Interaccionando en lo
principal, categorías idealistas, materialistas y existencialistas e inserto en
el proceso de renovación del marxismo occidental, en 1924 se creó, adherido a
la Universidad de Frankfurt, el “Instituto para el Nuevo Marxismo”, el cual por
razones estratégicas luego es denominado “Instituto para la Investigación
Social”.
Se adopta ante el marxismo una postura crítica para
depurarlo, perfeccionarlo y adaptarlo a las nuevas condiciones objetivas y
subjetivas existentes en Occidente, condición necesaria para asegurar el
triunfo de la revolución comunista en este campo histórico – cultural.
El proceso de reinterpretación del marxismo, realizado a
partir de una nueva lectura de Hegel, más la incorporación de las aportaciones
de Max Weber y Sigmund Freud entre otros, sin más origina el estructuralismo
marxista o neomarxismo, el cual es formalizado bajo el nombre de “Escuela de
Frankfurt”.
De esta forma, siguiendo al leninista Georg Lukács (1885 –
1971) y su visión trágica de la vida fundada en que la alienación y el
extrañamiento como un destino inevitable del hombre, de modo decisivo
intervienen en el proceso de renovación y proyección del marxismo en el siglo
XX, Max Horkheimer (1895-1973), Theodor Adorno (1903-1969), Herbert Marcuse
(1898-1980), Erich Fromm (1900-1980), Wilhelm Reich (1897 - 1957), Louis
Althusser (1918 - 1990) y Jürgen Habermas (1929).
Siendo su objetivo la investigación social para la
intervención ideológica y transformación político revolucionaria de la
sociedad, la “Escuela de Frankfurt” formalmente se centra en problemas teóricos
y en la metodología de las ciencias sociales.
Así, imputando a la teoría tradicional la condición de
racionalidad que corresponde a una mera contemplación desinteresada, separada
de cualquier tipo de praxis, que opera por derivación a partir de principios
generales y últimos, y que presupone tanto la relación de sujeto y objeto, de
lo racional con lo real, como la adecuación entre concepto y cosa, los
frankfurtianos criticaron las principales formas de la “teoría clásica” y
configuran una “teoría crítica”.
Entonces, si bien la “Escuela de Frankfurt”, es decir, el marxismo
estructuralista o neomarxismo, reconoció la presencia de la irracionalidad en
la historia, de hecho rechazó tanto el idealismo de la razón de Hegel como el
“irracionalismo” al estilo de Kierkegaard, Nietzsche o Bergson.
Se mantuvo firme en el recurso a los procedimientos
racionales de acceso a la realidad pero concibió una “racionalidad crítica”
como saber racional que denuncia lo que hay de irracionalidad en la historia y
en la sociedad. Rechazó asimismo las pretensiones del positivismo
(neopositivismo, empirismo o fenomenismo) de identificar el conocimiento con la
ciencia (cientifismo), y considerar a ésta como un conocimiento objetivo
(objetivismo).
Se trata de un rechazo a todo intento de reducir cualquier
forma de conocimiento a conocimiento sólo de hechos, absteniéndose de cualquier
tipo de valoración –positiva o negativa– de los mismos.
Esto por cuanto, el identificar lo real con lo racional y
el absolutizar los hechos, conducen a una misma conclusión: la aceptación y no
la crítica de la realidad, actitud tenida por común entre todas las formas de
la teoría clásica y cuestión que la causa revolucionaria no admite por ningún
motivo.
De esta forma, siguiendo la idea del “comunismo crítico”
de Karl Marx, la “teoría crítica” o neomarxismo afirmó los principios de
negatividad, mediación y praxis.
Theodor Adorno. Sin más, Theodor Adorno negó que fuera posible una total conceptualización
de la realidad. Sostuvo Adorno: “Quien elija hoy por oficio el trabajo
filosófico ha de renunciar desde el comienzo mismo a la ilusión... de que sería
posible aferrar la totalidad de lo real por la fuerza del pensamiento.
Ninguna razón legitimadora sabría volver a dar consigo
misma en una realidad cuyo orden y configuración derrote cualquier pretensión
de la razón...
La filosofía que a tal fin se expende hoy no sirve más que
para velar la realidad y eternizar su situación actual... La crisis del
idealismo equivale a una crisis de la pretensión filosófica de totalidad.
La ratio autónoma –tal fue la tesis de todo sistema
idealista– debía ser capaz de desplegar a partir de sí misma el concepto de la
realidad y toda la realidad... (pero) el texto que la filosofía ha de leer es
incompleto, contradictorio y fragmentario, y buena parte de él pudiera estar a
merced de ciegos demonios; sí, quizá nuestra tarea es precisamente le lectura,
para que leyendo aprendamos a conocer mejor y a desterrar esos poderes
demoníacos”.
Hegel incorporó en su dialéctica el elemento negativo (la contradicción), pero
sólo para superarlo en la síntesis final, de tal manera que la identidad se
recupera, y la realidad queda justificada en cuanto que es racional.
Pues bien, frente a la dialéctica hegeliana –que se
entiende “positiva”–, Adorno propone una “dialéctica negativa” que afirma que
“lo real no es (totalmente) racional”: “El nombre de dialéctica comienza
diciendo sólo que los objetos son más que su concepto, que contradicen la norma
tradicional de la adaequatio (conformidad o identidad entre la mente y su
objeto). La contradicción... es índice de lo que hay de falso en la
identidad... Dialéctica es la conciencia consecuente de la diferencia”.
La dialéctica positiva, dice Adorno, “no ha hecho más que interpretar el mundo
y mutilarse a sí misma de pura resignación ante la realidad”, con lo que se ha
convertido en ideología. En efecto, ya que el sujeto se adecua a la realidad
(por el conocimiento), se afirma que también debe someterse a ella en la
práctica.
Y así, la dialéctica positiva eterniza el estado presente
y bloquea cualquier acción transformadora o revolucionaria. En cambio, para la
dialéctica negativa la realidad (social, histórica) no es algo en absoluto
racional, sino que requiere una profunda transformación racionalizadora.
Es también “negativa” por decir “no” a la realidad. En
este mismo sentido, Marcuse prefiere hablar de un “pensamiento negativo”,
definido “como poder subversivo, poder de lo negativo”.
La misma carga de negatividad posee la concepción de la utopía.
Los frankfurtianos o neomarxistas rechazan la posibilidad
de construir una “utopía positiva”.
No es posible determinar cómo debería ser el futuro,
únicamente es posible determinar cómo no debe ser, lo cual ya es suficiente
para poder criticar el presente. Se afirma así: “La teoría crítica de la
sociedad no posee conceptos que pueden tender un puente sobre el abismo entre
el presente y el futuro; sin sostener ninguna promesa, sin tener ningún éxito,
sigue siendo negativa. Así, quiere permanecer leal a aquellos que, sin
esperanza, han dado y dan su vida por el Gran Rechazo”.
Además, contra la pretendida relación entre sujeto–objeto, o bien
observador–hechos, presupuesta por la teoría clásica, la teoría crítica afirma
que todo conocimiento está determinado por “mediaciones”.
La actividad teórica no es independiente de los procesos
sociales, históricos y económicos en medio de los cuales ha aparecido, sino que
éstos determinan el objeto y finalidad de la investigación.
Además, ninguna teoría es “imparcial”, sino que está
sustentada por intereses, y con frecuencia su aparente objetividad no hace sino
ocultar su carácter “ideológico”. Igualmente, la dicotomía sujeto–objeto no se
puede mantener radicalmente; el investigador es siempre parte del objeto social
investigado.
De ahí la insistencia en el concepto de “totalidad”
(tomado de Lukács). La investigación social es la “teoría de la sociedad como
un todo” (Horkheimer), en la que hay que poner en interrelación los ámbitos
económico, histórico, psicológico, etc.
La especialización de la ciencia convierte a su objeto en
algo “abstracto” y conduce a ocultar, de hecho, la realidad. Sólo desde esta
visión totalizadora la teoría puede convertirse en “crítica”, y desvelar los
aspectos ideológicos y represivos de la sociedad y la cultura. Marcuse señala:
“La totalidad parece tener el aspecto mismo de la razón. Y, sin embargo, esta
sociedad es irracional como totalidad”.
Con todo, Weber defendió el principio de la “no–valoración” como criterio de
objetividad teórica. Esta pretensión es rechazada por la teoría crítica. Indica
Marcuse: “El problema de la objetividad histórica implica juicios de
valor", es decir, estar al servicio de la emancipación del hombre, y
derivar en una praxis liberadora.
De este modo, los dos polos de la teoría crítica son razón
y praxis. Pero la praxis no se reduce al ámbito individual: en el siglo XX la
política se había convertido en el ámbito propio de la acción moral,
recuperándose así la gran tradición del pensamiento griego, que nunca
desvinculó la moral de la política.
En conclusión, la “teoría crítica” se niega a justificar la realidad
socio–histórica presente por considerarla irracional, es decir, injusta y opresora.
Y, por ello mismo, se propone hacerla más racional y humana.
Max Horkheimer y Theodor Adorno. La “teoría crítica” establece un fundamento
filosófico, esbozado por Max Horkheimer y Theodor Adorno en la obra conjunta,
“Dialéctica de la Ilustración” (1947).
Se investiga aquí “por qué la humanidad, en lugar de
entrar en un estado verdaderamente humano, desembocó en un nuevo género de
barbarie”.
La respuesta se encuentra en el triunfo de una forma de
racionalidad –ya estudiada por Max Weber– que recibe diversas denominaciones:
razón subjetiva o instrumental (Horkheimer), subjetiva o identificadora
(Adorno), unidimensional (Marcuse), instrumental o estratégica (Habermas).
Todo el proceso recibe el nombre de “Ilustración”,
término que engloba, en realidad, toda la historia de Occidente, y no sólo el
siglo XVIII: “La Ilustración, en el sentido más amplio de pensamiento en
continuo progreso, ha perseguido siempre el objetivo de quitar el miedo a los
hombres y convertirlos en amos”.
La historia de la Ilustración ha estado marcada, pues, por el esfuerzo del
hombre por dominar la naturaleza (incluida su propia naturaleza).
Por ello los frankfurtianos piensan que el motor de la
historia no ha sido la lucha de clases (Marx), sino el conflicto hombre –
naturaleza, enfrentados como sujeto–objeto.
En ese esfuerzo, la Humanidad ha otorgado la primacía
absoluta a la “razón subjetiva o instrumental”, es decir, a una forma de
racionalidad que sólo se refiere a “la adecuación de los medios a los intereses
subjetivos de la autoconservación”, reduciéndose a ser “una capacidad de
calcular probabilidades”.
La razón “subjetiva” atiende exclusivamente a los medios,
no a los fines. Estos últimos se consideran como indiferentes en sí mismos, y
su elección no es racional, sino producto de predilecciones irracionales. Por
eso, la razón subjetiva no es sino una razón “instrumental”.
Se afirma que ésta es “un instrumento para todas las
empresas de la sociedad, y ha renunciado a su tarea de juzgar los actos y el
modo de vivir del hombre”. De aquí partió la tragedia de la civilización.
La razón, en lugar de liberar, ha conducido a la barbarie
de la dominación universal de la naturaleza y del hombre. La naturaleza
(también la humana) ha sido “cosificada”, es decir, degradada a pura materia;
“hay que dominarla sin otro propósito que no sea, precisamente, el de
dominarla”. Dominar se convierte en un fin por sí mismo.
Frente a la razón instrumental estaría la “razón objetiva”, es decir, un logos
o racionalidad inherente a la realidad misma, que permite la determinación de
ideales y fines “de por sí deseables”. Pero ésta es, justamente, la razón
olvidada y reprimida por la Ilustración. “Eclipse de la razón” (1947) es el
título de la obra de Horkheimer que más tarde (1967) aparecerá ampliada bajo el
título de “Crítica de la razón instrumental”.
Sin embargo, Horkheimer opina que no se trata de tomar
partido por ninguna de las dos formas de racionalidad, ya que ambas conducen a
excesos. La razón objetiva lleva a “afirmar valores ilusorios y a crear
ideologías reaccionarias”; pero la razón subjetiva conduce al “materialismo
vulgar” o a la barbarie de la dominación. La autocrítica de la razón tiene que
reconocer y salvar la limitación de ambos conceptos, y buscar su síntesis dialéctica.
Herbert Marcuse y Erich Fromm. Con todo, Herbert Marcase y Erich Fromm
trasladan la dialéctica de la razón a una dialéctica de pulsiones o tendencias.
El interés por Freud era común a todos los miembros de la
Escuela de Frankfurt, pero fue Fromm quien inició el intento de conciliar a
Freud y Marx, en contra de la consideración muy generalizada entonces de que
eran pensadores antagónicos.
La idea básica de Fromm era que el marxismo necesitaba un
enfoque psicológico adicional; y que, en particular, el psicoanálisis podía
proporcionar el “eslabón perdido” entre la superestructura ideológica y la base
socioeconómica. Se trataba de interpretar las conductas sociales a partir de
los efectos de la estructura económica sobre los impulsos psíquicos básicos.
E. Fromm adoptó pronto una postura revisionista frente a Freud, rechazando la
teoría de la libido y el complejo de Edipo.
Ello se debió, en parte, a su aceptación de la teoría
matrística de Johan Jakob Bachofen (1815 – 1887), que con su base evolucionista
y materialista se había vuelto a poner entonces de moda y que, también había
sido aceptada por W. Reich. Fromm interpreta, así, la historia de la humanidad
como un paso de una sociedad matriarcal primordial (caracterizada por la
solidaridad, los lazos de amor y la ausencia de propiedad privada) a una
sociedad patriarcal en la que se imponen las relaciones de autoridad y
obediencia.
La sociedad burguesa capitalista encarna, una sociedad
patriarcal en la que se afirma el poder del padre y la primacía de la
productividad sobre la felicidad. El mismo Freud, dice Fromm, representa el
tipo patriarcal clásico.
Posteriormente, Fromm presenta una nueva interpretación del mismo tema. El
proceso de humanización es un proceso de liberación frente a la naturaleza y
los otros.
Pero la consecuencia es que cuanto más libre se siente el
ser humano, también se siente más solo, con lo cual no le queda más que una
alternativa: o unirse con los otros mediante una relación de amor (que respeta la
libertad y la integridad personal), o hacerlo mediante una relación de
sometimiento (someter al otro: sadismo; o someterse al otro: masoquismo). De
hecho, piensa Fromm, en la sociedad moderna predominan las relaciones de
dominación; pero cambiarlas por relaciones de amor es una posibilidad que queda
siempre abierta.
No obstante, el optimismo de Fromm y su posición revisionista frente a Freud no
fueron bien vistos por el resto de los miembros de la Escuela de Frankfurt.
Justamente por eso, H. Marcuse realiza en “Eros y civilización” (1953) una
crítica del revisionismo neofreudiano a partir de aquello mismo que lo había
motivado. Para los revisionistas, la creencia de Freud en “la inalterabilidad
básica de la naturaleza humana se reveló como “reaccionaria”: las teorías
freudianas parecían implicar que los ideales humanitarios del socialismo eran
sumamente inalcanzables”.
En efecto, según Freud el mantenimiento de la sociedad y la cultura requiere la
represión del “principio de placer” (que busca la satisfacción inmediata) en
favor del “principio de realidad” (satisfacción retardada, productividad,
seguridad).
Es decir, exige “la subyugación permanente de los
instintos humanos”. El resultado es la conquista de la naturaleza y el progreso
tecnológico, lo cual causa falta de libertad y felicidad. La pregunta que se
hace Marcuse es si esta situación es inevitable, y si, por tanto, la sociedad y
la civilización son necesariamente represivas. La respuesta es negativa. Una
“reinterpretación de la concepción teórica de Freud en términos de su propio
contenido socio–histórico” muestra que la hipótesis de una sociedad
no–represiva no contradice el pensamiento de Freud. Se afirma: “Freud sostiene
que un conflicto esencial entre los dos principios es inevitable; sin embargo,
en la elaboración de su teoría esta inevitabilidad parece estar abierta a la
duda... La lucha por la existencia necesita la modificación represiva de los
instintos principalmente por la falta de medios y recursos suficientes para una
gratificación integral, sin dolor y sin esfuerzo, de las necesidades
instintivas. Si esto es verdad, la organización represiva de los instintos se
debe a factores exógenos –exógenos en el sentido de que no son inherentes a la
“naturaleza” de los instintos–, sino que son producto de las específicas
condiciones históricas bajo las que se desarrollan los instintos”.
En conclusión, si la represión del principio de placer
sólo se debe a condicionamientos socio–históricos, el pensamiento de Freud no
debe ser interpretado como un análisis desesperanzado del “malestar de la
cultura” ya que deja abierta la puerta a la utopía de una sociedad no–represiva
y feliz.
Jürgen Habermas.
Luego, con Jürgen Habermas, la “teoría crítica”
experimenta una transformación. Con Habermas -quien reconoce que su propuesta
es un intento de “reconstrucción del materialismo histórico”- el neomarxismo o
“teoría crítica” se hace menos pesimista y asume una tarea “constructiva”
mediante la elaboración de una “teoría de la acción comunicativa” (1981). No
obstante, el tema central sigue siendo –como para los fundadores de la “Escuela
de Frankfurt”– la racionalidad, término que significa para Habermas no la
razón, el conocimiento o la forma de adquisición del conocimiento, sino “la
forma en que los sujetos capaces de lenguaje y de acción hacen uso del
conocimiento”.
De esta forma, en el marco de la racionalización de la
sociedad moderna, Habermas, reconstruyendo el pensamiento de Max Weber “según
el espíritu del marxismo occidental”, formula la “teoría de la acción
comunicativa” con la finalidad de “dar razón de los fundamentos normativos de
una teoría crítica de la sociedad”.
Concibe la “racionalidad comunicativa” como alternativa a la racionalidad
instrumental, reconstruye la clasificación weberiana de la “acción social” y
asumiendo los dos “niveles de la sociedad” que corresponden a las dos
dimensiones fundamentales de la teoría de la sociedad de Marx: trabajo e
interacción, Habermas articula la sociedad en dos niveles: “sistema” y “mundo
de la vida”.
El concepto de “sistema” es elaborado mediante una
re–construcción de las teorías sociológicas funcionalistas de T. Parsons y N.
Luhmann; el segundo, mediante una re–construcción del concepto correspondiente
en Husserl, Wittgenstein, Durkheim (concepto de conciencia colectiva) , Schutz
y Luckmann, en líneas generales, el “sistema” se refiere a la organización del
mundo de la economía y el poder, a mecanismos de autorregulación de la sociedad
dirigidos a resolver los problemas de su autoconservación.
En cambio, el “mundo de la vida” se refiere a las
estructuras de la cultura, las normas y los valores, y a problemas de
reproducción cultural, socialización, instituciones y metas sociales. Existe,
pues, una clara correspondencia entre sistema - trabajo - acción/racionalidad
instrumental, y mundo de la vida - interacción - acción/racionalidad
comunicativa.
Habermas piensa que los fundamentos de una “teoría crítica” de la sociedad no
pueden encontrase en una filosofía de la historia como la propuesta por Horkheimer
y Adorno.
Por dos razones; hoy día resulta “insostenible” elaborar
una filosofía de la historia y, por otro lado, la “Dialéctica de la
Ilustración” es sólo una filosofía negativa de la historia, y no aporta ninguna
fundamentación normativa a la teoría social.
Por esta razón, Habermas substituye la filosofía de la
historia por una “teoría de la evolución social” que intenta dar cuenta del
proceso histórico por el que los dos niveles de la sociedad –sistema y mundo de
la vida– se van diferenciando internamente y “desacoplando”. A partir de aquí
es posible reelaborar el concepto de “reificación” (o “cosificación”) de la
sociedad moderna, que Weber y los primeros frankfurtianos habían interpretado
como triunfo de la razón instrumental.
En realidad, se trata de un proceso de “colonización” del
mundo de la vida por parte del sistema: “Lo que conduce a una racionalización
unilateral o a una cosificación de la práctica comunicativa cotidiana no es la
diferenciación de los subsistemas regidos por medios y de sus formas de
organización respecto al mundo de la vida, sino sólo la penetración de las
formas de racionalidad económica y administrativa en ámbitos de acción que, por
ser ámbitos de acción especializados en la tradición cultural, en la
integración social y en la educación, y necesitar incondicionalmente del
entendimiento como mecanismo de coordinación de acciones, se resisten a quedar
asentados sobre los medios dinero y poder.
Si partimos además de que los fenómenos de la pérdida de
sentido y de la pérdida de la libertad no se presentan casualmente, sino que
son de origen estructural, tenemos que intentar explicar por qué los
subsistemas regidos por medios desarrollan esa dinámica incontenible que tiene
como efecto la colonización del mundo de la vida y a su vez su separación
respecto de la ciencia, la moral y el arte”.
Así, la “teoría de la acción comunicativa” permite hacer un diagnóstico de las
“patologías sociales”, interpretándolas como una colonización de los ámbitos
del mundo de la vida por parte de los subsistemas del poder y del dinero.
Pero también permite extraer consecuencias normativas, es
decir, determinar lo que racionalmente debe o no debe suceder. Y también
elaborar una cierta utopía positiva, en la que se recupera el ideal integral de
la Ilustración del siglo XVIII: una auténtica racionalización de la sociedad
en la que sistema y mundo de la vida, racionalidad instrumental y racionalidad
comunicativa se encuentren armonizados.
En esta perspectiva, esta aplicación de la “teoría crítica” o “teoría de la
acción comunicativa” del neomarxismo, está destinada a producir un cambio de
paradigma.
La teoría de los “intereses cognoscitivos” implica una
reconstrucción de la teoría del conocimiento como “teoría de la sociedad”.
Entonces, con la introducción de una nueva forma de racionalidad –la
racionalidad comunicativa– se va más lejos: se propone un radical cambio de
paradigma (o modelo) en la concepción del conocimiento.
Habermas indica que la filosofía occidental –especialmente
a partir de Descartes– ha utilizado de un modo más o menos explícito el
paradigma de la conciencia, o del pensador solitario, basado sobre la
contraposición sujeto–objeto. Habermas adopta un nuevo modelo: el paradigma del
lenguaje.
Es el paradigma que subyace en el modo de entender la
racionalidad comunicativa: la relación sujeto–objeto es substituida por la
relación sujeto–sujeto que dialogan en un intercambio discursivo. Este cambio
de paradigma supone que el lenguaje es considerado preferentemente en su
dimensión “pragmática”, es decir, no como sistema sintáctico–semántico, sino
como “habla”, como lenguaje en “uso”. Se comprende, pues, que la “teoría de la
acción comunicativa” del neomarxismo suponga la construcción de una “pragmática
universal”.
Es a partir de esta concepción neomarxista que, por medio de la “teoría de la
acción comunicativa”, se afirma una “teoría consensual de la verdad” plasmada
en la “ética del discurso”. La “teoría consensual de la verdad” ya había sido formulada
por Peirce: “La opinión que está llamada a que se pongan de acuerdo en ella
todos los que investigan, es lo que entendemos por verdad”.
Pero Habermas ofrece una versión revisada en términos de
que “puedo atribuir un predicado a un sujeto si y sólo si cualquier otro que
pudiera entrar en un diálogo conmigo atribuyera el mismo predicado al mismo
sujeto”. Ello quiere decir que se sitúa la “verdad” en el contexto pragmático
del lenguaje, y que la teoría consensual indica bajo qué condiciones está justificada
nuestra pretensión de que nuestros enunciados son “verdaderos”. Por extensión,
el modelo de la “ética del discurso” propuesto por Habermas corresponde a una
reelaboración de la ética formal de Kant.
El imperativo categórico es reformulado de la siguiente
manera: “En lugar de proponer a todos los demás como válida una máxima que
quiero que opere como ley universal, tengo que presentarla a la consideración
de los otros a fin de comprobar discursivamente su aspiración de universalidad.
El peso se traslada desde aquello que cada uno puede querer sin contradicción
alguna como ley general, a lo que todos de común acuerdo quieren reconocer como
norma universal”.
Se concede, pues, a Kant que sólo una máxima universalizable puede convertirse
en deber moral. Pero –ahora contra Kant– se afirma que la universalizabilidad
de una máxima sólo puede decidirse en un diálogo entendido como “discurso” –en
el sentido definido más arriba– y no en el interior de la conciencia individual
y solitaria.
Además, la finalidad del diálogo es llegar a un consenso
acerca de qué intereses son generalizables. Lo cual supone una nueva
modificación del punto de vista kantiano. Es evidente que el individuo debe
renunciar a la defensa de sus intereses particulares si quiere que su máxima
(individual) de conducta sea universalizable.
En cambio, en el diálogo los intereses individuales no
quedan excluidos, sino al contrario: de lo que se trata, precisamente, es de
llegar a un acuerdo acerca de ellos. Por fin, está claro que la “ética del
discurso” no es individualista, sino “política”. Tiene como presupuesto la
existencia de una comunidad de diálogo en la que –sin coacción alguna y en
total igualdad de oportunidades para opinar– se busca un consenso racional
acerca de qué intereses se pueden considerar como comunes.
Desde luego, la existencia de una comunidad de este tipo
entra prácticamente en el campo de la utopía, y por eso Habermas emplea la
expresión “comunidad ideal de diálogo”.
En cualquier caso, la “ética del discurso” es, al mismo
tiempo, un modelo de democracia participativa, ideal que propagará el
neomarxismo, es decir, el nuevo marxismo, siempre fundado en la idea de Karl
Marx: “La existencia social de los individuos determina sus conciencias”.