A veinte años de la irrupción carapintada

 

BALZA Y LA "DERECHOHUMANIZACION" DE LAS FFAA

 

Por Gustavo Cangiano


Clarín publica ayer una nota de Martín Balza, jefe del Ejército durante el menemismo y embajador en Colombia bajo el kirchnerismo, titulada: "Aquel golpe con el que, por fin, el ciclo funesto se cerró". La nota hace referencia al 20º aniversario del levantamiento carapintada del 3 de diciembre de 1990.


Con el párrafo final de su nota, Balza ayuda a que comprendamos mejor la significación histórica de su propia figura. Escribe: "El 3 de diciembre de 1990 es un punto de inflexión en nuestra historia política y la definitiva inserción de las Fuerzas Armadas en la democracia. Ese día empezó algo distinto".

 

Efectivamente, la derrota del coronel Seineldín y de sus soldados católicos y nacionalistas fue la condición necesaria para que cuatro años más tarde, a través de la célebre "autocrítica"  de Balza (y de operaciones de inteligencia que tuvieron como protagonistas a Horacio Verbitsky y al capitán Scilingo, entre otros) quedara formalmente consagrada la "derecho-humanización" de las Fuerzas Armadas.


DE LA REVOLUCION A LOS DERECHOS HUMANOS

 

Los revolucionarios setentistas perseguían con sus luchas el objetivo de una Argentina socialmente justa y nacionalmente emancipada. Algunos creían que el socialismo nacional resumía esas aspiraciones. Otros, en cambio, apostaban a un socialismo de matriz guevarista, maoísta o trotskista. Finalmente, estaban quienes creían que era el justicialismo el encargado de canalizar las fuerzas sociales que pugnaban por los objetivos emancipatorios.

 

Todavía está pendiente el necesario debate entre esas diferentes alternativas, pero, en cualquier caso, lo que el campo revolucionario en su conjunto tenía claro era que la lucha no se libraba por "la democracia" ni por los "derechos humanos". Con toda su grandilocuencia, esas palabras significaban, concretamente, bien poco: eran una especie de "comodín semántico" que servía tanto "para un barrido como para un fregado".

 

Invocándolas, por ejemplo, los imperialistas norteamericanos habían arrojado dos bombas atómicas sobre ciudades indefensas de Japón, cuando la guerra ya estaba terminada, y los "demócratas" y "derecho-humanistas" argentinos, al igual que los de otras partes del mundo, tanto los de "izquierda" como los de "derecha", habían salido alborozados a festejar.

 

¿Qué podían significar, entonces, los "derechos humanos", si en su nombre los imperialistas realizaban las acciones más monstruosas? ¿No estaba claro el sentido "ideológico", es decir, encubridor, que tenía su invocación? Y si ello era así, ¿no correspondía al pensamiento socialista y revolucionario batallar para descorrer ese velo ideológico y mostrar la realidad que oculta, en vez de ponerse al servicio de los encubridores?

 

Sin embargo, tras el derrocamiento del gobierno peronista en 1976 y la entronización de una feroz dictadura contrarrevolucionaria, se produjo un fenomenal retroceso en la conciencia colectiva. Quienes hasta ayer nomás explicaban que la verdadera disyuntiva que se presentaba a los argentinos era "liberación o dependencia", ahora enarbolaban la consigna "democracia o dictadura". Resultaba conmovedor ver a ex partidarios de la lucha armada, a gente que había leído todo Lenin o todo Trotsky, quejarse porque el aparato estatal oligárquico-imperialista (y sus colaterales para-estatales) no había respetado sus "derechos humanos", había practicado detenciones "ilegales" y había, además, aplicado toda clase de tormentos físicos y psíquicos a los enemigos.

 

Uno se pregunta todavía hoy: ¿qué cree esta gente que las clases dominantes, cuando "las papas queman", hacen con quienes desafían su dominación? ¿Creen, acaso, que existe algún precepto constitucional, algún tratado internacional o alguna regla moral que vaya a atarles las manos? Lo primero siempre es salvar el pellejo, a cualquier precio. Sea como fuere, lo cierto es que la ideología del "derecho-humanismo" y del democratismo más ramplón capturó a partir de 1983 al conjunto de las instituciones políticas y culturales y a los sujetos sociales que en ellas se refugiaron.

 

Era, después de todo, la consecuencia lógica del triunfo contrarrevolucionario en la década anterior.

 

Pero, ¿qué sucedía en las instituciones militares?

 

La rosca oligárquico-imperialista que las había utilizado en 1976 para aplastar al movimiento nacional-popular, decidió convertirlas en el chivo expiatorio una vez que su sangrienta tarea estuvo realizada. La doctrina de la "seguridad nacional", con su anticomunismo y su anti-peronismo enfermizos, que de tanta utilidad habían resultado cuando se necesitaba proporcionar a los "grupos de tareas" una ideología auto-justificatoria de su práctica represiva, dejó de ser funcional. El democratismo derecho-humanista, que tan buenos servicios prestaba en la lucha ideológica contra las concepciones socialistas y revolucionarias, podía servir, ¿por qué no?,  para rastrillar las Fuerzas Armadas y purgarlas de sus componentes nacionalistas y populistas.

 

La tarea resultaba necesaria para el orden "democrático", especialmente después de que Guerra de Malvinas había favorecido la maduración de muchos de esos nacionalistas, que de "nacionalistas oligárquicos" se iban transformando en "nacionalistas populares".

La irrupción de los Carapintada en 1987, que con algunas variantes programáticas y de liderazgo se mantuvo hasta el 3 de diciembre de 1990, expresó esa maduración del nacionalismo en los cuadros militares.

 

La "autocrítica" de Balza bajo el menemismo, significó el aplastamiento de ese proceso de maduración. Balza reivindica, en su artículo de "Clarín", ese aplastamiento que se llevó a cabo a través de gestores como él mismo. Un aplastamiento de naturaleza absolutamente reaccionaria.


¿QUE PASO EL 3 DE DICIEMBRE DE 1990?


Escribe Balza:

 

"Después del motín de Villa Martelli (diciembre de 1988) encabezado por el entonces coronel Seineldín, parte del menemismo había confiado en él como el reaseguro democrático y éste, desde su detención en los cuarteles de Palermo, daba audiencias y recibía a políticos, legisladores, sindicalistas, militares retirados y algún obispo, exponiendo su percepción sobre el proceso electoral del próximo año y el diseño del futuro Ejército Nacional en reemplazo del Ejército Argentino".


En realidad, lo que Seineldín significaba durante los meses previos al triunfo electoral de Menem no era propiamente el "reaseguro democrático". Era, por el contrario, el reaseguro de que los "democráticos" no podrían contar con las Fuerzas Armadas para interrumpir el proceso de Revolución Nacional que Menem prometía retomar luego del desbarrancamiento del alfonsinismo.

 

Sin embargo, a las pocas horas de ganar las elecciones, se hizo evidente que Menem había consumado una de las mayores estafas políticas de las que se tenga memoria.

 

Se presentó ante la audiencia televisiva de Bernardo Neustadt y manifestó sin sonrojarse que el programa que iba a poner en marcha era la antítesis exacta del que había prometido durante la campaña electoral. No sin razón, Balza escribe:

 

"Creo que en esos días el Gobierno ya no pensaba que Seineldín era un reaseguro para la democracia".


¿Y qué pensaban los militares carapintadas? Una parte de ellos estaba siguiendo junto a Aldo Rico el camino de la integración domesticada en el régimen partidocrático demo-liberal. Pero otra parte decidió enfrentar al menemismo organizándose en torno de la figura de Seineldín. Observa Balza que:

 

"Seineldín solicitó al Presidente indultos, retiro de generales y designación de sus recomendados como ministro de Defensa y Secretario de esa cartera, y al general Cáceres como jefe del Ejército". Y añade: "Todo ello se cumplió".

 

Menem aplicaba, frente a Seineldín, la misma táctica que Alfonsín había aplicado frente a Rico: satisfacer las demandas gremiales o corporativas de los carapintadas y de ese modo debilitar su base de apoyo, neutralizarlos, impidiendo así que pudieran satisfacerse sus demandas específicamente políticas. Facilitaba la tarea el hecho de que estas últimas ni siquiera estuviesen claramente planteadas.


¿POR QUÉ FRACASARON LOS CARAPINTADA?


"El 3 de diciembre de 1990, en el motín autodenominado 'Operación Virgen del Lujan', participaron entre 1200 y 1300 militares rebeldes, en siete focos (...) En menos de 15 horas todos los focos fueron sofocados y los rebeldes detenidos", relata Balza.

 

La pregunta es: ¿por qué razón el levantamiento carapintada, que contaba con importante base de apoyo entre los militares, fue tan rápidamente derrotado por las fuerzas del régimen?


La respuesta, válida aunque parezca esquemática, es la siguiente: porque no consiguió articular sus demandas con los sectores políticos y sociales que podían contribuir a materializarlas. El movimiento obrero se hallaba confundido e impotente, más bien a la expectativa, ante el espectáculo contradictorio que ofrecía el recién llegado menemismo. Por su parte, anestesiadas por la ideología derecho-humanista, las franjas populares de la pequeña burguesía y el entramado político de izquierda que suele expresarlas, veían en los carapintada una suerte de recidiva procesista. Ciertamente, algunos componentes del carapintadismo autorizaban esta mirada.

 

Pero un análisis más profundo del fenómeno, que partiera, como enseñaba Marx, no de lo que los protagonistas creían que eran, sino de lo que objetivamente eran, ponía de manifiesto que se trataba de otra cosa: los militares carapintadas confrontaban con los altos mandos liberales de las Fuerzas Armadas, con el poder económico y político nacional y trasnacional, y con las líneas directrices del imperialismo norteamericano. Se trataba, sustancialmente, de una irrupción "anti-establishment", y esto le confería un carácter efectiva o al menos potencialmente progresivo.


Balza reivindica su participación en el aplastamiento del levantamiento carapintada en los siguientes términos:

 

"Tenía la plena convicción de que todos habíamos cumplido con nuestro deber de soldados en salvaguarda de las instituciones de la República y de haber insertado definitivamente la fuerza en el camino de la subordinación al poder civil".

De eso se trataba: de "insertar" a las Fuerzas Armadas en el universo institucional y conceptual diseñado por el imperialismo para el período post-contrarrevolucionario. La importancia de esta inserción se observaría durante la crisis de diciembre de 2001. Si en ese momento un Ejército Nacional hubiese salido a la palestra para establecer un Frente Patriótico junto a la clase obrera, los sectores populares  y una izquierda de raíz nacional, entonces el régimen partidocrático-demo liberal no se habría recompuesto tan fácilmente como se recompuso.

 

El "carapintadismo" se habría trasmutado en una versión argentina  del chavismo, y Argentina habría reiniciado un nuevo ciclo de Revolución Nacional (o de Revolución Permanente, como decimos los socialistas de la Izquierda Nacional).

 

Por todo lo anteriormente expuesto, los sectores populares no tenemos nada que festejar en el vigésimo aniversario de la derrota del "carapintadismo".


Gustavo Cangiano