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Por
Monseñor Héctor Aguer Homilía de
monseñor Héctor Aguer,
arzobispo de La fecha de la independencia nacional está
señalada actualmente por la memoria litúrgica de Nuestra Señora de Itatí; es
éste un signo providencial, que manifiesta con elocuencia las raíces católicas de La antigüedad de la devoción, su consiguiente
arraigo y las proyecciones espirituales y culturales en la vida de la región
justifican que se haya otorgado a Hacia 1620 los indios calchaquíes comenzaron a
honrar la imagen de Nuestra Señora del Valle en Catamarca, donde cuarenta
años después se erigió una capilla, transformada con el tiempo en la actual
catedral. De 1630 data el culto de Nuestra Señora de Luján en ese sitio
entrañable de la pampa bonaerense, para nosotros tan cercano, que merced a
diversas circunstancias ha alcanzado una verdadera capitalidad, sobre todo
porque Este vértice altísimo configura con los otros dos
puntos citados un triángulo mariano que abraza el corazón de Hoy celebramos otro aniversario de la declaración
de nuestra independencia, el hecho más saliente de toda nuestra historia. Ese
acontecimiento confirió un rumbo preciso a los años transcurridos desde el 25
de mayo de 1810. Enrique de Gandía distinguió al 9 de julio como centro de la
historia argentina, y afirmó: el Congreso de Tucumán tiene una importancia
trascendental en nuestra historia, no sólo por las disposiciones que en él se
tomaron, sino porque fue el tribunal en que las Provincias Unidas juzgaron la
revolución jurídica de Buenos Aires. Entre los representantes de las provincias
figuraba un gran número de sacerdotes;
sus nombres designan calles de la capital federal, pero casi nadie recuerda
su condición: fray Cayetano Rodríguez, Antonio Sáenz, Acevedo, Colombres,
Corro, Castro Barros, fray Justo Santa María de Oro, Gallo, Uriarte, Aráoz,
Thames, Iriarte, Pacheco de Melo. De los 29 diputados que firmaron el acta de
la declaración de independencia, 11
eran sacerdotes. La asamblea comenzó el 24 de marzo con Es bueno recordar que San Martín incitaba así al diputado mendocino en
el Congreso: ¡Hasta cuando esperamos
declarar nuestra independencia! ¿No le parece cosa bien ridícula acuñar
moneda, tener el pabellón y cucarda nacional, y por último, hacer la guerra
al soberano de quien en el día se cree dependemos? ¿Qué nos falta más para decirlo?
Por otra parte, ¿qué relaciones podremos emprender, cuando estamos a pupilo,
y los enemigos (y con mucha razón) nos tratan de insurgentes, pues nos
declaramos vasallos? Esté Ud. seguro que nadie nos auxiliará en tal
situación. Por otra parte el sistema ganaría un cincuenta por ciento con tal
paso. ¡Ánimo! Que para los hombres de coraje se han hecho las empresas. Fueron aquellos, finalmente, hombres de coraje,
que invocaron la ayuda de Dios y le encomendaron la obra que emprendían. Durante las sesiones del Congreso de Tucumán se
discutió mucho sobre la forma de gobierno, pero no se pudo llegar a una
resolución definitiva, aunque la mayoría se inclinaba por una monarquía
constitucional. Esta cuestión acerca del régimen político fue, ya desde los
días de mayo de 1810, uno de los puntos débiles del proceso que llevaría a la
independencia; desde entonces el grave defecto de la inestabilidad –con sus
raíces en el vicio de la discordia, en el espíritu de imitación y en el
descuido de la propia tradición– perturbó el desarrollo de la nación,
predeterminando de ese modo que la suerte se nos tornaría esquiva. Para poner sólo un ejemplo temprano, valga
indicar que en veinticinco años, desde 1810 hasta 1835, hubo veinte titulares
de lo que podría llamarse el poder ejecutivo nacional, el cual asumió formas
jurídico-políticas diversas. Como sabemos, este fenómeno se repitió en
nuestra historia posterior. El problema político ha sido un estigma que ha
marcado con desdoro la vida nacional. Nos hemos acostumbrado a que las
corruptelas mancillen el libre juego de las instituciones y esa mala
inclinación ha perdurado para daño de la república y engaño de los
ciudadanos, a pesar de la lucidez con que nuestros mejores hombres la
denunciaron. El orden jurídico-político debe fundar su legitimidad en una
dimensión trascendente; los gobiernos, que muchas veces se identifican
abusivamente con el Estado, tienden a ignorar sus propios límites, pretenden
absorber a la sociedad y reemplazar con sus recetas ideológicas el ethos del
pueblo. Estanislao Zeballos planteaba la crítica en estos
términos: Hemos jurado la libertad
y en la práctica consagramos la obediencia pasiva; hemos recibido en herencia
de los constituyentes de 1853 la investidura gloriosa de ciudadanos de un país
que ellos soñaron fuerte y libre, y todos nosotros nos complacemos en
sustituirlo por la pálida escarapela de subalternos del poder. Tristán Achával Rodríguez fue uno de los líderes
católicos que hicieron frente, con una sólida preparación intelectual y con
generosa entrega, a la guerra cultural
que el liberalismo masónico desencadenó contra la tradición nacional en los
años ochenta del siglo XIX. Él definió como gobierno sectario al régimen de
entonces y puso en evidencia la inclinación al absolutismo y al manoseo de
las instituciones. Desprecian la ley
–decía–, siguen por falsearla, cubriéndose hipócritamente con su forma y con
el sofisma legal; continúan por corromper los procedimientos de la sanción legal
y por violentarlos al fin: van adelante y se ven luego en la necesidad de
apoderarse de todos los elementos materiales y especialmente del tesoro
público para disponer de él a discreción, sin control y como en caso de
guerra. La propaganda liberal de Con ocasión del bicentenario patrio se intenta
nuevamente reescribir nuestra historia omitiendo la dimensión religiosa de la
gesta de la emancipación y negando la fuente humanista y cristiana de la
cultura nacional. En los últimos años se ha perfilado nítidamente el
propósito de destruir los fundamentos naturales del orden familiar y social y
el sentido trascendente de la educación popular. Pareciera que en algunas
esferas oficiales, con un fuerte aparato propagandístico e inagotables
recursos económicos, se ha puesto en movimiento un nuevo kulturkampf, una guerra cultural contra el sustrato cristiano de
nuestro pueblo, que lleva a embestir incluso contra la imagen bíblica del
hombre que aún sirve de referencia a la mayoría de los habitantes de esta
tierra, más allá de las fronteras confesionales. Una lejana réplica de aquellos conatos que
Achával Rodríguez censuró con clarividencia en los gobiernos de su época:
Cuando el elemento oficial, cuando los gobernantes de un pueblo hieren las
instituciones sociales, combaten sus creencias religiosas y levantan el
pendón del reformista sectario, el país se conmueve hasta en sus últimos
elementos, la sociedad se agita en todas sus fibras. Los católicos de Su obra adquiere una resonante actualidad y su
actitud ilustrada y valiente constituye una fuente de inspiración para los
laicos católicos de hoy: la contribución que ellos deben ofrecer a la
renovación de la vida cultural, social y política exige que la inteligencia
de la fe se haga, como ha indicado Benedicto XVI, inteligencia de la
realidad. Es posible, además, y altamente deseable, buscar un amplio consenso
con todos aquellos que se toman a pecho la defensa de la vida y de la
libertad, la custodia de la verdad y del bien de la familia, la solidaridad
con los necesitados y el necesario desvelo por el bien común. Es preciso que cada cristiano, según sus
condiciones, su formación y posibilidades, asuma la cuota de responsabilidad
que le corresponde; el aporte de cada uno, aunque parezca el más pequeño,
tiene valor, y sumado al de todos puede resultar decisivo en esta hora en la
que se juega el futuro de la sociedad argentina. Volvamos la mirada del corazón hacia Muchos otros de nuestros mejores hombres
expresaron con actos similares su fe mariana, depositando a los pies de Como obra de hombres
libres, el destino histórico argentino puede frustrarse; pero si se realiza,
será mariano o será nada. En el Evangelio de esta misa ha resonado
nuevamente la exclamación de Isabel ante la visita de María, que llevaba en su
seno al Redentor del mundo y con él la alegría de la salvación: ¿Quién soy
yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? (Lc. 1, 43). Expresión
de estupor, de gozo y de confianza que podemos asumir nosotros para
agradecerle a Nuestra Señora que nos sea tan cercana y que desde los orígenes
de la argentinidad haya sido el signo de la tutela providencial de Cristo,
Señor de la historia. A ella le encomendamos los graves momentos que vivimos
y su incierto desenlace, pero también dejamos a sus pies nuestro propósito de
hacer cuanto esté a nuestro alcance para seguir siendo fieles y para que Fidelidad que muchos otros, multitudes,
ratificaron con su trabajo silencioso, su generosa caridad, su anónimo
heroísmo cotidiano. Todo ese bien no puede resultar vano, no lo puede anular
la farandulesca apostasía de quienes pretenden hachar nuestras raíces; eso
sería reinventar una Argentina que ya no está. Mons.
Héctor Aguer, arzobispo de |