En la comida anual de camaradería de las Fuerzas Armadas de la Nación, realizada a las 21 horas del día 6 de Julio de 1951, en celebración del 135º aniversario de la Independencia, el Excelentísimo señor Presidente de la República, General de Ejército Juan Perón, pronunció el discurso que se publica seguidamente.

Camaradas:

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na vez más en el camino de nuestros afanes e inquietudes nos reunimos para recordar el nuevo aniversario de la Independencia Nacional.

Desde 1944, ininterrumpidamente y en función exclusiva de las responsabilidades que pesan sobre mí, he tenido siempre el honor y la satisfacción de expresar mis pensamientos y mis sentimientos en estas mismas y cordiales circunstancias.

He recorrido, en mis recuerdos, estos actos desde los primeros hasta los últimos en que mi palabra, como hoy, debía tener ya el tono de mi responsabilidad.

He querido hacer así un examen de mi propia conciencia confrontando por mí mismo mis propias palabras con el testimonio de las realidades que están a la vista de todos.

Es el resultado de ese íntimo y sereno examen de mi concien­cia lo que me autoriza a decir esta noche que mis palabras, en estos actos anuales de camaradería, han sido siempre el reflejo de la autén­tica verdad de la Nación comprobada en la elocuencia de las reali­zaciones alcanzadas.

Con el mismo tono de la verdad con que siempre hablé quiero hacerlo esta noche a los hombres que de manera muy especial, tienen el deber y el derecho de conocerla sin ninguna limitación, porque se trata de la verdad de la Patria, por cuyo honor todos nosotros tenemos la obligación de morir cuando fuere necesario.

La patria, su pasado, su presente y su porvenir 

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a Patria, su pasado, su presente y su porvenir ha sido siempre el grande y único tema de estos actos. El gran pretexto es el recuerdo de sus glorias y tradiciones y sobre ellas apoyamos nuestro pensamiento y nuestro corazón para lanzarnos hacia el porvenir, buscando avizorar a la distancia el cumplimiento absoluto y defini­tivo de nuestros grandes ideales.

No vivimos en el recuerdo del pasado, como los pueblos y los hombres cuyo presente desgraciado y cuyo porvenir sin esperanzas, los obliga a refugiarse en la memoria de los tiempos mejores que pasaron.

El panorama de la patria y el mundo

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irando hacia el futuro y en razón del cargo que ocupo, pienso que nadie como yo podría avizorar más a lo lejos el panorama que se ofrece en estos momentos al porvenir de la República.

Veo las cosas de mi Patria y del mundo desde un mirador que es caja de resonancia para los problemas generales del pueblo que es la parte viva de la Patria misma; y desde ese mirador, condu­ciendo la República, me es dado contemplar el paisaje agitado del mundo en que nos ha tocado vivir.

Esa es la doble situación que quiero considerar, a fin de que sea conocida por los camaradas sin ninguna duda y cada uno sepa con entera claridad a qué atenerse.

La defensa del país: sus nuevos caracteres

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urante casi ochenta años hemos vivido en paz. Nuestro pueblo trabajando y nosotros educando sus hijos. El futuro inmediato no se presenta tan promisor. Ello impone una misión clara: preparar­nos y preparar al país para la defensa.

Tal defensa tiene hoy caracteres originales. Ya pasaron los tiempos en que nuestra actividad se reducía a los planes de opera­ciones y a la preparación e instrucción para llevarlos a cabo. Hoy la guerra penetra en campos insospechados. Desde la paz se trabaja activa e insidiosamente para minar la cohesión, la fuerza del país y la nacionalidad. Se acciona sobre los gobiernos y los pueblos en procura de hacerlos instrumentos de diversos designios.

Se trata de penetrar los países. Políticamente, introduciendo la descomposición y formando   quintas   columnas, hasta dividir las comunidades en bandos que sirvan allí también a la lucha general. Socialmente, tratando de anarquizar las masas de trabajadores para volcarlas en una u otra de las ideologías antagónicas, provocando conflictos artificiales y produciendo la miseria y el caos, ambientes propicios a la explotación económica o política. Económicamente, interviniendo en forma directa en los países dominados o saboteando, bloqueando o boicoteando el comercio de los que no se someten.

Una publicidad despiadada invade al mundo tras los objetivos determinados. En esa propaganda foránea se enrolan, en los países, los grupos de nativos a su servicio. En ese juego caen insensiblemen­te, con los malintencionados, los interesados y los ingenuos. Como generalmente  sucede, para  corromper, se usa  el dinero, poderoso incitante para los hombres sin conciencia y sin moral.

Tras esos mismos objetivos se interviene hoy descarada o subrepticiamente en la política interna de los países, tras el objetivo de encumbrar los hombres que sirvan los intereses foráneos en juego. Se crean asociaciones, ligas, agencias e industrias destinadas a disimular las verdaderas acciones contra el país. Se realizan congre­sos, reuniones y círculos, para reunir personas e impartir instruccio­nes más o menos disfrazadas. Se utilizan las agencias informativas, diarios, revistas, radio y cine para influenciar, presionar y organizar verdaderos chantajes internos e internacionales. Se usa el espionaje y la provocación desembozada, que, como la propaganda difama­toria, es dirigida, algunas veces, desde las oficinas del servicio exte­rior interesadas. Se realizan verdaderas organizaciones, abundante y largamente pagadas, para hacer circular rumores, calumnias e infa­mias contra países, gobiernos y personas, con procedimientos cada día más bajos y más perjudiciales. Agentes especializados se infiltran en los gremios obreros para disociarlos y destruirlos, buscando en el desorden y la desorganización, el copamiento de sectores impor­tantes dispuestos a provocar el caos y el levantamiento. A este procedimiento no escapan los sectores estudiantiles  y universitarios, víctimas de la misma prédica y de idéntica maniobra.

Las Fuerzas Armadas son blancos preferidos para esta clase de trabajo y propaganda. Millares de panfletos difamatorios circulan ha­cia ellas y se busca afanosamente que sus miembros y familiares se presten a la circulación de rumores y comentarios, que con apariencia inocente, lleven la perturbación y la intriga. Ellos mismos denuncian después ante las autoridades a los autores o desatan la provocación contra Jefes y Oficiales dignos, para producir acciones y reaccionas en el personal. Desgraciadamente, algún personal fuera de servicio, encuentra en estas actividades un lucrativo negocio y olvidando sus deberes sirve de instrumento a tan indigno tráfico.

Por eso hoy, el Jefe y el Oficial deben sabor que la guerra co­mienza en forma activa en tiempo de paz. Por lo tanto su misión comienza ya a cumplirse en esa etapa. Su acción tesonera e inteligente ha de evitar que los agentes disimulados del derrotismo y la traición sean foráneos o del país, realicen sus obscuros designios.

Naciones que  se someten y que no se someten

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entro del panorama general de toda esta lucha subrepticia pero enconada y pertinaz, las naciones así invadidas por las fuerzas inte­resadas en el dominio del mundo, reaccionan solamente de dos ma­neras: se someten dejándose invadir o no se someten, decidiéndose por su defensa.

Camaradas: Hace algún tiempo hablando de la Independencia Económica recordé públicamente mi decisión del 5 de junio de 1946, cuando despejé la primera incógnita que se me presentaba en el gobierno, decidiéndome por mi pueblo y por mi Patria aceptando enfrentarme con la insidia, la calumnia y la difamación de sus ene­migos de afuera y de sus agentes  de adentro.

Yo elegí para mi pueblo el camino de los que defienden con dignidad, pero no me quedó con eso y desde aquel entonces lo he preparado para que pueda defenderse con métodos adecuados frente a las nuevas formas de ataque inventadas en el mundo contemporáneo.

La invasión política y la defensa política

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or eso, frente a la invasión política que trata de introducir la descomposición en la comunidad por la formación de quintas colum­nas para dividir al pueblo en bandos que sirvan a la lucha general, yo he tratado de reunir a todos los argentinos detrás de un objetivo nacional,

Mi movimiento no tiene una plataforma política sino un programa nacional; y a sus altas cumbres: la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación no se llega -según nuestra doctrina- sino por la Justicia Social, la Independencia Económica y la Soberanía Política.

Frente a nosotros se levantan los grupos que, conscientes o incons­cientemente, directa o indirectamente, sirven a las fuerzas internacio­nales de la disociación.

Ya una vez se aliaron con ellas... y se reunieron en una sola masa los que aceptaron la ingerencia de un imperialismo y los que sirven a la ideología extremista de otro imperialismo.

En aquella lucha venció el pueblo argentino; vale decir, venció la Patria.

Lógicamente aquella derrota no nos fue nunca sinceramente per­donada por unos ni por otros.

Por eso las mismas fuerzas vuelven ahora al intento fracasado, utilizando los mismos procedimientos, con el único añadido de la pa­sión desorbitada que en esta oportunidad los enceguece, en virtud de la nueva e irremediable derrota que prevén.

Nosotros no hemos perdido el tiempo ni olvidado la experiencia.

Aquella vez el pueblo intuyó su propia defensa.

Esta vez el pueblo sabe claramente quiénes son sus enemigos y cómo defenderse de sus ataques.

La invasión social y la defensa social

Frente a la invasión social que trata de anarquizar las masas de trabajadores para volcarlos en una u otra de sus ideologías antagónicas, provocando conflictos artificiales y produciendo la miseria y el caos, ambiente propicio para la explotación económica o política, nosotros hemos tenido buen cuidado de crear en el pueblo una definida con­ciencia social; hemos favorecido su organización y ellos han adoptado nuestra doctrina cuyos objetivos nacionales nos aseguran que los tra­bajadores argentinos no podrán ser utilizados jamás por ninguna fuer­za internacional contraria a los sagrados intereses del país.

Las fuerzas obreras del país orgánicamente unidas, presentan en el orden social interno y en el orden social internacional, un sólido frente, que se opone con una posición netamente argentina a las fuerzas de la disociación.

Esta realidad alcanzada por nosotros, aumenta extraordinariamen­te nuestras fuerzas frente a la invasión subrepticia del enemigo.

Muchas veces se ha querido difamar mi política social ante las fuerzas armadas arguyendo que intentaba sustituirlas corno respaldo del gobierno. En primer lugar, considero que ningún militar argentino que se precie de su título y de su nombre, piensa que la misión de las fuerzas armadas es respaldar a un Gobierno... sino la defensa do la Nación.

Los gobiernos, deben tener su respaldo en el pueblo y cada vea que el ejército, en cualquier parte del mundo, ha querido imponer un gobierno que no tuviese ese respaldo popular, ha provocado la ruina del país o por lo menos ha creado el desprestigio de las fuer­zas armadas.

En segundo lugar, si la misión de las fuerzas armadas es la de­fensa de la Nación, yo me pregunto si la creación de una fuerza orgánicamente popular, con objetivos auténticamente nacionales, im­porta una sustitución de las fuerzas armadas o es, en cambio, la realización de un viejo principio de defensa nacional que, en estos tiempos como en ningún otro tiempo, adquiere palpitante actualidad;

Yo veo el panorama que se presenta a los hombres responsables de la defensa nacional en los países cuyos gobiernos han dejado caer en manos de fuerzas internacionales la conducción orgánica de sus masas populares...  ¡y no les arriendo la ganancia cuando lleguen las horas de la lucha!

Por eso, los enemigos de nuestra soberanía, los que quieren uncirnos a su carro para lanzarnos a la lucha y dominar luego sobre nuestros despojos, intentan también, permanentemente disociar a nues­tras fuerzas sindicales.

Yo puedo asegurar, con el convencimiento que me da el haber auscultado íntimamente en la estructura de las organizaciones obre­ras, que en este sector de la lucha nuestra victoria es sólida y definitiva.

Podrá alguna vez la mentira suele sobreponerse momentáneamente a la verdad y algún conflicto gremial desviarse de sus cauces normales; pero allí están, con sus fuerzas de auto-defensa, las mismas organiza­ciones sindicales para imponer el orden. De esta manera, las fuerzas del trabajo están ya contribuyendo a la defensa de la Nación y sola­mente la insidia calumniosa de los enemigos del país, puede ver en la acción de los trabajadores una intención de lucha contra los hombres que tienen por función específica aquella misma defensa.

La invasión económica y la defensa económica

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rente al movimiento de invasión económica que trata de inter­venir en forma directa en todos los países saboteando, bloqueando o boicoteando el comercio de los que no se someten, nosotros hemos decidido mantenernos en la categoría de los que no se someten.

Hemos tomado todas las medidas para que no se nos pudiera someter... y hablar de esto en el orden económico sería repetir todos los términos con que tantas veces me he referido a la historia de nuestra independencia económica.

Pero esa independencia significó cercenar un miembro -y no el menos útil ni el menos importante-, del organismo colosal cuya azote han sentido todos los pueblos de la tierra.

Por eso los intereses extraños a la Nación no nos perdonarán jamás lo que hemos hecho, y tratarán, por muchos años, de recuperar lo que perdieron.

Por eso ahora vuelven a hablar de bloques económicos y de controles internacionales cuya finalidad será boicotearnos. En esta materia, ya sabemos también cómo se vence. Pero aún en el caso imposible de que fuésemos vencidos, ya tenemos felizmente, un pue­blo que aprecia más la dignidad que el dinero.

Señores: Este es el panorama de la lucha del mundo y el pano­rama de la lucha de nuestra Nación en estos momentos de su historia.

Frente a esta lucha yo he dicho muchas veces, como esta noche, nuestra verdad: No pedimos nada extraordinario... sino nuestros de­rechos de pueblo libre y soberano. Siempre, en todas partes, he declarado públicamente mis propósitos y los he realizado, porque el pue­blo, me ha elegido para hacer lo que le he dicho y no otra cosa.

Siete años he hablado en el mismo idioma con la misma verdad. Mientras tanto los enemigos de esa verdad, creyendo que el único culpable era, yo, se conformaron con difamar mi nombre, tachándome de todo lo que ellos deseaban que yo fuese.

Pero ya han admitido que no soy yo solamente el culpable..., han comprendido que mi verdad no es la verdad de un hombre, sino la verdad de un pueblo y que no podrá ser destruida esa verdad si no se rompe la unidad del país y de la nacionalidad.

Han comprendido que aún cuando yo caiga en defensa de los .ideales que sustento, otro argentino tomará nuestra bandera y un pueblo le seguirá.

Por eso ya no se piensa solamente en mi destrucción… se piensa en la destrucción de la unidad nacional y se intenta realizarla subrep­ticiamente por todos los medios posibles y aún se llega a lanzar, desde las sombras de la urdimbre de noticias, la idea de una invasión arma­da sobre nuestra tierra.

Frente a las nuevas formas de invasión, la defensa del país en estos momentos se identifica con la defensa de todos los objetivos que yo he señalado en el orden político, económico y social.

La Patria ya no está solamente en sus fronteras: y su defensa no debe realizarse únicamente en el terreno militar.

Desde que los enemigos de la Nación han fijado como objetivos de sus ataques toda la vida nacional, política, económica y social, la Patria deberá ser defendida por todos sus ciudadanos y en especial por sus fuerzas armadas, tanto en el orden político, cuanto en el orden económico y social, y por todos los medios capaces de contrarrestar eficientemente los métodos más diversos que ya he señalado como propios del enemigo.

Objetar esta forma de la defensa nacional importa declararse enemigos de la Nación. La defensa del país, por lo tanto, está en todo lo que nosotros hemos aprendido como técnica militar de la defensa, pero toda esa técnica caerá sobre nosotros si no respalda nuestra lucha un pueblo cuya inmensa mayoría anhela con nosotros una Patria justa, libre y soberana.

¡Camaradas!

Para honrar las glorias y tradiciones de la Patria no bastan las palabras, ni son suficientes las buenas intenciones. Es menester hacer todos los días y a todas las horas algo que nos dignifique en su defensa. No son éstas, precisamente, horas de indiferencia o despreo­cupación. El deber militar nos impone ante todo la responsabilidad de asegurar la disciplina y capacitar la aptitud de las tropas que la nación nos confía. En ello estoy persuadido que sabréis hacerlo. Impone también, con la responsabilidad del mando, la consecuencia con los fines que la República persigue, fijados por sus órganos com­petentes. Sé también que en esto los comandos serán inflexibles. Por eso la Nación confía en vosotros, como confió siempre.

He deseado en este acto hablaros sin reservas mentales, más que como Jefe, como camarada, persuadido de que: ¡la mejor manera de festejar el aniversario de la independencia nacional, es mostrando nuestra inquebrantable decisión de defenderla por todos los medios!