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Rusia, clave de bóveda del sistema
multipolar Tiberio
GRAZIANI 24.03.2010
Consideraciones sobre el escenario actual Con el fin de
presentar un rápido examen del actual escenario mundial y para comprender
mejor las dinámicas en marcha que lo configuran, proponemos una clasificación
de los actores en juego, considerándolos ya sea por la función que desempeñan
en su propio espacio geopolítico o esfera de influencia, ya sea como
entidades susceptibles de profundas evoluciones en base a variables
específicas. El presente marco
internacional nos muestra al menos tres clases principales de actores. Los actores hegemónicos, los actores emergentes y, finalmente, el grupo de los seguidores y de los subordinados. Por razones
analíticas, hay que añadir a estas tres categorías una cuarta, constituida
por las naciones que, excluidas, por diversos motivos, del juego de la
política mundial, están buscando su función. Los actores hegemónicos Al primer grupo
pertenecen los países que, por su particular postura geopolítica, que los
identifica como áreas pivote, o por la proyección de su fuerza militar o
económica, determinan las elecciones y las relaciones internacionales de las
restantes naciones. Además, los actores hegemónicos influyen directamente
también sobre algunas organizaciones globales, entre las cuales se encuentran
el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM), y
Estados Unidos, China, India y Rusia. La función geopolítica
que actualmente ejercen los EEUU es la de constituir el centro físico y el
mando del sistema occidental nacido al final de
Las variables que podrían
determinar un cambio de función de los EEUU son esencialmente tres: a) la crisis estructural de la economía neoliberal; b) la elefantiasis imperialista; c) las potenciales tensiones con Japón, Europa y algunos países de
China, India y Rusia,
en cuanto naciones-continentes de vocación terrestre, ambicionan desempeñar
sus respectivas funciones macro-regionales en el ámbito eurasiático sobre la
base de una común orientación, por otra parte, en fase de avanzada estructuración.
Tales funciones, sin embargo, están condicionadas por algunas variables entre
las cuales destacamos: a) las políticas de modernización; b) las tensiones debidas a las des-homogeneidades sociales, culturales
y étnicas dentro de sus propios espacios; c) la cuestión demográfica que impone adecuadas y diversificadas
soluciones para los tres países. Por cuanto respecta a
la variable referente a las políticas de modernización, observamos que, al
estar estas demasiado interrelacionadas en los aspectos económico-financieros
con el sistema occidental, de modo particular con los Estados Unidos, a
menudo quitan a las naciones eurasiáticas la iniciativa en la arena
internacional, las exponen a las presiones del sistema internacional,
constituido principalmente por la triada ONU, FMI y BM (2) y, sobre todo, les
imponen el principio de la interdependencia económica, histórico eje de la
expansión económica de los EEUU En relación a la
segunda variable, observamos que la escasa atención que Moscú, Pekín y Nueva
Delhi prestan a la contención o solución de las respectivas tensiones
endógenas ofrece a su antagonista principal, los Estados Unidos, la ocasión
de debilitar el prestigio de los gobiernos y obstaculizar la estructuración
del espacio eurasiático. Finalmente, considerando la tercera variable,
apreciamos que políticas demográficas no coordinadas entre las tres potencias
eurasiáticas, en particular entre Rusia y China, podrían a la larga crear
choques para la realización de un sistema continental equilibrado. Las relaciones entre
los miembros de esta clase deciden las reglas principales de la política
mundial. En consideración de la
presencia de hasta 4 naciones-continente (tres naciones eurasiáticas y una
norteamericana) es posible definir el actual sistema geopolítico como
multipolar. Los actores emergentes La categoría de los
actores emergentes reagrupa, en cambio, a las naciones que, valorando
particulares bazas geopolíticas o geoestratégicas, tratan de desmarcarse de las
decisiones que les imponen uno o más miembros del restringido club del primer
tipo. Mientras la finalidad inmediata de los emergentes consiste en la
búsqueda de una autonomía regional y, por tanto, en la salida de la esfera de
influencia de la potencia hegemónica, que ha de llevarse a cabo mediante
articulados acuerdos y alianzas regionales, transregionales y
extracontinentales, la finalidad estratégica está constituida por la
participación activa en el juego de las decisiones regionales e incluso mundiales.
Entre los países que asumen cada vez más la connotación de actores
emergentes, podemos enumerar a Venezuela, Brasil,
Bolivia, Argentina
y Uruguay, Turquía
de Recep Tayyip Erdoğan, Japón de Yukio Hatoyama y, aunque con alguna
limitación, Pakistán. Todos estos países
pertenecen, de hecho, al sistema geopolítico llamado “occidental”, guiado por
Washington. El hecho de que muchas naciones de lo que, en el periodo bipolar,
se consideraba un sistema cohesionado puedan ser hoy señaladas como
emergentes y, por tanto, entidades susceptibles de contribuir a la
constitución de nuevos polos de agregación geopolítica induce a pensar que el
edificio puesto a punto por los EEUU y por Gran Bretaña, tal y como lo
conocemos, está, de hecho, en vías de extinción o en una fase de profunda
evolución. La creciente
“militarización” que la nación guía impone a las relaciones bilaterales con
estos países parece sustanciar la segunda hipótesis. La común visión continental
de los emergentes sudamericanos y la realización de importantes acuerdos económicos,
comerciales y militares constituyen los elementos base para configurar el
espacio sudamericano como futuro polo del nuevo orden mundial (3). Los actores emergentes
aumentan sus grados de libertad en virtud de las alianzas y de las fricciones
entre los miembros del club de los hegemónicos así como de la conciencia
geopolítica de sus clases dirigentes. El número de los
actores emergentes y su colocación en los dos hemisferios septentrionales
(Turquía y Japón) y meridional (países latinoamericanos) además de acelerar
la consolidación del nuevo sistema multipolar, trazan sus dos ejes
principales: Eurasia y América indiolatina. Los seguidores-subordinados y los subordinados La designación de
actores seguidores y subordinados, aquí propuesta, pretende subrayar las
potencialidades geopolíticas de los pertenecientes a esta clase con respecto
a su transición a las otras. Hay que calificar como seguidores-subordinados a
los actores que consideran útil, por afinidad, intereses varios o por
condiciones históricas particulares, formar parte de la esfera de influencia
de una de las naciones hegemónicas. Los seguidores-subordinados reconocen al
país hegemónico la función de nación-guía. Entre estos podemos mencionar, por
ejemplo, República Sudafricana, Arabia
Saudí, Jordania, Egipto,
Corea del Sur. Los subordinados de
este tipo, dado que siguen a los EEUU como nación guía, a menos que surjan convulsiones
provocadas o gestionadas por otros, compartirán su destino geopolítico. La
relación que mantienen estos actores y el país hegemónico es de tipo, mutatis mutandis, vasallático. En cambio, se pueden
considerar completamente subordinados los actores que, exteriores al espacio
geopolítico natural del país hegemónico, padecen su dominio. La clase de los
países subordinados está marcada por la ausencia de una conciencia
geopolítica autónoma o, mejor todavía, por la incapacidad de sus clases
dirigentes de valorar los elementos mínimos y suficientes para proponer y,
por tanto, elaborar una doctrina geopolítica propia. Las razones de esta
ausencia son múltiples y variadas, entre estas podemos mencionar la
fragmentación del espacio geopolítico en demasiadas entidades estatales, la
colonización cultural, política y militar ejercida por la nación hegemónica,
la dependencia económica hacia el país dominante, las estrechas y
particulares relaciones que mantienen el actor hegemónico y las clases
dirigentes nacionales, que, configurándose como auténticas oligarquías, están
preocupadas más de su supervivencia que de los intereses populares nacionales
que deberían representar y sostener. Las naciones que
constituyen La pertenencia de
Tal papel condiciona
las relaciones entre
Además de determinar
el sistema de defensa de La situación
geopolítica de Las variables que, en
el momento actual, podrían permitir a los países miembros de
Que lo que acabamos de
escribir es algo posible lo demuestra el caso de Turquía. A pesar de la hipoteca
de Los seguidores y
subordinados, debido a su debilidad, representan el posible terreno de choque
sobre el que podrían confrontarse los polos del nuevo orden mundial. Los excluidos En la categoría de los
excluidos entran lógicamente todos los otros estados. Desde un punto de vista
geoestratégico, los excluidos constituyen un obstáculo a las miras de uno o
más actores de los actores hegemónicos. Entre los pertenecientes
a este grupo, asumen un particular relieve, con respecto a los EEUU y el
nuevo sistema multipolar, Siria, Irán,
Myanmar y Corea del
Norte. En el marco de la
estrategia estadounidense para cercar la masa eurasiática, de hecho, el
control de las áreas que actualmente se encuentran bajo la soberanía de esas
naciones representa un objetivo prioritario que ha de ser alcanzado a
corto-medio plazo. Siria e Irán se interponen a la realización del proyecto
norteamericano del Nuevo Gran Oriente Medio, es decir, al control total sobre
la larga y amplia franja que desde Marruecos llega a las repúblicas
centroasiáticas, auténtico soft underbelly
de Eurasia; Myanmar constituye una potencial vía de acceso en el espacio
chino-indio a partir del Océano Índico y un emplazamiento estratégico para el
control del Golfo de Bengala y del Mar de Andamán; Corea del Norte, además de
ser una vía de acceso hacia China y Rusia, junto al resto de la península
coreana (Corea del Sur) constituye una base estratégica para el control del
Mar Amarillo y del Mar del Japón. Los excluidos más
arriba citados, en base a las relaciones que cultivan con los nuevos actores
hegemónicos (China, India, Rusia) y con algunos emergentes podrían entrar
nuevamente en el juego de la política mundial y asumir, por tanto, un importante
papel funcional en el ámbito del nuevo sistema multipolar. Este es el caso de
Irán. Irán goza del status de país observador en el ámbito de
La reescritura de las nuevas reglas Los países que
pertenecen a la clase de los actores hegemónicos anteriormente descrita
tratan de proyectar, por primera vez después de la larga fase bipolar y la
breve unipolar, su influencia sobre todo el planeta con la finalidad de
contribuir, con recorridos y metas específicas, a la realización de la nueva
configuración geopolítica global. A finales de la primera década del siglo
XXI se asiste, por tanto, al retorno de la política mundial, articulada esta
vez en términos continentales (8). La puesta en juego
está constituida, no sólo por el acaparamiento de los recursos energéticos y
de las materias primas, por el dominio de importantes nudos estratégicos,
sino, sobre todo, considerando el número de actores y la complejidad del escenario
mundial, por la reescritura de nuevas reglas. Estas reglas, resultantes de la
delimitación de nuevas esferas de influencia, definirán, con toda
probabilidad durante un largo periodo, las relaciones entre los actores
continentales y, por tanto, también un nuevo derecho. No ya un derecho
internacional exclusivamente construido sobre las ideologías occidentales, sustancialmente
basado en el derecho de ciudadanía como se ha desarrollado a partir de
Los Estados Unidos,
aunque actualmente se encuentren en un estado de profunda postración causado
por una compleja crisis económico-financiera (que ha evidenciado, por otra
parte, las carencias y debilidades estructurales de la potencia bioceánica y
de todo el sistema occidental), por el duradero impasse militar en el teatro
afgano y por la pérdida del control de vastas porciones de
En el momento actual,
la desestructuración de Rusia, o, por lo menos, su debilitamiento,
representaría para los Estados Unidos, no sólo un objetivo que persigue al
menos desde 1945, sino también una ocasión para ganar tiempo y poner remedios
eficaces para la solución de su propia crisis interna y para reformular el sistema
occidental. Precisamente, teniendo
bien presente tal objetivo, resulta más fácil interpretar la política
exterior adoptada recientemente por la administración Obama con respecto a
Pekín y Nueva Delhi. Una política que, aunque tendente a recrear un clima de
confianza entre las dos potencias euroasiáticas y los Estados Unidos, no
parece dar en absoluto los resultados esperados, a causa del excesivo
pragmatismo y de la exagerada ausencia de escrúpulos que parecen caracterizar
tanto al presidente Barack Obama como a su Secretaria de Estado, Hillary
Rodham Clinton. Un ejemplo de esa ausencia de escrúpulos y del pragmatismo,
así como de la escasa diplomacia, entre otros muchos, es el referente a las
relaciones contrastantes que Washington ha mantenido recientemente con el
Dalai Lama y con Pekín. Tales comportamientos,
dadas las condiciones de debilidad en que se encuentra la ex hyperpuissance, son un rasgo del
cansancio y del nerviosismo con que el actual liderazgo estadounidense trata
de enfrentarse y taponar el progresivo ascenso de las mayores naciones
eurasiáticas y la reafirmación de Rusia como potencia mundial. Las relaciones
que Washington cultiva con Pekín y Nueva Delhi trascurren por dos vías. Por
un lado, sobre la base del principio de interdependencia económica y mediante
la ejecución de específicas políticas financieras y monetarias, los EEUU
tratan de insertar a China e India en el ámbito del que denominan como
sistema global. Este sistema, en
realidad, es la proyección del occidental a escala planetaria, ya que las
reglas en las que se basaría son precisamente las de este último. Por otro
lado, a través de una continua y apremiante campaña denigratoria, la potencia
estadounidense trata de desacreditar a los gobiernos de las dos naciones eurasiáticas
y de desestabilizarlas, sirviéndose de sus contradicciones y de sus tensiones
internas. La estrategia actual es sustancialmente la versión actualizada de
la política llamada de congagement
(containment, engagement), aplicada, esta vez, no sólo a China sino también,
parcialmente, a India. Sin embargo, hay que
subrayar que el dato cierto de esta administración demócrata, que tomó
posesión en Washington en enero de 2009, es la creciente militarización con
la que tiende a condicionar las relaciones con Moscú. Más allá de la retórica
pacifista, el premio Nobel Obama, de hecho, sigue, con la finalidad de
alcanzar la hegemonía global, las líneas-guía trazadas por las precedentes
administraciones, que se reducen, de forma sumamente sintética, a dos: a) potenciación y extensión de las guarniciones militares; b) balcanización de todo el planeta según parámetros étnicos,
religiosos y culturales. Ante la clara y
manifiesta tendencia de los EEUU hacia el dominio global –en los últimos
tiempos marcadamente sustentada por el corpus ideológico-religioso veterotestamentario
(9) más que por un cuidadoso análisis del momento actual que llevase la
impronta de La centralidad de Rusia La reencontrada
estatura mundial de Rusia como protagonista del escenario global impone
algunas reflexiones de orden analítico para comprender su posicionamiento tanto
en el ámbito continental como global, así como también las variables que podrían
modificarlo a corto y medio plazo. Mientras en relación a
la masa euro-afroasiática, la función central de Rusia como su heartland,
tal y como fue sustancialmente formulada por Mackinder, es nuevamente
confirmada por el actual marco internacional, más problemática y más compleja
resulta, en cambio, su función en el proceso de consolidación del nuevo sistema
multipolar. Espina dorsal de Eurasia y puente eurasiático
entre Japón y Europa Los elementos que han
permitido a Rusia reafirmar su importancia en el contexto eurasiático, muy
esquemáticamente, son: a) reapropiación por parte del Estado de algunas industrias
estratégicas; b) contención de los impulsos secesionistas; c) uso “geopolítico” de los recursos energéticos; d) política dirigida a la recuperación del “exterior próximo”; e) constitución del partenariado Rusia-OTAN, como mesa de discusión
destinada a contener el proceso de ampliación del dispositivo militar
atlántico; f) tejido de relaciones a escala continental, orientadas a una
integración con las repúblicas centroasiáticas, China e India; g) constitución y cualificación de aparatos de seguridad colectiva
(OTCS y OCS). Si la gestión, antes
de Putin y ahora de Medvedev, del agregado de elementos más arriba
considerados ha mostrado, en las presentes condiciones históricas, la función
de Rusia como espina dorsal de Eurasia, y, por tanto, como área gravitacional
de cualquier proceso orientado a la integración continental, sin embargo, no
ha puesto en evidencia su carácter estructural, importante para las
relaciones ruso-europeas y ruso-japonesas, es decir, el de ser el puente
eurasiático entre la península europea y el arco insular constituido por
Japón. Rusia, considerada
como puente eurasiático entre Europa y Japón, obliga al Kremlin a una
elección estratégica decisiva para los desarrollos del futuro escenario mundial:
la desestructuración del sistema occidental. Moscú puede conseguir tal objetivo
con éxito, a medio y largo plazo, intensificando las relaciones que cultiva
con Ankara por cuanto respecta a las grandes infraestructuras (South Stream)
y poniendo en marcha otras nuevas con respecto a la seguridad colectiva. Acuerdos de este tipo
provocarían ciertamente un terremoto en toda
Clave de bóveda del nuevo orden mundial Con respecto al nuevo
orden mundial, Rusia parece poseer los elementos base para cumplir una
función epocal, la de clave de bóveda de todo el sistema. Uno de los
elementos está constituido precisamente por su centralidad en el ámbito
eurasiático como hemos expuesto anteriormente, otros dependen de sus
relaciones con los países de
Considerando lo que
acabamos de recordar, si las relaciones entre Pekín y Moscú se desarrollan en
sentido todavía más acentuadamente eurasiático, prefigurando una especie de
alianza estratégica entre los dos colosos, la consolidación del nuevo sistema
multipolar se beneficiará de una aceleración, en caso contrario, sufrirá una
ralentización o entrará en una situación de estancamiento. La ralentización o
el estancamiento proporcionarían el tiempo necesario para que el sistema
occidental pudiera reconfigurarse y volviera a entrar, por tanto, en el juego
en las mismas condiciones que los otros actores. El nudo gordiano de Oriente Próximo y de Oriente
Medio – la obligación de una elección de campo Entre los elementos más
arriba considerados, referentes a la función global que Rusia podría
desempeñar, la política próxima y medio-oriental del Kremlin parece ser la
más problemática. Esto es así a causa de la importancia que este tablero
representa en el marco general del gran juego mundial y por el significado
particular que ha asumido, a partir de la crisis de Suez de 1956, en el
interior de las doctrinas geopolíticas estadounidenses. Como se recordará, la
política rusa, o mejor, soviética, en Oriente Próximo, después de una primera
orientación pro-sionista de los años 1947-48, que, por otra parte, se
extendió hasta febrero de 1953, cuando se consumó la ruptura formal entre
Moscú y Tel Aviv, se dirigió decididamente hacia el mundo árabe. En el sistema de
alianzas de la época, el Egipto de Nasser se convirtió en el país central de
esta nueva dirección del Kremlin, mientras el neo-estado sionista representó
el special partner de Washington.
Entre altibajos, Rusia, tras la licuefacción de
a) inserción de Egipto en la esfera de influencia estadounidense; b) eliminación de Irak; c) perturbación del área afgana que atestiguan el retroceso de la
influencia rusa en la región y el contextual avance, también militar, de los
Estados Unidos, el país central de la política próximo y medio-oriental rusa
está lógicamente representado por
Mientras esto ha sido
ampliamente comprendido por Pekín, en el marco de la estrategia orientada a
su reforzamiento en la masa continental euro-afroasiática, no se puede decir
lo mismo de Moscú. Si el Kremlin no se da prisa y declara abiertamente su
elección de campo a favor de Teherán, disponiéndose de esa manera a cortar el
nudo gordiano que constituye la relación entre Washington y Tel Aviv, correrá
el riesgo de anular su potencial función en el nuevo orden mundial. * Tiberio Graziani, Director de
Eurasia. Rivista di studi geopolitici – www.eurasia-rivista.org
(Traducido por Javier Estrada) 1. El sistema occidental, tal y como se ha
afirmado desde 1945 hasta nuestros días, está estructuralmente compuesto por
dos principales espacios geopolíticos distintos, el angloamericano y el de
2. 3. Por cuanto respecta al redescubrimietno de la
vocación continental de 4. Luca Bellocchio, L'eterna alleanza? La special
relationship angloamericana tra continuità e mutamento, Milán 2006. 5. Por motivaciones geoestratégicas análogas,
siempre referentes al cerco de la masa eurasiática, los EEUU consideran Japón
una de sus cabezas de puente, muy semejante a la europea. 6. En el específico sector del gas y del petróleo,
la influencia estadounidense y, en parte, británica determinan la elección de
los miembros de 7. Un enfoque teórico referente a los procesos de
transición de un Estado de una posición de subordinación a una de autonomía
respecto a la esfera de influencia en que se inscribe, ha sido recientemente
tratado por el argentino Marcelo Gullo en el ensayo La insubordinación
fundante. Breve historia de la construcción del poder de las naciones, Buenos
Aires 2008. 9. Eso también en consideración de la política
“prosionista” que Washington lleva en Oriente Próximo y en Oriente Medio.
Véase a tal propósito el largo ensayo de J. Mearsheimer e Stephen M. Walt,
10. Una hipótesis de partenariado
euro-ruso, basado en el eje París-Berlín-Moscú, fue propuesto en un contexto
diverso del actual en el brillante ensayo de Henri De Grossouvre, Paris,
Berlin, Moscou. La voie de la paix et de l’independénce, Lausana 2002. 11. La ampliación de las estructuras continentales
(globales en el caso de 12. |