La elección de Joseph Ratzinger

Por Julio Fernández Baraibar

La asunción del cardenal bávaro Joseph Ratzinger a la silla episcopal romana, convirtiéndolo por ello en jefe espiritual de alrededor de unos mil cien millones de fieles católicos de todo el mundo, parece haber generado una conmoción en la prensa comercial de las grandes capitales occidentales. Esta conmoción a veces llega a confundir a amigos y compañeros, seguramente bien intencionados, que quedan presos de un falso dilema, de un erróneo planteo del tema.

Lejos de mí está el meterme en los abstrusos territorios de la teología y la exegética. Dejo la tarea a quienes se han especializado o interesado particularmente en el tema. No pretendo reflexionar ni sobre el cielo ni sobre el infierno. La distancia que media entre el Olimpo y el Hades es el objeto de estas líneas. Tan sólo, este, para los creyentes, valle de lágrimas.

La Reforma y el surgimiento de los estados nacionales

Lo primero que sorprende a un espectador de buena fe, preocupado por las grandes líneas históricas y no por los temas que impone el New York Times o el Clarín, es la nacionalidad del nuevo Pontífice. Joseph Ratzinger es alemán, de la zona sur de Alemania, de Bayern o Baviera, donde el catolicismo siguió siendo la religión prevaleciente, pese a la adopción del luteranismo por parte del resto de Alemania. Al observar esto descubrimos que el último Papa de esa nacionalidad rigió sobre la Iglesia Católica a principios del siglo XVI, contemporáneamente a la sublevación religiosa del agustino Martín Lutero, y de los príncipes alemanes que en la Dieta de Worms asumieron su desafío, que dividió para siempre la unidad religiosa de la llamada Cristiandad, es decir la península de Eurasia que iba del Atlántico hasta los dominios del Zar.

La ruptura de Lutero con Roma, la traducción de la Biblia al alto alemán –llevada a cabo por el agustino al amparo del Gran Elector de Sajonia- da origen a una interminable serie de rebeldías de príncipes germanos y de  levantamientos campesinos, bajo banderas religiosas. Tomás Münzer, al frente de su ejército de desarrapados campesinos funda el anabaptismo, bajo las premisas de su utopía inspirada en el cristianismo primitivo, y el monje escandinavo Olaf Peterson, al amparo del fundador del estado sueco, el rey Gustavo I Vasa, traduce a su idioma la Vulgata y crea una iglesia nacional. Alberto de Brandenburgo, impulsado por los vientos que Lutero ha generado, ocupa los territorios de la Orden Teutónica y la disuelve, dando origen a Prusia, que al cabo de trescientos años se convertiría en motor de la unidad estatal alemana.

La aparición de estas rupturas con el obispo de Roma, a la que hay que agregar la de Enrique VIII y la fundación de la iglesia anglicana, no es otra cosa que la expresión de la aparición incipiente de los estados nacionales y el proceso embrionario del capitalismo primitivo. Eran las necesidades objetivas de ese protocapitalismo las que llevaban a la ruptura con el universalismo tanto de las antiguas formas imperiales –herederas del Sacro Imperio Romano Germánico, sedicente continuador del Imperio Romano-, como del carácter universal –católico quiere decir, justamente, universal- del cristianismo.

En efecto, hasta el concilio de Jerusalén, narrado en los Hechos de los Apóstoles (capítulo 15) los seguidores de Cristo no eran sino una secta judaica. El monoteísmo del Viejo Testamento se caracteriza por ser una religión propia y exclusiva de un pueblo, el pueblo judío a quien el Creador mismo eligió para la  misión de mantener la fe y adorarle. Convertirse al monoteísmo veterotestamentario significaba, entonces, integrarse al pueblo elegido, diferenciarse de los otros pueblos de la tierra. El tema central que se discute en Jerusalén es si los seguidores del Cristo deben o no circuncidarse según el rito de Moisés –operación litúrgica que integraba al circunciso al pueblo judío-. Los Hechos recogen las palabras de Pedro, con las cuales argumenta que si Dios ha determinado que los gentiles (gentil es la traducción de goi, todos los que no son judíos) debían ser evangelizados  y no hizo diferencia entre judíos y no judíos, qué razón habría para convertirlos previamente en judíos (Hechos, capítulo 15, 7-12). A partir de ese encuentro los seguidores del Crucificado dejan de ser judíos para convertirse en una religión de aspiración universal, para todos los pueblos humanos. Y fue, a decir verdad, esta decisión la que permitió la expansión del cristianismo en el ámbito del imperio romano, imperio también universal por definición.

La ruptura de este universalismo fue un momento necesario en el desarrollo de las fuerzas productivas gestado durante los largos años de la Edad Media y que comenzaron a hacer eclosión, justamente, con el Renacimiento y la Reforma. No era tan sólo la concuspicencia y los celos lúbricos de Enrique Tudor, ni el afán neuróticamente polémico de Lutero, la causa profunda de su rebelión religiosa y política. Detrás de ellos se expresaban las fuerzas que requerían la conformación de una unidad lingüística, de un sistema jurídico en función de un mercado nacional, de una autoridad religiosa propia, es decir, de un sistema material y espiritual que rompiese la ya arcaica unidad de un Imperio y de una Iglesia universales.

En la Europa del siglo XVI la unidad religiosa del Papado se presentaba como un obstáculo para el desarrollo de fuerzas económicas y políticas que pugnaban por quebrar el corsé de hierro de un mundo que ya se tornaba anacrónico.

En ese sentido, todas las confesiones surgidas del estallido de la Reforma se convirtieron en religiones capitalistas o cuyos postulados teológicos y morales propendían y alentaban los presupuestos superestructurales para ese desarrollo, mientras que la Iglesia de Roma, en términos generales, quedaba fijada a la visión arcádica de una supuesta armonía medieval, con su ordenamiento estamental, sus preceptos antiusurarios, su teoría del precio justo y la ordenación de la Ciudad Terrestre a la Ciudad Celeste.

El sistema exegético del protestantismo, su revalorización del Antiguo Testamento, y su moral fueron –como se ha encargado de demostrarlo el tantas veces citado Max Weber- el abono intelectual y espiritual sobre el cual se desplegaron las fuerzas del capital, del lucro privado, de la libertad de comercio y la libertad de venta de la mano de obra.

La Unión Europea y el fin de los estados nacionales

Quinientos años después el capitalismo, por lo menos el capitalismo de los países centrales a cuya historia nos estamos refiriendo, se ha convertido en un abominable monstruo imperialista cuyo desarrollo se ha vuelto el principal impedimento para el desarrollo del conjunto de la humanidad.

Los estados nacionales que permitieron aquel surgimiento han agotado su proceso histórico y comienzan a aparecer otras unidades y protagonistas. El establecimiento definitivo de la Unión Europea pone punto final no sólo a la milenaria disputa entre francos y germanos, sino que establece nuevos límites a la discrecionalidad de los estados miembros. La vieja universalidad católica –el Imperio romano- vuelve a encontrarse a sí mismo en el continente que lo vio nacer. Y a lo largo de esos quinientos años las religiones nacidas con la Reforma –el luteranismo, el calvinismo, el anglicanismo, el metodismo, para no hablar de los anabaptistas, menonitas y sectas campesinas similares- se han convertido en iglesias provincianas. Nacidas al calor de la lucha por la constitución de un estado nacional se agotan en la entropía del estado que las cobijó o que ayudaron a construir. No significan ya una amenaza para Roma.

Este análisis deja entrever, entonces, el sentido histórico y político que tiene la elección de Joseph Ratzinger. Pareciera que el Cónclave romano pretendiera poner punto final a la historia que comenzó aquel día en que Martín Lutero clavó sus 95 Tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg, reintroduciendo en la grey católica, con plenos derechos, a los rebeldes teutones. Si las condiciones histórico-sociales que dieron origen a aquella rebeldía han comenzado a desaparecer, parecería que la Iglesia intenta hacerse cargo de esa situación. Como ha dicho, semanas atrás, Alberto Methol Ferré en La Nación: Pienso que para el pueblo y la Iglesia alemanas y para la Unión Europea es indispensable un papa católico alemán, que cerraría el ciclo de la gran herida de la Reforma en el corazón de Europa”.

Por otra parte, como me apuntaba días atrás el mismo Methol Ferré, el nombramiento del alemán reintroduce a la cultura alemana en el mundo civilizado de la cual había sido expulsada por el triunfo de los aliados. Desde la caída del Tercer Reich, hace ya sesenta años, Alemania, los alemanes y, sobre todo, la cultura alemana han llevado sobre sus espaldas el baldón infamante del nazismo –esa teogonía pagana occidental-, de los campos de concentración, de las cámaras de gas, de Auchswitz y Treblinka. Baldón infamante que no ha cedido ni ante el propio nombramiento de Ratzinger. La prensa occidental que ha callado la relación económica directa entre la familia Bush y el Tercer Reich, entre la IBM y la Alemania nazi, ha acusado de mala fe al actual Papa por su pertenencia a la Juventud Hitleriana y su participación como soldado de la Wermacht en la Segunda Guerra. Y muy pocos o ningún comentarista bien pensante ha salido al cruce de esta maliciosa y artera interpretación de los hechos.

Esta carga impuesta por los vencedores del 45 ha significado en los hechos que Alemania, factor decisivo, junto con Francia, de la Unión Europea, tenga que ceder ante los galos en el terreno de la influencia cultural y moral. Cuando se trata de cuestiones vinculadas a la economía y a los avances industriales y tecnológicos, Alemania aparece como la voz autorizada y exitosa. Pero cuando se trata de reflexionar sobre cuestiones vinculadas a los problemas más profundos y complejos de la condición humana, Alemania se siente obligada a cederle la palabra a Francia, la misma de la Guerra de Argelia, de la primera guerra de Vietnam, de las explosiones atómicas en el atolón de Muroroa, la inventora de las técnicas de la guerra contrarrevolucionaria, es decir de la tortura y la destrucción física y psicológica del enemigo prisionero.

La elección de un Papa alemán contribuiría así, por parte de la Iglesia, a disolver y superar este artificioso estigma, reintegrando, con plenos derechos, a un pueblo caracterizado por un pensamiento y un arte que constituyen un hito en la historia humana.

La rigidez doctrinaria

La prensa occidental y sus émulos locales, tipo Clarín y Página 12, han puesto el acento crítico en lo que sería una cierta rigidez del nuevo Papa en temas vinculados a la doctrina católica y a la moral. Explico, para los lectores que no me conocen, que no soy católico en el sentido personal del concepto, aunque no podría dejar de serlo en el sentido cultural del mismo. Pertenezco a una sociedad y a un continente donde el catolicismo constituye una especie de marca en el orillo, que va mucho más allá de las convicciones o de la fe personales.

Soy agnóstico, pese a, o a causa de, una larga formación católica. Hice la escuela primaria y secundaria en un colegio de los Hermanos de la Sagrada Familia, estudié Derecho en la Universidad Católica Argentina y mi primera militancia política fue en un grupo católico producto de la ebullición de ideas de fines de la década del 60. Desde hace años adscribo a un pensamiento agnóstico y laico y carezco de todo sentimiento religioso. De modo que no me une a la Iglesia ninguna convicción religiosa, por lo que mi punto de vista no tiene ninguna finalidad apologética.

Estoy convencido de que la firme adscripción a un sistema de ideas, a un corpus doctrinario, no es un defecto sino una virtud. La capacidad de defender firmemente este sistema, en el convencimiento de que su debilitamiento doctrinario sólo trae aparejados prejuicios a la causa que uno sostiene, no me parece algo reprochable sino un rasgo elogioso en un hombre o una mujer con verdadero sentido de la razón de ser de su paso por la tierra. Mi enemistad con Margaret Thatcher no radica en su rigidez doctrinaria, como rasgo psicológico de la verdugo del Belgrano, sino, justamente en el sistema de ideas e intereses que defendió con firmeza y ahínco.

Ignoro, dada mi antedicha condición de agnóstico, qué problemas puede acarrearle a los creyentes católicos la supuesta rigidez papal respecto a temas tales como la existencia o no del demonio como entidad personal o del cielo como un lugar físico concreto o un lugar ontológico espiritual. Pero estoy convencido que esa es una cuestión que deberán resolver los propios católicos en el ámbito de sus instituciones teológicas comunitarias.

La rigidez moral

El tema de la rigidez moral tiene, sí, otras connotaciones. Alejado como estoy de todo moralismo cerril y de todo juicio sobre la vida privada de mis semejantes, que no tengan consecuencia en lo público y social, creo estar en condiciones de aportar un punto de vista que se aleje, justamente, del aspecto privado, personal, e intente analizar las implicancias que esta discusión tiene en el ámbito público, el de la política y la lucha por un mundo mejor.

Al parecer el nuevo Papa, mantendría una continuidad con su antecesor con respecto a cuestiones vinculadas al sexo. El divorcio, la masturbación, la homosexualidad, el tema del género, el uso del preservativo y el control de la natalidad, el aborto y las relaciones sexuales extramatrimoniales serían el núcleo de un conflicto en el que Benedicto XVI expondría un punto de vista que la prensa comercial llama rígido y que, sin embargo, no es otro que el que ha caracterizado a la Iglesia Católica –y, por otra parte, a todas las confesiones religiosas- desde siempre. Con esto quiero decir que tengo la impresión de estar ante un problema inventado, creado por el sistema de prensa imperialista con un designio que trataré de explicar.

A partir de las derrotas sufridas por las revoluciones del mundo colonial y semicolonial y de la implosión del viejo bloque socialista de Europa Oriental, el Occidente imperialista –dueño absoluto del poder mundial- convirtió en pensamiento oficial, divulgado por el sistema de prensa gráfica y electrónica, un sistema ideológico basado en el más absoluto relativismo filosófico, en un inmanentismo materialista vulgar, hedonista y consumista, para el cual toda aspiración de trascendencia humana –material o espiritual- se presenta como un mero relato moralizador que coarta la absoluta y autocentrada libertad individual. Una especie de neolibertinismo para consumidores con poder adquisitivo se convierte en acompañante del neoliberalismo que se impone urbi et orbi. No hay límites para la ambición, en el plano de la economía, como no hay límites para el goce sensual en el plano íntimo del individuo. La desenfrenada carrera por el enriquecimiento personal, generado por un sistema económico mundial que ha vencido todas las barreras a ello, es acompañada por una incentivación desenfrenada de los deseos y las pulsiones, demoliendo, en el plano de la cultura, las barreras inhibitorias a su consumación.

En realidad, esto, en sí mismo, no es nuevo. El libertinismo aristocrático o burgués fue siempre un rasgo característico de la sociedad de clases que obligaba al más estricto puritanismo a sus sectores humildes y trabajadores, mientras toleraba los excesos de la juventud dorada y hasta se permitía teorizar al respecto. Desde el Marqués de Sade o Chaderlos de Laclos hasta los románticos ingleses como Lord Byron, Charles Swinburne u Oscar Wilde, la trasgresión más  brutal o humillante se convertía en el núcleo irreductible de la libertad humana… de su clase dominante. Lo nuevo ha sido su elevación a doctrina universal y para todas las clases sociales.

Este sistema de pensamiento no es ingenuo. La nueva etapa del capitalismo metropolitano se ha caracterizado por una preeminencia hegemónica del capital financiero en detrimento de la producción. Trasladado al mundo semicolonial este esquema multiplicó por cientos las devastadoras consecuencias que había producido en los países centrales. Millones de seres humanos fueron arrojados al desempleo, a la desocialización, a la marginación y la exclusión sociales. Pero ahora esos lúmpenes desproletarizados, esos millones de jóvenes que jamás conocerán la disciplina de la fábrica o la oficina disponen de una ideología que hace superflua la integración laboral: son libres para realizar sus deseos. Y además cuentan con las posibilidades liberadoras que les proporcionan la cocaína, el crack o el éxtasis. Toda la actividad humana que, hasta ese momento, se caracterizaba por la lucha por la dignidad social y la independencia nacional, por la aspiración a una vida mejor, a  la superación personal por el trabajo y el estudio, se ha convertido, de pronto, en una cuestión que se traslada de la cabeza al bajo vientre de la humanidad. Y la instancia ha logrado tal éxito, que aún quienes continúan luchando por los antiguos ideales, se sienten obligados a incorporar este programa neolibertino, ante el miedo de quedar como conservadores o reaccionarios.

Las consecuencias de esta política objetiva del imperialismo han sido nefastas. El “descontrol”, como situación permanente y provocada, ha generado millones de niñas pobres convertidas en madres abandonadas a los catorce años. Padres de la misma edad que ante la imposibilidad material y espiritual de hacerse cargo de  lo hecho abandonan hijo y madre sin siquiera la posibilidad de elaborar la culpa. El SIDA se ha convertido en la principal causa de enfermedad y muerte en los jóvenes pobres y desocupados y las drogas pesadas, como mercancía de consumo masivo, constituyen un azote –y un miserable medio de subsistencia- para la juventud de las barriadas humildes.

Días atrás, el diario Clarín publicó una afirmación del, entonces, Cardenal Ratzinger según la cual consideraba a la homosexualidad como una desviación de la naturaleza sexual humana, pero que la absolvía como pecado y que recomendaba la castidad.

Ahora bien, ¿qué se pretende que diga la Iglesia, que ya bastantes problemas tiene con la homosexualidad de sus pastores? ¿Que convierta la liturgia del “Creced y Multiplicaos” adaptada a contrayentes del mismo sexo? La castidad es la recomendación que la Iglesia da, no solo a los homosexuales, sino a todos los amantes fuera del matrimonio. ¿Y sobre la base de esta argumentación se pretende diabolizar con el estigma de la rigidez al nuevo Papa?

Ser homosexual o heterosexual, practicante del amor libre o de la autosatisfacción sexual sigue permaneciendo en la esfera de las íntimas determinaciones humanas. Pretender que la Iglesia Católica, cuya jurisdicción solo vincula a quienes creen en sus artículos de fe, se adapte a estos gustos personales es de una superficialidad tal que hace sospechar sobre sus intencionalidades.

Es desde esta perspectiva política y revolucionaria que la rigidez moral del nuevo Papa tampoco se me presenta con la dramaticidad que la prensa comercial pretende darle.

América Latina es básicamente católica. Gran parte de la feligresía de Benedicto XVI vive en nuestra Patria continente. Solo deseamos que la tenga en cuenta y que su gestión apostólica contribuya, desde su particular esfera de actuación, a nuestra liberación nacional y al bienestar y dignidad de nuestros pueblos.

Todo lo demás son patrañas pergeñadas por quienes quieren confundirnos para perdernos.