ARGENTINA
02/02/08
Papel de
Por Cecilia González Espul (*)
Buenos Aires,
02/02/08.-
Cuando los ingleses
avistaron Buenos Aires, se erguían sobre la chatura de la ciudad las torres de
las iglesias, símbolo de la cristiandad, rémora del medioevo, simbiosis entre
el poder político, el poder eclesiástico, y la sociedad civil. La permanencia
de ese mundo, reflejado en la religiosidad del pueblo, es la razón última de la
victoria sobre los herejes británicos. Así dice el Padre Castellani: "La
religiosidad fue el alma de la resistencia en las pasadas invasiones inglesas.
Si nuestra nación ha de salir ilesa y más gloriosa de otras invasiones futuras
posibles y ya incoadas, el alma de la resistencia será su unidad religiosa"
([1]).
Lamentablemente, la
soberbia de los edificios actuales, símbolo de la modernidad, que apretujan las
iglesias y ocultan sus torres, nos hablan de la pérdida de ese mundo cristiano.
Aunque esa compleja
unión entre el trono y el altar de la época colonial, que en América se
materializó en el sistema de Patronato, había comenzado a resquebrajarse ya
desde el siglo XVIII, mucho antes de la llegada de los ingleses.
Comencemos entonces
por explicar qué se entiende por patronato. En la época del descubrimiento y
conquista de América, el Papado a través de las bulas, hizo donación de las
tierras conquistadas a los reyes de España, con la condición de ocuparse de la
evangelización de los naturales, concediéndoles el patronato. Se trataba del
derecho de los reyes a presentar ante las autoridades religiosas a las personas
designadas para ser investidas de cargos eclesiásticos: obispos, canónigos,
párrocos. Existían dos niveles de ejecución: el de los reyes o patronos, para
los oficios mayores, y de los virreyes o vice-patronos, por delegación, para
los oficios menores. Los patronos y vice-patronos no nombraban sino que sólo
presentaban candidatos a la autoridad eclesiástica competente que era la que
los investía.
Ello iba unido
además al derecho de percibir y administrar los diezmos, gravamen del 10% sobre
la producción, destinado a la creación y dotación de las Iglesias. La corona
los repartía de la siguiente manera: la primera mitad se asignaba al obispo y
al cabildo eclesiástico por partes iguales, la segunda mitad se dividía en
nueve porciones. A
Estos derechos
permitieron a la corona española proceder en materia religiosa con un alto
grado de autonomía con respecto al Papa.
El historiador
Roberto Di Stefano, cuya obra seguimos en esta breve síntesis ([2]),
distingue tres etapas en el ejercicio del patronato: 1º) en el siglo XVI con
los Austrias Mayores estrictamente patronal. 2º) en el siglo XVII con los
Austrias Menores, época del vicariato. Y 3º) en el siglo XVIII con los borbones,
época del regalismo.
La teoría del
vicariato sostenida por Juan de Solórzano y Pereira con su obra Política
Indiana, que en su momento fue incluida en el Index, sostenía que los reyes de
España no eran sólo patronos sino también vicarios del Papa para las Indias,
ampliando de ese modo sus prerrogativas. Esto trajo enfrentamientos entre
Madrid y
La teoría del
regalismo del siglo XVIII, propia de
Estas ideas se
propagaron también entre miembros de
La ilustración
católica se vio influida, también por las ideas jansenistas. El jansenismo,
movimiento espiritual, doctrinal, político y eclesiástico, surgido en Bélgica
en el siglo XVII, fue condenado por los Papas como herético, por estar cercano
al calvinismo, con su doctrina de la gracia y la predestinación. En su versión tardía
penetró en el Río de
Las ideas jansenistas
coinciden con el pensamiento ilustrado en su oposición a las pompas del culto
barroco, a favor de una espiritualidad más interior que buscaba un clero de
perfil más pastoral, que quiso hacer del clérigo un individuo útil a la
sociedad. Tuvo eco en Buenos Aires entre las elites y el alto clero. El clero
debe ocuparse de impartir enseñanzas útiles a la sociedad, inclinarse por la
enseñanza de las ciencias físico-experimentales, y naturales.
Ejemplo de ello lo
tenemos en el prior de los dominicos, el padre Torres, que en 1804, descubrió
los huesos de un megaterio en las barrancas del río Luján. Se lo envía a Carlos
IV, y recibe del rey el pedido de buscarle un ejemplar vivo. Otro caso fue el
del presbítero Saturnino Segurola quien introdujo la vacuna contra la viruela
en el Río de
Fueron sustento
ideológico del regalismo borbónico, que buscó limitar el poder de Roma sobre la
iglesia en América.
Pero fue la
tradición religiosa popular y barroca la que predominó en la sociedad
rioplatense a pesar de los esfuerzos de
Ocaso del gobierno español en
América y Crisis de
El paso de la
dinastía de los Austria a la de los Borbones significó un cambio cualitativo en
cuanto al gobierno de las posesiones americanas. Con los Habsburgo existía un
pacto monárquico entre el rey y sus vasallos con obligaciones recíprocas. Las
provincias americanas eran reinos de Indias en igualdad política con los de
España. América era patrimonio del rey no de España. Con los Borbones el
sistema político cambió por el de absolutismo monárquico o despotismo
ilustrado. Los vasallos del rey pasaron a ser súbditos de la corona, y los
reinos de Indias a ser considerados colonias, para beneficio económico de la
metrópoli. América no dependía ya del rey sino de la metrópoli.
Las reformas del
rey borbón Carlos III buscaron el aggiornamento
de los reinos de España e Indias a las nuevas ideas de
La alianza con
Napoleón significó para España la pérdida de su flota en Trafalgar (1805), y la
dificultad de su comunicación con América que quedó a merced de Inglaterra.
Estamos frente al
gran ocaso del dominio español en América, crisis que se trasladó también a
a)
Crisis del patronato en el Río de
b)
Diferencias entre eclesiásticos americanos y peninsulares:
c)
Malestar en el clero regular: por los proyectos de reforma que tendían a una
política de secularización de las órdenes religiosas.
Casi todos los
sectores de la sociedad tenían motivos de queja, por esto la legitimidad del
dominio colonial entró a ser cuestionado.
Planes de Miranda y de Popham
Inglaterra
codiciaba las colonias españolas desde hacía más de un siglo, y los planes para
invadirlas fueron anteriores a Trafalgar. Uno de ellos fue el perpetrado entre
el venezolano Francisco de Miranda ([3]),
que creía que América podía independizarse de España con la ayuda de
Inglaterra, y el marino inglés Popham ([4]),
que también lo creía, pues confiaba en que era la mejor forma de obtener
enormes ventajas económicas para la metrópoli inglesa. Ambos enviaron un
Memorial al ministro Pitt explicando sus proyectos de invasión.
El gabinete
británico envió agentes secretos a Buenos Aires, para informarse sobre las
opiniones de la población, si eran favorables o no a estos planes, para
establecer centros de propaganda y captación ante una futura conquista
británica. Uno de ellos fue el coronel James F. Burke, quien llegó a Buenos
Aires en 1803, haciéndose pasar por militar prusiano. Nos cuenta al respecto
José María Rosa:
"...funda centros de captación y espionaje en
casa del comerciante norteamericano Guillermo Pío White, del irlandés Edmundo
O'Gormann,... y en
Agentes de
Francisco Miranda fueron Saturnino Rodríguez Peña y Aniceto Padilla,
responsables de la fuga de Beresford y otros oficiales ingleses de Luján. Vemos
así como destacados miembros de la sociedad porteña estuvieron en contacto
directo con agentes ingleses.
Comportamiento del clero frente a los invasores
No relataremos los
episodios de las invasiones, sino que solo nos centraremos en el comportamiento
del clero frente a los conquistadores. El General Carr Beresford entró en el
fuerte en junio de 1806 sin mayor oposición. Tomó medidas conciliadoras con los
habitantes confirmándolos en sus cargos, respetando la religión católica, y
estableciendo una reducción de los aranceles aduaneros para la libre
introducción de las manufacturas inglesas. Pero exigió la entrega de los
caudales que el virrey había trasladado a Luján, en su huida a Córdoba. Poco
después pasearían por las calles de Londres para regocijo de sus habitantes.
Todo iba a seguir
igual en cuanto a la administración, con la única diferencia que en vez del
virrey iba a estar Beresford, gobernante de su majestad británica, Jorge III, a
quien se le debía jurar fidelidad. Todos los funcionarios civiles, militares y
eclesiásticos debían hacerlo obligatoriamente y el pueblo solo voluntariamente.
¿Y el clero? En
este estamento de la sociedad hubo respuestas diferentes. Porque, siguiendo el
pensamiento del teólogo del siglo XVI, Juan Maldonado,
Y esos opuestos se
dieron entre el clero regular y el secular. El clero regular encabezado por el
prior de los dominicos juró fidelidad al rey de Inglaterra, con excepción de
los betlehemitas. El obispo Lué y Riega en una actitud de hábil diplomacia ante
Beresford, logró evitar dicho juramento por parte del clero secular. Sólo hubo
58 voluntarios entre el pueblo en su mayoría comerciantes, muchos de ellos de
habla inglesa. Uno de los firmantes fue Castelli, otro Saturnino Rodríguez
Peña.
Pasamos a detallar
las diferentes actitudes del clero frente al invasor siguiendo la obra de
Cayetano Bruno. ([7])
* a) El clero secular
El obispo Benito
Lué y Riega, del que nos hemos formado un mal concepto por su postura en el
Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, era asturiano y había formado parte del
ejército español en su adolescencia, adquiriendo un carácter austero e
inflexible. Abandonó luego la carrera militar para doctorarse en Teología. Fue
deán de la catedral de Lugo. En 1801 el rey Carlos IV lo propuso al papa Pío
VII para ocupar la sede vacante del obispado de Buenos Aires. Llegó a estas
tierras en 1803 aun antes de ser investido por el Papa. Inmediatamente se
dispuso a realizar la visita pastoral de su inmensa diócesis que desde 1779 no
se hacía.
Fue muy minucioso y
estricto, recorriendo Córdoba, Santa Fe, Banda Oriental, Entre Ríos,
Corrientes, los pueblos de la misiones, regresando a Buenos Aires en 1805. Se
preocupó por la formación del clero, la práctica de la lección espiritual y la
oración mental, conferencias sobre teología moral a la que todos los sacerdotes
seculares y regulares debían asistir, sometiéndolos a examen aun a los
sexagenarios. Miles de fieles fueron confirmados. Revisó los libros
parroquiales encontrando irregularidades y negligencias.
Si bien Lué cumplió
con sus deberes pastorales con creces, recorriendo extensas regiones, en medios
de transporte incómodos y peores caminos, obtuvo muchas críticas acerbas, y se
granjeó muchos enemigos, en especial del cabildo eclesiástico de Buenos Aires,
que envió tres cartas al rey para que lo separara de su sede. Se lo acusaba de
procedimientos arbitrarios, de actuar prescindiendo del Cabildo, de querer
introducir nuevas prácticas contrarias a costumbres arraigadas en la colonia.
Al respecto dice uno de sus biógrafos:
"Es que el Cabildo eclesiástico de Buenos
Aires fue celoso guardián de los usos y costumbres de la iglesia del Río de
El síndico
procurador de Montevideo se quejó por los excesivos gastos de su comitiva
numerosa, y la exigencia a los curas de caballos y peones para su visita. Otro
enemigo suyo fue el obispo Fabián de Aldao, comisario del Santo Oficio en
Buenos Aires por cuestión de jurisdicciones. Sobre Lué dijo:
"Ha hecho diabluras en su visita. Es el más
desaforado loco que nos ha venido del otro lado de los mares." ([9])
Pero el que mejor
ha pintado la figura del obispo Lué tan descalificada por los historiadores
como Bartolomé Mitre, Vicente Fidel López, Paul Groussac, basados
principalmente en el juicio que sobre él hizo Cornelio Saavedra en sus
Memorias, fue el Padre Furlong. Dice
lo siguiente:
"Había dureza, había hosquedad, había hasta
irascibilidad, pero había bajo esa triple e hirsuta capa, modestia, nobleza,
generosidad y sacrificio. Si un contemporáneo dijo de él que era de carácter
amargo, duro e irregular, otro escribió que era hombre, sencillo, sincero y
austero. En nada fallaba el sacerdote y el obispo, y ni en el uno ni en el otro
se hallará mácula o arruga, pero fallaba el hombre." ([10])
En cuanto a su
conducta frente a la exigencia de Beresford de prestar juramento de fidelidad,
los fiscales Villota y Caspe dictaminaron en informe a la corte que la suya fue
una resistencia heroica, que no tuvieron otros. Para evitar dicho juramento
argumentó que las leyes de
Tuvo un triste
final porque en 1811, quedó involucrado en un complot contra el Primer Triunvirato,
y a raíz de ello murió envenenado, según tesis sostenida por Enrique de Gandia
y el padre Furlong. En la misma fecha y por igual motivo murió ajusticiado otro
destacado personaje en la lucha contra el inglés, Martín de Alzaga.
Otro testimonio a
favor del obispo fue el oficio de Liniers de
"Dudo Señor Excelentísimo, que, de cuantos
obispos existen en América, haya uno más benemérito que el que ocupa la silla
de Buenos Aires, el ilustrísimo señor don Benito Lué y Riega... Hallándose en
la triste invasión de los ingleses, observó en estas críticas circunstancias
una conducta llena de energía, de prudencia y de caridad, la que le atrajo la
mayor consideración e influencia sobre el general inglés, y por ella se logró
precaver varios daños a que este infeliz pueblo se hubiera visto expuesto."
([12])
* b) El clero regular
El clero regular en
cambio fue complaciente y acomodaticio con el invasor inglés, creyendo tal vez
ingenuamente en las expresiones de Beresford que ocupaba la ciudad solo a
título de protección y para sacar algunas ventajas en las negociaciones de paz.
Y por ello juró fidelidad al rey inglés. El Prior de Santo Domingo, fray
Gregorio Torres, en representación también de las demás órdenes , salvo la
betlehemita, dirigió un discurso que luego Beresford pidió lo pusiera por
escrito, que firmaron todos, excepto Fray Vicente de San Nicolás, prefecto de
los betlemitas, que por ello perdió su cargo en el Hospital. Así dice:
"Excelentísimo Señor: Venimos a nombre de los
cuerpos que representamos, y en cumplimiento de las capitulaciones celebradas
ayer en esta ciudad, a dar a Vuestra Excelencia la debida obediencia y las
gracias más afectuosas, por la humanidad con que han tratado a este honrado y
fiel vecindario las armas victoriosas de Vuestra Excelencia.
Y aunque la pérdida del
gobierno en que se ha formado un pueblo suele ser una de las mayores
desgracias, también ha sido muchas veces el principio de su gloria. Yo no me
atrevo a pronosticar el destino de la misma. Pero sí aseguro que la suavidad
del gobierno inglés y las sublimes calidades de Vuestra Excelencia nos
consolarán en las que hemos padecido ayer....
La fidelidad inviolable de su
palabra, que hacen uno de los ornamentos principales de la nación inglesa, nos
inspira la mayor confianza de que Vuestra Excelencia observará religiosamente
cuanto nos ha concedido con tanta discreción como generosidad.
Esperamos que Vuestra
Excelencia nos haga la honra de persuadirse, que no sólo no faltaremos a cosa
alguna a lo prometido por nuestra parte, sino que nuestra conducta y persuasión
servirán de estímulo a los demás. La religión nos manda respetar las potestades
seculares y nos prohíbe maquinar contra ellas, sea la que fuere su fe; y si
algún fanático o ignorante atenta temerariamente contra verdades tan
provechosas, merecería la pena de los traidores a la patria y al Evangelio. Yo
confío en aquel Dios que es el auxilio soberano de la suerte de los imperios,
que jamás caeremos ni aun por pensamiento en semejante delito. He concluido."([13])
Beresford envió
este discurso a Londres como prueba de que el clero apoyaba a los ingleses en
contra de España.
Aunque el mismo no
debe analizarse como una muestra de simpatía al general inglés sino como signo
del resquebrajamiento de la relación entre la esfera eclesiástica y la civil,
que comenzaron a concebirse separadamente. Al respecto el historiador Roberto
Distefano sostiene que la actitud del clero regular frente al invasor inglés:
"...está indicando que un sector de la
jerarquía eclesiástica (...) está dispuesto a pensar
Es decir que había
un sector de
"Si pensó el Padre Prior / que ese señor
General
lo haría otra vez provincial /
por meterse a adulador,
entienda que el tal señor /
detesta la adulación,
y quisiera que el sermón / o
su carta adulatoria,
la dijera de memoria / en la
boca de un cañón." ([15])
Sin embargo el
Padre Torres tuvo una actitud ambivalente. Oficialmente se manifestó
complaciente con el inglés, pero en privado prestó ayuda a Liniers, cuando éste
le confío sus planes de reconquista, ofreciéndole toda la caballería de
Santiago de Liniers
fue claro ejemplo de la piedad barroca. Fueron motivaciones religiosas las que
lo decidieron a la acción contra los ingleses. Advertir que se llevaba oculto
el Santísimo Sacramento a un enfermo, y que en la misa de Santo Domingo no lo
vio expuesto, que no se realizaban las procesiones acostumbradas. Hizo,
entonces, votos a Nuestra Señora del Rosario de reconquistar la ciudad,
prometiéndole las banderas que tomara al enemigo. Encargó a su apoderado
Francisco Antonio Letamendi que:
"todos los días a su nombre y expensas, se
ofreciese el santo sacrificio de la misa, por medio de Nuestra Señora del
Rosario en su propio templo y altar, por el feliz éxito de su empresa."
([16])
La orden betlemita
Pasamos a estudiar
la orden que tuvo la singularidad de ser la única que se opuso a realizar el
juramento de fidelidad al rey inglés, intentando explicar por qué actuó diferente.
Era una orden
americana, originaria de Guatemala. Surgió dentro del espíritu del renacimiento
católico, que con el concilio de Trento busca una renovación de las órdenes
religiosas y una nueva santidad, por la vía de la caridad. Su fundador fue Pedro
de San José de Betancourt, nacido en Tenerife, de un origen social oscuro,
emigró a América, ingresó a la orden de los franciscanos, y como no se
destacaba en los estudios, vistió los hábitos de la orden tercera de San
Francisco. Fundó un modestísimo hospital para convaleciente en el pueblo de
Belén en 1655, piedra fundamental de la orden hospitalaria más importante de
Entre ellos a quien
será su sucesor, Fray Rodrigo de
Luego de largos y
enojosos trámites en Roma y en la corte se constituyó la orden Betlemita, bajo
la regla de San Agustín, con votos de obediencia, castidad, pobreza y
hospitalidad, aprobada por el Papa Inocencio IX en1867.
En 1726, el Cabildo
de Buenos Aires llamó a los betlehemitas para hacerse cargo del hospital San
Martín, debido a dos epidemias que asolaron la ciudad, haciendo evidente la
falta de instalaciones sanitarias. Sin embargo, los trámites tardaron veinte
años, porque el rey de España concedió la licencia recién en 1745. Los
betlehemitas llegaron a Buenos Aires en 1748.
El hospital San
Martín tuvo 84 camas, botica propia, huerta con yerbas medicinales. Luego
ocuparon el Colegio de
Si bien en sus
comienzos en Guatemala, su sostenimiento se debía exclusivamente a la limosna,
con el tiempo y gracias a las donaciones fue adquiriendo muchas propiedades.
Así ocurrió también en Bueno Aires, donde poseyó propiedades rurales, estancias,
quintas, y propiedades urbanas, siendo una de las órdenes que poseyó mayor
cantidad de esclavos negros.
A pesar de ser una
orden de origen americano la mayoría de sus integrantes eran españoles
peninsulares. Sus criterios de admisión eran más flexibles que en otras
órdenes, no cerrando sus puertas al ingreso de las capas medias y aun de las
bajas de la sociedad porteña. La mayoría de los integrantes españoles eran de
origen campesino.
Ocurría lo
contrario en otras órdenes especialmente dominicos y franciscanos donde
predominaba el elemento criollo. Esta diferencia puede explicarse porque éstas
últimas eran órdenes más tradicionales y con más prestigio en la sociedad
rioplatense. ([17])
Podemos entonces
concluir que el motivo de la actitud de los regulares frente al invasor inglés
estaría relacionado según Roberto Distéfano, antes citado, con la cuestión del
patronato regio. Nos dice así:
"La vida eclesiástica bajo el gobierno de una
nación protestante que respetase el culto católico local (...) no era
desagradable para todos. En principio, un gobierno de tales características
habría debido renunciar para siempre al ejercicio del patronato, que como
vimos, no gozaba de muy buena prensa en ese momento. Y es significativo que
fueran los regulares los que redactaran la misiva, ya que eran el sector más
seriamente amenazado por la política borbónica, el que atravesaba una más
fuerte crisis interna y, al mismo tiempo, el menos estrechamente ligado al
poder real, en la medida que su entidad superaba las fronteras políticas del
imperio." ([18])
La orden
hospitalaria betlehemita en cambio era una orden surgida en el marco colonial,
eran más fuertes sus lazos con la monarquía, integrada en su mayoría por
peninsulares, y que en 1810, confirmará su fidelidad al rey.
Participación del clero en la lucha contra el invasor
inglés
Si bien los
superiores de las órdenes religiosas por una cuestión más bien de conveniencia
hicieron el juramento de lealtad al monarca inglés, no fue esta una actitud que
puede hacerse extensiva al resto de sus miembros. El clero tanto secular como
regular, participó activamente en la lucha para expulsar a los ingleses de
Buenos Aires. Testimonio de esto proviene de los mismos ingleses, como es el
caso de Alexander Gillespie, que participó en las invasiones, quien nos cuenta
que en los planes de la reconquista tuvo participación el obispo Lué:
"En esta gran cooperación el obispo tuvo su
parte mediante sus subalternos. Todo el mes de julio, pero especialmente a
fines, la emigración del clero, con pasaportes que rara vez se negaban, fue muy
grande para
Este es el caso de
los sacerdotes de la campaña que convocaban a los paisanos a la lucha en la acción
de Perdriel. El Pbro. Vicente Montes Carballo, a cargo del curato de Luján, se
ocupó de entregarles cintas celestes y blancas, cortadas de "la medida de la virgen", como
escudo protector. De otro que se tiene noticias es de Feliciano Pueyrredón,
cura de Baradero, hermano de Juan Martín, que mereció el reconocimiento de
Liniers por su celo patriótico animando a su feligresía a concurrir a la
reconquista.
Uno de los
sacerdotes de la orden franciscana que tuvo una notable participación en estos
hechos fue Fray Pedro Cuelli, sobre quien ha realizado un enjundioso estudio
Roberto Elissalde. ([20])
Fray Pedro Cuelli, criollo de origen, ingresó a temprana edad a la orden
seráfica, probablemente a los 17 años, en 1765. Tuvo una destacada actividad
docente, y en diferentes lugares, comenzando por el convento de Salta, en 1777,
en el convento de Asunción en 1786, y en el convento de Montevideo como Regente
y Catedrático de Prima, en 1790. Finalmente en 1796 fue designado guardián del
convento de Buenos Aires.
En la época de las
invasiones inglesas el padre Cuelli residía en la capilla de los franciscanos
en
Exhortaba a los
soldados de los regimientos diciéndoles que la causa era la religión, que si el
Rey perdía la ciudad, se perdía la fe, porque los ingleses eran herejes.
Predicaba el amor al rey, y que se encomendaran a
Otro testimonio es
el de un vecino de
Luego de
Este abnegado
franciscano murió poco tiempo después, el 29 de agosto de 1809, en el convento
de San Francisco, siendo enterrado en el mismo.
En su época se
hicieron copias manuscritas de uno de sus sermones por pedido de Saavedra al
obispo Lué. Es ejemplo de la piedad barroca, de una mentalidad anterior a la
ilustración. Dice al comienzo:
"El vasallo fiel a
Es también
expresión del Pacto monárquico de los Austrias, al hacer referencia a su
condición de vasallo, defensor de
"Se embarcaron para venir pero el poder de
Dios los hará zozobrar,(...) pues intentan perseguir a su pueblo que constante
confía en su auxilio: o si se los deja venir a las manos, será para darnos la
gloria de cooperar con su poder a destruir a unos enemigos de su amada esposa
Estas frases nos
muestran que aun la idea de cristiandad estaba vigente en estas tierras.
El capellán del
tercer batallón del regimiento de infantería, denominado del Fijo, Pantaleón
Rivarola, otro sacerdote criollo, Prefecto de Estudios del Colegio de San
Carlos , escribió dos largos poemas sobre la reconquista y la defensa, dos
Romances heroicos. De ellos nos dice Ricardo Rojas:
"Pantaleón Rivarola fue, pues, quien
restableció en nuestro país la unidad histórica del romance castizo,
fragmentado en coplas populares; él fue el que primero puso en el viejo y fácil
verso las palpitaciones de un sentimiento colectivo local. No creaba con ello
la poesía gauchesca, pero sí creaba uno de sus elementos más importantes: la
transfusión del argumento argentino en la forma romancesca." ([25])
Así un miembro del
clero contribuyó a la formación de la poética nacional y popular en versos
octosílabos para ser cantados, con su Romance Heroico, con motivo de las
invasiones inglesas. Es interesante hacer notar cómo fue el comportamiento del
clero durante la revolución: el clero regular y los miembros del cabildo
eclesiástico se volcaron por la revolución, el obispo Lué y los betlehemitas
no.
Conclusión
A lo largo de esta
exposición, hemos intentado explicar las causas de las diferentes actitudes
ante el invasor, del clero secular y del clero regular. Encontrando como uno de
los motivos fundamentales, la crítica al sistema de patronato y al regalismo
borbónico, por parte del clero regular, el que comenzaba a concebir
separadamente la esfera eclesiástica de la civil. Con excepción de la orden
betlehemita atada al orden colonial e integrada principalmente por
peninsulares, que fue la única que se negó a realizar el juramento al rey inglés.
El obispo Lué logró
evitarle al clero secular dicho juramento, manteniéndose fiel al rey de España,
que era al fin y al cabo el que lo había nombrado.
Fue la religiosidad
popular, la piedad barroca, exteriorizada en la devoción a
Por eso Roberto
Distéfano va a sostener que:
"El revés militar de los ingleses en ambas
invasiones confirma por el momento la vigencia del régimen de cristiandad, pero
pone en marcha al mismo tiempo procesos que tenderán a debilitarlo en el
futuro." ([26])
La trascendencia de
esta victoria sobre los ingleses que tuvo en su momento en España y en toda
América nos la hace notar el mexicano José Vasconcelos cuando en su Breve
Historia de México nos cuenta:
"La cosa grande y noble que Bustamante haya
hecho en toda su vida de mediocre actividad prolija, es haber mandado levantar
un monumento a los caídos en la defensa victoriosa de Buenos aires contra los
ingleses. No se limitó Bustamante al decreto del monumento sino que, inspirado
por un patriotismo bien orientado y auténtico, se entusiasmó tanto con la
trascendental victoria de los argentinos, que mandó acuñar una medalla para
perpetuar la más gloriosa acción de armas del continente latino y el testimonio
de fidelidad del pueblo de México a la causa de España." ([27])
Es llamativo el
hecho de la muerte violenta de los principales actores que descollaron en la
reconquista y defensa de Buenos Aires. Santiago de Liniers y Bremont, conde de
Buenos Aires, Juan Gutierrez de
(*) Cecilia González Espul
Profesora de Historia de
[1] Hernández, Pablo José:
"Conversaciones con el Padre Castellani", Bs. As., Colihue-Hachette,
1977, p. 97.
[2] Di Stefano, Roberto,
Zanatta, Loris: "Historia de
[3] De él dirá Carlos
Pereyra en su Breve Historia de América: "...tipo complejo de criollo sin arraigo y de español descontento"
Editorial Aguilar, 195, pág.367.
[4] (4) Sobre él dirá
Liniers: "Este admirable y digno
emisario del padre del embuste; este jefe que jamás se presentó al menor riesgo
en una expedición que emprendió como pirata, (...) este vil adulador..."
cit. en Juan Beverina: Las invasiones inglesas al Río de
[5] Rosa, José María:
"Historia Argentina", tomo 2, Bs. As., Editor Juan Granda, 1965,
p.16.
[6] Buela, Alberto: "La
conmoción de una cita", en Internet, septiembre 2006.
[7] Bruno, Cayetano:
Historia de
[8] Cgo.Dr.Ludovico García
de Loydi: El obispo Lué y Riega. Estudio crítico de su actuación. (1803-1812),
Cuadernos de Historia Eclesiástica 2, Bs. As., 1969, pág. 21.
[9] ibdem: p.50.
[10] cit en :Scenna, Miguel
Angel: "El caso del obispo envenenado", Revista Todo es Historia, Nº
32, diciembre 1969, p.31.
[11] Se produjeron muchas
deserciones en el ejército inglés, principalmente en los soldados de origen
católico, irlandeses. Hubo un alemán que desertó y combatió a favor de España
en la batalla de Perdriel, fue apresado y condenado a muerte, y el obispo Lué
le administró los sacramentos. También hubo desertores de origen español, que
recibieron como castigo 500 latigazos, uno de ellos murió.
[12] citado en Cayetano Bruno
,Historia de
[13] ibdem: p.82.
[14] Distefano Roberto,
Zanatta, Loris: Historia de
[15] Núñez, Ignacio: Noticias
históricas de
[16] Bruno, Cayetano: op.cit.
p.85.
[17] cfr. MAYO, Carlos
Alberto: Los betlehemitas en Buenos Aires: convento, economía y sociedad
(1748-1822), Instituto Hispano cusano, Sevilla, 1991.
[18] Distefano, Roberto:
op.cit. p.192.
[19] Gillespie, Alejandro:
Buenos Aires y el interior. Observaciones reunidas durante una larga
residencia, 1806-1807, Bs. As. AZ Editora, 1985, pp. 50 y 51.
[20] Elissalde, Roberto L.:
Fray Pedro Cuelli, primer capellán de patricios. Su actuación en las invasiones
inglesas, Bs. As., Academia Argentina de Historia, 2000.
[21] Donación que hicieran el
capitán Juan Espinosa, y su esposa Ana María Segura para que aprovecharan esos
materiales de construcción y para que tuvieran ranchos, corral, bueyes,
cabalgaduras y vacas. El lugar recibía el nombre de Pago de Monte Grande.
[22] Elissalde, Roberto L.:
op.cit., p.291.
[23] Elissalde, R.:op.cit.
p.305.
[24] ibdem, p.315.
[25] citado en Guglielmino,
Osvaldo: "Pantaleón Rivarola, y las atrocidades inglesas", Bs. As., Corregidor,
1983, p.11.
[26] Distéfano, Roberto:
op.cit. p.193.
[27] Vasconcelos, José:
"Breve historia de México", México, Ed. Continental, 1956, p.240.