DOCUMENTO
INSTRUCCIÓN SOBRE ALGUNOS
ASPECTOS DE
LA
"TEOLOGÍA DE
Joseph
Cardenal Ratzinger **
Alberto
Bovone***
El Santo Padre Juan Pablo II, en el transcurso de una Audiencia
concedida al infrascrito Prefecto, ha aprobado esta Instrucción, cuya
preparación fue decidida en una reunión ordinaria de
* Dado en Roma, en
** Prefecto.
*** Arzobispo tit. de Cesárea di Numidia Secretario.
Introducción
El Evangelio de Jesucristo es un mensaje de libertad y una fuerza de
liberación. En los últimos años esta verdad esencial ha sido objeto de
reflexión por parte de los teólogos, con una nueva atención rica de promesas.
La liberación es ante todo y principalmente liberación de la esclavitud
radical del pecado. Su fin y su término es la libertad de los hijos de Dios,
don de la gracia. Lógicamente reclama la liberación de múltiples esclavitudes
de orden cultural, económico, social y político, que, en definitiva, derivan
del pecado, y constituyen tantos obstáculos que impiden a los hombres vivir
según su dignidad.
Discernir claramente lo que es fundamental y lo que pertenece a las
consecuencias es una condición indispensable para una reflexión teológica sobre
la liberación.
En efecto, ante la urgencia de los problemas, algunos se sienten tentados
a poner el acento de modo unilateral
sobre la liberación de las esclavitudes de orden terrenal y temporal, de tal
manera que parecen hacer pasar a un segundo plano la liberación del pecado, y
por ello no se le atribuye prácticamente la importancia primaria que le es
propia. La presentación que proponen de los problemas resulta así confusa y
ambigua. Además, con la intención de adquirir un conocimiento más exacto de las
causas de las esclavitudes que quieren suprimir, se sirven, sin suficiente
precaución crítica, de instrumentos de pensamiento que es difícil, e incluso
imposible, purificar de una inspiración ideológica incompatible con la fe
cristiana y con las exigencias éticas que de ella derivan.
La presente Instrucción tiene un fin más preciso y limitado: atraer la
atención de los pastores, de los teólogos y de todos los fieles, sobre las
desviaciones y los riesgos de desviación, ruinosos para la fe y para la vida
cristiana, que implican ciertas formas de teología de la liberación que
recurren, de modo insuficientemente crítico, a conceptos tomados de diversas corrientes
del pensamiento marxista.
Esta llamada de atención de
ninguna manera debe interpretarse como una desautorización de todos aquellos
que quieren responder generosamente y con auténtico espíritu evangélico a
"la opción preferencial por los pobres". De ninguna manera podrá
servir de pretexto para quienes se atrincheran en una actitud de neutralidad y
de indiferencia ante los trágicos y urgentes problemas de la miseria y de la
injusticia.
Al contrario, obedece a la certeza de que las graves desviaciones
ideológicas que señala conducen inevitablemente a traicionar la causa de los
pobres. Hoy más que nunca es necesario que la fe de numerosos cristianos sea
iluminada y que éstos estén resueltos a vivir la vida cristiana integralmente,
comprometiéndose en la lucha por la justicia, la libertad y la dignidad humana,
por amor a sus hermanos desheredados, oprimidos o perseguidos. Más que nunca,
I Una Aspiración
1 La poderosa y casi irresistible aspiración de los pueblos a una
liberación constituye uno de los principales signos de los tiempos que
Este importante fenómeno de nuestra época tiene una amplitud universal,
pero se manifiesta bajo formas y grados diferentes según los pueblos. Es una
aspiración que se expresa con fuerza, sobre todo en los pueblos que conocen el
peso de la miseria y en el seno de los estratos sociales desheredados.
2 Esta aspiración traduce la percepción auténtica, aunque oscura, de la
dignidad del hombre, creado "a imagen y semejanza de Dios"
(Gen 1, 26-27), ultrajada y despreciada por las múltiples opresiones culturales,
políticas, raciales, sociales y económicas, que a menudo se acumulan.
3 Al descubrirles su vocación de hijos de Dios, el Evangelio ha suscitado
en el corazón de los hombres la exigencia y la voluntad positiva de una vida
fraterna, justa y pacífica, en la que cada uno encontrará el respeto y las
condiciones de su desarrollo espiritual y material. Esta exigencia es sin duda
la fuente de la aspiración de que hablamos.
4 Consecuentemente, el hombre no quiere sufrir ya pasivamente el
aplastamiento de la miseria con sus secuelas de muerte, enfermedades y
decadencias. Siente hondamente esta miseria como una violación intolerable de
su dignidad natural. Varios factores,
entre los cuales hay que contar la levadura evangélica, han contribuido al
despertar de la conciencia de los oprimidos.
5 Ya no se ignora, aun en los sectores todavía analfabetos de la
población, que, gracias al prodigioso desarrollo de las ciencias y de las
técnicas, la humanidad, en constante crecimiento demográfico, sería capaz de
asegurar a cada ser humano el mínimo de los bienes requeridos por su dignidad
de persona humana.
6 El escándalo de irritantes
desigualdades entre ricos y pobres ya no se tolera, sea que se trate de
desigualdades entre países ricos y países pobres o entre estratos sociales en
el interior de un mismo territorio nacional. Por una parte, se ha alcanzado
una abundancia, jamás conocida hasta ahora, que favorece el despilfarro; por
otra, se vive todavía en un estado de indigencia marcado por la privación de los
bienes de estricta necesidad, de suerte que no es posible contar con el número
de las víctimas de la mala alimentación.
7 La ausencia de equidad y de
sentido de la solidaridad en los intercambios internacionales se vuelve
ventajosa para los países industrializados, de modo que la distancia entre
ricos y pobres no deja de crecer. De ahí, el sentimiento de frustración en los
pueblos del Tercer Mundo, y la acusación de explotación y de colonialismo
dirigida contra los países industrializados.
8 El recuerdo de los daños de un cierto colonialismo y de sus secuelas
crea a menudo heridas y traumatismos.
9
II Expresiones de esta
Aspiración
1 La aspiración a la justicia y al reconocimiento efectivo de la dignidad
de cada ser humano requiere, como toda aspiración profunda, ser iluminada y
guiada.
2 En efecto, se debe ejercer el discernimiento de las expresiones, teóricas
y prácticas, de esta aspiración. Pues son numerosos los movimientos políticos y
sociales que se presentan como portavoces auténticos de la aspiración de los
pobres, y como capacitados, también por el recurso a los medios violentos, a
realizar los cambios radicales que pondrán fin a la opresión y a la miseria del
pueblo.
3 De este modo con frecuencia la aspiración a la justicia se encuentra
acaparada por ideologías que ocultan o pervierten el sentido de la misma,
proponiendo a la lucha de los pueblos para su liberación fines opuestos a la
verdadera finalidad de la vida humana, y predicando caminos de acción que
implican el recurso sistemático a la violencia, contrarios a una ética
respetuosa de las personas.
4 La interpretación de los signos de los tiempos a la luz del Evangelio
exige, pues, que se descubra el sentido de la aspiración profunda de los
pueblos a la justicia, pero igualmente que se examine, con un discernimiento
crítico, las expresiones, teóricas y prácticas, que son datos de esta
aspiración.
III
1 Tomada en sí misma, la aspiración a la liberación no puede dejar de
encontrar un eco amplio y fraternal en el corazón y en el espíritu de los
cristianos.
2 Así, en consonancia con esta aspiración, ha nacido el movimiento teológico
y pastoral conocido con el nombre de "teología de la liberación", en
primer lugar en los países de América Latina, marcados por la herencia
religiosa y cultural del cristianismo, y luego en otras regiones del Tercer
Mundo, como también en ciertos ambientes de los países industrializados.
3 La expresión "teología de la liberación" designa en primer lugar
una preocupación privilegiada, generadora del compromiso por la justicia,
proyectada sobre los pobres y las víctimas de la opresión. A partir de esta
aproximación, se pueden distinguir varias maneras, a menudo inconciliables, de
concebir la significación cristiana de la pobreza y el tipo de compromiso por
la justicia que ella requiere.
Como todo movimiento de ideas, las "teologías de la
liberación" encubren posiciones teológicas diversas; sus fronteras
doctrinales están mal definidas.
4 La aspiración a la liberación, como el mismo término sugiere, toca un
tema fundamental del Antiguo y del Nuevo Testamento. Por tanto, tomada en sí
misma, la expresión "teología de la liberación" es una expresión
plenamente válida: designa entonces una reflexión teológica centrada sobre el
tema bíblico de la liberación y de la libertad, y sobre la urgencia de sus
incidencias prácticas. El encuentro de la aspiración a la liberación y de las
teologías de la liberación no es pues fortuito. La significación de este
encuentro no puede ser comprendida correctamente sino a la luz de la especificidad
del mensaje de
el Magisterio de
IV Fundamentos Bíblicos
1 Así una teología de la liberación correctamente entendida constituye
una invitación a los teólogos a profundizar ciertos temas bíblicos esenciales,
con la preocupación de las cuestiones graves y urgentes que plantean a
2 La experiencia radical de la libertad cristiana[3]
constituye aquí el primer punto de referencia. Cristo, nuestro Liberador, nos
ha librado del pecado, y de la esclavitud de la ley y de la carne, que es la
señal de la condición del hombre pecador. Es pues la vida nueva de gracia,
fruto de la justificación, la que nos hace libres. Esto significa que la esclavitud más radical es la esclavitud del pecado.
Las otras formas de esclavitud
encuentran pues en la esclavitud del pecado su última raíz.
Por esto la libertad en pleno sentido cristiano, caracterizada por la
vida en el Espíritu, no podrá ser confundida con la licencia de ceder a los
deseos de la carne. Ella es vida nueva en la caridad.
3 Las "teologías de la
liberación" tienen en cuenta ampliamente la narración del Éxodo. En
efecto, éste constituye el acontecimiento fundamental en la formación del
pueblo elegido. Es la liberación de la dominación extranjera y de la esclavitud.
Se considera que la significación específica del acontecimiento le viene de su
finalidad, pues esta liberación está ordenada a la fundación del pueblo de Dios
y al culto de
Por esto la liberación del Éxodo no puede referirse a una liberación de
naturaleza principal y exclusivamente política. Por otra parte es significativo
que el término liberación sea a veces reemplazado en
4 El episodio que originó el Éxodo jamás se borrará de la memoria de
Israel. A él se hace referencia cuando, después de la ruina de Jerusalén y el
Exilio a Babilonia, se vive en la esperanza de una nueva liberación y, más
allá, en la espera de una liberación definitiva.
En esta experiencia, Dios es reconocido como el Liberador. El sellará
con su pueblo una Nueva Alianza, marcada con el don de su Espíritu y la
conversión de los corazones.[5]
5 Las múltiples angustias y miserias experimentadas por el hombre fiel
al Dios de
Contiene además la hostilidad de los enemigos, la injusticia, la
muerte, la falta. Los salmos nos remiten a una experiencia religiosa esencial: sólo
de Dios se espera la salvación y el remedio. Dios, y no el hombre, tienen el
poder de cambiar las situaciones de angustia. Así, los "pobres del
Señor" viven en una dependencia total y de confianza en la providencia
amorosa de Dios.[6] Y por otra parte, durante
toda la travesía del desierto, el Señor no ha dejado de proveer a la liberación
y la purificación espiritual de su pueblo.
6 En el Antiguo Testamento los Profetas, después de Amós, no dejan de
recordar, con particular vigor, las exigencias de la justicia y de la
solidaridad, y de hacer un juicio extremamente severo sobre los ricos que
oprimen al pobre. Toman la defensa de la viuda y del huérfano. Lanzan amenazas
contra los poderosos: la acumulación de iniquidades no puede conducir más que a
terribles castigos.
Por esto la fidelidad a
7 Tales exigencias se encuentran en el Nuevo Testamento. Aún más, están
radicalizadas, como lo muestra el discurso sobre las Bienaventuranzas. La
conversión y la renovación se deben realizar en lo más hondo del corazón.
8 Ya anunciado en el Antiguo Testamento, el mandamiento del amor
fraterno extendido a todos los hombres constituye la regla suprema de la vida
social.[7]
No hay discriminaciones o límites que puedan oponerse al reconocimiento de todo
hombre como el prójimo.[8]
9 La pobreza por el Reino es magnificada. Y en la figura del Pobre,
somos llevados a reconocer la imagen y como la presencia misteriosa del Hijo de
Dios que se ha hecho pobre por amor hacia nosotros.[9]
Tal es el fundamento de las palabras inagotables de Jesús sobre el Juicio en Mt
25, 31-46. Nuestro Señor es solidario con toda miseria: toda miseria está
marcada por su presencia.
10 Al mismo tiempo, las exigencias de la justicia y de la misericordia,
ya anunciadas en el Antiguo Testamento, se profundizan hasta el punto de
revestir en el Nuevo Testamento una significación nueva. Los que sufren o están
perseguidos son identificados con Cristo.[10]
La perfección que Jesús pide a sus discípulos (Mt 5, 18) consiste en el deber
de ser misericordioso "como vuestro
Padre es misericordioso" (Lc 6, 36).
12
13 Sin duda, para señalar el carácter radical de la liberación traída
por Cristo, ofrecida a todos los hombres, ya sean políticamente libres o
esclavos, el Nuevo Testamento no exige en primer lugar, como presupuesto para
la entrada en esta libertad, un cambio de condición política y social. Sin
embargo,
14 Consecuentemente no se puede
restringir el campo del pecado, cuyo primer efecto es introducir el desorden en
la relación entre el hombre y Dios, a lo que se denomina "pecado social". En realidad,
sólo una justa doctrina del pecado permite insistir sobre la gravedad de sus
efectos sociales.
15 No se puede tampoco localizar
el mal principal y únicamente en las "estructuras" económicas,
sociales o políticas malas, como si todos los otros males se derivasen, como de
su causa, de estas estructuras, de suerte que la creación de un "hombre nuevo"
dependiera de la instauración de estructuras económicas y sociopolíticas diferentes.
Ciertamente hay estructuras inicuas y generadoras de iniquidades, que es
preciso tener la valentía de cambiar. Frutos de la acción del hombre, las
estructuras, buenas o malas, son consecuencias antes de ser causas.
La raíz del mal reside, pues, en
las personas libres y responsables, que deben ser convertidas por la gracia de
Jesucristo, para vivir y actuar como criaturas nuevas, en el amor al prójimo,
la búsqueda eficaz de la justicia, del dominio de sí y del ejercicio de las
virtudes.[13]
Cuando se pone como primer
imperativo la revolución radical de las relaciones sociales y se cuestiona, a
partir de aquí, la búsqueda de la perfección personal, se entra en el camino de
la negación del sentido de la persona y de su trascendencia, y se arruina la
ética y su fundamento que es el carácter absoluto de la distinción entre el bien
y el mal. Por otra parte, siendo la caridad el principio de la
auténtica perfección, esta última no puede concebirse sin apertura a los otros
y sin espíritu de servicio.
V
1 Para responder al desafío lanzado a nuestra época por la opresión y
el hambre, el Magisterio de
2 Contentémonos con mencionar aquí algunas de estas intervenciones: los
documentos pontificios más recientes: Mater et Magistra y Pacem in terris,
Populorum progressio, Evangelii nuntiandi. Mencionemos igualmente
3 El Concilio Vaticano II, a su vez, ha abordado las cuestiones de la
justicia y de la libertad en
4 El Santo Padre ha insistido en varias ocasiones sobre estos temas,
especialmente en las Encíclicas Redemptor hominis, Dives in misericordia y
Laborem exercens. Las numerosas intervenciones recordando la doctrina de los
derechos del hombre tocan directamente los problemas de la liberación de la
persona humana respecto de los diversos tipos de opresión de la que es víctima.
A este propósito es necesario mencionar especialmente el discurso pronunciado
ante
5 Por dos veces, en 1971 y 1974, el Sínodo de los Obispos ha abordado
temas que se refieren directamente a una concepción cristiana de la liberación:
el de la justicia en el mundo y el de la relación entre la liberación de las
opresiones y la liberación integral o la salvación del hombre. Los trabajos de
los Sínodos de 1971 y de 1974 llevaron a Pablo VI a precisar en
6 La preocupación de
7 Numerosos son los Episcopados que, de acuerdo con
8 En la línea de Pablo VI, insistiendo sobre la especificidad del
mensaje del Evangelio,[17]
especificidad que deriva de su origen divino, Juan Pablo II, en el discurso de
Puebla, ha recordado cuáles son los tres pilares sobre los que debe apoyarse
toda teología de la liberación auténtica: la verdad sobre Jesucristo, la verdad
sobre
VI Una Nueva Interpretación del
Cristianismo
1 No se puede olvidar el ingente trabajo desinteresado desarrollado por
cristianos, pastores, sacerdotes, religiosos o laicos que, impulsados por el
amor a sus hermanos que viven en condiciones inhumanas, se esfuerzan en llevar
ayuda y alivio a las innumerables angustias que son fruto de la miseria. Entre
ellos, algunos se preocupan de encontrar medios eficaces que permitan poner fin
lo más rápidamente posible a una situación intolerable.
2 El celo y la compasión que deben estar presentes en el corazón de
todos los pastores corren el riesgo de ser desviados y proyectados hacia
empresas tan ruinosas para el hombre y su dignidad como la miseria que se
combate, si no se presta suficiente atención a ciertas tentaciones.
3 El angustioso sentimiento de la urgencia de los problemas no debe
hacer perder de vista lo esencial, ni hacer olvidar la respuesta de Jesús al
Tentador (Mí 4, 4): "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda
palabra que sale de la boca de Dios" (Dt 8, 3). Así, ante la
urgencia de compartir el pan, algunos se ven tentados a poner entre paréntesis
y a dejar para el mañana la evangelización: en primer lugar el pan,
4 Para otros, parece que la lucha necesaria por la justicia y la libertad
humanas, entendidas en su sentido económico y político, constituyen lo esencial
y el todo de la salvación. Para éstos, el Evangelio se reduce a un evangelio
puramente terrestre.
5 Las diversas teologías de la liberación se sitúan, por una parte, en
relación con la opción preferencial por los pobres reafirmada con fuerza y sin
ambigüedades, después de Medellín, en
6 Recordemos que la opción preferencial definida en Puebla es doble:
por los pobres y por los jóvenes.[21]
Es significativo que la opción por la juventud se haya mantenido totalmente en
silencio.
7 Anteriormente hemos dicho (cf. IV, 3) que hay una auténtica "teología
de la liberación", la que está enraizada en
8 Pero, desde un punto de vista descriptivo, conviene hablar de las
teologías de la liberación, ya que la expresión encubre posiciones teológicas, o
a veces también ideológicas, no solamente diferentes, sino también a menudo
incompatibles entre sí.
9 El presente documento sólo tratará de las producciones de la comente
del pensamiento que, bajo el nombre de "teología de la liberación" proponen una interpretación
innovadora del contenido de la fe y de la existencia cristiana que se aparta
gravemente de la fe de
10 Préstamos no criticados de la ideología marxista y el recurso a las
tesis de una hermenéutica bíblica dominada por el racionalismo son la raíz de
la nueva interpretación, que viene a corromper lo que tenía de auténtico el
generoso compromiso inicial a favor de los pobres.
VII El Análisis Marxista
1 La impaciencia y una voluntad de eficacia han conducido a ciertos
cristianos, desconfiando de todo otro método, a refugiarse en lo que ellos
llaman "el análisis marxista".
2 Su razonamiento es el siguiente: una situación intolerable y explosiva
exige una acción eficaz que no puede esperar más. Una acción eficaz supone un
análisis científico de las causas estructurales de la miseria. Ahora bien, el
marxismo ha puesto a punto los instrumentos de tal análisis. Basta pues
aplicarlos a la situación del Tercer Mundo, y en especial a la de América
Latina.
3 Es evidente que el conocimiento científico de la situación y de los
posibles caminos de transformación social es el presupuesto para una acción
capaz de conseguir los fines que se han fijado. En ello hay una señal de la
seriedad del compromiso.
4 Pero el término "científico" ejerce una fascinación casi
mítica, y todo lo que lleva la etiqueta de científico no es de por sí realmente
científico. Por esto precisamente la utilización de un método de aproximación a
la realidad debe estar precedida de un examen crítico de naturaleza
epistemológica. Este previo examen crítico le falta a más de una "teología
de la liberación".
5 En las ciencias humanas y sociales, conviene ante todo estar atento a
la pluralidad de los métodos y de los puntos de vista, de los que cada uno no
pone en evidencia más que un aspecto de una realidad que, en virtud de su
complejidad, escapa a la explicación unitaria y unívoca.
6 En el caso del marxismo, tal como se intenta utilizar, la crítica previa
se impone tanto más cuanto que el pensamiento de Marx constituye una concepción
totalizante del mundo en la cual numerosos datos de observación y de análisis
descriptivo son integrados en una estructura filosófico-ideológica, que impone
la significación y la importancia relativa que se les reconoce. Los a priori
ideológicos son presupuestos para la lectura de la realidad social. Así, la
disociación de los elementos heterogéneos que componen esta amalgama epistemológicamente
híbrida llega a ser imposible, de tal modo que creyendo aceptar solamente lo
que se presenta como un análisis, resulta obligado aceptar al mismo tiempo la
ideología. Así, no es raro que sean los aspectos ideológicos los que predominan
en los préstamos que muchos de los "teólogos de la liberación" toman de
los autores marxistas.
7 La llamada de atención de Pablo VI sigue siendo hoy plenamente actual:
a través del marxismo, tal como es vivido concretamente, se pueden distinguir
diversos aspectos y diversas cuestiones planteadas a los cristianos para la reflexión
y la acción. Sin embargo, "sería
ilusorio y peligroso llegar a olvidar el íntimo vínculo que los une
radicalmente, aceptar los elementos del análisis marxista sin reconocer sus
relaciones con la ideología, entrar en la práctica de la lucha de clases y de
su interpretación marxista dejando de percibir el tipo de sociedad totalitaria
a la cual conduce este proceso".[22]
8 Es verdad que desde los orígenes, pero de manera más acentuada en los
últimos años, el pensamiento marxista se ha diversificado para dar nacimiento a
varias corrientes que divergen notablemente unas de otras. En la medida en que
permanecen realmente marxistas, estas corrientes continúan sujetas a un cierto
número de tesis fundamentales que no son compatibles con la concepción
cristiana del hombre y de la sociedad. En este contexto, algunas fórmulas no
son neutras, pues conservan la significación que han recibido en la doctrina
marxista. "La lucha de clases"
es un ejemplo. Esta expresión conserva la interpretación que Marx le dio, y no
puede en consecuencia ser considerada como un equivalente, con alcance
empírico, de la expresión "conflicto
social agudo". Quienes utilizan semejantes fórmulas, pretendiendo sólo
mantener algunos elementos del análisis marxista, por otra parte rechazado en su
totalidad, suscitan por lo menos una grave ambigüedad en el espíritu de sus lectores.
9 Recordemos que el ateísmo y la negación de la persona humana, de su
libertad y de sus derechos, están en el centro de la concepción marxista. Esta
contiene pues errores que amenazan directamente las verdades de la fe sobre el
destino eterno de las personas. Aún más, querer integrar en la teología un
"análisis" cuyos criterios de interpretación dependen de esta
concepción atea, es encerrarse en ruinosas contradicciones. El desconocimiento
de la naturaleza espiritual de la persona conduce a subordinarla totalmente a
la colectividad y, por tanto, a negar los principios de una vida social y política
conforme con la dignidad humana.
10 El examen crítico de los métodos de análisis tomados de otras
disciplinas se impone de modo especial al teólogo. La luz de la fe es la que
provee a la teología sus principios. Por esto, la utilización por la teología
de aportes filosóficos o de las ciencias humanas tiene un valor
"instrumental" y debe ser objeto de un discernimiento crítico de
naturaleza teológica. Con otras palabras, el criterio último y decisivo de
verdad no puede ser otro, en última instancia, que un criterio teológico. La
validez o grado de validez de todo lo que las otras disciplinas proponen, a
menudo por otra parte de modo conjetural, como verdades sobre el hombre, su
historia y su destino, hay que juzgarla a la luz de la fe y de lo que ésta nos
enseña acerca de la verdad del hombre y del sentido último de su destino.
11 La aplicación a la realidad económica, social y política de hoy de
esquemas de interpretación tomados de la corriente del pensamiento marxista
puede presentar a primera vista alguna verosimilitud, en la medida en que la
situación de ciertos países ofrezca algunas analogías con la que Marx describió
e interpretó a mediados del siglo pasado. Sobre la base de estas analogías se
hacen simplificaciones que, al hacer abstracción de factores esenciales
específicos, impiden de hecho un análisis verdaderamente riguroso de las causas
de la miseria, y mantienen las confusiones.
12 En ciertas regiones de
América latina, el acaparamiento de la gran mayoría de las riquezas por una
oligarquía de propietarios sin conciencia social, la casi ausencia o las
carencias del Estado de derecho, las dictaduras militares que ultrajan los
derechos elementales del hombre, la corrupción de ciertos dirigentes en el
poder, las prácticas salvajes de cierto capital extranjero, constituyen otros
tantos factores que alimentan un violento sentimiento de revolución en quienes
se consideran víctimas impotentes de un nuevo colonialismo de orden
tecnológico, financiero, monetario o económico. La toma de conciencia de las
injusticias está acompañada de un pathos que toma prestado a menudo su razonamiento
del marxismo, presentado abusivamente como un razonamiento
"científico".
13 La primera condición de un análisis es la total docilidad respecto
de la realidad que se describe. Por esto, una conciencia crítica debe acompañar
el uso de las hipótesis de trabajo que se adoptan. Es necesario saber que éstas
corresponden a un punto de vista particular, lo cual tiene como consecuencia
inevitable subrayar unilateralmente algunos aspectos de la realidad, dejando
los otros en la sombra. Esta limitación, que fluye de la naturaleza de las
ciencias sociales, es ignorada por quienes, a manera de hipótesis reconocidas como
tales, recurren a una concepción totalizante como es el pensamiento de Marx.
VIII Subversión del Sentido de
1 Esta concepción totalizante impone su lógica y arrastra las "teologías
de la liberación" a aceptar un conjunto de posiciones incompatibles con la
visión cristiana del hombre. En efecto, el núcleo ideológico, tomado del
marxismo, al cual hace referencia, ejerce la función de un principio
determinante. Esta función se le ha dado en virtud de la calificación de
científico, es decir, de necesariamente verdadero, que se le ha atribuido. En
este núcleo se pueden distinguir varios componentes.
2 En la lógica del pensamiento marxista, "el análisis" no es separable
de la praxis y de la concepción de la historia a la cual está unida esta
praxis. El análisis es así un instrumento de crítica, y la crítica no es más
que un momento de combate revolucionario. Este combate es el de la clase del
Proletariado investido de su misión histórica.
3 En consecuencia, sólo quien participa en este combate puede hacer un
análisis correcto.
4 La conciencia verdadera es así una conciencia partidaria. Se ve que
la concepción misma de la verdad en cuestión es la que se encuentra totalmente
subvertida: se pretende que sólo hay verdad en y por la praxis partidaria.
5 La praxis, y la verdad que de ella deriva, son praxis y verdad partidarias,
ya que la estructura fundamental de la historia está marcada por la lucha de
clases. Hay pues una necesidad objetiva
de entrar en la lucha de clases (la cual es el reverso dialéctico de la
relación de explotación que se denuncia). La
verdad es verdad de clase, no hay verdad sino en el combate de la clase revolucionaria.
6 La ley fundamental de la historia que es la ley de la lucha de clases implica que la
sociedad está fundada sobre la violencia. A la violencia que constituye
la relación de dominación de los ricos sobre los pobres deberá responder la
contra-violencia revolucionaria mediante la cual se invertirá esta relación.
7 La lucha de clases es pues presentada como una ley objetiva, necesaria.
Entrando en su proceso, al lado de los oprimidos, se "hace" la
verdad, se actúa "científicamente". En consecuencia, la concepción de la verdad va a la par con la
afirmación de la violencia necesaria, y por ello con la del amoralismo político.
En estas perspectivas, pierde todo sentido la referencia a las exigencias
éticas que ordenan reformas estructurales e institucionales radicales y
valerosas.
8 La ley fundamental de la lucha de clases tiene un carácter de globalidad
y de universalidad. Se refleja en todos los campos de la existencia,
religiosos, éticos, culturales e institucionales. Con relación a esta ley,
ninguno de estos campos es autónomo. Esta ley constituye el elemento
determinante en cada uno.
9 Por concesión hecha a las
tesis de origen marxista, se pone radicalmente en duda la naturaleza misma de
la ética. De hecho, el carácter trascendente de la distinción entre el bien
y el mal, principio de la moralidad, se encuentra implícitamente negado en la
óptica de la lucha de clases.
IX Traducción
"Teológica" de este Núcleo
1 Las posiciones presentadas aquí se encuentran a veces tal cual en
algunos escritos de los "teólogos de la liberación". En otros, proceden
lógicamente de sus premisas. Por otra parte, en ellas se basan algunas
prácticas litúrgicas, como por ejemplo "
Uno se encuentra pues delante de un verdadero sistema, aun cuando algunos
duden de seguir la lógica hasta el final. Este sistema como tal es una
perversión del mensaje cristiano tal como Dios lo ha confiado a su Iglesia.
Así, pues, este mensaje se encuentra cuestionado en su globalidad por las
"teologías de la liberación".
2 Lo que estas "teologías
de la liberación" han acogido como un principio, no es el hecho de las
estratificaciones sociales con las desigualdades e injusticias que se les
agregan, sino la teoría de la lucha de clases como ley estructural fundamental
de la historia. Se saca la conclusión de que la lucha de clases entendida así
divide a
También se pretende que es mantener, con mala fe, una ilusión engañosa
el afirmar que el amor, en su universalidad, puede vencer lo que constituye la
ley estructural primera de la sociedad capitalista.
3 En esta concepción, la lucha de clases es el motor de la historia. La
historia llega a ser así una noción central. Se afirmará que Dios se hace
historia. Se añadirá que no hay más que una sola historia, en la cual no hay
que distinguir ya entre historia de la salvación e historia profana. Mantener
la distinción sería caer en el "dualismo". Semejantes afirmaciones
reflejan un inmanentismo historicista. Por esto se tiende a identificar el
Reino de Dios y su devenir con el movimiento de la liberación humana, y a hacer
de la historia misma el sujeto de su propio desarrollo como proceso de la auto-redención
del hombre a través de la lucha de clases. Esta identificación está en
oposición con la fe de
4 En esta línea, algunos llegan hasta el límite de identificar a Dios y
la historia, y a definir la fe como "fidelidad a la historia", lo cual
significa fidelidad comprometida en una práctica política conforme a la
concepción del devenir de la humanidad concebido como un mesianismo puramente
temporal.
5 En consecuencia, la fe, la esperanza y la caridad reciben un nuevo
contenido: ellas son "fidelidad a la historia", "confianza en el
futuro", "opción por los pobres": que es como negarlas en su
realidad teologal.
6 De esta nueva concepción se sigue inevitablemente una politización radical
de las afirmaciones de la fe y de los juicios teológicos. Ya no se trata
solamente de atraer la atención sobre las consecuencias e incidencias políticas
de las verdades de fe, las que serían respetadas ante todo por su valor
trascendente. Se trata más bien de la subordinación de toda afirmación de la fe
o de la teología a un criterio político dependiente de la teoría de la lucha de
clases, motor de la historia.
7 En consecuencia, se presenta la entrada en la lucha de clases como
una exigencia de la caridad como tal; se denuncia como una actitud estática y
contraria al amor a los pobres la voluntad de amar desde ahora a todo hombre,
cualquiera que sea su pertenencia de clase, y de ir a su encuentro por los
caminos no violentos del diálogo y de la persuasión. Si se afirma que el hombre
no debe ser objeto de odio, se afirma igualmente que en virtud de su
pertenencia objetiva al mundo de los ricos, él es ante todo un enemigo de clase
que hay que combatir. Consecuentemente, la universalidad del amor al prójimo y
la fraternidad llegan a ser un principio escatológico, válido sólo para el
"hombre nuevo" que surgirá de la revolución victoriosa.
8 En cuanto a
9 En su significación positiva,
10 Pero las "teologías de la liberación", que tienen el
mérito de haber valorado los grandes textos de los Profetas y del Evangelio sobre
la defensa de los pobres, conducen a un amalgama ruinosa entre el pobre de
11 Es necesario hacer una observación análoga respecto de la expresión
Iglesia del pueblo. Desde el punto de vista pastoral, se puede entender por
ésta los destinatarios prioritarios de la evangelización, aquellos hacia los
cuales, en virtud de su condición, se dirige ante todo el amor pastoral de
12 Pero las "teologías de la liberación", de las que
hablamos, entienden por Iglesia del pueblo una Iglesia de clase,
X Una Nueva Hermenéutica
1 La concepción partidaria de la verdad que se manifiesta en la praxis
revolucionaria de clase corrobora esta posición. Los teólogos que no comparten
las tesis de la "teología de la liberación", la jerarquía, y sobre
todo el Magisterio romano son así desacreditados a priori, como pertenecientes
a la clase de los opresores. Su teología es una teología de clase. Argumentos y
enseñanzas no son examinados en sí mismos, pues sólo reflejan los intereses de
clase. Por ello, su contenido es decretado, en principio, falso.
2 Aquí aparece el carácter global y totalizante de la "teología de
la liberación". Esta, en consecuencia, debe ser criticada, no en tal o
cual de sus afirmaciones, sino a nivel del punto de vista de clase que adopta a
priori y que funciona en ella como un principio hermenéutico determinante.
Porque estos teólogos parten, más o menos conscientemente, del
presupuesto de que el punto de vista de la clase oprimida y revolucionaria, que
sería la suya, constituye el único punto de vista de la verdad. Los criterios
teológicos de verdad se encuentran así relativizados y subordinados a los
imperativos de la lucha de clases. En esta perspectiva, se substituye la
ortodoxia como recta regla de la fe, por la idea de ortopraxis como criterio de
verdad. A este respecto, no hay que confundir la orientación práctica, propia
de la teología tradicional al igual y con el mismo título que la orientación
especulativa, con un primado privilegiado reconocido a un cierto tipo de praxis.
De hecho, esta última es la praxis revolucionaria que llegaría a ser el supremo
criterio de la verdad teológica. Una sana metodología teológica tiene en cuenta
sin duda la praxis de
4 La doctrina social de
5 La nueva hermenéutica inscrita en las "teologías de la
liberación" conduce a una relectura esencialmente política de
6 Igualmente, se sitúa en la perspectiva de un mesianismo temporal, el
cual es una de las expresiones más radicales de la secularización del Reino de
Dios y de su absorción en la inmanencia de la historia humana.
7 Privilegiando de esta manera la dimensión política, se ha llegado a
negar la radical novedad del Nuevo Testamento y, ante todo, a desconocer la
persona de Nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, al
igual que el carácter específico de la liberación que nos aporta, y que es ante
todo liberación del pecado, el cual es la fuente de todos los males.
8 Por otra parte, al dejar a un lado la interpretación autorizada del
Magisterio, denunciada como interpretación de clase, se descarta al mismo
tiempo
9 Es cierto que se conservan literalmente las fórmulas de la fe, en
particular la de Calcedonia, pero se le atribuye una nueva significación, lo
cual es una negación de la fe de
10 Se pretende revivir una experiencia análoga a la que habría sido la
de Jesús. La experiencia de los pobres que luchan por su liberación — la cual
habría sido la de Jesús —, revelaría ella sola el conocimiento del verdadero
Dios y del Reino.
11 Está claro que se niega la fe en el Verbo encarnado, muerto y
resucitado por todos los hombres, y que "Dios ha hecho Señor y Cristo".[25]
Se le substituye por una "figura" de Jesús que es una especie de
símbolo que recapitula en sí las exigencias de la lucha de los oprimidos.
12 Así se da una interpretación exclusivamente política de la muerte de
Cristo. Por ello se niega su valor salvífico y toda la economía de la
redención.
13 La nueva interpretación abarca así el conjunto del misterio cristiano.
14 De manera general, opera lo que se puede llamar una inversión de los
símbolos. En lugar de ver con S. Pablo, en el Éxodo, una figura del bautismo,[26]
se llega al límite de hacer de él un símbolo de la liberación política del pueblo.
15 Al aplicar el mismo criterio hermenéutico a la vida eclesial y a la
constitución jerárquica de
16 La inversión de los símbolos se constata también en el campo de los
sacramentos.
XI Orientaciones
1 La llamada de atención contra las graves desviaciones de ciertas
"teologías de la liberación" de ninguna manera debe ser interpretada como
una aprobación, aun indirecta, dada a quienes contribuyen al mantenimiento de
la miseria de los pueblos, a quienes se aprovechan de ella, a quienes se
resignan o a quienes deja indiferentes esta miseria.
2 Por tanto, se hace a
3 Todos los sacerdotes, religiosos y laicos que, escuchando el clamor
por la justicia, quieran trabajar en la evangelización y en la promoción
humana, lo harán en comunión con sus obispos y con
4 Conscientes del carácter eclesial de su vocación, los teólogos colaborarán
lealmente y en espíritu de diálogo con el Magisterio de
5 Las exigencias de la promoción humana y de una liberación auténtica,
solamente se comprenden a partir de la tarea evangelizadora tomada en su
integridad. Esta liberación tiene como pilares indispensables la verdad sobre
Jesucristo el Salvador, la verdad sobre
6 Una defensa eficaz de la justicia se debe apoyar sobre la verdad del
hombre, creado a imagen de Dios y llamado a la gracia de la filiación divina.
El reconocimiento de la verdadera relación del hombre con Dios constituye el
fundamento de la justicia que regula las relaciones entre los hombres. Por esta
razón la lucha por los derechos del hombre, que
7 La verdad del hombre exige que este combate se lleve a cabo por
medios conformes a la dignidad humana. Por esta razón, el recurso sistemático y
deliberado a la violencia ciega, venga de donde venga, debe ser condenado.[32]
El tener confianza en los medios violentos con la esperanza de instaurar más
justicia es ser víctima de una ilusión mortal. La violencia engendra violencia
y degrada al hombre. Ultraja la dignidad del hombre en la persona de las
víctimas y envilece esta misma dignidad en quienes la practican.
8 La urgencia de reformas
radicales de las estructuras que producen la miseria y constituyen ellas mismas
formas de violencia no puede hacer perder de vista que la fuente de las
injusticias está en el corazón de los hombres. Solamente recurriendo a las
capacidades éticas de la persona y a la perpetua necesidad de conversión
interior se obtendrán los cambios sociales que estarán verdaderamente al
servicio del hombre.[33]
Pues a medida que los hombres, conscientes del sentido de su responsabilidad,
colaboran libremente, con su iniciativa y solidaridad, en los cambios
necesarios, crecerán en humanidad. La inversión entre moralidad y estructuras
conlleva una antropología materialista incompatible con la verdad del hombre.
9 Igualmente es una ilusión
mortal creer que las nuevas estructuras por sí mismas darán origen a un
"hombre nuevo", en el sentido de la verdad del hombre. El cristiano
no puede desconocer que el Espíritu Santo, que nos ha sido dado, es la fuente
de toda verdadera novedad y que Dios es el señor de la historia.
10 Igualmente, la inversión por la violencia revolucionaria de las
estructuras generadoras de injusticia no es ipso facto el comienzo de la
instauración de un régimen justo. Un hecho notable de nuestra época debe ser
objeto de la reflexión de todos aquellos que quieren sinceramente la verdadera
liberación de sus hermanos. Millones de nuestros contemporáneos aspiran
legítimamente a recuperar las libertades fundamentales de las que han sido
privados por regímenes totalitarios y ateos que se han apoderado del poder por caminos
revolucionarios y violentos, precisamente en nombre de la liberación del
pueblo.
No se puede ignorar esta
vergüenza de nuestro tiempo: pretendiendo aportar la libertad se mantiene a
naciones enteras en condiciones de esclavitud indignas del hombre. Quienes se
vuelven cómplices de semejantes esclavitudes, tal vez inconscientemente, traicionan
a los pobres que intentan servir.
11 La lucha de clases como camino hacia la sociedad sin clases es un
mito que impide las reformas y agrava la miseria y las injusticias. Quienes se
dejan fascinar por este mito deberían reflexionar sobre las amargas
experiencias históricas a las cuales ha conducido.
Comprenderán entonces que no se trata de ninguna manera de abandonar un
camino eficaz de lucha en favor de los pobres en beneficio de un ideal sin
efectos. Se trata, al contrario, de liberarse de un espejismo para apoyarse
sobre el Evangelio y su fuerza de realización.
12 Una de las condiciones para el necesario enderezamiento teológico es
la recuperación del valor de la enseñanza social de
13 Igualmente, la experiencia de quienes trabajan directamente en la
evangelización y promoción de los pobres y oprimidos es necesaria para la
reflexión doctrinal y pastoral de
14 La enseñanza de
A los laicos, cuya misión propia es construir la sociedad, corresponde
aquí el primer puesto.
15 Las tesis de las "teologías de la liberación" son
ampliamente difundidas, bajo una forma todavía simplificada, en sesiones de formación
o en grupos de base que carecen de preparación catequética y teológica. Son así
aceptadas, sin que resulte posible un juicio crítico, por hombres y mujeres
generosos.
16 Por esto los pastores deben vigilar la calidad y el contenido de la
catequesis y de la formación que siempre debe presentar la integridad del
mensaje de la salvación y los imperativos de la verdadera liberación humana en
el marco de este mensaje integral.
17 En esta presentación integral del misterio cristiano, será oportuno acentuar
los aspectos esenciales que las "teologías de la liberación" tienden
especialmente a desconocer o eliminar: trascendencia y gratuidad de la
liberación en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, soberanía de su
gracia, verdadera naturaleza de los medios de salvación, y en particular de
Se recordará la verdadera significación de la ética para la cual la
distinción entre el bien y el mal no podrá ser relativizada, el sentido
auténtico del pecado, la necesidad de la conversión y la universalidad de la
ley del amor fraterno. Se pondrá en guardia contra una politización de la existencia
que, desconociendo a un tiempo la especificidad del Reino de Dios y la
trascendencia de la persona, conduce a sacralizar la política y a captar la
religiosidad del pueblo en beneficio de empresas revolucionarias.
Con el testimonio de su fuerza de amar, dinámica y constructiva, los cristianos
pondrán así las bases de aquella "civilización del amor" de la cual
ha hablado, después de Pablo VI,
Conclusión
Las palabras de Pablo VI, en el Credo del pueblo de Dios, expresan con
plena claridad la fe de
"Confesamos que el Reino de
Dios iniciado aquí abajo en
Es este mismo amor el que
impulsa a
[1] Cf. Gaudium et
spes, n. 4.
[2] Cf. Dei Verbum,n.
10.
[3] Cf. Gál 5,1 ss.
[4] Cf. Ex 24
[5] Cf. Jer 31, 31-34; Ez 36, 26 ss.
[6] Cf. Sof 3, 12ss.
[7] Cf. Dt 10,18-19.
[8] 8 Cf. Lc 10,
25-37.
[9] Cf. 2 Cor 8, 9.
[10] Cf. Mt 25, 31-46;
Act 9, 4-5; Col 1,24.
[11] Cf. Sant 5,1 ss.
[12] Cf. 1 Cor
11,17-34.
[13] Cf. Sant 2, 14-26.
[14] Cf. AAS 71, 1979,
pp. 1144-1160.
[15] Cf. AAS 11, 1979, p. 196.
[16] Cf. Evangelii nuntiandi n. 25-33, AAS 68,
1976, pp. 23-28.
[17] Cf. Evangelii nuntiandi n. 32, AAS 68,1976,
p. 27.
[18] Cf. AAS 71,1979, pp. 188-196.
[19] Cf. Gaudium et spes, n. 39; Pío XI,
Quadragesimo anno: AAS 23,1931, p. 207.
[20] Cf. n. 1134-1165 y n. 1166-1205.
[21] Cf. Doc. de Puebla, IV, 2.
[22] Pablo VI, Octogésima advenines, n. 34, AAS
63, 1971, pp. 424-425.
[23] Cf. Lumen gentium,
n. 9-17.
[24] 24 Cf. Gaudium et spes, n. 39.
[25] Cf. Act 2, 36.
[26] Cf. 1 Cor 10, 1-2.
[27] Cf. Ef 2, 11-22.
[28] Cf. Doc. de Puebla, I, 2, n. 3. 3.
[29] Cf. Lc 10, 16.
[30] Cf. Juan Pablo II, Discurso para la apertura
de
[31] Cf. Juan Pablo II, Discurso en
[32] Cf. Doc. de Puebla, II, 2, n. 5. 4.
[33] Cf. Doc. de Puebla, IV, 3, n. 3. 3.
[34] Cf. Doc. de Puebla. IV, 2, n. 2. 4.
[35] 35 Pablo VI, Credo del
pueblo de Dios, 30 de junio de 1968, AAS 60, 1968, pp. 443444.