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PRÓLOGO DE "LA NACIÓN INCONCLUSA" DE JORGE ABELARDO RAMOS Por Alberto Methol Ferre Parte I A ninguna "otra" historia estamos los
uruguayos más ligados que con la de Argentina. Ninguna nos atañe, nos compromete tanto y repercute más
en nosotros. Muchas pasiones uruguayas y argentinas son las mismas. Así,
desde 1945, una gran divisoria argentina ha sido el Octubre de los
trabajadores y Juan Domingo Perón. En algunos momentos, esa divisoria también
se volvió uruguaya. Aunque aquí, al revés que en la Argentina, la mayoría
estaba contra Perón. A todo este proyecto está ligada la significación y
proyección intelectual de Jorge Abelardo Ramos. Los que lo estiman o
detractan, están atravesados también por esa divisoria. Jorge Abelardo Ramos
ha sido uno de los más influyentes reformuladores de la conciencia histórica
argentina a partir de la irrupción histórica del peronismo. Más aun, pocos
contribuyeron como él a la caracterización de ese fenómeno nuevo que era el
peronismo, y también a la conciencia de sí mismo que el propio peronismo alcanzó.
En este orden histórico, pocos tan innovadores como
Jorge Abelardo, y - es para mí una añeja evidencia - pocos tan saqueados y a
la vez tan escasamente citados. Quizá su estilo cáustico, polémico e
incisivo, le hizo temible y le multiplicó enemigos. Y ya se sabe, los enemigos son más perseverantes que los amigos.
Pero el poder se muestra en la cantidad de enemigos que le han sido en muchos
aspectos tributarios. Aunque, es obvio, inconfesables. Quizá Ramos haya sido
demasiado político para los escritores y demasiado escritor para los
políticos. Quizá el fragor de aquellos combates de 1945 o 1955 ("Octubre
peronista" o caída de Perón en la "revolución libertadora"),
la efervescente década de los 60 hasta la segunda presidencia de Perón (1973)
se está volviendo lejano a las nuevas generaciones rioplatenses, que ya están
dentro de otro marco mundial, posterior al derrumbe de la URSS de 1989 - 91.
Viejas heridas se vuelven leves en la memoria, pero si aquel
"fragor" se apaga, muchos de aquellos desafíos y problemas
rioplatenses y latinoamericanos atraviesan la metamorfosis del nuevo marco
mundial y toman nuevas formas en este tiempo finisecular naciente.
Ahora todo necesita replantearse con nueva profundidad.
Nadie está exento de la tarea. Todos estamos incluidos y Ramos lo sabe
perfectamente. De tal modo, esta obra es ante todo estímulo en la búsqueda de
la necesaria "metamorfosis" de nuestros problemas esenciales. Por
supuesto en este orden, Ramos no ha dicho aun su última palabra. Me ha tocado en suerte presentar a Jorge Abelardo en dos
momentos muy distintos. Casi en los dos puntos de la trama de nuestra vida.
Primero en tiempos del "fragor", allá en 1955. Y ahora en este
tiempo de la "metamorfosis" de las grandes cuestiones que
permanecen y se renuevan. ¿Las imágenes de ayer nos encaminan a la realidad o
la taponean? Esto nos permite esbozar un itinerario que puede contribuir a
una mejor comprensión. Hace cuarenta años escribía un artículo sobre "El
marxismo y Jorge Abelardo Ramos" en aquella efímera revista
"Nexo" que publicamos con Ares Pons y Reyes Abadie. Era en el primer
número, en abril del crucial 1955, pocos meses antes de la caída de Perón; y
fue poco después, en plena reacción de la "revolución libertadora",
que nos conocimos. Desde entonces hemos tenido una amistad siempre remozada
por la prueba de los más diversos acontecimientos históricos. A pesar de
nuestras divergencias en cuanto al centro y al sentido de la historia, en uno
religioso y en el otro no, hemos
tenido casi siempre una casi milagrosa convergencia política. Esto se explica por el compartir un presupuesto
fundamental: la cuestión nacional irresuelta de América Latina. La necesidad
de la unidad nacional latinoamericana fue siempre criterio y meta de los
juicios comunes, aun para los detalles más alejados aparentemente. Hoy el
MERCOSUR nos parece justamente la clave más esencial, un eje de toda esta
historia en proceso. Aquel presupuesto es tan viviente como ayer. Hoy más que
ayer. ¿Cómo ubicamos a Ramos allá en el 55? Sólo había aparecido su primer
libro "América Latina: un país" (1949) pero donde ya estaban en
agraz todas las líneas esenciales de su pensamiento, y "Crisis y
Resurrección de la literatura argentina" (1954) que reivindicaba la
figura de Manuel Ugarte, un socialista nacionalista latinoamericano de la
gran generación latinoamericana del 900 (también, acotamos, un gran amor de
Delmira Agustini) y que a la vez hacía una ruptura iconoclasta y
"panfletaria" con Jorge Luis Borges y con Martínez Estrada,
entonces intocables monstruos sagrados tanto en la vecina orilla como en la
nuestra. Ramos todavía no había desplegado su ovillo, pero
teníamos ya la punta de la madeja. Ante todo, nos parecía
"imprevisto", "excepción" en relación a la imperante
"escolástica marxista" de cuño stalinista, tan desarraigada y
custodiada celosamente por los partidos comunistas vernáculos. El pensamiento
y el estilo de Ramos tenían el vigor de una innovación con apoyo en nuestra
propia historia. Y uníamos la excepción de Ramos con la del peruano José
Carlos Mariátegui, en aquellos tiempos totalmente sepultado por la lápida
stalinista. Mariátegui, cuya formación y apogeo fueron en los años 20 y
principios de los 30. En un marxismo latinoamericano singularmente pobre, Mariátegui
y Ramos se levantaban a nuestros ojos como lo más importante. Eran dos
marxistas heterodoxos, el uno tenía la impronta de Sorel y el otro la de
Trotsky. Hoy mantenemos ese juicio. Hubiéramos podido agregar
alguna otra excepción a nuestro páramo marxista, como la del brasileño Caio
Prado Junior y poco más. Cierto que escribíamos antes de la célebre
"desestalinización" del informe de Nikita Kruschev de 1956, pero la
verdad es que nada substancial cambió la grisura del marxismo burocrático
soviético, el auténticamente hegemónico. Gris vivió y gris murió en 1989. Lo
que sí ya se agitaba, en cambio, era el "marxismo occidental" que
se levantaría como ola gigantesca en la década del 60, brillante, prolífico,
desde ultra a refinado, espumoso y finalmente estéril. Ramos fue indiferente
u hostil a toda esa ola de "marxismo occidental". Tuvo, incluso, un
cierto menosprecio hacia ella. En cambio, en nuestro artículo, ya se sienten las
primeras brisas de aquel renaciente marxismo occidental. La temática de la
"alineación" - que luego se haría torrencial- desplazaba las
cuestiones incuantificables de la "plus valía", que se herrumbaba
en los círculos de economistas, que preferían por ejemplo el sustituto de
"excedente". Y esta no era cuestión académica, pues allí se juega
el papel del proletariado industrial. Solo la teoría de la "plus
valía" de Marx podía justificar como "científico" y necesario
el papel del proletariado como "único sujeto mesiánico" de la
historia. No lo era a nuestros ojos. ¿Qué fue lo que más nos sorprendió entonces de las
perspectivas de Jorge Abelardo Ramos? Lo más atractivo para nosotros fue la
novedad de enlazar creadoramente al marxismo con las tradiciones del
federalismo rioplatense. Su capacidad de conjugar el revisionismo histórico
nacionalista con el marxismo. Por supuesto, en esa conjugación, las dos
puntas fueron repensadas, recreadas. Las dos puntas se sintieron profundamente
perturbadas por la audacia de ese intento de nueva síntesis histórica. Conviene aquí delinear claramente la antítesis en juego,
para medir el significado de la nueva respuesta. Desde los comienzos mismos
de la Independencia, el Río de la Plata se vio dividido por una polaridad
fundamental: la de unitarios y federales. No fue una exclusividad
rioplatense, pues con distintos nombres según los países (y aún lo de unitarios
y federales, puesto al revés en otros lados) esa bipolaridad atraviesa toda
la América Latina desde la fundación de las repúblicas en el siglo XIX. Una
denominación decimonónica muy difundida de esa antinomia fue de
"conservadores" y "liberales". Lo más simbólico de los
"conservadores" - a escala latinoamericana- fueron el mexicano
Lucas Alamán y el venezolano Andrés Bello, en tanto que de los
"liberales" lo fue sin duda Domingo Faustino Sarmiento, con su
"Civilización y Barbarie".
La izquierda rioplatense, de intenso cuño inmigrante
europeo, nació con esa dependencia de las vigencias dominantes unitarias. La
ideología dominante penetraba a quienes pretendían cuestionarla y los
subordinaba. Eso ocurrió con los partidos socialistas y sus descendientes,
los partidos comunistas. Rompieron por Lenin, pero no por Sarmiento. Claro,
las características especiales del Uruguay, que tenía por héroe máximo a José
Artigas, patriarca federal, daba ciertas inflexiones más eclécticas a las
vigencias aquí dominantes. Así en Emilio Frugoni o en Francisco Pintos.
"¿Ramos es marxista? ¡Pero
qué raro! ¡Si es federal como nosotros!". Después Herrera envió otro telegrama a Abelardo:
"Muy agradecido por valioso libro de empuje y convicción. Afectuosos
saludos. Luis Alberto de Herrera". De tal modo las sucesivas ediciones de "Revolución
y Contrarrevolución en la Argentina" configuraron una revolución
copernicana en relación a la interpretación de la historia argentina hasta
entonces vigente, presidida por Sarmiento y Mitre. Ramos fue su contrafigura
más completa y orgánica. Y no solo rompe con la historia oficial de la vieja
oligarquía comercial y terrateniente porteño-bonaerense, sino con su
izquierda tanto social demócrata de Justo como comunista de Codovilla y
Ghioldi, que justamente se aliaron en 1945 contra el surgimiento del
peronismo, sostenido por la nueva burguesía industrial nacional y el nuevo
movimiento de los trabajadores, esta vez alimentado por los "cabecitas
negras" del interior pobre y federal de la Argentina.
Así, la "era peronista" había generado su
nueva versión de la historia argentina en las nuevas condiciones de lucha por
la industrialización nacional. Claro que Ramos no fue el único significativo,
ni sus paradigmas históricos fueron aceptados en cada una de sus
particularidades. Formaba parte de una constelación que integraban desde una
punta Ernesto Palacio, José María Rosa y Fermín Chávez, pasando por Arturo
Jauretche hasta la otra punta de Rodolfo Puiggros y José Hernández Arregui.
Vale entonces preguntar ¿Cuál fue el itinerario de Jorge Abelardo Ramos que
le posibilitó integrar con tanto relieve esta nueva generación histórica? Parte II Empecemos por sus comienzos. Cada generación, cuando
irrumpe a la vida pública, tiene el sello indeleble de la circunstancia
histórica de su iniciación. El primer amor, la primera gran experiencia
política marca para siempre. La experiencia inaugural de Ramos fue la guerra
civil española de 1936; la nuestra fue la de 1945 con la constitución de la
bipolaridad mundial USA-URSS y el surgimiento argentino del peronismo y aquí,
en el Uruguay, la campaña de Herrera por la no intervención en defensa de
América Latina y de Argentina; la generación siguiente de los 60 por la
Revolución Cubana; hoy es la experiencia post-derrumbe de la URSS y el
marxismo, quizá el MERCOSUR. No sabemos todavía sus nuevos perfiles. No es tampoco
nuestra experiencia, como es obvio, ya que nos toma veteranos. El punto de
partida de Abelardo fue el anarquismo, que provenía de su padre, Nicolás
Ramos. Sus primeras lecturas fueron Rafael Barret y a través de él tomó
contacto con la Guerra del Paraguay de la Triple Alianza y de la relación
contradictoria entre Mitre y Alberdi. El Alberdi de la historia oficial
terminaba en "las Bases", pero fue el "segundo" Alberdi,
el silenciado, con quien se encontró Abelardo de buenas a primeras. Todavía no sabía que del "segundo" Alberdi
vendrá lo mejor de todo el revisionismo histórico. Desde Barret asumió la
guerra civil española, solidario de la célebre columna de Buenaventura
Durruti en la batalla de Madrid. Estallan los conflictos de los comunistas
con los anarquistas y con el POUM de Andrés Nin. Purgas y asesinatos. Son
también los grandes procesos de Moscú, en los que Stalin liquida a toda la
vieja guardia "bolchevique". Es aquí cuando Ramos se enfrenta con
los grandes dilemas del marxismo contemporáneo. La figura y el pensamiento
crítico de León Trotsky le subyugan y se vincula a un pequeño grupo
"trotskista", encabezado por Liborio Justo, el famoso Quebracho, y
más esencialmente con Aurelio Narvaja, inteligencia tan poderosa como
solitaria. Eran pequeños grupos marginales, asediados por el
implacable aparato stalinista. Había que tener entereza y algo de locura para
asumir una lucha tan desigual, huérfanos de todos los poderes. Pocos
sobrevivían. Aquí en Montevideo, podemos recordar esquirlas de aquella
batalla, en el humor paradojal y ácido de Roux, ajedrecista de la noche, o a
Zulma Nogara, con su perseverancia de secta protestante en actos callejeros,
o a Esteban Kikich, encarnación del proletario legendario. El grupo de Ramos
tuvo mejor destino, pues supo asumir e insertarse en el más grande movimiento
popular de la Argentina en el siglo XX. En 1945 fueron el único grupo de izquierda que proclamó
el "apoyo crítico" al peronismo. Puede comprenderse que aquello fue
escandaloso, inaudito e incalificable. Algo imperdonable. Puede entenderse
así el estilo de "espada flamígera" de Ramos: era cuestión de
supervivencia. Todo el "establishment" intelectual de la derecha a
la izquierda desató contra él todas las furias, desde la calumnia al
silencio. El Trotsky que conoció Abelardo, en el que se formó, es el de
"La Revolución Traicionada" (1937) donde caracteriza a la URSS como
un "Estado Obrero con degeneración burocrática". Era la profunda crítica al nuevo Estado de la dictadura
totalitaria de Stalin, realizada por un revolucionario de la primera fila en
1917. Desde estos planteos de Trotsky otros darán otros pasos, como Bruno
Rizzi, que en 1939 en su obra "La Burocratización del mundo" (luego
reeditada bajo el título "El colectivismo burocrático") sostiene
que en la URSS se ha formado una nueva clase, una nueva burocracia como clase
dominante: a través de la nacionalización de los medios de producción
explotaba y reducía a servidumbre a los trabajadores. Trotsky quedó obsesionado con las conclusiones de Rizzi
y pensó que si la Segunda Guerra Mundial no llevaba al derrumbe
revolucionario de la "degeneración burocrática", había entonces que
revisar todo el marxismo. Trotsky no pudo seguir, asesinado en Coyoacán,
México, en 1940, por la larga mano de Stalin. Muchos fueron retomando las perspectivas
de Rizzi, como Butnham, Djilas, Schatman, Martinet, Naville, Castoriadis,
etc. Ramos mantuvo las esperanzas de transformación de la URSS hasta la
década del 70. Recuerdo que en 1988, en plena "Perestroika" y
"Glasnost" de Gorbachov, caminando por Corrientes hacia Callao, me
mostró una librería apta para la "izquierda sofisticada" que había
puesto indirectamente el Partido Comunista. Nos acercamos a sus vidrieras y
vimos allí un libro de Trotsky. Ramos me comentó con una sonrisa entre triste
y maliciosa: "¡Lo que es la vida! Cuando ellos están por llegar a
Trotsky, uno ya se fue". El otro aporte que hizo Trotsky fue poner en primer
plano la unidad de América Latina. En efecto, desde 1934, desde la formación
de la IV Internacional trotskista en substitución de la III internacional
controlada por Stalin y convertida desembozadamente en agencia de la política
internacional de Rusia, fue tesis de Trotsky que "los países de Sud y
Centroamérica no pueden librarse del atraso y del sometimientos si no es
uniendo a todos sus Estados en una poderosa federación". Consigna principal del trotskismo de entonces fue
"Por los Estados Unidos Socialistas de América Latina". Esto no fue
jamás así para los Partidos Comunistas de obediencia moscovita. Esta perspectiva
de Trotsky fue reforzada con su exilio en México y su toma de contacto más
directa con la realidad latinoamericana.
Esperaba que el APRA desbarata los ataques de los
partidos comunistas. Por otra parte, en los años 30, Buenos Aires era el
emporio de exiliados y estudiantes peruanos apristas. Aquí estuvo el humus en
el que creció el latinoamericanismo del joven Abelardo Ramos. La influencia
de Haya de la Torre fue inmensa. Está presente en la entonces naciente FORJA
de Arturo Jauretche, que desembocará en el peronismo, y en los radicales que
serán los cuadros de Arturo Frondizi. De tal modo, el latinoamericanismo de
Ramos viene de la simbiosis Trotsky - Haya de la Torre, que fueron la base de
su recuperación en un socialista argentino marginal a los Justo y a los
Codovilla. Me refiero a Manuel Ugarte, donde Ramos encontrará su
genealogía en su vocación por la "Patria Grande" (la expresión fue
acuñada y popularizada por el mismo Ugarte). Sobreviviente solitario de la
generación del 900, Ugarte apoyó a Perón y fue su embajador en México. Ramos
rescató luego a Ugarte del olvido y encontró en este su tradición. Creo que
tenemos ya los elementos indispensables para que pueda diseñarse con
comprensión el itinerario de Jorge Abelardo Ramos y sus singulares
características. Producida la irrupción popular del 45, Abelardo pudo trazar
el primer esbozo de su perspectiva en "América Latina: un país"
(1949). Comenzaba su recuperación de la tradición de Bolívar (en una Argentina
poco propicia para esto), pero la mayor parte del libro era, ante todo,
historia argentina y muy poco de los otros países latinoamericanos. Por eso, de ese bosquejo inicial, se desprenderán dos
libros que irán creciendo en conocimiento y profundidad: "Revolución y Contrarrevolución
en la Argentina" e "Historia de la Nación Latinoamericana". En
el fondo, Ramos es autor de un solo libro, desdoblado. En la primera edición
de su historia argentina, Ramos hacía un federalismo sin Artigas. Como
argentino separado, no sabía de Artigas, al que creía uruguayo. Es la
fatalidad de estudiar nuestras historias patrias, ignorando las de nuestros
vecinos, que son esenciales para nuestra propia comprensión. Ramos era
víctima también, es lógico, de la "balcanización" y los compartimentos
estancos de América Latina. Supo de Artigas por nosotros, y esto le dio otra
perspectiva a su comprensión de la misma Argentina. Así, en la segunda
edición -creo que por 1961 o 62- dedica el capítulo sobre Artigas a Carlos
Real de Azúa, Reyes Abadie, José C. Williman, Vivían Trías y al suscrito. Y
su deslumbramiento por Artigas fue tal que la bandera que su grupo político
eligió fue una de las de Artigas, superando en la competencia a la propuesta
de la de San Martín en los Andes. Tuvo entonces Ramos mucha influencia en el Uruguay. Lo
que Justo fue para Frugoni, Ramos lo fue para Vivian Trías. Si Frugoni fue la
versión unitaria del socialismo uruguayo, Trías será la federal.
Habrá que hacer pronto un balance objetivo y
desmitificado de todo este proceso. Aquí no es oportunidad. Pero sí de
inevitable alusión. Hubo la incidencia de la teoría del "foco"
guerrillero y la supeditación de Cuba a la URSS, que cumplieron un papel
devastador, destructivo, tanto para los movimientos nacionales y populares como
para la anquilosis definitiva del marxismo en América Latina. El foquismo sembró a América Latina de muerte y fracaso,
del más bajo nivel intelectual imaginable, pero con su épica tomó el corazón
de las juventudes. En Argentina, el "cubanismo" hegemonizó
finalmente sobre lo nacional y popular en las juventudes. En el peronismo,
quien cumplió un papel mediador fue John W. Cooke, que presidió la delegación
argentina a la Conferencia de la OLAS en 1967. Poco después se generaría a
los Montoneros. Esto terminó en la sangrienta catástrofe por todos conocida.
Abelardo Ramos enfrentó desde el comienzo esta oleada de irracionalidad, y en
su "Historia de la Nación Latinoamericana" (1968) hace una crítica
rigurosa a la epidemia foquista. Nuevo motivo de odio contra tan inoportuno crítico.
Desde Brasil le propusieron la edición de su libro con la condición de
eliminar la crítica al "foquismo". Por supuesto, se negó. En el
Uruguay, vaya uno a saber por qué vericuetos del alma, cuando capturaron a
Sendic, el jefe tupamaro, en su último refugio había un catre, una mesita, un
libro - la Historia de la Nación Latinoamericana- y una imagen de María. Aquella oleada juvenil hizo morir de angustia a
Hernández Arreguí y a Jauretche y arrastró a Puiggros. Hizo perder la cosecha.
Sin embargo, la conciencia histórica argentina se había ya modificado
substancialmente. Un símbolo es la película de propaganda "La República
perdida", donde las imágenes históricas acuñadas por Jauretche, Ramos,
Hernández Arregui, etc., eran tomadas como válidas hasta por sus viejos
enemigos. La otra acotación que quería hacer se refiere a la
cuestión religiosa. Sin duda Ramos se había formado en la herencia del
anticlericalismo, con todos sus clichés, especialmente en lo referente a la Iglesia
Católica. Pero su pasión nacional, su esfuerzo por penetrar en el corazón de
los pueblos mestizos de América Latina, le fueron haciendo revalorar cada vez
más a la Iglesia Católica, a la matriz católica de nuestra cultura
latinoamericana. Por eso, a diferencia de las teologías de la liberación, que
llevaban el sello del "foquismo", valoró mucho más a la Conferencia
Episcopal de Puebla que a la de Medellín. La sintió mucho más arraigada en la
historia y la cultura latinoamericana. Aunque Puebla no hubiera podido ser
sin la partida de Medellín. Incluso el cambio de su perspectiva religiosa fue más
profundo. No era hombre por cierto de lecturas teológicas. Pero se intereso
en conocer el pensamiento de Lucio Gera, teólogo argentino, el de mayor
influencia en el proceso de gestación de Puebla. En realidad, Gera era la
versión teológica de la constelación intelectual del movimiento nacional y
popular argentino. Sabedor de esas lecturas, le pregunté que le parecía.
Abelardo, un poco sorprendido y hasta perplejo por su lectura teológica, me
dijo: "no sé, lo que yo leí es poesía". “Bueno”, le respondí, “así
es toda la teología”. Ante esto, quedo meditando y exclamó: "¡Entonces,
la Iglesia es invencible!". Tal exclamación, a su vez, me sorprendió.
Quedé pensando. Para Marx la religión es un fenómeno histórico pasajero,
superable, en tanto que la poesía tiene algo de permanente, de eterno,
atraviesa todas las épocas y clases sociales. Marx separa religión y poesía. Aquí percibí que para
Ramos la religión dejaba de ser el opio de los pueblos, e ingresaba al reino
de lo estético y poético. La religión se hacía invencible, porque Abelardo
sabe que lo más radical del hombre es poético. Esto no se lo comenté nunca,
se lo cuento a ustedes. |