Libro
de Jacques Ploncard d’Assac.
CAPITULO III - DE LA
DEMOCRACIA POLITICA
"Si existiese un pueblo
de dioses,
se
gobernaría democráticamente.
Un
gobierno tan perfecto
no está
hecho para los hombres".
J. J. ROUSSEAU
"El
pueblo ha encontrado en el pueblo su propio tirano."
GOETHE
"No
podemos saber hasta dónde pueden llegar los hombres
en las
épocas de descomposición social. "
TALLEYRAND
J. J. Rousseau — ¿Se ha leído el Contrato social? — El
despotismo de la libertad — La advertencia de Bossuet — Voltaire — Los
francmasones — Pío VI y la Revolución de 1789 — La tentación de Pío VII — Las
confesiones de Talleyrand — Jesús, el “sans culotte” — La eucaristía de los
Jacobinos.
Cuando J.J. Rousseau lanza su famosa afirmación: “El
hombre nace naturalmente bueno, la sociedad es la que le ha corrompido”, ¿ve
que acaba de encerrarse en una contradicción sin salida? Siendo la sociedad
obra de los hombres, regida por hombres, ¿cómo ha podido corromperse si esta
corrupción no estuviese en cada uno de ellos?

Jean Jacques Rousseau
Rousseau no tiene en cuenta
la naturaleza del hombre, sino su sola libertad. Pretende “encontrar una
fórmula de asociación (…) por la cual, uniéndose cada uno a todos, sólo se
obedezca a sí mismo y permanezca tan libre como antes”. Esto será “el cuerpo
político”, emanación de la voluntad general. El hombre obedece, pero se obedece
a sí mismo, a través de la ficción de la “voluntad general”. Sofisma evidente,
pues lejos de obedecerse, obedece a la mayoría; si ésta no existe, entonces
obedece A LOS OTROS.
La libertad que nos trae J.
J. Rousseau no tiene en cuenta la opinión de la minoría; “cualquiera que se
niegue a obedecer la voluntad general —escribe— será FORZADO a ello por la
sociedad, lo cual no significa otra cosa sino que SE LE FORZARÁ A SER LIBRE”.
Rousseau no ha podido dejar
de ver que su sistema podía conducir a una situación tal, que un país corriera
el riesgo de encontrarse dividido en dos facciones de igual poder y que
bastaría con que una voz se desplazase hacia una u otra, para que los súbditos
pasasen a señores y los señores a súbditos. Por una mayoría de un voto más,
Luis XVI es condenado a muerte, por un voto más la III República queda
instituida y por ínfimas mayorías, las grandes democracias designan a los jefes
de gobierno para cuatro o siete años.
Rousseau intenta salvar la
dificultad, afirmando LA INFALIBILIDAD de la mayoría porque, dice, “por lo
menos en su intención, la ley escogida por el pueblo no puede ser injusta,
puesto que nadie es injusto contra sí mismo”. Otro sofisma. Lo más frecuente es
que los pueblos estén mal informados, y no bien, de sus intereses.
También sabemos que
coaliciones de intereses privados pueden pesar fuertemente sobre las decisiones
de la mayoría y que la democracia evoluciona necesariamente en plutocracia. En
fin, hoy día se sabe por experiencia que el fraccionamiento de las opiniones no
da jamás a la “voluntad general” más que una base disparatada, de modo que esta
voluntad presuntamente general no es, en el mejor de los casos, más que una
torpe adición de voluntades diversas.
Rousseau había visto bien la
objeción que podría hacerse a su teoría de la “voluntad general”: ¿cómo estar
seguros de su autenticidad? Ya debía presentir los juegos de influencia de las
propagandas, de los intereses, de los partidos. Entonces es cuando declara que
no deben formarse partidos en una democracia. “Es importante —escribe— para que
quede claramente manifiesta la expresión de la voluntad general, que no haya
sociedad parcial en el Estado y que cada ciudadano no opine más que por sí”.
Esto es desviar la cuestión.
¿Cómo se forma la opinión, si
no es por lo que se le dice? Hasta tal punto, que el que DICE, el que tiene LOS
MEDIOS DE DECIR, posee la realidad del poder.
O bien, sólo uno informa a la
opinión y poseyendo el monopolio de la información, detenta el poder de hecho,
o bien son varios y, entonces, los hombres tienden naturalmente a aproximarse
cuando tienen las mismas ideas y a expresarlas y a imponerlas: han nacido los
partidos políticos, la división está en el seno de la sociedad.
¿Habrá, por lo menos, en el
Estado rousseauniano una Constitución, un conjunto de convenciones, de
preceptos que no sean puestos en duda? No, responde Rousseau, lógico con su
sistema, el pueblo siempre tiene el derecho de deshacer lo que ha hecho. Esto
es dar al Pueblo Soberano poderes que se asemejan a la tiranía más absoluta. No
puede haber ley fundamental, escribe, “ni siquiera para el Contrato Social”.
Pero Rousseau es incoherente.
Apenas acaba de reconocer una autoridad sin límites a la mayoría, cuando
escribe páginas sobre el Legislador en un tono completamente distinto.
“Para descubrir las reglas de
sociedad que mejor convengan a las naciones —escribe— haría falta una
inteligencia superior que viese todas las pasiones y que no experimentase
ninguna, que no tuviese ninguna relación con nuestra naturaleza y que la
conociese a fondo, cuya felicidad fuese independiente de nosotros y que, sin
embargo, quisiera ocuparse de la nuestra, en fin que, con el progreso de los
tiempos, preparándose una distante gloria, pudiese trabajar en un siglo y gozar
en el otro.
HARÍAN FALTA DIOSES PARA DAR
LEYES A LOS HOMBRES”.
Y, como si se encarnizase
bruscamente en destruir todos los sofismas que había acumulado en los primeros
capítulos del Contrato social, Rousseau se desvirtúa a sí mismo, como
nadie lo ha hecho jamás. Nos muestra a los ‘‘sabios’’ que quieren hablar al
pueblo con su lenguaje y “no serían comprendidos” porque hay “mil clases de
ideas que es imposible traducir en la lengua del pueblo. Las visiones de
conjunto y las cosas demasiado distantes están igualmente fuera de su alcance;
como a cada individuo no le gusta otro plan de gobierno que el que tiene
relación con su interés particular, difícilmente percibe las ventajas que debe
sacar de las continuas privaciones que imponen las buenas leyes”.
Asombroso Rousseau, que
destruye sus propios sofismas con una palabra; parece no darse cuenta de ello y
prosigue su fatal sueño.
Las últimas páginas del Contrato
social son desoladoras. Rousseau, que acaba de reconocer que el pueblo,
tomado como masa inorgánica, es incapaz de concebir el interés general, sucumbe
a la tentación y escribe con fatalismo: “en cualquier caso, un pueblo es
siempre dueño de cambiar sus leyes, incluso las mejores, pues SI LE GUSTA
HACERSE DAÑO, ¿QUIÉN TIENE DERECHO A IMPEDÍRSELO?”.
¿Se ha leído bien el Contrato
social?
¿No reconoce Rousseau la
imposibilidad de la democracia? Al fin y al cabo ¿no es él quien ha escrito:
“tomando el término en su concepción más rigurosa, JAMÁS
HA EXISTIDO VERDADERA
DEMOCRACIA Y NO EXISTIRÁ JAMÁS”?
“Añadamos —prosigue el
desconcertante ginebrino- que no existe gobierno más sujeto a las guerras civiles
y a las agitaciones internas que el democrático o popular, porque no hay
ninguno que tienda tan fuerte y continuamente a cambiar de forma, ni que exija
mayor vigilancia y valor para ser mantenido en la suya (. . .). Si existiese un
pueblo de dioses, se gobernaría democráticamente. UN GOBIERNO TAN PERFECTO NO
ESTÁ HECHO PARA LOS HOMBRES”.
Al final del Contrato
social escribe: “Cuando se desea saber de forma absoluta cuál es el mejor
gobierno, se plantea una pregunta insoluble, indefinida o, si se prefiere, con
tantas buenas soluciones como combinaciones posibles existen en las posiciones
absolutas y relativas de los pueblos”.
Y Rousseau acaba por confesar
que el buen gobierno es aquél “que garantiza la conservación y la prosperidad
de sus miembros”.
Esto, la teoría no lo enseña.
Sólo la experiencia lo enseña. Es el fundamento de la “política experimental”:
estudiemos la historia para reunir los hechos y sacar sus propias conclusiones.
La decepción de Rousseau ante sus propios sofismas conduce así, de forma
bastante inesperada, a Joseph de Maistre...
En el cuarto y último libro,
Rousseau, que ha notado, de todas maneras, lo que había de extravagante en su
definición de la “voluntad general”, vuelve a ella buscando apartar la objeción
que le obsesiona.
“Uno se pregunta -escribe-
¿cómo un hombre puede ser libre y verse forzado a conformarse con voluntades
que no son las suyas? ¿Cómo pueden ser libres los que se oponen y están
sometidos a unas leyes que ellos no han consentido ?“.
Someterse a la mayoría o someterse al Príncipe viene a ser, respecto a la
libertad del oponente, estrictamente lo mismo. Luego, si la libertad no puede
garantizarse ¿no es más prudente definir los límites de la autoridad, que
pretender una imposible libertad para todos?
Pero Rousseau prosigue con su
quimera: “Cuando se propone una ley en la asamblea popular —intenta explicar—
lo que se le pide (a los ciudadanos) no es precisamente si aprueban la
propuesta o la rechazan, sino si está conforme o no con la voluntad general,
que es la suya; cada uno, al dar su voto, dice cuál es su opinión sobre ello, y
del cálculo de los votos se saca la declaración de la voluntad general. Cuando
la opinión contraria a la mía gana, esto demuestra nada más que yo me había
confundido y que lo que yo creía ser la voluntad general no lo era. Si mi
opinión particular hubiese ganado, habría hecho una cosa distinta de la que
había querido y, entonces, es cuando no habría sido libre”.
Rousseau está en el límite de
la impostura y tiene miedo de que su lector se le escape, asfixiado por la idea
de que sólo es libre en la medida en que su opinión está conforme con la de la
mayoría, pues “la diferencia de un solo voto rompe la igualdad”. Entonces, para
ganarse al lector, Rousseau reniega de la ley de “la mitad más uno” y habla de
mayorías diferentes según la importancia de los problemas a tratar, pues dice,
“cuanto más importantes y graves sean las deliberaciones, tanto más la opinión
que prevalezca deberá acercarse a la unanimidad”.
¿Y si no se consigue? ¿Si el
fraccionamiento de las opiniones es tal que sea imposible alcanzar la
unanimidad? Rousseau no ha conocido las democracias salidas de estos sofismas.
Hubiese comprobado que jamás han podido reunir mayorías coherentes, que han
abolido las libertades concretas de las cuales disfrutaban los cuerpos
intermedios y han dado el poder a las oligarquías de intereses, a la
plutocracia, justificando así la terrible frase de Goethe: “El pueblo ha
encontrado en el pueblo su propio tirano”.
Johann Wolfgang von Goethe
Es interesante comprobar que
Rousseau y Voltaire, a los que se presenta como Padres de la Libertad,
desembocan, de hecho, el primero en la tiranía de la mayoría; el segundo en la
del “déspota ilustrado”.
En su sistema, después de haberse
desplazado la autoridad, ésta no es menos absoluta qué antes. Incluso la
divinizan con el nombre de Razón y veremos a Robespierre declarando en la
Convención: el Gobierno de la República es el DESPOTISMO DE LA LIBERTAD contra
la Tiranía”.
Maximilien de Robespierre
No siendo la libertad otra
cosa más que una autoridad, ser libre es poder hacer lo que se quiera, por lo
tanto, ejercer una autoridad; conviene desconfiar tanto de la libertad como de
la autoridad, puesto que se trata de lo mismo observado desde puntos
diferentes.
Una libertad sin determinar:
libertad de esto, libertad de aquello, engendra la tiranía, exactamente igual
que una autoridad que ya no lo es.
“La libertad, según la
enseñanza de León XIII, en la Encíclica Immortale Dei, debe moverse en
la esfera de la verdad y del bien. Ahora bien, la naturaleza del bien y de la
verdad no puede cambiar según el capricho del hombre; permanece siempre la
misma y no es menos inmutable que la esencia misma de las cosas. Si la
inteligencia se adhiere a opiniones falsas, si la voluntad consiente este daño
y se vincula a él, lejos de elevarse a la perfección de su naturaleza, ambas
rebajan su dignidad original y caminan a la depravación”.
No es pues la libertad la que
debe ir en primer lugar, sino la verdad. La verdad no se vota, se descubre.
En su Quinto aviso a los
protestantes, Bossuet, al describir la situación de los hombres “tal como
son según su naturaleza y antes de cualquier gobierno implantado” observaba que
en este estado “sólo se encuentra la anarquía, es decir, una libertad feroz y
salvaje, donde cada uno puede pretender todo y al mismo tiempo discutir todo:
donde todos están en guardia y por consiguiente en guerra perpetua contra
todos: donde la razón nada puede, porque cada uno llama razón a la pasión que
le arrastra; donde el mismo derecho de la naturaleza se queda sin fuerza,
puesto que la razón no lo tiene; donde, por consiguiente, no hay ni propiedad,
ni dominio, ni bien, ni descanso asegurado, ni, a decir verdad, ningún derecho,
salvo el del más fuerte; y además sin saber quien lo es, puesto que cada uno
puede llegar a serlo a su vez, según las pasiones puedan conjurar juntas a más
o menos gente”.
Bossuet responde a Rousseau,
un siglo antes de los sofismas del Contrato social.
Es interesante ver que al
refutar a Lutero, Bossuet refuta por adelantado a Rousseau. Es que, como lo
había dicho Veuillot, “era imposible que la razón individual proclamada
soberana, limitase su pleno poder a elegirse una religión y una filosofía, y volviese
después dócilmente al orden social, dejando a la autoridad temporal el carácter
divino que negaba a toda autoridad (...) Después de haberse inventado, a su
gusto, una religión y una filosofía, el individuo quiere inventarse un gobierno
(...) De ahora en adelante, el campo queda libre para el combate de los
intereses individuales, armados unos contra otros con toda la fuerza y toda la
terquedad del egoísmo”.
Volvamos a Bossuet:
“Lejos de ser el pueblo
soberano en tal estado, ya ni siquiera existe pueblo. Puede haber familias,
aunque mal gobernadas y mal defendidas, puede haber también un tropel, un
montón de gente, una multitud confusa pero no puede haber pueblo, porque UN
PUEBLO SUPONE YA ALGO QUE REÚNA un comportamiento ordenado y algún derecho establecido”.
“Aunque no se tuviese que conducir más que un caballo o un rebaño —decía
Bossuet bromeando— no podemos hacerlo sin ayuda de la razón”.
Y la razón no es la expresión
desordenada de los deseos de los individuos, sino la conformidad del deseo con
las leyes naturales que rigen las sociedades.
No hay manera de escapar a la
condición humana. Además bien sabemos que en la Creación existe un orden en
todo. ¿Por qué Dios habría dejado de poner alguno en el gobierno de las
sociedades?
“La toma de la Bastilla” Revolución Francesa
En 1789, el mundo había
vuelto la espalda a su constitución esencial. De ahí han venido todos los males
que no han hecho más que agravarse desde hace dos siglos, con algunas treguas,
algunas reacciones, pero insuficientes porque no llegaron a los principios,
sino solamente a los efectos.
Mientras el viejo fondo de
las tradiciones se ha mantenido en las familias, la crisis sólo ha sido
política, después se ha convertido en social, religiosa y moral.
Todo se ha mantenido al principio,
dentro del sofisma expresado por el abate Sieyès en sus Perspectivas sobre
los medios ejecutivos publicada en 1788: “Me parece —escribe— que juzgar lo
que sucede por lo que ha sucedido, es juzgar lo conocido por lo desconocido. Es
más justo juzgar el pasado por el presente y admitir que las pretendidas
verdades históricas no tienen más realidad que las pretendidas verdades
religiosas”.
Ha sucedido lo que tenía que
suceder: las mal conocidas verdades históricas se han vengado con su propio
silencio; al no ser enseñadas por la experiencia, los innovadores han edificado
en las nubes. La imaginación ha tomado el poder, pero la sociedad no se somete
a la imaginación. Aquélla tiene sus leyes inexorables. La sabiduría antigua las
había buscado, descubierto, codificado. El Imbécil y vanidoso Sieyès ha echado
al fuego el conjunto de ellas y el Progreso sin Tradición, al no continuar
nada, pretendiendo inventar todo, ha producido una aceleración loca de la
historia, corriendo de una experiencia a otra, negándose a tener en cuenta lo
que había aprendido la víspera, vuelto hacia un oscuro futuro al que ya no
servían las lecciones del pasado, y hoy se ha llegado al último grado de este
rechazo fanático de las realidades por medio de la evasión a los paraísos artificiales
de la droga, más fáciles de alcanzar que el imposible paraíso terrestre.
“¿Qué es lo que ha derribado
la monarquía francesa? — se preguntaba Louis Veuillot—. ¿Una guerra, una
conspiración, un partido en armas, un gran desastre? Cien veces había sufrido
estos accidentes de la vida de las naciones y cien veces había resistido a
ellas. Lo que la ha hecho caer, SON LAS IDEAS DE LAS QUE SE HABÍA HECHO
CÓMPLICE y que la separaba del pueblo al separarla de Dios. Algunos panfletos
bastaron para derribar esta monarquía secular”.
Dos hombres dominan la
pre-Revolución: Voltaire y Rousseau.
“Rousseau —decía Veuillot—
sigue a Voltaire como el castigo sigue al crimen” y con una palabra ejecutaba a
Voltaire: “Voltaire, tan conocido, no fue más que un hombre en el anonimato
durante toda su vida. Asestaba sus golpes por la espalda a la vuelta de una
esquina, envuelto en su capa”.
Una tarde de marzo de 1894,
el abate Garnier daba una conferencia en Argenteuil. Recordó las palabras de
Voltaire: “Mentid, mentid, siempre quedará algo”. Fue requerido por un oyente
para que dijera en qué línea, en qué página, en qué capítulo se encontraba esta
frase. “Os daré la respuesta, en el Peuple Français”, respondió el
abate. Mantuvo su palabra y el 16 de marzo de 1894 publicaba la referencia
prometida: “La frase que he citado se encuentra en una carta escrita a Thiriot,
con fecha 21 de octubre de 1936; en ella Voltaire añadía incluso esto: ‘Hay que
mentir como un demonio, no tímidamente, ni por algún tiempo, sino osadamente y
siempre’ “. Se comprende la frase de Veuillot sobre Voltaire cuando decía que
éste “asestaba sus golpes por la espalda”.
François Marie Arouet, más conocido como Voltaire
Cuando en plena Revolución,
Condorcet dijo: “Voltaire no ha visto todo lo que hacemos, pero ha hecho todo
lo que vemos”, sabía lo que decía. Todo esto era el resultado del “abominable
complot” que había previsto Pío VI; el mismo complot que descubría María
Antonieta en 1790 y que le hacía escribir a su hermano el emperador Leopoldo
II: “Tened mucho cuidado, ahí (en Austria) con cualquier asociación de
francmasones. Ya os lo habrán advertido; por este camino es por el que todos
los monstruos de aquí cuentan con llegar al mismo fin en todos los países”.
Los avisos no habían faltado,
pero, como hoy, se había creado una conspiración del silencio.
En 1785, un sacerdote
apóstata austríaco, llamado Lang, fue herido por un rayo cuando llevaba
importantes mensajes del jefe de la Masonería de los Iluminados de Baviera, el
doctor Weishaupt. Los papeles que se le encontraron permitieron el arresto de
los principales afiliados. Tuvo lugar un proceso cuyas piezas de autos fueron
hechas públicas por el Elector de Baviera, con el fin de informar a todas las
potencias cristianas del complot tramado contra todas ellas. El abate Burruel
los publicó también, cuando estaba en el exilio en Hamburgo, en 1795, en sus Memorias
para servir a la historia del jacobinismo“. Podemos leer en ellas esta
consigna de Weishaupt:
“Los francmasones deben ejercer el
imperio sobre los hombres de cualquier Estado, de cualquier nación y de
CUALQUIER RELIGIÓN, dominarlos sin ninguna violencia externa, mantenerlos
unidos por vínculos duraderos, inspirarles UNA MISMA IDEA, animarles de un
mismo espíritu, en el mayor silencio y con toda la actividad posible, dirigir a
todos los hombres de la tierra hacia el mismo fin.
Sociedad de Francmasones
EN LA INTIMIDAD DE LAS
SOCIEDADES SECRETAS ES DONDE HAY QUE SABER PREPARAR LA OPINIÓN’’.
Verdaderamente, sería una
singular crítica histórica la que quisiese ignorar lo que está entre los
bastidores de la historia.
En junio de 1895, se abre una
discusión en El Rappel sobre el origen de la divisa: Libertad, Igualdad,
Fraternidad. Un miembro de la logia Unidad Masónica, M. Henry Vaudémont escribe
al periódico:
“El origen de la divisa
republicana: Libertad, Igualdad, Fraternidad, es conocido desde hace largo
tiempo: era la de hace cerca de un siglo y es todavía, la de la francmasonería.
Si estaba en germen en el Juramento del Jeu de Paume, si fue aprobada por el
Club de los Cordeliers y preconizada por el impresor Momoro, es simplemente
porque la mayoría de los hombres que dirigieron en sus comienzos el inolvidable
movimiento de 1789, eran francmasones.
El lema: Libertad-Igualdad-Fraternidad
“En efecto, desde hace cerca de un siglo, en las logias a
puerta cerrada, bullían entonces todas las nuevas ideas filosóficas que poco a poco
iban tomando cuerpo, se armonizaban, se fundían, se transformaban en principio
convertido rápidamente en máximas e incluso se formulaban en casi proyecto de
leyes.
“Basta con ojear las reseñas de las logias para encontrar
en ellas los elementos de donde brotaron con una espontaneidad y unanimidad,
que serían inexplicables de otra manera, esos maravillosos cuadernos del
Tercer- Estado, cuya puesta en marcha fue toda la Revolución”.
M. G. Boris comentaba esta
carta en la Vérité del 28 de junio de 1895: “M. Vaudémont está
incontestablemente en la verdad histórica, pero no precisa la fecha de la
introducción de la divisa.
“En nuestra opinión, coincide
con la introducción de la abreviatura que sólo aparece después de la fusión de
los ritos masónicos en uno solo, con el título de Gran Oriente de Francia bajo
el mando del duque de Orléans. Antes, la abreviatura se componía de un solo
punto”.
El redactor de la Vérité
refiere que en 1848, un comerciante de tabaco humorista y antirrepublicano
colgó debajo de cada una de las tres palabras de la divisa una bolsa de tabaco
y se inventó esta muestra: ¡LA CASA DE LAS TRES BROMAS! (Juego de palabras,
porque “blague” significa “broma” y también “bolsa de tabaco”).
Cuando el 11 de junio de 1793
Pío VI, en una página admirable por su lucidez juzgó a la Revolución Francesa,
hacía menos de seis meses que Luis XVI había sido guillotinado.
La sentencia que ha condenado
al rey de Francia, declara el Papa, “la Convención nacional no tenía derecho,
ni autoridad para pronunciarla”.
“En efecto, después de haber
abolido la monarquía, EL MEJOR DE LOS GOBIERNOS, había hecho pasar todo el
poder público al pueblo, que no se dirige ni por la razón, ni por el consejo;
en ningún punto se adapta a las justas ideas, aprecia pocas cosas según la
verdad y evalúa gran número de ellas según la opinión, que siempre es
inconstante, fácil para dejarse engañar, se arrastra a todos los excesos, es
ingrata, arrogante y cruel”.
El papa Pio VI
Y Pío VI se pregunta cómo se
ha llegado hasta ahí. Es una pregunta que sus sucesores no dejarán nunca de
hacerse, a cada nueva etapa del progreso de las ideas revolucionarias. Si no se
incorpora la primera respuesta a las respuestas siguientes, se falsea toda la
perspectiva histórica, se puede pensar en una irrupción espontánea, que, en
realidad, no es más que una consecuencia lógica de cierta actitud tomada en una
época determinada, en unas condiciones hoy conocidas perfectamente.
Además no imaginemos que los contemporáneos fueron totalmente inconscientes de
ello. Pío VI, en todo caso, veía muy bien lo que había sucedido: “Ya desde hace
mucho tiempo —explicaba— los calvinistas habían empezado a preparar en Francia
la ruina de la religión católica.
“Pero para conseguirlo, hizo
falta preparar las mentes y empapar a los pueblos de estos principios impíos,
que los innovadores no han cesado de extender después en libros que no respiran
más que la perfidia y la sedición. Con este propósito se han ligado a filósofos
perversos.
“La Asamblea general del
Clero de Francia, en 1735, había descubierto y denunciado los abominables
COMPLOTS de estos artesanos de la impiedad. Y Nos mismo también, desde el
comienzo de nuestro Pontificado, previendo las execrables MANIOBRAS DE UN
PARTIDO tan pérfido, Nos anunciábamos el inminente peligro que amenazaba a
Europa en nuestra Carta encíclica dirigida a todos los Obispos de la Iglesia
católica. Si hubiesen sido escuchadas nuestras observaciones y avisos, no
tendríamos que lamentarnos ahora de esta VASTA CONJURACIÓN tramada contra los reyes
y contra los imperios”.
Desearía que se pusiese
atención en los términos de que se sirve Pío VI, contemporáneo de estos
acontecimientos, para designar su causa, lo que hoy se conoce bajo el nombre de
Revolución Francesa. Pío VI habla de una “vasta conjuración tramada”. No habla
de “sentido histórico”, de evolución espontánea de las mentes. No, él dice: ha
sido tramada una vasta conjuración.
Esto es importante, porque la
influencia que ha podido ejercer en el curso de la historia una reunión de
hombres asociados por ciertas ideas, otra reunión de hombres asociados por un
principio contrario, puede también hacerlo e invertir el sentido de la
historia.
La conjuración que denuncia
Pío VI en junio de 1793, se desarrolló bajo la máscara de la LIBERTAD. El
Soberano Pontífice recordaba que había denunciado el carácter ESPECIOSO de esta
palabra LIBERTAD.
“La libertad guiando al pueblo”, Delacroix.
“Los filósofos desenfrenados
—decía— se proponen romper los vínculos que unen a todos los hombres entre sí,
los ligan a sus Soberanos y los mantienen en el deber. Dicen y repiten hasta la
saciedad que el hombre nace libre y que no está sometido a la autoridad de
nadie. En consecuencia, presentan la sociedad como un atajo de idiotas, cuya
estupidez se postema ante los Reyes que los oprimen, de manera que la armonía
entre el Sacerdocio y el Imperio no es más que una bárbara conjuración contra
la libertad del hombre”.
A la “engañosa” palabra de
“libertad”, prosigue Pío VI, se ha añadido la de IGUALDAD “que no lo es menos”.
La sociedad no puede apoyarse sobre estos dos conceptos contrarios a la
naturaleza humana. Recuerda que “la religión es la más segura protección o el
más sólido fundamento de los imperios, puesto que lo mismo reprime los abusos
de autoridad de las potencias que gobiernan, que los abusos de libertad de los
súbditos que obedecen; por eso los facciosos, adversarios de las prerrogativas
reales, intentan destruirlas, esforzándose primero en conseguir la renuncia a
la fe católica”.
Sabemos que a los noventa y un años, Pío VI, enfermo,
arrancado de Roma, fue deportado a Francia por los ejércitos revolucionarios.
En Valence, agonizando, mandó que se le revistiera de los ornamentos
pontificales y declaró:
—En la medida de lo posible, ¡muramos de pie!
Después añadió:
—Que mi sucesor perdone a los franceses como yo les perdono de todo corazón.
Murió en la noche del 27 de agosto de 1799.
El ciudadano Deydier, administrador del Dróme, escribió al
Directorio:
“El antes de ahora Papa acaba de morir, ¡será el último y el fin de la
superstición!“.
Generalmente, los
historiadores soslayan la figura de Pío VI. Se habla más fácilmente de Pío VII
que fue a París para coronar a Bonaparte, cosa que no le dio resultado, pues
tuvo que volver allí prisionero de Napoleón. Sin embargo es más interesante
observar la figura de Pío VI, Porque él fue el testigo lúcido de esa
Revolución, nacida de una conjura tramada en el fondo de las logias masónicas y
cuyo mecanismo había comprendido perfectamente.
Su sucesor Pío VII se
encontró en una situación difícil. En 1799, intentó un acercamiento a la
República francesa, una especie de “Ralliement” anticipado:
“El régimen democrático
—declaró— no se opone al Evangelio, por el contrario, pide el concurso de éste,
pues las virtudes que exige sobrepasan las fuerzas de la naturaleza y requieren
las gracias y las luces de la fe”.
Esto era el primero y tímido
ensayo de “democracia cristiana” Hoy sabemos que los dos términos son
antagónicos, pues el Cristianismo se apoya en la Revelación y la democracia en
el libre-examen. ¿Qué puede decir la Iglesia el día en que la mayoría decida
que Dios no existe? Sólo puede oponer la ley de Dios a la ley del Número y la
contradicción estalla.
Cuando, en nombre de las
nuevas ideas, Napoleón pretende establecer la igualdad de cultos, Pío VII se
dará cuenta y dirá: “Bajo la igual protección de todos los cultos se esconde y
se disfraza la más peligrosa y astuta persecución que pueda imaginarse contra
la Iglesia de Jesucristo y, desgraciadamente, la mejor preparada para
confundirla y destruirla, si fuese posible que la fuerza y las astucias del
infierno pudiesen prevalecer contra ella”
Insiste aún sobre esta
cuestión de la “libertad religiosa” y esto, al comienzo de la Restauración, el
24 de abril de 1814, y es para quejarse de la Carta de Luis XVIII:
“Por el hecho de establecer
la libertad de cultos sin distinción, se confunden la libertad y el error y se
pone en el mismo rango de las sectas heréticas e incluso de la perfidia
judaica, a la Esposa santa e inmaculada de Cristo, a la Iglesia, fuera de la
cual no puede haber salvación (...). Nuestro asombro y Nuestro dolor no han
sido menores cuando Nos hemos leído el artículo 23 de la Constitución que
mantiene y permite la libertad de prensa, libertad que amenaza la fe y las
costumbres con los mayores peligros y con una ruina segura. Si alguien pudiese
dudar de ello, la experiencia del pasado bastará por sí sola para enseñárselo.
“Es un hecho plenamente
comprobado: esta libertad de prensa ha sido el instrumento principal que,
primeramente, ha depravado las costumbres de los pueblos, después ha corrompido
y destruido su fe, y por fin ha levantado sediciones, disturbios,
sublevaciones. Aún serían de temer estos desgraciados resultados, a la vista de
la gran maldad de los hombres si, no lo permita Dios, se concediese a cada uno
la libertad de imprimir lo que quisiera”.
Sabemos lo que sucedió
después.
“La prensa —cuenta Veuillot—
multiplicó el montón de escritos abyectos que habían nacido de su irradiación;
la fermentación que produjeron engendró otros escritos tan culpables como
aquéllos. Verdaderos talentos a los que rodeó en seguida la popularidad, se
dedicaron a esta guerra indigna: la poesía, la filosofía, la historia, la
elocuencia, la enseñanza, el teatro, el panfleto, la prensa, la caricatura, lo
que hay de más alto y de más bajo, el orador y el histrión, todo habló contra
la Iglesia”
Entre los obispos que cayeron
en las nuevas ideas el más conocido es sin lugar a duda el obispo de Autun, el
príncipe de Talleyrand. No deja de tener interés conocer el juicio que más
tarde él mismo emitió sobre sus extravíos.
Charles Maurice de Talleyrand
En el atardecer de su vida, en Valençay, conversando con
su sobrina la duquesa de Dino, que ocupó un gran lugar en su existencia,
Talleyrand confesaba que los recuerdos del pasado le turbaban. Al preguntarle
madame de Dino sobre algunos hechos de su vida, que tanto habían escandalizado
a la Iglesia y al mundo, el viejo diplomático tuvo esta respuesta:
—En verdad, no puedo daros ninguna explicación satisfactoria. Esto sucedió en
una época de desorden general: entonces no se daba importancia a nada, ni a uno
mismo ni a otros. NO PODÉIS SABER HASTA DÓNDE PUEDEN DESVIARSE LOS HOMBRES EN
LAS ÉPOCAS DE DESCOMPOSICIÓN SOCIAL.
“Un día —cuenta también la
duquesa de Dino—, en el verano de 1835, mi tío me mandó llamar. Le encontré
leyendo en su habitación.
—“Venid, me dijo, quiero
enseñaros de qué manera hay que hablar de los misterios; leed, leed en voz alta
y leed lentamente. —Yo leí lo que sigue:
“En el año cuatro mil del
mundo, Jesucristo, hijo de Abraham en el tiempo, Hijo de Dios en la eternidad,
nació de una Virgen’. —Aprended este pasaje de memoria, prosiguió M. de
Talleyrand, y ved con qué autoridad, con qué sencillez, se encuentran
concentrados en tan pocas líneas todos los misterios. Así y solamente así, es
como conviene hablar de las cosas sagradas. Se las impone, no se las explica,
únicamente esto puede lograr que sean aceptadas, cualquier otra forma no vale
nada, PUES LA DUDA SE PRESENTA CUANDO FALTA LA AUTORIDAD Y la autoridad, la
tradición, el magisterio no se revelan suficientemente más que en la Iglesia
católica”
Los vicarios de poco fuste
que quieran explicar todo en el lenguaje del siglo, no saben cuánta fuerza
gastan rechazando la autoridad de la Tradición.
El anciano obispo de Autun,
por muy pecador que hubiera sido, sabía de eso mucho más que ellos.
Además, la sabiduría no viene
siempre por el camino de la virtud. Cuando Talleyrand decía que no se puede
saber hasta dónde pueden llegar los hombres en las épocas de descomposición
social, le bastaba con acudir a sus recuerdos.
Si miramos el estado actual
de la Iglesia y se lo compara con lo que sucedió en el siglo XVIII, tenemos que
preguntarnos: ¿en qué fase de la Revolución estamos?
“El partido del clero
encontró en sí mismo la derrota —escribieron los Goncourt— y fueron algunos de
sus miembros los que le dieron los más rudos golpes y las heridas menos
curables” y nombraban al abate Gregoire, al obispo de Autun y al abate Fauchet.
“El abate Gregoire llevaba a
la filosofía las armas de la Iglesia, las habilidades y las experiencias de la
dialéctica. El obispo de Autun llevaba menos: llevaba su conciencia (...) El
abate Fauchet era un tránsfuga más temible.
El abate Claude Fauchet
“De tierna imaginación y
espíritu alimentado del Evangelio, se complacía con preferencia en la sencillez
de los primeros tiempos de la Iglesia; corazón débil seducido por la ambición
de representar un gran papel de caridad, cabeza indefensa contra la utopía,
presbiteriano sensible, Fauchet parecía un Fénelon revolucionario (...) El
abate Fauchet aportaba a la Revolución entusiasmo, elocuencia y una paradoja.
QUERÍA VINCULAR SU SIGLO A DIOS, EL EVANGELIO A LA REVOLUCIÓN, A LA PASCUA DE
LA LIBERTAD. Según él, la filosofía era la aliada de la Providencia y la
reverenciaba como el instrumento santo traído por ella para que llegasen a la
humanidad los derechos del hombre y del ciudadano”.
Siempre se encuentra entre
los clérigos, al comienzo de las revoluciones, cuando éstas maduran en los
espíritus antes de desbordarse por la calle, espíritus intrigantes o
simplemente ambiciosos que hablan de casar el Evangelio con un centenar de
mujeres de un patriotismo y de una virtud probadas, con el propósito de tener
Pequeños Fauchet de los que se harían buenos sacerdotes”.
“En fin, se llegaba al día en
que Fauchet, arrebatado por el impulso, desde lo alto de su estrado coronaba al
Pueblo-Cristo: ‘La aristocracia es la que ha crucificado al Hijo de Dios’.
‘Todo poder viene del pueblo’, añadía.
“Clubs, banquetes, iglesias,
todo resonaba con la voz impía e incansable de este terrible enemigo del clero,
escuchado por las multitudes, por las mujeres y por los ilustrados, de este
Fauchet que tranquilizaba las conciencias timoratas, acomodando la devoción a
las nuevas ideas, que prometía el paraíso al patriotismo, juntando, alrededor
del Dios del 14 de julio, a las gentes piadosas asombradas y asustadas,
volviendo la cruz en contra de la contrarrevolución”.
Gran página de la historia
terriblemente aleccionadora. Si las revoluciones se comparan por la semejanza
de sus fases, el aviso es serio.
Edmond y Jules, los hermanos Goncourt
“Los asesinatos de l’Abbaye —decían también los Goncourt—
se realizan el 10 de agosto en contra de la Providencia. Ya en la prisión Luis
XVI, la revolución proclama la muerte de Dios, rompe la religión, depone la fe,
acosa al clero no juramentado como a la Vendée y hace declarar al otro clero:
‘Soy sacerdote, soy párroco, es decir charlatán, hasta aquí charlatán de buena
fe; he engañado por estar yo mismo engañado, ahora que estoy civilizado’ ...
Jesucristo es ya EL SANS-CULOTTE JESÚS, O EL EN OTRO TIEMPO DIGAMOS REY DE
NAZARET O DIFUNTO JESUCRISTO, MUERTO EN LA ÉPOCA DE LAS REVOLUCIONES DE JUDEA
POR HABER INTENTADO UNA CONTRARREVOLUCIÓN CONTRADICTORIA A LA AUTORIDAD DEL
EMPERADOR”.
¿No tenemos ya a la vista toda nuestra época resumida?
¿Desde la “muerte de Dios” al “Cristo Che Guevara”?
Nos queda por ver “la eucaristía de los Jacobinos”. Los Goncourt han querido
cerrar su estudio sobre La Société française pendat la Révolution con
esta página. Hagamos como ellos. Acaso el horror dará ánimos a los que se
entregan:
¡El abate Morellet propuso
que los patriotas comiesen la carne de sus víctimas! “Proponía la instalación
de una carnicería nacional según los planos del gran artista y del gran
patriota David”. Reclamaba “una ley que obligase a los ciudadanos a proveerse
allí por lo menos una vez por semana, bajo pena de ser encarcelados, deportados
y ahorcados como sospechosos”.
“El abate Morellet pedía que
en toda fiesta patriótica, hubiese un plato de este género, que sería la
verdadera comunión de los patriotas, LA EUCARISTÍA DE LOS JACOBINOS”.
Esto es lo que sucede cuando
las mentes se trastornan hasta perder el juicio...
* * *
Publicado por Cecilia
Margarita de María Thorsoe Osiadacz.