¿”Gesta
patriótica” o “carro atmosférico”?
Apuntes sobre la desmalvinización
http://www.izquierdanacional.org/soclat/articulos/apuntes_sobre_la_desmalvinizacion/
En memoria
de Mario A. García Cañete y de todos los caídos en Malvinas
Un ex camarada del Escuadrón de Exploración de
Caballería Blindada Nº 10, unidad en la que revisté entre 1981 y 1982, me
invitó gentilmente a escribir unas líneas sobre mi experiencia en Malvinas,
aclarándome que no era requisito respetar un temario definido sino simplemente
“dar rienda suelta” a las más íntimas
necesidades expresivas del autor. Me propongo en estas pocas líneas apartarme
del ángulo puramente testimonial o vivencial sobre la guerra para incursionar
(“deconstruir” como dice ahora la
moda filosófica) en el significado y las implicancias prácticas del remanido
término “desmalvinización”.
Es sabido que los ex combatientes hemos denunciado
reiteradamente desde 1982, y todavía lo hacemos hoy, la existencia de una
suerte de “atmósfera desmalvinizadora”
que campea en la sociedad argentina, promovida por sectores (casi nunca
identificados) interesados en no hablar, y mucho menos abrir un debate, sobre
el significado de Malvinas en nuestras vidas y en nuestra historia. Como
consecuencia de ello, quienes combatimos en las islas permanecimos huérfanos de
cualquier forma de apoyo estatal durante un largo tiempo y fuimos empujados a
algo así como una zona de “invisibilidad
social”, de la cual sólo pudimos salir gracias a nuestra propia
organización y movilización. Vale recordar las innumerables agrupaciones de ex
combatientes que nacieron y se desarrollaron desde el fin de la guerra,
reivindicando el reconocimiento oficial en tanto sujetos sociales con identidad
propia (el “Veteranos de Guerra”).
Sostengo la tesis de que tal política de
silenciamiento y desprotección hacia el ex combatiente constituyó una realidad
en los primeros años de la posguerra, pero no en los años subsiguientes, pues
rápidamente dio paso a un peculiar formato discursivo mucho más sutil y de
naturaleza político-cultural, cuyo objetivo indisimulable fue construir una
narrativa sobre Malvinas encaminada a “desmalvinizar”
a la sociedad argentina.
¿Qué significa “desmalvinizar
a la sociedad argentina”?; ¿cuáles fueron los pilares de esa narrativa
sobre Malvinas y qué objetivos políticos perseguían y persiguen quienes
intentan borrar el fervor patriótico que emergió casi espontáneamente en la
sociedad argentina tras la recuperación de las islas?; ¿qué roles les fueron
asignados a los actores de la guerra (oficiales, suboficiales y soldados)
dentro de ese entramado de representaciones sociales construidas por el
discurso dominante?; ¿cuáles fueron las consecuencias prácticas de dicho
discurso en los propios actores?. He aquí algunas de las preguntas que
procuraré desarrollar en las líneas que siguen.
La des-historización del conflicto de Malvinas
Desde los primeros años de la posguerra se abrió un
fuerte debate entre quienes calificaban a la guerra de Malvinas como una “gesta patriótica” y aquellos que la
presentaban como una “aventura
irresponsable” de un gobierno moribundo. En esta “batalla de ideas”, los campos en pugna extraían conclusiones
diametralmente opuestas sobre lo que le correspondía hacer a
Este debate, de naturaleza política, aparecía
oscurecido ante la opinión pública por aspectos más ligados a la dimensión
emocional y humana del conflicto (situación de los veteranos, familiares de los
caídos, etc.).
Quienes sostenían la postura de la “gesta patriótica” concebían la ocupación
de Malvinas como un capítulo dentro de una larga lucha del país por obtener su
plena independencia nacional y soberanía territorial. Establecían una
continuidad histórica entre las grandes batallas emancipatorias libradas por
nuestros ejércitos en el siglo XIX contra las potencias coloniales y la
reafirmación de la soberanía argentina en el Atlántico Sur en 1982. La
consecuencia práctica de esta visión del conflicto no podía ser otra que la de
“continuar con la lucha por otros medios”.
Es decir, derrotado el país en el plano militar en Malvinas, correspondía ahora
avanzar en la soberanía económica, política y cultural, no ya en el Atlántico
Sur sino en el conjunto del país. Los defensores de esta visión, como es lógico,
proponían tender lazos hacia los países de América Latina (aliados durante la
guerra) y tomar distancia de las potencias coloniales, agresoras directas o
indirectas en Malvinas.
Por el contrario, quienes impugnaban la ocupación
de Malvinas calificándola de una aventura irresponsable y criminal, afirmaban explícita
o implícitamente que había que dar vuelta la página de la guerra y recomponer
aceleradamente relaciones con los países centrales, que eran, casualmente,
nuestros enemigos de Malvinas.
Esta última postura se impuso en toda la línea ya
en los primeros años de la posguerra. Contó con una gigantesca y hábil
maquinaria propagandística (sin duda alentada por EEUU e Inglaterra) que logró
explotar a su favor el legítimo repudio que el pueblo argentino abrigaba por la
dictadura militar que gobernó el país desde 1976 y que, a primera vista,
lucía como responsable de la ocupación y la derrota en Malvinas.
Sobre esto último cabe el siguiente paréntesis
reflexivo. No hay duda de que la dictadura militar del Proceso fue parte de un
conjunto más amplio de dictaduras oligárquicas que gobernaron a la mayor parte
de los países latinoamericanos desde la década del ‘60. Esas dictaduras gozaron
de la bendición y el firme apoyo de EEUU en el marco de la “guerra fría” contra el bloque soviético.
Sin ese apoyo no podrían haber existido.
El programa económico y social de la dictadura
argentina, desplegado a punta de fusil desde 1976, era el programa de las
grandes corporaciones multinacionales y de la usura financiera internacional,
como lo demuestra el hecho de que los ministros de Economía de Videla y
Galtieri fueran nada menos que Martínez de Hoz y Roberto Alemann, prominentes
figuras del liberalismo ortodoxo con epicentro en
Este giro sorprendente, y sin duda no previsto por
sus ejecutores (escapaba al cálculo político de Galtieri y cía. lo que
desencadenaría la ocupación de las islas), permitió que se urdiera una
formidable trama de ingeniería propagandística que logró asociar la legítima
lucha por la soberanía territorial en Malvinas con una dictadura militar
repudiada masivamente por las mayorías populares. De ese modo, el acto mismo de
la recuperación de las islas quedaba impugnado y ensombrecido por el repudio a
la dictadura por sus crímenes anteriores a Malvinas.
Y quienes caracterizaban a Malvinas como una “gesta
patriótica” resultaban sospechosos de defender los crímenes perpetrados entre
1976 y 1982 por esa dictadura, una de las más pro-norteamericanas de la
historia política nacional (recordemos a algunos de sus más ilustres
funcionarios civiles: los ya mencionados Martínez de Hoz y Roberto Alemann,
Domingo Cavallo, Manuel Solanet, Daniel Artana, Guillermo W. Klein, etc.)
Primer pilar de la
“desmalvinización”: concebir a la guerra de Malvinas como una locura irresponsable, un
sinsentido demencial propio de una mente desquiciada por el alcohol y las
ansias de poder, en vez de caracterizarla como una gesta nacional enraizada en
nuestra historia.
El rol del
ex combatiente: héroe o víctima, soldado de
Lo dicho hasta acá parecería discurrir en un plano
meramente teórico-abstracto, sin reflejo concreto en la realidad de quienes
participamos del conflicto. En definitiva, ¿qué importancia tiene para los ex
combatientes que la guerra de Malvinas sea concebida como una “locura irresponsable” o como una “gesta patriótica”? Las diferencias son
enormes porque hacen a la identidad misma del veterano, a la construcción de su
propia subjetividad, con todas las implicancias tanto materiales como
psicológicas que eso conlleva.
Los defensores de la teoría de la “locura irresponsable”, que fue la
postura que inundó todo el universo de representaciones sociales de la
posguerra, sitúan al ex soldado en el papel de un niño conducido a la guerra
sin la más mínima conciencia de lo que acontecía. Un “chico de la guerra”, autómata, ciego e impotente, sometido a
maltrato físico y psicológico, aunque no por los ingleses, que bloquearon las
islas para hacernos sucumbir por hambre y sed, que nos bombardearon
incansablemente cada noche para minar nuestra moral. No, no, de acuerdo a esa
sorprendente interpretación de los hechos nuestros maltratadores habría sido
los propios oficiales y suboficiales argentinos.
Segundo pilar de la
“desmalvinización”: la victimización del ex combatiente. Se sustituyó la identidad del “héroe que defendió a su patria” por la
del chico impotente, sin preparación suficiente y lanzado a la muerte por la
crueldad de los propios argentinos.
El oficial y suboficial como demonio
Una persistente campaña de demonización de los
oficiales y suboficiales argentinos ha caracterizado el relato sobre Malvinas.
En un caso extremo de deformación histórica y desapego a la verdad, han llegado
a circular últimamente denuncias sobre “campos
de concentración” en Malvinas, similares a las monstruosas cárceles de los
años de plomo del Proceso. También se ha hablado con una falta completa de escrúpulos
de un “genocidio planificado”
perpetrado por oficiales y suboficiales contra soldados conscriptos, sin
exhibir una sola prueba ni una sola razón coherente que explique las
motivaciones de semejante locura. Tales pruebas jamás podrán exhibirse por la
sencilla razón de que se trata de una burda mentira.
Desgraciadamente, hay que decirlo, muchos ex
soldados se han prestado a esta clase de patrañas enceguecidos por la búsqueda
de compensaciones o prebendas económicas.
Los actos de heroísmo de oficiales y suboficiales
se presentan como acciones excepcionales o limitadas a una fuerza en particular
(
Tercer pilar de la
desmalvinización: el oficial o suboficial despojado de su condición de héroe y
degradado a la de villano, represor y sádico irrecuperable.
¿
Si los pilares de la “desmalvinización” hasta ahora señalados fueran ciertos, entonces
habría que darle la razón a la “dama de
hierro” cuando afirmaba hipócritamente que en Malvinas se enfrentaban la “democracia inglesa” (democracia de las
cañoneras) contra “la dictadura argentina”.
Los “desmalvinizadores” irían
demasiado lejos si sostuvieran semejante impostura, razón por la cual se han
puesto a producir engendros cinematográficos o literarios que dicen eso mismo,
aunque con otras palabras. Efectivamente, cuando uno ve películas o lee libros
producidos por argentinos sobre Malvinas, tiene la tentación de respirar
aliviado cuando los ingleses reconquistan las islas.
“Los buenos
eran ellos, los ingleses” es el mensaje que deslizan subliminalmente,
aunque no lo digan explícitamente por puro pudor. Un caso extremo de
tergiversación es el film “Iluminados por
el Fuego”, no por casualidad ampliamente difundido acá y en el extranjero
pese a su pésima calidad cinematográfica.
Jamás se hará mención a los crímenes ingleses.
Salvo contadas excepciones, no se ha difundido el cobarde crimen de guerra que
fue el hundimiento del General Belgrano,
una acción que violó todos los códigos de la guerra naval (que hasta los nazis
respetaban en
Cuarto pilar de la “desmalvinización”: invisibilizar los
crímenes cometidos por los ingleses (hundimiento del Belgrano, ataque a buque
Hospital, matanza de los únicos 3 kelpers caídos en combate) y atribuir los
padecimientos por hambre y frío no al bloqueo inglés o al clima austral, sino a
la inexplicable maldad de quienes conducían la guerra
¿Por qué? El leit motiv de la
“desmalvinización”
A esta altura cabe preguntarse cuáles fueron las
razones de semejantes “zonceras”
sobre Malvinas, abundantemente difundidas por los medios de comunicación tras
la guerra.
Las motivaciones deben hallarse en el plano
político, no en otro lugar. La guerra de Malvinas despertó una gigantesca ola
de movilización social y de unidad nacional en torno a una reivindicación
territorial, es decir, en torno a la soberanía e independencia nacional. La
lógica misma de los hechos empujó a
¿Por qué deberíamos permitir que nuestras riquezas
pasen a manos de empresas norteamericanas, inglesas o europeas en general, si
esos países fueron directa o indirectamente responsables de los 1000 jóvenes
caídos en Malvinas?, ¿como podríamos compatibilizar la memoria de esos muertos
con la total subordinación del país a quienes los asesinaron o a quienes
prestaron un apoyo decisivo para derrotar a
En suma, la guerra de Malvinas debía ser eliminada
como factor de movilización popular para la lucha antiimperialista. Debía ser
despojada de cualquier vestigio de patriotismo y de heroísmo. Las muertes de
nuestros camaradas debían ser convertidas en un sinsentido histórico atribuible
a la locura de un puñado de militares y no al doloroso precio que los pueblos
suelen pagar por luchar contra los gendarmes del mundo. Los verdaderos autores
de los crímenes tenían que ser ocultados tras una gruesa telaraña de
falsificaciones y mentiras.
Sin ese proceso de vaciamiento de sentido en
relación al significado histórico de Malvinas, al papel jugado por las grandes
potencias (en especial EE.UU.) y al lugar de
La
“desmalvinización”, la subjetividad del veterano y las huellas psicológicas de
la guerra
Por último, es preciso abordar un fenómeno que por
su dramatismo merece un análisis exhaustivo. Me refiero a los cientos de
muertes por suicidios ocurridos desde
Imaginemos un joven que debe convivir con la muerte
durante un período prolongado, que ve caer a sus camaradas y que es puesto por
las circunstancias en situación de matar o morir. Ahora pensemos que una vez
pasada esa dramática situación se le dice que todo aquello fue en vano, que las
muertes de sus camaradas fueron fruto de la locura de un puñado de hombres
dementes. ¿No es lógico que desarrolle un cuadro de depresión profunda que
pueda derivar en conductas auto-punitivas como el suicidio? ¿No es igualmente
lógico que semejante grado de banalización de su esfuerzo ocasione un impacto
psicológico descomunal?
Eso es lo que ha ocurrido con los Veteranos de
Malvinas como consecuencia del relato posbélico “desmalvinizador”. Su subjetividad de héroe fue trocada por la de
víctima y esto no puede ser indiferente en el procesamiento psíquico de la
experiencia traumática.
Sostengo a
modo de hipótesis a trabajar, que buena parte del síndrome pos-traumático de
guerra encuentra su origen en la narrativa social dominante, que arroja al
veterano a un penoso papel de víctima.
Propongo recuperar con orgullo la identidad de
héroes para todos quienes estuvieron en Malvinas, en especial para aquellos que
dejaron su vida allí.
Sin gestos ampulosos ni trágicos, simplemente
héroes. Se trata de un justo reconocimiento en el que cobra un sentido
histórico el sacrificio de los camaradas caídos, que vivirán por siempre en
nuestra memoria y en nuestros corazones.