DERECHOHUMANISMO ALFONSINISTA Y DERECHOHUMANISMO KIRCHNERISTA: DOS VARIANTES DE UNA MISMA TRAMPA POLITICO-DISCURSIVA


La burguesía francesa siempre ha tenido un aire más progresista que otras burguesías imperialistas, como la inglesa o la norteamericana. Esta circunstancia determina que a muchos izquierdistas Francia les caiga simpática. Recuerdo un debate de hace más de un año con EW, un compañero docente universitario de raíz "trotskista", quien se disgustó mucho por una referencia mía a la cipayería argentina que en setiembre de 1944 salió a festejar la liberación de París como si fuera una liberación propia.

 

La huella de los apetitos franceses se descubre hasta en nuestra propia identidad: nos autodenominamos "latinoamericanos" como querían los franceses, mientras que los españoles nos preferían "hispanoamericanos" y los portugueses "iberoamericanos", por razones obvias. Y esa huella reaparece en el emprendimiento editorial de "Le Monde Diplomatique". Todos los trabajos que publica se inscriben en el campo del "progresismo". Y es desde el "progresismo" que los franceses quieren disputar un espacio a sus rivales imperialistas.


EL CASO DEL GUEVARISTA CONVERTIDO EN FUNCIONARIO DE LA ONU

 

Consideremos el libro "Noche y niebla y otros escritos sobre derechos humanos" que reúne artículos de Rodolfo Mattarollo ilustrados por León Ferrari, y que ha sido editado por Le Monde Diplomatique-Capital Intelectual a fines del año pasado. ¡Es verdaderamente lo que se dice un "libro progresista"! De esos que no pueden faltar en la biblioteca de un seguidor de "6-7-8" o, inclusive, en la de un votante de Pino Solanas. Progresista tanto en lo que respecta al perfil del autor (y del dibujante) como en lo que respecta al tema tratado y a la perspectiva desde la que se lo trata.

 

¿Quién es Rodolfo Mattarollo? Es un respetable jurista que en los años setenta perteneció al PRT-ERP y dirigió la revista "Nuevo Hombre" editada por el FAS (un frente entre el PRT y otros grupos ultra izquierdistas co-partícipes en el derrocamiento del gobierno de Isabel Perón). Poco antes del golpe oligárquico-imperialista del 24 de marzo de 1976, Mattarollo abandonó el país rumbeando a Francia e inició su carrera de funcionario de la ONU en el área de "derechos humanos". Es decir: en lugar de continuar con el intento de derrocar al capitalismo -o a la "democracia", como se autodesigna el capitalismo en la dimensión política e  ideológica- y de instaurar el socialismo, Mattarollo puso todo su talento periodístico y jurídico al servicio de ese mismo capitalismo que antes había intentado derrocar.

 

Dicho sea entre paréntesis, los militares golpistas del 76, que presumen de haber salvado al capitalismo (o "el estilo de vida democrático y occidental") de quienes querían aplastarlo mediante una revolución socialista, deberían sentirse gratificados ante un caso como el de Mattarollo: ¡el joven marxista y guevarista de ayer convertido en un honorable hombre de derecho! ¿Qué tal?


Además, Mattarollo es kirchnerista y ha trabajado como consultor de la Secretaría de Derechos Humanos junto a otro ex revolucionario setentista resignado hace ya rato a convivir apaciblemente con el antes denostado régimen capitalista: Eduardo Luis Duhalde. Pero primero, lo primero: derechohumanista; y luego kirchnerista. ¿Y por qué Mattarollo es un derechohumanista-kirchnerista y no un derechohumanista- alfonsinista, que es la otra variante del derechohumaniismo?

 

Para entenderlo, conviene detenerse un instante en las reflexiones de una derechohumanista-alfonsinista de pura cepa, como la socióloga doctorada en Texas Elizabeth Jelin.

 

FAMILISTAS VS. JURIDICISTAS


La sangrienta represión política llevada a cabo por la última dictadura militar ha sido procesada discursivamente de diferentes maneras. Los recientes alegatos de los generales Videla y Menéndez, en uno de los tantos juicios que se les siguen, dan cuenta de una de esas maneras: no hablan de "desaparecidos" sino de "terroristas" o "subversivos" que habrían librado una "guerra revolucionaria" en la cual fueron derrotados.

 

Con toda coherencia, Videla les recuerda a los derechohumanistas del alfonsinismo:

 

"En nuestro país hubo una guerra interna (...). Mal puede hablarse, entonces, como lo hizo el presidente Alfonsín en el Decreto 158/83, mediante el cual ordenó el juicio a las Juntas, de la existencia de homicidios, privaciones ilegítimas de la libertad, secuestros o lugares clandestinos de detención, introduciendo figuras delictivas del Código Penal, dentro del juzgamiento de actividades de combate, ocurridas en el marco de una guerra interna". Videla señala que "si aceptamos la existencia de una guerra", entonces corresponde "hablar de prisioneros capturados e internados en lugares de reunión, generalmente secretos por razones de seguridad; de heridos, mutilados, muertos o desaparecidos; saldo inevitable de cualquier conflicto bélico".


Ahora bien, ¿resulta válido el argumento de Videla? En términos generales así lo parece: es evidente que un mismo fenómeno (el exterminio físico de un grupo de personas, por ejemplo) adquiere significados diferentes según esté enmarcado en un contexto de guerra o en uno de relativa normalidad.

 

A nadie se le ocurriría, por ejemplo, ver un "crimen de lesa humanidad" cuando el sargento Sounders -el héroe de la legendaria serie "Combate"- hace estallar una granada en medio de un grupo de adolescentes alemanes movilizados en el Ejército del III Reich. Si en condiciones normales uno entrara a una confitería y disparara una metralla sobre jóvenes que comparten una cerveza, entonces sí se trataría de un delito, aun cuando esos jóvenes fueran simpatizantes de Adolfo Hitler.


No obstante, podría argüirse que el contexto de guerra civil invocado por Videla constituye una mera coartada de su defensa. ¿Hubo una guerra civil en la Argentina de los años setenta? ¿Qué dicen los investigadores situados en las antípodas ideológicas del ex dictador?  En su libro "Lucha de clases, guerra civil y genocidio en la Argentina (1973/1983)", Inés Izaguirre y colaboradores -todos ellos marxistas y revolucionarios, además de académicos- reconocen que hacia 1976 la lucha de clases en Argentina se había agudizado hasta tal extremo que había ingresado en lo que técnicamente podría denominarse "situación de guerra civil". Escribe Izaguirre:

 

"Desde el Cordobazo se hacía visible que la lucha de clases iba adquiriendo condiciones de guerra civil porque los grupos armados revolucionarios incipientes habían comenzado a plantearse -en la teoría y en la práctica- la disputa por la hegemonía y el monopolio de las fuerzas armadas del Estado. La combinación de lucha armada, lucha obrera y masas en las calles con ánimo insurreccional constituía una verdadera amenaza para el orden social dominante".



Sin embargo, nada de lo que puedan decir Videla y sus defensores, sea cierto o no, tendrá importancia. La llamada "Política de la Memoria", que se funda en el discurso derechohumanista, ha conseguido deslegitimar a los defensores de la dictadura -presentados equívoca e intencionadamente como "los militares"- en tanto "portadores de la verdad".

 

El problema no está en lo que dicen, sino en quiénes lo dicen; en el lugar desde el cual lo dicen: el de los "victimarios", el de los "genocidas" que exterminaron a toda una generación de "inocentes" o "jóvenes idealistas". Este "lugar de enunciación" anula todo efecto de su discurso sobre los interlocutores, excepto, paradójicamente, aquel que refuerza el propio aislamiento. En este sentido, lo que siguiendo a Jelin -en su artículo / paper "¿Víctimas, familiares o ciudadanos/as? Las luchas por la legitimidad de la palabra"-  podríamos llamar "paradigma militar" sobre la represión setentista, aparece como el reverso  del "paradigma derechohumanista", y contribuye a aislar a las Fuerzas Armadas de la población civil.


En cuanto al "paradigma derechohumanista", observa Jelin que tiene al menos dos versiones. Una de ellas es la que intentó construir el alfonsinismo a través de la Conadep, el Juicio a las Juntas y el informe "Nunca más". Este sería el "paradigma jurídico", cuyo propósito era (y es) trasladar el "lugar simbólico de la verdad" desde los organismos de derechos humanos y los familiares de las víctimas hacia las instituciones políticas y jurídicas del orden burgués normalizado a partir de 1983.

 

"El momento histórico del juicio (a las Juntas) implicaba -dice Jelin- el triunfo del Estado de derecho". Agrega que "la Conadep se convirtió en el sitio donde se estaba produciendo el reconocimiento de la 'verdad' y, como tal, el lugar de una poderosa condena simbólica de la dictadura militar. Al mismo tiempo, era el lugar de legitimación simbólica de las voces y las demandas de las víctimas".

 

En un segundo momento, "venía el tiempo de la Justicia". Por este camino, la Política de la Memoria construida por el paradigma jurídico derechohumanista procuraba instaurar

 

"una cultura basada en los principios institucionales impersonales de la ley y los derechos", donde "los hechos de la represión política, que por muchos de ambos lados habían sido interpretados de acuerdo a un paradigma de 'guerra', eran ahora juzgados según el paradigma de las 'violaciones de los derechos humanos'". Con "el Poder Judicial en el centro de la escena institucional -concluye Jelin- las víctimas se transformaron en 'testigos' y los represores se tornaron 'acusados'".

 

El objetivo del "paradigma jurídico", como puede verse, es doble: por un lado, legitimar un relato que vacía de contenido político la violencia setentista invisibilizando tanto las contradicciones sociales que la generaron como la relación existente entre el desenlace de esa "violencia" (el triunfo del campo antinacional y antipopular que expresaban las Fuerzas Armadas y quienes las apoyaron) y las miserias actuales (hambre popular, indefensión nacional, podredumbre moral, etc.); por otro lado, el "paradigma jurídico" legitima como "portadores de la verdad" a las instituciones político-jurídicas del régimen demoliberal partidocrático.


Pero el "paradigma jurídico", lamenta Jelin, fue desplazado durante años por lo que denomina "paradigma familista". Dice Jelin:

 

"Los desaparecidos y los detenidos eran presentados por sus familiares como niños y niñas ejemplares, buenos/as estudiantes y miembros de las familias viviendo en armonía, en suma, como ideales o 'normales'".

 

De este modo, la violación de derechos humanos era presentada "en clave familiar": "la imagen paradigmática es aquella de la madre simbolizada por las Madres de Plaza de Mayo". Luego vinieron los "Familiares", las "Abuelas" y los "hijos". De este modo,

 

"se crea una distancia imposible de superar entre quienes llevan la 'verdad' del sufrimiento personal y privado y aquellos que se movilizan políticamente por la misma causa, pero presumiblemente por otros motivos, que no son vistos como igualmente transparentes o legítimos".


A Jelin y demás derechohumanistas alfonisinistas les preocupa que el "paradigma familista" convierta en portadores legítimos de la Verdad no a los ciudadanos "notables" de la Conadep (todos ellos, dicho sea de paso, cómplices de los golpistas del 24 de marzo) o a las instituciones liberal-burguesas, sino a "las víctimas" y "los familiares". Como en la Argentina no hubo un "genocidio", sino una represión contrarrevolucionaria dirigida en términos generales contra la militancia del campo popular, y particularmente contra las organizaciones político-militares de la ultraizquierda y del nacionalismo de izquierda, el "paradigma familista" estaría legitimando... ¡a los revolucionarios setentistas derrotados!

 

Esto resulta inadmisible para el "paradigma militar" de Videla y Cecilia Pando. Pero tambièn resulta inadmisible para los continuadores "democráticos" de Videla y Cecilia Pando. Por eso Jelin y otros ideólogos de la derecha liberal, como Beatriz Sarlo, ponen el grito en el cielo. En este punto aparecen las diferencias con el kirchnerismo. Jelin, refirièndose al discurso pronunciado por Kirchner el 24 de marzo de 2004, escribe:

 

"¿Por qué prestar atención a este discurso? Desde mi punto de vista, su significación central está en el énfasis en las relaciones particulares y en la pertenencia a un grupo específico, en este caso los militantes y activistas políticos de los años 70 que se identificaban con la izquierda peronista".


Pero el "paradigma familista", por su contenido intrínsecamente derechohumanista, no constituye un impedimento para que la rosca oligárquico-imperialista que derrotó al campo nacional-popular revolucionario en los setenta capitalice políticamente el relato de lo sucedido. Al contrario. Tanto por su contenido sustantivo, como por el "lugar de enunciación" que instituye como válido, el "paradigma familista", al igual que el "paradigma jurídico" y el "paradigma militar", son variantes de una misma Política de la Memoria cuyo objetivo es impedir la conformaciòn de un "paradigma nacional-popular" realmente alternativo.


El ex revolucionario Rodolfo Mattarolo, convertido en derechohumanista y en kirchnerista, nos lo prueba en el libro editado por Le Monde Diplomatique.


DE MARX A ESTELA DE CARLOTTO Y DE SANTUCHO A MATTAROLLO


Tiene razón Mattarollo al criticar la "teoría de los dos demonios" del alfonsinismo porque presenta a la "violencia de arriba" como generada por la "violencia de abajo", lo cual alcanza para revelar la naturaleza de clase de esa "teoría".


Mattarollo cita un discurso de Dante Caputo de 1984:

 

"Los terroristas, movidos por el delirio de una supuesta liberación y estimulados más de una vez desde el exterior, arrastraron a muchos jóvenes hacia matanzas, secuestros crueles e irracionales, cuyo único resultado consistiría en desencadenar una terrible acción represiva, ejecutada por aparatos estatales y paraestatales que arrasaron las instituciones y las libertades en nuestro país".

 

El argumento de Caputo es tan metafísico como irrebatible, y guarda un lamentable parecido con el que empleó recientemente el historiador kirchnerista Norberto Galasso para referirse al asesinato del compañero Mariano Ferreyra: la responsabilidad primaria por el asesinato de quien lucha por "una supuesta liberación" no es de los asesinos sino del asesinado, por haber emprendido esa lucha.


Pero a pesar de este transparente contenido antiobrero y antipopular de la "teoría de los dos demonios", Mattarollo reivindica a la entidad que la puso en circulación: la CONADEP. Dice que

 

"contribuyó a afirmar la existencia de un derecho humano a la verdad y el correlativo deber de memoria del Estado".

 

Uno no puede sino preguntarse cómo es posible que una "teoría" que responsabiliza a "los de abajo", es decir a los oprimidos, por los golpes que reciben de parte de "los de arriba" (los opresores), cómo es posible que una "teoría" semejante contribuya a "la verdad". Pero el libro de Mattarollo es un intento de explicarlo.


Según este ex militante del PRT-ERP reconvertido en "hombre de Derecho" (¿o de derecha?), el derechohumanismo se abrió paso por entre las ambigüedades del alfonsinismo debido a la feliz "conjunción de tres elementos".


¿De qué "elementos" se trata? Veamos.


"En primer lugar, el movimiento de derechos humanos en sus distintas vertientes".

 

Es decir, de los organismos que ya a partir de 1980 estaban férreamente entrelazados con fracciones de la burguesía socialdemócrata europea que, entre otras cosas, los financiaban.

 

"En segundo término, el desarrollo de un pensamiento y de instrumentos jurídicos avanzados dentro y fuera del país".

 

Es decir, de la Justicia trasnacional controlada por la misma burguesía imperialista.

 

"Por último, la irrupción de un periodismo testimonial y de investigación".

 

Es decir, de los medios de comunicación en manos de los mismos intereses que manejan la "Justicia" y los "derechos humanos". Ahora bien, ¿cómo definir esta conjunción entre la Justicia burguesa, la Prensa burguesa y las Ongs burguesas, sino como la suma de los aparatos ideológicos de los que se vale la burguesía para legitimar su dominación? ¿No resulta verdaderamente extraño que alguien que militó en un partido pretendidamente marxista se incline ahora en el altar de las instituciones del liberalismo?

 

Pero Mattarollo tiene una explicación, aunque un tanto insólita:

 

"El siglo XVIII es el siglo de las revoluciones políticas liberales en busca de la libertad y el siglo XIX, el del socialismo que lucha por la igualdad; el siglo XX es el de los derechos humanos que buscan unir libertad e igualdad".


Uno podría concluir, entonces, que si el siglo XVIII nos obsequió un  Rousseau y un Robespierre, y el siglo XIX un Marx y un Lenin, el siglo XX nos obsequió a Estela de Carlotto y a Rodolfo Mattarollo. Decir tal cosa sería una estupidez, sin dudas. Pero en ningún caso una estupidez mayor que la de Matarollo, ¿no creen?


ALFONSIN, MENEM Y KIRCHNER: ABANDERADOS DE LOS DERECHOS HUMANOS


Volvamos a los "portadores de verdad" del discurso derechohumanista que identifica Mattarollo: los organismos de derechos humanos, la Justicia y los medios de comunicación, es decir, lo que Althusser llamaba "aparatos ideológicos del Estado". La conjunción entre estos tres "elementos" habría hecho posible los grandes avances de la Política de la Memoria, porque:


1)  en los años 80 creó la primera "Comisión de la Verdad" (la CONADEP) desde los célebres y escandalosos procesos de Nüremberg (donde los imperialistas vencedores juzgaron a los imperialistas vencidos en nombre de una Justicia tan abstracta como inexistente);

 

2) en los años 90 "legitimaba los derechos humanos como una dimensión ética esencial del Estado de Derecho, lo que tiene su consagración en la reforma constitucional de 1994";


3) bajo el kirchnerismo alcanza su punto más alto con el rechazo a la "teoría de los dos demonios" y la consiguiente nulidad de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida.

A diferencia de Elizabeth Jelin, que ve en la política kirchnerista un retroceso en la disputa por "la legitimidad de la palabra" en materia de derechos humanos (el "paradigma familista"), Mattarollo ve la coronación misma del paradigma derechohumanista.

 

Rescata dos puntos decisivos:

 

1) "se otorgó jerarquía constitucional a la Convención sobre la Imprescriptibilidad de los Crímenes de Guerra y de los Crímenes de Lesa Humanidad" y

 

2) "el acuerdo para la desocupación, por parte de la Marina de Guerra, de la Escuela de Mecánica de la Armada".


DERECHOS HUMANOS: EL OPIO DE LOS PUEBLOS


La Política de la Memoria es una construcción discursiva llevada adelante por las clases dominantes, a través de sus aparatos ideológicos, para legitimar políticamente el orden instituido. El discurso derechohumanista, en sus distintas versiones ("familista" y "jurídico"), y su contrafigura, el discurso "antiderechohumanista" de quienes reivindican la represión videlista ("paradigma militar"), están al servicio de esa Política de la Memoria. Alfonsinismo, menemismo y kirchnerismo, sin solución de continuidad, han trabajado al servicio de esa Política de la Memoria. Han contado, para ello con el apoyo explícito del imperialismo, que ha hecho de los derechos humanos la religión laica que legitima su dominación mundial.


¿No es evidente que la gigantesca ofensiva contrarrevolucionaria a escala planetaria a la que asistimos en los años 90, se hizo en nombre de los "derechos humanos"?

 

La invasión a Irak y a Afganistán, así como las amenazas sobre Irán o sobre Corea, ¿no se presentan como intervenciones "humanitarias"? ¿Y qué tienen para decir los "derechohumanistas" sobre el genocidio del pueblo palestino a manos de los sionistas que han ocupado su tierra hace ya más de medio siglo? En nombre de los "derechos humanos"... ¡se condena no a los genocidas sionistas, sino a organizaciones de resistencia antiimperialista como Hamas o Hezbollah!

 

Como en la regocijante película de Tim Burton, en la que los invasores de Marte mataban humanos gritándoles "¡somos sus amigos!", los imperialistas invaden, matan y prostituyen al grito de ¡"por los derechos humanos"!


El "derechohumanismo" es el moderno opio de los pueblos. Ha cooptado a quienes, como Rodolfo Mattarollo, en el pasado se esforzaban por pensar y actuar como revolucionarios, y no como prolijos y bien pagados funcionarios de organismos supranacionales.

 

Estela de Carlotto viaja por el mundo financiada por entidades imperialistas y recibe el homenaje de los poderosos de la Tierra. La hasta ayer inquebrantable Hebe de Bonafini creó una sociedad anónima para construir viviendas y manda a su socio Shoklender a sacarse de encima a "los bolitas". Todo en nombre de los "derechos humanos".

 

En 1994 el  general menemista Martín Balza (hoy reciclado como embajador kirchnerista) introducía el derechohumanismo en el Ejército con su célebre "autocrítica". Diez años después, mientras una bandera del Che Guevara flameaba burlona y provocadoramente en la ESMA, el almirante Jorge Godoy "derechohumanizaba" a la Armada (Es decir, cristalizaba a un mismo tiempo los paradigmas "familista", "jurídico" y "militar" como trampas ideológicas tendidas a los nuevos cuadros militares, que sabrán mucho de derechos humanos, pero nada del imperialismo que nos oprime).

 

Otorgando jerarquía constitucional a tratados internacionales, Argentina renuncia a ejercer su propia soberanía. Pero es una renuncia en nombre de los derechos humanos. ¡En el mismo instante en que el imperialismo no sólo está instalado en Malvinas, sino tambièn en la Triple Frontera, donde monitorea la "defensa de los derechos humanos" ante la supuesta "infiltración fundamentalista islámica"!

Para Mattarollo, toda esta explosión derchohumanista significa que  "se recupera la dignidad de los perseguidos". Pero lo que los argentinos necesitamos no es "recuperar la dignidad" de los perseguidos y caídos en los combates emancipatorios setentistas.

 

Lo que necesitamos es recuperar para nosotros aquella voluntad y convicción que ellos tuvieron y que les permitió matar cuando había que matar y  morir cuando había que morir, sin corromperse, sin dejarse domesticar. Porque aquellos combatientes, con sus aciertos y sus errores (que fueron muchos), eran héroes que luchaban por un país distinto, sin opresores ni oprimidos. No eran "víctimas", ni "jóvenes inocentes", ni "perejiles", como cree el "paradigma familista"; pero tampoco eran "ciudadanos" abstractos, según pretende la ficción liberal de Elizabeth Jelin y sus conmilitones alfonisinistas.

Librar una batalla ideológica contra la trampa del derechohumanismo es el pre-requisito para abrir un debate profundo y productivo sobre la confrontación entre la revolución y la contrarrevolución que tuvo lugar entre 1955 y 1976.

 

Y un debate productivo será aquel que permita la rearticulación de las fuerzas nacional-populares a fin de librar las nuevas batallas emancipatorias que nos tiene deparadas el siglo que recién comienza.


Gustavo Cangiano (2/2/2011)