"Tanto por su carácter como
por su espíritu, sólo podía detenerse cuando ya no quedaba nada por destruir".
LACORDAIRE
"Tenemos continuamente
ante los ojos, su rostro
de condenado".
LEÓN XII
"Desearía veros Papa".
CHATEAUBRIAND A LAMENNAIS
Un romántico que se aburre... — L’ESSAI
SUR L’INDIFFERENCE (ENSAYO SOBRE LA INDIFERENCIA) El germen de la herejía —
Primer viaje a Roma — "Tarde o temprano, una gran religión..." —
L’Avenir, rue Jacob n° 20 — La Revolución en la Iglesia — La República
Universal — Los “peregrinos de Dios y de la Libertad” — El banquete de Munich —
La encíclica del 15 de agosto de 1832 — El plan de la Alta Venta — Una
revolución de tiara y capa pluvial — La última Pascua — Un nuevo Mesías: el
pueblo — LES PAROLES D’UN CROYANT (LAS PALABRAS DE UN CREYENTE) — Maurras y
Lamennais — Chateaubriand y Lamennais — Lamennais y el comunismo — El
secularizado — La muerte.
Escondida en medio del bosque, cerca de Combourg, La
Chesnaie es una casa blanca de tejado puntiagudo, rodeada de árboles y agobiada
bajo un cielo generalmente cargado de nubes. En esta morada se desarrolló a
principios del pasado siglo un gran drama religioso, cuyas repercusiones han
alcanzado nuestros tiempos.

El Château de La
Chesnaie, comuna de St-Pierre-de-Plesguen
Fue en 1805, a la edad de veintitrés años, cuando Félicité
de La Mennais se encerró en La Chesnaie con su hermano sacerdote Jean Marie de
La Mennais. Su única distracción era la amplia biblioteca, formada por
volúmenes que provenían de los monasterios devastados por la revolución y los
paseos por el bosque y la landa.

"Libros raros y valiosos", Catálogo de la biblioteca de
la familia La Mennais.
Los La Mennais, que pertenecían a la alta burguesía,
habían alcanzado la nobleza en 1798, justo en vísperas de la Revolución. Era ya
un poco tarde.
Félicité, tuvo la desgracia de perder a su madre siendo
joven. Aprendió el latín, el griego, se apasionó por Jean Jacques Rousseau y se
ocupó sin entusiasmo de los negocios de su padre que era naviero. Lo que no
cabe duda es que se aburrió mucho y lo confesará con un sarcasmo: “el
aburrimiento nació en familia durante una velada de invierno”.
En La Chesnaie desde 1805, la influencia de su hermano
clérigo va a ser decisiva y le llevará al sacerdocio que nunca ha deseado, pero
que aceptará porque parece que no hay otra salida a esta “soledad de tres: dos
hermanos y la teología”. Félicité se convirtió a los veintidós años e hizo su
primera comunión en 1804. En 1809 recibirá las órdenes menores y solamente
siete años más tarde, a los treinta y cuatro años, será ordenado sacerdote.
Durante todo este tiempo, arrastra los días sin alegría en
La Chesnaie, entre los libros y el bosque:
No puedo decir que me aburra, no puedo decir que me divierto, no puedo decir
que esté ocioso, no puedo decir trabaje…Mi vida transcurre en una especie de
ambiente impreciso en medio de todas estas cosas, con una inclinación muy
fuerte a una indolencia del espíritu y del cuerpo, triste, amarga, más fatigosa
que cualquier trabajo y sin embargo insuperable’’
Una vez, abandonó La Chesnaie, la landa y el bosque para
ir a París, pero precisamente para encerrarse en el seminario de la rue du Bac.
Allí no permanecerá siquiera un año:

Hughes Félicité Robert de La Mennais. Más tarde, para indicar su paso al Pueblo, hará unir su apellido:
Lammenais.
“No tengo ánimo para nada —escribirá—— el siglo es
demasiado necio y además una nueva voltereta me parece tan inevitable que creo
más prudente hacer mi equipaje que escribir libros”.
De los trabajos hechos en La Chesnaie, sin alegría, han salido los tres
volúmenes de la TRADITION DE L’EGLISE SUR L’INSTITUTION DES EVEQUES (TRADICIÓN
DE LA IGLESIA SOBRE LA INSTITUCIÓN DE LOS OBISPOS) y las REFLEXIONS SUR LA
SITUATION DE L’EGLISE EN FRANCE PENDANT
LE XIII SIÉCLE ET SUR SA SITUATION ACTUELLE (reflexiones sobre la situación de
la iglesia en Francia durante el siglo XIII y su situación actual).
Estos libros no se venden bien y Lamennais anota
melancólicamente: “no hay más que una opinión sobre la TRADICIÓN, todo el mundo
la alaba pero nadie la compra”.
Aparte de sus serios estudios, madurados en la soledad de La Chesnaie,
Lamennais se había comprometido con un memorial contra la Universidad imperial.
Al regreso de Napoleón de la isla de Elba tuvo miedo y marchó a Inglaterra.
Allí, para subsistir, dio clases en un pensionado y conoció a un viejo
sacerdote emigrado, el Padre Carron, con el cual volvió a Francia al día
siguiente de Waterloo. Se instaló en las Feuillantines, residencia del querido
padre que había conseguido una enorme influencia sobre él, y después en el
seminario de Saint-Sulpice.
El 23 de marzo de 1816, Félicité de La Mennais era
ordenado sacerdote. Obedeció al padre Carron, pero pone interés en subrayar que
su entrada en las órdenes no ha sido más que un acto de obediencia:
“Decidiéndome, o más bien dejándome decidir por el partido que se me ha
aconsejado tome, ciertamente no sigo ni mi voluntad, ni mi inclinación.., creo,
por el contrario, que nada en el mundo sería más opuesto a ello”.
Tres meses después de su ordenación confía a su hermano el
sacerdote Jean Marie:
“Desde ahora no soy y no puedo ser sino
extraordinariamente desgraciado... No aspiro más que al olvido en todos los
sentidos y ¡quiera Dios que pueda olvidarme de mí mismo!... Todo lo que me
queda por hacer es arreglarme lo mejor que pueda y, si es posible, adormecerme
al pie del poste donde han remachado mi cadena”.
Sacerdote a pesar suyo, La Mennais en esta época de su
vida es “un clericucho enclenque, desdichado, desmedrado, ceñudo”. Tiene una
larga nariz, la frente surcada de arrugas, los ojos son hermosos pero
atormentados. Lleva la cabeza inclinada, habla “frotando suavemente sus manos
juntas una contra otra”. Es de pequeña estatura, parece que es “el sacristán de
la parroquia”.
Tal es el autor de L’Essai sur l’Indifference en matière
de religion (Ensayo sobre la indiferencia en materia religiosa), la “pesada
cimentación teológica” que será el acontecimiento literario de la Restauración.
M. Mourre dirá bromeando: “se izó al autor entre Pascal y
Bossuet”, M. de Chateaubriand prometió la inmortalidad; Ampère recomendó a sus
amigos que leyeran este libro, “ese libro que reanimaría a un muerto” según la
opinión de M. de Frayssinous; Lamartine juzgó que estaba “pensado como Maistre,
escrito como Rousseau” y Maistre mismo saludaba a este “trueno bajo un cielo de
plomo”. En fin, Hugo tuvo una frase insólita, pero la más justa de todas: “un
libro con un porvenir temible”. –
Hoy sabemos que L’Essai no había sido escrito con alegría:
“Apenas avanzo en mi obra, me aburre —escribía La Mennais en 1816—. Escribir es
para mí un suplicio. Detesto París, detesto todo. Esta vida es para mí un
infierno. He desperdiciado la ocasión de vivir según mi carácter y mi gusto.
Esto no tiene remedio”.

El mismo año en
que aparece L’Essai escribe lúgubremente:
“Para qué sirven los libros? No conozco más que un libro
alegre, consolador y que siempre se ve con placer, es un registro de
defunciones. Todo lo demás es vano, no va a lo esencial”,
¿Cuál era el tema de este libro “con un porvenir temible” escrito con tedio,
por ese “enclenque clericucho” bretón que parecía un sacristán?
La Mennais descubriría en las tradiciones de los pueblos
antiguos la idea de lo que debía un día constituir el cristianismo. Este
aparecía como un vestigio persistente de la Revelación primitiva.
“Los cristianos —escribía La Mennais— creen todo lo que
creía el género humano antes de Jesucristo, y el género humano creía todo lo
que creen los cristianos; puesto que las verdades de la religión se encadenan
una a otra y se suponen mutuamente, estaban todas encerradas en la primera
revelación, como las verdades que Dios reserva a los elegidos están encerradas
en aquellas que aquí abajo son objeto de su fe”.
Con tal perspectiva, el cristianismo corre el riesgo de no
presentarse más que como un momento de la Revelación en marcha a través de los
tiempos. El sincretismo es el resultado fatal de esta visión: una religión
única, universal, futura, reconciliando todas las culturas y en la historia de
la cual la venida de Cristo es sólo un episodio.
Para La Mennais, las otras religiones son un esbozo del
CRISTIANISMO ESENCIAL.
Si el primer tomo del Essai (Ensayo) había logrado un
éxito fulgurante, tomándose tiempo para reflexionar, la brillantez del estilo
no bastó para ocultar, sobre todo en los tomos siguientes, las aventuradas
perspectivas del joven teólogo. Se hizo notar la hostilidad del clero y La
Mennais mismo lo constata: “el clero está muy indignado contra mi libro”.
La venta descendió y, en 1822, confiesa: “hace diez meses
que no he visto un céntimo de mis libros, esto me fastidia bastante”.
Va a ser necesario dejar París y volver a La Chesnaie bajo
los grandes árboles.
Sacerdote sin vocación, teólogo sin prestigio, no por eso
La Mennais da menos que hablar. Es de esos personajes que se hacen notar, no
por las luces que aportan, sino por la inquietud que siembran.
Irritado, irritante, ha echado la culpa a todo el mundo.
Por lo demás, tiene un mirada perspicaz para las faltas de los otros : esa
monarquía que duda “entre Voltaire y San Luis no puede ni terminar con la
revolución, ni continuarla por su cuenta y, al comprobar la debilidad del Trono
surge en La Mennais la idea de apoyar a la Sociedad sobre el único Altar.
Mientras tanto, colabora en el ultra Conservateur y no
está poco orgulloso de ello:
“Cuando supieron que estaba en el Conservateur —dice— hablando de los ultras y
que consentía en darles mis artículos, se mostraron encantados. Chateaubriand
vino a yerme, estuvo muy amable y me dijo que habíamos nacido sobre la misma
roca y que habíamos escuchado las mismas olas, etc. . . . “.
Pero, ¿veían las mismas cosas? Barrès refiere que
“contemplando una tempestad desde las murallas de Saint-Malo, La Mennais decía:
todo el mundo mira lo que yo miro, pero nadie ve lo que yo veo”.
Del ilustre Vizconde, La Mennais escribirá desdeñosamente:
“su gloria pasará rápidamente. Como ciertos arbustos no se aumentó más que por
las hojas”. Sin embargo, Chateaubriand se proclamó su discípulo.
En 1824, La Mennais realizó su primer viaje a Roma. Una
maravilla. Descubre ese cristianismo italiano que “bajo todas sus formas, en
todos los instantes está en contacto con el pueblo, se adueña de su pensamiento
por los sentidos y se convierte, sin que él mismo se dé cuenta, en la parte
principal de su existencia”.
La acogida que le reserva León XII colma su vanidad.
Refiere que el Papa no tiene en su habitación más que dos imágenes: una de la
Virgen y otra... de La Mennais; que se le va a hacer cardenal; que León XII le
ha ofrecido un apartamento en su palacio; que el Papa le ha recibido. En
resumen, “tiene conmigo mil atenciones”.
Al final La Mennais no se había alojado en el Vaticano,
sino con el teatino Ventura y, en sus conversaciones bajo los claustros de San
Andrés della Valle, “los innovadores” se exaltan y edifican “su” Iglesia.
El 30 de agosto de 1824, el cardenal Bernetti escribía al
duque de Laval-Montmorency, una carta reveladora de los verdaderos sentimientos
que se vivían en Roma hacia el demasiado satisfecho autor de L’Essai sur
l’Indifférence (Ensayo sobre la Indiferencia):
“Tenemos en Roma al Padre La Mennais y me parece que no hay ninguna relación
entre él y su inmensa reputación”.
Al cardenal le había impresionado el aspecto físico del
Padre: “Tiene en su fisonomía y en su porte algo de raquítico o de turbado que
hace daño”. Y proseguía así:
“En una de mis últimas audiencias, el Santo Padre me
preguntó si había visto al padre La Mennais y lo que pensaba de él. No
queriendo aventurarme en ese terreno y habiendo oído decir que el Papa se
mostraba bien dispuesto hacia él, di una respuesta dilatoria. Pronto, me quedé
asombrado, cuando el Santo Padre con voz tranquila y casi triste me dijo:
“Pues bien, Nos, le
habíamos juzgado mejor que ninguno. Cuando Nos le recibimos y conversamos con
él, nos sobrecogimos de espanto. Desde ese día, tenemos continuamente ante los
ojos su rostro de condenado.
“El Santo Padre me decía esto tan seriamente que no pude
evitar una sonrisa. ‘Sí, añadió mirándome fijamente, sí, este sacerdote tiene
un rostro de condenado. Tiene algo de heresiarca en su frente. Sus amigos de
Francia y de Italia desearían para él un capelo cardenalicio. Este hombre está
demasiado poseído por el orgullo para no hacer que la Santa Sede se arrepienta
de una bondad que sería justicia si no se consideraran más que sus obras
actuales; pero estudiadle a fondo; precisad los rasgos de su rostro, y decidme
si no hay en ellos una huella visible de la maldición celeste’ “.

El cardenal invitó a cenar a La Mennais y no descubrió
“nada infernal en aquel hombrecillo enclenque cuya conversación hace tan poco
honor a su genio”, y apenas le encontró otro reproche que su manía de comparar
las costumbres romanas y las de su país.
“Me atreví —prosigue el cardenal riéndose— a comunicar al
Santo Padre mis reflexiones... ‘ Ah!, me respondió, vos también, como Soglia,
no veis la mano de Dios’ “.
La Mennais volvió a París a fines de septiembre de 1824.
Se instaló en casa de su hermano, en la calle de Bourbon, en la Gran Capellanía
de Francia, pero el príncipe de Croy, Gran Capellán, vio con malos ojos que
este sacerdote discutido, querellado con el episcopado, se alojase en un
edificio oficial de la Iglesia de Francia y ordenó le hicieran cambiar de
alojamiento.
La Mennais tomó su pluma y escribió al príncipe:
“Monseñor, dentro de una hora habré salido del alojamiento
que Vos me invitáis a ABANDONAR RÁPIDAMENTE. Hace tres semanas, el Soberano
Pontífice roe pedía con insistencia que aceptase un apartamento en el Vaticano.
Os doy las gracias por haberme permitido, en tan poco tiempo, apreciar las
diferencias de hombres y de países”. La nota era espiritual, pero insolente.
A su vuelta de Roma, tiene un gran sueño; escribe a su
hermano: “El mundo espera un gran Papa; en muchos aspectos podría suplir a los
grandes reyes”. “La Nación —añade— está entregada a los hombres de dinero, y a
poco que se sueñe con algún provecho, vendida acaso a algún judío”. Las
monarquías se hunden, parecen no creer ya en su fundamento, viven al día, disputando
a la opinión un resto de autoridad que se desmorona, con el respeto que
desaparece. Entonces, La Mennais ofrece la Monarquía Universal al Papa.
El Papa se calla. Pues bien, piensa La Mennais,
prescindiremos del Papa. Después de todo la Religión no se ha terminado.
Reléase L’Essai (El Ensayo). La revelación es una larga evolución. La razón
general pertenece al género humano “por encima de Roma, está la autoridad del
género humano... el cristianismo no está terminado, le falta una política”. Y
La Mennais profetiza:
“Tarde o temprano saldrá del caos actual una gran
religión, inmutablemente una (. . .) y realizará entre los hombres una más
amplia unidad que el pasado no ha conocido jamás”.
Esta es la brecha por la cual va a pasar el modernismo. Si
la religión no está terminada, no hay límites a la evolución de la Iglesia.
Roma se calla.
La Mennais escribe el 18 de marzo de 1826: “Asombra el
silencio de Roma y nadie puede saber en qué se convertiría este asombro si se
prolongase”.
Y he aquí, que una palabra estalla de la pluma de La
Mennais: ¡la LIBERTAD!
“Veinte millones de hombres en Italia, como en España y en
Portugal se levantarán de repente al primer grito de ¡LIBERTAD! que saldrá de
aquí… el género humano quiere otro estado, ¡no hay otra explicación!”.
Ahora La Mennais ha roto completamente con sus amigos
monárquicos. Quiere una república francamente declarada. A sus ojos, es la
resistencia del Trono la que da un pretexto a la agitación. En el fondo no está
lejos de decir a Carlos X: “Marchaos, pues si no habrá que poneros a la puerta
y esto creará algún desorden”. Esto es ya la teoría de la transición pacífica o
no pacífica al nuevo poder sacado del “sentido de la historia”. Por lo demás se
expresa en los siguientes términos:
“No creáis que se puede parar el movimiento que arrastra a
la sociedad, ni adueñarse de su dirección por alguno de los medios que
suministra la política. Este movimiento está en los espíritus que preocupados
por las nuevas ideas, en parte falsas, en parte verdaderas, avanzan hacia un
futuro tan desconocido como inevitable”.
Como todos los liberales del siglo XIX, La Mennais ve que
la Verdad avanza apoyada sobre el brazo de la libertad:
“Una inmensa libertad —escribe en 1828— es necesaria para
que las verdades que salvarán al mundo, si debe ser salvado, puedan
desarrollarse como deben”.
El año 1828 es importante en la vida de La Mennais: funda
la “Congregación de San Pedro” de la que desea hacer una especie de Compañía de
Jesús democrática. En La
Chesnaie reúne algunas inteligencias brillantes: Lacordaire, Guéranguer,
Gerbert, Salinis, Gousset.
Lo que hay de preocupante en este clan lamenesiano es que
organiza dentro de la Iglesia algo así como otra Iglesia.
Puesto que Roma no responde a la llamada de La Mennais, él responderá por Roma.
Funda un diario: L’Avenir, instalado el 16 de octubre de 1830 en la calle
Jacob, 110 20. No se ha señalado convenientemente cuanta importancia iba a dar
al joven clero el desarrollo de la prensa. Por el solo hecho de imprimir algo,
cualquier cura resulta ser una autoridad, frecuentemente más escuchada que la
Jerarquía.

Charles Forbes
René de Montalembert
La Mennais, Lacordaire y Montalembert son las figuras más
destacadas de L’Avenir; “dos sacerdotes sin ministerio y un aristócrata vagabundo”.
De hecho, unos hombres de ardiente imaginación, salidos de su ambiente y que
han cesado de pertenecer a un cuerpo para entregarse a una idea.
“La primera virtud hoy día, enseña Lacordaire, no es la fe
¡sino el amor sincero de la libertad!”.
“La libertad —sostiene L’Avenir— tiene su principio
indestructible en la ley primera y fundamental, en virtud de la cual la
humanidad tiende a desprenderse progresivamente de los vínculos de la infancia
a medida que la inteligencia es liberada por el cristianismo creciente, y
desarrollándose, los pueblos alcanzan por así decir la edad adulta”.
Toda la herejía modernista está contenida en estas pocas
líneas que anuncian el evolucionismo de Teilhard de Chardin, el progresismo
cristiano de fines del siglo XX y esa idea de una Iglesia en vías de
desarrollo, que escapa a la fijeza del dogma y conduce a los pueblos a ‘‘la
edad adulta”. Es el Mito del Progreso, de un progreso ganado por la destrucción
del pasado. Es la revolución dentro de la Iglesia, como en 1789 fue la
revolución en la sociedad. La nueva legitimidad a la que debe vincularse la
Iglesia, igual que la sociedad política, es la Democracia.
“Las prerrogativas con las que los católicos creen
investida sobrenaturalmente a la Iglesia —escribe L’Avenir— pertenecen
naturalmente a la HUMANIDAD; ELLA ES LA VERDADERA IGLESIA instituida por Dios
por el hecho mismo de la Creación y todas sus altas prerrogativas, sus divinos
atributos, forman en su conjunto lo que se ha llamado la SOBERANÍA DEL PUEBLO.
A él le pertenece el mando supremo, la última decisión SOBRE TODAS LAS COSAS,
EL JUICIO INFALIBLE: VOX POPULI, VOX DEI”.
Para La Mennais, el cristianismo tal como lo entiende
ahora, va a ser el motor de la Revolución; su desarrollo “suspendido desde hace
siglos” va a continuar y va a fundar “el nuevo orden social”.
¡Qué decir de este desarrollo de la Iglesia “suspendida
desde hace siglos” y que se habría vuelto a poner en marcha en la calle Jacob
n° 20, redacción de L’Avenir!
Desde 1831, el episcopado reacciona contra la nueva
doctrina y lanza condenaciones. Los suscriptores de L’Avenir disminuyen; de
3.000 su número ha pasado a 1.500; entonces La Mennais decide dar un gran
golpe: irá a Roma para preguntar al Papa: “¿Estáis a favor nuestro o en
contra?”.
El 25 de noviembre de 1831, L’Avenir anuncia que dejará de
aparecer hasta la respuesta del Papa y La Mennais escribe: “Peregrino de Dios y
de la Libertad, partimos para ir, como Israel en otro tiempo, a invocar al
Señor en Silo’’.
L’Avenir había durado un año y un mes.
Realmente, “los peregrinos de Dios y de la Libertad”
llegaban a Roma en un mal momento: los carbonarios habían aprovechado el
interregno del Cónclave, a la muerte de Pío VIII, para proclamar la República
romana. Cuando Gregorio XVI tomó la tiara en febrero de 1831, Bolonia, Ferrara
y Ravena sublevadas, habían proclamado la prescripción de su dependencia y
enarbolado la bandera verde, blanca y roja. La Romaña estaba en abierta
rebelión, las ciudades se negaban a pagar el impuesto. Cuando La Mennais, Lacordaire
y Montalembert llegan a Roma, el Papa acaba de enviar un cardenal y 5.000
hombres contra los sublevados. No hay pues de qué asombrarse si, quince días
después de su llegada, los tres peregrinos de la Libertad no han sido todavía
recibidos por el Papa.
Sólo más tarde, por su correspondencia, es cuando se
conoce verdaderamente a los hombres. Mientras La Mennais y sus amigos se
consumen a la sombra del mudo Vaticano, el ‘‘enclenque clericucho’’ escribe a
su amigo Gerbert: “Representaos a este anciano (el Papa) rodeado de hombres que
llevan los asuntos y (le los cuales varios no están ni siquiera tonsurados;
hombres para quienes la religión les es tan indiferente como lo es a todos los
gabinetes de Europa, ambiciosos, codiciosos, avaros, cobardes como un estilete,
ciegos e imbéciles como eunucos del Bajo Imperio; este es el gobierno de este
país, éstos son los que dirigen todo y los que sacrifican diariamente a la
Iglesia a los intereses más miserables, concebidos neciamente, referentes a sus
negocios temporales”.
A fines de febrero, el Papa hizo saber a La Mennais y a
sus amigos que podían regresar y que sus doctrinas serían examinadas. ¿Cómo se
las arregló La Mennais? Lo cierto es que Gregorio XVI, el 13 de marzo de 1832,
concedió la audiencia que había sido rechazada. Unicamente no habló de
L’Avenir. Habló deladre Jean Marie de La Mennais, el hermano de Félicité, de
las obras piadosas de este primogénito del que se sirve como reproche
indirecto. A Montalambert le habla de la piedad de su madre. Habla de las
campanadas de San Pedro que resuenan en el invierno romano. También habla de
arte, hace admirar a La Mennais una reproducción del Moisés de Miguel Angel, le
ofrece una toma de rapé, distribuye medallas de San Gregorio, bendice rosarios
y despide a los tres “peregrinos de la Libertad”. La audiencia ha durado un
cuarto de hora.
“Ya no hay Papado, ¡así están las cosas!”, decreta La
Mennais.
Sin Monarquía, sin Papado, ¿qué queda? Queda el pueblo.
En junio de 1832, La Mennais abandona Roma, “la gran tumba
donde sólo se encuentran huesos”. Dejó el relato de su marcha:
“Era el mes de julio, hacia el atardecer. Desde las
alturas que dominan la cuenca donde serpentea el Tíber, lanzamos una triste y
última mirada sobre la Ciudad Eterna. Los rayos del sol poniente inflamaban la
cúpula de San Pedro, imagen y reflejo del antiguo esplendor del Papado”.
La Mennais no regresa directamente a París. Pasa por
Munich donde cuenta con numerosos discípulos. Parece que confía en la decisión
final de Roma y hasta escribe tranquilamente a su hermano el padre Jean Marie:
“Nuestra misión aquí (en Roma) ya está cumplida. Las personas más destacadas
ven como ganada nuestra causa cerca de la Santa Sede”.
El 31 de julio, en Venecia, incluso había anunciado su decisión
de reanudar la publicación de L’Avenir cuando regresase a París.
El 12 (le agosto había llegado a Munich.
Lo que La Mennais ignoraba, es que tres días antes, Ia
Congregación de Cardenales había dado el último toque a la encíclica Mirari
Vos.
Es en Munich, el 30 de agosto, en el transcurso de un
banquete ofrecido en su honor cuando La Mennais recibió un pliego de la Santa
Sede que contenía el texto de la Encíclica. La anécdota refiere que le fue
llevado sobre una bandeja de plata. El hotel debía de ser de primera clase.
La encíclica Mirari Vos es un documento de considerable
importancia: es la primera condenación hecha en contra de esta herejía difusa a
la que se denominará sucesivamente: liberalismo católico, modernismo,
sillonismo, democracia-cristiana, progresismo e izquierda cristiana.
Gregorio XVI, cuyo primer acto de su pontificado era éste,
anunciaba que se estaba en la hora del poder de las tinieblas:
“Las lecciones y los ejemplos de los maestros pervierten a
la juventud —decía el Papa—; los desastres de la religión se acrecientan
inmensamente y la inmoralidad más espantosa triunfa y se extiende. Así, una vez
que han sido rechazados con desprecio los vínculos sagrados de la religión, los
únicos que conservan los reinos y mantienen la fuerza y el vigor de la
autoridad, vemos desaparecer el orden público, declinar la soberanía y todo
poder legítimo amenazado por una revolución cada vez más cercana”.
Y el Papa acusaba a las sociedades secretas de haber “por
así decirlo, vomitado en una especie de sentina, todo lo que hay en su seno de
licencioso, de sacrílego y de blasfemo”. Gregorio XVI sabía de qué hablaba.
Había tenido en sus manos las Instrucciones de la Alta Venta de los
Carbonarios, cuyo texto hará publicar Pío IX algunos años más tarde, en 1860.
“El trabajo que vamos a emprender —escribían los
conjurados— no es obra de un día, ni de un mes, ni de un año; puede durar
varios años, acaso un siglo (...). Lo que debemos buscar y esperar, como los
judíos esperan al Mesías, es un Papa según nuestras necesidades”.
¿Y de qué manera?
“Ante todo se trata de prepararle, a este Papa, una
generación digna del reino que soñamos (…). Que el clero camine bajo nuestro
estandarte creyendo siempre que camina bajo la bandera de las Llaves
Apostólicas (…). Habréis predicado una revolución de tiara y capa pluvial,
caminando con la cruz y el estandarte, una revolución que no necesitará más que
ser ligeramente estimulada para prender fuego en todos los extremos de la
tierra”.
Uno de los jefes de la secta del que únicamente se sabe
que era un banquero judío y que viajaba mucho, escribía a sus cómplices: “La
revolución en la Iglesia es la revolución continua. . . “.
Tal es la coyuntura histórica en la cual conviene situar
la encíclica Mirari Vos.
“El lugar que Nos ocupamos —decía Gregorio XVI— nos
advierte que no basta con lamentar estas innumerables desdichas, si Nos no
hacemos también todos nuestros esfuerzos para secar sus fuentes”, y él
comenzaba por establecer que “toda novedad abre una brecha en la Iglesia Universal”,
que “nada de lo que ha sido convenientemente definido admite ni disminución ni
cambio, ni adición y rechaza toda alteración del sentido e incluso de las
palabras”.
Condenación doctrinal y sin equívoco de todo
AGGIORNAMENTO.
“Puesto que, para servirnos de las palabras de los Padres
de Trento —proseguía Gregorio XVI— es una verdad que la Iglesia ha sido
instruida por Jesucristo y por sus apóstoles y que el Espíritu Santo, por su
continua asistencia , jamás deja de enseñarle toda verdad, es el colmo del
absurdo y del ultraje hacia ella pretender que una RESTAURACIÓN y que una
REGENERACIÓN le sean necesarias para asegurar su existencia y sus progresos,
como si pudiese creerse que ella también estuviese sujeta, sea al
desfallecimiento, sea a la oscuridad, sea a cualquier otra alteración de este
género. ¿Y qué quieren estos innovadores temerarios, si no dar nuevos
fundamentos a una institución que ya no sería, precisamente por esto, más que
la obra del hombre... volviendo a la Iglesia, que es divina, humana?”.
Tal es la condenación que cae sobre los “innovadores”,
sobre los de hoy, como sobre los de ayer, pues un error no deja de ser un
error.
Gregorio XVI condenaba a continuación a los que —ya
entonces— reclamaban el matrimonio de los sacerdotes, la misa en lengua vulgar
y la “libertad de conciencia”. A propósito de esto, recordaba lo que decía San
Agustín: “ Qué muerte hay más funesta para las almas que la libertad del
error!”.
Luego, venía la gran página donde Gregorio XVI se
expresaba sobre la libertad de opinión. Página admirable por el estilo y por la
profundidad del pensamiento. ¿Pues quién hoy en día se atrevería todavía a ir
así hasta el fondo de las cosas? Cuanto más caminamos, más nos tapamos los
oídos y más nos vendamos los ojos por miedo a escuchar y ver la verdad. He aquí
la página de la que hablo:
“En efecto, viendo quitar así a los hombres todo freno
capaz de retenerlos en los senderos de la verdad, arrastrados como ya lo están
a su perdición por una natural inclinación al mal, es una realidad que Nos
digamos que está abierto el POZO DEL ABISMO, del que San Juan vio ascender una
humareda que oscurecía el sol y langostas salidas para la devastación de la
tierra. De ahí, en efecto, la poca estabilidad de los espíritus; de ahí, la
corrupción siempre creciente de los jóvenes; de ahí, en el pueblo, el desprecio
de los derechos sagrados y de las cosas y de las leyes más santas; de ahí, en
una palabra, la plaga más funesta que pueda devastar los Estados, puesto que la
experiencia nos atestigua y la antigüedad más remota nos enseña que ciudades
poderosas en riquezas, en dominación y en gloria, han perecido por este único
mal: la libertad sin freno de las opiniones, la licencia de los discursos
públicos, la pasión de las novedades.”
Y Gregorio XVI mostraba el trabajo de zapa realizado por
“una multitud inmensa de libros, de folletos y de otros escritos, pequeños en
volumen es verdad, pero enormes en perversidad”. Y no se pretenda “que el
diluvio de errores que de ahí se desprende está compensado con la abundancia
suficiente por la publicación de algún libro impreso para defender, en medio de
este montón de iniquidades, la verdad y la religión. Es sin duda un crimen, y
un crimen reprobado por cualquier derecho, el cometer con propósito deliberado
un mal real y muy grande con la esperanza de que acaso resulte de él algún
bien; ¿y qué hombre sensato osará jamás decir que está permitido difundir
venenos, tomarlos con avidez bajo pretexto de que existe algún remedio que ha
arrancado a veces de la muerte a quienes se han servido de ellos?”.
A quienes han caminado demasiado tiempo en las tinieblas,
la luz demasiado viva les hiere la vista.
La Encíclica terminaba con una llamada a la obediencia
debida a los soberanos; en resumen, La Mennais no había sido nombrado una sola
vez y en todas partes se apuntaba a él.
La tarde del 30 de agosto de 1832, La Mennais, aturdido
por el golpe que le habían dirigido, declara que sus amigos y él mismo se
someten y que L’Avenir no reaparecerá.
A fines de septiembre, La Mennais lleno de deudas, y a
quien Guizot ha librado de la prisión y Montalembert ha concedido una renta de
doscientos francos por mes, se retira a la Chesnaie.
Lacordaire es el primero que va a romper. Comprendió muy
bien que La Mennais no se había sometido realmente. Pues, ¿no había empleado en
su declaración esta singular expresión: que sus amigos y él “abandonaban la
lid”? Esto no quería decir que La Mennais aceptase la doctrina de Mirari Vos.
Sencillamente, constataba que en la Iglesia la defensa de las ideas de L’Avenir
ya no era posible; pero, ¿fuera de la Iglesia?

Jean-Baptiste
Henri Lacordaire
De noche, después de un esfuerzo supremo, Lacordaire huye
de La Chesnaie, dejando una carta de despedida: “… Os dejo, con la convicción de
que mi vida en adelante os sería inútil a causa de la diferencia de nuestros
pensamientos sobre la Iglesia y la Sociedad”.
Desde su regreso de Roma, La Mennais no ha publicado nada,
pero mantiene una abundante correspondencia que nos permite reconstituir su
estado de ánimo:
“El catolicismo —escribe el 1° de noviembre de 1832— era
mi vida, porque era la de la humanidad; quería defenderlo, quería sacarlo del
abismo en el que se va hundiendo cada día; nada era más fácil. Los obispos han
visto que esto no les convenía. Quedaba Roma, he ido allí y allí he visto la
más infame cloaca que jamás haya manchado la mirada humana. La cloaca
gigantesca de Tarquino sería demasiado pequeña para dar paso a tantas
inmundicias. Allí no hay otro Dios que el interés: allí se vendería a los
pueblos, al género humano, allí se vendería a las Tres Personas de la Santísima
Trinidad —una tras otra, o todas juntas— por un trozo de tierra o por algunas
piastras”.
“La carta del Papa, que no tiene ningún carácter
dogmático, que no es, a los ojos de todos los que entienden esta clase de
cosas, sino un acto de gobierno, bien podía imponerme momentáneamente la
inacción, pero no alguna creencia” (15 de noviembre de 1832).
El tono de sus cartas es cada vez más áspero. De Monseñor
de Quélen, arzobispo de París, escribe: “Este hombre está afectado de una
enfermedad extraordinaria: se levanta por la noche lanzando gritos, hace llamar
a su médico, a su confesor, y el mal, según unos, está sólo en su inquietud,
otros dicen que en su conciencia”. De Mons. de Frayssinous escribe que es ‘‘un
obispo cismático’’ y que “cuando se haya sacado partido de este hombre se
escupirá encima y estará hecho su epitafio’’. Además, el cuerpo episcopal todo
entero está formado por “lacayos tonsurados”. “Son gentes que no quieren andar.
¡Pam! una patada en el... que les empuja cien pasos”. Gregorio XVI no es más
que “un cobarde e imbécil anciano”. Conclusión: “Que el Papa y los obispos se
las arreglen como puedan y en lugar de hacernos campeones del catolicismo, dejemos
a la Jerarquía y presentémonos simplemente como los hombres de la libertad y de
la humanidad”.
En la soledad de La Chesnaie, el Maestro enseña todavía a
algunos fieles discípulos. Maurice de Guérin, que es uno de ellos, nos ha
dejado esta descripción de los días en La Chesnaie en 1832:

Maurice de
Guérin
“El gran hombre es bajo, frágil, pálido, de ojos grises,
cabeza alargada, nariz gruesa y larga, la frente surcada profundamente de
arrugas que descienden por el entrecejo hasta el arranque de la nariz, vestido
de gris de los pies a la cabeza, corriendo por la habitación hasta cansar
nuestras jóvenes piernas, y cuando salimos a pasear, va siempre en cabeza,
tocado con un mal sombrero de paja.
“Nos levantamos a las cinco, después viene la oración, la
meditación espiritual. Cenamos a las ocho. A las diez, todo el mundo está en la
cama. La Mennais cena un caldo de patatas y una taza de chocolate, pero cuando
hay forasteros, ‘la cena es mucho mejor, con café y licores’ y después Félicité
narra su ‘campaña de Italia’, como él llama a su último viaje a Roma.
“Después de cenar pasamos al salón. El (La Mennais) se
echa en un inmenso sofá, viejo mueble de raído terciopelo carmesí, que se
encuentra colocado precisamente bajo el retrato de su abuela; en él se observan
algunos rasgos del nieto y parece mirarle con complacencia. Es la hora de la
charla Entonces, si entraseis en el salón veríais allí, en un rincón, una
pequeña cabeza, nada más que la cabeza, el resto del cuerpo desaparece en el
sofá, con ojos brillantes como carbunclos y girando sin cesar sobre su cuello,
oiríais una voz, a veces grave, a veces burlona y de vez en cuando agudas y
largas carcajadas: es nuestro hombre.
“El 5 de abril de 1833, por última vez, La Mennaís reunió
a sus amigos. Era el día de Pascua, la puerta de la capilla se abrió, una
pequeña sombra avanzaba hacia la pila del agua bendita y alguien se arrojaba de
rodillas sobre el crujiente suelo, con una especie de anonadamiento. Después,
todo volvía a quedar en silencio e inmóvil. F. de La Mennais rezaba ante el
altar”.
La homilía que va a pronunciar ese día está sacada de San
Mateo: “Y vosotros también os escandalizaréis por mi causa, porque escrito
está: heriré al pastor y se dispersará el rebaño”.
Y el grito de La Mennais es la escena romántica:
“—Ya no hay razón para estar con vosotros. Yo sería para
vosotros sujeto de escándalo, os desviaría, a pesar mío y para vuestra
desgracia, del camino que os he trazado. El pastor ha sido herido de ceguera,
¿cómo podría conducir su rebaño? Dispersaos, amigos míos, mis bienamados hijos,
mis ojos se cierran y mis caminos se vuelven oscuros, permaneced en la luz que
os he dado y dejad que los muertos entierren a los muertos”.
Y La Mennais cae desvanecido contra el altar.
Cuando se leen las cartas que La Mennais escribía
entonces, se comprende que interiormente ya había abandonado la Iglesia —si
alguna vez estuvo en ella.
“Ha llegado el tiempo de decirlo todo”, anuncia y
profetiza:
“Dentro de pocos años, la Iglesia, liberada por acontecimientos extraordinarios
se regenerará y hasta ese momento no debe esperarse nada. Las cosas se preparan
para una reforma inmensa.
“Las viejas Jerarquías, tanto políticas como eclesiásticas, desaparecerán
juntas…”
“¿Qué será la nueva Iglesia?”.
“Lo ignoro ——responde La Mennais —. No se sabía más cuando la Sinagoga expiró,
o, mejor dicho, cuando sufrió la transformación profetizada’.
La Mennais parece tener razón cuando predice que se verá
una nueva Iglesia. En efecto, estamos en ello, pero la “reforma inmensa” no es
más que el resultado de un complot. Algunos hombres lo han concebido y
proseguido durante años. Que otros hombres lo desenmascaren y arrojen toda la
luz sobre sus intrigas subterráneas, su objetivo verdadero, y entonces, la
historia dará la vuelta inmediatamente. Hay reacción. Se vio bajo San Pío X.
Por lo demás, La Mennais no está todavía tan seguro del
futuro. Desearía ganar tiempo, no romper inmediatamente con Roma, esperar que
los progresos de la Revolución lleven a Roma a un arreglo. Asegura su sumisión
a los actos de la Santa Sede y proclama su resolución “de permanecer en el
futuro, en sus escritos y en sus actos, totalmente apartado de las cosas que se
refieren a la Iglesia”.
¡Pobre astucia del diablo! La Mennais olvida que es
sacerdote y que anunciar que, en adelante, ya no hablará de las cosas que se
refieren a la Iglesia, es abandonar de hecho su ministerio.
El 4 de noviembre de 1833, el obispo de Rennes le retira
sus poderes sacerdotales. El 11 de diciembre, La Mennais, acorralado, firma el
texto siguiente:
“Yo, el que suscribe, declaro en los mismos términos de la fórmula contenida en
el breve del Soberano Pontífice Gregorio XVI de fecha 5 de octubre de 1833,
seguir única y absolutamente la doctrina expuesta en la encíclica del mismo
Papa y me comprometo a no escribir nada, ni a aprobar nada que no esté conforme
con ella”.
—He firmado, he firmado —dirá a sus amigos— ¡habría firmado que la luna había
caído en China!
Tres meses más tarde reanuda la guerra contra la Jerarquía que, dice, se ha
puesto “fuera de lugar”. “Se trata de una transformación análoga a la que
aconteció hace dieciocho siglos. . .”
La Mennais está por excomulgar al Papa y a los obispos y
anuncia un nuevo Mesías: el Pueblo.
Félicité de La Mennais ya no es en 1834 más que “un
secularizado con un nombre ridículo que parece una burla del destino”. Acaba de
publicar el manifiesto de la democracia cristiana: Las paroles d’un Croyant
(Palabras de un Creyente) y, para indicar su “paso al pueblo”, en adelante
firmará: Lamennais en una sola palabra, sin partícula, como esos nobles del
tiempo de la Revolución aliados al nuevo régimen.
Las paroles d’un Croyant (Palabras de un Creyente) están
dedicadas al Pueblo:
“Este libro ha sido hecho especialmente para vosotros. Es a vosotros a quienes lo
ofrezco. ¡Ojalá pueda, en medio de tantos males que son vuestra herencia, de
tantos dolores que os aquejan sin ningún reposo, animaros y consolaros un poco!
Vosotros que lleváis el peso del día, querría que pudiese ser para vuestra
pobre alma cansada lo que es al mediodía, en un rincón del campo, la sombra de
un árbol, por raquítico que sea, para el que ha trabajado toda la mañana bajo
los ardientes rayos del sol”.
Lamennais se dedica a explicar que no hay incompatibilidad
entre el Evangelio y la Libertad, que ésta solamente existe entre la religión
tal como Roma la enseña y las aspiraciones del pueblo.
El libro es rico en imágenes de sombrío lirismo romántico,
tal como la escena del banquete de los reyes bebiendo sangre en cráneos y
confesando sus más secretos pensamientos: uno quiere abolir la religión porque
ha abolido la esclavitud; otro propone ahogar la ciencia y el pensamiento,
causas del despertar del pueblo; un tercero dice que hay que embrutecer al
pueblo por la relajación de costumbres para que no note su miseria; el cuarto
dice que hay que reinar por el terror y lo suplicios, pero el último, más
agudo, explica que basta con ganar a los sacerdotes, porque con ellos se será
dueño de todo.
Pero el Pueblo no puede nada si no está organizado:
“Cuando un árbol está solo, es golpeado por el viento y despojado de sus hojas,
y sus ramas, en lugar de elevarse, se inclinan como si buscasen la tierra.
“Cuando una planta está sola, no encontrando defensa alguna contra el ardor del
sol, languidece, se seca y muere.
“Cuando el hombre está solo, el viento del poder le indina
hacia la tierra y el ardor de la codicia de los grandes de este mundo absorbe
la savia que le nutre. “Así pues, no seáis como la planta y el árbol que están
solos, sino uníos unos a otros y apoyaos, y resguardaos mutuamente.
“Dios no os hizo para ser el rebaño de unos cuantos
hombres. Os hizo para vivir libremente en sociedad como hermanos.
“Sed hombres: nadie es suficientemente poderoso para
unciros al yugo a pesar vuestro; pero podéis pasar la cabeza por el collarón,
si lo deseáis”.
Gregorio XVI ha visto el peligro de esta herejía de los
tiempos modernos que sustituye la Revolución social a la revolución espiritual.
El 25 de junio de 1834, condena Les paroles d’un Croyant (Palabras de un
Creyente), “ese libro pequeño de dimensiones, pero inmenso de perversidad, en
el que por un abuso impío de la palabra de Dios, los pueblos son criminalmente
empujados a romper los vínculos de todo orden público, a derrocar a esta y a
aquella autoridad, a excitar, a alimentar, extender y fortificar las sediciones
en los imperios, los disturbios y las rebeliones, libro que encierra, por
consiguiente, proposiciones respectivamente falsas, calumniosas, temerarias,
que conducen a la anarquía, contrarias a la palabra de Dios, impías,
escandalosas, erróneas, ya condenadas por la Iglesia especialmente en los
Husitas, los Valdenses, los Wiclefitas y otros herejes de esta especie”.
No es lo menos interesante de esta encíclica (Singulari
Vos) el subrayar la filiación de la herejía lamenesiana. Lamennais no aparece
como un “innovador” sino a los ojos de los ignorantes; su doctrina no es nueva,
no es más que una mezcla romántica de los postulados de los husitas, valdenses
y otros herejes de los tiempos pasados.
Ocho ediciones en menos de un año, más de cien mil
ejemplares vendidos, el consejo de ministros proyecta las medidas que debe
tomar contra los posibles efectos de tal llamada a la rebeldía: Les Paroles
d’un Croyant (Palabras de un Creyente) tuvieron un éxito enorme que pronto
decayó.
Sin embargo, este librito continuó inquietando los
espíritus largo tiempo. Charles Maurras refiere como, en el Liceo de Aix, leyó
estas fogosas páginas y el efecto fulminante que le produjeron: “El mundo se me
apareció dividido en opresores y oprimidos, explotados y explotadores; todos
los ricos, perversos; los pobres, divinamente buenos; cada uno de los signos
del poder o de la riqueza se correspondía con algún cuerno de la Bestia, toda
rebelión justificada y colmada de bendiciones; esta noción de espartaquismo,
alimentada de sentimientos piadosos y de una noción exaltada de la justicia
divina y de humanidad indomable, no permitía en absoluto más que un tipo de
régimen: la teocracia revolucionaria. Me hice pues republicano teócrata sin
pensar en las consecuencias: comunidad de bienes, igualdad absoluta de padres e
hijos, de maestros y discípulos…”

Charles Maurras,
escritor francés y fundador de l’Action Française
Así pues, Maurras fue cierto tiempo demócrata cristiano,
republicano teócrata, como dice más exactamente, porque hay en Lamennais un
fondo de autoritarismo clerical mal encubierto por la demagogia de la prosa.
A fines de marzo de 1834, retirado en La Chesnaie, aún
embrolla el alcance de la encíclica de Gregorio XVI. No es más, dice, que “la
opinión personal de Mauro Capellari”.
Su orgullo alcanza tales alturas que a veces uno se
sentiría tentado a hablar de locura. El anota en sus Cuadernos, con fecha del
trece de julio: “Dicen que estoy solo. Cuando Cristo murió en la cruz, también
estaba solo”.
¿Blasfemia? Seguro, pero no existe certeza de que
Lamennais tenga conciencia de ello.
“Quise comenzar una vida totalmente nueva”, escribe en
enero de 1834. Esta vida nueva tiene algo de espantoso. Lacordaire lo narrará
más tarde:
“En los últimos tiempos en que le vi, cuando su alma estaba turbada por la
decadencia de su partido y el abandono en que Roma le había dejado, yo le
sorprendía en actitudes sombrías y espantosas, me recordaba a Saúl.
Tanto por su carácter como por su espíritu, sólo podía detenerse cuando ya no
quedaba nada por destruir”.
Después de Les paroles d’un Croyant (Las palabras de un
Creyente) Lamennais se hunde en su error, buscando mediante libros cada vez más
violentos, sublevar al pueblo predicando una “nueva sociedad”. Además, esto
está de moda. En el gran vacío dejado por la desaparición de la Legitimidad y
la perturbación de la Iglesia, cada cual aportaba su sistema.
En los Affaires de Rome (Asuntos de Roma), que publica en
1837 y donde cuenta a su manera el viaje de los “peregrinos de Dios y de la
Libertad” en 1832, también anuncia SU IGLESIA.
“Si los hombres acuciados por la imperiosa necesidad de
reanudar, por así decir, su trato con Dios, de rellenar el vacío inmenso que la
religión ha dejado en ellos al retirarse, se vuelven a hacer cristianos, que no
se piense que el cristianismo al que se vuelven a vincular puede ser jamás el
que se les presenta bajo el nombre de catolicismo. Hemos explicado el porqué,
mostrando un futuro inevitable y ya cerca de nosotros, en el cual el
cristianismo será concebido y el Evangelio interpretado de una manera por los
pueblos, de otra manera por Roma; de un lado el pontificado, del otro la raza
humana, esto lo dice todo”.
Esta idea de un cristianismo interpretado directamente por
el pueblo, evolutivo, político, ganó a mediados del siglo XIX muchas mentes.
Generalmente se ignora que Chateaubriand fue al fin de su vida un discípulo de
Lamennais.

François-René de
Chateaubriand.
La inteligencia humana, piensa el ilustre Vizconde, se adentra
cada vez más en el cristianismo con los siglos, “hace un inventario, lo
deletrea, descubriendo hoy en él lo que no veía la víspera y que sin embargo
estaba allí. La formulación es la que cambia y se precisa y se agranda a medida
que el espíritu prosigue su obra explicativa. Y esta aparente “transformación”
del cristianismo “encierra la transformación universal”. “La libertad (…)
entregará a las naciones este Nuevo Testamento escrito en su favor y hasta
ahora trabado en sus cláusulas”. “Todavía no se ha cumplido más que una muy
pequeña parte de la misión evangélica”. “Lejos de estar a su término, LA
RELIGIÓN DEL LIBERTADOR ENTRA APENAS EN SU TERCER PERÍODO, EL PERÍODO POLÍTICO:
LIBERTAD, IGUALDAD, FRATERNIDAD”.

Le château de Combourg, Bretaña; hogar del Vizconde Chateaubriand
Chateaubriand no tuvo el ánimo taciturno de Lamennais,
pero sabemos, por una carta de este último, que compartía su herejía. El 11 de
febrero de 1846 Lamennais escribe a Marlon:
“Jesucristo (…) no solamente no ha ligado la ley que anunciaba a ninguna
concepción dogmática, sino que ha querido, muy expresamente, que no lo fuese
(...) yo hablaba de ello últimamente con Chateaubriand, quien me respondió:
—Está claro como el día”.
Espigando en los escritos de Chateaubriand, se hacen
singulares descubrimientos: le vemos opinar que “los ornamentos del altar deben
cambiar según los siglos”, considerar al cristianismo como “la verdad
religiosa”, pero “no como Bossuet, haciendo del dogma un círculo inflexible,
sino un círculo que se extiende a medida que las luces de la libertad se
desarrollan”.
Y es Chateaubriand quien escribirá un día a Lamennais:
“Desearía veros Papa”.
¡Qué amable de su parte no pretender el puesto para él!
Tanto más cuanto que Lamennais, mala lengua, dirá del
Vizconde: “no conozco hombre más curioso, él solo es toda una comedia”.
Lo que sí es cierto, es que el último acto de la comedia
fue progresista. Chateaubriand no ha hablado de ‘sentido de la historia”, pero
ya se encuentra en su pluma esta “fuerza de las cosas”, que otro imitando su
estilo traducirá por la pesada frase: “siendo las cosas lo que son”.
“¿Queréis —escribe Chateaubriand— que la idea cristiana no sea la idea humana
en progresión? Consiento en ello”.
Volvemos a encontrar aquí los grandes temas del
MODERNISMO. No son pues ni nuevos, ni tan originales como querrían hacérnoslo
creer. Tienen una edad de un siglo. Esto es molesto para los INNOVADORES.
¿No sería mejor confesar que el error no tiene edad y no
hace sino disfrazarse de siglo en siglo, con nuevas palabras? Es verdad que
entonces ya no bastaría proclamarse MODERNO, haría falta justificar SU VERDAD.
Esto sería mucho más difícil.
Esta “nueva Iglesia” con la que sueñan Lamennais y
Chateaubriand, ya no es “romana”, suprime la tiara, no tiene ninguna
justificación, sencillamente ha nacido del tintero de F. de Lamennais y de M.
de Chateaubriand, dos bretones románticos que escribían bien.
La crítica más pertinente que se haya hecho de este
cristianismo democrático, es la de Charles Maurras en la Democratie religieuse
(Democracia religiosa): “Suprimido lo ‘romano’ —decía— y con lo romano abatidas
la unidad y la fuerza de la Tradición, los monumentos escritos de la fe
católica obtendrán necesariamente toda la parte de la influencia religiosa
arrebatada a Roma. Se leerá directamente en los textos, se leerá sobre todo en
ellos la letra, esa letra que es judía, actuará, si Roma no lo explica, al
estilo judío.

“Alejándose de Roma, nuestros clérigos evolucionaron cada
vez más, como evolucionaron los clérigos de Inglaterra, de Alemania y de Suiza,
incluso de Rusia y de Grecia. Convertidos de sacerdotes en “pastores” y en
“ministros del Evangelio”, se volverán progresivamente al rabinismo y os harán
virar poco a poco hacia Jerusalén... Apartada de la Sede romana, en ausencia de
las tradiciones y de las interpretaciones de la Iglesia, la letra hebraica de
las Escrituras, los comentarios de los rabinos y su exégesis, en una palabra,
el espíritu judío, ganan todo lo que pierde el espíritu del catolicismo”.
Maurras escribía esto en 1906. Desde entonces las cosas
han ido muy de prisa. A medida que transcurren los días, después de su ruptura
con Roma, Lamennais se desprende de las cuestiones religiosas. Está dedicado
totalmante a su nuevo mito: el Pueblo. Para él escribe en 1837, el Livre du
Peuple (El libro del Pueblo). Divide la sociedad en dos: de un lado los
privilegiados, del otro el Pueblo. El inmenso problema de la Caída, como decía
Blanc de Saint-Bonnet, ni siquiera parece presentarse ya al espíritu del
exclaustrado. Este hombre que, como sacerdote, habría debido penetrar en el
fondo de las conciencias y reconocer en ellas el germen de los males de la
Sociedad, se ha vuelto a convertir en el discípulo de Rousseau. Está dispuesto
a decir que la sociedad es la que corrompe al hombre y que por lo tanto hay que
cambiar la sociedad. No ve que la sociedad está corrompida porque está
compuesta de hombres.
En 1838, Lamennais publica la Politique a l’usage du
Peuple (La política para uso del Pueblo). Anuncia en ella la República
Universal. Hacia 1840, hace el papel de jefe del partido avanzado y publica ese
año un violento panfleto contra Luis Felipe: Le Pays et le Gouvernement (El
País y el Gobierno) que le costará un año de prisión que cumple en
Sainte-Pélagie donde Chateaubriand fue a verle “arriba, en la última
habitación, bajo un techo rebajado que se puede tocar con la mano”, lo que nos
ha valido una página sobre Lamennais en las Memoires d’Outre-Tombe (Memorias de
Ultratumba).

Memorias de Ultratumba
“Fiel que profesa la herejía, el autor de L’Essai sur
l’Indifférence (Ensayo sobre la Indiferencia) habla mi lengua con mis ideas. Si
después de haber abrazado la enseñanza evangélica popular, se hubiese quedado
vinculado al sacerdocio, habría conservado la autoridad que sus cambios han
destruido. Los curas, los nuevos miembros del clero (y los más distinguidos
entre estos levitas) iban a él; los obispos se hubieran visto comprometidos en
su causa si se hubiese adherido a las libertades galicanas, sin dejar de
reverenciar al sucesor de San Pedro y defendiendo la unidad.
“En Francia, la juventud hubiera rodeado al misionero en
el que encontraba las ideas que ama y los progresos a los que aspira; en
Europa, lo disidentes atentos no habrían puesto obstáculos, grandes pueblos
católicos, los polacos, los irlandeses los españoles, habrían bendecido al
predicador que había surgido. Incluso Roma, habría acabado por darse cuenta que
el nuevo evangelista hacía renacer el dominio de la Iglesia y proporcionaba al
Pontífice oprimido el medio de resistir a la influencia de lo reyes absolutos.
¡Qué potencia de vida! ¡La inteligencia, la religión, la libertad,
representadas en un Sacerdote!
“Dios no lo ha querido: de repente, le faltó la luz a quien
era la luz; al ocultarse el guía ha dejado al rebaño en la oscuridad. A mi
compatriota, cuya carrera pública está interrumpida, siempre le quedará la
superioridad privada y la preeminencia de los dones naturales; yo le emplazo a
mi lecho de muerte para airear nuestras grandes discusiones ante esas puertas
que sólo se traspasan una vez. Me gustaría que su genio derramase sobre mí la
absolución que en otro tiempo su mano tenía derecho de hacer descender sobre mi
cabeza. Hemos sido acunados por las mismas olas; que a mi ardiente fe y a mi
admiración sincera les sea permitido esperar que volveré a encontrar aún a mi
amigo reconciliado, en la misma orilla de las cosas eternas”.
La bella prosa romántica rueda como los guijarros llevados
por la ola y reprocha suavemente a Lamennais el haber abandonado la Iglesia,
pues hubiera bastado permanecer en ella para deslizar insensiblemente sus
Ideas. . . La lección de Chateaubriand no se perderá para los sucesores de
Lamennajs. No abandonarán la Iglesia, la mirarán desde el interior, engañando,
ocultos como los carbonarios.
El último gran libro de Lamennais apareció en 1841, su
título era: Du Passé et de l’Avenir du Peuple (Del Pasado y del Porvenir del
Pueblo). En él se encuentra una interesante crítica del comunismo que comenzaba
a inquietar al “innovador” ya sobrepasado:
“Habiendo sido abolida toda propiedad privada —escribía—
no hay más poseedor de derecho que el Estado. Este modo de posesión, si es
voluntario, es el del monje obligado por sus votos tanto a la obediencia como a
la pobreza; si no es voluntario, es el del esclavo, donde nada modifica el
rigor de su condición. Todos los lazos de la humanidad, las reacciones de
simpatía, la entrega mutua, el intercambio de servicios, la libre entrega de
sí, todo lo que hace el encanto de la vida y su grandeza, todo, todo ha
desaparecido, desaparecido para siempre. De tal manera que todos los medios
propuestos por los colectivistas para resolver el problema del futuro del
pueblo van a parar a la negación de todas las condiciones indispensables de la
existencia, destruyen, ya sea directa, ya sea implícitamente, el deber, el
derecho, la familia, y no producirían, si pudiesen ser aplicados a la sociedad
en lugar de la libertad en la cual se resume todo progreso real, más que una
servidumbre a la que la historia, por mucho que nos remontemos en el pasado no
ofrece nada comparable”.
“Nada hay que oponer a esta lógica”, decía M. de
Chateaubriand. Sí, una cosa; su democratismo, su sumisión a la ley del Número
debía arrastrarla a aceptar las peores consecuencias de las pasiones populares,
incluso la pérdida de la libertad.
Una vez más, la Revolución de 1848, arrastra a Lamennais a
los grandes movimientos populares. Es elegido diputado, se sienta a la
izquierda y lanza un diario: Le Peple Constituant. Pero si Lamennais marcha
siempre con la revolución, apenas la revuelta ha instaurado un nuevo poder, una
insatisfacción perpetua se levanta contra éste. Es lo que también le sucede el
10 de julio de 1848; habiendo restablecido el gobierno la caución para contener
la anarquía de la prensa, Lamennais hace salir su periódico enmarcado de negro
y anuncia que en adelante dejará de aparecer.
“Le Peuple Constituant —escribía— ha comenzado con la
República, termina con la República, pues lo que vemos no es ciertamente la
República, ni siquiera algo que se llame de alguna manera”.
¿Se da cuenta Lamennais que está en un callejón sin
salida? ¿Que se ha equivocado sobre la monarquía, sobre la Iglesia y finalmente
sobre la democracia?
Alexis de Tocqueville nos ha dejado un retrato de
Lamennais diputado, que permite situar al hombre al final de su vida:

Alexis de
Tocqueville
“Hay que considerar sobre todo a los sacerdotes
secularizados —escribe Tocqueville— si queremos hacernos una idea exacta del
poder indestructible y por así decir infinito, que ejercen el espíritu y las
costumbres clericales sobre aquéllos que ya han estado sometidos a ellos. Por
más que Lamennais llevase medias blancas, un chaleco amarillo, una corbata de
colorines y una levita verde, no por ello dejaba de ser sacerdote por el
carácter e incluso por su aspecto. Avanzaba con pasos cortos, apresurados y
discretos, sin jamás volver la cabeza ni mirar a nadie, y así se deslizaba
entre la multitud con un aspecto torpe y modesto, como si hubiese salido de una
sacristía, y junto a esto un orgullo como para andar sobre cabezas de reyes y
enfrentarse con Dios”.
Después del golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851,
Lamennais se recluye en la soledad, traduce la Divina Comedia y reúne sus
pensamientos que aparecerán después de su muerte.
¿De qué vive? Crétineau-Joly refiere un hecho singular:
Lamennais había publicado con su nombre, en otro tiempo,
opúsculos ascéticos y mientras sus grandes libros políticos no habían conocido
más que un éxito efímero, tuvo asegurado el pan de su vejez por la venta
regular de sus obras piadosas, “este pensamiento fue para él un tormento
supremo”.
Amargado, ya casi no veía a nadie y sólo visitaba todos
los días a los animales del Jardín de Plantas.
A comienzos de 1854 enfermó de pleuresía. Sintió llegar la
muerte. Entonces tomó sus últimas disposiciones, nombró sus albaceas
testamentarios, legó sus obras y sus manuscritos a un antiguo redactor del
National. M. Forgues, y pidió a sus últimos amigos: Henry Martin, Carnot, Barbet
y algunos otros, que “le pusieran al abrigo de los sacerdotes”.
“Quiero ser enterrado en medio de los pobres —había
dispuesto— y como lo son los pobres. No se pondrá nada sobre mi tumba ni
siquiera una simple losa. Mi cuerpo será llevado directamente al cementerio sin
ser expuesto en ninguna iglesia”.
El 27 de febrero de 1854, unas horas antes de morir,
Lamennais quiso hablar, pero no conseguía articular palabra, “entonces se
volvió hacia la pared con un movimiento de impaciencia desalentada”.
¿Qué había querido decir?
Sus funerales tuvieron lugar furtivamente el 1º de marzo.
Se había adelantado la hora porque la autoridad temía disturbios, seis u ocho
personas seguían el coche fúnebre del que la fuerza armada alejaba a la
multitud.
“El féretro fue bajado a una de esas largas y horribles
zanjas donde se entierra al pueblo. Cuando se le recubrió de tierra, el
enterrador preguntó: “HAY QUE PONER UNA CRUZ? M. Barbet respondió: No. F. de
Lamennais había dicho: Sobre mi tumba no se pondrá nada”.
Un día de 1895, la dirección del Ami du Clergé recibió una
carta de un lector que relataba las confidencias hechas por un jesuita, el P.
Bazin, a unos seminaristas de Rennes, hacia 1867:
“El P. Bazin (…) predicaba un retiro a los estudiantes del
Seminario Mayor de Rennes y en una plática les habló de Lamennais, del cual
había sido discípulo. Afirmó que después de la defección de su maestro no
abandonó jamás sus relaciones con él y que, hasta su muerte, le veía por lo
menos una vez por semana. El P. Bazin durante una conversación le hizo esta
pregunta:
‘Maestro, ¿recordáis que fuisteis vos quien me empujó a
tomar el camino que ahora sigo?; he obedecido vuestros consejos. Hoy ¿qué me
diríais?’. —‘Has hecho bien’, respondió Lamennais. —‘Vos, Maestro, ya no estáis
en el camino que habíais tomado al comienzo’ y Lamennais, entonces, se limitó a
bajar la cabeza”.
Pero he aquí el hecho más importante que ha referido el P.
Bazin: cuando el Maestro llegaba al final de su vida, dijo a su sobrina que
fuese a buscar al P. Bazin; la sobrina obedeció y cuando volvió con el
sacerdote, la puerta de la habitación estaba cerrada. El P. Bazin no pudo
entrar, pero desde la habitación oyó la voz de su maestro que gritaba: “Quiero
al P.Bazin…¡Dejad entrar al P.Bazin!” Los miserables guardianes dejaron la
puerta cerrada y el Padre no pudo entrar. Pero pudo hablarle desde la
antecámara y darle la absolución.
“Esto es lo que el P. Bazin refirió a los seminaristas de
Rennes en el año 1867 ó 1868”.
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Publicado por Cecilia Margarita de María Thorsoe Osiadacz.