ARGENTINA

02/02/08

 

Papel de la Iglesia durante las invasiones inglesas

Por Cecilia González Espul (*)

 

Buenos Aires, 02/02/08.- La España claudicante de Carlos IV con su valido Godoy fue el trasfondo lúgubre que posibilitó la ávida audacia inglesa de un Popham para planear junto al seudo patriota Miranda la invasión de las colonias americanas de Venezuela y del Río de la Plata en 1806. Ambos fracasaron estruendosa e inesperadamente porque las poblaciones americanas se mantuvieron fieles al rey de España.

 

Cuando los ingleses avistaron Buenos Aires, se erguían sobre la chatura de la ciudad las torres de las iglesias, símbolo de la cristiandad, rémora del medioevo, simbiosis entre el poder político, el poder eclesiástico, y la sociedad civil. La permanencia de ese mundo, reflejado en la religiosidad del pueblo, es la razón última de la victoria sobre los herejes británicos. Así dice el Padre Castellani: "La religiosidad fue el alma de la resistencia en las pasadas invasiones inglesas. Si nuestra nación ha de salir ilesa y más gloriosa de otras invasiones futuras posibles y ya incoadas, el alma de la resistencia será su unidad religiosa" ([1]).

 

Lamentablemente, la soberbia de los edificios actuales, símbolo de la modernidad, que apretujan las iglesias y ocultan sus torres, nos hablan de la pérdida de ese mundo cristiano.

 

Aunque esa compleja unión entre el trono y el altar de la época colonial, que en América se materializó en el sistema de Patronato, había comenzado a resquebrajarse ya desde el siglo XVIII, mucho antes de la llegada de los ingleses.

 

Comencemos entonces por explicar qué se entiende por patronato. En la época del descubrimiento y conquista de América, el Papado a través de las bulas, hizo donación de las tierras conquistadas a los reyes de España, con la condición de ocuparse de la evangelización de los naturales, concediéndoles el patronato. Se trataba del derecho de los reyes a presentar ante las autoridades religiosas a las personas designadas para ser investidas de cargos eclesiásticos: obispos, canónigos, párrocos. Existían dos niveles de ejecución: el de los reyes o patronos, para los oficios mayores, y de los virreyes o vice-patronos, por delegación, para los oficios menores. Los patronos y vice-patronos no nombraban sino que sólo presentaban candidatos a la autoridad eclesiástica competente que era la que los investía.

 

Ello iba unido además al derecho de percibir y administrar los diezmos, gravamen del 10% sobre la producción, destinado a la creación y dotación de las Iglesias. La corona los repartía de la siguiente manera: la primera mitad se asignaba al obispo y al cabildo eclesiástico por partes iguales, la segunda mitad se dividía en nueve porciones. A la Real Hacienda le correspondía dos novenos, llamados de su majestad, y el resto entre los párrocos, los hospitales y las fábricas de iglesia.

 

Estos derechos permitieron a la corona española proceder en materia religiosa con un alto grado de autonomía con respecto al Papa.

El historiador Roberto Di Stefano, cuya obra seguimos en esta breve síntesis ([2]), distingue tres etapas en el ejercicio del patronato: 1º) en el siglo XVI con los Austrias Mayores estrictamente patronal. 2º) en el siglo XVII con los Austrias Menores, época del vicariato. Y 3º) en el siglo XVIII con los borbones, época del regalismo.

 

La teoría del vicariato sostenida por Juan de Solórzano y Pereira con su obra Política Indiana, que en su momento fue incluida en el Index, sostenía que los reyes de España no eran sólo patronos sino también vicarios del Papa para las Indias, ampliando de ese modo sus prerrogativas. Esto trajo enfrentamientos entre Madrid y la Santa Sede.

 

La teoría del regalismo del siglo XVIII, propia de la Ilustración, extendió aun más estos postulados puesto que consideró que las facultades de la corona en materia eclesiástica formaban parte del ejercicio de la soberanía y no dependían de las concesiones pontificias. Esta era la política borbónica vigente en la época de las invasiones inglesas.

 

Estas ideas se propagaron también entre miembros de la Iglesia, así se puede hablar de una ilustración católica, que se caracterizó por su crítica al escolasticismo, y a la religiosidad ligada a la tradición tridentina y barroca. Propuso una devoción interior, más racional, más recatada, más individual y que se expresaba en la sobriedad de las líneas del estilo neoclásico. La religiosidad barroca se relaciona, en cambio, con la exteriorización de la fe, las pompas de las celebraciones religiosas, la abundancia de recursos artísticos, las suntuosas ornamentaciones de las iglesias, la proliferación de imágenes de Cristo, de la Virgen y de los Santos y con las formas de devoción popular, consideradas por la piedad ilustrada como supersticiones.

 

La ilustración católica se vio influida, también por las ideas jansenistas. El jansenismo, movimiento espiritual, doctrinal, político y eclesiástico, surgido en Bélgica en el siglo XVII, fue condenado por los Papas como herético, por estar cercano al calvinismo, con su doctrina de la gracia y la predestinación. En su versión tardía penetró en el Río de la Plata, e inspiró las reformas de Rivadavia. Centrado en cuestiones de orden eclesiológico, como lugar del Papa y los obispos dentro de la Iglesia, intervención del Estado en cuestiones eclesiásticas. En ese sentido, defendía la autoridad del cabildo eclesiástico frente al obispo, que debía ser tenida en cuenta no sólo durante la sede vacante. En el caso del Río de la Plata, debido a su situación alejada y marginal, la diócesis quedaba a menudo vacante y el gobierno era asumido por el cabildo eclesiástico, que adquirió por ello gran independencia, suscitándose problemas cuando llegaba el nuevo obispo. Entre los filo-jansenistas del Buenos Aires de esta época figuraban el canónigo Maziel, y el deán Estanislao Zavaleta.

 

Las ideas jansenistas coinciden con el pensamiento ilustrado en su oposición a las pompas del culto barroco, a favor de una espiritualidad más interior que buscaba un clero de perfil más pastoral, que quiso hacer del clérigo un individuo útil a la sociedad. Tuvo eco en Buenos Aires entre las elites y el alto clero. El clero debe ocuparse de impartir enseñanzas útiles a la sociedad, inclinarse por la enseñanza de las ciencias físico-experimentales, y naturales.

 

Ejemplo de ello lo tenemos en el prior de los dominicos, el padre Torres, que en 1804, descubrió los huesos de un megaterio en las barrancas del río Luján. Se lo envía a Carlos IV, y recibe del rey el pedido de buscarle un ejemplar vivo. Otro caso fue el del presbítero Saturnino Segurola quien introdujo la vacuna contra la viruela en el Río de la Plata.

 

Fueron sustento ideológico del regalismo borbónico, que buscó limitar el poder de Roma sobre la iglesia en América.

 

Pero fue la tradición religiosa popular y barroca la que predominó en la sociedad rioplatense a pesar de los esfuerzos de la Corona y la Iglesia para difundir una piedad ilustrada. Por ende fue esta religiosidad barroca la que se manifestó en la expulsión de los herejes ingleses en 1806 y 1807, donde la participación del pueblo y del clero fue decisiva. Mientras las clases acomodadas agasajaban en sus tertulias al invasor, los centinelas ingleses apostados en las pulperías eran acuchillados silenciosamente en la noche.

 

Ocaso del gobierno español en América y Crisis de la Iglesia colonial

El paso de la dinastía de los Austria a la de los Borbones significó un cambio cualitativo en cuanto al gobierno de las posesiones americanas. Con los Habsburgo existía un pacto monárquico entre el rey y sus vasallos con obligaciones recíprocas. Las provincias americanas eran reinos de Indias en igualdad política con los de España. América era patrimonio del rey no de España. Con los Borbones el sistema político cambió por el de absolutismo monárquico o despotismo ilustrado. Los vasallos del rey pasaron a ser súbditos de la corona, y los reinos de Indias a ser considerados colonias, para beneficio económico de la metrópoli. América no dependía ya del rey sino de la metrópoli.

 

Las reformas del rey borbón Carlos III buscaron el aggiornamento de los reinos de España e Indias a las nuevas ideas de la Ilustración, ejerciendo un mayor control sobre las autoridades locales. Las erradas políticas de su sucesor Carlos IV, el Pacto de Familia, la alianza con Napoleón, llevaron a España a una serie de derrotas militares, tratados desventajosos, pérdida de territorios, concesiones a Inglaterra.

 

La alianza con Napoleón significó para España la pérdida de su flota en Trafalgar (1805), y la dificultad de su comunicación con América que quedó a merced de Inglaterra.

 

Estamos frente al gran ocaso del dominio español en América, crisis que se trasladó también a la Iglesia colonial. Enumeramos a continuación tres causas principales.

 

a) Crisis del patronato en el Río de la Plata: la Corona no pudo cumplir con su parte del pacto, fue ineficaz para dar respuesta a las necesidades de la Iglesia rioplatense, y ejerció una creciente presión para apropiarse de parte de los diezmos y rentas eclesiásticas, debido a sus problemas financieros. La sede episcopal se llevaba la mayor parte de los diezmos, y en cambio los párrocos de campaña se vieron obligados a pedir contribuciones a los fieles para gastos que correspondían al rey.

 

b) Diferencias entre eclesiásticos americanos y peninsulares: la Corona prefirió a los peninsulares para los cargos de mayor relevancia, desplazando a los que se encontraban en Indias, muchas veces mejor capacitados. Esto ocurría especialmente con los cargos de obispo. De los cuatro obispos que había en el momento de las invasiones, sólo el de Salta era criollo. El Deán Funes vio por ello frustradas sus aspiraciones a ser elegido obispo de Córdoba. No ocurría así con los miembros del Cabildo eclesiástico en su mayoría criollos.

 

c) Malestar en el clero regular: por los proyectos de reforma que tendían a una política de secularización de las órdenes religiosas.

 

Casi todos los sectores de la sociedad tenían motivos de queja, por esto la legitimidad del dominio colonial entró a ser cuestionado.

 

Planes de Miranda y de Popham

Inglaterra codiciaba las colonias españolas desde hacía más de un siglo, y los planes para invadirlas fueron anteriores a Trafalgar. Uno de ellos fue el perpetrado entre el venezolano Francisco de Miranda ([3]), que creía que América podía independizarse de España con la ayuda de Inglaterra, y el marino inglés Popham ([4]), que también lo creía, pues confiaba en que era la mejor forma de obtener enormes ventajas económicas para la metrópoli inglesa. Ambos enviaron un Memorial al ministro Pitt explicando sus proyectos de invasión.

 

El gabinete británico envió agentes secretos a Buenos Aires, para informarse sobre las opiniones de la población, si eran favorables o no a estos planes, para establecer centros de propaganda y captación ante una futura conquista británica. Uno de ellos fue el coronel James F. Burke, quien llegó a Buenos Aires en 1803, haciéndose pasar por militar prusiano. Nos cuenta al respecto José María Rosa:

 

"...funda centros de captación y espionaje en casa del comerciante norteamericano Guillermo Pío White, del irlandés Edmundo O'Gormann,... y en la Posada de los Tres Reyes,..., en la que crea el portugués Juan Silva Cordeiro una logia masónica. El núcleo más importante es la casa de O'Gormann en la calle de la Merced, cuya bella esposa Ana Pericón de Vandeuil, subvencionada por Burke, resultó un excelente cebo para conseguir informaciones y manejar voluntades." ([5])

 

La Posada de los Tres Reyes era frecuentada por comerciantes extranjeros, jóvenes como Castelli y Azcuénaga, iniciados en la Logia como Arroyo Pinedo (empleado de la Aduana) y Gregorio Gómez, siendo además reducto de contrabandistas. A todos ellos trató Burke.

 

Agentes de Francisco Miranda fueron Saturnino Rodríguez Peña y Aniceto Padilla, responsables de la fuga de Beresford y otros oficiales ingleses de Luján. Vemos así como destacados miembros de la sociedad porteña estuvieron en contacto directo con agentes ingleses.

 

Comportamiento del clero frente a los invasores

No relataremos los episodios de las invasiones, sino que solo nos centraremos en el comportamiento del clero frente a los conquistadores. El General Carr Beresford entró en el fuerte en junio de 1806 sin mayor oposición. Tomó medidas conciliadoras con los habitantes confirmándolos en sus cargos, respetando la religión católica, y estableciendo una reducción de los aranceles aduaneros para la libre introducción de las manufacturas inglesas. Pero exigió la entrega de los caudales que el virrey había trasladado a Luján, en su huida a Córdoba. Poco después pasearían por las calles de Londres para regocijo de sus habitantes.

Todo iba a seguir igual en cuanto a la administración, con la única diferencia que en vez del virrey iba a estar Beresford, gobernante de su majestad británica, Jorge III, a quien se le debía jurar fidelidad. Todos los funcionarios civiles, militares y eclesiásticos debían hacerlo obligatoriamente y el pueblo solo voluntariamente.

 

La Audiencia se negó a hacerlo, no pudieron eludirlo en cambio los cabildantes, los miembros del Consulado, salvo Manuel Belgrano, quien para evitarlo se fue a su chacra en la Banda Oriental, ni los militares vencidos.

 

¿Y el clero? En este estamento de la sociedad hubo respuestas diferentes. Porque, siguiendo el pensamiento del teólogo del siglo XVI, Juan Maldonado, la Iglesia puede ser caracterizada desde el punto de vista profano como un complexio oppositorum, es decir que está constituida por un conjunto de opuestos. ([6])

 

Y esos opuestos se dieron entre el clero regular y el secular. El clero regular encabezado por el prior de los dominicos juró fidelidad al rey de Inglaterra, con excepción de los betlehemitas. El obispo Lué y Riega en una actitud de hábil diplomacia ante Beresford, logró evitar dicho juramento por parte del clero secular. Sólo hubo 58 voluntarios entre el pueblo en su mayoría comerciantes, muchos de ellos de habla inglesa. Uno de los firmantes fue Castelli, otro Saturnino Rodríguez Peña.

 

Pasamos a detallar las diferentes actitudes del clero frente al invasor siguiendo la obra de Cayetano Bruno. ([7])

 

* a) El clero secular

 

El obispo Benito Lué y Riega, del que nos hemos formado un mal concepto por su postura en el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, era asturiano y había formado parte del ejército español en su adolescencia, adquiriendo un carácter austero e inflexible. Abandonó luego la carrera militar para doctorarse en Teología. Fue deán de la catedral de Lugo. En 1801 el rey Carlos IV lo propuso al papa Pío VII para ocupar la sede vacante del obispado de Buenos Aires. Llegó a estas tierras en 1803 aun antes de ser investido por el Papa. Inmediatamente se dispuso a realizar la visita pastoral de su inmensa diócesis que desde 1779 no se hacía.

 

Fue muy minucioso y estricto, recorriendo Córdoba, Santa Fe, Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes, los pueblos de la misiones, regresando a Buenos Aires en 1805. Se preocupó por la formación del clero, la práctica de la lección espiritual y la oración mental, conferencias sobre teología moral a la que todos los sacerdotes seculares y regulares debían asistir, sometiéndolos a examen aun a los sexagenarios. Miles de fieles fueron confirmados. Revisó los libros parroquiales encontrando irregularidades y negligencias.

 

Si bien Lué cumplió con sus deberes pastorales con creces, recorriendo extensas regiones, en medios de transporte incómodos y peores caminos, obtuvo muchas críticas acerbas, y se granjeó muchos enemigos, en especial del cabildo eclesiástico de Buenos Aires, que envió tres cartas al rey para que lo separara de su sede. Se lo acusaba de procedimientos arbitrarios, de actuar prescindiendo del Cabildo, de querer introducir nuevas prácticas contrarias a costumbres arraigadas en la colonia. Al respecto dice uno de sus biógrafos:

"Es que el Cabildo eclesiástico de Buenos Aires fue celoso guardián de los usos y costumbres de la iglesia del Río de la Plata, con verdadero espíritu localista y tradicionalista. Desde su primer momento de su constitución en 1622, se constituyó en un poder de control de la autoridad episcopal, negándole su aprobación o rechazándole sus disposiciones, recurriendo si era necesario a la autoridad del rey: el real patronato." ([8])

 

El síndico procurador de Montevideo se quejó por los excesivos gastos de su comitiva numerosa, y la exigencia a los curas de caballos y peones para su visita. Otro enemigo suyo fue el obispo Fabián de Aldao, comisario del Santo Oficio en Buenos Aires por cuestión de jurisdicciones. Sobre Lué dijo:

 

"Ha hecho diabluras en su visita. Es el más desaforado loco que nos ha venido del otro lado de los mares." ([9])

 

Pero el que mejor ha pintado la figura del obispo Lué tan descalificada por los historiadores como Bartolomé Mitre, Vicente Fidel López, Paul Groussac, basados principalmente en el juicio que sobre él hizo Cornelio Saavedra en sus Memorias, fue el Padre Furlong. Dice lo siguiente:

 

"Había dureza, había hosquedad, había hasta irascibilidad, pero había bajo esa triple e hirsuta capa, modestia, nobleza, generosidad y sacrificio. Si un contemporáneo dijo de él que era de carácter amargo, duro e irregular, otro escribió que era hombre, sencillo, sincero y austero. En nada fallaba el sacerdote y el obispo, y ni en el uno ni en el otro se hallará mácula o arruga, pero fallaba el hombre." ([10])

 

En cuanto a su conducta frente a la exigencia de Beresford de prestar juramento de fidelidad, los fiscales Villota y Caspe dictaminaron en informe a la corte que la suya fue una resistencia heroica, que no tuvieron otros. Para evitar dicho juramento argumentó que las leyes de la Iglesia prohibían el uso de las armas al clero, y que ello era suficiente garantía de su neutralidad. Fue, continúan los fiscales, un mediador eficaz ante el gobernador inglés a favor del pueblo, ejemplo de ello fue que por su intercesión salvó de la condena a muerte a un cadete que había ayudado a desertores ingleses. ([11]) También se negó a la pretensión de Beresford que exhortara a sus fieles a no tomar las armas contra los ingleses so pena de excomunión, ante el avance del ejército que había reunido Liniers.

 

Tuvo un triste final porque en 1811, quedó involucrado en un complot contra el Primer Triunvirato, y a raíz de ello murió envenenado, según tesis sostenida por Enrique de Gandia y el padre Furlong. En la misma fecha y por igual motivo murió ajusticiado otro destacado personaje en la lucha contra el inglés, Martín de Alzaga.

 

Otro testimonio a favor del obispo fue el oficio de Liniers de 1807 a la Audiencia en el que lo ensalzaba:

"Dudo Señor Excelentísimo, que, de cuantos obispos existen en América, haya uno más benemérito que el que ocupa la silla de Buenos Aires, el ilustrísimo señor don Benito Lué y Riega... Hallándose en la triste invasión de los ingleses, observó en estas críticas circunstancias una conducta llena de energía, de prudencia y de caridad, la que le atrajo la mayor consideración e influencia sobre el general inglés, y por ella se logró precaver varios daños a que este infeliz pueblo se hubiera visto expuesto." ([12])

 

* b) El clero regular

 

El clero regular en cambio fue complaciente y acomodaticio con el invasor inglés, creyendo tal vez ingenuamente en las expresiones de Beresford que ocupaba la ciudad solo a título de protección y para sacar algunas ventajas en las negociaciones de paz. Y por ello juró fidelidad al rey inglés. El Prior de Santo Domingo, fray Gregorio Torres, en representación también de las demás órdenes , salvo la betlehemita, dirigió un discurso que luego Beresford pidió lo pusiera por escrito, que firmaron todos, excepto Fray Vicente de San Nicolás, prefecto de los betlemitas, que por ello perdió su cargo en el Hospital. Así dice:

 

"Excelentísimo Señor: Venimos a nombre de los cuerpos que representamos, y en cumplimiento de las capitulaciones celebradas ayer en esta ciudad, a dar a Vuestra Excelencia la debida obediencia y las gracias más afectuosas, por la humanidad con que han tratado a este honrado y fiel vecindario las armas victoriosas de Vuestra Excelencia.

 

Y aunque la pérdida del gobierno en que se ha formado un pueblo suele ser una de las mayores desgracias, también ha sido muchas veces el principio de su gloria. Yo no me atrevo a pronosticar el destino de la misma. Pero sí aseguro que la suavidad del gobierno inglés y las sublimes calidades de Vuestra Excelencia nos consolarán en las que hemos padecido ayer....

 

La fidelidad inviolable de su palabra, que hacen uno de los ornamentos principales de la nación inglesa, nos inspira la mayor confianza de que Vuestra Excelencia observará religiosamente cuanto nos ha concedido con tanta discreción como generosidad.

 

Esperamos que Vuestra Excelencia nos haga la honra de persuadirse, que no sólo no faltaremos a cosa alguna a lo prometido por nuestra parte, sino que nuestra conducta y persuasión servirán de estímulo a los demás. La religión nos manda respetar las potestades seculares y nos prohíbe maquinar contra ellas, sea la que fuere su fe; y si algún fanático o ignorante atenta temerariamente contra verdades tan provechosas, merecería la pena de los traidores a la patria y al Evangelio. Yo confío en aquel Dios que es el auxilio soberano de la suerte de los imperios, que jamás caeremos ni aun por pensamiento en semejante delito. He concluido."([13])

 

Beresford envió este discurso a Londres como prueba de que el clero apoyaba a los ingleses en contra de España.

 

Aunque el mismo no debe analizarse como una muestra de simpatía al general inglés sino como signo del resquebrajamiento de la relación entre la esfera eclesiástica y la civil, que comenzaron a concebirse separadamente. Al respecto el historiador Roberto Distefano sostiene que la actitud del clero regular frente al invasor inglés:

 

"...está indicando que un sector de la jerarquía eclesiástica (...) está dispuesto a pensar la Iglesia en un escenario distinto al previsto en el marco del régimen colonial." ([14])

 

Es decir que había un sector de la Iglesia que cuestionaba el patronato regio. Pero unos versos anónimos reflejaban mejor el verdadero sentir del pueblo:

 

"Si pensó el Padre Prior / que ese señor General

lo haría otra vez provincial / por meterse a adulador,

entienda que el tal señor / detesta la adulación,

y quisiera que el sermón / o su carta adulatoria,

la dijera de memoria / en la boca de un cañón." ([15])

 

Sin embargo el Padre Torres tuvo una actitud ambivalente. Oficialmente se manifestó complaciente con el inglés, pero en privado prestó ayuda a Liniers, cuando éste le confío sus planes de reconquista, ofreciéndole toda la caballería de la Estancia del Convento para el traslado de la tropa, aunque luego no fue necesario su uso.

 

Santiago de Liniers fue claro ejemplo de la piedad barroca. Fueron motivaciones religiosas las que lo decidieron a la acción contra los ingleses. Advertir que se llevaba oculto el Santísimo Sacramento a un enfermo, y que en la misa de Santo Domingo no lo vio expuesto, que no se realizaban las procesiones acostumbradas. Hizo, entonces, votos a Nuestra Señora del Rosario de reconquistar la ciudad, prometiéndole las banderas que tomara al enemigo. Encargó a su apoderado Francisco Antonio Letamendi que:

 

"todos los días a su nombre y expensas, se ofreciese el santo sacrificio de la misa, por medio de Nuestra Señora del Rosario en su propio templo y altar, por el feliz éxito de su empresa." ([16])

           

La orden betlemita

Pasamos a estudiar la orden que tuvo la singularidad de ser la única que se opuso a realizar el juramento de fidelidad al rey inglés, intentando explicar por qué actuó diferente.

 

Era una orden americana, originaria de Guatemala. Surgió dentro del espíritu del renacimiento católico, que con el concilio de Trento busca una renovación de las órdenes religiosas y una nueva santidad, por la vía de la caridad. Su fundador fue Pedro de San José de Betancourt, nacido en Tenerife, de un origen social oscuro, emigró a América, ingresó a la orden de los franciscanos, y como no se destacaba en los estudios, vistió los hábitos de la orden tercera de San Francisco. Fundó un modestísimo hospital para convaleciente en el pueblo de Belén en 1655, piedra fundamental de la orden hospitalaria más importante de la América española. El hospital era sólo una rústica choza, y los convalecientes eran traídos al hombro por Fray Pedro, quien logra interesar a otros en su obra.

 

Entre ellos a quien será su sucesor, Fray Rodrigo de la Cruz, y a quien se debe la transformación en orden religiosa y su expansión por América.

 

Luego de largos y enojosos trámites en Roma y en la corte se constituyó la orden Betlemita, bajo la regla de San Agustín, con votos de obediencia, castidad, pobreza y hospitalidad, aprobada por el Papa Inocencio IX en1867.

 

En 1726, el Cabildo de Buenos Aires llamó a los betlehemitas para hacerse cargo del hospital San Martín, debido a dos epidemias que asolaron la ciudad, haciendo evidente la falta de instalaciones sanitarias. Sin embargo, los trámites tardaron veinte años, porque el rey de España concedió la licencia recién en 1745. Los betlehemitas llegaron a Buenos Aires en 1748.

 

El hospital San Martín tuvo 84 camas, botica propia, huerta con yerbas medicinales. Luego ocuparon el Colegio de la Residencia en el Alto de San Pedro, que había sido de los jesuitas expulsados, donde organizaron el convento. El otro hospital fue el de Santa Catalina.

 

Si bien en sus comienzos en Guatemala, su sostenimiento se debía exclusivamente a la limosna, con el tiempo y gracias a las donaciones fue adquiriendo muchas propiedades. Así ocurrió también en Bueno Aires, donde poseyó propiedades rurales, estancias, quintas, y propiedades urbanas, siendo una de las órdenes que poseyó mayor cantidad de esclavos negros.

 

A pesar de ser una orden de origen americano la mayoría de sus integrantes eran españoles peninsulares. Sus criterios de admisión eran más flexibles que en otras órdenes, no cerrando sus puertas al ingreso de las capas medias y aun de las bajas de la sociedad porteña. La mayoría de los integrantes españoles eran de origen campesino.

 

Ocurría lo contrario en otras órdenes especialmente dominicos y franciscanos donde predominaba el elemento criollo. Esta diferencia puede explicarse porque éstas últimas eran órdenes más tradicionales y con más prestigio en la sociedad rioplatense. ([17])

 

Podemos entonces concluir que el motivo de la actitud de los regulares frente al invasor inglés estaría relacionado según Roberto Distéfano, antes citado, con la cuestión del patronato regio. Nos dice así:

 

"La vida eclesiástica bajo el gobierno de una nación protestante que respetase el culto católico local (...) no era desagradable para todos. En principio, un gobierno de tales características habría debido renunciar para siempre al ejercicio del patronato, que como vimos, no gozaba de muy buena prensa en ese momento. Y es significativo que fueran los regulares los que redactaran la misiva, ya que eran el sector más seriamente amenazado por la política borbónica, el que atravesaba una más fuerte crisis interna y, al mismo tiempo, el menos estrechamente ligado al poder real, en la medida que su entidad superaba las fronteras políticas del imperio." ([18])

 

La orden hospitalaria betlehemita en cambio era una orden surgida en el marco colonial, eran más fuertes sus lazos con la monarquía, integrada en su mayoría por peninsulares, y que en 1810, confirmará su fidelidad al rey.

Participación del clero en la lucha contra el invasor inglés

Si bien los superiores de las órdenes religiosas por una cuestión más bien de conveniencia hicieron el juramento de lealtad al monarca inglés, no fue esta una actitud que puede hacerse extensiva al resto de sus miembros. El clero tanto secular como regular, participó activamente en la lucha para expulsar a los ingleses de Buenos Aires. Testimonio de esto proviene de los mismos ingleses, como es el caso de Alexander Gillespie, que participó en las invasiones, quien nos cuenta que en los planes de la reconquista tuvo participación el obispo Lué:

 

"En esta gran cooperación el obispo tuvo su parte mediante sus subalternos. Todo el mes de julio, pero especialmente a fines, la emigración del clero, con pasaportes que rara vez se negaban, fue muy grande para la Colonia, con el pretexto de deberes sacerdotales. Después de desembarcar allí, parte de ellos se encaminaba a Montevideo, mientras los otros tomaban rumbo opuesto hacia el interior del país; pero ambos con objetos similares, reunir todas las tropas de la Corona, que estaban en esa fortaleza, con los pequeños destacamentos en las guardias de las fronteras indianas, tanto como para promover el levantamiento general del pueblo. Tan extenso era el complot, que los sacerdotes, en distancia considerable, ejercían aun los domingos todas sus facultades para estimular a sus oyentes a tomar las armas." ([19])

 

Este es el caso de los sacerdotes de la campaña que convocaban a los paisanos a la lucha en la acción de Perdriel. El Pbro. Vicente Montes Carballo, a cargo del curato de Luján, se ocupó de entregarles cintas celestes y blancas, cortadas de "la medida de la virgen", como escudo protector. De otro que se tiene noticias es de Feliciano Pueyrredón, cura de Baradero, hermano de Juan Martín, que mereció el reconocimiento de Liniers por su celo patriótico animando a su feligresía a concurrir a la reconquista.

 

Uno de los sacerdotes de la orden franciscana que tuvo una notable participación en estos hechos fue Fray Pedro Cuelli, sobre quien ha realizado un enjundioso estudio Roberto Elissalde. ([20]) Fray Pedro Cuelli, criollo de origen, ingresó a temprana edad a la orden seráfica, probablemente a los 17 años, en 1765. Tuvo una destacada actividad docente, y en diferentes lugares, comenzando por el convento de Salta, en 1777, en el convento de Asunción en 1786, y en el convento de Montevideo como Regente y Catedrático de Prima, en 1790. Finalmente en 1796 fue designado guardián del convento de Buenos Aires.

 

En la época de las invasiones inglesas el padre Cuelli residía en la capilla de los franciscanos en La Calera, paraje que corresponde al actual barrio de Belgrano, en las barrancas, de donde se obtenía cal y arena para la construcción de la iglesia de San Francisco. ([21]) Desde allí se volcó con toda su energía y en forma concreta a colaborar en la reconquista de la ciudad. En sus sermones exhortaba a sus feligreses a defender la religión católica y al rey Carlos IV como buenos y leales vasallos. A él se debió haber sacado de la ciudad el único cañón utilizado en la batalla de Perdriel, pasaba información al ejército de los movimientos de las tropas inglesas, ofrecía los caballos del convento, recibía en su casa a los patriotas, les daba alimento, abrigo, posada, animaba a tomar las armas a cuantos llegaban a su casa, administraba los sacramentos diariamente, ocultó a dos desertores ingleses, con riesgo de su vida, porque ello estaba penado con la muerte si era descubierto.

 

Exhortaba a los soldados de los regimientos diciéndoles que la causa era la religión, que si el Rey perdía la ciudad, se perdía la fe, porque los ingleses eran herejes. Predicaba el amor al rey, y que se encomendaran a la Virgen de la Concepción, muy milagrosa. El cabo primero Mariano Castilla relata el enfrentamiento con una partida de ingleses con fusiles y su Escuadrón provisto sólo de espadas de la que salieron ilesos. "La Virgen nos libró de que nadie fuese muerto ni herido" ([22])

 

Otro testimonio es el de un vecino de La Calera, José Diez que prestó importantes servicios, guiado por instrucciones del padre Cuelli. Estuvo encargado del cuidado de una manada de vicuñas y alpacas que se habían incautado los ingleses, y pensaban enviar a Inglaterra para el duque de York. Esta circunstancia le permitió entrar en confianza con los oficiales ingleses y como se le franqueaba la entrada al fuerte, podía recabar información sobre movimiento de tropas, estado de las armas, y luego pasaba la información al campamento patriota. En todas esas operaciones de espionaje el Padre era su norte y su guía. Se alojaba en su casa, usaba sus hábitos como disfraz, para evitar ser descubierto. Mediante una estratagema finalmente pudo liberar a los animales impidiendo se los llevaran a Inglaterra.

 

Luego de la Reconquista el Padre Pedro Cuelli fue nombrado capellán del Regimiento de Patricios, cuyo comandante Cornelio Saavedra dejó testimonios laudatorios sobre su actuación. No quiso aceptar ningún emolumento o gratificación, pero sí que fueran reconocidos sus servicios por el Rey.

Este abnegado franciscano murió poco tiempo después, el 29 de agosto de 1809, en el convento de San Francisco, siendo enterrado en el mismo.

 

En su época se hicieron copias manuscritas de uno de sus sermones por pedido de Saavedra al obispo Lué. Es ejemplo de la piedad barroca, de una mentalidad anterior a la ilustración. Dice al comienzo:

 

"El vasallo fiel a la Religión, al Rey y a la Patria, amados compatriotas, milicianos ilustres de Buenos Aires, legiones voluntarias formadas para defender los sagrados intereses de nuestra Religión Católica, y de nuestro amabilísimo Soberano, y tierno Padre, contra los injustos insultos de una Nación la más enemiga de nuestra Fe, y negada a las Leyes Sagradas, que el Derecho natural y de gentes tiene establecidas, Nobles hijos preciosos, frutos de esta Capital en quienes reside la fe más pura y el amor más tierno a su Monarca, escuchad las voces que os dirige, y las prevenciones que os hace vuestro Capellán." ([23])

 

Es también expresión del Pacto monárquico de los Austrias, al hacer referencia a su condición de vasallo, defensor de la Religión, del Rey y de la Patria. De esta homilía de un sacerdote criollo, no se puede deducir ninguna pretensión de independencia, ideas todavía totalmente extrañas a la mayoría del pueblo en 1806,1807. Más adelante hace mención y defensa del Patronato:

 

"Se embarcaron para venir pero el poder de Dios los hará zozobrar,(...) pues intentan perseguir a su pueblo que constante confía en su auxilio: o si se los deja venir a las manos, será para darnos la gloria de cooperar con su poder a destruir a unos enemigos de su amada esposa la Iglesia Santa, que sacrílegos pretender invadir los citados católicos, y propiedades de un Rey que mira como más preciosa, y principal joya que esmalta su corona, el Patronato de la Iglesia, la promoción de la Santa Fe y el culto puro del verdadero Dios." ([24])

 

Estas frases nos muestran que aun la idea de cristiandad estaba vigente en estas tierras.

 

El capellán del tercer batallón del regimiento de infantería, denominado del Fijo, Pantaleón Rivarola, otro sacerdote criollo, Prefecto de Estudios del Colegio de San Carlos , escribió dos largos poemas sobre la reconquista y la defensa, dos Romances heroicos. De ellos nos dice Ricardo Rojas:

 

"Pantaleón Rivarola fue, pues, quien restableció en nuestro país la unidad histórica del romance castizo, fragmentado en coplas populares; él fue el que primero puso en el viejo y fácil verso las palpitaciones de un sentimiento colectivo local. No creaba con ello la poesía gauchesca, pero sí creaba uno de sus elementos más importantes: la transfusión del argumento argentino en la forma romancesca." ([25])

 

Así un miembro del clero contribuyó a la formación de la poética nacional y popular en versos octosílabos para ser cantados, con su Romance Heroico, con motivo de las invasiones inglesas. Es interesante hacer notar cómo fue el comportamiento del clero durante la revolución: el clero regular y los miembros del cabildo eclesiástico se volcaron por la revolución, el obispo Lué y los betlehemitas no.

 

Conclusión

La Iglesia es un complexio oppositorum, un conjunto de opuestos, según el teólogo Maldonado del siglo XVI, y por eso, frente a un mismo hecho, la invasión inglesa, dio respuestas diferentes.

 

A lo largo de esta exposición, hemos intentado explicar las causas de las diferentes actitudes ante el invasor, del clero secular y del clero regular. Encontrando como uno de los motivos fundamentales, la crítica al sistema de patronato y al regalismo borbónico, por parte del clero regular, el que comenzaba a concebir separadamente la esfera eclesiástica de la civil. Con excepción de la orden betlehemita atada al orden colonial e integrada principalmente por peninsulares, que fue la única que se negó a realizar el juramento al rey inglés.

 

El obispo Lué logró evitarle al clero secular dicho juramento, manteniéndose fiel al rey de España, que era al fin y al cabo el que lo había nombrado.

 

Fue la religiosidad popular, la piedad barroca, exteriorizada en la devoción a la Virgen, al Santísimo Sacramento, en el uso de cintas celestes y blancas de la medida de la Virgen de Luján, en el uso de escapularios en el pecho de los soldados como protección, en innumerables actos de heroísmo, y en la participación activa de todo el clero, a pesar de las actitudes condescendientes de la jerarquía, la que contribuyó en gran medida al glorioso hecho de la reconquista.

 

Por eso Roberto Distéfano va a sostener que:

 

"El revés militar de los ingleses en ambas invasiones confirma por el momento la vigencia del régimen de cristiandad, pero pone en marcha al mismo tiempo procesos que tenderán a debilitarlo en el futuro." ([26])

 

La trascendencia de esta victoria sobre los ingleses que tuvo en su momento en España y en toda América nos la hace notar el mexicano José Vasconcelos cuando en su Breve Historia de México nos cuenta:

 

"La cosa grande y noble que Bustamante haya hecho en toda su vida de mediocre actividad prolija, es haber mandado levantar un monumento a los caídos en la defensa victoriosa de Buenos aires contra los ingleses. No se limitó Bustamante al decreto del monumento sino que, inspirado por un patriotismo bien orientado y auténtico, se entusiasmó tanto con la trascendental victoria de los argentinos, que mandó acuñar una medalla para perpetuar la más gloriosa acción de armas del continente latino y el testimonio de fidelidad del pueblo de México a la causa de España." ([27])

 

Es llamativo el hecho de la muerte violenta de los principales actores que descollaron en la reconquista y defensa de Buenos Aires. Santiago de Liniers y Bremont, conde de Buenos Aires, Juan Gutierrez de la Concha, por orden de la junta en 1810, el obispo Lué, a quien por su dignidad le dieron a "probar bocado", durante el Primer Triunvirato el 17 de marzo 1812. Martín de Álzaga, junto con Felipe Sentenach, el que había ideado el "plan de las minas" para volar el fuerte ocupado por los ingleses, Fray José de las Ánimas, superior de los betlehemitas, los que no habían jurado fidelidad al rey de Inglaterra, y 28 más, el 6 de julio de 1812, también durante el primer Triunvirato. ¿Venganza inglesa?

 

(*) Cecilia González Espul

Profesora de Historia de la UBA, de la escuela de Antonio Pérez Amuchástegui.



[1] Hernández, Pablo José: "Conversaciones con el Padre Castellani", Bs. As., Colihue-Hachette, 1977, p. 97.

[2] Di Stefano, Roberto, Zanatta, Loris: "Historia de la Iglesia Argentina" Desde la conquista hasta fines del siglo XIX, Bs. As., Grijalbo Mondadori, 2000.

[3] De él dirá Carlos Pereyra en su Breve Historia de América: "...tipo complejo de criollo sin arraigo y de español descontento" Editorial Aguilar, 195, pág.367.

[4] (4) Sobre él dirá Liniers: "Este admirable y digno emisario del padre del embuste; este jefe que jamás se presentó al menor riesgo en una expedición que emprendió como pirata, (...) este vil adulador..." cit. en Juan Beverina: Las invasiones inglesas al Río de la Plata, 1806-1807, Bs. As. Círculo Militar, 1939, Tomo II, pág. 435.

[5] Rosa, José María: "Historia Argentina", tomo 2, Bs. As., Editor Juan Granda, 1965, p.16.

[6] Buela, Alberto: "La conmoción de una cita", en Internet, septiembre 2006.

[7] Bruno, Cayetano: Historia de la Iglesia en la Argentina, volumen VII, (1800-1812), Buenos Aires, Editorial Don Busco, 1971

[8] Cgo.Dr.Ludovico García de Loydi: El obispo Lué y Riega. Estudio crítico de su actuación. (1803-1812), Cuadernos de Historia Eclesiástica 2, Bs. As., 1969, pág. 21.

[9] ibdem: p.50.

[10] cit en :Scenna, Miguel Angel: "El caso del obispo envenenado", Revista Todo es Historia, Nº 32, diciembre 1969, p.31.

[11] Se produjeron muchas deserciones en el ejército inglés, principalmente en los soldados de origen católico, irlandeses. Hubo un alemán que desertó y combatió a favor de España en la batalla de Perdriel, fue apresado y condenado a muerte, y el obispo Lué le administró los sacramentos. También hubo desertores de origen español, que recibieron como castigo 500 latigazos, uno de ellos murió.

[12] citado en Cayetano Bruno ,Historia de la Iglesia en Argentina, p.81.

[13] ibdem: p.82.

[14] Distefano Roberto, Zanatta, Loris: Historia de la Iglesia Argentina, p.192.

[15] Núñez, Ignacio: Noticias históricas de la República Argentina, citado por Cayetano Bruno, op.cit, p.82.

[16] Bruno, Cayetano: op.cit. p.85.

[17] cfr. MAYO, Carlos Alberto: Los betlehemitas en Buenos Aires: convento, economía y sociedad (1748-1822), Instituto Hispano cusano, Sevilla, 1991.

[18] Distefano, Roberto: op.cit. p.192.

[19] Gillespie, Alejandro: Buenos Aires y el interior. Observaciones reunidas durante una larga residencia, 1806-1807, Bs. As. AZ Editora, 1985, pp. 50 y 51.

[20] Elissalde, Roberto L.: Fray Pedro Cuelli, primer capellán de patricios. Su actuación en las invasiones inglesas, Bs. As., Academia Argentina de Historia, 2000.

[21] Donación que hicieran el capitán Juan Espinosa, y su esposa Ana María Segura para que aprovecharan esos materiales de construcción y para que tuvieran ranchos, corral, bueyes, cabalgaduras y vacas. El lugar recibía el nombre de Pago de Monte Grande.

[22] Elissalde, Roberto L.: op.cit., p.291.

[23] Elissalde, R.:op.cit. p.305.

[24] ibdem, p.315.

[25] citado en Guglielmino, Osvaldo: "Pantaleón Rivarola, y las atrocidades inglesas", Bs. As., Corregidor, 1983, p.11.

[26] Distéfano, Roberto: op.cit. p.193.

[27] Vasconcelos, José: "Breve historia de México", México, Ed. Continental, 1956, p.240.