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La religión y el nacionalismo. Por José María
Rosa – “Rivadavia y el imperialismo financiero” Volviendo a la Argentina de la primera mitad del siglo
XIX, diré también a los izquierdistas y a muchos derechistas, que la defensa de la religión católica por
las masas y los caudillos llevaba implícita una defensa de la nacionalidad.
Se defendía el catolicismo porque era
una manera de defender la propio cuando la nacionalidad no estaba todavía
consolidada, porque los invasores eran protestantes en su mayoría, y en
el grito "¡Religión o muerte!" de Facundo no había tanto una posición teológica sino una manera de
combatir a los gringos herejes que venían a apoderarse de la patria. Como tampoco en
la política religiosa de Rivadavia contra el clero regular hubo un propósito
escatológico sino político: el liberalismo buscaba restarle fuerzas a las
órdenes religiosas, porque su unidad y su riqueza podían perturbar la obra de
la intromisión imperialista. Por eso la
masonería -punta de lanza de la invasión foránea- combatía la religión por todos los medios; por eso también, los
caudillos y el pueblo la defendían. Sus motivos no
eran confesionales, o no lo eran tanto como nacionalistas. Quiroga, el de
“¡Religión o muerte!”, no era un practicante asiduo y es posible que sus
continuas lecturas de la Biblia –su libro de cabecera- lo hubiesen arrastrado fuera de una ortodoxia católica. Pero eso
no tiene importancia, como tampoco la tiene que Quiroga en su fuero interno
prefiriese el unitarismo al federalismo como sistema político. Lo importante
era que militase por nacionalismo en el partido federal, y comprendiese que la religión era un arma necesaria para luchar
contra la penetración inglesa y que estaba encarnada en el pueblo, como
también lo estaba el federalismo. Tampoco Rosas era
un asiduo practicante católico, y pocas
veces fuera de las festividades oficiales concurría a misa y nunca tomaba los
sacramentos. Pero veló
por la religión y fomentó su culto porque la entendía en un sentido
diametralmente opuesto al de Rivadavia. Que, ese sí, era
practicante asiduo,
y hasta se daba disciplinazos en la Casa de Ejercicios, sin perjuicio de combatirla en el quehacer político. Rivadavia tenía un concepto íntimo de la
religión, y Rosas lo tenía político. Por eso, también, la subordinó a su
gobierno y a su obra: defendió el patronato contra las pretensiones de Roma,
hizo jurar a los obispos defender la "Santa Causa de la
federación", veló porque la Iglesia militante mantuviese una actitud
nacionalista, y llegó a expulsar a los jesuitas, a quienes antes había
llamado, cuando le pareció que su enseñanza ortodoxamente católica no era tan
ortodoxamente federal. El odio. La lucha por la
liberación se hace entre un pueblo nacionalista y una minoría extranjerizada. A veces ésta se apoya en
factores de poder de mentalidad colonial, como lo fue en 1828 la oficialidad
militar, que antepuso las conveniencias de su clase y de su partido a los
intereses permanentes de la Nación; o una jerarquía eclesiástica
excesivamente romanista, y por lo tanto suficientemente antinacional, como
pasaría más tarde. A veces puede ocurrir que domine en el ejército o la
Iglesia la mentalidad nacional. De cualquier manera el conflicto entre nacionalistas y extranjerizados no es un conflicto
de clases poseedoras y desposeídas como lo presentan algunos, o mejor dicho
no se agota en un conflicto por el apoderamiento de la riqueza y su defensa.
Hay algo más. Es una guerra entre dos
maneras de sentir a la "patria", y por eso será tan cruenta y
moverá rencores tan implacables. La
patria es un culto, y quienes no lo comparten son tenidos por herejes dignos
de la hoguera. La guerra adquiere las características de una guerra religiosa.
Se odia lo que no se comprende y los extranjerizados
odian la patria de los nacionalistas como éstos la de aquellos. Hay sus
graduaciones: odian más los débiles, porque odiar es propio de impotentes;
los fuertes no puede decirse que odian sino que ignoran. El extranjerizado
que ignora al pueblo todavía está fuerte en su "patria" colonial;
cuando empieza a odiarlo es que se sabe débil. José María Rosa (Rosa, J. M. 1986. Rivadavia y el imperialismo
financiero. A. Peña Lillo editor s.r.l. Buenos Aires) |