|
(Comunidad Nativa de
Organizaciones Regionales) La Moral Cristiana
La virtud actual es una cosa para viejas; y en la mujer
se reduce a la castidad externa, o sea a la “defensa de su honra”, lo cual no
diré que no sea importante. No es todo. No olvidar que el Liberalismo es una
herejía cristiana: pasa por alto el pecado original, cree que el hombre es
naturalmente bueno, y por ende no necesita de Sacramentos, ni de la oficina
de los Sacramentos, la Iglesia , aunque la religión en sí puede tolerarse;
pero todas las religiones son buenas… lo cual equivale a decir, vive Cristo,
que todas las religiones son malas. El Catolicismo Liberal emasculó y ablandó las virtudes
católicas: el liberal es muelle. Incluso las falsificó introduciendo una
falsa Prudencia – Justicia – Fortaleza – Templanza. Le sigue hablando de… e
incluso se sigue alabando al Prudente, al Valiente , al Moderado; pero esas
palabras ya no significan lo mismo que en los grandes siglos cristianos,
cuando Martín Fierro distinguía tan bien entre la Prudencia y la Astucia,
entre la valentía y el matonismo –en que él cayó de joven. A ningún hombre amenacen porque naides se acobarda… puesto
que la Fortaleza nunca agrede, nunca “empieza” como dicen los chicos: El hombre no mate al hombre ni pelee por fantasía, tiene en la desgracia mía un espejo en que mirarse: saber un hombre guardarse es la gran sabiduría. En los
“consejos” de Martín Fierro se encuentran las cuatro virtudes cardinales –con
más acento la Justicia. La
Prudencia Veámoslo brevemente: se introdujo una Prudencia remirada,
egoísta y cobardona: el “no te metas”, p.e. pero esta Primera de las
virtudes, sin la cual ninguna es virtud, es un conocimiento, el conocimiento
de lo hacedero y de lo faciendo, de lo agendo, de lo que hay que hacer; y
este conocimiento está cimentado en el conocimiento de la Realidad; no es un
mero timoratismo, es un conocimiento. Cuando hacemos una imprudencia, malconocemos lo agendo;
cuando malconocemos lo agendo, desconocemos la realidad; cuando desconocemos
la realidad, pecamos. El que peca se pone delante como un bien lo que en
realidad es un mal; de modo que se puede decir que “el Bien es lo real, el
mal es una equivocación” acerca de lo real realísimo, conforme al viejo
apotegma de Sócrates de que todo pecado es un error. Si uno dice: “es nada
más que un error”, se equivoca; pero si dice “es un error”, dice bien. La Prudencia pues, siendo “el ojo que encuentra el
camino”, no tiene por qué ser ni astucia ni picardía ni sobrecautela ni
precaucionismo ni cálculo ni continuo desconfío y avizoro, ni mucho menos
cobardía; al contrario, la Prudencia no existe sino junto con su hermana la
Fortaleza o Valentía. Al contrario del proverbio italiano de que “soldado que
huye sirve para otra vuelta” y del proverbio catalán “de los que dispararan,
algunos se salvan”, la Prudencia sabe que en muchos casos lo más imprudente
de todo es disparar; y lo más prudente, acometer. Y así Mussolini, que era
italiano, dijo una vez que la primera virtud del Gobernante era la Prudencia;
pero la segunda, sin la cual la primera no sirve, era la imprudencia;
queriendo decir que la prudencia no excluye, antes reclama el brío, la
osadía, la valentía, el golpe; en una palabra: la virtud de la Fortaleza. No olvidemos pues que la Prudencia es la “recta ratio
agibilium”, la recta apreciación de lo agendo y agible, o sea, la guía para
hacer el bien; y el bien a veces pide lucha, esfuerzo, osadía; el bonum
arduum que decían los antiguos, el bien arduo, como lo son todos los bienes
grandes, y en realidad de verdad todos los bienes verdaderos. Yo he recogido en mi vida religiosa demasiada
experiencia de la falsa prudencia, que San Pablo llama prudencia según la
carne2 : la
prudencia catalana que consiste en disparar siempre. Tres veces el original
de un libro me ha sido devuelto por un religioso editor con las palabras: “es
una buena obra; nos gustaría publicarla pero no podemos por prudencia:
tenemos miedo”. Palabras textuales de una tarjeta acerca del Evangelio de
Jesucristo. La primera vez me dio rabia y dije: “Los Padres del Verbo Divino
tienen miedo del Verbo Divino ”; pero la segunda vez me consolé diciendo:
“Puede ser señal de que es literatura viva y no literatura muerta. Como es
viva se mueve; y ellos al ver un „bulto que se menea‟ creen que puede ser un tigre o una
víbora; y es un perro guardián, un manso y leal mastín”. La Prudencia del Liberalismo, la “prudencia según la
carne ” está aguada; la Justicia del liberalismo está mutilada: es meramente
negativa y se reduce a la llamada Justicia Conmutativa; y ésa, no entera ni
completa. La
Justicia La Justicia burguesa se reduce al contrato: do ut des,
doyte para que me des: considera un cambio de bienes al modo comercial; yo te
doy 10.000 pesos, pero me debes devolver 15.000, o bien otro bien
equivalente, o al menos una ilimitada gratitud, alabanzas, favores, servicios
o lo que sea. El Liberalismo ha ido tan lejos en esto que ha llegado a
definir el Estado y la Nación como un CONTRATO, el Contrato Social. (Éste es
un disparate fenomenal, que no voy a refutar ahora. La Nación no surge de un
contrato ni explícito ni implícito entre todos los connacionales –como
imaginan Rousseau y también Suárez-, sino que surge de un movimiento natural
del hombre, “animal político” que dijo Aristóteles, el cual movimiento
requiere la Autoridad, causa eficiente de la sociedad, y por ende el Mando y
la Obediencia. Y en ese sentido solo decimos que “la Autoridad viene de
Dios”, no inmediatamente, sino a través de la Natura, creada por Dios3). De modo que el Liberalismo elimina la Justicia
Distributiva (del Jefe para los súbditos) y la Justicia Legal (de los
súbditos para con el Jefe): y una vez hecho el Contrato Social (elegido el
Presidente), los súbditos no tienen más deberes para con él, y él puede hacer
lo que se le antoja. Lo único que queda es el “ordo partium ad partes”4, eliminando el “ordo partium ad
totum”5 y el “ordo
totius ad partes”6,
que son las más importantes partes de la Justicia, la cual exige al
gobernante que distribuya bien los castigos, premios, trabajos, puestos y
privilegios, según los méritos, y que busque y alcance el Bien Común de
todos, lo cual le es exigido acérrimamente, es su deber más estricto, o sea,
el orden del todo a las partes, o Justicia Distributiva. Y a su vez los
súbditos deben al gobernante legítimo respeto, apoyo y obediencia, o sea el
orden de las partes al todo, o sea, Justicia Legal; y estos dos órdenes son
mucho más transcendentes que el orden de las partes a las partes o Justicia Conmutativa. Ni este orden siquiera guarda el Liberalismo, pues este
orden no se reduce a cumplir los contratos, pagar las dudas y no emitir
cheques en blanco , lo cual desde luego debe hacerse. La Justicia cristiana
tiene dos partes, negativa y positiva; y la Justicia actual se contrae a una
parte de la parte negativa: “no dañes”. Es poco. La Justicia cristiana está toda ella encerrada en la
norma conocida: “No hagas al otro lo que no quisieras te hagan a ti”, que
encontramos en boca de Jesucristo, y en la Ley de Moisés, y en el antiquísimo
libro chino “Las Analectas de Confucio” traducido por A. Waley. Es negativo:
dice “no hagas”, no dice: “Haz a los otros lo que quisieras te hicieran a
ti”, porque eso es falso: yo no puedo querer para todos los otros lo que
quiero para mí, p.e., que escriban libros o que digan misa, porque cácual es
cácual. Yo quiero que se editen mis libros, pero no puedo querer, por
ejemplo, que se editen los libros del P.P. o del P.R.R., los cuales sin
embargo se editan antes que los míos. Pero eso no es justicia ni positiva ni
negativa. El famoso Proudhon, en su libro La Justicia en la
Revolución y en la Iglesia , reprocha a la Iglesia su Justicia puramente
negativa, según él, porque estaba rodeado el año 1858 de la Justicia del Capitalismo
y el Catolicismo Liberal, y creía ésa era toda la Justicia cristiana. Pedro
José Proudhon , el famoso autor de La Propiedad es un Robo (y debajo: “Este
libro es propiedad del autor”), fue un anarquista, pero un proletario honrado
y de buena fibra; de una ignorancia impresionante. A pesar de haber sido
seminarista, ignoraba la parte positiva de la Justicia cristiana, la más
esencial. Donoso Cortés lo tiene por un demoníaco. Puede ser. Pero más parece
un ignorante, sembrado de “virtudes cristianas que se han vuelto locas”. Lo positivo de la Justicia cristiana está contenido
simplemente en el precepto: “Amarás al prójimo como a ti mismo”7, lo cual es mucho más que decir
“no dañarás al prójimo”. Decir “como a ti mismo” es decir que yo soy uno y el
prójimo es otro, y después equipararlo conmigo, lo cual es el efecto propio
del amor. Eso significa que el prójimo tiene cosas suyas que son distintas de
las mías, y no se reducen solamente al dinero, y esas cosas positivamente yo
se las debo, no de limosna sino de Justicia: si tiene, hambre, yo le debo una
parte de mi pan; si está perseguido, yo le debo mi defensa; si merece un
puesto, yo debo dárselo y no excluirlo para ponerme yo; si es ignorante, yo
le debo mi saber. Deste modo, la definición pagana de la Justicia: “dar a
cada cual lo suyo” (unicuique suum) se amplía por obra del amor
maravillosamente. En la Justicia natural, el tener yo saber no me crea
ninguna obligación, lo imparto o comparto si quiero; pero en la Justicia
cristiana, que considera el saber un don de Dios, nace la obligación de
Caridad de trabajar para compartirlo. –Pero entonces es Caridad y no
Justicia. –La Justicia en el cristiano está envestida de la Caridad, o sea el
Amor , lo mismo que todas las otras virtudes, como veremos. “Dad
a los que no os pueden devolver nada”, dijo Jesucristo, “ni siquiera
gratitud”8.
Nace el Buen Samaritano. El buen samaritano da compasión, ayuda, dinero,
tiempo y cuidado a un desconocido que topa y que es, religiosamente, su
enemigo. “Bien, ése es tu prójimo”, dice Jesucristo9. En suma, la Justicia cristiana consiste en reconocer al
otro como persona, no como algo mío, sino como EL EN SÍ, munido de toda clase
de derechos; y entonces volverme dese modo “deudor de todo el mundo ”, como
decía San Pablo de sí mismo10.
Lejísimos de la ruin Justicia burguesa, comercial y liberal, que tiene como
máxima alabanza: “Yo no debo nada a nadie: este hombre no debe nada a nadie”.
La alabanza verdadera es: “Yo me debo a todos”. El efecto de la Justicia es conservar el orden en las
relaciones humanas; y ese orden después de Jesucristo no se puede conservar
sino por el amor , digamos por una exageración del despego de sí mismo, para
lo cual es necesaria la Fortaleza. La
Fortaleza "Todo el mérito de la Fortaleza viene de la Justicia"
-dice Santo Tomás. Fortaleza significa simplemente Valentía y se define:
"la aptitud para acometer peligros y soportar dolores". De Luis XVI
de Francia escribió Hipólito Taine: "Tenía todas las virtudes de un
cristiano, pero no las de un Rey". Se equivocaba grandemente: la
Fortaleza, que le faltó a Luis XVI (aunque no en el momento de su muerte
santa), es estrictamente una virtud del cristiano, aunque no del cristiano
liberal. La cobardía puede ser pecado mortal y Jesucristo tenía verdadera
inquina a la cobardía. En el Apokalypsis San Juan enumera una cantidad de
condenados al fuego, y entre ellos pone "los mentirosos y cobardes"11, que faltan a la Justicia y a
la Fortaleza. La falsificación liberal de la Fortaleza consiste en
admirar el coraje en sí, con prescindencia de su uso, o sea, prescindiendo de
la Prudencia y la Justicia. Pero el coraje aplicado al mal no es virtud, es una
calamidad, es "la palanca del Diablo" dice Santo Tomás. El coraje en sí puede ser una cualidad natural, una especie
de furor temperamental, una ceguera para ver el peligro, o una estolidez en
soportar males que no se deben soportar. Entre nosotros, por ejemplo, es
usual admirar y encarecer a Sarmiento porque era corajudo. Está bien, pero
falta ver todavía si aplicó ese coraje, que le venía simplemente de haber
nacido sanjuanino, a una buena causa o a una mala causa, como por ejemplo, la
exaltación soberbia de sí mismo; si la aplicó a buenas causas lo nombraremos
prócer. En un discurso para la inauguración de un busto de Rosas en Sáenz
Peña (Chaco) Marianito Grondona dijo que estaba dispuesto a reconocer a Rosas
como un héroe si los rosistas reconocían a Sarmiento como un héroe, aunque no
con estas palabras. Dijo literalmente: “Debemos venerar y honrar a todos nuestros
próceres, porque somos una nación joven, que no tiene muchos, prescindiendo
de sus defectos, de sus fallas y hasta de sus crímenes”, dijo el orador. Un
momento: un héroe que hace crímenes no es héroe; y nosotros no podemos
prescindir de sus crímenes. Mejor es que caigan Rosas y Sarmiento, antes que
amontonarlos a los dos en una coyunda común. Ninguno de los dos fue prócer,
en todo caso, Marianito. Lavalle era un prócer y mató a Dorrego ; pero Dorrego
también es un prócer y los dos tienen su estatua en la misma calle a 300
metros de distancia. En la realidad estuvieron tan distantes como la Muerte y
la Vida; pero ahora están juntitos “en el abrazo luminoso de la inmortalidad”
que dice Marianito Grondona. Creo (y corríjanme si me engaño) que Lavalle no
tuvo más virtud de Fortaleza que el coraje para pelear en la guerra , fue un
“buen sable”, la virtud del tigre y del toro, no la virtud del cristiano,
incluso tomando “cristiano” en el sentido criollo de humano, de hombre
racional. Fue un poco bobo. La Fortaleza no excluye el miedo, solamente lo domina;
al contrario ella está fundamentada en un miedo, en el miedo profundo del mal
definitivo, de perder mi propia razón de ser. La Fortaleza se basa en que el
hombre es vulnerable, el ángel no puede tener Fortaleza porque no puede
recibir heridas. La Fortaleza consiste en ser capaz de exponerse a las
heridas y a la muerte (el martirio, supremo acto de la virtud de Fortaleza)
antes de soportar ciertas cosas, de tragar ciertas cosas y de hacer ciertas
cosas. No existiría la Fortaleza o Valentía si no existiera el miedo: “el miedo es natural en el
prudente, y el saberlo vencer es ser
valiente ”, y tampoco si no existiera la vulnerabilidad. ¡Qué
palabra más fea! (PARÉNTESIS acerca de nuestra lengua. Hemos perdido el latín
“vulnus”, que significa “herida”, y tenemos “vulnerable” y “vulnerabilidad”,
palabra sexquipedal. El castellano perdió muchísimas de las palabras raíces,
el sustantivo o el verbo corto y simple, y conservó los derivados, a veces
larguísimos y para la mayoría incomprensibles; sobre todo en países donde no
se estudia el latín en las escuelas. ¿Países, dije? País hay uno solo, la
Argentina : hasta los rusos estudian ahora latín; así que nuestra lengua en
nuestras bocas se va derruyendo. La gente usa las palabras a bulto, sin
comprenderlas exactamente, incluso los periodistas , los locutores ¡y los
políticos! No digamos “totalitarismo”, por ejemplo: no es palabra castellana,
es un barbarismo. “Totalismo” sería, en todo caso; “tota-lita-rismo” es casi impronunciable,
y el vulgo cree que es el nombre de dos bailarinas. Dicen “irrefragable”
queriendo significar “inevitable”: irrefragable significa “lo que no se puede
votar en contra”, viene de “suffragari”, votar a favor (sufragio), y
“refragari”, votar en contra (“refragio” deberíamos tener). Irrefragable es
algo que no se puede negar ni rechazar ni objetar ni siquiera discutir; y así
“opinión irrefragable” está bien, pero “acontecimiento irrefragable”, como
dice Bernardo Vogelman, está pésimo. Y así “indeleble” lo he visto usado por
“inolvidable”; “indeleble” es lo que no se puede borrar; pero el colmo es
“latente”: los cagatintas creen que viene del verbo latir y lo usan en el
sentido de palpitante; y viene del verbo later, que se perdió, y significa
“estar escondido”. No es lo mismo. –Y esto ¿qué tiene que ver con la virtud
de la Fortaleza? –La Fortaleza que se necesita para escuchar “Radio” y leer
los diarios). La virtud de la Valentía no supone no tener miedo; al
revés, supone un supremo miedo al último y definitivo mal, y el miedo menor a
los males de esta vida captados en su realidad real; de acuerdo a la palabra
de Cristo: “No temáis tanto a los que pueden quitar la vida del cuerpo; temed
más al que puede cuerpo y alma condenar para siempre”12. No dice: “No temáis nada”,
porque eso es imposible: el prudente naturalmente teme los males naturales
captados en su realidad real, no en imaginaciones… Dice Cristo: “temed
menos”; y en caso de conflicto que el temor mayor venza al menor,
impidiéndonos “perder el alma ”, aun a costa de perder la vida. De ahí que los dos actos precipuos de la Fortaleza son
acometer y aguantar; y este último es el principal; dice Santo Tomás
inesperadamente. ¿Cómo? ¿No es mejor siempre la ofensiva que la defensiva, la
actividad que la pasividad? Santo Tomás parece apocado, parece aconsejar
agacharse y aguantar más bien que atacar; y el mundo siempre ha tenido el
ataque por más valeroso que el simple aguante. Santo Tomás tiene por más a la Paciencia que al Arrojo;
pero no excluye el Arrojo cuando es posible, al contrario; con otra
proposición paradojal dice que la Ira trabaja con la Fortaleza y hace parte
de ella. ¡Oh argentinos, que no sois capaces de airaros y os
refugiáis en la pasividad resentida! No sois fuertes, ni sois tan siquiera
pacientes. En la condición actual del mundo, en que la estupidez y
la maldad tienen mucha fuerza, hay muchos casos en que no hay chance de
lucha; y aun para luchar bien se necesita como precondición la paciencia; y a
veces el sacrificio. “He aquí que os envío como corderos en medio de lobos”13. El acto supremo de la virtud
de la Fortaleza es el martirio, pero la Iglesia ha llamado siempre al
martirio “triunfo” y no derrota. La Ira reta arroja al hombre recto al ataque, o al menos
lo mantiene en su puesto: “airaos sin pecar” dice San Pablo14, de lo cual el dio grandes
ejemplos, o sea, indignaos ante el Mal sin frenesí ni desorden. El hombre que
no puede indignarse no es hombre, ni tampoco mujer: es un cuitadillo. La
recta indignación es el permanente motor del paladín: ella presta y aumenta
las fuerzas. La Ira desordenada es uno de los pecados capitales; pero la Ira
de suyo es una pasión natural, que como todas ellas puede ser o buena o mala
según sea o no gobernada por la razón. Me gustaría verlo a Illia iracundo
algún día. Existe un concepto vulgar de que la virtud consiste en
la ausencia de pasiones y la santidad en la eliminación de las pasiones: es
erradísimo. Las pasiones son las fuerzas naturales del hombre, sin las cuales
no podemos hacer nada grande –ni chico, no podemos caminar: “los afectos son
los pies del alma”, dice San Agustín. El burgués se disgusta ante cualquier
apasionamiento, le parece que se quiebra la corrección o la buena educación:
“¡Vamos, paz, paz, querido: no te atufes: despacio, despacio!”. Esta virtud
pacata que consistiría en la eliminación de las pasiones es el falso concepto
de los estoicos antiguos, de los modernos liberales, y de la religión y
cosmovisión budista: un Schopenhauer, por ejemplo; pero eso no es virtud, será
corrección a lo más, y a lo menos es debilidad, insensibilidad y apatía. Para
que triunfen los malos en el mundo , basta que los buenos no hagan nada. Por
eso en la Argentina los malos gobiernos se ponen a gritar: “¡Paz,
tranquilidad, reencuentro de todos los argentinos buenos y malos!” Pero eso,
la mescolanza del bien y del mal en la falsa tranquilidad burguesa, ése es el
reencuentro en la ignominia –y no en la Paciencia. “Ten cuidado con el hombre paciente: es peligroso” –dijo
uno. ¿Por qué? Porque espera su momento. La paciencia consiste formalmente en
no dejarse derrotar por las heridas, o sea, no caer en tristeza desordenada
que me abata el corazón y perturbe el pensamiento; hasta hacerme abandonar la
Prudencia, abandonar el bien o adherir al mal; y en eso se ejerce una
actividad enorme. “Soportar es más fuerte que atacar”; y por eso las mujeres
tienen muchas veces más fortaleza que los varones: y por eso una buena mujer
que ha soportado toda la vida a un mal marido ha hecho quizá una hazaña mayor
que si le hubiera dado un garrotazo; aunque esto también puede servir a
veces. Otra vez volvemos los ojos al error moderno y plebeyo;
considerar la paciencia como la actitud lacrimosa y pasiva del “corazón
destrozado”, que dicen. Al contrario, la paciencia consiste en no dejarse
destrozar el corazón, no permitir al Mal invadir mi interior. Por tanto en el
fondo se basa en la convicción o en la fe en mi última “invulnerablez”, en mi
inmunidad definitiva. Pase lo que pase, al fin yo voy a vencer, cree el
cristiano; y hasta el fin nadie es dichoso. Aunque sea a través de la muerte,
si es inevitable; pero si no es inevitable, no. Como dijo Don Pío Ducadelia
al morir: Oíd, mi Padre Confesor y parentela entera: si hay que morir, yo muero por… fuerza, no porque quiera. De
donde se ve que la Paciencia pisa y pende de la virtud de la Esperanza
sobrenatural, lo mismo que la Fortaleza, y no del apocamiento y la debilidad. Sufra y aguante, tenga paciencia, que con paciencia se gana el cielo, dice el tango: pero la paciencia no consiste en el
sufrir sino en el vencer el sufrimiento: “eso no lo sufro yo” –dijo el
Valeroso. Sufrir y aguantar no es lo mismo: aguantar es activo, y es pariente
de “aguardar” y “aguaitar”. Con razón dice el filósofo Pieper que la Fortaleza o
Valentía atraviesa los tres órdenes humanos, el Pre-orden, el Orden, y el
Super-orden, y está integrada en ellos. El Pre-orden en este caso es el
coraje natural, el instinto de agresión en el varón sobre todo, y de resistencia en la mujer sobre
todo, que lo poseen lo mismo el ser humano que el león o el mastín, y depende
mucho del cuerpo, temperamento y temple; el Orden es el coraje ordenado por
la razón y devenido valentía o valor; y el Super-orden es la virtud moral de
la Fortaleza, pendiente de la virtud supernatural de la Esperanza, la cual
informa a los otros dos órdenes y los robustece o se los incorpora; de tal
modo que puede darse un hombre tímido, cansado, entristecido y castrado de lo
natural, que haga grandes fortalezas en virtud de su virtud sobrenatural
–como se ha visto en débiles mujeres y enfermas, de llapa –como aquella santa
que estaba embarazada y era una esclava- en el tiempo de los triunfos de los
mártires. Una ilustración de todo esto puede ser una novela policial
del irlandés yanqui Day Keene (no sé si es varón o mujer) llamada Naked Fury
(Desnuda Furia), que leí poco ha en alemán, donde ninguna mención se hace de
la Virtud ni de la Religión, pero en sí misma es de inspiración católica. No
es una policíaca yanqui en puridad, sino una tragedia shekspiriana y sofoclea
a la vez. El héroe es una Magnánimo, un caudillo político de una pequeña
ciudad yanqui, que hace bien a todos y por ende es seguido de todos; cuya
suprema aspiración de su vida, por la cual lucha y se sacrifica, es ver al
suburbio miserable, hediondo y malsano donde nació, saneado y convertido en
un barrio humano y decente por medio de elecciones y electoralismo
–democracia. Es el Magnánimo de Aristóteles, que tiene que enfrentar a
la política corrompida y criminosa, es engañado por ella, cae en una trampa,
está a punto de claudicar; y de repente es poseído de un sacro furor a una
palabra de su mujer: “Pero él todavía tiene corazón”; y con la fuerza de la
ira recta, mata y muere, a la vez fiscal y verdugo; pero vence al morir. No es un santo, es un pecador, pero tiene el magno ánimo
o señorío, que es una gran virtud natural o mejor dicho es la tierra de todas
las virtudes. Está juntado con una pobre mujer, que es tan magnánima como él
o más, con la cual propone casarse y retirarse a vivir tranquilo, una vez
acabado su combate, al cual sacrifica todo; y cae al final en un delito de
adulterio, del cual abomina al instante, pero cae con la atenuante de una
tentación tremenda. Por tanto, es un hombre humano y defectuoso, no es un
estoico ni un superhombre, pero es un hombre, como dice un periodista al
final, en presencia de su cadáver y de su mujer: “No fue un santo; ya ha sido
juzgado de sus yerros en otra parte; pero fue un hombre; y amaba a los
hombres”. Y a la mujer le dice: “No llores” –y ella contesta: “No lloro”. Es una obra de arte perfecta, como nos dan de vez en
cuando los yanquis, que constituye como una ilustración pagana (digamos) de
la virtud de la Fortaleza y las otras virtudes cristianas. La
Templanza A la Fortaleza sigue la más chica de las virtudes
cardinales, la Templanza o Temple (propongo se denomine a las virtudes
cardinales Discriminación, Ecuanimidad, Valentía y Temple), la más pequeña
pero la más urgente y cotidiana: la más pequeña porque dice respecto a sí
mismo y no en relación con los demás, es individual y no comunitaria; pero su
falta estropea o debilita todas las otras virtudes, hasta hacerlas
desaparecer a veces. La Lujuria, por ejemplo, produce imprudencia, injusticia
y cobardía –estropea las otras virtudes. La Templanza, para el burgués, consiste en no hacer
excesos peligrosos, evitar el escándalo y, si acaso, no ser casto pero ser
cauto: usar el “preservativo”; en suma: “ser moderados en todo”, como dicen,
dando a “moderado” el sentido de “mediocre”. O sea, la Templanza burguesa se
vuelve puramente negativa, como la Prudencia burguesa, la Justicia burguesa y
la Fortaleza burguesa. Pero la Templanza es una virtud positiva, consiste en
el recto uso de los placeres y también, por supuesto, en la recta exclusión
de algunos placeres; tanto es así que entre las ramas de la Templanza existe
una virtud poco conocida hoy día que los griegos llamaban “eutrapelia”: la
virtud de “saberse divertir”, el arte de divertirse bien, es decir, mucho.
Esto no es una broma o una ocurrencia, Santo Tomás diserta muy sabiamente
acerca de la eutrapelia, que creo que para él consistía principalmente en
leer libros y dar clases; y para mí consiste en escribir novelas que es mucho
más divertido que leerlas. Leer novelas, aunque sean novelones, es un deleite
lícito y humano; contra la opinión del P. Luis Martín , General S.J., que las
llama “fábulas estúpidas y lascivas”. “Yo he dado en Don Quijote
pasatiempo al pecho melancólico y mohíno en cualquiera lugar y en todo
tiempo…”, porque la Templanza, así como comprende la abstinencia,
la continencia y la renuencia, también comprende la eutrapelia, la
afabilidad, la sociabilidad, la gracia en el hablar, el viajar, el cantar
(pero cantar bien), el nadar, el domar potros (aunque esto tiene algo de la
Fortaleza), el gusto artístico, el huir de los necios, el no comprar diarios
y… la buena cocina. La mala cocina es un pecado contra la Templanza. -¡Cómo que m´hi divertío anoche! –dijo el salteño. -¿Y
qué hiciste? –Comí arroz con leche. La Templanza es católica, la moderación es protestante.
Si la Templanza consistiese en la mera corrección externa del burgués,
entonces los puritanos serían prodigios de virtud; y el Puritanismo, que
rechaza todos los placeres o se avergüenza de los inevitables o
indispensables, condena el teatro , la pintura y todas las bellas artes y se
pasa la vida oprimiendo a sus hijos y a sus prójimos, no es virtud sino
vicio: es el fanatismo de la negatividad. Esos dos grandes escritores
ingleses, Chesterton y Belloc se pasaron la vida alardeando de su afición a
la cerveza y su afición al vino respectivamente; y sus adversarios los
tachaban de bohemios, viciosos y borrachos; y en realidad era el gusto de
reírsele en la cara al Puritanismo inglés; y creo que hicieron más apología
cristiana con sus vidas alegres que con todos sus libros de Apologética.
Belloc escribió un largo poema al vino, “The Wine”, que es una de las cumbres
de la poesía inglesa, tan rica hoy día; donde junto con el vino anda el
viajar, el dirigir un velero, el hacer bromas, el hacer versos, el cenar con
los amigos, el corregir los deberes de los hijos, pelearse con la mujer,
polemizar con los protestantes –toda la eutrapelia, podía llamarse en vez de
“The Wine”, “The Eutrapely”- para acabar con la buena muerte y el Santísimo
Sacramento. Al pobre Belloc le vino por permisión de Dios un diluvio de
desgracias al fin de la vida y tuvo que ejercitar la paciencia mucho más que
la eutrapelia; pero sus cincuenta o sesenta años de eutrapelia no se los
quita nadie. San Hilario Belloc: Hilario significa alegre, de donde viene
“hilaridad”; y es otra de las palabras latinas que hemos perdido, hílaro,
alegre. Conclusión En suma, el Liberalismo corrompió las virtudes
cardinales naturalizándolas (puesto que el Liberalismo es Naturalismo
religioso) y mutilándolas (puesto que el Liberalismo es falta de grandeza, es
la idiosincrasia del comerciante); y en consecuencia suprimió las virtudes
teologales, la Fe, la Esperanza y la Caridad. La virtud es lo más allá que un hombre puede ser; el
ensanchamiento, la plenitud del ser humano en cuanto humano; pero Cristo
añadió otra plenitud, la plenitud del ser humano en cuanto sobrehumano, o sea
elevado al orden sobrenatural. Desto, más adelante, si Dios quiere. 1
Extraído de “Castellani por Castellani”, pp. 330-342, BAJO EXPRESO PERMISO
DEL POSEEDOR DE LOS DERECHOS DE AUTOR. 2
Romanos 8, 6. 3
Sobre esto, ver La Autoridad y sus Funciones, p. 82. [sic en el original en
papel] 4
El orden de las partes a las partes. 5
El orden de las partes al todo. 6
El orden del todo a las partes. 7
Mateo 22, 39; Lucas 10, 27. 8
Lucas 6, 35. 9
Lucas 10, 29-37. 10
Romanos 1, 14. 11
21, 8. 12
Lucas 12, 5. 13
Mateo 10, 16. 14
Efesios 4, 26. Extraído
de http://www.diario7.com.ar/ Secretaría de Comunicaciones Movimiento Cívico-Militar CONDOR Vicecomodoro (R) (VGM) Horacio Ricciardelli -
Presidente |