Opinión
Lizardo Sánchez
Docente e investigador
Los
sustitutos funcionales de la cultura y el peronismo
Introducción
En este artículo se procura analizar algunos
aspectos de la respuesta de la sociedad
argentina frente a la intempestiva heterogeneidad
cultural ante la que la colocó el proceso inmigratorio de fines del siglo XIX,
la consecuente aparición de sustitutos a un marco cultural común que fueran
funcionales a algún grado de cohesión social y la relación de las clases medias
y del peronismo con ello.
La oposición entre ciudadanos y esclavos, señores y
siervos, burgueses y proletarios, en suma, entre explotadores y explotados, tan
estudiada por historiadores, sociólogos, politicólogos y filósofos, adquiere en
nuestra historia un sesgo singular, pues contiene un constituyente cultural que
derivaría en social y racial.
Marco histórico
“Su bisabuelo hizo patria
su abuelo
fue servidor,
su padre
carneó una oveja
y está preso
por ladrón”.
Osiris Rodríguez Castillos, Camino
de los quileros
La independencia política de
Uno, proveniente de la madurez de la sociedad
indiana, que procuraba instrumentar su propio sistema político manteniendo
buena parte de las creencias sociales y económicas que contenía; el otro estaba
ligado a diferentes esferas locales que buscaban ampliar su dimensión económica
ligándose al nuevo espacio imperial inglés.
En nuestras tierras, el primero de los procesos
tendía a ser republicano, democrático y federal. El segundo, no, por lo que
buscó una legitimación en el pensamiento político de la época: el siglo de las
luces, del despotismo ilustrado, el de la revolución de 1789 y de las utopías.
Buena parte de la tensión presente en nuestra
historia se puede explicar mediante el
enfrentamiento de la sociedad del interior que
intentaba una organización vinculada a su identidad con Buenos Aires, la cual
propone una suerte de utopía sobre la base de un sistema acorde al pensamiento
racionalista de la época. Esto le era necesario por ser una minoría
demográfica, le era natural por la tradición del despotismo ilustrado de su
clase dirigente, y le era posible por su poder económico.
La adopción lisa y llana de un pensamiento situado
en otra realidad terminó siendo un
proceso patológico que suponía no solamente una
ruptura con España sino una fuga
del mundo español. Una fuga de la realidad y de la
propia identidad, ya que en el
rechazo a España se incluía a Hispanoamérica, por
ser obra de España. Esto facilitaría el rechazo a la sociedad concreta.
Esta tensión entre deseos y realidad llevaría a una
segregación psicológica, social y cultural entre Buenos Aires y el interior
indiano, que a su vez derivaría en una confusión en el plano de la propia
conciencia. Buenos Aires no sentía al país como sí mismo, sino como una entidad
extraña, y desde esta perspectiva se entiende que para los sectores dominantes
de ella, el interior del país fuera una tierra extraña y mostrenca, a ser
conquistada o abandonada a su suerte, tal como sucedería con el Alto Perú, el
Paraguay y Montevideo.
Tras una disputa de cincuenta años, la batalla de
Pavón señala un claro punto de inflexión. A partir del derrumbe de
La construcción de esa república significó, en
primer lugar, el montaje del sistema legal y político, y posteriormente, el
reemplazo de la población. La aplicación concreta del sistema abarcaría la
constitución de 1853, la codificación emergente de ella, el sistema electoral,
el juez de paz, el sistema educativo, el librecambio económico y la
inmigración.
El criterio legitimador de este sistema se basó en
el principio de que nuestro pueblo era incapaz de toda capacidad industriosa y
de libertad. Por lo tanto, el sistema constitucional no era para él.
Priorizando el sistema antes que al hombre, este debía ser reemplazado para
asegurar el sistema de libertad. De ahí que se abrieran las puertas a la
inmigración.
En toda Hispanoamérica se excluyó al pueblo,
frecuentemente se renegó de la
hispanidad, pero el nuestro es el único caso en que
se hizo un esfuerzo consciente por
reemplazar a su población.
Sustitutos funcionales de la
cultura
“No son las leyes las que precisamos cambiar: son los hombres, las
cosas.
Necesitamos
cambiar nuestras gentes incapaces de libertad por otras gentes hábiles
para ella.”
Juan Bautista Alberdi, Bases.
El hombre es portador de cultura. Toda cultura es
esencialmente social, por ello para poder gozarla en plenitud cada persona
necesita participar de aquella a la cual él pertenece. Salvo excepciones, esta
posibilidad no ha sido facilitada por la norma con que se desarrolló la
inmigración en nuestro país. Los inmigrantes venían aislados o en pequeños
grupos, normalmente familiares. Los españoles encontrarían un marco cultural
afín que les era fácilmente interpretable, pero no ocurrió así con el resto de
aproximadamente el 70% del total de ellos.
Si bien la mayoría participaba de un horizonte
común (el europeo occidental), su heterogeneidad de origen impidió que los
inmigrantes poseyeran los códigos finos de una cultura compartida. La ausencia
de estos rasgos comunes, necesarios para la sociabilidad y el control social,
hizo que se dificultara la vida individual, la vida colectiva y consecuentemente
el sentido de pertenencia a un todo común.
Para permitir la convivencia en un medio en el que
coexistía gran variedad de usos
culturales, espontáneamente fueron adoptados elementos
que sustituyeron a esa cultura común inexistente y que fueran funcionales en el
papel inter-comunicante y ordenador de esa comunidad cultural ausente, papel
que debiera haber cumplido en la socialibilización, convivencia y mantenimiento
armónico de un cuerpo social mínimamente integrado.
Dicha necesidad espontánea fue encuadrada por la
elite dirigente de la época, mediante la creación consciente de una estructura
mítica y épica en función de sus intereses legitimatorios, políticos y
económicos de la nueva sociedad. Para ello, se utilizarían los mitos propios de
la modernidad occidental: la solución, urgencia del quehacer, explicación
causal, verificación de la conciencia, dominio de la naturaleza, crecimiento
indefinido y lineal. A su vez, se utilizarían sucesivas adaptaciones del
esquema sarmientino de civilización o barbarie, consolidando prejuicios
anti-hispanos y anticriollos, en suma, anti-populares, actuando con absoluto
desdén en las estructuras sociales y culturales preexistentes.
Esta estructura mítica se articuló de la siguiente
forma:
a) Con la aplicación de los
conceptos teóricos expresados por Alberdi y Sarmiento, según los cuales la
libertad interna y la civilización eran bienes superiores al habitante
existente y su cultura.
b) Con el marco político, fue
elaborada a través de las historias de Vicente López y Mitre, para quienes la
conciencia nacional era un retrógrado resabio de hispanismo y una traba a la
política deseable.
c) Con el mito del inmigrante
civilizador, esforzado, austero, y trabajador, contrapuesto al mito del criollo
bárbaro, indolente, ocioso, mal-entretenido y pendenciero.
Su transmisión a la población se realizó mediante
una concepción épica del esfuerzo individual, que intentaría sustentar la
identidad genérica de los nuevos habitantes.
Esta estructura mítica y esta épica se instalaron
en el imaginario social mediante la acción estatal en la educación y la
colonización, así como por los sistemas de comunicación social de la época:
periodismo, literatura, teatro, y posteriormente radio, cine y televisión. Se
explicó al país en clave de progreso lineal y permanente, lo que supuso ignorar
todo lo anterior a mayo de 1810 y a no menos de la mitad de su población.
Se llegó a colocar a lo extranjero en una posición
nuclear válida en cuanto a la identidad para el argentino, y se instaló la idea
del crisol de razas, ficción encuadrada en el positivismo dominante que, según
la cual, la mezcla de razas y culturas necesariamente derivarían en una raza y
cultura superior mediante mecanismos cercanos a los de la selección natural.
La homogeneidad cultural ausente y los
comportamientos sobre la base de consensos elaborados históricamente, fueron
sustituidos por una suerte de convenio tácito: a partir del esfuerzo y el trabajo
se admitiría el ascenso social del inmigrante o de sus descendientes. Las
relaciones interpersonales debieron encuadrarse en los mitos fundantes ya
expuestos anteriormente, y se resolverían en el acatamiento a las pautas de
control social funcionales a la sociedad que se estaba estableciendo. A su vez,
las ideas de orden y progreso fueron relacionadas con un matiz victoriano y de
la educación patriótica del Centenario: trabajo, ahorro, compostura,
circunspección, veneración hacia los padres de la patria y los símbolos
nacionales.
De este modo se desplazaron los fundamentos del
comportamiento de la nueva sociedad a motivos externos de toda índole cultural,
quitándole a la vida cotidiana de quienes pertenecían a este ámbito todo
sentido de comunidad histórica, impedidos de sentir como cosa propia lo
elaborado desde una experiencia ajena, desconocida y desvalorizada. Con ello se
esterilizó el esfuerzo natural de creación de una cultura que emprende todo
colectivo social, creándose en su lugar dos sociedades paralelas e instalándose
una cuña entre los habitantes de raíz criolla -inmersos en su identidad, historicidad
y exclusión- y los recientes, des-culturados, a-históricos y con una concepción
falsa de sí mismos. Este mutuo desconocimiento favorecería la confusión en el
plano de la propia conciencia arriba mencionada.
La innumerable serie de pequeñas y valiosas gestas
individuales propuestas como una gran épica del esfuerzo habría servido para
sustentar la identidad individual y grupal de los nuevos habitantes, pero no
alcanzó a conformar una nueva nación. Los sustitutos serían funcionales pero no
fundantes. La suma de esfuerzos individuales no conformaron una gesta ni una
épica, pues carecieron de toda dimensión comunitaria, faltos como estaban de un
origen y destino compartido. Por todo ello, esa Argentina fue inconsistente y
duraría en la medida en que se mantuvieran sus soportes de fondo.
No obstante, la creencia en ella fue poderosa y
duraría en plenitud hasta la irrupción popular del ‘45, y aún persiste
enquistada en el discurso cotidiano, en las frases hechas y en la
superestructura intelectual del país. Entramparse en ella fue la limitación del
yrigoyenismo.
Las clases medias
“No ves que tiene en contra a los doctores, los artistas, los periodistas,
los
profesores,
los escritores, los intelectuales. En una palabra, no hay como
equivocarse;
cuando ellos
se juntan,
el pueblo se va para el otro lado. No se es causa o efecto,
pero es así.
Y fue nomás”.
A. Jauretche, Los Profetas del
Odio
Algunas facilidades dadas por el Estado a los
inmigrantes, el comportamiento efectivo
de los nuevos habitantes, el ajuste de sus hábitos
con la situación que se creaba, los resultados de sus tradiciones de
acumulación, ahorro, cooperación familiar, la búsqueda de prestigio social, los
convertiría en los sectores dominantes de las clases medias de la pampa húmeda,
que desplazarían a la población criolla hacia los niveles mas bajos de la
escala social.
Estas clases medias, hegemonizadas por los sectores
de origen inmigratorio, serían el
conjunto social ejemplar y normativo para la nueva
sociedad, y que marcaría los patrones dominantes del comportamiento social.
Ellos darían lugar a una sociedad claramente diferenciada de la criolla,
básicamente urbana, brillante en algunas de sus expresiones, con alta movilidad
social, con atención muy especial a las apariencias y cuestiones formales, muy
estereotipada, fragmentada, y poco permeable frente a la preexistente.
Esta sociedad manifestaría problemas, tanto en el
arraigo de sus integrantes como en el sentido de pertenencia de estos al
conjunto. A partir de la aparición de mitos parciales, capaces de sustentar
identidades locales o sectoriales, se crearon sub-identidades sectoriales o
locales funcionales al arraigo de los recién llegados que fragmentaron la
sociedad.
Particularmente esto es notorio en la mitología
porteña relacionada al tango, en la de las clases medias de la pampa húmeda,
muchas veces faltas de la suficiente humildad
para reconocer que sus actores no fueron los
primeros ni son los únicos, y también en la alta cohesión mantenida a través de
varias generaciones por sectores muy minoritarios en el todo inmigratorio.
Fue una población que permaneció suspendida
psicológicamente entre dos mundos, originada en una añadidura de decisiones en
integrarse a la misma, personales y aisladas entre sí y criada por migrantes.
En consonancia con la vida moderna, sus objetivos fueron claramente
individualistas. Nunca fue muy claro su sentido de pertenencia, habitualmente
centrado en la procedencia de los antepasados y el entorno de cada persona: el
barrio, la localidad, y alguna colectividad.
Los sustitutos funcionales de la cultura se
desempeñaron bien mientras se expandió la
riqueza. Detrás de su aparente solidez y brillo
fueron endebles y escasamente útiles para situaciones de crisis. No obstante,
alcanzaron a dejar establecidas las bases del estilo dominante en las clases
medias: una serie de comportamientos esperados no necesariamente vinculados a
su realidad histórica, enseñados en la escuela, mantenidos por los medios de
comunicación, reforzados por el control social. Ellos darían por resultado una
sociedad de baja cohesión, desarraigada, con sentido de pertenencia muy lábil,
con fuerte disociación entre las conductas esperadas y las consumadas,
permisiva en cuanto a las conductas sociales y restrictiva en cuanto a los
hábitos culturales visibles, es decir, que dieron origen a un comportamiento
errático e imitativo.
De este modo las clases medias, hegemonizadas por
los nuevos argentinos, huérfanas de una cultura a la cual referirse, se
desarrollaron sin propio sentido ni rumbo, sin conciencia del espacio ni del
tiempo, ni de sí mismas. Esta debilidad las hizo proclives a adoptar sucesivos
modelos de referencia tan prestigiosos como ajenos a su realidad, demostrando
líneas de conducta mudables e inconsecuentes, normalmente disfuncionales
respecto de sus propios intereses y los del conjunto.
Habituadas a imitar, le sería dificultoso crear
soluciones, por lo que se acostumbró a copiar fórmulas. Por ello fue fascista,
izquierdista, aliadófila, germanófila, antiperonista, autoritaria, democrática
y en los últimos tiempos liberal y progresista.
En diferentes momentos se acercaría a los hechos
históricos, pero con la inhabilidad suficiente para desbaratar la oportunidad y
diluirse en el aprovechamiento eufórico de lo que el liberalismo les
facilitaría con Alvear, en
Martínez de Hoz y finalmente con Menem.
La reacción de las clases medias a la crisis del
modelo de los años ‘90 deja sin espacio al liberalismo, y por descarte quedan
vigentes las opciones progresistas, entendiendo por esto al conjunto de valores
orientados a una organización social que admite una convivencia enriquecedora
basada en criterios de la razón y en la creencia del crecimiento indefinido. En
suma, sin salir del siglo XVIII. De este modo se pierde respuesta a la
complejidad del problema, se inmoviliza la situación y continúa la
descomposición de lo que se quiere salvar.
Es muy probable que buena parte del comportamiento
propio de las clases medias, disfuncional al movimiento nacional se haya debido
a las siguientes características:
- A la des-culturización que supuso la migración.
- A el uso de sustitutos funcionales de cultura
necesarios tras la des-culturización.
- A la falsa conciencia sobre la propia identidad,
producto de las bases sobre las que se elaboraron concretamente los sustitutos
funcionales.
El peronismo
“Por esa Argentina grande,
con que San Martín soñó,
que es la realidad efectiva
que debemos a Perón”
El peronismo se mostró inicialmente como expresión
de las masas criollas del interior
indiano, ahora urbanas, y que volvían a aparecer
luego del largo silencio iniciado tras la guerra del Paraguay. Naturalmente
inconciliable con los sustitutos funcionales de la cultura y sus productos, no
de vicio fue señalado como el hecho maldito del país burgués.
El peronismo, heredero de la tradición integradora
del mundo español, mediante su accionar se convirtió en la mejor escuela de
realismo, conciencia y cultura para quienes, provenientes de la sociedad
inmigratoria, se incorporarían a
En la posterior evolución del mismo ha ido tomando
fuerza el papel desempeñado por las clases medias, particularmente desde el fin
de la épica del retorno del general Perón y la posterior disminución del peso
relativo del movimiento obrero. De este modo ha sido permeable a su confusión
de conciencia e identidad. Esto generaría una tensión interna dentro del campo
popular, debilitándolo y esterizándolo. Debido a que hoy no existe fuera del
peronismo ningún espacio político organizado y creíble, este de hecho se ha
convertido en el sistema político, por lo que se refuerza la presión orientada
a mantener los contenidos espurios presentes en el mismo: liberalismo,
individualismo, partidocracia, electoralismo, clientelismo, localismo, a lo que
se le suma la tendencia a aceptar soluciones prestadas, como el liberalismo o
el progresismo.
Esta permeabilidad a criterios propios de las
clases medias hace que sea alto el riesgo de introducir elementos extraños a
nuestra cultura, en los intentos de superar la situación señalada en el punto
anterior. Hay que tener muy presente que el peronismo no es producto de las
clases medias, es la respuesta integradora que desde un horizonte histórico muy
anterior a mayo de 1810 se ofrece a las diferentes sociedades argentinas del
siglo XX y pretendemos que del XXI. Sin la memoria del pasado es imposible
construir el futuro, pues nadie escapa a su propia sombra.
Conclusiones
Las incapacidades innatas de un modelo social,
originado en sustitutos funcionales de cultura, derivan en que los sectores sociales
vinculados al mismo tienen serias dificultades para la elaboración de un
pensamiento propio y apto para verse a sí mismas en su propia realidad. Esto
será determinante en el papel político que desempeñarán estos sectores sociales
y cubrirá a buena parte de la historia y vida social argentina desde fines del
siglo XIX hasta la actualidad.
El peronismo aparece como una creación popular
urbana con fuerte presencia de valores culturales tradicionales, propios de la
población criolla, que desde tiempo atrás, venía migrando hacia Buenos Aires
desde el interior no atlántico. Oficiando de puente entre ambas sociedades fue
fundante de una nueva Argentina, capaz de integrar en un cauce histórico común
a todos los nacidos en nuestra tierra mediante una organización social sobre la
base de la identidad nacional.
El crecimiento del espacio que dentro del peronismo
tienen las clases medias, herederas de la sociedad organizada a partir de los
sustitutos funcionales a la cultura, alerta sobre el riesgo de la introducción
de las confusiones y debilidades de la misma en el seno del movimiento
nacional.
Córdoba,
marzo de 2004.
Lizardo
Sánchez