CONCEPCIÓN CATÓLICA DE
Edición de
los Cursos de Cultura Católica
Impreso por
Francisco A. Colombo,
19 de
septiembre de 1936
PROLOGO
“Buscad
primero el reino de Dios y su Justicia y todo lo demás se os dará por añadidura”,
ha dicho Jesucristo. Estas palabras no son una máxima piadosa. Son una ley de
la realidad. El mundo moderno, que ha querido buscar ante todo lo económico, no
sólo no consiguió esto, sino que perdió por añadidura el reino de Dios.
Este libro pretende dejar constancia de este hecho.
Sobre todo, quiere hacer ver que el Evangelio y
Es lo que acaece con los regímenes económicos
modernos y con las teorías de los economistas, que parecen construcciones
sumamente grandiosas. Pero, ¿de qué valen si en lugar de servir, sacrifican a
la colectividad humana? Da pena contemplar el derroche de complicada técnica de
muchos economistas en elucubraciones - admirables que caen en el vacío por no
tener presente esta verdad elemental de que una economía vale en la medida en
que es benéfica al hombre. Por tal razón este libro no es ni puede ser un libro
de técnica. Es simplemente una reflexión de sentido común, sobre las realidades
de la vida económica.
Cuando la vida económica está ordenada en un
sentido humano, la técnica puede desempeñar una benéfica función, haciendo más
ajustable los distintos órganos de la actividad económica con un rendimiento
más humano. Pero si f alta este ordenamiento humano, toda técnica resultará
estéril, cuando no maléfica. No es que se desprecie la técnica. La técnica
tiene una misión útil, pero secundaria. La técnica es de suyo miope. Debe estar
iluminada por los sentidos superiores. Es posible, p. ej., que, en el "conjunto x de fenómenos económicos”, un
técnico que compara el movimiento financiero descubra un progreso en las
actividades que pueda traducirse en una ascensión de curvas matemáticas; pero,
¿se sigue de allí que la vida económica real ha progresado, aportando mejoras
reales de riqueza y bienestar a todos los que han actuado en el "conjunto x de fenómenos económicos"?
¿No es posible que ese progreso de curvas señale un aumento real en el conjunto
total, pero como hay desigualdad en la distribución, ese progreso se haya hecho
en beneficio de unos pocos y a expensas del cuerpo social? ¿Y allí donde la
técnica haya de comprobar un progreso de curvas, la verdad del bienestar humano
señala un descenso? ¿Acaso no es cosa manifiesta que nunca ha habido en la
humanidad, un movimiento financiero, bursátil sobre todo, tan enorme como hoy,
y que sin embargo, el bienestar humano no es mejor con respecto a otros tiempos?
Demuestra esto que la técnica de suyo miope debe
estar iluminada por vistas superiores de la inteligencia. De la inteligencia,
digo, que ve la razón y esencia de las cosas, y que se llama Sentido Común cuando procede bien por
el instinto propio de alcanzar la verdad, y que se llama Filosofía Aristotélico Tomista cuando puede justificar
reflexivamente que procede bien.
De aquí que este libro sea, en verdad, una
filosofía católica de
Por esto, el presente libro quiere poner de relieve
el ordenamiento esencial de toda economía que esté en verdad al servicio del
hombre: simplemente, de la economía. Porque una economía que no sirva al hombre
es un contrasentido. Sería una economía antieconómica. Que sirva al hombre
total con las virtualidades jerárquicas que en sí encierra. El hombre no es un
puro estómago. Además de estómago, el hombre es racional; además de hombre,
tiene, por la misericordia de Dios, un destino divino.
CAPITULO I:
El mundo vive hoy bajo el signo de la inquietud
económica, Porque se ha Perdido el sentido de la economía. Se conocen una
infinidad de fenómenos económicos, llamados producción, tierra, capital,
trabajo, finanzas, consumo; se registran pretendidas leyes económicas; se
construyen teorías y se crean escuelas económicas; pero no se posee el sentido
de la economía, porque se ha perdido el de la vida humana.
El mundo moderno – llamo mundo moderno al
engendrado por la acción anti-tradicional de
Por esto nuestra preocupación constante en el
presente libro será formular un juicio de valor sobre la realidad económica.
Habremos de penetrar en las entrañas mismas de los fenómenos económicos
modernos, para descubrir su conformación esencial y ver si hay en ellos una
perversión ingénita, y en este caso, proponer las condiciones del medicamento
eficaz. Como los fenómenos económicos que nos rodean son esencialmente
capitalistas, nada más justo que precisar la naturaleza de
Materia y
forma de la economía
En toda construcción económica concreta p. ej.
Apliquemos esta doctrina a la economía capitalista
liberal. En ella, la máquina, el crédito, el intercambio mundial de productos,
p. ej., es como la materia del edificio económico, y la conformación que se da
a estos elementos es como la forma. Si a estos elementos se les imprimiese una
conformación distinta, si se los determinase con otra forma, podría surgir
también una economía distinta. Por esto, lo interesante para el conocimiento de
una construcción económica es la determinación de aquel principio formal que
constituye como su alma. No obstante, los elementos materiales ofrecen también
interés, por cuanto una forma determinada no puede informar una materia si no
se halla ésta en ciertas disposiciones propicias: así por ejemplo, el alimento que
comemos no se asimila en nuestra sustancia sino después de un proceso de
transformación, realizado por la acción de los jugos gastrointestinales, que
disponen la materia para la recepción de una determinada forma. Y la forma, por
su parte, como se une substancialmente a la materia, imprime en ella un sello
característico.
Esta distinción aristotélica-tomista de materia y
forma aplicada a
Elementos
formales del capitalismo:
La forma nos la manifestará el estado del hombre en
el momento en que éste imprime, como oficialmente, el impulso a
¿Cuál es el estado del hombre en este preciso
momento? El hombre se hallaba en una pendiente, por la cual venía rodando hacía
más de tres siglos.
En la cima del universo social, jerárquicamente
ordenado, dominaba el Siervo de los siervos de Dios, como en la cima de las
preocupaciones humanas dominaba "lo
único necesario": el amor de Aquel que se nos manifestó como Padre.
No se trata de hacer la apología de la civilización
medieval, "más bella en los
recuerdos depurados de la historia que en la realidad vivida"
(Maritain, Religion et Culture), sino de hacer vislumbrar el tipo normal de una
civilización humana.
Lutero quiebra oficialmente este bello ordenamiento
aniquilando la vida religiosa, que, sin pretenderlo, sustentaba igualmente, la
vida intelectual y moral del hombre. Sin la gracia sobrenatural, despuntaron
los instintos de la fiera humana, en especial la avaricia, la execranda sed de
oro, que es como una idolatría, según el Apóstol. "Mientras el mercantilismo del siglo XVI y XVII anuncia el liberalismo
del XIX y la piratería legalizada de Isabel deja en zaga a los especuladores
modernos" (Marcel Malcor. Nova et Vetera, Abril-Junio 1931), Descartes
y Kant, destruyendo la vida de la inteligencia y substituyéndole la razón, o
sea: una facultad que no percibe las esencias sino tan sólo realidades
abstractas, mecánicas, de una magnitud comparable, echan las bases de una
economía física, ajustada a leyes mecánicas invariables, como el curso de los
astros, y como éste, substraído a la regulación propia del ser humano.
Lo curioso es que mientras crecía la dominación de
la avaricia y el sentido
racionalista o mecánico de la vida, ésta se sentía debilitada en su interior y
por tanto ansiosa de romper los vínculos que la obligaban a mantenerse en
orden. Rousseau proclama oficialmente la era de la omnímoda libertad, porque,
como no hay Dios, no hay soberano, y el hombre individuo se constituye en su
propia ley.
Con Rousseau coincide, por otra parte, el
agotamiento del impulso protestante y racionalista, y, por ende, la pérdida
definitiva de la vitalidad sobrenatural e intelectual del hombre moderno. Sin
vida espiritual e inteligente, debió surgir el tipo de hombre-estómago, el
burgués, entregado con toda su mente, con todo su corazón, con todas sus
fuerzas a lo económico.
De aquí que, a fines del siglo XVIII, suene la hora
de
Esencia del
capitalismo: Elementos materiales
Esta forma de
Al mismo tiempo que la máquina aumentaba en Europa
vertiginosamente y con regularidad matemática las posibilidades de producción,
el estado agrícola del mundo abría mercado ilimitado a la industria europea. Es
fácil de imaginar que una industria naciente, frente a mercados enormes e ilimitados,
iba a exigir también la ilimitación de la producción. Derribáronse, pues, las
antiguas barreras aduaneras que se oponían a la libre circulación, los
reglamentos que limitaban la producción y las disciplinas morales y políticas
que contenían las iniciativas privadas.
El mercado ilimitado ofrecía, pues, una condición
material propicia a la concepción liberal que se había hecho Rousseau de la
economía. El incremento de la especulación de la alta finanza, representada
como caso típico por
Las condiciones materiales del mundo se ajustan a
sus condiciones formales. Todo está preparado, a fines del siglo XVIII, para
que surja el capitalismo liberal, así como ahora, en las últimas boqueadas del
capitalismo, el mundo, tanto por sus condiciones materiales como formales, está
listo para sumergirse en una gigantesca anarquía.
Definición
del capitalismo
Podemos definir, entonces, el capitalismo: Es un
sistema económico que busca el acrecentamiento ilimitado de la ganancia por la
aplicación de leyes económicas mecánicas. Capitalismo es todo sistema que busca
el lucro ilimitado, para lo cual quiere ilimitados la producción y el consumo.
Se define, entonces, con la misma fórmula que usaba el Doctor Angélico para
condenar todo negocio que busca el lucro como un fin: "El acrecentamiento sin límites de las
riquezas". (S. T. II-II. q.
Definición que se aplica al liberalismo y al
marxismo. Los dos son imperialistas; los dos pretenden apurar la aceleración
económica para obtener el máximum de
rendimiento e imponer la felicidad económica en esta tierra, que no debe ser un
valle de lágrimas habitable como quiso el cristianismo sino el paraíso
confortable.
Pero mientras el liberalismo concentra la riqueza
en la oligarquía de los multimillonarios, la avaricia marxista la acumula en la
oligarquía de una minoría proletaria que se ha convertido en Estado. En una
idéntica configuración genérica, existen, sin embargo, diferencias específicas,
porque el liberalismo llega a la concentración injusta partiendo de la riqueza
individual y de la libertad ilimitada, y el marxismo la implanta en virtud de
la propiedad colectivista.
Además, mientras el liberalismo, en virtud de la
influencia cartesiana, asimila el trabajo humano a operación de una pura
mecánica, el marxismo (teóricamente) hace de él un elemento irreductible, de
carácter biológico. Este descubrimiento del carácter biológico del trabajo es
sintomático, porque anuncia una Economía nueva; Economía desastrosa, si no se
purifica al hombre de su instinto de la avaricia, pues se implantará una
tiranía proletaria como en Rusia; benéfica o católica, si se le purifica.
Expuesta la naturaleza del capitalismo e indicadas
rápidamente sus dos especies principales, vamos a formular su crítica, la cual
se dirigirá preferentemente al capitalismo liberal.
El
capitalismo es antieconómico
Omitamos el hecho de que una economía regida por la
concupiscencia del lucro como ley fundamental debe resultar un Moloc devorador
del bienestar económico del operario, que resulta una vil mercancía sometida al
vaivén del mercado: devorador del interés del consumidor, que no entra en
cuenta sino en cuanto permite la aceleración de la producción, y con ésta, la
aceleración de la ganancia (por esto, como cosa general, se le proporcionan
artículos superfluos, o de mala calidad, a precio relativamente caros);
devorador del productor, que ha de vivir afiebrado en la aceleración de su
producción y en el mejoramiento de los utensilios técnicos, sí no quiere
sucumbir en la concurrencia industrial; devorador del comerciante, que ha, de
someterse al febril dinamismo del consumidor regido por la infinita veleidad
del capricho y a la aceleración de las novedades industriales, sin tener tiempo
de liquidar sus stocks anticuados; devorador del financista, que ha de ir a la
caza del consumidor, del productor y del comerciante, para acelerar también él,
vertiginosamente, sin dormirse, la productividad de su dinero.
Omitamos, digo, todos estos trastornos delirantes,
y observemos tan sólo que el capitalismo, precisamente en virtud de su esencia
capitalista o concupiscencia del lucro, lleva en sus entrañas su propia ruina
sin poder jamás, ni siquiera por un instante, proporcionar el bienestar
económico del hombre. En otras palabras: es esencialmente antieconómico. En
efecto, le podemos definir: "aceleración
del lucro por la aceleración de la producción y del consumo".
Ahora bien, mientras no se llega al límite que
equilibra la producción con el consumo, mientras existen mercados ilimitados
abiertos a la producción, es evidente que la aceleración desenfrenada del
maquinismo y del crédito es favorable al desarrollo de la economía capitalista,
mejor digamos a su entumecimiento, como el de ciertos tumores que parecen
plenitud de salud; pero una vez que la producción llega a equilibrar la
posibilidad de consumo (nótese bien, digo la posibilidad), el capitalismo
liberal ha muerto. Porque, para que continúe viviendo, sería necesario imprimir
una igual aceleración al consumo que a la producción, lo cual es imposible,
pues ésta puede alcanzar por año de un 25 % a un 40 %.
Ha muerto: porque si no puede acelerar la
producción, no puede acelerar el lucro; y como éste constituye su esencia, una
vez que el consumo se siente saturado, debe quebrar y deshacerse. La crisis
actual del capitalismo -su crisis definitiva- tiene este sentido.
Preguntará alguno: ¿cómo es posible hablar de
saturación, de equilibrio entre la producción y el consumo si hoy no se consume
lo que puede consumirse y quedan inmensas riquezas para explotar y enormes
comodidades para alcanzar? Esta objeción ha sido prevenida cuando se ha dicho:
"equilibrar la posibilidad de
consumo", porque el capitalismo ha muerto, no cuando se llega a
producir lo que se consume sino lo que se puede consumir; es decir, que el
capitalismo no ha tenido ni tendrá, siquiera por un instante, el fugaz consuelo
de satisfacer plenamente el consumo. Y esto está en la esencia del capitalismo.
En efecto; en el capitalismo, la producción y, aún
mejor, la financiación de la producción obtiene primacía sobre el consumo;
luego, se ha de procurar a toda costa la mayor producción, subordinando a ella
el consumo. Es así que a la producción, en el período de no saturación, le es
más provechoso no asegurar al obrero el justo salario, los medios necesarios de
subsistencia, porque así se dispone de más riqueza productiva; luego, en ese
período sujeta a la inmensa multitud a la ley del hambre. Es la historia del
capitalismo liberal en el siglo XIX. En cambio, cuando se ha alcanzado la
saturación, como hay que frenar violentamente la producción, se produce una
forzosa desocupación, y se da el caso, que contemplan hoy nuestros ojos, de una
enorme riqueza, capaz de alimentar, vestir y divertir a todo el género humano
y, por otro lado, de una inmensa multitud sumida en la miseria, sin poder
consumir por no tener los medios de adquisición.
Luego, el capitalismo sucumbe sin haber asegurado
jamás el bienestar económico del género humano. Es que el capitalismo es
esencialmente futurista. Puede afirmarse una economía liberadora de la vida
humana, porque espera serlo para todo el mundo en el porvenir, aunque mientras
tanto sólo lo es en provecho de unos pocos. Es el mismo lenguaje y el mismo
método del Capitalismo soviético. Pero este porvenir, este mañana no puede
llegar nunca, porque esa imposibilidad está en su esencia.
Contraste profundo entre el Capitalismo y la
economía preconizada por Cristo en el Sermón de
Mirad las aves del cielo, no
siembran ni tienen graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. Mirad los
lirios del campo ... (Luc. XII, 22-31).
El Capitalismo anda afanoso, acumulando para el
mañana. Jesucristo en cambio nos dice:
"No andéis acongojados por el
día de mañana; que el día de mañana harto cuidado traerá por sí; bástale a cada
día su propio afán".
Palabras de Jesucristo, que no son consejos
piadosos.. Expresan la ley de la vida económica. La economía debe pensar ante
todo en las necesidades del presente. Se debe producir hoy lo que reclama el
consumo de hoy. Porque, si llevados por la avaricia, se produce hoy lo que se
necesita para todo el año, y así se trabaja cada día, con el propósito de
acrecentar la ganancia, sucederá que hoy no se consumirá para no disminuir la
producción que se reserva para el mañana (Capitalismo durante el Siglo XIX con
los salarios de hambre), y mañana, porque habrá que parar la producción para
liquidar los Stocks almacenados; y al parar no habrá salarios, con lo qué no
habrá posibilidad de consumo. (Capitalismo en el período de apogeo). (ver nota
2 al final del libro).
La avaricia,
esencia del capitalismo
Hay una perversidad esencial en el capitalismo,
cualquiera sea su especie, pues es éste un sistema fundado sobre un vicio
capital que los teólogos llaman avaricia. Busca el acrecentamiento sin límites
de las riquezas como si fuese éste un fin en sí, como si su pura posesión
constituyese la felicidad del hombre.
“Y es imposible -como enseña
textualmente el Angélico (I-II, q.
Con mucha menor razón puede consistir en las
riquezas artificiales, ya que éstas no tienen otra finalidad que la de servir
de medio para adquirir las riquezas naturales necesarias para la vida. Ahora
bien, (dice el Santo Doctor) si tanto las riquezas naturales como las
artificiales tienen por finalidad satisfacer las necesidades materiales del
hombre, según la condición de cada uno, su adquisición sólo es buena en la
medida en que sirve para satisfacer estas necesidades; luego su posesión y
producción debe estar regulada. Si se quebranta esta medida y se las quiere
retener y poseer sin limitación ninguna, se comete un pecado llamado avaricia,
que consiste en “un deseo inmoderado de poseer
las cosas exteriores" (II-II, q.118, a. 2).
Precisamente, es esta concupiscencia del lucro la
que constituye la esencia de la economía moderna. No que la avaricia sólo haya
existido en ella; siempre ha habido avaros, y el Espíritu Santo dice por boca
de Salomón que "al dinero obedecen
todas las cosas"; pero nunca como en ella, este impulso perverso que
anida en la carne pecadora del hombre se ha organizado en un sistema económico,
nadie como ella ha hecho de un pecado una babélica construcción.
Y, como la avaricia es un vicio capital con muchas
hijas -según explica el Doctor Angélico (II-II, q.118, a.8)-, el Capitalismo ha
erigido consigo una prole de pecados, sistemas que los economistas denominan
leyes económicas.
“Porque, como consiste la avaricia
en un amor superfluo de las riquezas, hay en ella un doble desorden: porque, o
se las retiene indebidamente, o se las adquiere en forma ilícita. Hay desorden
en su retención, en el caso de inhumanidad o de endurecimiento, cuando el
corazón no se ablanda de misericordia en presencia de los necesitados, y así el
capitalismo, como, todo avaro, cierra sus entrañas a las miserias del pobre; al
capital, monstruo anónimo con mil atribuciones y sin ninguna responsabilidad,
no le interesa la caridad, ni la piedad, ni la misma equidad, ni siquiera se
cree con deberes: para con los individuos a quienes emplea, o en todo caso este
deber es del mismo orden que el que se tiene respecto al capital máquina, a
saber: un mantenimiento escrupuloso y metódico, mientras este mantenimiento
produce negocio: el paro o la desocupación cuando las cifras lo exigen o lo
prefieren". (Marcel Malcor. Nova et Vetera, Julio 1931).
Hay además desorden en la avaricia, porque se
adquieren las riquezas, o con afección desordenada, o recurriendo a medios
ilícitos. Porque la avaricia engendra una "inquietud morbosa y una febril preocupación de lo superfluo”, que
hace decir al Eclesiastés, V. 9, que el avaro nunca se hartará de dinero; y
así, el capitalismo, dinámico, vertiginoso, insaciable, emplea todos los
minutos ("el tiempo es oro")
para acelerar el lucro, y con él, la producción y el consumo; la vida, es una
carrera sin descanso en prosecución del oro; no se busca la riqueza para vivir
sino que se vive para enriquecerse. ¡Cuán lejos estamos de la economía
católica, regida por la procuración del pan de cada día!
La avaricia engendra, asimismo, como tantas otras
hijas, la violencia, la falacia, el perjurio, el fraude y la traición. Y el
capitalismo peca de violencia,
porque, con su hambre de concentración, devora la pequeña industria y la
pequeña propiedad; peca de falacia, porque promete la liberación de todo el
género humano y cada día le sumerge profundamente en la miseria, pues a la
concentración por un lado corresponde la desolación por el otro; peca de
perjurio, cuando a la falacia se une el juramento, y el capitalismo rubrica con
el crédito su engaño, como se explicará en el 4º capítulo; peca de fraude,
porque con el crédito o préstamo a interés se apodera de los ahorros del género
humano y los maneja como si fuese propietario, porque somete al obrero a la ley
del hambre, y porque asegura un consumo malo y caro; peca, finalmente, de
traición, porque aniquila a la persona humana, haciendo del hombre un mero
individuo, una simple rueda en la maquinaria gigantesca del edificio económico,
porque hace añicos la familia, hacinando en las fábricas como en tropilla a
hombres y mujeres, porque destruye la educación con la estandardización de la
escuela y la supresión del aprendizaje.
En resumen, que el capitalismo es como la erupción
de toda una familia de pecados, es el reino de Mammon. Y esto se aplica tanto
al capitalismo liberal como al marxista.
La economía
católica
La economía, en cambio, la única economía posible,
está fundada sobre la virtud que Santo Tomás llama liberalidad, la cual nos
enseña el buen uso de los bienes de este mundo concedidos para nuestra
sustentación (II-II, q.117).
¿Acaso las riquezas artificiales y naturales deben
ser producidas y acumuladas porque sí? Sin duda que no. Son cosas destinadas al
provecho del hombre, para su uso; digamos la palabra: "para el consumo". Resultan bienes y
no simplemente cosas en la medida que aprovechan o pueden aprovechar al hombre.
Luego, todo el proceso económico, por la exigencia de la misma economía, debe
estar orientado hacia el consumo. De aquí una doble falla antieconómica en el
capitalismo, cualquiera sea su especie, porque se consume para producir y se
produce para lucrar. La finanza regula la producción, y la producción regula el
consumo.
Y los bienes, ¿para qué se consumen?, a sea, el
proceso económico total, ¿a dónde se orienta? A satisfacer las necesidades de
la vida corporal del hombre. Y como ésta no tiene un fin en sí, sino que su
integridad es requerida para asegurar la vida espiritual del hombre, que
culmina en el acto de amor a Dios, toda la economía debe estar al servicio del
hombre para que éste se ponga al servicio de Dios.
“Santo Tomás enseña que para llevar
una vida moral, para desarrollarse en la vida de las virtudes, el hombre tiene
necesidad de un mínimun de bienestar y de seguridad material. Esta enseñanza
significa, -dice Maritain - que la
miseria es socialmente, como lo han visto claramente León Bloy y Péguy, una
especie de infierno; significa asimismo que las condiciones sociales que coloca
a la mayor parte de los hombres en la ocasión próxima de pecar, exigiendo una
especie de heroísmo de los que quieren practicar la ley de Dios, son
condiciones que en estricta justicia deben ser denunciadas sin descanso y que
debe esforzarse uno por cambiar" (Religion et Culture).
Santo Tomás ha expuesto en la "Summa contra
Gentiles" el lugar de la economía en una jerarquía de valores.
"Si se consideran bien las
cosas, dice, todas las operaciones del hombre están ordenadas al acto de la
divina contemplación como a su propio fin. Pues, ¿para qué son los trabajos
serviles y el comercio, si no para que el cuerpo, estando provisto de las cosas
necesarias a la vida, esté en el estado requerido para la contemplación? ¿Para
qué las virtudes morales y la prudencia, sino para procurar la paz interior y la
calma de las pasiones de que tiene necesidad la contemplación? ¿Para qué el
gobierno civil, sino para asegurar la paz exterior necesaria a la
contemplación? De donde, si se considera bien, todas las funciones de la vida
humana parecen estar al servicio de los que contemplan la verdad" (L. IV,
cap. 37).
Mientras no se admita esta jerarquía de valores, no
se habrá superado el capitalismo, porque o se sirve a Dios o se sirve a Mammon,
el dios de las riquezas.
La economía,
una ética
De lo expuesto resulta que la economía es una ética
(contra la concepción mecánica de Descartes) que tiene por objeto específico la
procuración de los bienes materiales útiles al hombre; digo bienes, esto es:
que respondan a las exigencias de la naturaleza humana, no a sus caprichos o
concupiscencias. De ahí que todas aquellas cosas que sobran, una vez
satisfechas las necesidades del propio estado, son superfluas y no resultan
bienes si se mantienen acumulados o se usan para satisfacer la sed de placeres.
Hay obligación grave, según determinaremos en la próxima lección, de participar
de su uso a todos los miembros de la comunidad social, para que resulten bienes
útiles al hombre, esto es: bienes materiales humanos, que sólo deben utilizarlo
en cuanto conduzcan a la plenitud racional y a la destinación sobrenatural del
hombre.
Debemos servirnos de la riqueza como hijos de Dios
que nos llamamos y somos. Luego la economía es una parte de la prudencia, como
enseña Santo Tomás (II-II, q.
"las leyes económicas no son
leyes puramente físicas como las de la mecánica o de la química, sino leyes de
la acción, humana, que implican valores morales. La justicia, la liberalidad,
el recto amor del prójimo forman parte esencial de la realidad económica. La
opresión de los pobres y la riqueza tomada como un fin en sí no están solamente
prohibidas por la moral individual, sino que son cosas económicamente malas,
que van contra el fin mismo de la economía, porque este fin es un fin
humano" (Maritain, Religion et Culture, pág. 46).
De aquí la justificación de los elementos y valores
económicos haya que buscarla en las exigencias de la acción humana, y, que sea
su moralidad, su moralidad intrínseca, la condición de sus efectos benéficos
para el hombre.
Trascendencia
de la economía católica
No sé si habrá quedado expuesta con claridad la
oposición fundamental de la economía (porque sólo puede llamarse simplemente
economía la verdaderamente humana) y
Una está fundada sobre un pecado, y la otra
descansa sobre una virtud. La una, como todo pecado, bajo maravillosos
disfraces, esclaviza al hombre, porque el que comete el pecado es esclavo del
pecado, según dice el Apóstol. La otra, humildemente, sin ostentación, le
liberta, porque la verdad nos hace libres, según enseñaba Cristo.
Si la economía moderna nace del pecado, es
esencialmente perversa y nefasta. Podrá haber en ella muchos elementos
materiales buenos, pero la conformación de los mismos es intrínsicamente
satánica. De aquí que la doctrina económica de
Por esto, si no quiere venir a Dios, si rehusa
aceptar el gobierno de Dios, tendrá que caer bajo el gobierno de las riquezas.
O Dios o Mammon. No se puede servir a dos señores. Pero tiene que servir: si
rehusa el gobierno paternal de Dios, caerá bajo la esclavitud del becerro de
oro. Sólo hay dos economías verdaderamente opuestas: la cristiana, que usa de
las riquezas para subir a Dios, y la moderna o capitalista (sea liberal o
marxista), que abandona a Dios para esclavizarse en la riqueza.
Parece que la misericordia divina, apiadada de la
espantosa suerte del hombre, que ha perdido el paraíso sobrenatural y vive en
un infierno terrestre, quiere en esta hora libertarnos de la opresión
capitalista. Este es el sentido de la crisis profunda que pesa sobre el mundo.
Pero hay dos caminos para que la liberación se
realice. Porque, si entendiendo el hombre el plan de Dios que quiere
libertarnos de la opresión burguesa, de la esclavitud del oro, se presta a los
deseos divinos y, con espíritu de penitencia, renuncia a lo superfluo y para
expiar su perversa codicia aún se priva de lo necesario, el Señor, que perdonó
a Nínive, devolverá al hombre el sentido de la economía y, con ella, el sentido
de
Si en cambio no entiende el plan de Dios, o hace
como si no lo entendiese, el Señor le libertará, es cierto, pero después de
purificarle en una espantosa catástrofe de terror y de anarquía.
CAPÍTULO II
En el capítulo anterior descubrimos al vivo la
perversión esencial y funesta de toda economía que, como el capitalismo, esté
regida intrínsecamente por la concupiscencia del lucro. Siendo ésta un instinto
insaciable, infinitamente vertiginoso, dinámico, acelerador, es rebelde a toda medida,
y por esto importa una radical inversión de todos los valores humanos, y aún de
los mismos valores económicos. De los valores humanos: porque en lugar de poner
la economía al servicio de la vida corporal del hombre, para que así pueda éste
alcanzar la integridad de su vida intelectual y espiritual y ponerse al
servicio de Dios, Señor único que merece plena adhesión, la concepción
económica moderna absorbe todas las energías espirituales y materiales del
hombre y las coloca a merced del gigantesco edificio económico, alrededor del
cual todo el mundo – desde el último desocupado hasta el poderoso financista –
está obligado a postrarse en religiosa danza.
Inversión de los mismos valores económicos: porque
en lugar de emplear el dinero como un puro medio de cambio que facilite la
distribución y difusión de las riquezas naturales, se hace de él precisamente
lo opuesto, es decir un fin último, con una poderosa fuerza de atracción que
concentra en pocas manos más dinero, y con él las mismas riquezas naturales. De
tal suerte está armada la economía capitalista, que todo concurre a la
multiplicación del oro: las riquezas y el crédito sirven para multiplicar el
oro; si se comercia es para multiplicar el oro; si se produce es para comerciar
y con ello multiplicar el oro; si se consume es para producir más y con ello
comerciar más y poder multiplicar más el oro. De modo que la vida es una danza
perpetua alrededor del oro, al cual, para colmo de la paradoja, nadie ve porque
duerme en las cavernas misteriosas de los grandes bancos.
De modo que el consumo, que debía de ser el fin
próximo regulador de todo el proceso económico, viene a estar, en último
término, supeditado a la producción, al comercio y a la finanza; y, en cambio,
la finanza, que debía ocupar el último lugar como un puro medio, obtiene el
primero de fin regulador.
Jerarquía de
la producción
Esta morbosa aceleración debía provocar al mismo
tiempo un trastorno profundo en los fenómenos económicos particulares, tales
como la producción. Sin entrar en consideraciones metafísicas que pueden
parecer profundas, apliquemos el sentido común y preguntemos: ¿cuál es la
finalidad de la producción de riquezas?, ¿para qué se empeña el hombre en el
trabajo, y produce? Sin duda para disponer de bienes que pueda consumir. No
quiere decir esto que sólo haya de producir lo que diariamente consume. De
ningún modo. Puede y debe producir más, y ahorrar aquello que no consume, y
formar un patrimonio estable que le asegure la vida en el mañana a él y a su
familia y que se perpetúe entre sus herederos. Pero aún esto que inmediatamente
no consume, lo produce en previsión del consumo que necesitará mañana sin
poderlo entonces producir. Luego, siempre será verdad que produce para
consumir. ¿Y cuáles son los primeros bienes de cuyo consumo necesita el
hombre?: ¿gozar, vivir en habitación conveniente, vestirse o comer? Sin duda
que primero es comer, y después vestirse, y luego tener habitación conveniente,
y por fin disfrutar de honestos pasatiempos.
Y como la tierra es la que casi directamente nos
proporciona lo necesario para comer, vestir y habitar, y en cambio la industria
nos suministra de preferencia lo superfluo, se sigue que, en un régimen
económico ordenado, la producción de la tierra y sus riquezas deben obtener
primacía sobre la producción industrial, la vida del campo sobre la vida
urbana. Es decir: exactamente lo inverso de lo que acaece y forzosamente debe
acaecer en la economía moderna. La economía capitalista es, en su esencia, pura
aceleración. La producción de la tierra y el consumo de sus productos se
substrae a la aceleración: no es posible, por ejemplo, obtener trigo en pocos
días o en algunas horas, o consumir 10 kilos de pan en vez de uno. En cambio la
producción de lo superfluo puede aumentar ilimitadamente, porque siempre es
posible crear nuevas necesidades superfluas y satisfacerlas infinitamente.
Luego la economía capitalista, por su misma esencia, siéntese impulsada al
fenómeno "contra naturam"
(que viola las exigencias naturales) de hacer de la industria, de la fábrica,
el tipo normal de producción y, en cambio, imaginar la agricultura como un
acoplado arrastrado por la industria.
Henry Ford ha tenido la franqueza de confesarlo
cuando considera la agricultura como una industria "auxiliar o subsidiaria", según palabras textuales. (En Aujourd hui et demain, pág. 230;
citado por Marcel Malcor, Nova et Vetera, janvier et mars, 1929). Este
dislocamiento de la producción debía engendrar fenómenos tan típicos del
capitalismo como el que la producción y consumo de un artículo son tanto
mayores cuanto más inútiles. Así, por ejemplo, la mujer americana: gastó en
1925, por término medio, tres veces más en cosméticos de lo que gastó en pan, y
ahora, en plena crisis, vemos que, con un evidente subconsumo de alimento y
vestido, hay un derroche de cigarrillos, diversiones, diarios, alcohol, etc.;
después, el fenómeno de los apelotonamientos humanos en las llamadas grandes
ciudades, donde se pasa una vida raquítica y miserable pero colmada de diversiones,
mientras los campos quedan desiertos; el de estos mismos campos, en posesión y
provecho de unos pocos propietarios, que se divierten en el harén de la ciudad,
mientras los colonos se consumen en los sudores que no le rinden sino miseria;
y por fin, el de la explotación agrícola industrializada y mercantilízada, de
suerte que no asegura la vida decente del labrador.
Esta inversión total de la jerarquía de la
producción, esta absorción que el mercado y
Observación que a muchos parecerá poco práctica
pero que se puede comprobar por el simple hecho de la crisis: una cosecha
abundante y un ganado de primera clase que no se puede colocar en los mercados
mundiales a precio ventajoso basta para sumergir en la miseria y en el hambre a
toda, la población campesina.
Producción
tipo doméstico y rural
Para que este simple hecho que se aduce tan sólo
como un mero ejemplo no sirva para disminuir el alcance de esta observación,
adviértase que el desbarajuste del campo es permanente porque permanentemente
su vida está atraída y como imantada por la vida anémica de la ciudad, porque
su producción está arrastrada por la producción industrial y comercial; aunque
evidentemente el desbarajuste será mayor cuando a su vez se produce un
trastorno en la misma industria y comercio.
Cuando la tierra pierde la vida propia y va
acoplada al industrialismo y al mercantilismo, la sublevación de los paisanos
es inminente; los terratenientes que viven en la ciudad pueden aprestarse al
degüello. Será conveniente recordar lo que sucedió en el siglo IV en el norte
del África: Numidia Y Bizacena, en el siglo III y IV, suministran aceite de
oliva al mundo civilizado; adelantándose a las fórmulas modernas, establecen un
cultivo e industria especializados y orientados hacia la exportación. Y,
evidentemente, son éstas dos razones para que los grandes dominios, mejor organizados,
equipados de mejores recursos, sobre todo desde el punto de vista del comercio
con el extranjero, absorban a los pequeños. Y así, en el siglo IV, África está
dividida en pocas explotaciones. El labrador propietario ha desaparecido, los
siervos son menos numerosos; los colonos o paisanos libres de antaño, reducidos
a un verdadero proletariado, han de pagar caro su pan en dominios en los que
todo está sacrificado a las explotaciones industriales. Tropas impersonales dé
asalariados invaden los campos. Un buen día, una revolución agraria barre con
toda una clase de propietarios del suelo, y ciudades de lujo, ciudades de
propietarios corno Lambesa, Tirngad, Aquae Regiae, Thisdrus, desaparecen de
golpe. Los colonos se reparten las tierras, y el poder debilitado pasa a manos
de los vándalos llamados, por ellos. (Marcel Malcor, Nova et Vetera,
abril-junio 1931).
No es mi intento infundir pavor a nadie. Sólo
quiero dejar establecido que una producción de la tierra ordenada exige que la
producción económica no sea primordialmente (subrayo: primordialmente) ni
financista, ni mercantilista, ni industrialista. La producción de la tierra
debe estar más generalizada y debe ser preferida a la producción industrial. Y
dentro de la misma tierra, la producción debe ser primero doméstica y sólo
después mercantil. Si ninguno, obsesionado por el monstruo del progreso
capitalista sufre escándalo, voy a escribir la palabra: la producción económica
debe ser preferentemente patriarcal. Es decir: que ha de dominar en la posesión
del tipo de solar en el cual pueda vivir frugalmente una familia modesta, y en
la producción, el tipo de productos domésticos y de granja, de suerte que el
tipo común de familia, pudiendo producir en la propia casa, no se vea, por
ninguna eventualidad, en la miseria. He dicho preferentemente: pues ha de haber
ciudades e industrias, aún con personal asalariado, pero no deben dominar;
deben ocupar un lugar secundario, lo mismo que la explotación agrícola en gran
escala. Por tanto, si se contempla la fisonomía general de un régimen ordenado,
humano, de producción económica, éste debe ser rural en oposición a urbano,
doméstico en oposición a mercantil.
Piensen los glorificadores de la economía
capitalista que todos sus ditirambos al Progreso, a
Si la concepción económica hubiese sido estatal,
colectivista, socialista, una de dos: o se hubiese implantado el trabajo
obligatorio, y entonces quizás se lograse una poderosa riqueza colectiva, pero
a costa de la esclavitud también colectiva como en Rusia; o se hubiese dejado
en libertad, y entonces no se produciría ni para comer, porque si la
colectividad produce y da de comer no hace falta que el individuo se preocupe.
Por esto, sin eufemismos, sin afán de soluciones prácticas, digo que si no se
quiere la esclavitud capitalista ni la esclavitud marxista, es necesario optar
por una economía tipo patriarcal, rural, doméstica. No digo -entiéndase bien-
que sea próximamente posible ni de aplicación práctica inmediata. No lo podría
ser: porque esta fisonomía económica está determinada por la liberalidad, así
como el capitalismo liberal y el marxista han sido engendrados por la avaricia
burguesa o proletaria, y actualmente el instinto de la avaricia está más
virulento que nunca. Digo sí que es la única configuración económica que puede
libertarnos de la opresión capitalista o marxista.
El uso común
de los bienes exteriores
Toda esta doctrina sobre la jerarquía de los
factores de producción y sobre la necesidad de una economía tipo patriarcal es
corolario de la admirable enseñanza de Aristóteles y de Santo Tomás sobre el
uso de los bienes materiales. El hombre llega al mundo, y se encuentra frente a
una infinidad de bienes exteriores: la tierra con sus inmensas riquezas de
plantas y animales, de peces en el agua y de aves en los cielos. ¿Para quiénes
y para qué son estos bienes? Todo lo han puesto debajo de sus pies, responde el
salmista en el salmo VIII. De modo que
todo está al servicio del hombre; todo es para que el hombre pueda usar, o sea,
comer, vestirse, formar su vivienda, y disfrutar de un humano deleite en la
vida de familia.
Pero, todo es para el hombre: ¿para cuál hombre?,
¿para los de una raza, de una nación, de una ciudad, de una clase social? De
ninguna manera. Todos, el más humilde de los seres humanos, tienen derecho a
usar, digo usar y no precisamente poseer, de aquello que necesita para una vida
humana, él y su familia. Nadie puede ser excluido. Y un régimen económico que
no asegurase permanentemente a todas las familias lo necesario para una
subsistencia humana, sería un régimen nefasto, perverso, injusto. Y por esto
Santo Tomás (II. II, q. 66, 2, ad, 7), siguiendo a Aristóteles (Pol. II, 4),
dice: Otra cosa que compete al hombre
sobre las cosas -exteriores es su uso. Y en cuanto a esto no debe el hombre
poseer las cosas exteriores como propias.
La razón es clara: todo hombre tiene derecho a
vivir en familia; luego tiene derecho a los medios que le aseguren una
subsistencia humana familiar; pero como estos medios son los bienes exteriores,
todo hombre tiene derecho a los bienes exteriores que aseguren su subsistencia
y la de su familia. Y observen bien que determino ahora el minimum de lo que
debe un hombre usar. Este minimum es la subsistencia humana de la familia;
humana, digo: por lo tanto, algo más de lo que hace falta para comer y vestir.
Cierto bienestar humano permanente. Podrá ser pobre, esto es: no disponer de
riquezas superfluas, pero nunca deberá ser miserable. Dios no quiere la miseria
de nadie. Y un régimen que coloca al hombre en la miseria es un régimen
injusto, reprobado por Dios.
Por esto están condenados el socialismo y el
capitalismo; porque uno y otro, en virtud de su esencia, colocan al hombre
permanentemente en un estado de miseria. El capitalismo, porque concentra la
propiedad y uso de los bienes en manos de unos pocos afortunados y millonarios
y deja a la multitud condenada a vivir (digo a morir) de un salario precario y
eventual; el segundo, porque igualmente la concentra en forma brutal en manos
del Estado, de donde la multitud se verá frecuentemente privada de su uso. Es
verdad que el socialismo imagina la apropiación de los bienes de producción por
el Estado para luego repartirlos y ponerlos a disposición del consumo de todos
los hombres; pero, como lo han visto ya con mirada penetrante Aristóteles y
Santo Tomás, un tal régimen además de violentar la justa libertad de todos y de
no tener en cuenta la desigualdad de las naturalezas individuales, traería como
consecuencia lógica la insuficiencia de la producción. Porque, como lo
comprueba la experiencia cuotidiana, lo que pertenece a todos no lo hace nadie.
Y si todos deben producir en colectividad, se produciría muy poco.
De aquí que Santo Tomás, en el mismo artículo en
que establece el uso común de los bienes
exteriores, afirma y demuestra la necesidad de la propiedad privada (II-II,
q.
“Responderemos que acerca de la
cosa exterior dos cosas competen al hombre: 1º la potestad de procurar y
dispensar; y en cuanto a esto es lícito que el hombre posea cosas propias y es
también necesario a la vida humana por tres motivos: 1º porque cada uno es más
solícito en procurar algo, que convenga a sí solo que lo que es común a todos o
a muchos; pues cada cual, huyendo del trabajo, deja a otro lo que pertenece al
bien común, como sucede cuando hay muchos sirvientes; 2º porque se manejan más
ordenadamente las cosas humanas, si a cada uno incumbe el cuidado propio de
mirar por sus intereses; mientras que sería una confusión si cada cual se cuida
de todo indistintamente; 3º porque por esto se conserva más pacífico el estado
de los hombres, estando cada uno contento con lo suyo; por lo cual vemos que
entre aquellos, que en común y pro-indiviso poseen alguna cosa, surgen más
frecuentemente contiendas; la segunda cosa que compete al hombre en las cosas
exteriores es el uso de las mismas; y en cuanto a esto no debe tener el hombre
las cosas exteriores como propias sino como comunes, de modo que fácilmente de
parte en ellas a los otros, cuando lo necesiten. Por esto dice el Apóstol (1
Tim. VI, 17): manda a los ricos de este siglo... que den y repartan francamente
de sus bienes...”
La propiedad
privada
De suerte que el uso común de los bienes exteriores
funda y justifica la propiedad privada, como afirma Pío XI en su maravillosa Quadragésimo Anno, cuando dice:
"Todos (es decir León XIII y
los teólogos que enseñaron guiados por el magisterio de
Si se quiere comprender el problema de la propiedad
privada, es necesario comprender antes el uso común de los bienes, o lo que es lo mismo; el
derecho a la existencia que cabe a todo miembro de la familia humana. El
derecho de la propiedad privada es un medio necesario, pero medio, que tiene
como fin asegurar el uso común de los bienes exteriores. (Uso común: que no
quiere decir que todos hayan de usar cualquier cosa sino que a nadie le ha de
faltar aquel mínimum que necesita
para vivir).
No se puede evitar eficazmente el liberalismo
económico, que hace omnímodo el derecho de propiedad, si no se hace derivar a
ésta del uso común de los bienes. En esta doctrina se funda además la doctrina
de los teólogos católicos sobre el derecho que tiene todo aquel que se
encuentra en extrema necesidad de tomar lo que necesita para sí y su familia;
"entonces -dice Santo Tomás
(II-II, q.
En la misma doctrina se funda el derecho que
compete al Estado de limitar y regular la propiedad privada de suerte que
alcance en efecto su destinación común. Porque, si la propiedad privada es para
asegurar el uso común de los bienes exteriores, el Estado, que tiene por misión
promover el bien común, debe regularlo para tal fin. Pío XI ha recordado esta
doctrina en la "Quadragesimo Anno",
cuando escribe:
"Por lo tanto, la autoridad
pública, guiada siempre por la ley natural y divina e inspirándose en las
verdaderas necesidades del bien común, puede determinar más cuidadosamente lo
que es lícito o ilícito a los poseedores en el uso de sus bienes. Ya León XIII
había enseñado muy sabiamente que «Dios dejó a la actividad de !os hombres y a
las instituciones de los pueblos la delimitación de la posesión privada». La
historia demuestra que el dominio no es una cosa del todo inmutable, como
tampoco lo son otros elementos sociales y aún Nos dijimos en otra ocasión en
estas palabras: Que distintas han sido las formas de la propiedad privada,
desde la primitiva forma de los pueblos salvajes, de la que aún hoy quedan
muestras en algunas regiones, hasta la que luego revistió en la forma
patriarcal, y más tarde en las diversas formas tiránicas (usando esta palabra
en su sentido clásico) y así sucesivamente en las formas feudales, y en todas
las demás que se han sucedido hasta los tiempos modernos".
En esta determinación de la propiedad, la acción
del Estado debe ser tal que, lejos de abolir la propiedad privada, tienda a
garantizarla y hacerla efectiva; para que toda familia, en la medida de lo
posible, posea el propio solar estable que se perpetúe de generación en
generación.
El ideal de la política gubernamental debe ser
asegurar a las familias urbanas y campesinas la propiedad de familia, y
protegerla luego con una legislación eficaz. Precisamente, lo contrario de la
política liberal y socialista, empeñada en destruir a la familia, ya con leyes
nefastas que atentan a la indisolubilidad del vínculo matrimonial o que
relajan, por la enseñanza pública normalista e imbecilizada, la autoridad y
educación paternal, ya con leyes sobre la división de la herencia, inspiradas
en el Código Napoleón, o sobre la imposición de hipotecas al propio bien de
familia. Es necesario, si se quiere un ordenamiento de la propiedad y de la
vida agrícola, restituir el patrimonio de familia. ¿Qué es un patrimonio de familia?
Es un bien del cual están investidos los poseedores sucesivos porque se va
perpetuando en una misma línea, sin fraccionarse. Bien in-enajenable o in-hipotecable
e inembargable, reconocido por el derecho germánico que Le Play llama
familia-estirpe[1].
Para continuar exponiendo lo que una concepción
económica sana exige sobre la producción de la tierra, diré que una vez
restituido el patrimonio de familia, el dominio rural, que es como la célula
orgánica de la producción agrícola, será necesario coordinar de tal suerte el
trabajo de las distintas familias, es decir: la explotación agrícola pequeña o
mediana, que no se vea absorbida por la grande ni devorada por el terrateniente
poderoso. Es necesaria la cooperación. Cooperación que podrá amparar los
derechos del agricultor en la natural concurrencia económica: le defenderá
contra los usureros por las mutuales de Crédito como las Cajas Reiffesen; le instruirá
sobre las mejoras que conviene introducir en los cultivos; le facilitará los
abonos convenientes, los instrumentos de producción, sobre todo los más
costosos; le libertará de la opresión comercial por las cooperativas de
consumo; y asegurará el almacenaje y venta de las cosechas por las cooperativas
de producción. En una palabra: se constituirán verdaderos sindicatos agrícolas
que proveen a las necesidades comunes de los agricultores.
Evidentemente que todas estas medidas serán
completamente inútiles si el gobierno no evita con brazo firme el monopolio y
las especulaciones de los intermediarios internacionales. Como en realidad, a
mi entender, hemos llegado a un punto crítico, en que el poder de las
especulaciones es casi indestructible, mientras que el del Estado, a causa del
liberalismo democrático, es harto débil, es necesario organizar en forma tal la
tierra, que sea posible satisfacer las necesidades propias del país; de suerte
que la producción abastezca primero al país antes de orientarse al mercado
mundial. Exigirá esto, evidentemente, una distribución agrícola menos
mercantilista, menos lucrativa pero más abundante en bienes naturales. Hay que
auspiciar una explotación mixta, agrícola-hortícola-avícola-ganadera.
Naturalmente que, en nuestro país, se le ha de hacer difícil al elemento nativo
repechar su natural indolencia. Tendríamos así que la misma extralimitada
especulación de los monopolios, como el ritmo del mercado mundial, que es
francamente proteccionista, sugiérese el retorno a una producción de la tierra
de tipo patriarcal, de lo que hablaba antes.
El estado
puede limitar la propiedad privada
Subrayaba anteriormente que el uso común de los
bienes exteriores justifica y regula la propiedad privada, de suerte que, en lo
posible, a toda familia corresponda un patrimonio fijo inalienable. Pero éste
se ha expuesto más como término al cual debe tenderse, aunque nunca se le podrá
lograr perfectamente. Siempre habrá gente que por voluntad propia o por
necesidad no tendrá solar propio. En el campo, será ésta la condición del
arrendatario o del aparcero. Tanto el sistema de arrendamiento como el de
aparcería son en sí justos, con tal que sea justo el precio estipulado. Entre
nosotros, son por lo general exorbitantes, porque están calculados para tiempos
de prosperidad excepcional. Además que es una flagrante injusticia (al menos
social en cuanto va contra el uso común de los bienes exteriores) el de los
grandes terratenientes que exigen en estos años de pérdidas el pago de sus
arriendos aunque los campesinos se vean en el desamparo.
Aunque el arrendamiento como tal sea un sistema
justo, una producción ordenada de la tierra exige que los cultivadores sean
preferentemente los mismos propietarios. Lo que pasa en
El colono es paciente, pero todo tiene límite,
además de que no es justo abusar de la paciencia de nadie. El Estado tiene
poder en virtud de su función de procurador del bien común para aplicar la
solución que contemple el bien de todos. Para hacer ver hasta donde puede
llegar este poder, y al mismo tiempo demostrar en un ejemplo la limitación que
impone a la propiedad privada el uso común de los bienes exteriores, voy a
exponer brevemente la política enérgica aplicada por los Papas en el siglo XV
contra los latifundistas y monopolizadores.
A fines del siglo XV, el agro romano, una parte de
la campiña de Roma, se hallaba en un estado de lastimosa desolación, mientras
en Roma existía una penuria espantosa. Los propietarios de los terrenos del
agro romano preferían dejar que las tierras produjeran espontáneamente hierba
para pasto de animales brutos que obligarlas por sí o tolerar que otros las
obligasen a llevar fruto para sustento de los hombres. Fué entonces cuando el
Papa Sixto IV, en su célebre bula Inducit
nos, del 19 de marzo de 1476, dio facultad a todos, en el territorio de
Roma, de arar y cultivar, en los tiempos según la costumbre, la tercera parte
de cualquier hacienda que eligiesen, cualquiera fuere su dueño, con la
condición de que pidieran permiso, pero con facultad de labrar aunque no lo
obtuviesen, aunque pagando una cuota o renta a los propietarios.
Como se ve, en este caso, el Estado, en virtud de
su poder jurisdiccional o justicia legal, sin privar a los propietarios de su
dominio (como lo demuestra el pago de la renta), lo regula en forma tal que el
uso y usufructo de la propiedad sea participado por todos.
No se trata evidentemente de proponer la aplicación
de este ejemplo para remediar la situación nuestra. Se trata de hacer ver hasta
dónde puede llegar el poder del Estado en la regulación de la propiedad. Que es
tal esta regulación, que si alguno la desacatare puede acarrearle la pena de la
misma expropiación. Porque, obsérvese bien que, en el caso aducido el Papa, no
priva del dominio sino después que el propietario se ha hecho reo de delito
contra la justicia social; y es un delito no acatar la regulación que de la
propiedad imponga el Estado en vista del bien común.
Obsérvese, además, que la aplicación de una medida
enérgica puede justificarse por la doctrina del uso común de los bienes, que
autoriza a aquél que se halla en extrema necesidad a tomar lo ajeno para no
perecer de miseria. Si una familia puede hacer justamente eso, parece que, si
son muchas las familias que se ven en la miseria, porque el único capital que
poseen, el trabajo de sus manos, vale cero (si hay desocupación vale cero), el
Estado mismo debe entonces tomar a su cargo la distribución de los bienes que
otros poseen superfluamente.
Una solución
radical corolario de esta doctrina
Quizás haya llegado el momento, o esté por llegar,
de una enérgica regulación de la propiedad privada. Existe hoy una injusta
acumulación de bienes en manos de unos pocos mientras la multitud se halla, no
en la pobreza, sino en la miseria. Implica esto una injusticia social y una
seria amenaza para el orden social. Es urgente darle solución.
Ahora bien, el Estado, cuya misión es velar por la
justicia social, debe remediarla apelando a soluciones eficaces. Estas deben
ser tales que no desconozcan el derecho de propiedad. El Estado debe respetar
la propiedad privada, y como sería imposible, en el caso presente, determinar
cuáles son los bienes furtivamente adquiridos, debe abstenerse de intentar
determinarlo y debe dejar los bienes en manos de los que se encuentran al
presente. Pero respetado el actual dominio, puede y debe buscar solución al
problema de la desocupación y miseria. Para ello, deberá hacer un estudio
amplio de la actual repartición de bienes financieros, comerciales,
industriales y agrícolas; examinará el rendimiento de estos bienes y su
distribución para inquirir el porqué, aún con este rendimiento de riqueza, hay
en el país millares de familias que no tienen la subsistencia necesaria.
Una vez examinadas estas causas, y para ello nada
mejor que consultar a las fuerzas económicas del país (obreros, agricultores,
ganaderos, hacendados, industriales, etc.), aplicará con energía aquella
solución que consulte mejor la justicia social, a saber: No es posible que en
este país rico de bienes naturales suficientes para una población inmensamente
mayor, haya nadie que en virtud del orden económico social, carezca de la
subsistencia humana estable a que tiene derecho como miembro de la colectividad
social. Impondrá luego, como obligatorias, aquellas medidas que encuentre
necesarias para alcanzar la realización de esta exigencia social, teniendo en
cuenta que no es justo que haya miles de familias en la miseria mientras otros
gozan de una renta de 5.000, 10.000, 20.000, 50.000, cien mil, y doscientos mil
pesos mensuales.
Las medidas gubernativas no consistirán en privar
de sus propiedades y riquezas a los que hacen estos beneficios excesivos, sino
en obligarlos a que hagan extensivos estos beneficios al mayor número de
familias necesitadas, ya proporcionando trabajo, ya con una mejor remuneración
del trabajo, ya entregando al Estado estos beneficios para que él los
distribuya entre las familias necesitadas de la colectividad. Si los detentores
de estas riquezas productivas se niegan por egoísmo o carencia de sentido
social a someterse a esta regulación, no titubee el gobierno, en castigarlos
como violadores del orden social; y ningún castigo más eficaz que el privarles
de sus riquezas, de acuerdo al ejemplo de los Papas arriba mencionados.
Una
consideración sobre nuestro país
En un país, de la riqueza natural del nuestro, la
miseria no tiene razón de ser. Si la hay, se debe exclusivamente a la mala
ordenación de nuestra vida económica, que es más economía de lucro y no de
subsistencia. Nuestro país ha sido y es explotado por los extranjeros como una
factoría. Estructurado el país como una factoría de producción para el
extranjero, nuestro bienestar está a merced de los precios que nos imponen los
especuladores. Y cuando estos precios no cubren el costo deja producción, como
sucede y debe suceder ahora, reina la bancarrota y la miseria más espantosa.
¿En dónde está la solución permanente que nos salve
de la miseria hoy y en el mañana y que realice que en nuestro país se forjen
generaciones genuinamente argentinas, arraigadas en nuestro suelo? En un cambio
total de nuestra estructuración económica: que nuestra economía deje de ser de
lucro, mercantilista, y sea una economía de subsistencia, de consumo. Hay que
forjar el dominio rural para las familias. Que las familias se arraiguen en la
tierra; las ricas en sus estancias y las pobres en sus chacras, quintas o
estanzuelas. Que se arraiguen en el propio suelo para perpetuarse en ella en
generaciones robustas y copiosas. Y que vivan en sus tierras. ¿Cómo es posible
que los campesinos de hoy puestos en contacto con la tierra, madre fecunda,
sufran miseria, sino porque trabajan artificialmente "para vender" y
no para vivir?
Cuando se cambie esta orientación de la vida
económica, las familias le tomarán cariño al propio suelo, y no vivirán en
sobresalto angustioso como el campesino de hoy, víctima del especulador, que no
sabe cómo le irá mañana. Restituido el dominio rural, como expliqué en el
cuerpo de este capítulo, hay que reconstruir también el mercado rural, dentro de
una región, para ilustrar y estimular en los agricultores. En Italia se están
haciendo experiencias que merecen ser aplaudidas e imitadas. Además, hace falta
organizar en instituciones nacionales toda la vida productiva de nuestra
campaña para realizar sobre la base de la economía doméstica y rural la
economía de suficiencia nacional
El retorno a
la tierra
Es claro que es menester descongestionar las
ciudades y emprender la vuelta hacia la tierra (magna parens), no para explotarla y luego abandonarla, sino para
vivir, vivir y perpetuarse en su fecundidad material y espiritual. Con este
sentido de la "economía de subsistencia", hay que abrir la tierra a
todas las familias que no tienen motivos para merodear en la vida anémica de la
ciudad sirviendo a los vicios. En la tierra poseída como un patrimonio de
familia, sentirán los hombres su unión con los antepasados y se sentirán unidos
con las riquezas reales de la tierra, las cuales le unirán con el Creador.
La tierra con sus virtudes cósmicas y divinas está
llamada a solucionar no sólo el problema de una mejor distribución de los
bienes temporales sino también el problema de la vida humana para que el hombre
pueda servir a su Dios. La tierra que no permite una absoluta mecanización,
posible en los otros sectores de la economía, tiene relaciones misteriosas con
la vida misma: es profundamente biológica. Y es este sentido biológico, sentido
de la vida, irreductible a ninguna expresión mecánica, el que debe recobrar el
hombre moderno. Si no recobra este sentido vital que ha perdido, podrá
reconstruir una economía nueva, tipo corporativa, con un funcionamiento
jerárquico, pero será una mecánica de la que el hombre se sentirá esclavo y no
señor. Por esto es necesario que el hombre viva un ordenamiento económico nuevo
y no que lo construya, como una obra exterior. Y la tierra, fecunda con el
trabajo del hombre, le hará vivir este ordenamiento.
Hay que levantar, entonces, el grito de retorno a
la tierra con un sentido profundamente humano. Sólo así será una solución
económica y vital para el hombre moderno, que entre papeles y máquinas ha
perdido el sentido de la realidad. Para terminar este capítulo digamos que la
imposición de un orden en el problema de la propiedad y en la producción de la
tierra requiere un gobierno fuerte, libre de compromisos políticos y de
prejuicios liberales, que independice al país del círculo de hierro en que le
tienen amordazado los financistas y especuladores internacionales, que domine
los intereses mezquinos de los capitalistas y latifundistas, que conozca la
realidad total del país y del mundo, que no se amedrente de los clamores
populares suscitado por la jauría de los políticos y que, sólo guiado por el.
bien común, común de las familias según su distinta condición y función social
(porque ha de haber familias pobres y familias ricas), imponga la ordenación
más ventajosa.
CAPÍTULO III
En el primer Capítulo estudiamos el concepto mismo
de economía, Y demostramos, que la economía Por su objeto formal próximo, o sea la
procuración de bienes materiales útiles al hombre, busca el perfeccionamiento
del hombre en su aspecto material; de donde, es esencialmente humana o moral.
Moral, no porque se ocupa de ella el hombre (también se ocupa de la química y
de la física, y éstas no son ciencias morales) ni porque las construye o
edifica (también construye obras de arte, y éstas no son de suyo morales), sino
porque la economía está ordenada, por su misma naturaleza, al servicio del
hombre.
Una economía que no sirviese al hombre, que no
contribuyese a su bienestar humano, bienestar social universal, común, y no tan
sólo de una clase, no es economía. De aquí que el Capitalismo no sea economía;
que el Socialismo no sea economía. Los tratadistas modernos y las universidades
modernas, que multiplican las teorías económicas, mejor dicho las fórmulas de
acrecentar las riquezas, ignoran la economía. Habrá en todos estos sistemas y
estudios un derroche aprovechable de técnica, de observaciones económicas que
podrían integrarse saludablemente en la economía; pero esta integración no se
ha realizado, sino que, por el contrario, estos elementos económicos han sido
incorporados en la concepción antieconómica de
En el segundo capítulo estudiamos el fenómeno
producción de la tierra, y denunciamos el trastorno de
Propiciamos, como necesario, y aún como impuesto
por el mismo ritmo francamente proteccionista de la economía mundial, el
retorno a una producción económica, tipo rural en oposición a urbano, doméstico
en oposición a mercantil.
La
producción industrial
¿Y la producción industrial? ¿Será necesario
sepultar como inútil la estupenda expansión de la técnica y de la máquina? De
ninguna manera. Será tan solo necesario asignarle un lugar secundario ya que
viene a satisfacer necesidades del hombre también secundarias. A nadie se le
hará difícil admitir esto, si tiene en cuenta que sólo es economía aquella que
perfecciona al hombre, que satisface su bienestar material humano; ahora bien,
este bienestar es jerárquico: porque primero es comer, después vestirse y habitar,
y sólo después gozar de lo superfluo, que preferentemente suministra la
industria.
Luego, también debe ser jerárquica la producción.
La tierra ha de primar sobre la industria. Al proponer esto me hago perfecta
cuenta que ha de parecer blasfemia a los que creen en el confort y conciben la
misión del hombre sobre la tierra según el tipo esbozado por el presidente
Hoover, cuando dice: "El hombre que
tiene un automóvil standard, un radio standard y una hora y media de trabajo
diario menos, tiene una vida más colmada y más personalidad de la que poseía
antes".
Otra cuestión es saber si será posible restituir la
industria al lugar secundario que le corresponde. Evidentemente que en el
actual estado anémico del hombre, es absurdo imaginarlo. Porque mientras la
vida industrial ha adquirido una corpulencia de monstruo (recuérdese la
magnífica, la victoriosa historia del industrialismo con la era del algodón,
del hierro fundido, de la máquina accionada por el vapor, de la química, de la
electricidad, del motor de gasolina, inventos ahora utilizados matemáticamente
en la racionalización de la vida industrial), mientras la vida industrial,
digo, ha adquirido una corpulencia monstruosa, el hombre continuando en la
brecha abierta por Lutero, Descartes y Rousseau (Véase, J. Maritain en Tres
Reformadores, Berdiaeff en ¿Una nueva Edad Media?), ha ido perdiendo su
personalidad, y es hoy un simple grano de polvo, accionado por infinitas
circunstancias.
Ha perdido su poder dominador. De suerte que
mientras la bestia ha ido aumentando su corpulencia y coraje, el domador ha
perdido su imperio. No es difícil calcular cual ha de ser la suerte del domador,
debilitado frente a la bestia enfurecida. Figura poética, sin duda. Pero es muy
posible que los hombres no atinen a ponerse de acuerdo sobre cómo mantener en límite
el poder de la máquina. Y mientras tanto, ésta los extermina. En resumen: que
el problema de la producción no tiene solución mientras no se resuelva el más
general de la misma economía, y éste a su vez, mientras no se resuelva el de la
vida, según expliqué en el primer capítulo. Observación trivial que han de
tener presente los especialistas, quienes pretenden imponer un orden local sin
atender al orden total. La síntesis es anterior al análisis, lo uno a lo
múltiple.
Justificación
moral del capital
Previas estas consideraciones preliminares entremos
a estudiar la ordenación que ha de haber dentro de la misma vida industrial.
Habremos de justificar el capital, el salario, la gestión, la máquina, y
armonizar sus derechos. Obsérvese que la justificación de estos elementos la
hago en general, en abstracto, indicando la conformación esencial que pueden y
deben tener. No hago la justificación de estos elementos tal como se han
concretado en el capitalismo, precisamente porque ha dado una conformación perversa
e injusta a estos elementos de suyo buenos. La justificación debe hacerse desde
el punto de vista moral, o sea de la acción humana como humana. ¿Pueden, y en
qué medida, justificarse estos elementos como actos humanos? ¿Pueden ser actos
de virtud o, en cambio, son actos intrínsecamente viciosos?
Si lo primero, pueden justificarse siempre que en
verdad procedan con buena ordenación; si lo segundo, jamás se justifican Si lo
primero, siempre que sean buenos serán benéficos; si lo segundo, serán nefastos
Ahora bien, esto supuesto, veamos si se justifica el capital. El capital se
justifica como ejercicio de una virtud que Santo Tomás llama de la
magnificencia. Si recordamos bien, dijimos en un anterior capítulo que la
propiedad privada tiene una función social, una destinación común, - uso común,
que dice Santo Tomás. En virtud de esta destinación común de los bienes
exteriores, “lo superfluo que algunas
personas poseen -dice Santo Tomás- es
debido por derecho natural al sostenimiento de los pobres; por lo que dice San Ambrosio (serm. 64) «De los hambrientos es el pan que tú tienes
detenido; de los desnudos las ropas que tienes encerradas; de la redención y
absolución de los desgraciados es el dinero que tienes enterrado»"
(II-II, q.66 a. 7).
¿Será entonces necesario desprenderse de lo
superfluo, es decir, de aquello que sobra una vez satisfecha la necesidad y el
decoro de la propia condición, y donarlo a los pobres en forma de limosna? No
es esto precisamente necesario. Se podrá invertir este dinero en empresas que
proporcionen trabajo y pan a los necesitados. Es ésta la doctrina de S. S. Pío XI, enseñada admirablemente en su
encíclica sobre
La virtud de la magnificencia, como explica el
Santo Doctor, ordena el recto uso de grandes cantidades de dinero, así como la
liberalidad ordena en general el uso del dinero, aunque sea poco. Obsérvese que
pecaría, por tanto, de avaricia quien acumulase el dinero superfluo y lo
substrajese al uso común. De donde resulta que el concepto económico de capital
está justificado por el ejercicio de la virtud cristiana de la magnificencia.
¿Qué es, en efecto, el capital? Es riqueza acumulada que se invierte en una
empresa para la producción de otra riqueza, y así se beneficia a la comunidad.
De modo que el capital, como tal, busca primero beneficiar a la comunidad, a
los pobres, porque es la inversión de lo superfluo que por derecho natural se
debe al sostenimiento de los pobres. (Santo Tomás).
Creo que no es menester demostrar que no es éste el
concepto que del capital se ha forjado el capitalismo. Reservando para el
próximo capítulo una crítica más a fondo del concepto capitalista de capital,
baste decir ahora que para el capitalismo, el capital es dinero que produce más
dinero, que concentra más dinero. Exactamente lo contrario del capital genuino.
Porque lejos de hacer del capital un medio que difunda el beneficio del dinero
en la comunidad, hace de él un imán que lo acumula en forma rápida y absorbente
en manos del individuo afortunado que lo posee. Por eso, mientras el
capitalista acumula, se enriquece de modo fantástico, la multitud es
continuamente despojada, hasta quedar en la actual miseria y desocupación.
Se ha olvidado la destinación eminentemente social,
común de la riqueza invertida en capital. Se ha olvidado, además, la
esterilidad ingénita del dinero mientras no sea empleado por el trabajo de la
inteligencia y de los brazos. ¿Quién hace las riquezas materiales nuevas? El
trabajo del hombre. La iniciativa de un empresario, que con su inteligencia y
con su voluntad tesonera resolverá el modo más eficiente y rápido de una mejor
producción de riqueza; el trabajo de los obreros, que aplicado bajo la
dirección de la inteligencia del empresario producirá la riqueza. La producción
de riquezas es un efecto propio del trabajo. El capital invertido en medios de
producción (máquinas, inmuebles) es un instrumento, necesario si se quiere,
pero un simple instrumento cuya fructificación le viene del trabajo. El trabajo
es, pues, superior al capital como la causa principal es superior al
instrumento. En la confección de un libro los derechos del autor son primeros y
superiores a los derechos de la tinta y de la pluma, p. ej. El capital tiene
derechos, es cierto, pero sus derechos son posteriores a los derechos del
trabajo.
“Por esto – escribe Jacques
Maritain (Religion et Culture, pág. 97) – fácilmente se concibe un régimen de
asociación entre el dinero y el trabajo productivo, en el cual el dinero
invertido en una empresa representa una parte de la propiedad de los medios de
producción y sirve de alimento a la empresa, por lo cual ésta se procura el
equipo material que necesita, de suerte que la empresa siendo fecunda y
produciendo beneficios, una parte de estos beneficios vendría al capital".
Es decir, el capital alimentaría al trabajo y no el
trabajo al capital Exactamente lo mismo que enseña Santo Tomás, cuando escribe
(II-II, q.
“El que confía su dinero a un
mercader o a un artesano, formando con él una especie de sociedad, no le
transfiere la propiedad de su dinero; lo guarda para sí y a sus riesgos y
peligros, y participa, sea en el comercio, sea en el trabajo de! artesano. En
este caso puede legítimamente reclamar como cosa que le pertenece una parte del
beneficio que de allí proviene".
De aquí se sigue, contra la doctrina de Marx, que
el capital, tiene derecho a una parte del beneficio, y que el beneficio, de
suyo, no es una usurpación al trabajo del obrero como lo pretendía la teoría
simplista de la plus-valía. Se sigue igualmente contra la injusticia flagrante
del capitalismo liberal, que los derechos del capital son posteriores a los
derechos del trabajo. El Capitalismo ha invertido los derechos del trabajo y
los del capital, sofocando a aquél bajo las garras avarientas de éste.
"En lugar de ser tenido el
dinero -escribe J. Maritain, pág. 97- por un simple alimento que sirve de
sustento material al organismo vivo que es la empresa de producción, es él
tenido como organismo vivo, y la empresa con sus actividades humanas es
considerada como su alimento; de suerte que los beneficios no son el fruto
normal de la empresa alimentada por el dinero sino el fruto normal del dinero
alimentado por la empresa. Inversión cuya primera consecuencia es hacer pasar
los derechos del dividendo antes de los del salario".
Es necesario clamar contra esta injusticia que
constituye las entrañas mismas del capitalismo, injusticia que pasa inadvertida
aún para los mismos obreros, que la consideran como la cosa más natural y
justa. El capital es un instrumento del trabajo. El trabajo debe servirse del
capital. Por esto es injusto el afán primario y único que mueve al capitalista
a asegurar la ganancia y a acrecentar el capital. Esto es secundario, y viene
después de haberse asegurado suficientemente el bienestar humano, según la
condición de cada uno, de todos los ejecutores y operarios que han puesto su
actividad en la empresa. Además que, como decía antes, y se desprende de la
doctrina de
Para muchos, este raciocinio carecerá de
fundamento, parecerá fantasía... Bien sé que el capitalismo y el capitalista no
se mueven sino por el lucro, por la sed de oro, por el ansia de amontonar. Por
esto estoy afirmando desde el primer capítulo que el capitalismo es injusto, nefasto,
y está amasado en el pecado de la avaricia... Por esto estoy afirmando que el
capitalismo se ha levantado y se levanta con el robo a los derechos
inalienables del trabajador. De aquí que a nadie le convenga con más justicia
que al capitalismo, lo que San Juan Crisóstomo afirmaba de las grandes
fortunas:
"En el origen de todas las
grandes fortunas existe la injusticia, la violencia o el robo".
Pero, a pesar de saber que es una ocurrencia
infantil enseñar que los derechos del capital se han de exigir después de los
derechos suficientes del trabajo, lo reafirmo. Primero, porque hay que expresar
la verdad; segundo porque entonces es mas necesaria que nunca su enseñanza; tercero,
porque desde la primera línea de este libro he anunciado que únicamente formularía
un juicio de valor, axiológico, sobre la realidad económica moderna. Esto ha de
defraudar a aquellos que querrían una receta práctica que, sin abandonar el
capitalismo, arreglase la economía perturbada. Pero la verdad es que la única
solución verdaderamente práctica es abandonar el capitalismo esencialmente injusto.
La empresa
El trabajo, decimos, es primero, y el capital es
secundario. Los dos se asocian en la empresa. Pero hay trabajo del empresario y
trabajo del obrero. El primero es trabajo de la inteligencia y de la voluntad:
el empresario se arriesga. ¿Qué contrapeso equilibrará los riesgos del
empresario? El capital también se arriesga ¿qué contrapeso lo equilibrará? En
cambio, el operario no arriesga nada. Como su condición de hombre sin rentas no
le permite aguardar el beneficio de la empresa para vivir de estas utilidades,
a lo mejor problemáticas, debe trabajar por una paga cuotidiana que le asegure
la subsistencia de él y de los suyos, como enseguida explicaremos al hablar del
salario. De aquí que en rigor de justicia, al obrero no le corresponda
participación en las utilidades. El obrero asalariado no forma entonces,
propiamente, parte de la empresa. Aunque por razones de otra índole, como
enseña Pío XI en Quadragesimo anno,
"sería más oportuno que el
contrato de trabajo, algún tanto se suavizara en cuanto fuese posible por medio
del contrato de sociedad, como ya se ha comenzado a hacer en diversas formas
con provecho no escaso de los mismos obreros y aun patronos. De esta suerte los
obreros y empleados participan en cierta manera, ya en el dominio, ya en la
dirección del trabajo, ya en las ganancias obtenidas”.
Esto supuesto, hay ahora varias cuestiones que
plantear. 1º ¿La empresa -asociación de trabajo y capital-, ¿ha de proponerse
una ganancia? 2º ¿Esta ganancia puede ser móvil primero de la empresa? 3º ¿Cómo
repartir esta ganancia?
Tres puntos sumamente difíciles, que deben ser
determinados con prolijidad, desde el punto de vista de la ley moral.
El beneficio
de la empresa
En primer lugar ¿la empresa -asociación de trabajo
y capital- ha de proponerse una ganancia? Respondo que sí, porque tanto el
capital como el trabajo arriesgan recursos propios, que han de tener una justa
recompensa. ¿Si no hubiese la perspectiva de ganancia, quién expondría sus
recursos? ¿Quién se aventuraría en empresas? El riesgo justifica la ganancia
como lo han visto los escolásticos, quienes consideran justo el beneficio de un
dinero invertido en una empresa, así como suponen injusto el interés del dinero
prestado (II-II, q.
"Enajena más el dinero el que
lo presta que el que lo entrega a un mercader o artesano. Pero es lícito
recibir lucro del dinero invertido en lo del mercader o artesano. Luego también
es lícito recibirlo del dinero prestado".
Contesta.
"Hay que decir a esto que
aquel que presta su dinero, transfiere el dominio en aquel a quien presta; de
donde aquel a quien se presta dinero, lo tiene bajo su riesgo y se compromete a
restituirlo íntegramente: de donde el que lo prestó no debe exigir nada más.
Pero aquel que confía su dinero a un mercader o artesano formando con él una
sociedad, no le transfiere el dominio de su dinero sino que lo conserva; así
con riesgo a cuento de su dueño negocia el mercader y trabaja el artesano; y
por esto es lícito exigir la parte del dinero que de allí provenga como de cosa
propia".
El riesgo compensa entonces la ganancia justa.
Pero, ¿esta ganancia puede ser móvil primero de la empresa? Plantear esta
cuestión es plantear la misma a la que da solución Santo Tomás en la suma
(II-II, q
"implica en sí servir a la
concupiscencia del lucro que no conoce termino sino que tiende al infinito. Y
por esto la negociación en sí considerada tiene cierta fealdad en cuanto de
suyo no envuelve un fin honesto o necesario. Con todo, el lucro, que es el fin
del comercio, aunque en su concepto no importe algo honesto o necesario tampoco
implica de suyo nada vicioso o contrario a la virtud, de donde no hay nada que
impida que el lucro se ordene a algún fin necesario o aún honesto, y así el
comercio resulte lícito; así como cuando alguien ordena el lucro moderado que
busca comerciando o a la sustentación de su casa, o para socorrer a los pobres;
o aún cuando alguien se ocupa en el comercio por la utilidad pública a, fin de
que no falten las cosas necesarias a la vida de la patria y busca el lucro no
como un fin sino como un estipendio del trabajo".
De esta doctrina admirable del Doctor Angélico se
colige claramente que "la ganancia
no puede ser el móvil de una empresa capitalista." Se ha de esperar la
ganancia porque se arriesga un capital. Pero no se ha de buscar la ganancia por
pura ganancia. Ha de haber móviles honestos que justifiquen la inversión del
dinero en una empresa como por ejemplo el beneficiar a la colectividad con una
nueva producción útil, o el dar trabajo a los indigentes, o aún una
sustentación conveniente de él y de los suyos. ¡Cuántas aplicaciones prácticas
podrían hacerse de esta doctrina, que es la doctrina católica de la economía!
Un patrón católico con recursos, si procediese a la luz de estos principios,
¡qué obras útiles en favor de sus semejantes realizaría, elevando la situación
económica de las clases indigentes, y con ello elevando su situación cultural y
religiosa! ¡Entonces sí que el capital recobraría su función propia de difundir
los bienes en la comunidad, y no, en cambio, como ahora sucede en esta economía
de lucro, que los absorbe de la comunidad para acumularlos en manos de una
minoría que exclusivamente los disfruta!
¿Cómo
repartir la ganancia de la empresa?
Hablando en estricto derecho de justicia
conmutativa, la ganancia que resultare de la empresa, una vez satisfechas todas
las obligaciones con operarios y consumidores, pertenece al empresario (o
empresarios) que tuvo la gestión y a los capitales que hicieron posible esta
gestión. El Cardenal. Cayetano, comentando el célebre artículo de Santo Tomás
(II-II, q.
Decíamos antes que el concepto económico de capital
se justifica por el ejercicio de la virtud cristiana de la magnificencia. El
capital es riqueza acumulada que se invierte en una empresa para la producción
de otra riqueza y así se beneficia a la comunidad. Luego es menester que la
empresa esté de tal suerte regulada que el beneficio sea en verdad común: es
menester entonces fijar un límite a la ganancia de los accionistas y de los
empresarios; es menester hacer participar a los obreros de las utilidades; es
menester también que la empresa tenga en cuenta los intereses de los consumidores
para producir artículos realmente útiles y por último es indispensable que las
utilidades de la empresa no se hagan a costa de una competencia ruinosa con
otros empresarios. Luego la empresa debe organizarse en la colaboración real de
capital, trabajo y gestión, y una vez así organizada debe estar armonizada en
el cuadro de la profesión y de toda la vida económica.
Es decir que en el régimen corporativo, como lo
explicaré al hablar del Orden económico social, logrará la empresa la
regulación que le haga de beneficio colectivo.
El salario
Asentados los principios de una empresa capitalista
en el sentido católico, entremos a explicar el salario, y en primer lugar
afirmemos, contra las críticas de los socialistas, que el régimen del salario
es necesario para los obreros. Porque el obrero vive de su trabajo diario;
necesita, entonces, una paga diaria. No podrá trabajar en una empresa esperando
un beneficio incierto. Luego necesita que día por día se le adelanten los
recursos que le aseguren la subsistencia propia y de los suyos: el jornal se
justifica por la misma condición indigente del obrero. Pero justificar la
existencia del salario no impide condenar enérgicamente la conducta del
capitalismo en la remuneración de los salarios.
Como todo el empeño de los capitalistas, o mejor,
de los administradores de los capitales (que suelen a su vez explotar en forma
descarada a los verdaderos capitalistas), consiste en buscar a toda costa su
propio lucro, el beneficio, procuran remunerar lo menos posible la mano de
obra, pagando salarios de hambre, como fue común en el siglo XIX, o bien
eliminar el trabajo del obrero sustituyéndolo por el de mujeres, niños o máquinas.
Justificación
del salario
Dos abusos que merecen detenida consideración. Ante
todo, hay que recordar que el derecho del obrero al justo salario es uno de los
derechos más sagrados. Oíd cómo habla el apóstol Santiago (V. 1-6):
"Ea -dice- ricos, llorad,
levantad el grito en vista de las desdichas que han de sobreveniros". 2.
Podridos están vuestros bienes y vuestras ropas han sido roídas de la polilla.
3. El oro y vuestra plata se han enmohecido; y el orín de estos metales dará
testimonio contra vosotros y devorará vuestra carne como un fuego. Os habéis
atesorado ira para los últimos días. 4. Sabed que el jornal que no pagasteis a
los trabajadores que segaron vuestras mies está clamando contra vosotros, y el
clamor de ellos ha penetrado los oídos del Señor de los ejércitos. 5. Vosotros
habéis vivido en delicias y en banquetes sobre la tierra, y os habéis cebado a
vosotros mismos como las víctimas que se preparan para el día del sacrificio.6.
Vosotros habéis condenado al inocente, y le habéis muerto sin que os haya hecho
resistencia alguna".
Así hablaban los apóstoles condenando la
explotación del pobre; nadie se extrañe pues, de oír palabras de dura
condenación para el monstruo capitalista que se ha emborrachado y se emborracha
con el sudor del jornalero. ¿Qué se entiende por justo salario debido al
obrero, o mejor: ¿cuál es el salario mínimo cuyo límite no se puede en ningún
caso rebajar sin cometer una flagrante injusticia?
León XIII y Pío XI han determinado la cuestión en
forma tan acabada, que no permite enunciar nada nuevo al respecto. El trabajo
-sobre todo en el obrero y empleado- es el ejercicio de la propia actividad
enderezado a la adquisición de aquellas cosas necesarias para los varios usos
de la vida, y principalmente para la propia conservación. El hombre que emplea
su trabajo vive de su trabajo: tiene derecho a una existencia humana, digo más:
tiene derecho a una existencia humana y cristiana. No se le puede utilizar como
una máquina o como una mercancía o como un burro de carga o simplemente como un
animal elegante. Por tanto, si trabaja, esto es: si emplea sus fuerzas en lo de
otro hombre, tiene derecho a que éste le proporcione los recursos necesarios
para una vida humana, digna del hombre.
Una vida humana: por tanto, lo necesario al menos
para el sustento propio de un obrero frugal y de buenas costumbres (León XIII)
y la de su familia (Pío XI). Porque es humano, esto es: propio del hombre,
vivir él y vivir en familia con la mujer y con los hijos. El salario familiar
absoluto se le debe a todo trabajador.
El jefe de familia es una sola cosa, un solo ser
con su esposa y con sus hijos. A él incumbe sustentarlos. Mientras la mujer y
los hijos tengan hambre, es el padre quien sufre y siente el hambre. Por esto
dice S. S. Pío XI:
"es un crimen abusar de la
edad infantil y de la debilidad de la mujer; es gravísimo abuso que la madre
(lo mismo dígase de la niñez que vaga en la venta callejera) se vea obligada a
ejercitar un arte lucrativo, dejando abandonados en casa sus peculiares cuidados
y quehaceres, y sobre todo la educación de los hijos pequeños".
Obsérvese que el salario familiar, como salario
mínimo, se le debe a todo obrero, aunque sea soltero, porque es el salario
humano, que se le debe como a hombre. Si no se casa, es asunto que sólo a él le
interesa. El empresario le debe el salario humano, que es, al menos, el salario
familiar. Una vida humana: pero no es vida humana la que no tiene más que lo
estrictamente necesario para el sustento de cada día, la que no puede ahorrar
en previsión del mañana. Luego el justo salario reclama algo más de lo
estrictamente necesario para el sustento diario de la familia. De aquí que Pío
XI diga que
"ayuda mucho al bien común que
los obreros y empleados lleguen a reunir poco a poco un modesto capital
mediante el ahorro de alguna parte de su salario, después de cubiertos los
gastos necesarios".
En el mínimo salario justo se incluye además un
tratamiento humano y cristiano. Tratamiento humano:
"y por esto débese procurar
que el trabajo de cada día no se extienda a más horas de las que permiten las
fuerzas. Cuánto tiempo haya de durar este descanso, se deberá determinar
teniendo en cuenta las distintas especies de trabajos, las circunstancias de
tiempo y de lugar y la salud de los obreros mismos". (León XIII).
Tratamiento humano: por esto entiendo que se ha de
reprobar la división de] trabajo impuesta por la "taylorización". No es tolerable que el hombre se someta a la
repetición maquinal, automática, de un mismo gesto, sin iniciativa propia. El
hombre no es, como se imaginaba y decía Taylor, un hombre buey. Tiene derecho a
la nobleza humana. Tratamiento, además de humano, cristiano. Porque como el
obrero ha sido rescatado por Cristo, y es amado por Cristo de modo especial. ya
que también El fué obrero, tiene derecho a que se le considere como cristiano y
se le den las facilidades para que cumpla con sus deberes religiosos y
santifique los días del Señor.
El salarlo mínimo explicado no se le puede negar
por ningún motivo y en ningún caso, aunque su negación la autorizase la
legislación civil.
"Si acaeciese alguna vez -dice
León XIII- que el obrero obligado de la necesidad o movido del miedo de un mal
mayor, aceptase una condición más dura, que contra su voluntad tuviera que
aceptar por imponérsela absolutamente el amo o el contratista, sería eso
hacerle violencia, y contra la violencia reclama la justicia". (León
XIII).
No faltan ahora, con la desocupación, quienes
explotan la poca demanda de brazos para remunerar injustamente el trabajo del
operario. Abuso pernicioso. Si una empresa no tiene recursos para pagar el
salario debido, tampoco puede exigirle un trabajo ordinario. Sólo le puede
exigir el trabajo que le remunera. Si disminuye el salario debajo de lo justo,
disminuya en igual proporción la cantidad de trabajo.
Hasta aquí hemos tratado de determinar rápidamente
el salario mínimo, cuyo límite no se podrá rebajar sin una funesta violación de
la estricta justicia. ¿Se contentará con esto un empresario? De ningún modo.
Como lo dice el Código de
"El salario mínimo no agota
las exigencias de la justicia. Por encima del mínimum, diversas causas
principales importan, sea por justicia, sea por equidad, una mejora. Así, p.
ej. una producción más abundante o la prosperidad más o menos grande de la
empresa, exigen un aumento en el salario. Además que ha de existir una
jerarquía en los salarios, según la función económica que se desempeñe. No es
justo que el trabajo del picapedrero sea igualmente remunerado que el del
electrotécnico".
Verdad de sentido común, contra la cual conspira el
capitalismo. Así, p. ej. se asegura que el portero del Hotel Ritz en París,
gana 300.000 francos al año, mientras un profesor del Colegio de Francia gana 45.000
francos. Es más remunerativo servir a los placeres o a los vicios de una
plutocracia que en suministrarle elementos intelectuales. (Marcel Malcor,
L'Economie contemporaine en Nova et Vetera, Avril-Juin 1931).
Para terminar esta cuestión sobre el salario que
hemos debido exponer apuradamente, sin decir nada sobre las Allocations familiers para ayuda de las
familias numerosas y sobre seguros contra accidentes de trabajo, etc., digamos
que aunque el régimen del salariado sea de suyo justo, es urgente hoy templarlo
por el régimen de sociedad. Sea en parte por la explotación capitalista, sea
por las vociferaciones de los explotadores del obrero, lo cierto es que el
obrero y el empleado tienen una instintiva aversión al trabajo asalariado. De
aquí que hayamos de decir con Pío XI que,
"atendidas las condiciones
modernas de la asociación humana, sería más oportuno que el contrato de trabajo
algún tanto se suavizara en cuanto fuese posible por medio del contrato de
sociedad, como ya se ha comenzado a hacer en diversas formas con provecho no
escaso de 'os mismos obreros y aún patrones. De esta suerte los obreros y
empleados participan en cierta manera, ya en el dominio, ya en la dirección del
trabajo, ya en las ganancias obtenidas".
La máquina
Pero toda la doctrina del justo salario es hoy
perfectamente inútil, porque el capitalismo arbitra recursos más expeditivos
para burlarla. El trabajo del obrero es sustituido por el de mujeres y niños, a
quienes se les remunera menos, y sobre todo por el trabajo de la máquina. Es
algo monstruoso que le sea más fácil colocarse a una niña que a un obrero,
padre de familia. Hasta aquí llega el colmo de la explotación capitalista. Pero
lo que no tiene nombre es que todo el empeño del capitalista sea arbitrar la
forma de un movimiento automático de su fábrica que elimine la mano de obra
para aumentar su lucro individual.
Es sabido, en efecto, que su afán para
supermultiplicar la ganancia es entregar al mercado un producto de menos costo
que el corriente en plaza. Para esto aplicará un nuevo procedimiento técnico
que aumente la potencialidad de la máquina y reduzca la mano de obra. Es decir:
todo su empeño es desalojar al obrero por la máquina. Un ejemplo entre mil. El
fabricante Harrison de Estados Unidos producía en otro tiempo 50 radiadores
diarios que le costaban 10 horas de mano de obra. En 1929, gracias a un
instrumento más perfeccionado, logró producir 10.000 radiadores con 40 minutos
de trabajo. Economizó un 93 por ciento en mano de obra. No se trata de condenar
al industrial Harrison. Si este señor no hubiera aplicado este procedimiento
hubiese perecido en la concurrencia industrial. Se trata de mostrar en un ejemplo
la crueldad de un sistema económico afiebrado por la aceleración de la
ganancia, con detrimento de la parte más numerosa de la humanidad.
El capitalismo hace un doble abuso de la máquina.
Primero, porque monopoliza su innegable fuerza benéfica, en detrimento de la comunidad. La
máquina como todo bien tiene un finalidad común, social: es justo pues que
beneficie al obrero lo mismo que al capital, y al obrero antes que al capital,
porque, como dijimos antes, los derechos del trabajo son superiores a los
derechos del capital, que sin el trabajo es un bien estéril. Es este el primer
abuso que de la máquina hace el capital.
El segundo, conectado con este primero, es que no
sólo no participa el beneficio de la máquina al obrero, sino que se sirve de
ella como medio para desalojar al obrero, para matar al obrero. Alguno dirá que
son estas exigencias de la técnica, del Progreso. Pero, pregunto: ¿sería lícito
alimentar las máquinas con carne humana, so pretexto de que es mejor
combustible que el carbón? ¿Es lícito, entonces, sumergir en la miseria
absoluta a más de veinte millones de hombres, sin contar sus familias, colocar
a otros en verdadera miseria por los salarios famélicos que se les paga, y
crear con esto una inmensa desesperación mundial y todo porque es necesario
respetar la infinita aceleración de la máquina?
Pero, ¿está hecha la máquina para el hombre, o el
hombre para la máquina?
Creo que nadie pone en duda de que la super-potencialidad
de la máquina sea una de las causas, aunque no la principal, del actual
malestar económico. Recuérdese que hoy Estados Unidos, gracias a la producción
en gran serie, impuesta por Hoover y Ford, posee una capacidad de producción
que sobrepasa en algunos artículos el consumo de todo el mundo. Así, p. ej.
"la capacidad de producción de
la industria americana del automóvil es de 8.000.000 de coches, mientras el
consumo mundial en 1929, pasó apenas de Íos 600.000. La industria americana de
zapatos puede producir anualmente 900 millones de calzado, mientras el consumo
americano no pasa de los 300 millones. Las minas de carbón están equipadas para
producir 750.000.000 de toneladas de carbón, cuando el mercado americano no
puede absorber 500.000.000. (Pierre Lucius, La
faillite du Capitalisme, p. 103).
En las industrias del petróleo, del carbón, del
acero, de la lana, de la seda, se dispone de un instrumental técnico que
representa una capacidad de producción triple del volumen de la venta. Al mismo
tiempo, todos los países están afanosos en el desarrollo de sus industrias.
Hasta
Burguesía y
proletariado
Hemos examinado la producción industrial, para
llegar a la consecuencia que todo está en tal forma armado en la economía
capitalista que el burgués es omnipotente y tirano frente al pobre, al jornalero
en especial, y que usa de esta omnipotencia para exprimirle la última gota de
dignidad. No es esto literatura. El trato ordinario con los obreros me ha
mostrado al vivo la vileza con que se le trata. Se le ha arrancado su dignidad
de cristiano: el obrero, amado con predilección por Cristo que quiso ser pobre
y obrero, mantiene hoy un odio concentrado, desesperado contra Cristo, contra
su Iglesia, con los ministros del Crucificado. (Conviviendo con ellos, es fácil
comprobarlo.)
¿Quién ha depositado ese odio? El burgués, el
capitalista, el burgués católico. Porque si los diarios, si los libros, si el
cine y el teatro envenenan al obrero, la culpa es del burgués, quien, con el
ansia de hacerse rico, le ingirió el veneno. Si las escuelas laicas y las
universidades ateas envenenan con su ignorancia fatua, la culpa es del burgués.
Se le ha arrancado su dignidad de hombre: porque el
burgués que, al fin y a la postre, no es sino un obrero con más suerte, le ha
considerado como una mercancía despreciada, de la cual en tanto se echa mano en
cuanto sirve. Es verdad que se le proporcionó comodidades, superfluidades burguesas
(sport, cine, lecturas), pero a costa de su dignidad humana, que ha sido conculcada
por la máquina.
Pero hoy el obrero está desesperado y frente al
capitalismo hidrópico se siente fuerte. Ya no acepta "servir": Quiere
ser amo. Y el ritmo de los acontecimientos hace sospechar que ha llegado la
hora de su imperio. Desde
Por esto – escribe Berdiaeff, (Le christianisme et
así como antes era menester enseñar
al burgués que respetase la dignidad humana de las clases trabajadoras, así hoy
se ha de enseñar a los obreros que “el
burgués y el noble son también seres humanos, que hay que tratar como tales y
cuya dignidad se debe respetar. Este al menos, es el problema que se plantea en
Rusia Soviética y es probable que se plantee algún día en Occidente".
Entonces, como ahora, será necesario predicar
"oportune et importune" que
el hombre de cualquier condición social lleva en su ser la imagen de Dios, ha
sido rescatado por Cristo y está llamado a la vida eterna. “Frente a esta dignidad divina, todas las
diferencias de clases, todas las pasiones políticas, todas las superposiciones
que el trato social cotidiano ha acumulado sobre el alma humana, son
insignificantes y vanas".
Y que el supremo bienestar del hombre en el cielo y
en la tierra está en el amor de todos, unidos en Aquel que ha puesto su riqueza
en dar su vida por nosotros.
CAPITULO IV
LAS FINANZAS
Al exponer en el primer capítulo la naturaleza del
capitalismo, descubrimos su ley fundamental que se resume en su definición:
"aceleración del lucro por la
aceleración de la producción y del consumo".
El lucro, infinito, insaciable, rige toda la
ordenación económica moderna, de suerte que se consume para producir y se
produce para ganar. La producción regula el consumo y las finanzas rigen la
producción. Demostramos cómo una economía regida por este vicio capital debía
resultar una economía nefasta para el hombre y nefasta consigo misma, porque
había de llevar en sus entrañas su propia ruina sin poder jamás, ni siquiera
por un instante, proporcionar el bienestar económico del hombre.
En los dos capítulos anteriores expusimos la
ordenación de la producción, agrícola e industrial, y justificamos los
conceptos de propiedad, trabajo y capital. Pero en la exposición de estos
conceptos, nos esforzamos continuamente por advertir la inutilidad de todo
ordenamiento mientras las finanzas que rigen hoy, con sacudidas violentas, la
vida económica, no vuelvan a su función propia.
He aquí que en este cuarto capítulo acometemos el
estudio de las finanzas. Es éste pues, la clave de estas páginas, a: menos como
explicación y crítica del capitalismo. El estudio de las finanzas nos va a
revelar el punto fundamental que sostiene toda la economía moderna, llamada
capitalismo; nos va a descubrir la raíz de la presente crisis económica, crisis
definitiva, insoluble. Podrá sentirse algún alivio, pero será éste como la
mejoría que preludia el desenlace fatal del agonizante.
Sin embargo, como no es nuestro intento primordial
criticar el capitalismo, sino exponer la concepción católica de la economía,
procuraremos que en el curso del presente capítulo aparezca la nítida noción
católica sobre la moneda, el capital y el crédito.
Las verdaderas riquezas Pues bien, las verdaderas
riquezas son las llamadas por Santo Tomás (II-II q.118, a. 2) riquezas
naturales, o sea: los productos de la tierra y de la industria, porque sólo
ellas pueden remediar la indigencia y proporcionar la suficiencia de bienes
para vivir virtuosamente. Por esto, el Jefe de casa y el político prudente
adquieren y atesoran estas riquezas tan útiles para la comunidad doméstica y
política, porque sin lo necesario para la vida no es posible el gobierno de la
casa o de la ciudad. (Com. de Santo Tomás a “Politicorum liber I, lectio II, de
Aristóteles).
Pero su adquisición presupone su producción. Una
vez producidas, es necesario que circulen para que las producidas por nosotros
lleguen a los demás y les aprovechen, y en cambio las producidas por ellos nos
aprovechen a nosotros. Es necesario, pues, permutar las riquezas naturales.
Evidentemente que en la primera comunidad doméstica no fué necesario este
intercambio, porque como todo se producía en casa y todo pertenecía al jefe de
la familia, éste distribuía el trabajo y repartía sus productos. Pero a medida
que se formaron los pueblos y ciudades, apareció una elemental división del
trabajo, y se hizo imperiosa la permuta de las riquezas naturales, conocida con
el nombre de trueque. (Santo Tomás, ib. lección VII).
De este primer cambio natural (tipo de todo cambio
equitativo, porque doy tanto de esto que vale tanto por esto otro que vale
igual), nació el cambio artificial o la permuta por intermedio del dinero.
Porque como las relaciones entre los hombres se iban ampliando y extendiendo
aún a tierras lejanas, no era fácil comerciar las riquezas naturales como el
vino, el trigo, etc. Y por esto, para efectuar estos cambios en lugares
lejanos, se estableció que se entregase y recibiese algo que, además de su
valor, fuese fácil de llevar, p. ej.: los metales como el cobre, el hierro, la
plata. En un principio se determinó el metal por sólo su peso o cantidad: mas
después, para evitar el trabajo de medir y pesar, se imprimió un sello en el
metal en garantía de una determinada cantidad. (Santo Tomás, ib.)
El dinero
El dinero no
es más que aquello que se adopta como instrumento de cambio. No tiene en sí, en
cuanto dinero, ninguna corriente misteriosa, ni fuerza magnética. Su valor es de
puro cambio: será, por tanto, mayor o menor cuanto mayor o menor sea la
cantidad de cosas que con su unidad puedan adquirirse. De aquí, que esté hecho
para circular, porque sólo así llena su función esencial de instrumento para
permutar las riquezas naturales, es decir, los productos de la tierra y de la
industria. Ahondando más en este concepto, advirtamos que no es menester que el
dinero en cuanto dinero sea una mercancía, o algo que tenga un valor
intrínseco.
En su significación primitiva, fué el dinero un
bono sobre cosas de valor, equivalente al importe de éstas. En efecto, tenemos
diferentes formas de dinero: el dinero-lingote, el dinero-cuero, el
dinero-alubia, el dinero-ganado, el dinero-sal, el dinero-concha; sólo que
debía reunir tres condiciones: desde luego, ser reconocido en todas partes como
hipoteca para dar y recibir; luego, conservar por modo durable e inmutable, el
valor reconocido; y, finalmente, no debía fijar el valor de todos los otros
bienes, sino hacer que la relación de su valor recíproco no fuese trastornada,
y que él, el dinero, fuese únicamente concebido como representante de la
expresión de estas relaciones de valor.
Con esta introducción produjéronse dos grandes
cambios en las relaciones comerciales. En primer lugar, el cambio se convirtió
en compra; en otros términos, la pura relación real se convirtió en relación
personal, el contracto real en contracto consensual. En segundo lugar, el
precio reemplazó a la mercancía.
Esta es el mismo bien mueble, objeto de compra o de
cambio. El precio es la estimación o la comparación de la mercancía con lo que
no es directamente mercancía, sino sólo un equivalente o representación de la
mercancía e intermediario entre mercancías.
Con la introducción del dinero, las mercancías, las
transacciones correspectivas, las necesidades, no fueron ya directamente
comparadas entre sí, sino únicamente consideradas mediatamente las unas con
relación a las otras, refiriendo su valor al dinero, medida de precio
generalmente adoptado. El dinero como tal, es decir, en su cualidad de dinero,
no puede, pues, ser nunca mercancía. Si uno lo toma como mercancía, ya como
simple cosa de valor, a causa de la materia de que se compone, ya a causa de
otras comodidades o ventajas que se le añaden, y cuyo uso puede ser separado de
él o por lo menos ser estimadas aparte, porque no están esencialmente ligadas
con él, como medios de relaciones comerciales, entonces ya no es moneda
(Thomas, II-II, q.
El dinero podría tener un valor no en cuanto dinero
sino en atención a la materia de que consta. En este caso es necesario procurar
que su valor nominal coincida con este valor de cosa, a fin de evitar que se
comercie con él como una mercancía. (Ver Weiss, Apología del Cristianismo,
Cuestión social). Ahora bien, si el dinero no es un bien real, independiente,
tampoco tiene valor real, propio, independiente; no es mas que un signo de
valor que puede emplearse para rembolsar otros valores reales, pero sólo en la
medida en que existan otros valores que puedan ser cambiados mutuamente.
El comercio
del dinero
El dinero, en resumen, no tiene sino un puro valor
nominal, representativo de riquezas naturales. No está hecho para comerciarlo.
Pero no bien se introdujo el
dinero, observa Aristóteles, hubo quienes comerciaron con el dinero mismo
buscando el lucro. Fueron éstos los cambistas o banqueros, con su arte llamada
"nummularia". Aristóteles, y después de él Santo Tomás y los
escolásticos, llaman pecuniativa artificial a este arte, cuya función propia es
la producción artificial del lucro por el comercio de dinero. Y manifiesta que
esta pecuniativa fundada en el enriquecimiento por el cambio de dinero es
vituperable, como es vituperable y necio el concepto de muchos que imaginan que
sólo el dinero es riqueza. Creer que sólo el dinero es riqueza – prosigue
Aristóteles – es una fatuidad, porque no puede ser verdadera riqueza aquella
cuyo valor depende de la voluntad de los hombres; es así que la dignidad y
utilidad del dinero depende de la voluntad de la misma comunidad social, que
puede cuando le place anular su valor y substituirlo por otro; luego, no es el
dinero la verdadera riqueza. Además, que puede uno abundar en dinero y perecer
de hambre, como cuenta la fábula le sucedió a Midas, quien, teniendo un deseo insaciable
de dinero, pidió a los dioses, y lo obtuvo, que todo cuanto le presentasen se
convirtiese en oro. Y así se moría de hambre, porque todos los alimentos que le
presentaban se convertían en oro.
Todo lo cual demuestra – y es conveniente
recordarlo a la economía moderna que ha perdido el sentido elemental del dinero
– que las finanzas o pecuniativa no tiene un fin en sí, como si fuese la
suprema cosa a la cual se haya de aspirar. La verdadera riqueza de un país no
se computa por el oro que tiene almacenado en sus arcas. Estados Unidos, a
pesar de sus ingentes reservas de oro, es un país de economía miserable porque
no atina a suministrar bienestar humano a sus millones de desocupados.
Sin embargo, como demuestran certeramente
Aristóteles y Santo Tomás, existe en el hombre un instinto perverso, la
avaricia, que le arrastra a hacer de la pecuniativa o finanza un fin en sí.
Porque, como generalmente el hombre no busca disponer de lo necesario para
llevar una vida virtuosa, sino disponer de un medio infinito que satisfaga la
insaciabilidad infinita de su capricho, trata entonces de amontonar la riqueza
artificial, el dinero, el oro, con el cual pueda adquirir caprichosamente lo
que su capricho exija. Por esto se amontona en forma ilimitada, infinita, el dinero.
Y se busca acrecentarlo, no mediante la producción de riqueza natural, sino por
sí mismo. El dinero engendra más dinero, ya sea por el cambio de un metal por
otro, o sino – lo que es mucho más vituperable con el foenus o préstamo a
interés, o usura.
"De
donde – dice Aristóteles –, resulta un parto cuando el dinero se acrecienta con
dinero". Es como si el dinero tuviese cría. Tengo $ 100, y a fin de
año, automáticamente, sin que medie mi trabajo, en virtud de la fecundidad
ingénita del dinero, tengo en mis manos
El préstamo
a interés
Antes de exponer la concepción que del dinero se ha
forjado el Capitalismo, y los recursos de que ha echado mano para asegurar de
modo infalible la productividad del mismo, veamos por qué tanto la ley mosaica
como la legislación cristiana han prohibido la usura o interés que se cobra por
el dinero prestado. No hablo del interés exagerado, un 30 por ciento p. ej., a
la que se llama hoy usura, y que vendría a ser el abuso de la usura, sino de
cualquier interés aunque sea de un 1/2 por ciento, y que es lo que se conoció
siempre con el nombre de usura.
"Condenamos la rapacidad
insaciable de los prestamistas, la detestable e ignominiosa usura condonadas en
las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento como contraria a las leyes
divinas y humanas” (ver nota 3 al final del libro).
Clemente V (Siglo XIV), en
"Sí alguien cayere en el error
de atreverse a afirmar con pertinacia que no es pecado exigir usura.,
declaramos que debe ser castigado como hereje".
Pero el documento cumbre en la materia es la
encíclica, Vix pervenit, de Benedicto
XIV, precisamente en el año 1745, cuando iba a emprender raudo vuelo el
Capitalismo; encíclica que iba dirigida contra los errores calvinistas que
autorizaban la usura. El Santo Padre declara:
"El género de pecado que se
llama usura y que tiene su lugar y su asiento propio en el contrato de préstamo,
consiste en que el que presta exige en virtud del préstamo, de cuya naturaleza
es devolver solamente lo que se ha recibido, se le devuelva más de lo que ha
dado, y pretende, en consecuencia, que en razón del préstamo le es debido
cierto lucro encima del capital. Por tanto, es ilícito y usurario todo
beneficio excedente del capital prestado.
"Y no se pretenda – prosigue –
que para lavar esta mancha de pecado puede pretextarse que la ganancia no es
excesiva ni gravosa, sino moderada, que no es grande sino exigua, ni que la
persona a quien se pide ese provecho a causa, únicamente, del préstamo, no sea
pobre sino rica, ni que se proponga emplear la suma prestada de la manera más
útil para aumentar su fortuna, ya sea adquiriendo nuevas propiedades, ya sea
dedicándose a un negocio lucrativo, en la intención, siempre, de no dejarla
reposar. En efecto, es convicto de obrar contra la ley del préstamo, que
consiste necesariamente en la igualdad de la suma entregada y de la suma
devuelta, aquel que, establecido ese equilibrio, se atreve a exigir algo más en
virtud del préstamo a la persona de quien ya ha recibido satisfacción con la
igualdad de su reembolso. Es por eso que está obligado a restituir en de todo
lo que por encima del capital haya percibido, según esa obligación de la
justicia llamada conmutativa, que consiste en conservar exactamente en los
contratos humanos la igualdad propia a cada uno de ellos, y en repararla cuando
no ha sido respetada.
"Con esto no se entiende negar
de ningún modo que en el contrato de préstamo puedan hallarse a veces otros
títulos, como les llaman, que no sean en nada intrínsecos a la naturaleza del
préstamo, ni congéneres, en virtud de los cuales surge una causa enteramente
justa y legítima para exigir algo por encima del capital debido en razón del
préstamo.
"Tampoco se niega que,
mediante contratos de valor muy diferente del préstamo, cualquiera tenga
frecuentes ocasiones de colocar y de emplear su dinero rectamente, ya sea
dedicándose a un comercio lucrativo y a operaciones de negocio, con el fin de
alcanzar beneficios irreprochables.
"Pero, así como en esas
numerosas especies de contratos, si la igualdad propia a cada uno de ellos no
es observada, todo lo percibido más allá de lo justo, aunque no por usura,
supuesto que aquí no se trata de préstamo usurario patente o encubierto, sino
por una verdadera injusticia de otra naturaleza, debe ser, evidentemente,
restituido; así también es cierto que si todo se lleva a cabo como conviene y
como la balanza de la justicia lo exige, no hay duda que en esos contratos se
contiene un modo multiforme y un motivo muy lícito de continuar y de extender
el comercio y todos los negocios lucrativos, tal como se practican entre los
hombres, para mayor bien público. No permita Dios que haya almas cristianas
convencidas de que el comercio pueda florecer y prosperar por medio de la usura
y de otras iniquidades semejantes. Al contrario, nos enseña un oráculo divino
que la "justicia eleva a las naciones, y que el pecado hace a los pueblos
miserables”.
"Mas es preciso advertir que
sería cosa vana y deplorable temeridad persuadirse de que cualquiera que tiene
a su favor algunos títulos legítimos junto al mismo contrato de préstamo, o
bien, sin ese contrato, otras especies de contratos perfectamente justos,
puede, valiéndose de esos títulos o de esos contratos, cuando ha librado a otro
su dinero, sus cereales u otra mercancía semejante sacar un interés moderado
por encima del capital que vuelve a él sano y entero. Si alguien pensara de ese
modo, no sólo estaría en desacuerdo con las enseñanzas divinas y las
prescripciones de
Hasta aquí la encíclica de Benedicto XIV. Este
documento expresa claramente la doctrina de
El Capitalismo surge grandioso. El progreso
industrial más formidable se realiza sobre el haz de la tierra como efecto del
préstamo a interés hecho institución permanente. Y en esta economía, el dinero
resulta fértil, productivo, con cría. Ante esta nueva realidad que los hechos
plantean,
de la productividad del dinero, de hecho universal.
(Ver al final la nota sobre "El Préstamo a interés y
Al agitar esta cuestión, prescíndese aquí de la
licitud en conciencia para los que actualmente viven en el régimen económico
moderno, y se pregunta:
¿Es en sí, justo y beneficioso un
sistema de economía fundado en el préstamo a interés? ¿Un sistema tal, aunque
adquiera un desenvolvimiento grandioso, no resultará nefasto, ya que no puede
servir al bienestar humano de la colectividad? ¿La grandiosidad de tal sistema,
no será necesariamente en beneficio de unos a expensas del cuerpo social?
Ilicitud del préstamo a interés
¿Por qué la ley mosaica y la
legislación cristiana prohibió siempre severamente la usura? Responde Santo
Tomás (II-II, q.11. 78.a. l y De malo q. 13. 4): La usura no es pecado porque
está prohibida, sino que está prohibida porque es pecado: viola la justicia
natural. Porque se vende algo que no existe; luego, hay una desigualdad que es
contraria a la justicia. Es como si yo, sin vender nada, cobrase $ 5. Doy 0 y
recibo 5. Sería evidentemente injusto. Pues, precisamente esto acaece con la
usura, la renta, el interés que se recibe por el préstamo de dinero o de una
cosa consumible.
"En efecto, prosigue Santo
Tomás, hay cosas cuyo uso es su mismo consumo; así consumimos el vino cuando lo
usamos, esto es cuando lo bebemos, y consumimos el trigo cuando lo usamos, esto
es cuando lo comemos. De donde, en estas cosas consumibles no se puede computar
aparte el uso de la cosa y la misma cosa; sino que aquel a quien se le da el
uso, por lo mismo se le da la cosa. Y por esto, en estas cosas, por el préstamo
se transfiere el dominio. Si alguno, pues, quisiese vender aparte el vino y por
otra
el uso del vivo, vendería una
misma cosa, dos veces o vendería lo que no existe, lo cual es manifiestamente
contra la justicia. Y por la misma razón, comete injusticia quien presta el
vino o el trigo, pidiendo se le den dos recompensas: una, la restitución de una
cosa igual; la otra, el precio o paga por el uso, que se llama usura o interés.
Hay otras cosas – prosigue el
Santo Doctor – cuyo uso no es el consumo de la cosa; así p. ej., el uso. de una
casa es habitar en ella y no precisamente destruirla o consumirla. En éstas el
uso de la. cosa, se puede separar de la cosa misma y entregar una sin entregar
la otra, así p. ej. cuando uno entrega a otro el uso de la casa, reservándose
el dominio. Puedese entonces cobrar un censo por el dominio de la casa, cuyo
uso se ha cedido. (Evidentemente que este censo nunca equivaldría a la renta o
alquiler del contrato moderno de locación, pues en éste, el alquiler que se
cobra lleva implicado la usura o interés del capital invertido. El concepto
moderno de "alquiler" es un concepto capitalista y por ende usurario;
lo mismo dígase del arrendamiento de campos).
Ahora bien – prosigue Santo Tomás
– el dinero, como enseña Aristóteles, se introdujo principalmente para efectuar
los cambios; así el uso principal y propio del dinero es su consumo, su
distracción. Por esto, es en sí ¡lícito recibir precio o usura por el uso del
dinero prestado.
De modo que, según esta doctrina,
el dinero es por naturaleza estéril, infecundo. No es justo, por tanto, cobrar
por su préstamo como si fuese fecundo, como si produjese, como si tuviese cría.
De aquí, que en la ley mosaica
(Deut. XXIII, 19), el Señor ordena a los judíos: "No prestarás a usura, a
tu hermano, ni dinero, ni granos, ni cualquier otra cosa, sino solamente a los
extranjeros. Mas a tu hermano, le has de prestar sin usura lo que necesitas
para que te bendiga el Señor Dios tuyo en todo cuanto pusieres mano en la
tierra que vas a poseer".
Dirá alguno: se le permitió al
judío prestar a usura al extranjero, luego eso no es en sí malo. Responde el
Santo Doctor (II-II, q.
De aquí que
La usura legalizada se introduce oficialmente con
Resumiendo todo lo expuesto, resulta que la
doctrina de Aristóteles y Santo Tomás, la eminentemente católica sobre las
Finanzas, se puede concretar en los siguientes puntos:
1º. Sólo son verdadera riqueza los
productos de la tierra y de la industria.
2º. El dinero es un instrumento de
cambio, cuyo valor está en función de las riquezas naturales que con él se
puedan adquirir.
3º. El dinero es absolutamente
infecundo por naturaleza propia; no tiene derecho a cría.
4º. Por tanto, la usura o interés,
cualquiera que sea, recibida por un préstamo es injusta.
El dinero en
el capitalismo
El Capitalismo va a invertir toda esta doctrina
clarísima. Porque hará del dinero una mercancía; la única mercancía o riqueza;
riqueza que prolifera matemáticamente a medida que pasa el tiempo. Para ello el
empeño del capitalismo – inconsciente pero real y profundo – se reducirá a proveerse
de un instrumento monetario que le permita desligarse lo más posible de la
riqueza natural y producir dinero con dinero, proliferar dinero: este
instrumento será el oro con sus innumerables sucedáneos.
El oro como dinero no tendrá valor
en cuanto es representativo de todas las riquezas naturales de una nación, sino
un valor intrínseco, el único apetecible. Y así, el oro será la única riqueza
apetecible, porque todas las otras riquezas serán ambicionadas en cuanto pueden
reducirse a oro. Es decir, que no se buscará el dinero como medio que nos
procura las riquezas naturales, sino que se explotarán las riquezas naturales
como medio que nos abastece del oro. El oro será, no una simple mercancía, sino
la gran mercancía, el polo inmutable en la carrera de los fenómenos, la medida
absoluta de los valores."2 (Ferdinand Fried,
Así, el oro es una moneda con caracteres opuestos a
los que debe tener una moneda según la sabiduría de los antiguos. Los antiguos
toleraban que la moneda fuese una mercancía, con tal que esta mercancía tuviese
un valor real que coincidiese plenamente con su valor de representación o
equivalencia. Suponían en este caso que esta moneda era una mercancía
circulante, invariable en sí, cuya variabilidad sólo podría originarse de la
variabilidad de los productos naturales. Es decir, que si los productos
escaseaban debían subir de precio y que si abundaban, debían bajar de precio.
Pero el capitalismo, que hace del oro la única
mercancía, comienza por retirarlo de la circulación y sepultarlo en los sótanos
de los grandes bancos. El oro será sin embargo, lo más variable de todas las
cosas. (Irving Fisher, L'illusion de la monnaie stable.)
2 Medida absoluta de los valores, no porque no
admita variabilidad sino porque es lo que en último término se apetece.
El oro variable tiende a ser expulsado de la
circulación; será substituido por otros medios de pago que conservarán una
relación de equivalencia con el oro: el papel moneda y los cheques (ver nota 4
al final del libro). El papel moneda y los cheques que aseguran una mayor
circulación de medios de pagos no tienen un valor de representación de las
riquezas naturales sino un valor de representación con respecto al oro. Este
valor de representación variará según las variaciones de su volumen.
En esta forma, los precios de todas las cosas están
en función de tres variables: el oro, el papel moneda (y los cheques), y las mismas
riquezas naturales, El oro asimismo está en función de tres variables (ver nota
5 al final del libro).
El comercio
de la moneda
El comercio de la moneda, tan, enérgicamente
reprobado por la sabiduría de los antiguos, será la ocupación preferida de los
financistas que habrán encontrado un medio fácil de enriquecerse especulando
sobre esta infinita variabilidad del oro, del papel que reemplaza al oro, y de
todas las otras riquezas que estarán representadas en papel.
Las finanzas serán la comercialización de todos los
valores. No me atrevería a añadir aquí que esta comercialización de la vida
económica es una creación genuinamente judía, si un economista de la autoridad
de Werner Sombart (Les juifs et la vie
economique, pág. 81), no lo demostrase con una documentación abrumadora.
"El Capitalismo – dice Werner
Sombart – es la bolsificación de todos los valores económicos".
"Ahora bien, añade (ib. pág. 81), en este proceso «los judíos han
desempeñado el papel de creadores, y aún el aspecto particular que la vida
económica moderna ha revestido como consecuencia de este desarrollo debe ser
considerado como el efecto de una influencia especial y esencialmente
judía»".
Y sigue demostrando cómo la letra de cambio, el
billete de banco, la obligación, las acciones, la bolsa, etc., son creaciones
genuinamente judías. La gente se ha acostumbrado en tal forma a esta
comercialización del dinero y de todos los otros valores económicos, que le
parece esto lo más lógico y lo más inofensivo. Sin embargo, no es así. Porque
toda esta comercialización presupone la formación de fortunas fantásticas, que
se crean de manera artificial, sin la producción real de riquezas, a expensas
por tanto de la verdadera producción. Además, esto crea una inestabilidad
sumamente grande para las fuerzas productoras, la cual ha de redundar en
perjuicio de los consumidores y de los productores para beneficiar, en cambio,
las especulaciones de los financistas.
El dinero
prolífero
Pero no es esto lo peor. Lo grave, lo gravísimo de
la finanza capitalista, es que en ella el dinero, el oro y todos los otros
valores, en cuanto reductibles a monedas, deben ser forzosamente prolíferos.
Toda riqueza debe producir interés. No es posible concebir una riqueza
improductiva. El dinero tiene derecho a interés, a cría. Cien pesos, a fin de
año, deben forzosamente convertirse en Ciento cinco, por ejemplo.
Me refiero, por tanto, al interés, a la usura
(usura-sistema, legalizada, al 5 por ciento, o al 1 o al 1/2 por ciento si se
quiere), que forma en realidad el núcleo más esencial del capitalismo, porque
es la expresión concreta de la avaricia. Comencemos por advertir que la noción
de préstamo a interés, o venta a interés, a crédito, están en la raíz de todo;
la noción de interés debido lo invade todo: la casa de nuestra madre, este
dinero, este jardín, esta máquina inmóvil, todo lo que tiene un valor, todo lo
que podría producir dinero de nuevo y no produce, todo, es un capital que puede
y debe producir, que debe tener cría; constantemente, a medida que pasa el
tiempo, se va acrecentando con un 4, 5, 6, 7, 8 por ciento, según sea la tasa
legal. (Marcel Malcor en Nova et Vetera,
Juiliet-Sept.1931.)
Este es en realidad el concepto capitalista de
capital, de dinero. Para el capitalista, no hay riqueza muerta: cualquier
dinero, cosa o bien, tiene que proliferar en favor de su dueño, haya o no de
hecho producido esa riqueza, haya o no mediado el trabajo de su dueño en su
producción. Tiene uno cien pesos, pero a f in de año está certísimo de que son
105 por ejemplo. Ha habido una cría infalible, matemática de $ 5. Un industrial
agrícola ha tenido un año espléndido y ha recogido un beneficio de $ 100.000.
Ya puede descansar para toda la vida. Porque la cosecha de este ano – sin consumirse
–, solamente con su cría anual, es decir con la renta, le va a sustentar toda
la vida.
El dinero y
el capital
Antes de mostrar la perversidad de esta concepción
del dinero (y demás riquezas en cuanto traducibles en dinero), voy a establecer
que es necesario distinguir entre dinero y capital. El dinero es un instrumento
de cambio; está hecho para ser usado, para asegurar los cambios. No es riqueza
sino un valor nominal de riqueza.
En cambio, el capital es medio de producción de
nueva riqueza. Como se explicó en el capítulo anterior, el capital es la
inversión de riqueza en una empresa para que, asociada al trabajo como
instrumento de producción, participe de los riesgos y beneficios de la empresa.
El propietario de este capital, que arriesga esta riqueza en producción de nueva
riqueza, tiene derecho a sus beneficios. Por esto, los antiguos y Santo Tomás
expresamente (II-II, q.
"aquel que confía su dinero a
un mercader o a un artesano, formando con él una sociedad, no transfiere en él
su dominio, sino que queda propietario, y así puede lícitamente exigir una
parte del lucro que de él provenga, como de cosa propia. No, en cambio, aquel
que presta su dinero, porque éste al prestarlo transfiere el dominio en aquel a
quien lo presta, y así no puede exigir más que lo que prestó".
Evidentemente que este concepto auténtico de
capital, admitido en todos los tiempos por
Concepto de capital a todas luces injusto y
usurario, como inmediatamente demostraré. Recordemos por ahora el concepto
católico de capital, de capital genuino, según expliqué en el tercer capítulo.
Es la inversión de riqueza no consumida en una empresa, para que, asociada al
trabajo como instrumento de producción, participe en los riesgos y beneficios
de la empresa. De donde:
1º El capital es solamente causa
instrumental en la producción;
2º No tiene derecho al beneficio
sino cuando está asociado al trabajo;
3º Su derecho al beneficio es
secundario, viene después del trabajo, así como su influencia en la producción
es secundaria y posterior al trabajo;
4º Así como se asocia con el
trabajo en la participación del beneficio, así también se asocia en los riesgos
y pérdidas.
Luego, el capital no tiene derecho a ningún
interés; no tiene derecho tampoco a descontar la amortización del capital del
beneficio bruto, en concepto de gasto general. El capital tiene tan sólo
derecho al dividendo en caso de que haya beneficios líquidos. El beneficio
líquido se ha de computar después de satisfechos plenamente los derechos del
trabajo del ejecutor y del obrero.
Sólo en esta forma habrá verdadera asociación del
capital en la empresa, como alimento del trabajo, según se desprende de los
principios de Santo Tomás, explicados en el tercer capítulo. Ahora, en caso de
que el capital no se asociara sino que se prestase, entonces tiene derecho tan
sólo a reclamar la devolución íntegra del capital, cualquiera fuese la suerte
de la empresa; así como no se asocia en la participación del riesgo de la
empresa, tampoco puede reclamar ninguna participación en los beneficios.
El capital capitalista implica las siguientes
injusticias: 1º Se considera como prestado, y por esto reclama su amortización,
con la renta industrial; 2º Se considera asociado, y reclama participación en
el beneficio líquido; 3º Se considera superior al trabajo, Y reclama su
amortización, renta y dividendo, antes de los derechos del, trabajo. Por esto
es necesario elegir: capital asociado o dinero prestado. Una cosa u otra: las
dos como acaece en el tipo corrientes, de empresa capitalista, es injusto, es
un robo, El préstamo a interés en el capitalismo
Ahora bien, si el dinero es prestado, el interés
que el capital reclama como debido es un robo. ¿En virtud de qué, si se entregó
100, se reclama al cabo del año 105? Estos 5, que exigen ¿en virtud de qué se
exigen? ¿Del año transcurrido? Pero, ¿se tiene derecho a comerciar con el
tiempo, con el año, y cobrar $ 5 porque pasó un año?
Dirá alguno: pero es que el otro se benefició con
el dinero que yo le presté. Se los prestó; luego le entregó el dinero para que
lo usase; le entregó el dinero y su uso que van inseparables. Ahora bien, al
devolverle el prestatario el dinero prestado, le devuelve también su uso, es
decir le devuelve todo lo que le entregó. No tiene derecho al beneficio como no
tiene que responder de sus pérdidas, porque, al prestarle el dinero, se despojó
del dinero. Si no se hubiera despojado del dinero, si no lo hubiera prestado
sino que lo hubiese asociado en la empresa con el trabajo del otro, podría
reclamar con justicia una participación en los beneficios del otro, así como se
expondría a sus riesgos. Pero entonces no sería dinero prestado sino asociado:
no tendría derecho, tampoco, a su infalible amortización.
Doctrina clarísima y limpia, que nos cuesta
entender porque tenemos la mentalidad capitalista del dinero y del capital.
El interés que cobra el prestamista, es riqueza
apropiada sin trabajo. Pero, como es riqueza, es producto del trabajo... del
trabajo del productor, del no rentista, que produce para sí y para el rentista.
El rentista roba al productor una parte de su trabajo. Esto que aparece claro
en la renta industrial y en la moderna renta fundiaria (digo moderna porque hoy
el alquiler de las casas y de los campos implica el concepto de dinero y de
capital con derecho a la cría), aparece más evidente en los empréstitos de
Estado. Porque el Estado que contrae un empréstito, generalmente no invierte
ese dinero en obras productivas sino en obras consumibles o mejor destructibles.
De manera que luego hay que amortizar capital e intereses.
El dinero se lo presta quien lo tiene, es decir el
financista. De modo que éste se enriquece con el interés de lo prestado. Y como
el Estado no produce, luego hay que quitar de parte del productor una parte de
lo que produce para pasarlo y entregarlo al financista. De este modo, el que
hace en realidad el empréstito es el productor o trabajador, de la inteligencia
o de las manos, pero trabajador. El que se beneficia – infaliblemente – es el no-trabajador,
el haragán, el financista.
Con los empréstitos de Estado, el Estado
oficialmente se encarga de pasar la riqueza de manos del productor en manos del
no-productor. Y con los empréstitos contraídos en el extranjero, de manos de
los productores del país en manos de los no-productores, del extranjero. Por
esto dicen con gran sabiduría los Protocolos de los Sabios de Sión, Acta 203:
"En tanto que los empréstitos
fueron interiores, los cristianos no hacían más que cambiar el dinero del
bolsillo del pobre al bolsillo del rico. Pero cuando hubimos comprado las
personas que hacían falta para conseguir transportar (3) los empréstitos sobre
terreno extranjero, todas las riquezas de los Estados pasaron a nuestras cajas,
y todos los cristianos se vieron obligados a pagarnos un tributo de servidumbre.
¡Cuán evidente – prosiguen los
Protocolos – es la falta de reflexión en los cerebros, puramente animales, de
los cristianos! Nos toman dinero prestado con interés, sin reflexionar que les
hará falta sacar de los recursos del país, tarde o temprano, el capital
prestado más los intereses para pagarnos a nosotros. ¡Cuánto más sencillo sería
tomar el dinero que necesitan directamente del contribuyente! Esto demuestra la
superioridad general de nuestro espíritu. Hemos sabido presentar el negocio de
los empréstitos en forma tal que hasta han visto ventajas para ellos".
"Cada empréstito demuestra la
incapacidad o ignorancia del respectivo gobierno en cuanto a los derechos del
Estado. Los empréstitos cuelgan como una espada de Damocles sobre las testas
coronadas, que en lugar de repartir contribuciones a tiempo, extienden las
manos pidiendo limosna a nuestros financieros. Sobre todo, los empréstitos
exteriores son como las sanguijuelas, que ya no se pueden quitar del cuerpo de
los Estados, hasta que caigan por su propio peso, a no ser que el Gobierno los
arranque violentamente. Pero los gobiernos no-judíos, muy lejos de arrancarlos,
vuelven a colocar cada vez otros nuevos. Irremisiblemente tienen que hundirse a
consecuencia de tan constante y voluntaria sangría".
(3) Al citar los “Protocolos de los Sabios de Sión”, no
tenemos en cuenta la autenticidad de los mismos ni si responden a un plan
premeditado de una supuesta dirección judía universal. Advertimos, sí, que es de
todos modos innegable que expresan acertadamente todo cuanto de hecho se
realiza y se cumple en las relaciones de los pueblos cristianos y de los judíos.
El préstamo a interés es nefasto porque divide la
humanidad en dos clases: una oligarquía multimillonaria que no produce y una
multitud miserable que produce
Todo lo expuesto hasta aquí sobre las finanzas, la
moneda, la injusticia e inconveniencia de la usura, ha de parecer deshilvanado
por una parte, y por otra sumamente ineficaz. Porque, aun suponiendo que la
usura tuviese sus inconvenientes, ¿no es verdad que éstos se compensarían de
sobra con el magnífico desarrollo alcanzado por la industria y el comercio,
desarrollo que casi en su totalidad se ha de atribuir a la poderosa palanca de
las finanzas y del crédito? Pues bien: voy a demostrar – reproduciendo la demostración
de
En efecto: la usura, aunque sea del 1/2 por ciento,
es una injusticia nefasta: porque ella, sola, prescindiendo de cualquier otra
causa, tiende automáticamente a dividir la humanidad en dos grandes y únicas
clases: la una, acaparadora del dinero, que cada día acrecienta su dinero sin
trabajar; la otra, sin dinero, que trabaja cada día más para enriquecer a la
clase financiera.
Porque el interés que se recibe por el dinero
prestado, sea de la renta industrial o de la renta fundiaria, o de los
empréstitos de Estado, o de los simples préstamos bancarios, se substrae de
manos del productor y se coloca en las manos del no productor. En esta forma,
cada día aumenta el capital del financista, y sobre todo del financista
primario, que suele ser el financista mundial. Al aumentar el capital, aumenta
su interés; luego, cada día es mayor la parte que el productor debe entregar al
financista. El productor tiene forzosamente que irse empobreciendo, hasta que
llegue un momento en que lo que produzca diariamente ni siquiera alcance a
satisfacer la parte que debe a los intereses del financista.
Se va, entonces, adeudando y quedará económicamente
bajo las garras del financista. Ahora bien, esto no es fantasía: es la actual
realidad económica del mundo. Por un lado vemos una exigua cantidad de
financistas que tienen en sus manos concentradas una enorme montaña de dinero.
Por el otro, se ve a naciones, industrias, comercios, particulares, cargados de
deudas, trabajando (o proponiéndose trabajar) para cumplir con los enormes
compromisos contraídos.
¿Para quién
se trabaja?
En beneficio del financista, que nos ha de
absorber, quién sabe hasta qué generación, el sudor de nuestro trabajo. El que
no trabaja, no produce; todo su trabajo es artificial, financiero,
especulativo. Es nefasto porque engendra una montaña nefasta de dinero. En
efecto, esa montaña de dinero en poder de los financistas mundiales ¿estará
ociosa? Imposible, porque si no se coloca, no se acrecentará con el interés.
Pero colocarse ¿en dónde, si los actuales productores no ofrecen garantías
suficientes como para cumplir con las deudas contraídas, y además, si sus
productos manufacturados no encuentran mercados donde colocarse?
Si no se pide crédito, el crédito se ofrece. El
dinero debe acrecentarse infaliblemente. Y así vemos cómo en el año 1928 y 1929
los financistas acuerdan 8,500 millones de dólares a los brookers de Nueva York
para sus especulaciones bursátiles. (Emile Mireaux, Les Miracles du Crédit; Pierre Lucius La fallite du Capitalisme; Ferdinand Fried, La fin du Capitalisme). Los créditos alzaron todos los valores
bursátiles. La prosperidad volvía. Pero era ésta un alza especulativa. El alza
no se fundaba en un mayor rendimiento de la producción sino en una falsa
especulación, que alzaba los valores porque disponía de dinero para especular.
Y así, cuando vino la realidad fue una brutal bancarrota.
Pierre Lucius (La
faillite du Capitalisme, pág. 8.) muestra en estadística el curso de
cotizaciones de
|
Índice de los valores de interés variable. |
Índice de |
|
ler. período de alza París New York |
|
|
Mínimum 1923 |
173 119 |
|
Máximum 1929 |
507 403 |
|
Alza calculada en 100 |
195 239 |
|
2º período de baja París New York |
|
|
Máximum 1929 |
507 403 |
|
Mínimum 1931 |
249 154 |
|
Baja calculada en 100 |
150 209 |
Este boom provocado artificialmente trajo la
bancarrota de grandes especuladores y produjo la
pérdida del pequeño ahorro del público. Y así
quebraron Hatry y Horn en Londres, Oustric, Devilder, Homberg, Bauer Marchal y
¿Por qué esa cantidad enorme de dinero se lanzó a
las bolsas principales del mundo, sino para
hacerlo prolífero desde el momento que es inconcebible
que permanezca ocioso sin acrecentarse? Dígase lo mismo de la superproducción
de materias primas en todos los países de ultramar y de la superproducción
industrial en los países industriales. El dinero, con su ansia loca de acrecentarse
ha racionalizado a Estados Unidos, Alemania, Rusia; ha provocado un progreso
extraordinario de la industria en todos los países, y aún en países antes
exclusivamente consumidores como
Calcúlese el trastorno nefasto de esta superproducción
desenfrenada si se tiene en cuenta que cada uno de estos países puede
virtualmente abastecer el consumo mundial. ¿Cuál ha sido el resultado ulterior
de la expansión agrícola-industrial provocada por la enorme montaña de dinero
que se precipitó sobre el mundo en ansias locas de acrecentar la riqueza?
Muy sencilla: Las materias primas super-producidas
hubieron de almacenarse; se produjo su desvalorización por debajo de su precio
de costo, y en esta forma la población campesina acabó por sumergirse en la
miseria y bancarrota. La superproducción industrial produjo el paro de las
usinas con la desocupación obrera y la bancarrota industrial.
"Así en la economía mundial
vemos, por un lado, a los paisanos empobrecidos, incapaces de comprar los
objetos manufacturados, máquinas y herramientas; y por el otro, las masas
obreras empobrecidas que no pueden satisfacer sus necesidades de materias
primas (Ferdinan Fried, pág. 22).
Un caso
típico entre nosotros
Para apreciar los trastornos nefastos que necesariamente
debe producir en un mercado saturado, (o sea en un mercado que no permite
aumentar el rendimiento de la producción), una masa enorme de dinero, que no
puede quedar inactiva en manos de los financistas, supongamos que existe un
consorcio financiero con 1.000.000.000 de pesos. El comercio financiero X tiene
1.000.000.000 de pesos, y no sabe a qué comercio o industria proporcionarle
porque nadie los solicita.
¿Mantendrá inerte esta ingente suma? De ninguna
manera. Provocará negocios prolíferos a corto plazo, que le reembolsarán con
profícua ganancia dicha suma. Pero como estos negocios no obedecerán a una
necesidad real de los consumidores, esta ganancia se realizará a expensas de
propietarios y productores, que tendrán que sucumbir en la lucha comercial,
víctimas del Consorcio financiero X que se acrecentará vertiginosamente.
Supongamos que el Consorcio financiero X ve un
negocio productivo a corto plazo en la edificación de rascacielos. Entonces
dirigirá en esa dirección la inversión del dinero, no porque en Buenos Aires
haya necesidad de esas viviendas, ya que la población no ha aumentado como para
una densidad tal, sino porque ve gracias al snobismo de la gente que le gusta
el último departamento, sus viviendas serán preferidas a costa de otros que
serán sacrificados. En esta forma, el Consorcio financiero X, valido de su
poder omnipotente de sus 1.000.000.000, arruinará a los demás propietarios y
provocará una baja forzosa de alquileres.
No se habrá agotado con esto la capacidad
financiera del Consorcio financiero X. Aprovechando el estado ruinoso de muchos
almacenes, panaderías, peleterías, farmacias, camiserías, tiendas de la ciudad,
las comprará a un precio insignificante, las transformará dándoles un aspecto
atrayente y novedoso, y con esta cadena de negocios modelos diseminados en los
puntos estratégicos de la ciudad, hará pingües negocios, mientras todos los
otros comerciantes quiebran. Y así, matemáticamente, el Consorcio financiero X
se irá quedando con todo en
a expensas del estado ruinoso de los productores y
comerciantes, deudores suyos.
Pero ¿es que son inicuos los del Consorcio
financiero X? De ninguna manera. Es gente que opera honestamente dentro de
¿No dice el mundo moderno, el régimen económico
capitalista, que todo marcha en progreso gracias a las maravillas del crédito?
¿Cómo extrañarse pues de que los acreedores tengan en su mano todo el dinero
del mundo? ¡Si lo han recogido lícitamente, porque los productores han
consentido en entregárselo!
"Hace falta dinero"
Pero si tienen el dinero ¿por qué no lo entregan a
la circulación? ¿Y con qué objeto? ¿Para aumentar la producción? Si la
producción actual es excesiva. ¿Para aumentar el consumo? Pero en este caso,
sobre qué garantías ofrecerlo, si los consumidores no podrían reembolsarlo.
¿Quién va a entregar ahora el dinero a la circulación, si no ofrece garantías
de productividad?
Además, que si se entregase se repetiría el
fenómeno de desastre de 1929... Además que si se entregara se sentiría un
alivio momentáneo, artificial, que luego habría de traer una situación más
desesperada. Porque al recogerse el dinero con su correspondiente cría, que
produciría el productor en beneficio del financista, éste quedaría más rico y
el mundo más pobre, agravándose constantemente el mal.
Dinero, puro
instrumento de cambio
Pero lo cierto es que hace falta dinero,
instrumento de cambio, puro instrumento de cambio que ponga en circulación las
mercaderías. Pero no hace falta (sería muy dañoso) el dinero o el capital con
derecho a cría, a la usura. Luego, el dinero que hace falta, es un dinero no
prolífero, un dinero exorcizado de la usura aún de las usura legal de por
ciento. Un dinero como lo querían Aristóteles y Santo Tomás. Esta es la única
solución al problema económico del mundo; la demostración formulada es de un
rigor matemático fatal. Solución que no se quiere y que ni siquiera se ha
vislumbrado. Solución que aunque se vislumbre, no se aplicaría porque como el
mundo está regido por los financistas mundiales, jamás permitirían estos una
solución que destruya sus exclusivos intereses.
La filosofía tradicional aporta la única solución
posible a la crisis económica del mundo. Mientras tanto, las celebridades de
Usura -
vicio, usura - sistema
La usura es por tanto injusta y nefasta. La actual
crisis, definitiva para el capitalismo, es efecto primero de la usura. De la
usura-vicio, dirá alguno, o sea de la usura de un interés exagerado, pero no de
la usura legal, de la usura módica que perciben los bancos honestos. Pero,
pregunto: una vez que se justifica y legaliza la usura, quién la mantendrá en
sus justos términos, si ella es por naturaleza acelerada? ¿Además, dónde
termina la usura legal y comienza la viciosa?
¿Acaso los financistas no imponen la tasa de sus
préstamos y el Estado la legaliza con su aceptación? Pero prescindiendo de todo
esto, aunque fuese cierto que la actual parálisis económica no se debiera
simplemente al crédito y sí al abuso del crédito ¿no es de todos modos cierto
que éste sólo habrá apurado, acelerado los efectos desastrosos de la usura; y
que aún sin el abuso, aunque más lentamente pero con igual infalibilidad
matemática se hubiese llegado a este estado nefasto?
La demostración nuestra no se puede eludir. Es de
un rigor matemático fatal, repito. Rigor matemático que aún explica el aparente
uso ordenado del crédito en el crecimiento del capitalismo y el desordenado en
estos últimos años de apogeo. Porque un cuerpo en movimiento, a medida que se
acerca a su centro de gravedad, acrecienta su velocidad; luego la usura y sus
efectos mortales debían acrecentarse a medida que el capitalismo llegaba a su
apogeo. La usura, pues, ha destrozado el capitalismo.
Otra Objeción. Pero si siempre se ha practicado la
usura, ¿por qué precisamente ahora resulta tan mortífera? ¿No será ésta una
solución simplista de la crisis económica? Nunca como ahora se ha practicado la
usura como una necesidad de la vida económica. Siempre la tradición,
judeo-cristiana, la filosofía greco-romana y todas las civilizaciones
tradicionales han condenado la usura. Se practicó, es cierto, a espaldas de la
ley, pero fue esta usura la que llevó a Roma a la destrucción.
Por tanto, ahora que se ha hecho de la usura una
necesidad como jamás han visto los siglos, tendremos también que llegar a una
catástrofe única en la historia. Evidentemente que, cuando la capacidad
industrial del mundo no había alcanzado a equilibrar la capacidad real de
consumo, no eran visibles los efectos nefastos de la usura. Porque como
entonces la producción era de positivo rendimiento, era posible que
enriqueciera al financista y al productor. Pero ahora, que el capitalismo ha
llegado a su apogeo, ahora que la capacidad productora sobrepasa ya la cantidad
consumidora, el rendimiento se ha hecho problemático – sino imposible – y
aparece en toda su perversidad catastrófica la usura.
La usura,
las finanzas y los judíos
¡Qué admirable sabiduría la de
No hay que olvidar que el mundo no marcha a la
inconsciencia regido por fuerzas ciegas. Los pueblos tienen el destino que les
ha impuesto Dios en sus designios inescrutables. El pueblo judío tiene una
vocación manifiestamente revelada. Solamente al pueblo judío le fue dicho en la
persona de Abrahán (Génesis XII, 1 – 3):
Sal de tu tierra y de tu parentela
y de la casa de tu padre y ven a la tierra que te mostraré. Y yo te haré cabeza
de una nación grande, y bendecirte he, y ensalzaré tu nombre, y tú serás
bendito. Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que maldigan y en tí
sean benditas todas las naciones.
Todas las naciones, pues, los pueblos gentiles, han
sido bendecidos y en el pueblo judío porque
La primacía espiritual corresponde entonces al
judío. Los gentiles participan de esta primacía, adhiriéndose al judío fiel, al
verus israelita que es heredero en Isaac de las promesas hechas a Abrahán.
Una primacía carnal, una primacía en el reino de
Mammon, en la adoración del becerro de oro,
corresponde también al judío infiel, simbolizado en
Ismael, el hijo de la esclava. Y así Dios, respondiendo a los deseos de Abrahán
(Gen. XVII, 2), le otorga una bendición sobre Ismael:
"he aquí que lo bendeciré y le
daré una descendencia muy grande y muy numerosa: será padre de doce caudillos y
le haré jefe de una nación grande.
Los Judíos fieles tienen la primacía espiritual;
los judíos carnales, simbolizan en Ismael y en Esaú (Gen. XXVII, 39), tienen
una primacía carnal, en el dominio de las riquezas. Por esto, Esaú recibe la
bendición de su Padre Isaac: En la grosura de la tierra y en el rocío que cae
del cielo. Por esto los judíos carnales se fabricaron un dios de oro (En.
XXXII), y Moisés en castigo arrebatando el becerro de oro, le arrojó al fuego y
redújolo a polvo, los cuales esparció sobre las aguas y se los dio a beber a
los hijos de Israel. (Gen XXXII, 20).
Pero lo cierto es que el pueblo judío recibe, en
las dos corrientes que le atraviesan durante su sempiterna historia, ambas
primacías, la espiritual y la carnal. Los gentiles heredan su primacía
espiritual siendo injertados en el tronco judío. Mientras los gentiles
permanecen fieles a Cristo, nada tienen que temer de la primacía carnal judía.
Pero si ellos también quieren independizarse de Dios, para entregarse al
servicio de Mammon, del becerro de oro, podrán disfrutar de estos goces
carnales, pero como esclavos de los judíos. El oro siempre será propiedad de
los judíos, porque ellos lo han bebido en las aguas.
He aquí el destino teológico de
Nadie puede servir a dos señores, a
Dios y a Mammon. No andéis afanosos buscando cómo comer o cómo vestir. No
amontonéis riquezas. Buscad primero el reino de Dios y su justicia y todo lo
demás se os dará por añadidura. (Luc. XII, 22-31).
Cuando los
pueblos cristianos han olvidado el primado del reino de Dios, cayeron bajo la
dominación judía. Y así, a medida que los pueblos cristianos reniegan de la
amorosa dominación de
Pero cuando los pueblos cristianos quisieron
independizarse de
Prométese pues a los judíos en
recompensa la abundancia de las riquezas, por la que resultan el que puedan
prestar a otros. Por tanto si los pueblos gentiles, abandonando a Dios,
prefieren conocer las maravillas de la riqueza, tendrán que aprenderlas en la
escuela de los judíos, quienes por voluntad divina son depositarios de esta
riqueza.
De aquí que haya una necesidad teológica de que los
judíos tengan la primacía en un Régimen Económico que es la inmersión total de'
hombre en las preocupaciones inferiores de lo material. No hay capitalismo sin los judíos, dice Werner Sombart, (Les Juifs dans la vie économique),
confirmando sin quererlo la exigencia teológica de que, en la actual
providencia de cosas, no es posible un orden de la vida regida por la
preocupación económica, en que los judíos no sean los reyes. Demostración nueva
de que
"no hay otro nombre en el cual nos podamos salvar, en el cual podamos
lograr aun un discreto bienestar humano, sino en el nombre de Jesús, que murió
por el judío y por el gentil, para hacerles participar a ambos de
CAPITULO V
EL CONSUMO
Hemos visto en el precedente capítulo la suerte de
una economía entregada al dinero como a su último fin. Siendo éste, de suyo,
infinito, ilimitado, como observaron Aristóteles y Santo Tomás, debía imprimir
un movimiento de aceleración infinita a toda la vida económica. Así acaeció, en
efecto. El ansia insaciable de lucrar, no sólo desatada sino glorificada en el
régimen económico moderno, estimuló el comercio del dinero con dinero para
producir más dinero. Las Finanzas, con su motor, el préstamo a interés,
coronaron toda la vida económica.
En una economía colocada bajo el signo del lucro,
detrás de las Finanzas debía seguir, corriendo vertiginosamente, el comercio de
mercaderías, porque en él, sin una actividad directamente productora, se
acrecienta rápidamente el dinero. Y así, la vida comercial y mercantil, con la
furia desbocada del transporte marítimo, fluvial y carretero, agitó la
humanidad hasta entonces relativamente pacífica, haciendo de ella un inmenso
mercado. Detrás del comercio debía venir, también en carrera vertiginosa, para
responder a la incesante demanda del mercado, la producción. Primero la
producción industrial, porque se ejerce en el dominio de lo artificial y por
ende de lo ilimitado; y en segundo lugar, la natural que, por lo mismo, está
atada a las exigencias limitadas de las fuerzas naturales.
Por fin, si hay que producir para comerciar y
comerciar para lucrar, es necesario también consumir, porque si no hay consumo,
no es posible la producción. Pero el consumo siempre es forzosamente limitado,
aunque de propósito se le pervierta. Y es más limitado que la producción de la
tierra. Luego, debe venir detrás de ella. Y así, en la economía lucrativa del
mundo moderno, el consumo viene a la cola de todo proceso económico, arrastrado
por la producción, así como a ésta le arrastra el comercio, y a éste, a su vez,
El error de la economía moderna no está, pues, en
suprimir el consumo. Al contrario, está en elevarlo al infinito para poder
continuar hasta el infinito los otros procesos económicos. Es decir: es una
economía "invertida", según expuse en el primer capítulo. Una
economía infinita junto al hombre finito. Una economía puramente dinámica junto
al hombre primordialmente estático. Una economía de lucro junto al hombre que
es un ser de consumo. Suprimiría el consumo si conviniese para el lucro; lo
aumentaría hasta el infinito si el lucro lo exigiese. Esto, que puede parecer
paradoja literaria, es historia, como lo ha demostrado Marcel Malcor en
sus maravillosos estudios sobre
En efecto, cuando Inglaterra en el siglo y medio de
su imperialismo económico tiene frente a su poderosa industria un millón y
medio de clientes, de consumidores dispersos por todo el mundo, se guarda bien
de predicar las teorías sobre los aumentos de salarios y de consumo,
vulgarizadas hoy por la teoría americana. ¿Qué necesidad puede haber en
aumentar la capacidad de consumo en sus 20, 30 o 40 millones de ingleses
sobrios como puritanos, si no puede abastecer a su enorme clientela mundial?
Pero hoy, que el instrumento productor puede abastecer varias veces al mundo,
es necesario predicar la necesidad del consumo infinito. (Digo: puede
abastecer. Si de hecho no abastece, es por razones de otra índole). De aquí la
teoría de Henry Ford, cuando enseña que
"la máquina vive de la
cantidad, y como la cantidad es el mismo obrero, él es el consumidor más
interesante, el único interesante. Es necesario, por tanto, que su salario le
permita comprar lo que produce". "Una industria no puede decirse
sólidamente establecida, añade, sino cuando la gran masa de los consumidores
coinciden con la gran masa de sus obreros".
Y como hoy el instrumento productor es más poderoso
que la capacidad de consumo del mundo, todo el esfuerzo de la economía se
concentra en divinizar el consumo. Para ello, las ponderaciones laudatorias al
incremento del consumo; la propaganda que provoca al consumo; la moda
rapidísima que apura al consumo; y el crédito al consumo, que lo acelera.
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Moda ... Crédito al consumo
Expongamos brevemente estos cuatro capítulos de la
economía contemporánea, empeñada ahora en glorificar al consumo, y sólo así nos
explicaremos uno de los aspectos más interesantes de esta economía invertida,
que después de haber producido hasta la saciedad, se da prisa por destruir lo
producido, porque advierte que un estancamiento le trae aparejada la muerte.
La economía contemporánea formula grandes ponderaciones
laudatorias al consumo. Hemos citado a Henry Ford. Imposible olvidar al otro
gran tipo de americano que es el ex-presidente Hoover:
"El hombre que tiene un
automóvil standard, un radio standard y una hora y media de trabajo diario
menos es más hombre, tiene una vida más completa y más personal de la que, sin
esto, tenía antes".
Y Mr. Mellon, ex-ministro de Hacienda en Estados
Unidos se muestra orgulloso de la capacidad consumidora de su país.
"Aunque nuestra población,
dice, representa menos del 7 por ciento del total de la tierra, hemos consumido
el año último 48 por ciento de la producción mundial de café, 53 por ciento de
la de estaño; 65 de la de caucho; 21 de la de azúcar; 72 de la de seda; 36 de
la de carbón; 41 de la de hierro; 47 de la de cobre; 69 por ciento de la de
petróleo. Desde ahora, podemos aguardar un crecimiento natural e inevitable
tanto de la población como de la riqueza natural." (Interview a Mr.
Mellon, Evening Standard, 27 nov.
1928. Citado por Mr. Maleor en Nova et
Vetera, abril-junio 1931).
Mueve a risa la satisfacción de estos bárbaros
civilizados, que imaginan que el aumento de la población y de la riqueza
natural depende de la glotonería. Para ellos el consumo es la medida de la
civilización. Por esto, Estados Unidos, que se bebe la mitad del café producido
en el mundo, es más civilizado que Europa, así como Europa lo es mucho más que
el Oriente... Si el hombre es un animal eminentemente consumidor, es necesario
incitarlo al consumo de los productos cuyo consumo tanto le dignifica. Pero
antes hay que hacerle entender la conveniencia de adaptarse a esta incitación
permanente, de interesarse por la publicidad. Por esto, las múltiples empresas
avisadoras educan al hombre moderno demostrándole con urgencia el grave interés
que implica la lectura de los avisos.
"Lea
Vd. avisos". "Acostúmbrese a leer avisos", le dicen. La
recomendación es, por otra parte, ociosa. Porque la ofensiva de la propaganda
americana, con los mil inimaginables recursos, acomete contra todos los sentidos,
se sirve de todos los sentidos, llega al corazón y adormece al espíritu. La
propaganda está siempre en proporción directa con la inutilidad del artículo.
Así, la firma Rigley gasta 4.000.000 de dólares para la propaganda de los
16.000.000 que vende en goma de mascar. Y es fácil verificar que cuanto más
artificial es un producto mayor su propaganda, más eficaz por lo demás:
"porque en el hombre moderno,
el deseo está sometido a las leyes de la mecánica; la repetición, una cierta
intensidad sueltan automáticamente su cuerda al precio de un gasto fácilmente
calculable y que puede figurar cómodamente, de antemano, en el cálculo del
precio de costo." (Ver Marcel Malcor, Nova et Vetera, janvier-mars 1929.)
Por esto es fácil descubrir el sentido filosófico
del enorme derroche avisador: en la actual concepción de la vida, el hombre es
un animal consumidor perdido en una masa impersonal; es necesario, por tanto,
actuar sobre sus cinco sentidos para incitarlo al consumo. Si el hombre es un
animal consumidor porque en la concepción moderna es un concreto de pura
materia sujeto a las leyes de la mecánica, debe estar dotado, como la materia,
de una movilidad continua; porque el movimiento local, transeúnte que dicen los
escolásticos en contraposición al inmanente, y que el hombre moderno llama
actividad, energía, dinamismo, es consecuencia inevitable de la materia. Por
esto, es necesario progresar, renovarse, renovar rápidamente el consumo,
divinizar la moda. Hay que comer, beber, vestir, jugar, habitar y desenvolverse
a la moda.
La moda, reservada antes a la aristocracia como
expresión de belleza, ha invadido hoy todos los dominios y todas las clases
sociales. Es una conquista efectiva de la democracia.
"Es notable, dice Marcel
Malcor, ("L' economie contemporaine",
en Nova et Vetera, janvier-mars 1929), que la preocupación de la moda (que no
rebasaba en otro tiempo de un medio muy restringido) esté hoy totalmente
generalizada y vulgarizada. Todos los esfuerzos de la publicidad, que es reina
sobre todo aquí, se dirigen a la multitud. Dos cosas le importan: que el cambio
sea suficientemente frecuente, lo más frecuente posible, y que pueda adoptarse
uniformemente, casi instantáneamente, de arriba hacia abajo, en la escala de
las fortunas... bajo la forma original o la de un sucedáneo".
Pero de nada servirían las ponderaciones al consumo
y su permanente incitación, si no se le facilitase al hombre la posibilidad de
consumir. Para ello se ha organizado como la cosa más natural del mundo el
crédito al consumo.
"El modo normal de venta –
sobre todo en Estados Unidos – de un automóvil, de un fonógrafo, de una silla,
de una cuchara, es a mensualidad. No existe sector algo activo de
Consumo
invertido
Es imposible establecer con más evidencia que la
preocupación económica se concentra ahora en la aceleración del consumo.
Aceleración perniciosa: porque con ella se busca que el hombre gaste por
gastar; gaste sobre todo en lo inútil, en diversiones, caprichos, en un lujo
que no condice con su condición social. Recuérdese, p. ej., la vulgarización de
las medias de seda, de los gastos de tocador entre las mujeres, etc. En realidad,
el consumo de la economía contemporánea es todo lo opuesto al consumo de una
economía ordenada según las exigencias naturales. En ésta, el consumo es la
finalidad de la vida económica. Lo que se produce es para proporcionar al
hombre lo que necesita para una vida humana, dentro de su condición, como decía
Santo Tomás (II-II, q.
El consumo está ordenado según las exigencias
humanas de la vida de cada uno. Hay un profundo sentido de la jerarquía. Y a su
vez, el consumo regula, como fin, el comercio, la moneda, la producción. La
economía está colocada bajo el signo de lo humano; sirve al hombre así como el
hombre por su parte sirve a Dios. Pero dirá alguno: ¿mentar esto no implica un
evidente retroceso en la marcha rectilínea de la humanidad que corre hacia el
progreso? Corre tanto, que está a punto de estrellarse. Como hay una inversión,
según dijimos, en el proceso económico, el consumo está pervertido en sí mismo.
Se consume mal, y se consume mal para que el comerciante pueda liquidar con ganancias
sus stocks, y los productores puedan imprimir velocidad a sus máquinas, y los
banqueros puedan multiplicar sus productivos créditos.
Tan cierto es que el consumo va a la rastra de todo
el proceso económico, que se prefiere destruir enormes toneladas de café, maíz,
trigo, etc., con tal de asegurar el lucro, antes que alimentar a los millones
de famélicos. Lógica de una economía, repito, que ha olvidado la ley elemental
de la vida económica, expuesta por Santo Tomás (II-II, q.
Los bienes exteriores tienen razón
de cosas útiles al fin. De donde es necesario que el bien del hombre respecto a
ellos esté debidamente regulado.
Es decir: que el hombre busque la posesión de los
bienes exteriores en cuanto son necesarios a su vida según su propia condición.
Y comenta el Cardenal Cayetano:
"con el nombre de vida,
entiende no sólo el alimento y la bebida sino todo lo que es conveniente y
deleitable, dentro de la honestidad".
Por tanto la ley próxima de la vida económica debe
ser el consumo del hombre según su propia condición. Se produce para
consumir... se comercia para consumir... se emplea el dinero como medio de circulación
de las riquezas que asegure un más abundante y variado consumo. El lucro, como tal, (única ley de la economía
moderna) es siempre severamente condenado en una economía cristiana. Tanto que
en la época de los Padres de
"Ciertamente que es un gran
tesoro la piedad, la cual se contenta con lo que basta para vivir. 7. Porque
nada hemos traído a este inundo, y sin duda que tampoco podremos llevarnos
nada. 8. Teniendo, pues, qué comer y con qué cubrirnos, contentémonos con eso.
9. Porque los que pretenden enriquecerse, caen en tentación y en el lazo del
diablo y en muchos deseos inútiles y perniciosos, que hunden a los hombres en
el abismo de la muerte y de la perdición. 10. Porque raíz de todos los males es
la avaricia; de la mal arrastrados algunos se desviaron de la fe y se sujetaron
a muchas penas”.
A muchos, este texto les parecerá de valor ascético
pero no económico; al contrario, les parecerá destructor de la economía. No es
así, sin embargo. Es un texto eminentemente económico. Porque precisamente el
último versículo leído nos explica el carácter antieconómico de una pretendida
economía regulada por la avaricia: aparta al hombre de la fe, es decir, de la
vida cristina, y le sumerge en cuerpo y alma en las preocupaciones puramente
económicas (primer error). Y le sujeta a muchas penas, porque no le suministra
el bienestar económico; al contrario, le esclaviza, como lo demuestra la
economía contemporánea (segundo error).
El mismo bienestar de la economía exige, en la
medida de lo posible, la expulsión del lucro, y un movimiento que frene todas
aquellas actividades que por su propia inclinación tienden al lucro, como el
comercio y las finanzas. Por esto, al contrario de los escritores paganos que
justificaban el gran comercio y juzgaban la pequeña industria y el pequeño
comercio como indignos de un hombre libre, los Padres de
El trabajo, en realidad, sobre todo cuanto más en
contacto con la naturaleza y de carácter más creador, dignifica al hombre,
mientras que el lucro de las actividades mercantiles le embota imposibilitándole
para la dignificación sobrenatural. El comercio Sería erróneo, sin embargo, condenar
el comercio como cosa en sí mala. Santo Tomás ha sabido equilibrar la justa
doctrina, cuando enseña:
"Hay un cambio o negocio de
dinero por dinero, o de mercaderías por dinero, no para conseguir lo necesario
para la vida sino para buscar el lucro. Y este negocio es el propio de los
comerciantes. Este comercio, considerado en sí mismo, es vituperable, porque
está al servicio de la concupiscencia del lucro, la cual no tiene término sino
que tiende al infinito. Y por esto el comercio, considerado en sí mismo, tiene
cierta perversidad, en cuanto de suyo no tiene un fin honesto o necesario. Con
todo, el lucro que es lo que se busca en el comercio, aunque en su razón no
tenga nada honesto o necesario, con todo no tiene en sí nada vicioso o
contrario a la virtud; de donde nada impide que el lucro o la ganancia se
ordene a un fin honesto o necesario; y así, sea lícito el comercio. Como, por
ejemplo, cuando alguien ordena la ganancia moderada que busca en el comercio
para sustentación de su casa, o para socorrer a los indigentes; o también,
cuando alguien se dedica al comercio para proveer a la necesidad pública a fin
de que no falten en su patria lo necesario para la vida, y pide el lucro, no
como un fin sino como estipendio de su trabajo".
De toda esta doctrina se desprende que, para
justificar la ganancia de los comerciantes y el comercio mismo, es necesario
ordenarlo a un fin honesto y necesario, como el consumo. Sin esta ordenación,
el comercio resulta malo y perjudicial, como acaece en el capitalismo. Por
esto, en la economía moderna "industrialista" (en oposición a
manual), "lucrativa" (en oposición a consumidora), "impersonal o
anónima", (en oposición a personal), “cuantitativa" (en oposición a
cualitativa) "provocadora a base de reclame", el comercio es rey y
"Así, p. ej. en Francia las
profesiones comerciales comprendían 900.000 individuos bajo el segundo imperio
y hoy 2.700.000 (1921); múltiplo: 3. En igual tiempo, la población industrial
no se había multiplicado sino por 1.6. En Inglaterra, hay dos comerciantes para
un agricultor. En América, uno para dos aproximadamente. Es que es una
actividad lucrativa”. (Marcel Malcor.)
Ferdinand Fried hace notar cómo los primeros
"nuevos ricos" de Alemania, los socios Otto Wolff y Ottmar Strauss de
Colonia, que están a la cabeza de la industria minera con una fortuna de 50 millones
de marcos oro cada uno, y Peevckek cuyas minas de lignito se avalúan en 150
millones, han encontrado la base de su fortuna en el comercio. Porque el
comercio favorece enormemente las grandes ganancias. (
A alguno no le parecerá cosa desorbitada esta
carrera del consumo a la rastra de la producción infinita, del comercio
infinito, de las finanzas infinitas. ¿Qué importa, dirá que vaya antes o
después, si está suficientemente asegurada? ¿Qué importa, sobre todo, si nunca
como ahora hemos dispuesto de una abundancia tan inmensa? Podrá ser, dirá, que
esto implique una inversión moral; pero, económicamente, es un esfuerzo que
jamás logró la humanidad. La economía moderna es simplemente grandiosa. Sabido
es que la doctrina de
La
bancarrota de una economía - lucro
Hemos dicho antes que el esfuerzo supremo de la
economía contemporánea es ensanchar a lo infinito el consumo del hombre. Lo
exige su propia vida. Si logra ensanchar el consumo de suerte que se ponga éste
a la par de su capacidad productora, el capitalismo liberal está salvado y
seguirá reinando en el universo. Porque, ¿cuál es hoy la situación económica
del mundo? Hay evidentemente una supercapacidad financiera, como queda demostrado
en el cuarto capítulo. Hay dinero de sobra, ya que se encuentra acumulado sin
poder colocarse, invertirse... Las finanzas están saturadas. La supercapacidad
financiera determinó una supercapacidad mercantil, saturando los mercados
mundiales. Todos los países están hoy más o menos en condiciones de bastarse a
sí mismos, por lo menos para el tipo común de productos agrícolas e
industriales. En el estado de crecimiento del liberalismo, cuando Inglaterra
exportaba sus productos manufacturados en cambio de las materias primas del
mundo, era fácil concebir el intercambio comercial; pero hoy, que todos
disponen de maquinarias productoras y en gran parte de materias primas, se ha
logrado casi una saturación. Esto explica que el mundo se divida en campos económicos
cerrados.
Cada uno de ellos está en condiciones de producir
para el mundo: Estados Unidos por un lado, Inglaterra por el otro, Alemania en
tercer lugar, Rusia en acecho y el Japón en el Extremo Oriente. El ritmo
proteccionista del mundo es consecuencia de la saturación mercantil. La
supercapacidad financiera y mercantil determinó la supercapacidad industrial y
agrícola de que se habla en el segundo y tercer capítulo... Ahora bien: hay
saturación, estancamiento en las Finanzas, mercado, industria. Para que esto
ande es necesario que marche el consumo, que viene en rueda detrás; que camine
ligero, porque lo otro anda en carrera desbocada.
Pues bien: el consumo no puede, no digo correr,
sino caminar. Porque para que el consumo camine y corra es necesario que el
costo de la vida sea barato y los recursos de la gente abundantes. Ahora bien,
el costo de la vida tiene que ser alto, y los recursos de la gente escasos.
Precisamente, el costo de la vida es altísimo y los recursos, escasísimos,
porque toda la economía está invertida. Espero que la demostración sea
concluyente; en esta forma quedará asimismo demostrada la actualidad perenne
del pensamiento tomista. Sólo él puede diagnosticar sobre el mal económico del
mundo y pronosticar acertadamente.
El costo de la vida tiene que ser altísimo. Porque
entre el productor y el consumidor se encuentran el financista, el comerciante
y el estado; tres entes que de suyo no producen y que consumen enormemente.
Luego su manutención tiene que gravar sobre el costo de la vida. Además, hay
otro factor que interviene para aumentar el costo, y es la desmesurada división
del trabajo. Porque, aunque pudiera ser cierto que la división del trabajo,
como tal, disminuye el costo del producto, es de notar que las cargas correspondientes
al financista y al estado en cada etapa del trabajo se van adicionando en
cascadas, de suerte que hacen multiplicar por dos, por tres y aún por más el
precio de costo bruto de una fabricación un poco compleja. (Marcel Malcor, Nova
et Vetera . juillet-sept. 1931).
Pero olvidemos esta circunstancia y atengámonos al
hecho de que entre el productor y el consumidor están situados el financista,
el comerciante y el estado. Ahora bien, los derechos del financista han ido
aumentado en forma desmesurada tanto en concepto de empréstitos públicos
(solamente las deudas de la guerra mundial hacen pesar en los libros del mundo,
según los cálculos de Herr Renatus, dos millones de millones de marcos oro.
Artículo de Ramiro de Maeztú) como en concepto de
renta industrial y fundiaria y en concepto de créditos bancarios, al mismo
tiempo que el dinero mismo ha ido pasando de la mano del productor a manos del
financista. Esto en lo que respecta al capital, que se considera productivo.
Porque si se tiene en cuenta que hay enormes capitales que ahora, por la
parálisis industrial, no producen y que sin embargo cobran su renta fija como
si produjesen, la proporción aumenta de modo fantástico Ferdinand Fried,
siguiendo a Schmalenbach, (
"Trabajamos, dice, no sólo
para pagar los socorros a los 4 millones de desocupados sino además para pagar
los intereses y amortizar las máquinas inmovilizadas, es decir para garantizar
su renta al capital".
Los derechos del comerciante (e inclúyase en el
comerciante al pequeño, mediano y gran comercio, y aún en éste distíngase una
visible progresión desde el simple importador hasta el poderoso monopolio
mundial) han ido multiplicándose, y será fácil apreciar la enorme red de
intermediarios que se enriquecen sin producir. Sin producir, digo, no a modo de
crítica, sino para destacar la enorme carga que ha de pesar sobre el costo de
la vida.
Esto, situándonos en el mejor de los casos (caso
puramente teórico), de que los comerciantes se contenten con lucrar; porque en
realidad hoy roban en forma descarada, si no el pequeño comerciante que no
puede, ni el mediano que está quebrado, ciertamente el comerciante tipo
acaparador mundial. Para ello disponen de una organización perfecta,
irrompible, que denominan consorcio, cartell, concern, trust, y que no es otra
cosa que lo que Aristóteles denomina "monopolio" (Politicorum, liber
1, c. IX). Monopolios que fijan a placer el precio más barato posible al productor,
y el más caro al consumidor. Además del financista y del comerciante, hay un
parásito peligroso que se interpone entre el productor y el consumidor para
encarecer extraordinariamente la vida. Es el estado burocrático moderno, que
pesa como gravosa carga en el simple municipio, en el orden provincial y en el
nacional.
El Estado moderno resulta hoy una vulgar mutualidad
o una agencia de colocaciones. Sus presupuestos son enormes; los impuestos
crecen cada día, de suerte que equivalen a la simple expropiación. Pierre
Lucius (La faillite du Capitalisme), estudiando la influencia de este fenómeno
en la actual crisis, hace observar cómo en la producción de ciertos productos
las cargas fiscales han aumentado, del año
"El déficit es la regla en
Inglaterra, en Francia, en Italia, en Alemania, para no citar sino los grandes
Estados. La causa que lo produce es permanente; su influencia no hace sino aumentar.
Es el espíritu demagógico".
Y entre nosotros, es causa fácil de comprobar.
Ahora bien: con estos tres agentes que devoran el dinero sin producir, la vida
tiene que ser exageradamente cara.
"Thorald Rogers, en un estudio
cuyo valor objetivo jamás se ha discutido, escribía en 1880, después de una
larga enumeración de! precio de los alimentos, de los materiales, de los
salarios, y especialmente de los salarios de edificación, en 1450: "Si el lector tiene la paciencia de hacer los
cálculos necesarios, constatará que, exceptuando los alquileres, mi
multiplicador 12 (entre el precio de la vida para 1450 y el precio para 1880)
es bastante exacto". Con respecto a
Ahora bien, mientras la vida se ha ido
encareciendo, los recursos de los particulares (en especial del obrero y
empleado) han ido escaseando. Primero, porque se les quitó el dinero con el
préstamo a interés, según decimos en el cuarto capítulo. Segundo, por el
fenómeno del progreso técnico, que determina la desocupación y la baja de
salarios. Luego, si la vida es cara y los recursos escasos, el consumo no puede
correr, y ni siquiera caminar. La economía moderna, que vive del movimiento,
tiene que paralizarse y morir: Resultado lógico de una economía
"invertida".
¿Por qué? Porque al impulsar las finanzas se fué
pasando el dinero de las manos del pobre a las manos del rentista; de las manos
del productor a las del financista internacional. Se creó un enorme capital,
pero mortífero. Al impulsar el comercio y la industria, como se realizó a
costas del jornalero que fuE desplazado por la máquina, éste fué quedando en la
miseria. Luego, en el momento preciso en que la economía necesita acelerar el
consumo para seguir viviendo, éste se niega a caminar. La razón es clara: se ha
hecho del consumo lo último en el proceso económico, cuando le corresponde el
primer lugar.
El justo
precio
La economía moderna está parada. La economía
moderna tiene que estar parada por la misma lógica de su esencia "invertida".
¿Qué se podría hacer para que esta economía funcione? Muy sencillo. volver a
imponer a todas las cosas el justo precio, de que hablan Aristóteles y Santo
Tomás. Justo precio, que en un régimen económico ordenado, donde existe una justa
concurrencia se determina por la ley de la oferta y de la demanda. Ley, ésta,
muy diferente de la que conoció y aplicó el liberalismo. Porque, en realidad,
el liberalismo eminentemente burgués, al destruir el régimen corporativo,
aplicó injustamente la ley de la oferta y de la demanda en el precio de los
salarios, en perjuicio del trabajador, que recibió salarios de hambre, y en el
precio de las mercaderías, en perjuicio del consumidor, que pagó artículo malo
y caro. Ahora bien:
"El precio justo o valor de
cambio de una cosa computado en moneda depende del conjunto de objetos
disponibles, del conjunto de los recursos y del conjunto de las voluntades de
comprar y vender que se encuentran en un mercado dado. O si se prefiere
enunciar la ley de la oferta y de la demanda: en un mercado, cuanto más
considerable son las cantidades ofrecidas por los vendedores, siendo iguales
las demás cosas, los precios serán más bajos. Cuanto menores son las cantidades
ofrecidas, mayores son los precios. Cuanto más considerables son las cantidades
pedidas por los compradores, mayores serán los precios. Cuanto menores sean las
cantidades pedidas, menores serán los precios." (Valère Fallon, Economie Sociale).
Y como actualmente la oferta, gracias al fenómeno
de la superproducción, tiende al infinito y la demanda, por la desocupación
tiende a cero, el justo precio debe tender a cero. El justo precio de las
materias primas y de las manufacturadas de uso corriente debe ser casi cero. Y
esta solución viene a coincidir exactamente con la que propusimos en el segundo
capítulo al afirmar la necesidad de una más justa distribución de bienes, como
lo revelan los enormes stocks almacenados, por una parte, y por otra, esa masa
enorme de gentes en la miseria, porque su único capital disponible, el trabajo,
no es requerido.
Por tanto, si las riquezas se almacenan y
desperdician porque hay superabundancia, su valor es igual a cero. Si el
trabajo no es requerido y enormes masas de gentes vagan en la desocupación, es
porque vale cero. Luego la justicia exige un puro y simple cambio. Cero por
cero. Las cosas deben casi regalarse. No se invoque contra esta doctrina el
derecho de propiedad.
Porque la propiedad, como explicamos en el segundo
capítulo, está condicionada por el destino de las riquezas a todo el género
humano, al común de los hombres. Es un medio necesario, pero medio, para
asegurar este fin, es decir: que nadie se vea privado de lo que necesita para
vivir. Si lesiona este derecho primordial, su justicia es dudosa, su fundamento
desaparece. Y entonces el Estado puede intervenir para una nueva repartición de
bienes, o al menos, para poner en vigor el justo precio. Solución sencilla y
justa, pero fantástica, porque importaría la bancarrota declarada de todas las
empresas financieras, comerciales e industrias. El precio de venta debía de ser
muy inferior al precio de producción. Imagínese que catástrofe económica.
Sin embargo, es ésta una medida inevitable. Medida
que el hombre debía de imponerse a sí propio, por espíritu de penitencia.
Recuérdese !a palabra del Papa, en su “Caritate
Christi Compulsi", cuando afirma que sólo la oración y la penitencia
pueden devolver al mundo la paz perdida.
"Ni los tratados de paz, dice,
ni los más solemnes pactos, ni los convenios o conferencias internacionales, ni
los más nobles y desinteresados esfuerzos de cualquier hombre de Estado,
forjarán esta paz, si antes no se reconocen los sagrados derechos de la ley
natural y divina. Ningún, dirigente de la economía pública, ninguna fuerza
organizadora, podrá llevar jamás las condiciones sociales a una pacífica
solución, si antes en el mismo campo de la economía, no triunfa la ley moral
basada en Dios".
Ley moral que sólo la oración y la penitencia
impondrán actualmente en el mundo. Porque !a oración y la penitencia disiparán
y repararán la primera y principal causa de toda rebelión y de toda revolución,
es decir, la rebelión contra Dios. Medida, ésta, que si el hombre se resiste a
imponérsela, la impondrá la lógica terrible, inflexible, de la misma realidad
económica.
No hay que engañarse acerca de la situación
económica. Es terriblemente desesperada. El Papa dice que desde el diluvio en
adelante, difícilmente se ha visto un malestar espiritual y material tan profundo
y tan universal como éste. Si el mal es grave, necesita remedios graves y
dolorosos. Equilibremos por tanto el consumo con la producción, recurriendo a
la única solución, que es dolorosa pero es única.
El momento es único en el mundo. Los mismos
pueblos, dice el Papa, están llamados a decidirse por una elección definitiva:
o ellos se entregan a estas benévolas y benéficas fuerzas espirituales (la
oración y la penitencia) y se vuelven humildes y contritos a su Señor, Padre de
misericordia; o se abandonan, con lo poco que aún queda de felicidad sobre la
tierra, en poder del enemigo de Dios, a saber al espíritu de la venganza y de
la destrucción.
De aquí que la solución última para remediar este
catastrófico resultado de la economía "invertida" sea una solución
espiritual. No es esto de extrañar porque la enfermedad que la roe es también
espiritual; es el pecado de la avaricia, que le inocula como su propia ley el
individualismo del mundo moderno salido de
El hombre es el centro de la tierra, y Dios es el
centro de todo el universo. Los ángeles le glorifican en el cielo, los hombres
deben servirle en la tierra y los demonios tiemblan ante El de espanto en el
infierno.
CAPITULO VI
ORDEN ECONOMICO - SOCIAL
Hasta aquí hemos estudiado la estructura interna de
los diversos valores económicos (la producción de la tierra, la producción
industrial con sus elementos de trabajo y capital, las finanzas, el consumo), y
hemos esbozado la ordenación jerárquica de todos estos valores en el conjunto
de la economía. El consumo, decíamos, debe ser la medida próxima de la
economía, es decir, todos los valores económicos deben tender y ordenarse hacia
el consumo. Se ha de producir para el consumo; se ha de comerciar para asegurar
un más abundante y equitativo consumo; se ha de emplear la moneda y su inversión
en capital para el consumo. El consumo, a su vez, se medirá por las exigencias
materiales del hombre, según la condición de cada uno; empleando las palabras
del Doctor Angélico, diremos que el hombre debe buscar con medida la posesión
de las riquezas exteriores en cuanto son necesarias a su vida según su
condición social.
En resumen, que la medida de todo es el hombre, así
como el hombre está medido por Dios. Dios está en la cúspide de todo el orden
humano: porque el hombre ha de alcanzarle en la caridad que culmina en la
contemplación de los Santos. Pero para ello ha de ordenar toda la vida de sus
operaciones internas por la práctica de las virtudes morales. En el orden de su
espíritu, la medida del hombre es el Bien sin medida. Ha de tender a Dios con
todo el corazón, con toda el alma, con toda su mente y con todas sus fuerzas.
(Mc. XII, 30). En este orden, las perspectivas del progreso son infinitas,
porque su espíritu tiende a Dios, que es el Bien Infinito.
Pero Dios que, por un designio de su misericordia,
se ha constituido en la medida sin medida del hombre, no destruye el orden
humano; al contrario, lo exige como un sustento que pueda soportar las
infinitas proyecciones del Bien Divino.
Por esto, es necesario arrancar el lucro de
En resumen: que tanto el capitalismo como el
socialismo implican un concepto perverso de la economía. Porque el uno como el
otro es la erección en sistema del vicio nefasto de la avaricia. Este vicio
anidado en ambos sistemas nos va a revelar, en este capítulo, el individualismo
o liberalismo del capitalismo; la lucha de clases con la glorificación
proletaria del socialismo; de donde resultará, como conclusión, que sólo el
régimen corporativo propuesto por
El
liberalismo
La avaricia, como todo instinto vicioso, es
ególatra. Glorifica una tendencia del individuo; del individuo, digo y no del
hombre, para subrayar el aspecto material, es decir exigido por la materia
cuantitativa, de todo instinto vicioso. Si es una tendencia del individuo, es
material; si material, tiende a la dispersión a la desintegración, al
desatamiento de vínculos que unen y protegen. De aquí que el capitalismo sea un
régimen de desatamiento, de dispersión, de individuos que se desintegran como
átomos y que se entregan a la concurrencia desenfrenada. Por eso
"Si violando los principios de
la libertad y de la constitución – dice el Art. 3 de dicha ley – los ciudadanos
de una misma profesión, arte u oficio, tomasen deliberaciones o hiciesen entre
ellos convenios, con el objeto de rehusar de concierto, o no acordar, sino a un
precio determinado, el concurso de su industria o de sus trabajos; dichas
deliberaciones o convenios son declarados inconstitucionales, como atentatorias
a la libertad y a
He aquí pues interdicta en nombre de los Derechos
del Hombre, la libertad de asociarse. He aquí el hombre condenado a ser un mero
individuo en la dispersión infinita de otros millones de individuos. Todos los
individuos, desatados de los vínculos que protegen, se encuentran entregados a
la libre concurrencia. La pura libertad (o desatamiento de vínculos), erigida en
sistema: libertad de comercio y de cambio; libertad de trabajo para hombres,
mujeres y niños; libertad absoluta para contratar las condiciones de trabajo;
libertad para poseer en forma ilimitada. Proscripción de toda reglamentación de
trabajo en lo que se refiere al salario mínimo, a la duración de la jornada, a
las condiciones higiénicas del taller.
Los individuos quedan desarmados entre sí, bajo la
vigilancia del Estado, cuya misión se reduce, como la del agente de tráfico, a
garantizar la libertad individual. ¿Cuál es la suerte inmediata de este régimen
económico? Exactamente la misma de un jardín de animales mansos y feroces, en
el que de repente se derribasen los muros que separan unas especies de otras.
¿Qué había de suceder? Que los débiles, presa de las garras de los fuertes,
serían eliminados o reducidos a ominosa servidumbre, y en cambio los fuertes
ejercerían una franca dominación. Porque, validos los fuertes de su
prepotencia, irían despojando paulatinamente a los débiles de sus recursos y aumentando
su poder en proporción del debilitamiento de éstos, hasta imponer, en palabras
de León XIII (Rerum Novarum), sobre la multitud innumerable de proletarios un
yugo que difiere poco del de los esclavos.
Historia del capitalismo en su doble etapa de la
libre concurrencia y de la dictadura económica, tan maravillosamente trazada
por S. S . Pío XI, en
Primeramente, salta a la vista que
en nuestros tiempos no se acumulan solamente riquezas, sino que se crean
enormes poderes y una prepotencia económica despótica en manos de unos pocos...
Esta acumulación de poder y de recursos nota casi originaria de la economía
modernísima, es el fruto que naturalmente produjo la libertad infinita de los
competidores que sólo dejó supervivientes a los más poderosos, que es a menudo
lo mismo que decir, los que luchan más violentamente, los que menos cuidan de
su conciencia... la libre concurrencia se ha destrozado a sí misma; la
prepotencia económica se ha suplantado al mercado libre; al deseo del lucro ha
sucedido la ambición desenfrenada del poder; toda la economía se ha hecho
extremadamente dura cruel, implacable. El liberalismo económico es
esencialmente un despotismo burgués del mismo modo que la franca libertad en un
jardín de animales es la dominación del tigre.
El
socialismo
La dictadura burguesa que estamos soportando,
¿hasta cuándo se prolongará? No es fácil precisarlo. Pero parece está próxima
la hora en que haga lugar a su hermanastro despótico, el socialismo, quien arde
en envidiosas ansias de suplantarla.
El socialismo, en efecto, no es más que el mismo
vicio de la avaricia proyectado en el corazón del que no tiene nada, así como
el liberalismo es la avaricia en el corazón del que tiene. Es la glorificación
o sistematización de la envidia de la riqueza. Es una tristeza, como dice Santo
Tomás (II-II, q.
En el primer estadio se muestra locuaz, halagador,
oportunista. Es un terrible enemigo de la concepción burguesa de la vida. Es el
corifeo indomable de los derechos conculcados del obrero. Esto en líneas
generales. Porque si un socialista, aun en este estadio, se le brinda una
decorosa ascensión a la sociedad burguesa... todas sus fobias desaparecen como
por encanto.
En el segundo estadio, cuando se ha logrado una
definitiva dominación socialista con el aplastamiento de la burguesía, el
socialismo es un super-capitalismo que ha cambiado de amo. Porque, descastada
la burguesía, se la substituye por una oligarquía compuesta en parte de
profesionales y en parte de proletarios, y la sociedad económica sigue en lo
esencial con la misma configuración que poseía en el liberalismo económico. Los
antiguos trazos del capitalismo, débilmente delineados por la lógica del
liberalismo económico, son ahora subrayados y erigidos en ley por el
socialismo. Si en el capitalismo aparece la sociedad humana dividida en dos
grandes clases, de las cuales una en la miseria trabaja en beneficio de la otra
que tiene las riquezas acumuladas, en el socialismo o comunismo aparece
idéntica división: por una parte, el Estado en manos de unos pocos, único
capitalista que usurpa el 70 por ciento del jornal obrero, según acaece
actualmente en Rusia; y por otra parte una inmensa multitud famélica, condenada
a servidumbre por decreto de Ley.
La lucha de clases pertenece a la esencia del
liberalismo económico y del socialismo. Porque como uno y otro están amasados
en la avaricia, y la avaricia acumula para sí con detrimento de los demás o
envidia lo que otros poseen con deseos de despojárselo, uno y otro implican una
lucha eterna entre los poseedores. Lucha de clases, existente en el liberalismo
por la lógica, de la libre concurrencia, y en el socialismo como imposición del
programa proletario.
Doctrina
católica sobre la persona humana
Sólo el catolicismo, que posee una doctrina
recibida de Dios, puede trascender este dominio de los instintos viciosos que
dividen unos hombres contra otros y comprender que, no obstante las envolturas
y apariencias que diversifican a los hombres, todos son igualmente personas
humanas, regenerados por la sangre de Cristo y destinados a ver
La preocupación económica ocupa un lugar muy
secundario entre las preocupaciones humanas. La riqueza de este mundo no es más
valiosa que la pobreza; al contrario, la pobreza ha sido declarada
bienaventurada por Aquel que la santificó y exaltó en su desnudez del pesebre y
del Calvario, mientras que la riqueza ha sido llamada inícua (Luc. XVI, 9). El
rico, si no quiere oír la maldición de Jesucristo que dijo:
Ay de vosotros los ricos... más
fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja que vosotros entréis en el
reino de los cielos..., si no quiere oír esta maldición, tiene que despegar su
corazón de la posesión de la riqueza y emplear las que Dios les concedió en el
servicio humilde de los pobres. La única riqueza del cristiano es
Es necesario deducir de aquí, no la estúpida y
utópica implantación de un régimen comunista, sino que, después de la
manifestación de Jesucristo al mundo, hay una sola cosa necesaria (Luc. X. 42),
delante de la cual no tienen importancia ni la pobreza ni la riqueza, de suerte
que tanto es perversa y necia la avaricia del rico que acumula con detrimento
del pobre como la avaricia del pobre que arde en deseos de apoderarse de los
bienes del rico.
Estad alerta – decía Cristo (Luc.
X, 15) – y guardaos de toda avaricia; que no depende la vida del hombre de la
abundancia de bienes que él posee.
Es necesario comprender, sobre todo, que la
diversidad de condición natural social y de fortunas es cosa enteramente
secundaria delante de la dignidad de la persona humana llamada a participar de
Necesidad de
funciones sociales
Pero, sin embargo, esta diversidad de condición,
natural, social y de fortunas es necesaria y conveniente; y por ende querida
por Dios. Porque ha puesto en los hombres – dice León XIII – la naturaleza
misma grandísimas y muchísimas desigualdades. No son iguales los talentos de
todos, ni igual el ingenio, ni la salud, ni las fuerzas; y a la necesaria
desigualdad de estas cosas síguese espontáneamente desigualdad en la fortuna.
La cual es claramente conveniente a la utilidad, así de los particulares como
de la comunidad; porque necesita para su gobierno la vida común de facultades
diversas y oficios diversos; y lo que a ejercitar estos oficios diversos
principalísimamente mueve a los hombres es la diversidad de la fortuna de cada
uno... Hay en la cuestión que tratamos – prosigue León XIII – un mal capital y
es el figurarse y pensar que son unas clases de la sociedad por su naturaleza
enemigas de otras, como si a los ricos y a los obreros los hubiera hecho la
naturaleza para estar peleando los unos contra los otros en perpetua guerra.
Lo cual es tan opuesto a la razón y a la verdad,
que, por el contrario es certísimo que, así como en el cuerpo se unen miembros
entre sí diversos, y de su unión resulta esa disposición de todo el ser, que
bien, podríamos llamar simetría, así en la sociedad civil ha ordenado la
naturaleza que aquellas dos clases se junten concordes entre sí y se adapten la
una a la otra de modo que se equilibren.
Recordemos que la naturaleza exige diversidad de
distintos órdenes jerarquizados según la dignidad de las funciones: orden
sacerdotal, que cuida de los intereses espirituales; orden político, que se
reserva al destino terrestre de las sociedades humanas; orden militar o
guerrero, que se pone al servicio de la colectividad terrestre para defenderla
contra los posibles trastornos exteriores; orden intelectual y artístico, que
pone al servicio de la colectividad humana las inmensas riquezas intelectuales;
orden económico, que procura, en beneficio social, lo necesario para el
bienestar humano. Y en este mismo orden económico ha de haber diversidad de
funciones según la diversidad de dominios, como la producción de la tierra y de
la industria, el comercio y las finanzas; y dentro de cada dominio, una función
distinta para el patrón y el obrero, para el amo y el siervo, para el director
y el empleado.
Para entender la concepción católica de la vida
social y económica es necesario admitir todas las diversas funciones desde la
más ínfima hasta la más elevada y admitir la subordinación jerárquica de unas a
otras. El orden sacerdotal es superior al orden político, y el político
superior al económico. Pero los tres igualmente necesarios, así como es necesario
para la justa existencia de los tres su subordinación jerárquica. Si el orden
político suplanta al sacerdotal, queda debilitado y expuesto a ser suplantado
por el económico. Así, el poder real que se rebeló contra el sacerdocio, cuando
Felipe el Hermoso se alzó contra Bonifacio VIII en el siglo XII, fue reducido a
servidumbre por el poder económico con
La
sindicación obrera
Cuanto diré es doctrina común de
León XIII y en
Además, el hombre no debe encontrarse desarmado
frente a otro hombre como pretende el liberalismo, ni frente al Estado como
quiere el socialismo, porque en uno y otro caso la servidumbre es forzosa. Es
necesario pues, restaurar, adoptándolas a las necesidades del tiempo presente
(León XIII en
Podemos reducir a tres los grupos económico-sociales
que se deben instaurar en una economía para alcanzar en las actuales
condiciones materiales (digo materia en contraposición a la forma, según expuse
en el primer capítulo) un ordenamiento cristiano de la vida económica: los
sindicatos propiamente dichos, la organización de las profesiones, la
organización interprofesional.
Los sindicatos se forman libremente dentro de la
profesión organizada que armoniza los derechos del patrón y del obrero. Los
sindicatos serán pues sindicatos de los obreros y sindicatos de patrones.
Evidentemente que los que sobre todo representan un interés especial son los
sindicatos de obreros, porque el obrero (lo mismo dígase del empleado) se
encuentra en condiciones de inferioridad frente al patrón; necesita por tanto valerse
de la unión con sus compañeros de trabajo para hacer respetar sus derechos. Sin
embargo, también es necesario el sindicato patronal, ya como condición previa a
la organización de las profesiones, ya sobre todo para uniformar en todos los
establecimientos de una misma industria el tratamiento debido a los obreros. En
la práctica, los sindicatos patronales cristianos son de más difícil
realización que los sindicatos obreros.
Conocidísima es hoy la sentencia de
I. "
II. "
III. "
IV. “
V. "
VI. “
VII. “
Entre nosotros no se ha hecho casi nada. Sin
embargo es algo gravemente exigido por la caridad y la justicia social, como
enseñan los Sumos Pontífices. Además, cuanto se haga por la educación cristiana
del obrero es casi enteramente inútil, mientras no se le asegure un ambiente
cristiano de agrupación gremial.
Régimen
corporativo
Por otra parte
"El régimen corporativo –
según la definición de
Pío XI proclama la necesidad de que resurja esa
organización de vida profesional: Por el vicio que hemos llamado individualismo
van llegando las cosas a tal punto que, abatida y casi extinguida aquella
exuberante vida social que en otros tiempos se desarrolló en las corporaciones
o gremios de todas clases, han quedado casi solos, frente a frente, los
particulares y el Estado, con no pequeño detrimento para el mismo Estado; pues
deformado el régimen social, recayendo sobre el Estado todas las cargas que
antes sostenían las antiguas corporaciones, se ve él oprimido por una infinidad
de negocios y obligaciones.
Organización
profesional
Impuesta, pues, la formación de grupos sindicales
distintos e independientes entre sí (sindicatos de obreros y sindicatos de
patrones en una misma industria o profesión), agrúpanse éstos en el cuerpo
profesional. Un comité mixto, compuesto en número igual de delegados de los dos
grupos (patronos y obreros), ejercerá, con reconocimiento legal, el gobierno de
la profesión. Determinará las condiciones generales de trabajo obligatorias
para todos los miembros de la profesión, sean empresarios, empleados u obreros;
controlará su cumplimiento por medio de inspectores especialmente designados;
juzgará en casos de infracción; prevendrá los conflictos entre patronos y
obreros; y administrará los bienes corporativos.
La constitución de estos cuerpos profesionales,
como organismos sociales, aunque investidos de autoridad por el reconocimiento
legal, está exigida por la doctrina social de
Como todos ven, a tan gravísimo
mal, que precipita a la sociedad humana hacia la ruina, urge poner cuanto antes
un remedio. Pues bien perfecta curación no se obtendrá, sino cuando, quitada de
en medio esa lucha, se formen miembros del cuerpo social, bien organizados; es
decir, órdenes o profesiones en que se unan los hombres, no según el cargo que
tienen en el mercado del trabajo, sino según las diversas funciones sociales
que cada uno ejercita. Como siguiendo el impulso natural, los que están juntos
en un lugar forman una ciudad, así los que se ocupan en una misma industria o
profesión, sea económica, sea de otra especie, forman asociaciones o cuerpos,
hasta el punto que muchos consideran estas agrupaciones que gozan de su propio
derecho, sino esenciales a la sociedad, al menos connaturales a ella.
Organización
interprofesional
Una vez organizadas las distintas
profesiones será necesario organizarlas a todas, en conjunto, según la
jerarquía de sus respectivos fines dentro del carácter nacional de la
producción. Es esto la organización interprofesional de que habla igualmente
Pío XI. Para ello, se constituirá un órgano directivo de toda la economía
nacional, integrado por delegados de las diferentes profesiones organizadas
(patronos, técnicos, empleados, obreros), en todos los dominios de la
producción agrícola, ganadera, industrial, comercio y finanzas, para que se
establezca en esta forma un verdadero organismo económico-social al cual puedan
aplicarse – dice el Papa – las palabras del Apóstol acerca del Cuerpo místico
de Cristo: todo el cuerpo trabado y unido recibe por todos los vasos y
conductos de comunicación según la medida correspondiente a cada miembro, el
aumento propio del cuerpo para su perfección mediante la caridad.
La actividad económica, cuyo ordenamiento esencial hemos
delineado en los capítulos precedentes, logrará así un ordenamiento efectivo.
El consumo será la gran ley de la economía. La producción de la tierra
recobrará su función primera con una fisonomía tipo rural y doméstica; seguirá
la producción industrial, donde además de la gran empresa tendrá un impulso
poderoso el artesanado rehabilitado; vendrán luego las profesiones comerciales
y los organismos estables de financiación de la producción; estos organismos no
ya sobre la base del préstamo a interés, que será resueltamente desterrado,
sino sobre la base de capitales que se arriesgarán en la producción, con las
ventajas y desventajas consiguientes.
En esta forma, el régimen económico así realizado
no será el capitalismo vaciado en las corporaciones (utopía que muchos
inconscientemente pretenden) sino un ordenamiento económico nuevo, del cual en
verdad la avaricia haya sido desterrada; y que si los hombres proceden por
avaricia, no sea en virtud del régimen económico, sino en cierto modo como
contrariados por él. Pero para la eficacia y estabilidad de un tal régimen no
conviene de ninguna manera que los individuos se sientan coartados o
violentados. Un alma debe vivificar este cuerpo. La idea de que todos formamos
un cuerpo con un interés común debe penetrar en la conciencia de todos como
impulso de la vida económica. La vida no es lucha de una clase contra otra,
como han supuesto el liberalismo y el socialismo, sino colaboración.
Colaboración dentro de una empresa, para un mejor y más equitativo rendimiento;
colaboración dentro de una misma profesión, para evitar una competencia desleal
o funesta; colaboración interprofesional, para realizar la grandeza de una útil
producción nacional.
Colaboración también en el orden internacional,
porque si las naciones dependen en gran manera unas de otras, y mutuamente se
necesitan (Pío XI), han de estrecharse para una feliz armonización de
intereses.
El estado y
el régimen corporativo
Asegurados así los derechos de todos los
particulares por la agremiación sindical, profesional e interprofesional,
asegurados igualmente los intereses económicos del país al mismo tiempo que sus
otros intereses culturales, intelectuales, etc., en la jerarquía de sus
respectivos fines, es posible determinar la función propia del Estado. El
Estado es gerente del bien común. Tiene por tanto que dirigir, vigilar, urgir,
castigar, según los casos y la necesidad lo exijan, (Pío XI) a todo el
organismo socia!. Pero no debe substituirse a la actividad del organismo. No
debe absorberla sino protegerla, teniendo bien entendido, como dice Pío XI, que
cuanto más vigorosamente reine el orden jerárquico entre las diversas
asociaciones, quedando en pie este principio de la función supletoria del
Estado tanto más firme será la autoridad y el poder social y tanto más próspera
y feliz la condición del Estado.
La actividad económica no se confunde con la
actividad política. La autoridad política dirige eficazmente las fuerzas
sociales preexistentes, y entre ellas las económicas, orientándolas al bien común.
Presupone entonces la existencia de actividades sociales que tienen una
constitución y movimiento propio. La actividad económica organizada en el
régimen corporativo queda entonces fuera del Estado, aunque bajo su regulación
política.
El carácter puramente social, en contraposición a
estatual, de las corporaciones hay que destacarlo resueltamente. Las
corporaciones deben poseer vida propia y no prestada de ningún poder superior.
En este sentido, hay que reconocer que las experiencias de Corporatismo realizadas
por Italia, Austria, Portugal y Alemania no han logrado todavía valor propio.
Mientras no puedan dar garantía de sobre-vivencia a una crisis siempre posible
del Estado, no pueden considerarse arraigadas. Resultan creaciones
artificiales.
Instauración
del régimen corporativo
No implica esto del conocer los esfuerzos de estas
naciones por enderezar la economía en la única senda legítima. Pero tampoco nos
ilusionemos fácilmente por el despuntar de estas experiencias así como no
debiéramos desalentarnos si fracasaran. La dificultad grande es resolver cómo
sería factible la instauración de un régimen corporativo.
¿Debe instaurarlo desde arriba el Estado, como una
cosa hecha, o mas bien debe ser preparado desde abajo, como una exigencia de la
misma vida económica que de por sí lo reclame?
Son indispensables la acción de arriba que
establece y la de abajo que prepara. Porque si todo viene de arriba, será una
creación artificial sin raíces, y si se espera que surja de abajo, en vano se
aguarda que rompa el ambiente saturado de avaricia, que por definición es
contrario a la colaboración propia del Régimen Corporativo.
El Estado debe imponerlo; pero antes debe sentirse
la exigencia de su imposición en la conciencia de las masas. Quizás esta
exigencia se hará sentir de un modo realmente perceptible en las conciencias de
las masas económicas hoy embotadas, cuando sea más álgido el punto del caos y
se hayan agotado las pretendidas soluciones no experimentadas: que surja
entonces un mentor de pueblos que
La
colaboración económica internacional
Sólo una vez asegurada la economía y la vida
nacional, por un funcionamiento vital autónomo bajo la enérgica protección del
Estado, se deberá pensar en la ordenación de la actividad económica
internacional. La organización internacional de la economía no sólo atenuará
los peligros de la concurrencia sino que dividirá el trabajo y coordinará las
actividades en atención a las posibilidades económicas de cada pueblo. De aquí
que diga Pío XI: Convendría que varias naciones, unidas en sus estudios y
trabajos, puesto que económicamente dependen en gran manera unas de otras y mutuamente
se necesitan, promovieran con sabios tratados e instituciones una feliz
cooperación.
He debido bosquejar en grandes y rápidas líneas la
configuración del edificio económico de acuerdo con la doctrina de
En efecto; si observamos bien el ritmo actual de la
vida y en especial el de la economía, vemos que todo se reduce a "inversión de valores", a "expansión fortuita de ciertas
individualidades", a "un
ansia loca de correr, de aceleración", a "una dominación
espantosa de lucio, de avaricia". En realidad son diversos aspectos de un
mismo fenómeno. Porque la avaricia, que es infinita, provoca la aceleración, y
ésta, la expansión de ciertas individualidades sobre otras; y todo ello, una
evidente inversión de valores, de suerte que lo que debía dominar y mantener el
equilibrio de las realidades inferiores está aplastada bajo la anarquía de
estas mismas.
Y esta anarquía ¿hasta cuándo se mantendrá? Hasta
que alcance su punto de culminación. Como lo he repetido muchas veces y lo
repetiré una vez más el mundo está en un proceso de degradación hace más de 400
años. Todo ese proceso de descomposición, señalado por Lutero, Descartes y
Rousseau, como por sus más visibles mojones, se recoge en
Pero, en el mundo económico están el patrón y el
obrero, el burgués y el proletario, el liberalismo y el socialismo. El patrón,
el burgués y el liberalismo han dominado ya, y ahora – precisamente cuando
creía haber alcanzado el cénit de su carrera – se sienten debilitados,
desorientados, mientras que su irreconciliable hermanastro, el socialismo, se
siente fuerte y ambicioso para dominar:
El hombre, desesperado, se hartará de la sangre de
su hermano. La humanidad, glorificada por