Marcelo Quiroga Santa Cruz
El intelectual y su tiempo
Por Roberto Bardini
1. Los antecedentes 
Luis de Velasco fue virrey de Perú de
“Son intolerables el
trabajo y vejaciones que padecen los indios en las labores de minas, labranzas,
crianzas y trajines de este Reino del Perú y se van acabando porque todo el
trabajo se carga sobre los miserables [...]. Muchos mueren y otros huyen
abandonando tierras, mujeres e hijuelos. Desde el Cuzco a Potosí están los
villorrios despoblados y casi no se ven indios”.
Los historiadores coinciden en que la
expedición de Gonzalo Pizarro a Perú, en 1540, le cuesta la vida a 2.500
cargadores quechuas. El lomo de las dóciles llamas de los Andes no soporta el
peso de tanto mineral. La carga, entonces, se transporta en las espaldas de los
nativos. Un día, un español tiene la idea de utilizar mulas. El mantenimiento
del animal resulta un poco más caro que el de un indígena, pero aguanta más y
no se le ocurre fugarse o, mucho menos, rebelarse.
La plata nace matando. En Huanchaca (“Puente de las penas”), a fines del siglo
XIX trabajan 10.000 quechuas que son propiedad de los dueños de la mina. De 400
niños nacidos anualmente, 360 mueren antes de los tres meses[1].
A lo largo de todo el siglo XX
persisten en Bolivia prácticamente las mismas condiciones de trabajo de la
época virreinal. Es un país rico con un pueblo pobre.
[…] Para comprender la realidad boliviana […] es
preciso tener en cuenta los orígenes de esos pueblos situados entre los 400 y
los
En este país y en estas circunstancias nace, se
forma, lucha y muere asesinado el intelectual, periodista, docente
universitario y dirigente político Marcelo Quiroga Santa Cruz, fundador –junto
con otros camaradas de su generación– del Partido Socialista Uno (PS-1), un
hombre que también padeció la cárcel y el exilio. Entre su nacimiento en 1931 y
su violenta muerte en 1980, desfilaron por el Palacio Quemado treinta
presidentes, juntas de gobierno y dictadores. A dos décadas y media de su
desaparición, Bolivia continúa debatiéndose en la misma encrucijada política,
económica y social que impidió su despegue como nación en el transcurso del
siglo XX.
Lo que sigue es la
crónica del tiempo que le tocó vivir a ese hombre.
Los “barones” del estaño
El siglo XX comienza con un hecho decisivo para la economía
de Bolivia. En 1900, Simón Patiño descubre la veta de estaño más rica del mundo
en la mina La Salvadora, ubicada en Llallagüa, departamento de Potosí, a más de
Esa
fecha fatídica marca el inicio la “era del estaño”. A principios de 1910,
Bolivia ya es la segunda productora de ese metal a nivel mundial. Poco más de
diez años después, tres hombres pasan a ser conocidos como los “barones del
estaño”: Simón Patiño, Carlos Víctor Aramayo y Mauricio Hochschild. Este trío,
que acumula ganancias fabulosas y exhibe un estilo de vida propio de maharajás
de la India, maneja durante décadas los resortes económicos y políticos del
país. A cambio sólo le dejan a los bolivianos “socavones en los cerros,
enfermedades en los cuerpos y frustraciones en el alma”[4].
Los tres registran sus compañías fuera del país. La Patiño Mines Enterprices Consolidated Inc. se inscribe en Delaware (Estados Unidos). La Compagnie Aramayo de Mines en Bolivie se constituye en Suiza. SAMI, de Hochschild, lo hace en Argentina y Chile. Pero la barata mano de obra es, desde luego, nativa. Cincuenta mil mineros mal alimentados destrozan sus pulmones en el oscuro interior de las montañas y determinan con su trabajo el valor de todas las exportaciones de Bolivia, mientras casi tres millones de indígenas quedan excluidos de la economía. “Los grandes capitalistas de la minería sostenían que pagaban los salarios más altos de Bolivia, pero eso era muy relativo: efectivamente, eran los más altos en el país de los salarios más bajos del mundo. A la inversa, las utilidades de la Patiño Mines eran en valores absolutos las más altas del mundo. Estas utilidades se fundaban en la desnutrición, la silicosis, la mortalidad infantil, el hacinamiento en chiqueros y cuevas con nombre de viviendas y un salario máximo que no llegaba ni a 20 dólares mensuales”[5].
Patiño instala en Catavi
la mina Siglo XX, la planta concentradora más grande del mundo. Con
En diciembre de 1942, los
trabajadores de Siglo XX se declaran en huelga. Patiño solicita telefónicamente
al presidente militar de turno que le ponga fin como sea, pero rápido. El 21,
el ejército ataca a 8.000 mineros que están con sus esposas e hijos. Nunca se
supo cuántos hombres, mujeres y niños murieron ese día. Oficialmente se informa
que hubo 19 muertos y 40 heridos. Pero días después un oficial relata que cerca
de 400 cadáveres fueron enterrados sin identificar las tumbas para que no se
pudieran contar las víctimas. Los trabajadores pedían un aumento del cien por
ciento. Luego de la masacre, el patrón les concede el 15 por ciento.
De los tres “barones”,
sólo uno alcanza el título de “rey del estaño”: Patiño, nacido en Cochabamba en
1860, ex embajador en España y en París.
Se cuenta que cuando el
escritor Augusto Céspedes presenta su novela Metal del diablo al concurso convocado por la editorial Reinhardt,
de Nueva York, los familiares del “monarca” minero quieren comprar los
originales para quemarlos. Céspedes (1904-1997),
nativo de Cochabamba y conocido como “El chueco”, es abogado,
escritor, periodista y diplomático. Entre sus
libros se cuentan Sangre de mestizos,
La vida del Rey del Estaño, Un regalo de los incas, El dictador suicida e Imperialismo y desarrollo.
El autor replica con
ironía: “Si de verdad están interesados
en conocer la novela, mejor se compran toda la edición una vez que esté impresa”.
El libro se publica en 1946 y al año siguiente cientos de ejemplares son adquiridos
y arrojados al fuego por orden del gobierno de turno, deseoso de satisfacer los
deseos de la millonaria familia Patiño. En abril de
1947, bajo el título “Bolivia. Quema de libros”, el semanario Time informa:
“En el
campus del exclusivo Colegio Inglés Católico de La Paz, las niñas con uniforme
azul marino y largas medias negras cantaron y danzaron alrededor de una fogata.
Sus profesores las miraban y aprobaban sonrientes ese acto de fe. Autores en el
fuego: Anatole France, Goethe, Maurice Maeterlinck, Víctor Hugo, Alejandro Dumas,
Blasco Ibáñez y Augusto Céspedes, autor boliviano de la novela Metal del diablo contra el Barón del Estaño”[6].
Dos décadas
más tarde, el escritor Sergio Almaraz describirá las aberrantes condiciones de
vida de los trabajadores subterráneos, que contrastan dramáticamente con el
suntuoso estilo de sus patrones:
Hay que conocer un campamento minero en
Bolivia para descubrir cuánto puede resistir el hombre. ¡Cómo él y sus
criaturas se prenden a la vida! En todas las ciudades del mundo hay barrios pobres,
pero la pobreza en las minas tiene su propio cortejo: envuelta en un viento y
frío eternos, curiosamente ignora al hombre. No tiene color, la naturaleza se
ha vestido de gris. El mineral, contaminando el vientre de la tierra, la ha
tornado yerma. A los cuatro o cinco mil metros de altura, donde no crece ni la
paja brava, está el campamento minero. La montaña, enconada por el hombre,
quiere expulsarlo. De este vientre mineral el agua mana envenenada. En los
socavones el goteo constante de un líquido amarillento y maloliente, llamado copajira, quema la ropa de los mineros.
A centenares de kilómetros, donde hay ríos y peces, la muerte llega en forma de
veneno líquido proveniente de la deyección de los ingenios. Al mineral se lo extrae
y limpia, pero la tierra se ensucia. La riqueza se troca en miseria. Y allí, en
ese río, buscando protección en el regazo de la montaña, donde ni la cizaña se
atreve, están los mineros. Campamentos alineados con la simetría de prisiones,
chozas achaparradas, paredes de piedra y barro cubiertas de viejos periódicos,
techos de zinc, piso de tierra; el viento de la pampa se cuela por las rendijas
y la familia apretujada en camas improvisadas –generalmente bastan unos cueros–
si no se enfría, corre el riesgo de asfixiarse. Oculto en estos muros está el
pueblo del hambre y de los pulmones enfermos... [7].
Simón
Patiño muere a los 86 años en el Hotel Plaza, uno de los más lujosos de
Argentina, el 20 de abril de 1947.
En
la última etapa de su vida, para evitar problemas con el numeroso servicio
doméstico, se había convertido en un bien cotizado huésped de los mejores
hoteles en distintas ciudades del mundo. Cuando en 1940 la Segunda Guerra
Mundial lo sorprende en París, se traslada al Waldorf Astoria, de Nueva York.
Al terminar el conflicto, se instala en el Plaza, de Buenos Aires. Desde allí
ordena la construcción de un castillo francés estilo siglo XVIII en el valle de
Tunari, a
Al viejo patriarca lo
sucede su hijo Antenor, nacido en Oruro en 1896, un hombrecillo de baja
estatura y aspecto indígena, que sufre de ictericia.
El heredero del trono se había casado en 1931 con la duquesa de Dúrcal, María
Cristina de Borbón y Bosch-Labrus. Un cronista de sociales de la
República Dominicana describió al sucesor a través de viejas fotografías:
“Nunca
olvido una foto de Antenor Patiño, indio boliviano chiquito y jipato, bailando
con su señora, blanca, rubia y alta, con cara de evidente fastidio, en París. Nunca
olvido otra foto de una de sus hijas, casándose con un arruinado vizconde
francés, con el tino de desposarse con una multimillonaria latinoamericana,
ella en busca de abolengo y él de los millones que justificaran su ejercicio de
clase”.
Entre 1957 y 1961, el
nuevo rey del estaño ordena edificar en la región de Estoril, en Portugal, un palacio
con vista al mar en medio de
Antenor Patiño fallece en
Nueva York, en 1982. Como su padre, muere a los 86 años y fuera del país que
contribuyó a empobrecer mientras él se enriquecía.
Luego de la
nacionalización minera en 1952, Patiño, Aramayo y Hochschild continúan beneficiándose con las
astronómicas indemnizaciones recibidas y, además, con la fundición en Europa de
los minerales que Bolivia produce en bruto. La división internacional del
trabajo le asigna al país la función de simple productor de materias primas,
sobre todo de estaño, que es su principal contribución a la economía mundial. Todavía
en la década del ‘70, el 86 por ciento de las exportaciones corresponde a
minerales y, dentro de ellos, el estaño representa el 77 por ciento.
En torno al estaño ha girado y gira aún la economía
nacional. El capitalismo no ha tenido mayor interés en instalar industrias en
un país donde es más fácil obtener grandes utilidades con el trabajo de la
simple extracción minera, sobre todo cuando se cuenta con una mano de obra de
bajo costo.
Pero el estaño no beneficia a los bolivianos. Siendo un
país monoproductor […], la economía boliviana depende casi en su totalidad del
extranjero. El estaño sólo ha hecho de Bolivia un país miserable, donde el
ingreso per capita es de 100 dólares
al año, el déficit de calorías y proteínas alcanza el 40 y 53 por ciento
respectivamente, la mortalidad infantil el 33 por ciento y el analfabetismo
llega al 70 por ciento de la población.
Casi se puede afirmar que los bolivianos comen estaño. La
minería boliviana en su conjunto, pese a su gravitación económica no ocupa más
de 40 mil obreros. En efecto, la población mayoritaria boliviana es campesina
(65 por ciento) y está distribuida en tres zonas de características geográficas
y climatológicas totalmente diferentes[8].
La
guerra del Pacífico (1879-1883) enfrentó a Chile contra Bolivia y Perú. La guerra
del Chaco Boreal (1932-1935) desangró a Paraguay y Bolivia. Como resultado de
las dos contiendas, Bolivia perdió sus costas oceánicas al oeste y tres cuartas
partes del territorio chaqueño. La cesión del Acre amazónico, después de que
Brasil la invadiera en 1904, completó el desmembramiento del país.
La llegada del abogado
Daniel Salamanca al gobierno, en 1931 –el año en que Marcelo Quiroga Santa Cruz
nace en Cochabamba– marca a hierro y fuego el destino de Bolivia. Ministro de
Hacienda en 1904, fundador en 1915 de la Unión Republicana –que congregó a los
principales movimientos liberales– y también creador del Partido Republicano
Genuino en 1921, Salamanca cree que el país debe redimirse en el
Chaco. Después, con el aval del Parlamento, el mandatario convoca al general alemán Hans Kundt,
veterano del frente ruso en la Primera Guerra Mundial, y lo nombra comandante
en jefe del ejército. El militar, de formación prusiana, a partir de 1911 había estado varias veces en Bolivia con la misión de
modernizar a las Fuerzas Armadas.
La disputas por el Chaco
Boreal, una región árida y despoblada, se remontaba a 1879. El origen del diferendo
era netamente geográfico, porque nunca se habían establecido los límites correspondientes.
Pero cuando la empresa Standard Oil, de Nueva Jersey, descubre petróleo en
Bolivia y la holandesa Royal Dutch Shell lo encuentra en Paraguay, surge un
nuevo y decisivo componente bélico que hasta entonces no existía: los intereses
energéticos de las compañías transnacionales. La
guerra del Chaco adquiere una connotación aún más dramática: la Standard
Oil apoya a Bolivia y la Dutch Shell a
Paraguay, dos repúblicas cuyos pueblos no tenían fuertes rivalidades y que,
además, eran las más pobres de América del Sur.
La guerra tiene su antecedente en la pugna
interimperialista anglo-norteamericana que se manifiesta por la disputa del
petróleo chaqueño por parte de la Standard Oil y la Royal Dutch Shell, pero es
la Gran Depresión de 1929 lo que lleva a una situación insostenible para la
economía boliviana, por la caída del estaño, la que empujará a los gobernantes
hacia el conflicto armado.
[…] Buscando una salida al típico estilo reaccionario,
Daniel Salamanca lanzó la consigna de “pisar fuerte en el Chaco” y pese a estar
exhausto el erario fiscal, al colmo de pagarse con bonos a los funcionarios por
la carencia de circulante, se propuso llevar a cabo una ambiciosa y costosa
campaña de penetración militar en el Chaco, como jamás había sido vislumbrada
por un presidente boliviano.
Fue Salamanca quien deliberadamente llevó a la nación
boliviana a la guerra, contra la opinión adversa de su propio Alto Mando y a
pesar de la falta de iniciativa de los paraguayos[9].
El conflicto estalla en
junio de 1932. Los enfrentamientos se desarrollan en un territorio yermo y con
altas temperaturas, a cuyas duras condiciones no se aclimatan los indígenas
quechuas y aymaras del frío altiplano boliviano reclutados como carne de cañón.
La calurosa región, con matorrales secos y espinosos, se conoce como el
“infierno verde”. Hay pantanos, que son caldo de cultivo de enfermedades, pero
faltan ríos. Para encontrar agua potable es necesario cavar profundos pozos en
la tierra reseca. Además, desde la retaguardia resulta difícil enviar
provisiones. Mientras las grandes potencias se disputan el petróleo de la zona,
los indígenas mueren de sed.
Los militares bolivianos
habían tenido instructores alemanes y los paraguayos recibieron entrenamiento
de franceses. También se da la curiosa circunstancia de que alrededor de 50
oficiales chilenos, emigrados de su país por las convulsiones políticas de
principios de la década del ‘30, se ponen a las órdenes de Bolivia. Algunos
analistas militares ven el conflicto armado del Chaco Boreal como una reedición
suramericana de los enfrentamientos en las trincheras europeas de la Primera
Guerra Mundial (1914-1918).
El general Kundt es
eficiente como instructor dentro de los férreos moldes germanos y, como comandante,
muchas veces encabeza los ataques. Además, a diferencia de la mayoría de sus
pares suramericanos, se preocupa por el bienestar de los soldados. Pero como
estratega resulta un desastre. Por empezar, no toma en cuenta que en el Chaco
casi no existen caminos: cuando dirige el avance, las tropas bolivianas deben
abandonar sus camiones y marchar a pie. Después, acostumbrado a una guerra de
posiciones, no sabe enfrentar las tácticas de guerrilla paraguayas. Además,
insiste en ataques frontales contra puestos bien resguardados, lo que casi siempre
concluye con devastadoras pérdidas en sus propias filas. Cuando logra
arrebatarle un reducto al enemigo, se aferra al terreno sin tomar en cuenta que
sus agotadas fuerzas no podrán recibir víveres ni municiones. Una calle de La
Paz lleva el nombre de Kundt. Hay quienes bromean que debería existir una
avenida con su apellido en Asunción.
Entre
agosto y diciembre de 1933, el general paraguayo José Félix Estigarribia
contraataca y causa a Bolivia los peores estragos de la guerra. En una ocasión,
dos divisiones bolivianas completas –7.500 hombres– son derrotadas. Apenas
logran salvarse 3.000 soldados al mando del general Enrique Peñaranda. Las
tropas del país andino retroceden casi
El 27 de noviembre de
1934, Salamanca viaja a Villamontes, donde está el cuartel general de retaguardia.
Allí es arrestado en los primeros días de diciembre y destituido por los
desmoralizados jefes militares. Bolivia queda acéfala mientras avanzan las
tropas paraguayas. El vicepresidente José Luis Tejada asume la presidencia en
enero de 1935 y enjuicia a la Standard Oil por vender clandestinamente petróleo
a Paraguay. Mientras tanto, las fuerzas de Paraguay sitian Villamontes. Una
comisión internacional integrada por representantes de Argentina, Brasil,
Chile, Colombia, Perú y Estados Unidos comienza a intermediar en el conflicto.
Cuando el 14 de junio de
1935 se decide el alto al fuego, los adversarios salen de sus trincheras y corren
a abrazarse en la tierra de nadie. Los cadáveres de 100.000 hermanos han
quedado en los campos de batalla, en cuyo subsuelo se cree que está el petróleo
que ambicionan los hombres de negocios de Nueva Jersey y Amsterdam.
El enfrentamiento con
Paraguay representa para Bolivia una enorme pérdida en vidas y dinero. El país
gasta casi 50 millones de dólares en tres años y, con menos de tres millones de
habitantes, tiene 65.000 muertos. Del lado paraguayo, pierden la vida 35.000
hombres. Los soldados de uno y otro bando han combatido en una guerra que no
era suya y dieron grandes muestras de valor. Muchas veces los debilitados
prisioneros bolivianos fueron aplaudidos a su paso por las calles de Asunción.
Tres años después del armisticio, un tratado de paz otorga a Paraguay la
mayoría del territorio disputado, con excepción de las áreas que podrían
contener grandes reservas de petróleo, lo que no es el caso. El pacto se firma el 21 de julio de 1938, en Buenos Aires. Bolivia
logra retener los campos petrolíferos ya en explotación, pero no se comprueba
la existencia de petróleo en otros puntos de la región. Así queda aún más en
evidencia la inutilidad de la carnicería entre dos pueblos hermanos.
Esta amarga experiencia,
considerada un desastre nacional por la población boliviana, aumenta la
animosidad contra el tradicional régimen excluyente que ejercen los grandes
terratenientes rurales y los dueños del estaño mediante un grupo de políticos,
administradores y abogados en calidad de representantes. Esta estructura de
poder ultraconservadora es conocida popularmente como la Rosca. La derrota militar despierta una nueva conciencia política
en Bolivia. En el frente de guerra, muchos percibieron dentro de sus propias
filas las históricas diferencias étnicas y sociales. Integrantes de la clase
media combatieron hombro con hombro junto a una mayoría quechua y aymara,
reclutada a la fuerza, que ignoraba por qué y por quién luchaban.
La hija predilecta del Libertador [Simón Bolívar],
aquella república fundada por Sucre, que había perdido todas las guerras, sin
salida al mar, raquítica y miserable, vejada y saqueada por españoles,
criollos, norteamericanos e ingleses durante cinco siglos, era una demostración
viva del horrendo drama de América Latina. La pequeña burguesía empobrecida,
con nombres ilustres en la historia del Altiplano, esos hijos de presidentes,
generales, escritores, diputados y profesores, vivía hambrienta y rabiosa. […]
Los oficiales jóvenes sobrevivientes de esa gran náusea político-militar que
fue la guerra del Chaco también estaban hartos: la venalidad de las clases
dirigentes no tenía secretos para ellos[10].
La década del ‘30, además,
marca la llegada al continente americano de corrientes de pensamiento
antagónicas desde Europa, como el marxismo, el nazismo alemán, el fascismo
italiano y el falangismo español. Las juventudes universitarias, intelectuales,
militares y muchos líderes obreros y campesinos no son indiferentes a esa
influencia.
El “socialismo militar”
El 17 de mayo de
Con el respaldo de
oficiales jóvenes que proponen cambios en el país, Toro impulsa reformas
sociales y la redacción de una nueva Constitución. Al igual que en la Alemania
nacionalsocialista, crea un ministerio de Propaganda para mejorar la imagen del
país en el exterior. Establece los ministerios de Trabajo, de Previsión Social
y de Minas y Petróleo. El ministro designado en Trabajo es Waldo Álvarez España (1901-1986), fundador en 1932 del
Sindicato Gráfico de La Paz y secretario general de la Federación Obrera
de Trabajadores (FOT), un caso inédito hasta entonces.
El nuevo régimen instaura
la jornada laboral de ocho horas y declara obligatoria la sindicalización
obrera. Durante su gestión, además, nace el Banco Minero. Y lo más importante:
expulsa de Bolivia a la Standard Oil, funda Yacimientos Petrolíferos Fiscales
Bolivianos (YPFB) y nacionaliza ese recurso natural. Es
la primera nacionalización que se realiza en América Latina.
En esa época,
Marcelo Quiroga Santa Cruz tiene cinco años y asiste a la escuela primaria en
Cochabamba.
El régimen corporativista
de David Toro se conoce como “socialismo militar”. Aunque su gestión tiene
ciertos componentes fascistas, algunos socialistas lo
acompañan en su esfuerzo. Uno de ellos es el
abogado, escritor y dramaturgo Enrique Baldivieso. Pero a pesar de
las medidas impulsadas, el militar no logra apoyo popular. En julio de 1937 es
derrocado por el general Germán Busch Becerra, originario de Santa Cruz de la
Sierra y héroe de la Guerra del Chaco, quien tiene apenas 33 años de edad.
Busch
mantiene la orientación de Toro, aunque aplasta un levantamiento en apoyo a su
antecesor y ordena fusilar a uno de los sublevados.
El 17 de mayo de 1936,
funda el ministerio de Trabajo, Comercio y Previsión Social bajo la responsabilidad
de Waldo Álvarez. El obrero gráfico firma un decreto que reconoce los derechos
civiles de la mujer para ejercer cargos en la industria y ocupar empleos donde
no se requiere más que “idoneidad”. Intelectuales de la
talla de Enrique Baldivieso y Augusto Céspedes manifiestan su apoyo al
“socialismo militar” de Busch. Al poco
tiempo, el general se declara “dictador” para no quedar con las manos
maniatadas por un sistema demoliberal capitalista burgués que sólo ha servido a
la Rosca. Ordena redactar un nuevo
Código del Trabajo, nacionaliza el Banco Central y el 24 de septiembre de 1938
crea el departamento de Pando, una extensión de
En octubre de ese año, Busch promulga una nueva Constitución de tendencia
socialista.
En 1920, el pensador
alemán Oswald Spengler (1880-1936) había publicado su ensayo Prusianismo y socialismo, que 15 años
después será traducido al español en Chile, país que como Bolivia había
recibido una fuerte influencia militar germana. El estudio de Spengler afirma
que “el viejo espíritu prusiano y la convicción socialista, que hoy se odian
con el odio de hermanos, son uno y lo mismo”. Su planteamiento, distante del
marxismo, es que prácticamente todos los ciudadanos –profesionales, obreros,
campesinos, soldados– deben ser una especie de empleados del Estado, el que
determinará sus salarios. La sociedad, de estructura vertical y al mando de un
caudillo, se basa en la doctrina militar prusiana. No hay partidos, ni
parlamento, ni políticos profesionales, ni elecciones. Es posible que el ensayo
de Spengler se haya conocido en algunos círculos del ejército boliviano y haya
ejercido alguna influencia en David Toro y Germán Busch Becerra[11].
Las medidas del
“dictador”, radicales y polémicas, terminan con su vida. El 23 de agosto de
1939, Busch es hallado muerto de un balazo, en lo que aparentemente es un
suicidio. Las circunstancias en que muere nunca son aclaradas.
A continuación, asume la
presidencia el general Carlos Quintanilla, cuya única decisión importante es
convocar a elecciones presidenciales. El general Enrique Peñaranda, también
héroe de la Guerra del Chaco, resulta vencedor y toma posesión el 15 de abril de
En el periodo
1935-1941 surgen en Bolivia los partidos que sustituirán la tradicional
división entre liberales y republicanos.
En 1935, se crea el Partido Obrero Revolucionario
(POR), de orientación trotkista. Le sigue en 1937 la Falange Socialista
Boliviana (FSB), inspirada en el fascismo italiano y el falangismo español. En
1940, aparece el Partido de Izquierda Revolucionaria (PIR). En 1942, nace el
Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), posiblemente la organización
política con más influencia durante el siglo XX. Antes de concluir la centuria,
sin embargo, el MNR sufrirá los letales efectos de una lenta descomposición
ideológica y política.
Víctor Paz Estenssoro
(1907-2001), fundador del MNR, es un abogado y economista originario de Tarija.
Pertenece a una familia acomodada que por parte del padre es de ascendencia
argentina. Tiene 25 años y trabaja en la Contraloría General de la República
cuando, en julio de 1932, estalla la guerra con Paraguay. Responde al llamado a
filas y es destinado a tareas logísticas en la retaguardia. Dos años después
pide ser enviado al frente como combatiente. En 1938, al concluir el conflicto,
su carrera política arranca a los 31 años de edad, cuando es elegido diputado
por Tarija en las elecciones a una asamblea constituyente convocadas por el
entonces dictador, general Germán Busch Becerra.
Para 1941, Paz Estenssoro
ya ha pulido un proyecto político que plantea una reforma política, económica y
social a fondo. Con el respaldo de universitarios, intelectuales y algunos
diputados socialistas e independientes, todos integrantes de la llamada
“generación del Chaco”, el abogado publica el 10 de mayo de ese año un
manifiesto contra el régimen conservador y pro estadounidense del general
Enrique Peñaranda Castillo, vencedor en las elecciones del año anterior como
candidato de los partidos tradicionales, el Liberal y el Republicano. Un año
después, el 7 de junio de 1942, Paz Estenssoro proclama la fundación del Movimiento
Nacionalista Revolucionario. La nueva fuerza política se vincula con la logia
militar Razón de Patria (RADEPA), dirigida por el mayor Gualberto Villarroel.
El 20 de diciembre de
1943, el MNR es copartícipe del incruento golpe cívico-militar derroca al general
Enrique Peñaranda e instaura una Junta de Gobierno presidida por Villarroel.
El gobierno provisional
está integrado por oficiales nacionalistas partidarios de la neutralidad en la
guerra mundial y disconformes por la represión a los mineros en Catavi. Desde
Argentina y en secreto, los militares reciben apoyo del gobierno del general
Pedro Pablo Ramírez y, en especial, de la logia militar Grupo de Oficiales
Unidos (GOU), en la que se destaca el entonces coronel Juan Domingo Perón.
Paz
Estenssoro y otros dos miembros de su partido son designados ministros del
gabinete provisional. Como titular de Economía, el tarijeño impulsa medidas
para terminar con la explotación agraria de herencia colonial, poner límites al
poder de los grandes terratenientes y empresarios mineros, y reconocer los
derechos indígenas. En mayo de 1945 se organiza un Congreso Nacional Indígena y
se crea la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB), con
el dirigente trotskista Juan Lechín Oquendo como secretario general.
Aislado
internacionalmente y con una poderosa oposición interna impulsada por los
grupos conservadores, Villarroel elimina de su gabinete a Paz Estenssoro y
otros miembros del MNR, a quienes Estados Unidos considera “pro nazis”. “La
alianza entre militares y nacionalistas se realizó en plena guerra imperialista
[1939-1945]. Fueron inmediatamente acusados de nazis. La propia izquierda boliviana no era menos cipaya y
extranjerizante que en el resto de América Latina”[12].
No obstante, el MNR vence
por gran mayoría en las elecciones legislativas de junio de 1944 y restablece
sus vínculos con RADEPA. El 6 de agosto, Villarroel es designado presidente constitucional
y, en enero de 1945, Paz Estenssoro se reintegra formalmente al gabinete. Sin
embargo, Villarroel no logra mejorar las condiciones de vida de la población,
ni acabar con la servidumbre campesina. Además, adopta medidas autoritarias que
lo distancian de las clases medias urbanas. Nuevamente surgen diferencias entre
el presidente y el MNR. Las poderosas fuerzas conservadoras, mientras tanto,
impulsan una peculiar alianza con el Partido de Izquierda Revolucionaria y se
encargan de echar más leña al fuego. Finalmente, el 20 de julio de 1946,
Gualberto Villarroel es derrocado y linchado, acusado de “fascista”. Su cadáver
termina colgado de un farol, en la Plaza Murillo. Cuatro meses antes, Marcelo
Quiroga Santa Cruz ha cumplido 15 años.
Según Jorge Abelardo
Ramos, Villarroel iba por el camino correcto, pero “el poder conjunto de la Rosca y de la prensa imperialista lo
doblegó y anonadó”:
Sus grandes crímenes fueron organizar por primera vez en
la historia de Bolivia una Federación de Trabajadores Mineros y reunir, desde
los tiempos de Belzu, un congreso de campesinos indígenas.
[…] Al no atreverse a nacionalizar las minas y a entregar
la tierra a los campesinos, el gobierno de Villarroel no supo dónde encontrar
aliados. El imperialismo yanqui y los insignificantes partidos oligárquicos
lograron arrastrar a la pequeña burguesía paceña […], sometida siempre al
terrorismo psicológico de los abogados liberales […].
Dentro de Bolivia, participaron en el motín los jeeps de
la embajada yanqui, y también los liberales, los universitarios a la búsqueda
de nuevos “Maestros de la Juventud”, los stalinistas del PIR, algunos seudo
trotkistas del POR, la izquierda, el centro y la derecha. ¡Desdichada América
Latina, siempre mezclados los tontos con los pillos! […] El sátrapa minero
Mauricio Hochschild declaró: “Yo
pronostiqué que Villarroel caería pronto”.
El Partido Comunista de la Argentina
enviaba un cable firmado por el burócrata Vittorio Codovilla felicitando
roncamente a los miembros de la nueva Junta de Gobierno. Toda la prensa norteamericana
y sus ecos latinoamericanos aplaudían la “revolución” del 21 de julio. […] La
hinchada araña de Simón Patiño sonrió con bondad y envió una donación de 20 mil
dólares para “los mártires de la libertad”[13].
Paz Estenssoro busca
refugio en Buenos Aires, donde el presidente Juan Domingo Perón también soporta
acusaciones de “nazi-nipo-falanjo-fascista” por parte de Estados Unidos[14].
El embajador
norteamericano en Argentina, Spruille Braden, había presentado sus cartas
credenciales en mayo de 1945 e inmediatamente “descubrió” estas tendencias de
Perón. Heredero de
cuantiosos intereses en la compañía minera Braden Copper –fundada por su padre
en Chile– y ex embajador en Colombia y Cuba, el diplomático impulsó durante la
guerra del Chaco la política petrolera de la Standard Oil. Diez años antes,
había sido delegado de Estados Unidos en la
Conferencia de Paz, en Buenos Aires. Algunos autores consideran que obstaculizó
la pacificación de Bolivia y Paraguay con el fin de convertir a la región
chaqueña en un “estado libre”, bajo la custodia de agentes del poder financiero
internacional.
Esas tentativas de entorpecimiento de la paz
determinaron que Braden fuese acusado en la prensa periódica de Buenos Aires
como agente de la Standard Oil. La publicación titulada “Óleos”, en su edición
correspondiente a abril-mayo de 1938, lanzó la revelación escrita que faltaba.
Dijo lo siguiente esa revista: “Circunstancias inesperadas como la guerra del
Chaco y las gestiones de su pacificación han vuelto a relacionar el nombre del
antiguo personero de la Standard Oil of New Jersey, Mr. Spruille Braden, con
las riquezas petrolíferas del Chaco”[15].
En Argentina, Braden se
inmiscuyó en cuestiones internas y dirigió a los conservadores, liberales,
comunistas y socialistas agrupados en la Unión Democrática, una coalición
antiperonista de “tontos y pillos” similar a la que derrocó a Villarroel.
Trasladado al Departamento de Estado, el funcionario continuó desde Washington
su campaña a favor de la Unión Democrática. Lo único que logró fue una reacción
nacionalista que dirigió su preferencia hacia el naciente peronismo. En las
elecciones de febrero de 1946, Perón alcanzó más del 51 por ciento de los votos
mientras que la Unión Democrática no llegó al 22 por ciento.
Entre 1946 y
1952 se producen en Bolivia los últimos intentos para reinstaurar el caduco
sistema tradicional de gobierno en favor de los grandes terratenientes y los
“barones” del estaño. Se instala una junta civil presidida por Néstor Guillén,
quien dura 27 días, y luego por Tomás Monje, los dos integrantes de la Corte de
Justicia. La junta convoca a elecciones que gana por muy poco margen Enrique
Hertzog, del Partido de la Unión Republicana Socialista (PURS). Hertzog asume
en 1947 pero no logra coordinar la alianza conservadora que lo lleva al
gobierno y en poco más de dos años improvisa siete cambios de gabinete.
El 27 de agosto de 1949,
el Movimiento Nacionalista Revolucionario se subleva en todo el país y consigue
organizar un gobierno en Santa Cruz de la Sierra. El gobierno de Hertzog reacciona con violencia y ordena bombardear por
aire Santa Cruz y Cochabamba. Se demora 20 días en restablecer el orden, pero
no declara ilegal al MNR y anuncia elecciones para 1951. Finalmente, Hertzog
renuncia “por razones de salud” en octubre de 1949 y lo sucede el
vicepresidente Mamerto Urriolagoitia, también del PURS, considerado como un
simple representante de
La candidatura
presidencial de Víctor Paz Estenssoro, quien está exiliado en la Argentina, y
de Hernán Siles Zuazo como vicepresidente, obtiene el triunfo por mayoría
relativa frente a Gabriel Gosálvez. Pero Urriolagoitia no acepta que el
Parlamento se reúna para elegir presidente. Organiza un autogolpe y entrega el
mando a las Fuerzas Armadas, que colocan en la presidencia al general Hugo
Ballivián.
Fue el último manotazo de
ahogado antes del torrente social que se venía.
La revolución nacionalista de 1952
Hernán Siles Suazo
(1913-1996), nacido en La Paz, es hijo del ex presidente Hernando Siles Reyes.
En 1932 participa en la guerra con Paraguay, resulta herido y es dado de baja.
Retoma sus estudios de Derecho, se transforma en dirigente estudiantil y se
distingue por sus dotes para la oratoria. Al inicio de la del ‘40, trabaja con Víctor Paz Estenssoro y
Augusto Céspedes en la creación del MNR.
Ballivián convoca a
elecciones, pero nunca se realizan. Una conspiración entre el ministro de
gobierno Antonio Seleme y el MNR, con Siles Suazo a la cabeza, convierte un
golpe de Estado en una insurrección popular. Entre el 9 y 11 de abril de 1952
se combate en las calles de La Paz y Oruro. El pueblo, los mineros de Milluni y
carabineros de la policía que se unen a la rebelión y derrotan al ejército. El
enfrentamiento causa 490 muertos y casi mil heridos.
Marcelo Quiroga Santa
Cruz acaba de cumplir 21 años. Su vocación es el teatro, el cine, la literatura
y la filosofía. Quizá aún no lo sabe, pero a la larga le ganará una pasión: la
política.
El nuevo
gobierno revolucionario del MNR instala a Paz Estenssoro y Siles Suazo. Las
ideas gestadas en los años 30 y 40 comienzan a hacerse realidad. El primer
paso, en abril de 1952, es la creación de la Central Obrera Boliviana (COB) y
la formación de milicias mineras y campesinas que suplantan al ejército. Se
clausura el Colegio Militar y se da de baja a más de 500 oficiales; la
academia, sin embargo, se reabre dos años después por presiones de Estados
Unidos.
El segundo
paso, el 21 de julio de 1952, es el decreto del voto universal. Esta medida
rompe la democracia excluyente y calificada del pasado. Otorga el voto a la
mujer y a los analfabetos, y convierte en elegible a cualquier ciudadano mayor
de edad. De sólo 130.000 electores que había en 1951, se pasa a 960.000 en
1956.
El tercer
objetivo es el control total de la economía. Se considera que sólo un Estado
fuerte, dueño de sus recursos naturales y sus empresas de producción, puede
desarrollar el país. El 31 de octubre de 1952, Paz Estenssoro firma el decreto
de nacionalización de las minas, con lo que el 80 por ciento de los ingresos de
las exportaciones y los recursos del subsuelo pasan a poder del Estado. Acto
seguido, se crea la empresa
estatal Corporación Minera de Bolivia
(COMIBOL) y se establece el control obrero con derecho a veto.
Otro de los objetivos
básicos de la Revolución Nacional es la diversificación económica. Se inaugura
la carretera Cochabamba-Santa Cruz (la primera ruta asfaltada del país), que
permite un acceso a la región oriental del país. Se construye un ingenio
azucarero y se impulsa la producción de petróleo hasta lograr exportarlo con el
oleoducto a Arica. La medida más trascendental del gobierno revolucionario se
toma en agosto de 1953: la reforma agraria, que devuelve la tierra a los
campesinos. Así, se incorpora a casi dos millones de bolivianos a la economía,
como antes el voto los había admitido en la política.
En 1955 se dicta un nuevo código educativo. La
educación universal y obligatoria, junto con instalación de núcleos escolares
rurales para los campesinos, instaura un derecho esencial que había estado restringido
y planteado discriminatoriamente a partir de la idea de una educación especial
para los indígenas.
El costo de
la revolución, sin embargo, es alto. En los cuatro años de gobierno de Paz Estenssoro,
la hiperinflación devalúa la moneda nacional en un 900 por ciento.
Pero lo peor de la gestión de Paz Estenssoro fue la aprobación, el 26 de
octubre de 1955, del Código del Petróleo. El estatuto –también llamado “código
Davenport”– favorece a inversionistas extranjeros, especialmente a la Bolivian
Gulf Oil Company. Había sido redactado por la firma jurídica estadounidense Shuster &
Davenport por encargo de la Misión de Operaciones de los Estados Unidos en
Bolivia y fue calificado por The New York
Times como “el más liberal del mundo”.
Como consecuencia de los beneficios que el Código
del Petróleo otorga a las compañías transnacionales, ingresan rápidamente al
país 14 firmas norteamericanas, entre las que se encuentra la Gulf Oil Company,
que se apropian de casi 13 millones y medio de hectáreas. Esta empresa se
instala el 23 de mayo de 1956, un año después de promulgado el código, mediante
contratos de financiación de oleoductos que desvalijan rápidamente a
Yacimientos Petrolíferos Fiscales de Bolivia (YPFB). La firma posee más de tres
millones y medio de hectáreas para explorar y explotar el petróleo.
Paralelamente,
los intentos de conspiración de la Falange Socialista Boliviana (FSB) y
sectores internos del propio MNR, obligan al gobierno a tomar medidas
represivas sin precedentes. Se abren campos de concentración en las minas y el
altiplano, donde se tortura a centenares de presos.
La Falange Socialista Boliviana se había creado en 1937. Su
fundador fue Oscar Unzaga de la Vega, un periodista de Cochabamba. El grupo se
inspira en el fascismo italiano y en la doctrina falangista del español José
Antonio Primo de Rivera. Así como en Italia existían los “camisas negras”, en
España los “camisas azules” y en Alemania los “camisas pardas”, en Bolivia se
llaman “camisas blancas”. Su lema es Dios, Patria y
Hogar. La FSB exalta la tradición, el honor, la lealtad y el valor personal,
junto con un estilo de vida austero, casi espartano. Se opone al marxismo y a
la lucha de clases, pero también a lo que llaman “la derecha explotadora,
vendida a las transnacionales”. La FSB es fuerte en Cochabamba y en las
universidades.
En 1956 se realizan las
primeras elecciones con voto universal y Hernán Siles Zuazo logra una abrumadora
mayoría: 82 por ciento.
Lo acompaña como
vicepresidente Núflo Chávez Ortiz (1923-1996), nativo de Santa Cruz. Catedrático
universitario y poeta, Chávez Ortiz fue responsable de la reforma agraria y
posteriormente se desempeñará como asesor del gobierno de Fidel Castro en la
reforma del campo cubano. Años más tarde, será embajador de Bolivia ante la
Organización de Naciones Unidas (ONU). Es autor de Bajo el signo del estaño y Cinco
ensayos y un anhelo, que sirvió como anteproyecto
de programa político, aprobado en la convención del MNR en 1952, e incluye un
estudio sobre el problema de la tierra.
El nuevo gobierno
implanta un programa de estabilización monetaria –diseñado por el asesor norteamericano
Jackson Eder– para superar la crisis económica, pero la medida lo enfrenta a la
izquierda del MNR. Para lograr su objetivo, Siles Suazo inicia una huelga de
hambre que provoca la renuncia del vicepresidente Chávez Ortiz. El plan tiene
éxito y estabiliza la moneda, que mantiene el tipo de cambio a 12 pesos por dólar
hasta 1972.
En 1959 hay un intento de
levantamiento militar de la Falange Socialista Boliviana y mueren 18 de sus
dirigentes en cuarteles de La Paz y Santa Cruz. En abril de ese año, la extraña
muerte de Oscar Unzaga de la Vega, fundador de la FSB, compromete al gobierno de Siles Suazo. Algunos afirman que el
líder se suicidó en la capital, en una casa donde se
hallaba oculto; otros, sostienen que fue asesinado.
En 1960 se
convoca a elecciones. El Movimiento Nacionalista Revolucionario nomina como candidato
a Walter Guevara Arze, quien había sido ministro de Relaciones Exteriores en
1952-1955. Sin embargo, las discrepancias entre los sectores de derecha e
izquierda dentro del MNR, deciden a Víctor Paz Estenssoro a presentar su propia
candidatura como “factor de unidad”. Guevara Arze se va del movimiento y crea el Partido Revolucionario
Auténtico. Paz Estenssoro triunfa por amplio margen y llega por segunda vez a
la presidencia.
La entidad realizadora de la Revolución
Nacional excedió en complejidad y magnitud a un partido. Fue todo un
movimiento. Formas residuales del nacionalsocialismo; incipientes y tímidas adaptaciones
del marxismo a la realidad indoamericana; nostálgicas y literarias versiones
bolivianas del indigenismo y una fuerte intuición del nacionalismo
revolucionario convivieron ilusoriamente unidos durante algún tiempo, aceptaron
un pacto de no agresión después y terminaron divorciándose conscientemente poco
tiempo antes de su deceso. La presencia de un intracuerpo de clara conciencia
socialista, agresivo y algo utópico, no pudo impedir, a pesar de constituir una
suerte de alegre secta depositaria de una ortodoxia más emotiva que racional,
el que los sectores proclives al adormecimiento burgués terminaran por enervar el
espíritu revolucionario de todo el movimiento. Los falsos monederos de la
Revolución, por su parte, pusieron en circulación un valor adulterado: la
anarquía en lugar del orden revolucionario[16].
El abogado
tarijeño decide que después de los grandes cambios ha llegado la hora de
institucionalizar la revolución. Para algunos dirigentes del MNR el ejemplo a
seguir es el Partido Revolucionario Institucional (PRI), de México. La primera
medida del mandatario es la redacción de una nueva Constitución en 1961. El
documento reafirma el voto universal, considera las minas nacionalizadas como
patrimonio del Estado y reconoce las milicias populares. Pero, a diferencia del
modelo mexicano, establece la reelección.
A tono con la
época, Paz Estenssoro cree en el desarrollismo con planificación estatal. En la
vecina Argentina, el presidente Arturo Frondizi (1958-1962) ha
intentado aplicar esa doctrina económica hasta que resulta derrocado por los
militares. La crisis de COMIBOL, que padece atraso tecnológico, grandes pérdidas
y altos costos de producción por su excesiva burocracia, conduce a un intento
de reestructuración con la participación del Estado, el Banco Interamericano de
Desarrollo (BID) y el gobierno alemán. En 1962 se anuncia el Plan Decenal, el
primer programa económico que plantea el desarrollo del país en el largo plazo
y establece el concepto de “lucha contra la pobreza”.
En los
últimos doce años la asistencia económica de Estados Unidos es decisiva y, a la
larga, fatal. Comienza en 1953 como “donaciones” y en la década de los ‘60 ya
son créditos. Bolivia se hace totalmente dependiente. Se da el caso, por
ejemplo, que el gobierno recurra a esos préstamos para pagar los sueldos de los
empleados públicos.
El personalismo de Paz
Estenssoro es su ruina. Convencido de que es el único que puede conducir el
Plan Decenal, en 1964 se plantea la reelección. Hernán Siles Suazo y el líder
minero Juan Lechín Oquendo, apoyados por Walter Guevara Arze, expresan su
desacuerdo y el MNR se divide nuevamente.
A pesar de todo, Paz gana
los comicios con el general René Barrientos Ortuño como candidato a vicepresidente.
Pero demasiados años de gobierno, el abandono de muchas de las banderas
nacionales y populares del movimiento, algunos casos de corrupción oficial y
cierto alejamiento de los mineros, acaban con su gobierno a los tres meses. El
4 de noviembre es destituido por Barrientos y el general Alfredo Ovando Candia,
quienes cuentan con el respaldo de las Fuerzas Armadas, la oposición interna
del MNR y sectores de la clase media.
En Bolivia todo gobierno vive constantemente la víspera de
su derrocamiento […]. Entre el 9 de abril de 1952 y el 4 de noviembre de 1964
se opera un proceso que es común a todos los países neocoloniales: el rápido
aburguesamiento de los partidos populares en el ejercicio del poder. […] Los
gobiernos del MNR, en su tránsito de la Revolución a la contrarrevolución,
fueron segregando, capa a capa, una oposición formada por la izquierda
expulsada de su seno. Ésta, en su éxodo, se llevó consigo la causa de la
Revolución, lejos de las manos heréticas más ocupadas en aferrarse al aparato
administrativo que en sostener la empresa revolucionaria
¿Y la oposición de derecha? Una parte de ella, la
conservadora, opuesta al MNR por lo que de revolucionario hubo en él, terminó
asociándose con los saldos de ese partido en ejercicio precario de un poder
que, bajo el pretexto de institucionalizar el proceso revolucionario, había
concluido por suplantarlo subrepticiamente por un orden político de derecha
[…] Por una ley natural de la política los grupos en
ejercicio del gobierno sufren un desgaste progresivo e inevitable a cuyas
expensas se fortalecen uno o varios grupos de oposición. Legiones de hombres
que periódicamente abandonan al partido desertor de su causa para alistarse en
otro y librar una nueva batalla. Si el MNR del año 1952 fue una enorme fuerza
popular y concluyó siendo impopular el año 1964, tenemos que preguntarnos por
el partido o partidos que crecieron en la medida que él decreció. Claro está
que ninguno acusó un grado de fortalecimiento proporcional al debilitamiento
del MNR […].
¿Dónde se fueron
los que un día estuvieron en ese partido? ¿Dónde se han albergado esas multitudes
otrora exultantes y hoy silenciosamente desencantadas? […] ¿A qué partido
confiaron la conducción del proceso revolucionario desvirtuado por su propio
partido? A ninguno. La gran masa revolucionaria aguarda a la intemperie
política […].
Esta es la causa eficiente de ese gran vacío político resultante
del deceso del MNR. Sin embargo, de esta certidumbre me asiste otra sin la que
resultaría inexplicable la calidad de ese vacío: el fracaso de ese partido es,
también, el fracaso de la nación. Si el MNR fue grande es porque el pueblo que
lo potenció con su confianza se agigantó en uno de esos súbitos crecimientos de
vitalidad política en que la historia es avara. La causa de la Revolución fue
causa de la nación; la derrota del MNR es, también, una derrota nacional[17].
El modelo que Paz Estenssoro
quería instaurar en Bolivia en
El general de aviación
René Barrientos Ortuño asume el gobierno apoyado por una coalición de inclasificable
signo político.
Los partidos de la ultraderecha, liberales, republicanos,
falangistas, socialdemócratas y elementos del MNR adictos a Hernán Siles Zuazo,
Walter Guevara Arze y Juan Lechín Oquendo se vieron envueltos en una “santa
alianza”. El inefable PIR salió de la tumba [...]. Ese apoyo se registró en el
“comité revolucionario del pueblo”, una especie de contubernio de derechistas y
aventureros “de izquierda” unidos en la tarea de imponer la dictadura más
sanguinaria y rapaz.
El besuqueo y los halagos entre los ilusionados políticos
y los militares no durarían mucho. Los militares dejaron claro que no llamarían
a elecciones ni entregarían el poder a los civiles. A los seis meses del golpe
la verdadera imagen del gorila se hizo presente: en mayo de 1965, Barrientos
Ortuño se presenta en el Palacio Quemado cubierto con una boina verde.
La brutalidad de la figura, la “boina verde”, era peor que
si el mismo embajador [Douglas] Henderson en persona estuviese dando órdenes[18].
René Barrientos, general
de bajo vuelo originario del pequeño valle de Tarata (Cochabamba), egresado
como piloto en Estados Unidos en 1945, es pro norteamericano declarado y líder
indiscutido dentro de las Fuerzas Armadas.
En la revolución de 1949, el oficial participó a
favor del MNR, por lo que fue dado de baja. Se reincorporó con el grado de
capitán en 1952. Cinco años después, cuando se crea la Fuerza Aérea Boliviana
(FAB), era general y fue nombrado comandante en jefe de la aviación militar.
Aunque quizá resulte
contradictorio para quienes no han seguido de cerca la historia boliviana, los campesinos también son la base de apoyo social de
Barrientos, quien habla a la perfección el quechua y es un gran bebedor de chicha, una bebida alcohólica fermentada
que ya se consumía en la era prehispánica. Pero mientras se abraza con los
campesinos, en 1967 masacra a los mineros. Los propios generales, coroneles
y teniente coroneles hacen de él un líder, porque encuentran un instrumento
fácil para cristalizar sus aspiraciones de clase media frustrada y constituirse
en los intermediarios de la metrópoli dominante, sustituyendo a la burguesía en
el ejercicio del poder:
Las Fuerzas Armadas se vieron dentro del
Palacio de Gobierno en el papel de un centinela que cuida una casa deshabitada
en la que todos quisieran entrar sin que a sus ojos nadie pudiera exhibir un título
de propiedad saneado. A falta de un vigoroso partido político o de una fuerte
conjunción de partidos que llenaran, aunque fuese precariamente, el vacío
producido por el deceso del MNR, algunos personeros de la institución armada
pensaron de su deber ocupar temporalmente el puesto de los partidos y otros
juzgaron llegada la oportunidad de suplantarlos indefinidamente. Unos, en lo
que creían el cumplimiento de un deber institucional, ingrato y riesgoso; otros
con menos estoicismo que placer, en lo que juzgaban el oportuno aprovechamiento
de una circunstancia propicia, lo cierto es que las Fuerzas Armadas aparecieron
institucionalmente interesadas en llenar el gran hueco cívico-político[19].
Los militares saben que
no deben permanecer indefinidamente en el poder, pero no quieren traspasar el
gobierno a ningún partido o frente político que altere sus privilegios. Entonces
juegan, como en el billar, a dos bandas para hacer una carambola indirecta. Por
un lado, simulan un retroceso gradual; por otro, consolidan las posiciones
conquistadas. La persona más adecuada para representarlos es Barrientos:
¿Acaso su reciente militancia en el MNR no había desteñido
en él dejándole una vaga y engañosa coloración revolucionaria que, unida a su
condición de miembro de la institución protagónica de la subversión, le
permitiría presentarse simbolizando la rectificación revolucionaria con el
propósito de mimetizar la contrarrevolución? No hay duda: era el hombre
adecuado.
[…] Esta habilidad para
propiciar y utilizar la fuerza resultante de la fricción entre dos tendencias
contrapuestas, había dado sorprendentes pruebas a lo largo de su carrera
política y militar. En efecto, su condición de militante del MNR le permitió
culminar una carrera meteórica dentro de las Fuerzas Armadas, en ese entonces
sometidas al partido de gobierno; y su condición de militar, en la hora agónica
de ese partido, cuando ya no podía permitirse el lujo de desairar a la
institución de la que dependía su estabilidad, le permitió la candidatura
vicepresidencial. Un tiempo después, cuando de vicepresidente constitucional se
convirtió en presidente “de facto”, continuó usando este juego ambidextro. Usó
de su carácter de miembro prominente de la institución armada posesionada del
poder, para imponer su candidatura al civilismo, y utilizó también su condición
de político conductor del sindicalismo campesino armado que su militancia en el
partido al que derrocó le permitió, para imponer su candidatura dentro de su
propia institución[20].
Barrientos
tiene un afán desmedido por acumular poder, propiedades urbanas, fincas,
vehículos, dinero, acciones y hasta mujeres. Inventa historias para reforzar su
anticomunismo. A su regreso de un viaje a Estados Unidos, por ejemplo, relata
en conferencia de prensa que “al sobrevolar la isla de Cuba, pudo comprobar la
mala calidad de las carreteras cubanas y lo rudimentario de sus sembradíos”.
Funcionarios de gobierno, periodistas y simples ciudadanos ocultan sus
sonrisas. Es obvio que por la ventanilla de un avión, a miles de metros de
altura, es imposible comprobar esos detalles. Cuando enfrenta alguna crisis en
el gabinete, afirma encogiéndose de hombros: “Yo puedo gobernar sin gabinete”[21].
El militar es brazo
ejecutor de la estrategia norteamericana en Bolivia a través de concesiones,
inversiones y negociados. El Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el
Banco Interamericano de Desarrollo aumentan su control sobre la economía del
país. Las principales casas financieras de Estados Unidos, como el Bank of
America y el First National City Bank, abren sucursales. La Gulf Oil Company se
apropia del gas boliviano, participa en los planes de exploración de nuevas
zonas petrolíferas en el altiplano y se integra al proyecto de gasoducto hacia
Argentina. La compañía estadounidense Phillips Brothers recibe la concesión de
la mina Matilde, la segunda reserva de zinc más grande del continente.
El general aviador crea su propio y bien
armado cuerpo represivo: las Fuerzas Unidas de Reordenamientos Móviles para
Preservar el Orden y el Desarrollo (FURMOD), integrado por Fuerzas Especiales
que dependen directamente de la Presidencia.
Antonio Arguedas, ex
ministro del Interior de Barrientos y ex militante comunista, denunciará posteriormente
que los servicios de seguridad del estado estaban controlados por la Agencia
Central de Inteligencia (CIA). Oficiales estadounidenses participan en
interrogatorios, asesinatos y desapariciones de dirigentes sindicales. La
representación militar de Estados Unidos instala una base cerca del aeropuerto
internacional de El Alto de La Paz, bautizada popularmente como “Guantanamito”,
en referencia a Guantánamo, la base norteamericana en territorio cubano.
Los “voluntarios”
norteamericanos del Cuerpo de Paz suministran anticonceptivos a las mujeres nativas
como si fueran golosinas e, incluso, practican intervenciones quirúrgicas de esterilización.
Este es el tema central de la película boliviana Yawar Mallku (“Cóndor sangrante”), de Jorge Sanjinés, premiada en el Festival de
Venecia en 1969.
En febrero de
1967 se aprueba una nueva Constitución que elimina las milicias populares y la
reelección. El hecho más trágico de esta etapa es la matanza en la mina Siglo
XX durante la madrugada de San Juan, el 24 de junio de ese año.
El 3 de junio
de 1967, los sindicatos mineros de Siglo XX y Catavi deciden un paro de 24
horas y una manifestación pacífica hacia Oruro. Piden la derogación de un código que los condena a 16 horas
de trabajo diario por 80 dólares mensuales y se plantean dos objetivos: por un lado, aspiran a que el régimen militar los reconozca
como gremio; por otro, quieren crear una organización de trabajadores que asuma
en parte las funciones de la Central Obrera Boliviana, cuyos dirigentes están
en la cárcel o prófugos.
Pero la
empresa de Catavi, que conserva la tradición patronal instaurada por Simón
Patiño y continuada por Antenor, sabotea la manifestación. Ordena que todos los
camiones de la firma salgan del distrito para impedir que sean utilizados en la
marcha. Además, contrata automotores pesados de particulares y también los
manda fuera. Los comerciantes del lugar, temerosos, ocultan algunas piezas de
sus vehículos para evitar que sean decomisados por los obreros.
Los mineros,
ejército sin armas, quedan a pie. Entonces se dirigen a la estación de ferrocarril y ponen en marcha un
tren. Ignoran que están bajo la vigilancia encubierta de los militares. Cuando
el convoy está cerca de la localidad de Huanuni, el maquinista descubre que las
vías han sido cortadas y se ve obligado a frenar bruscamente para no
descarrilar. Los trabajadores bajan del tren, caminan en orden hasta la próxima
estación, realizan una acalorada asamblea y declaran “territorios libres” a los
distritos de Catavi, Siglo XX y Huanuni. En determinado momento proponen el
apoyo minero a la guerrilla de Ernesto Che Guevara en la selva de Ñancahuazú. (El guerrillero argentino-cubano había llegado
clandestinamente a Bolivia en 1966 para organizar un foco rural que se
expandiera en todo el sur del continente. Se estableció en Santa Cruz, cerca
del Río Grande. El contingente es de 52 hombres, la mayoría cubanos. Entre
marzo y julio de 1967 los insurgentes causan varias bajas al ejército, que pasa
a ser entrenado por oficiales de los boinas
verdes norteamericanos y crea la unidad especializada de los rangers).
Los mineros
deciden realizar una asamblea ampliada los días 25 y 26 de junio en el
sindicato de Siglo XX. Pero la dictadura se les adelanta:
La noche del 24 de junio es la más fría del
año. […] El viento gélido de la montaña hace gemir a la paja brava. La helada
cae sobre la hierba, la lame, estruja y quema. Decir “el frío quema” es más que
una simple figura literaria. […]
Nadie en una noche como esa se atrevería a
salir descubierto y mal arropado. El frío de la noche invernal, el 24 de junio,
parte la piedra (khalajasaya). Esa
noche todos se dan a la tarea de combatir el frío. El pueblo enciende fogatas,
quema los trastos viejos, prende ofrendas a los hados, “ve el futuro en cera o
estaño derretido” […]. Pero a veces se presenta el signo de la muerte
amenazante, estremecedor. Mientras se quema afuera también “se enciende
adentro”, y la gente busca el calor del alcohol. Entre saltar fogatas, disparar
cohetes y camaretas o beber ponches se permanece hasta altas horas.
En ese pasar despreocupado en que se
encontraban los trabajadores y sus familias, no se notó la presencia de
extraños que nada grato anunciaban. Las tropas iniciarían los primeros
movimientos para descolgarse sobre el campamento minero. Sigilosamente tomaron
posición de los lugares estratégicos y bajaron en estado de apronte con el dedo
en el gatillo.
[…] En pocos instantes el campamento estaría
convertido en un infierno. Se disparó a quemarropa contra personas indefensas,
mujeres, niños, enfermos. La población que dormía confundió los disparos de
fusil con los cohetes y camaretas de la Noche de San Juan.
Nadie estuvo prevenido ni pudo dar la alarma;
tampoco hubo resistencia: el desconcierto fue total. Se mató a mansalva,
despiadadamente. Cada casita con techo de calamina se convirtió en objetivo
militar, cada sombra en enemigo. […] Mujeres en estado de gravidez volaron a
morterazos Enfermos que no podían abandonar la cama sintieron la muerte venir
mientras se iban desangrando sin auxilio[22].
El objetivo del
ejército es llegar al local del sindicato y va arrasando todo a su paso. La
empresa, avisada del plan militar, ordena cortar la electricidad a las 5:10 de
la mañana. La sirena de alarma queda en silencio. La radioemisora de los
mineros tampoco puede dar aviso. A las 5:15, soldados y guardias nacionales
toman por asalto la sede de los trabajadores. Piensan hacer una gran redada,
pero casi todos los dirigentes han logrado escapar. Sólo hallan al periodista
Julio Rentería, director de la radio La Voz del Minero, quien les dice que es
un reportero que se encuentra de paso, y al sindicalista Rosendo García, que
los enfrenta a balazos, mata a un oficial y hiere a tres soldados antes de caer
herido. Más tarde lo fusilan dentro del local.
El resultado
del operativo es de 27 muertos y más de 80 heridos. Entre los asesinados hay un
niño de ocho años y otro de once, una madre de familia, dos jóvenes campesinos
indígenas, una muchacha de dieciocho años, un vigilante nocturno de la empresa,
un minero con silicosis muerto en la cama...
La masacre
provoca una ola de indignación popular. Los responsables de la matanza divulgan
versiones contradictorias. El jefe del operativo, general Amado Prudencio,
comandante de la división acantonada en Oruro, sostiene en un comunicado que el
ejército fue atacado “por elementos ebrios con armas de fuego y dinamita, y
tuvo que reaccionar en defensa propia”. Antonio Arguedas, ministro del
Interior, emite otro comunicado: “Los mineros, en estado embriaguez, asaltaron
el local de la Policía Minera. Ante esta situación la Guardia Nacional pidió la
colaboración del ejército”. El general Alfredo Ovando Candia, comandante en
jefe de las Fuerzas Armadas, desmiente a Prudencio y Arguedas: afirma que los
trabajadores atacaron el cuartel de Lagunillas y fueron repelidos. Pero el
coronel Alfonso Villalpando, participante de la masacre, declara que el ataque
fue por sorpresa y tira abajo todas las versiones anteriores. Finalmente, todos
se ponen de acuerdo para dar la misma versión: los obreros se estaban
organizando para apoyar a la guerrilla del “Che” Guevara.
Después del
entierro de las víctimas, 21 trabajadores son apresados y enviados al campo de
concentración de Alto Madidi, una inhóspita región en la selva amazónica,
cercana a la frontera con Perú.
En julio una
emboscada militar extermina a una de las dos columnas insurgentes del “Che” y
en septiembre el cerco deja aislado al comandante guerrillero. El 8 de octubre,
los rangers hieren y capturan a
Guevara en Ñancahuazú. Al día siguiente, es asesinado por un suboficial por orden
del presidente Barrientos. El intento del “foco” rural es aniquilado.
El 27 de abril de 1969,
en una de las visitas semanales de Barrientos a Cochabamba, el helicóptero que
lo transporta choca contra cables de alta tensión y se precipita a tierra. Lo
sucede el vicepresidente, Luis Adolfo Siles Salinas, medio hermano del ex
presidente Hernán Siles Suazo. El nuevo mandatario sólo durará cinco meses en
el gobierno.
Un año antes de la muerte
de Barrientos, Marcelo Quiroga Santa Cruz ha elaborado el siguiente “escenario”
político a futuro:
1. El gobierno del general Barrientos ha sufrido un
deterioro político que induce a pensar, razonablemente, en que su estabilidad
está comprometida (nótese que evito mencionar el grado de deterioro e
inestabilidad, aspecto cuantitativo que se presta a la discrepancia, y me
limito a consignar la insolvencia y desprestigio políticos en su significación
cualitativa).
2. Si ello es cierto, debe pensarse en la probabilidad de
que su periodo [presidencial] sea interrumpido.
3. Pero como estas interrupciones exigen el concurso de
una entidad extraña al gobierno mismo, aunque sólo fuese en el carácter de
involuntaria reemplazante, tenemos que mencionar a las dos únicas previsibles:
las fuerzas armadas y el pueblo.
4. Como, al parecer, no están dadas las condiciones
objetivas para una insurrección popular, podemos conjeturar que a pesar del
desgaste político sufrido por las Fuerzas Armadas, éstas desempeñarán por algún
tiempo más el papel protagónico de la política.
5. Si el próximo gobierno fuese “de facto” y militar, la
transitoria permanencia de las Fuerzas Armadas en el poder, dada la experiencia
adquirida, sería, probablemente, más breve que la anterior. Al terminar este
breve interregno, convocarían a elecciones generales.
6. De las elecciones convocadas por una Junta
Militar surgiría triunfante (esto es previsible y por razones obvias), un
miembro de las Fuerzas Armadas al que rodearía un grupo político civil […] [23].
Salvo la muerte de Barrientos
que, obviamente, Quiroga Santa Cruz no podía prever en 1968, su diagnóstico fue
premonitorio.
2. Petróleo, política y poder
Luis Adolfo
Siles Salinas es jefe del Partido Social Demócrata, integrado por alrededor de
50 personas. Se comenta, con sorna, que son tan pocos que “todos caben en un
taxi”. Son “saldos de partidos, dirigentes que ya nada tenían que dirigir,
magníficos y terribles exponentes del proceso de jibarización cívica y cultural
que todo lo reduce en nuestra nación a miniaturas en las que parece
concentrarse, inútilmente nostálgico, el espíritu de un organismo muerto”[24].
Sin embargo, los miembros del PSD,
conocido como “el partido de los abogados”, tienen gran injerencia en la
economía boliviana por sus nexos con empresas nacionales y extranjeras. Son
accionistas, asesores legales o jefes de relaciones públicas de bancos y
compañías estadounidenses dedicadas a la explotación del petróleo y la minería.
Muchos están vinculados al Banco Industrial (fundado con capital norteamericano),
la Gulf Oil Company y el Banco Minero de Bolivia. También tienen alguna
relación con los ex “barones del estaño” Patiño, Hochschild y Aramayo. El
mandatario “por accidente” carece de poder real y se
mantiene bajo la influencia del general Alfredo Ovando Candia, comandante en
jefe de las Fuerzas Armadas. Respeta la Constitución, disuelve el FURMOD e
integra a Bolivia al Pacto Andino.
Siles Salinas tiene
intenciones, sin embargo, de retornar a los viejos tiempos: un gobierno civil,
con un falso barniz democrático, al servicio de la Rosca. Pero no es la persona indicada, ni el momento adecuado. En
esos años, la mortalidad infantil alcanza el 99 por mil. La expectativa de vida
es de 40 años. El 68 por ciento de la población mayor de 15 años no sabe leer
ni escribir. El ingreso anual per cápita es 160 dólares, el más bajo de América
Latina.
El Mandato Revolucionario
de las Fuerzas Armadas
Entre la
noche del 25 y la madrugada del 26 de septiembre de 1969, Ovando toma el poder. Siles Salinas es destituido sin violencia y, poco después, parte al
exilio en Chile. El general Juan José Torres, jefe del Estado Mayor y compañero
de promoción de Ovando en el Colegio Militar, secunda al nuevo presidente de
facto. Ambos coinciden en que es necesario retomar las banderas abandonadas por
el cada vez más fragmentado MNR.
El documento base de los
golpistas renovadores se titula Mandato
Revolucionario de las Fuerzas Armadas de la Nación. Plantea un proyecto
nacionalista, popular y democrático. Señala que los militares “se ponen al
servicio de la Revolución y comprometen su concurso en la lucha por la justicia
social, por la grandeza de la Patria y por la auténtica independencia nacional,
hoy en riesgo de zozobrar por el sojuzgamiento extranjero”. Aunque indirecta,
la referencia a Estados Unidos es obvia. Las Fuerzas Armadas se proponen luchar
contra la anarquía interna y la dependencia externa. Afirman que es necesaria “una rápida y profunda transformación de las
estructuras económicas, sociales, políticas y culturales, para enfrentar la
dependencia, la pobreza, la desorientación y la vietnamización de Bolivia y de
una nueva y estéril inmolación fratricida”. Se declaran a favor de una
economía con propiedad privada, estatal, mixta, cooperativa y comunitaria. En
un párrafo significativo, el pronunciamiento expresa que la oficialidad encomienda al general Alfredo Ovando Candia la
organización de un gobierno revolucionario civil-militar y la integración de
los trabajadores, campesinos, intelectuales y soldados, en la gran línea del
nacionalismo económico, la justicia social y el desarrollo liberador”.
Palabras más, palabras
menos, este último párrafo recuerda a las tres consignas del peronismo en Argentina:
justicia social, independencia económica y soberanía política. El documento
pasa a ser conocido simplemente como “El mandato”.
Más atrás se mencionó la
influencia que quizá ejerció en cierta oficialidad boliviana el ensayo Prusianismo y socialismo, de Oswald
Spengler, sobre todo en los partidarios del “socialismo militar” de la década
del ‘30. Tres décadas después, algunos analistas comenzaron a mencionar la
“histórica unidad cívico-militar”. Una revista argentina afirmó: “En Bolivia, el ejército ha estado unido
siempre al pueblo y hasta los civiles intelectuales estudian en el Instituto de
las Fuerzas Armadas, desde que éste se fundara con Vicente Rojo”[25].
El general español
Vicente Rojo Lluch fue profesor en la Academia Militar de Bolivia de
Rojo Lluch se graduó de
subteniente en 1914 y obtuvo el cuarto lugar en una promoción de 390 cadetes.
En 1922, con el grado de capitán, fue uno de los redactores de los planes de
estudio de las asignaturas de Táctica, Armamento y Tiro para la Academia
Militar de Zaragoza. Al año siguiente, fue destinado a la Academia de
Infantería como profesor de Táctica, función que ejerció hasta 1932, cuando
ingresó a la Escuela Superior de Guerra para realizar el curso de Estado Mayor.
Ascendió a mayor en febrero de 1936. Cuando en julio estalló la guerra civil,
se mantuvo fiel a la República a pesar que la mayoría de sus camaradas se
habían unido al levantamiento del general Francisco Franco. Desde entonces y en
pleno enfrentamiento, fue ganando puestos en el escalafón. En octubre le
otorgaron el grado de teniente coronel y al mes siguiente, durante la ofensiva
franquista contra Madrid, fue nombrado jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de
Defensa, bajo el mando del general José Miaja. Rojo preparó un eficaz plan de
protección de la ciudad, que evitó su caída. A partir de entonces aumentó su
fama como estratega y se transformó en uno de los héroes militares de la
defensa de la capital. En marzo de 1937 ascendió a coronel y en mayo fue nombrado
Jefe del Estado Mayor Central de las Fuerzas Armadas y jefe del Estado Mayor
del Ejército de Tierra. En octubre ya era general.
En febrero de 1939,
cuando cayó Cataluña, el militar se exilió en Francia y luego en Argentina,
donde vivió hasta 1943. Ese año aceptó el ofrecimiento del gobierno de Bolivia
–que le reconocía su grado de general– para organizar y dirigir la cátedra de
Historia Militar y Arte de la Guerra en la Escuela de Estado Mayor.
Vicente Rojo, que residía
en Cochabamba, regresó a España en 1958, donde falleció ocho años después. El
diario El Alcázar, órgano de los ex
combatientes nacionalistas, destacó el prestigio que conservaba entre los
militares por su capacidad profesional. Una delegación de la Falange asistió al
sepelio, como un acto de reconocimiento al antiguo adversario. El estratega
escribió tres libros: ¡Alerta los
pueblos! (1939), ¡España heroica!
(1961) y Así fue la defensa de Madrid
(1967).
Con el incruento golpe de
Estado del general Alfredo Ovando Candia en septiembre de 1969, la revolución
“congelada” de 1952 parece tomar un nuevo impulso. Luego de conocerse “El
mandato”, algún entusiasmado sector de la izquierda llega a considerar a las
Fuerzas Armadas como “vanguardia revolucionaria del proletariado en la lucha
por la liberación nacional y social” [27].
Rápidamente, Ovando organiza un gabinete mixto con militares y jóvenes
intelectuales provenientes de la Democracia Cristiana, el socialcristianismo y
el MNR “de izquierda”, entre los que se destacan Alberto Bailey Gutiérrez, José
Ortíz Mercado, Mariano Baptista Gumucio y
Marcelo Quiroga Santa Cruz.
El general Juan José Torres es designado comandante
en jefe de las Fuerzas Armadas. Aunque en su juventud ha sido simpatizante de
la Falange Socialista Boliviana y más tarde participó en la campaña militar
contra la guerrilla del “Che” Guevara, el oficial es partidario de una apertura
democrática en la que participen los mineros y los campesinos. Dos reconocidos
generales latinoamericanos que en 1968 tomaron el poder en sus respectivos
países han pasado por experiencias semejantes: el peruano Juan Velasco Alvarado
(1910-1977) y el panameño Omar Torrijos (1929-1981), tuvieron participación
contrainsurgente.
El filósofo, literato y
periodista Bailey Gutiérrez es nombrado ministro de Información. Se ha destacado
por la defensa de los recursos naturales de Bolivia y las críticas contra
Barrientos desde su columna en el diario católico Presencia, de la Paz.
Ortíz Mercado, originario
de Santa Cruz de la Sierra y de sólo 29 años, dirige el ministerio de Planificación.
Es un politólogo con una rigurosa formación económica, que durante los tres
años anteriores ha sido diputado nacional por el departamento de Oruro, con la
mínima edad legal para el cargo electivo. Será el autor de la Estrategia Socio-Económica del Desarrollo
Nacional 1971-1991, que aún hoy muchos consideran el documento más
importante de planificación económica en la historia de Bolivia. A diferencia
de todos los estudios anteriores –y muchos posteriores–
que sostienen que el país sólo podrá avanzar a través de la ayuda externa, el
plan de Ortíz Mercado afirma que el esfuerzo interno es el principal motor para
salir de la miseria.
El periodista e historiador
Baptista Gumucio, nacido en Cochabamba, de 36 años y apodado “el mago”, queda
al frente de Educación y Cultura. Considera que “la historia contemporánea de
Bolivia arranca en
Quiroga Santa Cruz, de 38
años, es el nuevo ministro de Minas y Petróleo.
Quiroga ha nacido el 13 de marzo de 1931 en Cochabamba, capital del
departamento del mismo nombre y tercera ciudad en importancia económica de
Bolivia. El nombre viene del dialecto quechua:
cucha (lago) y pampa (planicie). Cochabamba está ubicado en el centro
geográfico del país, a
El nuevo titular de Minas
y Petróleo pertenece a una familia de clase alta y buena situación económica.
Su padre, José Antonio Quiroga, ha sido
ministro del presidente Daniel Salamanca. El joven se forma en Bolivia y en
Chile. Estudia Derecho y Filosofía y Letras. Se interesa por el teatro y el
cine documental. No concluye ninguna carrera, pero no por inconstancia sino por
una avidez de conocimientos que lo lleva de una disciplina a otra. Como
autodidacta, logra una solidez intelectual que asombra a quienes entablan relación
con él.
En 1957, cuando tiene 26
años, publica su novela Los deshabitados.
Es una obra que describe una sociedad rural, todavía feudal, y clerical. El
trasfondo es la revolución nacionalista instaurada en Bolivia en abril de 1952,
mientras el protagonista se debate entre la religión y el anarquismo. Algunos
críticos comparan su estilo con el de Albert Camus y, posteriormente, la
narración es considerada “una temprana premonición de su vida y muerte”. En
1962, Los Deshabitados recibe el
Premio a la Novela Iberoamericana que otorga la Fundación William Faulkner. Con
su primera obra, Quiroga es el único escritor boliviano galardonado con ese
premio, que comparte nada menos que con el brasileño Graciliano Ramos, el
guatemalteco Miguel Ángel Asturias, el paraguayo Raúl Roa Bastos, el peruano
José María Arguedas y el uruguayo Juan Carlos Onetti, todos autores ya
reconocidos.
Marcelo Quiroga fue
director del diario El Sol, de La Paz
(1964-1965). En la época de la guerrilla del “Che” Guevara, se desplaza hacia
una ubicación cercana al socialismo. Es así como resulta electo diputado
nacional.
En su etapa de legislador
durante el régimen de René Barrientos, escribe: “La mayoría oficialista nos
lleva a la convicción casi cotidianamente de que el Parlamento es, hoy día, una
especie de institución residual demoliberal absolutamente ineficaz e indigna de
la representación popular. Con frecuencia los parlamentarios que hemos tomado
con más buena voluntad que acierto la defensa de los intereses populares y
nacionales, salimos con amargura y honda decepción de sesiones que terminan al
amanecer y de las que la prensa da escasa cuenta a la opinión pública” [28].
En 1965 publica el ensayo
El Sistema de Mayo, una denuncia
contra Barrientos por permitir la apertura ilimitada a la inversión extranjera
que le facilitó a la Gulf Oil adueñarse de más 90 por ciento de las reservas
energéticas. En octubre del año siguiente, interpela al ministro de Minas y
Petróleo durante más de nueve horas a causa del elevado costo de construcción
del oleoducto Sica Sica-Arica, para transportar petróleo hacia Chile. Después
impulsa un juicio contra el dictador por tolerar que agentes de la CIA intervinieran
en la persecución y el asesinato del “Che” Guevara. Como consecuencia de esa
iniciativa, es expulsado del Parlamento y confinado en un campo de
concentración en Alto Madidi, húmeda región amazónica cercana a la frontera con
Perú. Su padre, a quien le informan que Marcelo ha sido asesinado, muere en Cochabamba
de un infarto.
El joven Quiroga ha
recibido la fuerte influencia de un coterráneo: el abogado y escritor Sergio Almaraz Paz, nacido en Cochabamba en 1928, hijo de un
profesor de química.
Almaraz, uno
de los más lúcidos pensadores bolivianos, había sido miembro del Partido de la
Izquierda Revolucionaria (PIR). En 1950, considera que el PIR se distancia cada
vez más de los sectores populares y crea, junto con otros jóvenes, el Partido
Comunista de Bolivia (PCB). Seis años más tarde, rompe también con este partido
en desacuerdo con la subordinación a la política internacional de la Unión
Soviética. El alejamiento del PCB le permite aproximarse al nacionalismo
revolucionario y dedicarse al estudio de cuestiones estratégicas como el
petróleo y el estaño. En esa etapa, publica dos libros: Petróleo en Bolivia (1958) y El
poder y la caída. El estaño en la historia de Bolivia (Premio Municipal de
Literatura y Ciencias, Cochabamba, 1966), posiblemente su mejor trabajo.
El escritor
encabeza a una serie de jóvenes intelectuales que en la década de los ‘60 toma
como bandera de lucha la defensa los recursos naturales del país. Entre ellos
se cuentan Marcelo Quiroga Santa Cruz, José Ortíz Mercado y el sociólogo René
Zavaleta Mercado, a quienes, a su vez, Almaraz admira por sus talentos. Casi
todos ellos participan en el Foro Nacional sobre el Petróleo y Gas, realizado
en noviembre de 1967 en la Universidad Mayor de San Simón, en Cochabamba. En
ese encuentro, Almaraz sostiene que Bolivia es un país más gasífero que
petrolero y propone crear una industria petroquímica. La planta, en una primera
etapa, debería encaminarse a la producción de fertilizantes y explosivos. Ese
mismo año, el escritor ha fundado la Coordinación de la Resistencia Nacionalista, última organización
política a la que pertenece, que se opone a la dictadura de Barrientos e impulsa
la nacionalización de los recursos naturales bolivianos.
Sergio
Almaraz fallece en
En el Foro Nacional sobre el Petróleo y Gas, en
noviembre de 1967, Quiroga fustiga al gobierno de Barrientos por la inexistencia
de una política energética nacional. El intelectual desmenuza el Código del
Petróleo de octubre de 1955, redactado por el despacho Shuster & Davenport,
que sólo había favorecido a inversionistas extranjeros, especialmente a la
Bolivian Gulf Oil Company.
Como consecuencia de los beneficios que el “código
Davenport” otorgaba a las compañías transnacionales, ingresaron rápidamente a
Bolivia catorce firmas norteamericanas que se apropiaron de casi trece millones
y medio de hectáreas, entre las que se encontraba la Gulf Oil. Esta empresa se
instaló el 23 de mayo de 1956, un año después de promulgado el código, mediante
contratos de financiación de oleoductos que desvalijaron rápidamente a
Yacimientos Petrolíferos Fiscales de Bolivia. Poseía más de tres millones y
medio de hectáreas para explorar y explotar el petróleo. El monopolio se
benefició con una reserva de 180 millones de barriles de crudo que, a los
precios de 1967, representaban 540 millones de dólares. También disponía de dos
mil millones de pies cúbicos de gas, valuados en 400 millones de dólares. Para
un país como Bolivia, estas cifras eran astronómicas.
Cuando se desarrolla el Foro Nacional sobre el
Petróleo y Gas, hace más de un mes que el “Che” Guevara ha sido capturado por
el ejército y asesinado en la pequeña población de Higueras, en Santa Cruz de
la Sierra. El régimen de Barrientos, sin embargo, continúa agitando el fantasma
de la guerrilla “castrocomunista”. En su conferencia, Quiroga también se
refiere a este tema:
Hace un tiempo han concluido las guerrillas, hay cinco sobrevivientes
perdidos en la selva; y la consecuencia práctica de la conclusión del fenómeno
guerrillero es que Bolivia, su pueblo –después de seis u ocho meses en que ha
sido embriagado con la anécdota guerrillera, durante seis u ocho meses en que
el gobierno y ciertos voceros han utilizado el problema guerrillero como un
distractivo nacional y aglutinante emocional en torno del gobierno– ha de
volver otra vez los ojos a nuestra pequeña y dramática realidad doméstica. Como
en esos espectáculos de feria en que el provinciano abre los ojos
desmesuradamente ante la mujer de dos cabezas, el pueblo ha estado también pasmado,
y como al hombre de la feria, alguien le vacía los bolsillos. A nuestro país
también le han vaciado sus riquezas naturales […].
Hay en esa tendencia a la dicotomía en los hombres de gobierno una
necesidad casi compulsiva de dividir al pueblo de Bolivia en dos grandes grupos
humanos. Ellos están, naturalmente, en el mejor de los dos, en el único digno
de vivir en este país: el de los hombres prácticos, el de los hombres que
prefieren la negociación. A nosotros nos sitúan en el conjunto de los ilusos,
de los líricos, de los ellos suelen llamar los “tontos útiles”. Nosotros
aceptamos complacidos esta última definición y retribuimos con otra que expresa
también una verdad: ellos están en el grupo de los “tontos inútiles”, inútiles
al interés del país. Y en esos dos conjuntos humanos, ellos ven, porque ya es
una obsesión, o a los guerrilleros o a aquellos –que para expresar una metáfora
de mal gusto, impropia de un alto dignatario de estado, aunque naturalmente
explicable por ejemplo en labios de la presidenta de una institución de
beneficencia social– de la cruz o de la hoz y el martillo. Ellos creen que en
este país no hay sino, o los guerrilleros o aquellos que combaten a las
guerrillas haciendo Rummy canasta o pintando las paredes con pintura verde. Y
la verdad es que entre los barbudos guerrilleros del sudeste y los lampiños
funcionarios que pululan en la administración pública hay un pueblo a medio
afeitarse. Por ahora esto es resultado de la miseria, pero en unos años más, de
seguir la conducta del gobierno como hasta ahora, será un distintivo de una
posición política [29].
A sólo 21 días de tomar el poder, la primera
decisión del general Alfredo Ovando es derogar el Código del Petróleo
promulgado por Víctor Paz Estenssoro en 1955.
La medida tiene repercusiones en Argentina. En
1967, bajo el régimen de Barrientos, habían comenzado las negociaciones para
que Bolivia le vendiera gas al país vecino. Pero la Gulf Oil alegó derechos de
propiedad, frustró el acuerdo y negoció directamente con Buenos Aires. El
proceso desnacionalizador de Barrientos continuó cuando el 28 de abril de 1969
le otorgó a la compañía estadounidense Williams Brothers la construcción del
gasoducto hacia Argentina. Veinticuatro horas más tarde, el helicóptero del
dictador se estrellaba en Cochabamba.
Poco después de la
asunción de Ovando, la dictadura argentina del general Juan Carlos Onganía
envía al capitán de fragata (retirado) Francisco
Manrique a La Paz como inicio de una serie de presiones económicas y
diplomáticas que intentan torcer el rumbo del nuevo gobierno boliviano.
Manrique, un oficial de marina que ha participado del derrocamiento del general
Perón en 1955, promete a Ovando el respaldo de su país a “cambio de no hacer
locuras” con la Gulf Oil. Posteriormente, un semanario de Buenos Aires suministra
a sus lectores una elegante versión de los hechos: “La Argentina reemplazó solidariamente la
garantía de la Gulf ante el Banco Mundial, y adoptó frente a las dificultades
del país hermano una actitud comprensiva dictada por sentimientos obvios pero
también por sus propios intereses: nada de lo que ocurre en la casa del vecino
nos es extraño, y sus problemas pueden afectarnos”[30].
Inmediatamente después de la derogación del Código
del Petróleo, Quiroga comienza a presionar dentro del gobierno para que dé el
siguiente paso: la nacionalización de la Gulf Oil. Es una confrontación con
características dramáticas.
Dentro del gobierno se libraba, desde el
principio, una lucha tenaz, a veces sórdida. […] Es preciso reconocer el mérito
de algunos de los que conformaron el equipo civil del gabinete de Ovando y que
se tradujo en esa lucha cotidiana, ese enfrentarse a un monstruo de las
proporciones de Gulf dentro de un gobierno supeditado al control militar que le
impedía romper sus lazos con el imperialismo. Los representantes de la Gulf en
Bolivia lanzaron de inmediato, a través de sus voceros periodísticos (El Diario de La Paz y Los Tiempos de Cochabamba), una campaña
de desprestigio contra el ministro de Minas y Petróleo, Marcelo Quiroga Santa
Cruz. Esta campaña oscilaba entre la calumnia amenazante y la ridiculización
cobarde. Pero, obviamente, no bastaba una campaña periodística. La Gulf sabía
que aún era posible evitar la nacionalización y ejerció toda suerte de presiones
dentro del gobierno y, principalmente, en las Fuerzas Armadas. Primero, ofreció
elevar la participación del Estado en las utilidades de la empresa y luego
ofreció precios más favorables por el crudo que exportaba.
Las maniobras urdidas por Bolivian Gulf Oil
Company muestran hasta qué punto este tipo de empresas se convierten en superestados
dentro de los países a los que explotan y cómo son capaces de movilizar
recursos y comprar conciencias. Por doquier surgieron los simpatizantes de la
empresa norteamericana que recordaban a los militares que un país pobre como
Bolivia no podría acometer la explotación de los hidrocarburos, pues no había
el financiamiento interno necesario. Además –y ésta era una actitud amenazante–
se prevenía sobre la posibilidad de que el gobierno de los Estados Unidos,
influido por Gulf, ejercitara una especie de bloqueo económico sobre Bolivia,
aplicando la nefasta enmienda Hickenlooper. La más vil de las tareas realizadas
por los personeros y corifeos de la Gulf, en los momentos previos a la
nacionalización, consistió en dividir a los bolivianos fomentando el
regionalismo y tratando de movilizar a los departamentos que –como Santa Cruz
de la Sierra– producían la riqueza petrolera con el ofrecimiento a esas
regiones de un incremento de regalías, a cambio de que expresaran su oposición
a la expulsión del consorcio petrolero[31].
En 1962, el Congreso de Estados Unidos había
aprobado una propuesta del senador Bourke Hickenlooper, republicano de Iowa,
que planteaba suspender la ayuda económica a los países que nacionalizaran o
incautaran sin indemnización propiedades de capital norteamericano. La llamada
Enmienda Hickenlooper condicionaba la asistencia económica al pago de
compensaciones “rápidas, adecuadas y efectivas”. Sin embargo, esto no impidió
en 1968 la nacionalización de International Petroleum Corporation, filial de
Jersey Standard en Perú, que promovió el nacimiento de Petroperú luego de una
negociación iniciada tres años antes, con el presidente Fernando Belaúnde Terry
(1963-1968). La cuestión terminó con la expropiación, sin indemnizaciones,
decidida por el general Juan Velasco Alvarado, quien llegó al poder el 3
octubre de 1968 luego de un golpe de Estado que instauró un gobierno
nacionalista.
Los militares del gabinete se oponen a la
nacionalización de la Gulf Oil alegando que provocará, como represalia, la
aplicación de la Enmienda Hickenlooper. El general Ovando, hombre introvertido
y contradictorio, escucha los razonamientos de sus ministros pero no expresa
ninguna opinión. Uno de los momentos decisivos de esta pugna se da cuando una
parte del pueblo se lanza a las calles exigiendo la nacionalización. La
“primavera” política de 1969 había permitido la reorganización de la Central
Obrera Boliviana y el retorno de varios dirigentes exiliados.
Quiroga Santa Cruz aprovecha el respaldo popular y
pasa al contraataque. Decide jugar su carta más fuerte y, en una acalorada
discusión, jura que si no se aprueba la ley presentará su renuncia. Es lo que menos
le conviene al recién formado gobierno, que aún no ha cumplido un mes en el
poder.
El momento era propicio. Ovando había roto las negociaciones con Gulf
y ambicionaba pasar a la historia. […] Al fin, se decidió redactar el Decreto
de Nacionalización que fue firmado por todos los ministros y guardado bajo
llave por el presidente Ovando con el juramento de no revelar el secreto “hasta
el momento oportuno”.
La batalla no estaba aún ganada. Las presiones de Gulf fueron cada vez
más fuertes y Ovando se mostraba cada vez menos decidido a publicar el decreto.
Nuevas discusiones, nuevas argumentaciones, hasta que en la reunión de gabinete
del 16 de octubre de 1969 se decidió abrir el cajón donde estaba el documento
ya firmado y difundir el explosivo decreto.
[…] Todo un mecanismo fue preparado para cumplir con el Decreto de
Nacionalización. Ovando instruyó al entonces comandante en jefe de las Fuerzas
Armadas, general Juan José Torres, que dispusiera la ocupación militar de los
campos de explotación de la Gulf y las oficinas administrativas de la empresa.
El mecanismo debía echar a andar a las 6 de la madrugada del 17 de octubre y a
las 3 de la tarde darse a conocer la medida durante una solemne ceremonia a
realizarse en el Palacio Quemado.
La empresa norteamericana aún jugaba sus últimas cartas, aunque
ignoraba la inminencia del momento histórico. Los ministros civiles, especialmente
aquellos que habían sostenido la lucha tenaz porque fuese dictada la
trascendental medida, decidieron adoptar un plan de seguridad, ya que tenían
informaciones en el sentido de que si la Gulf desbarataba el plan, corrían el
peligro de ser apresados. Esos ministros pasaron prácticamente en vela toda la
noche del 16 de octubre y descansaron en domicilios de amigos en espera de los
acontecimientos y del cumplimiento de la promesa de Ovando [32].
A pesar del poco tiempo para la ejecución, todo
sale como ha sido planeado. A las seis de la mañana, el ejército ingresa a los
campos de explotación de la Gulf Oil en Santa Cruz de la Sierra. A las dos de
la tarde, el propio general Torres ocupa las oficinas centrales de compañía
norteamericana en La Paz. A las tres, las radios bolivianas anuncian la
nacionalización. Una multitud entusiasta sale a las calles y aclama la medida.
Poco más tarde, los miembros del gabinete firman nuevamente, de manera
simbólica, el decreto de expropiación. Por primera vez en mucho tiempo,
dirigentes obreros, universitarios y políticos de oposición, entran a la casa
de gobierno a manifestar su respaldo a la decisión oficial.
Quiroga Santa
Cruz es el artífice indiscutido de la nacionalización de los bienes de la Gulf
Oil el 17 de octubre de 1969, que reintegra al Estado los campos gasíferos.
Los beneficios son
enormes para la economía nacional. Bolivia deja de comprar petróleo a una empresa
extranjera y recupera el 90 por ciento de las reservas de gas que estaban en
manos de la Gulf Oil. A pesar de que ofrece pagar 80 millones de dólares de
indemnización, el país gana reservas gasíferas y petrolíferas por valor de
cinco mil millones de dólares, además de restablecer el mercado argentino para
YPFB.
El joven ministro declara a la prensa: “A Bolivian Gulf no se le pagará ni un
centavo de indemnización por el gas ni por el petróleo, porque ambas riquezas
son del pueblo boliviano. Tampoco se pagará indemnización alguna por las
inversiones que la compañía hubiera efectuado en el país, ya que no nos
interesan los gastos en que hubiera incurrido. El problema se reduce a cancelar
el monto relativo al activo fijo que la empresa petrolera deja en Bolivia, vale
decir, indemnizarla por la maquinaria y vehículos que se quedarán en el país,
por sus bienes inmuebles, bombas y plantas de reinyección”[33].
La reacción de los intereses petroleros afectados
es inmediata y en cadena.
El imperio contraataca
La Gulf Oil se resigna a perder las concesiones
pero quiere controlar a toda costa la comercialización de hidrocarburos y,
reclama, además, una indemnización mayor. Por presión de la empresa, se cierran
los mercados de petróleo para las exportaciones bolivianas. Como consecuencia,
el campo de Río Grande debe suspender temporalmente sus operaciones y disminuye
la producción total del país. Se paraliza la venta del crudo en Arica. Se
interrumpe la exportación de gas hacia Argentina y se retienen los materiales
para el tendido del gasoducto Yacuiba, en Tarija, en la frontera con ese país.
Por presión de la Gulf a través de sus socios de la Banca Morgan, el Banco
Mundial deja sin efecto el crédito para la construcción del gasoducto. Poco
después de la nacionalización, una corrida bancaria obliga al gobierno a
imponer un tímido control de las divisas.
Los grandes
medios de prensa locales se unen a esta campaña antinacional. Aumentan las
críticas hacia Marcelo Quiroga Santa Cruz, se genera un ambiente de
incertidumbre en la población y se afirma que en poco tiempo “los bolivianos
deberán comer petróleo, pues la ruina será total”[34].
El gobierno de Ovando borra con el codo lo que ha
escrito con la mano. A contrapelo del decreto de nacionalización, el 29 de diciembre
de 1969 firma un contrato con la empresa francesa Gopetrole para evaluar las
inversiones de la ex Bolivian Gulf Oil y determinar la indemnización. La firma
establece que la reparación económica es de 101 millones 98.961 dólares.
En febrero de 1970,
Quiroga envía una carta al Banco Mundial. Explica que desde el 17 de octubre de
1969, cuando se dictó el decreto que recuperaba para el Estado todas las
concesiones otorgadas a la Gulf Oil y se nacionalizaban todos sus bienes,
personeros de la empresa se entrevistaron con él sólo dos veces. En ninguna de
esas ocasiones, agrega Quiroga, se discutió acerca de la cantidad que Bolivia
debía pagar como indemnización. Hubo un primera visita el 13 de noviembre de
1969, mientras él cumplía una misión oficial en Argentina. Los delegados de la
Gulf Oil aprovecharon la ausencia del ministro y propusieron derogar el decreto
de nacionalización, lo que fue rechazado. Poco más de un mes después, el 17 de
diciembre de 1969, Quiroga recibió a una nueva delegación. Los enviados
manifestaron que no eran portadores de ninguna propuesta y que esperaban
recibir una oferta formal del gobierno.
En respuesta a esta explicación dije a los representantes
de Gulf que el gobierno de Bolivia no tenía nada que proponer y que reiteraba
la decisión adoptada el 17 de octubre de ese año, en todos los términos
consignados en el decreto de esa fecha. Aproveché la circunstancia para
proponer la adquisición de las instalaciones destinadas al procesamiento del
gas […], compra que no podía ser pagada por el gobierno de Bolivia en otra
forma que mediante la entrega de petróleo en el puerto de Arica y por un valor
equivalente. Los personeros de Gulf reconocieron que la proposición era viable
y prometieron una respuesta oficial en el término de “unos pocos días”. Desde
entonces han transcurrido cincuenta y cinco días sin que Gulf hubiera cumplido
el compromiso contraído […]. En la primera quincena de enero y pocos días
después de haber solicitado audiencia en este ministerio para una nueva
delegación que debió llegar a La Paz, hicieron saber a los funcionarios del
Ministerio de Minas y Petróleo que el viaje de esta nueva comisión había sido
suspendido.
[…] Con excepción de las dos únicas y breves audiencias
concedidas en las oficinas del Ministerio de Minas y Petróleo, en las fechas
que se mencionan, nunca tuve relación de ningún género con los emisarios de esa
empresa [35].
Los esfuerzos de Quiroga por mantener el decreto de
nacionalización son estériles. Su suerte ya está echada.
La Gulf Oil logra que, desde Estados Unidos, el
presidente republicano Richard Nixon también presione al gobierno boliviano. En
marzo de 1970 llega a La Paz, en visita de “cortesía”, un enviado de Washington:
Charles Meyer, secretario adjunto para Asuntos Latinoamericanos del
Departamento de Estado. Meyer se entrevista con el general Ovando para negociar
un acuerdo “honorable”. Una de las condiciones del funcionario norteamericano
es la salida del ministro de Minas y Petróleo del gabinete.
También en marzo arriba a Bolivia el comandante en
jefe del ejército argentino, teniente general Alejandro Agustín Lanusse,
acompañado de Luis María de Pablo Pardo, asesor de la cancillería. Ambos se
reúnen con el nuevo comandante en jefe boliviano, el general Rogelio Miranda,
un producto bastante silvestre de la guerra
fría que reemplaza a Juan José Torres, desplazado del cargo por su incómodo
perfil nacionalista revolucionario. Miranda, un oficial de escasa inteligencia,
pro estadounidense y anticomunista, es el “hombre” de la dictadura argentina en
Bolivia.
Abandonado por el presidente, confrontado con los
militares, atacado por la burguesía, cuestionado por la prensa y boicoteado por
la burocracia administrativa del propio gobierno, Quiroga renuncia el 20 de
mayo de 1970.
A Torres y Quiroga les sigue Alberto Bailey,
ministro de Información, quien es criticado por los propietarios de los grandes
medios y la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). Jorge Carrasco Villalobos,
dueño de El Diario, de la capital, ha
prohibido a sus reporteros que mencionen al funcionario en las noticias; su
apellido jamás aparece en las páginas del periódico. Cuando en agosto de 1970
el gobierno clausura el semanario Prensa,
que salía los lunes, editado por el Sindicato de Trabajadores de la Prensa de
La Paz (STPLP), el ministro renuncia a través una valiente carta pública.
Pero los esfuerzos de Ovando por satisfacer al gran
poder internacional del dinero son inútiles. Un testigo de la época recordará
35 años después:
En 1970, se enfrentaron en Bolivia dos
proyectos de país. El primero, encabezado por el general Alfredo Ovando Candia,
Marcelo Quiroga Santa Cruz y José Ortíz Mercado, que nacionalizó el petróleo,
instaló los primeros hornos estatales de fundición de estaño y elaboró la
Estrategia para el Desarrollo Nacional. El segundo, es el que nos agobia hasta
ahora. […]
La experiencia demostró que el desarrollo
nacional no puede ser encabezado por empresarios nativos, siempre sumisos al
capital foráneo, sino por un movimiento patriótico decidido a industrializar el
país y lograr la justicia social, mediante el fortalecimiento del Estado
nacional. […]
Lo anterior explica la urgencia de Washington
por aplastar la rebeldía nacional. Inmediatamente después de la nacionalización
de la Gulf, la CIA conspiró para detenerla. Los regímenes militares de Brasil y
Argentina secundaron esos aprestos. La embrionaria oligarquía cruceña articuló
sus planes golpistas con los empresarios mineros. En este crucial
enfrentamiento, la izquierda foránea se equivocó al combatir a Ovando. El
Ejército de Liberación Nacional (ELN) abrió un foco guerrillero que al plantear
la destrucción de las Fuerzas Armadas, hizo que la mayoría de los militares
cambiara de bando. El Partido Comunista «pekinés» asaltó tierras y moteles,
invocando, para esta última medida, la revolución moral de Mao Tse Tung. El
Partido Comunista «moscovita» asumió posiciones dubitativas y contradictorias.
El trotskismo de Guillermo Lora convocó a la Asamblea Popular, lo que empujó a
las capas medias a los brazos del imperio” [36].
En realidad, Ovando ya había abandonado el proyecto
nacionalista revolucionario inicial de su gobierno desde mucho antes. Su suerte
también está echada. Aunque desde mediados de 1970 había intentado
reconciliarse con la derecha, dos infiltrados conspiraban para derrocarlo: el
general Rogelio Miranda y el coronel Juan Ayoroa, ministro del Interior.
Golpe y contragolpe
El 7 de agosto de 1970,
Día de las Fuerzas Armadas, el obtuso comandante en jefe Rogelio Miranda lee un
discurso y expresa la desaprobación de las tres armas al gobierno de Alfredo
Ovando Candia. Afirma que la institución castrense “no está ni en la izquierda, ni en la derecha”. Implícitamente, este
oficial cerril que con mucha dificultad puede deletrear la palabra “constitucionalidad”,
da por terminado el Mandato de las Fuerzas Armadas aprobado dos años antes.
Además de la
situación interior y la presión exterior, hay un tercer factor externo que
conspira contra Ovando: el régimen militar argentino.
El teniente general
Lanusse prepara en Buenos Aires el terreno para dar un golpe “institucional”
que lo lleve al poder. En junio había desplazado al teniente general Juan
Carlos Onganía de la Casa Rosada y colocado en su lugar al general Roberto
Marcelo Levingston, ex agregado militar en Washington. El comandante necesita
la alianza con un país vecino en la sórdida contienda geopolítica con Brasil
para mantener la hegemonía en el Cono Sur. La inestable Bolivia le calza como
anillo al dedo.
Detrás del
militar argentino se mueve la Banca Morgan, asociada a la Gulf Oil. La empresa
norteamericana ve en la mancuerna Lanusse-Miranda la mejor oportunidad, si no
para recuperar sus concesiones, al menos para retomar el control de la
comercialización de los hidrocarburos bolivianos y garantizar su participación
en la construcción del gasoducto. Mientras los agentes de Lanusse desarrollan
una ardua labor en La Paz, Miranda visita continuamente los cuarteles más
importantes augurando una rápida comercialización del petróleo nacionalizado.
El coronel Juan Ayoroa, ministro del Interior, se encarga de contener el
desarrollo político de la oposición de izquierda reprimiendo manifestaciones y
encarcelando a dirigentes[37].
El 4 de octubre, mientras Ovando se encuentra en
Santa Cruz, se publica en la prensa una “Proclama subversiva de jefes y
oficiales” que exige la renuncia del mandatario, acusándolo de “comunista”. Los
golpistas son alrededor de
En esos 360 minutos, los
acontecimientos se suceden a un ritmo vertiginoso. El general Juan José Torres
se dirige a la Base Aérea de El Alto, en La Paz, y el grupo Aéreo lo proclama
presidente. Inmediatamente el oficial comienza a recibir el respaldo de diversas
unidades militares. Tropas de elite del Centro de Instrucción de Tropas
Especiales (CITE), grupo de paracaidistas creado en
1963 en Cochabamba, toman el Palacio Quemado, reconocen a Torres como jefe de
Estado y se disponen a recibirlo. A esta reacción contra el golpe de
Miranda, se agrega la movilización de trabajadores y estudiantes.
Por el momento, los
planes de las fuerzas conservadoras locales, la Gulf Oil y Lanusse se frenan.
El nuevo gobierno
cívico-militar impulsa las tareas nacionalistas revolucionarias que habían
quedado pendientes durante el gobierno de Ovando.
Torres mantiene en el gabinete a José Ortíz Mercado, quien luego
de ocupar el ministerio de Planeamiento con el régimen anterior, se convierte
en coordinador del Consejo de Ministros. Por primera vez en muchas
décadas, el pueblo ve cómo las Fuerzas Armadas recuperan los aspectos más
positivos de las gestiones de David Toro, Germán Busch Becerra, Gualberto
Villarroel y el MNR de
Para comenzar, el general
se aparta de la Doctrina de Seguridad Nacional elaborada en el Pentágono y
exportada a Iberoamérica. En el nuevo concepto de defensa nacional, incluye la
preservación de los recursos naturales del país, el combate a la pobreza y la
superación del retraso económico. En medio de una
constante agitación política, inaugura la fundición de estaño de Vinto,
revierte el contrato de mina Matilde y crea corporaciones de desarrollo. El
gobierno expulsa al Cuerpo de Paz y libera al intelectual francés Regis Debray,
condenado a 30 años de prisión por su vinculación con la guerrilla del
“Che” Guevara.
En el aspecto
internacional el nuevo gobierno considera que la contradicción no se da entre
Este-Oeste, potencias capitalistas y comunistas (Estados Unidos versus el
bloque soviético), sino entre Norte-Sur, naciones desarrolladas y países
dependientes. Bolivia se integra al Movimiento de No Alineados (NOAL), creado
en 1961 por iniciativa del egipcio Gamal Abdel, el indio Jawaharlal Nehru y el
yugoslavo Josip Broz Tito. La intención de
Torres es crear un Estado nacional e independiente, no realizar una revolución
socialista que considera inviable.
Sin embargo,
la reacción no tarda en llegar. El sector más duro de las Fuerzas Armadas, los
empresarios y la clase media urbana temerosa por “la instauración del comunismo”
encaminan sus pasos hacia la embajada de Estados Unidos, que observa alarmada
el proceso nacionalista revolucionario y decide frenarlo a toda costa. La
embrionaria oligarquía de Santa Cruz de la Sierra, los grandes terratenientes y
los empresarios mineros son partidarios de un contragolpe. En enero de 1971, el
coronel Hugo Banzer Suárez intenta un cuartelazo, fracasa y se asila en la
embajada de Argentina.
La izquierda tradicional
y la ultraizquierda, en lugar de apoyar al gobierno popular, asumen posturas
contradictorias o directamente de confrontación. El dirigente maoísta Oscar Zamora Medinaceli ocupa
haciendas en Santa Cruz de la Sierra (dos décadas después, en 1989, Zamora será
candidato vicepresidencial de Banzer y, más tarde, embajador en China). Muchos dirigentes de organizaciones populares, en lugar de
cerrar filas alrededor del primer general que no los reprime en mucho tiempo,
le exigen la instauración del socialismo. No entienden que Torres es un militar
que sólo aspira a reconstruir un país independiente.
Banzer
organiza a su alrededor a la Falange Socialista Boliviana y al MNR de Paz
Estenssoro, del que se ha escindido el MNR de Izquierda de Siles Zuazo. Los
regímenes militares de Argentina y Brasil secundan las maniobras conspirativas.
El 19 de agosto de 1971, el oficial encabeza otro golpe de Estado que culmina
48 horas después, con enfrentamientos armados en La Paz y Santa Cruz. El
resultado es alrededor de 100 muertos y 500 heridos. El nuevo régimen declara
ilegales a los partidos de izquierda, disuelve la COB y cierra las
universidades.
Cientos de opositores marchan al exilio, entre
ellos Marcelo Quiroga Santa Cruz, quien se dirige a Chile y luego a Argentina.
3. Exilio, regreso y muerte
Banzer Suárez (1926-2002),
originario de Santa Cruz de la Sierra y descendiente de alemanes, hizo una
carrera meteórica en el ejército.
Ingresó al Colegio Militar a los 14 años, por recomendación
del coronel Germán Busch Becerra. Ya egresado, tomó clases en la Escuela de
Aplicación de Armas, la Escuela de Comando y Estado Mayor, y la Escuela de
Altos Estudios Militares. Fue seleccionado para tomar cursos en institutos
militares de Argentina, Brasil y Estados Unidos. Se especializó en lucha
contrainsurgente en la Escuela de Las Américas, en la Zona del Canal de Panamá,
donde se distinguió como uno de los mejores alumnos. Entre 1967 y 1969 fue
agregado militar de la embajada en Buenos Aires.
El régimen
cívico-militar de Banzer se beneficia con el precio internacional del petróleo
y los minerales, además de la llegada de créditos del exterior. Impone leyes
que benefician la inversión extranjera. En 1972, la venta de gas a la Argentina
representa un importante ingreso para la economía nacional. Bajo su mandato se
construyen la autopista La Paz-El Alto y la refinería de Palmasola, aumenta la
construcción pública y privada, se instalan nuevos sistemas de
telecomunicaciones y se adquieren aviones para el Lloyd Aéreo Boliviano.
Pero la
doctrina desarrollista con fuerte control estatal tiene su contrapeso. Con una
visión errónea del crecimiento de la producción petrolera, Banzer se lanza a un
proyecto de aumento de las exportaciones que debe dar marcha atrás por la
demanda de consumo interno. La devaluación de la moneda, por primera vez en 16
años, causa un estremecimiento social. El endeudamiento externo fue el más alto
del siglo XX, al multiplicar la deuda en casi seis veces.
Banzer retoma
el fuerte componente anticomunista de la guerra
fría, inculcado sistemáticamente por Estados Unidos a los ejércitos de
América Latina.
Refugiado en
Chile, Marcelo Quiroga Santa Cruz combina el periodismo con clases en la Universidad.
Dos meses antes del golpe del general Augusto Pinochet, que el 11 de septiembre
de 1973 derroca al presidente Salvador Allende, el exiliado se traslada a
Argentina. El año anterior, ha publicado en este país El saqueo de Bolivia, que se agota rápidamente.
Desde Buenos Aires, Quiroga le solicita a Banzer
garantías mínimas para regresar a La Paz y permanecer sólo el tiempo necesario
para demostrar, en forma documentada, las desventajas para Bolivia en la negociación
de venta de gas a Brasil. El dictador ignora el pedido, pero el dirigente
socialista insiste a través de otro recurso: en mayo de 1974, remite a la
prensa de su país un texto de 24 páginas titulado “Acta de capitulación
nacional”. Ningún periódico lo publica, ni siquiera sintetizado o comentado
bajo la forma de un artículo.
Quiroga
escribe en el diario Noticias, que
responde a la llamada “tendencia revolucionaria” del peronismo. También da
cátedra en la Universidad Nacional de Buenos Aires (UNBA), que dirige el
intelectual Rodolfo Puiggrós, un ex comunista que en 1946 optó por el peronismo. El pensador
nacional es autor de más de 30 libros, entre los que se cuentan De la colonia a la revolución (1940), Historia económica del Río de la Plata
(1945), Historia crítica de los partidos
políticos argentinos (1956), La
España que conquistó al nuevo mundo (1961), El Yrigoyenismo (1965) y Las
izquierdas y el problema nacional (1966).
En Buenos
Aires, Quiroga conoce al periodista brasileño Neiva Moreira, ex diputado del
Partido Democrático Trabalhista, también exiliado y editor de la revista
mensual Tercer mundo. Tenaz, el ex
ministro de Petróleo y Minas publica en esa revista el “Acta de capitulación nacional” con el título de “Bolivia: sin gas ni patria”, que será el
punto de partida del libro Oleocracia o
patria, terminado en 1977. Tercer mundo
sólo logra sacar seis números antes de ser clausurada.
Poco después, Quiroga sufre un atentado de la
Alianza Anticomunista Argentina. Se reencontrará con Puiggrós y Neiva Moreira a
En 1975, Quiroga llega al Distrito Federal, donde
vive tres años y comparte el destierro con su amigo René Zavaleta Mercado.
Igual que en Chile y en Argentina combina la enseñanza con el periodismo. Da
clases en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y publica una
columna semanal en el diario El Día,
fundado en 1962 y dirigido por Enrique Ramírez y Ramírez, ex diputado del “ala
izquierda” del Partido Revolucionario Institucional (PRI).
En la década del ‘70, El Día tiene la mejor sección de información y análisis
internacional en México. El periódico dedica varias páginas a lo que sucede en
el mundo, con un fuerte énfasis en América Latina. Es fuente de consulta de
periodistas nacionales, corresponsales extranjeros, políticos, académicos y
diplomáticos.
Además de Quiroga, Zavaleta Mercado y Puiggrós
–cofundador del diario en un exilio anterior– en El Día trabajan otros exiliados suramericanos: el argentino
Gregorio Selser, autor de Sandino,
general de hombres libres y varios libros sobre la relación Estados
Unidos-América Latina; los uruguayos Daniel Waksman Schinca y Niko Schwarz; los
brasileños Ruy Mauro Marini y Francisco Julião,
creador de las Ligas Campesinas en su país; la chilena Frida Modak, ex jefa de
prensa del presidente Salvador Allende; los panameños Jorge Turner y Nils
Castro, que tiempo después serán colaboradores del general Omar Torrijos. Por
la sección internacional pasan más tarde varios
guatemaltecos y salvadoreños, y el narrador, poeta y
periodista boliviano René Bascopé Aspiazu,
fundador de la revista Trasluz y el
semanario Aquí, nacido en 1951 y
muerto en un accidente de armas en 1984.
Alguien definió en los ‘70 a El Día como “una constelación del destierro iberoamericano”. El más
veterano de los exiliados que escriben en El
Día es el político, periodista y economista español Antonio Pérez García,
quien ha llegado a México en 1956 –luego de permanecer 15 años preso en el
tristemente célebre presidio de Burgos– y que firma con el seudónimo de “Mario
Zapata”. Pérez García, vinculado a editoriales de prestigio internacional, como
el Fondo de Cultura Económica, ha sido asesor de
Ernesto Guevara en el Banco Nacional de Cuba, en 1960.
Son años de intensa
actividad política. En 1976, Marcelo Quiroga Santa Cruz es miembro fundador del
Instituto de Economistas del Tercer Mundo, del Seminario Permanente para
América Latina (SEPLA) y la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP),
una iniciativa del peruano Genaro Carnero Checa, también asilado en México.
Este veterano hombre de prensa fue creador en 1950
de la Federación de Periodistas del Perú, amigo
del poeta chileno Pablo Neruda y autor de más
de 20 libros, entre los que se cuenta La acción escrita: José Carlos Mariátegui, periodista (Imprenta Torres Aguirre, Lima, 1964). En la sede de la
FELAP, se presenta en febrero de 1977 la revista de Neiva Moreira, rebautizada Cuadernos del tercer mundo.
Carnero
Checa, Puiggrós y Pérez García mueren en 1980, el mismo día. Al autor de estas líneas –en ese
entonces editor de la sección internacional de El Día– le toca redactar las semblanzas biográficas de cada uno
para Cuadernos del tercer mundo, que
comienzan con la siguiente introducción: “Por
dolorosa coincidencia, el 12 de noviembre fallecían tres veteranos luchadores
en el exilio: el peruano Genaro Carnero Checa, el argentino Rodolfo Puiggrós y
el español Mario Zapata. Sus desapariciones dejan un vacío en México, país al
que amaron sin titubeos, y afectan a toda América Latina, esa Patria Grande por
la que pelearon desde sus particulares trincheras”[38].
El destierro fecundo: Oleocracia o patria
La residencia obligada de Marcelo Santa Cruz fuera
de Bolivia es muy productiva. El “Acta de capitulación nacional”, aquel texto
de 24 páginas que en mayo de 1974 no se atrevió a publicar ningún medio de
comunicación de su país, y que finalmente apareció en la revista Tercer mundo con el título de “Bolivia: sin gas ni patria”, tiene un mejor destino en el
exterior. En 1977 se transforma en Oleocracia
o patria, un documentado alegato de 248 páginas en forma de libro que
publicará en 1982 la editorial Siglo XXI, de México.
Desde la introducción, Quiroga va al grano: “Los recursos naturales no renovables son el
pan de hoy y el hambre de mañana”. Esta doble característica, agrega, “que los pueblos coloniales y las naciones dependientes
conocen y sufren inmemoriablemente, han comenzado a entenderla también, aunque
muy a pesar suyo, los que siempre se beneficiaron de sus efectos”[39].
Durante la primera mitad del siglo XIX los p
aíses industriales consumieron más recursos
naturales no renovables que en el resto de la historia de la humanidad, se lee
en Oleocracia o patria. Para 1975, es
decir 25 años después de ese periodo, las potencias capitalistas habían
superado ese peligroso límite. Para sustentar estas afirmaciones, Quiroga cita
un informe del Massachusetts Institute of Technology (MIT), elaborado para el
Club de Roma en abril de 1977:
“El consumo de
recursos minerales en el mundo aumenta a un ritmo de 6% anual; […] una gran
parte de las reservas minerales más importantes se agotarán antes del año 2050.
Algunos ejemplos: carbón, en 111 años; hierro, en 93 años; petróleo, en 20
años; oro, en nueve años. Y en plazos no mayores a los 25 años, el aluminio,
cromo, cobalto, plata, platino, mercurio y estaño”[40].
Quiroga describe cómo, al inicio del siglo XIX, las
compañías norteamericanas se lanzan hacia el Tercer Mundo a la búsqueda de
petróleo:
[…] La producción petrolera mundial se concentraba, casi
exclusivamente, en el territorio de los Estados Unidos. Pero veinte años
después las primeras grandes empresas petroleras de este país comienzan a
olfatear el crudo medioriental y latinoamericano y a perforar en ambas
regiones. Cuando estalla la Segunda Guerra Mundial, la participación
norteamericana en la producción mundial desciende al 65%, en tanto que la de
América Latina sube al 13% y la del Golfo Pérsico alcanza al 9%. En 1960 la
producción norteamericana desciende al 37%, la de América Latina sube al 17% y
la de los países árabes sobrepasa el 28%. Diez años después, en 1970, la
participación de los Estados Unidos disminuye al 25%, la de América Latina baja
al 11%, la de medio Oriente sube al 34% y la del norte de África llega al 15%.
Que la producción norteamericana descienda del 88% al 25%, en tanto
que las de Asia, América Latina y África sumadas, asciendan desde el 3% al 60%
en el transcurso de medio siglo, no indica que el crudo se traslade
subterráneamente desde el territorio de la metrópoli al de los países coloniales
o neocolonizados, sino que los capitales norteamericanos se van allí donde la
explotación de ese hidrocarburo les asegura un margen mayor de utilidades. ¿Para
qué agotar los yacimientos propios, pudiendo echar mano del crudo ultramarino?
Entre los altos costos de producción determinados por el privilegiado
nivel de vida de las satisfechas masas consumidoras norteamericanas, y el costo
irrisorio en esos pueblos que sólo aspiran a subsistir; […] entre los exhaustos
yacimientos del oeste americano y las rebosantes napas del Golfo Pérsico, del
noroeste africano y del Caribe, ¿cómo no olvidarse de esas fatigadas bombas de
succión que cabecean en Texas, con un rendimiento decreciente, cómo no correr
en busca de ese nuevo maná ascendente para el que los pueblos sojuzgados no
tienen manos hábiles, y llevarlo hasta la Bolsa de Valores de Nueva York? ¿Qué
destino mejor ni más justo podría tener ese crudo que trasladarse a la
metrópoli para retornar al suelo oriundo transformado en poco más o menos todo
lo que necesitan los árabes, los africanos, los latinoamericanos, desde las
exóticas ropas que visten hasta los preservativos que se les enseña a usar para
evitar que sigan naciendo aquéllos a los que ya no podrían vestir ni alimentar?[41].
“Un devorador
de energía que acusa los primeros síntomas de una grave anemia”: así define
Quiroga premonitoriamente a Estados Unidos en 1977. No llegará a enterarse de
la guerra del Golfo Pérsico en 1991 (Operación Tormenta del Desierto), ni la
invasión a Afganistán en 2001 (Operación Libertad Duradera), ni la ocupación de
Irak en 2003 (Operación Libertad).
Lo de “premonitorio” no es exagerado. En Oleocracia o patria se reproducen
sugestivas frases del secretario de Estado Henry Kissinger y los presidentes
Gerald Ford y James Carter, quienes en cierto modo preanuncian la decisión de
George W. Bush de instalarse militarmente en Afganistán e Irak.
El 2 de enero de 1975, Kissinger declara al
semanario neoyorkino Bussiness Week: “La única posibilidad de hacer bajar
inmediatamente los precios del petróleo sería una guerra política masiva contra
países como Arabia Saudita e Irán, de modo de hacer que su estabilidad
política, y tal vez su seguridad, estén en peligro si no cooperan”. El
secretario de Estado afirmó abiertamente que cuando no hay dinero suficiente
para comprar gobiernos sólo resta el camino de la ocupación armada: “No digo que no existan circunstancias en
que no usaríamos la fuerza; pero una cosa es usarla en caso de una disputa por
precios, y otra cuando existe un verdadero estrangulamiento del mundo
industrializado”.
Tres meses antes, Ford había anunciado poco menos
que la llegada del Leviatán, al inaugurar en Detroit la Novena Conferencia
Energética. “Nadie está en condiciones de
calcular la amplitud de los daños ni estimar las consecuencias desastrosas de
la negativa de las naciones a destinar los dones de la naturaleza en beneficio
de la humanidad”, sostiene el mandatario republicano el 23 de septiembre de
1974, ante representantes de 69 países. Y agrega:
“Como los recursos terrestres han
sido equitativamente distribuidos, los países están obligados a escoger entre
el conflicto y la cooperación. Cuando las naciones empuñan las materias primas
como arma política, el resultado no puede ser otro que el sufrimiento de todos.
Históricamente, las naciones han combatido sólo para obtener el agua y la
alimentación, o estratégicos pasajes terrestres o marítimos, pero en la era
atómica los riesgos para la humanidad entera se hacen inevitables cuando cada
conflicto local puede convertirse en una catástrofe global. Es difícil debatir
el problema energético sin caer en palabras apocalípticas”.
Cuando Ford alude a “destinar los dones de la naturaleza en beneficio de la humanidad”,
seguramente no se refería a Somalia, Ruanda, Indonesia o Haití. Es posible que
utilizara la palabra “humanidad” como sinónimo de Estados Unidos.
El 18 de abril de 1977, Carter retoma el tema: “El petróleo, que interviene en el 75% de la
energía que consumimos, se está agotando”, dice el presidente demócrata en
un discurso.
“La producción
nacional disminuye constantemente, a razón del 6% anual. En los últimos cinco
años, las importaciones se han duplicado. […] Si no actuamos sobrevendrá una
crisis económica, social y política que amenazará a nuestras instituciones
libres. Con excepción de evitar la guerra, éste es el mayor desafío que nuestro
país enfrentará durante nuestras vidas. La crisis energética aún no nos ha
abrumado, pero lo hará si no actuamos rápidamente”.
Es prácticamente el mismo discurso de George W.
Bush casi 30 años más tarde. Con un agregado: a la defensa de las
“instituciones libres” y la “democracia”, Bush agrega la “lucha contra el
terrorismo”. Pero lo que yace en el fondo de la cuestión es lo que Quiroga
define como “oleofagia”:
Estados Unidos, con una población que no sobrepasa el 6% del total
mundial, consume la tercera parte de la energía que se gasta en el mundo entero.
[…] Porque la fuerza energética fundamental en los Estados Unidos no es, desde
luego, la hidroeléctrica, ni siquiera el carbón, sino el petróleo […].
Naturalmente que esta insaciable oleofagia no podía terminar de otro
modo que en el agotamiento de sus propias reservas. Hasta el inicio de la
segunda posguerra, los Estados Unidos fueron una nación autosuficiente. En las
tres décadas transcurridas se ha convertido, tanto por la magnitud de sus
requerimientos globales de crudo, como por la singular utilización mayoritaria
que hace de él (gasolina para automotores) en el primer importador de petróleo[42].
Estados Unidos, escribe Marcelo Quiroga Santa Cruz
en 1977, es “el país energéticamente más
dependiente del mundo”.
Bolivia blindada
A partir de
agosto de 1971, Hugo Banzer se alinea con el tirano paraguayo Alfredo
Stroessner, luego con el general brasilero Ernesto Geisel y, más tarde, con las
dictaduras del chileno Augusto Pinochet y los sucesivos generales de Argentina
y Uruguay.
En noviembre
de 1974, el militar excluye del gobierno a los partidos que lo llevaron al
poder y se apoya únicamente en las Fuerzas Armadas. Ese año, su reacción frente
a las protestas por la devaluación de la moneda y otras medidas económicas son las masacres de Tolata, Epizana, Mizque
y Suticollo, que dejan 80 muertos y cientos de heridos. Se le considera el
autor intelectual de las muertes de dos miembros del ejército: el coronel
Andrés Selich, su brutal ex ministro del Interior muerto a golpes por antiguos
subordinados en 1973, y el ex presidente José Luis Torres, asesinado en Buenos
Aires en 1976.
Bolivia se
une a la Operación Cóndor con las dictaduras de Argentina, Chile, Paraguay y
Uruguay en el exterminio de opositores. Durante su régimen, cerca de 35.000 bolivianos,
entre arrestados y exiliados, sufren las represalias del poder. Alrededor de
500 son asesinados o “desaparecidos”.
Pero el dictador tiene el
mismo destino que muchos de sus antecesores. En 1977, ante la presión interna y
externa, convoca a elecciones. A través de un fraude escandaloso impone a su
candidato, el general Juan Pereda Asbún, por encima de la Unidad Democrática y
Popular (UDP), una coalición de centro-izquierda liderada por Hernán Siles
Zuazo. Los comicios son anulados, pero en julio de 1978 Pereda reacciona
derrocando a Banzer, quien termina alejado de la política como embajador en
Argentina.
La etapa 1978-1982 es la
más inestable de toda la historia de Bolivia. Nueve
presidentes se alternan en cuatro años y medio. De ellos, siete son de facto y sólo dos constitucionales. La efímera
secuencia presidencial es: general Juan Pereda (1978), general David Padilla
(1978-1979), Walter Guevara (1979), coronel Alberto Natusch Busch (1979), Lidia
Gueiler (1979-1980), general Luis García Meza (1980-1981), junta militar
(1981), general Celso Torrelio (1981-1982) y general Guido Vildoso (1982).
En las elecciones de
junio de 1980 triunfó la Unión UDP, pero Hernán Siles Zuazo no alcanza a asumir
a causa de un nuevo golpe de Estado perpetrado por el general Luis García Meza,
secundado por el coronel Luis Arce Gómez. Ambos instauran lo que el periodista
Gregorio Selser denominará “la narcodictadura de los cocadólares”.
Ese trágico 17 de julio de 1980, Quiroga Santa Cruz
debía estar en Cochabamba, en el programa “Momento Político”, de Canal 11 de
Televisión Universitaria, pero suspende el viaje y decide enfrentar, altivo
como siempre, la asonada militar. Instala su puesto de lucha en el Consejo
Nacional de Defensa de la Democracia (Conade), ubicado en el edificio de la
Central Obrera Boliviana, en el Paseo del Prado. En el lugar sólo hay cinco o
seis personas, entre ellas el viejo dirigente obrero Juan Lechín. La
instalación es asaltada por paramilitares que lo hieren a Marcelo de un tiro en
el pecho. Lo llevan a la sede del Estado Mayor de Ejército y lo torturan hasta
que muere. Después, queman el cadáver. Una versión sostiene que hacen en una
instalación militar; otra, que lo incineran
en los hornos de fundición de Vinto,
Marcelo Quiroga Santa Cruz tenía 49 años cuando fue
asesinado.
El 31 de octubre de 2007, el Senado boliviano
aprobó la creación de la universidad que lleva su nombre en la ciudad de
Montero, en el departamento de Santa Cruz de
[1] ROJAS,
Nemesio, y RODRÍGUEZ, Ricardo, “La matanza de San Juan”, en Hechos del Tercer Mundo, Centro Editor de
América Latina, Buenos Aires, diciembre de 1974.
[2] ALCÁZAR,
José Luis, y BALDIVIA, José, Bolivia,
otra lección para América, Ediciones Era, México, 1973.
[3] Idem.
[4] “Bolivia a
corazón abierto”, revista Punto Final
Nº 562, Santiago de Chile, 5-18 de marzo de 2004.
[5] “El
metal del diablo”, Agenda de Reflexión Nº 243, Año III, Buenos Aires, 21 de
diciembre de 2004.
[6] Idem.
[7] ALMARAZ
PAZ, Sergio, Réquiem para una república,
editorial Los Amigos del Libro, La Paz, 1985. La primera edición es de 1969.
[8] ALCÁZAR y
BALDIVIA, ob. cit.
[9] ROJAS y
RODRÍGUEZ, ob.cit.
[10] RAMOS,
Jorge Abelardo, Historia de la Nación
Latinoamericana, A. Peña Lillo Editor, Buenos Aires, abril de 1968.
[11] SPENGLER,
Oswald, Prusianismo y socialismo, Ediciones
Nacionales y Extranjeras, Santiago, 1935. Este texto también se incluyó en una
recopilación de conferencias y artículos de 1919-1926: Seis Ensayos, editorial Mundo Nuevo, Santiago, 1937.
[12] RAMOS, ob.
cit.
[13] Idem. El general Manuel Isidoro Belzu, de origen humilde,
conocido como “tata Belzu”, el “Mahoma
boliviano” y el “Apóstol de los indios”, nació en 1808 y murió asesinado en
1865. Estaba casado con la argentina Juana Manuela Gorriti, nacida en Salta.
Degradado a soldado raso por su oposición al gobierno, fue enviado a la
frontera con Perú. En 1848 movilizó a los indígenas del campo y a los mestizos
urbanos contra la oligarquía criolla hasta tomar el poder en 1850. Después de
sofocar más de cuarenta levantamientos, renunció en 1855 y se autoexilió
durante diez años en Europa. Cuando regresó a Bolivia, los indígenas de La Paz
se sublevaron en su favor y Belzu derrotó al dictador Mariano Melgarejo, quien,
sin embargo, lo mató de un tiro en la cabeza dentro del palacio presidencial.
[14] La
definición, en tono de broma, pertenece al ensayista argentino Arturo Jauretche
(1901-1974), uno de los fundadores de la Fuerza de Orientación Radical de la
Joven Argentina (FORJA), partidaria de la neutralidad argentina durante la
Segunda Guerra Mundial.
[15] Citado
en BAPTISTA GUMUCIO, Mariano, Montenegro
el Desconocido, Biblioteca Popular Boliviana de “Ultima Hora”, La Paz,
agosto de 1979.
[16] QUIROGA
SANTA CRUZ, Marcelo, Lo que no debemos
callar, folleto (recopilación de cinco artículos publicados en el diario Presencia), sin pie de imprenta, La Paz,
1968.
[17] Idem.
[18] ROJAS y
RODRÍGUEZ, ob.cit.
[19] QUIROGA
SANTA CRUZ, ob. cit.
[20] Idem.
[21] ALCÁZAR y
BALDIVIA, ob. cit.
[22] ROJAS
y RODRÍGUEZ, ob. cit.
[23] QUIROGA
SANTA CRUZ, ob. cit.
[24] QUIROGA
SANTA CRUZ, Marcelo, Lo que no debemos
callar, folleto (recopilación de cinco artículos publicados en el diario Presencia), sin pie de imprenta, La Paz,
1968.
[25] “La
casa del vecino”, artículo sin firma, revista Análisis, Buenos Aires, 1970. Citado en www.magicasruinas.com.ar/revistero.
[26] ROJO,
VICENTE, Así fue la defensa de Madrid,
editorial Era, Colección Ancho Mundo, México, febrero de 1967.
[27] ALCÁZAR y
BALDIVIA, ob. cit.
[28] QUIROGA SANTA
CRUZ, Marcelo, “El gas que no tenemos”, conferencia en el Foro Nacional sobre
el Petróleo y Gas, 28 de noviembre de 1967. Impreso como folleto colectivo,
Editorial Universitaria de Cochabamba, febrero de 1968.
[29] Idem.
[30] “La
casa del vecino”, ya citado.
[31] ALCÁZAR
y BALDIVIA, ob. cit.
[32] Idem.
[33] Citado en
“El mercado argentino y las reservas”, periódico Comunicación y Educación, Instituto Normal Superior Simón Bolívar,
Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), La Paz, octubre-noviembre 2003.
[34] ALCÁZAR
y BALDIVIA, ob. cit.
[35] QUIROGA
SANTA CRUZ, Marcelo, Acta de transacción con la Gulf, Imprenta de la
Universidad Mayor de San Andrés, La Paz, octubre de 1970.
[36] SOLIZ RADA,
Andrés, “1970: año clave en la historia de Bolivia”, Tribuna Boliviana, La Paz, 1 de mayo de 2005.
[37] ALCÁZAR y
BALDIVIA, ob. cit.
[38] BARDINI,
Roberto, “Murieron tres militantes”, Cuadernos
del tercer mundo Nº 41, México, enero-febrero de 1981,
[39] QUIROGA
SANTA CRUZ, Marcelo, Oleocracia o patria,
Obras Completas, Vol. 5, Plural Editores, La Paz, 1997.
[40] Idem.
[41] Idem.
[42] Ibidem.