Azaña y la tradición jacobina

 

Pío Moa

 

Cuadro de texto:  Algo indica el hecho de que este movimiento naciera con el golpe militar de 1820, o que volviera al poder, en 1836, con otro golpe, el de los sargentos de La Granja, organizado por Mendizábal a base de crudos sobornos. Fueron los jacobinos quienes crearon y cultivaron la tradición del golpismo militar, los pronunciamientos, causa y resultado a la vez de la inestabilidad política en la España del siglo XIX. Ya antes de triunfar con el de Riego lo habían intentado cuatro veces, y la casi totalidad de los 35 pronunciamientos a lo largo de ese siglo tuvieron (salvo cinco) carácter exaltado, progresista o republicano. Cuando en 1930 los conspiradores se reúnan en San Sebastián para traer la II República, lo primero en que pensarán será en un golpe militar*.

 

*Por esta razón, el político e intelectual pro franquista G. Fernández de
la Mora, en una reseña del libro de M. Alonso Baquer El modelo español de pronunciamiento, concluye, comentando la observación de S. Payne sobre el carácter "monárquico, católico y conservador" del país: "Y para hacerlo republicano, agnóstico y revolucionario había que recurrir a la fuerza y torcer su voluntad" (1)

 

Ciertamente los jacobinos españoles no llegaron a usar el terror masivo de sus modelos franceses o sus homólogos suramericanos*, y su violencia resultó in-conclusiva. Pero quizá se debió más a su debilidad que a otra razón.


*Bolívar, por ejemplo, decretó la "guerra a muerte" para "destruir en Venezuela la raza maldita de los españoles (...) Ni uno solo debe quedar vivo". Trataba de abrir un foso entre éstos y los hispanoamericanos, muy renuentes a seguirle en su lucha independentista. El decreto consiguió su objetivo (aunque de forma parcial: a menudo los bolivarianos obtenían sus "voluntarios" por la pura coerción, encarcelando y llevando atados a los jóvenes. De ahí que emplearan también a mercenarios ingleses, norteamericanos y otros).

 

Panegiristas de Bolívar siguen tomando esa guerra de exterminio por "su mayor timbre de gloria". Pero el coste fue terrible: las matanzas de prisioneros y civiles nacidos en España se multiplicaron, y, con las represalias españolas, dieron a la lucha un carácter terrorista que marcaría la política de aquellos países mucho después de la independencia. Explicaba el libertador a un corresponsal inglés: "El objeto de España es aniquilar al Nuevo Mundo y hacer desaparecer a sus habitantes, para que no quede ningún vestigio de civilización (…) y Europa solo encuentre aquí un desierto. (…) Perversas miras de una nación inhumana y decrépita". El propio Bolívar, cada vez más adusto y sombrío, escribirá: "No confío en el sentido moral de mis compatriotas", y confesará a Santander: "Amigo, no es sangre lo que fluye por nuestras venas, sino vicio mezclado con miedo y horror"; aunque la des-moralización se debía mucho a los modos de la guerra por él desatada (Santander había ordenado, entre otras, una matanza de 36 oficiales españoles prisioneros, previamente perdonados por Bolívar. "Me complace particularmente matar a todos los godos", dijo otra vez. Un presente que le recordó el indulto, fue también fusilado sobre el terreno).


Aunque españoles de origen, los independentistas se proclamaron extraños herederos de
la América pre-colonial, cuya tradición decían defender contra España. Los indios, desde luego, apenas se llamaron a engaño y en aquellas guerras permanecieron pasivos o respaldaron a Madrid, siendo por ello masacrados en varias ocasiones. Ya independientes, los indios mejicanos fueron despojados de su tierras, poseídas colectivamente, y peor pasó en Argentina. Sarmiento, educador de este país según opinión extendida, hablaba con sinceridad cuando trataba a los mapuches de "indios asquerosos, a quienes habríamos hecho colgar y mandaríamos colgar ahora" (no era menos claro con los gauchos: "No trate de economizar sangre de gauchos —recomendaba al general Mitre—. Este es un abono que es preciso hacer útil al país"). Al igual que en USA, los indios argentinos fueron acosados y exterminados.

Bolívar pensó en un protectorado británico sobre los nuevos países —rehusado por Londres—, y auguró que le sucedería "un tropel de tiranos" y nuevas guerras civiles. Al otro extremo de Suramérica, Sarmiento comentaba treinta años después de la independencia: "Vése tanta inconsciencia en las instituciones de los nuevos Estados, tanto desorden, tan poca seguridad individual, tan limitado en unos y tan nulo en otros el progreso intelectual, material o moral de los pueblos, que los europeos (...) miran a la raza española condenada a consumirse en guerras intestinas, a mancharse con todo género de delitos y a ofrecer un país despoblado y exhausto como fácil presa a una nueva colonización europea". El precursor de los libertadores, Francisco de Miranda, al ser entregado por Bolívar a los españoles, a cambio de un pasaporte, había hecho su célebre frase: "Bochinche, bochinche. Esta gente no es capaz sino de bochinche". Miranda, hombre muy notable y culto, oficial del ejército español y del revolucionario francés, viajero por Estados Unidos, Francia, Rusia, etc., había sido también agente pagado por Londres (con
1.000 libras anuales) para socavar el imperio español. El liberalismo conservador tenía más afinidad con la tradición inglesa que el jacobino, pero éste convenía a los intereses del imperio británico (2).


Esta agresividad republicana coexistía con una exaltada sentimentalidad humanista y culturalista, personalizada en figuras como Salmerón, presidente de
la I República, que dimitió, según se dice, por no firmar una pena de muerte. Aunque en unos grupos predominaba la violencia y en otros el sentimentalismo, las dos actitudes suelen ser complementarias en todas las ideologías, y convivir o alternarse en el tiempo en un mismo grupo. Cuanto más ardientes por el ideal, mayor la recriminación y el recurso a la fuerza contra los adversarios. El ardor escondía algunas veces un fondo de incredulidad y desprecio por las propias ideas*.


*Cuenta Pío Baroja del novelista Blasco Ibáñez: "había hablado (...) en un mitin republicano, haciendo líricamente la apología de
la República, y por la noche nos dijo con sorna que la República sería el régimen de los taberneros, de los zapateros de viejo y, sobre todo, de los maestros de escuela. Según él, afortunadamente, no vendría nunca a España" (3)


Otro azote para los programas jacobinos era un personalismo exacerbado. En cualquier partido las motivaciones ideológicas, las aspiraciones al bien común y las ambiciones personales van mezcladas inextricablemente, pero en los republicanos españoles el tercer elemento solía producir odios aniquiladores. Ya el buen rey Amadeo, traído por el progresismo, se desesperaba ante las rivalidades e intrigas:
Io non capisco niente; siamo in una gabbia de pazzi (“No entiendo nada; estamos en una jaula de locos"). Figueras, que siendo presidente de la I República huyó un buen día a Francia sin despedirse, tacha a sus correligionarios de "infames, díscolos, ambiciosos, envidiosos". Éstos le retribuyeron llamándole loco. Lerroux, quien más que nadie había revitalizado el republicanismo a principios de siglo, ponderaba las numerosas ocasiones en que su conmilitón Rodrigo Soriano había incitado a asesinarle, o se queja, citando: "Lerroux conspiraba contra la monarquía, y los republicanos conspiraban contra Lerroux". En la II República, la aversión y el desprecio entre los dirigentes tuvieron un indudable efecto demoledor para el régimen y para ellos mismos, como creo haber mostrado en personajes de la república vistos por ellos mismos. (4)


El repaso de los hechos y de los testimonios de los mismos jacobinos permite concluir que el estilo turbulento, impaciente y convulso de éstos dista de ser una invención de sus enemigos. Con seguridad esas conductas hicieron un flaco servicio a sus propios ideales, al provocar una fuerte aprensión social incluso ante las medidas razonables por ellos propugnadas, y con ello un retraso histórico en su aplicación.

Siguiendo el modelo francés, que había decretado la maldad de la historia anterior de Francia, los jacobinos hispanos hacían lo propio con la de España, si acaso con mayor radicalidad, y exceptuando solo algunas situaciones, instituciones o personajes en los que, más o menos arbitrariamente, veían antecedentes o precursores de sí mismos. A partir del siglo XVI el pasado español constituía un amasijo de tiranía, atraso, inquisición, torturas y oscurantismo. La condena podía extenderse hasta el reino visigodo de Recaredo, cuando se consolida la hegemonía católica. En cuanto a
la Edad Media, sentían una oscura preferencia por los moros, cuya dominación idealizaban frente a la "brutalidad" cristiana. No todos los republicanos pensaban así, evidentemente, sólo hay que pensar en el historiador Claudio Sánchez Albornoz, pero era la tendencia dominante y popular entre ellos*.


*Se hace más comprensiva esta actitud comparándola con la de los jacobinos latinoamericanos. El anti-españolismo en América tuvo rasgos paroxísticos, como en Campo Elías, lugarteniente de Bolívar y nacido en España que rugía: "La raza maldita de los españoles debe desaparecer; después de matarlos a todos, me degollaría yo mismo, para no dejar vestigio de esa raza en Venezuela". Algo parecido expresan, en definitiva, Sarmiento o Alberdi cuando lamentan que Argentina no hubiera sido colonizada por los daneses o los belgas, con lo cual los mismos Alberdi o Sarmiento —Argentina—, no habrían llegado a existir. Para Olmedo, el Homero americano, los españoles —es decir, los progenitores del Olmedo— eran "estúpidos, viciosos, feroces, y por fin supersticiosos".

 
Francisco Bilbao concluía en El Evangelio americano —libro de texto escolar llegó a ser—, que el progreso de América del sur "consiste en desespañolizarse". Nada más razonable, pues según Bolívar, el imperio español constituía "la tiranía más cruel jamás infligida a la humanidad", había convertido "la región más hermosa del mundo en un vasto y odioso imperio de crueldad y saqueo". Etc. (Aunque el mismo Bolívar, en un momento de debilidad, asumiría que, con la guerra de independencia,  la época española, los "tres siglos de cultura, de saber y de industria han desaparecido"). Por lo demás, los republicanos españoles no iban a la zaga a los americanos. Para Pi y Margall, "nuestras pretendidas glorias no fueron sino una interminable serie de hechos que nos deshonran", y Castelar, con mayor lirismo, declamaba: "No hay nada más espantoso, más abominable, que aquel gran imperio español que era un sudario que se extendía sobre el planeta". Un analítico economista latinoamericano, J. Cecilio del Valle profetizó alegremente la defunción del idioma español: "Cada Estado americano tendrá su dialecto: se multiplicarán los idiomas y cada idioma será un nuevo método de análisis".


Caso de des-españolización fue la adopción del término "Latinoamérica", en sustitución del de Hispanoamérica, con el argumento de que los nuevos países no sólo tenían influencia española, pues se declaraban hijos espirituales de Francia, es decir, de la revolución francesa. Claro que entonces "Anglolatinoamérica", hubiera quedado mejor, ya que la influencia useña, quizá no muy espiritual pero sí muy práctica, supera de lejos a la francesa. Y acaso la española sea algo más que una influencia.

La política desespañolizante parece haber encontrado a veces obstáculos inesperados, como en Méjico, cuyos líderes, observaba Tocqueville, "tomaron por modelo y copiaron casi enteramente la constitución federal angloamericana. Pero al trasladar a su patria la letra de la ley, no pudieron transportar al mismo tiempo el espíritu que la vivifica". Resultado: el país "se ve constantemente arrastrado de la anarquía al despotismo militar y del despotismo militar a la anarquía". Hay, en efecto, una enorme distancia entre la tradición anglosajona de apoyarse sólidamente en su propia experiencia y estudiar con cuidado los cambios a introducir, y el obtuso espíritu imitativo y auto-denigratorio tan extendido en América Latina y en España. Posiblemente tenga que ver con ese espíritu la impresión que deja la historia contemporánea latinoamericana —y, en buena medida, la española—, de un exceso de retórica, un exceso de violencia, un exceso de incompetencia y un exceso de corrupción (6).


Todo ello se relacionaba, seguramente, con la carencia de un pensamiento propio, o al menos de análisis solvente de la realidad del país, que les permitiesen adaptar las ideas recibidas de fuera. Los esfuerzos de Pi y Margall —a quien apreciaban los anarquistas casi como uno de los suyos—, Azaña y algún otro, tuvieron corto vuelo, y puede considerarse nula la originalidad teórica del jacobinismo español. Tal deficiencia resalta, por ejemplo, en una de sus actitudes más definitorias, si no la más definitoria, el anticlericalismo. Este sentimiento resulta en más de un extremo comprensible, pero el carácter ciegamente exacerbado, incendiario y sanguinario (en una palabra, fanático... en nombre de la lucha contra el fanatismo) que adoptó en España, evidencia una incapacidad o desgana intelectual realmente fuera de lo común.

Esa pobreza intelectual no frenaba una producción panfletaria copiosísima e increíblemente exitosa. Sirva como botón de muestra este hecho: la república nació quemando bibliotecas y centros de enseñanza y cerró innecesariamente escuelas, colegios y facultades universitarias sólo por su carácter religioso. Y ya sus antecesores habían ocasionado otra catástrofe cultural con la forma como realizaron la desamortización en 1836. Por ninguno de éstos y otros hechos sintieron nunca la menor necesidad de justificarse. Pese a ello, la imagen de los republicanos como excepcionales valedores de la cultura y del intelecto sigue siendo casi generalmente aceptada.


A la inspiración de
la Iglesia sobre la mayor parte del conservadurismo español correspondía, en cierto modo, la de la masonería sobre el jacobinismo. Fueron masones los iniciadores de la cadena de golpes militares: Espoz y Mina, Porlier, Lacy, Vidal, Riego, Torrijos etc., y puede decirse que la técnica del pronunciamiento nace, precisamente, de conspiraciones de las sociedades secretas (hoy, en cambio, la opinión corriente identifica la tradición del golpismo militar con la derecha. Otro éxito, sin duda de la propaganda republicana). También pertenecieron a la masonería la mayoría de los políticos de esa tendencia durante los siglos XIX y XX.


El tratadista Ferrer Benimeli estima que en 1931 eran masones el 62 por ciento de los diputados —es decir, dirigentes—, de Acción Republicana (azañista), el 62 por ciento en el Partido Radical Socialista, 38 por ciento en
la Esquerra y 33 por ciento en los galleguistas (también el 53 por ciento en el Partido Radical, y el 38 por ciento en el PSOE). El estudioso J. Avilés Farré rebaja estas cifras al 46 por ciento o más en el grupo de Azaña y al 41 por ciento en el radical socialista. Otros datos repetidos cifran en 150 el número de masones en las primeras Cortes republicanas. Y cinco de los siete jefes de gobierno del régimen contaban entre los hijos de la luz.

 

Como la masonería no agrupaba en el país a más de 4.500 personas, su influencia política puede calificarse de asombrosa, y sólo puede entenderse por la solidaridad entre los miembros de la orden y el carácter secreto de su actividad, que les permitía situarse en puestos decisivos de la administración, los partidos y el ejército.

Las logias no formaban un ejército disciplinado en la sombra, como algunos lo presentan, sino que en su seno bullían tendencias diversas, querellas y odios personales. Pero aun con eso, era fortísimo su poder en cuanto a crear estados de opinión y combatir al enemigo común —
la Iglesia católica, de manera predilecta—. De hecho constituían un substrato ideológico y en buena medida orgánico, vertebrador de los partidos jacobinos.


NOTAS

1.- En Razón española, nº 8, diciembre de 1984, reseña de El modelo español de pronunciamiento, de M. Alonso Baquer, Madrid, Rialp. 1983


2.- P. Jonson, El nacimiento del mundo moderno, Barcelona, Javier Vergara, 2000, p. 640, 649, 665-6, 645.


L. Díaz-Trechuel, Bolívar, Miranda, O´Higgins, San Martín. Cuatro vidas cruzadas. Madrid, Encuentro, 1999, p. 82, 77, 223.


En R. de Maeztu, Defensa de
la Hispanidad, Madrid, Rialp, 1998, p. 222, 232-3


3.- P. Baroja, Desde la última vuelta… IV, p. 179


4.- En F. Soldevilla, Síntesis de historia de Cataluña, Barcelona, Destino, 1978, p. 192.

En J. L. Fernández Rúa, 1873,
la Primera República, Madrid, Tebas, 1975, p. 328


5.- I. Liévano, España y las luchas sociales del Nuevo Mundo, Madrid, Editora Nacional, 1972, p. 329-30.


R. Barón Calvo, Españolismo y antiespañolismo en
la América Hispana, Madrid, Atlas, 1945, p. 25, 31, 35-6 y 26.


P. Jonson, El nacimiento… p. 647-8.


S. de Madariaga, Bolívar, cit. en P. Jonson, El nacimiento…, p. 650.


R. de Maeztu, Defensa…, p. 88.


A. de Tocqueville, La democracia en América, I, Madrid, Alianza, 1980, p. 154.

6.- En J. Avilés Farré, La izquierda burguesa en
la II República, Madrid, Espasa Calpe, 1985, p. 86