Las venas abiertas de América
Latina
Prólogo al libro encontrado:
La verdad es como la hoja de una espada sin
empuñadura, corta por todos lados a quien quiera sostenerla, y más a quien
quiera forcejear con ella.
Este libro, escrito en los años 70, fue objeto de
persecuciones por la censura, y muchas veces justificó la desaparición de gente
y se fue convirtiendo, a fuerza de ser nombrado, en un inalcanzable objeto del
deseo de quienes por mil causas no pudimos llegar hasta su contenido.
Muchas cosas han ocurrido desde que fue escrito y
ahora, después de treinta años, todas ellas continúan vigentes y resultan
claras frente a lo expresado en él. También han ocurrido otras cosas que no
estaban previstas, ya que el autor no es un profeta del futuro, sino un
objetivo cronista de su época. Es sólo comparar lo que él relata, y que no se
podía manifestar en esa época, con lo que pasa actualmente, y que tampoco
podemos manifestar, y comenzaremos a vislumbrar dónde se halla la verdad.
De acuerdo con el autor, y la certeza de lo que
aconteció, y de su visión de cómo se manipulan las leyes y las intervenciones
del Imperio en los demás países, es fácil inferir que la actualmente llamada
ley antiterrorismo de los yanquis, que les facilita o justifica cualquier
intervención en cualquier país, es solamente una excusa más, que será utilizada
en contra de cualquier manifestación cultural, por inocente que sea, si no se
encuadra con sus intereses y criterios, de forma que si no comienza ya a crecer
un movimiento underground de resistencia, el futuro del hombre sólo podrá ser
comparable a las hormigas. El Imperio decidirá si tanta población en tal país
es adecuada, y en respuesta a sus intereses, desatará indiferente, una epidemia
de algo, que sólo respetará lo que el Imperio decida, y como tiene capacidad
para designar genéticamente que es lo que quiere o le conviene conservar, y
hacer la selección de acuerdo con sus propios padrones, nos encontraremos que
el sueño de la raza superior de los Nazis se está volviendo una deprimente
realidad con quienes los vencieron.
Independientemente del hecho que copiar este libro
signifique un robo, un acto de piratería o una actitud quijotesca, estimo que
el propósito del autor fue que se conocieran los hechos de alguna forma; y ¿qué
mayor daño hacia su obra, que la destrucción sistemática de la expresión de su
pensamiento efectuada por la represión?
Al copiarlo en forma clandestina, y darlo a
conocer, no hago más que oponerme a quienes no quisieron que yo también tuviese
el derecho de conocer lo que ellos conocieron antes. Y la oposición a lo que no
quiero es mi derecho, por eso brindo esta copia clandestina a los
hispano-parlantes de América. El recopilador Eduardo N
LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA
LATINA LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA
EDUARDO GALEANO
Este libro no hubiera sido posible sin la
colaboración que prestaron, de una u otra manera, Sergio Bagú, Luis Carlos
Benvenuto, Fernando Carmona, Adicea Castillo, Alberto Couriel, André Gunder
Frank, Rogelio García Lupo, Miguel Labarca, Carlos Lessa, Samuel Lichtensztejn,
Juan A. Oddone, Adolfo Perelman, Artur Poerner, Germán Rama, Darcy Ribeiro,
Orlando Rojas, Julio Rossiello, Paulo Schilling, Karl-Heinz Stanzick, Vivian
Trías y Daniel Vidart.
A ellos, y a los muchos amigos que me alentaron en
la tarea de estos últimos años, dedico el resultado, del que son, claro está,
inocentes.
Montevideo,
fines de 1970
Eduardo
Í N D I C E
Introducción: Ciento veinte millones de niños en el
centro de la tormenta
PRIMERA PARTE: LA POBREZA DEL HOMBRE COMO RESULTADO
DE LA RIQUEZA DE LA TIERRA
Fiebre del oro, fiebre de la plata
El signo de la cruz en las empuñaduras de las
espadas
Retornaban los dioses con las armas secretas
«Como unos puercos hambrientos ansían el oro»
Esplendores del Potosí: el ciclo de la plata
España tenía la vaca, pero otros tomaban la leche
La distribución de funciones entre el caballo y el
jinete
Ruinas de Potosí: el ciclo de la plata
El derramamiento de la sangre y de las lágrimas: y
sin embargo, el Papa había resuelto que los indios tenían alma
La nostalgia peleadora de Tupac Amaru
La Semana Santa de los indios termina sin
Resurrección
Villa rica de Ouro Preto: la Potosí de oro
Contribución del oro de Brasil al progreso de
Inglaterra
El rey azúcar y otros monarcas agrícolas
Las plantaciones, los latifundios y el destino
El asesinato de la tierra en el nordeste de Brasil
A paso de carga en las islas del Caribe
Castillos de azúcar sobre los suelos quemados de
Cuba
La revolución ante la estructura de la impotencia
El azúcar era el cuchillo y el imperio el asesino
Gracias al sacrificio de los esclavos en el Caribe,
nacieron la máquina de James Watt y los cañones de Washington
El arco iris es la ruta del retorno a Guinea
La venta de campesinos
El ciclo del caucho: Caruso inaugura un teatro
monumental en medio de la selva
Los plantadores de cacao encendían sus cigarros con
billetes de quinientos mil reis
Brazos baratos para el algodón
Brazos baratos para el café
La cotización del café arroja al fuego las cosechas
y marca el ritmo de los casamientos
Diez años que desangraron a Colombia
La varita mágica del mercado mundial despierta a
Centroamérica
Los filibusteros al abordaje
La crisis de los años treinta: «es un crimen más
grande matar a una hormiga que a un hombre»
¿Quién desató la violencia en Guatemala?
La primera reforma agraria de América Latina: un
siglo y medio de derrotas para José Artigas
Artemio Cruz y la segunda muerte de Emiliano Zapata
El latifundio multiplica las bocas, pero no los
panes
Las trece colonias del norte y la importancia de no
nacer importante
Las fuentes subterráneas del poder
La economía norteamericana necesita los minerales
de América Latina como los pulmones necesitan el aire
El subsuelo también produce golpes de estado,
revoluciones, historias de espías y aventuras en la selva amazónica
Un químico alemán derrotó a los vencedores de la
guerra del Pacífico
Dientes de cobre sobre Chile
Los mineros del estaño, por debajo y por encima de
la tierra
Dientes de hierro sobre Brasil
E1 petróleo, las maldiciones y las hazañas
El lago de Maracaibo en el buche de los grandes
buitres de metal
SEGUNDA PARTE: EL DESARROLLO ES UN VIAJE CON MÁS NÁUFRAGOS
QUE NAVEGANTES
Historia de la muerte temprana
Los barcos británicos de guerra saludaban la
independencia desde el río
Las dimensiones del infanticidio industrial
Proteccionismo y librecambio en América Latina: el
breve vuelo de Lucas Alamán
Las lanzas montoneras y el odio que sobrevivió a
Juan Manuel de Rosas
La Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay
aniquiló la única experiencia exitosa de desarrollo independiente
Los empréstitos y los ferrocarriles en la
deformación económica de América Latina
Proteccionismo y librecambio en Estados Unidos: el
éxito no fue la obra de una mano invisible
La estructura contemporánea del despojo
Un talismán vacía de poderes
Son los centinelas quienes abren las puertas: la
esterilidad culpable de la burguesía nacional
¿Qué bandera flamea sobre las máquinas?
El bombardeo del Fondo Monetario Internacional
facilita el desembarco de los conquistadores
Los Estados Unidos cuidan su ahorro interno, pero
disponen del ajeno: la invasión de los bancos
Un imperio que importa capitales
Los tecnócratas exigen la bolsa o la vida con más
eficacia que los «marines»
La industrialización no altera la organización de
la desigualdad en el mercado mundial
La diosa tecnología no habla español
La marginación de los hombres y las regiones
La integración de América Latina bajo la bandera de
las barras y las estrellas
«Nunca seremos dichosos, ¡nunca! », había
profetizado Simón Bolívar
Siete años después
“...Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez...”
(Proclama insurreccional de la
Junta Tuitiva en la ciudad de La Paz,
16 de julio de 1809)
INTRODUCCIÓN:
CIENTO
VEINTE MILLONES DE NIÑOS EN EL CENTRO DE LA TORMENTA
La división internacional del trabajo consiste en que
unos países se especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del
mundo, que hoy llamamos América Latina, fue precoz: se especializó en perder
desde los remotos tiempos en que los europeos del Renacimiento se abalanzaron a
través del mar y le hundieron los dientes en la garganta. Pasaron los siglos y
América Latina perfeccionó sus funciones Este ya no es el reino de las
maravillas donde la realidad derrotaba a la fábula y la imaginación era
humillada por los trofeos de la conquista, los yacimientos de oro y las
montañas de plata. Pero la región sigue trabajando de sirvienta. Continúa
existiendo al servicio de las necesidades ajenas, como fuente y reserva del
petróleo y el hierro, el cobre y la carne, las frutas y el café, las materias
primas y los alimentos con destino a los países ricos que ganan consumiéndolos,
mucho más de lo que América Latina gana produciéndolos. Son mucho más altos los
impuestos que cobran los compradores que los precios que reciben los
vendedores; y al fin y al cabo, como declaró en julio de 1968 Covey T. Oliver,
coordinador de la Alianza para el Progreso, «hablar de precios justos en la actualidad es un concepto medieval.
Estamos en plena época de la libre comercialización...»
Cuanta más libertad se otorga a los negocios, más
cárceles se hace necesario construir para quienes padecen los negocios.
Nuestros sistemas de inquisidores y verdugos no sólo funcionan para el mercado
externo dominante; proporcionan también caudalosos manantiales de ganancias que
fluyen de los empréstitos y las inversiones extranjeras en los mercados
internos dominados. «Se ha oído hablar de
concesiones hechas por América Latina al capital extranjero, pero no de
concesiones hechas por los Estados Unidos al capital de otros países... “Es que
nosotros no damos concesiones”, advertía, allá por 1913, el presidente
norteamericano Woodrow
Wilson. Él estaba seguro: «Un país --decía- es poseído y dominado por el capital que en él se haya
invertido».
Y tenía razón. Por el camino hasta perdimos el
derecho de llamarnos americanos, aunque los haitianos y los cubanos ya habían
asomado a la historia, como pueblos nuevos, un siglo antes de que los
peregrinos del Mayflower se establecieran en las costas de Plymouth. Ahora
América es, para el mundo, nada más que los Estados Unidos: nosotros habitamos,
a lo sumo, una sub-América, una América de segunda clase, de nebulosa
identificación. Es, América Latina, la región de las venas abiertas. Desde el
descubrimiento hasta nuestros días todo se ha trasmutado siempre en capital
europeo o, más tarde, norteamericano, y como tal se ha acumulado y se acumula
en los lejanos centros de poder. Todo: la tierra, sus frutos y sus
profundidades ricas en minerales, los hombres y su capacidad de trabajo y de
consumo, los recursos naturales y los recursos humanos.
El modo de producción y la estructura de clases de
cada lugar han sido sucesivamente determinados desde fuera, por su
incorporación al engranaje universal del capitalismo. A cada cual se le ha
asignado una función, siempre en beneficio del desarrollo de la metrópoli
extranjera de turno, y se ha hecho infinita la cadena de las dependencias
sucesivas, que tiene mucho más de dos eslabones, y que por cierto también
comprende, dentro de América Latina, la opresión de los países pequeños por sus
vecinos mayores y, fronteras adentro de cada país, la explotación que las
grandes ciudades y los puertos ejercen sobre sus fuentes internas de víveres y
mano de obra (Hace cuatro siglos, ya habían nacido dieciséis de las veinte
ciudades latinoamericanas más pobladas de la actualidad.)
Para quienes conciben la historia como una
competencia, el atraso y la miseria de América Latina no son otra cosa que el
resultado de su fracaso. Perdimos; otros ganaron. Pero ocurre que quienes
ganaron, ganaron gracias a que nosotros perdimos: la historia del subdesarrollo
de América Latina integra, como se ha dicho, la historia del desarrollo del
capitalismo mundial. Nuestra derrota estuvo siempre implícita en la victoria
ajena; nuestra riqueza ha generado siempre nuestra pobreza para alimentar la
prosperidad de otros: los imperios y sus caporales nativos. En la alquimia
colonial y neo-colonial, el oro se transfigura en chatarra, y los alimentos se
convierten en veneno. Potosí, Zacatecas y Ouro Preto cayeron en picada desde la
cumbre de los esplendores de los metales preciosos al profundo agujero de los
socavones vacíos, y la ruina fue el destino de la pampa chilena del salitre y
de la selva amazónica del caucho; el nordeste azucarero de Brasil, los bosques
argentinos del quebracho o ciertos pueblos petroleros del lago de Maracaibo
tienen dolorosas razones para creer en la mortalidad de las fortunas que la
naturaleza otorga y el imperialismo usurpa. La lluvia que irriga a los centros
del poder imperialista ahoga los vastos suburbios del sistema. Del mismo modo,
y simétricamente, el bienestar de nuestras clases dominantes -dominantes hacia
dentro, dominadas desde fuera- es la maldición de nuestras multitudes
condenadas a una vida de bestias de carga.
La brecha se extiende. Hacía mediados del siglo
anterior, el nivel de vida de los países ricos del mundo excedía en un
cincuenta por ciento el nivel de los países pobres. El desarrollo desarrolla la
desigualdad: Richard Nixon anunció, en abril de 1969, en su discurso ante la
OEA, que a fines del siglo veinte el ingreso per capita en Estados Unidos será
quince veces más alto que el ingreso en América Latina. La fuerza del conjunto
del sistema imperialista descansa en la necesaria desigualdad de las partes que
lo forman, y esa desigualdad asume magnitudes cada vez más dramáticas. Los
países opresores se hacen cada vez más ricos en términos absolutos, pero mucho
más en términos relativos, por el dinamismo de la disparidad creciente. El
capitalismo central puede darse el lujo de crear y creer sus propios mitos de
opulencia, pero los mitos no se comen, y bien lo saben los países pobres que
constituyen el vasto capitalismo periférico. El ingreso promedio de un
ciudadano norteamericano es siete veces mayor que el de un latinoamericano y
aumenta a un ritmo diez veces más intenso. Y los promedios engañan, por los
insondables abismos que se abren, al sur del río Bravo, entre los muchos pobres
y los pocos ricos de la región. En la cúspide, en efecto, seis millones de
latinoamericanos acaparan, según las Naciones Unidas, el mismo ingreso que
ciento cuarenta millones de personas ubicadas en la base de la pirámide social.
Hay sesenta millones de campesinos cuya fortuna asciende a veinticinco centavos
de dólar por día; en el otro extremo los proxenetas de la desdicha se dan el
lujo de acumular cinco mil millones de dólares en sus cuentas privadas de Suiza
o Estados Unidos, y derrochan en la ostentación y el lujo estéril -ofensa y
desafío- y en las inversiones improductivas, que constituyen nada menos que la
mitad de la inversión total, los capitales que América Latina podría destinar a
la reposición, ampliación y creación de fuentes de producción y de trabajo.
Incorporadas desde siempre a la constelación del
poder imperialista, nuestras clases dominantes no tienen el menor interés en
averiguar si el patriotismo podría resultar más rentable que la traición o si
la mendicidad es la única forma posible de la política internacional. Se
hipoteca la soberanía porque «no hay otro camino»; las coartadas de la
oligarquía confunden interesadamente la impotencia de una clase social con el
presunto vatio de destino de cada nación.
Josué de Castro declara: «Yo, que he recibido un premio internacional de la paz, pienso que,
infelizmente, no hay otra solución que la violencia para América Latina».
Ciento veinte millones de niños se agitan en el
centro de esta tormenta. La población de América Latina crece como ninguna
otra; en medio siglo se triplicó con creces. Cada minuto muere un niño de
enfermedad o de hambre, pero en el año 2000 habrá seiscientos cincuenta
millones de latinoamericanos, y la mitad tendrá menos de quince años de edad:
una bomba de tiempo. Entre los doscientos ochenta millones de latinoamericanos
hay, a fines de 1970, cincuenta millones de desocupados o sub-ocupados y cerca
de cien millones de analfabetos; la mitad de los latinoamericanos vive apiñada
en viviendas insalubres. Los tres mayores mercados de América Latina
-Argentina, Brasil y México- no alcanzan a igualar, sumados, la capacidad de
consumo de Francia o de Alemania occidental, aunque la población reunida de
nuestros tres grandes excede largamente a la de cualquier país europeo.
América Latina produce hoy día, en relación con la
población, menos alimentos que antes de la última guerra mundial, y sus
exportaciones per capita han disminuido tres veces, a precios constantes, desde
la víspera de la crisis de 1929. El sistema es muy racional desde el punto de
vista de sus dueños extranjeros y de nuestra burguesía de comisionistas, que ha
vendido el alma al Diablo a un precio que hubiera avergonzado a Fausto. Pero el
sistema es tan irracional para todos los demás que cuanto más se desarrolla más
agudiza sus desequilibrios y sus tensiones, sus contradicciones ardientes.
Hasta la industrialización, dependiente y tardía, que cómodamente coexiste con
el latifundio y las estructuras de la desigualdad, contribuye a sembrar la
desocupación en vez de ayudar a resolverla; se extiende la pobreza y se
concentra la riqueza en esta región que cuenta con inmensas legiones de brazos
caídos que se multiplican sin descanso.
Nuevas fábricas se instalan en los polos
privilegiados de desarrollo -São Paulo, Buenos Aires, la ciudad de México- pero
menos mano de obra se necesita cada vez. El sistema no ha previsto esta pequeña
molestia: lo que sobra es gente. Y la gente se reproduce. Se hace el amor con
entusiasmo y sin precauciones. Cada vez queda más gente a la vera del camino,
sin trabajo en el campo, donde el latifundio reina con sus gigantescos eriales,
y sin trabajo en la ciudad, donde reinan las máquinas: el sistema vomita
hombres. Las misiones norteamericanas esterilizan masivamente mujeres y
siembran píldoras, diafragmas, espirales, preservativos y almanaques marcados,
pero cosechan niños; porfiadamente, los niños latinoamericanos continúan
naciendo, reivindicando su derecho natural a obtener un sitio bajo el sol en
estas tierras espléndidas que podrían brindar a todos lo que a casi todos
niegan.
A principios de noviembre de 1968, Richard Nixon comprobó
en voz alta que la Alianza para el Progreso había cumplido siete años de vida
y, sin embargo, se habían agravado la desnutrición y la escasez de alimentos en
América Latina. Pocos meses antes, en abril, George W. Ball escribía en Life: «Por lo menos durante las próximas décadas,
el descontento de las naciones más pobres no significará una amenaza de
destrucción del mundo. Por vergonzoso que sea, el mundo ha vivido, durante
generaciones, dos tercios pobre y un tercio rico. Por injusto que sea, es limitado
el poder de los países pobres».
Ball había encabezado la delegación de los Estados
Unidos a la Primera Conferencia de Comercio y Desarrollo en Ginebra, y había
votado contra nueve de los doce principios generales aprobados por la
conferencia con el fin de aliviar las desventajas de los países
subdesarrollados en el comercio internacional. Son secretas las matanzas de la
miseria en América Latina; cada año estallan, silenciosamente, sin estrépito
alguno, tres bombas de Hiroshima sobre estos pueblos que tienen la costumbre de
sufrir con los dientes apretados.
Esta violencia sistemática, no aparente pero real,
va en aumento: sus crímenes no se difunden en la crónica roja, sino en las estadísticas
de la FAO. Ball dice que la impunidad es todavía posible, porque los pobres no
pueden desencadenar la guerra mundial, pero el Imperio se preocupa: incapaz de
multiplicar los panes, hace lo posible por suprimir a los comensales.
«Combata la pobreza,
¡mate a un mendigo!», garabateó un maestro del humor negro sobre un muro de
la ciudad de La Paz. ¿Qué se proponen los herederos de Malthus sino matar a
todos los próximos mendigos antes de que nazcan? Robert McNamara, el presidente
del Banco Mundial que había sido presidente de la Ford y Secretario de Defensa,
afirma que la explosión demográfica constituye el mayor obstáculo para el
progreso de América Latina y anuncia que el Banco Mundial otorgará prioridad,
en sus préstamos, a los países que apliquen planes para el control de la
natalidad.
McNamara comprueba con lástima que los cerebros de
los pobres piensan un veinticinco por ciento menos, y los tecnócratas del Banco
Mundial (que ya nacieron) hacen zumbar las computadoras y generan complicadísimos
trabalenguas sobre las ventajas de no nacer: «Si un país en desarrollo que
tiene una renta media per capita de
Dwight Eisenhower pronosticó que si los habitantes
de la tierra seguían multiplicándose al mismo ritmo no sólo se agudizaría el
peligro de la revolución, sino que además se produciría «una degradación del nivel de vida de todos los pueblos, el nuestro
inclusive».
Los Estados Unidos no sufren, fronteras adentro, el
problema de la explosión de la natalidad, pero se preocupan como nadie por difundir
e imponer, en los cuatro puntos cardinales, la planificación familiar. No sólo
el gobierno; también Rockefeller y la fundación Ford padecen pesadillas con
millones de niños que avanzan, como langostas, desde los horizontes del Tercer
Mundo. Platón y Aristóteles se habían ocupado del tema antes que Malthus y
McNamara; sin embargo, en nuestros tiempos, toda esta ofensiva universal cumple
una función bien definida: se propone justificar la muy desigual distribución
de la renta entre los países y entre las clases sociales, convencer a los
pobres de que la pobreza es el resultado de los hijos que no se evitan y poner
un dique al avance de la furia de las masas en movimiento y rebelión. Los
dispositivos intrauterinos compiten con las bombas y la metralla, en el sudeste
asiático, en el esfuerzo por detener el crecimiento de la población de Vietnam.
En América Latina resulta más higiénico y eficaz
matar a los guerrilleros en los úteros que en las sierras o en las calles.
Diversas misiones norteamericanas han esterilizado a millares de mujeres en la
Amazonia, pese a que ésta es la zona habitable más desierta del planeta. En la
mayor parte de los países latinoamericanos, la gente no sobra: falta. Brasil
tiene 38 veces menos habitantes por kilómetro cuadrado que Bélgica; Paraguay,
49 veces menos que Inglaterra; Perú, 32 veces menos que Japón. Haití y El
Salvador, hormigueros humanos de América Latina, tienen una densidad de
población menor que la de Italia. Los pretextos invocados ofenden la
inteligencia; las intenciones reales encienden la indignación. Al fin y al
cabo, no menos de la mitad de los territorios de Argentina, Bolivia, Brasil,
Chile, Ecuador, Paraguay y Venezuela está habitada por nadie. Ninguna población
latinoamericana crece menos que la del Uruguay, país de viejos, y sin embargo
ninguna otra nación ha sido tan castigada, en los años recientes, por una
crisis que parece arrastrarla al último círculo de los infiernos. Uruguay está
vacío y sus praderas fértiles podrían dar de comer a una población infinitamente
mayor que la que hoy padece, sobre su suelo, tantas penurias. Hace más de un
siglo, un canciller de Guatemala había sentenciado proféticamente: «Sería curioso que del seno mismo de los
Estados Unidos, de donde nos viene el mal, naciese también el remedio».
Muerta y enterrada la Alianza para el Progreso, el
Imperio propone ahora, con más pánico que generosidad, resolver los problemas
de América Latina eliminando de antemano a los latinoamericanos. En Washington
tienen ya motivos para sospechar que los pueblos pobres no prefieren ser
pobres. Pero no se puede querer el fin sin querer los medios: quienes niegan la
liberación de América Latina, niegan también nuestro único renacimiento
posible, y de paso absuelven a las estructuras en vigencia. Los jóvenes se
multiplican, se levantan, escuchan: ¿qué les ofrece la voz del sistema? El
sistema habla un lenguaje surrealista: propone evitar los nacimientos en estas
tierras vacías; opina que faltan capitales en países donde los capitales sobran
pero se desperdician; denomina ayuda a la ortopedia deformante de los
empréstitos y al drenaje de riquezas que las inversiones extranjeras provocan;
convoca a los latifundistas a realizar la reforma agraria y a la oligarquía a
poner en práctica la justicia social. La lucha de clases no existe -se decreta-
más que por culpa de los agentes foráneos que la encienden, pero en cambio
existen las clases sociales, y a la opresión de unas por otras se la denomina
el estilo occidental de vida.
Las expediciones criminales de los marines tienen
por objeto restablecer el orden y la paz social, y las dictaduras adictas a
Washington fundan en las cárceles el estado de derecho y prohíben las huelgas y
aniquilan los sindicatos para proteger la libertad de trabajo.
¿Tenemos todo prohibido, salvo cruzarnos de brazos?
La pobreza no está escrita en los astros; el subdesarrollo no es el fruto de un
oscuro designio de Dios. Corren años de revolución, tiempos de redención. Las
clases dominantes ponen las barbas en remojo, y a la vez anuncian el infierno
para todos. En cierto modo, la derecha tiene razón cuando se identifica a sí
misma con la tranquilidad y el orden: es el orden, en efecto, de la cotidiana
humillación de las mayorías, pero orden al fin: la tranquilidad de que la
injusticia siga siendo injusta y el hambre hambrienta. Si el futuro se
transforma en una caja de sorpresas, el conservador grita, con toda razón: «Me
han traicionado». Y los ideólogos de la impotencia, los esclavos que se miran a
sí mismos con los ojos del amo, no demoran en hacer escuchar sus clamores. El
águila de bronce del Maine, derribada el día de la victoria de la revolución
cubana, yace ahora abandonada, con las alas rotas, bajo un portal del barrio
viejo de La Habana. Desde Cuba en adelante, también otros países han iniciado
por distintas vías y con distintos medios la experiencia del cambio: la
perpetuación del actual orden de cosas es la perpetuación del crimen. Los
fantasmas de todas las revoluciones estranguladas o traicionadas a lo largo de
la torturada historia latinoamericana se asoman en las nuevas experiencias, así
como los tiempos presentes habían sido presentidos y engendrados por las
contradicciones del pasado.
La historia es un profeta con la mirada vuelta
hacia atrás: por lo que fue, y contra lo que fue, anuncia lo que será. Por eso
en este libro, que quiere ofrecer una historia del saqueo y a la vez contar
cómo funcionan los mecanismos actuales del despojo, aparecen los conquistadores
en las carabelas y, cerca, los tecnócratas en los jets, Hernán Cortés y los
infantes de marina, los corregidores del reino y las misiones del Fondo
Monetario Internacional, los dividendos de los traficantes de esclavos y las
ganancias de la General Motors. También los héroes derrotados y las
revoluciones de nuestros días, las infamias y las esperanzas muertas y
resurrectas: los sacrificios fecundos. Cuando Alexander von Humboldt investigó
las costumbres de los antiguos habitantes indígenas de las mesetas de Bogotá,
supo que los indios llamaban quihica a las víctimas de las ceremonias rituales.
Quihica significaba puerta: la muerte de cada elegido abría un nuevo ciclo de
ciento ochenta y cinco lunas. ///
PRIMERA PARTE
LA POBREZA DEL HOMBRE COMO
RESULTADO DE LA RIQUEZA DE LA TIERRA
FIEBRE DEL
ORO, FIEBRE DE LA PLATA: EL SIGNO DE LA CRUZ EN LAS EMPUÑADURAS DE LAS ESPADAS
Cuando Cristóbal Colón se lanzó a atravesar los
grandes espacios vacíos al oeste de la Ecumene, había aceptado el desafío de
las leyendas. Tempestades terribles jugarían con sus naves, como si fueran cáscaras
de nuez, y las arrojarían a las bocas de los monstruos; la gran serpiente de
los mares tenebrosos, hambrienta de carne humana, estaría al acecho. Sólo
faltaban mil años para que los fuegos purificadores del juicio final arrasaran
el mundo, según creían los hombres del siglo xv, y el mundo era entonces el mar
Mediterráneo con sus costas de ambigua proyección hacia el África y Oriente.
Los navegantes portugueses aseguraban que el viento del oeste traía cadáveres
extraños y a veces arrastraba leños curiosamente tallados, pero nadie
sospechaba que el mundo sería, pronto, asombrosamente multiplicado.
América no sólo carecía de nombre. Los noruegos no
sabían que la habían descubierto hacía largo tiempo, y el propio Colón murió, después
de sus viajes, todavía convencido de que había llegado al Asia por la espalda.
En 1492, cuando la bota española se clavó por primera vez en las arenas de las
Bahamas, el Almirante creyó que estas islas eran una avanzada del Japón. Colón
llevaba consigo un ejemplar del libro de Marco Polo, cubierto de anotaciones en
los márgenes de las páginas. Los habitantes de Cipango, decía Marco Polo, «poseen oro en enorme abundancia y las minas
donde lo encuentran no se agotan jamás... También hay en esta isla perlas del
más puro oriente en gran cantidad. Son rosadas, redondas y de gran tamaño y
sobrepasan en valor a las perlas blancas».
La riqueza de Cipango había llegado a oídos del
Gran Khan Kublai, había despertado en su pecho el deseo de conquistarla: él había
fracasado. De las fulgurantes páginas de Marco Polo se echaban al vuelo todos
los bienes de la creación; había casi trece mil islas en el mar de la India con
montañas de oro y perlas, y doce clases de especias en cantidades inmensas,
además de la pimienta blanca y negra. La pimienta, el jengibre, el clavo de
olor, la nuez moscada y la canela eran tan codiciados como la sal para
conservar la carne en invierno sin que se pudriera ni perdiera sabor. Los Reyes
Católicos de España decidieron financiar la aventura del acceso directo a las
fuentes, para liberarse de la onerosa cadena de intermediarios y revendedores
que acaparaban el comercio de las especias y las plantas tropicales, las
muselinas y las armas blancas que provenían de las misteriosas regiones del
oriente.
El afán de metales preciosos, medio de pago para el
tráfico comercial, impulsó también la travesía de los mares malditos. Europa
entera necesitaba plata; ya casi estaban exhaustos los filones de Bohemia,
Sajonia y el Tirol. España vivía el tiempo de la reconquista. 1492 no fue sólo
el año del descubrimiento de América, el nuevo mundo nacido de aquella
equivocación de consecuencias grandiosas. Fue también el año de la recuperación
de Granada. Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, que habían superado con su
matrimonio el desgarramiento de sus dominios, abatieron a comienzos de 1492 el
último reducto de la religión musulmana en suelo español. Había costado casi
ocho siglos recobrar lo que se había perdido en siete años[1],
y la guerra de reconquista había agotado el tesoro real. Pero ésta era una
guerra santa, la guerra cristiana contra el Islam, y no es casual, además, que
en ese mismo año 1492 ciento cincuenta mil judíos declarados fueran expulsados
del país.
España adquiría realidad como nación alzando
espadas cuyas empuñaduras dibujaban el signo de la cruz. La reina Isabel se
hizo madrina de la Santa Inquisición. La hazaña del descubrimiento de América
no podría explicarse sin la tradición militar de guerra de cruzadas que
imperaba en la Castilla medieval, y la Iglesia no se hizo rogar para dar
carácter sagrado a la conquista de las tierras incógnitas del otro lado del
mar. El Papa Alejandro VI, que era valenciano, convirtió a la reina Isabel en
dueña y señora del Nuevo Mundo. La expansión del reino de Castilla ampliaba el
reino de Dios sobre la tierra.
Tres años después del descubrimiento, Cristóbal
Colón dirigió en persona la campaña militar contra los indígenas de la
Dominicana. Un puñado de caballeros, doscientos infantes y unos cuantos perros
especialmente adiestrados para el ataque diezmaron a los indios. Más de
quinientos, enviados a España, fueron vendidos como esclavos en Sevilla y
murieron miserablemente[2].
Pero algunos teólogos protestaron y la esclavización de los indios fue formalmente
prohibida al nacer el siglo XVI. En realidad, no fue prohibida sino bendita:
antes de cada entrada militar, los capitanes de conquista debían leer a los
indios, ante escribano público, un extenso y retórico Requerimiento que los
exhortaba a convertirse a la santa fe católica: «Si no lo hiciereis, o en ello dilación maliciosamente pusiereis,
certifícoos que con la ayuda de Dios yo entraré poderosamente contra vosotros y
vos haré guerra por todas las partes y manera que yo pudiere, y os sujetaré al
yugo y obediencia de la Iglesia y de Su Majestad y tomaré vuestras mujeres y
hijos y los haré esclavos, y como tales los venderé, y dispondré de ellos como
Su Majestad mandare, y os tomaré vuestros bienes y os haré todos los males y
daños que pudiere.[3]
América era el vasto imperio del Diablo, de
redención imposible o dudosa, pero la fanática misión contra la herejía de los
nativos se confundía con la fiebre que desataba, en las huestes de la
conquista, el brillo de los tesoros del Nuevo Mundo. Bernal Díaz del Castillo,
fiel compañero de Hernán Cortés en la conquista de México, escribe que han
llegado a América «por servir a Dios y a
Su Majestad y también por haber riquezas».
Colón quedó deslumbrado, cuando alcanzó el atolón
de San Salvador, por la colorida transparencia del Caribe, el paisaje verde, la
dulzura y la limpieza del aire, los pájaros espléndidos y los mancebos «de buena estatura, gente muy hermosa» y
«harto mansa» que allí habitaba.
Regaló a los indígenas «unos bonetes
colorados y unas cuentas de vidrio que se ponían al pescuezo, y otras cosas
muchas de poco valor con que hubieron mucho placer y quedaron tanto nuestros
que era maravilla». Les mostró las espadas. Ellos no las conocían, las
tomaban por el filo, se cortaban. Mientras tanto, cuenta el Almirante en su
diario de navegación, «yo estaba atento y
trabajaba de saber si había oro, y vide que algunos dellos traían un pedazuelo
colgando en un agujero que tenían a la nariz, y por señas pude entender que
yendo al Sur o volviendo la isla por el Sur, que estaba allí un Rey que tenía
grandes vasos dello, y tenía muy mucho». Porque «del oro se hace tesoro, y con él quien lo tiene hace cuanto quiere en
el mundo y llega a que echa las ánimas al Paraíso». En su tercer viaje
Colón seguía creyendo que andaba por el mar de la China cuando entró en las
costas de Venezuela; ello no le impidió informar que desde allí se extendía una
tierra infinita que subía hacia el Paraíso Terrenal.
También Américo Vespucio, explorador del litoral de
Brasil mientras nacía el siglo XVI, relataría a Lorenzo de Médicis: «Los árboles son de tanta belleza y tanta
blandura que nos sentíamos estar en el Paraíso Terrenal...»[4].
El abogado Antonio de León Pinelo dedicó dos tomos enteros a demostrar que el
Edén estaba en América. En El Paraíso en el Nuevo Mundo (Madrid, 1656), incluyó
un mapa de América del Sur en el que puede verse, al centro, el jardín del Edén
regado por el Amazonas, el Río de la Plata, el Orinoco y el Magdalena.
El fruto prohibido era el plátano. El mapa indicaba
el lugar exacto de donde había partido el Arca de Noé, cuando el Diluvio
Universal.) Con despecho escribía Colón a los reyes, desde Jamaica, en 1503: «Cuando yo descubrí las Indias, dije que eran
el mayor señorío rico que hay en el mundo. Yo dije del oro, perlas, piedras
preciosas, especierías... ».
Una sola bolsa de pimienta valía, en el medioevo,
más que la vida de un hombre, pero el oro y la plata eran las llaves que el
Renacimiento empleaba para abrir las puertas del paraíso en el cielo y las
puertas del mercantilismo capitalista en la tierra. La epopeya de los españoles
y los portugueses en América combinó la propagación de la fe cristiana con la
usurpación y el saqueo de las riquezas nativas. El poder europeo se extendía
para abrazar el mundo. Las tierras vírgenes, densas de selvas y de peligros,
encendían la codicia de los capitanes, los hidalgos caballeros y los soldados
en harapos lanzados a la conquista de los espectaculares botines de guerra:
creían en la gloria, «el sol de los
muertos», y en la audacia. «A los
osados ayuda fortuna», decía Cortés.
El propio Cortés había hipotecado todos sus bienes
personales para equipar la expedición a México. Salvo contadas excepciones como
fue el caso de Colón o Magallanes, las aventuras no eran costeadas por el
Estado, sino por los conquistadores mismos, o por los mercaderes y banqueros
que los financiaban[5].
Nació el mito de Eldorado, el monarca bañado en oro
que los indígenas inventaron para alejar a los intrusos: desde Gonzalo Pizarro
hasta Walter Raleigh, muchos lo persiguieron en vano por las selvas y las aguas
del Amazonas y el Orinoco. El espejismo del «cerro que manaba plata» se hizo realidad en 1545, con el
descubrimiento de Potosí, pero antes habían muerto, vencidos por el hambre y
por la enfermedad o atravesados a flechazos por los indígenas, muchos de los
expedicionarios que intentaron, infructuosamente, dar alcance al manantial de
la plata remontando el río Paraná. Había, sí, oro y plata en grandes
cantidades, acumulados en la meseta de México y en el altiplano andino. Hernán
Cortés reveló para España, en 1519, la fabulosa magnitud del tesoro azteca de
Moctezuma, y quince años después llegó a Sevilla el gigantesco rescate, un
aposento lleno de oro y dos de plata, que Francisco Pizarro hizo pagar al inca
Atahualpa antes de estrangularlo. Años antes, con el oro arrancado de las
Antillas había pagado la Corona los servicios de los marinos que habían
acompañado a Colón en su primer viaje[6].
Finalmente, la población de las islas del Caribe
dejó de pagar tributos, porque desapareció: los indígenas fueron completamente
exterminados en los lavaderos de oro, en la terrible tarea de revolver las
arenas auríferas con el cuerpo a medias sumergido en el agua, o roturando los
campos hasta más allá de la extenuación, con la espalda doblada sobre los
pesados instrumentos de labranza traídos desde España. Muchos indígenas de la
Dominicana se anticipaban al destino impuesto por sus nuevos opresores blancos:
mataban a sus hijos y se suicidaban en masa. El cronista oficial Fernández de
Oviedo interpretaba así, a mediados del siglo XVI, el holocausto de los
antillanos: «Muchos dellos, por su
pasatiempo, se mataron con ponzoña por no trabajar, y otros se ahorcaron por
sus manos propias»[7]
La interpretación hizo escuela. Me asombra leer, en
el último libro del técnico francés René Dumon, Cuba, est-il socialiste?, París, 1970: «Los indios no fueron totalmente exterminados. Sus genes subsisten en
los cromosomas cubanos. Ellos sentían una tal aversión por la tensión que exige
el trabajo continuo, que algunos se suicidaron antes que aceptar el trabajo
forzado).
RETORNABAN
LOS DIOSES CON LAS ARMAS SECRETAS
A su paso por Tenerife, durante su primer viaje, había
presenciado Colón una formidable erupción volcánica. Fue como un presagio de
todo lo que vendría después en las inmensas tierras nuevas que iban a
interrumpir la ruta occidental hacia el Asia. América estaba allí, adivinada
desde sus costas infinitas: la conquista se extendió, en oleadas, como una
marea furiosa. Los adelantados sucedían a los almirantes y las tripulaciones se
convertían en huestes invasoras.
Las bulas del Papa habían hecho apostólica
concesión del Africa a la corona de Portugal, y a la corona de Castilla habían
otorgado las tierras «desconocidas cómo
las hasta aquí descubiertas por vuestros enviados y las que se han de descubrir
en lo futuro...».
América había sido donada a la reina Isabel. En
1508, una nueva bula concedió a la corona española, a perpetuidad, todos los
diezmos recaudados en América: el codiciado patronato universal sobre la
Iglesia del Nuevo Mundo incluía el derecho de presentación real de todos los
beneficios eclesiásticos"[8]
El Tratado de Tordesillas, suscrito en 1494,
permitió a Portugal ocupar territorios americanos más allá de la línea
divisoria trazada por el Papa, y en 1530 Martín Alfonso de Sousa fundó las
primeras poblaciones portuguesas en Brasil, expulsando a los franceses. Ya para
entonces los españoles, atravesando selvas infernales y desiertos infinitos,
habían avanzado mucho en el proceso de la exploración y la conquista. En 1513,
el Pacífico resplandecía ante los ojos de Vasco Núñez de Balboa; en el otoño de
1522, retornaban a España los sobrevivientes de la expedición de Hernando de
Magallanes que habían unido por vez primera ambos océanos y habían verificado
que el mundo era redondo al darle la vuelta completa; tres años antes habían
partido de la isla de Cuba, en dirección a México, las diez naves de Hernán
Cortés, y en 1523 Pedro de Alvarado se lanzó a la conquista de Centroamérica;
Francisco Pizarro entró triunfante en el Cuzco, en 1533, apoderándose del
corazón del imperio de los incas; en 1540, Pedro de Valdivia atravesaba el
desierto de Atacama y fundaba Santiago de Chile. Los conquistadores penetraban
el Chaco y revelaban el Nuevo Mundo desde el Perú hasta las bocas del río más
caudaloso del planeta.
Había de todo entre los indígenas de América:
astrónomos y caníbales, ingenieros y salvajes de la Edad de Piedra. Pero
ninguna de las culturas nativas conocía el hierro ni el arado, ni el vidrio ni
la pólvora, ni empleaba la rueda. La civilización que se abatió sobre estas
tierras desde el otro lado del mar vivía la explosión creadora del Renacimiento.
América aparecía como una invención más, incorporada junto con la pólvora, la
imprenta, el papel y la brújula al bullente nacimiento de la Edad Moderna. El
desnivel de desarrollo de ambos mundos explica en gran medida la relativa
facilidad con que sucumbieron las civilizaciones nativas. Hernán Cortés
desembarcó en Veracruz acompañado por no más de cien marineros y 508 soldados;
traía 16 caballos, 32 ballestas, diez cañones de bronce y algunos arcabuces,
mosquetes y pistolones. Y sin embargo, la capital de los aztecas, Tenochtitlán,
era por entonces cinco veces mayor que Madrid y duplicaba la población de
Sevilla, la mayor de las ciudades españolas. Francisco Pizarro entró en
Cajamarca con 180 soldados y 37 caballos.
Los indígenas fueron, al principio, derrotados por
el asombro. El emperador Moctezuma recibió, en su palacio, las primeras
noticias: un cerro grande andaba moviéndose por el mar. Otros mensajeros
llegaron después: «...mucho espanto le
causó el oír cómo estalla el cañón, cómo retumba su estrépito, y cómo se
desmaya uno; se le aturden a uno los oídos. Y cuando cae el tiro, una como bola
de piedra sale de sus entrañas: va lloviendo fuego...».
Los extranjeros traían «venados» que los soportaban
«tan alto como los techos». Por todas partes venían envueltos sus cuerpos, «solamente aparecen sus caras. Son blancas,
son como si fueran de cal. Tienen el cabello amarillo, aunque algunos lo tienen
negro. Larga su barba es... »[9].
Moctezuma creyó que era el dios Quetzalcóatl quien
volvía. Ocho presagios habían anunciado, poco antes, su retorno. Los cazadores
le habían traído un ave que tenía en la cabeza una diadema redonda con la forma
de un espejo, donde se reflejaba el cielo con el sol hacia el poniente. En ese
espejo Moctezuma vio marchar sobre México los escuadrones de los guerreros.
El dios Quetzalcóatl había venido por el este y por
el este se había ido: era blanco y barbudo. También blanco y barbudo era
Huiracocha, el dios bisexual de los incas. Y el oriente era la cuna de los
antepasados heroicos de los mayas[10].
Los dioses vengativos que ahora regresaban para saldar cuentas con sus pueblos
traían armaduras y cotas de malla, lustrosos caparazones que devolvían los
dardos y las piedras; sus armas despedían rayos mortíferos y oscurecían la
atmósfera con humos irrespirables. Los conquistadores practicaban también, con
habilidad política, la técnica de la traición y la intriga. Supieron explotar,
por ejemplo, el rencor de los pueblos sometidos al dominio imperial de los
aztecas y las divisiones que desgarraban el poder de los incas. Los
tlaxcaltecas fueron aliados de Cortés, y Pizarro usó en su provecho la guerra
entre los herederos del imperio incaico, Huáscar y Atahualpa, los hermanos
enemigos. Los conquistadores ganaron cómplices entre las castas dominantes
intermedias, sacerdotes, funcionarios, militares, una vez abatidas, por el
crimen, las jefaturas indígenas más altas. Pero además usaron otras armas o, si
se prefiere, otros factores trabajaron objetivamente por la victoria de los
invasores. Los caballos y las bacterias, por ejemplo.
Los caballos habían sido, como los camellos,
originarios de América[11]
pero se habían extinguido en estas tierras. Introducidos en Europa por los
jinetes árabes, habían prestado en el Viejo Mundo una inmensa utilidad militar
y económica. Cuando reaparecieron en América a través de la conquista,
contribuyeron a dar fuerzas mágicas a los invasores ante los ojos atónitos de
los indígenas. Según una versión, cuando el inca Atahualpa vio llegar a los
primeros soldados españoles, montados en briosos caballos ornamentados con
cascabeles y penachos, que corrían desencadenando truenos y polvaredas con sus
cascos veloces, se cayó de espaldas[12].
El cacique Tecum, al frente de los herederos de los
mayas, descabezó con su lanza el caballo de Pedro de Alvarado, convencido de
que formaba parte del conquistador: Alvarado se levantó y lo mató[13].
Contados caballos, cubiertos con arreos de guerra, dispersaban las masas
indígenas y sembraban el terror y la muerte. «Los curas y misioneros esparcieron ante la fantasía vernácula»,
durante el proceso colonizador, «que los
caballos eran de origen sagrado, ya que Santiago, el Patrón de España, montaba
en un potro blanco, que había ganado valiosas batallas contra los moros y
judíos, con ayuda de la Divina Providencia»[14]
Las bacterias y los virus fueron los aliados más
eficaces. Los europeos traían consigo, como plagas bíblicas, la viruela y el
tétanos, varias enfermedades pulmonares, intestinales y venéreas, el tracoma,
el tifus, la lepra, la fiebre amarilla, las caries que pudrían las bocas. La
viruela fue la primera en aparecer. ¿No sería un castigo sobrenatural aquella
epidemia desconocida y repugnante que encendía la fiebre y descomponía las
carnes? «Ya se fueron a meter en
Tlaxcala. Entonces se difundió la epidemia: tos, granos ardientes, que queman»,
dice un testimonio indígena, y otro: «A
muchos dio la muerte la pegajosa, apelmazada, dura enfermedad de granos»[15].
Los indios morían como moscas; sus organismos no
oponían defensas ante las enfermedades nuevas. Y los que sobrevivían quedaban
debilitados e inútiles. El antropólogo brasileño Darcy Ribeiro estima que más
de la mitad de la población aborigen de América, Australia y las islas
oceánicas murió contaminada luego del primer contacto con los hombres blancos[16]
«COMO UNOS PUERCOS HAMBRIENTOS ANSÍAN EL ORO»
A tiros de arcabuz, golpes de espada y soplos de
peste, avanzaban los implacables y escasos conquistadores de América. Lo cuentan
las voces de los vencidos. Después de la matanza de Cholula, Moctezuma envía
nuevos emisarios el encuentro de Hernán Cortés, quien avanza rumbo al valle de
México. Los enviados regalan a los españoles collares de oro y banderas de
plumas de quetzal. Los españoles «estaban
deleitándose. Como si fueran monos levantaban el oro, como que se sentaban en
ademán de gusto, como que se les renovaba y se les iluminaba el corazón. Como
que cierto es que eso anhelan con gran sed. Se les ensancha el cuerpo por eso,
tienen hambre furiosa de eso.
“Como unos
puercos hambrientos ansían el oro”, dice el texto náhuatl preservado en el
Códice Florentino. Más adelante, cuando Cortés llega a Tenochtitlán, la
espléndida capital azteca, los españoles entran en la casa del tesoro, «y luego hicieron una gran bola de oro, y
dieron fuego, encendieron, prendieron llama a todo lo que restaba, por valioso
que fuera: con lo cual todo ardió. Y en cuanto al oro, los españoles lo
redujeron a barras...».
Hules guerra, y finalmente Cortés, que había
perdido Tenochtitlán, la reconquistó en 1521. «Y ya no teníamos escudos, ya no teníamos macanas, y nada teníamos que
comer, ya nada comimos». La ciudad, devastada, incendiada y cubierta de
cadáveres, cayó. «Y toda la noche llovió
sobre nosotros». La horca y el tormento no fueron suficientes: los tesoros
arrebatados no colmaban nunca las exigencias de la imaginación, y durante
largos años excavaron los españoles el fondo del lago de México en busca del
oro y los objetos preciosos presuntamente escondidos por los indios.
Pedro de Alvarado y sus hombres se abatieron sobre
Guatemala y «eran tantos los indios que
mataron, que se hizo un río de sangre, que viene a ser el Olimtepeque», y
también «el día se volvió colorado por la
mucha sangre que hubo aquel día». Antes de la batalla decisiva, «y vístose los indios atormentados, les
dijeron a los españoles que no les atormentaran más, que allí les tenían mucho
oro, plata, diamantes y esmeraldas que les tenían los capitanes Nehaib Ixquín,
Nehaib hecho águila y león. Y luego se dieron a los españoles y se quedaron con
ellos...»[17]
Antes de que Francisco Pizarro degollara al inca
Atahualpa, le arrancó un rescate en «andas
de oro y plata que pesaban más de veinte mil marcos de plata, fina, un millón y
trescientos veintiséis mil escudos de oro finísimo...». Después se lanzó
sobre el Cuzco. Sus soldados creían que estaban entrando en la Ciudad de los
Césares, tan deslumbrante era la capital del imperio incaico, pero no demoraron
en salir del estupor y se pusieron a saquear el Templo del Sol:
«Forcejeando,
luchando entre ellos, cada cual procurando llevarse del tesoro la parte del
león, los soldados, con cota de malla, pisoteaban joyas e imágenes, golpeaban
los utensilios de oro o les daban martillazos para reducirlos a un formato más
fácil y manuable... Arrojaban al crisol, para convertir el metal en barras,
todo el tesoro del templo: las placas que habían cubierto los muros, los
asombrosos árboles forjados, pájaros y otros objetos del jardín»[18]
Hoy día, en el Zócalo, la inmensa plaza desnuda del
centro de la capital de México, la catedral católica se alza sobre las ruinas
del tempo más importante de Tenochtitlán, y el palacio de gobierno está
emplazado sobre la residencia de Cuauhtémoc, el jefe azteca ahorcado por
Cortés. Tenochtitlán fue arrasada. El Cuzco corrió, en el Perú, suerte
semejante, pero los conquistadores no pudieron abatir del todo sus muros
gigantescos y hoy puede verse, al pie de los edificios coloniales, el
testimonio de piedra de la colosal arquitectura incaica.
ESPLENDORES
DEL POTOSÍ: EL CICLO DE LA PLATA
Dicen que hasta las herraduras de los caballos eran
de plata en la época del auge de la ciudad de Potosí[19].
De plata eran los altares de las iglesias y las alas de los querubines en las
procesiones: en 1658, para la celebración del Corpus Christi, las calles de la
ciudad fueron desempedradas, desde la matriz hasta la iglesia de Recoletos, y
totalmente cubiertas con barras de plata. En Potosí la plata levantó templos y
palacios, monasterios y garitos, ofreció motivo a la tragedia y a la fiesta,
derramó la sangre y el vino, encendió la codicia y desató el despilfarro y la
aventura.
La espada y la cruz marchaban juntas en la
conquista y en el despojo colonial. Para arrancar la plata de América, se
dieron cita en Potosí los capitanes y los ascetas, los caballeros de lidia y
los apóstoles, los soldados y los frailes. Convertidas en piñas y lingotes, las
vísceras del cerro rico alimentaron sustancialmente el desarrollo de Europa. «Vale un Perú» fue el elogio máximo a las
personas o a las cosas desde que Pizarro se hizo dueño del Cuzco, pero a partir
del descubrimiento del cerro, Don Quijote de la Mancha habla con otras
palabras: «Vale un Potosí», advierte
a Sancho.
Vena yugular del Virreinato, manantial de la plata
de América, Potosí contaba con 120 000 habitantes según el censo de 1573. Sólo
veintiocho años habían transcurrido desde que la ciudad brotara entre los
páramos andinos y ya tenía, como por arte de magia, la misma población que
Londres y más habitantes que Sevilla, Madrid, Roma o París. Hacia 1650, un
nuevo censo adjudicaba a Potosí 160.000 habitantes. Era una de las ciudades más
grandes y más ricas del mundo, diez veces más habitada que Boston, en tiempos
en que Nueva York ni siquiera había empezado a llamarse así.
La historia de Potosí no había nacido con los
españoles. Tiempo antes de la conquista, el inca Huayna Cápac había oído hablar
a sus vasallos del Sumaj Orcko, el cerro hermoso, y por fin pudo verlo cuando
se hizo llevar, enfermo, a las termas de Tarapaya. Desde las chozas pajizas del
pueblo de Cantumarca, los ojos del inca contemplaron por primera vez aquel cono
perfecto que se alzaba, orgulloso, por entre las altas cumbres de las
serranías. Quedó estupefacto. Las infinitas tonalidades rojizas, la forma
esbelta y el tamaño gigantesco del cerro siguieron siendo motivo de admiración
y asombro en los tiempos siguientes. Pero el inca había sospechado que en sus
entrañas debía albergar piedras preciosas y ricos metales, y había querido
sumar nuevos adornos al Templo del Sol en el Cuzco. El oro y la plata que los
incas arrancaban de las minas de Colque Porco y Andacaba no salían de los
límites del reino: no servían para comerciar sino para adorar a los dioses. No
bien los mineros indígenas clavaron sus pedernales en los filones de plata del
cerro hermoso una voz cavernosa los derribó. Era una voz fuerte como el trueno,
que salía de las profundidades de aquellas breñas y decía en quechua: «No es para ustedes; Dios reserva estas
riquezas para los que vienen de más allá». Los indios huyeron despavoridos
y el inca abandonó el cerro. Antes, le cambió el nombre. El cerro pasó a
llamarse Potojsi, que significa. «Truena,
revienta, hace explosión»
«Los que
vienen de más allá» no demoraron mucho en aparecer. Los capitanes de la
conquista se abrían paso. Huayna Cápac ya había muerto cuando llegaron. En
1545, el indio Huallpa corría tras las huellas de una llama fugitiva y se vio
obligado a pasar la noche en el cerro. Para no morirse de frío, hizo fuego. La
fogata alumbró una hebra blanca y brillante. Era plata pura.
Se desencadenó la avalancha española. Fluyó la
riqueza. El emperador Carlos V dio prontas señales de gratitud otorgando a
Potosí el título de Villa Imperial y un escudo con esta inscripción: «Soy el rico Potosí, del mundo soy el tesoro,
soy el rey de los montes y envidia soy de los reyes». Apenas once años
después del hallazgo de Huallpa, ya la recién nacida Villa Imperial celebraba
la coronación de Felipe II con festejos que duraron veinticuatro días y
costaron ocho millones de pesos fuertes. Llovían los buscadores de tesoros
sobre el inhóspito paraje. El cerro, a casi cinco mil metros de altura, era el
más poderoso de los imanes, pero a sus pies la vida resultaba dura, inclemente:
se pagaba el frío como si fuera un impuesto y en un abrir y cerrar de ojos una
sociedad rica y desordenada brotó, en Potosí, junto con la plata. Auge y
turbulencia del metal: Potosí pasó a ser «el
nervio principal del reino», según lo definiera el virrey Hurtado de
Mendoza.
A comienzos del siglo XVII, ya la ciudad contaba
con treinta y seis iglesias espléndidamente ornamentadas, otras tantas casas de
juego y catorce escuelas de baile. Los salones, los teatros y los tablados para
las fiestas lucían riquísimos tapices, cortinajes, blasones y obras de
orfebrería; de los balcones de las casas colgaban damascos coloridos y lamas de
oro y plata.
Las sedas y los tejidos venían de Granada, Flandes y
Calabria; los sombreros de París y Londres; los diamantes de Ceylán; las
piedras preciosas de la India; las perlas de Panamá; las medias de Nápoles; los
cristales de Venecia; las alfombras de Persia; los perfumes de Arabia, y la
porcelana de China. Las damas brillaban de pedrería, diamantes y rubíes y
perlas, y los caballeros ostentaban finísimos paños bordados de Holanda. A la
lidia de toros seguían los juegos de sortija y nunca faltaban los duelos al
estilo medieval, lances del amor y del orgullo, con cascos de hierro empedrados
de esmeraldas y de vistosos plumajes, sillas y estribos de filigrana de oro,
espadas de Toledo y potros chilenos enjaezados a todo lujo.
En 1579, se quejaba el oidor Matienzo; «Nunca faltan -decía- novedades, desvergüenzas y atrevimientos».
Por entonces ya había en Potosí ochocientos tahúres profesionales y ciento
veinte prostitutas célebres, a cuyos resplandecientes salones concurrían los
mineros ricos. En 1608, Potosí festejaba las fiestas del Santísimo Sacramento
con seis días de comedias y seis noches de máscaras, ocho días de toros y tres
de saraos, dos de torneos y otras fiestas.
ESPAÑA TENÍA
LA VACA, PERO OTROS TOMABAN LA LECHE
Entre 1545 y 1558 se descubrieron las fértiles
minas de plata de Potosí, en la actual Bolivia, y las de Zacatecas y Guanajuato
en México; el proceso de amalgama con mercurio, que hizo posible la explotación
de plata de ley más baja, empezó a aplicarse en ese mismo período. El «rush» de
la plata eclipsó rápidamente a la minería de oro. A mediados del siglo XVII la
plata abarcaba más del 99 por ciento de las exportaciones minerales de la
América hispánica[20].
América era, por entonces, una vasta bocamina
centrada, sobre todo, en Potosí. Algunos escritores bolivianos, inflamados de
excesivo entusiasmo, afirman que en tres siglos España recibió suficiente metal
de Potosí como para tender un puente de plata desde la cumbre del cerro hasta
la puerta del palacio real al otro lado del océano. La imagen es, sin duda,
obra de fantasía, pero de cualquier manera alude a una realidad que, en efecto,
parece inventada: el flujo de la plata alcanzó dimensiones gigantescas. La
cuantiosa exportación clandestina de plata americana, que se evadía de
contrabando rumbo a las Filipinas, a la China y a la propia
España, no figura en los cálculos de Earl J.
Hamilton[21].
Los metales arrebatados a los nuevos dominios
coloniales estimularon el desarrollo económico europeo y hasta puede decirse
que lo hicieron posible. Ni siquiera los efectos de la conquista de los tesoros
persas que Alejandro Magno volcó sobre el mundo helénico podrían compararse con
la magnitud de esta formidable contribución de América al progreso ajeno. No al
de España, por cierto, aunque a España pertenecían las fuentes de plata
americana. Como se decía en el siglo XVII, «España
es como la boca que recibe los alimentos, los mastica, los tritura, para
enviarlos enseguida a los demás órganos, y no retiene de ellos por su parte,
más que un gusto fugitivo o las partículas que por casualidad se agarran a sus
dientes»[22].
Los españoles tenían la vaca, pero eran otros
quienes bebían la leche. Los acreedores del reino, en su mayoría extranjeros,
vaciaban sistemáticamente las arcas de la Casa de Contratación de Sevilla,
destinadas a guardar bajo tres llaves, y en tres manos distintas los tesoros de
América. La Corona estaba hipotecada. Cedía por adelantado casi todos los
cargamentos de plata a los banqueros alemanes, genoveses, flamencos y españoles[23].
También los impuestos recaudados dentro de España
corrían, en gran medida, esta suerte: en 1543, un 65 por ciento del total de
las rentas reales se destinaba al pago de las anualidades de los títulos de
deuda. Sólo en mínima medida la plata americana se incorporaba a la economía
española; aunque quedara formalmente registrada en Sevilla, iba a parar a manos
de los Függer, poderosos banqueros que habían adelantado al Papa los fondos
necesarios para terminar la catedral de San Pedro, y de otros grandes
prestamistas de la época, al estilo de los Welser, los Shetz o los Grimaldi.
La plata se destinaba también al pago de
exportaciones de mercaderías no españolas con destino al Nuevo Mundo. Aquel
imperio rico tenía una metrópoli pobre, aunque en ella la ilusión de la
prosperidad levantara burbujas cada vez más hinchadas: la Corona abría por
todas partes frentes de guerra mientras la aristocracia se consagraba al
despilfarro y se multiplicaban, en suelo español, los curas y los guerreros,
los nobles y los mendigos, al mismo ritmo frenético en que crecían los precios
de las cosas y las tasas de interés del dinero. La industria moría al nacer en
aquel reino de los vastos latifundios estériles, y la enferma economía española
no podía resistir el brusco impacto del alza de la demanda de alimentos y
mercancías que era la inevitable consecuencia de la expansión colonial.
El gran aumento de los gastos públicos y la
asfixiante presión de las necesidades de consumo en las posesiones de ultramar
agudizaban el déficit comercial y desataban, al galope, la inflación. Colbert
escribía: «Cuanto más comercio con los
españoles tiene un estado, más plata tiene». Había una aguda lucha europea
por la conquista del mercado español que implicaba el mercado y la plata de
América. Un memorial francés de fines del siglo XVII, nos permite saber que
España sólo dominaba, por entonces, el cinco por ciento del comercio con «sus»
posesiones coloniales de más allá del océano; pese al espejismo jurídico del
monopolio: cerca de una tercera parte del total estaba en manos de holandeses y
flamencos, una cuarta parte pertenecía a los franceses, los genoveses
controlaban más del veinte por ciento, los ingleses el diez y los alemanes algo
menos[24].
América era un negocio europeo.
Carlos V, heredero de los Césares en el Sacro
Imperio por elección comprada, sólo había pasado en España dieciséis de los
cuarenta años de su reinado. Aquel monarca de mentón prominente y mirada de
idiota, que había ascendido al trono sin conocer una sola palabra del idioma
castellano, gobernaba rodeado por un séquito de flamencos rapaces a los que
extendía salvoconductos para sacar de España mulas y caballos cargados de oro y
joyas y a los que también recompensaba otorgándoles obispados y arzobispados,
títulos burocráticos y hasta la primera licencia para conducir esclavos negros
a las colonias americanas. Lanzado a la persecución del demonio por toda
Europa, Carlos V extenuaba el tesoro de América en sus guerras religiosas. La
dinastía de los Habsburgo no se agotó con su muerte; España habría de padecer
el reinado de los Austria durante casi dos siglos.
El gran adalid de la Contrarreforma fue su hijo
Felipe II. Desde su gigantesco palacio-monasterio del Escorial, en las faldas
del Guadarrama, Felipe II puso en funcionamiento, a escala universal, la
terrible maquinaria de la Inquisición, y abatió sus ejércitos sobre los centros
de la herejía. El calvinismo había hecho presa de Holanda, Inglaterra y
Francia, y los turcos encarnaban el peligro del retorno de la religión de Alá.
El salvacionismo costaba caro: los pocos objetos de oro y plata, maravillas del
arte americano, que no llegaban ya fundidos desde México y el Perú, eran
rápidamente arrancados de la Casa de Contratación de Sevilla y arrojados a las
bocas de los hornos.
Ardían también los herejes o los sospechosos de
herejía, achicharrados por las llamas purificadoras de la Inquisición;
Torquemada incendiaba los libros y el rabo del diablo asomaba por todos los
rincones: la guerra contra el protestantismo era además la guerra contra el
capitalismo ascendente en Europa. «La
perpetuación de la cruzada -dice Elliott en su obra ya citada- entrañaba la perpetuación de la arcaica
organización social de una nación de cruzados».
Los metales de América, delirio y ruina de España,
proporcionaban medios para pelear contra las nacientes fuerzas de la economía
moderna. Ya Carlos V había aplastado a la burguesía castellana en la guerra de
los comuneros, que se había convertido en una revolución social contra la
nobleza, sus propiedades y sus privilegios. El levantamiento fue derrotado a
partir de la traición de la ciudad de Burgos, que sería la capital del general
Francisco Franco cuatro siglos más tarde; extinguidos los últimos fuegos
rebeldes, Carlos V regresó a España acompañado de cuatro mil soldados alemanes.
Simultáneamente, fue también ahogada en sangre la muy radical insurrección de
los tejedores, hilanderos y artesanos que habían tomado el poder en la ciudad
de Valencia y lo habían extendido por toda la comarca.
La defensa de la fe católica resultaba una máscara para
la lucha contra la historia. La expulsión de los judíos -españoles de religión
judía-- había privado a España, en tiempos de los Reyes Católicos, de muchos
artesanos hábiles y de capitales imprescindibles. Se considera no tan
importante la expulsión de los árabes -españoles, en realidad, de religión
musulmana- aunque en 1609 nada menos que 275 mil fueron arriados a la frontera
y ello tuvo desastrosos efectos sobre la economía valenciana, y los fértiles
campos del sur del Ebro, en Aragón, quedaron arruinados, Anteriormente, Felipe
II había echado, por motivos religiosos, a millares de artesanos flamencos
convictos o sospechosos de protestantismo: Inglaterra los acogió en su suelo, y
allí dieron un importante impulso a las manufacturas británicas.
Como se ve, las distancias enormes y las
comunicaciones difíciles no eran los principales obstáculos que se oponían al
progreso industrial de España. Los capitalistas españoles se convertían en
rentistas, a través de la compra de los títulos de deuda de la Corona, y no
invertían sus capitales en el desarrollo industrial. El excedente económico
deriva hacia cauces improductivos: los viejos ricos, señores de horca y
cuchillo, dueños de la tierra y de los títulos de nobleza, levantaban palacios
y acumulaban joyas; los nuevos ricos, especuladores y mercaderes, compraban
tierras y títulos de nobleza. Ni unos ni otros pagaban prácticamente impuestos,
ni podían ser encarcelados por deudas. Quien se dedicara a una actividad
industrial perdía automáticamente su carta de hidalguía[25].
Sucesivos tratados comerciales, firmados a partir
de las derrotas militares de los españoles en Europa, otorgaron concesiones que
estimularon el tráfico marítimo entre el puerto de Cádiz, que desplazó a
Sevilla, y los puertos franceses, ingleses, holandeses y hanseáticos. Cada año
entre ochocientas y mil naves descargaban en España los productos
industrializados por otros. Se llevaban la plata de América y 1 J. Vicens
Vives, director, Historia social y económica de España y América, Barcelona, 1957
la lana española, que marchaba rumbo a los telares extranjeros de donde sería
devuelta ya tejida por la industria europea en expansión. Los monopolistas de
Cádiz se limitaban a remarcar los productos industriales extranjeros que
expedían al Nuevo Mundo: si las manufacturas españolas no podían siquiera
atender al mercado interno, ¿cómo iban a satisfacer las necesidades de las
colonias?
Los encajes de Lille y Arraz, las telas holandesas,
los tapices de Bruselas y los brocados de Florencia, los cristales de Venecia,
las armas de Milán y los vinos y lienzos de Francia inundaban el mercado
español, a expensas de la producción local, para satisfacer el ansia de
ostentación y las exigencias de consumo de los ricos parásitos cada vez más
numerosos y poderosos en un país cada vez más pobre1.
La industria moría en el huevo, y los Habsburgo
hicieron todo lo posible por acelerar su extinción. A mediados del siglo XVI se
había llegado al colmo de autorizar la importación de tejidos extranjeros al
mismo tiempo que se prohibía toda exportación de paños castellanos que no
fueran a América[26].
Por el contrario, como ha hecho notar Ramos, muy
distintas eran las
orientaciones de Enrique VIII o Isabel I en
Inglaterra, cuando prohibían en esta
ascendente nación la salida del oro y de la plata,
monopolizaban las letras de
cambio, impedían la extracción de la lana y
arrojaban de los puertos británicos a los
mercaderes de la Liga Hanseática del Mar del Norte.
Mientras tanto, las repúblicas
italianas protegían su comercio exterior y su
industria mediante aranceles,
privilegios y prohibiciones rigurosas: los
artífices no podían expatriarse bajo pena
de muerte.
La ruina lo abarcaba todo. De los 16 mil telares
que quedaban en Sevilla en
cuarenta años después. Los siete millones de ovejas
de la ganadería andaluza se
redujeron a dos millones. Cervantes retrató en Don
Quijote de la Mancha —novela de
gran circulación en América— la sociedad de su
época. Un decreto de mediados del
siglo XVI hacía imposible la importación de libros
extranjeros e impedía a los
estudiantes cursar estudios fuera de España; los
estudiantes de Salamanca se
redujeron a la mitad en pocas décadas; había nueve
mil conventos y el clero se
multiplicaba casi tan intensamente como la nobleza
de capa y espada; 160 mil
extranjeros acaparaban el comercio exterior y los
derroches de la aristocracia
condenaban a España a la impotencia económica.
Hacia 1630, poco más de un
centenar y medio de duques, marqueses, condes y
vizcondes recogían cinco
millones de ducados de renta anual, que alimentaban
copiosamente el brillo de sus
títulos rimbombantes. El duque de Medinaceli tenía
setecientos criados y eran
trescientos los sirvientes del gran duque de Osuna,
quien, para burlarse del zar de
Rusia, los vestía con tapados de pieles3.
3 La especie no se ha extinguido. Abro una revista
de Madrid de fines de 1969, leo: ha muerto doña Teresa Bertrán de Lis y Pidal
Gorouski y Chico de Guzmán, duquesa de Albuquerque y marquesa de los Alcañices
y de los Balbases, y la llora el viudo duque de Albuquerque, don Beltrán Alonso
Osorio y Díez de Rivera Martos y Figueroa, marqués de Alcañices, de los
Balbases, de Cadreita, de Cuéllar, de Cullera, de Montaos, conde de
Fuensaldaña, de Grajal, De Huelma, de Ledesma, de la Torre, de Villanueva de
Cañedo, de Villahumbrosa, tres veces Grande de España).
El siglo XVII fue la época del pícaro, el hambre y
las epidemias. Era infinita la cantidad de mendigos españoles, pero ello no
impedía que también los mendigos extranjeros afluyeran desde todos los rincones
de Europa. Hacia 1700 España contaba ya con 625 mil hidalgos, señores de la
guerra, aunque el país se vaciaba: su población se había reducido a la mitad en
algo más de dos siglos, y era equivalente a la de Inglaterra, que en el mismo
período la había duplicado. 1700 señala el fin del régimen de los Habsburgo. La
bancarrota era total. Desocupación crónica, grandes latifundios baldíos, moneda
caótica, industria arruinada, guerras perdidas y tesoros vacíos, la autoridad
central desconocida en las provincias: la España que afrontó Felipe V estaba «poco menos difunta que su amo muerto»[27]
Los Borbones dieron a la nación una apariencia más
moderna, pero a fines del siglo XVIII el clero español tenía nada menos que
doscientos mil miembros y el resto de la población improductiva no detenía su
aplastante desarrollo, a expensas del subdesarrollo del país. Por entonces,
había aún en España más de diez mil pueblos y ciudades sujetos a la
jurisdicción señorial de la nobleza y, por lo tanto, fuera del control directo
del rey. Los latifundios y la institución del mayorazgo seguían intactos.
Continuaban en pie el oscurantismo y el fatalismo. No había sido superada la
época de Felipe IV: en sus tiempos, una junta de teólogos se reunió para
examinar el proyecto de construcción de un canal entre el Manzanares y el Tajo
y terminó declarando que si Dios hubiese querido que los ríos fuesen
navegables, El mismo los hubiera hecho así.
LA
DISTRIBUCIÓN DE FUNCIONES ENTRE EL CABALLO Y EL JINETE
En el primer tomo de El capital, escribió Karl
Marx: «El descubrimiento de los
yacimientos de oro y plata de América, la cruzada de exterminio, esclavización
y sepultamiento en las minas de la población aborigen, el comienzo de la
conquista y el saqueo de las Indias Orientales, la conversión del continente
africano en cazadero de esclavos negros: son todos hechos que señalan los
albores de la era de producción capitalista. Estos procesos idílicos
representan otros tantos factores fundamentales en el movimiento de la
acumulación originaria».
El saqueo, interno y externo, fue el medio más
importante para la acumulación primitiva de capitales que, desde la Edad Media,
hizo posible la aparición de una nueva etapa histórica en la evolución
económica mundial. A medida que se extendía la economía monetaria, el
intercambio desigual iba abarcando cada vez más capas sociales y más regiones
del planeta. Er
Enest Mandel ha sumado el valor del oro y la plata
arrancados de América hasta 1660, el botín extraído de Indonesia por la
Compañía Holandesa de las Indias Orientales desde 1650 hasta 1780, las
ganancias del capital francés en la trata de esclavos durante el siglo XVIII,
las entradas obtenidas por el trabajo esclavo en las Antillas británicas y el
saqueo inglés de la India durante medio siglo: el resultado supera el valor de
todo el capital invertido en todas las industrias europeas hacia 1800 [28]
Mandel hace notar que esta gigantesca masa de capitales creó un ambiente
favorable a las inversiones en Europa, estimuló el «espíritu de empresa» y financió directamente el establecimiento de
manufacturas que dieron un gran impulso a la revolución industrial. Pero, al
mismo tiempo, la formidable concentración internacional de la riqueza en
beneficio de Europa impidió, en las regiones saqueadas, el salto a la
acumulación de capital industrial.
«La doble
tragedia de los países en desarrollo consiste en que no sólo fueron víctimas de
ese proceso de concentración internacional, sino que posteriormente han debido
tratar de compensar su atraso industrial, es decir, realizar la acumulación
originaria de capital industrial, en un mundo que está inundado con los
artículos manufacturados por una industria ya madura, la occidental»[29].
Las colonias americanas habían sido descubiertas,
conquistadas y colonizadas dentro del proceso de la expansión del capital
comercial. Europa tendía sus brazos para alcanzar al mundo entero. Ni España ni
Portugal recibieron los beneficios del arrollador avance del mercantilismo
capitalista, aunque fueron sus colonias las que, en medida sustancial,
proporcionaron el oro y la plata que nutrieron esa expansión. Como hemos visto,
si bien los metales preciosos de América alumbraron la engañosa fortuna de una
nobleza española que vivía su Edad Media tardíamente y a contramano de la
historia, simultáneamente sellaron la ruina de España en los siglos por venir.
Fueron otras las comarcas de Europa que pudieron incubar el capitalismo moderno
valiéndose, en gran parte, de la expropiación de los pueblos primitivos de
América. A la rapiña de los tesoros acumulados sucedió la explotación
sistemática, en los socavones y en los yacimientos, del trabajo forzado de los
indígenas y de los negros esclavos arrancados de África por los traficantes.
Europa necesitaba oro y plata. Los medios de pago
de circulación se multiplicaban sin cesar y era preciso alimentar los
movimientos del capitalismo a la hora del parto: los burgueses se apoderaban de
las ciudades y fundaban bancos, producían e intercambiaban mercancías,
conquistaban mercados nuevos. Oro, plata, azúcar: la economía colonial, más
abastecedora que consumidora, se estructuró en función de las necesidades del
mercado europeo, y a su servicio. El valor de las exportaciones
latinoamericanas de metales preciosos fue, durante prolongados períodos del
siglo XVI, cuatro veces mayor que el valor de las importaciones, compuestas
sobre todo por esclavos, sal, vino y aceite, armas, paños y artículos de lujo.
Los recursos fluían para que los acumularan las naciones europeas emergentes.
Esta era la misión fundamental que habían traído los pioneros, aunque además
aplicaran el Evangelio, casi tan frecuentemente como el látigo, a los indios
agonizantes. La estructura económica de las colonias ibéricas nació subordinada
al mercado externo y, en consecuencia, centralizada en torno del sector
exportador, que concentraba la renta y el poder.
A lo largo del proceso, desde la etapa de los
metales al posterior suministro de alimentos, cada región se identificó con lo
que produjo, y produjo lo que de ella se esperaba en Europa: cada producto,
cargado en las bodegas de los galeones que surcaban el océano, se convirtió en
una vocación y en un destino. La división internacional del trabajo, tal como
fue surgiendo junto con el capitalismo, se parecía más bien a la distribución
de funciones entre un jinete y un caballo, como dice Paul Baran. Los mercados
del mundo colonial crecieron como meros apéndices del mercado interno del capitalismo
que irrumpía[30].
Celso Furtado advierte que los señores feudales europeos obtenían un excedente
económico de la población por ellos dominada, y lo utilizaban, de una u otra
forma, en sus mismas regiones, en tanto que el objetivo principal de los españoles
que recibieron del rey minas, tierras e indígenas en América, consistía en
sustraer un excedente para transferirlo a Europa.
Esta observación contribuye a aclarar el fin último
que tuvo, desde su implantación, la economía colonial americana; aunque formalmente
mostrara algunos rasgos feudales, actuaba al servicio del capitalismo naciente
en otras comarcas. Al fin y al cabo, tampoco en nuestro tiempo la existencia de
los centros ricos del capitalismo puede explicarse sin la existencia de las
periferias pobres y sometidas: unos y otras integran el mismo sistema[31].
Pero no todo el excedente se evadía hacia Europa. La economía colonial estaba
regida por los mercaderes, los dueños de las minas y los grandes propietarios
de tierras, quienes se repartían el usufructo de la mano de obra indígena y
negra bajo la mirada celosa y omnipotente de la Corona y su principal asociada,
la Iglesia. El poder estaba concentrado en pocas manos, que enviaban a Europa
metales y alimentos, y de Europa recibían los artículos suntuarios a cuyo
disfrute consagraban sus fortunas crecientes. No tenían, las clases dominantes,
el menor interés en diversificar las economías internas ni en elevar los
niveles técnicos y culturales de la población: era otra su función dentro del
engranaje internacional para el que actuaban, y la inmensa miseria popular, tan
lucrativa desde el punto de vista de los intereses reinantes, impedía el
desarrollo de un mercado interno de consumo.
Una economista francesa[32]
sostiene que la peor herencia colonial de América Latina, que explica su
considerable atraso actual, es la falta de capitales. Sin embargo, toda la
información histórica muestra que la economía colonial produjo, en el pasado,
una enorme riqueza a las clases asociadas, dentro de la región, al sistema
colonialista de dominio. La cuantiosa mano de obra disponible, que era gratuita
o prácticamente gratuita, y la gran demanda europea por los productos
americanos, hicieron posible, dice Sergio Bagú, «una precoz y cuantiosa acumulación de capitales en las colonias
ibéricas. El núcleo de beneficiarios, lejos de irse ampliando, fue reduciéndose
en proporción a la masa de población, como se desprende del hecho cierto de que
el número de europeos y criollos desocupados aumentara sin cesar».
El capital que restaba en América, una vez deducida
la parte del león que se volcaba al proceso de acumulación primitiva del
capitalismo europeo, no generaba, en estas tierras, un proceso análogo al de
Europa, para echar las bases del desarrollo industrial, sino que se desviaba a
la construcción de grandes palacios y templos ostentosos, a la compra de joyas
y ropas y muebles de lujo, al mantenimiento de servidumbres numerosas y al
despilfarro de las fiestas. En buena medida, también, ese excedente quedaba
inmovilizado en la compra de nuevas tierras o continuaba girando en las
actividades especulativas y comerciales[33].
En el ocaso de la era colonial, encontrará Humboldt
en México «una enorme masa de capitales
amontonados en manos de los propietarios de minas, o en las de negociantes que
se han retirado del comercio». No menos de la mitad de la propiedad raíz y
del capital total de México pertenecía, según su testimonio, a la Iglesia, que
además controlaba buena parte de las tierras restantes mediante hipotecas[34].
Los mineros mexicanos invertían sus excedentes en la compra de latifundios, y
en los empréstitos en hipoteca, al igual que los grandes exportadores de
Veracruz y Acapulco; la jerarquía clerical extendía sus bienes en la misma dirección.
Las residencias capaces de convertir al plebeyo en príncipe y los templos
despampanantes nacían como los hongos después de la lluvia.
En el Perú, a mediados del siglo XVII, grandes
capitales procedentes de los encomenderos, mineros, inquisidores y funcionarios
de la administración imperial se volcaban al comercio. Las fortunas nacidas en
Venezuela del cultivo del cacao, iniciado a fines del siglo XVI, látigo en
mano, a costa de legiones de esclavos negros, se invertían «en nuevas plantaciones y otros cultivos
comerciales, así como en minas, bienes raíces urbanos, esclavos y hatos de
ganado»[35]
RUINAS DE
POTOSÍ: EL CICLO DE LA PLATA
Analizando la naturaleza de las relaciones
«metrópoli-satélite» a lo largo de la historia de América Latina como una
cadena de subordinaciones sucesivas, André Gunder Frank ha destacado, en una de
sus obras[36],
que las regiones hoy día más signadas por el subdesarrollo y la pobreza son
aquellas que en el pasado han tenido lazos más estrechos con la metrópoli y han
disfrutado de períodos de auge. Son las regiones que fueron las mayores
productoras de bienes exportados hacia Europa o, posteriormente, hacia Estados
Unidos, y las fuentes más caudalosas de capital: regiones abandonadas por la
metrópoli cuando por una u otra razón los negocios decayeron. Potosí brinda el
ejemplo más claro de esta caída hacia el vacío.
Las minas de plata de Guanajuato y Zacatecas, en
México, vivieron su auge posteriormente. En los siglos XVI y XVII, el cerro
rico de Potosí fue el centro de la vida colonial americana: a su alrededor
giraban, de un modo u otro, la economía chilena, que le proporcionaba trigo,
carne seca, pieles y vinos; la ganadería y las artesanías de Córdoba y Tucumán,
que la abastecían de animales de tracción y de tejidos; las minas de mercurio
de Huancavélica y la región de Arica por donde se embarcaba la plata para Lima,
principal centro administrativo de la época. El siglo XVIII señala el principio
del fin para la economía de la plata que tuvo su centro en Potosí; sin embargo,
en la época de la independencia, todavía la población del territorio que hoy
comprende Bolivia era superior a la que habitaba lo que hoy es la Argentina.
Siglo y medio después, la población boliviana es casi seis veces menor que la
población argentina. Aquella sociedad potosina, enferma de ostentación y
despilfarro, sólo dejó a Bolivia la vaga memoria de sus esplendores, las ruinas
de sus iglesias y palacios, y ocho millones de cadáveres de indios. Cualquiera
de los diamantes incrustados en el escudo de un caballero rico valía más, al
fin y al cabo, que lo que un indio podía ganar en toda su vida de mitayo, pero
el caballero se fugó con los diamantes. Bolivia, hoy uno de los países más
pobres del mundo, podría jactarse -si ello no resultara patéticamente inútil-
de haber nutrido la riqueza de los países más ricos.
En nuestros días, Potosí es una pobre ciudad de la
pobre Bolivia: «La ciudad que más ha dado
al mundo y la que menos tiene», como me dijo una vieja señora potosina,
envuelta en un kilométrico chal de lana de alpaca, cuando conversamos ante el
patio andaluz de su casa de dos siglos. Esta ciudad condenada a la nostalgia,
atormentada por la miseria y el frío, es todavía una herida abierta del sistema
colonial en América: una acusación. El mundo tendría que empezar por pedirle
disculpas.
Se vive de los escombros. En 1640, el padre Álvaro
Alonso-Barba publicó en Madrid, en la imprenta del reino, su excelente tratado
sobre el arte de los metales. El estaño, escribió Barba, «es veneno».[37]
Mencionó cerros donde «hay mucho estaño,
aunque lo conocen pocos, y por no hallarle la plata que todos buscan, lo echan
por ahí».
En Potosí se explota ahora el estaño que los
españoles arrojaron a un lado como basura. Se venden las paredes de las casas
viejas como estaño de buena ley. Desde las bocas de los cinco mil socavones que
los españoles abrieron en el cerro rico se ha chorreado la riqueza a lo largo
de los siglos. El cerro ha ido cambiando de color a medida que los tiros de
dinamita lo han ido vaciando y le han bajado el nivel de la cumbre. Los
montones de roca, acumulados en torno de los infinitos agujeros, tienen todos
los colores: son rosados, lilas, púrpuras, ocres, grises, dorados, pardos. Una
colcha de retazos. Los llamperos rompen la roca y las palliris indígenas, de
mano sabía para pesar y separar, picotean, como pajaritos, los restos minerales
en busca de estaño. En los viejos socavones que no están inundados los mineros
entran todavía, la lámpara de carburo en una mano, encogidos los cuerpos, para
arrancar lo que se pueda. Plata no hay. Ni un relumbrón; los españoles barrían
las vetas hasta con escobillas; Los pallacos cavan a pico y pala pequeños
túneles para extraer veneros de los despojos. «El cerro es rico todavía -me decía sin asombro un desocupado que
arañaba la tierra con las manos-. Dios ha
de ser, figúrese: el mineral crece como si fuera planta, igual».
Frente al cerro rico de Potosí, se alza el testigo
de la devastación. Es un monte llamado Huakajchi, que en quechua significa: «Cerro que ha llorado». De sus laderas
brotan muchos manantiales de agua pura, los «ojos de agua» que dan de beber a los mineros.
En sus épocas de auge, al promediar el siglo XVII,
la ciudad había congregado a muchos pintores y artesanos españoles o criollos o
imagineros indígenas que imprimieron su sello al arte colonial americano.
Melchor Pérez de Holguín, el Greco de América, dejó una vasta obra religiosa
que a la vez delata el talento de su creador y el aliento pagano de estas
tierras: se hace difícil olvidar, por ejemplo, a la espléndida Virgen María
que, con los brazos abiertos, da de mamar con un pecho al niño Jesús y con el
otro a un santo. Los orfebres, los cinceladores de platería, los maestros del
repujado y los ebanistas, artífices del metal, la madera fina, el yeso y los
marfiles nobles, nutrieron las numerosas iglesias y monasterios de Potosí con
tallas y altares de infinitas filigranas, relumbrantes de plata, y púlpitos y
retablos valiosísimos. Los frentes barrocos de los templos, trabajados en
piedra, han resistido el embate de los siglos, pero no ha ocurrido lo mismo con
los cuadros, en muchos casos mortalmente mordidos por la humedad, ni con las
figuras y objetos de poco peso. Los turistas y los párrocos han vaciado las
iglesias de cuanta cosa han podido llevarse: desde los cálices y las campanas
hasta las tallas de San Francisco y Cristo en haya o fresno.
Estas iglesias desvalijadas, cerradas ya en su
mayoría, se están viniendo abajo, aplastadas por los años. Es una lástima,
porque constituyen todavía, aunque hayan sido saqueadas, formidables tesoros en
pie de un arte colonial que funde y enciende todos los estilos, valioso en el
genio y en la herejía: el «signo
escalonado» de Tiahuanacu en lugar de la cruz y la cruz junto al sagrado
sol y la sagrada luna, las vírgenes y los santos con pelo natural, las uvas y
las espigas enroscadas en las columnas, hasta los capiteles, junto con la
kantuta, la flor imperial de los incas; las sirenas, Baco y la fiesta de la
vida alternando con el ascetismo románico, los rostros morenos de algunas
divinidades y las cariátides de rasgos indígenas. Hay iglesias que han sido
reacondicionadas para prestar, ya vacías de fieles, otros servicios. La iglesia
de San Ambrosio se ha convertido en el cine Omiste; en febrero de 1970, sobre
los bajorrelieves barrocos del frente se anunciaba el próximo estreno: «El mundo está loco, loco, loco».
El templo de la Compañía de Jesús se convirtió
también en cine, después en depósito de mercaderías de la empresa Grace y por último
en almacén de víveres para la caridad pública. Pero otras pocas iglesias están
aún, mal que bien, en actividad: hace por lo menos siglo y medio que los
vecinos de Potosí queman cirios a falta de dinero. La de San Francisco, por
ejemplo. Dicen que la cruz de esta iglesia crece algunos centímetros por año, y
que también crece la barba del Señor de la Vera Cruz, un imponente Cristo de
plata y seda que apareció en Potosí, traído por nadie, hace cuatro siglos. Los
curas no niegan que cada determinado tiempo lo afeitan, y le atribuyen, hasta
por escrito, todos los milagros: conjuraciones sucesivas de sequías y pestes,
guerras en defensa de la ciudad acosada.
Sin embargo, nada pudo el Señor de la Vera Cruz
contra la decadencia de Potosí. La extenuación de la plata había sido
interpretada como un castigo divino por las atrocidades y los pecados de los
mineros. Atrás quedaron las misas espectaculares; como los banquetes y las
corridas de toros, los bailes y los fuegos de artificio, el culto religioso a
todo lujo había sido también, al fin y al cabo, un subproducto del trabajo
esclavo de los indios. Los mineros hacían, en la época del esplendor, fabulosas
donaciones para las iglesias y los monasterios, y celebraban suntuosos oficios
fúnebres. Llaves de plata pura para las puertas del cielo: el mercader Alvaro
Bejarano había ordenado, en su testamento de 1559, que acompañaran su cadáver «todos los curas y sacerdotes de Potosí».
El curanderismo y la brujería se mezclaban con la religión autorizada, en el
delirio de los fervores y los pánicos de la sociedad colonial. La extremaunción
con campanilla y palio podía, como la comunión, curar al agonizante, aunque
resultaba mucho más eficaz un jugoso testamento para la construcción de un
templo o de un altar de plata. Se combatía la fiebre con los evangelios: las
oraciones en algunos conventos refrescaban el cuerpo: en otros, daban calor. «El Credo era fresco como el tamarindo o el
nitro dulce y la Salve era cálida como el azahar o el cabello de choclo...
»[38]
En la calle Chuquisaca puede uno admirar el
frontis, roído por los siglos, de los condes de Carma y Cayara, pero el palacio
es ahora el consultorio de un cirujano-dentista; la heráldica del maestre de
campo don Antonio López de Quiroga, en la calle Lanza, adorna ahora una
escuelita; el escudo del marqués de Otavi, con sus leones rampantes, luce en el
pórtico del Banco Nacional. «En qué
lugares vivirán ahora. Lejos se han debido ir...». La anciana potosina,
atada a su ciudad, me cuenta que primero se fueron los ricos, y después también
se fueron los pobres: Potosí tiene ahora tres veces menos habitantes que hace
cuatro siglos. Contemplo el cerro desde una azotea de la calle Uyuni, una muy
angosta y viboreante callejuela colonial, donde las casas tienen grandes
balcones de madera tan pegados de vereda a vereda que pueden los vecinos
besarse o golpearse sin necesidad de bajar a la calle. Sobreviven aquí, como en
toda la ciudad, los viejos candiles de luz mortecina bajo los cuales, al decir
de Jaime Molins, «se solventaron querellas
de amor y se escurrieron, como duendes, embozados caballeros, damas elegantes y
tahúres». La ciudad tiene ahora luz eléctrica, pero no se nota mucho. En
las plazas oscuras, a la luz de los viejos faroles, funcionan las tómbolas por
las noches: vi rifar un pedazo de torta en medio de un gentío.
Junto con Potosí, cayó Sucre. Esta ciudad del
valle, de clima agradable, que antes se había llamado Charcas, La Plata y
Chuquisaca sucesivamente, disfrutó buena parte de la riqueza que manaba de las
venas del cerro rico de Potosí. Gonzalo Pizarro, hermano de Francisco, había
instalado allí su corte, fastuosa como la del rey que quiso ser y no pudo;
iglesias y caserones, parques y quintas de recreo brotaban continuamente junto
con los juristas, los místicos y los retóricos poetas que fueron dando a la
ciudad, de siglo en siglo, su sello. «Silencio,
es Sucre. Silencio no más, pues. Pero antes...».
Antes, ésta fue la capital cultural de dos
virreinatos, la sede del principal arzobispado de América y del más poderoso
tribunal de justicia de la colonia, la ciudad más ostentosa y culta de América
del Sur. Doña Cecilia Contreras de Torres y doña María de las Mercedes Torralba
de Gramajo, señoras de Ubina y Colquechaca, daban banquetes de Camacho:
competían en el derroche de las fabulosas rentas que producían sus minas de
Potosí, y cuando las opíparas fiestas concluían arrojaban por los balcones la
vajilla de plata y hasta los enseres de oro, para que los recogiesen los
transeúntes afortunados.
Sucre cuenta todavía con una Torre Eiffel y con sus
propios Arcos de Triunfo, y dicen que con las joyas de su virgen se podría
pagar toda la gigantesca deuda externa de Bolivia. Pero las famosas campanas de
las iglesias que en 1809 cantaron con júbilo a la emancipación de América, hoy
ofrecen un tañido fúnebre. La ronca campana de San Francisco, que tantas veces
anunciara sublevaciones y motines, hoy dobla por la mortal inmovilidad de
Sucre. Poco importa que siga siendo la capital legal de Bolivia, y que en Sucre
resida todavía la Suprema Corte de justicia. Por las calles pasean innumerables
leguleyos, enclenques y de piel amarilla, sobrevivientes testimonios de la
decadencia: doctores de aquellos que usaban quevedos, con cinta negra y todo.
Desde los grandes palacios vacíos, los ilustres patriarcas de Sucre envían a
sus sirvientes a vender empanadas a las ventanillas del ferrocarril. Hubo quien
supo comprar, en otras horas afortunadas, hasta un título de príncipe.
En Potosí y en Sucre sólo quedaron vivos los
fantasmas de la riqueza muerta. En Huanchaca, otra tragedia boliviana, los
capitales anglo-chilenos agotaron, durante el siglo pasado, vetas de plata de
más de dos metros de ancho, con una altísima ley; ahora sólo restan las ruinas
humeantes de polvo. Huanchaca continúa en los mapas, como si todavía existiera,
identificada como un centro minero todavía vivo, con su pico y su pala
cruzados.
¿Tuvieron mejor suerte las minas mexicanas de
Guanajuato y Zacatecas? Con base en los datos que proporciona Alexander von
Humboldt, se ha estimado en unos cinco mil millones de dólares actuales la
magnitud del excedente económico evadido de México entre 1760 y 1809, apenas
medio siglo, a través de las exportaciones de plata y oro[39]
Por entonces no había minas más importantes en América. El gran sabio alemán
comparó la mina de Valenciana, en Guanajuato, con la Himmels Furst de Sajonia,
que era la más rica de Europa: la Valenciana producía 36 veces más plata, al
filo del siglo, y dejaba a sus accionistas ganancias 33 veces más altas. El conde
Santiago de la Laguna vibraba de emoción al describir, en 1732, el distrito
minero de Zacatecas y «los preciosos
tesoros que ocultan sus profundos senos», en los cerros «todos honrados con más de cuatro mil bocas,
para mejor servir con el fruto de sus entrañas a ambas Majestades», Dios y
el Rey, y «para que todos acudan a beber
y participar de lo grande, de lo rico, de lo docto, de lo urbano y de lo noble»,
porque era «fuente de sabiduría, policía,
armas y nobleza...»[40]
Además de esta obra y del ensayo de Humboldt, el
autor ha consultado: Luis Chávez Orozco, Revolución industrial - Revolución
política, Biblioteca del Obrero y Campesino, México, s. f.; Lucio Marmolejo,
Efemérides guanajuatenses, o datos para formar la historia de la ciudad de
Guanaiuato, Guanajuato, 1883; José María Luis Mora, México y sus revoluciones,
México, 1965; y para los datos de la actualidad, La economía del Estado de
Zacatecas y La economía del Estado de Guanajuato, de la serie de
investigaciones del Sistema Bancos de Comercio, México, 1968).
El cura Marmolejo describía más tarde a la ciudad
de Guanajuato, atravesada por los puentes, con jardines que tanto se parecían a
los de Semíramis en Babilonia y los templos deslumbrantes, el teatro, la plaza
de toros, los palenques de gallos y las torres y las cúpulas alzadas contra las
verdes laderas de las montañas. Pero éste era «el país de la desigualdad» y Humboldt pudo escribir sobre México: «Acaso en ninguna parte la desigualdad es más
espantosa... la arquitectura de los edificios públicos y privados, la finura
del ajuar de las mujeres, el aire de la sociedad; todo anuncia un extremo de
esmero que se contrapone extraordinariamente a la desnudez, ignorancia y
rusticidad del populacho».
Los socavones engullían hombres y mulas en las lomas
de las cordilleras; los indios, «que
vivían sólo para salir del día», padecían hambre endémica y las pestes los
mataban como moscas. En un solo año, 1784, una oleada de enfermedades
provocadas por la falta de alimentos que resultó de una helada arrasadora,
había segado más de ocho mil vidas en Guanajuato.
Los capitales no se acumulaban, sino que se
derrochaban. Se practicaba el viejo dicho: «Padre
mercader, hijo caballero, nieto pordiosero». En una representación dirigida
al gobierno, en 1843, Lucas Alamán formuló una sombría advertencia, mientras
insistía en la necesidad de defender la industria nacional mediante un sistema
de prohibiciones y fuertes gravámenes contra la competencia extranjera: «Preciso es recurrir al fomento de la
industria, como única fuente de una prosperidad universal -decía-. De nada
serviría a Puebla la riqueza de Zacatecas, si no fuese por el consumo que
proporciona a sus manufacturas, y si éstas decayesen otra vez como antes ha
sucedido, se arruinaría ese departamento ahora floreciente, sin que pudiese
salvarlo de la miseria la riqueza de aquellas minas».
La profecía resultó certera. En nuestros días,
Zacatecas y Guanajuato ni siquiera son las ciudades más importantes de sus
propias comarcas. Ambas languidecen rodeadas de los esqueletos de los
campamentos de la prosperidad minera. Zacatecas, alta y árida, vive de la
agricultura y exporta mano de obra hacia otros estados; son bajísimas las leyes
actuales de sus minerales de oro y plata, en relación con los buenos tiempos
pasados. De las cincuenta minas que el distrito de Guanajuato tenía en
explotación, apenas quedan, ahora, dos. No crece la población de la hermosa
ciudad, pero afluyen los turistas a contemplar el esplendor exuberante de los
viejos tiempos, a pasear por las callejuelas de nombres románticos, ricas de
leyendas, y a horrorizarse con las cien momias que las sales de la tierra han
conservado intactas.
La mitad de las familias del estado de Guanajuato,
con un promedio de más de cinco miembros, viven actualmente en chozas de una
sola habitación.
EL
DERRAMAMIENTO DE LA SANGRE Y DE LAS LÁGRIMAS: Y SIN EMBARGO, EL PAPA HABÍA
RESUELTO QUE LOS INDIOS TENÍAN ALMA
En 1581, Felipe II había afirmado, ante la audiencia
de Guadalajara, que ya un tercio de los indígenas de América había sido
aniquilado, y que los que aún vivían se veían obligados a pagar tributos por
los muertos. El monarca dijo, además, que los indios eran comprados y vendidos.
Que dormían a la intemperie. Que las madres mataban a sus hijos para salvarlos
del tormento en las minas[41].
Pero la hipocresía de la Corona tenía menos límites que el Imperio: la Corona
recibía una quinta parte del valor de los metales que arrancaban sus súbditos
en toda la extensión del Nuevo Mundo hispánico, además de otros impuestos, y
otro tanto ocurría, en el siglo XVIII, con la Corona portuguesa en tierras de
Brasil. La plata y el oro de América penetraron como un ácido corrosivo, al
decir de Engels, por todos los poros de la sociedad feudal moribunda en Europa,
y al servicio del naciente mercantilismo capitalista los empresarios mineros
convirtieron a los indígenas y a los esclavos negros en un numerosísimo «proletariado externo» de la economía
europea.
La esclavitud grecorromana resucitaba en los
hechos, en un mundo distinto; al infortunio de los indígenas de los imperios
aniquilados en la América hispánica hay que sumar el terrible destino de los
negros arrebatados a las aldeas africanas para trabajar en Brasil y en las
Antillas. La economía colonial latinoamericana dispuso de la mayor
concentración de fuerza de trabajo hasta entonces conocida, para hacer posible
la mayor concentración de riqueza de que jamás haya dispuesto civilización
alguna en la historia mundial.
Aquella violenta marea de codicia, horror y bravura
no se abatió sobre estas comarcas sino al precio del genocidio nativo: las
investigaciones recientes mejor fundadas atribuyen al México precolombino una
población que oscila entre los veinticinco y treinta millones, y se estima que
había una cantidad semejante de indios en la región andina; América Central y
las Antillas contaban entre diez y trece millones de habitantes. Los indios de
las Américas sumaban no menos de setenta millones, y quizás más, cuando los
conquistadores extranjeros aparecieron en el horizonte; un siglo y medio
después se habían reducido, en total, a sólo tres millones y medio[42]
Según el marqués de Barinas, entre Lima y Paita, donde habían vivido más de dos
millones de indios, no quedaban más que cuatro mil familias indígenas en 1685.
El arzobispo Liñán y Cisneros negaba el aniquilamiento de los indios: «Es que se ocultan --decía- para no pagar
tributos, abusando de la libertad de que gozan y que no tenían en la época de
los incas»[43]
Manaba sin cesar el metal de las vetas americanas,
y de la corte española llegaban, también sin cesar ordenanzas que otorgaban una
protección de papel y una dignidad de tinta a los indígenas, cuyo trabajo
extenuante sustentaba al reino. La ficción de la legalidad amparaba al indio;
la explotación de la realidad lo desangraba. De la esclavitud a la encomienda
de servicios, y de ésta a la encomienda de tributos y al régimen de salarios,
las variantes en la condición jurídica de la mano de obra indígena no alteraron
más que superficialmente su situación real. La Corona consideraba tan necesaria
la explotación inhumana de la fuerza de trabajo aborigen, que en 1601 Felipe
III dictó reglas prohibiendo el trabajo forzoso en las minas y,
simultáneamente, envió otras instrucciones secretas ordenando continuarlo «en caso de que aquella medida hiciese
flaquear la producción»[44].
Del mismo modo, entre 1616 y 1619 el visitador y
gobernador Juan de Solórzano hizo una investigación sobre las condiciones de trabajo
en las minas de mercurio de Huancavélica: «...el
veneno penetraba en la. pura médula, debilitando los miembros todos y
provocando un temblor constante, muriendo los obreros, por lo general, en el
espacio de cuatro años», informó al Consejo de Indias y al monarca. Pero en
1631 Felipe IV ordenó que se continuara allí con el mismo sistema, y su
sucesor, Carlos II, renovó tiempo después el decreto. Estas minas de mercurio
eran directamente explotadas por la Corona, a diferencia de las minas de plata,
que estaban en manos de empresarios privados.
En tres centurias, el cerro rico de Potosí quemó,
según Josiah Conder, ocho millones de vidas. Los indios eran arrancados de las
comunidades agrícolas y arriados, junto con sus mujeres y sus hijos, rumbo al
cerro. De cada diez que marchaban hacia los altos páramos helados, siete no
regresaban jamás. Luis Capoche, que era dueño de minas y de ingenios, escribió
que «estaban los caminos cubiertos que
parecía que se mudaba el reino». En las comunidades, los indígenas habían
visto «volver muchas mujeres afligidas
sin sus maridos y muchos hijos huérfanos sin sus padres» y sabían que en la
mina esperaban «mil muertes y desastres».
Los españoles batían cientos de millas a la redonda en busca de mano de obra.
Muchos de los indios morían por el camino, antes de llegar a Potosí.
Pero eran las terribles condiciones de trabajo en
la mina las que más gente mataban. El dominico fray Domingo de Santo Tomás
denunciaba al Consejo de Indias, en
Los caciques de las comunidades tenían la
obligación de remplazar a los mitayos que iban muriendo, con nuevos hombres de
dieciocho a cincuenta años de edad. El corral de repartimiento, donde se
adjudicaban los indios a los dueños de las minas y los ingenios, una gigantesca
cancha de paredes de piedra, sirve ahora para que los obreros jueguen al
fútbol; la cárcel de los mitayos, un informe montón de ruinas, puede ser
todavía contemplada a la entrada de Potosí.
En la Recopilación de Leyes de Indias no faltan
decretos de aquella época estableciendo la igualdad de derechos de los indios y
los españoles para explotar las minas y prohibiendo expresamente que se
lesionaran los derechos de los nativos. La historia formal —letra muerta que en
nuestros tiempos recoge la letra muerta de los tiempos pasados— no tendría de
qué quejarse, pero mientras se debatía en legajos infinitos la legislación del
trabajo indígena y estallaba en tinta el talento de los juristas españoles, en
América la ley «se acataba pero no se
cumplía».
En los hechos, «el
pobre del indio es una moneda -al decir de Luis Capoche- con la cual se halla todo lo que es
menester, como con oro y plata, y muy mejor». Numerosos individuos
reivindicaban ante los tribunales su condición de mestizos para que no los
mandaran a los socavones, ni los vendieran y revendieran en el mercado. A fines
del siglo XVII, Concolorcorvo, por cuyas venas corría sangre indígena, renegaba
así de los suyos: «No negamos que las
minas consumen número considerable de indios, pero esto no procede del trabajo
que tienen en las minas de plata y azogue, sino del libertinaje en que viven».
El testimonio de Capoche, que tenía muchos indios a su servicio, resulta
ilustrativo en este sentido. Las glaciales temperaturas de la intemperie
alternaban, con los calores infernales en lo hondo del cerro. Los indios
entraban en las profundidades, «y
ordinariamente los sacan muertos y otros quebradas las cabezas y piernas, y en
los ingenios cada día se hieren». Los mitayos hacían saltar el mineral a
punta de barreta y luego lo subían cargándolo a la espalda, por escalas, a la
luz de una vela.
Fuera del socavón, movían los largos ejes de madera
en los ingenios o fundían la plata a fuego, después de molerla y lavarla. La
«mita» era una máquina de triturar indios. El empleo del mercurio para la
extracción de la plata por amalgama envenenaba tanto o más que los gases
tóxicos en el vientre de la tierra. Hacía caer el cabello y los dientes y
provocaba temblores indominables. Los «azogados»
se arrastraban pidiendo limosna por las calles. Seis mil quinientas fogatas
ardían en la noche sobre las laderas del cerro rico, y en ellas se trabajaba la
plata valiéndose del viento que enviaba el «glorioso
san Agustino» desde el cielo. A causa del humo de los hornos no había
pastos ni sembradíos en un radio de seis leguas alrededor de Potosí, y las
emanaciones no eran menos implacables con los cuerpos de los hombres.
No faltaban las justificaciones ideológicas. La
sangría del Nuevo Mundo se convertía en un acto de caridad o una razón de fe.
Junto con la culpa nació todo un sistema de coartadas para las conciencias
culpables. Se transformaba a los indios en bestias de carga, porque resistían
un peso mayor que el que soportaba el débil lomo de la llama, y de paso se
comprobaba que, en efecto, los indios eran bestias de carga. Un virrey de
México consideraba que no había mejor remedio que el trabajo en las minas para
curar la «maldad natural» de los
indígenas. Juan Ginés de Sepúlveda, el humanista, sostenía que los indios
merecían el trato que recibían porque sus pecados e idolatrías constituían una
ofensa contra Dios. El conde de Buffon afirmaba que no se registraba en los
indios, animales frígidos y débiles, «ninguna
actividad del alma».
El abate De Paw inventaba una América donde los
indios degenerados alternaban con perros que no sabían ladrar, vacas incomestibles
y camellos impotentes. La América de Voltaire, habitada por indios perezosos y
estúpidos, tenía cerdos con el ombligo a la espalda y leones calvos y cobardes.
Bacon, De Maistre, Montesquieu, Hume y Bodin se negaron a reconocer como
semejantes a los «hombres degradados»
del Nuevo Mundo. Hegel habló de la impotencia física y espiritual de América y
dijo que los indígenas habían perecido al soplo de Europa.[46]
En el siglo XVII, el padre Gregorio García sostenía
que los indios eran de ascendencia judía, porque al igual que los judíos «son perezosos, no creen en los milagros de
Jesucristo y no están agradecidos a los españoles por todo el bien que les han
hecho». Al menos, no negaba este sacerdote que los indios descendieran de
Adán y Eva: eran numerosos los teólogos y pensadores que no habían quedado
convencidos por la Bula del Papa Paulo III, emitida en 1537, que había
declarado a los indios «verdaderos
hombres». El padre Bartolomé de Las Casas agitaba la corte española con sus
denuncias contra la crueldad de los conquistadores de América: en 1557, un
miembro del real consejo le respondió que los indios estaban demasiado bajos en
la escala de la humanidad para ser capaces de recibir la fe.[47]
Las Casas dedicó su fervorosa vida a la defensa de los indios frente a los
desmanes de los mineros y los encomenderos.
Decía que los indios preferían ir al infierno para
no encontrarse con los cristianos. A los conquistadores y colonizadores se les «encomendaban»
indígenas para que los catequizaran. Pero como los indios debían al
«encomendero» servicios personales y tributos económicos, no era mucho el
tiempo que quedaba para introducirlos en el cristiano sendero de la salvación.
En recompensa a sus servicios, Hernán Cortés había recibido veintitrés mil
vasallos; se repartían los indios al mismo tiempo que se otorgaban las tierras
mediante mercedes reales o se las obtenía por el despojo directo. Desde 1536
los indios eran otorgados en encomienda, junto con su descendencia, por el
término de dos vidas: la del encomendero y su heredero inmediato; desde 1629 el
régimen se fue extendiendo, en la práctica. Se vendían las tierras con los
indios adentro[48]
En el siglo XVIII, los indios, los sobrevivientes, aseguraban la vida cómoda de
muchas generaciones por venir. Como los dioses vencidos persistían en sus
memorias, no faltaban coartadas santas para el usufructo de su mano de obra por
parte de los vencedores: los indios eran paganos, no merecían otra vida. ¿Tiempos
pasados? Cuatrocientos veinte años después de la Bula del Papa Paulo III, en
septiembre de 1957, la Corte Suprema de Justicia del Paraguay emitió una
circular comunicando a todos los jueces del país que «los indios son tan seres humanos como los otros habitantes de la
república... »
Y el Centro de Estudios Antropológicos de la
Universidad Católica de Asunción realizó posteriormente una encuesta reveladora
en la capital y en el interior: de cada diez paraguayos, ocho creen que «los indios son como animales». En
Caaguazú, en el Alto Paraná y en el Chaco, los indios son cazados como fieras,
vendidos a precios baratos y explotados en régimen de virtual esclavitud. Sin
embargo, casi todos los paraguayos tienen sangre indígena, y el Paraguay no se
cansa de componer canciones, poemas y discursos en homenaje al «alma guaraní».
LA NOSTALGIA
PELEADORA DE TUPAC AMARU
Cuando los españoles irrumpieron en América, estaba
en su apogeo el imperio teocrático de los incas, que extendía su poder sobre lo
que hoy llamamos Perú, Bolivia y Ecuador, abarcaba parte de Colombia y de Chile
y llegaba hasta el norte argentino y la selva brasileña; la confederación de
los aztecas había conquistado un alto nivel de eficacia en el valle de México,
y en Yucatán y Centroamérica la civilización espléndida de los mayas persistía
en los pueblos herederos, organizados para el trabajo y la guerra.
Estas sociedades han dejado numerosos testimonios
de su grandeza, a pesar de todo el largo tiempo de la devastación: monumentos
religiosos levantados con mayor sabiduría que las pirámides egipcias, eficaces
creaciones técnicas para la pelea contra la naturaleza, objetos de arte que
delatan un invicto talento. En el museo de Lima pueden verse centenares de
cráneos que fueron objeto de trepanaciones y curaciones con placas de oro y
plata por parte de los cirujanos incas. Los mayas habían sido grandes
astrónomos, habían medido el tiempo y el espacio con precisión asombrosa, y
habían descubierto el valor de la cifra cero antes que ningún otro pueblo en la
historia. Las acequias y las islas artificiales creadas por los aztecas
deslumbraron a Hernán Cortés, aunque no eran de oro.
La conquista rompió las bases de aquellas
civilizaciones. Peores consecuencias que la sangre y el fuego de la guerra tuvo
la implantación de una economía minera. Las minas exigían grandes
desplazamientos de población y desarticulaban las unidades agrícolas
comunitarias; no sólo extinguían vidas innumerables a través del trabajo
forzado, sino que además, indirectamente, abatían el sistema colectivo de
cultivos. Los indios eran conducidos a los socavones, sometidos a la
servidumbre de los encomenderos y obligados a entregar por nada las tierras que
obligatoriamente dejaban o descuidaban. En la costa del Pacífico los españoles
destruyeron o dejaron extinguir los enormes cultivos de maíz, yuca, frijoles,
pallares, maní, papa dulce; el desierto devoró rápidamente grandes extensiones
de tierra que habían recibido vida de la red incaica de irrigación.
Cuatro siglos y medio después de la conquista sólo
quedan rocas y matorrales en el lugar de la mayoría de los caminos que unían el
imperio. Aunque las gigantescas obras públicas de los incas fueron, en su mayor
parte, borradas por el tiempo o por la mano de los usurpadores, restan aún,
dibujadas en la cordillera de los Andes, las interminables terrazas que
permitían y todavía permiten cultivar las laderas de las montañas. Un técnico
norteamericano[49]
estimaba, en 1936, que si en ese año se hubieran construido, con métodos
modernos, esas terrazas, hubieran costado unos treinta mil dólares por acre.
Las terrazas y los acueductos de irrigación fueron posibles, en aquel imperio
que no conocía la rueda, el caballo ni el hierro, merced a la prodigiosa
organización y a la perfección técnica lograda a través de una sabía división
del trabajo, pero también gracias a la fuerza religiosa que regía la relación
del hombre con la tierra que era sagrada y estaba, por lo tanto, siempre viva.
También habían sido asombrosas las respuestas
aztecas al desafío de la naturaleza. En nuestros días, los turistas conocen por
«jardines flotantes» las pocas islas sobrevivientes en el lago desecado donde
ahora se levanta, sobre las ruinas indígenas, la capital de México. Esas islas
habían sido creadas por los aztecas para dar respuesta al problema de la falta
de tierras en el lugar elegido para la creación de Tenochtitlán. Los indios
habían trasladado grandes masas de barro desde las orillas y habían apresado
las nuevas islas de limo entre delgadas paredes de cañas, hasta que las raíces
de los árboles les dieron firmeza. Por entre los nuevos espacios de tierra se
deslizaban los canales de agua. Sobre estas islas inusitadamente fértiles
creció la poderosa capital de los aztecas, con sus amplias avenidas, sus
palacios de austera belleza y sus pirámides escalonadas: brotada mágicamente de
la laguna, estaba condenada a desaparecer ante los embates de la conquista
extranjera. Cuatro siglos demoraría México para alcanzar una población tan
numerosa como la que existía en aquellos tiempos.
Los indígenas eran, como dice Darcy Ribeiro, el
combustible del sistema productivo colonial. «Es casi seguro -escribe Sergío Bagú- que a las minas hispanas fueron arrojados centenares de indios
escultores, arquitectos, ingenieros y astrónomos confundidos entre la multitud
esclava, para realizar un burdo y agotador trabajo de extracción. Para la
economía colonial, la habilidad técnica de esos individuos no interesaba. Sólo
contaban ellos como trabajadores no calificados».
Pero no se perdieron todas las esquirlas de
aquellas culturas rotas. La esperanza del renacimiento de la dignidad perdida
alumbraría numerosas sublevaciones indígenas. En 1781 Túpac Amaru puso sitio al
Cuzco. Este cacique mestizo, directo descendiente de los emperadores incas,
encabezó el movimiento mesiánico y revolucionario de mayor envergadura. La gran
rebelión estalló en la provincia de Tinta. Montado en su caballo blanco, Túpac
Amaru entró en la plaza de Tungasuca y al son de tambores y pututus anunció que
había condenado a la horca al corregidor real Antonio Juan de Arriaga, y
dispuso la prohibición de la mita de Potosí. La provincia de Tinta estaba
quedando despoblada a causa del servicio obligatorio en los socavones de plata
del cerro rico.
Pocos días después, Túpac Amaru expidió un nuevo
bando por el que decretaba la libertad de los esclavos. Abolió todos los
impuestos y el «repartimiento» de mano de obra indígena en todas sus formas.
Los indígenas se sumaban, por millares y millares, a las fuerzas del «padre de todos los pobres y de todos los
miserables y desvalidos». Al frente de sus guerrilleros, el caudillo se
lanzó sobre el Cuzco. Marchaba predicando arengas: todos los que murieran bajo
sus órdenes en esta guerra resucitarían para disfrutar las felicidades y las riquezas
de las que habían sido despojados por los invasores. Se sucedieron victorias y
derrotas; por fin, traicionado y capturado por uno de sus jefes, Túpac Amaru
fue entregado, cargado de cadenas, a los realistas. En su calabozo entró el
visitador Areche para exigirle, a cambio de promesas, los nombres de los
cómplices de la rebelión. Túpac Amaru le contestó con desprecio: «Aquí no hay más cómplice que tú y yo; tú por
opresor, y yo por libertador, merecemos la muerte»[50]
Tupac fue sometido a suplicio, junto con su esposa,
sus hijos y sus principales partidarios, en la plaza del Wacaypata, en el
Cuzco. Le cortaron la lengua. Ataron sus brazos y sus piernas a cuatro
caballos, para descuartizarlo, pero el cuerpo no se partió. Lo decapitaron al
pie de la horca. Enviaron la cabeza a Tinta. Uno de sus brazos fue a Tungasuca
y el otro a Carabaya. Mandaron una pierna a Santa Rosa y la otra a Livitaca. Le
quemaron el torso y arrojaron las cenizas al río Watanay. Se recomendó que
fuera extinguida toda su descendencia, hasta el cuarto grado.
En 1802 otro cacique descendiente de los incas,
Astorpilco, recibió la visita de Humboldt. Fue en Cajamarca, en el exacto sitio
donde su antepasado, Atahualpa, había visto por primera vez al conquistador
Pizarro. El hijo del cacique acompañó al sabio alemán a recorrer las ruinas del
pueblo y los escombros del antiguo palacio incaico, y mientras caminaban le
hablaba de los fabulosos tesoros escondidos bajo el polvo y las cenizas. «¿No sentís a veces el antojo de cavar en
busca de los tesoros para satisfacer vuestras necesidades?», le preguntó
Humboldt. Y el joven contestó: «Tal
antojo no nos viene. Mi padre dice que sería pecaminoso. Si tuviéramos las
ramas doradas con todos los frutos de oro, los vecinos blancos nos odiarían y
nos harían daño»[51]
El cacique cultivaba un pequeño campo de trigo.
Pero eso no bastaba para ponerse a salvo de la codicia ajena. Los usurpadores,
ávidos de oro y plata y también de brazos esclavos para trabajar las minas, no
demoraron en abalanzarse sobre las tierras cuando los cultivos ofrecieron
ganancias tentadoras. El despojo continuó todo a lo largo del tiempo, y en
1969, cuando se anunció la reforma agraria en el Perú, todavía los diarios
daban cuenta, frecuentemente, de que los indios de las comunidades rotas de la
sierra invadían de tanto en tanto, desplegando sus banderas, las tierras que
habían sido robadas a ellos o a sus antepasados, y eran repelidos a balazos por
el ejército. Hubo que esperar casi dos siglos desde Tupac Amaru para que el
general nacionalista Juan Velasco Alvarado recogiera y aplicara aquella frase
del cacique, de resonancias inmortales: «¡Campesino!
¡El patrón ya no comerá más tu pobreza!»
Otros héroes que el tiempo se ocupó de rescatar de
la derrota fueron los mexicanos Hidalgo y Morelos. Miguel Hidalgo, que había
sido hasta los cincuenta años un apacible cura rural, un buen día echó a vuelo
las campanas de la iglesia de Dolores llamando a los indios a luchar por su
liberación: «¿Queréis empeñaros en el
esfuerzo de recuperar, de los odiados españoles, las tierras robadas a vuestros
antepasados hace trescientos años?». Levantó el estandarte de la virgen
india de Guadalupe, y antes de seis semanas ochenta mil hombres lo seguían,
armados con machetes, picas, hondas, arcos y flechas. El cura revolucionario
puso fin a los tributos y repartió las tierras de Guadalajara; decretó la
libertad de los esclavos; abalanzó sus fuerzas sobre la ciudad de México. Pero
fue finalmente ejecutado, al cabo de una derrota militar y, según dicen, dejó
al morir un testimonio de apasionado arrepentimiento[52]
La revolución no demoró en encontrar un nuevo jefe,
el sacerdote José María Morelos: «Deben
tenerse como enemigos todos los ricos, nobles y empleados de primer orden...
». Su movimiento -insurgencia indígena y revolución social- llegó a dominar una
gran extensión del territorio de México hasta que Morelos fue también derrotado
y fusilado. La independencia de México, seis años después, «resultó ser un negocio perfectamente
hispánico, entre europeos y gentes nacidas en América... una lucha política
dentro de la misma clase reinante»[53].
El encomendado fue convertido en peón y el encomendero en hacendado-.[54]
LA SEMANA
SANTA DE LOS INDIOS: TERMINA SIN RESURRECCIÓN
A principios de nuestro siglo, todavía los dueños
de los pongos, indios dedicados al servicio doméstico, los ofrecían en alquiler
a través de los diarios de La Paz. Hasta la revolución de 1952, que devolvió a
los indios bolivianos el pisoteado derecho a la dignidad, los pongos comían las
sobras de la comida del perro, a cuyo costado dormían, y se hincaban para
dirigir la palabra a cualquier persona de piel blanca. Los indígenas habían
sido bestias de carga para llevar a la espalda los equipajes de los
conquistadores: las cabalgaduras eran escasas.
Pero en nuestros días pueden verse, por todo el
altiplano andino, changadores aimaras y quechuas cargando fardos hasta con los
dientes a cambio de un pan duro. La neumoconiosis había sido la primera
enfermedad profesional de América; en la actualidad, cuando los mineros
bolivianos cumplen treinta y cinco años de edad, ya sus pulmones se niegan a
seguir trabajando: el implacable polvo de sílice impregna la piel del minero,
le raja la cara y las manos, le aniquila los sentidos del olfato y el sabor, y
le conquista los pulmones, los endurece y los mata.
Los turistas adoran fotografiar a los indígenas del
altiplano vestidos con sus ropas típicas. Pero ignoran que la actual vestimenta
indígena fue impuesta por Carlos III a fines del siglo XVIII. Los trajes
femeninos que los españoles obligaron a usar a las indígenas eran calcados de
los vestidos regionales de las labradoras extremeñas, andaluzas y vascas, y
otro tanto ocurre con el peinado de las indias, raya al medio, impuesto por el
virrey Toledo. No sucede lo mismo, en cambio, con el consumo de coca, que no
nació con los españoles; ya existía en tiempos de los
incas. La coca se distribuía, sin embargo, con
mesura; el gobierno incaico la monopolizaba y sólo permitía su uso con fines
rituales o para el duro trabajo en las minas. Los españoles estimularon
agudamente el consumo de coca. Era un espléndido negocio. En el siglo XVI se
gastaba tanto, en Potosí, en ropa europea para los opresores como en coca para
los oprimidos.
Cuatrocientos mercaderes españoles vivían, en el
Cuzco, del tráfico de coca; en las minas de plata de Potosí entraban anualmente
cien mil cestos, con un millón de kilos de hojas de coca. La Iglesia extraía
impuestos a la droga. El inca Garcilaso de la Vega nos dice, en sus «comentarios reales», que la mayor parte
de la renta del obispo y de los canónigos y demás ministros de la iglesia del
Cuzco provenía de los diezmos sobre la coca, y que el transporte y la venta de
este producto enriquecían a muchos españoles. Con las escasas monedas que
obtenían a cambio de su trabajo, los indios compraban hojas de coca en lugar de
comida: masticándolas, podían soportar mejor, al precio de abreviar la propia
vida, las mortales tareas impuestas.
Además de la coca, los indígenas consumían
aguardiente, y sus propietarios se quejaban de la propagación de los «vicios
maléficos». A esta altura del siglo veinte, los indígenas de Potosí continúan
masticando coca para matar el hambre y matarse y siguen quemándose las tripas
con alcohol puro. Son las estériles revanchas de los condenados. En las minas
bolivianas, los obreros llaman todavía mita a su salario. Desterrados en su
propia tierra, condenados al éxodo eterno, los indígenas de América Latina
fueron empujados hacia las zonas más pobres, las montañas áridas o el fondo de
los desiertos, a medida que se extendía la frontera de la civilización
dominante.
Los indios han padecido y padecen -síntesis del
drama de toda América Latina la maldición de su propia riqueza. Cuando se
descubrieron los placeres de oro del río Bluefields, en Nicaragua, los indios
cartas fueron rápidamente arrojados lejos de sus tierras en las riberas, y ésta
es también la historia de los indios de todos los valles fértiles y los
subsuelos ricos del río Bravo al sur. Las matanzas de los indígenas que
comenzaron con Colón nunca cesaron. En Uruguay y en la Patagonia argentina, los
indios fueron exterminados, en el siglo pasado, por tropas que los buscaron y
los acorralaron en los bosques o en el desierto, con el fin de que no
estorbaran el avance organizado de los latifundios ganaderos[55].
En la Patagonia argentina, a fines de siglo, los
soldados cobraban contra la presentación de cada par de testículos. La novela
de David Viñas Los dueños de la tierra
(Buenos Aires, 1959) se abre con la cacería de los indios: «Porque matar era como violar a alguien. Algo
bueno. Y hasta gustaba: había que correr, se podía gritar, se sudaba y después
se sentía hambre. Los disparos se habían ido espaciando. Seguramente había
quedado algún cuerpo enhorquetado en uno de esos indios. Un cuerpo de indío
echado hacia atrás, con una mancha negruzca entre
los
muslos... »)
Los indios yaquis, del estado mexicano de Sonora,
fueron sumergidos en un baño de sangre para que sus tierras, ricas en recursos
minerales y fértiles para el cultivo, pudieran ser vendidas sin inconvenientes
a diversos capitalistas norteamericanos. Los sobrevivientes eran deportados
rumbo a las plantaciones de Yucatán. Así, la península de Yucatán se convirtió
no sólo en el cementerio de los indígenas mayas que habían sido sus dueños,
sino también en la tumba de los indios yaquis, que llegaban desde lejos: a
principios de siglo, los cincuenta reyes del
henequén disponían de más de cien mil esclavos
indígenas en sus plantaciones. Pese a su excepcional fortaleza física, raza de
gigantes hermosos, dos tercios de los yaquis murieron durante el primer año de
trabajo esclavo[56]
En nuestros días, la fibra de henequén sólo puede
competir con sus sustitutos sintéticos gracias al nivel de vida sumamente bajo
de sus obreros. Las cosas han cambiado, es cierto, pero no tanto como se cree,
al menos para los indígenas de Yucatán: “Las
condiciones de vida de esos trabajadores se asemeja en mucho al trabajo esclavo»,
dice el profesor Arturo Bonilla Sánchez”[57].
En las pendientes andinas cercanas a Bogotá, el
peón indígena está obligado a entregar jornadas gratuitas de trabajo para que
el hacendado le permita cultivar, en las noches de claro de luna, su propia
parcela: «Los antepasados de este indio
cultivaban libremente, sin contraer deudas, el suelo rico de la llanura, que no
pertenecía a nadie. ¡El trabaja gratis para asegurarse el derecho de cultivar
la pobre montaña!»[58]
No se salvan, en nuestros días, ni siquiera los
indígenas que viven aislados en el fondo de las selvas. A principios de este
siglo, sobrevivían aún doscientas treinta tribus en Brasil; desde entonces han
desaparecido noventa, borradas del planeta por obra y gracia de las armas de
fuego y los microbios. Violencia y enfermedad, avanzadas de la civilización: el
contacto con el hombre blanco continúa siendo, para el indígena, el contacto
con la muerte. Las disposiciones legales que desde 1537 protegen a los indios
de Brasil se han vuelto contra ellos. De acuerdo con el texto de todas las
constituciones brasileñas, son «los
primitivos y naturales señores» de las tierras que ocupan. Ocurre que
cuanto más ricas resultan esas tierras vírgenes más grave se hace la amenaza
que pende sobre sus vidas; la generosidad de la naturaleza los condena al
despojo y al crimen. La cacería de indios se ha desatado, en estos últimos
años, con furiosa crueldad; la selva más grande del mundo, gigantesco espacio
tropical abierto a la leyenda y a la aventura, se ha convertido,
simultáneamente, en el escenario de un nuevo sueño americano.
En tren de conquista, hombres y empresas de los
Estados Unidos se han abalanzado sobre la Amazonia como si fuera un nuevo Far
West. Esta invasión norteamericana ha encendido como nunca la codicia de los aventureros
brasileños. Los indios mueren sin dejar huellas y las tierras se venden en
dólares a los nuevos interesados. El oro y otros minerales cuantiosos, la
madera y el caucho, riquezas cuyo valor comercial los nativos ignoran, aparecen
vinculadas a los resultados de cada una de las escasas investigaciones que se
han realizado. Se sabe que los indígenas han sido ametrallados desde
helicópteros y avionetas, que se les ha inoculado el virus de la viruela, que
se ha arrojado dinamita sobre sus aldeas y se les ha obsequiado azúcar mezclada
con estricnina y sal con arsénico. El propio director del Servicio de
Protección a los Indios, designado por la dictadura de Castelo Branco para
sanear la administración, fue acusado, con pruebas, de cometer cuarenta y dos
tipos diferentes de crímenes contra los indios. El escándalo estalló en 1968.
La sociedad indígena de nuestros días no existe en
el vacío, fuera del marco general de la economía latinoamericana. Es verdad que
hay tribus brasileñas todavía encerradas en la selva, comunidades del altiplano
aisladas por completo del mundo, reductos de barbarie en la frontera de
Venezuela, pero por lo general los indígenas están incorporados al sistema de
producción y al mercado de consumo, aunque sea en forma indirecta. Participan,
como víctimas, de un orden económico y social donde desempeñan el duro papel de
los más explotados entre los explotados. Compran y venden buena parte de las
escasas cosas que consumen y producen, en manos de intermediarios poderosos y
voraces que cobran mucho y pagan poco; son jornaleros en las plantaciones, la
mano de obra más barata, y soldados en las montañas; gastan sus días trabajando
para el mercado mundial o peleando por sus vencedores.
En países como Guatemala, por ejemplo, constituyen
el eje de la vida económica nacional: año tras año, cíclicamente, abandonan sus
tierras sagradas, tierras altas, minifundios del tamaño de un cadáver, para
brindar doscientos mil brazos a las cosechas del café, el algodón v el azúcar
en las tierras bajas. Los contratistas los transportan en camiones, como
ganado, y no siempre la necesidad decide: a veces decide el aguardiente. Los
contratistas pagan una orquesta de marimba y hacen correr el alcohol fuerte:
cuando el indio despierta de la borrachera, ya lo acompañan las deudas. Las
pagará trabajando en tierras cálidas que no conoce, de donde regresará al cabo
de algunos meses, quizá con algunos centavos en el bolsillo, quizá con
tuberculosis o paludismo. El ejército colabora eficazmente en la tarea de
convencer a los remisos.[59]
La expropiación de los indígenas -usurpación de sus tierras y de su fuerza de
trabajo- ha resultado y resulta simétrica al desprecio racial, que a su vez se
alimenta de la objetiva
degradación de las civilizaciones rotas por la
conquista. Los efectos de la conquista y todo el largo tiempo de la humillación
posterior rompieron en pedazos la identidad cultural y social que los indígenas
habían alcanzado. Sin embargo, esa identidad triturada es la única que persiste
en Guatemala. Persiste en la tragedia. En semana santa, las procesiones de los
herederos de los mayas dan lugar a terribles exhibiciones de masoquismo
colectivo. Se arrastran las pesadas cruces, se participa de la flagelación de
Jesús paso a paso durante el interminable ascenso del Gólgota; con aullidos de
dolor, se convierte Su muerte y Su entierro en el culto de la propia muerte y
el propio entierro, la aniquilación de la hermosa vida remota. La semana santa
de los indios guatemaltecos termina sin Resurrección.[60]
VILLA RICA
DE OURO PRETO: LA POTOSÍ DE ORO
La fiebre del oro, que continúa imponiendo la
muerte o la esclavitud a los indígenas de la Amazonia, no es nueva en Brasil;
tampoco sus estragos. Durante dos siglos a partir del descubrimiento, el suelo
de Brasil había negado los metales, tenazmente, a sus propietarios portugueses.
La explotación de la madera, el «palo Brasil», cubrió el primer período de
colonización de las costas, y pronto se organizaron grandes plantaciones de
azúcar en el nordeste. Pero, a diferencia de la América española, Brasil
parecía vacío de oro y plata. Los portugueses no habían encontrado allí
civilizaciones indígenas de alto nivel de desarrollo y organización, sino
tribus salvajes y dispersas. Los aborígenes desconocían los metales; fueron los
portugueses quienes tuvieron que descubrir, por su propia cuenta, los sitios en
que se habían depositado los aluviones de oro en el vasto territorio que se iba
abriendo, a través de la derrota y el exterminio de los indígenas, a su paso de
conquista.
Los bandeirantes[61]
de la región de São Paulo habían atravesado la vasta zona entre la Serra de
Mantiqueira y la cabecera del río São Francisco, y habían advertido que los
lechos y los bancos de varios ríos y riachuelos que por allí corrían contenían
trazas de oro aluvial en pequeñas cantidades visibles. La acción milenaria de
las lluvias había roído los filones de oro de las rocas y los había depositado
en los ríos, en el fondo de los valles y en las depresiones de las montañas.
Bajo las capas de arena, tierra o arcilla, el pedregoso subsuelo ofrecía
pepitas de oro que era fácil extraer del cascalho
de cuarzo; los métodos de extracción se hicieron más complicados a medida que
se fueron agotando los depósitos más superficiales. La región de Minas Gerais
entró así, impetuosamente, en la historia: la mayor cantidad de oro hasta
entonces descubierta en el mundo fue extraída en el menor espacio de tiempo. «Aquí el oro era bosque», dice, ahora, el
mendigo, y su mirada planea sobre las torres de las iglesias. «Había oro en las veredas, crecía como pasto».
Ahora él tiene setenta y cinco años de edad y se considera a sí mismo una
tradición de Mariana (Ribeirão do Carmo), la pequeña ciudad minera cercana a
Ouro Preto, que se conserva, como Ouro Preto, detenida en el tiempo.
«La muerte es
cierta, la hora incierta. Cada cual tiene su tiempo marcado», me dice el
mendigo. Escupe sobre la escalinata de piedra y sacude la cabeza: «Les sobraba el dinero», cuenta, como si
los hubiera visto. «No sabían dónde poner
el dinero y por eso hacían una iglesia al lado de la otra». En otros
tiempos, esta comarca era la más importante del Brasil. Ahora... «Ahora no», me dice el viejo. «Ahora esto no tiene vida ninguna. Aquí no
hay jóvenes. Los jóvenes se van».
Camina descalzo, a mi lado, a pasos lentos bajo el
tibio sol de la tarde: «¿Ve? ahí, en el
frente de la iglesia, están el sol y la luna. Eso significa que los esclavos
trabajaban día y noche. Este templo fue hecho por los negros; aquél por los
blancos. Y aquélla es la casa de Monseñor Alipio, que murió a los noventa y
nueve años justos».
A lo largo del siglo XVIII, la producción brasileña
del codiciado mineral superó el volumen total del oro que España había extraído
de sus colonias durante los dos siglos anteriores[62].
Se estima en unos diez millones el total de negros esclavos introducidos desde
Africa, a partir de la conquista de Brasil y hasta la abolición de la
esclavitud: si bien no se dispone de cifras exactas para el siglo XVIII, debe
tenerse en cuenta que el ciclo del oro absorbió mano de obra esclava en
proporciones enormes.
Salvador de Bahía fue la capital brasileña del
próspero ciclo del azúcar en el nordeste, pero la «edad del oro» de Minas
Gerais trasladó al sur el eje económico y político del país y convirtió a Río
de Janeiro, puerto de la región, en la nueva capital de Brasil a partir de
1763. En el centro dinámico de la flamante economía minera, brotaron las
ciudades, campamentos nacidos del boom y bruscamente acrecidos en el vértigo de
la riqueza fácil, «santuarios para criminales,
-vagabundos y malhechores» -según las corteses palabras de una autoridad
colonial de la época. La Villa Rica de Ouro Preto había conquistado categoría
de ciudad en 1711; nacida de la avalancha de los mineros, era la quintaesencia
de la civilización del oro. Simão Ferreira Machado la describía, veintitrés
años después, y decía que el poder de los comerciantes de Ouro Preto excedía
incomparablemente al de los más florecientes mercaderes de Lisboa: «Hacia acá, como hacia un puerto, se dirigen
y son recogidas en la casa real de la moneda las grandiosas sumas de oro de
todas las minas. Aquí viven los hombres mejor educados, tanto los laicos como
los eclesiásticos. Este es el asiento de toda la nobleza y la fuerza de los
militares. Esta es, en virtud de su posición natural, la cabeza de América
íntegra; y por el poder de sus riquezas, es la perla preciosa del Brasil».[63]
Otro escritor de la época, Francisco Tavares de
Brito, definía en
Proliferaban, de todos modos, las hermosas iglesias
construidas y decoradas en el original estilo barroco característico de la
región. Minas Gerais atraía a los mejores artesanos de la época. Exteriormente,
los templos aparecían sobrios, despojados; pero el interior, símbolo del alma
divina, resplandecía en el oro puro de los altares, los retablos, los pilares y
los paneles en bajorrelieve; no se escatimaban los metales preciosos, para que
las iglesias pudieran alcanzar «también
las riquezas del Cielo», como aconsejaba el fraile Miguel de São Francisco
en 1710. Los servicios religiosos tenían altísimos precios, pero todo era
fantásticamente caro en las minas. Como había ocurrido en Potosí, Ouro Preto se
lanzaba al derroche de su riqueza súbita. Las procesiones y los espectáculos
daban lugar a la exhibición de vestidos y adornos de lujo fulgurante. En 1733
una festividad religiosa duró más de una semana. No sólo se hacían procesiones
a pie, a caballo y en triunfales carros de nácar, sedas y oro, con trajes de
fantasía y alegorías, sino también torneos ecuestres, corridas de toros y
danzas en las calles al son de flautas, gaitas y guitarras[65]
Los mineros despreciaban el cultivo de la tierra y
la región padeció epidemias de hambre en plena prosperidad, hacia 1700 y 1713:
los millonarios tuvieron que comer gatos, perros, ratas, hormigas, gavilanes.
Los esclavos agotaban sus fuerzas y sus días en los lavaderos de oro. «Allí trabajan -escribía Luis Gomes
Ferreira-, allí comen, y a menudo allí
tienen que dormir; y como cuando trabajan se bañan en sudor, con sus pies
siempre sobre la tierra fría, sobre piedras o en el agua, cuando descansan o
comen, sus poros se cierran y se congelan de tal forma que se hacen vulnerables
a muchas peligrosas enfermedades como las muy severas pleuresías, apoplejías,
convulsiones, parálisis, neumonías y muchas otras».
La enfermedad era una bendición del cielo que
aproximaba la muerte. Los capitães do
mato de Minas Gerais cobraban recompensas en oro a cambio de las cabezas
cortadas de los esclavos que se fugaban.[66]
Los esclavos se llamaban «piezas de
Indias» cuando eran medidos, pesados y embarcados en Luanda; los que
sobrevivían a la travesía del océano se convertían, ya en Brasil, en «las manos y los pies» del amo blanco. Angola
exportaba esclavos bantúes y colmillos de elefante a cambio de ropa, bebidas y
armas de fuego; pero los mineros de Ouro Preto preferían a los negros que
venían de la pequeña playa de Whydah, en la costa de Guinea, porque eran más
vigorosos, duraban un poco más y tenían poderes mágicos para descubrir el oro.
Cada minero necesitaba, además, por lo menos una amante negra de Whydah para
que la suerte lo acompañara en las exploraciones[67]
La explosión del oro no sólo incremento la importación de esclavos, sino que
además absorbió buena parte de la mano de obra negra ocupada en las
plantaciones de azúcar y tabaco de otras regiones de Brasil, que quedaron sin
brazos.
Un decreto real de 1711 prohibió la venta de los esclavos
ocupados en tareas agrícolas con destino al servicio en las minas, con la
excepción de los que mostraran «perversidad
de carácter». Resultaba insaciable el hambre de esclavos de Ouro Preto. Los
negros morían rápidamente, sólo en casos excepcionales llegaban a soportar
siete años continuos de trabajo. Eso sí: antes de que cruzaran el Atlántico,
los portugueses los bautizaban a todos. Y en Brasil tenían la obligación de
asistir a misa, aunque les estaba prohibido entrar en la capilla mayor o sentarse
en los bancos.
A mediados del siglo XVIII ya muchos de los mineros
se habían trasladado a la Serra do Frio en busca de diamantes. Las piedras
cristales que los cazadores de oro habían arrojado a un costado mientras
exploraban los lechos de los ríos habían resultado ser diamantes. Minas Gerais
ofrecía oro y diamantes en matrimonio, en proporciones parejas. El floreciente
campamento de Tijuco se convirtió en el centro del distrito diamantino, y en
él, al igual que en Ouro Preto; los ricos vestían a la última moda europea y se
traían desde el otro lado del mar las ropas, las armas y los muebles más
lujosos: horas del delirio y el derroche. Una esclava mulata, Francisca da
Silva, conquistó su libertad al convertirse en la amante del millonario João
Fernandes de Oliveira, virtual soberano de Tijuco, y ella, que era fea y ya
tenía dos hijos, se convirtió en la Xica que manda[68].
Como nunca había visto el mar y quería tenerlo cerca, su caballero le construyó
un gran lago artificial en el que puso un barco con tripulación y todo. Sobre
las faldas de la sierra de Sáo Francisco levantó para ella un castillo, con un
jardín de plantas exóticas y cascadas artificiales; en su honor daba opíparos
banquetes regados por los mejores vinos, bailes nocturnos de nunca acabar y funciones
de teatro y conciertos, Todavía en 1818, Tijuco festejó a lo grande el
casamiento del príncipe de la corte portuguesa.
Diez años antes, John Mawe, un inglés que visitó
Ouro Preto, se asombró de su pobreza; encontró casas vacías y sin valor, con letreros
que las ponían infructuosamente en venta, y comió comida inmunda y escasa.
Tiempo atrás había estallado la rebelión que coincidió con la crisis en la
comarca del oro. José Joaquim da Silva Xavier, «Tiradentes», había sido
ahorcado y despedazado, y otros luchadores por la independencia habían partido
desde Ouro Preto hacia la cárcel o el exilio.
CONTRIBUCIÓN
DEL ORO DE BRASIL AL PROGRESO DE INGLATERRA
El oro había empezado a fluir en el preciso momento
en que Portugal firmaba el tratado de Methuen, en 1703, con Inglaterra. Esta
fue la coronación de una larga serie de privilegios conseguidos por los
comerciantes británicos en Portugal. A cambio de algunas ventajas para sus
vinos en el mercado inglés, Portugal abría su propio mercado, y el de sus colonias,
a las manufacturas británicas. Dado el desnivel de desarrollo industrial ya por
entonces existente, la medida implicaba una condenación a la ruina para las
manufacturas locales. No era con vino como se pagarían los tejidos ingleses,
sino con oro, con el oro de Brasil, y por el camino quedarían paralíticos los
telares de Portugal. Portugal no se limitó a matar en el huevo a su propia
industria, sino que, de paso, aniquiló también los gérmenes de cualquier tipo
de desarrollo manufacturero en el Brasil. El reino prohibió el funcionamiento
de refinerías de azúcar en 1715; en 1729, declaró crimen la apertura de nuevas
vías de comunicación en la región minera; en 1785, ordenó incendiar los telares
y las hilanderías brasileñas[69].
Inglaterra y Holanda, campeonas del contrabando del
oro y los esclavos, que amasaron grandes fortunas en el tráfico ilegal de carne
negra, atrapaban por medios ilícitos, según se estima, más de la mitad del
metal que correspondía al impuesto del «quinto real» que debía recibir, de Brasil,
la corona portuguesa. Pero Inglaterra no recurría solamente al comercio
prohibido para canalizar el oro brasileño en dirección a Londres. Las vías
legales también le pertenecían. El auge del oro, que implicó el flujo de
grandes contingentes de población portuguesa hacia Minas Gerais, estimuló
agudamente la demanda colonial de productos industriales y proporcionó, a la
vez, medios para pagarlos. De la misma manera que la plata de Potosí rebotaba
en el suelo de España, el oro de Minas Gerais sólo pasaba en tránsito por
Portugal. La metrópoli se convirtió en simple intermediaria. En 1755, el
marqués de Pombal, primer ministro portugués, intentó la resurrección de una
política proteccionista; pero ya era tarde: denunció que los ingleses habían
conquistado Portugal sin los inconvenientes de una conquista, que abastecían
las dos terceras partes de sus necesidades y que los agentes británicos eran
dueños de la totalidad del comercio portugués. Portugal no producía
prácticamente nada y tan ficticia resultaba la riqueza del oro que hasta los
esclavos negros que trabajaban las minas de la colonia eran vestidos por los
ingleses[70].
Celso Furtado ha hecho notar que Inglaterra, que
seguía una política clarividente en materia de desarrollo industrial, utilizó
el oro de Brasil para pagar importaciones esenciales de otros países y pudo
concentrar sus inversiones en el sector manufacturero. Rápidas y eficaces
innovaciones tecnológicas pudieron ser aplicadas gracias a esta gentileza
histórica de Portugal. El centro financiero de Europa se trasladó de Amsterdam
a Londres. Según las fuentes británicas, las entradas de oro brasileño en
Londres alcanzaban a cincuenta mil libras por semana en algunos períodos. Sin
esta tremenda acumulación de reservas metálicas, Inglaterra no hubiera podido
enfrentar, posteriormente, a Napoleón[71].
Nada quedó, en suelo brasileño, del impulso
dinámico del oro, salvo los templos y las obras de arte. A fines del siglo
XVIII, aunque todavía no se habían agotado los diamantes, el país estaba
postrado. El Ingreso per capita de los tres millones largos de brasileños no
superaba los cincuenta dólares anuales al actual poder adquisitivo, según los
cálculos de Furtado, y éste era el nivel más bajo de todo el período colonial.
Minas Gerais cayó a pique en un abismo de decadencia y ruina. Increíblemente,
un autor brasileño agradece el favor y sostiene que el capital inglés que salió
de Minas Gerais «sirvió para la inmensa
red bancaria que propició el comercio entre las naciones y tornó posible
levantar el nivel de vida de los pueblos capaces de progreso»[72].
Condenados inflexiblemente a la pobreza en función
del progreso ajeno, los pueblos mineros «incapaces» quedaron aislados y
tuvieron que resignarse a arrancar sus alimentos de las pobres tierras ya
despojadas de metales y piedras preciosas. La agricultura de subsistencia ocupó
el lugar de la economía minera1. En nuestros días, los campos de Minas Gerais
son, como los del nordeste, reinos del latifundio y de los «coroneles de
hacienda», impertérritos bastiones del atraso. La venta de trabajadores
mineiros a las haciendas de otros estados es casi tan frecuente como el tráfico
de esclavos que los nordestinos padecen. Franklin de Oliveira recorrió Minas
Gerais hace poco tiempo. Encontró casas de palos a pique, pueblitos sin agua ni
luz, prostitutas con una edad media de trece años en la ruta al valle de
Jequitinhonha, locos y famélicos a la vera de los caminos. Lo cuenta en su
reciente libro A tragédia
da renovação brasileira.
Henri Gorceix había dicho, con razón, que Minas
Geraís tenía un corazón de oro en un pecho de hierro, pero la explotación de su
fabuloso cuadrilátero ferrifero corre por cuenta, en nuestros días, de la Hanna
Mining Co. y la Bethlehem Steel, asociadas al efecto: los yacimientos fueron
entregados en 1964, al cabo de una siniestra historia. El hierro, en manos
extranjeras, no dejará más de lo que el oro dejó[73].
Sólo la explosión del talento había quedado como
recuerdo del vértigo del oro, por no mencionar los agujeros de las excavaciones
y las pequeñas ciudades abandonadas. Portugal no pudo, tampoco, rescatar otra
fuerza creadora que no fuera la revolución estética. El convento de Mafra,
orgullo de Dom João V, levantó a Portugal de la decadencia artística: en sus
carillones de treinta y siete campanas, sus vasos y sus candelabros de oro
macizo, centellea todavía el oro de Minas Gerais. Las iglesias de Minas han
sido bastante saqueadas y son raros los objetos sacros, de tamaño portátil, que
en ellas perduran, pero para siempre quedaron, alzadas sobre las ruinas
coloniales, las monumentales obras barrocas, los frontispicios y los púlpitos,
los retablos, las tribunas, las figuras humanas, que diseñó, talló o esculpió
Antônio Francisco Lisboa, el «Aleijadinho», el «Tullidito», el hijo genial de
una esclava y un artesano. Ya agonizaba el siglo XVIII cuando el «Aleijadinho»
comenzó a modelar en piedra un conjunto de grandes figuras sagradas, al pie del
santuario de Bom Jesus de Matosinhos, en Congonhas do Campo. La euforia del oro
era cosa del pasado: la obra se llamaba Los profetas, pero ya no había ninguna
gloria por profetizar. Toda la pompa y la alegría
se habían desvanecido y no quedaba sitio para ninguna esperanza. El testimonio
final, grandioso como un entierro para aquella fugaz civilización del oro
nacida para morir, fue dejado a los siglos siguientes por el artista más
talentoso de toda la historia de Brasil. El «Aleijadinho», desfigurado y
mutilado por la lepra, realizó su obra maestra amarrándose el cincel y el
martillo a las manos sin dedos y arrastrándose de rodillas, cada madrugada,
rumbo a su taller. La leyenda asegura que en la iglesia de Nossa Senhora das
Mercês e Misericordia, de Minas Gerais, los mineros muertos celebran todavía
misa en las frías noches de lluvia. Cuando el sacerdote se vuelve, alzando las
manos desde el
altar mayor, se le ven los huesos de la cara.[74]
EL REY
AZÚCAR Y OTROS MONARCAS AGRÍCOLAS. LAS PLANTACIONES, LOS LATIFUNDIOS Y EL
DESTINO
La búsqueda del oro y de la plata fue, sin duda, el
motor central de la conquista. Pero en su segundo viaje, Cristóbal Colón trajo
las primeras raíces de caña de azúcar, desde las islas Canarias, y las plantó
en las tierras que hoy ocupa la República Dominicana. Una vez sembradas, dieron
rápidos retoños, para gran regocijo del almirante[75].
El azúcar, que se cultivaba en pequeña escala en Sicilia y en las islas Madeira
y Cabo Verde y se compraba, a precios altos, en Oriente, era un artículo tan
codiciado por los europeos que hasta en los ajuares de las reinas llegó a
figurar como parte de la dote. Se vendía en las farmacias, se lo pesaba por
gramos.
Durante poco menos de tres siglos a partir del
descubrimiento de América, no hubo, para el comercio de Europa, producto
agrícola más importante que el azúcar cultivado en estas tierras. Se alzaron
los cañaverales en el litoral húmedo y caliente del nordeste de Brasil y,
posteriormente, también las islas del Caribe -Barbados, Jamaica, Haití y la
Dominicana, Guadalupe, Cuba, Puerto Rico y Veracruz y la costa peruana
resultaron sucesivos escenarios propicios para la explotación, en gran escala,
del «oro blanco»[76].
Inmensas legiones de esclavos vinieron de África para proporcionar, al rey
azúcar, la fuerza del trabajo numerosa y gratuita que exigía: combustible
humano para quemar.
Las tierras fueron devastadas por esta planta
egoísta que invadió el Nuevo Mundo arrasando los bosques, malgastando la
fertilidad natural y extinguiendo el humus acumulado por los suelos. El largo
ciclo del azúcar dio origen, en América Latina, a prosperidades tan mortales
como las que engendraron, en Potosí, Ouro Preto, Zacatecas y Guanajuato, los
furores de la plata y el oro; al mismo tiempo, impulsó con fuerza decisiva,
directa e indirectamente, el desarrollo industrial de Holanda, Francia,
Inglaterra y Estados Unidos.
La plantación, nacida de la demanda de azúcar en
ultramar, era una empresa movida por el afán de ganancia de su propietario y
puesta al servicio del mercado que Europa iba articulando internacionalmente.
Por su estructura interna, sin embargo, tomando en cuenta que se bastaba a sí
misma en buena medida, resultaban feudales algunos de sus rasgos predominantes.
Utilizaba, por otra parte, mano de obra esclava. Tres edades históricas
distintas -mercantilismo, feudalismo, esclavitud- se combinaban así en una sola
unidad económica y social, pero era el mercado internacional quien estaba en el
centro de la constelación de poder que el sistema de plantaciones integró desde
temprano.
De la plantación colonial, subordinada a las
necesidades extranjeras y financiadas, en muchos casos, desde el extranjero,
proviene en línea recta el latifundio de nuestros días. Este es uno de los
cuellos de botella que estrangulan el desarrollo económico de América Latina y
uno de los factores primordiales de la marginación y la pobreza de las masas
latinoamericanas. El latifundio actual, mecanizado en medida suficiente para
multiplicar los excedentes de mano de obra, dispone de abundantes reservas de
brazos baratos. Ya no depende de la importación de esclavos africanos ni de la
«encomienda» indígena. Al latifundio le basta con el pago de jornales
irrisorios, la retribución de servicios en especies o el trabajo gratuito a
cambio del usufructo de un pedacito de tierra; se nutre de la proliferación de
los minifundios, resultado de su propia expansión, y de la continua migración
interna de legiones de trabajadores que se desplazan empujados por el hambre,
al ritmo de las zafras sucesivas.
La estructura combinada de la plantación
funcionaba, y así funciona también el latifundio, como un colador armado para
la evasión de las riquezas naturales. Al integrarse al mercado mundial, cada
área conoció un ciclo dinámico; luego, por la competencia de otros productos
sustitutivos, por el agotamiento de la tierra o por la aparición de otras zonas
con mejores condiciones, sobrevino la decadencia. La cultura de la pobreza, la
economía de subsistencia y el letargo son los precios que cobra, con el
transcurso de los años, el impulso productivo original.
El nordeste era la zona más rica de Brasil y hoy es
la más pobre; en Barbados y Haití habitan hormigueros humanos condenados a la
miseria; el azúcar se convirtió en la llave maestra del dominio de Cuba por los
Estados Unidos, al precio del monocultivo y del empobrecimiento implacable del
suelo. No sólo el azúcar. Esta es también la historia del cacao, que alumbró la
fortuna de la oligarquía de Caracas; del algodón de Maranhão, de súbito
esplendor y súbita caída; de las plantaciones de caucho en el Amazonas,
convertidas en cementerios para los obreros nordestinos reclutados a cambio de
moneditas; de los arrasados bosques de quebracho del norte argentino y del
Paraguay; de las fincas de henequén, en Yucatán, donde los indios yaquis fueron
enviados al exterminio. Es también la historia del café, que avanza abandonando
desiertos a sus espaldas, y de las plantaciones de frutas en Brasil, en
Colombia, en Ecuador y en los desdichados países centroamericanos. Con mejor o
peor suerte, cada producto se ha ido convirtiendo en un destino, muchas veces fugaz,
para los países, las regiones y los hombres. El mismo itinerario han seguido,
por cierto, las zonas productoras de riquezas minerales.
Cuanto más codiciado por el mercado mundial, mayor
es la desgracia que un producto trae consigo al pueblo latinoamericano que, con
su sacrificio, lo crea. La zona menos castigada por esta ley de acero, el río
de la Plata, que arrojaba cueros y luego carne y lana a las corrientes del
mercado internacional, no ha podido, sin embargo, escapar de la jaula del
subdesarrollo.
EL ASESINATO
DE LA TIERRA EN EL NORDESTE DE BRASIL
Las colonias españolas proporcionaban, en primer
lugar, metales. Muy temprano se habían descubierto, en ellas, los tesoros y las
vetas. El azúcar, relegada a un segundo plano, se cultivó en Santo Domingo,
luego en Veracruz, más tarde en la costa peruana y en Cuba. En cambio, hasta
mediados del siglo XVII, Brasil fue el mayor productor mundial de azúcar.
Simultáneamente, la colonia portuguesa de América era el principal mercado de
esclavos; la mano de obra indígena, muy escasa, se extinguía rápidamente en los
trabajos forzados, y el azúcar exigía grandes contingentes de mano de obra para
limpiar y preparar los terrenos, plantar, cosechar y transportar la caña y, por
fin, molerla y purgarla. La sociedad colonial brasileña, subproducto del
azúcar, floreció en Bahía y Pernambuco, hasta que el descubrimiento del oro
trasladó su núcleo central a Minas Gerais.
Las tierras fueron cedidas por la corona
portuguesa, en usufructo, a los primeros grandes terratenientes de Brasil. La
hazaña de la conquista habría de correr pareja con la organización de la
producción. Solamente doce «capitanes» recibieron, por carta de donación, todo
el inmenso territorio colonial inexplorado[77],
para explotarlo al servicio del monarca. Sin embargo, fueron capitales
holandeses los que financiaron, en mayor medida, el negocio, que resultó en
resumidas cuentas, más flamenco que portugués Las empresas holandesas no sólo
participaron en la instalación de los ingenios y en la importación de los
esclavos; además, recogían el azúcar en bruto en Lisboa, lo refinaban
obteniendo utilidades que llegaban a la tercera parte del valor del producto, y
lo vendían en Europa[78].
En 1630 la Dutch West India Company invadió y conquistó la costa nordeste de Brasil
para asumir directamente el control del producto.
Era preciso multiplicar las fuentes del azúcar,
para multiplicar las ganancias, y la empresa ofreció a los ingleses de la isla
Barbados todas las facilidades para iniciar el cultivo en gran escala en las
Antillas. Trajo a Brasil colonos del Caribe, para que allí, en sus flamantes
dominios, adquirieran los necesarios conocimientos técnicos y la capacidad de
organización. Cuando los holandeses fueron por fin expulsados del nordeste
brasileño, en 1654, ya habían echado las bases para que Barbados se lanzara a
una competencia furiosa y ruinosa. Habían llevado negros y raíces de caña,
habían levantado ingenios y les habían proporcionado todos los implementos. Las
exportaciones brasileñas cayeron bruscamente a la mitad, y a la mitad bajaron
los precios del azúcar a fines del siglo XVII.
Mientras tanto, en un par de décadas, se multiplicó por diez la población negra
de Barbados. Las Antillas estaban más cerca del mercado europeo, Barbados
proporcionaba tierras todavía invictas y producía con mejor nivel técnico. Las
tierras brasileñas se habían cansado. La formidable magnitud de las rebeliones
de los esclavos en Brasil y la aparición del oro en el sur, que arrebataba mano
de obra a las plantaciones, precipitaron también la crisis del nordeste
azucarero. Fue una crisis definitiva. Se prolongó, arrastrándose penosamente de
siglo en siglo, hasta nuestros días.
El azúcar había arrasado el nordeste. La franja
húmeda del litoral, bien regada por las lluvias, tenía un suelo de gran
fertilidad, muy rico en humus y sales minerales, cubierto por los bosques desde
Bahía hasta Ceará. Esta región de bosques tropicales se convirtió, como dice
Josué de Castro, en una región de sabanas[79].
Naturalmente nacida para producir alimentos, pasó a ser una región de hambre.
Donde todo brotaba con vigor exuberante, el latifundio azucarero, destructivo y
avasallador, dejó rocas estériles, suelos lavados, tierras erosionadas. Se
habían hecho, al principio, plantaciones de naranjos y mangos, que «fueron
abandonadas a su suerte y se redujeron a pequeñas huertas que rodeaban la casa
del dueño del ingenio, exclusivamente reservadas a la familia del plantador
blanco»[80]
Los incendios que abrían tierras a los cañaverales devastaron la floresta y con
ella la fauna; desaparecieron los ciervos, los jabalíes, los tapires, los
conejos, las pacas y los tatúes. La alfombra vegetal, la flora y la fauna
fueron sacrificadas, en los altares del monocultivo, a la caña de azúcar. La
producción extensiva agotó rápidamente los suelos.
A fines del siglo XVII, había en Brasil no menos de
120 ingenios, que sumaban un capital cercano a los dos millones de libras, pero
sus dueños, que poseían las mejores tierras, no cultivaban alimentos. Los
importaban, como importaban una vasta gama de artículos de lujo que llegaban,
desde ultramar, junto con los esclavos y las bolsas de sal. La abundancia y la
prosperidad eran, como de costumbre, simétricas a la miseria de la mayoría de
la población, que vivía en estado crónico de subnutrición. La ganadería fue
relegada a los desiertos del interior, lejos de la franja húmeda de la costa:
el sertão que, con un par de reses por kilómetro cuadrado, proporcionaba (y aún
proporciona) la carne dura y sin sabor, siempre escasa. De aquellos tiempos
coloniales nace la costumbre, todavía vigente, de comer tierra. La falta de
hierro provoca anemia; el instinto empuja a los niños nordestinos a compensar
con tierra las sales minerales que no encuentran en su comida habitual, que se
reduce a la harina de mandioca, los frijoles y, con suerte, el tasajo.
Antiguamente, se castigaba este «vicio africano» de los niños poniéndoles
bozales o colgándolos dentro de cestas de mimbre a larga distancia del suelo[81]
El nordeste de Brasil es, en la actualidad, la
región más subdesarrollada del hemisferio occidental[82]
Gigantesco campo de concentración para treinta millones de personas, padece hoy
la herencia del monocultivo del azúcar. De sus tierras brotó el negocio más
lucrativo de la economía agrícola colonial en América Latina. En la actualidad,
menos de la quinta parte de la zona húmeda de Pernambuco está dedicada al
cultivo de la caña de azúcar, y el resto no se usa para nada: los dueños de los
grandes ingenios centrales, que son los mayores plantadores de caña, se dan
este lujo del desperdicio, manteniendo improductivos sus vastos latifundios[83].
No es en las zonas áridas y semiáridas del interior
nordestino donde la gente come peor, como equivocadamente se cree. El sertáo, desierto de piedra y arbustos
ralos, vegetación escasa, padece hambres periódicas: el sol rajante de la
sequía se abate sobre la tierra y la reduce a un paisaje lunar; obliga a los
hombres al éxodo y siembra de cruces los bordes de los caminos. Pero es en el
litoral húmedo donde se padece hambre endémica. Allí donde más opulenta es la
opulencia, más miserable resulta, tierra de contradicciones, la miseria: la
región elegida por la naturaleza para producir todos los alimentos, los niega
todos: la franja costera todavía conocida, ironía del vocabulario, como zona da mata, «zona del bosque», en
homenaje al pasado remoto y a los míseros vestigios de la forestación
sobreviviente a los siglos del azúcar. El latifundio azucarero, estructura del
desperdicio, continúa obligando a traer alimentos desde otras zonas, sobre todo
de la región centro-sur del país, a precios crecientes. El costo de la vida en
Recife es el más alto de Brasil, por encima del índice de Río de Janeiro. Los
frijoles cuestan más caros en el nordeste que en Ipanema, la lujosa playa de la
bahía carioca. Medio kilo de harina de mandioca equivale al salario diario de
un trabajador adulto en una plantación de azúcar, por su jornada de sol a sol:
si el obrero protesta, el capataz manda buscar al carpintero para que le vaya
tomando las medidas del cuerpo. Para los propietarios o sus administradores
sigue en vigencia, en vastas zonas, el «derecho
a la primera noche» de cada muchacha.
La tercera parte de la población de Recife sobrevive
marginada en las chozas de los bajos fondos; en un barrio, Casa Amarela, más de
la mitad de los niños que nacen muere antes de llegar al año[84]
La prostitución infantil, niñas de diez o doce años vendidas por sus padres, es
frecuente en las ciudades del nordeste. La jornada de trabajo en algunas
plantaciones se paga por debajo de los jornales bajos de la India. Un informe
de la FAO, organismo de las Naciones Unidas, aseguraba en 1957 que en la
localidad de Vitoria, cerca de Recife, la deficiencia de proteínas «provoca en los niños una pérdida de peso de
un 40% más grave de lo que se observa generalmente en Africa».
En numerosas plantaciones subsisten todavía las
prisiones privadas, «pero los
responsables de los asesinatos por sub-alimentación --dice René Dumorit-- no
son encerrados en ellas, porque son los que tienen las llaves»[85].
Pernambuco produce ahora menos de la mitad del azúcar que produce el estado de
São Paulo, y con rendimientos menores por hectárea; sin embargo, Pernambuco
vive del azúcar, y de ella viven sus habitantes densamente concentrados en la
zona húmeda, mientras que el estado de São Paulo contiene el centro industrial
más poderoso de América Latina. En el nordeste ni siquiera el progreso resulta
progresista, porque hasta el progreso está en manos de pocos propietarios. El
alimento de las minorías se convierte en el hambre de las mayorías. A partir de
1870, la industria azucarera se modernizó considerablemente con la creación de
los grandes molinos centrales, y entonces «la
absorción de las tierras por los latifundios progresó de modo alarmante,
acentuando la miseria alimentaria de esa zona»[86].
En la década de 1950, la industrialización en auge
incrementó el consumo del azúcar en Brasil. La producción nordestina tuvo un
gran impulso, pero sin que aumentaran los rendimientos por hectárea. Se
incorporaron nuevas tierras, de inferior calidad, a los cañaverales, y el
azúcar nuevamente devoró las pocas áreas dedicadas a la producción de
alimentos. Convertido en asalariado, el campesino que antes cultivaba su
pequeña parcela no mejoró con la nueva situación, pues no gana suficiente
dinero para comprar los alimentos que antes producía[87].
Como de costumbre, la expansión expandió el hambre.
A PASO DE
CARGA EN LAS ISLAS DEL CARIBE
Las Antillas eran las Sugar Islands, las islas del
azúcar: sucesivamente incorporadas al mercado mundial como productoras de
azúcar, al azúcar quedaron condenadas, hasta nuestros días, Barbados, las islas
de Sotavento; Trinidad Tobago, la Guadalupe, Puerto Rico y Santo Domingo (la
Dominicana y Haití). Prisioneras del monocultivo de la caña en los latifundios
de vastas tierras exhaustas, las islas padecen la desocupación y la pobreza: el
azúcar se cultiva en gran escala y en gran escala irradia sus maldiciones.
También Cuba continúa dependiendo, en medida determinante, de sus ventas de
azúcar, pero a partir de la reforma agraria de 1959 se inició un intenso
proceso de diversificación de la economía de la isla, lo que ha puesto punto
final al desempleo: ya los cubanos no trabajan apenas cinco meses al año,
durante las zafras, sino todo a lo largo de la ininterrumpida y por cierto
difícil construcción de una sociedad nueva.
«Pensaréis
tal vez, señores --decía Karl Marx en 1848-, que la producción de café y azúcar es el destino natural de las Indias
Occidentales. Hace dos siglos, la naturaleza, que apenas tiene que ver con el
comercio, no había plantado allí ni el árbol del café ni la caña de azúcar»[88]
La división internacional del trabajo no se fue estructurando por mano y gracia
del Espíritu Santo; sino por obra de los hombres, o, más precisamente, a causa
del desarrollo mundial del capitalismo.
En realidad, Barbados fue la primera isla del
Caribe donde se cultivó el azúcar para la exportación en grandes cantidades,
desde 1641, aunque con anterioridad los españoles habían plantado caña en la
Dominicana y en Cuba. Fueron los holandeses, como hemos visto, quienes
introdujeron las plantaciones en la minúscula isla británica; en 1666 ya había
en Barbados ochocientas plantaciones de azúcar y más de ochenta mil esclavos.
Vertical y horizontalmente ocupada por el latifundio naciente, Barbados no tuvo
mejor suerte que el nordeste de Brasil.
Antes, la isla disfrutaba el policultivo; producía,
en pequeñas propiedades, algodón y tabaco, naranjas, vacas y cerdos. Los
cañaverales devoraron los cultivos agrícolas y devastaron los densos bosques,
en nombre de un apogeo que resultó efímero. Rápidamente, la isla descubrió que
sus suelos se habían agotado, que no tenía cómo alimentar a su población y que
estaba produciendo azúcar a precios fuera de competencia[89]
Ya el azúcar se había propagado a otras islas, hacia el archipiélago de
Sotavento, Jamaica y, en tierras continentales, las Guayanas. A principios del
siglo XVIII, los esclavos eran, en Jamaica, diez veces más numerosos que los
colonos blancos. También su suelo se cansó en poco tiempo. En la segunda mitad
del siglo, el mejor azúcar del mundo brotaba del suelo esponjoso de las
llanuras de la costa de Haití, una colonia francesa que por entonces se llamaba
Saint Domingue. Al norte y al oeste, Haití se convirtió en un vertedero de
esclavos: el azúcar exigía cada vez más brazos. En 1786, llegaron a la colonia
veintisiete mil esclavos, y al año siguiente cuarenta mil. En el otoño de 1791
estalló la revolución. En un solo mes, septiembre, doscientas plantaciones de
caña fueron presa de las llamas; los incendios y los combates se sucedieron sin
tregua a medida que los esclavos insurrectos iban empujando a los ejércitos
franceses hacia el océano. Los barcos zarpaban cargando cada vez más franceses
y cada vez menos azúcar. La guerra derramó ríos de sangre y devastó las
plantaciones. Fue larga. El país, en cenizas, quedó paralizado; a fines de
siglo la producción había caído verticalmente. «En noviembre de 1803 casi toda la colonia, antiguamente floreciente,
era un gran cementerio de cenizas y escombros», dice Lepkowski[90].
La revolución haitiana había coincidido, y no sólo
en el tiempo, con la revolución francesa, y Haití sufrió también, en carne
propia, el bloqueo contra Francia de la coalición internacional: Inglaterra
dominaba los mares. Pero luego sufrió, a medida que su independencia se iba
haciendo inevitable, el bloqueo de Francia. Cediendo a la presión francesa, el
Congreso de los Estados Unidos prohibió el comercio con Haití, en 1806. Recién
en 1825 Francia reconoció la independencia de su antigua colonia, pero a cambio
de una gigantesca indemnización en efectivo. En 1802, poco después de que
cayera preso el general Toussaint-Louverture, caudillo de los ejércitos
esclavos, el general Leclerc había escrito a su cuñado Napoleón, desde la isla:
«He aquí mi opinión sobre este país: hay
que suprimir a todos los negros de las montañas, hombres y mujeres, conservando
sólo a los niños menores de doce años, exterminar la mitad de los negros de las
llanuras y no dejar en la colonia ni un solo mulato que lleve charreteras»[91].
El trópico se vengó de Leclerc, pues murió «agarrado por el vómito negro» pese a los
conjuros mágicos de Paulina Bonaparte , sin poder cumplir su plan, pero la
indemnización en dinero resultó una piedra aplastante sobre las espaldas de los
haitianos independientes que habían sobrevivido a los baños de sangre de las
sucesivas expediciones militares enviadas contra ellos. El país nació en ruinas
y no se recuperó jamás: hoy es el más pobre de América Latina.[92]
La crisis de Haití provocó el auge azucarero de
Cuba, que rápidamente se convirtió en la primera proveedora del mundo. También
la producción cubana de café, otro artículo de intensa demanda en ultramar,
recibió su impulso de la caída de la producción haitiana, pero el azúcar le
ganó la carrera del monocultivo: en 1862 Cuba se verá obligada a importar café
del extranjero. Un miembro dilecto de la «sacarocracia» cubana llegó a escribir
sobre «las fundadas ventajas que se pueden sacar de la desgracia ajena»[93]
A la rebelión haitiana sucedieron los precios más fabulosos de la historia del
azúcar en el mercado europeo, y en 1806 ya Cuba había duplicado, a la vez, los
ingenios y la productividad.
CASTILLOS DE
AZÚCAR SOBRE LOS SUELOS QUEMADOS DE CUBA
Los ingleses se habían apoderado fugazmente de la
Habana en 1762. Por entonces, las pequeñas plantaciones de tabaco y la
ganadería eran las bases de la economía rural de la isla; La Habana, plaza
fuerte militar, mostraba un considerable desarrollo de las artesanías, contaba
con una fundición importante, que fabricaba cañones, y disponía del primer
astillero de América Latina para construir en gran escala buques mercantes y
navíos de guerra. Once meses bastaron a los ocupantes británicos para
introducir una cantidad de esclavos que normalmente hubiese entrado en quince
años y desde esa época la economía cubana fue modelada por las necesidades
extranjeras de azúcar: los esclavos producirían la codiciada mercancía con
destino al mercado mundial y su jugosa plusvalía sería desde entonces
disfrutada por la oligarquía local y los intereses imperialistas.
Moreno Fraginals describe, con datos elocuentes, el
auge violento del azúcar en los años siguientes a la ocupación británica. El
monopolio comercial español había saltado, de hecho, en pedazos; habían quedado
deshechos además los frenos al ingreso de esclavos. El ingenio absorbía todo,
hombres y tierras. Los obreros del astillero y la fundición y los innumerables
pequeños artesanos, cuyo aporte hubiera resultado fundamental para el
desarrollo de las industrias, se marchaban a los ingenios; los pequeños
campesinos que cultivaban tabaco en las vegas o frutas en las huertas, víctimas
del bestial arrasamiento de las tierras por los cañaverales, se incorporaban
también a la producción de azúcar. La plantación extensiva iba reduciendo la
fertilidad de los suelos; se multiplicaban en los campos cubanos las torres de
los ingenios y cada ingenio requería cada vez más tierras. El fuego devoraba
las vegas tabacaleras y los bosques y arrasaba las pasturas. En 1792, el
tasajo, que pocos años antes era un artículo cubano de exportación, llegaba ya
en grandes cantidades del extranjero, y Cuba continuaría importándolo en lo
sucesivo».[94]
Languidecían el astillero y la fundición, caía
verticalmente la producción de tabaco; la jornada de trabajo de los esclavos
del azúcar se extendía a veinte horas. Sobre las tierras humeantes se
consolidaba el poder de la «sacarocracia».
A fines del siglo XVIII, euforia de la cotización internacional por las nubes,
la especulación volaba: los precios de la tierra se multiplicaban por veinte en
Güines; en La Habana el interés real del dinero era ocho veces más alto que el
legal; en toda Cuba la tarifa de los bautismos, los entierros y las misas subía
en proporción a la desatada carestía de los negros y los bueyes.
Los cronistas de otros tiempos decían que podía recorrerse
Cuba, a todo lo largo, a la sombra de las palmas gigantescas y los bosques
frondosos, en los que abundaban la caoba y el cedro, el ébano y los dagames. Se
puede todavía admirar las maderas preciosas de Cuba en las mesas y en las
ventanas de El Escorial o en las puertas del palacio real de Madrid, pero la
invasión cañera hizo arder, en Cuba, con varios fuegos sucesivos, los mejores
bosques vírgenes de cuantos antes cubrían su suelo. En los mismos años en que
arrasaba su propia floresta, Cuba se convertía en la principal compradora de
madera de los Estados Unidos. El cultivo extensivo de la caña, cultivo de
rapiña, no sólo implicó la muerte del bosque sino también, a largo plazo, «la muerte de la fabulosa fertilidad de la
isla»[95]
Los bosques eran entregados a las llamas y la erosión no demoraba en morder los
suelos indefensos; miles de arroyos se secaron. Actualmente, el rendimiento por
hectáreas de las plantaciones azucareras de Cuba es inferior en más de tres
veces al de Perú, y cuatro veces y media menor que el de Hawai[96]
El riego y la fertilización de la tierra
constituyen tareas prioritarias para la revolución cubana. Se están
multiplicando las presas hidráulicas, grandes y pequeñas, mientras se canalizan
los campos y se diseminan, sobre las castigadas tierras, los abonos. La
«sacarocracia» alumbró su engañosa fortuna al tiempo que sellaba la dependencia
de Cuba, una factoría distinguida cuya economía quedó enferma de diabetes.
Entre quienes devastaron las tierras más fértiles por medios brutales había
personajes de refinada cultura europea, que sabían reconocer un Brueghel
auténtico y podían comprarlo; de sus frecuentes viajes a París traían vasijas
etruscas y ánforas griegas, gobelinos franceses y biombos Ming, paisajes y
retratos de los más cotizados artistas británicos. Me sorprendió descubrir, en
la cocina de una mansión de La Habana, una gigantesca caja fuerte, con
combinación secreta, que una condesa usaba para guardar la vajilla. Hasta 1959
no se construían fábricas, sino castillos de azúcar: el azúcar ponía y sacaba
dictadores, proporcionaba o negaba trabajo a los obreros, decidía el ritmo de
las danzas de los millones y las crisis terribles.
La ciudad de Trinidad es, hoy, un cadáver
resplandeciente. A mediados del siglo XIX, había en Trinidad más de cuarenta
ingenios, que producían 700 mil arrobas de azúcar. Los campesinos pobres que
cultivaban tabaco habían sido desplazados por la violencia, y la zona, que
había sido también ganadera, y que antes exportaba carne, comía carne traída de
fuera. Brotaron palacios coloniales, con sus portales de sombra cómplice, sus
aposentos de altos techos, arañas con lluvias de cristales, alfombras persas,
un silencio de terciopelo y en el aire las ondas del minué, los espejos en los
salones para devolver la imagen de los caballeros de peluquín y zapatos con
hebilla. Ahí está, ahora, el testimonio de los grandes esqueletos de mármol o
piedra, la soberbia de los campanarios mudos, las calesas invadidas por el
pasto.
A Trinidad le dicen ahora «la ciudad de los tuvo»;
porque sus sobrevivientes blancos siempre hablan de algún antepasado que tuvo
el poder y la gloria. Pero vino la crisis de 1857, cayeron los precios del
azúcar y la ciudad cayó con ellos, para no levantarse nunca más[97]
Un siglo después, cuando los guerrilleros de la Sierra Maestra conquistaron el
poder, Cuba seguía con su destino atado a la cotización del azúcar. «El pueblo que confía su subsistencia a un
solo producto, se suicida», había profetizado el héroe nacional, José
Martí. En 1920, con el azúcar a 22 centavos la libra, Cuba batió el récord
mundial de exportaciones por habitante, superando incluso a Inglaterra, y tuvo
el mayor ingreso per capita de América Latina. Pero ese mismo año, en
diciembre, el precio del azúcar cayó a cuatro centavos, y en 1921 se desató el
huracán de la crisis: quebraron numerosas centrales azucareras, que fueron
adquiridas por intereses norteamericanos, y todos los bancos cubanos o
españoles, incluyendo el propio Banco Nacional. Sólo sobrevivieron las
sucursales de los bancos de Estados Unidos[98].
Una economía tan dependiente y vulnerable como la
de Cuba no podía escapar, posteriormente, al impacto feroz de la crisis de 1929
en Estados Unidos: el precio del azúcar llegó a bajar a mucho menos de un
centavo en 1932, y en tres años las exportaciones se redujeron, en valor, a la
cuarta parte. El índice de desempleo de Cuba en esos tiempos «difícilmente habrá sido igualado en ningún
otro país»[99].
El desastre de 1921 había sido provocado por la caída del precio del azúcar en
el mercado de los Estados Unidos, y de los Estados Unidos no demoró en llegar
un crédito de cincuenta millones de dólares: en ancas del crédito, llegó
también el general Crowder; so pretexto de controlar la utilización de los
fondos, Crowder gobernaría, de hecho, el país. Gracias a sus buenos oficios la
dictadura de Machado llega al poder en 1924, pero la gran depresión de los años
treinta se lleva por delante, paralizada Cuba por la huelga general, a este
régimen de sangre y fuego.
Lo que ocurría con los precios, se repetía con el
volumen de las exportaciones. Desde 1948, Cuba recuperó su cuota para cubrir la
tercera parte del mercado norteamericano de azúcar, a precios inferiores a los
que recibían los productores de Estados Unidos, pero más altos y más estables
que los del mercado internacional. Ya con anterioridad los Estados Unidos
habían desgravado las importaciones de azúcar cubana a cambio de privilegios
similares concedidos al ingreso de los artículos norteamericanos en Cuba. Todos
estos favores consolidaron la dependencia. «El
pueblo que compra manda, el pueblo que vende sirve; hay que equilibrar el
comercio para asegurar la libertad; el pueblo que quiere morir vende a un solo
pueblo, y el que quiere salvarse vende a más de uno», había dicho Martí y repitió
el Che Guevara en la conferencia de la OEA, en Punta del Este, en 1961. La
producción era arbitrariamente limitada por las necesidades de Washington. El
nivel de 1925, unos cinco millones de toneladas, continuaba siendo el promedio
de los años cincuenta: el dictador Fulgencio Batista asaltó el poder, en 1952,
en ancas de la mayor zafra hasta entonces conocida, más de siete millones, con
la misión de apretar las clavijas, y al año siguiente la producción, obediente
a la demanda del norte, cayó a cuatro.[100]
LA
REVOLUCIÓN ANTE LA ESTRUCTURA DE LA IMPOTENCIA
La proximidad geográfica y la aparición del azúcar
de remolacha, surgida durante las guerras napoleónicas, en los campos de
Francia y Alemania, convirtieron a los Estados Unidos en el cliente principal
del azúcar de las Antillas. Ya en 1850 los Estados Unidos dominaban la tercera
parte del comercio de Cuba, le vendían y le compraban más que España, aunque la
isla era una colonia española, y la bandera de las barras y las estrellas
flameaba en los mástiles de más de la mitad de los buques que llegaban allí. Un
viajero español encontró hacia 1859, campo adentro, en remotos pueblitos de
Cuba, máquinas de coser fabricadas en Estados Unidos[101].
Las principales calles de La Habana, fueron empedradas con bloques de granito
de Boston.
Cuando despuntaba el siglo xx se leía en el
Louisiana Planter: «Poco a poco, va
pasando toda la isla de Cuba a manos de ciudadanos norteamericanos, lo cual es
el medio más sencillo y seguro de conseguir la anexión a los Estados Unidos».
En el Senado norteamericano se hablaba ya de una nueva estrella en la bandera;
derrotada España, el general Legnard Wood gobernaba la isla. Al mismo tiempo
pasaban a manos norteamericanas las Filipinas y Puerto Rico. «Nos han sido otorgados por la guerra
–decía el presidente McKinley incluyendo a Cuba-, y con la ayuda de Dios y en nombre del progreso de la humanidad y de la
civilización, es nuestro deber responder a esta gran confianza». [102]
En 1902, Tomás Estrada Palma tuvo que renunciar a
la ciudadanía norteamericana que había adoptado en el exilio: las tropas
norteamericanas de ocupación lo convirtieron en el primer presidente de Cuba.
En 1960, el ex embajador norteamericano en Cuba, Earl Smith, declaró ante una
subcomisión del Senado: «Hasta el arribo
de Castro al poder, los Estados Unidos tenían en Cuba una influencia de tal
manera irresistible que el embajador norteamericano era el segundo personaje
del país, a veces aún más importante que el presidente cubano».
Cuando cayó Batista, Cuba vendía casi todo su
azúcar en Estados Unidos. Cinco años antes, un joven abogado revolucionario
había profetizado certeramente, ante quienes lo juzgaban por el asalto al
cuartel Mancada, que la historia lo absolvería; había dicho en su vibrante
alegato: «Cuba sigue siendo una factoría
productora de materia prima. Se exporta azúcar para importar caramelos...»[103].
Cuba compraba en Estados Unidos no sólo los automóviles y las máquinas, los
productos químicos, el papel y la ropa, sino también arroz y frijoles, ajos y
cebollas, grasas, carne y algodón. Venían helados de Miami, panes de Atlanta y
hasta cenas de lujo desde París. El país del azúcar importaba cerca de la mitad
de las frutas y las verduras que consumía, aunque sólo la tercera parte de su
población activa tenía trabajo permanente y la mitad de las tierras de los
centrales azucareros eran extensiones baldías donde las empresas no producían
nada[104]
Trece ingenios norteamericanos disponían de más de 47 por ciento del área
azucarera total y ganaban alrededor de 180 millones de dólares por cada zafra.
La riqueza del subsuelo -níquel, hierro, cobre, manganeso, cromo, tungsteno-
formaba parte de las reservas estratégicas de los Estados Unidos, cuyas
empresas apenas explotaban los minerales de acuerdo con las variables urgencias
del ejército y la industria del norte. Había en Cuba, en 1958, más prostitutas
registradas que obreros mineros[105]
Desde el punto de vista norteamericano, los
puertorriqueños no son suficientemente buenos para vivir en una patria propia,
pero en cambio sí lo son para morir en el frente de Vietnam en nombre de una
patria que no es la suya. En un cálculo proporcional a la población, el «estado
libre asociado» de Puerto Rico tiene más soldados peleando en el sudeste
asiático que cualquier otro estado de los Estados Unidos. los puertorriqueños que resisten el servicio
militar obligatorio en Vietnam se les envía por cinco años a las cárceles de
Atlanta. Al servicio militar en filas norteamericanas se agregan otras
humillaciones heredadas, tic la invasión de 1898 y benditas por ley (por ley
del Congreso de los Estados Unidos). Puerto Rico cuenta con una representación
simbólica en el Congreso norteamericano, sin voto y prácticamente sin voz. A
cambio de este derecho, un estatuto colonial: Puerto Rico tenía, hasta la
ocupación norteamericana, una moneda propia y mantenía un próspero comercio con
los principales mercados.
Hoy la moneda es el dólar y los aranceles de sus
aduanas se fijan en Washington, donde se decide todo lo que tiene que ver con
el comercio exterior e interior de la isla. Lo mismo ocurre con las relaciones
exteriores, el transporte, las comunicaciones, los salarios y las condiciones
de trabajo. Es la Corte Federal de los Estados Unidos la que juzga a los
puertorriqueños; el ejército local integra el ejército del norte. La industria
y el comercio están en manos de los intereses norteamericanos privados. La
desnacionalización quiso hacerse absoluta por la vía de la emigración: la
miseria empujó a más de un millón de puertorriqueños a buscar mejor suerte en
Nueva York, al precio de la fractura de su identidad nacional. Allí, forman un
sub-proletariado que se aglomera en los barrios más sórdidos).
Un millón y medio de cubanos sufría el desempleo
total o parcial, según las investigaciones de Seuret y Pino que cita Núñez
Jiménez. La economía del país se movía al ritmo de las zafras. El poder de
compra de las exportaciones cubanas entre 1952 y 1956 no superaba el nivel de
treinta años atrás[106],
aunque las necesidades de divisas eran mucho mayores. En los años treinta,
cuando la crisis consolidó la dependencia de la economía cubana en lugar de
contribuir a romperla, se había llegado al colmo de desmontar fábricas recién
instaladas para venderlas a otros países. Cuando triunfó la revolución, el
primer día de 1959, el desarrollo industrial de Cuba era muy pobre y lento, más
de la mitad de la producción estaba concentrada en La Habana y las pocas
fábricas con tecnología moderna se teledirigían desde los Estados Unidos.
Un economista cubano, Regino Boti, coautor de las
tesis económicas de los guerrilleros de la sierra, cita el ejemplo de una
filial de la Nestlé que producía leche concentrada en Bayamo: «En caso de accidente, el técnico telefoneaba
a Connecticut y señalaba que en su sector tal o cual cosa no marchaba. Recibía
en seguida instrucciones sobre las medidas a tomar y las ejecutaba
mecánicamente... Si la operación no resultaba exitosa, cuatro horas más tarde
llegaba un avión transportando un equipo de especialistas de alta calificación
que arreglaban todo. Después de la nacionalización ya no se podía telefonear
para pedir socorro y los raros técnicos que hubieran podido reparar los
desperfectos secundarios habían partido»[107]
Cuba tenía las piernas cortadas por el estatuto de
la dependencia y no le ha resultado nada fácil echarse a andar por su propia
cuenta. La mitad de los niños cubanos no iba a la escuela en 1958, pero la
ignorancia era, como denunciara Fidel Castro tantas veces, mucho más vasta y
más grave que el analfabetismo. La gran campaña de 1961 movilizó a un ejército
de jóvenes voluntarios para enseñar a leer y a escribir a todos los cubanos y
los resultados asombraron al mundo: Cuba ostenta actualmente, según la Oficina
Internacional de Educación de la UNESCO, el menor porcentaje de analfabetos y
el mayor porcentaje de población escolar, primaria y secundaria, de América
Latina. Sin embargo, la herencia maldita de la ignorancia no se supera en una
noche y un día, ni en doce años. La falta de cuadros técnicos eficaces, la
incompetencia de la administración y la desorganización del aparato productivo,
el burocrático temor a la imaginación creadora y a la libertad de decisión,
continúan interponiendo obstáculos al desarrollo del socialismo. Pero pese a
todo el sistema de impotencias forjado por cuatro siglos y medio de historia de
la opresión, Cuba está naciendo, con entusiasmo que no cesa, de nuevo: mide sus
fuerzas, alegría y desmesura, ante los obstáculos.
EL AZÚCAR
ERA EL CUCHILLO Y EL IMPERIO EL ASESINO
«Edificar
sobre el azúcar ¿es mejor que edificar sobre la arena?», se preguntaba
Jean-Paul Sartre en 1960, desde Cuba. En el muelle del puerto de Guayabal, que
exporta azúcar a granel, vuelan los alcatraces sobre un galpón gigantesco.
Entro y contemplo, atónito, una pirámide dorada de azúcar. A medida que las
compuertas se abren, por debajo, para que las tolvas conduzcan el cargamento,
sin embolsar, hacia los buques, la rajadura del techo va dejando caer nuevos
chorros de oro, azúcar recién transportada desde los molinos de los ingenios.
La luz del sol se filtra y les arranca destellos. Vale unos cuatro millones de
dólares esta montaña tibia que palpo y no me alcanza la mirada para recorrerla.
Pienso que aquí se resume toda la euforia y el drama de esta zafra récord de
1970 que quiso, pero no pudo, pese al esfuerzo sobrehumano, alcanzar los diez
millones de toneladas. Y una historia mucho más larga resbala, con el azúcar,
ante ]a mirada. Pienso en el reino de la Francisco Sugar Co., la empresa de
Allen Dulles, donde he pasado una semana escuchando las historias del pasado y
asistiendo al nacimiento del futuro: Josefina, hija de Caridad Rodríguez, que
estudia en un aula que antes era celda del cuartel, en el preciso lugar donde
su padre fue preso y torturado antes de morir; Antonio Bastidas, el negro de
setenta años que una madrugada de este año se colgó con ambos puños de la
palanca de la sirena porque el ingenio había sobrepasado la meta y gritaba: «¡Carajo!», gritaba: «¡Cumplimos, carajo!», y no había quien le
sacara la palanca de las manos crispadas mientras la sirena, que había
despertado al pueblo, estaba despertando a toda Cuba; historias de desalojos,
de sobornos, de asesinatos, el hambre y los extraños oficios que la
desocupación, obligatoria durante más de la mitad de cada año, engendraba:
cazador de grillos en los plantíos, por ejemplo.
Pienso que la desgracia tenía el vientre hinchado,
ahora se sabe. No murieron en vano los que murieron: Amancio Rodríguez, por
ejemplo, acribillado a tiros por los rompehuelgas en una asamblea, que había
rechazado furioso un cheque en blanco de la empresa y cuando sus compañeros lo
fueron a enterrar descubrieron que no tenía calzoncillos ni medias para
llevarse al cajón, o por ejemplo Pedro Plaza, que a los veinte años fue
detenido y condujo el camión de soldados hacia las minas que él mismo había
sembrado y voló con el camión y los soldados. Y tantos otros, en esta localidad
y en todas las demás: «Aquí las familias
quieren mucho a los mártires -me ha dicho un viejo cañero-, pero después de muertos. Antes eran puras
quejas».
Pienso que no resultaba casual que Fidel Castro
reclutara a las tres cuartas partes de sus guerrilleros entre los campesinos,
hombres del azúcar, ni que la provincia de Oriente fuera, a la vez, la mayor
fuente de azúcar y de sublevaciones en toda la historia de Cuba. Me explico el
rencor acumulado: después de la gran zafra de 1961, la revolución optó por
vengarse del azúcar. El azúcar era la memoria viva de la humillación. ¿Era
también, el azúcar, un destino? ¿Se convirtió luego en una penitencia? ¿Puede
ser ahora una palanca, la catapulta del desarrollo económico? Al influjo de una
justa impaciencia, la revolución abatió numerosos cañaverales y quiso
diversificar, en un abrir y cerrar de ojos, la producción agrícola: no cayó en
el tradicional error de dividir los latifundios en minifundios improductivos,
pero cada finca socializada acometió de golpe cultivos excesivamente variados.
Había que realizar importaciones en gran escala para industrializar el país,
aumentar la productividad agrícola y satisfacer muchas necesidades de consumo
que la revolución, al redistribuir la riqueza, acrecentó enormemente. Sin las
grandes zafras de azúcar, ¿de dónde obtener las divisas necesarias para esas
importaciones?
El desarrollo de la minería, sobre todo el níquel,
exige grandes inversiones, que se están realizando, y la producción pesquera se
ha multiplicado por ocho gracias al crecimiento de la flota, lo cual también ha
exigido inversiones gigantes; los grandes planes de producción de cítricos
están en ejecución, pero los años que separan a la siembra de la cosecha
obligan a la paciencia. La revolución descubrió, entonces, que había confundido
al cuchillo con el asesino. El azúcar, que había sido el factor del subdesarrollo,
pasó a convertirse en un instrumento del desarrollo. No hubo más remedio que
utilizar los frutos del monocultivo y la dependencia, nacidos de la
incorporación de Cuba al mercado mundial, para romper el espinazo del
monocultivo y la dependencia.
Porque los ingresos que el azúcar proporciona ya no
se utilizan en consolidar la estructura del sometimiento1 Las importaciones de
maquinarias y de instalaciones industriales crecieron en un cuarenta por ciento
desde 1958; el excedente económico que el azúcar genera se moviliza para
desarrollar las industrias básicas y para que no queden tierras ociosas ni
trabajadores condenados a la desocupación. Cuando cayó la dictadura de Batista,
había en Cuba cinco mil tractores y trescientos mil automóviles. Hoy hay
cincuenta mil tractores, aunque en buena medida se los desperdicia por las
graves deficiencias de organización, y de aquella flota de automóviles, en su
mayoría modelos de lujo, no restan más que algunos ejemplares dignos del museo
de la chatarra. La industria del cemento y las plantas de electricidad han
cobrado un asombroso impulso; las nuevas fábricas de fertilizantes han hecho
posible que hoy se utilicen cinco veces más abonos que en 1958. Los embalses,
creados por todas partes, contienen hoy un caudal de agua setenta y tres veces
mayor que el total de agua embalsada en 19582 y han avanzado con botas de siete
leguas las áreas de riego. Nuevos caminos, abiertos por toda Cuba, han roto la
incomunicación de muchas regiones que parecían condenadas al aislamiento
eterno. Para aumentar la magra producción de leche del ganado cebú, se han
traído a Cuba toros de raza Holstein con los que, mediante la inseminación
artificial, se han hecho nacer ochocientas mil vacas de cruza.
Grandes progresos se han realizado en la
mecanización del corte y el alza de la caña, en buena medida en base a las
invenciones cubanas, aunque todavía resultan insuficientes. Un nuevo sistema de
trabajo se organiza, con dificultades, para ocupar el lugar del viejo sistema
desorganizado por los cambios que la revolución trajo consigo. Los macheteros
profesionales, presidiarios del azúcar, son en Cuba una especie extinguida:
también para ellos la revolución implicó la libertad de elegir otros oficios
menos pesados, y para sus hijos, la posibilidad de estudiar, mediante becas, en
las ciudades. La redención de los cañeros ha provocado, en consecuencia, precio
inevitable, severos trastornos para la economía de la isla. En 1970 Cuba debió
utilizar el triple de trabajadores para la zafra, en su mayoría voluntarios o
soldados o trabajadores de otros sectores, con lo que se perjudicaron las demás
actividades del campo y de la ciudad: las cosechas de otros productos, el ritmo
de trabajo de las fábricas. Y hay que tener en cuenta, en este sentido, que en
una sociedad socialista, a diferencia de la sociedad capitalista, los
trabajadores ya no actúan urgidos por el miedo a la desocupación ni por la
codicia.
Otros motores[108]
El precio estable del azúcar, garantizado por los países socialistas, ha
desempeñado un papel decisivo en este sentido. También la ruptura del bloqueo
dispuesto por los Estados Unidos, que se hizo añicos a través del tráfico
comercial intenso con España y otros países de Europa occidental. Un tercio de
las exportaciones cubanas proporciona dólares, es decir, divisas convertibles,
al país; el resto se aplica el trueque con la Unión Soviética y la zona del
rublo. Este sistema de comercio implica también ciertas dificultades: las
turbinas soviéticas para las centrales termoeléctricas son de excelente
calidad, como todos los equipos pesados que la URSS produce, pero no ocurre lo
mismo con los artículos de consumo de la industria ligera o mediana.) [109]
-la solidaridad, la responsabilidad colectiva, la toma de conciencia de los
deberes y los derechos que lanzan al hombre más allá del egoísmo- deben ponerse
en funcionamiento. Y no se cambia la conciencia de un pueblo entero en un
santiamén.
Cuando la revolución conquistó el poder, según
Fidel Castro, la mayoría de los cubanos no era ni siquiera antiimperialista.
Los cubanos se fueron radicalizando junto con su revolución, a medida que se
sucedían los desafíos y las respuestas, los golpes y los contragolpes entre La
Habana y Washington, y a medida que se iban convirtiendo en hechos concretos
las promesas de justicia social. Se construyeron ciento setenta hospitales
nuevos y otros tantos policlínicos y se hizo gratuita la asistencia médica; se
multiplicó por tres la cantidad de estudiantes matriculados a todos los niveles
y también la educación se hizo gratuita; las becas benefician hoy a más de
trescientos mil niños y jóvenes y se han multiplicado los internados y los
círculos infantiles. Gran parte de la población no paga alquiler y ya son
gratuitos los servicios de agua, luz, teléfono, funerales y espectáculos
deportivos. Los gastos en servicios sociales crecieron cinco veces en pocos
años. Pero ahora que todos tienen educación y zapatos, las necesidades se van
multiplicando geométricamente y la producción sólo puede crecer
aritméticamente. La presión del consumo, que es ahora consumo de todos y no de
pocos, también obliga a Cuba al aumento rápido de las exportaciones, y el
azúcar continúa siendo la mayor fuente de recursos.
En verdad, la revolución está viviendo tiempos
duros, difíciles, de transición y sacrificio. Los propios cubanos han terminado
de confirmar que el socialismo se construye con los dientes apretados y que la
revolución no es ningún paseo. Al fin y al cabo, el futuro no sería de esta
tierra si viniera regalado. Hay escasez, es cierto, de diversos productos: en
1970 faltan frutas y heladeras, ropa; las colas, muy frecuentes, no sólo
resultan de la desorganización de la distribución. La causa esencial de la
escasez es la nueva abundancia de consumidores: ahora el país pertenece a todos.
Se trata, por lo tanto, de una escasez de signo inverso a la que padecen los
demás países latinoamericanos.
En el mismo sentido operan los gastos de defensa.
Cuba está obligada a dormir con los ojos abiertos, y también eso resulta, en
términos económicos, muy caro. Esta revolución acosada, que ha debido soportar
invasiones y sabotajes sin tregua, no cae porque -extraña dictadura- la
defiende su pueblo en armas. Los expropiadores expropiados no se resignan. En
abril de 1961, la brigada que desembarcó en Playa Girón no estaba formada
solamente por los viejos militares y policías de Batista, sino también por los
dueños de más de 370 mil hectáreas de tierra, casi diez mil inmuebles, setenta
fábricas, diez centrales azucareros, tres bancos, cinco minas y doce cabarets.
El dictador de Guatemala, Miguel Ydígoras, cedió campos de entrenamiento a los
expedicionarios a cambio de las promesas que los norteamericanos le formularon,
según él mismo confesó más tarde: dinero contante y sonante, que nunca le
pagaron, y un aumento de la cuota guatemalteca de azúcar en el mercado de los
Estados Unidos.
En 1965, otro país azucarero, la República
Dominicana, sufrió la invasión de unos cuarenta mil marines dispuestos «a
permanecer indefinidamente en este país, en vista de la confusión reinante»,
según declaró su comandante, el general Bruce Palmer. La caída vertical de los
precios del azúcar había sido uno de los factores que hicieron estallar la
indignación popular; el pueblo se levantó contra la dictadura militar y las tropas
norteamericanas no demoraron en restablecer el orden. Dejaron cuatro mil
muertos en los combates que los patriotas libraron, cuerpo a cuerpo, entre el
río Ozama y el Caribe, en un barrio acorralado de la ciudad de Santo Domingo1
La Organización de Estados Americanos --que tiene la memoria del burro, porque
no olvida nunca dónde come - bendijo la invasión y la estimuló con nuevas
fuerzas. Había que matar el germen de otra Cuba.
GRACIAS AL SACRIFICIO
DE LOS ESCLAVOS EN EL CARIBE, NACIERON LA MÁQUINA DE JAMES WATT Y LOS CAÑONES
DE WASHINGTON
El Che Guevara decía que el subdesarrollo es un
enano de cabeza enorme y panza hinchada: sus piernas débiles y sus brazos cortos
no armonizan con el resto del cuerpo. La Habana resplandecía, zumbaban los
cadillacs por sus avenidas de lujo y en el cabaret más grande del mundo
ondulaban, al ritmo de Lecuona, las vedettes más hermosas; mientras tanto, en
el campo cubano, sólo uno de cada diez obreros agrícolas bebía leche, apenas un
cuatro por ciento consumía carne y, según el Consejo Nacional de Economía, las
tres quintas partes de los trabajadores rurales ganaban salarios que eran tres
o cuatro veces inferiores al costo de la vida.
Pero el azúcar no sólo produjo enanos. También
produjo gigantes o, al menos, contribuyó intensamente al desarrollo de los
gigantes. El azúcar del trópico latinoamericano aportó un gran impulso a la
acumulación de capitales para el desarrollo industrial de Inglaterra, Francia,
Holanda y, también, de los Estados Unidos, al mismo tiempo que mutiló la
economía del nordeste de Brasil y de las islas del Caribe y selló la ruina
histórica de África. El comercio triangular entre Europa, África y América tuvo
por viga maestra el tráfico de esclavos con destino a las plantaciones de
azúcar. «La historia de un grano de
azúcar es toda una lección de economía política, de política y también de moral»,
decía Augusto Cochin.
Las tribus de África occidental vivían peleando
entre sí, para aumentar, con los prisioneros de guerra, sus reservas de
esclavos. Pertenecían a los dominios coloniales de Portugal, pero los
portugueses no tenían naves ni artículos industriales que ofrecer en la época
del auge de la trata de negros, y se convirtieron en meros intermediarios entre
los capitanes negreros de otras potencias y los reyezuelos africanos.
Inglaterra fue, hasta que ya no le resultó conveniente, la gran campeona de la
compra y venta de carne humana. Los holandeses tenían, sin embargo, más larga
tradición en el negocio, porque Carlos V les había regalado el monopolio del
transporte de negros a América tiempo antes de que Inglaterra obtuviera el
derecho de introducir esclavos en las colonias ajenas. Y en cuanto a Francia, Luis
XIV, el Rey Sol, compartía con el rey de España la mitad de las ganancias de la
Compañía de Guinea, formada en 1701 para el tráfico de esclavos hacia América,
y su ministro Colbert, artífice de la industrialización francesa, tenía motivos
para afirmar que la trata de negros era «recomendable
para el progreso de la marina mercante nacional»[110]
Adam Smith decía que el descubrimiento de América
había «elevado el sistema mercantil a un
grado de esplendor y gloria que de otro modo no hubiera alcanzado jamás». Según
Sergio Bagú, el más formidable motor de acumulación del capital mercantil
europeo fue la esclavitud americana; a su vez, ese capital resultó «la piedra fundamental sobre la cual se
construyó el gigantesco capital industrial de los tiempos contemporáneos»[111]
La resurrección de la esclavitud grecorromana en el
Nuevo Mundo tuvo propiedades milagrosas: multiplicó las naves, las fábricas,
los ferrocarriles y los bancos de países que no estaban en el origen ni, con
excepción de los Estados Unidos, tampoco en el destino de los esclavos que
cruzaban el Atlántico. Entre los albores del siglo XVI y la agonía del siglo
XIX, varios millones de africanos, no se sabe cuántos, atravesaron el océano;
se sabe, sí, que fueron muchos más que los inmigrantes blancos, provenientes de
Europa, aunque, claro está, muchos menos sobrevivieron. Del Potomac al río de
la Plata, los esclavos edificaron la casa de sus amos, talaron los bosques,
cortaron y molieron las cañas de azúcar, plantaron algodón, cultivaron cacao,
cosecharon café y tabaco y rastrearon los cauces en busca de oro. ¿A cuántas
Hiroshimas equivalieron sus exterminios sucesivos? Como decía un plantador
inglés de Jamaica, «a los negros es más
fácil comprarlos que criarlos».
Caio Prado calcula que hasta principios del siglo
XIX habían llegado a Brasil entre cinco y seis millones de africanos; para
entonces, ya Cuba era un mercado de esclavos tan grande como lo había sido,
antes, todo el hemisferio occidental.[112]
Allá por 1562, el capitán John Hawkins había arrancado trescientos negros de
contrabando de la Guinea portuguesa. La reina Isabel se puso furiosa: «Esta aventura –sentenció clama venganza del
cielo». Pero Hawkins le contó que en el Caribe había obtenido, a cambio de
los esclavos, un cargamento de azúcar y pieles, perlas y jengibre. La reina
perdonó al pirata y se convirtió en su socia comercial. Un siglo después, el
duque de York marcaba al hierro candente sus iniciales, DY, sobre la nalga
izquierda o el pecho de los tres mil negros que anualmente conducía su empresa
hacia las «islas del azúcar».
La Real Compañía Africana, entre cuyos accionistas
figuraba el rey Carlos II, daba un trescientos por ciento de dividendos, pese a
que, de los 70 mil esclavos que embarcó entre 1680 y 1688, sólo 46 mil
sobrevivieron a la travesía. Durante el viaje, numerosos africanos morían
víctima de epidemias o desnutrición, o se suicidaban negándose a comer,
ahorcándose con sus cadenas o arrojándose por la borda al océano erizado de
aletas de tiburones. Lenta pero firmemente, Inglaterra iba quebrando la
hegemonía holandesa en la trata de negros.
La South Sea Company fue la principal usufructuaria
del «derecho de asiento» concedido a
los ingleses por España, y en ella estaban envueltos los más prominentes
personajes de la política y las finanzas británicas; el negocio, brillante como
ninguno, enloqueció a la bolsa de valores de Londres y desató una especulación
de leyenda. El transporte de esclavos elevó a Bristol, sede de astilleros, al
rango de segunda ciudad de Inglaterra, y convirtió a Liverpool en el mayor
puerto del mundo. Partían los navíos con sus bodegas cargadas de armas, telas,
ginebra, ron, chucherías y vidrios de colores, que serían el medio de pago para
la mercadería humana de África, que a su vez pagaría el azúcar, el algodón, el
café y el cacao de las plantaciones coloniales de América. Los ingleses
imponían su reinado sobre los mares. A fines del siglo XVIII, África y el
Caribe daban trabajo a ciento ochenta mil obreros textiles en Manchester; de
Sheffield provenían los cuchillos, y de Birmingham, 150 mil mosquetes por año[113].
Los caciques africanos recibían las mercancías de
la industria británica y entregaban los cargamentos de esclavos a los capitanes
negreros. Disponían, así, de nuevas armas y abundante aguardiente para
emprender las próximas cacerías en las aldeas. También proporcionaban marfiles,
ceras y aceite de palma. Muchos de los esclavos provenían de la selva y no
habían visto nunca el mar; confundían los rugidos del océano con los de alguna
bestia sumergida que los esperaba para devorarlos o, según el testimonio de un
traficante de la época, creían, y en cierto modo no se equivocaban, que «iban a ser llevados como carneros al
matadero, siendo su carne muy apreciada por los europeos»[114].
De muy poco servían los látigos de siete colas para
contener la desesperación suicida de los africanos. Los «fardos» que
sobrevivían al hambre, las enfermedades y el hacinamiento de la travesía, eran
exhibidos en andrajos, pura piel y huesos, en la plaza pública, luego de desfilar
por las calles coloniales al son de las gaitas. A los que llegaban al Caribe
demasiado exhaustos se los podía cebar en los depósitos de esclavos antes de
lucirlos a los ojos de los compradores; a los enfermos se los dejaba morir en
los muelles. Los esclavos eran vendidos a cambio de dinero en efectivo o
pagarés a tres años de plazo. Los barcos zarpaban de regreso a Liverpool
llevando diversos productos tropicales: a comienzos del siglo XVIII, las tres
cuartas partes del algodón que hilaba la industria textil inglesa provenían de
las Antillas, aunque luego Georgia y Louisiana serían sus principales fuentes;
a mediados del siglo, había ciento veinte refinerías de azúcar en Inglaterra.
Un inglés podía vivir, en aquella época, con unas
seis libras al año; los mercaderes de esclavos de Liverpool sumaban ganancias
anuales por más de un millón cien mil libras, contando exclusivamente el dinero
obtenido en el Caribe y sin agregar los beneficios del comercio adicional. Diez
grandes empresas controlaban los dos tercios del tráfico. Liverpool inauguró un
nuevo sistema de muelles; cada vez se construían más buques, más largos y de
mayor calado. Los orfebres ofrecían «candados
y collares de plata para negros y perros», las damas elegantes se
mostraban en público acompañadas de un mono vestido
con un jubón bordado y un niño esclavo, con turbante y bombachudos de seda. Un
economista describía por entonces la trata de negros como «el principio básico y fundamental de todo lo demás; como el principal
resorte de la máquina que pone en movimiento cada rueda del engranaje».
Se propagaban los bancos en Liverpool y Manchester,
Bristol, Londres y Glasgow; la empresa de seguros Lloyd's acumulaba ganancias
asegurando esclavos, buques y plantaciones. Desde muy temprano, los avisos del
London Gazette indicaban que los esclavos fugados debían ser devueltos a
Lloyd's.
Con fondos del comercio negrero se construyó el
gran ferrocarril inglés del oeste y nacieron industrias como las fábricas de
pizarras de Gales. El capital acumulado en el comercio triangular -
manufacturas, esclavos, azúcar - hizo posible la invención de la máquina de
vapor: James Watt fue subvencionado por mercaderes que habían hecho así su
fortuna. Eric Williams lo afirma en su documentada obra sobre el tema.
A principios del siglo XIX , Gran Bretaña se
convirtió en la principal impulsora de la campaña antiesclavista. La industria
inglesa ya necesitaba mercados internacionales con mayor poder adquisitivo, lo
que obligaba a la propagación del régimen de salarios. Además, al establecerse
el salario en las colonias inglesas del Caribe, el azúcar brasileño, producido
con mano de obra esclava, recuperaba ventajas por sus bajos costos
comparativos.[115]
La Armada británica se lanzaba al asalto de los buques
negreros, pero el tráfico continuaba creciendo para abastecer a Cuba y a
Brasil. Antes de que los botes ingleses llegaran a los navíos piratas, los
esclavos eran arrojados por la borda: adentro sólo se encontraba el olor, las
calderas calientes y un capitán muerto de risa en cubierta. La represión del
tráfico elevó los precios y aumentó enormemente las ganancias. A mediados del
siglo, los traficantes entregaban un fusil viejo por cada esclavo vigoroso que
arrancaban del África, para luego venderlo en Cuba a más de seiscientos
dólares.
Las pequeñas islas del Caribe habían sido
infinitamente más importantes, para Inglaterra, que sus colonias del norte. A
Barbados, Jamaica y Montserrat se les prohibía fabricar una aguja o una
herradura por cuenta propia. Muy diferente era la situación de Nueva
Inglaterra, y ello facilitó su desarrollo económico y, también, su
independencia política. Por cierto que la trata de negros en Nueva Inglaterra
dio origen a gran parte del capital que facilitó la revolución industrial en
Estados Unidos de América. A mediados del siglo XVIII, los barcos negreros del
norte llevaban desde Boston, Newport o Providence barriles llenos de ron hasta
las costas de África; en África los cambiaban por esclavos; vendían los
esclavos en el Caribe y de allí traían la melaza a Massachusetts, donde se
destilaba y se convertía, para completar el ciclo, en ron.
El mejor ron de las Antillas, el West Indian Rum,
no se fabricaba en las Antillas. Con capitales obtenidos de este tráfico de
esclavos, los hermanos Brown, de Providence, instalaron el horno de fundición
que proveyó de cañones al general George Washington para la guerra de la
independencia.[116].
Las plantaciones azucareras del Caribe, condenadas como estaban al monocultivo
de la caña, no sólo pueden considerarse el centro dinámico del desarrollo de
las «trece colonias» por el aliento que la trata de negros brindó a la
industria naval y a las destilerías de Nueva Inglaterra. También constituyeron
el gran mercado para el desarrollo de las exportaciones de víveres, maderas e
implementos diversos con destino a los ingenios, con lo cual dieron viabilidad
económica a la economía granjera y precozmente manufacturera del Atlántico
norte.
En gran escala, los navíos fabricados por los
astilleros de los colonos del norte llevaban al Caribe peces frescos y
ahumados, avena y granos, frijoles, harina, manteca, queso, cebollas, caballos
y bueyes, velas y jabones, telas, tablas de pino, roble y cedro para las cajas
de azúcar (Cuba contó con la primera sierra de vapor que llegó a la América
hispánica pero no tenía madera que cortar) y duelas, arcos, aros, argollas y
clavos. Así se iba trasvasando la sangre por todos estos procesos. Se
desarrollaban los países desarrollados de nuestros días: se subdesarrollaban los
subdesarrollados.
EL ARCO IRIS
ES LA RUTA DEL RETORNO A GUINEA
En 1518 el licenciado Alonso Zuazo escribía a
Carlos V desde la Dominicana:
«Es vano el temor de que los
negros puedan sublevarse; viudas hay en las islas de Portugal muy sosegadas con
ochocientos esclavos; todo está en cómo son gobernados. Yo hallé al venir
algunos negros ladinos, otros huidos a monte; azoté a unos, corté las orejas a
otros; y ya no se ha venido más queja».
Cuatro años después estalló la primera sublevación
de esclavos en América: los esclavos de Diego Colón, hijo del descubridor,
fueron los primeros en levantarse y terminaron colgados de las horcas en los
senderos del ingenio[117]
Se sucedieron otras rebeliones en Santo Domingo y luego en todas las islas
azucareras del Caribe. Un par de siglos después del sobresalto de Diego Colón,
en el otro extremo de la misma isla, los esclavos cimarrones huían a las
regiones más elevadas de Haití y en las montañas reconstruían la vida africana:
los cultivos de alimentación, la adoración de los dioses, las costumbres.
El arcoíris señala todavía, en la actualidad, la
ruta del retorno a Guinea para el pueblo de Haití. En una nave de vela
blanca... En la Guayana holandesa, a través del río Courantyne, sobreviven
desde hace tres siglos las comunidades de los djukas, descendientes de esclavos
que habían huido por los bosques de Surinam. En estas aldeas, subsisten «santuarios similares a los de Guinea, y se
cumplen danzas y ceremonias que podrían celebrarse en Ghana. Se utiliza el
lenguaje de los tambores, muy parecido a los tambores de Ashanti»[118]
.
La primera gran rebelión de los esclavos de la
Guayana ocurrió cien años después de la fuga de los djukas: los holandeses
recuperaron las plantaciones y quemaron a fuego lento a los líderes de los
esclavos. Pero tiempo antes del éxodo de los diukas, los esclavos cimarrones de
Brasil habían organizado el reino negro de los Palmares, en el nordeste de
Brasil, y victoriosamente resistieron, durante todo el siglo XVII, el asedio de
las decenas de expediciones militares que lanzaron para abatirlo, una tras
otra, los holandeses y los portugueses. Las embestidas de millares de soldados
nada podían contra las tácticas guerrilleras que hicieron invencible, hasta
1693, el vasto refugio.
El reino independiente de los Palmares
--convocatoria a la rebelión, bandera de la libertad- se había organizado como
un estado «a semejanza de los muchos que
existían en África en el siglo XVII»[119].
Se extendía desde las vecindades del Cabo de Santo Agostinho, en Pernambuco, hasta
la zona norteña del río San Francisco, en Alagoas: equivalía a la tercera parte
del territorio de Portugal y estaba rodeado por un espeso cerco de selvas
salvajes. El jefe máximo era elegido entre los más hábiles y sagaces: reinaba
el hombre «de mayor prestigio y felicidad
en la guerra o en el mando»[120].
En plena época de las plantaciones azucareras
omnipotentes, Palmares era el único rincón de Brasil donde se desarrollaba el
policultivo. Guiados por la experiencia adquirida por ellos mismos o por sus
antepasados en las sabanas y en las selvas tropicales de África, los negros
cultivaban el maíz, el boniato, los frijoles, la mandioca, las bananas y otros
alimentos. No en vano, la destrucción de los cultivos aparecía como el objetivo
principal de las tropas coloniales lanzadas a la recuperación de los hombres
que, tras la travesía del mar con cadenas en los pies, habían desertado de las
plantaciones.
La abundancia de alimentos de Palmares contrastaba
con las penurias que, en plena prosperidad, padecían las zonas azucareras del
litoral. Los esclavos que habían conquistado la libertad la defendían con
habilidad y coraje porque compartían sus frutos: la propiedad de la tierra era
comunitaria y no circulaba el dinero en el estado negro. «No figura en la historia universal ninguna rebelión de esclavos tan
prolongada como la de Palmares. La de Espartaco, que conmovió el sistema
esclavista más importante de la antigüedad, duró dieciocho meses»[121].
Para la batalla final, la corona portuguesa
movilizó el mayor ejército conocido hasta la muy posterior independencia de
Brasil. No menos de diez mil personas defendieron la última fortaleza de
Palmares; los sobrevivientes fueron degollados, arrojados a los precipicios o
vendidos a los mercaderes de Río de Janeiro y Buenos Aires. Dos años después,
el jefe Zumbi, a quien los esclavos consideraban inmortal, no pudo escapar a
una traición. Lo acorralaron en la selva y le cortaron la cabeza. Pero las
rebeliones continuaron. No pasaría mucho tiempo antes de que el capitán Bartolomeu
Bueno Do Prado regresara del río das Mortes con sus trofeos de la victoria
contra una nueva sublevación de esclavos. Traía tres mil novecientos pares de
orejas en las alforjas de los caballos.
También en Cuba se sucederían las sublevaciones. Algunos
esclavos se suicidaban en grupo; burlaban al amo «con su huelga eterna y su inacabable cimarronería por el otro mundo»,
dice Fernando Ortiz. Creían que así resucitaban, carne y espíritu, en África.
Los araos mutilaban los cadáveres, para que resucitaran castrados, mancos o
decapitados, y de este modo conseguían que muchos renunciaran a la idea de
matarse. Allá por 1870, según la reciente versión de un esclavo que en su
juventud había huido a los montes de Las Villas, los negros ya no se suicidaban
en Cuba. Mediante un cinturón mágico, «se
iban volando, volaban por el cielo y cogían para su tierra», o se perdían
en la sierra porque «cualquiera se
cansaba de vivir. Los que se acostumbraban tenían el espíritu flojo. La vida en
el monte era más saludable»[122].
Los dioses africanos continuaban vivos entre los
esclavos de América como vivas continuaban, alimentadas por la nostalgia, las
leyendas y los mitos de las patrias perdidas. Parece evidente que los negros
expresaban así, en sus ceremonias, en sus danzas, en sus conjuros, la necesidad
de afirmación de una identidad cultural que el cristianismo negaba. Pero
también ha de haber influido el hecho de que la Iglesia estuviera materialmente
asociada al sistema de explotación que sufrían.
A comienzos del siglo XVIII, mientras en las islas
inglesas los esclavos convictos de crímenes morían aplastados entre los
tambores de los trapiches de azúcar y en las colonias francesas se los quemaba
vivos o se los sometía al suplicio de la rueda, el jesuita Antonil formulaba
dulces recomendaciones a los dueños de ingenios en Brasil, para evitar excesos
semejantes: «A los administradores no se
les debe consentir de ninguna manera dar puntapiés principalmente en la barriga
de las mujeres que andan preñadas ni dar garrotazos a los esclavos, porque en
la cólera no se miden los golpes y pueden herir en la cabeza a un esclavo
eficiente, que vale mucho dinero, y perderlo»[123]
En Cuba, los mayorales descargaban sus látigos de
cuero o cáñamo sobre las espaldas de las esclavas embarazadas que habían
incurrido en falta, pero no sin antes acostarlas boca abajo, con el vientre en
un hoyo, para no estropear la «pieza» nueva en gestación. Los sacerdotes, que
recibían como diezmo el cinco por ciento de la producción de azúcar, daban su
absolución cristiana: el mayoral castigaba como Jesucristo a los pecadores. El
misionero apostólico Juan Perpiñá y Pibernat publicaba sus sermones a los
negros: «!Pobrecitos! No os asustéis
porque sean muchas las penalidades que tengáis que sufrir como esclavos.
Esclavo puede ser vuestro cuerpo: pero libre tenéis el alma para volar un día a
la feliz mansión de los escogidos»[124].
El dios de los parias no es siempre el mismo que el
dios del sistema que los hace parias. Aunque la religión católica abarca, en la
información oficial, el 94 por ciento de la población de Brasil, en la realidad
la población negra conserva vivas sus tradiciones africanas y viva perpetúa su
fe religiosa, a menudo camuflada tras las figuras sagradas del cristianismo[125].
Los cultos de raíz africana encuentran amplia proyección entre los oprimidos
-cualquiera que sea el color de su piel. Otro tanto ocurre en las Antillas.
Las divinidades del vudú de Haití, el bembé de Cuba
y la umbanda y la quimbanda de Brasil son más o menos las mismas, pese a la
mayor o menor transfiguración que han sufrido, al nacionalizarse en tierras de
América, los ritos y los dioses originales. En el Caribe y en Bahía se entonan
los cánticos ceremoniales en nagó, yoruba, congo y otras lenguas africanas. En
los suburbios de las grandes ciudades del sur de Brasil, en cambio, predomina
la lengua portuguesa, pero han brotado de la costa del oeste de Africa las
divinidades del bien y del mal que han atravesado los siglos para transformarse
en los fantasmas vengadores de los marginados, la pobre gente humillada que
clama en las favelas de Río de Janeiro: Fuerza
bahiana, / fuerza africana, / fuerza divina, / ven acá. / Ven a ayudarnos.
LA VENTA DE
CAMPESINOS
En 1888 se abolió la esclavitud en Brasil. Pero no
se abolió el latifundio y ese mismo año un testigo escribía desde Ceará: «El mercado de ganado humano estuvo abierto
mientras duró el hambre, pues compradores nunca faltaron. Raro era el vapor que
no conducía gran número de cearenses»[126].
Medio millón de nordestinos emigraron a la Amazonia, convocados por los
espejismos del caucho, hasta el filo del siglo; desde entonces el éxodo
continuó, al impulso de las periódicas sequías que han asolado el sertão y de
las sucesivas oleadas de expansión de los latifundios azucareros de la zona da
mata. En 1900 cuarenta mil víctimas de la sequía abandonaron Ceará. Tomaban el
camino por entonces habitual: la ruta del norte hacia la selva. Después, el
itinerario cambió. En nuestros días los nordestinos emigran hacia el centro y
el sur de Brasil. La sequía de 1970 arrojó muchedumbres hambrientas sobre las
ciudades del nordeste. Saquearon trenes y comercios; a gritos imploraban la
lluvia a San José.
Los «flagelados» se lanzaron a los caminos. Un
cable de abril de 1970 informa: «La policía del estado de Pernambuco detuvo el
domingo último, en el municipio de Belém do São Francisco, a 210 campesinos que
serían vendidos a propietarios rurales del estado de Minas Gerais a dieciocho
dólares por cabeza»[127].
Los campesinos provenían de Paraíba y Río Grande do Norte, los dos estados más
castigados por la sequía. En junio, los teletipos trasmiten las declaraciones
del jefe de la policía federal: sus servicios aún no disponen de los medios
eficaces para poner término al tráfico de esclavos, y aunque en los últimos
meses se han iniciado diez procedimientos de investigación, continúa la venta
de trabajadores del nordeste a los propietarios ricos de otras zonas del país.
El boom del caucho y el auge del café implicaron
grandes levas de trabajadores nordestinos. Pero también el gobierno hace uso de
este caudal de mano de obra barata, formidable ejército de reserva para las
grandes obras públicas. Del nordeste vinieron, acarreados como ganado, los
hombres desnudos que en una noche y un día levantaron la ciudad de Brasilia en
el centro del desierto. Esta ciudad, la más moderna del mundo, está hoy cercada
por un vasto cinturón de miseria: terminado su trabajo, los candangos fueron
arrojados a las ciudades satélites. En ellas, trescientos mil nordestinos,
siempre listos para todo servicio, viven de los desperdicios de la
resplandeciente capital.
El trabajo esclavo de los nordestinos está
abriendo, ahora, la gran carretera transamazonica, que cortará Brasil en dos,
penetrando la selva hasta la frontera con Bolivia. El plan implica también un
proyecto de colonización agraria para extender «las fronteras de la
civilización»: cada campesino recibirá diez hectáreas de superficie, si
sobrevive a las fiebres tropicales de la floresta. En el nordeste hay seis
millones de campesinos sin tierras, mientras que quince mil personas son dueñas
de la mitad de la superficie total. La reforma agraria no se realiza en las
regiones ya ocupadas, donde continúa siendo sagrado el derecho de propiedad de
los latifundistas, sino en plena selva. Ello significa que los «flagelados» del
nordeste abrirán el camino para la expansión del latifundio sobre nuevas áreas.
Sin capital, sin medios de trabajo, ¿qué significan diez hectáreas a dos o tres
mil kilómetros de distancia de los centros de consumo?
Muy distintos son, se deduce, los propósitos reales
del gobierno: proporcionar mano de obra a los latifundistas norteamericanos que
han comprado o usurpado la mitad de las tierras al norte del río Negro y también
a la United States Steel Co., que recibió de manos del general Garrastazú
Médici los enormes yacimientos de hierro y manganeso de la Amazonia[128]
EL CICLO DEL
CAUCHO: CARUSO INAUGURA UN TEATRO MONUMENTAL EN MEDIO DE
Algunos autores estiman que no menos de medio
millón de nordestinos sucumbieron a las epidemias, el paludismo, la
tuberculosis o el beriberi en la época del auge de la goma. «Este siniestro
osario fue el precio de la industria del caucho»[129]
Sin ninguna reserva de vitaminas, los campesinos de las tierras secas
realizaban el largo viaje hacia la selva húmeda. Allí los aguardaba, en los
pantanosos seringales, la fiebre. Iban hacinados en las bodegas de los barcos,
en tales condiciones que muchos sucumbían antes de llegar: anticipaban, así, su
próximo destino. Otros, ni siquiera alcanzaban a embarcarse. En 1878, de los
ochocientos mil habitantes de Ceará, 120 mil se marcharon rumbo al río
Amazonas, pero menos de la mitad pudo llegar; los restantes fueron cayendo,
abatidos por el hambre o la enfermedad, en los caminos del sertão o en los
suburbios de Fortaleza[130].
Un año antes, había comenzado una de las siete mayores sequías de cuantas
azotaron el nordeste durante el siglo pasado.
No sólo la fiebre; también aguardaba, en la selva, un
régimen de trabajo bastante parecido a la esclavitud. El trabajo se pagaba en
especies -carne seca, harina de mandioca, rapadura, aguardiente- hasta que el
seringueiro saldaba sus deudas, milagro que rara vez ocurría. Había un acuerdo
entre los empresarios para no dar trabajo a los obreros que tuvieran deudas
pendientes; los guardias rurales, apostados en las márgenes de los ríos,
disparaban contra los prófugos. Las deudas se sumaban a las deudas. A la deuda
original, por el acarreo del trabajador desde el nordeste, se agregaba la deuda
por los instrumentos de trabajo, machete, cuchillo, tazones, y como el
trabajador comía, y sobre todo bebía, porque en los seringales no faltaba el
aguardiente, cuanto mayor era la antigüedad del obrero mayor se hacía la deuda
por él acumulada. Analfabetos, los nordestinos sufrían sin defensas los pases
de prestidigitación de la contabilidad de los administradores.
Priestley había observado, hacia 1770, que la goma
servía para borrar los trazos de lápiz sobre el papel. Setenta años después,
Charles Goodyear descubrió, al mismo tiempo que el inglés Hancock, el
procedimiento de vulcanización del caucho, que le daba flexibilidad y lo
tornaba inalterable a los cambios de temperatura. Ya en 1850, se revestían de
goma las ruedas de los vehículos. A fines de siglo surgió la industria del
automóvil en Estados Unidos y en Europa, y con ella nació el consumo de
neumáticos en grandes cantidades. La demanda mundial de caucho creció
verticalmente. El árbol de la goma proporcionaba a Brasil, en 1890, una décima
parte de sus ingresos por exportaciones; veinte años después, la proporción
subía al 40 por ciento, con lo que las ventas casi alcanzaban el nivel del
café, pese a que el café estaba, hacia 1910, en el cenit de su prosperidad. La
mayor parte de la producción de caucho provenía por entonces del territorio del
Acre, que Brasil había arrancado a Bolivia al cabo de una fulminante campaña
militar.[131]
Conquistado el Acre, Brasil disponía de la casi
totalidad de las reservas mundiales de goma; la cotización internacional estaba
en la cima y los buenos tiempos parecían infinitos. Los seringueiros no los
disfrutaban, por cierto, aunque eran ellos quienes salían cada madrugada de sus
chozas, con varios recipientes atados por correas a las espaldas, y se
encaramaban a los árboles, los hevea
brasiliensis gigantescos, para sangrarlos. Les hacían varias incisiones, en
el tronco y en las ramas gruesas próximas a la copa; de las heridas manaba el
látex, jugo blancuzco y pegajoso que llenaba los jarros en un par de horas. A
la noche se cocían los discos planos de goma, que se acumularían luego en la
administración de la propiedad. El olor ácido y repelente del caucho impregnaba
la ciudad de Manaus, capital mundial del comercio del producto. En 1849 Manaus
tenía cinco mil habitantes; en poco más de medio siglo creció a setenta mil.
Los magnates del caucho edificaron allí sus mansiones de arquitectura
extravagante y plenas de maderas preciosas de Oriente, mayólicas de Portugal,
columnas de mármol de Carrara y muebles de ebanistería francesa. Los nuevos
ricos de la selva se hacían traer los más caros alimentos desde Río de Janeiro;
los mejores modistos de Europa cortaban sus trajes y vestidos; enviaban a sus
hijos a estudiar a los colegios ingleses.
El teatro Amazonas, monumento barroco de bastante
mal gusto, es el símbolo mayor del vértigo de aquellas fortunas a principios de
siglo: el tenor Caruso cantó para los habitantes de Manaus la noche de la
inauguración, a cambio de una suma fabulosa, después de remontar el río a
través de la selva. La Pavlova, que debía bailar, no pudo pasar de la ciudad de
Belém, pero hizo llegar sus excusas.
En 1913, de un solo golpe, el desastre se abatió
sobre el caucho brasileño. El precio mundial, que había alcanzado los doce
chelines tres años atrás, se redujo a la cuarta parte. En 1900 el Oriente sólo
había exportado cuatro toneladas de caucho; en 1914 las plantaciones de Ceilán
y de Malasia volcaron más de setenta mil toneladas al mercado mundial, y cinco
años más tarde seis exportaciones ya estaban arañando las cuatrocientas mil
toneladas. En 1919 Brasil, que había disfrutado del virtual monopolio del
caucho, sólo abastecía la octava parte del consumo mundial. Medio siglo después
Brasil compra en el extranjero más de la mitad de caucho que necesita.
¿Qué había ocurrido? Allá por 1873, Henry Wickham,
un inglés que poseía bosques de caucho en el río Tapajós y era conocido por sus
manías de botánico, había enviado dibujos y hojas del árbol de la goma al
director del jardín de Kew, en Londres. Recibió la orden de obtener una buena
cantidad de semillas, las pepitas que el hevea
brasiliensis alberga en sus frutos amarillos. Había que sacarlas de
contrabando, porque Brasil castigaba severamente la evasión de semillas, y no
era fácil: las autoridades revisaban, con pelos y señales, los barcos.
Entonces, como por encanto, un buque de la Inman Line se internó dos mil
kilómetros más de lo habitual hacia el interior de Brasil. Al regreso, Henry
Wickham aparecía entre sus tripulantes. Había elegido las mejores semillas,
después de poner los frutos a secar en una aldea indígena, y las traía dentro
de un camarote clausurado, envueltas en hojas de plátano y suspendidas por
cuerdas en el aire para que no las alcanzaran las ratas a bordo. Todo el resto
del barco iba vacío. En Belém do Pará, frente a la desembocadura del río,
Wickham invitó a las autoridades a un gran banquete. El inglés tenía fama de
chiflado; se sabía en toda la Amazonia que coleccionaba orquídeas. Explicó que
llevaba, por encargo del rey de Inglaterra, una serie de bulbos de orquídeas
raras para el jardín de Kew. Como eran plantas muy delicadas, explicó, las
tenía en un gabinete herméticamente cerrado, a una temperatura especial: si lo
abría, se arruinaban las flores. Así, las semillas llegaron, intactas, a los
muelles de Liverpool. Cuarenta años más tarde, los ingleses invadían el mercado
mundial con el caucho malayo. Las plantaciones asiáticas, racionalmente
organizadas a partir de los brotes verdes de Kew, desbancaron sin dificultad la
producción extractiva de Brasil.
La prosperidad amazónica se hizo humo. La selva
volvió a cerrarse sobre sí misma. Los cazadores de fortunas emigraron hacia
otras comarcas; el lujoso campamento se desintegró. Quedaron, sí, sobreviviendo
como podían, los trabajadores, que habían sido acarreados desde muy lejos para
ser puestos al servicio de la aventura ajena. Ajena, incluso, para el propio
Brasil, que no había hecho otra cosa que responder a los cantos de sirena de la
demanda mundial de materia prima, pero sin participar en lo más mínimo en el
verdadero negocio del caucho: la financiación, la comercialización, la
industrialización, la distribución. Y la sirena se quedó muda. Hasta que,
durante la segunda guerra mundial, el caucho de la Amazonia brasileña cobró un
nuevo empuje transitorio. Los japoneses habían ocupado la Malasia y las
potencias aliadas necesitaban desesperadamente abastecerse de goma. También la
selva peruana fue sacudida, en aquellos años cuarenta, por las urgencias del
caucho[132].
En Brasil la llamada «batalla del caucho» movilizó
nuevamente a los campesinos del nordeste. Según una denuncia formulada en el
Congreso cuando la «batalla» terminó, esta vez fueron cincuenta mil los muertos
que, derrotados por las pestes y el hambre, quedaron pudriéndose entre los
seringales.
LOS
PLANTADORES DE CACAO ENCENDÍAN SUS CIGARROS CON BILLETES DE QUINIENTOS MIL REIS [133]
A principios de siglo, las montañas con bosques de
caucho también habían ofrecido a Perú las
romesas de un nuevo Eldorado. Francisco García
Calderón escribía en El Perú contemporáneo, hacia 1908, que el caucho era la
gran riqueza del porvenir. En su novela La casa verde (Barcelona, 1966), Mario
Vargas Llosa reconstruye la atmósfera febril en Iquitos y en la selva, donde los
aventureros despojaban a los indios y se despojaban entre sí. La naturaleza se
vengaba; dïsponía de la lepra y otras armas.)
Venezuela se identificó con el cacao, planta
originaria de América, durante largo tiempo. «Los venezolanos habíamos sido hechos para vender cacao y distribuir, en
nuestro suelo, las baratijas del exterior», dice Rangel[134].
Los oligarcas del cacao, más los usureros y los comerciantes, integraban «una Santísima Trinidad del atraso».
Junto con el cacao, formando parte de su cortejo, coexistían la ganadería de
los llanos, el añil, el azúcar, el tabaco y también algunas minas; pero Gran
Cacao fue el nombre con que el pueblo bautizó, acertadamente, a la oligarquía
esclavista de Caracas. A costa del trabajo de los negros, esta oligarquía se enriqueció
abasteciendo de cacao a la oligarquía minera de México y a la metrópoli
española.
Desde 1873, se inauguró en Venezuela una edad del
café; el café exigía, como el cacao, tierras de vertientes o valles cálidos.
Pese a la irrupción del intruso, el cacao continuó, de todos modos, su
expansión, invadiendo los suelos húmedos de Carúpano. Venezuela siguió siendo
agrícola, condenada al calvario de las caídas cíclicas de los precios del café
y del cacao; ambos productos surtían los capitales que hacían posible la vida
parasitaria, puro despilfarro, de sus dueños, sus mercaderes y sus
prestamistas. Hasta que, en 1922, el país se convirtió de súbito en un
manantial de petróleo. A partir de entonces, el petróleo dominó la vida del
país.
La explosión de la nueva fortuna vino a dar la
razón, con más de cuatro siglos de atraso, a las expectativas de los
descubridores españoles: buscando sin suerte al príncipe que se bañaba en oro,
habían llegado a la locura de confundir una aldehuela de Maracaibo con Venecia,
espejismo al que Venezuela debe su nombre; y Colón había creído que en el golfo
de Paria nacía el Paraíso Terrenal[135].
En las últimas décadas del siglo XIX se desató la glotonería de los europeos y
los norteamericanos por el chocolate. El progreso de la industria dio un gran
impulso a las plantaciones de cacao en Brasil y estimuló la producción de las
viejas plantaciones de Venezuela y Ecuador. En Brasil, el cacao hizo su ingreso
impetuoso en el escenario económico al mismo tiempo que el caucho y, como el caucho,
dio trabajo a los campesinos del nordeste. La ciudad del Salvador, en la Bahía
de Todos los Santos, había sido una de las más importantes ciudades de América,
como capital de Brasil y del azúcar, y resucitó entonces como capital del
cacao. Al sur de Bahía, desde el Recôncavo hasta el estado de Espírito Santo,
entre las tierras bajas del litoral y la cadena montañosa de la costa, los
latifundios continúan proporcionando, en nuestros días, la materia prima de
buena parte del chocolate que se consume en el mundo.
Al igual que la caña de azúcar, el cacao trajo
consigo el monocultivo y la quema de los bosques, la dictadura de la cotización
internacional y la penuria sin tregua de los trabajadores. Los propietarios de
las plantaciones, que viven en las playas de Río de Janeiro y son más
comerciantes que agricultores, prohíben que se destine una sola pulgada de
tierra a otros cultivos. Sus administradores suelen pagar los salarios en
especies, charque, harina, frijoles; cuando los pagan en dinero, el campesino
recibe por un día entero de trabajo un jornal que equivale al precio de un
litro de cerveza y debe trabajar un día y medio para poder comprar una lata de
leche en polvo.
Brasil disfrutó un buen tiempo de los favores del mercado
internacional. No obstante, desde el pique encontró en Africa serios
competidores. Hacia la década del veinte, ya Ghana había conquistado el primer
lugar: los ingleses habían desarrollado la plantación de cacao en gran escala,
con métodos modernos, en este país que por entonces era colonia y se llamaba
Costa de Oro. Brasil cayó al segundo lugar, y años más tarde al tercero, como
proveedor mundial de cacao. Pero hubo más de un período en que nadie hubiera
podido creer que un destino mediocre aguardaba a las tierras fértiles del sur
de Bahía. Invictos todo a lo largo de la época colonial, los suelos
multiplicaban los frutos: los peones partían las bayas a golpes de facón,
juntaban los granos, los cargaban en los carros para que los burros los condujeran
hasta las artesas, y se hacía preciso talar cada vez más bosques, abrir nuevos
claros, conquistar nuevas tierras a filo de machete y tiros de fusil. Nada
sabían los peones de precios ni de mercados. Ni siquiera sabían quién gobernaba
Brasil: hasta no hace muchos años todavía se encontraban trabajadores de las
fazendas convencidos de que don Pedro II, el emperador, continuaba en el trono.
Los amos del cacao se restregaban las manos: ellos sí sabían, o creían que
sabían.
El consumo de cacao aumentaba y con él aumentaban
las cotizaciones y las ganancias. El puerto de Ilhéus, por donde se embarcaba
casi todo el cacao, se llamaba «la Reina del sur», y aunque hoy languidece,
allí han quedado los sólidos palacetes que los fazendeiros amueblaron con
fastuoso y pésimo gusto. Jorge Amado escribió varias novelas sobre el tema. Así
recrea una etapa de alza de precios: «Ilhéus
y la zona del cacao nadaron en oro, se bañaron en champaña, durmieron con
francesas llegadas de Río de Janeiro. En Trianón , el más chic de los cabarets
de la ciudad, el coronel Maneca Dantas encendía cigarros con billetes de
quinientos mil reís. Repitiendo el gesto de todos los fazendeiros ricos del
país en las alzas anteriores del café, del caucho, del algodón y del azúcar»[136].
Mientras tanto, «ni los chicos tocaban los frutos de cacao. Sentían miedo de aquellos
cocos amarillos, de carozos dulces, que los tenían presos a esa vida de frutos
de jaca y carne seca». Porque, en el fondo, «el cacao era el gran señor a quien hasta el coronel temía» (Jorge
Amado, Cacao, Buenos Aires, 1935). En otra novela, Gabriela, clavo y canela,
Buenos Aires, 1969, un personaje habla de lihéus en 1925, alzando un dedo
categórico: «No existe en la actualidad,
en el norte del país, una ciudad de progreso más rápido».
Actualmente, Ilhéus no es ni la sombra. Con el alza
de precios, la producción aumentaba; luego los precios bajaban. La
inestabilidad se hizo cada vez más estrepitosa y las tierras fueron cambiando
de dueño. Empezó el tiempo de los «millonarios mendigos»: los pioneros de las
plantaciones cedían su sitio a los exportadores, que se apoderaban, ejecutando
deudas, de las tierras. En apenas tres años, entre 1959 y 1961, por no poner
más que un ejemplo, el precio internacional del cacao brasileño en almendra se
redujo en una tercera parte. Posteriormente, la tendencia al alza de los
precios no ha sido capaz de abrir, por cierto, las puertas de la esperanza; la
CEPAL augura breve vida a la curva de ascenso[137]
Los grandes consumidores de cacao -Estados Unidos, Inglaterra, Alemania
Federal, Holanda, Francia- estimulan la competencia entre el cacao africano y
el que producen Brasil y Ecuador, para comer chocolate barato. Provocan, así,
disponiendo como disponen de los precios, períodos de depresión que lanzan a
los caminos a los trabajadores que el cacao expulsa. Los desocupados buscan
árboles bajo los cuales dormir y bananas verdes para engañar el estómago: no
comen, por cierto, los finos chocolates europeos que Brasil, tercer productor
mundial de cacao, importa increíblemente desde Francia y desde Suiza. Los
chocolates valen cada vez más; el cacao, en términos relativos, cada vez menos.
Entre 1950 y 1960, las ventas de cacao de Ecuador
aumentaron en más de un treinta por ciento en volumen, pero sólo un quince por
ciento en valor. El quince por ciento restante fue un regalo de Ecuador a los
países ricos, que en el mismo período le enviaron, a precios crecientes, sus
productos industrializados. La economía ecuatoriana depende de las ventas de
bananas, café y cacao, tres alimentos duramente sometidos a la zozobra de los
precios. Según los datos oficiales, de cada diez ecuatorianos siete padecen
desnutrición básica y el país sufre uno de los índices de mortalidad más altos
del mundo.
BRAZOS
BARATOS PARA EL ALGODÓN
Brasil ocupa el cuarto lugar en el mundo como
productor de algodón; México, el quinto. En conjunto, de América Latina
proviene más de la quinta parte del algodón que la industria textil consume en
el planeta entero. A fines del siglo XVIII el algodón se había convertido en la
materia prima más importante de los viveros industriales de Europa; Inglaterra
multiplicó por cinco en treinta años, sus compras de esta fibra natural. El
huso que Arkwright inventó al mismo tiempo que Watt patentaba su máquina de
vapor y la posterior creación del telar mecánico de Cartwright impulsaron con
decisivo vigor la fabricación de tejidos y proporcionaron al algodón, planta
nativa de América, mercados ávidos en ultramar. El puerto de São Luiz de
Maranhão, que había dormido una larga siesta tropical apenas interrumpida por
un par de navíos al año, fue bruscamente despertado por la euforia del algodón:
afluyeron los esclavos negros a las plantaciones del norte de Brasil y entre
ciento cincuenta y doscientos buques partían cada año de São Luiz cargando un
millón de libras de materia prima textil.
Mientras nacía el siglo pasado, la crisis de la
economía minera proporcionaba al algodón mano de obra esclava en abundancia;
agotados el oro y los diamantes del sur, Brasil parecía resucitar en el norte.
El puerto floreció, produjo poetas en medida suficiente como para que se lo
llamara la Atenas de Brasil[138],
pero el hambre llegó, con la prosperidad, a la región de Maranhão, donde nadie
se ocupaba ya de cultivar alimentos. En algunos períodos sólo hubo arroz para
comer[139].
Como había empezado, esta historia terminó: el
colapso llegó de súbito. La producción de algodón en gran escala en las
plantaciones del sur de los Estados Unidos, con tierras de mejor calidad y
medios mecánicos para desgranar y enfardar el producto, abatió los precios a la
tercera parte y Brasil quedó fuera de competencia. Una nueva etapa de
prosperidad se abrió a raíz de la Guerra de Secesión, que interrumpió los
suministros norteamericanos, pero duró poco. Ya en el siglo XX, entre 1934 y
1939, la producción brasileña de algodón se incrementó a un ritmo
impresionante: de 126 mil toneladas pasó a más de 320 mil. Entonces sobrevino
un nuevo desastre: los Estados Unidos arrojaron sus excedentes al mercado
mundial y el precio se derrumbó.
Los excedentes agrícolas norteamericanos son, como
se sabe, el resultado de los fuertes subsidios que el Estado otorga a los
productores; a precios de dumping y como parte de los programas de ayuda
exterior, los excedentes se derraman por el mundo. Así, el algodón fue el
principal producto de exportación de Paraguay hasta que la competencia ruinosa
del algodón norteamericano lo desplazó de los mercados y la producción
paraguaya se redujo, desde
El algodón latinoamericano continúa vivo en el
comercio mundial, mal que bien, gracias a sus bajísimos costos de producción.
Incluso las cifras oficiales, máscaras de la realidad, delatan el miserable
nivel de la retribución del trabajo. En las plantaciones de Brasil, los
salarios de hambre alternan con el trabajo servil; en las de Guatemala los
propietarios se enorgullecen de pagar salarios de diecinueve quetzales por mes
(el quetzal equivale nominalmente al dólar) y, por si eso fuera mucho, ellos
mismos advierten que la mayor parte se liquida en especies al precio por ellos
fijado[140];
en México, los jornaleros que deambulan de zafra en zafra cobrando un dólar y
medio por jornada no sólo padecen la subocupación sino también, y como
consecuencia, la subnutrición, pero mucho peor es la situación de los obreros
del algodón en Nicaragua; los salvadoreños que suministran algodón a los
industriales textiles de Japón consumen menos calorías y proteínas que los
hambrientos hindúes. Para la economía de Perú, el algodón es la segunda fuente
agrícola de divisas.
José Carlos Mariátegui había observado que el
capitalismo extranjero, en su perenne búsqueda de tierras, brazos y mercados,
tendía a apoderarse de los cultivos de exportación de Perú, a través de la
ejecución de hipotecas de los terratenientes endeudados[141].
Cuando el gobierno nacionalista del general Velasco Alvarado llegó al poder en
1968, estaba en explotación menos de la sexta parte de las tierras del país
aptas para la explotación intensiva, el ingreso per capita de la población era
quince veces menor que el de los Estados Unidos y el consumo de calorías
aparecía entre los más bajos del mundo, pero la producción de algodón seguía,
como la del azúcar, regida por los criterios ajenos a Perú que había denunciado
Mariátegui.
Las mejores tierras, campiñas de la costa, estaban
en manos de empresas norteamericanas o de terratenientes que sólo eran
nacionales en un sentido geográfico, al igual que la burguesía limeña. Cinco
grandes empresas -entre ellas dos norteamericanas: la Anderson Clayton y la
Grace-- tenían en sus manos la exportación de algodón y de azúcar y contaban
también con sus propios «complejos agroindustriales» de producción. Las
plantaciones de azúcar y algodón de la costa, presuntos focos de prosperidad y
progreso por oposición a los latifundios de la sierra, pagaban a los peones
salarios de hambre hasta que la reforma agraria de 1969 las expropió y las
entregó, en cooperativas, a los trabajadores. Según el Comité Interamericano de
Desarrollo Agrícola, el ingreso de cada miembro de las familias de asalariados
de la costa sólo llegaba a los cinco dólares mensuales[142].
La Anderson Clayton and Co. conserva treinta
empresas filiales en América Latina, y no sólo se ocupa de vender el algodón
sino que, además, monopolio horizontal, dispone de una red que abarca el
financiamiento y la industrialización de la fibra y sus derivados y produce
también alimentos en gran escala. En México, por ejemplo, aunque no posee
tierras, ejerce de todos modos su dominio sobre la producción de algodón; en
sus manos están, de hecho, los ochocientos mil mexicanos que lo cosechan. La
empresa compra a muy bajo precio la excelente fibra de algodón mexicano, porque
previamente concede créditos a los productores con la obligación de que le
vendan las cosechas al precio con que ella abra el mercado.
A los adelantos en dinero se suma el suministro de
fertilizantes, semillas, insecticidas; la empresa se reserva el derecho de
supervisar los trabajos de fertilización, siembra y cosecha. Fija la tarifa que
se le ocurre para despepitar el algodón. Usa las semillas en sus fábricas de
aceites, grasas y margarinas. En los últimos años, la Clayton, «no conforme con dominar además el comercio
de algodón, ha irrumpido hasta en la producción de dulces y chocolates,
comprando recientemente la conocida empresa Luxus»[143]
En la actualidad, Anderson Clayton es la principal firma exportadora de café de
Brasil. En 1950 se interesó por el negocio. Tres años después, ya había
destronado a la American Coffee Corporation. En Brasil es además la primera
productora de alimentos, y figura entre las treinta y cinco empresas más
poderosas del país.
BRAZOS
BARATOS PARA EL CAFÉ
Hay quienes aseguran que el café resulta casi tan
importante como el petróleo en el mercado internacional. A principios de la década
del cincuenta, América Latina abastecía las cuatro quintas partes del café que
se consumía en el mundo; la competencia del café robusta, de África, de peor
calidad pero de precio más bajo, ha reducido la participación latinoamericana
en los años siguientes. No obstante, la sexta parte de las divisas que la
región obtiene en el exterior proviene, actualmente, del café. Las
fluctuaciones de los precios afectan a quince países del sur del río Bravo.
Brasil es el mayor productor del mundo; del café obtiene cerca de la mitad de
sus ingresos por exportaciones. El Salvador, Guatemala, Costa Rica y Haití
dependen también en gran medida del café, que además provee las dos terceras
partes de las divisas de Colombia.
El café había traído consigo la inflación a Brasil;
entre 1824 y 1854, el precio de un hombre se multiplicó por dos. Ni el algodón
del norte ni el azúcar del nordeste, agotados ya los ciclos de la prosperidad,
podían pagar aquellos caros esclavos. Brasil se desplazó hacia el sur. Además
de la mano de obra esclava, el café utilizó los brazos de los inmigrantes
europeos, que entregaban a los propietarios la mitad de sus cosechas, en un
régimen de medianería que aún hoy predomina en el interior de Brasil. Los
turistas que actualmente atraviesan los bosques de Tijuca para ir a nadar a las
aguas de la barra ignoran que allí, en las montañas que rodean a Río de
Janeiro, hubo grandes cafetales hace más de un siglo. Por los flancos de la
sierra, las plantaciones continuaron, rumbo al estado de São Paulo, su desenfrenada
cacería del humus de nuevas tierras vírgenes. Ya agonizaba el siglo cuando los
latifundistas cafetaleros, convertidos en la nueva élite social de Brasil,
afilaron los lápices y sacaron cuentas; más baratos resultaban los salarios de
subsistencia que la compra y manutención de los escasos esclavos Se abolió la
esclavitud en 1883, y quedaron así inauguradas formas combinadas de servidumbre
feudal y trabajo asalariado que persisten en nuestros días. Legiones de
braceros «libres» acompañarían, desde entonces, la peregrinación del café. El
valle del río Paraíba se convirtió en la zona más rica del país, pero fue
rápidamente aniquilado por esta planta perecedera que, cultivada en un sistema
destructivo, iba dejando a sus espaldas bosques arrasados; reservas naturales
agotadas y decadencia general. La erosión arruinaba, sin piedad, las tierras
antes intactas y, de saqueo en saqueo; iba bajando sus rendimientos,
debilitando las plantas y haciéndolas vulnerables a las plagas.
El latifundio cafetalero invadió la vasta meseta
purpúrea del occidente de São Paulo; con métodos de explotación menos
bestiales, la convirtió en un «mar de café», y continuó avanzando hacia el
oeste. Llegó a las riberas del Paraná; de cara a las sabanas de Mato Grosso, se
desvió hacia el sur para desplazarse, en estos últimos años, de nuevo Hacia el
oeste, ya por encima de las fronteras de Paraguay. En la actualidad, São Paulo
es el estado más desarrollado de Brasil, porque contiene el centro industrial
del país, pero en sus plantaciones de café abundan todavía los «moradores
vasallos» que pagan con su trabajo y el de sus hijos el alquiler de la tierra
En los años prósperos que siguieron a la primera guerra mundial, la voracidad
de los cafetaleros determinó la virtual abolición del sistema que permitía a
los trabajadores de las plantaciones cultivar alimentos por cuenta propia. Sólo
pueden hacerlo, ahora, a cambio de una renta que pagan trabajando sin cobrar.
Además, el latifundista cuenta con colonos contratistas a quienes permite realizar
cultivos temporarios, pero a cambio de que inicien cafetales nuevos en su
beneficio. Cuatro años después, cuando los granos amarillos colorean las matas,
la tierra ha multiplicado su valor y entonces llega, para el colono, el turno
de marcharse.
En 0Guatemala las plantaciones de café pagan aún
menos que las de algodón. En la vertiente del sur, los propietarios dicen
retribuir con quince dólares mensuales el trabajo de los millares de indígenas
que bajan cada año desde el altiplano hasta el sur, para vender sus brazos en
las cosechas. Las fincas cuentan con policía privada; allí, como alguien me
explicó, «un hombre es más barato que su tumba»; y el aparato de represión se
encarga de que lo siga siendo. En la región de Alta Verapaz la situación es aún
peor. Allí no hay camiones ni carretas, porque los finqueros no los necesitan:
sale más barato transportar el café a lomo de indio.
Para la economía de El Salvador, pequeño país en
manos de un puñado de familias oligárquicas, el café tiene una importancia
fundamental: el monocultivo obliga a comprar en el exterior frijoles, única
fuente de proteínas para la alimentación popular, maíz, hortalizas, y otros
alimentos que tradicionalmente el país producía. La cuarta parte de los
salvadoreños fallecen víctimas de la avitaminosis.
En cuanto a Haití, tiene la tasa de mortalidad más
alta de América Latina; más de la mitad de su población infantil padece anemia.
El salario legal pertenece, en Haití, a los dominios de la ciencia ficción; en
las plantaciones de café, el salario real oscila entre siete y quince centavos
de dólar por día.
En Colombia, territorio de vertientes, el café
disfruta de la hegemonía. Según un informe publicado por la revista Time en
1962, los trabajadores sólo reciben un cinco por ciento, a través de los
salarios, del precio total que el café obtiene en su viaje desde la mata a los
labios del consumidor norteamericano[144].
A diferencia de Brasil, el café de Colombia no se produce, en su mayor parte,
en los latifundios, sino en minifundios que tienden a pulverizarse cada vez
más. Entre 1955 y 1960, aparecieron cien mil plantaciones nuevas, en su mayoría
con extensiones ínfimas, de menos de una hectárea. Pequeños y muy pequeños
agricultores producen las tres cuartas partes del café que Colombia exporta; el
96 por ciento de las plantaciones son minifundios[145].
Juan Valdés sonríe en los avisos, pero la atomización de la tierra abate el
nivel de vida de los cultivadores, de ingresos cada vez menores, y facilita las
maniobras de la Federación Nacional de Cafeteros, que representa los intereses
de los grandes propietarios y que virtualmente monopoliza la comercialización
del producto. Las parcelas de menos de una hectárea generan un ingreso de
hambre: ciento treinta dólares, como promedio, por año[146]
LA
COTIZACIÓN DEL CAFÉ ARROJA AL FUEGO LAS COSECHAS Y MARCA EL RITMO DE LOS
CASAMIENTOS
¿Qué es esto? ¿El electroencefalograma de un loco?
En 1889 el café valía dos centavos y seis años después había subido a nueve;
tres años más tarde había bajado a cuatro centavos y cinco años después a dos.
Este fue un período ilustrativo[147].
Las gráficas de los precios del café, como las de todos los productos
tropicales, se han parecido siempre a los cuadros clínicos de la epilepsia,
pero la línea cae siempre a pique cuando registra el valor de intercambio del
café frente a las maquinarias y los productos industrializados. Carlos Lleras
Restrepo, presidente de Colombia, se quejaba en 1967: ese año, su país debió
pagar cincuenta y siete bolsas de café para comprar un jeep, y en 1950 bastaban
diecisiete bolsas. Al mismo tiempo, el ministro de Agricultura de São Paulo,
Herbert Levi, hacía cálculos más dramáticos: para comprar un tractor en 1967,
Brasil necesitaba trescientas cincuenta bolsas de café, pero catorce años antes
setenta bolsas habían sido suficientes. El presidente Getulio Vargas se había
partido el corazón de un balazo, en 1954, y la cotización del café no había
sido ajena a la tragedia: «Vino la crisis
de la producción de café —escribió Vargas en su testamento— y se valorizó nuestro principal producto.
Pensamos defender su precio y la respuesta fue una violenta presión sobre
nuestra economía, al punto de vernos obligados a ceder».
Vargas guiso que su sangre fuera un precio de
rescate. Si la cosecha de café de 1964 se hubiera vendido en el mercado
norteamericano a los precios de 1955, Brasil hubiera recibido doscientos
millones de dólares más. La baja de un solo centavo en la cotización del café
implica una pérdida de 65 millones de dólares para el conjunto de los países
productores. Desde 1964, como el precio continuó cayendo hasta 1968, se hizo
mayor la cantidad de dólares usurpados por el país consumidor, Estados Unidos,
a Brasil, país productor. Pero, ¿en beneficio de quién? ¿Del ciudadano que bebe
el café? En julio de 1968, el precio del café brasileño en Estados Unidos había
bajado un treinta por ciento en relación con enero de 1964. Sin embargo, el
consumidor norteamericano no pagaba más barato su café, sino un trece por
ciento más caro. Los intermediarios se quedaron, pues, entre el 64 y el 68, con
este trece y con aquel treinta: ganaron a dos puntas. En el mismo espacio de
tiempo, los precios que recibieron los productores brasileños por cada bolsa de
café se redujeron a la mítad[148].
¿Quiénes son los intermediarios? Seis empresas
norteamericanas disponen de más de la tercera parte del café que sale de
Brasil, y otras seis empresas norteamericanas disponen de más de la tercera
parte del café que entra en los Estados Unidos son las firmas dominantes en
ambos extremos de la operación[149].
La United Fruit (que ha pasado a llamarse United Brands mientras escribo estas
líneas) ejerce el monopolio de la venta de bananas desde América Central,
Colombia y Ecuador, y a la vez monopoliza la importación y distribución de bananas
en
Estados Unidos. De modo semejante, son empresas
norteamericanas las que manejan el negocio del café, y Brasil sólo participa
como proveedor y como víctima.
Es el Estado brasileño el que carga con los stocks,
cuando la sobreproducción obliga a acumular reservas. ¿Acaso no existe, sin
embargo, un Convenio Internacional del Café para equilibrar los precios en el
mercado? El Centro Mundial de Información del Café publicó en Washington, en
1970, un amplio documento destinado a convencer a los legisladores para que los
Estados Unidos prorrogaran, en septiembre, la vigencia de la ley complementaria
correspondiente al convenio. El informe asegura que el convenio ha beneficiado
en primer lugar a los Estados Unidos, consumidores de más de la mitad del café
que se vende en el mundo. La compra del grano sigue siendo una ganga. En el
mercado norteamericano, el irrisorio aumento del precio del café (en beneficio,
como hemos visto, de los intermediarios) ha resultado mucho menor que el alza
general del costo de la vida y del nivel interno de los salarios; el valor de
las exportaciones de los Estados Unidos se elevó, entre 1960 y 1969, una sexta
parte, y en el mismo período el valor de las importaciones de café, en vez de
aumentar, disminuyó. Además, es preciso tener en cuenta que los países
latinoamericanos aplican las deterioradas divisas que obtienen por la venta del
café, a la compra de esos productos norteamericanos encarecidos.
El café beneficia mucho más a quienes lo consumen que
a quienes lo producen. En Estados Unidos y en Europa genera ingresos y empleos
y moviliza grandes capitales; en América Latina paga salarios de hambre y
acentúa la deformación económica de los países puestos a su servicio. En
Estados Unidos el café proporciona trabajo a más de seiscientas mil personas:
los norteamericanos que distribuyen y venden el café latinoamericano ganan
salarios infinitamente más altos que los brasileños, colombianos,
guatemaltecos, salvadoreños o haitianos que siembran y cosechan el grano en las
plantaciones. Por otra parte la CEPAL nos informa que, por increíble que
parezca, el café arroja mas riqueza en las arcas estatales de los países
europeos, que la riqueza que deja en manos de los países productores. En
efecto, «en 1960 y 1961, las cargas
fiscales totales impuestas por los países de la Comunidad Europea al café
latinoamericano ascendieron a cerca de setecientos millones de dólares,
mientras que los ingresos de los países abastecedores (en términos del valor
f.o.b. de las mismas exportaciones) sólo alcanzaron a seiscientos millones de
dólares»[150].
Los países ricos, predicadores del comercio libre,
aplican el más rígido proteccionismo contra los países pobres: convierten todo
lo que tocan en oro para sí y en lata para los demás --incluyendo la propia
producción de los países subdesarrollados. El mercado internacional del café
copia de tal manera el modelo de un embudo, que Brasil aceptó recientemente
imponer altos impuestos a sus exportaciones de café soluble para proteger, proteccionismo
al revés, los intereses de los fabricantes norteamericanos del mismo artículo.
El café instantáneo producido por Brasil es más barato y de mejor calidad que
el de la floreciente industria de los Estados Unidos, pero en el régimen de la
libre competencia, está visto, unos son más libres que otros.
En este reino del absurdo organizado las
catástrofes naturales se convierten en bendiciones del cielo para los países
productores. Las agresiones de la naturaleza levantan los precios y permiten
movilizar las reservas acumuladas. Las feroces heladas que asolaron la cosecha
de 1969 en Brasil condenaron a la ruina a numerosos productores, sobre todo a
los más débiles, pero empujaron hacia arriba la cotización internacional del
café y aliviaron considerablemente el stock de sesenta millones de bolsas
-equivalentes a dos tercios de la deuda externa de Brasil que el Estado había
acumulado para defender los precios. El café almacenado, que se estaba
deteriorando y perdía valor progresivamente, podía haber terminado en la
hoguera. No sería la primera vez. A raíz de la crisis de 1929, que echó abajo
los precios y contrajo el consumo, Brasil quemó 78 millones de bolsas de café:
así ardió en llamas el esfuerzo de doscientas mil personas durante cinco zafras[151].
Aquella fue una típica crisis de una economía colonial: vino de fuera. La
brusca caída de las ganancias de los plantadores y los exportadores de café en
los años treinta provocó, además del incendio del café, un incendio de la
moneda. Este es el mecanismo usual en América Latina para «socializar las
pérdidas» del sector exportador: se compensa en moneda nacional, a través de
las devaluaciones, lo que se pierde en divisas.
Pero el auge de los precios no tiene mejores
consecuencias. Desencadena grandes siembras, un crecimiento de la producción,
una multiplicación del área destinada al cultivo del producto afortunado. El
estímulo funciona como un boomerang, porque la abundancia del producto derriba
los precios y provoca el desastre. Esto fue lo que ocurrió en 1958, en
Colombia, cuando se cosechó el café sembrado con tanto entusiasmo cuatro años
antes, y ciclos semejantes se han repetido a todo lo largo de la historia de
este país. Colombia depende del café y su cotización exterior hasta tal punto
que, «en Antioquia, la curva de
matrimonio responde ágilmente a la curva de los precios del café. Es típico de
una estructura dependiente: hasta el momento propicio para una declaración de
amor en una loma antioqueña se decide en la bolsa de Nueva York»[152]
DIEZ AÑOS
QUE DESANGRARON A COLOMBIA
Allá por los años cuarenta, el prestigioso
economista colombiano Luis Eduardo Nieto Arteta escribió una apología del café.
El café había logrado lo que nunca consiguieron, en los anteriores ciclos
económicos del país, las minas ni el tabaco, ni el añil ni la quina: dar
nacimiento a un orden maduro y progresista. Las fábricas textiles y otras
industrias livianas habían nacido, y no por casualidad, en los departamentos
productores de café: Antioquia, Caldas, Valle del Cauca, Cundinamarca. Una
democracia de pequeños productores agrícolas, dedicados al café, había
convertido a los colombianos en «hombres
moderados y sobrios». «El supuesto
más vigoroso -- decía-, para la normalidad en el funcionamiento de la vida
política colombiana ha sido la consecución de una peculiar estabilidad
económica. El café la ha producido, y con ella el sosiego y la mesura»[153]
Poco tiempo después, estalló la violencia. En
realidad, los elogios al café no habían interrumpido, como por arte de magia,
la larga historia de revueltas y represiones sanguinarias en Colombia. Esta
vez, durante diez años, entre 1948 y 1957, la guerra campesina abarcó los
minifundios y los latifundios, los desiertos y los sembradíos, los valles y las
selvas y los páramos andinos, empujó al éxodo a comunidades enteras, generó
guerrillas revolucionarias y bandas de criminales y convirtió al país entero en
un cementerio: se estima que dejó un saldo de ciento ochenta mil muertos[154].
El baño de sangre coincidió con un período de euforia económica para la clase
dominante: ¿es lícito confundir la prosperidad de una clase con el bienestar de
un país?
La violencia había empezado como un enfrentamiento
entre liberales y conservadores, pero la dinámica del odio de clases fue
acentuando cada vez más su carácter de lucha social. Jorge Eliécer Gaitán, el
caudillo liberal a quien la oligarquía de su propio partido, entre despectiva y
temerosa, llamaba «el Lobo» o «el Badulaque», había ganado un formidable
prestigio popular y amenazaba el orden establecido; cuando lo asesinaron a
tiros, se desencadenó el huracán. Primero fue una marea humana incontenible en
las calles de la capital, el espontáneo «bogotazo», y en seguida la violencia
derivó al campo, donde, desde hacía un tiempo, ya las bandas organizadas por
los conservadores venían sembrando el terror. El odio largamente masticado por
los campesinos hizo explosión, y mientras el gobierno enviaba policías y
soldados a cortar testículos, abrir los vientres de las mujeres embarazadas o
arrojar niños al aire para ensartarlos a puntas de bayoneta bajo la consigna de
«no dejar ni la semilla», los
doctores del Partido Liberal se recluían en sus casas sin alterar sus buenos
modales ni el tono caballeresco de sus manifiestos o, en el peor de los casos,
viajaban al exilio. Fueron los campesinos quienes pusieron los muertos. La
guerra alcanzó extremos de increíble crueldad, impulsada por un afán de
venganza que crecía con la guerra misma. Surgieron nuevos estilos de la muerte:
en el «corte corbata», la lengua quedaba colgando desde el pescuezo. Se
sucedían las violaciones, los incendios, los saqueos; los hombres eran
descuartizados o quemados vivos, desollados o partidos lentamente en pedazos;
los batallones arrasaban las aldeas y las plantaciones; los ríos quedaban
teñidos de rojo; los bandoleros otorgaban el permiso de vivir a cambio de
tributos en dinero o cargamentos de café y las fuerzas represivas expulsaban y
perseguían a innumerables familias que huían a las montañas a buscar refugio:
en los bosques, parían las mujeres.
Los primeros jefes guerrilleros, animados por la
necesidad de revancha pero sin horizontes políticos claros, se lanzaban a la
destrucción por la destrucción, el desahogo a sangre y fuego sin otros
objetivos. Los nombres de los protagonistas de la violencia (Teniente Gorila,
Malasombra, El Cóndor, Piel roja, El Vampiro, Ave negra, El Terror del Llano)
no sugieren una epopeya de la revolución. Pero el acento de rebelión social se
imprimía hasta en las coplas que cantaban las bandas: Yo soy campesino puro, / y no empecé la pelea, / pero si me buscan
ruido / la bailan con la más fea.
Y en definitiva, el terror indiscriminado había
aparecido también, mezclado con las reivindicaciones de justicia, en la
revolución mexicana de Emiliano, Zapata y Pancho Villa. En Colombia la rabia
estallaba de cualquier manera, pero no es casual que de aquella década de
violencia nacieran las posteriores guerrillas políticas que, levantando las
banderas de la revolución social, llegaron a ocupar y controlar extensas zonas
del país. Los campesinos, asediados por la represión, emigraron a las montañas
y allí organizaron el trabajo agrícola y la autodefensa.
Las llamadas «repúblicas independientes»
continuaron ofreciendo refugio a los perseguidos después de que los conservadores
y los liberales firmaron, en Madrid, el pacto de la paz. Los dirigentes de
ambos partidos, en un clima de brindis y palomas, resolvieron turnarse
sucesivamente en el poder en aras de la concordia nacional y entonces
comenzaron, ya de común acuerdo, la faena de la «limpieza» contra los focos de
perturbación del sistema. En una sola de las operaciones, para abatir a los
rebeldes de Marquetalia, se dispararon un millón y medio de proyectiles, se
arrojaron veinte mil bombas y se movilizaron, por tierra y por aire, dieciséis
mil soldados[155]
En plena violencia había un oficial que decía: «A mí no me traigan cuentos. Tráiganme orejas».
El sadismo de la represión y la ferocidad de la
guerra ¿podrían aplicarse por razones clínicas? ¿Fueron el resultado de la
maldad natural de sus protagonistas? Un hombre que cortó las manos de un
sacerdote, prendió fuego a su cuerpo y a su casa y luego lo despedazó y lo
arrojó a un caño, gritaba, cuando ya la guerra había terminado: «Yo no soy culpable. Yo no soy culpable.
Déjenme solo». Había perdido la razón, pero en cierto modo la tenía: el
horror de la violencia no hizo más que poner de manifiesto el horror del
sistema. Porque el café no trajo consigo la felicidad y la armonía, como había
profetizado Nieto Arteta. Es verdad que gracias al café se activó la navegación
del Magdalena y nacieron líneas de ferrocarril y carreteras y se acumularon
capitales que dieron origen a ciertas industrias, pero el orden oligárquico
interno y la dependencia económica ante los centros extranjeros de poder no
sólo no resultaron vulnerados por el proceso ascendente del café, sino que, por
el contrario, se hicieron infinitamente más agobiantes para los colombianos.
Cuando la década de la violencia llegaba a su fin, las Naciones Unidas publicaban
los resultados de su encuesta sobre la nutrición en Colombia.
Desde entonces la situación no ha mejorado en
absoluto: un 88 por ciento de los escolares de Bogotá padecía avitaminosis, un
78 por ciento sufría arriboflavinosis y más de la mitad tenía un peso por
debajo de lo normal; entre los obreros, la avitaminosis castigaba al 71 por
ciento y entre los campesinos del valle de Tensa, al 78 por ciento[156].
La encuesta mostró «una marcada
insuficiencia de alimentos protectores -leche y sus derivados, huevos, carne,
pescado, y algunas frutas y hortalizas-- que aportan conjuntamente proteínas,
vitaminas y sales».
No sólo a la luz de los fogonazos de las balas se
revela una tragedia social. Las estadísticas indican que Colombia ostenta un
índice de homicidios siete veces mayor que el de los Estados Unidos, pero
también indican que la cuarta parte de los colombianos en edad activa carece de
trabajo fijo. Doscientas cincuenta mil personas se asoman cada año al mercado
laboral; la industria no genera nuevos empleos y en el campo la estructura de
latifundios y minifundios tampoco necesita más brazos: por el contrario,
expulsa sin cesar nuevos desocupados hacia los suburbios de las ciudades. Hay
en Colombia más de un millón de niños sin escuela. Ello no impide que el
sistema se dé el lujo de mantener cuarenta y una universidades diferentes,
públicas o privadas, cada una con sus diversas facultades y departamentos, para
la educación de los hijos de la élite y de la minoritaria clase media[157]
LA VARITA
MÁGICA DEL MERCADO MUNDIAL DESPIERTA A CENTROAMÉRICA
Las tierras de la franja centroamericana llegaron a
la mitad del siglo pasado sin que se les hubiera inflingido mayores molestias.
Además de los alimentos destinados al consumo, América Central producía la grana
y el añil, con pocos capitales, escasa mano de obra y preocupaciones mínimas.
La grana, insecto que nacía y crecía sin problemas sobre la espinosa superficie
de los nopales, disfrutaba, como el añil, de una sostenida demanda en la
industria textil europea. Ambos colorantes naturales murieron de muerte
sintética cuando, hacia 1850, los químicos alemanes inventaron las anilinas y
otras tintas más baratas para teñir las telas.
Treinta años después de esta victoria de los
laboratorios sobre la naturaleza, llegó el turno del café. Centroamérica se
transformó. De sus plantaciones recién nacidas provenía, hacia 1880, poco menos
de la sexta parte de la producción mundial de café. Fue a través de este
producto como la región quedó definitivamente incorporada al mercado
internacional. A los compradores ingleses sucedieron los alemanes y los
norteamericanos; los consumidores extranjeros dieron vida a una burguesía
nativa del café, que irrumpió en el poder político, a través de la revolución
liberal de justo Rufino Barrios, a principios de la década de 1870. La
especialización agrícola, dictada desde fuera, despertó el furor de la
apropiación de tierras y de hombres: el latifundio actual nació, en
Centroamérica, bajo las banderas de la libertad de trabajo.
Así pasaron a manos privadas grandes extensiones
baldías, que pertenecían a nadie o a la Iglesia o al Estado, y tuvo lugar el
frenético despojo de las comunidades indígenas. A los campesinos que se negaban
a vender sus tierras se los enganchaba, por la fuerza, en el ejército: las
plantaciones se convirtieron en pudrideros de indios; resucitaron los
mandamientos coloniales, el reclutamiento forzoso de mano de obra y las leyes
contra la vagancia. Los trabajadores fugitivos eran perseguidos a tiros; los
gobiernos liberales modernizaban las relaciones de trabajo instituyendo el
salario, pero los asalariados se convertían en propiedad de los flamantes
empresarios del café.
En ningún momento, todo a lo largo del siglo
transcurrido desde entonces, los períodos de altos precios se hicieron notar
sobre el nivel de los salarios, que continuaron siendo retribuciones de hambre
sin que las mejores cotizaciones del café se tradujeran nunca en aumentos. Este
fue uno de los factores que impidieron el desarrollo de un mercado interno de
consumo en los países centroamericanos[158].
Como en todas partes, el cultivo del café desalentó, en su expansión sin
frenos, la agricultura de alimentos destinados al mercado interno. También
estos países fueron condenados a padecer una crónica escasez de arroz,
frijoles, maíz, trigo y carne. Apenas sobrevivió una miserable agricultura de
subsistencia, en las tierras altas y quebradas donde el latifundio acorraló a
los indígenas al apropiarse de las tierras bajas de mayor fertilidad. En las
montañas, cultivando en minúsculas parcelas el maíz y los frijoles
imprescindibles para no caerse muertos, viven durante una parte del año los
indígenas que brindan sus brazos, durante las cosechas, a las plantaciones.
Estas son las reservas de mano de obra del mercado mundial.
La situación no ha cambiado: el latifundio y el
minifundio constituyen, juntos, la unidad de un sistema que se apoya sobre la
despiadada explotación de la mano de obra nativa. En general, y muy
especialmente en Guatemala, esta estructura de apropiación de la fuerza de
trabajo aparece identificada con todo un sistema del desprecio racial: los
indios padecen el colonialismo interno de los blancos y los mestizos,
ideológicamente bendito por la cultura dominante, del mismo modo que los países
centroamericanos sufren el colonialismo extranjero[159]
Desde principios de siglo aparecieron también, en Honduras, Guatemala y Costa
Rica, los enclaves bananeros. Para trasladar el café a los puertos, habían
nacido ya algunas líneas de ferrocarril financiadas por el capital nacional.
Las empresas norteamericanas se apoderaron de esos ferrocarriles y crearon
otros, exclusivamente para el transporte del banano desde sus plantaciones, al
tiempo que implantaban el monopolio de los servicios de luz eléctrica, correos,
telégrafos, teléfonos y, servicio público no menos importante, también el
monopolio de la política: en Honduras, «una
mula cuesta más que un diputado» y en toda Centroamérica los embajadores de
Estados Unidos presiden más que los presidentes. La United Fruit Co. deglutió a
sus competidores en la producción y venta de bananas, se transformó en la
principal latifundista de Centroamérica; y sus filiales acapararon el
transporte ferroviario y marítimo; se hizo dueña de los puertos, y dispuso de
aduana y policía propias. El dólar se convirtió, de hecho, en la moneda
nacional centroamericana.
LOS
FILIBUSTEROS AL ABORDAJE
En la concepción geopolítica del imperialismo,
América Central no es más que un apéndice natural de los Estados Unidos. Ni
siquiera Abraham Lincoln, que también pensó en anexar sus territorios, pudo
escapar a los dictados del «destino manifiesto» de la gran potencia sobre sus
áreas contiguas[160]
A mediados del siglo pasado, el filibustero Willíam Walker, que operaba en
nombre de los banqueros Morgan y Garrison, invadió Centroamérica al frente de
una banda de asesinos que se llamaban a sí mismos «la falange americana de los inmortales». Con el respaldo oficioso
del gobierno de los Estados Unidos, Walker robó, mató, incendió y se proclamó
presidente, en expediciones sucesivas, de Nicaragua, El Salvador y Honduras.
Reimplantó la esclavitud en los territorios que sufrieron su devastadora
ocupación, continuando, así, la obra filantrópica de su país en los estados que
habían sido usurpados, poco antes, a México.
A su regreso fue recibido en los Estados Unidos
como un héroe nacional. Desde entonces se sucedieron las invasiones, las
intervenciones, los bombardeos, los empréstitos obligatorios y los tratados
firmados al pie del cañón. En 1912 el presidente William H. Taft afirmaba: «No está lejano el día en que tres banderas
de barras v estrellas señalen en tres sitios equidistantes la extensión de
nuestro territorio: una en el Polo Norte, otra en el canal de Panamá y la
tercera en el Polo Sur. Todo el hemisferio será nuestro, de hecho, como, en
virtud de nuestra superioridad racial, ya es nuestro moralmente»[161]
Taft decía que el recto camino de la justicia en la
política externa de los Estados Unidos «no excluye en modo alguno una activa
intervención para asegurar a nuestras mercancías y a nuestros capitalistas
facilidades para las inversiones beneficiosas». Por la misma época, el ex
presidente Teddy Roosevelt recordaba en voz alta su exitosa amputación de
tierra a Colombia: «I took the Canal»,
decía el flamante Premio Nobel de la Paz, mientras contaba cómo había
independizado a Panamá[162].
Colombia recibiría, poco después, una indemnización de veinticinco millones de
dólares: era el precio de un país, nacido para que los Estados Unidos
dispusieran de una vía de comunicación entre ambos océanos.
Las empresas se apoderaban de tierras, aduanas,
tesoros y gobiernos; los marines desembarcaban por todas partes para «proteger
la vida y los intereses de los ciudadanos norteamericanos», coartada igual a la
que utilizarían, en 1965, para borrar con agua bendita las huellas del crimen
de la Dominicana. La bandera envolvía otras mercaderías. El comandante Smedley
D. Butler, que encabezó muchas de las expediciones, resumía así su propia
actividad, en 1935, ya retirado:
«Me he pasado treinta y tres años
y cuatro meses en el servicio activo, como miembro de la más ágil fuerza
militar de este país: el Cuerpo de Infantería de Marina. Serví en todas las
jerarquías, desde teniente segundo hasta general de división Y durante todo ese
período me pasé la mayor parte del tiempo en funciones de pistolero de primera
clase para los Grandes Negocios, para Wall Street y los banqueros. En una
palabra, fui un pistolero del capitalismo... Así, por ejemplo, en 1914 ayudé a
hacer que México y en especial Tampico, resultasen una presa fácil para los
intereses petroleros norteamericanos. Ayudé a hacer que Haití y Cuba fuesen
lugares decentes para el cobro de rentas por parte del National City Bank... En
1909-1912 ayudé a purificar a Nicaragua para la casa bancaria internacional de
Brown Brothers. En 1916 llevé la luz a la República Dominicana, en nombre de
los intereses azucareros norteamericanos. En 1903 ayudé a `pacificar' a
Honduras en beneficio de las compañías fruteras norteamericanas»[163].
En los primeros años del siglo, el filósofo William
James había dictado una sentencia poco conocida: «El país ha vomitado de una vez y para siempre la Declaración de
Independencia... ». Por no poner más que un ejemplo, los Estados Unidos
ocuparon Haití durante veinte años y allí, en ese país negro que había sido el
escenario de la primera revuelta victoriosa de los esclavos, introdujeron la
segregación racial y el régimen de trabajos forzados, mataron mil quinientos
obreros en una de sus operaciones de represión (según la investigación, del
Senado norteamericano en 1922) y, cuando el gobierno local se negó a convertir
el Banco Nacional en una sucursal del National City Bank de Nueva York,
suspendieron el pago de sus sueldos al presidente y a sus ministros, para que
recapacitaran[164].
Historias semejantes se repetían en las demás islas del Caribe y en toda
América Central, el espacio geopolítico del Mare Nostrum del Imperio, al ritmo
alternado del big stick o de «la diplomacia del dólar».
El Corán menciona al plátano entre los árboles del
paraíso, pero la bananización de Guatemala, Honduras, Costa Rica, Panamá,
Colombia y Ecuador permite sospechar que se trata de un árbol del infierno. En
Colombia, la United Fruit se había hecho dueña del mayor latifundio del país cuando
estalló, en 1928, una gran huelga en la costa atlántica. Los obreros bananeros
fueron aniquilados a balazos, frente a una estación de ferrocarril. Un decreto
oficial había sido dictado: «Los hombres
de la fuerza pública quedan facultados para castigar por las armas...» y
después no hubo necesidad de dictar ningún decreto para borrar la matanza de la
memoria oficial del país3.
Miguel Angel Asturias narró el proceso de la
conquista y el despojo en Centroamérica. El papa verde era Minor Keith, rey sin
corona de la región entera, padre de la United Fruit, devorador de países. «Tenemos muelles, [165] ferrocarriles, tierras, edificios, manantiales -enumeraba
el presidente-; corre el dólar, se habla el inglés y se enarbola nuestra
bandera...»
«Chicago no podía menos que sentir
orgullo de ese hijo que marchó con una mancuerna de pistolas y regresaba a
reclamar su puesto entre los emperadores de la carne, reyes de los
ferrocarriles, reyes del cobre, reyes de la goma de mascar»[166].
En El paralelo 42 John Dos Passos trazó la
rutilante biografía de Keith, biografía de la empresa:
«En Europa y Estados Unidos la
gente había comenzado a comer plátanos, así que tumbaron la selva a través de
América Central para sembrar plátanos y construir ferrocarriles para
transportar los plátanos, y cada año más vapores de la Great White Fleet iban
hacia el norte repletos de plátanos, y esa es la historia del imperio
norteamericano en el Caribe y del canal de Panamá y del futuro canal de
Nicaragua y los marines y los acorazados y las bayonetas...».
Las tierras quedaban tan exhaustas como los
trabajadores: a las tierras les robaban el humus y a los trabajadores los
pulmones, pero siempre había nuevas tierras para explotar y más trabajadores
para exterminar. Los dictadores, próceres de opereta, velaban por el bienestar
de la United Fruit con el cuchillo entre los dientes. Después, la producción de
bananas fue decayendo y la omnipotencia de la empresa frutera sufrió varias
crisis, pero América Central continúa siendo, en nuestros días, un santuario
del lucro para los aventureros aunque el café, el algodón y el azúcar hayan
derribado a los plátanos de su sitial de privilegio. En 1970 las bananas son la
principal fuente de divisas para Honduras y Panamá y, en América del Sur, para
Ecuador. Hacia 1930 América Central exportaba 38 millones anuales de racimos
(cachos) y la United Fruit pagaba a Honduras un centavo de impuesto por cada
racimo. No había manera de controlar el pago del mini-impuesto (que después subió
un poquito), ni la hay, porque aún hoy la United Fruit exporta e importa lo que
se le ocurre al margen de las aduanas estatales. La balanza comercial y la
balanza de pagos del país son obras de ficción a cargo de los técnicos de
imaginación pródiga.
LA CRISIS DE
LOS AÑOS TREINTA: «ES UN CRIMEN MÁS
GRANDE MATAR A UNA HORMIGA QUE A UN HOMBRE»
El café dependía del mercado norteamericano, de su
capacidad de consumo y de sus precios; las bananas eran un negocio
norteamericano y para norteamericanos. Y estalló, de golpe, la crisis de 1929.
El crack de la Bolsa de Nueva York, que hizo crujir los cimientos del
capitalismo mundial, cayó en el Caribe como un gigantesco bloque de piedra en
un charquito. Bajaron verticalmente los precios del café y de las bananas, y no
menos verticalmente descendió el volumen de las ventas. Los desalojos
campesinos recrudecieron con violencia febril, el desempleo cundió en el campo
y en las ciudades, se levantó una oleada de huelgas; se abatieron bruscamente
los créditos, las inversiones y los gastos públicos, los sueldos de los
funcionarios del Estado se redujeron casi a la mitad en Honduras, Guatemala y
Nicaragua[167].
El equipo de dictadores llegó sin demora para aplastar las tapas de las marmitas;
se abría la época de la política de la Buena Vecindad en Washington, pero era
preciso contener a sangre y fuego la agitación social que, por todas partes,
hervía. Alrededor de veinte años -unos más, otros menos permanecieron en el
poder Jorge Ubico en Guatemala, Maximiliano Hernández Martínez en El Salvador,
Tiburcio Carías en Honduras y Anastasio Somoza en Nicaragua.
La epopeya de Augusto César Sandino conmovía al
mundo. La larga lucha del jefe guerrillero de Nicaragua había derivado a la
reivindicación de la tierra y levantaba en vilo la ira campesina. Durante siete
años, su pequeño ejército en harapos peleó, a la vez, contra los doce mil
invasores norteamericanos y contra los miembros de la guardia nacional. Las
granadas se hacían con latas de sardinas llenas de piedras, los fusiles
Springfield se arrebataban al enemigo y no faltaban machetes; el asta de la
bandera era un palo sin descortezar y en vez de botas los campesinos usaban,
para moverse en las montañas enmarañadas, una tira de cuero llamada caite. Con
música de Adelita, los guerrilleros cantaban: En Nicaragua, señores, le pega el ratón al gato.[168]
Ni el poder de fuego de la Infantería de Marina ni
las bombas que arrojaban los aviones resultaban suficientes para aplastar a los
rebeldes de Las Segovias. Tampoco las calumnias que derramaban por el mundo
entero las agencias informativas Associated Press y United Press, cuyos
corresponsales en Nicaragua eran dos norteamericanos que tenían en sus manos la
aduana del país[169].
En 1932, Sandino presentía: «Yo no viviré
mucho tiempo». Un año después, al influjo de la política norteamericana de
la Buena Vecindad, se celebraba la paz. El jefe guerrillero fue invitado por el
presidente a una reunión decisiva en Managua. Por el camino cayó muerto en una emboscada.
El asesino, Anastasio Somoza, sugirió después que la ejecución había sido
ordenada por el embajador norteamericano Arthur Bliss Lane. Somoza, por
entonces jefe militar, no demoró mucho en instalarse en el poder. Gobernó
Nicaragua durante un cuarto de siglo y luego sus hijos recibieron, en herencia,
el cargo, Antes de cruzarse el pecho con la banda presidencial, Somoza se había
condecorado a sí mismo con la Cruz del Valor, la Medalla de Distinción y la
Medalla Presidencial al Mérito. Ya en el poder, organizó varias matanzas y
grandes celebraciones, para las cuales disfrazaba de romanos, con sandalias y
cascos, a sus soldados; se convirtió en el mayor productor de café del país,
con 46 fincas, y también se dedicó a la cría de ganado en otras 51 haciendas.
Nunca le faltó tiempo, sin embargo, para sembrar
también el terror. Durante su larga gestión de gobierno, no pasó, la verdad sea
dicha, mayores necesidades, y recordaba con cierta tristeza los años juveniles,
cuando debía falsificar monedas de oro para poder divertirse. También en El
Salvador estallaron las tensiones como consecuencia de la crisis. Casi la mitad
de los obreros bananeros de Honduras eran salvadoreños y muchos fueron
obligados a retornar a su país, donde no había trabajo para nadie. En la región
de Izalco, se produjo un gran levantamiento campesino en 1932, que se propagó
rápidamente a todo el occidente del país. El dictador Martínez envió a los
soldados, con equipos modernos, a combatir contra «los bolcheviques». Los indios pelearon a machete contra las
ametralladoras y el episodio se cerró con diez mil muertos. Martínez, un brujo
vegetariano y teósofo, sostenía que «es
un crimen más grande matar a una hormiga que a un hombre, porque el hombre al
morir reencarna; mientras que la hormiga muere definitivamente»[170].
Decía que él estaba protegido por «legiones invisibles» que le daban cuenta
de todas las conspiraciones y mantenía comunicación telepática directa con el
presidente de los Estados Unidos. Un reloj de péndulo le indicaba, sobre el
plato, si la comida estaba envenenada; sobre un mapa, le señalaba los lugares
donde se escondían enemigos políticos y tesoros de piratas. Solía enviar notas
de condolencia a los padres de sus víctimas y en el patio de su palacio
pastaban los ciervos. Gobernó hasta 1944.
Las matanzas se sucedían por todas partes. En 1933,
Jorge Ubico fusiló en Guatemala a un centenar de dirigentes sindicales,
estudiantiles y políticos, al tiempo que reimplantaba las leyes contra «la
vagancia» de los indios. Cada indio debía llevar una libreta donde constaban
sus días de trabajo; si no se consideraban suficientes, pagaba la deuda en la
cárcel o arqueando la espalda sobre la tierra, gratuitamente, durante medio
año. En la insalubre costa del Pacífico, los obreros que trabajaban hundidos
hasta las rodillas en el barro cobraban treinta centavos por día; y la United
Fruit demostraba que Ubico la había obligado a rebajar los salarios. En 1944,
poco antes de la caída del dictador, el Reader's Digest publicó un artículo
ardiente de elogios: este profeta del Fondo Monetario Internacional había
evitado la inflación bajando los salarios, de un dólar a veinticinco centavos
diarios, para la construcción de la carretera militar de emergencia, y de un
dólar a cincuenta centavos para los trabajos de la base aérea en la capital.
Por esta época, Ubico otorgó a los señores del café y a las empresas bananeras
el permiso para matar: «Estarán exentos
de responsabilidad criminal los propietarios de fincas... ».
El decreto llevaba el número 2.795 y fue restablecido en 1967, durante el democrático y representativo gobierno de Méndez Montenegro. Como todos los tiranos del Caribe, Ubico se creía Napoleón. Vivía rodeado de bustos y cuadros del Emperador, que tenía, según él, su mismo perfil. Creía en la disciplina militar: militarizó a los empleados de correo, a los niños de l