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LA LEYENDA NEGRA UN ATAQUE A NUESTRA IDENTIDAD
Conferencia
pronunciada el 12 de octubre de 2007 en el Instituto Nacional de Revisión
Histórica "Juan Manuel de Rosas" Buenos Aires,
Argentina
Addisi con el Delegado
de Falange Española de las JONS
El disparate que acabo de citar
encuentra su origen en la figura del padre fray Bartolomé de Las Casas, un
fraile dominico nacido en Sevilla en el año 1474. Este clérigo estuvo por vez
primera en América acompañando a Ovando, en el 1502. Hacia 1522, Las
Casas acentúa una campaña a favor de un mejor trato a los indígenas por
parte de los españoles, en quienes pesaba la misión de evangelizar y civilizar
en las tierras recientemente descubiertas. La obra de Las Casas pasa del
alegato y de la prédica, al sermón escandaloso y panfletario. A este tenor pertenece su
“Brevísima relación de la destrucción de las Indias”; escrita en 1542. Dicha
obra fue tomada; sacada de contexto y exagerada por los enemigos de la
Hispanidad, que la utilizaron como medio para desprestigiar al Imperio. Así,
los países protestantes adversarios de España actuaron en combinación contra
ella; principalmente Holanda e Inglaterra, aunque también participaron del
infundio Francia y Alemania. Es de esta manera que se comenzó
a hablar de España como una nación oscura y decadente, atribuyendo las
mencionadas características a la identidad católica de sus monarcas y su
cultura. Los países nombrados anteriormente disputaban el predominio marítimo
y comercial con España, que era la potencia de la época (en el siglo XVI y
parte del XVII); y la guerra propagandística y difamatoria que encararon les
servía para ganar terreno en Europa (y varios siglos después en el mundo
entero). Retomando el tema de la obra del
fraile dominico; la misma no resiste el menor análisis historiográfico o
científico (el relato es vago e impreciso; no dice ni cuándo ni dónde se
consumaron los horrores de los que habla, ni precisa nombres ni lugares); y
es útil recordar (y he aquí una de las innumerables contradicciones de los
anti-hispanistas), que su autor era español, obispo católico y asesor de la
monarquía. Para ser ecuánime, corresponde reconocer que lo que Las Casas
proclamaba como justo, efectivamente lo era. La Conquista de América no podía
consumarse negando en los hechos los preceptos que la Iglesia
consideraba sustanciales. Era necesario extremar el cuidado en el
tratamiento con los indígenas. Pero lo malo del asunto era que Las Casas no
se detuvo ante nada y arremetió contra todo, sin reparar en el medio al que
echaba mano, y citando a Rómulo D. Carbia: “Los excesos [de Las Casas] llegaron a
ser tantos que hubo un momento en que algunos hombres cuerdos tuvieron dudas sobre
la autenticidad de los escritos que circulaban como suyos. La explicación de
ello puede estar, a mi juicio, en el hecho de que Las Casas, presa de sus
desenfrenos de celo, no paró mientes ni en la gravedad del falso testimonio”.
En efecto, como se ha dicho,
cuando el dominico echó a rodar su libro, éste fue utilizado vilmente por los
enemigos del trono y de la causa que éste y el mismo Las Casas representaban.
Actualmente, la tan repetida
leyenda sigue igual o más vigente que en los tiempos de su creación.
Liberales y marxistas la utilizan como medio para justificar separatismos en
las naciones, basándose en un falaz e ideologizado etnocentrismo. Desde ya
que lo que aún hoy se sigue persiguiendo como objetivo, es el ataque a la
cristiandad; que junto a los mencionados estados-nación, constituye el último
bastión de resistencia frente a las pretensiones hegemónicas del Nuevo Orden
Mundial. Los marxistas modernos;
reciclados inteligentemente en el gramscismo, buscan azuzar el culto
anti-católico y anti-hispano enfrentando dialécticamente dicha cultura
con la precolombina, de donde surgiría una nueva conciencia de los “pueblos
oprimidos” dispuestos a encarar la rebelión. Pero lo que resulta más
irónico es que estos aprendices de izquierdistas ni siquiera leen a sus
propios intelectuales. Como muestra de ello, basta
citar la opinión de Juan José Hernández Arregui sobre la conquista
española: “[…] El nacimiento de la nacionalidad
no puede segregarse del período hispánico. Desligar a estos pueblos de su
largo pasado, ha sido una de las graves desfiguraciones históricas de la
oligarquía mitrista que se aquilató en el poder en 1853 […] El menosprecio
hacia España arranca de los siglos XVII y XVIII como parte de la política
nacional de Inglaterra. Es un desprestigio de origen extranjero que se inicia
con la traducción al inglés, muy difundida en la Europa de entonces, del
libro de Bartolomé de las Casas, "Lágrimas de los indios; relación
verídica e histórica de las crueles matanzas y asesinatos cometidos en veinte
millones de gentes inocentes por los españoles". El título lo dice todo. Un libelo. Con
relación a esta publicación J. C. J Metford, recuerda que, en la dedicatoria
se invoca a Cromwell <para conducir sus ejércitos a la batalla contra la
sanguinaria y papista nación de los españoles>. La leyenda negra fue
difundida por los ingleses como arbitrio político, en una época en que los
Habsburgos mandaban sobre Europa y amenazaban a Inglaterra, entonces una
potencia de segundo orden […] En realidad lo que estaba en juego era el
próximo desplazamiento del poder naval […] España dejó de ser parte rectora
de un glorioso pasado europeo para descender a menoscabo espiritual, todavía
perdurable en muchos argentinos que recibieron sobre España la idea extranjera
que de sí misma se formó la oligarquía de la tierra –a pesar de su genealogía
española- al ligar sus exportaciones al mercado británico. En tal sentido,
este sentimiento antiespañol, es la remota proyección en el tiempo, de
aquella inicial rivalidad entre España e Inglaterra. Y la denegación de
España, de parte de la oligarquía, en su nuez, no es más que el residuo
cultural mortecino de su servidumbre material al Imperio Británico. Los
pueblos en cambio, se mantuvieron hispánicos, filiados al pasado, a la
cultura anterior. Lo cual prueba el poder de esa cultura española que la
oligarquía repudió para vivir en adelante de prestado”. Siguiendo con las
contradicciones de los apologistas del “indigenismo” y a modo de síntesis de
“ideas-fuerza” para polemizar con ellos, puede decirse lo siguiente: –España no sojuzgó
a las tribus americanas, ni les impuso una cultura. Por el contrario, con el
descubrimiento y conquista de América las mismas se incorporaron a la cultura
universal; entre otras cosas, con la adopción de la lengua castellana; la
misma que utilizan los agitadores vernáculos para castigar a España. En el
mismo sentido, es importante destacar que los estados culturales de los
aborígenes eran sumamente variados. Había culturas que se hallaban en los
comienzos de la edad de los metales, como el caso de los aztecas y los mayas;
y otros con un notorio retraso, en la etapa del neolítico y aún también del
paleolítico, como eran los amazónicos y fuéguidos. De lo antedicho se
desprende pues, que a su llegada a América, los españoles no
encontraron una cultura uniforme, sino una gran gama de situaciones
culturales diferentes. Estas distinciones se veían reflejadas en los idiomas
disímiles de cada tribu, por lo que los conquistadores estudiaron los
idiomas vernáculos y compusieron gramáticas y diccionarios para el
aprendizaje de las lenguas indígenas. Asimismo, la Iglesia sostuvo que la
tarea pastoral de evangelización debía efectuarse en los idiomas originarios;
por ende se exigió al misionero, en su doble labor de sacerdote y maestro,
que conociera la lengua de la parcialidad respectiva. Felipe II lo ordenó en
1580, para lo cual se estableció en las universidades de México y Lima
cátedras de náhuatl y quichua. Todos estos hechos hicieron posible en gran
parte, que en la actualidad se conozcan y hablen las lenguas aborígenes. –Jamás existió
genocidio alguno perpetrado por España. En primer lugar, según estudios
serios (ver las investigaciones de Ángel Rosenblat cuya base científica son
los empadronamientos realizados durante el período hispano, como así también
la posibilidad de alimentación que ofrecía América según las técnicas de
cultivo de la época para albergar habitantes), la población total de América
al llegar los españoles (desde México a Tierra del Fuego, y con la exclusión
de Brasil) era de aproximadamente 11 millones y medio de personas. De ninguna
manera podía existir una población de 70 o 90 millones como pretenden los
“indigenistas”, más aún, habría que preguntarles cómo hubiera hecho Hernán Cortés
para conquistar con 500 hombres una región con tamaña población; o cómo
podría ser posible que América tuviera más habitantes que Europa,
considerando que ésta contaba con alimentación, vivienda, condiciones
sanitarias y un nivel de civilización mucho más elevados (al momento del
descubrimiento se estima la población Europea entre 60 y 80 millones de
habitantes). Si lo dicho no basta para refutar el “cuento del genocidio”,
recurriré para concluir con este tema a simples apreciaciones matemáticas.
Tomando como cierto el asesinato en masa de aborígenes, elevando la cifra de
muertos a 50 millones (como aseguran “batiendo el parche” los seguidores de
la Leyenda); desde 1492 que llegaron los españoles hasta 1810; esto es, 318
años; se obtiene la insostenible cifra de que fue necesario matar 157.232
indios por año; lo que es lo mismo que 13.102,72 aborígenes por mes; es
decir, 430,77 nativos por día; o finalmente, 17,94 indios por hora…lo que nos
lleva a determinar que se mataba un indio cada tres minutos. Todo esto, sin
dormir, ni comer, ni conquistar ni fundar ciudades, ni construir caminos,
universidades, etc. Creo que sobran los comentarios…la matemática no miente. –La conquista no
fue una acción imperialista destinada a subyugar y explotar a los indios; apropiarse
de sus tierras y de sus riquezas. Al respecto es conveniente decir que, la
crítica cae en abierta contradicción en caso de no provenir de fuentes
cristianas, toda vez que no es posible negar la propiedad privada (como lo
hace el marxismo) y reclamarla después en el accionar de los otros. Tampoco
es posible hablar ligeramente de subyugación y explotación por parte del
español, como si antes de su llegada no hubiera existido el
sometimiento de los pueblos más débiles y pacíficos bajo el yugo de los más
poderosos y belicosos. Hay que decir que los pueblos precolombinos estuvieron
asentados en la conquista guerrera y expansionista sobre pueblos vecinos que
se convirtieron en tributarios sometidos a la voluntad de los vencedores. El
hecho histórico es que, por ejemplo, el imperio azteca se construyó sobre los
restos de las comunidades tolteca, chiquimeca y tecpaneca. Tanto es así que
los Tlaxcaltecas, que eran tributarios suyos, se aliaron a Cortés, quién los
liberó. El estudioso Soustelle Jacques
afirmaba que podía interpretarse la historia de Tenochtitlán, entre el año
1325 y 1519, como la historia de un Estado imperialista que perseguía su
expansión a través de la conquista. Por su parte, el Imperio inca se erigió
sobre la base del sometimiento de los aymaras y yuncas. Su método de
dominación consistía en erradicar las poblaciones vencidas a otras partes del
Imperio, mezcladas con grupos fieles al inca que las vigilaban. Tan atroz era la situación en
América, que numerosos historiadores coinciden en señalar que antes del
Descubrimiento, el mundo americano era un enorme campo de batalla. Luchaban
entre sí; aztecas contra Toltecas, mayas contra aztecas y caribes; caribes
contra siboneyes, panches contra caribes; diaguitas contra incas; charrúas
contra pampas, etc. Las luchas eran terriblemente sangrientas y los
derrotados eran asesinados o esclavizados y la verdad histórica es que antes
de la llegada de los españoles, la mayoría de los indios estaban sometidos a
la tiranía de sus caciques, a las persecuciones rituales y al expansionismo
belicoso de las tribus más fuertes. Nada de esto dicen los “amantes
del indigenismo”; como tampoco señalan que fue España quién prohibió por ley
la esclavitud de los indios. Resulta poco serio entonces, calificar a los
españoles de imperialistas y ladrones mientras que los saqueos y
expoliaciones de aztecas o incas no son juzgados de la misma manera. Tampoco
puede desconocerse ni negarse el mérito del Estado Español (único ejemplo en
la historia de Europa) de haberse interrogado por los justos títulos que le
daban derecho a efectuar la Conquista y así; sabios, teólogos, juristas, humanistas,
frailes y letrados discutieron a fondo la problemática, dando origen con
Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca al nacimiento del derecho
internacional moderno. –En lo que al
cuento de “la sed de oro” y afán de lucro se refiere; no hay razón alguna
para negar la existencia de móviles económicos en la Conquista. Sin embargo,
España no planificó una política de expoliación y vaciamiento de
América; si concibió, en cambio, una relación comercial que finalmente no
acabó beneficiándola. Según el análisis de Earl Hamilton la religión
católica, motivó la expulsión de moros y judíos del territorio español, y
este hecho impidió la participación activa en la vida económica del país de
las clases más capaces para ello. La salida de metales del “nuevo mundo” no
sirvieron para enriquecer a España, sino al circuito capitalista manejado por
Inglaterra. Por eso (más allá de otras muchas y complejas razones) es que ya
en el siglo XIX se acentúa el ascenso de la Pérfida Albión y la decadencia
española. La Conquista dejó aciertos y errores, como toda empresa humana; fue
una gesta de hombres, que en pos de un ideal humano y religioso, vinieron a
América a evangelizar y elevar como personas a los aborígenes. –Finalmente, y
para terminar, hay que destacar el esfuerzo español al llevar adelante su
obra, y éste surge ennoblecido en relación a los procederes, propósitos y
actitudes de otras potencias que solamente fueron colonizadoras. Inglaterra
por ejemplo, se estableció en el Norte de América, en la costa atlántica, y
se desinteresó de todo empeño misionero o cultural respecto de los
aborígenes. A su vez, a los nativos no se les permitía convivir ni
mezclarse con los blancos; no hubo entonces mestizaje, ya que el indio era
considerado un ser inferior. Cualquier actitud hostil de parte de ellos para
con los conquistadores era contestada con terribles represalias, o
sencillamente, con la muerte. Las corrientes pobladoras no intentaron
penetrar el continente, puesto que la posesión de la costa bastaba para alcanzar
los fines económico-comerciales. Compárese entonces, esta actitud con la de
España y se verá quién ejecutó realmente un genocidio. Pues, a no dudarlo,
España, creó pueblos, civilizó, transmitió cultura, mezcló en el mestizaje su
sangre con la de las razas autóctonas, evangelizó y también libertó. Lejos de
tiranizar, los españoles liberaron a aquellos que gemían bajo imperios despóticos
y brutales, para ellos entonces, como para nosotros ahora, la irrupción de
España en América significó su pacificación y liberación.
- Carbia, Rómulo, Historia de la
Leyenda Negra Hispanoamericana, Nueva Hispanidad, 2000. |