LA ARGENTINA DE HOY Y SUS ORÍGENES CRISTIANOS

 

 

Por Monseñor Héctor Aguer

 

Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la misa de acción de gracias por el 194º aniversario de la Independencia nacional (Basílica de San Ponciano, 9 de julio de 2010)

 

La fecha de la independencia nacional está señalada actualmente por la memoria litúrgica de Nuestra Señora de Itatí; es éste un signo providencial, que manifiesta con elocuencia las raíces católicas de la Argentina. La imagen de esta advocación mariana fue traída a nuestra tierra por fray Luis Bolaños y recibe culto desde 1615.

 

La antigüedad de la devoción, su consiguiente arraigo y las proyecciones espirituales y culturales en la vida de la región justifican que se haya otorgado a la Virgen de Itatí el título de “Reina de la civilización en la Cuenca del Plata”. Corresponde mencionar el origen casi contemporáneo de otros dos fenómenos religiosos hondamente argentinos.

 

Hacia 1620 los indios calchaquíes comenzaron a honrar la imagen de Nuestra Señora del Valle en Catamarca, donde cuarenta años después se erigió una capilla, transformada con el tiempo en la actual catedral. De 1630 data el culto de Nuestra Señora de Luján en ese sitio entrañable de la pampa bonaerense, para nosotros tan cercano, que merced a diversas circunstancias ha alcanzado una verdadera capitalidad, sobre todo porque la Virgen Inmaculada, en su advocación de Luján, ha sido proclamada Patrona de la Nación Argentina.

 

Este vértice altísimo configura con los otros dos puntos citados un triángulo mariano que abraza el corazón de la Patria: Itatí, el Valle y Luján expresan el origen católico de esta Patria nuestra y la indiscutible identidad de su pueblo.

 

Hoy celebramos otro aniversario de la declaración de nuestra independencia, el hecho más saliente de toda nuestra historia. Ese acontecimiento confirió un rumbo preciso a los años transcurridos desde el 25 de mayo de 1810. Enrique de Gandía distinguió al 9 de julio como centro de la historia argentina, y afirmó: el Congreso de Tucumán tiene una importancia trascendental en nuestra historia, no sólo por las disposiciones que en él se tomaron, sino porque fue el tribunal en que las Provincias Unidas juzgaron la revolución jurídica de Buenos Aires.

 

Entre los representantes de las provincias figuraba un gran número de sacerdotes; sus nombres designan calles de la capital federal, pero casi nadie recuerda su condición: fray Cayetano Rodríguez, Antonio Sáenz, Acevedo, Colombres, Corro, Castro Barros, fray Justo Santa María de Oro, Gallo, Uriarte, Aráoz, Thames, Iriarte, Pacheco de Melo. De los 29 diputados que firmaron el acta de la declaración de independencia, 11 eran sacerdotes.

 

La asamblea comenzó el 24 de marzo con la Misa del Espíritu Santo, celebrada en la iglesia de San Francisco. En el juramento de los congresistas se manifestaban las preocupaciones principales: la primera, conservar y defender la religión católica apostólica romana. Al día siguiente, otra vez misa y tedeúm en San Francisco, para dar gracias a Dios por la instalación de la asamblea. Aquellos hombres eran conscientes de la misión que asumían en un momento de grave apretura para la causa patriota.

 

Es bueno recordar que la Argentina debió empeñar enormes energías para asegurar la independencia; fue un esfuerzo solitario, sin la ayuda de las grandes potencias europeas que, en cambio, habían favorecido la emancipación de las colonias norteamericanas.

 

San Martín incitaba así al diputado mendocino en el Congreso:

¡Hasta cuando esperamos declarar nuestra independencia! ¿No le parece cosa bien ridícula acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional, y por último, hacer la guerra al soberano de quien en el día se cree dependemos? ¿Qué nos falta más para decirlo? Por otra parte, ¿qué relaciones podremos emprender, cuando estamos a pupilo, y los enemigos (y con mucha razón) nos tratan de insurgentes, pues nos declaramos vasallos? Esté Ud. seguro que nadie nos auxiliará en tal situación. Por otra parte el sistema ganaría un cincuenta por ciento con tal paso. ¡Ánimo! Que para los hombres de coraje se han hecho las empresas.

 

Fueron aquellos, finalmente, hombres de coraje, que invocaron la ayuda de Dios y le encomendaron la obra que emprendían.

 

Durante las sesiones del Congreso de Tucumán se discutió mucho sobre la forma de gobierno, pero no se pudo llegar a una resolución definitiva, aunque la mayoría se inclinaba por una monarquía constitucional. Esta cuestión acerca del régimen político fue, ya desde los días de mayo de 1810, uno de los puntos débiles del proceso que llevaría a la independencia; desde entonces el grave defecto de la inestabilidad –con sus raíces en el vicio de la discordia, en el espíritu de imitación y en el descuido de la propia tradición– perturbó el desarrollo de la nación, predeterminando de ese modo que la suerte se nos tornaría esquiva.

 

Para poner sólo un ejemplo temprano, valga indicar que en veinticinco años, desde 1810 hasta 1835, hubo veinte titulares de lo que podría llamarse el poder ejecutivo nacional, el cual asumió formas jurídico-políticas diversas. Como sabemos, este fenómeno se repitió en nuestra historia posterior.

 

El problema político ha sido un estigma que ha marcado con desdoro la vida nacional. Nos hemos acostumbrado a que las corruptelas mancillen el libre juego de las instituciones y esa mala inclinación ha perdurado para daño de la república y engaño de los ciudadanos, a pesar de la lucidez con que nuestros mejores hombres la denunciaron. El orden jurídico-político debe fundar su legitimidad en una dimensión trascendente; los gobiernos, que muchas veces se identifican abusivamente con el Estado, tienden a ignorar sus propios límites, pretenden absorber a la sociedad y reemplazar con sus recetas ideológicas el ethos del pueblo.

 

Estanislao Zeballos planteaba la crítica en estos términos:

 

Hemos jurado la libertad y en la práctica consagramos la obediencia pasiva; hemos recibido en herencia de los constituyentes de 1853 la investidura gloriosa de ciudadanos de un país que ellos soñaron fuerte y libre, y todos nosotros nos complacemos en sustituirlo por la pálida escarapela de subalternos del poder.

 

Tristán Achával Rodríguez fue uno de los líderes católicos que hicieron frente, con una sólida preparación intelectual y con generosa entrega, a la guerra cultural que el liberalismo masónico desencadenó contra la tradición nacional en los años ochenta del siglo XIX.

 

Él definió como gobierno sectario al régimen de entonces y puso en evidencia la inclinación al absolutismo y al manoseo de las instituciones.

 

Desprecian la ley –decía–, siguen por falsearla, cubriéndose hipócritamente con su forma y con el sofisma legal; continúan por corromper los procedimientos de la sanción legal y por violentarlos al fin: van adelante y se ven luego en la necesidad de apoderarse de todos los elementos materiales y especialmente del tesoro público para disponer de él a discreción, sin control y como en caso de guerra.

 

La propaganda liberal de la Generación del Ochenta intentó restar trascendencia al Congreso de Tucumán ensalzando en su lugar a la Asamblea del Año XIII; en el mismo ámbito ideológico se elaboró el mito de la “línea de Mayo y Caseros” para desconocer los orígenes católicos de la nacionalidad argentina y sus raíces en la tradición hispánica. Por el contrario, Nicolás Avellaneda caracterizó con exactitud al Congreso que declaró nuestra independencia: se halla definido – dijo – por estos dos rasgos fundamentales: era patriota y era religioso, en el sentido riguroso de la palabra; es decir, católico como ninguna otra asamblea argentina. Han pasado casi doscientos años y muchas veces se ha intentado desfigurar los rasgos peculiares que señalan la identidad originaria de la Argentina.

 

Con ocasión del bicentenario patrio se intenta nuevamente reescribir nuestra historia omitiendo la dimensión religiosa de la gesta de la emancipación y negando la fuente humanista y cristiana de la cultura nacional. En los últimos años se ha perfilado nítidamente el propósito de destruir los fundamentos naturales del orden familiar y social y el sentido trascendente de la educación popular. Pareciera que en algunas esferas oficiales, con un fuerte aparato propagandístico e inagotables recursos económicos, se ha puesto en movimiento un nuevo kulturkampf, una guerra cultural contra el sustrato cristiano de nuestro pueblo, que lleva a embestir incluso contra la imagen bíblica del hombre que aún sirve de referencia a la mayoría de los habitantes de esta tierra, más allá de las fronteras confesionales.

 

Una lejana réplica de aquellos conatos que Achával Rodríguez censuró con clarividencia en los gobiernos de su época: Cuando el elemento oficial, cuando los gobernantes de un pueblo hieren las instituciones sociales, combaten sus creencias religiosas y levantan el pendón del reformista sectario, el país se conmueve hasta en sus últimos elementos, la sociedad se agita en todas sus fibras. Los católicos de la Generación del Ochenta fueron derrotados si nos limitamos al resultado de su actividad en el ámbito público, pero dieron un testimonio ejemplar de coherencia entre la fe, la vida personal y el compromiso cultural y político.

 

Su obra adquiere una resonante actualidad y su actitud ilustrada y valiente constituye una fuente de inspiración para los laicos católicos de hoy: la contribución que ellos deben ofrecer a la renovación de la vida cultural, social y política exige que la inteligencia de la fe se haga, como ha indicado Benedicto XVI, inteligencia de la realidad. Es posible, además, y altamente deseable, buscar un amplio consenso con todos aquellos que se toman a pecho la defensa de la vida y de la libertad, la custodia de la verdad y del bien de la familia, la solidaridad con los necesitados y el necesario desvelo por el bien común.

 

Es preciso que cada cristiano, según sus condiciones, su formación y posibilidades, asuma la cuota de responsabilidad que le corresponde; el aporte de cada uno, aunque parezca el más pequeño, tiene valor, y sumado al de todos puede resultar decisivo en esta hora en la que se juega el futuro de la sociedad argentina.

 

Volvamos la mirada del corazón hacia la Virgen María, a quien hoy celebramos en su título de Itatí. Ella está presente en los orígenes de América, descubierta por la conciencia cristiana, y por lo tanto lo está en la prehistoria de la nacionalidad argentina. Nuestras ciudades principales fueron fundadas en el nombre del Dios Trino y de Santa María; actos históricos preñados de sentido que escondían una misteriosa eficacia, perceptible a los ojos de la fe. Cuando se produjo el desprendimiento de España, nuestra independencia fue también amparada por María. A ella – Virgen de las Mercedes – le entregó Belgrano su bastón de mando en acción de gracias por la victoria de Tucumán. El mismo gesto cumplió con Nuestra Señora del Carmen el general San Martín, que la designó Generala del Ejército Argentino.

 

Muchos otros de nuestros mejores hombres expresaron con actos similares su fe mariana, depositando a los pies de la Madre de Dios y confiando a su corazón los esfuerzos empeñados en servicio de la Patria y las esperanzas abrigadas de su futuro. ¡Cómo no reconocer en estos gestos simples de piedad popular una cierta eficacia, secreta, sobrenatural! Recordando esa presencia de María en nuestra historia, escribió Alberto Caturelli:

 

Como obra de hombres libres, el destino histórico argentino puede frustrarse; pero si se realiza, será mariano o será nada.

 

En el Evangelio de esta misa ha resonado nuevamente la exclamación de Isabel ante la visita de María, que llevaba en su seno al Redentor del mundo y con él la alegría de la salvación: ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? (Lc. 1, 43). Expresión de estupor, de gozo y de confianza que podemos asumir nosotros para agradecerle a Nuestra Señora que nos sea tan cercana y que desde los orígenes de la argentinidad haya sido el signo de la tutela providencial de Cristo, Señor de la historia. A ella le encomendamos los graves momentos que vivimos y su incierto desenlace, pero también dejamos a sus pies nuestro propósito de hacer cuanto esté a nuestro alcance para seguir siendo fieles y para que la Argentina no reniegue de la fidelidad que prometieron los hombres que nos dieron la independencia.

 

Fidelidad que muchos otros, multitudes, ratificaron con su trabajo silencioso, su generosa caridad, su anónimo heroísmo cotidiano. Todo ese bien no puede resultar vano, no lo puede anular la farandulesca apostasía de quienes pretenden hachar nuestras raíces; eso sería reinventar una Argentina que ya no está.

        

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata