La experiencia de Dios

Miguel Matos SJ.· 

Introducción

"Pues en El vivimos, nos movemos y existimos" (Hech. 17,28).

Esta expresión tan contundente de Pablo no siempre suena con esa misma fuerza en nuestros oídos. La presencia tan avasalladora y autosuficiente de nuestra acción humana, de ese mundo tan exuberante, apasionante y vivo que tenemos ante nuestros ojos, el poder tan ilimitado de nuestras mentes y manos, hace que en una primera apreciación, la hipótesis sobre la realidad de  Dios luzca,  por lo menos, superflua.

Hubo tiempos en los que esa realidad de Dios pertenecía al patrimonio común existencial humano. Incluso compartíamos un imaginario común compuesto por códigos, presupuestos racionales, fantasías, imágenes y lenguajes que nos permitía formularnos para nosotros mismos esa realidad, comunicarnos sobre ella con los otros y hasta sembrarla a los demás.

Hoy no es que podamos decir que la afirmación sobre la realidad de Dios se haya anulado. Hoy por hoy, por lo menos en el contexto latinoamericano, el problema no es el de un ateismo teórico generalizado, quizás sí el de un ateismo práctico. Pero ni siquiera es esto último el síntoma religioso más específico de nuestra época y de nuestros ambientes.

Lo que sí ha entrado en una crisis de grandes proporciones es lo referente a ese imaginario compartido que nos permitía formularnos a nosotros mismos el pensamiento y la vivencia de Dios, nos permitía comunicarlo y trasmitirlo. Ese imaginario al que pertenecen los "preconceptos" sobre Dios, las "teologías perennes" las imágenes, lenguajes, presupuestos racionales, etc, se ha vaciado, se ha hecho increíble y caduco. Nos sentimos hipócritas repitiéndolo mecánicamente a los demás y no nos dice nada a nosotros mismos.

Pongamos un ejemplo para entendernos mejor. Por los años sesenta y setenta el imaginario religioso  latinoamericano se alimentó con las imágenes del Dios liberador y de una fe que cristalizaba en el compromiso socio-político con el empobrecido. Este imaginario sustituía a un imaginario religioso anterior que nos mostraba a un Dios demasiado celoso de asegurar nuestra "salvación eterna" y una fe que cristalizaba en la moral y en la piedad. Ninguno de estos dos imaginarios apasiona hoy vitalmente a las mayorías.

Hoy mucha gente cede a la propuesta de los imaginarios de las religiones fundamentalistas. Pero la gran masa padece la dificultad de codificar personal y colectivamente la experiencia de Dios, de tener un soporte mediático capaz de ser compartido. Esa situación es la que lleva a una absoluta privatización del hecho religioso con el peligro de convertir a cada creyente en un "fabricante de su propio Dios". Pero este peligro de la privatización del hecho religioso tampoco es el síntoma más peligroso en esta problemática. Lo más peligroso es el "síndrome del silencio". Es el enmudecimiento hacia dentro y hacia fuera de la experiencia religiosa.

Este enmudecimiento hacia sí mismo y hacia los demás de la experiencia de Dios, está reforzada por el hecho de que estamos viviendo en un mundo con muy pocos espacios para la vivencia individual, solitaria y personal. La exuberancia de nuestras realidades nos aliena permanentemente. Por ese motivo nos vamos haciendo cada vez más inexpresivos espiritualmente. Una falta de expresividad que es especialmente dramática porque es fundamentalmente incapacidad para hablarnos, reconocernos y gozarnos espiritualmente hacia adentro. Este vacío cada uno trata de llenarlo como puede.

Pero, aquí está el reto. El reto apasionante de aprovecharnos de las ventajas tan enormes que nos proporciona este desprestigio universal de los imaginarios. Esta bancarrota de los montajes cerrados. Es un  momento privilegiado para "dejar a Dios ser Dios" y llegar hasta El en la más saludable desnudez. La desnudez del místico. Por eso Rahner y Malraux predicen que el cristiano del siglo XXI o es místico o no es cristiano.

El presupuesto fundamental es que necesariamente para el ser humano Dios es Misterio. Por eso lo más que podemos hacer es cultivar aproximaciones a ese  Misterio. En Jesús, Dios nos proporcionó la más reveladora, rica y atrevida aproximación, pero sin dejar de ser Misterio. Las mediaciones racionales, religiosas, afectivas, etc, son necesarias, pero no debe confundirse la mediación con la realidad de Dios. El dedo apunta hacia el objeto , pero el dedo no es el objeto. Por eso la debacle de unos imaginarios no es la debacle de Dios sino la invitación a encontrar otros imaginarios.   

Vamos, entonces, después de esta introducción, a hablar de la Experiencia de Dios.   

1. Un intento un  poco audaz de descripción

Podemos decir que en su grado más elevado la Experiencia de Dios es esa vivencia conciente y deliciosa de una presencia de Dios que te descubre la dimensión profunda y verdadera de la realidad, que te hace sentir tu condición de  hijo amado y que llena de sentido tu amor a todo lo demás.

Pero es una Experiencia mediada por una cantidad muy grande de condicionamientos concretos culturales, históricos y personales de manera que se da a niveles muy variados y con el sello de  originalidad que le imprime cada existencia humana.

Por su misma condición y naturaleza esta Experiencia no puede ser privativa o exclusiva de una religión determinada, o de una cultura determinada, o una edad biológica, o de unos determinados equipamientos  intelectuales, etc, ni puede ser codificada ni descrita con criterios uniformadores ni cerrados.  

Por eso para hablar de esta realidad en forma más o menos honesta y útil,  más que hacer afirmaciones cerradas, lo mejor es tratar de descubrir la gama tan inmensa de concreciones y los muy diversos niveles en los que puede ser vivida. 

Vamos a tratar pedagógicamente de aproximarnos en un primer momento a los dos extremos: la Experiencia cuando es vivida en su nivel más elemental y cuando es vivida a su nivel más elevado. En ambos casos, pero sobre todo en el segundo, es un ejercicio de audacia y el único propósito es el de compartir hipótesis con las que podamos orientarnos mejor en un terreno tan complejo. 

2. Las posibilidades extremas

En su forma más elemental y sencilla la "Experiencia de Dios" no  sería otra cosa que la actitud de asumir con un cierto grado de conciencia la posibilidad de la realidad de Dios.

K         Cuando se dice "Asumir" queremos decir que la persona considera a esta realidad como algo que se da, que habita el universo.

K         Se dice que "con un cierto grado de conciencia" porque para experimentar algo se requiere un mínimo de "darse cuenta", un mínimo de reflexión.  

K         Y se dice "la realidad" de Dios porque en esta experiencia tan elemental de Dios que estamos describiendo, no se da necesariamente una percepción de Dios como presencia activa que alimente una relación personal.

K         A pesar de que la Experiencia de Dios tiene sus raíces en un anhelo existencial humano de trascendencia, ella no es una situación que lleve automáticamente a toda persona hacia un encuentro significativo con Dios ya que  el ser humano en el libre desarrollo de su existencia histórica puede conciente o inconscientemente polarizarse en direcciones alternativas y puede priorizar diferentes intereses de tal forma que la realidad de Dios se podría mantener normalmente en los niveles más bajos de la conciencia y del interés existencial. 

K    Cuando esta experiencia se vive en ese nivel de elementalidad la relación personal que establece el ser humano con esa realidad de Dios está circunscrita por las formalidades codificadas en la religiosidad natural. Las referencias más recurrentes en esa relación son: el mérito y el miedo.

K    El influjo que esta experiencia ejerce sobre la realidad vital de la persona, o sobre la forma como la persona se relaciona con las otras realidades o consigo mismo, es muy limitado.

En su versión más elevada y densa la Experiencia de Dios tiene que ver con una intensa polarización afectiva de la persona hacia un Dios sentido como presencia "personalizable", que lleva a la propia persona, a percibirse como radicalmente inconsistente sin El y que desdibuja paulatinamente los límites entre ambas realidades.

K    Las mediaciones que se dan normalmente en otros niveles menos profundos de este encuentro (imágenes, fantasías, presupuestos racionales, etc) van perdiendo su eficacia y confiabilidad.

K    La motivación que alimenta la experiencia es una mezcla de confianza, de anhelo, de una radical relativización de todo lo demás  y puede estar acompañado por un fuerte movimiento de afectos sentidos a nivel conciente. 

K    Se habla de una "presencia personalizable" porque para ese momento la analogía del concepto de persona humana aplicado a la realidad de Dios como mediación resulta ya insuficiente.

3. La referencia que sirve de criterio para diferenciar los niveles

K    Lo que más define el grado de profundidad de la experiencia de Dios es la ubicación del centro que polariza el interés, la incondicionalidad y la entrega.

K    Mientras mayor es la polarización hacia sí mismo; mayor incondicionalidad hacia los propios intereses y falta la gratuidad de la entrega; menor es la profundidad de la experiencia.

K    En cambio cuando se opera el éxodo de sí mismo, cuando  la incondicionalidad  está radicalmente referida a Él y la entrega se da en el vértigo de la confianza absoluta, mayor es la profundidad de la experiencia.

K    En resumen: a mayor autocentramiento, menos facilidad para la verdadera experiencia de Dios; y a mayor desprendimiento de sí mismo, más facilidad para la misma.

4. Sencillez y complejidad de la Experiencia

/ Esta experiencia al ser la realidad humana más importante goza de la simultanea simplicidad y complejidad propias de las grandes vivencias de la persona humana: 

K    Es una realidad en la que la iniciativa viene del otro lado, pero que no se da sin el concurso decidido del humano.

K    De parte de Dios, creemos por la fe, que es fruto de su gratuidad, de su libertad y de su generosidad, pero existen condiciones en las que la persona puede realizar su intención de entrega o puede convertirse en obstáculo. 

/  Creemos por la fe que esa complejidad no tiene su raíz en la actuación de Dios sino que la experiencia enseña que tiene relación con las condiciones humanas que acompañan a la experiencia.

5. Lo que el ser humano aporta como equipaje específico para la Experiencia de Dios

/ Sin olvidar por ningún momento la absoluta libertad, la gratuidad y la generosidad con la que el Señor puede actuar y ha actuado en esta relación, le hacemos en este momento honor a la forma como históricamente se ha desarrollado en el mundo esta aventura siempre original del Encuentro de Dios con el ser humano.

K    Podemos suponer que el Señor ama y respeta su creación y que por eso actúa mediándose con las realidades y condiciones que pertenecen a la espiritualidad, a la fisiología, a la sicología del ser humano.

K    Por eso podemos pensar en condiciones que vehiculan la experiencia de Dios, determinan la naturaleza de esta relación y aportan los "matices y colores"  por lo menos desde el lado de la persona humana.

K    Tratar de identificar esas condiciones tiene la grandísima utilidad de proporcionarnos una guía en el momento en el que queremos colaborar con la acción de Dios y "hacer vigilia" para el Encuentro.

K    Identificar estas condiciones puede también servirnos para acompañar activamente a otros en el camino de densificar su experiencia de Dios.

K    Vamos entonces a tratar de identificar estas condiciones:

/ Preconceptos básicos: concepto e imagen de Dios, concepto e imagen del ser humano, de sí mismo y de la realidad con las que el individuo funciona en la vida real. Estos preconceptos facilitan o dificultan la posibilidad de la Experiencia.

/ Historia individual de las relaciones interpersonales fundantes del ser humano como son las relaciones parentales, vínculos significativos posteriores, etc. La suerte que se ha tenido en el desarrollo de estas relaciones facilitan o hacen más difícil la experiencia.

/ Historia individual del camino espiritual vivido: los códigos espirituales y religiosos en los que se ha dado algún aprendizaje.

/ Grado de sensibilidad y compromiso con la realidad de los seres humanos em-pobrecidos, in-capacitados, mal-tratados, anulados, marginalizados.

/ Grado de permeabilidad racional para aceptar la posibilidad de lo sorpresivo, lo nuevo, lo incontrolado.

/ Versatilidad afectiva para exponerse, involucrarse y sumergirse en situaciones que trascienden la realidad cotidiana. 

/ Opciones y compromisos significativos que se han hecho en la propia vida. Naturaleza y direccionalidad de estas opciones.

/ Grado de apertura o de expectativa hacia lo trascendente desconocido: ansias, anhelos, "curiosidades"

/ Carencias existenciales y circunstanciales reconocidas.

/ Informaciones referentes a la "Buena Noticia", a la Revelación de Jesús sobre Dios, o sea "nivel de evangelización" al que se ha llegado. 

/ Mediaciones religiosas habituales: Imágenes sagradas, fantasías religiosas, devociones, ritos, personajes venerados, etc.

6. Situaciones que pueden exponer al ser humano a una Experiencia cristiana de Dios

 

No hay situaciones que automáticamente propicien la Experiencia o que fatalmente la impidan. Dios es la absoluta libertad y gratuidad. La sicología del  ser humano es capaz de lo imprevisible. Lo que podemos modestamente suponer es que perteneciendo esta Experiencia a la dimensión del amor, de lo trascendental, de lo "excesivo", de lo oblativo, de lo relacional, de lo amistoso; hay  situaciones que le son más afines. Vamos a aventurarnos a nombrar algunas de ellas:

1.    El encuentro respetuoso, generoso, desprendido, desinteresado y portador de felicidad y crecimiento con  otro ser humano, cualquier ser humano, pero cuando este humano está maltratado y urgido de atención, esa persona representa un lugar de coincidencia con el infinito interés del Señor por sus "pequeños".

2.    La celebración eucarística comunitaria cuando se vive en la actitud de fe en el misterio, de amor sincero a la comunidad que está allí y que está fuera, purificados de las actitudes del "comercio de lo divino" como son la estrategia de la búsqueda del   mérito, de la magia y del miedo. 

3.    Percibir la transparencia de Dios en todas las cosas: Esto llega cuando se trata de vivir agradeciéndolo todo, pidiéndolo todo, estando disponible para lo que El quiera.

4.    La oración explícita individual o grupal cuando se llega al intercambio de los afectos (agradecimiento, arrepentimiento, petición, ternura, rabia, etc), cuando se llega a "oir" las mociones por pequeñas que sean, cuando no se "espera nada" de la oración y sin embargo "uno está allí", cuando no se es esclavo de las eventuales gratificaciones sensuales.

5.    Las situaciones límites (muerte o separación del ser querido, peligro de la propia vida o incluso la misma muerte propia, éxitos notables o pequeños, fracasos grandes o minúsculos, decisiones definitorias, etc) vividas en el abandono total en las manos de Dios o por lo menos en el deseo de ese abandono.              



· Maestro de Novicios, Venezuela