Conocimiento y poder
Por C. Wright Mills
Durante los últimos años he pensado con frecuencia
que los intelectuales norteamericanos están profundamente envueltos en lo que Freud llamó una vez "el aborto de la civilización norteamericana". No sé
exactamente lo que quería decir con la frase, aunque supongo que pretendía
contrastar los ideales del siglo XVIII con los que se proclamó tan esperanzadamente
esta nación y la lamentable condición de los Estados Unidos en el siglo XX.
Entre esos valores ninguno fue tenido más alto que
el gran papel de la razón en la civilización y en las vidas de sus miembros
civilizados. Y nada ha sido más mancillado y deformado por los hombres en el
poder en los años inconscientes que hemos estado soportando. Dado el calibre de
la élite norteamericana y la inmoralidad de conducta en función de la cual son
seleccionados, quizá debimos haberlo esperado. Pero los intelectuales
políticos han estado renunciando también al viejo ideal de la importancia
política del conocimiento. Entre ellos una actitud conservadora — una actitud
apropiada a hombres que viven en un vacío político — ha prevalecido.
Quizá nada es de más inmediata importancia, como
causa y como efecto de esta actitud, que el ascendiente retórico y el desplome
intelectual del liberalismo: Como proclamación de ideales, el
liberalismo clásico, como el socialismo clásico, es parte de la tradición
secular de Occidente.
Como teoría de la sociedad, el liberalismo
ha resultado inoperante y, de una manera optativa, desorientador, porque
ninguna revisión del liberalismo como teoría de la
mecánica del cambio social moderno ha superado la marca de fábrica del siglo XIX
impresa en sus supuestos básicos. Como retórica política, los términos
claves del liberalismo se han convertido en denominadores comunes del
vocabulario político y se han estirado más allá de toda utilidad, como modo de
definir cuestiones y manifestar posiciones. [2]
Como el liberalismo administrativo de los treintas
ha sido tragado por el auge económico y el terror militar, la más ruidosa
iniciativa política ha sido asumida por un pequeño grupo de pequeños
conservadores que, en los niveles medios de la política, se ha ingeniado para
dar el tono de la vida pública. Explotando el temor norteamericano de la nueva situación
internacional para sus propios fines, estos primitivos de la política han
atacado no sólo las ideas del Nuevo y el Justo Trato [Newdeal];
han atacado la historia de esas administraciones y las biografías de los que
participaron en ellas. Y lo han hecho de una manera que revela claramente la
base en que descansa su poder de atracción: han atacado los símbolos del status
y las figuras del prestigio establecido. A través de semejante ataque a hombres
e instituciones de prestigio establecido, la ruidosa derecha ha apelado no a
los económicamente descontentos, en absoluto, sino a los frustrados en cuanto a
la posición.[3] Su impulso ha venido de los nuevos ricos, de las pequeñas
ciudades y las regiones más vastas y, sobre todo, del hecho del enconado resentimiento
hacia el status que han sentido estas clases recientemente prósperas que,
habiendo hecho una considerable riqueza durante y después de la segunda Guerra
Mundial, no han recibido el prestigio ni obtenido el poder que consideraban
merecido.
Han enfocado dramáticamente la gran inmoralidad y
la inconsciencia de los altos círculos de los Estados Unidos. Por una parte,
hemos visto un liberalismo decadente y asustado y, por otra, la furia insegura
y despiadada de los gangsters
políticos. Un secretario de Defensa, hombre de vieja familia adinerada, es
atacado por arribistas y, en una discusión pública, deshonrado por nihilistas
sin posiciones. Han llamado la atención sobre una nueva concepción de la
lealtad nacional, que entendimos como lealtad a las pandillas individuales que
se situaban por encima de las legitimaciones establecidas del Estado y han
invitado a funcionarios del ejército norteamericano a hacer lo mismo. Han hecho
evidente el lugar central que ahora tienen en el proceso gubernamental la
policía secreta y las "investigaciones"
secretas, hasta el punto de que ahora debemos hablar de un gabinete fantasma
basado en considerable medida en nuevas formas del poder que incluyen la
grabadora, el detective privado, el uso y la amenaza difundidos del chantaje. Y
han dramatizado un resultado político del vacío y la banalización
de la sensibilidad en una población que, durante una generación, ha estado
constantemente y cada vez más sometida a la trivialización
de los medios de masas de entretenimiento y distracción.
Cuando el liberalismo presenció esas "sesiones", los liberales cobraron
conciencia, una y otra vez, de lo cerca que estaban del abismo inconsciente.
El edificio del prestigio de la sociedad burguesa estaba sometido a un ataque,
pero como en los Estados Unidos no hay nada del pasado por encima de ese
edificio establecido y como los que alguna vez fueron de ideas liberales y de
izquierda no ven nada en el futuro por debajo de esto, se han vuelto
terriblemente asustados por la saña de sus ataques y sus vidas políticas se han
limitado al borde afilado de la ansiedad defensiva.
El liberalismo de la posguerra se ha empobrecido organizativamente: los años de la preguerra del liberalismo
en el poder desvitalizaron a los grupos liberales independientes, secando sus
raíces, haciendo que los viejos líderes dependieran del centro federal y no
entrenando nuevos líderes en todo el país. El Nuevo Trato no dejó una
organización liberal capaz de poner en práctica un programa liberal; más que un
nuevo partido, su instrumento fue una coalición relajada dentro de una vieja,
que rápidamente se quebrantó por lo que se refiere a las ideas liberales. Además,
al emplear, de una u otra manera, la herencia de las ideas liberales, banalizándolas
a medida que las convertía en leyes, el Nuevo Trato convirtió al liberalismo en
una serie de rutinas administrativas qué defender más que en un programa por el
cual luchar.
En su terror moral, los liberales de la posguerra
no han defendido una posición de izquierda, ni siquiera una posición militante
liberal: su postura defensiva se ha referido, antes que nada, a las libertades
civiles.
Muchos miembros de la intelligentsia política
han estado tan ocupados en celebrar las libertades civiles formales en los
Estados Unidos, en contraste con su ausencia en el comunismo soviético, que con
frecuencia no han podido defenderlas. Pero, lo que es más importante, la
mayoría de ellos han estado tan ocupados defendiendo las libertades civiles que
no han tenido ni el tiempo ni la inclinación de utilizarlas.
"Antes",
ha observado Archibald Mac Leish, la libertad "era algo que se utilizaba... [ahora] se ha convertido en algo que se ahorra, algo
que se guarda y se protege como las demás posesiones, como una acción o un
bono en un banco." [4]
Es mucho más seguro celebrar las libertades civiles
que defenderlas y es mucho mas seguro defenderlas como un derecho formal que
utilizarlas de una manera políticamente efectiva: aun aquellos que
subvertirían de buena gana esas libertades, generalmente lo hacen en su propio
nombre. Es todavía más fácil defender el derecho de otros de haberlas utilizado
hace años que tener algo que decir ahora y decirlo con fuerza. La
defensa de las libertades civiles —aun de su práctica hace una década— se ha
convertido en la principal preocupación de muchos intelectuales liberales y
que en una época fueron de izquierda. Todo lo cual es una manera segura de
diferir el esfuerzo intelectual de la esfera de la reflexión y la demanda
política.
La postura defensiva, en segundo lugar, se ha
referido a los Valores Norteamericanos en general que, como se ha temido
justamente, la derecha menuda trata de destruir. Contra su voluntad, estoy
seguro, la intelligentsia de los Estados Unidos se ha encontrado en
medio del propio centro nervioso de las ansiedades de la élite y las
ansiedades plebeyas en torno a la posición de los Estados Unidos en el mundo de
hoy. En la raíz de estas ansiedades no está simplemente la tensión
internacional y el sentimiento terrible, inevitable, de muchos en el sentido
de que hay otra guerra en preparación. Hay también en ellos una preocupación
específica que afecta a muchos norteamericanos serios.
Los Estados Unidos participan ahora, con otras
naciones, particularmente Rusia, en una competencia en gran escala por el
prestigio cultural basado en la nacionalidad.
En esta competencia, está a discusión la música
norteamericana y la literatura norteamericana y el arte norteamericano y, en
el sentido más elevado que se le da generalmente al término, el "modo de vida norteamericano".
Porque lo que los Estados Unidos tienen en el exterior es poder; lo que no
tienen ni dentro ni fuera es prestigio cultural. Este simple hecho ha envuelto
a los hechos de la nueva nobleza en la curiosa celebración norteamericana, a la
que se dedica ahora una gran energía intelectual y académica. La celebración
descansa en la necesidad que se advierte de defenderse en términos
nacionalistas contra la derecha menuda; y descansa en la necesidad, compartida
por muchos voceros y estadistas como urgente, de crear y sostener el prestigio
cultural de los Estados Unidos en el extranjero.[5]
Los ruidosos conservadores, por supuesto, no han
ganado más el poder político de lo que lo han conservado los liberales
administrativos. Mientras que esos dos campos se han dedicado a la batalla de
palabras y mientras que los intelectuales han sido abrazados por la nueva
nobleza conservadora, los silenciosos conservadores han asumido el poder
político. En consecuencia, en su embrollo con la ruidosa derecha, las fuerzas
liberales y en una época de izquierda han defendido, en efecto, a estos
conservadores establecidos, aunque sólo sea porque han perdido la iniciativa de
atacar; han perdido, en realidad, hasta la más mínima capacidad de crítica efectiva.
Los conservadores silenciosos de las compañías, el ejército y el Estado se han
beneficiado política, económica y militarmente de las ridiculeces de la derecha
menuda que se ha convertido, a veces contra su voluntad, en sus tropas de choque
políticas. Y han llegado al poder sobre todas aquellas tendencias
estructurales puestas en movimiento y aceleradas por la organización de la
nación para una guerra aparentemente permanente.
Así, en este contexto de prosperidad material, con
los ruidosos hombrecillos de la derecha menuda determinando con éxito el tono
y el nivel de la sensibilidad pública; los conservadores silenciosos logrando
el poder establecido en una victoria inconsciente; la retórica liberal convertida
en oficial, y banalizada por un uso extendido y quizás ilícito; la esperanza
liberal cuidadosamente ajustada a la simple retórica por treinta años de
victoria retórica; con el radicalismo desinflado y la esperanza radical
apedreada por treinta años de derrota, los intelectuales políticos han sido
abrazados por la actitud conservadora. Entre ellos no hay demanda ni disensión,
ni oposición a las monstruosas decisiones que se hacen sin un debate profundo
ni extendido, en realidad sin ningún debate en absoluto. No hay oposición a la
manera antidemocráticamente impúdica con que la política de las altas
autoridades militares y civiles es simplemente presentada como hechos
consumados. No hay oposición a la inconsciencia pública en todas sus formas ni
a todas aquellas fuerzas hombres que la favorecen. Pero sobre todo —entre los
intelectuales—, hay poca o ninguna oposición al divorcio del conocimiento y el
poder, de las sensibilidades y los hombres en el poder, no hay oposición al
divorcio de la conciencia y la realidad.
2
En una época, cuando comenzaban los Estados Unidos,
los hombres de negocios eran también hombres de cultura: en considerable
medida, la élite del poder y la élite de la cultura coincidían y
cuando no coincidían como personas frecuentemente se confundían como círculos. Dentro
del marco de un público instruido y efectivo, el conocimiento y el poder estaban
en auténtico contacto; y, lo que es más, este público clásico decidía también
mucho de lo que había que decidir.
"Nada es
más revelador —ha escrito James Reston— que leer el debate en
Para los hombres que llegan ahora típicamente a los
más altos círculos políticos, económicos y militares, el resumen y el
memorándum parecen haber sustituido no sólo al libro serio, sino también al
periódico. Esto se debe quizá, como debe ser, a la inmoralidad de las
realizaciones, pero lo que es un poco desconcertante en torno a todo esto es
que estos hombres están por debajo del nivel en que podrían sentirse un poco
avergonzados del nivel poco cultivado de sus entretenimientos y de su situación
mental y que ningún público intelectual, por sus reacciones, trata de educarlos
para que sientan esa inquietud.
A mediados del siglo XIX, la élite
norteamericana se ha convertido en una raza de hombres totalmente diferentes de
aquellos que podrían, razonablemente, ser considerados como una élite
cultural, o cuando menos, como hombres sensibles y cultivados. El conocimiento
y el poder no están realmente unidos dentro de los círculos dominantes; y cuando
los hombres de conocimiento llegan a un punto de contacto con los círculos de
los hombres poderosos, no es como iguales sino como empleados. La élite
del poder, la riqueza y la celebridad no está formada por la élite de
la cultura, el conocimiento y la sensibilidad. Además, no están en contacto con
ella aunque los bordes banales y ostentosos de los dos mundos coinciden en el
mundo de la celebridad.
La mayoría de los hombres tienden a suponer que, en
general, los más poderosos y los más ricos son también los más conocedores o,
como se diría, los más listos. Estas ideas son estimuladas por muchos pequeños
lemas acerca de "los que enseñan porque no pueden hacer" y
sobre "¿si es usted tan listo, por
qué no es rico?"
Pero lo único que significan estas ingeniosidades
es que los que las emplean suponen que el poder y la riqueza son valores
soberanos para todos los hombres y especialmente para "los que son
listos". Suponen también que el conocimiento siempre produce esos beneficios,
o debiera producirlos, y que la prueba del verdadero conocimiento es
precisamente ese beneficio económico. Los ricos y poderosos deben ser
los hombres de mayor conocimiento; de otra manera, ¿cómo podrían estar donde
están? Pero decir que quienes llegan al poder deben ser "listos" es
decir que el poder es conocimiento. Decir que quienes logran la riqueza
deben ser listos equivale a decir que la riqueza es el conocimiento.
Estas suposiciones revelan algo cierto: que los
hombres corrientes, todavía hoy, tienden a explicar y justificar el poder y la
riqueza en términos del conocimiento o la capacidad. Estas suposiciones revelan
también algo de lo que ha ocurrido al tipo de experiencia que ha venido a ser
el conocimiento. El conocimiento no es ya considerado generalmente como un ideal;
es visto como un instrumento. Y en una sociedad de poder y riqueza, el
conocimiento es valorado como un instrumento del poder y la riqueza y también,
por supuesto, como un ornamento en la conversación, un trozo escogido en un
programa de preguntas y respuestas.
Lo que el conocimiento le hace al hombre (para
aclarar lo que es y liberarlo): ése es el ideal personal del conocimiento. Lo
que el conocimiento hace a una civilización (para revelar su significado humano
y liberarla): ése es el ideal social del conocimiento. Pero actualmente, los
ideales personales y sociales del conocimiento han coincidido en lo que el
conocimiento hace por el tipo listo: lo saca adelante; y por la nación sabia:
le presta un prestigio cultural, dándole al poder el halo de la autoridad.
El conocimiento casi nunca presta poder al hombre
que lo posee. Pero el conocimiento supuesto y secreto de algunos hombres
poderosos y el libre uso que hacen de éste, tiene consecuencias para otros
hombres que no tienen capacidad de defensa. El conocimiento, por supuesto, no
es ni bueno ni malo, ni su uso es bueno o malo. "Los hombres malos acrecientan sus conocimientos tan rápidamente como
los hombres buenos —escribió John Adams— y la ciencia, las artes, el gusto, la sensibilidad y las letras son
empleados con el fin de la injusticia lo mismo que de la virtud." Esto
era en 1790; hoy tenemos buenas razones para saber que es así.
El problema del conocimiento y el poder es, y
siempre ha sido, el problema de las relaciones de los hombres de conocimiento
con los hombres de poder. Supongamos que tuviéramos que seleccionar a los cien
hombres más poderosos, de todos los campos del poder, en los Estados Unidos de
hoy, y reunirlos. Y supongamos que seleccionáramos a los cien hombres más
instruidos, de todos los campos del conocimiento social, y los reuniéramos.
¿Cuántos hombres estarían en cada grupo? Por supuesto, nuestra selección
dependería de lo que queremos decir por poder y lo que queremos decir por
conocimiento —especialmente lo que queremos decir por conocimiento. Pero si
queremos decir lo que las palabras parecen decir, indudablemente encontramos
pocas personas actualmente en los Estados Unidos que formen parte de ambos
grupos y, naturalmente, habríamos podido encontrar muchos más en la época en
que esta nación fue fundada que en la actualidad. Porque, en el siglo XVIII,
hasta en esta avanzada colonial, los hombres del poder buscaban el conocimiento
y los hombres ilustrados estaban con frecuencia en posiciones de poder. En
este respecto, hemos sufrido a mi parecer una lamentable decadencia. [8]
Hay poca unión en las mismas personas de
conocimiento y poder; pero las personas que tienen el poder se rodean de
hombres de algún conocimiento o, cuando menos, de hombres que tienen
experiencia en manejos astutos. El hombre de conocimiento no se ha convertido
en un rey filósofo; pero muchas veces se ha convertido en consultante y,
además, en consultante de un hombre que no se parece a un rey ni es filósofo.
No es natural, en el curso de sus carreras, que los hombres de conocimiento
coincidan con los de poder. Los lazos entre
El miembro característico de los altos círculos es
actualmente una mediocridad - intelectual, algunas veces concienzuda, pero
siempre una mediocridad. Su inteligencia se revela sólo en su comprensión
ocasional de que no está a la altura de las decisiones que a veces se siente
obligado a tomar. Pero generalmente se guarda para sí esos sentimientos,
mientras que sus manifestaciones públicas son piadosas y sentimentales, severas
y valientes, animosas y vacías en su generalidad universal. Está abierto a las
ideas abreviadas y vulgarizadas, predigeridas y oblicuas. Es un comandante de
la época del memorándum y el resumen. Es resumido, pero no por más de una
página; habla por teléfono, en vez de escribir cartas o sostener
conversaciones.
Al hablar de la inconsciencia y mediocridad de los
hombres de negocios no me refiero, por supuesto, a que estos hombres no sean
algunas veces inteligentes, aunque esto no es de ninguna manera lo que sucede
automáticamente. No es primordialmente, sin embargo, una cuestión de
distribución de la "inteligencia" —como si la inteligencia fuera algo
homogéneo de lo que puede haber más o menos. Es más bien cuestión de la calidad
de la mente, una calidad que requiere la evaluación de la racionalidad
sustantiva como valor clave en la vida de un hombre y en su carácter y
conducta. Esta evaluación es lo que está ausente de la élite del poder
norteamericana. En su lugar hay "peso" y "juicio" que
cuentan mucho más en su éxito que cualquier sutileza de espíritu o fuerza del
intelecto. Alrededor, precisamente debajo del hombre de negocios que tiene
peso, están sus lugartenientes técnicos del poder, a los que se ha asignado el
papel del conocimiento y aun de la palabra: su funcionamiento dedicado a las
relaciones públicas, su fantasma, sus ayudantes administrativos, sus secretarios.
Y no hay que olvidarse del Comité. Con sus crecientes medios de decisión, hay
una crisis de conocimiento entre el directorio político de los Estados Unidos
y, por lo tanto, con frecuencia hay una indecisión predominante.
La falta de conocimiento como experiencia y como
criterio en la élite se liga al ascendiente maligno del experto, no sólo
como hecho sino como defensa contra las manifestaciones y el debate público.
Cuando se le preguntó recientemente acerca de una crítica de la política de defensa
practicada por el líder del partido de oposición, el Secretario de Defensa replicó:
"¿Creen ustedes que es un experto en
la materia?" Cuando lo presionaron más los reporteros, afirmó que los
"jefes militares creen que es sólida
y yo creo que es sólida" y después, cuando se le interrogó acerca de
casos específicos, añadió: "En
algunos casos, lo único que hay que hacer es preguntar al Señor." [9]
Con tan gran papel atribuido tan arrogantemente a Dios, a los expertos y a
Wilson ¿qué queda para la dirección política? Y mucho menos para el debate
público en torno a lo que es una cuestión tanto política como moral y militar.
Más allá de la falta de cultivo intelectual por el
personal político y los círculos consultivos, la ausencia de mentalidades públicas
relevantes ha venido a significar que las decisiones del poder y la política
importante no se hacen de tal manera que puedan ser justificadas o atacadas;
discutidas, en una palabra, en una forma intelectual. Además, el intento de
justificarlas ni siquiera se hace muchas veces. Las relaciones públicas desplazan
la argumentación razonada: la manipulación y las decisiones indiscutidas
Del poder sustituyen a la autoridad democrática.
Más y más, a medida que la administración ha sustituido a la política, las
decisiones de importancia no llevan siquiera la panoplia de una discusión
razonable en público sino que son tomadas por Dios, por los expertos y por hombres
como Wilson.
Y cada vez más el área del secreto oficial se
extiende, así como el área de la investigación secreta de aquellos que podrían
divulgar en público, lo que el público, no compuesto por expertos con
certificado de inteligencia, no debe saber. Toda la serie de decisiones
relativas a la producción y el uso de las armas atómicas han sido tomadas sin
ningún verdadero debate público y los hechos necesarios para participar
inteligentemente en el debate han sido oficialmente escondidos, deformados y objeto
de mentiras. A medida que las decisiones se han vuelto más fatales, no sólo
para los norteamericanos sino literalmente para la humanidad, las fuentes de información
se cierran y los hechos importantes necesarios para la, decisión y aun de las
decisiones tomadas son retraídos, como "secretos oficiales" políticamente
convenientes, de los recargados canales de información.
Mientras tanto, en esos canales, la retórica
política sigue deslizándose cada vez más bajo por la escala del cultivo y la
sensibilidad. La altura de esa inconsciente comunicación a las masas, o a lo
considerado como masas, es la propaganda comercial de la pasta de dientes y el
jabón, los cigarros y los automóviles. Es a esas cosas o más bien a Sus Nombres
que esta sociedad canta sus más altos elogios con la mayor frecuencia. Lo importante
acerca de esto es que, por implicación y omisión, por énfasis y algunas veces
por simple manifestación, este sorprendente volumen de propaganda hacia las
mercancías es muchas veces falso y desorientador; y se dirige casi siempre más
al estómago o a la ingle que a la cabeza o al corazón. Y lo que hay que decir
sobre esto es que las comunicaciones públicas de quienes toman las decisiones
del poder o quieren que votemos para que asuman esos puestos en los que se
toman las decisiones, compiten con esto y asumen más y más esas cualidades de
inconsciencia y mito que la propaganda comercial o la publicidad han venido a
ejemplificar.
En los Estados Unidos, en la actualidad, los
hombres de negocios no son tan dogmáticos como inconscientes. Porque el dogma
ha significado generalmente una justificación más o menos elaborada de ideas y
valores y tiene así algunos rasgos (por inflexibles y cerrados que sean) de
conciencia, de inteligencia, de razón. Actualmente estamos precisamente contra
la falta de conciencia de cualquier tipo como fuerza pública; estamos en contra
de una falta de interés y un temor al conocimiento que podría tener una acción
pública liberadora. Y lo que hace esto posible es el prevalecimiento
de la charla de kindergarten, así como que las decisiones no tienen
justificaciones racionales que el intelecto pudiera confrontar y participar en
el debate.
No es la bárbara irracionalidad de los senadores
rústicos y obstinados lo que constituye el peligro norteamericano; son los
juicios respetados de los Secretarios de Estado, las honestas perogrulladas de
los presidentes, la temible honradez de los sinceros políticos jóvenes
norteamericanos de la asoleada California lo que constituye el principal
peligro. Porque estos hombres han sustituido la conciencia por la perogrullada;
y los dogmas por los cuales son legitimados son tan ampliamente aceptados que
ningún contra-equilibrio de la conciencia prevalece frente a ellos. Hombres
como éstos son realistas locos que, en nombre del realismo, han constituido
una realidad paranoide suya propia y, en nombre de la
práctica, han proyectado una imagen utópica del capitalismo. Han sustituido la
interpretación responsable de los acontecimientos por el disfraz del significado
en una confusión de relaciones públicas, el respeto del debate público por
nociones poco sutiles de la guerra psicológica, la capacidad intelectual por la
agilidad del juicio sólido y mediocre y, además, la capacidad para elaborar
alternativas y medir sus consecuencias por el rasero del ejecutivo.
En nuestro tiempo, todas las formas de
inconsciencia política deben expropiar la conciencia individual y sabemos que
éste es un procedimiento enteramente posible.[10] Sabemos también que las
ideas, las creencias, las imágenes —los símbolos en una palabra— se interponen
entre los hombres y las más amplías realidades de su tiempo y que, en
consecuencia, los que profesionalmente crean, destruyen, elaboran estos
símbolos están muy envueltos en las imágenes mismas de la realidad de todos los
hombres ilustrados. Porque ahora, por supuesto, la experiencia vital de los
hombres no corresponde a los objetos de sus creencias y acción y el mantenimiento
de definiciones adecuadas de la realidad no es de ninguna manera un proceso
automático, si es que lo fue alguna vez. Actualmente, el mantenimiento requiere
intelectuales de alguna habilidad y persistencia, porque una gran parte de la
realidad la definen ahora oficialmente los que detentan el poder.
Como tipo de hombre social, el intelectual no tiene
ninguna dirección política, pero la obra de cualquier hombre de conocimiento
—si es un artículo auténtico, si tiene un tipo específico de importancia
política -: su política, en primer lugar, es la política de la verdad, porque
su función es el mantenimiento de una adecuada definición de la realidad. En
tanto que es políticamente hábil, el objetivo principal de su política es
descubrir la mayor parte de verdad que le sea posible y decirla a la gente
precisa, en el momento preciso y de la manera precisa. O, dicho negativamente:
negar públicamente lo que sabe que es falso, siempre que aparezca en las afirmaciones
de cualquiera: y ya sea una mentira directa o una mentira por omisión, ya sea
en virtud del secreto oficial o un error honesto. El intelectual debe ser la conciencia
moral de su sociedad, cuando menos por referencia al valor de la verdad, porque
por definición, ésa es su política. Y debe ser también un hombre absorbido
en el intento de conocer lo que es real y lo que es irreal. El poder y la autoridad
suponen la toma efectiva de decisiones. Suponen también la legitimación
del poder y de las decisiones mediante la doctrina y generalmente llevan
implícitos la pompa y la aureola, las representaciones de los poderosos. [11]
Es en relación con las legitimaciones y las representaciones del poder y la
decisión que el intelectual —lo mismo que el artista— resulta políticamente
importante.
La labor intelectual está relacionada con el poder.
de diversas maneras, entre otras: con las ideas puede sostenerse o justificarse
al poder, intentando transformarlo en autoridad legítima; con las ideas puede
destruirse también a la autoridad, tratando de reducirla al simple poder, de
desacreditarla como arbitraria o como injusta. Con las ideas se puede ocultar o
exponer a los detentadores del poder. Y con ideas más hipnóticas aunque frívolas,
puede distraerse la atención de los problemas del poder y la autoridad y la
realidad social en general.
Así, los poetas románticos simbolizan a
Y así, de una manera intelectualmente despreciable,
los intelectuales norteamericanos que han abrazado ahora la actitud
conservadora —sabiéndolo o no— sirven para legitimar la imagen inconsciente del
poder norteamericano en el exterior y la victoria de los conservadores
silenciosos en el país. Y lo que es más importante: con la obra que no hacen
sostienen las definiciones oficiales de la realidad y, con la obra que hacen,
hasta la elaboran.
Independientemente de lo que pueda ser, además, el
intelectual indudablemente se encuentra entre los que hacen preguntas serias
y, si es un intelectual político, hace sus preguntas a los que tienen el poder.
Si se pregunta a qué pertenece el intelectual, hay que responder que pertenece
antes que nada a esa minoría que ha sido portadora de la gran reflexión del
espíritu racional, la gran reflexión que se ha desarrollado —y se ha
interrumpido en ocasiones— desde que la sociedad occidental se inició hace unos
dos mil años en las pequeñas comunidades de Atenas y Jerusalén.[13] Esta gran
reflexión no es algo vago a lo que se puede pertenecer —aun como participantes
menores— y es el principio de todo sentido de participación lo que vale la
pena y es la clave al único tipo de participación que los hombres libres de
nuestro tiempo podrían tener. Pero si queremos pertenecer a ella debemos tratar
de vivir a la altura de lo que exige de nosotros. Lo que exige de nosotros, en
primer lugar, es que mantengamos nuestro sentido de reflexión. Y, precisamente
ahora, en este punto de la historia humana, esto es muy difícil.
4
El hombre democrático supone la existencia de un
público y en su retórica afirma que este público es la sede misma de la
soberanía. Objetamos a Wilson, con su Dios y sus Expertos, porque en su
afirmación niega explícitamente dos cosas necesarias en una democracia: un
público articulado e ilustrado y líderes políticos que, si no son hombres de
razón son cuando menos razonablemente responsables ante el público ilustrado
que existe. Sólo cuando el público y los líderes responden y son responsables
los asuntos humanos se encuentran en un orden democrático y sólo cuando el
conocimiento tiene relevancia pública es posible este orden. Sólo cuando la
conciencia tiene una base autónoma, independiente del poder, pero poderosamente
relacionada con ésta, puede ejercer su fuerza en la conformación de los asuntos
humanos. Esta posición es democráticamente posible sólo cuando existe un
público libre e informado, al que pueden dirigirse los hombres de conocimiento
y frente al que son realmente responsables los hombres de poder. Este público
y esos hombres —de poder o de conocimiento—, no prevalecen ahora y, en
consecuencia, el conocimiento no tiene ahora importancia democrática en los
Estados Unidos.
Notas
1 Una versión modificada de este ensayo fue
presentada en una reunión conjunta de las Sociedades William A. White y Harry
S. Sullivan, en la ciudad de Nueva York, en febrero
<lr Iíi'iV
2
Cf. Mills, "Liberal Valúes in the Modern
World", Anvil and Student Partisan, Invierno
de 1952.
3 Aunque esta interpretación es ahora ampliamente
difundida, el artículo original de Paul Sweezy y Leo Huberman sigue siendo su exposición más acertada: "The
Rooti and Prospecta of McCarthyism",
Monthly Review, enero de 1954.
4. Atlantic Monthly, agosto de 1949.
5 Los ejemplos de la "celebración
norteamericana" están desconcertantemente disponibles. Desgraciadamente
ninguno merece la pena de ser examinado en detalle: Para que lo que tengo en
mente quede aclarado, debe consultarse a Jacques Barzun,
God's Country and Mine, Boston, Little
Brown, 1954. Barzun cree que "a los Estados
Unidos hay que verlos, desde una litera baja, alrededor de la dos de la mañana"
y, por lo que puedo decir a partir de este libro, realmente eso es lo que quiere
decir. Para un ejemplo menos brillante, hecho cuando menos a la luz de un día
"paco, véase Daniel J. Boorstin, The Genius of American Poütics,
Chicago, University oí Chicago Press, 1953; y para una variedad de celebrantes,
véase America and the Intellectuals,
Nueva York: Serie PR, Número Cuatro, 1953.
6 The New York Times, 31 de enero de 1954,
página editorial.
7 The
New York Times Book Review, 23 de agosto de 1953.
8 En Perspectives,
USA, No. 3, Lionel Trilling
ha escrito con optimismo sobre las "nuevas clases intelectuales" y se
ha referido inclusive a las publicaciones Luce como muestras de alto
"talento intelectual". Lo que da a esta opinión su tono optimista, me
parece, es menos el ascenso de nuevas clases intelectuales que 1) el hecho de
que viejos grupos intelectuales se vuelvan un poco prósperos, hasta que tengan
éxito, en un sentido menor, en los términos norteamericano y 2) por supuesto,
la confusión del conocimiento como meta con el conocimiento como simple técnica
e instrumento. Para una exposición informada de los nuevos estratos culturaleí por una persona interiorizada y con brillante
conciencia de sí, véase Louis Kronenberger, Company
Manners, Indianapolis, Bobbs Merrill, 1954.
9 Charles
E.
10 Véase Czeslav Milosz, The Captive Mind, Nueva York, Knopf,
1953, que es indudablemente uno de los grandes documentos de nuestra época.
11 Cf. Gerth y Mills, Character and Social Structure,
Nueva York, Harcourt Bracc, 1953, pp. 413 ss. para un análisis más elaborado de estos tres aspectos de la
autoridad.
12 Cf. Gerth y Mills, op. cit.
13 Cf.
Joseph Wood Krutch, The
Mensure of Man, Indianápolis,
Bobbs-Merrill, 1954