Por Julio Fernández Baraibar
La asunción del
cardenal bávaro Joseph Ratzinger a la silla episcopal
romana, convirtiéndolo por ello en jefe espiritual de alrededor de unos mil
cien millones de fieles católicos de todo el mundo, parece haber generado una
conmoción en la prensa comercial de las grandes capitales occidentales. Esta
conmoción a veces llega a confundir a amigos y compañeros, seguramente bien
intencionados, que quedan presos de un falso dilema, de un erróneo planteo del
tema.
Lejos de mí está el
meterme en los abstrusos territorios de la teología y la exegética. Dejo la
tarea a quienes se han especializado o interesado particularmente en el tema.
No pretendo reflexionar ni sobre el cielo ni sobre el infierno. La distancia
que media entre el Olimpo y el Hades es el objeto de estas líneas. Tan sólo,
este, para los creyentes, valle de lágrimas.
Lo primero que
sorprende a un espectador de buena fe, preocupado por las grandes líneas
históricas y no por los temas que impone el New York Times o el Clarín, es la
nacionalidad del nuevo Pontífice. Joseph Ratzinger es
alemán, de la zona sur de Alemania, de Bayern o
Baviera, donde el catolicismo siguió siendo la religión prevaleciente, pese a
la adopción del luteranismo por parte del resto de Alemania. Al observar esto
descubrimos que el último Papa de esa nacionalidad rigió sobre
La ruptura de Lutero
con Roma, la traducción de
La aparición de estas
rupturas con el obispo de Roma, a la que hay que agregar la de Enrique VIII y
la fundación de la iglesia anglicana, no es otra cosa que la expresión de la
aparición incipiente de los estados nacionales y el proceso embrionario del
capitalismo primitivo. Eran las necesidades objetivas de ese protocapitalismo las que llevaban a la ruptura con el
universalismo tanto de las antiguas formas imperiales –herederas del Sacro Imperio
Romano Germánico, sedicente continuador del Imperio Romano-, como del carácter
universal –católico quiere decir, justamente, universal- del cristianismo.
En efecto, hasta el
concilio de Jerusalén, narrado en los Hechos de los Apóstoles (capítulo 15) los
seguidores de Cristo no eran sino una secta judaica. El monoteísmo del Viejo
Testamento se caracteriza por ser una religión propia y exclusiva de un pueblo,
el pueblo judío a quien el Creador mismo eligió para la misión de
mantener la fe y adorarle. Convertirse al monoteísmo veterotestamentario
significaba, entonces, integrarse al pueblo elegido, diferenciarse de los otros
pueblos de la tierra. El tema central que se discute en Jerusalén es si los
seguidores del Cristo deben o no circuncidarse según el rito de Moisés
–operación litúrgica que integraba al circunciso al pueblo judío-. Los Hechos
recogen las palabras de Pedro, con las cuales argumenta que si Dios ha
determinado que los gentiles (gentil es la traducción de goi, todos los que no son judíos) debían ser
evangelizados y no hizo diferencia entre judíos y no judíos, qué razón
habría para convertirlos previamente en judíos (Hechos, capítulo 15, 7-12). A
partir de ese encuentro los seguidores del Crucificado dejan de ser judíos para
convertirse en una religión de aspiración universal, para todos los pueblos
humanos. Y fue, a decir verdad, esta decisión la que permitió la expansión del
cristianismo en el ámbito del imperio romano, imperio también universal por
definición.
La ruptura de este
universalismo fue un momento necesario en el desarrollo de las fuerzas
productivas gestado durante los largos años de
En
En ese sentido, todas
las confesiones surgidas del estallido de
El sistema exegético
del protestantismo, su revalorización del Antiguo Testamento, y su moral fueron
–como se ha encargado de demostrarlo el tantas veces citado Max Weber- el abono
intelectual y espiritual sobre el cual se desplegaron las fuerzas del capital,
del lucro privado, de la libertad de comercio y la libertad de venta de la mano
de obra.
Quinientos años
después el capitalismo, por lo menos el capitalismo de los países centrales a
cuya historia nos estamos refiriendo, se ha convertido en un abominable
monstruo imperialista cuyo desarrollo se ha vuelto el principal impedimento
para el desarrollo del conjunto de la humanidad.
Los estados
nacionales que permitieron aquel surgimiento han agotado su proceso histórico y
comienzan a aparecer otras unidades y protagonistas. El establecimiento
definitivo de
Este análisis deja
entrever, entonces, el sentido histórico y político que tiene la elección de
Joseph Ratzinger. Pareciera que el Cónclave romano
pretendiera poner punto final a la historia que comenzó aquel día en que Martín
Lutero clavó sus 95 Tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg,
reintroduciendo en la grey católica, con plenos
derechos, a los rebeldes teutones. Si las condiciones histórico-sociales que
dieron origen a aquella rebeldía han comenzado a desaparecer, parecería que
Por otra
parte, como me apuntaba días atrás el mismo Methol
Ferré, el nombramiento del alemán reintroduce a la cultura alemana en el mundo
civilizado de la cual había sido expulsada por el triunfo de los aliados. Desde
la caída del Tercer Reich, hace ya sesenta años, Alemania, los alemanes y,
sobre todo, la cultura alemana han llevado sobre sus espaldas el baldón
infamante del nazismo –esa teogonía pagana occidental-, de los campos de
concentración, de las cámaras de gas, de Auchswitz y Treblinka. Baldón infamante que no ha cedido ni ante el
propio nombramiento de Ratzinger. La prensa
occidental que ha callado la relación económica directa entre la familia Bush y
el Tercer Reich, entre
Esta carga
impuesta por los vencedores del
La
elección de un Papa alemán contribuiría así, por parte de
La prensa occidental
y sus émulos locales, tipo Clarín y Página 12, han puesto el acento crítico en
lo que sería una cierta rigidez del nuevo Papa en temas vinculados a la doctrina
católica y a la moral. Explico, para los lectores que no me conocen, que no soy
católico en el sentido personal del concepto, aunque no podría dejar de serlo
en el sentido cultural del mismo. Pertenezco a una sociedad y a un continente
donde el catolicismo constituye una especie de marca en el orillo, que va mucho
más allá de las convicciones o de la fe personales.
Soy agnóstico, pese
a, o a causa de, una larga formación católica. Hice la escuela primaria y
secundaria en un colegio de los Hermanos de
Estoy convencido de
que la firme adscripción a un sistema de ideas, a un corpus doctrinario, no es
un defecto sino una virtud. La capacidad de defender firmemente este sistema,
en el convencimiento de que su debilitamiento doctrinario sólo trae aparejados
prejuicios a la causa que uno sostiene, no me parece algo reprochable sino un
rasgo elogioso en un hombre o una mujer con verdadero sentido de la razón de
ser de su paso por la tierra. Mi enemistad con Margaret Thatcher no radica en
su rigidez doctrinaria, como rasgo psicológico de la verdugo del Belgrano,
sino, justamente en el sistema de ideas e intereses que defendió con firmeza y
ahínco.
Ignoro, dada mi
antedicha condición de agnóstico, qué problemas puede acarrearle a los
creyentes católicos la supuesta rigidez papal respecto a temas tales como la
existencia o no del demonio como entidad personal o del cielo como un lugar
físico concreto o un lugar ontológico espiritual. Pero estoy convencido que esa
es una cuestión que deberán resolver los propios católicos en el ámbito de sus
instituciones teológicas comunitarias.
El tema de la rigidez
moral tiene, sí, otras connotaciones. Alejado como estoy de todo moralismo
cerril y de todo juicio sobre la vida privada de mis semejantes, que no tengan
consecuencia en lo público y social, creo estar en condiciones de aportar un
punto de vista que se aleje, justamente, del aspecto privado, personal, e
intente analizar las implicancias que esta discusión tiene en el ámbito
público, el de la política y la lucha por un mundo mejor.
Al parecer el nuevo
Papa, mantendría una continuidad con su antecesor con respecto a cuestiones
vinculadas al sexo. El divorcio, la masturbación, la homosexualidad, el tema
del género, el uso del preservativo y el control de la natalidad, el aborto y
las relaciones sexuales extramatrimoniales serían el núcleo de un conflicto en
el que Benedicto XVI expondría un punto de vista que la prensa comercial llama
rígido y que, sin embargo, no es otro que el que ha caracterizado a
A partir de las
derrotas sufridas por las revoluciones del mundo colonial y semicolonial y de
la implosión del viejo bloque socialista de Europa Oriental, el Occidente
imperialista –dueño absoluto del poder mundial- convirtió en pensamiento
oficial, divulgado por el sistema de prensa gráfica y electrónica, un sistema
ideológico basado en el más absoluto relativismo filosófico, en un inmanentismo
materialista vulgar, hedonista y consumista, para el cual toda aspiración de
trascendencia humana –material o espiritual- se presenta como un mero relato
moralizador que coarta la absoluta y autocentrada
libertad individual. Una especie de neolibertinismo
para consumidores con poder adquisitivo se convierte en acompañante del
neoliberalismo que se impone urbi et orbi. No hay límites para la ambición, en
el plano de la economía, como no hay límites para el goce sensual en el plano
íntimo del individuo. La desenfrenada carrera por el enriquecimiento personal,
generado por un sistema económico mundial que ha vencido todas las barreras a
ello, es acompañada por una incentivación
desenfrenada de los deseos y las pulsiones, demoliendo, en el plano de la
cultura, las barreras inhibitorias a su consumación.
En realidad, esto, en
sí mismo, no es nuevo. El libertinismo aristocrático
o burgués fue siempre un rasgo característico de la sociedad de clases que
obligaba al más estricto puritanismo a sus sectores humildes y trabajadores,
mientras toleraba los excesos de la juventud dorada y hasta se permitía
teorizar al respecto. Desde el Marqués de Sade o Chaderlos de Laclos hasta los
románticos ingleses como Lord Byron, Charles Swinburne u Oscar Wilde, la
trasgresión más brutal o humillante se convertía en el núcleo
irreductible de la libertad humana… de su clase dominante. Lo nuevo ha sido su
elevación a doctrina universal y para todas las clases sociales.
Este sistema de
pensamiento no es ingenuo. La nueva etapa del capitalismo metropolitano se ha
caracterizado por una preeminencia hegemónica del capital financiero en
detrimento de la producción. Trasladado al mundo semicolonial este esquema
multiplicó por cientos las devastadoras consecuencias que había producido en
los países centrales. Millones de seres humanos fueron arrojados al desempleo,
a la desocialización, a la marginación y la exclusión
sociales. Pero ahora esos lúmpenes desproletarizados, esos millones de jóvenes que jamás
conocerán la disciplina de la fábrica o la oficina disponen de una ideología
que hace superflua la integración laboral: son libres para realizar sus deseos.
Y además cuentan con las posibilidades liberadoras que les proporcionan la
cocaína, el crack o el éxtasis. Toda la actividad humana que, hasta ese
momento, se caracterizaba por la lucha por la dignidad social y la
independencia nacional, por la aspiración a una vida mejor, a la
superación personal por el trabajo y el estudio, se ha convertido, de pronto,
en una cuestión que se traslada de la cabeza al bajo vientre de la humanidad. Y
la instancia ha logrado tal éxito, que aún quienes continúan luchando por los
antiguos ideales, se sienten obligados a incorporar este programa neolibertino, ante el miedo de quedar como conservadores o
reaccionarios.
Las consecuencias de
esta política objetiva del imperialismo han sido nefastas. El “descontrol”,
como situación permanente y provocada, ha generado millones de niñas pobres
convertidas en madres abandonadas a los catorce años. Padres de la misma edad
que ante la imposibilidad material y espiritual de hacerse cargo de lo
hecho abandonan hijo y madre sin siquiera la posibilidad de elaborar la culpa.
El SIDA se ha convertido en la principal causa de enfermedad y muerte en los
jóvenes pobres y desocupados y las drogas pesadas, como mercancía de consumo
masivo, constituyen un azote –y un miserable medio de subsistencia- para la
juventud de las barriadas humildes.
Días atrás, el diario
Clarín publicó una afirmación del, entonces, Cardenal Ratzinger
según la cual consideraba a la homosexualidad como una desviación de la
naturaleza sexual humana, pero que la absolvía como pecado y que recomendaba la
castidad.
Ahora bien, ¿qué se
pretende que diga
Ser
homosexual o heterosexual, practicante del amor libre o de la autosatisfacción
sexual sigue permaneciendo en la esfera de las íntimas determinaciones humanas.
Pretender que
Es desde esta
perspectiva política y revolucionaria que la rigidez moral del nuevo Papa
tampoco se me presenta con la dramaticidad que la
prensa comercial pretende darle.
América Latina es
básicamente católica. Gran parte de la feligresía de Benedicto XVI vive en
nuestra Patria continente. Solo deseamos que la tenga en cuenta y que su
gestión apostólica contribuya, desde su particular esfera de actuación, a
nuestra liberación nacional y al bienestar y dignidad de nuestros pueblos.
Todo lo demás son
patrañas pergeñadas por quienes quieren confundirnos para perdernos.