PRÓLOGO DE "LA NACIÓN INCONCLUSA" DE

JORGE ABELARDO RAMOS

 

Por Alberto Methol Ferre

 

Parte I

 

A ninguna "otra" historia estamos los uruguayos más ligados que con la de Argentina.

 

Ninguna nos atañe, nos compromete tanto y repercute más en nosotros. Muchas pasiones uruguayas y argentinas son las mismas. Así, desde 1945, una gran divisoria argentina ha sido el Octubre de los trabajadores y Juan Domingo Perón. En algunos momentos, esa divisoria también se volvió uruguaya. Aunque aquí, al revés que en la Argentina, la mayoría estaba contra Perón.

 

A todo este proyecto está ligada la significación y proyección intelectual de Jorge Abelardo Ramos. Los que lo estiman o detractan, están atravesados también por esa divisoria. Jorge Abelardo Ramos ha sido uno de los más influyentes reformuladores de la conciencia histórica argentina a partir de la irrupción histórica del peronismo. Más aun, pocos contribuyeron como él a la caracterización de ese fenómeno nuevo que era el peronismo, y también a la conciencia de sí mismo que el propio peronismo alcanzó.

 

En este orden histórico, pocos tan innovadores como Jorge Abelardo, y - es para mí una añeja evidencia - pocos tan saqueados y a la vez tan escasamente citados. Quizá su estilo cáustico, polémico e incisivo, le hizo temible y le multiplicó enemigos. Y ya se sabe, los enemigos son más perseverantes que los amigos. Pero el poder se muestra en la cantidad de enemigos que le han sido en muchos aspectos tributarios.

 

Aunque, es obvio, inconfesables. Quizá Ramos haya sido demasiado político para los escritores y demasiado escritor para los políticos. Quizá el fragor de aquellos combates de 1945 o 1955 ("Octubre peronista" o caída de Perón en la "revolución libertadora"), la efervescente década de los 60 hasta la segunda presidencia de Perón (1973) se está volviendo lejano a las nuevas generaciones rioplatenses, que ya están dentro de otro marco mundial, posterior al derrumbe de la URSS de 1989 - 91. Viejas heridas se vuelven leves en la memoria, pero si aquel "fragor" se apaga, muchos de aquellos desafíos y problemas rioplatenses y latinoamericanos atraviesan la metamorfosis del nuevo marco mundial y toman nuevas formas en este tiempo finisecular naciente.      

 

Ahora todo necesita replantearse con nueva profundidad. Nadie está exento de la tarea. Todos estamos incluidos y Ramos lo sabe perfectamente. De tal modo, esta obra es ante todo estímulo en la búsqueda de la necesaria "metamorfosis" de nuestros problemas esenciales. Por supuesto en este orden, Ramos no ha dicho aun su última palabra.

 

Me ha tocado en suerte presentar a Jorge Abelardo en dos momentos muy distintos.

 

Casi en los dos puntos de la trama de nuestra vida. Primero en tiempos del "fragor", allá en 1955. Y ahora en este tiempo de la "metamorfosis" de las grandes cuestiones que permanecen y se renuevan. ¿Las imágenes de ayer nos encaminan a la realidad o la taponean? Esto nos permite esbozar un itinerario que puede contribuir a una mejor comprensión. Hace cuarenta años escribía un artículo sobre "El marxismo y Jorge Abelardo Ramos" en aquella efímera revista "Nexo" que publicamos con Ares Pons y Reyes Abadie. Era en el primer número, en abril del crucial 1955, pocos meses antes de la caída de Perón; y fue poco después, en plena reacción de la "revolución libertadora", que nos conocimos. Desde entonces hemos tenido una amistad siempre remozada por la prueba de los más diversos acontecimientos históricos. A pesar de nuestras divergencias en cuanto al centro y al sentido de la historia, en uno religioso y en el otro no, hemos tenido casi siempre una casi milagrosa convergencia política.

 

Esto se explica por el compartir un presupuesto fundamental: la cuestión nacional irresuelta de América Latina. La necesidad de la unidad nacional latinoamericana fue siempre criterio y meta de los juicios comunes, aun para los detalles más alejados aparentemente. Hoy el MERCOSUR nos parece justamente la clave más esencial, un eje de toda esta historia en proceso. Aquel presupuesto es tan viviente como ayer. Hoy más que ayer. ¿Cómo ubicamos a Ramos allá en el 55? Sólo había aparecido su primer libro "América Latina: un país" (1949) pero donde ya estaban en agraz todas las líneas esenciales de su pensamiento, y "Crisis y Resurrección de la literatura argentina" (1954) que reivindicaba la figura de Manuel Ugarte, un socialista nacionalista latinoamericano de la gran generación latinoamericana del 900 (también, acotamos, un gran amor de Delmira Agustini) y que a la vez hacía una ruptura iconoclasta y "panfletaria" con Jorge Luis Borges y con Martínez Estrada, entonces intocables monstruos sagrados tanto en la vecina orilla como en la nuestra.

 

Ramos todavía no había desplegado su ovillo, pero teníamos ya la punta de la madeja. Ante todo, nos parecía "imprevisto", "excepción" en relación a la imperante "escolástica marxista" de cuño stalinista, tan desarraigada y custodiada celosamente por los partidos comunistas vernáculos. El pensamiento y el estilo de Ramos tenían el vigor de una innovación con apoyo en nuestra propia historia. Y uníamos la excepción de Ramos con la del peruano José Carlos Mariátegui, en aquellos tiempos totalmente sepultado por la lápida stalinista. Mariátegui, cuya formación y apogeo fueron en los años 20 y principios de los 30. En un marxismo latinoamericano singularmente pobre, Mariátegui y Ramos se levantaban a nuestros ojos como lo más importante. Eran dos marxistas heterodoxos, el uno tenía la impronta de Sorel y el otro la de Trotsky.

Hoy mantenemos ese juicio. Hubiéramos podido agregar alguna otra excepción a nuestro páramo marxista, como la del brasileño Caio Prado Junior y poco más. Cierto que escribíamos antes de la célebre "desestalinización" del informe de Nikita Kruschev de 1956, pero la verdad es que nada substancial cambió la grisura del marxismo burocrático soviético, el auténticamente hegemónico. Gris vivió y gris murió en 1989. Lo que sí ya se agitaba, en cambio, era el "marxismo occidental" que se levantaría como ola gigantesca en la década del 60, brillante, prolífico, desde ultra a refinado, espumoso y finalmente estéril. Ramos fue indiferente u hostil a toda esa ola de "marxismo occidental". Tuvo, incluso, un cierto menosprecio hacia ella.

 

En cambio, en nuestro artículo, ya se sienten las primeras brisas de aquel renaciente marxismo occidental. La temática de la "alineación" - que luego se haría torrencial- desplazaba las cuestiones incuantificables de la "plus valía", que se herrumbaba en los círculos de economistas, que preferían por ejemplo el sustituto de "excedente". Y esta no era cuestión académica, pues allí se juega el papel del proletariado industrial. Solo la teoría de la "plus valía" de Marx podía justificar como "científico" y necesario el papel del proletariado como "único sujeto mesiánico" de la historia. No lo era a nuestros ojos.

¿Qué fue lo que más nos sorprendió entonces de las perspectivas de Jorge Abelardo Ramos? Lo más atractivo para nosotros fue la novedad de enlazar creadoramente al marxismo con las tradiciones del federalismo rioplatense. Su capacidad de conjugar el revisionismo histórico nacionalista con el marxismo. Por supuesto, en esa conjugación, las dos puntas fueron repensadas, recreadas. Las dos puntas se sintieron profundamente perturbadas por la audacia de ese intento de nueva síntesis histórica.

 

Conviene aquí delinear claramente la antítesis en juego, para medir el significado de la nueva respuesta. Desde los comienzos mismos de la Independencia, el Río de la Plata se vio dividido por una polaridad fundamental: la de unitarios y federales. No fue una exclusividad rioplatense, pues con distintos nombres según los países (y aún lo de unitarios y federales, puesto al revés en otros lados) esa bipolaridad atraviesa toda la América Latina desde la fundación de las repúblicas en el siglo XIX. Una denominación decimonónica muy difundida de esa antinomia fue de "conservadores" y "liberales". Lo más simbólico de los "conservadores" - a escala latinoamericana- fueron el mexicano Lucas Alamán y el venezolano Andrés Bello, en tanto que de los "liberales" lo fue sin duda Domingo Faustino Sarmiento, con su "Civilización y Barbarie".


Una buena guía -aunque susceptible de muchos ajustes- para ese marco esencial de nuestra historia latinoamericana es la "Filosofía de la historia americana" de Leopoldo Zea. Creo que es hasta hoy la mejor introducción a este asunto capital y a ella remitimos. En el Río de la Plata esa bipolaridad de "unitarios" y "federales" puede representarse, los primeros con Sarmiento y Mitre, los segundos con Juan Bautista Alberdi (el de la polémica extraordinaria contra aquellos en su obra "Grandes y Pequeños Hombres del Plata"). Por supuesto, esta bipolaridad constituyente desde sus extremos, tiene luego un amplio espectro intermedio de variaciones, de interpenetraciones, matices y fronteras. En la tradición intelectual del Bernardo Berro de la polémica con Manuel Herrera y Obes en 1847, está la obra de Luis Alberto de Herrera al que hemos calificado alguna vez el "Alberdi uruguayo".


El hecho es que la tradición "unitaria" ha sido hegemónica en el Río de la Plata. Sin duda es la tradición de José Batlle y Ordóñez. Desde estos breves perfiles, podemos acotar nuestro problema de la novedad de Abelardo Ramos. El iniciador del socialismo en el Río de la Plata, a fines del siglo XIX, fue el argentino Juan B. Justo. Y este, con el José Ingenieros de "La evolución de las ideas argentinas", marcó decisivamente a la "izquierda rioplatense" desde su nacimiento, con el sello "unitario".            

 

La izquierda rioplatense, de intenso cuño inmigrante europeo, nació con esa dependencia de las vigencias dominantes unitarias. La ideología dominante penetraba a quienes pretendían cuestionarla y los subordinaba. Eso ocurrió con los partidos socialistas y sus descendientes, los partidos comunistas. Rompieron por Lenin, pero no por Sarmiento. Claro, las características especiales del Uruguay, que tenía por héroe máximo a José Artigas, patriarca federal, daba ciertas inflexiones más eclécticas a las vigencias aquí dominantes. Así en Emilio Frugoni o en Francisco Pintos.


La novedad de Ramos fue realizar por primera vez desde la izquierda un coherente planteo "federal" y "nacionalista". Esto parecía entonces un imposible. Una anécdota con Luis Alberto de Herrera puede servir de ilustración. Abelardo Ramos conoció al doctor Herrera cuando vino al Uruguay en 1950. Herrera tuvo gran interés en "América Latina, un país". Incluso en un suplemento literario de "El Debate", que dirigía entonces nuestro recordado y querido Enrique Sánchez Varela, se hizo la publicación de un fragmento del mencionado libro, referido a "Facundo" y "Martín Fierro". Fue la entrada de Abelardo Ramos en el Uruguay. Luego, en 1957, Ramos publicó la primera edición de "Revolución y Contrarrevolución en la Argentina" y me dijo en Buenos Aires que le mandaría uno al doctor Herrera. En aquellos tiempos era yo visitante asiduo de la quinta de Herrera, y se lo hice saber. Como el libro no llegaba, Herrera le mandó a Ramos este telegrama: "Querido compañero. Methol anúnciame su alabado libro que no he recibido. Luis Alberto de Herrera" (31/10/57). Abelardo me mandó el libro para Herrera, y se lo entregué inmediatamente. A los dos o tres días paso nuevamente por la quinta, y Herrera me comenta

 

"¿Ramos es marxista? ¡Pero qué raro! ¡Si es federal como nosotros!".

 

Después Herrera envió otro telegrama a Abelardo: "Muy agradecido por valioso libro de empuje y convicción. Afectuosos saludos. Luis Alberto de Herrera".

 

De tal modo las sucesivas ediciones de "Revolución y Contrarrevolución en la Argentina" configuraron una revolución copernicana en relación a la interpretación de la historia argentina hasta entonces vigente, presidida por Sarmiento y Mitre. Ramos fue su contrafigura más completa y orgánica. Y no solo rompe con la historia oficial de la vieja oligarquía comercial y terrateniente porteño-bonaerense, sino con su izquierda tanto social demócrata de Justo como comunista de Codovilla y Ghioldi, que justamente se aliaron en 1945 contra el surgimiento del peronismo, sostenido por la nueva burguesía industrial nacional y el nuevo movimiento de los trabajadores, esta vez alimentado por los "cabecitas negras" del interior pobre y federal de la Argentina.          

 

Así, la "era peronista" había generado su nueva versión de la historia argentina en las nuevas condiciones de lucha por la industrialización nacional. Claro que Ramos no fue el único significativo, ni sus paradigmas históricos fueron aceptados en cada una de sus particularidades. Formaba parte de una constelación que integraban desde una punta Ernesto Palacio, José María Rosa y Fermín Chávez, pasando por Arturo Jauretche hasta la otra punta de Rodolfo Puiggros y José Hernández Arregui. Vale entonces preguntar ¿Cuál fue el itinerario de Jorge Abelardo Ramos que le posibilitó integrar con tanto relieve esta nueva generación histórica?

 

Parte II

 

Empecemos por sus comienzos. Cada generación, cuando irrumpe a la vida pública, tiene el sello indeleble de la circunstancia histórica de su iniciación. El primer amor, la primera gran experiencia política marca para siempre. La experiencia inaugural de Ramos fue la guerra civil española de 1936; la nuestra fue la de 1945 con la constitución de la bipolaridad mundial USA-URSS y el surgimiento argentino del peronismo y aquí, en el Uruguay, la campaña de Herrera por la no intervención en defensa de América Latina y de Argentina; la generación siguiente de los 60 por la Revolución Cubana; hoy es la experiencia post-derrumbe de la URSS y el marxismo, quizá el MERCOSUR.

 

No sabemos todavía sus nuevos perfiles. No es tampoco nuestra experiencia, como es obvio, ya que nos toma veteranos. El punto de partida de Abelardo fue el anarquismo, que provenía de su padre, Nicolás Ramos. Sus primeras lecturas fueron Rafael Barret y a través de él tomó contacto con la Guerra del Paraguay de la Triple Alianza y de la relación contradictoria entre Mitre y Alberdi. El Alberdi de la historia oficial terminaba en "las Bases", pero fue el "segundo" Alberdi, el silenciado, con quien se encontró Abelardo de buenas a primeras.

 

Todavía no sabía que del "segundo" Alberdi vendrá lo mejor de todo el revisionismo histórico. Desde Barret asumió la guerra civil española, solidario de la célebre columna de Buenaventura Durruti en la batalla de Madrid. Estallan los conflictos de los comunistas con los anarquistas y con el POUM de Andrés Nin. Purgas y asesinatos. Son también los grandes procesos de Moscú, en los que Stalin liquida a toda la vieja guardia "bolchevique". Es aquí cuando Ramos se enfrenta con los grandes dilemas del marxismo contemporáneo. La figura y el pensamiento crítico de León Trotsky le subyugan y se vincula a un pequeño grupo "trotskista", encabezado por Liborio Justo, el famoso Quebracho, y más esencialmente con Aurelio Narvaja, inteligencia tan poderosa como solitaria.

 

Eran pequeños grupos marginales, asediados por el implacable aparato stalinista. Había que tener entereza y algo de locura para asumir una lucha tan desigual, huérfanos de todos los poderes. Pocos sobrevivían. Aquí en Montevideo, podemos recordar esquirlas de aquella batalla, en el humor paradojal y ácido de Roux, ajedrecista de la noche, o a Zulma Nogara, con su perseverancia de secta protestante en actos callejeros, o a Esteban Kikich, encarnación del proletario legendario. El grupo de Ramos tuvo mejor destino, pues supo asumir e insertarse en el más grande movimiento popular de la Argentina en el siglo XX.

 

En 1945 fueron el único grupo de izquierda que proclamó el "apoyo crítico" al peronismo. Puede comprenderse que aquello fue escandaloso, inaudito e incalificable. Algo imperdonable. Puede entenderse así el estilo de "espada flamígera" de Ramos: era cuestión de supervivencia. Todo el "establishment" intelectual de la derecha a la izquierda desató contra él todas las furias, desde la calumnia al silencio. El Trotsky que conoció Abelardo, en el que se formó, es el de "La Revolución Traicionada" (1937) donde caracteriza a la URSS como un "Estado Obrero con degeneración burocrática".

 

Era la profunda crítica al nuevo Estado de la dictadura totalitaria de Stalin, realizada por un revolucionario de la primera fila en 1917. Desde estos planteos de Trotsky otros darán otros pasos, como Bruno Rizzi, que en 1939 en su obra "La Burocratización del mundo" (luego reeditada bajo el título "El colectivismo burocrático") sostiene que en la URSS se ha formado una nueva clase, una nueva burocracia como clase dominante: a través de la nacionalización de los medios de producción explotaba y reducía a servidumbre a los trabajadores.

 

Trotsky quedó obsesionado con las conclusiones de Rizzi y pensó que si la Segunda Guerra Mundial no llevaba al derrumbe revolucionario de la "degeneración burocrática", había entonces que revisar todo el marxismo. Trotsky no pudo seguir, asesinado en Coyoacán, México, en 1940, por la larga mano de Stalin. Muchos fueron retomando las perspectivas de Rizzi, como Butnham, Djilas, Schatman, Martinet, Naville, Castoriadis, etc. Ramos mantuvo las esperanzas de transformación de la URSS hasta la década del 70. Recuerdo que en 1988, en plena "Perestroika" y "Glasnost" de Gorbachov, caminando por Corrientes hacia Callao, me mostró una librería apta para la "izquierda sofisticada" que había puesto indirectamente el Partido Comunista. Nos acercamos a sus vidrieras y vimos allí un libro de Trotsky. Ramos me comentó con una sonrisa entre triste y maliciosa: "¡Lo que es la vida! Cuando ellos están por llegar a Trotsky, uno ya se fue".

 

El otro aporte que hizo Trotsky fue poner en primer plano la unidad de América Latina. En efecto, desde 1934, desde la formación de la IV Internacional trotskista en substitución de la III internacional controlada por Stalin y convertida desembozadamente en agencia de la política internacional de Rusia, fue tesis de Trotsky que "los países de Sud y Centroamérica no pueden librarse del atraso y del sometimientos si no es uniendo a todos sus Estados en una poderosa federación".

 

Consigna principal del trotskismo de entonces fue "Por los Estados Unidos Socialistas de América Latina". Esto no fue jamás así para los Partidos Comunistas de obediencia moscovita. Esta perspectiva de Trotsky fue reforzada con su exilio en México y su toma de contacto más directa con la realidad latinoamericana.


Sin duda - es nuestra convicción- esto era reflejo de una atmósfera propiamente latinoamericana. En la década de los 30 la luminaria latinoamericana era Víctor Haya de la Torre, su APRA y su unidad de "Indoamérica". Haya de la Torre era un heredero directo de Manuel Ugarte, de José Vasconcelos y por ende de Rodó. En realidad Haya de la Torre, Getulio Vargas y Juan Perón, serán los tres mayores políticos latinoamericanos de los movimientos nacionales y populares que lucharon en una América Latina fundamentalmente rural, por levantar una moderna Sociedad Industrial, con bases propias. Sólo en la década de 1960 la mayoría de América Latina dejó de ser rural. Trotsky fue cauto ante el APRA, pero lo prefería ante el stalinismo, que entonces hacía en Haya de la Torre el centro de sus odios.

 

Esperaba que el APRA desbarata los ataques de los partidos comunistas. Por otra parte, en los años 30, Buenos Aires era el emporio de exiliados y estudiantes peruanos apristas. Aquí estuvo el humus en el que creció el latinoamericanismo del joven Abelardo Ramos. La influencia de Haya de la Torre fue inmensa. Está presente en la entonces naciente FORJA de Arturo Jauretche, que desembocará en el peronismo, y en los radicales que serán los cuadros de Arturo Frondizi. De tal modo, el latinoamericanismo de Ramos viene de la simbiosis Trotsky - Haya de la Torre, que fueron la base de su recuperación en un socialista argentino marginal a los Justo y a los Codovilla.

 

Me refiero a Manuel Ugarte, donde Ramos encontrará su genealogía en su vocación por la "Patria Grande" (la expresión fue acuñada y popularizada por el mismo Ugarte). Sobreviviente solitario de la generación del 900, Ugarte apoyó a Perón y fue su embajador en México. Ramos rescató luego a Ugarte del olvido y encontró en este su tradición. Creo que tenemos ya los elementos indispensables para que pueda diseñarse con comprensión el itinerario de Jorge Abelardo Ramos y sus singulares características. Producida la irrupción popular del 45, Abelardo pudo trazar el primer esbozo de su perspectiva en "América Latina: un país" (1949). Comenzaba su recuperación de la tradición de Bolívar (en una Argentina poco propicia para esto), pero la mayor parte del libro era, ante todo, historia argentina y muy poco de los otros países latinoamericanos.

Por eso, de ese bosquejo inicial, se desprenderán dos libros que irán creciendo en conocimiento y profundidad: "Revolución y Contrarrevolución en la Argentina" e "Historia de la Nación Latinoamericana". En el fondo, Ramos es autor de un solo libro, desdoblado. En la primera edición de su historia argentina, Ramos hacía un federalismo sin Artigas. Como argentino separado, no sabía de Artigas, al que creía uruguayo. Es la fatalidad de estudiar nuestras historias patrias, ignorando las de nuestros vecinos, que son esenciales para nuestra propia comprensión. Ramos era víctima también, es lógico, de la "balcanización" y los compartimentos estancos de América Latina.

 

Supo de Artigas por nosotros, y esto le dio otra perspectiva a su comprensión de la misma Argentina. Así, en la segunda edición -creo que por 1961 o 62- dedica el capítulo sobre Artigas a Carlos Real de Azúa, Reyes Abadie, José C. Williman, Vivían Trías y al suscrito. Y su deslumbramiento por Artigas fue tal que la bandera que su grupo político eligió fue una de las de Artigas, superando en la competencia a la propuesta de la de San Martín en los Andes.

 

Tuvo entonces Ramos mucha influencia en el Uruguay. Lo que Justo fue para Frugoni, Ramos lo fue para Vivian Trías. Si Frugoni fue la versión unitaria del socialismo uruguayo, Trías será la federal.


Podríamos concluir aquí, pues lo que nos parece básico está dicho. Sin embargo quisiera hacer dos últimas acotaciones. A comienzos de la década de los 60, la constelación intelectual de la que participa Abelardo y a la que yo hice referencia anteriormente, tenía en la Argentina una influencia ideológica creciente. Pero sufrió una interferencia decisiva: el impacto inaudito de la Revolución Cubana. Nunca en la historia de América Latina existió nadie que alcanzara la irradiación incomparable de Fidel Castro.

 

Habrá que hacer pronto un balance objetivo y desmitificado de todo este proceso. Aquí no es oportunidad. Pero sí de inevitable alusión. Hubo la incidencia de la teoría del "foco" guerrillero y la supeditación de Cuba a la URSS, que cumplieron un papel devastador, destructivo, tanto para los movimientos nacionales y populares como para la anquilosis definitiva del marxismo en América Latina.

 

El foquismo sembró a América Latina de muerte y fracaso, del más bajo nivel intelectual imaginable, pero con su épica tomó el corazón de las juventudes. En Argentina, el "cubanismo" hegemonizó finalmente sobre lo nacional y popular en las juventudes. En el peronismo, quien cumplió un papel mediador fue John W. Cooke, que presidió la delegación argentina a la Conferencia de la OLAS en 1967. Poco después se generaría a los Montoneros. Esto terminó en la sangrienta catástrofe por todos conocida. Abelardo Ramos enfrentó desde el comienzo esta oleada de irracionalidad, y en su "Historia de la Nación Latinoamericana" (1968) hace una crítica rigurosa a la epidemia foquista.

 

Nuevo motivo de odio contra tan inoportuno crítico. Desde Brasil le propusieron la edición de su libro con la condición de eliminar la crítica al "foquismo". Por supuesto, se negó. En el Uruguay, vaya uno a saber por qué vericuetos del alma, cuando capturaron a Sendic, el jefe tupamaro, en su último refugio había un catre, una mesita, un libro - la Historia de la Nación Latinoamericana- y una imagen de María.

 

Aquella oleada juvenil hizo morir de angustia a Hernández Arreguí y a Jauretche y arrastró a Puiggros. Hizo perder la cosecha. Sin embargo, la conciencia histórica argentina se había ya modificado substancialmente. Un símbolo es la película de propaganda "La República perdida", donde las imágenes históricas acuñadas por Jauretche, Ramos, Hernández Arregui, etc., eran tomadas como válidas hasta por sus viejos enemigos.

La otra acotación que quería hacer se refiere a la cuestión religiosa. Sin duda Ramos se había formado en la herencia del anticlericalismo, con todos sus clichés, especialmente en lo referente a la Iglesia Católica. Pero su pasión nacional, su esfuerzo por penetrar en el corazón de los pueblos mestizos de América Latina, le fueron haciendo revalorar cada vez más a la Iglesia Católica, a la matriz católica de nuestra cultura latinoamericana. Por eso, a diferencia de las teologías de la liberación, que llevaban el sello del "foquismo", valoró mucho más a la Conferencia Episcopal de Puebla que a la de Medellín. La sintió mucho más arraigada en la historia y la cultura latinoamericana. Aunque Puebla no hubiera podido ser sin la partida de Medellín.

 

Incluso el cambio de su perspectiva religiosa fue más profundo. No era hombre por cierto de lecturas teológicas. Pero se intereso en conocer el pensamiento de Lucio Gera, teólogo argentino, el de mayor influencia en el proceso de gestación de Puebla. En realidad, Gera era la versión teológica de la constelación intelectual del movimiento nacional y popular argentino. Sabedor de esas lecturas, le pregunté que le parecía. Abelardo, un poco sorprendido y hasta perplejo por su lectura teológica, me dijo: "no sé, lo que yo leí es poesía". “Bueno”, le respondí, “así es toda la teología”. Ante esto, quedo meditando y exclamó: "¡Entonces, la Iglesia es invencible!". Tal exclamación, a su vez, me sorprendió. Quedé pensando. Para Marx la religión es un fenómeno histórico pasajero, superable, en tanto que la poesía tiene algo de permanente, de eterno, atraviesa todas las épocas y clases sociales.

 

Marx separa religión y poesía. Aquí percibí que para Ramos la religión dejaba de ser el opio de los pueblos, e ingresaba al reino de lo estético y poético. La religión se hacía invencible, porque Abelardo sabe que lo más radical del hombre es poético. Esto no se lo comenté nunca, se lo cuento a ustedes.