|
DE LUCES Y DE LIBROS Discurso de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de
La Plata en la inauguración de la XIXª Exposición del Libro Católico (Buenos Aires, 3 de setiembre de 2007)
Si se examina bien esta afirmación, no parece muy
convincente, o por lo menos hay que decir que suena como algo paradojal.
Porque no se puede negar que la fe es luz y que es luz asimismo la razón,
¿cómo puede iluminarlas entonces el buen libro? ¿No estaremos poniendo la
carreta delante de los bueyes al admitir sin más aquella sentencia? En efecto, en la filosofía clásica y en la tradición del
pensamiento cristiano se habla de la luz de la razón y se explica la
naturaleza del conocimiento asumiendo el simbolismo de la luz, la metáfora de
la iluminación. Santo Tomás presenta reiteradamente la razón humana, la
potencia intelectiva, como una marca o un sello de la inteligencia divina en
el espíritu de la criatura. Lo hace valiéndose de un texto bíblico, el
versículo 7 del Salmo 4, que él leía así según la versión latina: ¿Quién
nos mostrará los bienes? Impresa está en nosotros, Señor, la luz de tu rostro.
Es decir, de acuerdo a la interpretación tomasiana: de
Dios participa el alma humana la luz intelectual (I, 79, 4c.); o también:
todo nos es mostrado por el sello mismo de la luz divina en nosotros (I,
84, 5c.). También es luz la fe. Los Padres de la Iglesia han
llamado iluminación al Bautismo, o mejor dicho, al rito de la iniciación
cristiana, precisamente porque mediante el baño de la regeneración, al que
iba unida la concesión del sello del Espíritu y la comunión con el Cuerpo de
Cristo, los hombres reciben la gracia teologal de la fe. El espíritu del
neófito es iluminado por el conocimiento de los misterios divinos, por la
sabiduría que es don del Espíritu Santo. En teología se habla de la luz de la
fe, de una fe que tiene ojos y permite ver de algún modo lo invisible; el lumen
fidei es la fuente de una cosmovisión, la apertura hacia una visión total
de la realidad que no es posible al incrédulo. Es normal que el cristiano vaya creciendo en la gracia
de luz en luz, según la medida de la fidelidad y del amor. La práctica de la
oración va abriendo un camino que, de suyo, debe conducir a la experiencia
contemplativa, en la cual la crecida luz responde al fuego de la caridad e
introduce inefablemente en la claridad divina. Santo Tomás enumera en el
hombre tres luces: la luz de la naturaleza, la de la gracia y la de la gloria
(cf. I, 106, 1). Esta tercera luz, el lumen gloriae, nos hará falta
para que los murciélagos que somos podamos fijar la mirada en el sol de
la divinidad; será una elevación y un fortalecimiento de la potencia
intelectiva que la hará deiforme y la sostendrá en la visión de la esencia
divina por toda la eternidad (cf. I, 12, 5). Las tres luces vienen de Dios, porque Dios es luz y
en él no hay tinieblas (1 Jn. 1, 5); San Juan presenta solemnemente esta
afirmación como la noticia por excelencia que los apóstoles recibieron de
Cristo y transmitieron en su nombre. El evangelista también consigna por
escrito el testimonio de Jesús sobre sí mismo: Yo soy la luz del mundo; el
que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la Vida (Jn.
8, 12). Estas solas expresiones bíblicas justifican el uso que la tradición
cristiana ha hecho del múltiple simbolismo de la luz. Pero volvamos a la cuestión planteada al comienzo: ¿cómo
puede decirse que el buen libro es luz para la luz? Se me ocurre que vale
aplicar, por analogía, lo que San Agustín enseña en su Sermón 293 acerca de
la función de la palabra –de la voz– en la transmisión del pensamiento. En
todo diálogo, la palabra pronunciada, que se hace sonido de la voz, procede
de la palabra interior –del verbum mentis o verbum cordis– y le
sirve de instrumento para que el pensamiento del que habla, su palabra
interior, pase al espíritu de su interlocutor. Así también, el buen libro, el libro católico, cumple
una función mediadora, instrumental. Lo que hay en él de luz procede de la
luz de la razón y de la luz de la fe. El autor ha sido iluminado de diverso
modo, en diverso grado, por la luz del patrimonio filosófico perennemente
válido, de la Sagrada Escritura, de la tradición cristiana, del magisterio de
la Iglesia; su obra, el buen libro, es a la vez receptáculo y fuente de luz. Mediante la lectura, el estudio y la asimilación del
contenido, se esclarece el espíritu del lector, se acrecienta y enriquece la
luz de su razón y de su fe. El libro es palabra escrita, hecha letra en
páginas impresas para transmitir la luz de la verdad. Su función es, en
cierto modo, humilde, ministerial; se presta a un servicio de comunicación.
San Agustín decía: cuando el sonido vocal te ha llevado a la comprensión
de la palabra, se desvanece y pasa. El libro ya leído vuelve a la biblioteca, o es devuelto
a su dueño, quizá es olvidado por años en un estante, pero ha cumplido su
misión, ha hecho su obra. Decíamos antes que la tradición filosófica clásica y el
pensamiento cristiano emplearon la simbología de la luz para expresar la
naturaleza y el valor del conocimiento. En la historia de la cultura
occidental ocurrió un episodio curioso: cuando ambas luces, la de la razón y
la de la fe entraban en eclipse, el movimiento filosófico que provocaba la
tiniebla recibió el nombre de “Ilustración”; se lo llamó también “Iluminismo”
y a ese siglo –el XVIII– “Siglo de las luces”. Esta ironía siniestra recubrió de afeites prestigiosos y
reivindicatorios la negación de la revelación divina y del vuelo metafísico
de la inteligencia; la religión quedó encerrada en los límites de la mera
razón y ésta reducida a explorar el campo de los fenómenos. Actualmente,
tanto en los estudios sociales como en pedagogía, se va imponiendo una
corriente de pensamiento, heredera de la Ilustración, que descarta las
metáforas de la luz en la descripción y definición del conocimiento y las
reemplaza por metáforas del ámbito de la construcción. El conocimiento humano
ya no sería descubrimiento y revelación de la verdad, manifestación del ser
de la realidad a la inteligencia, visión intelectual de las cosas, teoría o
contemplación, sino fabricación de un objeto, construcción de esquemas
aproximativos, de interpretaciones múltiples que se irán descartando e imponiendo por consenso. Según esta corriente no existe un orden
natural, ni una verdad posible de alcanzar, ni valores objetivos
universalmente válidos. Éstas son las ideas que predominan en la orientación
oficial de la educación argentina; se expresan de un modo más o menos
discreto en la Ley de Educación Nacional y en la de la Provincia de Buenos
Aires. En la jurisdicción provincial el más crudo constructivismo aparece en documentos tales como el
proyecto de “Redefinición de la Formación Docente” y el “Prediseño Curricular
de Construcción de Ciudadanía”. Se propone cambiar el modo de hablar acerca
del conocimiento y su transmisión y el lenguaje tradicional de la pedagogía,
para poder cambiar finalmente el modo de pensar, la mentalidad de los
maestros. En la nueva asignatura llamada “Construcción de Ciudadanía” se articula un proceso para hacer de
los niños y adolescentes bonaerenses pequeños teóricos críticos para cambiar
la sociedad. Probablemente resultarán analfabetos, víctimas de la abolición
de las humanidades y de los objetos formales de las disciplinas científicas,
pero tendrán que ser revolucionarios; para eso se los adoctrinará con versiones
criollas de las ideas de Foucault y
del neomarxismo de la Escuela de Frankfurt. Seguramente habrá libros disponibles para lograr estos
objetivos. Algunos ya están en circulación, e incluso llegan de regalo a las
escuelas católicas. No son, por cierto, no serán buenos libros, que reflejen
la luz de la razón y la luz de la fe, que resulten luz para la razón y para
la fe. Esta encrucijada gravísima de la cultura nacional, que pasa
inadvertida para tantos que tienen por oficio el deber de advertir, permite
apreciar más aún el valor de esta Exposición del Libro Católico, la XIXª, que
hoy inauguramos. Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata |