LA RELIGION DEMOSTRADA

 

Los fundamentos de la fe católica ante la razón y la ciencia

 

por

P. A. Hillaire

 

Ex profesor del Seminario Mayor de Mende

Superior de los Misioneros del Sagrado Corazón

Año 1900

 

 

INTRODUCCION

 

Decía Pablo Bert en 1879, en su informe sobre instrucción pública: “Nuestra voluntad es levantar frente al templo donde se afirma, la escuela donde se demuestra.”

En esta obra nos proponemos evidenciar plenamente que el templo donde se afirma es también el templo donde se demuestra, y que la religión no es simplemente un postulado, sino una ciencia, en el estricto sentido de la palabra.

Se entiende por ciencia “todo conjunto de conocimientos razonados, deducidos lógicamente unos de otros, y fundados, en último análisis, en hechos ciertos y principios evidentes.”

Ahora bien, la Religión Católica tiene su fundamento en hechos positivos y ciertos y en principios evidentes, de los cuales lógicamente se deducen las verdades de orden teórico y práctico que enseña.

Su Santidad León XIII ha dicho: “Son tan sólidos los principios de la fe católica y tan en armonía con las exigencias de la lógica, que son más que suficientes para convencer al entendimiento más exigente y a la voluntad más rebelde y obstinada” (Encíclica Aeterni Patris).

Tan científico y tan racional es el Catecismo de la doctrina cristiana, como puede serlo cualquier libro profano, por exigente que sea.

Al tratar de ofrecer una demostración cabal y documentada acerca del origen divino de nuestra religión, no es nuestro propósito presentar una obra nueva, sino reunir sintéticamente en breves páginas los tesoros de erudición y ciencia apologética que se hallan profusamente esparcidos en otras obras, menos al alcance de las inteligencias y de las posibilidades de muchos lectores.

La materia de este libro es una explicación del Concilio Vaticano I conforme a las normas de la Teología fundamental.

El mismo va dirigido a la juventud escolar. Su finalidad es hacer comprender a los jóvenes de ambos sexos que la religión no es un problema de orden sentimental, sino una imposición de la razón y de la conciencia. Hoy más que nunca deben conocer a fondo los verdaderos motivos de la credibilidad, para afianzarse más en su fe y estar mejor dispuestos a defenderla y propagarla debidamente.

Grande es hoy el afán por conocer las ciencias profanas, ya sean teóricas o aplicadas; pero existe un abandono casi total del estudio de la Religión, que, al fin y al cabo es la única que debe hacer felices a los hombres en esta vida y en la otra.

También va dirigido este libro a las personas mayores que, impedidas por sus ocupaciones para dedicarse a estudios profundos sobre las verdades religiosas, podrán hallar en él compendiadas las enseñanzas de otras más extensas y arduas.

Es un deber para todo católico el estar preparado para defender su religión. Hoy se ignoran o se niegan principios tan fundamentales como la existencia de Dios, la inmortalidad y espiritualidad del alma, la necesidad y divinidad de la religión, los derechos y prerrogativas de la Iglesia, etc., etc. Es, pues, de capital importancia que el católico sepa responder acertadamente a los ataques infundados de la falsa ciencia.

Así lo reconoció León XIII en su encíclica Sapientiae christianae: “Ante la multitud de los errores modernos, el deber primordial de los católicos lo constituye el velar sobre sí mismos y tratar por todos los medios de conservar intacta su fe, evitando cuanto pueda mancillarla y disponiéndose para defenderla contra los sofismas de los incrédulos. A este fin creemos contribuirá grandemente que cada cual, según se lo permitan sus medios y su inteligencia, se esfuerce en alcanzar el más perfecto conocimiento posible de aquellas verdades religiosas que es dado al hombre abarcar con su entendimiento.”

Después de demostrar que Dios ha encomendado a la Iglesia Católica la misión de enseñar a los hombres lo que hay que creer y lo que hay que practicar para salvarse, ofrecemos una brevísima síntesis del dogma, de la moral y del culto católico. Es un memorial compendioso, pero bastante completo en la doctrina cristiana. Su lectura bastará para recordar las enseñanzas fundamentales de la religión.

El método que hemos seguido en esta obra, en el mismo que empleó Santo Tomás de Aquino en su Suma Teológica. El santo Doctor plantea en primer término la cuestión, la resuelve, y da seguidamente las explicaciones y demostraciones correspondientes.

El método tiene la triple ventaja de excitar el interés, precisar la doctrina y ofrecer una demostración clara y concreta de la verdad en cuestión.

Quizás a alguno le parezca que hemos acumulado excesivamente los argumentos y las demostraciones.

Es frecuente en Filosofía y en Teología que un solo argumento no logre plenamente el asenso del entendimiento. De ahí que la demostración deba ser como un haz de rayos dirigido a un solo objeto. Si éste no tiene más que una superficie, bastará un solo rayo para iluminarlo; pero en el caso de ser muchas, habrá necesidad de tantos rayos, cuantas sean las superficies.

Así también, en materia religiosa, muchas verdades, para ser comprendidas en todos sus aspectos, necesitan múltiples demostraciones; cada argumento sirve para aclarar un aspecto parcial, y la suma de todos nos dan idea cabal del pensamiento íntegro. Aparte de esto es bien sabido que no todas las razones convencen a todos, y lo que para uno es claro, para otro es oscuro.

También se nos reprochará, por ventura, el uso excesivo del silogismo. Pero a los que así piensan les advertimos que ésta es la forma de argumentación más segura y eficaz, al paso que la más breve y didáctica. Tanto más cuanto que pretendemos instruir más bien que deleitar al lector.

Fue en la gruta de Lourdes donde concebimos la idea de publicar esta obra. Por eso la Virgen Inmaculada ha sido por muchos años de investigación y de estudio la que ha sostenido nuestras fuerzas. Por sus benditas manos nos atrevemos a presentar a su Divino Hijo, Maestro verdadero de las almas, el fruto de nuestro trabajo. Dígnese El misericordiosamente hacerlo fecundo en frutos de salvación, que es la única gloria que ambicionamos y que será nuestra más preciada recompensa.

 

Mende, 8 de diciembre de 1900.

 

Fiesta de la Inmaculada Concepción.

 

A. Hillaire

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PLAN DE LA OBRA

 

 

El estudio de la Religión es un deber de todo hombre, pues por la sublimidad de su objeto, por los goces que proporciona al espíritu y por las consecuencias que debe tener en nuestros eternos designios, supera en dignidad y en importancia a todo otro estudio de orden puramente terreno. El debe ser, por consiguiente, el objeto de nuestras preferencias, pues se trata de nuestros primeros deberes y de nuestros eternos destinos.

En estos tiempos no basta un conocimiento superficial de la religión, es necesario poseer la ciencia de la misma, esa ciencia luminosa que engendra convicciones firmes y nos hace capaces de reflexionar sobre nuestras creencias. Ahora bien, esta ciencia no se posee cuando no se está en condiciones de responder a esta pregunta: ¿Por qué soy cristiano y católico? Decía San Pedro a los primeros discípulos: “Estad siempre prontos para responder a aquellos que os pidan razón de vuestras esperanzas”.

El acto de fe en las verdades religiosas debe estar fundado en la razón. Por consiguiente, es preciso que la razón nos prepare para aceptar las verdades de la fe, mediante los motivos de credibilidad. La apologética es la ciencia que establece con certeza los fundamentos o preámbulos de la fe, demostrando lo racional, legítimo e indispensable que es creer.

Los preámbulos de la fe consisten en algunas verdades preliminares que sirven de fundamento al estudio de la religión. Estas verdades son en realidad artículos de nuestra fe; mas aquí las vamos a considerar únicamente a la luz de la razón y de la ciencia.

Estas verdades pueden reducirse a cinco principales:

Existe un Dios creador de todos los seres.

El hombre, creado por Dios, tiene un alma espiritual, libre e inmortal.

El hombre está obligado a admitir alguna religión: sólo una religión es                  buena y   sólo una es verdadera.

La única religión verdadera es la cristiana.

La verdadera religión cristiana es la católica.

Todas estas verdades se hallan ligadas unas con otras como los eslabones de una cadena.

1) La existencia de Dios y la creación del hombre por Dios prueba la necesidad de una religión.

2) La necesidad de una religión nos obliga a buscar la verdadera, querida e impuesta por Dios a los hombres.

3) La única religión impuesta por Dios es la religión cristiana.

4) La religión cristiana no se halla, íntegra y verdaderamente, sino en la Iglesia Católica, la única y verdadera iglesia fundada por Cristo.

5) La Iglesia Católica es infalible Maestra de la fe, que con autoridad recibida de Dios nos enseña lo que debemos creer y lo que hemos de practicar para ir al cielo.

Bastará, pues, demostrar estas cinco verdades fundamentales, y todas las demás se derivarán de ellas como un río de su fuente, como las consecuencias de un principio. Una vez demostradas ellas, podremos concluir que la Religión Católica es la única verdadera, y que solamente abjurando de la razón y del buen sentido, se pueden poner en duda o negar sus dogmas.

De esta suerte quedarán refutados todos los adversarios de la Iglesia:

1)                  Los ateos, que no admiten la existencia de Dios.

2)                  Los materialistas, agnósticos y positivistas, que únicamente admiten la materia, y niegan a Dios, al alma humana y la vida futura.

3)                  Los indiferentes, que no creen en la necesidad de una religión o que, por lo menos, no practican ninguna.

4)                  Los cismáticos, herejes y protestantes que niegan la divinidad y la necesidad de la Iglesia Católica.

5)                        Los masones, finalmente, que son los peores enemigos de la Iglesia, de la familia y de la sociedad.

 

 

 

PRIMERA VERDAD

 

DIOS EXISTE

 

Existe un Dios supremo y eterno, creador y conservador del universo

 

1. P. ¿Cuál es la primera verdad, que ningún hombre debe ignorar?

R. La primera verdad que ningún hombre debe ignorar es la existencia de Dios, es decir, de un Ser eterno, necesario e infinitamente perfecto, Creador del universo espiritual y material, absoluto Señor de todas las cosas, a las que El gobierna con su Providencia. Esta es la verdad fundamental sobre la que descansa el edificio augusto de la religión, de la moral, de la familia y todo el orden social.

Si no hay Dios, la religión es completamente inútil.

La moral carece de base, si Dios, en virtud de su santidad, no establece una diferencia entre el bien y el mal; si  con su autoridad suprema, no hace obligatorias las normas de esa moral, y si con su perfecta justicia no premia el bien y castiga el mal.

Es imposible concebir la familia y la sociedad, sin leyes, sin deberes, sin las virtudes de la caridad, etc., y todas estas virtudes, si Dios no existiera, serían puras quimeras.

2. P. ¿Podemos estar ciertos de la existencia de Dios?

R. Sí, tan ciertos podemos estar de que Dios existe, como de que existe el sol. Es verdad que a Dios no lo vemos con los ojos corporales, porque es un espíritu puro; pero son tantas las pruebas que demuestran, sin lugar a dudas, su existencia, que sería necesario haber perdido por completo la inteligencia, para afirmar que Dios no existe.

No puede la mente humana comprender la naturaleza íntima de Dios ni los misterios de la vida divina; pero sí puede establecer con plena certeza el hecho de su existencia y conocer algunas de sus perfecciones. A Dios no lo podemos ver, ciertamente, con los ojos del cuerpo, pero sí podemos contemplar sus obras. Así como por la vista de un cuadro deducimos la existencia del pintor, cuya es la obra  –puesto que la existencia del efecto supone la existencia de la causa que lo produjo-,  así también, podemos remontarnos de los seres creados al Creador, causa primera de todo cuanto existe. Esto es lo que afirma el Concilio Vaticano I: “Con la luz natural de la razón humana puede ser conocido con certeza, por medio de las cosas creadas, el Dios único y verdadero, Creador y Señor nuestro”.

 

Orden de nuestra exposición

I. Principales pruebas de la existencia de Dios

II. Falsos sistemas inventados por los impíos para explicar el origen del mundo. – Su refutación.

III. Bondades recibidas de Dios y efectos de su Providencia.

 

I.                   Pruebas de la existencia de Dios

 

3. P. ¿Cuáles son las pruebas principales de la existencia de Dios?

R. Podemos citar siete, que nuestra razón nos dicta, y que se fundan:

1º En la existencia del universo;

2º En el movimiento, orden y vida de los seres creados;

3º En la existencia del hombre, dotado de inteligencia y libertad;

4º En la existencia de la ley moral.

5º En el consentimiento universal del género humano;

6º En los hechos ciertos de la historia;

7º En la necesidad de un ser eterno.

Estas pruebas pueden agruparse en tres categorías: físicas, morales y metafísicas.

Son pruebas físicas las que se fundan en la existencia, orden y vida de los seres creados (1º y 2º).

Son pruebas morales las que tienen por base el testimonio de nuestra conciencia, del género humano, y los hechos conocidos de la historia (3º a 6º)

Como prueba metafísica – ya que éstas son menos asequibles para las inteligencias comunes – daremos solamente la que se funda en la necesidad de un ser eterno. (7º).

Todas estas palabras tienen un fundamento común, que es un postulado o principio inconcuso, que todo el mundo admite: No hay efecto sin causa. Cualquiera de ellas, tomada aisladamente, demuestra plenamente la existencia de Dios; pero consideradas en conjunto, constituyen una demostración irrebatible, capaz de convencer al incrédulo más obstinado.

 

Primera prueba: La existencia del universo.

 

4. P. ¿Cómo se demuestra, por la existencia del universo, la existencia de Dios?

R. La razón nos dice que no hay efecto sin causa. Vemos un edificio, un cuadro, una estatua: al punto se nos ocurre la idea de un constructor, de un pintor, de un escultor, que hayan hecho esas obras. Del mismo modo, al contemplar el cielo, la tierra y todo cuanto existe, pensamos que todo ello debe tener una causa; y esa causa primera del mundo, le llamamos Dios: Luego por la existencia del universo, podemos demostrar la existencia de Dios.

En efecto:

1º El universo no ha podido hacerse a sí mismo.

2º No es fruto de la casualidad.

3º No ha existido siempre.

Luego debe la existencia a un Ser supremo y distinto de él.

El universo no ha podido hacerse a sí mismo, porque lo que no existe, no puede obrar, y consiguientemente, no puede darse la existencia. El ser que no existe, es nada, y la nada, nada produce.

El universo no es fruto de la casualidad, porque la casualidad no existe, y por lo tanto, nada puede producir. La casualidad es una palabra que el hombre ha inventado para ocultar su ignorancia y para explicar los hechos cuyas causas desconoce.

El universo no ha existido siempre. Así lo reconocen a una todas las ciencias; la geología, la astronomía, la biología, etc., todas sostienen que el mundo tuvo que tener un principio.

Tres caracteres señala la Filosofía al ser eterno: es necesario, inmutable e infinito. Ahora bien:

1º El mundo es material, y el ser material no puede ser necesario. Ninguna de sus partes existe necesariamente, pues se puede prescindir perfectamente de ésta o aquélla. Una montaña, o un río, o un árbol, podrían no existir. Luego si ninguna de las partes es de por sí necesaria, tampoco será necesario el todo.

2º El mundo no es inmutable. Si contemplamos la naturaleza material que nos rodea, vemos que en ella todo nace, todo perece, todo se renueva: las plantas, los animales, el hombre…

3º El mundo no es infinito, pues siempre es posible suponer un mundo más hermoso y más perfecto que el que existe. Por consiguiente tampoco es eterno, porque la eternidad – que es una perfección infinita – sólo puede hallarse en un ser infinito.

Si, pues, el mundo no ha existido siempre, es una obra que supone un obrero de la misma manera que el reloj supone un relojero, etc.

CONCLUSION: La existencia del universo demuestra la existencia de un Ser Supremo, causa primera de todos los seres. Ese ser supremo es Dios.

Narración. – Durante la revolución de 1793 decía el impío Carrier a un campesino de Nantes:

  Pronto vamos a convertir en ruinas vuestros campanarios y vuestras escuelas.

   Es muy posible – respondió el campesino – pero nos dejaréis las estrellas; y mientras ellas existan, serán como un alfabeto del buen Dios, en el que nuestros hijos podrán deletrear su augusto nombre.

No se precisan largos discursos para demostrar que Dios existe: basta abrir los ojos, y contemplar las maravillas del mundo exterior.

 

Segunda prueba: Movimiento, orden y vida de los seres creados.

 

5. P. ¿Se puede demostrar la existencia de Dios, por el movimiento de los seres creados?

R. Sí, porque no hay movimiento sin un motor, es decir, sin alguna causa que lo produzca. Ahora bien, cuanto existe en el mundo, obedece a algún movimiento que tiene que ser producido por algún motor. Y como no es posible que exista realmente una serie infinita de motores, dependientes el uno del otro, preciso es que lleguemos a un primer motor, eterno, necesario, causa primera del movimiento de todos los demás. A ese primer motor le llamamos Dios.

1º Sostiene la Mecánica, que es parte de la Física, que la materia no puede moverse por sí sola. Una estatua no puede abandonar su pedestal, una máquina no puede moverse sin una fuerza motriz; un cuerpo en reposo no puede por sí solo ponerse en movimiento. Tal es el llamado principio de inercia. Luego para producir un movimiento, es necesario un motor.

2º Ahora bien, la Tierra, el Sol, la Luna, las estrellas, recorren continuamente órbitas inmensas sin chocar jamás unas con otras. La Tierra es una esfera colosal, de 40.000 km. de circunferencia, que realiza una rotación completa sobre sí misma durante cada 24 horas, moviéndose los puntos situados sobre el ecuador con la velocidad de 28 km. por minuto. En 365 días da una vuelta completa alrededor del Sol, marchando a una velocidad de unos 30 km. por segundo. Todos los demás planetas realizan movimientos análogos. Y si miramos a nuestra Tierra, vemos que en ella todo es movimiento: los vientos, los ríos, las mareas, la germinación de las plantas….

3º Todo movimiento supone un motor; y como no se puede suponer una serie infinita de motores que se comuniquen el movimiento unos a otros, puesto que tan imposible un número concreto infinito como un bastón sin extremos, hemos de llegar necesariamente a un primer ser que comunique el movimiento sin haberlo recibido: hemos de llegar a un primer motor que no sea movido. Ahora bien, este primer ser, esta primera causa del movimiento, es Dios, a quien justamente podemos llamar el primer motor del universo.

 

6. P. ¿Prueba la existencia de Dios el orden que reina en el universo?

R. Sí, todo lo que se hace con orden, supone una inteligencia ordenadora; y cuanto más grandiosa es la obra y más perfecto el orden, tanto mayor y más poderosa es esa inteligencia.

Ahora bien, en todo el universo y en sus menores detalles existe un orden sorprendente. Luego podemos deducir que existe un supremo ordenador y una suprema inteligencia, a quien llamamos Dios.

1º No se da efecto sin causa, ni orden sin una inteligencia ordenadora. Si arrojamos sobre el suelo un montón de letras mezcladas, ¿acaso podrán producir un libro si no hay una inteligencia que las ordene? De ninguna manera. Juntemos en una caja todas las piezas de un reloj; ¿acaso llegarán a colocarse por sí solas en el sitio que les corresponde, para iniciar el movimiento y marcar las horas? ¡Jamás!

2º El orden que reina en el universo es perfecto: a cada cosa corresponde un lugar. El día sucede a la noche, y la noche al día; las estaciones se suceden unas a otras. La Tierra, los cielos, las estrellas, los diversos elementos del universo, todo se encadena, todo concurre a la armonía maravillosa del conjunto. La consecuencia es esta: este orden tan admirable supone un ordenador.

Algunos dicen: este orden del mundo, sus combinaciones tan complicadas, esta armonía que admiramos son efectos de la casualidad. Nada más absurdo y falto de razón. La casualidad no es más que una palabra, hija de la ignorancia, con que se pretende explicar aquello cuya causa se desconoce. Otros dicen que ello se da por consecuencia de las fuerzas o leyes naturales. Eso es correcto, pero, precisamente, la existencia de esas leyes suponen la existencia de Dios, pues no hay ley si no existe un legislador. ¿Quién ha dictado esas leyes?... ¿Quién las mantiene?... ¿Quién las dirige?... La materia es, de suyo, inerte; luego existe un ser distinto que la mueva. La materia es ciega; luego existe un ser inteligente que la guíe, ya que todo marcha en un orden perfecto.

Resumiendo: Todo efecto debe tener una causa proporcionada: el orden y la armonía suponen un ser inteligente; el mundo supone la existencia de Dios.

Para Newton, el mejor argumento para demostrar la existencia de Dios era el orden del universo; por eso solía repetir las palabras de Platón: “vosotros deducís que yo tengo un alma inteligente, porque observáis orden en mis palabras y acciones; concluid pues, contemplando el orden que reina en el universo, que existe también un ser soberanamente inteligente, que existe un Dios”.

El mismo Voltaire no pudo resistir a la fuerza de este argumento. Afirmaba que era preciso perder por completo el juicio para no deducir de la existencia del mundo la existencia de Dios, a la manera que a la vista de un reloj, deducimos la existencia de un relojero. Se discutía un día en su presencia sobre la existencia de Dios; y él, señalando con el dedo a un reloj de pared que en la habitación había, exclamó:

– ¡Cuánto más reflexiono, menos puedo comprender cómo podría marchar ese reloj si no lo hubiera construido un relojero!

 

7. P. ¿Podemos deducir la existencia de Dios por la contemplación de los seres vivientes?

R. Sí, La razón, la ciencia y la experiencia nos obligan a admitir un Creador de todos los seres vivientes diseminados sobre la Tierra. Y como ese Creador no puede ser sino Dios, se sigue que de la existencia de los seres vivientes, podemos concluir la existencia de Dios.

Las ciencias físicas y naturales nos enseñan que en un tiempo no hubo ningún ser viviente sobre la tierra. ¿De dónde proviene, entonces, la vida que ahora existe en ella: la vida de las plantas, la de los animales y la del hombre?

La razón nos dicta que no ya la vida intelectiva del hombre, ni la vida sensitiva de los animales, pero ni siquiera la vida vegetativa de las plantas pudo haber brotado de la materia. ¿Razón? Porque nadie puede dar lo que no tiene; y como la materia carece de vida, tampoco pudo darla.

Los ateos no saben qué responder a este dilema: o bien la vida ha nacido espontáneamente sobre la Tierra, fruto de la materia por generación espontánea; o bien hay que admitir una causa distinta del mundo, que fecunda a la materia y hace germinar en ella la vida. Ahora bien, después de los experimentos concluyentes de Pasteur, nadie se atreve a defender la hipótesis de la generación espontánea; la ciencia establece que nunca nace un ser viviente si no existe un germen vital, semilla, huevo o renuevo, proveniente de otro ser viviente de la misma especie.

¿Y cuál es el origen del primer viviente en cada una de las especies? Remontémonos cuanto queramos de generación en generación; siempre llegaremos a un primer creador de todos los seres vivientes, causa primera de todas las cosas, que es Dios. Es éste el argumento del huevo y la gallina; pero no por ser viejo, deja de preocupar seriamente a los ateos.

 

8. P. Todos los seres del universo, ¿prueban la existencia de Dios?

R. Sí, cuantos seres existen en el universo son otras tantas pruebas de la existencia de Dios, porque todos ellos son el efecto de una causa que les ha dado el ser, de un Dios que los ha creado a todos.

Muy bien conocen los sabios los elementos que integran cada uno de esos seres; y, sin embargo, no son capaces de producir uno solo; no pueden crear ni una hoja de árbol, ni una brizna de hierba.

Preguntaba Lamartine a un picapedrero de S. Pont: ¿Cómo puedes conocer la existencia de Dios, si jamás has asistido a la escuela, ni a la doctrina, ni te han enseñado nada en tu niñez, ni has leído ninguno de los libros que tratan de Dios?

Le respondió el picapedrero: ¡Ah, Señor! Mi madre, en primer lugar, me lo ha dicho muchas veces; además, cuando fui mayor, conocí a muchas almas buenas que me llevaron a casas de oración, donde se reúnen para adorarle y servirle en común, y escuchar las palabras que ha revelado a los santos para enseñanza de todos los hombres. Pero aun cuando mi madre nunca me hubiese dicho nada de El, y aun cuando nunca hubiera asistido al catecismo que enseñan en las parroquias, ¿no existe otro catecismo en todo lo que nos rodea, que habla muy alto a los ojos del alma, aun de los más ignorantes? ¿Por ventura se precisa conocer el alfabeto, para leer el nombre de Dios? ¿Acaso su idea no penetra en nuestro espíritu con nuestra primera reflexión, en nuestro corazón con su primer latido? Ignoro qué opinarán los demás hombres, señor, pero en cuanto a mí, no podría ver, no digo una estrella, sino una hormiga, ni una hoja, ni un grano de arena, sin decirle: ¿Quién es el que te ha creado?

Lamartine replicó: Dios – se responderá usted mismo.

– Así es, señor – añadió el picapedrero – esas cosas no pudieron hacerse por sí mismas, porque antes de hacer algo, es necesario existir; y si existían no podían hacerse de nuevo. Así es como yo me explico que Dios ha creado todas las cosas. Usted conoce otras maneras más científicas para darse razón de ello.

– No – repuso Lamartine – todas las maneras de expresarlo coinciden con la suya. Pueden emplearse más palabras, pero no con más exactitud.

 

Tercera prueba: La existencia del hombre, inteligente y libre.

 

9. P. ¿Podemos demostrar particularmente la existencia de Dios, por la existencia del hombre?

R. Sí, Por la existencia del hombre, inteligente y libre, llegamos a deducir la existencia de Dios, pues no hay efecto sin una causa capaz de producirlo.

Un ser que piensa, reflexiona, raciocina y quiere, no puede provenir sino de una causa inteligente y creadora; y como esa causa inteligente y creadora es Dios, se sigue que la existencia del hombre demuestra la existencia de Dios. Podemos decir por consiguiente: Yo pienso, luego existo, luego existe Dios.

Es un hecho indubitable que no he existido siempre, que los años y días de mi vida pueden contarse; si, pues, he comenzado a existir en un momento dado, ¿quién me ha dado la vida?

¿Acaso he sido yo mismo? ¿Fueron mis padres? ¿Algún ser visible de la creación? ¿Fue un espíritu creador?

No he sido yo mismo. Antes de existir, yo nada era, no tenía ser; y lo que no existe no produce nada.

Ni fueron sólo mis padres los que me dieron la vida. El verdadero autor de una obra puede repararla cuando se deteriora, o rehacerla cuando se destruye. Ahora bien, mis padres no pueden sanarme cuando estoy enfermo, ni resucitarme después de muerto. Si solamente mis padres fuesen los autores de mi vida, ¡qué perfecciones no tendría yo! ¿Qué padre no trataría de hacer a sus hijos en todo perfectos?...

Hay además otra razón. Mi alma, que es una sustancia simple y espiritual, no puede proceder de mis padres: no de su cuerpo, pues entonces sería material; no de su alma, porque el alma es indivisible; ni, por último, de su poder creador, pues ningún ser creado puede crear.

No debo mi existencia a ningún ser visible de la creación. El ser humano tiene entendimiento y voluntad, es decir, es inteligente y libre. Por consiguiente, es superior a todos los seres irracionales. Un mineral no puede producir un vegetal; un vegetal no puede producir un animal, ni un animal, un hombre.

4° Debo, por consiguiente, mi ser a un Espíritu creador. ¿De dónde ha sacado mi alma? No la sacó de la materia, pues entonces sería material. Tampoco la sacó de otro espíritu, porque el espíritu, que es simple, no puede dividirse. Luego, necesariamente la sacó de la nada, es decir, la creó. Y como el único que puede crear es Dios, es decir, el único que puede dar la existencia con un simple acto de su voluntad, se sigue que por la existencia del hombre, queda demostrada la existencia de Dios.

 

Cuarta prueba: La existencia de la ley moral.

 

10. P. ¿Prueba la existencia de Dios el hecho de la ley moral?

R. Sí, la existencia de la ley moral prueba irrefragablemente que Dios existe.

Existe, en efecto,  una ley moral, absoluta, universal, inmutable, que manda hacer el bien, prohíbe el mal y domina en la conciencia de todos los hombres. El que obedece esta ley, siente la satisfacción del deber cumplido; el que la desobedece, es víctima del remordimiento.

Ahora bien, como no hay efecto sin causa, ni ley sin legislador, esa ley moral tiene un autor, el cual es Dios. Luego, por la existencia de la ley moral llegamos a deducir la existencia de Dios.

El es el Legislador supremo que nos impone el deber ineludible de practicar el bien y evitar el mal; el testigo de todas nuestras acciones; el juez inapelable que premia o castiga, con la tranquilidad o remordimientos de conciencia.

Nuestra conciencia nos dicta: 1° que entre el bien y el mal existe una diferencia esencial; 2° que debemos practicar el bien y evitar el mal; 3° que todo acto malo merece castigo como toda obra buena es digna de premio; 4° esa misma conciencia se alegra y aprueba a sí misma cuando procede bien, y se reprueba y condena cuando obra mal. Luego existe en nosotros una ley moral, naturalmente impresa y grabada en nuestra conciencia.

¿Cuál es el origen de esa Ley? Evidentemente debe haber un legislador que la haya promulgado, así como no hay efecto sin causa. Esa ley moral es inmutable en sus principios, independiente de nuestra voluntad, obligatoria para todo hombre, y no puede tener otro autor que un ser soberano y supremo, que no es otro que Dios.

Además de lo dicho, se ha de tener presente que si no existe legislador, la ley moral no puede tener sanción alguna; puede ser quebrantada impunemente. Luego, una de dos: o es Dios el autor de esa ley, y entonces existe; o la ley moral es una quimera, y en ese caso no existe diferencia entre el bien y el mal, entre la virtud y el vicio, la injusticia y la iniquidad, y la sociedad es imposible.

El sentimiento íntimo manifiesta a todo hombre la existencia de Dios. Por natural instinto, principalmente en los momentos de ansiedad o de peligro, se nos escapa este grito: ¡Dios mío!.. Es el grito de la naturaleza. “El más popular de todos los seres es Dios – dijo Lacordaire – El pobre lo llama, el moribundo lo invoca, el pecador le teme, el hombre bueno le bendice. No hay lugar, momento, circunstancia, sentimiento, en que Dios no se halle y sea nombrado. La cólera no cree haber alcanzado su expresión suprema, sino después de haber maldecido este Nombre adorable; y la blasfemia es asimismo el homenaje de una fe que se rebela al olvidarse de sí misma”. Nadie blasfema de lo que no existe. La rabia de los impíos, como las bendiciones de los buenos, testimonian la existencia de Dios.

 

Quinta prueba: La creencia universal del género humano.

 

11. P. El consentimiento de todos los pueblos, ¿prueba la existencia de Dios?

R. Sí; la creencia de todos los pueblos es una prueba evidente de la existencia de Dios.

Todos los pueblos, cultos o bárbaros, en todas las zonas y en todos los tiempos, han admitido la existencia de un Ser supremo. Ahora bien, como es imposible que todos se hayan equivocado acerca de una verdad tan trascendental y tan contraria a las pasiones, debemos exclamar con la humanidad entera: ¡Creo en Dios!

Es indudable que los pueblos se han equivocado acerca de la naturaleza de Dios; unos han adorado a las piedras y a los animales, otros al sol. Muchos han atribuido a sus ídolos sus propias cualidades buenas y malas; pero todos han reconocido la existencia de una divinidad a la que han tributado culto. Así lo demuestran los templos, los altares, los sacrificios, cuyos rastros se encuentran por doquier, tanto en pueblos antiguos como entre los modernos.

“Echad una mirada sobre la superficie de la tierra – decía Plutarco, historiador de la antigüedad – y hallaréis ciudades sin murallas, sin letras, sin magistrados, pueblos sin casas, sin moneda; pero nadie ha visto jamás un pueblo sin Dios, sin sacerdotes, sin ritos, sin sacrificios”.

El gran sabio Quatrefages ha escrito: “Yo he buscado el ateísmo o la falta de creencia en Dios entre las razas humanas, desde las más inferiores hasta las más elevadas. El ateísmo no existe en ninguna parte, y todos los pueblos de la tierra, los salvajes de América como los negros de África, creen en la existencia de Dios”.

Ahora bien, el consentimiento unánime de todos los hombres sobre un punto tan importante es necesariamente la expresión de la verdad. Porque, ¿cuál sería la causa de ese consentimiento? ¿Los sacerdotes? Al Contrario, el origen del sacerdocio está en la creencia de que existe un Dios, pues si el género humano no hubiera estado convencido de esa verdad, nadie habría soñado en consagrarse a su servicio, y los pueblos jamás hubieran elegido hombres para el culto.

¿Podrían ser la causa de tal creencia las pasiones? Las pasiones tienden más bien a borrar la idea de Dios, que las contraría y condena.

¿Los prejuicios? Un prejuicio no se extiende a todos los tiempos, a todos los pueblos, a todos los hombres; pronto o tarde lo disipan la ciencia y el sentido común.

¿La ignorancia? Los más grandes sabios han sido siempre los más fervorosos creyentes en Dios.

¿El temor? Nadie teme lo que no existe: el temor de Dios prueba su existencia.

¿La política de los gobernantes? Ningún príncipe ha decretado la existencia de Dios, antes al contrario, todos han querido confirmar sus leyes con la autoridad divina: esto es una prueba de que dicha autoridad era admitida por sus súbditos.

La creencia de todos los pueblos sólo puede tener su origen en Dios mismo, que se ha dado a conocer, desde el principio del mundo, a nuestros primeros padres, o en el espectáculo del universo, que demuestra la existencia de Dios, como un reloj demuestra la existencia de un relojero.

Frente a la humanidad entera, ¿qué pueden representar algunos ateos que se atreven a contradecir? El sentido común los ha refutado; la causa está fallada. Es menester carecer de razón para creer tenerla contra todo el mundo. Antes que suponer que todo el mundo se equivoca, hay que creer que todo el mundo tiene razón.

 

Sexta prueba: Los hechos ciertos de la historia.

 

12. P. Los hechos ciertos de la historia, ¿prueban la existencia de Dios?

R. Sí; porque un ser puede manifestarse de tres maneras: puede mostrarse, hablar y obrar. Ahora bien, Dios se mostró a nuestros primeros padres en el Edén, a Moisés en el Sinaí…  Habló a los patriarcas y a los profetas. Hizo sentir su acción en el curso de los siglos, y los milagros del Antiguo y del Nuevo Testamento, comprobados por la historia, son hechos que demuestran la acción y la existencia de Dios.

Hay dos maneras de conocer la verdad: 1º descubrirla uno mismo; 2º recibirla de otro. El hombre sabe o cree. Sabe cuando alcanza la verdad con las solas facultades de su alma, la inteligencia, la razón, la conciencia, el sentido íntimo, los órganos del cuerpo; cree, cuando se adhiere al testimonio de otros.

El medio más fácil para conocer a Dios es el testimonio de la historia. La Biblia, considerada como un simple libro histórico, está revestida de todos los caracteres de veracidad exigidos por la ciencia. Por más que los racionalistas clamen, es tan imposible poner en duda los hechos históricos de la Biblia, como lo es negar las victorias de Alejandro Magno o Napoleón.

Ahora bien, según la Biblia, Dios se mostró de varios modos: habló a nuestros primeros padres, a Noé, a los patriarcas, a los profetas… Pero es evidente que para mostrarse y hablar es necesario existir. Las milagrosas obras sensibles que ningún agente creado puede hacer por sí mismo, no son más que las obras de Dios. Por consiguiente, los milagros que nos cuenta la Biblia son otras tantas pruebas de la existencia de Dios.

 

Séptima prueba: La necesidad de un ser eterno.

 

13.P. ¿Cómo se prueba la existencia de Dios por la necesidad de un ser eterno?

R. Existe algo en el mundo; ahora bien, si no existiera un ser eterno, nada podría existir; luego existe un ser eterno. Es así que ese ser eterno es Dios; luego Dios existe.

1º Que existe algo es evidente.

Si desde toda la eternidad no hubiera existido nada, nada existiría tampoco ahora. Los seres no podían darse a sí mismos la existencia, puesto que no existían. No podían recibirla de la nada, porque la nada es nada y no produce nada. Por consiguiente, era necesario que existiera un primer ser eterno, para dar la existencia a los otros.

Este ser eterno es Dios. El ser eterno, por el hecho de existir desde toda la eternidad, posee un atributo, una perfección infinita: la eternidad, que es una duración sin principio ni fin. Pero, como los atributos de un ser no pueden ser superiores a su naturaleza, a su esencia, al modo que el brazo del hombre no puede ser más grande que el hombre mismo, se sigue de aquí que el ser eterno, por el hecho de poseer un atributo infinito, posee también una naturaleza, una esencia infinita; luego es infinito en toda clase de perfecciones. Lo que es infinito bajo un aspecto lo es bajo todos. Es así que el ser infinito es Dios. Luego Dios existe.

4º Puesto que este ser eterno ha existido siempre, no ha podido recibir la existencia por medio de otro: estaba solo. Tampoco se la ha podido dar a sí mismo, porque nadie se puede crear a sí mismo, luego es necesario que este primer ser exista por la necesidad de su propia naturaleza; es el ser que nosotros llamamos necesario. Dios es el ser necesario, que existe porque le es esencial la existencia, como le es esencial al círculo el ser redondo y al triángulo tener tres ángulos.

 

14. P. ¿Podemos comprender a un ser eterno y necesario?

R. No, no podemos comprender su naturaleza, porque es infinito y, por consiguiente, está por encima de todo entendimiento finito. Tan imposible es comprenderle, como encerrar en la cavidad de la mano la inmensidad del mar. Sin embargo, nosotros estamos ciertos de la necesidad de su existencia.

Como ya hemos visto, un ser no puede existir sino por sí mismo o producido por otro; no hay término medio entre estas dos maneras de existir. Ahora bien, los seres que pueblan el universo no pueden existir por sí mismos, porque existir por sí mismo es existir necesariamente y desde toda la eternidad. Pero, ¿quién no ve que sería absurdo suponer que todos los seres del universo existen necesariamente?... Fuera de eso, no es posible que todos los seres sean producidos, porque si todos fueran producidos, porque si todos fueran producidos, no hallaría ninguno que les diera la existencia, y entonces ninguno existiría. Luego existe un ser que no ha recibido la existencia de otro, que la tiene por sí mismo, que es necesario, eterno; y este ser eterno y necesario es aquél a quien todo el mundo llama Dios.

Este argumento se puede presentar en una forma más científica, de la siguiente manera:

P. ¿Puede probarse la existencia de Dios por la existencia de un Ser necesario?

R. Sí; se prueba de una manera científica la existencia de Dios con este sencillo argumento:

a) Existe un ser necesario, b) Este ser necesario es Dios; luego Dios existe.

 

a)                  EXISTE UN SER NECESARIO

1º que existe algo es evidente, y los mismos ateos no lo niegan: Nosotros existimos…

2º Un ser no puede existir sin una razón suficiente de su existencia. Este principio es de una evidencia tal, que el probarlo, además de ser ridículo, sería inútil, ya que nadie lo discute.

3º La razón suficiente de la existencia puede ser de dos clases: o a la naturaleza propia de cada ser, o una causa externa. Luego todo ser existe o por virtud de su propia naturaleza, por sí mismo, o es producido por otro. Este principio también es evidente, pues no hay otra manera posible de existir.

4º El ser que existe por sí mismo en virtud de su propia naturaleza, existe necesariamente, no puede menos de existir; y puesto que la existencia forma parte de la naturaleza de dicho ser, no puede carecer de ella. Es evidente que un ser no puede menos de tener su naturaleza, su esencia, lo que la hace ser lo que es.

Por tanto, si la existencia forma parte de su naturaleza, existe necesariamente, y por lo mismo, se llama el Ser necesario.

Al contrario, el ser que debe su existencia a una causa externa, no existe sino dependientemente de esta causa, en cuanto que ha sido producido por ella. Podría no existir, y por eso se llama ente contingente o producido por otro.

5º No es posible que todos los seres sean contingentes o producidos. Y, a la verdad, el ente producido no existe por su sola naturaleza: no existiría jamás si no fuera llamado a la existencia por una causa extraña a él. Luego, si todos los seres fueran producidos, no habría ninguno que les hubiera dado la existencia. Por consiguiente, si no hubiera un Ser necesario, nada existiría. Es así que existe algo; luego existe también un Ser necesario.

 

b) EL SER NECESARIO ES DIOS

He aquí los caracteres principales del Ser necesario:

El Ser necesario es infinitamente perfecto.

El Ser necesario, por el mero hecho de existir en virtud de su propia naturaleza, posee todas las perfecciones posibles y en grado eminente; tiene la plenitud del ser, y el ser comprende todas las perfecciones: es pues, infinitamente perfecto.

De la misma suerte que un círculo posee esencialmente la redondez perfecta, así el Ser necesario posee esencialmente la existencia perfecta, la plenitud del ser; y habría contradicción en decir: el Ser necesario es finito, como la habría en decir que el círculo no es redondo. Luego el Ser necesario posee todas las perfecciones, y en grado tal que excluyen toda medida, todo límite.

No hay más que un solo Ser necesario.

El Ser necesario es infinito; y dos infinitos no pueden existir al mismo tempo. Si son distintos, no son infinitos ni perfectos, porque ninguno de los dos posee lo que le pertenece al otro. Si no son distintos, no forman más que un solo ser.

El Ser necesario es eterno.

Si no hubiera existido siempre, o si tuviera que dejar de existir, evidentemente no existiría en virtud de su propia naturaleza. Puesto que existe por sí mismo, no puede tener ni principio ni fin ni sucesión.

El Ser necesario es inmutable.

El Ser necesario no puede mudarse, porque nunca cambia su razón de ser y la causa de su existencia, que es su naturaleza misma. Por otra parte, mudarse es adquirir o perder algo, mientras que el Ser perfecto no puede adquirir nada, porque posee todas las perfecciones; y no puede perder nada, porque entonces dejaría de ser perfecto. Es pues, inmutable.

Por consiguiente, también es independiente, es decir, no necesita de nadie, se basta a sí mismo, porque es el Ente que existe por sí, infinito, perfecto, inmutable.

El Ser necesario es un espíritu.

Un espíritu es un ser inteligente, capaz de pensar, de entender y de querer; un ser que no puede ser visto ni tocado por los sentidos corporales. Todos los hombres han distinguido naturalmente la sustancia viva, activa, inteligente, de la sustancia muerta, pasiva, incapaz de moverse. A la primera le llamaron espíritu, y a la segunda, cuerpo o materia.

El Ser necesario es un espíritu esencialmente distinto de la materia. Y en verdad, si fuera corporal, sería limitado en su ser como todos los cuerpos. Si fuera material, sería divisible y no sería infinito. Tampoco sería infinitamente perfecto, porque la materia no puede ser el principio de la inteligencia y de la vida, que son grandes perfecciones. Luego el Ser necesario es una sustancia espiritual, absolutamente simple.

Pero como estos caracteres del Ser necesario son idénticamente los mismos que los atributos de Dios, debemos concluir que el Ser necesario es aquél a quien todo el mundo llama Dios, y que Dios existe.

 

DEFINICIONES DEL CONCILIO VATICANO

Vamos a exponer aquí las definiciones de la Iglesia, no como un argumento contra los incrédulos, sino para hacer resaltar la perfecta armonía existente entre las enseñanzas de la religión católica y la razón.

“La santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana cree y confiesa que hay un solo Dios verdadero y vivo, creador y señor del cielo y de la tierra, omnipotente, eterno, inmenso, incomprensible, infinito en su entendimiento y voluntad y en toda perfección; el cual, siendo una sola sustancia espiritual, singular, absolutamente simple e inmutable, debe ser predicado como distinto del mundo, real y esencialmente, felicísimo en sí y de sí, e inefablemente excelso por encima de todo lo que fuera de Él mismo existe o puede ser concebido.”

Cánones:[Contra todos los errores acerca de la existencia de Dios creador]. Si alguno negare al solo Dios verdadero creador y Señor de las cosas visibles e invisibles, sea anatema.

[Contra el materialismo.] Si alguno no se avergonzare de afirmar que nada existe fuera de la materia, sea anatema.

[Contra el panteísmo.] Si alguno dijere que es una sola: y la misma la sustancia o esencia de Dios y la de todas las cosas, sea anatema.

[Contra las formas especiales del panteísmo.] Si alguno dijere que las cosas finitas, ora corpóreas, ora espirituales, o por lo menos las espirituales, han emanado de la sustancia divina, o que la divina esencia por manifestación o evolución de sí, se hace todas las cosas, o, finalmente, que Dios es el ente universal o indefinido que, determinándose a sí mismo, constituye la universalidad de las cosas, distinguida en géneros, especies e individuos, sea anatema.

[Contra los panteístas y materialistas.] Si alguno no confiesa que el mundo y todas las cosas que en él se contienen, espirituales y materiales, han sido producidas por Dios de la nada según toda su sustancia, sea anatema.

Tal es la fe de la Iglesia, la cual afirma la existencia de Dios espíritu puro, distinto del mundo y creador de todas las cosas; ella condena el materialismo, las diversas formas de panteísmo y todos los falsos sistemas modernos. Veremos que el sentido común los condena también como la Iglesia.

 

Refutación del ateísmo

MATERIALISMO – PANTEISMO – POSITIVISMO – EVOLUCIONISMO

 

15. P. ¿Puede explicarse, prescindiendo de Dios, el origen del mundo y de los seres que lo componen?

R. No; es imposible. Todos los sistemas inventados para explicar el origen de los seres, el movimiento y el orden que reinan en el mundo, la vida de las plantas y de los animales, la vida intelectual del hombre, son absurdos, imposibles. Es necesario recurrir a Dios todopoderoso, creador del mundo y de todo lo existente. Hemos de decir con la Iglesia: “Creo en Dios, Creador del cielo y de la tierra”.

Es fácil afirmar: Dios no existe; basta ser un necio: Dixit insipiens. Pero no termina todo en este aserto: hay que explicar el mundo, el mundo existe... Cabe deslumbrar con palabras rimbombantes de inmanencia, períodos atómicos, gases en combustión, cantidades puras, etc., pero estas sonoras palabras nada explican.

Las pruebas de la existencia de Dios refutan el ateísmo, quédanos por demostrar lo absurdo de los sistemas imaginados para explicar: 1°, la existencia de la materia; 2°, la organización del mundo; 3°, el origen de los seres vivientes. Estos sistemas pueden reducirse a cuatro: 1°, materialismo; 2°, el panteísmo; 3°, el positivismo, y 4°, el evolucionismo o darwinismo.

 

Materialismo

 

16. P. ¿Qué es el materialismo?

R. El materialismo es el grosero error que no admite más que una cosa: la materia, cuyos átomos, primitivamente separados, se han reunido y han formado el mundo. Según este sistema, la materia es eterna, y existe por sí sola, con sus fuerzas y sus leyes. Semejante sistema es imposible; y es baldón de nuestra época haber renovado estos errores paganos.

Los incrédulos modernos, al negar a Dios, no pueden librarse de admitir las perfecciones que este Nombre augusto representa. Las atribuyen a la materia, cuya existencia única proclaman, haciendo de ella un ídolo. Dicen que es necesaria, eterna, increada y creadora del orden y de la vida.

Pues nada más falso, ni más imposible.

1° El Ser necesario no puede menos de existir; y es evidentísimo que la materia podría no existir. ¿Cuál es el ser, tomado individualmente, que sea necesario en el mundo? ¿Qué importan una piedra, un árbol, una montaña más o menos? Lo que es verdadero hablando de las diversas partes, es necesariamente verdadero hablando del todo; luego la materia no es el Ser necesario.

2° El Ser necesario es infinito. ¿Puede decirse, por ventura, que la materia es infinita? Toda materia ¿no es limitada? La materia no posee ni vida ni inteligencia; no es pues, infinitamente perfecta; luego no es el Ser necesario.

3° El Ser necesario es inmutable; y al contrario, la materia está sometida a toda clase de mudanzas: las combinaciones físicas y químicas modifican diariamente su forma y manera de ser. Luego, una vez más, la materia no puede ser necesaria.

El ateo es en realidad digno de lástima por los absurdos que está obligado a admitir. Así: 1° Admite una materia, por naturaleza propia soberanamente imperfecta, y que, sin embargo, tendría una perfección infinita, la eternidad.

2° Admite una materia absolutamente inerte, que se daría a sí misma un movimiento que no tiene.

3° Admite una materia desprovista de inteligencia, y que produce obras maestras de inteligencia, como lo es la organización del universo, ese reloj inmenso y complicado que no se rompe, que no se detiene, que no se gasta, que no se descompone nunca.

4° Admite una materia que no tiene vida y que produce seres vivientes como la planta, el animal, el hombre.

5° Admite una materia que no piensa, que no raciocina, que no es libre, y que produce seres capaces de pensar, de raciocinar, de querer libremente, como el hombre.

Los impíos modernos, capitaneados por Renán, han renovado el sistema de Epicuro. Suponen un número infinito de átomos que se mueven en el vacío. Un día, estos átomos se encontraron por casualidad, se unieron y formaron masas de las que resultaron tierra, sol, luna, estrellas, es decir, el universo.

Su sistema es pueril y absurdo. Suponen átomos innumerables, mas no dicen de donde salen. Los suponen en movimiento, pero se olvidan de decir quién los mueve. Suponen que su encuentro fortuito ha producido el mundo, pero no dicen quién es el autor del orden admirable que reina en el mundo.

Estos incrédulos fundan su sistema sobre tres imposibles:

1° Es imposible que existan átomos sin un creador;

2° Es imposible que los átomos se mueven sin un motor;

3° Es imposible que el encuentro de los átomos haya producido el orden sin un ordenador inteligente.

Se necesita un Dios para crear estos famosos átomos, un Dios para ponerlos en movimiento, un Dios para formar esos globos admirables que ruedan sobre nuestras cabezas con orden y armonía sublimes.

Lo que se dice de los átomos puede aplicarse igualmente a las substancias gaseosas o líquidas, a la materia primera que ha servido para construir el mundo.

 

Panteísmo

 

17. P. ¿Qué es el panteísmo?

R. El panteísmo es un error monstruoso que no admite un Dios personal distinto del mundo; Dios sería el conjunto de todos los seres del universo. Este sistema no es más que un ateísmo hipócrita; repugna y es desastroso en sus consecuencias.

El segundo sistema inventado para explicar el mundo, prescindiendo de Dios, se llama panteísmo. Esta palabra significa que todo es Dios. Se presenta bajo formas muy diversas, pero su dogma constitutivo consiste en admitir una sola substancia, de la cual los seres visibles no son sino modificaciones o evoluciones. Es el Dios-naturaleza, el Dios-fuerza, el Dios-energía, el Grande-Todo; es la identidad de Dios y del universo. Se puede decir del panteísmo lo que decía Bossuet del paganismo: Todo es Dios, excepto Dios mismo.

“Según este ridículo sistema, usted es dios y yo soy dios. Un macho cabrío y un toro que rumia son nuestros hermanos en divinidad. Pero, ¿qué digo? Una berza, un nabo, una cebolla, son dioses como nosotros. El hongo que usted recoge por la mañana es un dios que brotó durante la noche. Cuando una zorra atrapa una gallina, es un dios que atrapa a otro dios. Cuando un lobo devora un cordero, es un dios que se devora a sí mismo. El cardo y el asno que lo como son el mismo dios. Si yo corto a un hombre el cuello, ejecuto una acción divina... Ya ve usted cuán razonable es todo esto y, sobre todo, cuán moral. Con este sistema no hay más crímenes. El robo, el asesinato, el parricidio son caprichos de un dios... ¿Puede imaginarse nada más absurdo?... ¡Parece cosa de sueño ver a hombres que se dicen filósofos escribir y enseñar semejantes estupideces!” (MAUNOURY, Veladas de otoño).

1° El panteísmo destruye la idea de Dios; porque Dios es inmutable, infinito, perfecto y necesario, y no puede, por tanto, ser variable, finito, limitado, imperfecto como la materia. Es un ateísmo hipócrita.

2° Admite efectos sin causa; porque si Dios no es un ser personal, distinto del mundo, no hay seres necesarios, puesto que el Ser necesario es único, y entonces, ¿dónde está la causa que ha producido el universo?...

3° Es contrario al sentido íntimo. Yo siento, sin que haya lugar a dudas, que yo soy yo, y no otro.

4° Contradice los enunciados de la razón, que destruye en Dios, y en el mundo atributos contradictorios.

5° El panteísmo es una verdadera locura, pero una locura criminal, porque abre la puerta a los vicios y aniquila la virtud, porque destruye toda la idea de legislador, de ley, de conciencia, de deber, de castigo y de recompensa.

N. B. – Hay dos formas principales de panteísmo: el naturalista, que es un materialismo disfrazado, y el panteísmo idealista del judío holandés Espinosa y de Hegel, popularizados en Francia por Renán, Tiene y Wacherot.

 

Positivismo

 

18. P. ¿Qué es el positivismo?

R. El positivismo es un sistema que no admite nada real y positivo si no es materia; no reconoce sino lo que se puede comprobar con la experiencia, y considera como hipotético todo lo que cae bajo el dominio de los sentidos: Dios, alma, vida futura. Este sistema degradante no es sino un materialismo hipócrita.

El positivismo es el último progreso de la razón humana, el último término de las evoluciones científicas. Los positivistas reconocen por jefe a  Comte y por maestros a Littré, Renán, Robinet... no quieren buscar la causa primera de los seres, declarándola desconocida, y pretenden que no hay que tratar de ella... Según ellos, “nada hay real y positivo más que la materia, las fuerzas que le son  propias y las leyes que de ellas dimanan. Todo lo que no se halla en los hechos es inaccesible a  la razón; los hechos, y sólo los hechos analizados y coordinados; lo demás es quimera. Lo infinito no es más que un ideal, y, por consiguiente, no hay Dios; Dios es una ficción, o, a lo sumo, una hipótesis, hoy completamente inútil. No hay alma espiritual: la idea, el pensamiento no son sino productos, secreciones del cerebro. En una palabra: una sola cosa existe, y ésta es la materia”.

Tal es el resumen de la doctrina positivista: la negación de Dios y del alma espiritual; la moral independiente o la moral sin Dios, que no tiene más principio ni más regla de conducta que el sentimiento del honor. Este sistema abyecto se reduce a una forma disfrazada del ateísmo: es un materialismo hipócrita.

La refutación de este grosero error se halla en las diversas pruebas que hemos presentado de la existencia de Dios. Estos pretendidos sabios se limitan a negar, sin probar nada. Pero se necesita algo más que una simple negación para destruir nuestras pruebas. Negar a Dios no es suprimir su existencia. Después de miles de años, el mundo cree en Dios, y tiene derecho a reírse de esas negaciones gratuitas. Por más que el ciego niegue la existencia del sol, el sol no dejará de iluminar.

Los positivistas rechazan la ley del sentido común y de la razón, que obliga a admitir una causa productora de los fenómenos que nosotros vemos. Más allá de esta bóveda estrellada, dice Pasteur, ¿qué hay? – Otros cielos estrellados. – Sea, ¿Y más allá?... El espíritu humano, impulsado por una fuerza invencible, no cesará de preguntarse: ¿Qué hay más allá? Hay que llegar a lo infinito, y solo Dios es infinito.

Hay que llegar hasta el Ser necesario, pues, conforme hemos visto, no todos los seres pueden ser producidos; y no hay más que un solo Ser necesario, y este Ser necesario, y este Ser necesario es el mismo Dios.

 

Generaciones espontáneas. – Transformismo o darwinismo

 

19. P. ¿Cuáles son las hipótesis imaginadas por los incrédulos para explicar con exclusión de Dios, el origen de los seres vivientes?

R. Han ideado la hipótesis de la generación espontánea y la del evolucionismo o darwinismo. Estos dos sistemas, que adquirieron gran celebridad, son contrarios a las experiencias científicas; llegan a suponer efectos sin causa y, por lo mismo, la ciencia y el sentido común los condenan y rechazan.

1° Algunos naturalistas, para prescindir de Dios, atribuyen el origen de los seres vivientes a las generaciones espontáneas. Así se llama el nacimiento de un ser vivo sin un germen anterior, por el solo juego de las fuerzas inherentes a la materia.

2° Se llama evolucionismo el sistema según el cual los seres vivientes más perfectos derivan de otros menos perfectos, por una serie indefinida, desde el ser más rudimentario hasta el hombre. De acuerdo con este sistema, los impíos pretenden que el hombre desciende del mono. El inglés Darwin, particularmente, se ha dedicado a explicar estas transformaciones sucesivas mediante dos agentes que llama selección natural y lucha por la existencia. Darwin ha dado al evolucionismo su nombre, y así se llama también darwinismo.

Estos dos sistemas, la generación espontánea y el evolucionismo, dejan siempre sin solución la cuestión de saber quién ha creado los primeros seres y quién les ha dado su energía vital...

Después de los experimentos de Pasteur y otros sabios, el sistema de las generaciones espontáneas ha quedado definitivamente refutado. El aire y el agua están llenos de gérmenes, para cuyo desarrollo sólo se requiere un medio propicio. Destruidos estos gérmenes, no hay producción alguna. Todos los animales están sometidos a la misma ley: no existen, si no son producidos por otros seres vivos de la misma especie.

El darwinismo tiene por base fundamental la evolución de las especies. Pues bien, si hay algo bien comprobado es que las especies son fijas, y no se transforman. Es posible perfeccionar las razas, pero las especies no se mudan; son y quedan eternamente distintas. Producir una especie nueva, decía Leibnitz, es un salto que jamás da la naturaleza; lo mismo afirman los sabios naturalistas. Luego tal sistema está en flagrante contradicción con las leyes de la naturaleza.

Estos enunciados, resultados de la experiencia y de la ciencia, están confirmados también por la historia y por la geología. Cuando se examinan las especies animales y vegetales recogidas de las tumbas egipcias y en los yacimientos fósiles, se las encuentran absolutamente iguales a las que viven en nuestros días. Las semillas encontradas en esas mismas tumbas no han dejado de producir vegetales idénticos a los nuestros.

Este sistema es contrario a la razón; admite efectos sin causa, ¡y qué efectos! Todo el mundo viviente. La razón por la cual una causa puede producir su efecto es porque lo contiene de alguna manera. ¿Cómo dar lo que no se tiene? Es imposible.

Pero una cosa se puede contener en otra, de tres maneras: 1° Formalmente con todo su ser; así, un trozo de mármol está contenido en la cantera. 2° Eminentemente, es decir, de una manera superior; así, la autoridad soberana contiene la de un prefecto, de un gobernador de provincia. 3° Virtualmente, en germen, y es la manera como todos los seres vivientes están contenidos en el germen que los produce.

Pues bien, estos seres vivientes no están contenidos de ningún modo en la materia bruta; por lo tanto, existirían sin causa.

Además, ninguna causa puede producir un efecto o un ser de especie superior a ella, porque este grado superior de ser no tendría, como tal, una causa positiva. Ahora bien, los seres vivientes son de naturaleza superior a la materia bruta; luego estos seres vivientes no pueden proceder de ella, porque serían efectos sin causa.

Por las mismas razones, los seres vivientes superiores no pueden proceder de los inferiores. Así, el hombre no puede proceder del mono: sería un efecto sin causa. “Ningún ser – dice Santo Tomás – puede obrar más allá de su especie, teniendo en cuenta que la causa debe ser más poderosa que el efecto y que el efecto no puede ser más noble que la causa.”

En resumen, el sentido común nos dice: No se puede dar lo que no se tiene; si ni se tiene dinero, no se puede dar dinero. Ahora bien, la materia no tiene movimiento, no tiene vida, no tiene inteligencia: luego no puede dar ni movimiento, ni vida, ni inteligencia. Pero en el universo hay movimiento, hay seres vivos, hay seres inteligentes; luego existe fuera del mundo un ser superior que ha dado al mundo el movimiento, la vida, la inteligencia. Este ser es Dios.

CONCLUSIÓN – Para explicar el origen del mundo, se ha de admitir el dogma de la creación. Crear es sacar de la nada; crear es producir seres por un simple acto de voluntad. Dios, por un simple acto de voluntad omnipotente, ha creado el mundo.

La creación no repugna por lo que respecta a la criatura, la cual es posible sin ser necesaria; puede, pues, empezar a existir; y en efecto, nosotros vemos muchísimas cosas que nacen y empiezan...

La creación no repugna por lo que respecta a Dios, porque su poder es infinito; puede, pues, producir todo efecto que no repugne. La creación, por el contrario, es digna de Dios. Crear es obrar con toda independencia; es no depender de su acción de ninguna materia ni de ningún instrumento. Luego la creación es posible.

El dogma de la creación se impone. No queda fuera de ella otro medio para explicar el origen de los seres que forman el universo. El mundo es finito, limitado, sujeto a mudanzas, y, por lo tanto, no puede ser el ente necesario. Luego ha sido producido por otro. No puede ser una emanación de la substancia divina, porque el Ente divino es absolutamente simple, indivisible, inmutable. No queda otro recurso para explicar su existencia que decir que ha sido creado por la omnipotencia de Dios. Aquí, la razón, como la fe, se ven obligadas a exclamar: ¡Creo en Dios, Creador del cielo y de la tierra!

 

Consecuencias funestas del ateísmo

 

20. P. ¿Cuáles son las funestas consecuencias del ateísmo?

R. El ateísmo conduce a las más funestas consecuencias:

1° Quita al hombre todo consuelo en las miserias de la vida.

2° Destruye la moral y entrega al hombre a sus perversas pasiones.

3° Hace imposible la sociedad.

El ateísmo quita al hombre todo consuelo. El corazón del hombre necesita de Dios cuando el dolor le hiere. Junto a un féretro, al borde de una tumba, hay un solo consuelo eficaz. Suprime a Dios, ¿y qué consuelo le ofrecerás al hombre que llora la pérdida de una madre, de una esposa, de hijos tiernamente amados? Para ser ateo es menester no tener corazón.

¿Qué serían, sin Dios, los pobres, los enfermos, los débiles, los desheredados de la vida? Dios es el amigo de los que no tienen amigos, el refugio de los perseguidos, el vengador de los calumniados, el tesoro de los inteligentes. Sin Dios, el mundo sería un infierno para las tres cuartas partes de la humanidad.

Si Dios no existe, ¿de qué sirve nacer para trabajar, penar, sufrir durante cincuenta o ochenta años, languidecer algunos meses, en una cama de hospital y después morir y convertirse en pasto de gusanos? ¿Qué nos dan los crueles sofistas que dicen que Dios no existe? La embriaguez y la crápula: esto es lo que nos proponen en lugar del cielo. ¡Miserables!...

¿No es mejor mirar al cielo y decir a Dios: Padre, no te olvides de tus hijos que trabajan, que sufren y esperan tu reino?...

El ateísmo destruye la moral. Si no hay Dios, ninguna autoridad soberana importe el deber, ninguna justicia infinita recompensa a los buenos y castiga a los malos como conviene; el hombre sin deberes, libre del temor del castigo y sin esperanza de recompensa, no tiene por qué no dar rienda suelta a sus pasiones. Se destruye toda moral.

Una moral es esencialmente una regla de vida que obliga a un ser libre, prescribiéndole ciertos actos y prohibiéndole otros. Esta regla, obligatoria como toda ley, supone un legislador que la dicte, un juez que la aplique, un remunerador que recompense a los que la observan y castigue a los que la violan. Si falta Dios, no hay legislador, ni juez, ni remunerador de la virtud, ni castigador del vicio; el hombre queda entregado a sí mismo y a sus torcidas inclinaciones. La ley moral sin sanción carece de autoridad y será despreciada siempre que demande esfuerzos penosos y sacrificios.

  Se nos dirá: ¿Y la conciencia?...

– Si la conciencia que manda y prohíbe, no es el eco de la voz de Dios, ahogaremos sus gritos y no la obedeceremos. La conciencia nada significa si no habla en nombre de un superior. Si Dios no existe, yo desafío a todo el mundo a que se me muestre una ley que me obligue en conciencia. ¿Quién me impide satisfacer todas mis pasiones? ¿Con qué derecho viene un hombre a imponerme su voluntad?... Dios es el principio de donde dimanan todos los derechos y todos los deberes. Sin Dios, un niño será, con el tiempo, un mal hijo, un mal padre, un mal esposo, un mal ciudadano, el primero de los impíos, el último de los hombres. Será un joven sin buenas costumbres, un hombre maduro sin conciencia, un viejo sin remordimientos, un moribundo sin esperanza.

Si no hay Dios, la sociedad es imposible. Una sociedad no puede subsistir si no existen la autoridad que impone las leyes, la obediencia que las cumple, y las virtudes sociales.

Ahora bien, faltando la creencia en Dios, los gobernantes de los pueblos no tienen espíritu de justicia, se convierten en tiranos, y en el poder no buscan más que el modo de satisfacer sus pasiones. Los súbditos pierden el respeto a la autoridad, el espíritu de sumisión a las leyes, y no tienen más aspiración que el placer, ni más freno que el temor, ni más regla de conducta que la utilidad o el capricho. Una sociedad de ateos sería ingobernable.

Si no admitimos a Dios, no se conciben, virtudes sociales, ni justicia, ni caridad, ni espíritu de sacrificio, ni patriotismo.

Si la justicia no es impuesta por Dios, nadie la practicará. – Dos comerciantes ajustan una cuenta: – ¿Quiere usted un recibo? – Entre gente honrada no es menester: Dios nos ve, y esto basta. – ¿Usted cree en Dios? – Yo sí, ¿y usted? – Yo no. – Entonces, deme usted pronto un recibo...

Para vivir en sociedad hay que consagrarse al bien general, a veces hasta el sacrificio de la propia vida. Soldado oscuro, colocado como centinela en los puestos avanzados, y sorprendido por el enemigo, si doy la señal de alarma, caeré hecho pedazos; la conciencia me intima que dé la señal y muera. Si Dios ha de recompensar mi abnegación, yo acepto la muerte. Pero si Dios no existe, ¿puedo yo sacrificar mi vida, único bien que poseo, sin tener ninguna recompensa?... Hay que morir por la patria, se dice; pero, ¿qué me importa la patria, si Dios no existe?...

Donde no existe la creencia en Dios, no solamente no hay virtudes sociales, sino que, por el contrario, se multiplican todos los crímenes, y los hombres no son más que animales salvajes que se devoran unos a otros. – Pero objetarás: ¿Y la cárcel, y la policía?... – No siempre todos los asesinatos son descubiertos, muchos crímenes quedan ocultos e impunes. Si no hay un Dios a quien rendir cuentas, basta evitar la policía, o comprarla. Tal sociedad sería bien pronto un matadero.

Todas las sociedades, desde el origen del mundo hasta ahora, han reposado sobre tres verdades fundamentales: la existencia de Dios, la del alma y la de la vida futura. Remueve estas tres bases morales, y arrojarás las sociedades al abismo de las revoluciones y las condenarás a muerte.

Los horrores y las matanzas de la Revolución del 93 y de la Comuna de París en 1871, no eran más que el ateísmo puesto en práctica. El socialismo, que quiere destruir la sociedad hasta en sus cimientos, es fruto natural del ateísmo: los mismos positivistas lo declaran en sus libros y revistas. Por consiguiente, se necesita para fundamento, y fundamento estable, de las sociedades humanas un Dios todopoderoso, bueno, justo, creador de todas las cosas y gobernador del mundo material por medio de leyes físicas, y de los hombres por medio de leyes morales. Todo descansa sobre esta base.

 

21. P. ¿Hay realmente ateos?

R. Se dicen ateos aquellos que niegan la existencia de Dios. Se clasifican en tres categorías. Los ateos prácticos, que se portan como si Dios no existiera. Los ateos de corazón, que querrían que Dios no existiera, a fin de poder entregarse libremente a sus pasiones. Los ateos de espíritu, aquellos que, engañados por sofismas, creen que no hay Dios.

Hay por desgracia, un número demasiado crecido de ateos prácticos que viven sin Dios, y no le rinden homenaje alguno.

Hay también, para vergüenza del género humano, ateos de corazón, que desean que no haya Dios, que así se atreven a decirlo y a escribirlo en sus libros y en los periódicos, porque temen a un Dios que castiga el mal.

Pero no existen verdaderos ateos que nieguen a sangre fría y con convicción la existencia de Dios. Solamente el corazón del insensato es el que desea que Dios no exista: Dijo el necio en su corazón, no en su inteligencia: ¡Dios no existe!

Las principales causas productoras del ateísmo son: 1°, el orgullo, que obscurece la razón; 2°, la corrupción del corazón, al que molesta y espanta la existencia de Dios. Un día le dijeron a un hombre de ingenio: - ¿Cuál es la causa de que haya ateos? – La cosa en muy fácil de explicar, contestó; para hacer un civet[1], toma una liebre, dice la cocinera perfecta; para hacer un individuo que niegue la existencia de Dios, toma una conciencia y mánchala con tantos crímenes que no pueda ya contemplarse a sí misma sin exclamar: “¡Ay de mi, si Dios existe!” Ahí tienes el secreto del ateísmo.

Los que creen o aparentan no creer en Dios son, por regla general pobres ignorantes que no han estudiado nunca la religión; o gente malvada, orgullosos, ladrones, libertinos, interesados en que Dios no exista para que no los castigue según lo merecen. Dios es una pesadilla de los malhechores, mucho más odiosa que la policía, y su existencia se niega para andar con mayor libertad... “Yo quisiera ver, dice La Bruyere, a un hombre sobrio, moderado, casto y justo, negando la existencia de Dios; ese hombre, por lo menos hablaría sin interés; pero un individuo así no se encuentra”. – Tened a vuestras almas en estado de desear que Dios exista, y no dudaréis nunca de El. – J.J. ROUSSEAU.

 

Objeciones del ateísmo

 

Todos los argumentos que presentan los falsarios sabios para librarse de creer en Dios, y particularmente para no hacer lo que El manda, se reducen a los dos siguientes: 1° A Dios no se le ve. 2° No se le comprende.

Yo no creo sino lo que veo. Pero a Dios yo no le he visto. Luego Dios no existe.

Respuesta. – Se les podría preguntar: ¿Han visto ustedes el Asia, el Africa, la Oceanía? ¿Han visto ustedes a Napoleón o a Carlos V? - ¿Han visto al relojero que construyó el reloj que usan? - ¿Ven el aire que respiran y que los hace vivir? ¿El fluido eléctrico que pasa rápido como el relámpago por el hilo telegráfico para transmitir el pensamiento hasta los últimos rincones del  mundo? ¿Ven la fuerza que en la pólvora o en la dinamita hace pedazos las rocas más grandes? ¡Cuántas cosas admiten ustedes sin verlas, solo porque ven sus efectos!

Pues bien, nosotros, por nuestra parte, creemos en Dios porque vemos en el mundo los efectos de un poder y de una sabiduría infinitos. Es cierto que a Dios no se le puede ver con los ojos del cuerpo, porque es un puro espíritu que no se puede ver, ni tocar, ni percibir con los sentidos. Pero, ¿acaso no tiene el hombre diferentes medios para conocer lo que existe?

¿No existe la inteligencia, que ve la verdad con evidencia, sea que se manifieste al espíritu como la luz se manifiesta al ojo, sea que resulte de una demostración o raciocinio? Los que solo quieren creer lo que ven, rebajan la dignidad del hombre y se colocan en un plano inferior a los brutos. ¿Te atreverías a negar la luz porque no la puedes percibir mediante el oído? ¿Puede un ciego negar la existencia del sol porque no lo ve? Pues de la misma manera, si no se ve a Dios con los ojos del cuerpo, se le ve con la razón, se le conoce por sus obras.

Un misionero preguntaba a un árabe del desierto: –  “¿Por qué creen en Dios? – Cuando yo percibo, respondió él, huellas de pasos en la arena, me digo: alguien ha pasado por aquí. De la misma manera, cuando veo las maravillas de la naturaleza, me digo: una gran inteligencia ha pasado por aquí, y esta inteligencia infinita es Dios”.

Uno de los más célebres naturalistas, Linneo, decía: “En medio de las maravillas del mundo he visto la sombra de un Dios eterno, inmenso, todopoderoso, soberanamente inteligente, y me he prosternado para adorarle”.

Narración. – Poco tiempo hace que vivía un viejo que no tenía menos de cien años; y este anciano, que había estudiado durante toda su vida, era uno de los hombres más sabios de Francia y del mundo entero. Se llamaba  Chevreul.

Un día que había hecho oración en público, un joven atolondrado de veinte años le dijo: – “¿Usted, pues, cree en Dios? ¿Le ha visto usted?  – Claro  que sí, joven, yo he visto a Dios, no en sí mismo, porque es un espíritu puro, pero sí en sus obras.

“Sí; yo he visto su omnipotencia en la magnitud de los astros y en su rápido movimiento.

2° Los incrédulos dicen también: Yo no puedo creer lo que no comprendo; y como no comprendo a Dios, no existe.

“¿Crees tú en la tortilla?, decía, en 1846, el P. Lacordaire a un burgués incrédulo. – Seguramente. – ¿Y comprende usted cómo el mismo fuego que hace fundir la mantequilla endurece los huevos?” – El burgués no supo qué responder. ¡Cuántas cosas hay que admitir sin comprenderlas! ¿Cómo la misma tierra, sin color ni sabor, produce flores y frutos de matices y sabores tan variados? ¿Cómo el grano de trigo se transforma en tallo, y luego en espiga de 30, 40, 50 granos? ¿Cómo el pan se convierte en carne y en nuestra sangre? ¿Qué es la luz, el vapor, la electricidad?... ¿Qué es el cuerpo? ¿Qué es el alma? ¿Qué es la vida? ¡Misterio! Todo es misterio en torno nuestro, y a cada instante debemos inclinar nuestra pobre razón ante muchas cosas que nos vemos forzados a admitir.

Es indudable que nosotros no podemos comprender a Dios, porque comprender en contener, y nuestro espíritu es demasiado pequeño, demasiado limitado para contener a Dios, que no tiene límites. Para comprender lo infinito es menester una inteligencia infinita; si el hombre pudiera comprender a Dios, Dios no sería Dios, porque no sería infinito. Pero nosotros podemos concebir a Dios, es decir, tener un conocimiento suficiente de su ser, de sus atributos y especialmente de su existencia.

Dios es, aquí abajo, lo que hay de más caro y más obscuro al mismo tiempo; de más claro en su existencia, de más obscuro su naturaleza. Es visible en sus obras, que son a manera de otros espejos donde se reflejan sus perfecciones adorables, y está oculto a causa de las sombras que envuelven su grandeza infinita: es el sol oculto detrás de una nube. Pero se rasgará el velo que nos oculta la divinidad, y, semejante al crepúsculo que anuncia el sol, el tiempo presente no es más que la aurora del día eterno.

Narración. – El célebre orador Combalot predicaba un día en Lyon. Acababa de exponer a su encantado auditorio las pruebas de la existencia de Dios; y, en una conclusión enérgica, había atacado al audaz sacrilegio de aquellos desgraciados que padecen la locura de rebelarse contra su Creador.

El padre, agitado, sudando a mares, baja del púlpito. Al llegar a los últimos escalones, se detiene, se golpea la frente y vuelve a subir como si fuera a empezar un nuevo sermón. No fue muy largo.

– Lioneses, dijo: desde vuestra ciudad se distingue el monte Blanco. Pues bien, ¡Las ratas no se lo comerán!...

El público quedó maravillado y convencido. En efecto, sería cosa eminentemente ridícula una conspiración de ratas que juraran arrasar el monte Blanco. Pero no lo será nunca tanto como ese puñado de ateos que atacan a Dios y que se han prometido destruirlo. ¡Podres ratas, que quieren arrasar una montaña, millones de veces más grande que el monte Blanco de los Alpes!...

Todo en un Dios anuncia la eternal existencia:

A Dios no se le puede comprender ni ignorar.

La voz del universo prueba su omnipotencia,

La voz de nuestras almas nos le manda adorar.

 

 

 

 

III. Dios es el Creador, conservador y Señor de todas las cosas

 

El lo gobierna todo con su Providencia

   

La vista del universo nos ha mostrado la existencia de una causa primera, de un Dios, Ser necesario, eterno, infinito, dotado de todas las perfecciones posibles. Este mismo espectáculo nos muestra también lo que es Dios con relación a nosotros. Dios es el Creador de todas las cosas y su soberano Señor. El lo conserva y gobierna todo con su Providencia.

 

22. P. ¿Por qué se llama a Dios Creador del cielo y de la tierra?

R. Llamamos a Dios Creador porque ha sacado de la nada el cielo, la tierra, los ángeles, los hombres y todo cuanto existe.

Crear es hacer algo de la nada por el solo acto de la voluntad. Sólo Dios es creador: la creación exige una potencia infinita, porque de la nada al ser hay una distancia infinita que solo Dios puede salvar. Aunque los hombres reunieran todos sus esfuerzos, no serían capaces de crear un grano de arena.

 

23. P. ¿Por qué ha creado Dios el mundo?

R. Dios ha creado al mundo para su propia gloria, único fin verdaderamente digno de sus actos: Y también para satisfacer su bondad comunicando a los seres creados la vida y la felicidad de que El es principio.

Dios no podía crear sino para su gloria: El debe ser el único fin de todas las cosas, por la razón de ser su único principio. Dios no podía trabajar para otro, porque El existía solo desde toda la eternidad. Aparte de esto, ningún obrero trabaja sino para su propia utilidad. Si trabaja para otro, es porque espera ser remunerado. Dios, comunicando el ser, cuya fuente y plenitud posee, no podía proponerse otra cosa que grabar en sus criaturas la imagen de sus perfecciones, manifestarse a ellas, ser reconocido, adorado, glorificado por ellas como un padre es bendecido, amado, alabado por sus hijos.

 

24. P. ¿Cómo procuran la gloria de Dios las criaturas inanimadas o sin inteligencia?

R. Manifestando a los hombres, el poder, la sabiduría y la bondad de su Creador. Estas criaturas existen para el hombre y el hombre para Dios.

Contemplando la magnificencia del universo, el hombre aprende a conocer las perfecciones divinas que brillan en todas partes, y se siente obligado a rendir pleito homenaje al Autor de todas las cosas, no sólo en su propio nombre, sino en nombre también de todos los seres inanimados o privados de razón, de los cuales él se ve hecho rey, y cuyo intérprete y mediador debe ser necesariamente. Así, las criaturas materiales bendicen y adoran a su Creador, no por sí mismas, sino mediante el hombre, que como pontífice de la naturaleza entera, ofrece un homenaje a la divinidad.

 

25. P. ¿Dios es el Dueño o Señor de todas las cosas?

R. Sí; Dios es el Dueño de todas las cosas, porque El las ha creado y las conserva.

Si el artista es dueño de su obra, con mayor razón Dios es el Señor del universo, porque El lo ha hecho, no solamente dándole la forma como el artista a su obra, sino comunicándole el ser a su materia, a su substancia. Y no es todo, sino que Dios lo conserva; de suerte que si por un solo instante dejara de sostenerlo, inmediatamente el mundo volvería a la nada.

El dominio de Dios es universal, porque todo lo que existe le debe el ser y la conservación. Es absoluto, y nadie puede resistir a su poder soberano. Es necesario, es decir, que Dios no puede abdicar de él, porque nada es independiente de Dios. Por consiguiente, si el hombre es libre, no es independiente. Puede negar a  Dios su obediencia, pero a pesar de su rebeldía, queda sujeto a este deber.

 

26. P. ¿El mundo necesita de Dios para seguir existiendo?

R. Sí; el mundo, que vino de la nada por la voluntad de Dios, no existe sino por la misma voluntad. Es necesario que Dios conserve los seres de una manera directa y positiva por una especie de creación continuada.

Fue necesario que Dios sacara de la nada el mundo para que existiera. También es necesario que lo conserve para que no vuelva a la nada.

Para que un ser contingente o producido sea conservado en todos los momentos de su existencia, necesita del mismo poder y de la misma acción que se necesitó para que fuera producido, porque no contiene en sí mismo el poder de existir. Si la acción de Dios se detiene, el ente cae en la nada.

Dios, que conserva sus criaturas, concurre también a la acción de éstas de una manera positiva e inmediata. Y no es que El obre en lugar de ellas, sino que les da la facultad de obrar y las ayuda a ejercer esa facultad. Es lo que se llama concurso divino: las causas segundas obran siempre sometidas a la influencia de la causa primera.

 

27. P. ¿Gobierna Dios el mundo?

R. Sí; Dios gobierna el mundo con una sabiduría y poder infinitos. Gobierna el mundo material y el mundo espiritual; la actual sociedad civil y la sociedad religiosa; las naciones, la familia, los individuos; El dirige todos los acontecimientos, y nada sucede sin su orden o permiso. Este gobierno que Dios ejerce sobre el mundo se llama Providencia.

Dios, después de haber creado el mundo, no lo deja entregado a sí mismo: no solamente lo conserva, sino que lo gobierna con su Providencia. Dios gobierna todas las cosas, es decir, las dirige a su fin propio, y no sucede nada en este mundo sin su orden o sin su permiso.

El fin de las criaturas es el objeto para el cual Dios las ha criado; es la función a la cual el Criador las destina. Dios provee a todos los seres de los medios necesarios para alcanzar este fin, para desempeñar sus funciones.

Nada sucede sin orden o sin permiso de Dios, porque hay cosas que Dios quiere y ordena positivamente, y otras que sólo permite. Dios quiere todo aquello que resulta de las leyes establecidas por El; pero el pecado sólo lo permite; El no lo autoriza, pero lo tolera por respeto a la libertad de que ha dotado al hombre.

 

28. P. ¿Qué es la Providencia divina?

R. En su acepción más amplia, la Providencia es el cuidado que Dios tiene de todas sus criaturas.

En sentido estricto, la Providencia es la acción llena de sabiduría y de bondad por la cual Dios quía a cada criatura al fin particular que le ha señalado, y a todas a un fin general, que es su propia glorificación.

La palabra Providencia significa prever y proveer; es una operación divina por la cual Dios prevé el fin de todas sus criaturas y las provee de los medios necesarios para alcanzarlo. Dios dirige así todas las cosas a la realización de sus eternos designios.

 

29. P. ¿Cómo se prueba la existencia de la divina Providencia?

R. Dios no sería infinitamente sabio, poderoso, bueno y justo, si no velara por todas sus criaturas, particularmente por el hombre.

La historia enseña que todos los hombres, en todos los tiempos y en todos los lugares, han creído en la Providencia; es pues, su existencia una verdad de sentido común.

Fuera de eso, la negación de la Providencia implica las mismas funestas consecuencias del ateísmo.

La idea de Dios, bien comprendida, demuestra la absoluta necesidad de la Providencia. Dios es infinitamente sabio, luego ha debido, al llamar a cada cosa a la existencia, señalarle un fin especial y proporcionarle todos los medios para alcanzarlo; infinitamente inteligente, conoce todas las necesidades de sus criaturas; infinitamente poderoso, tiene todos los medios para auxiliarlas; infinitamente bueno, las ama como a hijos, y es imposible que no se cuide de su perfección y de su felicidad; infinitamente justo, debe premiarlas y castigarlas según sus propios méritos.

Negar estos atributos es negar a Dios.

El orden y la armonía que reinan en el universo son una prueba de la divina Providencia; si Dios no gobernara el mundo, reinarían en él, de mucho tiempo atrás, la confusión y el caos. El orden que brilla en él proclama que el Ordenador no abandona su obra; así como la marcha segura del tren nos advierte que el maquinista está siempre en su puesto.

Todos los pueblos de la tierra han admitido la Providencia: los sacrificios y las oraciones son una prueba concluyente. Estos actos de recurrir a Dios en las calamidades no tendrían razón de ser, si no se creyera en la intervención divina en las cosas humanas.

La sabiduría popular ha concretado en dos proverbios su fe en la Providencia: El hombre se agita y Dios le lleva. – El hombre propone y Dios dispone.

Esa es la verdad. Hablar de casualidad es una necedad. Nada marcha solo, porque nada se ha hecho solo. Nada sucede casualmente, porque nada sucede sin la voluntad de Aquél que lo ha hecho todo.

Atribuirlo todo al azar o a las leyes de la naturaleza, pretender que Dios no se cuida de nosotros, es lo mismo que negar la existencia del verdadero Dios. Las consecuencias de esta negación serían tan demoledoras de toda la sociedad humana como las del ateísmo.

 

30. P. ¿Cómo gobierna Dios el mundo con su Providencia?

R. Dios ordinariamente no obra sino tras el velo de las causas segundas, es decir, de leyes por El establecidas. El rige los seres privados de razón por medio de las leyes físicas e inflexibles que jamás deroga sin especiales razones, aunque deban resultar algunos desórdenes parciales. Dios dirige a los hombres, seres racionales y libres, por medio de leyes morales; les impone la obligación o el deber de observarlas, pero no los fuerza a ello, por respeto a su voluntad libre.

Los seres privados de razón alcanzan su fin particular, necesariamente, y por eso mismo su fin general, que es la glorificación de Dios. De acuerdo con las leyes que Dios ha establecido y que El dirige, cada día el sol nos alumbra, la tierra nos sostiene, el fuego nos calienta, el agua nos refresca; toda criatura, todo elemento se mantiene y obra según reglas constantes, cuyo autor y guardián es Dios mismo.

El ha dictado a los hombres leyes morales, cuya observancia debe llevarlos a su fin particular, que es la salvación, y al fin general de la creación, que es la glorificación de Dios. El hombre, haga lo que haga, procura siempre la gloria de Dios, pero no siempre consigue su salvación; porque Dios le deja en libertad, lo mismo para el bien que para el mal. Dios da a todos los hombres los medios necesarios para alcanzar su fin; y ellos tienen la culpa si no lo consiguen. Dios subordina las cosas del tiempo a las de la eternidad; por ejemplo, si el justo no es recompensado en este mundo, lo será en el otro.

 

31. P. ¿No es indigno de Dios cuidar de todos los seres, aun los más ínfimos?

R. No; si Dios ha creído ser digno de El crearlos, ¿por qué ha de ser indigno de El velar por ellos? Precisamente porque el sol es muy grande y está muy alto, sus rayos llevan a todas partes la luz y la vida. Porque Dios es infinitamente grande, no hay chico ni grande en su presencia. Hay criaturas que El ha hecho por un acto de bondad de su corazón, y que El conserva, sostiene y alimenta, como un padre y como una madre.

 

El a los pajarillos alimenta,

Y su bondad la creación sustenta.

                                           

32. P. Si Dios cuidara de nosotros. ¿Habría diferencia de condiciones? ¿Por qué hay ricos y pobres?

R. La desigualdad de condiciones proviene necesariamente de la desigualdad de aptitudes, de las cualidades físicas, intelectuales y morales de los hombres. Dios no debe a cada uno de nosotros más que los medios necesarios para conseguir nuestro fin, y no está obligado a dar a todos los mismos dones de fuerza, de inteligencia, etc.

Fuera de eso, esta desigualdad concurre a la armonía del universo y se convierte en fuente de las más hermosas virtudes y en lazo de unión entre los hombres.

1º La desigualdad de condiciones es debida frecuentemente al hombre, más que a Dios mismo. Es el resultado de la actividad de unos y de la negligencia de los otros.

2º Esta desigualdad entra también en el plan divino, porque es necesaria a la sociedad humana. Si todos los hombres fueran ricos, nadie querría trabajar la tierra; si todos fueran pobres, nadie podría dedicarse a las artes, a las ciencias, a la industria, etc.; luego es necesario que haya ricos y pobres.

3º La desigualdad de condiciones manifiesta las más hermosas cualidades del hombre. Es hermoso ver al rico despojarse de sus bienes para socorrer al pobre; como lo es ver al pobre soportar las privaciones con paciencia y resignación a la voluntad de Dios… He aquí por qué esta desigualdad concurre a la armonía del universo; ella aproxima el rico al pobre, el débil al poderoso y, por las hermosas virtudes de la caridad, bondad y gratitud, establece entre ellos los dulces lazos de la verdadera fraternidad.

4º Por último, es la otra vida la que restablecerá el equilibrio: los últimos, es decir, los pobres, serán los primeros, porque con sus penas y sufrimientos habrán adquirido mayores méritos.

 

33. P. Si Dios cuidara de nosotros, ¿habría padecimientos en este mundo?

R. Los sufrimientos provienen, frecuentemente, de nuestras propias faltas: tendríamos menos que padecer, si fuéramos más moderados en nuestros deseos, más razonables en nuestros proyectos, más sobrios y templados en nuestra vida.

Dios permite el dolor, ya para hacernos expiar nuestros pecados, ya para probar nuestra fidelidad, así en la desgracia como en la dicha; ya finalmente, para desasirnos de este mundo de destierro y obligarnos a considerar el cielo como nuestra verdadera patria.

1º Los males del cuerpo son, generalmente debidos a las culpas del hombre. ¡Cuántas enfermedades son el resultado de la sensualidad y de la intemperancia! Son una expiación que la naturaleza impone a los que infringen sus leyes.

2º Hay otros males que son consecuencia de leyes generales establecidas por Dios para el gobierno del mundo: un hombre cae en el fuego, se quema. ¿Está Dios obligado a hacer un milagro para impedir este accidente?..

3º Por último los males físicos pueden venirnos también directamente de Dios, sea como castigos por faltas cometidas; sea como pruebas para hacernos adquirir méritos; sea como medios de que Dios se sirve para convertirnos y desapegarnos de los bienes terrenos.

¡Cuántos hombres se perderían, embriagados por los placeres! Dios los detiene por la prueba, por la ruina, por las desgracias. El sufrimiento es para ellos lo que los azotes para el niño. Con el dolor se convierten. Nada aproxima tanto el hombre a Dios como el sufrimiento.

 

34. P. Si Dios cuidara de nosotros, ¿podría existir el mal moral o el pecado?

R. Sí; porque Dios no es la causa. Al contrario, lo detesta y castiga; pero lo permite para dejar al hombre el uso de su libre albedrío y para sacar bien del mal.

Dios no es la causa del mal moral: Dios nos dio la libertad, lo cual es un bien; el pecado es el abuso de nuestra libertad, y en eso consiste el mal. La libertad viene de Dios; el abuso, del hombre. El mal es la consecuencia de la libertad otorgada al hombre.

Dios llama a todos los hombres a la virtud para coronarlos a todos en el cielo; pero a su servicio no quiere sino voluntarios; por eso deja la posibilidad del mal.

Indudablemente Dios tendría un medio radical para impedir el mal, y sería quitarnos la libertad; pero entonces ya no habría mérito. Ahora bien, hay más gloria para Dios en tener criaturas que le sirvan voluntariamente, que en tener máquinas dirigidas por una fuerza irresistible. “Para impedir que el hombre sea un malvado, ¿será preciso reducirlo al instinto y convertirlo en bestia?” No; Dios lo ha hecho libre, a fin de que fuera bueno y feliz.

Además, Dios permite el mal para sacar un bien mayor; así ha permitido el pecado original, para repararlo con la Encarnación; ha permitido la malicia de los judíos contra nuestro Señor Jesucristo, para salvar el mundo; permite las persecuciones para hacer brillar el heroísmo de los mártires… El mundo se vería privado de grandes bienes, si el mal no existiera.

¿En qué consiste el bien que Dios saca del pecado? Consiste 1º en que lo hace servir a la ejecución de los designios de su Providencia; 2º en que hace brillar su bondad, atrayéndose nuevamente al pecador, o su misericordia, perdonándolo cuando se arrepiente, o su justicia castigando los crímenes; 3º en que el pecador, cuando se convierte, repara los ultrajes hechos a Dios con su penitencia y humillación voluntarias, y a veces, haciéndose más virtuoso y afirmándose más en el bien.

 

35. P. La prosperidad de los malos y las pruebas de los justos, ¿no deponen contra la providencia?

R. No; porque no es cierto que todos los malos prosperen y todos los justos sufran tribulaciones; los bienes y los males de este mundo son, en general, comunes a todos los hombres.

Además, no hay en el mundo hombre tan malo que no haga alguna obra buena durante su vida; y Dios se la recompensa dándole la prosperidad aquí abajo, reservándose castigar sus pecados en el infierno. Del mismo modo, no hay hombre tan justo que no cometa algunas faltas. Dios se las hace expiar en la tierra, reservándose premiar sus virtudes en el cielo.

Hay pecadores que viven en prosperidad, porque Dios quiere atraérselos por la gratitud, o premiarles aquí en la tierra el poco bien que han hecho, si deben ser condenados eternamente. A veces, sin embargo, Dios castiga aún aquí, y de manera ejemplar, a los escandalosos y a los perseguidores de la Iglesia.

También hay justos en la prosperidad, según los hechos atestiguan; pero no se ven libres de sufrimientos, porque los sufrimientos y las pruebas de esta vida están destinados:

1º A desapegar a los justos de todos los falsos bienes de la tierra;

2º A hacerlos entrar en sí mismos, para mejorarlos y perfeccionarlos;

3º A hacerles granjear más méritos y, por consiguiente, mayor felicidad eterna;

4º A hacerlos más semejantes a Jesucristo, modelo de los escogidos;

5º A hacerlos expiar sus pecados en este mundo, donde las deudas con la justicia divina se pagan de una manera mucho menos penosa que en el purgatorio.

Fuera de eso, el justo es, a pesar de todo, más feliz que el malvado, porque goza de la paz de alma, mientras que el malvado es presa de sus remordimientos y de sus pasiones tiránicas.

Se dice muchas veces: ¿Por qué Dios no castiga inmediatamente a los malos? Dios es paciente, porque es eterno; porque quiere dar lugar al arrepentimiento; porque si castigara siempre el vicio aquí en este mundo, y aquí también recompensara la virtud, el hombre no practicaría el bien sino por interés. Finalmente nosotros no conocemos el plan divino, y debemos creer que Dios tiene buenas razones para proceder como procede.

 

36. P. ¿Cuáles son nuestros deberes para con la divina Providencia?

R. 1º Adorar con humildad, en todo, las disposiciones de la divina Providencia.

2º Dar gracias a Dios por los bienes concedidos y valernos de ellos para nuestra salvación.

3º Recibir con alegría, o por lo menos con paciencia, los males que nos envía, convencidos de que, viniendo de tan buen Padre, debe ser para nuestro bien.

4º Ponernos en sus manos con confianza y entrega absoluta de nosotros mismos, según esta regla de los santos: cada cual debe obrar y trabajar como si todo tuviera que esperarlo de sí mismo: y cuando haya hecho todo lo que estaba de su parte, no esperar nada de su trabajo, sino esperarlo todo de Dios.

 

 

SEGUNDA VERDAD

 

TENEMOS ALMA

 

El hombre, criatura de Dios, posee un alma inteligente, espiritual,

libre e inmortal

 

37. P. ¿Qué es el hombre?

R. El hombre es una criatura racional compuesta de cuerpo y alma.

El hombre es una criatura, es decir, un ser que viene de la nada por el poder de Dios. Es una criatura racional, es decir, inteligente, capaz de discernir el bien del mal, lo verdadero de lo falso, lo justo de lo injusto. Es la razón la que distingue eminentemente al hombre del animal y de las otras criaturas del mundo visible.

El hombre se compone de un cuerpo y de un alma. El cuerpo es esta envoltura exterior, esta substancia material que vemos, que tocamos; se compone de diversas partes: son nuestros miembros y nuestros diversos órganos. El alma es una substancia invisible que vive, siente, piensa, juzga, razona, obra libremente y da al cuerpo el ser, el movimiento y la vida.

La unión del alma con el cuerpo constituye al hombre y lo hace un ser intermedio entre los ángeles, que son espíritus puros, y las criaturas sin inteligencia o son vida, que son materia.

Así, pues, el cuerpo y el alma son dos substancias distintas, y su unión íntima, substancial, personal, constituye el hombre.

 

38. P. ¿Es cierto que tenemos alma?

R. Sí; es muy cierto que tenemos alma, pues hay algo en nosotros que vive e imprime el movimiento a nuestros miembros; algo que siente, que conoce, que piensa, raciocina y obra libremente. Pero como el cuerpo por sí mismo es inerte, sin vida, sin sentimiento, sin inteligencia y sin voluntad, un cadáver, debemos concluir que hay en nosotros algo diferente del cuerpo, y ese algo es el alma.

Se llama alma, en general, el principio vital que da la vida a los seres vivientes de este mundo sensible; la planta, el animal, el hombre. Pero como el alma del hombre es infinitamente superior a los otros principios de vida, en el lenguaje ordinario, la palabra alma designa el alma humana.

Tenemos un alma. Todo efecto supone una causa; todo viviente supone un principio de vida. La materia no vive.

Tenemos en nosotros tres facultades principales: estas facultades son otras tantas pruebas de la existencia del alma.

1º Estamos dotados de sensibilidad. Ahora bien, si tocamos un cadáver; nada siente. ¿Por qué? Porque el alma ya se ha ido de ese cuerpo.

2º Somos inteligentes. Tenemos la facultad de pensar o de tener ideas. Pero la idea es algo simple e indivisible. Sería absurdo decir que el pensamiento es largo o ancho, redondo o cuadrado, verde o rojo… Luego el pensamiento no puede ser producido por un principio compuesto de partes, como todo lo que es materia. Hay, pues, en nosotros un alma distinta del cuerpo, simple e indivisible como el pensamiento.

3º Tenemos una voluntad activa; mientras que la materia carece de movimiento y de acción propia. Si nuestro cuerpo se mueve a impulso de nuestra voluntad, quiere decir que está sujeto al poder de un alma que lo anima.

 

 

APENDICE

 

BREVE LECCION DE FILOSOFIA

 

Para conocer mejor al hombre es conveniente conocer también los demás seres que le rodean y le sirven.

En este mundo visible no hay más que tres clases de seres vivientes: las plantas, los animales y el hombre. Admítase distinción entre las tres cosas siguientes:

1º El principio vital de las plantas.

2º El alma sensitiva de los animales

3º El alma inteligente del hombre.

 

El principio vital de las plantas. – Los actos de la vida vegetativa son tres: 1º, la planta se nutre; 2º, crece y se desarrolla; 3º, se propaga, es decir, produce una planta igual.

La materia bruta no vive; luego la planta necesita de un principio de vida. ¿De qué naturaleza es el principio vital de la planta? Los sentidos no lo perciben: sólo la razón, en vista de los fenómenos que ese principio produce, determina sus caracteres esenciales.

Es simple, inmaterial, aunque de una manera imperfecta, puesto que no existe sino con la materia. Se diferencia de las fuerzas físicas y químicas del organismo, porque la química no puede producir ningún ser viviente, ni siquiera una substancia orgánica.

Es producido por la virtud de la semilla, no obra sino en unión con el cuerpo organizado, y desaparece cuando la planta muere.

Nosotros, los cristianos, sabemos que este principio vital viene de la palabra creadora de Dios, que ha dado la vida a los seres vivientes de la tierra y con ella el poder de reproducirse: Produzca la tierra hierva verde y semilla, y árboles frutales, que den fruto cada uno según su género, cuya simiente esté en él mismo sobre la tierra. Y así se hizo (Gén., I,11).

2º Alma de los animales. El animal posee una vida superior a la de la planta: goza a la vez de la vida vegetativa y de la sensitiva. Su alma, más noble y poderosa que la de las plantas, produce seis actos: los tres de la vida vegetativa: nutrirse, crecer y reproducirse como la planta, y los tres actos de la vida sensitiva.

Efectivamente, esta vida se muestra por tres actos. 1º, la sensación: el animal conoce y experimenta las sensaciones de frío, de hambre o de placer o de dolor; 2º, el movimiento espontáneo: el animal se traslada de un lugar a otro; 3º, la fuerza estimativa y el instinto, que da al animal la facultad de elegir lo que le es útil y evitar lo que le sería nocivo.

No hay más que un solo y único principio de vida en cada animal, en cada cuerpo orgánico: tenemos la prueba de la unidad indivisible de cada ser viviente; en la armonía de sus funciones, que tienden a un fin común; en la identidad persistente del ser, a pesar del cambio continuo de sus elementos materiales.

El alma de los animales es una realidad que ni es cuerpo ni es espíritu: es un principio intermedio entre el cuerpo y el espíritu; aparece con la vida en el animal, es en él un principio de vida, y se extingue con la misma vida.

El alma de los animales es simple, inmaterial, indivisible; si así no fuera, no sería capaz de experimentar sensaciones: la materia bruta no siente y la planta tampoco: Es el alma sensitiva la que da a los animales la facultad de sentir las impresiones de los exterior, la que los dota de sentidos exteriores, como la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto, y de los sentidos internos: la imaginación y la memoria sensibles.

Con todo, el alma de los animales no puede obrar sino en cuanto forma con los órganos un mismo principio de operación; sin el concurso del cuerpo no puede producir acto alguno. Por eso depende absolutamente del cuerpo, y le es imposible vivir sin él. Esta alma es producida por la generación: viene con el cuerpo y con él desaparece.

Sólo a la voz y mandato de Dios Creador la tierra produjo animales vivientes, cada uno según su especie. Dijo Dios también: Produzca la tierra alma viviente según su género (Gén., I,24). La palabra de Dios es eficaz: basta que hable para que todas las cosas existan. Así, la Sagrada escritura afirma de una manera más explícita, que todos los animales tienen un alma que no es su cuerpo, y que esta alma viviente es el principio de la vida del cuerpo. Esta alma no es creada directamente por Dios, sino engendrada por la virtud que el Creador da a los primeros a animales para reproducirse.

El modo como Moisés narra la creación de los animales y del hombre, muestra la diferencia esencial que existe entre ellos. El alma sensitiva, salida de la tierra juntamente con el cuerpo, desaparece con él en la tierra; mientras que el alma del hombre, soplo de vida infundido por Dios en su cuerpo, es la obra inmediata de Dios, recibe el ser por la creación, y debe volver a Dios, su Creador y Padre.

3º El alma inteligente del hombre. – El más noble de los seres vivientes de este mundo sensible es el hombre. El posee la vida vegetativa: como las plantas, se nutre, crece y se sobrevive en sus hijos. Posee la vida sensitiva: como los animales, siente, se mueve de un lugar a otro y elige lo que le conviene. Pero, además, posee la vida intelectiva, que establece una distancia casi infinita entre el hombre y los seres inferiores.

En el hombre no hay más que un solo y único principio de vida: el alma inteligente; es el mismo ser que vive, que siente, que piensa, que obra libremente. La unidad del hombre es un hecho más íntimo y más profundo que la conciencia. Aquí, como siempre, la razón y la fe marchan de perfecto acuerdo[2].

El alma humana contiene de una manera superior las fuerzas del principio vital y del alma sensitiva, al modo que una moneda de gran valor contiene en sí muchas otras de menor valor. Ella produce, con relación al cuerpo y de una manera mucho más perfecta, todo lo que los principios inferiores producen en las plantas y el los animales; y por añadidura ejerce en sí misma y por sí misma los actos de la vida intelectiva.

Esta vida intelectiva se manifiesta también por tres actos, eminentemente superiores a los otros:

1º El acto de pensar, de formar ideas;

2º El acto de raciocinar, de inventar, de progresar;

3º El acto de querer libremente.

Una ligera explicación sobre cada uno de estos actos nos va a mostrar la diferencia esencial que existe entre el hombre y el bruto.

El hombre piensa, abstrae, saca de las imágenes materiales suministradas por los sentidos, el universal, es decir, ideas universales, generales, absolutas; concibe las verdades intelectuales, eternas. Conoce cosas que no perciben los sentidos, objetos puramente espirituales, como lo verdadero, lo bueno, lo bello, lo justo, lo injusto. Sabe distinguir las causas y sus efectos, las substancias y los accidentes, etc.

No pasa lo mismo con el animal. Indudablemente el animal ve, oye y sabe hallar su camino, reconocer a su amo, recordar que una cosa le hizo daño, etc. Pero el conocimiento del animal está limitado a las cosas sensibles, a los objetos particulares. No tiene ideas generales, no conoce sino aquello que cae bajo sus sentidos, lo concreto, lo particular, lo material: ve, por ejemplo, tal árbol, tal flor, pero no puede elevarse a la idea general de un árbol, de una flor; así, el perro se calienta con el placer al amor de la lumbre, pero no tendrá jamás la idea de encender el fuego ni aun la de aproximarle combustible para que no se extinga.

El hombre conoce el bien y el mal moral. – El hombre goza del bien que hace, y siente remordimientos si obra mal. El animal no conoce más que el bien agradable y el mal nocivo a sus sentidos: jamás hallaréis a un animal rastros de remordimientos. Así como no conoce la verdad, este alimento de los espíritus, tampoco conoce el deber, esta fuerza de la voluntad, esta alegría austera del corazón. El bien y el mal moral no pueden ser conocidos sino por la inteligencia.

2º El hombre raciocina, inventa, progresa, habla. – El hombre analiza, compara, juzga sus ideas, y de los principios y axiomas que conoce, deduce consecuencias. Calcula, se da cuenta de las cosas; sabe lo que hace y por qué lo hace. Descubre las leyes y las fuerzas ocultas de la naturaleza, y sabe utilizarlas para invenciones maravillosas. Por su facultad de raciocinar, inventa las ciencias, las artes, las industrias, y todos los días descubre algo admirable.

El animal no raciocina, no calcula, no tiene conciencia de sus acciones, se guía solo por el instinto. Jamás aprenderá ni la escritura, ni el cálculo, ni la historia, ni la geografía, ni las ciencias, ni las artes, ni siquiera el alfabeto. Nada inventa, ni hace progreso alguno: los pájaros construyen su nido hoy como al siguiente día de haber sido creados.

No cabe la menor duda de que el hombre, valiéndose de los sentidos, de la memoria y de la imaginación sensible del animal, puede llegar a corregirlo de ciertos defectos y hacerle aprender algunas habilidades; pero por sí mismo el animal es incapaz de progreso. El hombre puede amaestrarlo, pero él de suyo no tiene iniciativa.

Sólo el hombre habla. – Por su razón, el hombre posee la palabra hablada y la palabra escrita. Sólo el hombre tiene la intención explícita y formal de comunicar lo que piensa: capta los pensamientos de los otros y dice cosas que han pasado en otros tiempos y que no tienen ninguna relación con su naturaleza.

El animal no lanza más que gritos para manifestar, a pesar suyo, el placer o el dolor que siente; pero no tiene lenguaje, porque no tiene pensamiento.

3º Sólo el hombre obra libremente. – Es libre para elegir entre las diversas cosas que se le presentan. Cuando hace algo se dice: Yo podrá muy bien no hacerlo.

El animal no es libre, y tiene por guía un instinto ciego que no le permite deliberar o elegir. Por eso no es responsable de sus actos; y, si se le castiga después de haber hecho algo inconveniente, es a fin de que no lo repita, recordando la impresión dolorosa que le causa el castigo.

Por último, el hombre tiene el sentimiento de la divinidad, se eleva hasta Dios, su Creador, y le adora; tiene la esperanza de una vida futura, y este sentimiento religioso es tan exclusivamente suyo, que los paganos definían al hombre: Un animal religioso.

Así, el hombre, a pesar de su inferioridad física, domina los animales, los doma, los domestica, los hace servir a sus necesidades o placeres y dispone de ellos como dueño, como dispone de la creación entera. Basta un niño para conducir una numerosa manada de bueyes, cada uno de los cuales, tomado separadamente, es cien veces más fuerte que él. ¿De dónde le viene este dominio? No es, por cierto, de su cuerpo; le viene de su alma inteligente, porque ella es espiritual, creada a imagen de Dios.

El hombre es el ser único de la creación que reúne a sí la naturaleza corporal y la naturaleza espiritual, y se comunica con el mundo material mediante los sentidos, y con el mundo espiritual mediante la inteligencia.

 

39. P. ¿Qué es el alma del hombre?

R. El alma del hombre es una substancia espiritual, libre e inmortal, criada a semejanza de Dios y destinada a estar unida a un cuerpo.

1º El alma es una substancia. – Una substancia, según la misma palabra, indica, es una  cosa, una realidad que subsiste sin necesidad de estar en otra para existir.

2º El alma es un espíritu. – Un espíritu es un ser simple, inmaterial, substancial, vivo, capaz de existir, conocer, querer y obrar independientemente de la materia. Un espíritu es inmaterial, es decir, inextenso, indivisible, que no tiene ninguna de la propiedades sensibles de la materia, y no puede ser percibido por los sentidos.

Dos condiciones se requieren para constituir un espíritu:

a)                  Es necesario que sea simple; inmaterial, indivisible.

b)                 Que sea independiente de la materia en su existencia y en sus principales operaciones.

3º El alma es libre, es decir, el alma posee la facultad de determinarse por su propia elección, de hacer una cosa preferentemente a otra, de obrar el bien o de hacer el mal. Esta facultad se llama libre albedrío.

4º El alma es inmortal, es decir, que la naturaleza del alma pide una existencia que no tenga fin: debe sobrevivir al cuerpo y no dejar nunca de vivir.

5º El alma es creada a imagen de Dios, porque es capaz, como El, de conocer, de amar y de obrar libremente. Dios es un espíritu, nuestra alma es un espíritu; Dios es inteligente, nuestra alma es inteligente; Dios es eterno, nuestra alma es inmortal; Dios es inmenso, está presente en todas partes y todo entero en todos los sitios del mundo; nuestra alma está presente en todo nuestro cuerpo y toda entera en todas y cada una de las partes del cuerpo que ella anima. El alma es imagen de Dios.

6º El alma está destinada a unirse al cuerpo para formar con él una sola naturaleza humana, una sola persona con un yo único. El alma comunica al cuerpo el ser, el movimiento, la vida; y el cuerpo animado por el alma, completa la naturaleza humana de tal suerte que el hombre resulta de la unión de estas dos substancias.

 

40. P. ¿Cuáles son los principales cualidades del alma?

R. Las principales cualidades del alma son tres: el alma es espiritual, libre e inmortal.

Estas tres grandes prerrogativas: la espiritualidad, la libertad y la inmortalidad constituyen la naturaleza del alma humana, la distinguen esencialmente de todos los seres inferiores y la hacen semejante a los ángeles y a Dios mismo.

 

1° Espiritualidad del alma

 

41. P. ¿Cómo probamos que nuestra alma es un espíritu?

R. Se prueba que el alma del hombre es un espíritu por sus actos, como se prueba la existencia de Dios por sus obras. Es un principio evidente que las operaciones de un ser son siempre conformes a su naturaleza: Se conoce al operario por sus obras. Es así que nuestra alma produce actos espirituales, como los pensamientos, los juicios, las voliciones; luego nuestra alma es espiritual.

Hemos probado ya que el alma existe, que es simple y distinta del cuerpo. Nos queda por demostrar ahora que es un espíritu, es decir, una substancia espiritual capaz de existir y de ejercer, sin el cuerpo, actos que le son propios.

1° Todo el mundo reconoce que se puede juzgar de la naturaleza de un ser por sus actos: por la obra se conoce al operario. Los actos de un ser son conformes a su naturaleza; el efecto no puede ser de una naturaleza superior a su causa: así hablan en todos los siglos la razón y la ciencia. Si, pues, un ser produce actos espirituales, independientes de la materia, él mismo debe ser espiritual, independiente de la materia.

2° Nuestra alma produce actos espirituales. La inteligencia conoce objetos invisibles, incorpóreos, eternos, que el cuerpo no puede alcanzar, como lo verdadero, lo bello, lo bueno, el deber, lo justo, lo injusto... Nosotros juzgamos del bien y del mal; discernimos lo verdadero de lo falso; por el raciocinio vamos de las verdades conocidas a las desconocidas y establecemos los principios de las diversas ciencias... Ahora bien, estas operaciones no pueden depender de un órgano material, porque el objeto de las mismas es completamente inmaterial; luego, para producirlas, se requiere una substancia espiritual. Así, los actos de nuestra inteligencia prueban que nuestra alma es un espíritu; pues si así no fuera, el efecto sería superior a su causa, y el acto no sería conforme a la naturaleza del ser que lo produce.

3° La voluntad, por su parte, tiende hacia bienes inaccesibles a los sentidos y a sus apetitos. Necesita de un bien infinito, del bien moral, de la virtud, del orden, del honor, de la ciencia... A veces, para conseguir estos bienes, llega hasta sacrificar los bienes sensibles, únicos que deberían conmoverla, si fuera una facultad orgánica. Luego, la voluntad, tan prendada de los bienes espirituales y despreciadora de los objetos materiales, es una facultad espiritual que no puede hallarse sino en un espíritu.

La voluntad es dueña absoluta de sus operaciones; se determina a sí misma a obrar o no; la voluntad es libre. Mi conciencia me dice que cuando mi cuerpo busca el placer, yo puedo resistirle; cuando mi estómago siente hambre, yo puedo negarme a satisfacerla; además, yo puedo infligir a mi cuerpo castigos y austeridades, a pesar de los sufrimientos de los sentidos. Ahora bien, ¿cómo podríamos nosotros tener imperio y libre albedrío sobre nuestras tendencias instintivas, si la inteligencia y la voluntad no tuvieran actos propios, independientes del cuerpo, si nuestra alma no fuera espiritual? Sería imposible.

Nuestra alma es, pues, espiritual.     

 

42. P. ¿Quiénes niegan la espiritualidad del alma?

R. Los materialistas y los positivistas. Ellos afirman que nada existe fuera de la materia y de las fuerzas que le son inherentes; su sistema se llama materialismo. Es una doctrina absurda, degradante, contraria al buen sentido, a la conciencia, a la sana filosofía, no menos que a la religión.

Efectivamente, si no hay más que materia, no hay inteligencia, ni libertad, ni ley moral, ni Dios. El hombre puede seguir sus instintos, aun los más perversos; la sociedad queda sin base, y no hay otra ley que la del más fuerte.

La opinión dominante entre los incrédulos de nuestros días es que el hombre desciende del mono, que no es más que un mono transformado, perfeccionado. Así estos pretendidos sabios, que no hablan más que de la dignidad del hombre, del respeto de los derechos del hombre, no temen atribuirle un origen bestial y reducirlo a un nivel inferior al de los brutos.

El género humano ha visto siempre en el hombre dos cosas: el alma y el cuerpo, el espíritu y la materia. El género humano ha visto siempre una diferencia esencial entre el hombre y el animal, porque el hombre está dotado de un alma inteligente y espiritual. Epicuro fue el primero que enseñó el materialismo. El mundo pagano rechazó horrorizado su sistema, y no vaciló en calificar a los pocos discípulos de Epicuro con el expresivo epíteto de puercos. ¿Es posible que, después de veinte siglos de cristianismo, los materialistas modernos osen renovarlo?... Sólo las pasiones y el deseo de liberarse de la justicia de Dios pueden inducirnos a errores tan groseros.

P. ¿Qué razones aducen los positivistas para negar la espiritualidad del alma?

Dicen ellos:

1° El alma no se ve.

2° No se comprende lo que sea una substancia espiritual.

3° El alma sufre las vicisitudes del cuerpo, envejece con él. Cuando el cerebro está enfermo, no se piensa, o se piensa mal; luego es el cerebro el que piensa.

El alma no se ve, porque es un espíritu, pero se le conoce por sus actos. Ella manifiesta su existencia mediante efectos sensibles, y estos efectos son tales, que exigen una causa espiritual. Los actos de la inteligencia y de la voluntad, ¿no son efectos espirituales y, por consiguiente, no reclaman una causa de la misma naturaleza? Esto es evidente.

No se comprende lo que sea un espíritu. Pero entonces hay que negar también la existencia de la materia, porque tampoco se la comprende. Por lo demás, hemos contestado ya a estas dos objeciones al hablar de Dios. (ver pág....).

El alma sufre las vicisitudes del cuerpo... Indudablemente, hay relación entre el cuerpo y el alma, y especialmente entre el cerebro y el ejercicio de la inteligencia. ¿Qué prueba esta relación? Prueba que el alma se vale del cuerpo como de un instrumento, frecuentemente necesario en la vida presente, para ejercer sus funciones; pero esto no prueba que el alma no sea distinta del cuerpo. Cuando el alma es mal servida por órganos enfermos o gastados, ¿cómo puede ejercitar toda su actividad y su energía? Si la cuerda de un instrumento está rota o destemplada, el músico no saca de ella más que sonidos débiles o desacordes; pero esto no disminuye en nada la habilidad del artista.

Muchas veces en un cuerpo débil y enfermizo se encierra un alma grande; como también muchas veces un alma mezquina anima un cuerpo robusto. Pascal emite sus pensamientos más sublimes en el momento de su muerte: y, ¿cuántos hombres debilitados por la edad, no han mostrado que un alma viril era la reina del cuerpo que animaba?

Los positivistas agregan: Cuando el cerebro está enfermo, el hombre no piensa; luego es el cerebro el que piensa.

Esta es una objeción muy vieja y que ha sido refutada hace siglos. Es como si se dijera: cuando una pluma está rota, el escolar no puede escribir más; luego es la pluma la que compone los ejercicios escolares. La lengua habla; luego es ella la que hace la palabra. Los animales que tienen una lengua como nosotros, ¿hablan por ventura? Es necesario el aire para vivir, ¿luego el aire es la vida? El reloj indica la hora, ¿luego, él hace el tiempo? No hay duda de que, en la vida presente, las operaciones del cerebro son una condición para el ejercicio de la memoria y de la inteligencia, pero no es su causa. Se necesita un cerebro para pensar, como una pluma para escribir: mas el cerebro no piensa, no es más que un instrumento de la inteligencia. El cerebro es material, y el pensamiento es espiritual; luego el cerebro no puede producir el pensamiento; de lo contrario, el efecto sería superior a la causa.

Un positivista se esforzaba en probar que el alma era materia como el cuerpo. Un sabio le contestó: “¡Cuánto ingenio habéis gastado, señor, para probar que sois una bestia!... Como se trata de un hecho personal os creemos bajo vuestra palabra...”

 

2° Libertad del alma

 

43. P. ¿Es libre nuestra alma?

R. Nuestra alma es libre: tiene la facultad de poder determinarse por su libre elección, de hacer u omitir, de elegir el bien o el mal. El libre albedrío se prueba:

1° Por el sentido íntimo de la conciencia.

2° Por la creencia universal de todos los pueblos.

3° Por las consecuencias funestas que resultarían del error contrario.

1º Sentido íntimo y conciencia. Nosotros tenemos el sentido íntimo de nuestra libertad: siento que soy libre, como siento que existo. Siento en mí la libertad de seguir la voz del deber o los halagos de las pasiones. Es ésta una verdad tan apodíctica, que basta entrar dentro de sí mismo para convencerse de ella. Tanta es nuestra libertad que podemos contrariar nuestros gustos, nuestros instintos, nuestros intereses, aun los más queridos. El hombre, en la plenitud de su libre albedrío, sacrificará sus bienes, su libertad, su familia, su vida, todo, por la verdad que él no ve, por la virtud que contraría sus apetitos.

Me ordenas con el cuchillo al cuello, que niegue a mi Dios, que abjure mi fe… Yo siento que ningún poder me hará  cometer semejante vileza. Yo encuentro en mi camino una bolsa de monedas de oro, y podría apropiármela, pues nadie me ha visto recogerla. Pero si la tentación me asalta, yo la rechazo rápidamente, y devuelvo la bolsa a su dueño, prefiriendo vivir en mi indigencia antes que mancharme con un robo a los ojos de Dios. Es innecesario multiplicar los ejemplos.

“Oigo hablar mucho contra la libertad del hombre, y desprecio todos esos sofismas, porque, por más que un razonador trate de probarme que no soy libre, el sentimiento íntimo más fuerte que todos los razonamientos, los desmiente sin cesar” (J.J.Rosseau).

2º La creencia universal de todos los pueblos.  En todos los tiempos y en todos los países, los hombres han sentido, hablado y obrado como seres libres. Deliberan, hacen promesas y contratos, aprueban las buenas acciones y condenan las malas. Todo esto supone libertad. ¿Se delibera, acaso, acerca de aquello que no depende de uno mismo?, la muerte, por ejemplo? ¿Se promete resucitar a los muertos? No se proyecta, no se promete sino aquello que se cree poder hacer u omitir.

¿Por qué aprobar lo bueno y reprobar lo malo, si el hombre no es libre de sus actos?

Todos los pueblos han establecido leyes: ¿con qué utilidad si el hombre no es libre? No se dictan leyes a una máquina que ejerce mecánicamente sus funciones.

3º Funestas consecuencias que resultarían del error contrario. Si el hombre no es libre, no es dueño de sus actos, y, por consiguiente, no es responsable sino de aquellos actos de los cuales uno es realmente la causa, y si la voluntad no es libre, no es causa de los actos que produce.

Si el hombre no es responsable, no hay deber, porque no se puede estar obligado a querer el bien sino cuando uno tiene libertad de elegirlo.

Si el hombre no es libre, si no es responsable de sus actos, no hay ni virtud, ni vicio, como no hay ni bien ni mal para los animales. Entonces, el asesino no es más culpable que su víctima.

No hay conciencia, pues ella no tiene el derecho de imponer el bien y prohibir el mal si no existen. El remordimiento es un absurdo.

No hay justicia, porque los jueces no podrían condenar a un criminal que no es responsable de sus actos. Estas consecuencias tan monstruosas, tan reprobadas por el sentido común, bastan para demostrar la falsedad del fatalismo.

 

44. P. ¿Quiénes niegan la libertad del alma?

R. Los fatalistas, los positivistas y ciertos herejes.

Los antiguos fatalistas atribuían a una divinidad ciega, llamada hado (del latín fatum), todas las acciones del hombre. Aun hoy, los mahometanos dicen: Estaba escrito; es decir, todo lo que acontece debía necesariamente acontecer.

En nuestros días, los positivistas caen en el mismo error, al decir que nuestra voluntad se determina a la acción por la influencia irresistible de los motivos que la solicitan; y así atribuyen los actos del hombre a las influencias del medio, del clima, del carácter, del temperamento.

Ciertos herejes, como los protestantes y los jansenistas, se han atrevido sostener que, por el pecado de Adán, el hombre habría perdido la facultad de hacer el bien, y que era arrastrado por la concupiscencia.

Aceptar estos errores equivale a decir que no hay ni bien ni mal, que las leyes son un contrasentido, que el hombre es una simple máquina, etc.

 

3º Inmortalidad del alma

 

El alma del hombre es inmortal, no dejará jamás de existir. Todo lo prueba de una manera evidente:

1º La naturaleza del alma.

2º Las aspiraciones y los deseos del hombre.

3º Las perfecciones de Dios.

4º La creencia de todos los pueblos.

5º Las consecuencias funestas que resultarían de la negación de esta verdad fundamental.

 

46. P. ¿Cómo probamos por la naturaleza del alma que es inmortal?

R. Un ser es naturalmente inmortal cuando es  incorruptible y puede vivir y obrar independientemente de otro. Ahora bien, el alma es incorruptible, porque es simple, indivisible; puede vivir y obrar independientemente del cuerpo, porque es un espíritu; luego es inmortal por naturaleza. Un espíritu no puede morir.

Si nuestra alma debiera perecer, sería:

1º o por encerrar en sí misma principios de corrupción;

2º o por tener otra razón de existir que dar la vida al cuerpo;

3º o, finalmente, por aniquilarla Dios. Pues bien, ninguna de estas tres hipótesis puede ser admitida.

1º Nuestra alma es incorruptible, es decir, que no encierra en sí ningún principio de disolución y de muerte. ¿Qué es la muerte? La muerte es la descomposición, la separación de las partes de un ser. Es así que el alma no tiene partes, pues es simple e indivisible; luego no puede descomponerse, disolverse o morir.

2º La vida del alma no depende del cuerpo, de donde se sigue que, en virtud de su propia naturaleza, nuestra alma sobrevive al cuerpo. La vida de los sentidos, única que poseen los animales, muerto el cuerpo, es incapaz de ejercer función alguna; porque esta clase de alma, que es substancia imperfecta, en cuanto substancia, muere con el cuerpo.

Mas no acontece lo mismo con el alma del hombre. Hemos demostrado ya que es espiritual, es decir, que posee una vida, la vida de la inteligencia, que es completamente independiente de nuestros órganos corporales, en sus operaciones, y en su principio. Esta vida no cesa, pues en el momento de la muerte, en virtud de su naturaleza espiritual, nuestra alma sobrevive al cuerpo.

Por lo demás, las aspiraciones de nuestra alma hacia la plena posesión de la verdad, hacia la felicidad de la vida sin fin, cuya sombra solamente tenemos aquí, no podrán existir en ella, si no fuera por naturaleza inmortal. Es lo que prueba la pregunta siguiente.

3º Ningún ser puede aniquilar el alma, excepto Dios; pero no tiene, en su naturaleza espiritual, los principios de una vida inmutable.

 

47. P. Los deseos y las aspiraciones del alma, ¿prueban que es inmortal?

R. Sí; el deseo natural e irresistible que tenemos de una felicidad perfecta y de una vida sin fin prueba la inmortalidad del alma; porque este deseo no puede ser satisfecho en la vida presente y, por lo mismo, debe ser satisfecho en la vida futura; si no, Dios, autor de nuestra naturaleza, se habría burlado de nosotros, dándonos aspiraciones y deseos siempre defraudados, nunca satisfechos; lo que no puede ser.

Si el deseo de la felicidad no debiera ser satisfecho, Dios no lo hubiera puesto en nosotros.

1º Todo hombre que penetre en su corazón encontrará en él un inmenso deseo de felicidad. Este deseo no es un efecto de su imaginación, pues no es él quien se lo ha dado, y no está en su poder desecharlo. Este deseo no es una cosa individual, pues todos los hombres, en todos los climas y en todas las condiciones, lo han experimentado y lo experimentan diariamente. Esta aspiración brota, pues, del fondo de nuestro ser y se identifica con él. La felicidad es la meta señalada por Dios a la naturaleza humana.

Ahora bien, ¿es posible que Dios haya puesto en nosotros un deseo tan ardiente, que no podamos satisfacer? ¿Nos ha creado para la felicidad, y nos ha puesto en la imposibilidad de conseguirla? Evidentemente, no; que en ese caso Dios no sería Dios de verdad. Dios no engaña el instinto de un insecto, ¿y engañaría el deseo que ha infundido en nuestra alma? Luego es necesario que, tarde o temprano, el hombre logre una felicidad perfecta, si él, por propia culpa, no se opone a ello.

2º Pero esta felicidad perfecta no se halla en esta tierra: nada en esta vida puede satisfacer nuestros deseos; todos los bienes finitos no pueden llenar el vacío de nuestro corazón: ciencia, fortuna, honor, satisfacciones de todas clases, caen en él, como en un abismo sin fondo, que se ensancha sin cesar. ¡Extraña cosa!, los animales, que no tienen idea de una felicidad superior a los bienes sensibles, se contentan con su suerte. Y el hombre, sólo el hombre, busca en vano la dicha, cuya imperiosa necesidad lleva en el alma. Nunca está contento, porque aspira a una bienaventuranza completa y sin fin. Puesto que no es feliz en este mundo, es necesario que halle la felicidad en la vida futura.

Este raciocinio también se aplica a nuestras aspiraciones intelectuales: el hombre tiene sed de verdad y de ciencia; quiere conocerlo todo: nunca puede llenar su deseo de saber. Ha sido creado, pues, para hallar en Dios toda verdad y toda ciencia. A la manera que el cuerpo tiende hacia la tierra, así el alma tiende hacia Dios y hacia la inmortalidad.

 

48. P. ¿No podría Dios aniquilar el alma?

R. Sí; absolutamente hablando, Dios podría aniquilarla en virtud de su omnipotencia; pero no lo hará, porque no la ha creado inmortal por naturaleza para destruirla después. Además de esto, sus atributos divinos, su sabiduría y su justicia a ello se oponen.

El alma no existe necesariamente; Dios la ha creado libremente y, por lo tanto, podría destruirla con sólo suspender su acción conservadora, que no es más que una creación prolongada. Sin embargo, este aniquilamiento requiere nada menos que la intervención de toda la omnipotencia divina. Aniquilar y crear son dos actos que piden igual poder, y sólo Dios puede producirlos.

Ahora bien, la ciencia demuestra que nada se destruye en la naturaleza; nada se pierde, todo se transforma. El cuerpo es, evidentemente, menos perfecto que el alma; y el cuerpo no se aniquila, sino que sigue existiendo en sus átomo. ¿Por qué, pues, el alma, la porción más noble de nosotros mismos, sería aniquilada?... Tenemos pleno derecho para suponer que el alma del hombre no es de peor condición que un átomo de materia.

Dios es libre para no crear un ser, esto es indudable; pero una vez que lo ha creado, se debe a sí mismo el tratarlo de acuerdo con la naturaleza que le ha dado. Dios le ha dado al alma una naturaleza espiritual y una constitución inmortal; luego El no abrogará esta disposición providencial: Dios se debe a sí mismo no contradecirse. Además, conforme veremos inmediatamente, los atributos de Dios requieren que el alma sea inmortal.

 

49. P. La sabiduría de Dios demanda que nuestra alma sea inmortal.

R. Esto es porque un legislador sabio debe imponer una sanción a su ley, es decir, debe establecer premios para que los que la observan y castigos para los que la violan. Esta sanción de la ley divina debe necesariamente hallarse en esta vida o en la futura.

Pero nosotros no vemos en la vida presente una sanción eficaz de la ley de Dios; por lo tanto es necesario que exista en la vida futura, so pena de decir que Dios es un legislador sin sabiduría.

Dios ha creado al hombre libre, pero no independiente. Todos los seres creados están regidos por leyes conformes a su naturaleza. Los seres inteligentes y libres han recibido de Dios la ley moral para que los dirija hacia su último fin. Esta ley, conocida y promulgada por la conciencia, se resume en dos palabras: hacer el bien y evitar el mal.

Un legislador sabio, que impone leyes, debe tomar los medios necesarios para que sean observadas. El único medio eficaz son los premios y los castigos: es lo que se llama sanción de una ley. En la vida presente no vemos una sanción eficaz para la ley de Dios.

¿Dónde estaría? ¿En los remordimientos o en la alegría de la conciencia? Pero los malvados ahogan los remordimientos, y la alegría de la conciencia bien poca cosa es comparada con los sufrimientos y las luchas que requiere la virtud.

¿Estaría en el desprecio público, o en la estimación de los hombres? ¡Ah!, con demasiada frecuencia vemos que son precisamente los grandes culpables los que gozan de la estima de los hombres, mientras que los justos son el blanco de todas las burlas.

¿Estaría en la justicia humana? No; porque ella no alcanza hasta los pensamientos y deseos, fuentes del mal; no tiene recompensas para la virtud; no puede descubrir todos los crímenes: ella puede ser burlada por la habilidad, comprada por el dinero, intimada por el miedo; y si, a veces, vindica los derechos de los hombres, no vindica los derechos de Dios.

Fuera de eso, ¿cuál sería en este mundo la recompensa de aquel que muere en el acto mismo del sacrificio, como el soldado sobre el campote batalla; o el castigo para el suicida?

Por consiguiente, la sanción eficaz de la ley de Dios no puede hallarse más que en los castigos o premios que nos esperan después de la muerte.

 

50. P. ¿También la justicia de Dios demanda que el alma sea inmortal?

R. La justicia pide que Dios de a cada uno según sus méritos; que recompense a los buenos y castigue a los malos. Pero, ¿es en esta vida donde los buenos son premiados y los malos castigados? No; en esta vida, los buenos frecuentemente se ven afligidos, perseguidos y oprimidos, mientras que los malos prosperan y triunfan. Luego la justicia de Dios pide que haya otra vida donde los buenos sean recompensados y los malos castigados; si no, no habría justicia. Entonces se podría decir que no hay Dios, porque Dios no existe, si no es justo.

Es necesario que haya una justicia por lo mismo que hay Dios. Si Dios no es justo, no es infinitamente perfecto, no es Dios. Un Dios justo debe retribuir a cada uno según sus obras. Sería imposible que mirara de la misma manera al bueno y al malo, al parricida y al hijo obediente, al obrero honrado  y al pérfido usurero.

Y, ¿qué sucede frecuentemente? Sucede que el malo triunfa y el bueno sufre; que la virtud es ignorada o despreciada y el vicio honrado. Hay tribunales para los malhechores vulgares (¡y no todos ellos llegan!); pero no los hay para los canallas de primer orden. Nerón, corrompido, cruel, perjuro, sentado en el trono del mundo. Y en los calabozos de Nerón, San Pedro, San Pablo… Y la justicia de Dios, ¿dónde está?...

Por todas partes se ven tiranos adulados, coronados, viviendo entre delicias, mientras que los justos son perseguidos, torturados, martirizados… ¿Dónde está la justicia de Dios?... ¡Cuántos despotismos, proscripciones, perjurios e iniquidades sobre la tierra! Pero, ¿qué se ha hecho la justicia de Dios? Yo os aseguro que ella no ha abdicado, que ella cuenta todas las gotas de sangre y todas las lágrimas que los malvados hacen derramar: tan cierto como que Dios es Dios, El retribuirá a cada uno según sus obras.

Y como ciertamente todo eso no se hace en esta vida, se hará en la otra; luego es necesario que el alma sobreviva al cuerpo, es necesario que ella sea inmortal.

Así, Dios permite los sufrimientos de los justos, porque hay otra vida para restablecer el equilibrio. Los dolores de esta vida son pruebas que santifican, son combates que llevan a la gloria, son avisos del cielo para que no dejemos el camino de la virtud. Pero estos sufrimientos nada son, comparados con la felicidad eterna que Dios tiene reservada al justo.

-¿Crees tú en el infierno?, preguntaron a un sacerdote los jueces revolucionarios de Lyon.

-¡Y cómo podría yo dudar, viendo lo que está pasando! ¡Ah!, si yo hubiera sido incrédulo, hoy sería creyente…

Es el raciocinio del propio J.J. Rousseau: “Si no tuviera yo más prueba de la inmortalidad del alma, que el triunfo del malvado y la opresión del justo, esta flagrante injusticia me obligaría a decir: No termina todo con la vida, todo vuelve al orden con la muerte”.

 

51. P. Todos los pueblos de la tierra, ¿han admitido siempre la inmortalidad del alma?

R. Sí; es un hecho testificado por la historia antigua y moderna que los pueblos del mundo entero han admitido la inmortalidad del alma, como lo prueba el culto de los muertos, el respeto religioso de los hombres por las cenizas de sus padres y los monumentos que ha erigido sobre sus sepulcros.

Esta creencia universal y constante no puede proceder sino de la razón, que admite la necesidad de la vida futura, o de la revelación primitiva, hecha por Dios a nuestros primeros padres y transmitida por ellos a sus descendientes. Ahora bien, el testimonio, sea de la razón, sea de la revelación, no puede ser sino la expresión de la verdad; luego la creencia de los pueblos es una nueva prueba de la inmortalidad del alma.

Todos los pueblos han creído en la existencia de un lugar de delicias, donde los buenos eran recompensados y de un lugar de tormentos, donde los malos eran castigados. ¿Quién no conoce los Campos Elíseos, y el negro Tártaro de los griegos y de los romanos?... Basta leer la historia de los pueblos.

¿Cómo explicar esta fe universal en la vida futura? Esta fe no es el resultado de la experiencia, porque toda la vida parece extinguirse con la muerte, y los muertos no vuelven para asegurarnos de la realidad de la otra vida.

No es una invención de los reyes y de los poderosos, porque muchos de aquellos a quienes los antiguos creían condenados a los castigos futuros eran precisamente reyes como Sísifo, Tántalo… No es tampoco la enseñanza de una secta religiosa, porque la creencia en una vida futura es el fundamento de todas las religiones.

No se puede atribuir a las pasiones humanas, porque es su castigo; ni a la ignorancia, porque existe también en los pueblos civilizados; y, conforme a una ley de la historia, un pueblo es tanto más grande cuanto su fe en la inmortalidad es más firme y pura.

Este hecho no puede reconocer sino dos causas:

1º La revelación primitiva, infalible como Dios mismo.

2º El instinto irresistible de la razón humana, que por todas partes y siempre, por el buen sentido, está obligada a reconocer las mismas verdades fundamentales. Según frase de Cicerón, aquello que conviene la natural persuasión de todos los hombres, necesariamente ha de ser verdadero. Es un axioma de sentido común contra el cual en vano protestan algunos materialistas modernos.

 

52. P. ¿Qué debemos pensar de los que dicen: Una vez muertos se acabó todo?

R. Los que se atreven a decir que todo acaba con la muerte son insensatos que tienen el loco orgullo de contradecir todo el género humano y de conculcar la razón y la conciencia.

Son criminales, y no desean el destino del animal sino para poder vivir sin el temor y los remordimientos.

Son infelices, pues lejos de obtener lo que desean, no podrán escapar a la justicia divina, y aprenderán a sus propias expensas lo terrible que es caer en manos de un Dios vengador.

1º Si fuera cierto que con la muerte todo acaba, habría que decir: a) que Dios se ha burlado de nosotros al darnos el deseo irresistible de la felicidad y de la inmortalidad. b) Que todos los pueblos del mundo han vivido hasta ahora en el error, mientras que un puñado de libertinos son los únicos que tienen razón. c) Que la suerte del asesino sería la misma que la de su víctima; que los justos que practican la virtud y los malvados que se entregan al crimen, serán tratados de la misma manera, etc. ¿No es esto inadmisible? ¿No es esto hacer del mundo una cueva de ladrones y de bestias feroces? Y, sin embargo, tal es la locura de los materialistas.

2º Los que niegan la inmortalidad del alma son los ateos, los materialistas, los positivistas, los librepensadores, todos aquellos que tienen interés en no creerse superiores a los animales. Este dogma tiene los mismos adversarios que el de la existencia de Dios: son los hombres que, para acallar sus remordimientos o para no verse obligados a combatir sus pasiones, quieren persuadirse de que no hay nada que temer, nada que esperar después de esta vida. Pero cuando un insensato cierra los ojos y declara que el sol no existe, se engaña a sí mismo y no impide al sol que alumbre.

3º Los que niegan la inmortalidad del alma son semejantes al hijo pródigo, que deseaba, sin conseguirlo, el sucio alimento de la piara de puercos que tenía a su cuidado. Estos hombres reclaman en vano la nada del bruto que les interesa conseguir; nadie se la dará; no serán aniquilados y el infierno les aguarda. ¡cuán dignos son de lástima!...

 

53. P. ¿Cuáles son las consecuencias de la inmortalidad del alma?

R. Así como se conoce el árbol por sus frutos, se conocen los dogmas verdaderos por los buenos frutos que producen. La creencia en la inmortalidad del alma produce excelentes frutos: es para el hombre consuelo en la desventura, móvil de la virtud, fuente de los mayores heroísmos.

Por el contrario, la negación de la inmortalidad del alma produce frutos de muerte. Si el alma debe morir, no hay virtud, ni deber, ni religión, ni sociedad posible. Todo se desmorona. Juzgad, pues, el árbol por los frutos de muerte que produce.

1º El dogma de la inmortalidad del alma sostiene, anima,, consuela al hombre virtuoso, puesto que le hace esperar una recompensa y una felicidad que no tendrá fin.

Si suprimimos la otra vida, la muerte no tendría consuelos ni esperanzas. ¿Qué puede decir un incrédulo junto a un féretro? ¡Son amigos que se separan con la certeza de no volverse a ver jamás!... Miren a esa madre, loca de dolor, junto a una cuna, herida por la muerte; el impío sólo puede decirle: “Hay que ser razonable; esto les sucede también a otros, también nosotros moriremos”. En cambio, una Hermana de la Caridad dirá a esa pobre madre: “Hallaréis  vuestro hijito en el cielo; está con los ángeles y un día irá a juntarse con él”. Una doctrina tan consoladora viene de Dios. Vosotros que lloran vuestros muertos queridos, consolaos, los encontrarán en una vida mejor. No, no termina todo al cerrarse la fría losa de la tumba.

La creencia en la inmortalidad del alma es la única que puede formar hombres, llevarlos a la práctica de grandes virtudes, despertar en ellos nobles abnegaciones por Dios, por la sociedad, por la patria, puesto que esa creencia nos hace esperar alegrías tanto mayores cuanto más grandes hayan sido los sacrificios hechos por nosotros. Ella nos hace despreciar todo lo transitorio para no estimar sino lo que es eterno.

  Decir, por el contrario, que cuando uno muere, todo muere con él, es suprimir toda virtud, todo deber, toda religión. Y en verdad, si no hay nada que esperar, nada que temer después de esta vida, ¿qué interés podemos tener en practicar  el bien, el deber, la religión, a menudo tan penosos? ¿Qué digo? El bien y el mal, la virtud y el vicio no son más que vanas preocupaciones y odiosas mentiras.

La virtud cuesta grandes sacrificios, mientras que el vicio agrada a nuestra naturaleza caída. Ahora bien, si nuestra existencia se limita a esta tierra, si la virtud no produce frutos de felicidad eterna, si el vicio no acarrea dolores inconsolables para la vida futura, es una tontería sufrir tanto para practicar la virtud y preservarse del vicio. Entonces fallan por su base la virtud, la familia, la religión, la sociedad. Si fuera cierto que con la muerte todo muere, el mundo se vería inundado por un diluvio de crímenes. El robo, el homicidio, las más vergonzosas pasiones, no tendrían barreras, porque se tiene, con frecuencia, la facilidad de escapar de los gendarmes y de las prisiones.

“Una sociedad que no cree en Dios, ni en el alma, ni en la vida futura, no respeta ni justicia ni moral. Verdaderamente, si todo se limita a la vida presente, ¿por qué se ha de consentir que la autoridad, la fortuna, los placeres sean para los poderosos? ¿Por qué la sumisión, la pobreza, la miseria y los sufrimientos han de estar reservados a las clases bajas?... Si la vida futura es un sueño, el hombre tiene sobrada razón para buscar en la vida presente su gozo, su felicidad. Si no los halla, le asiste toda la razón para conquistarlos con la fuerza de las armas y la revolución. Y si fracasa, nadie puede reprocharle el que se abandone a la desesperación y busque en el suicidio el único remedio posible que le queda.

Está visto: la ausencia de toda creencia en la en la vida futura es el camino cerrado a toda virtud, a todo heroísmo, a toda abnegación. Es el camino abierto a todas las pasiones, a todos los crímenes, a todas las revoluciones. El materialismo, propagado por la masonería, ahí tenéis la causa de todas las desgracias, de las ruinas y los crímenes que desolan, en la hora presente, a nuestra hermosa Francia”. CAULY

 

54. P. La inmortalidad del alma, ¿prueba la eternidad del cielo y la eternidad del infierno?

R. Las mismas razones que prueban que el alma es inmortal, prueban también que será o eternamente feliz en el cielo, o eternamente desgraciada en el infierno. La vida presente, en efecto, es el tiempo de la prueba, y la vida futura es la meta, el término adonde debe llegar el hombre inteligente y libre.

Después de la muerte, ya no habrá tiempo para el mérito ni para el demérito, ni habrá lugar para el arrepentimiento. Por consiguiente, los buenos quedarán siempre buenos, y los malos siempre malos; es justo, pues, que así la recompensa de los primeros, como el castigo de los segundos, sean eternos.

Un ser libre y responsable debe ser llamado, tarde o temprano, a dar cuentas de sus actos. Por lo tanto, su destino se divide en dos partes: la primera es la de la prueba, de la tentación, de la lucha; la segunda, la de la recompensa, o del castigo.

Para el hombre, el tiempo de la prueba termina con la muerte. Tal es el sentir de todos los pueblos y de la razón misma. Porque si la muerte no alcanza el alma, destruye, sin embargo, el compuesto humano que constituye al hombre. Pero como es al hombre precisamente a quien se dirige la ley moral y a quien se impone el deber, corresponde al compuesto humano alcanzar o no su última meta.

El cielo es eterno. Dios ama necesariamente al justo, y es amado por él. ¿Por qué, pues, se ha de matar este amor, puesto que el justo permanecerá siempre justo? Por otra parte, la felicidad de la vida futura debe ser perfecta, y no sería perfecta una felicidad que no sea eterna. Luego el premio del justo debe ser eterno

El infierno es eterno. Análogas consideraciones prueban que el castigo del culpable debe ser eterno. El alma penetra en la vida futura en el estado y con los afectos que tenía en el momento de la muerte; y este estado y afectos son irrevocables, porque los cambios no pueden pertenecer sino a la vida presente, que es vida de prueba, pasada la cual todo ser queda fijado para siempre. El culpable persevera, pues, en el mal: permanece eternamente culpable, y no cesa, por consiguiente, de merecer el castigo. “El árbol queda donde ha caído: a la derecha si ha caído a la derecha, a la izquierda si ha caído a la izquierda”.

 

55. P. ¿Hay más pruebas de la eternidad del infierno?

R. Sí; la razón nos provee de varias otras pruebas decisivas de la eternidad del infierno.

1º La creencia de todos los pueblos la afirma.

2º La sabiduría de Dios pide como vindicación por la violación de sus leyes.

3º La justicia divina reclama para castigar al hombre que muere culpable de una falta grave.

4º Finalmente, la soberanía de Dios la demanda para tener la última palabra en la lucha sacrílega del hombre contra su Creador y su soberano Señor.

1° La creencia de todos los pueblos la afirma. – En todos los tiempos, desde el principio del mundo hasta nuestros días, todos los pueblos han creído en la existencia de un infierno eterno. Hemos hecho notar esta creencia al hablar de la inmortalidad del alma. ¡Cosa asombrosa! El dogma del infierno eterno, que subleva todas las pasiones contra él y causa horror a la naturaleza humana, es el único que los hombres no han discutido. Basta consultar los poetas, los filósofos, los escritores de la antigüedad, y todos, sin excepción, hablan del infierno eterno.

Hesíodo y Homero lo pintan a los habitantes de Grecia; Virgilio y Ovidio lo describen en la Roma idólatra. ¿Quién no recuerda los suplicios de Prometeo, de Tántaro, de Sísifo, de Ixión y de las Danaides? Sócrates, citado por Platón, habla de las almas incurables que son precipitadas al eterno Tártaro, de donde no saldrán jamás.

Un pagano, gran despreciador de los dioses, el impío Lucrecio, trató de destruir esa creencia, “porque, decía él, no hay reposo y es imposible dormir tranquilo, si se está obligado a temer, después de esta vida, suplicios eternos”. Sus esfuerzos fueron inútiles. La creencia en el infierno eterno fue siempre el dogma fundamental de la religión de todos los pueblos.

Celso, filósofo pagano, enemigo acérrimo del Cristianismo, lo confirma en el segundo siglo de la Iglesia. “Tienen razón los cristianos, dice él, en pensar que los malos sufrirán suplicios eternos. Por lo demás, este sentimiento les es común con todos los pueblos de la tierra”.

Leyendo la historia de todas las razas: egipcios, caldeos, persas, indios, chinos, japoneses, galos, germanos, etc., vemos que todos creían en un infierno eterno, como en la existencia de Dios.

Cuando Colón descubrió América, comprobó que los habitantes del Nuevo Mundo tenían la misma creencia. Un viejo jefe le amenaza con el infierno, diciéndole: “Sabe que al salir de la vida hay dos senderos, uno fulgurante de luz y otro sumido en las tinieblas; el hombre de bien toma el primero, mientras que el malvado echa a andar por el sendero tenebroso hacia el lugar de los suplicios eternos”.

¿Cuál es el origen de esta creencia de todos los pueblos? No pueden ser los sentidos, ni las preocupaciones, ni las pasiones, porque una pena eterna es una pena espantosa que aterra el espíritu y lo desola, tortura el corazón y lo desgarra. Esta creencia no puede tener su origen sino en la razón, que reconoce la necesidad de un infierno eterno para impedir el mal o castigarlo; o bien este dogma se remonta hasta Dios mismo: forma parte de la revelación primitiva, que es la base de la religión y de la moral del género humano. Pero, tanto en un caso como en otro, esta creencia no puede ser sino la expresión de la verdad.

2º La sabiduría de Dios pide la eternidad de las penas como sanción preventiva. – Todo legislador sabio debe dar a sus leyes una sanción eficaz; y la única sanción eficaz para las leyes de Dios es la eternidad de las penas. Porque, para que surta el efecto deseado, es menester que toda sanción pueda neutralizar las seducciones del vicio, y determinar al hombre a que observe la ley divina, aun con pérdida de su fortuna y de su vida. Ahora bien, la sola esperanza de escapar un día de la justicia de Dios haría ineficaz toda sanción temporal. Todo lo que tiene término no es nada para el hombre, que se siente inmortal. Lo que constituye la eficacia de la sanción no es el infierno, es su eternidad. Lo prueba el hecho de que los malvados aceptan sin dificultad que haya castigo después de esta vida, con tal que no sea eterno.

Un infierno que no es eterno es un purgatorio cualquiera. Y el pensamiento del purgatorio, ¿refrena acaso a los malvados? Ese pensamiento apenas inquieta a los justos, porque el purgatorio tiene término. Cierto alemán se avenía a pasar dos millones de años en el purgatorio por gozar el placer de una venganza. Es, pues, la eternidad lo que constituye la eficacia de la sanción. Sin la eternidad de las penas, Dios no sería más que un legislador imprudente, incapaz de hacer observar sus leyes, o de castigar a los calculadores de las mismas.

3º La justicia de Dios requiere la eternidad del infierno, como pena vindicativa para castigar el mal. – Es un principio admitido por todos, que debe existir proporción entre la culpa y la pena, entre el crimen y el castigo… Ahora bien, a no ser por la eternidad del infierno, no habría proporción entre la culpa y la pena… Y, en verdad, la gravedad de la culpa se deduce de la dignidad de la persona ofendida. El pecado, ofendiendo a una Majestad infinita, reviste, por lo mismo, una malicia infinita, merecedor de un castigo infinito.

Pero como el hombre es limitado y finito en su ser, no puede ser susceptible de una  pena infinita en intensidad; pero puede ser castigado con una pena infinita en duración, es decir, eterna. Es justo, por consiguiente, que sea condenado al fuego eterno, a fin de que el castigo guarde proporción con la culpa.

4º La soberanía de Dios pide la eternidad de las penas. – Si el infierno debiera tener término, cada uno de nosotros podría hablar a Dios de esta suerte: “Yo sé que Vos me podéis castigar, pero también sé, que tarde o temprano, os veréis obligado a perdonarme a  aniquilarme. Me río, pues, de Vos y de vuestras leyes; me río también del infierno, al que me vais a condenar, porque sé que algún día saldré de allí”-. ¿Se concibe que una criatura pueda con razón hablar así de su Creador? Dios es el Señor del hombre, y su soberanía no puede ser impunemente despreciada. El hombre, pecando mortalmente, declara guerra a Dios: ¿quién será el vencedor? Necesariamente debe ser Dios, quien pronuncia la última palabra mediante la eternidad de las penas. Luego, la soberanía de Dios exige que el infierno sea eterno.

CONCLUCION. O el infierno eterno existe, o Dios no existe; porque Dios no es Dios, si no es sabio, justo y Señor soberano. Pero como quiera que sea imposible, a menos de estar loco, negar la existencia de Dios, así también fuera menester estar loco para negar la existencia de un infierno eterno. La existencia del infierno es un dogma de la razón y un artículo de fe.

Con el dogma del infierno acontece lo que con el dogma de la existencia de Dios: el impío puede negarlo con palabras, su corazón puede desear que no exista, pero su razón le obliga a admitirlo. La misma rabia con que el incrédulo niega este dogma prueba a las claras que no puede arrancarlo de su espíritu: nadie lucha contra lo que no existe; nadie se enfurece contra quimeras.

Es tan difícil no creer en el infierno, que el propio Voltaire no pudo eximirse de esta creencia. A uno de sus discípulos, que se jactaba de haber dado con un argumento contra la eternidad de las penas, le contestó: “Os felicito por vuestra suerte; yo bien lejos estoy de eso”. Voltaire tembló en su lecho de muerte, agitado por el pensamiento del infierno, y la muerte de ese impío ha hecho decir: “El infierno existe”.

J.J. ROSSEAU, sofista mil veces más peligroso que Voltaire, no se atrevió a contradecir la tradición universal, y se contentó con volver la cabeza para no ver el abismo: – No me preguntéis si los tormentos de los malvados son eternos; lo ignoro – No tuvo la audacia de negarlo. ¡Tanta autoridad y fuerza hay en esas tradiciones primitivas que Platón conoció, que Romero y Virgilio cantaron y que se encuentran en todos los pueblos del Viejo y del Nuevo Mundo; tan imposible es derribar un dogma admitido en todas partes, a despecho de las pasiones unidas desde tantos siglos para combatirlo!

 

56. P. ¿Qué valor tienen las suposiciones ideadas por los incrédulos para suprimir la eternidad del infierno?

R. Contra la eternidad del infierno no se pueden hacer más que las tres siguientes hipótesis:

1° o el pecador repara sus faltas y se rehabilita;

2° o Dios le perdona sin que se arrepienta;

3° o Dios le aniquila.

Estas suposiciones son contrarias a los diversos atributos de Dios y están condenadas por la sana razón.

1° Para explicar lo que sucederá más allá del sepulcro, ciertos incrédulos modernos proponen teorías absurdas. Juan Reynaud (Tierra y Cielo), Luis Figuier (El Mañana de la Muerte) y Flammarión (Pluralidad de los mundos habitados) renuevan el viejo error de la metempsicosis, y suponen que las almas emigran a los astros para purificarse y perfeccionarse cada vez más.

Todas estas teorías no pasan de ser afirmaciones gratuitas, ilusiones y quimeras que hacen retroceder la dificultad sin resolverla. ¡Si es posible rehabilitarse después de esta vida, no hay sobre la tierra sanción de la ley divina! ¿Para qué inquietarse en esta vida? ¡Ya nos convertiremos en los astros! Y si, después de varias peregrinaciones sucesivas, el hombre sigue siendo perverso, ¿será condenado a errar eternamente de astro en astro, de planeta en planeta?... Pero en este caso, el hombre no llegaría jamás a su meta, lo que es contrario al sentido común.

Por lo demás, si después de la muerte existiera un segundo período de prueba, nada impediría que hubiera un tercero, un cuarto, y así sucesivamente. ¿Adónde llegaríamos? Llegaríamos a esto: que el malvado podría pisotear indefinidamente las leyes de Dios y burlarse de su justicia… Esto no puede ser: la muerte es el fin de la prueba, la eternidad será su término.

2º ¿Puede Dios perdonar al pecador en la vida futura? No; esto es imposible. El perdón no se impone, se otorga y no se concede sino al arrepentimiento. Ahora bien, el réprobo no puede arrepentirse, porque la muerte ha fijado su voluntad en el mal para toda la eternidad. Ya no es libre. El infierno es para él un centro de atracción irresistible, y es tan imposible para el desgraciado elevarse a Dios por un movimiento bueno, como lo es para la piedra elevarse a los aires por sí misma. Las agujas de un reloj cuyo movimiento se detiene, marcarán siempre la misma hora; un alma detenida por la muerte en el mal, seguirá marcando lo mismo por toda la eternidad.

Además, el perdón concedido por Dios en la vida futura destruiría toda la eficacia de la sanción de la ley divina. ¿Qué podría detener al hombre en el momento de la tentación, si abrigara alguna esperanza de obtener su perdón en la eternidad? ¡Cuántos perversos se entregarían gustosos a la práctica del mal, si el infierno no fuera eterno! Y si el temor de las penas eternas no sujeta a todos en el sendero del deber, la idea de castigos temporales no ejercería sobre ellos ninguna influencia.

3º ¿Puede Dios aniquilar al culpable? No; Dios no puede aniquilarlo sin ir contra los atributos divinos, y esto por diversos motivos:

El aniquilamiento es opuesto a todo el plan de la creación. Dios ha creado al hombre por amor, y le ha creado libre e inmortal; pero quiere que el hombre le glorifique por toda la eternidad. Dios no puede, por mucho que el hombre haya abusado de su libertad, cambiar su plan divino, porque entonces resultaría esclavo de la malicia del pecador. Dios quiere ser glorificado por su criatura y, no podría ser de otra suerte. Es libre el hombre para elegir su felicidad o su desdicha; pero de buen o mal grado, la criatura debe rendir homenaje a la sabiduría de Dios, que es su Señor, o celebrando su gloria en el cielo, o proclamando su justicia en el infierno.

2º Si Dios aniquilara al culpable, su ley carecería de sanción eficaz. Para el pecador el aniquilamiento, lejos de ser un mal, sería un bien. Eso es, precisamente, lo que él pide: sus deseos son gozar de todos los placeres sensibles, y luego morir todo entero, para escapar de Dios y de su justicia; a esta muerte completa, él la llama reposo eterno. El aniquilamiento, pues, no sería una sanción eficaz de la ley moral, puesto que Dios aparecería impotente y sería vencido por el hombre rebelde.

3º Además, el número y la gravedad de las faltas piden que haya grados en la pena, y le sería imposible a Dios aplicar este principio, si no tuviera otra arma que el aniquilamiento para castigar al hombre culpable. El aniquilamiento no tiene grados: pesa de un modo uniforme, pesa indistintamente sobre todos aquellos a quienes castiga, confundiendo todas las vidas criminales en el mismo demérito. Esta monstruosa igualdad destruiría la justicia. Luego, después de esta vida, el pecador ni puede obtener el perdón ni ser aniquilado; debe sufrir un tormento eterno.

OBJECIONES. – 1ª ¿No es injusto castigar un pecado de un momento con una eternidad de suplicios?

No; porque la pena de un crimen no se mide por la duración del acto criminal, sino por la malicia del mismo. ¿Cuánto tiempo se necesita para matar a un hombre? Basta un instante; y sin embargo, la justicia humana condena a muerte al asesino; castigo que es una pena, por decirlo así, eterna, puesto que el culpable es eliminado para siempre de la sociedad (lo mismo con la pena de cadena perpetua).

¿Cuánto tiempo se necesita para provocar un incendio? Un instante. Pues bien, el incendiario es condenado a presidio por tiempo indeterminado, es decir, alejado para siempre de sus conciudadanos y de su familia.

No se mide, pues, la duración de la pena, por la duración de la culpa, sino por la gravedad de la misma.

Hay que considerar también que el crimen de un momento se ha convertido en crimen eterno. La acción del pecado es pasajera, fugitiva; pero sus efectos duran, y la voluntad perversa del pecador es eterna; porque ha de tenerse presente que sólo son condenados aquellos que mueren en pecado, con el afecto persistente en el mal. Pero como después de la muerte la voluntad no se muda, quedando eternamente mala, se comprende que debe ser eternamente castigada. El hombre que se arranca los ojos queda siego para siempre.

¿Puede un Dios infinitamente bueno condenar al hombre a suplicios eternos?

Sí; porque si Dios es infinitamente bueno, es también infinitamente justo, y su justicia reclama un castigo infinito para un pecado de malicia infinita.

Pregunto: ¿Sería bueno un padre que no impidiera a uno de sus hijos el hacer daño a los otros hermanos? – No; sería cruel e injusto -. ¿Sería bueno si perdonara a sus hijos malos que se atrevieran a ultrajar y a herir a sus hermanos?- No; sería un acto de debilidad imperdonable-. ¿Qué remedio le queda a un buen padre de familia para impedir que los hijos malos se entreguen al crimen? – No le queda otro de que encerrar a esos malos hijos en una cárcel y tenerlos allí para que se conviertan-. ¿Cuánto tiempo debe durar la separación de los malos de la compañía de los buenos? – Hasta que los malos se hayan convertido-. ¿Y si siguen siempre malos? – La separación debe ser para siempre… Ahora bien, los malos seguirán siempre malos, porque el tiempo del arrepentimiento ha pasado para ellos; maldicen a Dios y desean aniquilarle. ¿Cuándo, pues, han de salir de la cárcel? – ¡Jamás! – Sí, nunca: la bondad de Dios exige la eternidad del infierno.

Por otra parte, cuando el hombre ha cometido un pecado mortal, ¿no ha consentido libremente en el castigo eterno? ¿No ha consentido en él, en la hora de la muerte, al no querer arrepentirse de sus culpas?... Nada ha querido saber de Dios en la tierra; ¿no es justo que Dios nada quiera saber de él en la eternidad?...

Finalmente, el infierno eterno es el mayor beneficio de la bondad divina. A veces nos imaginamos que Dios ha creado el infierno sólo para ejercer su justicia; no es exacto. Dios ha creado el infierno para obligarnos merecer el cielo. Dios, infinitamente bueno, quiere proporcionar al hombre la mayor felicidad posible por los medios más eficaces. La mayor felicidad del hombre es el cielo libremente adquirido por sus méritos. Pues bien, el medio más eficaz de que Dios puede valerse para obligar al hombre a hacer un buen uso de su libertad, es el temor de una infelicidad eterna. El temor del infierno puebla el cielo. “El infierno, decía Dante, es la obra del eterno amor”.

Dios es demasiado bueno para condenarme.

Tienes razón, mil veces razón: Dios es demasiado bueno para condenarte. Por eso mismo no es Dios quién te condena, son ustedes mismos los que os condenáis.

La prueba de que Dios no os condena, es que lo ha hecho todo por tu salvación; es que, a pesar de vuestros crímenes, está pronto a concederte un generoso perdón, el día que le presentes un corazón contrito y arrepentido.

Lo que os condena es vuestra obstinación en el mal, vuestra terquedad en despreciar los mandamientos divinos; sois, pues, vosotros mismos, los que os condenáis por vuestra culpa.

Dios nos ha dejado completamente libres en la elección de nuestra eternidad. Si nos empeñamos en elegir el infierno, tanto peor para nosotros. En el momento de la muerte, Dios da a cada uno lo que cada uno ha elegido libremente durante su vida: o el cielo o el infierno. Dios no puede salvarnos contra nuestra voluntad. Nos ha criado libres, y no quiere destruir nuestra libertad.

A pesar del infierno eterno, la bondad de Dios queda, pues, intacta, como también su justicia; y el dogma de la eternidad de las penas es la última palabra de la razón y de la fe, sobre Dios, sobre el hombre, sobre la moral y sobre la religión: es la sanción necesaria de nuestra vida presente.

Nadie ha vuelto del infierno para testificarnos su existencia.

No: nadie ha vuelto de infierno, y si entráis en él tampoco volveréis. Si se pudiera volver, aunque fuera por una sola vez, yo os diría: Id y veréis que existe. Pero precisamente porque una vez dentro no se puede salir, es una locura exponerse a una desgracia espantosa, sin fin y sin remedio.

Nadie ha vuelto del infierno, ¿y, cómo volver, si el infierno es eterno? ¿No ves que apeláis a testigos que no podrán venir jamás a daros una respuesta? No están en el infierno para atestiguar su existencia: están como forzados, condenados a galeras perpetuas para expiar sus crímenes. Si se entra en el infierno, no se sale de él jamás.

Y fuera de eso, este testimonio del infierno, ¿es acaso necesario? Acabamos de oír la deposición de todo el género humano; hemos escuchado las conclusiones justísimas de la razón… ¿No basta eso para demostrarnos la existencia del infierno? ¡Cuántas verdades conocemos sólo por el testimonio de nuestros semejantes, y cuántas otras hemos aprendido únicamente con la luz de la razón! Decís: Dos y dos  son cuatro… diez por diez son cien… ¿Cómo lo sabes? – El simple raciocinio, me contestáis, basta para daros esas convicciones. – ¡Muy bien! Raciocina, pues, y llegarás fácilmente a convencerte de que Dios es justo y de que su justicia requiere que los malvados sean castigados… El castigo de los malvados es el infierno, y el infierno eterno.

Nosotros, los cristianos, tenemos otra consideración que dar: El Hijo de Dios en persona ha venido del otro mundo  a certificarnos la exigencia de un infierno eterno: puedes leer en los sagrados Evangelios sus testimonios inefables

Además, nuestro Señor Jesucristo es una prueba viviente de la eternidad del infierno. ¿Por qué se hizo hombre? ¿Por qué murió en una cruz? Un Dios debe proceder por motivos dignos de su infinita grandeza. Si el pecado no merecía una pena infinita, por lo menos en duración, es decir, eterna, no eran necesarios los padecimientos de un Dios. ¿Se requería acaso, que el Hijo de Dios se encarnara y muriera en una cruz, para ahorrar al hombre algunos millones de años de purgatorio?... No, por cierto.

Si la malicia del pecado explica el Calvario, el Calvario, a su vez, explica el infierno. El Calvario nos muestra una Redención infinita; el infierno debe mostrarnos una expiación sin límites. El Calvario es la expiación de un Dios; el infierno es la expiación del hombre, infinita la una y la otra; la una en dignidad, la otra en duración. Así todo se coordina en la religión: el dogma de la eternidad de las penas está perfectamente explicado por el dogma de la Encarnación del Hijo de Dios y de la Redención del mundo.

En resumen: el testimonio de todo el género humano y sus más antiguas tradiciones; el testimonio de la razón, y, especialmente, el testimonio infalible de Dios mismo, se unen para afirmar, con certeza absoluta, que hay un infierno eterno para castigo de los pecadores impenitentes. Si no queremos caer en él, tenemos que evitar el sendero que a él conduce, en la seguridad de que, una vez dentro del infierno, no saldríamos jamás.

 

Narración. – Una religiosa enfermera se encontraba junto al lecho en que, enfermo de muerte, yacía un viejo capitán, que no quería convertirse. El enfermo pide agua; y la religiosa, en su celo por la salvación de esa alma, le dice al servirle la copa.

– Beba usted, capitán, beba hasta hartarse, porque se va al infierno, y durante toda la eternidad pedirá una gota de agua sin obtenerla...

– Le he dicho mil veces que no hay infierno.

– Sí, me lo ha dicho usted, capitán; pero, ¿lo ha demostrado?... Negar el infierno no es destruirlo.

– ¿Lo ha demostrado? ¿Lo ha demostrado?..., repetía en voz baja el enfermo, revolviéndose en el lecho. ¡Vamos! No... no lo he demostrado... ¿Y si fuera cierto?

Después de algunos instantes añadió:

– Dios es demasiado bueno, sí, demasiado bueno para arrojar un hombre al infierno.

– Dios no castiga porque es bueno, sino porque es justo. El simple buen sentido nos dice que Dios no puede tratar de la misma manera a lo que le sirven que a los que conculcan sus santas leyes, a sus fieles servidores que a sus servidores negligentes.

Por otra parte, agrega la Hermana con mucha tranquilidad, ya verá usted bien pronto, capitán, si el infierno existe...

La religiosa guarda silencio y continúa su oración. Después de algunas horas de reflexión, el enfermo pide un sacerdote. Se decía hablando consigo mismo: Hay que decidirse por el partido más seguro; no es prudente ir a verlo; cuando se entra no se sale.

 

57. P. ¿Cuál es el destino del hombre?

R. El hombre ha sido creado para conocer, amar y servir a Dios sobre la tierra, y gozarle después en la eternidad.

Se llama destino de un ser, el fin que debe procurar obtener y para el cual Dios le ha dado la existencia.

El hombre tiene un doble fin: el fin próximo, que debe cumplir sobre la tierra; y el fin último, es decir, la meta a que debe llegar después de esta vida, la bienaventuranza eterna.

1º Dios ha creado al hombre para su gloria. Todo ser inteligente obra por un fin: obrar sin un fin es absurdo. Dios, sabiduría infinita, no podía crear sin tener un fin, y un fin digno de El. Este fin digno de Dios no es sino Dios mismo. Nada de lo que se haya fuera de El es digno de su grandeza infinita… - ¿Qué saca El de la creación? Dios es el bien infinito, y no puede ser ni más perfecto ni más feliz. Pero Dios puede manifestar su bondad, sus perfecciones infinitas, y de esta suerte, procurar su gloria. Debemos distinguir en Dios, la gloria interior, esencial, y la gloria exterior, accidental. La gloria interior es el conjunto de sus perfecciones infinitas, y no es susceptible de aumento.

Dios se glorifica exteriormente cuando manifiesta sus perfecciones con los bienes que da a sus criaturas, cada una de las cuales es como un espejo en el que se reflejan, con mayor o menor brillo, las perfecciones divinas. Cuando el hombre conoce, estima, alaba y bendice con amor estas perfecciones divinas, que le son manifestadas por las criaturas, entonces glorifica a Dios y para recibir este homenaje, esta alabanza, esta gloria exterior, Dios ha creado al hombre. Dios podría no haberlo creado, puesto que la creación nada añade a su gloria interior o esencial; pero creando, Dios debía poner en su obra seres inteligentes y libres: inteligentes para que conocieran sus perfecciones; libres, para darle gloria con homenajes voluntarios.

2º El hombre procura la gloria de Dios consagrando su vida a conocerle, amarle y servirle. En esto consiste su fin próximo. Dios ha dado al hombre tres facultades principales: una inteligencia para conocer, una voluntad, un corazón para amar y los órganos del cuerpo para obrar. Es justo, pues, que el hombre consagre a la gloria de Dios su inteligencia para conocerle cada vez más; su corazón para amarle intensamente; su cuerpo para servirle con abnegación. El hombre es el servidor de Dios; no debe vivir para sí, pues no se ha dado a sí mismo la vida, no es dueño de si, no se pertenece. El hombre lo ha recibido todo de Dios, ha sido creado para Dios y no tiene otra razón de ser que procurar la gloria de Dios. Como el sol ha sido creado para alumbrar y calentar, el agua para lavar y refrescar, la tierra para sostenernos y nutrirnos, así el hombre ha sido creado para glorificar a Dios. Todo lo que en mis pensamientos, palabras o acciones no sirva para la gloria de Dios, no sirve para nada, y es del todo inútil. Conocer, amar y servir a Dios, tal es, por consiguiente, el fin próximo del hombre.

3° Sólo Dios es el fin último del hombre. Dios podría no haberme creado; si lo hizo, fue por pura verdad: primer acto de amor. – Dios podía crearme únicamente para su gloria, sin reservarme ninguna felicidad ni temporal ni eterna. Pero su bondad infinita ha querido unir su gloria y la felicidad del hombre: segundo acto de amor. La felicidad del hombre, tal es el fin secundario de la creación. Luego, el hombre ha sido creado para ser feliz.

Sólo en Dios puede el hombre hallar su felicidad. La felicidad es la satisfacción de los deseos del hombre, el reposo de sus facultades en el objeto que las llena y satisface. La inteligencia del hombre tiene sed de verdad, y la verdad infinita es Dios. – La voluntad, el corazón del hombre ama el bien, la belleza; y Dios es el bien y la belleza infinitas. – El cuerpo del hombre ansía la plenitud de la existencia y de la vida, y únicamente en Dios se halla esta plenitud.

La experiencia nos dice que ni la ciencia, ni la gloria, ni la fortuna, ni cosa alguna creada, puede saciar al hombre. El siente deseos de un bien infinito. Por consiguiente, sólo en el conocimiento y posesión de Dios puede el hombre hallar su felicidad.

En la vida futura, Dios puede ser la felicidad del hombre de dos maneras, según que sea conocido directa o indirectamente.

1° Se conoce a Dios indirectamente por medio de sus obras. Contemplando las criaturas de Dios se ven resplandecer en ellas, como en un espejo, las perfecciones divinas. Así es cómo el niño reconoce al padre viendo el retrato más o menos parecido. Conocer así a Dios, amarle con un amor proporcionado a este conocimiento indirecto, es lo que constituye el fin natural del hombre.

2° Se conoce a Dios directamente, cuando se le ve en su misma esencia, contemplada cara a cara. Un niño conoce mejor a su padre y le ama mucho más cuando le ve en persona que cuando sólo ve su retrato. Ver a Dios cara a cara, amarle con un amor correspondiente a esta visión inefable, es lo que constituye el fin sobrenatural del hombre y de los ángeles.

Dios podía contentarse con proponernos un fin puramente natural; pero por un exceso de amor, como veremos más adelante, nos ha elevado a este fin sobrenatural, infinitamente más grande y excelso.

 

 

TERCERA VERDAD

 

EL HOMBRE NECESITA DE UNA RELIGION

 

La religión es necesaria al hombre. – No hay más que una religión verdadera y buena. – La verdadera religión ha sido revelada por Dios. – Señales por la cuales se la puede conocer.

 

58. P. ¿A qué nos obliga el conocimiento de Dios y del hombre?

R. Este conocimiento  nos obliga a practicar la religión, que une al hombre con Dios como a su principio y último fin.

Conocemos a Dios y al hombre: a Dios, con sus atributos infinitos, con su Providencia que todo lo gobierna; al hombre, criatura de Dios, con su alma espiritual, libre e inmortal. De ahí resultan las relaciones naturales, esenciales y obligatorias del hombre para con Dios. Estas relaciones constituyen la religión.

 

59. P. ¿Qué es la religión?

R. La religión es el lazo que une al hombre con Dios. Este lazo se compone de deberes que el hombre debe llenar para con el Ser Supremo, su Creador, su Bienhechor y su Señor.

Estos deberes contienen verdades que creer, preceptos que practicar, un culto que tributar a Dios.

Se define la religión: el conjunto de deberes del hombre para con Dios.

La palabra religión viene, según unos, de religare, ligar fuertemente; según otros, de, reeligere  a Dios; es decir, que el hombre debe ligarse libremente a Dios como a su principio, y debe elegir a Dios como a su último fin.

Así como entre los padres y los hijos existen lazos o relaciones naturales y sagradas, del mismo modo existen entre Dios Creador y Padre del hombre, y el hombre criatura e hijo de Dios. El lazo que une al hombre con Dios es más fuerte que aquel que une al hijo con el padre. ¿Por qué? Porque nosotros debemos mucho más a Dios de lo que debe un hijo a su padre. Dios es nuestro creador y nuestro último fin, no así nuestros padres. Así, nuestros deberes para con Dios son mucho más santos que los de los hijos para con los padres.

La religión, considerada en cuanto que reside en el alma, es una virtud que nos lleva a cumplir nuestros deberes con Dios, a rendirle el culto que le debemos. Considerada en su objeto, encierra las verdades que hay que creer, los preceptos que hay que practicar, y el culto, es decir, la veneración, el respeto, el homenaje que debemos rendir a nuestro Creador.

Se distinguen dos religiones: la religión natural y la sobrenatural o revelada.

La primera es la que se conoce por las luces naturales de la razón y se funda en las relaciones necesarias entre el Creador y la criatura. Esta religión natural obliga absolutamente a todos los hombres, en todos los tiempos y en todos los lugares, porque ella dimana de la naturaleza de Dios y de la naturaleza del hombre. Encierra en sí las verdades y preceptos que el hombre puede conocer por la razón, aunque, de hecho, los haya conocido por la revelación: la existencia de Dios, la espiritualidad, la libertad e inmortalidad del alma, los primeros principios de la ley natural, la existencia de una vida futura, sus recompensas o castigos.

La religión sobrenatural o revelada es aquella que Dios ha hecho conocer al hombre desde el origen del mundo. El Creador impuso al primer hombre verdades que creer, como el destino sobrenatural del hombre, la necesidad de la gracia para llegar a este fin sublime, la esperanza de un Redentor..., y deberes positivos que cumplir, como el descanso del sábado, la ofrenda de sacrificios, etc.

Ante todo, vamos a probar que, aun cuando no existiera la religión revelada, la sola naturaleza del hombree y las relaciones esenciales que lo unen al Creador le imponen una religión al menos natural. Veremos después que el hombre está obligado a abrazar la religión revelada.

Tenemos pues, que tratar  seis cuestiones:

I.- Necesidad de una religión.

II.- Naturaleza de la religión.

III.- Futilidad de los pretextos aducidos por los indiferentes.

IV.- No hay más que una religión buena.

V.- La religión buena es la que Dios ha revelado.

VI.- Señales o notas de la verdadera religión.

 

 

I. Necesidad de una religión

 

a) Es un deber para el hombre

 

60. P. La religión, ¿es necesaria al hombre?

R. Sí; porque está fundada sobre la naturaleza de Dios y sobre la naturaleza del hombre, y se basa en las relaciones necesarias entre Dios y el hombre. Imponer una religión es derecho de Dios; practicarla es deber del hombre.

Dios es el Creador, el hombre debe adorarle.

Dios es el Señor, el hombre debe servirle.

Dios es el Bienhechor, el hombre debe darle gracias.

Dios es el Padre, el hombre debe amarle.

Dios es el Legislador, el hombre debe guardar sus leyes.

Dios es la fuente de todo bien, el hombre debe dirigirle sus plegarias.

Todos estos deberes del hombre para con dios son necesarios y obligatorios, y el conjunto de todos ellos constituyen la religión. Luego, la religión es necesaria.

Dios es el Creador, el hombre debe adorarle. Dios es el Creador del hombre: le sacó todo entero de la nada, y conserva su existencia. Y en realidad, el hombre tiende hacia la nada, como una piedra que cae hacia el centro de la tierra, y a cada instante caería en la nada si la mano de Dios no le sostuviera. El hombre, sin el concurso de Dios, no puede hacer cosa alguna, porque los seres creados no pueden obrar sin el concurso de la Causa primera.

Por consiguiente, el hombre, en todo su ser y en todas sus acciones, depende de Dios su Creador y su Señor. Ser creado y ser independiente, es quimérico y contradictorio. El hombre, criatura inteligente, conoce esta dependencia; criatura libre, debe proclamarla. Cuando la proclama, adora a Dios. La palabra adorar significa rendir el culto supremo, el honor soberano, que consiste en reconocer en Dios la más alta soberanía y en nosotros la más alta dependencia. La ley natural nos dice: Puesto que Dios es tu Creador, tu Señor y tu Dueño, debes reconocer su majestad suprema y anonadarte como su más rendido servidor y su más humilde criatura. Adorar a Dios es, pues, el primer deber del hombre.

Dios es el Señor, el hombre debe servirle. El artista es el dueño, el propietario de su obra. Ahora bien, la propiedad fructifica para su dueño; el siervo, por consiguiente, debe servir a su dueño; el siervo, por consiguiente, debe servir a su dueño según sus facultades. Estas son verdades incontrastables y admitidas por todos.

Dios es el Señor y Dueño del hombre por un título superior a todos los títulos de propiedad, por el título de Creador. El hombre nada tiene que no haya recibido de Dios; luego, debe emplear todas sus facultades en el servicio y para la gloria de su Señor. Debe emplear su inteligencia en conocer a Dios y sus perfecciones, su corazón en amarle, su voluntad en obedecerle, su cuerpo en servirle; finalmente, todo su ser en procurar su gloria. Servir a Dios es, pues, un gran deber para el hombre.

Dios es el bienhechor, el hombre debe darle gracias. Es cosa por todos admitida que, con relación a un bienhechor, la gratitud es un deber, la ingratitud un crimen. Dios es el bienhechor soberano del hombre; todo en nosotros es un favor de Dios, todo lo recibimos de El: cuerpo, alma, vida. Fuera de nosotros, también todo es favor de Dios: el pan que nos alimenta, el agua que apaga nuestra sed, el vestido que nos cubre, la luz que nos ilumina, el aire que nos hace vivir, en fin, todas las cosas que nos sirven. Luego debemos a Dios el tributo de nuestra gratitud. Este en un deber riguroso para todo el mundo.

Dios es el Padre, el hombre debe amarle. En la familia, el hijo debe a su padre respeto, sumisión y amor; es un deber innegable. Y ¿Por qué el hijo está obligado a honrar así al padre? ¿Acaso porque el padre es rico? No. ¿Porque es sabio? No… Aunque sea pobre, ignorante, enfermo, tiene siempre derecho a la veneración y al amor de su hijo, por el solo motivo de ser su padre.

Ahora bien, Dios es para nosotros más que un padre y una madre. Dios ha modelado con sus manos divinas el cuerpo del hombre; le ha dado el alma y la vida: cada día vela por él, y le colma de los beneficios de su Providencia. Luego es un deber del hombre amar a su Padre celestial. El hijo que olvida los deberes que tiene para con su padre es un hijo desnaturalizado, un ser degradado, un monstruo de ingratitud. ¿Qué diremos entonces del hombre que olvida sus deberes para con Dios, su Bienhechor y su Padre?

Dios es el legislador, el hombre debe obedecer sus leyes. Nadie puede negar la existencia de la ley natural que Dios impone al hombre como consecuencia de la naturaleza que le ha dado; esta ley natural está escrita en el corazón de todo hombre por la mano de Dios mismo, de modo que nosotros tenemos en nuestro interior una voz, la voz de la conciencia, que nos hace conocer las prescripciones de esta ley divina. Si el hombre no sigue los principios de moralidad grabados en su conciencia, se hace culpable ante el soberano Legislador. Dios, infinitamente justo y santo, debe castigarle. Por consiguiente, el hombre que ha violado la ley de Dios, debe hacer penitencia, bajo pena de caer en manos de un juez inexorable. De ahí la obligación para el hombre de satisfacer a la justicia divina y ofrecer a Dios expiaciones por sus faltas.

Dios es la fuente de todos los bienes, el hombre debe elevar a El sus plegarias. Dios es el océano infinito de todo bien y el libre dispensador de todos los dones; y, al contrario, el hombre no posee nada por sí mismo, y debe, por lo tato, pedírselo todo a Dios. En este mundo, el pobre suplica al rico, el enfermo al médico, el ignorante al sabio y el criminal al Jefe del Estado. Pero Dios es el rico, y el hombre, el pobre; Dios es el médico y el hombre el enfermo; Dios es el sabio y el hombre el ignorante; Dios es el soberano y el hombre el culpable. De ahí para el hombre el gran deber de la oración; es de necesidad absoluta.

Así la adoración, la sumisión, la gratitud, el amor, la expiación, la oración son los principales deberes del hombre, deberes que dimanan de la naturaleza de Dios y de sus relaciones con nosotros. Todos estos deberes son obligatorios, necesarios, y forman los actos esenciales de la religión. Luego la religión es obligatoria y necesaria.

Dios tiene derecho a estos diversos homenajes de parte del hombre, y los exige, porque El lo ha creado todo para su gloria; y son precisamente los seres inteligentes y libres los encargados de adorarle, de amarle, de darle gracias, de alabarle en su nombre y en el de toda la creación.

 

61. P. ¿Necesita Dios de los homenajes de los hombres?

R. Dios nada necesita, se basta plenamente a sí mismo y nuestros homenajes no le hacen más perfecto ni más feliz. Pero Dios nos ha dotado de inteligencia y de amor, para ser conocido y amado por nosotros; tal es el fin de nuestra creación.

La religión es, pues, un deber de estricta justicia; el hombre está obligado a practicar la religión para respetar los derechos de Dios y obtener así su último fin.

Indudablemente, Dios no necesita de nuestro culto. Esta palabra necesidad no puede ser empleada sino con relación a las criaturas, jamás con relación a Dios. Pero ¿necesita Dios crearnos? ¿Necesita conservarnos? ¿Nuestra existencia le hace más feliz?... Si, pues, Dios nos ha creado, si nos conserva, aunque no necesite de nosotros, no debemos apreciar lo que nos pide por el provecho que le resulta.

El ser necesario, siendo necesariamente todo lo que es y todo lo que puede ser, se basta a sí mismo. Pero es necesario determinar lo que debemos a Dios, tomando como punto de partida lo que piden nuestras relaciones esenciales con El. – Dios no necesita, necesariamente, que honremos y amemos a nuestros padres; sin embargo, lo manda porque los deberes de los hijos nacen de las relaciones que los ligan con sus padres. – Dios no precisa que nosotros respetemos las reglas de la justicia; sin embargo lo manda porque estas reglas están fundadas sobre nuestras relaciones con nuestros semejantes. – Así, aun cuando Dios no necesite de nuestros homenajes, los demanda porque son la expresión de las relaciones del hombre con Dios. La religión quiere que seamos religiosos para con Dios, como la moral quiere que seamos justos para con los hombres.

A todo derecho corresponde un deber: a los derechos de Dios corresponden los deberes de los hombres. Los derechos de Dios sobre el hombre son evidentes, eternos, imprescriptibles, más que los derechos de un padre sobre su hijo; luego, tales son los deberes del hombre para con Dios. La religión es para nosotros un deber de justicia, que hay que llenar so pena de violar los derechos esenciales de Dios.

 

62. P. ¿Puede Dios dispensar de la religión al hombre?

R. No; porque Dios no puede renunciar a sus derechos de Creador, de Señor, de fin último. Así como el padre no puede dispensar a sus hijos del respeto, de la sumisión y del amor que le deben, así tampoco puede Dios dispensarnos de practicar la religión.

Dios, sabiduría infinita y justicia suprema, debe necesariamente prescribir el orden. Pero el orden requiere que los seres inferiores estén subordinados al Ser supremo, que las criaturas glorifiquen a su Creador, cada una conforme a su naturaleza. Luego el orden requiere que el hombre inteligente y libre rinda a Dios: 1º, el homenaje de su dependencia, porque El es su Creador y su Señor; 2º, el homenaje de su gratitud, porque El es su bienhechor; 3º, el homenaje de su amor, porque El es su Padre y su Soberano Bien; 4º el homenaje de sus expiaciones, porque El es su legislador y su juez; 5º el homenaje de su oraciones, porque El es la fuente y el océano infinito de todos los bienes. Dios no puede renunciar a este derecho esencial de exigir nuestros homenajes, porque no sería Dios, ya que no amaría el orden y la justicia.

Dios podía no crearnos, pero desde el momento que somos la obra de sus manos, su dominio de nosotros es inalienable. Nosotros debemos emplear nuestra inteligencia en reconocer su soberano dominio; nuestra voluntad, en obedecer sus santas leyes; nuestro corazón, en amarle sobre todas las cosas, y en dirigir nuestra vida hacia El, puesto que es nuestro fin último.

 

b) La religión es necesaria al hombre

 

63. P. ¿Puede el hombre ser feliz sin religión?

R. No; sin religión el hombre no puede ser feliz ni en este mundo ni en el otro.

El hombre no es feliz en este mundo sino cuando sus facultades están plenamente satisfechas: es así que sólo la religión puede dar tranquilidad al espíritu, paz al corazón, rectitud y fuerza a la voluntad. Luego sin religión el hombre no puede ser feliz en este mundo.

No puede serlo en la vida futura, porque sin religión no puede alcanzar la felicidad, que es la posesión de Dios, Soberano Bien.

Así, todo lo que la religión pide al hombre para conducirle a la felicidad eterna, es el permiso de hacerle feliz en la tierra.

El hombre ha nacido para ser bienaventurado, y aspira, natural e irresistiblemente a la felicidad como a su fin último. Pero el hombre ha recibido de su Creador la facultad de conocer, de amar y de obrar: la facultad de amar al Bien supremo, que es el objeto de su corazón; la facultad de obrar, es decir, de aspirar libremente a conseguir la verdad y el Bien supremo, que debe ser el trabajo de su voluntad libre.

1º La inteligencia necesita de la verdad y de la verdad en entera: las partículas de verdad esparcidas por las criaturas no pueden bastarle; necesita de la verdad infinita, que sólo se halla en Dios. Luego, ante todas las cosas, la inteligencia necesita del conocimiento de Dios, su principio y su fin. Pero como la religión es la única que ofrece soluciones claras, precisas y plenamente satisfactorias a todas las cuestiones que el hombre no puede ignorar, debemos concluir que la religión es necesaria.

Por eso todos los sabios, verdaderamente dignos de tal nombre, se han mostrado profundamente religiosos. La frase de Bacon será siempre la expresión de la verdad: Poca ciencia aleja de la religión, mucha ciencia lleva a ella.

2º El corazón del hombre necesita del amor de Dios, porque ha sido hecho para Dios, y no puede hallar reposo ni felicidad sino amando a Dios, su Bien supremo. Ni el oro, ni los placeres, ni la gloria podrán jamás satisfacer el corazón del hombre: sus deseos son tan vastos, que no bastan a llenarlos todas las cosas finitas y pasajeras. Por eso todos los santos, todos los corazones nobles, todos los hombre hallan en la religión una alegría, una plenitud de contento que no podrán dar jamás todos los placeres de los sentidos y todas las alegrías del mundo.

3º La voluntad del hombre necesita de una regla segura para dirigirse hacia el bien y de motivos capaces de sostener su valor frente a las pasiones que hay que vencer, a los deberes que hay que cumplir, a los sacrificios que hay que hacer. Pues bien: sólo la religión puede dar a la voluntad esta firmeza, esta energía soberana, mostrándole a Dios como al remunerador de la virtud y castigador del crimen. A no ser por el freno saludable del temor de Dios, el hombre se abandonaría a todas las pasiones y se precipitaría en un abismo de miserias…

Finalmente la religión nos proporciona en la oración un consuelo, en la esperanza un remedio, en el amor de Dios una santa alegría, en la resignación un socorro y una fuerza; y además, nos hace entrever después de esta vida, una felicidad completa y sin fin. El hombre religioso es siempre el más consolado.

El hombre sin religión es, no solamente un gran criminal para con Dios, sino también un gran desgraciado, aun en este mundo. Es evidente que será más desgraciado todavía en la vida futura, porque sin la práctica de la religión no se puede alcanzar el bien supremo, que es la posesión de Dios.

 

c) La religión es necesaria a la sociedad.

64. P. ¿Es necesaria la religión a la sociedad?

R. La religión es absolutamente necesaria al hombre para vivir en sociedad con sus semejantes.

La sociedad necesita:

1º En los superiores que gobiernan, justicia y pronta disposición a servir y favorecer a los demás.

2º En los súbditos, obediencia a las leyes.

3º En todos los asociados, virtudes sociales.

Ahora bien, sólo la religión puede inspirar: a los superiores la justicia y la disposición a sacrificarse en bien de los súbditos; a éstos, el respeto al poder y la obediencia; a todos, las virtudes sociales, la justicia, la caridad, la unión, la concordancia y el espíritu de sacrificio por el bien de los demás. Luego la religión es necesaria a la sociedad.

El fundamento, la base de toda sociedad, es el derecho de mandar en aquellos que gobiernan, y el deber de obedecer en aquellos que son subordinados. ¿De dónde viene ese derecho de mandar, que constituye la autoridad social? No puede venir del hombre, aun tomado colectivamente, puesto que todos los hombres son iguales por naturaleza, nadie es superior a sus semejantes. Este derecho no puede venir sino de Dios que, creando al hombre sociable, ha creado de hecho la sociedad. Luego para justificar este derecho, hay que remontarse hasta Dios, autoridad suprema, de la cual dimana toda autoridad.

1º Las autoridades deben ser justas y estar consagradas al bien público. La sociedad necesita de buenas autoridades que gobiernen con justicia, que se den por entero a procurar la felicidad de sus súbditos y sean para ellos verdaderos padres de familia. Ahora bien, gobernantes sin religión no pueden procurar la felicidad de los pueblos, como reconoce el mismo Voltaire: “Yo no quisiera, decía, tener que ver con un príncipe ateo, que hallara su interés en hacerme machacar en un mortero; estaría seguro de ser machacado…” y añade: “Sí el mundo fuera gobernado por ateos, sería lo mismo que hallarse bajo el imperio de los espíritus infernales que nos pintan cebándose en sus víctimas”.

La religión, en cambio, enseña a los que tienen en sus manos el poder, que ellos son los ministros de Dios para el bien de los hombres sus hermanos; les enseña que la autoridad es un depósito del que rendirán cuenta al juez supremo. ¿Este no es soberanamente eficaz para obligar a las autoridades a practicar la justicia y consagrarse a la felicidad de sus pueblos?

2º Los súbditos deben respeto y obediencia a la autoridad. El espíritu de revuelta y de insurrección es incompatible con la tranquilidad y la felicidad de los pueblos. Los súbditos sin religión estarán siempre prontos para hacer revoluciones, y no retrocederán ante ningún crimen, con tal de satisfacer sus apetitos: testigos, los anarquistas modernos. Sólo la religión muestra en el poder legítimo una autoridad establecida por Dios: sólo ella enseña de una manera eficaz el respeto y la obediencia; sólo ella ennoblece la sumisión y nos enseña que el legislador ha recibido de Dios su poder y que los súbditos están obligados a obedecer las leyes justas y honestas como a Dios mismo. Dando a Dios lo que es de Dios, los súbditos aprenden a dar al César lo que es del César.

3º Todos necesitan de las virtudes sociales. Los derechos y bienes de cada uno, la propiedad, el honor, la vida, deben ser respetados. No puede existir la felicidad donde priva el robo, la calumnia, el homicidio… Pero es imposible obtener de un pueblo sin religión el respeto a los derechos y bienes de todos los asociados. La única ley del hombre sin religión es sufrir lo menos posible y gozar de todo lo que pueda. Este hombre estará, por consiguiente, siempre pronto a robar, calumniar, matar, si su interés personal se lo aconseja. Y, ¿qué seguridad, qué felicidad puede esperar entonces la sociedad con semejantes ciudadanos? “El hombre sin religión es un animal salvaje, que no siente su fuerza sino cuando muerde y devora”. – MONTESQUIEU.

La moral sin Dios, la moral independiente, es una moral sin base y sin cumbre, una moral quimérica, que carece de fuerza obligatoria y de sanción eficaz. Dios debe ser la base y fundamento de la moral. Por eso la moral sin religión es una justicia sin tribunales, es decir, nula.

Cuando la conciencia no está dirigida por el temor y el amor de Dios, no tiene más norma que sus pasiones, sus deseos, sus caprichos, sin más móvil que el antojo, el egoísmo, la astucia, el fraude.

Es pues, manifiesto que sin Dios no hay virtudes sociales. El mismo incrédulo Rousseau lo confiesa: “Yo no acierto a comprender cómo se puede ser virtuoso sin religión; he profesado durante mucho tiempo esta falsa opinión, de la que me he desengañado”. No se halla heroísmo y la abnegación sino en la religión que los inspira.

CONCLUSION. – “Si la religión es necesaria a la sociedad, ésta debe, como el individuo, reconocer, mediante un culto público y solemne, el soberano dominio de Dios; tanto más cuanto que, particularmente por medio de sus ceremonias religiosas, eleva los pensamientos, depura los sentimientos del pueblo y lo mejora. Era menester llegar a nuestros tiempos para hallar hombres que piden la separación de la Iglesia y del Estado; esta concepción es un producto del ateísmo moderno”. – GUYOT.

 

d) La experiencia prueba la necesidad de la religión

 

Además de lo dicho, podemos acudir en este punto a las lecciones de la experiencia. Las ciudades y las naciones más religiosas han sido siempre las más tranquilas y florecientes. “En todas las edades de la historia, dice Le Play, se ha notado que los pueblos penetrados de las más firmes creencias en Dios y en la vida futura se han elevado rápidamente sobre los otros, así por la virtud y el talento como por el poderío y la riqueza”.

Los crímenes se multiplican en una nación a medida que la religión disminuye. Por esto, los que tratan de destruir la religión en un pueblo son los peores enemigos de la sociedad, cuyos fundamentos socavan. “Sería más fácil construir una ciudad en los aires, que construir una sociedad sin templos, sin altares, sin Dios”. PLUTARCO. – “Aquél que destruye la religión, destruye los fundamentos de toda sociedad humana, porque si religión no hay sociedad posible”. PLATON.

MAQUIAVELO ha dicho con razón: “La adhesión a la religión es la garantía más segura de la grandeza de un Estado; el desprecio de la religión es la causa más cierta de su decadencia. Si nuestro siglo está bamboleando, si el mundo está amenazado de muerte, no hay que buscar el origen de este mal sino en la falta de religión. La vieja sociedad pereció, porque Dios no ha entrado todavía en ella”. La revolución, al reconquistar la sociedad sobre bases nuevas, ha olvidado que Dios debía ser la piedra angular del edificio: y en ese olvido está la fuente del mal. Ni cambios políticos ni revoluciones conseguirán nada. No hay más que un remedio: restablecer sobre los derechos de los hombres, los derechos de Dios; reconocer, de una vez para siempre que si el hombre es el rey de la creación, no es su creador. A este precio únicamente se puede conseguir la salvación. Privado de Dios, el edificio social no puede permanecer mucho tiempo en pie.

Devolved, pues, la religión a la sociedad, vosotros a quienes están confiados sus destinos, si queréis que viva. En vez de tratar a la religión como enemiga, sabed que ella es vuestro auxilio indispensable, y que el primer deber de todo gobernante, es el profesar, proteger y defender la religión.

Napoleón I, que había visto de cerca al hombre sin religión, decía: “A ese hombre no se le gobierna, se le ametralla. ¡Ah!, ¡Vosotros queréis que ese hombre salga de mis colegios!... No, no; para formar al hombre yo pondré a Dios conmigo”. En otra ocasión decía: “Sin religión, los hombres se degollarán por cualquier insignificancia”.

 

65. P. ¿Han reconocido todos los pueblos la necesidad de la religión?

R. Sí; y lo prueba la existencia de templos y altares en todos los tiempos y en todos los pueblos.

Así como las escuelas demuestran que los pueblos han reconocido la necesidad de la instrucción, y los tribunales la de la justicia, así los templos y los altares demuestran que han reconocido la necesidad de la religión.

Así como es imposible hallar un pueblo que no conozca la existencia de un Dios, también lo es hallar uno que no le honre. “Jamás se fundó un Estado sin religión, y si lo encontráis, estad seguros de que no se diferencia de las bestias”.- Hume.

 

 

 

 

II. Naturaleza de la religión

 

Culto interno, externo y público

 

66. P. ¿Cuáles son los elementos esenciales de toda religión?

R. Hay tres elementos esenciales que integran el fondo de toda religión. Todas tienen verdades que creer, leyes que  guardar y un culto que rendir a Dios. Tres palabras expresan estos tres elementos: dogma, moral y culto.

La religión es el conjunto de los deberes del hombre para con Dios. El hombre debe a su Creador el homenaje de sus diferentes facultades. Debe emplear su inteligencia en conocerle, su voluntad, en conservar sus leyes, su corazón y su cuerpo, en honrarle con un culto conveniente. Tal es la razón íntima de estos tres elementos esenciales de toda religión.

 

67. P. ¿Cómo manifiesta el hombre su religión?

R. Las relaciones del hombre con Dios deben traducirse por sentimientos interiores y por actos exteriores, que toman el nombre de culto.

El culto es el homenaje que una criatura rinde a Dios. Consiste en el cumplimiento de todos sus deberes religiosos.

Hay tres clases de cultos: el culto interno, el externo y el público o social. Estos tres cultos son necesarios.

La religión no es una ciencia puramente teórica; no basta reconocer la grandeza de Dios y los lazos que nos unen a El: debe haber, de parte del hombre, un homenaje real de adoración, de respeto y de amor hacia Dios: eso es el culto.

Debemos honrar, respetar a todas las personas que son superiores a nosotros, ya por sus méritos, ya por su dignidad, ya por su poder. El culto es el honor, el respeto, la alabanza que debemos a Dios. El culto, pues, no es otra cosa que el ejercicio o la práctica de la religión que ciertos autores definen: El culto de Dios.

El culto interno consiste en los homenajes de adoración, de amor, de sumisión que nuestra alma ofrece a Dios, sin manifestarlos exteriormente por actos sensibles.

Este culto interno constituye la esencia misma de la religión; por consiguiente, es tan necesario y tan obligatorio como la religión misma. Un homenaje exterior cualquiera, que no dimane de los sentimientos del alma, no sería más que una demostración hipócrita, un insulto más que un homenaje. Dios es espíritu, y ante todo, quiere adoradores en espíritu y en verdad.

El primer acto de culto interno es hacer todas las cosas por amor de Dios; referirlo todo a Dios es un deber, no sólo para las almas piadosas, sino también para todos los hombres que quieran proceder de acuerdo con las leyes de la razón, porque ésta nos dice que, siendo servidores de Dios, debemos hacerlo todo para su gloria.

El culto externo consiste en manifestar, mediante actos religiosos y sensibles, los sentimientos que tenemos para con Dios. Es la adoración del cuerpo, que junta las manos, se inclina, se prosterna, se arrodilla, etc., para proclamar que Dios es el Señor y Dueño. Así, la oración vocal, el canto de salmos e himnos, las posturas y ademanes suplicantes, las ceremonias religiosas, los sacrificios son actos de culto externo. Estos actos suponen los sentimientos del  alma, y son con relación a Dios, las señales de respeto y de amor que un hijo da a su padre.

El culto público no es más que el culto externo rendido a Dios, no por un simple particular, sino por una familia, por una sociedad, por una nación. Este es el culto social.

Ciertos deístas pretenden elevarse por encima de las preocupaciones populares, no aceptando más culto que el del pensamiento y del sentimiento, ni más templo que el de la naturaleza. Tienen, según ellos, la religión en el corazón, y rechazan como inútil todo culto externo y público. Nada más falso que esta teoría, conforme se probará en las dos siguientes preguntas.

 

68. P. ¿Es necesario el culto externo?

R. Sí; el culto externo es absolutamente necesario por varios motivos:

1° El cuerpo es obra de Dios como el alma; es junto, por tanto, que el cuerpo tome parte en los homenajes que el hombre tributa a Dios.

2° El hombre debe rendir a Dios un culto conforme con su propia naturaleza; y como es natural al hombre expresar, mediante signos sensibles, los sentimientos interiores que experimenta, el culto externo es la expresión necesaria del culto interno.

3° El culto externo es un medio de sostener y desarrollar el interno. A no ser por las exterioridades de la religión y sus prácticas, la piedad interior desaparecería y nuestra alma no se uniría nunca a Dios.

a) Mediante el culto externo, el homenaje de la Creación entera, cuyo pontífice es. Prosternándose para adorarle, edificando iglesias, adornando santuarios, el hombre asocia la materia al culto del espíritu y, por su intermedio, la creación material rinde a su Criador un legítimo homenaje.

b) El culto externo es natural al hombre. Este, como hemos visto, es un compuesto de dos substancias, tan estrechamente unidas entre sí, que no puede experimentar sentimientos íntimos sin manifestarlos exteriormente. La palabra, las líneas del rostro, los gestos expresan naturalmente lo que sucede en su alma. El hombre no puede, pues, tener verdaderos sentimientos religiosos que vayan dirigidos a Dios, si no los manifiesta por medio de oraciones, cánticos y otros actos sensibles. El hombre que vive sin religión exterior, demuestra, por eso mismo, que carece de ella en su corazón. ¿Qué hijo, penetrado de amor y de respeto para con sus padres, no manifiesta su piedad filial?...

c) Hay más todavía: el culto externo es un medio eficaz para desarrollar el culto interno. El alma, unida al cuerpo, lucha con grandísimas dificultades para elevarse a las cosas espirituales sin el concurso de las cosas sensibles. Ella recibe las impresiones de lo exterior por conducto de los sentidos. La belleza de las ceremonias, los emblemas, el canto, etc, contribuyen a despertar y avivar los sentimientos de religión. Que un hombre deje de arrodillarse ante Dios, que omita la oración vocal, que no frecuenta la iglesia, y bien pronto dejará de tener religión en su alma. Lo averigua la experiencia. Con razón se ha dicho: “Querer reducir la religión a lo puramente espiritual, es querer relegarla a un mundo imaginario”.

 

69. P. ¿Es necesario el culto público?

R. Sí; es culto público es necesario.

1° Dios es el Creador, el Conservador y el dueño de las sociedades y de los individuos. Por estos títulos, las sociedades le deben homenaje social y, por consiguiente, público de sumisión.

2º El culto público es necesario para dar a los pueblos una idea elevada de la religión y de los deberes que impone.

3º Es un medio poderoso para conservar y aumentar en todos los hombres el amor a la religión. El ejemplo arrastra, y nada es tan eficaz como el culto público para hacer popular la religión.

Fuera de eso, el género humano ha reconocido siempre la necesidad del culto público, como lo prueban las fiestas, los templos, los altares establecidos en todos los pueblos.

1º Dios ha hecho al hombre sociable; no vive, ni crece, ni se conserva sino en la sociedad. Sus necesidades, sus facultades, sus inclinaciones, todo en el hombre justifica estas palabras del Creador: No es bueno que el hombre esté solo. De ahí la institución de la familia o sociedad doméstica; y también la de la sociedad civil que no es otra cosa que la prolongación de la familia. Un particular debe adorar a Dios en su corazón y expresar, mediante actos exteriores, los sentimientos de su alma: su naturaleza lo requiere así. Cada sociedad, compuesta de un cierto número de individuos a los cuales de entre sí, constituye una persona moral, que tiene sus deberes para con Dios, puesto que de El depende, como el individuo. Es la divina Providencia la que forma y dirige las familias y las sociedades, y las eleva o las deprime, según sean fieles o no a las leyes divinas. Necesita, pues, la sociedad de un culto público o social para dar gracias a Dios por los bienes que sus miembros reciben en común: el estado social del hombre lo pide.

2º Sin el culto público, Dios no recibe el debido honor, y los hombres no comprenden la importancia de la religión. En la sociedad civil, para infundir respeto a la autoridad, se emplea el culto civil. Cuando el Jefe de Estado pasa por una ciudad, se levantan arcos de triunfo, flotan las banderas al aire, las bandas ejecutan marchas, lo jefes militares, vestidos de brillantes uniformes, van a saludar al gobernante, y las muchedumbres le aclaman… Pues bien, el primer Jefe de Estado, el Soberano de los soberanos es Dios. ¿Podrá el hombre negarle aquellos homenajes públicos y solemnes que rinde a sus representantes en la tierra? No, no; el culto público es necesario.

3º El culto público es el medio más eficaz para desarrollar los sentimientos religiosos. Suprimid en el hogar doméstico la oración en común, las buenas lecturas, el canto de plegarias, gozos e himnos, las imágenes sagradas, etc., y muy pronto los miembros de la familia dejarán de pensar en Dios. Entonces, el hijo pierde el respeto al padre; la hija a la madre; la unión, los afectos y atenciones mutuos dejan de existir… ¡Qué triste y desgraciada es una familia sin religión!...

En la sociedad civil, ¿hay algo más conmovedor que ver reunidos en torno del mismo altar a los gobernantes y a los gobernados, a los grandes y a los pequeños, a los ricos y a los pobres, formando una sola familia, arrodillada, delante del mismo padre?... El ejemplo ejerce una gran influencia y es soberanamente eficaz para excitar en alma el pensamiento y el amor de Dios.

Suprimid las iglesias, las asambleas, las fiestas, la solemne voz de la campana, las cruces erigidas en las plazas, y millones de hombres ya no verán nada que les obligue a decir: He aquí a tus hermanos que piensan en Dios; es menester que tú también pienses en El. ¡Que distinta una parroquia piadosa, de un barrio impío, donde nada recuerda a Dios y su culto!...

Si prescindís del culto público, ¿de qué medio te valdréis para movilizar a las masas? Del teatro, de los clubs, de los cafés, de los lugares de orgías… Cerrad las iglesias y las capillas, y en seguida os veréis obligados a construir cárceles. Desterrad la religión de las calles y plazas públicas, prohibiendo las procesiones, y no tardarán en verse frecuentadas por otras procesiones de gentes que, por cierto, no es santa… El culto público, por consiguiente, no es tan sólo un deber, sino también una cuestión de vida o muerte para la sociedad doméstica o civil.

 

70. P. ¿Qué se necesita para el culto externo y público?

R. Para el culto externo y público se necesitan la oración, los edificios sagrados, las ceremonias, un sacerdocio y días consagrados al culto. Estos cinco elementos se hallan en todos los pueblos.

1º Se necesita de la oración. Ella es una parte esencial del culto: con la oración se adora a Dios, se le alaba, se le dan gracias, se le ama, se le implora. De esta suerte, la oración incluye el ejercicio de las más excelentes virtudes: la fe, la esperanza, la caridad, la humildad, la confianza, la oración honra todas las perfecciones divinas: el poder, la sabiduría, la bondad de Dios. La oración es la primera necesidad de nuestra flaqueza, el primer grito del dolor y de la desgracia. Es un instinto que Dios ha puesto en nosotros; el mundo ha rezado siempre, y a pesar de los sofismas de la impiedad, el mundo no dejará nunca de rezar. Nunca el hombre es tan grande como cuando se anonada ante el Creador para rendirle homenaje e implorar su socorro.

“Yo creo, escribía Donoso Cortés, que los que rezan hacen más por el mundo que los que combaten, y que si el mundo va de mal en peor es porque hay más batallas que oraciones. Si nosotros pudiéramos penetrar en los secretos de Dios y de la historia, quedaríamos asombrados ante los prodigiosos efectos de la oración, aun en las cosas humanas. Para que la sociedad esté tranquila, se necesita un cierto equilibrio, que sólo Dios conoce, entre las oraciones y las acciones, entre la vida contemplativa y la vida activa. Si hubiera una sola hora de un solo día en que la tierra no enviara una plegaria al cielo, ese día y esa hora serían el último día y la última hora del universo”.

2º Se necesitan iglesias. Los edificios sagrados no son necesarios para Dios, porque todo el universo es su templo; pero lo son para el hombre, y los hallamos en todos los pueblos. En el templo estamos más recogidos, nos sentimos más cerca de Dios, rezamos en común, somos instruídos y excitados a la piedad por las ceremonias. Se necesitan casas especiales para los diversos servicios públicos: ministerios, palacios de justicia, casas consistoriales, escuelas, etc.; ¿y no se necesitarán iglesias donde el pueblo pueda reunirse para tributar a Dios un culto conveniente? Los edificios sagrados son tan necesarios para el culto, que los impíos comienzan a destruirlos, tan luego como tienen en sus manos el poder para perseguir a la religión. Si adornáis vuestro palacios, vuestras casas, vuestro monumentos públicos, con mucha más razón debéis adornar las iglesias, porque nada es demasiado hermoso para Dios.

3º Se necesitan las ceremonias. Ellas dan a los hombres una elevada idea de la majestad divina; estimulan y despiertan la piedad debilitada o dormida, y simbolizan nuestros deberes para con Dios y para con nuestros semejantes.

4º Se necesita un sacerdocio, es decir, presbíteros elegidos de entre los hombres para velar por el ejercicio del culto. Sucede con el culto lo que con las leyes: para asegurar el cumplimiento y aplicación de las mismas, se requiere jueces y magistrados; así también se requieren sacerdotes para vigilar por la conservación del culto y de las leyes morales. El sacerdote instruye, dirige, amonesta y preside los acontecimientos más importantes de la vida; él es quién, en nombre de todos, ofrece el sacrificio, acto el más importante del culto.

En todas las religiones se hallan sacerdotes, señal clara de que todos los pueblos los han reconocido como necesarios.

Si hay alguna religión que debiera prescindir de los sacerdotes, sería seguramente la protestante, puesto que no hace falta el sacerdote cuando no hay altar, cuando cada cristiano está facultado para interpretar la Biblia a su manera. Sin embargo, los protestantes tienen sus ministros, que, aunque desprovistos de todo mandato y autoridad, comentan el Evangelio.

Los masones tienen sus logias, que vienen a ser su templo. Allí, con la aparatosa majestad de un pontífice, el venerable, revestido de ornamentos simbólicos, preside ritos y juramentos, que serían ridículos si no fueran satánicos.

¡Y los librepensadores!... Proclaman ferozmente a todos los vientos que no quieren culto ni sacerdotes; y después inventan el bautismo civil, el matrimonio civil, el entierro civil, etc., donde, en lugar del sacerdote católico, está el sacerdote del ateísmo, que parodia la liturgia y las oraciones de la Iglesia.

¡Tan cierto es que los hombres no pueden mudar la naturaleza de las cosas! No hay sociedad sin religión, ni religión sin culto, ni culto sin sacerdotes. Si no se adora a Dios, se adora a Satanás o a sus ídolos; si no se obedece al sacerdote de Dios, se obedece al sacerdote de Lucifer.

5º Se necesitan días especialmente consagrados al culto. Así como el hombre debe a Dios una porción del espacio, que le consagra edificando templos, también le debe una porción del tiempo, que le da consagrando al culto algunos días de fiesta. Todos los pueblos han tenido días festivos en honor de la divinidad, hecho extraño que sólo puede explicarse por la revelación primitiva. La división del tiempo en semanas, la santificación de un día cada siete, es una costumbre constantemente observada de todos los pueblos. “La semana, dice el incrédulo Laplace, circula a través de los siglos; y cosa muy digna de notarse es que sea la misma en toda la tierra”. El séptimo día se convierte en el día de Dios y en el día del hombre. Los pueblos cristianos lo llamaron domingo. Es el día en que Dios y el hombre se encuentran al pie de los altares y en que se establece entre ellos un santo comercio por el intercambio de plegarias y de gracias.

Si no existiera el domingo, el hombre olvidaría que hay un cielo eterno que debemos ganar, un alma que debemos salvar, un infierno que debemos evitar… ¿Es acaso demasiado pensar en esto un día por semana?

Faltando la institución del domingo, los habitantes de un pueblo no se reunirían nunca para alabar a Dios y rendirle culto público y social.

El domingo trae aparejadas otras ventajas: 1º Es necesario para el cuerpo humano, porque éste se abatiría luego sin un día de reposo por semana. 2º Es necesario a la familia, cuyos miembros no pueden reunirse más que ese día para gozar de las verdades y dulzuras de la vida. 3º Es necesario a la felicidad social, porque la Iglesia es la única escuela de fraternidad, de concordia y de unión de clases.

Por esto, hacer trabajar al obrero el domingo, no es solamente un crimen contra Dios, sino también un ultraje a la libertad de conciencia y a la fraternidad social.

Faltar a las prácticas del culto público equivale a profesar el ateísmo y la impiedad, además de constituir un grave escándalo para la propia familia y para los conciudadanos del que falta a tan sagrado deber.

 

III. Futilidad de los pretextos alegados por los indiferentes para dispensarse de practicar la religión.

 

1. ¿Qué me importa la religión? Yo puedo pasar sin ella.

R. Es lo mismo que si dijeras: ¿Qué me importan las leyes civiles? Yo puedo pasar sin ellas; quiero seguir mi antojo… Si no observas las leyes de tu país, te expones a que te recluyan en una cárcel. Si no observas las leyes de Dios, El, infaliblemente, te encerrará en una cárcel eterna, de la que no se sale jamás.

Puedes pasar sin religión, como puedes pasar sin el cielo. Pero si no vas al cielo, tienes que ir al infierno. No hay término medio: o el cielo o el infierno. Al cielo van los fieles servidores de Dios, y al infierno los que se niegan a servirle. Ahora bien, el servicio de Dios consiste en la práctica de la religión. Puedes protestar cuanto te plazca, pero no lograrás cambiar los eternos decretos de Dios, tu Creador y Señor.

Un hombre sin religión es un rebelde y un ingrato para con Dios; un insensato para consigo mismo; un escandaloso para con sus semejantes.

Un rebelde. Dios nos ha creado. Nosotros le pertenecemos como la obra pertenece al obrero que la ha hecho. Negarnos a cumplir el fin para el cual nos formaron las manos divinas, es negar la relación incontestable de la criatura al Creador; es la destrucción del orden, la rebelión.

Es un rebelde el hijo que desobedece a sus padres, los cuales no son sino los instrumentos de que Dios se ha servido para darle el ser. ¿Cuál será el crimen de aquél que desobedece a Dios, a quien se lo debe todo: su cuerpo, su alma, su corazón y la promesa de una felicidad sin término?...

Un ingrato. Un hombre sin religión es un ingrato. Nosotros marcamos con este estigma la frente del hijo que desprecia a su padre, la frente del favorecido que olvida a su bienhechor. Pues bien, Dios es el Padre por excelencia, y todo lo que tenemos, todo lo que somos, todo nos viene de Dios.

Huelga decir que la gratitud es el primero de los deberes. El niño lo sabe: las dos manitas que salen fuera de la cuna dicen: mamá, yo te amo. La voz conmovida del pobre, sus lágrimas cayendo sobre la mano que le ha alimentado o vestido, traducen los sentimientos de su corazón. Y nosotros, hijos de Aquél que nos ha dado todo: nosotros, infelices mendigos, a quienes Dios sacó de la nada, ¿nosotros tendremos el derecho de pasar por el camino de la vida sin decir “gracias” a Aquél a quien le debemos todo?... No, no es posible. El día que el hombre pueda decir sin mentira: yo no debo nada a Dios, me basto a mi mismo… ese día será independiente, y dispensado de todo deber. Pero ese día no llegará nunca: seremos eternamente las criaturas, los deudores del Altísimo y, por lo tanto, le deberemos el testimonio de nuestra gratitud eterna.

Un insensato. Se considera insensato todo el que destruye sus bienes, rompe los enseres de su casa y arroja su dinero a la calle. ¿Y qué debemos pensar de aquél que, deliberadamente, destruye sus bienes espirituales, se cierra el cielo y arroja para siempre su alma al infierno? Tal es el hombre sin religión. El se pierde completamente, y su pérdida es irreparable, eterna.

Un escandaloso. El mayor escándalo que el hombre pueda dar es el mostrarse indiferente para con Dios. Sin duda dirá: Yo no ofendo a nadie. Pregunto: ¿Y no injurias a Dios no glorificándole? ¿No injurias tu alma, que arrojas al fuego eterno? ¿No injurias a tu familia, a tus semejantes con el gran escándalo de tu indiferencia? No les puedes causar mayor perjuicio que el de arrastrarlos con tu ejemplo al desprecio de la religión y a la condenación eterna.

 

2. ¿Para qué sirve la religión?

R. 1° Esta es una pregunta impertinente, que raya en impiedad. No se trata de saber si la religión no es útil y agradable; basta que su ejercicio sea un deber para nosotros. Hemos probado que la religión es un deber estricto para el hombre; sabemos, por otra parte, que es bueno quien cumple con sus deberes y malo quien no los cumple. Que el deber, pues, nos sea agradable o desagradable, poco importa; hay que cumplirlo. Luego es necesario practicar la religión.

Pero no hay nada más dulce que el practicar la religión, puesto que ella responde a las más nobles aspiraciones del alma. ¿Qué es Dios? ¿Qué es el hombre? Dios es la luz, la belleza, la grandeza, el amor y la vida. El hombre, inteligencia y corazón, aspira con todas sus ansias a la luz, a la belleza, a la vida; con sus debilidades, indigencias y dolores llama en su auxilio el poder, la bondad y la paternidad de Dios.

Si tal es Dios y tal el hombre, ¿no ves que todo los une? Dios se inclina con sus bondades y sus tesoros, y el hombre se eleva con sus aspiraciones y necesidades: la religión es el templo donde ambos se encuentran y abrazan. Dios, amando al hombre y descendiendo hacia él; el hombre, llevado en las alas de la fe, de la esperanza y del amor, remontándose hacia Dios y descansando su corazón de Padre: he ahí su grandeza, su armonía...

La religión sirve a Dios y sirve al hombre; y ahí tienes la razón que explica por qué la religión jamás será destruida. Para ello sería necesario aniquilar a la vez el infinito amor de Dios y el corazón del hombre, que se buscan y se encontrarán siempre.

Muchos volúmenes se han escrito y podrían escribirse sobre los beneficios de la religión, y nunca se agotaría la materia.

¿Para qué sirve la religión? Para distinguir al hombre del animal; es la ciencia moderna quien lo dice y lo prueba. QUATREFAGES, en su hermoso libro de La Unidad de la Especie Humana, demuestra que dos rasgos caracterizan al reino humano: la conciencia, fundada sobre  la distinción del bien y del mal, y la noción de Dios y de la vida futura, a lo que él llama la facultad religiosa. Estos dos rasgos, exclusivamente propios del hombre, son del todo extraños al animal. Un hombre no es un hombre sino porque es religioso. Luego, los que viven sin religión se separan de la humanidad, descienden un grado en la escala de los seres y se clasifican a sí mismos entre los monos más o menos perfeccionados: tal es la conclusión lógica de la ciencia.

Un día, el ilustre Newton, presidiendo un banquete de sabios, se levantó y dijo: “Propongo un brindis solemne y de honor por todos los hombres que creen en Dios y que le adoran: ¡bebo a la salud del género humano!”

El instinto religioso es el más profundo y más universal de la naturaleza humana. Donde hay rasgos de hombre, hay rasgos de religión.

¿Para qué sirve la religión? Pregunta más bien, ¿para qué no sirve? Un gran filósofo declara que la religión es el aroma de la ciencia; ¿y no es acaso el aroma de la vida entera? Sin la religión no hay más que una felicidad: la de no haber nacido. ¿Para qué sirve la religión? Pregúntaselo a los pobres, a los afligidos, que encuentra en ella su consuelo; al joven, a quien preserva de las pasiones; a la joven, a quien convierte en ángel; al soldado, a quién infunde valor; a los obreros; a quienes hace honrados y económicos; a los habitantes de la ciudades, a quienes guarda de la corrupción; a los labradores, a quienes procura la felicidad en su vida sencilla y ruda.

Un gran criminal iba a ser ejecutado. Sentado en el jergón de su calabozo, escuchaba a un sacerdote que trataba de hacer penetrar en su alma el arrepentimiento y la esperanza. – “¡Padre!, grita de pronto el reo, yo soy muy culpable, pero conozco otros más culpables que yo; son aquellos que me han hecho ignorar lo que me estáis diciendo. La religión me habría salvado: sin ella, me he convertido en un monstruo, y ahora vedme aquí frente al patíbulo”.

A la mañana siguiente, estando ya en el patíbulo, abrazó el sacerdote y al crucifijo, y mostrándolos a la conmovida muchedumbre, gritó: “¡Pueblo! Aquí tienes a tus verdaderos amigos. Crean al hombre que va a morir por haberlo sabido demasiado tarde”.

¿Para qué sirve la religión? Ella es la égida de la familia: inspira al esposo y al padre la dignidad y ternura; a la madre, el respeto y la abnegación; a los hijos, el sentimiento del deber y la piedad filial.

La religión es la salvaguardia de la sociedad: inspira a los gobernantes la justicia en sus resoluciones; impone al pueblo el respeto a la ley y el amor a la patria. ¿Qué sería de la sociedad sin religión? Un famoso socialista, Pedro Leroux, nos lo va a decir:

“– Puesto que hay en la tierra más que cosas materiales, bienes materiales, oro y estiércol, dadme mi parte de ese oro y estiércol – tiene el derecho de decirnos todo hombre que respira.

“ – Tienes hecha tu parte – le responde el fantasma social que tenemos hoy.

“ – Juzgo que está mal hecha – responde el hombre a su vez.

“ –  Con ella te contentabas antes – dice el fantasma.

“ – Antes – insiste el hombre – había un Dios en el cielo, una gloria que ganar y un infierno que temer. Había también en la tierra una sociedad en la cual tenía yo mi parte, pues siendo vasallo tenía a lo menos el derecho del vasallo: obedecer sin envilecerme. Mi amo no me mandaba sin derecho o en nombre de su egoísmo, porque su poder se remontaba a Dios, que permitía la desigualdad en la tierra. Teníamos una misma moral y una misma religión; en nombre de esa moral y de esa religión, servir era mi suerte, mandar era la suya. Pero servir era obedecer a Dios y pagar con mi abnegación a un protector en la tierra. Y si era yo inferior en la sociedad seglar, era igual a todos en la sociedad espiritual, que se llamaba Iglesia. Y aun esta Iglesia no era más que el vestíbulo y la imagen de la verdadera Iglesia, de la Iglesia celestial, a la cual se dirigían mis esperanzas y miradas...; sufría para merecer; sufría para gozar la bienaventuranza... Tenía la oración, los sacramentos, el santo sacrificio. Tenía el arrepentimiento y el perdón de Dios. Ahora he perdido todo eso. No puedo esperar un cielo; ya no hay Iglesia. Me habéis enseñado que Cristo era un impostor; no sé si existe un Dios, pero sí sé que lo que hacen las leyes creen poco en ellas, y las hacen como si no creyesen ni poco ni mucho en su eficacia. Lo habéis reducido todo a oro y estiércol. ¿Para qué obedecer?... Si no hay Dios, no hay patronos; si no hay paraíso allá arriba, yo quiero mi parte en la tierra...”

Ahí tienes lo que hoy se llama cuestión social. Cuestión terrible que agita al mundo y se agrava más cada día. ¿Quién la resolverá? Los políticos parecen que no la comprenden; los filósofos disparatan, los fusiles son impotentes; sólo Dios puede resolverla.

La religión previene a los pobres y a los obreros contra el lujo, los placeres y los gastos inútiles, que son la causa primera de sus desgracias. Fomenta el amor al trabajo, los hábitos de orden y economía, la paciencia en las adversidades y las penas, que son la fuente de la felicidad. Inspira a los ricos la caridad, la solicitud por los pobres, y conserva así la unión entre las diversas clases sociales.

Un pensador eminente, LE PLAY, que recorrió todo el mundo para estudiar la cuestión social, después de largas observaciones declara:

1º Que donde quiera que halló honrada la religión y observados los diez mandamientos de la ley de Dios, florecían la familia, el trabajo, la fuerza física, las costumbres, la prosperidad pública, la felicidad social.

2º Que donde, por el contrario, declinan la fe religiosa y la observancia del decálogo, allí se alteraban la moralidad, el amor al trabajo, el vigor de las razas, la fecundidad de las familias. Allí germinaban las discordias sociales que causan la ruina de los pueblos. Y Le Play habla aquí no como cristiano, sino como observador imparcial y muy reposado, con columnas de números y con pruebas palpables de todo género.

CONCLUSION: – Nada es más útil que la religión.

 

3. La religión es buena para las mujeres.

R. 1º ¿Y por qué no para los hombres? Hombres y mujeres, ¿no son iguales ante Dios? ¿No tienen la misma naturaleza, los mismos deberes, los mismos destinos? Los hombres, ¿no son criaturas de Dios, y no deben, como las mujeres, proclamar su adhesión al Creador? Si Dios tiene derecho a las adoraciones de las mujeres, ¿por qué no ha de tener el mismo derecho a las adoraciones de los hombres? ¿O es porque tienes barba te crees con derecho para tratar a Dios de igual a igual?...

2º O la religión es verdadera o es falsa. Si es verdadera, tan verdadera es y, por lo mismo, tan buena para los hombres como para las mujeres. Si es falsa, es tan mala para las mujeres como para los hombres, porque la mentira no es buena para nadie.

3º La religión es necesaria a la mujer; pero lo es más todavía para el hombre, que ha recibido más beneficios de Dios y le debe, por consiguiente, más agradecimiento. En una familia, el hijo mayor, por ser el más favorecido en el reparto de los bienes patrimoniales, ¿no debe a sus padres mayor reconocimiento y amor que los demás hijos?

El hombre es el primero en todo: el primero en la sociedad, el primero en las ciencias y en las artes, etc. Es conveniente, pues, que sea también el primero en glorificar a Dios y en practicar la religión. El es el jefe de la familia, y ha recibido la misión de guiarla a su destino, que es Dios. ¿Acaso podría hacerlo, si no le da ejemplos de piedad, si no marcha el primero, como un capitán al frente de su compañía, bajo la bandera de la religión?

4º Dirás: La religión es cuestión de sentimiento. La mujer vive con el corazón, necesita emociones; el hombre es más positivista.

¿Y qué cosa hay más positivista que la religión? ¿Qué cosa más real que tu existencia? Vives, esto es positivo, y debes interrogarte para qué estás en la tierra. Tu razón te contestará: Tú vienes de Dios, tú eres su siervo, habitas su mansión, te calientas a los rayos de su sol, te alimentas con sus dones y no existes sino para ejecutar sus órdenes. El es tu Señor y Dueño. Si no quieres acatar sus leyes, sal de su casa… Pero, ¿adónde irás que no te encuentres en su casa?...

¿Qué pensarías de un servidor que dijera a su señor: – Yo soy alimentado y vestido a tus expensas: muy bien. Pero no te debo obediencia y respeto; tu mandatos son cuestión de sentimiento, buenos únicamente para tus sirvientas, que viven del corazón?... – El lenguaje de este servidor, ¿no será un insulto a su patrón? Si no practicas la religión, ¿no eres más criminal con respecto a Dios?

5º ¿Qué quieres de más positivo que salvar tu alma, que el cielo que merecer, que el infierno que evitar? Para conseguirlo, ¿no es necesario vencer tus pasiones, practicar las virtudes, cumplir, en fin con todos tus deberes? Ahora bien, nada de esto puedes hacer sin la ayuda de la religión.

CONCLUSION: – La religión es buena y necesaria para todos: Ella nos enseña a conocer, amar y servir a Dios, que es el Dios de todos. Ella nos conduce a cielo, que es la patria de todos. Y puesto que en el género humano el hombre ocupa siempre el primer puesto, el debe ser también el primero en la práctica de la religión.

Preguntaban un día a un viejo magistrado: – ¿Por qué hay menos mujeres que hombres en las cárceles? – la razón es, contestó, porque hay más mujeres que hombres en las iglesias.

 

4. Basta ser honrado.

R. 1º Sí; basta para evitar el patíbulo, pero no para ir al cielo. Basta ante los hombres quizá; pero no basta ante Dios, Soberano Juez.

2º Todo el mundo, hoy en día, pretende ser honrado. El joven que se entrega a sus pasiones desenfrenadas, te dirá con toda seriedad: ¡Soy un hombre honrado! – El patrón que abusa de sus obreros y los obliga a trabajar el domingo, so pena de ser despedidos, te dice: ¡Soy un hombre honrado! – El obrero que no aprovecha bien el tiempo porque trabaja a jornal, se atreve a decir que es un hombre honrado. – Todos los comerciantes se dicen honrados; y, sin embargo, los oyes decir, quejándose unos de otros: Por todas partes no se ven más que fraudes, injusticias, engaños… Los hombres honrados que solo temen a los gendarmes son los partidarios de esta bella religión. ¡Qué religión tan cómoda la religión del hombre honrado!...

3º No tienes, dices, nada que te reproche: dominas tus pasiones y vives como Bayardo, sin miedo ni tacha. Pues entonces eres un milagro viviente, una verdadera maravilla; ¡es tan difícil vencer las pasiones sin el auxilio de la religión!... Si tus debilidades y tus caídas no aparecen a la luz del sol, es que sabes disimularlas bajo el manto de una repugnante hipocresía.

¡Cuántos hombres honrados para el mundo (que no juzga sino de lo exterior) son grandes criminales a los ojos de Dios, que penetra los pensamientos más íntimos del alma… Pero aun cuando lo que afirmas fuera exacto, aun cuando fueras casto, justo, buen hijo, buen padre, buen ciudadano, etc., no serías el hombre honrado que la conciencia reclama.

4º No se es honrado cuando no se practica la religión. La honradez es, ante todo, la justicia, que consiste en dar a cada uno lo suyo. Ahora bien, la religión no es otra cosa que la justicia para con Dios. Luego aquél que no practica la religión no es honrado, porque no es justo para con Dios. ¿Qué le debes a Dios? Todo. ¿Qué le dais a Dios? Nada, o casi nada. Luego no eres honrado. Un ingrato, un rebelde, ¿puede decir: No tengo nada que reprocharme, soy un hombre honrado?...

5º Hay que reprobar la imprudente condescendencia que tienen algunos cristianos para con los hombres sin religión. Sucede muchas veces que, después de haber hecho u inmerecido elogio de esos desgraciados, se añade: ¡Sólo le falta un poquito de religión!... ¡Cómo! ¿Te atreves a llamar honrado a un hombre que no tiene religión? Pero, entonces, el Señor nuestro Dios, ¿merece tan poca estimación de los hombres, que descuidar su servicio no es a sus ojos una falta digna de censura?... Violar los derechos del Creador, del Padre celestial, de nuestro soberano Señor, ¿dejará de ser un delito suficientemente grave para perjudicar la buena reputación de un hombre e impedirle gozar fama de bueno y honrado? ¡Qué escándalo!

Los ladrones, los asesinos son menos culpables que los impíos, o que los hombres que viven sin religión, porque nuestras obligaciones para con Dios son mil veces más importantes que nuestras obligaciones para con los prójimos.

No hay que olvidar que Dios nos ha creado y colocado en este mundo para conocerle, amarle y servirle. El hombre que no sirve a Dios es un monstruo de la naturaleza, como lo sería el sol que no alumbrara ni calentara. El hombre que no tiene religión no se porta como hombre; es un ser degradado, una afrenta de la creación.

 

5. Yo tengo mi religión: sirvo a Dios a mi manera.

R. 1º Tendrías razón, si Dios hubiera dicho: Cada cual podrá servirme como quiera…; pero no es así. Dios es el único que tiene derecho para decir cómo quiere ser honrado, lo mismo que el dueño tiene derecho para decir a su siervo la manera cómo se le ha de servir.

2º Un criado que, para excusarse de no haber cumplido las órdenes de su amo, le dijera: Te sirvo a mi manera, sería despedido inmediatamente. El obrero que quisiera hacer el trabajo a su capricho, sería despedido inmediatamente. Un soldado que dijera: Hago el ejercicio a mi manera, no se libraría del castigo. Juzguemos por esos ejemplos el castigo que merecería el hombre que tuviera la insolencia de decir a Dios: Yo tengo mi religión, os sirvo a mi manera. Si Dios es el Señor, ¿no es claro que al El corresponde regular el culto que le conviene, y ordenar la manera cómo quiere que se le honre y se le eleven las plegarias?

3º Si cada uno se arrogara el derecho de crearse una religión a su manera, nacerían millares de religiones, ridículas y contradictorias, como lo prueba la historia de los pueblos pagano y de las sectas protestantes.

 

 

 

IV. No hay más que una sola religión buena.

 

71. P. ¿Pueden existir varias religiones buenas?

R. No; pues no puede haber sino una sola religión verdadera. Así como no hay más que un solo Dios, no hay más que una sola verdadera manera de honrarle; y esta religión obliga a todos los hombres que la conocen.

1° Una religión, para ser buena, debe agradar a Dios. Pero como Dios es la verdad, y una religión falsa no podría agradarle, no puede aprobar una religión fundada sobre la mentira y el error.

2° No puede existir más que una sola religión verdadera, pues la religión es el conjunto de nuestros deberes para con Dios, y estos deberes son los mismos para todos los hombres. Y, a la verdad, estos deberes nacen de las relaciones existentes entre la naturaleza de Dios y la naturaleza del hombre. Pero como la naturaleza de Dios es una, y la naturaleza humana es la misma en todos los hombres, es evidente que los deberes tienen que ser los mismos para todos. Por consiguiente, la verdadera religión es una y no puede ser múltiple. Las formas sensibles del culto pueden variar; la esencia del culto, no.

3° Toda religión comprende tres cosas: dogmas que creer, una moral que practicar y un culto que rendir a Dios. Si dos religiones son igualmente verdaderas, tienen el mismo dogma, la misma moral, el mismo culto; y entonces ya no son distintas.

Si son distintas, no pueden serlo sino por enseñar doctrinas diferentes acerca de una de estas materias y, en este caso,  ya no son igualmente verdaderas. Por ejemplo, a esta pregunta: ¿Jesucristo es Dios? – Sí, dice un católico; –  puede ser, dice un protestante racionalista: – no, contesta un judío; – es un profeta como Mahoma, añade un turco...  Estos cuatro hombres no pueden tener razón a la vez; evidentemente uno solo dice la verdad. Luego las religiones que admiten, aunque sólo sea una sola verdad dogmática diferente, no pueden ser igualmente verdaderas.

Lo que decimos del dogma, hay que afirmarlo también de la moral: no hay más que una sola moral, puesto que ha de fundarse en la misma naturaleza de Dios y del hombre, que no se mudan. Lo mismo debe decirse del culto, por lo menos en cuanto a sus prácticas esenciales.

Cuando los protestantes dicen: – Nosotros servimos al mismo Dios que los católicos, luego nuestra religión es tan buena como la suya. – contestamos: – a Ciertamente, ustedes sirven al mismo Dios, puesto que no hay más que uno, pero no le sirven de la misma manera, lo le sirven de la forma con que quiere ser servido – Ahí está la diferencia... Dios es el Señor, y el hombre debe someterse a su voluntad.

Los que dicen que todas las religiones son buenas, no ven en la religión más que un homenaje tributado a Dios, y piensan erróneamente que cualquier homenaje le es grato. Olvidan que la religión encierra verdades que creer, deberes que cumplir y un culto que hay que tributar. Y es claro que no pueden existir varias religiones de creencias contradictorias y de prácticas opuestas, porque la verdad es una sola, y Dios no puede aprobar el error.

 

OBJECION: 1° Todas las religiones son buenas.

R. ¿Acaso todas las monedas son buenas? ¿No hay que distinguir entre las verdaderas y las falsas? Pues lo mismo sucede con la religión. Pero como la moneda falsa supone la buena, así las falsas religiones suponen la verdadera.

Si todas las religiones son buenas, se puede ser católico en Roma, anglicano en Londres, protestante en Ginebra, musulmán en Constantinopla, idólatra en Pekín y budista en la India. ¿No es esto ridículo? ¿No es afirmar que el sí y el no son igualmente ciertos en el mismo caso?

Decir que todas las religiones son buenas es un absurdo palpable, una blasfemia contra Dios, un error funesto para el hombre.

Un absurdo. Es cierto que en las diferentes religiones hay algunas verdades admitidas por todos, como son: la existencia de Dios, la espiritualidad del alma, la vida futura con sus recompensas y castigos eternos. Mas ellas se contradicen en otros puntos fundamentales. El católico, por ejemplo, afirma que la Iglesia tiene por misión explicarnos la palabra de Dios encerrada en la Biblia, mientras que el protestante declara que todo cristiano debe interpretar por sí mismo la palabra divina y forjarse una religión a su manera...

Podríamos citar indefinidamente las divergencias contradictorias de las diversas religiones. Pero es evidente que dos cosas contradictorias no pueden ser verdaderas, porque la verdad es una, como Dios, y no se contradice. Si la Iglesia ha recibido de Jesucristo la misión de explicarnos la Biblia, no queda a la voluntad de cada cristiano el interpretarla a su manera... Es absurdo decir que el sí y el no pueden ser igualmente ciertos sobre el mismo punto. Mas como lo que no es verdadero, no es bueno, porque la mentira y el error de nada sirven, debemos concluir que, no pudiendo todas las religiones ser verdaderas, no pueden ser todas buenas.

Una blasfemia contra Dios. Decir que todas las religiones son buenas, no es solamente contradecir el buen sentido, sino blasfemar contra Dios. Es tomar a Dios por un ser indiferente para la verdad y para el error. Se supone que Dios puede amar con igual amor al cristiano, que adora a su Hijo Jesucristo, que al mahometano que le insulta; que debe aprobar al Papa, que condena la herejía, y a Lutero, a Calvino y Enrique VIII, que se rebelan contra la Iglesia; que bendice al católico, que adora a Jesucristo presente en la Eucaristía, y sonríe al calvinista, que se burla de ese misterio... Pero atribuir a Dios semejante conducta es negar sus divinos atributos; es decir, que trata a la mentira como a la verdad, al mal como al bien, y que acepta con las misma complacencia el homenaje y el insulto... ¿No es esto una blasfemia estúpida?

Un error funesto para el hombre. Para llegar a la felicidad eterna debe el hombre seguir el camino que a ella le lleva; y sólo la religión verdadera es el camino que lleva al cielo. ¿No es una gran desgracia errar el camino?... ¡Y si al menos, llegados al término se pudiera desandar lo andado!... Pero si uno yerra por su culpa, se ha perdido para toda la eternidad.

La indiferencia, al enseñar que se pueden seguir todas las religiones, propende a alejar al hombre de la verdadera religión, del único medio de alcanzar su meta. Es, por consiguiente, un error funesto.

 

SUELE OBJETARSE TAMBIEN: Un hombre honrado no debe cambiar de religión: hay que seguir la religión de los padres.

R. Cada uno puede y debe seguir la religión de sus padres, si esta religión es verdadera; pero si es falsa, hay obligación de renunciar a ella, para abrazar la verdadera.

Así, cuando uno ha tenido la dicha de nacer en la verdadera religión, no necesita cambiar de creencias, y debe estar pronto a derramar hasta la última gota de su sangre, antes de apostatar. Pero cuando no se ha tenido la dicha de nacer en la verdadera religión, si uno llega a conocerla es absolutamente necesario, so pena de falta grave, abandonar la falsa religión y abrazar la verdadera.

El deber más sagrado del hombre es el de seguir la verdad desde el instante mismo en que la conoce: ante todo, hay que obedecer a Dios. Abandonar la falsa religión para seguir la verdadera, es acatar la voluntad de Dios y, por consiguiente, cumplir el más sagrado de los deberes. Sin duda nada merece tanto respeto como las creencias de nuestros padres; pero este respeto tiene sus límites, los límites de la verdad. Nadie está obligado a copiar los defectos de los padres. Si tu padre es ignorante, ¿es necesario acaso que, por respeto, permanezcas ignorante como él? La salvación es un asunto personal, individual, del que cada uno es responsable ante Dios.

Las causas por las cuales se descuida abrazar la verdadera religión son: el respeto humano, los intereses temporales, el deseo de seguir las propias pasiones; pero, evidentemente, estas causas son malas y, por tanto, hay que sacrificarlas para cumplir la voluntad de Dios y salvar el alma.

 

72. P. ¿Está obligado el hombre a buscar la verdadera religión?

R. Sí: el hombre está rigurosamente obligado a buscar la verdadera religión, cuando duda seriamente de que no profesa la verdadera.

1° Es un hecho que hay hombres que creen profesar la verdadera religión, y otros que tienen dudas sobre el particular. Ahora bien, los que se creen sinceramente en posesión de la verdad, no tienen obligación de inquirir cuál sea la verdadera religión. Si de hecho no la poseen, su buena fe los excusa, mientras no tengan ninguna sospecha de estar en el error.

2° Los que dudan seriamente, están en la obligación rigurosa de aclarar sus dudas. El hombre debe practicar una religión: sólo una religión es agradable a Dios; luego el hombre está obligado a averiguar cuál es la verdadera religión, como el criado está obligado a indagar la voluntad de su amo para ejecutarla.

3° El buen sentido enseña que, cuando están en juegos graves intereses, hay que informarse acerca de los medios de asegurarlos. ¿Y qué intereses más graves que los del alma y de su eterno destino? Yo no puedo arrostrar a sangre fría esta terrible alternativa ante la cual me he de hallar al otro lado de la tumba: una eternidad de tormentos, o una eternidad de dicha. Debo saber por qué medios y en qué religión puedo salvar mi alma. Si permanezco indiferente, mi conducta será la de un insensato.

Puede decirse de la religión lo que PASCAL decía de Dios: “No hay más de dos clases de hombres razonables: los que aman a Dios con todo su corazón, porque le conocen, y los que le buscan de todo corazón, porque no le conocen”.

 

V. La verdadera religión es la religión revelada

 

73. P. ¿Cuál es la verdadera religión?

R. La verdadera religión es la que viene de Dios, la que Dios mismo nos ha revelado

La verdadera religión debe venir de Dios. En una casa, el padre, cabeza de familia, es el que debe mandar; él es quien debe dictar leyes a su familia. El extraño que quisiera arrogarse ese derecho, sería un usurpador. El soberano es quien debe imponer el ceremonial que debe regir en la corte. Ahora bien, Dios es el padre y el rey de la familia humana: luego a Dios sólo compete el derecho de regular el culto que el hombre está obligado a tributarle; a El sólo determinar el modo como quiere ser honrado; a El sólo corresponde el derecho de decirnos cuáles serán las plegarias y sacrificios gratos a su divinidad. Todos los fundadores de religiones no son más que aventureros o usurpadores de un poder esencialmente divino.

Dios nos enseña de dos maneras: por la razón y por la revelación.

a) La razón. El hombre, por medio de la inteligencia que ha recibido, llega a convencerse con certeza de que Dios es su Creador, su Bienhechor y su Señor. De este conocimiento, que se hace patente a la razón del hombre, resulta para él el deber de practicar una religión.

La religión así establecida por el hecho de la creación del hombre se llama religión natural porque resulta de las relaciones necesarias del hombre con Dios. Puede decirse que Dios es el Autor de esta religión, porque El es el autor de la razón y de la voluntad, en que tienen su fuente los principios y sentimientos religiosos. Así, la religión existe por derecho natural y, como hemos probado, la falta de religión es, a la vez, un crimen contra la naturaleza y una rebelión contra Dios.

b) La revelación. El padre de familia no desampara a sus hijos sin darles una educación e instrucción convenientes. ¿Quién podrá decir que Dios, después de haber creado a los primeros hombres, los dejó entregados a las solas luces de su razón, si enseñarles las verdades y los mandatos de la religión? Tal suposición carece de toda probabilidad. Es evidente que Dios puede enseñarnos las verdades y los preceptos de la religión natural. Pero, ¿no podría Dios revelarnos verdades nuevas, verdades que la creación no manifiesta, e imponernos nuevos deberes?... Nadie puede razonablemente dudarlo. La religión revelada es la que encierra las verdades y los preceptos que Dios nos hace conocer de una manera sobrenatural, exterior, expresa y positiva.

Los deístas, los racionalistas, los materialistas, los librepensadores y los modernistas sostienen que la revelación es imposible y, además, inútil. Para todos estos incrédulos, la razón humana es el árbitro de lo verdadero y de lo falso, de lo bueno y de lo malo. Ella es su propia ley; no necesita de ajenos auxilios para procurar el bien de los hombres y de los pueblos. Para refutar todos estos errores, vamos a demostrar:

Que la revelación es posible.

Que es necesaria.

Que Dios, de hecho, ha revelado una religión.

Que el hombre está obligado a practicar esta religión revelada.

 

§ 1° Naturaleza y posibilidad de la revelación.

 

74. P. ¿Qué es la revelación?

R. La revelación es la manifestación de las verdades religiosas que Dios hace al hombre, fuera de las leyes ordinarias de la naturaleza.

La palabra revelar significa apartar el velo que cubre un objeto; es decir, manifestar a alguien una cosa que él ignoraba o que había olvidado. Dios revela, cuando manifiesta a nuestra inteligencia verdades hasta entonces desconocidas olvidadas o mal comprendidas.

La revelación es la manifestación de las verdades religiosas, porque Dios no revela más que verdades o hechos históricos útiles para la salvación de los hombres. Deja de un lado las artes y las ciencias, que sirven únicamente para la vida temporal.

Se añade: Fuera de las leyes ordinarias de la naturaleza, para distinguir la revelación de que se trata aquí, de la revelación natural, que se hace por la luz de la razón, y por los otros medios naturales otorgados al hombre para adquirir conocimientos. La revelación es un acto sobrenatural de Dios, mediante el cual manifiesta a los hombres las verdades de la religión, sea que nos hable directamente El mismo, sea que nos hable indirectamente por medio de enviados. En el primer caso, la revelación es inmediata; y mediata cuando Dios  nos habla por embajadores o legados.

 

75. P. ¿Puede Dios hablar a los hombres?

R. Sí; porque Dios todo lo sabe y todo lo puede. No se puede negar la posibilidad de la revelación sin negar la ciencia o el poder de Dios: su ciencia, suponiendo que no tenga nada que enseñarnos; su poder, negándole una facultad que posee hasta el hombre mismo

Una simple observación de buen sentido basta para probar la posibilidad de la revelación.

1° Es evidente que Dios, poseyendo una inteligencia infinita, debe conocer verdades inaccesibles a la nuestra, que es limitada; al modo que el firmamento contiene astros a los que no alcanza nuestra vista. Sería insensato decir que el hombre sabe todo lo que Dios sabe, ve todo lo que El ve y comprende todo lo que El comprende. Es natural, por tanto,  que Dios tenga muchas verdades que enseñar a los hombres.

2° Es evidente también que Dios debe poder lo que puede el hombre; ahora bien, el hombre ha recibido de Dios la facultad de comunicar sus pensamientos a sus semejantes: el padre instruye a sus hijos, el maestro, a sus discípulos; ¿y por qué ha de ser difícil para Dios instruir al hombre, su criatura inteligente?... El sabio puede transmitir al ignorante los secretos de la ciencia, ¿y será posible que Dios carezca de los medios necesarios para hacernos conocer los misterios de la vida divina y los secretos de su voluntad? El hombre acepta la ciencia profana, fundándose en el testimonio de los sabios: ¿y por qué rehusará aceptar la ciencia de la religión, basada en el testimonio de Dios?

3° Es evidente también que la revelación, tan lejos está de aniquilar o inutilizar la razón, que, al contrario, la supone y exige. ¿Puede, acaso, decirse que el telescopio destruye la vista, porque aumenta su alcance y le hace ver astros escondidos hasta entonces en las profundidades del cielo? El telescopio supone el ojo y lo perfecciona; y la relevación supone la razón, la perfecciona y enriquece, manifestándole verdades sublimes e importantes, que no puede descubrir con sus solas fuerzas.

 

§ 2° Necesidad de la revelación

 

76. P. ¿Es necesario que Dios revele la religión?

R. 1° Sí; la revelación es moralmente necesaria al género humano para conocer prontamente, con certeza y sin mezcla de error, las verdades y los preceptos de la religión natural.

2° Si Dios quiere elevar al hombre a un fin sobrenatural, la revelación se hace absolutamente necesaria para conocer este fin y los medios de alcanzarlo.

La necesidad moral supone para el hombre una dificultad muy grande, pero no invencible, para llegar al conocimiento completo y cierto de las verdades de la religión natural.

La necesidad absoluta supone la imposibilidad, la impotencia radical para conocer las verdades de la religión sobrenatural.

Necesidad moral de la revelación para la religión natural. No hay duda de que la razón puede, con sus propias luces, conocer la existencia y la unidad de Dios, la inmortalidad del alma, la obligación de la ley moral sancionada en la otra vida... Pero la inmensa mayoría del género humano no puede, sin la revelación, llegar fácilmente al conocimiento pronto, cierto y completo de las verdades y de los preceptos de la religión natural.

Se prueba por la razón. 1° Sin la revelación, pocos hombres llegarían a este conocimiento. En efecto, los unos son de una inteligencia demasiado limitada; los otros están demasiado distraídos  por los quehaceres domésticos, por las necesidades de la vida, por los cuidados temporales; otros, finalmente, son perezosos, indolentes, enemigos del estudio: la mayor parte no podría o no querría resolverse al rudo trabajo necesario para hallar estas verdades, que son, sin embargo, tan trascendentales.

2° Si falta el auxilio de la revelación, los hombres, aun los más inteligentes, los mejor dispuestos, no estarían suficientemente instruidos sino después de un prolongado estudio, y solamente en la edad en que las pasiones, más calmadas ya, dejan al espíritu todo el vigor. Ellos pasarían, al menos todo el tiempo de su juventud, en la ignorancia de las verdades  más necesarias para la regla de la vida.

3° Si falta la revelación, los hombres no pueden llegar a conocer las verdades religiosas con certeza y sin mezcla de error. La razón, aun la de los hombres más sabios, es muy débil; duda acerca de muchas cosas. De buena fe, o maliciosamente, mezcla sofismas a sus raciocinios. Un gran número de filósofos antiguos y modernos, se han equivocado de la manera más grosera y se han contradicho a sí mismos; después de haberlos oído, no se sabe a qué atenerse. Ninguno ha dado un código de la ley moral completo, claro, cierto en sus reglas y sanción, y por consiguiente, eficaz. Es pues, moralmente necesario que Dios hable, para que el conocimiento de la religión sea cierto, pronto y común a todos los hombres.

Se demuestra, además, por la historia. La historia confirma la impotencia relativa de la razón humana. Veinte siglos de paganismo nos muestran a qué se reduce el hombre privado de los auxilios de la revelación. Los pueblos más sabios, los egipcios, los caldeos, los griegos y los romanos, admitían los más monstruosos errores. Se adoraba a dioses absurdos, a animales, a árboles, a plantas; se divinizaban los vicios; se inmolaban víctimas humanas; las leyes autorizaban la muerte de los niños, de los esclavos, de los gladiadores. El culto de los falsos dioses estaba manchado con indecibles infamias; la injusticia, la tiranía, la corrupción eran profundas, y únicamente el verdadero Dios carecía de templos y de altares.

Aun en nuestros días, donde no ha penetrado el cristianismo, reina el paganismo con sus errores y degradaciones morales. Lee la historia de los pueblos y civilizaciones de Asia; por todas partes, entre los persas, los chinos, los japoneses, etc., hallarás las mismas aberraciones acerca de la divinidad y del culto que le es debido, las mismas prácticas degradantes para la humanidad...

CONCLUSION:  La revelación está, pues, muy de acuerdo con la sabiduría y la bondad divinas, porque un Dios sabio y bueno no deja a sus criaturas privadas de los medios convenientes para el cumplimiento de sus destinos. Tan lejos está de ser inútil la revelación, como sostienen los racionalistas, que, al contrario, es sumamente necesaria para que las verdades religiosas y morales sean conocidas por todos, fácil y prontamente, con certeza y sin mezcla de error.

OBJECION:  Los filósofos, los sabios ¿no podrían instruir al pueblo?

R. No; porque para ello se necesitaría: 1°, que estuvieran de acuerdo para la formación de un cuerpo de doctrina; 2°, que estuvieran dispuestos a instruir a los ignorantes; 3°,  que tuviera la autoridad requerida para hacerse escuchar y para reprimir los vicios.

Pero no sucede así:

1° La historia prueba que los sabios mismos han caído en los errores más groseros acerca de las verdades de la religión y de los deberes que impone. No están de acuerdo ni siquiera sobre las verdades más esenciales... No se puede citar un solo filósofo, ni de la antigüedad pagana ni de los tiempos modernos que haya llegado a compilar un código satisfactorio de religión y de moral. Han demostrado algunas verdades, pero, ¡cuántas otras, no menos importantes, se les han pasado inadvertidas, y cuántos groseros errores no han mezclado con las pocas verdades conocidas!

Los filósofos más ilustres de la antigüedad, Platón, Aristóteles, Cicerón, Séneca, que nunca dejaron de tener en cuenta los restos de la revelación primitiva, sólo nos han legado nociones incompletas y frecuentemente falsas, acerca de las cuestiones que más interesan a nuestra conducta y a nuestros destinos.

Muchos de nuestros “sabios modernos” han descendido a un nivel más bajo que los antiguos. En nombre de la razón, han enseñado los errores más monstruosos y degradantes, como el ateísmo, el panteísmo, al materialismo.

Si los filósofos espiritualistas modernos no han admitido errores tan graves, se debe a que han vivido en pleno Cristianismo y han aprendido el catecismo en su infancia. “Yo no sé por qué se quiere atribuir al progreso de la filosofía la hermosura moral de nuestros libros. Esta moral, sacada del Evangelio, era cristiana antes de ser filosófica”. J.J. ROUSSEAU.

2° Los filósofos jamás han querido instruir al pueblo. Se rodeaban de algunos discípulos escogidos, menospreciando a la plebe. Al contrario, acababan de desviarla de la verdad, rindiendo públicamente a los falsos dioses un culto hipócrita, del que después se burlaban con sus adeptos. Nuestros filósofos modernos (V. Cojín, J. Simón) confiesan que la filosofía se dirige a un número reducido y corre peligro de quedar sin gran eficacia sobre las costumbres.

3° Finalmente, aunque ellos hubieran querido instruir al pueblo, se habrían hallado impotentes para hacerlo. Sus doctrinas eran contradictorias: tantas escuelas, tantos sistemas. Su vida desmentía su doctrina. ¿Y qué misión, qué autoridad fuera de eso, para imponer sus enseñanzas a los demás hombres? “Yo no conozco, dice Voltaire, un filósofo que haya reformado las costumbres, no digo ya de su ciudad, ni siquiera las de la calle en que vive”. La revelación de la religión natural era, pues, moralmente necesaria.

SE DICE TAMBIÉN: Mi razón me basta; no sé qué hace de la revelación.

R. 1° La razón no ha bastado a los más grandes genios del universo para conocer el conjunto de las verdades y deberes religiosos; ¿cómo podría bastaros a vos?

2° La razón ni siquiera es capaz de resolver todas las cuestiones que deben necesariamente formar parte de una religión: a) Debemos un culto a Dios, pero, ¿cuál es la forma de ese culto? – b) Cuando hemos violado la ley moral, tenemos una cuenta que rendir a la justicia divina; pero, ¿podemos esperar el perdón y en qué condiciones? – c) Hay una vida futura con galardones y penas; ¿cuál es la naturaleza de esos galardones y de esas penas? La sola razón no puede responder a estas grandes cuestiones y a otras semejantes.

3° La razón tampoco basta, si Dios revela misterios que creer y si dicta preceptos positivos; en ese caso debemos creer en su palabra divina, acatar sus leyes: nada más justo.

Pero todo esto no prueba que la razón sea inútil; tan lejos está de ser así, que más bien se deduce su imprescindible necesidad, porque ella es la que debe examinar si la religión que se le presenta como proveniente de Dios, lo es en realidad. Aunque la fe, esté por encima de la razón, jamás puede existir entre ellas contradicción alguna real, porque ambas vienen de Dios mismo, fuente inmutable de la eterna verdad, y así ellas mutuamente se auxilian. La razón prueba, protege y defiende la verdad de la fe; la fe, a su vez, libra a la razón de todos los errores, la ilumina en el conocimiento de las cosas divinas, las vigoriza y perfecciona.

2. Necesidad absoluta de la revelación para la religión sobrenatural. – La religión sobrenatural comprende: 1°, misterios, es decir, verdades que creer, a las que nuestra razón no alcanza; 2°, preceptos positivos, que dependen de la libre voluntad de Dios; 3°, un fin sobrenatural, que sobrepasa todos los recursos y todas las exigencias de la naturaleza humana, y aun de toda la naturaleza creada; 4°, medios convenientes para la consecución de este fin sublime.

Ahora bien, es evidente que, sin la revelación, el hombre no puede descubrir estos misterios, ni las órdenes de Dios, ni el fin sobrenatural, ni los medios para conseguirlo. Nuestra razón no tiene más luces que las que brotan de la creación, y en la naturaleza no hay nada que pueda manifestarnos las cosas sobrenaturales. Si place a Dios imponernos esta religión sublime, debe hacérnosla  conocer, y el hombre debe creer en la palabra infalible de Dios y someterse a su dominio soberano.

 

§ 3° El hecho de la revelación

 

77. P. ¿Ha hablado Dios a los hombres?

R. Sí; y es tan cierto que Dios ha hablado a los hombres, como lo es que el sol brilla al mediodía en un cielo sin nubes. La revelación es un hecho histórico mil veces más cierto que todos los que nos presenta la historia.

Tenemos como prueba la historia de los grandes pueblos: el pueblo judío y el pueblo cristiano, que cuentan con más de 1000 millones de hombres esparcidos por todas las partes del orbe.

La revelación es un hecho histórico y, como todos los hechos, debe ser probado por el testimonio y los monumentos auténticos. Por el contrario, la divinidad de la revelación se demuestra por las señales divinas que la han acompañado, es decir, por los milagros y las profecías.

1° El primer testimonio del hecho de la revelación es el pueblo judío, uno de los pueblos más antiguos del mundo. Los judíos afirman que Dios habló al pueblo de Israel por el ministerio de Moisés, y le prometió enviar otro profeta, el Mesías, al que esperan todavía. Toda la historia del pueblo judío supone la revelación divina.

2° Como segundo testimonio del hecho de la revelación, mira en torno tuyo y ve en el mundo entero la humanidad civilizada: más de 1000 millones de hombres, católicos, cismáticos, protestantes, nos dicen a gritos: Dios ha hablado, particularmente por medio de Jesucristo, su Hijo divino hecho hombre, al que nosotros adoramos, y por eso somos cristianos: Jesucristo es el Mesías prometido a Moisés y a los profetas.

Esta incontable generación de nuestros días ha sido precedida por otra generación anterior; ésta por otra, y así sucesivamente durante veintiún siglos. Cortando solamente tres generaciones de 500 millones de cristianos por siglo, tenemos más de , tenemos más de veinte mil millones de hombres que han creído y creen todavía que Dios ha hablado a los hombres. La humanidad cristiana es para nosotros un testimonio perpetuo e irrefutable de la revelación divina.

3° Existe un libro admirable, el más antiguo, el más venerable, el más importante que se conoce en el mundo: se llama la Biblia, o sea, el libro por excelencia.

La Biblia, más que un libro, es una colección de libros que se dividen en dos grandes categorías: los del Antiguo Testamento, anteriores a la venida de Jesucristo, y los del Nuevo Testamento, escritos después de Jesucristo. Estos libros compuestos en distintos tiempos y lugares y por autores diferentes, forman un todo: se encadenan, se explican y se complementan los unos a los otros.

Los cinco primeros libros de la Biblia, llamados el Pentateuco, no cuentan menos de 3.400 años de existencia; resultan, pues, anteriores en más de 500 años a los anales escritos de los pueblos más antiguos. Moisés, autor de los cinco primeros libros, vivió más de mil años antes de Herodoto, el historiador profano más antiguo cuyos escritos hayan llegado hasta nosotros. Lo que da a Moisés una autoridad incomparable es que, después de transcurrir 4.000 años, la ciencia misma viene a confirmar sus narraciones, a pesar de haber intentado mil y mil veces  desmentidas. Los recientes descubrimientos hechos por los sabios en Egipto, en Caldea, en Palestina, hacen resaltar aún más la veracidad de la Biblia.

El Antiguo Testamento encierra 40 libros, divididos en tres clases: libros históricos, libros didácticos y libros proféticos.

Los últimos libros de la Biblia, que forman el Nuevo Testamento, datan de hace 2.000 años, y nos narran el nacimiento, la vida, las obras y la doctrina sublime de Jesucristo, el Mesías prometido y anunciado en los primeros libros de la Biblia. El Nuevo Testamento contiene los cuatro Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, veintiuna cartas o Epístolas y el Apocalipsis.

Nadie puede dudar de la autoridad, del valor histórico y de la veracidad de la Biblia: los proclama la voz de dos grandes pueblos, el pueblo judío y el pueblo cristiano, cuya existencia sucesiva comprende un lapso de tiempo de más de 3.500 años. Millones de judíos y de cristianos han dado la vida por sostener la veracidad de este libro; y otros millones están prontos a morir por la misma causa. ¿Dónde hay un libro, fuera de la Biblia, cuya veracidad haya sido testificada por millones de mártires?

Este libro rodeado del mayor respeto, guardado con religioso cuidado, como tesoro divino que encierra la palabra de Dios, transmitido a través de los siglos, ya por los judíos, ya por los cristianos, no podía sufrir alteración alguna. Era tan imposible alterar la Biblia, como sería imposible, hoy día, alterar el Código civil de una nación cuyos ejemplares se hallan en poder de todos.

Podemos, pues, concluir que los hechos narrados en la Biblia son absolutamente ciertos. Es así que la Biblia nos narra las obras de Dios, su alianza con el hombre y sus divinas revelaciones. Luego es cierto que Dios ha hablado a los hombres.

N. B. – En todos los apologistas modernos, Cauly, Rutten, Devivier, Poey, Gouraud, etc., pueden verse detalladas las pruebas de la autenticidad, integridad y veracidad de los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento. La crítica moderna no se atreve ya a negar la autoridad de los Libros Santos, porque tienen caracteres de veracidad mil veces más notables y seguros que todas las historias del mundo.

 

RELIGIÓN NATURAL Y POSITIVA

 

78. P. ¿Se ha contentado Dios con revelar una religión meramente natural?

R. No; Dios ama tanto al hombre, su criatura privilegiada, que ha querido establecer con él relaciones más íntimas, relaciones sobrenaturales y divinas, llamarlo a su fin sobrenatural, que no es otra cosa que la visión intuitiva del mismo Dios en el cielo. Esta religión sobrenatural no es otra que la religión cristiana.

1° El hombre, por su origen y naturaleza, es solamente criatura y ser servidor de Dios. Dios, por una bondad inefable y completamente gratuita ha querido elevarle a una dignidad más alta, la de hijo adoptivo. Más de una vez se ha visto a un príncipe, noble y rico, elegir a un niño pobre para tomarle por hijo adoptivo y heredero de su nombre, de su dignidad y de sus bienes. Más poderoso que estos señores de la tierra, Dios no se contenta con otorgar, a los que adopta, títulos y esperanzas; les comunica una participación de su propia naturalesa, ennoblece y transforma su alma por la gracia santificante. Como el hierro en la fragua toma el brillo y el calor de fuego; como el globo de cristal que encierra una luz, brilla con las claridades de ésta, así, por la gracia santificante que acompaña la adopción divina, el alma recibe una participación de la naturaleza y de la hermosura de Dios.

2° Tal es la gracia de la adopción divina. Este favor lleva otro en pos de sí; el hijo adoptivo se convierte en heredero. Adoptándonos  por hijos, Dios nos señala por herencia una participación de su propia felicidad, la visión, cara a cara, de su esencia infinita en el cielo.

3° ¿Estos beneficios son debidos a la naturaleza humana? La misma palabra adopción nos dice que estos favores son dones gratuitos a los que el hombre, no tiene derecho alguno. La adopción, por su naturaleza, es un acto libre de generosidad. El extraño y el siervo, por más que hagan, no pueden adquirir el derecho de ser recibidos en el número de los hijos. Con mayor razón, el hombre no podría naturalmente pretender la filiación divina, porque respecto de Dios toda criatura es infinitamente inferior, esencialmente esclava y dependiente. La herencia celestial, pues, es una participación de la felicidad íntima de Dios, y ni las exigencias de nuestra alma ni los méritos naturales de sus facultades pueden darle derecho alguno a ella. Son beneficios superiores a su naturaleza, y su conjunto constituye un orden que se llama orden sobrenatural, por oposición al orden natural.

N. B. – 1° La religión natural y la religión revelada son distintas; la una no es la otra; pero son inseparables. La religión natural es cimiento y sostén del edificio; la religión sobrenatural es la perfección y el coronamiento.

2° La religión revelada encierra todos los dogmas y todos los deberes de la religión natural; sin embargo, ésta nunca ha existido sin aquella porque Dios, desde el principio, quiso someter al hombre a una religión revelada con un fin y medios sobrenaturales.

3° No solamente no puede existir contradicción entre ellas, sino que reina armonía perfecta, porque una y otra son obra de Dios, autor del orden natural como del orden sobrenatural.

 

ORDEN NATURAL Y ORDEN SOBRENATURAL

 

Cada uno de los seres de la creación tiene señalada una función en el universo; tiene su destino, y recibe con su naturaleza los medios que le permitan dirigirse fácilmente y con seguridad a su fin.

El orden es la proporción existente entre la naturaleza de un ser, el fin para el cual ha sido criado por Dios y los medios que le da para alcanzarlo.

Lo natural es lo que viene de la naturaleza, lo que un ser trae consigo al nacer y que debe rigurosamente poseer, sea para existir, sea para ejercer su actividad en vista del fin que le es propio.

Lo sobrenatural es algo sobreañadido, sobrepuesto a lo natural para perfeccionarlo, elevarlo y hacerlo pasar a un orden superior. Así, lo sobrenatural es lo que está por encima del poder y de las exigencias de la naturaleza: es como el injerto que hace que el patrón produzca frutos de una especie superior.

El orden natural para el hombre es el estado de ser racional, provisto de los medios necesarios para alcanzar el fin conforme a su naturaleza.

El orden sobrenatural es el estado al cual Dios eleva al hombre, dándole un fin superior a su naturaleza y medios proporcionados para conseguir este nuevo destino.

I.             Orden natural – Un orden supone tres cosas: 1°, un ser activo; 2°, un fin; 3°, los medios para alcanzar este fin.

En el orden natural, el hombre obraría con las solas fuerzas de su naturaleza. Tendría por fin, por destino, la Verdad suprema y el Bien absoluto, es decir, Dios; un ser inteligente no puede encontrar en otra parte la felicidad perfecta. Como medios naturales, el hombre posee facultades proporcionadas al fin que exige su naturaleza; una inteligencia capaz de conocer toda verdad; una voluntad libre capaz de tender al bien. Estas dos facultades permiten al hombre conocer y amar a Dios, que es la verdad y el bien por excelencia.

Pero, en la vida futura, Dios puede ser conocido y poseído de dos maneras: directa e indirectamente. Se conoce a Dios directamente cuando se le contempla cara a cara; e indirectamente, cuando se le percibe en sus obras. Viendo las obras de Dios, el hombre ve reflejada en ellas, como en un espejo, la imagen de las perfecciones divinas: de este modo se conoce a una persona viendo su retrato.

Ninguna inteligencia creada puede, con sus fuerzas naturales, ver a Dios de una manera directa. Ver a Dios cara a cara, tal como es en sí mismo, es verle como El se ve, es conocerlo como El mismo se conoce, es hacerse participante de un atributo que no pertenece sino a la naturaleza divina. Por consiguiente, si Dios se hubiera limitado a dejarnos en el estado natural, el hombre fiel, durante el tiempo de la prueba, por la observancia de los preceptos de la ley natural, habría merecido una felicidad conforme a su naturaleza. Hubiera conocido a Dios de una manera más perfecta que en esta vida, pero siempre bajo el velo de las criaturas. Hubiera amado a Dios con un amor proporcionado a este conocimiento indirecto, como un servidor ama a su dueño, un favorecido a su bienhechor. En este  conocimiento y en este amor, el hombre habría hallado la satisfacción de sus deseos. No podía exigir más.

Tal es el orden natural. Este orden jamás ha existido, porque el primer hombre fue creado para un fin sobrenatural. Pero era posible. Según la opinión común de los teólogos, los niños muertos sin bautismo obtienen este fin natural... Gozan de una felicidad conforme a la naturaleza humana; conocen a Dios por sus obras, mas no lo pueden ver cara a cara: no contemplan su belleza inmortal sino a través del velo de las criaturas.

II.          Orden sobrenatural – En este orden, el ser activo es siempre el hombre, pero el hombre transformado por la gracia divina, a la manera que el patrón rústico se transforma por el injerto.

El fin sobrenatural del hombre consiste en ver a Dios cara a cara, en contemplar la esencia divina en la plenitud de sus perfecciones. Un niño conoce mucho mejor a su padre cuando le ve en persona, cuando goza de sus caricias, que cuando ve su retrato. Esta visión intuitiva de Dios procura al alma un amor superior y un gozo infinitamente más grande. Así, ver a Dios cara a cara en su esencia y en su vida íntima, amarle con un amor correspondiente a esta visión inefable, gozar de El, poseerle de una manera inmediata, he ahí el fin sobrenatural de los hombres y de los ángeles. Nada más sublime...

El fin exige medios, que deben ser proporcionados al mismo. Un fin sobrenatural pide medios sobrenaturales. El hombre necesita, para alcanzar, este fin superior, de luces que eleven su inteligencia por encima de sus fuerzas naturales; de auxilios que vigoricen su voluntad para hacerle amar al Sumo Bien, como El merece ser amado. Estas luces y estos auxilios se llaman, aquí en la tierra, gracia actual y gracia santificante; en el cielo, luz de la gloria.

La gracia santificante es una participación de la naturaleza de Dios, según las hermosas palabras de San Pedro: Divinae consortes naturae; es una cualidad verdaderamente divina que transforma la naturaleza del alma y sus facultades y se hace en ella el principio de las virtudes y de los hábitos sobrenaturales, moviéndole a ejecutar actos que le merecen un galardón infinito: la participación de la felicidad de Dios. Por la gracia santificante, el hombre deja de ser mera  criatura y siervo de Dios para convertirse en su hijo adoptivo y poseedor de una vida divina.

Así como el fuego penetra el hierro y le comunica sus propiedades, y entonces el hierro, sin perder su esencia, alumbra como el fuego, calienta como el fuego, brilla como el fuego; así también el alma, transformada por la gracia santificante, sin perder nada de su propia naturaleza, tiene, no ya solamente una vida humana o una vida angélica, sino una vida divina. Ve como Dios, ama como Dios, obra como Dios, pero no tanto como Dios. Ya no hay entre ella y Dios tan sólo una vinculación de amistad, sino una unión real. La naturaleza divina la penetra y el comunica algo de sus perfecciones. Sin embargo, el hombre no queda absorbido por esta transformación: conserva su naturaleza, su individualidad, su personalidad. La gracia no destruye la naturaleza, sino que la presupone y perfecciona.

Tal es el orden sobrenatural. Después de esto, se comprende bien que todas las obras hachas sin la gracia santificante nada valgan para merecernos el fin sobrenatural.

 

§ 4° Obligación de abrazar la religión revelada

 

79. P. ¿Estamos obligados de abrazar la religión revelada?

R. Sí; todos los hombres están obligados a aceptar la religión revelada, a creer en sus dogmas, a cumplir sus preceptos y a practicar su culto.

Siendo Dios la verdad suma y la autoridad suprema, tenemos el deber de creer en su palabra y obedecer sus leyes.

No hay libertad de conciencia ante Dios. Todo hombre nace súbdito de la verdad, y está obligado a profesarla en la medida de su conocimiento.

Dios, como Creador, posee un soberano dominio sobre todas sus criaturas. Al crearlas, no renuncia al derecho de perfeccionarlas. Después de haber dotado al hombre de una naturaleza excelente, puede elevarle, si así le place, a un destino más excelente todavía, con lo cual no sólo ejerce un acto de amor, sino también un acto de autoridad: da, pero quiere que se le acepte lo que da. Si la arcilla no tiene derecho para decir al alfarero: ¿Por qué haces de mí un vaso de ignominia?, menos puede decirle: ¿por qué haces de mí un vaso de honor? La obra no puede rehusar la perfección de que quiere dotarla el obrero.

Nobleza obliga es un axioma. Ahora bien, para el hombre, la cualidad de hijo de Dios, la vocación a la gloria del cielo, es la mayor de las noblezas. Quienquiera que llegare a delinquir contra ella, se hace culpable ante el Soberano Señor, y será tratado como esclavo, ya que no ha querido ser tratado como hijo.

Aparte de esto, una vez establecido y probado el hecho de la revelación y de la venida del Hijo de Dios a este mundo, seríamos infieles a la razón misma y a la sana filosofía, si no creyésemos en la revelación. El pecado contra la religión revelada se convierte en pecado contra la religión natural, que enseña claramente que el hombre tiene obligación de someter su razón a la palabra de Dios, creyendo lo que enseña y practicando lo que manda.

 

80. P. Para enseñarnos la verdadera religión, ¿es necesario que Dios hable directamente a cada uno de nosotros?

R. No; esto no es necesario, y ni siquiera conveniente. Basta que Dios instruya a algunos hombres y les confíe la misión de enseñar a sus hermanos la verdadera religión y de probar la divinidad de la propia con señales evidentes.

Para hacernos conocer la religión, Dios puede hablar directamente a cada uno de nosotros, o bien encargar a algunos embajadores que nos hablen en su nombre. El primer método se llama revelación inmediata, y el segundo, revelación mediata.

El primer método lleva consigo graves inconvenientes, y ésta es la razón por la cual Dios no podía, convenientemente emplearlo.

1° Si la revelación divina se hiciera a cada hombre inmediatamente, los impostores podrían dar como revelados por Dios los dogmas y preceptos que más le agradara seguir, sin que pudieran ser convencidos de mentira por la autoridad de una revelación pública y común, pues no existiría. Bien pronto se veían tantas religiones como hombres; con todos los males que pueden resultar de la ilusión y del fanatismo.

2° El género de revelación por vía de enseñanza y de autoridad es más sencillo, porque necesita menos de la intervención sobrenatural de Dios. Es igualmente eficaz: cuando los enviados de Dios nos hablan, estamos tan seguros de la verdad como si nos hubiera hablado El mismo.

Basta que el hombre tenga señales ciertas para comprobar que los que han recibido de Dios la misión de transmitirnos sus disposiciones no se han engañado, ni nos engañan. ¿No se trataría de insensato y rebelde aquel súbdito que se negara a ejecutar las órdenes de su soberano, alegando que él no las ha recibido del príncipe mismo, sino de su intermediario?

3° Tampoco es necesario que cada hombre en particular sea testigo de las señales divinas que dan los legados de Dios para probar su misión. Si así fuera, habría que rechazar todo testimonio histórico, aunque nos ofrezca una verdadera certeza, la certeza moral, que excluye toda duda y aun la más ligera sospecha de error.

OBJECIÓN: ¿Por qué hay hombres intermediarios entre Dios y nosotros?

R. Rechazáis la religión revelada porque os ha sido transmitida por intermediarios entre Dios y vosotros; pero entonces, si sois consecuentes, debéis rechazar todo lo que habéis recibido de Dios por medio de los hombres: la vida, el alimento, el vestido, la educación, el lenguaje que habláis, el nombre que lleváis y los derechos que gozáis en la sociedad... Vuestra pretensión, pues, es absurda.

¿Acaso no necesitáis de los hombres para nacer, alimentaros e instruiros? Pues bien, lo que es verdad para la vida natural debe serlo también para la religión. Entre Dios y nosotros median, en el orden natural, nuestros padres, nuestros maestros de ciencias profanas; entre Dios y nosotros, en el orden de la religión, existen los patriarcas, los profetas, los apóstoles, los sacerdotes, los embajadores de Dios...

Todo lo que podéis exigir, con derecho, a estos embajadores son sus credenciales, las señales evidentes que prueban su misión divina. Nada más.

 

DECRETOS DEL CONCILIO VATICANO SOBRE LA REVELACIÓN

 

Para convencernos de que la doctrina de la Iglesia sobre la necesidad de la revelación es la misma que debemos exponer, veamos lo que enseña el Concilio Vaticano:

“La santa Iglesia, nuestra Madre, afirma y enseña que Dios, principio y fin de todas las, puede ser conocido con certeza por las luces naturales de la razón humana, mediante las cosas creadas; porque las perfecciones invisibles de Dios se hicieron visibles, después de la creación del mundo, por el conocimiento que de El proporcionan sus obras.

“No obstante, es más propio de la sabiduría y de la bondad de Dios el revelarse El mismo a nosotros y descubrirnos los eternos decretos de su voluntad por otro medio, por un medio sobrenatural. Es lo que dice el Apóstol: Dios, que había hablado a nuestros padres muchas veces y de muchas maneras por los profetas, nos ha hablado en estos últimos tiempos y en nuestros días por medio de su Hijo.

“Y gracias a esta revelación divina, todos los hombres pueden, aun en el estado presente del género humano, conocer prontamente, con certeza absoluta y sin mezcla de error, las verdades divinas que no son de suyo accesibles a la razón humana.

“Mas no por eso la revelación es absolutamente necesaria, sino porque Dios, en su bondad infinita, ha destinado al hombre a un fin sobrenatural, es decir, a la participación de los bienes divinos, que superan enteramente la inteligencia humana: pues ni el ojo del hombre vio, ni su oído oyó, ni su entendimiento pudo jamás comprender lo que Dios tiene preparado a los que le aman.”

Cánones. – 1° Si alguno osare decir que el Dios único y verdadero, nuestro Criador y Señor, no puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana, mediante los seres creados, sea anatema.

2° Si alguien dijere que no es posible, o que es conveniente que el hombre sea instruido por la revelación divina acerca de Dios y del culto que le es debido, sea anatema.

3° Si alguien dijere que el hombre no puede ser elevado a un conocimiento y a una perfección que superen a los naturales, sino que por sí mismo puede y debe, por un progreso perpetuo, llegar finalmente a la posesión de toda la verdad y de todo bien, sea anatema.

 

VI. Señales o notas de la revelación divina

 

81. P. ¿Podemos conocer mediante señales ciertas la religión revelada por Dios?

R. Sí; podemos conocerla por señales ciertas e infalibles, y las primeras de entre ellas son los milagros y las profecías.

Si Dios nos impone una religión, ha de dar señales o notas para distinguirla de las religiones falsas: la religión revelada debe llevar la firma de su autor. Un rey tiene su sello real para autorizar sus decretos; un hombre tiene su firma con que subscribe sus cartas. Dios también debe tener un sello, una firma que nadie pueda falsificar. El sello de Dios, la firma de Dios, es el milagro y la profecía.

En lo tocante al milagro y a la profecía, tenemos que considerar tres cosas:

1° Su naturaleza y posibilidad.

2° Su comprobación.

3° Su valor probatorio.

 

 

PRIMERA SEÑAL DE LA REVELACIÓN: El milagro

§ 1° Naturaleza y posibilidad del milagro

82. P. ¿Qué es un milagro?

R. El milagro es un hecho sensible, que suspende las leyes ordinarias de la naturaleza, supera su fuerza y no puede ser producido sino por una intervención especial de Dios, como la resurrección de un muerto, la curación de un ciego de nacimiento.

La palabra milagro designa un acontecimiento extraordinario que excita la admiración y causa sorpresa. Y en este sentido se habla de los milagros del genio, de la elocuencia, de la ciencia, etc. Tomado en este sentido general, el término milagro es completamente impropio. El milagro es un hecho divino que supera las fuerzas de la naturaleza y suspende sus leyes.

Para un verdadero milagro se necesitan tres condiciones:

  Un hecho sensible, capaz de ser visto o percibido por los sentidos; si falta dicha condición, no puede servir como prueba de la revelación.

2° Un hecho contrario a las leyes de la naturaleza. El mundo está gobernado por leyes que Dios ha establecido: el fuego quema; las aguas corren; los muertos no vuelven a la vida. Si el fuego deja de quemar, si el agua se detiene, si un muerto vuelve a la vida, hay suspensión de estas leyes y, por consiguiente, hay milagro.

3° Este hecho requiere una intervención particular de Dios, porque ningún ser creado, por poderoso que sea, puede cambiar nada en las leyes establecidas por el Criador. Sólo Dios posee el poder de hacer milagros.

No hablamos aquí más que de milagros de primer orden, absolutamente divinos, sea en su substancia, sea en su modo. Estos milagros son hechos que por su naturaleza, o por la manera como se realizan, superan realmente el poder de todos los seres visibles e invisibles.

Indudablemente, Dios puede servirse para ejecutarlos, del ministerio de los ángeles o de los hombres; pero ellos no obran ni en nombre propio ni por propio poder, sino en nombre y por poder de Dios, de quien no son más que simples instrumentos. Dios es siempre el agente principal, la causa eficiente del milagro.

Algunos autores dan también el nombre de milagros a hechos que sobrepasan el poder de los seres visibles, pero no el de los espíritus. Para diferenciarlos de los primeros, los llaman milagros de segundo orden. Los ángeles y demonios tienen un poder muy grande, y pueden usar de él; pero sólo con el permiso de Dios. Luego lo ángeles no hacen milagros ni los demonios prodigios, sino cuando Dios lo ordena o permite por razones dignas de su sabiduría.

Dios no puede permitir que el demonio induzca a los hombres a error; por eso es relativamente fácil conocer los prodigios de los demonios. Los teólogos dan reglas para discernir estos prodigios de los verdaderos milagros.

 

83. P. ¿Puede Dios hacer milagros?

R. Sí; Dios puede hacer milagros, porque ha creado libremente el mundo y libremente ha establecido las leyes que lo rigen. Puede, por consiguiente, suspender esas leyes cuando así le plazca.

Decir que el milagro es imposible, equivale a negar la omnipotencia de Dios; es contradecir al sentido común de todos los pueblos; es negar los hechos históricos más ciertos.

Los racionalistas modernos no quieren que el milagro sea posible, porque el milagro aniquila sus falsos sistemas. Por eso claman: ¡Nada de milagros!, ¡el milagro no existe!, ¡el milagro es imposible! Tal es su consigna; pero en cuanto a razones, no aducen ninguna. Cuando nosotros les mostramos milagros patentes, ni se dignan fijar en ellos su atención. ¡Ah!, es que, admitido el milagro, tendrían que rendirse y creer en la existencia de Dios, en una religión revelada, en todo el orden sobrenatural, y eso es precisamente lo que no quieren hacer, cueste lo que costare. No quieren oír hablar de religión, para tener libertad completa en la satisfacción de sus pasiones. ¡Pobres ciegos! ¿Qué ganan con engañarse a sí mismos?... El buen sentido, más clarividente que todas las ciencias críticas del mundo, se obstina en sostener que el milagro es posible.

¿Qué proclama la razón? Ella nos dice que Dios ha establecido libremente las leyes del mundo físico y que, por lo tanto, puede modificarlas a su agrado, hacer excepciones en las mismas, o bien suspender su curso. El ha creado el mundo; ¿no es, por tanto, su dueño? Dios ha creado el ojo del hombre y sus demás órganos, ¿y no podrá rehacer ese ojo, o cualquier otro órgano destruido? ¿Quién se atreverá a sostener que Dios no puede sanar a un renco, curar a un enfermo, resucitar a un muerto? Un oculista sana una catarata; ¿Dios no podrá hacer otro tanto, sin tomar un bisturí, o cortar una fiebre sin administrar quinina? Una fuerza más poderosa puede anular una fuerza inferior; así, la fuerza de mi brazo anula la fuerza del peso. Y, ¿por qué Dios no ha de tener la potestad de detener y dominar las fuerzas de la naturaleza?...

“Si alguien, dice el incrédulo Rousseau, imaginara negar a Dios el poder de hacer milagros, de derogar las leyes que ha establecido, se le honraría demasiado castigándole; bastaría encerrarle en una casa de locos”. Por eso todos los pueblos del mundo han admitido la posibilidad de los milagros. Más adelante veremos que existen verdaderos milagros, perfectamente atestiguados y comprobados.

Por lo demás, el milagro no es solamente posible para el poder de Dios, sino que es muy conforme a su sabiduría. “No sería conveniente, dice Lactancio, que Dios hablara como filósofo que diserta: debe hablar como señor que manda. Debe apoyar su religión, no sobre argumentos, sino sobre las obras de su omnipotencia.”

OBJECIONES: 1° El milagro trastorna las leyes y el orden de la naturaleza; es así que Dios ha querido que esas leyes fueran invariables: luego el milagro es imposible.

R. a) Suponiendo que el milagro trastorna esas leyes, ¿deberíamos concluir que es imposible? No; porque quien tuvo suficiente poder para establecerlas, debe tenerlo también para suspenderlas, para mudarlas y aun para abolirlas si tiene buenas razones para ello. Las leyes de la naturaleza quedan siempre sometidas a la voluntad todopoderosa de Dios. Esas leyes no son en manera alguna necesarias por sí mismas: Dios podría haber dictado otras. Si las leyes matemáticas y las leyes morales son inmutables por naturaleza, por estar fundadas sobre la esencia de Dios, que es siempre la misma, las leyes físicas no lo son, porque Dios las ha establecido libremente, ya que podía haber creado otro orden de cosas.

b) El milagro no destruye ni las leyes ni la armonía de la naturaleza. Es una simple suspensión de una ley en particular y en un caso particular. Esta suspensión no destruye esa ley ni las otras; por todas partes y siempre la excepción no hace más que confirmar la regla. Si el director de un colegio concede un día de asueto, ¿queda acaso por ello abolido el reglamento? Si un soberano, por buenas razones, indulta a un condenado, ¿detiene, por ventura, con eso el curso regular de la justicia? Pues lo mismo sucede en la naturaleza. No se trata de multiplicar milagros y substituir en todo la regla por la excepción. El que un paralítico camine, un ciego vea, un muerto resucite, no impide que la naturaleza siga su curso habitual, y que los hombres queden sujetos a la enfermedad y a la muerte. Luego el milagro no destruye las leyes ni la armonía del universo.

SE DICE TAMBIÉN: Los decretos de Dios son inmutables; es así que una suspensión de las leyes generales supone en Dios un cambio de voluntad: luego el milagro es imposible.

R. Esta objeción es pueril y fruto de una verdadera ignorancia. El milagro no supone cambio alguno en los decretos divinos: por un mismo acto de voluntad eterna, Dios decreta las leyes y las excepciones a estas leyes que quiere producir en el curso de los siglos. Desde toda la eternidad Dios ha concebido el plan de la creación, y el milagro forma parte de ese plan divino. Así, Dios ha decretado que tal momento, con motivo de tal súplica, por una razón digna de sabiduría, suspenderá las leyes ordinarias de la naturaleza. Obrando milagros, Dios no cambia sus decretos, sino que los cumple.

 

§ Comprobación del milagro

 

84. P. ¿Podemos comprobar un milagro?

R. Sí; podemos comprobar el hecho milagroso y conocer con certeza si ese hecho tiene por causa la omnipotencia de Dios.

En todo milagro hay dos cosas: el hecho exterior y sensible y la causa que lo produce.

1° El hecho se comprueba como todos los demás hechos naturales: si es un hecho presente, por el testimonio de los sentidos; si es un hecho pasado, por el testimonio de la historia.

2° Si el hecho sensible deroga las leyes naturales y es superior a las fuerzas de los seres creados, necesariamente debe atribuirse al Creador, puesto que no hay efecto sin causa capaz de producirlo. En este caso, el hecho producido es un milagro. Sólo Dios es dueño de la naturaleza; ésta no obedece a los impostores.

Los racionalistas, vencidos acerca de la posibilidad del milagro, alegan la imposibilidad de comprobarlo, en caso que existiera. Esta pretensión es tan poco razonable como la primera.

En todo milagro se debe distinguir: el hecho en sí mismo y su carácter milagroso; cosas bien fáciles de ser comprobadas.

a) El hecho se comprueba como todo otro hecho sensible, o por los sentidos, o por el testimonio de los que lo han presenciado. Supongamos un ciego reconocido como incurable por los médicos, y que, repentinamente, recobra la vista. ¿Es difícil comprobar que ese individuo era ciego y que ahora ve? No es menester acudir a los sabios; basta el simple buen sentido.

Si yo no soy testigo presencial del milagro, todavía me es posible conocerlo con certeza. Todo hombre razonable cree un hecho cuando se lo afirman numerosos testimonios, constantes y uniformes, de hombres dignos de fe, es decir, de personas que no han podido ser engañadas y que no quieren engañar. Estas son las condiciones de todo testimonio, y se aplican tan bien a los hechos milagrosos como a todos los demás. Aplicando estos principios, puedo estar seguro de la resurrección de un muerto que date de diecinueve siglos atrás, como si se hubiera realizado ante mis ojos; como puedo estarlo de la batalla de Waterloo o de la existencia de París. Negar esto es negar la certidumbre de la historia.

b) El carácter milagroso del hecho puede ser comprobado como el hecho mismo. Supongamos un muerto resucitado. ¿Dónde está la causa de su resurrección? Todo lo que acontece en el mundo supone una causa capaz de producirlo. Un hombre ha pronunciado sobre el muerto estas palabras: ¡Levántate! Evidentemente esta sencilla expresión no podía resucitarlo. Es una ley bien comprobada que la palabra humana nada puede sobre un cadáver. Por consiguiente, si la resurrección se ha realizado, es en virtud de un poder superior. ¿Cuál es este poder? Todos los seres creados, visibles e invisibles, son incapaces de destruir las leyes establecidas por el Criador. Para resucitar un muerto se requiere un poder infinito. Por tanto, sólo Dios ha podido dar a la palabra humana tan grande eficacia. No es menester una comisión de sabios para comprobarlo: basta tener ojos y una pequeña dosis de buen sentido.

Si hay casos en que las leyes de la naturaleza no aparecen evidentemente violadas, o si se duda de que el hecho supere todas las fuerzas creadas, entonces la prudencia nos obliga a suspender todo juicio.

N. B. – Para probar la revelación, Dios se sirve de milagros tan evidentes, que es imposible no distinguirlos con certeza.

OBJECIONES: 1° ¿Cómo poder saber si un hecho comprobado supera todas las fuerzas de la naturaleza? ¿No sería necesario para esto conocer todas sus fuerzas y todas sus leyes?

R. No, no es necesario, y sostener la afirmativa nos conduciría a la destrucción de todas las ciencias naturales. Es cierto que nosotros conocemos algunas de estas leyes. Sabemos, sin que haya lugar a duda, que un muerto no vuelve a la vida, que el fuego tiene la virtud de quemar, que una llaga antigua no se cicatriza repentinamente, y mil otras leyes por el estilo. Todo lo que se manifieste en oposición directa a una ley conocida de la naturaleza, no puede nunca ser producido por fuerzas naturales. Luego hay bastantes casos en los cuales podemos juzgar con certeza del carácter de un hecho. Cuando este carácter no es evidente, debemos abstenernos de emitir juicio; pero este caso dudoso no perjudica en nada a los casos anteriores.

Hay ojos que no son capaces de precisar en un arco iris el límite exacto entre el color rojo y el amarillo, y sin embargo, todo ojo sano puede reconocer líneas que son indiscutiblemente rojas y otras que son amarillas. Lo mismo sucede con los milagros. No se puede afirmar siempre si un determinado hecho es realmente un milagro; sin embargo, se puede indicar hechos que son, con toda certeza, verdaderos milagros.

“No es necesario conocer todas las leyes de la nación, ni todos los artículos del código, para asegurar que el homicidio voluntario constituye una infracción de la ley. Tampoco es necesario conocer todos los recursos de la medicina para saber que con un poco de saliva no se cura a un ciego de nacimiento, y que con una simple palabra no se hace salir del sepulcro a un cadáver.

“En nuestros días hay quien opone a los verdaderos milagros los efectos del hipnotismo y de la sugestión. Que el poder de la sugestión produce fenómenos nerviosos más o menos extraordinarios, es indudable. Que puede calmar y aun curar enfermedades nerviosas, también se comprende. Pero devolver la vista a los ciegos de nacimiento, el oído a los sordomudos, curar llagas y úlceras, he ahí lo que no puede hacer. La imaginación y la voluntad son impotentes para renovar los órganos destruidos, así como para darles vida”(1).

Se oponen los descubrimientos de la ciencia moderna. Si nuestros abuelos, se dice, resucitaran, quedarían deslumbrados ante nuestros telégrafos, nuestros ferrocarriles, nuestros teléfonos, etc.

R. Es fácil distinguir entre el verdadero milagro y los prodigios de la ciencia. No cabe duda que muchos fenómenos, extraordinarios en otros tiempos, se han hecho vulgares al paso que se ha ido conociendo mejor la naturaleza y sus fuerzas; un gran número de cosas, imposibles hoy para nosotros, no lo serán para nuestros nietos. Mas dos caracteres distinguirán siempre el hecho milagroso y lo diferenciarán de los demás prodigios.

a) En todos los procedimientos de la ciencia hay siempre un intermediario entre la causa y el efecto; el calor y el agua en la máquina de vapor; el hilo y el aparato de los telégrafos y teléfonos... En el descubrimiento de estos intermediarios está empeñada la ciencia. Nada parecido acontece con el milagro: Jesús llama a Lázaro, y éste, muertos de cuatro días, sale del sepulcro. ¿Dónde está el intermediario?... Una cosa es llevar a cabo tal o cual hecho, mediante el empleo ingenioso de las fuerzas de la naturaleza, y otra muy distinta hacerlo sin el auxilio de la fuerza natural.

b) Se puede repetir los fenómenos científicos tantas veces como se quiera; basta poner la causa, y el efecto se sigue necesariamente. El milagro, en cambio, no se renueva; nadie intentará resucitar a un muerto con la palabra; tan convencido está todo el mundo de que el prodigio de Betania es un hecho excepcional, fuera de las leyes constantes de la naturaleza. Estos dos caracteres bastan para  distinguir el milagro de todos los inventos presentes y futuros.

 

§ 3° Fuerza probatoria del milagro

 

85. P. Los verdaderos milagros, ¿prueban de una manera cierta la divinidad de la religión?

R. Sí; porque ellos son la señal, el sello, la firma que Dios pone a todas sus revelaciones para mostrar que El es su autor. Luego una religión confirmada por verdaderos milagros no puede venir sino de Dios.

Un solo milagro perfectamente comprobado demuestra la divinidad de una religión, porque Dios no puede aprobar el error, ni favorecerlo mediante milagros: de lo contrario, engañaría a los hombres atestiguando una falsa doctrina.

El milagro de primer orden no puede tener más autor que Dios. Si ese milagro ha sido hecho en confirmación de una doctrina, es Dios mismo quien la confirma y le aplica su sello divino. Es así que repugna el supuesto de que Dios confirme el error, porque engañaría a los hombres. Luego cuando un hombre propone una doctrina como divina, y la apoya con un milagro verdadero, es Dios mismo quien marca esta doctrina con el sello de su autoridad. Este hombre no puede ser un impostor, y la doctrina que enseña es necesariamente divina.

1° Un solo milagro prueba, en primer lugar, la existencia de Dios, porque el milagro es un hecho divino; luego supone una causa divina.

2° Un solo milagro obrado en favor de una religión, prueba la verdad de toda ella. Dios es la verdad por esencia: no puede autorizar una religión falsa entre hombres, dándole, aunque sólo sea por una vez, el menor signo exterior de divinidad. De otra  suerte, los hombres serían inevitablemente engañados, por culpa de Dios, a vista de una señal divina que, por su naturaleza, es el sello verdadero de la religión divina. Por consiguiente, si veo un milagro, un solo milagro en una religión, puedo exclamar con certeza: ¡he ahí la verdadera religión!

3° El milagro es un título auténtico de fe para la misión de aquél que lo produce. Es una demostración clara, breve y perentoria de que Dios le envía. ¿Qué hace un soberano de este mundo cuando envía un embajador a otro príncipe? Le da una credencial autenticada con el sello real. Dios procede como los príncipes de este mundo: cuando envía sus embajadores a los hombres, les da la credencial más cierta, la más segura, la más auténtica: el milagro.

“El milagro, dice el Cardenal Pie, es el verdadero eje y fundamento de la religión cristiana. Ni en la persona de sus profetas ni en la persona de su Hijo, Dios ha tratado de demostrar, por razonamientos de ninguna clase, la posibilidad de las verdades que enseñaba o la conveniencia de los preceptos que intimaba al mundo. El habló, mandó y, como garantía de su doctrina, comgo justificación de su autoridad, obró el milagro... No nos es, pues, permitido, en forma alguna, abandonar o debilitar, relegándolo a segundo término, un orden de pruebas que ocupa el primer puesto en la economía e historia del establecimiento cristiano. El milagro, que pertenece al orden de los hechos, es, para las multitudes, infinitamente más probatorio que todas las otras clases de argumentos: mediante él, una religión revelada se impone y se populariza.”

 

SEGUNDA SEÑAL DE LA REVELACIÓN: La Profecía

 

§ 1° Naturaleza y posibilidad de la profecía

 

86. P. ¿Qué es la profecía?

R. Es la predicción cierta de un acontecimiento futuro, cuyo conocimiento no puede deducirse de las causas naturales. Tales son, por ejemplo, el nacimiento de un hombre determinado, los actos de este hombre anunciados muchos siglos antes.

La profecía se diferencia esencialmente de la conjetura; es cierta y absolutamente independiente de las causas naturales. Así, las predicciones del astrónomo que anuncia los eclipses; las del médico que predice las resultas de una enfermedad; las de un hombre de Estado que prevé un cambio político, no son profecías: son deducciones de causas naturales conocidas. El demonio, superior al hombre en inteligencia, puede hacer conjeturas más serias que las del hombre, pero no puede hacer profecías, porque no conoce lo porvenir.

¿Qué se requiere para una verdadera profecía? – Se requiere: 1°, que la predicción se haga antes del acontecimiento y con tanta certeza, que no quepa duda alguna respecto de su existencia; 2°, que el hecho anunciado sea de tal naturaleza, que ninguna inteligencia creada pueda preverlo por medio de las causas naturales; 3°, que el hecho se cumpla según la predicción, porque la profecía en tanto prueba, en cuanto el acontecimiento anunciado la justifica.

¿Cuáles son los acontecimientos que no pueden ser conocidos por la ciencia? – Son aquellos que dependen de la libre voluntad de Dios o de la libre voluntad del hombre. Y como estas cosas no dependen de las causas naturales, el profeta no puede verlas en ellas. No puede verlas sino donde están, en la inteligencia de Dios, que es el único que conoce lo por venir. Por consiguiente, la profecía es un milagro del orden intelectual, una palabra divina.

 

87. P. ¿Dios puede hacer profecías?

R. Sí; Dios puede hacer profecías, o por sí mismo o por sus enviados, porque El conoce el porvenir y puede manifestarlo a los hombres. Los hombres que reciben estas comunicaciones divinas y predicen lo futuro, se llaman profetas.

Dios conoce lo por venir. La ciencia de Dios es infinita: abraza a la vez lo pasado, lo presente y lo futuro. Así Dios conoce lo mismo las cosas futuras que las presentes; lo mismo los actos futuros de las causas libres que los de las causas necesarias. Si Dios no quisiera los acontecimientos sino cuando se realizan, su ciencia no sería infinita, y Dios no sería Dios. Para El no hay ni pasado ni futuro, sino un eterno presente.

Dios puede manifestar a los hombres el conocimiento de estos sucesos futuros, porque si Dios nos ha otorgado el don de hablar, ¿por qué se habría El mismo reducido al silencio? Por lo tanto, Dios puede hacer profecías y levantar una punta del velo que oculta a los hombres lo por venir.

Tal es la creencia de todos los pueblos. Todos, paganos, judíos, cristianos, han creído en las profecías; todos han conservado el recuerdo de los oráculos que anunciaban al Libertador del mundo, al Deseado de las naciones; lo que prueba que todos los pueblos han atribuido a Dios el conocimiento del futuro.

OBJECIÓN: ¿Cómo se puede conciliar la prescencia de Dios con la libertad del hombre?

R. 1° La razón nos dice que Dios conoce lo por venir y que nosotros somos libres: esto nos basta. En el orden natural hay muchas cosas que no podemos comprender, y, ¿tendríamos la pretensión de querer comprender los atributos infinitos de Dios? La criatura, limitada y finita, no puede comprender lo infinito.

2° La ciencia de Dios no destruye nuestra libertad, porque Dios ve nuestras acciones tales como son, es decir, libres. De lo alto de una torre, yo veo a un hombre que se va a arrojar a un precipicio: ¿mi mirada puede influir algo en la libertad de su acción? Evidentemente no. Es indudable que el hombre ejecuta las acciones que Dios ha previsto, pero no las hace porque Dios las haya previsto: al contrario. Dios no las hubiera previsto si el hombre no las hubiera de hacer libremente bajo la mirada divina.

Toda la dificultad viene de la palabra prever: pon en su lugar la palabra ver, que es la exacta, y la dificultad desaparece. Dios ve, con una visión simple y eterna, todo lo que para nosotros todavía es futuro. Pero la visión de Dios no muda la naturaleza de las cosas futuras. Dios ve todo lo que harán las criaturas libres, sin influir de modo alguno en su libertad. Pues así como Dios, por lo mismo que es inmenso, está presente en todos los espacios, del mismo modo está presente en todos los tiempos, porque es eterno e inmutable.

 

§ 2° Comprobación de la profecía

 

88. P. ¿Cómo se conoce que una profecía es realmente divina?

R. Una profecía es realmente divina, si está hecha en nombre de Dios antes del acontecimiento que predice; si el acontecimiento se verifica según la predicción; si no es un efecto de la causalidad; si no podía ser previsto por medio de causas naturales.

La predicción y la realización del acontecimiento son hechos sensibles a los cuales se les pueden aplicar las reglas ordinarias de la ciencia histórica. El examen del hecho y de sus circunstancias permite juzgar si se puede atribuir la previsión a causas naturales y el cumplimiento a la causalidad.

Habitualmente, para hacer aceptar una profecía relativa al Mesías y de una realización lejana, los profetas hacían un milagro, o añadían una profecía relativa al pueblo judío, cuya realización debía cumplirse ante sus ojos. “Los libros de los profetas contienen profecías particulares mezcladas con las del Mesías, a fin de que las profecías del Mesías no quedaran sin pruebas y las profecías particulares no quedaran sin frutos”. – (Pascal.)

 

§ 3° Valor probatorio de la profecía

 

89. P. La profecía, ¿es una prueba de la divinidad de la religión?

R. Sí; la profecía es la palabra de Dios, como el milagro es su obra. Es así que Dios no puede confirmar el error con la autoridad de su palabra. Luego una religión que se apoya en verdaderas profecías posee en su favor un testimonio divino.

La profecía es sin duda un verdadero milagro en el orden intelectual y posee, por consiguiente, la misma fuerza demostrativa que el milagro. Es un sello divino, una señal infalible de la revelación divina. Todos los pueblos han dado este significado a las profecías, las cuales, como el milagro, son un medio cierto para conocer la verdadera religión.

 

DECRETOS DEL CONCILIO VATICANO

 

“Puesto que el hombre depende todo entero de Dios, su Criador y Señor, y que la razón creada está completamente sujeta a la Verdad increada, cuando Dios revela, estamos obligados a someterle plenamente nuestra inteligencia y nuestra voluntad por la fe. Pero la fe, según las enseñanzas de la Iglesia Católica, es una virtud sobrenatural, por la cual, prevenidos y ayudados por la gracia de Dios, creemos verdaderas las cosas que El ha revelado, no por su evidencia intrínseca percibida mediante la luz natural de la razón, sino a causa de la autoridad de Dios mismo, que revela y que no puede engañarse ni engañarnos. La fe es, según el Apóstol, la substancia de lo que esperamos y la convicción de aquello que no vemos.

“Sin embargo, a fin de que el homenaje de nuestra fe estuviera de acuerdo con la razón, Dios ha querido añadir a los socorros interiores del Espíritu Santo, pruebas exteriores de su revelación, es decir, hechos divinos, y particularmente los milagros y las profecías. Estos hechos, mostrando luminosamente la omnipotencia y la ciencia infinita de Dios, son señales muy ciertas de la revelación divina y apropiadas a la inteligencia de todos. Por tal razón, tanto Moisés como los profetas, y especialmente nuestro Señor Jesucristo, han hecho tantos y tan manifiestos milagros y profecías. Leemos de los Apóstoles: Y saliendo, predicaron en todas partes, cooperando el Señor, y confirmando su doctrina con los milagros que se seguían(1). – También está escrito: Tenemos asimismo la palabra profética más firme que el testimonio de los sentidos, y a la que hacéis bien en estar atentos, como a una antorcha que brilla en un lugar obscuro(2).”

Cánones.  – 1° Si alguien dijere que la razón humana es independiente, de tal suerte que Dios no puede imponerle la fe, sea anatema.

2° Si alguien dijere que la fe divina no se distingue de la ciencia natural de Dios y de las cosas morales y, por consiguiente, que no es necesario para la fe divina que una verdad revelada sea creída a causa de la autoridad de Dios que revela, sea anatema.

3° Si alguien dijere que la revelación divina no puede ser hecha creíble por señales exteriores, y que los hombres no deben ser llevados a la fe, sino por una experiencia interna y personal o por una inspiración privada, sea anatema.

4° Si alguien dijere que no hay milagros posibles, y que, por consiguiente, todas las narraciones de milagros, aun los de la Sagrada Escritura, deben ser rechazadas como fábulas y mitos; o bien que los milagros nunca pueden ser conocidos con certeza y que no constituyen una prueba verdadera del origen divino de la religión cristiana, sea anatema.

 

APENDICE

 

Los misterios de la religión

 

Lo que el racionalismo rechaza en la religión revelada son los misterios. Esta palabra les sirve, a la vez, de arma para combatir la revelación y de pretexto para no admitirla. Sólo admite las verdades del orden natural; quiere comprenderlo todo. Afirma que la fe en los misterios no es razonable. Vamos a refutar estas afirmaciones absurdas del racionalismo moderno.

Cuatro cosas hay que considerar acerca de los misterios:

1° Su naturaleza. –  2° Su existencia. – 3° Su racionalidad. – 4° Su utilidad.

 

§ 1° Naturaleza del misterio

 

90. P. ¿Qué es un misterio?

R. Un misterio, en general, es una verdad que el hombre conoce, pero que no comprende.

Un misterio de la religión es una verdad revelada por Dios, que nosotros debemos creer porque El lo dice, pero que nuestra razón no puede comprender.

La palabra misterio significa cosa oculta; es una verdad conocida, pero no comprendida. El misterio no es una cosa imposible, puesto que existe.

No es tampoco una cosa ininteligible, pues los misterios tienen un sentido perfectamente inteligible, y si no comprendemos el cómo de esas verdades, comprendemos lo que ellas significan. El misterio no es contrario a la razón; es simplemente superior a la razón, que no puede comprender cómo lo que se le dice existe de tal manera. El misterio no es una cosa que se cree sin motivo: en tanto se le admite en cuanto la razón ve claramente que debe ser admitido.

El misterio es una verdad cierta, pero oculta; una verdad cuya existencia conocemos, pero cuya naturaleza se esconde a nuestra inteligencia. Pero como una verdad puede estar oculta en Dios o en la naturaleza creada, debemos concluir que hay misterios de Dios y misterios de la naturaleza.

Los misterios de la naturaleza son hechos o leyes que la experiencia nos hace conocer, pero cuya esencia íntima la razón no puede todavía explicar ni comprender: tales son la electricidad, la luz, la vida...

Los misterios de la religión son verdades ocultas en Dios que la razón no puede conocer si Dios no las revela, y que, aun reveladas, el hombre no puede comprenderlas: tales son los misterios de la Santísima Trinidad, de la Encarnación, de la Eucaristía...

 

91. P. ¿No hay alguna diferencia entre los misterios de la naturaleza y los de la religión?

R. Hay dos grandes diferencias entre estas dos clases de misterios: la una proviene de su objeto, la otra, de la manera como nosotros conocemos la existencia de entrambos.

1° Los misterios de la naturaleza tienen por objeto los seres creados y las leyes que los rigen. Los misterios de la religión tienen por objeto la naturaleza de Dios y sus designios sobre el hombre.

2º Los misterios de la naturaleza nos son conocidos, ya por la experiencia ya por el raciocinio. El trabajo de la ciencia consiste en descifrar estos misterios de la creación.

Los misterios de la religión no pueden ser conocidos sino por el testimonio de Dios que los revela. Este testimonio divino es para nosotros, en el orden religioso, lo que la experiencia en el orden material; es un hecho visible que comprueba una cosa invisible: nos testifica los misterios de Dios. La virtud de la fe nos hace creer en los misterios revelados a causa de la autoridad y de la veracidad de Dios que los revela.

3º Los misterios de la naturaleza pueden ser más o menos comprendidos por ciertas inteligencias creadas, sobre todo por los ángeles, que pueden leer los pensamientos de Dios manifestados y, por decirlo así, escritos en la creación.

Los misterios de la religión no pueden ser perfectamente comprendidos por ninguna inteligencia creada. Son secretos escondidos en la esencia divina; superan el alcance de las fuerzas naturales de todo entendimiento finito.

Indudablemente, hay muchas verdades ocultas en Dios cuya existencia ignoramos, pero que, una vez que Dios nos las ha manifestado, son comprendidas por nosotros; a esta clase pertenecería la institución de la Iglesia, el primado del Papa, etc. Estas verdades no son verdaderos misterios. Los misterios son verdades ocultas en lo infinito de Dios, y aun entonces cuando estos secretos divinos nos son revelados, no podemos tener una clara noción de ellos; quedan siempre envueltos en la obscuridad.

La revelación que Dios nos hace de un misterio nos muestra que una cosa existe, sin enseñarnos la manera como existe. Análogamente revelamos nosotros a los ciegos de nacimiento los fenómenos de la visión, de los que ellos no dudan, pero que no comprenderán jamás. Cuando entremos en el cielo, Dios hará capaz a nuestra inteligencia de ver lo que ahora estamos obligados a creer sin comprenderlo.

 

§ 2º Existencia del misterio

 

92. P. ¿Hay misterios en la naturaleza?

R. Sí; en la naturaleza hay un gran número de cosas ocultas, cuya existencia es muy cierta, pero que los hombres no pueden comprender, porque la inteligencia humana es imperfecta. La razón, como el ojo, tiene límites más allá de los cuales no alcanza a ver.

Más aún: como no todas las inteligencias tienen la misma extensión, resulta que hay verdades comprendidas por unos que permanecen ocultos para otros, que las creen sin comprenderlas. Sólo Dios, inteligencia infinita, ve claramente todas las cosas y únicamente para El no hay misterios.

1º El misterio se halla en todas partes de la creación. El hombre, por sabio que sea, no sabe el todo de nada: la esencia de las cosas es para él impenetrable. ¿Qué es la materia, la atracción, la luz, el calor, la electricidad? Misterio. ¿Qué es la vida? ¿Cómo un grano de trigo produce una espiga, una semilla pequeña se transforma en sangre, en nervios, en huesos? Misterio. ¿Cómo nuestra alma está unida a nuestro cuerpo? ¿Cómo la voluntad tiene dominio sobre los órganos? ¿Cómo la palabra comunica las ideas? He ahí otros tantos misterios que escapan a la penetración de los sabios.

La ciencia comprueba los hechos y las leyes de la naturaleza, pero no los explica; confiesa su impotencia. “Es preciso reconocer que, sin remontarse al origen de las cosas, la ciencia no tiene delante de sí más que misterios: la atracción, el calor, la constitución de los cuerpos, la luz, la electricidad, el magnetismo, la vida... El saber humano tropieza a cada momento con secretos impenetrables, tanto en el mundo físico como en el hombre mismo.” – (MASQUART, miembro del Instituto.)

2º Hay verdades que son evidentes para unos y misterios para otros. La razón del sabio comprende ciertas verdades científicas que son misterios para el común de los mortales: que el sol está inmóvil, que la tierra gira, que es posible medir la distancia de la tierra al sol... Si entre la razón del sabio y la del ignorante existe tal desigualdad, que lo que es evidente para uno es misterio para el otro, ¿con cuánta mayor razón no debe existir esta desigualdad entre la inteligencia del hombre y la de Dios?

Los que se encuentran al pie de la montaña no ven lo que ven aquellos que se hallan más arriba: cada uno ve según el grado de su elevación. Sólo Dios se halla en la cumbre de la montaña y lo abarca todo con su mirada. Lo que Dios dice que existe es evidencia para El, que lo ve, y misterio para nosotros, que no lo vemos.

 

93. P. ¿Es sorprendente que haya misterios en la religión?

R. Al contrario: más sorprendente sería que no los hubiera. La religión tiene por autor y objeto a Dios, Ser infinito. Pero como lo infinito es incomprensible para toda inteligencia creada y limitada, no debe sorprendernos que haya misterios en la religión.

Además, estando el mundo lleno de misterios, no debe maravillar a nadie hallar misterios en la religión, que nos habla de Dios, Creador del mundo.

Fuera de eso, una religión sin misterios no puede ser sino una religión falsa o muy imperfecta; porque Dios, al revelarnos la verdadera religión, ha debido manifestar sus perfecciones infinitas, perfecciones cuya naturaleza supera el alcance de nuestra inteligencia; de donde resulta que los misterios son un sello, una señal de una religión divina.

1º Los misterios de la religión están en la naturaleza de las cosas. El ser eterno es necesariamente infinito y, por consiguiente, incomprensible para toda inteligencia creada. La revelación es la expresión del pensamiento divino que se comunica a la inteligencia del hombre. Ahora bien, este pensamiento infinito, al caer en la ínfima capacidad de la inteligencia humana, debe necesariamente rebosar por todas partes. Es el océano que vierte su inmensidad en un hoyo de sus orillas; una gota de agua lo llena, la inmensidad desborda. ¿Y qué culpa tiene el océano de que el hoyo no encierre su inmensidad, de que no pueda contenerlo? Ha ahí la razón del misterio.

Por más generoso que Dios sea con nosotros, no puede hacer que nosotros nos hagamos una misma cosa con El. Dios dilata el vaso de nuestra inteligencia, pero no puede igualarlo a la verdad infinita que se halla en El. Así como hay objetos que están fuera del alcance de nuestros telescopios, así también hay en la inmensidad de la esencia divina verdades que están fuera del alcance de nuestras inteligencias limitadas: estas verdades inaccesibles se llaman misterios.

2º Según hemos probado ya, existe en el orden de la naturaleza creada visible, palpable, finita, una multitud de misterios, es decir, de hechos y leyes cuya esencia, causa y modo de ser hasta los sabios ignoran. Con mayor razón, pues, debe existir en la naturaleza divina, increada, invisible, impalpable, infinita, una multitud de misterios que superan la inteligencia creada. Si el hombre pudiera comprender perfectamente a Dios, sería necesario concluir que es igual a Dios, o que Dios no es infinito, lo que es un absurdo.

El hombre que rechazara la verdad religiosa por no poder comprenderla totalmente, se parecería al insensato que negara la existencia del sol, porque, al abrir la ventana de su alcoba, no ha podido encerrar en ella toda la luz del astro rey.

Por lo demás, los misterios en que Dios nos obliga a creer son bien pocos comparados con los de la naturaleza. Esto quiere decir que la ciencia impone a nuestra inteligencia más sacrificios que la religión.

3º Los misterios constituyen el lado divino del Cristianismo, porque la razón humana no inventa lo que no comprende. Jamás habría podido el hombre sospechar siquiera los misterios de la Santísima Trinidad, de la Encarnación, de la Redención y de la Eucaristía. Sólo Dios ha podido revelar al hombre verdades tan sublimes y tan incomprensibles. No es, pues, obra del hombre la religión que tales cosas enseña, sino obra de Dios. Por lo mismo, en vez de rechazar la religión a causa de sus misterios, hay que aceptarla con mayor gusto, porque estos misterios la marcan con el sello de la divinidad.

Un sabio decía con gran sensatez: “Si yo comprendiera los misterios, me costaría más creerlos. Desconfío de un sistema de religión demasiado humano y que el hombre sea capaz de imaginar. Dios habla: habla de Dios: lo que me enseña debe ser superior a mi razón... Una luz finita no basta para comprender lo infinito”.

 

 

 

§ 3º Racionalidad de los misterios

 

94. P. ¿Es razonable creer en los misterios?

R. Sí; nada más razonable que creer en los misterios de la religión, puesto que es Dios, la verdad por esencia, quien nos los ha revelado.

Si es razonable que un niño crea, fundado en la palabra de su padre, en cosas que no comprende; que un ignorante acepte, fundado en la palabra de los sabios, las verdades científicas a las que su inteligencia no alcanza; ¿no es mucho más razonable creer en los misterios por la palabra de Dios, que jamás puede engañarse ni engañarnos?

1º Por la fe creemos los misterios fundándonos en la autoridad de la palabra de Dios. Es indudable que para creer podemos exigir una demostración en regla de la revelación divina. Pero si está probado por la historia que Dios ha hablado y que ha revelado misterios, debemos creerlos sin vacilar. Desde el momento que su palabra es conocida, poco importa que Dios nos revele cosas comprensibles o no; su palabra es siempre infalible. La razón nos dice que la inteligencia finita debe someterse a la inteligencia infinita.

Diariamente admitimos sin temor de engañarnos, misterios en la naturaleza y en las ciencias, porque ellos nos son atestiguados por la experiencia o por los sabios. Con mayor razón debemos admitir los misterios de la religión atestiguados por la palabra infalible de Dios.

2º La fe en los misterios no es una sumisión ciega; tiene sus motivos que dan una certeza igual y aun superior a la de la ciencia. Si el fiel cristiano no puede decir: Creo porque comprendo, dice con seguridad, haciendo un acto de fe: Creo porque tengo la certeza de que Dios mismo ha revelado los misterios, y Dios no puede ni ensañarse si engañarme.

“El hombre, tan lejos está de humillarse creyendo la palabra de Dios, que, antes bien, ejecuta un acto glorioso y fecundo. Así como el telescopio extiende el campo de la visión, así la fe ensancha el horizonte natural del espíritu y le permite penetrar extasiado, en un mundo superior, cuyas maravillas vislumbra.” – (PORTAIS.)

 

95. P. ¿Son contrarios a la razón los misterios?

R. No; los misterios están por encima de la razón, pero no son contrarios a ella. Dios es quien da al hombre la razón, y Dios es quien nos manifiesta los misterios. Pero como Dios no puede contradecirse, y se contradiría si nos obligara a creer cosas contrarias a la razón que El nos ha dado, debemos concluir que, entre estas dos luces que parten del mismo centro, la razón y la fe, no puede existir oposición alguna.

Por otra parte, la ciencia teológica ha demostrado que todos los dogmas cristianos, se hallan tan lejos de contradecir a la razón del hombre, que, al contrario, están conformes con ella y corresponden a las necesidades de su naturaleza.

Lo que es contrario a la razón es absurdo, repugna al sentido común, es radicalmente imposible; mientras que lo que está sencillamente por encima de la razón es muy posible, puede muy bien existir, aunque nuestra razón no lo pueda comprender.

Si fuera posible hallar contradicción en los misterios revelados, nos quedaría por explicar el más sorprendente de todos. ¿Cómo después de casi dos mil años, tantas inteligencias superiores, tantos penetrantes ingenios ha abrazado nuestros misterios, sin creerse obligados a renunciar a la razón y repudiar la ciencia? Si nuestros misterios son absurdos, ¿Cómo espíritus tan selectos como San Agustín, Santo Tomás de Aquino, Bossuet, Pascal, Descartes, Leibnitz, Newton, Chevreul, Pasteur, etc., han podido creer en cosas absurdas y contradictorias? Esto no es posible. Fuera de eso, para comprender cuán luminosos y fecundos son nuestros misterios cristianos basta leer la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino, o bien a la obra de Bossuet, Elevaciones sobre los misterios.

Las pretendidas contradicciones que los incrédulos quieren hallar en los misterios reconocen dos causas:

1º Los incrédulos no exponen los dogmas de la fe conforme al pensamiento de la Iglesia; y así vemos que acerca del misterio de la Santísima Trinidad, los incrédulos dicen: Dios no puede ser a la vez uno y tres. Esto es completamente cierto, pero nunca la Iglesia ha dicho que tres sean uno; ella dice que en Dios hay tres personas y una sola naturaleza divina; tres con relación a las personas y uno con relación a la naturaleza. ¿Dónde está, pues, la contradicción? Un triángulo tiene tres ángulos; nuestra alma tiene tres potencias distintas y, sin embargo es una.

2º Ellos quieren comparar objetos completamente heterogéneos. Si un ciego de nacimiento quiere comparar los fenómenos de la visión que se le explican con las sensaciones del tacto, no puede menos de hallar contradicción entre los unos y las otras. Nosotros no conocemos los atributos de Dios sino por analogía. La analogía es una especie de semejanza que existe bajo ciertos aspectos entre dos objetos diferentes. Pero semejanza no significa identidad, y comparación no es razón. Si de la naturaleza y personas divinas nos formamos la misma idea que tenemos de la naturaleza y persona humanas, hallaremos que hay contradicción en decir que tres personas divinas no son más que un solo Dios. Pero la comparación entre la naturaleza infinita y una naturaleza limitada es evidentemente falsa.

 

§ 4º Utilidad de los misterios

 

96. P. ¿Por qué Dios nos revela misterios?

R. Dios nos revela misterios, primero, para pedirnos la humilde sumisión de nuestro espíritu por la fe, como nos pide la de nuestro corazón por el amor y la de nuestra voluntad por la sumisión a sus leyes.

Pero lo hace, sobre todo, para instruirnos acerca de nuestro destino sobrenatural y enseñarnos verdades admirables cuyo conocimiento santifica nuestra vida. La revelación de los misterios es, pues, grandemente útil a la gloria de Dios y a nuestra salvación.

1º La revelación de los misterios nos brinda ocasión para ofrecer a Dios el homenaje más grande que le podamos ofrecer. Al inclinar nuestra razón ante la palabra de Dios, le sometemos lo mejor que poseemos, lo que nos diferencia del bruto y nos aproxima al ángel: la inteligencia. He ahí por qué el acto de fe en los misterios acrecienta el mérito del hombre, puesto que no hay mérito en creer lo que se ve o se comprende.

2º La razón principal por que Dios nos revela misterios es para instruirnos acerca de nuestro destino sobrenatural y de los medios necesarios para alcanzarlos. Porque, en hecho de verdad, todos los misterios se enderezan a un fin único: la salvación del género humano por la mediación de Jesucristo. El misterio de la Redención es, pues, el dogma esencial de la religión cristiana. Este misterio supone el de la Encarnación del Hijo de Dios, que, revestido de nuestra naturaleza, era el único que podía satisfacer a la justicia divina por los pecados de los hombres.

Ahora bien, ¿cómo podríamos nosotros concebir el misterio de la Encarnación, si previamente se nos dijera que en Dios hay tres personas? El misterio de la Santísima Trinidad, que nos parece el más difícil de creer, nos ha sido revelado para darnos con él la llave de los otros. Así, todos los misterios revelados convergen hacia nuestro último fin, fin sobrenatural al que Dios se ha dignado llamarnos. El Criador se muestra muy considerado con la razón humana y nos revela más que los misterios necesarios para la salvación.

3º Los misterios cristianos son como el sol: impenetrable en sí mismo, ilumina y calienta la tierra y no deslumbra sino al ojo audaz que quiere sondar su esplendor. Así, los misterios: insondables en su naturaleza para la inteligencia creada, iluminan la razón y abrazan de amor de Dios el corazón del hombre.

a) La revelación del misterio de la Santísima Trinidad nos da una idea elevada de Dios. Nunca el océano nos parece más vasto, ni el cielo más alto, que cuando lo vemos extenderse más allá de los espacios limitados a que alcanza nuestra vista; nunca el sol nos parece brillar tanto como cuando su resplandor nos obliga a cerrar los ojos: de la misma manera, cuanto más la grandeza inmensa de Dios sobrepasa los estrechos límites de nuestros pensamientos, tanto más infinitamente grande lo concebimos.

b) El misterio de la Encarnación, es decir, la unión de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la persona del Hijo de Dios, nos muestra la dignidad, la grandeza del hombre, el amor infinito de Dios a su criatura: Tanto amó Dios al mundo, que le dio su Hijo unigénito. Este misterio lleva al hombre a la práctica de las más nobles virtudes y anima y sostiene sus esfuerzos con el ejemplo conmovedor del Hombre-Dios.

c) El misterio de la Redención, es decir, de la muerte de cruz sufrida por el Hijo de Dios hecho hombre, es infinitamente eficaz para hacer comprender los atributos divinos, la justicia y la misericordia, la malicia del pecado y el valor de nuestra alma. Para borrar el pecado, un Dios derrama su sangre y muere en medio de los más terribles dolores. ¡Cuán grande debe ser el valor de mi alma si, para rescatarla, se necesitó la sangre de un Dios!

Dígase lo mismo de los otros misterios. Ved, pues, para qué sirve la revelación de los misterios. Ello nos enseña, con una certeza inquebrantable, ciertas verdades que son la luz y la felicidad de la vida.

 

97. P. ¿Qué debemos pensar de los incrédulos que dicen: Yo no creo sino lo que comprendo?

R. Estos incrédulos no son sino rebeldes, impíos y mentirosos.

1º Son rebeldes, al rechazar creer en los misterios revelados por Dios, porque Dios tiene el derecho de mandar a nuestra inteligencia lo mismo que a nuestra voluntad.

2º Son impíos, porque su negación a creer los misterios revelados por Dios es una injuria atroz que hacen a Dios mismo, ya que ponen en duda su ciencia y veracidad infinitas.

3º Son mentirosos, porque diariamente admiten una multitud de cosas que no comprenden: o mienten a sabiendas, o son imbéciles.

a) Dios es nuestro Señor; puede mandar a nuestra inteligencia que crea en los misterios, como puede mandar a nuestra voluntad que observe sus mandamientos. No podemos, pues, negarnos a creer en la palabra de Dios sin levantarnos contra su dominio soberano, sin violar sus derechos divinos sobre nuestra inteligencia.

b) Dios, que es la verdad misma, puede, con mejor título que cualquier hombre honrado, exigir que se crea en su palabra, aunque la inteligencia creada no vea el porqué de la afirmación divina. En este caso, rehusar creer a Dios, que nos revela los misterios, es hacer ofensa a su veracidad infinita: es una impiedad.

c) Es ridículo decir: Yo no creo sino lo que comprendo... ¡Pero si el hombre se pasa la vida creyendo y haciendo lo que no comprende! ¿Hay acaso un sabio que tenga el conocimiento completo de todos los fenómenos naturales, los más sencillos y los más ordinarios? ¿Quién ha penetrado jamás en la naturaleza íntima del calor, del frío, del hambre, de la sed, del sueño, de la vida y de la muerte?... Y, sin embargo, éstas son verdades que todo el mundo admite, aunque su naturaleza escape a nuestra penetración.

Vosotros que no queréis misterios en la religión, ¿qué pensaríais del ciego de nacimiento que negara la luz y los colores, porque no se puede formar ninguna idea sobre el particular? ¿Del ignorante que negara las maravillas de la electricidad, porque no las comprende? ¿Del salvaje africano que negara la existencia del hielo, porque nunca lo ha visto?... Los trataríais de insensatos... ¡Pues más insensatos sois vosotros mismos!...

“Por una deplorable anomalía, los hombres que se muestran arrogantes para con los misterios de Dios encuentran natural que haya en su inteligencia verdades demostradas que son misterios para un campesino. Pero encuentran inadmisible que haya en Dios verdades que son obscuridades para ellos. Para complacerles fuera menester que Dios tuviera la amabilidad de dejar de ser infinito, para reducirse a la capacidad de un espíritu que no lo sea. Si esto se llama filosofía, me considero dichoso al comprobar que no es ni razón ni buen sentido.” – (CAUSETTE)

Los incrédulos se niegan a creer en los misterios de la religión con el pretexto de que no los comprenden, y en cambio admiten los absurdos del ateísmo, del materialismo, del panteísmo, del evolucionismo, etc., que comprenden menos todavía. Entre las varias hipótesis que han imaginado para explicar el mundo sin Dios, ¿hay una siquiera en que no estemos obligados a admitir los misterios más repugnantes y absurdos?... Ellos realizan así la frase de Bossuet: “Para no admitir verdades incomprensibles, caen en errores incomprensibles”.

 

CONCLUSIÓN. – “Dios que odia ante todo y sobre todo el orgullo, quiere recordarnos sin cesar, mediante los misterios de la naturaleza, que nuestra inteligencia depende de El, lo mismo que todo nuestro ser; que El es más grande que nosotros y que, por consiguiente, debemos someternos humildemente a su palabra y a su voluntad. Esta sumisión se llama fe y buen sentido. Un hombre que rehusara creer en los misterios de la naturaleza sería un loco; un hombre que rehusara creer en los misterios de la religión, no solamente sería un loco, sino un impío. No seamos ni lo uno ni lo otro.” (MONSEÑOR DE SÉGUR)

 

DECRETOS DEL CONCILIO VATICANO

 

De la fe y de la razón

 

“La Iglesia católica ha admitido siempre y admite que existen dos órdenes de conocimientos distintos en su principio y en su objeto: en su principio, porque en el uno conocemos por la razón natural, y en el otro, por la fe divina; en su objeto, porque, fuera de las cosas que la razón puede alcanzar, hay misterios ocultos en Dios que son presupuestos a nuestra creencia, y que no pueden ser conocidos por nosotros, si no son debidamente revelados.

“Por esto el Apóstol, que afirma que Dios fue conocido por los gentiles mediante sus obras, cuando diserta sobre la gracia y la verdad traídas por Jesucristo, dice: Predicamos la sabiduría de Dios, encerrada en el misterio, esta sabiduría oculta, a la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este mundo ha conocido, sino que Dios nos la reveló por su Espíritu, porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Y el Hijo único de Dios rinde a su Padre este testimonio: que él ha ocultado estos misterios a los sabios y a los prudentes, y los ha revelado a los pequeñuelos.

“La razón, indudablemente, iluminada por la fe, cuando busca con diligencia, piedad y moderación, adquiere, con la ayuda de Dios, una cierta inteligencia de los misterios, y esta inteligencia le es muy provechosa. La razón adquiere esta inteligencia, bien por analogía con las cosas que conoce naturalmente, o bien por los vínculos que los misterios guardan entre sí y con el fin último del hombre.

“Sin embargo, la razón jamás alcanza a penetrar los misterios de igual modo que las verdades que constituyen su objeto propio. Porque los misterios divinos por propia naturaleza, de tal manera superan la inteligencia creada que, aun después de trasmitirlos por la revelación y recibidos por la fe, permanecen todavía envueltos como en una nube, mientras viajamos en esta vida mortal, lejos del Señor: Marchamos hacia El por la fe, y no le vemos al descubierto.

“Pero aunque la fe esté sobre la razón, jamás puede existir entre la fe y la razón el menor desacuerdo ni oposición. El mismo Dios es el que revela los misterios y le infunde la fe, el que ha dado al espíritu del hombre la luz de la razón. Ahora bien, Dios no puede contradecirse a sí mismo, y la verdad jamás estará en contradicción con la verdad.

“Las vanas apariencias de semejante contradicción proceden particularmente, o de que los dogmas de la fe no han sido comprendidos y expuestos en el sentido de la Iglesia, o de que opiniones falsas son tomadas como enunciados de la razón. Nosotros definimos pues, que toda aserción contraria a la verdad conocida por la fe es absolutamente falsa. La Iglesia que ha recibido, con la misión apostólica de enseñar, la orden de guardar el depósito de la fe, tiene también la misión y el derecho divino de proscribir toda falsa ciencia para que nadie sea engañado por la filosofía y las vanas sutilezas...

“Y no solamente la fe y la razón no pueden jamás estar en pugna, sino que se prestan mutuo apoyo, puesto que la razón demuestra los fundamentos de la fe, e ilumina por su luz, cultiva y desarrolla la ciencia de las cosas divinas. La fe, por su parte, libra y preserva a la razón de los errores y la enriquece de amplios conocimientos. Tan lejos está la Iglesia de oponerse al estudio de las artes y de las ciencias, que, al contrario, favorece este estudio y lo hace progresar de mil maneras.

“La Iglesia no ignora ni desprecia las ventajas que las ciencias y las artes procuran al hombre. Más todavía: reconoce que así como estas grandes cosas vienen de Dios, Señor de las ciencias, así también, si se las cultiva como conviene, deben, con el auxilio de la gracia, llevarnos a Dios. La Iglesia no prohibe en manera alguna que cada una de estas ciencias se sirva en su esfera de sus propios principios y de si método; pero reconociendo esta legítima libertad, vigila que las ciencias no adopten errores que los pongan en oposición con la doctrina divina.”

La revelación no ha sido propuesta al espíritu humano como un descubrimiento filosófico susceptible de perfeccionamiento, sino como un depósito que debe ser fielmente guardado. El sentido fijado a cada dogma por una primera definición de la Iglesia es infalible e invariable. La inteligencia, la ciencia, la sabiduría de cada uno y de todos pueden progresar indefinidamente, pero sin apartarse de la unidad del dogma.

Cánones. – 1º Si alguien dijere que la revelación divina no encierra misterio alguno y que la razón convenientemente cultivada puede, por los principios naturales, comprender y demostrar todos los dogmas de la fe, sea anatematizado.

2º Si alguien dijere que las ciencias humanas deben ser tratadas con tal independencia, que sus afirmaciones, aun en el caso de ser contrarias a la doctrina revelada, pueden ser sostenidas como verdaderas y que la Iglesia no tiene derecho para condenarlas, sea anatematizado.

3º Si alguien dijere que, considerado el progreso de las ciencias, puede llegar el caso en que se deba dar a los dogmas revelados un sentido diferente de aquél que ha sido comprendido por la Iglesia, sea anatematizado.

 

                                                                          

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CUARTA VERDAD

 

LA RELIGION CRISTIANA ES LA UNICA RELIGION DIVINA

 

La religión cristiana es la religión revelada por Dios y, por consiguiente, la única religión verdadera, obligatoria para todos

 

El viajero, llegado a la cumbre de una montaña, dirige una mirada atrás para darse cuenta del camino andado, y otra adelante para ver el camino que le queda por recorrer. Conviene que nosotros hagamos lo mismo.

Hemos comprobado las siguientes verdades:

1° Existe un Dios eterno, criador y soberano Señor de todas las cosas. La razón y la conciencia proclaman irresistiblemente la existencia de este Ser supremo e infinitamente perfecto.

Para los cristianos, a este testimonio se agrega el de la revelación, que es más seguro todavía, porque es divino. Dios se ha manifestado, ha hablado, ha hecho milagros.

2° Dios, con su Providencia, cuida de sus criaturas, particularmente del hombre, su hijo predilecto.

3° El hombre, compuesto de cuerpo y alma espiritual, libre, inmortal, ha sido creado por Dios para que le conozca, le ame y le sirva en esta vida y le goce luego en la vida futura. Tiene, por consiguiente, deberes que cumplir par con su Criador y su Padre.

4° El conjunto de estos deberes se llama religión. Esta es absolutamente necesaria al hombre, a la familia y a la sociedad.

La historia atestigua que por todas partes y siempre, la religión ha sido considerada por los hombres como un deber y una virtud, y la impiedad como un vicio detestable. El hombre que vive sin religión es un ser incompleto, un pobre ignorante que no sabe por qué existe, un mal servidor, un mal hijo que olvida y ultraja a su padre.

No basta, pues, ser hombre honrado según el mundo, es decir, llevar una vida ante los otros que merezca el título de honorable; hay que orar, adorar a Dios cada día, obedecer todas sus leyes, practicar la religión y servir a Dios como El quiere ser servido por nosotros. Vivir en la indiferencia como si no existiera Dios, ni juicio, ni cielo, ni infierno, ni eternidad, es algo más que un pecado, es una monstruosidad…

Todos, quienesquiera que seamos, ricos y pobres, jóvenes y viejos, hemos sido creados y puestos en el mundo, no para divertirnos, ni para acumular dinero, ni para gozar, sino, ante todo, para servir a Dios. Los que no sirven a Dios, lejos de ser honrados, son tres veces locos y grandes criminales, más criminales que los ladrones y asesinos, porque los deberes para con Dios son más importantes que los deberes para con nuestros semejantes.

Aún más: la religión ha sido considerada, en todos los tiempos y en todos los pueblos, como intrínsicamente ligada a los intereses del hombre, a la conservación y felicidad de la familia y de la  sociedad. Apoyándose  en la creencia en Dios y en su Providencia, los legisladores han establecido sus instituciones y fundado el edificio social. Es imposible al hombre vivir como ser racional sin rendir a Dios este triple culto. La religión, pues, tiene sus raíces en la naturaleza del hombre y en los atributos de Dios.

6° No puede haber sino una sola religión verdadera, porque la verdad es una y rechaza todo error. Luego, por lo mismo, no puede haber sino una sola religión buena, porque tan solo es bueno lo verdadero; y Dios no puede ser honrado por el error y la mentira.

7° Conocemos la religión de dos maneras: 1°, por el medio natural de la razón; 2°, por el medio sobrenatural de la revelación. La religión conocida por la razón se llama religión natural; la religión conocida por la revelación se llama religión sobrenatural. Todos los hombres tienen la grave obligación de averiguar si Dios ha revelado positivamente una religión y abrazar la religión revelada, si existe: porque Dios es el Señor, y tiene el derecho de determinar la religión mediante la cual quiere ser honrado y servido por el hombre, su criatura.

8° La revelación no sólo es posible, sino que es moralmente necesaria para hacernos conocer los dogmas y los preceptos de la religión natural. Sin ella, el género humano, tomado en conjunto, no podía llegar a conocer, con certeza y sin mezcla de error, todas las verdades religiosas y morales requeridas para honrar a Dios y vivir bien. La experiencia de seis mil años lo demuestra.

9° Dios puede también revelar una religión sobrenatural, en su dogma y en su moral; y si Dios la revela, todo hombre tiene la grave obligación de abrazarla, porque Dios, como Criador, tiene un dominio soberano sobre todas sus criaturas, y el hombre está obligado a someterse enteramente a la voluntad de su Criador.

10° En realidad, la historia nos enseña que Dios ha revelado una religión sobrenatural y positiva. Tenemos como prueba de ella: 1° el testimonio del pueblo judío; 2°, el del pueblo cristiano esparcido por toda la tierra; 3°, podemos añadir a éstos el testimonio de todos los pueblos; porque, como veremos muy pronto, las tradiciones de todos los pueblos nos prueban que Dios ha hablado a los hombres para hacerles conocer las verdades que deben creer y los deberes que deben cumplir.

 Los monumentos de la revelación son los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, cuya colección forma el libro más hermoso que existe en el mundo, la Biblia. La Biblia, que sigue siendo la más antigua y la más seria de la historias, aun prescindiendo de  su autoridad divina, nos refiere que Dios, desde el principio del mundo, ha instruido a los hombres acerca de la religión; primeramente por sí mismo, después por Moisés y los Profetas, y, finalmente, por su propio Hijo hecho hombre, nuestro señor Jesucristo.

11° ¿Por medio de qué señales se puede conocer la religión divina? Por medio de dos infalibles: el milagro y la profecía. Hemos probado, contra los racionalistas modernos, que los milagros son posibles, que se los puede comprobar, y que son ellos la señal, el sello infalible de una religión divina. Son la firma de Dios.

12° Nos queda por demostrar que la religión cristiana es la revelada por Dios; la única confirmada y autenticada  por la firma divina: los milagros y las profecías.

Supuesto que la verdadera religión es necesaria al hombre, su origen debe remontarse a la cuna del género humano. Tal acontece con la religión cristiana. No empezó ella con la venida de Jesucristo, sino con la creación del hombre. Esta religión divina tiene tres fases distintas: 1ª, el período patriarcal; 2ª, el período mosaico; 3ª, el período cristiano.

 

I. La revelación antes de Jesucristo

 

98. P. ¿Cuáles son las principales revelaciones que Dios ha hecho a los hombres?

R. Se distinguen tres:

1ª La revelación hecha a nuestros primeros padres y a los patriarcas; se la llama revelación o religión primitiva.

2ª La segunda, hecha a los judíos por el ministerio de Moisés y de los profetas; se llama revelación o religión mosaica.

3ª La tercera, hecha a todos los hombres por Nuestro Señor Jesucristo, llamada revelación o religión cristiana.

Para tener idea justa y completa de la religión cristiana, es menester tomarla en su origen y seguirla en sus tres etapas progresivas hasta su último desarrollo.

Dios habló a los hombres desde el principio del mundo para enseñarles y recordarles las verdades que debían creer y los deberes que deberían practicar. Estas primeras comunicaciones hechas al hombre por el Criador fueron transmitidas de padres a hijos mediante la tradición oral. Se las designa con el nombre general de revelación primitiva.

Más adelante, Dios eligió al pueblo judío para que fuera depositario y custodio de la verdad religiosa, y le dio la ley escrita por medio de Moisés. El conjunto de verdades comunicadas al pueblo de Dios se llama religión mosaica.

Finalmente, la plenitud de la revelación fue traída a la tierra por Nuestro Señor Jesucristo. Así pues, la religión cristiana no es una religión nueva, sino tan antigua como el mundo.

 

1° Revelación o religión primitiva

 

99. P. ¿Qué es la religión primitiva?

R. La religión primitiva es la religión sobrenatural o positiva que Dios impuso a nuestros primeros padres a fin de que ellos la trasmitieran a sus descendientes.

La religión primitiva, practicada por los patriarcas, fue obligatoria, desde Adán hasta Moisés, para el pueblo hebreo, y para todos los otros pueblos hasta Jesucristo.

La religión primitiva, produjo santos, como los patriarcas, el santo Job, Melquisedec, rey de Salem, etc. Duró muchos siglos: desde Adán hasta Moisés pasaron aproximadamente 2.500 años, y 1.500 desde Moisés a Jesucristo.

 

NARRACION HISTORICA DE LA RELIGION PRIMITIVA

 

Toda la historia de la revelación primitiva puede resumirse en algunos hechos: la creación, la caída, la promesa de un Salvador, el diluvio, la dispersión de los hombres, la vocación de Abraham.

La creación. – Al principio de los tiempos, Dios creó el cielo y la tierra, las cosas visibles e invisibles. Dios mandó a todos los elementos primitivos que saliesen de la nada. Pero estos primeros elementos de las cosas estaban todavía en la confusión, sin orden y mezclados los unos con los otros. La Biblia nos lo enseña con estas palabras: “La tierra era informe y vacía; las tinieblas cubrían la faz del abismo, y el espíritu de Dios se movía sobre las aguas”. La tierra estaba vacía de árboles, de plantas, de criaturas vivientes: era un abismo de cosas por formarse, pero el espíritu de Dios, es decir, la virtud todopoderosa del Criador, estaba pronto para dar calor, movimiento, forma y vida a todas las cosas.

Quiso Dios emplear seis días o seis épocas en la formación del mundo. Esta enseñanza de la Biblia está perfectamente de acuerdo con las ciencias modernas. La sucesión cronológica de la aparición de los diversos reinos de la naturaleza es expuesta exactamente por Moisés 3.500 años antes de los descubrimientos científicos de nuestro siglo.

Al fin del sexto día o época, Dios creó el primer hombre y la primera mujer, de los que descienden todos los hombres, y a los cuales, por esto mismo, llamamos primeros padres. Dios tomó un poco de tierra y formó el cuerpo del primer hombre, al que llamó Adán, y le inspiró un alma racional e inmortal. Después, Dios tomó una costilla de Adán y formó a Eva, la primera mujer. Bendijo la unión de Adán y Eva, que declaró indisoluble, instituyendo así el matrimonio y la familia.

Adán y Eva salieron de las manos de Dios, adultos ya, no solamente con todos los dones del espíritu y del cuerpo, sino también con la gracia santificante, las virtudes infusas y un destino sobrenatural. Fueron colocados en un jardín de delicias llamado Paraíso Terrenal. Dios mismo les enseñó, por una revelación positiva la manera como debían servirle.

El Criador, para obligar al hombre a reconocer su soberano dominio, prohibió a Adán y a Eva, bajo pena de muerte, que comiesen del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. Este acto de obediencia les habría merecido el cielo a ellos, y a sus descendientes todos los privilegios sobrenaturales que habían recibido de Dios.

La caída. – Adán y Eva, engañados por el demonio, ángel prevaricador, envidioso de su felicidad, desobedecieron a Dios y comieron de la fruta prohibida. Inmediatamente se realizó en todo su ser un cambio terrible. Despojados de los magníficos privilegios que Dios les habría otorgado, quedaron sujetos a la ignorancia, a la concupiscencia, a los sufrimientos, a las enfermedades, a la muerte y, sobre todo, privados de la gracia santificante y de sus derechos al cielo. De esta suerte sólo pudieron legar a sus hijos la ruina espiritual, con su triste cortejo de miserias y pasiones.

Promesa de un Salvador. – Dios tuvo compasión de su débil criatura, y al pronunciar contra nuestros primeros padres la sentencia de su condenación, les prometió un Redentor o Mesías que debería liberarlos de la esclavitud del demonio, restituyéndoles, al mismo tiempo, sus derechos al cielo. Gracias a esta misericordia completamente gratuita, no perdieron para siempre el cielo. Pero, antes de su caída lo hubieran ganado fácilmente y sin pasar por la muerte, ahora hay que comprarlo a costa de mil sacrificios.

El Mesías se hizo esperar durante varios siglos, a fin de que el hombre, que había pecado por orgullo, se viera humillado por la experiencia de sus miserias, y para que la Redención fuera preparada por una larga sucesión de hechos maravillosos.

Primeros hijos de Adán. – Adán transmitió a sus hijos la fe en el Redentor. El Señor aceptó los sacrificios que Abel le ofrecía con espíritu de fe y de penitencia y rechazó los de Caín. Abel murió victima de los celos de su hermano; fue reemplazado por Set, que imitó su justicia. Los descendientes de Set fueron llamados hijos de Dios, en oposición a los de Caín, a quienes la Sagrada Escritura llama hijos de los hombres. Estos primeros patriarcas vivieron más de novecientos años; esta longevidad tenía por fin, en los designios de Dios, facilitar la multiplicación de la especie humana y particularmente conservar el depósito de las verdades reveladas.

El diluvio (año del mundo 1600). – Los hijos de Dios hicieron amistad con los hijos de los hombres, y, como éstos, se corrompieron, cayendo en la impureza. Henoch les predijo un tremendo castigo si no se convertían. Pero, a pesar de esta amenaza, la corrupción se hizo universal, y Dios resolvió destruir al hombre mediante el diluvio, exceptuando a Noé, que fue hallado justo.

Dios mandó a Noé que construyera un arca, en cuya construcción trabajó Noé por espacio de cien años. Durante este largo lapso de tiempo no dejó él de predicar a los hombres  la penitencia, pero sin resultado alguno. El diluvio hizo perecer a todos los hombres, con excepción de Noé y su familia. Este arca era una figura de la Iglesia, fuera de la cual no hay salvación.

Al salir del Arca, Noé ofrece sacrificios al Señor. Dios pacta entonces una alianza con el hombre, de la cual es señal el arco iris. Noé, como Adán, transmite a sus hijos la fe en el Redentor.

Dispersión de los hombres. – Noé vivió 950 años; pero después del diluvio, los hombres vivieron menos que antes, sea por castigo de Dios, sea porque la catástrofe hubiera causado graves perturbaciones en la atmósfera. Establecidos en la Mesopotamia, en las llanuras profundas del Senaar, se multiplicaron tanto los descendientes de Noé, que tuvieron que separarse.

Pero, antes de hacerlo, quisieron construir una torre, para perpetuar su memoria. El Señor castigó su orgullo confundiendo su lenguaje. No pudiendo entenderse, se vieron obligados a dejar inconclusa esta torre llamada de Babel o confusión. Se dividieron, pues, según su lengua, pero llevando todos la misma fe primitiva.

La raza de Sem se desarrolló en Asia; la de Jafet en Europa; la de Cam en Africa. Este último, maldito de su padre por su grave falta de respeto, dejó a sus descendientes, los negros, el triste peso de esta maldición.

Vocación de Abraham (año del mundo 2083). – Unos 500 años más tarde, los hombres, no escuchando más que la voz de sus sentidos, abandonaron al verdadero Dios para caer en la idolatría. La Providencia resolvió entonces elegirse un pueblo para que conservara intacta la verdadera religión hasta la venida del Mesías.

Dios eligió a Abraham, de la raza de Sem, para que fuera el padre de ese pueblo. Le prometió dar a su posteridad la tierra de Canaán y que el Mesías nacería de su descendencia. Abraham respondió a la vocación  divina con una fe admirable y una obediencia heroica.

En esta época, los habitantes de Sodoma y Gomorra se entregaron a toda clase de impurezas. Dios quiso mostrar con un nuevo castigo lo mucho que detesta este vicio. Abraham recibió en su tienda la visita de los tres ángeles ejecutores de los decretos de la justicia divina.

Aquí se pone de manifiesto el poder maravilloso de la oración del justo. Abraham intercedió por las ciudades nefandas, y hubiese obtenido gracia, de haber hallado en ella diez justos... Pero no los había. El único inocente era Lot, sobrino de Abraham, y fue el único que se salvó con su mujer e hijas. El fuego del cielo devoró estas ciudades, y el lugar que ocupaban se ha convertido en un lago infecto, llamado Mar Muerto, monumento perenne a la maldición divina.

Sacrificio de Abraham. – Queriendo Dios probar la fe de Abraham, le dijo un día: “Toma a tu unigénito y sacrifícamelo en el monte Moria”. Abraham no vacila un momento; carga sobre las espaldas del hijo un haz de leña y el cuchillo, y se encamina hacia el monte señalado por Dios.

Durante la marcha, Isaac dice a su padre: – “Tenemos leña y fuego; más no veo la víctima que debe ser inmolada”. – “Dios proveerá, hijo mío”, replica Abraham.

Llegados al monte Moria, Abraham levanta un altar, coloca la leña, toma a Isaac, lo ata sobre la pira y empuña el cuchillo para sacrificar la víctima. Pero Dios, contento de su obediencia, detiene su mano y le dice: Puesto que por obedecerme no has vacilado en sacrificarme a tu hijo único, yo te bendeciré; multiplicaré tu posteridad como las estrellas del cielo y las arenas del mar; y todas las naciones serán bendecidas en Aquél que saldrá de tu descendencia.

El ejemplo de Abraham nos enseña como se debe amar a Dios sobre todas las cosas. Isaac es figura de Nuestro Señor Jesucristo subiendo al Calvario (monte Moria) cargado con el leño de la cruz. Dios quiso en el sacrificio de Abraham representar, con muchos siglos de anticipación, el misterio del Calvario.

Isaac y sus hijos Esaú y Jacob. – Isaac tuvo de Rebeca, su esposa, dos hijos gemelos. Antes de su nacimiento, el Señor había dicho a la madre: Llevas en ti dos pueblos; el uno triunfará sobre el otro, y el primero será siervo del segundo.

El primero de los hijos recibió el nombre de Esaú, y el segundo, el de Jacob, que quiere decir suplantador, porque habría un día de suplantar a su hermano. Efectivamente, Esaú vendió a Jacob sus derechos de primogenitura por un plato de lentejas. Jacob, escuchando los consejos de su madre Rebeca, se vistió con las vestiduras de Esaú, y consiguió de esta forma, de Isaac, moribundo y ciego, la bendición paternal, que le concedía el derecho de ser padre del pueblo de Dios y del Mesías.

De esta manera, más tarde, el pueblo cristiano debía de suplantar al pueblo judío, es decir, debía convertirse en el pueblo de Dios. Jacob, cubierto con las vestiduras de Esaú, es la imagen de Nuestro Señor Jesucristo presentándose a su Padre, cargado con nuestros pecados. Rebeca es figura de María.

Jacob, heredero de las promesas divinas hechas a Abraham y a Isaac, fue como ellos guiado en su camino por la acción sobrenatural de Dios. Jacob, apellidado por Dios mismo Israel, tuvo doce hijos, llamados los doce patriarcas o padres de las doce tribus de Israel.

Uno de ellos, José, predilecto del padre, excitó los celos de sus hermanos, que lo vendieron a unos mercaderes, los cuales lo llevaron a Egipto. La castidad admirable de José atrajo sobre él las bendiciones de Dios. Habiendo explicado dos sueños del Faraón, fue nombrado Virrey. Mientras el hambre desolaba durante siete años la Palestina, la abundancia reinaba en Egipto, gracias a la previsión de José. Entonces hizo venir a su lado a Jacob y a su familia y los estableció en la fértil tierra de Gesén. Jacob, antes de morir, bendijo a sus hijos. Predijo a Judá que el Mesías, el deseado de las naciones, nacería en su raza tan luego como el cetro hubiera salido de su familia. Tal es, en resumen, la historia de la revelación primitiva y patriarcal.

 

100. P. ¿En qué consistía la religión primitiva?

R. En la religión primitiva se encuentran tres elementos constitutivos de toda religión: el dogma, la moral y el culto.

Dogma. – Las principales verdades que fueron objeto de la revelación primitiva son:

                                La existencia de un solo Dios, Criador de todas las cosas.

                                El gobierno del mundo por su Providencia.

                                La existencia de ángeles buenos y malos.

                                La creación del hombre a imagen de Dios.

                                La inmortalidad del alma, la recompensa de los justos y el castigo de los malos en una vida futura.

                                El destino sobrenatural del hombre.

                                El auxilio de la gracia; medio para alcanzar este fin sublime.

                                La caída del primer hombre y el pecado original

                                Finalmente, la esperanza de un Redentor o Mesías.

Moral. – La moral de la religión primitiva comprendía:

                                La ley natural, formulada más tarde en el Decálogo.

                                La obligación de tender hacia Dios por las virtudes sobrenaturales de la fe, esperanza y caridad.

                                Algunos preceptos positivos, tales como: los sacrificios ofrecidos como figura de la Redención; la santificación del día séptimo; la institución de la familia y la indisolubilidad del matrimonio.

Culto. – El culto de la religión primitiva consistía en la oración y en el sacrificio. En honor de Dios se levantaban altares, sobre  los cuales se ofrecían sacrificios cruentos e incruentos, para figurar el gran sacrificio con el cual el Salvador debía redimir al mundo.

Los sacerdotes de la religión primitiva eran los padres de familia o los primogénitos. Tenían el cuidado de conservar la religión, de enseñarla a la familia y de cumplir las funciones del sacerdocio.

Tanto en los niños como en los adultos, se borraba el pecado original con alguna señal de fe, por lo menos implícita, en el futuro Redentor. Se obtenía el perdón de los pecados actuales por medio de la contrición perfecta.

N.B. – La revelación primitiva no difiere, en realidad de la religión natural más que por la esperanza del Mesías, el destino del hombre a un fin sobrenatural y el medio conveniente para alcanzarlo. Este medio es la gracia santificante, que no podía obtenerse sino por la creencia del Mesías y por sus méritos futuros.

 

101. P. ¿Cómo se prueba la divinidad de la religión primitiva?

R. Se prueba la divinidad de la religión primitiva por la narración bíblica, por los hechos milagrosos que la confirmaron y por la tradición de todos los pueblos.

1° La Biblia nos muestra a Dios hablando con Adán, Noé, Abraham, Isaac, Jacob, y en circunstancias tales, que estos patriarcas no podían dudar de la palabra de Dios. Estas comunicaciones divinas son hechos sobrenaturales y divinos que prueban la revelación.

2° Entre los hechos milagrosos que demuestran la divinidad de la religión primitiva, se cuentan el diluvio, predicho con cien años de anticipación; la maldición de Cam; la confusión de las lenguas en la torre de Babel; la predicción y el cumplimiento de la destrucción de Sodoma, etc. Dios intervenía frecuentemente de una manera sobrenatural para recordar a los hombres la observancia de sus leyes.

3° Todos los pueblos han admitido, como base de sus religiones, las siguientes verdades:

                                La existencia de un Dios eterno, soberano Señor de todas las cosas.

                                La divina providencia que gobierna el mundo.

                                La distinción entre genios buenos y malos.

                                La edad de oro, la caída del primer hombre y sus funestas consecuencias para el género humano.

                                La necesidad de honrar a Dios con sacrificios expiatorios.

                                La esperanza de un Libertador que debía salvar al mundo.

                                La existencia de la otra vida, feliz para los buenos, y desdichada para los malos.

Estas verdades fueron más o menos alteradas en sus pormenores, pero en el fondo son las mismas en todas partes. Ahora bien, si entre estas verdades se encuentran algunas que pueden ser descubiertas por la razón, hay, en cambio, otras que son inaccesibles a las indagaciones de la inteligencia humana. Tales son la existencia de los ángeles, las consecuencias del pecado original, la esperanza de un Libertador, etc. Estas verdades son de un orden sobrenatural, y no podían ser conocidas sino por tradición. Pero, ¿cómo pudieron conocerlas los primeros hombres? Unicamente por una revelación divina.

Por lo demás, todos los pueblos paganos han tenido, de hecho, la convicción de que en los tiempos primitivos Dios había hablado a los hombres y de que la religión había venido del cielo.

No hay un solo punto de la revelación primitiva cuyos rastros no podamos encontrar fácilmente en las falsas religiones de la antigüedad.

 

2° Revelación mosaica

 

102. P. ¿Qué es la religión mosaica?

R. La religión mosaica o judaica es el conjunto de los dogmas y preceptos revelados al pueblo hebreo por ministerio de Moisés.

Esta religión no era más que la religión primitiva perfeccionada. No iba destinada al mundo entero como la primera, sino solo al pueblo judío, y no debía subsistir sino hasta la llegada del Mesías.

La religión que Dios dio al pueblo hebreo se llama mosaica, porque Dios la publicó solemnemente por ministerio de Moisés. Y se denomina judaica, porque Dios la dio al pueblo judío[3].

1° Las verdades de la revelación primitiva habían sido cambiadas por la ignorancia y la corrupción; Dios resolvió establecerlas en toda su pureza, despertando su recuerdo entre los hombres, y haciendo su depósito inviolable. Con este fin eligió para sí un pueblo particular, al que rodeó de una especial protección y preservó de la corrupción universal.

Hizo que Moisés libertara a los descendientes de Jacob de la cautividad de Egipto, y los constituyó en nación. A este pueblo privilegiado se le confió el depósito de la revelación y la promesa de un futuro Redentor, esperado bajo el nombre de Mesías. Esta promesa debía transmitirse hasta el advenimiento del Salvador, época en la cual la ley judaica, cumplida su misión, debía ser abrogada.

2° La revelación mosaica tenía, pues, un triple fin: a) conservar las verdades de la religión natural y los dogmas de la religión primitiva; b) confirmar y precisar los preceptos de la moral natural; c) desenvolver las profecías del Mesías dando los pormenores de su vida, de sus obras y de su reino.

 

NARRACION HISTORICA DE LA REVELACION MOSAICA

 

Esclavitud de los hebreos (hacia el año 1600 antes de J.C) – Los descendientes de Jacob se multiplicaron tan rápidamente en Egipto, que, dos siglos después de la muerte de José, formaban un verdadero pueblo. Este crecimiento alarmó a los egipcios, y uno de sus reyes, Ramsés II, condenó a los hebreos a los trabajos más duros, a construir diques sobre el Nilo, murallas en torno de las ciudades y pirámides de una elevación prodigiosa. Por último, el Faraón ordenó que todos los hijos varones de este pueblo fueran arrojados a las aguas del Nilo, apenas nacidos.

Todo lo que acontecía a los judíos era una figura de lo que debía suceder más tarde a la Iglesia. El crecimiento prodigioso de los hijos de Jacob era la figura de la multiplicación de los cristianos en medio de las persecuciones.

Nacimiento de Moisés (1571 antes de J.C.) – En ese momento nació en la familia de Amram, de la tribu de Leví, Moisés, el personaje más grande del Antiguo Testamento, aquél que, entre todos los hombres, tuvo más familiares y continuadas comunicaciones con Dios. Su historia se divide en tres períodos, de cuarenta años cada uno. Expuesto en el Nilo, es salvado de la muerte providencialmente por la hija del Faraón, que lo adopta y le da el nombre de Moisés, es decir, salvado de las aguas. La princesa le hizo instruir en la corte del rey, en todas las ciencias cultivadas en Egipto.

A la edad de cuarenta años, Moisés dejó el palacio del rey, a fin de ir a consolar a sus hermanos los hebreos, que gemían bajo el yugo de una cruel esclavitud. Graves circunstancias le obligaron a huir a la tierra de Madián, cuyo jefe llamado Jetró, le recibió y le dio su propia hija, Séfora, por esposa.

Misión de Moisés. – Durante cuarenta años cuidó Moisés de los ganados de su suegro. Un día advirtió sobre el monte Orbe una zarza que ardía sin consumirse; y, como se aproximó para contemplar de cerca el extraño fenómeno, oyó una voz que, saliendo de la zarza, le decía: Yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob; he visto la aflicción de mi pueblo, y te he elegido para que le hagas salir de Egipto y los conduzcas a la tierra prometida.

Moisés aterrorizado ante las dificultades de tal misión, le dijo a Dios: – ¿Quién soy yo, Señor, para obrar tales maravillas? – Entonces, Dios, para animarle, le confirió el poder de obrar milagros, y asoció a él a Aarón, su hermano mayor, como colaborador y auxiliar.

Las diez plagas de Egipto. – Moisés y su hermano Aarón se presentan al rey y le piden, en nombre del Señor, que deje partir a los hijos de Israel. – Yo no conozco al Señor – contesta el Faraón; y desde este momento redobla sus crueldades con los pobres hebreos, para irritarlos contra Moisés. Este, armado de su vara, castiga al país con diez azotes, conocidos por las diez plagas de Egipto. Sólo a la décima, el Faraón, aterrado, conciente en la partida de los hebreos.

La décima plaga fue la más terrible. La víspera del día en que sobrevino, Moisés dijo a los Hijos de Israel, de parte del Señor: “Mañana es el día de vuestra libertad. Esta noche, en cada familia sacrificarán un cordero sin mancha, cuyos huesos no romperán; lo comerán permaneciendo de pie, ceñida la cintura, calzados los pies y con un bordón en la mano, como viajeros apresurados. Marcarán con su sangre las puertas de vuestros hogares: es la Pascua, es decir, el paso del Señor. Celebrarán perpetuamente este día en recuerdo de vuestra libertad”.

A la noche siguiente, el ángel exterminador pasó he hirió de muerte a todos los primogénitos de los egipcios, no respetando sino las casas de los hebreos marcadas con la sangre del cordero. Por la mañana, cuando los egipcios vieron tantos muertos, quedaron consternados, y los hebreos pudieron partir sin que nadie les molestase. Tal fue entre los judíos el origen de la gran fiesta de la Pascua.

La esclavitud de Egipto es figura de la esclavitud a que nos redujo el pecado; la liberación de los israelitas por Moisés representa la liberación de los cristianos por Nuestro Señor Jesucristo.

El cordero pascual es figura del Salvador, el Cordero de Dios que nos ha salvado con su sangre de la muerte eterna. La Pascua de los judíos era figura de la Pascua de los cristianos, en la que nosotros comemos el verdadero cordero pascual.

Salida de Egipto (1491 antes de J.C.) – Los hebreos partieron de la ciudad de Ramsés o Ramesés, hoy Tell-es-Maschuta, en número de seiscientos mil, sin contar viejos, las mujeres y niños menores de veinte años. Se encaminaron hacia la tierra de Canaán, prometida a sus padres Abraham, Isaac y Jacob, y llamada por eso Tierra Prometida.

El primer prodigio que Dios obró en favor de su pueblo fue guiarlo en su camino, mediante una columna de nubes luminosas durante la noche y opacas durante el día, para protegerlos contra los ardores del sol. Este milagro continuó cuarenta años, durante toda la permanencia de los judíos en el desierto. Desde el seño de esta nube, Dios hablaba a Moisés.

Paso del Mar Rojo. – El segundo milagro del Señor en favor de su pueblo fue el paso del Mar Rojo. El Faraón se arrepintió bien pronto de haber dejado salir a los hebreos, cuyos trabajos eran tan útiles a su nación. Salió, pues, en su persecución con un gran ejército, y los alcanzó a orillas del Mar Rojo. El terror se apoderó de los judíos; pero Dios dijo a Moisés: Extiende la mano sobre el mar, y las aguas se dividirán para dejar paso a los hijos de Israel.

Obedeció Moisés, y las aguas se dividieron, formando a la derecha e izquierda como dos grandes murallas, que permitieron a los hebreos pasar a pie enjuto por el lecho del mar.

Los egipcios, a su vez, penetraron en el mar, persiguiendo a los hebreos; pero Moisés, obedeciendo otra vez a Dios, tendió nuevamente la mano, e inmediatamente las aguas ocuparon su primitivo lugar, envolviendo a los egipcios, con sus carros y caballos.

Ante testimonios tan patentes de la protección divina, Moisés y los hebreos cantaron un himno de acción de gracias.

El desierto de Arabia. – Los israelitas, después del paso del Mar Rojo, se hallaron en medio de un vasto desierto, donde no tardaron en sentir la falta de las cosas más necesarias para la vida, por lo que empezaron a murmurar. Moisés oró al Señor, el cual escuchó sus ruegos y, aquella misma noche, una cantidad innumerable de codornices cayó sobre el campo. Moisés les predijo otro alimento para el siguiente día.

Al romper el alba, la tierra apareció cubierta de una especie de escarcha blanca, cuyos granos, parecidos al granizo, sabían a flor de harina amasada con miel. Era el maná. Este alimento prodigioso cayó del cielo todas las mañanas, durante cuarenta años, y cada uno recogía una medida bien llena. La víspera del sábado, la medida debía ser doble, porque el maná no caía en día de descanso. Dios quería de esta manera enseñar a su pueblo a santificar el día séptimo.

En Rafidim, el pueblo se siente acosado por abrasadora sed. Moisés guiado por el Señor, se aproxima a la roca de Orbe, la golpea con su vara y hace brotar de ella una copiosa fuente.

Los amalecitas, pueblo del desierto, atacan a los hebreos para oponerse a su marcha. Moisés envía a Josué, con un cuerpo de tropas escogidas, para rechazar el ataque, mientras él se retira a la cima de un monte  y ora allí durante el combate. Cuando Moisés levantaba las manos al cielo, los amalecitas eran derrotados; mientras que, cuando, por cansancio, las dejaba caer, los amalecitas triunfaban. Mandó, por tanto, que le sostuvieran los brazos levantados hasta la noche, y los israelitas obtuvieron una completa victoria. ¡Tan grande es el poder de la oración!

El paso del mar Rojo representa el bautismo, necesario a los hombres para entrar en la verdadera Tierra Prometida.

El desierto, que debían atravesar los judíos, es imagen de esta vida que hay que atravesar antes de llegar al cielo.

El maná es figura de la Eucaristía, pan vivo bajado del cielo y destinado a sostener las almas fieles durante su peregrinación hacia la Tierra Prometida de la eternidad.

Los amalecitas son figura del demonio y de todos aquellos de quienes se vale para impedir que los cristianos se salven. Hay que combatir como Josué y orar como Moisés en nombre de Nuestro Señor Jesucristo, quien por los méritos de su cruz da la victoria a todos los que hoy lo invocan.

El Sinaí. – Promulgación de la ley. – Cuarenta y siete días después de su salida de Egipto, los hebreos levantaron sus tiendas al pie del monte Sinaí. Dios llamó a Moisés a lo alto de la montaña y le ordenó repetir sus palabras a los hijos de Israel.

He aquí lo que dice el Señor: Ya habéis visto de qué manera os he librado de los egipcios; por consiguiente, si escucháis mi vos y guardáis mi alianza, seréis mi pueblo.

Los hijos de Israel, respondieron como un solo hombre: “Nosotros obedeceremos al Señor”.

“Purifíquense pues, insistió Moisés, porque dentro de tres días Dios descenderá ante vosotros sobre la montaña y escucharán su voz.”

Había despuntado la aurora del tercer día, cuando, repentinamente, una nube densa cubre la montaña. En medio de relámpagos y truenos, el pueblo, aterrorizado, distingue la voz del Señor que publica el Decálogo o los diez mandamientos.

1° Yo soy el Señor Dios vuestro. Que os he librado de la esclavitud de Egipto. No tendréis otro Dios más que a mí. Porque yo soy el Señor Dios vuestro, el Dios fuerte y celoso; y yo castigo la iniquidad de los padres en sus hijos hasta la tercera y cuarta generación de aquellos que me odian: y uso misericordia hasta la milésima generación con aquellos que me aman y observan mis mandamientos.

2° No tomaréis el nombre del Señor Dios vuestro.

3° Acordaos de santificar el día del sábado. Trabajaréis durante seis días, pero el séptimo es el día de descanso, consagrado al Señor Dios vuestro. Ese día no haréis ningún trabajo, no vosotros, ni vuestro hijo, ni vuestra hija, ni vuestro criado, ni vuestra criada, ni vuestras bestias de labor, ni el extranjero que se hallare dentro de los muros de vuestras ciudades.

Porque el Señor hizo en seis días el cielo, la tierra, el mar y todo lo que ellos encierran, y descansó el séptimo día. Debido a esto, el Señor ha bendecido el día del sábado y lo ha santificado, es decir, consagrado a su culto.

4° Honrad a vuestro padre y a vuestra madre, a fin de que viváis largo tiempo y felices sobre la tierra.

5° No mataréis.

6° No cometeréis ninguna impureza.

7° No robaréis.

8° No levantaréis falso testimonio.

9° No desearéis la mujer de vuestro prójimo.

10° No codiciaréis ni su casa, ni ninguna de las cosas que le pertenecen.

Las tablas de la ley. – Después de esta promulgación solemne de la ley divina, Moisés subió al Sinaí. En su cima conversó con el Señor durante cuarenta días y cuarenta noches, recibiendo sus órdenes acerca del culto que era preciso establecer, y de las leyes religiosas y civiles que debía observar su pueblo hasta la llegada del Mesías.

Después, envuelto en los resplandores de la gloria de Dios, descendió Moisés del monte trayendo dos tablas de piedra, sobre las cuales Dios mismo había grabado su ley. En la primera tabla estaban escritos los tres primeros mandamientos, que encierran los deberes del hombre para con Dios; en la segunda, los siete restantes, que se refieren a los deberes del hombre para con sus semejantes y para consigo mismo.

El becerro de oro. – Como Moisés permaneció cuarenta días en coloquio con el Señor, los hebreos, creyendo que no volverían a verle, levantaron un ídolo, el becerro de oro, en recuerdo del buey Apís de los egipcios, y se postraron ante la obra de sus manos, sin cuidarse de las promesas que habían hecho a Dios. En aquél momento, Moisés, bajando del monte, apareció en medio de su pueblo. Cuando vio al ídolo, se apoderó de él una santa cólera y arrojando las tablas de la ley contra el monte, las hizo pedazos; tomó enseguida el becerro de oro y lo hizo añicos.

Inmediatamente mandó a la tribu de Leví, la cual había permanecido fiel, que, espada en mano, atravesase el campo y exterminase a los más culpables, que perecieron en número de veintitrés mil.

Moisés volvió a la cima del Sinaí y pidió perdón a Dios por el pueblo infiel. El Señor escuchó su ruego, y le ordenó esculpir dos nuevas tablas, donde Dios mismo esculpió el Decálogo. Cuando Moisés bajó por segunda vez del monte, su rostro se mostraba adornado con dos rayos de luz, cuyo brillo no podían soportar los hebreos.

La inconstancia del pueblo judío es imagen de la inconstancia de los cristianos. ¡Ay! ¡cuántos fieles, en el tiempo pascual prometen a Dios no cometer más pecados mortales, y cuántos vuelven a caer, antes de los cuarenta días!... No se prosternan, es verdad, ante ídolos materiales, pero en su corazón adoran los ídolos del orgullo, de la ambición, de la avaricia, de la lujuria. Pues bien, la idolatría espiritual no es menos culpable, puesto que nos hace posponer s Dios por el placer que se halla en el mal.

La tribu de Leví mereció, por su fidelidad, ser escogida por Dios para el sacerdocio, y de un modo análogo las familias cristianas merecen de Dios el beneficio de dar hijos para el sacerdocio.

Muerte de Moisés. – Puede leerse en la Historia Sagrada la serie de milagros obrados por Moisés en el desierto, mientras guió por él durante cuarenta años a los israelitas. Como hubiera flaqueado su confianza en Dios, golpeando dos veces la roca de Orbe en vez de una, Moisés, en castigo, no vio sino de lejos la Tierra Prometida. Antes de morir, hizo renovar a los hijos de Israel el juramento de fidelidad a su alianza con Dios.

Les predijo que, si se mantenían fieles a la ley divina, saldrían vencedores de sus enemigos y serían colmados de bendiciones. También les anunció las mayores calamidades si eran infieles. Después de esto, Moisés se retiró al monte Nebo, frente a la tierra prometida, y murió a la edad de ciento veinte años, lleno de virtudes y de méritos, siendo llorado por todo Israel durante treinta días.

La profecía de Moisés se ha realizado al pie de la letra en la sucesión de los hijos. Siempre que los judíos violaron la ley de Dios fueron aplastados por las naciones vecinas. Y cuando se convirtieron, Dios suscitó de entre ellos caudillos libertadores. La Historia Sagrada demuestra de una manera sorprendente dos verdades importantes.

1ª Dios castiga, tarde o temprano y sin piedad, a las naciones culpables, particularmente a aquellas que profanan los días que El se ha reservado para su culto.

2ª El hombre, cualquiera que sea la forma de gobierno según la cual vive, y a pesar de todas las revoluciones políticas, debe siempre, por encima de todo y cueste lo que costare, permanecer inviolablemente fiel a Dios, que no se muda, y a su santa religión.

 

103. P. ¿En qué consistía la religión mosaica?

R. La religión mosaica se componía de dos partes, bien distintas entre si: la una general, obligatoria para todo el género humano; la otra especial, aplicable solamente al pueblo de Israel.

La primera parte comprendía:

1° Los mismos dogmas que la religión primitiva, pero desarrollados y escritos por Moisés bajo la inspiración de Dios.

2° Los preceptos de la ley natural resumidos por Dios mismo en el Decálogo.

La segunda parte, especial para el pueblo judío, contenía:

1° Las leyes religiosas, que reglamentaban todas las ceremonias del culto.

2° Las leyes civiles y políticas, relacionadas con la constitución social del pueblo judío.

Dogma. – Dios no reveló a Moisés nuevos dogmas; solamente confirmó y explicó lo que la revelación primitiva había enseñado a los patriarcas: la unidad de Dios, su providencia, su infinita perfección; la creación del mundo; la formación del hombre a imagen de Dios; su destino sobrenatural; la caída original del primer hombre; la desgracia del género humano, y la promesa de un Redentor que vendría a establecer una nueva alianza entre Dios y los hombres.

La religión mosaica hace resaltar de un modo especial la unidad de Dios y la expectación de un Mesías. Mientras en torno de Israel todos los pueblos de la antigüedad están entregados a la idolatría, él no adora más que a un solo Dios, desde el principio hasta el fin de su historia. Este solo hecho prueba la existencia y la divinidad de una revelación.

Además, Israel es un pueblo de expectación y de esperanza. Espera un Libertador, que debe ser a la vez Rey, Profeta y Pontífice, para restablecer el reinado de Dios sobre la tierra. De Moisés a Malaquías, las predicciones nacionales caracterizan su misión. La idea mesiánica es el alma de pueblo judío.

Este pueblo, depositario del tesoro de la revelación, estaba encargado de recordar a las naciones idólatras la unidad de un Dios criador y de conservar en el mundo la promesa del Redentor. No supo recordar al Mesías que le traía la salvación, pero ha guardado cuidadosamente sus libros inspirados, para atestiguar, ante todos los hombres, la unidad de Dios y, contra sí mismo, la venida del Mesías.

Moral. – El Decálogo no es más que un código de la ley natural reducido a diez artículos. Fundado sobre las relaciones esenciales del hombre con Dios y con sus semejantes, obliga a todos los hombres sin distinción. Dios lo promulga solemnemente y lo graba en dos tablas de piedra, porque la ignorancia y la corrupción habían borrado u obscurecido los preceptos naturales en el corazón de los hombres. Da también a su pueblo otras leyes, que se pueden considerar como una explicación y un comentario del Decálogo. Moisés las escribe en el mismo orden en que las recibió de Dios, y se contienen en sus libros.

Culto. – La religión mosaica retiene las prescripciones esenciales del culto primitivo: la oración, los sacrificios, el descanso del sábado. Pero Dios señala a Moisés el número, la naturaleza de las víctimas y las ceremonias que debían practicarse para inmolarlas. Mediante estas leyes, el culto consigue mayor orden y esplendor.

Legislación religiosa relativa al culto. – El culto mosaico comprende el templo, el sacerdocio, los sacrificios, las fiestas y algunas otras prescripciones religiosas. Bien se ve que este culto era la preparación y figura del culto católico, más perfecto aún.

El Tabernáculo. – Cual imagen de la unidad de Dios, Moisés estableció como centro de todo culto, esperando la construcción del templo de Jerusalén, un solo tabernáculo. Era éste un pabellón portátil de forma rectangular, de unos 16 metros de largo por 5 de ancho, cubierto de telas preciosas. Un velo lo dividía en dos partes: a) el Santo, y b) el Santo de los Santos.

Al entrar se encontraba uno en el Santo, donde se veía, a la izquierda, el candelabro de oro de siete luces, que debían arder durante la noche, y a la derecha, la mesa de los panes de la proposición, donde se depositaban, cada semana, doce panes, como ofrenda de las doce tribus de Israel. En el medio estaba el altar de los perfumes, donde, por la mañana y por la tarde, se quemaba el timiama – un incienso precioso – en honor de Dios. Era esta ceremonia la imagen de la oración de la mañana y de la noche que no se debe omitir jamás.

En el fondo del tabernáculo se hallaba, oculto por el velo, el Santo de los Santos, que encerraba el Arca de la Alianza. Sólo el gran sacerdote podía penetrar allí, una vez al año.

El Atrio. – El tabernáculo estaba rodeado de un pórtico, o patio cerrado, de 50 metros por 26, reservado al pueblo, llamado Atrio. Allí se hallaba, delante del tabernáculo, el altar de los holocaustos, donde se inmolaban las víctimas, y en el cual se conserva siempre encendido el fuego sagrado, imagen del amor de Dios que debe arder siempre en nuestros corazones. Se hallaba allí también el mar de bronce, gran fuente donde los sacerdotes se lavaban las manos antes de iniciar las ceremonias religiosas, en señal de la pureza que debía adornar sus almas. En el culto católico recuerdan esta fuente las pilas de agua bendita que se hallan a la entrada de las iglesias.

El Arca de la Alianza. – Era un gran cofre de madera de setim, forrado con láminas de oro, 1,75 metros de largo por 0,80 de ancho: dos querubines de oro colocados frente a frente en las extremidades de la cubierta, llamada propiciatorio, la cubrían con sus alas desplegadas. El propiciatorio era como el trono de Dios: allí era donde manifestaba su presencia y manifestaba sus oráculos a Moisés y al gran sacerdote.

El Señor había dado al pueblo hebreo el Arca de la Alianza para satisfacer el legítimo anhelo que experimenta el hombre de tener una señal sensible de la presencia divina. Se la llama Arca de la Alianza, porque encerraba en su interior las dos tablas de la ley, resumen de las condiciones de la alianza de Dios con su pueblo. Guardaba también una urna con maná y la vara florida de Aarón, para perpetuar el recuerdo de estos dos milagros.

El tabernáculo era una figura de nuestras iglesias católicas; el Atrio corresponde a la nave, ocupada por los fieles; el Santo, al presbiterio, destinado a los ministros de Dios; el Santo de los Santos representa el tabernáculo, verdadera Arca de la alianza, donde Dios está realmente presente en medio de nosotros. Moisés consagró con óleo santo el tabernáculo y los altares, como en nuestros días el obispo consagra los altares y las iglesias.

Conforme al plano del tabernáculo dado por Dios, se construyó más tarde el templo de Salomón, una de las siete maravillas del mundo antiguo. El Arca de la Alianza fue depositada en él; allí permaneció hasta la ruina del templo cuando los judíos fueron llevados cautivos a Babilonia.

El sacerdocio. – Dios escogió la tribu de Leví para confiarle el desempeño de las funciones propias del culto. El orden sacerdotal comprendía tres grados: el gran sacerdote, los sacerdotes y los simples levitas.

Aarón fue nombrado por Dios gran sacerdote, y Moisés le consagró con óleo santo y le revistió con espléndidos ornamentos. El sacerdocio fue hereditario en su familia, cuyo jefe debería ser soberano pontífice, y sus hijos, sacerdotes. Los otros miembros de la tribu de Leví, llamados levitas, eran sus ministros.

El gran sacerdote tenía la administración general del culto y presidía las fiestas. Los sacerdotes debían ofrecer los sacrificios, estudiar la ley, y explicarla al pueblo. Los simples levitas, sometidos a los sacerdotes del santuario.

Cuando se efectuó la repartición de la Tierra Prometida, la tribu de Leví no tuvo territorio, a fin de que pudiera dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios. Los levitas tuvieron por domicilio cuarenta y ocho ciudades elegidas en las diferentes tribus, y vivían del diezmo que todos los israelitas estaban obligados a ofrecerles cada año, y del cual debían ellos reservar una décima parte para el sostenimiento de los sacerdotes.

Esta subordinación de los ministros del culto era una figura del sacerdocio católico. Jesucristo mismo ha establecido una jerarquía sagrada: el Papa, los obispos, los sacerdotes, los diáconos, etc. El divino fundador de la Iglesia ha mostrado así que no había venido a destruir la ley, sino a complementarla y perfeccionarla.

Los sacrificios. – Eran de dos géneros: los unos cruentos, y que consistían en la inmolación de ciertos animales domésticos, como bueyes, ovejas, tórtolas; otros incruentos, y consistían en la oblación de pan, vino y frutas.

Los sacrificios tenían un triple fin: a) rendir a Dios el culto externo; b) apartar al pueblo de la idolatría; c) figurar el sacrificio del Calvario y del altar.

Se distinguen entre los sacrificios cruentos: el holocausto, el sacrificio pacífico y el sacrificio expiatorio.

En el holocausto, la víctima era consumida enteramente por el fuego, reconociéndose con eso el soberano dominio de Dios, ante el cual la criatura no es nada.

El sacrificio pacífico se ofrecía, o para dar gracias a Dios por un beneficio, o para alcanzar un favor. En este sacrificio, una parte de la víctima era quemada, otra parte era reservada para los sacerdotes y una tercera parte se entregaba a los que mandan ofrecer el sacrificio.

El sacrificio de expiación se ofrecía para implorar el perdón de los pecados del pueblo o de los particulares. Se quemaba una parte de la víctima, y lo demás se reservaba para los sacerdotes.

Todos los antiguos sacrificios no eran sino sombras y figuras. La inmolación de Jesucristo en el Calvario es el único sacrificio capaz de pagar todas nuestras deudas: la misa es su renovación y su continuación a través de los siglos.

El sábado y las fiestas. – Cada día, mañana y tarde, los hebreos ofrecían a Dios un cordero en holocausto con dos sacrificios incruentos. Santificaban el sábado: a) absteniéndose de toda obra servil; b) ofreciendo un holocausto, entre el sacrificio de la mañana y el de la tarde; y también reuniéndose en las sinagogas para orar, leer los Libros santos y oír la explicación de la ley.

Cada siete años, los judíos santificaban el año sabático, y al final de siete veces siete años, es decir, cada cincuenta años, el año jubilar.

Durante el año se celebraban cuatro grandes fiestas:

a) La Pascua, en recuerdo de la liberación del pueblo hebreo de la esclavitud de los egipcios. Esta solemnidad se había fijado el día 14 de la luna de marzo, y duraba ocho días. El primer día se comía en cada familia el cordero pascual.

b) La fiesta de Pentecostés, en memoria de la promulgación de la ley sobre el monte Sinaí, cincuenta días después de la salida de Egipto. Se ofrecían a Dios las primicias de la mies.

c) La fiesta de los tabernáculos en memoria de los cuarenta años pasados en el desierto. Se celebraba en otoño y se prolongaba por ocho días, durante los cuales los hebreos vivían en tiendas de ramas y follaje. Se ofrecían a Dios sacrificios de acción de gracias por las cosechas obtenidas.

Estas fiestas principales obligaban a todo judío a presentarse ante el Señor en el tabernáculo y, más tarde, en el templo de Jerusalén.

d) La fiesta de la expiación, celebrada cinco días antes de la de los tabernáculos: era un día de penitencia y de ayuno general, que duraba desde la víspera hasta el atardecer del día siguiente. El gran sacerdote echaba fuera del campo un macho cabrío, llamado cabrón emisario, cargado con los pecados de Israel.

Prescripciones religiosas. – Las otras prescripciones religiosas se referían a la circuncisión, la ofrenda de los primogénitos, la prohibición de ciertos alimentos, el pago del diezmo, la purificación de las impurezas legales, etc. Todas estas leyes habían sido dictadas por Dios mismo y escritas por Moisés en el Pentateuco.

Puede verse en la Historia Sagrada la legislación política y social del pueblo hebreo: La sólida constitución de la familia; la protección otorgada a la mujer y al niño; la autoridad política, contenida en sus ambiciones por la autoridad religiosa; la igualdad civil entre todos los ciudadanos; el equilibrio de la propiedad, mantenido por la prohibición de enajenar definitivamente los bienes y por la remisión de las deudas en el año jubilar; la orden absoluta de conservar las leyes sin mudar nada, de suerte que el código hebreo ha regido al pueblo de Israel durante quince siglos: tales son los principales caracteres de la legislación civil.

La ley penaba con la muerte: la idolatría, la blasfemia, la magia, la violación del sábado, el homicidio, el adulterio y los crímenes contra natura. Castigaba con la flagelación u otras penas aflictivas las faltas contra las costumbres, la rebelión contra la autoridad paterna, los golpes y las heridas, la difamación y el falso testimonio.

Es evidente que Moisés, viviendo en medio de naciones paganas, no hubiera podido, sin la inspiración divina, crear este maravilloso conjunto de instituciones, infinitamente superior a todas las legislaciones antiguas.

 

104. P. ¿Cómo se prueba la divinidad de la religión mosaica?

R. Las pruebas infalibles de la divinidad de la religión son el milagro y la profecía, esos dos sellos de Dios, esas dos señales de su intervención divina. Ahora bien, Moisés hizo numerosos milagros y verdaderas profecías para testificar la divinidad de su misión; luego Moisés era un enviado de Dios, y la religión que él enseñó en nombre de Dios es divina.

1° Moisés confirmó su misión con verdaderos milagros. – Tales: las diez plagas de Egipto; el paso del mar Rojo; la aparición de la columna de fuego; el maná del desierto; los manantiales que hizo brotar de las rocas de Horeb y de Cades; la solemne promulgación de la ley entre relámpagos y truenos; Coré, Datán y Abirón tragados por la tierra, etc. Moisés dio a todos estos hechos el carácter de milagro, es decir, de hechos divinos, cuando hablaba al pueblo en estos términos:

“Reconoced hoy lo que vuestros hijos no saben, porque no han visto los castigos del Señor Dios vuestro, sus maravillas, su mano poderosa, su brazo extendido; los prodigios y las obras que El ha obrado en medio de Egipto sobre el rey Faraón y sobre todo su pueblo; todo el ejército de los egipcios: cómo las aguas del mar Rojo los han tragado cuando os perseguían y cómo el Señor los ha destruido. Recordad también todo lo que Dios ha hecho en favor vuestro en el desierto hasta vuestra llegada a este lugar; cómo El ha castigado a Datán y Abirón, a quienes la tierra tragó junto con sus familias. Vuestros ojos observaron todas estas obras maravillosas que el Señor ha hecho, a fin de que guardéis todos sus mandamientos que yo os prescribo hoy”[4].

¿Cómo se hubiera atrevido Moisés a presentar como milagros acontecimientos ordinarios ante un pueblo que acababa de verlos? Si los hechos presentados como milagros no lo son, ¿cómo pudo Moisés cimentar en ellos su ley?... La seguridad con que los recuerda, prueba que esos hechos eran verdaderos milagros. Fuera de eso, no se engaña a todo un pueblo compuesto de varios millones de hombres. La docilidad del pueblo hebreo en someterse al yugo pesado de la ley, demuestra también, de una manera evidente, que este pueblo no tenía duda alguna acerca del carácter milagroso de los hechos recordados por Moisés.

Moisés hizo verdaderas profecías. – Predijo cada una de las diez plagas de Egipto, determinando de una manera precisa su principio y su fin[5].

Predijo el paso del mar Rojo y el milagro del maná[6].

Anunció a los hebreos que, en castigo de su levantamiento contra Dios, ninguno de los que tenían veinte años a la salida de Egipto entraría en la Tierra Prometida, a excepción de Caleb y de Josué; y el vaticinio se cumplió.[7]

Predijo un legislador parecido a él, pero más grande que él, es decir, el Mesías. Ahora bien, 1.500 años más tarde, Jesucristo, el único profeta parecido a Moisés por sus numerosos milagros, por su calidad de legislador y de libertador de su pueblo, dio cumplimiento a esta profecía[8].

Moisés asegura a los israelitas que, si son fieles a su ley, Dios hará en su favor milagros parecidos a los que obrara en Egipto; y esto se verifica en las hazañas de Josué, de Sansón, de Gedeón, etc. También les advierte que, si son reacios, todos los azotes caerán sobre ellos, que serán reducidos a la esclavitud, transportados fuera de su patria y dispersarlos por toda la tierra. La cautividad de Nívide, de Babilonia, y el estado actual de los judíos son el cumplimiento de esta amenaza[9].

Moisés profetiza su propia muerte, y se cumple en el término fijado, sin enfermedad previa[10].

Todas estas profecías tuvieron por objeto acontecimientos futuros, eminentemente libres, dependientes de la voluntad humana o de la voluntad divina. Su cumplimiento es un hecho certísimo atestiguado por la historia; luego se trata aquí de verdaderas profecías.

3° Moisés hizo estos milagros y estas profecías para comprobar la divinidad de su misión. – Así lo declara en nombre de Dios a Faraón cuando le dice: “Conoceréis que soy el Señor en esto: Golpearé el agua de este río con la vara que tengo en la mano, y el agua se convertirá en sangre”. Una declaración análoga formula al predecir cada una de las diez plagas de Egipto[11].

Moisés lo repite muchas veces a su pueblo, de un modo especial cuando le predice el castigo de Coré, Datán y Abirón: “En esto conoceréis que el Señor me ha enviado para hacer lo que veis, y que yo nada he inventado por mí mismo. Si estos hombres mueren de una muerte ordinaria, el Señor hace una cosa inaudita; si la tierra los traga a ellos y todo lo que les pertenece, sabréis que han blasfemado contra el Señor revelándose contra su mandatario[12].

Inmediatamente la tierra se abrió y los tragó vivo.

CONCLUSION. – Tales son los hechos: Moisés se presenta en nombre de Dios al pueblo judío, le anuncia su misión, y en prueba de la misma promete, de parte de Dios, milagros determinados y profecías claras. Y como Dios se encarga de hacer y realizar delante de todo un pueblo estos milagros y profecías, debemos concluir que Moisés es realmente un enviado de Dios y que la religión por él enseñada es divina.

 

105. P. ¿Qué medios empleó Dios para conservar intacta en el pueblo judío la verdadera religión?

R. Dios empleó tres medios principales:

1° Hizo escribir por Moisés en un libro las verdades y los preceptos revelados, a fin de que las generaciones venideras pudieran hallarlos sin mezcla de error.

2° Estableció en la tribu de Leví una jerarquía sacerdotal, encargada de comprobar la exactitud de los ejemplares de este libro, de interpretarlo y de explicarlo al pueblo.

3° Envió, de tiempo en tiempo, profetas a los que inspiró, para trasmitir a su pueblo sus mandatos, sus promesas, sus amenazas, y, sobre todo, para mantenerlo en la expectación del Mesías.

Dios hizo escribir por Moisés su ley; y por eso la religión mosaica se llama la ley escrita, en oposición a la ley natural, que Dios solamente grabó en el corazón de los hombres.

1° Dios hizo escribir su ley. – La revelación primitiva se había conservado en la memoria de los hombres por la tradición oral. La cosa no era difícil, ya por la sencillez de la religión, compuesta de un pequeño número de dogmas y de preceptos, casi todos dictados por la ley natural, ya particularmente, a causa de la larga vida de los patriarcas, encargados de instruir a sus descendientes[13].

El crecimiento considerable de la población hacía dificultosa la transmisión de las verdades y preceptos revelados: Dios los hizo escribir por Moisés en cinco libros, llamados, por tal razón, el Pentateuco. Estos libros son divinos. Se llaman divinos los libros escritos por un enviado de Dios; y por orden suya, y dictándolos el mismo Dios, escribió los libros que llevan su nombre. Luego los libros de Moisés son libros divinos.

En el Génesis, Moisés narra la creación del mundo, el origen del hombre, su caída, la historia de los primeros hombres, el diluvio, la vida de los patriarcas hasta José. Este libro abarca un período de 2.500 años.

El Exodo refiere la liberación del pueblo de Dios, su salida de Egipto, su permanencia en el desierto hasta la promulgación de la ley en el Sinaí.

El Levítico contiene todas las prescripciones de Dios relativas al culto. Era el ritual de la religión mosaica.

Los Números son una enumeración del pueblo hebreo a su salida de Egipto y su clasificación por familias. Completa la historia de los judíos hasta la muerte de Moisés.

El Deuteronomio es el código del pueblo judío, el comentario a la ley promulgada por Dios.

Después de Moisés, nuevos hagiógrafos, historiadores, moralistas y profetas escribieron también bajo la inspiración divina otros libros, cuyo conjunto forma el Antiguo Testamento.

Dios estableció un sacerdocio. – En la religión primitiva son los jefes de familia los que desempeñan las funciones religiosas. Dios les quita este ministerio, a causa de su negligencia, y lo confía a un cuerpo sacerdotal, jerárquicamente organizado. A los sacerdotes debían ser presentados todos los ejemplares de los Libros Santos para comprobar su conformidad con el original depositado en el tabernáculo. Así quedaron estos libros divinos al abrigo de toda alteración y fueron transmitidos íntegros a la posteridad. Los sacerdotes estaban encargados también de explicar las leyes divinas y de velar por su cumplimiento.

Dios envió profetas a su pueblo. – Antes de Moisés, los patriarcas Henoc, Noé, Abraham, Jacob habían recibido el don de profecía. Moisés fue el gran profeta del Antiguo Testamento. Después de él, Dios suscita con frecuencia hombres inspirados.

El cargo del profeta era el mediador entre Dios y su pueblo: a) Para lo presente, el profeta debía conservar, con sus predicaciones, reprensiones y amenazas, probadas frecuentemente con milagros, la integridad y la pureza de la religión. b) Para lo por venir, debía guardar vivas en el corazón del pueblo la esperanza y la fe en el Mesías prometido, designándole con anterioridad y señalado las diversas circunstancias de su vida.

 

106. P. ¿Cuáles fueron los principales profetas?

R. Se cuentan dieciséis profetas principales: cuatro profetas mayores: Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, y doce profetas menores, así llamados a causa de la corta extensión de sus escritos.

También se da el nombre de profeta al rey David, cuyos Salmos contienen numerosas profecías.

La palabra profeta significa aquél que ve lo por venir. Se llama profeta al hombre a quien Dios ha revelado de una manera sobrenatural, con la misión de comunicarla a los hombres.

Los profetas llevaban una vida pobre, errante, perseguida, y algunos de ellos sufrieron el martirio.

Entre sus profecías, las unas se relacionan con el pueblo judío, las otras con los pueblos extraños, y las más importantes se refieren al Mesías.

Respecto a los judíos, predijeron la división del reino de Salomón, la destrucción del de Israel, los setenta años de la cautividad de Babilonia, la liberación de los judíos por Ciro, la ruina definitiva de la nación judía.

Respecto a los pueblos extraños, vaticinaron la destrucción del imperio de Nabucodonosor; la ruina deNívide, de Tiro, de Menfis; la sucesión de los cuatro grandes imperios, Asirio, Medo, Griego, Romano, que debían preparar el reinado del Mesías.

La realización de estas profecías, así como los diversos milagros que hicieron estos hombres de Dios para probar su misión, son también una prueba convincente de la divinidad de la religión mosaica.

 

107. P. ¿Qué es lo más notable que predijeron los profetas acerca del Mesías?

R. Los profetas predijeron, con mucha anticipación, el origen del Mesías; el tiempo de su venida; su nacimiento de una virgen de Belén; sus milagros, su pasión, su muerte, su resurrección; la reprobación de los judíos, la vocación de los gentiles, el establecimiento y la perpetuidad de la Iglesia.

Las profecías que tienen relación con el Mesías se llaman mesiánicas.

Según las promesas hechas por Dios a los patriarcas, el Mesías debía nacer de la raza de Abraham, de Isaac, de Jacob, de la tribu de Judá y de la familia de David.

Moisés, 1.500 años antes de Jesucristo, manifiesta la misión del Mesías, ordenando al pueblo judío que escuche al nuevo legislador que Dios le enviará.

1.050 años antes de Jesucristo, David canta en sus Salmos la venida del Redentor, sus sufrimientos, su muerte, su resurrección, su imperio eterno.

Desde el año 700 al 400 antes de Jesucristo, se suceden los otros profetas, que, a su vez, van añadiendo otros rasgos a la figura del Mesías.

Isaías predice su nacimiento milagroso de una virgen; describe su vida, sus milagros, su pasión, su reino, con una riqueza tal de pormenores, que su libro se llama, con razón, el quinto Evangelio.

Jeremías profetiza los sufrimientos del Salvador y el establecimiento de su Iglesia.

Ezequiel describe con pintorescas imágenes el reino glorioso del Mesías y sus triunfos.

Daniel fija en setenta semanas de años (490 años), la duración de la expectación del Mesías, a partir de la vuelta de la cautividad de Babilonia.

Ageo anuncia que el Mesías visitará el segundo templo de Jerusalén, construído por Zorobadel.

Miqueas indica el lugar de su nacimiento, Belén.

Zacarías predice el género de muerte que ha de sufrir.

Malaquías, el último de los profetas, anuncia que los sacrificios de la nueva ley, ofrecidos hasta entonces únicamente en el templo de Jerusalén, serán reemplazados por una oblación completamente pura, que se ofrecerá en todos los lugares y en todos los pueblos.

Dios se complació en pintar, en el Antiguo Testamento, la imagen del Mesías, de tal manera que, cuando apareció en la tierra, pudo ser reconocido sin dificultad. Promesas, profecías, figuras, nos lo hacen conocer gradualmente: la una termina lo que la primera ha empezado, de suerte que la precisión y la claridad van siempre aumentando y preparan insensiblemente al mundo para recibir a su Redentor.

 

108. P. La expectación de un Mesías, ¿fue exclusiva del pueblo judío?

R. No; la expectación de un Mesías era común a todos los pueblos del universo. Todas las naciones recordaban una gran falta cometida desde el principio, y esperaban la reparación mediante un futuro Libertador.

Este hecho es tan cierto, que hasta los enemigos de la religión se ven obligados a confesar que, en la época del nacimiento de Jesucristo, el universo entero esperaba un gran Mediador, que debía renovar la edad de oro sobre el mundo, librarla del mal y restituir a los hombres la paz y la felicidad.

Este deseo universal no puede tener su razón de ser sino en una promesa primitiva mantenida por las profecías y cuyos ecos habían llegado hasta las naciones más diversas. Todas las miradas estaban fijas en Judea, que se había convertido en el polo de la esperanza de todos los pueblos.

Fuera del pueblo judío, esta esperanza de un Redentor se hallaba desfigurada por la ignorancia o las pasiones, y cada pueblo se forjaba una idea distinta de este Libertador, conforme a propio modo de ser; pero en todas partes, en Oriente como en Occidente, se esperaba un personaje extraordinario que reinaría sobre el mundo y restablecería en él la justicia.

En Occidente. – He aquí lo que se lee en los historiadores romanos, Tácito y Seutonio: Era universal la creencia en antiguas profecías, según las cuales el Oriente iba a prevalecer, y de la Judea saldrían los señores del mundo[14].

Todo el Oriente, dice Duetonio, resonaba con la antigua y constante opinión de que el destino habría decretado que, en esta época, la Judea daría señores al universo[15].

El gran poeta de Roma, Virgilio, intérprete de la expectación general, cantaba en una égloga la próxima llegada del Niño bendito, que debía devolver la edad de oro a la tierra. Cicerón afirma la misma tradición, atribuyéndola a los oráculos de las Sibilas.

En la Galia, sus antiguos habitantes adoraban, en los bosques sagrados, a una virgen de la cual debía nacer un hijo esperado de mucho tiempo atrás. Esta tradición está confirmada por los altares descubiertos en Chartres, en Châlons-sur-Marne, en 1833, con esta inscripción: Virgini pariturae Druides: Los Druidas a la Virgen Madre.

En Grecia, Platón pone en boca de Sócrates estas sorprendentes palabras: “Hay que esperar que alguien venga a instruirnos acerca de la manera cómo debemos portarnos con los dioses y con los hombres”. – Alcibíades responde: “Tengo un deseo ardiente de conocer a ese personaje... venga, pues, y cuando haya venido, haremos nuestros ofrecimientos a Dios”[16].

En Oriente. – Entre los persas se lee en el Zend-Avesta, escrito por Zoroastro, 600 años antes de Jesucristo, que un mediador llamado Mitra interviene entre Ormuzd, Dios creador, y el hombre culpable; ese mediador viene para abolir el imperio de Ahrimán, el espíritu del mal.

La China, en los tiempos de Confucio, 500 años antes de Jesucristo, alimenta las mismas esperanzas; y los Kings, libros sagrados de la nación, dicen que el Libertador esperado vendrá de Occidente.

La India, con sus encarnaciones milenarias de Wischnú, habla como la China y la Persia: en la narración de los Vedas, la parábola del hijo pródigo no es más que la alegoría del mundo esperando un Salvador.

Los incrédulos modernos que han estudiado las tradiciones antiguas, se ven obligados a convenir en que todos los pueblos esperaban un doctor, un sabio, un conquistador, un Dios.

“De tiempo inmemorial corría entre los indios y los chinos la creencia de que el Sabio vendría de Occidente. La Europa, al contrario, decía que el Sabio vendría de Oriente”. – (Voltaire).

Otro gran incrédulo escribe: “Las tradiciones sagradas y mitológicas de tiempos remotos habían esparcido por todas partes la creencia en un gran mediador que tenía que venir, de un Salvador futuro, rey, Dios, conquistador y legislador, que devolvería a la tierra la edad de oro y libraría a los hombres del imperio del mal”. – (Volney).

CONCLUSION. – La expectación del Mesías no era, pues, sola de los judíos: todos los pueblos antiguos tenían las mismas tradiciones; con razón los profetas llaman Mesías al Deseado de las naciones. Esta creencia, extraña y universal, prueba de una manera evidente el hecho de la revelación primitiva. Lo que se debe notar también es que, después de la venida de Jesucristo todos los pueblos han dejado de esperar al Mesías, circunstancia que nos lleva a la siguiente conclusión: todos los pueblos se engañaron esperando un Libertador o bien Nuestro Señor Jesucristo es realmente el Mesías prometido por los profetas y esperado por las naciones.

 

109. P. ¿Por qué demoró tanto el envío del Mesías?

R. Dios esperó cuarenta siglos antes de enviar al Mesías a la tierra porque tal era su santísima voluntad: El es el dueño de sus dones y libre en su dispensación. Los secretos de la sabiduría divina son insondables.

Santo Tomás da varias razones de esta demora:

1° Para humillar al hombre, que había pecado por soberbia. Esta prolongada expectación le hizo conocer toda la extensión de su miseria y comprender la necesidad de un Libertador.

2° Para preparar la venida del Mesías y atraer gradualmente a los hombres al misterio de la Redención. ¿No era necesaria una larga serie de milagros para disponerlos a creer en el más grande de todos: la Encarnación del Hijo de Dios?

Sin embargo, los que vivían antes de la llegada del Redentor podían salvarse por los méritos del mismo. No tenían sino tres cosas que hacer: a) conocer, amar y servir a Dios; b) observar la ley natural; c) creer en el Mesías prometido y esperar en su ayuda. Así, desde el instante de su caída pudo el hombre aprovecharse de los beneficios de la futura Redención.

1° Como el hombre hubiera pecado por soberbia, Dios lo abandona a sí mismo por un cierto tiempo, a fin de que reconozca la propia miseria. Sabemos muy bien en qué ignorancia y en qué desórdenes cayó el género humano durante los siglos que precedieron a la llegada del Mesías. Era menester que el hombre conociera por experiencia propia que sólo Dios podía salvarle, puesto que todos los esfuerzos de los filósofos y de los sabios de la tierra no habían podido sacarle del doble abismo de la ignorancia y de la corrupción en que había caído.

2° En el orden de la gracia, como en el de la naturaleza, todo se hace suavemente y por grados. Jesucristo es el sol del mundo espiritual; y el sol se anuncia por una gradación de la luz que prepara nuestros ojos para sostener su deslumbrante brillo. Del mismo modo, Dios, teniendo en cuenta la flaqueza humana, la condujo gradualmente al misterio de la Redención. Con este fin multiplicó, durante muchos siglos, los milagros y las profecías relativos al hecho más grande de la historia; la Encarnación de su divino Hijo. Los hechos de la vida del Redentor han sido prometidos, figurados, predichos y preparados...

3° Esta demora, empero, no sirvió de obstáculo a la salvación de las generaciones que vivieron antes de la llegada del Salvador. El murió por todos los hombres sin excepción, y los efectos de la Redención se extienden a todos los siglos. Los que vivieron antes de su llegada pudieron salvarse creyendo en El, por lo menos con una fe implícita: Dios les aplicaba anticipadamente, los méritos satisfactorios de su Hijo encarnado[17].

 

110. P. ¿Cuánto tiempo duró la religión mosaica?

R. La religión mosaica duró unos mil quinientos años aproximadamente.

Tenía por objeto preparar los pueblos para la venida del Mesías, y debía ser abrogada entonces.

Fue reemplazada por una tercera religión, más perfecta que las dos primeras: la religión cristiana.

N.B. – La parte dogmática y moral de la religión mosaica, ese conjunto de verdades y preceptos que constituyen la religión natural y primitiva, no podía ser abrogada, porque está cimentada sobre las relaciones que unen a los hombres entre sí y con su Criador.

Pero la parte positiva, el conjunto de las leyes rituales y civiles, es decir, lo que constituía propiamente la religión mosaica, no se refería más que a los judíos, y debía desaparecer a la llegada del Mesías.

La ley mosaica debía ser suprimida. – Muchas profecías del Antiguo Testamento anunciaban: a) la abolición de los sacrificios de la ley mosaica, como también la del sacerdocio levítico; b) el establecimiento de un sacerdocio y de un sacrificio nuevos. Pues bien, la abolición del sacerdocio y del sacrificio antiguos era la abolición de la ley misma, de la que eran partes esenciales.

Los profetas habían predicho: a) la destrucción de la ciudad y del templo de Jerusalén; b) la reprobación del pueblo judío; c) el llamamiento de los gentiles a la verdadera religión. Todo lo cual anunciaba que la ley mosaica, dada exclusivamente a los judíos, sería abolida un día.

Según los profetas, el Mesías debía ser un legislador como Moisés, dar una ley nueva, pactar con los hombres una nueva alianza, destinada a comprender todas las naciones y a durar hasta el fin de los siglos. Ahora bien, una ley nueva destruye la antigua, como un testamento nuevo anula los anteriores; luego el judaísmo, según las propias enseñanzas, ni debía durar hasta la llegada del Mesías.

La ley mosaica ha sido abrogada hace mucho tiempo. – La religión mosaica hace del sacrificio el punto capital del culto de los judíos: les prohíbe ofrecerlo fuera del templo de Jerusalén; reserva las funciones sacerdotales a la familia de Aarón. Pues bien, hace casi dos mil años que el templo de Jerusalén está destruido, las genealogías confundidas, y el sacerdocio no puede ser restablecido en la tribu de Leví. No pueden, por consiguiente, los judíos cumplir las ordenanzas esenciales del culto.

La interrupción es más larga que la misma duración del Mosaísmo.

Entonces, una de dos: o Dios pide un imposible a los judíos, o su ley ha sido abrogada. Jamás los hechos han suministrado una demostración más clara.

La religión mosaica era profética y figurativa: prefiguraba el reino del Mesías. Los antiguos doctores judíos admitían a la letra el principio sentado por San Pablo: Todo lo que les acontecía a los hebreos eran otras tantas figuras de lo porvenir. Ahora bien, las figuras se desvanecen con la llegada de aquél que las ejecuta; las sombras pasajeras de la antigua ley debían ceder el puesto a la realidad de la ley nueva. Por consiguiente, el judaísmo fue abolido por la fundación del cristianismo.[18]

 

II. LA RELIGION CRISTIANA

 

111. P. ¿Qué es la religión cristiana?

R. Es la religión fundada por Jesucristo.

Los cristianos reconocen a Jesús de Nazaret, hijo de la Virgen María, como al Mesías esperado por todos los pueblos, y le adoran como a Hijo de Dios hecho hombre.

Jesucristo estableció en Judea la religión cristiana, hace veinte siglos, y la hizo extender por sus apóstoles en todas las partes del globo.

La palabra hebrea Mesías tiene la misma significación que la palabra Cristo, de la lengua griega: quiere decir ungido o sagrado. Entre los hebreos se consagraban los reyes, los sacerdotes y los profetas. El Redentor prometido en el paraíso terrenal fue llamado Mesías, porque debía ser por excelencia Rey, Sacerdote y Profeta. El nombre de Jesús, que significa Salvador, fue traído del cielo por el arcángel Gabriel, encargado de anunciar a María la encarnación del Hijo de Dios. A este nombre divino juntaron los apóstoles el de Cristo, y la Iglesia Católica ha conservado la costumbre de llamar Jesucristo a Aquél a quien reconoce por Mesías y Salvador del género humano. Se le añade Nuestro Señor, es decir, Nuestro Dueño, porque nos ha creado y redimido.

 

NARRACION HISTORICA DE LA REVELACION CRISTIANA

 

Para conocer la historia de la revelación cristiana hay que leer la Historia Sagrada y la Historia de la Iglesia. Nada más interesante ni más útil. Recordaremos aquí los hechos principales de la vida de Nuestro Señor Jesucristo.

La expectación universal. – Todos los profetas habían anunciado al Mesías como el Salvador del género humano. Pero antes de su llegada, era necesario que el hombre caído reconociera su impotencia para levantarse sin la gracia de Dios. Ahora bien, después de 4.000 años de existencia, y no obstante las dos primeras revelaciones, el mundo había caído miserablemente en la ignorancia y en el fango del paganismo.

El mundo pagano había llegado a la culminación de la grandeza material. Grecia e Italia habían dado al mundo hombres ilustres: oradores, poetas, filósofos, capitanes. El imperio romano, el más vasto que haya existido, presentaba el espectáculo de un lujo inaudito.

Al contrario, la religión y las costumbres se hallaban en la más completa decadencia. El sol, la luna, los animales y las plantas eran objeto de adoración; se rendía culto al demonio bajo los nombres de las mil divinidades del Olimpo. Todo era Dios, excepto Dios mismo. Únicamente la nación judía proclamaba la unidad de Dios y se negaba a adorar la criatura. La opresión era universal: el esclavo temblaba en presencia del amo; la esposa y los hijos en presencia del padre; el ciudadano ante el Estado. La corrupción era profunda, incurable.

Entre los mismos judíos, privados hacía más de 400 años de enseñanza infalible de los profetas, todo se desmoronada. Habían caído bajo la dominación de los romanos, que les impusieron un rey extranjero, el idumeo Herodes. Los fariseos alteraban la ley mosaica e introducían una multitud de prácticas inútiles, a fin de tener subyugado al pueblo.

El mundo, en este estado, suspiraba por la llegada del Redentor. No solamente en Judea, sino en todas partes del universo, el sentimiento unánime era que el Mesías no podía tardar más en traer la luz, la salvación y la vida.

La venida de Cristo. – Por fin, en la hora fijada por los profetas, cuando el cetro había salido de la tribu de Judá, bajo el reinado de Herodes, apareció el Salvador prometido, el Deseado de las naciones. Según las profecías, tuvo por madre de una virgen, la Virgen María, de la sangre real de David. Nació pobre, abandonado, en un establo de Belén, a la medianoche del 25 de Diciembre. Pero los ángeles cantaron sobre la cuna de este niño. Gloria in excelsis Deo!... y los pastores vinieron a adorarle. Una estrella extraordinaria brilló en el firmamento y guió a los Magos de Oriente, que le ofrecieron oro, incienso y mirra, para reconocerle como su Rey, su Dios y su Redentor.

Con el nacimiento de Jesucristo comienza la era cristiana. En ese día, el primero de los tiempo nuevos, César Augusto, el emperador romano, señor del rey Herodes, hubiera quedado muy sorprendido al saber que en sus registros, en un pequeño pueblo de la Judea, sus oficiales iban a escribir un nombre más grande que el suyo; que el establo de Belén sería más venerado que el palacio de los Césares; que el reino del pobre Niño del pesebre superaría en extensión a su inmenso imperio, y que, finalmente, el género humano; prosternado a las plantas de este Niño, contaría sus años, no ya desde la fundación de Roma, sino desde el nacimiento de Cristo Redentor. Este solo hecho confirma la divinidad de Jesucristo.

Vida oculta en Nazaret. – Jesús permaneció en Nazaret, pequeña población de Galilea, hasta la edad de treinta años. Acerca de tan largo espacio de tiempo, el Evangelio no dice más que estas dos frases: Estaba sujeto a María y a José. – Mostraba cada vez más la gracia y la sabiduría que moraban en El. La tradición nos enseña que ayudaba a su padre adoptivo, José, en su humilde trabajo de carpintero. Los primeros cristianos mostraban los yugos y los arados hechos por el divino obrero (San Justino).

¿Por qué estos treinta años de vida oculta?

Jesús quiso enseñarnos los grandes deberes del hombre: la humildad, la obediencia, el trabajo, el amor a la vida obscura, el olvido de sí mismo y el desprecio de las riquezas. La soberbia y la ambición habían perdido al hombre: la humildad y la obediencia debían salvarle.

Jesucristo, con su ejemplo, habilita el trabajo manual, tan despreciado de los paganos, que lo dejaban a los esclavos. A través de los siglos, los obreros hallarán su título de nobleza en el taller de Nazaret, cerca de Jesús obrero. En Nazaret, como en el Calvario, Jesús se muestra el verdadero Salvador de los hombres.

Preludios de la vida pública de Jesucristo. – Cuando los antiguos reyes recorrían sus provincias, iban precedidos por heraldos, que anunciaban su llegada y preparaban los caminos por donde había de pasar el cortejo real. Dios había predicho por sus profetas que el Mesías tendría un precursor que anunciaría su llegada. Yo enviaré, dijo a Malaquías, un mensajero que me prepare los caminos; e inmediatamente después, aparecerá en su templo el Dominador que vosotros esperáis, el Angel de la alianza que deseáis[19].

El año 15 del reinado de Tiberio, siendo gobernador de la Judea Poncio Pilatos, y Herodes de la Galilea, se vio aparecer a orillas del Jordán a un profeta extraordinario: era Juan Bautista. Niño milagroso, nacido de Zacarías y de Isabel, prima de María, Madre de Jesús, se había preparado para su misión con una vida austera en el desierto. A la edad de treinta años se presenta mandado por el cielo, a predicar el advenimiento del reino de Dios. Bautiza en las aguas del río a los pecadores, y por tal razón el pueblo le llama Bautista.

Las muchedumbres vienen a escuchar a este profeta, y se preguntan si no es él el Mesías. – No, les contesta, yo no soy el Cristo, pero vendrá bien pronto en pos de mí Aquél a quien no soy digno de desatar las correas de su calzado. El os bautizará en el Espíritu Santo[20].

Hacía seis meses que Juan Bautista anunciaba a los judíos la próxima llegada del Mesías. El 6 de enero, Jesús, después de cumplir treinta años salió de Nazaret y vino a pedir el bautismo a su precursor. Cuando salió del agua, el cielo se abrió, el Espíritu Santo descendió, en forma de paloma, sobre la cabeza de Jesús, y se oyó una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo todas mis complacencias[21]. Era la manifestación del misterio de la Trinidad.

Jesús se retira al desierto para prepararse a cumplir su misión con cuarenta días de ayuno y de oración. Durante este tiempo, Juan Bautista lo anunciaba a Israel. Declara a los enviados de la sinagoga: Yo no soy sino la voz anunciada por el profeta Isaías... Pero entre nosotros está uno a quien no conocéis: ¡Es el Cristo, el Hijo de Dios![22]

Algunos días más tarde, Juan le vio venir del desierto y le rindió homenaje, diciendo al pueblo: He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita los pecados del mundo... Yo no le conocía, pero he visto descender al Espíritu Santo sobre El, y os aseguro que es el Hijo de Dios[23]. De este modo, Jesús de Nazaret era mostrado a los judíos como el Mesías esperado y como Hijo de Dios.

Predicación del Evangelio. – Saliendo del desierto, Jesús entra en la Galilea y empieza a predicar el Evangelio o la buena nueva del reino de Dios y de la Redención, prometida después de la caída del hombre. Sin fijar su residencia en ningún lugar, hospedándose indiferentemente en casa de los pobres y de los ricos que le ofrecían hospitalidad, al principio anda solo, como los profetas, por las ciudades y los pueblos, predicando ora al aire libre, ora en las sinagogas. La idea fundamental de su predicación es que el reino de Dios es un reino espiritual y no temporal, como lo esperaba la mayoría de los judíos, hombres groseros y materiales.

No tiene un plan determinado en sus enseñanzas, sino que se aprovecha de todas las circunstancias para hacer penetrar su doctrina en las almas. Habla pronunciando sentencias sencillas y sublimes a la vez: se vale de parábolas conmovedoras; su palabra sencilla está llena de unción. No intenta como un sabio probar lo que enseña; no discute: afirma con autoridad, en virtud de su misión divina.

Manifiesta que es el Mesías prometido y el Hijo de Dios enviado por su Padre para la salvación de los hombres. Tiene en su lenguaje un encanto divino, que hace decir a los que le escuchan: ¡No, jamás hombre alguno ha hablado como Este!

Confirma sus enseñanzas con la santidad de su vida, la sublimidad de su doctrina y, particularmente, con numerosos milagros, que atestiguan su misión y su divinidad. Ejerce sobre la creación entera su acción dominadora, como Señor de todas las cosas. Todo le obedece; el cielo, la tierra, los infiernos. Los ángeles acuden al desierto a servirle, Moisés y Elías le acompañan en el Tabor. Multiplica los panes, calma las tempestades, camina sobre las olas, realiza una multitud de curaciones y resucita a los muertos. Arroja a los demonios del cuerpo de los poseídos. Para llevar a cabo estos milagros, le basta una palabra, un gesto, un simple contacto.

Formación de la Iglesia. – Después de sus predicaciones, un gran número de hombres empiezan a seguirle a fin de escuchar su palabra de vida y ser testigos de sus milagros. De entre estos primeros seguidores, Jesucristo elige doce, en recuerdo de los doce patriarcas de Israel, y les da el nombre de apóstoles, es decir, enviados, porque quería enviarlos a predicar su doctrina a todos los pueblos de la tierra. Los lleva consigo, los instruye con un cuidado especial y, durante tres años, recorre con ellos Galilea, Judea, Samaria y el mismo desierto, a donde le siguen las muchedumbres, ávidas de escucharle.

De tiempo en tiempo envía a sus apóstoles, de dos en dos, a predicar el Evangelio. En prueba de su misión les confiere el poder de expulsar a los demonios y de curar las enfermedades, como lo hacía El mismo.

En el tercer año de su apostolado, Jesucristo elige también setenta y dos discípulos, en recuerdo de los setenta y dos consejeros de Moisés, para que ayudaran a los apóstoles en la predicación del Evangelio por las ciudades y la campiña. De esta suerte echa los cimientos de su Iglesia, que debía continuar su obra sobre la tierra.

Cierto día, dirigiéndose a Simón, cuyo nombre había cambiado por el de Pedro, le nombró jefe de su Iglesia, diciéndole: Tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las potestades del infierno no triunfarán contra ella. Y le confió las llaves del reino de los cielos para que las trasmitiera a sus sucesores.

Los enemigos de Jesucristo. – Durante los tres años de su vida pública, Jesucristo tuvo que combatir la incredulidad de los judíos y la hostilidad celosa de los jefes de la nación. Israel esperaba un Mesías poderoso, para restaurar el trono de David y dar a los judíos el imperio sobre todos los pueblos. Esperaba una revolución política y no un cambio religioso, interpretando en este sentido material las profecías que anunciaban el reino glorioso del Mesías. Este pueblo carnal y terreno no reconoció al conquistador  de sus ensueños en este profeta de Nazaret, pobre y obscuro, que predicaba la guerra a las pasiones, el desprecio de las riquezas y el reinado de Dios en las almas.

El pueblo, empero, arrastrado por la dulzura y los milagros de Jesús, se dejaba convencer; pero los jefes de la nación se declararon enemigos de Jesucristo y atribuían sus milagros al poder del demonio.

Dominaban en aquella época en Judea dos sectas funestas: los saduceos y los fariseos. Los primeros, filósofos materialistas, no pensaban más que en la vida presente, buscando de una manera exclusiva los placeres sensuales. Los fariseos, hipócritas y perversos, bajo la práctica exterior de la ley de Moisés, ocultaban un orgullo desmedido y vicios infames. Entre estos dos partidos estaba dividida la alta sociedad y ejercían gran influencia sobre el pueblo. La mayor parte de los miembros del famoso tribunal llamado sanedrín formaba en las filas de una y otra secta.

El sanedrín presidido por el sumo sacerdote, era el gran tribunal de la nación, encargado de regir y juzgar los asuntos religiosos. Se componía de setenta y dos miembros, divididos en tres cámaras: los príncipes de los sacerdotes o jefes de las veinticuatro familias sacerdotales; los escribas o doctores de la ley; los ancianos del pueblo o jefes de las tribus y de las principales familias. El sanedrín tenía el derecho de castigar a los transgresores de la ley, pero, desde que los romanos impusieron su dominación a los judíos, le estaba prohibido pronunciar sentencia de muerte.

Los fariseos fueron los enemigos más encarnizados de Jesucristo. Celosos de su popularidad, heridos en su orgullo por la superioridad de su doctrina, exasperados por la libertad con que condenaba sus errores y descubría su hipocresía, concibieron contra El tal aversión, que bien pronto se convirtió en odio mortal. La sabiduría de Dios, que gobierna el mundo, se sirvió de este odio para llevar a cabo la redención del linaje humano.

La Pasión de Cristo Redentor. – Jesucristo había venido a este mundo, no sólo para instruirlo y traerle una religión más perfecta, sino también para salvar a la humanidad culpable. Ahora bien, esta redención debía cumplirse mediante el sacrificio de su vida y la efusión de su sangre. A mitad del tercer año de su predicación, Jesucristo subió a Jerusalén para celebrar allí la Pascua con sus apóstoles.

Cristo, verdadero rey de Israel, quiso entrar triunfalmente en la Ciudad Santa. El pueblo, al saber que llegaba Jesús, corrió a su encuentro, llevando palmas y ramos de olivo, alfombrando con hojas el camino que debía recorrer, mientras gritaba lleno de júbilo: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Gloria al Mesías!

Estas aclamaciones enfurecieron a los fariseos, que buscaron la manera de apoderarse de El, sin soliviantar a la muchedumbre. Aceptaron complacidos el ofrecimiento de Judas Iscariote, que se brindaba a entregarle mediante el pago de treinta monedas de plata. Esta venta se repite en el transcurso de los siglos contra Cristo y su Iglesia. Los judíos compran la prensa, compran los votos, y la traición de Judas se repite en el mundo.

Jesús en el Huerto de los Olivos. – El Jueves Santo por la noche, el Salvador reunió en Jerusalén a sus doce apóstoles para comer el cordero pascual, según el ceremonial prescrito por Moisés. Después de la institución de la divina Eucaristía, la gran Pascua de la nueva ley, Jesús se dirigió al Huerto de los Olivos. Allí, al considerar los sufrimientos que le esperaban y su inutilidad para muchos, el Salvador se sintió oprimido por una amarga tristeza: cayó en agonía y, desde las ocho de la noche a las nueve, lloró los pecados de los hombres.

A medianoche viene Judas capitaneando a los soldados del sanedrín. Jesús pronuncia esta única frase: Soy Jesús de Nazaret, y la tropa cae de espaldas. Quiere mostrar con este prodigio que va a entregarse libremente a los sufrimientos. Se deja, pues, atar y conducir a Jerusalén, mientras sus discípulos le abandonan.

Jesús en presencia de Caifás. – Contra todas las reglas de procedimiento, el gran sacerdote reúne el sanedrín a medianoche, para condenar al Salvador. Estos jueces buscan testigos falsos, pero sus declaraciones carecen de eficacia para justificar la sentencia de muerte. Para poder pronunciarla contra Jesús, no halla el sanedrín otro pretexto que la afirmación solemne de Jesús: Sí, soy el Cristo, el Hijo de Dios. Caifás dice que semejante afirmación es una horrenda blasfemia; y como, de acuerdo con la ley mosaica, la blasfemia era castigada con la muerte, Jesús es condenado y entregado a la brutalidad de los lacayos y soldados.

Jesús ante Pilatos. – El Viernes Santo, a eso de las siete de la mañana, Jesús es conducido al tribunal de Pilatos, gobernador romano, para que ratifique y ejecute la sentencia. El gobernador invita a los enemigos de Jesús a que expongan sus acusaciones contra El; y entonces, los del sanedrín, dejando a un lado la acusación de blasfemia, le presentan como reo de crímenes políticos. Este hombre, dicen, subleva al pueblo; prohíbe que se pague tributo al César, y se dice el Cristo Rey.

Pilatos interroga a Jesús, reconoce su inocencia y busca la manera de ponerle en libertad; pero no quiere disgustar a los judíos, por temor de ser denunciado al emperador Tiberio de perder el puesto. Oyendo que Jesús es galileo, le manda, sin demora, a Herodes, que se halla en Jerusalén con motivo de las fiestas de la Pascua.

Jesús ante Herodes. – Herodes, orgulloso de ver comparecer ante su tribunal a ese hombre extraordinario, le pide que haga algún milagro. En presencia de aquel príncipe impúdico, Jesús guarda silencio; por lo cual Herodes, despechado, le hace vestir con un traje de burla como a un loco y lo devuelve a Pilatos.

Durante este tiempo, los fariseos propagan entre el pueblo toda suerte de calumnias contra el Salvador; la aparente debilidad y abatimiento de Jesús, el juicio del sanedrín y de Herodes, todo induce a creer que lo afirmado por los fariseos no es una calumnia, sino verdad. El pueblo judío, que cinco días antes gritaba: ¡Hosanna al Hijo de Dios!, dentro de poco pedirá su muerte. De un modo análogo el pueblo católico argentino y el de otros países, engañado por los judíos y masones, vota por los enemigos de Dios y les permite forjar toda clase de leyes contrarias a la libertad de la Iglesia y al bien de la patria. Vuelve Jesús a presencia de Pilatos. – El gobernador, viendo el odio de los fariseos, desea salvar a Jesús. Espera hallar más justicia en el pueblo, y siguiendo la costumbre de indultar a un preso en el tiempo pascual, compara a Jesús a un asesino llamado Barrabás: ¿A quién queréis que ponga en libertad, pregunta a la muchedumbre, a Jesús o a Barrabás? El pueblo seducido por los fariseos, pide la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.

Pilatos se indigna; y para mover al pueblo a compasión, condena a Jesús a la pena de azotes, no obstante haberle declarado inocente.

Este suplicio reservado para los esclavos, era, según la ley romana, horriblemente cruel. El condenado, completamente desnudo, era atado a una columna baja, de modo que presentara la espalda encorvada a los golpes terribles de los verdugos ejercitados en el arte de la tortura. Los ramales de cuero terminaban en corchete para desgarrar las carnes, o en bolas de plomo para magullar las llagas. Cada golpe arrancaba jirones de carne, y la sangre corría de todas las partes del cuerpo. Bien pronto la víctima, encorvándose hacia un lado, dejaba todo su cuerpo expuesto a los golpes desgarradores; no era raro ver al condenado morir en este suplicio. La paciencia divina de Jesús asombra a los verdugos y excita su rabia; y de la planta de los pies hasta la coronilla no hay en El un punto sano, pudiéndosele contar todos los huesos, con lo que se realiza la profecía de Isaías: Dinumeraverunt omnia ossa mea. De esta suerte, la pureza por esencia pagaba las impurezas de los hombres.

Después de tan espantoso tormento material, los soldados romanos quisieron burlarse de este Rey de los judíos. Le hicieron sentar sobre un fragmento de columna como sobre un trono; le echaron sobre las espaldas, a manera de manto real, un harapo de púrpura; pusieron en sus manos una caña por cetro y ciñeron sus sienes con una corona de punzantes espinas, adaptándola a fuerza de golpes; luego, como tributo, le escupieron en el rostro y le dieron de bofetadas. Para expiar el orgullo del hombre, el Salvador sufre estas crueles ignominias con paciencia divina.

Pilatos muestra al pueblo a Jesús en un estado capaz de conmover las mismas piedras. La víctima tiene el cuerpo desgarrado, la cabeza coronada de espinas, el rostro manando sangre; y cuando así lo ha puesto a la vista del pueblo, el juez dice: ¡He aquí al hombre! Los judíos lanzan gritos de furor: ¡Crucifícalo!... Nosotros tenemos una ley, y según ella debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios.

Los romanos solían respetar las leyes religiosas de los pueblos conquistados, y por eso los fariseos substituyen el crimen de Estado, que Pilatos rehusa admitir, con el crimen de religión. Sin embargo, el gobernador todavía vacila. Entonces, ellos le descargan el último golpe: Si lo pones en libertad, no eres amigo del César, puesto que todo aquel que se hace rey se declara contrario al César.

Al oír estas palabras, Pilatos se estremece ante el temor de perder su puesto, y se lava las manos diciendo: Soy inocente de la sangre de este justo; vosotros responderéis de ella.

Los judíos  gritan: ¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos! El gobernador pronuncia la sentencia y condena a Jesús a muerte de cruz.

Dos años más tarde, este juez inicuo, acosado por los judíos, fue desterrado a Poitiers, en las Galias, donde, desesperado, se suicidó. La imprecación del pueblo judío, por otra parte, se cumplió: la maldición de Dios cayó sobre él y sobre su raza, que se halla dispersa por todo el mundo, llevando siempre en su frente el estigma de Caín.

Jesús en el Calvario. – El suplicio de la cruz estaba reservado a los esclavos y a los malhechores. El Salvador del mundo, cargado con nuestras iniquidades, quiere pasar por este suplicio humillante y cruel. Los verdugos colocan sobre sus hombros una pesada cruz, que El abraza con amor y lleva penosamente hasta el Calvario, lugar destinado a las ejecuciones. El camino que conducía a él tenía una longitud de 750 metros.

Al recorrer esta vía dolorosa, Jesús, extenuado por tantos sufrimientos, cae tres veces. Al salir de Jerusalén, se halla incapaz de dar un paso, llevando la cruz a cuestas; los soldados obligan a un hombre de Cirene a que ayude a la víctima. Jesús se encuentra con su santísima Madre, y su corazón se desgarra de pena. Más adelante, una piadosa mujer, llamada después la Verónica, enjuga su divino rostro, y el Señor, agradecido, deja impresa en el sudario su santa faz.

En la subida al Calvario, el Salvador habló sólo una vez, pero habló como doctor y como profeta. Anunció a las mujeres de Jerusalén que le seguían llorando, el castigo futuro de su patria y la suerte del pecador que no quiera aprovecharse de los frutos de la Redención.

Llegado al Calvario, Jesús, despojado de sus vestiduras, es clavado en la cruz por cuatro sayones, que hacen penetrar, a fuerza de golpes de martillo, enormes clavos en sus pies y manos. Cuando la víctima queda clavada, en medio de atroces sufrimientos, los verdugos levantan la cruz y la dejan caer de golpe en el hoyo preparado de antemano. Cada sacudida produce en todos los miembros de Jesús un estremecimiento de espantosos dolores... Era mediodía.

Dos ladrones fueron también crucificados con El, uno a la derecha y otro a la izquierda. Así se cumplía la profecía: Ha sido contado entre los malhechores.

Sobre la cruz, el Salvador, levantado entre la tierra y el cielo, pronuncia siete palabras. Ora por sus verdugos; promete el paraíso al ladrón arrepentido; entrega a María por madre a Juan, y luego calla por espacio de tres horas. En aquel momento, el sol se obscurece y densas tinieblas cubren la tierra. Jesús ruega ante la justicia divina por los pecadores. Viendo el número de los réprobos que no querrán aprovecharse de sus méritos, deja escapar un grito de desconsuelo hacia su Padre: ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?... Después se vuelve a los hombres para decirles: Tengo sed... tengo sed de la salvación de vuestras almas... Por último anuncia que todo se ha consumado: las profecías se han cumplido, el precio de nuestro rescate está pagado. El Redentor profiere un gran grito, pone su alma en las manos de su Padre, he inclinando la cabeza, muere... Eran las tres de la tarde.

La naturaleza entera pareció llorar la muerte de su Criador: la tierra tembló, las rocas del Calvario se partieron, se desgarró el velo del Templo, las tumbas se abrieron... El centurión romano, que guardaba a los ajusticiados, exclamó: ¡Este hombre era realmente el Hijo de Dios!

Sepultura de Jesús. – Algunas horas después, un soldado, para atestiguar la muerte de Jesús, abre de una lanzada el costado de la víctima y de la herida sale sangre y agua. José de Arimatea y Nicodemo obtuvieron permiso de Pilatos para sepultar el sagrado cuerpo. Habiéndolo desclavado de la cruz, lo colocaron en un sepulcro nuevo excavado en una roca. Los judíos, sabiendo que Jesús había predicho su resurrección y temiendo que vinieran a robar el cadáver, sellaron la tumba con el sello de la nación y pusieron varios soldados para que la guardaran. Esta precaución, completamente providencial, sólo va a servir para hacer más auténtica la resurrección de Jesucristo.

Resurrección de Jesucristo. – El domingo, al despuntar la aurora, Jesús sale lleno de gloria de la tumba sin tocar la piedra. La tierra tiembla, un ángel desciende del cielo, hace rodar la piedra, se sienta en ella y siembra el terror entre los guardianes del sepulcro. Estos, viendo vacío el sepulcro, corren a anunciar al sanedrín la resurrección del crucificado. Los príncipes de los sacerdotes les entregan una cantidad de dinero para que esparzan la voz de que, estando ellos durmiendo, habían venido los discípulos de Jesús y robado el cadáver.

El mismo día, el divino Jesús se aparece por la mañana a María Magdalena, a las santas mujeres y a Pedro. Por la tarde, se muestra a dos discípulos en el camino de Emaús, y después a sus apóstoles, reunidos en el Cenáculo.

Durante cuarenta días se aparece a sus apóstoles en diversas circunstancias; les encarga que enseñen y bauticen a todas las naciones y, finalmente, les da las últimas instrucciones para establecer su iglesia, de la que nombra definitivamente a Pedro primer pastor y Jerarca supremo.

Ascensión. – El cuadragésimo día, Jesús, seguido de ciento veinte discípulos se encamina al monte de los Olivos. Allí, después de haber prometido a sus apóstoles que les enviaría el Espíritu Santo, los bendice por última vez y en su presencia se va a los cielos.

 

112. P. ¿Cómo conocemos la vida de nuestro Señor Jesucristo?

R. Conocemos la vida de nuestro Señor Jesucristo particularmente por los Evangelios.

Se llaman Evangelios los cuatro libros donde se narra la vida, los milagros y las principales palabras de Jesucristo.

Autores de los Evangelios son los apóstoles San Mateo y San Juan, y dos discípulos, San Marcos, discípulo de San Pedro, y San Lucas, discípulo de San Pablo.

Los tres primeros evangelistas, San Mateo, San Marcos y San Lucas, escribieron su Evangelio del año 40 al año 70 de la era cristiana; San Juan, a fines del primer siglo.

La palabra Evangelio es lo mismo que buena nueva. Es la nueva de la redención de los hombres, nueva grandísima y felicísima sobre todas las demás. Se da este nombre, ya a la doctrina de Cristo, ya a los libros en que está contenida.

Cuatro hombres elegidos por Dios, dos apóstoles y dos discípulos, escribieron, bajo la inspiración del Espíritu Santo, la divina historia de lo que Jesús dijo e hizo entre los hombres. Las narraciones de estos cuatro testigos, aunque diversas en la forma, en la intención, en el origen, se explican y confirman las unas a las otras, de suerte que no constituyen sino un solo Evangelio.

1° El Evangelio de San Mateo fue escrito hacia el año 42, ocho años después de la Ascensión del Salvador. San Mateo, apellidado Leví, cuando estaba a punto de dejar la Palestina para ir a llevar a otras naciones la buena nueva, escribió en hebreo, para los judíos convertidos de Jerusalén, los hechos principales de la vida de Jesús. Su intento fue demostrar a los judíos incrédulos que Jesús de Nazaret  era realmente el Mesías anunciado por los profetas. Es el más antiguo de los cuatro Evangelios.

2° El Evangelio de San Marcos fue escrito cinco o seis años más tarde, en Roma, por Juan Marcos, discípulo y secretario de San Pedro. Marcos siguió a su maestro a Roma, recogió sus narraciones y, en vista de ellas, escribió su Evangelio a petición de los romanos, deseosos de tener por escrito el compendio de las enseñazas dadas por el Apóstol. Este Evangelio, aprobado por San Pedro, estaba destinado particularmente a los gentiles, así como el de San Mateo lo estaba para los judíos convertidos. Es el más compendiado.

3° San Lucas compuso el tercer Evangelio y los Hechos de los Apóstoles entre los años 53 y 60 de la era cristiana. Natural de Antioquia, médico, pintor y escritor distinguido, San Lucas fue convertido por San Pablo y se hizo el compañero de sus viajes a Efeso, a Jerusalén, a Grecia y a Roma. Sacó los elementos para su Evangelio de las predicaciones de su maestro, de sus relaciones con los otros apóstoles y de las enseñanzas que recogiera de los labios de la Virgen María(1).

San Lucas se propuso ordenar, de la mejor manera posible, la narración de los hechos evangélicos; y así su libro tiene más forma de historia que los otros: es el más completo y el más metódico de los Evangelios. San Lucas escribió para los griegos, cuya lengua hablaba admirablemente. Presenta al Hombre-Dios como al Salvador del género humano.

4° El Evangelio de San Juan fue compuesto a fines del siglo primero. San Juan, el discípulo predilecto de Jesús, el último superviviente de los apóstoles, escribió en griego su Evangelio, a ruegos de los obispos de Asia, para combatir las primeras herejías sobre la divinidad de Jesucristo. Pone todo su empeño en dar a conocer mejor al Salvador, su existencia eterna en el seno de Dios, su unión substancial con el Padre, su encarnación y el misterio de la vida divina que Jesús venía a comunicar a los hombres.

Los tres primeros evangelistas narran la vida exterior del Salvador y sus enseñanzas populares. San Juan guarda silencio acerca de lo que se halla en los primeros Evangelios, y ahonda más que los otros hagiógrafos en los secretos de Jesús y en lo sublime de su doctrina. Es el único que reproduce su discurso de después de la Cena, la página más hermosa de nuestros Libros Santos, donde se aspira un aroma de divinidad y de amor divino.

 

113. P. ¿Debemos creer todo lo que está contenido en los Evangelios?

R. Sí; porque se debe creer a un libro histórico cuando es auténtico, íntegro y veráz.

Los Evangelios poseen estas tres cualidades de una manera mucho más perfecta que todos los otros libros históricos. Escritos por los apóstoles y los discípulos cuyos nombres llevan, han llegado intactos hasta nosotros, y sus autores son testigos verídicos y dignos de fe; no han podido ser engañados ni engañadores. Es imposible, pues, poner en duda los hechos narrados en los Evangelios, sin negar al mismo tiempo toda ciencia histórica.

N.B. – Los Evangelios pueden ser considerados de dos maneras: 1°, como libros inspirados; 2°, como libros simplemente históricos.

Nosotros, los cristianos, creemos que los Evangelios son libros inspirados, es decir, que los apóstoles y sus discípulos los han escrito siguiendo el impulso del Espíritu Santo, que se los dictó. Como libros inspirados, merecen fe divina, esto es, la fe absoluta que merece la palabra de Dios. Pero aquí no tenemos que discurrir acerca de la inspiración.

Consideramos los santos Evangelios como libros de historia, según el concepto puramente histórico.

Conforme a la sana crítica y al buen sentido, un libro de historia tiene autoridad plena y merece fe humana cuando es auténtico, íntegro y veraz.

Un libro es auténtico cuando ha sido escrito en la época y por el autor que le asignan.

Un libro es íntegro cuando ha llegado hasta nosotros sin alteración, tal como fue compuesto por su autor.

Un libro es verídico cuando el autor no puede ser sospechoso de error o de mentira.

Autenticidad de los Evangelios. – Los cuatro Evangelios tienen por autores a los escritores cuyos nombres llevan. Así lo demuestran:

a) El testimonio del pueblo cristiano. Este ha considerado siempre los Evangelios como auténticos, los ha leído en los divinos oficios y los ha conservado con religiosa veneración.

b) El testimonio de los mismos paganos, que los atribuyen a los discípulos de Jesús.

c) La imposibilidad de atribuirlos a otros autores, sea contemporáneos de los apóstoles, porque éstos hubieran protestado, sea posteriores a su muerte, porque los cristianos no lo hubieran admitido.

d) Los caracteres intrínsecos de los Evangelios requieren que sus autores sean testigos oculares y contemporáneos de Jesucristo.

e) La autenticidad de nuestros Libros Santos exige pruebas más fuertes que las exigidas para los otros libros históricos, pruebas accesibles a todas las inteligencias. Dios ha provisto a esta necesidad. El nos da una prueba única en el mundo y acomodada a todas las inteligencias, tal como no la posee libro alguno: me refiero al testimonio del pueblo judío para el Antiguo Testamento y del pueblo cristiano para el Nuevo.

Los Evangelios son para los cristianos una herencia de familia cuya procedencia deben conocer mejor que nadie. El pueblo cristiano funda su origen, la razón de su existencia, de su fe, de su vida, en la predicación de los apóstoles que le hicieron conocer las obras, los milagros y las enseñanzas de Jesucristo. Ahora bien, los Evangelios no son más que el resumen escrito de la predicación apostólica. Los primeros cristianos aceptaron estos libros: a) porque conocían a sus autores y sabían que eran dignos de fe, y b) porque no hallaban en estos escritos sino lo que ya creían. Siempre y en todas partes los cristianos han considerado los cuatro Evangelios como  la obra de los apóstoles y de sus discípulos; ante ese testimonio constante y universal se deshacen todas las objeciones de los incrédulos pasados, presentes y futuros.

Los racionalistas creen encontrar, en lo que ellos llaman ciencia crítica, armas contra nosotros. Los sabios cristianos los han seguido en este terreno, y ved aquí los testimonios que la crítica más sabia presenta de los escritos de los primeros siglos de la Iglesia, en favor de la autenticidad de los Evangelios.

San Justino, apologista y mártir en 106, afirma que los Evangelios eran leídos en los oficios del domingo, y habla de esta costumbre como de un uso general que existía de mucho tiempo atrás. Este filósofo pagano abrazó el cristianismo, después de haber recogido los datos más preciosos acerca de todos los hechos evangélicos.