LA RELIGION DEMOSTRADA
por
P. A. Hillaire
Ex profesor del
Seminario Mayor de Mende
Superior de los
Misioneros del Sagrado Corazón
Año 1900
Decía Pablo Bert en 1879, en su informe sobre instrucción pública: “Nuestra
voluntad es levantar frente al templo donde se afirma, la escuela donde se
demuestra.”
En esta obra nos proponemos evidenciar plenamente que el templo donde se
afirma es también el templo donde se demuestra, y que la religión no es simplemente
un postulado, sino una ciencia, en el estricto sentido de la palabra.
Se entiende por ciencia “todo conjunto de conocimientos razonados,
deducidos lógicamente unos de otros, y fundados, en último análisis, en hechos
ciertos y principios evidentes.”
Ahora bien, la Religión Católica tiene su fundamento en hechos positivos
y ciertos y en principios evidentes, de los cuales lógicamente se deducen las
verdades de orden teórico y práctico que enseña.
Su Santidad León XIII ha dicho: “Son tan sólidos los principios de la
fe católica y tan en armonía con las exigencias de la lógica, que son más que
suficientes para convencer al entendimiento más exigente y a la voluntad más
rebelde y obstinada” (Encíclica Aeterni Patris).
Tan científico y tan racional es el Catecismo de la doctrina cristiana,
como puede serlo cualquier libro profano, por exigente que sea.
Al tratar de ofrecer una demostración cabal y documentada acerca del
origen divino de nuestra religión, no es nuestro propósito presentar una obra
nueva, sino reunir sintéticamente en breves páginas los tesoros de erudición y
ciencia apologética que se hallan profusamente esparcidos en otras obras, menos
al alcance de las inteligencias y de las posibilidades de muchos lectores.
La materia de este libro es una explicación del Concilio Vaticano I
conforme a las normas de la Teología fundamental.
El mismo va dirigido a la juventud escolar. Su finalidad es hacer
comprender a los jóvenes de ambos sexos que la religión no es un problema de
orden sentimental, sino una imposición de la razón y de la conciencia. Hoy más
que nunca deben conocer a fondo los verdaderos motivos de la credibilidad, para
afianzarse más en su fe y estar mejor dispuestos a defenderla y propagarla
debidamente.
Grande es hoy el afán por conocer las ciencias profanas, ya sean teóricas
o aplicadas; pero existe un abandono casi total del estudio de la Religión,
que, al fin y al cabo es la única que debe hacer felices a los hombres en esta
vida y en la otra.
También va dirigido este libro a las personas mayores que, impedidas por
sus ocupaciones para dedicarse a estudios profundos sobre las verdades
religiosas, podrán hallar en él compendiadas las enseñanzas de otras más
extensas y arduas.
Es un deber para todo católico el estar preparado para defender su
religión. Hoy se ignoran o se niegan principios tan fundamentales como la
existencia de Dios, la inmortalidad y espiritualidad del alma, la necesidad y
divinidad de la religión, los derechos y prerrogativas de la Iglesia, etc.,
etc. Es, pues, de capital importancia que el católico sepa responder
acertadamente a los ataques infundados de la falsa ciencia.
Así lo reconoció León XIII en su encíclica Sapientiae christianae:
“Ante la multitud de los errores modernos, el deber primordial de los católicos
lo constituye el velar sobre sí mismos y tratar por todos los medios de
conservar intacta su fe, evitando cuanto pueda mancillarla y disponiéndose para
defenderla contra los sofismas de los incrédulos. A este fin creemos
contribuirá grandemente que cada cual, según se lo permitan sus medios y su
inteligencia, se esfuerce en alcanzar el más perfecto conocimiento posible de
aquellas verdades religiosas que es dado al hombre abarcar con su
entendimiento.”
Después de demostrar que Dios ha encomendado a la Iglesia Católica la
misión de enseñar a los hombres lo que hay que creer y lo que hay que practicar
para salvarse, ofrecemos una brevísima síntesis del dogma, de la moral y del
culto católico. Es un memorial compendioso, pero bastante completo en la
doctrina cristiana. Su lectura bastará para recordar las enseñanzas
fundamentales de la religión.
El método que hemos seguido en esta obra, en el mismo que empleó Santo
Tomás de Aquino en su Suma Teológica. El santo Doctor plantea en primer
término la cuestión, la resuelve, y da seguidamente las explicaciones y
demostraciones correspondientes.
El método tiene la triple ventaja de excitar el interés, precisar la
doctrina y ofrecer una demostración clara y concreta de la verdad en cuestión.
Quizás a alguno le parezca que hemos acumulado excesivamente los
argumentos y las demostraciones.
Es frecuente en Filosofía y en Teología que un solo argumento no logre
plenamente el asenso del entendimiento. De ahí que la demostración deba ser
como un haz de rayos dirigido a un solo objeto. Si éste no tiene más que una
superficie, bastará un solo rayo para iluminarlo; pero en el caso de ser
muchas, habrá necesidad de tantos rayos, cuantas sean las superficies.
Así también, en materia religiosa, muchas verdades, para ser comprendidas
en todos sus aspectos, necesitan múltiples demostraciones; cada argumento sirve
para aclarar un aspecto parcial, y la suma de todos nos dan idea cabal del
pensamiento íntegro. Aparte de esto es bien sabido que no todas las razones
convencen a todos, y lo que para uno es claro, para otro es oscuro.
También se nos reprochará, por ventura, el uso excesivo del silogismo.
Pero a los que así piensan les advertimos que ésta es la forma de argumentación
más segura y eficaz, al paso que la más breve y didáctica. Tanto más cuanto que
pretendemos instruir más bien que deleitar al lector.
Fue en la gruta de Lourdes donde concebimos la idea de publicar esta
obra. Por eso la Virgen Inmaculada ha sido por muchos años de investigación y
de estudio la que ha sostenido nuestras fuerzas. Por sus benditas manos nos
atrevemos a presentar a su Divino Hijo, Maestro verdadero de las almas, el
fruto de nuestro trabajo. Dígnese El misericordiosamente hacerlo fecundo en
frutos de salvación, que es la única gloria que ambicionamos y que será nuestra
más preciada recompensa.
Mende, 8 de diciembre de 1900.
Fiesta de la Inmaculada Concepción.
A. Hillaire
El estudio de la Religión es un deber de todo hombre, pues por la
sublimidad de su objeto, por los goces que proporciona al espíritu y por las
consecuencias que debe tener en nuestros eternos designios, supera en dignidad
y en importancia a todo otro estudio de orden puramente terreno. El debe ser,
por consiguiente, el objeto de nuestras preferencias, pues se trata de nuestros
primeros deberes y de nuestros eternos destinos.
En estos tiempos no
basta un conocimiento superficial de la religión, es necesario poseer la
ciencia de la misma, esa ciencia luminosa que engendra convicciones firmes y
nos hace capaces de reflexionar sobre nuestras creencias. Ahora bien, esta
ciencia no se posee cuando no se está en condiciones de responder a esta
pregunta: ¿Por qué soy cristiano y católico? Decía San Pedro a los primeros
discípulos: “Estad siempre prontos para
responder a aquellos que os pidan razón de vuestras esperanzas”.
El acto de fe en las verdades religiosas debe estar fundado en la
razón. Por consiguiente, es preciso que la razón nos prepare para aceptar las
verdades de la fe, mediante los motivos
de credibilidad. La apologética es la ciencia que establece con certeza los
fundamentos o preámbulos de la fe,
demostrando lo racional, legítimo e indispensable que es creer.
Los preámbulos de la fe consisten en
algunas verdades preliminares que sirven de fundamento al estudio de la
religión. Estas verdades son en realidad artículos de nuestra fe; mas aquí las
vamos a considerar únicamente a la luz de la razón y de la ciencia.
Estas verdades
pueden reducirse a cinco principales:
1º Existe un Dios creador de todos los seres.
2º El hombre,
creado por Dios, tiene un alma espiritual, libre e inmortal.
3º El hombre está obligado a admitir alguna
religión: sólo una religión es buena y sólo una es verdadera.
4º La única religión verdadera es la cristiana.
5º La verdadera religión cristiana es la
católica.
Todas
estas verdades se hallan ligadas unas con otras como los eslabones de una
cadena.
1)
La existencia de Dios y la creación del hombre por Dios prueba la necesidad de
una religión.
2)
La necesidad de una religión nos obliga a buscar la verdadera, querida e
impuesta por Dios a los hombres.
3) La única religión
impuesta por Dios es la religión cristiana.
4)
La religión cristiana no se halla, íntegra y verdaderamente, sino en la Iglesia
Católica, la única y verdadera iglesia fundada por Cristo.
5)
La Iglesia Católica es infalible Maestra de la fe, que con autoridad recibida
de Dios nos enseña lo que debemos creer y lo que hemos de practicar para ir al
cielo.
Bastará, pues,
demostrar estas cinco verdades fundamentales, y todas las demás se derivarán de
ellas como un río de su fuente, como las consecuencias de un principio. Una vez
demostradas ellas, podremos concluir que la
Religión Católica es la única verdadera, y que solamente abjurando de la
razón y del buen sentido, se pueden poner en duda o negar sus dogmas.
De esta suerte
quedarán refutados todos los adversarios de la Iglesia:
1)
Los ateos,
que no admiten la existencia de Dios.
2)
Los materialistas,
agnósticos y positivistas, que únicamente admiten la materia, y niegan a
Dios, al alma humana y la vida futura.
3)
Los indiferentes,
que no creen en la necesidad de una religión o que, por lo menos, no practican
ninguna.
4)
Los cismáticos,
herejes y protestantes que niegan la divinidad y la necesidad de la Iglesia
Católica.
5)
Los masones,
finalmente, que son los peores enemigos de la Iglesia, de la familia y de la
sociedad.
PRIMERA VERDAD
DIOS EXISTE
Existe un Dios supremo y eterno, creador y conservador del universo
1. P. ¿Cuál es la primera verdad,
que ningún hombre debe ignorar?
R. La primera verdad que ningún hombre debe ignorar es
la existencia de Dios, es decir, de un Ser eterno, necesario e infinitamente
perfecto, Creador del universo espiritual y material, absoluto Señor de todas
las cosas, a las que El gobierna con su Providencia. Esta es la verdad
fundamental sobre la que descansa el edificio augusto de la religión, de la
moral, de la familia y todo el orden social.
Si no hay Dios, la religión es completamente inútil.
La moral carece de base, si Dios, en virtud de su santidad, no establece
una diferencia entre el bien y el mal; si
con su autoridad suprema, no
hace obligatorias las normas de esa moral, y si con su perfecta justicia no premia el bien y castiga el mal.
Es imposible
concebir la familia y la sociedad, sin leyes, sin deberes, sin las virtudes de
la caridad, etc., y todas estas virtudes, si Dios no existiera, serían puras
quimeras.
2. P. ¿Podemos estar ciertos de la
existencia de Dios?
R. Sí, tan ciertos podemos estar de que Dios existe,
como de que existe el sol. Es verdad que a Dios no lo vemos con los ojos
corporales, porque es un espíritu puro; pero son tantas las pruebas que
demuestran, sin lugar a dudas, su existencia, que sería necesario haber perdido
por completo la inteligencia, para afirmar que Dios no existe.
No puede la mente
humana comprender la naturaleza íntima de Dios ni los misterios de la vida
divina; pero sí puede establecer con plena certeza el hecho de su existencia y
conocer algunas de sus perfecciones. A Dios no lo podemos ver, ciertamente, con
los ojos del cuerpo, pero sí podemos contemplar sus obras. Así como por la
vista de un cuadro deducimos la existencia del pintor, cuya es la obra –puesto que la existencia del efecto supone
la existencia de la causa que lo produjo-,
así también, podemos remontarnos de los seres creados al Creador, causa primera de todo cuanto existe.
Esto es lo que afirma el Concilio Vaticano I: “Con la luz natural de la razón humana puede ser conocido con certeza,
por medio de las cosas creadas, el Dios único y verdadero, Creador y Señor
nuestro”.
I. Principales pruebas de la existencia de Dios
II. Falsos sistemas inventados por los impíos para
explicar el origen del mundo. – Su refutación.
III. Bondades recibidas de Dios y efectos de su
Providencia.
3. P. ¿Cuáles son las pruebas
principales de la existencia de Dios?
R. Podemos citar siete, que nuestra razón nos dicta, y
que se fundan:
1º En la existencia
del universo;
2º En el movimiento,
orden y vida de los seres creados;
3º En la existencia
del hombre, dotado de inteligencia y libertad;
4º En la existencia
de la ley moral.
5º En el
consentimiento universal del género humano;
6º En los hechos
ciertos de la historia;
7º En la necesidad
de un ser eterno.
Estas pruebas pueden
agruparse en tres categorías: físicas, morales y metafísicas.
Son pruebas físicas las que se fundan en la
existencia, orden y vida de los seres creados (1º y 2º).
Son pruebas morales las que tienen por base el
testimonio de nuestra conciencia, del género humano, y los hechos conocidos de
la historia (3º a 6º)
Como prueba metafísica – ya que éstas son menos
asequibles para las inteligencias comunes – daremos solamente la que se funda
en la necesidad de un ser eterno. (7º).
Todas estas palabras
tienen un fundamento común, que es un postulado o principio inconcuso, que todo
el mundo admite: No hay efecto sin causa.
Cualquiera de ellas, tomada aisladamente, demuestra plenamente la existencia de
Dios; pero consideradas en conjunto, constituyen una demostración irrebatible,
capaz de convencer al incrédulo más obstinado.
Primera prueba: La existencia del universo.
4. P. ¿Cómo se demuestra, por la
existencia del universo, la existencia de Dios?
R. La razón nos dice que no hay efecto sin causa. Vemos un edificio, un cuadro, una estatua:
al punto se nos ocurre la idea de un constructor, de un pintor, de un escultor,
que hayan hecho esas obras. Del mismo modo, al contemplar el cielo, la tierra y
todo cuanto existe, pensamos que todo ello debe tener una causa; y esa causa primera del mundo, le llamamos
Dios: Luego por la existencia del universo, podemos demostrar la existencia de
Dios.
En efecto:
1º El universo no ha
podido hacerse a sí mismo.
2º No es fruto de la
casualidad.
3º No ha existido
siempre.
Luego debe la
existencia a un Ser supremo y distinto de él.
1º El universo no ha podido hacerse a sí mismo,
porque lo que no existe, no puede obrar, y consiguientemente, no puede darse la
existencia. El ser que no existe, es nada, y la nada, nada produce.
2º El universo no es fruto de la casualidad,
porque la casualidad no existe, y por lo tanto, nada puede producir. La
casualidad es una palabra que el hombre ha inventado para ocultar su ignorancia
y para explicar los hechos cuyas causas desconoce.
3º El universo no ha existido siempre. Así
lo reconocen a una todas las ciencias; la geología, la astronomía, la biología,
etc., todas sostienen que el mundo tuvo que tener un principio.
Tres caracteres
señala la Filosofía al ser eterno: es
necesario, inmutable e infinito.
Ahora bien:
1º El mundo es
material, y el ser material no puede ser necesario. Ninguna de sus partes
existe necesariamente, pues se puede prescindir perfectamente de ésta o
aquélla. Una montaña, o un río, o un árbol, podrían no existir. Luego si
ninguna de las partes es de por sí necesaria, tampoco será necesario el todo.
2º El mundo no es inmutable. Si contemplamos la naturaleza
material que nos rodea, vemos que en ella todo nace, todo perece, todo se
renueva: las plantas, los animales, el hombre…
3º El mundo no es infinito, pues siempre es posible
suponer un mundo más hermoso y más perfecto que el que existe. Por consiguiente
tampoco es eterno, porque la eternidad – que es una perfección infinita – sólo
puede hallarse en un ser infinito.
Si, pues, el mundo
no ha existido siempre, es una obra que
supone un obrero de la misma manera que el reloj supone un relojero, etc.
CONCLUSION: La existencia
del universo demuestra la existencia de un Ser Supremo, causa primera de todos
los seres. Ese ser supremo es Dios.
Narración. – Durante la revolución de 1793 decía el impío
Carrier a un campesino de Nantes:
– Pronto vamos a convertir en ruinas vuestros
campanarios y vuestras escuelas.
– Es muy posible – respondió el campesino – pero
nos dejaréis las estrellas; y mientras ellas existan, serán como un alfabeto
del buen Dios, en el que nuestros hijos podrán deletrear su augusto nombre.
No se
precisan largos discursos para demostrar que Dios existe: basta abrir los ojos,
y contemplar las maravillas del mundo exterior.
Segunda prueba: Movimiento, orden y vida de los seres creados.
5. P. ¿Se puede demostrar la existencia
de Dios, por el movimiento de los seres creados?
R. Sí, porque no hay
movimiento sin un motor, es decir, sin alguna causa que lo produzca. Ahora
bien, cuanto existe en el mundo, obedece a algún movimiento que tiene que ser
producido por algún motor. Y como no es posible que exista realmente una serie
infinita de motores, dependientes el uno del otro, preciso es que lleguemos a un primer motor, eterno, necesario,
causa primera del movimiento de todos los demás. A ese primer motor le llamamos Dios.
1º Sostiene la
Mecánica, que es parte de la Física, que la materia no puede moverse por sí
sola. Una estatua no puede abandonar su pedestal, una máquina no puede moverse
sin una fuerza motriz; un cuerpo en reposo no puede por sí solo ponerse en
movimiento. Tal es el llamado principio
de inercia. Luego para producir un movimiento, es necesario un motor.
2º Ahora bien, la
Tierra, el Sol, la Luna, las estrellas, recorren continuamente órbitas inmensas
sin chocar jamás unas con otras. La Tierra es una esfera colosal, de 40.000 km.
de circunferencia, que realiza una rotación completa sobre sí misma durante
cada 24 horas, moviéndose los puntos situados sobre el ecuador con la velocidad
de 28 km. por minuto. En 365 días da una vuelta completa alrededor del Sol, marchando
a una velocidad de unos 30 km. por segundo. Todos los demás planetas realizan
movimientos análogos. Y si miramos a nuestra Tierra, vemos que en ella todo es
movimiento: los vientos, los ríos, las mareas, la germinación de las plantas….
3º Todo movimiento
supone un motor; y como no se puede suponer una serie infinita de motores que
se comuniquen el movimiento unos a otros, puesto que tan imposible un número concreto infinito como un bastón sin extremos,
hemos de llegar necesariamente a un primer ser que comunique el movimiento sin
haberlo recibido: hemos de llegar a un
primer motor que no sea movido. Ahora bien, este primer ser, esta primera
causa del movimiento, es Dios, a quien justamente podemos llamar el primer motor del universo.
6. P. ¿Prueba la existencia de
Dios el orden que reina en el universo?
R. Sí, todo lo que se hace con orden, supone una
inteligencia ordenadora; y cuanto más grandiosa es la obra y más perfecto el
orden, tanto mayor y más poderosa es esa inteligencia.
Ahora bien, en todo
el universo y en sus menores detalles existe un orden sorprendente. Luego
podemos deducir que existe un supremo ordenador y una suprema inteligencia, a
quien llamamos Dios.
1º No se da efecto
sin causa, ni orden sin una inteligencia ordenadora. Si arrojamos sobre el
suelo un montón de letras mezcladas, ¿acaso podrán producir un libro si no hay
una inteligencia que las ordene? De ninguna manera. Juntemos en una caja todas
las piezas de un reloj; ¿acaso llegarán a colocarse por sí solas en el sitio
que les corresponde, para iniciar el movimiento y marcar las horas? ¡Jamás!
2º El orden que
reina en el universo es perfecto: a cada cosa corresponde un lugar. El día
sucede a la noche, y la noche al día; las estaciones se suceden unas a otras.
La Tierra, los cielos, las estrellas, los diversos elementos del universo, todo
se encadena, todo concurre a la armonía maravillosa del conjunto. La
consecuencia es esta: este orden tan admirable supone un ordenador.
Algunos dicen: este
orden del mundo, sus combinaciones tan complicadas, esta armonía que admiramos son efectos de la casualidad. Nada más
absurdo y falto de razón. La casualidad no es más que una palabra, hija de la
ignorancia, con que se pretende explicar aquello cuya causa se desconoce. Otros
dicen que ello se da por consecuencia de las fuerzas o leyes naturales. Eso es correcto, pero, precisamente, la
existencia de esas leyes suponen la existencia de Dios, pues no hay ley si no
existe un legislador. ¿Quién ha dictado esas leyes?... ¿Quién las mantiene?...
¿Quién las dirige?... La materia es, de suyo, inerte; luego existe un ser distinto que la mueva. La materia es
ciega; luego existe un ser inteligente que la guíe, ya que todo marcha en un
orden perfecto.
Resumiendo: Todo efecto debe tener una causa proporcionada: el
orden y la armonía suponen un ser inteligente; el mundo supone la existencia de
Dios.
Para Newton, el
mejor argumento para demostrar la existencia de Dios era el orden del universo;
por eso solía repetir las palabras de Platón: “vosotros deducís que yo tengo un alma inteligente, porque observáis
orden en mis palabras y acciones; concluid pues, contemplando el orden que
reina en el universo, que existe también un ser soberanamente inteligente, que
existe un Dios”.
El
mismo Voltaire no pudo resistir a la fuerza de este argumento. Afirmaba que era
preciso perder por completo el juicio para no deducir de la existencia del
mundo la existencia de Dios, a la manera que a la vista de un reloj, deducimos
la existencia de un relojero. Se discutía un día en su presencia sobre la
existencia de Dios; y él, señalando con el dedo a un reloj de pared que en la
habitación había, exclamó:
–
¡Cuánto más reflexiono, menos puedo comprender cómo podría marchar ese reloj si
no lo hubiera construido un relojero!
7. P. ¿Podemos deducir la existencia de Dios por la contemplación de los
seres vivientes?
R. Sí, La razón,
la ciencia y la experiencia nos obligan a admitir un Creador de todos los seres vivientes diseminados sobre la Tierra. Y
como ese Creador no puede ser sino Dios, se sigue que de la existencia de los
seres vivientes, podemos concluir la existencia de Dios.
Las ciencias físicas y naturales nos
enseñan que en un tiempo no hubo ningún ser viviente sobre la tierra. ¿De dónde
proviene, entonces, la vida que ahora existe en ella: la vida de las plantas,
la de los animales y la del hombre?
La razón nos dicta
que no ya la vida intelectiva del hombre, ni la vida sensitiva de los animales,
pero ni siquiera la vida vegetativa de las plantas pudo haber brotado de la
materia. ¿Razón? Porque nadie puede dar lo que no tiene; y como la materia
carece de vida, tampoco pudo darla.
Los ateos no saben
qué responder a este dilema: o bien la vida ha
nacido espontáneamente sobre la Tierra, fruto de la materia por generación espontánea; o bien hay que
admitir una causa distinta del mundo, que fecunda a la materia y hace germinar
en ella la vida. Ahora bien, después de los experimentos concluyentes de
Pasteur, nadie se atreve a defender la hipótesis de la generación espontánea; la ciencia establece que nunca nace un ser viviente si no existe un
germen vital, semilla, huevo o renuevo, proveniente de otro ser viviente de
la misma especie.
¿Y cuál es el origen
del primer viviente en cada una de las especies? Remontémonos cuanto queramos
de generación en generación; siempre llegaremos a un primer creador de todos
los seres vivientes, causa primera de todas las cosas, que es Dios. Es éste el
argumento del huevo y la gallina; pero no por ser viejo, deja de preocupar
seriamente a los ateos.
8. P. Todos los seres del
universo, ¿prueban la existencia de Dios?
R. Sí, cuantos seres existen en el universo son otras
tantas pruebas de la existencia de Dios, porque todos ellos son el efecto de
una causa que les ha dado el ser, de un Dios que los ha creado a todos.
Muy bien conocen los
sabios los elementos que integran cada uno de esos seres; y, sin embargo, no
son capaces de producir uno solo; no pueden crear ni una hoja de árbol, ni una
brizna de hierba.
Preguntaba Lamartine
a un picapedrero de S. Pont: ¿Cómo puedes conocer la existencia de Dios, si
jamás has asistido a la escuela, ni a la doctrina, ni te han enseñado nada en
tu niñez, ni has leído ninguno de los libros que tratan de Dios?
Le respondió el
picapedrero: ¡Ah, Señor! Mi madre, en primer lugar, me lo ha dicho muchas
veces; además, cuando fui mayor, conocí a muchas almas buenas que me llevaron a
casas de oración, donde se reúnen para adorarle y servirle en común, y escuchar
las palabras que ha revelado a los santos para enseñanza de todos los hombres.
Pero aun cuando mi madre nunca me hubiese dicho nada de El, y aun cuando nunca
hubiera asistido al catecismo que enseñan en las parroquias, ¿no existe otro
catecismo en todo lo que nos rodea, que habla muy alto a los ojos del alma, aun
de los más ignorantes? ¿Por ventura se precisa conocer el alfabeto, para leer
el nombre de Dios? ¿Acaso su idea no penetra en nuestro espíritu con nuestra
primera reflexión, en nuestro corazón con su primer latido? Ignoro qué opinarán
los demás hombres, señor, pero en cuanto a mí, no podría ver, no digo una
estrella, sino una hormiga, ni una hoja, ni un grano de arena, sin decirle:
¿Quién es el que te ha creado?
Lamartine
replicó: Dios – se responderá usted mismo.
–
Así es, señor – añadió el picapedrero – esas cosas no pudieron hacerse por sí
mismas, porque antes de hacer algo, es necesario existir; y si existían no
podían hacerse de nuevo. Así es como yo me explico que Dios ha creado todas las
cosas. Usted conoce otras maneras más científicas para darse razón de ello.
– No
– repuso Lamartine – todas las maneras de expresarlo coinciden con la suya.
Pueden emplearse más palabras, pero no con más exactitud.
Tercera prueba: La existencia del hombre, inteligente y libre.
9. P. ¿Podemos demostrar
particularmente la existencia de Dios, por la existencia del hombre?
R. Sí, Por la existencia del hombre, inteligente y
libre, llegamos a deducir la existencia de Dios, pues no hay efecto sin una causa capaz de producirlo.
Un ser que piensa, reflexiona, raciocina y quiere,
no puede provenir sino de una causa inteligente y creadora; y como esa causa
inteligente y creadora es Dios, se sigue que la existencia del hombre demuestra
la existencia de Dios. Podemos decir por consiguiente: Yo pienso, luego existo, luego existe Dios.
Es un hecho
indubitable que no he existido siempre, que los años y días de mi vida pueden
contarse; si, pues, he comenzado a existir en un momento dado, ¿quién me ha
dado la vida?
¿Acaso he sido yo
mismo? ¿Fueron mis padres? ¿Algún ser visible de la creación? ¿Fue un espíritu
creador?
1° No he sido yo mismo. Antes de existir,
yo nada era, no tenía ser; y lo que no existe no produce nada.
2° Ni fueron sólo mis padres los que me dieron la vida. El verdadero autor de
una obra puede repararla cuando se deteriora, o rehacerla cuando se destruye.
Ahora bien, mis padres no pueden sanarme cuando estoy enfermo, ni resucitarme
después de muerto. Si solamente mis
padres fuesen los autores de mi vida, ¡qué perfecciones no tendría yo! ¿Qué
padre no trataría de hacer a sus hijos en todo perfectos?...
Hay
además otra razón. Mi alma, que es una sustancia simple y espiritual, no puede
proceder de mis padres: no de su cuerpo, pues entonces sería material; no de su
alma, porque el alma es indivisible; ni, por último, de su poder creador, pues
ningún ser creado puede crear.
3° No debo mi existencia a ningún ser visible
de la creación. El ser humano tiene entendimiento y voluntad, es decir, es
inteligente y libre. Por consiguiente, es superior a todos los seres
irracionales. Un mineral no puede producir un vegetal; un vegetal no puede
producir un animal, ni un animal, un hombre.
4° Debo, por
consiguiente, mi ser a un Espíritu
creador. ¿De dónde ha sacado mi alma? No la sacó de la materia, pues
entonces sería material. Tampoco la sacó de otro espíritu, porque el espíritu,
que es simple, no puede dividirse. Luego, necesariamente la sacó de la nada, es
decir, la creó. Y como el único que puede
crear es Dios, es decir, el único que puede dar la existencia con un simple
acto de su voluntad, se sigue que por la existencia del hombre, queda
demostrada la existencia de Dios.
Cuarta prueba: La existencia de la ley moral.
10. P. ¿Prueba la existencia de
Dios el hecho de la ley moral?
R. Sí, la existencia de la ley moral prueba
irrefragablemente que Dios existe.
Existe, en
efecto, una ley moral, absoluta, universal, inmutable, que manda hacer el bien,
prohíbe el mal y domina en la conciencia de todos los hombres. El que obedece
esta ley, siente la satisfacción del deber cumplido; el que la desobedece, es
víctima del remordimiento.
Ahora bien, como no
hay efecto sin causa, ni ley sin legislador, esa ley moral tiene un autor, el
cual es Dios. Luego, por la existencia de la ley moral llegamos a deducir la
existencia de Dios.
El es el Legislador supremo que nos impone el
deber ineludible de practicar el bien y evitar el mal; el testigo de todas nuestras acciones; el juez inapelable que premia o castiga, con la tranquilidad o
remordimientos de conciencia.
Nuestra conciencia
nos dicta: 1° que entre el bien y el mal existe una diferencia esencial; 2° que
debemos practicar el bien y evitar el mal; 3° que todo acto malo merece castigo
como toda obra buena es digna de premio; 4° esa misma conciencia se alegra y
aprueba a sí misma cuando procede bien, y se reprueba y condena cuando obra
mal. Luego existe en nosotros una ley
moral, naturalmente impresa y grabada en nuestra conciencia.
¿Cuál es el origen
de esa Ley? Evidentemente debe haber un legislador que la haya promulgado, así
como no hay efecto sin causa. Esa ley moral es inmutable en sus principios, independiente
de nuestra voluntad, obligatoria para
todo hombre, y no puede tener otro autor que un ser soberano y supremo, que no
es otro que Dios.
Además de lo dicho,
se ha de tener presente que si no existe legislador, la ley moral no puede
tener sanción alguna; puede ser quebrantada impunemente. Luego, una de dos: o
es Dios el autor de esa ley, y entonces existe; o la ley moral es una quimera,
y en ese caso no existe diferencia entre el bien y el mal, entre la virtud y el
vicio, la injusticia y la iniquidad, y la sociedad es imposible.
El sentimiento
íntimo manifiesta a todo hombre la existencia de Dios. Por natural instinto,
principalmente en los momentos de ansiedad o de peligro, se nos escapa este
grito: ¡Dios mío!.. Es el grito de la
naturaleza. “El más popular de todos los seres es Dios – dijo Lacordaire – El
pobre lo llama, el moribundo lo invoca, el pecador le teme, el hombre bueno le
bendice. No hay lugar, momento, circunstancia, sentimiento, en que Dios no se
halle y sea nombrado. La cólera no cree haber alcanzado su expresión suprema,
sino después de haber maldecido este Nombre adorable; y la blasfemia es
asimismo el homenaje de una fe que se rebela al olvidarse de sí misma”. Nadie
blasfema de lo que no existe. La rabia de los impíos, como las bendiciones de
los buenos, testimonian la existencia de Dios.
Quinta prueba: La creencia universal del género humano.
11. P. El consentimiento de todos
los pueblos, ¿prueba la existencia de Dios?
R. Sí; la
creencia de todos los pueblos es una prueba evidente de la existencia de Dios.
Todos los pueblos,
cultos o bárbaros, en todas las zonas y en todos los tiempos, han admitido la
existencia de un Ser supremo. Ahora bien, como es imposible que todos se hayan
equivocado acerca de una verdad tan trascendental y tan contraria a las
pasiones, debemos exclamar con la humanidad entera: ¡Creo en Dios!
Es indudable que los
pueblos se han equivocado acerca de la naturaleza de Dios; unos han adorado a
las piedras y a los animales, otros al sol. Muchos han atribuido a sus ídolos
sus propias cualidades buenas y malas; pero todos han reconocido la existencia
de una divinidad a la que han tributado culto. Así lo demuestran los templos, los altares, los sacrificios,
cuyos rastros se encuentran por doquier, tanto en pueblos antiguos como entre
los modernos.
“Echad una mirada sobre la superficie de la tierra – decía
Plutarco, historiador de la antigüedad – y
hallaréis ciudades sin murallas, sin letras, sin magistrados, pueblos sin
casas, sin moneda; pero nadie ha visto jamás un pueblo sin Dios, sin
sacerdotes, sin ritos, sin sacrificios”.
El gran sabio
Quatrefages ha escrito: “Yo he buscado el
ateísmo o la falta de creencia en Dios entre las razas humanas, desde las más
inferiores hasta las más elevadas. El ateísmo no existe en ninguna parte, y
todos los pueblos de la tierra, los salvajes de América como los negros de
África, creen en la existencia de Dios”.
Ahora bien, el
consentimiento unánime de todos los hombres sobre un punto tan importante es
necesariamente la expresión de la verdad. Porque, ¿cuál sería la causa de ese
consentimiento? ¿Los sacerdotes? Al
Contrario, el origen del sacerdocio está en la creencia de que existe un Dios,
pues si el género humano no hubiera estado convencido de esa verdad, nadie
habría soñado en consagrarse a su servicio, y los pueblos jamás hubieran
elegido hombres para el culto.
¿Podrían ser la
causa de tal creencia las pasiones?
Las pasiones tienden más bien a borrar la idea de Dios, que las contraría y
condena.
¿Los prejuicios? Un prejuicio no se extiende
a todos los tiempos, a todos los pueblos, a todos los hombres; pronto o tarde
lo disipan la ciencia y el sentido común.
¿La ignorancia? Los más grandes sabios han
sido siempre los más fervorosos creyentes en Dios.
¿El temor? Nadie teme lo que no existe: el
temor de Dios prueba su existencia.
¿La política de los gobernantes? Ningún
príncipe ha decretado la existencia de Dios, antes al contrario, todos han
querido confirmar sus leyes con la autoridad divina: esto es una prueba de que
dicha autoridad era admitida por sus súbditos.
La creencia de todos
los pueblos sólo puede tener su origen en Dios
mismo, que se ha dado a conocer, desde el principio del mundo, a nuestros
primeros padres, o en el espectáculo del universo, que demuestra la existencia
de Dios, como un reloj demuestra la existencia de un relojero.
Frente a la
humanidad entera, ¿qué pueden representar algunos ateos que se atreven a
contradecir? El sentido común los ha refutado; la causa está fallada. Es
menester carecer de razón para creer tenerla contra todo el mundo. Antes que
suponer que todo el mundo se equivoca, hay que creer que todo el mundo tiene
razón.
Sexta prueba: Los hechos ciertos de la historia.
12. P. Los hechos ciertos de la historia, ¿prueban la existencia de
Dios?
R. Sí; porque un ser puede
manifestarse de tres maneras: puede mostrarse,
hablar y obrar. Ahora bien, Dios se mostró a nuestros primeros padres en el
Edén, a Moisés en el Sinaí… Habló a los
patriarcas y a los profetas. Hizo sentir su acción en el curso de los siglos, y
los milagros del Antiguo y del Nuevo Testamento, comprobados por la historia,
son hechos que demuestran la acción y la existencia de Dios.
Hay dos maneras de
conocer la verdad: 1º descubrirla uno mismo; 2º recibirla de otro. El hombre sabe o cree. Sabe cuando alcanza
la verdad con las solas facultades de su
alma, la inteligencia, la razón, la conciencia, el sentido íntimo, los
órganos del cuerpo; cree, cuando se
adhiere al testimonio de otros.
El medio más fácil para conocer a Dios es
el testimonio de la historia. La Biblia,
considerada como un simple libro
histórico, está revestida de todos los caracteres de veracidad exigidos por
la ciencia. Por más que los racionalistas clamen, es tan imposible poner en
duda los hechos históricos de la Biblia, como lo es negar las victorias de
Alejandro Magno o Napoleón.
Ahora bien, según la
Biblia, Dios se mostró de varios
modos: habló a nuestros primeros
padres, a Noé, a los patriarcas, a los profetas… Pero es evidente que para
mostrarse y hablar es necesario existir. Las milagrosas obras sensibles que
ningún agente creado puede hacer por sí mismo, no son más que las obras de Dios. Por consiguiente, los
milagros que nos cuenta la Biblia son otras tantas pruebas de la existencia de
Dios.
Séptima prueba: La necesidad de un ser eterno.
13.P. ¿Cómo se
prueba la existencia de Dios por la necesidad de un ser eterno?
R. Existe
algo en el mundo; ahora bien, si no existiera un ser eterno, nada podría
existir; luego existe un ser eterno. Es así que ese ser eterno es Dios; luego
Dios existe.
1º Que existe algo
es evidente.
2º Si desde toda la eternidad no hubiera
existido nada, nada existiría tampoco ahora. Los seres no podían darse a sí
mismos la existencia, puesto que no existían. No podían recibirla de la nada,
porque la nada es nada y no produce nada. Por consiguiente, era necesario que
existiera un primer ser eterno, para
dar la existencia a los otros.
3º Este ser eterno es Dios. El ser eterno,
por el hecho de existir desde toda la eternidad, posee un atributo, una perfección infinita: la eternidad, que es una duración sin
principio ni fin. Pero, como los atributos de un ser no pueden ser superiores a
su naturaleza, a su esencia, al modo que el brazo del hombre no puede ser más
grande que el hombre mismo, se sigue de aquí que el ser eterno, por el hecho de poseer un atributo infinito, posee
también una naturaleza, una esencia infinita; luego es infinito en toda clase
de perfecciones. Lo que es infinito bajo un aspecto lo es bajo todos. Es así
que el ser infinito es Dios. Luego Dios existe.
4º Puesto que este
ser eterno ha existido siempre, no ha podido recibir la existencia por medio de
otro: estaba solo. Tampoco se la ha podido dar a sí mismo, porque nadie se
puede crear a sí mismo, luego es necesario que este primer ser exista por la necesidad de su propia naturaleza; es el
ser que nosotros llamamos necesario.
Dios es el ser necesario, que existe porque le es esencial la existencia, como
le es esencial al círculo el ser redondo y al triángulo tener tres ángulos.
14. P. ¿Podemos
comprender a un ser eterno y necesario?
R. No, no podemos
comprender su naturaleza, porque es infinito y, por consiguiente, está por
encima de todo entendimiento finito. Tan imposible es comprenderle, como
encerrar en la cavidad de la mano la inmensidad del mar. Sin embargo, nosotros
estamos ciertos de la necesidad de su
existencia.
Como ya hemos visto,
un ser no puede existir sino por sí mismo o producido por otro; no hay término
medio entre estas dos maneras de existir. Ahora bien, los seres que pueblan el
universo no pueden existir por sí mismos, porque existir por sí mismo es existir necesariamente y desde toda la
eternidad. Pero, ¿quién no ve que sería absurdo suponer que todos los seres del
universo existen necesariamente?... Fuera de eso, no es posible que todos los seres sean producidos, porque
si todos fueran producidos, porque si todos fueran producidos, no hallaría
ninguno que les diera la existencia, y entonces ninguno existiría. Luego existe
un ser que no ha recibido la
existencia de otro, que la tiene por sí mismo, que es necesario, eterno; y este
ser eterno y necesario es aquél a quien todo el mundo llama Dios.
Este
argumento se puede presentar en una forma más científica, de la siguiente
manera:
P. ¿Puede
probarse la existencia de Dios por la existencia de un Ser necesario?
R. Sí; se
prueba de una manera científica la existencia de Dios con este sencillo
argumento:
a) Existe un ser necesario, b)
Este ser necesario es Dios; luego Dios existe.
a)
EXISTE UN SER NECESARIO
1º que existe algo
es evidente, y los mismos ateos no lo niegan: Nosotros existimos…
2º Un ser no puede
existir sin una razón suficiente de su
existencia. Este principio es de una evidencia tal, que el probarlo, además
de ser ridículo, sería inútil, ya que nadie lo discute.
3º La razón
suficiente de la existencia puede ser de dos
clases: o a la naturaleza propia de cada ser, o una causa externa. Luego todo ser existe o por virtud de su propia
naturaleza, por sí mismo, o es producido por otro. Este principio también
es evidente, pues no hay otra manera posible de existir.
4º El ser que existe
por sí mismo en virtud de su propia naturaleza, existe necesariamente, no puede menos de existir; y puesto que la existencia forma parte de la naturaleza de dicho ser, no puede
carecer de ella. Es evidente que un ser no puede menos de tener su naturaleza,
su esencia, lo que la hace ser lo que es.
Por tanto, si la
existencia forma parte de su naturaleza, existe necesariamente, y por lo mismo,
se llama el Ser necesario.
Al contrario, el ser
que debe su existencia a una causa externa, no existe sino dependientemente de
esta causa, en cuanto que ha sido producido
por ella. Podría no existir, y por eso se llama ente contingente o producido
por otro.
5º No es posible que
todos los seres sean contingentes o producidos. Y, a la verdad, el ente producido
no existe por su sola naturaleza: no existiría jamás si no fuera llamado a la
existencia por una causa extraña a él. Luego, si todos los seres fueran producidos, no habría ninguno que les
hubiera dado la existencia. Por consiguiente, si no hubiera un Ser necesario, nada existiría. Es así
que existe algo; luego existe también un Ser
necesario.
b) EL SER NECESARIO
ES DIOS
He aquí los
caracteres principales del Ser necesario:
1º El Ser necesario es infinitamente perfecto.
El Ser necesario, por
el mero hecho de existir en virtud de su propia naturaleza, posee todas las
perfecciones posibles y en grado eminente; tiene la plenitud del ser, y el ser
comprende todas las perfecciones: es pues, infinitamente perfecto.
De la misma suerte
que un círculo posee esencialmente la redondez
perfecta, así el Ser necesario posee esencialmente la existencia perfecta, la plenitud del ser; y habría contradicción en
decir: el Ser necesario es finito,
como la habría en decir que el círculo no
es redondo. Luego el Ser necesario posee todas las perfecciones, y en grado
tal que excluyen toda medida, todo límite.
2º No hay más que un solo Ser necesario.
El Ser necesario es
infinito; y dos infinitos no pueden existir al mismo tempo. Si son distintos,
no son infinitos ni perfectos, porque ninguno de los dos posee lo que le
pertenece al otro. Si no son distintos, no forman más que un solo ser.
3º El Ser necesario es eterno.
Si no hubiera
existido siempre, o si tuviera que dejar de existir, evidentemente no existiría
en virtud de su propia naturaleza. Puesto que existe por sí mismo, no puede
tener ni principio ni fin ni sucesión.
4º El Ser necesario es inmutable.
El Ser necesario no
puede mudarse, porque nunca cambia su razón de ser y la causa de su existencia,
que es su naturaleza misma. Por otra parte, mudarse es adquirir o perder algo,
mientras que el Ser perfecto no puede
adquirir nada, porque posee todas las perfecciones; y no puede perder nada, porque entonces dejaría de ser perfecto. Es
pues, inmutable.
Por consiguiente,
también es independiente, es decir,
no necesita de nadie, se basta a sí mismo, porque es el Ente que existe por sí,
infinito, perfecto, inmutable.
5º El Ser necesario es un espíritu.
Un espíritu es un
ser inteligente, capaz de pensar, de entender y de querer; un ser que no puede
ser visto ni tocado por los sentidos corporales. Todos los hombres han
distinguido naturalmente la sustancia viva, activa, inteligente, de la
sustancia muerta, pasiva, incapaz de moverse. A la primera le llamaron espíritu, y a la segunda, cuerpo o materia.
El Ser necesario es
un espíritu esencialmente distinto
de la materia. Y en verdad, si fuera corporal,
sería limitado en su ser como todos los cuerpos. Si fuera material, sería divisible y no sería infinito. Tampoco sería infinitamente perfecto, porque la
materia no puede ser el principio de la inteligencia y de la vida, que son
grandes perfecciones. Luego el Ser necesario es una sustancia espiritual,
absolutamente simple.
Pero como estos
caracteres del Ser necesario son idénticamente los mismos que los atributos de
Dios, debemos concluir que el Ser necesario es aquél a quien todo el mundo llama Dios, y que Dios existe.
DEFINICIONES DEL
CONCILIO VATICANO
Vamos a exponer aquí
las definiciones de la Iglesia, no como un argumento contra los incrédulos,
sino para hacer resaltar la perfecta armonía existente entre las enseñanzas de
la religión católica y la razón.
“La santa Iglesia
Católica, Apostólica y Romana cree y confiesa que hay un solo Dios verdadero y
vivo, creador y señor del cielo y de la tierra, omnipotente, eterno, inmenso,
incomprensible, infinito en su entendimiento y voluntad y en toda perfección;
el cual, siendo una sola sustancia espiritual, singular, absolutamente simple e
inmutable, debe ser predicado como distinto del mundo, real y esencialmente,
felicísimo en sí y de sí, e inefablemente excelso por encima de todo lo que
fuera de Él mismo existe o puede ser concebido.”
Cánones: 1º [Contra todos los errores acerca de la
existencia de Dios creador]. Si alguno negare al solo Dios verdadero
creador y Señor de las cosas visibles e invisibles, sea anatema.
2º [Contra el
materialismo.] Si alguno no se avergonzare de afirmar que nada existe fuera
de la materia, sea anatema.
3º [Contra el
panteísmo.] Si alguno dijere que es una sola: y la misma la sustancia o
esencia de Dios y la de todas las cosas, sea anatema.
4º [Contra las formas especiales del
panteísmo.] Si alguno dijere que las cosas finitas, ora corpóreas, ora espirituales,
o por lo menos las espirituales, han emanado de la sustancia divina, o que la
divina esencia por manifestación o evolución de sí, se hace todas las cosas, o,
finalmente, que Dios es el ente universal o indefinido que, determinándose a sí
mismo, constituye la universalidad de las cosas, distinguida en géneros,
especies e individuos, sea anatema.
5º [Contra los panteístas y
materialistas.] Si alguno no confiesa que el mundo y todas las cosas que en
él se contienen, espirituales y materiales, han sido producidas por Dios de la
nada según toda su sustancia, sea anatema.
Tal es la fe de la Iglesia, la cual afirma
la existencia de Dios espíritu puro, distinto del mundo y creador de todas las
cosas; ella condena el materialismo, las diversas formas de panteísmo y todos
los falsos sistemas modernos. Veremos que el sentido común los condena también
como la Iglesia.
MATERIALISMO –
PANTEISMO – POSITIVISMO – EVOLUCIONISMO
15. P. ¿Puede explicarse, prescindiendo de Dios, el origen del mundo
y de los seres que lo componen?
R. No; es
imposible. Todos los sistemas inventados para explicar el origen de los seres,
el movimiento y el orden que reinan en el mundo, la vida de las plantas y de
los animales, la vida intelectual del hombre, son absurdos, imposibles. Es
necesario recurrir a Dios todopoderoso, creador del mundo y de todo lo
existente. Hemos de decir con la Iglesia: “Creo en Dios, Creador del cielo y de
la tierra”.
Es fácil afirmar: Dios no existe; basta ser un necio: Dixit insipiens. Pero no termina todo en
este aserto: hay que explicar el mundo, el mundo existe... Cabe deslumbrar con
palabras rimbombantes de inmanencia, períodos atómicos, gases en combustión,
cantidades puras, etc., pero estas sonoras palabras nada explican.
Las pruebas de la
existencia de Dios refutan el ateísmo, quédanos por demostrar lo absurdo de los
sistemas imaginados para explicar: 1°, la existencia de la materia; 2°, la
organización del mundo; 3°, el origen de los seres vivientes. Estos sistemas
pueden reducirse a cuatro: 1°, materialismo;
2°, el panteísmo; 3°, el positivismo, y 4°, el evolucionismo o darwinismo.
16. P. ¿Qué es el materialismo?
R. El
materialismo es el grosero error que no admite más que una cosa: la materia,
cuyos átomos, primitivamente separados, se han reunido y han formado el mundo.
Según este sistema, la materia es eterna, y existe por sí sola, con sus fuerzas
y sus leyes. Semejante sistema es imposible; y es baldón de nuestra época haber
renovado estos errores paganos.
Los incrédulos
modernos, al negar a Dios, no pueden librarse de admitir las perfecciones que
este Nombre augusto representa. Las atribuyen a la materia, cuya existencia
única proclaman, haciendo de ella un ídolo. Dicen que es necesaria, eterna,
increada y creadora del orden y de la vida.
Pues nada más falso,
ni más imposible.
1° El Ser necesario no puede menos de existir; y es
evidentísimo que la materia podría no existir. ¿Cuál es el ser, tomado
individualmente, que sea necesario en el mundo? ¿Qué importan una piedra, un
árbol, una montaña más o menos? Lo que es verdadero hablando de las diversas
partes, es necesariamente verdadero hablando del todo; luego la materia no es
el Ser necesario.
2° El Ser necesario es infinito. ¿Puede decirse, por
ventura, que la materia es infinita? Toda materia ¿no es limitada? La materia
no posee ni vida ni inteligencia; no es pues, infinitamente perfecta; luego no
es el Ser necesario.
3° El Ser necesario
es inmutable; y al contrario, la
materia está sometida a toda clase de mudanzas: las combinaciones físicas y
químicas modifican diariamente su forma y manera de ser. Luego, una vez más, la
materia no puede ser necesaria.
El ateo es en
realidad digno de lástima por los absurdos que está obligado a admitir. Así: 1°
Admite una materia, por naturaleza propia soberanamente imperfecta, y que, sin
embargo, tendría una perfección infinita, la eternidad.
2° Admite una
materia absolutamente inerte, que se daría a sí misma un movimiento que no
tiene.
3° Admite una
materia desprovista de inteligencia, y que produce obras maestras de
inteligencia, como lo es la organización del universo, ese reloj inmenso y
complicado que no se rompe, que no se detiene, que no se gasta, que no se
descompone nunca.
4° Admite una
materia que no tiene vida y que produce seres vivientes como la planta, el
animal, el hombre.
5° Admite una
materia que no piensa, que no raciocina, que no es libre, y que produce seres capaces
de pensar, de raciocinar, de querer libremente, como el hombre.
Los impíos modernos,
capitaneados por Renán, han renovado el sistema de Epicuro. Suponen un número
infinito de átomos que se mueven en el vacío. Un día, estos átomos se
encontraron por casualidad, se unieron y formaron masas de las que resultaron
tierra, sol, luna, estrellas, es decir, el universo.
Su sistema es pueril
y absurdo. Suponen átomos innumerables, mas no dicen de donde salen. Los
suponen en movimiento, pero se olvidan de decir quién los mueve. Suponen que su
encuentro fortuito ha producido el mundo, pero no dicen quién es el autor del
orden admirable que reina en el mundo.
Estos incrédulos
fundan su sistema sobre tres imposibles:
1° Es imposible que
existan átomos sin un creador;
2° Es imposible que
los átomos se mueven sin un motor;
3° Es imposible que
el encuentro de los átomos haya producido el orden sin un ordenador
inteligente.
Se necesita un Dios
para crear estos famosos átomos, un Dios para ponerlos en movimiento, un Dios
para formar esos globos admirables que ruedan sobre nuestras cabezas con orden
y armonía sublimes.
Lo que se dice de
los átomos puede aplicarse igualmente a las substancias gaseosas o líquidas, a
la materia primera que ha servido para construir el mundo.
17. P. ¿Qué es el panteísmo?
R. El
panteísmo es un error monstruoso que no admite un Dios personal distinto del mundo; Dios sería el conjunto de todos
los seres del universo. Este sistema no es más que un ateísmo hipócrita;
repugna y es desastroso en sus consecuencias.
El segundo sistema
inventado para explicar el mundo, prescindiendo de Dios, se llama panteísmo. Esta palabra significa que
todo es Dios. Se presenta bajo formas muy diversas, pero su dogma constitutivo
consiste en admitir una sola substancia, de la cual los seres visibles no son
sino modificaciones o evoluciones. Es el Dios-naturaleza, el Dios-fuerza, el
Dios-energía, el Grande-Todo; es la identidad de Dios y del universo. Se puede
decir del panteísmo lo que decía Bossuet del paganismo: Todo es Dios, excepto Dios mismo.
“Según este ridículo
sistema, usted es dios y yo soy dios. Un macho cabrío y un toro que rumia son
nuestros hermanos en divinidad. Pero, ¿qué digo? Una berza, un nabo, una
cebolla, son dioses como nosotros. El hongo que usted recoge por la mañana es
un dios que brotó durante la noche. Cuando una zorra atrapa una gallina, es un
dios que atrapa a otro dios. Cuando un lobo devora un cordero, es un dios que
se devora a sí mismo. El cardo y el asno que lo como son el mismo dios. Si yo
corto a un hombre el cuello, ejecuto una acción divina... Ya ve usted cuán
razonable es todo esto y, sobre todo, cuán moral. Con este sistema no hay más
crímenes. El robo, el asesinato, el parricidio son caprichos de un dios...
¿Puede imaginarse nada más absurdo?... ¡Parece cosa de sueño ver a hombres que
se dicen filósofos escribir y enseñar semejantes estupideces!” (MAUNOURY, Veladas de otoño).
1° El panteísmo
destruye la idea de Dios; porque Dios es inmutable, infinito, perfecto y
necesario, y no puede, por tanto, ser variable, finito, limitado, imperfecto
como la materia. Es un ateísmo hipócrita.
2° Admite efectos
sin causa; porque si Dios no es un ser personal, distinto del mundo, no hay
seres necesarios, puesto que el Ser necesario es único, y entonces, ¿dónde está
la causa que ha producido el universo?...
3° Es contrario al
sentido íntimo. Yo siento, sin que haya lugar a dudas, que yo soy yo, y no
otro.
4° Contradice los
enunciados de la razón, que destruye en Dios, y en el mundo atributos
contradictorios.
5° El panteísmo es
una verdadera locura, pero una locura criminal, porque abre la puerta a los
vicios y aniquila la virtud, porque destruye toda la idea de legislador, de
ley, de conciencia, de deber, de castigo y de recompensa.
N.
B. – Hay dos formas principales de panteísmo: el naturalista, que es un
materialismo disfrazado, y el panteísmo idealista del judío holandés Espinosa y
de Hegel, popularizados en Francia por Renán, Tiene y Wacherot.
Positivismo
18. P. ¿Qué es el positivismo?
R. El
positivismo es un sistema que no admite nada real y positivo si no es materia;
no reconoce sino lo que se puede comprobar con la experiencia, y considera como
hipotético todo lo que cae bajo el dominio de los sentidos: Dios, alma, vida
futura. Este sistema degradante no es sino un materialismo hipócrita.
El
positivismo es el último progreso de la razón humana, el último término de las
evoluciones científicas. Los positivistas reconocen por jefe a Comte y por maestros a Littré, Renán,
Robinet... no quieren buscar la causa primera de los seres, declarándola
desconocida, y pretenden que no hay que tratar de ella... Según ellos, “nada
hay real y positivo más que la materia, las fuerzas que le son propias y las leyes que de ellas dimanan.
Todo lo que no se halla en los hechos es inaccesible a la razón; los hechos, y sólo los hechos
analizados y coordinados; lo demás es quimera. Lo infinito no es más que un
ideal, y, por consiguiente, no hay Dios; Dios es una ficción, o, a lo sumo, una
hipótesis, hoy completamente inútil. No hay alma espiritual: la idea, el
pensamiento no son sino productos, secreciones del cerebro. En una palabra: una
sola cosa existe, y ésta es la materia”.
Tal es el resumen de
la doctrina positivista: la negación de Dios y del alma espiritual; la moral
independiente o la moral sin Dios, que no tiene más principio ni más regla de
conducta que el sentimiento del honor. Este sistema abyecto se reduce a una
forma disfrazada del ateísmo: es un materialismo hipócrita.
La refutación de
este grosero error se halla en las diversas pruebas que hemos presentado de la
existencia de Dios. Estos pretendidos sabios se limitan a negar, sin probar
nada. Pero se necesita algo más que una simple negación para destruir nuestras
pruebas. Negar a Dios no es suprimir su existencia. Después de miles de años,
el mundo cree en Dios, y tiene derecho a reírse de esas negaciones gratuitas.
Por más que el ciego niegue la existencia del sol, el sol no dejará de
iluminar.
Los positivistas
rechazan la ley del sentido común y de la razón, que obliga a admitir una causa
productora de los fenómenos que nosotros vemos. Más allá de esta bóveda
estrellada, dice Pasteur, ¿qué hay? – Otros cielos estrellados. – Sea, ¿Y más
allá?... El espíritu humano, impulsado por una fuerza invencible, no cesará de
preguntarse: ¿Qué hay más allá? Hay que llegar a lo infinito, y solo Dios es
infinito.
Hay que llegar hasta
el Ser necesario, pues, conforme hemos visto, no todos los seres pueden ser
producidos; y no hay más que un solo Ser
necesario, y este Ser necesario, y este Ser necesario es el mismo Dios.
19. P. ¿Cuáles son las hipótesis imaginadas por los incrédulos para
explicar con exclusión de Dios, el origen de los seres vivientes?
R. Han
ideado la hipótesis de la generación
espontánea y la del evolucionismo
o darwinismo. Estos dos sistemas, que
adquirieron gran celebridad, son contrarios a las experiencias científicas; llegan
a suponer efectos sin causa y, por lo mismo, la ciencia y el sentido común los
condenan y rechazan.
1° Algunos
naturalistas, para prescindir de Dios, atribuyen el origen de los seres
vivientes a las generaciones espontáneas.
Así se llama el nacimiento de un ser vivo sin un germen anterior, por el solo
juego de las fuerzas inherentes a la materia.
2° Se llama evolucionismo el sistema según el cual
los seres vivientes más perfectos derivan de otros menos perfectos, por una
serie indefinida, desde el ser más rudimentario hasta el hombre. De acuerdo con
este sistema, los impíos pretenden que el hombre desciende del mono. El inglés
Darwin, particularmente, se ha dedicado a explicar estas transformaciones
sucesivas mediante dos agentes que llama selección
natural y lucha por la existencia.
Darwin ha dado al evolucionismo su nombre, y así se llama también darwinismo.
Estos dos sistemas,
la generación espontánea y el evolucionismo, dejan siempre sin solución la
cuestión de saber quién ha creado los primeros seres y quién les ha dado su
energía vital...
Después de los
experimentos de Pasteur y otros sabios, el sistema de las generaciones
espontáneas ha quedado definitivamente refutado. El aire y el agua están llenos
de gérmenes, para cuyo desarrollo sólo se requiere un medio propicio.
Destruidos estos gérmenes, no hay producción alguna. Todos los animales están
sometidos a la misma ley: no existen, si no son producidos por otros seres
vivos de la misma especie.
El darwinismo tiene
por base fundamental la evolución de las
especies. Pues bien, si hay algo bien comprobado es que las especies son
fijas, y no se transforman. Es posible perfeccionar las razas, pero las
especies no se mudan; son y quedan eternamente distintas. Producir una especie
nueva, decía Leibnitz, es un salto que jamás da la naturaleza; lo mismo afirman
los sabios naturalistas. Luego tal sistema está en flagrante contradicción con
las leyes de la naturaleza.
Estos enunciados,
resultados de la experiencia y de la ciencia, están confirmados también por la
historia y por la geología. Cuando se examinan las especies animales y
vegetales recogidas de las tumbas egipcias y en los yacimientos fósiles, se las
encuentran absolutamente iguales a las que viven en nuestros días. Las semillas
encontradas en esas mismas tumbas no han dejado de producir vegetales idénticos
a los nuestros.
Este sistema es
contrario a la razón; admite efectos sin causa, ¡y qué efectos! Todo el mundo
viviente. La razón por la cual una causa puede producir su efecto es porque lo
contiene de alguna manera. ¿Cómo dar lo que no se tiene? Es imposible.
Pero una cosa se
puede contener en otra, de tres maneras: 1° Formalmente
con todo su ser; así, un trozo de mármol está contenido en la cantera. 2° Eminentemente, es decir, de una manera
superior; así, la autoridad soberana contiene la de un prefecto, de un
gobernador de provincia. 3° Virtualmente,
en germen, y es la manera como todos los seres vivientes están contenidos en el
germen que los produce.
Pues bien, estos
seres vivientes no están contenidos de ningún modo en la materia bruta; por lo
tanto, existirían sin causa.
Además, ninguna
causa puede producir un efecto o un ser de especie superior a ella, porque este
grado superior de ser no tendría, como tal, una causa positiva. Ahora bien, los
seres vivientes son de naturaleza superior a la materia bruta; luego estos
seres vivientes no pueden proceder de ella, porque serían efectos sin causa.
Por las mismas
razones, los seres vivientes superiores no pueden proceder de los inferiores. Así,
el hombre no puede proceder del mono: sería un efecto sin causa. “Ningún ser –
dice Santo Tomás – puede obrar más allá de su especie, teniendo en cuenta que
la causa debe ser más poderosa que el efecto y que el efecto no puede ser más
noble que la causa.”
En resumen, el
sentido común nos dice: No se puede dar lo que no se tiene; si ni se tiene
dinero, no se puede dar dinero. Ahora bien, la materia no tiene movimiento, no
tiene vida, no tiene inteligencia: luego no puede dar ni movimiento, ni vida,
ni inteligencia. Pero en el universo hay movimiento, hay seres vivos, hay seres
inteligentes; luego existe fuera del mundo un ser superior que ha dado al mundo
el movimiento, la vida, la inteligencia. Este ser es Dios.
CONCLUSIÓN – Para
explicar el origen del mundo, se ha de admitir el dogma de la creación. Crear es sacar de la nada; crear es producir
seres por un simple acto de voluntad. Dios, por un simple acto de voluntad
omnipotente, ha creado el mundo.
La creación no
repugna por lo que respecta a la criatura, la cual es posible sin ser
necesaria; puede, pues, empezar a existir; y en efecto, nosotros vemos
muchísimas cosas que nacen y empiezan...
La creación no
repugna por lo que respecta a Dios, porque su poder es infinito; puede, pues,
producir todo efecto que no repugne. La creación, por el contrario, es digna de
Dios. Crear es obrar con toda independencia; es no depender de su acción de
ninguna materia ni de ningún instrumento. Luego la creación es posible.
El dogma de la
creación se impone. No queda fuera de ella otro medio para explicar el origen
de los seres que forman el universo. El mundo es finito, limitado, sujeto a
mudanzas, y, por lo tanto, no puede ser el ente necesario. Luego ha sido
producido por otro. No puede ser una emanación de la substancia divina, porque
el Ente divino es absolutamente simple, indivisible, inmutable. No queda otro
recurso para explicar su existencia que decir que ha sido creado por la
omnipotencia de Dios. Aquí, la razón, como la fe, se ven obligadas a exclamar: ¡Creo en Dios, Creador del cielo y de la
tierra!
20. P. ¿Cuáles son las funestas consecuencias del
ateísmo?
R. El
ateísmo conduce a las más funestas consecuencias:
1° Quita al hombre
todo consuelo en las miserias de la vida.
2° Destruye la moral
y entrega al hombre a sus perversas pasiones.
3° Hace imposible la
sociedad.
1° El ateísmo quita al hombre todo consuelo. El
corazón del hombre necesita de Dios cuando el dolor le hiere. Junto a un
féretro, al borde de una tumba, hay un solo consuelo eficaz. Suprime a Dios, ¿y
qué consuelo le ofrecerás al hombre que llora la pérdida de una madre, de una
esposa, de hijos tiernamente amados? Para ser ateo es menester no tener
corazón.
¿Qué serían, sin
Dios, los pobres, los enfermos, los débiles, los desheredados de la vida? Dios
es el amigo de los que no tienen amigos, el refugio de los perseguidos, el
vengador de los calumniados, el tesoro de los inteligentes. Sin Dios, el mundo
sería un infierno para las tres cuartas partes de la humanidad.
Si Dios no existe,
¿de qué sirve nacer para trabajar, penar, sufrir durante cincuenta o ochenta
años, languidecer algunos meses, en una cama de hospital y después morir y
convertirse en pasto de gusanos? ¿Qué nos dan los crueles sofistas que dicen
que Dios no existe? La embriaguez y la crápula: esto es lo que nos proponen en
lugar del cielo. ¡Miserables!...
¿No es mejor mirar
al cielo y decir a Dios: Padre, no te olvides de tus hijos que trabajan, que
sufren y esperan tu reino?...
2° El ateísmo destruye la moral. Si no hay
Dios, ninguna autoridad soberana importe el deber, ninguna justicia infinita
recompensa a los buenos y castiga a los malos como conviene; el hombre sin
deberes, libre del temor del castigo y sin esperanza de recompensa, no tiene
por qué no dar rienda suelta a sus pasiones. Se destruye toda moral.
Una moral es
esencialmente una regla de vida que obliga a un ser libre, prescribiéndole
ciertos actos y prohibiéndole otros. Esta regla, obligatoria como toda ley,
supone un legislador que la dicte, un juez que la aplique, un remunerador que
recompense a los que la observan y castigue a los que la violan. Si falta Dios,
no hay legislador, ni juez, ni remunerador de la virtud, ni castigador del
vicio; el hombre queda entregado a sí mismo y a sus torcidas inclinaciones. La
ley moral sin sanción carece de autoridad y será despreciada siempre que
demande esfuerzos penosos y sacrificios.
– Se nos dirá: ¿Y la conciencia?...
– Si
la conciencia que manda y prohíbe, no es el eco de la voz de Dios, ahogaremos
sus gritos y no la obedeceremos. La conciencia nada significa si no habla en
nombre de un superior. Si Dios no existe, yo desafío a todo el mundo a que se
me muestre una ley que me obligue en conciencia. ¿Quién me impide satisfacer
todas mis pasiones? ¿Con qué derecho viene un hombre a imponerme su
voluntad?... Dios es el principio de donde dimanan todos los derechos y todos
los deberes. Sin Dios, un niño será, con el tiempo, un mal hijo, un mal padre,
un mal esposo, un mal ciudadano, el primero de los impíos, el último de los
hombres. Será un joven sin buenas costumbres, un hombre maduro sin conciencia,
un viejo sin remordimientos, un moribundo sin esperanza.
3° Si no hay Dios, la sociedad es imposible.
Una sociedad no puede subsistir si no existen la autoridad que impone las
leyes, la obediencia que las cumple, y las virtudes sociales.
Ahora bien, faltando
la creencia en Dios, los gobernantes de los pueblos no tienen espíritu de
justicia, se convierten en tiranos, y en el poder no buscan más que el modo de
satisfacer sus pasiones. Los súbditos pierden el respeto a la autoridad, el
espíritu de sumisión a las leyes, y no tienen más aspiración que el placer, ni
más freno que el temor, ni más regla de conducta que la utilidad o el capricho.
Una sociedad de ateos sería ingobernable.
Si no admitimos a
Dios, no se conciben, virtudes sociales, ni justicia, ni caridad, ni espíritu
de sacrificio, ni patriotismo.
Si la justicia no es
impuesta por Dios, nadie la practicará. – Dos comerciantes ajustan una cuenta:
– ¿Quiere usted un recibo? – Entre gente honrada no es menester: Dios nos ve, y
esto basta. – ¿Usted cree en Dios? – Yo sí, ¿y usted? – Yo no. – Entonces, deme
usted pronto un recibo...
Para vivir en
sociedad hay que consagrarse al bien general, a veces hasta el sacrificio de la
propia vida. Soldado oscuro, colocado como centinela en los puestos avanzados,
y sorprendido por el enemigo, si doy la señal de alarma, caeré hecho pedazos;
la conciencia me intima que dé la señal y muera. Si Dios ha de recompensar mi
abnegación, yo acepto la muerte. Pero si Dios no existe, ¿puedo yo sacrificar
mi vida, único bien que poseo, sin tener ninguna recompensa?... Hay que morir
por la patria, se dice; pero, ¿qué me importa la patria, si Dios no existe?...
Donde no existe la
creencia en Dios, no solamente no hay virtudes sociales, sino que, por el
contrario, se multiplican todos los crímenes, y los hombres no son más que
animales salvajes que se devoran unos a otros. – Pero objetarás: ¿Y la cárcel,
y la policía?... – No siempre todos los asesinatos son descubiertos, muchos
crímenes quedan ocultos e impunes. Si no hay un Dios a quien rendir cuentas,
basta evitar la policía, o comprarla. Tal sociedad sería bien pronto un
matadero.
Todas las
sociedades, desde el origen del mundo hasta ahora, han reposado sobre tres
verdades fundamentales: la existencia de Dios, la del alma y la de la vida
futura. Remueve estas tres bases morales, y arrojarás las sociedades al abismo
de las revoluciones y las condenarás a muerte.
Los
horrores y las matanzas de la Revolución del 93 y de la Comuna de París en
1871, no eran más que el ateísmo puesto en práctica. El socialismo, que quiere
destruir la sociedad hasta en sus cimientos, es fruto natural del ateísmo: los
mismos positivistas lo declaran en sus libros y revistas. Por consiguiente, se
necesita para fundamento, y fundamento estable, de las sociedades humanas un
Dios todopoderoso, bueno, justo, creador de todas las cosas y gobernador del
mundo material por medio de leyes físicas, y de los hombres por medio de leyes
morales. Todo descansa sobre esta base.
21. P. ¿Hay realmente ateos?
R. Se dicen
ateos aquellos que niegan la existencia de Dios. Se clasifican en tres
categorías. Los ateos prácticos, que se portan como si Dios no existiera. Los
ateos de corazón, que querrían que Dios no existiera, a fin de poder entregarse
libremente a sus pasiones. Los ateos de espíritu, aquellos que, engañados por
sofismas, creen que no hay Dios.
Hay por desgracia,
un número demasiado crecido de ateos prácticos que viven sin Dios, y no le
rinden homenaje alguno.
Hay también, para
vergüenza del género humano, ateos de
corazón, que desean que no haya Dios, que así se atreven a decirlo y a
escribirlo en sus libros y en los periódicos, porque temen a un Dios que
castiga el mal.
Pero no existen
verdaderos ateos que nieguen a sangre fría y con convicción la existencia de
Dios. Solamente el corazón del insensato es el que desea que Dios no exista: Dijo el necio en su corazón, no en su
inteligencia: ¡Dios no existe!
Las principales
causas productoras del ateísmo son: 1°, el orgullo, que obscurece la razón; 2°,
la corrupción del corazón, al que molesta y espanta la existencia de Dios. Un
día le dijeron a un hombre de ingenio: - ¿Cuál es la causa de que haya ateos? –
La cosa en muy fácil de explicar, contestó; para hacer un civet[1], toma
una liebre, dice la cocinera perfecta;
para hacer un individuo que niegue la existencia de Dios, toma una conciencia y
mánchala con tantos crímenes que no pueda ya contemplarse a sí misma sin
exclamar: “¡Ay de mi, si Dios existe!” Ahí
tienes el secreto del ateísmo.
Los
que creen o aparentan no creer en Dios son, por regla general pobres ignorantes
que no han estudiado nunca la religión; o gente malvada, orgullosos, ladrones,
libertinos, interesados en que Dios no exista para que no los castigue según lo
merecen. Dios es una pesadilla de los malhechores, mucho más odiosa que la
policía, y su existencia se niega para andar con mayor libertad... “Yo quisiera
ver, dice La Bruyere, a un hombre sobrio, moderado, casto y justo, negando la
existencia de Dios; ese hombre, por lo menos hablaría sin interés; pero un
individuo así no se encuentra”. – Tened a vuestras almas en estado de desear
que Dios exista, y no dudaréis nunca de El. – J.J. ROUSSEAU.
Todos los argumentos
que presentan los falsarios sabios para librarse de creer en Dios, y
particularmente para no hacer lo que El manda, se reducen a los dos siguientes:
1° A Dios no se le ve. 2° No se le comprende.
1° Yo no creo sino lo que veo. Pero a Dios yo
no le he visto. Luego Dios no existe.
Respuesta. – Se les podría preguntar: ¿Han visto ustedes el
Asia, el Africa, la Oceanía? ¿Han visto ustedes a Napoleón o a Carlos V? - ¿Han
visto al relojero que construyó el reloj que usan? - ¿Ven el aire que respiran
y que los hace vivir? ¿El fluido eléctrico que pasa rápido como el relámpago
por el hilo telegráfico para transmitir el pensamiento hasta los últimos rincones
del mundo? ¿Ven la fuerza que en la
pólvora o en la dinamita hace pedazos las rocas más grandes? ¡Cuántas cosas
admiten ustedes sin verlas, solo porque ven sus efectos!
Pues bien, nosotros,
por nuestra parte, creemos en Dios porque vemos en el mundo los efectos de un
poder y de una sabiduría infinitos. Es cierto que a Dios no se le puede ver con
los ojos del cuerpo, porque es un puro espíritu que no se puede ver, ni tocar,
ni percibir con los sentidos. Pero, ¿acaso no tiene el hombre diferentes medios
para conocer lo que existe?
¿No existe la inteligencia, que ve la verdad con evidencia, sea que se manifieste al
espíritu como la luz se manifiesta al ojo, sea que resulte de una demostración
o raciocinio? Los que solo quieren creer lo que ven, rebajan la dignidad del
hombre y se colocan en un plano inferior a los brutos. ¿Te atreverías a negar
la luz porque no la puedes percibir mediante el oído? ¿Puede un ciego negar la
existencia del sol porque no lo ve? Pues de la misma manera, si no se ve a Dios
con los ojos del cuerpo, se le ve con la razón, se le conoce por sus obras.
Un misionero
preguntaba a un árabe del desierto: –
“¿Por qué creen en Dios? – Cuando yo percibo, respondió él, huellas de
pasos en la arena, me digo: alguien ha
pasado por aquí. De la misma manera, cuando veo las maravillas de la
naturaleza, me digo: una gran inteligencia ha pasado por aquí, y esta
inteligencia infinita es Dios”.
Uno de los más
célebres naturalistas, Linneo, decía: “En medio de las maravillas del mundo he
visto la sombra de un Dios eterno, inmenso, todopoderoso, soberanamente
inteligente, y me he prosternado para adorarle”.
Narración. – Poco
tiempo hace que vivía un viejo que no tenía menos de cien años; y este anciano,
que había estudiado durante toda su vida, era uno de los hombres más sabios de
Francia y del mundo entero. Se llamaba Chevreul.
Un
día que había hecho oración en público, un joven atolondrado de veinte años le
dijo: – “¿Usted, pues, cree en Dios? ¿Le ha visto usted? – Claro
que sí, joven, yo he visto a Dios, no en sí mismo, porque es un espíritu
puro, pero sí en sus obras.
“Sí; yo he visto su
omnipotencia en la magnitud de los astros y en su rápido movimiento.
2° Los incrédulos
dicen también: Yo no puedo creer lo que
no comprendo; y como no comprendo a Dios, no existe.
“¿Crees tú en la
tortilla?, decía, en 1846, el P. Lacordaire a un burgués incrédulo. –
Seguramente. – ¿Y comprende usted cómo el mismo fuego que hace fundir la
mantequilla endurece los huevos?” – El burgués no supo qué responder. ¡Cuántas
cosas hay que admitir sin comprenderlas! ¿Cómo la misma tierra, sin color ni
sabor, produce flores y frutos de matices y sabores tan variados? ¿Cómo el
grano de trigo se transforma en tallo, y luego en espiga de 30, 40, 50 granos?
¿Cómo el pan se convierte en carne y en nuestra sangre? ¿Qué es la luz, el
vapor, la electricidad?... ¿Qué es el cuerpo? ¿Qué es el alma? ¿Qué es la vida?
¡Misterio! Todo es misterio en torno nuestro, y a cada instante debemos
inclinar nuestra pobre razón ante muchas cosas que nos vemos forzados a
admitir.
Es indudable que
nosotros no podemos comprender a Dios, porque comprender en contener, y
nuestro espíritu es demasiado pequeño, demasiado limitado para contener a Dios,
que no tiene límites. Para comprender lo infinito
es menester una inteligencia infinita;
si el hombre pudiera comprender a Dios, Dios no sería Dios, porque no sería
infinito. Pero nosotros podemos concebir a Dios, es decir, tener un
conocimiento suficiente de su ser, de sus atributos y especialmente de su existencia.
Dios es, aquí abajo, lo
que hay de más caro y más obscuro al mismo tiempo; de más claro en su
existencia, de más obscuro su naturaleza. Es visible en sus obras, que son a
manera de otros espejos donde se reflejan sus perfecciones adorables, y está
oculto a causa de las sombras que envuelven su grandeza infinita: es el sol
oculto detrás de una nube. Pero se rasgará el velo que nos oculta la divinidad,
y, semejante al crepúsculo que anuncia el sol, el tiempo presente no es más que
la aurora del día eterno.
Narración. – El célebre
orador Combalot predicaba un día en Lyon. Acababa de exponer a su encantado
auditorio las pruebas de la existencia de Dios; y, en una conclusión enérgica,
había atacado al audaz sacrilegio de aquellos desgraciados que padecen la
locura de rebelarse contra su Creador.
El padre, agitado,
sudando a mares, baja del púlpito. Al llegar a los últimos escalones, se
detiene, se golpea la frente y vuelve a subir como si fuera a empezar un nuevo
sermón. No fue muy largo.
– Lioneses, dijo: desde
vuestra ciudad se distingue el monte Blanco. Pues bien, ¡Las ratas no se lo
comerán!...
El público quedó
maravillado y convencido. En efecto, sería cosa eminentemente ridícula una
conspiración de ratas que juraran arrasar el monte Blanco. Pero no lo será
nunca tanto como ese puñado de ateos que atacan a Dios y que se han prometido
destruirlo. ¡Podres ratas, que quieren arrasar una montaña, millones de veces
más grande que el monte Blanco de los Alpes!...
Todo en un Dios anuncia
la eternal existencia:
A Dios no se le puede
comprender ni ignorar.
La voz del universo
prueba su omnipotencia,
La voz de nuestras
almas nos le manda adorar.
III. Dios es el Creador, conservador y Señor de todas las cosas
El lo gobierna todo con su Providencia
La vista del universo nos ha mostrado la existencia de una causa
primera, de un Dios, Ser necesario, eterno, infinito, dotado de todas las
perfecciones posibles. Este mismo espectáculo nos muestra también lo que es
Dios con relación a nosotros. Dios es el Creador de todas las cosas y su
soberano Señor. El lo conserva y gobierna todo con su Providencia.
22. P. ¿Por qué se llama a Dios Creador del cielo y de la tierra?
R. Llamamos
a Dios Creador porque ha sacado de la nada el cielo, la tierra, los
ángeles, los hombres y todo cuanto existe.
Crear es hacer algo de la nada por el solo acto de la
voluntad. Sólo Dios es creador: la creación exige una potencia infinita, porque
de la nada al ser hay una distancia infinita que solo Dios puede salvar. Aunque
los hombres reunieran todos sus esfuerzos, no serían capaces de crear un grano
de arena.
23. P. ¿Por qué
ha creado Dios el mundo?
R. Dios ha creado al mundo para
su propia gloria, único fin verdaderamente digno de sus actos: Y también
para satisfacer su bondad comunicando a los seres creados la vida y la
felicidad de que El es principio.
Dios no podía crear
sino para su gloria: El debe ser el único fin de todas las cosas, por la razón
de ser su único principio. Dios no podía trabajar para otro, porque El existía
solo desde toda la eternidad. Aparte de esto, ningún obrero trabaja sino para
su propia utilidad. Si trabaja para otro, es porque espera ser remunerado.
Dios, comunicando el ser, cuya fuente y plenitud posee, no podía proponerse
otra cosa que grabar en sus criaturas la imagen de sus perfecciones,
manifestarse a ellas, ser reconocido, adorado, glorificado por ellas como un
padre es bendecido, amado, alabado por sus hijos.
24. P. ¿Cómo
procuran la gloria de Dios las criaturas inanimadas o sin inteligencia?
R. Manifestando a los hombres,
el poder, la sabiduría y la bondad de su Creador. Estas criaturas
existen para el hombre y el hombre para Dios.
Contemplando la
magnificencia del universo, el hombre aprende a conocer las perfecciones
divinas que brillan en todas partes, y se siente obligado a rendir pleito
homenaje al Autor de todas las cosas, no sólo en su propio nombre, sino en
nombre también de todos los seres inanimados o privados de razón, de los cuales
él se ve hecho rey, y cuyo intérprete y mediador debe ser necesariamente. Así, las criaturas materiales
bendicen y adoran a su Creador, no por sí mismas, sino mediante el hombre, que
como pontífice de la naturaleza
entera, ofrece un homenaje a la divinidad.
25. P. ¿Dios es
el Dueño o Señor de todas las cosas?
R. Sí; Dios
es el Dueño de todas las cosas, porque El las ha creado y las conserva.
Si el artista es
dueño de su obra, con mayor razón Dios es el Señor del universo, porque El lo
ha hecho, no solamente dándole la forma como el artista a su obra, sino
comunicándole el ser a su materia, a su substancia. Y no es todo, sino que Dios
lo conserva; de suerte que si por un solo instante dejara de sostenerlo,
inmediatamente el mundo volvería a la nada.
El dominio de Dios
es universal, porque todo lo que
existe le debe el ser y la conservación. Es absoluto, y nadie puede resistir a su poder soberano. Es necesario, es decir, que Dios no puede
abdicar de él, porque nada es independiente de Dios. Por consiguiente, si el
hombre es libre, no es independiente. Puede negar a Dios su obediencia, pero a pesar de su
rebeldía, queda sujeto a este deber.
26. P. ¿El mundo
necesita de Dios para seguir existiendo?
R. Sí; el mundo, que vino de la
nada por la voluntad de Dios, no existe sino por la misma voluntad. Es
necesario que Dios conserve los seres de una manera directa y positiva por una
especie de creación continuada.
Fue necesario que
Dios sacara de la nada el mundo para que existiera. También es necesario que lo
conserve para que no vuelva a la nada.
Para que un ser contingente o producido sea conservado en todos los momentos de su existencia,
necesita del mismo poder y de la misma acción que se necesitó para que fuera
producido, porque no contiene en sí mismo el poder de existir. Si la acción de
Dios se detiene, el ente cae en la nada.
Dios, que conserva
sus criaturas, concurre también a la
acción de éstas de una manera positiva e inmediata. Y no es que El obre en
lugar de ellas, sino que les da la facultad de obrar y las ayuda a ejercer esa
facultad. Es lo que se llama concurso
divino: las causas segundas obran siempre sometidas a la influencia de la
causa primera.
27. P. ¿Gobierna
Dios el mundo?
R. Sí; Dios gobierna el mundo con una sabiduría y
poder infinitos. Gobierna el mundo
material y el mundo espiritual; la actual sociedad civil y la sociedad
religiosa; las naciones, la familia, los individuos; El dirige todos los
acontecimientos, y nada sucede sin su orden o permiso. Este gobierno que Dios
ejerce sobre el mundo se llama Providencia.
Dios, después de
haber creado el mundo, no lo deja entregado a sí mismo: no solamente lo
conserva, sino que lo gobierna con su Providencia. Dios gobierna todas las
cosas, es decir, las dirige a su fin propio, y no sucede nada en este mundo sin
su orden o sin su permiso.
El fin de las criaturas es el objeto para
el cual Dios las ha criado; es la función a la cual el Criador las destina.
Dios provee a todos los seres de los medios necesarios para alcanzar este fin,
para desempeñar sus funciones.
Nada sucede sin orden o sin permiso de Dios, porque hay cosas que Dios quiere y ordena
positivamente, y otras que sólo permite. Dios quiere todo aquello que resulta
de las leyes establecidas por El; pero el pecado sólo lo permite; El no lo autoriza, pero lo tolera por respeto a la
libertad de que ha dotado al hombre.
28. P. ¿Qué es la
Providencia divina?
R. En su acepción más amplia,
la Providencia es el cuidado que Dios tiene de todas sus criaturas.
En sentido
estricto, la Providencia es la acción llena de sabiduría y de bondad por la
cual Dios quía a cada criatura al fin particular que le ha señalado, y a todas
a un fin general, que es su propia glorificación.
La palabra Providencia significa prever y proveer; es una operación divina por la cual Dios prevé el fin de todas sus criaturas y
las provee de los medios necesarios
para alcanzarlo. Dios dirige así todas las cosas a la realización de sus
eternos designios.
29. P. ¿Cómo se
prueba la existencia de la divina Providencia?
R. Dios no
sería infinitamente sabio, poderoso, bueno y justo, si no
velara por todas sus criaturas, particularmente por el hombre.
La historia enseña
que todos los hombres, en todos los tiempos y en todos los lugares, han creído
en la Providencia; es pues, su existencia una verdad de sentido común.
Fuera de eso, la
negación de la Providencia implica las mismas funestas consecuencias del
ateísmo.
La idea de Dios,
bien comprendida, demuestra la absoluta necesidad de la Providencia. Dios es
infinitamente sabio, luego ha debido,
al llamar a cada cosa a la existencia, señalarle un fin especial y
proporcionarle todos los medios para alcanzarlo; infinitamente inteligente, conoce todas las
necesidades de sus criaturas; infinitamente poderoso,
tiene todos los medios para auxiliarlas; infinitamente bueno, las ama como a hijos, y es imposible que no se cuide de su
perfección y de su felicidad; infinitamente justo,
debe premiarlas y castigarlas según sus propios méritos.
Negar estos
atributos es negar a Dios.
El orden y la
armonía que reinan en el universo son una prueba de la divina Providencia; si
Dios no gobernara el mundo, reinarían en él, de mucho tiempo atrás, la
confusión y el caos. El orden que brilla en él proclama que el Ordenador no
abandona su obra; así como la marcha segura del tren nos advierte que el
maquinista está siempre en su puesto.
Todos los pueblos de
la tierra han admitido la Providencia: los sacrificios
y las oraciones son una prueba
concluyente. Estos actos de recurrir a Dios en las calamidades no tendrían
razón de ser, si no se creyera en la intervención divina en las cosas humanas.
La sabiduría popular
ha concretado en dos proverbios su fe en la Providencia: El hombre se agita y Dios le lleva. – El hombre propone y Dios dispone.
Esa es la verdad.
Hablar de casualidad es una necedad. Nada marcha solo, porque nada se ha hecho
solo. Nada sucede casualmente, porque nada sucede sin la voluntad de Aquél que
lo ha hecho todo.
Atribuirlo todo al
azar o a las leyes de la naturaleza, pretender que Dios no se cuida de nosotros, es lo mismo que negar la existencia
del verdadero Dios. Las
consecuencias de esta negación serían tan demoledoras de toda la sociedad
humana como las del ateísmo.
30. P. ¿Cómo
gobierna Dios el mundo con su Providencia?
R. Dios ordinariamente no obra sino tras el velo de las causas segundas, es decir, de leyes por
El establecidas. El rige los seres privados de razón por medio de las leyes
físicas e inflexibles que jamás deroga sin especiales razones, aunque deban resultar
algunos desórdenes parciales. Dios dirige a los hombres, seres racionales y
libres, por medio de leyes morales;
les impone la obligación o el deber
de observarlas, pero no los fuerza a ello, por respeto a su voluntad libre.
Los seres privados
de razón alcanzan su fin particular, necesariamente, y por eso mismo su fin
general, que es la glorificación de Dios. De acuerdo con las leyes que Dios ha
establecido y que El dirige, cada día
el sol nos alumbra, la tierra nos sostiene, el fuego nos calienta, el agua nos
refresca; toda criatura, todo elemento se mantiene y obra según reglas
constantes, cuyo autor y guardián es Dios mismo.
El ha dictado a los
hombres leyes morales, cuya
observancia debe llevarlos a su fin particular, que es la salvación, y al fin general de la creación, que es la glorificación
de Dios. El hombre, haga lo que haga, procura siempre la gloria de Dios, pero
no siempre consigue su salvación; porque Dios le deja en libertad, lo mismo
para el bien que para el mal. Dios da a todos los hombres los medios necesarios
para alcanzar su fin; y ellos tienen la culpa si no lo consiguen. Dios
subordina las cosas del tiempo a las de la eternidad; por ejemplo, si el justo
no es recompensado en este mundo, lo será en el otro.
31. P. ¿No es indigno
de Dios cuidar de todos los seres, aun los más ínfimos?
R. No; si
Dios ha creído ser digno de El crearlos, ¿por qué ha de ser indigno de El velar
por ellos? Precisamente porque el sol es muy grande y está muy alto, sus rayos
llevan a todas partes la luz y la vida. Porque Dios es infinitamente grande, no
hay chico ni grande en su presencia. Hay criaturas que El ha hecho por un acto
de bondad de su corazón, y que El conserva, sostiene y alimenta, como un padre
y como una madre.
El a los
pajarillos alimenta,
Y su
bondad la creación sustenta.
32. P. Si Dios cuidara de nosotros. ¿Habría diferencia de
condiciones? ¿Por qué hay ricos y pobres?
R. La
desigualdad de condiciones proviene necesariamente de la desigualdad de aptitudes,
de las cualidades físicas, intelectuales y morales de los hombres. Dios no debe
a cada uno de nosotros más que los medios necesarios para conseguir nuestro
fin, y no está obligado a dar a todos los mismos dones de fuerza, de
inteligencia, etc.
Fuera de eso, esta
desigualdad concurre a la armonía del universo y se convierte en fuente de las más hermosas virtudes y en
lazo de unión entre los hombres.
1º La desigualdad de
condiciones es debida frecuentemente al hombre, más que a Dios mismo. Es el resultado
de la actividad de unos y de la negligencia de los otros.
2º Esta desigualdad
entra también en el plan divino, porque es necesaria a la sociedad humana. Si
todos los hombres fueran ricos, nadie querría trabajar la tierra; si todos
fueran pobres, nadie podría dedicarse a las artes, a las ciencias, a la
industria, etc.; luego es necesario que haya ricos y pobres.
3º La desigualdad de
condiciones manifiesta las más hermosas cualidades del hombre. Es hermoso ver
al rico despojarse de sus bienes para socorrer al pobre; como lo es ver al
pobre soportar las privaciones con paciencia y resignación a la voluntad de
Dios… He aquí por qué esta desigualdad concurre a la armonía del universo; ella
aproxima el rico al pobre, el débil al poderoso y, por las hermosas virtudes de
la caridad, bondad y gratitud, establece entre ellos los dulces lazos de la
verdadera fraternidad.
4º Por último, es la
otra vida la que restablecerá el equilibrio: los últimos, es decir, los pobres, serán
los primeros, porque con sus penas y sufrimientos habrán adquirido mayores
méritos.
33. P. Si Dios cuidara de nosotros, ¿habría padecimientos en este
mundo?
R. Los
sufrimientos provienen, frecuentemente, de nuestras propias faltas: tendríamos
menos que padecer, si fuéramos más moderados en nuestros deseos, más razonables
en nuestros proyectos, más sobrios y templados en nuestra vida.
Dios permite el
dolor, ya para hacernos expiar nuestros pecados, ya para probar nuestra
fidelidad, así en la desgracia como en la dicha; ya finalmente, para desasirnos
de este mundo de destierro y obligarnos a considerar el cielo como nuestra
verdadera patria.
1º Los males del
cuerpo son, generalmente debidos a las culpas del hombre. ¡Cuántas enfermedades
son el resultado de la sensualidad y de la intemperancia! Son una expiación que
la naturaleza impone a los que infringen sus leyes.
2º Hay otros males
que son consecuencia de leyes generales establecidas por Dios para el gobierno
del mundo: un hombre cae en el fuego, se quema. ¿Está Dios obligado a hacer un
milagro para impedir este accidente?..
3º Por último los males físicos pueden venirnos también
directamente de Dios, sea como castigos
por faltas cometidas; sea como pruebas
para hacernos adquirir méritos; sea como medios
de que Dios se sirve para convertirnos y desapegarnos de los bienes terrenos.
¡Cuántos
hombres se perderían, embriagados por los placeres! Dios los detiene por la
prueba, por la ruina, por las desgracias. El sufrimiento es para ellos lo que
los azotes para el niño. Con el dolor se convierten. Nada aproxima tanto el
hombre a Dios como el sufrimiento.
34. P. Si Dios cuidara de nosotros, ¿podría existir el mal moral o el
pecado?
R. Sí;
porque Dios no es la causa. Al contrario, lo detesta y castiga; pero lo permite para dejar al hombre el uso de su
libre albedrío y para sacar bien del mal.
Dios no es la causa
del mal moral: Dios nos dio la libertad, lo cual es un bien; el pecado es el
abuso de nuestra libertad, y en eso consiste el mal. La libertad viene de Dios;
el abuso, del hombre. El mal es la consecuencia de la libertad otorgada al
hombre.
Dios llama a todos
los hombres a la virtud para coronarlos a todos en el cielo; pero a su servicio
no quiere sino voluntarios; por eso
deja la posibilidad del mal.
Indudablemente Dios
tendría un medio radical para impedir el mal, y sería quitarnos la libertad;
pero entonces ya no habría mérito. Ahora bien, hay más gloria para Dios en
tener criaturas que le sirvan
voluntariamente, que en tener máquinas
dirigidas por una fuerza irresistible. “Para impedir que el hombre sea un
malvado, ¿será preciso reducirlo al instinto y convertirlo en bestia?” No; Dios
lo ha hecho libre, a fin de que fuera bueno y feliz.
Además, Dios permite
el mal para sacar un bien mayor; así ha permitido el pecado original, para
repararlo con la Encarnación; ha permitido la malicia de los judíos contra
nuestro Señor Jesucristo, para salvar el mundo; permite las persecuciones para
hacer brillar el heroísmo de los mártires… El mundo se vería privado de grandes
bienes, si el mal no existiera.
¿En qué consiste el
bien que Dios saca del pecado? Consiste 1º en que lo hace servir a la ejecución
de los designios de su Providencia; 2º en que hace brillar su bondad, atrayéndose nuevamente al
pecador, o su misericordia,
perdonándolo cuando se arrepiente, o su justicia
castigando los crímenes; 3º en que el pecador, cuando se convierte, repara los
ultrajes hechos a Dios con su penitencia y humillación voluntarias, y a veces,
haciéndose más virtuoso y afirmándose más en el bien.
35. P. La prosperidad de los malos y las pruebas de los justos, ¿no
deponen contra la providencia?
R. No;
porque no es cierto que todos los malos prosperen y todos los justos sufran
tribulaciones; los bienes y los males de este mundo son, en general, comunes a
todos los hombres.
Además, no hay en el
mundo hombre tan malo que no haga alguna obra buena durante su vida; y Dios se
la recompensa dándole la prosperidad aquí abajo, reservándose castigar sus
pecados en el infierno. Del mismo modo, no hay hombre tan justo que no cometa
algunas faltas. Dios se las hace expiar en la tierra, reservándose premiar sus
virtudes en el cielo.
Hay pecadores que
viven en prosperidad, porque Dios quiere atraérselos por la gratitud, o
premiarles aquí en la tierra el poco bien que han hecho, si deben ser condenados
eternamente. A veces, sin embargo, Dios castiga aún aquí, y de manera ejemplar,
a los escandalosos y a los perseguidores
de la Iglesia.
También hay justos
en la prosperidad, según los hechos atestiguan; pero no se ven libres de
sufrimientos, porque los sufrimientos y las pruebas de esta vida están
destinados:
1º A desapegar a los
justos de todos los falsos bienes de la tierra;
2º A hacerlos entrar
en sí mismos, para mejorarlos y perfeccionarlos;
3º A hacerles
granjear más méritos y, por consiguiente, mayor felicidad eterna;
4º A hacerlos más
semejantes a Jesucristo, modelo de los escogidos;
5º A hacerlos expiar
sus pecados en este mundo, donde las deudas con la justicia divina se pagan de
una manera mucho menos penosa que en el purgatorio.
Fuera de eso, el
justo es, a pesar de todo, más feliz que el malvado, porque goza de la paz de alma, mientras que el malvado es
presa de sus remordimientos y de sus pasiones tiránicas.
Se dice muchas
veces: ¿Por qué Dios no castiga
inmediatamente a los malos? Dios es paciente, porque es eterno; porque
quiere dar lugar al arrepentimiento; porque si castigara siempre el vicio aquí
en este mundo, y aquí también recompensara la virtud, el hombre no practicaría
el bien sino por interés. Finalmente nosotros no conocemos el plan divino, y
debemos creer que Dios tiene buenas razones para proceder como procede.
36. P. ¿Cuáles
son nuestros deberes para con la divina Providencia?
R. 1º
Adorar con humildad, en todo, las disposiciones de la divina Providencia.
2º
Dar gracias a Dios por los bienes concedidos y valernos de ellos para nuestra
salvación.
3º Recibir con
alegría, o por lo menos con paciencia, los males que nos envía, convencidos de
que, viniendo de tan buen Padre, debe ser para nuestro bien.
4º Ponernos en sus
manos con confianza y entrega absoluta de nosotros mismos, según esta regla de
los santos: cada cual debe obrar y
trabajar como si todo tuviera que esperarlo de sí mismo: y cuando haya hecho
todo lo que estaba de su parte, no esperar nada de su trabajo, sino esperarlo
todo de Dios.
SEGUNDA VERDAD
TENEMOS ALMA
El hombre, criatura de Dios, posee un alma inteligente, espiritual,
libre e inmortal
37.
P. ¿Qué es el
hombre?
R. El hombre es una criatura
racional compuesta de cuerpo y alma.
El hombre es una criatura, es decir, un ser que viene de
la nada por el poder de Dios. Es una criatura racional, es decir, inteligente, capaz de discernir el bien del
mal, lo verdadero de lo falso, lo justo de lo injusto. Es la razón la que distingue eminentemente al
hombre del animal y de las otras criaturas del mundo visible.
El hombre se compone
de un cuerpo y de un alma. El cuerpo es esta envoltura exterior, esta
substancia material que vemos, que tocamos; se compone de diversas partes: son
nuestros miembros y nuestros diversos órganos. El alma es una substancia invisible
que vive, siente, piensa, juzga, razona, obra libremente y
da al cuerpo el ser, el movimiento y la vida.
La unión del alma con el cuerpo constituye
al hombre y lo hace un ser intermedio entre los ángeles, que son espíritus
puros, y las criaturas sin inteligencia o son vida, que son materia.
Así, pues, el cuerpo
y el alma son dos substancias distintas, y su unión íntima, substancial,
personal, constituye el hombre.
38. P. ¿Es cierto
que tenemos alma?
R. Sí; es muy cierto que
tenemos alma, pues hay algo en nosotros que vive e imprime el movimiento a nuestros miembros; algo que siente, que conoce, que piensa, raciocina y obra libremente. Pero como el cuerpo por sí mismo es inerte, sin
vida, sin sentimiento, sin inteligencia y sin voluntad, un cadáver, debemos
concluir que hay en nosotros algo diferente del cuerpo, y ese algo es el alma.
Se llama alma, en general, el principio vital que da la vida a los
seres vivientes de este mundo sensible; la planta,
el animal, el hombre. Pero como el alma del hombre es infinitamente superior a
los otros principios de vida, en el lenguaje ordinario, la palabra alma designa
el alma humana.
Tenemos un alma.
Todo efecto supone una causa; todo viviente supone un principio de vida. La materia
no vive.
Tenemos en nosotros
tres facultades principales: estas facultades son otras tantas pruebas de la
existencia del alma.
1º Estamos dotados
de sensibilidad. Ahora bien, si
tocamos un cadáver; nada siente. ¿Por qué? Porque el alma ya se ha ido de ese
cuerpo.
2º Somos inteligentes. Tenemos la facultad de
pensar o de tener ideas. Pero la idea
es algo simple e indivisible. Sería absurdo decir que el pensamiento es largo o
ancho, redondo o cuadrado, verde o rojo… Luego el pensamiento no puede ser producido
por un principio compuesto de partes,
como todo lo que es materia. Hay, pues, en nosotros un alma distinta del
cuerpo, simple e indivisible como el pensamiento.
3º Tenemos una voluntad activa; mientras que la materia
carece de movimiento y de acción propia. Si nuestro cuerpo se mueve a impulso
de nuestra voluntad, quiere decir que está sujeto al poder de un alma que lo
anima.
APENDICE
BREVE LECCION DE
FILOSOFIA
Para conocer mejor al
hombre es conveniente conocer también los demás seres que le rodean y le
sirven.
En este mundo
visible no hay más que tres clases de seres vivientes: las plantas, los animales y
el hombre. Admítase distinción entre
las tres cosas siguientes:
1º El principio vital de las plantas.
2º El alma sensitiva de los animales
3º El alma inteligente del hombre.
1º El principio
vital de las plantas. – Los actos de la vida
vegetativa son tres: 1º, la planta se nutre; 2º, crece y se desarrolla; 3º,
se propaga, es decir, produce una planta igual.
La materia bruta no
vive; luego la planta necesita de un principio de vida. ¿De qué naturaleza es
el principio vital de la planta? Los
sentidos no lo perciben: sólo la razón, en vista de los fenómenos que ese
principio produce, determina sus caracteres esenciales.
Es simple, inmaterial, aunque de una manera
imperfecta, puesto que no existe sino con la materia. Se diferencia de las fuerzas físicas y químicas del organismo,
porque la química no puede producir ningún ser viviente, ni siquiera una
substancia orgánica.
Es producido por la
virtud de la semilla, no obra sino en unión con el cuerpo organizado, y
desaparece cuando la planta muere.
Nosotros, los
cristianos, sabemos que este principio vital viene de la palabra creadora de Dios,
que ha dado la vida a los seres vivientes de la tierra y con ella el poder de
reproducirse: Produzca la tierra hierva
verde y semilla, y árboles frutales, que den fruto cada uno según su género,
cuya simiente esté en él mismo sobre la tierra. Y así se hizo (Gén., I,11).
2º Alma de los animales. – El animal
posee una vida superior a la de la planta: goza a la vez de la vida vegetativa y de la sensitiva. Su alma, más noble y poderosa
que la de las plantas, produce seis actos:
los tres de la vida vegetativa: nutrirse, crecer y reproducirse como la planta,
y los tres actos de la vida sensitiva.
Efectivamente, esta
vida se muestra por tres actos. 1º, la sensación:
el animal conoce y experimenta las sensaciones de frío, de hambre o de placer o
de dolor; 2º, el movimiento espontáneo:
el animal se traslada de un lugar a otro; 3º, la fuerza estimativa y el instinto,
que da al animal la facultad de elegir lo que le es útil y evitar lo que le
sería nocivo.
No hay más que un
solo y único principio de vida en cada animal, en cada cuerpo orgánico: tenemos
la prueba de la unidad indivisible de
cada ser viviente; en la armonía de
sus funciones, que tienden a un fin común; en la identidad persistente del ser, a pesar del cambio continuo de sus
elementos materiales.
El alma de los
animales es una realidad que ni es
cuerpo ni es espíritu: es un principio
intermedio entre el cuerpo y el espíritu; aparece con la vida en el animal,
es en él un principio de vida, y se extingue con la misma vida.
El alma de los
animales es simple, inmaterial,
indivisible; si así no fuera, no sería capaz de experimentar sensaciones:
la materia bruta no siente y la planta tampoco: Es el alma sensitiva la que da a los animales la facultad de sentir las impresiones de los exterior,
la que los dota de sentidos exteriores,
como la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto, y de los sentidos internos: la imaginación y la memoria sensibles.
Con todo, el alma de
los animales no puede obrar sino en cuanto forma con los órganos un mismo principio de operación; sin el
concurso del cuerpo no puede producir acto alguno. Por eso depende
absolutamente del cuerpo, y le es imposible vivir sin él. Esta alma es
producida por la generación: viene
con el cuerpo y con él desaparece.
Sólo a la voz y
mandato de Dios Creador la tierra produjo animales vivientes, cada uno según su
especie. Dijo Dios también: Produzca la
tierra alma viviente según su género
(Gén., I,24). La palabra de Dios es eficaz: basta que hable para que todas las cosas
existan. Así, la Sagrada escritura afirma de una manera más explícita, que
todos los animales tienen un alma que no es su cuerpo, y que esta alma viviente es el principio de la vida
del cuerpo. Esta alma no es creada
directamente por Dios, sino engendrada
por la virtud que el Creador da a los primeros a animales para reproducirse.
El modo como Moisés
narra la creación de los animales y del hombre, muestra la diferencia esencial
que existe entre ellos. El alma sensitiva,
salida de la tierra juntamente con el cuerpo, desaparece con él en la tierra;
mientras que el alma del hombre, soplo de
vida infundido por Dios en su cuerpo, es la obra inmediata de Dios, recibe el ser por la creación, y debe volver a
Dios, su Creador y Padre.
3º El alma inteligente del hombre. – El más noble de
los seres vivientes de este mundo sensible es el hombre. El posee la vida vegetativa: como las plantas, se
nutre, crece y se sobrevive en sus hijos. Posee la vida sensitiva: como los animales, siente, se mueve de un lugar a
otro y elige lo que le conviene. Pero, además, posee la vida intelectiva, que establece una distancia casi infinita entre
el hombre y los seres inferiores.
En el hombre no hay
más que un solo y único principio de
vida: el alma inteligente; es el
mismo ser que vive, que siente, que piensa, que obra libremente.
La unidad del hombre es un hecho más íntimo y más profundo que la conciencia.
Aquí, como siempre, la razón y la fe marchan de perfecto acuerdo[2].
El alma humana
contiene de una manera superior las fuerzas
del principio vital y del alma sensitiva, al modo que una moneda
de gran valor contiene en sí muchas otras de menor valor. Ella produce, con
relación al cuerpo y de una manera mucho más perfecta, todo lo que los principios inferiores producen en las
plantas y el los animales; y por añadidura ejerce en sí misma y por sí misma
los actos de la vida intelectiva.
Esta vida intelectiva se manifiesta también
por tres actos, eminentemente superiores a los otros:
1º El acto de pensar, de formar ideas;
2º El acto de raciocinar, de inventar, de
progresar;
3º El acto de querer libremente.
Una ligera
explicación sobre cada uno de estos actos nos va a mostrar la diferencia esencial que existe entre el
hombre y el bruto.
1º El hombre
piensa, abstrae, saca de las imágenes materiales suministradas por los
sentidos, el universal, es decir,
ideas universales, generales, absolutas; concibe las verdades intelectuales,
eternas. Conoce cosas que no perciben los sentidos, objetos puramente
espirituales, como lo verdadero, lo bueno, lo bello, lo justo, lo injusto. Sabe distinguir las causas y
sus efectos, las substancias y los accidentes, etc.
No pasa lo mismo con
el animal. Indudablemente el animal ve, oye y sabe hallar su camino, reconocer
a su amo, recordar que una cosa le hizo daño, etc. Pero el conocimiento del
animal está limitado a las cosas
sensibles, a los objetos particulares. No tiene ideas generales, no conoce
sino aquello que cae bajo sus sentidos, lo concreto, lo particular, lo
material: ve, por ejemplo, tal árbol, tal flor, pero no puede elevarse a la idea general de un árbol, de una flor;
así, el perro se calienta con el placer al amor de la lumbre, pero no tendrá
jamás la idea de encender el fuego ni aun la de aproximarle combustible para
que no se extinga.
El hombre conoce el bien y el mal moral. – El hombre goza
del bien que hace, y siente remordimientos
si obra mal. El animal no conoce más que el bien agradable y el mal nocivo a sus sentidos: jamás hallaréis a un animal
rastros de remordimientos. Así como no conoce la verdad, este alimento de los espíritus, tampoco conoce el deber, esta fuerza de la voluntad, esta
alegría austera del corazón. El bien y el mal moral no pueden ser conocidos
sino por la inteligencia.
2º El hombre raciocina, inventa, progresa, habla. – El
hombre analiza, compara, juzga sus ideas, y de los principios y axiomas que
conoce, deduce consecuencias. Calcula, se da cuenta de las cosas; sabe lo que
hace y por qué lo hace. Descubre las leyes y las fuerzas ocultas de la
naturaleza, y sabe utilizarlas para invenciones maravillosas. Por su facultad
de raciocinar, inventa las ciencias, las artes, las industrias, y todos los
días descubre algo admirable.
El animal no
raciocina, no calcula, no tiene conciencia de sus acciones, se guía solo por el
instinto. Jamás aprenderá ni la
escritura, ni el cálculo, ni la historia, ni la geografía, ni las ciencias, ni
las artes, ni siquiera el alfabeto. Nada inventa, ni hace progreso alguno: los
pájaros construyen su nido hoy como al siguiente día de haber sido creados.
No cabe la menor
duda de que el hombre, valiéndose de los sentidos, de la memoria y de la
imaginación sensible del animal, puede llegar a corregirlo de ciertos defectos
y hacerle aprender algunas habilidades; pero por sí mismo el animal es incapaz de progreso. El hombre puede
amaestrarlo, pero él de suyo no tiene
iniciativa.
Sólo el hombre habla. – Por su razón, el hombre posee la
palabra hablada y la palabra escrita. Sólo el hombre tiene la intención explícita
y formal de comunicar lo que piensa: capta los pensamientos de los otros y dice
cosas que han pasado en otros tiempos y que no tienen ninguna relación con su
naturaleza.
El animal no lanza
más que gritos para manifestar, a pesar suyo, el placer o el dolor que siente;
pero no tiene lenguaje, porque no tiene pensamiento.
3º Sólo el hombre obra libremente. – Es libre para
elegir entre las diversas cosas que se le presentan. Cuando hace algo se dice:
Yo podrá muy bien no hacerlo.
El animal no es
libre, y tiene por guía un instinto ciego
que no le permite deliberar o elegir. Por eso no es responsable de sus actos;
y, si se le castiga después de haber hecho algo inconveniente, es a fin de que
no lo repita, recordando la impresión dolorosa que le causa el castigo.
Por último, el
hombre tiene el sentimiento de la divinidad, se eleva hasta Dios, su Creador, y
le adora; tiene la esperanza de una vida futura, y este sentimiento religioso es tan exclusivamente suyo, que los paganos
definían al hombre: Un animal religioso.
Así, el hombre, a
pesar de su inferioridad física, domina
los animales, los doma, los domestica, los hace servir a sus necesidades o
placeres y dispone de ellos como dueño, como dispone de la creación entera.
Basta un niño para conducir una numerosa manada de bueyes, cada uno de los
cuales, tomado separadamente, es cien veces más fuerte que él. ¿De dónde le
viene este dominio? No es, por cierto, de su cuerpo; le viene de su alma inteligente, porque ella es
espiritual, creada a imagen de Dios.
El hombre es el ser
único de la creación que reúne a sí la naturaleza
corporal y la naturaleza espiritual,
y se comunica con el mundo material mediante los sentidos, y con el mundo
espiritual mediante la inteligencia.
39. P. ¿Qué es el alma del hombre?
R. El alma del hombre es una
substancia espiritual, libre e inmortal, criada a semejanza de Dios y destinada
a estar unida a un cuerpo.
1º El alma es una substancia. – Una substancia,
según la misma palabra, indica, es una
cosa, una realidad que subsiste sin necesidad de estar en otra para
existir.
2º El alma es un espíritu. – Un espíritu es un ser simple,
inmaterial, substancial, vivo, capaz de existir, conocer, querer y obrar
independientemente de la materia. Un espíritu es inmaterial, es decir, inextenso, indivisible, que no tiene ninguna
de la propiedades sensibles de la materia, y no puede ser percibido por los
sentidos.
Dos condiciones se
requieren para constituir un espíritu:
a)
Es necesario que sea simple; inmaterial, indivisible.
b)
Que sea independiente de la materia en su existencia y
en sus principales operaciones.
3º El alma es libre, es decir, el alma posee la facultad de determinarse
por su propia elección, de hacer una cosa preferentemente a otra, de obrar el
bien o de hacer el mal. Esta facultad se llama libre albedrío.
4º El alma es inmortal, es decir, que la naturaleza del alma
pide una existencia que no tenga fin: debe sobrevivir al cuerpo y no dejar
nunca de vivir.
5º El alma es creada a imagen de Dios, porque es capaz, como
El, de conocer, de amar y de obrar libremente. Dios es un espíritu, nuestra
alma es un espíritu; Dios es inteligente, nuestra alma es inteligente; Dios es
eterno, nuestra alma es inmortal; Dios es inmenso, está presente en todas
partes y todo entero en todos los sitios del mundo; nuestra alma está presente
en todo nuestro cuerpo y toda entera en todas y cada una de las partes del
cuerpo que ella anima. El alma es imagen de Dios.
6º El alma está destinada a unirse al cuerpo para
formar con él una sola naturaleza humana, una sola persona con un yo único. El alma comunica al cuerpo el
ser, el movimiento, la vida; y el cuerpo animado
por el alma, completa la naturaleza humana de tal suerte que el hombre resulta de la unión de estas dos
substancias.
40. P. ¿Cuáles
son los principales cualidades del alma?
R. Las
principales cualidades del alma son tres: el alma es espiritual, libre e inmortal.
Estas tres grandes
prerrogativas: la espiritualidad, la libertad y la inmortalidad constituyen la naturaleza del alma humana, la
distinguen esencialmente de todos los
seres inferiores y la hacen semejante a los ángeles y a Dios mismo.
41. P. ¿Cómo
probamos que nuestra alma es un espíritu?
R. Se
prueba que el alma del hombre es un espíritu por sus actos, como se prueba la
existencia de Dios por sus obras. Es un principio evidente que las operaciones
de un ser son siempre conformes a su naturaleza: Se conoce al operario por sus obras. Es así que nuestra alma produce
actos espirituales, como los pensamientos,
los juicios, las voliciones; luego nuestra alma es espiritual.
Hemos probado ya que
el alma existe, que es simple y distinta del cuerpo. Nos queda por demostrar
ahora que es un espíritu, es decir,
una substancia espiritual capaz de existir y de ejercer, sin el cuerpo, actos
que le son propios.
1° Todo el mundo
reconoce que se puede juzgar de la naturaleza de un ser por sus actos: por la obra se conoce al operario. Los actos
de un ser son conformes a su naturaleza; el efecto no puede ser de una
naturaleza superior a su causa: así hablan en todos los siglos la razón y
la ciencia. Si, pues, un ser produce actos espirituales, independientes de la
materia, él mismo debe ser espiritual, independiente de la materia.
2° Nuestra alma
produce actos espirituales. La inteligencia
conoce objetos invisibles, incorpóreos, eternos, que el cuerpo no puede
alcanzar, como lo verdadero, lo bello, lo bueno, el deber, lo justo, lo injusto... Nosotros juzgamos del bien y del mal; discernimos lo
verdadero de lo falso; por el raciocinio vamos de las verdades conocidas a las
desconocidas y establecemos los principios de las diversas ciencias... Ahora
bien, estas operaciones no pueden depender de un órgano material, porque el
objeto de las mismas es completamente inmaterial; luego, para producirlas, se
requiere una substancia espiritual. Así, los actos de nuestra inteligencia
prueban que nuestra alma es un espíritu; pues si así no fuera, el efecto sería
superior a su causa, y el acto no sería conforme a la naturaleza del ser que lo
produce.
3° La voluntad, por su parte, tiende hacia
bienes inaccesibles a los sentidos y a sus apetitos. Necesita de un bien infinito, del bien moral, de la virtud,
del orden, del honor, de la ciencia... A
veces, para conseguir estos bienes, llega hasta sacrificar los bienes
sensibles, únicos que deberían conmoverla, si fuera una facultad orgánica.
Luego, la voluntad, tan prendada de los bienes espirituales y despreciadora de
los objetos materiales, es una facultad espiritual que no puede hallarse sino
en un espíritu.
La voluntad es dueña absoluta de sus
operaciones; se determina a sí misma a obrar o no; la voluntad es libre. Mi conciencia me dice que cuando mi cuerpo busca
el placer, yo puedo resistirle; cuando mi estómago siente hambre, yo puedo
negarme a satisfacerla; además, yo puedo infligir a mi cuerpo castigos y
austeridades, a pesar de los sufrimientos de los sentidos. Ahora bien, ¿cómo
podríamos nosotros tener imperio y libre albedrío sobre nuestras tendencias
instintivas, si la inteligencia y la voluntad no tuvieran actos propios,
independientes del cuerpo, si nuestra alma no fuera espiritual? Sería
imposible.
Nuestra
alma es, pues, espiritual.
42. P. ¿Quiénes niegan la espiritualidad del alma?
R. Los materialistas y los positivistas. Ellos afirman que nada existe fuera de la materia y
de las fuerzas que le son inherentes; su sistema se llama materialismo. Es una doctrina absurda, degradante, contraria al
buen sentido, a la conciencia, a la sana filosofía, no menos que a la religión.
Efectivamente, si no
hay más que materia, no hay inteligencia, ni libertad, ni ley moral, ni Dios.
El hombre puede seguir sus instintos, aun los más perversos; la sociedad queda
sin base, y no hay otra ley que la del más fuerte.
La opinión dominante
entre los incrédulos de nuestros días es que el hombre desciende del mono, que no es más que un mono transformado,
perfeccionado. Así estos pretendidos sabios, que no hablan más que de la
dignidad del hombre, del respeto de los derechos del hombre, no temen
atribuirle un origen bestial y reducirlo a un nivel inferior al de los brutos.
El género humano ha
visto siempre en el hombre dos cosas: el alma
y el cuerpo, el espíritu y la materia. El
género humano ha visto siempre una diferencia esencial entre el hombre y el
animal, porque el hombre está dotado de un alma inteligente y espiritual. Epicuro fue el primero que enseñó el
materialismo. El mundo pagano rechazó horrorizado su sistema, y no vaciló en
calificar a los pocos discípulos de Epicuro con el expresivo epíteto de
puercos. ¿Es posible que, después de veinte siglos de cristianismo, los
materialistas modernos osen renovarlo?... Sólo las pasiones y el deseo de
liberarse de la justicia de Dios pueden inducirnos a errores tan groseros.
P. ¿Qué razones aducen los positivistas para negar la espiritualidad del
alma?
Dicen ellos:
1° El alma no se ve.
2° No se comprende
lo que sea una substancia espiritual.
3° El alma sufre las
vicisitudes del cuerpo, envejece con él. Cuando el cerebro está enfermo, no se
piensa, o se piensa mal; luego es el cerebro el que piensa.
1° El alma no se ve, porque es un espíritu, pero
se le conoce por sus actos. Ella manifiesta su existencia mediante efectos sensibles, y estos efectos son tales, que exigen una causa espiritual. Los actos de la
inteligencia y de la voluntad, ¿no son efectos espirituales y, por
consiguiente, no reclaman una causa de la misma naturaleza? Esto es evidente.
2° No se comprende lo que sea un espíritu. Pero
entonces hay que negar también la existencia de la materia, porque tampoco se
la comprende. Por lo demás, hemos contestado ya a estas dos objeciones al
hablar de Dios. (ver pág....).
3° El alma sufre las vicisitudes del cuerpo...
Indudablemente, hay relación entre el cuerpo y el alma, y especialmente entre
el cerebro y el ejercicio de la inteligencia. ¿Qué prueba esta relación? Prueba
que el alma se vale del cuerpo como de un instrumento,
frecuentemente necesario en la vida presente, para ejercer sus funciones; pero
esto no prueba que el alma no sea distinta
del cuerpo. Cuando el alma es mal servida por órganos enfermos o gastados,
¿cómo puede ejercitar toda su actividad y su energía? Si la cuerda de un
instrumento está rota o destemplada, el músico no saca de ella más que sonidos
débiles o desacordes; pero esto no disminuye en nada la habilidad del artista.
Muchas veces en un cuerpo débil y enfermizo se encierra un alma
grande; como también muchas veces un alma mezquina anima un cuerpo robusto. Pascal
emite sus pensamientos más sublimes en el momento de su muerte: y, ¿cuántos
hombres debilitados por la edad, no han mostrado que un alma viril era la reina
del cuerpo que animaba?
Los positivistas
agregan: Cuando el cerebro está enfermo,
el hombre no piensa; luego es el cerebro el que piensa.
Esta es una objeción
muy vieja y que ha sido refutada hace siglos. Es como si se dijera: cuando una
pluma está rota, el escolar no puede escribir más; luego es la pluma la que
compone los ejercicios escolares. La lengua habla; luego es ella la que hace la
palabra. Los animales que tienen una lengua como nosotros, ¿hablan por ventura?
Es necesario el aire para vivir, ¿luego el aire es la vida? El reloj indica la
hora, ¿luego, él hace el tiempo? No hay duda de que, en la vida presente, las
operaciones del cerebro son una condición
para el ejercicio de la memoria y de la inteligencia, pero no es su causa. Se necesita un cerebro para
pensar, como una pluma para escribir: mas el cerebro no piensa, no es más que
un instrumento de la inteligencia.
El cerebro es material, y el pensamiento es espiritual; luego el cerebro no
puede producir el pensamiento; de lo contrario, el efecto sería superior a la
causa.
Un
positivista se esforzaba en probar que el alma era materia como el cuerpo. Un
sabio le contestó: “¡Cuánto ingenio habéis gastado, señor, para probar que sois
una bestia!... Como se trata de un hecho personal os creemos bajo vuestra
palabra...”
2° Libertad del alma
43. P. ¿Es libre
nuestra alma?
R. Nuestra alma
es libre: tiene la facultad de poder determinarse por su libre elección, de
hacer u omitir, de elegir el bien o el mal. El
libre albedrío se prueba:
1°
Por el sentido íntimo de la conciencia.
2° Por la creencia
universal de todos los pueblos.
3° Por las
consecuencias funestas que resultarían del error contrario.
1º Sentido íntimo y conciencia. Nosotros tenemos el
sentido íntimo de nuestra libertad: siento que soy libre, como siento que
existo. Siento en mí la libertad de seguir la voz del deber o los halagos de las pasiones. Es ésta una verdad tan
apodíctica, que basta entrar dentro de sí mismo para convencerse de ella. Tanta
es nuestra libertad que podemos contrariar nuestros gustos, nuestros instintos,
nuestros intereses, aun los más queridos. El hombre, en la plenitud de su libre
albedrío, sacrificará sus bienes, su libertad, su familia, su vida, todo, por
la verdad que él no ve, por la virtud que contraría sus apetitos.
Me ordenas con el
cuchillo al cuello, que niegue a mi Dios, que abjure mi fe… Yo siento que
ningún poder me hará cometer semejante
vileza. Yo encuentro en mi camino una bolsa de monedas de oro, y podría
apropiármela, pues nadie me ha visto recogerla. Pero si la tentación me asalta,
yo la rechazo rápidamente, y devuelvo la bolsa a su dueño, prefiriendo vivir en
mi indigencia antes que mancharme con un robo a los ojos de Dios. Es
innecesario multiplicar los ejemplos.
“Oigo hablar mucho
contra la libertad del hombre, y desprecio todos esos sofismas, porque, por más
que un razonador trate de probarme que no soy libre, el sentimiento íntimo más
fuerte que todos los razonamientos, los desmiente sin cesar” (J.J.Rosseau).
2º La creencia universal de todos los pueblos. En todos los tiempos y en todos los países,
los hombres han sentido, hablado y obrado como seres libres. Deliberan, hacen
promesas y contratos, aprueban las buenas acciones y condenan las malas. Todo
esto supone libertad. ¿Se delibera, acaso, acerca de aquello que no depende de
uno mismo?, la muerte, por ejemplo? ¿Se promete resucitar a los muertos? No se
proyecta, no se promete sino aquello que se cree poder hacer u omitir.
¿Por qué aprobar lo
bueno y reprobar lo malo, si el hombre no es libre de sus actos?
Todos los pueblos
han establecido leyes: ¿con qué utilidad si el hombre no es libre? No se dictan
leyes a una máquina que ejerce mecánicamente sus funciones.
3º Funestas consecuencias que resultarían del error contrario. Si el
hombre no es libre, no es dueño de sus actos, y, por consiguiente, no es
responsable sino de aquellos actos de los cuales uno es realmente la causa, y
si la voluntad no es libre, no es causa de los actos que produce.
Si el hombre no es
responsable, no hay deber, porque no
se puede estar obligado a querer el bien sino cuando uno tiene libertad de
elegirlo.
Si el hombre no es
libre, si no es responsable de sus actos, no hay ni virtud, ni vicio, como no
hay ni bien ni mal para los animales. Entonces, el asesino no es más culpable
que su víctima.
No hay conciencia,
pues ella no tiene el derecho de imponer el bien y prohibir el mal si no
existen. El remordimiento es un
absurdo.
No hay justicia, porque los jueces no podrían
condenar a un criminal que no es responsable de sus actos. Estas consecuencias
tan monstruosas, tan reprobadas por el sentido común, bastan para demostrar la
falsedad del fatalismo.
44. P. ¿Quiénes niegan la libertad del alma?
R. Los fatalistas, los positivistas y ciertos herejes.
Los antiguos
fatalistas atribuían a una divinidad ciega, llamada hado (del latín fatum), todas
las acciones del hombre. Aun hoy, los mahometanos dicen: Estaba escrito; es decir, todo lo que acontece debía necesariamente
acontecer.
En nuestros días,
los positivistas caen en el mismo
error, al decir que nuestra voluntad se determina
a la acción por la influencia irresistible de los motivos que la solicitan; y
así atribuyen los actos del hombre a las influencias del medio, del clima, del
carácter, del temperamento.
Ciertos herejes,
como los protestantes y los jansenistas, se han atrevido sostener que,
por el pecado de Adán, el hombre habría perdido la facultad de hacer el bien, y
que era arrastrado por la concupiscencia.
Aceptar estos
errores equivale a decir que no hay ni bien ni mal, que las leyes son un
contrasentido, que el hombre es una simple máquina, etc.
3º Inmortalidad del alma
El alma del hombre
es inmortal, no dejará jamás de existir. Todo lo prueba de una manera evidente:
1º La naturaleza del
alma.
2º Las aspiraciones
y los deseos del hombre.
3º Las perfecciones
de Dios.
4º La creencia de
todos los pueblos.
5º Las consecuencias
funestas que resultarían de la negación de esta verdad fundamental.
46. P. ¿Cómo probamos por la naturaleza del alma que es inmortal?
R. Un ser
es naturalmente inmortal cuando es
incorruptible y puede vivir y obrar independientemente de otro. Ahora
bien, el alma es incorruptible, porque es simple, indivisible; puede vivir y
obrar independientemente del cuerpo, porque es un espíritu; luego es inmortal
por naturaleza. Un espíritu no puede morir.
Si nuestra alma
debiera perecer, sería:
1º o por encerrar en
sí misma principios de corrupción;
2º o por tener otra
razón de existir que dar la vida al cuerpo;
3º o, finalmente,
por aniquilarla Dios. Pues bien, ninguna de estas tres hipótesis puede ser
admitida.
1º Nuestra alma es incorruptible, es decir, que no
encierra en sí ningún principio de disolución y de muerte. ¿Qué es la muerte?
La muerte es la descomposición, la separación de las partes de un ser. Es así
que el alma no tiene partes, pues es simple e indivisible; luego no puede
descomponerse, disolverse o morir.
2º La vida del alma no depende del cuerpo, de donde se sigue
que, en virtud de su propia naturaleza, nuestra alma sobrevive al cuerpo. La
vida de los sentidos, única que poseen los animales, muerto el cuerpo, es
incapaz de ejercer función alguna; porque esta clase de alma, que es substancia
imperfecta, en cuanto substancia, muere con el cuerpo.
Mas no acontece lo
mismo con el alma del hombre. Hemos demostrado ya que es espiritual, es decir, que posee una vida, la vida de la
inteligencia, que es completamente independiente de nuestros órganos
corporales, en sus operaciones, y en su principio. Esta vida no cesa, pues en
el momento de la muerte, en virtud de su naturaleza espiritual, nuestra alma sobrevive
al cuerpo.
Por lo demás, las
aspiraciones de nuestra alma hacia la plena posesión de la verdad, hacia la
felicidad de la vida sin fin, cuya sombra solamente tenemos aquí, no podrán
existir en ella, si no fuera por naturaleza inmortal. Es lo que prueba la
pregunta siguiente.
3º Ningún ser puede aniquilar el alma, excepto Dios; pero
no tiene, en su naturaleza espiritual, los principios de una vida inmutable.
47. P. Los deseos y las aspiraciones del alma, ¿prueban que es
inmortal?
R. Sí; el
deseo natural e irresistible que tenemos de una felicidad perfecta y de una vida sin fin prueba la inmortalidad
del alma; porque este deseo no puede ser satisfecho en la vida presente y, por
lo mismo, debe ser satisfecho en la vida futura; si no, Dios, autor de nuestra
naturaleza, se habría burlado de nosotros, dándonos aspiraciones y deseos
siempre defraudados, nunca satisfechos; lo que no puede ser.
Si el deseo de la
felicidad no debiera ser satisfecho, Dios no lo hubiera puesto en nosotros.
1º Todo hombre que penetre
en su corazón encontrará en él un inmenso deseo de felicidad. Este deseo no es un efecto de su imaginación, pues no es
él quien se lo ha dado, y no está en su poder desecharlo. Este deseo no es una cosa individual, pues todos los
hombres, en todos los climas y en todas las condiciones, lo han experimentado y
lo experimentan diariamente. Esta aspiración brota, pues, del fondo de nuestro
ser y se identifica con él. La felicidad es la meta señalada por Dios a la
naturaleza humana.
Ahora bien, ¿es
posible que Dios haya puesto en nosotros un deseo tan ardiente, que no podamos
satisfacer? ¿Nos ha creado para la felicidad, y nos ha puesto en la
imposibilidad de conseguirla? Evidentemente, no; que en ese caso Dios no sería
Dios de verdad. Dios no engaña el instinto de un insecto, ¿y engañaría el deseo
que ha infundido en nuestra alma? Luego es necesario que, tarde o temprano, el
hombre logre una felicidad perfecta,
si él, por propia culpa, no se opone a ello.
2º Pero esta
felicidad perfecta no se halla en esta tierra: nada en esta vida puede
satisfacer nuestros deseos; todos los bienes
finitos no pueden llenar el vacío de nuestro corazón: ciencia, fortuna,
honor, satisfacciones de todas clases, caen en él, como en un abismo sin fondo,
que se ensancha sin cesar. ¡Extraña cosa!, los animales, que no tienen idea de
una felicidad superior a los bienes sensibles, se contentan con su suerte. Y el
hombre, sólo el hombre, busca en vano la
dicha, cuya imperiosa necesidad lleva en el alma. Nunca está contento,
porque aspira a una bienaventuranza completa
y sin fin. Puesto que no es feliz en este mundo, es necesario que halle la
felicidad en la vida futura.
Este raciocinio
también se aplica a nuestras aspiraciones intelectuales: el hombre tiene sed de
verdad y de ciencia; quiere conocerlo todo: nunca puede llenar su deseo de
saber. Ha sido creado, pues, para hallar en Dios toda verdad y toda ciencia. A
la manera que el cuerpo tiende hacia la tierra, así el alma tiende hacia Dios y
hacia la inmortalidad.
48. P. ¿No podría Dios aniquilar el alma?
R. Sí;
absolutamente hablando, Dios podría aniquilarla en virtud de su omnipotencia;
pero no lo hará, porque no la ha creado inmortal
por naturaleza para destruirla después. Además de esto, sus atributos
divinos, su sabiduría y su justicia a ello se oponen.
El alma no existe
necesariamente; Dios la ha creado libremente y, por lo tanto, podría destruirla
con sólo suspender su acción conservadora, que no es más que una creación
prolongada. Sin embargo, este aniquilamiento requiere nada menos que la
intervención de toda la omnipotencia divina. Aniquilar y crear son dos
actos que piden igual poder, y sólo Dios puede producirlos.
Ahora bien, la
ciencia demuestra que nada se destruye en la naturaleza; nada se pierde, todo
se transforma. El cuerpo es, evidentemente, menos perfecto que el alma; y el
cuerpo no se aniquila, sino que sigue existiendo en sus átomo. ¿Por qué, pues,
el alma, la porción más noble de nosotros mismos, sería aniquilada?... Tenemos
pleno derecho para suponer que el alma del hombre no es de peor condición que
un átomo de materia.
Dios es libre para
no crear un ser, esto es indudable; pero una vez que lo ha creado, se debe a sí mismo el tratarlo de
acuerdo con la naturaleza que le ha dado. Dios le ha dado al alma una naturaleza
espiritual y una constitución inmortal; luego El no abrogará esta disposición
providencial: Dios se debe a sí mismo no
contradecirse. Además, conforme veremos inmediatamente, los atributos de
Dios requieren que el alma sea inmortal.
49. P. La sabiduría de Dios demanda que nuestra alma sea inmortal.
R. Esto es
porque un legislador sabio debe imponer una sanción a su ley, es decir, debe
establecer premios para que los que la observan y castigos para los que la
violan. Esta sanción de la ley divina debe necesariamente hallarse en esta vida
o en la futura.
Pero nosotros no
vemos en la vida presente una sanción eficaz de la ley de Dios; por lo tanto es
necesario que exista en la vida futura, so pena de decir que Dios es un
legislador sin sabiduría.
Dios ha creado al
hombre libre, pero no independiente. Todos los seres creados están regidos por
leyes conformes a su naturaleza. Los seres inteligentes y libres han recibido
de Dios la ley moral para que los
dirija hacia su último fin. Esta ley, conocida y promulgada por la conciencia,
se resume en dos palabras: hacer el bien
y evitar el mal.
Un legislador sabio,
que impone leyes, debe tomar los medios necesarios para que sean observadas. El
único medio eficaz son los premios y los castigos: es lo que se llama sanción de una ley. En la vida presente
no vemos una sanción eficaz para la
ley de Dios.
¿Dónde estaría? ¿En
los remordimientos o en la alegría de la conciencia? Pero los
malvados ahogan los remordimientos, y la alegría de la conciencia bien poca
cosa es comparada con los sufrimientos y las luchas que requiere la virtud.
¿Estaría en el desprecio público, o en la estimación de los hombres? ¡Ah!, con
demasiada frecuencia vemos que son precisamente los grandes culpables los que
gozan de la estima de los hombres, mientras que los justos son el blanco de
todas las burlas.
¿Estaría en la justicia humana? No; porque ella no
alcanza hasta los pensamientos y deseos, fuentes del mal; no tiene
recompensas para la virtud; no puede descubrir todos los crímenes: ella puede
ser burlada por la habilidad, comprada por el dinero, intimada por el miedo; y
si, a veces, vindica los derechos de los hombres, no vindica los derechos de
Dios.
Fuera de eso, ¿cuál
sería en este mundo la recompensa de
aquel que muere en el acto mismo del sacrificio, como el soldado sobre el
campote batalla; o el castigo para el
suicida?
Por
consiguiente, la sanción eficaz de la ley de Dios no puede hallarse más que en
los castigos o premios que nos esperan después de la muerte.
50. P. ¿También la justicia de Dios demanda que el alma sea inmortal?
R. La
justicia pide que Dios de a cada uno según sus méritos; que recompense a los
buenos y castigue a los malos. Pero, ¿es en esta vida donde los buenos son
premiados y los malos castigados? No; en esta vida, los buenos frecuentemente
se ven afligidos, perseguidos y oprimidos, mientras que los malos prosperan y
triunfan. Luego la justicia de Dios pide que haya otra vida donde los buenos
sean recompensados y los malos castigados; si no, no habría justicia. Entonces
se podría decir que no hay Dios, porque Dios no existe, si no es justo.
Es necesario que
haya una justicia por lo mismo que hay Dios. Si Dios no es justo, no es
infinitamente perfecto, no es Dios. Un Dios justo debe retribuir a cada uno
según sus obras. Sería imposible que mirara de la misma manera al bueno y al
malo, al parricida y al hijo obediente, al obrero honrado y al pérfido usurero.
Y, ¿qué sucede
frecuentemente? Sucede que el malo triunfa y el bueno sufre; que la virtud es
ignorada o despreciada y el vicio honrado. Hay tribunales para los malhechores
vulgares (¡y no todos ellos llegan!); pero no los hay para los canallas de
primer orden. Nerón, corrompido, cruel, perjuro, sentado en el trono del mundo.
Y en los calabozos de Nerón, San Pedro, San Pablo… Y la justicia de Dios,
¿dónde está?...
Por todas partes se
ven tiranos adulados, coronados, viviendo entre delicias, mientras que los
justos son perseguidos, torturados, martirizados… ¿Dónde está la justicia de Dios?...
¡Cuántos despotismos, proscripciones, perjurios e iniquidades sobre la tierra!
Pero, ¿qué se ha hecho la justicia de Dios? Yo os aseguro que ella no ha
abdicado, que ella cuenta todas las gotas de sangre y todas las lágrimas que
los malvados hacen derramar: tan cierto como que Dios es Dios, El retribuirá a cada uno según sus obras.
Y como ciertamente
todo eso no se hace en esta vida, se hará en la otra; luego es necesario que el
alma sobreviva al cuerpo, es necesario que ella sea inmortal.
Así, Dios permite
los sufrimientos de los justos, porque hay otra vida para restablecer el
equilibrio. Los dolores de esta vida son pruebas
que santifican, son combates que
llevan a la gloria, son avisos del cielo
para que no dejemos el camino de la virtud. Pero estos sufrimientos nada son,
comparados con la felicidad eterna que Dios tiene reservada al justo.
-¿Crees tú en el
infierno?, preguntaron a un sacerdote los jueces revolucionarios de Lyon.
-¡Y cómo podría yo
dudar, viendo lo que está pasando! ¡Ah!, si yo hubiera sido incrédulo, hoy
sería creyente…
Es
el raciocinio del propio J.J. Rousseau: “Si no tuviera yo más prueba de la
inmortalidad del alma, que el triunfo del malvado y la opresión del justo, esta
flagrante injusticia me obligaría a decir: No termina todo con la vida, todo
vuelve al orden con la muerte”.
51. P. Todos los
pueblos de la tierra, ¿han admitido siempre la inmortalidad del alma?
R. Sí; es
un hecho testificado por la historia antigua y moderna que los pueblos del
mundo entero han admitido la inmortalidad del alma, como lo prueba el culto de los muertos, el respeto
religioso de los hombres por las cenizas de sus padres y los monumentos que ha erigido sobre sus
sepulcros.
Esta creencia
universal y constante no puede proceder sino de la razón, que admite la
necesidad de la vida futura, o de la revelación
primitiva, hecha por Dios a nuestros
primeros padres y transmitida por ellos a sus descendientes. Ahora bien, el
testimonio, sea de la razón, sea de la revelación, no puede ser sino la
expresión de la verdad; luego la creencia de los pueblos es una nueva prueba de
la inmortalidad del alma.
Todos los pueblos
han creído en la existencia de un lugar de delicias, donde los buenos eran
recompensados y de un lugar de tormentos, donde los malos eran castigados.
¿Quién no conoce los Campos Elíseos, y el negro Tártaro de los griegos y de los
romanos?... Basta leer la historia de los pueblos.
¿Cómo explicar esta
fe universal en la vida futura? Esta fe no es el resultado de la experiencia, porque toda la vida parece
extinguirse con la muerte, y los muertos no vuelven para asegurarnos de la
realidad de la otra vida.
No es una invención
de los reyes y de los poderosos, porque muchos de aquellos a quienes los
antiguos creían condenados a los castigos futuros eran precisamente reyes como
Sísifo, Tántalo… No es tampoco la enseñanza de una secta religiosa, porque la creencia en una vida futura es el
fundamento de todas las religiones.
No se puede atribuir
a las pasiones humanas, porque es su
castigo; ni a la ignorancia, porque
existe también en los pueblos civilizados; y, conforme a una ley de la
historia, un pueblo es tanto más grande cuanto su fe en la inmortalidad es más
firme y pura.
Este hecho no puede
reconocer sino dos causas:
1º La revelación
primitiva, infalible como Dios mismo.
2º El instinto
irresistible de la razón humana, que por todas partes y siempre, por el buen
sentido, está obligada a reconocer las mismas verdades fundamentales. Según
frase de Cicerón, aquello que conviene la
natural persuasión de todos los hombres, necesariamente ha de ser verdadero.
Es un axioma de sentido común contra el cual en vano protestan algunos
materialistas modernos.
52. P. ¿Qué debemos pensar de los que dicen: Una vez muertos se acabó
todo?
R. Los que se
atreven a decir que todo acaba con la
muerte son insensatos que tienen
el loco orgullo de contradecir todo el género humano y de conculcar la razón y
la conciencia.
Son criminales, y no desean el destino del
animal sino para poder vivir sin el temor y los remordimientos.
Son infelices, pues lejos de obtener lo que
desean, no podrán escapar a la justicia divina, y aprenderán a sus propias
expensas lo terrible que es caer en manos de un Dios vengador.
1º Si fuera cierto
que con la muerte todo acaba, habría que
decir: a) que Dios se ha burlado de nosotros al darnos el deseo irresistible de
la felicidad y de la inmortalidad. b) Que todos los pueblos del mundo han
vivido hasta ahora en el error, mientras que un puñado de libertinos son los
únicos que tienen razón. c) Que la suerte del asesino sería la misma que la de
su víctima; que los justos que practican la virtud y los malvados que se
entregan al crimen, serán tratados de la misma manera, etc. ¿No es esto
inadmisible? ¿No es esto hacer del mundo una cueva de ladrones y de bestias
feroces? Y, sin embargo, tal es la locura de los materialistas.
2º Los que niegan la
inmortalidad del alma son los ateos,
los materialistas, los positivistas, los librepensadores, todos aquellos que tienen interés en no creerse
superiores a los animales. Este dogma tiene los mismos adversarios que el de la
existencia de Dios: son los hombres que, para acallar sus remordimientos o para
no verse obligados a combatir sus pasiones, quieren persuadirse de que no hay
nada que temer, nada que esperar después de esta vida. Pero cuando un insensato
cierra los ojos y declara que el sol no existe, se engaña a sí mismo y no
impide al sol que alumbre.
3º Los que niegan la
inmortalidad del alma son semejantes al hijo
pródigo, que deseaba, sin conseguirlo,
el sucio alimento de la piara de puercos que tenía a su cuidado. Estos hombres
reclaman en vano la nada del bruto que les interesa conseguir; nadie se la dará; no serán aniquilados y
el infierno les aguarda. ¡cuán dignos son de lástima!...
53. P. ¿Cuáles son las consecuencias de la inmortalidad del alma?
R. Así como
se conoce el árbol por sus frutos, se conocen los dogmas verdaderos por los
buenos frutos que producen. La creencia en la inmortalidad del alma produce
excelentes frutos: es para el hombre consuelo
en la desventura, móvil de la virtud,
fuente de los mayores heroísmos.
Por el contrario, la
negación de la inmortalidad del alma produce frutos de muerte. Si el alma debe morir, no hay virtud, ni deber,
ni religión, ni sociedad posible. Todo se desmorona. Juzgad, pues, el árbol por
los frutos de muerte que produce.
1º El dogma de la
inmortalidad del alma sostiene, anima,, consuela al hombre virtuoso, puesto que
le hace esperar una recompensa y una felicidad que no tendrá fin.
Si suprimimos la
otra vida, la muerte no tendría consuelos ni esperanzas. ¿Qué puede decir un
incrédulo junto a un féretro? ¡Son amigos que se separan con la certeza de no
volverse a ver jamás!... Miren a esa madre, loca de dolor, junto a una cuna,
herida por la muerte; el impío sólo puede decirle: “Hay que ser razonable; esto
les sucede también a otros, también nosotros moriremos”. En cambio, una Hermana
de la Caridad dirá a esa pobre madre: “Hallaréis vuestro hijito en el cielo; está con los
ángeles y un día irá a juntarse con él”. Una doctrina tan consoladora viene
de Dios. Vosotros que lloran vuestros muertos queridos, consolaos, los
encontrarán en una vida mejor. No, no termina todo al cerrarse la fría losa de
la tumba.
La creencia en la
inmortalidad del alma es la única que puede formar hombres, llevarlos a la
práctica de grandes virtudes, despertar en ellos nobles abnegaciones por Dios,
por la sociedad, por la patria, puesto que esa creencia nos hace esperar
alegrías tanto mayores cuanto más grandes hayan sido los sacrificios hechos por
nosotros. Ella nos hace despreciar todo lo transitorio para no estimar sino lo
que es eterno.
2º Decir, por el contrario, que cuando uno muere, todo muere con él, es
suprimir toda virtud, todo deber, toda religión. Y en verdad, si no hay nada
que esperar, nada que temer después de esta vida, ¿qué interés podemos tener en
practicar el bien, el deber, la
religión, a menudo tan penosos? ¿Qué digo? El bien y el mal, la virtud y el
vicio no son más que vanas preocupaciones y odiosas mentiras.
La virtud cuesta
grandes sacrificios, mientras que el vicio agrada a nuestra naturaleza caída.
Ahora bien, si nuestra existencia se limita a esta tierra, si la virtud no
produce frutos de felicidad eterna,
si el vicio no acarrea dolores
inconsolables para la vida futura, es una tontería sufrir tanto para
practicar la virtud y preservarse del vicio. Entonces fallan por su base la
virtud, la familia, la religión, la sociedad. Si fuera cierto que con la muerte todo muere, el mundo se vería
inundado por un diluvio de crímenes. El robo, el homicidio, las más vergonzosas
pasiones, no tendrían barreras, porque se tiene, con frecuencia, la facilidad
de escapar de los gendarmes y de las prisiones.
“Una sociedad que no
cree en Dios, ni en el alma, ni en la vida futura, no respeta ni justicia ni
moral. Verdaderamente, si todo se limita a la vida presente, ¿por qué se ha de
consentir que la autoridad, la fortuna, los placeres sean para los poderosos?
¿Por qué la sumisión, la pobreza, la miseria y los sufrimientos han de estar
reservados a las clases bajas?... Si la vida futura es un sueño, el hombre
tiene sobrada razón para buscar en la vida presente su gozo, su felicidad. Si
no los halla, le asiste toda la razón para conquistarlos con la fuerza de las
armas y la revolución. Y si fracasa, nadie puede reprocharle el que se abandone
a la desesperación y busque en el suicidio el único remedio posible que le
queda.
Está
visto: la ausencia de toda creencia en la en la vida futura es el camino
cerrado a toda virtud, a todo heroísmo, a toda abnegación. Es el camino abierto
a todas las pasiones, a todos los crímenes, a todas las revoluciones. El
materialismo, propagado por la masonería, ahí tenéis la causa de todas las
desgracias, de las ruinas y los crímenes que desolan, en la hora presente, a
nuestra hermosa Francia”. CAULY
54. P. La inmortalidad del alma, ¿prueba la eternidad del cielo y la
eternidad del infierno?
R. Las
mismas razones que prueban que el alma es inmortal, prueban también que será o eternamente feliz en el cielo, o eternamente
desgraciada en el infierno. La vida presente, en efecto, es el tiempo de la
prueba, y la vida futura es la meta, el término adonde debe llegar el hombre
inteligente y libre.
Después de la
muerte, ya no habrá tiempo para el mérito ni para el demérito, ni habrá lugar
para el arrepentimiento. Por consiguiente, los buenos quedarán siempre buenos,
y los malos siempre malos; es justo, pues, que así la recompensa de los
primeros, como el castigo de los segundos, sean eternos.
Un ser libre y
responsable debe ser llamado, tarde o temprano, a dar cuentas de sus actos. Por
lo tanto, su destino se divide en dos partes: la primera es la de la prueba, de la tentación, de la lucha; la
segunda, la de la recompensa, o del castigo.
Para el hombre, el
tiempo de la prueba termina con la muerte. Tal es el sentir de todos los
pueblos y de la razón misma. Porque si la muerte no alcanza el alma, destruye,
sin embargo, el compuesto humano que constituye al hombre. Pero como es al
hombre precisamente a quien se dirige la ley moral y a quien se impone el
deber, corresponde al compuesto humano alcanzar o no su última meta.
El cielo es eterno. Dios ama necesariamente al justo, y es amado por él.
¿Por qué, pues, se ha de matar este amor, puesto que el justo permanecerá
siempre justo? Por otra parte, la felicidad de la vida futura debe ser
perfecta, y no sería perfecta una
felicidad que no sea eterna. Luego el premio del justo debe ser eterno
El infierno es eterno. Análogas consideraciones prueban que el
castigo del culpable debe ser eterno. El alma penetra en la vida futura en el
estado y con los afectos que tenía en el momento de la muerte; y este estado y
afectos son irrevocables, porque los cambios no pueden pertenecer sino a la
vida presente, que es vida de prueba, pasada la cual todo ser queda fijado para
siempre. El culpable persevera, pues, en el mal: permanece eternamente culpable, y no cesa, por consiguiente, de
merecer el castigo. “El árbol queda donde ha caído: a la derecha si ha caído a
la derecha, a la izquierda si ha caído a la izquierda”.
55. P. ¿Hay más pruebas de la eternidad del infierno?
R. Sí; la
razón nos provee de varias otras pruebas decisivas de la eternidad del infierno.
1º La creencia de todos los pueblos la afirma.
2º La sabiduría de Dios pide como vindicación
por la violación de sus leyes.
3º La justicia divina reclama para castigar al
hombre que muere culpable de una falta grave.
4º Finalmente, la soberanía de Dios la demanda para tener
la última palabra en la lucha sacrílega
del hombre contra su Creador y su soberano Señor.
1° La creencia de todos los pueblos la
afirma. – En
todos los tiempos, desde el principio del mundo hasta nuestros días, todos los
pueblos han creído en la existencia de un infierno eterno. Hemos hecho notar
esta creencia al hablar de la inmortalidad del alma. ¡Cosa asombrosa! El dogma
del infierno eterno, que subleva todas las pasiones contra él y causa horror a
la naturaleza humana, es el único que los hombres no han discutido. Basta
consultar los poetas, los filósofos, los escritores de la antigüedad, y todos,
sin excepción, hablan del infierno eterno.
Hesíodo y Homero lo
pintan a los habitantes de Grecia; Virgilio y Ovidio lo describen en la Roma
idólatra. ¿Quién no recuerda los suplicios de Prometeo, de Tántaro, de Sísifo,
de Ixión y de las Danaides? Sócrates, citado por Platón, habla de las almas
incurables que son precipitadas al eterno Tártaro, de donde no saldrán jamás.
Un pagano, gran despreciador de los dioses, el
impío Lucrecio, trató de destruir esa creencia, “porque, decía él, no hay reposo y es imposible dormir tranquilo, si se
está obligado a temer, después de esta vida, suplicios eternos”. Sus
esfuerzos fueron inútiles. La creencia en el infierno eterno fue siempre el
dogma fundamental de la religión de todos los pueblos.
Celso, filósofo
pagano, enemigo acérrimo del Cristianismo, lo confirma en el segundo siglo de
la Iglesia. “Tienen razón los cristianos,
dice él, en pensar que los malos sufrirán suplicios eternos. Por lo demás, este
sentimiento les es común con todos los pueblos de la tierra”.
Leyendo la historia
de todas las razas: egipcios, caldeos, persas, indios, chinos, japoneses,
galos, germanos, etc., vemos que todos creían en un infierno eterno, como en la
existencia de Dios.
Cuando Colón
descubrió América, comprobó que los habitantes del Nuevo Mundo tenían la misma
creencia. Un viejo jefe le amenaza con el infierno, diciéndole: “Sabe que al salir de la vida hay dos
senderos, uno fulgurante de luz y otro sumido en las tinieblas; el hombre de
bien toma el primero, mientras que el malvado echa a andar por el sendero
tenebroso hacia el lugar de los suplicios eternos”.
¿Cuál es el origen
de esta creencia de todos los pueblos? No pueden ser los sentidos, ni las preocupaciones,
ni las pasiones, porque una pena
eterna es una pena espantosa que aterra el espíritu y lo desola, tortura el
corazón y lo desgarra. Esta creencia no puede tener su origen sino en la razón, que reconoce la necesidad de un infierno eterno para
impedir el mal o castigarlo; o bien este dogma se remonta hasta Dios mismo:
forma parte de la revelación primitiva,
que es la base de la religión y de la moral del género humano. Pero, tanto en
un caso como en otro, esta creencia no puede ser sino la expresión de la
verdad.
2º La sabiduría de Dios pide la eternidad de las penas como sanción
preventiva. – Todo legislador sabio debe dar a sus leyes una sanción eficaz; y la única sanción
eficaz para las leyes de Dios es la eternidad de las penas. Porque, para que
surta el efecto deseado, es menester que toda sanción pueda neutralizar las
seducciones del vicio, y determinar al hombre a que observe la ley divina, aun
con pérdida de su fortuna y de su vida. Ahora bien, la sola esperanza de
escapar un día de la justicia de Dios haría ineficaz toda sanción temporal.
Todo lo que tiene término no es nada para el hombre, que se siente inmortal. Lo
que constituye la eficacia de la sanción
no es el infierno, es su eternidad.
Lo prueba el hecho de que los malvados aceptan sin dificultad que haya castigo
después de esta vida, con tal que no sea eterno.
Un infierno que no
es eterno es un purgatorio
cualquiera. Y el pensamiento del purgatorio, ¿refrena acaso a los malvados? Ese
pensamiento apenas inquieta a los justos, porque el purgatorio tiene término.
Cierto alemán se avenía a pasar dos millones de años en el purgatorio por gozar
el placer de una venganza. Es, pues, la
eternidad lo que constituye la eficacia de la sanción. Sin la eternidad de
las penas, Dios no sería más que un legislador imprudente, incapaz de hacer
observar sus leyes, o de castigar a los calculadores de las mismas.
3º La justicia de Dios requiere la eternidad del infierno, como pena
vindicativa para castigar el mal. – Es un principio admitido por todos,
que debe existir proporción entre la culpa y la pena, entre el crimen y el
castigo… Ahora bien, a no ser por la eternidad del infierno, no habría
proporción entre la culpa y la pena… Y, en verdad, la gravedad de la culpa se deduce de la dignidad de la persona ofendida. El pecado, ofendiendo a una
Majestad infinita, reviste, por lo mismo, una malicia infinita, merecedor de un
castigo infinito.
Pero como el hombre
es limitado y finito en su ser, no puede ser susceptible de una pena infinita
en intensidad; pero puede ser castigado con una pena infinita en duración, es decir, eterna. Es justo, por consiguiente,
que sea condenado al fuego eterno, a fin de que el castigo guarde proporción
con la culpa.
4º La soberanía de Dios pide la eternidad de las penas. – Si el
infierno debiera tener término, cada uno de nosotros podría hablar a Dios de
esta suerte: “Yo sé que Vos me podéis castigar, pero también sé, que tarde o
temprano, os veréis obligado a perdonarme a
aniquilarme. Me río, pues, de Vos y de vuestras leyes; me río también
del infierno, al que me vais a condenar, porque sé que algún día saldré de
allí”-. ¿Se concibe que una criatura pueda con razón hablar así de su Creador?
Dios es el Señor del hombre, y su soberanía no puede ser impunemente
despreciada. El hombre, pecando mortalmente, declara guerra a Dios: ¿quién será
el vencedor? Necesariamente debe ser Dios, quien pronuncia la última palabra
mediante la eternidad de las penas. Luego, la soberanía de Dios exige que el
infierno sea eterno.
CONCLUCION. O el infierno eterno existe, o Dios no existe; porque
Dios no es Dios, si no es sabio, justo y Señor soberano. Pero como quiera que sea imposible, a menos de
estar loco, negar la existencia de Dios, así también fuera menester estar loco
para negar la existencia de un infierno eterno. La existencia del infierno es
un dogma de la razón y un artículo de fe.
Con el dogma del
infierno acontece lo que con el dogma de la existencia de Dios: el impío puede negarlo con palabras, su corazón puede desear que no exista, pero su
razón le obliga a admitirlo. La misma rabia con que el incrédulo niega este
dogma prueba a las claras que no puede arrancarlo de su espíritu: nadie lucha
contra lo que no existe; nadie se enfurece contra quimeras.
Es tan difícil no
creer en el infierno, que el propio Voltaire no pudo eximirse de esta creencia.
A uno de sus discípulos, que se jactaba de haber dado con un argumento contra
la eternidad de las penas, le contestó: “Os
felicito por vuestra suerte; yo bien lejos estoy de eso”. Voltaire tembló
en su lecho de muerte, agitado por el pensamiento del infierno, y la muerte de
ese impío ha hecho decir: “El infierno
existe”.
J.J. ROSSEAU, sofista mil veces más peligroso que Voltaire, no se
atrevió a contradecir la tradición universal, y se contentó con volver la
cabeza para no ver el abismo: – No me preguntéis si los tormentos de los
malvados son eternos; lo ignoro – No tuvo la audacia de negarlo. ¡Tanta
autoridad y fuerza hay en esas tradiciones primitivas que Platón conoció, que
Romero y Virgilio cantaron y que se encuentran en todos los pueblos del Viejo y
del Nuevo Mundo; tan imposible es derribar un dogma admitido en todas partes, a
despecho de las pasiones unidas desde tantos siglos para combatirlo!
56. P. ¿Qué valor tienen las suposiciones
ideadas por los incrédulos para suprimir la eternidad del infierno?
R. Contra
la eternidad del infierno no se pueden hacer más que las tres siguientes
hipótesis:
1° o el pecador
repara sus faltas y se rehabilita;
2° o Dios le perdona
sin que se arrepienta;
3° o Dios le
aniquila.
Estas suposiciones
son contrarias a los diversos atributos de Dios y están condenadas por la sana
razón.
1° Para explicar lo
que sucederá más allá del sepulcro,
ciertos incrédulos modernos proponen teorías absurdas. Juan Reynaud (Tierra y Cielo), Luis Figuier (El Mañana de la Muerte) y Flammarión (Pluralidad de los mundos habitados)
renuevan el viejo error de la metempsicosis, y suponen que las almas emigran a
los astros para purificarse y perfeccionarse cada vez más.
Todas estas teorías
no pasan de ser afirmaciones gratuitas,
ilusiones y quimeras que hacen retroceder la dificultad sin resolverla. ¡Si es
posible rehabilitarse después de esta vida, no hay sobre la tierra sanción de la ley divina! ¿Para qué
inquietarse en esta vida? ¡Ya nos convertiremos en los astros! Y si, después de
varias peregrinaciones sucesivas, el hombre sigue siendo perverso, ¿será
condenado a errar eternamente de astro en astro, de planeta en planeta?... Pero
en este caso, el hombre no llegaría jamás a su meta, lo que es contrario al sentido
común.
Por lo demás, si
después de la muerte existiera un segundo
período de prueba, nada impediría que hubiera un tercero, un cuarto, y así
sucesivamente. ¿Adónde llegaríamos? Llegaríamos a esto: que el malvado podría
pisotear indefinidamente las leyes de Dios y burlarse de su justicia… Esto no
puede ser: la muerte es el fin de la prueba, la eternidad será su término.
2º ¿Puede Dios perdonar al pecador en la vida futura? No; esto
es imposible. El perdón no se impone, se otorga y no se concede sino al
arrepentimiento. Ahora bien, el réprobo no puede arrepentirse, porque la muerte
ha fijado su voluntad en el mal para toda la eternidad. Ya no es libre. El
infierno es para él un centro de atracción irresistible, y es tan imposible
para el desgraciado elevarse a Dios por un movimiento bueno, como lo es para la
piedra elevarse a los aires por sí misma. Las agujas de un reloj cuyo
movimiento se detiene, marcarán siempre la misma hora; un alma detenida por la
muerte en el mal, seguirá marcando lo mismo por toda la eternidad.
Además, el perdón
concedido por Dios en la vida futura destruiría toda la eficacia de la sanción de la ley divina. ¿Qué podría detener al
hombre en el momento de la tentación, si abrigara alguna esperanza de obtener
su perdón en la eternidad? ¡Cuántos perversos se entregarían gustosos a la
práctica del mal, si el infierno no fuera eterno! Y si el temor de las penas
eternas no sujeta a todos en el sendero del deber, la idea de castigos temporales no ejercería sobre ellos
ninguna influencia.
3º ¿Puede Dios aniquilar al culpable? No; Dios no puede
aniquilarlo sin ir contra los atributos divinos, y esto por diversos motivos:
1º El aniquilamiento es opuesto a todo el
plan de la creación. Dios ha creado al hombre por amor, y le ha creado libre e inmortal;
pero quiere que el hombre le glorifique por toda la eternidad. Dios no puede,
por mucho que el hombre haya abusado de su libertad, cambiar su plan divino,
porque entonces resultaría esclavo de la malicia del pecador. Dios quiere ser
glorificado por su criatura y, no podría ser de otra suerte. Es libre el hombre
para elegir su felicidad o su desdicha; pero de buen o mal grado, la criatura
debe rendir homenaje a la sabiduría de Dios, que es su Señor, o celebrando su gloria en el cielo, o proclamando su
justicia en el infierno.
2º Si Dios aniquilara al culpable, su ley carecería
de sanción eficaz. Para el pecador el
aniquilamiento, lejos de ser un mal, sería un bien. Eso es, precisamente, lo que
él pide: sus deseos son gozar de todos los placeres sensibles, y luego morir
todo entero, para escapar de Dios y de su justicia; a esta muerte completa, él
la llama reposo eterno. El aniquilamiento, pues, no sería una sanción eficaz de la ley moral, puesto
que Dios aparecería impotente y sería vencido por el hombre rebelde.
3º Además, el número
y la gravedad de las faltas piden que haya grados en la pena, y le sería
imposible a Dios aplicar este principio, si no tuviera otra arma que el
aniquilamiento para castigar al hombre culpable. El aniquilamiento no tiene
grados: pesa de un modo uniforme, pesa indistintamente sobre todos aquellos a
quienes castiga, confundiendo todas las vidas criminales en el mismo demérito.
Esta monstruosa igualdad destruiría la justicia. Luego, después de esta vida,
el pecador ni puede obtener el perdón ni ser aniquilado; debe sufrir un
tormento eterno.
OBJECIONES. – 1ª ¿No es injusto castigar un pecado de un
momento con una eternidad de suplicios?
No; porque la pena de un crimen no se mide por la
duración del acto criminal, sino por la malicia
del mismo. ¿Cuánto tiempo se necesita para matar a un hombre? Basta un instante; y sin embargo, la
justicia humana condena a muerte al asesino; castigo que es una pena, por
decirlo así, eterna, puesto que el
culpable es eliminado para siempre de la sociedad (lo mismo con la pena de
cadena perpetua).
¿Cuánto tiempo se
necesita para provocar un incendio? Un instante. Pues bien, el incendiario es
condenado a presidio por tiempo indeterminado, es decir, alejado para siempre
de sus conciudadanos y de su familia.
No se mide, pues, la
duración de la pena, por la duración de la culpa, sino por la gravedad de la
misma.
Hay que considerar
también que el crimen de un momento
se ha convertido en crimen eterno. La
acción del pecado es pasajera, fugitiva; pero sus efectos duran, y la voluntad perversa del pecador es eterna;
porque ha de tenerse presente que sólo son condenados aquellos que mueren en
pecado, con el afecto persistente en
el mal. Pero como después de la muerte la voluntad no se muda, quedando
eternamente mala, se comprende que debe ser eternamente castigada. El hombre
que se arranca los ojos queda siego para siempre.
2ª ¿Puede un Dios infinitamente bueno condenar
al hombre a suplicios eternos?
Sí; porque si Dios
es infinitamente bueno, es también infinitamente justo, y su justicia reclama
un castigo infinito para un pecado de malicia infinita.
Pregunto: ¿Sería
bueno un padre que no impidiera a uno de sus hijos el hacer daño a los otros
hermanos? – No; sería cruel e injusto
-. ¿Sería bueno si perdonara a sus hijos malos que se atrevieran a ultrajar y a
herir a sus hermanos?- No; sería un acto
de debilidad imperdonable-. ¿Qué remedio le queda a un buen padre de
familia para impedir que los hijos malos se entreguen al crimen? – No le queda otro de que encerrar a esos
malos hijos en una cárcel y tenerlos allí para que se conviertan-. ¿Cuánto
tiempo debe durar la separación de los malos de la compañía de los buenos? – Hasta que los malos se hayan convertido-.
¿Y si siguen siempre malos? – La
separación debe ser para siempre… Ahora bien, los malos seguirán siempre
malos, porque el tiempo del arrepentimiento ha pasado para ellos; maldicen a
Dios y desean aniquilarle. ¿Cuándo, pues, han de salir de la cárcel? – ¡Jamás! – Sí, nunca: la bondad de Dios
exige la eternidad del infierno.
Por otra parte,
cuando el hombre ha cometido un pecado mortal, ¿no ha consentido libremente en
el castigo eterno? ¿No ha consentido en
él, en la hora de la muerte, al no querer arrepentirse de sus culpas?...
Nada ha querido saber de Dios en la tierra; ¿no es justo que Dios nada quiera
saber de él en la eternidad?...
Finalmente, el
infierno eterno es el mayor beneficio de
la bondad divina. A veces nos imaginamos que Dios ha creado el infierno
sólo para ejercer su justicia; no es exacto. Dios ha creado el infierno para
obligarnos merecer el cielo. Dios, infinitamente
bueno, quiere proporcionar al hombre la
mayor felicidad posible por los medios
más eficaces. La mayor felicidad del hombre es el cielo libremente adquirido por sus méritos.
Pues bien, el medio más eficaz de que Dios puede valerse para obligar al hombre
a hacer un buen uso de su libertad, es el temor
de una infelicidad eterna. El temor del infierno puebla el cielo. “El infierno, decía Dante, es la obra del eterno amor”.
3ª Dios es demasiado bueno para condenarme.
Tienes razón, mil
veces razón: Dios es demasiado bueno para condenarte. Por eso mismo no es Dios
quién te condena, son ustedes mismos los que os condenáis.
La prueba de que
Dios no os condena, es que lo ha hecho todo por tu salvación; es que, a pesar
de vuestros crímenes, está pronto a concederte un generoso perdón, el día que
le presentes un corazón contrito y arrepentido.
Lo que os condena es
vuestra obstinación en el mal, vuestra terquedad en despreciar los mandamientos
divinos; sois, pues, vosotros mismos, los que os condenáis por vuestra culpa.
Dios nos ha dejado
completamente libres en la elección de nuestra eternidad. Si nos empeñamos en
elegir el infierno, tanto peor para nosotros. En el momento de la muerte, Dios
da a cada uno lo que cada uno ha elegido libremente durante su vida: o el cielo
o el infierno. Dios no puede salvarnos contra nuestra voluntad. Nos ha criado
libres, y no quiere destruir nuestra libertad.
A pesar del infierno
eterno, la bondad de Dios queda, pues, intacta, como también su justicia; y el
dogma de la eternidad de las penas es la última palabra de la razón y de la fe,
sobre Dios, sobre el hombre, sobre la moral y sobre la religión: es la sanción
necesaria de nuestra vida presente.
4ª Nadie ha vuelto del infierno para
testificarnos su existencia.
No: nadie ha vuelto
de infierno, y si entráis en él tampoco volveréis. Si se pudiera volver, aunque
fuera por una sola vez, yo os diría: Id y
veréis que existe. Pero precisamente porque una vez dentro no se puede
salir, es una locura exponerse a una desgracia espantosa, sin fin y sin
remedio.
Nadie ha vuelto del infierno, ¿y, cómo volver,
si el infierno es eterno? ¿No ves que apeláis a testigos que no podrán venir
jamás a daros una respuesta? No están en el infierno para atestiguar su
existencia: están como forzados, condenados a galeras perpetuas para expiar sus
crímenes. Si se entra en el infierno, no se sale de él jamás.
Y fuera de eso, este
testimonio del infierno, ¿es acaso necesario? Acabamos de oír la deposición de
todo el género humano; hemos escuchado las conclusiones justísimas de la razón…
¿No basta eso para demostrarnos la existencia del infierno? ¡Cuántas verdades
conocemos sólo por el testimonio de nuestros semejantes, y cuántas otras hemos
aprendido únicamente con la luz de la razón! Decís: Dos y dos son cuatro… diez por
diez son cien… ¿Cómo lo sabes? – El simple raciocinio, me contestáis, basta
para daros esas convicciones. – ¡Muy bien! Raciocina, pues, y llegarás
fácilmente a convencerte de que Dios es justo y de que su justicia requiere que
los malvados sean castigados… El castigo
de los malvados es el infierno, y el infierno eterno.
Nosotros, los
cristianos, tenemos otra consideración que dar: El Hijo de Dios en persona ha
venido del otro mundo a certificarnos la
exigencia de un infierno eterno: puedes leer en los sagrados Evangelios sus testimonios inefables…
Además, nuestro
Señor Jesucristo es una prueba viviente
de la eternidad del infierno. ¿Por qué se hizo hombre? ¿Por qué murió en
una cruz? Un Dios debe proceder por motivos dignos de su infinita grandeza. Si
el pecado no merecía una pena infinita, por lo menos en duración, es decir,
eterna, no eran necesarios los padecimientos de un Dios. ¿Se requería acaso,
que el Hijo de Dios se encarnara y muriera en una cruz, para ahorrar al hombre
algunos millones de años de purgatorio?... No, por cierto.
Si la malicia del
pecado explica el Calvario, el Calvario, a su vez, explica el infierno. El
Calvario nos muestra una Redención
infinita; el infierno debe mostrarnos una expiación sin límites. El Calvario es la expiación de un Dios; el
infierno es la expiación del hombre, infinita
la una y la otra; la una en dignidad,
la otra en duración. Así todo se
coordina en la religión: el dogma de la eternidad de las penas está
perfectamente explicado por el dogma de la Encarnación del Hijo de Dios y de la
Redención del mundo.
En resumen: el testimonio de todo el género humano y sus más
antiguas tradiciones; el testimonio de la razón, y, especialmente, el
testimonio infalible de Dios mismo, se unen para afirmar, con certeza absoluta, que hay un infierno
eterno para castigo de los pecadores impenitentes. Si no queremos caer en él,
tenemos que evitar el sendero que a él conduce, en la seguridad de que, una vez
dentro del infierno, no saldríamos jamás.
Narración. – Una
religiosa enfermera se encontraba junto al lecho en que, enfermo de muerte,
yacía un viejo capitán, que no quería convertirse. El enfermo pide agua; y la
religiosa, en su celo por la salvación de esa alma, le dice al servirle la
copa.
–
Beba usted, capitán, beba hasta hartarse, porque se va al infierno, y durante toda
la eternidad pedirá una gota de agua sin obtenerla...
– Le he dicho mil
veces que no hay infierno.
– Sí, me lo ha dicho
usted, capitán; pero, ¿lo ha demostrado?... Negar el infierno no es destruirlo.
– ¿Lo ha demostrado?
¿Lo ha demostrado?..., repetía en voz baja el enfermo, revolviéndose en el
lecho. ¡Vamos! No... no lo he demostrado... ¿Y si fuera cierto?
Después de algunos
instantes añadió:
–
Dios es demasiado bueno, sí, demasiado bueno para arrojar un hombre al
infierno.
–
Dios no castiga porque es bueno, sino porque es justo. El simple buen sentido
nos dice que Dios no puede tratar de la misma manera a lo que le sirven que a
los que conculcan sus santas leyes, a sus fieles servidores que a sus
servidores negligentes.
Por otra parte,
agrega la Hermana con mucha tranquilidad, ya verá usted bien pronto,
capitán, si el infierno existe...
La religiosa guarda
silencio y continúa su oración. Después de algunas horas de reflexión, el
enfermo pide un sacerdote. Se decía hablando consigo mismo: Hay que decidirse
por el partido más seguro; no es prudente ir a verlo; cuando se entra no se
sale.
57. P. ¿Cuál es el destino del hombre?
R. El
hombre ha sido creado para conocer, amar y servir a Dios sobre la tierra, y
gozarle después en la eternidad.
Se llama destino de un ser, el fin que debe procurar obtener y para el
cual Dios le ha dado la existencia.
El hombre tiene un
doble fin: el fin próximo, que debe
cumplir sobre la tierra; y el fin último,
es decir, la meta a que debe llegar después de esta vida, la bienaventuranza
eterna.
1º Dios ha creado al hombre para su gloria. Todo ser
inteligente obra por un fin: obrar sin un fin es absurdo. Dios, sabiduría
infinita, no podía crear sin tener un fin, y un fin digno de El. Este fin digno
de Dios no es sino Dios mismo. Nada de lo que se haya fuera de El es digno de
su grandeza infinita… - ¿Qué saca El de la creación? Dios es el bien infinito,
y no puede ser ni más perfecto ni más feliz. Pero Dios puede manifestar su bondad, sus perfecciones
infinitas, y de esta suerte, procurar su gloria. Debemos distinguir en Dios, la
gloria interior, esencial, y la gloria exterior, accidental. La gloria interior es el conjunto de sus
perfecciones infinitas, y no es susceptible de aumento.
Dios se glorifica exteriormente cuando manifiesta
sus perfecciones con los bienes que da a sus criaturas, cada una de las cuales
es como un espejo en el que se reflejan, con mayor o menor brillo, las
perfecciones divinas. Cuando el hombre conoce, estima, alaba y bendice con amor
estas perfecciones divinas, que le son manifestadas por las criaturas, entonces
glorifica a Dios y para recibir este
homenaje, esta alabanza, esta gloria exterior, Dios ha creado al hombre. Dios
podría no haberlo creado, puesto que la creación nada añade a su gloria interior
o esencial; pero creando, Dios debía poner en su obra seres inteligentes y libres: inteligentes para
que conocieran sus perfecciones; libres,
para darle gloria con homenajes voluntarios.
2º El hombre procura la gloria de Dios consagrando su vida a conocerle,
amarle y servirle. En esto consiste su fin próximo. Dios ha dado al
hombre tres facultades principales: una inteligencia
para conocer, una voluntad, un corazón para amar y los órganos del cuerpo para obrar. Es justo,
pues, que el hombre consagre a la gloria de Dios su inteligencia para conocerle
cada vez más; su corazón para amarle intensamente; su cuerpo para servirle con
abnegación. El hombre es el servidor de
Dios; no debe vivir para sí, pues no se ha dado a sí mismo la vida, no es
dueño de si, no se pertenece. El hombre lo ha recibido todo de Dios, ha sido
creado para Dios y no tiene otra razón de
ser que procurar la gloria de Dios. Como el sol ha sido creado para
alumbrar y calentar, el agua para lavar y refrescar, la tierra para sostenernos
y nutrirnos, así el hombre ha sido creado para glorificar a Dios. Todo lo que
en mis pensamientos, palabras o acciones no sirva para la gloria de Dios, no
sirve para nada, y es del todo inútil. Conocer, amar y servir a Dios, tal es,
por consiguiente, el fin próximo del
hombre.
3° Sólo Dios es el fin último del hombre. Dios podría no
haberme creado; si lo hizo, fue por pura verdad: primer acto de amor. – Dios podía crearme únicamente para su
gloria, sin reservarme ninguna felicidad ni temporal ni eterna. Pero su bondad
infinita ha querido unir su gloria y
la felicidad del hombre: segundo acto de amor. La felicidad del
hombre, tal es el fin secundario de la creación. Luego, el hombre ha sido
creado para ser feliz.
Sólo en Dios puede el hombre hallar su
felicidad. La felicidad es la satisfacción de los deseos del hombre, el reposo de sus facultades en el objeto que las llena y satisface. La inteligencia del hombre tiene sed de
verdad, y la verdad infinita es Dios. – La voluntad,
el corazón del hombre ama el bien, la
belleza; y Dios es el bien y la belleza infinitas. – El cuerpo del hombre ansía
la plenitud de la existencia y de la vida, y únicamente en Dios se halla esta
plenitud.
La experiencia nos dice que ni la ciencia, ni la gloria, ni la fortuna,
ni cosa alguna creada, puede saciar al hombre. El siente deseos de
un bien infinito. Por consiguiente, sólo en el conocimiento y posesión de Dios
puede el hombre hallar su felicidad.
En la vida futura, Dios puede ser la felicidad del hombre de dos
maneras, según que sea conocido directa
o indirectamente.
1° Se conoce a Dios indirectamente por medio de sus obras.
Contemplando las criaturas de Dios se ven resplandecer en ellas, como en un
espejo, las perfecciones divinas. Así es cómo el niño reconoce al padre viendo
el retrato más o menos parecido. Conocer así a Dios, amarle con un amor
proporcionado a este conocimiento indirecto, es lo que constituye el fin natural del hombre.
2° Se conoce a Dios directamente, cuando se le ve en su
misma esencia, contemplada cara a cara. Un niño conoce mejor a su padre y le
ama mucho más cuando le ve en persona
que cuando sólo ve su retrato. Ver a Dios cara a cara, amarle con un amor
correspondiente a esta visión inefable, es lo que constituye el fin sobrenatural del hombre y de los ángeles.
Dios podía
contentarse con proponernos un fin
puramente natural; pero por un exceso
de amor, como veremos más adelante, nos ha elevado a este fin sobrenatural, infinitamente más
grande y excelso.
TERCERA VERDAD
EL HOMBRE NECESITA DE UNA RELIGION
La religión es necesaria al hombre. – No hay
más que una religión verdadera y buena. – La verdadera religión ha sido
revelada por Dios. – Señales por la cuales se la puede conocer.
58. P. ¿A qué nos obliga el conocimiento de Dios y del hombre?
R. Este conocimiento nos obliga a practicar la religión, que une
al hombre con Dios como a su principio y último fin.
Conocemos a Dios y
al hombre: a Dios, con sus atributos
infinitos, con su Providencia que todo lo gobierna; al hombre, criatura de Dios, con su alma espiritual, libre e inmortal.
De ahí resultan las relaciones naturales, esenciales y obligatorias del hombre
para con Dios. Estas relaciones constituyen la religión.
59. P. ¿Qué es la religión?
R. La religión es el lazo que une
al hombre con Dios. Este lazo se compone de deberes que el hombre debe llenar
para con el Ser Supremo, su Creador, su Bienhechor y su Señor.
Estos deberes contienen verdades que creer, preceptos
que practicar, un culto que tributar
a Dios.
Se
define la religión: el conjunto de deberes del hombre para con Dios.
La palabra religión viene, según unos, de religare, ligar fuertemente; según
otros, de, reeligere a Dios; es decir, que el hombre debe ligarse libremente a Dios como a su principio, y debe elegir a Dios como a su último fin.
Así
como entre los padres y los hijos existen lazos o relaciones naturales y
sagradas, del mismo modo existen entre Dios Creador y Padre del hombre, y el
hombre criatura e hijo de Dios. El lazo que une al hombre con Dios es más
fuerte que aquel que une al hijo con el padre. ¿Por qué? Porque nosotros
debemos mucho más a Dios de lo que debe un hijo a su padre. Dios es nuestro
creador y nuestro último fin, no así nuestros padres. Así, nuestros deberes
para con Dios son mucho más santos que los de los hijos para con los padres.
La religión,
considerada en cuanto que reside en el
alma, es una virtud que nos lleva
a cumplir nuestros deberes con Dios, a rendirle el culto que le debemos. Considerada
en su objeto, encierra las verdades
que hay que creer, los preceptos que
hay que practicar, y el culto, es
decir, la veneración, el respeto, el homenaje que debemos rendir a nuestro
Creador.
Se distinguen dos
religiones: la religión natural y la sobrenatural o revelada.
La primera es la que
se conoce por las luces naturales de la razón y se funda en las relaciones
necesarias entre el Creador y la criatura. Esta religión natural obliga absolutamente a todos los hombres, en todos
los tiempos y en todos los lugares, porque ella dimana de la naturaleza de Dios
y de la naturaleza del hombre. Encierra en sí las verdades y preceptos que
el hombre puede conocer por la razón, aunque, de hecho, los haya conocido por la revelación: la existencia de
Dios, la espiritualidad, la libertad e inmortalidad del alma, los primeros
principios de la ley natural, la existencia de una vida futura, sus recompensas
o castigos.
La religión sobrenatural o revelada es aquella que Dios ha hecho
conocer al hombre desde el origen del mundo. El Creador impuso al primer hombre
verdades que creer, como el destino sobrenatural del hombre, la necesidad de la gracia para llegar a
este fin sublime, la esperanza de un
Redentor..., y deberes positivos que
cumplir, como el descanso del sábado, la ofrenda de sacrificios, etc.
Ante todo, vamos a
probar que, aun cuando no existiera la religión
revelada, la sola naturaleza del
hombree y las relaciones esenciales que lo unen al Creador le imponen una
religión al menos natural. Veremos
después que el hombre está obligado a abrazar la religión revelada.
Tenemos pues, que
tratar seis cuestiones:
I.- Necesidad de una religión.
II.- Naturaleza de la religión.
III.- Futilidad de los pretextos aducidos por los
indiferentes.
IV.- No hay más que una religión buena.
V.- La religión buena es la que Dios ha
revelado.
VI.- Señales o notas de la verdadera religión.
a) Es un deber para el hombre
60. P. La religión, ¿es necesaria al hombre?
R. Sí; porque está fundada
sobre la naturaleza de Dios y sobre la naturaleza del hombre, y se basa en las relaciones necesarias entre Dios y el
hombre. Imponer una religión es derecho
de Dios; practicarla es deber del
hombre.
Dios es el Creador,
el hombre debe adorarle.
Dios
es el Señor, el hombre debe servirle.
Dios es el
Bienhechor, el hombre debe darle gracias.
Dios es el Padre, el
hombre debe amarle.
Dios es el
Legislador, el hombre debe guardar sus leyes.
Dios es la fuente de
todo bien, el hombre debe dirigirle sus plegarias.
Todos estos deberes
del hombre para con dios son necesarios
y obligatorios, y el conjunto de
todos ellos constituyen la religión. Luego, la religión es necesaria.
Dios es el Creador, el hombre debe adorarle. Dios es el Creador
del hombre: le sacó todo entero de la nada, y conserva su existencia. Y en
realidad, el hombre tiende hacia la nada, como una piedra que cae hacia el
centro de la tierra, y a cada instante caería en la nada si la mano de Dios no
le sostuviera. El hombre, sin el concurso
de Dios, no puede hacer cosa alguna, porque los seres creados no pueden
obrar sin el concurso de la Causa primera.
Por consiguiente, el
hombre, en todo su ser y en todas sus
acciones, depende de Dios su Creador y su Señor. Ser creado y ser
independiente, es quimérico y contradictorio. El hombre, criatura inteligente,
conoce esta dependencia; criatura libre, debe proclamarla. Cuando la proclama, adora a Dios. La palabra adorar
significa rendir el culto supremo, el honor soberano, que consiste en reconocer
en Dios la más alta soberanía y en nosotros la más alta dependencia. La ley
natural nos dice: Puesto que Dios es tu Creador, tu Señor y tu Dueño, debes
reconocer su majestad suprema y anonadarte como su más rendido servidor y su
más humilde criatura. Adorar a Dios es,
pues, el primer deber del hombre.
Dios es el Señor, el hombre debe servirle. El artista es el
dueño, el propietario de su obra. Ahora bien, la propiedad fructifica para su dueño; el siervo, por consiguiente, debe servir
a su dueño; el siervo, por consiguiente, debe
servir a su dueño según sus facultades. Estas son verdades incontrastables
y admitidas por todos.
Dios es el Señor y
Dueño del hombre por un título superior a todos los títulos de propiedad, por
el título de Creador. El hombre nada tiene que no haya recibido de Dios; luego,
debe emplear todas sus facultades en el servicio y para la gloria de su Señor.
Debe emplear su inteligencia en conocer a Dios y sus perfecciones, su corazón
en amarle, su voluntad en obedecerle, su cuerpo en servirle; finalmente, todo
su ser en procurar su gloria. Servir a Dios es, pues, un gran deber para el
hombre.
Dios es el bienhechor, el hombre debe darle gracias. Es cosa
por todos admitida que, con relación a un bienhechor, la gratitud es un deber, la
ingratitud un crimen. Dios es el bienhechor soberano del hombre; todo en
nosotros es un favor de Dios, todo lo recibimos de El: cuerpo, alma, vida.
Fuera de nosotros, también todo es favor de Dios: el pan que nos alimenta, el
agua que apaga nuestra sed, el vestido que nos cubre, la luz que nos ilumina,
el aire que nos hace vivir, en fin, todas las cosas que nos sirven. Luego
debemos a Dios el tributo de nuestra gratitud. Este en un deber riguroso para todo el mundo.
Dios es el Padre, el hombre debe amarle. En la familia, el
hijo debe a su padre respeto, sumisión y amor; es un deber innegable. Y ¿Por
qué el hijo está obligado a honrar así al padre? ¿Acaso porque el padre es
rico? No. ¿Porque es sabio? No… Aunque sea pobre, ignorante, enfermo, tiene
siempre derecho a la veneración y al amor de su hijo, por el solo motivo de ser su padre.
Ahora
bien, Dios es para nosotros más que un padre y una madre. Dios ha modelado con
sus manos divinas el cuerpo del hombre; le ha dado el alma y la vida: cada día
vela por él, y le colma de los beneficios de su Providencia. Luego es un deber
del hombre amar a su Padre celestial. El hijo que olvida los deberes que tiene
para con su padre es un hijo desnaturalizado, un ser degradado, un monstruo de
ingratitud. ¿Qué diremos entonces del hombre que olvida sus deberes para con
Dios, su Bienhechor y su Padre?
Dios es el legislador, el hombre debe obedecer sus leyes. Nadie
puede negar la existencia de la ley natural que Dios impone al hombre como
consecuencia de la naturaleza que le ha dado; esta ley natural está escrita en
el corazón de todo hombre por la mano de Dios mismo, de modo que nosotros
tenemos en nuestro interior una voz, la voz de la conciencia, que nos hace
conocer las prescripciones de esta ley divina. Si el hombre no sigue los
principios de moralidad grabados en su conciencia, se hace culpable ante el
soberano Legislador. Dios, infinitamente justo y santo, debe castigarle. Por
consiguiente, el hombre que ha violado la ley de Dios, debe hacer penitencia,
bajo pena de caer en manos de un juez inexorable. De ahí la obligación para el
hombre de satisfacer a la justicia divina y ofrecer a Dios expiaciones por sus
faltas.
Dios es la fuente de todos los bienes, el hombre debe elevar a El sus
plegarias. Dios es el océano infinito de todo bien y el libre
dispensador de todos los dones; y, al contrario, el hombre no posee nada por sí
mismo, y debe, por lo tato, pedírselo todo a Dios. En este mundo, el pobre
suplica al rico, el enfermo al médico, el ignorante al sabio y el criminal al
Jefe del Estado. Pero Dios es el rico, y el hombre, el pobre; Dios es el médico
y el hombre el enfermo; Dios es el sabio y el hombre el ignorante; Dios es el
soberano y el hombre el culpable. De ahí para el hombre el gran deber de la oración; es de necesidad absoluta.
Así la adoración, la sumisión, la gratitud, el
amor, la expiación, la oración son
los principales deberes del hombre, deberes que dimanan de la naturaleza de
Dios y de sus relaciones con nosotros. Todos estos deberes son obligatorios,
necesarios, y forman los actos esenciales de la religión. Luego la religión es
obligatoria y necesaria.
Dios tiene derecho a
estos diversos homenajes de parte del hombre, y los exige, porque El lo ha
creado todo para su gloria; y son precisamente los seres inteligentes y libres
los encargados de adorarle, de amarle, de darle gracias, de alabarle en su
nombre y en el de toda la creación.
61. P. ¿Necesita Dios de los homenajes de los hombres?
R. Dios nada
necesita, se basta plenamente a sí mismo y nuestros homenajes no le hacen más
perfecto ni más feliz. Pero Dios nos ha dotado de inteligencia y de amor, para
ser conocido y amado por nosotros; tal es el fin de nuestra creación.
La religión es,
pues, un deber de estricta justicia; el hombre está obligado a practicar la
religión para respetar los derechos de Dios y obtener así su último fin.
Indudablemente, Dios
no necesita de nuestro culto. Esta palabra necesidad
no puede ser empleada sino con relación a las criaturas, jamás con relación a
Dios. Pero ¿necesita Dios crearnos? ¿Necesita conservarnos? ¿Nuestra existencia
le hace más feliz?... Si, pues, Dios nos ha creado, si nos conserva, aunque no
necesite de nosotros, no debemos apreciar lo que nos pide por el provecho que
le resulta.
El ser necesario,
siendo necesariamente todo lo que es y todo lo que puede ser, se basta a sí
mismo. Pero es necesario determinar lo que debemos a Dios, tomando como punto
de partida lo que piden nuestras relaciones esenciales con El. – Dios no
necesita, necesariamente, que honremos y amemos a nuestros padres; sin embargo,
lo manda porque los deberes de los hijos nacen de las relaciones que los ligan
con sus padres. – Dios no precisa que nosotros respetemos las reglas de la justicia;
sin embargo lo manda porque estas reglas están fundadas sobre nuestras
relaciones con nuestros semejantes. – Así, aun cuando Dios no necesite de
nuestros homenajes, los demanda porque son la expresión de las relaciones del
hombre con Dios. La religión quiere que seamos religiosos para con Dios, como
la moral quiere que seamos justos para con los hombres.
A todo derecho
corresponde un deber: a los derechos de Dios corresponden los deberes de los
hombres. Los derechos de Dios sobre el hombre son evidentes, eternos, imprescriptibles, más que los derechos
de un padre sobre su hijo; luego, tales son los deberes del hombre para con
Dios. La religión es para nosotros un deber de justicia, que hay que llenar so
pena de violar los derechos esenciales de Dios.
62. P. ¿Puede Dios dispensar de la religión al hombre?
R. No;
porque Dios no puede renunciar a sus derechos de Creador, de Señor, de fin
último. Así como el padre no puede dispensar a sus hijos del respeto, de la
sumisión y del amor que le deben, así tampoco puede Dios dispensarnos de
practicar la religión.
Dios,
sabiduría infinita y justicia suprema, debe necesariamente prescribir el orden.
Pero el orden requiere que los seres inferiores estén subordinados al Ser
supremo, que las criaturas glorifiquen a su Creador, cada una conforme a su
naturaleza. Luego el orden requiere que el hombre inteligente y libre rinda a
Dios: 1º, el homenaje de su dependencia, porque El es su Creador y su Señor;
2º, el homenaje de su gratitud, porque El es su bienhechor; 3º, el homenaje de
su amor, porque El es su Padre y su Soberano Bien; 4º el homenaje de sus
expiaciones, porque El es su legislador y su juez; 5º el homenaje de su
oraciones, porque El es la fuente y el océano infinito de todos los bienes.
Dios no puede renunciar a este derecho esencial de exigir nuestros homenajes,
porque no sería Dios, ya que no amaría el orden y la justicia.
Dios
podía no crearnos, pero desde el momento que somos la obra de sus manos, su
dominio de nosotros es inalienable. Nosotros debemos emplear nuestra
inteligencia en reconocer su soberano dominio; nuestra voluntad, en obedecer
sus santas leyes; nuestro corazón, en amarle sobre todas las cosas, y en
dirigir nuestra vida hacia El, puesto que es nuestro fin último.
b) La religión es necesaria al hombre
63. P. ¿Puede el hombre ser feliz sin religión?
R. No; sin
religión el hombre no puede ser feliz ni en este mundo ni en el otro.
El hombre no es
feliz en este mundo sino cuando sus facultades están plenamente satisfechas: es
así que sólo la religión puede dar tranquilidad al espíritu, paz al corazón,
rectitud y fuerza a la voluntad. Luego sin religión el hombre no puede ser
feliz en este mundo.
No puede serlo en la
vida futura, porque sin religión no puede alcanzar la felicidad, que es la
posesión de Dios, Soberano Bien.
Así, todo lo que la
religión pide al hombre para conducirle a la felicidad eterna, es el permiso de
hacerle feliz en la tierra.
El hombre ha nacido
para ser bienaventurado, y aspira, natural e irresistiblemente a la felicidad
como a su fin último. Pero el hombre ha recibido de su Creador la facultad de
conocer, de amar y de obrar: la facultad de amar al Bien supremo, que es el
objeto de su corazón; la facultad de obrar, es decir, de aspirar libremente a
conseguir la verdad y el Bien supremo, que debe ser el trabajo de su voluntad
libre.
1º La inteligencia
necesita de la verdad y de la verdad en entera: las partículas de verdad
esparcidas por las criaturas no pueden bastarle; necesita de la verdad
infinita, que sólo se halla en Dios. Luego, ante todas las cosas, la
inteligencia necesita del conocimiento de Dios, su principio y su fin. Pero
como la religión es la única que ofrece soluciones claras, precisas y
plenamente satisfactorias a todas las
cuestiones que el hombre no puede ignorar, debemos concluir que la religión es
necesaria.
Por eso todos los
sabios, verdaderamente dignos de tal nombre, se han mostrado profundamente
religiosos. La frase de Bacon será siempre la expresión de la verdad: Poca ciencia aleja de la religión, mucha
ciencia lleva a ella.
2º El corazón del
hombre necesita del amor de Dios, porque ha sido hecho para Dios, y no puede
hallar reposo ni felicidad sino amando a Dios, su Bien supremo. Ni el oro, ni
los placeres, ni la gloria podrán jamás satisfacer el corazón del hombre: sus
deseos son tan vastos, que no bastan a llenarlos todas las cosas finitas y
pasajeras. Por eso todos los santos, todos los corazones nobles, todos los
hombre hallan en la religión una alegría, una
plenitud de contento que no podrán dar jamás todos los placeres de los
sentidos y todas las alegrías del mundo.
3º La voluntad del
hombre necesita de una regla segura para dirigirse hacia el bien y de motivos
capaces de sostener su valor frente a las pasiones que hay que vencer, a los
deberes que hay que cumplir, a los sacrificios que hay que hacer. Pues bien:
sólo la religión puede dar a la voluntad esta firmeza, esta energía soberana,
mostrándole a Dios como al remunerador de la virtud y castigador del crimen. A
no ser por el freno saludable del temor de Dios, el hombre se abandonaría a
todas las pasiones y se precipitaría en un abismo de miserias…
Finalmente la
religión nos proporciona en la oración un consuelo, en la esperanza un remedio,
en el amor de Dios una santa alegría, en la resignación un socorro y una
fuerza; y además, nos hace entrever después de esta vida, una felicidad
completa y sin fin. El hombre religioso es siempre el más consolado.
El hombre sin
religión es, no solamente un gran criminal para con Dios, sino también un gran
desgraciado, aun en este mundo. Es evidente que será más desgraciado todavía en
la vida futura, porque sin la práctica de la religión no se puede alcanzar el
bien supremo, que es la posesión de Dios.
c) La religión es necesaria a la sociedad.
64.
P. ¿Es necesaria la religión a la sociedad?
R. La
religión es absolutamente necesaria al hombre para vivir en sociedad con sus
semejantes.
La sociedad
necesita:
1º En los superiores
que gobiernan, justicia y pronta disposición a servir y favorecer a los demás.
2º En los súbditos,
obediencia a las leyes.
3º En todos los
asociados, virtudes sociales.
Ahora bien, sólo la
religión puede inspirar: a los superiores la justicia y la disposición a
sacrificarse en bien de los súbditos; a éstos, el respeto al poder y la
obediencia; a todos, las virtudes sociales, la justicia, la caridad, la unión,
la concordancia y el espíritu de sacrificio por el bien de los demás. Luego la
religión es necesaria a la sociedad.
El fundamento, la
base de toda sociedad, es el derecho de mandar en aquellos que gobiernan, y el
deber de obedecer en aquellos que son subordinados. ¿De dónde viene ese derecho
de mandar, que constituye la autoridad social? No puede venir del hombre, aun
tomado colectivamente, puesto que todos los hombres son iguales por naturaleza, nadie es superior a sus semejantes.
Este derecho no puede venir sino de Dios que, creando al hombre sociable, ha
creado de hecho la sociedad. Luego para justificar este derecho, hay que
remontarse hasta Dios, autoridad suprema, de la cual dimana toda autoridad.
1º Las autoridades deben ser justas y estar consagradas al bien público. La
sociedad necesita de buenas autoridades
que gobiernen con justicia, que se den por entero a procurar la felicidad de
sus súbditos y sean para ellos verdaderos padres de familia. Ahora bien,
gobernantes sin religión no pueden procurar la felicidad de los pueblos, como
reconoce el mismo Voltaire: “Yo no quisiera, decía, tener que ver con un
príncipe ateo, que hallara su interés en hacerme machacar en un mortero;
estaría seguro de ser machacado…” y añade: “Sí el mundo fuera gobernado por
ateos, sería lo mismo que hallarse bajo el imperio de los espíritus infernales
que nos pintan cebándose en sus víctimas”.
La religión, en
cambio, enseña a los que tienen en sus manos el poder, que ellos son los ministros de Dios para el bien de los
hombres sus hermanos; les enseña que la autoridad es un depósito del que
rendirán cuenta al juez supremo. ¿Este no es soberanamente eficaz para obligar
a las autoridades a practicar la justicia y consagrarse a la felicidad de sus
pueblos?
2º Los súbditos deben respeto y obediencia a la autoridad. El
espíritu de revuelta y de insurrección es incompatible con la tranquilidad y la
felicidad de los pueblos. Los súbditos sin religión estarán siempre prontos
para hacer revoluciones, y no retrocederán ante ningún crimen, con tal de
satisfacer sus apetitos: testigos, los anarquistas modernos. Sólo la religión
muestra en el poder legítimo una autoridad establecida por Dios: sólo ella enseña
de una manera eficaz el respeto y la obediencia; sólo ella ennoblece la
sumisión y nos enseña que el legislador ha recibido de Dios su poder y que los
súbditos están obligados a obedecer las leyes justas y honestas como a Dios
mismo. Dando a Dios lo que es de Dios,
los súbditos aprenden a dar al César lo
que es del César.
3º Todos necesitan de las virtudes sociales. Los derechos y
bienes de cada uno, la propiedad, el honor, la vida, deben ser respetados. No puede
existir la felicidad donde priva el robo, la calumnia, el homicidio… Pero es
imposible obtener de un pueblo sin religión el respeto a los derechos y bienes
de todos los asociados. La única ley del hombre sin religión es sufrir lo menos
posible y gozar de todo lo que pueda. Este hombre estará, por consiguiente,
siempre pronto a robar, calumniar, matar, si su interés personal se lo
aconseja. Y, ¿qué seguridad, qué felicidad puede esperar entonces la sociedad
con semejantes ciudadanos? “El hombre sin religión es un animal salvaje, que no
siente su fuerza sino cuando muerde y devora”. – MONTESQUIEU.
La
moral sin Dios, la moral independiente, es una moral sin base y sin cumbre, una
moral quimérica, que carece de fuerza obligatoria y de sanción eficaz. Dios debe
ser la base y fundamento de la moral. Por eso la moral sin religión es una
justicia sin tribunales, es decir, nula.
Cuando la conciencia
no está dirigida por el temor y el amor de Dios, no tiene más norma que sus
pasiones, sus deseos, sus caprichos, sin más móvil que el antojo, el egoísmo,
la astucia, el fraude.
Es pues, manifiesto
que sin Dios no hay virtudes sociales. El mismo incrédulo Rousseau lo confiesa:
“Yo no acierto a comprender cómo se puede
ser virtuoso sin religión; he profesado durante mucho tiempo esta falsa
opinión, de la que me he desengañado”. No se halla heroísmo y la abnegación
sino en la religión que los inspira.
CONCLUSION. – “Si la
religión es necesaria a la sociedad, ésta debe, como el individuo, reconocer,
mediante un culto público y solemne, el soberano dominio de Dios; tanto más
cuanto que, particularmente por medio de sus ceremonias religiosas, eleva los
pensamientos, depura los sentimientos del pueblo y lo mejora. Era menester
llegar a nuestros tiempos para hallar hombres que piden la separación de la
Iglesia y del Estado; esta concepción es un producto del ateísmo moderno”. – GUYOT.
d) La experiencia prueba la necesidad de la religión
Además de lo dicho,
podemos acudir en este punto a las lecciones de la experiencia. Las ciudades y
las naciones más religiosas han sido siempre las más tranquilas y florecientes.
“En todas las edades de la historia, dice Le Play, se ha notado que los pueblos
penetrados de las más firmes creencias en Dios y en la vida futura se han
elevado rápidamente sobre los otros, así por la virtud y el talento como por el
poderío y la riqueza”.
Los
crímenes se multiplican en una nación a medida que la religión disminuye. Por
esto, los que tratan de destruir la religión en un pueblo son los peores
enemigos de la sociedad, cuyos fundamentos socavan. “Sería más fácil construir
una ciudad en los aires, que construir una sociedad sin templos, sin altares,
sin Dios”. PLUTARCO. – “Aquél que destruye la religión,
destruye los fundamentos de toda sociedad humana, porque si religión no hay
sociedad posible”. PLATON.
MAQUIAVELO ha dicho con razón: “La adhesión a la
religión es la garantía más segura de la grandeza de un Estado; el desprecio de
la religión es la causa más cierta de su decadencia. Si nuestro siglo está bamboleando,
si el mundo está amenazado de muerte, no hay que buscar el origen de este mal
sino en la falta de religión. La vieja sociedad pereció, porque Dios no ha
entrado todavía en ella”. La revolución, al reconquistar la sociedad sobre
bases nuevas, ha olvidado que Dios debía ser la piedra angular del edificio: y
en ese olvido está la fuente del mal. Ni cambios políticos ni revoluciones
conseguirán nada. No hay más que un remedio: restablecer sobre los derechos de
los hombres, los derechos de Dios; reconocer, de una vez para siempre que si el
hombre es el rey de la creación, no es su creador. A este precio únicamente se
puede conseguir la salvación. Privado de Dios, el edificio social no puede
permanecer mucho tiempo en pie.