El Sistema Nacional de Economía Política
Por Friedrich List
Introducción
En ninguna rama de la
economía política domina tan gran diversidad de opiniones entre teóricos y
prácticos como respecto al comercio internacional y la política mercantil.
A la vez, no existe cuestión alguna en el sector de esta ciencia que posea una
importancia tan alta en orden al bienestar y a la civilización de las naciones,
como respecto a su independencia, poderío y estabilidad. Países pobres,
impotentes y bárbaros han logrado convertirse, gracias a una sabia política
comercial, en imperios rebosantes de riqueza y poderío, y otros, por razones
opuestas, han decaído de un elevado nivel de prestigio nacional a la
insignificancia absoluta; en efecto, hemos conocido ejemplos de naciones que
han perdido su independencia y hasta su existencia política, precisamente
porque sus sistemas comerciales no sirvieron al desarrollo y robustecimiento de
su nacionalidad.
Más que en cualquier
otro tiempo, ha adquirido en nuestros días un interés predominante la aludida
cuestión, frente a otras de la Economía política. En efecto, cuanto más
rápidamente progresa el afán inventivo de la industria y el espíritu de
perfeccionamiento, el anhelo de la integración social y política, tanto mayor
es la distancia que existe entre las naciones estancadas y las progresistas, y
es tanto más peligroso quedarse atrás. Si en otros tiempos fueron precisos para
monopolizar la fabricación de la lana, el sector manufacturero
más importante de pasadas épocas, bastaron algunos decenios para lograr el
monopolio de la manufactura del algodón, sector no menos importante, y
en nuestros días bastó una ventaja de pocos años para colocar la Gran Bretaña
en situación de atraer hacía sí la industria linera del
Continente europeo.
En ningún otro tiempo
ha visto el mundo tampoco una supremacía manufacturera y mercantil
que dotada con energía inmensas como la de nuestro días, aplicase un sistema
tan consecuente y poderoso, con tendencia a monopolizar todas las industrias
manufactureras, todos los grandes negocios mercantiles, toda la navegación,
todas las colonias importantes, todo el dominio de los mares, y a hacer
vasallos suyos a todas las naciones, como los indios, en el orden manufacturero
y comercial.
Alarmada por los
efectos de esta política, más bien obligada por las convulsiones a que dio
lugar, vimos en tiempos recientes una nación continental -la rusa-, poco apta
por su cultura para la industria manufacturera, buscar su salvación en el
sistema prohibitivo tan censurado por la teoría. Y ¿cuál fue el resultado? La
prosperidad nacional.
Instigado por las
promesas de la teoría. América del Norte se dejó seducir, y abrió sus puertos a
las mercancías inglesas. ¿Qué frutos reportó allí la libre concurrencia?
Convulsión y ruina,
Experiencias de esta
especie suscita con razón la duda de si la teoría es tan infalible como ella
misma supone, o la práctica tan insensata como pretende la teoría; despiertan
también el temor de que nuestra nacionalidad corra en definitiva peligro de
fenecer por un error mental de la teoría, como aquel paciente que por observar
una receta sucumbe a un error; crean en nosotros la sospecha de que esa teoría
tan estimada se muestra tan henchida y solemne para ocultar hombres y armas
como otro nuevo caballo de Troya, y hace que nuestros propios muros de
protección sean derribados con nuestras propias manos.
Una cosa puede
afirmarse, y es que después de discutir desde hace más de medio siglo la gran
cuestión de la política comercial por todas las naciones, en escritos y
asambleas deliberantes, por las mentalidades más sagaces, el abismo que existe
desde Quesnay y Smith entre
la teoría y la práctica no sólo no se ha cerrado sino que cada año está más
abierto.
¿Que valor puede tener
para nosotros una ciencia cuando se ilumina el camino que la práctica ha de
recorrer? ¿Sería razonable admitir que la razón de uno es tan infinitamente
grande que puede reconocer la naturaleza de todas las cosas, y, en cambio, la
razón de otro tan infinitamente pequeña que incapaz, de comprender las verdades
descubiertas y esclarecidas por aquél, puede considerar como verdades errores
manifiestos, a través de generaciones enteras? ¿No sería más prudente admitir
que los hombres prácticos, aunque por regla general propenden a mantenerse en el
terreno de los datos, no se opondrían tan larga y tenazmente a la teoría, si
ésta no contradijera la naturaleza de las cosas?
La realidad nos
autoriza para asegurar que la culpa del antagonismo entre la teoría y la
práctica en la política mercantil corresponde tanto a los teóricos como a los
prácticos.
La economía política
debe extraer de la práctica sus doctrinas relativas al comercio internacional,
y establecer sus reglas para las necesidades de la actualidad y para la
situación peculiarísima de cada nación, sin
desconocer las exigencias del futuro y de la humanidad entera. Así, debe
apoyarse en la Filosofía, en la Política y en la Historia.
En interés del
porvenir y de la humanidad entera, la Filosofía exige: afinidad cada vez
mayor de las naciones entre sí; evitar en los posible la guerra;
establecimiento y desarrollo del Derecho internacional; transición de lo que
ahora se llama Derecho internacional público al Derecho de federación entre
Estados; libertad del tráfico internacional, lo mismo en el orden espiritual
que en el material; finalmente, unificación de todas las naciones bajo la ley
jurídica, esto es: la unión universal.
En interés de cada
nación especial exige, en cambio, la Política: garantías para su
independencia y continuidad; reglas especiales para el fomento de su progreso
en orden a la cultura, bienestar y potencialidad, y a la formación de sus
estamentos como un cuerpo perfecto, en todas sus partes, armónicamente
desarrollado, íntegro e independiente.
Por su parte la Historia
se manifiesta de modo innegable en pro de las exigencias del futuro, enseñando
en qué forma el bienestar material y espiritual del hombre corre parejas, en
todo tiempo, con la amplitud de su unificación política y de su cohesión
comercial. Reconoce también, sin embargo, las exigencias de la actualidad y de
la nacionalidad, enseñando cómo han parecido las naciones que no han atendido
preferentemente su propia cultura y potencialidad; cómo el tráfico ilimitado
con naciones más adelantadas ha sido para un pueblo estimulante en los primeros
estadios de su desarrollo, si bien cada nación llega a un punto en que sólo
mediante ciertas restricciones de su tráfico internacional puede lograr un
desarrollo más alto y una equiparación con otras naciones más adelantadas. la
Historia efectúa, así, un compromiso entre las exigencias encontradas de la
Filosofía y de la Política.
Sólo la práctica y la
teoría de la Economía Política, tal como están constituidas actualmente,
adoptan un criterio unilateral: aquélla, en favor de las exigencias especiales
de la nacionalidad; ésta en pro de los requisitos unilaterales del
cosmopolitismo.
La práctica, o,
en otras palabras, el llamado sistema mercantil, incurre en el gran
error de defender la utilidad y necesidad absolutas y generales de la restricción,
porque en ciertas naciones y en determinados período de su desarrollo esas
limitaciones fueron útiles y necesarias. No advierte que la limitación es sólo
un medio, pero el fin es la libertad. Atiende sólo a la nación, nunca a la
humanidad; sólo a la actualidad, nunca al futuro; así es exclusivamente
política nacional, pero le falta la perspectiva filosófica, la tendencia
cosmopolita.
La teoría
dominante, tal como la atisbó Quesnay y la desarrolló
Adam Smith, recoge, por el
contrario, de modo exclusivo, las exigencias cosmopolitas del futuro, incluso
las del futuro más lejano. La unión universal y la libertad absoluta del
comercio internacional que a la sazón no es sino una idea cosmopolita, acaso
sólo realizable con el transcurso de los siglos, es considerada como algo
susceptible de realización actual. Desconociendo las exigencias de la
actualidad y la naturaleza de la nacionalidad, ignora la incluso la existencia
de la nación, y a la vez, el principio que se propone educar a la nación
para la autonomía. Integramente cosmopolita
atiende sólo a la humanidad entera, al bienestar del género humano en su
conjunto, nunca a la nación y al bienestar nacional; aborrece la política y
considera la experiencia y la práctica como rutinas reprobables. Sólo respeta a
la Historia en cuanto corresponde a sus tendencias unilaterales, pero ignora o
desfigura sus doctrinas cuando están en contradicción con su sistema, y se ve
obligada a negar los efectos del Acta de Navegación inglesa, del tratado de Methuen y de la política mercantil británica, formulando el
siguiente lema que contradice a toda veracidad: Inglaterra ha alcanzado su
riqueza y poderío y a causa de su política mercantil, sino a pesar
de ella.
Advertida así la
unilateralidad de ambos sistemas, no nos extrañará que la práctica, a pesar de
sus notorios errores, se niegue a dejarse reformar por la teoría; también
comprendemos por qué la teoría no quiere saber nada de la Historia ni de la
experiencia, ni de la Política y la nacionalidad. Esta teoría inconsistente ha
sido predicada en todas las callejas y desde todas las tribunas, con ardor más
destacado en aquellos países cuya existencia nacional resultaba más amenazada
por ella; he aquí la causa de la propensión dominante de nuestra época hacia
los experimentos filantrópicos y hacia la solución de los problemas de la
Filosofía.
Ahora bien, en la vida
de las naciones como en la de los individuos existen contra las ilusiones de la
ideología dos vigorosos medicamentos: la experiencia y la necesidad. Si no nos
engañamos, todas aquellas naciones que en la presente época practican un libre
tráfico con la máxima potencia manufactura y mercantil, como medio de
salvación, hállanse a punto de realizar importantes
experiencias.
Es sencillamente
imposible que si continúan los Estados libres americanos con sus prácticas
mercantiles actuales logren introducir un orden apreciable en su economía
nacional. Es absolutamente necesario que retornen a sus aranceles anteriores.
Aunque los Estados esclavistas rechacen ese criterio, aunque el partido
dominante lo apoye, el poder de las circunstancias será más fuerte que la
política de partido. Tememos incluso que, tarde o temprano, los cañones
resuelvan la cuestión que fue para la legislación un nudo gordiano; América
tendrá que pagar su saldo a Inglaterra en pólvora y plomo; el sistema
prohibitivo de hecho, causado por la guerra, remediará los errores de la
legislación aduanera americana; la conquista del Canadá pondrá fin al grandioso
sistema de contrabando inglés profetiza por Huskisson.
!Ojalá nos
equivoquemos! Pero si nuestra profecía llegara a realizarse, queremos vindicar
para la teoría del librecambio la paternidad de esa guerra. !Rara ironía del
destino! Que una teoría basada sobre la gran idea de la paz perpetua venga a
encender la guerra entre dos potencias que, como pretenden los teóricos, han
sido creadas para comerciar entre sí; cosa tan extraña como el efecto de la
filantrópica supresión del comercio de esclavos, a consecuencia de la cual
miles de negros fueron hundidos en las profundidades del mar.
En el transcurso de
los últimos cincuenta años (más propiamente de los últimos veinticinco, ya que
apenas puede tomarse en consideración el período de la revolución y de la
guerra) Francia ha realizado un gran experimento con el sistema de las
restricciones, a pesar de los errores, secuelas y exageraciones inherentes a
él. Su éxito salta a la vista de cualquiera que no tenga determinados
prejuicios. Que la teoría discuta el hecho, es una consecuencia natural del
sistema. Si formula la tesis desesperada -y pretende hacerla crear al mundo- de
que Inglaterra se ha hecho rica y poderosa no por su política mercantil sino a pesar
de ella, ¿cómo dejaría de expresar esta otra pretensión, mucho más fácil de
probar, según la cual Francia, sin la protección de sus manufacturas
interiores, hubiera llegado a ser más rica de lo que lo es en la actualidad?
Esa tesis es considerada por muchos, que se tienen por bien informados y
prudentes, como moneda contante y sonante, aunque la
combatan prácticos muy perspicaces; en efecto, el anhelo de los beneficios que
reporta un libre tráfico con Inglaterra se halla actualmente en Francia muy
difundido. Tampoco puede discutirse apenas -y de ellos hablaremos más
detalladamente en otro lugar- que el tráfico recíproco entre ambas naciones
debería fomentarse en beneficio de ambas. Desde el punto de vista inglés se
pretende colocar no sólo materias primas sino, sobre todo, grandes cantidades
de artículos fabricados de uso general, contra productos franceses de carácter agrícola
y suntuario. Todavía no puede preverse hasta qué punto el gobierno y la
legislación de Francia propenderán a este criterio o llegarán a practicarlo.
Pero si lo hicieran con la amplitud que Inglaterra persigue, el mundo
dispondría de un nuevo ejemplo en pro o en contra de la gran cuestión: en qué
medida, en las circunstancias actuales, es posible y ventajoso que dos
grandes naciones manufactureras, una de las cuales se encuentra en la
actualidad ventajosamente situada con respecto de la otra en orden a los costos
de producción y a la expansión del mercado exterior con productos fabricados,
pueden entrar en competencia entre sí en sus propias mercados interiores, y qué
resultados derivarán de semejante situación de competencia.
En Alemania, las
cuestiones citadas se han convertido en problemas prácticos nacionales desde
que fue instituida la Liga mercantil. Así como en Francia el vino viene a
constituir el cebo con el cual se pretende estimular a Inglaterra para que
suscriba un tratado de comercio, en Alemania ocurre lo mismo con los cereales y
con la madera. En este caso, sin embargo, no podemos hacer otra cosa que
formular una hipótesis, por que resulta imposible en la actualidad saber si los
tories entrarán en razón y harán al Gobierno,
para facilitar la importación de cereales y maderas alemanas, ciertas
concesiones que pueden hacerse valer contra la Liga. En efecto, en Alemania
hemos llegado ya en materia de política comercial a considerar ridículo, cuando
no impertinente, todo intento de pagar barras de oro y plata tangibles y
concretas con rayos de luna y esperanzas. En el supuesto de que semejantes
concesiones fueran hechas por el Parlamento, someterían indirectamente a
discusión en Alemania las más importante cuestiones de la política comercial. el
informe más reciente del doctor Bowring constituye
para nosotros un atisbo de la táctica que Inglaterra desarrollaría en este caso
Inglaterra no consideraría esta concesión como un equivalente por las ventajas
preferentes que sigue poseyendo aún en el mercado manufacturero alemán; tampoco
como una limosna para impedir que Alemania aprenda a resolver por su cuenta el
problema del suministro de algodón hilado; que reciba las materias primas
necesarias para ello de las regiones tropicales, y las pague con productos de
sus propias manufactureras; ni como un medio tampoco de compensar la enorme
desproporción existente aún entre la importación y la exportación recíproca de
ambos países. No. Inglaterra considerará el derecho de abastecer a Alemania con
hilados de algodón como un jus quaesitum, y a cambio de cualquier otra concesión
exigirá un equivalente, el cual no consistirá en nada menos que en el
sacrificio de las manufacturas de algodón y lana, etc. Esas concesiones serán
presentadas a Alemania como un plato de lentejas a cambio de las cuales
pretenderán arrancar su derecho de primogenitura. El doctor Bowring
no puede haberse engañado durante su residencia en Alemania; no ha debido tomar
-así lo presumimos- la cortesía berlinesa por absoluta seriedad. Precisa
transportarse realmente a aquellas regiones donde se ha formado la política de
la Liga mercantil alemana, siguiendo todavía las rutas de la teoría
cosmopolita: en ese ambiente no se establece aún ninguna diferencia entre
exportaciones de artículos manufacturados y exportaciones de productos
agrícolas; se cree posible fomentar los fines nacionales ampliando esta última
exportación a expensas de aquélla; no se ha reconocido todavía como norma
fundamental el principio de la educación industrial de la nación; no se
vacila en sacrificar a la competencia extranjera ciertas industrias, tan
adelantadas ya gracias a una protección de muchos años, que la competencia
interior ha rebajado considerablemente los precios (con ello se pone
substancialmente en peligro el espíritu de empresa alemán, puesto que cada
fábrica, arruinada al disminuir la protección o implantarse medidas de
gobierno, viene a ser como un cadáver colgado que contamina a gran distancia
todos los seres vivos). Como hemos advertido ya, estamos muy lejos de
considerar razonables esas seguridades, pero el hecho de que se hagan públicas
y puedan seguir siéndolo es bastante deplorable, puesto que con ello se asesta
un doloroso golpe a la confianza de que subsistirán en la industria la
protección arancelaria y, como consecuencia, el espíritu emprendedor de
Alemania. El mencionado informe nos permite inferir en qué forma se puede
inocular un mortal veneno a las manufacturas alemanas, de tal modo que la causa
de esa ruina no aparezca con claridad, y, sin embargo, penetre de modo certero
hasta el origen mismo de la vida. Los aranceles cuantitativos deben ser
sustituidos por derechos ad valorem, con lo
cual se abrirá el camino de la defraudación y del comercio de contrabando
inglés, precisamente en los artículos de uso general, de valor especial más
reducido y de cuantía máxima; es decir, en aquellos artículos que forman la
base de la industria manufacturera.
Adviértase así la
importancia práctica que actualmente reviste la gran cuestión de la libertad
internacional de comercio, y cuán necesario es que, por fin, se investigue de
una vez a fondo y sin perjuicios los errores cometidos a este respecto por la
teoría y por la práctica, resolviéndose de una vez para todas el problema de la
coincidencia entre ambas, o haciendo, por lo menos, ensayos para lograrlo.
Verdaderamente el
autor no expresa una afectada modestia, sino una profunda desconfianza en sus
propias energías, cuando asegura que, después de muchos años de lucha contra sí
mismo; de haber puesto cien veces en duda la exactitud de sus opiniones; de
haberlas visto confirmada otras tantas veces, y después de haber probado y
reconocido la inexactitud de la tesis adversa, ha llegado a la conclusión de
que era posible resolver este problema. El autor no siente la vanidad de
contradecir viejas autoridades y de fundar nuevas teorías. Si fuese inglés,
difícilmente hubiera puesto en duda el principio fundamental de la teoría de Adam Smith. Fueron las
condiciones de su país las que, desde aquel tiempo, le permitieron desarrollar
en varios artículos anónimos y, por último, bajo su nombre, en trabajos más
amplios, sus opiniones opuestas a la teoría dominante. Hoy es principalmente el
interés de Alemania lo que ha animado a comparecer con este escrito, aunque no
puede negar que ha existido también un personalísimo motivo: concretamente la
necesidad de demostrar mediante un escrito extenso que no es incapaz de
expresar una opinión propia en materias de Economía política.
En contraposició
n directa con la teoría, el autor se esforzará. en primer término, por extraer
las enseñanzas de la Historia, derivando de ellas sus normas fundamentales;
establecidas éstas, comprobará la calidad de los sistemas procedentes, y por
último, como su tendencia es absolutamente práctica, definirá los caracteres
más recientes de la política comercial.
Para mayor claridad
expone el autor a continuación un resumen de los resultados principales que ha
llegado en sus trabajos y reflexiones:
La unificación de las
energías individuales con ánimo de proseguir un fin común es el medio más
vigoroso para realizar la felicidad de los individuos. Sólo y separado de su
prójimo, el individuo es débil y desamparado. Cuanto mayor es el número de
aquellos con quienes está socialmente ligado, tanto más perfecta es la unión,
tanto más copioso y escogido el producto, el bienestar espiritual y corporal de
los individuos.
La agrupación más
excelsa hasta ahora realizada de los individuos bajo la norma jurídica
es la del Estado y la nación; la agrupación más elevada que quepa
imaginar es la de la humanidad entera. Así como el individuo
puede alcanzar sus fines individuales, en un nivel más alto, dentro del Estado
y de la nación, que si está solo, así también todas las naciones realizarían en
mayor escala sus fines si estuvieran ligadas por la norma jurídica, la paz
eterna y el tráfico libre.
La Naturaleza misma
empuja paulatinamente las naciones a realizar esta máxima agrupación: en virtud
de la diversidad del clima, del territorio y de los productos, las induce al
cambio, y por la superpoblació n y la abundancia de
capitales y talentos, la emigración y a la colonización. El comercio internacional
es una de más poderosas palancas de la civilización y del bienestar nacional,
ya que haciendo surgir nuevas necesidades estimula a la actividad y tensión de
energías, trasladando de una nación a otras nuevas ideas, inventos y aptitudes.
En la actualidad, sin
embargo, la unión que entre las naciones puede resultar a base del comercio
internacional es muy imperfecta, ya que se interrumpe o debilita por la
guerra o por otras medidas egoístas de determinadas naciones.
A consecuencia de la
guerra la nación puede perder su independencia, su propiedad, su libertad, su
autonomía, su constitución y sus leyes, su idiosincrasia nacional, y en resumen,
el grado ya alcanzado de cultura y bienestar, y puede ser también sojuzgada.
Mediante las medidas egoístas de pueblos extraños, la nación puede ver
perturbada su integridad económica, o retardado su progreso.
Uno de los principales
objetos a que debe aspirar la nación es, y tiene que ser, el mantenimiento,
desarrollo y perfección de la nacionalidad. No se trata de una
aspiración falsa o egoísta, sino de algo racional que está en perfecto acuerdo
con los verdaderos intereses de la humanidad entera; en efecto, tal idea
conduce naturalmente a la definitiva unión entre las naciones, bajo la norma
jurídica, a la unión universal, que sólo se compagina con el bienestar del
género humano cuando muchas naciones alcanzan una etapa homogénea de cultura y
poder; es decir, cuando la unión universal se realice por vía de confederación.
En cambio, una unión
universal basada en el predominio político, en la riqueza predominante de
una sola nación, es decir, en la sumisión y dependencia de otras
nacionalidades, traería como consecuencia la ruina de todas las
características nacionales y la noble concurrencia entre los pueblos;
contradiría los intereses y lo sentimientos de todas las naciones que se
sienten llamadas a realizar su independencia y a lograr un alto grado de riqueza
y de prestigio político; no sería otra cosa sino una repetición de algo que ya
ocurrió una vez, en la época de los romanos; de un intento que hoy contaría con
el apoyo de las manufacturas y del comercio, en lugar de utilizar como entonces
el frío acero, no obstante lo cual, el resultado sería el mismo: la barbarie.
La civilización, la
formación política y el poderío de las naciones hállanse
principalmente condicionadas por su situación económica, y a la inversa.
Cuanto más desarrollada y perfecta es una economía, tanto más civilizada y
robusta es la nación; cuanto más crece su civilización y poderío, tanto más
elevado puede ser el nivel de su cultura económica.
El desarrollo
económico nacional puede señalarse las siguientes etapas principales de la
evolución: estado salvaje, estado pastoril, estado agrícola-manufacture ro, estado agrícola-manufacture ro-comercial.
Es evidente que cuando
una nación cuenta con variadas riquezas naturales y, disponiendo de una gran
población, reúne la agricultura, las manufacturas, la navegación, el comercio
interior y exterior, dicha nación se halla políticamente más formada y poderosa
que un simple país agrícola.
Ahora bien, las
manufacturas son la base del comercio interior y exterior de la navegación y de
la agricultura perfeccionada, y, en consecuencia, de la civilización y del
dominio político; una nación que lograra monopolizar el total de la energía
manufacturera del globo terráqueo y oprimir de tal modo a las demás
naciones en su desarrollo económico que en ellas sólo pudieran producirse
artículos agrícolas y materias primas, e instaurarse las industrias locales más
indispensable, necesariamente lograría el dominio universal.
Cualquier nación que
conceda algún valor a la autonomía y a la supervivencia, debe esforzarse por
superar cuanto antes pueda el estado cultural inferior, escalando otra más
elevado, asociando tan pronto como le sea posible la agricultura, las
manufacturas, la navegación y el comercio, dentro de su territorio.
La transición de las
naciones desde el estado salvaje al pastoril, y de éste al agrícola,
y los primeros progresos en la agricultura se logran del mejor modo mediante el
libre comercio con naciones civilizadas, es decir, con naciones manufactureras
y mercantiles.
La transición de los
pueblos agrícolas a la etapa de las naciones agrícolas, manufactureras
y comerciales, sólo podría tener lugar en régimen de tráfico libre en el
caso de que todas las naciones llamadas a desplegar una actividad manufacturera
registraran al mismo tiempo el mismo proceso de formación; si las naciones no
se pusieran unas a otras obstáculos en su desarrollo económico; si la guerra y
los sistemas aduaneros no perturbaran su progreso.
Pero como las
distintas naciones, favorecidas por circunstancias especiales, logran ventajas
en sus manufacturas, en el comercio y en la navegación con respecto a otras;
como dichas naciones advirtieron desde muy pronto esta excelencia era el medio
más eficaz para conseguir y asegurar su predominio político sobre otras
naciones, se han puesto en juego instituciones que fueron y son adecuadas para
lograr un monopolio manufacturero y mercantil, deteniendo en su progreso
a otras naciones menos adelantadas. El conjunto de estas instituciones
(prohibiciones de importación, aranceles de importación, limitaciones a la
navegación, primas a la exportación, etc.), es lo que se denomina sistema
aduanero.
Obligadas por los progresos
anteriores de otras naciones, por los sistemas aduaneros de otros
pueblos y por la guerra, algunas naciones menos adelantadas se han visto
obligadas a buscar los medios para llevar a cabo la transición, del estado
agrícola al manufacturero, limitando mediante un sistema aduanero propio el
comercio con otras naciones más adelantada y animadas por un afán de monopolio
manufacturero que aquéllas consideran perjudiciales.
El sistema aduanero no
es, como se pretende, un arbitrio mental, sino una natural consecuencia de
la aspiración de las naciones a encontrar garantías de permanencia y
prosperidad, o a lograr un dominio eminente.
Este empeño es, sin
embargo, algo legítimo y racional si la nación que a él recurre se ve
estimulada y no obstaculizada en su desarrollo económico, y si tal tendencia no
es hostil a la finalidad más alta de la humanidad, la confederación, universal
del futuro.
Del mismo modo de la
sociedad humana puede considerarse desde un doble punto de vista, a saber:
desde el cosmopolita, que abarca la humanidad entera, y desde el político,
que tiene en cuenta los intereses especiales y la situación de la nación, así
también la economía, tanto la de los particulares como la de la sociedad, puede
considerarse desde dos distintos puntos de vista; teniendo en cuenta las
energías personales, sociales y materiales, que dan lugar a la creación
de riquezas, o considerando el valor en cambio de los bienes materiales.
Existe, pues, una Economía
cosmopolita y otra política, una teoría de los valores en cambio y
una teoría de las fuerzas productivas, doctrinas que, siendo
esencialmente distintas una de otra, deben ser desarrolladas con autonomía.
Las fuerzas productivas
de los pueblos no sólo están condicionadas por la laboriosidad, el afán de
ahorro, la moralidad, y la inteligencia de los individuos, o por la posesión de
recursos naturales o capitales concretos, sino también por las instituciones y
leyes sociales, políticas y civiles, y especialmente por las garantías de
permanencia, autonomía y poder de su nacionalidad. Aunque los individuos sean
laboriosos, económicos, aptos para el invento y la empresa, morales e
inteligentes, cuando no existan la unidad nacional y la división nacional
del trabajo y la cooperación nacional de las energías productivas, la
nación nunca alcanzará un alto grado de bienestar y potencia, o bien no podrá
asegurar la posesión duradera de sus bienes espirituales, sociales y
materiales.
El principio de la
división del trabajo ha sido hasta ahora concebido de modo incompleto. La
productividad no radica solamente en la división de diversas operaciones
económicas entre varios individuos, sino más bien en la agrupación
intelectual y corporal de ellas para el logro de una finalidad común.
Este principio no es
sólo aplicable a la fábrica aislada o a la agricultura, sino también a las
energías agrícolas, manufactureras y comerciales de una nación.
Existe división del trabajo
y cooperación de las energías productivas conforme a un módulo nacional cuando
la producción intelectual se halla en la nación en una proporción adecuada con
respecto a la producción material, cuando la agricultura, la industria y el
comercio nacionales se hallan regular y armónicamente desarrollados.
En el caso de una nación
puramente agrícola, aunque trafique libremente con naciones manufactureras
y comerciales, una gran parte de las fuerzas productivas y de las fuentes
auxiliares de carácter natural tienen que permanecer ociosas y sin utilización.
Su desarrollo intelectual y político, sus fuerzas defensivas, son limitadas. No
puede poseer una flota importante ni un comercio ampliamente desarrollado. Todo
ese bienestar que deriva del comercio internacional, puede ser interrumpido,
perturbado y destruido por completo, a consecuencia de las normas extranjeras y
de las guerras.
La energía
manufacturera, en cambio, fomenta la ciencia, el arte y el perfeccionamiento
político, aumenta el bienestar nacional, la población, los ingresos públicos y
la potencialidad de la nación; le procura los medios para organizar conexiones
mercantiles con todas las partes de la tierra, y para fundar colonias; estimula
las pesquerías, así como la flota y la marina de guerra. Solamente ella puede
elevar la agricultura nacional hasta un alto grado de desarrollo.
La energía agrícola y
la manufacturera, reunidas en una misma nación, bajo el mismo poder político, viven en eterna
paz, no pueden ser perturbadas por las guerras y las leyes extranjeras en
materia mercantil, y así garantizan, como consecuencia, a la nación, el
progreso incesante en su bienestar, civilización y poderío.
La energía agrícola y
la manufacturera están condicionadas por la naturaleza, pero esa condicionalidad es muy distinta.
Los países de la
zona templada están singularmente dotados para el desarrollo de la energía
manufacturera, por razón de sus recursos naturales; en efecto, el clima
templado es la zona de máxima tensión corporal e intelectual.
Los países de las
zonas cálidas están, en cambio, muy poco favorecidos en orden a las
manufacturas, pero poseen a su vez un monopolio natural respecto a ciertos
productos agrícolas valiosos y estimados en los países de la zona templada y
los productos de la zona cálida (artículos coloniales) deriva principalmente la
división cosmopolita del trabajo y la cooperación de energías, es decir,
el gran comercio internacional.
Sería un comienzo
perjudicial para un país de la zona cálida el intento de crear manufacturas
propias. No habiendo sido llamado a ello por la Naturaleza, hará mayores
progresos en su riqueza material y en su cultura si se limita a cambiar los
productos industriales de la zona templada por los productos agrícolas de sus
propias comarcas.
Ciertamente, los países
de la zona cálida quedan por tal causa en situación de dependencia con respecto
a los de la zona templada. Ahora bien, esta dependencia resulta inocua o más
bien eliminada cuando en la zona templada existen varias naciones con un
desarrollo semejante de sus manufacturas, comercio, navegación y potencialidad
política, y cuando, además, tanto el interés como la potencialidad de las
naciones manufactureras exigen que ninguna de ellas abuse de su dominio frente
a las naciones más débiles de la zona cálida. Este predominio sólo resultaría
peligroso o nocivo si toda la energía manufacturera, todo el gran comercio, la
flota mercante y el poderío naval, estuvieran monopolizados por una sola
nación.
En cambio, aquellas
naciones que poseen, en la zona templada, un territorio extenso, abundantemente
provisto con recursos naturales, dejarían inaprovechada una de las más ricas
fuentes de bienestar, civilización y poderío, si no procurasen realizar la
división del trabajo y la confederación de las energías productivas conforme a
un módulo nacional, ya que poseen los medios, económicos y sociales
esenciales para ello.
Entre los recursos económicos
comprendemos una agricultura convenientemente adelantada, que no puede recibir
ya estímulo alguno mediante la exportación de productos. Entre los recursos intelectuales
comprendemos una avanzada cultura de los individuos. Entre los recursos sociales
agrupamos las instituciones y las leyes, que procuran al ciudadano la garantía
de su persona y de su propiedad, y el libre uso de sus energías físicas e
intelectuales, así como la ausencia de instituciones que perturban la
industria, la libertad, la inteligencia y la moralidad; por ejemplo, el
feudalismo, etc.
Una nación de tal
naturaleza necesita hallarse en primer término abastecida en su mercado propio
con productos de su propia industria; luego, que se encuentre en una relación inmediata,
y cada vez más estrecha, con los países de la zona tórrida, enviándoles en
naves propias sus artículos industriales, y recibiendo de ellos, en cambio, los
productos de su zona.
En comparación con
este tráfico entre los países manufactureros de la zona templada y los
agrícolas de la zona cálida, posee una significación subalterna el comercio
internacional restante con excepción de pocos artículos; por ejemplo, los
vinos.
La producción de
materias primas y artículos alimenticios es muy importante en las grandes
naciones de la zona templada sólo en orden al comercio interior. Una nación
rudimentaria o pobre, en el principio de la civilización, puede elevar
considerablemente su agricultura mediante la exportación de cereales, vino,
cáñamo, lino, lana, etc., pero con ello no habrá conseguido elevarse a la
categoría de una gran nación en riqueza, civilización y poderío.
Cabe formular la regla
de que una nación es tanto más rica y poderosa cuanto mayor es su exportación
de productos manufactureros, cuanto más materias primas importa y cuanto más
productos consume de la zona cálida.
Los productos de la
zona cálida sirven a los países industriales de la zona templada no sólo como
artículos alimenticios y materias primas para la producción, sino
principalmente como estímulo para la producción agrícola e industrial. Una
nación que consuma mayores cantidades de productos de la zona cálida, producirá
y consumirá también, relativamente, mayores cantidades de productos de la
propia industria y de la agricultura.
En la evolución
económica de las naciones debida al comercio internacional, pueden señalarse
cuatro períodos distintos: en el primero, la agricultura nacional se
eleva mediante la importación de artículos industriales extranjeros y la
exportación de productos agrícolas del país; en el segundo, las
manufacturas nacionales se desarrollan conjuntamente con la importación de
artículos industriales del exterior; en el tercero, las manufacturas
nacionales abastecen en su mayor parte el mercado propio; en el cuarto,
se exportan grandes cantidades de artículos industriales de la propia nación,
importándose, en cambio materias primas y productos agrícolas de otros países.
El sistema aduanero, como medio de
fomentar la evolución económica nacional, gracias a la regulación del comercio
exterior, debe siempre tomar como guía el principio de la educación
industrial de la nación.
Querer exaltar la
agricultura nacional mediante aranceles protectores, constituye una
política inicial equivocada, porque la agricultura nacional sólo puede ser
exaltada mediante las industrias del país, y porque excluyéndose las
materias primas y los productos agrícolas exteriores, se mantienen a un bajo
nivel las manufacturas propias del país.
La educación
económica-nacional de las naciones que se hallan en un bajo nivel de
inteligencia y cultura, o que son demográficamente pobres en relación con la
extensión y productividad de su territorio, se fomenta de un modo más adecuado
mediante el libre comercio con naciones muy cultas, ricas y laboriosas. Toda
limitación del comercio de semejantes naciones con el propósito de implantar en
ellas una energía industrial, resulta prematura y produce perniciosos efectos,
no sólo sobre el bienestar de la humanidad entera, sino también sobre el
progreso de la nación misma. Semejantes medidas protectoras sólo pueden
justificarse cuando a consecuencia del comercio libre la educación intelectual,
política y económica de la nación ha prosperado tanto, que su ulterior progreso
resulta detenido y obstaculizado por la importación de productos industriales
exteriores y por falta de una adecuada venta para sus propios productos.
Cuando una nación no
posee territorios de extensión considerable, ni dispone de recursos naturales,
variados, ni está en posesión de las desembocaduras de sus ríos, o es
desfavorable la configuración de sus fronteras, el sistema proteccionista no
puede aplicarse en absoluto o, por lo menos, no puede serlo con pleno éxito.
Semejante nación debe intentar, en primer término, superar esos defectos
mediante conquistas o pactos con otras naciones.
La energía
industrial comprende tantas ramas de la ciencia y del saber, presupone
tantas experiencias, prácticas y costumbres, que la formación industrial de la
nación sólo puede operarse paulatinamente a base de ellas. Toda protección
exagerada o prematura se condena a sí misma, puesto que determina la
disminución del bienestar propio de la nación.
Lo más pernicioso y
reprobable es el aislamiento repentino y absoluto de la nación, mediante
prohibiciones. Estas son justificadas cuando, separada la nación de otra a
causa de una prolongada guerra, se halla en un estado de prohibición
involuntaria de los productos manufactureros de otras naciones, y en la
absoluta necesidad de bastarse a sí misma.
En este caso, debe
llevarse a cabo una paulatina transición del sistema prohibitivo al sistema
proteccionista, aplicando aranceles largamente meditados y paulatinamente
decrecientes. En cambio, una nación que quiere pasar del estado de no
protección al de protección, debe partir de aranceles bajo, aumentándolos poco
a poco, según una escala gradual.
Los aranceles de este
modo establecidos tienen que ser observados de modo inquebrantable por
los poderes públicos. Nunca deberán ser rebajados prematuramente; acaso
se procederá a elevarlos cuando resulten insuficientes.
Cuando los aranceles a
la importación, con los cuales trata de eliminarse la competencia extranjera, son
demasiado altos, perjudican a la nación que los establece, ya que
desaparece el afán de competencia de los industriales nacionales con los del
exterior, y se fomenta la indolencia.
Cuando las industrias
nacionales no prosperan, aun existiendo aranceles razonables y paulatinamente
crecientes, ello es una prueba de que la nación no posee todavía los recursos
necesarios para afianzar sus propias energías industriales.
Una vez establecido
para determinar ramo industrial un arancel protector, nunca debe
reducirse en tal forma que esta industria quede en peligro de muerte a causa de
la competencia extranjera. La norma inquebrantable debe ser la conservación
de lo existente, la protección de las raíces y del tronco de la industria
nacional.
Por consiguiente, la competencia
extranjera sólo puede ser admitida a participar en el incremento anual
del consumo. Los aranceles habrán de elevarse en cuanto la competencia
extranjera obtenga la mayor parte o la totalidad de ese incremento anual.
Una nación como la
inglesa, cuya energía industrial ha logrado un amplio avance respecto a todas
las demás naciones, mantiene y amplía sagazmente su supremacía industrial y
mercantil, mediante un tráfico comercial lo más libre posible. En tal caso,
el principio cosmopolita y el político son una misma cosa.
Ello explica la
preferencia de ciertos economistas ingleses muy esclarecidos por la absoluta
libertad mercantil, y la aversión que sienten perspicaces economistas de otros
países a aplicar ese principio en sus países respectivos, dadas las circunstancias
que en ellos prevalecen.
Desde hace un cuarto
de siglo el sistema prohibitivo y proteccionista inglés actúa contra Inglaterra
y en beneficio de las naciones que con ella compiten.
Producen contra
Inglaterra el efecto más perjudicial sus propias limitaciones a la importación
de materias primas y artículos alimenticios del exterior.
Las uniones
mercantiles y los tratados de comercio constituyen el medio más eficaz para
facilitar el tráfico entre distintas naciones.
Los tratados de
comercio sólo son legítimos y útiles cuando procuran recíprocas ventajas.
Son tratados mercantiles ilegítimos y nocivos aquellos en que la energía
industrial incipientemente desarrollada de una nación se sacrifica a otra,
para lograr concesiones relativas a la exportación de productos agrícolas; por
ejemplo, los tratados al estilo del de Methuen,
verdaderos tratados leoninos.
Uno de éstos fue el
que se estipuló entre Alemania y Francia en el año de 1766. Todos los
ofrecimientos que desde entonces se han hecho por Inglaterra y Francia y a
otras naciones son de la misma naturaleza.
Aunque el arancel
protector encarece por algún tiempo los artículos industriales del país,
garantiza en el futuro precios más baratos, a causa de la competencia
extranjera; en efecto, una industria que haya llegado a alcanzar su total
desarrollo, puede abaratar tanto más lo precios de sus artículos cuanto que la
exportación de materias primas y artículos alimenticios y la importación de
artículos fabricados tienen que reportar costo de transporte y beneficios
mercantiles.
La pérdida que para la
nación resulta como consecuencia del arancel protector, consiste sólo en valores;
en cambio, gana energías, mediante las cuales queda situada para siempre
en disposición de producir incalculables sumas de valores. El gasto de valores
debe considerarse solamente como el precio de la educación industrial de la
nación.
La protección
arancelaria sobre los artículos industriales no graba a los agricultores de la
nación protegida. La exaltación de la energía industrial en el país incrementa
la riqueza, la población y, como consecuencia, la demanda de productos
agrícolas, así como la renta y el valor en cambio de la propiedad rústica,
mientras que con el tiempo disminuyen de precio los artículos industriales
requeridos por los agricultores. Estos beneficios superan diez veces las
pérdidas que sufren los agricultores a consecuencia de una transitoria
elevación de los artículos industriales.
También se beneficia
el comercio exterior y el interior a consecuencia del sistema protector, ya que
sólo adquiere importancia el comercio interior y exterior en las naciones que
abastecen por sí mismas su mercado interior con productos industriales; que
consumen sus propios productos agrícolas, y cambian materias primas y artículos
alimenticios del exterior por sus excedentes de artículos industriales. En las
naciones meramente agrícolas de la zona templada son insignificantes ambas
manifestaciones mercantiles, y el comercio exterior de tales naciones se
encuentra, por regla general, en manos de las naciones industriales y
mercantiles que trafican con ellas.
Un adecuado sistema
protector no otorga a los industriales del país monopolio alguno, sino
sólo una garantía contra la pérdida de aquellos individuos que dedican sus
capitales, talentos y energías a industrias aún desconocidas.
No otorga ningún
monopolio porque aparece la competencia nacional en lugar de la
extranjera, y porque cualquier miembro de la nación tiene derecho a participar
en las primas ofrecidas por la nación a los individuos.
Sólo otorga un
monopolio a los ciudadanos de la propia nación contra los súbditos de
naciones extranjeras, que a su vez poseen para sí un monopolio análogo.
Ahora bien, este
monopolio es provechoso, no sólo porque despierta las energías productivas aletargadas
e inactivas, sino también porque atrae al país energías productivas exóticas
(capitales materiales e intelectuales, empresarios, técnicos y obreros).
Frente a esto, en
cualquier nación de vieja cultura cuyas fuerzas no pueden ser estimuladas de modo
notorio por la exportación de materias primas y artículos agrícolas y por la
importación de manufacturas extranjeras, el estancamiento de la energía
industrial trae consigo grandes y variados perjuicios.
La agricultura
de cualquier país semejante necesariamente tiene que anquilosarse,
porque el crecimiento de población que halla medios de subsistencia cuando
florece una gran industria propia, y origina una enorme demanda de productos
agrícolas, hace más rentable, en conjunto, la agricultura, pero en masa de
población se arroja sobre las tierras disponibles y provoca una fragmentación
y parcelación de los fundos agrícolas, que
resulta sumamente perniciosa para la potencialidad, la civilización y la
riqueza nacional.
Un pueblo agrícola,
que en su mayoría consiste en un conjunto de pequeños agricultores, no pude
arrojar grandes cantidades de productos en el torrente del comercio interior,
ni suscitar una importante demanda de productos industriales. En un país así
cada individuo se halla sustancialmente limitado a su producción y a su consumo
propios. En tales circunstancias nunca puede formarse en la nación un sistema
perfecto de transportes, ni beneficiarse con las incomparables ventajas
inherentes a la posesión del mismo.
La consecuencia
necesaria de ello es la debilidad de la nación, lo mismo en el orden
intelectual que en el material, en el individual como en el político. Estos
efectos resultan tanto más peligrosas cuando las nacionalidades vecinas
emprenden el camino inverso, y avanza en todos los aspectos, mientras nosotros
retrocedemos; cuando en ellas la esperanza de un porvenir mejor eleva el ánimo,
la energía y el espíritu emprendedor de los ciudadanos, mientras que entre
nosotros todo estímulo queda asfixiado por la perspectiva de un porvenir nada prometedor.
La historia ofrece
ejemplos de naciones que han sucumbido porque no supieron resolver a tiempo la
gran misión de asegurar su independencia intelectual, económica y política,
estableciendo manufacturas propias y un vigorosa estamento industrial mercantil.