Introducción de
Jorge A.
Ramos
«Años vendrán con el transcurso de los siglos, en que el Océano,
abriendo
sus
barreras, nos dejará ver un país de extensión inmensa, un mundo nuevo que aparecerá
dentro de los dominios de Thethis; y no será Tule el límite del Universo.»
Séneca, que era español (nació en
Corduba, en la provincia romana de
(actualmente Córdoba, en España)
Siglo I, a. de C.
INTRODUCCIÓN
El propósito de este libro es estudiar de cerca un
gran naufragio histórico. Descifrar el secreto de una inmensa Atlántida velada
por el tiempo: ¡nada menos!
Nos propusimos averiguar si América Latina es un
simple campo geográfico donde conviven veinte Naciones diferentes o si, en
realidad, estamos en presencia de una
Nación mutilada, con veinte provincias a la deriva,
erigidas en Estados más o menos soberanos.
El concepto de Nación es anacrónico para la mayor
parte de los europeos, sólo en el sentido de que han realizado hace ya mucho
tiempo su unidad nacional en el marco del Estado moderno.
El nacionalismo de los europeos es tan profundo,
arraigado y espontáneo, bajo su manto imperial de generoso universalismo, que
únicamente se advierte cuando otros pueblos, llegados más tarde a la historia
del mundo, pretenden realizar los mismos objetivos que los europeos perseguían
en los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX.
Resulta cosa de meditación percibir entonces su
afectada indiferencia (teñida de un sutil desprecio) hacia los importunos
brotados en las márgenes del mundo civilizado. Es el momento que los europeos
eligen para subrayar en los nacionalismos de los países coloniales su
fosforescencia folklórica, su pintoresca filiación religiosa o sus
evidentísimos rasgos semi-bárbaros.
De la virtuosa derecha a la izquierda neurótica en
Europa se manifestó -educativo ejemplo- un sentimiento general de repudio hacia
el abominable Khomeini. El Ayatollah ha puesto el dedo en la llaga del próspero
Occidente. No faltaron a la cita ni el feminismo marxista ni el liberalismo
imperial: el común horror hacia la teocracia islámica los encontró unidos.
Apenas el irredentismo irlandés permanece como una
mancha sangrienta en la órbita declinante de Inglaterra. Pero aquellos grandes
momentos del nacionalismo decimonónico, desde Marx a Lord Byron hasta
Garibaldi, ya son vetustas reliquias.
A nadie le interesa recordar en el Viejo Mundo que
la rapidez prodigiosa con que avanzó Europa Occidental hacia la civilización
técnica (y EE.UU., desde la guerra civil de 1865) se produjo gracias a la
formalización jurídica y arancelaria del Estado Nacional unificado, luego de
eliminar el poder social de las clases pre-capitalistas.
Al permitir una desenvuelta interrelación
económica, política y financiera entre todas las partes constituyentes de
América Latina perdió la posibilidad de reunirse en
Nación y avanzar hacia el progreso social, tal como lo hacían los Estados
recién unidos en el norte del continente americano.
Los norteamericanos libraron una cruel guerra civil
para abolir la esclavitud. Así unieron su país contra el separatismo esclavista
del sur agrícola, sostenido por los ingleses. En una dirección opuesta, las
oligarquías agro-comerciales de los puertos se imponían en América Latina sobre
las aspiraciones unificadoras de Bolívar, San Martín, Artigas, Alamán, Morazán.
La generación revolucionaria de la independencia pereció en las reyertas
aldeanas. Fue la ocasión que los hábiles diplomáticos ingleses y
norteamericanos, los Poinsett o los Ponsonby, aprovecharon para aliarse a
la burguesía comercial y a los
hacendados criollos, "la hacienda y la tienda". Y premiaron con un
silencio sepulcral a los hambrientos soldados de Ayacucho. Estos soldados
criollos habían expulsado de América Latina un Imperio que mantenía unidas a
sus colonias, sólo para ver insertarse en ellas a otros más poderosos, que
ayudaron a su independencia a condición de que permanecieran desunidas. Serían
Repúblicas solitarias con soberanía formal, y economías abiertas.
En cuanto al inmenso Brasil, ocurrió algo muy
curioso. Por un sorprendente giro de la historia, se transformó de colonia del
imperio portugués, en capital del imperio, pero sin Portugal, en poder de los
franceses. Sacudido por incesantes levantamientos y revoluciones, produjo
republicanos, místicos, rebeldes y hasta socialistas, pero ninguno de ellos reclamó
la abolición de la esclavitud, que había sido suprimida en el resto de América
Latina en la primera década de la independencia. Entre el librecambismo británico y el sudor de los
negros parasitaba el Brasil Imperial: todos los integrantes de esa sociedad,
"hasta los más pobres y desamparados",
como dice Decio Freitas, vivían a expensas del trabajo de los esclavos.
El antagonismo de siglos entre el Reino de Portugal
y el Reino de España, se trasladó a
Por su parte, Cuba era colonia española (hasta
1898), y como en el caso de Brasil, no participó de las guerras de
En otras palabras, América Latina no está corroída
solamente por el virus del atraso económico. El "subdesarrollo", como
dicen ahora los técnicos o científicos sociales, no posee un carácter puramente
económico o productivo. Reviste un sentido intensamente histórico. Es el fruto
de la fragmentación latinoamericana. Lo que ocurre, en síntesis, es que existe
una cuestión nacional sin resolver. América Latina no se encuentra dividida porque es
"subdesarrollada" sino que es "subdesarrollada" porque está
dividida.
Los jefes bolivarianos se habían sumido en la
decepción o se habían corrompido en el poder; se dejaron mimar por los
exportadores y hacendados. Estos se relamían los labios al atrapar, después de
la sangre, las pequeñas soberanías, trocadas en
prósperas satrapías.
Esa historia se narra aquí.
A diferencia de las "historias" usuales
de América Latina, que reproducen en la literatura el drama formal, pues
describen las historias particulares de cada Estado a partir de la muerte de
Bolívar, país por país, sin rastrear sus vínculos de origen, sin considerarlos
como parte de una Nación desmembrada, que omiten evocar a los pensadores
iberoamericanos que fueron la conciencia despierta de una América Latina
entrevista como una totalidad histórica, por el contrario, este libro aspira a
recrear como un conjunto todo lo que fue, lo que es y lo que será.
Durante décadas aparecieron libros sobre la
"argentinidad", la "peruanidad", la
"bolivianidad" o la "mexicanidad", en cantidades ingentes.
Todos andaban a la busca de su propia identidad nacional o cultural, pero pocos
se consagraron a redescubrir la identidad latinoamericana, que era la única
capaz de permitir que América Latina, con todas sus partes, se delimitara como
un poder autónomo ante un mundo codicioso y amenazante. En tal situación, no
podía extrañar que desde el ocaso de los grandes unificadores, y hasta nuestros
días, se reiteraran políticas y emprendimientos tendientes a hipertrofiar las
diferencias o ahondar las particularidades.
Como cabía esperar, producida
Todo era chiquito, mezquino, provincial, pero cada
Estado miraba por el rabillo del ojo hacia las nuevas Metrópolis anglosajonas,
buscando en ellas las señales de
aprobación. Relataba el dramaturgo mexicano Rodolfo Usigli, que los
intelectuales de su época acostumbraban referirse a sí mismos como miembros de
la generación de "postguerra".
Ahora bien, decía Usigli, en México no hemos tenido
una guerra, sino una Revolución. Pero aunque en Europa habían sufrido una
guerra y no una Revolución, los cultores del espíritu en México se sentían
hijos de una guerra vivida por otros, en lugar de serlo de una Revolución que
había conmovido su país hasta los cimientos. Todo resultaba una copia
miserable.
Sólo así podía concebirse que el historiador
boliviano Alcides Arguedas, alquilado por el magnate minero Simón Patino, como
historiador "con cama adentro", fuera
el vocero de la cultura boliviana en el mundo o un anglo-bizantino del
género de Borges hiciera de arquetipo de la literatura argentina. El darwinismo
social hizo furor y aún domina el pensamiento inconfeso de las
"élites" criollas. El programa de Borges no adolecía de oscuridad. Lo
resumió en dos epigramas: "América
Latina no existe"; y la segunda: "Somos europeos en el
destierro".
Desde que Europa tomó posesión de América Latina a
partir de la ruina del Imperio español, no solo controló el sistema
ferroviario, las bananas, el café, el cacao, el petróleo o las carnes. Consumó
una hazaña mucho más peligrosa: influyó sobre gran parte de la intelligentsia
latinoamericana y tendió un velo sutil entre la trágica realidad de su propio
país y sus admirados modelos externos. Así, hasta los rebeldes de aldea, y
hasta las doctrinas de "liberación", llevaban la marca del amo al
cuello.
Con el sello de Occidente, eran como cartas de
navegación erróneas, preparadas para extraviar a los viajeros.
Todo lo latinoamericano o criollo fue despreciado o
detestado. Desde
Los europeos en tiempos de
Indios asexuados e insectos enormes,
El conde de Keyserling explicaba ¡todavía en 1930!
a las bellas propietarias de tierras de la refinada Buenos Aires, que América
era el continente del tercer día de la creación, ardua jornada que Dios empleó
en crear el mar, la tierra, las plantas y la
flora. También, según el noble germánico, éste era el asombroso suelo de
la "sangre fría".
Don Pío Baroja no iba a quedarse atrás: juzgaba al
americano del Sur como "un mono que
imita" y a América Latina como un "continente estúpido".
La denigración europea se fundaba en la necesidad
de ignorar y desacreditar aquello que esquilmaba. La auto denigración de la
intelligentsia latinoamericana reposaba, por su parte, en el hecho de que
estaba obligada a vivir de la clase directamente dominante, la oligarquía, que no
era una clase nacional sino por su residencia e intereses. Cuando la
intelligentsia en las última décadas, observa la desespiritualización y codicia
del mundo occidental, se "izquierdiza" por un momento y ronda en la
periferia del stalinismo, al que supone ambiguamente encarnación del ideal
socialista.
La catástrofe de la sociedad burocrática inicia
otro movimiento pendular hacia la "democracia" capitalista.
"Occidentales" o "marxistas", gran parte de los
intelectuales pierden su antigua seguridad científica. Pero conservan su
aversión académica {académica burguesa o marxista) hacia la sociedad criolla
tal cual brotó de manos de la historia.
Su utilitario objetivismo la mantiene distante del
movimiento histórico vivo en nombre de "un rigor" puramente verbal,
que le permite, por lo demás, conservar su "universalidad" y los
medios de vida. En el último de los intelectuales latinoamericanos de tipo universitario resuena un eco del Abate Paw.
Excepción hecha de los grandes latinoamericanistas
del 900 -Manuel Ugarte, José Vasconcelos, Joaquín Edwards Bello, José
Ingenieros, Manuel González Prada, Rufino Blanco Fombona y muchos otros- gran
parte de la intelligentsia consumía sus vigilias torturada por las obsesivas
modas de
Y como no podía ser menos, en América Latina
aparecieron puntualmente los helenistas nativos: en el Altiplano boliviano, un
profeta tonante y barroco, Franz Tamayo, a la vez indio y terrateniente de
indios, escribía Las Oceánidas; Lugones, en
A su turno, Alfonso Reyes concebía refinadísimas
tragedias griegas; Ricardo Jaime Freyre soñaba brumosas mitologías
escandinavas. La patente francesa "imprimía carácter" a la
inteligencia latinoamericana y la esterilizaba en el acto; y el librecambismo
anglosajón cegaba enseguida toda cultura industrial nativa.
En la historia latinoamericana, sobre todo a partir
de 1880, aparecieron una veintena de micro-sociedades en cada una de las cuales
no faltaban ni una "burguesía nacional", ni un
"proletariado", ni una "pequeña burguesía", según estatuía
la prestigiosa clasificación marxista europea. Claro está que todo lo
latinoamericano aparecía en un nivel más bajo, bajo una forma monstruosa o
insólita, sea como un Tirano Banderas o un puñado de coroneles-terratenientes que
desafiaban todas las clasificaciones.
Si Europa producía un arte simbólico, inspirado en
las formas del hombre primitivo, en ciertas partes de América Latina esto era
pura pintura figurativa, ya que el exquisito salón de arte moderno de Lima, pongamos
por ejemplo, no estaba demasiado lejos del selvícola de Iquitos o del cazador
de caimanes del Amazonas. Estas sociedades imitativas ofrecían asombrosos
contrastes. A partir de la "balcanización", se dictaron códigos
burgueses que debían servir a estructuras latifundistas fundadas en la
servidumbre personal. Tales códigos habían sido en Europa el resultado de una
revolución que había dividido las tierras de la nobleza para entregarlas a
pequeños propietarios. En América Latina esos códigos eran empleados para
garantizar la estructura agraria arcaica.
Se importaban, asimismo, las formas vacías de un
liberalismo formal para pueblos que no habían conocido sino dictaduras
semi-seculares o el parloteo incontenible de Parlamentos elegidos por el
fraude, integrados por diputados venales. Todo se acarreaba de afuera, pero
todo era pacotilla, pues nada se adaptaba a la realidad latinoamericana, como
aquellos gruesos abrigos de piel que usaba el patriciado de Río de Janeiro en
el siglo XIX, sudando a chorros en el trópico y harto satisfecho de que también
se usaran en Londres, de donde se importaban.
Calurosos abrigos para tierras cálidas resultaron
ser los productos socialistas, liberales y marxistas que llegaron desde lejos.
En su primera etapa, unos respondían al preclaro modelo del laborismo de su
Majestad Británica; otros a la inescrutable política soviética, ya muy lejano
del brillo ígneo de aquel Octubre. Los demócratas profesionales, empapados de
juricidad y de las polvorientas premoniciones de Alexis de Tocqueville, por su
parte, diseñaban un pequeño Capitolio blanco para cada parroquia, trocada en República.
Esta combinación sincrética de cultura liberal
inauténtica y de marxismo importado para intelectuales "envía de
desarrollo", según Augusto Céspedes, dio sus frutos. Pues junto a los
ferrocarriles o usinas*, los grandes imperios introdujeron en estas sociedades indescifrables un estilo de
pensamiento que modeló la historia, las ideas políticas, la sociología, el
proceso cultural, las artes y las costumbres.
No pocas particularidades de América Latina
encontraron obstáculos para desenvolverse por un camino propio bajo la
insinuante y deslumbrante presión occidental. Desde la derecha o la izquierda,
la extranjería reinó soberanamente, tanto en las estadísticas de exportación
como en el modo de interpretarlas.
De tal suerte, América Latina resultó ser el suelo
ideal de politiqueros, terratenientes y expertos extranjeros. La ciencia social
se alejó todo lo posible del drama real, aún en aquellos casos que parecía
estudiarlo. Envanecida por un supuesto "rigor científico", la ciencia
social se vio impregnada hasta la médula del empirismo sociológico de cuño
norteamericano, con su ficticio carácter neutro, o del marxismo-leninismo,
petrificado en una escolástica indigerible, fundada en un
"homo-economicus" archi-metafísico. La coincidencia entre ambos se
manifestaba en el desconocimiento común de la cuestión nacional de América
Latina. Reducían todo el drama, según los casos, a:
1) Un supuesto duelo entre la
burguesía y el proletariado, en el interior de cada Estado.
2) Fundar el crecimiento económico
mediante la repetición nativa del capitalismo europeo, en el marco político de
una "democracia" formal de dudoso cuño.
3) Repetir de un modo elíptico la
versión provincial de una historia falsificada.
Si el Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia, del
Paraguay, era un dictador neurótico para Carlyle, era natural que también lo
fuera para la historiografía latinoamericana; la condenación legendaria de Juan
Manuel de Rosas era de oficio; para los calvinistas de Nueva Inglaterra, el
católico Lucas Alamán era un "reaccionario" puro y simple. ¡Debía
serlo sin duda para los mexicanos!
La tentativa de reproducir las "formas"
de los conflictos políticos, jurídicos o religiosos europeos o yanquis en
América Latina, prescindiendo de sus contenidos históricos reales, tuvo pleno
éxito. Un ejemplo notable: el enfrentamiento del despotismo ilustrado borbónico
con
Pero aquí todo era diferente. Pues los jesuitas
defendían a los indios, en lucha constante contra los "bandeirantes"
del Brasil que los cazaban en las Misiones, para reducirlos a la esclavitud en las tierras del
Oeste. El anticlericalismo, bajo este aspecto, y en América del Sur, era una
simple máscara de esclavistas y latifundistas.
Tal es otro de los temas de esta obra.
A propósito de la contradicción entre forma y
contenido, es educativo recordar que en la sociedad esclavista del Brasil
Imperial o Republicano, los propietarios de negros eran positivistas y
gramáticos sutiles. El escudo brasileño lleva aún la divisa de Augusto Comte: "Ordem e Progreso".
En la avanzada Argentina del siglo XX, matar de un
balazo a un indio "colla", peón en una finca del Norte Argentino,
carecía de consecuencias penales para el asesino, dueño de la finca,
probablemente Senador nacional por su provincia, y, naturalmente, firmante de
leyes y proyecto de leyes.
En México, ¿no eran los "científicos", y
sus amigos plutócratas del porfiriato, la crema de la inteligencia, en un
océano de peones sin tierra y de indios sin destino? ¿No fue Sarmiento y no lo es todavía, uno de
los venerados próceres de América Latina (sobre todo de la oligarquía
argentina) aclamado hasta en
En su favor, es preciso reconocer que fundó
Escojo al azar algunas perlas; pero toda la
historia de América Latina ha corrido por las manos de monederos falsos.
En definitiva, ¿acaso el carácter semi-colonial de
Muchas han sido sensibles como la cera para grabar
en ellas la tipología de las preferencias u ocurrencias europeas o
norteamericanas, académicas o iconoclastas, en materia sociológica, económica o
política. Aunque esta influencia deformante se expresara en el pasado desde una
óptica de respetabilidad conservadora y luego asumió la atrevida máscara de un
"izquierdismo abstracto", en sustancia no ha variado el espíritu
cortesano, ya que los grandes temas de
Esa coincidencia esencial entre unos y otros,
radica en ignorar que sólo se devela el enigma histórico de América Latina con
la fórmula de su unidad nacional. Resulta irrelevante que unos se consagren a
plantear el "desarrollo" de cada una de las Repúblicas
latinoamericanas mediante los auxilios del capital extranjero; o mediante el
crecimiento independiente del capitalismo nacional; o a través de la revolución
socialista, si cada uno de los arbitristas rehúsa considerar a América Latina
como el
espacio político de una Nación no constituida.
José Stalin había pretendido transformar el inmenso
imperio zarista en un "socialismo en un solo país". Sus herederos, y
los adversarios de sus herederos (los trotskistas) así como los adversarios de
ambos, herederos a su vez de Mao, fantasearon hacer de América Latina el
paraíso de veinte socialismos, de veinte gobiernos obreros y campesinos, de
veinte dictaduras proletarias, es decir, concibieron todos los requisitos
prácticos y teóricos para fracasar puesto que estos veinte Estados no tenían y
no pueden tener un destino singular.
Son "naciones
no viables". Pero forman, entre todas una Nación formidable. De otro
modo, véase el destino actual de Cuba, encerrada entre el monocultivo y el mar,
entre la venta de azúcar y su insularidad sofocante. No era por cierto el
"fantasma del comunismo" el que recorría Europa, según las palabras
de aquél ardiente joven Marx. Lo que recorría Europa en 1848 era el fantasma
del nacionalismo, de la revolución burguesa, que seguía su hacia el este y sur
y ante la que se abría un largo camino histórico.
Es bastante significativo a este respecto que al
día siguiente de redactar con Engels el Manifiesto Comunista, estallara la
revolución anti-feudal en Europa y Marx viajara al sur de Alemania para
redactar
Si la burguesía ha resuelto ya en el Occidente
capitalista su cuestión nacional hace siglos (puede añadirse hoy la unificación
alemana), en el mundo colonial y semicolonial el problema continúa en pie.
La división de Corea, artificialmente creada por el
imperialismo; los problemas por constituir una Confederación Indochina; la
incumplida unidad nacional del pueblo árabe; la inmensa cuestión africana,
fragmentada en Estados que no responden a ninguna realidad económica, política,
geográfica, ni siquiera tribal; la necesidad de una Federación Balcánica que
armonice los antagonismos étnicos; en suma, la propia cuestión nacional
irresuelta en América Latina dice bien a las claras que solo el imperialismo,
fundado en sus gigantescos Estados nacionales, puede oponerse, como se opone, a
la unidad nacional de los pueblos débiles.
Divide et
Impera:
la formula romana sirve aún a quienes la emplean en nuestro tiempo. De donde se
deduce que las fórmulas del "internacionalismo
obrero" o del estéril "marxismo
leninismo", constituyen reglas funestas para entender y obrar en la
vida contemporánea de América Latina.
¿Cómo ha sido posible que un instrumento tan fino y
dúctil como el pensamiento de Marx haya adquirido semejante tosquedad al
atravesar el Atlántico? Baste señalar que la creación de "marxistas
leninistas" en tubos de ensayo se manifestó, por ejemplo, en México, cuyo
Partido Comunista fue fundado por el japonés Katayama, el hindú Roy y el
norteamericano Wollfe. En
En América Latina el nacionalismo no es separable
del socialismo ni de la democracia. Tales aspiraciones indisociables reflejan
de modo combinado las claves de su
necesario salto histórico hacia
Para concluir: el presente libro es una tentativa
para examinar la vida de América Latina desde múltiples ángulos. Se trata de
penetrar en su núcleo interior atravesando la espesa capa de prejuicios que lo
ocultaron durante un dilatado período histórico. El autor se dio como objetivo
escrutar "
"A muchas destas cosas de Indias, los primeros españoles les pusieron
nombres de España".
Buena lección para no repetirla con la historia, la
sociología y las ideas de
JORGE
ABELARDO RAMOS