Conocimiento y poder

 

Por C. Wright Mills

 

Durante los últimos años he pensado con frecuencia que los intelectuales norteamericanos están profundamente envueltos en lo que Freud llamó una vez "el aborto de la civilización norteamericana". No sé exactamente lo que quería decir con la frase, aunque supongo que pretendía contras­tar los ideales del siglo XVIII con los que se proclamó tan esperanzada­mente esta nación y la lamentable condición de los Estados Unidos en el siglo XX.

 

Entre esos valores ninguno fue tenido más alto que el gran papel de la razón en la civilización y en las vidas de sus miembros civilizados. Y nada ha sido más mancillado y deformado por los hombres en el poder en los años inconscientes que hemos estado soportando. Dado el calibre de la élite norteamericana y la inmoralidad de conducta en función de la cual son seleccionados, quizá debimos haberlo esperado. Pero los inte­lectuales políticos han estado renunciando también al viejo ideal de la im­portancia política del conocimiento. Entre ellos una actitud conservadora — una actitud apropiada a hombres que viven en un vacío político — ha prevalecido.

 

Quizá nada es de más inmediata importancia, como causa y como efecto de esta actitud, que el ascendiente retórico y el desplome intelec­tual del liberalismo: Como proclamación de ideales, el liberalismo clásico, como el socialismo clásico, es parte de la tradición secular de Occidente.

 

Como teoría de la sociedad, el liberalismo ha resultado inoperante y, de una manera optativa, desorientador, porque ninguna revisión del libera­lismo como teoría de la mecánica del cambio social moderno ha supe­rado la marca de fábrica del siglo XIX impresa en sus supuestos básicos. Como retórica política, los términos claves del liberalismo se han convertido en denominadores comunes del vocabulario político y se han estirado más allá de toda utilidad, como modo de definir cuestiones y manifes­tar posiciones. [2]

 

Como el liberalismo administrativo de los treintas ha sido tragado por el auge económico y el terror militar, la más ruidosa iniciativa polí­tica ha sido asumida por un pequeño grupo de pequeños conservadores que, en los niveles medios de la política, se ha ingeniado para dar el tono de la vida pública. Explotando el temor norteamericano de la nueva si­tuación internacional para sus propios fines, estos primitivos de la polí­tica han atacado no sólo las ideas del Nuevo y el Justo Trato [Newdeal]; han atacado la historia de esas administraciones y las biografías de los que participaron en ellas. Y lo han hecho de una manera que revela claramente la base en que descansa su poder de atracción: han atacado los símbolos del status y las figuras del prestigio establecido. A través de semejante ataque a hombres e instituciones de prestigio establecido, la ruidosa derecha ha apelado no a los económicamente descontentos, en absoluto, sino a los frustrados en cuanto a la posición.[3] Su impulso ha venido de los nuevos ricos, de las pequeñas ciudades y las regiones más vastas y, sobre todo, del hecho del enconado resentimiento hacia el status que han sentido estas clases recientemente prósperas que, habiendo hecho una considerable ri­queza durante y después de la segunda Guerra Mundial, no han recibido el prestigio ni obtenido el poder que consideraban merecido.

 

Han enfocado dramáticamente la gran inmoralidad y la inconscien­cia de los altos círculos de los Estados Unidos. Por una parte, hemos visto un liberalismo decadente y asustado y, por otra, la furia insegura y des­piadada de los gangsters políticos. Un secretario de Defensa, hombre de vieja familia adinerada, es atacado por arribistas y, en una discusión pú­blica, deshonrado por nihilistas sin posiciones. Han llamado la atención sobre una nueva concepción de la lealtad nacional, que entendimos como lealtad a las pandillas individuales que se situaban por encima de las legitimaciones establecidas del Estado y han invitado a funcionarios del ejército norteamericano a hacer lo mismo. Han hecho evidente el lugar central que ahora tienen en el proceso gubernamental la policía secreta y las "investigaciones" secretas, hasta el punto de que ahora debemos ha­blar de un gabinete fantasma basado en considerable medida en nuevas formas del poder que incluyen la grabadora, el detective privado, el uso y la amenaza difundidos del chantaje. Y han dramatizado un resultado político del vacío y la banalización de la sensibilidad en una población que, durante una generación, ha estado constantemente y cada vez más sometida a la trivialización de los medios de masas de entretenimiento y distracción.

 

Cuando el liberalismo presenció esas "sesiones", los liberales cobraron conciencia, una y otra vez, de lo cerca que estaban del abismo incons­ciente. El edificio del prestigio de la sociedad burguesa estaba some­tido a un ataque, pero como en los Estados Unidos no hay nada del pa­sado por encima de ese edificio establecido y como los que alguna vez fueron de ideas liberales y de izquierda no ven nada en el futuro por de­bajo de esto, se han vuelto terriblemente asustados por la saña de sus ataques y sus vidas políticas se han limitado al borde afilado de la ansie­dad defensiva.

 

El liberalismo de la posguerra se ha empobrecido organizativamente: los años de la preguerra del liberalismo en el poder desvitalizaron a los grupos liberales independientes, secando sus raíces, haciendo que los viejos líderes dependieran del centro federal y no entrenando nuevos líderes en todo el país. El Nuevo Trato no dejó una organización liberal capaz de poner en práctica un programa liberal; más que un nuevo partido, su instrumento fue una coalición relajada dentro de una vieja, que rápidamente se quebrantó por lo que se refiere a las ideas liberales. Además, al emplear, de una u otra manera, la herencia de las ideas liberales, banalizándolas a medida que las convertía en leyes, el Nuevo Trato convirtió al liberalismo en una serie de rutinas administrativas qué defender más que en un programa por el cual luchar.

 

En su terror moral, los liberales de la posguerra no han defendido una posición de izquierda, ni siquiera una posición militante liberal: su postura defensiva se ha referido, antes que nada, a las libertades civiles.

 

Muchos miembros de la intelligentsia política han estado tan ocupa­dos en celebrar las libertades civiles formales en los Estados Unidos, en contraste con su ausencia en el comunismo soviético, que con frecuencia no han podido defenderlas. Pero, lo que es más importante, la mayoría de ellos han estado tan ocupados defendiendo las libertades civiles que no han tenido ni el tiempo ni la inclinación de utilizarlas.

 

"Antes", ha observado Archibald Mac Leish, la libertad "era algo que se utilizaba... [ahora] se ha convertido en algo que se ahorra, algo que se guarda y se pro­tege como las demás posesiones, como una acción o un bono en un banco." [4]

 

Es mucho más seguro celebrar las libertades civiles que defenderlas y es mucho mas seguro defenderlas como un derecho formal que utilizar­las de una manera políticamente efectiva: aun aquellos que subvertirían de buena gana esas libertades, generalmente lo hacen en su propio nombre. Es todavía más fácil defender el derecho de otros de haberlas utilizado hace años que tener algo que decir ahora y decirlo con fuerza. La defensa de las libertades civiles —aun de su práctica hace una década— se ha con­vertido en la principal preocupación de muchos intelectuales liberales y que en una época fueron de izquierda. Todo lo cual es una manera segura de diferir el esfuerzo intelectual de la esfera de la reflexión y la demanda política.

 

La postura defensiva, en segundo lugar, se ha referido a los Valores Norteamericanos en general que, como se ha temido justamente, la dere­cha menuda trata de destruir. Contra su voluntad, estoy seguro, la intelligentsia de los Estados Unidos se ha encontrado en medio del propio cen­tro nervioso de las ansiedades de la élite y las ansiedades plebeyas en torno a la posición de los Estados Unidos en el mundo de hoy. En la raíz de estas ansiedades no está simplemente la tensión internacional y el sen­timiento terrible, inevitable, de muchos en el sentido de que hay otra guerra en preparación. Hay también en ellos una preocupación específica que afecta a muchos norteamericanos serios.

 

Los Estados Unidos participan ahora, con otras naciones, particular­mente Rusia, en una competencia en gran escala por el prestigio cultural basado en la nacionalidad.

 

En esta competencia, está a discusión la mú­sica norteamericana y la literatura norteamericana y el arte norteame­ricano y, en el sentido más elevado que se le da generalmente al término, el "modo de vida norteamericano". Porque lo que los Estados Unidos tienen en el exterior es poder; lo que no tienen ni dentro ni fuera es pres­tigio cultural. Este simple hecho ha envuelto a los hechos de la nueva nobleza en la curiosa celebración norteamericana, a la que se dedica ahora una gran energía intelectual y académica. La celebración descansa en la necesidad que se advierte de defenderse en términos nacionalistas contra la derecha menuda; y descansa en la necesidad, compartida por muchos voceros y estadistas como urgente, de crear y sostener el prestigio cultural de los Estados Unidos en el extranjero.[5]

 

Los ruidosos conservadores, por supuesto, no han ganado más el poder po­lítico de lo que lo han conservado los liberales administrativos. Mientras que esos dos campos se han dedicado a la batalla de palabras y mientras que los intelectuales han sido abrazados por la nueva nobleza conserva­dora, los silenciosos conservadores han asumido el poder político. En con­secuencia, en su embrollo con la ruidosa derecha, las fuerzas liberales y en una época de izquierda han defendido, en efecto, a estos conservadores establecidos, aunque sólo sea porque han perdido la iniciativa de atacar; han perdido, en realidad, hasta la más mínima capacidad de crítica efec­tiva. Los conservadores silenciosos de las compañías, el ejército y el Estado se han beneficiado política, económica y militarmente de las ridiculeces de la derecha menuda que se ha convertido, a veces contra su voluntad, en sus tropas de choque políticas. Y han llegado al poder sobre todas aque­llas tendencias estructurales puestas en movimiento y aceleradas por la organización de la nación para una guerra aparentemente permanente.

 

Así, en este contexto de prosperidad material, con los ruidosos hom­brecillos de la derecha menuda determinando con éxito el tono y el nivel de la sensibilidad pública; los conservadores silenciosos logrando el po­der establecido en una victoria inconsciente; la retórica liberal conver­tida en oficial, y banalizada por un uso extendido y quizás ilícito; la esperanza liberal cuidadosamente ajustada a la simple retórica por trein­ta años de victoria retórica; con el radicalismo desinflado y la esperanza radical apedreada por treinta años de derrota, los intelectuales políticos han sido abrazados por la actitud conservadora. Entre ellos no hay de­manda ni disensión, ni oposición a las monstruosas decisiones que se hacen sin un debate profundo ni extendido, en realidad sin ningún de­bate en absoluto. No hay oposición a la manera antidemocráticamente impúdica con que la política de las altas autoridades militares y civiles es simplemente presentada como hechos consumados. No hay oposición a la inconsciencia pública en todas sus formas ni a todas aquellas fuerzas hombres que la favorecen. Pero sobre todo —entre los intelectuales—, hay poca o ninguna oposición al divorcio del conocimiento y el poder, de las sensibilidades y los hombres en el poder, no hay oposición al divorcio de la conciencia y la realidad.

2

En una época, cuando comenzaban los Estados Unidos, los hombres de negocios eran también hombres de cultura: en considerable medida, la élite del poder y la élite de la cultura coincidían y cuando no coincidían como personas frecuentemente se confundían como círculos. Dentro del marco de un público instruido y efectivo, el conocimiento y el poder es­taban en auténtico contacto; y, lo que es más, este público clásico deci­día también mucho de lo que había que decidir.

 

"Nada es más revelador —ha escrito James Restonque leer el debate en la Cámara de Representantes en la década de 1880, sobre la lucha de Grecia con Turquía por la independencia y el debate greco-turco en el Congreso de 1947. El primero es digno y elocuente, yendo el debate desde el principio a la conclusión a través de la ilustración; el segundo es una terrible mutilación de los puntos en debate, llena de inexactitudes y mala historia.[6] George Washington, en 1783, leía las Cartas de Voltaire y On Human Understanding de Locke; Eisenhower, doscientos años después, lee historias de vaqueros y novelas de misterio.[7]

 

Para los hombres que llegan ahora típicamente a los más altos círculos políticos, económicos y militares, el resumen y el memorándum parecen haber sustituido no sólo al libro serio, sino también al periódico. Esto se debe quizá, como debe ser, a la inmoralidad de las realizaciones, pero lo que es un poco desconcertante en torno a todo esto es que estos hombres están por debajo del nivel en que podrían sentirse un poco avergonzados del nivel poco cultivado de sus entretenimientos y de su situación mental y que ningún público intelec­tual, por sus reacciones, trata de educarlos para que sientan esa inquietud.

 

A mediados del siglo XIX, la élite norteamericana se ha convertido en una raza de hombres totalmente diferentes de aquellos que podrían, razo­nablemente, ser considerados como una élite cultural, o cuando menos, como hombres sensibles y cultivados. El conocimiento y el poder no están realmente unidos dentro de los círculos dominantes; y cuando los hombres de conocimiento llegan a un punto de contacto con los círculos de los hom­bres poderosos, no es como iguales sino como empleados. La élite del po­der, la riqueza y la celebridad no está formada por la élite de la cultura, el conocimiento y la sensibilidad. Además, no están en contacto con ella aunque los bordes banales y ostentosos de los dos mundos coinciden en el mundo de la celebridad.

 

La mayoría de los hombres tienden a suponer que, en general, los más poderosos y los más ricos son también los más conocedores o, como se diría, los más listos. Estas ideas son estimuladas por muchos pequeños lemas acerca de "los que enseñan porque no pueden hacer" y sobre "¿si es usted tan listo, por qué no es rico?"

 

Pero lo único que significan estas ingenio­sidades es que los que las emplean suponen que el poder y la riqueza son valores soberanos para todos los hombres y especialmente para "los que son listos". Suponen también que el conocimiento siempre produce esos be­neficios, o debiera producirlos, y que la prueba del verdadero conocimiento es precisamente ese beneficio económico. Los ricos y poderosos deben ser los hombres de mayor conocimiento; de otra manera, ¿cómo podrían estar donde están? Pero decir que quienes llegan al poder deben ser "listos" es decir que el poder es conocimiento. Decir que quienes logran la riqueza deben ser listos equivale a decir que la riqueza es el conocimiento.

 

Estas suposiciones revelan algo cierto: que los hombres corrientes, to­davía hoy, tienden a explicar y justificar el poder y la riqueza en términos del conocimiento o la capacidad. Estas suposiciones revelan también algo de lo que ha ocurrido al tipo de experiencia que ha venido a ser el conocimiento. El conocimiento no es ya considerado generalmente como un ideal; es visto como un instrumento. Y en una sociedad de poder y rique­za, el conocimiento es valorado como un instrumento del poder y la ri­queza y también, por supuesto, como un ornamento en la conversación, un trozo escogido en un programa de preguntas y respuestas.

 

Lo que el conocimiento le hace al hombre (para aclarar lo que es y liberarlo): ése es el ideal personal del conocimiento. Lo que el conocimiento hace a una civilización (para revelar su significado humano y liberarla): ése es el ideal social del conocimiento. Pero actualmente, los ideales per­sonales y sociales del conocimiento han coincidido en lo que el conoci­miento hace por el tipo listo: lo saca adelante; y por la nación sabia: le presta un prestigio cultural, dándole al poder el halo de la autoridad.

 

El conocimiento casi nunca presta poder al hombre que lo posee. Pero el conocimiento supuesto y secreto de algunos hombres poderosos y el libre uso que hacen de éste, tiene consecuencias para otros hombres que no tienen capacidad de defensa. El conocimiento, por supuesto, no es ni bueno ni malo, ni su uso es bueno o malo. "Los hombres malos acrecientan sus conocimientos tan rápidamente como los hombres buenos —escribió John Adams— y la ciencia, las artes, el gusto, la sensibilidad y las letras son empleados con el fin de la injusticia lo mismo que de la virtud." Esto era en 1790; hoy tenemos buenas razones para saber que es así.

 

El problema del conocimiento y el poder es, y siempre ha sido, el problema de las relaciones de los hombres de conocimiento con los hombres de poder. Supongamos que tuviéramos que seleccionar a los cien hombres más poderosos, de todos los campos del poder, en los Estados Unidos de hoy, y reunirlos. Y supongamos que seleccionáramos a los cien hombres más instruidos, de todos los campos del conocimiento social, y los reunié­ramos. ¿Cuántos hombres estarían en cada grupo? Por supuesto, nuestra selección dependería de lo que queremos decir por poder y lo que que­remos decir por conocimiento —especialmente lo que queremos decir por conocimiento. Pero si queremos decir lo que las palabras parecen decir, indudablemente encontramos pocas personas actualmente en los Estados Unidos que formen parte de ambos grupos y, naturalmente, habríamos podido encontrar muchos más en la época en que esta nación fue fun­dada que en la actualidad. Porque, en el siglo XVIII, hasta en esta avan­zada colonial, los hombres del poder buscaban el conocimiento y los hom­bres ilustrados estaban con frecuencia en posiciones de poder. En este respecto, hemos sufrido a mi parecer una lamentable decadencia. [8]

 

Hay poca unión en las mismas personas de conocimiento y poder; pero las personas que tienen el poder se rodean de hombres de algún conocimiento o, cuando menos, de hombres que tienen experiencia en manejos astutos. El hombre de conocimiento no se ha convertido en un rey filóso­fo; pero muchas veces se ha convertido en consultante y, además, en con­sultante de un hombre que no se parece a un rey ni es filósofo. No es natural, en el curso de sus carreras, que los hombres de conocimiento coincidan con los de poder. Los lazos entre la Universidad y el gobierno! son débiles y cuando se producen, el hombre de conocimiento aparece como un "experto", lo que por lo general significa un técnico contratado. Como casi todos los demás en esta sociedad, el hombre de conocimiento depende de su trabajo para ganarse la vida, lo que en nuestros días es una sanción primaria del control de pensamiento. Cuando el salir adelante requiere de las buenas opiniones de otros más poderosos, sus juicios se convierten en objetos principales de preocupación. En conse­cuencia, en tanto que como intelectuales sirven directamente al poder —en una jerarquía de trabajo— muchas veces lo hacen sin libertad.

 

El miembro característico de los altos círculos es actualmente una mediocridad - intelectual, algunas veces concienzuda, pero siempre una medio­cridad. Su inteligencia se revela sólo en su comprensión ocasional de que no está a la altura de las decisiones que a veces se siente obligado a tomar. Pero generalmente se guarda para sí esos sentimientos, mientras que sus manifestaciones públicas son piadosas y sentimentales, severas y valien­tes, animosas y vacías en su generalidad universal. Está abierto a las ideas abreviadas y vulgarizadas, predigeridas y oblicuas. Es un comandante de la época del memorándum y el resumen. Es resumido, pero no por más de una página; habla por teléfono, en vez de escribir cartas o sostener conversaciones.

 

Al hablar de la inconsciencia y mediocridad de los hombres de nego­cios no me refiero, por supuesto, a que estos hombres no sean algunas veces inteligentes, aunque esto no es de ninguna manera lo que sucede automáticamente. No es primordialmente, sin embargo, una cuestión de distribución de la "inteligencia" —como si la inteligencia fuera algo homogéneo de lo que puede haber más o menos. Es más bien cuestión de la calidad de la mente, una calidad que requiere la evaluación de la racionalidad sustantiva como valor clave en la vida de un hombre y en su carácter y conducta. Esta evaluación es lo que está ausente de la élite del poder norteamericana. En su lugar hay "peso" y "juicio" que cuentan mu­cho más en su éxito que cualquier sutileza de espíritu o fuerza del inte­lecto. Alrededor, precisamente debajo del hombre de negocios que tiene peso, están sus lugartenientes técnicos del poder, a los que se ha asignado el papel del conocimiento y aun de la palabra: su funcionamiento dedicado a las relaciones públicas, su fantasma, sus ayudantes administrativos, sus secretarios. Y no hay que olvidarse del Comité. Con sus crecientes me­dios de decisión, hay una crisis de conocimiento entre el directorio polí­tico de los Estados Unidos y, por lo tanto, con frecuencia hay una inde­cisión predominante.

 

La falta de conocimiento como experiencia y como criterio en la élite se liga al ascendiente maligno del experto, no sólo como hecho sino como defensa contra las manifestaciones y el debate público. Cuando se le pre­guntó recientemente acerca de una crítica de la política de defensa prac­ticada por el líder del partido de oposición, el Secretario de Defensa re­plicó: "¿Creen ustedes que es un experto en la materia?" Cuando lo pre­sionaron más los reporteros, afirmó que los "jefes militares creen que es sólida y yo creo que es sólida" y después, cuando se le interrogó acerca de casos específicos, añadió: "En algunos casos, lo único que hay que ha­cer es preguntar al Señor." [9] Con tan gran papel atribuido tan arrogante­mente a Dios, a los expertos y a Wilson ¿qué queda para la dirección política? Y mucho menos para el debate público en torno a lo que es una cuestión tanto política como moral y militar.

 

Más allá de la falta de cultivo intelectual por el personal político y los círculos consultivos, la ausencia de mentalidades públicas relevantes ha venido a significar que las decisiones del poder y la política importante no se hacen de tal manera que puedan ser justificadas o atacadas; discu­tidas, en una palabra, en una forma intelectual. Además, el intento de justificarlas ni siquiera se hace muchas veces. Las relaciones públicas des­plazan la argumentación razonada: la manipulación y las decisiones indiscutidas

 

Del poder sustituyen a la autoridad democrática. Más y más, a medida que la administración ha sustituido a la política, las decisiones de importancia no llevan siquiera la panoplia de una discusión razonable en público sino que son tomadas por Dios, por los expertos y por hom­bres como Wilson.

 

Y cada vez más el área del secreto oficial se extiende, así como el área de la investigación secreta de aquellos que podrían divulgar en públi­co, lo que el público, no compuesto por expertos con certificado de inteli­gencia, no debe saber. Toda la serie de decisiones relativas a la producción y el uso de las armas atómicas han sido tomadas sin ningún verdadero deba­te público y los hechos necesarios para participar inteligentemente en el de­bate han sido oficialmente escondidos, deformados y objeto de mentiras. A medida que las decisiones se han vuelto más fatales, no sólo para los norteamericanos sino literalmente para la humanidad, las fuentes de información se cierran y los hechos importantes necesarios para la, decisión y aun de las decisiones tomadas son retraídos, como "secretos oficiales" política­mente convenientes, de los recargados canales de información.

 

Mientras tanto, en esos canales, la retórica política sigue deslizándose cada vez más bajo por la escala del cultivo y la sensibilidad. La altura de esa inconsciente comunicación a las masas, o a lo considerado como masas, es la propaganda comercial de la pasta de dientes y el jabón, los cigarros y los automóviles. Es a esas cosas o más bien a Sus Nombres que esta sociedad canta sus más altos elogios con la mayor frecuencia. Lo im­portante acerca de esto es que, por implicación y omisión, por énfasis y algunas veces por simple manifestación, este sorprendente volumen de propaganda hacia las mercancías es muchas veces falso y desorientador; y se dirige casi siempre más al estómago o a la ingle que a la cabeza o al corazón. Y lo que hay que decir sobre esto es que las comunicaciones pú­blicas de quienes toman las decisiones del poder o quieren que votemos para que asuman esos puestos en los que se toman las decisiones, com­piten con esto y asumen más y más esas cualidades de inconsciencia y mito que la propaganda comercial o la publicidad han venido a ejemplificar.

 

En los Estados Unidos, en la actualidad, los hombres de negocios no son tan dogmáticos como inconscientes. Porque el dogma ha significado generalmente una justificación más o menos elaborada de ideas y valo­res y tiene así algunos rasgos (por inflexibles y cerrados que sean) de con­ciencia, de inteligencia, de razón. Actualmente estamos precisamente contra la falta de conciencia de cualquier tipo como fuerza pública; estamos en contra de una falta de interés y un temor al conocimiento que podría tener una acción pública liberadora. Y lo que hace esto posible es el prevalecimiento de la charla de kindergarten, así como que las decisiones no tienen justificaciones racionales que el intelecto pudiera confrontar y participar en el debate.

 

No es la bárbara irracionalidad de los senadores rústicos y obstina­dos lo que constituye el peligro norteamericano; son los juicios respetados de los Secretarios de Estado, las honestas perogrulladas de los presidentes, la temible honradez de los sinceros políticos jóvenes norteamericanos de la asoleada California lo que constituye el principal peligro. Porque estos hombres han sustituido la conciencia por la perogrullada; y los dogmas por los cuales son legitimados son tan ampliamente aceptados que ningún contra-equilibrio de la conciencia prevalece frente a ellos. Hom­bres como éstos son realistas locos que, en nombre del realismo, han cons­tituido una realidad paranoide suya propia y, en nombre de la práctica, han proyectado una imagen utópica del capitalismo. Han sustituido la interpretación responsable de los acontecimientos por el disfraz del sig­nificado en una confusión de relaciones públicas, el respeto del debate público por nociones poco sutiles de la guerra psicológica, la capacidad intelectual por la agilidad del juicio sólido y mediocre y, además, la ca­pacidad para elaborar alternativas y medir sus consecuencias por el rasero del ejecutivo.

 

 

En nuestro tiempo, todas las formas de inconsciencia política deben ex­propiar la conciencia individual y sabemos que éste es un procedimiento enteramente posible.[10] Sabemos también que las ideas, las creencias, las imágenes —los símbolos en una palabra— se interponen entre los hombres y las más amplías realidades de su tiempo y que, en consecuencia, los que profesionalmente crean, destruyen, elaboran estos símbolos están muy envueltos en las imágenes mismas de la realidad de todos los hombres ilustrados. Porque ahora, por supuesto, la experiencia vital de los hombres no corresponde a los objetos de sus creencias y acción y el mantenimiento de definiciones adecuadas de la realidad no es de ninguna manera un proceso automático, si es que lo fue alguna vez. Actualmente, el mante­nimiento requiere intelectuales de alguna habilidad y persistencia, por­que una gran parte de la realidad la definen ahora oficialmente los que detentan el poder.

 

Como tipo de hombre social, el intelectual no tiene ninguna direc­ción política, pero la obra de cualquier hombre de conocimiento —si es un artículo auténtico, si tiene un tipo específico de importancia política -: su política, en primer lugar, es la política de la verdad, porque su función es el mantenimiento de una adecuada definición de la realidad. En tanto que es políticamente hábil, el objetivo principal de su política es descubrir la mayor parte de verdad que le sea posible y decirla a la gente precisa, en el momento preciso y de la manera precisa. O, dicho negativamente: negar públicamente lo que sabe que es falso, siempre que aparezca en las afirmaciones de cualquiera: y ya sea una mentira directa o una mentira por omisión, ya sea en virtud del secreto oficial o un error honesto. El intelectual debe ser la conciencia moral de su sociedad, cuando menos por referencia al valor de la verdad, porque por definición, ésa es su política. Y debe ser también un hombre absorbido en el intento de conocer lo que es real y lo que es irreal. El poder y la autoridad suponen la toma efectiva de decisiones. Suponen también la legitimación del poder y de las decisiones mediante la doctrina y generalmente llevan implícitos la pompa y la aureola, las representaciones de los poderosos. [11] Es en relación con las legitimaciones y las representaciones del poder y la decisión que el intelectual —lo mismo que el artista— resulta políticamente importante.

 

La labor intelectual está relacionada con el poder. de diversas maneras, entre otras: con las ideas puede sostenerse o justificarse al poder, intentando transformarlo en autoridad legítima; con las ideas puede destruirse también a la autoridad, tratando de reducirla al simple poder, de desacreditarla como arbitraria o como injusta. Con las ideas se puede ocultar o exponer a los detentadores del poder. Y con ideas más hipnó­ticas aunque frívolas, puede distraerse la atención de los problemas del poder y la autoridad y la realidad social en general.

 

Así, los poetas románticos simbolizan a la Revolución Francesa para un público inglés y elaboran una corriente de su legitimación doctrinal; así Virgilio, como miembro de la clase dominante romana, escribe las Geórgicas; John Reed informa a los Estados Unidos de la primera fase del bolchevismo; Rousseau legitima a la Revolución Francesa, Milton al régimen de Cromwell, Marx —en una forma vulgarizada— a la Revolu­ción Rusa. [12]

 

Y así, de una manera intelectualmente despreciable, los intelectuales norteamericanos que han abrazado ahora la actitud conservadora —sabién­dolo o no— sirven para legitimar la imagen inconsciente del poder norte­americano en el exterior y la victoria de los conservadores silenciosos en el país. Y lo que es más importante: con la obra que no hacen sostienen las definiciones oficiales de la realidad y, con la obra que hacen, hasta la elaboran.

 

Independientemente de lo que pueda ser, además, el intelectual in­dudablemente se encuentra entre los que hacen preguntas serias y, si es un intelectual político, hace sus preguntas a los que tienen el poder. Si se pregunta a qué pertenece el intelectual, hay que responder que pertenece antes que nada a esa minoría que ha sido portadora de la gran reflexión del espíritu racional, la gran reflexión que se ha desarrollado —y se ha interrumpido en ocasiones— desde que la sociedad occidental se inició hace unos dos mil años en las pequeñas comunidades de Atenas y Jerusalén.[13] Esta gran reflexión no es algo vago a lo que se puede perte­necer —aun como participantes menores— y es el principio de todo sen­tido de participación lo que vale la pena y es la clave al único tipo de participación que los hombres libres de nuestro tiempo podrían tener. Pero si queremos pertenecer a ella debemos tratar de vivir a la altura de lo que exige de nosotros. Lo que exige de nosotros, en primer lugar, es que mantengamos nuestro sentido de reflexión. Y, precisamente ahora, en este punto de la historia humana, esto es muy difícil.

4

El hombre democrático supone la existencia de un público y en su retórica afirma que este público es la sede misma de la soberanía. Objetamos a Wilson, con su Dios y sus Expertos, porque en su afirmación niega explí­citamente dos cosas necesarias en una democracia: un público articulado e ilustrado y líderes políticos que, si no son hombres de razón son cuando menos razonablemente responsables ante el público ilustrado que existe. Sólo cuando el público y los líderes responden y son responsables los asuntos humanos se encuentran en un orden democrático y sólo cuando el conocimiento tiene relevancia pública es posible este orden. Sólo cuando la conciencia tiene una base autónoma, independiente del poder, pero pode­rosamente relacionada con ésta, puede ejercer su fuerza en la conformación de los asuntos humanos. Esta posición es democráticamente posible sólo cuando existe un público libre e informado, al que pueden dirigirse los hombres de conocimiento y frente al que son realmente responsa­bles los hombres de poder. Este público y esos hombres —de poder o de conocimiento—, no prevalecen ahora y, en consecuencia, el conocimiento no tiene ahora importancia democrática en los Estados Unidos.

 

Notas

 

1 Una versión modificada de este ensayo fue presentada en una reunión conjunta de las So­ciedades William A. White y Harry S. Sullivan, en la ciudad de Nueva York, en febrero <lr Iíi'iV

2 Cf. Mills, "Liberal Valúes in the Modern World", Anvil and Student Partisan, Invierno de 1952.

3 Aunque esta interpretación es ahora ampliamente difundida, el artículo original de Paul Sweezy y Leo Huberman sigue siendo su exposición más acertada: "The Rooti and Prospecta of McCarthyism", Monthly Review, enero de 1954.

4. Atlantic Monthly, agosto de 1949.

5 Los ejemplos de la "celebración norteamericana" están desconcertantemente disponibles. Des­graciadamente ninguno merece la pena de ser examinado en detalle: Para que lo que tengo en mente quede aclarado, debe consultarse a Jacques Barzun, God's Country and Mine, Boston, Little Brown, 1954. Barzun cree que "a los Estados Unidos hay que verlos, desde una litera baja, alre­dedor de la dos de la mañana" y, por lo que puedo decir a partir de este libro, realmente eso es lo que quiere decir. Para un ejemplo menos brillante, hecho cuando menos a la luz de un día "paco, véase Daniel J. Boorstin, The Genius of American Poütics, Chicago, University oí Chicago Press, 1953; y para una variedad de celebrantes, véase America and the Intellectuals, Nueva York: Serie PR, Número Cuatro, 1953.

6 The New York Times, 31 de enero de 1954, página editorial.

7 The New York Times Book Review, 23 de agosto de 1953.

8 En Perspectives, USA, No. 3, Lionel Trilling ha escrito con optimismo sobre las "nuevas clases intelectuales" y se ha referido inclusive a las publicaciones Luce como muestras de alto "talento intelectual". Lo que da a esta opinión su tono optimista, me parece, es menos el ascenso de nuevas clases intelectuales que 1) el hecho de que viejos grupos intelectuales se vuelvan un poco prósperos, hasta que tengan éxito, en un sentido menor, en los términos norteamericano y 2) por supuesto, la confusión del conocimiento como meta con el conocimiento como simple técnica e instrumento. Para una exposición informada de los nuevos estratos culturaleí por una persona interiorizada y con brillante conciencia de sí, véase Louis Kronenberger, Company Manners, Indianapolis, Bobbs Merrill, 1954.

9 Charles E. Wilson, cf. The New York Times, 10 de marzo de 1954, p. 1.

10 Véase Czeslav Milosz, The Captive Mind, Nueva York, Knopf, 1953, que es indudablemente uno de los grandes documentos de nuestra época.

11 Cf. Gerth y Mills, Character and Social Structure, Nueva York, Harcourt Bracc, 1953, pp. 413 ss. para un análisis más elaborado de estos tres aspectos de la autoridad.

12 Cf. Gerth y Mills, op. cit.

13 Cf. Joseph Wood Krutch, The Mensure of Man, Indianápolis, Bobbs-Merrill, 1954