|
A veinte años de
la irrupción carapintada BALZA Y LA
"DERECHOHUMANIZACION" DE LAS FFAA Por Gustavo
Cangiano
Efectivamente, la derrota del coronel Seineldín y de sus
soldados católicos y nacionalistas fue la condición necesaria para que cuatro
años más tarde, a través de la célebre "autocrítica" de Balza
(y de operaciones de inteligencia que tuvieron como protagonistas a Horacio
Verbitsky y al capitán Scilingo, entre otros) quedara formalmente consagrada
la "derecho-humanización" de las Fuerzas Armadas.
Los revolucionarios setentistas perseguían con sus
luchas el objetivo de una Argentina socialmente justa y nacionalmente
emancipada. Algunos creían que el socialismo nacional resumía esas
aspiraciones. Otros, en cambio, apostaban a un socialismo de matriz
guevarista, maoísta o trotskista. Finalmente, estaban quienes creían que era
el justicialismo el encargado de canalizar las fuerzas sociales que pugnaban
por los objetivos emancipatorios. Todavía está pendiente el necesario debate entre esas
diferentes alternativas, pero, en cualquier caso, lo que el campo
revolucionario en su conjunto tenía claro era que la lucha no se libraba por
"la democracia" ni por los "derechos humanos". Con toda
su grandilocuencia, esas palabras significaban, concretamente, bien poco:
eran una especie de "comodín semántico" que servía tanto "para
un barrido como para un fregado". Invocándolas, por ejemplo, los imperialistas
norteamericanos habían arrojado dos bombas atómicas sobre ciudades indefensas
de Japón, cuando la guerra ya estaba terminada, y los "demócratas"
y "derecho-humanistas" argentinos, al igual que los de otras partes
del mundo, tanto los de "izquierda" como los de
"derecha", habían salido alborozados a festejar. ¿Qué podían significar, entonces, los "derechos
humanos", si en su nombre los imperialistas realizaban las acciones más
monstruosas? ¿No estaba claro el sentido "ideológico", es decir,
encubridor, que tenía su invocación? Y si ello era así, ¿no correspondía al
pensamiento socialista y revolucionario batallar para descorrer ese velo
ideológico y mostrar la realidad que oculta, en vez de ponerse al servicio de
los encubridores? Sin embargo, tras el derrocamiento del gobierno
peronista en 1976 y la entronización de una feroz dictadura
contrarrevolucionaria, se produjo un fenomenal retroceso en la conciencia
colectiva. Quienes hasta ayer nomás explicaban que la verdadera disyuntiva
que se presentaba a los argentinos era "liberación o dependencia",
ahora enarbolaban la consigna "democracia o dictadura". Resultaba
conmovedor ver a ex partidarios de la lucha armada, a gente que había leído
todo Lenin o todo Trotsky, quejarse porque el aparato estatal
oligárquico-imperialista (y sus colaterales para-estatales) no había respetado
sus "derechos humanos", había practicado detenciones
"ilegales" y había, además, aplicado toda clase de tormentos
físicos y psíquicos a los enemigos. Uno se pregunta todavía hoy: ¿qué cree esta gente que
las clases dominantes, cuando "las papas queman", hacen con quienes
desafían su dominación? ¿Creen, acaso, que existe algún precepto
constitucional, algún tratado internacional o alguna regla moral que vaya a
atarles las manos? Lo primero siempre es salvar el pellejo, a cualquier precio.
Sea como fuere, lo cierto es que la ideología del
"derecho-humanismo" y del democratismo más ramplón capturó a partir
de 1983 al conjunto de las instituciones políticas y culturales y a los
sujetos sociales que en ellas se refugiaron. Era, después de todo, la consecuencia lógica del triunfo
contrarrevolucionario en la década anterior. Pero, ¿qué sucedía en las instituciones militares? La rosca oligárquico-imperialista que las había
utilizado en 1976 para aplastar al movimiento nacional-popular, decidió
convertirlas en el chivo expiatorio una vez que su sangrienta tarea estuvo
realizada. La doctrina de la "seguridad nacional", con su anticomunismo
y su anti-peronismo enfermizos, que de tanta utilidad habían resultado cuando
se necesitaba proporcionar a los "grupos de tareas" una ideología
auto-justificatoria de su práctica represiva, dejó de ser funcional. El
democratismo derecho-humanista, que tan buenos servicios prestaba en la lucha
ideológica contra las concepciones socialistas y revolucionarias, podía
servir, ¿por qué no?, para
rastrillar las Fuerzas Armadas y purgarlas de sus componentes nacionalistas y
populistas. La tarea resultaba necesaria para el orden
"democrático", especialmente después de que Guerra de Malvinas
había favorecido la maduración de muchos de esos nacionalistas, que de
"nacionalistas oligárquicos" se iban transformando en
"nacionalistas populares". La irrupción de los Carapintada en 1987, que con algunas
variantes programáticas y de liderazgo se mantuvo hasta el 3 de diciembre de
1990, expresó esa maduración del nacionalismo en los cuadros militares. La "autocrítica" de Balza bajo el menemismo,
significó el aplastamiento de ese proceso de maduración. Balza reivindica, en
su artículo de "Clarín", ese aplastamiento que se llevó a cabo a
través de gestores como él mismo. Un aplastamiento de naturaleza absolutamente
reaccionaria.
"Después del motín de
Villa Martelli (diciembre de 1988) encabezado por el entonces coronel
Seineldín, parte del menemismo había confiado en él como el reaseguro
democrático y éste, desde su detención en los cuarteles de Palermo, daba
audiencias y recibía a políticos, legisladores, sindicalistas, militares
retirados y algún obispo, exponiendo su percepción sobre el proceso electoral
del próximo año y el diseño del futuro Ejército Nacional en reemplazo del
Ejército Argentino".
Sin embargo, a las pocas horas de ganar las elecciones,
se hizo evidente que Menem había consumado una de las mayores estafas
políticas de las que se tenga memoria. Se presentó ante la audiencia televisiva de Bernardo
Neustadt y manifestó sin sonrojarse que el programa que iba a poner en marcha
era la antítesis exacta del que había prometido durante la campaña electoral.
No sin razón, Balza escribe: "Creo que en esos días
el Gobierno ya no pensaba que Seineldín era un reaseguro para la democracia".
"Seineldín solicitó al
Presidente indultos, retiro de generales y designación de sus recomendados
como ministro de Defensa y Secretario de esa cartera, y al general Cáceres
como jefe del Ejército". Y añade: "Todo ello se cumplió".
Menem aplicaba, frente a Seineldín, la misma táctica que
Alfonsín había aplicado frente a Rico: satisfacer las demandas gremiales o
corporativas de los carapintadas y de ese modo debilitar su base de apoyo,
neutralizarlos, impidiendo así que pudieran satisfacerse sus demandas
específicamente políticas. Facilitaba la tarea el hecho de que estas últimas
ni siquiera estuviesen claramente planteadas.
La pregunta es: ¿por qué razón el levantamiento
carapintada, que contaba con importante base de apoyo entre los militares,
fue tan rápidamente derrotado por las fuerzas del régimen?
Pero un análisis más profundo del fenómeno, que
partiera, como enseñaba Marx, no de lo
que los protagonistas creían que eran, sino de lo que objetivamente eran,
ponía de manifiesto que se trataba de otra cosa: los militares carapintadas confrontaban con los altos mandos
liberales de las Fuerzas Armadas, con el poder económico y político nacional
y trasnacional, y con las líneas directrices del imperialismo norteamericano.
Se trataba, sustancialmente, de una irrupción "anti-establishment",
y esto le confería un carácter efectiva o al menos potencialmente progresivo.
"Tenía la plena
convicción de que todos habíamos cumplido con nuestro deber de soldados en
salvaguarda de las instituciones de la República y de haber insertado
definitivamente la fuerza en el camino de la subordinación al poder civil". De eso se trataba: de "insertar" a las Fuerzas Armadas en el universo institucional
y conceptual diseñado por el imperialismo para el período
post-contrarrevolucionario. La importancia de esta inserción se observaría
durante la crisis de diciembre de 2001. Si en ese momento un Ejército
Nacional hubiese salido a la palestra para establecer un Frente Patriótico
junto a la clase obrera, los sectores populares y una izquierda de raíz
nacional, entonces el régimen partidocrático-demo liberal no se habría recompuesto
tan fácilmente como se recompuso. El "carapintadismo" se habría trasmutado en
una versión argentina del chavismo, y Argentina habría reiniciado un
nuevo ciclo de Revolución Nacional (o de Revolución Permanente, como decimos
los socialistas de la Izquierda Nacional). Por todo lo anteriormente expuesto, los sectores
populares no tenemos nada que festejar en el vigésimo aniversario de la
derrota del "carapintadismo".
|