LA IGLESIA OCUPADA - CAPITULO VIII

Por Jacques Ploncard d’Assac

 

CAPITULO VIII - LE RALLIEMENT

 

* Aceptación de la República como régimen gubernamental y adhesión a aquélla.*

* * *

"Todas nuestras discusiones son palabras. Podemos encontrarlas prodigiosamente bizantinas y sin embargo, en último análisis, en la palabra es donde yace la causa profunda de las cosas." 
CHARLES MAURRAS

Gazette de France, 14 de enero de 1904:
"Los dos elementos que quieren juntar se excluyen.
"
CLÉMENCEAU

"Sólo un momento..." 
LEÓN XIII

* * *

Ideas y Regímenes — El prisionero del Vaticano — La combinazzione — La ley del Número — El brindis de Argel — La carta de los cardenales franceses — “En medio de las solicitudes” — ¿Habría que parar la historia en la III República? — Los “ralliés” — Sólo por un momento — La declaración de los “realistas” — El fracaso.

* * *

     Hubo, a finales del siglo XIX, una gran confusión en las conciencias. Durante el siglo, tantas veces se había discutido la legitimidad del Poder, que la misma noción de legitimidad quedaba borrada. Entre los Borbones, los Orléans y los Bonaparte, Francia no llegaba a decidirse. El principio monárquico que representaban no lograba afianzarse en una dinastía, porque, tras la persona del Pretendiente, se perfilaban principios políticos diferentes. Se veía de pronto que la Institución monárquica era susceptible de abrigar regímenes corporativos o liberales parlamentarios o jerárquicos, y llamarse MONÁRQUICO ya no quería decir nada, había que añadir de qué monarquía se trataba. 
       Entonces, poco a poco, se abrió paso el pensamiento de que las ideas que se profesaban tenían más importancia que la forma del Régimen. Lo esencial era llevarlas al gobierno. La monarquía ya no se presentaba como una garantía de continuidad, ni como una seguridad contra los disturbios. Se la había sustituido, restaurado, sustituido de nuevo, abolido y restablecido en forma imperial. ¿Qué se iba a hacer de ella? 
       En 1873, el mariscal de Mac-Mahon, consciente, después de la carta del conde de Chambord sobre la bandera, de que era imposible unir a los orleanistas, pidió que se organizase el “Septenio”. Es decir, que la Asamblea nacional proclamase al jefe de Estado por siete años. Todavía hoy, vivimos en Francia de esta fórmula de monarquía electiva temporal. 
        Se comprende que a ciertos hombres de la Iglesia les viniese la idea de adueñarse de la República naciente Pero cuando lo intentaron era demasiado tarde. Los francmasones que habían creado la República, la ocupaban y no estaban dispuestos a ceder el sitio, ni a compartirlo. 
        El 31 de julio de 1881, durante el traslado de los restos mortales de Pío IX a la basílica vaticana de San Lorenzo Extramuros, el populacho había intentado adueñarse del ataúd para arrojarlo al Tíber al grito de “¡AL FIUME LA CAROGNA!“. Roma estaba en manos de los francmasones y León XIII pensó en emigrar a Austria, España o Malta.

BEATO PIO IX

Papa Pio IX, cuyos restos mortales por poco son arrojados al Tiber por la turba.

 

     ¿Ha influido esta situación en la política de León XIII, en lo que concierne a Francia? Se ha sostenido esta opinión: la Italia que constituye para el Papado una amenaza inmediata, “se ha unido en el seno de la Tríplice”, a la Alemania luterana de Bismarck, comprometida ella a su vez contra la Iglesia en la aventura de la KULTURKAMPF, y a la Austria católica, pero josefista - El josefismo era el sistema imaginado por José II, emperador de Austria, para subordinar la Iglesia al Estado -, que además no podía cambiar nada en la política religiosa de sus dos aliadas (...). ¿En qué otras potencias puede apoyarse la Santa Sede? ¿En la Inglaterra protestante imbuida de prejuicios antipapistas? ¿En la Rusia cismática?“
        Evidentemente, la respuesta es: no. 
       Queda Francia, también amenazada por la Tríplice y diplomáticamente aislada. 
       “Nos, ofrecemos a Francia la alianza de nuestra fuerza moral”, dirá León XIII, en 1893, a Mons. Fonteneau, obispo de Agen. Sin duda, en la encíclica Inmortale Dei, el Soberano Pontífice permanece fiel a la doctrina y recuerda que el Estado debe ser católico, pero añade que la Iglesia “no condena, sin embargo, a los gobiernos (...) que, en vistas a un bien a alcanzar o a un mal a evitar, toleran pacientemente en las costumbres y en la práctica que esos diversos cultos tengan cada uno su lugar en el territorio del Estado”. En fin, en la encíclica Libertas (1888) afirma que “es una calumnia inútil y sin fundamento pretender que la Iglesia vea con malos ojos las formas más modernas de los sistemas políticos”. 

LEON XIII FOTO

Papa León XIII

       Esto no quiere decir que León XIII tuviese nunca una especial simpatía por la III República. Incluso en una ocasión confesará a Jacques Piou: “En el fondo del corazón, soy monárquico yo también”, pero “necesita a Francia, comprueba que vive con República y que esta República parece sólida y por tanto, le es necesario entenderse con ella”. 

       Tocamos aquí un problema muy importante: para alcanzar un objetivo determinado, ¿puede la diplomacia ceder en los principios? La experiencia da una respuesta negativa, porque al ser la apariencia todo lo que ve la opinión, a ésta se le escapa la maniobra. No ve más que el abandono consentido, la restricción mental o la COMBINAZZIONE y lo que no es más que una maniobra, le parece adhesión sincera. Confundida, la opinión pierde gran parte de su ardor para defender las ideas que son combatidas por el régimen con el que se negocia. El avance del enemigo se encuentra tanto más facilitado y sus exigencias aumentan en la misma medida en que la diplomacia se vuelve más complaciente. 
        León XIII piensa poder manejar a los católicos franceses según las necesidades de su diplomacia. No presta atención a que los individuos se guían por convicciones y que llevarlos a dudar de ellas, es debilitar el instrumento del que se pretende disponer. 
       Prisionero de la maniobra diplomática que ha decidido, León XIII tiene que ordenar a los católicos franceses, en su inmensa mayoría monárquicos, que se adhieran a la República. Decisión dramática, porque va a desorientar a la Derecha, a lanzar a muchos militantes a la abstención, forzar al disimulo a espíritus rectos y reforzar, por el contrario, la combatividad de los republicanos que ven cómo el adversario abandona sus posiciones y solicita el armisticio. 
        El nuncio Czalcky explicaba al marqués de Dreux-Brézé que los legitimistas, al continuar luchando a favor de los principios de los que son representantes, ya no serían escuchados y verían disminuir progresivamente el número de sus afiliados. Su influencia, reconocida como muy valiosa en muchos aspectos, desaparecería y el bien moral, que lógicamente estarían llamados a hacer, sería para ellos irrealizable en adelante. 
        “Este bien —añade Mons. Czalcky, según cuenta M. de Dreux-Brezé— hay que enfocarlo ahora desde otro punto de vista, nuestros adictos deberán intentar llevarlo a cabo en otro terreno; este punto de vista es el del reconocimiento del hecho de la transformación de Francia en una república y el de la aceptación de esta transformación”. 
       ¡Estas expresiones son pasmosas! No solamente prefiguran una filosofía del “sentido de la Historia” IRREVERSIBLE, sino que parecen indicar una ignorancia total de los esfuerzos de propaganda de los republicanos para conquistar a las masas. No lo habían conseguido a la primera, ni fácilmente y, aunque el nuncio lo diga, no estaban seguros de tener siempre ventaja. Después de todo, hace solamente diez años, ¡no había más que cinco diputados republicanos en el Cuerpo Legislativo! 
       Parecía que el nuncio no aprendía nada de esta lección de propaganda dada por los republicanos. Lo que le interesaba era intentar formar una fuerza nueva con los católicos arrancados de sus fidelidades políticas. 
       “Yo me permití contestar a Mons. Czalcky —prosigue M. de Dreux-Brézé— indicándole que sus proposiciones, que su programa, eran para un legitimista, absolutamente inaceptables; que aceptándolos, si fuese posible adoptarlos, los realistas ya no serían comprendidos por nadie, que haciendo esto, en lugar de acrecentar su autoridad moral sobre la población entre la que vivían, perderían la que aún les aseguraba la estima y el respeto que les rodeaba”. 
       Se perdieron los principios y no se obtuvieron los votos. 
       Los únicos que se beneficiaron de la situación fueron los radicales. León XIII les hacía el juego anulando la oposición que más podían temer, e incluso escribiendo al presidente de la República pidiéndole que “usase de su autoridad, para que fuesen restablecidas las buenas relaciones entre la Iglesia y el Estado”

 

https://hy1kjg.bay.livefilestore.com/y1mRiMubaHbNtSW8kxwbEWH5COpNfH0p7uCnCkuo42Pwrd0YDdZmfrFWZHwIIhNmnUJIYf50Hp9TASpPaE2KbSCAbJeuaf5hql4yu_q0UwlM4bS6MPZA5Lp9vwK0wphLazxEWa5VAfGYBE/JULES GREVY, PRESIDENTE DE LA REPUBLICA FRANCESA 1879-1887.jpg

Jules Grévy, presidente de la República: 1879-1887

 

      Jules Grévy respondió fríamente que si las cosas no iban bien entre la República y la Iglesia, la causa era “la actitud hostil de una parte del clero respecto a la República, en las luchas que aún sostiene diariamente contra sus mortales enemigos”. Y añadía: “En este funesto conflicto, desgraciadamente, tengo muy poco poder sobre los enemigos de la Iglesia. Vuestra Santidad tiene mucho poder sobre los enemigos de la República”. 
       León XIII está cogido en este engranaje. Le obliga a exigir a los católicos su adhesión a la República. La intrusión política era flagrante y fue desastrosa. Incapaces de adueñarse del poder por las elecciones, los “ralliés” tuvieron que soportar las leyes de descristianización que votaba alegremente la Cámara de los diputados. “Los católicos podían maldecir el laicismo, pero desde el momento que no habían podido adueñarse del poder político que les habría dado la fuerza de legislar a su conveniencia, no podían reprochar con razón al gobierno que aplicase su legislación”.
       Habían aceptado la ley del número y debían aceptar sus decisiones. 
     León XIII se dio cuenta pronto que el cuerpo electoral estaba manipulado por las Logias y que en la democracia el verdadero poder era la Francmasonería. Creo que en el fondo pensó entonces en organizar en torno a las parroquias una especie de contramasonería para entorpecer la labor de las Logias. En todo caso, no ahorró sus ataques contra la Masonería. 

logias masónicas

Masonería

       “El fin de esta Secta —declara— es el de reducir a nada, en el seno de la sociedad civil, el poder y la autoridad de la Iglesia, excluir de las leyes y de la administración pública la muy saludable influencia de la religión católica y constituir todo el Estado fuera de las instituciones y de los preceptos de la Iglesia.

      “Nuestra mejor y más sólida esperanza de curación está en la virtud de esta religión divina que los francmasones odian tanto, tanto más, cuanto más la temen, así pues, es sumamente importante hacer de ella el punto central de la resistencia contra el enemigo común. Que las gentes de bien se unan ellos también y formen una inmensa coalición de oraciones y de esfuerzos”. 
      León XIII alentó una vasta campaña antimasónica pero, atacar a la Masonería sin tocar el régimen que ella dominaba, era un combate perdido de antemano. 
       Sin embargo, León XIII se aferraba más que nunca a su política del “Ralliement”, que fue oficialmente propuesta a los católicos franceses por el cardenal Lavigerie, el 12 de noviembre de 1890 en Argel, en el curso de una comida ofrecida a los oficiales de la escuadra en el Palacio arzobispal. 

CARDENAL CARLOS LAVIGERIE 2

Cardenal Carlos Lavigerie, misionero en Africa.

 

       “Cuando la voluntad de un pueblo se ha asegurado —declaró el cardenal— de que la forma de gobierno no lleva consigo nada contrario, como lo proclama últimamente León XIII, a los únicos principios que pueden hacer vivir a las naciones cristianas y civilizadas, cuando para arrancar al país de los abismos que lo amenazan no queda más que la adhesión sin segunda intención a la forma de gobierno, llega el momento de declarar que la prueba se ha hecho y, para poner término a nuestras divisiones, sacrificar todo lo que la conciencia y el honor permitan y ordenen sacrificar a cada uno de nosotros para la salvación de la Patria. 
       “Esto es lo que enseño a mi alrededor, lo que deseo ver imitado en Francia por todo nuestro clero y, al hablar así, estoy seguro de que ninguna voz autorizada va a contradecirme”. 
       —Brindo por Su Eminencia el Cardenal y por el clero de Argelia —se limitó a responder fríamente el almirante Duperré. Después de lo cual, la orquesta tocó La Marsellesa.

CARDENAL CARLOS LAVIGERIE

Cardenal Carlos Lavigerie en su juventud.

 

       Se había bautizado a la República. 
       Pero el error político no era menos evidente. El cardenal había hablado de una forma de gobierno que no tenía nada en contra de los principios, únicos capaces de hacer vivir las naciones cristianas. Ahora bien, LA LEY DEL NÚMERO NO RECONOCE PRINCIPIOS, SINO SOLAMENTE LA VOLUNTAD MOMENTÁNEA DEL NÚMERO. Si el Número —la mayoría—— dice: Dios no existe, la legislación está obligada a aplicar la negación de Dios. 
      —¿Podría también hacer lo contrario? 
      —Desde luego, pero sin mañana, sólo hasta el próximo capricho de la mayoría. 
      A la monarquía tradicional, católica, al Soberano al que la Consagración confería un sacramento, Roma acababa de sustituirlo por la adhesión obligatoria a un régimen sin principios, que tiene por característica incluso el no tener ninguno, y todo con el pretexto de que el partido clerical se adueñaría de él, por medio de “unas buenas elecciones”; pero estas elecciones, las pierde todas. 
       En enero de 1892, los cardenales franceses publicaron una carta que no dejaba de ser algo comprometida para Roma, a la que de alguna manera devolvían su dialéctica. Los cardenales franceses admitían el punto de vista de León XIII y no presentaban “oposición alguna a la forma de gobierno que Francia se había dado”, pero añadían, recogiendo por lo demás palabras del Papa, que “si nosotros levantamos la voz es para pedir que las sectas anticristianas no tengan la pretensión de identificar con ellas al gobierno republicano y hacer de un conjunto de leyes antirreligiosas la constitución esencial de la República”. 
       Extraña protesta, pues las sectas no introducían estas leyes por la fuerza, sino de la forma más legal del mundo, por los votos de la Cámara de los diputados, los cuales habían sido elegidos por el pueblo soberano. PROTESTAR CONTRA LA LEGISLACIÓN REPUBLICANA, ES NO RECONOCER LA LEGITIMIDAD DE LA LEY DEL NÚMERO, y desde luego, la Iglesia no podía abstenerse de hacerlo puesto que, como decían los cardenales “desde hacía doce años, el gobierno de la República… ha sido la personificación de una doctrina y de un programa en oposición absoluta con la fe católica”. 

DEMOCRACIA

Democracia: la ley del número.

       Oponiendo la ley de Dios a la ley del Número, los cardenales condenaban el mismo régimen republicano, pues el hecho de que una mayoría impusiese, desde hacía doce años, una legislación anticristiana no era lo más grave, pues ésta podía cambiar —e incluso esto era la única pequeña esperanza de los cardenales—, el hecho grave, era que Dios ya no estaba en el centro del sistema social. Era una “idea”, sometida cada cuatro años al Número. 
       Del rey, sagrado Lugarteniente de Dios en la tierra, que reconocía como ley del reino la ley divina, los cardenales de 1892 tenían que reducirse a “la aceptación franca y leal de las Instituciones republicanas’’ y a la restricción mental de la “firme resistencia a las intrusiones del poder secular en el dominio espiritual”. 
        Uno se asombra cuando ve en qué condiciones psicológicas se hizo el “Ralliement”. Si se hubiese notado alguna moderación en la legislación antirreligiosa, una simple voluntad de diálogo, de compromiso, por parte de la República, se hubiera podido admitir en el plano diplomático la conveniencia de tratar con el nuevo régimen, pero la situación no era en absoluto favorable: la persecución sigue siendo feroz, la mayoría republicana vence con regularidad a los candidatos católicos, y éste es el momento que Roma elige para una intervención claramente política con los católicos franceses, para imponerles su adhesión a esta República. 
        Pío VII, consagrando emperador a Bonaparte, terminaba la Revolución, restauraba la monarquía —por una sustitución de dinastía, sin duda, pero permaneciendo fiel en gran parte a la organización tradicional de la sociedad, y el nuevo régimen restauraba la Iglesia en la mayoría de sus derechos legítimos—; en 1892, León XIII consolidaba un régimen anticristiano en su legislación y ateo en sus principios. El historiador no puede menos que asombrarse y tiene que sacar esta conclusión: fue una falta política inmensa. 

 

iglesia-estado

Retrato de León XIII, en medio de las solicitudes...

       En la encíclica En medio de las solicitudes que publicó el 16 de febrero de 1892, León XIII intervenía abiertamente en la política francesa: 
       “Diversos gobiernos políticos —escribía— se han sucedido en Francia en el curso de este siglo y cada uno con su forma distinta: imperios, monarquías, repúblicas. Encerrándonos en abstracciones, se llegaría a definir cuál es la mejor de estas formas consideradas en sí mismas; se puede afirmar igualmente, con toda verdad, que cada una de ellas es buena, con tal de que sepa ir derecha a su fin, es decir, el del bien común para el cual se ha constituido la autoridad social, conviene añadir finalmente que, desde un punto de vista relativo, tal forma de gobierno puede ser preferible a tal otra, por adaptarse mejor al carácter y a las costumbres de tal nación o tal otra. En este orden de ideas especulativo, los católicos, como todo ciudadano, tienen plena libertad de preferir una forma de gobierno a otra, precisamente en virtud de que ninguna de estas fuerzas sociales se opone por sí misma a los fundamentos de la sana razón, ni a las máximas de la doctrina cristiana. Y es bastante para justificar plenamente la sabiduría de la Iglesia, cuando en sus relaciones con los poderes políticos, hace abstracción de las formas que los diferencian para tratar con ellos los grandes intereses religiosos de los pueblos, sabiendo que tiene el deber de velar sobre ellos por encima de cualquier otro interés”. 
       Una cosa era la diplomacia de la Santa Sede, obligada a mantener relaciones con los gobiernos de hecho que existían en el mundo y otra cosa era el comportamiento de los ciudadanos de estos Estados QUE, COMO TALES, TENÍAN QUE ASEGURAR OTROS INTERESES QUE LOS ESPIRITUALES y que podían perfectamente pensar que un régimen basado sobre la voluntad fluctuante del Número, al no reconocer ninguna ley fundamental intangible, ninguna moral determinada, no era el idóneo para asegurar el bien de la Iglesia —aunque esta última era la llamada a juzgar— y el bien de la comunidad nacional y, en este punto, los ciudadanos eran los únicos jueces. 
       En la nueva definición de León XIII, el Estado se convertía en un Estado de hecho cuya forma nacía del “conjunto de las circunstancias históricas o nacionales, pero siempre humanas, que hacen surgir en una nación sus leyes tradicionales e incluso fundamentales y por éstas se encuentra determinada tal forma particular de gobierno, tales bases de transmisión de los poderes supremos”. 
       “Inútil recordar —proseguía León XIII— que todos los individuos están obligados a ACEPTAR ESTOS GOBIERNOS y a no intentar nada para derrocarlos o cambiar la forma de ellos”. 
       Así, después de haber explicado que las naciones evolucionan bajo la presión “de las circunstancias históricas o nacionales, pero siempre humanas”, LEÓN XIII ¡PROPONÍA DETENER LA HISTORIA EN LA III REPÚBLICA!

REPUBLIQUE

 

       Esta república a la que León XIII pedía a los católicos se adhiriesen, prohibiéndoles cualquier intento de derrocarla, era fuertemente anticristiana. Esto es lo que El llamaba: “¡una dificultad!“. 
       “Se presenta una dificultad —escribía— se hace notar que esta República está animada de sentimientos tan anticristianos, que los hombres honrados, y mucho más los católicos no podrían aceptarla conscientemente. Ahí está sobre todo lo que ha dado nacimiento a las disensiones y las ha agravado. Se habrían evitado estas lastimosas divergencias, si se hubiera sabido tener en cuenta con atención —cuidadosamente— la distinción considerable que existe entre poderes constituidos y legislación”. 
        Aquí, conviene seguir atentamente el razonamiento de León XIII: 
       “La legislación difiere a tal punto de los poderes políticos y de su forma, que bajo el régimen cuya forma fuese la más excelente, la legislación podría ser detestable, mientras que a la inversa, bajo el régimen cuya forma fuese la más imperfecta, podría encontrarse una legislación excelente (…). La legislación es la obra de los hombres investidos de poder. Las leyes serán más buenas o malas, según que los legisladores tengan el espíritu imbuido de buenos o de malos principios, y que se dejen dirigir por la prudencia política o por la pasión”. 
       Esto es totalmente cierto, PERO LO QUE NO LO ES. ES QUE CUALQUIER RÉGIMEN FAVOREZCA LOS BUENOS PRINCIPIOS. El hombre democrático, que hace profesión de no reconocer ninguno, abre la puerta a los malos principios y deja que los espíritus se contaminen en nombre del liberalismo; y la Iglesia que se esfuerza en proteger la inteligencia, las costumbres y la virtud, aceptando el liberalismo, compromete virtud, costumbres e inteligencia. El curso de la historia lo ha demostrado sobradamente. 

PAPA LEON XIII 1878-1903

León XIII, Papa entre 1878-1903

        León XIII podía aún hacerse algunas ilusiones. Nosotros, no. Bien es verdad que lanzaba una amenaza contra la III República pero, como no la alcanzaba en SU ESENCIA, era bastante inútil: 
       “El respeto que se debe a los poderes constituidos —decía— no podría impedir combatir ‘por todos los medios legales y honrados’ los progresivos abusos de la legislación. El respeto debido a los poderes constituidos no podría impedirlo; no puede imponer el respeto, ni mucho menos la obediencia sin límites a cualquier medida legislativa promulgada por estos mismos poderes. Que no se olvide, la ley es una prescripción ordenada según la razón y promulgada para el bien de la comunidad por aquéllos que han recibido con este fin el depósito del poder. En consecuencia, jamás se pueden aprobar puntos de legislación que sean hostiles a la religión y a Dios; por el contrario, es un deber reprobarlos”. 
      Pero este era el punto de vista de la Iglesia. La democracia es indiferente a este aspecto de las cosas. Sólo conoce una ley: la voluntad de la mayoría. Si la Iglesia se somete a ella, viola la ley divina, si resiste, viola la ley democrática. 
      Quedan todavía suficientes recuerdos del tiempo de la monarquía cristiana milenaria en el espíritu de León XIII, para que fuese alcanzado por la pretensión democrática de separar el Estado de la Iglesia. 
      “No nos queremos detener —decía— en demostrar aquí todo lo que tiene de absurda la teoría de esta separación, cada uno lo comprenderá por sí mismo. Desde el momento en que el Estado rechaza dar a Dios lo que es le Dios, rechaza, por una consecuencia necesaria, dar a los ciudadanos aquello a lo que tienen derecho como hombres, pues, se quiera o no, lo verdaderos derechos del hombre nacen precisamente de sus deberes para con Dios. De donde se desprende que faltando el Estado, en lo que toca a esto, al fin principal de su institución, viene a parar en realidad a renegar de sí mismo y a desdecir lo que constituye la razón de su propia existencia”. 
      Una vez más, éste era el punto de vista de la Iglesia. La democracia no conoce la Iglesia, no conoce más que la ley del Número. Lo que la mayoría decide es la ley. La democracia no admite ley alguna preexistente, natural, revelada, ninguna moral. NO ES UN PRINCIPIO, SINO UN MÉTODO; una especie de aparato fotográfico que da la imagen de la opinión. Lo que cuenta es la Opinión. 
        En su carta a los cardenales franceses, que reforzaba en cierta manera la encíclica En medio de las solicitudes, León XIII tres meses más tarde, reafirmaba que los católicos debían “aceptar sin reserva, con la perfecta lealtad que conviene al cristiano, el poder civil en la forma en que DE HECHO existe”, porque cuando en una sociedad, “existe un poder constituido y en acción, el interés común se encuentra ligado a ese poder y se debe, por esta razón, aceptarlo TAL COMO ES… Aceptad la República, es decir, el poder constituido y existente entre vosotros, respetadlo sedle sumisos, como representando el poder venido de Dios’’.

MONEDA III REPUBLIQUE

 

      ¡La República del Gran Oriente representando el poder venido de Dios! Los franceses no daban crédito a lo que oían. 
      Pero León XIII se obstinaba, buscaba en la historia la justificación de su teoría: 
      “Que pongan buen cuidado en reflexionar sobre ello —decía— si el poder político es siempre de Dios, no se deduce de ello que la designación divina afecte siempre y de forma inmediata los modos de transmisión de este poder, ni las formas contingentes que revista, ni las personas que sean objeto de él. La variedad misma de estos modos en las diversas naciones, evidencia el carácter humano de su origen”. 
      ¿Por qué no dejaba a los franceses la libertad de considerar qué instituciones les convenían? La intrusión de Roma en la política francesa ha sido desastrosa y ni la Iglesia, ni el país, han sacado nada bueno de ella. 
      La política de León XIII fue un fracaso total. De 575 diputados, en las elecciones que siguieron a la orden dada a los católicos de adherirse a la República, no fueron elegidos más que 35 de los “ralliés” y los dos que más garantizaban las miras políticas de León XIII, Albert de Mun y Jacques Piou, fueron derrotados. 
      Entonces comenzó la larga espera de “unas buenas elecciones”. Habían sido vencidos, pero la próxima vez ganarían. La derecha, corrompida lentamente durante esta interminable espera, decepcionada siempre, comenzaba a derrumbarse. Un inmenso escepticismo, una repugnancia profunda aquejaba a unos hombres a los que se había dicho bruscamente que la legitimidad no existía, que los juramentos no contaban, que las ideas eran intercambiables, relativas. La izquierda no cesaba de triunfar PORQUE CAMINABA EN EL SENTIDO DE SUS PRINCIPIOS. Las Logias se complacían en humillar a los “ralliés” haciendo votar una legislación cada vez más antirreligiosa, expulsando a los monjes, laicizando la Escuela en donde iban a formar la nueva juventud, en fin, separando oficialmente el Estado de la Iglesia. 
       A un senador de derechas que había pedido que, por lo menos, se tuviese la delicadeza de modificar la denominación de la ley de SEPARACIÓN y que se la llamase: “ley de las nuevas relaciones de la Iglesia y del Estado”, se le respondió —y con razón— que al no reconocer el Estado a la Iglesia, ya no había Poder Eclesiástico, ni por lo tanto, relaciones que mantener con él. 
      El Garde des Sceaux – ministro de justicia o canciller mayor de Francia -, M. Darlan, declaraba al Senado: 
      “Señores, ¿es que la actitud del Papa ha tenido alguna influencia sobre nuestras doctrinas, nuestros actos? Este Jefe ¿ha conseguido cambiar algo en nuestra conducta? ¿Se ha ablandado nuestra entereza? ¿Hemos abandonado algunos de nuestros principios?... No dejaremos periclitar en nuestras manos ninguna de las leyes que el Parlamento ha dado al País”. 
      “En política, como en la guerra —declaraba el F. Doumer—, la pacificación sólo es aceptable cuando el enemigo está vencido, aniquilado, sin posibilidad y sin esperanza de desquite, cuando los jefes han sido heridos, han caído o han desaparecido”. 

GEORGES CLÉMENCEAU

Georges Clémenceau.

Clémenceau advertía a los “ralliés”: 
       “Me dicen que quieren separar la Iglesia de los partidos hostiles a la República y que harán entrar al país en el seno republicano. Es una empresa por encima de sus fuerzas, por encima de las fuerzas humanas PORQUE LOS DOS ELEMENTOS QUE QUIEREN JUNTAR SE EXCLUYEN”. 
      Y cuando los “ralliés”, como prueba de su vinculación a la Republica, hayan favorecido la elección a la presidencia de la Cámara de diputados del republicano Casimir Périer, fue para oír declarar a éste: 

 

Casimir Périer

Jean Casimir Périer, presidente de la República:  diciembre1893 - 30 mayo 1894.

      “El ejército republicano no acepta y no acoge más que a lo que se alistan como soldados; ni la guardia de la ciudadela, ni el honor de la bandera los confía a quienes ayer lo combatían. No se pasa con el grado de general de un campo a otro. Pedir el precio de una conversión es hacer dudar de ella”. 
      ¿Qué habían ganado los “ralliés”? Nada. Habían dividido a las fuerzas conservadoras y ni siquiera habían forzado las puertas de la República. Se los dejaba en el atrio y encima se burlaban de ellos. 
      En una interviú concedida —entonces era una novedad— al Petit Journal, León XIII había sostenido la idea siguiente: 
      “Cada uno puede quedarse con sus preferencias; pero en el dominio de la acción, no hay más que el gobierno que Francia se ha dado. La  República es una forma de gobierno tan legítima como las demás”. 
      Había una contradicción en estas palabras: si Francia se había dado este régimen, podía cambiarlo. Los monárquicos que no lo querían estaban tan en su derecho de querer derrocar la República, como los republicanos lo habían estado de derrocar la monarquía. En el fondo, sólo les faltaba triunfar para que León XIII, lógico consigo mismo, lanzara otra encíclica para imponer la adhesión a la monarquía. 
      Y lo hubiese hecho. Porque todo este asunto del “Ralliement” no era más que una intriga política.

PAPA LEON XIII

Papa León XIII

      En 1894, el barón de Montagnac contaba una conversación que había tenido con León XIII: 
      —Créame, señor barón —dijo el Santo Padre—, hágase republicano de una buena república. ¿Comprende? Quiero que todos los católicos, en tropel, penetren en la República ocupando puestos en ella. 
      —No puedo, Santo Padre —respondió el barón de Montagnac—, y no podré jamás abandonar la tradición que he recibido de los mío y que debo transmitir a mis herederos. 
       —Las tradiciones deben ceder, POR UN MOMENTO, ante el bien de la Iglesia. Las tradiciones LAS RECUPERARÁ después de rematada la obra, se lo aseguro. No comprende mi pensamiento. HAY QUE ABANDONAR LAS TRADICIONES POR EL MOMENTO, TAN SÓLO UN MOMENTO. 
      Y el Papa entusiasmado con su sueño se levantó, tomó con ambas manos al viejo soldado del altar y del trono y, acercándose a él, desveló sus intenciones: 
      “Usted y los otros se equivocan; no comprenden del todo mi pensamiento, no saben seguirlo hasta el fin. La adhesión a la República que tienen que hacer los católicos ES SÓLO PROVISIONAL. La causa de que los católicos sean excluidos de todo, es que los creen monárquicos. CUANDO LOS CATÓLICOS HAYAN ENTRADO EN LA REPÚBLICA, LLEGARÁN A TODO, A LOS PUESTOS Y A LOS ESCAÑOS ELECTORALES Y ENTONCES SERÁN LOS DUEÑOS Y DERROCARÁN LA REPÚBLICA QUE SI QUIEREN REEMPLAZARÁN POR LA REALEZA. PUES CRÉAME, NADIE DESEA LA CAÍDA DE LA REPÚBLICA MÁS QUE YO”. 
      León XIII había sostenido diálogos semejantes con Jacques Piou del que iba a hacer el jefe de los “ralliés”: 
       —“Yo soy monárquico en el fondo del corazón, pero hay que resignarse a lo que sea necesario”.

    El Osservatore romano, en septiembre de 1893 confirmaba indirectamente las palabras de León XIII: 
      “El moderno derecho público —comentaba el periódico del Vaticano— ha confiado al pueblo el ejercicio de la soberanía y le ha hecho árbitro de sus destinos, por lo menos de palabra. Es pues muy natural que la Iglesia y el Papa deban DICTARLE las normas para el ejercicio de los nuevos derechos que le han sido confiados y de la autoridad social que se lo ha reconocido... No, no es el Papa quien lleva su acción al terreno político, es el derecho moderno el que ha desplazado el centro de la autoridad confiando ésta al pueblo y el Papa no hace más que ejercer, frente a él, la misión ejercida desde siempre y que es una parte esencial de su ministerio” . 
      Pero la democracia no puede dejarse DICTAR nada. Es ella la que dicta y quien no quiere aceptar la ley del Número, quien le fija NORMAS, actúa contra el principio mismo de la democracia. 
      En junio de 1892 el grupo realista de la Cámara votaba esta declaración: 
       “Como católicos, los realistas se inclinan con respeto ante la autoridad infalible del Santo Padre en materia de fe; como ciudadanos, reivindican el derecho que tienen todos los pueblos de pronunciarse libremente en las cuestiones que interesan al futuro y la grandeza de su país. La forma de gobierno es, por excelencia, una de estas cuestiones. Debe ser resuelto en Francia y entre franceses. Tal es la tradición nacional. La Santa Sede ha reconocido a todos los gobiernos desde el comienzo del siglo. Era una necesidad. Pero jamás ha pedido a los partidarios de los regímenes anteriores el olvido de su fidelidad y la renuncia a sus esperanzas”. 
       Esto era la división irremediable de la Derecha; iba a ir a las elecciones en orden disperso. La presencia de un candidato “rallié” no conseguía más que dar oportunidades suplementarias a los candidatos de izquierdas. De esto es de lo que se dio cuenta M. Piou, jefe de los “ralliés”, especie de “primer ministro de la política pontificia”. La pena es que estas personas siempre se dan cuenta demasiado tarde de sus tonterías. 
       “Un partido católico —reconocía M. Piou— no puede ser un partido electoral en nuestro país... EN NUESTRAS LUCHAS POLÍTICAS NO ESTÁN COMPROMETIDOS MÁS QUE INTERESES RELIGIOSOS”.
       ¡Qué fácil hubiese sido resolver este problema, complicado inútilmente por las consignas abusivas de León XIII! Sencillamente, los católicos podían haber sido invitados a votar únicamente por los candidatos que se comprometiesen a abolir la legislación antirreligiosa. Cada uno bajo su bandera, habría ido a defender los intereses nacionales, sin descuidar por ello los intereses religiosos. Incluso se hubiera producido una emulación entre los partidos interesados en atraer los votos católicos y esto, sin comprometer a la Iglesia con un régimen que además, le era fundamentalmente hostil. 
       Los “ralliés” fueron vencidos en 1893, vencidos en 1898, vencidos en 1902. Y también en 1906, en 1910, en 1914, hasta que su nombre mismo desaparece del vocabulario político. La República lo había arrastrado definitivamente sin ellos y contra ellos. 
       A partir de entonces, vinieron las consecuencias. 
       Los espíritus entregados sin defensa a las más destructivas ideologías, se corrompieron, las costumbres se degradaron, la corrupción del Estado acompañó a la de la sociedad. No habiendo ningún principio que mantuviese unida a la comunidad, la noción misma de comunidad quedó borrada. Cada uno reivindicó para sí. Hubo clanes, partidos, grupos de presión. La opinión arrastrada por los periódicos y después por la radio y la televisión, fue una presa fácil para la plutocracia que tenía en sus manos estos medios de propaganda. La democracia derivó en plutocracia sin siquiera darse cuenta de ello. 
       Todos los cuerpos sociales fueron contaminados fácilmente y simultáneamente por una misma decadencia. El clero no escapó a ella, bebió los venenos del siglo y el mal se introdujo en la Iglesia. Los hombres de Iglesia, como los demás, comenzaron a decir las mismas palabras, a escuchar al siglo, en lugar de adoctrinarlo.

* * *