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LA IGLESIA Y LA ECOLOGIA
INDICE
1. Alusión de SS. Juan Pablo II a la crisis ecológica
1.1. Paz con Dios, paz con toda la creación. Por SS. Juan Pablo II
1.2. La crisis ecológica: un
problema moral
1.3. En busca de una solución
1.4. Urgencia de una nueva
solidaridad
1.5. La creación: un valor
estético lleno de bondad
2. CONCLUSIÓN……………………………………………………………………..09
1. ALUSIÓN DE SS. JUAN PABLO II A LA CRISIS ECOLÓGICA
1.1. Paz con Dios Creador, paz con toda la creación. Por SS. Juan Pablo II
La
crisis ecológica pone en evidencia la urgente necesidad moral de una nueva
solidaridad. Es necesario educar en la responsabilidad ecológica:
responsabilidad con nosotros mismos y con los demás.
En nuestros días aumenta cada vez más la convicción de que la paz mundial
está amenazada, además de la carrera armamentística, por los conflictos
regionales y las injusticias aún existentes en los pueblos y entre las
naciones, así como por la falta del debido respeto a la naturaleza, la
explotación desordenada de sus recursos y el deterioro progresivo de la
calidad de vida. Esta situación provoca una sensación de inestabilidad e
inseguridad que a su vez favorece formas de egoísmo colectivo, acaparamiento
y prevaricación.
Ante el extendido deterioro ambiental la humanidad se da cuenta de que no se
puede seguir usando los bienes de la tierra como en el pasado. La opinión
pública y los responsables políticos están preocupados por ello, y los
estudiosos de las más variables disciplinas examinan sus causas. Se está
formando así una conciencia ecológica, que no debe ser obstaculizada, sino
más bien favorecida, de manera que se desarrolle y madure encontrando una
adecuada expresión en programas e iniciativas concretas.
No pocos valores éticos, de importancia fundamental para el desarrollo de una
sociedad pacífica, tienen una relación directa con la cuestión ambiental. La
interdependencia de muchos desafíos, que el mundo actual debe afrontar,
confirma la necesidad de soluciones coordinadas, basadas en una coherente
visión moral del mundo. Para el cristiano tal visión se basa en las
convicciones religiosas sacadas de la Revelación. Por eso, al comienzo de
este Mensaje, deseo recordar la narración bíblica de la creación, confiando
que aquellos que no comparten nuestras convicciones religiosas puedan
encontrar igualmente elementos útiles para una línea común de reflexión y de
acción.
"Y vio Dios que era bueno"
En las páginas del Génesis, en las cuales se recoge la autorrevelació n de
Dios a la humanidad (Gén. 1-3), se repiten como un estribillo las palabras:
"Y vio Dios que era bueno". Pero cuando Dios, una vez creado el
cielo y el mar, la tierra y todo lo que ella contiene, crea al hombre y a la
mujer, la expresión cambia notablemente: "Vio Dios cuanto había hecho, y
todo era muy bueno" (Gén. 1,31). Dios confió al hombre y a la mujer todo
el resto de la creación, y entonces - como leemos - pudo descansar "de
toda la obra creadora" (Gén. 2,3).
La llamada a Adán y Eva, para participar en la ejecución del plan de Dios
sobre la creación, avivaba aquellas capacidades y aquellos dones que
distinguen a la persona humana de cualquier otra criatura y, al mismo tiempo,
establecía una relación ordenada entre los hombres y la creación entera. Creados
a imagen y semejanza de Dios, Adán y Eva debían ejercer su dominio sobre la
tierra (Gén. 1,28) con sabiduría y amor. Ellos, en cambio, con su pecado
destruyeron la armonía existente, poniéndose deliberadamente contra el
designio del Creador. Esto llevó no sólo a la alienación del hombre mismo,
sino también a una especie de rebelión de la tierra contra él (cfr. Gén.
3,17-19; 4,12). Toda la creación se vio sometida a la caducidad, y desde
entonces espera, de modo misterioso, ser liberada para entrar en la libertad
gloriosa con todos los hijos de Dios (cfr. Rom. 8,20-21),
Los cristianos profesan que en la muerte y resurrección de Cristo se ha
realizado la obra de reconciliación de la humanidad con el Padre, a quien
plugo "reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando,
mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos"
(Col. 1,20). Así la creación ha sido renovada (cfr. Ap. 21,5), y sobre ella,
sometida antes a la servidumbre de la muerte y de la corrupción (cfr. Rom. 8,21),
se ha derramado una nueva vida, mientras nosotros "esperamos... nuevos
cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia" (2 Pe. 3,13). De
este modo el Padre nos ha dado a "conocer el Misterio de su voluntad
según el benévolo designio que en él se propuso de antemano, para realizarlo
en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza"
(Ef. 1,9-10).
Estas reflexiones bíblicas iluminan mejor la relación entre la actuación
humana y la integridad de la creación. El hombre, cuando se aleja del
designio de Dios creador, provoca un desorden que repercute inevitablemente
en el resto de la creación. Si el hombre no está en paz con Dios la tierra
misma tampoco está en paz: "Por eso, la tierra está en duelo, y se
marchita cuanto en ella habita, con las bestias del campo y las aves del
cielo; y hasta los peces del mar desaparecen" (Os. 4,3).
La experiencia de este sufrimiento de la tierra es común también a aquellos
que no comparten nuestra fe en Dios. En efecto, a la vista de todos están las
crecientes devastaciones causadas en la naturaleza por el comportamiento de
hombres indiferentes a las exigencias recónditas -y sin embargo claramente
perceptibles- del orden y de la armonía que la sostienen.
Y así, se pregunta con ansia si aún puede ponerse remedio a los daños
provocados. Es evidente que una solución adecuada no puede consistir
simplemente en una gestión mejor o en un uso menos irracional de los recursos
de la tierra. Aún reconociendo la utilidad práctica de tales medios, parece necesario
remontarse hasta los orígenes y afrontar en su conjunto la profunda crisis
moral, de la que el deterioro ambiental es uno de los aspectos más
preocupantes.
1.2. La crisis ecológica: un problema moral
Algunos
elementos de la presente crisis ecológica revelan de modo evidente su
carácter moral. Entre ellos hay que incluir, en primer lugar, la aplicación
indiscriminada de los adelantos científicos y tecnológicos. Muchos
descubrimientos recientes han producido innegables beneficios a la humanidad;
es más, ellos manifiestan cuán noble es la vocación del hombre a participar
responsablemente en la acción creadora de Dios en el mundo. Sin embargo, se
ha constatado que la aplicación de algunos descubrimientos en el campo
industrial y agrícola produce, a largo plazo, efectos negativos. Todo esto ha
demostrado crudamente cómo toda intervención en un área del ecosistema debe
considerar sus consecuencias en otras áreas y, en general, en el bienestar de
las generaciones futuras.
La disminución gradual de la capa de ozono y el consecuente efecto de
invernadero han alcanzado ya dimensiones críticas debido a la creciente
difusión de las industrias, de las grandes concentraciones urbanas y del
consumo energético.
Los residuos industriales, los gases producidos por la combustión de
carburantes fósiles, la deforestación incontrolada, el uso de algunos tipos
de herbecidas, de refrigerantes y propulsores; todo esto, como es bien
sabido, deteriora la atmósfera y el medio ambiente. De ello se han seguido a
múltiples cambios meteorológicos y atmosféricos cuyos efectos van desde los
daños a la salud hasta el posible sumergimiento futuro de las tierras bajas.
Mientras en algunos casos el daño es ya irreversible, en otros muchas aún
puede detenerse. Por consiguiente, es un deber que toda la comunidad humana
-individuos, Estados y Organizaciones internacionales- asuma seriamente sus
responsabilidades.
Pero el signo más profundo y grave de las implicaciones morales, inherentes a
la cuestión ecológica, es la falta de respeto a la vida, como se ve en muchos
comportamientos contaminantes.
Las razones de la producción prevalecen a menudo sobre la dignidad del
trabajador, y los intereses económicos se anteponen al bien de cada persona,
o incluso al de poblaciones enteras. En estos casos, la contaminación o la
destrucción del ambiente son fruto de una visión reductiva y antinatural, que
configura a veces un verdadero y propio desprecio del hombre. Así mismo, los
delicados equilibrios ecológicos son alterados por una destrucción incontrolada
de las especies animales y vegetales o por una incauta explotación de los
recursos, y todo esto -- conviene recordarlo -- aunque se haga en nombre del
progreso y del bienestar, no redunda ciertamente en provecho de la humanidad.
Finalmente, se han de mirar con profunda inquietud las incalculables
posibilidades de la investigación biológica. Tal vez no se ha llegado aún a
calcular las alteraciones provocadas en la naturaleza por una indiscriminada
manipulación genética y por el desarrollo irreflexivo de nuevas especies de
plantas y formas de vida animal, por no hablar de inaceptables intervenciones
sobre los orígenes de la misma vida humana. A nadie escapa cómo, en un sector
tan delicado, la indiferencia o el rechazo de las normas éticas fundamentales
lleven al hombre al borde mismo de la autodestrucció n.
Es el respeto a la vida y, en primer lugar, a la dignidad de la persona
humana la norma fundamental inspiradora de un sano progreso económico,
industrial y científico.
Es evidente a todos la complejidad del problema ecológico. Sin embargo. hay
algunos principios básicos que, respetando la legítima autonomía y la
competencia específica de cuantos están comprometidos en ello, pueden
orientar la investigación hacia soluciones idóneas y duraderas. Se trata de
principios esenciales para construir una sociedad pacífica, la cual no puede
ignorar el respeto a la vida, ni el sentido de la integridad de la creación.
1.3. En busca de una solución
La
teología, la filosofía y la ciencia concuerdan en la visión de un universo
armónico, o sea, un verdadero cosmos, dotado de una integridad propia y de un
equilibrio interno y dinámico. Este orden debe ser respetado: la humanidad
está llamada a explorarlo y a descubrirlo con prudente cautela, así como a hacer
uso de él salvaguardando su integridad.
Por otra parte, la tierra es esencialmente una herencia común, cuyos frutos
deben ser para beneficio de todos. "Dios ha destinado la tierra y cuanto
ella contiene para uso de todo el género humano", ha afirmado el
Concilio Vaticano II (Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 69). Eso tiene implicaciones
directas para nuestro problema, Es injusto que pocos privilegiados sigan
acumulando bienes superfluos, despilfarrando los recursos disponibles, cuando
una gran multitud de personas vive en condiciones de miseria, en el más bajo
nivel de supervivencia. Y es la misma dimensión dramática del desequilibrio
ecológico la que nos enseña ahora cómo la avidez y el egoísmo, individual y
colectivo, son contrarios al orden de la creación, que implica también la
mutua interdependencia.
Los conceptos de orden del universo y de herencia común ponen de relieve la
necesidad de un sistema de gestión de los recursos de la tierra, mejor
coordinado a nivel internacional. Las dimensiones de los problemas
ambientales sobrepasan en muchos casos las fronteras de cada Estado. Su
solución, pues, no puede hallarse sólo a nivel nacional. Recientemente se han
dado algunos pasos prometedores hacia esta deseada acción internacional, pero
los instrumentos y los organismos existentes son todavía inadecuados para el
desarrollo de un plan coordinado de intervención. Obstáculos políticos,
formas de nacionalismo exagerado e intereses económicos -por mencionar sólo
algunos factores- frenan o incluso impiden la cooperación internacional y la
adopción de iniciativas eficaces a largo plazo.
La mencionada necesidad de una acción concertada a nivel internacional no
comporta ciertamente una disminución de la responsabilidad de cada Estado.
Estos, en efecto, no sólo deben aplicar las normas aprobadas junto con las
autoridades de otros Estados, sino favorecer también internamente un adecuado
orden socio-económico, atendiendo particularmente a los sectores más
vulnerables de la sociedad. Corresponde a cada Estado, en el ámbito del
propio territorio, la función de prevenir el deterioro de la atmósfera y de
la biosfera, controlando atentamente, entre otras cosas, los efectos de los
nuevos descubrimientos tecnológicos o científicos, y ofreciendo a los propios
ciudadanos la garantía de no verse expuestos a agentes contaminantes o a
residuos tóxicos. Hoy se habla cada vez con mayor insistencia del derecho a
un ambiente seguro, como un derecho que debería incluirse en la
Carta de derechos del hombre puesta al día.
1.4. Urgencia de una nueva solidaridad
La
crisis ecológica pone en evidencia la urgente necesidad moral de una nueva
solidaridad, especialmente en las relaciones entre los países en vías de
desarrollo y los países altamente industrializados. Los Estados deben
mostrarse cada vez más solidarios y complementarios entre sí en promover el
desarrollo de un ambiente natural y social pacífico y saludable. No se puede
pedir. por ejemplo, a los países recientemente industrializados que apliquen
a sus incipientes industrias ciertas normas ambientales restrictivas si los
Estados industrializados no las aplican primero a sí mismos. Por su parte,
los países en vías de industrializació n no pueden moralmente repetir los
errores cometidos por otros países en el pasado, continuando el deterioro del
ambiente con productos contaminantes, deforestación excesiva o explotación
ilimitada de los recursos que se agotan. En este mismo contexto es urgente
encontrar una solución al problema del tratamiento y eliminación de los
residuos tóxicos.
Sin embargo, ningún plan, ninguna organización podrá llevar a cabo los
cambios apuntados si los responsables de las naciones de todo el mundo no se
convencen firmemente de la absoluta necesidad de esta nueva solidaridad que
la crisis ecológica requiere y que es esencial para la paz. Esta exigencia
ofrecerá ocasiones propicias para consolidar las relaciones pacíficas entre
los Estados.
Es preciso añadir también que no se logrará el justo equilibrio ecológico si
no se afrontan directamente las formas estructurales de pobreza existentes en
el mundo. Por ejemplo, en muchos países la pobreza rural y la distribución de
la tierra han llevado a una agricultura de mera subsistencia así como al
empobrecimiento de los terrenos. Cuando la tierra ya no produce muchos
campesinos se mudan a otras zonas -incrementando con frecuencia el proceso de
deforestación incontrolada- o bien se establecen en centros urbanos que
carecen de estructuras y servicios. Además, algunos países con una fuerte
deuda están destruyendo su patrimonio natural ocasionando irremediables
desequilibrios ecológicos, con tal de obtener nuevos productos de
exportación. No obstante, frente a tales situaciones sería un modo
inaceptable de valorar la responsabilidad acusar solamente a los pobres por
las consecuencias ambientales negativas provocadas por ellos. Es necesario
más bien ayudar a los pobres -a quienes la tierra ha sido confiada como a
todos los demás- a superar su pobreza, y esto exige una decidida reforma de
las estructuras y nuevos esquemas en las relaciones entre los Estados y los
pueblos.
Pero existe otro peligro que nos amenaza: la guerra. La ciencia moderna ya,
por desgracia, la capacidad de modificar el ambiente con fines hostiles, y
esta manipulación podría tener a largo plazo efectos imprevisibles y más
graves aún. A pesar de que determinados acuerdos internacionales prohiban la
guerra química, bacteriológica y biológica, de hecho en los laboratorios se
sigue investigando para el desarrollo de nuevas armas ofensivas, capaces de
alterar los equilibrios naturales.
Hoy cualquier forma de guerra a escala mundial causaría daños ecológicos
incalculables. Pero incluso las guerras locales o regionales, por limitadas
que sean, no sólo destruyen las vidas humanas y las estructuras de la
sociedad, sino no que dañan la tierra, destruyendo las cosechas y la
vegetación, envenenando los terrenos y las aguas. Los supervivientes de estas
guerras se encuentran obligados a iniciar una nueva vida en condiciones
naturales muy difíciles, lo cual crea a su vez situaciones de grave malestar
social, con consecuencias negativas incluso, a nivel ambiental.
La sociedad actual no hallará una solución al problema ecológico si no revisa
seriamente su estilo de vida. En muchas partes del mundo esta misma sociedad
se inclina al hedonismo y al consumismo, pero permanece indiferente a los
daños que estos causan. Como ya he señalado, la gravedad de la situación
ecológica demuestra cuán profunda es la crisis moral del hombre. Si falta el
sentido del valor de la persona y de la vida humana, aumenta el desinterés
por los demás y por la tierra. La austeridad, la templanza, la autodisciplina
y el espíritu de sacrificio deben conformar la vida de cada día a fin de que
la mayoría no tenga que sufrir las consecuencias negativas de la negligencia
de unos pocos.
Hay pues una urgente necesidad de educar en la responsabilidad ecológica:
responsabilidad con nosotros mismos y con los demás, responsabilidad con el ambiente.
Es una educación que no puede basarse simplemente en el sentimiento o en una
veleidad indefinida. Su fin no debe ser ideológico ni político, y su
planteamiento no puede fundamentarse en el rechazo del mundo moderno o en el
deseo vago de un retorno al paraíso perdido.
La verdadera educación de la responsabilidad conlleva una conversión
auténtica en la manera de pensar y en el comportamiento. A este respecto, las
Iglesias y las demás instituciones religiosas, los Organismos
gubernamentales, más aún, todos los miembros de la sociedad tienen un
cometido preciso a desarrollar. La primera educadora, de todos modos, es la
familia, en la que el niño aprende a respetar al prójimo y amar la
naturaleza.
1.5. La creación: un valor estético lleno de bondad
No se
debe descuidar tampoco el valor estético de la creación. El contacto con la
naturaleza es de por sí profundamente regenerador, así como la contemplación
de su esplendor da paz y serenidad. La
Biblia habla a menudo de la bondad y de la belleza de la
creación, llamada a dar gloria a Dios (cfr., por ejemplo, Gén. 1,4 ss.; Sal.
8,2; 104,1 ss.; Sab. 13,3-5; Ecl. 39,16,33; 43,1,9). Quizá más difícil, pero
no menos intensa, puede ser la contemplación de las obras del ingenio humano.
También las ciudades pueden tener una belleza particular, que debe impulsar a
las personas a tutelar el ambiente de su alrededor. Una buena planificación
urbana es un aspecto importante de la protección ambiental, y el respeto por
las características morfológicas de la tierra es un requisito indispensable
para cada instalación ecológicamente correcta. Por último, no debe
descuidarse la relación que hay entre una adecuada educación estética y la
preservación de un ambiente sano.
Hoy la cuestión ecológica ha tomado tales dimensiones que implica la
responsabilidad de todos. Los verdaderos aspectos de la misma, que he
ilustrado, indican la necesidad de esfuerzos concordados a fin de establecer
los respectivos deberes y los compromisos de cada uno: de los pueblos, de los
Estados y de la Comunidad internacional. Esta no
sólo coincide con los esfuerzos por construir la verdadera paz, sino que
objetivamente los confirma y los afianza, incluyendo la cuestión ecológica en
el más amplio contexto de la causa de la paz en la sociedad humana, uno se da
cuenta mejor de cuán importante es prestar atención a los que nos revela la
tierra y la atmósfera; en el universo existe un orden que debe respetarse; la
persona humana, dotada de la posibilidad de libre elección, tiene una grave
responsabilidad en la conservación de este orden, incluso con miras al
bienestar de las futuras generaciones. La crisis ecológica - repito una vez
más- es un problema moral.
Incluso los hombres y las mujeres que no tienen particulares convicciones
religiosas, por el sentido de sus propias responsabilidades ante el bien
común, reconocen su deber de contribuir al saneamiento del ambiente. Con
mayor razón aún, los que creen en Dios creador, y, por tanto, están
convencidos de que en el mundo existe un orden bien definido y orientado a un
fin, deben sentirse llamados a interesarse por este problema. Los cristianos,
en particular, descubren que su cometido dentro de la creación, así como sus
deberes con la naturaleza y el Creador forman parte de su fe. Ellos, por
tanto, son conscientes del amplio campo de cooperación ecuménica e
interreligiosa que se abre a sus ojos.
Al final de este Mensaje deseo dirigirme directamente a mis hermanos y
hermanas de la Iglesia la católica para
recordarles la importante obligación de cuidar toda la creación. El
compromiso del creyente por un ambiente sano nace directamente de su fe en
Dios creador, de la valoración de los efectos del pecado original y de los
pecados personales, así como de la certeza de haber sido redimido por Cristo.
El respeto por la vida y por la dignidad de la persona humana incluye también
el respeto y el cuidado de la creación, que está llamada a unirse al hombre
para glorificar a Dios (cfr. Sal. 148 y 96).
San Francisco de Asís,. al que he proclamado Patrono celestial de los
ecologistas en 1979 (cfr. Cart, Apost. Inter sanctos: AAS 71 -1979-, 1509
s.), ofrece a los cristianos el ejemplo de un respeto auténtico y pleno por
la integración de la creación. Amigo de los pobres, amado por las criaturas
de Dios, invitó a todos - animales, plantas, fuerzas naturales, incluso al
hermano Sol y a la hermana Luna- a honrar y alabar al Señor. El pobre de Asís
nos da testimonio de que estando en paz con Dios podemos dedicarnos mejor a
construir la paz con toda la creación, la cual es inseparable de la paz entre
los pueblos.
Deseo que su inspiración nos ayude a conservar siempre vivo el sentido de la
fraternidad con todas las cosas -creadas buenas y bellas por Dios
Todopoderoso y nos recuerde el grave deber de respetarlas y custodiarlas con
particular cuidado, en el ámbito de la más amplia y más alta fraternidad
humana
Publicado por Human Life International - Vida Humana Internacional © 1998.
2. CONCLUSIÓN
En este
trabajo se muestra la preocupante crisis que sufre el mundo y como, desde una
perspectiva muy católica, su santidad el Papa Juan Pablo II nos muestra como
este tema toma una dimensión mas allá de la que nos imaginamos, que posee un
antecedente histórico que nos marca como los principales responsables de un
mundo en decadencia. Nos propone, entonces, que tomemos una conciencia moral
de lo que esta sucediendo, del que no se ve exonerado ningún individuo de la
tierra, dándonos las bases de una verdadera convivencia en comunidad sin
necesidad de que tengamos que dañar a nuestra propia vivienda.
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