Ernesto Milà

...lo que está detrás de BUSH

Corrientes ocultas de la política de EEUU

PYRE

Título: «...lo que está detrás de Bush» Autor: Ernesto Milà Colección Geopolítica nº 6 © Ernesto Milà © Pyre, SL Portada: Alejandro César

1ª Edición: Marzo 2004 Producciones y Representaciones Editoriales, SL Apartado de Correos 9288 08080 Barcelona E-mail: pyre38@yahoo.es ISBN 84-933678-2-6 Dep. Legal: B-XXXXXXXXXXX Impreso en España

Introducción

Resulta imposible comprender la política exterior norteamericana actual si desconocemos algunos elementos subjetivos que han determinado la historia de ese país, desde los orígenes hasta nuestros días. Esta pequeña obra intenta situar la política exterior norteamericana en el contexto que le es propio, desde 1775 hasta las elecciones presidenciales del 2004.

La línea política de la administración Bush no es un accidente en la historia de los EEUU sino que, por el contrario, es la última reedición de una constante histórica que ha estado pre-sente en todos los episodios de aquel país. El mesianismo actual de Bush estaba ya presente en los Padres de la Constitución americana y, si se nos apura, incluso entre los peregrinos del Mayflower.

Pero existe una contradicción: mientras el mesianismo sigue vivo en la cultura norteamericana, también, algo ha cambiado en la vida de los ciudadanos. Del espíritu democrático de los fundadores al «Acta Patriótica» que limita los derechos y las libertades individuales, hay un buen trecho que la administración Bush no ha tenido el menor empacho en recorrer utilizando como excusa los ataques del 11–S. A lo largo de esta obra, veremos por qué la democracia americana se ha transformado en un plutocracia y por qué, quién está al frente y con qué ideas.

Esta pequeña obra se propone como objetivo indagar en las corrientes subterráneas que están en estos momentos presentes en el stablishment norteamericano. Por estas páginas aparecerán nombres que, seguramente, no habrán oído jamás y que, sin embargo, inspiran las líneas básicas de la política exterior de los EEUU e incluso de la cultura de aquel país.

EEUU no vive hoy su mejor momento y hoy es, visiblemente, una potencia en declive. No ha logrado afianzar su posición en Irak (uno potencia de muy limitados recursos militares en 2003), su economía ha dejado de producir en cantidad suficiente como para garantizar el consumo interior. El déficit en la balanza comercial no tiene precedentes en la historia de la humanidad en nación alguna. La economía norteamericana sigue existiendo gracias a la afluencia de capital exterior a las bolsas de los EEUU. Pero esto no ocurrirá siempre. Escándalos como los de Enron o Arthur Andersen han marcado el declive del dólar ante la sospecha de que otras muchas empresas pueden maquillar su contabilidad. La economía norteamericana es hoy especulativa, en absoluto productiva. Un país así es inviable. Para colmo, la campaña de Irak demuestra la imposibilidad de vencer definitivamente a un pequeño país. Irak que, a primera vista, parecía una «guerra india» ha terminado siendo la reedición de la peor pesadilla americana: Vietnam.

Las aventuras exteriores de la administración Bush han aislado internacionalmente a los EEUU. Europa desconfía de Norteamérica. Rusia se reconstruye y prefiere tratar con Europa. China recela de América. El mundo árabe lo tiene como enemigo, aunque algunos de sus gobiernos sean aliados. América Latina quiere emanciparse de la tutela de EEUU. La gran potencia económica y comercial de nuestro tiempo es, hoy por hoy, la Unión Europea que, desde el 11–S ha pasado de ser aliado incondicional, a observar la política exterior norteamericana con desconfianza. EEUU no tiene aliados… como máximo, vasallos forzados. De hecho, el nacimiento mismo del Euro y la existencia de la Unión Europea ya suponen una amenaza para la hegemonía norteamericana. Un país así es inviable, especialmente a partir del momento en que sus FFAA evidencian incapacidad para vencer y pacificar micropotencias (Hamid Karzai sigue siendo llamado despectivamente «el alcalde Kabul» y… su control ni siquiera se extiende a todos los ba-rrios de la capital afgana) y su economía vive de los capitales que llegan del exterior.

La decadencia norteamericana puede tener efectos inesperados. Un país en declive que ni siquiera tiene conciencia de su decadencia puede tener reacciones histéricas. De ahí la necesidad de conocer lo que se está larvando en las esferas más altas del poder en EEUU y qué fuerzas entran en juego. Es preciso conocer qué ideas les mueven, qué objetivos persiguen y qué estrategias practican. Esta pequeña obra ha intentado este viaje y lo que ha encontrado ha sido mucho más inquietante de lo que pensaba inicialmente el autor. En realidad, mucho más inquietante de lo que éramos capaces de suponer.

Lo que hemos encontrado es un cocktail de pensamiento mágico y brutalidad, la peor de todas las combinaciones posibles.

Ernesto Milà

Andorra, 7 de octubre de 2004.

I El pensamiento anómalo desde los orígenes

Hay que remontarse el descubrimiento de América para entender la esencia de la mentalidad americana.

A finales del siglo XV y hasta el XVII, un impulso mesiánico recorrió Europa. Un marinero de origen brumoso, Cristóbal Colón, fue de los primeros en experimentar esta sensación. Beneficiándose del hallazgo de mapas antiguos (sin duda atribuido a Paolo del Pazzo Toscanelli) y de las confidencias de viejos marineros, Cristóbal Colón, adquirió la seguridad de la existencia de un continente que todavía no conocía el «mensaje de Jesucristo».

El perfil psicológico de Colón nos indica que se trataba de un híbrido de ingenuidad, credulidad y tozudez. Tenía los rasgos de un iluminado e, indiscutiblemente, era un hombre ambicioso; se suele olvidar que Colón, no sólo era terciario franciscano, sino que además estaba muy influido por las teorías milenaristas de Joaquin de Fiore, del que se consideraba discípulo y cuyas profecías –según reconocía– le habían impulsado en su aventura.

El Cardenal Cisneros, uno de los máximos valedores de Colón en la corte de los Reyes Católicos, confesor de Isabel, pertenecía también a esta corriente «joaquinista». Fue Cisneros quien publicó la primera edición española de «Arbor Vitae Crucifixi» de Ubertino da Casale (del que Umberto Eco, en «El nombre de la Rosa», proporciona abundantes datos novelados) uno de los franciscanos «espirituales» o «fratricelli». Ubertino y sus compañeros, situados en la misma línea que Joaquín de Fiore, fueron condenados por el IV Concilio de Letrán, junto a Bernard Delicieux, Cola de Rienzi, Arnaldo de Vilanova, Jean de Roquetaillade, Hugues de Digne, etc.

Esta corriente, prohibida por la ortodoxia romana, siguió existiendo en la clandestinidad, refugiada –tal como refleja Umberto Eco en su novela– en la orden franciscana. Al producirse la evangelización del Nuevo Mundo, la primera oleada de misioneros enviados por Cisneros, estuvo compuesta precisamente por monjes franciscanos surgidos de esta corriente… La colonización y la conquista empezaban bajo el signo de la mística.

Estos franciscanos fueron al Nuevo Mundo convencidos que esa tierra debía ser el «paraíso perdido» del que hablaban las escrituras. El propio Colón había escrito: «Nadie puede encontrar este Paraíso Terrenal, salvo que así lo quiera la Voluntad divina»; era allí donde pensaba que encontrar un «espacio nuevo» para la propagación de los Evangelios. Esto implicaba la conversión de los paganos que se encontraran en aquellas tierras. El descubrimiento –escribió a los Reyes Católicos– «traerá pareja la salvación de tantos pueblos entregados hasta ahora a la perdición». Así el anticristo sería vencido definitivamente en el «nuevo mundo» y ello implicaría el inicio del Apocalipsis, es decir, de la renovación del mundo.

Cuando Colón llegó a las Antillas creyó que había alcanzado el Edén. Estaba persuadido que la corriente del Golfo estaba formada por los míticos «4 ríos del Paraíso». Llegó a escribir: «Dios me ha hecho mensajero de un nuevo cielo y de una nueva tierra, de la que había hablado en el Apocalipsis San Juan, después de haberme hablado por boca de Isaías y El me ha indicado el lugar para encontrarlo».

En 1494 Colón llega a Jamaica, identificando el lugar como el «reino de Saba», país de la amante de Salomón y origen mítico de los Reyes Magos. En la desembocadura del Jaina, en la Isla Española, creerá haber descubierto el río Ofir, donde Salomón se aprovisionaría de oro.

En 1489, hallándose en Jaén, escribe que la décima parte de los beneficios que se obtuvieran de la colonización del Nuevo Mundo serían destinados a organizar una nueva cruzada. Este deseo no era banal u oportunista: la liberación de los Santos Lugares era uno de los signos inequívocos del fin de los tiempos y de la renovación del Cosmos.

Se conoce la extraña firma de Colón en la que incluía un anagrama que nadie ha conseguido desentrañar y las palabras «Christo Ferens». Frecuentemente se ha dicho que era la latinización de su nombre, derivado del griego: Cristóbal deriva, efectivamente de Cristóforo, «el que lleva a Cristo». Pero esta frase en latín es «Christum Ferens» y Colón escribe algo bien diferente y significativo: «Christo Ferens»: «el que lleva para Cristo», lo cual encaja perfectamente en el contexto que hemos descubierto.

El mesianismo no abarcaba sólo al mundo cristiano de la época. Los judíos tuvieron varios mesías y en el 1503, Isaac Alrabanel anunció el inicio de la «era mesiánica»; en centro– Europa y en el mundo anglo–sajón se tenía la misma sensación de una próxima renovación del cosmos que pasaba por el retorno a los orígenes y el comienzo de una nueva historia sagrada. Fue en este ambiente en el que larvaron los fermentos de la Reforma y de la escisión anglicana.

El mito de la Tierra de la Muerte

Son múltiples los datos históricos objetivos que permiten desmontar una serie de prejuicios sobre los conocimientos geográficos de la antigüedad. Hoy no hay duda que, como mínimo desde los egipcios, se sabía que la tierra era redonda e incluso se aventuraron a calcular su medida. Este dato no procede de libros escasamente científicos sino de obras eruditas reconocidas académicamente. Así mismo, con toda la prudencia que requiere el caso, se tiene la casi completa seguridad de que los vikingos colonizaron Groenlandia y sólo fueron expulsados de allí por la bajada progresiva de las temperaturas hacia el siglo XIII. De allí, en su afán explorador, llegarían a las costas de Terranova. Jacques de Mahieu, muerto en 1992, director del Instituto de Ciencias del Hombre de Buenos Aires y discípulo de Alexis Carrel, descubría huellas vikingas en las riberas del Amazonas y, por fin, sabemos, por confesión propia, que el mismo Colón se benefició de exploraciones anteriores, con cuyos protagonistas pudo hablar directamente y a cuyos ma-pas tuvo acceso.

La cuestión es por qué hasta el siglo XVI no se empieza a explorar sistemáticamente el Nuevo Mundo. No es, desde luego por razones económicas. Mucho más antieconómico y peligroso era viajar por tierra hasta Cathay que saltar desde Canarias y las Azores hasta el continente que luego se llamaría América. La idea de que la tierra era plana y terminaba con el horizonte de Finisterre no deja de ser una leyenda supersticiosa que influía sólo en los más ignorantes. Pero la humanidad antigua no era precisamente ignorante. Ya hemos recordado como los griegos en sus mitos (Atlas sosteniendo el globo del mundo) y los egipcios en sus cálculos matemáticos con fines constructivos, conocían perfectamente la forma de la tierra. En cuanto el heliocentrismo tan denostado por la Iglesia y que ocasionó tantos problemas a sus difusores, no era una teoría que fuera desconocida para los astrólogos, como mínimo a partir de Caldea: ¿es preciso recordar que existieron astrólogos en todos los tiempos y que en el tiempo de Colón mantenía gran vigor y prestigio de ciencia infalible?

Si la exploración en dirección hacia el Oeste fue ignorada hasta el siglo XVI se debió igualmente a razones que tienen mucho que ver con concepciones míticas y místicas: los antiguos consideraban que el Occidente era la tierra de la muerte (Occidente deriva de «occido», morir, sucumbir, caer, causar la muerte, la perdición; «occidio–occidionis»: matanza, carnicería, exterminio).

El descubrimiento y la explotación del Nuevo Mundo que, técnicamente era posible desde la navegación fenicia, fue blo-queada por motivos míticos. Allí, en el lejano «Occidente», permanecía la sensación de algo que era peligroso y que, por tanto, debía de ser declarado tabú y su acceso prohibido. Es en este contexto donde las leyendas sobre el precipicio que se abría ante los barcos, más allá de las columnas de Hércules, cobran sentido, fuerza y vigor.

Respecto a las columnas de Hércules vale la pena recordar que, simbólicamente, se presentan unidas por una serpiente que en ocasiones es representada como una filacteria en la que se incluye la leyenda «Nec plus ultra», no más allá. Tal frase puede ser considerada, tanto como una declaración de principios, como un tabú y una prohibición, la de adentrarse en un territorio problemático y en el que anida la destrucción y la muerte. No es que no se pueda llegar a ese lugar, es que no debe llegarse a él...

Inmediatamente subyace el recuerdo mítico de la Atlántida, el continente inundado en un tiempo mítico, situado, más allá de las columnas de Hércules, en el «lejano Occidente», es decir, en el territorio que, después de esta catástrofe legendaria, pasa a ser el territorio de la muerte.

Pero América está detrás de la Atlántida desde el punto de vista de Europa. El sol, saliendo por el Este y ocultándose por el Oeste (es decir, muriendo allí) proyecta la sombra de la improbable Atlántida sobre el Nuevo Mundo. Y esta sombra es la de la muerte. Todos estos contenidos, arquetípicos y míticos, no podían dejar de producir un efecto paralizador en la exploración hacia el Oeste.

Europa entera registra una oleada migratoria como no se había operado desde las cruzadas y emprende la colonización del Nuevo Mundo. Con el tiempo, de allí partirá un impulso contrario a la civilización europea... La historia y el mito nueva-mente se dan la mano.

La «Nueva Atlántida»

En 1623, Sin Francis Bacon publicó un relato novelado que tendría gran influencia en la formación de un estado de ánimo favorable a la colonización del Nuevo Mundo. En efecto, «The New Atlantis» relata la aventura de unos navegantes a quines vientos adversos desplazan de su ruta y hacen recalar en una isla gobernada por filósofos–científicos. El libro, de pocas páginas, está escrito en un lenguaje escatológico, con citas frecuentes a los Evangelios.

En «The New Atlantis», Bacon describe una sociedad secreta llamada «Casa del Templo de Salomón» situada en la cúspide jerárquica de su Estado ideal. En la portada de su libro incluye una filacteria con la leyenda «Tempora patet occulta Veritas», «con el tiempo aparecerá la verdad oculta», alusión, tanto a la prohibición de llegar más allá de las columnas de Hércule.

La llegada de los protagonistas del relato a la Atlántida en la obra de Bacon es seguida de un rito iniciático de purificación: «después del día de vuestra llegada, debéis permanecer internados por tres días», alusión inequívoca a los tres días de muerte y resurrección de Cristo. Pero antes de desembarcar, los marineros tienen que jurar que «no sois piratas, ni habéis derramado sangre, legal ni ilegalmente, en los últimos cuarenta días», el mismo período de purificación de Jesús en el desierto. No es raro que los expedicionarios a la vista de este programa declaren: «Dios se ha manifestado, sin duda, en este país». Y otro proclama «estábamos enterrados en lo profundo, como Jonás lo estuvo en el vientre de la ballena y ahora estamos entre la muerte y la vida, pues estamos más allá del viejo mundo y del nuevo». Para Bacon, la Atlántida es un estado intermedio entre la vieja Europa y la nueva América, que considera muerte y vida respectivamente. La referencia al vientre de la ballena equivale a la cámara de meditación, oscura, negra y cerrada, en donde tiene lugar la muerte inicíática en todos los ritos esotéricos. Según Bacon, el nombre del rey del país atlante que vivió 1900 años antes de la redacción del texto, tenía por nombre Solamona, «nosotros le tenemos por el legislador de nuestra nación. Este rey tenía un gran corazón». La misma cualidad se reconocía a Salomón; esta cualidad, unida a la correspondencia existente entre el corazón y el sol, como centros ambos del sistema solar y del hombre, se refleja en el mismo nombre del rey: Solamona, Solis–Amon, nombres del astro rey en latín y egipcio. Esta «solaridad» se repite en el ciclo de 12 años, período en el que la sociedad iniciática de la Casa de Salomón, envía expediciones al mundo para informar sobre los asuntos que suceden fuera de la Nueva Atlántida.

Finalmente muestra las excelencias de la vida subterránea: «Tenemos cuevas espaciosas y profundas, las más profundas están perforadas a seiscientas brazas, y algunas están excavadas y hechas bajo grandes colinas y montañas (...) Están por igual apartadas del sol y de los rayos celestes y del aire libre. A estas cuevas les llamamos la Región Inferior». El lugar, no parece ser maldito como lo es la región inferior en casi todas las tradiciones; es, antes bien, el lugar en utilizado «para curar algunas enfermedades y para la prolongación de la vida de algunos eremitas que escogen vivir aquí, bien provistos de todas las cosas necesarias»...

Bacon se dedicó a la actividad política y fue miembro de la Cámara de los Comunes. Nombrado consejero privado de la Reina Isabel I y de Jacobo I, ejerció como fiscal de la Corona, pero en 1621 fue acusado de haber recibido regalos de los litigantes y condenado finalmente en 1621.

En su puesto de Canciller consiguió que se promulgaran le-yes que protegieran a los colonos. Con su libro quiso conjugar distintos niveles de necesidad: de un lado, impulsar la colonización del Nuevo Mundo para contrarrestar el formidable impulso de los navegantes españoles; de otro, definir la sociedad ideal, profundamente democrática y basada en principios espirituales.

A partir de la publicación de «The New Atlantis», la colonización inglesa cobra un impulso definitivo y los peregrinos del «Mayflower» (1620) se vieron definitivamente reforzados.

La colonización del Paraíso

La colonización del territorio actual de los EEUU fue inicialmente obra de ingleses y, en general, de disidentes religiosos. Los primeros que llegaron al Nuevo Mundo se consideraban predestinados; tenían a Europa por excesivamente decadente como para que la «Reforma» pudiera triunfar; era preciso, pues, alcanzar un nuevo mundo y en él, hacer tabla rasa. En su óptica, el signo más claro de elección divina de aquella tierra para una «segunda venida de Cristo» era que hasta ese momento había permanecido velada a los ojos de los hombres.

En el «Mayflower» (Flor de Mayo) llegaron los «Padres Peregrinos» –considerados como los fundadores de los EEUU– y con ellos la imprenta y el puritanismo. Si bien es cierto que el Sur de los EEUU fue colonizado por caballeros ingleses y el Norte por puritanos y que, mientras los caballeros del Sur eran de origen celta (galeses, escoceses e irlandeses, de carácter independiente y apegados a sus tradiciones) y los del Norte, anglosajones (buscando nuevas fórmulas de modernidad), to-dos ellos consideraban su colonización como una empresa «po-lítico–religiosa».

Ambos grupos –que, con el paso de los años y una vez independientes terminarían por chocar en la Guerra de Secesión– compartían la misma visión teológica que veía en la aventura hacia el Oeste (realizada en dos fases: de Europa a América y de la Costa Este americana a la «nueva frontera» cuyo límite eran las aguas del Pacífico) la trayectoria de la verdadera sabiduría ¿Acaso no había seguido el cristianismo la misma ruta: de Jerusalén a Roma? Según esta concepción, que tuvo gran éxito entre los teólogos protestantes del siglo XVII, la marcha hacia el Oeste representaba una progresión y un perfeccionamiento moral. Es decir, la inversión completa de la doctrina anterior para la cual la progresión hacia «occidente» suponía un encaminarse al «país de los muertos».

Veamos algunos ejemplos: la fundación de Massachusets contribuye a inaugurar un espacio en el que «el Señor creará un nuevo cielo y una nueva tierra»; los fundadores de Maryland están convencidos, como Colón al llegar a las Antillas, de que aquel lugar es el Paraíso descrito por el Génesis; el mismo George Washington expresó una idea parecida: «Los EE.UU. son una Nueva Jerusalén destinados por la Providencia a ser un territorio en el que el hombre debe alcanzar su pleno desarrollo, donde la ciencia, la libertad, la felicidad y la gloria deben propagarse de forma pacífica»; otros, aprovechando el hecho de que Georgia se encontraba en el mismo paralelo que Palestina, vieron allí el lugar elegido. El «apostol de los indios», Jhon Eliot anunciaba: «la aurora y el surgir del Sol del Evangelio en Nueva Inglaterra» y Cotton Mather –eclesiático congregacionista fanático, uno de los po-cos norteamericanos que abordaron la persecución de la brujería– expresó una idea aun más precisa: «La primera edad ha sido la edad de oro, para volver a ella el hombre debe hacerse protestante y puedo añadir, puritano».

Esta tendencia ha llegado hasta nuestros días; Ronald Reagan se hizo eco de éste mesianismo en 1984: «No creo que el Señor que bendijo este país, como no lo ha hecho ningún otro, quiera que tengamos que negociar algún día porque sea-mos débiles»; fenómenos sociales de masas que estudiaremos más adelante, como el telepredicador Jerry Falwell, tenían éxito porque arraigaban sus convicciones en esta misma mentalidad: «Los EEUU de América –había dicho Falwell–, nación bendecida por la omnipotencia de Dios como ninguna otra nación de la Tierra, están en la actualidad atacados inter-na y externamente siguiendo un plan diabólico que puede conducir a la aniquilación de la nación americana. El Diablo entabla de ese modo una cruenta batalla contra la voluntad de Dios, que ha elevado a los EEUU por encima del resto de las naciones, como a la antigua Israel».

Los puritanos que colonizaron el Far–West no son en absoluto un invento de Hollywood; existieron realmente con todo su carga de fanatismo. Obsesionados por la idea del pecado y de su expiación, se pusieron en marcha para abrir una «nueva frontera». Para ellos, los desiertos, los indios, las enfermedades y los peligros que les acechaban eran la plasmación material de los poderes demoníacos. Sus sufrimientos eran el camino para su purificación y jalonaban la ruta hacia la «Tierra Prometida».

La formación de la mentalidad americana

Fue así como, poco a poco, cobró forma lo que hoy se conoce como «american way of life», el estilo de vida america-no. La «Tierra Prometida» sólo se podía alcanzar a través del sufrimiento y el trabajo. Persistir en esa línea llevaría gradualmente a un progreso indefinido cuya meta lógica era la reconstrucción del Paraíso originario.

Cuando, los impulsos religiosos iniciales se atenuaron, persistió la idea laica de progreso indefinido y de trabajo. El arraigo del calvinismo en EEUU fue inmediato; para esta doctrina la fortuna y el éxito constituían el signo inequívoco con el que la divinidad marcaba a los elegidos. El justo era el multimillonario, el hombre de éxito, y el paria, en su miseria, aparecía como culpable contra la ley de Dios.

Tales conceptos no podían sino terminar por hacer de los colonos algo radicalmente diferente a la Metrópoli. Para ellos, el problema teológico fundamental consistía en explicar como el mal había aparecido en el Nuevo Mundo, considerado inicialmente como reedición del Paraíso, e incluso como el Paraíso mismo. La explicación, de un maniqueismo exasperante, relacionaba la entrada del mal el América con la presencia de colo-nos católicos franceses y españoles. Eran ellos, decían, quie-nes habían armado a los indígenas o les habían incrustado sus malos hábitos. Eran ellos los que habían traído el anticristo a América. Los «padres peregrinos» debían alzar un muro contra la maldad: debían terminar la historia y comenzar algo nuevo.

Es desde este punto de vista que puede entenderse la inclusión del adjetivo «Nuevo» en buena parte de sus fundaciones: «Nueva York», «Nueva Inglaterra», «Nueva Haven», «Nueva Escocia», etc. Esto no era sino la traslación de un impulso interior bien arraigado en la mentalidad de los colonos: se trataba de renovar el mundo.

Luego, cuando cedió el impulso religioso originario, al secularizarse el ideal escatológico, cobraron forma las concepciones de progreso indefinido, la inagotabilidad de recursos y el culto a la juventud.

Los colonos puritanos pensaron primero que la condición para el advenimiento del «milenio» era el retorno a la pureza del cristianismo primitivo, que chocaba con las fuerzas demoníacas procedentes de Europa, con sus «gentleman» ociosos y viciosos, urbanos, en definitiva; se tenía a la práctica religiosa inglesa como el culto al anticristo.

Mircea Eliade reconoce que en la marcha hacia la independencia «Inglaterra ocupa el puesto de Roma», como luego el Sur será considerado el enemigo por su refinamiento, ante el Norte que no dudaba en proclamar su superioridad moral reconociendo jubiloso su inferioridad cultural. Llama la atención que durante la guerra civil americana, las tropas de Grant, Sherman y Sheridan, saquearan con singular saña las grandes ciudades del Sur. La vida urbana no fue considerada con respetabilidad sino hasta los últimos años del siglo XIX. Y aun entonces la vida urbana estaba bajo sospecha. Cuando triunfó la revolución industrial en EEUU y se crearon grandes ciudades, los magnates de la industria realizaron actividades y donaciones filantrópicas en un intento de demostrar que la ciencia y la téc-nica también podían contribuir a hacer triunfar los valores evangélicos.

Mientras, Europa languidecía en las convulsiones previas al desplome del antiguo régimen absolutista. Los norteamericanos eran considerados desde Europa, especialmente por la Ilustración, como hombres simples, parecidos en su esencia al estado de infancia e ingenuidad primitivas. Su situación y hábitos contrastaban con la sofisticada decadencia de la nobleza de polvo, peluca y rapé que detentaba el poder en Europa. Esta era precisamente la virtud más apreciada por los puritanos: la rústica simplicidad de gentes que rechazaban la cultura por considerararla como muestra de un titánico satanismo. Puede entenderse así el odio puritano hacia los jesuitas, grandes cultivadores de la inteligencia. Los «buenos salvajes» gozaban en el viejo continente de una reputación exótica.

A lo largo del siglo XVIII, tras una larga guerra de emancipación, las colonias norteamericanas se independizaron de la metrópoli. La nueva sociedad allí creada, despertaba cierta admiración en los ambientes intelectuales europeos, sin embargo, precisamente esa simplicidad primitiva, constituía una barrera infranqueable para que estas concepciones influyeran sobre Europa. Se les veía como gentes sencillas y piadosas, tolerantes, se les tuvo por granjeros–filósofos, hombres justos que habían erradicado, el lujo, el privilegio y la corrupción; pero, con todo, no dejaban de ser algo intraducible en Europa.

Debió de llegar un hombre providencial para establecer un puente entre el Nuevo Mundo y la Vieja Europa. Ese hombre fue Benjamín Franklin.

Franklin en Europa, la revolución americana exportada

Franklin llegó a Europa con fama de hombre justo, simple y sabio. La mayoría de cuadros nos lo pintan, en el último cuarto del siglo XVIII, medio calvo, ralo el poco pelo restante; un buen día mientras viajaba a bordo del «Reprisal», lanzó su peluca por la borda y no la volvió a utilizar jamás. Este hecho, aparentemente banal, causó gran sensación en la sociedad francesa, en la que incluso sus representantes más progresistas, eran incapaces de prescindir de esta engorrosa e inútil prenda. Se vio este gesto como una muestra de simplicidad y pragmatismo. La anécdota repetida mil veces en los cenáculos intelectuales franceses, suscitó una corriente de simpatía hacia el personaje; Franklin supo canalizar esta riada de adhesiones en beneficio de los intereses de la nueva nación americana y de sus ideales que difundió en Europa con celo misionero.

Condorcet escribió sobre Franklin: «Era el único hombre de América que tenía en Europa gran reputación... A su llegada se convirtió en objeto de veneración. Se consideraba un honor haberlo visto: se repetía todo lo que se le había oído decir. Cada fiesta que tenía a bien aceptar, cada casa donde consentía ir, esparcía en la sociedad nuevos admiradores que resultaban otros tantos partidarios de la revolución americana». Los randes de la cyltura europea de la época admiraban los nacientes EEUU. Voltaire dijo de los cuáqueros –una derivación puritana– americanos que «estos primitivos son los hombres más respetables de toda la humanidad». Emmanuel Kant, el filósofo alemán escribió a propósito de Franklin que «es el nuevo Prometeo que ha robado el fuego del cielo». En 1767, Franklin conoció a Mirabeau, en el curso de su primer viaje a Europa, uno de los grandes animadores de la futura Revolución Francesa. Mirabeau lo elogió calurosamente: «Franklin es el hombre que más ha contribuido a extender la conquista de los derechos del hombre sobre la tierra». El historiador Bernard Fay reconoce la importancia que tuvo en la gestación de la Revolución Francesa: «Todo el grupo de futuros revolucionarios se halla en torno a él: Brissot, Roberspierre, Danton, La Fayette, Marat, Bailly, Target, Petion, el Duque de Orleans, Rochefoucauld».

Van Doren, igualmente, le reconoce este papel: «Para los franceses es el líder de su rebelión: la del Estado de Naturaleza contra la corrupción del orden antiguo».

Benjamin Franklin fue, sin duda, el difusor de la Revolución Americana en Europa. Ciertamente algunos de sus valores coincidían con los del Enciclopedismo, pero éste no dejaba de ser una idea filosófica, por lo demás muy bien considerada por la monarquía (D’Holbach, uno de los grandes enciclopedistas franceses llamaba a Luis XVI –posteriormente guillotinado– «Monarca justo, humano, benéfico; padre de su pueblo y protector del pobre»). Al enciclopedismo le faltaba un modelo de sociedad alternativo al «ancien regime», algún lugar en don-de se hubiera ensayado y mostrase su capacidad para vertebrar un nuevo modelo de organización social. A partir de la llegada de Franklin a Europa, el fermento revolucionario adquirió un modelo y un ejemplo a seguir.

Pero la prontitud con la que fue conocido Franklin en las Galias es inconcebible si hacemos abstracción de un elemento capital: la pertenencia del misionero americano a la francmasonería y la excepcional importancia que tuvieron las logias masónicas en el fermento de ideas intelectuales y en los primeros momentos de la Revolución Francesa.

El partido masónico es tanto el partido de la revolución americana como el de la revolución francesa.

El origen de la masonería americana

Los orígenes de la presencia masónica en EEUU son vidriosos. Se dice que había logias en 1620, cuando llegan los «Padres Peregrinos». No está confirmado; más verosímil parece, sin embargo, la presencia de maestros masones entre los colonos holandeses que llegaron a Newport (Massachusets) en 1650. Las crónicas de la propia masonería difunden una versión diferente. En 1704, Jhonatan Belcher, nacido en Boston, fue iniciado en una logia de Londres. Jorge II lo nombró en 1730 gobernador de Massachusets y New Hampshire. Se suele citar a tres hermanos escoceses de Aberdeen que se establecieron en New Jersey constituyendo allí una «logia madre», pero es posible que se trate de figuras legendarias. Lo que sí parece cierto, en cualquier caso es que entre 1730 y 1750 proliferaron logias masónicas en toda la franja colonizada.

No eran los únicos movimientos de este estilo que habían penetrado en el Nuevo Mundo. En 1694 Johanes Kelpius llegó a Pensilvania junto a sus seguidores. Era tenido como mago y cabalista, astrólogo y alquimista y había constituido en la vieja Inglaterra la «Orden de los Pietistas». Se conoce poco de esta organización, pero todo induce a pensar que se trataba de una secta rosacruciana más o menos alejada del espíritu de los orígenes. Los pietistas figuran entre las primeras organizaciones cuyas actividades son parecidas a las desarrolladas por el ocultismo contemporáneo: técnicas de desdoblamiento astral, hipnosis y escritura automática. Posteriormente, este tipo de sectas, harán fortuna en EEUU.

Igualmente incuestionable es que la masonería americana considera a la Logia de Filadelfia como su primera Logia Madre. En ella fue iniciado Benjamin Franklin que llegó a ser su Gran Maestre. Se dispone de un documento escrito de esta logia que data de 1731. Dos años después Henri Price, gran amigo de Franklin, funda en Boston la «St. John’s Lodge». Un año después el propio Franklin, imprimirá el libro de «Las Constituciones» de Anderson, que es mencionado como primer libro masónico publicado en el Nuevo Mundo. Hacia 1749 la logia de Filadelfia trabajaba ya sin reconocer una autoridad superior a la suya.

Este crecimiento estaba en razón directa a la influencia de la masonería en la sociedad americana. Probablemente el éxito de la masonería se debió a la coincidencia de sus ideales con los del puritanismo y con la mentalidad de los colonos. La tolerancia, que en las logias inglesas eran sólo un principio de or-den interno, pasó en las americanas a ser un valor extensible a toda la sociedad. No todas las logias participaron del lado de los rebeldes en la guerra de independencia. Está históricamente demostrado que sólo las más antiguas tomaron partido por los rebeldes, mientras que las fundadas inmediatamente después de iniciarse el conflicto, lo hicieron a favor de los ingleses. Se conocen a la perfección los nombres y las logias que se decantaron hacia uno y otro bando.

El episodio que históricamente es considerado como el detonante de los acontecimientos se sitúa en Boston en 1773. La Compañía de las Antillas, dependiente del gobierno británico, atravesaba una grave crisis; Lord North, primer ministro inglés, hizo que se votara un impuesto sobre el té. Los colonos de Boston, protestaron por este gravamen y asaltaron por sorpresa tres navíos británicos arrojando 340 cajas de té por la borda. La totalidad, sin excepción alguno, de los colonos que, disfrazados de indios, perpetraron la acción pertenecían a la Logia de San Andrés de la ciudad, dirigida por Joseph Warren...

Boston era, sin duda, la ciudad de mayor implantación masónica en la época; su famosa logia estaba compuesta por una amplia representación de la sociedad de su tiempo: abogados, clérigos protestantes y mercaderes. Warren, destacó des-de los primeros momentos como uno de los líderes de la rebelión de las colonias y murió en la batalla de Bunker Hill luchando como voluntario. En 1825, contando con la presencia del legendario Lafayette, la Gran Logia de Boston logró reunir a 5000 masones conmemorando la muerte de Warren.

La independencia americana: triunfo del ideal masónico

El episodio del té de Boston muestra la importancia de la masonería americana; pero no se trata de un caso aislado, sino de una línea de tendencia que seguirá afianzándose en años sucesivos hasta alcanzar su cenit en el momento en que, una vez iniciado el movimiento independentista, los Estados Unidos debieron forjar sus símbolos: la Declaración de Indepen-dencia, el Congreso, el Gran Sello, la concepción misma del poder y, finalmente, décadas después, el dólar.

En la Biblioteca del Congreso de Washington está expuesta la Declaración de Independencia en la que se resumen los fundamentos ideológicos de la Nación Americana. Pues bien, dicha Declaración fue aprobada por 56 compromisarios rebel-des, de los que eran franc–masones, aunque para algunos la cifra es sensiblemente menor. Un tercio de los 74 generales de George Washington fueron igualmente franc–masones; idéntica proporción se encuentra entre los firmantes de la Constitución.

Existen varios grabados en los que se representa la colocación de la primera piedra del Congreso por parte de George Washington. En todos se puede ver al primer presidente de los EE.UU. luciendo su mandil de maestro franc–masón y otros atributos de su cargo en la logia. Washington fue iniciado en la logia «Fredeksburg» de Virginia en 1734; durante la guerra frecuentó logias militares, en particular la «American Union». La historiografía masónica destaca el hecho de que fue propuesto como Gran Maestre de la Gran Logia Nacional, rechazando tal honor. La Biblia sobre la que juró lealtad a los ideales masónicos es la misma sobre la que aún hoy juran su cargo los presidentes de los EEUU.

La historia del Gran Sello y del Escudo americano permanece envuelta en brumas pero conserva, en las distintas versiones, un inequívoco aroma masónico. En 1775, Washington y Franklin se reunieron en la casa del líder rebelde de Cambridge (Massachusets) quien les presentó a un anciano, muy erudito y versado en historia antigua, vegetariano, no bebía vino ni cerveza, sólo se alimentaba de cereales, nueces, frutas y miel. Guardaba en un cofre de roble varios libros antiguos y extraños. Al parecer ya se había entrevistado con Franklin –que lo llamaba «El Profesor»– en alguna ocasión anterior. Parecía tener más de setenta años y se le ha descrito como alto, de porte digno y distinguido, extremadamente cortés. Visiblemente actuaba como si fuera representante, de alguna sociedad secreta de carácter místico e iniciático. Daba la sensación –o quería darla– de haber estado presente en acontecimientos antiguos que describía con enorme precisión. Un hombre extraño, en definitiva.

En el libro de R.A. Campbell, «Our flag» se explica que al discutirse el diseño de la bandera americana, Franklin rogó a los presentes que escucharan a «su nuevo amigo, «el Profesor», quien había accedido amablemente a repetir ante ellos aquella noche lo esencial de lo que había dicho por la tarde a propósito de la nueva bandera para las colonias». Predijo la futura independencia y grandeza de los EEUU. Fue a este desconocido al que se deben las orientaciones sobre las que Washington y Franklin diseñaron la bandera de las barras y estrellas.

El 4 de julio de 1776 tuvo lugar otra aparición de «el Profesor» al producirse una discusión sobre la oportunidad de que las colonias rompieran completamente o bajo ciertas condiciones con la metrópoli. «!Dios ha dado América para que sea libre!» concluyó su alocución a la que siguió la firma de la Declaración de la Independencia. Nunca pudo conocerse la identidad de «el Profesor», se marchó sin que nadie pudiera despedirse de él.

La elaboración del gran sello de los EEUU fue, sin embargo, más laboriosa. Franklin, Adams y Jefferson fueron comisionados para diseñar el sello. Cada uno de ellos aportó su visión mesiánica particular: para Franklin la imagen de Moisés conduciendo a los judíos a través del Mar Rojo era el episodio bíblico que mejor sintonizaba con el sentir fundacional del nuevo país; Jefferson, por su parte, siguió en la misma línea representando a los judíos marchando hacia la tierra prometida. Adams, más clásico, pintó a Hércules blandiendo su maza, y «eligiendo entre la virtud y la pereza» (tema característico) cuya filacteria remitía a «The New Atlantis» de Bacon: EEUU era la nueva Atlántica como indicaba la inscripción «Más allá de las columnas de Hércules».

El congreso rechazó los tres proyectos y en 1782 y optaron por un escudo en el que el número 13 era el leit–motiv. Este número en el mundo anglosajón es signo de buen augurio. La superstición procede del mito artúrico. La Tabla Redonda tenía 12 asientos para cada uno de los caballeros que habían mostrado méritos suficientes para merecerlo. Existía, sin embargo, un treceavo asiento, llamado en algunos relatos «el asiento peligroso»; cuando un caballero que no lo merecía se sentaba en él, la tierra se abría a sus pies y se lo tragaba. Solamente un caballero «perfecto» –Gawain en unos relatos, Lancelot en otros– predestinado, con una dignidad casi «pre–natal», pudo sentarse en el asiento y ser reconocido como el «caballero elegido». De ahí que el número 13 que para la mayoría está asociado a la desgracia, para el afortunado elegido (de nuevo aquí aparece el tema mesiánico) es fuente de dicha.

Por ello el escudo de los EEUU nos muestra a un águila con 13 estrellas de cinco puntas en torno a su cabeza, ostentando en su pecho 13 rayas rojas, blancas y azules, en sus garras el olivo con 13 hojas y 13 flechas, mientras que en su reverso puede verse una pirámide escalonada de 13 escalones corona-da por el Delta Luminoso (otro viejo símbolo masónico) similar al «ojo que todo lo ve» aceptado por cierta iconografía católica.

El sello sería completado por Charles Thomsom, franc–ma-són y amigo de Franklin, que añadió el águila, las flechas y rama de olivo que ostenta en sus garras y que simbolizan las dualidades en conflicto. De Thomson proceden igualmente las tres leyendas que figuran en el sello: «Novus ordo Seclorum» (Nuevo Orden de los Siglos), «Annuit coeptis» (13 letras, textualmente, «El favorece nuestra empresa») y «E pluribus unum» (13 letras de nuevo, «unidad en la pluralidad»). Salvo el tercero que corresponde a la estructura federal americana, los dos primeros son verdaderas muestras de la mentalidad escatológica y del mesianismo americanos.

La concepción del poder en los Estados Unidos está inspirada igualmente en la iconografía masónica y en una de las interpretaciones de los tres órdenes arquitectónicos clásicos: el dórico, jónico y corintio, cada uno de los cuales representa respectivamente a los poderes judicial, ejecutivo y legislativo. El orden corintio se considera como expansivo, de ahí que fuera asociado al poder legislativo; el orden jónico, cuyo capitel está rematado por las volutas que recuerdan los cuernos del morueco, es el poder de coordinación y liderazgo; finalmente, el orden dórico, en su simplicidad y ausencia de aditamentos, indica un poder restrictivo, esto es, judicial. Las tres partes de cada columna, la base, el vano y el capitel, corresponden respectivamente a los niveles local, estatal y federal. Todo el conjunto comporta nueve divisiones orgánicas: Tribunal Municipal, Tribunal Estatal y Corte Suprema; Alcalde, Gobernador y Presidente; y Ayuntamiento, Asamblea Legislativa Estatal y Congreso Federal.

Estas tres columnas, con sus distintos órdenes figuran en varios grabados masónicos de la época. El hecho de que en la iconografía figure sobre los capiteles el Delta Luminoso es una muestra añadida del mesianismo que condujo desde los orígenes la política americana: una nación bajo Dios.

El mismo símbolo se repetirá en el dólar. Fue durante el gobierno de Roosevelt cuando el Secretario de Agricultura, Henry Wallace, tuvo la idea de incluir el Gran Sello en el reverso del billete de dólar. Tanto Roosevelt como Wallace tenían años de militancia masónica a sus espaldas. Roosevelt pertenecía a la Orden de los Shiners con el grado de Caballero de Pitias; Wallace, por su parte, estaba interesado en el ocultismo y las «búsquedas psíquicas» o espiritismo. Escribió: «Todo ser es un Galahad en potencia». Ambos estaban persuadidos que tras la gran depresión de 1929 América entraría en la «era futura» que aseguraría un despertar espiritual y un gobierno mundial. Con la inclusión del Delta Luminoso en el papel moneda pretendía dar un paso adelante en esa tendencia que consideraba ineluctable y marcada por los astros.

La masonería americana a finales del siglo XX

La masonería jugó pues un papel de primer orden en la formación de la mentalidad y de los grandes mitos norteamericanos. Aún hoy, sin ser la fuerza decisiva y tratándose más bien de una red de círculos de apoyo mutuo, la masonería sigue teniendo cierto peso en la sociedad americana.

Al iniciarse el siglo XIX existían en Estados Unidos 387 logias con 16.000 miembros. Veinticinco años después se habían duplicado y en 1850 eran ya 66.000 los masones afectos a las logias; 800.000 en 1900 y 4 millones a principios de los años 80. Para algunos, la mayoría de los presidentes norteamericanos fueron masones, otros, más comedidos los sitúan en docena y media: Washington, Monroe, Jackon, Knox Polk, Buchanan, Jhonson, Gardfield, Mc Kinley, Taft, Harding, Teddy y Franklin Roosevelt, Harry Truman, Johnson y Gerald Ford.

Existe una masonería paralela constituida por altos grados, a partir del grado 32 del Rito Escocés: la «Antigua Orden Arábiga de Nobles de la Mística Shrin», conocida abreviadamente como «Orden de los Shriners», fundada a finales del siglo XIX. Constituyen un rito de actividad fundamentalmente filantrópica y caritativa para con los niños. Idéntica finalidad asistencial tiene la «Orden de la Estrella del Este», obediencia mixta que agrupa a más de dos millones de miembros. La «Orden de Molay», destinada a hijos de franc–maso-nes, menores de 21 años, la «Orden del Arco Iris» y la de las «Hijas de Job», para niñas hijas de franc–masones, junto con la «Orden de la Blanca Jerusalén» (más de un millón de miembros) componen el pintoresco mundo franc–masónico ameri-cano que sigue manteniendo vivas las esencias del período de los pioneros.

Dado que los negros, por tradición, no son admitidos en las logias, existe una masonería especialmente dedicada a ellos. Fundada en Boston en 1791 por un esclavo liberto procedentes de Barbados, junto con otros 13 negros iniciados en una logia militar inglesa, obtuvieron pronto una patente para constituir la African Lodge nº 459 que hasta hoy recluta entre la élite negra. Hoy están extendidos a los 51 estados de la Unión y tienen sucursales en Canadá, Hawai, Bahamas y Liberia.

Hombres del ejército, el cine, la industria e incluso entre los cosmonautas, han declarado públicamente su filiación masónica. Ciertamente, la masonería de hoy es, ante todo, una sociedad filantrópica y un club social, más que una escuela de pensamiento. Tampoco es un centro de poder oculto; puede ser, como máximo, un lugar de encuentro entre gentes que se ayudan entre sí y, acaso, del que quien pretende ser alguien en la sociedad americana, no puede prescindir. Pero no es desde luego, un centro de poder de primera magnitud.

Por lo demás, los franc–masones europeos no ahorran críticas a sus hermanos del otro lado del continente. Dicen de ellos que las discusiones filosóficas están por completo ausentes de las logias –lo cual, en el fondo, corresponde al espíritu norteamericano, fundamentalmente pragmático–, comentan que los altos grados masónicos obtienen sus credenciales por correspondencia y no son, en absoluto, muestra de un trabajo de progresión personal realizado a través de la complicada jerarquía masónica. El título de «Caballero Kadosh» o de «Caballero Templario» o el grado 18 de «Caballero Rosacruz» pueden adquirirse a cambio de unas decenas de dólares que dan derecho al diploma, el uso del título en su tarjeta de visita, y conocimiento a las palabras de paso, signos rituales de reconocimiento, etc. Es decir, algo vacuo y sin significado iniciático.

El papel histórico de la masonería no ha sido otro que el de facilitar la preparación ideológica para las «revoluciones del tercer Estado», es decir, para el advenimiento de la burguesía como clase hegemónica y de los regímenes demoliberales como formas características de organización. Allí donde ha habido una revolución burguesa, allí ha existido un grupo de franc– masones creando el fermento intelectual. Hemos visto hasta qué punto su presencia en la Revolución Americana, la primera revolución burguesa de la historia, es notable. También hemos podido percibir hasta qué punto la presencia de uno de sus más conspicuos representantes, Benjamin Franklin, fue importante para el desarrollo de la Revolución Francesa.

Si hoy la masonería ha perdido influencia se debe a que, una vez consumadas las revoluciones liberales, otras estructuras de poder se han mostrado más acordes con el actual momento de desarrollo del sistema: las organizaciones de coordinación de la plutocracia, las estructuras de gestión colegiada de la alta finanza y del capital internacional, los clubs privados de encuentro entre políticos, científicos y señores del dinero, etc. Sus nombres son el Club Bildelberg, la Comisión Trilateral o el Consejo de Relaciones Exteriores norteamericano; pero no tendríamos gran dificultad en encontrar varias decenas de estructuras similares ante las cuales la francmasonería está en la misma relación que la era atómica al pedernal.

Sin embargo en los EEUU se ha conservado el espíritu originario a lo largo de los siglos, y no tanto por estructuras organizativas rígidas, sino por el nacimiento de una especie de mentalidad colectiva que se remonta a los orígenes mismos de la nación americana. Ciertamente, durante unos años, fundamentalmente en el período de la guerra contra Inglaterra y en los momentos posteriores a la independencia, los ideales escatológicos y mesiánicos, fueron perfectamente interpretados por las logias. Pero luego pasaron a ser una especie de infraestructura emotiva del pueblo norteamericano. Y es así como llegamos hasta nuestros días.

En algunas doctrinas masónicas que encontraron arraigo en los Estados Unidos, la fundación de este país, abriría el perío-do de transición hasta la nueva era de Acuario, anunciado por los astrólogos y los profetas. Un período en el cual, se iría conformando el poder de una nación líder –los EEUU– que guiaría a la humanidad a través de ese nuevo período áureo, de forma similar al establecimiento de Pax Romana, por la ciudad del Lacio. Llama la atención la insistencia con la que algunos miembros del stablishment norteamericano intentan comparar la Roma patricia y augusta con los actuales EEUU. Berzezinsky destaca incluso en su libro «El Tablero Mundial» que EEUU tiene hoy desplegados en el extranjero los mismos soldados que Roma tuvo en su mejor momento.

Según esta cosmogonía nos encontramos en el período de transición de la Era de Piscis a la de Acuario. Los 250 años de tránsito entre 1776 (fecha de la independencia Americana) y el 2016, serían el período que los EEUU necesitaban para ponerse al frente de los destinos de la humanidad e inaugurar la «Pax Americana».

Así pueden entenderse algunos desarrollos últimos de la política norteamericana, que no responden sólo a un afán expansionista, sino a una voluntad escatológica y mesiánica de guiar a la humanidad en esa nueva fase iniciada con el advenimiento del tercer milenio. En este contexto hay que incluir las palabras de George Bush al término de la guerra del Golfo: «Hoy podemos ver un nuevo mundo, la perspectiva de un nuevo orden mundial. La guerra del Golfo ha sido el primer desafío a este nuevo mundo y nosotros hemos respondido, mis queridos ciudadanos [...] Oímos tan a menudo hablar del conflicto en el cual están nuestros jóvenes, del fracaso de nuestras escuelas, del hecho que los productos americanos y los trabajadores americanos son de segundo orden. No lo creáis. La América que hemos visto en el Golfo era de primer orden [...] Hemos visto la excelencia incluso encarnada en el missil Patriot y en los patriotas que los han hecho funcionar». Más adelante añadía: «Ningún sis-tema de desarrollo ha encarnado la virtud tan completa y rigurosamente como el nuestro. Nos hemos convertido en el sistema más igualitario de la historia y uno de los más armoniosos». Y finalmente terminaba pidiendo para los EEUU el liderazgo mundial, dada su «alta talla moral».

* * *

Sabemos ahora cuál fue el espíritu fundacional de la nación norteamericana. Sabemos cuales fueron las corrientes mesiánicas que estuvieron presentes en los primeros pasos de los EEUU. Pero, desde entonces, muchas cosas han cambiado y, aunque el espíritu que se respira entre la población y los mitos que asumen hoy son los mismos que los que movieron a los colonos a independizarse de Gran Bretaña en el siglo XVIII, no es menos cierto que han aparecido nuevas fuerzas ideológicas, religiosas y sociales en escena que han aprovechado este planteamiento y lo han reconducido en beneficio de sus proyectos alucinados. Se diría que en los actuales EEUU el «pensamiento mágico» está presente en las esferas de poder. Intentar elucidar cuáles son las fuentes y las componentes de tal ideología es lo que nos proponemos en la segunda parte de esta pequeña obra.

II El extraño mundo de los «filósofos»

Leo Strauss: un pensamiento inquietante

La revista «Time» en su edición del 17 de junio de 1996, nombra a Leo Strauss (1899–1973), alguién aparentemente desconocido, como una de las figuras «más influyentes y poderosas en Washington». En noviembre de 2002, cuando estaba clara la voluntad agresiva de la administración Bush contra Irak, Christopher Hitchens, defensor de la intervención, publicaba «Machiavelli in Mesopotamia», un artículo en el que escribía: «El arte del encanto de la explicación al cambio del régimen en Bagdad es que depende de premisas y objetivos que no se pueden explicar públicamente, al menos por parte de la administración. Dado que Paul Wolfowitz es de la escuela intelectual de Leo Strauss –y como tal aparece en su disfraz de ficción de la novela «Ravelstein» de Saul Bellow– se podría incluso suponer que disfruta de este aspecto arcano y oculto del debate». El artículo nos puso en la pista de un extraño filósofo cuyas ideas son compartidas por la élite de la administración Bush. De hecho, un chiste publica-do en un conocido semanario político aludía a los «Leo–cons», en lugar de los «neo–conservadores», pues, en efecto, el núcleo ideológico del conservadurismo norteamericano actual está inspirado por Leo Strauss.

Existen escuelas de pensamiento enfermizas y otras inquietantes. Las enfermizas son meramente especulativas, verdade-ras masturbaciones mentales, que muestran ideas excéntricas en relación al pensamiento racional y razonable. En cuanto a las inquietantes son aquellas escuelas enfermizas cuyos partidarios y mentores han decidido llevarlas a la práctica a cualquier precio. Leo Strauss se sitúa como el artífice de una escuela de pensamiento inquietante, no sólo por que su pensamiento es enfermizo, sino por que buena parte de sus discípulos iniciados constituyen lo esencial de la administración de George W. Bush.

Nacido el 20 de septiembre de 1899 en Kirchain, en la región de Hessen (Alemania) y fallecido el 18 de octubre de 1973, era hijo de Hugo Strauss y Jannie David, piadosos comerciantes judíos, habituales de la sinagoga de su ciudad; a los 17 años ya era sionista. Estudio bachillerato en Marburg y durante la Primera Guerra Mundial fue reclutado por el ejército en donde sirvió como intérprete. Acabado el conflicto, en 1921, se doctoró en filosofía en la Universidad de Hamburgo.

Dirigió sus primeros pasos por el existencialismo y orientó sus estudios hacia la fenomenología de Husselr y el existencialismo de Heidegger. Su primer libro, sobre el filósofo judío Spinoza, fue publicado en 1930. En un momento en el que el antisemitismo aumentaba en Alemania, Strauss se había especializado en la filosofía judía medieval y había sido contratado en Berlín por la Academia de Investigación Judía. Provisto de una beca de esta istitución, abandonó Alemania 1932; primero se estableció en París (donde se casó) y luego en Cambridge en 1938. Su segundo libro, publicado cuando el nacionalsocialismo ya se encontraba en el poder, en 1935, trataba sobre Maimónides. En Londres, publicó un estudio sobre la filosofía política de Hobbes. Acto seguido, pasó a EEUU de donde no volvería a salir en toda su vida.

A partir de 1937 fue profesor en la Universidad de Columbia y luego, de 1938 a 1948, enseñó Ciencias Políticas y Filosofía en la New School for Social Research de Nueva York, en donde permanecería hasta su jubilación en 1968. Sus libros, a partir de esos momentos, empiezan a ser extraños e incluyen enigmáticas especulaciones de aparente inocuidad. Esta tendencia se hará aún más palpable a partir de 1949 cuando fue contratado como profesor de filosofía política de la Universidad de Chicago. De este largo período destacan sus obras sobre Maquiavelo (1958), Sócrates y Aristófanes (1966), Derecho Natural e Historia (1953), La Ciudad y el Hombre (1964) y Liberalismo Antiguo y Moderno (1968), ninguno de los cuales ha sido traducido al castellano. Pasó sus últimos años de enseñanza, entre 1968 y 1973, como profesor honorario en las universidades de California y Maryland, período en el cual profundizó sus estudios sobre la Grecia clásica. Falleció en 1973 en Annapolis.

En febrero–marzo de 2000, la Universidad Complutense de Madrid organizó un seminario titulado «La filosofía Política de Leo Strauss, 1899–1973», dirigido por Javier Roiz. Roiz define la obra de Strauss como «una defensa de la teoría frente a la avalancha de la politología positivista de la post-guerra». Y luego, en la presentación del seminario, añade: «También quedan tras él muchos seguidores que le conocieron de cerca y asimilaron sus enseñanzas, alumnos que hoy son ellos mismos figuras de la academia, la política o las artes. Son los conocidos como straussians o estrausianos, escuela que sigue siendo una voz influyente en la ciencia política norteamericana». Pues bien, efectivamente, estos strausianos son conocidos por otros como «la cábala» y, en cualquier caso, constituyen la médula del pensamiento neoconservador norteamericano, el motor ideológico de la administración Bush. Un editorialista de «The New York Times» escribió: «Si 25 personas cuyo nombre conozco hubieran sido exiliadas a una isla desierta, no hubiera habido guerra de Iraq». Pues bien, estos 25 «iniciados», son sin excepción strausianos.

Cuando la Verdad es peligrosa

Leo Strauss es considerado como inspirador del «Contrato con América» elaborado en 1994 como manifiesto del Partido Republicano. Otros han considerado que el discreto movimiento strausiano es el «mayor movimiento académico de los EEUU en el siglo XX». Pero es difícil llegar hasta el fondo de este movimiento y muy complicado acceder a la médula de su pensamiento, en primer lugar por que ninguno de sus libros ha sido publicado en España (y apenas sólo un comentario en la Revista de Estudios Políticos) y, en segundo lugar, por la discreción que muestran sus «iniciados». A decir verdad, si no se pertenece al círculo de «iniciados» no se puede estar seguro de si se ha llegado al núcleo central del pensamiento de Strauss. Enseguida entenderán el por qué.

Al–Farabi fue un hombre excepcional. Había nacido en el 870 cerca de Farab en el actual Uzbekistán, residió en Bagdad, Alepo y Damasco y es considerado por los historiadores árabes como «el segundo maestro», siendo Aristóteles el primero. De hecho, Leo Strauss, llegó a Al Farab examinando sus comentarios sobre Aristóteles. En Bagdad asistió a las lecciones del médico cristiano Yuhanna ibn Haylan, siendo condiscípulo del también cristiano Abu Bisr Matta, traductor de Aristóteles. Vivió también en Alepo y Damasco. Escribió un catálogo de las ciencias, lógica, matemáticas, psicología, música y poética. Sus comentarios a las obras de Platón y a las de Aristóteles, son famosos. Muchas de sus obras se han perdido y, apenas nos han llegado treinta en árabe, seis en hebreo y tres en latín. Al–Farabi considera a Platón y Aristóteles como los fundadores del pensamiento filosófico. Al igual que otros neoplatónicos, busca realizar una simbiosis entre ambos pensadores, afirma que sólo pueden ser examinados como complementarios. Se dice que tenía gran poder como músico sobre las audiencias, como la primera vez que llegó a la corte de Damasco, cuando consiguió con un instrumento hacer reír, provocar tristeza y dormir al público, sucesivamente. Divide los efectos de la música sobre el hombre en tres: el agradable, el imaginativo y el apasionado. La música sirve para olvidar las penas, para hacer sentimientos más intensos o para suavizarlos y para exaltar la imaginación del oyente cuando acompaña a la poesía.

¿Por qué hablamos de Al–Farabi? Por que de él extrae Strauss la perversa, pero racional idea, de que puede decirse la verdad con las palabras… para engañar. Strauss contaba una historia de Al Farabi en la que éste, para escapar de una ciudad en la que lo buscaban, se disfrazó de borracho y se proveyó de un timbal que sonó histéricamente al acercarse al centinela de la puerta. Este sabía que el Sultán buscaba a Al– Farabi, famoso por su austeridad, humildad, ascetismo y mortificación; cuando le preguntó al mendigo quién era, éste le contestó «Soy Al–Farabi». El centinela no lo creyó y de le dejó pasar. A veces vale la pena decir la verdad… para engañar. Pues bien, el sistema de Leo Strauss propone algo parecido.

Para Strauss la verdad es peligrosa y destructiva para la sociedad. Desde el principio de los tiempos, los hombres han elaborado mentiras para poder vivir con más tranquilidad. La religión, por ejemplo. La esperanza en el más allá, en el castigo a los malos y en el premio a los buenos, la reencarnación, la resurrección, la vida eterna, la imagen misma de Dios… todo ello no son más que esperanzas para poder vivir. Son «mentiras necesarias», sin las cuales, lo más probable es que la mayoría de seres humanos se desesperarían e incluso se suicidarían al saber que este valle de lágrimas jamás tiene un final feliz. Strauss, aprendió de Nietzsche que sólo unos pocos están en condiciones de conocer la verdad sin derrumbarse. Por eso los «filósofos» no pueden decir lo que piensan verdaderamente.

En su análisis sobre Aristóteles y Platón, Strauss había descubierto algunos elementos incomprensibles, de una banalidad exasperante, indignos del pensamiento de aquellos sabios. Examinando otros textos sapienciales de la antigüedad, llegó a la conclusión de que los antiguos utilizaban frecuentemente distintos niveles de lenguaje (Al–Farabi le indujo también esta idea) el más profundo de los cuales está dedicado a aquellos escasos y especiales seres capaces de comprenderlo. Si no hubieran utilizado el secreto, los filósofos de la antigüedad, habrían sido frecuentemente perseguidos y linchados por los ciudadanos. Nadie puede soportar la verdad si ataca lo más íntimo de sus esperanzas, sin reaccionar airadamente.

La «Logia» o la «Cábala» straussiana

El propio Leo Strauss, al desarrollar ideas que, básicamente son elitistas y contrarias a lo políticamente correcto, opuestas a la esencia de los valores típicamente americanos, se cuidó mucho de expresarlas con claridad; creyó que solamente podían ser expuestas a círculos cerrados y transmitidas de maestro a discípulo. Este es el motivo por los que, en la actualidad, los seguidores de Strauss ha recibido distintos nombres por parte de observadores poco avezados que han visto en el apo-yo mutuo de que hacen gala sus partidarios y el puesto que ocupan en la cúspide de la administración americana, el signo distintivo de una secta de poder: para unos se trata de una «logia», otros han bautizado al círculo con el nombre de «la cábala».

El procedimiento de transmisión de la «iniciación» seguido por Strauss consistía en trabajar y mentalizar a los alumnos destacados que realizaban con él los doctorados de fin de carrera. De ahí surgió un centenar de nombres, muchos de los cuales pasaron a ser profesores universitarios que, a su vez, realizaron otras «iniciaciones», mediante el mismo procedimiento, y así sucesivamente. De la misma forma que Al–Farabi utilizaba el tres como número mágico, Strauss divide a sus estudiantes en tres categorías: los «filósofos», los «caballeros» (o «gentiles») y el resto. Los primeros asumían la «verdad esotérica» inherente a su filosofía, los segundos asumían sólo los pos-tulados «exotéricos» y, en cuando a los últimos, decididamente, no habían logrado comprender la profundidad de su pensamiento. Solo las dos primeras categorías eran consideradas como «iniciados» y sólo la primera, los «filósofos», conocían el secreto de los secretos: la verdad desnuda y sin maquillaje.

En la actualidad, han sido iniciados cuatro generaciones de «filósofos», lo que facilita unos cuantos cientos de partidarios que «están en el secreto» y se apoyan mutuamente. A un núcleo así le es fácil hacerse con un espacio académico, mediante las recomendaciones. Este apoyo mutuo se realiza aun cuando, aparentemente, existan discrepancias en las opiniones del recomendado y del recomendador.

Pero esta técnica de crecimiento tiene también una vertiente política: a través de los «bancos de cerebros» en los que están presentes straussianos que forman parte de la administración, se logra reclutar nuevos altos funcionarios y situar a los peones propios en los terrenos más influyentes: grupos como el Proyecto Nuevo Siglo Americano o el Instituto Americano de la Empresa, forman parte de este entramado: en otras palabras, los núcleos centrales del pensamiento neoconservador americano.

La «noble mentira»

Sabemos cuales eran las fuentes del pensamiento de Strauss en la antigüedad: Aristóteles, Platón, Maimónides, Al–Farabi… pero también es altamente tributario de tres pensadores modernos: Federico Nietzsche, Martin Heidegger y Carl Schmidt a los que da una interpretación particular.

De Heidegger, Strauss extrae el odio por la modernidad, el rechazo al cosmopolitismo universalista y a la sociedad corrupta que el filósofo debe contribuir a reformar sino a destruir. De Schmidt, la necesidad de establecer claramente distinciones entre amigo–enemigo y la «reteologización de lo político, la unión de política, religión y moral». No es que le interese ni la reli-gión ni la moral, pero considera que tienen una capacidad de movilización muy superior a la política. Strauss cree que religión y moral son un fraude elaborado conscientemente por los sabios para tranquilizar a quienes no están dispuestos a conocer la verdad. De Nietzsche extrae la concepción del «hombre superior» que, para él, se identifica con el «filósofo», considerando como tal a aquel que conoce la verdad.

Shadia Drury, autora de «The Political Ideas of Leo Strauss» (1988) y «Leo Strauss and the American Right» (1997), afirma que «Leo Strauss fue un profundo creyente en la eficacia y la utilidad de las mentiras en la política». Naturalmente, Strauss matizaba este concepto hablando de «mentira noble», utilizando la terminología platónica. Para Strauss los filósofos antiguos suponen la cúspide del pensamiento universal, el particular Aristóteles y Platón, pero la interpretación que hace de ambos es muy particular. En primer lugar, sostiene que en los Diálogos de Platón, no es Aristóteles quien habla, sino Trasímaco. Y Trasímaco es un personaje que atrae profunda-mente a Strauss.

Había nacido en Calcedonia de Bitinia (Megara), en el Bósforo, el año 450 a. C; excelente retórico y orador, estaba interesado por la enseñanza de la ética y la política. Se conserva un fragmento de una intervención suya en la Asamblea Ateniense, en el que Trasímaco aconseja armonía entre los partidos, y evitar que sea el ansia de poder lo que legitime sus luchas partidistas. Su realismo le llevaba a afirmar que la justicia era el interés del más fuerte y que las leyes son dictadas por los que ejercen el poder para beneficiarse de ellas. Así pues, la justicia beneficia al gobierno establecido, esto es, al más fuerte y los Estados justifican sus abusos mediante las leyes. El realismo político de Trasímaco le lleva a considerar como es la justicia, no como debería ser, por que para él el núcleo de la cuestión en la vida social es el dominio del fuerte sobre el débil. Platón pone en sus labios en «La República» estas frases: «La injusticia beneficia a su autor y la justicia perjudica». (Platón, República, I, 343c ss.). Trasímaco era un sofista, pero también practicaba el realismo político que luego recuperará Strauss.

Strauss opinaba que puede pensarse en términos de realismo político… pero es mucho más peligroso actuar en política provisto de esos criterios. Si la población llegara a compartir las opiniones de Trasímaco, por ejemplo, sobre la justicia, el orden social sería inviable. Los «filósofos» deben ocultar sus posiciones para no herir los sentimientos y el ego de las personas y para protegerse a ellos mismos y a la élite de gobierno de las posibles represalias. Entonces es cuando aparece la sombra Nietzsche sobre el pensamiento de Strauss.

No existe, para el «filósofo», otro derecho natural que el de los superiores sobre los inferiores, los amos sobre los esclavos y los «filósofos» sobre la plebe. Son lo que Strauss llama «las enseñanzas tiránicas de los antiguos». Manejando citas de Platón y textos clásicos, entre otros sobre la escuela pitagórica, concluye que los «antiguos estaban decididos a mantener estas enseñanzas tiránicas en secreto porque no era probable que el pueblo tolerara el hecho de que estaban destinados a la subordinación». En efecto, podrían exteriorizar su resentimiento en forma de persecución y, para evitarlo, la mentira debía ser el chaleco antibalas de los «filósofos» y de la élite de los superiores, frente al vulgo.

A lo largo de su enseñanza, Strauss supo imbuir a sus discípulos dos nociones que se desprendían de todo esto: ellos eran la élite de la sociedad, pero, al mismo tiempo, constituía una minoría perseguida. No dudó en afirmar que «el disimulo y el engaño es la justicia peculiar de los sabios». Para hacer digerible este concepto alude a la idea de «noble mentira» sostenido por Platón, que el ateniense utiliza con frecuencia: una historia cuyos detalles son ficticios, pero en cuyo núcleo existe una verdad profunda. Platón era perfectamente consciente de que los seres originarios no tenían forma de esfera, sin embargo así lo sostuvo en su diálogo «El Banquete», a efectos de poder demostrar el origen de la atracción sexual. Los seres andróginos y esféricos era, pues, una «noble mentira».

Los tres tipos humanos según Strauss

El tres es el número clave para Straus como lo fue también para Al–Farabi. Cada individuo en la sociedad puede ocupar, desde su perspectiva, tres estratos: «sabios», «señores» o «gentiles» y «vulgo». Shadia Drury, comentarista de Strauss, nos los define: «Los sabios son los amantes de la dura verdad des-nuda y sin alteraciones. Son capaces de mirar al abismo sin temor y sin temblar. No reconocen ni Dios ni imperativos morales. Son devotos, por sobre todas las cosas, de la búsqueda por sí mismos de los «altos» placeres, que procura simplemente el asociarse con sus jóvenes iniciados. El segundo grupo, los gentiles, son amantes del honor y la gloria. Son los más cumplidores de las convenciones de su sociedad –es decir, las ilusiones de la cueva. Son verdaderos creyentes en Dios, en el honor y en los imperativos morales. Están listos y deseosos de acometer actos de gran heroísmo y autosacrificio sin previo aviso. Los del tercer tipo, la mayoría del vulgo, son amantes de la riqueza y el placer. Son egoístas, holgazanes e indolentes. Pueden inspirarse para elevarse por encima de su embrutecida existencia sólo por el temor a la muerte inminente o a la catástrofe».

Strauss, siguiendo a Platón, creía que el ideal político supremo es el gobierno de los sabios, pero tal gobierno es imposible por que en las democracias formales es el «vulgo» y quien decide y la ley del número le otorga siempre la ventaja. Así pues será necesario recurrir a la mentira y a la simulación para controlar y manipular al vulgo. Utilizando una cita ilocalizable de Jenofonte, alude a que «el gobierno encubierto de los sa-bios», es facilitado por «la abrumadora estupidez» de los

gentiles, los cuales «mientras más crédulos, simples y poco perceptivos sean, más fácil será para los sabios controlarlos y manipularlos».

Es fácil comprender el drama de Strauss, extremadamente alejado de la modernidad y de sus valores. Para él, la justicia, el orden, la estabilidad, el respeto a la autoridad, carecen de sentido por que son precisamente estos valores en los que se reconoce el vulgo. En nuestra época, el vulgo ha tenido todo aquello a lo que aspiraba en otras épocas, pero, ni siquiera con esto han remediado su situación, todo lo contrario, de hecho, las masas hoy están más reducidas que nunca a su papel miserable de productores alienados y consumidores integrados. Los cuarenta años que pasó Strauss en EEUU no sirvieron para que aceptara los valores de la mentalidad de aquel país. En realidad, estaba convencido de que el proceso degenerativo de los tiempos modernos estaba más avanzado en EEUU que en cualquier otro lugar y que la vida, tal como previera Carl Schmidt se había trivializado.

La combinación entre democracia formal, economía liberal y trivialización de la vida, terminarían, según Schmidt y Strauss, destruyendo la política y convirtiendo la vida en un entretenimiento. En realidad, Schmidt y Strauss coinciden en percibir la política como un conflicto entre grupos enemigos dispuestos a competir y luchar hasta la muerte. El ser humano, para Strauss, lo es sólo en tanto está dispuesto a luchar, vencer, o morir. Y es entonces cuando llegamos a la noción de guerra, a su necesidad y a su ineluctabilidad. La guerra sustrae de las comodidades y de la modernidad y, finalmente, termina restaurando la condición humana.

La Guerra, nuestra Madre

Desde la perspectiva straussiana, la paz es algo negativo y la guerra lo positivo, especialmente si se trata de una guerra perpetua de destrucción limitada. Es difícil adentrarse en este terreno por que pertenece al dominio de lo «esotérico» es decir, a aquello que solamente ha sido confiado a los «iniciados», así pues hay que utilizar los análisis globales de Strauss y la función desempeñada por sus discípulos en el seno de la administración Bush.

La tradición histórica norteamericana se basa en la percepción de los EEUU como «Nación elegida por Dios». Evidentemente, Strauss no puede asumir este planteamiento, en tanto que ateo impenitente. Sin embargo, es rigurosamente cierto que uno de los jefes de filas actuales de los straussianos, Harry Jaffa dijo que «EEUU es la Sión que alumbrará al mundo»…, lo cual dada la irreprimible tendencia de los straussianos a la mentira, no puede asegurarse si es una proclama sincera o simplemente otra «noble mentira», o incluso sino encubre otra verdad más profunda.

Ahora bien, si es cierto que Strauss considera que en EEUU existe la mayor acumulación de élites que puede entender sus valores, la victoria de este país en la lucha por la hegemonía mundial, sería considerada por él, más como un fracaso que como un progreso, por que tendería a relajar a la opinión pública norteamericana y, por tanto, a aumentar el hedonismo y cualquier otro rasgo distintivo de la «plebe». La extensión del mercado y de la democracia a todo el globo acarrearía una época de paz tan absolutamente idílica que el hombre quedaría «emasculado». El «último hombre» nietzscheano terminaría incluso por extinguirse y la trivialización de la vida que auguraba Schmidt se generalizaría. Por eso es bueno imbuir en la plebe – según Strauss– las ideas de patriotismo, honor y gloria y unir todo esto a los sentimientos religiosos que destilan los norteamericanos desde los orígenes. Así pues, es mejor que los EEUU no construyan una «pax americana» que, finalmente, terminaría arrastrándolos, sino que es mucho más adecuado implicarlos en una «guerra permanente». Así, el objetivo final nunca sería totalmente alcanzado, la meta iría avanzando a medida que el único corredor norteamericano va caminando hacia ella, inaprensible, inalcanzable. Otros compartieron este pensamiento.

«El cierre de la mentalidad americana»

Allan David Bloom (1930–1992), hijo único de una familia modesta, tras sus estudios universitarios en Baltimore, se interesó por los problemas educativos. Se doctoró en sociología en la Universidad de Chicago (1955) y estudió y enseñó en París (1953–55) y luego en Alemania (1957). Al volver a EEUU impartió cursos para adultos en la Universidad de Chicago, más tarde en la de Toronto y luego en la de Tel Aviv. Era un straussiano riguroso.

En el prefacio de su libro «A los gigantes y a los enanos», colección de ensayos escritos entre 1960–90, indica que su educación «comenzó con Freud y terminó con Platón». Realizó este tránsito guiado por su interés en los temas de la educación. El descubrimiento de uno mismo era el elemento central de toda educación correcta. A partir de los años 70 empezó a relacionarse con Leo Strauss y sus iniciados que lo auparon hasta que la publicación de «The closing for the American Mind» consiguió mantenerse en la lista de los libros más vendidos durante diez semanas, aun a pesar de la aparente banalidad y la escasa sistematización de la obra.

En 1968, publicó su traducción y comentario sobre la República de Platón que él mismo consideró como la traducción más literal de esta obra, opinión que muchos especialistas cuestionan. En 1987 traduciría de nuevo «El Emilio» de Rousseau. Su obra «Historia de la Filosofía Política» fue corregida por Leo Strauss. Pero sería «The Closing of the American Mind» la que hizo de Bloom un millonario. El libro fue editado también en Japón.

Cuando supo que su muerte era inevitable a causa del SIDA, Bloom encargó a su amigo Saul Bellow, también de origen ju-dío, colega suyo en la Universidad de Chicago y Premio Nóbel de Literatura, que le escribiera una novela, más o menos, biográfica (Bellow había alcanzado fama como autor de «Herzog». En 1965 obtuvo el «Premio Internacional de Literatura» y el Premio Nóbel de Literatura en 1976). En esta novela, titulada «Ravelstein», entre otros personajes, aparece Bloom con el nombre de «Ravelstein», mientras que Strauss es «Davarr» («palabra» en hebreo) y el propio Bellow es «Chickie» («Pollito»).

La novela se inicia en el Hotel Crillon de París, en donde Bloom organiza una cena para dos docenas de personas escogidas. Al día siguiente, acompaña a Bellow a los lugares más caros de París. Entre otras lindezas compran una americana amarilla por 5000 dólares. Luego, en un café, Bloom derrama sobre la prenda una taza de café y ríe histéricamente, mientras Bellow intenta tranquilizarlo. Esta sarta de excentricidades sin orden ni concierto sirven para pasar revista a algunas ideas de anticipación: describe algo que se asemeja a Internet y un sucedáneo de teléfono móvil. Recordemos que estamos en 1992 cuando estos elementos tecnológicos eran absolutamente inusuales. Entre otras anécdotas, explica que Bloom recibióuna llamada de Wolfowitz durante la guerra del Golfo. Éste le dijo a Bloom que las tropas americanas no avanzarían sobre Bagdad, el cual les animó a hacerlo. Los méritos literarios de esta obra son modestos, sin embargo, valdría la pena recordar que su intención era glosar la obra de Bloom y desvelar su relación con las altas esferas norteamericanas. Sin duda, algunos símbolos utilizados por Bellow seguramente requerirían un estudio profundizado de las obras de Bloom y examinarse mediante el recurso al simbolismo (es evidente que la chaqueta amarilla de Bloom alude al oro y que la mancha de café, implica el contraste con la muerte; en cuanto a la «risa incontrolada» remite al descubrimiento de la dualidad como motor del mundo).

Como buen straussiano, Bloom era misógino. En efecto, los straussianos siempre aludían en sus escritos a los «filósofos», exhortaban a los estudiantes o «los muchachos», «hombres jóvenes e inteligentes», pero nunca a mujeres. De hecho, Bloom era homosexual y murió víctima del SIDA. Amante de la música clásica, odiaba el rock y la contracultura. Como todo el grupo –Kojève, Strauss, él mismo– eran intelectuales que habían buceado en el mundo clásico y en la filosofía griega para encontrar respuestas a las eternas preguntas planteadas por los pensadores de todos los tiempos. Todos ellos buscaban «relecturas», «nuevas interpretaciones», matices no advertidos antes en las traducciones previas, y buscaban un sentido oculto y velado en los textos de Platón. Al igual que los textos de Strauss, la lectura de Bloom es difícil, da la sensación de que, hasta cierto punto trata temas intrascendentes y que lo hace recurriendo a argumentos de poco interés. Luego, uno se pregunta si entre el texto, aparentemente banal, que ha leído no se esconde alguna clave que lleve a algo más profundo.

A Bloom le preocupa la crisis de todos los valores desencadenada con la contracultura y la revolución de los años 60. En el terreno de la educación esta crisis se evidencia en la proliferación de los valores del relativismo moral y el liberalismo como estilo de comportamiento. Su tendencia a la crítica del modelo de enseñanza liberal puede ser compartido por cualquier conservador, sin embargo, en donde aparecen las ideas propias de Bloom que enlazan con las de Strauss, es en su apreciación de la filosofía clásica y es aquí en donde, al igual que Strauss, tiene una interpretación personal que rompe con los intentos de aproximación anteriores a la filosofía de Platón y Aristóteles y que enlaza en todo con la visión de Strauss. Y esto lleva de nuevo a la clave interpretativa cuyos únicos poseedores son los straussianos, es el «secreto de la escuela» transmitido a los «iniciados», esto es, a los estudiantes discípulos. Bloom como profesor universitario «inició» a muchos de ellos, los cuales, tras pasar a ser profesores universitarios, han graduado a otros muchos más.

Faltaba integrar en todo este popurrí doctrinal el culto a la violencia. Este vino injertado por Alexandre Kojève.

ALEXANDRE KOJÈVE Y LAS RAÍCES DE LA POLITICA OSTMODERNA

Raymond Aron cuenta en sus memorias que el 29 de mayo de 1968, en plena «revolución», le llamó por teléfono a Alexandre Kojève y le animó a que se interesase por lo que estaba sucediendo. Kojève le dijo que los disturbios le producían repugnancia, según cuenta Aron, por que «nadie mata a nadie». Probablemente si Aron hubiera conocido a fondo la filosofía de Kojève, hubiera tenido esta respuesta presente sin necesidad de formular la pregunta.

Shadia Drury, autora del mejor estudio divulgativo sobre Strauss, abordó también de forma natural el pensamiento de este nuevo eslabón en la cadena del pensamiento neoconservador norteamericano. En efecto, su libro «Alexandre Kojève: The Roots of Post–Modern Politics» evidencia la correlación entre ambos filósofos. Strauss y sus discípulos apreciaban las obras de Kojève, a pesar de las discrepancias que ambos reconocían. El punto de partida de Kojève es la fenomenología de Hegel a partir de la cual realiza una digresión sobre el tema de la esclavización del «siervo» por su «amo». Ese sería el primer acto «verdaderamente humano» en la medida en que «humanidad supone negar la naturaleza. Al arriesgar su propia vida sometiendo al esclavo, el amo repudia su propio temor a la muerte en aras del «reconocimiento» o «prestigio puro», que según Kojève es algo puramente humano, no natural. De esta manera, el maestro deviene un verdadero ser hu-mano por primera vez. El esclavo, en cambio, al someterse a la servidumbre por miedo a la muerte, deviene subhumano. Siguiendo un análisis nietzscheano, con el devenir del tiempo, la antigua sociedad de amos esclavistas nobles es sustituida por una sociedad en la que todos son esclavos: la sociedad cristiana. Y, por último, viene el «fin de la historia», una «tiranía universal homogénea», en la que todo el mundo «reconoce» a todos los demás como esclavos y amos a la vez». Así resume Shadia Drury el inicio de la teorización de Kojève.

El hecho de que el inicio de la reflexión tenga que ver con la dominación y la sumisión encierra un trasfondo problemático innegable. Se diría que la reflexión inicial y que la que sigue son productos de una mente desviada y enferma, muy enferma, pero no por ello menos racional, casi de un psicópata paranoico obligado a justificar a la saciedad su deseo de hacer el mal. Por que, en el fondo, lo que sigue en la teoría de Kojève es la predicación de una «violencia purgativa». Al hablar de los procesos revolucionarios francés (1789) y ruso (1916), lejos de lamentar los terrores inherentes a ambos, enfatiza el papel de la violencia y el terror como componentes centrales del proceso revolucionario. Sin terror no hay revolución, explica. En mayo del 68 lo que hubo fue el juego lúdico de los situacionistas que no fue más allá del cóctel molotov y el gesto agresivo, por ello puede entenderse el desprecio que manifestó a Aron. Para Kojève si una revolución sólo gesticula es que no es revolución, sino una pantomima: «Sólo gracias al Terror –escribe– se realiza la idea de la síntesis final que satisface definitivamente al hombre».

Y lo justifica. No basta con que el hombre renuncie a Dios en nombre del ateísmo para alcanzar un estado de libertad. No hay liberación sin lucha. La simple negación intelectual no basta. Si la síntesis final a realizar es la que surge del proceso histórico que culmina en amo–esclavo (la «tiranía universal homogénea»), de ahí que el producto de síntesis deba ser, necesariamente, trabajador y guerrero. Esto implica que deba introducir «al elemento muerte arriesgando su vida conciente de su mortalidad», pero ¿cómo puede ser posible esto en un

mundo sin amos en el que todos son esclavos? ¿cómo? Mediante el terror a lo Roberspierre, «vehículo perfecto para trascender la esclavitud» y, concluye Kojève: «Gracias al Terror [con mayúscula] se realiza la idea de la síntesis final, que satisface definitivamente al hombre». Y Drury añade: «Stalin entendía la necesidad del terror y no tuvo miedo de cometer crímenes y atrocidades, de la magnitud que fuesen. A ojos de Kojève, esa era parte integral de su grandeza. Los crímenes de un Napoleón o Stalín, pensaba Kojève, eran absueltos por sus éxitos y logros».

Georges Bataille era discípulo de Kojève. Drury lo sitúa en relación a éste: «A juicio de Bataille, la condición semimuerta de la vida moderna tiene origen en el triunfo incuestionable de Dios y sus prohibiciones, la razón y sus cálculos, la ciencia y su utilitarismo… La primera tarea a realizar es matar a Dios y sustituirlo con el Satanás vencido, puesto que Dios representa las prohibiciones de la civilización. Rechazar a Dios es rechazar la trascendencia y adoptar la «inmanencia», lograda mediante la intoxicación, el erotismo, el sacrificio humano y la efusión poética. Sustituir a Dios con Satanás también significa sustituir la prohibición con la transgresión, el orden con el desorden y la razón con la locura».

Kojève creía, como Strauss, que la reducción del ser hu-mano a bestia esclava era paralelo a la trivialización de la vida. Ambos pensaban que en este proceso los EEUU estaban en vanguardia. La economía terminaría destruyendo la política, para ambos la política era el campo de batalla adecuado en el que grupos humanos hostiles luchaban hasta la muerte (en esto estaban influido por Carl Schmidt). Para ambos, se es hombre y se tiene dignidad sólo cuando se acepta la muerte como regla del juego: por eso, solamente la guerra y el terror pueden detener la decadencia de la modernidad caracterizada por el hedonismo absoluto, es decir por la animalización. La guerra puede restaurar la condición humana.

Tanto Kojève como Strauss eran absolutamente ateos y consideran que no hay fundamento racional para la moral que, en consecuencia, no tiene razón de ser. De ahí que los acontecimientos políticos no pueden medirse en términos de moralidad. No son, ni podrán ser jamás «buenos» o «malos», sino, al igual que los definió Nietzsche, son «grandes» o «pequeños». En este sentido los straussianos de Washington practican «la gran política», ajena a la moral y la «guerra permanente», ajena al dolor de la «plebe». Y luego pueden dormir por la noche…

El «hombre natural» está dominado por el hedonismo y la búsqueda de la comodidad. Es, por esto rechazable. Así que hay que movilizarlo en beneficio de un proyecto que solamente los «filósofos» conocen (aquí ya es Strauss quien habla) y que utiliza algunos resortes profundos del hombre: el nacionalismo (esto es, el arraigo a la tierra natal explicada por Konred Lorenz y el pensamiento etológico) y la religión (especialmente el mesianismo inherente en la cultura americana que comparten sinceramente, tanto la «plebe» como los «gentiles»). De ahí que el núcleo del pensamiento neoconservador norteamericano esté dominado por estas dos líneas: nacionalismo y mesianismo. Eso posibilita a la civilización americana para restaurar el régimen del Terror que Kojève considera inevitable.

Straussianos en la administración Bush

Shadia Drury, autora del único estudio crítico sobre la obra de Strauss, entrevistada por Danny Postel, terminó diciendo: «Nada es más amenazador para Strauss y sus acólitos que la verdad en general, y la verdad acerca de Strauss en particular. Sus admiradores están decididos a ocultar la verdad acerca de sus ideas».

Desde hace muchos años, seguir las noticias internacionales es tropezarse constantemente con la mentira. Cada vez la mentira difundida desde las esferas del poder es más intensa y desvergonzada. Madeleine Albright mintió sin pestañear cuando rompió las conversaciones con Yugoslavia y selló el destino de este país en los absurdos bombardeos de la OTAN de 1998. Alguien en la administración americana mintió al presentar el asunto de la epidemia de ántrax como una operación orquestada por Bin Laden, cuando en realidad había partido de un laboratorio militar norteamericano; muchos mintieron sobre lo que ocurrió realmente el 11–S y de dónde partió el cerebro criminal que ideó el atentado (por que hoy, a más de tres años del crimen, todavía no se ha podido establecer que fuera Bin Laden y, de hecho, los interrogantes abiertos hoy son muchos y, des-de luego, más de los que se planteaban el 11–S de 2001), la administración entera mintió cuando acusó a Saddam Hussein de estar tras los atentados del 11–S y de proporcionar acogida a Bin Laden… una ristra de mentiras que ha ocasionado miles de muertos y una situación de violencia generalizada en Irak y Afganistán. Existe un centro elaborador de mentiras que sirven a un fin: el mantenimiento de la tensión internacional y la extremización del sentimiento de miedo y de patriotismo de la población americano. Y en ese centro encontramos a la «cábala» o a la «Logia» straussiana.

En realidad, solamente conocemos una teoría político–filo-sófica que contemple con benevolencia el recurso a la mentira y lo recomiende: el straussismo. Sus partidarios están insertados en la administración republicana:

Rumsfeld de Donald, secretario de Defensa desde 2001. Ha servido en casi todas las administraciones republicanas desde el período de Eisenhower. Miembro de la RAND Corporation. Enviado de Reagan para Oriente Medio. Co– fundador del Proyecto para el Nuevo Siglo Americano. Miembro del CFR y de la Comisión Trilateral.

Richard Bruce «Dick» Cheney, vicepresidente de los EEUU, al igual que Bush, eludió ir a la guerra de Vietnam. Ha desempeñado diversos cargos en las administraciones republicanas desde Nixon. En 1995 fue nombrado presidente de

Halliburton Company, corporación de energía con una historia larga del servicio al gobierno y contratista del Pentágono. Miembro co–fundador del Proyecto Nuevo Siglo Americano. Miembro del C.F.R. y de la Comisión Trilateral.

Paul Wolfowitz, uno de los más prominentes straussianos, funcionario bajo la administración George Bush y Vicesecretario de Defensa con George W. Bush. Miembro de la Comisión Trilateral y del CFR. De origen judío. Iniciado en la secta straussiana por Allan Bloom.

William Kristol, asesor del vicepresidente Dan Quayle, director de la revista «Weekly Standard», revista política conservadora con escasos pero distinguidos lectores, fundada por Rupert Murdoch. Redactor del manifiesto del Partido Republicano en 1994, presidente del «Proyecto Nuevo Siglo Americano», miembro de la Comisión Trilateral y del CFR. De origen judío. Hijo del neoconservador Irving Bristol.

Richard Perle fue asesor del Secretario de Defensa en la Administración Reagan y asesor de política exterior en la campaña presidencial de George W. Bush. Aceptó la oferta de Rumsfeld para dirigir el Consejo Político de Defensa. En marzo del 2003, Perle dimitió de su cargo tras un escándalo controvertido pero sigue en el Consejo como miembro. Miembro del CFR y de la Comisión Trilateral. Conocido como «el Príncipe de las Tinieblas»; de origen judío.

Michael Ledeen, experto en exteriores, miembro del Instituto Americano de la Empresa. Partidario de la «guerra total» al servicio de la democracia.

Samuel Huntington Phillips, politólogo conocido para su análisis de la relación entre los militares y el gobierno civil, su investigación sobre los golpes de Estado y su tesis de que los agentes políticos centrales del siglo XXI serán civilizaciones más que naciones–Estado. Profesor de Harvard. En

su último libro Los desafíos a la identidad nacional de América (2004) plantea la amenaza que supone la inmigración latina que supone «dividir los Estados Unidos en dos personas, dos culturas y dos idiomas». Miembro de la Comisión Trilateral.

Dov Zakheim, consejero político y económico del gobierno; sirvió en varios puestos durante la administración Reagan. Subsecretario de la defensa a partir de 2001. Judío ortodoxo.

Newt Gringrich, ex presidente de la Cámara de Representantes y actual miembro de la Junta de Asesores Políticos del Departamento de la Defensa.

Douglas J. Feith, subsecretario de Defensa, uno de los más firmes partidarios de la defensa del Estado de Israel. De origen judío.

Irving Kristol, considerado como el padre del neoconservadurismo norteamericano y, sin duda, uno de los más prominentes y respetados conservadores de origen judío. Trotskysta en su juventud. Miembro del Instituto Americano de la Empresa. Hermano de William Kristol.

Norman Podhoretz, miembro del CFR, del PNAC y del Hudson Institute. Editor de Comentary, publicación mensual del American Jewish Commtee. Procede del Partido Demócrata y de la organización ligada a este medio, Comité para el Peligro Presente. Organizó con los republicanos de Reagan la Coalición para el Mundo Libre.

Stephen A. Cambone, subsecretario de defensa para la inteligencia, cargo creado en 2003 con la función de coordinar a los distintos servicios de inteligencia. Adjunto de Rumsfeld. Implicado en los malos tratos y torturas en la prisión de Abu Ghraib.

Elliott Abrams, director para el Cercano Oriente y África del Norte del Consejo de la Seguridad Nacional. Implicado en el asunto «Irán–Contra». En años 70 trabajó para el senado de EEUU. Secretario de Estado auxiliar con Reagan. Miembro del CFR. De origen judío.

Abraham Schulsky, alumno directo de Leo Strauss, alto funcionario del Pentágono, encargado de la coordinación de los servicios de inteligencia. Miembro del Comité de Defensa del Senado. Artífice de la mentira sobre las «armas de destrucción masiva» de Saddam Hussein. De origen judío.

Gary Schmitt, director ejecutivo del Proyecto del Nuevo Siglo Americano, laboratorio de ideas neoconservadoras del grupo straussiano. Uno de los más tenaces intervencionistas en Oriente Medio.

I. Lewis « Scooter « Libby, Jr., jefe de personal de Cheney y ayudante para asuntos de Seguridad Nacional. Empezó a trabajr en 1981 para la administración Reaban, miembro de la RAND Corporation, asesor jurídico de la Cámara de Representantes.

Douglas J. Feith, Subsecretario de Defensa, dirige la Oficina para los Asuntos del Golfo Pérsico, uno de los partidarios de la «guerra permanente». En agosto 2004 se supo que en su departamento se habían pasado secretos militares a dos funcionarios de la embajada israelí en Washington.

David Wurmser, adscrito a la oficina del vice–Presidente, encargado de asuntos de Oriente Medio.

Francis Fukuyama, economista político americano de la ascendencia japonesa, profesor de la economía política; au-tor del libro polémico El Fin de la Historia, Miembro del Proyecto para el Nuevo Siglo Americano. No aprobó el ataque a Irak y pidió la dimisión de Rumsfeld. Miembro de la Comisión Trilateral y del C.F.R..

Lewis Paul Bremer III, gobernador norteamericano de Irak hasta junio de 2004, teóricamente encargado de la reconstrucción y la ayuda humanitaria al país. Ha desempeñado distintos cargos para las administraciones republicanas. Experto en seguridad interior y terrorismo.

Robert Kagan, columnista de The Washington Post, y el enviado especial del presidente Bush a Afganistán e Iraq, Zalmay Khalilzad. De origen judío.

John N. Bolton, subsecretario de defensa para control de armas. Miembro del CFR A nadie se le escapa que estas biografías tienen unos deno

minadores comunes: existe entre ellas un porcentaje inusual de miembros del Consejo de Relaciones Exteriores (CFR), lo cual es hasta cierto punto lógico si tenemos en cuenta que este organismo elige a sus miembros entre la élite político–empresarial norteamericana; algunos de ellos tuvieron una militancia trotskysta en su juventud. Y, en cuanto a la reiteración de miembros de origen judío puede derivar de la afinidad que pudieran tener con el también judío Leo Strauss. Es, desde luego, mucho más simple entender el apoyo desmesurado y fuera de toda lógica que la administración Bush ofrece al Estado de Israel y a su torpedeo continuo de los acuerdos de Camp David.

Un 25% de estos altos cargos de la administración Bush, tuvieron en su juventud una común militancia trotslysta. El trostkysmo fue la disidencia antiestalinista del comunismo creada en torno a Leiva Bronstein, «Trotsky». Tras exiliarse de la URSS, agrupó a los comunistas antistalinistas de todo el mundo en la IV Internacional. Esta organización bien pronto se fraccionó en distintos grupos, algunos de los cuales quedaron bajo la tutela de la CIA. Buena parte de los dirigentes de la IV Internacional, precisamente, eran de origen judío, habitualmente de judíos agnósticos alejados de la sinagoga. El hecho de que se tratara de militantes anti–estalinistas, hizo que, progresivamente, algunos de ellos fueran rectificando sus posiciones y pasaran, primero del antiestalinismo al anticomunismo, de ahí al liberalismo de izquierdas y, para muchos, el fin de la ruta fue convertirse en conservadores republicanos. Pues bien, una fracción notable de trotskystas pasaron a los círculos straussianos realizando esta mutación.

La enumeración de straussianos insertados en la administración Bush demuestra que este grupo compone la columna central del actual gobierno americano por encima de cualquier otra componente. Es evidente que, en el interior de la administración existen distintas sensibilidades, e incluso dentro del propio núcleo straussiano, no todos son partidarios de hacer las cosas de la misma manera. Pero son, en cualquier caso, un núcleo homogéneo y que aporta coherencia a la política norte-americana.

El straussianismo puede ser definido en última instancia como un maquiavelismo extremo. Muchas orientaciones del gobierno norteamericano son absolutamente incomprensibles si no se conocen las ideas del núcleo straussiano: «nada es lo que pare-ce», tal es el patrón interpretativo que debe ser asumido a la hora de valorar la acción de la administración Bush. Y, precisamente, a partir de esta consideración, es posible entender las mentiras –«nobles» o no– que precedieron al ataque a Irak y que carecen de precedentes en la historia política. Así mismo, con idéntica óptica puede explicarse la inactividad (o peor, la complicidad) del gobierno americano en los ataques del 11–S que contribuyeron a hacer posible todo el plan belicista que siguió.

Algo ha cambiado en EEUU: las libertades

A partir de la influencia de los straussianos en la administración americana puede entenderse un fenómeno que se puso de manifiesto tras los ataques del 11–S: la regresión de las libertades en EEUU.

Con razón o sin ella, entre 1948 (Golpe de Praga e inicio de la Guerra Fría) y 1989 (Caída del Muro de Berlín y fin de la Guerra Fría), los EEUU aparecieron como el campeón mundial de las libertades, especialmente en Europa en donde más se sentía el peligro comunista con los tanques del Pacto de Varsovia a pocas horas de la frontera francesa. Pero todo esto ha cambiado y ahora ya no hay excusa posible para las intervenciones agresivas de Norteamérica en el exterior. Desde que terminaron los cuarenta años de Guerra Fría muchas cosas han cambiado en EEUU.

La clase dirigente norteamericana es hoy una plutocracia oligárquica que sirve a sus propios intereses. Es en el seno de esta clase en donde se sitúa la élite de «filósofos» straussianos.

La teoría de la «guerra permanente» puesta en práctica por los EEUU, ha demostrado que hoy, en 2004, éste país ya no lucha por las «libertades democráticas» en todo el mundo… sino por el control de las reservas mundiales de petróleo. Pero esta nueva situación genera un cambio en las relaciones de EEUU con el resto del mundo y la necesidad de otra política interior. A nivel internacional, los EEUU se han visto progresivamente aislados y desprovistos de aliados. Hoy deben afrontar la competencia de las potencias emergentes (Unión Euro-pea, Rusia y China) y lo hacen con una mala situación interior (un déficit brutal sin precedentes en la historia). A nivel interior, deben procurar que la población –la «plebe» de los straussianos– pese lo menos posible en la vida política del país. Deben limitarse a votar: y lo pueden hacer, pero sometidos a un bombardeo constante de noticias e informaciones falsas. El control de la mayoría de grandes cadenas mediáticas por parte de grupos extranjeros ha hecho que muestren poco interés por intervenir en la política interior, a diferencia de lo que ocurrió durante la Guerra de Vietnam. Pero, para desgracia del stablishment la aparición de Internet ha permitido la circulación instantánea de informaciones de todo tipo, libre y sin control. De ahí que tras el 11–S, la administración Bush haya enfatizado el control de Internet y la censura del correo electrónico. Esto, unido a los sistemas de control de las comunicaciones a través de la Red Echelon, hace que la privacidad de las comunicaciones sea, en este momento, un espejismo.

La acción de los straussianos, su desprecio por la plebe, su insistencia en la «mentira noble» para justificar el dominio de los «filósofos» sobre los «débiles», así como la tendencia del capitalismo norteamericano a intervenir directamente en política generando un gobierno plutocrático, ha tenido como consecuencia final el debilitamiento de la democracia norteamericana.

Llegados a este punto hay que cuestionar la Ley Doyle que establece la imposibilidad de guerra entre las democracias y la seguridad de una paz perpetua en cuanto la democracia triunfe en todo el mundo. Tal tesis fue aprovechada por el straussiano Francis Fukuyama para elaborar su teoría sobre «El Fin de la Historia y el último hombre». Lo que olvidan Doyle y Fukuyama es que no existe sólo un tipo de democracia, sino una multiplicidad de formas democráticas muy diferenciadas (en 1914, las democráticas Inglaterra y Francia, declararon la guerra a Ale-mania que tenía un parlamento democráticamente elegido y, entre 1948 y 1989 la Guerra Fría fue una confrontación entre las «democracias occidentales» y las «democracias populares») y que, en la actualidad, el problema que aqueja a los EEUU es una regresión que aleja de la democracia que hemos conocido y lleva a formas plutocráticas y oligárquicas.

EEUU ya ha iniciado el tránsito en esa dirección. En la actualidad es innegable que dicho proceso se ha acelerado desde el 11–S. Los straussianos insertados en la Administración Bush, fieles a su principio de la «mentira noble» necesaria, exageraron la amenaza terrorista del 11–S y la aprovecharon para cercenar las libertades públicas en el país y para acometer una serie de agresiones exteriores. Y todavía hace falta establecer qué ocurrió en realidad el 11–S y por qué la administración no hizo nada para evitar los atentados, aun cuando habían sido alertados de su preparación.

En tanto que el pensamiento straussiano es muy precavido con sus afirmaciones más conflictivas e insiste en la virtud del secreto y de la iniciación de maestro a discípulo, resulta difícil establecer donde termina la falta de escrúpulos y el maquiavelismo de sus representantes en la Administración. Es posible que vaya mucho más allá de lo que ha trascendido: de hecho, las iniciativas de los «filósofos» strausianos generan muertes… muertes del enemigo ficticio y en el propio bando. A partir de ahí, es posible intuir que la responsabilidad de los straussianos el 11–S va mucho más allá de haber permitido simplemente un «crimen noble» para justificar su irrupción en Afganistán e Irak y el inicio del «conflicto permanente» que impedirá una situación de paz mundial. Esta situación, según su análisis, terminaría haciendo triunfar el reino del «último hombre» del que hablara Nietzsche. Sólo el conflicto permanente, la apertura sin fin de tensiones, la lucha contra micropotencias (Afganistán, Irak, Irán, Siria, Corea, Cuba), harán posible que los «filósofos» gobiernen sobre la «plebe», amparados en «mentiras nobles» y casus belli prefabricados.

Los actuales EEUU, a pesar de su debilidad económica, de su tendencia a oponerse militarmente a potencias de tercera o cuarta fila, de su voluntad imperial y del mesianismo inherente a su tradición histórica, son hoy un peligro para todo el mundo a causa de las teorías que inspiran a su clase dirigente neoconservadora y que le separan del campo de las democracias. Y eso es lo terrible: que a partir de ese momento, la Ley de Doyle ya no tiene vigencia. En esto han desembocado los razonamientos de Leo Strauss y sus discípulos. Una vez más el sueño de la razón ha producido monstruos.

III El pensamiento de los «gentiles» y del «vulgo»

Strauss era perfectamente consciente de que su pensamiento jamás podría ser entendido por unas masas a las que despreciaba absolutamente. Sus discípulos eran de la misma opinión. Strauss era también consciente de que si sus discípulos querían escalar el poder en Washington debían necesariamente contar con la población. En una democracia, a fin de cuentas, lo que importan son los votos. Por ellos, la clase de los «filósofos», precisaba del concurso de una pieza intermedia entre ellos y los votantes. Strauss llamó a esta clase «los gentiles»: es decir, líderes políticos, sociales y religiosos, que creían en lo que estaban predicando –patriotismo y religión– y que, consciente

o inconscientemente coincidían con la s opiniones globales de los «filósofos». En este capítulo vamos a analizar el papel del grupo de «gentiles» y a través de qué ideas y organismos, éstos controlan al «vulgo».

Robert Kagan: un hombre que habla claro

Robert Kagan, cómo no, es un straussiano notorio y, como la mayoría de ellos, judío–norteamericano. A Robert Kagan puede reprochársele cualquier cosa, menos su claridad. No es un cualquiera. Titulado en las universidades de Harvard y Yale, ha escrito varios libros sobre la historia diplomática estadounidense y las tradiciones que explican la política exterior actual de su país. Colaborador habitual del Washington Post, estuvo a cargo del Comité de Asuntos Interamericanos en el Departa-mento de Estado norteamericano y fue el principal redactor de los discursos del Secretario de Estado. Es miembro de la Fundación Carnegie por la Paz y del extremadamente influyente Consejo de Relaciones Internacionales (CFR), uno de los centros de planificación del «poder mundial» de los EEUU desde el primer tercio del siglo XX. Kagan vive hoy en Bruselas, cerca del núcleo de decisión de la OTAN. Además, le preocupan particularmente las relaciones entre la Unión Europea y EEUU. Seamos más claros: desprecia a Europa a quien considera como un enemigo potencial que no ha sabido agradecer lo que EEUU ha hecho por ella. Así lo ha dicho en varias entrevistas realizadas por la prensa europea.

Su último libro, Poder y Debilidad («Power and Weakness«), está dedicado a examinar desde el punto de vista de un conservador halconizado norteamericano la naturaleza del «desencuentro» con Europa. Vale la pena seguir algunas de sus tesis. Véanse algunas de las perlas cultivadas de esta preciosa obra: «Los que tienen más poder tienden a usarlo y a creer en la legitimidad de ese poder», «Los países débiles siempre han querido tener mecanismos para limitar el po-der de los que lo poseen», «Son ustedes, los europeos, quienes están aislados, porque los métodos que utiliza Europa para relacionarse y entenderse con el mundo no pueden aplicarse fuera de Europa», «El orden mundial se basa en el poder (relativamente benévolo) de Estados Unidos, a lo largo del siglo». «Si la única potencia que puede afrontar las nuevas amenazas no tiene legitimidad, el mundo occidental no podrá enfrentarse a ellas»...

Pero donde Kagan se muestra más iracundo es en la valoración del papel jugado por las NNUU: «No hemos de ser simplistas, no se hallará la legitimidad en el Consejo de Seguridad. Tengan en cuenta que los presidentes norteamericanos nunca creyeron en la ONU», «La mayoría de los europeos cree que el Consejo de Seguridad de la ONU es la

única garantía de multipolaridad»… «Creo que hay muchas ventajas en un mundo unipolar». A decir verdad, Kagan desprecia la legalidad internacional que puedan suponer las NNUU y cualquier otro organismo internacional, incluidos los tribunales de justicia. Cualquier resolución de estos organismos que pudiera ser considerada como hostil a los intereses de EEUU no debería ser respetada por este país. Y explica esta posición argumentando contra toda lógica que estos organismos están compuestos por «comunistas antimercado, no cristianos y dictaduras antidemocráticas». Para colmo, EEUU es la nación elegida por Dios, así pues nada ni nadie –y por supuesto ningún organismo internacional– pueden interponerse entre Dios y los EEUU. «O sustituirán a Dios o sustituirán a los EEUU». Por eso, las NNUU son el verdadero enemigo…

Buena parte del ensayo Poder y Debilidad (EEUU es la encarnación del poder y Europa la debilidad manifestada), Kagan establece que los europeos mantenemos una visión kantiana del mundo; nos reprocha que creamos en la paz y que ésta sea alcanzable mediante consensos. Para él, la postura «normal» es la americana: «para EEUU, la verdadera seguridad sigue dependiendo de la posesión y el uso del poderío militar». La acción militar unilateral sería una muestra de po-der; el pactismo europeo, el reflejo de su debilidad. Kagan olvida que Kant no era ningún alucinado ni un buenista ingenuo; en su ensayo Por la Paz Perpetua, reconocía que la paz era tarea bien difícil, pero que merecía la pena tratar de alcanzarla mediante el derecho internacional. Tampoco era un pacifista a ultranza, la guerra era para él la ultima ratio para resolver conflictos que no podían solucionarse de otra manera, pero criticaba a quines utilizan la guerra «no según leyes universal-mente válidas, sino con la fuerza y según criterios unilaterales».

En Estados Unidos más del 70% de los ciudadanos está a favor de la guerra en Irak y en Europa más del 70% está en contra de la guerra. Kagan en su obra parece desconocer que desde hace 2000 años, Europa ha sido el teatro de guerras y enfrentamientos fratricidas, mientras que EEUU, desde la guerra civil de 1860, solo ha sufrido los ataques del 11–S. El pueblo norteamericano desconoce los efectos de una guerra mo-derna sobre su propio territorio. Europa es la voz de la experiencia y de la sabiduría en esto de la guerra. Kagan sostiene que las dos guerras mundiales del siglo XX han hecho posible que los europeos trataran de crear un sistema en el que la guerra quedara obsoleta, mientras que EEUU, al otro lado del océano, vive en un mundo «mucho más peligroso en el que la acción militar sí que está justificada».

Kagan olvida que no todo es potencia militar en el mundo extremadamente complejo del siglo XXI. La UE es hoy la primera potencia económica y comercial del mundo. Kagan olvida que la UE está camino de consolidar una misma actitud en política exterior y de defensa y que sus 420 millones de habitantes tienen un buen nivel cultural, están unidos por un conjunto de valores que definen la identidad europea y que confieren credibilidad objetiva a Europa ante los efectos negativos de la globalización. Kagan olvida –acaso por que le tiene absolutamente sin cuidado– que la UE aporta el 60% de la ayuda oficial al desarrollo y de la ayuda humanitaria mundiales y que en las zonas castigadas de Bosnia–Herzegovina y Kosovo asume el 80% de la ayuda a la reconstrucción y el 80% de las fuerzas de paz. En otras palabras: la UE es, mal que le pese a Kagan, un actor internacional de primero orden. Alude irónicamente, a la «misión civilizatrice» europea empeñada en jugar a la contra con el poder americano, olvidando que es «débil». Para Kagan, lo esencial de esa debilidad es el aspecto militar «el poder, la fuerza militar de EEUU, ha producido una propensión a usar ese mismo poder; la debilidad militar de Europa ha producido una comprensible aversión hacia el ejercicio del poder militar… un interés por habitar un mundo donde el poder militar no importa, donde predominan la ley y las instituciones internacionales». Todo lo que Europa hace, lo hace desde la debilidad y, por tanto, tiene el sello de la debilidad. Y, como todos los débiles, buscan la «paz perpetua» que les evite el compromiso. Este razonamiento lleva hasta Kant. Los EEUU, por el contrario, ven en el escenario mundial fuerzas anárquicas que actúan sin control, frente a las cuales, los EEUU han decidido ejercer su poder. Kagan opina que, en la actual situación, no se puede confiar en leyes y reglas internacionales, sino que la seguridad real y la defensa y promoción de un orden liberal depende del poder militar. Su exposición teórica se acompaña por una síntesis gráfica que parafrasea el título de un best–seller norteamericano: «los americanos son de Marte y los europeos son de Venus».

Sin embargo, las tesis de Kagan son equívocas. Tiene razón en afirmar que en la escena internacional actúan fuerzas descontroladas y que la confianza de Europa en los organismos internacionales se debe a su falta de decisión. Acierta en la desproporción tecnológica existente entre el poder militar americano y el europeo, pero las cosas son mucho más complejas de cómo nos la cuenta: para Europa es cuestión de tiempo el unificar políticas exteriores y de defensa, es cuestión de tiempo el concentrar parte de su presupuesto hoy destinado al desarrollo de las zonas deprimidas del continente y a financiar la modernización de estructuras de las nuevas incorporaciones a la Unión, para mañana aumentar la inversión en tecnologías de defensa. ¿Veinte años? No, más. En ese tiempo, los EEUU, que llegaron al límite de su poder con el derribo escenificado de la estatua de Saddam Hussein en Bagdad, solo les queda declinar. El declive se está produciendo ya en estos momentos: por que EEUU vive una guerra civil racial y social, larvada, soterrada, pero no por ello menos real. Y un no menos real déficit público sin precedentes en la historia de la humanidad.

EEUU no es, como quiere Brzezinsky y sus compañeros, la «Nueva Roma»… muchas de sus características recuerdan a Cartago, pero es que, además, EEUU son la inversión, el reflejo especular de la antigua grandeza de Roma. Roma se podía jactar de ser civilizadora. El propio Brzezinsky en el primer capítulo de su «Tablero Mundial», reconoce «cierta tosquedad» a la cultura norteamericana. A partir de ahí, puede deducirse que Kagan elude aspectos esenciales de la cuestión. Su libro tiene la virtud de explicar el núcleo duro del pensamiento conservador americano en versión apta para observadores europeos. Porque Kagan, calla lo esencial: que esta geopolítica expansiva, esta voluntad de poder fuera de toda medida, tiene una médula mística que resulta evidente al examinar de cerca las declaraciones de algunos líderes políticos y personajes públicos de la vida americana. Ya hemos visto una de las componentes de esta doctrina esotérica a través de Leo Strauss, apta sólo para los «filósofos». Hemos terminado el capítulo anterior diciendo que los «filósofos» difunden entre las masas una combinación de nacionalismo y religión, como mitos necesarios para ejercer el control sobre las masas. No es raro que la base sociológica del neoconservadurismo norteamericano esté forma-do por los llamados «cristianos renacidos».

El papel de los «cristianos renacidos»

El historiador Gabriel Jackson escribía: «El factor más importante en la opinión pública estadounidense, que no es apreciado lo bastante ni por los liberales seglares estadounidenses ni por el mundo europeo en general, es la importancia de la cristiandad bíblica. Me quedé asustado recientemente al leer una encuesta Gallup que afirmaba que el 68% de las personas encuestadas creía en el diablo, que el 48% creía en el «Creacionismo», la creación directa del universo entero por Dios tal como se describe en el libro del Génesis, más que en la evolución darwiniana, y que el 46% se consideraban cristianos renacidos». Jackson, sin duda, se sentiría más asustado si supiera que en 2003, el 90% de los

norteamericanos creían en Dios el 82% en la vida eterna, el 60% asistía algún tipo de oficio dominical y otro 60% rezaba cada día. De las 15000 confesiones religiosas que conviven en los EEU, el 60% son protestantes, el 25% católicos, los judíos son seis millones y los musulmanes tres. Estas cifras no tendrían nada de sorprendente y serían un rasgo específicamente americano, especialmente por el seguimiento de las sectas nacidas en aquel territorio (amish, mormones, cuáqueros, amanas, apostólicos, angloisraelitas, dunkers, etc.), sino fuera por que una parte muy importante sostiene posturas extremistas, fundamentalistas, rayanas en el terrorismo.

El caso de Randall Terry, fundador del violento grupo terrorista anti–abortista denominado «Operation Rescue» es significativo. Su rechazo al aborto no se limita a realizar campaña contra el aborto e intentar la aprobación de iniciativas que limiten esta práctica. Randall Ferry entra perfectamente dentro de lo que podemos llamar en rigor, terrorismo: «Ustedes los abortistas mejor que corran, porque los vamos a encontrar y los vamos a ejecutar. Hablo muy en serio. Parte de mi misión es el enjuiciamiento y la ejecución de ustedes. Yo soy un Reconstruccionista Cristiano. Yo creo que la Iglesia debe gobernar este país. A los que dicen que debemos separar a la Iglesia del Estado yo le digo que la Biblia Cristiana es el centro de la civilización». Por su parte, Clayton Lee Wagner, miembro de un grupo similar, se explica en términos parecidos: «Dios me ha llamado a hacer la guerra contra sus enemigos....y no le importa a Dios o a mi si eres una enfermera, una recepcionista, un contador o barrendero...Si trabajas para un abortista yo te voy a matar».

Podría decirse que tanto Ferry como Wagner son marginales dentro de la sociedad americana. Es posible, pero Jerry Falwell, no era un marginal, sino el predicador más significativo del conservadurismo religioso norteamericano, encargado de celebrar la ceremonia fúnebre el 13–S tras los atentados con-

tra el WTCV. Fue allí donde dijo, textualmente: «Yo realmente creo que los paganos, los abortistas, las feministas, los homosexuales, las lesbianas, los derechos civiles (ACLU) y People For The American Way, todos ellos tienen la culpa de que Dios haya permitido que esto haya pasado [Las Torres Gemelas]. Yo apunto mi dedo acusador en sus caras y se lo digo».

Falwell organizó en los años 80 la «Mayoría Moral», uno de los grupos que apoyaron decisivamente la elección de Reagan como Presidente. La idea de Falwell y de la «Mayoría Moral» es que los EEUU están en crisis por que han dado la espalda a los valores originarios de la nación, aquellos que sellaron la alianza entre Dios y su pueblo –los EEUU, por supuesto–; las desgracias que los EEUU sufrieron el 11–S es producto de ese alejamiento, de la misma forma que los percances del Israel bíblico se debieron al mismo motivo y a la ruptura de la «Alianza».

De Princeton a los telepredicadores

Para entender la situación actual de la nueva derecha religiosa, es preciso viajar hasta principios del siglo XX cuando Lyman Steward y un grupo de teólogos protestantes de Princeton, publicaron una colección de doce folletos titulado «Fundamentalism: a testimony of the truth». La palabra «fundamentalismo» deriva de este grupo que proponía un estilo de vida rigorista y dictado por las páginas de la Biblia. En los tiempos en los que el progreso generaba problemas de identificación para los cristianos, los «fundamentalismos» presentaban la vida austera y la observación de los preceptos bíblicos como la forma más adecuada para afrontar la modernidad.

Políticamente, este grupo se convirtió en un ala del Partido Republicano. En aquel momento afrontaron una lucha extremadamente dura contra los darvinistas en nombre del «creacionismo». Su aceptación del texto bíblico, no solamente en su sentido moral, alegórico o simbólico, sino también en su interpretación de la génesis del ser humano –«Y Dios creó al hombre»– les llevó necesariamente a rechazar las nuevas corrientes del pensamiento científico.

Cuando fueron un número suficiente, dieron vida a diversos grupos militantes: primero la «Liga de América» y luego «Cruzada anticomunista». Estos grupos estaban perfectamente adaptados al marco del anticomunismo generado a partir del «Golpe de Praga» en 1948, pero siempre fueron a la zaga de organizaciones mejor dotadas desde el punto de vista doctrinal, como la «John Birch Society». A partir de los años 60, estos grupos fundamentalistas cristanos empezaron a parecer inadecuados para una sociedad que había descubierto la píldora, la minifalda, la liberación sexual, el rock y el movimiento hippy. A medida que se avanzó en la década de los 60, los grupos fundamentalistas, fueron perdiendo influencia y, por eso mis-mo, radicalizándose aún más. Ya no eran solo enemigos de los comunistas, sino de lo que ellos llamaban «criptocomunismo» que, en buena medida, correspondía a sectores que nada tenían que ver con el Partido Comunista ni con ninguna de las agrupaciones marxistas organizadas. Esta radicalización no contribuyó a aumentar su influencia. Aquellos años fueron de un crecimiento económico espectacular y, difícilmente, podría exigirse austeridad y rigorismo a una población que estaba degustando a placer las mieles del consumo y de una prosperidad económica innegable.

El fundamentalismo cristiano languideció a lo largo de toda la década de los 60 y solamente logró recuperarse a finales de los 70, cuando emergió gracias al fenómeno de los telepredicadores. Fue en ese momento cuando irrumpió Jerry Falwell y su «Mayoría Moral», pero también Bil Graham, Pat Robertson y Pat Buchanan. Su lenguaje era mucho más agresivo y directo, se agruparon en la «nueva derecha cristiana» que aportó el elemento más dinámico a la elección de Ronald Reagan. En 1989 se funda la Coalición Cristiana y unos años antes, el núcleo había dado vida a la Christian Broadcasting Network, una estación de TV especialmente dedicada al fundamentalismo religioso. El grupo decidió que el campo más adecuado para su acción era la política. Como hemos dicho, participaron decisivamente en la elección y en la reelección de Reagan, pero en 1988, Pat Robertson se presentó a la nominación como presidente y cuatro años después lo intentó Buchaban. Ambos fracasaron en su empeño. Podían influir en la sociedad… pero no dirigirla directamente.

Cuando subió al poder Bill Clinton, el grupo pareció languidecer de nuevo, pero se trataba de un espejismo. De hecho, al producirse el episodio Levinsky, tras la Coalición Cristiana que desempeñó lo esencial de la agitación, se encontraban Dick Chenney y Ronald Rumsfeld, mucho más diestros en el manejo de las campañas de alta política. Con Bush, los fundamentalistas tocaron de nuevo poder e impusieron a la administración un programa que el propio Bush compartía sin fisuras. Todos partían de la vieja idea de que los EEUU son la nación elegida por Dios, el nuevo pueblo elegido, los judíos de la modernidad, ideas que les llevaban a una mezcla de mesianismo enfermizo y unilateralismo exasperado, teniendo como trasfondo en política interior una reacción brutal contra el laicismo. Su programa exigía el retorno a la religión a la escuela, la protección de la familia, la lucha contra el divorcio, el aborto, la homosexualidad y el feminismo. El 13–S, Bill Graham resumió esta ideología llamando al «arrepentimiento» de los norteamericanos, sus pecados habían causado el castigo de Dios –los ataques del 11–S– si querían prevenir nuevos atentados debían aceptar el reinado de Dios, el arrepentimiento de sus pecados colectivos y… la defensa del derecho del Estado de Israel a existir en las fronteras conquistadas durante la «Guerra de los Seis Días» en 1967.

El «Destino Manifiesto» como referencia

Cuando estalla la guerra de independencia de los EEUU, Francia y España ayudan a los colonos. La ayuda española existió pero no es tan conocida como la de Lafayette o Beaumarchais. En aquel momento, España controlaba Cuba y Luisiana (un espacio muy superior al actual Estado de ese nombre que abarcaba desde el Golfo de Méjico hasta el Canadá, entre el Mississippi y las Montañas Rocosas. España facilitó a la rebelión de las colonias armas, medicamentos y víveres. El General Gálvez estuvo en esos días en contacto con las tropas de Washington. A decir verdad, España alimentó a la hiena que finalmente la devoró. Ya en 1818 se produce la invasión de Florida, perteneciente a España, desde donde los indios semínolas, realizaban incursiones en el territorio de EEUU. El presidente Andrew Jackson aludió entonces a «esos odiosos caballeros españoles». España, que en aquel momento afrontaba la rebelión de las colonias sudamericanas no pudo hacer nada para evitar la pérdida de Florida que, finalmente, fue comprada por cinco millones de dólares. En ese momento, esta expansión territorial respondía a un impulso mesiánico todavía no plasmado en declaraciones expresas. Aún habría que esperar casi treinta años para que las dos principales orientaciones de la política exterior norteamericana (todavía hoy en vigor) fueran enunciadas expresamente: la doctrina del Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe.

En 1840, John Louis O’Sullivan publicó un grupo de artículos cuyo tema central era «El Destino Manifiesto». Se justificaba la expansión americana en todos los continentes basándose en la doctrina racista de la superioridad racial.

Esta expansión se produjo en distintas oleadas tras el triunfo de la rebelión de las 13 colonias iniciales. Inicialmente, la expansión se orientó hacia el Oeste, entre Río Grande y Canadá. Fueron las «guerras indias» que abarcaron casi todo el siglo XIX norteamericano con distintos sobresaltos y con el paréntesis de la guerra civil en el que se formaron unidades indias, hecho significativo, que combatieron contra los nordistas. El procedimiento expansivo consistía en asentar colonos y luego provocar incidentes que terminaban con el exterminio o la expulsión de los indígenas. Mayor importancia tuvo la guerra contra Méjico, con la caída de El Alamo permitida por el ejército norteamericano para justificar la intervención posterior contra el vecino país al grito de «Alamo Revenge» (vengar el Alamo) que supuso la pérdida de 1/3 de su territorio. A partir de ese momento, EEUU fue un país transoceánico que abarcaba des-de el Atlántico al Pacífico y desde el Río Grande a la frontera canadiense.

La segunda oleada expansiva partió de las tesis racistas de John Fiske, Strong, Burgess y Mahan, en las que se sostenía el supremacismo anglosajón. La «raza anglosajona» y su lengua eran consideradas superiores a las de sus vecinos y a cualquier otra. Estos escritos, descaradamente racistas y que harían palidecer a los xenófobos del siglo XXI, prepararon la intervención en Centro América y la aparición de la doctrina Monroe que, finalmente, fue el centro de esta segunda oleada expansiva. La Doctrina Monroe, establecía que el territorio de América, ni del Norte, ni del Centro, ni del Sur, podía ser colonizada por europeos. O dicho de otra manera: «América para los americanos… del Norte». Durante este período el expansionismo tuvo como hitos principales los sucesivos intentos de invasión de Cuba a partir de mediados del XIX y la construcción del Canal de Panamá con el dominio efectivo sobre territorio panameño. En 1841 ya se produjeron dos locos intentos de invadir Cuba por parte de 150 aventureros de EEUU que partieron desde Miami. Poco después, el presidente Quincey Adams exponía que «Cuba caerá en manos de EEUU como fruta madura». Y en 1858, cuando se aproximaba la guerra civil, el «Manifiesto de Ostende», rubricado por tres diplomáticos norteamericanos destinados en Europa, reiteraba el derecho de apoderarse de Cuba si España no accedía a vender la isla. Luego vino la guerra civil, el proceso de reconstrucción, un momento en el que España todavía poseía una flota eficiente y disuasiva y el nacimiento de un fuerte sentimiento nacionalista en Cuba que impedía que la venta pudiera realizarse sin que conllevara la interrupción del proceso independentista de la isla. Así pues, los norteamericanos optaron por avivar la rebelión cubana. La flota española mostró su eficacia a la hora de detener un alto número de buques norteamericanos que enviaban armas y municiones a los rebeldes. En cada episodio, EEUU denunciaba que suponía un atentado al «libre comercio». Luego, EEUU intentó imponer un tratado comercial humillante para España con la intención confesada de defender los derechos de los inversores norteamericanos en la isla. A partir de 1887, EEUU decide que lo esencial de su expansión debe realizarse por vía marítima y, desde entonces, el poder naval de éste país empieza a superar al de España. En 1896, el presidente Cleveland dice ante el congreso que los EEUU deben intervenir en la isla, empleando argumentos tan absolutamente falsos y mendaces como los utilizados cien años después por George

W. Bush y sus altos funcionarios para justificar las intervencio-nes en Irak y Afganistán. Cuando es sucedido por McKinley le dice textualmente: «Siento profundamente, Sr. Presidente, dejarle la herencia de una guerra con España, que llegará antes de que transcurran dos años». En efecto, llega 1898 y con él la explosión del Maine tan extraña como cien años después ha resultado el atentado contra las Torres Gemelas.

Aún se produjeron otros dos impulsos expansivos. Asegurado el control sobre el territorio norteamericano (nueva frontera hacia el Oeste y guerra contra México), asegurado el control sobre el «patio trasero» (el Caribe y Centro America), los EEUU miran hacia Europa donde se encuentra, en las primeras décadas del siglo XX, el centro del capitalismo mundial. EEUU no pararán hasta vencer las reticencias aislacionistas de su población e inmiscuirse en la «guerra europea» que, con ellos, pasa a ser mundial. La siguiente vuelta de tuerca será, la intervención en la Segunda Guerra Mundial, la victoria, la recons-trucción de Europa a cambio de eliminar aranceles proteccionistas y tener a los países vencidos (Alemania y Japón) por meros protectorados durante décadas.

Finalmente, la caída del comunismo y la doctrina oficial del stablishment, suponía consagrar a la «hiperpotencia» norteamericana como una garante de la paz y la estabilidad mundial. O tal era la pretensión que debía realizarse mediante la globalización económica. Pues bien, en todo este impulso expansivo la doctrina del «destino manifiesto» ha sido siempre el eje central de la política norteamericana en función de la cual se justificaban las operaciones intervencionistas.

Esta tendencia hacia el «expansionismo» fue observado por Alexis de Tocqueville cuando escribió: «Mientras no tenga delante más que países desiertos o poco habitados, mientras no halle en su camino poblaciones numerosas a través de las cuales le sea imposible abrirse paso, se la verá extenderse sin cesar. No se detendrá en los límites trazados por los tratados, sino que desbordará por todas partes esos diques imaginarios. Cuando Tocqueville escribía estas líneas, lo hacía influenciado por el «espíritu de la frontera» que llevaba a los nacientes EEUU a extender la colonización hacia el Oeste. Tocqueville no percibió que la importancia futura de los EEUU derivaría de que, por primera vez en la historia, aparecía una nación capaz de unir el desarrollo del capitalismo con la construcción nacional. Esa combinación hizo que la frontera no se detuviera cuando los colonos llegaron al Atlántico sino que prosiguiera en los cuatro círculos de expansión que hemos definido.

En 1777, John Jay aseguraba que el norteamericano era el primer pueblo favorecido por Dios al tener ocasión de elegir su forma de gobierno. Sólo tres años después, Samuel Cooper aludía a la «misión providencial de EEUU de transformar gran parte del globo en asiento del conocimiento y la libertad». Por su parte, John Adams, quien reemplazó a Washing-

ton en la presidencia, explicó que los EEUU tenían como misión emancipar a toda la humanidad. Franklin aseguró que, también «la Providencia» había dado «un lugar de honor a los EEUU para luchar por la dignidad humana». Tom Paine, en la misma senda, recordaba a sus lectores que «La causa de América es la causa de toda la humanidad». El senador Albert Beveridge, en 1900, en un discurso explicaba: «Dios preparó al pueblo de los EEUU para ser dueños y organizadores del mundo (…) Dios ha elegido al pueblo norteamericano como nación elegida para iniciar al regeneración del mundo». Walt Whitman, a su vez, en 1846 escribió: «Nos encanta disfrutar con pensamientos acerca de la fu-tura extensión y poderío de esta república, porque con su crecimiento, crecen la felicidad y libertad humana». El economista Johan Galting era de la misma opinión cuando escribía:

«tenemos la obligación mesiánica de asumir aspectos divinos de omnipotencia, bondad y misericordia infinitas»…

Finalmente, el presidente Woodrod Wilson en 1902 expresó el mismo estado de espíritu con estas palabras: «En nuestro pueblo ha estado siempre presente una poderosa presión desplazándose continuamente en busca de nuevas fronteras y territorios, en la búsqueda de mayor poder, de total libertad de un mundo virgen. Es un destino divino que ha configurado nuestra política»…

Podríamos multiplicar las citas en la misma dirección que nos indicarían que la ideología dominante en EEUU, de la que George W. Bush y su administración se hacen eco es apenas una forma de mesianismo vigoroso, mezcla de ingenuidad, cinismo y alucinación mística que les «obliga» a ejercer el castigo para liberar a la humanidad de las garras del mal. Hemos seguido declaraciones mesiánicas que abarcan desde la fundación de los EEUU, de ahí que la última frase seleccionada fuera pronunciada el 8 de mayo de 1999 por el Fiscal General y Secretario de Justicia, John Ashcroft, hombre de nuestro tiem-po, que alude a las ideas de siempre con estas palabras: «Única entre las naciones, los EEUU han reconocido la fuente de nuestro carácter como cosa divina y eterna, no cívica o temporal. Como nuestra fuente es eterna, somos diferentes. No tenemos otro rey que Jesús…». Esta ideología ha estado siempre viva en la derecha estadounidense y ha sido evocada por George Bush, padre e hijo, muchas veces han hecho referencia a «nuestra superioridad moral» para justificar las intervenciones político–militares en cualquier parte del mundo. Declaraciones de este estilo no habría llamado la atención en otro tiempo, hoy, además de una muestra de subjetividad, es también la evidencia de una ignorancia histórica palmaria y rallana en el analfabetismo estructural.

De tal estado de espíritu deriva la doctrina del «destino manifiesto» formulada por el periodista John O’Sulivan justificando la anexión de Tejas, que llevó a la firma del Tratado de Guadalupe–Hidalgo. La idea es que los americanos tenían el derecho e incluso la obligación de expandir su dominio sobre el continente, ya que se consideraba que era la «voluntad de Dios». La formulación de O’Suivan venía en el momento adecuado: se trataba, por una parte, de justificar las «guerras indias» y el exterminio del pueblo indígena. De otra parte, tenía mucho que ver con el proceso de los países sudamericanos y centroamericanos por su independencia. La Doctrina Monroe se había anticipado en 1823, dos años después de que España reconociera la independencia de México. El concepto de Destino Manifiesto es la siguiente vuelta de tuerca de la misma política. En apenas cuatro años, a partir de 1840, los EEUU duplicaron su territorio nacional. Este empuje fue considerado como parte de un proceso inexorable querido por «la Providencia» e impulsó a O’Sulivan a formular su teoría según la cual esta expansión territorial era el «destino manifiesto» que culminaba en la «dominación de todo el continente». Luego se formularía la «doctrina Monroe» que consagraría esta tendencia. No todos los norteamericanos, ni siquiera todas las fuerzas políticas, aún aceptando la idea del «destino manifiesto», coincidían con esta tendencia expansionista; algunos pedían que se definiera el territorio que debía adquirirse y cuando lo decían estaban pensando en compras territoriales. Pensaban que los territorios limítrofes, contiguos a los EEUU, terminarían uniéndose a ellos voluntariamente: «caerían como fruta madura», decían. Pero la tendencia general de quienes enunciaron la abusiva teoría del «destino manifiesto» era a pensar en una expansión rápida aunque fuera a costa de emprender guerras de conquista.

La «Doctrina Monroe» y la teoría del «Destino Manifiesto» contribuyeron, a la consolidación de la conciencia nacional y la coherencia interna de los EEUU. Mientras la primera excluía a Europa de cualquier veleidad de estar presente en Centro y Suramérica, la segunda contribuía a justificar el recurso a la guerra. En la práctica, ambos principios siguen en vigor en nuestros días y constituyen lo esencial de la política exterior norte-americana.

O’Sullivan, dio la definición de lo que entendía por «Destino Manifiesto»: «Es nuestro destino manifiesto esparcirnos por el continente que nos deparó la Providencia para que en libertad crezcan y se multipliquen anualmente millones y millones de norteamericanos». En esa época, la balanza entre los Estados que estaban a favor de la esclavitud y los que estaban a favor del trabajo asalariado, se mantenía en equilibrio, pero la incorporación de cualquier nuevo Estado podría romperlo a favor de una u otra opción.

Las dificultades de la invasión de Nicaragua convencieron a muchos norteamericanos de que era necesario descartar la idea de una república transcontinental. Percibieron que si se dilataban excesivamente las fronteras y se integraban en ella contingentes con otra lengua y otra raza, se debilitaría la cohesión de los EEUU. Pero a mediados del siglo XIX, las nuevas tecnologías de la época aplicadas al transporte (los barcos de vapor) y a las comunicaciones (el telégrafo) parecían espectaculares. Ambos inventos fueron aplicados para mejorar la comunicación entre los distintos Estados de la Unión. En ese contexto cobró fuerza y peso la corriente «expansionista e intervencionista» que desde entonces siempre ha estado viva en los EEUU. Ciertamente, los EEUU tenían tierras desocupadas y no era preciso conquistar otras lejanas para dar asiento a nuevos colonos. Aunque los inmigrantes afluían sin cesar desde Irlanda, Alemania e Italia, los contingentes llegados no eran suficientes. En ese contexto apareció la corriente «expansionista» que tomaba como referencia algunas frases del segundo presidente de los EEUU, Thomas Jefferson, y proponía la adquisición o conquista sin fin de nuevos territorios para cumplir el «destino manifiesto». Esto, proseguían, serviría, no para debilitar la Unión, sino para que las generaciones futuras pudieran disponer de abundantes recursos económicos. Entre estos sectores se encontraban algunos teóricos del esclavismo de los Estados del Sur. Nuevos Estados, con nuevos esclavos, aumentarían el poder político de los Estados del Sur, pues, no en vano, tales Estados solo podían situarse al Sur, es decir, más próximos al área de influencia de lo que luego sería la Confederación americana. Sólo así, los EEUU podrían competir con el comercio británico, especialmente por el control de los mercados asiáticos, algo que estaba en mente de los expansionistas desde que fue arrancado a México el territorio de California y se podía contar con el puerto de San Francisco como base para la expansión por el Pacífico hacia Asia. La crisis económica de 1837 en la que un exceso de producción agrícola hundió los precios, dio nuevos argumentos a los expansionistas para que se buscaran nuevos mercados en el exterior y, para ello, había que disponer de bases en todo el mundo. Por esas fechas, Inglaterra era la pesadilla de la nueva nación, especial-mente en los Estados del Sur. En 1843, el Sur denunció que Inglaterra estaba promoviendo la abolición de la esclavitud en EEUU; acto seguido proclamaron la necesidad de incorporar a la República de Texas para asegurar los intereses de los terratenientes algodoneros del Sur. Fue así, como, poco a poco, la doctrina del Destino Manifiesto se fue convirtiendo en cada vez más agresiva y que hacía del «brazo militar» y del recurso a la guerra, los elementos tácticos más habituales para su realización.

La guerra contra México (1846–1848), hizo que los EEUU se apropiaran de California, Nuevo México, Texas. Luego, el proceso de anexión se decantó hacia la América ítsmica, dado que tras la «fiebre del oro» en California (1848), el territorio de Nicaragua adquirió importancia como ruta más corta entre los puertos del Atlántico y los del Pacífico. En esos años la ruta entre unos puertos y otros de la Unión se realizaba a través de Nicaragua. De ahí surgió la idea de construir un canal transoceánico que, finalmente, se haría realidad en Panamá. Los años 1856–1857 fueron de gran inestabilidad en la región, generada siempre desde los EEUU que no dudaron en romper el «pacto centroamericano» y facilitar discordias civiles en Nicaragua. El llamado «filibusterismo» estadounidense terminó dominando la región. En 1854, Francisco Castellón y Byron Cole en 1854, firmaron un contrato que permitía contratar mercenarios para que combatieran en Nicaragua a favor de los liberales y en su lucha contra los conservadores. Dado que en 1818 en Congreso de los EEUU había aprobado una «ley de neutralidad», William Walker logró que Castellón redactara el contrato indicando que los «mercenarios» debían colonizar el país, garantizándoles el mismo derecho que tenían en su país a portar armas. William Walker contó inicialmente con 58 «filibusteros» que, a lo largo de la guerra centroamericana, terminaron siendo 6000. Se trató de las primeras tropas norteamericanas que actuaron en el extranjero. Finalmente, Walker terminó conquistando la ciudad de Granada, convirtiéndose en el árbitro de la situación. A partir de ese momento, la política nicaragüense estuvo dictada por el aventurero al servicio de la administración norteamericana. Costa Rica comprendió que era la siguiente ficha del dominó centroamericano. El 20 de noviembre de 1855, el presidente don Juan Rafael Mora Porras proclamó: «Costarricenses: la paz, esa paz venturosa que, unida a vuestra laboriosa perseverancia, ha aumentado tanto nuestro crédito, riqueza y felicidad, está pérfidamente amenazada...». Walker respondió negando que tuviera ambiciones sobre Costa Rica y acto seguido mandó al coronel Louis Schlessinger, otro «filibustero», para que exigiera «una franca explicación sobre la política que ha estado observando Costa Rica con respecto del actual Gobierno de Nicaragua». Schlesinger, por cierto, no era coronel, sino cabo austríaco, perseguido en Alemania por desfalco y robo. La comisión no fue recibida por los dignatarios costarricenses lo cual fue tomado por Walker como una ofensa personal y le incitó a reclutar más filibusteros. En marzo de 1856, cuando la amenaza era innegable, el presidente Juan Rafael Mora Porras convocó a los costarricenses: «…¡A las armas! Ha llegado el momento que os anuncié. Marchemos a Nicaragua a destruir esa falange impía que la ha reducido a la más oprobiosa esclavitud. Marchemos a combatir por la libertad de nuestros hermanos…!». Walker resultó derrotado y con él la ambición de incorporar territorialmente Centroamérica a los EEUU.

El conflicto político–militar tuvo un carácter de lucha de «liberación nacional». No se opuso solamente al «filibusterismo», sino también y sobre todo, a la doctrina Monroe y a la teoría del «Destino Manifiesto». La guerra centroamericana de 1856– 1857 fue un percance inesperado en la política expansionista norteamericana, pero también supuso el primer choque evidente entre dos concepciones específicamente norteamericanas: la de los granjeros aislacionistas que no querían saber nada de aventuras internacionales y preferían no actuar, ni siquiera opinar, sobre los asuntos internos de los países vecinos, y aquella otra que no tenía empacho en manifestar claramente su voluntad intervencionista. A lo largo del siglo XX esta dialéctica «aislacionismo–intervencionismo» constituirá el eje central de las grandes aventuras históricas norteamericanas. Tanto es así que para resolverla, la clase dirigente norteamericana hubo de recurrir frecuentemente a la provocación. Fue así como se generó un «modelo histórico» (el «Motín del Té» de Boston) repetido desde las profundidades de la historia norteamericana hasta nuestros días (mentiras previas a la invasión de Irak).

En 1823, el presidente James Monroe lanza la doctrina que llevaría su nombre en el curso de un mensaje al Congreso. El derrumbe del Imperio Español, la emancipación de las colo-nias en sudamérica, había despertado las ambiciones inglesas. A continuación, EEUU intervino militarmente en 1824 en Puerto Rico, en 1845 y 1847 en México, en 1857 en Nicaragua, en 1860 en la provincia de Panamá y nuevamente en Nicaragua. La situación era tan alarmante que en 1847, Chile, Bolivia, Ecuador, Colombia y Perú se reunieron en Lima alarmados por este intervencionismo. Al año siguiente, estalló la guerra contra México. Pero no fue sino hasta la conclusión de la guerra de secesión norteamericana que los EEUU tomaron conciencia de su inmensa poder. En 1880, cuando la «conquista del Oeste» ya había concluido, el presidente Ulysses Grant no ocultó su proyecto de controlar la totalidad del continente: fue la política del big stick (palo grande) que llevó a las intervenciones militares directas, a la anexión de nuevos territorios o a la formación de «protectorados». El 15 de febrero de 1898 el acorazado estadounidense US Maine explotó en La Habana, pretexto que el presidente William McKinley utilizó para declarar la guerra a España. La culminación de lo que Theodore Roosevelt llamó «espléndida pequeña guerra», fue la conquista de Puerto Rico. En el Tratado de París del 10 de diciembre de 1898, España renunció también a Cuba y a las Filipinas. Cínicamente, en 1901, incorporó a su constitución la enmienda

Platt, aprobada por el Senado estadounidense en 1901, en virtud de la cual Cuba debía aceptar el derecho de intervención de EEUU para «preservar la independencia cubana y mantener un gobierno que protegiera la vida, la propiedad y las libertades individuales». «Con el fin de cumplir con las condiciones requeridas por Estados Unidos para mantener la independencia de Cuba y proteger a su pueblo, así como para su propia defensa el gobierno de Cuba venderá o alquilará a Estados Unidos el territorio necesario para el establecimiento de depósitos de carbón o de estaciones navales en algunos puntos determinados». Algo más de un siglo después, la base de Guantánamo sigue siendo testimonio ignominioso de esta política. Cuba pasó de depender de España a depender de EEUU que intervino militarmente en la isla en 1906, 1912 y 1917, siendo hasta 1934 un mero protectorado.

«En el hemisferio occidental, la adhesión de Estados Unidos a la doctrina Monroe puede obligarlo, en casos flagrantes donde se encuentre frente a determinada mala conducta o a determinada incapacidad, a ejercer, aunque se resistiera a hacerlo, un poder internacional de policía», tal era el corolario de la doctrina Monroe, enunciado en 1903 por Theodore Roosevelt. Con los mismos argumentos –el respeto a las «obligaciones internacionales» y «la justicia para con los extranjeros» (que enmascaraba intereses económicos e inversiones de EEUU), «aportar el progreso y la democracia a los pueblos atrasados», etc– los marines desembarcaron en México, Guatemala, Nicaragua, Colombia, Ecuador. En 1912, en un lapsus o quizás como muestra de la ebriedad que provoca el poder, el presidente Taft declaró: «Todo el hemisferio nos pertenecerá, como de hecho, ya nos pertenece moralmente, en virtud de la superioridad de nuestra raza», lo que traducido quiere decir que la defensa de la soberanía nacional de territorios que entran dentro del campo de aplicación de la Doctrina Monroe o que, por algún motivo, obstaculizan la realización del Destino Manifiesto, se convierten en una rebelión contra la potencia elegida por Dios. Evidentemente, no hace falta más excusa para masacrar tales obstáculos.

A partir de la primera concesión obtenida en Costa Rica en 1878, la United Fruit Company construyó un imperio bananero en la costa atlántica de América Central dotado con millones de hectárea. La goodwill (buena voluntad) de EEUU (el Tío Sam, diseñado con sombrero de copa, chaleco de estrellas y pantalón confeccionado con las barras de la bandera de EEUU) no puede ponerse en duda, en tanto que pueblo aliado de Dios que interviene diplomática y militarmente, con autoridad pro-pia, sin ningún control, en los asuntos internos de estas repúblicas, manifestando la voluntad divina que los guía, de la que la Doctrina Monroe y la teoría del Destino Manifiesto son su enunciado político. En Honduras, Estados Unidos interviene en cuatro ocasiones (1903, 1905, 1919 y 1924) para «restablecer el or-den» (entendiendo por tal, la defensa de los intereses de la United Fruit y de las compañías forestales y mineras de EEUU). En 1915, le toca a Haití; una fuerza al mando del almirante William B. Caperton, desembarca en Puerto Príncipe e impone una administración norteamericana. Lo mismo había ocurrido ocho antes antes en la vecina República Dominicana. Esta política del big stick, tiránica e intervencionista, se prolongará con el mismo cinismo hasta 1934 cuando Franklin D. Roosevelt la reemplazará por la del good neighbourhood (buena vecindad).

En los cuatro años siguientes, la Conferencia para el Mantenimiento de la Paz (1936) y la VIII Conferencia de los Estados Americanos (1938) reconocerán la soberanía de cada país del hemisferio Sur. Asegurado el dominio económico ¿para qué comprometerse a más? El pensamiento de la clase dirigente norteamericana, aspiraba en ese momento a una proyección, no sólo hemisférica, sino mundial.

Como hemos dicho, la rivalidad con Inglaterra para controlar los mercados asiáticos y el desenlace final de la guerra civil, hizo que los EEUU buscaran bases en el camino hacia el lejano Oriente. En 1893 reclamaron las Islas Hawai. El almirante Belknap lo justificó con estas palabras: «Parecería que la naturaleza creó ese grupo de islas para que fuese ocupado como puesto avanzado, por así decirlo, de la Gran República». Y el congresista Henry expresó en la misma línea: «Las queremos porque se hallan más cerca de nuestro territorio que de cualquier otra nación». Reclamaron el archipiélago de Hawai y lo obtuvieron. Una vez allí, miraron a Filipinas. El ex secretario Denby explicó: «Estamos extendiendo las ma-nos para tomar lo que la naturaleza nos ha destinado». El problema era que Filipinas no tenía ninguna relación de contigüidad con el territorio de los EEUU. No era problema, el senador Beveridge añadió: «¡Nuestra Armada las hará contiguas!». Y de Filipinas a la masa continental China. El propio Beveridge añadió: «las islas Filipinas son nuestra puerta de acceso a China». Antes, el comodoro Perry había forzado la puerta de Japón.

En 1902, Woodrow Wilson intentaba justificar este impulso expansionista aludiendo de nuevo a la doctrina del Destino Manifiesto: «Esta poderosa presión ejercida por un pueblo que se desplaza constantemente hacia nuevas fronteras, en busca de nuevos territorios, de mayor poder, de la total libertad de un mundo virgen, ha gobernado nuestro curso y como un Destino ha plasmado nuestra política». La realidad era mucho más prosaica: los EEUU, tras haber enlazado los dos océanos mediante ferrocarril y a través de la construcción del Canal de Panamá, después de haber agotado las posibilidades de expansión en el territorio americano, buscaron plasmar su mesianismo en el exterior. Las grandes crisis de la historia del siglo XX no son otra cosa más que el producto de los desajustes internacionales provocados por el expansionismo norteamericano. Fue así como el tiempo pasó.

El PNAC: o el «destino manifiesto» en el nuevo milenio

El «Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense» fue fun-dado en 1997 por un grupo de estrategas neoconservadores, la mayoría de ellos residentes en la capital federal. El objetivo confesado era «concentrar esfuerzos para preparar el nuevo liderazgo mundial de los EEUU». Esta voluntad no se oculta desde la primera frase del manifiesto fundacional: «la política exterior y de defensa estadounidense va a la deriva», así pues, de lo que se trata es de reivindicar «una política reaganiana de fortalecimiento militar y claridad moral». El objetivo fundamental de dicho proyecto es «liquidar la cuestión iraquí»… pero está claro que el proyecto va mucho más allá de este objetivo coyuntural.

El nombre original del grupo es The Project for the New American Century, más conocido en EEUU por sus siglas PNAC y cuyo nombre corresponde en castellano al «Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense». La declaración fundacional está firmada por influyentes figuras como Dick Cheney, Jeb Bush, Lewis Scooter Libby, Dan Quayle, Donald Rumsfeld, y Paul Wolfowitz. La mayoría de firmantes, habían pertenecido a las administraciones republicabas de George Bush y Ronald Reagan. Al PNAC no le gusta hablar sobre él mismo, pero cuando está obligado a hacerlo (era imposible que pasara desapercibido para los analistas minuciosos), le gusta presentarse como «un equipo de hombres experimentados en el ejercicio del poder» que forman «una organización educativa sin fines de lucro» y cuyo leit–motiv fundacional nadie en EEUU condenaría, pues sostienen «que el liderazgo de EEUU es bueno tanto para EEUU como para el mundo; que ese liderazgo requiere poderío militar, energía diplomática y compromiso moral». Su actividad pública se realiza mediante la organización de seminarios y conferencias y la publicación de documentos para explicar «lo que el liderazgo estadounidense entraña». Así mismo disponen de una web.

William Kristol, Presidente del PNAC

Oficialmente tienden a agrupar «voluntades de ciudadanos norteamericanos que apoyen una vigorosa política de implicación internacional de EEUU». Cuando alguien les pregunta sobre sus próximas actividades, suelen contestar que están realizando «debates útiles en torno de la política exterior y de defensa y el papel de EEUU en el mundo». Algo que, en principio, no parece excesivamente inquietante.

Sin embargo, cuando sabemos que su presidente es William Kristol, las cosas dejan de estar tan claras. Kristol era, entre otras actividades, asesor de la compañía Enron que protagonizó la quiebra fraudulenta más multimillonaria en la historia de los EEUU. De Kristol suele recordarse que era el «cerebro de Dan Quayle», vicepresidente de los EEUU con Bush. Kristol destacó desde entonces como politólogo (licenciado en Harvard) ultra conservador, profesor de Ciencias Políticas, actual consejero principal del ala neo conservadora del Partido Republicano de los Estados Unidos, periodista y director del semanario «Weekly Standard». En este semanario de circulación restringida y discreta, pero no por ello menos influyente, Kristol da cabida a Robert Kagan, otro de los estrategas así mismo influyentes, de la administración Bush, a quien ya hemos aludido. Su padre, Irving Kristol, había sido otro prominente conservador, editor de «Public Interest» que apoyó la campaña anticomunista del senador McCarthy. Junto con Norman Podhoretz fundaron el University Center for Rational Alternatives. Tras una breve estancia del joven Kristol en el Partido Demócrata, en 1976 pasó al Republicano y tuvo un cargo de segunda fila en la Administración Reagan, para ser luego el «cerebro de Dan», vicepresidente con George Bush. Cuando se desplomó la administración conservadora y subió Bill Clinton a la presidencia, Kristol pasó a la empresa privada.

Allí, en el mundo de las comunicaciones, conoció al magnate Rupert Murdoch el cual le financió su «Weekly Standard», a pesar de la escasa tirada y a las pérdidas que sigue generando. Fue ganando influencia en el partido republicano, especialmente a partir de 1994 cuando publicó su documento «Project for the Republican Future». Este trabajo y el apoyo de la Fundación Bradley le condujo a la Casablanca.

En su calidad de presidente del PNAC, una de las primeras actividades de Kristol fue solicitar a la Comisión de Defensa de la Cámara de Representantes un aumento de 100 billones de dólares para reforzar la defensa de los EEUU y mantener su presencia en el extranjero, para ello es preciso –siempre según Kristol, aumentar el presupuesto de defensa a un 3’5% (15 a 20 billones de dólares) mantener la capacidad nuclear disuasiva de los EEUU, aumentar en 200.000 hombres sus FFAA, modernizar el arsenal norteamericano, especialmente las FFAA, renunciar a algunos planes defensivos propuestos por la administración Klinton (y que coinciden con las propuestas de la Doctrina Rumsfeld), desarrollar el programa de la «Guerra de las Galaxias» (escudo antimisiles), controlar los espacios aéreos y el ciberespacio.

Hasta el 11–S, todas estas ideas no eran tomadas excesivamente en serio, ni siquiera en las altas esferas del Partido Republicano que seguía decantado por el viejo conservadurismo aislacionista moderado. El hundimiento del WTC hizo que los moderados se vieran privados de argumentos y debieran ceder a la nueva estrategia impuesta por los cerebros neoconservadores; los «halcones», a partir de ese momento, dominaron en la escena republicana y en la administración. Los Rumsfeld, Wolfowitz, Perle, Cheney y el propio Kristol, pasaron a constituir el núcleo duro de la administración Bush. El semanario de Kristol, la cadena Fox, el Instituto de Empresas Americanas presidido por Cheney y el PNAC, pasaron a difundir la campaña patriótica que ha proseguido desde los atentados del 11–S, deformando la autoría del crimen, lanzando constantemente amenazas de falsas alarmas de nuevos ataques e instigando la guerra contra Irak y la pasividad ante Israel.

Es importante recordar que sin los sucesos del 11–S el pro-grama del PNAC jamás habría podido pasar del estado de proyecto irrealizable. Son los atentados del 11–S y sólo ellos los que permiten «adelantar las líneas» norteamericanas, primero a Afganistán y luego al más importante Irak. Por que son las gentes del PNAC las que elaboran e imponen su línea política y sus objetivos a la administración Bush, la cual, sin ellos, sería en la actualidad, una administración huérfana de tutelas políticas y sin otra tutela ideológica que el conservadurismo furibundo y miope de los cristianos renacidos y los «reveren-dos» furibundos. En efecto, estos últimos aportan votantes, pero es el PNAC quien maneja el timón de la administración.

Por cierto, Kristol, es miembro del Consejo de Relaciones Exteriores, CFR, al igual que todos los miembros prominentes del PNAC.

Objetivo prioritario: «resolver» la cuestión iraquí

El suceso que motivó a los neoconservadores que fundaron el PNAC fue el fin de la Segunda Guerra del Golfo en Iraq. Con el poder de Sadam Husein debilitado, los neoconservadores creyeron que sería eliminado permanentemente. Por el contrario, el anterior presidente Bush animó a la oposición iraquí a alzarse contra el gobierno del Baas. Como su rebelión fue echada por tierra por el ejército iraquí, Bush ordenó al ejército de EEUU que no interveniera, eligiendo, al contrario, una estrategia de «contención» hacia Sadam.

En 1992, Paul Wolfowitz, entonces vicesecretario de Defensa, redactó un escrito sobre el futuro de la hegemonía norte-americana en el mundo y cómo podría prepararse para afrontar el final de la guerra fría. El documento, de carácter interno, tardó en filtrarse, pero, finalmente se supo que el centro de las reflexiones de Wolfowitz giraban en torno a la posibilidad de que surgiera un rival que sustituyera a la URSS. De ser así, era preciso que los EEUU estuvieran en condiciones de identificarlo, aislarlo y minimizar su poder. Este documento, en la práctica, está en el origen del manifiesto PNAC y será recordado en años venideros como el embrión de la doctrina que luego Bush aplicó desde la presidencia.

En septiembre de 2000 aparecía el documento del PNAC «Reconstruyendo las Defensas de EEUU: estrategia, fuerzas y recursos para un nuevo siglo» (a partir de ahora RAD, tal como es conocido en EEUU). Este documento se apoya en el de Wolfowitz y desde sus primeras flíneas reconoce esta paternidad: «un anteproyecto para mantener la preeminencia de EEUU, excluir la emergencia de una gran potencia rival y redibujar el orden de seguridad internacional de acuerdo con los principios e intereses estadounidenses». En síntesis, el documento rechaza los recortes en el gasto de Defensa y define la misión de los EEUU como una lucha contra «grandes amenazas de guerras múltiples y simultáneas». No hay que olvidar que, en esos mismos momentos, Ronald Rumsfeld había elaborado lo esencial de lo que en la época se conocía como «Doctrina Rumsfeld» y que iba en parecida dirección.

La Doctrina Rumsfeld

En el fondo la llamada «doctrina Rumsfeld» apenas es otra cosa que un programa para la modernización de las fuerzas armadas norteamericanas. Sin embargo, es evidente que una modernización en profundidad, debe de hacerse en función de los objetivos estratégicos a alcanzar. Y en este sentido, dicha doctrina no es sino, en última instancia, un programa que diseña la orientación en política exterior de la administración Bush. Hay en dicha doctrina elementos que conciernen exclusivamente a las fuerzas armadas, pero, en la medida en que dicho ejército es la punta de lanza de una política expansionista de carácter mundial, estamos ante una obra excepcionalmente clara y que en el fondo no es sino un desarrollo complementario y una actualización de la doctrina Brzezinsky, aplicada a las reorganización de las fuerzas armadas.

Desde la Segunda Guerra Mundial hasta prácticamente nuestros días, el Atlántico ha sido considerado prácticamente como un océano anglosajón y el centro del comercio mundial, como antes lo fue el Mediterráneo. No en vano, inicialmente, la OTAN orientaba su actividad hacia el Atlántico Norte. Sin embargo, Rumsfeld advierte que buena parte del crecimiento económico internacional se ha desplazado hacia el Océano Pacífico.

En esa zona se está concentrando una acumulación de fuerzas productivas sin precedentes en la historia. Pensemos en el coloso chino y en su crecimiento económico sostenido desde hace diez años, especialmente concentrado en Manchuria y en las zonas costeras de su Este, pensemos en los llamados «dragones asiáticos» o en el desarrollo discreto pero constante de Australia, en la costa Oeste de los EEUU, especialmente en California y en Chile, pensemos en el Japón, incluso pensemos en que el Pacífico es el Océano con mayores riquezas naturales sumergidas y con el menor índice de explotación lo que tendremos como resultado es que el eje de la economía mundial se está desplazando hacia el Pacífico y que, en cualquier caso, el crecimiento demográfico de aquella zona genera la posibilidad de abrir unos prometedores mercados que, además, están próximos a las fuentes de materias primas.

Pero la geografía del Pacífico, caracterizado por la dispersión de los territorios en islas más o menos pequeñas, salvo Australia y Nueva Zelanda, hace que se modifiquen los criterios militares. En efecto, en esas zonas las grandes acumulaciones acorazadas que serían efectivas en las planicies centroeuropeas, resultan completamente inútiles en las islas del Pacífico. Allí se trata de responder al desafío generado por grandes distancias y pequeñas islas. Por lo demás, lo más importante de esta estrategia consiste en reconocer que tras la caída de la URSS, la OTAN ya no puede ser la punta de lanza de las fuerzas armadas de EEUU y el frente de Europa Central carece de interés militar. A un nuevo teatro de operaciones corresponde la selección de un nuevo enemigo; este enemigo es China.

Durante los primeros meses de gobierno de Bush, esta doctrina fue puesta en práctica sistemáticamente. Aumentaron los vuelos de espionaje sobre China, hasta el punto de que uno de los aviones Awac resultó dañado y derribado. Los disidentes chinos del Falung–Gong y el Dalai Lama recibieron nuevos impulsos para predicar por todo el mundo las carencias de los derechos humanos en China. EEUU intentó mejorar sus relaciones con Rusia de cara a una alianza anti–China. China respondió facilitando tecnología antiaérea a Irak que evidenció su eficacia un mes después de que Bush jurase su cargo. Fue entonces, en uno de los rutinarios bombardeos sobre la «Zona de Exclusión», cuando los aviones norteamericanos percibieron una mayor capacidad de respuesta de las baterías antiaéreas irakíes.

El 11–S hizo que esta orientación anti–China se atenuara pero no completamente. La prioridad pasó a ser el control mundial de los recursos energéticos, en particular del petróleo. Pero la doctrina Rumsfeld siguió inspirando la política americana de defensa. La prueba es que Bush, en varias ocasiones, ha desmentido que China fuera «socio estratégico» de EEUU, sino que, con mucho más vigor que la Unión Europea, China tenderá a ser cada vez más un «competidor estratégico».

La estrategia de «lucha antiterrorista» generada por la administración Bush no debe hacernos olvidar que tal lucha es una mera excusa para adelantar las fuerzas de intervención norteamericanas allí donde existe un interés estratégico.

En este contexto, la «lucha antiterrorista» es un mero espantajo para operaciones tácticas menores (la invasión de Afganistán, el ataque contra Irak, las escaramuzas con Corea del Norte, etc.) que cubren el objetivo mayor: el aislamiento, y por tanto la neutralización, de China.

De hecho, puede entenderse la coexistencia de estos dos niveles de objetivos. Rumsfeld, cuando inició su teorización y Bush cuando la aceptó, se encontraron con la oposición del complejo militar–industrial que veía mermados en un primer momento sus beneficios. Rumsfeld, en efecto, lo que estaba proponiendo era una reducción de los gastos de defensa, proponiendo armamentos mucho más sencillos que los utilizados hasta entonces. Mientras que el Pentágono sostenía a finales del 2000 que su presupuesto debía casi duplicarse si se pretendía prolongar la hegemonía americana, Rumsfeld proponía justamente lo contrario: estabilizar el presupuesto de defensa, optimizando inversiones, precisamente para alcanzar el mismo objetivo.

En efecto, Rumsfeld desaconsejaba la construcción de nuevos superportaviones tipo Nimitz, joya de la corona de la US Navy, con un valor de 4.000 millones de dólares cada uno y 2.000 millones anuales en gastos de mantenimiento. Para el Secretario de Defensa se trataba impulsar la construcción de pequeños barcos lanzamisiles, extremadamente maniobrables e incomparablemente más baratos. La USAF, por su parte, debía autolimitar sus pedidos de cazabombarderos F–22 y cancelar proyectos excesivamente costosos (como el Joint Strike Figher que en el 2001 debería absorber 850 millones de dólares), mantenerse con el material actual y confiar en los nuevos UAV (aviones no tripulados) mucho más baratos, polivalentes y rentables.

Estas propuestas, y las limitaciones presupuestarias consiguientes, eran lo suficientemente audaces como para que el Pentágono y el complejo militar–industrial, pusieran el grito en el cielo. Fue entonces cuando se produjo el «providencial» ataque a las Torres Gemelas y se restableció la normalidad. Las «necesidades de la lucha contra el terrorismo» abrieron nuevos frentes bélicos: la modernización propuesta por Rumsfeld se realizaría sin que el complejo militar–industrial viera merma-dos sus beneficios: estos procederían del esfuerzo bélico, no de una mayor producción de las armas hasta ahora clásicas.

En su formulación pública la Doctrina Rumsfeld es extremadamente pesimista. Prevé que EEUU perderá progresivamente aliados, paralelamente al aumento de su poder. Las bases que hasta ahora ha podido utilizar sin excesivos problemas, puede que no estén a su disposición en tiempos venideros. Esto implica que las fuerzas armadas norteamericanas deben disponer de medios de largo alcance, tanto para trasladar tropas a los focos de conflicto, como para lanzar ataques con nuevas armas capaces de alcanzar teatros de operaciones lejanos.

La estrategia norteamericana se basa en retrasar al máximo posible su aislamiento militar internacional impulsando el fantasma de la «lucha antiterrorista» y adelantando sus líneas a los principales focos de interés estratégico. La excusa elegida tie-ne la virtud de ser aprovechada por otros actores para lograr sus propósitos: China aprovecha para aumentar la represión contra los musulmanes del sudoeste del país; Rusia, utiliza el mismo mensaje para combatir al independentismo chechenio sin que nadie se preocupe sobre la vulneración de los derechos humanos y de las leyes de la guerra

La excusa del antiterrorismo será, a fin de cuentas, utilizada para justificar cualquier ataque contra cualquier país del mundo pero no durará eternamente. Algunos servicios de inteligencia occidentales y muchos observadores políticas albergan las mayores dudas sobre los verdaderos inspiradores de los ataques terroristas del 11–S. Si hay que buscar al criminal entre aquellos a los que beneficia el crimen, es evidente que los atentados del 11–S solamente han servido a los intereses del expansionismo americano. En cuando a Bin Laden, más que de un terrorista islámico habría que hablar de un «cooperador necesario» en esta estrategia infernal que los EEUU ya utilizaron en Pearl Harbour, el Maine, Tonkin, etc.

La Doctrina Rumsfeld tiene la virtud de reconocer que el actual sistema de alianzas de los EEUU es producto de la Gue-rra Fría y ésta ha terminado, en consecuencia, las viejas amistades tienen menos sentido en el tiempo nuevo. De ahí que la administración Bush haya situado la redefinición del papel de la OTAN entre sus prioridades.

El documento RAD

El documento RAD insistía en la necesidad de que EEUU interviniera en el Golfo Pérsico asegurándose una posición indiscutible y preferencial. Para ello era preciso rematar el trabajo realizado en 1989–90 en Irak y derribar a Saddam Hussein: «EEUU ha buscado durante décadas jugar un papel más permanente en la seguridad regional del Golfo. Mientras que el irresuelto conflicto con Irak proporciona la justificación inmediata, la necesidad de una presencia importante de fuerzas estadounidenses en el Golfo trasciende la cuestión del régimen de Sadam Husein». Se volvía a insistir en lo escrito por Wolfowitz ocho años antes: «En la actualidad EEUU no tiene rival a escala global. La gran estrategia de EEUU debe perseguir la preservación y la extensión de esta ventajosa posición durante tanto tiempo como sea posible». Pero también se recogían algunas consideraciones sobre armamentos nuevos ya realizadas por Rumsfeld en su documentos; en efecto, se pedían «Nuevos métodos de ataque –electrónicos, no letales, biológicos– serán más extensamente posibles; los combates igualmente tendrán lugar en nuevas dimensiones: por el espacio, por el ciber–espa-cio y quizás a través del mundo de los microbios; formas avanzadas de guerra biológica que puedan atacar a genotipos concretos pueden hacer del terror de la guerra biológica una herramienta políticamente útil».

Lo más curioso de este documento es el «te lo digo para que no me lo digas» que incluye inopinadamente. En efecto, el documento RAD, bruscamente alude a que la transformación estratégica de los EEUU será difícil y «estará carente de algún suceso catastrófico y catalizado, como un nuevo Pearl Harbour». Por que para la administración Bush los atentados del 11–S fueron providenciales… tan providenciales que se diría que fueron buscados por alguien próximo a la administración. De hecho, la Comisión de Investigación estableció que la Administración Bush no hizo todo lo posible por evitarlos. El abogado de una de las víctimas, por su parte, presentó en septiembre de 2004 una denuncia en la que consideraba a George

W. Bush y a Condoleeza Rice como mandatarios del crimen.Sea como fuera, no puede decirse que la investigación sobre el 11–S haya llegado mucho más lejos de lo que fue la investigación sobre el asesinato de Kennedy. Y, por lo demás, los aspectos oscuros todavía no aclarados del crimen y de la investigación posterior, así como la irracional insistencia de que Bin Laden estaba refugiado en Afganistán (lo que justificaba una acción de rangers o marines contra el refugio de Bin Laden, pero no el bombardeo de todo un pueblo) o que mantenía contactos con Saddam Hussein (algo absolutamente falso), gene-ran sombras extremadamente densas sobre el crimen. Tras los atentados, en efecto, el PNAC urgió en otro documento al presidente Bush para que derrocara a Saddam Hussein.

Las líneas de trabajo del PNAC

En el año 2000, Kristol y 27 ex funcionarios de los presidentes Reagan y Bush (padre) elaboraron el informe «Reconstruir las defensas de EEUU» donde se proponen medidas para estabilizar la hegemonía norteamericana en el planeta. El documento inspiró el plan de Estrategia de Seguridad Internacional que George W. Bush) presentó pocas semanas después. De los 27 redactores del informe, seis eran también altos cargos de la administración (Wolfowitz, Eliot Cohen, consejero político de Donald Rumsfeld; Scooter Libby, jefe de asesores de Dick Cheney; Dov Zekheim, subsecretario de Defensa; Stephen Cambone, alto cargo de Defensa).

El proyecto para la creación de una «Pax global Americana», destapado por el Sunday Herald, muestra que el gabinete de Bush pretendía tomar el control militar de la región del Golfo, y ello con independencia de que Saddam Hussein estuviese en el poder. Dice: «Estados Unidos ha estado buscando durante décadas representar un papel más permanente en la seguridad regional del Golfo. A pesar de que el conflicto todavía no resuelto con Irak ofrece una justificación inmediata, la necesidad de una presencia sustancial de fuerzas armadas estadounidenses en el Golfo trasciende el tema del régimen de Saddam Hussein». Esta «gran estrategia estadounidense» debe ser puesta en marcha «tan pronto como sea posible en el futuro», dice el informe. Añade también que la «misión fundamental» de Estados Unidos consiste en «declarar y ganar de forma decisiva múltiples guerras simultáneas». Esto último es irrelevante… lo importante es la insistencia en que el PNAC deberá ponerse en práctica «tan pronto como sea posible». Hasta el 11–S no era posible. A partir de entonces, fue imparable. Es impensable que quienes diseñaron los atentados del 11–S no calibraran los contenidos del PNAC e ignoraran que, precisamente, su acción iba a servir como excusa esperada para aplicar el proyecto «tan pronto como sea posible».

El informe describe las fuerzas armadas estadounidenses en el extranjero como «la caballería de la nueva frontera estadounidense». Wolfowitz y Libby, especialmente, no podían ignorar que la Unión Europea y la Rusia en vías de reconstrucción, suponían handicaps para la dominación norteamericana, de ahí que propusieran que Estados Unidos debiera «impedir que las naciones industriales desarrolladas pongan en entredicho nuestro liderazgo o incluso aspiren a un papel regional o global más importante». Para ello era preciso reforzar la alianza con países europeos (especialmente con Gran bretaña y en segundo lugar con Aznar en España); eliminar a las NNUU de cualquier iniciativa de paz en el mundo que, a partir de ahora, debería ser propuesta y liderada por los EEUU; mantener la presencia en el Golfo Pérsico aun a pesar de que Saddam Hussein fuera derrotado o desapareciera; luego definen a Irán como nuevo enemigo de sustitución en la región. Y, finalmente terminar mencionando a China como rival geopolítico, lo que les lleva a proponer el aumento de la presencia en el sudeste asiático para conducir a que el «poder estadounidense y de sus aliados estimule el proceso de democratización en China»; es en este documento en el que se crea la ficción de que Irak posee armas de destrucción masiva y en el que se alerta sobre la necesidad de crear «fuerzas espaciales estadounidenses», para el dominio el espacio y el control total del ciberespacio, con vistas a impedir que los «enemigos» utilicen Internet contra Estados Unidos. Así mismo, el documento define el ámbito de lo que luego popularizará Bush con el nombre de «Eje del Mal» (Corea del Norte, Libia, Siria e Irán).

La nomenclatura de la élite neoconservadora

El documento fundacional del PNAC, fue firmado por un equipo de neoconservadores del entorno petrolero de los Bush y del CFR (cuyo presidente es precisamente George H.W. Bush, senior): Jeb Bush (hermano de George W., gobernador de Florida donde se decidió la victoria electoral de su hermano), Dick Cheney (vicepresidente), Gary Bauer, William J. Bennett, Eliot

A. Cohen (CFR), Midge Decter, Paula Dobriansky (CFR y Trilateral Commission), Steve Forbes (dueño e la revista Forbes), Aaron Louis Friedberg (CFR), Francis Fukuyama (CFR), Frank Gaffney, Fred C. Ikle (CFR), Donald Kagan (CFR), Zalmay Khalilzad (CFR), I. Lewis Libby (CFR), Norman Podhoretz (CFR), Dan Quayle (ex–vicepresidente de George Bush, padre), Donald Rumsfeld (CFR; actual secretario del defensa), Paul Wolfowitz (CFR, actual subsecretario de defensa), Peter

W. Rodman (CFR), Stephen P. Rosen (CFR), Henry S. Rowen (CFR), Vin Weber (CFR), George Weigel (CFR) y Douglas Feith (CFR). Obsérvese que la mayor parte de estos nombres están vinculados al núcleo straussiano. Por otra parte, el 25% del total está compuesto por antiguos trotskystas, también straussianos.

Dentro del marxismo, el trotskysmo es un género cuyos militantes siempre han tenido unos rasgos particularmente definidos y completamente distintos a otras sectas igualmente marxistas (maoístas, marxistas–revolucionarios, marxistas– leninistas, castro–guevaristas, cristiano–marxistas, revisionistas, eurocomunistas, etc.). En efecto, los trotkystas siempre se han caracterizado por sus estudios milimétricos sobre situaciones políticas concretas. Han tenido una particular tendencia a escindirse en capillas casi hasta el infinito, han insistido especialmente en el examen de las coyunturas internacionales y… en su mayor parte, sus dirigentes, han sido de origen judío aunque completamente secularizados. Por lo demás, el trotskysmo, es hoy un movimiento político muy minoritario, compuesto por chicos extremadamente jóvenes y unos cuantos gurús ya en la senectud o a poco de alcanzarla. ¿Y el resto? El recorrido de estos militantes ha sido siempre muy similar: en tanto que trotskystas, su actitud era irreconciliable con los partidos comunistas ortodoxos, tenidos como stalinistas o neo–stalinistas. Esto les llevó, o bien a infiltrarse en los Partidos Socialistas (Lionel Jospin, por ejemplo, era un antiguo trotskysta que llegó a jefe de gobierno, tras entrar en el PS como infiltrado) o bien a adoptar posturas, primero anticomunistas y luego… liberales. Hay entre los antiguos trotskystas una especie de inercia que les lleva siempre a aceptar el fatum al que les conducen sus reflexiones ideológicas… siempre y cuando se adapten a sus gustos o a sus intereses personales. De hecho, frecuentemente, los trostkystas tienden a ideologizar cualquier tipo de comportamiento que adopten…

El trotskysmo norteamericano, ha nutrido de militantes a todas las corrientes políticas norteamericanas: desde los sectarios de extrema–derecha agrupados en torno a Lyndon Larouche, hasta los caucus del Partido Demócrata, pasando, por supuesto, por los grupos neoconservadores y, en concreto, por el PNAC. Todo esto hizo decir a Michael Lind que

«Los intelectuales que más defienden el neoconservadurismo tienen sus raíces en la izquierda, no en la derecha».

Un 30% de los miembros iniciales del PNAC, corresponde a antiguos trotskystas. Pero hay otra característica que ya he-mos citado del trotskysmo: buena parte de sus cuadros políticos son de origen judío. Esto se cumple también en el PNAC y entre los círculos straussianos. Evidentemente hay cristianos… pero se trata de personas que no cuestionan las atrocidades cometidas por Israel en los territorios ocupados de Palestina y que, en cualquier caso, apoyan al sionismo y en especial a los partidos de la derecha israelita, con Ariel Sharon a la cabeza. Teniendo esto en cuenta puede comprenderse por qué gentes significativas del PNAC estuvieron siempre a favor de que Israel y en concreto el gobierno de Benjamín Netanyahu, rompieran los acuerdos de paz de Camp David. Tal era la orientación que Richard Perle aconsejó al primer ministro judío en 1996: «ruptura limpia». Perle en la misma comunicación a Netanyahu reconocía que tal ruptura era tanto más obligada desde el momento en que la administración norteamericana reafirmase su voluntad de aplastar a Saddam Hussein y, así, garantizar la seguridad de Israel. Para el PNAC la lealtad hacia EEUU se complementa por una lealtad hacia el Estado de Israel… lealtad no exenta de intereses muy materiales puesto que algunos como Perle y Wolfowitz representan intereses de compañías estatales judías (frecuentemente de armamento) dentro de los EEUU. Pero, además, esto enlaza con el eje central de nuestro trabajo: se trata de un sector convencido de que Israel era el «pueblo elegido» del Antiguo Testamento y los EEUU son el «pueblo elegido de la modernidad». A uno le corresponde velar por la seguridad del otro. Para ambos el Antiguo Testamento es un texto que dice explica como será el mundo futuro. De ahí que valga la pena seguir sus indicaciones, especialmente cuando alude a los signos del Apocalipsis y a la Segunda Venida de Cristo que reconciliará a judíos con cristianos y operará la conversión de Israel. Es importante destacar, como ya hemos hecho en otros lugares de esta obra, que la solidaridad de la Administración Bush hacia Israel va más allá de cualquier racionalidad y se trata de una conclusión a la que llevan distintos enfoques: de un lado los intereses estratégicos (Israel es el gran aliado de EEUU en Oriente Medio), pero también y sobre todo los lazos ideológicos y místicos que unen a la extrema–derecha israelí con la derecha neoconservadora norteamericana.

La malla neoconservadora

Dinero no falta. La Fundación Bradley aporta los fondos al PNAC a través del New Citizenship Project, Inc. El PNAC tiene su sede en Washington, en el edificio del Instituto de Empresa Americano (American Enterprise Institute), otro think– tank conservador. De hecho entre ambas organizaciones hay multitud de vínculos y personajes como Perle, pertenecen a ambos.

Así mismo, los miembros del PNAC suelen estar también adheridos a otros grupos de presión neoconservadores: el Hudson Institute, el Center for Security Policy, el Washington Institute for Near East Policy, el Middle East Forum, y el Jewish Institute for National Security Affairs. Pero, no nos engañemos, a pesar de que todos estos núcleos de poder estén entrelazados entre sí y aporten la totalidad de los cuadros de la administración Bush, no se trata de grupos particularmente numerosos. Son una élite completamente desvinculada del americano medio que ignora sus postulados en la medida en que los grandes medios de comunicación apenas aluden a la existencia de estos núcleos intelectuales. Ahora bien, estos núcleos están vinculados a una parte del poder económico y financiero de los EEUU. Es, por lo demás, lógico que petrole-ros, dirigentes del complejo militar–industrial, piensen en términos estratégicos y se vinculen a estos núcleos neoconservadores, como ayer, los miembros de organizaciones como el CFR o la Comisión Trilateral, lo hacían con núcleos fabianos y demócratas.

Es previsible que en el futuro se produzcan vuelcos importantes en la política norteamericana. Ya hemos dicho que no todos los republicanos comparten los puntos de vista del clan straussiano, neoconservador y belicista. De hecho un sector del partido republicano, de carácter moderado, ha denunciado, aúnque tímidamente, los riesgos de prescindir de los alia-dos en las iniciativas de política exterior, y especialmente, sobre la peligrosidad del déficit interior. Recuerdan que la OTAN todavía existe y que EEUU es altamente tributario de las importaciones de manufacturas europeas. Advierten sobre el rechazo que provocan las aventuras militares entre los europeos y abogan por el «uso racional» de la fuerza. Henry Kissinger, miembro de esta tendencia, sigue proponiendo un equilibrio nuclear, apoyado por otros representantes de la administración Bush, son James Baker, Richard Armitage, Anthony Zinni y Colin Powell, así mismo, republicanos moderados.

No hay que olvidar que los EEUU están ligados al antiguo «mundo libre» por distintos tratados: además de la OTAN, existen aunque en vida larvaria, el Tratado de Defensa Asiático o el Tratado Interamericano de Río, sin olvidar que el aventurerismo de la administración Bush está dejando inoperantes a las NNUU.

Cuando Donald Rumsfeld analizaba en el verano del 2002 el desarrollo de la campaña afgana –no sin ciertos tonos épicos–, aprovechaba para redefinir las prioridades de la política norteamericana coincidiendo en todo con los mentores del PNAC, si bien se añadían dos puntos, los finales, que insistían desusadamente en la protección de las redes de información y en la utilización de las tecnologías de punta para alcanzar mayor efectividad a los ataques de las FFAA. Ese año aumentó el presupuesto militar en todas sus partidas: defensa interior, armamento, investigación, presencia en el exterior, etc. Pero la principal novedad que se desprendió del análisis de Rumsfeld fue la propuesta de coordinación de todos los servicios de información e inteligencia en una sola estructura. Tal era la conclusión que Rumsfeld daba a su artículo sobre Afganistán: las guerras precisan un gran esfuerzo de inteligencia y por tanto hay que centralizar estas tareas, las nuevas tecnologías de la comunicación deben ser integradas en las FFAA de manera prioritaria, la defensa del territorio metropolitano norteamericano es fundamental, el transporte de tropas es decisivo y, finalmente, como concesión al sistema democrático, insistía en que «El pueblo de los Estados Unidos deberá ser siempre plenamente informado de estas nuevas políticas y estrategias».

Pero Rumsfeld calla muchas cosas, sin duda, más importantes: calla que el terrorismo islámico no es un riesgo para la seguridad ni para la estabilidad mundial, tan solo un obstáculo antidemocrático en determinados países del mundo islámico (concretamente en Arabia Saudí y Pakistán, y en mucha menor medida en Argelia, mientras que en Chechenia vive sus últimos coletazos y en Bosnia–Kosovo está, sino desmantelado, sí apaciguado, al igual que ocurre en Irán. En Asia Central se vive el fracaso del Islam radicalizado. Para concluir: cuando se produce el ataque del 11–S, el Islam fundamentalista vive una eta-pa de regresión. A poco que se examine cada atentado atribuido al «terrorismo internacional» se percibe con claridad que no existe una dirección terrorista universal, sino que cada atentado responde a circunstancias locales muy concretas… o muy misteriosas como para que puede buscarse a un responsable intelectual universal. Rumsfeld calla también que a EEUU le va a ser muy difícil reconstruir su red de alianzas, especialmente con Europa, territorio en el cual se ha comprobado que los costes electorales de las opciones proamericanas son de tal magnitud que hacen impensable pensar en que algún gobierno europeo volverá a repetir giros proamericanos como el de Aznar. Sin olvidar que ya no es Europa la que precisa de los EEUU para protegerse de la URSS –la Unión Europea vive el inicio de un idilio con el espacio ruso– sino los EEUU los que precisan de Europa porque es de ahí de donde proceden lo esencial de las manufacturas que alimentan su mercado de consumo interior. Olvida decir, finalmente, que a partir del ataque contra Afganistán resultó absolutamente evidente que los EEUU no admitían de sus aliados otra actitud que no fuera el sometimiento a su mando único, y que la campaña de Afganistán demostró hasta qué punto los «imperios» no tienen «aliados» sino «súbditos».

El «dios» de Bush: religiosidad a la carta

Tiende a decirse que Bush es un accidente en la historia de los EEUU y que, solo la fatalidad, la acción de grupos de presión minoritarios que se convierten en mayoritarios a causa del alto absentismo electoral de la población americana, y los extraños ataques terroristas del 11–S, han convertido en un fenómeno internacional. No es así. Bush no es un accidente en la historia americana, es la encarnación de las fuerzas socio–polí-tico–religiosas que han creado los EEUU. Antes que con G.W. Bush esas mismas fuerzas emergieron con Reagan, pero incluso en personajes tan distintos como Roosevelt o Carter, afloraban temporalmente con mayor o menor intensidad. En todos ellos, el mesianismo como destino histórico y misión de la nación americana, la simplicidad extrema y maniquea en los razonamientos y la existencia de un enemigo presentado inevitablemente como «eje del mal», ha hecho que la misma línea política emergiera una y otra vez. Si no hubiera sido con Bush habría reaparecido con cualquier otro presidente.

Ahora bien, hay que reconocer a George W. Bush la importancia histórica de haber descubierto un enemigo. Si bien el mérito no le corresponde a él, sino a sus analistas de seguridad y, seguramente, a sus servicios especiales, lo cierto es que, desde 1990, la hiperpotencia americana se había quedado sin enemigo. La caída del comunismo le sumió en una profunda desorientación que los Fukuyama y Huntington intentaron disipar, pero que contribuyeron a enmarañar un poco más las dudas del stablishment norteamericano sobre su enemigo. Los providenciales ataques del 11–S sirvieron para crear ese enemigo y, de manera aleatoria, para consolidar la presidencia de Bush que se basaba en una usurpación oligárquica y plutocrática, más que en la aritmética electoral.

En varias ocasiones, incluso en conversaciones privadas con dirigentes de distintos países, Bush ha reconocido que de no haber tenido su revelación personal de Cristo, en este momento estaría tirado sobre la barra de cualquier bar de Texas. Bush es un «cristiano renacido» y comparte absolutamente todos los postulados de esta corriente que ya conocemos. Si se prescinde de la naturaleza de estas creencias político–religiosas, se corre el riesgo de no entender absolutamente nada de la política exterior norteamericana. Ahora, con todo el bagaje que ya tenemos sobre los cristianos renacidos, comprendemos el por qué de la insistencia de invadir el territorio bíblico de Irak y la irracional y pertinaz persistencia en negarse a solucionar el conflicto árabe–israelí mediante el apoyo y el estímulo constante a las provocaciones de Ariel Sharon desde su irrupción en la explanada de las mezquitas (septiembre de 2000) hasta el asesinato por miembros del Mosad de un dirigente de Hamas radicado en Damasco, es decir, terrorismo puro y duro.

Lo que ocurre es que la América que ha heredado George

W. Bush es un país en quiebra en todos los terrenos. La socie-dad americana está sufriendo un proceso de fragilización que da la razón al antropólogo Melvin Harris cuando en 1982 afirmaba que EEUU está entrando en una guerra civil que será a la vez, racial y social y que, probablemente, siga al desplome de su economía a causa del desequilibrio en la balanza comercial. En 2003 aumentó la pobreza por segundo año consecutivo.

La tasa en el 2001 era de 11’7, al año siguiente pasaría al 12’1, esto es 34,6 millones de pobres con un aumento de 800.000 en apenas un año a los que hay que sumar 14 millones más en condiciones de extrema pobreza. El 16’7% eran niños pobres, esto es 12 millones, 400.000 más que en el 2001. Pero esto no ha sido lo peor. Desde el inicio del milenio se ha ido afianzando la distancia que separa a ricos de pobres: en 1985 una quinta parte de la población detentaba el 45% de la riqueza; en el 2001, habían acumulado ya el 55% de la riqueza. Solamente entre 1998 y 2001 la diferencia entre el 10% más rico y el 20% más pobre, hubo aumentado un 70% ¡en apenas tres años!

A pesar de ser un ex alcohólico, Bush y su administración han ido liquidando progresivamente programas sociales. En 2001, el propio Bush anuncio que la rehabilitación de alcohólicos y toxicómanos se realizaría, a partir de ese momento, no a través de programas de desintoxicación y reinserción social… ¡sino mediante la oración! Es previsible la catástrofe social que tendrá lugar en los próximos cinco años si se persiste en este insensato programa. La debilidad de la sociedad americana (la que detenta el mayor índice de analfabetismo real y estructural de todo el «primer mundo») se hará todavía más evidente y peligrosa. Al final del camino lo que espera a una política social de tal estilo es el desplome social. Pero hay más.

La sociedad americana, se ha dicho y repetido hasta la saciedad, es una sociedad extremadamente violenta. Doscientos millones de armas en manos de particulares generan una violencia inigualable en el espacio occidental. El 2002 volvió a aumentar la violencia y los delitos cometidos: 11’8 millones, un 2’1% más que el año anterior. La cifra de asesinatos es insoportable: 15.980 al año, 44 al día. El número de violaciones es igualmente significativo por lo extrema: 90.491 violaciones, 245 al día. Y esto en un país que se jacta de tener un sistema que enfatiza el castigo penal del delito… pues bien, ni aún así. En 2002 existían en EEUU, 2’1 millones de presos que representan una tasa desmesurada del 10 por 1000, diez veces más que en Europa. Ciertamente los afroamericanos que apenas representan el 13% de la población, aportan el 60% de los reclusos, dato a tener en cuenta. También en las tasas de pobreza los afroamericanos (después de 40 años de integración racial sin tregua) suponen el doble de la media nacional. Y en cuanto a la vigencia y generalización de la pena de muerte, tampoco ha aportado soluciones al aumento de la delincuencia. La relajación e impreparación de los tribunales ha hecho que desde 1973, un mínimo de 100 inocentes hayan sido ejecutados. El propio Bush firmó en Texas, cuando era gobernador, 152 ejecuciones. Y, sin embargo, ahí está sentado en el Despacho Oval de la Casa Blanca.

Pero Bush no ha llegado sólo a ese lugar. Hasta la llegada de Reagan al poder, los presidentes de los EEUU, más o me-nos, tenían a gala mostrar sus convicciones religiosas. A nadie se le escapa que Clinton tenía muy poco de religioso y no lo habría demostrado de no haber sido por el caso Levinsky. Cabe decir que todos los presidentes de los EEUU, son sinceramente creyentes o simulan tener creencias religiosas. Habitualmente quienes si tenían tales criterios eran los ciudadanos de base y la tensión religiosa estaba muy atenuada en la cúpula del stablishment, limitándose a ser una especie de atrezzo emotivo y sentimental en los discursos. Pero en las elecciones del 2000 todo esto cambia. Bush llega acompañado por una corte de intelectuales procedentes de la extrema–derecha conservadora ligada a los medios religiosos fundamentalistas y a los núcleos straussianos. Estos núcleos confluyeron con otros grupos de presión tradicionales en la política norteamericana: el complejo miitar-industrial, los petroleros y el lobby judío.

Mary Kaldor en su artículo «Irak: una guerra sin igual» (El País, 2 de abril, 2003) indicaba que «la Administración de EEUU ha sido secuestrada por un grupo de ideólogos

mesiánicos, que creen que pueden organizar el mundo según los intereses norteamericanos. Esta gente se compone de cuatro grupos que se solapan: individuos que participaron en la Administración Reagan y que sienten nostalgia de la lucha maniquea entre buenos y malos; representantes del complejo militar–industrial que saldrán beneficiados de la guerra y que han adoptado la fe en el poder militar; fundamentalistas cristianos de derechas; y defensores a ultranza de Israel». El historiador Gabriel Jackson, a quien ya hemos citado, reconocía en su artículo «La religión en la cruzada de Bush contra Irak» (El País, 24 de marzo de 2003) «la importancia de la cristiandad bíblica como factor más destacable de la opinión pública en los EEUU».

La «ideología» política de Bush hoy, como la de Reagan ayer, puede definirse en terminología europea como «reaccionaria». Intenta seguir el camino marcado por Bill Graham y Jerry Falwell, inmediatamente después de los atentados del 11–

S: revalidar la alianza entre Dios y su pueblo (EEUU) para queéste sitúe a los EEUU en el lugar que se merece como faro de las naciones. Volvemos a la doctrina del «destino manifiesto». Para ello, no es raro que el programa «social» que Bush pro-pone a la nación americana coincida en todo con el redactado por la Coalición Cristiana de Falwell: retorno de la religión a la escuela, protección a la familia, lucha contra el divorcio, el aborto, el feminismo y la homosexualidad. El gobierno Bush, evidentemente, no está formado «sólo» por fanáticos religiosos, pero estos si figuran entre sus rostros más conocidos. La revista «El Viejo Topo» recuerda que «La consejera de Seguridad Nacional, Condoleeza Rice, es hija de un predicador, el jefe de personal, A. Card, está casado con una ministra metodista, el secretario de Comercio, Don Evans, fue quien puso en contacto a Bush con la Biblia, el fiscal general, John Ashcroft, pertenece a un grupo extremista cristiano, lo mismo que el asesor Karl Rove. Un teólogo, Mike Gerson, escribe los discursos de Bush». Y el propio Bush fue ganado por los «cristianos renacidos» tras su experiencia con el alcohol y la cocaína.

En realidad, George W. Bush no ha hecho otra cosa que exasperar la doctrina Reagan, volverla más agresiva y directa y realizar «simulacros teatrales» de lo que Emmanuel Todd llama la «estrategia del borracho»: dar miedo, fanfarroneando ante actores muy secundarios frente a los cuales la victoria está asegurada (el régimen talibán, el Irak de Saddam, el gobierno coreano o castrista…). Diferente era la actitud de Reagan frente a la Unión Sovietica que, efectivamente, tenía un potencial destructivo equiparable al de EEUU y que no aparece ni por aso-mo en los «estados fallidos» (Estados que han fracasado en su intención de organizar a la sociedad de una nación y han caído en manos de redes terroristas o de delincuentes) y «estados terroristas» (Estados controlados directamente por terroristas y que fomentan el terrorismo), integrados en el «eje del mal» definido por Bush. Reagan hablaba del «Imperio del Mal» (el mundo comunista), Bush altera poco este concepto. «El Viejo Topo» termina su artículo explicando: «De la doctrina del eje del mal, con el cual no se negocia, derivan los rasgos característicos del equipo de la Casa Blanca: es dogmático en lo económico (ultraliberal) y en lo religioso (ultracristiano), inflexible con los enemigos, duro con los aliados si no son incondicionales (el odio a los tibios prescrito en la Biblia), prima la fuerza militar sobre la diploma-cia (que cumple el secundario papel de arreglar los destrozos, no de evitarlos) y subordina la legalidad internacional a la estrategia nacional (sirve si es útil al proyecto de reforma moral y de expansión económica de la Casa Blanca; si no, es legal lo que lo favorece al Gobierno de EEUU). Inspirándose en la Biblia, la Casa Blanca reordena el mundo, dicta las nuevas prioridades, las nuevas normas, las nuevas jerarquías y las nuevas alianzas. Así parece que Dios es el artífice del nuevo orden mundial y que el Gobierno norteamericano es un simple instrumento de su voluntad». Esta doctrina extraña y anómala, enloquecida, es una constante de la política norteamericana desde el período de los «Padres Fundadores».

El Destino Manifiesto en el nuevo milenio

Quien se cree instrumento de Dios tiene tendencia a creer que cualquier acción que emprenda está dictada por «la Providencia». Su enemigo es el «mal», así pues, cuando emprenda cualquier acción ofensiva, no será contra tal o cual país, sino contra «el mal» en general. Si uno representa al «Bien», está claro que su enemigo irreconciliable y con el que no cabe compromiso alguno es el «Mal. Y, por lo mismo, las dualidades derivadas de esta teología, tienen una fuerza increíble en su lógica absurda: el «Bien» es lo mismo que la «salvación», la «prosperidad», la «justicia». Y el «Mal», naturalmente, es su opuesto: perdición, pobreza, ilegalidad e injusticia. El concepto de justicia internacional no deriva de un acuerdo entre las naciones, sino de aquello que beneficia a la encarnación del «Bien» en este mundo, esto es, a los EEUU. ¿Cómo iban a negociar los EEUU su participación en un tribunal penal internacional si ningún país alcanza la naturaleza de «pueblo elegido por Dios»? A la elección providencial, sigue el desprecio por quienes no son tan apreciados por Dios, o simplemente son encarnaciones del Mal radical.

Por increíble que pueda parecer, toda la política exterior norteamericana está guiada por este principio simplista, que solamente unos ignorantes pueden tomar al pie de la letra. El maniqueísmo no se puede aplicar a cualquier actividad humana y mucho menos al gobierno de las naciones. Por otra parte, esa idea de que los EEUU son el «pueblo elegido por Dios»… es, absurda, surrealista, sino enfermiza. Los judíos del siglo VIII a. de JC podían arrogarse tal catalogación que no era esencial-mente diferente de los troyanos que se consideraban hijos de Apolo. Hoy estamos en el siglo XXI, los «cerebros pensantes» que rigen el destino de los EEUU, lejos de considerar la Biblia como un libro alegórico, simbólico y rico en parábolas en absoluto historicas, escrito por una tribu nómada entre otras muchas y que, básicamente no es muy diferente de toda la literatura religiosa que floreció en la misma zona en aquella época, han difundido la noción de que hay que interpretar el libro al pie de la letra, pero con una pequeña variación: si los judíos eran el pueblo elegido de la antigüedad, los norteamericanos lo son de la modernidad. Una idea tan absolutamente absurda difícilmente puede ser combatida y refutada. Quien la defiende es, pura y simplemente, carne de psiquiátrico. Pero hay que reconocer que los straussianos tenían razón: la combinación de nacionalismo y religión tiene tal fuerza de fanatización que puede neutralizar cualquier otra opinión contraria por racional y sensata que se muestre. Además, si en EEUU una idea así ha tenido éxito es por que se basa en la «tradición» derivada de los Padres Fundadores y que, como hemos visto, estaba ya implícita en los ideales de los primeros colonos del «Mayflower» y, de la misma forma que la Constitución, el sistema electoral y la obsesión fuera de toda discusión por llevar armas (por que así lo hicieron los granjeros que se emanciparon de Inglaterra en el siglo XVIII), son inamovibles contra toda lógica, así mismo, la autodesignación como «pueblo elegido» de la modernidad es igualmente intocable e indiscutible.

Por lo demás, si esa idea hubiera sido defendida sólo por granjeros y desheredados, no hubiera tenido más que cualquier otra rareza cultural, pero fue defendida por hombres de éxito de origen protestante y, más en concreto, calvinista, que constituyeron lo esencial de las «dinastías» económicas de los EEUU. En la tosca mentalidad norteamericana, rectificada por el calvinismo, la justeza de tal o cual persona viene dada por su éxito económico. El triunfo en «este mundo», garantiza que la persona en cuestión ha sido «tocada por la Providencia». Así pues, si un multimillonario cree que el «Mal» es el enemigo de América y que EEUU son el pueblo elegido de la modernidad… es que tales atrocidades le han sido inspiradas por Dios. Dios sólo puede estar del lado de los triunfadores. Y no hay triunfo más evidente que el económico. El triunfo filosófico, el triunfo moral, el triunfo científico… no son considerados más que si tienen un reflejo económico. Para el norteamericano medio, en la medida en que Aristóteles no disponía de una fortuna extraordinaria, su pensamiento hay que examinarlo con cierta reserva. ¿Y qué decir de la obra de Diógenes? No podía ser, desde luego, un tipo justo si vivía en un tonel…

El protestantismo introdujo algo que ha modelado hasta el tuétano la mentalidad norteamericana: el individualismo radical. Aplicado a la economía este principio hizo que las estructuras gremiales y comunitarias que aún subsistían en Europa en el período de la colonización, siempre estuvieran ausentes en el Nuevo Mundo. En el protestantismo, el ser humano está sólo frente a Dios y no tiene necesidad de la mediación de un sacerdote o de unos ritos para alcanzar la salvación eterna. A partir de la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, cuando la maldición bíblica incluyó la obligación de trabajar y ganarse el pan con el sudor de la frente, los protestantes norteamericanos, los calvinistas en concreto, consideran que la máxima eficacia en el trabajo es un deber y también, a cambio, la divinidad entrega un regalo: la fortuna. El proceso estudiado por Max Weber en su libro «Ética protestante y espíritu del capitalismo» lleva al individualismo primero y hacia una moral utilitarista luego.

Para la mentalidad americana lo colectivo es inexistente y lo único que cuenta es lo individual. La sociedad no avanza gracias a proyectos colectivos, sino a iniciativas individuales. Por lo mismo, una sociedad más justa y virtuosa no puede constituirse desde el Estado, es decir, desde lo comunitario, sino que es preciso que emerja de unos individuos que, tomados aisla-damente, sean todos ellos justos y virtuosos. No hace falta realizar ninguna alteración del sistema político, ningún cambio profundo en la sociedad, mucho menos una revolución: la sociedad virtuosa nacerá cuando todos sus individuos lo sean y lo hará, oh, maravilla de maravillas, automáticamente. Una vez más, el razonamiento es extremadamente tosco y no resiste el más mínimo análisis histórico: todos los protagonistas de la revolución francesa, casi sin excepción, eran justos y virtuosos… todos ellos, sin excepción, fueron responsables de la primera gran masacre de la Edad Moderna realizada bajo el imperio de la guillotina. Habitualmente, sabemos que el sueño de la razón produce monstruos y el de la virtud, simplemente, masacres.

Seguimos en el terreno de un mesianismo enérgico que resulta extremadamente peligroso cuando se aplica a la política internacional. En tiempos de la globalización todo es política internacional y economía. Y si hay algo universal, por lo demás, es «el Mal». No es extraño que la intransigencia norteamericana contra el «mal» se demuestre a través de una lucha de dimensiones universales. Todos los países, al decir de los neoconservadores, guerrean por egoísmo, venganza, odio o por la paranoia de sus dirigentes, todos, menos los EEUU. Cuando toman las armas para intervenir en tal o cual país, no lo hacen por defender intereses materiales, sino como acto misericordioso para liberar a los pueblos de sus opresores y realizar así el proyecto de orden que la Providencia quiere hacer triunfar en este mundo. EEUU ayuda al Bien a triunfar allí don-de sea necesario, con aliados, o si es necesario, en solitario.

Y, a todo esto, ¿qué es el «Bien»? todo lo que acerca al «estilo de vida americano». El «mal», por tanto, es todo lo que aleja de él. Ese estilo se manifiesta en tres planos: la política, mediante las democracias formales (EEUU, eso sí, decide a quien conviene entregarle el marchamo de democracia), el económico, mediante la aceptación de la economía de mercado (un mercado que debe ser libre y mundial, siempre y cuando no influya negativamente en la vida norteamericana) y, final-mente, el cultural a través de la aceptación de los productos culturales americanos y de la incorporación de la lengua ingle-sa. El «mal» está representado por quienes se oponen al mercado, quienes no tienen la partitocracia como forma ideal de gobierno y quienes obstaculizan la penetración de la cultura americana. Hay países que rechazan todo esto (Cuba, Corea, Irak, Irán…), a pesar de que no tengan relación unos con otros, son considerados como miembros de un mismo eje: el «Eje del Mal». He ahí al enemigo para los neo–conservadores.

La zafiedad congénita a las clases dirigentes americanas es cada vez más irritante. En marzo de 1983, Ronald Reagan, de visita en Orlando, explicaba de manera muy didáctica: «Los comunistas son el verdadero foco del mal. Quienes consideran la carrera de armamentos como un malentendido o los que no saben leer en los hechos de la historia la penetración del imperio del mal, se apartan de la lucha entre la verdad y el error, entre el Bien y el Mal. El pecado está presente en el mundo, y en las Escrituras el mismo Jesús nos ha pedido que nos opongamos con todas nuestras fuerzas a él». El mal era el comunismo, liquidado el comunismo hubo que esperar a los atentados del 11–S para que fueran los fundamentalistas islámicos, Bin Laden, Saddam Hussein, etc. Reagan era presidente de los EEUU, sin duda, durante ocho años fue el hombre más poderoso del mundo. Sin embargo, su opinión, como la de Bush, no era fruto de un pensamiento primitivo e personal, sino que era compartido por buena parte de la élite político–cultural–empresarial norteamericana. Pat Buchanan, aspirante frustrado a candidato presidencial en las elecciones de 1992 y aspirante a suceder al liderazgo moral de Reagan, había dicho: «Nuestra cultura es superior por que nuestra religión es el cristianismo. Y el cristianismo es la verdad. Y la verdad hace libres a los hombres». Cámbiese «cristianismo», por «islamismo» y se tendrá el reflejo especular de la locura fundamentalista norteamericana. Se diría que en este caso «Bien» y «Mal» son hijos de la misma matriz.

Los tiempos apocalípticos

Para los «cristianos renacidos» vivimos un período de grandeza desconocida hasta ahora. Por primera vez en la historia de la humanidad estamos ante la inminencia de una «segunda venida de Cristo». La «hoja de ruta» es el Libro del Apocalipsis de San Juan. En él se describen los signos que precederán el advenimiento de los tiempos crísticos.

Si hacemos referencia a este texto entenderemos perfecta-mente el interés de los EEUU por todo lo que ocurre en el Estado de Israel. Dice San Juan (o quien quiera que escribió este Libro) que Israel vivirá una «gran tribulación»… De he-cho, durante el gobierno de Clinton, los acuerdos de Camp David establecían las bases para una pacificación de la zona y la formación de un Estado Palestino que conviviera con el judío liquidando una situación enquistada durante cincuenta años. La realización de los acuerdos de paz hubiera liquidado de un plumazo la «tribulación de Israel». Era preciso que ésta se eternizara mediante la provocación que dio origen a la Segunda Intifada y la ruptura de los acuerdos de paz. En el momento de escribir estas líneas, 3000 palestinos y 1000 hebreos, han perecido víctimas de los sucesos desencadenados por Ariel Sharon en la Explanada de las Mezquitas con el apoyo explícito del entonces candidato Georges W. Bush.

El texto del Apocalipsis prevé la «conversión» de Israel. Algo a todas luces problemático, pero –dicen los neoconservadores– ¿acaso hace quince años podía creerse que la URSS iba a desmoronarse? La «conversión» de los judíos hará que el «pueblo elegido» de la antigüedad (Israel) y el «pueblo elegido de la modernidad» (EEUU), confluyan en un solo y mismo interlocutor con Dios. De ahí la importancia de sellar unas relaciones particularmente estrechas (como ninguna administración norteamericana ha establecido) con Israel. Además, desde el punto de vista estratégico, la batalla final de Armagedón, tendrá lugar en la llanura de Megido, por lo tanto, es preciso ocupar una posición preponderante en la zona para estar en buenas condiciones a la hora del conflicto. Caspar Weinberger, primer Secretario de Defensa con Reagan, ya había sostenido esta posición, y el propio Reagan añadió que

«Puede que seamos la generación que verá el Armagedón»

(The Guardian, 21 abril 1984). El periodista Rannie Dugger escribió en el «Washington Post»: «Los norteamericanos podrían preguntarse con razón si su presidente… está predispuesto personalmente, por obra y gracia de la teología fundamentalista, a esperar algún tipo de Armagedón que empiece con una guerra nuclear en el Oriente Medio (…) Si se produce una crisis en la zona y amenazada con convertirse en una confrontación nuclear, ¿cabría que el presidente Reagan estuviera predispuesto a creer que ve la llegada de Armagedón y que ésta es la voluntad de Dios». Reagan, durante la campaña de 1980 dijo textualmente: «Israel es la única democracia estable en la que podemos confiar en un sitio donde podría llegar el Armagedón» (The Observer», 25 agosto 1985). En 1983, Reagan volvió a afirmar que cuando leía a los profetas del Antinuo Testamento y «las señales anunciadoras del Armagedón», le resultaba difícil no pensar que la batalla se librase en la actual generación. El político californiano James Mills comentó que en una entrevista con Reagan, éste le habló abundantemente sobre sus concepciones en torno a la batalla final entre el bien y el mál. Reagan le dijo: «Todo está encajando. Yo no puede tardar mucho». En esas fechas, Jerry Falwell sostenía que la URSS era el adversario apocalíptico y que el Armagedón sería, inevitablemente, nuclear. Entrevistado por «The Guardian» en torno a un encuentro suyo con Reagan y si éste tenía a la profecía bíblica como cierta, dijo: «Si, en efecto. Me dijo, durante la campaña… «Jerry, a veces creo que nos dirigimos muy aprisa hacia el Armagedón ahora mismo». Nada ocurrió: la URSS se desplomó, no gracias a la «profecía» sino a la acción conjunta de causas internas y externas. Pero los conservadores, lejos de renunciar a esta teoría, lograron cambiar el adversario: con Bush, el Armagedón que precedería a la segunda venida de Cristo, no tendría lugar en un choque frontal contra la URSS, sino en el enfrentamiento contra el «eje del mal» que, sin duda, tendría lugar en las inmediaciones de valle de Megido, en la Palestina bíblica. La colina de Megido se encuentra a 24 km al sudoeste de Haifa.

La administración Reagan mantuvo ciertas discrepancias en su interior sobre el momento en el que se produciría la «batalla final». El exsecretario de interior de Reagan dijo al Sunday Times del 5 de diciembre de 1982: «No sé cuantas generaciones futuras podemos contar antes de que vuelva el Señor»... pero la administración Bush no opina lo mismo: será en esta generación. O al menos eso proclaman los fundamentalistas religiosos de su entorno, los Buchanan, los Falwell, los Graham. La hora ha llegado, luego se trata de mejorar las posiciones. Así pues, mientras que para los straussianos se trataba sólo de intervenir en Irak y Afganistán para evitar el advenimiento del «último hombre» y para crear una situación de tensión constante, para los «gentiles» (el entorno exotérico de los straussianos) Irak tiene la importancia de ser el territorio en el que desarrollaron buena parte de los acontecimientos descritos en el Antiguo Testamento: allí estuvo la Torre de Babel y el Paraíso originario, entre el Tigris y el Éufrates, allí fue donde el pueblo de Israel fue conducido al cautiverio en dos ocasiones y fue allí también en donde se encuentra la «Gran Prostituta de Babilonia», símbolo… del Anticristo que en el imaginario colectivo de los fundamentalistas religiosos norteamericanos se identificaba con Saddam Hussein.

El desarrollo de la profecía apocalíptica es lineal: Israel sufrirá «tribulación», será acosado y arrinconado por sus enemigos. Cuando se encuentre al borde de la extinción se convertirá al cristianismo y aceptará que Jesús el Cristo resultó ser, después de todo, el Mesías, también de Israel. Se sucederán epidemias, desastres y catástrofes naturales, serán los siete «sellos» que abrirá el Cordero apocalíptico y, finalmente, Cristo regresará para ponerse al frente de los suyos e inaugurar los tiempos mesiánicos que serán, en el fondo, los de la Pax Americana. Los «buenos» serán llevados con Dios, mientras que los malos –una vez más– resultarán destruidos. Entonces y, sólo entonces, la «historia terminará», con el triunfo universal de la democracia, del mercado y de la cultura americana en todo el mundo… El hapy end no puede evitar la sensación de locura apocalíptica y lo repulsivo de que sean precisamente élites que componen una parte del poder en EEUU, quienes hayan asumido un pensamiento tan rematadamente «mágico» y surrealista. Seguramente, los straussianos de estricta observancia se frotarán las manos: la mixtura recomendada de nacionalismo y religión genera horrores como el del fundamentalismo cristiano.

IV La otra componente del pensamiento americano

Hasta aquí hemos revisado las componentes del campo neoconservador. Hemos identificado los mitos fundacionales de la nación americana (su concepción de ser el «pueblo elegido de la modernidad»), las líneas estratégicas fundamentales del expansionismo norteamericano (la Doctrina Monroe y la noción del Destino Manifiesto), el núcleo central del neoconservadurismo (el grupo straussiano y sus dos think–tanks, el PNAC, el AIE) presente en la administración y, como éste núcleo de «filósofos» actúa sobre la opinión pública a través del grupo de «gentiles» presentes en los movimientos religiosos fundamentalistas cuya trayectoria hemos seguido. Pero éste es solamente un sector de la moderna América: el neoconservador. Queda el sector demócrata.

Es aquí donde encontramos a otro personaje, tan inquietante, como mínimo, como Leo Strauss y su cohorte: Ayn Rand.

Ayn Rand: del stanismo a las multinacionales

Sandor LaVey, fundador de la Iglesia de Satán, consideró a Ayn Rand como su principal fuente de inspiración. Vladimir Putin ha reconocido que en su mesilla de noche se encuentra «La Rebelión de Atlas», una de las más famosas novelas de Ayn Rand. Alan Greenspan, «señor del crecimiento económico», el hombre más poderoso de la economía norteamericana, fue amigo suyo y compartió todas sus ideas... como millones de lectores.

Cuando tres personas tan diferentes como LaVey, Greenspan o Vladimir Putin han leído a esta autora desconocida en España, eso implica que estamos ante un pensador influyente. De hecho se la ha considerado como la filósofa del capitalismo. A diferencia de Leo Strauss, a Ayn Rand no le interesa otra cosa más que el hecho económico. Es ahí en donde el «hombre superior» puede demostrar su valía en términos objetivamente mesurables. En su novela «La Rebelión de Atlas», escribe: «Que constituye el monumento al TRIUNFO del espíritu humano sobre la materia?...Las chozas roídas de insectos a orillas del Ganges o la silueta de los rascacielos Nueva York sobre el Atlántico?». Pero, al igual que Strauss, para Ayn Rand existe un «hombre superior», el empresario, es decir, aquel que arriesga y vence con su esfuerzo; escribe: «El hombre racional no quiere «lo no ganado», el hombre racional dice NO al sacrificio y SI al esfuerzo personal de uno mismo». El empresario, gracias a su triunfo, obtiene la mayor de las recompensas: «No hay valor MAS ALTO que la pro-pia estima», había escrito. Le resulta imposible e injustificable negar la codicia del beneficio («Quienes niegan el incentivo capitalista quieren como recompensa la nada»). La ausencia de beneficio supone para ella el hundimiento de cualquier forma de civilización y de cualquier ética que valga la pena asumir: «El culto al cero –símbolo de la impotencia– busca eliminar de la raza humana al héroe, al pensador, al inventor, al productor, al persistente, al puro. Para los apóstoles DEL CERO es como si sentir fuera humano y PENSAR NO. Como si fracasar fuera humano y no triunfar, como si fuera humano la corrupción pero no la virtud».

Los hijos de Homer Simpson van a una escuela de Springield que lleva el nombre de «Ayn Rand»... Hoy nadie duda en EE.UU. que se trata de la pensadora más influyente de los últimos 30 años. Su influencia se ha trasladado a los países nórdicos y es relativamente conocida en Alemania e Inglaterra. En España, los libros traducidos de Ayn Rand han pasado desapercibidos.

Una judía de San Pertersburgo

El 2 de febrero de 1905, cuando se cocía la primera revolución rusa, nació Alissa Rosembaun, hija de un matrimonio de burgueses judíos de San Petersburgo. Al cumplir 21 años, tras concluir sus estudios de Filosofía, obtuvo permiso para viajar a los Estados Unidos con la excusa de visitar a unos familiares. Jamás volvió.

Pocos meses después apareció en Hollywood. Cecil B. DeMille le ofreció trabajo como extra en una de sus primeras películas. Mas tarde accedió a contratarla como guionista. Fue entonces cuando adoptó el seudónimo «Ayn Rand».

En 1929 contrajo matrimonio con el actor Frank O’Connor. Su matrimonio duró los siguientes 50 años. En 1934 –fecha en que apareció «Los que vivimos»– empezaba ya a ser conocida como escritora. La novela resultó un fracaso, pero el carácter anticomunista del libro le dio cierto relieve. La consagración vino con «El Manantial» (1943). El director King Vidor lo convirtió en una película protagonizada por Patricia Neal y Gary Cooper que encarnaba al típico héroe americano redefinido por Ayn Rand, individualista y tozudo, que se resiste a variar sus principios.

En 1957 publicaría su novela más ambiciosa, «La Rebelión de Atlas». A partir de ese momento juzgó que ya había dicho todo lo que tenía que decir como novelista; de ahora en adelante no escribiría más que ensayos filosóficos que contribuirían a definir el objetivismo.

En el último tercio del siglo XX su fama fue creciendo en los medios intelectuales norteamericanos. Falleció en Nueva York el 6 de marzo de 1982.

La Rebelión de Atlas

«La Rebelión de Atlas» supuso un punto de inflexión en su carrera. Ciertamente, el éxito ya le era conocido cuando publicó esta extraña obra, pero su argumento logró seducir a la intelligentsia liberal americana.

El libro profetiza la decadencia de los EEUU debida al intervensionismo estatal. El país queda dividido en dos clases: la de los saqueadores y la de los no–saqueadores. La clase política y dirigente está formada por los primeros que piensan que cualquier actividad debe estar regulada y sometida a una fuerte imposición fiscal. Los segundos son los hombres emprendedores, los dirigentes políticos, religiosos y sindicales, los capitales de empresa y los intelectuales que piensan que la solución está justamente en lo contrario. De estos últimos, y más en concreto, de los patronos, surge un movimiento de protesta que se concreta en una huelga de empresarios acompañada de sabotajes y desapariciones. El líder del movimiento es «John Galt», a la vez filósofo y científico.

Galt, escondido en las Montañas Rocosas, dicta órdenes, sugiere iniciativas y mueve los hilos. Con el se refugian los principales empresarios. Durante el tiempo que dura la huelga y la desaparición de los empresarios, el sistema americano se hun-de bajo el peso del intervensionismo estatal. La novela termina cuando la patronal decide abandonar su escondite de las Montañas Rocosas de Colorado y regresar a Wall Street y a los centros de decisión; marchan encabezados por el dólar, símbolo que Galt ha elegido como símbolo de su particular rebelión.

Rand quería llamar a su novela simplemente «La Huelga»; el título de «La Rebelión de Atlas» fue sugerido por su marido. Se equipara al empresario al titán mítico que carga a sus espaldas los destinos del mundo. Cuando apareció la obra en 1956, llamó la atención lo osado del planteamiento. Hasta ese momento, ni siquiera en EEUU, nadie se había atrevido a realizar un planteamiento en el que los empresarios eran los buenos, el Estado el malvado y las masas ni siquiera contaban.

Para Ayn Rand, el hecho de que una huelga hunda en el caos a EEUU es el signo de que éste país no puede vivir sin su clase empresarial, que la política debe subordinarse a las necesidades de la economía empresarial y, finalmente, que es preciso volver al espíritu de los primeros colonos que se sublevaron contra Inglaterra en el siglo XVIII: lucharon contra el intervensionismo estatal y en defensa de sus derechos individuales. Lo que propone Rand es volver al origen de la tradición americana, solo que el «héroe» no es el granjero que se subleva contra los ingleses, sino el patrono que lucha contra el intervensionismo estatal y cuyo esfuerzo crea riqueza.

En poco tiempo se agotaron cuatro millones de ejemplares de la obra. A partir de ese momento sólo escribiría ensayos que profundizarían en las líneas apuntadas en esta novela, como «La virtud del egoísmo» que puede ser considerado uno de los manifiestos de la corriente filosófica inaugurada por Rand, el objetivismo.

Los fundamentos filosóficos del capitalismo

De la misma forma que Zbigniew Bzezinsky y su libro La Era Tecnotrónica constituyeron el manifiesto fundacional de la Comisión Trilateral que abrió la era de la globalización, la obra de Ayn Rand ha constituido el soporte moral de la intelligentsia neocapitalista mundial.

Desde principios de siglo hasta 1973, la élite de la alta finanza mundial había tenido al pensamiento de la Sociedad Fabiana como el núcleo ideológico de su interpretación de la realidad. En realidad, la Sociedad Fabiana, fundada en Inglaterra poco antes de la Primera Guerra Mundial, constituía un apéndice del Partido Laborista en Inglaterra y del Partido Demócrata en Estados Unidos. Había logrado impregnar a las élites capitalis-tas a través de sus centros de enseñanza, en particular de la London Economic School y de las Universidades Fabianas de EE.UU.

La doctrina fabiana era gradualista y altruista. Tal como el matrimonio Web, el novelista H.G.Wells, el escritor Bernard Shaw y otros destacados miembros de este grupo de poder teorizaron, era preciso mejorar las condiciones de las clases proletarias en las que adivinaban el núcleo central de consumidores del futuro. No en vano «proletario» deriva de «prole»; los proletarios serían pues, los que tienen mayor descendencia y hacia ellos tenía necesariamente que tender el capitalismo en un momento en que los problemas de mecanización y producción en cadena se habían resuelto.

Los dos ejes del «socialismo» fabiano consistían en llegar un régimen de bienestar para las masas trabajadoras a través de un proceso gradual de conquistas sociales que tendería a transformar al proletario en burgués. Para ello era preciso que el proceso fuera liderado por los detentadores del capital –los únicos que podían dar coherencia y viabilidad a un proceso de este tipo– y que éstos tuvieran la capacidad de imponer sus decisiones a los detentadores del poder político.

Este proceso se realizó por etapas. Inicialmente los dirigentes fabianos de ambos lados del océano crearon asociaciones en las que magnates de los grandes consorcios industriales y bancarios, los intelectuales orgánicos a su servicio y los políticos comprometidos con ellos, formaron grupos de presión: así surgieron el Instituto de Estudios Internacionales, el Consejo de Relaciones Exteriores, el Club de Bilderberg y, final-mente, la Comisión Trilateral.

Pero cuando Berzezinsky crea la Trilateral resulta evidente que el socialismo fabiano ya no responde a las necesidades del capitalismo de su época. Si los fabianos habían sostenido una especie de cínico despotismo ilustrado –«todo para el pueblo, pero sin el pueblo»– lo que se echaba en falta era, no tanto un proyecto global, como una norma moral para uso y disfrute de la intelligentsia neocapitalista; algo así como un basamento ético que tranquilizara las conciencias y diera senti-do a la vida de los magnates del capital. Y allí estaba Ayn Rand para ofrecerlo.

Había algo que jugaba a favor de Rand. A diferencia del socialismo fabiano que compartieron las élites financieras liberales inglesas y norteamericanas, Rand, lejos de cuestionar finalmente el sistema capitalista –como hacían los fabianos, los cuales creían que a través de la mejora del sistema capitalista se llegaría a un régimen más justo y a algo que, apenas sin darse cuenta, sería diferente del capitalismo– consideraba que el capitalismo era la mejor, sino la única forma racional y «objetiva» de guiar los destinos de la economía y de las comunidades humanas. «Lo merecido pertenece al universo egoísta y comercial del provecho mutuo», había escrito, no precisamente para censurarlo sino para identificar el valor central de su sistema: la necesidad del egoísmo.

«La recompensa para el individuo, según el objetivismo, es en esta vida y en la tierra y es mi propia felicidad. La recompensa de los místicos del espíritu será otorgada más allá de la tumba». Al igual que Strauss, a Ayn Rand le resulta imposible concebir la figura de Dios , pero a diferencia de él, no admite siquiera que la religión pueda ser beneficiosa para el «ser superior» en su necesidad de controlar a las masas; es despiadada en su crítica a la religión; había dicho: «Para la religión: lo que el hombre conoce no existe y lo que existe el hombre no lo puede conocer». Los ideales del místico son los contrarios a los del «egoísta»: «Los místicos se complacen del sufrimiento, de la pobreza, de la sumisión y del terror porque ellos necesitan la derrota de la realidad racional. Su ideal es la muerte». «La idea de Dios es la idea de un gran burócrata del Universo». Incluso las relaciones entre personas son para Ayn Rand una cuestión de calculadora: «No puede existir amor sin causa, amar es evaluar».

Pero donde Ayn Rand se muestra más alejada de las religiones es en el desprecio habitual con que éstas consideran al individuo: «Dios y las religiones en general, perdonan, sienten piedad y misericordia, pero jamás admiran al individuo. ¿La causa? Consideran al individuo como un ente carente de valores».

El egoísmo condujo directamente a la necesidad de que el capitalismo no perdiera de vista los valores que le dieron origen: el individualismo, la libre empresa, la voluntad de unos pocos de imponerse a la mayoría y guiarla, la abstinencia por parte del Estado de cualquier intervencionismo y una mezcla de egoísmo y altruismo que constituyen el polo ético de la norma moral propuesta por Aynd Rand. De hecho todo deriva del individualismo, primera ramificación del egoísmo: «Cada hombre constituye un fin en sí mismo, existe por sí mismo y la consecución de su propia felicidad constituye su más alto propósito moral».

Al igual que los fabianos del primer tercio de siglo, los partidarios de Ayn Rand se han organizado en círculos, escuelas e institutos con un propósito misional, educativo y militante. Extendidos, sobre todo por el mundo anglosajón, en apenas dos décadas han sustituido al pensamiento fabiano en la educación de las élites neocapitalistas. El hecho de que Alan Greenspan, presidente de la Reserva Federal y el presidente ruso Vladimir Putin, reconozcan públicamente su tributo con Ayn Rand es suficientemente significativo del impacto que tiene su pensamiento.

Objetivismo – egoísmo – satanismo

Aynd Rand llamó a su filosofía «objetivismo»; dijo de ella que era una norma de conducta para «vivir en la tierra». El nombre deriva de la intención de la autora de ver la realidad tal cual es sin prismas deformantes o apriorismos. Para Massimo Introvigne, director del CESNUR, entidad italiana que estudia

las nuevas religiones «el objetivismo es una filosofía política radicalmente individualista que hace apología del capitalismo y del hombre egoísta que, en lugar de sacrificarse para los otros, afirma –contra todos los obstáculos que constituyen el estatismo, el moralismo y las religiones– su absoluta libertad y que, obrando así, termina por construir una sociedad mejor y más libre para todos».

Rand igual que Strauss se define como atea, considera a la religión como una «forma primitiva de filosofía» y propone sustituirla por un «culto del hombre» como medio para «elevar al más alto nivel de las emociones humanas rescatándolas del barro del misticismo y dirigirlas de nuevo ha-cia su objeto propio: el hombre mismo». Rand proponía, al igual que los positivistas de principios de siglo, constituir un «culto al hombre».

Rand es perfectamente consciente de que el egoísmo en sí mismo puede desequilibrar completamente a la sociedad y precisa de una contrapartida capaz de equilibrarlo. Encuentra este contrapeso en el altruismo: «El altruismo considera al individuo como alimento para un caníbal...».

Todo esto enlaza perfectamente con los principios de la Iglesia de Satán y de Sandor LaVey en particular. Las Nueve afirmaciones Satánicas que forman la declaración de principios de la Iglesia de Satán están directamente extraídos de La Rebelión de Atlas, tal como ha demostrado George C. Smith, hoy miembro del Templo de Seth (una escisión de la Iglesia de Satán). La diferencia entre Rand y LaVey estriba en que mientras éste cree que es posible llegar a establecer el «culto al hombre» mediante el ocultismo y la magia, Rand propone hacerlo mediante la economía y la ciencia.

En una de sus obras «canónicas», La Biblia Satánica, LaVey propone una visión del mundo que debe todo a Rand y en menor medida a Nietzsche: LaVey exalta el egoísmo y el capitalismo, el orgullo del fuerte sobre las necesidades del dé-bil, la abolición de las religiones, las morales y la hipocresía. ¿Y Satán? Para LaVey, Satán no es sino el símbolo del «culto al hombre», en absoluto un personaje real (a diferencia de Michel Aquino y del Templo de Seth que si lo considera un ser personal).

Ni LaVey ni Rand se quedaron sólo en las teorías. Descendieron al terreno de la práctica. La vida y las andanzas de la Iglesia de Satán son suficientemente conocidas. Barbara Braden, biógrafa de Rand, ha facilitado datos para entender que ésta siguió por vías parecidas. Su objetivismo se tradujo en una «experimentación radical, comprendidos los planes sexual y familiar, a través de formas de poligamia y poliandria, en el seno del pequeño grupo que dirigía el movimiento político y literario que había creado».

Los discípulos de Ayn Rand forman hoy un pequeño grupo de poder, extremadamente influyente, del que Alan Greenspan es el principal exponente y que constituyen el alma ideológica de los movimientos que hoy tienden hacia el poder mundial, Club Bilderberg, Comisión Trilateral, CRF... en otras palabras: Rand ha renovado y actualizado el fundamento doctrinal del «iluminismo».

Conclusión: Ayn Rand, la otra parte del sistema

Lo que Leo Strauss es entre las élites neoconservadores, Ayn Rand lo es entre las élites neoliberales. Generalmente, se tiene tendencia a pensar que unos y otros responden a los mis-mos estímulos. No es así. Los neoconservadores de hoy, eran llamados a finales de los años 70, «dinero nuevo», mientras que los liberales se suelen identificar con los grupos neocapitalistas más salvajes, con las dinastías económicas norteamericanas, los Rockefeller, los Vandervil, los Morgan, etc, que, históricamente, han estado ligadas a los medios «fabianos».

Habitualmente, los seguidores de Ayn Rand se identifican con el pensamiento liberal norteamericano y se encuadran en el Partido Demócrata, como los de Strauss lo hacen con las alas extremas del Partido Republicano, unos con el neocapitalismo y otros con el neoconservadurismo.

En cualquiera de los dos casos, ambas escuelas de pensamiento han cuajado en núcleos organizativos discretos, informales, y restringidos a los que pertenecen lo esencial de las esferas de poder de EEUU. Ciertamente, hoy la masonería norteamericana sigue siendo la más numerosa de todo el mundo. Mientras en Francia e Inglaterra, en donde la masonería había tenido una situación privilegiada hasta hacer poco, las logias se encuentran en franca regresión; solamente en EEUU gozan de buena salud… a costa de haberse convertido en meros clubs sin gran importancia política, ni excesiva relevancia social. La masonería norteamericana jamás volverá a tener la influencia social que tuvo hasta el último tercio del siglo XX…

pero otras organizaciones «discretas» la han sustituido: straussianos, objetivistas…

Quienes rechacen cualquier forma de visión conspirativa de la historia, rechazarán de plano el papel jugado por estos grupos de influencia; para ellos, solamente cuentan los datos objetivos y las cifras macroeconómicas, es decir, lo evaluable y cuantificable. Pero los datos objetivos, en este caso, nos dicen también que los grandes personajes que ocupan los cargos más relevantes de la administración Bush pertenecen al círculo straussiano. Hemos visto también, como el culto a la «noble mentira», explica y justifica los engaños evidentes con los que la administración Bush ha desencadenado las guerras de Afganistán e Irak. Y, finalmente, a través de Ayn Rand, hemos podido acceder a las justificaciones que los «empresarios» dan a su poder.

Pero, por encima de todo esto, están los datos objetivos: la democracia americana, cada vez es menos democracia y más plutocracia. No son las masas, sino el poder del dinero el que determina las políticas en EEUU. Y las formas para llegar a la plutocracia son dos: a través de Leo Strauss para los conservadores o a través de Ayn Rand para los liberales. En realidad, ambos responden a la necesidad que tienen ambos grupos de disponer de bases teóricas sólidas que justifiquen su accionar.

La historia tiene también una dimensión subterránea. Desconocerla implica correr el riesgo de no comprender los procesos históricos. Esta dimensión subterránea opera a modo de infraestructura que determina decisivamente el papel y la orientación de las superestructuras. Si nos limitamos únicamente a analizar el desarrollo de las superestructuras, jamás entenderemos las razonas últimas que las mueven. De ahí los jalones que hemos seguido en nuestro estudio: la ideología de los Padres Fundadores de los EEUU y el papel jugado por la mesiánica masonería norteamericana entre la fundación de la nación y el último tercio del siglo XX. Hemos visto luego, como se forma-ron los grupos fundamentalistas religiosos y como, a partir de los últimos años 70, alcanzaron una relevancia notable. Y como, finalmente, en los años 90, fueron reconducidos por el núcleo de «filósofos» straussianos que asumieron el papel de motores del neoconservadurismo. Por último, hemos pasado una somera revista a la gran ideóloga del neocapitalismo, Ayn Rand que ha influido en el otro sector de poder.

Es posible que a partir de ahora tengamos mucho más claro cuáles son los motores ideológicos que operan en el tablero norteamericano. La rapidez con la que se desarrolla la historia de nuestros días induce a pensar que estas fuerzas no serán estables ad infinitum, y que serán sustituidos por otros núcleos de poder. Pero no sabemos cuando ocurrirá y ni siquiera si ocurrirá. Por otra parte, no puede desvincularse estos centros de poder de la crisis global que están viviendo los EEUU.

Estamos asistiendo al desmoronamiento de un país. El déficit de la balanza de pagos, la desertización industrial, la pulverización del ahorro, la dependencia absoluta de la economía norteamericana de la las inversiones procedentes del exterior, no dejan mucho lugar para el optimismo. Socialmente, la integración racial de los afroamericanos ha fracasado: las dos comunidades siguen siendo hostiles y estando separadas… a cuarenta años de la promulgación de las leyes de integración racial, nunca en la historia de los EEUU se ha estado tan distante del objetivo. De hecho, la situación del siglo XIX se ha reconstruido: los aborígenes de Norteamérica, vencidos y diezmados, han reaparecido con la inmigración mejicana. Éste núcleo mexicano, por lo demás, ha conseguido romper la unidad lingüística de los EEUU: hoy un mexicano ya no precisa hablar inglés para defenderse y encontrar trabajo en determinadas ciudades. La tasa de criminalidad y la delincuencia es absolutamente insoportable (más de dos millones de presos conforman la población carcelaria más grande del mundo). En cuanto a sus fuerzas armadas, han demostrado su incapacidad para con-quistar y controlar el terreno de los conflictos: ciertamente, el poder tecnológico de las FFAA norteamericanas no tiene igual, pero todo se basa en bombardeos estratégicos, y en el absurdo concepto de «guerra sin muertes»… En el momento en que cesan los bombardeos y es la infantería quien tiene que tomar el control de los territorios, se muestran todos los problemas que afectan al ejército norteamericano: pesadez burocrática, rigidez, excesivo peso de la logística sobre los núcleos operativos. Todo esto sin olvidar las tasas de analfabetismo estructural que en EEUU superan las de cualquier otro país del hemisferio occidental. EEUU viven al día. Crecidos desde los orígenes en la idea de que en su territorio existen unas fuentes inagotables de riqueza, es incapaz de entender lo que representa el deterioro del medio ambiente o la escasez energética.

La sociedad norteamericana es frágil. Cada día más frágil. Su absentismo creciente de la política, su tosquedad cultural, el economicismo inherente a su escala de valores, determinan su debilidad y su fragilidad. El pensamiento neoconservador de Leo Strauss y el pensamiento neoliberal de Ayn Rand, intentan afrontar una nueva situación histórica en la que hacen falta seres de hierro capaces de guiar a la «nación elegida por Dios» (a ambos, estructuralmente ateos…) para mantener su hegemonía mediante el recurso al titanismo.

Pero, al igual que la URSS se desplomó interiormente, los indicativos empiezan a alertar sobre la posibilidad de que nuestra generación vea también el hundimiento del poder america-no. Éste ha comenzado. Enfrentarse a Estados profundamente subdesarrollados (Afganistán) o a micropotencias de tercera fila (Irak), asumir el papel de portaestandarte de una extraña «lucha contra el terrorismo internacional», evidencian que EEUU, lejos de estar en la cúspide de su poder, ha iniciado ya la pendiente de la decadencia: por que, con o sin elecciones, Afganistán dista mucho de estar pacificado y en cuando a Irak, el país entero bulle en la insurrección contra el ocupante. Y, a todo esto, Bin Laden, goza de buena salud. Si de algo puede hablarse, no es de éxito precisamente.

Sumario

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Indice

El mito de la Tierra de la Muerte ............................. 11
La «Nueva Atlántida» ............................................. 14
La colonización del Paraíso .................................... 16
la revolución americana exportada .......................... 20
El origen de la masonería americana ........................ 22
triunfo del ideal masónico ....................................... 24
finales del siglo XX .............................................. 29
El extraño mundo de los «filósofos» ........................ 35
Leo Strauss: un pensamiento inquietante ..................................... 35
Cuando la Verdad es peligrosa ............................... 38
La «noble mentira» ................................................. 41
La Guerra, nuestra Madre ...................................... 45
De Princeton a los telepredicadores ........................ 70
en el nuevo milenio ................................................. 87
«resolver» la cuestión iraquí .................................... 90
La Doctrina Rumsfeld ............................................. 91
El documento RAD ................................................ 96
Las líneas de trabajo del PNAC ............................. 97
La malla neoconservadora .................................... 102
Los tiempos apocalípticos .................................... 116

141

143

145