ARTURO JAURETCHE

 

MANUAL

 

DE

 

ZONCERAS

 

ARGENTINAS

 

 

 

a.peña lillo editor s.r.l

 

1ª  Edición Noviembre de 1968

2ª  Edición Diciembre de 1968

3ª  Edición Enero de 1969

4ª  Edición Junio de 1969

5ª  Edición Junio de 1972

6ª  Edición Noviembre de 1973

 

OBRAS DEL AUTOR

 

El Paso de los Libres. Prólogo de Jorge Luis Borges. Buenos Aires, 1934.

El Paso de los Libres. Segunda edición. Prólogo de Jorge Abelardo Ra­mos. Ediciones  Coyoacán, Buenos  Aires, 1960.

El Plan Prebisch. Retorno al coloniaje. Ediciones "El 45", Buenos Aires, 1955.   (Agotado), 2ª  Ed. Mar Dulce 1969 (Agotado).

Los Profetas del Odio. Ediciones Trafac, Buenos Aires, 1957. (Agotado).

Los Profetas del Odio. Segunda edición. Ediciones Trafac, 1957. (Ago­tado).

Los Profetas del Odio y la Yapa, 4ª edición, corregida y aumentada. A. Peña  Lillo, editor Bs. As.

Ejército y Política. Suplemento de la Revista "QUE", Buenos Aires, 1958.

Política Nacional y Revisionismo Histórico. Colección La Siringa, A. Peña Lillo, editor. Buenos Aires, 1959.

Prosa de Hacha y Tiza. Ediciones Coyoacán, Buenos Aires, 1960. Forja y la Década Infame. Ediciones Coyoacán, Buenos Aires, 1932. Filo, Contrafilo y Punta. Ediciones Pampa y Cielo, Buenos Aires, 1964.

Manual de Zonceras Argentinas. 1ª, 2ª, 3ª, 4ª, 5ª A. Peña Lillo editor, Buenos Aires.

El Medio Pelo en la Sociedad Argentina, 9ª edición. A. Peña Lillo, editor, Bs. As.

 


ÍNDICE

 

DE LAS ZONCERAS EN GENERAL

 

DE LA MADRE QUE LAS PARIÓ A TODAS y en particular de sus dos hijas mayores

Zoncera N° 1

          “Civilización y barbarie”

DE LAS HIJAS MAYORES DE “CIVILIZACIÓN Y BARBARIE”

ZONCERAS SOBRE EL ESPACIO

Zoncera N° 2

          “El mal que aqueja a la Argentina es la extensión”

Zonceras complementarias de la zoncera “El mal que aqueja a la Argentina es la extensión”

Zoncera N° 3

I)   “Lo que conviene a Buenos Aires es replegarse sobre sí misma”

Zoncera N° 4

II) “El misterio de Guayaquil"

Aplicación práctica de la zoncera de que “El mal que aqueja a la Argentina es la extensión”

Zoncera N° 5

          “Oponer los principios a la espada”

Zoncera N° 6

          “Un algodón entre dos cristales”

Zoncera N° 7

          “La Troya americana”

Zoncera N° 8

          “La libre navegación de los ríos”

Zoncera N° 9

          “La victoria no da derechos”

Zoncera N° 10

          “La nieve contiene mucha cultura”

B)  ZONCERAS SOBRE LA POBLACIÓN (O de la autodenigración)

Zoncera N° 11

          “Gobernar es poblar” (Con permiso de Mc Namara y el B.I.D.)

Zoncera N° 12        

“Política criolla -  Política científica”

Zonceras complementarias de “Política criolla”

Zoncera N° 13

          “Este país de m...”

Zoncera N° 14

          La inferioridad del nativo

Zoncera N° 15

          El “vicio” de la siesta

DE LAS ZONCERAS DE AUTORIDAD QUE SE LE OLVIDARON A BENTHAM

          De las zonceras para escolares... y también para adultos

Zoncera N° 16

El niño modelo

Zoncera N° 17

El niño que no faltó nunca a la escuela

Zoncera N° 18

II)    El buen compañerito

Zoncera N° 19

III)   El niño que no mintió jamás

El hombre modelo

Zoncera N° 20

I)    El canal de Rivadavia

Zoncera N° 21

II)   El hombre que se adelantó a su tiempo

Zoncera N° 22

III)  “El más grande hombre civil de la tierra de los argentinos”

Otras Zonceras de la misma laya

Zoncera N° 23

I)  “Como hombre te perdono mi cárcel y cadenas”

Zoncera N° 24

II)   El tirano Rosas y la piedra movediza del Tandil

DE LAS ZONCERAS INSTITUCIONALES

Zoncera N° 25

I)  Línea Mayo-Caseros

       “La patria no es la tierra donde se ha nacido”

Zoncera N° 26

II)  “Hábeas Corpus”

Zoncera N° 27

III)  “La confiscación de bienes queda abolida para siempre del Código Penal Argentino” (Art. 17 de la Constitución Nacional)

Zoncera N° 28

IV)  “Queda abolida para siempre la Pena de Muerte por causas políticas (Art. 18 de la Constitución Nacional)

 

DE LAS ZONCERAS ECONÓMICAS

Zoncera N° 29

I)   División Internacional del trabajo

Zoncera N° 30

II) “El milagro alemán”

Zoncera N° 31

III)  “Pagaré ahorrando sobre el hambre y la sed de los argentinos”

Zoncera N° 32

IV)  Fuerzas vivas

Zoncera N° 33

a)   Sociedad Rural Argentina

Zoncera N° 34

b)   Unión Industrial Argentina

Zoncera N° 35

V)   La canasta del pan. El granero del mundo

Zoncera N° 36

VI)   Mercado tradicional. Comprar a quien nos compra

MISCELÁNEA DE ZONCERAS DE TODA LAYA

Zoncera N° 37

          Cuarto poder

Zoncera N° 38

          Dice “La Nación”...; dice “La Prensa”

Zoncera N° 39

          Tablas de Sangre

Zoncera N° 40

          “Aquí se aprende a defender la Patria”

Zoncera N° 41

          Jóvenes y desagravio

Zoncera N° 42

          Agravio y desagravio

Zoncera N° 43

          Civilización occidental y cristiana

Zoncera N° 44

          Nipo-nazi-fasci-falanjo-peronista

 

Palabras finales

 

 

 


 

DE LAS ZONCERAS EN GENERAL

 

 

"Les he dicho todo

esto pero pienso que pa´nada,

porque a la gente azonzada

no la curan con consejos:

cuando muere el zonzo viejo

queda la zonza preñada."

 

(A. J., El Paso de los Libres, 1ª edición, 1934.)

 

DONDE SE HABLA DE LAS ZONCERAS EN GENERAL

 

"Zonzo y zoncera son palabras familiares en América desde México hasta Tierra del Fuego, variada apenas la ortografía, un poco en libertad silvestre (sonso, zonzo, zonso, sonsera, zoncera, azonzado, etc.)", dice Amado Alonso. ("Zonzos y zon­cerías", Archivo de Cultura, Ed. Aga-Taura, Feb. 1967, pág. 49).

 

Según el mismo, la acepción que les dan los diccionarios como variantes de soso, desabrido, sin sal, es arbitraria porque proviene del "Diccionario de Autoridades" que se escribió cuando ya habían dejado de ser usuales en España. Zonzo, fue en España palabra de uso coloquial pero durante corto tiem­po: "Cosa sorprendente, esta palabra castellana, inexistente antes del siglo XVII y desaparecida en España en el siglo XVIII, vive hoy en todas partes donde fue exportada”, particu­larmente América. También señala Alonso el parentesco con algunos equivalentes españoles, mas agrega que "por pariente que sea el zonzo americano conserva su individualidad". "Aun­que como improperio los americanos dicen a uno (o de uno) zonzo, cuando los peninsulares dicen tonto, los significados no se recubren".

 

Todo lo cual vale para zoncera.

 

*   *   *

 

¿Los argentinos somos zonzos?... Esto es lo que nos fal­taba, convencidos como estamos de la "viveza criolla", que ha dado origen a una copiosa literatura que va de la sociología y la psicología a las letras de tango.

 

Un amigo que hace muchos años percibió la contradicción entre nuestra tan mentada "viveza" y las zonceras, la explicaba así: "El argentino es vivo de ojo y zonzo de temperamento", con lo que quería significar que paralelamente somos inteli­gentes para las cosas de corto alcance, pequeñas, individuales, y no cuando se trata de las cosas de todos, las comunes, las que hacen a la colectividad y de las cuales en definitiva resulta que sea útil o no aquella "viveza de ojo".

 

A estas zonceras en lo que trata de los intereses del co­mún, es a las que se refiere mi personaje de las letras gau­chescas qué cito en el, copete, porque lo que el cantor ha dicho antes se refiere precisamente a ellas, y su escéptica sentencia surge de la continuidad en su acepción a través de genera­ciones.

 

Esto no importa necesariamente que la zoncera sea congénita; basta con que la zoncera lo agarre a uno desde el "destete". Tal es la situación, no somos zonzos; nos hacen zonzos.

 

El humorismo popular ha acuñado aquello de "¡Mama, haceme grande que zonzo me vengo solo!". Pero esta es otra zoncera, porque ocurre a la inversa: nos hacen zonzos para que no nos vengamos grandes, como lo iremos viendo.

 

Las zonceras de que voy a tratar consisten en principios introducidos en nuestra formación intelectual desde la más tierna infancia —y en dosis para adultos— con la apariencia de axiomas, para impedirnos pensar las cosas del país por la simple aplicación del buen sentido. Hay zonceras políticas, his­tóricas, geográficas, económicas, culturales, la mar en coche. Algunas son recientes, pero las más tienen raíz lejana y gene­ralmente un prócer que las respalda. A medida que usted vaya leyendo algunas, se irá sorprendiendo, como yo oportunamente, de haberlas oído, y hasta repetido innumerables veces, sin reflexionar sobre ellas y, lo que es peor, pensando desde ellas.

 

Basta detenerse un instante en su análisis para que la zoncera resulte obvia, pero ocurre que lo obvio pasé con fre­cuencia inadvertido, precisamente por serlo.

 

*  *  *

 

Jeremías Bentham —pocos filósofos pueden ser tan gratos a los académicos de las zonceras como este maestro de los más preclaros de sus inventores— escribió un "Tratado de los so­fismas políticos", que es un tratado de lógica, según dice Francisco Ayala, prologuista de una de sus ediciones castella­nas (Ed. Rosario, 1944). Al hablar del sofisma en general, Bentham establece la diferencia entre error, simple opinión falsa, y sofisma, con que designa la introducción en el razonamiento de una premisa extraña a la cuestión, que lo falsea.

 

Le faltó tiempo a Bentham para ver cómo sus discípulos rioplatenses superaban a lo que se proponía combatir. Porque las zonceras de que estoy hablando cumplen las mismas fun­ciones de un sofisma, pero más que un medio falaz para argu­mentar son la conclusión del sofisma, hecha sentencia.

 

Su fuerza no está en el arte de la argumentación. Simplemente excluyen la argumentación actuando dogmáticamen­te mediante un axioma introducido en la inteligencia —que sirve de premisa— y su eficacia no depende, por lo tanto, de la habilidad en la discusión como de que no haya discusión. Porque en cuanto el zonzo analiza la zoncera —como se ha dicho— deja de ser zonzo.

 

Trato aquí, pues, de suscitar la reacción de esa tan men­tada "viveza criolla" para que, si en verdad somos vivos de ojo, lo seamos también de temperamento, como decía mi amigo.

 

*  *  *

 

Este no es un trabajo histórico; pero nos conducirá fre­cuentemente a la historia para conocer la génesis de cada zon­cera. Veremos entonces, que muchas tuvieron una finalidad pragmática y concreta que en el caso las hace explicables aún como errores, y que su deformación posterior, dándole jerar­quía de principios, ha respondido a los fines de la pedagogía colonialista para que actuemos en cada emergencia concreta sólo en función de la zoncera abstracta hecha principio. Esto lo veremos muy particularmente en la increíble zoncera de que la victoria no da derechos, que verdaderamente es un "capolavoro" en la materia.

 

En otras ocasiones, la zoncera no tiene un origen eventual, sino que es el resultado de una conformación mental. Es el caso de la zoncera el mal que aqueja a la Argentina es la ex­tensión que, erigida en principio como consecuencia de otra zoncera —Civilización y barbarie— llevó directamente a una política de achicamiento del país que fue la que presidió la disgregación del territorio rioplatense. En este caso, la zon­cera no se justifica ni eventualmente pero es susceptible de explicación. Lo que no puede explicarse es que continúe en vigencia hasta cuando ya fueron logrados los objetivos que le dieron origen. Tal vez se la reitere sólo para mantener la so­brevivencia y prestigio de quienes la generaron. En otros ca­sos, como lo veremos al tratarlas, muchas zonceras pueden comprenderse en función de las ilusiones que el siglo XIX en su primera parte provocó en los progresistas "a outrance", pero no ahora que son evidentemente anti-progresistas pues tratan de inmovilizar él país dentro de una concepción perimida, con lo que paradojalmente, los progresistas se vuelven reaccio­narios.

 

Y ahora tenemos que recordar de nuevo a Jeremías Bentham, porque en la base de los sofismas que puntualizó está el de autoridad, y la zoncera, como aquellos, generalmente reposan en la "autoridad" del que la enunció.

 

Estas zonceras de autoridad cumplen dos objetivos: uno es prestigiar la zoncera con la autoridad que la respalda, como se ha dicho; y otro reforzar la autoridad con la zoncera. Así los proyectos de Rivadavia se apoyan en el prestigio de Rivadavia. Y el prestigio de Rivadavia en sus proyectos.

 

Esto nos lleva de nuevo a la historia, cuya falsificación tiene también por objetivo una zoncera: presentar nuestro pasado como una lucha maniquea entre "santos" y "diablos", con lo que los actores dejan de ser hombres para convertirse en bronces y mármoles intangibles.

 

*  *  *

 

El protagonista de la historia no pierde nada como hom­bre cuando se lo baja del pedestal; ni siquiera como ejemplo. Por el contrario, gana al humanizarse con su carga de aciertos y errores. Pero como el objetivo de falsificación es una política de la historia que alimenta las zonceras, ver el hombre en su propia dimensión relativiza el personaje perjudicándolo como autoridad desde que, en cuanto hombre, no es el dueño de la verdad absoluta con que aparece respaldando a aquellas desde el nicho.

 

Tomaremos el caso de Sarmiento: primero, porque es el héroe máximo de la intelligentzia, y segundo, porque es el más talentoso de la misma.

 

Sarmiento es para mí, uno de nuestros más grandes —sino el mejor— prosistas. Narrador extraordinario —aún de lo que no conoció, como sus descripciones de la pampa y el desierto—, sus retratos de personajes, más imaginados que vistos, su pin­tura de medios y ambientes, sus apóstrofes, sus brulotes polé­micos, al margen de su verdad o su mentira, son obras maes­tras. Forman una gran novelística hasta el punto de que lo creado por la imaginación llega a hacerse más vivo que lo que existe en la naturaleza.

 

A este Sarmiento se lo ha resignado al segundo plano para magnificar el pensador y el estadista, siendo que sus ideas económicas, sociales, culturales, políticas, son de la misma naturaleza que su novelística: obras de imaginación mucho más que de estudio y de meditación, y su labor de gobernante la propia de esa condición imaginativa. Pero insistir sobre la per­sonalidad literaria del sanjuanino iría en perjuicio de su pres­tigio como pensador y del ideario que expresó al colocarlo en otra escala de medida. Entonces, decir el escritor Sarmiento sería como decir el escritor Hernández o el escritor Lugones, cuando opinan sobre el interés general; referencias importan­tes pero no decisorias. Y sobre todo cuestionables. Y la zoncera sólo es viable si no se la cuestiona.

 

*  *  *

 

Además, al margen de la pedagogía colonialista, se defor­ma al prócer para hacerlo ismo. Juega entonces el interés de la capilla y los capellanes. Así como el locutor Julio Jorge Nelson es la viuda de Gardel, cada prócer tiene sus viudas que administran su memoria, cuidan su intangibilidad y co­bran los dividendos que da el sucesorio. Quizá sea Sarmiento el que tenga más viudas porque hay en el personaje una es­pecie de padrillismo supérstite como para permitir una mul­tiplicada poligamia póstuma. Más difícil es la tarea de los rivadavianos profesionales porque don Bernardino, el pobre, no tiene puntos de apoyo para su explotación: hubo que inven­társelos. Eso lo hizo Mitre, que a su vez es otra cosa, porque su aprovechamiento no es de viudas. Los cultivadores del mitrismo no miran tanto al General, ya finado, como a "La Na­ción", que está vivita y coleando y es la que distribuye el divi­dendo de la fama mientras le cuida la espalda al General. Además practican ese culto todas las viudas de los otros proóceres como actividad, complementaria e imprescindible para el suyo. Aquí operan también matemáticos, poetas, escritores, pintores, escultores, corredores de automóviles, rotarianos, lo­cutores, biólogos, señoras gordas, leones, "señores", otorrinolaringólogos, militares, pedagogos, políticos, economistas, toda clase de académicos, desde que todo el mundo sabe que sin la lágrima por Mitre, lo mismo en el arte o la técnica que en la vida social, deportiva, etc., no hay reputación posible. Así se explican esas largas columnas de felicitaciones en "La Na­ción", que suceden a cada cumpleaños, y la introducción de Mitre en todo discurso, conferencia o escrito, aunque se trate de un estudio sobre las lombrices de tierra o los viajes estra­tosféricos.

Acotaremos que la abundancia de viudas hace que ya sea difícil el acceso a los mármoles y bronces, lo que ha mo­tivado la urgencia de algunos por ampliar el registro de los próceres. Así, a falta de mármoles y bronces aparecen los chupamortajas prendidos a la memoria de óbitos más recientes y aún de muchos insepultos rezagados en las Academias o el Instituto Popular de Conferencias.

 

*  *  *

 

Este es un manual de zonceras, y no un catálogo de las mismas. Doy, con unas cuantas de ellas, la punta del hilo para que entre todos podamos desenredar la madeja. Y aclaro que yo no soy "uno" más "vivo", sino apenas un "avivado", y aún me temo que no mucho, porque ya se verá cómo he ido descu­briendo zonceras dentro de mí .

 

Sin ir más lejos en ese "Paso de los Libres" que cito al caso en el copete, se me ha deslizado alguna, a pesar de que para la fecha de su publicación ya tenía la edad de Cristo. Y me las sigo descubriendo —¡y vaya si van años!—, tanto me han machacado con ellas en la época en que estaba des­cuidado.

 

Precisamente para que no nos agarren descuidados otra vez, y a los que nos sigan, es que se hace necesario un catálogo de zonceras argentinas que creo debe ser obra colectiva y a cuyo fin le pido a usted su colaboración.

 

Mi editor me dice que hará un concurso de zonceras con premios y todo. Si tal ocurre le ruego al lector que, por el bien común, participe. Haremos el catálogo entre todos. Por si us­ted está dispuesto a colaborar en él, este libro lleva unas pá­ginas suplementarias convenientemente rayadas para que vaya anotando sus propios descubrimientos, mientras lo lee.

 

*  *  *

 

Además, descubrir las zonceras que llevamos adentro es un acto de liberación: es como sacar un entripado valiéndose de un antiácido, pues hay cierta analogía entre la indigestión alimenticia y la intelectual. Es algo así como confesarse o so­meterse al psicoanálisis —que son modos de vomitar entripa­dos—, y siendo uno el propio confesor o psicoanalista. Para hacerlo sólo se requiere no ser zonzo por naturaleza, con la connotación que hace Amado Alonso —"escasez de inteligen­cia, cierta dejadez y debilidad"—; simplemente estar solamen­te azonzado, que así viene a ser cosa transitoria, como lo se­ñala el verbo.

 

Tampoco son zonzos congénitos los difusores de la pe­dagogía colonialista. Muchos son excesivamente "vivos" porque ése es su oficio y conocen perfectamente los fines de las zon­ceras que administran; otros no tienen ese propósito avieso sin ser zonzos congénitos: lo que les ocurre es que cuando las zon­ceras se ponen en evidencia no quieren enterarse; es una acti­tud defensiva porque comprenden que con la zoncera se de­rrumba la base de su pretendida sabiduría y, sobre todo, su prestigio.

 

Las zonceras no se enseñan como una asignatura. Están dispersamente introducidas en todas y hay que irlas entresa­cando.

 

*  *  *

 

Viendo en Amsterdam la inclinación de los edificios motivada por la blandura del suelo insular en que se asientan, tuve la impresión de una ciudad borracha, pues las casas se sostie­nen apoyándose recíprocamente. Imaginé la catástrofe que sig­nificaría extraer una de cada conjunto. Esto le ocurrirá a usted a medida que vaya sacando zonceras, porque éstas se apoyan y se complementan unas con otras, pues la pedagogía colonia­lista no es otra cosa que un "puzzle" de zonceras. Por eso, a riesgo de redundar, necesitaremos frecuentemente establecer, como dicen los juristas, "sus concordancias y corresponden­cias", porque todas se entrerrelacionan o participan de finali­dades comunes.

 

Al tratar de las zonceras no es posible, en consecuencia, clasificarlas específicamente, porque en el campo de su apli­cación andan todas mezcladas y, donde menos se espera, salta la liebre.

 

El cazador de zonceras debe andar con la escopeta lista no es otra cosa que un "puzzle" de zonceras. Por eso, a liebre, perdiz o pato, o pato-liebre, indistintamente. Pero todas tienen el carácter común de principios destinados a ser el pun­to de partida del razonamiento de quien la profesa. En cuan­to usted fija su atención sobre ese "principio" y no sobre su desarrollo posterior, ya la identifica, porque para evitar el aná­lisis recurre de inmediato a ocultarse tras la autoridad.

 

Como están entreveradas y dispersas sólo se intentará agru­parlas; eso y no clasificarlas, es lo que se hace en este trabajo, teniendo en cuenta sus características más importantes o el papel principal que juegan o han jugado, pero sin olvidar nun­ca lo que se dijo de las "correspondencias y concordancias", porque suelen tener variada finalidad. Así, por ejemplo, vere­mos oportunamente que política criolla, o el milagro alemán que aquí se han clasificado respectivamente en las Zonceras de la autodenigración y en las Zonceras económicas, podrían agruparse a la inversa, en cuanto el milagro alemán —utilizada para prestigiar cierta política— encubre una connotación de finalidades disminuyentes y racistas, cosa que se verá a su tiem­po. Del mismo modo política criolla, que es zoncera autodenigratoria, se connota con lo económico.

 

Con esto quiero advertir al lector que no debe tomar muy al pie de la letra la clasificación que se hace, que obedece a la conveniencia de seguir algún método expositivo. Hay un ca­pítulo titulado Miscelánea de zonceras porque las que allí van son aparentemente de distinto género. En realidad todo el li­bro es una miscelánea pero de la comprobación aislada de cada zoncera llegaremos por inducción —del fenómeno a la ley que lo rige— a comprobar que se trata de un sistema, de elementos de una pedagogía, destinada a impedir que el pensamiento nacional se elabore desde los hechos, es decir desde las com­probaciones del buen sentido.

 

Con esto dejo dicho que este libro es una segunda parte de "Los profetas del odio y la yapa" —es decir una contribución más al análisis de la pedagogía colonialista—, en el cual se exponen las zonceras, para que ellas conduzcan por su desen­mascaramiento a mostrar toda la sistemática deformante del buen sentido y su finalidad.

 

Y como las zonceras se revisten de un aire solemne —que forma parte de su naturaleza—, les haremos un "corte de man­ga" tratándolas en el lenguaje del común, que es su enemigo natural, escribiendo a la manera del buenazo de Gonzalo de Berceo en su "Vida de Santo Domingo de Silos":

 

Quiero fer una prosa en roman paladino,

en qual suele el pueblo fablar a su vecino1.


 

DE LA MADRE QUE LAS PARIÓ A TODAS

 

Y en particular de sus dos hijas mayores

 

Zoncera N° 1

 

"CIVILIZACIÓN Y BARBARIE"

 

Antes de ocuparme de la cría de las zonceras corresponde tratar de una que las ha generado a todas —hijas, nietas, bis­nietas y tataranietas—. (Los padres son distintos y de distinta época —y hay también partenogénesis—, pero madre hay una sola y ella es la que determina la filiación).

 

Esta zoncera madre es  Civilización y barbarie. Su padre fue Domingo Faustino Sarmiento, que la trae en las primeras páginas de Facundo, pero ya tenía vigencia an­tes del bautismo  en que la reconoció como suya.

 

En Los profetas del odio y la yapa digo de la misma:

 

"La idea no fue desarrollar América según América, in­corporando los elementos de la civilización moderna; enrique­cer la cultura propia con el aporte externo asimilado, como quien abona el terreno donde crece el árbol. Se intentó crear Europa en América trasplantando el árbol y destruyendo lo indígena que podía ser obstáculo al mismo para su crecimien­to según Europa y no según América".

 

"La incomprensión de lo nuestro preexistente como hecho cultural o mejor dicho, el entenderlo como hecho anti-cultural, llevó al inevitable dilema: Todo hecho propio, por serlo, era bárbaro, y todo hecho ajeno, importado, por serlo, era civili­zado. Civilizar, pues, consistió en desnacionalizar —si Nación y realidad son inseparables—."

 

Veremos de inmediato, en la zoncera que sigue — el mal que aqueja a la Argentina es la extensión— cómo para esa mentalidad el espacio geográfico era un obstáculo, y luego, que era también obstáculo el hombre que lo ocupaba —español, crio­llo, mestizo o indígena— y de ahí la auto-denigración, y cómo fueron paridas y para qué convertidas en dogmas de la civi­lización.

 

Carlos P. Mastrorilli en un artículo publicado en la revis­ta "Jauja" (noviembre, 1967) analiza dos aspectos esenciales de la mentalidad que se apoya en esa zoncera:

 

"En la íntima contextura de esa mentalidad hay un cier­to mesianismo al revés y una irrefrenable vocación por la ideo­logía. Por el mesianismo invertido, la mentalidad colonial cree que todo lo autóctono es negativo y todo lo ajeno positivo. Por el ideologismo porque prefiere manejar la abstracción conceptual y no la concreta realidad circunstanciada".

 

El mesianismo impone civilizar. La ideología determina el cómo, el modo de la civilización. Ambos coinciden en ex­cluir toda solución surgida de la naturaleza de las cosas, y buscan entonces, la necesaria sustitución del espacio, del hom­bre y de sus propios elementos de cultura. Es decir “re-huir la concreta realidad circunstanciada” para atenerse a la abstracción conceptual.

 

Su idea no es realizar un país sino fabricarlo, conforme a planos y planes, y son éstos los que se tienen en cuenta y no el país al que sustituyen y derogan, porque como es, es obs­táculo.

 

*  *  *

 

Que la oligarquía haya creído un éxito definitivo de la zoncera Civilización y barbarie, lo que llamó "el progreso" de la última mitad del siglo XIX y los años iniciales del presente, ha sido congruente con sus intereses económicos. Alienada al desarrollo dependiente del país, su prosperidad momentánea le hizo confundir su propia prosperidad con el destino nacional.

 

Había por lo menos una constatación histórica que pare­cía justificar el mesianismo y la ideología liberal de la oligarquía. El problema se le plantea a ésta ahora, cuando el cambio de condiciones internas y especialmente externas, por el aumento de población y su nivel de vida, y la situación en el mercado mundial de la economía de intercambio comercial fundada en el precio, por la economía mercantil, se destruyen  las bases de la estructura primaria de intercambio de materias primas por materias manufacturadas, pues así como hay imperios que pierden sus colonias, hay colonias que pierden su imperio, cuando dejan de serles necesarias a éste.

 

Ahora, como ya no puede confundir su éxito propio y mo­mentáneo con el destino de la gran Nación que parecía apa­rejado a su prosperidad colonial, piensa en achicar la pobla­ción, como sus antecesores pensaron en achicar el espacio en la buscada disgregación del Virreinato del Río de la Plata.

 

Mesianismo e ideología ya no encuentran, como pareció antes, su identificación con el destino del país. La oligarquía se vuelve anti-mesiánica desde que rechaza concretamente la grandeza al propiciar el achicamiento del pueblo, y su ideología no puede proponer otras soluciones que las de la conservación cada vez más desmejorada de la estructura existente: de este modo se convierte en freno y eso es lo que se confie­sa de hecho por sus tecnócratas que sólo proponen seguir ti­rando desde que el destino del país colonia está cubierto definitivamente.

 

Así, pierde el papel promotor que se había asignado mien­tras se creyó constructora —y esa fue su fuerza— para hacerse conservadora en un país que no debe dar un paso más ade­lante. Ya lo he dicho también: los progresistas de ayer se vuel­ven anti-progresistas desde que todo su progreso sólo puede realizarse contra la ideología que identifica el destino nacional con sus intereses de grupo.

 

*  *  *

 

Pero sí esta congruencia circunstancial en el interés de grupo permite comprender el descastamiento de las llamadas "elites", impedidas de una visión de distancia por su circuns­tancial prosperidad que obstó a la comprensión del país en un largo destino —todo destino nacional es largo—, no vale para los ideólogos que aparentan desde una postura popular un me­sianismo revolucionario. De titulados democráticos a marxistas, la explicación ya no tiene la congruencia que en la oligar­quía y pasa a ser mesianismo e ideología sin una pizca de con­tenido material. Se trata, como dice Mastrorilli, de una "abs­tracción conceptual en que no gravita la concreta realidad circunstanciada".

 

Aquí aparece desnuda, desprovista de toda constatación pragmática, la zoncera Civilización y barbarie, según sigue gravitando en la "intelligentzia".

 

Por la profesión de esta zoncera el ideólogo, extranjero o nativo, se siente civilizador frente a la barbarie. Lo propio del país, su realidad, está excluida de su visión. Viene a civilizar con su doctrina, lo mismo que la Ilustración, los iluministas y los liberales del siglo XIX; así su ideología es simplemente un instrumento civilizador más. No parte del hecho y las circuns­tancias locales que excluye por bárbaras, y excluyéndolos, ex­cluye la realidad. No hay ni la más remota idea de creación sobre esa realidad y en función de la misma. Como los libera­les, y más que los liberales que —ya se ha dicho— eran con­gruentes en cierta manera, aquí se trata simplemente de hacer una transferencia, y repiten lo de Varela: —"Si el sombrero existe, sólo se trata de adecuar la cabeza al sombrero". Que éste ande o no, es cosa de la cabeza, no del sombrero, y como la realidad es para él la barbarie, la desestima. De ninguna manera intenta adecuar la ideología a ésta; es ésta la que tie­ne que adecuarse, negándose a sí misma, porque es barbarie.

 

Así la oligarquía y su oposición democrática o marxista disienten en cuanto a la ideología a aplicar pero coinciden to­talmente en cuanto al mesianismo: civilizar. Si la realidad se opone a la aplicación de la ideología según se transfiere, la in­adecuada no es la ideología de transferencia sino la realidad, por bárbara. Los fines son distintos y opuestos en cuanto a la ideología en sí, pero igualmente ideológicos.

 

Si en las ideas abstractas son opuestos, la zoncera Civili­zación y barbarie los unifica en cuanto son la civilización. De donde resulta que los que están más lejos ideológicamente son los que están más cerca entre sí —en cuanto teólogos— como ocurre cada vez que la realidad enfrenta a todos los civiliza­dores. Entonces se unifican contra la barbarie, que es como llaman al mundo concreto donde quieren aplicar las ideo­logías.

 

Esto se hace evidente en los momentos conflictuales en que el país real aparece en el escenario social o político.

 

El mismo Mastrorilli en el artículo referido dice:

 

"Sarmiento y Alberdi querían cambiar el pueblo. No edu­carlo, sino liquidar la vieja estirpe criolla y rellenar el gran espacio vacío con sajones. Esta monstruosidad tuvo principios de ejecución. Al criollo se lo persiguió, se lo acorraló, se lo con­denó a una existencia inferior. Sin embargo los aportes de sangre europea que se vertieron a raudales sobre el país, no consiguieron establecer una síntesis humana muy distinta de la precedente. Los ingleses —relictos de las invasiones o colo­nos traídos de la fabulosa imaginación rivadaviana— se agau­chaban. Los polacos, los alemanes, los italianos, también. Y a espaldas del régimen colonial se hizo una nueva masa humana que se doblegó sin resistencia ante la potencia de la geografía y la presencia irreductible de lo hispánico como principio organizador de la convivencia."

 

"El régimen fracasó sociológicamente. A partir de 1914 aprendió a contar con una masa popular desconfiada y ad­versa. En suma: el régimen quiso cambiar al pueblo y no pu­do: quiso entregar el espacio inerme y tropezó una y otra vez con algo viviente y cálido que nosotros llamamos conciencia nacional y ellos desprecian como barbarie"1

 

Eso pasó, como dice el autor, desde 1914. Culminó "el 17 de Octubre, en la más grande operación de política de masas que vio el país; la muchedumbre estaba compuesta por cabecitas negras —restos del criollaje proscripto— pero también por hijos de gringos, polacos y maronitas lanzados contra el ré­gimen con violencia inusitada".

 

¿Por qué la parte de la "intelligentzia", democrática o marxista, no pudo entender un hecho tan evidente en ninguna de las dos oportunidades. La oligarquía trató de invalidarlo porque sus intereses concretos coincidían con los criterios de Civilización y barbarie, pero en otro caso la explicación sólo es posible a puro vigor de zoncera: incapaz de salir del esque­ma y partiendo del mismo supuesto histórico de que las ma­sas en el pasado habían expresado sólo la barbarie frente a la civilización, vio en su nueva presencia una simple recidiva. De ahí lo de “aluvión zoológico” y "libros y alpargatas", que son zonceritas biznietas de Civilización y barbarie y cuyo sentido permanente supera la insignificancia de los que las enunciaron, pues revelan el modo de sentir de la "intelligentzia" in totum, incapaz de pensar fuera de la ideología, es decir de lo con­ceptual ajeno y opuesto a los hechos propios.

 

Así, la zoncera de Civilización y barbarie se apoya en dos patas y anda, pero cojeando, porque una es más larga que la otra, que es como una pata auxiliar a la que se recurre cuando el régimen está en peligro.

 

Una ideología apuntala a otra ideología, por más que su signo sea inverso en teoría, porque tienen en común el supues­to mesiánico que cada uno quiere realizar a su manera, pero ambas partiendo de la negación de lo propio. Conviven entre gruñidos y se tiran mordiscones, pero siempre entre civilizados que se defienden en común de los bárbaros, es decir del país real. La recíproca tolerancia nace de la unidad civilización y se practica de continuo en la común devoción por todas las zonceras nacidas del vientre de la zoncera madre.

 

No preguntéis entonces por qué comparten la misma historia que se niegan a revisar desde que revisar importa dejar sin base la zoncera generatriz. Destruir ésta implica sustituir una mentalidad hecha partiendo de ella y excluir el mesianismo y la ideología como fundamento de un pensamiento ar­gentino para dar su oportunidad al buen sentido. Ahí, en Ci­vilización y barbarie, la zoncera madre, está el punto de con­fluencia de las ideologías, es decir, de la negación de toda posibilidad para el país nacida del país mismo. Es como si dijé­ramos la "Unidad Democrática" tácita de que surgen todas las otras.

 

En Geopolítica de la cuenca del Plata (A Peña Lillo edi­tor, Bs. As., 1973), Alberto Methol Ferré analiza la a-historicidad del pensamiento uruguayo. En ninguna parte como allí —recordemos otra zoncera: "como el Uruguay no hay"—, se "tu­vo una conciencia política eminentemente abstracta". La falsifi­cación de la historia, allá como aquí, se completó con la concep­ción estratosférica del país en cuanto se excluyeron las causales internacionales de los hechos propios o inversamente se exclu­yeron los hechos propios de las causales internacionales. Así, dice:

 

"Nos enseñaban una historia de puertas cerradas, des­granada en anécdotas y biografías, o de bases filosóficas inge­nuas, y nos mostraron la abstracción de un país casi totalmen­te creado por pura causalidad interna. A esta tesis tan estre­cha, se le contrapuso su antítesis, seguramente tan perniciosa. Y esta es la pretensión de subsumir y disolver el Uruguay en pura causalidad externa, en una historia puramente mundial a secas. Una historia tan de puertas abiertas que no deja casa donde entrar...". "A la verdad, esta última actitud no escribe historia uruguaya, que le aburre, y prefiere vagabundear y so­lazarse en la contemplación a veces minuciosa de la historia mundial. Nos escindíamos en pueblerinos o ciudadanos del mundo...". Así, de una historia isla, pasábamos a la evapora­ción, a las sombras chinescas de una historia océano, donde la historia se juega en cualquier lado menos aquí y aquí lo de cualquier lado. "Esta actividad lujosa —la historia océano—, si hoy canaliza disponibles jóvenes iracundos, ayer permitía a nuestra diplomacia pagarse de las palabras proyectándose pa­ra dictar cátedra mundial sobre los derechos humanos y arbi­trajes". Son dos formas del escapismo.

 

"Interioridad pura o exterioridad pura, dos falacias que confraternizan...". "... ¿quiérese mayor lujo que extrapolarse en la historia de los otros?...". "Era una manera de renunciar a hacer historia"... "Por otra parte, ese idealismo externo en su versión de izquierda dimitirá frente a nuestra historia de puertas cerradas, conservadora. Incapaz de criticarla, porque no le interesaba vitalmente, terminaba en los hechos por acep­tarla en bloque. No puede darse incorformismo más confor­mista". .. "Así la esterilidad del marxismo uruguayo para de­cir nada sobre el país, salvo el caso reciente de Trías. Así, el idealismo jurídico romántico, de derecha o de izquierda, son los modos uruguayos de suplir la ausencia de una política in­ternacional real. El rasgo común de nativistas y oceánicos es que el Uruguay no era problema."

 

Crucemos de nuevo el río. ¿No estamos en presencia de una situación parecida? Si la falsificación de la historia ofi­cial, presentando la Argentina como un conflicto entre la civi­lización y la barbarie, ha desestimado el conflicto entre lo na­cional y lo extranjero desde que el objeto de la historia no es la Nación sino la civilización, la izquierda, como tampoco tiene en cuenta lo nacional como causalidad histórica, produce el mismo conformismo que en el Uruguay con la historia oficial. Esta vez para que la historia del futuro dependa exclusivamente de la causalidad externa, generando un escapismo que tiene las mismas raíces anti-nacionales que, naturalmente, rehuye la construcción propia para trasladarla al escenario de la civilización. Por donde vienen a ubicarse, como sus cofrades de la otra banda, en un balcón sobre el mundo que es donde se opera la historia idealizada.

 

Pero un balcón no es una puerta por donde entra y sale lo propio y lo ajeno, sino un puesto de observación donde se espera que fuera se resuelva lo que hay que resolver adentro, cosa que le conviene a los que ya adentro lo tienen resuelto. De aquí la coincidencia cuando el país real intenta sus pro­pias soluciones y a su manera.

 

En tren de clasificación, la zoncera de Civilización y bar­barie es una zoncera intrínseca, porque no nace del falseamien­to de hechos históricos ni ha sido creada como un medio aun­que después resultase el medio por excelencia, ni se apoya en hechos falsos. Es totalmente conceptual, una abstracción anti­histórica, curiosamente creada por gente que se creía historicista, como síntesis de otras abstracciones.

 

Plantear el dilema de los opuestos Civilización y barbarie e identificar a Europa con la primera y a América con la se­gunda, lleva implícita y necesariamente a la necesidad de ne­gar América para afirmar Europa, pues una y otra son térmi­nos opuestos: cuanto más Europa más civilización; cuanto más América más barbarie; de donde resulta que progresar no es evolucionar desde la propia naturaleza de las cosas, sino derogar la naturaleza de las cosas para sustituirla.

 

Para el que ha leído Los profetas del odio y la yapa al ha­blar de esta zoncera no hago más que resumir conceptos allí expresados, pero es necesario reiterarlos en este libro por lo que se ha dicho de la maternidad de todas las zonceras. La aceptación de ésta hace posible la vialidad de las otras, cosa que se irá viendo a medida que se trate cada una.

 

Empezaremos por aquellas que por considerarlas hijas ma­yores van en este capítulo: la que se refiere al espacio y es la de que "el mal que aqueja a la Argentina es la extensión". La otra es la autodenigración que va implícita en la conside­ración de lo humano propio como barbarie.


 

DE LAS HIJAS MAYORES DE "CIVILIZACIÓN Y BARBARIE"

 

A)  Zonceras sobre el espacio.

B)  Zonceras sobre la población.

 

A)   ZONCERAS SOBRE EL ESPACIO

 

Zoncera N° 2

 

"EL MAL QUE AQUEJA A LA ARGENTINA ES LA EXTENSIÓN"

 

Fue también Sarmiento quien enunció esta zoncera que está en el primer capítulo de Facundo. Veremos, al conside­rarla, que ella estaba vigente, como la de Civilización y bar­barie, antes que Sarmiento le diera forma literaria, pues ya regía el pensamiento de directoriales y unitarios. Es que Sar­miento tenía más talento que los otros y supo sintetizar en "principios" el sistema mental de los anteriores unitarios de los que lo separaban sólo estilos y modales, cosa que él mismo destacó talentosamente en su descripción del unitario clásico. Difería de ellos, más que en el fondo, en eso de ser a "la que te criaste", a pesar de doña Paula, que lo quiso sacar modosito, y de él mismo, en cuanto se propuso —ya lo veremos— co­mo niño modelo.

 

Recordemos en obsequio de esta zoncera que un rey de Francia se deshizo del Canadá considerándolo un simple mon­tón de nieve, y que los norteamericanos, que ahora se afanan por asegurar su dominio en el Ártico, rechazaron humorísticamente por boca del Presidente Taft el Polo Norte que les ofre­cía su descubridor, Peary.

 

No es un hecho excepcional que un país haya renunciado o negociado un territorio, pero esa política ha estado siempre dictada por motivos circunstanciales. En ningún país ha regi­do como principio que la extensión en sí se considere un mal: por el contrario, el principio ha sido el inverso, pues el mal consiste en la falta de extensión.

 

Desde Alejandro hasta Hitler con su "anchluss", pasando por el Imperio Británico, la España donde no se ponía el sol y el destino manifiesto de los norteamericanos, todos los países han tendido a ampliar su espacio. Y no sólo los Imperios, pues los débiles siempre afirmaron su irredentismo de lo perdido; así Italia con su Trento y Trieste, ahora los árabes con lo su­yo y con lo suyo los israelíes, los griegos en Chipre. Y volvien­do a los Imperios los rusos comunistas —como los rusos zaris­tas— con la Mongolia y la Manchuria, en su marcha hacia los estrechos y las fronteras de la India, y los chinos con el Tibet..., y Andorra y San Marino con algunas casas  de la vecindad.

 

Sólo nosotros, los argentinos, hemos incorporado la idea del achicamiento como un bien necesario en nuestra política territorial. Relacionad esto de que "el mal que aqueja a la Ar­gentina es la extensión" con lo de "la victoria no da derechos" o lo de "la libre navegación de los ríos" que vendrá más ade­lante, y percibiréis toda una política cultural de indefensión, de incapacidad intelectual para concebir la grandeza sobre la base de pueblo y territorio y sobre un concepto tradicional de soberanía.1

 

¡Oh, sí! Gastad en aviones, en tanques, en cohetes, en formaciones militares y navales, pero al mismo tiempo sem­brad estas zonceras y habréis comprobado la indefensión que se nos crea, la incongruencia de toda política nacional cuando ésta reposa en la previa derrota sembrada en el espíritu de los defensores, por la escuela, la universidad, el libro, las cátedras, la radio, la televisión y los propios institutos militares, navales y aeronáuticos, que comienzan por subestimar el propio te­rritorio.

 

Entonces comprenderéis que un Vicepresidente de la Re­pública, Julio A. Roca, haya dicho que "la Argentina forma parte virtualmente del Imperio Británico", y que otro Presiden­te, el General Aramburu, haya sostenido que el imperialismo no existe en la Argentina, en un mundo conmocionado por las fricciones recíprocas entre los imperios o de los imperios con los países dependientes. ¿Cómo puede comprender las formas sutiles de la política moderna de derogación de la soberanía quien profesa la grosera y elemental aceptación de la disminución de territorio y pueblos por la aplicación sistemática y reiterada de esta zoncera?2

 

De esta zoncera en adelante se le enseña al argentino a concebir la grandeza sólo como expresión económica, cultural e institucional, pero se le sustraen las bases objetivas, el pun­to de apoyo necesario que es la tierra y el pueblo argentino. Inútilmente buscaréis en el mundo un país que profese tal principio. Tal vez en Babia. ¿Somos babiecas los argentinos?

 

Alguien ha pretendido que Sarmiento sólo se proponía en esta zoncera señalar las dificultades materiales que la exten­sión implicaba, tal vez olvidando que expresamente él inicia­ba el achicamiento excluyendo la Patagonia de nuestro es­pacio.

 

Pero el sanjuanino tenía por delante el ejemplo de los Estados Unidos, modelo al que se remitía constantemente. ¿Y qué era la extensión de los territorios del Río de la Plata por comparación del que buscaron como suyo los del modelo? A principios del siglo XIX aquéllos eran pobladores de apenas una estrecha faja sobre el Atlántico y el Golfo de México, y fue cuando en el "Destino Manifiesto" afirmaron su voluntad de expresión; las dificultades eran mucho mayores porque se trataba de territorios que habían descubierto y colonizado franceses o españoles y muchos de los cuales formaban parte de México. Así, mientras el modelo iniciaba la "marcha hacia el Oeste", conquistando lo ajeno, los imitadores practicaban el repliegue —recordad el término por lo que viene después— en todos los rumbos para achicar el espacio heredado por los argentinos.

 

Tal contrasentido no puede explicarse simplemente por el soborno, por la debilidad o por falta de patriotismo. Sólo en el dilema de Civilización o barbarie encontraremos una expli­cación congruente de este achicamiento querido y buscado.3

 

Lo importante no era constituir un país según las leyes de la naturaleza y la historia, sino realizar la civilización.4

Realizar la civilización era hacer Europa en América, em­presa tanto más fácil cuanto más Europa y menos América fuera el espacio. Así, disminuir la extensión resultaba desame­ricanizarse, fin perseguido, para reducirse al espacio apto pa­ra una rápida civilización europea. Estorbaban el desierto, las montañas gigantescas, las selvas impenetrables, los ríos indominables, mientras una parcial extensión del territorio, la de la "pampa húmeda", ofrecía la fácil perspectiva de una rápida creación de Europa en América, o mejor dicho, de una prolongación de Europa sobre ella.

 

Achicar era reducir los obstáculos geográficos. Y era al mismo tiempo reducir los obstáculos humanos.

 

La pampa húmeda, escasamente poblada, no ofrecía tam­poco obstáculos de población a la rápida europeización que había de hacerse a través del aporte inmigratorio. En cambio los pueblos preexistentes en el interior americano, españoles, criollos, indígenas, mestizos, se resistían al cambio urgente que la creación europea en América les imponía como una senten­cia condenatoria de su destino y echaban el peso de su resis­tencia y de su inercia en la balanza del poder. Así, a los obstáculos geográficos y culturales del trasplante europeo, se agre­gaban factores políticos, económicos y sociales, que exigían romper el poder de éstos —apoyados en la gran geografía americana— en el momento histórico en que la revolución indus­trial y el desarrollo de los medios de transporte abrían un ho­rizonte ultramarino a los intereses litoraleños que miraban ha­cia Europa.

 

Veremos ahora, en sucesivas zonceras, cómo la desinte­gración del territorio original fue acompañada de zonceras com­plementarias con que aún continúa justificándose la pedago­gía colonialista, y sirven para mantener la desestimación del espacio como factor básico de la Nación.

Pasemos así a las zonceras que sirvieron y sirven para ex­plicar cada una de las desintegraciones territoriales, por aplica­ción del principio de que la extensión es un mal.5-6


 

ZONCERAS COMPLEMENTARIAS DE LA ZONCERA

"EL MAL QUE AQUEJA A LA ARGENTINA ES LA EXTENSIÓN"

 

Zoncera N° 3

 

I)    "Lo que conviene a Buenos Aires es replegarse sobre sí misma"

 

Ya advertimos que Sarmiento no había acuñado sus zon­ceras cuando ya se las ejecutaba. Esta zoncera del repliegue (para achicar la extensión) la dijo Rivadavia en la Sala de Representantes, como Ministro de Buenos Aires, fundamen­tando la negativa a proporcionar la ayuda que San Martín re­clamaba para terminar su campaña libertadora. (Mabragaña, Los Mensajes, 1° de mayo de 1822). Lo dijo en los térmi­nos que van como título.

 

Precisamente, replegarse significaba achicar el espacio, y achicarlo para facilitar la civilización, como se ha dicho.

 

En cuanto comenzaron las dificultades revolucionarias —unas veces de orden estratégico pero muchas más de orden político-social— los civilizadores se plantean el conflicto entre la civilización —Europa— y la realidad —América—, a la que llamaron barbarie.

 

Reiteramos lo dicho anteriormente: achicar el país a las medidas de la pampa húmeda implicaba crear las condiciones óptimas para una rápida europeización. Mantenerlo en las condiciones preexistentes de extensión, implicaba asumir una ta­rea de mayores dimensiones y que se oponían a esa urgencia civilizadora.

 

Había además que terminar la guerra rápidamente, por la guerra misma, y también porque la guerra ponía en presen­cia activa a las masas americanas que, con su barbarie, obs­taculizaban el proceso civilizador. Achicar la geografía era achicar su presencia.

 

En un principio la concepción de Mayo fue americana, pero cambió en muchos dirigentes después de la separación del Paraguay y las derrotas del Alto Perú. Estos grupos bus­caron entonces diferentes soluciones: desde el perdón espa­ñol al establecimiento de tronos extranjeros, o directamente el protectorado británico, porque para ellos la independencia de­jó de ser el objetivo, reemplazado por el civilizador. Esto ge­nera una crisis en la revolución entre los que persiguen objetivos americanos y los que persiguen objetivos europeizantes. Los primeros tenderán a la integridad del espacio, los segundos a su reducción.

 

Esta diferencia de apreciación sobre los fines revolucio­narios es la que provoca la crisis de la Logia Lautaro. Ya en Chile, en Rancagua, el ejército libertador se ha independizado de quienes pretenden detenerlo, ratificando la "desobediencia" de San Martín.

 

Como ya se ha dicho, dejemos, pues, de pensar en el so­borno o la flojedad de unos, en la entereza o el valor de otros, factores concurrentes y humanos completamente comprensibles pero no decisivos.

 

El conflicto de Civilización y barbarie, está ya planteado y aquí se trata de su aplicación al  espacio.

 

San Martín expresa en ese momento la vocación ameri­cana.

 

En Tucumán trazó una nueva estrategia que se opone a la pasiva de la defensa del Norte, que definitivamente aban­donaba el Alto Perú. Primero Chile, después Lima, y una vez cortadas las comunicaciones ultramarinas de los ejércitos re­alistas, el movimiento de pinzas hacia el Alto Perú en combi­nación con las fuerzas del Norte argentino a cuyo cargo ha quedado Güemes, como el brazo meridional de la pinza.

 

Para el cumplimiento de esta segunda parte de la ope­ración, ya cumplida la primera, San Martín reclama de Buenos Aires la ofensiva que parta del actual Norte argentino. Es cuando desde Lima lo envía a Gutiérrez de la Fuente en de­manda de esa ayuda. Es también cuando Rivadavia acuña la zoncera para negar el apoyo de Buenos Aires.

 

"Lo que conviene a Buenos Aires es replegarse sobre sí misma", dice el partido anti-americano. Es decir, impedir que la operación planteada por San Martín se lleve hasta sus últi­mas consecuencias. Buenos Aires se repliega sobre sí misma y pierde el Alto Perú. Lo pierde consciente y deliberadamente, conforme a aquello de que "el mal que aqueja a la Argentina es la extensión". Veremos después cómo se ejecuta esta política que se disimula a través de otras zonceras, que son las que  siguen.

 

Más explícito aún el siniestro Manuel José García dice en la Cámara de Representantes que "al país le era útil que permaneciesen los españoles en el Perú" (Busaniche, Historia Argentina, pág. 436, ed. Hachette). Este García será el mismo agente de Rivadavia que pacta la entrega de la Banda Orien­tal al Emperador del Brasil.


Zoncera N° 4

 

II) El misterio de Guayaquil

 

Ahora pensad en San Martín en Lima teniendo que ulti­mar la guerra de la Independencia e impedido de completar su estrategia de pinzas por la política de Rivadavia definida en la zoncera anterior: "Lo que conviene a Buenos Aires es re­plegarse sobre sí misma".

 

No olvidéis tampoco cómo entre rivadavianos y perua­nos desafectos le han anarquizado el ejército, mientras el Al­mirante Cochrane le subleva la escuadra1.

 

La política americana de San Martín entra en conflicto con la política de achicamiento que paralelamente a la inglesa, tien­de a disgregar el continente y aún el Virreynato del Río de la Plata. Ya no está en condiciones de cumplir su objetivo inte­gralmente americano y busca la ayuda de Bolívar que está en el mismo plano.

 

Así se produce la entrevista de Guayaquil en que los dos libertadores hablan sin testigos. ¿Cuál es la consecuencia lógica de la entrevista?

 

Que el más fuerte en ese momento asuma el mando y que el más débil —debilitado por la traición a sus fines ame­ricanos— lo ceda, precisamente para no traicionar esos fines.

 

La grandeza de San Martín lo hace adoptar la actitud que correspondía a ella, haciendo lo inverso de los rivadavianos: no comprometer la suerte de América ni siquiera por su propia gloria. Eso es todo.

 

¿Dónde está, pues, "el misterio de Guayaquil", la zoncera constantemente reiterada?

 

El único misterio es éste que se haya hecho un misterio de un hecho evidente, enturbiando la cuestión con una pequeña e interminable polémica de dimes y diretes cuyo propósito úl­timo es ahondar las diferencias entre americanos, justamente lo que San Martín quiso impedir con su austero silencio. He ahí como hay otra traición a San Martín, es decir a su causa americana, en esto de repicar con el "misterio".

 

La zoncera del misterio de Guayaquil persigue, aún ahora la misma finalidad disgregadora que obligó a la entrevista de Guayaquil, porque sobre la base de supuestas pequeñas desinteligencias entre los dos libertadores se intenta olvidar su coin­cidencia básica que es la de la unidad americana. Y por otro lado,  distraer la atención  del conocimiento  de las traiciones antiamericanas de Rivadavia y los suyos que son las que obli­garon a San Martín a retirarse.

Pero la entrevista de Guayaquil significó la pérdida defi­nitiva del Alto Perú.

 

¿Porque lo quiso Bolívar? ¡No!; porque lo quisieron los rivadavianos en su política de achicamiento civilizador.

 

Vamos a verlo 2-3.

APLICACIÓN PRÁCTICA DE LA ZONCERA DE QUE "EL MAL QUE AQUEJA A LA ARGENTINA ES LA EXTENSIÓN"

 

Había venido a visitarme René Orsi, que vive en La Plata y me comentó:

—"¿No le parece un poco fuerte afirmar que el achicamien­to del país fue deliberadamente buscado por tantos supuestos próceres?".

—"¿Usted duda de ello?" —le pregunté.

Y entonces me dijo:

—"Yo no; estoy más seguro que usted. Pero hablo del lec­tor desprevenido a quien de pronto usted le arroja estas ver­dades a la cara, que contrarían todo lo que le enseñaron, todo lo que han leído, todo lo que le recitan. Váyase por casa el sábado y verá usted documentación".

 

Es así como escribo esto después de matear largo en una casa de tres patios en un apacible barrio platense. Y de andar con mate y libros de la biblioteca a la sombra de las enredade­ras, y de la sombra de las enredaderas a la biblioteca. Y en­treverando los temas con Estudiantes de La Plata (¿Cómo evi­tarlo en pleno Campeonato Mundial?).

 

Orsi está terminando su Historia de la Disgregación Rioplatense y me arrimó estos datos como quien arrima leña al fuego. Yo estaba caliente cuando empecé a verlos y terminé hirviendo.

 

Puede ser que el lector, que apenas estará tibio, termine por calentarse, porque todo esto parece increíble. Más increíble cuando, como en mi caso, no se cree ni en el sobor­no ni en la corrupción, sino en esa deformación mental que es la base implícita de Civilización y barbarie o de París en Amé­rica, según se la quiera llamar.  Es decir, en la zoncera.

 

Vamos por orden:

 

I.— La separación del Alto Perú.

 

a)   Rivadavia, como Ministro de Las Heras, comisiona al General Arenales para que entreviste a Olañeta, el último je­fe español, y le proponga la secesión de las cuatro provincias del Alto Perú.  (Correspondencia diplomática de los EE. UU. recopilada por Williams R. Manning, tomo I, parte segunda, pág. 756, donde corre el oficio de John Forbes, encargado de negocios de los EE. UU. en Buenos Aires, al Secretario de Es­tado míster Henry Clay).

 

b)  Cuando el General Sucre convoca a una Asamblea pa­ra decidir sobre el destino de las provincias altoperuanas, Bo­lívar se le opone y le dice así:

"Ni Ud., ni yo, ni el Congreso mismo del Perú ni de Co­lombia, podemos violar las bases del Derecho Público que te­nemos reconocido en América. Esta base es que los gobiernos republicanos se fundan entre los límites de los antiguos virreynatos, capitanías generales o presidencias, como la de Chile. El Alto Perú es una dependencia del Virreynato del Río de la Plata...". "Llamando Ud. a estas provincias a ejercer su so­beranía, las separa de hecho de las demás provincias del Río de la Plata". (Simón Bolívar, Obras Completas, T. II, págs. 83 y 84, oficio del 21-2-1825). Dos días después Bolívar oficia a Santander y dice: "El Alto Perú pertenece de derecho al Río de la Plata", (ib., Id., T. II, pág. 98, oficio del 23-2-1825). An­te esta actitud, Sucre, que se apoya en el visto bueno de Bue­nos Aires, deja sin efecto la convocatoria y dos días más tarde oficia al Gobernador de Buenos Aires informándole que pien­sa retirarse con sus fuerzas del Alto Perú. (Asambleas Consti­tuyentes Argentinas, recop. Emilio Ravignani, T. I, pág. 1304).

 

Como se ve, son los rivadavianos los que han resuelto "perder" el Alto Perú, confirmando la decisión con que se ne­gó apoyo a San Martín en la campaña sobre el mismo. (Lo que conviene a Buenos Aires es replegarse sobre sí misma, Mabragaña, Los Mensajes).

 

La voluntad de achicar el país ha fracasado frente a Olañeta y frente a Sucre.  La tercera será la vencida.

 

c)   Con el pretexto de buscar el apoyo de Bolívar (guarde usted lector, memoria de esto para cuando se trate de la Banda Oriental) en la guerra contra el Brasil, en 1825, son comisionados por Buenos Aires el General Alvear y el Dr. Mi­guel Díaz Vélez para ofrecer los territorios del Alto Perú para la nueva República de Bolivia.

 

Ya se ha visto cuál es el pensamiento de Bolívar clara­mente expresado; ha hecho todas las oposiciones posibles. Bo­lívar ahora no tiene más remedio que aceptar, pero aún en ese momento, quiere salvar con una ironía sus escrúpulos.

 

Ofrece una recepción a los delegados de Buenos Aires y allí dice que brinda "por el Congreso de las Provincias Unidas del Río de la Plata cuya liberalidad de principios (¿el mal que aqueja a Argentina es la extensión?), es superior a toda alabanza, y cuyo desprendimiento con respecto a las provin­cias del Alto Perú es inaudito".

 

¡Inaudito!, he allí la justa calificación. V. Ernesto Restelli. "La Misión Alvear-Díaz Vélez". Publicación del M. de R. Ext. J. S. Busaniche, "Bolívar visto por sus contemporáneos".

 

 

II.— La separación de la Banda Oriental y las Misiones Orien­tales.

 

Veamos cómo también fue deliberada y reiteradamente buscada la pérdida de la otra banda.

Artigas definió desde el primer día su voluntad rioplatense ("Proclamas del 11 de abril de 1811 en Mercedes y del 5 de abril de 1813 frente a Montevideo". Archivo Gen. de la Nación. Div. Nac. Gob. 181111813. S.I.A. 5o, 5), y explíci­tamente lo reitera en lo firmado en el Paso de Belén, donde dice que "la autonomía provincial no debe entenderse como independencia nacional". Art. 4o del Plan (A.G.N. "Tratados con Artigas y las Autoridades artiguistas del Litoral"). Lo es­tablece también después de la liberación de Montevideo y rendido Vigodet. (A.G.N., "Documentos firmados en el Fuer­te de Montevideo el 9 de julio de 1814, que Artigas ratifica en su Cuartel General el 18 de julio de 1814).

 

A pesar de esto el General Alvear ofreció a Artigas, por intermedio de Nicolás de Herrera, la segregación de la pro­vincia Oriental y el reconocimiento como entidad definitiva­mente emancipada, que Artigas rechazó terminantemente. Este ofrecimiento se reitera poco tiempo después por intermedio del Coronel Elías Galván. Insiste aún más Buenos Aires, y reunido el Congreso de Oriente, instalado por Artigas en el Arroyo de la China, hoy Concepción del Uruguay, llegaron a Paysandú el Coronel Blas Pico y el Dr. Bruno Rivarola, quie­nes le ofrecen, en nombre del Director Álvarez Thomas, lo que sigue:

 

"Buenos Aires reconoce la independencia de la Banda Oriental del Uruguay renunciando a los derechos que por el antiguo régimen le pertenecían". (A.G.N., Documentos fir­mados en el Cuartel General de Paysandú el 18 de julio de 1815).

 

Esta es la respuesta de Artigas a la proposición que lleva la misma fecha y que dice:

 

"La Banda Oriental del Uruguay entra en el rol para for­mar el Estado denominado Provincias Unidas del Río de la Plata... La Banda Oriental del Uruguay está en el pleno goce de su libertad y derechos; pero queda sujeta desde ahora a la Constitución que organice el Congreso General del Estado legalmente reunido, teniendo como base la libertad". (A.G.N., Documentos suscriptos por Artigas).

 

Artigas, ni consideró la contrapropuesta: "Llenándose de sorpresa, se lo comunica al Director Álvarez Thomas al ver lo que le ofrecieron en contestación". (A.G.N., Oficios del 18 de julio de 1815).

 

Sorpresa, dice Artigas, como diez años después Bolívar dirá inaudito. Así sigue siendo: sorpresa, al enterarse; inaudito, al juzgarlo. Es que "el mal que aqueja a la Argentina es la extensión" y hay que achicar.

 

Entre tanto, los portugueses han invadido la Banda Orien­tal, donde permanecerán diez años con el tácito acuerdo de Buenos Aires.

 

Luego, al producirse la independencia del Brasil, coyun­tura excepcional pues las fuerzas ocupantes están divididas entre portugueses y brasileños, los portugueses de Montevideo gestionan ante Estanislao López que este caudillo pase a la Banda Oriental con sus fuerzas. ¿Qué supone usted que hace Rivadavia? ¡Lo envía al General Soler como mediador entre portugueses y brasileños!

 

Pero, enseguida la victoria de Ayacucho obliga a Buenos Aires a apoyar a Lavalleja y sus 33 Orientales, cuya campaña ha sido preparada y financiada por Rosas y sus amigos.

 

Ya en guerra con el Brasil, ha llegado el momento de que Bolívar cumpla la promesa en función de la cual se pre­textó la pérdida del Alto Perú1. En la zoncera siguiente vere­mos cómo se cumplió. Pero no por culpa de Bolívar sino a la inversa: por los que habían producido el "inaudito" hecho con el pretexto de la posible guerra con el Brasil.

 


 

Zoncera N° 5

 

"Oponer los principios a la espada"

 

He aquí una zoncera que remacha las anteriores.

 

En el momento decisivo en que la espada del vencedor de Ayacucho, conforme a lo convenido hubiera significado la victoria total sobre el Brasil y la reintegración de la Banda Oriental y las Misiones Orientales, Rivadavia, que como hemos visto ha cedido el Alto Perú para buscar tal alianza, la rechaza. La zoncera es de Mitre —una de las tantas "frases históricas" de Mitre—, y fue pronunciada en el discurso de éste en la Plaza de la Victoria conmemorando el nacimiento de Rivada­via el 20 de mayo de 1880. (Ya veremos que este discurso es un nidal de zonceras que Mitre incubaba como el avestruz macho). Conviene transcribirla:

 

"El Libertador de Colombia y redentor de tres repúblicas se había trazado su itinerario político y militar desde las bocas del Orinoco y las costas del Pacífico hasta el estuario del Plata y sus ríos superiores en el Atlántico, meditando subordinar a su poderío las Provincias Unidas, conquistar el Paraguay y derribar el único trono levantado en América —el trono que aflige al republicano Mitre es el de los Braganzas, con el que estábamos en guerra en la ocasión—, remontando de regreso la corriente del Amazonas en su marcha triunfal a través del Continente subyugado por su genio".

 

Por miedo al hipotético e imposible periplo de Bolívar, regresando con su ejército por el Amazonas, como en aquella aventura antigua de los marañones con Aguirre, o como la tentativa fracasada del Coronel Fawcet ciento y pico de años después de Bolívar, los principios exigen perder la otra banda del Plata y el Uruguay.

 

¿Qué  principios?

 

Uno solo: El mal que aqueja a la Argentina es la exten­sión. También Mitre se aflige por el Paraguay a cuya destruc­ción irá después aliado con los Braganzas. Aquí también po­demos comprender el por qué de la hostilización a San Mar­tín.

 

¿Hubiera tolerado el héroe misionero, vencedor en la úl­tima batalla de la Independencia, los planes rivadavianos entre los que se incluía la pérdida de las Misiones Orientales, es decir hasta la disgregación de su propia provincia natal? ¿Y hubiera valido para el mismo el pretexto principista —los prin­cipios contra la espada— que se hizo valer contra Bolívar?

 

Pero sin el aporte de Bolívar, por obra de los orientales —que en el Congreso de la Florida han ratificado la política de Artigas como integrantes de las Provincias Unidas— y del ejército argentino que cruza el Uruguay y de la escuadra, la guerra nos ha dado sus cartas de triunfo. ¿Pero de qué valen las batallas si la diplomacia juega en contra? García, Ministro de Rivadavia, conviene con el Emperador del Brasil la entrega de la Banda Oriental.

 

Rivadavia se ve obligado a desautorizarlo, pero no puede esconder su responsabilidad y cae: pero su caída es tardía. Ahora aparece la mano escondida de Inglaterra que ha ganado a Lavalleja para su plan. Este es que la Banda Oriental no sea ni argentina ni brasileña1.

Por ahora lo dicho basta para documentar que por el Norte y por el naciente, hubo una política continuada, que no fue de alto-peruanos ni de orientales, sino de los unitarios porteños. Es la política de que "el mal que aqueja a la Argen­tina es la extensión", hija del prejuicio de "civilización y bar­barie" que se complementa con la idea de crear en Buenos Aires una ciudad hanseática, como lo era Montevideo ya. Una cabeza de puente con un destino europeo en América.

 

Así queda bien claro que la disgregación del virreinato no fue producto de la suerte adversa de las armas, ni de la vo­luntad de los pueblos que se disgregaban, sino el producto de una mentalidad ideológica de dirigentes que sustituían los elementales principios que hacen a la grandeza de las nacio­nes, por las perspectivas que ofrecían los mitos económicos y culturales del siglo XIX, que adoptaban como pajueranos deslumbrados por las luces de la ciudad, e inevitablemente condenados a que se les vendieran el buzón y el tranvía.2-3

 

 


 

Zoncera N° 6

 

"UN ALGODÓN ENTRE DOS CRISTALES"

 

La República Oriental del Uruguay fue inventada donde antes existía la Banda Oriental del Río de la Plata. Esta era una provincia, como Entre Ríos, Santa Fe, Buenos Aires, o como Río Grande, según los gustos. Era menos letrada que el Uruguay, como se verá si se compara Artigas con los Batle. También si se compara el sistema político del caudillo con el Ejecutivo Colegiado, que no será práctico, pero es de lo más jurídico y adelantado. Por esto mismo del adelanto, los orien­tales se llamaban Gervasio, Nepomuceno, Aparicio, etc., y los uruguayos Washington, Nelson y así.

 

Había en aquella época (antes de la invención), dos cla­ses de orientales: los provincianos de una de las Provincias Unidas del Río de la Plata (que eran ellos de las demás pro­vincias y las demás provincias de ellos, y no de los porteños, como querían los unitarios, que fue origen de todo) y los cisplatinos, que eran provincianos del Brasil.

 

Los orientales, que eran peones, estancieros, soldados, chacareros, caudillos y artesanos, creían que el Río de la Plata servía para unir. Los cisplatinos, que eran comerciantes del puerto y doctores de Montevideo, creían que servía para se­parar.

 

En el Brasil se consideraba brasileños a los cisplatinos, unánimemente, porque en el Brasil no había unitarios, lo que daba unidad nacional. En Buenos Aires había quienes consideraban cisplatinos a los orientales. Eran los unitarios, porque los unitarios, como su nombre lo indica, son partidarios de la unión, como las viudas, que les dicen a los hijitos después del entierro: "Ahora que somos menos vamos a estar más unidos". Y enseguida se ponen a buscarles un padrastro.

 

Los unitarios tenían, además de las razones inglesas, las propias para desear que los orientales fueran extranjeros: más que razones propias, razones de casa propia, como se vio después con las dos "tiranías sangrientas".

 

El autor de la zoncera que comento fue Lord Ponsomby.

 

La dijo después que inventó la República Oriental del Uruguay. Después que los brasileños hubieron peleado conve­nientemente con las Provincias Unidas de los dos lados del Río de la Plata; es decir, cuando los dos equipos no daban más, se puso de referee, y dio fallo salomónico. Que ninguno de los dos era local, como pretendían ambos, y que la Banda Oriental era cancha neutral. Es ésta una explicación perfecta­mente comprensible en un ambiente olímpico.

Tal vez esto de inventar una nación resulte molesto para los inventados y provoque la protesta de las tías viejas y sol­teronas.

 

Nos han enseñado que lo hacían Alejandro y los roma­nos. Que Carlomagno lo hizo por testamento, y todos los reyes por razones dinásticas. Y después las repúblicas por razones republicanas. Que lo hicieron después de la Primera última guerra en Versalles, y que lo hicieron después de la Segunda última guerra en Yalta. Y la comprendemos hasta en el Congo, por más negro que se vea todo.

 

Pero en el Río de la Plata ¡no!!! Aquí nos hemos dego­llado entre unitarios y federales, entre colorados y blancos, radicales y conservadores, peronistas y anti-peronistas, como podemos hacerlo mañana por colegialistas y anticolegialistas, de puro vicio, porque en el Río de la Plata no hay cuestiones sociales, ni económicas propias que lo expliquen. Y los intereses extranjeros no intervienen porque el Río de la Plata está en la estratósfera, y nadie se mete de afuera, como no sea para hacer de referee. Esto está en contradicción con toda la histo­ria extranjera que nos enseñan, pero de acuerdo con las his­torias nacionales que nos escriben. Porque si estudiáramos las historias nacionales como estudiamos las extranjeras, conoceríamos nuestra historia. Y nuestros problemas. Y lo importante es que los ignoremos para que sigamos creyendo en el conflic­to entre "civilización y barbarie".

 

Pero volvamos a lo del algodón entre los dos cristales, es decir entre Brasil y la Argentina. No sé si ustedes habrán visto la "mosqueta", una timba fácil de instalar (y de levantar si viene la policía).

 

El "gentleman" tiene tres cáscaras de nuez y un porotito y pone, o aparenta poner éste debajo de una de las cáscaras. Los "puntos", que creen saber dónde está el porotito, se jue­gan enteros a su cáscara respectiva, y cuando el "gentleman" la levanta resulta que está debajo de una de las que no juga­ron. Si el banquero es realmente un "gentleman" les regala las cáscaras y el porotito a los perdidosos. Sólo se queda con las apuestas.

 

Lord Ponsomby era un "gentleman".

Y regaló una zoncera. Esta del algodón.

Y "tutti contenti".

 

Todas estas cosas las han dicho varios. Y el más impor­tante, un oriental llamado Luis Alberto de Herrera, que es­cribió un libro sobre la "Misión Ponsomby"; ahora lo acaba de decir el profesor Street de la Universidad de Cambridge, que ha editado un libro sobre la "invención" de la República Oriental del Uruguay.

 

El inglés trae documentación inglesa, o sea mercadería im­portada, que es la buena, como dijo la señora "gorda" que no cree en la de Herrera porque es industria nacional. Hay, pues, para elegir, como en los cigarrillos. Yo en esto, como en el tabaco, fumo del país, y aseguro que el enfisema es el mismo, pero más barato,

 

Me enteré de la existencia del libro por una nota biblio­gráfica publicada en un diario de la tarde, de Buenos Aires. De la síntesis publicada resultaba que la mercadería importada confirmaba los datos de la mercadería oriental, y para conse­guir el libro y también admirar al periodista que se había permitido decirlo, lo fui a visitar. Este me dijo que lo del oriental era impublicable, pero no lo del inglés, y que tampoco había leído el libro, pues se había limitado a traducir la nota bibliográfica que sobre el mismo publicaba el "New York Herald". En esas condiciones, se trataba de un documento des­contable, que no podía cuestionar la gerencia: con dos firmas, una inglesa y otra norteamericana.

 

Entonces lo publicó en ejercicio de la libertad de prensa.

 

Esto no es una invitación a leer el libro, que además ya está traducido lo cual no es obstáculo para la gente importan­te del Uruguay, pues habla inglés. La dificultad es para los adversarios de éstos, que hablan lenguas orientales. Pero ahora están aprendiendo el cubano, idioma que se parece al nuestro, como el de la televisión. Sólo que el de la televisión se piensa en norteamericano, y el de los orientales, orientales de occi­dente, se piensa en ruso o chino. (Esto de hablar un idioma y pensar en otro es muy fácil de entender para los lectores de Martínez Estrada, que tiene que estar en Cuba para entender Buenos Aires, y en Buenos Aires para entender Cuba, cosa muy típica de nuestros "inte­ligentes". La naturaleza le ha dado al calamar la tinta para que no lo vean, pero cuando el calamar usa la tinta de impren­ta, el que no ve es él, y privado de la vista, sólo sabe de lo que pasa en sus aguas por el ruido que hacen otros calamares que están en otras aguas. Esto lo explicó mejor Macedonio Fer­nández pues nos dejó un libro titulado No todo es vigilia la de los ojos abiertos, que tampoco he leído, pero basta con el títu­lo, y conocer a los calamares).

 

Me faltaba agregar que cuando la República Oriental del Uruguay se inventó, como no había más que orientales y cisplatinos, hubo que inventar los uruguayos. Y éstos fueron fran­ceses, italianos, hasta ingleses (pero de esos pocos, para disi­mular, porque no hacían falta habiendo unitarios, que era lo mismo pero menos visible). Ahora hay uruguayos nativos, porque los orientales terminaron por serlo, y la República Oriental del Uruguay es cosa definitiva, y este comentario es una cosa nostálgica, como Allá lejos y hace tiempo, que es un libro nostálgico y romántico que escribió un inglés. La nostal­gia sólo debe servirnos para que de aquí en adelante no ten­gamos que ser nostálgicos.

 

Brasil, el Uruguay y la Argentina están definitivamente formados. Brasil no necesita de los grandes ríos para acceder a su interior, y una elemental concepción geopolítica debe unirnos en el Cono Sur, primer paso de vuelta a la gran estra­tegia de cuando éramos otra cosa, y nos sentíamos todos lati­noamericanos. Ya no nos pueden contar que hace falta el al­godón entre los dos cristales, para que no se rompan las vi­drieras. Ahora, se trata de que cuidemos la vidriera común, porque también el Uruguay es de vidrio, o de cristal, si les gusta más.

 

No nos perjudicarán si entendemos lo de aquí y ahora, como lo de "allá y hace tiempo".

Y utilizaremos la tinta para lo que fue dada al calamar: para su propia defensa y no para facilitar a los pescadores de calamares 1y 2.

 


 

Zoncera N° 7

"LA TROYA AMERICANA"

 

Después de la zoncera anterior ésta viene al pelo, porque también explica cómo se fue colocando "el algodón" y cómo los primeros uruguayos eran vascos, franceses, italianos y gen­te sin nacionalidad, como unitarios, etc., que peleaban contra los orientales que los sitiaban. La defensa de Montevideo frente al ejército argentino-oriental comandado por Oribe, se convierte, con esta zoncera, en un hecho "homérico".

 

Pero hay una diferencia que salta a la vista: los defenso­res de Troya eran troyanos; los sitiadores eran, con los aqueos a la cabeza, los griegos, extranjeros y adversarios de aquélla. En esta Troya americana los sitiadores eran precisamente los troyanos, es decir los orientales.

 

Para evidenciar el disparate de esta zoncera me basta transcribir lo que al respecto dice Ernesto Palacio hablando del sitio que duró más de diez años, única analogía con lo que ocurrió en Troya según Homero. Y nos atendremos a lo que dice Mitre, el Hornero de la Troya americana, que Palacio en su Historia de la Argentina, A. Peña Lillo editor, Bs. As., cita:

 

"Sobre las características de la ciudad tenemos un testimo­nio insospechable en el general Mitre que actuaba entonces como artillero de Rivera. Según sus referencias, Montevideo contaba entonces con algo más que 31.000 habitantes de los cuales sólo 11.000 eran nativos, la mitad negros emancipados. El resto —contando a nuestra emigración— eran extranjeros, principalmente franceses".

 

He aquí cómo se organizaría la defensa, dice Palacio trans­cribiendo a Mitre:

 

"Los proscriptos argentinos formaban una legión de más de 500 hombres... Los franceses se organizaron en batallones en número de más de 2.000 hombres... Los es­pañoles... 700 hombres... Los italianos... 600 hombres. El núcleo del ejército de la defensa lo componían cinco batallo­nes de infantería y un regimiento de artillería de negros liber­tos, mandados en su mayor parte por oficiales argentinos. El resto, hasta el completo de 7.000 hombres, lo formaban tres batallones y algunos escuadrones de la guardia nacional, que en gran parte se pasaron a Oribe por pertenecer al partido Blanco".

 

Hasta aquí el historiador don Bartolomé Mitre, dice Palacio. Continúa ahora Palacio, dejando a Mitre: "Más que una ciudad, como se ve, se trataba de una especie de factoría in­ternacional, con población aventurera y adventicia", cuyos ver­daderos ciudadanos —agrego yo—, ínfima minoría de la po­blación, soportaban la situación con disgusto y lo demostraban desertando en masa a las filas nacionales que eran las de Ori­be.

 

"En esta compañía heterogénea de agentes internacionales y masónicos, agiotistas, mercachifles, piratas y aventureros de toda laya... los emigrados de la Comisión Argentina preten­dían llevar contra su patria la guerra de la civilización", sigue Palacio.

 

Como se ve, la situación era opuesta a la de Troya; los Aquiles, Patroclos, Agamenones sitiadores, estaban dentro de la ciudad sitiada; Príamo y los suyos, afuera. Los sitiados aquí son los intrusos; los sitiadores, los dueños de casa. Como se ve, no hay ninguna similitud con Troya.

 

¿Y lo de americana? ¿Qué clase de americanos eran esos traidores a su patria, de la emigración? Pero sobre todo, ¿qué clase de americanos son los franceses, italianos y españoles que constituyen la parte más numerosa de la defensa? Tal vez lo fueran los negros, pero libertos precisamente al precio de con­vertirse en soldados.

 

Ahora resulta evidente que la Troya americana no era más que el puerto de desembarco de los nuevos conquistadores; la base de operaciones de una nueva colonización. Decid Zan­zíbar, Goa, Guantánamo, Panamá, Hong Kong, Macao y lo­graréis un acertado parangón. Pero no con Troya.

 

Si lo de Troya americana es mala literatura, es peor histo­ria. Pero mala literatura y peor historia están estrechamente unidas en esta zoncera.

 

Digamos de la Troya americana que lo que tenía de Troya era el caballo.

 

Meter el caballo, es lo mismo que "meter el perro" pero con los héroes adentro. Esta zoncera es pues un caballo troyano que nos meten a argentinos... y uruguayos.


 

Zoncera N° 8

 

"LA LIBRE NAVEGACIÓN DE LOS RÍOS"

 

Esta es una zoncera por inversión del concepto que com­plementa y concurre a la política de reducción del espacio.

 

Funciona como si se asentara en los libros colocando en el Debe lo que corresponde al Haber, y en el Haber lo que es del Debe.

 

Es la primera zoncera que descubrí en las entretelas de mi pensamiento y con ello quiero demostrar una vez más que "an­che ío sonno pittore", es decir zonzo, por lo que me las sigo buscando mientras lo invito a usted a la misma tarea.

 

En la escuela primaria no era de los peores alumnos y con­taba con cierta facilidad de palabra, motivos por los que fre­cuentemente fui orador de los festejos patrios. En uno de esos había bajado ya de la tarima, pero no de la vanidad provoca­da por los aplausos y felicitaciones, cuando mi satisfacción em­pezó a ser corroída por un gusanillo.

 

Entre las muchas glorias argentinas que había enumerado estaba esta de la libre navegación de los ríos, y en ella empezó a comer el tal gusanito.

 

El muy canalla —tal lo creí entonces— me planteó su inte­rrogante, tal vez aprovechando lo vermiforme del signo:

 

—"¿De quién libertamos los ríos?".

Y en seguida, como yo quedaba perplejo, agregó la res­puesta:

—"De nosotros mismos. ¡Je, je, je" —agregó burlonamente.

—"¿De manera que los ríos los libertamos de nuestro pro­pio dominio?" —pensé yo de inmediato, ya puesto en el dis­paradero por el gusano. Y continué—: "Pero entonces, si no eran ajenos sino nuestros, y los libertamos nosotros mismos, ¿se trata sencillamente de que los perdimos?".

 

Busqué entonces algunos datos y resultó que era así: la libertad de los ríos nos había sido impuesta después de una larga lucha en la que intervinieron Francia, Inglaterra y el Im­perio de los Braganzas. Y en lo que no se había podido impo­ner por las armas en Obligado, en Martín García, en Tonelero, por los imperios más poderosos de la tierra, fue concedido —co­mo parte del precio por la ayuda extranjera— por los liberta­dores argentinos que aliados con el Brasil vencieron en el cam­po de Caseros y en los tratados subsiguientes.

 

Entonces me pregunté qué habrían hecho los norteame­ricanos si alguien les hubiera impuesto liberar el Mississipi. Y los ingleses de haberle ocurrido eso con el Támesis. O los alemanes en el caso con el Elba. O los franceses con el Ródano. Y ahora pienso en Egipto con el Nilo, y así, hasta no acabar.

 

Se me ocurre que hablarían de la pérdida del dominio de sus ríos y que lógicamente en lugar, como nosotros, de conver­tir en triunfo esa liberación y darse corte con ella, habríanse dolido de esa derrota y hecho bandera del deber patriótico de retomar su dominio.

 

Los mismos brasileños que tanto hicieron por la "libertad" de nuestros ríos, tienen una tesis distinta cuando se trata de los ríos de ellos, aún cuando esos ríos sean el acceso marítimo a otros países.  En el caso del Amazonas, sostienen la tesis inversa a la que sostuvieron en el Plata y mantienen celosamente su dominio porque entienden que "su navegación es cosa que rige el que controla su cauce inferior".

 

Y esto no significa obstaculizar la navegación de los que están en el curso superior. Pero se trata de conceder a los que están en el curso superior ventajas lógicas, convenidas, producto del acuerdo entre los ribereños, cosa muy distinta a la renuncia de la soberanía como en el caso de la proclamada libre navegación, "urbi et orbi", que es la pérdida del dominio de cada uno en la parte que le corresponde. Con lo que se ve que la mentida "libertad" que significa nuestra pérdida no es siquiera la determinada por el común uso y vecindad, sino una disposición en beneficio de las banderas imperiales ultra­marinas y en perjuicio de la formación de una propia creación náutica.

 

También para eso se impuso al Paraguay la libre navega­ción después de la guerra de la Triple Alianza, porque todo es un complemento del pensamiento de los Apóstoles de Manchester que Mitre ejecutaba como instrumento de la política de los Braganza, a su vez instrumento de otra política, pero sacando ventajas propias. Y ainda mais. Pero aquí entra a jugar otra zoncera que se verá más adelante.

 

La-libre-navegación de los ríos fue una derrota argentina que nos presentan... ¡como una victoria! Y encima nos ense­ñan a babearnos de satisfacción y darnos corte, como vence­dores, allí, justamente donde fuimos derrotados.

 

¿Comprenderéis ahora por qué se oculta la Vuelta de Obli­gado donde, a pesar de la derrota impusimos nuestra sobera­nía sobre los ríos, y se celebra, en cambio, Caseros, donde di­cen fuimos vencedores, y la perdimos?

 

¿Será porque la victoria no da derechos?

Pero ésta es la zoncera que sigue 1 y 2.


 

Zoncera N° 9

 

"LA VICTORIA NO DA DERECHOS"

 

Esta es una zoncera intrínseca. Puramente conceptual, pe­ro se articula con todo el pensamiento antinacional que pre­side las zonceras ya vistas que se refieren al espacio. Como en todas, nos repiten y repican con ella hasta el punto de que nos parezca obvio, y lo obvio es, precisamente, que es una zoncera, y de las más disparatadas.

 

Después de haber comprobado cómo una derrota puede ser presentada como una victoria —cosa que usted habrá he­cho después de leída la zoncera La libre navegación de los ríos y que la extensión es un mar— le será fácil comprender cómo durante años pudimos haber repetido esta otra zoncera sin analizarla.

 

La pedagogía colonialista, que tuvo capacidad para pre­sentar como victorias las derrotas, previo el caso de una posi­ble victoria y pensó de qué modo neutralizarla. ¿Qué mejor manera de esterilizar una victoria que privarla de sus frutos?

 

Es más. Es una forma pedagógica de impedir siquiera la lucha: ¿para qué luchar si el vencer es infructuoso? Esto lleva a aceptar la derrota de antemano y generar la indefensión. El que tiene esta posición está de antemano vencido y dispuesto a ceder, a entregar. A cualquier cosa, pero no a combatir... ¿Qué digo combatir?, ¡ni siquiera a discutir! Porque... ¿para qué vencer si la victoria no da derechos?

 

Pero lo terrible es que la derrota los quita y así se elabora una mentalidad que más que al campo de la política pertenece al de los juegos infantiles del gana-pierde. Si gana, no puede ganar en función del principio que profesa. Si pierde los demás, desde el "vae victis" de Breno —si es que el bárbaro sabía latinajos— a los sutilísimos tratados destinados a proteger la civilización y a asegurar el imperio de la libertad para los pueblos, le aplican las disposiciones que el vencedor impone al vencido. Y las normas de paz que se crean son aquellas des­tinadas a asegurar el mantenimiento de lo ganado por la vic­toria.

 

Claro está que este principio de la victoria no da derechos lo aplicamos exclusivamente cuando se trata de los intereses de la Nación.

 

Otro caso es cuando se trata del interés patronal, o del sindical, del partido político o del grupo de presión, o simple­mente los negocios particulares de cada uno o de un grupo social y hasta deportivo. Entonces el que gana, gana, y el que pierde, pierde. Y se acabó lo de la victoria no da derechos. Y si usted no lo cree, vaya y sáquele a Estudiantes la copa que le ganó al Manchester y verá lo que le dicen los "hinchas".

 

Pero esto es precisamente lo que propone la zoncera: que seamos zonzos cuando se trata del país y vivos cuando se tra­ta del club de fútbol, de la Sociedad Rural, del sindicato de plomeros, del ejército, de la marina, de los civiles, de los par­tidos, del alquiler, de todo. De esa manera podemos ser do­blemente zonzos: no sabemos sacar el fruto de la victoria cuan­do ganamos como Nación y profesamos un principio que invi­ta a la derrota antes de la pelea; pero cuando se trata de lo particular somos tan vivos que no cedemos un tranco de pollo y nos dividimos profundamente, con lo que contribuimos a la debilidad del conjunto que es la del país 1y 2.


 

Zoncera N° 10

 

“LA NIEVE CONTIENE MUCHA CULTURA”

 

Esta zoncera la recogió Sarmiento de Emerson y la hizo suya. En los países donde nieva se piensa así, y se dice. En los que no tienen la suerte de padecerla se piensa lo mismo aun­que se dice menos, ahora. Pero persiste en el subconsciente.

 

Juan José González Arigós me contaba que en Estados Unidos, para borrar la peyorativa imagen de "South America" cuando se habla de la Argentina lo más eficaz es exhibir foto­grafías de Bariloche. Con nieve a la vista la actitud de los oyentes es otra, pues reconsideran los supuestos basados en palmeras y bananeros. Es curioso que a pesar de creer en la zoncera, Sarmiento se empeñó en perder cultura ofreciendo las nieves de la Patagonia a los chilenos. Tal vez porque los onas —indígenas hoy só­lo sobrevivientes en la palabra de cuatro letras de las cruzadas, suerte que no comparten los alakaluf y los yaganes, también extinguidos— eran más bien un argumento en contra de la cultura que contiene la nieve.

 

Puedo pensar que los norteamericanos al adquirir Alaska, no fueron en busca de cultura, máxime teniendo presente que se la compraban a los rusos que tampoco eran la cultura. (A pesar de la nieve, pues como sabemos por la canción: "...Mos­cú está cubierto de nieve y los lobos aúllan").

 

Alaska era un desierto como la Patagonia; un desierto nevado y sin embargo inculto. ¿O es que la nieve de Alaska aporta cultura y no la de Tierra del Fuego? Es muy posible que Emerson haya viajado a Florencia, después de dicha la zoncera, para mejorar su cultura artística, y tal vez navegado por el Egeo visitando las ruinas del Partenón; y luego, las Pirámides y los templos egipcios "que el sol calcina". Fechaba sus cartas en números arábigos y veía la hora en números romanos y leía autores clásicos que en su vi­da se abrigaron apenas con una sabanita. ¡Porque hubo esas culturas sin nieve, en que hasta los dioses vivían a la intem­perie, en templos abiertos a todos los rumbos!

 

A pesar de todo lo cual nuestro zonzo dirá tal vez como Emerson:

¡Ah, si la pampa estuviese cubierta de nieve como el Nue­va York de invierno o como el Moscú de la canción! ¡Cómo seríamos de cultos!

 

En julio de 1918 nevó intensamente en Buenos Aires. En lugar de aprovechar la oportunidad para culturizarme, yo que estaba en el Colegio Nacional me subí las frazadas hasta la cabeza y como el frío siguió varios días, me quedé libre. Evi­dentemente yo no estaba organizado para la cultura y me per­dí la oportunidad; si hubiera estado dispuesto para ser un ni­ño modelo —cosa que veremos más adelante— hubiera aprove­chado la oportunidad para asistir a clase justamente esos días que eran los cultos de "primera" y no de "segunda" como los habituales en un país sin nieve.

 

Esta zoncera está en el filo de las que se refieren al es­pacio geográfico y las de auto-denigración, que vienen en el capítulo que sigue. El comprobar que éste es un país sin nie­ve, lo que lo disminuye para la "intelligentzia", autorizaría su inclusión en este último capítulo. Pero como su referencia es a lo geográfico —en cuanto a clima— se ha preferido incluir esta zoncera en las que tratan del espacio, reservando para las auto-denigratorias las que tratan el hombre y los pueblos.

 

En el siglo XVIII Hume dijo: "Hay alguna razón para pensar que todas las naciones que viven más allá de los círcu­los polares o entre los trópicos son inferiores al resto de su especie". (Ensayo Of National Character, 1758). El Iluminismo y el Racionalismo europeo y el poder momentáneo de esa Europa generaban la doctrina de los caracteres nacionales que serviría de sustento filosófico y científico a su predominio so­bre los pueblos atrasados. Ya en el Renacimiento Jean Bodin había expresado esta idea de manera categórica: "Los más gran­des imperios se han propagado siempre hacia el Sur y casi nunca del Sur al Norte". Voltaire continúa esta tradición climática europea al afirmar: "Cabe hacer sobre las naciones del Nuevo Mundo una reflexión que no ha hecho el Padre Lafitau, y es que los pueblos alejados de los trópicos han sido siempre invencibles, y que los pueblos más cercanos a los tró­picos han estado sometidos a monarcas, casi sin excepción". A su vez Montesquieu en su Espíritu de las Leyes declara solem­nemente: "Esto se comprueba en América: los imperios des­póticos de México y Perú estaban próximos a la línea ecuato­rial y casi todos los pequeños pueblos libres estaban y están aún hacia los polos". (No explica si los "pieles rojas", los onas o los araucanos representaban una cultura superior a la azteca o al incario).

 

Poco cuesta comprobar que los griegos partían de un supuesto inverso, pues miraban de Sur a Norte. Así Aristóteles en Política, Libro VII, afirma

 

"que los pue­blos de clima frío de Europa tienen brío (léase así: brío, no frío, porque esto es cierto) pero son de escasa inteligencia y de escasa capacidad de organización. Los pueblos del Asia en cambio, son inteligentes y de ingenio, pero carecen de empu­je. Entre los dos, los griegos, por estar ubicados en una re­gión intermedia por su posición geográfica son a la vez brio­sos e inteligentes y viven en libertad y con buenos gobiernos".

 

Como se ve, Hume, Voltaire, y Bodin y también Montesquieu están en buena compañía. Sólo que el Peripatético par­tiendo de un mismo determinante, la temperatura, afirma to­do lo contrario, con lo que el frío —o la nieve— es una contra para la cultura.1

 

Basta pues enfrentar griegos o romanos con nórdicos para percibir el macaneo de todas estas doctrinas climáticas desde que "la civilización" de los países está vinculada a su momen­to histórico respectivo, y no a una decisión de la naturaleza que haya establecido cuáles serán de primera y cuáles de se­gunda o tercera.

 

Nuestros ilustrados iluministas y románticos pudieron op­tar por el punto de vista de los griegos. Pero fueron conse­cuentes con su actitud simiesca en cuanto a las doctrinas racistas y climáticas que profesaba la parte de Europa que para ellos representaba la civilización, desde que identificaban con civilización la de un espacio y de un solo momento de la his­toria. Pero si el problema de la raza y la cultura inferior —lo que llamaban barbarie— se propusieron resolverlo por la sus­titución de los hombres y modos, no podían hacer lo mismo en cuanto a la geografía, de dónde resultó, por la adopción de las teorías climáticas que estábamos indefectiblemente condenados a ser un país de segunda en la medida en que la naturaleza había dispuesto las cosas de una manera distinta —inferior pa­ra ellos— al modelo donde se daban las condiciones óptimas.

 

Ya hemos visto cómo se achicó el espacio para aproximar­nos a la "civilización". Pero esto no bastaba desde que no po­dían mover los trópicos y el círculo polar, ni cambiar nuestras montañas, ni el régimen pluvial, o las erupciones volcánicas, ni nuestros ríos, por los del modelo, ni suprimir las particula­ridades americanas restantes, ni incorporar las europeas faltantes. Nuestro destino estaba limitado en la geografía, en cuanto no coincidía con las supersticiones científicas que habían asimilado como verdades inconclusas y en las que se suponía el destino condicionado por el clima.

 

De aquí también que limitaran la imaginación prohibién­dose concebir el país de otra manera que conforme al modelo. Lo geográfico inmovilizaba el desenvolvimiento; tenía que hacerse por los carriles ya establecidos en la civilización que in­tentaban reproducir, y así el progreso sólo se podía dar como se dio en Europa y en las condiciones de Europa.

 

Antes he hablado de la extraordinaria imaginación de Sarmiento. Ved ahora a qué poca cosa queda reducida cuando mira a la distancia, limitado por los prejuicios geográficos que constituyen una de las bases de su pensamiento civilizador:

 

"Al Sur, desde el Río de la Plata a Magallanes, no tiene territorios por la opulencia y la variedad de su vegetación, por la profundidad y utilidad de los ríos que desembocan en el Océano, que prometan ser asiento de grandes y florecientes ciudades... No debemos, no hemos de ser nación marítima. Las costas del Sur no valdrán nunca la pena de crear para ellas una marina... No. No hemos de ser nación marítima, líbrenos Dios de ello y guardémonos nosotros de intentarlo... Las marinas son las manos de hierro con que las grandes na­ciones, nadie más que ellas, extienden sus dominios a través de los mares... No salgamos de nuestros ríos. La naturaleza nos ha indicado nuestros dominios acuáticos río adentro."

 

"Colonicemos río arriba: colonicemos alrededor de nues­tras ciudades y no imaginemos El Dorado; porque el país no vale la pena de correr los azares de una población lejana... Bahía Blanca será algún día algo, aunque nada le ha impedido serlo en tres siglos que está colonizada". (En realidad, recién se empezó con Rosas). "Pero no queremos ponerla en conser­vatorio creando marina para ir a recoger algunos huevos y plumas de avestruces... Una cincuentena de guardiamarinas que serán luego pilotos lemanes de nuestros ríos, con bastante saber para embelesar una coriza... Nada de mar, así que nos veamos libres de cuestiones con los que en el Pacífico tienen hartos mares".

("El Nacional", 7 de julio de 1879).

 

Leed ahora la proclama de Napostá, que Juan Manuel de Rosas dirige a sus tropas al terminar la Campaña del De­sierto:

 

"... Las bellas regiones que se extienden hasta la Cordi­llera de los Andes y las costas que se desenvuelven hasta el afamado Magallanes quedan abiertas para nuestros hijos."

 

¿Tenía Rosas más imaginación que Sarmiento? ¡No! ¡Qué iba a tener! Simplemente tenía buen sentido, porque partía de no subalternizar lo propio y apoyarse en las realidades geográficas y humanas y no en un falso cientificismo.2

 

Y sin embargo el sistema de la zoncera ha querido que Sarmiento, que contribuyó a disminuir lo que era —el mal que aqueja a la Argentina es la extensión— y propugnó despreciar lo que restaba, pasa por el conductor del progreso, en lugar de serlo quien conservó lo que restaba y abrió el horizonte del futuro. Este, por el contrario, es según el sistema de las zon­ceras, el símbolo del anti-progreso, porque la zoncera utiliza la expresión progreso como una abstracción conceptual, válida contra el sentido común que es concreto y exige conservar lo que es, tierra y hombre, y asegurar lo que todavía no está logrado. El visionario se mueve sobre la nebulosa de las ideologías de moda; el hombre de estado se mueve sobre el piso firme de la realidad. Eso es todo y de ahí la necesidad de la zoncera para robarnos el piso.

 

Y sin embargo Sarmiento tenía delante de sus ojos los Estados Unidos, que tanto admiraba, que estaba realizando su "civilización" sin las limitaciones que las teorías climáticas imponen a las posibilidades geográficas. Veía surgir Califor­nia y Texas y Utah, Arizona y Colorado, en zonas que están muy lejos de corresponderse con las exigencias climáticas que su visión europea de la civilización le impone. Está viendo la técnica de Europa asimilada y traducida para crear en lo que fue desierto, para transferir al Pacífico lo que es del Atlántico y al trópico lo que está en la nieve, adecuándolo y creando nuevas modalidades o nuevas técnicas que ya no exijan las condiciones europeas. Propone el modelo pero no ve la posi­bilidad de creación que éste enseña, pues se aherroja en esas leyes inmutables que la superstición de lo europeo, como clima necesario de la civilización determinan. Se cierra para imagi­nar lo impensable —tal vez esto de la electricidad, del petró­leo, del uranio— y al cerrarse cierra nuestro destino porque lo limita a lo pensable dentro de las leyes que acepta como váli­das. Cuando enuncia ese pequeño destino ¿qué sabe del carbón, del hierro, del cobre, del azufre, de toda la riqueza potencial que está en ese país más allá de "nuestros dominios acuáticos río adentro", de "nuestras propias ciudades"? ¡Pensar eso es imaginar "Dorados"!

 

Basta con esto. En esta zoncera de que la nieve contiene mucha cultura, a contrario sensu están contenidas las leyes de nuestra limitación dada por la geografía adversa que es adversa sólo porque no es europea. Vendrán paralelamente las doctrinas económicas destinadas a condicionarnos como nación dependiente. Ya veremos cómo estas zonceras y las denigratorias cuartean aquéllas, para que seamos sólo lo que podamos hacer en el limitado espacio geográfico que se parece a Euro­pa, y donde ella puede copiarse sin intentar nada propio y creador aunque  más no sea por la simple  adecuación de la técnica o por la creación de técnicas nuevas.

 

Aparentemente esto de que la nieve contiene mucha cul­tura es una zoncera intrascendente, pero si la articuláis con todas las zonceras paralelas que llevan a la subestimación de lo propio habréis comprendido su significación en conjunto y su resultado que es crear una mentalidad asentada en el su­puesto de la propia inferioridad. Así nuestros teóricos de la civilización hacen todo lo contrario de la civilización que aspi­ran a reproducir, porque al aceptar como leyes definitivas aquellas en que está fundada su superioridad como producto de sus propias condiciones, acepta la inferioridad nuestra, hija de nuestras condiciones, en cuanto distintas a las que se en­tendían por óptimas para el desarrollo de la civilización.

 

Estas son cosas que ya no se pueden discutir seriamente y nadie se atrevería hoy a enunciarla como doctrina. Pero es­tán metidas en el substrato de nuestra "intelligentzia" y van implícitas en cada una de las puerilidades que se siguen sem­brando por el aparato de la "pedagogía colonialista". Y si no, pregúntese usted mismo, si no se siente más hijo de la cultura, con un gorro de astracán, si pertenece a la izquierda, o con un stetson londinense, si a la derecha, que cuando se cubre con un amplio sombrero de paja mejor avenido con nuestro clima de segunda.

 

El objetivo de la zoncera no es desde luego atribuir a la nieve en sí actividades culturales. Es mostrar una inevitable incapacidad generada en la temperatura como ambiente de­terminante de la alternativa de "civilización o barbarie".


 

B)   ZONCERAS SOBRE LA POBLACIÓN (O de la autodenigración)

 

"La tesis de la debilidad o inmadurez de las Américas —dice Gerbi— nace con Buffon a mediados del siglo XVIII". Es el traslado a los animales y al hombre de la idea de la in­ferioridad geográfica que acabamos de ver en la zoncera "la nieve contiene mucha cultura". "Uno de los descubrimientos más importantes de Buffon, y uno de los que más lo enorgulle­cían es éste: que son diversas las especies de animales del mundo antiguo y de la América Meridional. Diversas y, en muchos casos, inferiores, o más débiles las del mundo nuevo". Así recuerda Gerbi que para Buffon el león, el rey de los ani­males del viejo mundo en su versión sudamericana carece de melena y además "es mucho más pequeño, más débil y más cobarde que el verdadero león". Agrega Gerbi que la intuición surgida de confrontar el puma con el león se extiende fulmi­nantemente a toda la serie de los grandes mamíferos.1

 

Así compara el elefante con el tapir y éste le resulta un paquidermo de bolsillo. No se puede comparar la alpaca y la llama con el camello. Como muy bien dice Gerbi, Buffon hace desfilar los animales como si bajaran uno tras otro del Arca de Noé. "Una primera conclusión se impone: la naturaleza viva es aquí mucho menos activa, mucho menos variada, y hasta podemos decir que mucho menos fuerte".2

 

La segunda conclusión viene enseguida y es que los ani­males domésticos llevados por los europeos a América corren la misma suerte que los animales salvajes. Dice Gerbi citando a Buffon:

 

"Los caballos, los asnos, los bueyes, las cabras, los cerdos, los perros, todos estos animales se han hecho allí más pequeños; y... aquellos que no se transportaron, sino que fueron allá por sí mismos —(seguramente del Arca de Noé previa es­tadía en el viejo continente)—, como los lobos, las zorras, los ciervos, los corzos, los alces, son así mismo notablemente más pequeños en América que en Europa, y esto sin ninguna ex­cepción" (Buffon, Oeuvres Completes, vol. XV. pág. 444).

 

En conclusión, la naturaleza sudamericana es hostil al desarrollo de los animales. Y enseguida del criterio geográ­fico viene el criterio genético. Así Buffon descubre que la naturaleza del nuevo mundo es opuesta al desarrollo de los grandes gérmenes. Y aquí ya no se trata de los animales en general sino del hombre en particular. Nos dice: "el salvaje es débil y pequeño por los órganos de la generación; no tiene pelo ni barba, ningún ardor para con su hembra..." (Oeuvres Completes, tomo XV, págs. 443-446).

 

Sirva saber que la tesis despectiva de nuestra América y su hombre, tenía el respaldo eurocéntrico de la ciencia para comprender en cierta manera esta auto-denigración que carac­terizó la "intelligentzia" en los primeros pasos del país y aún en el período en que el eurocentrismo se afirmó en todos los terrenos durante el siglo XIX. La deformación producida por el esquema de civilización y barbarie, explica en gran parte una actitud de pajuerano deslumbrado por las luces del cen­tro y hace inteligible el descastamiento despectivo del propio origen, de la propia cultura y de las propias posibilidades. Pero lo que fue un error en el mejor de los casos, al que se sumaba la "leyenda negra", ahora es un crimen deliberado y consciente que se continúa practicando masivamente por la "intelligentzia" a través de todos los instrumentos de informa­ción y cultura. Así se opuso el inmigrante al nativo como se habían opuesto civilización y barbarie. Si el país venció hacien­do suyo al descendiente del inmigrante, fue venciendo a la "intelligentzia" que buscó el proceso inverso. Iremos viendo algunos aspectos  de la autodenigración.


 

Zoncera N° 11

 

"GOBERNAR ES POBLAR"

(Con permiso de Mc. Namara y el B.I.D.)

 

Al hablar de la población no hay frase más adecuada que la enunciada por Alberdi. Pero no se trata de una zoncera en sí, sino todo lo contrario. Se convirtió en zoncera exclusiva­mente porque el mismo Alberdi le imprimió un sentido auto-denigratorio que analizaremos a renglón seguido.

 

La famosa frase pertenece a las "Bases" y dice lo siguien­te: "La población en todas partes y esencialmente en América forma la sustancia en torno de la cual se realizan y desenvuel­ven lodos los fenómenos de la economía social". Esto no pasa­ría de ser una simple perogrullada si no adquiriera su carácter de zoncera al subrayar su autor la frase "esencialmente en América". ¿Por qué esencialmente "en América", cuando se tra­ta de un principio general de orden lógico? Simplemente por­que poblar en América tiene un sentido especial. Y aquí es donde ya vemos que "gobernar es poblar" no significa lo que literalmente expresa, sino poblar de determinada manera y con determinada población.

 

Las zonceras concernientes a la población, en otras pala­bras a las características del pueblo argentino, que se dijeron ayer y se siguen reiterando hoy para el mismo pueblo del mis­mo origen y para el proveniente de la inmigración, no están enunciadas en la forma habitual de las zonceras. En el fondo se trata de las presuntas incapacidades de los argentinos. Al­gunas de ellas se analizarán para que se vea la zoncera que constituye su esencia.

 

Pero aunque la idea —gobernar es poblar— era básicamen­te buena, el europeismo reinante  en la Argentina del siglo XIX la arruinó por completo; si el clima era dañino para la buena salud de las instituciones, como lo enseñaban los sabios de la Europa, y las razas nativas, mestizadas de españoles, no eran mejores, se imponía introducir otras razas, ya que el cli­ma era inmodificable. Ante un país desierto, que sólo necesi­taba grandes masas de población para explotar sus recursos vigentes. Alberdi condensó un programa de gobierno en la célebre fórmula.

 

Como su modelo de nación civilizada era Inglaterra (anglomasía compartida hasta por la opinión públi­ca de los países europeos) redondeó en "Bases" la idea de que un peón criollo jamás saldría un buen operario inglés. (Que le contesten a Alberdi los torneros cordobeses de Kaiser o Fiat, que hace cuatro o cinco años pastoreaban cabras en la sierra). En otras palabras, poblar era para Alberdi acarrear inmigración inglesa, que encastase con las mujeres criollas: para lo único que éstas servían era para echar hijos al mundo. Por este extraño mecanismo de un intelectual —y Alberdi fue en reali­dad el único pensador auténtico de la Argentina del siglo XIX, pues Sarmiento no fue un pensador: era más bien un poderoso artista de la palabra— una buena idea de gobierno se trans­formó en una de las zonceras de este Manual.

 

La realidad, como siempre, vino a jugarles una mala pa­sada a Sarmiento y Alberdi. Los únicos ingleses que vinieron al Plata fueron gerentes ferroviarios, que se instalaron en Hurlingham o Lomas de Zamora. Del país no les gustaban ni las mujeres, contrariando así las esperanzas de Alberdi, pues importaban, por las estipulaciones de la Ley Mitre, no sólo carbón, vagones y tinta para escritorio, sino también esposas. El carácter abstracto de los sueños alberdianos se demostraba acabadamente cuando las mujeres de los ingleses empleados en los ferrocarriles debían dar a luz. Al llegar el momento, la empresa les pagaba el viaje a Inglaterra, para que los chicos de los gerentes y altos empleados abrieran sus ojos en las le­janas islas, sacaran sus papeles en un registro inglés y volvie­sen poco después a Hurlingham, ida y vuelta pagadas a costa del flete argentino. Contra todas las previsiones de los teóri­cos, los inmigrantes fueron españoles, italianos, eslavos y hom­bres procedentes de Europa Oriental. ¡Sarmiento quedó ano­nadado! Y Alberdi, que ya estaba viejo, vivía demasiado pre­ocupado con otros temas para detenerse a examinar en la realidad social el destino de sus quimeras juveniles. Pero como hay más sarmientinos que alberdianos y casi todos los sarmientinos son hijos de inmigrantes, la mejor lección que puedo ofrecerles es remitirlos a las páginas despreciativas que dirige Sarmiento a los italianos, españoles y judíos en su libro La condición del extranjero en América.

 

¡Ya verán allí qué de­mócrata y cosmopolita es el autor de Facundo! Pues los teóri­cos de la inmigración sólo querían poblar las pampas con escandinavos y anglosajones: vinieron en cambio los inmigran­tes menos refinados, aunque más enérgicos y laboriosos que sí se integraron al viejo país criollo y dieron origen a la Argentina contemporánea. Jamás sospecharon que sus hijos y nietos serían educados en una zoncera anglófila y que la des­cendencia admiraría justamente a próceres que hicieron burla y menosprecio de sus padres gringos.

 

Decíamos que hay menos alberdianos que sarmientinos y es preciso explicarlo. Los dos eran provincianos de genio. Pero Sarmiento se conchabó enseguida con la oligarquía porteña y a pesar de sus ocasionales rebeldías dio expresión literaria a los gustos e intereses de Buenos Aires. Alberdi, en cambio, que fue hasta el fin de sus días un europeísta convencido, en su ancianidad comprendió aspectos de la vida argentina que per­manecieron inescrutables para Sarmiento. Alberdi fue siempre enemigo de Mitre y lo hizo picadillo históricamente, como a Sarmiento. Esas páginas de Alberdi no son bien conocidas. Circulan, en cambio, todas las atrocidades que escribió en su juventud contra los criollos y en favor de los ingleses. (La oligarquía no sólo tiene la manija del poder, sino la bocina de la gloria. Así, lo han maquillado a Alberdi para mostrarlo a los jóvenes con la cara preferida por la oligarquía liberal. Sólo se habla de "Bases" en la liturgia conmemorativa. Y "Ba­ses" no es el pedestal de su estatua, sino la lápida de su sepul­cro). Si no lo cree, lector, léala ahora mismo y comprobará lo que digo. Gobernar era poblar... con hombres y mujeres laboriosas de cualquier parte del mundo que quisiesen tener hijos y nietos argentinos. Pero como no vinieron los suecos ni los escoceses, la oligarquía se vengó con el aparato cultural y pobló el país de cipayos, sin necesidad de importarlos, sólo con la escuela y la universidad. De donde un gran pensamien­to de gobierno se quedó en pura zoncera. 1


 

Zoncera N° 12

 

"POLÍTICA CRIOLLA - POLÍTICA CIENTÍFICA"

 

El inventor de la zoncera "Política Criolla" fue Juan B. Justo.

 

En Prosa de hacha y tiza, bajo el título "Los novios asép­ticos de la revolución", cito una frase del profesor Silvio Frondizi que dice: "Hasta la aparición del Partido Comunista, el Socialista fue el único partido político argentino de base cien­tífica". Y comento: "Dado el éxito del Partido Socialista habrá que convenir que en la Argentina la ciencia sirve para todo menos para hacer política o que éste es un país anticientífico".

 

Lo último es lo que quiso expresar el maestro Justo cali­ficando como política criolla todo lo que no era científico según su parecer — y entre ello los partidos que le ganaban—; científica era la de los países cuyos partidos quería imitar don Juan B. Justo precisamente porque no tenían política crio­lla. No se le ocurrió pensar que los ingleses tenían política inglesa, los franceses francesa y los turcos turca. Lógicamente no podían tenerla criolla.

 

Para Juan B. Justo todo lo que venía de afuera era cien­tífico y lo que nacía adentro anticientífico, es decir criollo, que es una manera más científica de decir "aluvión zoológico" y "libros y alpargatas", o sea civilización y barbarie.

 

Todavía usted, paisano, oirá a algún viejo orador hablar de la "blusa del obrero". Es una expresión nacida de lo de política criolla, porque la imagen del obrero, para el "maestro", estaba dada por un sujeto con "blusa" y aquí el obrero resultó "descamisado". Ergo, éste no podía ser obrero porque el obre­ro no es tanto el trabajador manual como el tipo que usa blusa. (Bueno, no tanto los obreros, como los artesanos y pequeños burgueses que formaban el cuadro proletario inmigrante, ini­cial del "viejo y glorioso Partido Socialista").

 

La "blusa" de marras no era desde luego la corralera de nuestros paisanos, ni siquiera la chaqueta azul de nuestros ferroviarios. La "blusa", científicamente, es ese blusón de gran­des bolsillos que usted habrá visto, por última vez, en el cine al marido de "La mujer del panadero", que nuestros trabaja­dores se empeñan en no usar, primero, porque no son cientí­ficos, y, segundo, porque después de ver la película han ter­minado por creer que es un uniforme de cornudo.

 

Como en la época de la fundación del PS no había otros trabajadores industriales que una pequeña minoría, en su ma­yoría extranjera y más bien artesanal que obrera, el "maestro" Justo se encontró ante esta alternativa: o facilitar las condi­ciones para el desarrollo industrial que generase un proleta­riado científico, o aceptar el proletariado rural que existía, como trabajador socialista, lo cual era anticientífico. Esto último hubiera implicado hacer política criolla porque había que poner el partido al nivel histórico del criollaje para ha­cérselo accesible. La única forma de no hacer política criolla, es decir anticientífica, era limitar el desarrollo del partido al pequeño grupo que permitía hacer política científica y luego propender a la creación de condiciones para un desarrollo in­dustrial que generase trabajadores a nivel científico.

 

Hizo lo primero pero no lo segundo, porque para la polí­tica científica del Partido Socialista era inadmisible la protec­ción aduanera y la intervención del Estado burgués en la promoción del desarrollo industrial, porque el socialismo cien­tífico del "maestro", partía del principio científico de que ha­bía que hacer lo mismo que el socialismo de los países cien­tíficos, para los cuales la división internacional del trabajo redundaba en beneficio de sus trabajadores. En consecuencia, el "maestro" Justo fue liberal en economía, oponiéndose a la protección para mantener el bajo costo de las importaciones e impedir el desarrollo de una burguesía nacional, condición inseparable de la existencia de trabajadores industriales. Esto complacía mucho al socialismo de los países científicos que tenían interés, como los capitalistas de los países científicos, en el bajo costo de nuestras materias primas y en la importa­ción de sus manufacturas. En las Zonceras económicas se verá esto con mayor extensión.

Así, no pudo hacer socialismo con los trabajadores exis­tentes porque eran anticientíficos y se opuso a la creación de una industria que pudiera generar trabajadores científicos, porque eso hubiera sido contrariar al socialismo científico de los países donde daban las pautas científicas de los países dependientes.

 

De este modo, la "derecha liberal" y la "izquierda socia­lista" hacían el juego de la economía colonial en beneficio de las burguesías y los obreros de las metrópolis bajo la mirada comprensiva y estimulante de los políticos europeos viendo a la civilización en sus términos más opuestos, trabajar en contra de la barbarie criolla.

 

Como consecuencia de todo esto, en aquellas provincias del interior donde el desarrollo de una gran industria, vitivi­nícola y azucarera, pudo dar origen a un movimiento socialista, que efectivamente tuvo un comienzo prometedor, el socialismo se vio en la imposibilidad de progresar porque el medio obli­gaba a darle a la política características criollas que contra­riaban la ciencia política del "maestro". De tal modo Cantoni en San Juan, Lencinas en Mendoza, Bascary y Vera en Tucumán, Mateo Córdoba y Tanco en Jujuy, desplazaron a su favor las posibilidades del socialismo, aglutinando a los trabajadores en su lucha de ascenso por la simple razón de que como no eran científicos podían hacer política criolla.

 

En la pampa húmeda tampoco los trabajadores rurales reunían condiciones científicas y entonces el Partido Socialista intentó ser el partido de los chacareros arrendatarios que eran más científicos, pero también más clase patronal que proleta­riado. En la Capital pasó algo parecido, sobre todo cuando los movimientos de masas movilizaron a los trabajadores no científicos. Así ocurrió con el yrigoyenismo primero y con el peronismo después.

 

Si bien la política criolla en su origen le sirvió al "maestro" para denigrar los métodos anti-populares de la política oli­gárquica, la expresión política criolla adquirió su más alta y enfervorizada carga imprecatoria cuando las características anti­científicas de la política criolla trajeron la presencia de las masas al Estado. Tan es así que el "maestro", y después sus discípulos, para combatir la política criolla coincidieron ple­namente con la vieja oligarquía, convirtiendo al Partido So­cialista en el brazo porteño de la lucha contra la política criolla popular, de Yrigoyen y Perón.

 

Así la industrialización, que contrariaba el planteo eco­nómico antiproteccionista y anti-estatista del Partido Socia­lista, venía a contrariarlo mucho más electoralmente al generar masas de trabajadores anticientíficos, que no se oponían, sino apoyaban la evolución burguesa del país. La lucha socialista contra la política criolla dejó de tener por objetivo la lucha contra la política criolla del pueblo, y desde entonces, el Partido Socialista limitó su destino a servir la política anti-­popular. Así enfrentó primero al radicalismo y después al pe­ronismo, en lo que el cientificismo del Partido Socialista vino a coincidir con el otro partido político señalado por Silvio Frondizi como científico: el Partido Comunista. (Aquí además por consigna exterior).

 

Pero lo que interesa es señalar la vinculación de los ab­surdos doctrinarios del Partido Socialista con el supuesto pre­vio de civilización y barbarie, que es el que impidió al "maes­tro" y sus discípulos adecuarse a la realidad social.

 

El "maestro", como casi toda la izquierda de esa generación, partió desde aquella zoncera, y la expresión política criolla, no es más que una nueva calificación peyorativa de la realidad nacional. Sin este previo punto de partida peyorativo, serían imposibles de comprender estas contradicciones. Y sobre todo que sea peyorativo decir política criolla. Pero es lógico cuando la política y los intereses que se benefician son "gringos".


ZONCERAS COMPLEMENTARIAS DE

"POLÍTICA CRIOLLA"

 

Del peyorativo política criolla han nacido otras zonceras complementarias de las cuales se mencionarán algunas. Asados y empanadas. Juego, beberaje y peleas. Educar al So­berano. Quiera el pueblo votar.

 

Para los impugnadores de la política criolla, ésta ya está condenada desde el vamos, porque asados y empanadas acom­pañan al acto electoral, y son una prueba de la incapacidad política del nativo.

 

Al "maestro" Justo le hubiera bastado el más elemental marxismo, o siquiera historicismo, para comprender que el asado y las empanadas son una imposición de la geografía y el transporte, en su momento.

 

El día del comicio se reúnen en un insignificante villorrio dos o tres mil votantes que habitan en un radio de 30 ó 40 leguas cuadradas.

 

¿Cómo podrían comer sin asado y empanadas? Los parti­darios del PS además de ser muy civilizados no pasan de 5 ó 10, y pueden ir a comer a la fonda del pueblo cuya capa­cidad es de 15 ó 20 cubiertos. ¿Pero dónde comerán los 1.990 que restan?

 

Con esta simple observación de la realidad, la zoncera se viene al suelo. Si esto lo comprenden los viejos y atrasados caudillos de los partidos tradicionales, ¿por qué no lo entien­den los científicos secretarios del centro o fermentario socia­lista?

 

Además, aquellos caudillos saben perfectamente, especial­mente los conservadores, que la gente come donde le da la gana, y vota —cuando la dejan— por quien le da la gana, así como usa el vehículo que le resulta más cómodo, sea para viajar, sea para quedar bien. Si hubiera sido por los asados y las empanadas y los automóviles, ni los radicales ni los pero­nistas le hubieran ganado nunca a los conservadores que, por razones obvias, eran los que carneaban gordo, casi como para los ingleses... y de los buenos tiempos.

 


 

También la política científica le cargaba a la barbarie —política criolla— los borrachos, las tabeadas y los tajos fre­cuentes en los días de elección, en su incapacidad de com­prender que el acto electoral era a la vez la posibilidad de encuentro en el villorrio de gente desparramada en una gran extensión geográfica y la única circunstancia propicia a su encuentro. Así, el día de la elección tenía un significado de fiesta con esa aglomeración tan espaciada en el tiempo —una vez cada dos años—, donde la gente buscaba las diversiones típicas de las reuniones camperas; también se buscaban los que tenían algún "asunto" que arreglar. De aquello salía la bebida y el juego, que son efecto y no causa; de esto las pe­leas y los tajos. Ni más ni menos que en la feria de las pobla­ciones europeas. ¿Cuándo iba a jugar, a beber o a pelear? ¿Cuándo estaban solos?

 

De todos modos, son situaciones suscitadas por el medio y no por la política en sí y que se corrigen —como está ocu­rriendo— por la modificación de las condiciones del medio en su integridad. La política se hace con relación al medio y el que prescinde de él, no hace política, se queda en científico, porque el medio no es científico.

 

¿Pero es científico el medio donde se hace la política francesa o norteamericana, propuestas como modelo? ¿No fue el caudillo de los mercados en París una de las más altas fi­guras de la Tercera República y se jactaba de ello? ¿Y creen los políticos científicos que como caudillo su técnica era muy distinta de la de Sancerni Giménez o Rabanal, o la de don Alberto?

 

¿Han oído hablar estos científicos de que en los países de política científica los gangsters de Chicago organizaban la elección de los jueces, o del significado de Tammany Hall en Nueva York? ¡Por favor! ¿No han visto "Los intocables"? Va­yan y pregúntenle a Ness, y después me cuentan lo de política criolla.

 

¡Leyendo la vida de Lincoln de Emil Ludwig, encuentro un relato que viene "al pelo". Escasos de recursos. Lincoln y su rival Douglas, alquilan en común un coche para visitar a los electores. En una ocasión llegan a una granja, y como el granjero está en el campo, arando, Douglas va a verlo; Lincoln, más haragán o más psicólogo, prefiere "trabajarse" a la gran­jera que en ese momento está ordeñando y para ganarse su simpatía no se le ocurre mejor cosa que sacarle el banquito y ponerse a tirar de las tetas. De la vaca, por supuesto.

 

¡Lo que hubiesen dicho los detractores de la política crio­lla si Tamborini, Mosca, Perón o Quijano, u otros más recien­tes, por ejemplo Illia u Onganía, le hubieran ordeñado la vaca a la votante como don Abraham, ahora que las granjeras tam­bién votan! Es cierto que estas de aquí son chacareras, lo que es menos científico que ser granjera.

 

La filiación intelectual que enuncia la expresión política criolla es la misma de los rivadavianos y se origina en la inca­pacidad de comprender la realidad porque ésta se ha decreta­do negativa previamente. No hay que adecuar el proceso al medio sino derogar el medio para crear otro artificialmente.

 

De tal manera es imposible una política de multitudes desde que ellas pertenecen al medio y así, subconscientemente, la izquierda termina por identificarse con la derecha, aunque sus programas científicos sean inversos: lo mismo da que por razones de privilegio se sostenga el gobierno de la minoría o que se niegue la presencia de las mayorías a mérito de que son anticientíficas; en los dos supuestos, el concepto es el del despotismo ilustrado aunque unos utilicen la política criolla para mantenerlo y los otros lo nieguen, contribuyendo a su mantenimiento.

 

Todas estas cosas son tan elementales que parece impo­sible se le escapasen al talento de Juan B. Justo. Su falla no consistía, pues, en su falta de inteligencia. Consistió en lo que hemos señalado al hablar de todas estas zonceras.

 

I)   Educar al Soberano.

 

Aunque la zoncera ésta no provenga del "maestro" Justo está implícita en la política criolla porque parte de un supues­to puramente pedagógico. La educación no es aquí el producto de una formación histórica sobre la vida, sino de una pura formación pedagógica.

 

Hace ya años, un periodista español exilado escribió en "La Nación" una nota en que equiparaba a Sarmiento y a Joaquín Costa, el polígrafo y político español, porque ambos habían tenido como lema la educación. Pero marcaba una di­ferencia, a la que no hacía juicio por in-importante, pues Costa había dicho "despensa y educación" mientras el sanjuanino había prescindido de enunciar la despensa.

¡Pavada de diferencia!

 

Despensa y educación significa la elevación de las con­diciones sociales en el orden material que la educación viene a complementar. Educación solamente, significa confiar ex­clusivamente en la eficacia del alfabeto. Mientras en el primer caso la educación se asienta en la realidad y produce frutos, en el segundo es como levantar agua con horquilla. En alguna parte he dicho que es inútil enseñar a bañarse a los santiagueños, pues con 42° de temperatura la gente se baña a palpito si hay agua: el problema entonces es de agua, más que de educación, pero los educadores del Soberano creen que basta con el adoctrinamiento teórico.

Esta zoncera corre pareja con la que sigue.

 

II)   Quiera el pueblo votar.

 

Pero cuando el pueblo vota, como no vota científicamen­te, están todos de acuerdo en que vota mal porque no está suficientemente educado, y el resultado es que aún los mismos científicos que se aferran a lo de quiera el pueblo votar, ter­minan por coincidir con los menos científicos de la oligarquía que quieren conservar el poder, aunque no digan esto por poco científico.

 

No lo dicen, hacen. Y así ocurrió frente al yrigoyenismo y frente al peronismo, porque el juicio sobre la capacidad po­pular fue el mismo y será siempre: "no está suficientemente educado", es sólo "alpargatas" o "aluvión", en cuanto expresa el pueblo argentino de la realidad y no lo que corresponde al pueblo argentino de la imagen científica. La reacción sigue siendo la misma de los rivadavianos y el fundamento básico el mismo: civilización y barbarie. Y así el "educar al soberano", que es otra zoncera paralela de "quiera el pueblo votar", con­diciona ésta al cumplimiento de aquélla. Educar al soberano consiste en meterle las zonceras. Sólo puede votar cuando está azonzado y no conoce sus intereses.


 

Zoncera N° 13

 

ESTE PAÍS DE M...

 

Al tilingo la m... no se le cae de la boca ante la menor dificultad o desagrado que les causa el país como es. Pero hay que tener cierta comprensión para ese tilingo, porque es el fruto de una educación en cuya base está la autodenigración como zoncera sistematizada. Así, cuando algo no ocurre según sus aspiraciones reacciona, conforme a las zonceras que le han enseñado, con esta zoncera también peyorativa.

 

La autodenigración se vale frecuentemente de una tabla comparativa referida al resto del mundo y en la cual cada cotejo se hace con relación a lo mejor que se ha visto o leído de otro lado, y descartando lo peor.

Jorge Sábato me cuenta que en Nueva York, recibido por un grupo de norteamericanos a quienes acompañaba un ar­gentino, le faltó tiempo a éste para preguntarle como primera noticia de su Patria: —"¿Buenos Aires siempre lleno de ba­ches?" Jorge le dijo: —"Si, hay muchos y te podés romper una pierna. Pero si aquí te metés en el subterráneo después de las cinco de la tarde es casi seguro que te rompen algo... ¡Bueno, todo va en gustos! Yo prefiero romperme una pier­na... y en un bache".

 

Pudo agregarle que si se metía en Harlem podría ser víc­tima de la discriminación racial del poder negro, como podría serlo del poder blanco un "negro" argentino que se metiera en Little Rock.

 

Sin embargo, lo que pasa en el subterráneo de Nueva York, en ciertos barrios de Chicago o en Detroit entre negros y blancos, no nos autoriza, ni a los norteamericanos ni a noso­tros, a suponer que eso solo —y los demás aspectos desagra­dables— den la imagen total de los Estados Unidos. Y mucho menos a un norteamericano, que de ninguna manera dirá que su patria es un país de m... Seguramente pensará a la inversa. Tampoco le ocurrirá al francés, al alemán, al suizo, al inglés o al chino; no excluyo que haya zonzos en todos es­tos países, pero no en la cantidad que aquí y en posiciones dirigentes. Seguramente estarán más cerca de nuestro guaran­go, aquel que mide por el tamaño del bife la significación de lo nuestro. Ya lo veremos a éste, el que canta con Gardel "Mi Buenos Aires querido...".

 

Y aquí viene otra zoncera, que es la de afirmar que Buenos Aires está mal nominado porque tiene un clima intolerable. Lo cierto es que Buenos Aires sólo tiene 50 días, a lo sumo, de calores fuertes y no alcanzan a 60 días los fríos o lluviosos, a los que opone una temperatura media, una abundancia de días luminosos, de cielos increíblemente azules y de noches maravillosamente estrelladas, como creo que hay en pocas ciu­dades en el mundo. Pero el tipo, en cuanto transpira un po­quito y no puede estar en Mar del Plata o en Punta del Este, sólo atina a decir: "¡Esta ciudad de m...!".

 

En otros libros he hablado de estas dos actitudes opuestas entre el detractor y el guarango sobrador. La de este último es constructiva y no se apoya sobre una derrota previa. La fanfarronería —más porteña que argentina— es susceptible de corrección. ¿Pero cómo corregir al tilingo que es el fruto bus­cado de una formación mental a base de zonceras peyorativas que con el respaldo de próceres al caso, ha afirmado nuestra inferioridad como punto de partida inseparable de su "civili­zación"?

 

El técnico que se evade con contrato afuera, de preferencia en dólares, es uno de los que más emplea la expresión. Y también el que la justifica. Se comprende al primero pues tiene la mala conciencia de saber que se va del país sin devol­verle lo que éste le ha dado. (Nuestro estudiante universitario cree que su papá, o él mismo, si la trabaja de self made man, son los que le han pagado la carrera cuando en realidad no han contribuido sino con una alícuota ínfima porque aquí la enseñanza universitaria es un servicio público. Así en lugar de creerse deudor cuando se gradúa, se cree acreedor).

 

Lo mismo que el evadido pontifican los que lo defienden desde la prensa. No es sólo la Argentina sino el mundo entero quien proporciona técnicos al país de más recursos y de téc­nica más adelantada. Dicho sea en favor de los mejores de éstos que muchas veces van a perfeccionar sus conocimientos para luego retornar. Pero los justificadores de los evadidos para hacerlo apelan también a la denigración. Ahora somos un país de m... porque no los retenemos. Hace 25 años para la misma gente, cuando los técnicos se importaban porque no los había, éramos un país de m... por la razón inversa.

 

Pero en realidad se trata siempre del juego de la menta­lidad colonial.

 

Después de la guerra los técnicos de los países vencidos se propusieron trasladarse en gran cantidad a la Argentina que se encontró, en razón de su neutralidad durante el conflicto, con la posibilidad de adquirir gran parte de la técnica alema­na. En cuanto comenzaron a venir, algunos, los Santander y demás yerbas imputaron nazismo al gobierno que posibilitaba su venida e hicieron una campaña de difamación destinada a impedir que la Argentina adquiera ese capital. Entre tanto los rusos y los norteamericanos se los disputaban técnico por técnico valiéndose desde el soborno hasta el secuestro, y gran­de ha sido su contribución, tanto en los Estados Unidos como en la Unión Soviética, para el desarrollo tecnológico de los mis­mos. Después de la revolución de 1955 los pocos técnicos germanos que vinieron tuvieron que huir. ¿Adónde? A Rusia o a Estados Unidos. Y esto contó con el apoyo de la prensa que ahora se aflige por la evasión de técnicos. Como se ve, en este caso más bien que de un complejo de inferioridad se trata de una clara actitud de agentes provocadores.

 

¡Este país de m... que da refugio a los técnicos nazis! ¡Este país de m... que permite la evasión de sus técnicos! Palos porque bogas y palos porque no bogas.

 

En este momento se está renovando la cañería de gas de la calle Esmeralda, donde vivo. Y los mismos vecinos que protestaban porque escaseaba el combustible protestan ahora porque se están haciendo las obras que lo darán en abundan­cia. ¡Y siempre este país de m...! Lo dice el vecino y lo dice el conductor de vehículos que tiene que desviarse y el pasa­jero del colectivo. Ningún órgano de opinión se preocupa de explicarle a la población que las constantes aperturas de ca­lles —por el gas, la electricidad, las obras sanitarias, etc.— tienen su causa lógica en que Buenos Aires se modernizó jus­tamente a principios de siglo y de un solo golpe en la parte céntrica, por lo cual también al mismo tiempo termina la vida útil de las instalaciones dentro del radio céntrico. No así en los barrios cuya urbanización se escalonó en el tiempo.

 

Con un poco de amor al país todos los órganos de publi­cidad debían dar esta explicación pero no lo hacen porque subconsciente o conscientemente piensan que este es un país de m... y hay que provocar lamentos y no afirmaciones opti­mistas. En la misma página o en la siguiente nos informan que París se está blanqueando íntegramente, o de cualquier obra de progreso que se realiza en otro lugar del mundo, con los mismos inconvenientes transitorios para los pobladores... Pero cuando se trata de lo que ocurre en el exterior no se trata de un país de m... sino todo lo contrario.

 

No pretendo, caso por caso, señalar el empleo de esta amable, si que escatológica imagen del país, pero interesa a través de lo referido señalar cómo hay una natural predisposi­ción denigratoria que no es otra que el producto de una for­mación intelectual dirigida a la detractación de lo nuestro. El lector no tiene más que hacer memoria, y verificar en él mismo, el continuo uso que hacemos de la expresión. Porque también, yo pecador, empecé de niño fenómeno:

 

En el cielo las estrellas,

en el campo las espinas,

etc., etc.

 

Y ya crecidito más de una vez salí con lo de este país de m...


 

Zoncera N° 14

 

LA INFERIORIDAD DEL NATIVO

 

El viejo Manzione se había establecido con obraje, a prin­cipios de siglo, en Añatuya. El ritmo pausado de los hacheros santiagueños con su lentitud nativa, le agitaba la sangre de indignación. Un día, cansado del ritmo monocorde y lento de las hachas santiagueñas sobre el tronco de los quebrachos, se fue a Buenos Aires y reclutó una cuadrilla de italianos recién llegados, en el Hotel de Inmigrantes.

 

Todo cambió. La música de las hachas aceleró su ritmo y el quebrachal se estremeció ante el empuje avasallador de Europa, que multiplicaba el golpe y llenaba de redobles el eco de la selva...

 

Pero a los pocos días la cuadrilla se había disuelto y unas cuantas verdulerías más, multiplicaban el comercio minorista de Añatuya, hasta entonces dominio exclusivo de los siriolibaneses.

 

Volvió la selva a la música hachera de los santiagueños, que lenta pero seguramente, la iban aboliendo, para que los rieles importados estiraran su sueño de distancia sobre el sue­ño de quebracho de los durmientes. (Se me ocurre un símbolo de cómo debió ser y no fue: asentar lo nuevo sobre lo viejo y fuerte).

 

Los piamonteses y napolitanos del Hotel de Inmigrantes aprendieron  pronto  lo que los  "turcos" de Santiago habían aprendido antes y se dedicaron al comercio, al menudeo para conciliar clima con sus técnicas, hasta que paulatinamente fueron adquiriendo las costumbres y modos santiagueños, y terminaron por serlo, y más sus hijos, y más sus nietos. Como había ocurrido con los conquistadores españoles, que también lo aprendieron.

 

Vaya usted y vea las cuadrillas de santiagueños en la junta de maíz, en el más benigno clima del Litoral, y ni piamonteses, ni napolitanos, ni siquiera los mismos criollos del Litoral, se les acercan en el número de bolsas a los venidos del Norte. Vaya usted ahora a la siderurgia de San Nicolás y pregunte si hay mejores trabajadores que los correntinos, san­tiagueños y tucumanos que constituyen el grueso de la pobla­ción obrera. O vaya usted y póngaseles a la par, hacha contra hacha, en la picada del quebrachal. Permítame, después, una sonrisa.

 

Pero el "culto" seguirá creyendo que es una cuestión de raza o de herencia cultural, confundiendo cultura con alfabeto y no con el producto de la vida en determinado medio geográfico e histórico.

 

Casi estaría por decir a esos "cultos", que las técnicas más difíciles son las primitivas. Yo puedo largar un "cabecita negra" en Londres y se va a "defender". Me gustaría ver có­mo se comporta el intelectual en un rincón de la selva virgen. Eso sí, le puedo decir que con un peón se puede hacer un trac­torista, pero con un tractorista no se puede hacer un peón ga­nadero.

 

Así son los hechos y de nada sirven los libros sin el cono­cimiento práctico de los mismos; o peor, sirven para confun­dir. ¿Pero esto me da derecho a mí para pensar que el santiagueño es superior al milanés o al napolitano? De ninguna ma­nera. Incurriría en la misma zoncera de mi interlocutor. Son las condiciones del medio y las del sujeto en su formación his­tórica, las que permitirán decidir de su aptitud o no. Pero es­to le resulta muy difícil de entender a nuestros antirracistas de exportación.

 

En El medio pelo en la sociedad argentina bajo el subtí­tulo, "La inmigración en el medio rural" me he referido al con­traste tan traído y llevado a la supuesta superioridad del "gringo" sobre el nativo como trabajador, cuando en realidad se trata de la aptitud técnica correspondiente a los distintos estadios sociales a que nativos e inmigrantes pertenecen en un momento de transición.

 

He tomado allí como punto de partida aquel verso magis­tral de Martín Fierro cuando relata con inusitada ternura la dramática situación del gringuito cautivo. Creo necesario aquí reiterar en otros términos lo que allí se dijo:

 

"Había un gringuito cautivo

que siempre hablaba del barco

y lo augaron en un charco

por causante de la peste:

tenía los ojos celestes

como potrillito zarco."

 

He aquí al gaucho matrero refugiado en los toldos, víc­tima de todas las miserias, constreñidos al último rincón de su infelicidad, revuelto "entre perros, indios y lanzas". Sin embargo se compara con el gringuito cautivo de los ojos celestes y lo protege con la comprensión de su debilidad: "Tenía los ojos celestes / como potrillito zarco", y "siempre hablaba del bar­co", es decir de su mundo del que había arrancado para esta otra vida americana, brutal y para la que no estaba preparado.

 

Antes de ese momento el gringuito era el fuerte; el gau­cho el débil.

Traslademos ahora la acción de este verso a un escenario más amplio.

El gringo, con la técnica y el estilo de vida de su país de origen, se incorpora a la sociedad de la pampa.

¿Es superior o inferior?

Ya sabemos lo que ha dicho nuestra "intelligentzia".

Desde luego no es superior allí en la toldería. Tampoco es superior en el fortín, como el "napolitano" contratado de que también habla Fierro. No es superior en ninguna de las artes que corresponden a la sociedad en que el gaucho se for­mó y a la que pertenece. No sabe hacer un corral de palo a pique, ni quinchar un rancho, ni hacer "chorizo" para sus pa­redes, ni domar un potro, ni entablar una tropilla, ni arrear una tropa, ni orientarse por las estrellas o por los pastos, ni seguir un rastro.

 

El gringo es un inútil y desde su superioridad técnica el gaucho lo ha de mirar entre despectivo y compasivo, según la ocasión. Esta del verso ha sido la de compadecer; la del napolitano en el fortín la de despreciar, o la del organillo.

 

La sociedad que se asienta en la ganadería ha creado sus técnicas que prolongan la mano en el lazo y en el cuchi­llo y permite dominar la naturaleza desde el caballo; su co­nocimiento es la sabiduría de la pampa.

 

Cuando aparece el trabajo agrícola la situación es otra. El gaucho de la pampa ignora la agricultura, y digo el de la pampa porque no ocurre eso en el de las zonas de regadío. La técnica de la agricultura ha sido imposible antes del alam­brado, en un país poblado de innúmeros yeguarizos y vacu­nos donde el cultivo no se puede proteger contra su invasión. El gringo en cambio domina esa técnica que aprendió en el país de origen y esa es toda la superioridad agrícola del grin­go sobre el gaucho, que es la misma superioridad del gaucho sobre el gringo, cuando se trata de la ganadería vacuna. Ni el hombre gringo ni el hombre gaucho carecen de aptitudes; só­lo que cada uno posee aquellas en que fue formado, las jerar­quiza como superiores y tiene un concepto despectivo en lo que no figura en sus tablas de valores.

 

Sólo la ejercitación en la nueva técnica podrá decir quién es inferior y eso se verá mucho más adelante cuando la vida arroje al gaucho a la necesidad del trabajo agrícola que lógi­camente subestima como sobreestima lo que sabe, es decir el trabajo ganadero. Entonces el croto, el criollo, peón de aradas y cosechas, aprenderá y reemplazará al gringo linyera o golondrina en el trabajo estacional de la agricultura. Y también se hará chacarero. Más tarde será el "cabecita negra" y entra­rá al conocimiento de las altas técnicas de la mecánica, la elec­tricidad, la construcción, la siderurgia, etc. Esto ni lo podían presumir los que habían partido del supuesto básico de la inferioridad y no del análisis de las condiciones objetivas propi­cias o adversas del desarrollo de las aptitudes.

Aún más: tampoco resultará inferior el gringo débil o su hijo tal como lo ve Martín Fierro en la estrofa citada, cuando haya aprendido las técnicas de la ganadería.

Mi padre fue matrero en la Revolución del 80. Muy jovencito —quince años— se alzó en su pueblo del oeste con el resto de la mozada huyéndole a Arias que hacía la leva para traer defensores a Buenos Aires. (Pepe Rosa me ha dicho que el combate de Olivera se da en nuestra historia como una de­rrota de Arias, cuando fue en realidad una hábil maniobra por que la fuerza derrotada era un pequeño contingente que tenía una función diversionista que cumplir mientras, a reta­guardia de la misma y sobre el flanco el grueso de la leva se­guía hacia Buenos Aires, donde Arias entró con 3.000 reclu­tas incorporados a la defensa).

 

En una ocasión, ya anochecido, los matreros fueron aler­tados de la presencia de un piquete de tropa. Allí fue el apu­ro por "agarrar caballo". Y mi padre comentaba siempre, rién­dose: —"Los vieran a los gringos cómo lloraban lo que no sa­bían cómo agarrar caballo a oscuras". Esto era para él, hijo de gringo, un signo evidente de inferioridad, y cuando yo le objetaba que me encontraría en el mismo apuro atinaba a de­cir que también yo era un agringado.

 

La anécdota prueba una vez más la relatividad de los conceptos: mi padre, hijo de inmigrantes, había adoptado el punto de vista del gaucho desde que había adquirido la técni­ca del mismo y también sus tablas de valores. Lo cierto es que no se hizo rico, como no se hacía el gaucho, y debía necesariamente hacerse el gringo o su hijo, conforme a su superio­ridad sobre el nativo.

 

Pero aquí tocamos otra cosa que ya no se refiere al domi­nio técnico de la naturaleza: la inferioridad del gaucho para el comercio.

 

Por encima del gaucho se ha conformado una sociedad comercialista y capitalista; el gringo proviene de ella y cono­ce perfectamente la transacción y el valor acumulativo del di­nero. El gaucho ignora hasta la propiedad de la tierra. Se ha formado en donde ésta es "res nullius", o por lo menos desier­to, y su economía es una economía primaria de autosatisfacción fundada en la parquedad de sus necesidades y en la pro­visión por la naturaleza y por sus aptitudes ganaderas, de las cosas esenciales. El dinero es necesario a lo sumo para los vi­cios y elementales urgencias; no tiene valor acumulativo por­que no tiene destino, y sólo puede proporcionarle los lujos del apero y la tropilla. La plata y el oro, aún amonedados, son el adorno de su cuchillo o de su tirador. No concibe lo comer­cial y el comercio no forma parte de su vida; es un incidente con vistas a procurarse cosas de consumo o de uso, nada más.

 

Lógicamente, mostrador por delante, el gringo lo vence siempre y lo vencerá en todo lo que se vincule con sus apti­tudes para la sociedad capitalista. ¿Puede, de aquí, deducirse una inferioridad? Sí, para determinado tipo de sociedad; pero puede ser superioridad para otro.

 

Pero aún dentro de la sociedad capitalista su inferioridad no es congénita ni determinada por el medio geográfico, sino por la realidad de su formación económica y social.

 

Lógicamente instaurada una sociedad de tipo capitalista y comercialista, como ocurre, el gringo le ha de llevar ventaja, porque el país que se construye ha tenido en cuenta al gringo y no al nativo. Lo mismo pasa en la colonización, como trató de demostrarlo Hernández en sus trabajos cuando ella fue posible en la pampa, es decir, cuando el alambrado hizo posible salir de la propiedad latifundista que es un producto en gran parte de las condiciones de producción anteriores al cerco, cuando sólo la distancia y las aguadas hacían posible el aquerenciamiento de las haciendas y los apartes1.

De la supuesta inferioridad criolla2 también nace para nuestra "intelligentzia" las precarias condiciones de habilita­ción de los establecimientos ganaderos. Hudson ha sido en Allá lejos y hace tiempo quien ha explicado las condiciones objetivas que determinan esta particularidad del viejo campo argentino y sus pobladores, ajenas por completo al subjetivis­mo que importa suponer al criollo incapaz para el confort.

 

Dice Hudson que le llamó la atención ver que las estan­cias del siglo XVIII presentaban rastros de haber tenido bue­na casa, monte frutal y huerta, en tanto que las del siglo XIX carecían de todo esto, limitándose a unos pocos corrales y unos malos ranchos. La explicación que encuentra es la que sigue y que demuestra que el primitivismo puede ser una exigencia del medio.

 

Los primeros pobladores de estancias, procedentes de An­dalucía, Extremadura, etc., trataron de reproducir en las pam­pas las características de las fincas de su lugar de origen, pe­ro la experiencia fue enseñando poco a poco que el confort que retenía en la casa y el zapallo o el duraznero a cuidar robaban un tiempo necesario para el cuidado de las hacien­das, que en espacios ilimitados y con aguadas variables y di­seminadas, exigían estar a caballo permanentemente, porque una docena de duraznos o dos caballos podían costar la pérdi­da de 200 ó 300 cabezas de vacunos. Era la naturaleza de la explotación la que generaba los hábitos y no a la inversa, co­mo creen nuestros doctorcitos y muchos agronomitos3.

Igual pasa con los hábitos de vida.

 

Si usted va a pasar hoy unos días al campo y hace noche en una estancia lo despertarán a las cinco de la mañana al gri­to de "¡porteño dormilón!".

 

Después se sorprenderá por el hecho de que los que lo despertaron están hasta las nueve de la mañana tomando ma­te. Es que las rutinas de una técnica, aquí como en Europa, perduran durante mucho tiempo, después que ésta ha sido reemplazada. Antes del alambrado y del apotreramiento en cuadros chicos había que salir antes del sol para llegar al fon­do del campo con la fresca. Por lo demás, los pastos eran du­ros, y éstos se han reemplazado por los pastos blandos que se quiebran si se mueve la hacienda antes de que levante el ro­cío. No hace falta, ni conviene, pues, "mover el campo" tem­prano. En realidad el madrugón es una rutina a la que ayuda el acostarse en cuanto oscurece y el descanso de la siesta que superan la capacidad de sueño. Con la radio, y la televisión mediante, y también con la mayor lectura, ya no será necesa­rio madrugar tanto cuando el sueño se cabecee horas más tar­de.

 

Se podría ejemplificar de manera inacabable.

 

Baste lo dicho para mostrar lo que se dijo en la parte ge­neral de las zonceras de auto-denigración, que refuerzan con el prestigio de "las ciencias", los discípulos de Adam Smith, de Bentham, Stuart Mill y otros de la pacotilla del primero en economía y de los ya citados detractores de lo americano o los excursionistas que los actualizan descubriendo taras lo­cales.

 

Todos de consuno se han empeñado en ignorar las condi­ciones objetivas del medio para imputar el atraso a condicio­nes subjetivas de manera tal que necesariamente nuestro pro­ceso de construcción moderna pareciera sólo posible por la exclusión masiva del criollo en razón de la supuesta inferiori­dad.


 

Zoncera N° 15

 

EL "VICIO" DE LA SIESTA

 

Se trata de un "vicio" típico de la indolencia nativa, según los "cultos".

Mi viejo amigo don Julio Correa, fallecido hace ya años, fue uno de los narradores con más gracejo que he conocido. Era el suyo un chispeante humor, que remarcaba con el acen­to catamarqueño y con uno de sus ojos, cuyo párpado, cayen­do "como capota de coche" —según su decir—, subrayaba el momento preciso del efecto buscado.

 

Nadie que las haya presenciado podrá olvidar la fina gra­cia de las polémicas a chiste entre el santiagueño Chalaco Iramain y don Julio, en que las rivalidades de las dos provincias natales se ventilaban en amables e inagotables anecdotarios.

 

Contaba Correa que viajó una vez a su provincia como delegado de su partido —era radical—, para arreglar uno de los tantos conflictos de campanario con que los provincianos llenan el hueco de las horas vacías. Esas horas vacías que el clima impone, matizadas de trucos y de bromas, almácigos de apodos y de anécdotas bajo la sombra amonedada de sol de los parrales o en la cámara oscura del café o del club, tras el objetivo tachonado de "bufache" de la vidriera.

 

El tren llegó a las tres de la tarde. Desde el estribo, vali­ja en mano, don Julio paseó su mirada por el andén de la es­tación, donde dos o tres escépticos changadores y el inevitable perro pila bajo un banco, sustituían la presumida Comisión de Recepción.

 

Sin embargo, al pasar por la sala de espera, oyó una voz conocida que le daba la bienvenida desde un rincón oscuro y perfumado de "fluido".

 

—"¿Has venido vos solamente?" —preguntó Correa, anti­cipándose ya al fracaso de su gestión.

Pero el otro le explicó, con la razón de su presencia, las demás ausencias:

—"Es que estaba desvelado."

 

Pretendía después don Julio, que no era desvelo. El que lo esperaba también dormía, sólo que era sonámbulo.

 

Los sonámbulos practican a la hora de dormir y el sonam­bulismo diurno no es un sonambulismo de segunda. Donde es más importante dormir en las primeras horas de la tarde que en las de la noche, hay sonámbulos de siesta.

 

Esto tal vez sea difícil de comprender para los que creen que su mundo es el mundo y que los horarios —hasta para el sonambulismo— tienen que arreglarse según los horarios de otros climas más "civilizados", como dicen.

 

Y otras veces es la vida, con sus exigencias, y no el clima, a pesar del clima, la que los organiza, como en el caso de los changadores de la estación de Catamarca y la del mismo jefe de la estación, que tiene que "acechar" la posible llegada del tren sin que le valga el horario de la siesta.

 

*  *  *

 

¡Oh, necesaria, deliciosa y detractada siesta! Sabios hora­rios de provincia, que cierran las puertas de los comercios y los talleres; que nos zambullen en un agua de silencio rayado de chicharras, entornando también la puerta del día hasta que llega la tarde, dulce y fresca como sandía recién sacada del pozo, con una boca gruesa y jugosa, abierta en carcajada.

 

De vez en cuando cae por provincias un "profesor de energía". De esos que han leído a Spencer y a Orison Sweet Marden, y desde luego a Agustín Álvarez, los editoriales de los grandes diarios, las opiniones de los normalistas y el "Reader Digest", y nos abruman con que "time es money", y que na­da se debe dejar para mañana.

 

Yo los he visto llegar a los países de la siesta, pontificar sobre la molicie de las costumbres y la haraganería criolla, que la siesta simboliza, hasta que la siesta misma, como un hada amable y persuasiva, y un poco maliciosa, los ha ido pau­latinamente conduciendo por los caminos del sentido común. Y he visto también rechazarla porfiadamente, hasta el final in­evitable, que va resbalando de los vasos de whisky y las bote­llas de cerveza de las confiterías y los clubs, a la caña de los mostradores de boliche y la botella de los bebedores solita­rios.

 

Y no es un descubrimiento mío, pues pertenece a la me­jor literatura imperial, nada menos que a Rudyard Kipling: "Ahora bien, la India es un sitio más lejano que los otros, don­de uno no debe tomar las cosas demasiado en serio, excepto siempre el sol de mediodía. El mucho trabajo y el exceso de energía matan a un hombre tan seguramente como el reunir muchos vicios". (Rudyard Kipling, Cuentos de las colinas).

 

El cuento es el de un alumno modelo de Sandhurts, que gra­duado va a servir en las fronteras de la India, y que como modelo no se allana a las exigencias del clima. Y lo paga.

 

La India no es Catamarca, ni Santiago del Estero, pero vale la moraleja. Sólo que nuestros "cultos" lo entienden a Kipling, a quien desde luego han leído, pero sólo para la In­dia, y no para lo nuestro. En esto como en todo.

 

Conocí un "profesor de energía" que, increíblemente, era provinciano.

 

Viajaba ya a Tucumán en el verano de 1928. Principiaba enero, y el termómetro del coche comedor del tren batía sus mejores marcas.

 

En La Banda descendió el Coronel De La Zerda, can­didato a gobernador por los radicales antipersonalistas. En el andén una pequeña banda de música, disparos de bombas y el desganado y breve discurso de bienvenida. Después vi salir de la estación el pequeño grupo de partidarios que se alargó en la calle en fila india, pegado a las paredes del norte, como si caminara a pie enjuto por el hilo dentado de su sombra que mellaba la vertical solar. En el andén, levemente som­breado, quedamos solos el jefe de la estación y yo. El corres­pondiente perro pila había vuelto a estirarse bajo el banco, agotado por el esfuerzo de husmearme, y en la punta lejana del andén el auxiliar cachaciento entregaba el aro al maqui­nista.

 

—"¿Puede ganar el Coronel éste?..." —le pregunté al jefe.

—"Vea, señor" —me contestó después de una pausa—, "Pres­tigio no tiene mucho y menos su partido. ¡Pero el hombre es muy trabajador!".

 

Y para ratificarlo —después de "tomarse un tiempo" —agre­gó ponderativamente:

—"¡Figúrese que no duerme la siesta!".

 

Quedamos en silencio los dos. El santiagueño, absorto an­te el fenómeno que acababa de señalar. Yo, rumiando la comprobación sociológica que acababa de hacer: la siesta como expresión del arrastre "bárbaro" de las tradiciones hispano­americanas, y lo que podía significar aquel hombre símbolo, cuando, llegado al gobierno, la desterrara de las costumbres, y ganando horas al tiempo colocara a Santiago del Estero en la ruta de la civilización europea. Pergeñaba "in mente" un ensayo como para las columnas de "La Nación", "La Prensa" o "La Vanguardia", cuando en el momento de volverme en di­rección al tren, oí que el santiagueño —y ya se sabe que el paisano tiene dos tiempos— completaba su pensamiento:

 

—"La verdad, señor, es que no sé qué gana con estar des­pierto,  ¡porque como los demás estamos durmiendo...!".

 

La dinámica del Coronel De La Zerba me había pertur­bado hasta olvidarme del sol, de la temperatura, y las demás condiciones naturales que rigen la dinámica santiagueña.

Tomaba como buen ejemplo el malo, el que no servía para el caso, pues las leyes del caso están dadas por la natu­raleza, a la que no se puede escapar ni aquí ni en la India, sino por el whisky, la cerveza o la caña, porque el que no se evade de la fresca. Así también los borrachos de sabiduría li­bresca, que copian en lugar de mirar, y no ven, porque no to­dos los que miran ven.

 

Inútil decir que el Coronel De La Zerda perdió la elec­ción. Y lo que es más importante: las siestas.

 

Pero ahora sabemos que Winston Churchill dormía la siesta. Adquirió la costumbre en Cuba, en su mocedad. Y pue­de ser que los tilingos comiencen a ponderar sus excelencias. Ellos son así. El tango vino de los salones de París, y ahora la música folklórica les gusta, porque retorna con pase ultra­marino. Es "bian", y los chicos y chicas aprenden la guitarra.

 

Que sea por mucho tiempo. Amén.


 

DE LAS ZONCERAS DE AUTORIDAD QUE SE LE

OLVIDARON A BENTHAM

 

De las zonceras para escolares... y también para adultos

 

A)  EL NIÑO MODELO

El niño que no faltó nunca a la escuela.

El buen compañerito.

El niño que no mintió jamás.

 

 

B)   EL HOMBRE MODELO

El canal de Rivadavia.

El hombre que se adelantó a su tiempo.

El más grande hombre civil de la tierra de los ar­gentinos.

 

 

C)  OTRAS ZONCERAS DEL MISMO TIPO

Como hombre te perdono mi cárcel y cadenas.

El tirano Rosas y la piedra movediza del Tandil.

 

DE LAS ZONCERAS DE AUTORIDAD QUE SE

LE OLVIDARON A BENTHAM

 

Estas zonceras son aquellas cuya administración comien­za con el destete, pero en dosis para adultos.

 

Recordemos que Jeremías Bentham, conforme a su clasi­ficación de los sofismas, dedica un capítulo a los "sofismas de autoridad". Estas zonceras son previas a las de autoridad y sirven precisamente para crear la autoridad o para restarla a quienes se opusieron a los respectivos autores de zonceras.

 

Desde otro punto de vista, son las zonceras menores, au­xiliares de las zonceras mayores, a las que acompañan delante, atrás y a los costados haciéndoles de coro y comparsa.

 

La apariencia de estas zonceras es inocente. Posiblemente le arranquen a usted, una sonrisa nostálgica, como los cuentos de Callejas o los del lobo y Caperucita. A decir verdad, no estoy muy seguro de que lo del lobo y Caperucita no forma parte también de otras zonceras, tan extraños son el lobo y Caperucita a nuestro medio histórico y geográfico. Más bien creo que ésta es zoncera por consecuencia de las otras. Una vez que se ha preparado la concreta en que está inserta, lo de­más viene por añadidura.

 

Así resulta natural que los escolares tocados por el estro poético —los post-escolares también— nos obsequien con sus primaveras abrileñas, y que los Reyes Magos, tan del clima de nuestras Navidades, hayan sido reemplazados por sudorosos y olorosos "Papás Noel" y "Santa Claus" cubiertos de algodón —nieve— y de un manto de pieles, deslizándose por las chimeneas cuando tienen a su disposición todas las ventanas, abier­tas de par en par en las cálidas noches de nuestra estival Na­vidad. Y que las palmeras hayan sido reemplazadas por ne­vadas coníferas y los trineos sustituyan a los simpáticos came­llos. También que se olvide el santo y se prefiera el cumple­años, pero cantando "Happy birthday"...

 

—"¡Un momento!, voy a atender el teléfono...".

—"¡Haló, haló!".

—"¿Qué el 'baby' está enfermito ...?".

—"¡Sí, sí!, 'malade'...".

—"Pero vos sos la mamy', m'hijita... Mejor que lo lla­mes al 'papi'!

—"¿Qué, no puedes sacar el 'carro' del 'aparcamiento'...? Reportame, ¿cómo cuánto lo querés... ? Eso es lo que lo en­ferma. Levantalo y dejalo que participe en la 'balacera' que tiene con los amiguitos".

 

¡Y pensar que de chico tenía miedo de pasar por maricón porque decía mamá y papá en lugar de tata y mama...!


Zoncera N° 16

 

A)   EL NIÑO MODELO

 

Esta no es una zoncera vernácula, pero es madre de otras que lo son. Fue importada de los Estados Unidos como la "coca-cola", pero con menos aceptación por los párvulos. Mark Twain nos ha divertido con sus historias del niño bueno y el niño malo, ridiculizando una educación que porque Benjamín Franklin estudiaba de noche y con vela, espera del estudio nocturno y con vela que cada niño invente el para­rrayos.

 

El niño modelo de los norteamericanos es el niñito Benja­mín Franklin: el nuestro, el niñito Domingo Faustino Sarmien­to. Los norteamericanos propusieron a Franklin porque el otro candidato, Abraham Lincoln, tenía un físico más bien para niño malo. Aquí no se tuvo en cuenta la belleza física, como se comprueba con sólo mirar los innumerables Sarmiento, que en mármol, bronce, yeso o en reproducción fotográfica ace­chan a los niños en todos los rincones escolares.

 

Tal vez el haber llegado a Presidente de la República en un país donde se educa para ciudadano y no para argentino, haya sido fac­tor decisivo, desde que ser Presidente es la legítima aspiración de todo niño modelo que se respete.

 

En la práctica se trata de un error; lo que conviene es ingresar en el Colegio Militar aunque no se sea cadete modelo. Pero las zonceras —como se ve y se verá— son siempre teó­ricas y rechazan la experiencia.

 

Para compensar las lógicas resistencias maternales a que sus tiernas criaturas se parezcan físicamente al modelo, se dis­tribuye una imagen de niño malo, la de Facundo, ocultando sus rasgos bajo una pelambre aterrorizadora, y se enseña a las criaturas lo que el niño modelo cuenta sobre la niñez del niño malo, que si no mató al padre fue porque estaba ocupa­do en sacarle los ojos a las gallinas.

 

De quién era el feo —entre el niño malo y el bueno- tenemos un testimonio. Juan Bautista Alberdi, de vuelta de al­gunas de sus zonceras, de las que terminó siendo víctima, di­ce en "Palabras de un ausente": "Perdido entre los miembros del Instituto de Francia, cualquiera por la forma de la cabeza hubiera tomado a Facundo Quiroga como rival de Arago, el astrónomo; yo he visto bien a los dos". "Sarmiento, al contrario, ha sido equivocado con un abo­rigen de la pampa por las primeras gentes del gobierno de Washington, según lo he oído a un testigo ocular".

 

El niño modelo, según el patrón norteamericano, lleva un diario de su vida que se interrumpe por muerte prematura. El nuestro tiene que vivir para llegar a Presidente y para escribir su biografía ya crecidito. En este caso, la biografía se llama Recuerdos de Provincia. (Es curioso que todas las auto­biografías sean de niños modelos. Habría que averiguar por qué no las escriben los niños malos).

 

Vamos a ver ahora algunas zonceras del niño modelo que son utilizadas en la educación de nuestros párvulos.


Zoncera N° 17

 

I) El niño que no faltó nunca a la escuela

 

La imagen del niñito Domingo Faustino Sarmiento que usted lleva metida adentro, es la de una especie de Pulgarcito con cara de hombre, calzado con grandes botas y cubierto con un enorme paraguas, marchando cargado de libros bajo una lluvia torrencial. (Los niños sanjuaninos son los únicos a quie­nes esta imagen no impresiona, pues saben que jamás llueve en San Juan durante "el período lectivo" como dice la prestigiosa "docente" doña Italia Migliavacca. Más bien a San Juan le da por los temblores y los terremotos).

 

¿A quién no le han machacado en la edad escolar cuando uno prefería quedarse en la cocina junto a las tortas y al maíz frito en los días lluviosos, conque Sarmiento nunca faltó a clase así lloviera, nevara o se desataran huracanes?

 

Lo dice el mismo niño modelo en Recuerdos de Provincia.

 

"Desde 1816, fecha en que ingresé en la escuela de pri­meras letras, la Escuela de la Patria, a la edad de cinco años, asistí a ella durante nueve regularmente, sin una falta".

 

Esta es una de las virtudes del niño modelo que más ha torturado a la infancia argentina hasta la aparición de la nue­va ola de niños malos (“revisionistas”). “¡Nueve años sin una falta a la escuela de primeras letras”, comentan estos malvados. Y agregan ante el contrito magisterio: "¡Flor de burro el tal niño modelo para pasarse nueve años aprendiendo las pri­meras letras! ¡Y después lo critican a uno si repite el gra­do!".

Conviene poner las cosas en su lugar.

 

El mismo niño modelo nos dice que en 1821, a los seis años de su ingreso en la escuela de primeras letras fue llevado al Seminario de Loreto de Córdoba, con lo que los nueve años de  asistencia perfecta que nos cuenta quedaría reducidos a seis.

 

¿Volvió el niñito modelo a la escuela primaria por tres años después del rechazo en el Seminario? Es indiscutible que una asistencia escolar perfecta de seis años a la escuela de primeras letras es una dosis excesiva hasta para un niñito un poco tarado. Mucho más si se trata de nue­ve. Y Sarmiento era un niño precoz. También lo dice en Recuerdos de Provincia cuando relata que ingresó a la escuela a los cinco años "sabiendo leer de corrido, en voz alta, con las entonaciones que sólo la completa inteligencia del asunto pue­de dar".

 

Con esto se derrumba la leyenda de los nueve años de asistencia perfecta, pero también la pretensión vengativa de los niños malos (revisionistas) que sostienen que era un burro. Ni un burro ni asistencia perfecta. Un niño cualunque; pero más bien aventajado, pues siempre fue el primero de la clase.

 

Don Leonardo Castellani, que es fraile y conoce mucho a los chicos, dice que "el chico que nunca se hizo la rabona es sospechoso". En general todos los chicos afirman, como Dominguito, que nunca "se la hicieron", pero conviene descon­fiar.


Zoncera N° 18

 

II) El buen compañerito

 

El artículo 49 del Reglamento del Niño Modelo establece que éste es un buen compañerito. Sarmiento lo sabía y sugiere que era un buen compañerito desde que se pintó como cau­dillo infantil, que nos cuenta en Recuerdos de Provincia cuando describe las guerrillas a pedradas en las que era jefe de su bando. Este relato es de mano maestra, sólo que resulta un poco contradictorio con lo que se sabe de los niños modelos en general, que nunca tiran piedras ni pelean. Más bien son incomprendidos, lo que los obliga a pasarse los recreos junto a las niñas o al lado de la maestra. (Para caudillo en una de cascotazos el que me gusta es más bien el "niño" Facundo).

 

¿Era el niño Domingo Faustino Sarmiento un buen com­pañerito?

 

En Recuerdos de Provincia, nos cuenta lo siguiente: "Estaba establecido el sistema seguido en Escocia de ga­nar asientos. Proponíase una cuestión de aritmética y los que no sabían bien me miraban. Se habían de perder en la vota­ción los que se paraban, yo fingía pararme para precipitarlos. Si, por el contrario, convenía pararse, yo me repantigaba en el asiento y me paraba repentinamente para soplarle el lugar a los que me habían estado atisbando."

 

Cuando le leí esto a mi sobrinito (niño malo revisionista) hizo un comentario irreproducible, agregando enseguida: —"¡Vaya y pase que no soplara! ¡Pero encima enterraba a sus compañeros!".

 

Así, de las propias palabras del niño modelo resulta que, por un lado era el compañerito que exige el reglamento, y por otro, el "falluto" que dice  mi sobrinito con otras  cosas  más.

 

Es una lástima que el autor de Recuerdos de Provincia no nos cuente qué le pasaba a la salida de la escuela al niñito modelo que había "enterrado" a sus compañeritos.

 

Recuerdo que tuve en cuarto grado un compañerito así: la maestra tuvo que ponerlo primero en la fila a la salida de la escuela para que "se las picara" a tiempo; y también estaba obligado a entrar mucho antes de que sonara la cam­pana y a prescindir de "malas juntas" en los recreos.

 

Además, Sarmiento nos cuenta lo siguiente: "No supe nunca bailar un trompo, rebotar la pelota, encumbrar un co­meta ni uno solo de los juegos infantiles a que no tomé afición en mi niñez".

 

Esto sí se concilia con la calidad del niño modelo, pero de ninguna manera con la de caudillo de los compañeritos: es como si lo nombraran capitán al más patadura del equipo.

 

En función de estas contradicciones y la falsedad de aque­llo de los nueve años de asistencia perfecta es que los niños malos (revisionistas) empiezan a insinuar que el niñito modelo Domingo Faustino Sarmiento era un poco mentirosito.


 

Zoncera N° 19

 

III) El niño que no mintió jamás

 

¿Era  mentiroso el  niñito Domingo  Faustino  Sarmiento?

 

También en Recuerdos de Provincia nos dice don Domingo Faustino Sarmiento: "En la escuela me distinguí siempre por una veracidad ejemplar, a tal punto que los maestros la recompensaban proponiéndola de modelo a los alumnos y citán­dola con encomio y ratificándome más y más en mi propósito de ser siempre veraz, propósito que ha entrado a formar el fondo de mi carácter y de que dan testimonio todos los actos de mi vida".

 

Esta veracidad es tanto más meritoria por lo que dice en­seguida: "La familia de los Sarmiento tiene en San Juan una no disputada reputación, que han heredado de padres a hijos, direle con mucha mortificación mía, de embusteros. Nadie les ha negado esa cualidad, y yo les he visto dar tan relevantes pruebas de esta innata y adorable disposición que no me que­da duda que es alguna calidad de familia".

 

Hagamos pues el debido mérito a esta veracidad inque­brantable que el niño practicó con el tenaz apoyo de su ma­dre, doña Paula, oponiéndose al "don de la familia".

 

Dice a este propósito, también en Recuerdos de Provin­cia: "Mi madre, empero se había prevenido para no dejar entrar, con mi padre, aquella polilla en su casa y nosotros fui­mos criados en un santo horror por la mentira".

 

¿Pero ese "santo horror" sólo duró mientras su madre con­siguió impedir que en su casa entrara esa "polilla"?

 

Parece que fue así según resulta de las Mentiras de Sar­miento que escribió Ramón Doll, y que afortunadamente no llega a manos escolares, pues los niños malos aprovecharían la copiosa recopilación de Doll para su labor destructiva del modelo. Sólo basta recordar lo que Sarmiento dice defendién­dose de las inexactitudes de su Facundo: "Cuando hay que mentir se miente", lo que ratifica en la carta a Rafael García del 28 de octubre de 1868: "Si miento, lo hago como don de familia, con la naturalidad y la sencillez de la veracidad".

 

Como se ve, ya crecidito, al niño Sarmiento —57 años para la fecha de la carta— poco le queda de aquel "propósito que ha entrado a formar el fondo de mi carácter y de que dan testimonio todos los actos de mi vida". A esa edad Sarmiento confiesa —¿será verdad?— que en materia de veracidad sigue vivito y coleando el "don de familia" y que la veracidad de que "dan testimonio todos los actos de mi vida" está comple­tamente penetrada por la polilla que habría combatido inútil­mente doña Paula. 1


 

 

B)  EL HOMBRE MODELO

 

Las zonceras de Sarmiento las inventó Sarmiento.

 

En realidad, Rivadavia hizo zonceras, más bien que de­cirlas, en lo que estuvo bien, pues nos evitó su prosa que es de lo peor, hasta para los difusores de las zonceras. (Les jue­go cualquier cosa a que nunca le han dado a leer a usted el texto completo de un discurso o escrito del famoso prócer).

 

Esta es la razón por que las frases más conocidas sobre Rivadavia fueran inventadas por Mitre, al que parece no le bastaba con hacer las suyas. Explica también que la más rica vertiente de zonceras rivadavianas tenga un origen muy poste­rior al fallecimiento del personaje: está en la arenga que don Bartolo pronunció en la Plaza de la Victoria el 20 de mayo de 1886 celebrando el centenario del nacimiento de don Bernardino. (B. Mitre, Arengas selectas, Colecc. Grandes Escrito­res Argentinos, pág. 142, donde enumera los méritos de El hombre del canal. El más grande hombre civil de la tierra de los argentinos y El hombre que se adelantó a su tiempo, que veremos ahora, y aquello de Oponer los principios a la espada, que ya se vio).


Zoncera N° 20

 

I) El canal de Rivadavia

 

Vamos a ver ahora en qué consistía el famoso canal que figura en la arenga.

 

En 1826, cuando el canal nacía en el pensamiento rivadaviano, no se tenían noticias de los territorios que aquél habría de cruzar. Más allá de Luján, al Oeste, y del río Salado de Buenos Aires al Sur, todo era "térra incógnita", ocupada por indios. Lo sabía hasta Sarmiento, que en Facundo explica que "en la Campaña del Desierto dirigida por Rosas, se descubrió todo el curso del río Salado de la Pampa, o Chadi Leuvú, hasta su desagüe en las lagunas de Yauquenes". Pero este descubri­miento ocurrió en 1833, es decir, 7 años después del proyecto.

 

Pero dejemos de lado los datos de Sarmiento, sobre los que ya sabemos a qué atenernos, y vamos a Enrique Stiebens, que en su excelente trabajo La Pampa (Ed. Peuser, 1946) hace la historia de todas las entradas al desierto producidas durante el dominio español, las cuales dieron noticias "muy confusas" sobre el territorio pampeano ocupado por los indios. El mismo Stiebens agrega que después de 1810 prácticamente volvió a caerse en el desconocimiento de la zona por la multiplicidad y la agresividad de los indios que el autor atribuye a "la incitación de los españoles de Chile". Dice que para la fecha de la expedición de Rosas, la pampa había sido olvidada y sus moradores estaban ensoberbecidos. La situación se agra­vó después de la caída de Rosas cuando los indios sobrepasa­ron aún la frontera de 1820.

 

Así es que sólo después de la expedición al desierto de Roca, cincuenta años después del proyecto del famoso canal, se tuvieron los conocimientos elementales para pensar proyectarlo y se ocupó el territorio donde los indios hacían imposi­ble, primero el estudio, y después la construcción.

 

Recién entonces se pudo saber lo que Stiebens señala: "La naturaleza esteparia y estacional" y salitrosa del posible curso del Chadi Leuvú, lecho del presunto canal, impiden si­quiera pensar en la practicabilidad del mismo. Lo más a que puede aspirar la pampa, restringiendo el aprovechamiento mendocino de las aguas en los riegos, es a reconstruir condi­ciones de humedad relativas en lo que Stiebens llama la "Babel de los ríos", en la zona fronteriza de La Pampa, San Luis y Mendoza.

 

Todo lo que el señor Rivadavia sabía es que al Sur de Buenos Aires desemboca un río llamado Colorado. Presumía, además —sin ningún dato cierto—, una posible confluencia del río Desaguadero, que corre —cuando tiene agua— entre San Luis y Mendoza en dirección Sur y los ríos Atuel y Diamante que caen en dirección Sudeste. Con estos datos imaginó un mapa de la tierra desconocida y ocupada por indios y luego, mediante una regla y un lápiz, trazó una raya que unía los supuestos desagües de aquellos ríos con el supuesto recorrido del Colorado del Sur de Buenos Aires. Seguramente, este enor­me trabajo —que contribuyó tanto a que pasara a la historia ­lo hizo una noche en que estaba desvelado; a la mañana si­guiente, a la hora del desayuno, redactó un proyecto y lo hizo votar después del almuerzo. Para la hora del té ya había dis­traído 50 mil pesos que hacían falta para la guerra con el Brasil, para financiar los estudios de la rayita.

 

¡Y sobre esa base nos han vendido la imagen del canal frustrado, con otra que supone un grupo de empingorotados rivadavianos que en medio de los indios y en la tierra desco­nocida, han tirado las levitas a un lado y se empeñan con palas y picos en construir una zanja! ¡Y también otra: la de los caudillos y gauchos enemigos de Rivadavia que van, por atrás, tapándoles la zanja!

 

La verdad es que ningún rivadaviano se metió nunca por esos andurriales y que los caudillos y los gauchos andaban por entonces muy atareados para impedir que los indios ocupantes de aquellos territorios que cruzaría el imaginario canal se me­tieran en la Plaza de la Victoria y aún en el Fuerte, donde el señor Rivadavia se ocupaba de hacer rayitas en un mapa hipo­tético.

*  *  *

 

Esta zoncera nos sirve también para comprobar lo que se dijo en la zoncera Civilización y barbarie sobre las dos patas en que andan todas.

Veamos a la pata coja.

 

Paralelamente a la historia oficial, o abundando en la mis­ma, los pensadores mitro-marxistas del Partido Comunista, son también canalófilos.

 

En efecto, uno de los historiadores de turno aparentemen­te a la izquierda, es Galván Moreno ("Rivadavia el estadista genial". Ed. Claridad, págs. 452/53), quien dice:

 

"... Ese proyecto de una ruta permanente por agua que facilite desde los Andes hasta la Capital el transporte de todas las producciones de las provincias de tránsito presentado en la Sesión del 21 de abril de 1826... cuyo texto dice:

 

"Art. 1°: El Presidente de la República queda autorizado para hacer practicar cuantas diligencias considera conducentes a reconocer si es realizable la empresa de construir una ruta permanente por agua, que desde los Andes facilite hasta la Capital el transporte de todas las producciones de las provin­cias de tránsito.

"Art. 2°: Al efecto se le abre, por ahora, un crédito de 50 mil pesos.

"Art. 3°: Luego que se hayan reunido los conocimientos y datos necesarios, el Presidente presentará a la Legislatura Nacional el presupuesto de los gastos que demande la obra y su conservación".

 

Ahora leamos el comentario de Galván Moreno:

 

"¡Qué fantasía puede imaginar por otra parte los mil prodigios que significaría para nuestro país, para esas provincias centrales calcinadas por el sol y la sequía una ruta de agua por la cual, al mismo tiempo que circularan como por gigan­tescas arterias todas las riquezas de la región dejando a su margen afloraciones de tesoros insospechados... Llegaría tam­bién esa aventura que traen las grandes masas de agua como elementos reguladores del clima y las precipitaciones pluvia­les!".

 

No se sabe cuál es mayor fantasía: la de Rivadavia o la de Galván Moreno. Ni cuál es más macaneador.

 

Es que la macana no tiene nada que ver con el supuesto canal; tiene que ver con la zoncera, porque su objetivo es de­mostrar que si no hay agua, que si no hay ríos, que si no llueve, que si había indios, todo es por culpa de la barbarie que impidió la obra civilizadora de Rivadavia.

Y así queda como bárbara la gente con sentido común que no acompañó a Rivadavia en sus disparates, cuando quiso hacer algo sin sentido y que no se puede hacer aún ahora que no hay indios, que la pampa se conquistó y se pobló... y cuando tampoco hay agua para la navegación y mucho menos "las grandes masas de la misma que pueden transformar un clima".

 

Los ideólogos de toda laya comulgan con las zonceras en común; así ésta de Galván Moreno es ratificada por el mitro-marxismo del jefe del Partido, Rodolfo Ghioldi, que también infla a Rivadavia... y al canal.

 

En el único libro que Ghioldi ha publicado, Uzbekistán el espejo (Ed. Fundamento, 1956, pág. 65), nos dice:

 

"...Y si el problema del agua no se resuelve, no será por falta de proyectos e iniciativas, como que ya en 1826 don Bernardino Rivadavia había patrocinado la construcción de un gran canal...".

 

El nombre del librito de Ghioldi es acertado: "...El es­pejo". Es la misma técnica de Rivadavia. En lugar de mirar lo que debía mirar —y no podía mirar en este caso del canal-- mira a un espejo que refleja el mundo al que se siente unido. Por eso las zonceras son comunes a todos los ideólogos pues corresponden al método destinado a excluir el buen sentido y sustituirlo por la imitación, sin ataderos en la realidad.

 

El espejo en que Ghioldi mira son los ríos Sir Daria y Amur Daria cuyas aguas han permitido, desde los orígenes del hombre, el asentamiento de sucesivos pueblos y que el trabajo de los soviéticos ha encauzado ahora para regularlas, evitando las periódicas desviaciones de su curso que han provocado la discontinuidad de las civilizaciones allí asentadas. Pero a dife­rencia del canal del señor Rivadavia, este canal se construyó sobre territorios conocidos desde los orígenes de la historia... ¡y además hay agua!

 

Claro está que el señor Ghioldi, como los historiadores oficiales, no ignoran nada de esto; se trata simplemente de una contribución del mitro-marxismo al mantenimiento de las zon­ceras y, sobre todo, de las "autoridades" que las respaldan. 1


 

Zoncera N° 21

 

II)   El hombre que se adelantó a su tiempo

 

Como el prócer no acertó en una sola de sus fantasías concebidas y ejecutadas a destiempo —es decir, cuando las condiciones se oponían a las mismas—, la enseñanza oficial invirtió los términos y en lugar de proponer a Rivadavia como el hombre que actuaba a destiempo, lo propuso como el hom­bre que se adelantó a su tiempo de manera tal que del desa­cuerdo de las cosas de Rivadavia con el tiempo, tiene la culpa el tiempo y no Rivadavia. Y también los que actuaron a tiempo.

 

Lo del hombre que se adelantó a su tiempo es también de Mitre y dicho en la misma oportunidad de la zoncera an­terior.

 

Es como si dijéramos que el tiempo estuvo mal porque llovió cuando nos olvidamos el paraguas, y no nosotros, que no llevamos el paraguas cuando llovía.

 

José de San Martín dijo de Rivadavia en su carta a Palazuelos:

 

"Este visionario... queriendo improvisar en Buenos Aires la civilización europea con sólo los decretos que diaria­mente llenaban lo que se llama Archivo Oficial". Y no sólo hace un juicio, pues trae los datos al caso: "Tenga usted pre­sente lo que siguió en Buenos Aires por el célebre Rivadavia que se empleó sólo en madera para hacer andamios para componer la fachada de lo que llaman Catedral, 60.000 duros; que  se gastaban ingentes sumas para contratar ingenieros en Fran­cia y comprar útiles para la construcción de un canal de Mendoza a Buenos Aires; que estableció un Banco donde apenas había descuentos; que gastó 100.000 pesos para la construcción de un pozo artesiano al lado de un río, en medio de un cemen­terio público, y todo esto se hacía cuando no había un muelle para embarcar y desembarcar los efectos, y por el contrario deshizo y destruyó el que existía de piedra y que había cos­tado 60.000 pesos fuertes en el tiempo de los españoles; que el Ejército estaba sin pagar y en tal miseria que pedían li­mosna los soldados públicamente, en fin, que estableció el papel moneda; que ha sido la ruina de aquella República y los particulares".

 

El General San Martín se quedó corto. Pudo agregar que Rivadavia fundaba la Escuela de Declamación y Acción Dramática, y encargaba a la Academia de Medicina y Ciencias Exactas formar una colección de "geología y aves del país" y describía las funciones de la Escuela de Partos que debería estudiar "las partes huesosas que constituyen la pelvis; el útero, el feto y sus dependencias: la vejiga, la orina y el recto". A la vez fundaba la Casa de Partos Públicos y Ocultos y la Sociedad Lancasteriana". (José María Rosa, Historia Argentina, tomo III, pág. 365, ed. Granda, Bs. As., 1964).

 

Todo esto mientras estábamos en guerra con el Brasil y faltaban los recursos para la misma que se distraían también utilizando las fuerzas reclutadas para la guerra exterior en la lucha interna para imponer un sistema político que repugnaba el país. (Cuando Lamadrid destinó las fuerzas aportadas por las provincias para la guerra con el Brasil, a imponerse a las mismas provincias).

 

Imaginad ahora que Churchill en aquel momento en que dice que sólo puede ofrecer a los británicos "sangre, sudor y lágrimas" se hubiese adelantado a su tiempo y en lugar de preocuparse de alianzas, cañones, aviones, tanques y soldados, se hubiese dedicado a los átomos para la paz, a la redacción de un nuevo código rural, a la importación de nuevas varie­dades ganaderas, a hacer ochavas en las esquinas de Londres —que ya se las hacían los alemanes— o a la construcción del túnel subterráneo bajo el Canal de la Mancha. Seguramente los ingleses lo hubieran sacado a patadas, como ocurrió aquí con nuestro prócer, pero además harían lo posible por borrar su recuerdo como una vergüenza para las generaciones futuras. Con seguridad no hubieran construido la imagen del hombre que se adelantó a su tiempo. Pero eso sólo prueba que los ingleses son ingleses y que aquí hay muchos argentinos... que son ingleses u otra cosa, y que ellos manejan la pedagogía colonialista. Y que los que aplican el buen sentido cuando se trata del extranjero, en lo nacional se atienen a la zoncera.

 

Tan cierto es esto que el mismo Mitre corrobora que el hombre que se adelantó a su tiempo, era simplemente un ma­caneador a destiempo.Por ahí se le escapa en la misma arenga. Es cuando dice: "Años después Rivadavia leía en el destierro La Democracia en América, de Tocqueville (años después de ser gobernante, es decir, de haberse adelantado a su tiempo).

 

Continúa Mitre en su famosa arenga diciendo que entonces "Rivadavia tuvo la revelación plena del sistema de gobierno que convenía a los pueblos libres. Tan abierto estaba siempre su espíritu a las demostraciones de la verdad que al hablar de su obra con sus compañeros de desgracia, decíales con la humildad y sinceri­dad del hombre convencido: Es necesario confesar que éramos unos ignorantes cuando ensayamos construir la República en nuestro país".

 

De manera que si Rivadavia hubiera leído a Tocqueville antes de ser Presidente, se habría comportado de otra manera, y no como un ignorante.

 

¿Y éste es según su propia confesión el hombre que se adelantó a su tiempo, cuando resulta que estaba atrasado has­ta en las lecturas? ¿Y de manera también que dependió de un librito y su lectura el destino que para el país proponía Ri­vadavia? ¿Veis ahora por qué lo reverencian los ideólogos de toda laya?

 

¿Si hubiera leído a Tocqueville se habría adelantado a su tiempo o hubiera actuado a tiempo? ¿Qué hubiera ocurrido con este genio si llega a leer Mein Kampf o La Revolución den­tro de la Revolución de Debray? El General Mitre no lo dice, ni se lo palpita, pero basta esto de Tocqueville para explicarse cuál es el ideal de gobernante que se propone a los argentinos a través de la zoncera: el individuo que forma su pensamiento con las paparruchas de un librito importado y que desconoce el tiempo y el terreno donde opera. Tan se lo propone como modelo que al hombre que se adelantó a su tiempo se lo lla­ma el primer hombre civil de la tierra de los argentinos. Pero ésta es otra zoncera también inventada por Mitre en la mis­ma ocasión. 1


 

Zoncera N° 22

 

III)El más grande hombre civil de la tierra de los argentinos”

 

No hay para que decirlo porque nos lo han repetido mi­les de veces desde el primer grado de la escuela y a macha martillo durante toda la vida, que se trata de Bernardino Gon­zález Rivadavia, más conocido por  Rivadavia a secas.

El que proclamó el más grande hombre civil de la tierra de los argentinos, es decir, el fundador de esta zoncera, fue tam­bién Bartolomé Mitre en la arenga de marras.

Sobre el más grande hombre civil de la tierra de los ar­gentinos, el General San Martín opinaba de otra manera:

 

"Los autores del movimiento del 1° de Diciembre son Ri­vadavia y sus satélites, y a usted le consta los inmensos ma­les que estos hombres han hecho, no sólo a este país sino a toda América, con su infernal conducta". "Si mi alma fuera tan despreciable como la suya, yo apro­vecharía esta ocasión para vengarme de las persecuciones que mi honor ha sufrido de estos hombres, pero es necesario ense­ñarles la diferencia que hay entre un hombre de bien y un mal­vado".

 

Este es el juicio de San Martín sobre la calidad moral de el más grande hombre civil de la tierra de los argentinos. Tam­bién contribuye a su imagen moral lo que dice uno de los suyos, Salvador María del Carril, en la carta dirigida a Lavalle proponiéndole inventar a posteriori un acta para justificar el fusilamiento de Dorrego:

 

"Me tomo la libertad de prevenirle que es conveniente recoja usted un Acta del Consejo Verbal que debe haber pre­cedido la fusilación". "Un instrumento de esta clase, redactado con destreza se­rá un documento muy importante para su vida póstuma. El señor Gelly se portará bien en esto: que le firmen todos los Jefes y que aparezca usted confirmándolo. El señor Julián Agüero y don Bernardino Rivadavia son de esta opinión y creen que lo que se ha hecho no se completa si no se hace triunfar en todas partes la causa de la civilización contra el salvajismo".

 

Pero si para San Martín esa era la contextura moral de el más grande hombre civil de la tierra de los argentinos, y así nos lo enseñan, para San Martín es sencillamente de "lo últi­mo". Si usted se atiene a autoridades, como quieren las zon­ceras, elija entre Mitre y San Martín.

Yo no intento hacerlo. Simplemente recordaré que a Mitre le comprenden las generales de la ley porque Mitre y Rivada­via eran frates :. así, con tres puntitos.

 

En octubre de 1868 —y previamente al traspaso de la presidencia de la República entre el Presidente saliente, Mi­tre :., y el entrante, Sarmiento— :. , se celebra la ceremonia masónica en que se hace el previo y simbólico traspaso. Allí, Mitre (op. cit., págs. 58 y sig.) enumera los cuatro Presidentes hermanos :. que ha tenido la República: Urquiza :., Derqui :., el que habla :. y Sarmiento :. que le sucede, y pre­gunta:   "¿Qué sentimientos animaban a aquellos cuatro  hombres  :. :. :. :. :. en ese momento solemne?", y contesta: "De­bemos creer que el sentimiento de la fraternidad" :.

 

También :., ¡hay que ver cómo se empujan estos masonazos! :.


C) OTRAS ZONCERAS DE LA MISMA LAYA

 

Sólo agregaré dos, son también zonceras de autoridad, y el cazador de zonceras tiene aquí un ancho campo para lle­nar su morral. Como se verá en ella las zonceras de autoridad no se logra sólo con crearla; también con destruirla, es decir en convertir la autoridad en entidad negativa. Por ejemplo: fulano estuvo bien muerto porque lo mandó matar Mitre. Caso del General Costa. Zutano estuvo mal muerto porque lo mandó matar López Jordán. Caso del general Urquiza.

 

Es indiferente que sea Mitre o López Jordán el que man­dó matar. Lo importante es que se repita constantemente y sea herejía negarlo. Y que se termine también como conse­cuencia con que Mitre y Urquiza no mandaron matar nunca sin tener razón, cosa imposible en aquellos tiempos y en aque­llas condiciones, se trate de Mitre, de López Jordán, de Costa o de Urquiza.

 

Lo que importa es tapar el hecho con el cuerpo de la autoridad y esto es lo que lleva a agrandar unos y achicar otros. O silenciarlos.


 

Zoncera N° 23

 

I)  "Como hombre te perdono mi cárcel y cadenas".

 

José Mármol escribió Amalia y Amalia es una zoncera de punta a punta, lo que explica su inclusión destacada en la his­toria de la literatura argentina. Sin embargo, es útil como do­cumento, al igual que un hueso de plesiosaurio en un museo. En este sentido Amalia —una de las tantas contribuciones de las partes actuantes al conocimiento de un momento de nues­tro pasado— permite conocer la verdadera índole y pensamien­to de los expatriados de la "Primera Tiranía". Y explica por qué figura como literatura argentina, cosa tan marginal a la misma.

 

Esta manera de entrar en la literatura se intentó después de la revolución de 1955, es decir de la "Segunda Tiranía". En­tonces aparecieron las consiguientes "Amalias".

 

Sólo una de ellas, a la que me he referido incidentalmente en El medio pelo en la sociedad argentina, tuvo éxito de circu­lación con la particularidad de que su autor o autora —no lo tenemos bien presente—, no fue nunca expatriado, y más bien convivió y participó en la misma al lado de su padre que fue interventor en la Universidad del Litoral. En este caso la ten­tativa de escribir la Amalia correspondiente puede atribuirse a la necesidad de quemar la "cola de paja" ofreciendo a los vencedores como "chivos emisarios", la reputación de sus ex-­correligionarios, cosa comprensible para quien busca promo­ciones donde la promoción está en manos de los que administran la historia presente y pasada, y pretenden administrar la futura. Es una actitud lógica y se corresponde en lo literario a la actitud en lo social del "medio pelo".

 

Otro "Amalista" es el escritor Manuel Peyrou, que además es reincidente, tal vez porque el éxito no batió las alas sobre su espalda agobiada por la "persecución". El señor Peyrou su­frió mucho con la Segunda Tiranía, pues fue una de las vícti­mas de la nacionalización de los ferrocarriles, donde cumplía funciones de gacetillero, trasladándose a Montevideo cada vez que venía un personaje del Directorio de Londres, para pre­pararle los discursos. No se trata del sueldo —porque los ingleses no eran muy amplios con los nativos—, pero se perdió esos viajecitos que le daban durante unos días un mediopelesco status británico compartiendo inhabituales desayunos insu­lares que lo libraban del monótono café con leche indígena.

 

Pero estos Mármoles de segunda mano, como los de cuarto de baño que se llevan a las chimeneas, no han podido incor­porarse a la historia de la literatura, a pesar de que su calidad no es en definitiva inferior a la del modelo, pues los gustos y las ideas se han modificado, salvo entre las "señoras gordas". Sin embargo, no dejarán de ser útiles, también como piezas de museo.

Además les faltó a estos Mármoles el prestigio que dan "las cárceles y cadenas" con palidez de proscripto y todo. El poeta les lleva la ventaja de ser nuestro Silvio Pellico, aquel italiano de Miei prisioni.

 

Lo que sigue se refiere a la zoncera de Mármol que sirve de título ahora.

 

Hernán Maschwitzs, en Mármol y Rosas ("No ha de cre­erse en los poetas...") refiere lo que sigue en la "Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas" (n° 9, abril/mayo, 1942):

 

"Durante los viajes que realicé a La Plata más de una vez, me tocó hacerlo con el Dr. José Bianco... En cierto momento se habló de no sé qué opinión y se citó a alguien que era poeta. El Dr. Bianco dijo: “No ha de creerse en poetas, como dijo don Bernardo de Irigoyen”.

 

Picado por la curiosidad... le preguntó el por qué de esa frase... y me hizo el siguiente relato:

 

“... Oí esta frase a don Bernardo y le pregunté lo mismo que hoy usted a mí. Me contó... Era en los tiempos en que gobernaba el General Rosas... Mi padre me encargó que fuera a interesarme ante el Jefe de Policía, Victorica, por la suerte del poeta don José Mármol que había sido detenido... Concurrí a entrevistarme con el Jefe... se me dijo que estaba muy ocupado... Me hicieron entrar a su despacho con la orden de esperar y no molestar... Cuál no sería mi sorpre­sa cuando vi que la ocupación era una partida de ajedrez que el Jefe sostenía con José Mármol.

Me limité a esperar... Terminado el juego, Victorica se dirigió a mí: —Buenas tardes, amigo, ¿qué lo trae por aquí?

—Interesarme por el señor Mármol en nombre de mi pa­dre, pero ahora no lo creo necesario. Victorica y Mármol rieron. El jefe me dijo amablemente: —Vaya, amigo, y dígale a don Fermín (mi padre) que Mármol está conmigo de calavera, pues se ha metido en amo­ríos con una dama y los parientes lo buscan con malas inten­ciones. En la primera oportunidad saldrá para el extranjero, a Río de Janeiro, donde está el General Guido...

—Esto me contó don Bernardo de Irigoyen, y como me lo narró, se lo cuento..., terminó por decir el doctor José Blan­co". 1

 

Es muy posible que Mármol fuera anti-rosista y enemigo de la "Primera Tiranía" como toda la juventud más o menos literata de la época, tan fubista como la de la "Segunda Tira­nía". Pero lo cierto es que nunca se ha dado otra explicación de cuándo, cómo y por qué fueron esas "cárcel y cadenas" de José Mármol y cómo pudo salir de ellas para expatriarse.

 

Usted se preguntará por qué razón Mármol recibía del "Primer Tirano Sangriento" y sus más destacados amigos un tratamiento tan preferencial. No es frecuente que el Jefe de Policía juegue al ajedrez con el preso, que se preocupe de sal­varlo de los frates de la seducida, ni prepararle el viaje nada menos que a Río de Janeiro.

 

Pero si usted me sigue, encontrará la explicación de esta aparente incongruencia.

 

Efectivamente, José Mármol partió de Buenos Aires para Río de Janeiro junto al general Guido, que era el Embajador de Rosas en aquella capital, tal como había prometido Victorica. En el Archivo del General Guido, además, está la carta que le dirige Belaústegui —cuñado y confidente de Arana, Mi­nistro de Relaciones Exteriores de Rosas— en la que le ad­vierte que hay allí personas de confianza del Embajador que hacen llegar documentos reservados, a poder de Itamaraty. Es­to motivó que el General Guido alejara de su proximidad a José Mármol y lo enviara a Montevideo, donde pasó a dirigir el periódico "La Semana", de oposición a Rosas.

 

En 1851, un brasileño nos dará la clave de las extrañas características de la "cárcel y cadenas".

 

Honorio Hermeto Carneiro Leao, enviado del Emperador del Brasil en Montevideo, encarga unos artículos contra Rosas en "La Semana", de Mármol. Informado el Ministerio de Negocios Extranjeros brasileños, Paulino Soares de Souza le ad­vierte que Mármol es hijo de Guido, Honorio Hermeto se asom­bra y contesta: "¿Mármol filho de Guido? ¡Quién lo hubiese dicho!". (Missao Carneiro Leao, Archivo de Itamaraty, Río de Janeiro, F. I., secc. 06, vol. I, según investigación cuyos datos me da José María Rosa).

 

Que Mármol era hijo natural del General Guido, era co­sa que tenía estado público en Buenos Aires de esa época, y que evidentemente no se disimulaba por parte ni del hijo ni del padre. Así se explica que un amigo de Guido, el padre de don Bernardo, se interesara por el joven Mármol, y que otro amigo de Guido, Victorica, lo refugie en prisión —"cárcel y cadenas"— para ponerlo a recaudo de los efectos de su don­juanismo, pero en su despacho y jugando al ajedrez, y aún que se preocupe de su embarque al extranjero, a donde estaba su padre; y que luego su padre —Embajador de Rosas ante la corte imperial—, después de tenerlo consigo en la Embajada se deshaga de él por motivos que se deducen fácilmente y lo envíe a Montevideo. Y que de todo esto se entere por vía oficial el agente brasileño en Montevideo, después de haberlo contratado para atacar a Rosas.

 

Puede agregarse que mucho después la relación entre Már­mol y los Guido —los hijos legítimos del General y en par­ticular el poeta Carlos Guido Spano— fue habitual y nunca se disimuló la naturaleza del vínculo. Más aún. En los últimos años de su vida Mármol vuelve a aproximarse a la línea his­tórica, ya completamente derrotada, de sus familiares, tal vez ya curado o avergonzado de sus devaneos fubistas.

 

Ratificando que Mármol era hijo del General Guido, recibí después de la 1ª edición de este libro la carta que sigue:

 

Buenos Aires, 4 de diciembre de 1970.

 

Señor doctor ARTURO JAURETCHE.

 

Distinguido doctor:

 

Aún cuando no tengo el gusto de conocerlo, sino a través de sus publicaciones y de las referencias de amigos comunes, le dirijo estas líneas que supongo han de interesarle.

 

He sabido que a raíz de no se qué trabajo sobre José Mármol, usted ha afirmado su casi completa seguridad de que aquel era hijo natural del general Guido, circunstancia a la que debió su viaje a Brasil y la suavidad de sus invocadas "cárcel y cadenas".

 

Puedo decir algo sobre el particular. Hace ya cerca de cuarenta años escuché a mi abuelo materno, Máximo Gervasio del Mármol, la misma cosa. A una pregunta mía sobre el grado de parentesco que nos unía con José Mármol, me con­testó que ninguno; que era hijo natural del general Guido y que éste así lo reconocía privadamente y que el apellido lo había adoptado por haberse criado en la casa de Miguel del Mármol e Ibarrola —abuelo de mi abuelo— quien era muy amigo de Guido.

 

Por supuesto que lo que antecede sólo tiene valor de tradición oral de mi familia. Repito lo que oí directamente de boca de quien, evidentemente, repetía a su vez lo que le deben haber contestado cuando hizo la misma pregunta.

 

Espero poder conocerlo personalmente y saborear su con­versación. Hasta entonces, distinguido doctor, reciba las ex­presiones de mi más alta consideración.2

 

PEDRO MARIO GIRALDI.

 

Es historia vieja que podría ser actual. Pueden cambiarse los personajes por otros que anclan por estas calles de Dios, por hijos legítimos y naturales —del punto de vista patriótico contra naturaleza— que han jugado también al pálido proscripto y también arrastran cadenas —éstas más bien sobre el ab­domen que en los tobillos.

 

Para que se incorporen sus zonceras respectivas a la his­toria oficial haría falta tiempo y pedagogía. Esta la hay, pero no hay tiempo ni audiencia para semejantes paparruchas.

Por ahora, basta conocer el origen de esta zoncera.


 

Zoncera N° 24

 

II) El tirano Rosas y la piedra movediza del Tandil

 

Esta es zoncera difunta1. Finó con la piedra movediza, que conviene recordar era una roca oscilante situada en las Sierras del Tandil, a poca distancia de la ciudad. Era mencio­nada frecuentemente en la enseñanza escolar —cosa excepcio­nal, porque lo habitual era que estuviésemos informados de cualquier rincón del mundo y no de lo nuestro—; pero la pie­dra era curiosidad e interesaba más que por razones geográfi­cas, por aquellas que hacen publicitarias las cosas de Ripley. Así, centenares de miles de argentinos hemos pasado por Tan­dil y puesto una botella debajo de la piedra para comprobar el movimiento. Y también para comprobar que en equilibrio sobre un pequeño punto era inconmovible, a pesar de su movi­lidad.

 

El único testarudo fue don Juan Manuel de Rosas. A todos los escolares de mi época, y a los que siguieron hasta que la piedra se cansó de romper botellas, se nos enseñó que el Ti­rano, de puro tirano que era nomás, resolvió voltearla, para lo cual ató 40 bueyes a la piedra. Pero no pudo voltearla. La pie­dra era más testaruda que don Juan Manuel.

 

La imagen de don Juan Manuel, que la historia oficial nos ha brindado, es más bien la de un hombre práctico y uti­litario, y rechaza la idea del Tirano jugando a la cinchada con la naturaleza. Además, era demasiado conservador. Se me ocurre que el indicado para esa tarea debió ser el señor Rivadavia pero como se adelantaba a su tiempo no creo que hubie­ra incurrido en esa rutina de los bueyes: se habría propuesto voltearla con tractores, ya que no hubiera representado difi­cultad para Rivadavia el hecho de que no se hubiera inven­tado el motor a explosión. (El señor Rivadavia ignoraba la existencia de la piedra movediza que estaba en tierra de indios que desconocía, como lo vimos al hablar de su canal. El que la conocía era don Juan Manuel, que conocía su provincia. Pero éste era un ignorante y aquél un sabio, según ya sabe­mos).

 

Imagino que si Rosas quiso voltearla, Rivadavia, tan mu­nicipal él y tan progresista, hubiera preferido traerla al Parque Japonés de Buenos Aires, que tampoco estaba inventado. Pero esto Rivadavia lo habría resuelto adelantándose a su tiempo.

 

De todos modos la caída de la piedra movediza del Tandil es una desgracia nacional: primero, porque ha privado a Tan­dil de un atractivo turístico; segundo, porque ha privado a los niños de las sabias sugestiones que se hacían sobre la mal­dad del "Primer Tirano Sangriento"; y tercero, porque si no se hubiese caído el "Segundo Tirano Sangriento" habría rein­cidido —tal vez con éxito por eso de los tractores—, dando opor­tunidad para reiterar nuevas sugestiones escolares sobre las tiranías. (Ver programas de Educación Democrática).


 

DE LAS ZONCERAS INSTITUCIONALES

 

Línea Mayo-Caseros.

 

"Habeas corpus".

 

La confiscación de  bienes queda  borrada pura siempre del Código Penal argentino (Art. 17 de la  Constitución Nacional).

 

Queda abolida para siempre la pena de muerte por cau­sas políticas (Art. 18 de la Constitución Nacional).

 

DE LAS ZONCERAS INSTITUCIONALES

 

 

No me propongo considerarlas in totum. Esto tiene que ser el producto de un trabajo específico sobre Derecho Públi­co mostrando cómo éste es uno de los tantos productos de importación, no creado por el consuetudo, sino reproducido de otros países tomados como modelos y adoptado como un tra­je de confección al que el país no ha podido acomodarle el cuerpo. Sirvió en cambio para acomodar el país al tipo de economía colonial.

 

En Los profetas del odio y la yapa he señalado incidentalmente que a través de las constituciones provinciales ha­bíase creado un Derecho Público consuetudinario, no surgido del pensamiento de los juristas pero sí de las exigencias de la realidad, adecuándose a las circunstancias históricas. Es lo que digo, hablando de las constituciones provinciales origina­rias, de la composición de la Sala Legislativa y del Ejecutivo fuerte, particularmente este último, que aunque teóricamente importado de Estados Unidos ya existía en nuestro derecho por la reducida pero reiterada práctica política. Por esa pre­existencia al Derecho Público importado, es decir, de su con­naturalización con la realidad, se explica que el Ejecutivo fuer­te sea la única institución permanente e indiscutida de nues­tro Derecho Público. (Además, legitimado siempre, hasta en sus demasías y cualquiera sea su origen, por la Suprema Cor­te, no sé si atendiendo a esa realidad histórica o a la realidad contingente que le exige al alto tribunal evitar conflictos para vivir. Para vivir sus miembros, se entiende).

 

Todo el resto del Derecho Público es un artificio como los telones de teatro. Una decoración mientras la obra dura en el cartel. La obra dura hasta que la presencia de la democracia efectiva —la del pueblo—, hace inconveniente su repre­sentación para la "empresa" que la ha montado. Un poco lo que pasó con el Teatro Colón cuya desnaturalización durante la "Tiranía sangrienta" no provino de lo que se representaba, sino de para quién, con lo que el escenario del Colón, como el de nuestras instituciones, dependía de la composición de la platea: democrática pero para pocos, no sea que la sala se lle­ne de un público indiscreto, y para el que no se edificó el Teatro Colón.

 

En el desenvolvimiento de nuestro Derecho Público y en su interpretación por la doctrina y la jurisprudencia, después de creadas las instituciones, no ha jugado nunca el único fac­tor que verdaderamente crea derecho: la ley nacida del común, es decir el derecho vivo; no tal como fue escrito en su origen, sino como ha resultado de su aplicación y de su interpretación por la sociedad que es el ente vivo y creador de derecho. Así nuestro jurisperito volverá siempre a la ley en su origen recha­zando el derecho según la vida lo va adecuando por creación del común.

Nuestro jurista dirá, siempre que habla en abstracto, que la institución como papel escrito, carece de sentido y que su única validez es la que nace de la reiterada interpretación y aplicación que hace el común; pero no acepta que nuestra sociedad elabore su derecho, ni acepta que su tarea es inves­tigar hasta descubrir cuál es ese derecho que ha elaborado y está elaborando la sociedad por su propia interpretación, pa­ra ir sustituyendo el de los papeles. Así para los juristas, no son las instituciones que no sirven en cuanto se quedan en un texto inamovible, como las tablas que bajaron del Sinaí, sino el pueblo y el país que no se adaptan a las instituciones. Es siempre la vieja cuestión: el traje para el hombre o el hombre para el traje.

Y sin embargo el jurisperito en su cátedra nos abruma con el ejemplo del derecho anglosajón como creación del consuetudo; como una permanencia de la costumbre; pero de la costumbre como cosa viva —que a medida que se va modificando va adecuando lo jurídico a esa modificación—. Resulta así que el ejemplo anglosajón es sólo válido para el derecho anglo­sajón. Allá el Derecho Público es una constante creación; aquí, nuestro pueblo no puede realizar su derecho según su visión de la ley y sus costumbres por una razón misteriosa que re­serva la posibilidad sólo para el modelo.

 

Esto de por sí es una zoncera porque resulta que en cada inadecuación del derecho con la vida no es el inadecuado el derecho sino el país, cosa lógica en una jurisprudencia que profesa confesada o inconfesadamente todas las zonceras denigralorias. Nosotros no podemos crear derecho según el consuetudo por la sencilla razón, no dicha, de que no somos anglo­sajones.

 

Principiemos porque la igualdad ante la ley del derecho anglosajón no nace de una postura filosófica. Las Cartas que los barones le arrancaron al Rey no eran derechos abstractos; eran privilegios. Paulatinamente la costumbre fue ampliando el círculo de los dueños de esos privilegios y así a medida que el privilegio dejó de pertenecer a unos pocos para pertenecer al común en razón de los hechos, el derecho anglosajón fue el derecho de cada miembro de la comunidad. Así cada miembro de la comunidad lo sintió como un privilegio, como cosa propia incorporado a su activo y como tal lo defendió. Era además el derecho de los anglosajones. No una abstrac­ción como los derechos humanos. El derecho es un bien y no una cosa conceptual.

 

En una forma descarnada lo dijo Benjamín Disraeli, un judío que fue el más grande constructor del Imperio Británi­co: "Para mí los derechos del hombre, son los derechos de los ingleses". En cambio aquí los derechos del hombre son una abstracción, cuando se trata del hombre de carne y hue­so, concreto, ese que va a nuestro lado en la calle. Y eso am­pliado "para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino"1 Y aún los que no lo habitan, según nues­tra "intelligentzia" se aflige más por el derecho en las antípo­das que en su propio país, siempre dispuesta a participar en todas las luchas por el derecho de las multitudes lejanas y tan constantemente ajena en la lucha por el derecho de los nues­tros. Y opuesta.

 

Habría aquí que señalar otra particularidad de nuestra "intelligentzia" en materia jurídica, y es que adoptando insti­tuciones de origen anglosajón lo hace con una mentalidad principista que el derecho anglosajón excluye, porque esa idea del derecho era y es una concepción extraña a la del derecho como privilegio, característica de aquél: el derecho del hom­bre como cualidad insita en la naturaleza del ser humano por decisión divina o por una filosofía que lo hace inmanente. Así el profesor explica el derecho como una creación del "common", pero él y el auditorio le dan otro fundamento tácito sin percibir la contradicción.

 

Todas estas consideraciones que muestran nuestro Dere­cho Público como una Zoncera, así con mayúscula, correspon­den a otro trabajo particularizado en el tema, que se refiere al caudillo, cuya persistencia —a pesar de las instituciones, sus intérpretes y todo el adoctrinamiento sobre Derecho Público ­se revela en cuanto la democracia se hace efectiva con la pre­sencia popular. Parece que ese es su modo de manifestarse entre nosotros: así el caudillo es una institución de nuestro Derecho Público pero no el de los papeles, sino el de la vida, como lo prueba su recidiva   constante.

 

Por ahora, en unas pocas zonceras que se refieren a las garantías individuales mostraré cuál es su vigencia real cuando se sale de las abstracciones, es decir cuando el derecho se hace cosa concreta y no abstracción ideológica. Cuando el de­recho deja de ser una abstracción de carácter universal para convertirse en el "derecho" de cada argentino, como diría un Disraeli nuestro.


 

Zoncera N° 25

 

LINEA MAYO-CASEROS

 

"La Patria no es la tierra donde se ha nacido"

 

Lo dijo Echeverría. Y porque lo dijo le dieron un premio a su estatua: la trajeron al centro. Esta zoncera está en con­cordancia con la zoncera el mal que aqueja a la Argentina es la extensión, pero va aquí por su índole: refleja el pensamien­to de la "línea Mayo-Caseros" en la que la idea de Nación no se identifica con la Patria como expresión de un territorio y un pueblo en su devenir histórico, integrando pasado, presente y futuro. La Patria es un sistema institucional, una forma política, una idea abstracta, que unas veces toma el nombre de civilización, otras el de libertad, otras el de democracia.

 

Es como si dijéramos que la Patria francesa sólo lo fue durante la Tercera República, que es lo que más se aproxima a la concepción de la Patria según "Mayo-Caseros". Por con­secuencia, no es Francia la de De Gaulle, ni la de Petain, ni la de las restauraciones, ni la de los dos Imperios, ni la de la Revolución, ni la de la monarquía, como no es la Patria entre nosotros, la de las "dos tiranías".

 

La Patria de los argentinos no se vincula con la tierra de los argentinos, ni tampoco con los hombres que la habitaron, la habitan y la habitarán, en la simbiosis del hombre y la tierra con el ayer y el mañana. La Patria de los argentinos no nació para ser eso: Patria. La Patria es un simple medio porque lo importante es lo que una generación o un grupo de hombres entendió por libertad, por democracia, por instituciones.

 

Estas no son formas transitorias que la Patria adopta en el devenir histórico cambiándolas según las exigencias de cada momento para adecuarlas al cumplimiento de ese destino. Por el contrario son la Patria misma, o más que la Patria el obje­tivo que éste debe realizar según el ideólogo de turno. Cuando según este ideólogo no cumple esos objetivos deja de ser Pa­tria.

En el fondo ese modo de pensar fue bastante consecuente en los vencedores de Caseros. Ellos no podían justificar su alianza con el extranjero en las guerras internacionales que la Patria tuvo, sino sosteniendo que la Patria no era la Patria; ésta era la "civilización", con las instituciones que ésta apor­taba y ellos establecieron.

 

Fueron así lógicos en la redacción del texto constitucio­nal; en él calificaron enfáticamente de traición a la Patria el acuerdo de facultades extraordinarias, reservando para el Có­digo Penal la calificación de traición a la Patria tal como se entiende en el resto del mundo y lo dicta el buen sentido: la connivencia con el extranjero. Es así como hemos visto proce­sar por traición a la Patria a los que sancionaron leyes para impedir las entregas que eran traiciones; y a los agentes y gestores de esas entregas, y que habían pedido la intervención armada extranjera después de respaldarse políticamente en un embajador imperial, asumiendo actitudes de patriotas frente a los que produjeron hechos patrióticos.

 

La "línea Mayo-Caseros" es consecuente con el pensa­miento de Caseros. El engaño, la falacia, está en incluir Mayo.

El pensamiento de Mayo no es, como el de los hombres del 53, un pensamiento institucional. Cada grupo tuvo el suyo pero todos —salvo aquellos que directamente negociaron la sus­titución del dominio español por otro— partieron de la idea de libertad de la Patria. La "línea Mayo-Caseros" se refiere a la libertad de los individuos en particular, no a la libertad de la Patria, es decir a la independencia, que es un supuesto previo a cualquier otra libertad.

 

La "línea Mayo-Caseros" al incluir Mayo ha alterado ma­liciosamente los términos de la ecuación: Mayo lucha para hacer la libertad de la Patria y principia por sacrificar la de los individuos a esa exigencia previa. Se es patriota o no se es patriota, según se esté con la independencia o no se esté, y esto es ajeno al sistema institucional o de libertad privada que adoptará la Patria, eventualmente, para su estructura interna.

Lo estableció con toda claridad aún el mismo hombre que dio las bases del sistema institucional que es para la gente de Mayo-Caseros la finalidad de la Patria. Juan Bautista Alberdi en El Brasil ante la democracia americana dice: "Es la única libertad de que tienen idea los pueblos jóvenes. Ser libres para ellos es no depender del extranjero. Las antiguas repúblicas de Grecia no lo entendieron de otra manera; y Esparta, dice Renán, era menos libre en el sentido de esta palabra, que Persia misma, la más despotizada de las monarquías asiáticas".

 

Pero la "línea Mayo-Caseros" no hace otra cosa que re­firmar todo el sistema educacional del pasado, completado aho­ra con la cátedra de Educación Democrática.

 

Desnaturalizada la noción elemental, que parte del suelo, confundiendo la libertad de la Patria con la libertad de los in­dividuos, como la confunde con el régimen constitucional o con la vigencia del régimen democrático, cuya deformación por otra parte tolera cuando hay el peligro de que gobiernen los patriotas. Porque si la Patria es lo permanente y las institucio­nes lo transitorio, hay en esta concepción de la Patria de la "línea Mayo-Caseros" una falla elemental, que es la de con­fundir el sujeto con el atributo: la Patria es; siendo puede serlo como monarquía o como república, como democracia o como dictadura, con mayor o menor libertad de los que la habiten. No siéndolo, es decir, si su ser son los atributos y sólo los atributos, será república o monarquía, democracia o dictadura, etc., pero no Patria, porque Patria es el sujeto, el sólo sujeto, y sin él los atributos no tienen dónde fijarse. Esto es lo que ocurre cuando la Patria no es la tierra en que se ha nacido o cuando la Patria no es soberana porque le coartan su libertad la soberanía de otras patrias.

 

El devoto de Mayo-Caseros que no lo entiende podrá ser muchas cosas pero no patriota. Y eso lo entendía un gaucho de Güemes o el paisano analfabeto que peleaba en la Vuelta de Obligado. Pero no Esteban Echeverría. Por eso estuvo don­de estuvo. Y su estatua donde está. Sería libertador pero no patriota, cosa demasiado frecuente donde los patriotas no son tenidos por libertadores y sí "los libertadores" por patriotas.

 

Por eso los congéneres de la línea "Mayo-Caseros" premia­ron la estatua del prócer trayéndola a la plazoleta "juvenilia", en Charcas y Florida, desde un rincón del Parque 3 de Febrero, donde por lo menos se disimulaba. Y sobre todo se disi­mulaba la frase contenida en la losa de mármol que flanquea el pedestal y que ahora sirve para aleccionar a los jefes y ofi­ciales que tienen ahí, cerquita nomás, sus Círculos respectivos, en Charcas y Maipú, Florida y Córdoba, Córdoba entre Maipú y Esmeralda, y pueden leerla todos los días para ilustrarse so­bre lo que es la Patria según Mayo-Caseros. Y ese debe ser el objeto ya que el que la trajo allí fue el gobierno presidido por un General de la Patria que no es la tierra donde se ha nacido: el General Pedro Eugenio Aramburu.

 

Ubi veni, ibi patrio. Así decían los romanos cuando ha­blaban de sujetos como los de Mayo-Caseros. Donde se está bien, allí está la Patria1.

 


 

Zoncera N° 26

 

II) "Habeas Corpus"

 

Cada vez que meten preso a un tipo, más o menos arbi­trariamente, hay un abogado recién recibido que dice:

—"Esto lo arreglo con un habeas corpus".

Y el abogado resulta un peticito en una cancha de basquet, pues los grandotes —que son los jueces— empiezan a pasarse la pelota por arriba sin que haya modo de que entre en la red. A esto de pasarse la pelota por arriba le llaman "cuestiones de competencia o de jurisdicción". Esto, en los casos en que el gobierno esté descuidado —que son muy po­cos— y no hay estado de sitio ni Conintes.

 

Diógenes el Cínico, se lamentaba, linterna en mano, de que no había podido encontrar un hombre. Quisiera verlo bus­cando un juez con un recurso de habeas corpus, y una lámpa­ra de mercurio en la mano. ¡Pobre de él!

 

Eso lo saben los abogados que no son recién recibidos cuando les hablan de presentar un habeas corpus. (Salvo que el preso sea tratante de blancas, contrabandista o ladrón de automóviles).

 

Esta es la oportunidad de hablar de esas zonceras llama­das garantías constitucionales, que son las que se quieren po­ner en movimiento con el habeas corpus. No sé si debo hacerlo porque me comprenden las generales de la ley (¿o los gene­rales?), como se verá en lo siguiente.

 

Aquí debo confesar una zoncera propia, a la que me refe­riré en la zoncera que sigue, y que trata de mi confiscación de bienes, expresamente prohibida por la Constitución Nacional. (Declaración, Derechos y Garantías). Ahí se verá lo que me pasó por zonzo, es decir por creer en las garantías consti­tucionales.

 

Se trataba de mi inclusión en los interdictos por la "Junta de Recuperación Patrimonial" en 1955.

 

Diré ahora, que lo que me hizo más zonzo fue mi condición de abogado, pues a pesar de tener casi 30 años en la profesión, procedí como un abogado recién recibido.

 

Me dije: se trata de un tribunal especial, prohibido por la Constitución en sus garantías; se trata de un juzgamiento por ley posterior al hecho de la causa, invierte el cargo de la prueba y establece un procedimiento especial para ciudadanos especiales con lo que destruye la igualdad ante la ley, también contenida en las garantías. Estos ciudadanos especiales son sacados "de la pata" del "montón", colocados en desigualdad por quien hace la lista de "interdictos" —que todavía no se sabe quién la hizo, aunque parece evidente que la hicieron abogados que después se especializaron en defender "interdic­tos", explotando el negocio que habían inventado bajo la di­rección del Dr. Busso, que era Ministro del Interior—. (¿Será por esto o porque el colchón no tenía lana que no se han construido los oleoductos, viviendas y todas las otras maravillas que iban a resultar de los fondos provenientes de la "recupe­ración patrimonial"?).

 

También me dije: ahora no estamos en ninguna de las dos "tiranías", sino en plena libertad, y la Constitución de 1853 ha sido restaurada, aunque sólo sea por Decreto. Ahora el derecho no lo marca Valenzuela, sino los maestros de la cáte­dra, como Orgaz, Galli, Soler... Y salí a buscar mis jueces naturales.

 

¡Todavía los ando buscando!

 

Tampoco dijeron nada los Colegios y Asociaciones de Abogados que se la pasaron haciendo declaraciones durante la "segunda tiranía", pero parece que esto sólo prueba que los Colegios y Asociaciones no están dirigidos por abogados recién recibidos; están hechos para sostener las garantías cons­titucionales como zonceras, pero no a los abogados zonzos que las invocan. Así es como los abogados me dicen: "Qué clase de pescado sos que creés en las garantías constitucionales y en los Colegios de Abogados?".

 

¡Y ahora me lo dicen hasta los abogados recién recibidos!

 

Lo que prueba que soy el único abogado recién recibido que queda en el país.

 

Eso sí, cuando se trata de una empresa extranjera o de un periódico de los grandes las garantías funcionan. Además, pocas veces tienen que recurrir a los jueces porque los gober­nantes saben para quién son las garantías y se cuidan de no tocarlos.


 

Zoncera N° 27

 

III)   "La confiscación de bienes queda abolida para siempre del Código Penal argentino" (Art. 17 de la Constitución Nacional)

 

Esta zoncera se estableció en la Constitución Nacional sancionada en 1853. La Provincia de Buenos Aires se segregó, como ya hemos visto en otra parte, y sancionó su propia Cons­titución que contenía las mismas Declaraciones, Derechos y Garantías. Como antecedente de esta garantía se había proce­dido a confiscar los bienes de Juan Manuel de Rosas y sus amigos. Yo no sé si don Juan Manuel, allá en Southtampton, creyó en la zoncera del art. 17. Me imagino que no, porque conocía el paño, era bastante desconfiado y además no era abogado recién recibido.

 

En 1955, después de la "Segunda Tiranía", se restableció por decreto la Constitución de 1853, con su artículo 17, que además seguía vigente en la de 1949, se crearon enseguida las "Juntas de Recuperación Patrimonial" y se confeccionaron las listas de "interdictos". Se estableció como pena para los "in­terdictos" que no se presentasen a las "Juntas de Recupera­ción":  ¡la confiscación de bienes!

 

Doña Alicia Moreau de Justo, con el patrocinio del Dr. Carlos Sánchez Viamonte, que es especialista en garantías in­dividuales, se ha presentado recientemente a la justicia fede­ral planteando la inconstitucionalidad de la ley que dispone la confiscación de bienes de los partidos políticos decretada por el gobierno de Onganía. Leo en "La Nación" (28-1-67), que lo hizo en nombre del Partido Socialista Argentino.

 

Parece que la Sra. Alicia Moreau de Justo se olvida de un pequeño detalle cuando dice en el escrito "que la confis­cación es una medida de carácter político que desde la tiranía, no ha tenido aplicación para nosotros". (No aclara a cuál de las dos "tiranías" se refiere).

 

Este pequeño detalle es que ella formaba parte de la Junta Consultiva que aconsejó un decreto por el que se con­fiscasen los bienes del Partido Peronista. ¡Y éstos no eran "verdurita" como los del Partido Socialista Argentino! ¿O es que el Partido Socialista Argentino tiene "coronita", con los radicales, demócratas y socialistas de todo pelo, para que otra revolución no haga lo que ellos hicieron en la suya?

 

Pero ya se irá acostumbrando doña Alicia, como se han acostumbrado los peronistas. Para su satisfacción recuerdo que mi madre me contaba que una vez al salir de un baile en un rancho, como la noche estaba muy oscura, se ofreció a una vieja para acompañarla. La vieja le contestó:

 

—"No, Pedrito... plata no tengo, y lo que me pueden hacer, ¡me gusta!".

 

Porque como le dijo "La Pájara", una Celestina famosa, en la puerta del Registro Civil de mi pueblo, en el momento en que salían dos paisanitos recién casados, a uno que comen­tó posibles dolores primerizos:

—"No se preocupe, m'hijo: después de la primera las de­más se van como hilacha de poncho".

 

Se lo digo porque también yo soy un confiscado, de exis­tencia física — el único confiscado que hay en el país— y casi le he tomado el gusto.

 

Le recuerdo a doña Alicia que la confiscación de bienes a los "interdictos", como sanción por no someterse a la Junta de Recuperación, también contó con su voto.

 

Y creo que con lo dicho basta para probar que es una zoncera aquello de que "la confiscación de bienes queda bo­rrada para siempre del Código Penal argentino"1

 


 

Zoncera N° 28

 

"Queda abolida para siempre la pena de muerte por causas políticas"

(Art. 18 de la Constitución Na­cional)

 

También, como en el caso de la confiscación de bienes, esta garantía estaba incorporada a la Constitución Nacional y a la que Buenos Aires se había dado con la segregación.

Se supone que la prohibición de aplicar la pena de muer­te por causas políticas rige para los casos extremos, como re­voluciones, golpes de estado, etc., y no para los simples desa­catos, interpelaciones parlamentarias o artículos periodísticos. Pues es precisamente, con las revoluciones o tentativas, cuando no funciona; se trata de otro paraguas para cuando no llueve.

Se demostró con la Constitución fresquita —1856— cuando la revolución comandada por el general Gerónimo Costa, el heroico defensor de Martín García en la guerra contra el ex­tranjero.

 

En la estancia de Villamayor fue derrotado el general rebelde y hecho prisionero. Allí mismo fue fusilado —26 de enero de 1856— con 124 acompañantes de un total de 140 apresados. Regía ya la garantía constitucional. No hubo ni siquiera juicio sumarísimo: la pena de muerte había sido es­tablecida por Decreto y antes de ser habidos los inculpados. El Grosso grande se limita a decir: "Fuerzas de Buenos Aires salieron a su encuentro, y los derrotaron, siendo fusilados mu­chos de ellos". Ya se sabe que la misión de Grosso —el chico y el grande— es difundir las zonceras y no ilustrar sobre ellas. Veamos el Acuerdo del gobernador Pastor Obligado, refren­dado por Valentín Alsina, Bartolomé Mitre y Norberto de la Riestra del 28 de enero de 1856:

 

"Todos los individuos titulados jefes que hagan parte de los grupos anarquistas capitaneados por el cabecilla Costa y fuesen capturados en armas, serán pasados por las armas inmediatamente al frente de la división o divisiones en cam­paña, previos los auxilios espirituales".

 

Inmediatamente de restaurada la Constitución de 1853, después de la "segunda tiranía sangrienta", en los días inme­diatos al 9 de junio de 1956 y a raíz de una tentativa revolu­cionaria, fueron fusiladas 27 personas entre militares y civiles en función de un decreto que complementaba el estableci­miento de la Ley Marcial y de la ley 13.234 de organización de la Nación en tiempos de guerra sancionada por Perón, que nunca la aplicó.

 

La parte dispositiva de tal decreto dice: "Art. 2°: Todo oficial de las fuerzas de seguridad en actividad y cumpliendo actos de servicio podrá ordenar juicios sumarísimos con atri­buciones para aplicar o no la pena de muerte por fusilamiento a todo perturbador de la tranquilidad pública."

 

"Art. 3°: A los fines de interpretación del Art. se con­siderará como perturbador a toda persona que: porte armas, desobedezca órdenes policiales o demuestre actitudes sospe­chosas de cualquier naturaleza".

 

Este decreto lleva las siguientes firmas: Aramburu, Rojas, Ossorio Arana, Hartung, Landaburu, Krause.

 

En resumen: la pena de muerte está abolida siempre que el  gobernante  no tenga interés en aplicarla. Si tiene  interés puede hacerse el burro como Pastor Obligado y Aramburu y los cofirmantes de los dos.

¿Es o no una zoncera esta garantía? 1.

 

 


 

DE LAS ZONCERAS ECONÓMICAS

 

 

I) División internacional del trabajo.

 

II) El "milagro alemán".

 

III)  Pagaré ahorrando sobre el hambre y la sed  de los argentinos.

 

IV)  Fuerzas vivas:

a)  Sociedad  Rural Argentina.

b)  Unión Industrial Argentina.

 

V) La canasta de pan. El granero del mundo.

 

VI) Mercado tradicional. Comprar a quien nos compra.