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Otra vuelta de tuerca
del gobierno sobre las mayoritarias creencias religiosas

Por Mingo Schiavoni
El relanzamiento del anuncio de que en la Cámara de Diputados prospera el
proyecto liberal y antirreligioso de instituir el homomonio (el
matrimonio entre homosexuales y la posibilidad de que adopten niños), avisan
del peligroso corrimiento cultural de ciertos sectores de la sociedad hacia el
relativismo moral y el descarado desconocimiento del orden natural, que
es la base de los principios morales fundamental y hondamente arraigados en
el pueblo.
No constituye un dato menor que al no existir
conciencia nacional, sustituida por un liberalismo de las costumbres que
se supone de valencia universal, se desdibujan rápidamente los componentes
esenciales del ser nacional, que son la lengua, las tradiciones, las
creencias religiosas, las instituciones formadoras de la Patria (como las
fuerzas armadas), los valores insertados en la axiología particular de la
nación, y con ello no existe otra desembocadura que la peligrosa pérdida de
la propia identidad.
Hay un perceptible hilo conector de las distintas secuencias que desde hace
aproximadamente siete años vienen articulando este proceso de desargentinización
del país en nombre de la modernidad y el falso progresismo. Primero fue el
áspero enfrentamiento del gobierno con la Iglesia Católica (no así con
otros credos), sin reparar en el profundo espíritu cristiano de nuestras
gentes, luego el inocultable intento de desarmar y desarticular a las
fuerzas armadas, sólo porque un sector de ellas fueron protagonistas de
la peor dictadura que recuerde la historia, y ahora esta clara filiación
laicista hacia el relativismo moral y la pérdida de sujeción al orden natural.
Primero fue la permivisidad con que se aceptó que adolescentes de 18 años
pudieran abortar sin el consentimiento de sus padres, luego seguramente
sobrevendrá el homomonio y finalmente desembocaremos en la despenalización
del aborto, evidenciando de ese modo la más escandalosa falta de
respeto por la vida humana y la estimulación del asesinato del niño en
gestación, en nombre de la libertad irrestricta de la madre (ya no exceso
sino un verdadero pecado de género), sin mencionar ese odioso garantismo
que ha instituido la justicia, y que convierte al criminal en sujeto
privilegiado de los derechos humanos y a la víctima en el verdadero
sospechoso.
A menos que una toma de conciencia nacional nos haga ver prontamente el
peligro del abismo, el país no sólo se derrumbará prontamente por los
escarpados farallones de la economía, de la pobreza y el hambre creciente,
sino también por la hondonada profunda de la pérdida de la moral colectiva
y de sus históricas costumbres y valores, como la paz, la tolerancia, la
solidaridad y la fraternidad.
Volvemos a insistir en que esta peligrosa deformación no es patrimonio
exclusivo de la Argentina. Es un problema mundial que ya hemos tratado
muchas veces: la destrucción -en todos los órdenes- de los estados - nación
para sustuirlos por una colectividad universal y amorfa, con una capacidad
excepcional para ser dominada por los estados imperiales.
Una de las principales preocupaciones que tienen hoy en día quienes estudian
el problema ético, es el del pragmatismo o relativismo moral. Si leemos la
encíclica “Fides et ratio” (Fe y razón), veremos que en
múltiples ocasiones el papa Juan Pablo Segundo hace referencia a este
problema, al que no se le vislumbra fácil solución.
También es bueno recordar que tanto la moral como la ética son disciplinas
normativas que buscan el bien. La ética pone en manos de cada cual la
definición de lo que es bueno o malo. La moral, por el contrario, otorga a la
autoridad civil o eclesiástica el derecho de definir estos conceptos.
Ésto es lo que coloca a los individuos que se rigen únicamente por su esquema
ético, en una indefinición, que se llama pragmatismo o relativismo moral.
Las sociedades, por otra parte, también tienen sus códigos de conducta. Y
dentro de ese esquema, existen dos extremos: el relativismo moral, y el
absolutismo moral. El relativismo moral en las sociedades, es una
ampliación del mismo concepto que se tiene para el individuo. En este
caso, las sociedades alteran sus códigos de comportamiento, en función de las
necesidades. Y por ello tienden al anarquismo.
Pero este concepto no es idéntico al anarquismo, pues el movimiento
anarquista es la negación de toda autoridad. Sin embargo, otorga al individuo
la responsabilidad moral de su propia conducta. Teniendo en algunos casos
la exigencia de un estricto código ético. El relativismo moral, por otra
parte, es un fenómeno diferente. Su esencia se finca en que la definición del
bien y el mal depende de las circunstancias.
En estas sociedades relativistas, hacia donde se encamina
inexorablemente la Argentina, no existen códigos permanentes de conducta.
Y cada quien vela solo por sus propios intereses. Únicamente la ley y la
fuerza pública pueden frenar las pasiones desmedidas de los individuos. Pero
no existe un control interno para cada cual. Y por lo tanto, el individuo
es proclive a violar la ley, o a fingir su cumplimiento. En este caso, las
sociedades tienden hacia la violencia, el crimen y la corrupción. Un fenómeno
fácilmente verificable en la república, en casi todos sus estamentos.
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