“1492. Una
polémica estéril”
Por José Luis Muñoz Aspiri
En este mes de octubre se cumple un nuevo aniversario del Descubrimiento de
América, con el cual comenzó una nueva etapa de la historia, y digo “Descubrimiento“, y no “Encuentro de Culturas” u otros
términos novedosos creados por mentes hipersensibles y acomplejadas porque,
como bien dijo alguien, el término Descubrimiento en la acepción dada en el
siglo XV quiere decir “incorporación
en la sociedad cristiana de hombres y naciones que no lo estuvieran”.
Los países descubiertos, por tanto, no significa que fueran salvajes o
primitivos; es más Colón buscaba el Cipango y el Catay de Marco Polo, precisamente
culturas y naciones superiores a
En esta etapa renacentista la historia se
caracteriza por la universalidad de conocimientos de todas las tierras, por el
mercantilismo y el colonialismo que nos llevarían a un proceso
histórico-cultural-científico que es consecuencia de esta etapa y que a la vez
inspira nuevos descubrimientos de lugares o cosas que se ignoraban.
En el siglo XV se sabían muchas cosas pero se
ignoraba la dimensión del globo terráqueo y más de la mitad de la tierra era
incógnita. ¿Hasta donde abarcaba Asia? ¿Dónde ubicar el imperio del Gran Khan
de los tártaros? ¿Existía el Preste Juan de las Indias? ¿Cómo cruzar la zona
tórrida del Ecuador? ¿Cómo se mantendrían de pie los “antípodas” dos siglos
antes de ser explicado por Newton?
Estas consideraciones no explican por qué todos los 12 de octubre, una suerte
de corte de los milagros compuesta por lacrimógenos cantautores de protesta,
pseudo historiadores devenidos en figuras mediáticas y autoproclamados
representantes de “organizaciones
populares” que manifiestan con intolerancia sus proclamas “tolerantes”,
reiteren el grito fúnebre por
Aunque no es de extrañar que en el paroxismo del uso y abuso de la categoría
“derechos humanos”, cualquier improvisado se permita ejercer una cacería de
pulgas, un revisionismo de quiosco referente a hechos del pasado, para
reemplazar la historia por la antropología y establecer paralelismos peligrosos
entre épocas y culturas diferentes. Las poblaciones edifican sus culturas no en
aislamiento sino mediante una interacción recíproca que, salvo contadas
excepciones, jamás fueron pacíficas. La conquista ibérica no tuvo diferencia
alguna con la conducta de otros imperios en la historia del mundo: estuvo
repleta de asesinatos, explotación, reubicación forzosa de poblaciones y
destrucción de culturas enteras. No obstante, su marco moral tuvo una
diferencia radical, España fue la única nación en la historia que se
auto-incriminó.
Lo verdaderamente sorprendente es que
este libro constituía la apología oficial de la colonización.
En este estado de cosas, muy prudentemente el
Emperador decidió convocar una “Junta de teólogos y juristas” en Valladolid
(1550-1551) para que en ella ambas partes contendientes midiesen sus armas, lo
que equivalía poner a discusión la justicia de una guerra que el propio
Emperador estaba llevando a cabo en América. Es más, en espera del resultado de
las deliberaciones de la “Junta”,
por la crítica lascasiana, a su vez debido al mismo humanismo de los españoles.
Las Casas fue nombrado oficialmente “Procurador y Protector Universal de los
Indios” con un sueldo anual de 100 pesos de oro. Este cargo de “Protector de
los indios”, institución típica de
Si Francia, durante la guerra de liberación argelina tuvo en Sartre a un lúcido
y valiente acusador de los sistemas represivos coloniales, España ya había
tenido a un Sartre más colérico y combativo en la figura de fray Bartolomé de
Las Casas. La diferencia consiste en que Sartre denunció los crímenes de los
colonialistas franceses en un momento en que las colonias se desplomaban por
todo el mundo, mientras que fray Bartolomé las condenó cuando el moderno
proceso colonial se iniciaba.
Como se ve, el “curro” de los derechos humanos viene de larga data, anterior
inclusive a
La historia demuestra que España obró con el criterio de los tiempos y como
dice Octavio Paz, no se puede reducir la historia al tamaño de nuestros
rencores. Fue un país intolerante y fanático en una época en que todos los
países de Europa eran intolerantes y fanáticos, quemaron herejes cuando los
quemaban en Francia, cuando en Alemania se perseguían unos a otros en nombre de
la libertad de conciencia, cuando Lutero azuzaba a los nobles contra los
campesinos sublevados, cuando Calvino condenaba a Servet a la hoguera por la
herejía de adelantarse a Harvey y preanunciar la circulación de la sangre,
quemaron a las brujas cuando todos sin excepción creían en los sortilegios y
maleficios, desde Lutero a Felipe II, pero al menos no imponían su criterio –y
su dominio- en nombre de una libertad de pensamiento que era un sarcasmo.
Es un hecho que la derrota de
La codicia generó la aventura ultramarina, la misma que impulsa todas las
expansiones geográficas – incluida la de los grandes “imperios” americanos –
pero fueron Drake y Raleigh los que robaron el oro de Indias para fundar bancos
y sentar las bases del mercantilismo capitalista. En cambio, las apetencias de
los déspotas precolombinos apuntaban a los tributos en especie, exigidos
mediante una coacción brutal, y cautivos para sus espeluznantes ritos.
En su obra “Caníbales y Reyes”, el antropólogo Marvin Harris, insospechable de
hispanismo, dice categóricamente:
“Como carniceros metódicos y bien entrenados en el campo de batalla y como
/ciudadanos de la tierra de
Pero no estaban totalmente
preparados para lo que encontraron en México. En ningún otro lugar del mundo se
había desarrollado una religión patrocinada por el estado, cuyo arte,
arquitectura y ritual estuvieran tan profundamente dominados por la violencia,
la corrupción, la muerte y la enfermedad. En ningún otro sitio los muros y las
plazas de los grandes templos y los palacios, estaban reservados para una
exhibición tan concentrada de mandíbulas, colmillos, manos, garras, huesos y
cráneos boquiabiertos.
Los testimonios oculares de Cortés y su compañero conquistador Bernal Díaz, no
dejan dudas con respecto al significado eclesiástico de los espantosos
semblantes representados en piedra. Los dioses aztecas devoraban seres humanos.
Comían corazones humanos y bebían sangre humana. Y la función explícita del
clero azteca consistía en suministrar corazones y sangre humana frescos a fin
de evitar que las implacables deidades se enfurecieran y mutilaran, enfermaran,
aplastaran y quemaran a todo el mundo”.
Solo en 1486, Auitzótl, “tlatoani” del Anahuac les arrancó el corazón
palpitante a veinte mil prisioneros como ofrenda al templo de Huitzilopochtli.
Las víctimas todavía no tenían la fortuna de contar con los periodistas de
Telam para defenderse. Ni cuando
Atahualpa se hartó de degollar, ahorcar y exterminar a los prosélitos de su
hermano Huáscar (legítimo heredero del estado Inca, por lo que Atahualpa era un
usurpador similar a Pizarro), ni tampoco cuando Rumiñavi enterró vivas a todas
las escogidas de un convento inca de Quito. Mientras los caciques del valle de
Bogotá se construían sus casas hundiendo en el suelo para cimiento de sus
pilares cuatro doncellas vivas, el indigenismo no denunciaba y Víctor Heredia
no cantaba.
Enumerar las prácticas inhumanas tanto religiosas
como administrativas de las teocracias precolombinas excedería las páginas de
esta crónica.
Pero como de historia “escriben o hablan los ciudadanos”, tal como dijo en su
momento Martín Granovsky, a la sazón director de TELAM, el periodismo lo pueden
ejercer los jugadores de bochas y plantear alegremente lo que el indigenismo
condena: la amputación de la historia. Así, en esta concepción estática de
“cinco siglos igual” donde todo se confunde, se amontona indistintamente las
plantaciones esclavistas con las misiones jesuíticas, Juan Manuel de Rosas con
Julio A. Roca, el positivismo y el darwinismo con las doctrinas de Suárez y
Vitoria, los bandeirantes con los evangelizadores, el pirata Morgan con Vasco
de Quiroga, el Perito Moreno con Julio Popper, el descubrimiento de América con
la invasión angloamericana a Méjico y se calcula, a ojo de buen cubero, la
mortandad en territorios donde no existían los censos.
En su empeño por demostrar que los españoles habían masacrado la población
indígena, el padre Las Casas aseguraba (en su /Brevísima Relación de
Humboldt, el “verdadero descubridor de América”, uno de los primeros espíritus
científicos que se inclinó sobre la realidad global hispanoamericana, hizo a
este respecto la reflexión de que la población de la isla Otaheite (en el
archipiélago Hawai) fue estimada por el capitán Cooke (su descubridor en el
siglo XVIII) en 100.000 individuos, pero en la mitad de esa cifra por los
misioneros arribados posteriormente, en 16.000 por otro marino, y en apenas
5.000 por todavía otro observador directo. Y esto, que sucedió con relación a
una pequeña isla en el siglo XVIII hacía con mucho dudar a Humboldt (en los
primeros años del siglo XIX) sobre las cifras inmensas propuestas en el siglo
XVI para el vasto e inexplorado territorio de América.
Montaigne se lamentaba que la conquista de América no la hubieran hecho los
griegos o los romanos: la contienda hubiera sido mucho más pareja. Pero la
supuesta superioridad tecnológica en el momento del enfrentamiento (indudable,
pero no determinante) es otra de las deformaciones de la “Historia oficial” que
los críticos actuales del Descubrimiento dicen amonestar. Pasado el primer
estremecimiento,
Moctezuma envió los trozos de un caballo
descuartizado a los cuatro confines del Imperio, para que sus súbditos conocieran
la existencia de una nueva bestia. La pólvora y las armas de fuego eran poco
eficaces frente a un bosque de espadas erizadas con fragmentos de obsidiana. Lo
que no se destaca o deliberadamente se oculta, es la habilidad política, más
que militar de Cortes y sus oficiales para establecer amplios marcos de
alianzas con las comunidades hostiles al dominio azteca.
El hierro y la pólvora del Renacimiento hubieran
sido impotentes frente a los ejércitos mexicanos, de no haber sido por los
tlaxcaltecas, texcocotecas, cholultecas, xochimilcatecas, otomíes y otros.
Hablar de la indianidad como una comunidad homogénea es tan irreal como
plantear la existencia de malvones y geranios en los jardines de Marte. La que
después sería la /“muy noble y muy leal
ciudad de Tlaxcala”/ aportó miles de hombres que formaron el grueso de la
infantería y tripularon
las canoas que cubrían el avance de los bergantines a través de la laguna de
México. La conquista de México no fue tanto una conquista, como el resultado de
una revuelta de las poblaciones sometidas. El equipo militar y la táctica
española ganaron la batalla, pero la logística la aportaron los indios.
La conquista de México no existió porque México no existía. Esta nación es una
creación de España como todas sus hermanas de Iberoamérica y
Ejemplos de heroísmo del indio americano ante el avance español sobran, y son
conmovedores, como también el sacrificio de Numancia y la resistencia de celtas
e íberos ante la dominación romana. Pero a nadie se le ocurre dinamitar
acueductos, cambiar la toponimia o pintarrajear monumentos. Séneca se hizo
universal gracias a Roma y el Inca Gracilazo gracias a España.
El hecho de discutir el derecho de conquista o de intervención en el siglo XVI
como si se tratara de hechos actuales es un atentado contra lo que se podría
denominar el orden de contexto. El rechazo a la primacía de la fuerza no se
habría podido producir en ninguna cultura precolombina pues allí el individuo
no tenía más identidad que la de su colectividad y carecía de derechos para
defenderse de ésta. Con los años se difundió la idea de que en el momento de su
encuentro con los europeos la sociedad inca era una especie de “estado de
bienestar”, un /welfare state/ incaico, algunos incluso hablan de un “estado
socialista” ¿Cómo pudo ser socialista una sociedad precapitalista? Un eminente
erudito del Perú antiguo, John H. Rowe, destaca que:
“Los mismos gobernantes reconocían
que la preocupación paternalista por el bienestar material de sus súbditos no
era otra cosa que un egoísmo ilustrado (...) El gobierno protegía al individuo
de toda clase de necesidades y exigía, a su vez, pesado tributo”
La opinión de los linajes reales del Cuzco, de que
el campesino era haragán, elusivo y poco digno de confianza y que la única
manera de tratarlo era mantenerlo ocupado con una multitud de tareas, aunque
fueran innecesarias (como cargar piedras gigantescas de un extremo al otro del
Tawantisuyu) para no dejarlo a merced de su natural indolencia, tuvo oportunidad
de verla Pedro Pizarro, sobrino y paje del marqués, quién conocía bien a muchos
miembros de la realeza incaica, comenzado por Atahualpa: /Decían estos
señores(...) que los naturales(...) los hacían trabajar siempre porque así
convenía, porque eran haraganes y bellacos y holgazanes”/.
Ni el Inca entregaba planes trabajar, ni hubiera admitido piquetes.
Nunca sabremos cuál habría sido la evolución propia de las civilizaciones
indígenas sin interferencias extrañas. Tampoco sabremos nunca cual habría sido
de
iniciativa del INADI reitera el consabido latiguillo de la mutilación histórica
de la conquista y la subsiguiente aculturación de la evangelización. En cuanto
a lo primero, la ucronía (¿Qué hubiera sucedido si...?) puede constituir un
interesante ejercicio literario.
Plantearse, por ejemplo, si en lugar de aceite hirviendo hubiéramos arrojado
pochoclo en las invasiones inglesas o si el coronel Perón, en lugar de retornar
el 17 de 0ctubre, se hubiera ahogado camino a Martín García y de esta manera
hubiéramos sido otro Canadá, son temas apasionantes para una noche de tragos,
pero no es historia. Si en la actualidad se le preguntara a un parisino cuál es
la verdadera Francia, si la de los Capeto o la de
Es una categoría histórica, experimentada como la “posesión en común de una herencia de
recuerdos”. Con esto queremos decir que si gritando en español nos negamos
a celebrar la llegada del idioma español a América, borrando nuestro propio perfil,
de la misma forma, abjurando de la tradición hispánica como una larga siesta de
oscuridad y silencio, negaríamos los fundamentos de nuestra emancipación. Estos
se originan en las doctrinas de Francisco Suárez y Francisco de Vitoria, en la
fórmula con que los aragoneses juraban a sus Reyes: /“Nosotros y cada uno de nosotros, que vale tanto como vos, y que juntos
podemos mas que vos, os juramos obediencia si cumplís nuestras leyes y guardáis
nuestros privilegios, y si no, no”/; en las comunas castellanas – primeros
parlamentos europeos que lograron echar raíces e incorporar al tercer estado –
y en los textos clásicos estudiados en las Universidades fundadas en América.
Poco o nada tuvieron que ver con nosotros las guillotinas de
Respecto a lo segundo, nos parece ocioso reiterar nuestra opinión acerca de los
cultos precolombinos, pero sí destacar que los evangelizadores no solo
conservaron vivas lenguas que deberían haber sido sustituidas por el español,
sino que se elaboraron gramáticas y diccionarios de los que hasta entonces los
nativos estaban desprovistos. Además, no podemos culpar a hombres como Sahagún
o Durán por haberse hecho cómplices del colonialismo español. Ellos,
ciertamente, contribuyeron a destruir los rasgos supervivientes de las culturas
indígenas y paradójicamente se esforzaron en rescatarlas y en fijarlas para
siempre. Ya el hecho de mostrar la magnitud y la riqueza de ese legado, suponía
un alegato a favor de los indios, si bien tampoco descuidaron su defensa y
protección, contraria a los intereses de los encomenderos.
No critico a estos plumíferos por izquierdistas, a fin de cuentas Lenin lo
consideraba una enfermedad infantil, simplemente los acuso de ignorantes. Es
por demás conocido que Lewis Morgan en “La sociedad primitiva” de 1877, seguido
por Engels en “El origen de la familia, la propiedad y el Estado” de 1884
clasificaban a los pueblos precolombinos entre la etapa superior del salvajismo
en los comienzos de
Sin embargo, este vanguardismo de pacotilla, de un marxismo interpretado en el
Caribe y aprendido con apuntes, que se permite pontificar sobre los regímenes
democráticos con un tono entre paternalista y autoritario similar al que nos
advertía el Padre Castellani: “¡Hazte libre o te mato!” y que firma con la
izquierda pero factura con la derecha, se está quedando sin discurso. Si en
algún momento lo tuvo, excepto el recitado por imitación o psitacismo de la
demonología política de
Esta denigración de las naves del Descubrimiento, que según los vientos
políticos del momento atracan en los puertos del ditirambo o fondean en las
bahías de la diatriba, concluye su largo periplo de 500 años en las escolleras
del postmodernismo, donde una pléyade de agónicos y anónimos cagatintas reciben
atónitos noticias de la caída del Muro y del derrumbe de las Torres Gemelas.
Bajo sus escombros yacen por igual el dogmatismo marxista y el neoliberalismo
plutocrático, el nuevo orden mundial y el fin de la historia. Es que las
utopías dogmáticas sólo pueden desarrollarse en el terreno de la metafísica, o
aún el pensamiento religioso, pero no dentro de las ciencias sociales. La
intolerancia es la gran derrotada, la entronización como dogma de ciertas
verdades no demostradas es lo que una vez más ha mostrado su peligrosa
capacidad de daño.
Ante la desaparición de las certezas y los “grandes relatos”, que regimentaban
su pensamiento, muchos escribas a sueldo y tribunos de
Julio María Sanguinetti, fraterno ex presidente del Uruguay y escritor de
fuste, lo dijo claramente:
“Se hace ideología con lo que son hechos, como si fueran contemporáneos, se les
interpreta anacrónicamente y lo que es peor, nos abocamos a juzgar historia,
situados para esa magistral función por encima de nuestros antepasados. Esta
arrogancia elude así la impostergable tarea de cumplir nuestro propio destino,
ser hombres de nuestro tiempo y no polizontes de la historia, flotando en un
limbo en que renunciamos a edificar hoy, en nombre de nuestro rechazo a un
lejano pasado que está irrenunciablemente en nosotros como experiencia ya
vivida”.
Ahora, en tren de ser originales, han inventado un nuevo rótulo: “Pueblos
originales”, con el cual intentan desplazar al término supuestamente peyorativo
“aborigen” (desde el origen). ¿Originarios de donde? ¿De Siberia? ¿O acaso
tiene vigencia la teoría autoctonista de Ameghino? Todos, en las Américas,
llegamos /de otra parte/, desde los primeros hombres y mujeres que cruzaron el
estrecho de Behring hace
30.000 años, hasta los contingentes de inmigrantes del pasado siglo.
De la misma forma que la historia no niega a Roma por el sistema esclavista, la
crucifixión del nazareno y la persecución de sus seguidores, renegar del
idioma, la fe y las instituciones hispánicas en pos de un imposible retorno a
un inexistente paraíso perdido, significa fragmentar aún mas la anhelada unidad
latinoamericana y jugar a favor de los intereses que un progresismo de cotillón
dice combatir. Así lo
entendía el mestizo Rubén Darío y los intelectuales del Modernismo, así lo
entendieron también los dos más grandes caudillos populares argentinos del
siglo XX: Hipólito Irigoyen y Juan D. Perón; siendo el primero quien el
4/10/1917 instituyó por decreto el 12 de octubre como el /Día de
Nadie “festeja”, como aviesamente denuncian bachilleres consagrados en fiscales
de la historia, pues ni todo de lo que se adquirió es digno de festejarse, ni
todo lo que se perdió es digno de lamentarse. El 12 de octubre se conmemora,
como conmemoro la batalla de Obligado y la gesta de Malvinas y no soy de la
clase de persona a la que le agradan las palizas. Se conmemora que Europa
descubra a América y que América descubra a Europa y a sí misma, porque sus
poblaciones no tenían conciencia de integrar un espacio común y mucho menos de
ser un continente y una misma civilización. Decía Octavio Paz que las
sociedades americanas sucumbieron ante los europeos no solo por su inferioridad
técnica, resultado de su aislamiento, sino por su soledad histórica. No
tuvieron nunca, hasta la llegada de los españoles, la experiencia del otro.
Esta conciencia, que todos los pueblos del Viejo
Mundo tuvieron, resultaba acá inédita. Tenían la experiencia de otros pueblos,
con los que luchaban y aún de algunos que consideraban bárbaros, los nómades
inferiores, pero no poseían la idea de otras civilizaciones. De aquí que los
españoles parecían venidos de otro mundo, con todo lo que ello implica: temor
para los dominadores y promesa de liberación para los que se sentían
sojuzgados.
La utopía de 1492 inventó América, porque la sola existencia no hace la
conciencia. Se conmemora la primera y profunda reflexión de la humanidad sobre
sí misma y el despegue planetario que, como dice Pierre Chaunu, produjo que el
mundo dejara de ser mediterráneo para ofrecer una dimensión universal a partir
del Atlántico.
A este paso no sería extraño que se proponga suprimir el 9 de julio como
el infausto día que perdimos la ciudadanía de la comunidad europea.