“De la autosuficiencia del fariseo a la nada  del publicano

 

 

Los textos bíblicos que acabamos de proclamar  prolongan lo reflexionado el domingo pasado cuando Jesús nos decía que era necesario orar con insistencia  y sin desanimarse. Hoy nuevamente se nos presenta la oportunidad de valorar la verdadera oración estimada por el Señor, la que se suscita en el “pobre de Yahvé”, figura destacada en el Antiguo Testamento, pero también presente en el Nuevo. Ser “pobre” implica ante todo una actitud interior a través de la cual la persona humana se considera lo que realmente es, “nada”. Ante la presencia del Creador, por lo tanto, la creatura se anonada y reconoce abiertamente que todo lo que es y posee se origina en su Señor. Se trata de una pobreza que no se identifica con la material, pero que implica  una concepción austera de la vida, ya que para el pobre bíblico sólo el “Señor es mi herencia” (salmo 16, 5).

El libro del Eclesiástico (35, 15-17.20-22) que acabamos de proclamar, plantea el hecho de que Dios como único juez de todas sus creaturas no hace acepción de personas, ya que tanto al rico como al pobre trata por igual.

Situación diferente a lo que acontece entre nosotros cuando tenemos la tentación, y a veces cedemos a ella, de tratar preferentemente a quienes son considerados socialmente más importantes, relegando a los excluidos de tal mirada.

El texto sagrado, si bien presenta a Dios sin hacer diferencias con persona alguna, lo muestra  inclinado especialmente a oír la súplica del oprimido, la plegaria del huérfano y, la queja de la viuda dirigida confiadamente a Él.

Se inclina benévolamente sobre aquellos que partiendo de su condición saben que pueden encontrar una respuesta que los reconforte únicamente en su creador, por ser precisamente creaturas contingentes, salidas de las manos de su Señor. Seguirá el libro del eclesiástico recordando que la súplica del humilde atraviesa las nubes y, mientras sube, el Señor responde con presteza.

Esta enseñanza se continúa en la segunda carta del apóstol Pablo a Timoteo 4, 6-8.16-18). En efecto, presintiendo Pablo que se  acerca el momento de su partida a las moradas eternas, reconoce su nada, su pequeñez. Hasta su conversión, Pablo se comportaba como el fariseo de la parábola, seguro de sí mismo, de “su verdad” por encima de todo. Pero tocado en su corazón por la gracia, va descubriendo un mundo nuevo. Se convierte en “pobre de Yahvé” cuando admite que es poca cosa,  que es el último de los apóstoles, que es lo que es por la gracia de Dios. Afirmación preciosa que destaca con vigor no como una veleidad personal, sino porque ha calado profundamente en su interior y aunque realiza maravillas en el corazón de los paganos como instrumento de Dios, nunca se engríe por lo que realiza en su apostolado. Todo es don. Cuando se siente con dificultades y pide que le sea quitada la espina que tiene en su carne, le responderá el Señor “Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad." De allí que diga            “gustosamente haré más bien alarde de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo." (2 Corintios 12:7-9).

A pesar de las dificultades permanecerá siempre con una profunda actitud orante. Este conocimiento claro de sí mismo, de su nada, lo hará un instrumento apto en manos del designio divino.

Más aún, en medio de las pruebas que significan el abandono de aquellos que lo siguen, él se siente confortado por Jesús: “Cuando hice mi primera defensa nadie me acompañó, sino que todos me abandonaron, ojala  no les sea tenida en cuenta esta actitud”.

Y seguirá diciendo, “el Señor estuvo a mi lado dándome fuerzas para que el mensaje sea predicado por mi intermedio”. Jesús, en efecto, no le quita las privaciones y tribulaciones propias del seguimiento, sino que le otorga fuerzas para que sepa sobrellevarlas. Así lo entiende él y, sin quejarse, sigue respondiendo a la gracia recibida, aspirando al encuentro definitivo con Jesús, quien lo ha seducido y elegido como apóstol suyo, herencia y corona de su entrega.

En el texto del evangelio (Lc.18, 9-14), a través de una parábola, Jesús habla nuevamente acerca de la oración,  apareciendo con claridad la actitud con que esta se realiza. El fariseo comenzará diciendo “Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, adúlteros e injustos…y como ese publicano”. Este hombre inició bien la oración dando gracias a Dios, aunque se equivocó posteriormente. Debió decir “Te doy gracias Señor por el día que me das, por el pan sobre la mesa, por la familia que tengo, por las posibilidades que me brindas para  hacer el bien, porque tengo trabajo…” Su oración en cambio, sumida en la soberbia equivalía a decir, “Te doy gracias porque soy grande, perfecto, superior a todos, autosuficiente,”. Si bien se dirige a Dios, el fariseo le está diciendo “en verdad no te necesito mucho, soy perfecto” contrariando así las características propias del pobre de Yahvé, de quien hablábamos anteriormente. No entendía cuál es la actitud que a Dios agrada sobremanera quedando su súplica viciada desde el comienzo, aunque realizaba algunas cosas buenas tal como se describe respecto al cumplimiento de las prescripciones legales.

Pero le faltaba el amor hacia su hermano, el publicano, a quien miraba con desprecio a causa de sus pecados, desde su convencimiento de impecabilidad.

El espíritu farisaico ignora habitualmente que Jesús no mira bien el juicio que muchas veces se emiten sobre los demás. Esto no significa cerrar los ojos ante los pecados del que obra mal, o decir que ha obrado bien. Lo que se nos pide  es no juzgar pretendiendo entrar en el interior del otro, ya que sólo Dios  lo conoce.

De allí que no saliera justificado desde la presencia de Dios.

Mientras tanto, el publicano, no se animaba siquiera a mirar al cielo, sede de la presencia divina. Es que resulta difícil mirar a Dios cuando existe mala conciencia.

¡Quién no ha pasado por esta experiencia, no sólo ante Dios, sino ante los demás! En clima de sinceridad y de verdad las personas se miran a los ojos para perfeccionar la comunicación. Cuando las intenciones no son claras, en cambio, se rehúye la mirada, porque se intuye que puede ser descubierto lo que se esconde.

El publicano se prepara para mirar nuevamente a Dios implorando sinceramente “Señor ten piedad de mí que soy un pecador”. En mi interior sólo hay  nada.

La nada que implica no sólo la carencia de la gracia, sino la posesión del pecado, o mejor dicho el ser poseído por el pecado y sus consecuencias.

El evangelio dice que este fue quien salió realmente justificado, es decir, fue hecho justo por el poder divino, porque su oración fue la del pobre de Yahvé que reconoce su nada, y así lo siente, dirigiéndose a Dios para que lo colme de gracia.

Termina el texto  recordando la humillación de quien se engrandece, y la elevación de quien se hace pequeño, como lo recuerda proféticamente para todas las generaciones el cántico de la Virgen María.

Aprovechemos iluminados por la palabra de Dios, para sentirnos delante del Señor, como lo que realmente somos, poca cosa a causa de nuestras miserias y pecados, para que Él pueda hacer maravillas en nosotros.

 

Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el domingo XXX “per annum”, ciclo “C”. 24 de octubre de 2010.

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