Azaña y la tradición jacobina
Pío Moa
Algo indica el hecho de que este
movimiento naciera con el golpe militar de 1820, o que volviera al poder, en
1836, con otro golpe, el de los sargentos de
*Por esta razón, el político e intelectual pro franquista G. Fernández de
Ciertamente los jacobinos españoles no llegaron a
usar el terror masivo de sus modelos franceses o sus homólogos suramericanos*,
y su violencia resultó in-conclusiva. Pero quizá se debió más a su debilidad
que a otra razón.
*Bolívar, por ejemplo, decretó la "guerra a muerte" para "destruir en Venezuela la raza maldita de los
españoles (...) Ni uno solo debe
quedar vivo". Trataba de abrir un foso entre éstos y los
hispanoamericanos, muy renuentes a seguirle en su lucha independentista. El
decreto consiguió su objetivo (aunque de forma parcial: a menudo los
bolivarianos obtenían sus "voluntarios" por la pura coerción,
encarcelando y llevando atados a los jóvenes. De ahí que emplearan también a
mercenarios ingleses, norteamericanos y otros).
Panegiristas de Bolívar siguen tomando esa guerra
de exterminio por "su mayor timbre
de gloria". Pero el coste fue terrible: las matanzas de prisioneros y
civiles nacidos en España se multiplicaron, y, con las represalias españolas,
dieron a la lucha un carácter terrorista que marcaría la política de aquellos
países mucho después de la independencia. Explicaba el libertador a un
corresponsal inglés: "El objeto de
España es aniquilar al Nuevo Mundo y hacer desaparecer a sus habitantes, para
que no quede ningún vestigio de civilización (…) y Europa solo encuentre aquí
un desierto. (…) Perversas miras de una nación inhumana y decrépita".
El propio Bolívar, cada vez más adusto y sombrío, escribirá: "No confío en el sentido moral de mis
compatriotas", y confesará a Santander: "Amigo, no es sangre lo que fluye por nuestras venas, sino vicio
mezclado con miedo y horror"; aunque la des-moralización se debía
mucho a los modos de la guerra por él desatada (Santander había ordenado, entre
otras, una matanza de 36 oficiales españoles prisioneros, previamente
perdonados por Bolívar. "Me complace
particularmente matar a todos los godos", dijo otra vez. Un presente
que le recordó el indulto, fue también fusilado sobre el terreno).
Aunque españoles de origen, los independentistas se proclamaron extraños
herederos de
Bolívar pensó en un protectorado británico sobre los nuevos países —rehusado
por Londres—, y auguró que le sucedería "un tropel de tiranos" y nuevas guerras civiles. Al otro
extremo de Suramérica, Sarmiento comentaba treinta años después de la
independencia: "Vése tanta
inconsciencia en las instituciones de los nuevos Estados, tanto desorden, tan
poca seguridad individual, tan limitado en unos y tan nulo en otros el progreso
intelectual, material o moral de los pueblos, que los europeos (...) miran a la raza española condenada a
consumirse en guerras intestinas, a mancharse con todo género de delitos y a
ofrecer un país despoblado y exhausto como fácil presa a una nueva colonización
europea". El precursor de los libertadores, Francisco de Miranda, al
ser entregado por Bolívar a los españoles, a cambio de un pasaporte, había
hecho su célebre frase: "Bochinche,
bochinche. Esta gente no es capaz sino de bochinche". Miranda, hombre
muy notable y culto, oficial del ejército español y del revolucionario francés,
viajero por Estados Unidos, Francia, Rusia, etc., había sido también agente
pagado por Londres (con
Esta agresividad republicana coexistía con una exaltada sentimentalidad
humanista y culturalista, personalizada en figuras como Salmerón, presidente de
*Cuenta Pío Baroja del novelista Blasco Ibáñez: "había hablado (...) en un mitin republicano, haciendo líricamente la
apología de
Otro azote para los programas jacobinos era un personalismo exacerbado. En
cualquier partido las motivaciones ideológicas, las aspiraciones al bien común
y las ambiciones personales van mezcladas inextricablemente, pero en los
republicanos españoles el tercer elemento solía producir odios aniquiladores.
Ya el buen rey Amadeo, traído por el progresismo, se desesperaba ante
las rivalidades e intrigas: ”Io non capisco niente; siamo
in una gabbia de pazzi” (“No entiendo nada; estamos en una jaula de locos").
Figueras, que siendo presidente de
El repaso de los hechos y de los testimonios de los mismos jacobinos permite
concluir que el estilo turbulento, impaciente y convulso de éstos dista de ser
una invención de sus enemigos. Con seguridad esas conductas hicieron un flaco
servicio a sus propios ideales, al provocar una fuerte aprensión social incluso
ante las medidas razonables por ellos propugnadas, y con ello un retraso
histórico en su aplicación.
Siguiendo el modelo francés, que había decretado la maldad de la historia
anterior de Francia, los jacobinos hispanos hacían lo propio con la de España,
si acaso con mayor radicalidad, y exceptuando solo algunas situaciones,
instituciones o personajes en los que, más o menos arbitrariamente, veían
antecedentes o precursores de sí mismos. A partir del siglo XVI el pasado
español constituía un amasijo de tiranía, atraso, inquisición, torturas y
oscurantismo. La condena podía extenderse hasta el reino visigodo de Recaredo,
cuando se consolida la hegemonía católica. En cuanto a
*Se hace más comprensiva esta actitud comparándola con la de los jacobinos
latinoamericanos. El anti-españolismo en América tuvo rasgos paroxísticos, como
en Campo Elías, lugarteniente de Bolívar y nacido en España que rugía: "La raza maldita de los españoles debe
desaparecer; después de matarlos a todos, me degollaría yo mismo, para no dejar
vestigio de esa raza en Venezuela". Algo parecido expresan, en
definitiva, Sarmiento o Alberdi cuando lamentan que Argentina no hubiera sido
colonizada por los daneses o los belgas, con lo cual los mismos Alberdi o
Sarmiento —Argentina—, no habrían llegado a existir. Para Olmedo, el Homero
americano, los españoles —es decir, los progenitores del Olmedo— eran
"estúpidos, viciosos, feroces, y por
fin supersticiosos".
Francisco Bilbao concluía en El Evangelio americano —libro de texto
escolar llegó a ser—, que el progreso de América del sur "consiste en desespañolizarse". Nada
más razonable, pues según Bolívar, el imperio español constituía "la tiranía más cruel jamás infligida a la
humanidad", había convertido "la
región más hermosa del mundo en un vasto y odioso imperio de crueldad y saqueo".
Etc. (Aunque el mismo Bolívar, en un momento de debilidad, asumiría que, con la
guerra de independencia, la época española, los "tres siglos de cultura, de saber y de
industria han desaparecido"). Por lo demás, los republicanos españoles
no iban a la zaga a los americanos. Para Pi y Margall, "nuestras pretendidas glorias no fueron sino
una interminable serie de hechos que nos deshonran", y Castelar, con
mayor lirismo, declamaba: "No hay
nada más espantoso, más abominable, que aquel gran imperio español que era un
sudario que se extendía sobre el planeta". Un analítico economista
latinoamericano, J. Cecilio del Valle profetizó alegremente la defunción del
idioma español: "Cada Estado
americano tendrá su dialecto: se multiplicarán los idiomas y cada idioma será
un nuevo método de análisis".
Caso de des-españolización fue la adopción del término
"Latinoamérica", en sustitución del de Hispanoamérica, con el
argumento de que los nuevos países no sólo tenían influencia española, pues se
declaraban hijos espirituales de Francia, es decir, de la revolución francesa.
Claro que entonces "Anglolatinoamérica", hubiera quedado mejor, ya
que la influencia useña, quizá no muy espiritual pero sí muy práctica, supera
de lejos a la francesa. Y acaso la española sea algo más que una influencia.
La política desespañolizante parece haber encontrado a veces obstáculos
inesperados, como en Méjico, cuyos líderes, observaba Tocqueville, "tomaron por modelo y copiaron casi
enteramente la constitución federal angloamericana. Pero al trasladar a su
patria la letra de la ley, no pudieron transportar al mismo tiempo el espíritu
que la vivifica". Resultado: el país "se ve constantemente arrastrado de la anarquía al despotismo militar y
del despotismo militar a la anarquía". Hay, en efecto, una enorme
distancia entre la tradición anglosajona de apoyarse sólidamente en su propia
experiencia y estudiar con cuidado los cambios a introducir, y el obtuso espíritu
imitativo y auto-denigratorio tan extendido en América Latina y en España.
Posiblemente tenga que ver con ese espíritu la impresión que deja la historia
contemporánea latinoamericana —y, en buena medida, la española—, de un exceso
de retórica, un exceso de violencia, un exceso de incompetencia y un exceso de
corrupción (6).
Todo ello se relacionaba, seguramente, con la carencia de un pensamiento
propio, o al menos de análisis solvente de la realidad del país, que les
permitiesen adaptar las ideas recibidas de fuera. Los esfuerzos de Pi y Margall
—a quien apreciaban los anarquistas casi como uno de los suyos—, Azaña y algún
otro, tuvieron corto vuelo, y puede considerarse nula la originalidad teórica
del jacobinismo español. Tal deficiencia resalta, por ejemplo, en una de sus
actitudes más definitorias, si no la más definitoria, el anticlericalismo. Este
sentimiento resulta en más de un extremo comprensible, pero el carácter
ciegamente exacerbado, incendiario y sanguinario (en una palabra, fanático...
en nombre de la lucha contra el fanatismo) que adoptó en España, evidencia una
incapacidad o desgana intelectual realmente fuera de lo común.
Esa pobreza intelectual no frenaba una producción panfletaria copiosísima e
increíblemente exitosa. Sirva como botón de muestra este hecho: la república
nació quemando bibliotecas y centros de enseñanza y cerró innecesariamente
escuelas, colegios y facultades universitarias sólo por su carácter religioso.
Y ya sus antecesores habían ocasionado otra catástrofe cultural con la forma
como realizaron la desamortización en 1836. Por ninguno de éstos y otros hechos
sintieron nunca la menor necesidad de justificarse. Pese a ello, la imagen de
los republicanos como excepcionales valedores de la cultura y del intelecto
sigue siendo casi generalmente aceptada.
A la inspiración de
El tratadista Ferrer Benimeli estima que en 1931 eran masones el 62 por ciento
de los diputados —es decir, dirigentes—, de Acción Republicana (azañista), el
62 por ciento en el Partido Radical Socialista, 38 por ciento en
Como la masonería no agrupaba en el país a más de
4.500 personas, su influencia política puede calificarse de asombrosa, y sólo
puede entenderse por la solidaridad entre los miembros de la orden y el
carácter secreto de su actividad, que les permitía situarse en puestos
decisivos de la administración, los partidos y el ejército.
Las logias no formaban un ejército disciplinado en la sombra, como algunos lo
presentan, sino que en su seno bullían tendencias diversas, querellas y odios
personales. Pero aun con eso, era fortísimo su poder en cuanto a crear estados
de opinión y combatir al enemigo común —
NOTAS
1.- En Razón española, nº 8, diciembre de 1984, reseña de El modelo
español de pronunciamiento, de M. Alonso Baquer, Madrid, Rialp. 1983
2.- P. Jonson, El nacimiento del mundo moderno, Barcelona, Javier
Vergara, 2000, p. 640, 649, 665-6, 645.
L. Díaz-Trechuel, Bolívar, Miranda, O´Higgins, San Martín. Cuatro
vidas cruzadas. Madrid, Encuentro, 1999, p. 82, 77, 223.
En R. de Maeztu, Defensa de
3.- P. Baroja, Desde la última vuelta… IV, p. 179
4.- En F. Soldevilla, Síntesis de historia de Cataluña,
Barcelona, Destino, 1978, p. 192.
En J. L. Fernández Rúa, 1873,
5.- I. Liévano, España y las luchas sociales del Nuevo Mundo,
Madrid, Editora Nacional, 1972, p. 329-30.
R. Barón Calvo, Españolismo y antiespañolismo en
P. Jonson, El nacimiento… p. 647-8.
S. de Madariaga, Bolívar, cit. en P. Jonson, El
nacimiento…, p. 650.
R. de Maeztu, Defensa…, p. 88.
A. de Tocqueville, La democracia en América, I, Madrid, Alianza,
1980, p. 154.
6.- En J. Avilés Farré, La izquierda burguesa en