Hacia un Bicentenario en Justicia y Solidaridad (2010-2016)
1. Los Obispos de la Argentina, nos dirigimos a
todos nuestros hermanos que habitan esta bendita tierra. Les escribimos desde
nuestra fe como discípulos y misioneros de Jesucristo, “rostro humano de Dios y rostro divino del hombre”[1],
porque
“la misión del anuncio de la Buena
Nueva de Jesucristo tiene una destinación universal. Su mandato de caridad
abraza todas las dimensiones de la existencia, todas las personas, todos los
ambientes y todos los pueblos. Nada de lo humano le puede resultar extraño. La
Iglesia sabe, por revelación de Dios y por la experiencia de la fe, que
Jesucristo es la respuesta total, sobreabundante y satisfactoria a las
preguntas humanas sobre la verdad, el sentido de la vida y de la realidad, la
felicidad, la justicia y la belleza. Son las inquietudes que están arraigadas
en el corazón de toda persona y que laten en lo más humano de la cultura de los
pueblos. Por eso, todo signo auténtico de verdad, bien y belleza en la aventura
humana viene de Dios y clama por Dios”.[2]
Aportes para una nueva Nación
2. Muchos signos nos hacen pensar que está por
nacer un país nuevo, aunque todavía no acaba de tomar forma. En los últimos
años, gracias al diálogo, hemos vivido aprendizajes cívicos importantes. De
manera institucional, logramos salir de una de las crisis más complejas de
nuestra historia. Elegimos la no-violencia y se establecieron programas
específicos para el cuidado de los más débiles. La experiencia histórica nos ha demostrado que por el
camino de la controversia se profundizan los conflictos, perjudicando
especialmente a los más pobres y excluidos.
4. Por otro lado, hemos tomado conciencia que no hay democracia estable sin
una sana economía y una justa distribución de los bienes[4],
aunque entre todos debemos seguir trabajando a fin de hacerla realidad y que no
quede sólo en una consigna o en un plano teórico o meramente emotivo[5].
Asimismo, reconocemos la importancia estratégica de la educación, de la
producción y del desarrollo local, de la urgencia de generar trabajo y de la
necesidad de recobrar la auténtica cultura de la laboriosidad.
5. Con vistas al Bicentenario 2010-2016, creemos
que existe la capacidad para proyectar, como prioridad nacional, la
erradicación de la pobreza y el desarrollo integral de todos. Anhelamos poder
celebrar un Bicentenario con justicia e inclusión social. Estar a la altura de
este desafío histórico, depende de cada uno de argentinos.
“La gran deuda de los argentinos
es la deuda social. Podemos preguntarnos si estamos dispuestos a cambiar y a
comprometernos para saldarla. ¿No deberíamos acordar entre todos que esa deuda
social, que no admite postergación, sea la prioridad fundamental de nuestro
quehacer?”[6].
No se trata solamente de un problema económico o
estadístico. Es, primariamente, un problema moral que nos afecta en nuestra dignidad más
esencial y requiere que nos decidamos a un mayor compromiso ciudadano. Pero
sólo habrá logros estables por el camino del diálogo y del consenso a favor del
bien común, si tenemos particularmente en cuenta a nuestros hermanos más pobres
y excluidos.
6. Precisamente porque estamos alentando al
diálogo, no pretendemos ofrecer una propuesta exhaustiva y detallada para
resolver los problemas actuales del país. Más bien expresamos la necesidad de
buscar acuerdos básicos y duraderos, mediante un diálogo que incluya a todos
los argentinos.
Tampoco queremos caer en reduccionismos y
simplificaciones sobre cuestiones que requieren el aporte de muchos, y
valoramos como un don la pluralidad de miradas sobre la cuestión social y
política. No obstante, como hombres de fe y pastores de la Iglesia, hacemos
nuestros aportes sabiendo que “la
evangelización ha ido unida siempre a la promoción humana y a la auténtica
liberación cristiana”[7].
Por eso nos animamos a compartir nuestros anhelos y preocupaciones.
La celebración del
Bicentenario (2010-2016)
7. El 25 de mayo de 1810, el Cabildo abierto de
Buenos Aires expresó el primer grito de libertad para nuestra patria. El 9 de
julio de 1816, los representantes de las Provincias Unidas en Sud América se
reunieron en la ciudad de San Miguel de Tucumán y declararon la independencia
nacional. Estamos agradecidos por nuestro país y por las personas que lo
forjaron, y recordamos la presencia de la Iglesia en aquellos momentos
fundacionales.
8. Cuando se celebró el primer Centenario de estos
grandes acontecimientos, nuestra Nación aparecía en el concierto de los pueblos
como una tierra promisoria y acogedora. Hoy, en vísperas de la celebración del
Bicentenario, la realidad y el ánimo no son iguales. “Nos sentimos heridos y agobiados... Pero queremos ser Nación, una
Nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien
común”.[8]
9. Desde los inicios de nuestra comunidad nacional,
aun antes de la emancipación, los valores cristianos impregnaron la vida
pública. Esos valores se unieron a la sabiduría de los pueblos originarios y se
enriquecieron con las sucesivas inmigraciones. Así se formó la compleja cultura
que nos caracteriza. Es necesario respetar y honrar esos orígenes, no para
quedarnos anclados en el pasado, sino para valorar el presente y construir el
futuro. No se puede mirar hacia adelante sin tener en cuenta el camino
recorrido y honrar lo bueno de la propia historia.
10. En nuestra cultura prevalecen valores fundamentales como la fe, la
amistad, el amor por la vida, la búsqueda del respeto a la dignidad del varón y
la mujer, el espíritu de libertad, la solidaridad, el interés por los
pertinentes reclamos ante la justicia, la educación de los hijos, el aprecio
por la familia, el amor a la tierra, la sensibilidad hacia el medio ambiente, y
ese ingenio popular que no baja los brazos para resolver solidariamente las
situaciones duras de la vida cotidiana[9].
Estos valores tienen su origen en Dios y son fundamentos sólidos y verdaderos
sobre los cuales podemos avanzar hacia un nuevo proyecto de Nación, que haga
posible un justo y solidario desarrollo de la Argentina.
Juntos para un nuevo proyecto
de país
11. Acercándonos al Bicentenario, recordamos que
nuestra patria es un don de Dios confiado a nuestra libertad, como un regalo
que debemos cuidar y perfeccionar. Podremos crecer sanamente como Nación si
reafirmamos nuestra identidad común. En esta búsqueda del bienestar de todos,
necesitamos dar pasos importantes para el desarrollo integral. Pero cuando
priman intereses particulares sobre el bien común, o cuando el afán de dominio
se impone por encima del diálogo y la justicia, se menoscaba la dignidad de las
personas, e indefectiblemente crece la pobreza en sus diversas manifestaciones.
12. No obstante, nuestra mirada es esperanzada. “Los cristianos somos portadores de buenas
noticias para la humanidad y no profetas de desventuras”[10].
Creemos estar ante una oportunidad única. Podemos aprovecharla, privilegiando
la construcción del bien común, o malgastarla con nuestros intereses egoístas y
posturas intransigentes que nos fragmentan y dividen.
13. ¿Por qué hablar de un proyecto de país? Hay una
opinión generalizada sobre la necesidad de establecer políticas públicas que,
tomando como fundamento nuestra Constitución Nacional, propicien un desarrollo
federal, sano y armónico de la Argentina. Esta no es una preocupación nueva.
Forma parte del pensamiento y del servicio histórico de la Iglesia:
“no hay democracia posible sin una
leal convergencia de aspiraciones e intereses entre todos los sectores de la
vida política con miras a armonizar el bien común, el bien sectorial y el bien
personal, buscando una fórmula de convivencia y desarrollo de la pluralidad
dentro de la unidad de objetivos fundamentales”[11].
14. No es realista pretender un proyecto
definitivamente estable, que no requiera ulteriores modificaciones, porque las
necesidades cambiantes exigirán las debidas adaptaciones. Pero es indispensable
procurar consensos fundamentales que se conviertan en referencias constantes
para la vida de la Nación, y puedan subsistir más allá de los cambios de
gobierno.
15. Desde ellos, se deberían institucionalizar las
necesarias políticas públicas para el crecimiento de toda la comunidad.
Instalarlas requiere la participación y el compromiso de los ciudadanos, ya que
se trata de decisiones que no deben ser impuestas por un grupo, sino asumidas
por cada uno, mediante el camino del diálogo sincero, respetuoso y abierto.
Nadie puede pensar que el engrandecimiento del país sea fruto del crecimiento
de un solo sector, aislado del resto.
Un nuevo acuerdo sobre
políticas públicas
16. Como muchas veces hemos dicho, el diálogo es
esencial en la vida de toda familia y de cualquier construcción comunitaria. El
que acepta este camino amplía sus perspectivas. Gracias a la opinión
constructiva del otro, descubre nuevos aspectos y dimensiones de la realidad, que
no alcanzaría a reconocer en el aislamiento y la obstinación.
17. Necesitamos aceptar que toda democracia padece
momentos de conflictividad. En esas situaciones complejas, alimentar la
confrontación puede parecer el camino más fácil. Pero el modo más sabio y
oportuno de prevenirlas y abordarlas es procurar consensos a través del
diálogo.
18. Sólo el diálogo hará posible concretar los
nuevos acuerdos para proyectar el futuro del país y un país con futuro. Ello es
fundamental en este tiempo, donde la crisis de la economía global implica el
riesgo de un nuevo crecimiento de la inequidad, que nos exige tomar conciencia
sobre la “dimensión social y política del
problema de la pobreza”[12].
En este sentido, la promoción de políticas públicas es una nueva forma de
opción por nuestros hermanos más pobres y excluidos. Ratificar y potenciar la
opción del amor preferencial por los pobres[13]
que brota de nuestra fe en Jesucristo[14],
“requiere que socorramos las
necesidades urgentes y al mismo tiempo que colaboremos con otros organismos e
instituciones para organizar
estructuras más justas. Igualmente se requieren nuevas estructuras que
promuevan una auténtica convivencia humana, que impidan la prepotencia de
algunos y faciliten el diálogo constructivo para los necesarios consensos
sociales”[15].
Creemos que estamos ante un momento oportuno para
promover entre todos un auténtico acuerdo sobre políticas públicas de
desarrollo integral.
19. Pero nunca llegaremos a la capacidad de dialogar
sin una sincera reconciliación. Se requiere renovar una confianza mutua que no
excluya la verdad y la justicia. Las heridas abiertas en nuestra historia, de
las cuales también nos sentimos responsables, pueden cicatrizar si evitamos las
parcialidades. Porque mientras
haya desconfianzas, éstas impedirán crecer y avanzar, aunque las propuestas que
se hagan sean técnicamente buenas. Todos debemos ser co-responsables de
la construcción del bien común. Por ello, hay que sumar en lugar de restar.
Importa cicatrizar las heridas, evitar las concepciones que nos dividen entre
puros e impuros, y no alentar nuevas exasperaciones y polarizaciones[16],
para no desviarnos del gran objetivo: contribuir a erradicar la pobreza y la exclusión. Por eso, soñamos con un Bicentenario
de la reconciliación y de la unidad de los argentinos.
¿Qué estilo de liderazgo
necesitamos hoy?
20. En este tiempo necesitamos tomar conciencia de
que
“los cristianos, como discípulos y
misioneros de Jesucristo, estamos llamados a contemplar, en los rostros
sufrientes de nuestros hermanos, el rostro de Cristo que nos llama a servirlo
en ellos”[17].
Para nosotros, este es el verdadero fundamento de
todo poder y de toda autoridad: servir a Cristo, sirviendo a nuestros hermanos.
21. En un cambio de época, caracterizado por la
carencia de nuevos estilos de liderazgo, tanto sociales y políticos, como
religiosos y culturales, es bueno tener presente esta concepción del poder como
servicio. Como Iglesia, este déficit nos cuestiona. En un continente de
bautizados, advertimos la
notable ausencia, en el ámbito político, comunicacional y universitario, de
voces e iniciativas de líderes católicos, con fuerte personalidad y abnegada
vocación, que sean coherentes con sus convicciones éticas y religiosas[18].
22. Por eso, es fundamental generar y alentar un estilo de liderazgo centrado
en el servicio al prójimo y al bien común.[19]
Todo líder, para llegar a ser un verdadero dirigente ha de ser ante todo un
testigo. El testimonio personal, como expresión de coherencia y ejemplaridad
hace al crecimiento de una comunidad. Necesitamos generar un liderazgo
con capacidad de promover el desarrollo integral de la persona y de la sociedad[20].
No habrá cambios profundos
si no renace, en todos los ambientes y sectores, una intensa mística del
servicio, que ayude a despertar nuevas vocaciones de compromiso social y
político. El
verdadero liderazgo supera la omnipotencia del poder y no se conforma con la
mera gestión de las urgencias. Recordemos algunos valores propios de los auténticos
líderes: la integridad moral, la amplitud de miras, el compromiso concreto por
el bien de todos, la capacidad de escucha, el interés por proyectar más allá de
lo inmediato, el respeto de la ley, el discernimiento atento de los nuevos
signos de los tiempos y, sobre todo, la coherencia de vida.
23. Alentamos a los líderes de las organizaciones
de la sociedad a participar en “la
reorientación y consiguiente rehabilitación ética de la política”[21].
Les pedimos que se esfuercen por ser nuevos dirigentes, más aptos, más
sensibles al bien común, y capacitados para la renovación de nuestras
instituciones[22].
También queremos reconocer con gratitud a quienes luchan por vivir con
fidelidad a sus principios. Y a los educadores, comunicadores sociales,
profesionales, técnicos, científicos y académicos, que se esfuerzan por
promover una concepción integral de la persona humana. A todos ellos, les
pedimos que no bajen los brazos, que reafirmen su dignidad y su vocación de
servicio constructivo. Uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo es
recuperar el valor de toda sana militancia.
Nuevas angustias que nos
desafían
24. En el actual cambio de época, emerge una nueva
cuestión social. Aunque siempre tuvimos dificultades, hoy han surgido formas
inéditas de pobreza y exclusión[23].
Se trata de esclavitudes
modernas que desafían de un modo nuevo a la creatividad, la participación y la
organización del compromiso cristiano y ciudadano. Como señala el
Documento de Aparecida, hoy
los excluidos no son solamente “explotados” sino que han llegado a ser
“sobrantes y desechables”[24].
La persona humana nunca puede ser instrumento de proyectos de carácter
económico, social o político[25].
Por ello, ante todo queremos reafirmar que nuestro criterio de priorización
será siempre la persona humana, que ha recibido de Dios mismo una incomparable
e inalienable dignidad[26].
La Iglesia quiere ser servidora de la “dignidad
infinita” de cada persona[27]
y de todos los seres humanos. Ello nos lleva a “contemplar los nuevos rostros de quienes sufren”[28].
25. La nueva cuestión social, abarca tanto las
situaciones de exclusión económica como las vidas humanas que no encuentran
sentido y ya no pueden reconocer la belleza de la existencia. “Se desvanece la concepción integral del ser
humano, su relación con el mundo y con Dios”[29].
Los nuevos fenómenos
“a menudo afectan a ambientes y
grupos no carentes de recursos económicos, pero expuestos a la desesperación
del sin sentido de la vida, a la insidia de la droga, al abandono en la edad avanzada
o en la enfermedad, a la marginación o a la discriminación social”[30].
Ello se manifiesta, por ejemplo, en el crecimiento del
individualismo y en el debilitamiento de los vínculos personales y comunitarios[31].
Nos preocupan especialmente las graves carencias afectivas y emocionales[32].
Contemplamos un gran anhelo de encontrar razones para la existencia[33].
La deuda social es también una deuda existencial de crisis del sentido de la
vida: “se puede legítimamente pensar que
la suerte de la humanidad está en manos de quienes sepan dar razones para vivir”[34].
Ello nos debería interpelar a todos e invitarnos a discernir y promover nuevos
vínculos de pertenencia y convivencia y nuevos estilos de vida más fraternos y
solidarios.
26. Además, la situación actual del país y de la
economía global nos demuestra que el desarrollo no se limita al simple
crecimiento económico[35].
Reconocemos una recuperación en la reducción de los niveles de pobreza e
indigencia después de la crisis de 2001-2002. Pero también es verdad que no se
ha logrado reducir sustancialmente el grado de la inequidad social. Junto a una
mejora en los índices de desempleo, el flagelo del trabajo informal sigue
siendo un escollo agobiante para la real promoción de millones de argentinos.
27. Es grave la situación de la educación en nuestra patria. Constituye un
bien público prioritario muy deteriorado, tanto por los magros resultados en el
aspecto instructivo como en la ausencia de un horizonte trascendente de la
misma. Nos hallamos ante una profunda emergencia educativa que, en caso de no
revertirse con inteligencia y celeridad, gravitará negativamente en el porvenir
de las jóvenes generaciones.
28. Nos preocupa la subsistencia del gravísimo
problema del endeudamiento del Estado. Los pagos de la deuda externa constituyen un rubro
estructural del gasto público y condicionan gravemente los esfuerzos que
debieran realizarse para saldar la deuda social.
29. Lamentablemente no se ha podido erradicar un
histórico clima de corrupción. Tampoco el mal del clientelismo político,
alimentado por la distribución de subsidios que no siempre llegan a los que
menos tienen. En muchos casos continúa la marginación de los aborígenes y de
los inmigrantes pobres. Es
particularmente preocupante la situación de los adolescentes y jóvenes que no
estudian ni trabajan, a los que la pobreza les dificulta el desarrollo integral
de sus capacidades, quedando a merced de propuestas fáciles o escapistas. Es
escandaloso el creciente consumo de drogas que hace estragos cada vez a más
temprana edad. En todo el país se ha multiplicado la oferta del juego. La
población se ve afectada por la violencia y la inseguridad que se manifiestan
de variadas maneras.
30. En tiempos recientes, especialmente en la crisis
de la última década, hubo numerosas iniciativas en diversos sectores de la
sociedad, cuya experiencia puede ayudar a la construcción de un nuevo proyecto
de país. Se propusieron variados temas en orden al desarrollo integral de todos
y a la superación de los males de nuestra Nación. En particular recordamos la
inmensa tarea iniciada en aquellos días por las mesas del Diálogo Argentino.
Pero hoy, especialmente en medio de la actual crisis de la economía global, una
vez más necesitamos discernir los caminos para superar las nuevas angustias que
nos desafían. Debemos enfrentar estos desafíos confiando en las reservas
morales y en los profundos valores que son el sustento de nuestra convivencia,
porque la falta de verdad despierta profunda desconfianza y termina dañando el
tejido social.
Metas a alcanzar a la luz del
Bicentenario
31. Los dramas que hemos descrito y que afectan
fundamentalmente a los más desprotegidos, están íntimamente relacionados con
profundas carencias morales y estructurales. Por eso, a la luz del principio de
la dignidad inviolable de cada ser humano y de una concepción integral de la
persona, nos parece imperioso proponer, con vistas al Bicentenario de la
Nación, algunas metas que estimamos prioritarias para la construcción del bien
común:
32. Recuperar el respeto por la familia y por la vida en todas sus formas.
Todo lo dicho será siempre provisorio y frágil, sin una educación y una
legislación que transmitan una profunda convicción moral sobre el valor de cada
vida humana. Nos referimos a la vida de cada persona en todas sus etapas, desde
la concepción hasta la muerte natural. Especialmente pensamos en la vida de los excluidos e
indefensos. También en la vida de las familias, lugar afectivo en el que
se generan los valores comunitarios más sólidos y se aprende a amar y a ser
amado. Allí se ilumina la vida afectiva privada y promueve el compromiso adulto
con la vida pública y el bien común. Alentamos a las familias a participar y
organizarse como protagonistas de la vida social, política y económica[36].
33. Avanzar en la reconciliación entre sectores y en la capacidad de
diálogo. Una amistad social que incluya a todos, es el punto de partida
para proyectarnos como comunidad, desafío que no hemos logrado construir en el
transcurso de nuestra vida nacional. “Es
necesario educar y favorecer en nuestros pueblos todos los gestos, obras y
caminos de reconciliación y amistad social, de cooperación e integración”[37].
34. Alentar el paso de habitantes a ciudadanos responsables. El habitante
hace uso de la Nación, busca beneficios y sólo exige derechos. El ciudadano
construye la Nación, porque además de exigir sus derechos, cumple sus deberes[38].
Hay una carencia importante de participación de la ciudadanía como agente de
transformación de la vida social, económica y política. Los argentinos hemos
perdido el miedo a la defensa de nuestros derechos, pero la participación
ciudadana es mucho más que eso. El verdadero ciudadano intenta cumplir todos
los deberes derivados de la vida en sociedad.
35. Fortalecer las instituciones republicanas, el Estado y las
organizaciones de la sociedad. Aunque a veces lo perdamos de vista, la
calidad de vida de las personas está fuertemente vinculada a la salud de las
instituciones de la Constitución, cuyo deficiente funcionamiento produce un
alto costo social. Resulta imprescindible asegurar la independencia del poder
judicial respecto del poder político y la plena vigencia de la división de los
poderes republicanos en el seno de la democracia. La calidad institucional es
el camino más seguro para lograr la inclusión social. Asimismo, debemos
fortalecer a las organizaciones de la sociedad.
36. Mejorar el sistema político y la calidad de la democracia. Es
imperioso dar pasos para concretar la indispensable y tan reclamada reforma
política. También para afianzar la orgánica vitalidad de los diversos partidos
y para formar nuevos dirigentes, reconociendo que las estructuras nuevas no
producirán cambios significativos y estables sin dirigentes renovados, forjados
en el aprecio y el ejercicio constante de los valores sociales. Sobre todo, es
imprescindible lograr que toda la ciudadanía pueda tener una mayor
participación en la solución de los problemas, para que así se supere el
recurso al reclamo esporádico y agresivo y se puedan encauzar propuestas más
creativas y permanentes. De este modo construiremos una democracia no sólo formal, sino real y
participativa.
37. Afianzar la educación y el trabajo como claves del desarrollo y de la
justa distribución de los bienes. Urge otorgar capital importancia a la
educación como bien público prioritario, que genere inclusión social y promueva
el cuidado de la vida, el amor, la solidaridad, la participación, la
convivencia, el desarrollo integral y la paz. Una tenaz educación en valores y
una formación para el trabajo, unidas a claras políticas activas, generadoras
de trabajos dignos, será capaz de superar el asistencialismo desordenado, que termina generando
dependencias dañinas y desigualdad.
38. Implementar políticas agroindustriales para un desarrollo integral. Es
necesario concretar un programa agropecuario y agroindustrial a nivel nacional,
que integre en la vida del país todo lo que está vinculado a nuestra tierra.
Cabe apreciar la histórica importancia del campo en el crecimiento de nuestra
sociedad y, a su vez, incorporar todos los avances tecnológicos con pleno
respeto del medio ambiente. Por otra parte, se ha de alentar el desarrollo de
las comunidades de los pueblos originarios y de las familias minifundistas,
favoreciendo el derecho a la propiedad de la tierra que habitan y trabajan.
Es prioritario apoyar la investigación y la
inclusión científica y tecnológica de los diversos sectores en favor de las
personas y de la sociedad.
39. Promover el federalismo, que supone la necesaria y justa
autonomía de las Provincias y sus Municipios con relación al poder central, no
sólo referida al gobierno de esas jurisdicciones sino también a la coparticipación de los recursos.
Esta autonomía entraña la promoción de las economías regionales y la igualdad
en las condiciones de vida, y también el acceso a las libertades y derechos,
especialmente en lo que respecta a la educación, a la salud, al trabajo y a la
vivienda digna.
40. Profundizar la integración en la Región. En
estos tiempos que vivimos es tarea prioritaria revalorizar la integración
regional, por ejemplo en el MERCOSUR, y también global, en el contexto de la
creciente interdependencia de las naciones, conscientes que “los retrasos en la integración tienden a profundizar
la pobreza y las desigualdades”[39].
Conclusión
41. Les hemos escrito estas reflexiones con
espíritu constructivo, sin dejar de interrogarnos sobre nuestras propias
responsabilidades. Lo hacemos desde la fe en Jesucristo “que es la respuesta
total, sobreabundante y satisfactoria a las preguntas humanas sobre la verdad,
la justicia y la belleza”[40].
Tenemos siempre presente al Señor Jesús, que se
angustió hasta las lágrimas cuando algunos en su tierra no aceptaban el mensaje
de paz que él les ofrecía[41].
Le pedimos que los argentinos, todos juntos, podamos hacer de esta bendita
tierra una gran Nación justa y solidaria, abierta al Continente e integrada en
el mundo. Nos acogemos a María Santísima, nuestra querida Madre de Luján, para
que ofrezca esta sentida súplica a Aquel que es “el Camino, la Verdad y la
Vida“[42].
Los Obispos
de la Argentina
96ª Asamblea
Plenaria
El Cenáculo
– la Montonera (Pilar),
14 de
noviembre de 2008
SIGLAS Y
ABREVIATURAS DE LOS DOCUMENTOS CITADOS
DOCUMENTOS DEL
MAGISTERIO
ChL Juan Pablo II, Exhortación apostólica
Christifideles Laici
GS Constitución pastoral Gaudium et Spes, del
Concilio Vaticano II
PP Pablo VI, Encíclica Populorum Progressio
SRS Juan Pablo II, Encíclica Solicitudo Rei Socialis
NMI Juan Pablo II, Carta apostólica Novo Millennio
Ineunte
EA Juan Pablo II, Exhortación apostólica Ecclesia in
America
DI Benedicto XVI, Discurso Inaugural en la V
Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano
DA Documento Conclusivo de Aparecida
CDSI Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia
DOCUMENTOS DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ARGENTINA
ICN Iglesia y Comunidad Nacional
NMA Navega
Mar Adentro
[1] EA 67
[2] DA 380
[3] CDSI, 154
[4] ICN,
129
[5] DA,
397.
[6] CEA,
“Afrontar con grandeza nuestra situación actual”, 80° Asamblea Plenaria, 11de
noviembre de 2000
[7] DI, 3
[8] Conferencia
Episcopal Argentina, Oración por la Patria, 2001
[9] ICN, 197; NMA 28
[10] DA,
30
[11] ICN,
127
[12] CDSI, 184
[13] DA, 396
[14] Cf. DI, 3; DA, 393-394
[15] DA,
384.
[16] DA,
534
[17] DA,
393
[18] DI, 4
[19] ChL,
42; CDSI, 410.
[20] Cf
DA, 394
[21] DA,
403a
[22] CEA,
“Afrontar con grandeza nuestra situación actual”, 80ª Asamblea Plenaria, 11de
noviembre de 2000
[23] SRS
15
[24] DA 65
[25] CDSI,
133
[26] CDSI
105
[27] DA
388
[28] Cf
DA, 65
[29] DA 44
[30] NMI
50
[31] DA, 44
[32] DA, 444
[33] DA, 53
[34] GS, 31
[35] PP 14
[36] CDSI
246-249
[37] DA
535
[38] CEA,
“La Doctrina Social de la Iglesia. Una luz para reconstruir la Nación”, 90ª
Asamblea Plenaria, 11 de noviembre 2005
[39] 39
DA, 528
[40] 40
DA, 380
[41] Lc 19,42
[42] Cf Jn 14,6