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El «Estado servil» necesita destruir la comunidad
organizada en torno a la familia Juan Manuel de Prada El
sistema esclavista se fundó sobre la destrucción de la familia. Basta que estudiemos
someramente las leyes romanas para que salte la evidencia: esclavo era quien
no tenía derecho a formar una familia, quien podía ser separado sin titubeos
de sus hijos y condenado a satisfacer sus instintos en la promiscuidad más
turbia y bestial. Aquel
sistema entró en crisis cuando los esclavos, por influjo del cristianismo,
empezaron a preservar su dignidad, cuando se resistieron a ser separados de
sus hijos y de las mujeres que los habían concebido. Y, al fundar una
familia, aquellos esclavos se sintieron «enraizados» en algo; y, como siempre
ocurre que los hombres se «enraízan», anhelan una tierra que los nutra y haga
más firme su vínculo: así nació, como corolario natural de la familia, la
noción del reparto o distribución de la propiedad. El
«Estado servil» — híbrido resultante de la coyunda entre capitalismo y
socialismo— se funda sobre la misma premisa que el esclavista. Sólo que, en
su propósito de esclavizar a los hombres, ya no puede arrebatarles crudamente
su dignidad, como hacían los propietarios de esclavos de antaño; necesita
«sobornar» su dignidad, necesita procurarles placeres anestesiantes (incluida la promiscuidad más turbia y
bestial, que ya no se vive como una condena, sino como un premio), necesita
garantizarles un cierto grado de bienestar material que los aborregue y
someta. Pero el fundamento del «Estado servil» es exactamente el mismo que el
del sistema esclavista: se trata de destruir la familia y, con ella, los
vínculos de pertenencia que enraízan a los hombres. Todos
los formuladores del pensamiento económico liberal coinciden en este extremo:
desde Adam Smith a John Stuart Mill, pasando por David Ricardo o Malthus,
consideran que la institución familiar es una amenaza para el desarrollo
económico; y postulan una sociedad desvinculada, en la que las personas ya no
sean inteligibles desde los vínculos comunitarios, sino «reconstruidas» como
individuos que se guían por sus actuaciones volitivas autónomas. De este
modo, la moralidad se determina por la preferencia subjetiva; y la libertad
es concebida como ausencia de toda constricción. Por supuesto, la familia se
erige en la principal constricción para la supuesta «libertad perfecta» del
sistema económico, que consiste en la implantación del trabajo obligatorio,
legalmente exigible a los que no poseen la propiedad de los medios de
producción, para beneficio de los que la poseen. Y en la
entronización de ese «trabajo obligatorio» como máxima aspiración humana,
lograda a costa de cualquier otra aspiración... sobre todo, a costa de la más
humana de todas las aspiraciones, que es la de formar una familia y tener
hijos. Para su
perpetuación, el «Estado servil» necesita destruir la comunidad organizada en
torno a la familia, reduciéndola a una masa amorfa, sobornada y sumisa,
incapacitada para otra aspiración que no sea la satisfacción de sus
preferencias subjetivas. Todos los sucesivos engendros que ha ido expeliendo
el «Estado servil» —feminismo, consumismo, estancamiento demográfico,
etcétera—, no son sino estadios progresivos de esa labor destructiva, que
alcanza su expresión más desesperada en épocas de crisis. Porque quienes han
sido «sobornados» están dispuestos a sacrificar su aspiración más humana
—casarse y tener hijos—, con tal de seguir disfrutando del soborno, incluso
cuando el soborno se acaba, desvelando su triste y terminal condición servil.
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