Falso y auténtico disenso 

Por Alberto Buela

 Acaba de aparecer un artículo de Michel Chossudovsky titulado Fabricando la disidencia: globalistas y élites controlan los movimientos populares en donde el autor sostiene, con razón, que los globalistas crean y controlan a los colectivos antiglobalistas. “El Foro Social Mundial y el Foro Económico Mundial, las ONG y movimientos de oposición a la globalización están controlados por las mismas fuerzas ante las cuales protestan. 

Y termina afirmando que: “la fabricación de disidencia actúa como una válvula de seguridad, que protege y sostiene el Nuevo Orden Mundial”, y en esto ya no estamos de acuerdo.  

Nosotros que hemos sido formados en un pensamiento nacionalista, popular y revolucionario, sabemos ab ovo, desde el momento mismo de nuestro nacimiento a la militancia política, que los agentes político-culturales del imperialismo (ej. fundaciones Rockefeller, Ford, Guggenheim, Goldman Sachs, Gates, etc.) financian a las organizaciones “aparentemente” antiglobalistas como las abortistas, las feministas, las gays, las de derechos humanos para las minorías, las eugenistas, las indigenistas. En una palabra, a todas las organizaciones “progresistas”, pues es sabido que ninguna de entre ellas atenta contra el Nuevo Des-Orden Mundial, sino que mas bien contribuyen a ello. Sin ir más lejos la Fundación Ford financia en Argentina al ideólogo Verbistky de las madres de Plaza de Mayo, cuando es sabido que dicha fundación estuvo detrás del golpe militar del 76, que produjo entre otras cosas la desaparición de los hijos de estas madres de la plaza.  

Aquellos que hemos adoptado el disenso como método no podemos aceptar que la disidencia al orden constituido sea reducida como se hace en el artículo de marras a las organizaciones progresistas, porque esa es “la falsa disidencia o disidencia aparente”. Estas organizaciones cuentan incluso con apoyo económico regular de muchos gobiernos en Suramérica, sobre todo los del tipo socialdemócratas.  

La genuina disidencia se practica en la acción y en pensamiento que busca “otro sentido al dado” en orden al mundo , el hombre y sus problemas. Rechaza lo aceptado, el statu quo, no a partir de una receta ideológica (neomarxismo, ecologismo, indigenismo, etc.) sino a partir de un pensamiento que surge de la propia meditación sobre los problemas que afectan la vida del hombre en el mundo.

Un disidente  no aspira a cargos oficiales ni busca votos. No trata de agradar al público, no ofrece nada ni promete nada. Puede ofrecer, en todo caso, sólo su pellejo. 

El disenso busca antes que nada romper con el simulacro, con la apariencia, y sobre todo, con la apariencia de la disidencia como nos tienen acostumbrados las organizaciones mencionadas. Y romper con los ideólogos que han adoptado “la vanguardia como método”: 1) aquellos que siendo marxistas se “travestisan” en nacionalistas, cuando es sabido que el marxismo siempre ha sido internacionalista. 2) aquellos que siendo liberales, tanto gorilas como escuálidos, se presentan como progresistas de izquierda.  

Esta tenaza ideológica cierra el campo semántico del nacionalismo popular y revolucionario hispanoamericano y lo vacía de contenido. Hoy ninguno de estos intelectuales (nunca mejor aplicado este término producto de la Ilustración) quiere y habla de revolución, pues adocenados y satisfechos del sistema como están, les alcanza con el bienestar. Es que ellos son la quinta esencia del homo comsumans del que nos habla C. Champetier.

Por eso ha podido afirmar el más significativo filósofo suramericano del siglo XX, el peruano Alberto Wagner de Reyna que: “Detrás del contenido lógico del disenso siempre hay una necesidad –axiológicamente fundada en lo insobornable- de hacer vencer la verdad. Nada más lejos de él, que el parloteo –hablar por hablar y discutir por discutir- y que la jovial disposición a un compromiso que no compromete a nada. Tal suele ser el tan celebrado consenso”. [1] 

Recuperemos el disenso como instrumento metodológico en la creación de teoría crítica en las sociedades de hoy. El pensamiento no conformista, que pretenda ser crítico está obligado, no a negar la existencia, lo que sería estulticia, sino a negar la vigencia de las megacategorías de dominación - pensamiento políticamente correcto, único, homogeneización cultural, globalización, igualitarismo, desacralización, etc.- para proponer otras diferentes, distintas y diversas.  

Todo método es eso, un camino para llegar a alguna parte. El disenso como método parte, no ya de la descripción del fenómeno como la fenomenología, sino de la “preferencia de nosotros mismos”. Se parte de un acto valorativo como un mentís rotundo a la neutralidad metodológica, que es la primera gran falsedad del objetivismo científico, sea el propuesto por el materialismo dialéctico sea el del cientificismo tecnocrático.  Rompe con el progresismo del marxismo para quien toda negación lleva en sí una superación progresiva y constante, tal como lo explica la idea de dialéctica. Por el contrario el disenso no es omnisciente, puede decir “no sé”, y así, al ser el método del pensamiento popular , puede negar la vigencia de algo sin tener necesidad de negar su existencia.  

La preferencia se realiza a partir de una situación dada, un locus, histórico, político, económico, cultural. En nuestro caso Suramérica o la Patria Grande. Esto reclama o exige el disenso, un pensamiento situado, como acertadamente habló la filosofía popular de la liberación con Kusch, Gera et alii, y no la filosofía marxista de la liberación (Dussel, Cerutti y otros) que es una rama europea transplantada en América. 

Tiene como petición de principio el hic Rhodus, hic saltus (aquí está Rodas, aquí hay que bailar) de Hegel al comienzo de su Filosofía del Derecho.  

Sólo desde un lugar determinado se puede plantear genuinamente el disenso, porque de plantearlo desde una “universalidad abstracta”: por ejemplo, la humanidad, los derechos humanos, la igualdad, etc., etc., pierde el carácter de tal, anula su propia índole. 

Hoy el disenso, tal como lo era la filosofía en la época de Platón, no es otra cosa que ruptura con la opinión y sobre todo con la “opinión publicada”, esto explica la marginación a la que ha sido sometido por los poderes directos e indirectos, quienes han adoptado el consenso como idea incontrovertible, ni cuestionada ni cuestionable.

 


[1] Prólogo a nuestro libro Ensayos de disenso, Barcelona, Ed. Nueva República, 1999, p.5