Dios, fundamento de la política
Por Monseñor
Michael Schooyans
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Bajo apariencia de tolerancia o de
pluralismo, se nada en el relativismo. Consecuencia inevitable: se derogan,
en nombre de la mayoría, los derechos más fundamentales. En nombre de los
valores, arruinan los valores. |
El Instituto de
Humanidades Ángel Ayala-CEU fue el foro que recogió,
el 2 de diciembre pasado, la Lección magistral que, bajo el título Dios, o el
postulado de la razón política, pronunció monseñor Michel
Schooyans, catedrático emérito de la Universidad de
Lovaina. En ella, de la que ofrecemos un extracto, defiende la fundamentación realista de la política en el Creador, si no
se quiere caer en la dictadura del consenso, y, consecuentemente, en el
totalitarismo.
Desde
los tiempos antiguos se ha manifestado una cierta protesta: ¿la sumisión a la
ciudad debe ser total e incondicional? Hesíodo,
Sócrates, Sófocles y Cicerón se plantearon el problema de saber si existe, o
no, una justicia superior que se impone a los hombres. La conversión de
Constantino fue, en cierto modo, el bautismo del poder. Se puede lamentar esta
íntima alianza entre el poder político y el poder espiritual; de todos modos,
esta alianza tenía por lo menos una ventaja: el hombre es capaz de descubrir la
ley eterna que preside el orden del mundo, la ley natural que regula el ser y
el obrar de las criaturas, y la ley divina, gracias a la Revelación.
Se
produce un gran giro en el Renacimiento. La metafísica misma es cuestionada en
sus fundamentos, en provecho de las ciencias; aparece una crítica del
cristianismo y una afirmación de la total autonomía del hombre. En política, Groccio piensa el Derecho natural al margen de Dios: en
adelante, Dios resultará inútil. El Derecho natural será simplemente deducido
del estudio de la naturaleza humana. La sociabilidad del ser humano es puesta
en duda y, al ser el hombre un lobo para el hombre, el gran problema que se
plantea es el de saber cómo asegurar la defensa del hombre en la sociedad
política. Para ello el ser humano deberá hacer un pacto de alienación, de modo
que el Leviatán pueda garantizar la seguridad haciendo respetar la ley. Al
mismo tiempo, las teorías contractualistas se
multiplican; según Rousseau, la voluntad general se
expresa infaliblemente en la mayoría. Esta voluntad general se traduce en la
ley, y la ley adquiere una santidad civil.
Del
breve examen hecho hasta aquí de esta evolución, resulta que Dios es poco a
poco retirado de la vida política. Actualmente, todos los regímenes
democráticos recurren a la regla de la mayoría. Por ejemplo, hoy se corre el
riesgo de prisión si uno se opone al aborto; hace treinta años, uno corría el
riesgo de prisión, o iba efectivamente a prisión, si practicaba el aborto.
¿Cuál es el resultado de esta situación? Se llega a lo que los anglosajones
llaman formas de consenso. Bajo apariencia de tolerancia o de pluralismo, se
nada en el relativismo. Consecuencia inevitable: se derogan, en nombre de la
mayoría, los derechos más fundamentales. En nombre de los valores, arruinan los
valores. Su lugar es ocupado por negociaciones, continuos mercadeos para
encontrar un consenso.
A Dios, lo que es de Dios
Lo
que muchos teóricos modernos y contemporáneos del poder no han visto es que ni
el gobernante, ni el pueblo, tienen fundamento para erigirse como instancia
última del poder. Así se comprende, sin duda, que todos los totalitarismos
contemporáneos, destructores del hombre, deriven de las concepciones puramente inmanentistas del poder. El agnosticismo y el ateísmo
engendran automáticamente en política una nueva forma de idolatría consagrada
al culto de la sociedad civil. Una vez suprimida la referencia a Dios, nada,
excepto las convenciones negociables, puede moderar el poder. La verdad es
entonces acomodada a los decretos que brotan de la voluntad de los más fuertes.
Es el triunfo de la ideología, de la mentira y, al cabo, de la violencia.
En este sentido, la elección política fundamental es siempre primero una
elección de Dios o contra Dios. Dios aparece aquí como el postulado fundamental
de la razón política. Dios delega a los hombres la responsabilidad de
gobernarse. En la gestión de la sociedad, el hombre goza de una autonomía
basada en su relación existencial con su Creador y, por ese mismo motivo,
despliega la inventiva y asume la responsabilidad propias del ser finito.
El
enraizamiento del poder en una metafísica abre el
camino a una lectura resueltamente optimista y liberadora del poder político.
Creado por un Dios providente, el mundo no es el lugar de la incoherencia, de
la arbitrariedad, de los instintos ciegos, de la gnosis, de lo incognoscible,
del absurdo. El mundo obedece a un diseño divino.
En
resumen, tanto la experiencia histórica como la reflexión filosófica nos
muestran que no es posible pensar la democracia en un sistema político en el
que Dios ha sido suprimido. ¡Aviso para los eurócratas
y para sus administrados! No hay fraternidad posible sin Padre.
