Rusia
vuelve como potencia intelectual, científica y espiritual
Por Konstantin Cheremnykh
Gentileza de
Argos Internacional
Lic.
Joaquín Presas Valles
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Web: http://espanol.groups.yahoo.com/group/ArgosIs-DRGComunidadEuropea
El presidente
ruso Vladimir Putin en una ceremonia religiosa de la Iglesia Ortodoxa.
Rusia: Putin retoma el
plan maestro de Pedro el Grande
RUSIA…
ARGOS: MARZO 31 DE 2008…
Por Konstantin Cheremnykh*
Vivimos una época histórica nueva e inédita. Aquella que ha
generado una guerra sin fin contra enemigos «terroristas incapturables» gracias
a un bombardeo
mediático constante que moldea nuestras conciencias y avala bajo ese
pretexto invasiones y otros abusos anestesiados. Curiosamente no son estados
totalitarios los fabricantes de estos cuentos sino países que se auto-califican de
democracias, de sociedades civilizadas avanzadas, casi todas modernas
potencias industriales. Frente a estas fuerzas destructoras, aplicando «la ley
del más fuerte», en busca salvaje de recursos materiales para sus mercados, el
mundo no debe sorprenderse de que Rusia se esté convirtiendo en un reflejo
orgánico de resistencia contra semejante política destructiva. Sin Rusia como árbitro
mundial hoy, ya hubiesemos tenido otro Hiroshima
en Irán.
En su recuperación luego de
la catástrofe nacional [caso social generado por la caída del comunismo], Rusia
extiende su misión a Europa.
El punto de vista liberal aceptado, el que domina en la
prensa mundial, distorsiona la realidad como si se tratase de una casa de los
espejos. Esta distorsión impide comprender el papel que le toca representar a
Rusia en el mundo, así como la función determinante de los períodos cruciales
de su historia cuando Rusia modificó su territorio y sus fronteras.
La decisión de Pedro I [1] de construir la nueva capital rusa en sus
costas del mar Báltico se interpreta de manera rutinaria, y no sólo en los
diarios sino inclusive en las monografías históricas modernas, como la decisión
rusa de volver los ojos a los valores del libre mercado de occidente en
oposición a la autocracia asiática.
Todo visitante de San Petersburgo puede comprender cuán
primitiva es esta interpretación. El principio de la planeación de la ciudad,
por ejemplo, no tiene nada que ver con el perjudicial libre mercado. San
Petersburgo es una ciudad construida de acuerdo con la expresión de la voluntad
estatal.
Es cierto que Pedro I estaba decidido a estrechar las
relaciones de Rusia con Europa. No obstante, lo que le fascinaba de Europa no
eran los milagros del libre mercado británico sino el enorme potencial
científico, técnico y cultural del continente que para él habría de ser
determinante para desarrollar el propio potencial todavía sin utilizar, y
elevar a la nación a una posición que le permitiera cumplir su propia misión en
el mundo.
Es todavía más significativo que las mentes y los talentos más
grandes de Europa de aquellos días entendiesen a la perfección y se llenasen de
entusiasmo por esta intención. Muchos de ellos no sólo pasaron años en Rusia
sino que se unieron a esta nación, se casaron con rusas, adquirieron la
ciudadanía rusa y se convirtieron en protagonistas de la ciencia y la cultura
rusas. En el listado de ciudadanos de San Petersburgo se incluye al matemático
Leonard Euler y al empresario industrial Alexander von
Stiglitz, en tanto que el asimismo famoso arqueólogo Heinrich Schliemann dejó
la ciudad tan sólo porque una dama griega, la que sería su segunda mujer, le
había encantado.
El mismo punto de vista predominante sobre las relaciones de
Rusia y Occidente han conducido a un equívoco en la interpretación del «equipo
de San Petersburgo» y de los dirigentes de Rusia. El error en el «equipo de San
Petersburgo» se debe al supuesto de que esta ciudad, en su papel de la más
occidental de Rusia, es muy apropiada para servir de ventana de Rusia a Europa,
como Pedro I explica en el Jinete de Bronce de Pushkin, a manera
de agujero para fomentar una nueva tradición para destruir la vieja, según el
modelo de la primavera de 1917.
Ha dejado de ser un secreto que el esfuerzo político de
1990-91 no fue más exitoso que el de 1917, y que el «equipo de San Petersburgo»
no va a desempeñar el mismo papel que el desventurado Gobierno Provisional, que
la nueva institución política, originada en esta ciudad, no va a facilitar la
disolución de Rusia en un nuevo orden mundial multipolar.
Con la materialización de sus planes de acceso a Europa a
través del mar Báltico, Pedro el Grande confiaba en un pueblo que tenía una
experiencia histórica acumulada. Ese pueblo, que había sufrido durante siglos
el ataque de múltiples adversarios superiores a él, pequeño en comparación con
el enorme territorio que poblaban -lo que significa que para conservar la
nación a salvo tenían que mantenerse en un régimen de movilización permanente-.
Lo que Pedro quiso hacer fue multiplicar este potencial con los logros
científicos de Europa Occidental.
No debe sorprender por ello que la división de la historia
de Rusia en la era pre Pedro y en el período
siguiente sea apropiada para estudios de economía. En los tiempos anteriores a
este zar, los rusos sólo podían hacer sugerencias de los tesoros minerales que
guardaban sus territorios, pero no hablar del valor de esos recursos cuando se
refinasen; en tanto, la distancia entre sus tierras y el mar se tenía que
recorrer de la cuenca de un río a la otra en botes arrastrados desde la orilla
a fuerza viva; esta experiencia está grabada en nombres de pueblos antiguos
como Volkolamsk y Vichny Volochok (del verbo volochit,
arrastrar).
La era de Pedro el Grande vió
nacer un término ruso para canales de compuertas, «schluz»,
en el que se reconoce con facilidad la palabra alemana que designa esclusa.
Otras palabras alemanas, introducidas a principios del siglo XVIII, comprenden
la totalidad del glosario de la industria minera -el término central, chajta, del alemán Schacht
se empleó en el vocabularios de defensa estratégica para designar un silo.
Las fortalezas rusas más sólidas, como Brest
y Sebastopol, fueron diseñadas por ingenieros alemanes; entre los nombres más
gloriosos de la Armada Rusa aparecen los de Littke y Krunsenstern; las mejores clínicas de San Petersburgo
tienen aún por nombre el de los médicos del siglo XIX Erismann,
Ott y Rauchfuss.
La herencia enorme dejada por los alemanes en las esferas
más modernas de la industria, de la cultura y de los servicios públicos de
salubridad deja ver porqué las dos naciones, a pesar de la inmensa catástrofe
de las terribles guerras en las que chocaron el siglo pasado, buscan una nueva
comprensión y cooperación. Los adversarios insidiosos de ambas naciones han
ponderado mal que el intelecto alemán es complementario de la mente rusa -por
lo menos desde los tiempos de la amistad del Zar Pedro con el ingeniero Franz Lefort, a quien Pedro no se dirigía por su nombre, sino
sencillamente por mein Herz-.
Así pues ¿Qué era lo que atraía de Rusia a los europeos? Por
supuesto, no eran sólo las oportunidades de hacer negocios; la fascinación
humana por tierras distantes surge por diferentes motivos. Les atraía más que
nada la combinación de los paisajes con la tradición, las creencias, la osadía
científica y la voluntad del estado creador que se define como civilización.
El mero hecho de que algunas de las mejores mentes europeas
se involucrasen en la transformación de Rusia -no sólo inversores y asesores
temporales, sino pensadores creadores, ingenieros, inventores y naturalistas
que se establecieron aquí para siempre- es la mejor prueba de la existencia de
una civilización rusa peculiar.
En esta peculiar civilización, las funciones sociales no
coincidían con las de occidente. ¿Por qué decimos en Rusia que un poeta es «más
que un poeta»? Es muy común que un poeta ruso no se dedique a ironizar o a
criticar al poder estatal, sino que colabore y lo aconseje. Al preguntarse
porqué la imagen de Pedro I era tan fuerte para Alejandro Pushkin, véase la
plaza donde Pushkin estudió y luego vivió con su familia: Tsarskoye
Selo. El suburbio de San Petersburgo que no
existiría sin Pedro, el lugar entonces famoso por sus palacios reales, a la vez
que sede de la Escuela Real de Ingeniería Militar.
El país donde se reclutaba a un aldeano por catorce años
para servir en el ejército era también la tierra donde un noble tenía que ser
un oficial de ese ejército. Entre los estudiantes de la escuela de Tsarskoye Selo se encontraban el
filósofo Chaadayev y el poeta Lermontov.
La zona de la ciudad donde se abrió la escuela y donde existe todavía hoy fue
conocida durante el régimen soviético con el nombre de Sofia,
por la renovada catedral que construyeron los jóvenes oficiales. Las mentes que
crecieron en esta plaza pudieron criticar con amargura la realidad de su
tiempo, pero ninguna de ellas atacaría a su nación; el patriotismo era tan
natural como respirar.
En esta civilización, la policía del estado solía coexistir
en paz con los poetas, y la fe con la ingeniería militar en una causa común, la
de unificar al zar con el poeta, al científico con el sacerdote, que siendo un
requisito fundamental para la supervivencia, era a su vez el impulso que se
necesitaba para la osadía.
Por las peculiaridades descritas arriba, así como por el
mapa geográfico, es claro que uno de los rasgos característicos de la
civilización rusa era la expansión. Sin embargo, la expansión por tierras y
mares tiene límites determinados por la educación universal y la fe cristiana.
Por ello, alrededor de 1870, cuando ningún ingeniero se podía imaginar a un
hombre que se elevara por encima de la tierra, los filósofos rusos -de la
escuela llamada Cosmista- introdujeron la idea
del viaje espacial en las mentes hasta hacer de ella una convicción y un
propósito.
Nikolay F. Fyodorov, el fundador
de esta escuela, no sólo soñaba con otros mundos; predijo que el hombre, al
colonizar esos mundos, los utilizaría como thesauri
de la memoria humana, elevando así la capacidad de reestablecer las imágenes de
los nietos del planeta desde su pasado. Lo que profetizó no era tan sólo el
progreso técnico sino el creciente poder humano de conectar el pasado y el
futuro, así como los polos culturales de Occidente y Oriente. El filósofo pasó
años en la atrasada Asia Central; su libro Filosofía de la causa común
se publico por primera vez en Vernyi, la actual
Almaty.
Siguiendo el curso natural de la civilización rusa, el más
devoto alumno de Fyodorov se convirtió en la persona
cuyo nombre es honrado por todo estudioso del espacio: Konstantin Tsiolkovsky, el inventor del primer proyectil ruso, el
fundador de una nueva ciencia luego perfeccionada por Friedrich Zander, otro
gran germano ruso, y posteriormente por Sergey Korolev.
Su entrega científica fue coronada en 1961 con el primer vuelo espacial tripulado
por un hombre; el apellido del cosmonauta, Gagarin, coincide casi místicamente
con el nombre verdadero del filósofo Nikolay Fyodorov,
que era hijo ilegítimo del conde Peter Gagarin.
Apenas en 1997 conocí otra coincidencia de naturaleza
mística, cuando tuve la dicha de asistir a la primera conferencia conjunta,
organizada por el clero ruso y los científicos atómicos rusos. Se trata de un
descubrimiento para comprender que la ubicación del centro superior soviético
de investigación atómica en la antigua ciudad de Sarov,
en la región de Nichny Novgorod, formaba las mentes
de los científicos y les permitía no sólo superar las eras de la historia, sino
también la brecha astronómica entre fe y ciencia. Uno de los conferencistas, el
representante del Centro de Investigaciones Atómicas, admitió que durante
décadas se había sentido fascinado por la similitud de la silueta de un misil
con la del campanario del Monasterio de Sarov.
Una década más tarde, el 9 de septiembre de 2007, los
científicos rusos celebraron el jubileo del programa atómico soviético en la
catedral de Cristo Salvador, científicos y clérigos compartieron el espíritu de
una gran causa, la elevación del hombre sobre la vida mundana. Desde ese día,
el gran devoto ruso, el Reverendísimo Seraphim de Sarov es el protector de los físicos atómicos rusos.
El cementerio de San Petersburgo, donde está enterrado el
padre de Vladimir Putin, lleva también el nombre de San Serfín
de Sarov. Esta es una coincidencia a todas luces. Sin
embargo, todo milagro de la historia humana, como el milagro del nacimiento de
una nueva especie en la naturaleza, es un acontecimiento producto del azar que
da origen a una nueva situación cualitativa, una fusión de orígenes; la
dirección de los padres nos lleva a la historia de la familia que no es posible
reescribir como los rasgos pasados de una civilización en particular.
La armonía de la fe y el progreso científico, manifiesto en
la ceremonia del Cristo Salvador, fue una gran inspiración para los científicos
rusos y un día negro para los que odian a la civilización rusa -y a todo el
genero humano por igual-; esta armonía fue como obligarlos a tragarse un gato.
Los nombres de los periodistas que condenaron este acontecimiento, en oración a
un dios pagano para impedir el progreso, con el uso de imágenes animales son
una galería de retratos de los que odian a la civilización, el Cristianismo y,
naturalmente, a Rusia.
En su Filosofía de la Causa Común, Nikolay Fyodorov advierte la llegada de los adversarios de la
fusión de fe y de la ciencia, de los que pondrían en oposición los dos
propelentes del ascenso humano, para arruinar a ambos.
Eso mismo predijo San Serafín de Sarov;
para proteger a los rusos de esta invasión cavó el famoso canal de Diveyevo, que no puede ser cruzado por el anticristo.
Exactamente en esta tierra, de donde el ciudadano Minin
y el conde Pocharsky comenzaron su marcha hacia la
ciudad ocupada de Moscú, la profecía del santo se hizo cierta: el conducto
entre el hombre y el espacio es el escudo que protege a los rusos no sólo de
los invasores militares, sino también de los asaltantes espirituales.
Desde el punto de vista de Nikolay Fyodorevo,
la fuente y el centro de este adversario de Rusia era Inglaterra, «que se
empeña en reducir a las demás naciones a esclavas para la explotación de
materias primas con las que Inglaterra producirá bienes manufacturados para
venderlos a los mismos pueblos que generaron y extrajeron el producto». Con
esto, la idea de que Rusia debe servir de humilde proveedor de materias primas
para las criaturas superiores, su función colonial, no es nueva.
Las fuerzas del mal en la descripción de Fyodorov
tienen rasgos discernibles y perfectamente reconocibles: fascinación por el
lujo, desprecio por los pobres y por la clase productora de sus propias
naciones; «La atracción pagana por la fabricación de lujos y el deseo
incontenible de jugar con esos juguetes»; la imposición de la libertad de
comercio con el mismo propósito que la guerra, y desencadenar guerras de verdad
en busca de recursos -que "no es sólo economía política, pues para Darwin
y sus seguidores la ciencia es tan sólo un instrumento de la guerra, en tanto
que la lógica de la historia es la lógica de las guerras por valores
abstractos… Esas enseñanzas favorecen tan sólo las diferencias, sólo los rasgos
que conducen a la hostilidad; odian hasta los sueños de que en un tiempo el
león pacerá con la oveja, y el eslavo se convierta en hermano del
germano".
Esas palabras se escribieron tres décadas antes de que Gran
Bretaña se empeñara con todas sus fuerzas en llevar a la guerra a Rusia contra
Alemania; cinco décadas antes de que el presidente del Banco de Inglaterra
Montagu Norman diera los créditos al régimen nazi; seis décadas antes del
discurso de Fulton ante Churchill; diez décadas antes de que Mijail Gorbachov
aprendiera las lecciones de la perestroika con
Margaret Thatcher, con la consecuente catástrofe
nacional.
Quince años después de esta catástrofe, se han quitado la
máscara: los retos más hostiles para Rusia los encabeza Londres; ese mismo
Londres se ha convertido en el lugar de residencia favorito de los más vanos y
arrogantes amantes del lujo. Y el mismo Londres se convierte en la cuna del
nuevo Darwinismo, mezclado con nuevo Maltusianismo. Desde aquí el World Wildlife Fund dirige sus
cruzadas para proteger a gorilas, insectos y a cualquier otro ser, menos al hombre;
de esa ciudad, carnicerías
en el Tercer Mundo, correspondientes al imperativo ideológico bendecido por
las Naciones Unidas de reducción de la raza humana; de allí los indicadores
individuales del bióxido de carbono se extienden por todo el mundo, empleando
el mismo dogma maltusiano para aplastar el gran deseo del hombre de extender su
civilización.
«El ecologismo es igual al nazismo», escuché decir a un
científico de Sarov en la conferencia de 1997 del
Monasterio de San Daniel. Esta definición es la señal de la salida de la
comunidad científica rusa de la trampa que favoreció Gorbachev de la teoría de
la información, el reverso de la moneda maltusiana, el supuesto post-industrial
que esencialmente es anti-industrial. El anti-industrialismo, como el anticristo, empleado
para ocultarse bajo varios disfraces alegres como la «teoría del desarrollo
sustentable» o el «desafío del calentamiento global» -desde los tiempos de
Nikolay Fyodorov, en su controversia con Leon Tolstoy, decía con ironía:
Cómo abundan hoy los amantes del ganado.
Rusia se recupera de esta enfermedad ideológica y esto se
demuestra con el hecho de que los científicos rusos refutan la "teoría del
hoyo de ozono"; se recupera de la impotencia de los movimientos verdes
adentrados en la administración pública rusa; se recupera con la voz elevada
por Putin a favor de los pueblos más pobres de la Tierra. Inclusive en la
películas populares de hoy, la imagen de Rusia en el Tercer Mundo es la imagen
del protector y del civilizador que rescata y lleva esperanza a los más
débiles, y no el del que los hunde en su salvajismo primigenio -esto establece
la diferencia esencial entre los rusos y la definición británica de un imperio.
Todos aquellos que frenéticamente han tratado de eliminar de
nuestro léxico la palabra «imperio», junto con su significado de expansión y
colonización ahora son desenmascarados ante el mundo con el suelo ensangrentado
de Irak, donde los logros de la técnica y de la cultura fueron arrasados en
aras de los valores abstractos del libre comercio y de la democracia formal.
«La naturaleza, dado que es gobernada por la mente humana,
se habrá de convertir en una expresión de intelecto y de moral, y por lo tanto
habrá de ser bella», escribía Nikollay Fyodorov, quien reconocía a los darvinistas porque
«escogían ejemplos para el género humano de entre el reino animal», como la
peor representación de mal mundial. La elevación del género humano por encima
de la bestialidad del oscurantismo se relaciona en su mente con la
transformación deliberada y planeada de la naturaleza. Este esfuerzo era para
él la misión superior del gobernante.
"En su papel de iniciador de un esfuerzo fraternal y
paternal, el soberano está obligado a ser el guerrero contra la distancia que
divide, que es la principal condición de la hostilidad y la discordia. Está
para servir de comandante de las tropas de esta batalla en verdad cristiana,
para aplastar la alienación y abrir el camino de las zonas con mucha población
hacia las regiones inhabitadas, un éxodo que trae consigo la comunicación
íntima del colonizador con la tierra de sus padres, la prueba crucial de este
esfuerzo es la construcción del ferrocarril siberiano."
La batalla contra el salvajismo, calificada por el autor
como "regulación de la naturaleza," es el requisito indispensable
para mantener unida la nación, así como para cumplir su misión en el mundo. Su
notable contemporáneo Dimitry Mendeleyev,
conocido como un genio de la química, era también un estadista cuya tarea,
asignada por el emperador Alejandro III, era la de trazar lo que se llama ahora
"corredores de transporte" para el fomento de la industria y de la agricultura,
para la producción de bienes manufacturados, para comunicar las regiones
remotas de la enorme Rusia con sus regiones centrales, y sólo secundariamente
para beneficiar al comercio. Las obras de Mendeleyev
sobre los corredores de transporte se reimprimieron para iniciar el programa de
industrialización soviético; en una de las introducciones a su libro, el gran
científico es presentado no sólo como un planificador estatal sino como
un planificador mundial.
El que los planeadores de una nueva era hayan reconocido a Mendeleyev como filósofo explica mucho sobre la naturaleza
del entusiasmo de los rusos por el trabajo, y también en la más terrible de las
guerras. Las ideas de Mendeleyev se renovaron de
forma natural y se integraron al concepto de industrialización de la Rusia
Soviética.
Sin embargo, los filósofos de la misma generación, que luego
se transformaron en enemigos del estado soviético, no execraron las ideas de
progreso de la misma forma que al bolchevismo; conservaron y transfirieron al
futuro la interpretación religiosa de progreso. "La actividad económica
sugiere el trabajo creador del hombre sobre la naturaleza; al poseer el poder
de la naturaleza, el hombre crea lo que necesita," escribió el reverendo Sergius Bulgakov. "El mundo
artificial nació al lado del mundo natural, y este mundo de nuevas fuerzas y
nuevos valores crece de una generación a otra, y abre (…) prospectos sin
fronteras para la creación de cultura… La actividad económica es la función de
la vida, un fuego divino, que nace por el amor creador."
Los cristianos ortodoxos rusos y los pensadores comunistas,
fascinados con la idea del progreso se niegan a quedar divididos. El frente de
batalla real no se encontraba entre la libertad y la coerción, ni entre la
igualdad material y la desigualdad; esas dicotomías son secundarias. Ese frente
del periodo de la historia humana, que ahora se acerca a su final lógico, se
encuentra entre el progreso y la degeneración, entre el deseo prometeo de Cielo
y el culto aterrado de la Tierra.
La generación de Vernadsky y Bulgakov, Chichevsky y Bogdanov, Zander y Sokorsky nace
en los tiempos de Alejandro III, el más firme y asiduo seguidor de Pedro El
grande. Hace apenas dos años se colocó la estatua de Alejandro III en la
entrada del Palacio de mármol, en el lugar que ocupaba el automóvil blindado de
Lenin. Esto sucedió casi al mismo tiempo que la Duma estatal rusa decidía
instaurar un nuevo Día nacional; el Día de la unidad rusa, calculado para
coincidir con el de la llegada del ejército de voluntarios de Kuzma Minin y Dimitry
Pocharsky a Moscú en 1612 para poner fin al Tiempo
de los disturbios.
Contrario a la interpretación superficial, este cambio en el
calendario no es un desafío a los comunistas o a Varsovia (pues en 1612 fueron
polacos los que liberaron Moscú). Es un desafío a las fuerzas del mal que
trataron de desacreditar los principios relacionados con el progreso y la
soberanía, con el progreso y la capacidad de competir de Rusia. La decisión de
instaurar este día festivo trae consigo el reconocimiento no placentero de que
la nación, luego de la catástrofe de 1991, quedó en una condición peor que la
del desastre de la Primera Guerra Mundial.
La tarea de revivir el una vez formidable y diverso
potencial industrial es mucho más difícil hoy que lo que fue en 1917 cuando el
potencial de la industria del Imperio ruso cayó en manos de los bolcheviques.
La fecha 4 de noviembre señala que la liberación es posible por medio del
progreso, por medio de una Soberanía en el sentido más alto, como lo imaginó
Nikolay Fyodorov.
Esta ponderación esencial no la comprende bien la nación y
tampoco la esencia de los cambios del gobierno ruso, en el que las funciones
estratégicas del manejo de la industria se están separando del Ministerio de
Fomento Económico, cuyo pensamiento es liberal, para trasladarlas al Ministerio
de Fomento Regional, regido por una dirección nueva y animado por una nueva
misión.
A su vez, Victor Zubkov, la persona escogida para desempeñar la función de Primer
ministro de transición, es más que un viejo amigo del jefe de Estado. Es el
primer Primer ministro con educación superior en
agricultura, y una persona que, en su calidad de Vice
alcalde y luego director del Departamento de Impuestos, tuvo a su cargo la
década pasada el combate de los sabotajes de mafiosos, que se apoderaron del
comercio en mayoreo y chantajearon a la segunda ciudad más grande de Rusia con
la escasez de alimentos.
En la víspera del cambio de gobierno, la prensa predijo la
renuncia del ministro de agroindustria, Alexei Gordeyev. Lejos de eso, Putin expulsó a German
Gref, el más entusiasta del ingreso de Rusia al
Organismo Mundial de Comercio y de la retirada del estado de la economía.
Este cambio es todavía más significativo que la retirada de
Rusia del Tratado CFE. Indica que Rusia no se está zafando ni de personas ni de
obligaciones particulares. La nación se está librando de los vínculos que
infectaron a los marxistas dogmáticos y sin cultura de los años ochentas, que
los llevaron a Adam Smith y luego a Malthus; de los vínculos que les impusieron
la tentación del libre mercado, que se esperaba que destruyera no el comunismo
sino a Rusia -esta tentación fue la eliminación de capitales y trabajo en la
mitad del país, la desintegración de la economía interna en mercados regionales
más pobres y más ricos y la división de los rusos en tribus regionales que se
odian una a otra.
La consolidación de la nación en la campaña electoral que
consagra a Putin, es un buen ejemplo del fracaso de los esfuerzos del mal; la
terminación de la presa que protege a San Petersburgo de las inundaciones es
otro.
Con la recuperación de la enfermedad de Smith-Malthus, los
rusos regresan a su fuente originaria. En su nueva calidad, como en los tiempos
de Pedro el Grande, Rusia necesitará otra vez de la sociedad con Europa, no
para pedirles los principios abstractos de la economía global, sino para llevar
su misión al continente.
Las diferencias actuales entre Rusia y Europa no se
encuentran ni en la geografía ni en las tradiciones de conducción económica ni
en las creencias. Cuando los parlamentarios de la hostil Polonia insistían en
que la UE (Unión Europea) estableciera el Día de la vida, y la euroburocracia se opuso, los rusos habríamos escogido el
lado de los polacos y no el de la euroburocracia.
La Europa de hoy sufre más la infección del virus de la
misantropía del neo-malthusianismo que de la
dependencia de los Estados Unidos. Me conmocionó enterarme de una encuesta
pública alemana en la que la mayoría de los entrevistados puso en primer lugar
su salud, adelante de la instrucción y de la riqueza, y muy lejos del amor y de
la familia, que quedaron en los últimos sitios. Esto es la enfermedad de la
civilización. Ese tipo de fobia hipocondríaca, que sujeta la mente con cadenas
de misantropía puede hundir a Europa inclusive más profundamente que a Estados
Unidos en un tiempo de turbulencia oscuro e incierto. Europa es indispensable
para nosotros; estamos demasiado obligados con la cultura y el intelecto
europeos como para ver con indiferencia cómo degenera por los efectos del
discurso maltusiano que se le ha impuesto, y que no sólo demuele la cultura de
Europa, sino a la misma tradición cristiana.
Necesitamos una Europa con la que juntos podamos controlar
ríos y allanar montañas -podríamos, por ejemplo, comenzar con la extracción de
uranio de las minas abandonadas de Alemania oriental-. Tenemos que excavar
entre los escombros de las ruinas de la anticivilización
para trazar nuestro camino a la armonía clásica de la genuina Europa
continental; a la belleza que una vez fascinó a Pedro I; a la cultura en la que
las definiciones superiores aparecen de la misma forma que en la lengua rusa.
En inglés no existe el equivalente adecuado a Geistlichkeit,
Dujovnost, que no contradice a Wirtschaft, Joziaistvo.
Wirtschaft no es economía de acuerdo a la ley
de la selva smith-malthusiana,
sino el resultado de la transformación por el progreso regulada, deliberada y
resuelta de la naturaleza. Con el regreso a nuestras fuentes primigenias esperamos
lo mismo para la gran cultura de la Europa continental, cuyo renacer le dé un
sentido verdadero al término de Eurasia.
En este esfuerzo, Grecia, la cuna de la cultura clásica
europea, tendrá la misión de un precioso y robusto puente. Al volver la vista
al plan maestro histórico de Pedro el Grande, Nikolay Fyodorov
explicaba que la fundación de San Petersburgo fue por la voluntad del zar con
el retorno a la idea que animó a la fundación de Constantinopla, el lugar de
donde partió la cristianización de Rusia. El esfuerzo espiritual conjunto que
se necesita hoy es comparable a este sueño.
*Konstantin Cheremnykh
- Psiquiatra y analista político ruso…
Fuente: este
artículo apareció originalmente en RP Monitor, Jornal Analítico Internet
(Rusia) el 20 de noviembre de 2007. Traducción: MSIa
(Movimiento Solidario Ibero-americano).
[1]
Pedro I el Grande (9 de junio de 1672 – 28 de enero de 1725), uno de los más
destacados gobernantes de la historia de Rusia, perteneciente a la Dinastía Románov. Gobernó Rusia desde el 7 de mayo (27 de abril C.J.) de 1682, hasta su muerte. Llevó a cabo un proceso de occidentalización y expansión que transformó a la Rusia
moscovita en uno de los grandes poderes europeos.