La Argentina necesita más “gente honesta”

Homilía 03-10-2010            

Por Monseñor Miguel Esteban Hesayne


No se precisan analistas sociales o políticos para hacer un diagnóstico de la crisis social-política que estamos padeciendo en la Argentina. Hay una pregunta generalizada ¿qué tenemos que hacer para salir de esta  situación de barbarie ciudadana en que estamos sumidos? No tengo la receta. Pero sí, el camino que han tomado todos los pueblos para salir de la decadencia y caos social. Hay que contar con un grupo, de hombres y mujeres con un mínimo de honestidad. Sí, aunque parezca simple y rayano en simpleza, ser honesto es el valor humano fundamental en la relación humana. La persona honesta, según el diccionario de la Real Academia, es decente, moderada, razonable, justa y en una última acepción  hace mención al “Estado honesto”, que es el Estado en el que se respetan los derechos y se cumplen las obligaciones civiles, tanto de parte de los gobernados como de los gobernantes. El piso insustituible que se ha de colocar en la reconstrucción de una sociedad con horizonte de futuro de “Estado honesto”, es aceptar el desafío de honestidad personal. Cada ciudadano ha de asumir su propia e inalienable responsabilidad antes de exigir honestidad a los demás.


            Salir de la decadencia y deshonestidad social en que hemos caído en Argentina, para nosotros los cristianos, es un reto exigente de ser fieles discípulos de Jesús. Es ser honesto consigo mismo, coherente con el nombre de “cristiano”. La deshonestidad social-política de un vasto sector de la sociedad, es un desafío para el cristiano auténtico a vivir con lucidez y entusiasmo la vocación de testigos de cristiana santidad ciudadana. No somos cristianos para ser ciudadanos del cielo sin pasar por ser honestos ciudadanos en la tierra. Por eso, Jesús nos recuerda en Mateo 5, 14: “Ustedes son la luz del mundo…Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el Cielo”.


En esta decadencia social-política que estamos padeciendo los argentinos, los cristianos argentinos, si pretendemos ser honestos con el nombre de cristiano, digamos con Paulo VI que damos gracias a Dios vivir esta época  que no nos permite ser mediocres. 
No tengamos miedo a situaciones, a veces, aberrantes que se suscitan en la sociedad argentina. Vivamos con los ojos fijos en Jesús, el Señor de la Historia y de la Iglesia y  el corazón dispuesto a vivir su Evangelio cuya síntesis se encuentra en las Promesas Bautismales. Con la fuerza de la Fe en Jesucristo que murió y resucitó para regalarnos el “Poder de Dios”, a fin de construir codo a codo, con mujeres y hombres honestos, probos, rectos, vivamos lo que hemos prometido vivir en la renovación bautismal renunciando: al pecado, como negación de Dios -al error como negación de la verdad- a la violencia, como contraria a la caridad- al egoísmo, como falta de testimonio del Amor…a la envidia y al odio, la pereza e indiferencia -la cobardía y omisiones, el materialismo y la sensualidad -la injusticia y el favoritismo- el negociado y el soborno- el dinero como aspiración suprema de la vida.- el placer y el propio interés ante todo.
No es hora de lamentos, ni de simples denuncias, es hora de poner manos a la obra... El origen de la  inmoralidad en niños y adolescentes -robos y crímenes, viene  desde arriba…, con el principio que siguen usando la mayoría de nuestros dirigentes de que “el fin justifica los medios” cuya versión popular es “todo vale para salir con la mía”.  Es hora que los cristianos volvamos a seguir al Maestro Jesús. Que nuestro libro de formación de criterios y actitudes de acción sea su Evangelio y no programas de T.V. o  periodismo radial o escrito, o el mal ejemplo de altos dirigentes de la sociedad.
La consigna cristiana actual es ser discípulo de Jesucristo para vivir la misión de testigo de su Evangelio, en lo íntimo personal como en lo público social.


                                                                                  Miguel Esteban Hesayne