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ARTURO JAURETCHE. NACIONALISMO Y PENSAMIENTO NACIONAL Marta
MATSUSHITA INTRODUCCION Hace treinta años, un 25 de mayo, día en que se
conmemora en Argentina la Revolución de Mayo que concretó la independencia de
España, se silenció la voz de uno de los más combativos representantes del
pensamiento nacionalista, Arturo Jauretche. Fue un político y pensador con
mucho que decir y no tuvo ni temores ni dudas cuando creyó llegado el momento
de hacerlo. Su palabra y su pluma que fueron las herramientas de lucha, se
movieron ágilmente y afiladas por la ironía, el humor, y no pocas veces
adornadas por adjetivaciones que sonaban hirientes a sus destinatarios. Esa combatividad, sus denuncias descarnadas a todo
lo que consideraba antinacional o al menos opuesto a los intereses nacionales
y el látigo de su pluma, le valieron la enemistad de los intelectuales a los
que despectivamente llamó “la intelligetzia”. La trayectoria de Jauretche
como periodista, ensayista y militante político lo mostró siempre enfrentado
con los medios académicos que le negaban rigor científico a su producción
intelectual. Esto le cerró el acceso a los grandes periódicos, la cátedra
universitaria, los círculos literarios y otros espacios en los que se
formulaba y por los que circulaba el pensamiento. Polemizó con pasión con
grandes figuras de las letras y con sociólogos a los que culpaba de no ver la
realidad nacional. Como para otros pensadores, la pregunta
fundamental es qué[1]
significado tiene su pensamiento y si está dotado de cierta actualidad, esto
es, qué aspecto suyo como pensador político y social constituye un aporte
para los problemas de la Argentina de hoy. Analizar una vez más el pensamiento de Jauretche parece importante cuando
el país reflexiona si lo que se ha hecho hasta hoy ha servido al interés
nacional y qué políticas podrían lograrlo. I. EL
HOMBRE Y Hijo de padre vasco francés y de madre española
pero de origen también vasco, Arturo Jauretche vino al mundo el 13 de
noviembre de 1901 en Lincoln, un pueblo de la provincia de Buenos Aires que
tenía reminiscencias de población de frontera y que según Jauretche, “no
tenía ayer”. En esa pequeña comunidad rural criollos e inmigrantes convivían
sin problemas. Eran los Jauretche una familia de clase media que
no poseía tierras y que vivía del empleo público del padre y las funciones
docentes de la madre, directora de una escuela local. Creció en un ambiente
violento donde se apreciaba el valor probado, como lo hacía su padre que era
hombre de portar armas y miembro del Partido Conservador. Fue en esa
agrupación política en la que, de muy joven, nuestro personaje empezó su
experiencia política. Fue un lector ávido, en parte por influencia de su
madre, y desde niño sintió interés por los elementos populares, los hombres
que hacían el duro trabajo físico, “los otros” desde su perspectiva de clase
o “mis paisanos” como con afecto los llamaba en sus obras. (Jauretche,
Pantalones cortos, 251). Toda su formación intelectual lo llevó a
alinearse con el pensamiento “civilizatorio” del cual se volvería más tarde
tenaz crítico. En 1916 la política nacional dio un vuelco con la llegada al
poder del presidente del Partido Radical, Hipólito Irigoyen, iniciándose una
política nacionalista y de neutralidad en la I Guerra Mundial. Durante sus
estudios de secundaria adhirió al movimiento estudiantil generado en torno a
la Reforma Universitaria(1918) y fue en esa actividad que vio por primera vez
al presidente Irigoyen en una audiencia concedida a los estudiantes
reformistas, un 12 de setiembre de 1919, encuentro que lo marcó
definitivamente. Por sus estudios se trasladó a Buenos Aires a mediados de
1920 y esos años fueron para él de pobreza y soledad, pero al mismo tiempo de
maduración y cambio de posiciones ideológicas. Su contacto con las ideas de
la Revolución mexicana de 1910 y los
movimientos antiimperialistas como el APRA peruano lo alejaron del conservadorismo
y fueron acercándolo al radicalismo,
aunque confiesa haber tenido una posición anarquista en esa época. De esas
vivencias fue naciendo también su percepción de que los movimientos que
buscan el bien del país son necesariamente movimientos populares. A lo largo de medio siglo de luchas tuvo activa
participación en los dos grandes movimientos políticos de masas de la
Argentina del siglo XX: el irigoyenismo y el peronismo. Influído por las
ideas nacionalistas y también por las socialistas, en la década del 30 lideró
con su amigo Raúl Scalabrini Ortiz la lucha contra el imperialismo inglés y
fundó FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Juventud Argentina),
organización que se proponía crear un nuevo estado de conciencia en el pueblo
dando por tierra con “los viejos mitos del capital
invertido, de la inferioridad del criollo, de la superioridad germánica y
anglosajona.....de la necesidad de ser bien vistos en el exterior y agradar a
los proveedores de empréstitos” (Jauretche, cit. por Galasso, Biografía, 31).
FORJA surgió como una fuerza política de
sustitución, ante la evidencia de que a la muerte de Irigoyen el radicalismo
había dejado de ser una fuerza de cambio nacional y por tanto, de cumplir su
misión histórica. Con el advenimiento del peronismo FORJA fue
disuelta el 24 de febrero de 1946 por considerarse que el golpe militar del
1943, que llevó al poder a Perón, había inaugurado una política nacional y de
recuperación de la soberanía contra el capitalismo extranjero, que eran las
banderas de la organización. Jauretche colaboró con el peronismo aunque al
partido sólo se incorporó al final de su vida, en 1972. Hubo entre Perón y Jauretche muchos encuentros y
diálogos y aunque luego sobrevino un distanciamiento, por su convicción de
que el peronismo representaba la política nacional y popular que pregonaba,
Jauretche se mantuvo hasta el fin en una posición elogiosa de ese movimiento.
Fue coherente en su insistencia por valorar la experiencia peronista
señalando que “nadie, por más antiperonista que haya sido o sea, puede replantear
las soluciones nacionales prescindiendo del ensayo que se cumplió entre 1945
y Tuvo intensa participación en la lucha de la
resistencia peronista después del golpe militar que derrocó a Perón en 1955,
y lo hizo con el propósito de que la derrota política de las masas no se
convirtiera en una derrota ideológica. Su vida fue un verdadero torbellino de luchas ,
pasiones y escritos que casi no dejaron tema por cubrir. El pensamiento se
perfiló en la década del 30 en una infinidad de artículos políticos escritos
en revistas, semanarios y periódicos, la mayoría con escasa tirada y corta
vida. Los libros recién aparecieron a finales de la década del 50 y fueron
doce obras que pueden considerarse “un único libro” ya que el mensaje se
repitió en forma reiterada, matizado con observaciones, anécdotas y
reflexiones que enriquecían la unidad de su obra (Sánchez Roa, 271). Se iniciaron con - El Plan Prebrish. Retorno al coloniaje (1955),
y siguieron con - Los profetas del odio (1957), - Ejército y Política. La patria grande y la patria
chica (1958), - Política nacional y revisionismo histórico
(1959), - Prosa de hacha y tiza (1960), - FORJA y la década infame (1962), - Filo, contrafilo y punta (1964), - El medio pelo de la sociedad argentina (1966), - Los profetas del odio y la yapa (1967), - Manual de zonceras argentinas (1968), y - De memoria. Pantalones cortos (1972). Lo que da coherencia a esa obra profusa y diversa
es su carácter de periodismo de combate, dirigido a ir discutiendo y esclareciendo los problemas
nacionales. Los últimos años fueron de reubicar su lucha en nuevas
realidades, en particular la de radicalización política en la Argentina de los 70 y la violencia
que dominaba al país; de momentos de desencanto y cansancio pero también de
esfuerzos por mantener su vigoroso optimismo sobre las potencialidades y el
futuro de su país a pesar de todo. Como quizás corresponde a un gran luchador
del intelecto que apostó su vida a buscar un destino mejor para Argentina, su
vida se apagó el día patrio. Ese 25 de mayo de 1974 se silenció la voz y se
detuvo la pluma de un hombre que en una entrevista poco antes de su muerte
dijo: “Escribo para que me lean y me gusta que me lean, pero no escribo para
ser grato a ningún oído”. II.
JAURETCHE Y LAS IDEOLOGIAS Al analizar el pensamiento de Jauretche una de
las tareas más arduas es ubicarlo en una disciplina determinada, en un estilo
literario preciso y lo que es más, buscar un embanderamiento político que le
sea aplicable. El propio Jauretche confesó que tampoco era un político en el
sentido aceptado del término y que había “utilizado la política como
trampolín para esa empresa” (Jauretche, cit. por Galasso, Biografía, 275), la
de definir una política nacional y adoctrinar sobre ella a los argentinos.
Ello autoriza a considerar su labor como meta-política, pues obra y accionar
fueron un esfuerzo de trabajar en la formación de estados de conciencia en
los ciudadanos. Entre las críticas preferidas de sus enemigos la
supuesta inestabilidad de las adhesiones políticas de Jauretche, que fueron
desde el conservadorismo, pasando por el yrigoyenismo y anclando en el
peronismo, ocupa un lugar de privilegio. Lo que se ve claro es que no se ató
a ninguna ortodoxia y que fue un hombre siempre dispuesto a aceptar que lo
nacional es un proceso popular y que las mayorías populares y sus intereses
no tienen un canal único de expresión, sino diversos canales conforme al
momento histórico que vive el país. Esto explica su apoyo al yrigoyenismo
primero y luego al peronismo, pero manteniendo siempre su independencia de
criterio como lo prueban sus críticas al peronismo en especial en ciertos
excesos. Esta fue la gran lección para las nuevas
generaciones a las que, como ha dicho su biógrafo y admirador Norberto
Gallaso, enseñó a pensar. Ubicar ideológicamente a Jauretche no es tarea
fácil, si se tiene en cuenta que las interpretaciones configuran un amplio
abanico que van desde considerarlo un “marxista visceral”, hasta verlo como un nacionalista
reaccionario. Al momento de mencionar las distintas “etiquetas
ideológicas” que se han pretendido imponer al pensador no deben olvidarse las
emanadas de algunos intelectuales atacados por la vigorosa pluma de Jauretche
quienes procuran ridiculizarlo declarándolo la más prominente figura
intelectual del nacionalismo burgués. No faltan estudiosos que acentúan los
rasgos anti-intelectuales de Jauretche, como Silvia Segal, que lo denomina
“nacionalista anti-iluminista”(Sigal, 13), cuando Jauretche jamás minimizó la
importancia de las ideas ni las teorías sino que exigía de ellas una
adecuación a la realidad del país, como bien lo ha señalado Spilimbergo
(Spilimbergo, 136). Lo que fustigó sin descanso fue el carácter
abstracto de las ideologías y en tal sentido su crítica se dirigía por igual
a la derecha y a la izquierda, pues “se era liberal, se era
marxista o se era nacionalista partiendo del supuesto que el país debía
adoptar el liberalismo, el socialismo o el nacionalista y adaptarse a él”
(Jauretche, FORJA , 65). Por ello se negaba a ser definido como
intelectual y en lugar de llamarse “nacionalista” se auto-calificaba de
“hombre con ideas nacionales”, exigiendo de los intelectuales argentinos una
aptitud creativa que les llevara a encontrar formulaciones ideológicas capaces
de generar respuesta a los problemas nacionales, o como gustaba decir,
“pensar el país desde el país y para el país”. Estaba convencido de que para
llegar a esa actitud, un intelectual debía estar animado de un sentimiento de
amor a lo propio y de solidaridad con
los elementos populares (Pacero, 65). Se impone aquí una referencia a sus vinculaciones
tanto con la izquierda como con la derecha nacionalista. No pocas veces se lo
ha visto como un nacionalista y así lo hace el norteamericano David Rock,
habida cuenta de que para este autor el nacionalismo conlleva una nota
autoritaria, fundamentalista y antidemocrática (Rock, 139). Otros autores, menos dados a imponer
calificativos al nacionalismo, ubican a Jauretche en esta corriente
ideológica, como Ernesto Goldar o Marisa Navarro, quien considera a FORJA
como un grupo de orígenes “diametralmente opuestos al nacionalismo” pero que
tomó de éste sus banderas antiimperialistas ampliándolas a la crítica al
imperialismo no sólo inglés y convirtiéndose así en un nacionalismo de
izquierda. Muchos nacionalistas se
niegan a incluirlo en sus filas y prefieren ubicarlo en el campo peronista y
aún marxista, como Antonio Capponeto o Zuleta Alvarez, quien le atribuye
errores y falta de comprensión cabal del nacionalismo (Zuleta, t.II, 657). Por cierto toda referencia a Jauretche implica
ubicarlo en la corriente del llamado “nacionalismo revolucionario”(Werz, 83)
nacido contra las corrientes liberales y
conllevando una reinterpretación de la historia. Ese revisionismo que
se dio también en otros países sudamericanos fue especialmente relevante en
Argentina (Rama,122-24) e incluyó un elemento de rechazo de las ideas
extranjeras y los intelectuales de pretendida orientación universalista. Las
críticas revisionistas se dirigían por igual a los postulados liberales, a la
oligarquía y a socialistas y comunistas, y se basaban en el hecho de que
tanto liberales como izquierdistas no habían comprendido al país. Se alejaban
del nacionalismo conservador, de sus sueños de restauración de tono
hispanista y proclamaban una posición nacional y popular que pretendía
reinstalar al pueblo en el centro del acontecer político nacional. Entendían
a la historia como el desarrollo de una antítesis pueblo-oligarquía a la que
veían como un instrumento del imperialismo inglés, y consideraban al sistema
institucional como una seudo-democracia. El Estado, formalmente soberano, no lo era en
realidad pues la dependencia económica respecto de los centros del poder
mundial lo ubicaba en una categoría semicolonial, y era ésa la situación que
se debía superar para cumplir el sueño de todo nacionalista, el de una
Argentina libre. (Buchrucker, 263). Jauretche
siempre reconoció su deuda hacia el nacionalismo de derecha en cuanto al
revisionismo histórico y las denuncias contra el imperialismo inglés, en
especial el haberle enseñado que en Argentina había habido un “ocultamiento
sistemático de la verdad” (Forja, 35) y también la exaltación de lo propio. Sin
embargo, fue crítico de las tendencias aristocratizantes de la derecha y su enamoramiento con el pasado, así
como de la postura liberal del nacionalismo en lo económico. Más complejo y polémico es el tema de sus
relaciones con la izquierda Jauretche la definió como una corriente
ideológica que está contra el imperialismo y hace gala de preocupación
social, esto es, que busca la soberanía y la justicia social, y reconoció la
deuda de FORJA hacia la izquierda en el sentido de traer lo económico y lo
social a la política. Su
rechazo de la izquierda tradicional era mayor que hacia la derecha pues
consideraba que debiendo ser una aliada natural de los movimientos populares,
como se desprendía de sus postulados ideológicos, en realidad había hecho el juego a la oligarquía
movida por su europeísmo. Las críticas al socialismo eran duras, considerándolo “el producto
del carácter extranjero del proletariado urbano de la época de su formación”
(Jauretche, FORJA , 63) y
deudor en tal sentido de la oligarquía liberal que había importado todo desde
Europa, tanto hombres como ideas. La
izquierda comunista y socialista siempre había manejado una ideología surgida
de la realidad europea, que chocaba frontalmente con la realidad a la que se
pretendía aplicar. Jauretche nunca
negó que el marxismo le había suministrado muchas herramientas válidas, en
especial sobre el antiimperialismo, y no cabe duda de que sus ideas sobre la
importancia de los intereses económicos en la determinación de las
superestructuras políticas, culturales e institucionales es de raigambre
marxista. Sin embargo insistía en que el marxismo no había servido, por su europeísmo, para
comprender el pasado y el presente argentinos. Jauretche
estaba esencialmente divorciado del marxismo por su rechazo del concepto de
lucha de clases como concepción táctica, embanderado como lo estaba en la
tradición, primero irigoyenista y luego peronista, de una conciliación de las
clases en función de un proceso de desarrollo del capitalismo independiente,
aunque no le negaba existencia como categoría sociológica y herramienta de
análisis histórico. Un juicio más favorable le merecía la llamada
“izquierda nacional” y valoraba a sus pensadores, como Abelardo Ramos o
Hernández Arregui. Esta valoración se apoyaba en considerarla una variante
del pensamiento nacional y no de la izquierda tradicional y por ello insistía en verla como “fruto de la madurez
nacional que lleva a todo lo popular, a todo lo argentino, en coincidir en
las líneas fundamentales” (Jauretche, cit. Por Galasso, 136). Al momento de
analizar la izquierda nacional el optimismo de Jauretche afloraba, pues
entendía que esa corriente ideológica “revela por su sola
presencia el salto histórico de los argentinos para adquirir sus divergencias
propias y abandonar las divergencias prestadas de Europa” (Jauretche,
Política nacional, 80). Las diferencias quedaron en pie en cuanto a la
exigencia, por parte de la izquierda, de que el frente único estuviera
encabezado por el proletariado, mientras Jauretche consideraba que la idea de
la hegemonía obrera podía ser riesgosa para la unidad nacional, absolutamente
necesaria para luchar contra todos los enemigos de la Nación. Jauretche
repudiaba los condicionamientos de
clase considerando que lo único verdaderamente importante era que el líder del
frente fuera elegido por las masas y pudiera conducirlas a la liberación
nacional. Predicó sin descanso por una “unidad vertical” de las fuerzas
nacional-populares, hecho que le valió ser criticado como un “político
burgués enmascarado” que desde su marginación hacía infructuosamente un
llamado a su clase para que asumiera el rol “que la historia le tiene
reservado” (Díaz, 88). Es necesario ver en esas referencias la presencia
de dos niveles del pensamiento: uno metapolítico donde se constituye la identidad
nacional popular, y el político, en el que pueden darse diversas opciones. Lo
que enfatizaba era la primacía del conflicto nacional contra lo antinacional
por sobre el conflicto interno del campo nacional, y creía que una vez
conseguido el objetivo de la liberación nacional llegaría la hora de plantear
y dirimir los conflictos internos. El propio Galasso a quien nadie puede
reprocharle una falta de simpatía por Jauretche sino todo lo contrario,
admite que el planteo de concretar primero la liberación nacional y recién
luego admitir la lucha de clases a nivel nacional importa una tácita adhesión
a la tesis de la revolución por etapas (Galasso, Biografía, 145), y la
consiguiente creencia de que en un país semi-dependiente, como era Argentina,
se podía repetir el esquema de las etapas del desarrollo clásico del
marxismo. Ese planteo, a juicio de Galasso, resulta extraño porque la tesis
de un desarrollo capitalista nacional incluye la confianza plena en la
burguesía nativa, cuando Jauretche era quien más desconfiaba de la burguesía
nacional argentina. Honestamente creía desde la perspectiva
ideológica asumida, que nadie podía anticipar qué clase social conduciría el
proceso de emancipación nacional. En su obra “FORJA y la Década Infame” refuta la
lectura hecha por autores de la izquierda nacional, convencido de que la
lucha de clases es el pretexto ideológico de la “intelligetzia” de izquierda
para no coincidir con los movimientos populares. La izquierda también le
respondía a veces con poca simpatía e ignorándolo como referencia, y algunos
representantes de esa tendencia afirmaban que Jauretche escribía en “otra
clave” (Terán, 45). No pocos de los desencuentros resultaban de un
convencimiento de la izquierda nacional de que los autores exponentes del
campo nacional-popular, como Jauretche, juzgaban demasiado benignamente el
fenómeno peronista (Segal, 21). Poco antes de morir el autor admitía los peligros
que implicaban ciertas actitudes de la
izquierda para el campo nacional y advertía que si la vieja izquierda “se
fugó a Europa, la nueva se puede fugar a China o a Cuba” (cit. en Galasso,
Jauretche, 262). III. EL
PENSAMIENTO NACIONAL Como se ha señalado, Jauretche jamás negó el
carácter universal del pensamiento sino que señaló que “lo nacional es lo universal
visto por nosotros”, con la debida conciencia de que no hay nada universal
que no haya nacido de una reflexión inspirada por lo particular. De allí su
rechazo el pensamiento abstracto y su propuesta de utilizar debidamente el
intelecto, por lo cual entendió un pensar sobre la realidad nacional y no un
puro filosofar, guiado por el anhelo de encontrar soluciones a los problemas
nacionales. Ese anhelo lo llevó a la formulación de dos
grandes proyectos, uno político y otro pedagógico, mientras su casi obsesiva
preocupación por la realidad le dictó algunos juicios severos sobre la
ciencia como algo divorciado de las exigencias de la realidad, que debía ser
la brújula del pensamiento. Aníbal Ford sostiene que Jauretche diagnosticó en
la cultura argentina una enfermedad del conocimiento, pues “si la identidad está
fragmentada, bloqueada, desviada, si no tenemos conciencia de desde dónde o
cómo conocemos, no podemos discutir la idoneidad de las opciones que nos
presenta la realidad” (Ford, 123 ). El primer paso del conocimiento para Jauretche
era desaprender, desprenderse de deformaciones mentales impuestas por la
superestructura cultural que respondía a los intereses de los centros
imperialistas y que era celosamente mantenida por los intelectuales a su servicio,
a los que denominaba “cipayos”. En el intento de definir un pensamiento nacional
barrió con las barreras ideológicas tradicionales, priorizando el pensar lo
nacional como centro de análisis, con la vista puesta en lo que el marxismo
reconoció como contradicción principal: la nación contra los intereses del
imperialismo. Toda su labor intelectual se dirigió a la definición de ese
pensamiento, expresado en una enorme cantidad y variedad de temas sobre los que dejó una opinión
comprometida, siempre consecuente con las coordenadas fundamentales:
adecuación a la realidad e identificación con los intereses populares. Nunca
rechazó la idea de aprender de lo ajeno, si las circunstancias lo
aconsejaban, y lo que repudiaba era “caer en categorías de
desvalorización de lo propio y sobrevaloración de lo ajeno” pues hacerlo
implica “preparar las condiciones intelectuales y mentales de indefensión del
país” (Jauretche, Los profetas, 26). Por “pensamiento nacional” Jauretche entendía
aquél en el cual se da una decisión intelectual de no perder de vista la
vinculación con la realidad en la que se encuentra inmerso, lo cual le
permite desmitificar la cultura y la sociedad como prerrequisito insoslayable
en orden a entenderlas y mejorarlas. Esto implica cuestionar valores y
enfoques oficialmente reconocidos por los agentes del poder y que configuran
una superestructura cultural, amplísima y muy articulada, de modo que cubre
múltiples sectores, como la historiografía, la sociología, la educación y
hasta la estética. El intento de formulación del pensamiento nacional aparece
como una obra pedagógica y tuvo la forma de un largo diálogo de
medio siglo con los argentinos a los que había que enseñar a pensar su país
desde una perspectiva propia El de Jauretche es también un pensamiento convocante en cuanto
se propone desde la primera hasta la última línea escrita proporcionar
argumentos y razones que den sentido y sirvan a la lucha, concebida como
colectiva y libertadora, y también para conseguir nuevos adherentes a esa
lucha. El pensamiento nacional tiene como brújula la
idea de liberación de los países dependientes como medio de mejorar la suerte
del pueblo, desprendiéndose de las directivas de los países centrales que
ahogan el desarrollo nacional poniéndole un “techo”, como el autor denominó
al imperialismo que canalizaba las riquezas de Argentina hacia los grandes
centros del poder mundial. En el contexto de una política de orientación
nacional y popular como fue el gobierno de Irigoyen, Jauretche definió la
“posición nacional” diciendo que no suponía una doctrina institucional,
social o económica determinada, sino que era simplemente “una línea política que
obliga a pensar y dirigir el destino del país en vinculación directa con los
intereses de las masas populares, y una afirmación de la soberanía política
con la búsqueda de un desarrollo económico no dependiente” (Jauretche,
Política nacional, 22). Debe destacarse el convencimiento de Jauretche
acerca de que la formulación del pensamiento nacional dependía del desenvolvimiento
de las fuerzas sociales nacionales, de modo que no era una variable
independiente sino condicionada. Sólo cuando los sectores populares tienen
participación política real ese pensamiento puede formularse, como ocurrió
con el irigoyenismo y el peronismo. De aquí surge que el pensamiento nacional
no se identifica con un movimiento político en particular sino que es
susceptible de ser expresado por diversos movimientos políticos, y no conoce
adhesiones inalterables. Un movimiento que en un momento histórico fue canal
de expresión como el irigoyenismo, puede dejar de serlo, como efectivamente
ocurrió con esa corriente política a la muerte de Irigoyen, pues perdió su
sentido nacional y social. El pensamiento nacional se retrajo y buscó una
identificación con el peronismo, lo que debe ser visto como una virtud pues
implica que el pensamiento nacional vive buscando un auténtico contacto con
el pueblo. Para esclarecer esa dinámica entre pensamiento nacional y
movimiento político de masas señalaba que no identificaba lo nacional con el
peronismo, sino lo contrario, al peronismo con lo nacional, con lo cual
quería enfatizar que lo nacional es más amplio. En tal sentido debe entenderse su afirmación de
que hay peronistas que no saben ser nacionales porque anteponen lo
partidario, como hay nacionales que no saben serlo verdaderamente por su
antiperonismo. Lo que caracteriza el pensamiento nacional es el
reconocimiento de que la cuestión principal de Argentina es la cuestión
nacional, entendida como un conflicto de intereses entre un país
semi-colonial que quiere escapar a esa situación y los intereses
imperialistas que están empeñados en que no lo logre. Propone allí la
formación de un Frente Nacional como respuesta político-organizativa que un
país semicolonial ensaya para batallar contra un conjunto de intereses
imperialistas, de dentro y de afuera. La nueva izquierda entendió ese frente propuesto
por Jauretche como expresión de la burguesía antifacista y lo combatió en
nombre de la independencia obrera, lo que llevó a nuestro autor a polemizar
duramente con representantes de la izquierda. IV. LAS
PRIMERAS FORMULACIONES Y FORJA El entusiasmo de Jauretche con el irigoyenismo
resultaba de su apreciación del mismo como expresión de un nuevo hecho social
y político, la aparición de las masas en la política, y de su voluntad de
expresarlas y crear una nueva realidad argentina. Con el golpe militar de
1930 que derrocó a Irigoyen se instauró un gobierno que desconoció los
intereses nacionales y populares, impulsando una legislación que favorecía a
los intereses extranjeros la cual
recibió de Jauretche y los hombres que con él militaban el calificativo de “
Estatuto legal del coloniaje”. Los grupos de orientación nacionalista tenían
como preocupación central denunciar la “conspiración” británico-liberal que
se corporizó en lo que José Luis Torres llamó la “década infame”. A fines del
1934 un grupo de los llamados “radicales fuertes”, entre los que estaba
Jauretche, firmaron un Manifiesto que afirmaba la vocación revolucionaria del
radicalismo para establecer la independencia económica y cultural y
restablecer la soberanía popular. Sin embargo, para esa época el antiimperialismo
de Jauretche carecía de una noción clara del funcionamiento de los intereses británicos
en Argentina y del carácter semi-colonial que le imprimían a la economía. Fue
su encuentro con Raúl Scalabrini Ortiz, mediante un artículo escrito en el
semanario “Señales” (febrero de 1935), el que lo puso en contacto con un
anti-imperialismo concreto que denunciaba el dominio británico en sectores
claves de la economía y que se ubicaba lejos de la retórica del
antiimperialismo de la izquierda. Jauretche entró a colaborar en el
semanario, que por obra de esos dos hombres se convirtió en un punto de
referencia de la conciencia antiimperialista argentina. La denuncia era clara
y elocuente, al afirmar que los argentinos “somos un país colonial,
un pueblo en servidumbre, una nación sometida” (cit.en Galasso, Biografía,
40), y ponía bajo la lupa el dominio británico en los
ferrocarriles, los bancos, la deuda externa y como consecuencia de ello la
dependencia política y cultural. Este espíritu hizo nacer la idea de crear dentro
del radicalismo una corriente política interna que reivindicara los grandes
objetivos nacionales y populares de Irigoyen, y así nació la Fuerza de
Orientación Radical de la Juventud Argentina (FORJA) el 29 de junio de 1935
bajo el lema “Somos una Argentina
colonial, queremos ser una Argentina libre”. Es imposible referirse al pensamiento de
Jauretche sin hacerlo de FORJA, con la que tuvo un compromiso vital, pues fue
escenario de la lucha por hacer que los argentinos encontraran soluciones
argentinas. Galasso señala que FORJA fue más un ateneo ideológico que una
corriente política (Ibid., 32), y para Jauretche constituyó un mecanismo para
incorporar a los hábitos del hombre argentino “la capacidad de ver el mundo
desde nosotros, por nosotros y para nosotros” (cit. En Scenna, 68). Como fuentes ideológicas de FORJA se suele mencionar
el irigoyenismo con su defensa de la soberanía política, económica y
cultural, la Reforma Univrsitaria de 1918 con sus postulados renovadores e
igualitarios, y el APRA, fundada en 1924 por el peruano Víctor Raúl Haya de
la Torre con un fuerte mensaje antiimperialista. Jauretche reconoció la
influencia que en su pensamiento tuvieron algunos movimientos
latinoamericanos que pretendían defender al pueblo y que para hacerlo
denunciaban la dependencia hacia los países centrales con los que colaboraban
los grupos dirigentes locales. Explícitamente reconocida fue su deuda
intelectual hacia la Revolución Mexicana al afirmar que gracias a ella
“empecé a tener otra visión de los fenómenos políticos y del destino
particular de América Latina y, dentro de él, del nuestro” (Jauretche,
Pantalones , 243). Su conocimiento de los alzamientos populares
protagonizados por campesinos que daban su vida por la libertad y la tierra
le inspiró la convicción de que los pueblos latinoamericanos no eran
inferiores, y que no podía haber cambios
significativos sin el protagonismo de las masas. Esa idea le permitió una lectura crítica de la
Reforma Universitaria en la que participó activamente, acusando a algunos de
sus dirigentes de no comprender debidamente los movimientos populares. A la
influencia de la Revolución Mexicana atribuía también su cambio en la visión
del irigoyenismo, al que terminó entendiendo como un fenómeno populista en
medio de una evolución intelectual e ideológica que el propio Jauretche
califició de “radicalización”. La visión antiimperialista a escala continental
se robusteció por su participación en la Unión Latinoamericana, formada por
intelectuales y estudiantes de izquierda admiradores de la Revolución
Mexicana. Sin embargo, poco después se sintió insatisfecho por ese
antiimperialismo abstracto que denunciaba las actitudes norteamericanas en el
mundo entero, sin referencia especial a Argentina. Comprendió que un
antiimperialismo que movía a protestar por el antiimperialismo norteamericano
en el Caribe era en realidad un instrumento del imperialismo, pues desviaba
la atención de los problemas nacionales y no permitía ver el fenómeno del
imperialismo inglés en Argentina. Esa conclusión decidió su alejamiento del
grupo y sus actividades. Su vinculación con la Unión Latinoamericana tuvo
como saldo positivo ponerle en contacto con las ideas de Raúl Haya de la
Torre y el APRA. Jauretche citó a veces al pensador peruano, especialmente en
su crítica a la adopción de soluciones financieras para remediar problemas
que en realidad eran de estructura económica. Sin embargo, nunca reconoció
explícitamente la influencia del APRA en su pensamiento e incluso la
consideró como fruto del impacto de la Reforma Universitaria argentina en
Perú. La coincidencia fundamental entre Haya y Jauretche fue considerar
peligroso e inconducente analizar los problemas latinoamericanos con una
óptica europea, entre ellos el modo de plantear el problema del conflicto de
clases. Acerca también a ambos pensadores la creencia de que hay una
estructura mental impuesta, llena de prejuicios y falsificaciones, que impide
a la clase intelectual formular un programa de contenido nacional. Pese a las coincidencias, Jauretche no menciona a
Haya como una referencia significativa, en parte por la desilusión profunda
que le causó la claudicación del pensador peruano desde 1940. Además, en la
medida en que el antiimperialismo iba cobrando forma en su pensamiento el
acento estrictamente nacional se acentuaba. Nunca perdió conciencia de que la
dependencia era un fenómeno que afectaba por igual el desarrollo de todos los
países latinoamericanos, pero creía que los planteos indigenistas y
anti-norteamericanos de movimientos como el APRA no eran aplicables a
Argentina en los aspectos concretos, pues era Gran Bretaña la potencia con la
que había que enfrentarse. Este silencio de Juaretche hacia Haya y el APRA
puede explicar la falta de referencias hacia Jauretche y FORJA que se observa
en los estudios sobre el APRA. FORJA definió como esencial la cuestión nacional
y por ello proclamaba la necesidad de enfrentarse con “las fuerzas extranjeras
que dirigen los resortes de nuestra
economía” (Jauretche, FORJA, 62). Jauretche entendía que la tarea de FORJA no era
formular una doctrina y mucho menos una ideología, sino transmitir una forma
de pensar, crear un estado de conciencia, y en tal sentido deben
interpretarse sus palabras de que “FORJA es un modo de encarar los problemas”
(Ibid., 53). Con cierta modestia señalaba que los forjistas no formaron sino
que se limitaron a expresar un nuevo pensamiento que estaba en marcha por el
cambio en las condiciones sociales y económicas del país, fiel a su
convicción de que todo cambio a nivel del pensamiento es una respuesta a las
condiciones cambiantes de la realidad. Jauretche más que escribir en los voceros de
FORJA como “Señales “ o los “Cuadernos” se entregaba al activismo en un
ambiente hostil, pues el grupo tenía en contra a las mejores inteligencias
del país y los sectores de poder. Pronto surgieron dos tendencias en el seno
del grupo, una de hombres con aspiraciones políticas y literarias y otra que
aspiraba a una acción proselitista popular, entregada al esclarecimiento
doctrinario y su proyección en las masas, con la que Jauretche se
identificaba. La prédica forjista alcanzó su climax a fines del 37 y
principios del 38 bajo el doble ataque de la izquierda que veía a los
forjistas como nacionalistas reaccionarios y del nacionalismo que los
calificaba de marxistas. El nacionalismo a veces intentó un acercamiento con
FORJA, rechazado por ésta, pues Jauretche pensaba que era sólo una
prolongación de los procesos críticos al liberalismo de procedencia
extranjera, que veían a la Nación de manera abstracta sin referirla al pueblo
real y además le atribuía tendencias autoritarias por su confianza en el
liderazgo de la minoría, deseoso de “hacer el país desde arriba y a la
fuerza, con o sin la voluntad de los pueblos” (cit. por Galasso, Jauretche,
329). FORJA denunció el coloniaje económico apoyado en
un coloniaje cultural protagonizado por una intelligetzia de carácter
colonial que “lleva en su entraña la
traición al país” (Jauretche, Filo, 111). Frente a esos colonialismos que se
apoyaban mutuamente, se buscaba unificar los objetivos que los nacionalistas
y los marxistas planteaban separadamente: Patria y Justicia. Jauretche pensaba que una vez concluida su misión
de movilizar ideas FORJA debía convertirse en una fuerza conductora para
realizarlas. Su optimismo era notorio, pues afirmaba que “el país ya es
forjista, aunque no lo sepa”, y que “Sólo FORJA salvará al país” (cit. Por
Galasso, Biografia, 43). Repetía su fé en que existía una “Argentina
subterránea” joven, luchando contra las falsas orientaciones ideológicas
ofrecidas por la izquierda y la derecha y que lograría su orientación
definitiva al asumir las verdades del movimiento forjista. Desde una perspectiva crítica se ha señalado que
FORJA confiaba más en las clases medias universitarias que en los obreros y
que en la prédica forjista estaba diluído el concepto de pueblo,
considerándose a esto como una coartada ideológica para eludir “por un temor
pequeño burgués, la existencia de clases sociales y su lucha” (Hernández
Arregui, 401). La llamada izquierda nacional ha insistido en
esta interpretación y es así como Hernández Arregui tipifica a FORJA como “un
movimiento ideológico de la clase media universitaria de Buenos Aires, en sus
capas menos acomodadas”, lo cual explicaría la postura populista y las
dificultades de entenderse con la izquierda al momento de pensar una táctica
y una estrategia en orden a la buscada liberación nacional (Ibid., 291). Debe reconocerse sin embargo la intensa lucha en
defensa de una política de espíritu nacional y popular que FORJA realizó, al
tiempo que levantaba por lo más alto el estandarte del antiimperialismo. En
la guerra estuvo por la neutralidad, afirmando que el pueblo argentino tanto
en lo moral como en lo material era ajeno al conflicto bélico europeo, y
confiaba en que la neutralidad favorecería al país promoviendo el desarrollo
industrial. FORJA no llegó a cuajar como fuerza política pero sin duda aportó
al pensamiento argentino una idea de los rumbos necesarios a una política que
pretendiera llamarse nacional, y de la necesidad de un pensamiento crítico
que fuera al mismo tiempo constructivo. FORJA constituyó una novedad
ideológica, reaccionando contra el imperialismo y la enajenación nacional, no
en la forma abstracta de la izquierda sino a manera de un programa concreto
de los sectores populares. Con FORJA Jauretche denunció la falsificación
histórica y mostró el devenir histórico argentino y latinoamericano como una
lucha permanente del pueblo en pos de la soberanía popular, contra las
oligarquías que operaban como agentes de penetración de los intereses
imperialistas frustrando con ello el desarrollo nacional. V.
DESTRUIR PARA CONSTRUIR: LA LUCHA CONTRA UN PENSAR DEPENDIENTE Toda referencia a la temática de lo que llamó
“coloniaje cultural” y que es esencial en su obra, implica considerar ciertos
rasgos de la cosmovisión de Jauretche. Había en él un vitalismo esencial, una
convicción de que en el pueblo reside una fuerza espontánea que lo lleva a
luchar por la justicia y la libertad y una intuición, en cuya eficacia
confiaba, acerca de cuáles son las soluciones que convienen al país. Hablaba
de una sabiduría que “viene de pisar la tierra” y de que la nación “es una
vida, una continuidad” (Jauretche, Política nacional, 59), y a ese sentido
profundo de lo telúrico estaba vinculado su realismo. Por tal entendía una
correcta interpretación de la realidad, concepto complejo en el que se
entremezclan redes sociales, económicas, políticas y culturales,
complementarias y nunca antagónicas. Uno de sus temas más recurrentes es aquél de que,
para pensar bien, hay que tener sentido de pertenencia lo cual no es sino un
repudio de la pretendida objetividad del intelectual. Es el sentirse hombre
de una patria lo que permite ver y comprender aspectos que están vedados a
los de afuera, ya se trate de un extranjerismo real o mental, como el que
Jauretche atribuía a las élites intelectuales argentinas. Puede afirmarse que
la finalidad última de sus escritos fue contribuir a crear una visión real
del país, transmitiendo como componente esencial la idea de una íntima
relación entre política e historia y la advertencia de que la dependencia
subjetiva es la antesala de la dependencia objetiva. Animado por ese espíritu
opuso a la “pedagogía colonialista”, que definía el problema nacional como un
antagonismo entre civilización y barbarie, una “pedagogía nacional” que lo
redefinió como una oposición entre las minorías extranjerizantes opresoras y
las mayorías populares y nacionales. Jauretche no parece haber conocido a Thomas Kuhn y
su afirmación de que toda la ciencia y la actividad de los científicos se
desenvuelve bajo la guía de un paradigma, pero como si lo conociera, se
dedicó a identificar ese paradigma en las ciencias sociales y la educación
argentinas y le puso el título de “pensamiento colonial”. Denunció la
incomprensión del hecho cultural nacional, lo que llevó a entender la
civilización como desnacionalización en una suerte de mesianismo al revés.
Ese mesianismo impuso colonizar y la ideología vino a señalar el cómo, en un
esfuerzo consciente por parte de las élites de “excluir toda solución surgida
de la naturaleza de las cosas” (Jauretche, Manuel de Zonceras, 25). La tarea fundamental desde el punto de vista
pedagógico, cultural y científico era promover un modo nacional de ver las
cosas, lo cual es un paso previo a la formulación de una doctrina nacional
conforme a la cual se siga una política nacional. No fue su propósito
formular una ideología en sentido estricto sino contribuir a elaborar un
pensamiento propio. Lo que impedía ver al país desde esa perspectiva era lo
que radicalmente calificó de “zonceras”, por lo cual entendía aquellos
principios introducidos en la formación intelectual de los argentinos desde
la niñez para impedirles pensar las cosas del país aplicando un arma
despreciada por los vendedores de ideologías: el sentido común y el amor por
lo propio. Esas “zonceras” funcionan como verdaderos axiomas
que ponen anteojeras al momento de
mirar la realidad y lo hacen de forma articulada, para resolverse en lo que
Jauretche llamó “colonización pedagógica”. Ella está presente con fuerza en
todos los aparatos ideológicos que la sociedad posee para reproducir los
valores, como la escuela, la cátedra, la prensa, los círculos intelectuales y
académicos, a los que Jauretche y sus compañeros de ideas no tuvieron acceso.
El problema con el que se tropieza no es la ineficacia de la educación, como
se lo pretende a veces, sino la existencia de un propósito deliberado de
difundir esas “zonceras” necesarias para la colonización pedagógica y en tal
sentido la educación había demostrado ser altamente efectiva. Creía en la posibilidad de sacudirse de esa
estructura apelando al “buen sentido popular” que es capaz de remediar la
desconexión con la realidad y haciéndolo, comprender el significado último de
esa pedagogía colonialista, descubriendo su naturaleza, cómo y para beneficio
de quiénes funcionaba. Esto sólo puede ocurrir, sin embargo, cuando las
condiciones materiales de base lo permitan y el pensador creía que ese momento
histórico había llegado por las experiencias protagonizadas por el
yrigoyenismo y el peronismo, de poner a las masas como protagonistas del
quehacer político (Jauretche, Los profetas, 277). Todo intento de escapar al condicionamiento del
pensamiento por esa superestructura mental impuesta implica formular un
paradigma alternativo a la pedagogía colonialista. En este contexto pierde
sentido cualquier disputa ideológica, puesto que tanto la intelligetzia
democrática como la marxista son consideradas por Jauretche como incapaces de
pensar fuera de la ideología y, lo que es peor, coinciden en el mismo
mesianismo civilizatorio sólo que quieren realizarlo por distintos medios. Al análisis de esas “zonceras” Jauretche dedicó
muchas páginas y algunos de sus más encendidos y vigorosos alegatos. En su
pluralidad las “zonceras” son denunciadas como surgidas de una “zoncera”
central, o “zoncera madre”, que no es otra que la dicotomía “civilización o
barbarie” que formuló Domingo F. Sarmiento la cual se convirtió en una de las
ideas-fuerza que han condicionado más intensa y prolongadamente el
pensamiento y la vida argentinos, al identificar la civilización con Europa y
la barbarie con América. Como
derivaciones, Jauretche nos recuerda otras zonceras que influyeron negativamente
en cualquier intento de afirmar lo nacional, como aquella de que el mal del
país es la extensión, también de raigambre sarmientina, y a la que
responsabiliza del hecho de que mientras todos los países se esfuerzan por
aumentar su espacio, sólo Argentina ha incorporado a su política territorial
la idea de un achicamiento del territorio como hecho positivo o deseable. Si
eso ocurrió, razona Jauretche, es porque sólo la pampa húmeda generaba las
condiciones para crear una segunda Europa y la pérdida de territorios que
pudieran oponer resistencia al plan europeizante fue bienvenida por los
artífices del mismo. Otras “zonceras” que le preocupaban era la de
“libre navegación de los ríos” tan hábilmente manejada que se presenta como
victoria una derrota argentina, y también la de “la victoria no da derechos”,
idea que impide sacar fruto a las victorias obtenidas como nación. Su pluma
se vuelve aún más enérgica cuando repudia las ideas de superioridad del
inmigrante sobre el nativo, enfatizando la diferencia no de aptitudes sino de
oportunidades. El inmigrante, razonaba Jauretche, es hijo de la sociedad
capitalista y está preparado para la competencia sin que haya en ello nada de
racial ni congénito, sino simplemente condiciones culturales que pueden y
deben crearse también en Argentina (Jauretche, Manual de Zonceras , 128). Sarmiento legó a los argentinos esa fatal
dicotomía que consagró a lo europeo como superior, creando una tradición de
denigrar lo propio. La pedagogía propuesta por Jauretche intenta superar la
idea de un enfrentamiento entre civilización y barbarie, entre lo europeo y lo americano,
y propone un esquema conceptual en el cual los elementos enfrentados son las
minorías extranjerizantes que oprimen al país y las mayorías nacionales. Esa
nueva pedagogía pretende superar el viejo enfrentamiento y reformularlo a fin
de que sirva de instrumento a la emancipación de las masas y a la
independencia nacional. El rechazo de los falsos axiomas es también el de
los que sirven al sistema y a los diversos aparatos legitimadores de la
colonización mental y cultural. La crítica va contra los aparatos ideológicos
del estado, en el sentido que Althusser da al término, pues ellos elaboran un
discurso legitimatorio que es el que repiten los intelectuales carentes de autenticidad, llamados por
Jauretche “intelligentzia”. Los intelectuales auténticos, en cambio, son
sistemáticamente excluídos de esos aparatos ideológicos por su denuncia de la
colonización mental, pese a que son ellos los que constituyen la verdadera “inteligencia nacional”. La
crítica va demoliendo mitos: el de la universidad, simple fábrica de expertos
frustrada por la falsa identificación entre cultura y civilización, la
prensa, que carece de independencia por estar presa de los intereses
económicos. Esa estructura acaba con todo lo nacional y lo
popular repudiándolo por “bárbaro”, pero sí tienen cabida en ella los
productos intelectuales de la izquierda por la simple razón de que ella
también, como lo hace la derecha, juega respetando las premisas del dogma
civilizatorio. Interesa destacar que Louis Althusser publicó en 1970 en París
su “Ideología y aparatos ideológicos del Estado”, negando toda pretendida
neutralidad política del campo cultural, consiguiendo con ello la entusiasta
adhesión de la nueva izquierda argentina que lo proclamó uno de sus modelos.
Varios años antes, en 1957, Jauretche ya había hecho esa denuncia pero la
nueva izquierda prefirió ignorarlo, en parte porque “tardó en digerir la obra
de Arturo Jauretche” (Cangiano, 28). Los intelectuales que sirven al sistema son la
tercera faceta del mal denunciado. En sus “Profetas del odio” puede
encontrarse un despiadado juicio sobre grandes figuras intelectuales alejadas
de una perspectiva popular y nacional, que era la que para Jauretche definía
la verdadera estatura intelectual. Nombres como los de Jorge Luis Borges,
Victoria Ocampo o Julio Irazusta entre muchos otros, aparecen como ejemplos
de la intelectualidad que no está al servicio del destino nacional. La
revista “Sur” de Victoria Ocampo y uno de los orgullos de la vida intelectual
argentina, fue vista por Jauretche como uno de los más notorios mecanismos de
fuga de sus responsabilidades instrumentados por la inteligencia argentina.
Todas estas críticas cobran sentido en el marco de la denuncia hecha por el
autor acerca de la subvaloración de la identidad nacional, la negación de las
posibilidades de creatividad propia y el desarraigo de los intelectuales,
siempre dispuestos a sentir fidelidad hacia Europa más que hacia la tierra
que los vio nacer. VI.
REVISIONISMO HISTORICO Y LA COMPRENSION DEL COLONIAJE Jauretche era consciente de que una lectura
correcta de la historia era indispensable en el intento de acercarse al país
real y comprenderlo pues, como afirmó muchas veces, “la historia es la
política del pasado, como la política es la historia del presente”
(Jauretche, Política nacional, 99). A desentrañarla dedicó mucho de sus esfuerzos, especialmente
en su “Política nacional y revisionismo histórico”, obra que habla a las
claras de la importancia política que atribuía a un conocimiento correcto de
la historia pues el desconocimiento, o lo que es peor, un conocimiento
desfigurado, amenazan la posibilidad de ver el futuro. En el caso argentino
la historia se ha tergiversado conscientemente con el propósito de que “los
argentinos no posean la técnica y la aptitud para concebir y realizar la
política nacional” (Ibid., 23). Jauretche adhirió al revisionismo histórico y
siempre reconoció su deuda hacia el nacionalismo por haberle mostrado que
había habido un ocultamiento sistemático de la verdad en cuanto al pasado
(Jauretche, FORJA , 35). En FORJA existía una fuerte conciencia de haber
recibido una formación cultural basada en falsas versiones del
acontecer pasado y una voluntad de hacer una relectura de la historia. La
preocupación de Jauretche por explicar la política económica y social y la
influencia del revisionismo le llevó a ver que había tenido lugar una
política consciente y coordinada, por parte de las élites dirigentes, para
mantener al país en situación de dependencia del pasado conservando su
carácter agrícola-ganadero e impidiendo el ascenso social y político de las
masas. Desde Caseros, hito de la Argentina moderna,
hasta los años 30, se habían elaborado una serie de verdaderos dogmas
históricos más allá de todo cuestionamiento o discusión, que en realidad
tenían poco que ver con los hechos tal como habían ocurrido, habiéndose manejado
criterios fuertemente ideológicos en la selección de hechos y personajes
incorporados a la “historia oficial”. El estar por las posiciones
revisionistas no impidió a Jauretche ser objetivo pues siempre advirtió que
no había que crear nuevos dioses y demonios después de rechazar los vigentes. El revisionismo esclarecía el papel decisivo de
Inglaterra, que había hecho de Argentina su coto de caza, complementario de
su economía industrial y su expansión comercial. La clase dirigente que tenía
por consigna europeizar fue responsable de la creación de la “Patria Chica”, relegando el interior y hasta perdiéndolo pues
era la “barbarie” que negaba sus planes civilizatorios. Las disgregaciones
territoriales del ex Virreinato del Río de la Plata fueron queridas por los
liberales que formulaban sus planes no para todo el país y su realidad, sino
sólo para una limitada zona de Buenos Aires y su clase dirigente. Las
desmembraciones ocurrieron principalmente por los enfrentamientos entre
Buenos Aires y el interior y en última instancia respondieron a los intereses
británicos a los que convenía balcanizar al país y con ésto debilitarlo para
que se volviera una presa fácil. Esa Patria Chica del liberalismo puso el acento
en el progreso y el ejército estuvo a su servicio, de modo que apuntaló una
situación ahistórica, un país de ficción donde los grupos marginados apelaban
a la violencia como único recurso, con lo que se convertían en objeto de la
represión militar (Jauretche, Ejército y política , 3). La Patria Grande surgió con la oposición a los
liberales unitarios y se encarnó bajo Juan Manuel de Rosas (1833-1852),
hombre que propuso una política nacional realizada con un ejército que
rechazó las agresiones externas e impuso a Francia e Inglaterra el
reconocimiento de la soberanía nacional. Con Rosas se desarrolló una economía
calificada de precapitalismo nacional, pero todo terminó con la caída de
su gobierno que fue instrumentada por
los elementos antinacionales en alianza con intereses foráneos. La caída de
Rosas fue el regreso a la Patria Chica, la que generó un ordenamiento jurídico-institucional
destinado a facilitar la penetración inglesa en una abierta renuncia a establecer una
política de contenido y sentido nacional. El yrigoyenismo es visto como un renacer
nacional, poniendo frenos a la expansión capitalista, protegiendo las
industrias nacionales y adoptando políticas populares, con lo cual se
conquistó la enemistad de las fuerzas que estaban por los intereses
extranjeros. El peronismo fue otro renacer
y esto resultó posible porque hubo una coincidencia entre el pueblo y
el ejército, que a Jauretche le
parecía fundamental para el surgimiento de una política nacional (Ibid.,
101). Este tema clave del rol histórico y político del
ejército fue tema de uno de sus libros, “Ejército y Política”, en el que
sostuvo la necesidad de reestructurar las fuerzas armadas advirtiendo que sin
política nacional no puede haber ejército nacional. Sobre ese papel ha
reflexionado considerando la existencia, desde el comienzo de la vida
independiente, de una política nacional como opuesta a la política ideológica
que fue sacrificando el territorio nacional en aras a las preocupaciones de
tono ideológico. Es el concepto de espacio nacional, que Jauretche
consideraba que había sido abandonado al momento del nacimiento de la
Argentina moderna y la sanción de la Constitución de 1853, el que le dicta su intensa preocupación por
la Patagonia que habla de los peligros de un espacio vacío. La conclusión es
que la comprensión entre pueblo y ejército es decisiva para formular una
politica nacional cuyo sentido último es ser una política para el pueblo. VII. LOS
PROTAGONISTAS DEL CAMBIO Una coordenada fundamental del pensamiento de
Jauretche fue su énfasis en la unidad nacional de las diversas clases
sociales y su rechazo del clasismo, posición axiomática que rechazaba en
nombre de su nacionalismo. Estuvo siempre por una interacción vertical que
articulara las diversas clases sociales en una voluntad común de realizar el
interés nacional, y de allí su insistencia en que “todos los sectores
sociales deben estar unidos verticalmente por el destino común de la Nación”
(Jauretche, FORJA, 65). En el panorama nacional no veía el enfrentramiento de
clases que la izquierda proclamaba sino un conflicto entre las minorías
oligárquicas y antinacionales y los sectores populares que rechazaban la
dependencia económica y cultural del país. Por ello daba importancia a no
acentuar las oposiciones internas que no afectaban al objetivo central, que
es la liberación nacional, pues esas divisiones fatalmente juegan a favor de
la oligarquía nacional y sus patrones extranjeros. En tal sentido, las consignas clasistas de la
izquierda le parecían incompatibles con una lucha seria por el destino nacional
no sólo porque llevaba al sacrificio en forma exclusiva a los obreros, sino
porque obstaculizaba y retardaba el proceso de toma de conciencia de otras
clases que también deben participar en la lucha por la liberación nacional. Fue por demás claro sobre este tema cuando
dijo que ”ni el proletariado, ni
la clase media, ni la burguesía por sí solos pueden cumplir los objetivos
comunes de la liberación nacional” (Jauretche, Los profetas, 316). Su pensamiento fue absolutamente coherente en
cuanto a que la emancipación y la justicia social nunca serán resueltos por
una lucha de clases, y en ver que el enfrentamiento de clases había sido una
táctica usada por el imperialismo en otros contextos, como China o la India.
No hubo claudicaciones en su prédica acerca de la necesidad, en los países
semicoloniales como Argentina, de una alianza entre la clase media y la baja.
Su “El medio pelo en la sociedad argentina” es un fuerte alegato y expresión
lúcida de su preocupación por la desunión y las divisiones dogmáticas de
clases, lo cual tuvo por resultado enfrentar “dos Argentinas”, malogrando con
ello el destino nacional. La revolución de 1955 contra Perón debe ser
entendida, en la lógica de Jauretche, no como un movimiento en el cual un
partido político derrotó a un rival sino una clase social que impuso su
criterio a las otras. El error de dar a la clase media por enfrentada con la
clase obrera habría sido advertido por el proletariado bajo el peronismo, y
el autor cree que entendió que su ascenso era simultáneo al de la clase media
dudando de la veracidad de los enunciados ideológicos clasistas del
socialismo y el comunismo (Jauretche, El Medio Pelo, 223). La que asume un papel decisivo es sin duda la
clase media, llamada a veces por Jauretche “burguesía nacional”. Hasta
Galasso, tan admirador de Jauretche, advierte la contradicción en que se
debate el pensador pues supone que la etapa del capitalismo nacional la
realiza la burguesía nacional, pero nadie como él había denunciado tan
duramente la defección de la burguesía nacional argentina. Una posible
explicación puede hallarse en el hecho, ya indicado, de que la posición
antiimperialista de Jauretche se nutría de las experiencias irigoyenista y
peronista en la cuales los trabajadores aceptaron la conducción de la clase
media y el ejército. Sin embargo, el problema con que se enfrentaba el
país es el de la falta de conciencia de la burguesía nacional. Los obreros y
la oligarquía, en los dos extremos de la pirámide social, tienen conciencia
de sus intereses pero la clase media posee una conciencia débil, carece de
una ideología definida y a esa “tilinguería”, como la llamaba, atribuye que
el proyecto nacional históricamente no haya podido cuajar en Argentina. El
vacío mental e ideológico de la burguesía explica que haya desnaturalizado su
función histórica y en lugar de asumir un rol modernizante auténtico, ha
adoptado las pautas ideológicas y culturales de la clase social que se opone
a su desarrollo, la oligarquía. Es intensa su preocupación por esta falla de la
burguesía a la que le atribuye tres grandes fracasos: después de la caída de
Rosas, en 1852, al momento de la organización nacional, en los 80, cuando
adoptó la política librecambista y la burguesía se sintió aristocracia, y
entre el 45 y el 55, cuando frustró el proyecto de un capitalismo nacional
que impulsaba el peronismo. Lo interesante en el análisis de Jauretche es que
puntualiza que fue la clase media la que tuvo una primera toma de conciencia
de los problemas nacionales pero no fue acompañada por una conciencia del
deber histórico. El peronismo recibe su parte de crítica pues serían algunas
medidas que tomó, y que afectaron los valores estéticos y éticos de la
burguesía así como su individualismo, las que impidieron a esa clase social
visualizar su rol nacional. De esta manera, a partir del uso de categorías de
grupo de pertenencia y grupo de referencia, Jauretche hace una interpretación
de los fracasos de la burguesía argentina. El llamado “medio pelo” alude a
los estratos más altos de la clase media que no creen pertenecer a ella y
actúan como un grupo psicológicamente disociado, que sueña no con desarrollar
un capitalismo nacional sino en volverse terratenientes, al tiempo que
instrumenta una imagen denigratoria del país. La conclusión es un amargo convencimiento de que
no existe una élite rectora en Argentina y de allí surge la misión
auto-atribuída de convocar, y en su caso liderar, un movimiento
político-ideológico capaz de cubrir ese vacío. Lo que el país necesita es una
cohesión de las clases sociales, pero no pasaba desapercibido a Jauretche lo
difícil que sería construir un consenso nacional, condición indispensable
para formular una política nacional. Ella no debía ser obra del gobierno,
fuera civil o militar, sino resultado de un estado de opinión, de lo que
desde sus años juveniles en FORJA denominaba “voluntad nacional” entendida
como algo distinto de la mera suma de voluntades que se expresa en la
opciones electorales bajo el título de mayoría. VIII.
JAURETCHE, EL PERONISMO Y LAS NUEVAS REALIDADES Como se lo ha señalado, Jauretche apreció a la
nueva izquierda, llamada nacional, y siempre consideró que el peronismo
representaba una lucha sincera y posible por instaurar lo que fue la brújula
de su lucha: una política nacional. Los últimos años de su vida fueron sin
duda conflictivos a la hora de tomar posiciones pues si bien la nueva
izquierda tuvo un momento de acercamiento al pensamiento nacional, pronto
ocurrió el desencuentro con el peronismo ya que se consideró engañada por
Perón, cuando el viejo líder regresó de su exilio español para gobernar al
país por tercera vez. Jauretche veía con preocupación esa toma de posición y
le advertía que Perón era un caudillo popular y no lo que la izquierda
pretendía que fuera, un líder socialista. Sus relaciones cordiales con el peronismo datan
del momento en que FORJA se disolvió y entregó sus banderas de lucha al
peronismo, movimiento en el cual Jauretche tuvo mucha ilusión especialmente
porque pretendía dar protagonismo político a las masas. Jauretche explicó ese
apoyo diciendo que “en cada etapa de la vida nacional he combatido por quien
o quienes eran los más capaces de acercarse concretamente a la realización de
la empresa” (Jauretche, Los profetas , 307), con lo cual enfatizaba que era
un apoyo condicionado al logro de los objetivos nacionales. Hubo un acercamiento con Perón, pero el desagrado
que provocaban a Jauretche la burocratización del peronismo y la adulonería
que rodeaban al líder máximo fueron provocando un distanciamiento. Desde su
llegada al poder el peronismo le entusiasmaba por su política nacional y
popular, pero siempre conservó su independencia de criterio para hacerle la
crítica cuando era necesario. Las medidas que alejaron a la clase media
constituyó un motivo de esas críticas, como lo fue también el inexplicable
conflicto desatado por Perón con la Iglesia, desaciertos que fueron alienando
a sectores cuyo apoyo era necesario. El apoyo sin embargo siguió incólume,
pues Jauretche estaba convencido de que la opción era entre Perón y la
oligarquía y ese convencimiento explica que eludiera la crítica abierta y el
apoyo a todo intento de oposición a Perón. De allí surge también su intensa actividad por
rescatar del peronismo lo que era rescatable después de la caída de Perón. La
independencia de criterio se evidenció muchas veces, criticando algunas
directivas que el líder daba desde el exilio, especialmente su revanchismo,
su planteo “típicamente anarcoide y abandonado por todas las fuerzas
revolucionarias coloniales y semicoloniales” (Carta a Alejandro Leloro, cit.
por Galasso, 97). Se oponía también al voto en blanco porque no
votar implicaba el riesgo de dispersar a las masas y nada temía tanto
Jauretche como el “nihilismo de las masas”, y por ello apostaba a la figura política
del radical Arturo Frondizi, confiado en que si alcanzaba el poder se
recuperaría la línea nacional, lo cual no ocurrió. Durante su actividad
intelectual y en la militancia durante el exilio de Perón, se definió una
tensión entre simpatías socialistas y propuestas de un capitalismo nacional.
A lo largo del complicado juego político que desde su exilio en Madrid
intentaba Perón, fue aumentando en Jauretche el convencimiento de que el
viejo líder no sugería una estrategia efectiva para recuperar el poder y por
consiguiente fue aproximándose más a la izquierda nacional. Desde la caída de Perón el peronismo fue
penetrado por corrientes de signo socialista y marxista para las cuales la
Cuba socialista era una referencia política concreta, y Jauretche no podía
estar fuera de esa corriente de los tiempos. Datan de esa época su
expresiones de solidaridad con la revolución cubana y aunque no apoyaba la
dependencia respecto de la URSS, creía necesario estar con Cuba. La idea de que el sistema económico es vital pues
a sus intereses se ajusta la superestructura cultural, política e
institucional, uno de los pilares del pensamiento de Jauretche, es sin duda
de raigambre marxista y por tanto induce a suponer una simpatía profunda con
la corriente socialista y marxista. Lo alejaba sin embargo del socialismo su
rechazo del concepto de lucha de clases y descartaba para Argentina la
posibilidad de una revolución socialista por no tener un pueblo levantado en
armas, lo que le parecía requisito indispensable. No sería justo afirmar que Jauretche rechazó por
completo una solución socialista. Negó siempre que la burguesía nacional
pudiera protagonizar el proceso de acumulación de capital y ni siquiera ser
colaboradora, por lo cual el estado debía convertirse en empresario para el
desarrollo de todas las actividades económicas de base. La discusión si el
proceso de encaminaría posteriormente por la vía capitalista o no, vendría
después. Pese a ello, hablaba de la necesidad de promover el desarrollo
capitalista, suponiendo que el destino del país no tenía otra salida que
cumplirse dentro del mundo capitalista. Esta convicción y su prédica en favor
de un capitalismo nacional resultan sin duda de su observación del desarrollo
de esa fórmula en la experiencia peronista. En una confesión clara señala que
“aun siendo marxistas, tenemos que admitir que debemos cumplir la etapa de
las realizaciones nacionales” (cit. por Galasso, Jauretche, 99). Una lectura de Jauretche en estos temas sugiere
una fuerte tensión entre las convicciones ideológicas que en parte lo
inclinaban al socialismo y su intenso pragmatismo, que le llevaba a pensar en
las soluciones posibles postergando otros aspectos del debate para etapas
posteriores. Incidieron poderosamente en su evolución hacia una propuesta de
un “socialismo nacional”, contradictoria con su defensa de un “capitalismo
nacional”, su desilusión con la estrategia seguida por Perón desde el exilio
y su convencimiento de que la nueva izquierda se había ubicado correctamente
en una posición nacional. Le parecía posible luchar por ese socialismo
nacional sin abandonar la idea de formar un frente nacional antiimperialista
y esperaba lograr el apoyo de los peronistas más combativos. Con ese bagaje
ideológico se postuló como candidato a senador pero días antes de las
elecciones, desde su exilio, Perón dio por tierra con las expectativas de
Jauretche al declarar que se había colocado al margen del movimiento
peronista. La derrota electoral que sufrió no pudo acabar
con el optimismo del derrotado, por su confianza en que “las bases nacionales
de la Nueva Argentina están intactas y más fuertes que antes” (cit. por
Aragón, 68). El giro hacia el socialismo nacional debe ser
evaluado recordando que al momento del
regreso de Perón al país la izquierda no dudaba de que “la patria socialista
está a la vuelta de la esquina” (Schvartzman, 507) y que Perón era un
auténtico líder socialista. En parte Jauretche habló de un socialismo
nacional llevado por su confianza en el papel de la juventud, que se
pronunciaba mayoritariamente por una salida socialista, inspirada por el
ejemplo cubano. También puede pensarse que esa propuesta venía de
su conciencia de que su época ya había pasado y que los agentes sociales del
cambio, la juventud y los obreros, habían hecho ya su opción por una “patria
socialista”. Para un viejo intelectual y maestro no cabía otra actitud que
apoyar y orientar en lo posible la marcha hacia el ideal formulado. Uno de los desafíos más intensos para Jauretche
en los últimos tiempos fue el de tomar posición frente a la lucha armada.
Estaba por cierto convencido de que la violencia de arriba que practicaba el
gobierno militar engendraba la de abajo, pero no justificaba el terrorismo
pues a su juicio la violencia sólo tiene un carácter auténticamente revolucionario
cuando el pueblo entero participa en la subversión, que no era el caso
argentino. Le entusiasmaba el aporte juvenil a la renovación del peronismo
pero desconfiaba de la actitud de grupos guerrilleros, como Montoneros, pues
priorizaban la acción por sobre el accionar político. A estos grupos armados
juveniles les advertía el peligro de un alejamiento de la realidad nacional,
pues los veía más interesados en los problemas de la Cuba revolucionaria que
en los del propio país y resultaban por ende proclives a repetir los viejos
errores de la izquierda. Igualmente le preocupaba su soberbia y esquematismo
ideológico, los cuales provocarían un desencuentro con las masas, y de tal
preocupación surgía una opinión lapidaria; “hay que partir de la base que el
pensamiento debe ser compartido por la multitud, porque de lo contrario
significa prepotencia” (Ibid ., 263). El 17 de noviembre de 1972 se produjo el retorno
de Perón a Argentina, saludado por Jauretche no como el retorno de un hombre
sino de una continuidad histórica interrumpida, aunque sin ocultar su temor
acerca de que un posible fracaso tampoco sería el fracaso de un hombre, sino
un fracaso en la comprensión de lo argentino. Jauretche siguió trabajando
por la unidad y la formación de una
conciencia que preparara un encuentro de todos los argentinos, no sin
sentirse intranquilo por la tendencia de Perón y su entorno de no tener en
cuanta a los intelectuales, especialmente los viejos luchadores como
Jauretche. Mientras el gobierno peronista de Héctor Cámpora se debatía contra
la presión de los sectores radicalizados de la izquierda, Jauretche no podía
superar sus disidencias con la juventud sobre la lucha armada, conflictivas
con su creencia de que la incorporación al peronismo de los sectores pequeño-burgueses
sobre todos juveniles renovaría al peronismo, lo democratizaría y le daría
vigor revolucionario, elementos necesarios para poner fin a la crisis
argentina. Pese a la tragedia en el aeropuerto de Eseiza al
regresar Perón al país, fruto de un enfrentamiento entre el ala derecha y la
izquierda del peronismo, Jauretche insistió en ver como positiva la presencia
de la juventud confiando en que esos jóvenes construirían un socialismo
nacional que sería en última instancia una auténtica versión del
justicialismo. Nunca perdió la esperanza de que esos jóvenes representaban la
“inteligencia nacional” y por ello decía que de los jóvenes es la revolución. Con Perón como presidente el peronismo giró a la
derecha, insistiendo en una depuración ideológica de los sectores juveniles
incorporados al movimiento, poniendo bien en claro que él no era marxista y
que era imprescindible lograr la recuperación nacional como paso previo a la
liberación nacional. Desanimado, Jauretche dio sus últimas charlas en la Universidad
del Sur, donde predominaban los sectores del peronismo revolucionario, en
medio de intentos de aferrarse a una esperanza que él sabía que iba
diluyéndose en la realidad. CONCLUSIONES La de Jauretche fue una larga batalla ideológica para
dar por tierra con todos los mitos negativos que habían impedido un
desarrollo nacional impulsado por la capacidad de pensar los problemas
nacionales desde una perspectiva nacional. Fue ésa una batalla librada desde
la marginalidad y con un espíritu de renuncia que le permitió asumir
posiciones secundarias, sacrificando la ambición personal sin otro norte que
ser fiel a sus ideas y poner por sobre todo el interés del país. No hubo en
su vida y su labor una sola claudicación a la hora de identificar el interés
nacional con el interés popular, o de afirmar su fé en la capacidad de las
masas de entender dónde está su bien. En su vida intelectual y su accionar político fue
fiel al diagnóstico que hizo del problema nacional en términos de la
existencia de un doble sistema, de poder y cultural, que estaba contra el
país y destruía la posibilidad de realizar su destino. La deducción obligada
fue que el intelectual “nacional”, como le gustaba considerarse, debía no
sólo pronunciarse sino actuar contra ellos, y como ha dicho Córica, “esa
misión la asumió sin retaceos Arturo Jauretche” (Córica, 129). Su obra puede
considerarse más exitosa en lo cultural , en el plano del pensamiento, que en
lo político pues dejó un pensamiento compacto, enriquecido con nuevos términos,
como “cipayo”o “vendepatria” que se volvieron moneda corriente en la
terminología política argentina. Nunca, sin embargo, dejó de pensar en la
acción, convencido de que el gran problema argentino era la carencia de
elementos dirigentes capaces de hacer recobrar a los argentinos su voluntad
de ser autónomos y llegar a construir una nación, pero una nación de verdad y no la que vive en los papeles. En este aspecto
puede considerarse que Jauretche se ubica en la tradición de la izquierda
latinoamericana que valora la figura del intelectual militante. Mantuvo hasta
el final de sus días la ilusión de una revolución nacional y fue esa ilusión
la que lo puso en guardia al momento del regreso de Perón, advirtiendo que la
revolución no debe convertirse en una simple restauración burocrática. Entendió como su misión principal no la de
formular una ideología, sino algo más profundamente condicionante: un estado
de conciencia que preparara el encuentro de todos los argentinos, más allá de
las divisiones internas, en la voluntad de crear un país real y una política
que le diera respuesta. La formación de un estado de conciencia tiene un
carácter anti-ideológico pues supone conectar las ideas de la realidad. Esta
tarea se expresa concretamente en lo que confesó como objetivo de su vida,
“modernizar las estructuras económicas y sociales de Argentina” (Jauretche,
El medio pelo, 340). La opción hecha por Jauretche le mereció
críticas, en especial desde posiciones de izquierda que adherían a un cambio
radical y que le mostraban como un burgués deseoso de eludir el espinoso tema
de la lucha de clases. Entendemos que hubo una tensión ideológica en
Jauretche pues los fundamentos de su pensamiento, en el sentido de suponer
que todo sistema político y cultural responde a intereses económicos
concretos, son de raigambre marxista. Un desarrollo normal de ese pensamiento
debía llevarlo a sugerir una solución nacional fuera del capitalismo, pero
Jauretche osciló entre ciertas declaraciones de rasgos socialistas y sus
afirmaciones de que el desarrollo nacional autónomo no tenía otra alternativa
que darse dentro del capitalismo. El hecho de que el desarrollo de las
premisas no haya llevado a Jauretche hasta las últimas consecuencias puede
ser atribuído quizás a su realismo, que le sugería que no había otra
alternativa en ese momento y en ese país que el capitalismo. Sin embargo, también es plausible la
interpretación más crítica de que las actitudes populares y antiimperialistas
de Jauretche son de raigambre irigoyenista y radical, que es tanto como
afirmar las raíces de clase media y la renuncia a planteos clasistas propios
del socialismo. Más allá de esas limitaciones, cabe reconocer que su prédica
mantiene vigencia en cuanto a la centralidad del interés nacional y su
identificación del mismo con los intereses de las mayorías y no de las
minorías. Lo mismo puede decirse de su llamado a tomar conciencia de la
manera en que las estructuras mentales y culturales pueden afectar
negativamente y aún frustrar el destino de un país. Su reflexión fundamental
acerca de que la grandeza del país está vinculada a la capacidad de enfocar
los problemas desde el mirador de esa centralidad parece una afirmación por
demás obvia, pero sigue siendo un problema a encarar y resolver en la
Argentina de hoy. Desde la muerte de Jauretche Argentina vivió
situaciones que marcaron definitivamente la vida del país, la mentalidad de
los ciudadanos y las relaciones entre la sociedad y el estado. Muchas de las
etapas políticas, como el régimen militar que infringió profundas heridas
todavía no cerradas y la democracia que lo siguió, con su errática política
económica y la posterior opción por el neoliberalismo, crearon una
problemática social, política y cultural que sugiere la necesidad de releer a
Jauretche. La Argentina de hoy, de vuelta de la ilusión
menemista de haber entrado al “Primer Mundo”, se debate con la dura realidad
de una creciente polarización social que hace de la democracia apenas una
estructura formal. Parece escucharse la voz de Jauretche advirtiendo que la
democracia verdadera debe ser real, en el sentido de participación de las
masas en el bienestar material y en las decisiones relativas al destino del
país. Parte del mensaje ha perdido actualidad, como es la denuncia del
imperialismo inglés, pero continúa vigente en sus líneas generales en un país
que aún sigue buscando el camino de un desarrollo no dependiente y una
fórmula que posibilite el progreso con justicia social. En tal sentido, la
prosa afilada y a veces hiriente de Jauretche tiene mucho que enseñar
hoy, a treinta años de la muerte del
polemista. Nota BIBLIOGRAFIA Abeledo, Norberto Manuel, Vida y obra de Arturo
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[1]
Doshisha Studies in Language and Culture, 7
(1), 2004:
157 – 196.
Doshisha
Society for the Study of Language and Culture,
© Marta
MATSUSHITA