LOS CATÓLICOS Y LA CULTURA OCCIDENTAL

 

Por Methol Ferre

Nota preliminar

 

 

En ocasión de las polémicas que levantó el Tratado militar uruguayo-norteamericano en los meses de julio y agosto de 1952, cierta prensa sostenía que la Iglesia Católica estaba indisolublemente ligada a la cultura occidental y por ende a su “defensa”. La conclusión última de tales premisas era que los católicos debían apoyar el acuerdo militar.

Con la entera solidaridad de varios amigos (Jorge Soliño, Juan P. Terra, Dante Ronco, José P. Aramburú, Eloy Gorostidi, Eduardo y Gonzalo Navarrete, y Germán Villar Eatsman) y como respuesta a tan groseros e intencionados equívocos, redacté esta exposición de lo que era opinión de ese grupo ante el problema planteado. El escrito circuló a mimeógrafo entre algunas personas y no tuvo la ventura de ver la luz en ninguna publicación nacional. Por diferentes y hasta encontradas motivaciones nadie tuvo interés en su difusión. Sólo me cabe agradecer a Albert Béguin, director de “Espirit”, por su comprensión, su estímulo y el habernos ofrecido hospitalidad en su prestigiosa revista. Pero creí demasiado exótico que esto (dada su circunstancia) apareciera traducido a varios miles de millas de Montevideo. Optamos por el silencio.

 

Como este pseudo-manifiesto, por su índole, no se agota con el acontecimiento que le dio lugar y conserva su total actualidad, me pareció oportuno, ya que podía hacerlo, proceder a su publicación. Quizás porque pocos que escriben soportan el recomendable heroísmo de lo inédito.


No comparto puntualmente todo lo que entonces afirmaba. No creo que haya errores, sino más bien un endurecimiento polémico en algunos planteos. El tema, en su raíz, es el de la dialéctica de la trascendencia y la encarnación, de lo divino y lo humano. Y en esa doble exigencia parece que acentúo demasiado la primera. O mejor: nunca hay peligro de acentuar la trascendencia (¡estaría bueno eso de extralimitarse con la trascendencia!), sino el de una cierta propensión a tratarla con rigidez, como a un “factor” y separarla así en exceso de lo que es su más preciosa y contraria modalidad: la encarnación.

Y, sin embargo, también, nunca se distinguirá bastante en la historia la gracia de Dios de nuestra concupiscencia. Toda sensibilidad religiosa sabe, en el fondo de su corazón, que “Dios es inocente”. Ha sido nuestro encubrir culpas en su Inocencia lo que ha provocado la rebelión del hombre moderno, que en el fondo de su corazón, dice “Dios es culpable”, y hace condición de toda salud la negación de la trascendencia.

 

Introducción

 

Ante la confusión que hoy impera acerca del sentido y la orientación de la acción de los católicos en la situación presente, los abajo firmantes quieren exponer lo que entienden es de ineludible responsabilidad personal, fijando su posición en la forma más clara posible. Y como tal confusión es, en gran parte, resultado del proselitismo de sectores sociales e ideológicos que sienten amenazada su existencia y que procuran enrolar bajo sus ambiguas banderas el mayor número de fuerzas, con el fin puramente pragmático de defenderse a sí mismos, pero que son ajenos por esencia y vocación al catolicismo, se hace imprescindible realizar el esfuerzo para distinguir lo que necesita distinción y unir lo que necesita unidad.


Para una mejor comprensión de nuestra actitud es primordial dejar asentados desde el comienzo los principios claves desde lo que consideraremos luego, con la serenidad y prudencia requeridas, la situación actual y sus problemas; específicamente, lo de la cultura occidental.

 

La Iglesia Católica y las civilizaciones

 

El advenimiento fundamental de la historia no es ninguna revolución secular -llámese francesa, fascista o comunista- sino la Encarnación de Cristo, centro y plenitud de los tiempos. Sólo en y por Cristo el hombre y el mundo son restaurados y toda ideología que pretenda otra cosa queda en los márgenes de la historia esencial, es decir, participa de ella indirectamente, en tanto que no puede escapar a los designios providenciales de Dios. En tal sentido aún el ateísmo y las idolatrías son colaboradores instrumentales de la Providencia dentro de la estructura escatológica, finalista, de la historia.

La Encarnación difundida y comunicada es la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, presencia visible y sacramental de lo eterno en el tiempo, que perpetúa universalizada y según el espíritu la antigua misión de Israel. La Iglesia tiene su fuente en lo trascendente, no en puros valores históricos inmanentes.

 

Ahora bien, si la Iglesia por esencia es sobrenatural y las civilizaciones son naturales, en el sentido que dependen intrínsecamente del espacio y del tiempo, es evidente que no puede sino existir diversidad de civilizaciones cristianas, ninguna de las cuales expresa la vida en su plenitud, al serles inherentes el límite. Lo mismo ocurre con las civilizaciones no cristianas. Pues sólo en Dios coincide en perfecta identidad la actualidad y la esencia. En puridad la única “civilización cristiana” absoluta es el Reino de Dios, el cual es ya la Iglesia en estado “peregrino, militante, crucificado” y que tendrá pleno acabamiento en la Parusía.


Todo el misterio de la Iglesia es un más allá de la historia, presente y coexistente con la historia misma. El dato fundamental es que la historia está en el cristianismo y no lo inverso, pues, se ha dicho con justeza, la historia sacra es una cuarta dimensión, pero una dimensión constituyente de la historia.


Se ve entonces que las diferentes civilizaciones cristianas son aproximaciones relativas e impuras que exigen trascenderse a sí mismas, y a las que no se les niega valor, sino valor absoluto. Históricamente considerados, ni el cristianismo primitivo, ni Bizancio, ni la Edad Media occidental, ni el siglo de oro español (Barroco) o el período clásico francés del siglo XVII, son todo el cristianismo realizado o realizable. Diríamos que las civilizaciones cristianas son la refracción más o menos desfigurada de la vida de la Iglesia.

 

Pues sólo ella es la mediación adecuada entre el tiempo y la eternidad. Corolario de esto es que, en sentido estricto, la teocracia en la historia es un error, una impaciencia humana, que confunde peligrosamente lo temporal con lo espiritual.

 

De todo lo expuesto se desprende que la Iglesia no depende sino accidentalmente del destino, vida y muerte de las distintas civilizaciones. Es verdad que la Iglesia se inserta en los más heterogéneos ámbitos culturales, políticos, sociales y económicos, para cumplir su misión; vive en esas estructuras, sean cuales fueren, en su necesaria dimensión humana, pero con una esencial capacidad de desprendimiento de esas mismas estructuras sujetas a la caducidad.


Son sí momentos históricos dramáticos los de tránsito, en los que es imprescindible irse separando de las viejas formas para enraizar en las nuevas, y es allí donde la angustia por el destino de una determinada cultura puede ser síntoma de debilidad de fe y esperanza. La Iglesia salva a los hombres, no a las culturas, y si también hace esto es por añadidura. Cada época deja su huella en la Iglesia, socialmente considerada, y por ello son explicables humanas desorientaciones o vacilaciones, provocadas ya por una inercia material que es desfallecimiento, ya por lo inverso, por una lógica prudencia de espíritu.

 

Cuando los cambios y rupturas se precipitan, la nueva adaptación ante lo inédito es difícil y riesgosa, pero no menos imperativa ya que “el que pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás no es apto para el Reino de Dios” (Luc.X.62)

 

Supeditar lo esencial a la permanencia de lo accesorio es una inversión de valores.

 

Eternizar un momento de la historia es por ende idolatría; en nuestro caso sería contaminación con uno de los últimos modos del pensamiento naturalista moderno: el culturalismo. Se plantea aquí nuestro problema -sentada en forma más que esquemática la significación del catolicismo- que es interrogarse sobre nuestra relación con la hoy llamada cultura “occidental” y todas las conexiones que connota tal mención.

 

La cultura occidental y nosotros

 

La civilización occidental, ¿es cristiana? La respuesta no puede ser sino negativa, a pesar de existir aún grandes grupos sociales que permanecen adheridos al catolicismo.

 

Por lo contrario, sus vigencias rectoras se han ido estructurando desde la Reforma en polémica contra la Iglesia, en la negación dialéctica progresiva de los valores espirituales y trascendentes del catolicismo, en una línea naturalista cada vez más acentuada hasta proclamar la muerte de Dios y reducir la religión a superstición o mera creencia subjetiva.

La gran experiencia que es la Edad Moderna, en la que muchas veces el espíritu no está ausente, es la de las ideas cristianas “vueltas locas” y secularizadas, descentradas de su orden original y constituyente. Es la experiencia de un hombre de origen cristiano que ha amputado la trascendencia que lo sostiene en el ser y ha proclamado su radical autonomía, desprendiéndose de toda normatividad objetiva superior, reflejado esto en las múltiples teorías contractualistas de la sociedad.


 La vocación del hombre moderno, que es el burgués, entendido no como simple clase social sino como tipo cultural, ha sido primordialmente el mundo, en una acción horizontal práctica, orientada al dominio de la naturaleza, pero exclusiva, cerrada sobre sí misma, sin verticalidad. Y por ello atea. Es innegable, por otra parte, que ha realizado conquistas irrenunciables en diversos planos, que encuentran empero su auténtica justificación en el cristianismo, y no en sus respectivos vivires desconectados que bordean el sin sentido.


La civilización burguesa, en especial en sus últimas etapas, ha negado a Dios y escindido lo sobrenatural y lo natural, en una especie de averroísmo continuado. Ha puesto su esperanza en la fecundidad del dinero, en la productividad de lo abstracto como tal, adquiriendo bienes por sí mismos. Ha elevado los medios a categoría de fines, afectando indiferencia ante la verdad, que es la que verdaderamente nos hace libres, remplazándola cada vez más por el concepto de lo útil. Generalmente agnóstica o deísta, perdido el sentido de la creación y la encarnación, representa una de las formas más irreligiosas que se han dado en la historia. Ha evacuado de ésta al espíritu y al milagro, cerrando una inmanencia cada vez más vacía, que produce actualmente esas experiencias de asfixia en el último pensamiento filosófico y literario. El nihilismo es su más perfecto acabamiento.


En sus modos más groseros, pero de amplia vigencia colectiva, el individualismo burgués, observa Maritain, “ha sido prácticamente ateo y decorativamente cristiano. Demasiado escéptico para iniciar persecución alguna, fuera del caso en que se interponía algún interés material, nunca desafió la religión; teníala como inventada por los sacerdotes y que poco a poco sería arrinconada por la razón y se servía de ella como de una fuerza policial que guarda la propiedad, o como un banco en el cual cada uno podía, mientras se enriquecía aquí abajo, irse asegurando contra cualquier riesgo posible en el más allá”. Como la categoría esencial del burgués es la del tener o haber y no la del ser, su crítica a la religión ha sido en realidad polémica contra su propia imagen traspuesta a su tipo de religiosidad, caricatura del verdadero. Creyó que la fe es un modo de propiedad, que se tiene como a una cosa, cuando no se trata de un tener sino de un acto espiritual que afecta, penetra y sobreeleva el ser mismo de la persona. No está demás señalar que no pocos cristianos están contaminados con tal mentalidad. Si el burgués sólo cree en el mundo de las cosas visibles y no ama lo eterno ¿qué puede entender sino su propia manía de apropiación y seguridad?


Este tipo de civilización, la moderna, es la que hoy halla su existencia puesta en cuestión. El hecho central es que estamos en presencia de la agonía, en el epílogo del mundo burgués desgarrado por sus contradicciones y con cierta mala conciencia de la validez de sus razones. Estamos en presencia, además, de la insurrección de los pueblos coloniales y de las clases sociales inferiores que reclaman justicia ante la explotación del capitalismo liberal, y que han sido víctimas de las ideologías modernas, porque tales ideólogos, en lo concreto, han reducido al hombre a categoría de mercadería intercambiable y mero factor económico de producción, ya sea bajo la empresa privada capitalista, ya bajo el poder estatal.

 

Y se pretende entonces escamotear el conflicto real reduciéndolo a la falaciosa disyuntiva de Oriente u Occidente, libertad o dictadura -antítesis baratas- cuando tal conflicto real es mucho más grave, es la crisis metafísica, social, económica y religiosa del propio Occidente, que se ve frente, tanto en lo interior como en lo exterior, a su propio resultado y caricatura: el marxismo.


El marxismo, monstruoso compuesto de reivindicación justa y negación del espíritu, participa en su substancia de la actitud naturalista e inmanentista de la burguesía liberal, y la prolonga hasta sus últimas consecuencias. Las analogías al respecto son innumerables, baste a modo de ilustración, indicar el vínculo patente entre la concepción del tercer estadio positivista y el estilo de la futura sociedad sin clases, o el uso de aspectos del darwinismo, caballito de batalla burgués en su vocación de semejarse más a los monos que a Dios. Cabe aquí puntualizar que en tali sentido el biologismo nazi fue más consecuente que quienes contradictoriamente hablan de la libertad del espíritu y que no creen en él, pretendiendo no se diferencia esencialmente de la materia. ¡Vaya modo de fundar la dignidad del hombre!


Así, cuando vivimos en la coactiva bipolaridad de dos bloques únicos, producto de falta de imaginación histórica e incapacidad de producir nuevas posibilidades, en medio de un maniqueísmo infantil de oposiciones simples de bien y mal, luz y sombra, etc., es imprescindible ver que tal planteo está más acá y no más allá del cristianismo. Se mueve siempre en la pura inmanencia de la historia, de una historia sin Dios.

Ante todo esto, ¿qué hacer? Lo principal es que si nos vemos comprometidos en la historia y en las oposiciones que las circunstancias plantean, no se puede optar sino por los valores mismos por los cuales somos responsables. Ser cristianos no es fuga ante la historia, sino su más total aceptación; es no renunciar nunca a encarnar los valores, sean cuales fueran los regímenes políticos y sociales. En un sentido se puede afirmar que no existe ni existirá ningún régimen en la historia absolutamente impermeable al cristianismo así como también, que todo régimen, sea cual fuere, es obstáculo a la acabada realización del cristianismo.


No nos horroriza entonces, salvo en lo que tiene de desoladora tragedia humana, el fin de la civilización occidental moderna, que no es una civilización cristiana, que no es el fin de la historia, ni del hombre, ni de la Iglesia, contra la que las puertas del infierno no prevalecerán.


No ignoramos todas nuestras culpas en lo que hoy acaece, pero no estamos dispuestos a confundir lo temporal con lo espiritual, pretendiendo que lo accesorio y aún lo ajeno salve lo esencial, e insistir en el viejo error de hace política ante todo.

 

¿Cómo querer comprometer nuestra fe con algo contingente ya en tren de morir? Es necesario preparar el espíritu para nuevas formas históricas, pues la democracia liberal pasará, como por otra parte han pasado todos los regímenes políticos. Paradójicamente, para mantener lo que hoy tiene de valioso hay que dejarla morir. Se puede comprender que quienes han depositado toda su fe en ella, por obturación de la trascendencia, desesperen y se resistan. Pero no es posible aceptarlo en quienes no están en tal situación y dicen ser fieles a valores trascendentes. El mínimum exigible es que precisen sus diferencias y no usen a Dios, que es el peor ateísmo, en defender otra cosa que a esos valores.


Querer que no caduquen las formas históricas es la más total abjuración de la historia como tal. Es degradar lo eterno en el tiempo y olvidar que la historia es el lugar de la decepción, donde Dios se burla de las idolatrías que no consienten con la ley de muerte inherente a todo lo finito. Es perder a la vez la historia y lo eterno.

 

Para terminar, queremos indicar que no creemos en revoluciones parciales. Ante la situación presente del hombre se hace imperativa una transformación económica, social y religiosa integral. Quien pretenda hacerla sólo económica continuará moviéndose dentro del ámbito del espíritu burgués en un estéril reformismo, el peor de los reaccionarismos.

La estructuración de un humanismo integral es la tarea más urgente, aunque difícil y lenta. En ese sentido Cristo es la revolución permanente y es plegándonos a sus exigencias como será posible, dentro de las circunstancias históricas, instaurar una ciudad temporal en que la persona deje de vivir alienada en las cosas.


Nuestra opción no quiere ser penúltima. Por ello estamos lejos de la parodia que el conflicto presente es al conflicto esencial. Y frente a la nueva Babel de las ideologías cuyo lema es “el hombre se salva a sí mismo” cabe recordar: “Deja a los muertos enterrar sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios” (Luc.IX.60). Lo demás se dará y hará por añadidura.