lo que se refiere a la evolución del trust Rockefeller, pueden
mencionarse dos simulacros jurídicos de impedimento a sus prácticas
monopolísticas, que se saldaron, como no podía ser de otra forma, con sendos
fiascos. Considerando cuál es la dinámica propia y connatural del sistema
capitalista, esperar otra cosa habría sido absurdo.
El primero de tales intentos tuvo lugar en 1887, a raíz de una
resolución adoptada por el Congreso (Inter State Commerce Act) en contra de los
consorcios comerciales interestatales y de las rebajas discriminatorias
practicadas por las compañías ferroviarias en favor de los grandes trusts. La
Standard Oil, que vulneraba dichas disposiciones, fue emplazada ante los
Tribunales y condenada en juicio a su disolución. Pero la sentencia no fue
ejecutada.
Poco después, en 1889, el Estado de Ohio demandaba de nuevo a la
Standard, apoyándose en una ley que prohibía toda asociación económica cuya red
comercial se extendiese por varios Estados de la Unión. El fallo de los
Tribunales volvió a ser condenatorio, conminando a los responsables de la
Compañía a disolverla. Como respuesta, John D. Rockefeller, que en esa ocasión
simuló acatar formalmente la resolución judicial, estableció con los
administradores y fideicomisarios de sus empresas un "gentlement
agreement", es decir, un acuerdo tácito entre "hombres de honor"
por medio del cual se mantuvo de facto la vinculación orgánica de todas las
compañías del Trust. Todo siguió, por tanto, igual que antes.
Veinte años más tarde, tras un largo paréntesis de calma, se
desencadenaba la segunda y última tentativa. Por aquellas fechas, el juzgado
federal móvil de Missouri emprendía un proceso contra el trust Rockefeller bajo
la acusación de complot contra el libre mercado, iniciándose así un dilatado
proceso a lo largo del cual fueron acumulándose las resoluciones condenatorias y
los consiguientes recursos. Finalmente la causa llegó a la Corte Suprema, que
en marzo de 1911 decretó la desmembración de la Standard en 39 compañías
diferentes, cada una de las cuales debería operar independientemente y en
competencia con las demás. Aquello no fue más que un nuevo espejismo, ya que
las participaciones de la Standard siguieron, lógicamente, en manos de los
mismos accionistas, de tal modo que el único cambio que se produjo consistió en
que el Trust dejó de operar con un solo nombre
para hacerlo bajo varios distintos. Fue así como nacieron La Standard Oil of New
Jersey, la Standard Oil of Ohio, la Standard Oil Company of New York (SOCONY),
la Vacuum Oil, la Humble Company, etc.
Por su parte, John D.
Rockefeller, que seguía siendo el accionista mayoritario, eludió cualquier
sospecha de intentar reconstruir el consorcio creando una serie de fundaciones
filantrópicas a las que transfirió buena parte de sus acciones. A título de
muestra, sólo una de ellas, la Rockefeller Fundation, recibió cuatro millones
de acciones de la Standard de New Jersey y dos millones de títulos de la
Standard de Indiana. Un tema del que
convendrá ocuparse a continuación, no sin antes consignar que el único
resultado efectivo de aquella "desmembración" fue la espectacular
subida experimentada por las acciones de la Standard en la bolsa neoyorquina,
al punto que, en el breve plazo de cinco meses, el valor de las mismas aumentó
en 200 millones de dólares, una cifra nada despreciable para la época. Poco
después de aquel evento era elegido nuevo presidente de los Estados Unidos
William Taft, quien manifestaría públicamente sus escasas simpatías por la
legislación antitrust, calificándola de insensata e inoperante.
Por lo que se refiere a las Fundaciones filantrópicas, el primero que
supo vislumbrar sus polifacéticas utilidades fue Andrew Carnegie, quien, por
otra parte, era un decidido entusiasta del darwinismo social ; una
contradicción que, a la luz de la realidad que se enmascara tras esas
instituciones, no es más que aparente. Pero serían los Rockefeller quienes
mejor partido iban a sacar a este valioso instrumento, que en sus manos se
reveló como un recurso de efectividad
inigualable. Y es que tales entidades no sólo sirvieron para convertir la
animosidad social hacia el clan de los primeros momentos en creciente simpatía,
derivada de su nuevo papel "benefactor", sino también como un útil de
primer orden para burlar la reglamentación antitrust.
Con todo, no se agotan ahí los múltiples usos de las Fundaciones, toda
vez que éstas se han mostrado también como un vehículo inmejorable de
penetración e influencia en todos los ámbitos de la sociedad.
Si nos ceñimos al terreno estrictamente económico, las prerrogativas que
la legislación norteamericana concede a este tipo de instituciones hablan por
sí mismas. Así, los fondos transferidos a una Fundación son deducibles en la
declaración de la renta, y todos los bienes que le son entregados están exentos
de derechos sucesorios. Por lo demás, las donaciones pueden ser efectuadas
tanto por personas físicas como por cualquier tipo de sociedad, sea o no de
carácter lucrativo. Asimismo, las fundaciones están exentas a perpetuidad del
pago de impuestos, lo que no impide que puedan poseer, comprar o vender todo
tipo de bienes inmuebles y de valores mobiliarios, así como conceder préstamos
a sus donantes. Todo ello hace que los miembros de sus Consejos Directivos
dispongan de una plataforma óptima para actuar en beneficio propio al amparo de
los privilegios de que goza la Fundación.
En el ámbito político, las diversas Fundaciones del clan Rockefeller le
rindieron igualmente un valioso servicio a éste. A través de ellas, y de otros
eficaces instrumentos, como el Consejo de Relaciones Exteriores, el clan
Rockefeller ha mantenido durante las últimas cinco décadas una considerable
influencia en las altas esferas del poder político. De hecho, buena parte de
los personajes que han determinado la política norteamericana a lo largo de ese
período, estuvieron vinculados a las entidades del trust Rockefeller, cuando no
procedían directamente de los órganos directivos de las mismas. La relación es
tan numerosa que sólo podrán citarse algunos de los más significativos, entre
los cuales figuran Douglas Dillon, James Forrestal, John McCloy, Robert
Patterson, Allen y John Foster Dulles, Winthrop Aldrich y Dean Rusk, destacados
protagonistas todos ellos de la escena pública estadounidense de postguerra..
La lista continúa con los hombres que constituyeron el relevo generacional de
los primeros, como son Walt W. Rostow, Zbigniew Brzezinski y Henry Kissinger,
salidos igualmente de los foros y organismos patrocinados por las Fundaciones
Rockefeller.
No menos importante ha sido y es la presencia de las diversas
Fundaciones Rockefeller en la vida social estadounidense, acerca de cuyo
alcance tan solo podrán ofrecerse aquí algunas muestras, ya que la actividad de
esa maquinaria fundacional se extiende por campos tan diversos como la
demografía, la religión o la enseñanza académica, si bien su orientación
ideológica es la misma en todos los casos.
Uno de los campos en el que la Fundación Rockefeller fue pionera es el
del control de la natalidad, al punto que ya en 1934 comenzó a desarrollar su
labor en ese terreno uno de los miembros del clan, John D. Rockefeller III, si
bien los condicionantes mentales de la época no eran aún lo suficientemente
propicios para tales planteamientos. Pero ese inicial inconveniente no habría
de suponer un gran obstáculo. Todo era cuestión de tiempo y del adecuado despliegue
propagandístico para que la mentalidad occidental fuera adaptándose a las necesidades del
capitalismo moderno. A medida que el asunto se fue divulgando, el rechazo de
los primeros momentos a las tesis anti-conceptivas fue dando paso a una acogida
más favorable, de tal modo que ya a finales de los cincuenta el control de la
natalidad se había convertido en una de las prioridades de la política exterior
norteamericana. Tanto es así que, en 1958, el Departamento de Estado adoptó
como tesis oficial que el crecimiento demográfico constituía el mayor obstáculo
para el desarrollo económico y social y para el mantenimiento de la estabilidad
política en los países del Tercer Mundo. Una tesis que ha venido manteniéndose
desde entonces, y mediante la cual se han soslayado sistemáticamente las
razones de fondo de la postración tercermundista. No será ocioso significar que
buena parte del presupuesto dedicado por la Administración norteamericana al
control de la natalidad en las regiones subdesarrolladas ha corrido
tradicionalmente a cargo de las Fundaciones Ford y Rockefeller, cuyo proverbial
altruismo se manifiesta igualmente en el ámbito occidental a través de sus
aportaciones millonarias a la causa pro-abortista.
También en el terreno académico las inversiones del trust Rockefeller
han sido cuantiosas. Figura entre sus principales logros la Universidad
Rockefeller, cuyo antecedente embrionario fue el Instituto de Investigación
Médica. Otro importante centro cultural financiado por las Fuindaciones Rockefeller
ha sido el complejo de Morningside Heights, una especie de emporio académico
del que forman parte la Universidad de Columbia, el Teachers College, el
Barnard College, la International House, la Iglesia Riverside, el Seminario de
la Unión Teológia y el Seminario Teológico Hebreo.
También el ámbito religioso, por llamarlo de alguna manera, ha suscitado
la atención de la filantropía rockefelleriana. El primer impulsor de semejante
labor fue John D. Rockefeller junior, que ya a principios de los años treinta
comenzó a significarse como el principal promotor financiero del protestantismo
liberal. Título al que se hizo acreedor mediante sus cuantiosos aportaciones y
su entrega personal a la causa promovida por instituciones como el Movimiento
Mundial Interiglesias, el Consejo Federal de Iglesias y el Instituto de
Investigaciones Sociales y Religiosas, cuyos postulados ideológicos se basaban
en una especie de ecumenismo pseudorreligioso y en un cambio de las
instituciones eclesiásticas al objeto de que éstas se incorporasen a las tesis
ideológicas propugnadas por el capitalismo expansivo y progresista. Todo ello,
naturalmente, sobre la base de la preponderancia internacional estadounidense,
un concepto que estaba presente en la raíz misma del entramado filantrópico
creado por el fundador de la dinastía. De hecho, el reverendo Frederick Gates,
que fue el brazo derecho de John D. Rockefeller senior, y el verdadero artífice
de su imperio filantrópico, manifestó reiteradamente la doctrina que subyacía
tras ese proyecto, que no era sino la consabida "misión civilizadora"
de las razas de habla inglesa y el desarrollo económico del planeta bajo la
tutela de los Estados Unidos.
Con el discurrir del tiempo la orientación de los programas
"religiosos" financiados por las Fundaciones Rockefeller ha corrido
en paralelo con la de las más avanzadas corrientes pseudoespirituales modernas,
cuyo trasfondo se sitúa en la línea de los postulados comentados en el párrafo
anterior. A ello obedecen las ayudas financieras de dichas Fundaciones a numerosas sectas (Hare Krisna entre ellas)
divulgadoras de un orientalismo burdo y adulterado a la medida del vacuo
esnobismo occidental. Como militante de alto grado de la francmasonería, el
actual cabecilla de la dinastía, David Rockefeller, patrocina también varias
sociedades pseudoiniciáticas que se dicen representantes de la tradición
perdida, como es el caso de la denominada AMORC (Antiquae et Misticae Ordo
Rosae Crucis).
Con todo, las diversas Fundaciones Rockefeller no son sino un
instrumento más, ciertamente importante, aunque no exclusivo, de la
intervención del clan en la vida pública. Intervención que se ha venido
articulando a través de otros conductos, como son ciertos organismos privados
de crucial influencia política entre los que figuran el Consejo de Relaciones
Exteriores, la Comisión Trilateral y el Bilderberg Group, entidades, todas
ellas, financiadas por los grandes oligopolios económicos, cuyos intereses
representan.
Por lo demás, la intervención del trust Rockefeller en las esferas
políticas no es un fenómeno reciente, pues, como ya se apuntara, sus primeras
manifestaciones vienen de muy atrás. Ya en fechas tan tempranas como el período
presidencial de McKinley (1897-1901), las maniobras políticas de la Standard
Oil se hicieron patentes sin el menor disimulo. De hecho, el soborno a los
miembros del Senado estadounidense llegó a convertirse en algo habitual. Sobran
testimonios fehacientes al respecto, entre ellos varias cartas dirigidas por
John Archbold, brazo derecho de John D. Rockefeller, a otros tantos senadores,
señalándoles las medidas a adoptar, agradeciéndoles los servicios prestados y
notificándoles el ingreso en su cuenta de la correspondiente gratificación. Por
otro lado, el factotum y eminencia gris de la Administración McKinley, Mark Hanna, era un viejo amigo y estrecho
colaborador del patrón de la Standard.
Al presidente McKinley le sucedió Theodore Roosevelt, quien, presionado
por la indignación pública, se vio en la necesidad de abordar el tema de los
turbios manejos de los grandes consorcios, aunque no tardaría en dejar bien
clara su posición al respecto. Y al hacerlo, no sólo subrayó la absoluta
inoperancia de la normativa antimonopolística, sino que calificó a los trusts
de inevitables, añadiendo que "todo esfuerzo por desmantelarlos resultaría
fútil, a menos que se hiciera de una manera que ocasionara un grave detrimento
a todo el cuerpo político".
Téngase en cuenta, por otra parte, el hecho de que, desde hace largo
tiempo, las campañas electorales de todos los candidatos políticos
estadounidenses son costeadas con los fondos aportados por los magnates
económicos de aquel país. Dada la magnitud de las cifras necesarias para
afrontar dichas campañas, resulta claro que las posibilidades de cualquier
candidato que no cuente con tales ayudas son totalmente nulas; y no hará falta
decir que los dueños de la economía suelen saber muy bien en quién invierten.
Ya en la década de los cincuenta, fue uno de los candidatos a la Casa
Blanca, Robert Taft, quien manifestó que "desde 1936, todos los candidatos
republicanos a la presidencia de los Estados Unidos han sido nominados por el
Chase Manhattan Bank". Aparentemente, el punto álgido de la intervención
del clan en la vida pública iba a producirse durante los años en que Nelson
Rockefeller se convirtió en uno de los principales protagonistas de la política
norteamericana. Pero ese capítulo no debe considerarse sino como una anécdota
circunstancial, ya que las oligarquías económicas han demostrado sobradamente
su inclinación a ejercitar su dominio de forma indirecta y sin estridencias,
sirviéndose para ello de sus correspondientes peones políticos. El caso de
Nelson Rockefeller, pues, obedeció menos a los manejos hegemónicos de la
plutocracia, mejor ejercitados por otros conductos, que al afán de notoriedad
del personaje en cuestión.
La trayectoria de David Rockefeller, por el contrario, se sitúa en el
extremo opuesto a la de su hermano Nelson, y responde bastante mejor a las
coordenadas clásicas del poder plutocrático ejercido más allá y muy por encima
de las contingencias políticas de cada momento. Un poder que, en el caso de
David Rockefeller, ha venido basándose en una amplia red de influencias y
relaciones sociales tejida a lo largo de decenios por las Fundaciones del
Trust, así como en los puestos de primer rango detentados en organismos tales
como la Round Table, el Consejo de Relaciones Exteriores, la Comisión
Trilateral o el Bilderberg Group, sin contar la presidencia del Chase Manhattan
Bank. Y no es en los estamentos políticos, sino en los organismos de ese tipo,
donde reside el auténtico poder.
Todo lo reseñado hasta aquí no ha sido más que una sucinta muestra de la
influencia ejercida en la vida pública estadounidense por el clan Rockefeller,
escogido como paradigma de unas prácticas extensivas y comunes a todos los
trusts financieros. Lo oportuno, por tanto, será completar este repaso
dedicando algunas líneas a las influencias de la saga en el ámbito de la
política exterior.
Si, como en el primer caso, nos remontamos a los principios de la
dinastía, podremos comprobar que, ya en la época de su fundador, la Standard
Oil contó para su expansión exterior con la estrecha colaboración de las
instituciones políticas estadounidenses. El propio John D. Rockefeller anotaría
en su libro autobiográfico Random Reminiscences que "una de las entidades
que más nos ha ayudado ha sido el Departamento de Estado", aunque se le
olvidara añadir que, para hacer más grata esa ayuda, muchos de los embajadores
y cónsules norteamericanos figuraban en la nómina de la Standard, percibiendo a
cambio de sus servicios las oportunas compensaciones económicas.
Uno los capítulos más lucrativos de las actividades comerciales de la
Standard en el exterior se situa en el ámbito de los conflictos bélicos. En la
década de los veinte, la Standard de Nueva Jersey formó un consorcio con la
corporación petroquímica alemana I.G. Farben. Las relaciones comerciales entre
ambas compañías continuaron después de la subida de Hitler al poder, e incluso
se prolongaron durante los primeros años de la guerra. Y es que los buenos
negocios no entienden de otras desavenencias que no sean las económicas. Una
carta dirigida en 1939 por el vicepresidente de la Standard, Frank Howard, a sus
socios de la Farben, se expresaba en términos tan elocuentes como éstos:
"Hemos hecho todo lo posible por trazar proyectos y llegar a un modus
vivendi, independientemente de que los Estados Unidos entren o no en
guerra". Por otro lado, uno de los más destacados directivos de la
Rockefeller Brothers Inc., Lewis Strauss, desempeñó también un papel relevante
durante las postrimerías del conflicto. Este polifacético personaje, que a su
condición de banquero asociado a la firma Kuhn&Loeb, añadía la de consejero
gubernamental, fue el promotor de la Misión Técnica destacada por el gobierno
norteamericano al término de la 2ª Guerra Mundial para la captación de
científicos nazis; también en este caso el pragmatismo de Strauss se impuso a
su origen étnico.
Posteriormente, tanto la guerra del Vietnam, como la árabe-israelí de
1973, dieron lugar a numerosas denuncias acusando a los trusts petroleros (la
EXON y la SOCONY de Rockefeller entre ellos) de lucrarse con la primera y, más
aún, de promover la segunda con el propósito de provocar el alza de los precios
del crudo. En tal sentido se manifestaron el rotativo Washington Observer y,
muy especialmente, una documentada obra publicada en 1974 por C.Baker bajo el
título "The Great Rockefeller Energy Hoax".
En los países sudamericanos las
actividades económicas del trust Rockefeller, y de las restantes macrocompañías
norteamericanas, se beneficiarían de la política oficial diseñada por el
Departamento de Estado para esa región, política basada en el principio de la prioridad
de los intereses privados estadounidenses sobre cualquier consideración de
carácter político.
Otro de los principios que han regido la política exterior de los Estado
Unidos en el Tercer Mundo, y que sirvió de cobertura a la actuación de los grandes
trusts, fue formulado precisamente por Nelson Rockefeler a comienzos de la
década de los cincuenta, cuando señalara la importancia que tendrían en el
futuro los recursos de los países tercermundistas, así como la necesidad de
asegurarse su control. Tesis que, obviamente, serían adoptadas con puntualidad
por el Departamento de Estado.
De todos los miembros de la dinastía, ha sido sin duda David Rockefeller
quien con más empeño y mayor éxito ha cultivado su proyección internacional.
Desde los inicios de los años sesenta hasta hoy, este financiero-estadista ha
recorrido el planeta en su reactor particular para entrevistarse y negociar con
jefes de Estado y primeros ministros de toda laya ideológica. En todos los
lugares donde recaló fue (y es) recibido con respeto reverencial, y muy
especialmente en los países de la antigua órbita soviética. Esta última
circunstancia sería comentada por George Gilder, un íntimo de la familia, en
los siguientes términos: "Cuando David va a Rusia es tratado a cuerpo de rey.
Y resulta curioso que nadie sea capaz de reverenciar, halagar y exaltar a un
Rockefeller tan bien como lo hacen los marxistas".
2. LOS CIRCULOS CONCENTRICOS: ANILLOS EXTERIORES Y ANILLOS INTERNOS.
LA SUPERFICIE DEL PODER MUNDIAL
LA COMISION TRILATERAL
Tras año y medio de intensos tanteos y reuniones preparatorias
auspiciadas por el Chase Manhattan Bank, en julio de 1973 hacía su presentación
oficial la Comisión Trilateral, un organismo de carácter privado que su más
destacado ideólogo, Zbigniew Brzezinski, iba a definir como "el conjunto
de potencias financieras e intelectuales mayor que el mundo haya conocido
nunca".
Después de varias reuniones del Comité Ejecutivo, en las que se
estableció una declaración de principios y se trazaron las líneas maestras de
la organización, en mayo de 1975 tuvo lugar en la localidad japonesa de Kyoto
la primera sesión plenaria de la Trilateral. Los delegados asistentes a la
misma representaban en su conjunto alrededor del 65% de las firmas bancarias,
comerciales e industriales más poderosas del planeta. Figuraban entre ellos los
máximos dirigentes de las bancas Rothschild y Lehmann, del Chase Manhattan
Bank, de las multinacionales Unilever, Shell, Exon, Fiat, Caterpillar,
Coca-Cola, Saint-Gobain, Gibbs, Hewlett-Packard, Cummins, Bechtel, Mitsubishi,
Sumitono, Sonny, Nippon Steel, etc., así como los mandatarios de varias
Compañías públicas nacionalizadas de proyección multinacional. En definitiva,
los mayores productores mundiales de petróleo, de acero, de automóviles y de
radiotelevisión, y los principales grupos financieros del planeta estaban en
manos de miembros activos de la recién creada Comisión Trilateral. Con el
transcurso del tiempo y las sucesivas incorporaciones, la concentración de
grandes firmas en el seno de la Comisión iría a más. Los dos temas que
constituyeron el objeto central de aquel encuentro no podían llevar títulos más
expresivos: "La distribución global del Poder" y "Perspectivas y
asuntos claves de la Comisión Trilateral".
El organigrama de la Comisión se articula atendiendo a las tres regiones
hiperdesarrolladas del globo para las que fue concebida, esto es, América del
Norte (EEUU y Canadá), Europa y Japón.Cada una de estas tres zonas dispone de
un Comité Ejecutivo que, entre otras cosas, se encarga de elaborar la relación
de empresarios, políticos, sindicalistas, académicos y dirigentes de medios de
comunicación considerados idóneos para su incorporación a la entidad; todos
ellos constituyen la base sobre la que se levanta la estructura piramidal de la
Comisión. El órgano supremo trilateralista es el Comité Directivo Mundial,
presidido por David Rockefeller e integrado por los presidentes, los diputados
presidentes y los directores de cada una de las tres grandes zonas en que está
implantada la organización. Dado que la extensa nómina de miembros de la
Comisión Trilateral ya fue expuesta en un trabajo precedente, no parece
oportuno reproducirla nuevamente. Aquí bastará con significar que entre sus
integrantes se encuentran indistintamente individuos adscritos tanto a la
derecha como a la izquierda política, por emplear una terminología que, si bien
carece de significado en lo esencial de los planteamientos de unos y otros y en
la práctica de los hechos, resulta de uso obligado en el terreno de lo
convencional.
Tampoco estará de más referirse
a las inclinaciones pseudoesotéricas manifestadas por los promotores de esta
organización, inclinaciones que han incorporado a la simbología de la misma. En
efecto, el emblema de la Comisión consiste en un círculo periférico dividido en
tres trazos de los que parten otras tantas flechas que convergen en un círculo
interior. Se pretende con ello reflejar el clásico arcano de la Unidad que se
despliega en el dos y en el tres, y a la que, a su vez, se llega por medio de
éstos; simbología que, en este caso, no es más que una siniestra parodia tras
la que nada se encuentra que no sea el culto al demiurgo inspirador de la
religión "humanista" del poder y del dinero, que es el culto que se
oficia en los aerópagos del Nuevo Orden Mundial.
En cuanto a los objetivos de la Comisión, éstos se componen de una
amalgama de enunciados teóricos y de planteamientos prácticos sin ninguna
relación entre sí. Se trata, pues, de separar la retórica de la realidad, cosa
que tampoco reviste excesiva dificultad.
Entre los primeros figuran los consabidos estereotipos característicos
de la demagogia oficial. La declaración trilateralista enunciada en el World
Affairs Council de Filadelfia (24-10-1975) ofrece una buena muestra de lo
dicho: "Todos los pueblos forman parte de una comunidad mundial,
dependiendo de un conjunto de recursos. Están unidos por los lazos de una sola
humanidad y se encuentran asociados en la aventura común del planeta tierra....La
remodelación de la economía mundial exige nuevas formas de cooperación
internacional para la gestión de los
recursos mundiales en beneficio tanto de los países desarrollados como de los
que están en vías de desarrollo"
Efectivamente, desde que fuera creada la Comisión Trilateral, y después
de veinte años de "distribución" de los recursos mundiales, éstos son
acaparados en más de un 80% por los países pertenecientes a la órbita de la
Comisión, países que apenas representan en su conjunto el 10% de la población
mundial.
Prescindiendo de las declamaciones altisonantes y de los efectismos
hipócritas, lo cierto es que uno de los objetivos para los que fue creada la
Comisión se basa justamente en lo contrario, esto es, en consolidar la hegemonía
del bloque desarrollado sobre los países del Tercer Mundo y en impedir que
éstos puedan obstaculizar el futuro de ese predominio. De ahí que una de las
primeras propuestas del ideólogo trilateralista Z. Brzezinski, consistiese en
"el establecimientos de un sistema internacional que no pueda verse
afectado por los "chantajes" del Tercer Mundo". En ese mismo
sentido se manifestaría durante la cumbre de Kyoto de 1975, donde señaló
explícitamente que "el eje esencial de los conflictos ya no se sitúa entre
el mundo occidental y el mundo comunista, sino entre los países desarrollados y
los que aún no lo están", una declaración que reflejaba adicionalmente la
doctrina desarrollada por la Comisión Trilateral en sus relaciones con el
bloque marxista.
En efecto, las reuniones plenarias de la Trilateral contaron desde el
principio con la asistencia de una delegación soviética, habida cuenta que los
analistas de la Comisión estimaban que, en su conjunto, la situación reinante
en la URSS no suponía el menor impedimento para una mutua comprensión. Muy al
contrario, los expertos trilateralistas calificaron como "óptimo" para los objetivos de
la Comisión "el gran conjunto económico soviético, donde se afirma la
concentración de fuertes unidades de producción que, aunque todavía nacionales,
operan con fundamentos y capacidad de acción multinacional".
Ignorando, pues, la situación interna de la Unión Soviética y sus
violaciones sistemáticas de los cacareados derechos humanos, ya que lo
contrario, según Brzezinski, no haría sino obstaculizar una futura y más
estrecha colaboración, y bajo el eslogan "el comercio es la paz", los
diversos trusts económicos integrados en la Trilateral mantuvieron un lucrativo
negocio con la extinta URSS y sus satélites, procurándoles todo tipo de
equipamientos industriales, sistemas electrónicos, productos petroquímicos,
cereales, etc. La magnitud de esas operaciones crediticias y comerciales
implicaba, como consecuencia adicional, una dependencia casi absoluta del
régimen soviético respecto del área de implantación de la Comisión Trilateral,
sumamente interesada, a su vez, en no malograr con humanitarismos extemporáneos
tan importante mercado. Por otro lado, la situación hacía perfectamente
tolerable el enfrentamiento indirecto entre ambos bloques y sus guerras en el
Tercer Mundo, siempre y cuando se mantuviesen en un nivel que no perturbara los
intereses de las grandes potencias en el plano internacional. Una
confrontación, por lo demás, que nunca fue más allá de las habituales pugnas limítrofes
entre ambos bandos en sus respectivas zonas de influencia, y que resultaba
necesaria, además, para dar salida a sus excedentes armamentísticos y para
justificar su industria militar.
Pero el caballo de batalla de la Comisión Trilateral, y aquí ya entramos
de lleno en sus motivaciones esenciales, es la interdependencia, un concepto
que, en la práctica, no es sino el elemento básico en torno al cual se articula
la tesis y el propósito fundamental de la organización, a saber, el Gobierno
Mundial.
La idea según la cual los Estados nacionales deben renunciar a su
soberanía en aras de un proyecto supranacional, controlado e instrumentalizado,
naturalmente, por los cónclaves plutocrático-tecnocráticos, aparecía ya
esbozada en un comunicado emitido por el Comité Directivo de la Trilateral a
raíz de la cumbre de 1975: "La comisión Trilateral espera que, como feliz
resultado de la Conferencia, todos los gobiernos participantes pondrán las
necesidades de interdependencia por encima de los mezquinos intereses
nacionales o regionales". Posteriormente, las manifestaciones en ese mismo
sentido, pero expresadas ya de forma más explícita, se han venido sucediendo
como algo habitual. A título de muestra, bastará con citar algunas de ellas.
Así, en una entrevista publicada por el New York Times (1-8-76), el
inefable Brzezinski afirmaba que "en nuestros días, el Estado-Nación ha
dejado de jugar su papel". En términos parecidos se expresaba el
financiero Edmond de Rothschild en la revista Enterprise. "La estructura
que debe desaparecer es la nación". Otro destacado trilateralista, R
Gardner, significaba en el Foreign Affairs (revista del Consejo de Relaciones
Exteriores) "los diversos fracasos internacionalistas acaecidos desde
1945, a pesar de los esfuerzos por evitarlos llevados a cabo por las distintas
instituciones de reclutamiento mundial", proponiendo como refuerzo
alternativo a esa situación "la creación de instituciones adaptadas a cada
asunto y de reclutamiento muy seleccionado, al objeto de tratar caso por caso los problemas
específicos y corroer así, trozo a trozo, las soberanías nacionales".
Declaraciones similares a las citadas, pero más contundentes aún, ya fueron
reproducidas al principio del este capítulo, por lo que bastará con remitirse a
ellas.
Todos estos planteamientos, que conforman el eje de la actuación de la
Trilateral, constituyeron el leiv motiv de su nacimiento, justificado en razón
de la necesidad de que los problemas de Norteamérica, Europa y Japón se
resolviesen en común a través de su interdependencia económica y tecnológica.
Planteamientos que, como será fácil advertir, son los mismos que han inspirado
el alumbramiento de otros foros de ámbito multinacional (Fondo Monetario
Internacional, GATT, Maastricht, etc) dominados por los poderes económicos y
gestionados por sus peones político-burocráticos. El principio básico, que es
el mismo en todos los casos, sería perfectamente enunciado por David
Rockefeller con estas palabras: "De lo que se trata es de sustituir la
autodeterminación nacional que se ha practicado durante siglos en el pasado por
la soberanía de una élite de técnicos y de financieros mundiales".
Para conocer el exacto significado de esa interdependencia,
perfectamente claro por otra parte, basta con prescindir de la retórica
practicada por dichos foros supranacionales y acudir a las conclusiones que
adoptan en sus cumbres periódicas. La Conferencia de Davos de 1971 ofrece una
buena muestra al respecto: "En los próximos treinta años, alrededor de
trescientas multinacionales geocéntricas regularán a nivel mundial el mercado
de los productos de consumo, y no subsistirán más que algunas pequeñas firmas
para abastecer mercados marginales. El objetivo deberá alcanzarse en dos
etapas: primeramente, diversas firmas y entidades bancarias se reagruparán en
el marco multinacional; después, hacia finales de la década, esas
multinacionales se acoplarán al objeto de controlar, cada una en su
especialidad, el mercado mundial". Si nos situamos en la más inmediata
actualidad, la última reunión de Davos tenía lugar entre el 26 y el 31 de enero
de 1995, con la asistencia de los dirigentes de las más poderososas
Multinacionales del planeta y de un nutrido elenco de tecnócratas y líderes
políticos. En el curso de dicho encuentro, uno de los principales animadores
del Foro Económico Mundial, el trilateralista y ex-ministro francés Raimond
Barre, se dirigió a los asistentes
lamentando el hecho de que, pese al indudable avance experimentado en los últimos
años por el proceso de globalización de la economía mundial, éste no progrese
al ritmo adecuado, añadiendo como colofón que "tal vez sea necesaria la
experiencia de un crack económico para que queden definidas las nuevas reglas
de juego".
A
la vista de todo esto, no resulta complicado conocer las claves de esa
"benéfica" interdependencia. Traducida a la práctica, y a medida que
avanza el proceso de cesión de las soberanías nacionales a los organismos
supranacionales, no significa otra cosa que la sumisión progresiva a las directrices
de estos últimos, o lo que es lo mismo, a los dictados de la Alta Finanza. La
globalización de la economía bajo la férula del Gran Capital supone igualmente
la garantía más eficaz para que ningún país se salga del redil, so pena de
verse abocado a una debacle económica. Todo lo cual no impide que las tesis
mundialistas vayan acompañadas de la vitola del progresismo (aunque gozan del
beneplácito general, nadie las propaga con más ahínco que los medios de
izquierdas), ni que cualquier tentativa por desenmascarar su trasfondo
totalitario sea tachada de reaccionaria.
En el ámbito europeo, la instancia oficial que mejor encarna todo lo
apuntado es el Tratado de Maastricht. Tratado que no es producto de la
improvisación sino que obedece a los designios trazados desde tiempo atrás por
los núcleos oligárquicos de poder. Con arreglo a tales directrices, esbozadas
públicamente en más de una ocasión (ver El País de 19-11-89) por el
ex-presidente de la Unión Europea, Jacques Delors, el territorio europeo habrá
de ajustarse a un modelo supranacional basado en la delegación progresiva de
las sobreranías estatales a través de acuerdos comunitarios cada vez más
estrechos; un modelo en cuyo núcleo se situaría una red de empresas
multinacionales conectadas entre sí a nivel mundial. Otro de los elementos
tácticos de ese diseño ha sido el fomento de las aspiraciones regionalistas,
algo que en no pocos casos constituye un factor más de desestabilización y
debilitamiento de las estructuras estatales, y que no responde sino al viejo
aforismo del "divide y vencerás". No se necesitan grandes dosis de
perspicacia para constatar que los fenómenos independentistas debilitan la
estructura de los Estados europeos donde se manifiestan, lo que redunda en
beneficio de las superestructuras de alcance multinacional.
Si, a título de ejemplo, nos detenemos en el caso español, tampoco
resultará difícil reparar en la actitud de los nacionalismos más recalcitrantes
(vasco y catalán), cuyos líderes políticos se muestran tan contrariados por la
falacia del yugo españolista como entusiastas del dogal europeísta. Y no deja
de ser significativo que los mismos sujetos que abominan del pretendido
centralismo de Madrid sean fervientes partidarios del centralismo
plutocrático-tecnocrático consagrado por los acuerdos de Maastricht.
Por lo demás, ese mecanismo soterrado de disolución tampoco ha sido
ajeno al desencadenamiento del conflicto yugoslavo, en cuyos inicios jugaría un
papel crucial el reconocimiento de las repúblicas secesionistas por parte de varias
cancillerías occidentales.
Por lo que se refiere al ámbito político, las intervenciones directas en
el mismo por parte de la Comisión Trilateral comenzaron a producirse a poco de
su creación, al punto que ya en 1977, con motivo de las elecciones que llevaron
a Jimmy Carter a la presidencia de los Estados Unidos, salió a la luz una de
sus muestras más flagrantes. En efecto, una vez constituída la Administración
Carter pudo comprobarse que, además del presidente, varios de los altos cargos
del nuevo gobierno estaban vinculados a la Comisión. Figuraban entre ellos
Walter Mondale, vicepresidente del gabinete, Cyrus Vance, titular de la
secretaría de Estado, Harold Brown, secretario de Defensa, y Zbigniew
Brzezinski, en la jefatura del Consejo Nacional de Seguridad.
El rotativo francés Le Monde Diplomatique se haría eco de esa situación,
describiéndola en los siguientes términos: "La candidatura del Sr.Carter
ha estado preparada desde lejos y sostenida hasta la victoria por un grupo de
hombres que representan el más alto nivel del poder. Figuran entre ellos los
presidentes del Chase Manhattan Bank, del Bank of America, de Coca-Cola,
Caterpillar, Bendix, Lehman Brothers, Hewlett-Packard, CBS, etc. Estos hombres,
junto con varios tecnócratas, algunos sindicalistas y unos cuantos políticos
constituyen la rama americana de la Comisión Trilateral".
Simultáneamente, un destacado dirigente trilateralista, George Franklin,
se pronunciaba sobre el particular con estas palabras. "En el caso Carter
creo que hemos jugado un papel considerable; él, por su parte, merece la
confianza de la Comisión por su educación en política extranjera".
Más rotundas serían aún las observaciones vertidas en la revista
Penthouse por el analista Graig Harpel, quien escribió: " La presidencia
de los Estados Unidos y los ministerios clave del gobierno federal han sido
acaparados por una organización privada consagrada a lograr la subordinación de
los intereses intrínsecos de los Estados Unidos a los de los bancos y empresas
multinacionales. El dominio de los intereses privados sobre el poder público es
el mayor escándalo político de la historia de América. El asunto Watergate fue
un robo con fractura cometido durante la noche por un tal Martínez en las
oficinas del comité nacional demócrata. El Cartergate, en cambio, es la
irrupción de David Rockefeller en el despacho oval en plena luz del día. Sería
inexacto decir que la Comisión Trilateral manda en la Administración Carter. La
Trilateral es la Administración Carter".
Con
todo, tales comentarios no ofrecían sino una visión incompleta, diríase incluso
que intencionadamente equívoca, de la realidad, toda vez que la intervención de
los círculos plutocráticos en la política norteamericana no era nada nuevo,
sino algo que se venía produciendo con mucha anterioridad desde instancias
bastante más discretas y poderosas que la Comisión Trilateral, que en último
extremo no representa sino la parte visible del iceberg. Todo lo cual tiene su
explicación si se considera que los medios citados, pese a sus denuncias
ocasionales y siempre calculadas, son devotos partidarios del modelo
establecido, cuya validez global no cuestionan, aunque puedan manifetar sus
discrepancias con ciertas anomalías. Anomalías que los medios pseudocríticos imputan
en todo caso a determinadas conductas aisladas, pero nunca al Sistema en su
conjunto, que está diseñado precisamente para que esas "anomalías"
sean la norma.
Entre las actividades internas de la Comisión Trilateral merece citarse
la elaboración de informes redactados por equipos de expertos de la
organización, y a través de los cuales se analizan los asuntos más relevantes
del mundo actual, siempre enfocados desde la perspectiva de los intereses
trilateralistas. Dado su número (hasta el momento más de 40), sería imposible
ocuparse aquí, siquiera brevemente, de todos ellos. Pero hay uno sobre el que
merece la pena detenerse.
Se trata del informe nº 8, de 211 páginas de extensión, que lleva por título
"La Crisis de la Democracia". Este trabajo, elaborado por los
trilateralistas Michel Crozier, sociólogo, Samel Huntington, profesor de
Harvard e ideólogo del plan de devastación de las aldeas vietnamitas, y Joji
Watanuki, profesor de sociología en la Universidad Sophia de Tokyo, contiene
análisis y recomendaciones tan sugestivas como éstas:
"En el curso de los últimos años el
funcionamiento de la democracia parece haber provocado un desmoronamiento de
los medios clásicos de control social, una desligitimación de la autoridad
política y una sobrecarga de exigencias a los gobiernos.....De igual modo que
existen unos límites potencialmente deseables de crecimiento económico, también
hay unos límites deseables de extensión democrática. Y una extensión indefinida
de la democracia no es deseable.....Un desafío importante ha sido lanzado por
ciertos intelectuales y por grupos próximos a ellos, que afirman su disgusto
por la corrupción, el materialismo y la ineficacia del sistema, al mismo tiempo
que ponen de manifiesto la subordinación de los gobiernos democráticos al
capitalismo monopolístico. Los contestatarios que manifiestan su desagrado ante
la sumisión de los gobiernos democráticos al capitalismo monopolístico
constituyen hoy un serio peligro. Se hace preciso reservar al gobierno el
derecho y la posibilidad de retener toda información en su fuente".
Tampoco nada de esto representaba ninguna novedad, habida cuenta que los
análisis vertidos en ese informe se ajustaban rigurosamente al esquema de la
pseudodemocracia oligárqica implantada por las revoluciones burguesas y
perfeccionada después por las "democracias populares" marxistas.
Ese fue el concepto que compartieron también los padres fundadores de la
República norteamericana, como tendremos ocasión de ver más adelante, y el
mismo que ha inspirado las actividades de diversas sociedades clandestinas,
entre las que figuraría la logia Propaganda-Dos, una entidad íntimamente
vinculada a la Trilateral, según se desprende de un informe elaborado en 1984
por una Comisión del Parlamento italiano. Informe que, asimismo, identificó a
la Trilateral como una emanación de la masonería internacional. Cabe recordar
que, entre las actividades de dicha logia, célebre después por sus prácticas
delictivas, figura la creación (en comandita con la CIA y la francmasonería
americana) de la sociedad secreta Gladio, constituída para "velar"
por el correcto funcionamiento de las "democracias" occidentales e
integrada por altos mandos de la OTAN. En consonancia con todo lo apuntado, el
propio Gran Maestre de la logia Propaganda-Dos, Licio Gelli (antiguo SS y
ex-agente del KGB y de la CIA), se declaró en varias ocasiones un férvido
"demócrata" y, como tal, firme partidario de "una democracia
limitada y dirigida oligárquicamente para así poder gobernar con eficacia y sis
contratiempos".
Dicho esto, bueno será dedicar ahora unas palabras a los dos principales
estrategas e ideólogos de la Comisión Trilateral, Zbigniew Brzezinski y Henry
Kissinger, cuyos valiosos servicios a la misma son merecedores de alguna
atención.
Zbigniew
Brzezinski, modelo de tecnócratas, nació el año 1928 en Varsovia, ciudad desde
su familia se trasladó a Canadá a raíz de la implantación en territorio polaco
del régimen comunista. Poco antes de afincarse en los Estados Unidos, Zbigniew
contrajo matrimonio con una sobrina del que fuera Presidente de la República
Checoslovaca y gran maestre de la masonería de aquel país, Eduard Benes, un
personaje cuya entrada triunfal en Praga al término de la 2ª Guerra Mundial
constituye un episodio digno de mencióm: con motivo del recibimiento dispensado
por sus acólitos a tan ilustre filántropo el 13 de mayo de 1945, centenares de
alemanes, adultos y niños, ardieron a modo de antorchas humanas, rociados de
gasolina y colgados boca abajo de los árboles de la Avenida de San Wenceslao.
Una vez instalado en los Estados Unidos, Z.Brzezinski se matriculó en
Harvard, donde obtuvo el doctorado en Ciencias Políticas con una tesis sobre
las purgas estalinistas. Fue en los inicios de los años cincuenta, con la
nacionalidad nortemericana ya conseguida, cuando Brzezinski comenzó a destacar
en los círculos académicos y políticos estadounidenses por sus trabajos sobre
los regímenes marxistas, no tardando en labrarse una gran reputación como
experto en asuntos soviéticos. Esto posibilitaría su salto definitivo a las
altas esferas del Poder a comienzos de la década de los setenta.
En diciembre de 1971, Zbigniew organizó un seminario para el estudio de
los problemas comunes a las tres grades zonas desarrolladas del planeta. Aquel
foro, convocado para becarios de la Brookings Institution, reputado feudo de la
izquierda liberal norteamericana, suscitó la atención de David Rockefeller,
quien a la vista de las especiales aptitudes del tecnócrata polaco se apresuró
a reclutarlo para su causa. De tal modo que, cuando en julio de 1972 tuvo lugar
en Pocantico Hills (residencia familiar de los Rockefeller) el encuentro
tripartito en el que se ultimó la creación de la Comisión Trilateral,
Z.Brzezinski se hallaba ya entre los miembros de la delegación americana
destacada en dicha reunión, al lado del propio David Rockefeller, George
Franklin, Fred Bergsten y George Bundy. Como colofón, en el otoño de ese mismo
año fueron designados los tres presidentes territoriales de la recién nacida Trilateral,
recayendo en Brzezinski el nombramiento de Director Coordinador. Poco después
pasó a desempeñar la dirección de la sección norteamericana de dicha entidad,
cargo en el que permanecería hasta su designación por Jimmy Carter para la presidencia del
Consejo Nacional de Seguridad.
En su calidad de iniciado en las altas esferas del Poder, Z.Brzezinski
es colaborador habitual de las publicaciones oficiales editadas por diversas
organizaciones de corte mundialista: Trialogue (órgano de la comisión Trilateral),
Foreign Affairs (revista del Consejo de Relaciones Exteriores), International
Affairs y The World Today (publicaciones del Real Instituto de Asuntos
Internacionales, homólogo británico del CFR), etc.
Prescindiendo de sus colaboraciones puntuales en los citados medios de
expresión, el grueso de la doctrina de Brzezinski puede encontrarse en "La
Era Tecnotrónica" y en "Entre dos Eras: el papel de América en la Era
Tecnotrónica", dos obras a través de las cuales el tecnócrata polaco
expone sus análsis y "previsiones" de futuro.
El núcleo de las tesis sustentadas en dichas obras gira en torno a unos
cuantos conceptos básicos. Algunos estaban concebidos para el período de la
guerra fría, como es el que preconizaba la necesidad de avanzar hacia un
sistema mundial que se estendiese a la zona donde el poder permanecía en manos
de gobiernos marxistas. Para alcanzar ese objetivo, Brzezinski abogó
repetidamente por la comprensión y la transigencia con los regímenes comunistas
en todo lo relativo a la violación de los derechos humanos, ya que de lo
contrario se pondría en peligro la colaboración entre ambos bloques ( es decir,
los pingües negocios de las multinacionales) y la futura integración de la URSS
en el Nuevo Orden Mundial. Nótese que ésta es la línea de actuación que sigue
practicándose hoy con la China Continental, un mercado demasiado apetecible
como para supeditarlo a los hipócritas cacareos humanitaristas característicos
de la retórica oficial.
Entre los planteamientos básicos de las susodichas obras figura
igualmente la supresión progresiva de las soberanías nacionales, que en aras de
un nuevo orden de "paz y progreso" deberán ser transferidas a
instituciones supranacionales dirigidas por una "élite" científica y
financiera mundial. Brzezinski preconiza asimismo "el ocaso de las
ideologías y de las crencias religiosas tradicionales, pues sólo los elementos
suministrados por la tecnología y la electrónica podrán permitir a las
sociedades humanas avanzar hacia el bienestar y el progreso", los dos
grandes pilares de la Era Tecnotrónica.
Otra de las más significativas "previsiones" de futuro del
tecnotrónico Brzezinski reza textualmente así: "La Era tecnotrónica va diseñando paulatinamente
una sociedad cada vez más controlada. Esa sociedad será dominada por una élite
de personas que no dudarán en realizar sus objetivos mediante técnicas
depuradas con las que influirán en el comportamiento del pueblo y controlarán
con todo detalle a la sociedad, hasta el punto que llegará a ser posible ejercer
una vigilancia casi permanente sobre cada uno de los ciudadanos del
planeta".
Y no hay duda de que los
"pronósticos" que hiciera Brzezinski son una realidad cada día más
consolidada gracias al desarrollo progresivo de las técnicas de control social
desarrolladas por los modernos regímenes policíacos de "derecho". A
este respecto conviene destacar el papel crucial desempeñado por el terrorismo,
cuyas acciones le han servido al Sistema de inmejorable pretexto para ampliar y
reforzar sus mecanismos de dominio.
En todo este asunto no puede pasarse por alto la labor desarrollada por
la socialdemocracia alemana, a la que muy bien podría considerarse como pionera
en el desarrollo del proceso en curso. Fue precisamente bajo uno de sus
períodos de gobierno cuando Alemania se convirtió en una especie de campo de
pruebas para el ensayo y puesta en práctica de los más sofisticados métodos de
control social, métodos que posteriormente se irían extendiendo a todo el
ámbito occidental de la mano de los foros de reflexión patrocinados por la
fundación Ebert, una poderosa herramienta del socialismo germano dotada de
proyección internacional. La razón esgrimida para el desarrollo de dichos
métodos fueron las andanzas de la banda Baader-Meinhoff, un grupúsculo subversivo
que nunca contó con más de doce miembros y que carecía de la menor implantación
social, circunstancias que explican su escasa consistencia y el tratamiento
expeditivo que les fue aplicado a sus integrantes (varios de ellos se
"suicidaron" en prisión). Una vez zanjado aquel insignificante
escollo, Klaus Croissant, el abogado sobre quien recayera en su día la defensa
de los miembros de la banda, explicaría la situación con estas palabras:
"La socialdemocracia alemana garantiza la existencia de la sociedad
capitalista y camufla sus contradicciones; la socialdemocracia alemana juega un
papel de suma importancia en el escenario internacional, y a través de ella se
coordina e integra la represión en toda Europa".
El repertorio de los mecanismos de control social que se han ido
implantando es amplio, y comprende, desde la adopción de disposiciones legales
que introducen una suerte de estado de excepción permanente, hasta el uso de
técnicas diversas. Entre estas últimas figuran los documentos de identificación
provistos de una banda magnética donde consta una completa ficha de su titular,
las cámaras de vídeo instaladas ya en la vía pública de numerosas urbes, y las
grandes computadoras centralizadas donde se archivan los datos personales de
toda la población. Aunque tales técnicas podrían hasta calificarse de
rudimentarias si se comparan con otras más sofisticadas que sólo están a la
espera de la oportuna razón "democrática" que aconseje su
implantación. Así, la compañía estadounidense Nielsen Media Research, en
colaboración con el Centro de Investigación David Sarnoff (organismo controlado
por el CFR y la Pilgrims Society), ha desarrollado desde hace tiempo un
dispositivo que, una vez instalado en el televisor, permite observar e
identificar desde una estación de seguimiento a los espectadores sentados
frente a la pequeña pantalla. No menos digno de mención es el necio alborozo
con el que los medios occidentales celebraron durante la Guerra del Golfo el
hecho de que los satélites norteamericanos filmasen y transmitiesen con detalle
todo lo que ocurría en cada palmo del territorio iraquí.; un
"adelanto" técnico que, conociendo la catadura de quienes lo manejan,
sólo puede constituir motivo de alegría para los desalmados y los imbéciles.
Las iniciativas en pro de la seguridad "democrática"
desarrolladas por la socialdemocracia alemana no tardaron en hacerse extensivas
a otros países europeos, entre los que España no iba a ser una excepción. En
nuestro país, esa gran computadora central mencionada líneas atrás está ubicada
en El Escorial, y su planificación contó con el asesoramiento de un grupo de
expertos del Departamento Informativo de la policía federal alemana. El banco
de datos de dicho ordenador dispone de doscientas terminales distribuídas por
toda la geografía española, y el personal que lo atiende está integrado en su
totalidad por funcionarios policiales. Todos y cada uno de los ciudadanos
españoles tienen allí su correspondiente ficha magnética, en la que figura un
amplio historial elaborado a partir de la información suministrada por
múltiples fuentes fragmentarias; un historial compuesto por innumerables datos,
muchos de ellos ya olvidados e incluso desconocidos por los propios
afectados.
A la vista de la concatenación sistemática que se lleva a cabo desde las
altas instancias politicas, utilizando la lucha antiterrorista como medio para
la adopción de medidas excepcionales de aplicación global y discreccional, nada
tiene de sorprendente el hecho de que detrás de no pocas acciones terroristas
haya algo más que un hatajo de violentos y de oligofrénicos, dos especímenes,
por lo demás, nada difíciles de reclutar y menos aún de manipular. Después, sus
matanzas indiscriminadas las sufrirá la población y las rentabilizará el Poder.
Acerca de las turbias tramas que se mueven en el submundo del
terrorismo, existen trabajos rigurosos y harto ilustrativos de los sórdidos
manejos y de los intereses supuestamente antagónicos que aparecen entrecruzados
en algunas de ellas. Un asunto, éste, que volverá a suscitarse más adelante,
aunque no estará de más citar ahora una muestra bien conocida. Durante la
década de los ochenta operó en Italia, Francia y Portugal un grupo terrorista
que reivindicaba sus acciones bajo el nombre de La Llamada de Jesucristo (nótese
el nombrecito que se le puso al engendro), y cuyos atentados se dirigieron
siempre contra intereses norteamericanos y judíos en los países citados. Tanto
los medios policiales como los informativos señalaron al régimen libio del
coronel Gadafi (ogro de moda por entonces) como el instigador y patrocinador de
dicho grupo, que en realidad no era sino un dispositivo organizado por los
servicios secretos españoles y franceses, e integrado en su mayoría por
confidentes policiales.
Por lo que se refiere al otro
gran estratega de la Trilateral, Abraham ben Elazar, más conocido como Henry
Kissinger, nació el año 1923 en la localidad alemana de Fürth (Baviera), desde
donde emigró en 1939, junto con su familia, a los Estados Unidos, país cuya
nacionalidad adoptaría en 1943. En 1947 obtuvo una beca del Fondo Rockefeller
merced a la cual cursó estudios y se graduó en Ciencias Políticas en la
Universidad de Harvard, reputado centro fabiano del Establishment en el que
posteriormente desempeñaría varios cargos docentes y directivos.
Su participación en la vida pública estadounidense comenzó a principios
de los años sesenta, desempeñando desde entonces e ininterrumpidamente a lo
largo del mandato de cuatro presidentes nortemericanos diversos cometidos
políticos de alto nivel. Fue asesor de la Oficina de Coordinación
Gubernamental, del Consejo Nacional de Seguridad, de la Agencia de Control de
Armamento y del Departamento de Estado, todo ello durante las Administraciones
Kennedy y Johnson, hasta que en 1969 Richard Nixon le nombró su consejero
personal, empleo que simultaneó con la presidencia del Consejo Nacional de
Seguridad. Cuatro años después fue designado por Nixon Secretario de Estado,
cargo en el que sería ratificado por el siguiente inquilino de la Casa Blanca,
Gerald Ford.
Pese a la enorme relevancia de sus cometidos políticos, éstos no
constituyeron más que una parte de la dilatada trayectoria de nuestro
protagonista, cuyos episodios más enjundiosos habría que buscarlos en otros ámbitos.
Experto, como Brzezinski, en política
internacional y en asuntos soviéticos, el profesor Kissinger no tardó en
concitar el interés del Consejo de Relaciones Exteriores, que ya en 1955 le
encomendó la dirección de una investigación para el análisis de las posibles
respuestas a la amenaza soviética. Este poderoso club, a cuya presidencia
accedería Kissinger años después, fue una de sus catapultas políticas. La
Fundación Rockefeller Brothers habría de ser la otra. En efecto, la dirección
del Programa Especial de Estudios de dicha entidad, que le fuera confiada en
1956, no constituyó más que el primer episodio de una estrecha e ininterrumpida
colaboración entre Henry Kissinger y el clan Rockefeller. Desde finales de los
años cincuenta, el profesor Kissinger se convirtió en el principal asesor de
las campañas políticas de Nelson Rockefeller, puesto que ocuparía hasta el
momento mismo en que ambos se incorporaron a la Administración Ford, el primero
como Secretario de Estado y el segundo en calidad de Vicepresidente de los
Estados Unidos. Paralelamente a todo ello discurrieron las actividades
compartidas por Kissinger y David Rockefeller en el seno del Consejo de
Relaciones Exteriores, colaboración que se estrecharía todavía más cuando el
plutócrata fichó al tecnócrata para la Comisión Trilateral.
No será necesario exponer las tesis de Henry Kissinger en materia de
política internacional y en asuntos soviéticos, toda vez que, en lo esencial,
son las mismas que ya viéramos al hablar de Brzezinski. Lo que sí es digno de
reseñarse son las actividades que desarrolló nuestro protagonista en aplicación
de tales planteamientos, así como las controversias que suscitó como
consecuencia de todo ello. Y no solamente fue la curiosa política de distensión
aplicada por Kissinger lo que provocó la perplejidad de los más diversos
círculos políticos, sino también los nombramientos que efectuara desde su
puesto como secretario personal de Nixon y, posteriormente, desde la jefatura
del Consejo Nacional de Seguridad y la dirección del Departamento de Estado.
Nombramientos entre los que figuraron varios personajes conocidos por su
filiación pro-marxista, como sería el caso de Helmuth Sonnenfeld, James
Sutterlin, Boris Closson, William Hall y
Arnold Wiesner.
La perplejidad de los primeros momentos acabó dando paso a la sospecha
abierta, que terminaría concretándose en una serie de informes, tanto privados
como oficiales, que iban a desvelar con pruebas contundentes el origen de tan
extraños hechos.
El primero de ellos fue elaborado por Frank Capell, experto en
cuestiones de espionaje y analista de varias revistas políticas
estadounidenses, una de las cuales, The Herald of Freedom, lo publicó
íntegramente en octubre de 1971. Dicho informe fue posteriormente leído en el
Congreso por el diputado John Rarick, y recogido en el tomo 117 de los Informes
Oficiales de Sesiones Congressional Records de 28-10-71. Con arreglo al mismo,
las relaciones de Henry Kissinger con varios de sus colaboradores y
subordinados en el Consejo Nacional de Seguridad y en el Departamento de Estado
se remontaban al período 1943-1946, durante el cual Kissinger permaneció en
Alemania como integrante de las fuerzas de ocupación norteamericanas, que le
nombraron, pese a su escasa graduación militar (sargento), administrador de la
ciudad de Bensheim. Fue en ese período cuando Kissinger entró en contacto con
sus correligionarios Helmuth Sonnenfeld, Gunter Guillaume, agente de los
servicios secretos de la Alemania del Este y más tarde secretario de Willy
Brandt, y Egon Bahr, colaborador de la inteligencia soviética y futuro artífice
de la Ostpolitik. Todos ellos se integrarían en una célula de espionaje en
favor de la URSS, en la que el sargento Kissinger operaba bajo el pseudónimo de
Bor.
Tales imputaciones, que la Administración norteamericana se limitó a
negar sin más, fueron posteriormente confirmadas por dos ex-oficiales del KGB,
Golitsin y Goleniewski, así como por un completo dossier elaborado por un
equipo de agentes de la CIA, en el que se revelaban todos los lazos existentes entre Kissinger y la Inteligencia
soviética. El contenido de dicho dossier, archivado en su día por Stansfield
Turner, director de la Agencia norteamericana y miembro del Consejo de
Relaciones Exteriores, ha visto la luz recientemente gracias a un trabajo
publicado por tres expertos en asuntos de espionaje, William Corson y los
esposos John y Susan Trenton ("Four american Spies, the wives they deft
behind and the KGB's crippling of American Intelligence").
Este tipo de hechos, que tampoco suponían ninguna novedad, eran
habitualmente interpretados por la ultraderecha conservadora, siempre tan
perspicaz, como parte de un plan dirigido a colocar a Occidente bajo las garras
del Imperio Soviético, cuando lo que realmente significaban es que se estaba
operando la deseada simbiosis entre el capitalismo expansivo y los estereotipos
humanistas propios de la demagogia marxista, para dar paso así al capitalismo
multinacional y progresista vigente en la actualidad.
Por lo demás, el contenido de los informes mencionados no empañó en lo
más mínimo la carrera política de Henry Kissinger, que sólo se vió
momentáneamente truncada cuando la Suprema Corte Rabínica de Estados Unidos
decretó en 1976 su excomunión, a raíz de las maniobras desplegadas por el
entonces Secretario de Estado para maquillar las conquistas de Israel durante
la Guerra del Yon Kippur. Un conflicto a cuyo desencadenamiento
"preventivo" no fue ajeno el propio Kissinger, y que reportó a las
arcas de sus patrocinadores, los Rockefeller, y a las multinacionales
petrolíferas en general, enormes beneficios.
Con todo, el ostracismo de Kissinger, aunque severo mientras pesó sobre
él la excomunión, se iba a prolongar durante poco tiempo, ya que la Corte
Rabínica no tardaría en rehabilitarle en atención a las nuevas contribuciones
del penado a la causa sionista. La doctrina sugerida por Kissinger, consistente
en en la fragmentación del Líbano en varios compartimentos
político-confesionales como la mejor fórmula para garantizar la seguridad de
Israel, se resumiría en su célebre sentencia: "Si queréis la paz en
Oriente Medio, entregad el Líbano a Siria".
Desde que abandonara la política activa, al menos de forma oficial, la
actividad de Kissinger se ha desplegado a través de sus continuos
desplazamientos de un extremo a otro del planeta, como comisionado y embajador
de proyectos e intereses equivalentes a los que ya representó en su época
anterior. Tal actividad no
se reduce al terreno de lo político, aunque frecuentemente ejerza labores de
emisario especial de la Administración norteamericana, sino que, de acuerdo con
su posición en la Comisión Trilateral, se desarrolla fundamentalmente en el
ámbito económico, que es el esencial y el que determina el curso de todos los
demás. Ése es el terreno en el que se desenvuelve actualmente Henry Kissinger,
a quien la Alta Finanza suele encomendar diversos asuntos relacionados con la
deuda pública, asuntos que el eficiente tecnócrata solventa sin estridencias
públicas y con pingües beneficios para sus arcas a través de su compañía de
consultores Kissinger Associates, cuyos clientes son, lógicamente, los Estados
deudores y las Multinacionales acreedoras.
Como será fácil suponer, el plantel de los asociados de dicha compañía
está compuesto por elementos bien introducidos en las altas esferas financieras
y políticas. Figuran entre ellos Lawrence Eagleburger (ex-subsecretario de
Estado y director del LBS Bank), Brent Scowcroft (ex-asesor presidencial de
Seguridad y director del National Bank de Washington), lord Carrington
(ex-secretario general de la OTAN y directivo del Barclays Bank y del Hambros
Bank), lord Eric Roll (director del Banco de Inglaterra), Per Gyllemhammer
(directivo de Volvo y del Banco Sueco de Crédito Naval; miembro de la junta de
asesores del Chase Manhattan Bank), Saburo Okita (ex-ministro de Asuntos
Exteriores, miembro del Club de Roma y de la Comisión Trilateral), William
Simon (ex-secretario de Hacienda y directivo de la firma bancaria Salomon
Brothers), y sir Y.Kahn (directivo del grupo financiero S.G. Warburg y de la
China International Finance Company).
Quienes estén interesados en solicitar los servicios de Kissinger
Associates deben saber que la tarifa anual por el solo hecho de figurar en su
cartera de clientes ronda los treinta millones de pesetas.
En la órbita de la Comisión Trilateral e íntimamente vinculada a la
misma, compartiendo programas y proyectos, se desenvuelven una serie de
entidades entre los que sobresalen dos:
el Instituto Aspen y el Club de Roma.
El Instituto Aspen de Estudios Humanísticos fue fundado en 1949 por
iniciativa de varios miembros del Real Instituto de Asuntos Internacionales
británico y de su equivalente norteamericano, el omnipresente Consejo de
Relaciones Exteriores. El objetivo de este organismo se centra en llevar a cabo
un vasto análisis de los elementos que han configurado el curso de las
sociedades humanas, para poder así, una vez conocidos éstos y sometidos al
oportuno control, planificar el venturoso futuro de la humanidad. Y todo ello,
claro está, bajo la inspiración de los consabidos estereotipos
"humanistas", cuya verdadera significación no se le escapará a ningún
observador medianamente imparcial de la moderna sociedad occidental.
A
tal efecto, el benemérito Instituto no sólo explora el pensamiento de los
grandes maestros y pensadores del pasado, sino que también promueve foros de
reflexión en los que reúne a los grandes maestros tecnocráticos del presente:
ejecutivos de empresas multinacionales, políticos, académicos, científicos,
líderes sindicales, etc. El propósito fundametal de dichas reuniones, en las
que oligarcas y pseudocontestatarios de izquierdas confraternizan y hacen causa
común, se centra en lograr que aquellas posiciones que en principio pudieran
ser divergentes confluyan finalmente en un punto básico de entendimiento común,
cosa, por lo demás, nada difícil de conseguir entre individuos que, en lo
esencial, comparten una misma mentalidad.
Por derroteros similares se desenvuelve el Club de Roma, nacido en abril
de 1968 a instancias de Aurelio Peccei, miembro destacado del Bilderberg Group,
del comité directivo de la empresa FIAT y del consejo de administración del
Chase Manhattan Bank; el perfil característico, como se podrá comprobar, del
filántropo benefactor.
Desde que fuera creado, este organismo se ha distinguido por sus sus
informes apocalípticos sobre el crecimiento demográfico, informes elaborados en
la línea del más puro fabianismo malthusiano y en los que se aboga por un
drástico control de la natalidad, en estrecha conexión con las campañas
pro-abortistas promovidas por las Fundaciones Ford y Rockefeller. Lo malo es
que los artificiosos planteamientos y los errores de bulto del programa
elaborado por el Club en "Los Límites al Crecimiento", han sido
contundentemente refutados por varios especialistas (Alfred Sauvy entre ellos)
ajenos a los abrevaderos oficiales. Después, varios de esos errores de bulto
han sido reconocidos por el propio Club de Roma, aduciendo que tan solo se
trataba de elementos de provocación.
En 1981 el Club de Roma auspició la creación de un organismo apéndice
cuyo cometido sería proyectar "una nueva humanidad". Tras varios días
de debates en la Universidad Gregoriana de Roma, un feudo de la Orden jesuita
propuesto por ésta como marco del encuentro, nació el Forum Humanum, cuyo
principal patrocinador económico ha venido siendo desde sus inicios la
multinacional FIAT.
Entre los postulados ideológicos sostenidos por el Club de Roma para
alumbrar esa "nueva sociedad" figura, cómo no, la necesidad de
implantar un Gobierno supranacional. En ese sentido se han manifestado
reiteradamente sus más destacados dirigentes, desde el ya fallecido Aurelio Peccei, quien en su momento
significó que "uno de los mayores obstáculos para el progreso de la
humanidad es el concepto de la soberanía de cada nación", hasta su
discípulo y sucesor en la jefatura del Club, Alexander King, según el cual
"la sociedad mundial requiere una única dirección, un gran capitán que
guíe la tierra hacia un destino común". Ni el Gran Hermano de la pesadilla
orwelliana se habría expresado mejor.
Entre los miembros más relevantes del Club figuran individuos como
Daniel Jensen (Trilateral, Bilderberg), Sol Linowitz (Trilateral, CFR), Edgar
Pisani (Instituto Aspen, Bilderberg), Jimmy Carter (Trilateral, CFR) y Kurt
Rothschild. Por lo que se refiere a sus socios españoles cabe citar dentro de
los más conocidos a Jose Luis Cerón, Carlos Robles Piquer, Federico Mayor
Zaragoza, Joaquín Ruiz Jiménez Cortés, Fernando Morán, Javier Solana y Mercedes
Sala.
Otra de las lumbreras de este distinguido aerópago es el ideólogo
marxista Adam Schaff, cuyos vínculos con diversos foros
plutocrático-oligárquicos le hacen acreedor a una mención especial. Las razones
de su pertenencia al Club de Roma las ha expuesto él mismo con afirmaciones
como éstas: "Me gusta tratar con los capitalistas del Club de Roma; son
los únicos que se atreven a hablar abiertamente del futuro de la humanidad; son
tan poderosos que no tienen nada que temer".
Al igual que ocurre con otras entidades afines de carácter mundialista,
la Comisión Trilateral cuenta con una serie de émulos surgidos en diversos
países a modo de prolongación o réplica a escala regional del modelo trilateralista.
Uno de tales organismos, con sede en Francia, ya fue citado por el rotativo
L'Humanité en 1977, aunque hubo que esperar hasta 1991 para que la
indiscrección de una colaboradora del mismo permitiera conocer su relación de
integrantes. El grupo en cuestión se denomina Le Siècle, y en su seno
confraternizan y hacen proyectos de futuro la oligarquía plutocrática y la
vanguardia "proletaria".
En la nómina de esta conmovedora hermandad aparecen personajes como (la
relación no es exhaustiva) Jean Louis Beffa, director de la multinacional
Saint-Gobain, J.H.David, presidente de la Banca Stern, Guy Delorme, director de
la Banca Monod, Vincent Bollard, presidente de la Compañía Financiera Privada,
Raimond Lévy, director de Renault, Chistian Maurin, director de la Banca
Sofinco, Jacques Mayoux, vice-presidente de la Banca Goldman Sachs Europa,
André Wormser, presidente de Sovac, filial de la Banca Lazard. Por parte
"obrera" cabe significar la presencia, entre otros, de Jacques
Attali, ex-consejero de Mitterrand, Maurice Faure, ex-ministro radical
socialista, Pierre Joxe, ministro en los gobiernos socialistas Rocard, Cresson
y Bérégovoy, Jacques Julliard, director de redacción del diario socialista Le
Nouvel Observateur, Anicet le Pors, ex-senador comunista y ministro del
gobierno Mauroy, Roger G. Schwartzemberg, diputado radical de izquierda, Gilles
Menage, ex-director del gabinete presidencial de Mitterrand y por último, para
que no falte de nada, René Remond, director de la Revista Histórica y destacado
representante del llamado "cristianismo" de izquierdas.
EL BILDERBERG GROUP
El grupo Bilderberg nació oficialmente en mayo de 1954, fecha en la que
tuvo lugar en la localidad holandesa de Oosterbeek la primera Conferencia de
esta entidad con la participación de un centenar de destacadas figuras del
mundo económico, político, académico y mediático. El anfitrión de aquella
sesión inaugural, celebrada en los salones del hotel Bilderberg, de donde
procede el nombre del grupo, fue el príncipe Bernardo de Holanda, un personaje
estrechanmente vinculado a los altos círculos financieros y políticos
occidentales. Desde que echara a andar, el mensaje difundido por los mentores
del Bilderberg Group fue el característico de este tipo de organismos: se
trataba, según el comunicado oficial, de una entidad destinada a fortalecer la
unidad atlántica, a frenar el expansionismo soviético y a fomentar la
cooperación y el desarrollo económico de los países del área occidental. Todo
lo cual no era más que una forma eufemística de describir los objetivos reales
de la organización, perfectamente conocidos a tenor del contenido de sus
reuniones. Y es que, a pesar del hermetismo en el que se desarrollan éstas,
nunca han faltado las filtraciones reveladoras sobre el particular.
En el seguimiento de las reuniones y andanzas de esta emérita cofradía
merce destacarse la labor que, desde hace tiempo, viene realizando el rotativo
estadounidense The Spotligth, cuyas valiosas informaciones han sido
fundamentales para saber que tales objetivos se resumen en uno, cual es el
cercenamiento progresivo de las soberanías nacionales y su transferencia a
instituciones de carácter oligárquico y supranacional.
Pero antes de seguir adelante convendrá escudriñar en los orígenes de esta
entidad, en los que aparece como eminencia gris e instigador un personaje de
escasa resonancia pública, pero de enorme peso en los más discretos y selectos
círculos del Poder. Se trata de Joseph Retinger, un sujeto a quien el propio
Bernardo de Holanda rendiría homenaje fúnebre con estas palabras: "La
historia conoce numerosos personajes notables sobre los cuales se concitó
durante su vida la atención general. Ellos fueron admirados y festejados por
todos, y nadie ignoró su nombre.... Existen, sin embargo, otros hombres cuya
influencia es todavía mayor, incidiendo con su personalidad en el tiempo en que
vivieron, aunque no son conocidos, pese a todo, más que por un círculo de
iniciados muy restringido. Joseph Retinger fue uno de éstos". (Bulletin nº
5 du Centre de Culture Europeèn).
Joseph Retinger nació en Cracovia el año 1887 en el seno de una
prestigiosa famila de origen judío-austríaco. A la edad de 18 años marchó a
París, donde se doctoró en Letras y entabló sus primeros contactos en las altas
esferas sociales occidentales. Acto seguido se iniciaría su azarosa y agitada
existencia, caracterizada por sus múltiples cambios de residencia y constantes
desplazamientos, así como por su presencia en la mayor parte de los escenarios
político-diplomáticos donde se ventilaron los conflictos europeos de la primera
mitad de este siglo. Una frenética actividad, en suma, que guarda un curioso
paralelismo con las andanzas de los célebres agentes itinerantes de la
francmasonería iluminista.
Después de cursar estudios en la Escuela de Ciencias Políticas parisina
se trasladó a Munich, donde siguió un curso de psicología. Posteriormente, en
1914, se dirigió a Londres para inscribirse en la London School of Economics,
centro en el que entabló estrechos contactos con los círculos fabianos
británicos aglutinados en torno a esa influyente institución. Tras iniciarse en
la francmasonería sueca, se desplazó a los Estados Unidos, país en el que
ampliaría sus relaciones de alto nivel y protagonizaría un sinfín de peripecias.
Finalmente, una vez concluída la 2ª Guerra Mundial, Joseph Retinger se entregó
de lleno a la tarea de construir los cimientos del movimiento europeísta.
En mayo de 1946, junto con Paul von Zeeland, crea la Liga Europea de
Colaboración Económica, un organismo en el que, contrariamente a lo podría
deducirse por su nombre, participaron activamente varios miembros destacados de
la nomenclatura oligárquica estadounidense, como John McCloy (CFR, Bilderberg,
Chase Manhattan Bank), Averell Harriman (CFR, Bilderberg, Pilgrims, The Order),
George Franklin (CFR, Bilderberg, Trilateral), John Foster Dulles (CFR,
Bilderberg), William Wiseman (socio de la Banca Khun&Loeb), M. Leffingwelle
(socio de la Banca Morgan), Nelson y David Rockefeller, etc.
El 7 de mayo de 1948 veía la luz otra elaboración de Retinger, el
Congreso de Europa, una entidad en la que se integraron varias organizaciones
afines del momento, y de la que surgiría un año después el Consejo de Europa.
No menos digno de mención es el decisivo papel desempeñado por Retinger en el
alumbramiento del Movimiento Europeo, una institución que tiene como objetivo
fundamental la implantación de un gobierno europeo supranacional, y cuya
secretaría general ocuparía su fundador durante varios años.Obvio es decir que
esta clase de organismos no son otra cosa que emanaciones de las altas esferas
plutocrático-oligárquicas, por lo que nada tiene de sorprendente el contenido
de un informe confidencial elaborado por uno de ellos, la Comisión Europea,
durante el mandato de Jacques Delors, informe con arreglo al cual quince
multinacionales se repartirán el famoso "mercado único" europeo:
Allianz A.G., Mediobanca, Lazard Partners, S.G.Warburg, Lambert Group, Swiss
Re., Credit Suisse, Shearson, Credit Lyonnais, Deutche Bank, National
Nederlandem, Barklays Bank, Assicurazioni Generale y Zurich Insurance.
El cometido desarrollado por Retinger en la cristalización del entramado
europeísta sería valorado por el Boletín nº 5 del Centro de Cultura Europea con
estas palabras: "Sin él, la Liga Europea de Cooperación Económica, el
Movimiento Europeo y nuestro Centro de Cultura Europea no habrían visto nunca
la luz. El Congreso de Europa de la Haya fue su obra, y el Consejo de Europa su
resultado. Posteriormente fue él quien concibió y dió vida al Bilderberg Group,
consagrado a la comprensión y la unión atlántica".
Tal y como indicaba el citado boletín, el
Bilderberg Group fue, en efecto, otro de los grandes proyectos puestos en
marcha por Joseph Retinger, que desempeñó la Secretaría permanente de dicho
organismo hasta su fallecimiento en 1960. Debe quedar claro, no obstante, que
el nacimiento del Bilderberg Group se gestó siguiendo la norma habitual en
estos casos, de igual modo que ha ocurrido con todas las entidades paralelas
descritas a lo largo de estas páginas, y en las que detrás del tecnócrata
operador siempre ha habido un plutócrata patrocinador. Sin el sufragio
económico de la casa Rothschild nunca habrían tomado cuerpo los planes de Cecil
Rhodes ni la Round Table, como tampoco se habría hecho realidad la London
School of Economics sin los fondos aportados para su creación por el Trust
Huntington y la Banca Rothschild. Del mismo modo que el Consejo de Relaciones
Exteriores y su principal artífice, el siniestro "coronel" House,
contaron con el patrocinio de la Banca Morgan, o los oficios de Brzezinski y el
proyecto trilateralista tuvieron como patrón a David Rockefeller, así también
las labores de Retinger para el alumbramiento del Bilderberg Group respondieron
a la iniciativa estratégica y a los fondos aportados por el plutócrata de
turno, en ese caso Víctor Rothschild. Y es que a la sombra de toda empresa de
semejante envergadura, y más allá de sus promotores inmediatos, siempre subyace
una instigación oligárquica y una poderosa plataforma financiera.
Hasta 1976, el Bilderberg Group estuvo
presidido por el príncipe Bernardo de Holanda. Los lazos de la casa real
holandesa (titular de una de las mayores fortunas del planeta) con la Alta
Finanza son viejos y bien conocidos, lo que hace innecesario detallarlos aquí.
A raíz del escándalo suscitado por los sobornos de la Compañía Lockheed, en los
que se vió envuelto como principal implicado el príncipe Bernardo, éste dejó la
presidencia del Grupo, siendo sustituído por Douglas Home, ministro de
Exteriores británico, que permaneció en el cargo hasta 1980. A Home le sucedió
Walter Scheel, ministro de Asuntos Exteriores y, posteriormente, presidente de
la República Federal Alemana, que asumió la jefatura hasta 1985, año en que fue
relevado por el británico Eric Roll, presidente del grupo bancario S.G.Warburg.
Este último dejó paso en 1989 al actual presidente, Peter Rupert, más conocido
como lord Carrington, ex-secretario general de la OTAN, ex-ministro de varios
gobiernos británicos y miembro destacado de la Fabian Society y del Real
Instituto de Asuntos Internacionales.
Entre los más destacados integrantes de la
sección europea del Bilderberg Group es habitual la pertenencia simultánea a la
Comisión Trilateral, pertenencia que se extiende al Consejo de Relaciones
Exteriores en el caso de los miembros más relevantes de la sección
norteamericana del Grupo. De estos últimos podría reseñarse una breve relación
de nombres que militan en los tres organismos, como son David Rockefeller,
George Bush, Zbigniew Brzezinski, Robert McNamara, Henry Kissinger, Caspar
Weinberger, Bill Clinton, ninguno de los cuales necesita presentación, George
Ball, asociado de la banca Lehmann Brothers, Cyrus Sulzberger, editorialista
del New York Times, y Heddy Donovan, redactor jefe de la revista Time.
Por lo que se refiere a la estructura
interna del Bilderberg Group, ésta se articula siguiendo el esquema
característico de los círculos concéntricos, que es el organigrama adoptado
tanto por el entramado oligárquico-mundialista en su conjunto, como por cada
una de las entidades que se integran en el mismo. En el caso del Bilderberg
Group, el círculo más externo está representado por los miembros asistentes a
las conferencias periódicas organizadas por este organismo, una parte de los
cuales son afiliados permanentes, y la otra, invitados ocasionales o en vías de
reclutamiento. El primer círculo interior es el Steering Committee, compuesto
por 39 miembros permanentes del Grupo. Una restringida camarilla de estos
últimos constituye, a su vez, el segundo círculo interno y el más hermético. Se
trata del Bilderberg Advisory Committee, cuyos integrantes norteamericanos son
todos miembros del Consejo de Relaciones Exteriores. No en vano el coronel
Curtis B.Dall, ex-yerno del presidente Franklin D.Roosevelt y personaje bien
introducido en los medios financieros y políticos estadounidenses, definió al
Bilderberg Group como "la fase mundialista del Consejo de Relaciones
Exteriores norteamericano y del Real Instituto de Asuntos Internacionales
británico".
Los objetivos del Bilderberg Group, nada
difíciles de suponer por otra parte, han sido expuestos más de una vez con
meridiana claridad en los discretos cónclaves que celebra este organismo en
medio de imponentes medidas de seguridad. Si bien es lo cierto que de poco ha
servido hasta ahora el sigilo que rodea tales reuniones, sobre las que
raramente han faltado las filtraciones, e incluso las delaciones internas que
permitieran conocer gran parte de sus conclusiones. Buena prueba de ello son
las declaraciones realizadas en los preámbulos de la Conferencia Bilderberg de
1991 por Charles Muller, un alto funcionario de la entidad, quien se quejaba de
que "cada año, alguien que representa a una organización o periódico
dispuesto a oponerse a nuestros objetivos acaba, de algún modo,
infiltrándose" (el periódico al que hacía referencia Muller no es otro que
The Spotligth).
Pese a tratarse, como ya se apuntara
anteriormente, del círculo más externo de esta entidad, lo tratado en sus
cumbres periódicas ofrece una clara idea de sus objetivos. Así, en la
Conferencia celebrada en junio de 1991 en la localidad alemana de Baden-Baden,
sus más conspicuos militantes celebraron el desarrollo de la Guerra del Golfo,
cuyo desenlace estaba entonces reciente, como "un paso importante para
sacar a los americanos del nacionalismo". Sobre este particular se
pronunció Henry Kissinger, uno de los ponentes, haciendo notar "el avance
de años" que había supuesto el hecho de que la intervención norteamericana
en el conflicto hubiera sido acordada en la ONU antes de obtener el refrendo
del Congreso nortemericano, único órgano facultado para declarar la guerra
según lo dispuesto por la Constitución de ese país, añadiendo que "si los
americanos pueden ser persuadidos de traspasar las decisiones bélicas a la ONU,
los nacionalismos de vía estrecha de Francia, Gran Bretaña o cualquier otro
país desaparecerán". El júbilo de Kissinger y de sus ilustres cofrades
estaba plenamente justificado si se considera que la ONU no es sino uno de sus
organismos títere.
Como colofón de este rápido repaso bueno
será dedicar algunas palabras a uno de los "pasatiempos" predilectos
de los bilderberger. Se trata de lo que, en la jerga de la organización, es
conocido como "juegos de guerra", un significativo eufemismo mediante
el que se designan ciertas prácticas que ya desde tiempo antes venía
desarrollando el Consejo de Relaciones Exteriores. Básicamente, los llamados
juegos de guerra consisten en la escenificación de situaciones de crisis
extrema sobre asuntos de política internacional, a fin de tener previstas todas
las posibles contingencias que pudieran representar un obstáculo para el
desenlace deseado.
Los seminarios o foros de reflexión donde
se desenvuelven estos "juegos" suelen celebrarse en lugares apartados
bajo los auspicios de instituciones académicas tales como el Instituto Averell
Harriman, el Consejo de Yale sobre Estudios Internacionales o la Academia para
el Desarrollo de la Educación, todas ellas vinculados a la sociedad The Order,
de la que se hablará más adelante. Los participantes en estos seminarios son,
por lo regular, expertos reclutados en las altas esfera científicas y
académicas y vinculados a las figuras clave de la política exterior de sus
respectivos países.
Paralelamente a los "juegos de
guerra" se desarrollan los "juegos políticos", complementándose
ambos mutuamente. En realidad, el juego de guerra se pone en marcha cuando
sobrevienen o son introducidos en un juego político acontecimientos críticos,
como golpes de Estado, graves disturbios sociales, magnicidios, invasiones,
etc. Y si bien los juegos de guerra están concebidos para tener previstas todas
las eventualidades posibles y las soluciones más adecuadas a cada una de ellas,
a veces ocurre que el acontecimiento real (ya sea espontáneo, ya provocado) se
desarrolla de forma distinta a la prevista en el "juego", en cuyo
caso se hace preciso intervenir, si es necesario directamente, para corregir
los desvíos y reconducir el proceso hacia el desenlace adecuado.
EL INTERIOR DEL ENTRAMADO
EL REAL INSTITUTO DE ASUNTOS
INTERNACIONALES Y EL CONSEJO DE RELACIONES EXTERIORES.
Con arreglo a la versión oficial, el
Instituto de Asuntos Internacionales fue constituído en 1920 como resultado de
las conversaciones mantenidas por varios delegados británicos y norteamericanos
asistentes a la Conferencia de Paz de 1919, celebrada en París al término de la
1ª Guerra Mundial. Más tarde, en 1926, el Instituto recibía el título de
"Real" en virtud de una Carta de la Corona británica que le
encomendaba la tarea de promover y sufragar medios de información sobre
cuestiones internacionales, pero de forma que los análisis vertidos en los
mismos no fuesen en ningún caso asumidos oficialmente por la institución.
La entidad debería financiarse con las
aportaciones de sus miembros individuales, con sus propias inversiones y con
las donaciones recibidas para labores de investigación. Hasta aquí llega la
información que el susodicho Instituto difunde sobre sí mismo. De lo que ahora
se trata, pues, es de penetrar en su verdadera génesis y en los resortes que
impulsaron su constitución.
El 19 de mayo de 1919, Edward Mendel House,
alias "coronel" House, convocó a una reunión de trabajo en el hotel
Majestic a un reducido grupo de delegados norteamericanos y británicos
participantes en la Conferencia de Versalles. De este sujeto, cuyo decisivo
papel en la adopción del Federal Board System norteamericano ya fue significado
páginas atrás, podría escribirse en términos muy similares a los empleados
cuando se describiera la trayectoria de Joseph Retinger, pues se trata de otro
de esos singulares personajes cuyo papel en la historia reciente, siempre
desarrollado en la sombra, ha sido incomparablemente superior al de
innumerables figurones políticos que han gozado de gran notoriedad. Además de
eminencia gris de Woodrow Wilson, el "coronel" House ejerció como
peón de lujo del Establishment financiero estadounidense, circunstancias que
compaginaba con su condición de iniciado en la logia iluminista Maestros de la
Sabiduría y con su pertenencia a la sociedad The Order.
Por parte americana, los asistentes a dicha
reunión fueron John Foster Dulle, futuro secretario de Estado, y su hermano Allen
Dulles, tiempo después director de la CIA, ambos perteneciente a un bufete de
abogados ligado a los trusts Morgan y Rockefeller, Christian Herter, que
también ocuparía años después la Secretaría de Estado, Jerome Greene, asesor
del Instituto Rockefeller, W.Shepardson, miembro de la sociedad The Order,
Robert Lansing, James Shotwell, Archibald Carey Coolidge y el general Tasker
Bliss, todos ellos vinculados a instituciones dominadas por la sección
norteamericana de la Round Table. En la delegación británica figuraban lord
Robert Cecil, lord Eustace Percy, sir Valentine Chirol, Lionel Curtis, Harold
Temperly y Edward Grigg, miembros todos ellos de la Round Table y de la Fabian
Society.
El 30 de mayo tuvo lugar un segundo
encuentro, y el 12 de junio, en la tercera reunión, fueron designados Lionel
Curtis y Whitney Shepardson, respectivamente, como secretarios de las ramas
inglesa y americana de la organización. Asimismo se acordó que cada una de las
dos ramas del Instituto adoptara una denominación propia. De acuerdo con dicha
determinación, el 9 de noviembre de 1923 se presentaba oficialmente la sección
inglesa bajo el nombre de Instituto Británico de Asuntos Internacionales,
título que fue sustituído en 1926, tras la concesión de la Carta Real, por el
definitivo de Real Instituto de Asuntos Internacionales. Su sede social se
estableció en un inmueble conocido como Chatam House (10 de Saint-James
Square), donde también tenía sus dependencias la Round Table.
Siguiendos los mismos designios, la sección
norteamericana se constituía oficialmente en 1921 con el nombre de Council on
Foreign Relations (CFR) o Consejo de Relaciones Exteriores. Ni que decir tiene
que la dirección del nuevo organismo recayó en el ínclito House, cuyas
especiales relaciones con los magnates de la banca neoyorquina explican el
hecho de que se rodease en la plana mayor del Consejo de elementos reclutados
entre los asociados de la banca J.P.Morgan, en los despachos jurídicos que
trabajaban para dicha firma, y en los círculos tecnocráticos vinculados a la
Alta Finanza. Figuraban entre ellos los ya mencionados John y Allen Dulles,
Otto Khan, Isaías Bowman, Norman Davis, Paul Crawath, Whitney Shepardson,
Philip Jessup y Charles Seymur.
Desde entonces hasta hoy, el CFR ha venido
siendo uno de los más eficientes instrumentos del Establishment, que a través
de este organismo determina el curso de la vida pública estadounidense en todos
los ámbitos, y muy especialmente en el relativo a la política exterior, como
iremos viendo a lo largo de las páginas sucesivas.
Entre la firmas multinacionales y Fundaciones
"filantrópicas" que contribuyen a costear los ingentes gastos de este
poderoso club figuran la Carnegie Corporation of New York, IBM World Trade
Corporation, General Motors Corporation, Morgan Guaranty Trust Company,
Citybank, Chemical Bank, Citicorp, International Minerals and Chemical
Corporation, Association of Radio and Television News Analysts, The Ford
Fundation, The Rockefeller Fundation, Rockefeller Brothers Fundation, The Andrew
Mellon Fundation y The Commonwealth Fundation.
Eso no impide, más
bien todo lo contrario, que el CFR sea el organismo donde mejor se ha operado
la síntesis fabiana entre el capitalismo y uno de sus hijos bastardos, el
marxismo, que de esta forma, una vez ultimada la labor de disolución cultural y
espiritual para la que fue diseñado, se reintegra a la matriz burguesa de la
que surgió. Dicho de otro
modo, el CFR ofrece el más preclaro exponente de la dialéctica hegeliana, y en
su seno los dos supuestos antagonistas se funden en la síntesis deseada. Aquí,
el internacionalismo "proletario" de la retórica marxista se
transfigura en el cosmopolitismo "humanista" del capitalismo
multinacional; el materialismo marxista se identifica con el materialismo burgués
que lo engendró; y el gregarismo social del colectivismo bolchevique se
corresponde con el paraiso progresista de las masas uniformizadas pastando en
los prados felices del bienestar nihilista y del consumismo material.
No tiene nada de extraño, por tanto, que
este Club oligárquico patrocinado por el Gran Capital haya servido de tribuna
para la difusión de la "cultura" izquierdista y contado entre sus
miembros con innumerables gentlemen filomarxistas. Además del ya citado Henry
Kissinger (presidente en su día de este organismo) y de su equipo de
colaboradores pro-soviéticos, son abundantes los ejemplos de oligarcas
progresistas que han destacado en sus filas. Entre algunos de los más conocidos
figuran Alger Hiss, Herbert Matthews, John Fairbank y Harry Dexter White, todos
ellos agentes activos de la Inteligencia soviética durante la época de la
"confrontación".
El caso de Alger Hiss merece especial
significación, entre otras razones porque ilustra bastante bien la naturaleza
del régimen de Franklin Delano Roosevelt y de su equipo de colaboradores
íntimos (Baruch, Morgenthau, Lehman, Frankfurter, Hopkins, Rosenmann, Bloch,
Cullmann), todos ellos miembros del CFR
y de la Round Table, todos ellos acaudalados plutócratas y todos ellos
simpatizantes y benefactores del régimen estalinista. Pues bien, entre esos
colaboradores de Roosevelt figuraba
también Alger Hiss, cuya importancia viene dada por el decisivo papel que, en
su calidad de asesor especial del Departamento de Estado, desempeñó en los acuerdos
de Yalta, tan provechosos para la Rusia soviética.
Nacido en el seno de una familia de la alta
burguesía, Alger Hiss cursó estudios en Harvard, feudo fabiano donde fue
captado para su equipo de cerebros por el financiero Frankfurter, uno de los
ideólogos del New Deal. Tras prestar servicios como abogado en una firma de
Wall Streett, entró en contacto con otro destacado militante de la izquierda
del New Deal, Lee Pressmann, quien le introdujo en la organización WARE, una
red de espionaje al servicio del Komitern. Aunque la trayectoria de Hiss
suscitó frecuentes sospechas, no sería hasta tiempo después, con motivo de las
imputaciones formuladas contra él por un ex-camarada de la red WARE, Whittaker
Chambers, cuando quedaron al descubierto sus vínculos con los servicios
secretos soviéticos y su intensa labor de penetración y reclutamiento en las
altas esferas de la Administración estadounidense. Pero lo más esperpéntico de
este asunto sería su desenlace, ya que, una vez desenmascarado, Alger Hiss fue
retirado del servicio estatal, recibiendo por toda sanción la presidencia del
Carnegie Endowment for Peace, una de las principales entidades patrocinadoras
de las Conferencias Bilderberg.
Otro de los "camaradas"
americanos que desempeñó un importante papel en los acuerdos de Yalta fue
Averell Harriman, embajador especial de Roosevelt en la Conferencia, miembro de
una poderosa saga de banqueros y socio del CFR. Este sujeto, conocido tanto por
su pertenencia a todos los círculos oligárquico-mundialistas como por sus
deferencias hacia la antigua URSS, fue señalado por Anatoli Golitsin, ex-agente
del KGB, como uno de los más activos integrantes de la red filomarxista de la
Administración estadounidense.
Naturalmente, el CFR no es el único espacio
en el que se ha operado la síntesis ideológica señalada, aunque sí el más
notorio. Los núcleos iluministas radicados en las Universidades de Oxford y
Yale, de los que se hablará más adelante, se han mostrado igualmernte activos
en esa misma labor, si bien dentro del más absoluto hermetismo. Igualmente
digna de mención a este respecto es la Universidad de Cambridge, bastión
fabiano del que salieron los dandis británicos Philby, McLean, Blunt, Burgess y
Cairncross, cuyos eficientes servicios al régimen estalinista han sido
minuciosamente recogidos en una obra escrita por el que fuera su enlace
soviético, el oficial del KGB Yuri Modin.
El órgano oficial del CFR es la revista
Foreign Affairs, una publicación trimestral abierta a todas las opiniones
"progresistas" en la que vierten sus análisis los iniciados en los
discretos círculos del Poder. Dado su carácter "abierto", la revista
reitera en cada uno de sus números que no asume oficialmente ninguna de las
tesis expuestas en ella por sus colaboradores, añadiendo que tan sólo se ofrece
como un foro de reflexión en el que confluyan ideas "divergentes",
por estimar que de esa forma se facilita a sus lectores una mejor información
que adscribiéndose a una sola escuela de pensamiento (sic).
A pesar de esa "disparidad" de
criterios que se observa leyendo las opiniones de individuos de la misma cuerda
oligárquica (el Poder es su denominador común) e ideológica (todos ellos
participan en lo esencial de una misma mentalidad), resulta sumamente instructivo ojear las páginas de
esa publicación. Y es que leyéndola resulta fácil prever el curso que van a
seguir ciertos acontecimientos, especialmente cuando las colaboraciones
literarias llevan la rúbrica de un capitoste del CFR o de algún iniciado en los
círculos más influyentes del Establishment. Así, en el número
correspondiente a julio de 1990, uno de los analistas del CFR, Barry Rubin,
exponía la necesidad de "tomar medidas especiales y urgentes para acabar
con el poder militar y nuclear de ciertos Estados", indicando a
continuación que tales medidas "debían aplicarse a las ambiciones de
Irak". Unos meses después se desencadenaría la guerra del Golfo Pérsico.
No menos ilustrativos fueron los análisis realizados en 1982 sobre la evolución
interna de los regímenes marxistas de Polonia y la URSS por William Hyland,
editor del Foreign Affairs, ex-analista de la CIA y miembro del Bilderberg
Group, de la Comisión Trilateral, de la Pilgrims Society y de la Round Table.
Análisis que, cuando menos, pusieron de manifiesto las portentosas dotes
"proféticas" del susodicho Hyland, ya que todas sus previsiones se
han ido cumpliendo con asombrosa precisión.
Pero el vehículo idóneo para hacer llegar a
la gran masa de la población las opciones decididas en los laboratorios del CFR
no es el órgano oficial de éste, de carácter y alcance restringidos, sino los
grandes medios de comunicación estadounidenses. Después, los diversos
tributarios mediáticos del Sistema esparcidos por las provincias del Imperio se
aprestarán a desempeñar su papel habitual de caja de resonancia de las
consignas elaboradas en el centro emisor, que es donde se decide qué asuntos
deben pudrirse en el silencio y cuáles otros han de convertirse en temas de
candente actualidad, marcando asimismo las pautas del modo en que deben
tratarse éstos.
Para hacerse una idea de la presencia del
Consejo de Relaciones Exteriores en los más influyentes medios de comunicación
estadounidenses, he aquí una breve relación de algunos de los capitostes de
tales medios adscritos a dicho organismo:
New York Times: Richard Gelb, William Scranton, John F.
Akers, Louis Gerstner, George Munroe, Donald Stewart, Cyrus Vance,
A.M.Rosenthal, Seymur Topping, James Greenfield, Max Frankel, Jack Rosenthal,
John Oakes, Harrison Salisbury, H.L.Smith, Steven Rattner, Richard Burt.
Washington Post/Newsweek: Katherine
Graham, N.Katzenbach, Robert Christopher, Osborne Elliot, Philipp Geyelin,
Murry Marder, Maynard Parker, George Will, Robert Kaiser, Meg Greenfield,
Walter Pincus, Murray Gart, Peter Osnos, Don Oberdorfer.
Time Inc.: Ralph Davison, Donald
Wilson, Henry Grunwald, Alexander Heard, Sol Linowitz, Thomas Watson.
Public Broadcast Service: Robert
McNeil, Jim Leher, C.Hunter Gault, Hodding Carter, Daniel Schorr.
Associated Press: Stanley Swinton,
Harold anderson, Katherine Graham.
Wall Streett Journal: Richard Wood,
Robert Bartley, Karen House.
ABC: Thomas Murphy, Barbara Walters,
John Connor, Diane Sawyer, John Scall.
NBC/RCA: John Welch, Jane Pfeiffer,
Lester Crystal, R.Sonnenfeldt, John Petty, Tom Brokaw, David Brinkley, John
Chancellor, Marvin Kalb, Irving Levine, Herbert Schosser, P.G.Peterson, John
Sawhill.
CBS: Laurence Tisch, Roswell Gilpatric,
James Houghton, Henry Schacht, Dan Rather, Richard Hottelet, Frank Stanton.
CNN: W.T.Johnson, Daniel Schorr.
Todo esto no es más
que una pequeña muestra de la incidencia del CFR en la vida pública
norteamericana; y no será necesario explicar el peso de ese país en el
escenario internacional. De ahí las declaraciones efectuadas en el W Magazine
(4-8-78, Fairchild Publications) por Winston Lord, presidente por entonces del
CFR y miembro de la sociedad The Order: "La Comisión Trilateral no dirige el mundo entre
bastidores; es el Consejo de Relaciones Exteriores quien lo hace".
Palabras que, siendo certeras, no reflejaron sino una parte de la realidad, ya
que este organismo no es la la última instancia o el núcleo central del
organigrama oligárquico-mundialista, como más adelante podremos comprobar.
Desde el mismo momento en que el CFR fuera
creado, la política exterior norteamericana ha venido siendo un predio de su
absoluto dominio. Pero su influencia, que ha ido a más con el transcurso del
tiempo, no se reduce a esa parcela, ya enormemente importante de por sí, sino
que se hace extensiva a todos los ámbitos de la esfera política estadounidense.
Como será fácil comprender, resultaría excesivamente prolijo reproducir la
relación exhaustiva de todos y cada uno de los miembros del CFR que, desde 1921
hasta hoy, han ostentado algún cargo de alto nivel en la Administración
norteamericana. Lo que sí podrá hacerse aquí es ofrecer una concisa pero
significativa muestra de la incidencia de este organismo en el presente. Ésta
era, en el momento en que se constituyó la Administración Clinton, la relación
de altos cargos de la misma pertenecientes al CFR. Quede claro que en modo
alguno se trata de una enumeración exhaustiva, sino de un muestreo referido a
algunas de las áreas gubernamentales más relevantes. Por otra parte, el cuadro
que se ofrece a continuación es perfectamente extrapolable a cualquiera de los
gabinetes precedentes, ya que la presencia del CFR en todos ellos ha sido
similar, con independencia de la facción política gobernante en cada momento.
Gabinete
Gubernamental: William Clinton (Presidente del Gobierno); Albert Gore
(Vicepresidente); Warren Christopher (Secretario de Estado); Les Aspin
(Secretario Defensa); Bruce Babbit (Secretario Interior); Lloyd Bentsen
(Secretario del Tesoro); Henry Cisneros (Secretario de Vivienda y Desarrolo
Urbano); Donna Shalala (Secretaria Salud y Servicios Sociales); Anthony Lake
(Consejero Nacional de Seguridad); James Woolsey (Director de la CIA); Laura
Tyson (Directora del Consejo Económico); Colin Powel (Presidente Junta Jefes
Estado Mayor).
Staff
de la Casa Blanca: G.Stephanopoulos (Director Comunicaciones); Wiliams
Crove (Asesor Jefe de Inteligencia Exterior); Nancy Soderberg (Directora del
Staff del Consejo Nacional Seguridad); Samuel R.Berger (Consejero Delegado de
Seguridad Nacional); W.Bowman Cutter (Asesor Delegado del Consejo Económico).
Departamento
del Tesoro: Robert M.Bestani (Delegado Adjunto Asuntos Monetarios
Internacionales); Roger Altman (Secretario Adjunto del Tesoro); Robert
R.Glauber (Subsecretario Finanzas); J.French (Delegado Adjunto Departamento
Finanzas); John M.Niehuss (Delegado Adjunto Asuntos Monetarios
Internacionales).
Departamento
de Estado: Madeleine Albright (Embajadora en la ONU); Lynn Davis
(Subsecretario Seguridad Internacional); Peter Tarnoff (Subsecretario Asuntos
Políticos); John E.Spero (Subsecretario Asuntos Económicos); Brian Atwood
(Subsecretario Administración); G.E.Moose (Subsecretario Asuntos Africanos); H.
Allen Holmes (Secretario Adjunto Asuntos Político-Militares); Joseph Verner
Reed (Jefe Protocolo); Edward Perkins (Director Personal); Winston Lord
(Secretario Adjunto Asuntos Este de Asia y Pacífico); John H.Kelly (Secretario
Adjunto Asuntos Sudeste Asiático y Cercano Oriente); Stephen A.Oxman
(Secretario Adjunto Asuntos Europeos)); Clifton Wharton (Consejero Delegado);
Brandon Grove (Director Servicios Asuntos exteriores); Dennis B.Ross (Director
Staff Planificación Política); Abraham David Sofaer (Asesor Legal).
Cuerpo
Diplomático (Embajadores): Strobe
Talbot (CEI); John Negroponte (Méjico); Thomas Pickering (Rusia); Edward Ney
(Canadá); Morton Abramowitz (Turquía); Robert Oakley (Paquistán); Michael
Armacost (Japón); Henry Catto (Gran Bretaña); Robert Pelletreau (Túnez);
Shirley T.Black (Rep.Checa); Nicholas Platt (Filipinas); Christopher Phillips
(Brunei); James Spain (Sri Lanka); Frances Cook (Camerún); Terence Todman
(Argentina); Edward Djerejlan (Siria); Frank Wisner (Egipto); Warrem Zimmerman
(Yugoslavia).
Departamento
de Defensa: Frank G.Wisnerll (Subsecretario Asuntos Políticos); Michael
P.W.Stone (Secretario de la Armada); Donald B.Rice (Secretario Fuerza Aérea);
Henry S.Rowen (Secretario Adjunto Seguridad Interior); Seymur Weiss (Presidente
Política de Defensa); Franklin C.Miller (Delegado Adjunto Sec.Nuclear); W.Bruce
Weinrod (Delegado OTAN); Charles M.Herzfeld (Director Departamento
Investigación);
Junta
Jefes Estado Mayor: Tte. Gral. T.Boyd; Tte.Gral. G.L.Butler; Tte.Gral.
B.C.Hosmer; Gral. Carl E.Vuono; Gral. Merrill A.McPeak; Gral.
John T.Chain.
Reserva Federal: Alan Greenspan
(Presidente); Gerald Corrigan (Vicepresidente); Richard Cooper; Robert
Forrestal; Robert Erburu; Bobby Inman; Anthony Solomon; Edwin Truman; Cyrus
Vance; Paul Volker; Sam Cros; John Opel; Steven Muller; Robert Knight.
Oficina de Comercio: Gary R.Edson
(Presidente); Joshua Bolten (Consejero General); Daniel M.Price (Consejero
General Adjunto).
Export-Import
Bank: John Macomber (Presidente); Eugene Lawson (Vicepresidente); Rita
Rodríguez (Directora); Hart Fessenden (Consejero General).
Agencia
Control y Desarme: William Schneider
(Presidente); Thomas Graham (Consejero General); Richard Burt (Negociador
Defensa Estratégica); David Smith.
Antes de pasar a ver las relaciones que ha venido
manteniendo la izquierda occidental con el CFR, no estará de más dedicar una
breve reseña al papel desempeñado por este poderoso club en el alumbramiento de
la ONU, de la que últimamente se ha puesto de moda deplorar su inoperancia, lo
que no deja de ser una maniobra más de intoxicación, ya que este organismo ha
dado buenas muestras de su eficacia cuando los intereses de quienes lo manejan
lo han exigido así. Recuérdese, si no, la Guerra del Golfo y todo lo que ha sobrevenido después, entre
otras cosas el embargo criminal decretado por tan humanitaria institución
contra la población iraquí, que es la que está pagando sus consecuencias.
Pues bien, los avances preparatorios para
la constitución de las Naciones Unidas, cuyo edificio, dicho sea de paso, se
levantó en unos terrenos cedidos al efecto por el clan Rockefeller (tan
filantrópica donación se vería largamente compensada por la revalorización del
suelo colindante propiedad de la familia), fueron elaborados por un Comité
Secreto (Secret Steering Committee) instituído en 1943 por el Secretario de
Estado norteamericano, Cordell Hull. Dicho Comité estaba formado, además del
citado Hull, por cinco asesores del presidente Roosevelt: Taylor, Davis,
Bowman, Pasvolski y Welles, todos ellos miembros del CFR.
En diciembre de 1943 se incorporó al grupo
Edward Stettinius, recién nombrado Subsecretario de Estado y miembro también
del CFR. Hijo de un asociado de la banca Morgan, y antiguo ejecutivo de la
United States Steel, este sujeto había gestionado antes de acceder a su nuevo
cargo la Ley de Préstamo y Arriendo dictada al final de 2ª Guerra Mundial por
el gobierno estadounidense. Una ley cuyos beneficiarios no sólo fueron los
grandes consorcios industriales norteamericanos, que recibieron a precio de saldo
las modernas instalaciones construidas por el Estado durante la guerra, sino
también la Unión Soviética, a la que el susodicho Stettinius entregó a fondo
perdido equipamientos por valor de 10.000 millones de dólares que, por
supuesto, nunca fueron pagados.
Posteriormente se irían añadiendo al Comité
en cuestión nuevos miembros, la inmensa mayoría procedentes del CFR: Green,
Cohen, Hornbeck, Hackworth y Dunn entre ellos. Finalmente, el borrador
definitivo para la constitución de la ONU fue redactado por un equipo de
juristas socios en su mayoría del CFR (Hughes, Taylor, Davis y Miller entre
ellos).
Pero vayamos ya con el tema apuntado líneas
atrás, esto es, las relaciones mantenidas por la izquierda occidental y su foro
más prestigioso, la Internacional Socialista, con ese sólido baluarte del poder
plutocrático que es el CFR.
Antes de nada convendrá recordar que el
proyecto de crear una Internacional Socialista se planteó por primera vez en la
Conferencia de Claton-on-Sea de 1946, a propuesta de los ministros fabianos del gabinete
británico. Dicho proyecto no respondía sino a la doctrina formulada por el CFR
para el escenario post-bélico europeo, doctrina que se basó en la conveniencia
de crear un frente de contención al comunismo que, al mismo tiempo, no fuera
anticomunista. Se trataba, pues, de frenar el expansionismo político y
territorial de la URSS, pero sin cercenar la expansión ideológica del marxismo
y de las tesis izquierdistas. Un planteamiento, como podrá verse, en la línea
de la más pura dialéctica hegeliana, y sin duda el más idóneo para alcanzar la
síntesis ya comentada.
La idea esbozada en Claton-on-Sea no tardó
en fructificar. Poco después se constituía en Londres el Comité Socialista
Internacional, integrado por socialistas alemanes y británicos; y éstos fueron
quienes, a su vez, se encargaron de preparar el Congreso Internacional de 1951
celebrado en Frankfurt con la participación de treinta y cuatro delegaciones
socialistas, la mayoría de las cuales procedían de los países integrados en la
OTAN. La Internacional socialista nacía así como el instrumento más idóneo para
lograr los objetivos marcados.
En las postrimerías de la década de los
setenta surgieron dos nuevos organismos que vinieron a completar la estructura
de la Internacional Socialista, de la que bien podrían considerarse como una
prolongación: La Comisión Palme y la Comisión Brandt.
Entre los integrantes de la primera en el
momento de su creación figuraban, además del propio Olof Palme, socio del
Bildreberg Group, individuos como David Owen (Trilateral), Egon Bahr
(Bilderberg), Cyrus Vance (Trilateral, Bilderberg, CFR, Pilgrims), Georgi
Arbatov (director del Instituto de Relaciones Internacionales de Moscú,
equivalente soviético del CFR) y Emma Rothschild.
De
parecido corte era la nómina de miembros de la Comisión Brandt, nacida a
finales de 1977 bajo los auspicios de Robert McNamara (Trilateral, Bilderberg,
CFR, presidente del Banco Mundial). La presidencia de la Comisión recayó,
lógicamente, en Herbert Karl Frahm, más conocido como Willy Brandt, al lado del
cual figuraban Edward Heath (Bilderberg), Peter Peterson (director de la banca
Lehman-Kuhn&Loeb), Edgard Pisani (Bilderberg), Eduardo Frei (líder
democristiano chileno), Katherine Graham (Trilateral, Bilderberg, CFR,
propietaria del Washington Post y de la revista Newweek) y algún que otro
sindicalista de relleno incluído en la lista para conferir el oportuno toque
proletario a la comisión.
A esta distinguida organización
Internacional y Socialista pertenece el Partido Socialista Obrero Español, uno
más de los muchos clubs de izquierdistas incendiarios devenidos en férvidos
apagafuegos tan pronto como sus ambiciones de pequeño-burgueses resentidos
encontraron la debida satisfacción. Veamos, pues, sin más preámbulos, algunas
de las peregrinaciones efectuadas por sus más destacados dirigentes a las
dependencias del CFR y a otros santuarios del Gran Capital.
Tales peregrinaciones, iniciadas ya en la
época en que los líderes socialistas vestían de pana progre, comenzaron en
agosto de 1975, con la visita de una delegación del PSOE a Israel, donde la
poderosa socialdemocracia judía, entonces en el poder, y su organización
sindical, la no menos poderosa Histadrut, brindaron a sus homólogos españoles
ayuda económica y formación de cuadros a cambio de silenciar o poner sordina a
las tropelías israelíes en la zona.
Dos años después, en noviembre de 1977,
Felipe González viajaba a los Estados Unidos para entrevistarse con Walter
Mondale, vicepresidente norteamericano, Cyrus Vance, secretario de Estado, y
otros altos cargos gubernamentales, encuentros que serían ampliamente
reflejados en los medios de comunicación. Lo que, sin embargo, no obtuvo el
menor comentario fue su visita a la sede del CFR, donde el líder socialista
pronunció una conferencia que, de acuerdo con los hábitos de ese organismo, fue
seguida del correspondiente coloquio-interrogatorio, cuyos resultados debieron
ser plenamente satisfactorios para los cancerberos del Gran Capital a juzgar
por la ulterior trayectoria política de su invitado. Acto seguido el futuro
presidente acudió a una cena organizada por otro feudo del Establishment, el
Carnegie Endowment for International Peace, donde también puso de manifiesto
que estaba en condiciones de satisfacer las expectativas de sus distinguidos
anfitriones. La primera romería a la meca plutocrática, que concluyó con una
visita a David Rockefeller, no pudo ser, por tanto, más satisfactoria para
ambas partes, y de ella regresó Isidoro el revolucionario con el placet de los
patrones y una pequeña donación de doce millones de dólares para las arcas del
partido.
En marzo de 1978 eran Enrique Múgica,
entonces presidente de la Comisión de Defensa del Congreso, y Luis Solana,
futuro cacique de las comunicaciones, quienes viajaban a Nueva York. En su
agenda oficial figuraban entrevistas con Harold Brown, secretario de Defensa,
con altos cargos del Consejo Nacional de Seguridad y con los rectores de la
multinacional ITT. De todo ello se hicieron eco los medios. Nada se publicó
acerca de su asintencia al correspondiente desayuno-sondeo celebrado en los
despachos del CFR. Por aquellas mismas fechas viajó también a la metrópoli el
entonces ministro socialdemócrata de la UCD, y futuro ministro del PSOE, Francisco Fernández Ordóñez.
Oficialmente, el objetivo de su visita, ya elocuente de por sí, era contrastar
con las autoridades norteamericanas la idoneidad de la política económica del
Gobierno español. A tal efecto se entrevistó con Michel Blumenthal, secretario del
Tesoro y miembro del CFR, Artur Burns, presidente de la Reserva Federal y miembro del CFR, William Dale,
vicepresidente del Fondo Monetario Internacional y militante del CFR, y Robert
McNamara, presidente del Banco Mundial y asimismo socio destacado del CFR. La
visita de Fernández Ordóñez finalizó, según la norma, con una sesión a puerta
cerrada en las oficinas del CFR, de la que tampoco se informó.
Mientras tanto, el profesor Tierno Galván
multiplicaba sus esfuerzos para recabar el apoyo de personalidades influyentes
(Brandt, Schell, Hoffman) que le permitieran ingresar en la Comisión
Trilateral, cosa que no logró debido a que sus gestiones en ese sentido fueron
sistemáticamente saboteadas por Felipe González, quien por aquellas fechas
estimaba inconveniente para la buena imagen del PSO el ingreso de uno de sus
dirigentes en esa entidad. Tales remilgos no tardarían mucho en disiparse, y en
1985 el presidente de la Compañía Telefónica y militante del PSOE, Luis Solana,
ingresaba en la Trilateral, siendo seguido un año después por Julio Feo,
entonces fontanero mayor de la Presidencia del Gobierno y miembro en la
actualidad del Comité Ejecutivo de la sección europea de dicha organización
plutocrática.
En marzo de 1981, Felipe González emprendía
otra gira, esta vez a Gran Bretaña, invitado por el Instituto de Estudios
Europeos, una especie de apéndice del Saint-Anthony College de la Universidad
de Oxford. Ese centro escolar, dominado por la Round Table y la Fabian Society,
ha sido objeto de frecuentes peregrinaciones por parte de diversos líderes
socialistas, entre los que se encuentran Fernando Morán, Narcís Serra, Alfonso
Guerra, Pascual Maragall y José Borrell. El viaje de González concluyó con una
comida de trabajo en la sede de la Fabian Society.
En diciembre de 1982, con el sonado triunfo
electoral del PSOE aún caliente, Alfonso Guerra asistía a una reunión convocada
por el European Management Forum, un organismo en la órbita de Davos. Allí
manifestaría públicamente la disposición del Gobierno socialista a colaborar
con las empresas multinacionales "por la confianza en el futuro de España
que han demostrado en los tiempos difíciles".
Una vez en el poder, los contactos
socialistas con los centros de dominio plutocrático se prodigaron aún más. En
abril de 1983, David Rockefeller giraba una visita a España de regreso de una
cumbre de la Comisión Trilateral, siendo recibido en la Moncloa por González y
Boyer, dada su condición de "miembro de primera fila del mundo económico
internacional", según palabras del comunicado emitido al respecto por el
Gabinete de Prensa de la Presidencia.
En mayo de ese mismo año Miguel Boyer,
Fernández Ordóñez y Guillermo de la Dehesa, máximos representantes del equipo
económico gubernamental, emprendían un viaje a Nueva York para entrevistarse
con varios dirigentes de la banca estadounidense. En el curso de esa gira
Miguel Boyer asistió a una cena convocada por el Metropolitan Club neoyorquino
durante la cual se dirigió a los presidentes y directores de los principales
bancos comerciales estadounidenses para transmitirles "el mensaje del
Gobierno español, que es un gobierno socialista, pero moderado y pragmático, en
la línea de la tradición socialdemócrata y fabiana".
Poco después, en junio de 1983, Miguel
Boyer se desplazaba de nuevo a los Estados Unidos, pero esta vez como segundo
del jefe de la comitiva, el presidente González. En el curso de esa importante
gira la delegación española se entrevistó con las más altas instancias
politicas y económicas estadounidenses, actuando David Rockefeller como
introductor de González en la entidad más representativa del capitalismo
nortemericano, la Century Association. En aquel viaje se ultimaron, entre otras
cosas, los últimos retoques y el visto bueno definitivo del Gran Capital al
proyecto económico socialista, todo ello dentro del mejor ambiente, dada la
disposición del presidente español, reiteradamente expresada por éste, de
"fomentar ante todo la inversión del capital extranjero en España como la mejor
vía para su desarrollo económico". También fue sometido a un último examen
el plan cuatrienal de Boyer, cuyo elemento básico, la reconversión industrial,
respondía a los designios de la CEE y, en última instancia, a los esquemas
económicos trazados por la Comisión
Trilateral. En virtud de tales directrices, España entraba en la
calificación de nación semiperiférica, lo que suponía el desmantelamiento de su
industria pesada y la consideración de apta únicamente para el desarrollo de
industrias auxiliares y subsidiarias de las grandes multinacionales.
Tras aquella visita crucial, de la que el
órgano oficial del PSOE no se dio por enterado, resulta perfectamente lógico
que otros viajes más discretos pasasen desapercibidos. Así, en septiembre de
1983, Fernado Morán acudía a la sede del CFR para contrastar con ese organismo
la política exterior del Gobierno socialista, viaje que repetiría exactamente
un año después. Durante los años sucesivos habrían de prodigarse las visitas al
CFR y a otros foros mundialistas de los dos principales asesores de González,
Roberto Dorado y Juan Antonio Yáñez, que de esa forma le mantenían al corriente
de los últimos designios trazados por los árbitros de la economía y la política
internacional.
En marzo de 1987 David Rockefeller giraba
una nueva visita a España, en el curso de la cual se entrevistó con el
subgobernador del Banco de España, con el jefe del Estado y con el presidente
del Gobierno, sin que nada de ello mereciera la más breve reseña en los medios
de comunicación. En noviembre de 1988 Felipe González recibía a una delegación
de la European Round Table encabezada por Giovanni Agnelli, patrón de la
multinacional FIAT y figura de primera fila de la Comisión Trilateral. Y así
ininterrumpidamente hasta hoy.
Todo lo reseñado no son más que unos
cuantos ejemplos sacados de una casuística muchísimo más amplia y demasiado
extensa para ser reproducida en un texto cuyas prioridades son otras. A modo de
colofón, bien podría cerrarse este asunto con las andanzas por los mismos
circuitos oligárquicos de otra celebridad de la izquierda española, Santiago
Carrillo, quien también protagonizó una singular peregrinación a la meca del
capitalismo atendiendo los requerimientos de la Universidad de Yale, centro del
iluminismo yanqui y feudo de la logia The Order. Antes de partir, el camarada
Carrillo se reunió a cenar con Antonio Garrigues Walker, principal asociado en
España del trust Rockefeller, quien le instruyó acerca del modo en que debía
comportarse ante sus distinguidos anfitriones. En su gira americana, el
dirigente comunista pronunció una conferencia en Yale, donde adelantó la
renuncia del PCE al leninismo, acudiendo a continuación a una cena convocada en
su honor por la revista Time, uno de los medios emblemáticos de la plutocracia
norteamericana. En el curso del ágape, Santiago Carrillo realizó una serie de
declaraciones que luego serían ampliamente difundidas por Radio Europa Libre y
Radio Libertad, dos emisoras controladas por la CIA. Pero entre los numerosos
actos a los que asistió el incalificable personaje, todos ellos organizados por
entidades vinculadas a los núcleos oligárquicos norteamericanos, merecen
destacarse las entrevistas a puerta cerrada que mantuvo en las dependencias del
Institute for International Affairs y en la sede neoyorquina del CFR. También
en esta ocasión el mutismo de los medios fue absoluto.
LA LOGIA B'NAÏ B'RITH
Como ya se apuntara al comienzo de este
capítulo, la loga B'naï B'rith es una organización paralela a la masonería
regular cuya afiliación está exclusivamente reservada a los ciudadanos de
origen judío.
Esta entidad, fundada en 1843, tiene su
sede central en Washington (1640 Rhode Island Avenue, NW), justo al lado de la
Casa Blanca, proximidad que no es solamente física. Actualmente cuenta con algo
más de 600.000 afiliados distribuídos por 47 países del globo, y en su cúspide
se aglutina lo más selecto de la oligarquía judía mundial.
Al igual que la masonería regular, la B'naï
B'rith se presenta como una organización filosófica y filantrópica dedicada a
la consecución de los consabidos enunciados humanistas, y también al igual que
la primera su labor fundamental se desarrolla en el campo de la influencia
política y social. El hecho de que esta logia haya sido desde su creación el
más eficiente puntal del movimiento sionista constituye una buena muestra de
esa actividad.
La B'naï B'rith International cuenta con
varias sociedades filiales, así como con una pléyade de organizaciones afines
que se mueven en su órbita. Entre las primeras figuran las sociedades The
Career and Counseling Services, The Klutznick Museum, responsable del
mantenimiento de los archivos de la logia, The Hillels Foundations, dirigida a
los medios estudiantiles, The B'naï B'rith Youth Organization, enfocada al
campo cultural, The B'naï B'rith Women, que agrupa a las mujeres afiliadas a la
Orden, y The Anti-Defamation League Jewish o Liga Antidifamatoria Judía, cuyo
cometido oficial es la lucha contra el antisemitismo, aunque el real sea la
lucha contra el antisionismo, lo que es algo muy distinto, como no pocos
sionistas antisemitas deben saber muy bien. Y esto último no ha sido escrito a
la ligera, sino con pleno conocimiento de una realidad sobradamente avalada por
los hechos.
Aparte de la marginación social y de la
discriminación racial que padecen los judíos sefarditas de Israel, existen
multitud de manifestaciones realizadas por diversas figuras de la oligarquía
ashkenazi que avalan con creces lo dicho con anterioridad. Actitudes y posturas
especialmente deleznables si se tiene en cuenta que los judíos sefarditas son
precisamente los genuinos hebreos semitas, en tanto que los judíos ashkenazim
de origen europeo, que constituyen la casta dominante en aquel país, no
pertenecen a ese tronco racial. Por otro lado, han sido precisamente estos
últimos los fundadores y principales promotores del sionismo moderno, cuyo
carácter ultrarracista no puede sorprender viniendo de individuos que aplican a
los sefarditas, esto es, a sus propios correligionarios, el calificativo
despectivo de "negros". Entre tales manifestaciones, sin duda más
elocuentes que cualquier otra explicación, figuran algunas especialmente
significativas. Golda Meir, por ejemplo, no tuvo pudor en afirmar que
"todo judío leal debe aprender el yiddish (lengua de los ashkenazim
europeos), porque sin yiddish no hay judío". Ben Gurion fue más explícito
aún: "No queremos que los israelíes se levantinicen. Debemos luchar contra
el espíritu levantino (esto es, semita) que corrompe a los hombres y a las
sociedades" (Le Monde, 9-3-66; en parecidos términos se manifestó también
M.Dayan en Le Monde de 30-4-66). Otro hebreo ilustre, Haïm Cohen, se refirió a
la inspiración racial del Estado judío con estas palabras: "La amarga
ironía de la suerte ha querido que las mismas tesis biológicas y racistas propagadas por los nazis sirvan de
base para la definición oficial de la judaicidad en el seno del Estado de
Israel".
La pertenecia a la logia B'naï B'rith no
excluye el que sus miembros militen simultáneamente en otra logias masónicas,
cosa frecuente por lo demás. De hecho, son numerosos los casos de miembros de
dicha logia que han ostentado el grado de Gran Maestre en otras logias
americanas o europeas adscritas al rito escocés. Sin embargo, la doble militancia
en sentido contrario no es posible. Bien puede decirse por tanto que la logia
B'naï B'rith constituye una Orden específica dentro de la masonería regular.
Algo parecido podría afirmarse en lo
concerniente a los diversos organismos plutocrático-oligárquicos descritos a lo
largo de estas páginas, y en el seno de los cuales los jerarcas de la B'naï
B'rith forman un grupo particular. De tal modo que la influencia de la
oligarquía judía en la vida pública no se articula exclusivamente a través de las
estructuras específicas de dicha logia, sino también por medio de otros
organismos que, como el CFR, cuentan entre sus filas con numerosos miembros
adscritos a la misma. Son las pequeñas ventajas que proporciona el hecho de
estar en varios sitios a la vez.
La logia B'naï B'rith constituye el núcleo
central de una vasta red de sociedades
afines que se mueven en su órbita y que confluyen en ella. Entre las más
relevantes figuran el American Jewish Committee, el American Jewish Congress y
la Conference of Presidents of Mayor American Jewish, que agrupa, a su vez, a
unas cuarenta asociaciones judío-americanas. Mención aparte merecen el World
Jewish Congress y el American Israel Public Affairs Committee, sin duda las más
poderosos e influyentes sociedades de toda esa red.
El World Jewish Congress, o Congreso Judío
Mundial, tiene su sede central en Nueva York, y cuenta con delegaciones en
setenta países del mundo. Solamente en Estados Unidos su red organizativa
aglutina a treinta y dos organizaciones anexas y publica siete diarios. Esta
poderosa entidad está presidida en el presente por Edgar Bronfman, magnate del
sector vitivinícola y de la industria cinematográfica. El trust Bronfman posee
el 15% de la Time Warner y es accionista mayoritario de la MCA-Universal, la
más importante productora cinematográfica y televisiva estadounidense del
momento. Por otro lado, el consejero especial de Edgar Bronfman en la MCA es
Michel Ovitz, miembro también del Congreso Judío Mundial y director de la
Creative Artist Agency, primera agencia de contratación artística de Hollywood.
En cuanto al American Israel Public Affairs
Committee, se trata de uno de los grupos de presión más poderosos y discretos
de los Estados Unidos. Así lo reflejaba sin ambages en su número 407 (junio
1991) la revista L'Arche, órgano oficial del Frente Nacional Judío Unificado:
"El American Israel Public Affairs Committee es un lobby
extraordinariamente potente, literalmente capaz de destruir la carrera pública
de cualquier político anti-israelí". Conviene decir que este tipo de
lenguaje directo y explícito sobre el tema tabú que ahora nos ocupa es
prácticamente privativo de las publicaciones judías.
Estos son, a grandes rasgos, los más
descollantes engranajes de una poderosa maquinaria cuya presencia en las altas
esferas políticas estadounidenses veremos a continuación. Y una vez más, ante
la imposibilidad material de efectuar un recorrido exhaustivo en el tiempo, lo
más apropiado será ceñirse al momento presente. Centrándonos, pues, en la actual
Admistración Clinton, he aquí un breve resumen de dicha presencia.
De los doce integrantes del Consejo
Nacional de Seguridad, organismo sobre cuya importancia no será preciso
extenderse, seis proceden de la oligarquía judía estadounidense: Samuel Berger,
vicepresidente del Consejo, Martin Indik, responsable del área de Oriente
Medio, Don Steinberg, director del área africana, Richard Feinbert, al frente
del departamento de Hispanoamérica, Stanley Ross, jefe del departamento de
Asia, y Dan Schifte, director del departamento de Europa Occidental.
En los servicios de asistencia y
asesoramiento a la Presidencia del gobierno figuran Abner Mikve, en calidad de
Attorney (Fiscal) General, Ricky Seidman, como responsable de la agenda
presidencial, Phil Leida, jefe adjunto del Estado Mayor, Robert Rubin,
consejero de Economía, y David Heiser, director del servicio de Prensa.
En el Departamento de Estado la lista es
numerosísima, pudiendo subrayarse los nombres de Peter Tarnoff, subsecretario
de Estado, Lawrence Summers, Mans Kurtzer, Dennis Ross, Jehuda Mirski y Tom
Miller.
Otros altos cargos dignos de mención son
Rehm Emmanuel, consejero personal y eminencia gris de Clinton, Miky Kantor,
ministro de Comercio, Robert Reich, ministro de Trabajo, Cotie Stuart
Eizenstat, embajador ante la CEE, Louis French, director del FBI, Madeleine
Albright, embajadora en la ONU, y Laura Tyson, al frente del Consejo Económico.
A la vista de esta realidad, y en su
calidad de buen conocedor de los entresijos de la política estadounidense,
éstos eran los comentarios vertidos sobre el particular por un destacado
analista político en cierto medio informativo:
"Hace algunas semanas, el rabino de la
sinagoga Adath Yisraël, de Washington, pronunciaba un sermón en el Centro
Cultural y Político judío en el curso del cual celebró el hecho de que los
judíos norteamericanos tomen parte en las decisiones políticas a todos los
niveles de la Administración Clinton, señalando textualmente que los Estados
Unidos no son un Gobierno de goim (no-judíos), sino una Administración donde
los judíos participan enteramente en las decisiones políticas a todos los
niveles".
Tras pasar revista al panorama político
estadounidense y subrayar explícitamente la influencia en el mismo del lobby
judío, el citado analista añadía: "La influencia sionista no sólo se
manifiesta en el ámbito político. También es considerable en los medios de
comunicación, donde un gran número de responsables de programas televisivos,
así como la mayor parte de los redactores jefes, corresponsales y comentaristas
son judíos....La misma preeminencia se encuentra en las instituciones
universitarias, en los centros de investigación, en los servicios de seguridad,
en la industria cinematográfica y en los medios artísticos y
literarios".
Naturalmente, todos estos comentarios no
pueden ser más que infundios malintencionados de algún elemento fascistoide y
antijudaico, como diría cualquier "bien-pensante" de pesebre al uso. En efecto, el autor de los mismos fue el
analista hebreo Bar Yosef, colaborador del rotativo israelí Maariv, en cuyo número del 2-9-1994 apareció
su artículo.
LOS CIRCULOS HERMETICOS
Con la descripción de
los organismos vistos en el epígrafe anterior (RIIA, CFR) concluye el análisis
de los círculos más discretos e internos de lo que podría calificarse como la
parte visible del iceberg. Entre aquéllos y el núcleo central del entramado se
sitúan las entidades ya descritas al comienzo de este capítulo (Club Ruskin,
Rhodes House, Round Table, Milner Group, Pilgrims Society, Fabian Society),
que, a su vez, no serían sino conexiones o emanaciones directas del nivel más
profundo y hermético del que se tiene noticia, constituído por los círculos
iluministas.
Después de su disolución oficial, que en la
práctica habría de tener un carácter meramente formal, la logia de los
Illuminati se perpetuó a través de dos vías: una, mediante la creación de
logias clandestinas; y la otra, merced a la penetración en la francmasonería
regular, a la que los iniciados iluministas se incorporaron formando de esa
forma una suerte de núcleo específico dentro de la misma. Como se recordará,
cuando se analizaron los acontecimientos que dieron paso a la Revolución
Francesa, ya se dio cuenta de la pertenencia de varios francmasones jacobinos
(Mirabeau, Marat, Robespierre, Danton) a una célula del iluminismo galo
denominada Comité Secreto de los Amigos Reunidos. Y fue en los años que
precedieron a la Revolución cuando unos de los lugartenientes de Weishaupt, el
judío-portugués Martínez de Pascualis, organizo varios grupos iluministas en la
Francia pre-revolucionaria.
De hecho, tan pronto como se produjo su
proscripción oficial, la Orden de los Iluminados inició un proceso de implantación
en diversos países occidentales, donde sus iniciados de alto rango penetraron
en las logias masónicas y crearon varias sociedades adscritas a la disciplina
de Weishaupt. Por lo que a los Estados Unidos se refiere, el primer grupo del
que se tiene conocimiento data de 1785, año en que fue constituída la logia
Columbia de la Orden de los Iluminados de Nueva York, entre cuyos miembros
fundadores figuraron Clinton Roosevelt, antepasado de Franklin D.Roosevelt, M.
de Witt, gobernador del Estado de Nueva York, Horace Greeley, director del
rotativo Tribune, que más tarde se convertiría en el actual Internatiinal
Herald Tribune, y Thomas Jefferson, futuro presidente de la nación.
Actualmente, y desde hace largo tiempo, los
dos principales focos iluministas del mundo anglosajón tienen su centro en las
Universidades de Oxford (G.Bretaña) y Yale (EEUU).
En Inglaterra, el núcleo en torno al cual
se han aglutinado las diversas células iluministas radicadas allí es la
sociedad The Group, cuyos principales patrocinadores fueron los Astor y los
Rothschild, en estrecha colaboración con la oligarquía británica ligada a la
Round Table. Uno de los mejores conocedores de los cículos iluministas
británicos fue el historiador Carroll Quigley, cuya vinculación a los mismos le
permitió el acceso a fuentes documentales vedadas a cualquier otro
investigador. Fueron, en efecto, sus indagaciones en los archivos reservados de
la Universidad de Oxford lo que le permitió conocer y desvelar algunas de las
actividades de los diversos cenáculos iluministas (The Rhodes Crowd, The Times
Crowd, Cliveden Set, Chatham House Crowd y Alls Souls Group) que convergen en
la sociedad The Group.
En los Estados Unidos, el foco principal se
localiza en la Universidad de Yale, feudo de la sociedad The Order, fundada en
1832 con el propósito de coordinar las actividades de las quince logias
iluministas existentes por entonces en territorio norteamericano. Desde su
nacimiento, esta poderosa entidad viene nutriendo sus filas de individuos pertenecientes
a la oligarquía pilgrim, a los cuales se irían sumando progresivamente diversos
elementos procedentes de la plutocracia estadounidense. En su seno convergen,
pues, los apellidos más acreditados de los clanes dominantes de aquel país,
clanes a menudo emparentados entre sí. Junto a los Whitney, los Adams, los
Allen, los Wadsworth, los Lord o los Bundy, cuya genealogía se remonta al
Brewster transportado por el Mayflower a las costas del Nuevo Mundo, nos
encontramos a los Davison, los Harriman, los Rockefeller, los Khun Loeb, los
Lazard, los Schiff o los Warburg, entre otros representantes de la Alta
Finanza. A esta hermandad pertenece desde 1947 el ex-presidente norteamericano
George Bush, descendiente de una de las más rancias dinastías de Nueva Inglaterra.
El método operativo de The Order se ajusta
fielmente a las directrices marcadas por los protocolos de la Orden de los
Illuminati, cuyo contenido es perfectamente conocido desde que cayeran en manos
de la policía bávara hace dos siglos. Pero, además de los citados protocolos,
existen otras fuentes de información sobre la secta iluminista harto
ilustrativas de su metodología y objetivos; objetivos que se resumen en la
consecución del Poder y en el control absoluto de la sociedad, todo ello, claro
está, bajo la carpa de los consabidos estereotipos humanistas característicos
del progresismo francmasón. Un capítulo notable de dicho caudal informativo lo
constituye la correspondencia mantenida por Giusepe Mazzini y su cofrade
iluminista Albert Picke, correspondencia que reposa desde el pasado siglo en
los archivos del Museo Británico, y en la que aparecen claramente previstas la
revolución bolchevique y las dos grandes guerras del siglo XX, como pasos
necesarios para la implantación de un Gobierno Mundial.
Básicamente, el modus operandi de la logia
The Order consiste en la penetración de sus iniciados en los organismos y
centros decisorios de poder, lo que adicionalmente puede ir acompañado de la
cooptación de nuevos adeptos reclutados en las altas esferas institucionales;
"pocos y bien situados", como rezaba una de las máximas del maestro
Weishaupt. De esta forma, una vez ocupado el núcleo de los centros de dominio e
influencia, basta con dar el primer impulso hacia el objetivo deseado para que
toda la maquinaria se ponga en marcha. Dado ese primer impulso, el engranaje
funcionará de forma automática, siguiendo un curso equiparable al efecto
dominó. Dicho de otro modo, el hecho de constituir el núcleo central de los
círculos concéntricos permite que las decisiones adoptadas por las cabezas
rectoras de The Order y The Group se propaguen de la misma manera que lo hacen
las hondas producidas por la piedra arrojada al agua de un estanque.
Sin ninguna discusión, la máxima autoridad
en esta materia y el mejor conocedor de los entresijos y métodos operativos de
la sociedad The Order, es el profesor de la Universidad de Stanford Antony
C.Sutton, que ha escrito sobre el particular cuatro obras de obligada
recomendación: "An Introduction to The Order", "How The Order
controls Education", "How The Order creates War and Revolution"
y "The Secret Cult of The Order".
Todo lo expuesto a lo largo de este
capítulo no es el resultado de ninguna desviación del concepto de democracia
instaurado por las revoluciones burguesas, sino, muy al contrario, su más fiel
y exacta materialización. Se trata de la rigurosa puesta en práctica del
ejercicio del Poder tal y como éste fuera entendido desde los mismos comienzos
por los artífices del sistema vigente en la actualidad; un hecho que se ha
venido produciendo sin solución de continuidad desde el nacimiento de los
regímenes burgueses hasta el más inmediato presente.
Refiriéndose a los padres de la República
estadounidense, máximo y primer exponente del modelo en vigor, el historiador
Joyce Appleby subrayaría con acierto que el propósito de aquéllos no fue sino
"que las nuevas instituciones políticas republicanas funcionaran en torno
a una élite políticamente activa y un electorado sumiso". Ése fue, en
efecto, el criterio de la oligarquía norteamericana, y el que expresarian
insistentemente varios de sus más conspicuos miembros, George Washington entre
ellos. A título de ejemplo, la máxima predilecta de John Jay, primer presidente
del Tribunal Supremo, no podría ser más elocuente. "las personas que son
dueñas del país deben ser también quienes lo gobiernen". No menos
ilustrativos al respecto serían los términos empleados por el gobernador Morris
en una carta que éste dirigiera al citado John Jay en 1783: "tú y yo, querido
amigo, sabemos por experiencia que cuando unos pocos hombres sensatos y de buen
ánimo se reúnen y declaran que ellos son la autoridad, a los pocos que
discrepen se les puede convencer fácilmente de su error mediante ese poderoso
argumento que es el yugo".
Si nos situamos en épocas más recientes,
las manifestaciones en ese mismo sentido tampoco han escaseado, e incluso
diríase que expresadas de forma aún más contundente. En la década de los
treinta, Harold Lasswel exponía en su Enciclopedia of the Social Sciences todo
un recital de ciencia democrática, señalando, entre otras cosas, la necesidad
de no caer en "ese dogmatismo democrático según el cual los hombres son
los mejores jueces de sus propios intereses", para concluir que sólo las
"élites" están en condiciones de disponer cuál ha de ser lo mejor
para el bien de la comunidad. Por ello, añadía Lasswell, las corrientes sociales que discrepen del
recto juicio de esas "élites" y pongan en tela de juicio su autoridad
deben ser reconducidas al buen camino "mediante una técnica de control
completamente nueva basada sobre todo en la propaganda, dada la ignorancia y
superstición de las masas". Huelga decir que esa técnica entonces
nueva es la que constituye hoy la herramienta fundamental del Sistema y de su
maquinaria propagandística, los grandes medios de comunicación, cuya labor
consiste en procurar que el engranaje funcione sin estridencias, cosa que se
consigue haciendo que sean los propios siervos del régimen oligárquico quienes
asuman con entusiasmo las falacias pseudodemocráticas de éste. Y ése es un
logro que sólo está al alcance de los Mass Media, cuya tarea de intoxicación y
adulteración sistemática resulta mucho más eficaz que las coacciones drásticas,
a las que sólo se recurre cuando la manipulación no es suficeinte para obtener
el consenso de las masas, una circunstancia, por lo demás, harto
infrecuente.
También en los años treinta, un coetáneo de
Lasswel, el teólogo protestante y doctrinario marxista Reinhold Niebuhr,
significaba sin ambages "la estupidez del ciudadano medio" y la
necesidad de proporcionar a las masas proletarias "las simplificaciones
emocionales" capaces de conducirlas por ese buen camino que sólo una
"elite de observadores fríos" podrían establecer. Tales conceptos,
que a la postre contituyen el denominador común de todos los sistemas de
dominio, hicieron perfectamente posible que el marxista Niebuhr se convirtiera
tiempo después en el teólogo oficial del Establishment estadounidense. Repárese, por otra parte, en el
hecho de que ese "estúpido ciudadano medio" es al que luego denominan
eufemísticamente "pueblo soberano" los mismos embaucadores que llevan
dos siglos dominándolo.
Después de la 2ª Guerra Mundial, otro
iniciado en las capillas del Sistema, el historiador Thomas Bayley, señalaba la
incapacidad de las masas para discernir lo más adecuado y la conveniencia de
"llevarlas con cierto engaño hacia una toma de conciencia de sus propios
intereses a largo plazo", añadiendo a continuación que "engañar a la
gente puede llegar a hacerse cada vez más necesario si se quiere dejar las
manos libres a los líderes políticos". En la misma línea, el británico sir
Lawis Namier escribía que "en los
pensamientos de las masas no hay más libre voluntad que en la rotación de los
planetas o en las migraciones de los pájaros", y el guru trilateralista
Samuel P.Huntington apelaba al uso de las técnicas propagandísticas necesarias
para justificar la política exterior nortemericana, de modo que "se llegue
a crear la falsa impresión de que es la Unión Soviética aquello contra lo que
se está luchando", para apostillar que "eso es lo que los EEUU han
venido haciendo desde la doctrina Truman". En ese mismo contexto se
inscriben igualmente las palabras, ya citadas, del inefable David Rockefeller
apelando a "la soberanía de una élite de técnicos y de financieros
internacionales".
En definitiva, nada de lo que ha venido
ocurriendo a lo largo de los dos últimos siglos obedece a la casualidad, sino
que se ajusta estrictamente a las necesidades y exigencias de uns sistema de
Poder diseñado por y para el dominio de una reducida oligarquía, y en el que la
población deberá limitarse a refrendar las "filantrópicas" decisiones
adoptadas para su bien desde las alturas oligárquicas. Nada tiene de extraño, por ello, que cuando esa situación resulta
cuestionada por unos pocos disidentes o por la disconformidad eventual de algún
colectivo social, los estrategas del Sistema hablen de "crisis de la
democracia", pues, en efecto, tales anomalías no figuraban en el programa
ni se ajustan a una correcta interpretación de lo que debe ser "el régimen
democrático"(recuérdese el informe elaborado por un equipo de expertos
trilateralistas bajo la dirección de Samuel P.Huntington, y que ya fue debidamente
comentado al hablar de la Comisión Trilateral).
Los términos, por tanto, no pueden estar
más claros. Dada la incapacidad de los súbditos para discernir lo adecuado, y
puesto que su propio albedrío no podría reportarles más que sufrimientos y
desgracias, una "élite" de "filántropos" ha de decidir qué
es lo mejor para ellos y tomar las riendas del mando en aras del bien común y
de la felicidad universal. Y no será aquí donde se planteen objecciones a la
primera parte de ese teorema, cuyas premisas ya se encarga el Sistema de que se
cumplan a rajatabla. Dos siglos de putrefacción burguesa, de materialismo
"humanista" y de adulteración sistemática han rendido los frutos
apetecidos y cubierto los objetivos marcados: hacer de la población una masa
envilecida e idiotizada. Lo que, sin embargo, resulta un tanto endeble es la
segunda parte del argumento, ya que esa pretendida "élite" constituye
justamente la hez de la decrépita sociedad occidental, pergeñada a su imagen y
semejanza.
CAPITULO IV. EL ENEMIGO NECESARIO: LA
AMENAZA FASCISTA O EL ARTE DE RESUCITAR UN CADAVER.
Todo lo descrito hasta aquí permitirá
hacerse una idea de las características de una estructura de dominio cuyo
poderío intrínseco, con ser inmenso, se ve apuntalado por la labor sistemática
de intoxicación ideológica y
manipulación de la realidad llevada a cabo por su maquinaria
propagandística, la voz de su amo: los grandes medios de comunicación.
Pero, a pesar de todo, el edificio presenta
grietas que se hace necesario taponar. Y es que los eslóganes humanistas, la
verborrea filantrópica y los cánticos demagógicos a las bondades del
capitalismo progresista no son sino la espúrea retórica que enmascara una
realidad social completamente antagónica, una realidad regida por patrones de
comportamiento que discurren por cauces diametralmente opuestos a todos esos
artificios. Y cuanto más ausentes están de la realidad esos pretendidos
"valores" sobre los que se asienta el edificio, más intensa y
agobiante es la propaganda que los exhibe y apela a ellos.
Por supuesto, el Poder conoce perfectamente
esa realidad, y hace todo lo posible por enmascararla, tratando así de
atemperar el vacío inherente al modelo existencial alumbrado por el
materialismo moderno. Pero esos anestesiantes, con ser potentes y estar dotados
de una considerable capacidad de alienación, no pueden tener más que la
eficacia limitada de todo lo artificial. A la postre, e indefectiblemente, los estímulos consumistas, los
estereotipos humanistas, la escatología sexual, la mitomanía deportiva, el
culto a los ídolos de barro, los paraísos psicodélicos y demás artificios al
uso, acaban revelándose como lo que son, simples coberturas a una situación de
decrepitud y vacío. Pese a todos los intentos, una y otra vez acaba aflorando
la verdadera naturaleza del modelo existencial pergeñado por la sociedad
materialista, una y otra vez vuelve a hacer acto de presencia el vacío, la
naúsea, la nada.
Este estado de cosas se refleja en todos
los ámbitos, y muy particualrmente en el terreno político-ideológico, donde el
Sistema necesita cabezas de turco sobre las que proyectar sus propios estragos,
identificándolas por añadidura como los grandes enemigos que amenazan el dulce
itinerario de la humanidad hacia el edén nihilista del "progreso"
material. Poco importa que esos pretendidos adversarios no constituyan sino el
detritus generado por la degradación inherente al proceso en curso, que no sean
en realidad más que síntomas flagrantes de la patología de una sociedad
enferma, o que no representen, como así es, el memor peligro para el Poder, que
antes al contrario, se sirve de ellos como eficaces instrumentos de
intoxicación. Todo ello no supone el menor inconveniente para la maquinaria
propagandística del Sistema, acostumbrada a magnificar el tamaño de oponentes
ridículos y, cuando es necesario, a crearlos de la nada.
La instrumentalización que hace el Sistema
de tales elementos responde a mecanismos muy simples, aunque de acreditada
eficacia. Así, cada vuelta de tuerca en el afianzamiento del totalitarismo
plutocrático-oligárquico, que es el único que opera hoy de forma efectiva y
omnipresente, va acompañada del correspondiente despliegue de cortinas de humo
y de la oportuna campaña de alarma e intoxicación acerca de los fantasmagóricos
peligros que amenazan al "modelo democrático".
Como es fácil advertir, son varios los
candidatos al título de "gran adversario", aunque serán las
necesidades coyunturales de cada momento las que sitúen a uno u otro en el
primer lugar. En el pelotón de cabeza de los enemigos predilectos, el
fundamentalismo islámico aparece como la gran amenaza exterior, mientras que en
el ámbito interno, es el fascismo el globo sonda por excelencia. Sea como fuere, lo que se
muestra como un axioma es que la dialéctica del Sistema precisa de adversarios
que le permitan enmascarar quién monopoliza el dominio absoluto y dónde reside
la única amenaza real.
Como se apuntara en el párrafo anterior,
uno de esos grandes adversarios está representado por una muchedumbre de parias
y desheredados abocados al extremismo religioso por la explotación económica y
la colonización política y cultural del Occidente "progresista",
aliado en esa labor con las pútridas oligarquías de los países tercermundistas.
Pero el tema del fundamentalismo islámico, además de no ser el objeto central
de este apartado, exige por su complejidad de una tratamiento exhaustivo
imposible de abordar en unas cuantas páginas, máxime si se tiene en cuenta que
ese trabajo, para ser completo, debería ir acompañado del correspondiente
análisis de otros fundamentalismos desencadenantes, como es el que en nombre
del progresismo viene laminando desde hace décadas todo aquello que le sale al
paso. Por el momento, pues, y en espera
de una mejor ocasión, bastará con adelantar aquí un par de apuntes sobre este
asunto.
Lo primero que conviene significar es que
la cristalización política del integrismo islámico, que hasta ese momento no
pasaba de ser un fenómeno prácticamente reducido al ámbito iraní, se gestó
durante la Conferencia de Guadalupe celebrada en enero de 1979. Fue allí donde
los trilateralistas Jimmy Carter, Helmuth Schmidt y Valery Giscard D'Estaing
acordaron impulsar un cambio de régimen en Irán, contemplándolo como un factor
estratégico de primera utilidad en el marco de las pugnas hegemónicas que por
entonces mantenían los dos bloques en sus zonas limítrofes de influencia. Acto
seguido comenzaron las presiones dirigidas a lograr la "expulsión" de
Jomeini de la localidad iraquí de Nedjef (donde el ayatollah había permanecido
exiliado desde 1964 hasta 1978) y su traslado a París. Mientras residió en
Nedjef, las posibilidades de comunicación del líder religioso con sus
seguidores iraníes fueron mínimas, entre otras razones porque el régimen de
Sadam Hussein no tenía el menor interés en la implantación en la vecina Persia
de un gobierno comandado por el clero chiíta. En esa época, el único conducto
por el que llegaban las consignas de Jomeini a oídos de la población iraní,
eran las emisiones realizadas desde Londres por la BBC, extraña compañera de
viaje del ayatollah. Pero una vez instalado en la capital francesa, la
capacidad de maniobra de Jomeini se multiplicó por mil. Luego empezaría el
baile de los manejos turbios, en cuyo catálogo aparecen los expertos en el arte
de fabricar tensiones de siempre, con la Comisión Trilateral y el Consejo de
Relaciones Exteriores subvencionando económicamente a la Hermandad Musulmana de
los Chiítas por conductos diversos, y con el Sha abandonado a su suerte por sus patrones y
valedores de un día antes.Y así hasta el desencadenamiento del conflicto
irano-iraquí, que en palabras del ex-ministro persa de Asuntos Exteriores, Bani
Sadr, fue planificado en los laboratorios organizadores de "los juegos de
guerra" y llevado al terreno por Giscard D'Estaing y el embajador
estadounidense en Arabia Saudita.
Otro episodio que respondió a motivaciones
similares fue la ayuda masiva y el aprovisionamiento militar facilitado por la
Administración americana a las milicias islamistas durante la guerra de
Afganistán, que acabaría convirtiéndose en un gigantesco campo de
adiestramiento para numerosos grupos integristas procedentes de varios países
musulmanes. Allí se curtieron, entre otros, los fundadores argelinos del GIA,
cuya necia brutalidad ha proporcionado una coartada inmejorable al terrorismo
estatal, y cuyos métodos han sido desautorizados reiteradamente por el Frente
Islámico de Salvación, lo que no impide que la intoxicación occidental siga
identificándolos a ambos, del mismo modo que identifica en un batiburrillo
infame islamismo, arabismo, integrismo y terrorismo.
El otro apunte que conviene añadir hace
referencia precisamente a la situación sobrevenida en Argelia a raíz del
triunfo electoral islamista y del golpe militar que lo abortó, con el
beneplácito unánime de los gobiernos "democráticos" del área
occidental. Un golpe de Estado que daría paso al sagriento proceso que desde
entonces vive aquel país, y sobre el que los medios occidentales informan con
su habitual imparcialidad, denunciando las docenas de muertos ocasionados por
los atentados del GIA, y silenciando los bombardeos con napaln de poblados
enteros y los miles de asesinatos perpetrados por el ejército (500 víctimas
semanales como promedio). Y en ese país basta con ser joven y vivir en un
barrio mísero para merecer la consideración de "terrorista" y
convertirse en blanco del régimen criminal que gobierna allí.
De poco ha servido que la Liga Argelina
para la Defensa de los Derechos Humanos, nada sospechosa de simpatizar con el
integrismo, haya calificado la represión militar de "genocidio a puerta
cerrada". Eso no impide a los "humanistas" occidentales
justificar el exterminio, cuando no aplaudirlo abiertamente. Y es que los
parias argelinos han tenido la mala ocurrencia de no envolver sus
reivindicaciones en la bandera del progresismo, bandera que, por el contrario,
sí enarbolan sus verdugos, los carniceros del régimen militar.
Resta aún el asesinato del antiguo líder
del FLN Mohamed Budiaf, un hombre íntegro exiliado durante décadas por sus
discrepancias con el régimen corrupto que ha asolado Argelia, y al que llamaron
sus compatriotas para encabezar la salida del cepo mortífero que atenaza a esa
nación, razón por la cual sería eliminado por elementos del ejército. Pues
bien, durante el juicio de uno de sus verdugos, un ex-miembro de la escolta
presidencial, éste efectuó unas declaraciones más que significativas para
cualquiera que sepa leer: "Existe una mafia, una estructura de poder, que
está por encima de políticos, militares y opositores al régimen, y que nos
sobrepasa a todos". Dicho esto, no queda sino abordar el asunto
fundamental de este capítulo, ese fantasma que a toda costa se pretende
resucitar, y que no es otro que el fascismo. Dado que el tema del fascismo ya
ha sido analizado repetidamente en varios trabajos precedentes, centrando la
atención en cada uno de ellos en alguna faceta específica de las varias que
configuraron aquel fenómeno, no parece oportuno repetir aquí dichos análisis.
Queda, no obstante, un aspecto de la cuestión escasamente tratado hasta ahora y
sobre el que será preciso detenerse, que es la instrumentalización que de un
tiempo a esta parte viene haciéndose desde el Poder de ese espectro del pasado.
Convendría, no obstante, reiterar que, en
lo esencial, el fascismo no constituyó sino una simple modalidad de la
corriente o matriz ideológica central instaurada por las revoluciones
burguesas. De hecho, todos los componentes básicos de la ideología fascista se
habían manifestado ya bastante antes de que cristalizara aquel movimiento
político, desde el culto al Leviatán estatal, hasta la profesión de fe
materialista y antropocéntrica, pasando por la concepción totalitaria del Poder
sustentado sobre la sumisión absoluta de una masa gregaria.
En efecto, los fundamentos ideológicos del
fascismo no brotaron repentinamente, sino que hunden sus raíces en una serie de
concepciones "filosóficas" incorporadas a la sociedad moderna por las
revoluciones capitalistas.
En lo referente al concepto de superioridad
racial, bastaría con recordar la filosofía y la praxis de las oligarquías
rectoras del Imperio Británico para constatar que, tal concepto, estuvo
profundamente arraigado en la mentalidad burguesa prácticamente desde el mismo instante en que
ésta se convirtiera en la ideología dominante. Y los procedimientos con que el
sentido de superioridad racial anglosajón se llevó a la práctica fueron, cuando
hizo falta, drásticos y contundentes. Lo que ocurre es que esa "raza superior" siempre ha
dispuesto de la desvergüenza suficiente y de los medios propagandísticos
necesarios para presentar sus exterminios genocidas como hazañas épicas (el
caso de los aborígenes amerindios de Norteamérica no es más que una muestra).
Por lo demás, esas ínfulas de "pueblo elegido" y de
"civilización superior" características del espúreo mesianismo
anglosajón, han sido en todo momento el sustento ideológico del imperialismo y
la depredación anglo-yanqui. Justamente las mismas ínfulas que se encuentran
invariablemente en el meollo doctrinal de todos los cenáculos mundialistas
descritos a lo largo de este ensayo. Cuando Cecil Rhodes escribiera:
"sostengo que somos la primera raza del mundo y que cuanta mayor porción
del planeta esté habitada por nosostros tanto más se beneficiará la
humanidad", no estaba sino expresando con meridiana claridad una parte de
esa filosofía racial. Pero aún queda un segundo aspecto de esta cuestión, más
sórdido si cabe que el ya expuesto, y en el que la burguesía angloparlante
también sería pionera, como veremos seguidamente.
El darwinismo social fue una corriente
ideológica que, si bien no llegó a cristalizar como programa político de forma
explícita, mantuvo en todo momento un acusado arraigo entre los círculos
dirigentes de la burguesía decimonónica anglosajona, aunque sus efectos también
se dejaron sentir en la Europa continental. Dicha corriente no sólo sentaba la
superioridad biológica de unas razas sobre otras, sino también (y aquí viene
ese segundo matiz aludido en el párrafo anterior) la de determinados individuos
sobre los restantes dentro del propio cuerpo social de la "civilización
superior". Por otra parte, tales tesis fueron sostenidas indistintamente
por elementos dirigentes tanto de la derecha como de la izquierda burguesa.
Como un simple avance de lo que nos encontraremos más adelante, pueden citarse
las palabras pronunciadas por Jules Ferry, líder de la izquierda republicana
francesa, en el Parlamento galo (julio 1885): "Señores, hay que hablar más
alto y proclamar la verdad. Hay que decir abiertamente que las razas superiores
tienen un derecho ante las razas inferiores; y hay un derecho para las razas
superiores porque hay un deber para ellas, que es el de civilizar a las razas
inferiores".
Las tesis del darwinismo social, entre
cuyos más conspicuos doctrinarios sobresalieron los ingleses Herbert Spencer y
Walter Bagehot y el norteamericano W.Graham Summer, fueron ampliamente
esgrimidas como soporte del capitalismo liberal basado en el "laissez faire",
así como para justificar la estratificación social en razón de las
desigualdades biológicas existentes entre los individuos. De acuerdo con dichas
tesis, la riqueza y la posición social no eran sino el resultado de la
adaptación al medio (capitalista) de los mejor dotados, por lo que la
competitividad debería mantenerse sin restricción alguna como medio para
garantizar la selección natural. Llegados a este punto, no estará de más hacer
un pequeño inciso para preguntarse por qué razón los abanderados de tan
ingeniosos planteamientos no propugnaron también, como hubiera sido lo lógico,
la abolición de los derechos sucesorios, para que así, partiendo de cero, los
herederos de las grandes fortunas pudieran demostrar su superioridad biológica
en igualdad de condiciones con los más "inadaptados".
En el plano internacional el darwinismo
social fue esgrimido como argumento o soporte ideológico del imperialismo y del
colonialismo, dos conceptos fundamentados sobre la idea de la superioridad
biológica y cultural de anglosajones y arios. Conviene insistir una vez más en
que todos estos planteamientos, tan brillantemente llevados a la práctica por
el imperialismo anglo-norteamericano, formaban parte del catecismo ideológico
burgués con muchas décadas de adelanto a la aparición del fascismo alemán, al
que después se le adjudicaría su invención.
Sin embargo, el asunto no acaba aquí. Si en
un principio los doctrinarios del darwinismo social estimaron que las leyes de
la competitividad capitalista bastarían para garantizar la debida selección
biológica y para cribar a los individuos más débiles, no tardaron en surgir una
serie de adelantados que consideraron oportuno ayudar activamente a que esa
criba se acelerara. Fue así como comenzaron a tomar cuerpo las tesis
eugenésicas en pro de la esterilización de individuos considerados como un
peligro para la salud de la raza, tesis que se trasladaron a la práctica en la
patria pionera de la filantropía moderna y de los derechos humanos, la
República Norteamericana.
En
efecto, fue en la colonia virginiana de Linchburg donde se puso en marcha por
primera vez un concienzudo programa de esterilización, la mayor parte de cuyas
víctimas no fueron precisamente deficientes mentales, como rezaba el proyecto
oficial , que de esa forma pretendía adoptar una imagen más favorable, sino
desarraigados sociales, indigentes, vagabundos y huérfanos, todos ellos de raza
blanca. Sólo en la colonia de Lynchburg fueron esterilizados entre 1924 y 1932
alrededor de ocho mil personas, en su mayoría adolescentes sin taras de ningún
tipo, pero pobres y sin domicilio fijo.
El término eugenesia había sido acuñado en
1883 por el científico británico sir Francis Galton, primo de Charles Darwin y
acérrimo doctrinario del darwinismo social. El soporte de sus tesis fueron las
leyes de la herencia, según las cuales los progenitores cretinos o deformes
producían sucesores de idénticas características. Se hacía preciso por ello,
concluyó el tal Galton, que desde el Estado fueran adoptadas las medidas
oportunas para impedir el declive de la raza británica. Por otro lado, no será
ocioso significar que la esterilización eugenésica fue defendida desde
principios de siglo por las más destacadas figuras del socialismo fabiano
(H.G.Wells, George Bernard Shaw), así como por varios líderes del
conservadurismo británico, Winston Churchill entre ellos.
En los Estados Unidos dichas tesis gozaron
pronto de una favorable acogida, tanto por parte de la población (Hollywood se
volcó en su apología), como de las autoridades políticas y judiciales. Aunque
su puesta en práctica comenzó ya en la primera década del siglo XX, el
espaldarazo definitivo no llegaría hasta 1926, con la aprobación en la Corte
Suprema estadounidense de una ley de esterilización. El borrador de dicha ley
había sido elaborado por un equipo de prestigiosos biólogos, e incluía a
ciegos, sordos, deformes, alcohólicos, tuberculosos, sifilíticos, leprosos,
criminales, idiotas, pobres y personas sin domicilio fijo. En cuanto al
objetivo perseguido, el proyecto legal lo enunciaba sin ambages:
"preservar la pureza de la raza blanca". La decisión de la Corte
Suprema fue adoptada a raíz del caso Carrie Buck, una adolescente pobre y madre
de una niña engendrada tras una violación, y a la que se consideró
"imbécil moral" por tener un hijo sin estar casada, siendo condenada
por ello a la esterilización. Igualmente digno de mención es el papel decisivo
jugado en favor de la constitucionalidad de las prácticas eugenésicas por el
juez Holmes, un miembro del Tribunal Supremo conocido por su férvida militancia
ideológica en la izquierda liberal norteamericana.
A raíz de aquella disposición legal se
abrió la veda, y 27 Estados de la Unión emprendieron una carrera de
esterilizaciones masivas practicadas en un principio sobre residentes en
establecimientos mentales, y aplicadas inmediatamente después a pobres y
marginados sociales.
Las leyes y tesis eugenésicas
estadounidenses sirvieron luego de base a la normativa racial del Tercer Reich,
cuyas autoridades rindieron homenaje público al doctor Harry Laughlin, cerebro
del programa eugenésico norteamericano, reconociéndole como a su gran
inspirador. Por otro lado, durante la década de los treinta fueron numerosas
las voces que, desde las más altas instancias científicas, académicas y
políticas estadounidenses, elogiaron las medidas eugenésicas adoptadas por el
régimen hitleriano, llegando incluso a lamentar el hecho de que aquél hubiera
tomado la delantera en tan encomiable labor de profilaxis social.
Significar por último que después de la 2ª
Guerra Mundial las prácticas eugenésicas continuaron a buen ritmo en los
Estados Unidos, donde todavía hoy gozan del estatuto de constitucionalidad.
Pero el curso inexorable de los hechos
sigue avanzando, como lo hacen las tácticas de intoxicación empleadas por las
oligarquías occidentales, que ayer militaban en el darwinismo social (su
auténtica ideología) y hoy nos abruman con sus falaces campañas filantrópicas y
antirracistas, aunque maldito lo que le importa a esa ralea y a sus secuaces la
suerte de los "inadaptados" del Tercer Mundo, a los que llevan dos
siglos "civilizando" y expoliando en comandita con los caciques
locales de cada país. Todo lo cual no impide a los psicópatas "filántropos"
del Nuevo Orden Mundial sembrar la alarma y mostrar su preocupación por el
recrudecimiento de las actitudes racistas, que atribuyen, claro está, al
espantajo fascista que a toda costa pretender revitalizar
El procedimiento utilizado por la
intoxicación es simple. El primer paso consiste en identificar la xenobobia con
el racismo ideológico, lo que constituye un acto de puro terrorismo
intelectual. La xenofobia, esto es, la reacción espontánea de desconfianza,
recelo e incluso rechazo hacia los individuos de cultura, costumbres o raza
diferente, es algo inherente a la condición humana, un hecho que se ha dado en
todos los tiempos y latitudes de manera universal. Otra cosa muy diferente es
el racismo, del que sólo puede hablarse en propiedad cuando esas actitudes se
convierten en el eje central de un programa político-ideológico y en la base de
un sistema de poder. Un fenómeno, este último, que también se ha producido en
numerosas ocasiones (y se sigue produciendo) sin que ello guardara el menor
parentesco con el fascismo político, y mucho antes de que éste hubiera nacido.
Sería imposible recoger aquí todos los casos de opresión racial y todos los
exterminios de carácter tribal que se han registrado a lo largo de la
historia.
Para envenenar y tergiversar todavía más la
realidad, el mecanismo intoxicativo se refuerza asimilando la xenofobia a un
cúmulo de fricciones y de comportamientos diversos cuyas causas son las más de
las veces de origen socio-económico. A título de ejemplo, las tensiones que se
producen en Estados Unidos entre negros e hispanoparlantes, dos comunidades
económicamente deprimidas en aquel país, tienen bastante menos de fobia racial
que de lucha por la supervivencia, y no difieren mucho de las que se
manifiestan en los países de la Europa occidental entre los estratos más bajos
de su población y los inmigrantes tercermundistas, aunque las razones del
rechazo esgrimidas por los primeros carezcan en no pocos casos de fundamento
real. Por lo demás, no será preciso extenderse aquí acerca de la relación
existente entre la emigración de los parias del Tercer Mundo y la miseria
reinante en sus países de origen, y entre esta última circunstancia y la rapiña
expoliadora de esas oligarquías occidentales que luego instrumentalizan en su
beneficio las tensiones ocasionadas por su explotación infame, atribuyéndoselas
al "fascismo" (las dos terceras partes del armamento vendido cada año
por la todopoderosa industria bélica va
a parar a los países del Tercer Mundo; por no hablar de la humanitaria labor
"civilizadora" que desarrollan las grandes multinacionales en dichos
países).
Después de establecida la identificación
entre las actitudes real o pretendidamente xenófobas y el racismo
político-ideológico, el segundo paso consiste en asimilar todos los fenómenos
con algún contenido racial (habidos y por haber) a un modelo único, a un
prototipo de aplicación universal: el fascismo. De ahí que los serbios de
Bosnia, marxistas hasta antes de ayer, sean tachados de fascistas, y de ahí que
el terrorismo etarra sea calificado como "fascismo", aunque todo su
entorno político y social se haya cansado de proclamar y demostrar su
militancia izquierdista; hasta tal extremo llega la manipulación. Son fascistas
aunque ellos mismos lo ignoren, como le ocurriera al gañán que hablaba en prosa
sin saberlo. Por supuesto, los actos de vandalismo juvenil, cada día más
frecuentes en la decrépita y vacua sociedad occidental, también son
fascismo.
Una vez realizada esa espúrea concatenación
de artificios ideológicos, todo lo demás resulta sencillo. Dado que las
conductas xenófobas siempre se producirán, máxime en una situación de
conflictividad social que las propicia; puesto que nunca faltará el
transtornado de turno que canalice su frustración agrediendo a un inmigrante,
máxime en una sociedad enferma que rinde culto a la violencia; y como resulta
que los medios de comunicación desplegarán toda su capacidad intoxicadora cada
vez que alguno de esos hechos se produzca, pues ya tenemos al espectro del
fascismo convertido en amenaza omnipresente y en camuflaje permanente del
Sistema. Hasta que se decida articular otro enemigo mejor, claro está.
Para que el globo siga creciendo ya no se
precisa siquiera del oportuno acto vandálico. Bastará con que aparezca una
pintada racista en cualquier tapia para que los medios informativos y las
organizaciones antirracistas nos anuncien la inminente invasión de Europa por
la Wehrmacht.
Pero, ¿qué es lo que indican las cifras
reales sobre tan alarmante fenómeno? Para saberlo, nada mejor que acudir a un
escenario idóneo, en el que residen más de cuatro millones de inmigrantes, la
República Francesa, florón en la actualidad de la ultraderecha europea y del
amarillismo antirracista. Según un informe elaborado por la Comisión Nacional
Consultiva de los Derechos del Hombre, un organismo integrado por las más
demagógicas y beligerantes asociaciones antirracistas de aquel país, a lo largo
de 1994 se produjeron en Francia 53 actos delictivos de carácter racista. Si se
considera que el número total de delitos cometidos en territorio galo durante
ese mismo año superó la cifra de cuatro millones, y que en ese territorio
habitan cincuenta y siete millones de personas, lo verdaderamente sorprendente
es que sólo 53 cretinos hayan tenido la ocurrencia de desahogar sus amarguras
por esa vía.
Pero todavía existe en este asunto una
realidad siniestra y subterránea que permanece solapada por la demagogia
oficial, ya que las actitudes xenófobas hacia los inmigrantes obedecen bastante
menos al color de su piel que a su situación de pobreza e inferioridad. ¿O es
que los ídolos y los encumbrados de otras razas son rechazados por la población
occidental?
La intoxicación y la falsificación de la
realidad son, pues, los procedimientos utilizados como norma para alimentar el
espectro del fascismo, que no es más que una cortina de humo tras la que nada
se encuentra que no sea la manipulación habitual de quienes constituyen la
única amenaza y el único peligro real existente en la actualidad.
A la luz de los hechos, quiénes componen
esa caricatura terrorífico-grotesca fabricada por la intoxicación oficial, sino
un rebaño de parias desplazados de la sociedad del bienestar y unos cuantos
grupúsculos de marginales que canalizan su frustración por la vía del pataleo
violento. Y qué es el neofascismo posmoderno, sino uno más de los muchos
detritus generados por la sociedad del nihilismo materialista y del culto a la
decadencia, una sociedad que, saturados ya los canales de desagüe de sus
desechos, los recicla convirtiéndolos en fantasmagóricos adversarios.
Cierto es que, aunque escasos, tampoco
faltan los especialistas solventes que ofrecen una visión del asunto más
cercana a la realidad que a las servidumbres del pesebre. Tal es el caso de
Stanley Payne, uno de los más acreditados expertos en esta materia, a la que ha
dedicado varios trabajos, y entre cuyos juicios sobre el particular figuran
afirmaciones tan elementales como éstas:
"El fascismo fue definitivamente
derrotado en la 2ª Guerra Mundial, y el neofascismo actual no representa el
menor peligro para los regímenes políticos de Occidente".
"El neofascismo ha estado entre
nosotros desde el final de la 2ª Guerra Mundial, pero los verdaderos
neofascistas sólo son hoy sectas minoritarias".
"Existen grupúsculos neofascistas en
todas partes, aunque su influencia en la vida política de los países es nula,
como lo prueba el hecho de que, cuando un partido neofascista quiere obtener
votos, tiene que moderar su mensaje y acaba siendo una organización simplemente
derechista y conservadora".
Pero más contundentes y categóricos aún que
los análisis de expertos como Payne, son los informes elaborados sobre el
terreno (y conforme al más frío pragmatismo) por los propios servicios
policiales occidentales. En España, el Ministerio del Interior, a través de un
dossier hecho público en septiembre de 1995, definía el fenómeno Skin-Head como
"grupos marginales cuyo reducido alcance real suele ser agrandado por la
amplia difusión mediática de sus acciones". Entre otros juicios relativos
a este asunto, dicho informe hacía notar también "el riesgo de que la
violencia urbana se adjudique solamente a los Skin, y pueda servir de cobertura
para que otros grupos actúen impunemente" (cosa que, dicho sea de paso,
hace ya tiempo que viene ocurriendo). El repaso se completaba con una
referencia a la edad de los activistas Skins, que se sitúa entre los 14 y los
22 años. Por su parte, el Gobierno Civil de Barcelona, ciudad donde se registra
la mayor incidencia de estos grupos, describía el asunto como "una serie
de fenómenos superpuestos, en los que se mezclan diversas tribus urbanas poco
organizadas y con culto a la estética totalitaria, una delincuencia común que
actúa amparándose en la vestimenta Skin, y las típicas broncas juveniles de
discoteca".
Bien es verdad que, ante la insignificancia
real del fenómeno en no importa qué país occidental, siempre queda el recurso
de acudir al estereotipo alemán, señalado habitualmente como la muestra más
elocuente del "renacimiento nazi". Lo malo es que, también en este
caso, la realidad de los hechos guarda muy poca semejanza con el panorama que
presenta la intoxicación mediática. Y ya no sólo se trata de los raquíticos
resultados electorales cosechados en aquel país por los partidos neofascistas,
cuyo discurso se atempera y deviene en mero conservadurismo tan pronto como
atisban la menor posibilidad de colocación política. Si dirigimos la mirada
hacia los grupúsculos más reducidos, marginales y extremistas, lo más relevante
de cuanto se relaciona con ellos es la frenética actividad desplegada por los
cuerpos policiales, no ya para neutralizar sus exabruptos vandálicos, sino para
secuestrar sus panfletos propagandísticos, algo de tan escasa entidad que sería
muy fácil de refutar con argumentos de peso si no fuera porque el régimen de
"la libertad de expresión" y del "pluralismo democrático"
ha optado por hacerlo mediante la ley de la mordaza, lo que ofrece una buena
muestra de la confianza que éste tiene en sus dogmas ideológicos.
Como una prueba más de la sólida entidad de
tales grupúsculos, en febrero de 1995 era ilegalizado el FAP (Partido Liberal
de los Trabajadores Alemanes), organizador hasta ese momento de la marcha anual
en memoria del antiguo dirigente nazi Rudolf Hess, y poco después era otro
grupo afín, la denominada Lista Nacional, quien corría la misma suerte. La
ilegalización del FAP, que hace el número diez de las decretadas desde 1989 por
el Gobierno germano contra organizaciones neonazis, fue llevada a cabo, al
igual que las nueve anteriores, por vía administrativa, después de que el
Tribunal Constitucional de aquel país la desestimara tras dictaminar que:
"La falta de una estructura organizativa sólida, el bajo número de
militantes y el nulo eco conseguido entre el electorado, descalifican al FAP
como organización política".
Esta es la envergadura real del temible
peligro que amenaza al beatífico orden establecido, si bien aquí no se agota el
asunto, ya que aún podrían decirse algunas palabras sobre las fuerzas que operan
en la trastienda de esos grupúsculos, orquestando y patrocinando las
actividades de la inmensa mayoría, por no decir de todos ellos. En lo
concerniente al caso alemán, existe ya información abundante, contrastada y
concluyente que sitúa a los Servicios Secretos de la antigua Alemania del Este
detrás de las organizaciones neofascistas de Alemania Occidental, todas las
cuales estuvieron promovidas, infiltradas y manipuladas por la Inteligencia de
la RDA hasta el mismo instante de la desaparición de ésta. Por lo que se
refiere al llamado terrorismo negro neofascista, que operó en Italia desde
mediados de los años setenta, también abundan los testimonios autorizados
(ex-agentes de la CIA) que vinculan a la Agencia norteamericana y a la logia
Propaganda-Dos con aquél. Y es que reclutar a una recua de energúmenos sin
cerebro y utilizarlos como títeres para que den vida al espectro del fascismo
es algo que no reviste la menor dificultad.
Mucho podría escribirse todavía sobre
cualquiera de los temas tratados a lo largo de estas páginas, aunque no parece
oportuno después de haberse dicho ya bastante más de lo necesario para
comprender la situación. El mero hecho de tener que demostrar lo evidente,
cuando la verdadera amenaza y el auténtico adversario no cesan de mostrarse
incluso con descaro, es ya una señal elocuente del punto al que han llegado las
cosas, y del que aún les queda por alcanzar.
BIBLIOGRAFIA
(No se incluyen las
obras a las que ya se hizo una referencia expresa en el texto de este ensayo)
·
"Mercaderes y
Banqueros de la Edad Media". Jacques le Goff
·
"El Burgués". Werner
Sombart
·
"History of the Jews". Heinrich Graetz
·
"La Maison
Rothschild". Conde Corti
·
"El Antiguo
Régimen y la Revolución". Alexis de Tocqueville
·
"La Revolución
Francesa". Albert Soboul
·
"Histoire de la
Revolution Française". Jules Michelet
·
"Bourgeois et Bras
Nus, 1793-1795". Daniel Guerin
·
"Les Societés de
Pensée et la Démocratie Moderne". Augustin Cochin
·
"Le Génocide
Franco-Français". Reinald Secher
·
"La Belle Tallien,
ambassadrice de la Finance Internationale". McNair Wilson
·
"La Gauche et la
Revolution Française au Milieu du XIX Siècle". François Furet
·
"El Libertino y
el Nacimiento del Capitalismo". Juan
Velarde
·
"Soixante-Dix Ans
qui Ebranlerént le Monde". Michel Heller
·
"Vers L'Autre
Flamme". Panaït Istrati
·
"En busca de la
Utopía". Artur Koestler
·
"Vodka-Cola".
Charles Levinson
·
"L'Histoire
Interieure et les Operations a L'Etranger du KGB". O.Gordiewski
y C.Andrew
·
"The Zionnist Connection". Alfred
Lilienthal
·
"Report on a Rockefeller, David". Walter Hoffman
·
"Mais, Qui Gouverne
l'Amerique?". Georges Virebeau
·
"History of the Great American
Fortunes". Gustavus Myers
·
"Our Crowd. The Great Jewish Families of
New York". Stephen Birmingham
·
"American Jewish Organizations and
Israel". Lee O'Brian
·
"Annual Repports". Council on
Foreign Relations
·
"The Round Table Movement and Imperial
Union". John Kendle
·
"La Trama Oculta
del PSOE". Manuel Bonilla
·
"¿Crecimiento
Cero?". Alfred Sauvy
·
"The Invisible Government". Dan
Smoot
·
"Papiers Intimes du
Coronel House". Charles Seymur
·
"Diplomáticos sin
Embajada". M.Bergman y J.Johnson
·
"Mazzini, Portrait of an Exile".
S.Barr
·
"Necessary Illusions". Noam
·
Licencia
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