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LA IGLESIA EN AMÉRICA LATINA http://www.metholferre.com/detalle_del_articulo.php?id=14 - Introducción –
Por Methol Ferre Revista Nexo, Año 4, Nº 10, pp. 43 y SS. Diciembre de
1986, Montevideo, Uruguay. Informe: La historia contemporánea (1945-1986) Parece que una gran oscuridad se hubiera abatido sobre
la comprensión de la historia contemporánea. Las ideas que ayer parecían
iluminar, hoy se extravían en la jungla de los hechos. ¿Qué pasa?, ¿cuáles
son los movimientos profundos de nuestra actualidad?, ¿de dónde vienen?,
¿hacia dónde se encaminan? Hay una gran perplejidad. Pero uno no puede
orientarse sin grandes hitos referenciales, y esos mismos están en crisis.
¿Qué hacer? Por ejemplo, el Octubre soviético, ¿no se consideraba un nuevo
amanecer en la emancipación del hombre moderno, del proletariado? ¿Es
accidente que haya derivado hacia un totalitarismo burocrático cada vez más
gris? La Iglesia Católica, ¿no era un anacronismo en la modernidad? ¿Podría
acaso asumir y trascender esa modernidad? Y si fuera así, ¿las visiones
habituales de la modernidad y la Iglesia no serían estrechas y parciales? Y
las preguntas podrían continuar. Y éstas son preguntas que nos las formulamos desde América
Latina. Esta es un problema. La Iglesia también. Sus movimientos imbricados
no son fácilmente comprensibles. Hay disparidad de criterios y de opiniones,
pero estos se ponen a prueba por su capacidad de poner un orden sin violencia
entre los acontecimientos que se suceden y entrecruzan. Aquí pretendemos
justamente eso. Una perspectiva coherente, que sirva de orientación. Cierto, se trata de una aproximación sucinta,
inevitablemente esquemática. Pero si es susceptible de desarrollos más
amplios, es que no andamos tan desencaminados. Este marco de comprensión de la historia contemporánea de la Iglesia
en América Latina no nació en un gabinete, sino al calor de las grandes
luchas de nuestro tiempo, seculares y eclesiales. Alcanzó su madurez en la
altura de Puebla. Es Puebla la que hizo posible esta perspectiva, con su
acento en el proceso conjunto de "latinoamericanización"
y no en cada historia nacional de cada país. Tal la mirada. Esto quiere ser una contribución a la conciencia histórica
de las nuevas generaciones latinoamericanas. En nuestra revista, este informe
se ubica como continuación de Nexo 5, "América Latina en la
Ecúmene". El primero toma el marco histórico global; éste de ahora, lo
más específico contemporáneo. NUEVA ÉPOCA EN LA
ECÚMENE MUNDIAL 1945 es la fecha clave de la nueva época que se abre en
la Ecúmene mundial hasta nuestros días. No sólo termina la Guerra Mundial
(1939-1945) sino que se echan las bases actuales de la organización de la
Ecúmene, las líneas fundamentales que dan el marco a nuestro tiempo. No sólo
es la muerte de Hitler y Mussolini, y las bombas atómicas en Hiroshima y
Nagasaki o la revelación espantosa de los campos de concentración nazis. Es,
desde su comienzo, la Conferencia de
Yalta (Crimea) entre las tres grandes potencias aliadas. Estados Unidos,
Rusia y Gran Bretaña, ésta última sobrevivencia de la época anterior. Allí se
trazan sus respectivas zonas de influencia en el mundo. Las "esferas de intereses". Es la
partición de Alemania. Stalin y Churchill anunciaban el 11 de febrero: "Hemos convenido que se
debe convocar una Conferencia de las Naciones Unidas para que se reúna en San
Francisco, Estados Unidos, el 27 de abril de 1945, con el fin de redactar la
carta de dicha organización sobre las bases de las conversaciones oficiosas
de Dumbarton Oaks". La Conferencia se reunió efectivamente en la fecha
fijada y por unanimidad, las 50 naciones asistentes aprobaron la Carta de las
Naciones Unidas. Esta entró en vigor el 24 de octubre, al ser ratificada por
los "cinco Grandes"
(China, Estados Unidos, Rusia, Francia, Gran Bretaña), que se reservaron el
derecho de veto en el Consejo de Seguridad. Nace la ONU, encuadramiento
jurídico de la Ecúmene. El mundo se divide también en dos grandes ámbitos, uno
de economías colectivistas de planificación centralizada, el otro de
economías de mercado, poli-centristas. En el primero, la hegemonía era de la
URSS, en el segundo de Estados Unidos, que desde los acuerdos de Bretton
Woods (1944) lograba que el dólar fuera la divisa universal, desplazando a la
libra esterlina, al tiempo que se fundaban el Banco Mundial y el Fondo
Monetario Internacional, completados en 1947 por el GATT. Tal el
encuadramiento económico. Comienzan los estremecimientos de la descolonización en
Asia (India, Indonesia, se funda el movimiento de "liberación
nacional" en Indochina). En América Latina culmina el Panamericanismo
impulsado por Estados Unidos en la Carta de Chapultepec, pero bulle el nacionalismo latinoamericano,
como en octubre de 1945 de los trabajadores argentinos con Perón. Chapultepec
alcanzará luego su perfección en el Tratado Militar de Río (TIAR) en 1947 y
la Organización de los Estados Americanos (OEA) en 1948. También la Iglesia, desde el célebre Mensaje de Navidad
de Pío XII, se apropia de la nueva
situación mundial y prepara en ella una nueva dinámica. El Mensaje de Navidad de 1945 fue pronunciado al día
siguiente de la espectacular designación de 32 nuevos cardenales, entre los cuales había 5 latinoamericanos (La Habana, Lima, Santiago de Chile, Rosario,
San Pablo) en que expresa la voluntad
de universalización de la Iglesia: estaban "representados el mayor número posible de procedencias y pueblos".
Se iniciaba la "deseuropeización", se ampliaba el Colegio Cardenalicio en Estados Unidos, Canadá,
África, Asia y América Latina. Pío XII inauguraba una nueva línea práctica ecuménica en
la Iglesia. El Mensaje de Navidad formula la esencia católica de la Iglesia: "En tanto es un todo
indivisible y universal... Supranacional, porque abraza con un mismo amor a
todas las naciones y a todos los pueblos; es supranacional además porque en
ninguna parte es extranjera. Vive y se desarrolla en todos los países del
mundo y todos los países del mundo contribuyen a su vida y desarrollo. En
otros tiempos, la vida de la Iglesia, en su aspecto visible, desplegaba su
vigor preferentemente en los países de la vieja Europa, desde donde se extendía,
como río majestuoso, a lo que podía llamarse la periferia del mundo: hoy día
se presenta, al contrario, como un intercambio de vida y energía entre todos
los miembros del cuerpo místico de Cristo sobre la tierra. Muchos países, en
otros continentes, han rebasado hace no poco tiempo la etapa misionera de su
organización eclesiástica; son gobernados por una Jerarquía propia y dan a
toda la Iglesia los bienes espirituales y materiales, mientras antes
únicamente los recibían. Este progreso y este enriquecimiento de vida
sobrenatural, e incluso social, de la humanidad, ¿no revelan el verdadero sentido
de la supranacionalidad de la Iglesia? Esa supranacionalidad no la hace
mantenerse como suspendida en una lejanía inaccesible e intangible, por
encima de las naciones; al contrario, como Cristo lo fue en medio de los
hombres, la Iglesia, en la que Cristo continúa viviendo, se encuentra en
medio de los pueblos. Como Cristo asumió una verdadera naturaleza humana, la
Iglesia asume la plenitud de todo lo que es auténticamente humano y,
elevándolo, hace de ello un manantial de fuerza sobrenatural, sea cual sea la
forma en que lo encuentre" (1946, pág. 20). Así se realiza cada vez más en la Iglesia lo que San Agustín glorificaba en su Ciudad
de Dios: "La Iglesia -escribía-
recluta sus ciudadanos en todas las naciones, y su comunidad que peregrina por
la tierra comprende a hombres que se expresan en todas las lenguas; no se
preocupa de las diferencias en las costumbres, en las leyes y en las
instituciones, no cercena ni destruye nada de eso, sino que más bien lo
conserva y a ello se adapta. Incluso lo que es diferente en las diversas
naciones, si no es obstáculo para la religión del único, soberano y verdadero
Dios, es ordenado al único y mismo fin de la paz sobre la tierra" (Ibid,
pág. 21). Pío XII comprende perfectamente la nueva coyuntura
mundial. Europa deja de ser el centro del mundo, la protagonista principal.
Eso lo había sido desde la formación de la Ecúmene Mundial por España y
Portugal en el siglo XVI, luego sucedidos en Europa Occidental por los
poderes de Inglaterra, Francia y Alemania hasta la guerra de 1939-45. Ahora,
este centro se traslada fuera de Europa Occidental y se bifurca entre Estados
Unidos de América y la eurasiática URSS. El Mensaje cerraba la era europea de
la Iglesia, el milenio europeo abierto por Carlomagno, y se desplazaba hacia
la Ecúmene total. En realidad, las afirmaciones de la
"reciprocidad" mundial entre las Iglesias no eran todavía un
"hecho", sino más bien el "programa" de Pío XII. Pío XII
se proponía poner o acelerar las condiciones para que esa reciprocidad fuera
posible. Había que lograr que las periferias se fueran volviendo
"centros". Gestar una multipolaridad eclesial mundial unificada en
Roma. Así quedaba de manifiesto que Europa occidental
comenzaba a dejar de ser el centro eclesial del mundo. Su cambio hacia la
antigua "periferia" estaba en camino. Pío XII asumía todo esto como
un proyecto universal. Pero el otro rostro de ese movimiento histórico
gigantesco era la naciente convulsión de los pueblos de la periferia. Se
iniciaba el proceso de descolonización que ha dominado este tiempo. Pío XII
lo había percibido desde sus primeros síntomas. Por eso, el Mensaje de
Navidad se complementa cuando el 20 de febrero de 1946, en la investidura de
los 32 nuevos cardenales Pío XII puntualiza que la Iglesia es lo opuesto a un
imperio terrestre. "La Iglesia no es un
Imperio, sobre todo en el sentido imperialista que se atribuye a ese término.
La Iglesia, en su progreso y expansión, sigue un camino inverso al del
imperialismo moderno. Ella progresa, en primer lugar, en profundidad, después
en extensión y superficie. Busca sobre todo al hombre mismo. Se esfuerza por
formarlo, por modelarlo y por perfeccionar en él su semejanza divina". "Su trabajo se realiza en
lo profundo del Corazón de cada hombre; sin embargo, repercute en toda su
vida, en todos los campos de la actividad de los individuos. En hombres así
formados, la Iglesia prepara el fundamento sobre el cual pueda reposar con
seguridad la sociedad humana. El imperialismo moderno, en cambio, sigue un
camino opuesto: avanza en extensión y en superficie; no busca al hombre como
tal, sino las cosas y las fuerzas de las cuales depende. En consecuencia,
lleva en sí los gérmenes que ponen en peligro los fundamentos de la comunidad
humana... Los imperios terrestres deben recurrir a la fuerza y a la coacción
por mantener el orden interno. Ellos evolucionan hacia una concentración cada
vez mayor y hacia una uniformidad cada vez más rígida". De tal modo Pío XII distingue límpidamente el
significado de la acción eclesial en el contexto de las nuevas tensiones
mundiales. En resumen. La posguerra se caracteriza por cuatro
grandes acontecimientos: la expansión de la Unión Soviética y de los Estados
Unidos como nuevas superpotencias mundiales; el gigantesco proceso de
descolonización que implica el retroceso de Europa Occidental; el proceso de
recuperación e integración interna en Europa Occidental. En este cuadro, la política eclesial de Pío XII sería:
acelerar la organización "mundial" de la Iglesia (congresos
mundiales de laicos y religiosos); concentrar fuerzas en la reconstrucción de
Europa occidental, que era la base tradicional más importante del catolicismo
mundial; acelerar en África y Asia el pasaje de las "misiones" a
las Iglesias locales indígenas. Y en cuanto a América Latina, Pío XII ansiaba
anticipar su contribución a la Iglesia universal, poniendo condiciones para
su pronto "despegue". El cambio de centro desde Europa Occidental
no podía realizarse en el vacío. En América latina
la Iglesia tenía raíces populares y culturales profundas como para poder asumir una
función propia en el mundo eclesial y secular. Para que ello fuera posible,
la Iglesia debía apoyar con firmeza el movimiento de "latinoamericanización" de esta
inmensa nación fragmentada. Sólo así nuestras Iglesias podían alcanzar la
estatura material, intelectual y espiritual como para ser capaces de un
aporte, de un diálogo más allá de los acostumbrados horizontes locales. Tal el conjunto de configuraciones de la Ecúmene mundial
donde, a partir de 1945, con la aceleración vertiginosa de los medios de
comunicación, todos repercutirán cada vez más en todos. La Iglesia se había
ido extendiendo mundialmente, primero en América Latina en el siglo XVI, y
desde el siglo XIX, de modo notable, especialmente en Estados Unidos y en
África, la mayor expansión en el siglo XX. La nueva época eclesial no era así
un fruto coyuntural, sino el resultado de un vasto y efectivo crecimiento
mundial, que demandaba nuevas estructuras y nuevos caminos en la Iglesia
misma. Pío XII abrió y
articuló las condiciones que luego permitirían a Juan XXIII convocar al
Concilio Vaticano II. Quizá el último "europeo" y el primero
"mundial". DESDE
"LATINOAMÉRICA" En 1949 aparecía "Latinoamérica",
primera revista católica de "cultura y orientación" con una
dimensión latinoamericana. Antes, existían solamente revistas católicas a
escala nacional, no continental. Esta revista recibe los auspicios de los
cardenales latinoamericanos (Argentina, Cuba, Perú, Brasil y Chile) y el mismo
Pío XII estimula ese esfuerzo unificador y apostólico. La revista fue fundada por los jesuitas, con sede en México y La
Habana. "Esta revista viene a
cumplir la exigencia inaplazable para el porvenir de los pueblos hispánicos
de reintegrarse a una conciencia continental. La viva esperanza de nuestro
destino se afianza hoy en el incremento de las comunicaciones, que nos
permiten religar y reconstruir, lo que lleva más de un siglo de dispersión y
desconocimiento..." "Las corrientes de
rectificaciones históricas que en los últimos años han removido la conciencia
continental de Norte a Sur, provocan ahora un despertar lleno de promesas. Al
mismo tiempo, un ambiente internacional sacudido todavía por la tragedia nos
permite afirmar nuestra personalidad, que sólo alcanzará significado si
actuamos unidos; y esa unión se funda en la conciencia de nuestro pasado y en
la decisión de crearnos un porvenir autónomo... ambiciona superar la
condición de satélite. Quiere levantarse fuerte y una, para defender por
encima de lo nacional, aquellas exigencias de Verdad y Amor que han de ser
los motores de esta primera era universal que comienza en el mundo. Dentro de
la gran familia humana, construiremos la personalidad de Iberoamérica;
personalidad compleja y una para la acción y la creación: tal el ideal,
tamaña la empresa". Así presentaba en el primer editorial, José Vasconcelos, el gran pensador
católico mexicano -el mayor latinoamericano de la primera mitad del siglo- el
15 de enero de 1949. Por su índole novedosa tan reveladora, tomaremos a la
revista "Latinoamérica" como indicador privilegiado. Importa fijar
aquí el tipo de autoconciencia católica que reflejaba, en el tiempo anterior
a la Conferencia episcopal de Río de Janeiro. "Latinoamérica" es bilingüe,
se escribe en castellano y portugués. Y en francés cuando se refiere a Haití.
Son lenguas comunes, no extranjeras. El mismo nombre de la revista es
significativo, pues sólo luego de la II Guerra Mundial comenzó a usarse de
modo general "América Latina". Antes el uso era oscilante entre Hispanoamérica (el más
común), Iberoamérica o Indoamérica. Lo habitual era que los católicos
prefirieran "Hispanoamérica", entendiendo abarcar con tal
designación también a España y Portugal. La reivindicación
de la Iglesia contra la leyenda negra liberal y anglosajona se presentaba
ligada a la reivindicación de la génesis hispánica. "Defensa de la
Hispanidad" de Ramiro de Maeztu
podría caracterizar gran parte de la mentalidad católica imperante antes de
esta post-guerra. "América Latina" era sospechosa. Parecía una
denominación francesa, luego empleada por los norteamericanos. Es la hegemonía norteamericana la que
consolida el uso de "América Latina". Tanto es así que una de
las primeras cosas que los lectores piden a la revista es que aclare y
justifique su nombre. Y la revista recuerda que ya en 1862 en Roma se nominaba el "Colegio
Pío Latinoamericano" y que León
XIII había reunido en Roma el primer Concilio Plenario Latinoamericano (1899).
La revista invocaba entonces esa tradición de la Iglesia. Invocación justa,
pues incluso el Colegio Pío
Latinoamericano es la primera institución en la historia que usa la palabra
"latinoamericano". Pero la paradoja es aun más profunda. Fue el intelectual católico colombiano,
ferviente bolivariano, Torres Caicedo, quien acuñó el nombre de "América
Latina", como respuesta a la
guerra de Estados Unidos contra México en 1847 y las aventuras del pirata
Walker en Nicaragua. Fue en estos versos: "La raza de la América
Latina / al frente tiene la sajona raza", de su poema "Las dos Américas". Es probable
que Torres Caicedo, que anduvo entonces por Roma, sea responsable del nombre
"latinoamericano" del Colegio Pío. Además este heredero de Bolívar,
entonces olvidado, fue fundador y propagandista desde París, de la precursora
"Unión Latinoamericana" (1879). ¿Cómo ubica "Latinoamérica" la problemática
eclesial? Su gran animador, el P.
Álvarez Mejía, lo hace con concisión: "La Iglesia Católica de
América Latina, que apenas ahora va saliendo
de las catacumbas en que la aherrojó el laicismo del siglo pasado,
afronta dos realidades: una es el hecho de la conservación de la fe, el hecho
católico indiscutible de masas enormes, ignorantes tal vez, pero iluminadas
por la gracia bautismal y sostenidas en su fe, a pesar del laicismo, de los
dólares protestantes y de las declamaciones comunistas. Otra, la soledad del
santuario, la ruina de los seminarios, la escasez de las vocaciones
sacerdotales" ("Pío XII y América Latina". En el tomo I, pág.
149, de 1949). Decía P. A.
Cuadra, notable intelectual católico nicaragüense: "En general, la situación de la Iglesia Católica
hispanoamericana en el siglo XIX fue quizás la peor, la más derrotista y
derrotada de toda su augusta historia. No creemos exagerar. Y
naturalmente, los que critican acerbamente la situación presente del
catolicismo latinoamericano, no ven el gran salto que en pocos años se ha
dado sobre una etapa anterior terriblemente catastrófica. Se cree que
Hispanoamérica ha sido durante sus cinco siglos de historia, un continente
católico de continuado desarrollo religioso. Y la verdad dura y triste es
que, durante más de un siglo, Hispanoamérica
sufrió en su religiosidad católica, el más hostil e implacable ataque
bifrontal: de parte del liberalismo interno y de parte del imperialismo
protestantizante, ataque mancomunado del Poder y la Riqueza, sólo
comparable con el que actualmente realiza Rusia contra los países ocupados
(Tomo III, pág. 222-223, 1951). La revista reproduce un juicio de Christopher Dawson en The Tablet (1950): "En América Latina el
catolicismo es mucho más antiguo que en el Norte. Allí está arraigado en el
suelo y la historia. Pero la lucha
política por la independencia tuvo en el siglo XIX un carácter
anticlerical... y produjo la supresión de las grandes órdenes religiosas, que
hasta entonces habían sido las intermediarias entre la población indígena y
la española. La consecuencia fue que América Latina ha venido a ser una
de las más atrasadas regiones del mundo católico. Aun cuando el número de
católicos supera por el cuadruplo al de los católicos de Estados Unidos, hay
más sacerdotes en el norte protestante que en el católico sur. En México se intentó de 1914 a 1940 la
descatolización del país por la fuerza, y se declaró fuera de la ley el ejercicio
público de la religión católica. Hoy la situación ha cambiado... Pero al
mismo tiempo hay que reconquistar tanto terreno perdido, que no se ve una
coyuntura inmediata para que el catolicismo latinoamericano desempeñe un
papel dirigente en el mundo católico, comparable con el que ejerce la minoría
católica en Estados Unidos". En el tiempo más fecundo de "Latinoamérica"
bajo la dirección de Álvarez Mejía, del 49 al 55, se puede apreciar la
evolución de la Iglesia en América Latina. Se ve el impacto creciente del catolicismo francés. La influencia
renovadora del P. Lombardi y su movimiento "Por un mundo mejor". La
convivencia en sus páginas de las más dispares corrientes intelectuales, con
la presencia de Vasconcelos, Sepich,
Quiles, Calderao Beltrao, Hugo Wast, Jaime Eyzaguirre, Gallegos Rocafull,
Richard Pattee, Hurtado, Damboriena, Bastos Avila, Espinosa Polit, Félix
Restrepo, etc. Lo que muestra grandes diferencias, pero no rupturas. Los dos enemigos
espirituales e ideológicos son el protestantismo y el comunismo. La preocupación social es
creciente. "La Iglesia tiene, una vez más en la historia, la misión de ser
defensora de los oprimidos en esta porción del globo. Si llegaran primero los
fariseos, habríamos perdido la batalla del siglo" (Latinoamérica IV,
pág. 1-3, 1952). Acercándonos a las vísperas de Río de Janeiro, en un
editorial del 1° de enero de 1954, se sintetizaba así la situación: "Positivismo y materialismo
se dan la mano en las altas esferas donde se teoriza sobre arte y cultura,
sobre política y sistemas sociales. Examinemos la producción literaria de
América Latina, o la actividad artística, o los movimientos sindicales, y tal
vez podríamos afirmar lo que ha dicho Paúl Claudel de la literatura moderna
en Francia: nadie advertía que un Dios murió crucificado en el Calvario. Pero nos queda el pueblo. Ese
pueblo católico de América Latina, que organiza fiestas religiosas suntuosas,
que levanta templos y sobre todo que sabe sufrir resignadamente las más
desesperadas situaciones, es como un milagro viviente. Porque ese pueblo era tiempo sobrado de que hubiera olvidado lo poco
que sabe de religión, y se hubiera pasado a todos los campos que le vienen
ofreciendo paraísos artificiales, religiosos, políticos. La fidelidad de las
masas latinoamericanas, que resulta incomprensible al sociólogo, es uno de
los interrogantes más angustiosos que pueda plantearse el catolicismo en este
continente. En el supuesto de una intervención sobrenatural, y tal es
nuestra convicción, no podemos seguir esperando que ella continúe, si en un
momento dado nuestra razón de instrumentos hábiles falla. Ya es tiempo que
pensemos seriamente en cumplir la consigna de León XIII de ir al pueblo. Si
en esta mitad del siglo XX la Iglesia latinoamericana no se pone decidida y
audazmente del lado del pueblo, nadie podría predecir las consecuencias". Y agregaba esta percepción de los nuevos signos: "Se advierte por dondequiera en el mundo católico un afán de revisión,
se barajan métodos y estadísticas, se intenta profundizar hasta dar con las
causas últimas de los éxitos y fracasos, se habla de readaptación, de examen
de conciencia... También en América
Latina surge ese afán renovador y, por boca de la jerarquía y en círculos
católicos de toda índole, se plantean interrogantes, se discuten métodos
y con cada vez más transparencia se agitan problemas de una realidad compleja
que reclama soluciones concretas. Tenemos
que saludar con entusiasmo esa inquietud renovadora de la autocrítica que
hasta ayer estaba reducida a pequeños círculos. Se trata, claro está, de
una crítica constructiva que en su propio pesimismo es optimista, y sabe
demasiado que el papel humano en este drama del Reino de Dios, se reduce a
ser instrumento". EN EL PROCESO DE
RÍO DE JANEIRO. LA DÉCADA 1945-55 El contexto
La ruptura se desencadena en 1947. Aparece el Plan
Marshall para la reconstrucción de Europa. Rusia no lo acepta para la Europa
Oriental, ocupada por el Ejército Rojo. Es la "Cortina de Hierro".
Una serie de golpes de Estado instauran las "democracias
populares". Todos los partidos liberales y socialistas son liquidados.
Comienza la ofensiva contra la Iglesia Católica y, es obvio, concentrada
contra su jerarquía. Las cabezas de la Iglesia Católica son encarceladas. Se
inicia la serie de los célebres y grotescos procesos: Spetinac, Mindzenty, Beran. La prisión de Wyszynski. También son las
"purgas" en los partidos comunistas, en la dirigencia sospechosa de
independencia.
Sólo Tito en Yugoeslavia se independiza de la órbita soviética: es expulsado
del Kominform e inicia una política exterior neutralista (1948). En Asia un
acontecimiento gigantesco, la gran victoria de la revolución comunista china
con Mao en 1949. En 1950 la guerra fría llega a su apogeo con una guerra
caliente localizada: Corea. Lugar donde se enfrentan indirectamente China y
Estados Unidos. La zona comandada por Estados Unidos implica un sistema
más abierto y fluido, en contraste con el monolitismo stalinista. En una
parte, una compleja madeja de tendencias ideológicas, políticas, religiosas,
económicas, incluso contradictorias o parcialmente opuestas entre sí. En la otra,
un totalitarismo materialista y ateo, de partido único. Una verdadera y
original "era constantiniana del
ateísmo". En el endurecimiento progresivo de la guerra fría, la otra
cara de las purgas stalinistas era el "maccartismo" norteamericano. Es el tiempo del poder más impresionante de Estados
Unidos, con una enorme superioridad industrial, dinamizando la revolución
técnico-científica. Primero con el monopolio de la bomba atómica, que pierde
desde 1953, luego con el impulso extraordinario de la informática. El
nacimiento incontrovertible es con la obra de Norbert Wiener
"Cybernetics" de 1948. La llamada "segunda revolución
industrial" toma aceleración. Los grandes imperios coloniales europeos empiezan a
derrumbarse (Holanda, Inglaterra, Francia) al quedar las metrópolis
desvastadas. Estados Unidos no tiene interés en salvarles las colonias. La
creación del Estado de Israel (1948) conmueve y agita al mundo árabe. Viene
el Egipto de Nasser. La guerra de "liberación" en Argel. El África
Negra despierta. Pero a la vez, la Europa Occidental se recupera. Benelux,
Comunidad del Acero y del Carbón, avanza la integración. Comienza la serie de
"milagros" económicos europeos. En este contexto, ¿qué pasa con América Latina'? Aquí
una breve retrospectiva, para ver el trasfondo. Inglaterra fue la potencia
hegemónica desde la Independencia de América Latina de España y Portugal.
Pero desde la segunda mitad del siglo XIX fue retrocediendo paulatinamente
ante el incesante avance norteamericano. En esta post-guerra será desalojada
definitivamente de sus últimos baluartes en el Cono Sur; salvo las Malvinas.
Estados Unidos ocupa la escena. Una nueva dialéctica es preeminente, ella
tiene viejas raíces. Las raíces de esta
dialéctica están en la enunciación de la "Doctrina Monroe" (1823) y en la celebración del
Congreso de Panamá (1826), cuando Simón Bolívar intentó echar las bases de
unidad, alianza y confederación perpetuas entre los latinoamericanos. Es la
dinámica de "monroísmo" y
"bolivarismo" que
continúa en nuestros días. "Bolivarismo y Monroísmo", es título de
una obra magnífica de José Vasconcelos en 1934. Panamericanismo y
latinoamericanismo. Paradójicamente, la primera unificación latinoamericana
viene por el panamericanismo, desde la primera conferencia internacional de
los Estados Americanos en Washington (1889-90). Desde el 900, luego de la guerra de Cuba y Puerto Rico
contra España, el incontrastable poder norteamericano se proyecta sobre el
conjunto de América Latina. Pasa por dos períodos, el Gran Garrote primero,
la "Buena Vecindad" después. Dialécticamente, viene la respuesta "hispanoamericanista" con la
reivindicación de Rodó y Blanco Fombona de Bolívar. Y la gran campaña por
la unificación de la "Patria
Grande" de Manuel Ugarte. Luego el
"indoamericanismo" de Vasconcelos y Haya de la Torre. En los
años 20 y 30 es la gran generación nacional latinoamericana, con una punta
"hispanoamericana" y otra
"indoamericana". En
conflicto y concordia variados, contradictoria entre sí, es la generación
nacional que intenta pensar a América
Latina desde sus propias raíces y su propia historia. Pudo hacerlo, porque
aprovechó el "interregno" entre la declinante hegemonía europea y
la naciente panamericana. Pero los países latinoamericanos incapaces de reunirse,
son reunidos por Estados Unidos. Pero adviene una nueva paradoja: al culminar
el panamericanismo en Chapultepec en el 45, Estados Unidos deja de ser
potencia continental americana, para ser superpotencia mundial. Cuando Monroe
triunfa, pasa a segundo plano. América Latina pasa a retaguardia secundaria
de la superpotencia mundial. Los principales países latinoamericanos, México,
Brasil y Argentina, con grandes movimientos nacionales y populares, luchan
por su industrialización. Cárdenas,
Vargas y Perón son sus símbolos. Y el nacionalismo latinoamericano enunciado por Perón en 1947, inicio de la guerra
fría: la "Tercera Posición", "Ni Washington ni Moscú".
América Latina sí. ¡Arduos caminos, el de los rumbos propios! En su conjunto, los países latinoamericanos habían acumulado
fuertes reservas de medios de pagos internacionales, originadas en las
grandes compras masivas durante la guerra. Pero en el primer lustro de los
años cincuenta, las reservas latinoamericanas acumuladas comienzan a
disolverse. Vargas y Perón intentan el entendimiento argentino-brasileño,
condición de la unidad latinoamericana. Presionado por el imperialismo,
Vargas se suicida en 1954. Perón comienza a trastabillar. Es lo que un
organismo creado en 1948 por la ONU, la CEPAL, había teorizado como la relación
adversa de los términos de intercambio entre la periferia y el centro, lo que
desestabilizaba los regímenes políticos en América Latina. EL CAMINO DE LA
IGLESIA Dentro de todo esto ¿cómo marcha el proceso en la Iglesia?
Estamos en la segunda fase del Pontificado de Pío XII. La primera fue la
Guerra Mundial. La segunda se abre con el Mensaje navideño de 1945. En
realidad, es algo artificioso dividir el Pontificado de Pío XII en estas dos
fases, pues durante la Guerra, el Papado tuvo intensa tarea de proyección
universal. No sólo en sus dos grandes encíclicas, sobre la Iglesia (Mystici
Corporis) y sobre la Biblia (Divino Afflante Spiritu) en 1943, sino en sus
anuales y famosos mensajes de Navidad, en los que resalta el de 1943, donde
Pío XII resume toda su política de paz y formula como primer punto el respeto
a la dignidad y los derechos del hombre: "El que desee que la paz reine otra vez en el Mundo debe hacer todo lo
posible para devolver a la persona humana la dignidad que le confirió Dios en
el comienzo; debe resistir la regimentación de los seres humanos como si
fueran una masa sin alma; debe promover la observancia e implementar
prácticamente los derechos de la persona". Y en la Navidad de 1944 expresa; "La tendencia hacia la
democracia penetra cada vez más a los pueblos y logra, en gran medida, el
sufragio y consentimiento de los que aspiran a colaborar más eficazmente en
el destino de los individuos y de la sociedad". De tal modo, el Magisterio comenzaba la asunción
explícita y la transfiguración de una de las herencias preciosas de la
Ilustración: los derechos humanos. Pío
XII será así el impulsor de las "democracias cristianas", tanto
en Europa como en América Latina. No
hay derechos humanos si el hombre no tiene dignidad de "imagen de
Dios". De lo contrario, si se es consecuente, todo está permitido. En la post-guerra la gran época doctrinal de Pío XII se
continúa en. la Encíclica "Mediator
Dei" sobre la liturgia (1947). En las Iglesias europeas, hay una
gran efervescencia en la inmediata post-guerra. Se presencia la aparición de
las primeras tendencias cristiano-marxistas, aunque lo más importante es la "nueva teología", más profundamente histórica, cuando
irrumpen los nombres renovadores de Henri de Lubac, Congar, Danielou, Rahner,
Balthasar, etc. Pero viene el cambio de clima con la guerra fría y las
persecuciones en el este europeo: en
1949 se prohíbe a los católicos toda colaboración con el comunismo marxista
ateo y en 1950 la encíclica "Humani Generis" es un alto a la
efervescencia teológica. Pío XII pensó en aquellos años la convocatoria de un
Concilio Ecuménico, pero pronto desechó la idea. Los tiempos no eran
propicios. El diálogo requiere condiciones más pacificas. (Véase Caprile: "Pío XII e un nuovo progetto di Concilio
Ecuménico" en Civiltá Cattolica 1966 - VI pág. 209-227). Lo cierto
es que se cierra, desde 1950, la gran época doctrinal de Pío XII. Luego
siguió su enseñanza en innumerables audiencias, alocuciones y discursos, pero
sin volver a las grandes síntesis. Los tiempos debían madurar, todavía la situación de la
Ecúmene era demasiado novedosa y confusa. Pío XII es un gran
impulsor de la unidad europea. Schuman, Adenauer, De Gasperi echan los
cimientos de lo que será finalmente el Mercado Común Europeo. Se habla así de una "Europa vaticana". En
cuanto a África y Asia, acelera el paso de las misiones a Iglesias locales
indígenas, nacionales, en la línea de Benedicto XV y Pío XI. En ese sentido
va la encíclica "Evangeii
Praecones" (1951): "extender la Iglesia a
nuevas regiones, de tal manera que en ellas eche raíces más profundas, y que,
después de haberse desarrollado, pueda cuanto antes vivir y florecer sin la
ayuda de las obras misioneras". Respecto de América Latina, Pío XII solicita y apremia a
las Iglesias europeas para enviar sacerdotes que suplan esa insuficiencia
latinoamericana y así fortalecer y estimular los cuadros de las Iglesias
locales. De tal modo, en los años 50
vienen a América Latina sacerdotes, religiosos y religiosas, quizá en número
sin precedentes en este siglo, de origen europeo, norteamericano y canadiense.
En un continente de pueblos básicamente católicos, Pío XII reforzaba las
condiciones de una posible contribución a la Iglesia mundial, por
capacitación propia. Por otra parte, prosigue la expansión de la Acción
Católica. En 1946, en ocasión del consistorio antes mencionado, Pío XII
manifestaba: "los seglares son también
la Iglesia; los fieles y, más concretamente, los laicos, están en las avanzadillas
de la vida de la Iglesia; por eso ellos en especial deben tener una
conciencia cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de
ser Iglesia, es decir: la comunidad de los fieles en la Tierra bajo la égida
del Jefe Común, el Papa y de los Obispos en comunión con él". En 1951 es el Primer Congreso Mundial de Apostolado
Seglar. Las Organizaciones Internacionales Católicas, principalmente Pax
Romana, están en plena expansión. Las formas especializadas de la Acción
Católica comienzan a difundirse por América Latina. Hay una gran
atención al mundo obrero y al sindicalismo. El canónigo Cardjin recorre la América Latina.
La Juventud Obrera Católica (JOC) se multiplica. Esto repercute en tal forma
que, en 1954, en Santiago de Chile se realiza el 1° Congreso Latinoamericano
de Sindicalistas Cristianos, que dará nacimiento a la CLASC, como central
sindical cristiana latinoamericana. Era el tiempo en que la CETAL, de
orientación comunista languidecía, se intentaba expandir la ORIT, confederación
panamericana de trabajadores, y se proponía el ATLAS, asociación de
trabajadores latinoamericanos, propiciada por la CGT argentina. Simultáneamente, las corrientes demócratas cristianas
recibían consistente apoyo, quedando cada vez más desplazadas las
supervivencias "integristas".
En América Latina, se ponen las bases de una acción a escala latinoamericana
en las reuniones en Montevideo, 1947 y 1948, donde confluyen movimientos y
partidos demócratas cristianos, y se funda un secretariado latinoamericano.
Crecía la irradiación de la filosofía política de Maritain entre nosotros, su
más alto exponente era el brasileño Tristán de Athayde. En verdad, durante estos años hay en América Latina un
innumerable pulular, disperso, de encuentros, y congresos latinoamericanos de
la más variada índole. Es un fenómeno general de
"latinoamericanización". Comienzan, por ejemplo, periódicamente los
Congresos latinoamericanos de Sociología, de Filosofía, etc. Sería de no
acabar. También en la Iglesia desde 1945, con la fundación de la
Confederación Interamericana de Educación Católica (CIEC) comienzan las
reuniones de educadores. La difusión de las escuelas radiofónicas es
poderosa. Hay congresos de música sacra, de asociaciones de padres de
familia, de juventudes católicas, de la JOC, de religiosos, etc. Comienza la
serie de fundaciones de Universidades católicas en toda América Latina (San
Pablo, Río de Janeiro, Porto Alegre, Campiñas, Iberoamericana de México,
Santo Domingo, Quito, etc.) que irá en ritmo ascendente. La ODUCAL
(Organización de las Universidades Católicas de América Latina) ya se funda
en 1953. Toda esta efervescencia tiene en su subsuelo un gran
movimiento de fondo. Es el "boom
demográfico" latinoamericano, que supera cada vez más los estrechos
marcos de las viejas repúblicas oligárquicas. El crecimiento urbano desborda.
Las juventudes rebasan previsiones. Si en 1900 la tasa de crecimiento
poblacional era de 1% ya en 1950 alcanza casi el 4%. Se produce un
acontecimiento de capital importancia: por primera vez desde los tiempos de
la Independencia la población latinoamericana superaba a la norteamericana. Así comienza la alarma por el control natal. Ya en 1949
había carta pastoral de los Obispos en Puerto Rico contra la esterilización.
El aumento poblacional pone en crisis las estructuras del monocultivo y
acrecienta la problemática social en todas las dimensiones. Así, los exámenes de conciencia eclesiales se
multiplican, desde la obra pionera del padre Alberto Hurtado "¿Es Chile un país católico?" (1941).
El multifacético movimiento de renovación toma cuerpo, a escala
latinoamericana, con la predicación del P. Lombardi. Este, inspirado en un
discurso de Pío XII de febrero de 1952 donde expresaba: "Es todo un mundo lo que
hay que transformar desde sus cimientos y que es preciso transformar de
selvático en humano, de humano en divino, es decir, según el corazón de
Dios", recorre varias veces América Latina, con grandes
reuniones en Bogotá y San Pablo, en la Cruzada por un Mundo Mejor. Este
movimiento será, como se vio posteriormente, uno de los augurios del
Concilio. Hablaba de reformas eclesiales de la formación de un Senado
Universal de Laicos, etc. Es quizá el primero entre nosotros que usa,
respecto de los protestantes, el término de "hermanos separados". DOS ADVERSARIOS Esta era una terminología sorprendente en América
Latina. La década estuvo agitada con grandes tensiones con los protestantes
norteamericanos. El punto más crítico fue Colombia, que estaba, por otra
parte, en la dramática "era de la violencia" que sigue al "bogotazo" de 1948,
cuando ocurrió el asesinato del líder popular Jorge Eliecer Gaitán,
simultáneo con la creación de la OEA. Los incidentes y las tensiones no eran nuevos. Tenían
larga data. El protestantismo
militante es el norteamericano, que avanza con el panamericanismo desde el
último tercio del siglo pasado. En
el Congreso General de Misiones Protestantes de Edimburgo (1910), los
protestantes europeos no quisieron declarar a América Latina tierra de
misión, pues Cristo estaba predicado por los católicos, en tanto que los
norteamericanos sí. El catolicismo era contaminación pagana, tinieblas y
superstición. Además nadie
olvidaba las palabras del "gran
cazador" Teodoro Roosevelt en Nahuel Huapi "mientras los países
hispanoamericanos sean católicos, su absorción por los Estados Unidos será
larga y difícil". Se habían organizado congresos protestantes en Panamá
(1916), Montevideo (1925), La Habana (1929), Buenos Aires (1949). Pero lo
importante es que desde el Congreso de Madras (1938) en la India, ante la retirada de los misioneros de
China por la guerra chino-japonesa, y luego por la victoria de Mao (1949), la
afluencia de misioneros protestantes sobre América Latina se había
multiplicado enormemente. Es lógico el aumento de tensiones. Por otra
parte, esto era el reverso del conflicto siempre latente en Estados Unidos
con la Iglesia Católica. En la post-guerra hubo una gran campaña de las iglesias protestantes para que se retirara el
representante personal del Presidente norteamericano ante el Vaticano. El crecimiento del
catolicismo norteamericano también multiplicaba tensiones. Es tiempo de conversiones, de
difusión extraordinaria de la vida monacal contemplativa y la influencia de
Thomas Merton, de las alocuciones televisivas de Fulton Sheann, del afianzamiento de un neotomismo
inspirado en Maritain y Gilson, de
grandes líderes sindicales católicos, etc. Aparecieron entonces los
best-sellers de Paúl Blanshard "American
Freedom and Catholic Power" y "Comunism, Democracy and Catholic Power", en los que se
prevenía el peligro en que estaba la democracia liberal por la doble amenaza
del totalitarismo comunista y del totalitarismo católico. Sin embargo, ya se percibían signos de un cambio de
clima. Avanzaba el movimiento ecuménico desde la fundación en Amsterdam
-1948- del Consejo Mundial de Iglesias. Recibido al principio por el Papado
con reticencias, ya en la Conferencia Mundial de la Comisión Fe y
Constitución en 1952 en Lud (Suecia) asisten observadores católicos. Los contactos se multiplican. Pero la repercusión en
América Latina será posterior y muy equívoca. Seguía en pie la preocupación ante el protestantismo, tal como el
Primer Concilio Latinoamericano de Roma la había formulado en 1899. Obsérvese
la fecha: es a continuación de la guerra de Cuba y Puerto Rico, con la
proyección norteamericana sobre el conjunto de América Latina. En gran
medida, este Concilio latinoamericano era una respuesta a la primera
penetración del protestantismo en nuestras tierras, que nos llega muy tardíamente en relación con su origen en el siglo XVI,
Para nosotros era un fenómeno nuevo. La
Iglesia católica ubicaba a sus adversarios principalmente en dos frentes: el
protestante y el marxista. El liberalismo
anticlerical del siglo pasado había tenido su relación con la entrada del
protestantismo.
Era cuando la crisis de la Cristiandad Indiana que se destruye en el siglo
XIX. "Cristiandad" puede
ser simplemente una sociedad cristiana. Pero ahora la entendemos como un régimen de íntima simbiosis entre la
Iglesia y el Estado, en el que se dirimen cuestiones de fe por la coerción
estatal. Tal situación había terminado sustancialmente. La separación de la
Iglesia y el Estado era un hecho generalizado, y el viejo anticlericalismo no
tenía razón de ser. Además, la
entrada de las masas en la vida política inhibía del ataque a la fe cristiana
popular, al modo de las viejas oligarquías. Los grandes movimientos
nacionales y populares del siglo XX terminaban conciliando o favoreciendo a
la Iglesia. Conciliando en México y favoreciendo con Vargas y Perón. En estos años, el
marxismo está en pleno retroceso en América Latina, carece de apoyaturas
importantes. Sólo el proceso de
reformas iniciado por Arévalo en Guatemala, deriva en el régimen de Arbenz,
rodeado visiblemente por comunistas, esa gran tirantez con la Iglesia. La
OEA en Caracas condena el régimen guatemalteco. Foster Dulles impulsa la
invasión y derrocamiento del régimen por Castillo Armas. Estamos en 1954. Castillo Armas también se vuelve contra
la Iglesia, acorde con la arraigada tradición anticatólica oligárquica
existente en Guatemala. En cambio, la
gran revolución boliviana de 1952 establece una buena colaboración con la
Iglesia. LAS VÍSPERAS Esbozamos el movimiento de la década 1945-55 no sólo para tener un punto
de partida sólido para el conjunto de esta historia, sino para que se comprenda la lógica de las
condiciones que inicia en Río de Janeiro la serie de Conferencias Episcopales
latinoamericanas. Puede apreciarse ya que el acontecimiento episcopal
latinoamericano integra una vasta marea de progresiva "latinoamericanización" de
nuestras problemáticas reales. La Conferencia
Episcopal de Río no será un episodio aislado y excepcional, aunque todavía
estamos en las primicias. No hay todavía una conciencia histórica
elaborada, propiamente latinoamericana. Es todavía más una etapa de contactos
entre países que autoconciencia de una totalidad en movimiento. Tanto es así,
que sólo en 1951, a iniciativa del notable católico norteamericano Richard
Patree, se publica la obra colectiva "El Catolicismo Hispanoamericano Contemporáneo", con una
excelente introducción sintética a su cargo. La obra es una yuxtaposición de una veintena de
historias de la Iglesia, tantas como países, y todas ellas muy sucintas. No
es una obra unitaria, orgánica. Es que la totalización no se alcanza al
arbitrio, es un logro histórico. Sólo
en la Conferencia de Puebla, la Iglesia latinoamericana alcanzará una
perspectiva totalizante. Pero tendrá que pasar un cuarto de siglo
singularmente acelerado, denso de experiencias colectivas y reflexiones
nuevas. Podemos resumir a través de Alvarez Mejía que, en 1954, en "índices de nuestro catolicismo" (Latinoamérica IV. pág.
107-110) escribía luminosamente: "Tal fue el arraigo del
catolicismo en esta sociedad, que ni las tormentas revolucionarias, ni los
influjos extraños, ni las persecuciones religiosas, ni el abandono de enormes
regiones por parte de un clero diezmado, ni las propagandas adversas al
catolicismo han logrado apartar de la Iglesia a la inmensa, mayoría de
nuestro continente. El catolicismo latinoamericano
se nos, presenta hoy tan lleno de contrastes como la sociedad que lo compone,
y ofrece una posición, tan paradójica que resulta operación bien delicada
tratar de describirlo con objetividad. Para quien viene de fuera con patrones
mentales europeos o norteamericanos, el cuadro ofrece las complicaciones de
un rompecabezas. La gran falla de quienes han intentado descifrar el enigma,
a mi juicio, consiste precisamente en el olvido de la historia religiosa de
América Latina... En el presente siglo la
situación ha ido cambiando casi totalmente. Con los vientos que soplan desde
la primera guerra europea, la situación jurídica o de facto ha mejorado
notablemente. Hoy no hay en toda América Latina sino uno o dos gobiernos que
se presentan en actitud hostil contra el catolicismo de las mayorías, y en
todos nuestros países hay representantes de la Santa Sede. El crecimiento
orgánico de la Iglesia es tan espectacular como tal vez no lo ha conocido en
ninguna época de su historia. Mientras que en el siglo XIX fueron creadas 65
diócesis y 5 vicariatos apostólicos, en el presente han surgido 144 nuevas
diócesis, 44 arquidiócesis, 31 vicariatos apostólicos, 34 prelaturas y 15
prefecturas, en total, más de 268 Jurisdicciones eclesiásticas en 50 años.
Actualmente son 350 las jurisdicciones eclesiásticas en toda América Latina.
Para atender a la inmensa grey (unos 150 millones) de estos países hay 28.693
sacerdotes. La repartición de los sacerdotes corresponde en parte a la
distribución de la población. El 60% de la población latinoamericana esta
localizada en tres países: Brasil (32%), México (16%) y Argentina (11%).
Brasil tiene actualmente 7.450 sacerdotes para una población de 52.619.000
habitantes; México tiene 4.921 para 26.332.000 y Argentina 4.106 para
17.641.000. El rasgo más saliente del
catolicismo latinoamericano es tal vez su volumen: es un catolicismo
eminentemente multitudinario. No es menester decir que ante la enorme escasez
de clero es menos que imposible que la instrucción y la práctica religiosa
sean satisfactorias. El conjunto resulta algo tan aparente y distinto de
cuanto se ha registrado en la historia eclesiástica, que toda comparación con
el pasado o presente de otras latitudes crea un desenfoque fatal para la
interpretación siquiera aproximada de la cristiandad latinoamericana. Ni la instrucción ni la práctica
religiosa pueden, pues, guiarnos como norma segura para calificar al
catolicismo de América Latina... A los latinoamericanos nos causa hilaridad
cuando vemos a un europeo escandalizarse por la escasez de sacerdotes, o
cuando nos niega el epíteto de católicos porque aquí la fe se manifiesta en
grandes procesiones y romerías. Y es precisamente ahí donde comprobamos en
una forma muy curiosa y excepcional el catolicismo de esas masas poco
instruidas en la fe, pero llenas de fe. En todos y cada uno de los países de
América Latina la religión tiene manifestaciones periódicas de catolicismo
multitudinario, como tal vez no se registran en ninguna parte del mundo... ¿Cómo se ha conservado la fe en
inmensas regiones, adonde nunca o casi nunca llega el sacerdote? Más del 60%
de la población latinoamericana vive en el campo. Allí la fe se mantiene
gracias a la piedad tradicional, a la devoción a la Virgen Santísima, al rezo
del rosario que es una lección permanente de religión, y a la enseñanza del
catecismo practicada por padres y maestros rurales... Con todas sus deficiencias
y todas sus fallas, el catolicismo de estos países no duerme y ciertamente
Dios no ha muerto en América Latina". Los medios de comunicación seguían creciendo
prodigiosamente. La interacción eclesial podía crecer acorde a su
catolicidad. Así, en el Año Santo de 1950 hubo un gigantesco movimiento
multitudinario hacia Roma. Se proclamó solemnemente el Dogma de la Asunción
de María, luego de una consulta a todo el episcopado mundial. En 1954 el Año
Mariano para recordar el centenario del Dogma de la Inmaculada, es otro
motivo de movilización. Ya en 1953 se
habían nombrado nuevos cardenales latinoamericanos (San Salvador de
Bahía, Quito y Bogotá), Pero lo más importante es lo que atañe a las Conferencias Episcopales. Esta
institución era relativamente reciente en la Iglesia. Había nacido por
iniciativa del episcopado alemán en Fulda, 1863, necesitado de reunión ante
amenazas de conflicto con el Estado. Luego se fue convirtiendo en reunión
periódica. Se diferenciaba del Concilio en que no legislaba, no era
obligatoria, significaba sólo un compromiso moral entre los participantes.
Pronto cundió el ejemplo alemán, en Estados Unidos, en Francia, etc. El
Concilio Plenario latinoamericano de Roma, a impulso de la propia Santa Sede,
había señalado a los episcopados latinoamericanos la obligación de reunirse
periódicamente en conferencias episcopales nacionales. Esto se puso en
práctica inmediatamente en muchos países. Era sin embargo una institución
esporádica, sin estructuras de continuidad. Recién en Brasil, en 1952, se crea la Conferencia Episcopal brasileña
con un secretariado permanente. En el secretariado general permanente
estaba la revolución institucional, pues no sólo daba continuidad a la
conferencia episcopal, sino que permitía la generación de estructuras de
coordinación, servicio y reflexión que permitían al conjunto episcopal una
perspectiva y proyección nacional supra-diocesana, permanente. Don Helder Cámara
será el secretario general en los dos primeros períodos. Tendrá que organizar los dos
grandes eventos convocados por Pío XII:
el Congreso Eucarístico Internacional
y la 1° Conferencia general del Episcopado Latinoamericano, ambos en Río de
Janeiro en 1955. Pío XII, que ya había estado como
legado pontificio en el Congreso
Eucarístico de Buenos Aires en 1934, donde se habían congregado
multitudes nunca vistas en tales eventos y que había repercutido intensamente
en la renovación religiosa del Cono Sur, se dirigía a los Obispos reunidos
ahora también en el marco de otra gran manifestación del pueblo cristiano
alrededor del misterio Eucarístico. Decía en su mensaje: "Es justo que nuestras
miradas se vuelvan con especial instancia a la multitud de fieles que viven
en ese continente. Pues, unidos y hermanados entre sí, no obstante la
diversidad de cada nación, por la proximidad geográfica, por la comunidad de
cultura y sobre todo por el supremo don recibido por la verdad evangélica,
constituyen más de la cuarta parte del orbe católico... No compartimos el
presentimiento del triste porvenir que algunos auguran... sino que, por el
contrario, abrigamos la gozosa esperanza de que la América Latina se
dispondrá, en breve, con vigoroso empeño, a cumplir la misión que la Divina
Providencia parece haber confiado a ese inmenso continente, que se
enorgullece de su fe católica, de tomar parte en la nobilísima tarea de
comunicar también en el futuro, a los demás pueblos los preciosos dones de la
paz y la salvación. Sin embargo, para lograr el cumplimiento de estos,
Nuestros votos, es necesario ponerse a trabajar inmediatamente con decisión,
generosidad y valentía; es menester no malgastar valiosas energías, sino
multiplicarlas con una apropiada coordinación. Si las circunstancias lo
aconsejan adóptense nuevos métodos de apostolado y ábranse caminos nuevos
que, dentro de una gran fidelidad a la tradición eclesiástica, sean más
acomodados a las exigencias de los tiempos y aprovechan las conquistas de la
civilización... Nos ha parecido, pues, oportuno, deseando también con ello
acoger insistentes súplicas de los Prelados de .América Latina, decidir que
la Jerarquía Latinoamericana se reúna a estudiar con toda atención en común
ese problema y acordar un plan y un método concreto para poner en obra, con
solicitud y competencia, todo cuanto exijan las necesidades de los tiempos.
(Carta Ad Ecclessiam Christi) Ya estamos en la 1° Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano de Río de Janeiro, 1955 DE RÍO DE JANEIRO
AL VATICANO II I - En los
primeros pasos
Todo concuerda en señalar que la idea del CELAM fue iniciativa de Mons. Antonio Samoré. Fue
resultado de su experiencia como Nuncio en Colombia. En 1952 se preocupa por reunir un Congreso en Bogotá, impresionado
por la descoordinación con que marchaban las numerosas organizaciones y obras
católicas en Colombia. Vuelve a la Santa Sede como Sustituto de la
Secretaría de Estado junto con Mons. Miguel Buró, y desde allí apoya al nuevo
Nuncio Mons. Pablo Bértoli, en una "Semana pro defensa de la fe",
celebrada en Enero de 1955, relacionada con el estudio de la difusión del
protestantismo en América Latina. Preside la reunión Mons. Agnelo Rossi; el
promotor principal de la campaña es el P. Eduardo Ospina. La reflexión en la perspectiva del conjunto de América
Latina hace ver la necesidad de coordinar a escala de América Latina. Si el
adversario tenía perspectivas globales, sólo podía elaborarse con eficacia
una respuesta que también fuera global. Así nace el Secretariado Latinoamericano
pro Defensa de la Fe; la primera anticipación, limitada, de lo que pronto
será el CELAM. Monseñor Samoré
propaga en la Santa Sede la idea de la constitución de un organismo
latinoamericano de proyecciones pastorales. Por eso la Santa Sede le envía a la Conferencia
Episcopal de Río de Janeiro, junto con el Cardenal Adeodato Piazza. Cuando el
CELAM se cree y se ubique en Bogotá, su primer punto de apoyo será el
Secretariado Latinoamericano pro Defensa de la Fe, ya existente, que se
transforma en uno de sus Sub-Secretariados. La Santa Sede tomó
una decisión capital al no aceptar la resolución de la Conferencia Episcopal
de instalar el CELAM en Roma. Señaló que debía ser en América Latina. Entonces los
Obispos eligieron a Bogotá como lugar estratégico, central para el conjunto
de América Latina. En la elección de la localización está en juego todo el
destino del CELAM. Instalarlo en Roma, era convertirlo, de hecho, en un nuevo
tipo de organismo de la Curia... La Santa Sede, como Pío XII lo había indicado en su
Mensaje de Navidad del 45, quería fortalecer las Iglesias de los otros
continentes. Para que las Iglesias
latinoamericanas tomaran mayor consistencia en la Iglesia Universal, debía
estimularse la gestación de un sistema eclesial del conjunto latinoamericano.
Sólo así, por otra parte, la incidencia de las Iglesias de la
"periferia" podía ser consistente en la misma Roma, y de tal manera
contribuir a la "des-europeización"
de la misma Curia Romana. Pío XII estaba poniendo las condiciones reales para
que eso fuera posible. De ahí su interés en "latinoamericanizar" a nuestras Iglesias locales. Este modo de actuar de Pío XII será patente en los
últimos años de su Pontificado. Toma su mayor intensidad entre la convocatoria
a la Conferencia de Río de Janeiro y la muerte del Papa (1958). En efecto, el
CELAM no hubiera pasado de sus
humildes comienzos sin el apoyo firme y sostenido de la Santa Sede. La
mayoría del episcopado latinoamericano, entonces limitado a las experiencias
diocesanas y moviéndose en el horizonte de cada país por separado, veía al
CELAM como algo remoto, artificioso y quizá hasta fantasmal. No sentía
directamente la urgencia de su necesidad. Por eso, al principio, sólo un pequeño y decidido grupo de
Obispos percibió la importancia de esa efectiva dimensión latinoamericana,
incluso para la revigorización de las propias iglesias locales. Será el
chileno Mons. Larraín quien comprende mejor la importancia y necesidad del
CELAM. El primer Secretario General del CELAM tuvo, desde el
principio, el sentido de los grandes horizontes latinoamericanos. Mons. Julián Mendoza expresaba: "Debemos también con el
Papa tener una visión general y de conjunto. Hoy día no basta el estudio de
un país ni mucho menos de una diócesis, ya no hay compartimientos cerrados,
no hay murallas chinas que aislaban y defendían a las ciudades. Hoy día, las
ideas, los problemas y los conflictos que prevalecen en un país repercuten en
otros, pudiéndose aplicar esto con mayor fuerza en la América Latina, sobre
la que actúan tantas influencias confabuladas". (II Asamblea - Fómeque,
1957). En las primeras Asambleas del CELAM, crecientemente
intensas, son un índice precioso de la autoconciencia del organismo, las
exposiciones que el Secretario General debía hacer, por obligación
estatutaria, sobre la situación del conjunto de América Latina y su Iglesia. Al comienzo la situación era paradojal. El CELAM estaba
formado, en sus Asambleas, por la representación de cada Conferencia Episcopal
Latinoamericana. Pero el CELAM existía más que la mayoría de sus componentes,
pues la mayoría de las Conferencias Episcopales nacionales no eran
permanentes. De ahí la preocupación central del CELAM en estos años: apoyar
el surgimiento estable de las Conferencias Episcopales nacionales, y para
esto, motivar la formación de las Secretarías Generales permanentes. De tal
modo, la misma estructura que va dándose el CELAM es tomada como modelo por
muchas Conferencias nacionales, en esta nueva etapa. En esos años la actividad de organización de las
Conferencias Episcopales surge en toda América Latina. La Santa Sede apoya
abiertamente este proceso, sin el cual el CELAM a su vez no podía vivir y se
condenaba al fracaso. El CELAM sólo podrá lograr plenitud, en la medida que
la logren las Conferencias Episcopales nacionales, a quienes sirve y con
quienes se forma. Esta es la inquietud obsesiva de los primeros años.
Verificación de estas afirmaciones es la aprobación, por la Santa Sede, de
los estatutos de las Conferencias Episcopales: México 12/6/ 55; Bolivia
19/5/56; Perú 3/7/57; Colombia 23/10/57; Chile 4/11/57; Ecuador 21/9/57;
Paraguay 30/3/58; Venezuela 2/9/58; Brasil 13/4/58; Haití 12/1/59; Argentina
25/5/59; etc. Como se ve, una avalancha. Y no era esto solamente. Son
también años de impresionante aumento de las diócesis en América Latina. De
tal modo, la Santa Sede multiplicaba los Obispos a la vez que los reunía. La
multiplicación requería la reunión, so pena de caer en una atomización
diocesana inconexa. En su relación a la III Asamblea del CELAM en Roma,
noviembre de 1958, Mons. Julián Mendoza resumía: "Crecimiento de la
Jerarquía. En los 19 años del pontificado del SS Pío XII, la jerarquía
latinoamericana tuvo un notable crecimiento. Se pasó de 268 a 436
circunscripciones eclesiásticas. Un aumento de 168 en este lapso,
correspondiendo el índice mayor de desarrollo a los tres últimos años, a
partir de la Conferencia General de Río de Janeiro". La III Asamblea del CELAM se reúne en Roma con ocasión
del primer centenario de la fundación del Colegio Pío Latinoamericano. Es de
señalar aquí la enorme importancia que tuvieron en este proceso los
"piolatinos", es decir, los ex alumnos de aquella institución. En
efecto, era el lugar donde se formaban generaciones con profundos vínculos
afectivos latinoamericanos, más allá de sus países. Allí chilenos,
argentinos, colombianos, etc., convivían y tenían su primera experiencia
"latinoamericana". Del Colegio
Pío Latinoamericano provenían muchos Obispos que serán la base del impulso
inicial del CELAM. Juan XXIII, electo Papa pocos días antes, dirige al
CELAM un significativo mensaje: "Se había propuesto cumplir
este acto nuestro inmediato predecesor de inmortal memoria. Quien, así como
autorizó la creación de Vuestro Consejo, así también había dispuesto que
después de tres años de su aprobación, casi como para recobrar ánimos y
fuerzas, para el futuro, se reuniera en el presente año -Centenario de la
Fundación del Colegio Pío Latinoamericano- en el Centro mismo de la
Cristiandad, bajo la mirada y cerca del Corazón del Episcopus
Episcoporum..." "No es necesario decir la
importancia que tiene el que en América Latina, lejos de vacilar,
resplandezca con luz siempre más viva la llama de la fe que desde los
primeros tiempos ilumina su historia; que esta noble familia de Naciones, la
cual va siempre engrandeciéndose y parece urgir en los umbrales del destino
del mundo para tomar en él una parte decisiva.” El Papa Juan hace un balance de la situación eclesial de
América Latina y juzga indispensable que los pastores latinoamericanos sepan
emplear los medios requeridos. 1. "Visión de la realidad. Una clara visión de la realidad de las
cosas, en todos sus aspectos, en sus progresos y eventuales retrocesos, de
los fines que hay que proponerse, de las posibilidades, de las dificultades,
de las vías más indicadas para conseguirlo..." 2. "Plan de Acción. Un plan de acción que corresponda a la realidad,
perspicaz en sus propósitos, racional en la selección de los medios que han
de emplearse. Sabido es que la Iglesia -aconsejada por la experiencia de los
siglos- prefiere dejar a sus hijos y a las organizaciones que florecen en
ella, a salvo siempre las razones de la Autoridad Jerárquica establecida por
el mismo Dios y el principio de la disciplina eclesiástica, aquella racional
libertad de movimiento que, aun en la sociedad humana, es fuente de riqueza,
de energía y de iniciativas. Pero también es verdad que cuanto más urgen los
peligros, tanto más alta y ardua es la meta hacia la que conviene tender,
tanto más necesario es ajustar sólidamente las filas para alcanzar el común y
difícil fin. Toca entonces a quien tiene la responsabilidad del éxito de la
empresa -esta Sede Apostólica- y, en unión con Ella, a los Pastores de las
Diócesis, procurar la cohesión y coordinación de las fuerzas a fin de evitar
toda pérdida, y sea posible obtener resultados que la voluntariosa, pero
disgregada generosidad de los individuos jamás podría alcanzar". 3. "Valiente ejecución del Plan. La valiente ejecución del plan
trazado después de largo estudio; sin dejarse desarmar por las dificultades;
sin perder ánimo por la lentitud del éxito o por las parciales desilusiones;
pronto a re-examinar los programas para adaptarlos a las situaciones cambiadas
o corregir eventuales defectos; fuertes en el comando, paternos en el
sostenimiento de las propias filas, confiados en Dios, Quien sabrá vencer sus
propias batallas, dando a sus siervos las fuerzas y la sabiduría
necesarias". 4. "Colaboración. Una amplia y cordial colaboración: no solamente
entre aquellos que, teniendo comunes preocupaciones y problemas pueden juntos
profundizar mejor los aspectos y reforzar, por lo menos en parte, las
recíprocas posibilidades de solución; sino también con cuantos estén en grado
y muestren posibilidad de prestar un auxilio fraterno, hoy tan indispensable
para América Latina". Juan XXIII termina formulando sugerencias como guiones:
siempre distinguir lo que es más esencial de lo que es menos, ¡ser de mirada
amplia!; es tiempo de construcción cuando "uno es el que siembra y
otro es el que cosecha" (Juan 4, 37); tener la amplitud de descubrir en
el bien común lo que asegura los intereses espirituales de cada diócesis. Y
para esta acción; programas a largo y a corto plazo. De largo plazo es la
meta grandiosa que da sentido y valor unitario a las diferentes acciones que
a ella conducen. Esta meta es "un
reforzamiento orgánico de las estructuras básicas de la vida eclesiástica de
vuestras naciones, que les permita extenderse en toda su benéfica riqueza
para ventaja de vuestros pueblos, en todos los campos en los cuales la
Iglesia tiene el derecho y el deber de extender su propia obra; de aquél más
estrictamente espiritual al sector de la caridad, de la enseñanza, al recto ordenamiento
de la vida social de conformidad con la Ley divina y de los verdaderos
intereses de la colectividad humana..." "Largo y no siempre fácil
es el camino que habéis de recorrer, Venerables hermanos, ¡afrontadlo!”corde magno et animo volenti".
Vuestra unión fraternal, en las preocupaciones pastorales, en el estudio y en
la acción os será de aliento y sostén". De tal modo, el Papa Juan daba
toda su fuerza a la idea de Plan y Programación ante el CELAM y los
Episcopados latinoamericanos. Esto requiere un gigantesco cambio de
estructuras y hábitos, que todavía está en proceso y que en pocos países ha
madurado suficientemente en el orden de las dinámicas institucionales. Las
instituciones no son como el pensamiento que puede variar al instante. Los problemas iniciales de la existencia del CELAM
involucraban en toda la Iglesia Latinoamericana vastos problemas
institucionales. Mas para comprender el contenido de los desafíos que
justamente hacían nacer y desarrollar al CELAM, es indispensable volver al movimiento
del contexto histórico general que lo envuelve y condiciona. El año de 1955, en que se celebró la Conferencia General
del Episcopado Latinoamericano en Río, es momento significativo en varios
aspectos. En primer lugar, sigue
acelerado el proceso de "descolonización" de África y Asia, con
guerras de liberación como en Argel. Es la Conferencia Afroasiática de
Bandung. En consecuencia, la emergencia paulatina de una gran novedad
histórica: el Tercer Mundo. Este término designa simplemente algo que no coincide
con las dos superpotencias, ni con el mundo altamente industrial que existe
dentro de la hegemonía capitalista. Representa los pueblos pobres de la
humanidad que son la mayoría. En América Latina, a poco de terminada la
guerra mundial. Perón había lanzado la
"tercera posición".
La idea de tercera fuerza y tercera vía entre las dos superpotencias
reaparece de modo multiforme en nuestro tiempo. Hay en el Tercer Mundo (e incluso en otros dos) quienes quieren
ser esa fuerza y esa vía, pero no es asunto sencillo. Las dos superpotencias
coinciden en cerrar esas posibilidades. Prefieren que todo se reduzca a la
una o a la otra. El hecho es que en la Conferencia de Bandung se pone el
primer jalón para esa presencia creciente del Tercer Mundo, que será masiva
en la década del 60 y que permitirá a América Latina sentirse parte singular
de ese Tercer Mundo. África negra está ya en su proceso de liberación. Las
independencias de Ghana y Guinea hacen punta. (1957-58). En segundo lugar, es el año del ascenso en Rusia de Nikita Kruschev. En 1953, había
muerto Stalin. Se iniciaron signos de distensión tanto interna al bloque
soviético, como en sus relaciones externas. En 1956 se celebra el XX Congreso
del Partido Comunista Soviético; se denuncian los crímenes de Stalin. Es el
"deshielo", según el
término de la novela de I. Ehrenburg. El aflojamiento del terror. Hay así una
gran crisis de autoridad en el comunismo mundial. Los revisionismos toman
vigor. Es la rebelión polaca de Gomulka y la húngara de Imre Nagy, inmensos
movimientos populares, que reafirman a la Iglesia, y que, incluso, liberan a
Mindszenty. Viene el aplastamiento militar del pueblo húngaro por los tanques
rusos. Pero la marcha del deshielo, sofrenada, prosigue. En las dos conferencias mundiales del partido comunista
de noviembre de 1957 y noviembre de 1961, se reconoce el policentrismo, la legitimidad de distintas vías para
el socialismo. Se hace visible el gran cisma marxista entre Rusia y China.
Se multiplican los indicios de ruptura, que incluyen a Albania. Pero Rusia en
pleno desarrollo industrial, pasaba la oprimente etapa de la "acumulación primitiva"
stalinista, está en condiciones de iniciar una economía de
"bienestar" y de consumo. Tan optimista se muestra Kruschev en el
desarrollo soviético, que anuncia alcanzar la sociedad comunista para los
años 80. No sólo tiene la bomba atómica, sino que ahora toma la delantera con
el Sputnik (1957) y poco después el Lunik, inaugurando la "carrera espacial". En el orden internacional, la Coexistencia Pacífica
comienza a desplazar a la Guerra Fría. Se pasa a la "competencia
económica e ideológica". Ya en 1958 el gran economista católico F.
Perroux podía reflexionar ampliamente sobre las nuevas estructuras mundiales
en su obra "La Coexistencia Pacifica". En el Occidente Industrial, la situación variaba
aceleradamente, pues la recuperación europea era espectacular. En el 55 La
Conferencia de Messina apronta el Mercado Común, que se concreta en Roma,
1957. El CEE se vuelve un nuevo polo de poder industrial, con una Alemania
Federal que se incorpora a la OTAN en 1955, a la vez que es reconocida por
Rusia. En el 58, la guerra de Argel provoca el ascenso de De Gaulle y su
Quinta República. En Europa, y mucho más aun en Estados Unidos, la dinámica
de la prosperidad no tiene precedentes en la historia. Puede sintetizarse en
el título de la obra de Galbraigth "La Sociedad Opulenta" (1958). En el Extremo Oriente, Japón está también en esa
extraordinaria carrera. El despliegue científico-tecnológico y el aumento de
la productividad es tal en los países industriales, que se hacen cada vez más
ostensibles las diferencias de desarrollo con los países del Tercer Mundo. La
temática del "desarrollo" y el hambre inunda la literatura mundial. En América Latina en el 55 sobreviene el derrocamiento
de Perón. La Iglesia en conjunto le había apoyado en su ascenso; el anticlericalismo final de Perón, cuyos
orígenes nunca se dilucidaron claramente, precipitó su caída. Luego se
reconcilia con la Iglesia en 1961. La revolución boliviana se empantanaba en
la baja de precios del estaño. En Brasil, el impulso desarrollista de
Kubitschek. En el 56, Fidel Castro está en Sierra Maestra. En el 57 cae Rojas
Pinilla y aparece el Frente Nacional en Colombia; cae Pérez Jiménez en
Venezuela y luego Betancourt gana las elecciones. En este lustro irrumpe en
América Latina, como perspectiva dominante, la cuestión de "desarrollo". Conviene
señalar sus caracteres y ver cómo se relaciona con el proceso eclesial. Ya la revista Latinoamérica había saludado en 1951 la
aparición del informe "Estudio Económico de América Latina" (1949)
de la CEPAL. Era el Manifiesto fundador de una institución que iba a tener
una gravitación creciente en el pensamiento latinoamericano. Gustavo Lagos explica así el
nacimiento de la CEPAL: "La creación de las
Naciones Unidas coloca a los países latinoamericanos en un contexto universal
y América Latina, al confrontar sus características con las del resto del
mundo, empieza a definir sus propios rasgos e intereses comunes. Por primera
vez dentro de la estrategia mundial del poder se habla del "grupo
latinoamericano"... En las gestiones tendientes a la creación de la Comisión
Económica para América Latina el grupo latinoamericano se va a definir a sí
mismo señalando sus particularidades económicas, demográficas, sociales y
políticas comunes. En el discurso en que el embajador de Chile propone la
creación de la CEPAL se habla ya de la "comunidad latinoamericana". Con la CEPAL, dirigida por Raúl Prebisch, se va a formar
una generación intelectual propiamente "latinoamericana". En el
siglo XIX, la última generación "latinoamericana" fue la de la
independencia, con su centro en Bolívar y con su heredero intelectual Andrés
Bello. Luego cada país vivió por separado, a espaldas del resto. Era el
"desarrollo" hacia afuera. Sólo quedaron algunos pensadores
sueltos, como Torres Caicedo, algunas propuestas de "unión
aduanera", algunos intentos efímeros de reunión.
Luego de la primera guerra mundial, la siguiente generación
latinoamericana será la de la Reforma Universitaria, con su máxima expresión
en Víctor Raúl Haya de la Torre. Ahora el "latinoamericanismo" no es sólo de
intelectuales, pasa a los estudiantados y da origen al primer partido
político (APRA) que se propone la unidad de América Latina. José Vasconcelos es como el puente de
las dos generaciones. Esta generación nacional de la "entreguerra"
tendrá, como ya dijimos, los polos "indo" e "hispano"-
americanos, será la más original y renovadora, planteándose la revisión de la
historia. Y ahora, tras la Segunda Guerra Mundial, en una América
Latina que luchaba por industrializarse, que se urbanizaba, que necesitaba
imperiosamente mercados más amplios que los estrechos de la mayoría de sus
países, surge una tercera generación latinoamericana, esta vez de
economistas, contadores y sociólogos. La CEPAL será su lugar máximo de
encuentro. Una América Latina dividida en países dependientes hacia
el exterior, sólo podía pensarse como "totalidad" desde fuera de sí
misma. Desde dentro, sólo podía verse "fragmentariamente". Por eso
el "modernismo" y su conciencia estará ligado a la convivencia
literaria "latinoamericana" en los cafés de París y Madrid. Desde
Europa, podía verse América Latina como una. Por eso desde la ONU, desde la
CEPAL, un mirador burocrático internacional-supranacional, podrá examinarse a
América Latina como conjunto. Si no imposible, era muy improbable una mirada
"latinoamericana" desde
el encierro en cada país. Por eso también, la unidad de la Iglesia
latinoamericana y su necesidad, es vista ante todo desde el mirador universal
de Roma. Era muy difícil que los obispos inmersos en sus diócesis, pudieran
elevarse a tal horizonte, que les parecería necesariamente
"abstracto" e "irreal". Sólo la experiencia del CELAM, de
ese mirador concreto que posibilitaba y exigía realmente una perspectiva
latinoamericana, irá formando una "conciencia latinoamericana" en
el episcopado. En el CELAM, a su alrededor, en intelectuales o expertos
de todo tipo, se irá formando también una generación católica
"latinoamericana", paralela, con interpenetraciones, a la cepalina,
aunque con arraigos y lógicas muy distintas. La CEPAL
comenzó con un enfoque económico, planteó
en ese ámbito la relación centro-periferia, la relación de los términos del
intercambio desfavorable para América Latina y esbozó una teoría del
desarrollo económico latinoamericano, centrada en la industrialización.
Esto le llevó a percibir la estrechez
de los mercados internos, y a proyectarse hacia una perspectiva integradora
de América Latina. El proceso del Mercado Común europeo impactaba. La
literatura de la integración comenzaba su multiplicación a partir de G.
Myrdal: "Solidaridad o desintegración" (1955). Desde sus inicios
mismos, la CEPAL había estado ligada al proceso regional de integración
centroamericana, que arranca con la ODECA (Organización de Estados
Centroamericanos) 1950. Debemos acotar que luego se fundará el primer Consejo Episcopal regional, el
centroamericano, lo que señala una vez más la convergencia de los
procesos. Sigue un intenso proceso de acercamiento entre las cinco pequeñas
repúblicas, que culminan en el Tratado General de Integración Económica de
Managua (1960). Se crea el Mercado Común Centroamericano (MCCA). En términos más amplios, a impulso de la Operación Panamericana propuesta por
Kubitshek, se requiere redefinir las relaciones con Estados Unidos, y salir
de los moldes jurídicos en que se movía la OEA. Estados Unidos era reticente
para comprometerse en un diálogo económico. Prefería la "libre empresa". Era, en este
último lustro de los 50, la discusión entre estructuralistas (CEPAL) y monetaristas
(liberales neoclásicos. Fondo Monetario Internacional). Sólo la reacción
despertada en 1958 por la visita de
Nixon a América Latina, lleva a Estados Unidos a aceptar la creación del BID (Banco Interamericano de
Desarrollo) que se inaugura en 1960. En ese mismo año se realiza la fundación de la ALALC (Asociación Latinoamericana de
Libre Comercio), en el tratado de Montevideo. Esta surge del intento de una
zona de libre comercio en el Cono Sur, que luego se amplía a un marco
sudamericano, para finalmente, con la participación de México, volverse
latinoamericana. Todo este proceso lanzó inevitablemente a la palestra la
temática de la "planificación".
Aparte de la tradición autoritaria del plan soviético, había un "planismo" que se originaba en los
años 30 con Henri de Man, luego retomado por Mannheim. En esta línea se
inspirará el ahora creciente "planismo"
latinoamericano, acorde con las nuevas exigencias del Estado moderno. De modo
paralelo, hemos visto cómo Juan XXIII
lo impulsaba en la iglesia. El despliegue de la temática económica fue llevando a la
CEPAL hacia horizontes más amplios y complejos. No sólo a las cuestiones de
la integración, sino también a la problemática social. Esta aparecía candente
a fines de la década de los 50 con "los
obstáculos al desarrollo". No se podía penetrar en lo económico sin asumir
lo social y más aun en una perspectiva de transformaciones. Así la
Conferencia sobre aspectos sociales del desarrollo económico de América
Latina, reunida en México (1960) y patrocinada por la UNESCO y la CEPAL, es
como una suma del conocimiento sociológico acumulado en esa década. En el
marco de la sociología "científica" sellada principalmente por los
conceptos y métodos de la sociología norteamericana funcionalista, cada vez
más influyente desde la post-guerra, que podría simbolizarse desde el 55 en Gino Germani y su bipolaridad: "Sociedad tradicional sacral versus
sociedad moderna secular", que en una u otra medida, toma a todos
los sociólogos de las nuevas promociones. Incluso a los que después se volverán semi-marxistas.
Esta sociología "científica", descalifica a los
"pensadores" de la generación nacional anterior. Su origen
"panamericano" le hace borrar la historia latinoamericana, la
vocación nacional. Y también el "desarrollo" y la sociología
estaban en auge entre los católicos. El primer indicio había sido la formación de un grupo de
Economía y Humanismo, 1948, en Montevideo. Era la obra que impulsaba un gran
apóstol, el dominico L. J. Lebret.
Este era un empírico y un práctico (a la vez que un espiritual) y en análisis
y respuestas a situaciones concretas cada vez más vastas, fue elaborando su
pensamiento. Su influencia fue extendiéndose en toda América Latina, y en
este último lustro de los 50 alcanzó su apogeo. Antes de Lebret, circulaba
entre nosotros, por ejemplo, el Tratado de Sociología Católica, de Llovera,
escasamente sociológica y sí de doctrina social y posiciones jusnaturalistas.
Tristán de Atahyde, un precursor
de la sociología entre los católicos, tampoco iba mucho más allá. Con Lebret entran las técnicas de análisis concretos,
métodos sistemáticos de investigación empírica (Guía práctica de la encuesta
social). Su reflexión armoniza fácilmente con la CEPAL, pero su preocupación
esencial era social. El drama del Tercer Mundo y de América Latina le
conmovían y no le llevaban a la retórica, sino al rigor. Hace estudios en
Brasil, Colombia, Perú, etc. La pasión de la reforma social le lleva a una
teoría del desarrollo y termina fundando la
revista Desarrollo y Civilizaciones (1960). A la vez, a fines de los 50, comienza
la fundación de los CÍAS (Centro
de Investigación y Acción Social) de
los Jesuitas en toda América Latina. Gente formada ya directamente en el
ámbito de la sociología norteamericana,
lo que no es extraño, ya que ésta penetraba también en toda Europa
Occidental. Si en la primera post-guerra, la sociología alemana había sido la más poderosa, en la segunda era
la norteamericana (que por otra parte deriva en alto grado de la anterior), y
alcanzaba entonces una gran síntesis en Talcott
Parsons. Aunque, a la verdad, nadie en América Latina alcanzaba ese nivel
teórico. Pero volvamos a lo nuestro. De todas estas fundaciones
jesuitas, alcanzará mayor notoriedad la del Centro Bellarmino, dirigido por Roger Vekemans. Este fundará luego DESAL. Allí se intentará elaborar una teoría explicativa del
subdesarrollo latinoamericano, alrededor del enfoque de la
"marginalidad', y se comenzará a ensayar tipologías socio-económicas de
los países latinoamericanos. En lo que respecta más específicamente a la Iglesia, la
revista Latinoamérica había dado en 1953 los primeros signos de interés por
la sociología religiosa de Le Bras
y luego por las inquietudes de Boulard, para una "pastoral de conjunto", orgánica. Primeras versiones de
"planes" nacionales en la
Iglesia. Desde sus comienzos el CELAM se preocupa por la
sociología. Quiere conocer con objetividad el mundo en que se inserta. En su
primera asamblea hasta se propone fundar un departamento de investigaciones
de sociología religiosa o de investigaciones sociales. Esta inquietud
reaparece constantemente. No se fundará tal departamento, pues Feres
(Federación Internacional de los Institutos Católicos de Investigaciones
Sociales y Socio-religiosas) con sede latinoamericana en Bogotá, entre 1958 y
1961 realizará el estudio sistemático sobre el conjunto de América Latina en
relación con las estructuras eclesiásticas y el cambio social y religioso.
Será, hasta hoy, la obra más vasta acometida, que tomó centros y grupos de
investigación en toda América Latina. Comenzaban obras a escala y realización
latinoamericanas. No se ha vuelto a emprender nada semejante. Mons. Luigi
Ligutti, observador permanente de la Santa Sede en la FAO, fue su gran
sostén. El mayor acopio dé información que se ha realizado eclesialmente en
América Latina. Incluso se intenta elevar a una síntesis histórica del
conjunto del proceso eclesial latinoamericano. Y eso, aunque incompleto,
también es novedad. En ese orden, dos últimas observaciones. El canónigo
Boulard pide al CELAM le auspicie en su tarea de ayudar a la formación de las
Conferencias Episcopales, fenómeno que estaba entonces en plena ebullición,
cuando se tanteaba sobre la "pastoral de conjunto". En cuanto al desarrollo mismo del CELAM es visible, de
asamblea en asamblea, una perspectiva más coherente de América Latina. Por
una parte, su acento es siempre social. Mons. Larraín subraya la necesidad de
la colaboración íntima entre Teología y Sociología. Por la otra, el CELAM va
ubicando el nivel de sus interlocutores: Los Estados Latinoamericanos a nivel
de sus organismos continentales, especialmente la OEA. Sus relaciones con la ONU, principalmente la UNESCO, en
su incidencia latinoamericana. Por otra parte, además de las Conferencias
Episcopales, va tomando perspectiva del conjunto de movimientos laicales a
escala latinoamericana, de su diálogo con la CLAR (Confederación
Latinoamericana de Religiosos) recién nacida en 1958. También anuda sus
relaciones con la Sede, que funda para esto un organismo especializado, la
Comisión Pontificia para América Latina, CAL. DE MEDELLÍN A
PUEBLA (1968 - 1979) El tiempo que corre de Medellín a Puebla es uno de los
períodos más ricos y complejos de la historia eclesial latinoamericana.
También de los más desgarrados y polémicos, de los más tensos. Hay un entrecruzamiento
de acontecimientos de diferente significación que, sin embargo, se enlazan en
formas extrañas. Coinciden en América Latina, por una parte, el impacto
post-conciliar y, por otra, el que las Iglesias latinoamericanas alcanzan la
madurez y su propia voz. El precio de la
madurez es alto.
Como ésta se logra sólo alrededor de las cuestiones fundamentales, los
conflictos son profundos y por lo común hay que pasar momentos de rupturas y
crisis. En los años post-conciliares se produjo la sacudida quizás
indispensable, para que lo que se venía preparando en nuestras Iglesias
alcanzara su propio ser. Años post-conciliares que se arremolinan en
Medellín, para desde allí ir tomando nuevo cauce, con insólito dramatismo
donde se pasaba muchas veces, con facilidad, de lo trágico a lo grotesco y
viceversa. Dramas que la Iglesia no había vivido antes ni durante el
Concilio. Es curioso: el costo de los cambios y los nuevos rumbos tuvo que
pagarlo después, no antes. Las contestaciones no vinieron a abrir las puertas,
llegaron después de que se abrieron. Lo mejor y lo peor, en tales momentos
históricos, alcanzan una densidad imprevisible. Cada paso es juzgado con
pasión, sospechado con pasión, emprendido con pasión; no siempre bajo el
señorío de la prudencia. Esta introducción se inscribe en tal situación. Por eso
una sinopsis tan breve de estos años no es difícil. Nos haría falta mayor
espacio para exponer de modo inequívoco, matizado y justo este proceso y sus
tendencias. Entonces preferimos ahora lo contrario, es decir, entrar mucho
menos en evaluaciones y ser más escuetos, más cortos en proporción a lo
sucedido en este período. De tal modo, paradójicamente, en lo que más conocemos,
seremos más parcos. Habrá oportunidades distintas, más propicias, para evaluar
y discutir a fondo estos años tan decisivos en la vida de las Iglesias
latinoamericanas y del CELAM. Bajo el signo de
la liberación
De tal modo, los textos de Medellín son más dramáticos,
tienen un movimiento interior mucho más intenso y conflictual que los de Mar
del Plata. Anudan un gran movimiento latinoamericano con el propio movimiento
eclesial. La preocupación no es la "defensa
de la fe" como en Río de Janeiro, sino la solidaridad radical de la
Iglesia con los pobres y oprimidos de América Latina y el sentido bíblico de
la irrupción del Dios liberador en la historia. Desde allí se comprenden los
pasos principales de Medellín, su
crítica al neocolonialismo externo e interno, su apoyo firme a la encíclica Humanae Vitae, su vocación por la
participación, su crítica a la "violencia
institucionalizada" y su preferencia por la paz, pero en lucha por
la justicia. Une el gran sentir latinoamericano con el sentir eclesial. Los orígenes de esta lectura en clave de "liberación", fuentes próximas y
remotas. La más próxima, es la ponencia escrita de Don Helder Cámara en Mar del Plata y el movimiento de "presión liberadora" que
propulsaba en ese mismo año de 1968. Más remotas, en el lenguaje de la
resistencia francesa de la Guerra Mundial, con su célebre periódico Liberación, donde participaron tantos
católicos. De allí pasó a los movimientos de "liberación" de los pueblos coloniales que iban a configurar
el emergente Tercer Mundo. La palabra impregnaba todas las voces de ese tiempo. La
liberación se agitaba en relación con la situación tradicional de la mujer.
Las metrópolis tenían también muchos movimientos de liberación, más
equívocos. Aparecían morales sin obligación ni sanción, sin deber ni ley,
etc. Existía la liberación ansiada por los pobres, pero también las liberaciones permisivas de la opulencia; a
veces, ambas se entreveraban en las universidades latinoamericanas y en
nuestras clases medias. Ninguna palabra escapa a la ambigüedad y la corrupción;
mucho más si son significativas y valiosas. Amor, justicia, libertad, por ser
de las mejores, son las más expuestas a la corrupción. Pero la palabra
liberación tenía todavía raíces más profundas; venía de la percepción de la
historia como proceso de liberación con sus raíces en la Ilustración y en el
hegelianismo, entre otras filosofías de la historia, semejantes en esta dirección.
La Iglesia había tenido un gran conflicto con estas
perspectivas, pues aparecían ligadas a visiones inmanentistas, que negaban la
trascendencia y a Dios creador y providente. Así se dio la paradoja de que la
Iglesia apareciera ante muchos como negadora de la libertad, cuando ella en
Trento había reafirmado la dignidad y la libertad del hombre contra las
negaciones del protestantismo original. Por eso, desde tales fundamentos,
pudo recuperar después el sentido jurídico de las libertades modernas, como
vimos en Pío XII, Juan XXIII y el Concilio. Dentro de los marcos del Tomismo, en las rutas de
Maritain, un De Finance en 1955, en su obra Existence et liberté, veía la historia como un proceso de
liberación y realizaba una tipología de las distintas formas de liberación
(técnica, económica, social, científica, moral, artística, religiosa), para
ver sus conexiones y diferencias con la radicalidad liberadora religiosa. En
la 1° Conferencia Episcopal de Río de Janeiro, se expone el tema: "Eucaristía y Liberación". Este
vasto y complejo movimiento de recuperación cristiana de la liberación bien
presente en el Concilio Vaticano II, sólo logra plenitud de sentido asentado
en su fuente más profunda, que es bíblica. Sólo desde allí la recuperación es
cabal, verdadera, completa. La resonancia de Medellín está en que repone, ante todo,
la liberación en su fuente bíblica y, por ende, con los pobres. Aquellas
inquietudes suscitadas por Gauthier,
un poco en los aledaños del Concilio, son retomadas y puestas en primer plano
por el Episcopado Latinoamericano. Son sólo tres o cuatro relámpagos, pero
que dan unidad al conjunto de Medellín y que suscitarán numerosos desarrollos
y aun posiciones encontradas. América Latina, como continente, será el primero en
reunirse eclesialmente para examinar el tema de "La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del
Concilio". El significado de Medellín se captó inmediatamente en
"El Tiempo", periódico de Bogotá (20-9-1968): "Fue un Pablo, el tercero
en la serie de los Papas, quien
declaró racionales y con alma inmortal a los nativos de las tierras recién
descubiertas por los españoles. Es otro Pablo quien ahora contempla y
estimula su mayoría de edad dentro de la Iglesia. En Medellín se arraigó la convicción de que América Latina posee una
dinámica propia que la capacita para pensar sus fórmulas de solución y
preparar su futuro... En la historia de las relaciones Vaticano-América
Latina, Medellín ha abierto un nuevo capítulo: el de la mayoría de edad. Que
cuando se abre en la vida familiar va acompañado de una curiosa mezcla de
nostalgia y de gozo". Se cumplía así la perspectiva del Mensaje de Navidad del
45 de Pío XII y el sentido de su impulso al CELAM. En toda maduración hay nerviosismos adolescentes. Entonces
se quiere "matar al padre".
Se quiere ser el propio padre; cuando esto se alcanza, se reconoce
serenamente al padre. Es como si á la responsabilidad se llegara por
mediación de una crisis de irresponsabilidad. Un poco de esto tuvieron los
años post-conciliares. El cambio de formas y modos de ejercicio de la
autoridad en la Iglesia trajo bataholas anárquicas, irritadas, quizá de puro
desconcierto. Vehementes afirmaciones de sí, de pura inseguridad. Pasajes que
Pablo VI supo acompañar y sobrellevar con admirable paciencia, sufrimiento y
confianza. Si las aguas desbordan los viejos diques, tal era la
voluntad del Concilio, había que seguirlas y ayudarles a formar los nuevos
cauces. Claro, a veces, se formaban ramales que no tendrían jamás
desembocadura, que se separaban de la Iglesia. Congar, que había escrito en los años 50, Verdadera y Falsa reforma de la Iglesia ahora medita sobre la Verdadera y Falsa contestación en la
Iglesia. El apogeo de las crisis post-conciliares llegó entre los años 67
y 74. No hubo cristiano que los viviera, que no atravesara su noche oscura.
El 7 de diciembre de 1968, Pablo VI
decía: "La Iglesia se encuentra en
una hora de inquietud, de autocrítica, se diría aun de autodestrucción".
Y agregaba: "El tumulto que toca a la Iglesia, como es lógico, repercute
sobre todo sobre el Papa". Pero precisaba: "Se esperan del Papa
gestos sensacionales, intervenciones enérgicas y decisivas. El Papa entiende
que aquí no debe seguir otra vía que aquella de la confianza en Jesucristo:
será El quien calmará la tempestad". Y terminaba: "Las pruebas son
difíciles, a veces duras, pero la realidad de nuestro sacerdocio nos hace
bendecir al Señor por estas pruebas... El Papa será el primero en ejecutar el
mandamiento (de la confianza en Dios) y abandonarse, sin angustia inoportuna,
al juego misterioso de la invisible pero tan segura asistencia de Jesús a su
Iglesia". Un síntoma de la crisis: las peticiones de reducción al
estado laical pasaron de 167 en el año 1963, a 1.128 en 1965; a 2.263 en
1968; a 3.800 en 1970. En los cuadros de la militancia laical, la crisis
también hacía estragos. Desde fines de los años 50, la Acción Católica se había ido disgregando en todos los países, con
la sola excepción de Argentina y México. Pero fue sustituida por pujantes
movimientos de Acción Católica
especializada. Estos fueron dinámicos trasmisores en América Latina de
las grandes inquietudes que desencadenaba el Vaticano II. Fueron un
tumultuoso fermento, y a su vez, a fines de los años 60 se encontraron en
franco proceso de desmantelamiento. Tuvieron ante todo "crisis de identidad" cristiana, católica, y pronto se
convirtieron en grupúsculos donde un marxismo primitivo, de segunda mano,
hacía estragos. Alimentaron, en sus organizaciones juveniles, toda clase de
aventuras, ligadas a las crisis de sus sacerdotes asesores. El aventurerismo
fue su destino trágico. Permanecieron y se difundieron con vigor, movimientos
más radicados en el ser eclesial, como los "Cursillos de Cristiandad", "Focolares",
"Schoenstatt", etc. En Brasil, se expandieron intensamente las Comunidades Eclesiales de Base (CEB)
y una vasta literatura al respecto inundó a América Latina. Las CEB
fueron impulsadas por Medellín y
son adecuadas para la renovación parroquial, pues son eminentemente
vecinales, singularmente .aptas para las poblaciones de las márgenes en las
urbanizaciones. Su vitalidad en muchos países ha sido notoria, aunque por
cierto no llenan el vacío que dejaba la descomposición de los movimientos
"funcionales", en los que
también Medellín hizo hincapié, pero sin éxito. Diríamos que alrededor de 1970 toman cuerpo las
tendencias fundamentales del pensamiento católico latinoamericano, que hace
ahora sus primeros pasos a partir de Medellín. Un autor como J. Comblin puede servir de símbolo de
la diferencia de climas entre la apertura de los años 60 en la Coexistencia
Pacífica y el epicentro del 70. En efecto, diez años antes escribió Teología de la Paz y ahora, en vez, Teología de la Revolución, como dos
"sumas" de ambas
situaciones históricas y la dinámica de su cambio. Mencionamos a Comblin,
pues aunque es europeo tiene títulos suficientes de latinoamericano; por lo
menos tanto como muchos latinoamericanos dependientes de Europa, aun en su
latinoamericanización. Lo que es normal. En su Teología de la Revolución, Comblin asume la problemática
revolucionaria en la historia europea y latinoamericana, en vasto fresco de
esa lucha por la "Constitutio
libertatis". Las revoluciones
intentan la instauración de la libertad, aunque puedan revertir en su
contrario. Este
es otro aspecto importante. Para los cristianos, bajo la impronta de la
interpretación tradicionalista, la revolución tenía un contenido religioso y
metafísico ateo. Así la presentaban también muchos revolucionarios modernos.
Pero en América Latina, por lo menos a partir de un célebre número de la
revista Mensaje de 1962, la revolución es un término que comienza
a perder esa forzosa ligazón con lo antirreligioso, lo anticatólico y ateo.
En el momento de Medellín, ya revolución de suyo no tenía connotaciones
anticristianas inevitables. Las percepciones profundas de Pacem in Terris habían hecho camino. El proceso post-Medellín está marcado por la incidencia
de nuevos acontecimientos históricos latinoamericanos. Por una parte. Brasil comienza aproximadamente desde
1968, su gran despegue industrial, el llamado "milagro brasileño" con que el país, bajo la férrea dirección
del Ejército y las inversiones de grandes multinacionales, penetra
definitivamente en la sociedad moderna industrial. Allí la Iglesia, en medio del desarrollo económico, se convierte en
portavoz de las libertades cercenadas y de la participación social postergada.
Por otra parte, en Perú,
también desde el 68, bajo la conducción del Ejército, con Velasco Alvarado, se intenta la
primera gran empresa de transformación social claro que con posibilidades
mucho más limitadas. Habrá un intento
del socialismo sin connotaciones filosóficas ateas y materialistas. Por
eso el Episcopado Peruano es el
primero en legitimar opciones socialistas en los cristianos. En Chile, todo es más candente. Se trata del ascenso de Allende al gobierno, en 1970. La
situación es más compleja, pues su repercusión en la Iglesia, refuerza bajo
nuevas variantes lo que ya venía sucediendo debido a la atracción de
cristianos por el foquismo: la aparición de "cristianos marxistas". Esto es mucho más preciso que la relación con las
revoluciones y con los socialismos, pues se refiere a una filosofía bien determinada,
inequívoca en cuanto a su negación de Dios y de la religión. La aparición en
Chile de los "cristianos para el socialismo" es así equívoca. Se
trata, en rigor, de los "cristianos
para el marxismo", lo que es otra cosa. ¿Es posible esa simbiosis? Sobre este punto exacto se irá
desarrollando la mayor lucha ideológica en la Iglesia latinoamericana
post-Medellín. Claro, unos quieren desfigurar este punto exacto y simulan
otros frentes de batalla como, por ejemplo, los pobres. Es lo que se llama en términos militares
"estrategia de aproximación indirecta". La cuestión central de división, en su esencia, no son ni los pobres,
ni la revolución, ni el socialismo, sino algo mucho más específico: el
marxismo. Creo que, en distinto grado, se ha ido formando un cierto
consenso eclesial al respecto, tanto en relación con los pobres, como con la
legítima libertad de opciones cristianas, en relación con planteos
socialistas o revolucionarios. En verdad hay posiciones que en su crítica al marxismo,
quieren cerrar también la posibilidad de opciones socialistas o
revolucionarias entre los cristianos. Sabemos que en la historia, no todos
los actores dicen cuál es el motivo principal que les mueve y realizan rodeos
bajo otras apariencias. Lo saludable aquí es poner el problema donde realmente está, no donde no existe. El
diálogo y la polémica eclesial honrados deben aventar en lo posible estas
confusiones, en razón del sentido al servicio a la Iglesia de Cristo. Esta es
la cuestión que, históricamente, en la Iglesia post-Medellín ha adquirido el
primer plano. Veíamos cómo en 1970 se reflexionaba sobre la "Constitutio
libertatis". Es el momento del surgimiento de las teologías
latinoamericanas de la liberación. Es un acontecimiento posterior a Medellín,
abierto por Medellín. No son las
teologías de la liberación las que generaron a Medellín; Medellín desató las
vertientes para las teologías de la liberación. Quien tuvo el sentido de
precipitar la atmósfera y acuñar el término "teología de la
liberación" fue Gustavo Gutiérrez.
Es también el principal formulador del ensamble de teología y marxismo,
posibilitado en su origen por teologías secularizadoras. La otra vertiente principal de la teología de la
liberación surge ligada al ascenso de un vasto movimiento nacional y popular
en la Argentina de este tiempo. Allí, a partir de Medellín, se ahonda en la
pastoral popular, se reivindica la religiosidad popular y se la pone en
conexión con la liberación. Lucio Gera
es su más típica expresión. Estas dos tendencias de la teología de la
liberación tendrán en América Latina una variada gama de expresiones y
posiciones. Una, la que componía con el marxismo, se conectó íntimamente con
grupos ecuménicos, que habían hecho su propia evolución convergente desde la
Conferencia ecuménica de Ginebra en 1966, principalmente bajo la inspiración
de la teología de la revolución de
Richard Shaull, un protestante norteamericano que había vivido muchos
años en Colombia y Brasil. Estas conexiones le dieron una amplia difusión en
estratégicos medios de comunicación y grandes recursos económicos. La otra, la nacional,
que acentuaba el método "histórico-cultural", fue coincidiendo más
con la dirección que marcaba el Sínodo del 74 y la Evangelii Nuntiandi de Pablo VI. Es imposible ahora entrar en el análisis de los
complejos movimientos, desarrollos y luchas que pueden enmarcarse, de un modo
u otro, hacia una o hacia otra tendencia. Pero borrarlas de estos años, sería
borrar estos años. DESDE LA EVANGELII
NUNTIANDI A la altura de 1975 la situación variaba profundamente. Era el naufragio de las experiencias que
habían encarnado Velasco, Allende y Perón. En cambio. Brasil iniciaba su lento proceso hacia la
democratización. El
"foquismo" urbano era aniquilado en Uruguay y Argentina. Se
desarrollaban temáticas del "cautiverio" y se extendía la reflexión
y la denuncia sobre las teorías militares de la "Seguridad nacional". Las nuevas dictaduras volvían a
planteos neoliberales, monetaristas, bajo la enseñanza de Hayek y Friedman, que pesaban sobre
las espaldas de las masas populares y de sus aspiraciones. La sociología se
silenciaba y volvía un economicismo neoliberal. Por otra parte, había síntomas mundiales nuevos. Se
había desatado la crisis petrolera, la OPEP emergía como nuevo protagonista.
Las bases energéticas de la prosperidad de la sociedad opulenta están en
cuestión. La crisis del dólar se acentúa y comienza el clamor por un nuevo
orden internacional. De las bases de Bretton Woods ya no .quedaban sino
ruinas. Estados Unidos sufría derrotas internas y externas, Watergate y
Vietnam. Quedaba como moralmente paralizado e indeciso. Su antiguo monopolio
hegemónico de la post-guerra del 45 se había quebrantado, pues debía contar
no sólo con una pluralidad de poderes en su propio ámbito como Europa
Occidental y Japón, el mundo árabe fronterizo, sino que Rusia había aumentado
en todos los campos la proporción e incidencia de su poder, en relación a su
situación del 45. En 1975 se celebra el Año Santo. El pueblo católico vuelve
otra vez a la escena, en sus peregrinaciones multitudinarias a Roma. Aparece
la Evangelii Nuntiandi, en que
Pablo VI sintetiza el Sínodo sobre la Evangelización del 74. Es el último
gran acto de su Pontificado, que en esos años había producido Octogésima Adveniens y Marialis Cultus.
La Evangelii Nuntiandi anuda
íntimamente la Evangelización y la Liberación. Recoge así la creciente
presencia latinoamericana en la Iglesia universal. Esta presencia se había
inaugurado con la incorporación, por el episcopado latinoamericano, de la
perspectiva de la Liberación en el Sínodo del 71. La Evangelii Nuntiandi es ahora una concentración de la Iglesia
sobre lo que le es más esencial, luego de las tan complejas revulsiones
conciliares, un recuperar la simplicidad del mensaje evangélico, a la vez que
llevar a su apogeo, en síntesis orgánica, el proceso de recuperación de las
verdades modernas, con la unidad íntima de Evangelización y Liberación. Por eso la Evangelii
Nuntiandi parte de las raíces y va
a las raíces. Evangelización y Liberación. Pueblo, pobres, religiosidad
popular, todo se ordena a "evangelizar no de manera
decorativa, como un barniz, superficial sino de manera vital en profundidad y
hasta sus mismas raíces la cultura y las culturas del hombre" (EN 20). Es así como Evangelii Nuntiandi ahonda el sentido de
cultura, núcleo de la Gaudium et Spes
y nos pone en el camino de Puebla. En febrero de 1976, en su reunión de coordinación, el CELAM,
sin saber todavía la dinámica que se iba a desplegar, dio el primer paso a
realizar la más vasta reflexión sobre Medellín. Así se publicó el libro
Medellín: Reflexiones en el CELAM. Luego, a mediados del mismo año, en una
reunión de la Presidencia del CELAM con una quincena de obispos de actuación
destacada a nivel latinoamericano, surgió la idea de una nueva Conferencia
Episcopal para examinar, pasada una década después de Medellín, las nuevas
circunstancias y los desafíos que debía asumir la Iglesia latinoamericana en
su conjunto. Pablo VI comunica su
aprobación a la asamblea del CELAM en San Juan de Puerto Rico, en el mes de
diciembre. En febrero del 77, en Reunión General de Coordinación del CELAM,
se propone la temática que el Papa aprueba. Esta opción sería comentada
después, en la misma apertura de Puebla por Juan Pablo II así: "Con qué complacidos
sentimientos el gran Pontífice (Pablo VI) aprobó como tema de la Conferencia:
"El presente y el futuro de la Evangelización en América Latina".
Lo pueden decir los que estuvieron cerca de él en los meses de preparación de
la Asamblea, Ellos podrán dar testimonio también de la gratitud con la cual
él supo que el telón de fondo de toda la Conferencia seria este texto
(Evangelii Nuntiandi), en el cual puso toda su alma de Pastor, en el ocaso de
su vida. Ahora que él cerró los ojos a la escena del mundo ese Documento se
convierte en su testamento espiritual que la Conferencia habrá de escudriñar
con amor y diligencia para hacer de él otro punto de partida de referencia
obligatoria y ver cómo ponerlo en práctica. Toda la Iglesia os estará
agradecida por el ejemplo que dais, por lo que hacéis, y que quizá otras
Iglesias locales harán a su vez". (Juan Pablo II. Discurso inaugural
Puebla). El propio CELAM, desde el comienzo, había asimilado
rápidamente el significado de la Evangelii Nuntiandi. Sintonía de esto, fue
su Encuentro de agosto de 1976, "Iglesia y religiosidad popular en
América Latina", que hoy día, visto en la perspectiva del tiempo, se
revela como clave principal del espíritu que animaría a Puebla. La preparación de Puebla tuvo una extraordinaria
dinámica participativa, pública y abierta, en todas las Iglesias locales de
América Latina. Algo sin precedentes en la historia de la Iglesia universal, en
tan vastas dimensiones. En Río de Janeiro se habían solicitado informes con
anticipación, para ser examinados en la misma Conferencia. En Medellín, ya
existía el CELAM y pudo prepararse un Documento base preliminar, en una serie
de consultas y reuniones de obispos expertos. Hubo una cierta discusión, con
diferentes reacciones, pero la difusión fue relativamente limitada. Ahora, en
el camino hacia Puebla, el CELAM no sólo contaba con esa experiencia, sino
también con la de los Sínodos Episcopales. Pudo entonces dar un nuevo paso
adelante, para el que disponía además de un dispositivo institucional mucho
más veterano y con ligazones bien establecidas ya con todas las Conferencias
Episcopales. Se organizó así la más vasta consulta de que se tenga noticia en
las Iglesias cristianas. En el curso de un año de intensa movilización, se
gestaron las síntesis sucesivas del Documento de Consulta y del Documento de
Trabajo. El primero tomaba como marco la Evangelii
Nuntiandi y el hilo conductor de la evangelización de la Cultura;
retomaba explícitamente la Lumen
Gentium y su centro en la Iglesia, Pueblo de Dios. El segundo ponía el
acento en la Liberación, Comunión y
Participación. Una áspera polémica conmovió a la Iglesia latinoamericana.
Es justo señalar aquí que así como en la primera época del CELAM contó con el
impulso de una figura como la de Monseñor
Larraín, el gran animador del proceso que culminará en Puebla fue Monseñor Alfonso López Trujillo. Es interesante tomar el Documento de Consulta de Puebla
como índice de la conciencia histórica de la Iglesia latinoamericana. El
Documento de Consulta distingue dos etapas básicas en la historia
eclesiástica latinoamericana, a partir del Concilio Vaticano II: "Desde el punto de vista
social, el Concilio Vaticano II toma primero al estamento sacerdotal y
religioso y al laicado militante en movimientos apostólicos. Toca el núcleo
de las élites más comprometidas con la Iglesia sobre un marco inicial de
clases medias urbanas. Lógico, pues son los estratos que disponen de la mayor
información, los más atentos y sensibles al nuevo acontecimiento. La
problemática, las oposiciones, los conflictos, la inventiva, se localizan
ante todo en la dinámica de pequeños grupos. La renovación pasa entonces por
la apología de las pequeñas comunidades comprometidas, que despegan del
pueblo cristiano y vuelven sobre él como fermento en la tarea de los cambios.
Grupos dinámicos toman fuerte conciencia de las grandes injusticias
estructurales de nuestras sociedades y sienten una solidaridad liberadora con
los pobres. Medellín encarnó la mejor expresión de este momento." "En la segunda etapa, luego
de Medellín, y por su impulso, se penetra en el círculo del pueblo. Pero ésta
revierte sobre lo anterior y se replantea todo. Para alcanzar al pueblo
cristiano y latinoamericano hay que oírle. En ese esfuerzo, las élites dan un
nuevo giro, varían el eje de su acción: ya no son ellas el centro y pasa a
primer plano la pastoral popular. Así, la etapa anterior no es eliminada,
sino transfigurada; va adquiriendo una nueva lógica. Viene la revaloración de
la religiosidad popular. Se plantean los problemas de la cultura
latinoamericana. Se pasa de la
atención sociológica en el presente a la conciencia histórica". ''La historia del pueblo de
América Latina y de la Iglesia va convirtiéndose en la necesidad de un nuevo
tipo de conciencia y de acción. Se pone el acento en la Iglesia, Pueblo de
Dios, que se recupera ahora con nueva hondura luego del Concilio. En la
primera fase, en cambio, el acento fue en la eclesiología de la 'comunidad'
entendida como pequeño grupo, en tanto que la noción 'pueblo' tiene una mayor
amplitud y densidad histórica. La pequeña comunidad puede ser puro presente;
en cambio, no hay Pueblo sin historia". "Esta segunda etapa tiene
su primera condensación en la Iglesia universal, en el Sínodo del 74 y en la
Evangelii Nuntiandi" (n. 90-93). Es también significativo que el mismo Documento de
Consulta, después de haber caracterizado las ideologías mundiales vigentes
como secularistas, tanto en su versión marxista como en aquella pragmática
positivista, señale: "La Iglesia soporta el
doble embate e incluso debe enfrentar en su seno tendencias que combinan las
dos ideologías mundiales vigentes. En efecto, se observan numerosos grupos que,
para resolver los problemas, conjugan por un lado eclesiologías de impronta protestante liberal agudamente
espiritualistas, anti-institucionales, y por otro lado, versiones secularistas marxistas" (n. 102). Esta curiosa yuxtaposición se hizo ostensible en todo el
proceso de resistencia a Puebla, donde la mayor oposición provino justamente
de esos círculos "ecuménicos
transconfesionales" y del polo
secularizante de la teología de la liberación. En 1978 muere Pablo VI. Pasa la ráfaga confortable de
Juan Pablo I. Nunca en tan poco tiempo, un Papa hizo tanto. Cambió
radicalmente cierto clima de cansancio eclesial. En efecto, la crisis había amainado desde 1975.
Comenzaba en América Latina incluso una primavera de nuevas vocaciones
sacerdotales, Pero la Iglesia en su conjunto parecía con gran fatiga luego de
las tremendas tensiones post-conciliares. Juan Pablo I abrió un horizonte
radiante, una nueva dinámica. Su pronta muerte hasta parece haberla
acelerado. Por primera vez desde la iniciación de la era moderna,
el Papado salía de Europa Occidental, de Italia, y pasaba a una Iglesia de
frontera, la polaca, en el mundo eslavo. Con Juan Pablo II estamos de lleno en esa nueva etapa
eclesial, que alcanzará su primera afirmación plena en América Latina. Algo
no imaginado. El Pontificado se inauguraba desde la "periferia''. Aquí
el Papa marca con precisión sus rumbos, en medio de un desborde
multitudinario impresionante, a la vez que la III Conferencia General del
Episcopado latinoamericano, ya en la tradición de Medellín y la asunción de
la Evangelii Nuntiandi, iniciaba
con claridad un nuevo tiempo propio para la Iglesia del continente. La iconoclastia y el menosprecio de la religión popular,
anterior a Medellín, había dejado paso a una profunda revaloración. Y desde la recuperación de la religiosidad
popular, se había penetrado en las raíces de la cultura latinoamericana. Se
recuperaba con nuevo sentido histórico, el proceso de la formación de nuestra
cultura y sus conflictos, más allá de estereotipos sociológicos
importados. Esta recuperación histórica del proceso de nuestros pueblos y sus
valores, se simboliza en que Puebla se pone bajo la advocación de María de Guadalupe y de todas sus
advocaciones latinoamericanas. Si Medellín había supuesto el conjunto del Concilio, y
el acento de su aplicación a América Latina había sido desde el polo de Gaudium et Spes, ahora Puebla retomaba
los dos polos conciliares de la Lumen
Gentium y la Gaudium et Spes, y
los fusionaba todavía mucho más íntimamente, por la mediación latinoamericana
de la religiosidad popular y el ahondamiento de la temática totalizante de la
cultura. Desde 1975, el pensamiento latinoamericano en su
conjunto ha entrado en una zona de sombras. La "sociología comprometida" ha enmudecido, como antes las
corrientes cientificistas y desarrollistas. Sus previsiones han fracasado.
Por lo menos para medianos plazos. Tenía una crisis en sus fundamentos
filosóficos (los valores que orientan la investigación), tanto como en su
insuficiente percepción histórica latinoamericana. Son ahora años en que se
impone una nueva revisión. Asi, se han hecho ya algunas recapitulaciones como
para reiniciar otra vez la marcha, previo inventario de lo sucedido y sus
razones, para saber dónde se está. Por ejemplo, el Ilpes con Solari, Franco y
Jutkowitz en "Teoría, acción social y desarrollo en América Latina"
o Sotelo en "Sociología de América Latina" intentan un balance de
la situación respecto de la comprensión de América Latina. Pero no se ha
seguido más allá. Permanece una gran perplejidad, un gran vacío, o la mera
repetición desvaída de los tópicos que enfervorizaban una década atrás. Aquí surge una gran novedad eclesial con Puebla. En
efecto, para la comprensión de América Latina, en la década de los cincuenta
hasta principios del setenta, el pensamiento católico latinoamericano era
tributario en alto grado de los movimientos del "otro" pensamiento
secular latinoamericano: primero de los "desarrollistas" con la
CEPAL o la sociología científica, luego de los teólogos liberadores con la
"sociología comprometida". La originalidad de Puebla está en que allí el
pensamiento católico alcanza una nueva fase de su comprensión de la realidad
y la dinámica de la cultura latinoamericana, en tanto que el pensamiento
secular sigue como pasmado. Es como si
la iniciativa en la comprensión de América Latina pasara ahora, por primera
vez, a la Iglesia. De tal modo afirma su propia voz, que ya puede decir la
realidad latinoamericana por sus propias vías, incluso cuando los demás están
parados en el desconcierto. La Iglesia
ha trascendido las temáticas socio-económicas del tiempo anterior,
incluyéndolas, en una superior auto-conciencia histórica, en una visión
totalizante de sí misma y de su inserción en la cultura latinoamericana.
De modo abierto, sin contracciones, y también sin complejos. Puebla es así una serena afirmación de la
identidad eclesial y latinoamericana. Ni congelación tradicionalista, ni
disolución neomodernista. Los tiempos defensivos de Río de Janeiro están
lejos. A partir del gran impulso de Medellín, Puebla se propone "la evangelización de la cultura, desde la
opción preferencial por los pobres, y su liberación para y por la
participación y la comunión". Si Medellín tomó las categorías sociológicas entonces
imperantes y comprendió la "actualidad". Puebla es ya
"actualidad histórica''; mira a la Iglesia y a América Latina en
términos históricos. Medellín todavía yuxtapone textos, Puebla puede intentar un solo texto, totalizador. La Iglesia, por
primera vez en su historia latinoamericana, lograba sintetizarse en la
dimensión continental. De lo fragmentario a la unidad. En pocas décadas, un denso itinerario. Empujada por las
tormentas modernas que amenazaban desmantelarla, la barca eclesial se había resguardado en puerto. Juan XXIII levó
anclas otra vez. Pablo VI tuvo que pasar del espejo de aguas portuarias al
oleaje de escolleras afuera. Dura transición y mareos en la tripulación. Pero
ya con Juan Pablo II la barca de la Iglesia está en alta mar, con velas
desplegadas y rumbo cierto. En esta salida, la Iglesia latinoamericana ha
afirmado su personalidad. Puebla está en el camino de la evangelización
vigorosa que la maduración de las Iglesias latinoamericanas exige, concorde
con el ritmo y las perspectivas mundiales que el nuevo Pontificado de Juan
Pablo II está imprimiendo. Y el CELAM está al servicio de todo esto. El
programa del Mensaje de Navidad de 1945 de Pío XII, ya tiene un rostro
latinoamericano perfilado y concreto DE PUEBLA A
NUESTROS DÍAS La nueva época de la Ecúmene, que Pío XII percibía en
1945 está a la vista dentro de la Iglesia misma. La primacía de las Iglesias de la Europa Occidental ha terminado.
El nuevo Papa viene de la frontera polaca, al interior del área hegemónica de
la URSS, que inicia su pontificado en Puebla, en la frontera latinoamericana,
interior al área hegemonizada por Estados Unidos. Mucho camino se ha
recorrido. Se parte desde dos periferias, dos fronteras esenciales a la
Iglesia, donde se juega en alta medida su futuro en la Ecúmene mundial. Pablo
II inicia un "Pontificado de fronteras". Las fronteras son
periferias activas, en ebullición. Hoy la Iglesia Católica es más un conjunto
de fronteras que un "centro" irradiante (como lo fue desde Europa
Occidental), lo que requiere del centro pontificio una "movilidad"
incesante. Juan Pablo II es ya el Papa cuyo centro está en todas
las fronteras, evangelizando directamente en los pueblos, yendo a todas las
naciones. Hoy nadie más popular en los pueblos que Juan Pablo 11. El Concilio, o mejor, sus conmociones inmediatas, que
hacían revisar tantos hábitos, comportamientos y preconceptos, aunque había
sido posible por la energía centralizadora del centro pontificio, desató una
crisis de autoridad del Papado. En realidad era el pasaje de viejas formas de
autoridad, a nuevas formas más participadas. La crisis tomó de lleno el
tiempo de Pablo VI, pero los canales estaban puestos para una nueva
normalidad. Una característica de Juan
Pablo II es la intensa, colegialidad episcopal de su acción, que bajo
múltiples formas llega al Sínodo Extraordinario de 1985, para evaluar los 20
años del Vaticano II. Y así, tras un breve eclipse, el Papado pasa a ser más
-y ahora es visible para el mundo entero- el gran centro religioso de la
Ecúmene, más allá incluso de las fronteras de la Iglesia Católica. La Iglesia, como en los tiempos de los primeros
apóstoles, se abre dinámica a todos los vientos del mundo, no a la defensiva,
ni siquiera en mero "aggiornamento",
sino en "ofensiva pastoral".
Esto es posible, porque es la primera
vez que la Reforma y la Ilustración están sustancialmente trascendidas, y
la Iglesia recupera su actualidad histórica. Es la primera vez, desde la Reforma protestante y la
Ilustración secular, a pesar de las inercias, fatigas, confusiones e incomprensiones
de vastos sectores eclesiásticos, que la Iglesia toma la iniciativa en la
gestación de una "Nueva Reforma" y una "Nueva
Ilustración", plasmadas a
partir de la lógica interna de la Iglesia, del Verbo Encarnado. Esto es
lo que hoy está desplegándose paulatinamente en la Ecúmene, sin nostalgias
"premodernas" ni
adaptación subalterna a las fuerzas dominantes del secularismo en crisis. Lo medular del Pontificado de Juan Pablo II es la
afirmación de la generosa identidad cristiana, católica, confirmando
serenamente en la fe, la esperanza y el amor. Luego de las grandes,
inevitables y fecundas convulsiones post-conciliares, se hacía necesario
retomar nuevamente al Concilio Vaticano II desde su corazón, la constitución
"Lumen Gentium" sobre la
Iglesia. Tal el camino de Juan Pablo II. Esta es su preocupación
vertebradora, con las encíclicas "Redemptor
Hominis" (1979) y "Dives
in Misericordia" (1980). En relación al otro polo conciliar, la
"Gaudium et Spes" (sobre
la Iglesia en el mundo) acentúa la reactualización
de la "doctrina social", la reafirmación desde Cristo de los
derechos humanos, y la corroboración nucleadora de la temática unificadora de
"La cultura y las culturas del
hombre". Aquí será también el gran salto de la "Laborem Exercens" (1981) sobre el
trabajo humano y una nueva sociedad basada en el trabajo y los trabajadores. "Laborem
Exercens" ampliaba las bases de la reflexión de las teologías
latinoamericanas, ya que tanto Medellín como Puebla -con su opción
preferencial por los "pobres"-
se habían referido principalmente a las grandes masas marginadas, que no a
las clases obreras de la creciente industrialización latinoamericana. "Laborem Exercens" se ligaba
directamente a una de las grandes experiencias contemporáneas del movimiento
obrero: los sindicatos "Solidaridad"
en Polonia. Estos habían levantado simbólicamente las tres cruces en los
astilleros de Danz y marcaban el agotamiento creativo del marxismo leninismo
ateo, de las burocracias del Este. Por otro lado, los variados marxismos
"libertarios" de los años
60 (Garaudy, Althusser, Gramsci, Marcuse, Reich, etc.) se mostraban incapaces
de generar una alternativa real al totalitarismo soviético. Por lo que el
marxismo mostraba su imposibilidad de renovarse volviendo a las "fuentes". Este agotamiento de los
neo-marxismos de los años 60 y 70 implicaba de suyo el decaimiento de los
"cristianos marxistas",
primero foquistas, luego pro-soviéticos (ver reunión de Québec, 1975). Así,
en el momento en que Fidel Castro proclamaba la "colaboración" con los cristianos en la revolución
latinoamericana, aprobaba la constitución de 1975 en Cuba que enunciaba:
"El Estado socialista basa su
actividad y educa al pueblo en la concepción científica materialista del
universo" y su propio Partido Comunista señalaba que el "Ateísmo es una conclusión científica"
y que se "esfuerza sistemática y pacientemente por difundir entre las masas las
concepciones científicas del materialismo histórico sobre la naturaleza, la
sociedad y el pensamiento y por librar a las masas de los dogmas y
supersticiones religiosos por éstos engendrados". Singular colaboración con esta perspectiva esencial, a
los "cristianos marxistas"
y sus "iglesias populares",
sólo les cabe ser furgón de cola y caballo de Troya contra la Iglesia. Esto
se vería en el trágico proceso de la revolución nicaragüense. De todos modos,
la apelación táctica al "cristianismo"
es un síntoma más del agotamiento del ciclo de la hegemonía del marxismo o
del "socialismo ateo" en
el socialismo. En este sentido, la experiencia de Solidaridad abre nuevas perspectivas mundiales, permite rescatar
desde un "post-marxismo"
aquellos caminos democráticos y
autogestionarios de un socialismo de inspiración cristiana, como el de
Buchez, anterior a Marx, y que se reactualiza como posibilidad de desarrollo
con la exterminación de Marx. Esto, en
América Latina, pasa necesariamente por la tradición bolivariana y de la
Patria Grande que encarnara un católico confeso como Manuel Ugarte, Y esto
concuerda con Puebla. En realidad, Puebla
implica también un gran acontecimiento latinoamericano, más allá de la
Iglesia. La tradición del nacionalismo latinoamericano, que naciera en el
novecientos y que tomara altitud en las generaciones de la
"entreguerra", divididas en la bipolaridad básica de
"hispano" e ''Indo" americanas, fue interrumpida con la irrupción del Panamericanismo en la
postguerra de 1945. El Panamericanismo se formuló intelectualmente en la
hegemonía de la sedicente "sociología
científica", que en los años 60 se descompuso en la "sociología comprometida". Una presunta "modernidad" sin raíces, contra las raíces, primero desde el
"funcionalismo", luego
desde variados marxismos eclécticos. Esta historia la hemos expuesto en "El
resurgimiento Católico Latinoamericano" (Religión y Cultura.
CELAM 1981). La sociología comprometida se diluyó finalmente en la nadería
retórica y quedó muda. En este vacío de los 70, es que Puebla, sin proponérselo expresamente, reanuda la tradición
"histórico-cultural" de aquella gran generación nacionalista
latinoamericana. La conciencia histórica hace recomenzar aquella dinámica
nacional latinoamericana, que el sociologismo había pretendido borrar. Y Puebla reafirma la "Gran
Patria" latinoamericana. ¿Por qué la Iglesia y no otros, pudo recomenzar
aquella tradición interrumpida? Es un nuevo camino que apenas comenzamos
a recorrer. Es el más promisor y difícil, por ser el más original y poco
accesible a las inteligencias coloniales. Alrededor de Puebla, aparecen en el horizonte
latinoamericano dos zonas candentes: la tropical centroamericana y los mares
helados australes (el canal del Beagle, y luego serán las Malvinas). Veamos
estas dos puntas. El 19 de julio de
1979, era la caída de la dictadura más larga y oprobiosa de Centroamérica, la
de los Somoza en Nicaragua. Dictadura levantada sobre el asesinato de Sandino,
luchador antimperialista, nacionalista, con su epopeya contra los
"marines" y también denunciado como "traidor" por los
comunistas de entonces. Los Somoza fueron sostenidos por Estados Unidos hasta
casi sus últimos días. El levantamiento nacional, en el que confluyeron las
más diversas fuerzas del país, y en el que la Iglesia encabezada por Mons. Obando Bravo tuvo gran papel desde
Medellín en la lucha por la democratización y participación popular, debió
derribar la tiranía en sangrienta lucha. Aquí tuvo un papel decisivo el FSLN, fundado por comunistas de la
línea foquista cubana, y que había vegetado muchos años en lucha armada sin
consecuencias. Sólo cuando Somoza cerró todas las salidas civiles posibles,
el FSLN pudo tomar la conducción militar del movimiento nacional, porque la
dirección "sandinista" diluía su condición marxista, ligada a Cuba
y la Unión Soviética. Una vez en el poder, comenzó la eliminación de las
otras fuerzas políticas y sociales. Pronto
chocaron con la Iglesia -que había apoyado públicamente la vía de un
socialismo nacional democrático- y el ataque se volvió sistemático contra el
episcopado. Esto culminó en la provocación organizada por el gobierno contra
el Papa, durante su misa en Managua. Legitimar la lucha contra la Iglesia es
el papel principal que tienen los cristianos marxistas, su Iglesia popular y
sus apoyaturas "ecuménicas". La contradicción está planteada con claridad patética.
La responsabilidad principal de la terrible crisis centroamericana
corresponde a Estados Unidos. Nicaragua es víctima tradicional del
imperialismo norteamericano y lo sigue siendo. Por otro lado, la URSS tiene
interés en incendiar la zona de seguridad norteamericana que circunda el
vital canal de Panamá. Los "comandantes" parecen haber asumido esa
función, descartando salidas más; socialdemócratas, que eran posibles. La gran víctima será otra vez el pueblo
nicaragüense, encerrado en el círculo vicioso de Reagan y los comandantes
neostalinistas, que se alimentan recíprocamente, evitando ambos una salida
nacional. Y hoy, los pueblos de América Latina no están dispuestos
a secundar ninguna intervención norteamericana contra Nicaragua. Nadie va a
sacar las castañas de un fuego que encendió antes que nadie Estados Unidos. El CELAM ha apoyado abiertamente las
gestiones de paz de Contadora. Y el Papa hizo de su gira, una esencial
predicación por la paz y las transformaciones sociales en los países
centroamericanos. En Centroamérica hay también otras situaciones
significativas. Por un lado, El Salvador. Por el otro, Guatemala. En ambos se
intentan salidas democristianas de largas y cruentas dictaduras militares de
derecha, oligárquicas. A poco de la revolución nicaragüense, en octubre de 1979 en El Salvador se produce
un golpe de jóvenes militares que terminan la dictadura. Es un golpe nacional
y antioligárquico. Cuentan con el apoyo de Napoleón Duarte, que vuelve
del exilio, y es el político más popular. Pronto el "Frente
Farabundo Martí"' desencadena la insurrección, obstaculizando el proceso
de democratización y de reforma agraria. Una guerrilla sin arraigo, que se
sostiene por el apoyo del régimen marxista de Nicaragua, con el fin de
destruir toda salida en Centroamérica que no sea reputación de la disyuntiva:
"Somoza" o ellos. Quieren convertir a Duarte en un Somoza, pero no
lo han logrado. Han contribuido sí
a desquiciar la economía de El Salvador y obligado a Duarte a la ayuda
militar norteamericana. Pero no han alcanzado a desnaturalizar el proceso de reformas
progresivo de Duarte, que recibe también el odio de la derecha. Esta cobró la vida del arzobispo Romero,
figura que quiere ser instrumentada por los cristianos marxistas de la
Iglesia popular. Por otro lado, Guatemala
ha sido la ronda de sangre más permanente. El Episcopado ha cumplido un papel
renovador y de resistencia a los desmanes, y ha recibido el apoyo abierto de
Juan Pablo II. Ahora parece que en Guatemala se abre a una evolución
demócrata cristiana. Esta vía está en los orígenes de la estabilidad de Costa Rica, por cuanto el que inició
la democracia social en el país fue Calderón
Guardia en 1943, apoyado por el ímpetu reformador de Mons. Sanabria. Y
para cerrar con Centroamérica, un hecho simbólico, que la trasciende. Cuando
la gira centroamericana papal de 1983 el dictador Ríos Montt hizo fusilar 6 jóvenes acusados de subversión, por los
que el Papa había pedido "gracia o
conmutación de la pena". Esta
provocación contra el Papa, viene de las antípodas de Managua. Viene del mundo de las sectas
norteamericanas en expansión, y al que pertenecía el general Ríos Montt.
Aquí estamos también en la punta
opuesta al seudo-ecumenismo. Las sectas tienen en Centroamérica un
desarrollo extraordinario. Y se proyectan sobre toda América Latina con
ingentes recursos. El cardenal
Ratzinger ha explicado: "Rockefeller, hablando en Roma en
1969, recomendó que se sustituyera a los católicos de allá por otros
cristianos; empresa que, como sabemos, ahora está en plena marcha". A poco de inaugurar su Pontificado, ya convocada la
conferencia de Puebla para enero de 1979, los mares helados australes se
vuelven incandescentes. Es el conflicto entre Chile y Argentina por el área conocida como el "martillo del
Beagle", En noviembre de 1978 la intervención pontificia impide el
conflicto armado. A partir de enero de 1979, con el delegado pontificio, el cardenal Samoré, hay un arduo proceso
de negociaciones que termina felizmente en acuerdo. La disputa del Beagle fue
sólo un prolegómeno en las tensiones geopolíticas del Atlántico Sur. El
general argentino Osiris Villegas
escribía: "Habida cuenta de que el
Canal de Panamá puede ser inutilizado, además de ser de lenta navegación y
limitado tonelaje, las tres rutas que dan garantía cierta para la
intercomunicación oceánica Atlántico-Pacifico son el estrecho de Magallanes,
el Canal del Beagle y el Pasaje Drake. El dominio de las llaves que abren y
cierran las "puertas del mar" (estrechos, islas, peñones), de
indudable importancia estratégica, concede al país soberano de las mismas una
gran ventaja, tanto más si con ellas se controlan los estrangulamientos en
las líneas de abastecimiento de petróleo". Las islas Malvinas son así centro geopolítico esencial,
además de la importancia de ser zona de hidrocarburos y grandes pesquerías.
Las Malvinas estaban usurpadas a la Argentina por Inglaterra. Tras soportar
la dilación indefinida en las negociaciones por parte inglesa, contra
expresas resoluciones de la ONU, Argentina recuperó las islas en abril de
1982. Con el apoyo logístico norteamericano, los ingleses ocuparon las islas
nuevamente en violenta batalla naval, aérea y terrestre. Las Malvinas se
volvieron una frontera latinoamericana. Estados Unidos dejó destruidos los
acuerdos militares del TIAR y en naufragio descrédito a la OEA, al apoyar
contra América Latina a un colonialismo extranjero. Monroe se ahogó para siempre en las aguas del Atlántico Sur. Las Malvinas fueron
un gran sacudimiento de la conciencia unitaria de América Latina. Juan Pablo II, comprometido en
aquel momento a una visita pastoral a Inglaterra, decidió viajar
inmediatamente a Argentina, para expresar su solidaridad con el pueblo y
bregar por la paz. Le acompañaron el CELAM y todos los presidentes de las
conferencias episcopales nacionales de América Latina. Puebla también se
pronunció sobre las "doctrinas de
la seguridad nacional", que se habían vuelto el instrumento
justificativo de las dictaduras militares. Aquí hay otro hecho de extrema importancia: la denuncia,
el análisis y discusión de las "doctrinas de la seguridad nacional"
surgió en el seno de la Iglesia latinoamericana. Luego eso se repitió y
difundió en el ámbito secular. Era la primera vez que una cuestión nacida dentro del
pensamiento católico, se latinoamericanizó completamente. Los dos ámbitos principales de tal
acontecimiento fueron las Iglesias de Brasil y Chile, que encabezaron la
lucha por los derechos humanos y la democratización. En realidad, la
descomposición del pensamiento secularista en el "convencionalismo" positivista o el materialismo, en el
sociologismo, le hace incapaz de fundar los "derechos humanos", por más retórica que haga sobre ellos.
Los derechos humanos sólo pueden tener una fundación "jusnaturalista". Por eso, hoy,
nadie más capaz de afirmar la tradición de los derechos humanos que la
Iglesia. Y ésta fue una de las condiciones del renacimiento de la "doctrina social" de la Iglesia,
luego de un cierto eclipse post-conciliar. En los últimos años se hace ostensible el vacío
ideológico mundial. Las dos grandes superpotencias no irradian. Son dos
grandes poderes opacos, que no suscitan esperanza. China se vuelve
pragmática. El marxismo parece haber
cerrado su ciclo creador y por la parte contraria, nada sustituye la
totalización de Parsons. De Europa Occidental, nada viene. No hay modas ni
nuevos planteos. Sólo sobrevivencias. Sociólogos y economistas sienten
que deben replantearse todo, con un comercio mundial anarquizado y una deuda
externa -usuaria- del Tercer Mundo y América Latina que amenaza de explosión. Dentro de estas incertidumbres, de sus fluctuaciones
oscuras, desconcertadas, la Iglesia sigue elaborando dentro de los caminos
del Vaticano II, a pesar de cierta pesantez. El último gran acto significativo es la cuestión de la
liberación. En la primera gran incidencia latinoamericana en la Iglesia
mundial, el primer gran aporte intelectual. Roma, como es obvio, debía asumir
todas las tensiones de esta frontera. La división básica era entre las
teologías de la liberación que "componían
con el marxismo" y las que no. De ahí las dos Instrucciones de Ratzinger. Por la
primera, desechaba la "composición
con el marxismo". Por la segunda, asumía el núcleo más valioso y
original de las teologías de la liberación. Así se formula una notable y
dinámica síntesis, una teología de la historia de la libertad y de la
liberación cristianas, que integra en su seno la perspectiva de la cultura y
los principios de la enseñanza social. Se cierra así, de modo fecundo, un
período y se abre otro. América Latina había entrado por sí en la historia de
la Iglesia universal. Ahora, desde las intervenciones de Juan Pablo II en
Haití (donde sus repercusiones precipitaron la caída de la tiranía Duvalier)
y Santo Domingo, la Iglesia está convocada a una "nueva
evangelización", a la altura del medio milenio de América Latina, para
gestar desde las raíces una nueva civilización dentro de la gran Ecúmene
emergente. |