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Orientaciones oficiales
sobre Educación Sexual
Mensaje
de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata sobre el "Material de
formación de formadores en educación sexual y prevención del VIH/SIDA"
distribuido por los ministerios de Educación y de Salud de la Presidencia
de la Nación.
(27
de julio de 2009)
Se está difundiendo
actualmente un documento de 302 páginas titulado Material de formación
de formadores en educación sexual y prevención del VIH/SIDA. Se trata
de un emprendimiento oficial, que procede de los ministerios de Educación y
de Salud de la Presidencia de la Nación; una realización regional del Proyecto
de Armonización de Políticas Públicas para la promoción de Derechos, Salud,
Educación Sexual y Prevención del VIH/SIDA en el Ámbito Escolar, con el
auspicio de ONUSIDA y otros organismos internacionales.
Lleva también otro nombre: Proyecto Conjunto País.
El texto es una recopilación de escritos dispares, pero unificados por una
opción claramente ideológica, que no refleja la variedad de posiciones que
pueden adoptarse en una materia tan esencial y que ha sido objeto de
discusiones en distintos ámbitos, sobre todo en la comisión creada
oportunamente por el Ministerio de Educación de la Nación para definir los
lineamientos curriculares de Educación Sexual.
Por su tenor parece otra imposición totalitaria del
Estado, sobretodo teniendo en cuenta la delicadeza del asunto, ya que en ninguna de sus propuestas toma en
cuenta la libertad de conciencia, tanto de los alumnos como de sus padres,
garantizada por la Constitución y la misma Ley de Educación Nacional.
La ideología de
género se expresa en este documento con el máximo rigor. Se presenta esa perspectiva
como el instrumento para modificar significados y prácticas que, según tal
visión reduccionista, son construcciones
obstaculizadoras que impiden el acceso efectivo a los derechos que se
enuncian, referidos al ejercicio de la sexualidad.
El propósito de modificar conductas tiene una meta
privilegiada de carácter sanitario, prevenir la infección del virus de
inmunodeficiencia humana y de otras enfermedades de transmisión
sexual. Pero también es fuerte el acento sociológico-político, ya que en
varias de las contribuciones recopiladas se enfoca la sexualidad desde la dialéctica del poder. La promoción
del uso del preservativo es sólo el aspecto más superficial de esta
propuesta (una obsesión de las políticas oficiales, engañosas, además);
el designio profundo es la “desconstrucción” de una concepción de la sexualidad de
acuerdo al orden natural y a la tradición cristiana.
Desde el comienzo de esta publicación desigual y
farragosa la sexualidad es
presentada como una construcción histórica y sociocultural. Es lo propio de
la ideología de género, según la cual lo masculino y lo femenino, el ser
varón y el ser mujer, no surge de una diferencia biológica y mucho menos se
identifica con ella, sino que procede de la evolución de la cultura y es,
por lo tanto, cambiante. Una persona sería varón o mujer porque es
tributaria de una determinada tradición cultural que le ha impuesto
estereotipos, porque desde la primera infancia han modelado a esa persona
para que se comporte como varón o como mujer. La perspectiva de género
establece una escisión en la realidad viviente de la persona humana: por un
lado lo biológico, físico y corpóreo; por otro, la libertad, la creatividad
que caracteriza a un ser personal y sus manifestaciones en la conducta y en
la cultura. Siguiendo las huellas de Descartes se desprecia lo biológico,
que suele identificarse, sin más, con lo natural, ya que en esta concepción
antropológica no se reconoce la existencia de una naturaleza de la persona
y de sus actos. El hombre sería pura libertad creativa, fuente de incesante
autoconstrucción y, en consecuencia, capaz de hacer con su bíos lo
que quiera, incluso hasta de transformarlo según sus fantasías y sus
trastornos de personalidad.
Una recta
antropología reconoce la compleja armonía de una unidad viviente, en la que
se verifica una continuidad entre lo biológico, lo psicológico y lo
espiritual. Aquella escisión es la base para afirmar, en la perspectiva de
género, la elección de la orientación sexual. La brecha estipulada entre
sexo y género explica también que, en la presentación de la sexualidad que
se ofrece en el documento que comentamos, jamás se hable del amor. El sexo,
al parecer, no tiene nada que ver con el amor; la rica problemática
filosófica, e histórico-cultural sobre las relaciones entre eros y agápe,
entre el deseo y el don, no tiene cabida en esa visión reduccionista de la
sexualidad.
Llama la atención el uso que se hace en el texto de la
noción de sexualidad integral.
Parece designarse con ese nombre los diversos usos y discursos a los que se
subordinan los cuerpos, en los cuales se inscriben los géneros, es decir,
las diversas identidades sexuales: femenino, masculino, “trans”, etc. De
hecho, en el contexto, la nota de integral equivale a un plural: se llama sexualidad integral a las
sexualidades; la apertura a la diversidad subraya el desprecio del bíos
y la escisión antes señalada. Bajo el amparo del género caben los diversos
comportamientos sexuales: así se otorga carta de ciudadanía a la
homosexualidad y sus variantes. Es éste otro propósito recurrente en el
documento.
Uno de los “materiales” incluidos en la recopilación
es un artículo de la profesora Graciela Morgade, funcionaria del área
educativa del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. La autora afirma que el significado que se otorga a la
sexualidad y las dimensiones que se incluyen en esas definiciones, son
producto de relaciones sociales de poder. Y también lo son las normas que
regulan “qué” hacer con nuestra sexualidad, “como” vivirla.
Siguiendo a Jeffrey Weeks nos presenta como herederos de una tradición absolutista
judeo-cristiana, articulada desde el siglo XVIII con la familia tradicional
burguesa del capitalismo moderno. Esta mascarada sirve para descalificar
toda moral sexual.
No falta tampoco la mención a Michel Foucault, en
quien se inspira Morgade para afirmar que la sexualidad es una cuestión política, hasta tal punto que,
cuanto más se la niega o reprime socialmente, más se la alude, más se la nombra.
Pero también que, y en particular en la escuela, no basta con nombrarla
para habilitar discursos liberadores.
Me detengo todavía en esta autora para señalar un
párrafo inquietante de su artículo, en la página 33 de la colección. Se
refiere al enfoque de educación sexual propio de los servicios educativos
de gestión privada, que según ella sigue un modelo moralizante.
He aquí el pasaje:
Esta perspectiva es contradictoria con la
vocación universalizante de la escuela pública y es más apropiado para los
servicios educativos de gestión privada que sostienen un ideario explícito
que las familias conocen y eligen.
Sin embargo, aun con la libertad de
construcción del proyecto pedagógico institucional de la que gozan los
establecimientos y la libertad de elección por parte de las familias,
existen leyes nacionales e internacionales con respecto a los derechos de
niños/as y jóvenes a recibir información que también limitan y brindan un
marco común de ciudadanía que ningún proyecto educativo debería omitir.
Es evidente que estos enfoques aportan
contenidos que constituyen el corpus de la educación para la sexualidad en
la escuela. Sin embargo, suelen parcializar la cuestión, tienden a
silenciar las realidades de niños/as, jóvenes y adultos/as, y por acción u
omisión, terminan reforzando las relaciones de poder hegemónicas.
Deslizo dos rápidas observaciones. Es admirable la inversión de las
calificaciones, ya que se atribuye universalidad a la visión torcida,
reduccionista, de la sexualidad, propia de la ideología de género, que el Estado impone arbitrariamente en
la escuela “pública” (debería decir: de gestión estatal), atropellando
la libertad de conciencia de los alumnos y de sus padres, y en cambio se
señala como parcializante el enfoque que integra un “ideario explícito” en
las escuelas públicas de gestión privada, que en el caso de las
católicas presenta integralmente la realidad humana de la sexualidad,
incluyendo todas sus dimensiones y también, por supuesto, el amor, la
libertad y la responsabilidad moral.
En segundo lugar, no
me parece pecar de suspicaz al reconocer una velada amenazada a la libertad
de enseñar y aprender la verdad, cuando se menciona la posible aplicación
de leyes nacionales e internacionales que declaran y tutelan derechos de
niños y jóvenes. Digámoslo claramente: leyes inicuas, presuntos derechos.
El Estado, para ejercer su inclinación totalitaria, posee una herramienta
democrática: un marco común de ciudadanía.
La inspiración neomarxista, que recuerda en cierta
medida al feminismo libertario de Shulamith
Firestone, se advierte en varios de los elementos que componen la
recopilación de materiales. En ellos se subraya la interpretación de la
sexualidad según la dialéctica del poder. Además, se insiste en que
el uso, disfrute y cuidado del cuerpo (a eso se reduce la realidad
plenaria, bella y sagrada de la sexualidad humana) están fuertemente
condicionados por la situación socioeconómica y educativa, las costumbres y
valores del grupo social de pertenencia y las relaciones hegemónicas de
género.
Sin negar el posible influjo de algunos de esos
factores, es inaceptable el reduccionismo antropológico: ninguna referencia
a la realidad propiamente humana, personal, de la sexualidad, que incluye
la dimensión ética y espiritual. En todo caso, el valor moral y la
espiritualidad quedan subordinadas a las relaciones de poder que se
verifican en la construcción social de la sexualidad.
El planteo
constructivista se propone como medio eficaz para superar estereotipos, los
que se fijan cuando se educa al varón como varón y a la mujer como mujer.
En el fondo, el constructivismo detesta la distinción y la
complementariedad de los dos sexos y con el propósito de liberar a la mujer
la masculiniza y destruye su femineidad. Cito:
no existe una
“esencia” femenina o masculina, formas de ser o comportamientos
inmutablemente propios y distintos de varones y mujeres, sino que a partir
de las diferencias de sexo biológico, se construyen producciones culturales
y políticas sobre lo masculino y lo femenino.
La revelación bíblica, iluminando y confirmando el
orden natural de la creación, nos enseña, en cambio, que la imagen divina
en la criatura humana se verifica en la forma irreductiblemente doble, y a
la vez complementaria, del varón y la mujer, en la unidad de los dos.
La perspectiva de género se propone modificar los
roles sexuales (y no se tata simplemente de admitir que la mujer trabaje
fuera de casa y que el varón cuide al bebé), sino alterar la constitución
de la familia y de la sociedad, con consecuencias impensables para el
futuro de la humanidad. Con el propósito de criticar un discurso que
intentaría circunscribir la
participación de las mujeres a cuestiones reproductivas, se menoscaba,
por no decir que se desconoce la vocación maternal que es propia de la
condición femenina, de su genio, y que constituye su gracia peculiar;
desprecia asimismo su lugar irreemplazable en la familia, en la familia sin
más, según el orden natural, y no en cierto tipo de familia, como
se dice con cierto dejo despectivo en el texto. La potencialidad
destructiva del orden familiar, de la que está cargado este documento
oficial, se manifiesta, por ejemplo, en el siguiente enunciado:
la perspectiva de género requiere de un proceso
comunicativo que la sostenga y la haga llegar al corazón de la
discriminación: la familia.
El “empoderamiento” de la mujer, como superación de
las relaciones hegemónicas de poder, implica introducir la potencia
destructiva de la dialéctica en el seno de la familia. Es el planteo
habitual del feminismo extremo.
El “enfoque de derechos”, como se lo llama, proclama
para los niños y adolescentes el derecho al sexo como un derecho
humano, y concretamente: a decidir tener o no tener relaciones sexuales,
libres de todo tipo de coerción y violencia y a no sufrir ninguna
consecuencia no deseada de esas relaciones. Derecho, también, a recibir
educación sexual temprana y adecuada para evitar esas consecuencias y a
alcanzar el más alto nivel de salud sexual y reproductiva. Ni amor, ni
responsabilidad, ni matrimonio, ni familia como proyecto de vida. Se
confiesa explícitamente que la educación sexual excluye la formación en las
virtudes, el aprecio y respeto de los valores esenciales que constituyen a
la persona en su auténtica perfección. Así se dice, en un texto debido a
Eleonor Faur:
la educación en sexualidad es, en definitiva,
un tipo de formación que busca transmitir herramientas de cuidado antes que
modelar comportamientos.
En suma, por
educación sexual se entiende la reivindicación del derecho a fornicar lo
más temprano posible, y sin olvidar el condón. Se afirma expresamente
que la Escuela debe orientar sobre el uso exclusivo del preservativo
como único medio de protección eficaz en la relación sexual, frente al VIH,
tanto para los varones como para las mujeres. ¿No sería más eficaz e
indudablemente segura la abstinencia de relaciones sexuales prematuras e
irresponsables?
La orientación de este programa “educativo” a partir
de la afirmación de los derechos de los niños y adolescentes conduce a
excluir la autoridad de los padres y los derechos y deberes que brotan de
la patria potestad, tutelados por la Constitución Nacional, las leyes y las
diversas Convenciones Internacionales suscritas por la República Argentina.
Una verdadera subversión del orden jurídico. Se
avizora un peligroso avance totalitario sobre la libertad de conciencia (no
se menciona para nada en el texto la posible objeción) y sobre la libertad de
enseñar y aprender, no sólo la de los docentes y alumnos de las escuelas de
gestión privada, que pueden verse obligados a aceptar contenidos
incompatibles con los respectivos idearios institucionales, sino también la
de los que enseñan y aprenden en las escuelas estatales, a los que no se
les puede imponer sin injusticia manifiesta una concepción del hombre
contraria a sus convicciones.
La tan mentada neutralidad religiosa del Estado en el
ámbito educativo, el célebre laicismo escolar, no es compatible con la
imposición de una dogmática constructivista y atea que resulta una especie
de religión secular, ajena a la tradición nacional y a los sentimientos
cristianos de la mayoría de nuestro pueblo.
Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata
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