El nacionalismo hoy en un mundo dividido

 

1956, cuestión nacional y Guerra Fría

 

Por Domenico Losurdo

 

¿Las nuevas reglas internacionales que han venido apareciendo a raíz de la derrota israelí de 2006 en Líbano y del fracaso de la OTAN en Siria en 2012 serán quizás similares a las que prevalecieron en tiempos de la guerra fría? En aquel entonces, el mundo se dividía en zonas de influencia. Cada bando estimulaba la rebelión en casa del vecino, aunque lo hacía obstaculizando a la vez victoria de los sublevados a los que respaldaba. Las aspiraciones nacionales se veían sometidas al predominio de la arquitectura internacional. En un artículo que hoy volvemos a publicar, el filósofo italiano Domenico Losurdo describía, hace ya varios años, el funcionamiento histórico que pudiera aplicarse hoy en día a los dos nuevos bloques: OTAN vs. OCS.

 

Red Voltaire | Urbino (Italia) | 2 de junio de 2012

 

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En su mensaje anual de 1923 al Congreso de los Estados Unidos, el 5º presidente de ese país, James Monroe (1758-1831), enuncia la doctrina que llevaría su nombre y que serviría de basamento a la diplomacia estadounidense a lo largo de siglo y medio.

 

1. Una, dos, tres doctrinas Monroe

 

Mientras el Ejército Rojo destruía al ejército hitleriano y la invasión germana en Europa del este se desmoronaba, Stalin hacía la siguiente observación:

 

«Esta guerra es diferente a todas las anteriores; quien ocupa un territorio impone en él su propio sistema social. Cada cual impone su sistema social, hasta donde logra llegar su ejército: no podría ser de otra forma.» [1]

 

En 1946, sólo unos meses después de la conclusión del gigantesco conflicto, Ernest Bevin, personalidad de primera línea del partido laborista y ministro inglés de Relaciones Exteriores, estima que el mundo tiende a dividirse «en 3 esferas de influencia que pueden definirse como las 3 grandes doctrinas Monroe», exigidas y asumidas con todos los medios a su alcance por Estados Unidos, la URSS y Gran Bretaña respectivamente [2].

En 1961, durante un encuentro en Viena, después de la poco gloriosa aventura de Bahía de Cochinos, Kennedy protesta ante Kruschov por los resultados del dinamismo de la Revolución cubana: Estados Unidos no puede tolerar un régimen que pretende cuestionar su hegemonía en el «hemisferio occidental», en un «área de interés vital» para Washington, de la misma forma en que la URSS no toleraría «un gobierno pro-americano en Varsovia». Si se quiere evitar el holocausto nuclear, es más importante mantener el «equilibrio de los poderes existentes» que respetar la voluntad de los pueblos, y no es posible tolerar cambios que «alteren el equilibrio mundial de poder» [3].

 

No hay al parecer diferencias fundamentales en la visión de las relaciones internacionales que tienen los tres Estados, y es indudable que la «doctrina Monroe» soviética se aplicó de lleno en Hungría, país que –bajo el régimen de Horty [4]– participó en la agresión hitleriana antes de ser liberado y posteriormente ocupado por el Ejército Rojo. En el momento de la protesta del presidente estadounidense, se había hecho evidente para el mundo entero, incluso para los dirigentes británicos, que sólo quedaban dos esferas de influencia.

 

En el marco de cada una de esas dos doctrinas Monroe, el sistema político social lo decide el país líder. Parece reactivarse así la vieja regla de los tiempos de las guerras de religión (cuius regio eius religio, literalmente «a tal príncipe, tal religión»), ligeramente modificada en la nueva situación: cuius regio eius oeconomia [5]. La relación entre las dos esferas de influencia no es precisamente pacífica. En 1953, al tomar posesión de su cargo como presidente de los Estados Unidos, Eisenhower describe la situación internacional de la siguiente manera:

 

«La libertad está luchando contra la esclavitud; la luz contra las tinieblas […] Ello confiere una dignidad común al soldado francés que muere en Indochina, al soldado británico muerto en Malasia, a la vida americana que se ofrenda en Corea» (in Lott, 1994, p. 304).

 

No corresponde entrar a desarrollar aquí un análisis específico de las guerras de independencia y de liberación nacional. Por supuesto, en una inversión de ese juicio valorativo, los dirigentes soviéticos comparten esa misma interpretación del mundo, tan dualista como maniquea. Todo gira alrededor de dos bandos internacionales que se oponen entre sí, que están o que quisieran estar firmemente centralizados. Cada uno de los dos grandes antagonistas reclama la jefatura de su propio bando tratando de presentarla bajo el mejor aspecto posible. Según Eisenhower,

 

«Nosotros, los americanos, conocemos y respetamos la diferencia entre liderazgo mundial e imperialismo» [6].

 

Más tranquilizador, Stalin, quien un año antes subrayaba el «deber» de su partido y de su país como «vanguardia» y como «división de asalto del movimiento comunista internacional», precisa sin embargo que, después de lograr la victoria de la revolución en Europa, el PCUS [Partido Comunista de la Unión Soviética] y la URSS podrán desempeñar al fin ese papel de dirección de conjunto con otros partidos y Estados comunistas [7]. Ironía de la historia: entre los países que cita como miembros de la vanguardia revolucionaria, Stalin incluye a Hungría y Checoslovaquia, que posteriormente serán brutalmente obligados por el Gran Hermano a volver al redil.

 

Los dirigentes estadounidenses y soviéticos están, por supuesto, tienen plena conciencia de que las contradicciones nacionales persisten en ambos bandos. A principio de los años 1950, en momentos en que el secretario de Estado estadounidense John Foster Dulles expresa su solidaridad a las «naciones prisioneras» de Europa oriental, Stalin trata por su lado de explotar el tema nacional en contra de Estados Unidos, no sólo en los países colonizados o en las antiguas colonias sino también en la propia Europa occidental, al llamar a los partidos comunistas a

 

«enarbolar nuevamente» la «bandera de la independencia nacional y de la soberanía nacional […] echada por la borda»

 

por los gobiernos burgueses [8]. Ambas partes sólo ven y enarbolan la cuestión nacional como una forma de crear dificultades en el bando contrario. Pero los que se atreven a mencionarla dentro de su propio bando son vistos como elementos marcados por una visión provinciana y estrechamente nacionalista que, de manera indirecta o de forma directa y conciente, favorece los intereses del enemigo. La URSS exhorta a la vigilancia y la lucha contra los partidarios de Tito. Años más tarde, Estados Unidos se esforzará por su parte por aislar a los partidarios de De Gaulle.

 

Ambos bandos se han enzarzado en una confrontación en la que todo es válido con tal de acercarse a la victoria. Eisenhower comparte la conclusión del general James Doolittle:

 

«Ahora está claro que nos encontramos ante un enemigo cuyo objetivo declarado es la dominación mundial… No hay reglas en este juego. Las normas de comportamiento humano hasta ahora aceptables ya no son válidas… Tenemos… que aprender a subvertir, a sabotear y a destruir a nuestros enemigos con métodos más inteligentes, más sofisticados y más eficaces que los que ellos utilizan contra nosotros.» [9].

 

Está de más precisar que los dirigentes soviéticos también llegan a una conclusión análoga. Ha estallado una «Guerra Fría» que en cualquier momento puede hacerse tan caliente que derretiría o estaría a punto de derretir el mundo. En enero de 1952, como medio de desbloquear la situación y de poner fin rápidamente a la guerra de Corea, Truman acaricia una idea radical que incluso llega a reflejar en una nota de su bitácora: se podría lanzar un ultimátum a la URSS y la China Popular haciéndoles saber claramente que una respuesta negativa

 

«significa que Moscú, San Petersburgo, Mukden, Vladivostok, Pekín, Shangai, Port Arthur, Dairen, Odesa, Stalingrado y todo emplazamiento industrial en China y en la Unión Soviética serán eliminados» [10].

 

No se trata de una reflexión meramente personal. En plena guerra de Corea, se esgrime repetidamente el arma nuclear contra la República Popular China, amenaza muy creíble dado el recuerdo de Hiroshima y Nagasaki, las dos ciudades japonesas bombardeadas justo antes de la rendición de Japón, bombardeos atómicos que en realidad representan el verdadero comienzo de la «Guerra Fría».

 

2. Revolución nacional, titismo y lógica de Guerra Fría

 

El año anterior al estallido de la revolución húngara, en momentos en que su administración emprende un gran programa de construcción de nuevas autopistas, Eisenhower también ve en estas vías de transporte un medio para evacuar rápidamente las ciudades en caso de conflicto nuclear: el sistema actual —advierte el presidente estadounidense— «sólo daría lugar a un mortal congestionamiento» [11].

 

Estados Unidos ha perdido el monopolio atómico, pero aún mantiene firmemente la iniciativa estratégica. Durante la campaña electoral de 1952, al referirse a Europa oriental, Dulles critica duramente la «negativa política del containment y del “punto muerto”» que puede condenar las «naciones prisioneras» a la desesperanza. Estados Unidos tiene, por el contrario, que dar

 

«a conocer públicamente que desea y espera el advenimiento de la liberación».

 

Se necesita, por lo tanto, «una política audaz»: «A Policy of Boldness», anuncia estruendosamente el título del artículo publicado en Life [12]. Poco tiempo después, al hacer uso de la palabra ante el Senado como secretario de Estado designado, Dulles expone su pensamiento con más claridad: se trata de «aprovechar toda ocasión que se presente» para impulsar la causa de la «liberación» a través de comportamientos y «procesos al límite de la guerra» [13].

 

Dulles pensaba probablemente en la intensificación de las operaciones, ya en marcha desde hacía años, de reclutamiento de «batallones de emigrados» para infiltrarlos en Europa oriental donde realizarían acciones de sabotaje además de intensificar o respaldar revueltas armadas. Ya se habían realizado ese tipo de intentonas, por cierto infructuosas, en el caso de Albania. Sin embargo,

 

«a finales de 1952, los mensajes radiales secretos que llegaban de Albania parecían prometedores: los agentes hablaban de progresos en la organización de un movimiento de resistencia y pedían más ayuda»,

 

incremento de la ayuda que se les concedió rápidamente, sin que lograr por ello evitar el total fracaso de la operación [14].

 

Fue al parecer el Vaticano el que logró la consagración de aquella ofensiva político-militar en el plano ideológico. «Cruzada de las Naciones Unidas», había escrito Churchill en carta dirigida a Eisenhower el 19 de marzo de 1953 [15]. Pero el tema parece tomar una connotación teológica 3 años después de aquella carta. En octubre de 1956, inmediatamente después de la insurrección húngara, Pio XII beatifica a Inocente XI, el papa que revivió la tradición de las cruzadas en el siglo 17 al exhortar a las potencias europeas y cristianas (incluyendo a la Inglaterra protestante de Guillermo III de Orange) a enfrentarse juntas al Imperio Otomano.

 

El papa Pacelli señala de forma explícita la actualidad de la enseñanza de Inocente XI: la victoria de la Europa unida bajo el «estandarte cristiano» liberó Viena y sentó las bases de la posterior liberación de Budapest [16]. Luis XI, quien con su perjudicial Realpolitik agrietó en aquel entonces la unidad de la cruzada, parece reencarnarse ahora en los políticos occidentales dispuestos a llegar a un compromiso con la URSS, o sea vacilantes ante la adopción de la política de «liberación».

 

La comparación entre comunismo e Islam se hace explícita. A finales de 1956, el cardenal Tisserant, decano del Sagrado Colegio, declara, pensando también en Inocente XI:

 

«La amenaza que se cierne sobre la cristiandad no es hoy en día menos grave que en tiempos del asedio de Viena, cuando Buda servía de base militar a una potencia movida también por una ideología de conquista, que aspiraba a asestar el golpe final a un Imperio que a su vez no sólo era germánico sino también Santo y Romano.» [17]

 

En una confidencia que hiciera poco después al embajador de Bélgica ante la Santa Sede, el propio cardenal Tisserant subraya que «la doctrina de Mahoma es […] profundamente afín con la de los Soviets» [18].

 

La «política de audacia» sobre la cual teorizaba Dulles se impuso también en el país líder del campo socialista. El 4 de julio de 1956, Eisenhower da luz verde a los vuelos de reconocimiento sobre la URSS, que en aquel momento (y hasta 1960) no tiene cómo derribar los aviones U2. Las constantes protestas de la URSS sobre la violación de su espacio aéreo y de su soberanía territorial no surten el menor efecto, e incluso amplifican su sentimiento de frustración y de humillación así como la sensación de inseguridad, sobre todo ante el hecho que dichos vuelos arrojan, según un historiador estadounidense de la CIA,

 

«una rica cosecha de información no sólo sobre los avances soviéticos en materia de armamento estratégico, sino también sobre las bases navales, complejos industriales, líneas ferroviarias y detalles geográficos necesarios para la producción de mapas detallados para uso de la aviación estadounidense» [19].

 

Es precisamente en ese contexto que hay que situar los acontecimientos de Hungría. ¿Era inevitable su catastrófico resultado? La pregunta es válida y posiblemente justa.

 

La sugiere un historiador que puede ser considerado de carácter excepcional por haber sido además un estadista de primer plano. Reconstruyamos los hechos de forma sintética en compañía de Henry Kissinger. Antes de la explosión húngara, un primer ensayo de revolución nacional se produce en Polonia. Pero en este último país, con la formación del gobierno de Gomulka, se logra un compromiso que elimina los aspectos más humillantes y odiosos del control del Gran Hermano.

 

Un compromiso similar, y quizás incluso más avanzado, parece perfilarse en Budapest, sobre todo porque, en aquel momento, la URSS está tratando de acercarse a la Yugoslavia de Tito. Una tendencia más respetuosa de la autonomía nacional de cada país parece perfilarse así en el campo socialista.

 

El 28 de octubre, los tanques del Gran Hermano comienzan a retirarse. El líder soviético parece resignado al nacimiento de una «Hungría titista» [20]. Documentos e informaciones provenientes de Rusia confirman las dudas e interrogantes anteriores al uso de la fuerza. La trascripción que nos deja V. N. Malin (jefe del departamento general del Comité Central del PCUS) sobre el debate que se produjo al más alto nivel del poder soviético y durante las consultas con los dirigentes de los partidos «hermanos» nos muestra un Kruschov conciente del apoyo de los «obreros» a la revuelta, un Kruschov que no desea verse en el mismo plano que los franceses y los ingleses (que por entonces se ensañan con Egipto) y que, todavía el 30 de octubre, sigue considerando la «vía pacífica» de la «retirada de tropas» y la «negociación» [21].

 

¿Por qué se produce entonces la intervención militar el 4 de noviembre? Es poco probable que la decisión fuese únicamente resultado de las discusiones internas del PCUS y del movimiento comunista internacional. También debieron influir en ese sentido los acontecimientos del Medio Oriente. Estos últimos desviaban de Europa occidental la atención de la opinión pública internacional.

 

Además, ¿por qué tenía la URSS que dar muestras de moderación cuando Gran Bretaña y Francia, que habían recurrido al veto para bloquear las resoluciones de la ONU, proseguían su ataque contra Egipto en contubernio con Israel?

 

Para comprender las razones de la intervención soviética es importante analizar sobre todo el desarrollo de los acontecimientos en Hungría. A pesar del compromiso de tipo «titista» que parece perfilarse por un tiempo, prosigue allí la revuelta, exacerbada además por las transmisiones radiales que se originan en Occidente. Estas transmisiones son un elemento esencial de la guerra fría.

 

Más que simples medios de propaganda, constituyen un arma para las dos partes implicadas en el conflicto: la creación de un «Taller de Guerra Sicológica» (Psychological Warfare Workshop) es una de las primeras tareas asignadas a la CIA [22]. Ya en noviembre de 1945, el embajador estadounidense en Moscú, Harriman, había mencionado la instalación de potentes estaciones de radio capaces de transmitir en todos los idiomas de la Unión Soviética [23].

 

En el momento de la revuelta húngara, Radio Free Europe adopta un tono incendiario del que se hacen eco, además de su potente estación central de Munich, una docena de pequeñas estaciones de radio instaladas clandestinamente en territorio húngaro [24]. Veamos cómo se comenta, el 29 de octubre, el ascenso de Imre Nagy al cargo de primer ministro:

 

«Imre Nagy y sus discípulos quieren retomar y reactualizar el episodio del caballo de Troya. Necesitan un cese del fuego para que el actual gobierno en el poder en Budapest pueda conservar su posición el mayor tiempo posible. Los que están luchando por la libertad no pueden perder de vista ni por un instante los planes que el gobierno ha adoptado para combatirlos.»

 

Al día siguiente, el 30 de octubre, Imre Nagy pone fin al monopolio político comunista y al régimen de partido único con la formación de una coalición de gobierno en la que están representados todos los partidos que habían participado en las elecciones de 1946, elecciones anteriores al advenimiento del régimen comunista. La revolución nacional parece haber alcanzado sus principales objetivos. Sin embargo, Radio Free Europe sigue siendo implacable:

 

«El ministerio de Defensa y el ministerio del Interior siguen en manos comunistas. Combatientes de la Libertad, no permitáis que se mantenga ese estado de cosas. No depongáis las armas.» [25]

 

Si bien es cierto que Nagy acabará «ejecutado» por los soviéticos, son por el momento las transmisiones de radio de la CIA las que promueven el odio contra él. Estas transmisiones no conceden a Nagy el menor crédito, no dan ni siquiera una tregua a un político que tiene «las manos manchadas de sangre». Veamos:

 

«¿Dónde están los traidores? ¿Quiénes son los asesinos? Son Imre Nagy y su gobierno (…) Sólo el cardinal Mindszenty ha hablado con valentía […] Imre Nagy es moscovita hasta la médula.» [26]

 

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En 1956, la revista Time designa como «hombre del año» a los «combatientes de la libertad» de Hungría. En 2011, esa misma revista estadounidense reproduce aquella campaña propagandística para promocionar a los manifestantes de la «primavera árabe».

 

En una involuntaria muestra de humor, la actual presidenta (en 1996, NdT.) de Radio Free Europe/Radio Liberty ¡deplora haber sido «fría» 40 años atrás «sobre el gobierno de Nagy»! [27]

 

Pero, volvamos al desarrollo de los acontecimientos de 1956. La URSS interviene cuando llega a la conclusión de que Nagy no es más que una figura de transición tras la cual se mueven sectores y personajes mucho más inquietantes, que además están logrando imponerse. Las incesantes incitaciones a la violencia transmitidas a través de Radio Free Europe parecen gozar de gran autoridad en la medida en que Washington no emite ningún llamado a la moderación o al realismo político y geopolítico. Kissinger observa:

 

«Estados Unidos nunca explica los límites del respaldo estadounidense al naciente e inexperto gobierno húngaro. Y tampoco utiliza los múltiples canales a su disposición para impartir consejos a los húngaros sobre cómo consolidar su éxito antes de dar pasos ulteriores e irrevocables.» [28]

 

Todo esto resulta aún más extraño y sorprendente en la medida en que los dirigentes estadounidenses no parecen hacer el menor esfuerzo por desalentar la intervención soviética que, ante el evidente colapso del régimen comunista y la grave crisis del orden pactado en Yalta, ya se perfila cada vez más nítidamente en el horizonte:

 

«No se lanzó ninguna advertencia a Moscú para decir que el uso de la fuerza pondría en peligro sus relaciones con Washington […] En todo caso, la administración Eisenhower no hizo ningún esfuerzo por disuadir la intervención soviética […] El Kremlin no pagó casi ningún precio por sus actos, ni siquiera en el plano económico.» [29]

 

En su intervención ante el Senado, Dulles había afirmado que había que proseguir con determinación la política estadounidense de «liberación», aunque evitando provocar «una guerra generalizada» o «una insurrección que seria reprimida con sanguinaria violencia» [30].

 

Pero, por el contrario, durante los días de la revuelta, los llamados a la violencia de Radio Free Europe no sólo son incesantes sino que no faltan además los indicios de posibles ayudas provenientes de Occidente. Se comprende entonces por qué, en ocasión del reciente coloquio de Budapest sobre los acontecimientos ocurridos hace 40 años, un viejo combatiente de 1956 consideró que las transmisiones radiales de la CIA provocaron la «muerte de miles de jóvenes húngaros» [31].

 

Resentimiento comprensible y que en todo caso pone de relieve un problema real: ¿Debe atribuirse el evidente contraste entre el tono incendiario de las transmisiones de radio y la extrema prudencia de la administración estadounidense a la desorganización, a la falta de coordinación entre el liderazgo político y la dirección de Radio Free Europe?

Esta tesis de Kissinger no parece muy convincente, sobre todo si se tiene en cuenta el hecho que la CIA se hallaba en aquel momento bajo la dirección de Allen Dulles, el hermano del secretario de Estado John Foster Dulles. En todo caso, la presunta «desorganización» parece revelar la existencia de una lógica, e incluso de una lógica bastante estricta: más que el surgimiento de una Hungría titista, lo que parece realmente provechoso para la causa de la victoria estadounidense en la guerra fría es un enfrentamiento violento y sin perspectivas, la represión sangrienta de una revuelta nacional.

 

Kissinger observa también: «Después de un periodo de terror sanguinario, Kadar se dirigió poco a poco hacia los objetivos trazados por Nagy, aunque sin llegar a la retirada del Pacto de Varsovia.» [32]. Por su parte, la URSS se vio ampliamente desacreditada a los ojos de la opinión pública internacional, mientras que en el seno del «campo socialista» las contradicciones nacionales se agudizaban cada vez más.

 

3. Movimiento comunista y cuestión nacional

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Los acontecimientos históricos de Hungría se presentan como la síntesis y la metáfora de la historia del movimiento comunista internacional en su conjunto. En marzo de 1919, Bela Kun llega al poder gracias a un amplio consenso nacional, que incluye por demás a la burguesía y que ve en los comunistas la única fuerza capaz de salvaguardar la integridad territorial del país, amenazada en aquel entonces por las maniobras de la Entente.

 

Esta última trata de crear un cordón sanitario hostil a la URSS dando así luz verde a las pretensiones anexionistas de Checoslovaquia y Rumania [33]. Se ha señalado con toda justicia que

 

«esta revolución pacífica fue resultado del orgullo nacional herido» [34].

 

Poco antes de la llegada de Bela Kun al poder, uno de los líderes del partido socialista declara:

 

«En París se esfuerzan por una paz imperialista […] Del oeste no podemos esperar otra cosa que una paz-dictado […] La Entente nos ha obligado a seguir una nueva vía que nos garantizará gracias al este lo que nos ha negado el oeste.»  [35]

 

El propio Bela Kun ve una «fase nacional» de la revolución húngara precediendo la «revolución social» propiamente dicha [36]. Alrededor de 40 años más tarde, los términos parece invertirse: el 1º de noviembre de 1956, quien habla, muy justamente, de «revolución nacional» es Imre Nagy [37], y los húngaros creen poder concretarla ese momento, pero volviéndose hacia el oeste.

 

Al igual que al término de la Primera Guerra Mundial, cuando los sentimientos nacionales de Hungría se vieron humillados (y el gobierno de Bela Kun fue derrocado) en nombre del cordón sanitario anti-soviético, esos mismos sentimientos nacionales son brutalmente pisoteados de nuevo en nombre del contracordón sanitario que la URSS necesita contra Alemania y la OTAN.

 

La parábola del comunismo húngaro es la parábola del movimiento comunista internacional en general. Una paradoja, una contradicción de fondo está presente en toda su historia. Es imposible entender su formación y desarrollo sin una toma de conciencia sobre la «enorme importancia de la cuestión nacional» [38].

 

La frase pertenece a Lenin, quien subraya, durante una polémica con Kautsky, que la cuestión nacional puede manifestarse no sólo en los países colonizados sino también en Europa, e incluso en el corazón mismo de Europa y de la metrópoli capitalista más avanzada.

 

La expansión del movimiento comunista coincide con su capacidad para ponerse a la cabeza de los movimientos de liberación nacional: la página más épica es quizás la Larga Marcha de los comunistas chinos, quienes recorren miles de kilómetros en condiciones dramáticas para ir a luchar contra los invasores japoneses. Pero hay que pensar también en la «Gran Guerra Patria» soviética contra el ejército hitleriano (que trató de convertir el este de Europa en imperio colonial del III Reich), gesta que permitió a Stalin remendar, al menos por cierto tiempo, las desgarraduras provocadas por la política de terror que había aplicado también en contra de las minorías nacionales. La cuestión nacional se hace sentir incluso en los países capitalistas desarrollados.

 

En 1916, cuando reafirma su denuncia del carácter imperialista del primer conflicto mundial, Lenin observa sin embargo que si este conflicto concluyera

 

«con victorias de tipo napoleónico y con la sumisión de toda una serie de Estados nacionales capacitados para una vida autónoma […] una gran guerra nacional podría producirse en Europa» [39].

 

La situación que aquí se evoca acaba por producirse 5 años después, y las fuertes raíces populares de los comunistas en países como Francia e Italia no pueden explicarse sin entrar a considerar su capacidad para interpretar y desarrollar la resistencia partidista así como un movimiento de liberación nacional.

 

La cuestión nacional, que tan dramáticamente emerge en la revuelta húngara, tiene sin embargo un papel decisivo en la disolución del «campo socialista» y de la propia Unión Soviética. Veamos los más graves momentos de crisis y descrédito del «socialismo real»:

 

1948, ruptura de la URSS con Yugoslavia;

1956, invasión de Hungría;

1968, invasión de Checoslovaquia;

1981, ley marcial en Polonia en previsión de una posible intervención «fraternal» de la URSS y para poner freno al movimiento de oposición que ha logrado una amplia audiencia, también a través del llamado a la identidad nacional pisoteada por el Gran Hermano.

 

El factor común de esas crisis es el protagonismo de la cuestión nacional. No por casualidad la disolución del campo socialista comenzó por la periferia del imperio, en los países que ya no aguantaban más la soberanía limitada que se les imponía.

 

También dentro de la propia Unión Soviética, incluso antes del oscuro «golpe de Estado» de agosto de 1991, el empujón decisivo para el derrumbe final vino de la agitación surgida en los países bálticos, a los que el socialismo llegó «exportado» en 1939-40: en cierto sentido, la cuestión nacional, que favoreció fuertemente la victoria de la Revolución de Octubre, marcó también el fin del ciclo histórico que con ella había comenzado.

 

En su propios balance histórico y autocrítico, Fidel Castro llegó a esta significativa conclusión:

 

«Nosotros, los socialistas, cometimos un error al subestimar la fuerza del nacionalismo y de la religión» [40] (no se puede olvidar que la religión misma puede constituir un elemento esencial de la construcción de la identidad nacional: hay que pensar en países como Polonia e Irlanda, y hoy puede darse también un discurso análogo en relación con el mundo islámico) [41].

 

Pero, es quizás conveniente recordar aquí una extraordinaria página de lucidez y clarividencia por parte de Lenin, aquella en la que el dirigente bolchevique subraya que la cuestión nacional subsiste incluso después del paso de uno o de varios países al socialismo: es posible que el proletariado victorioso siga incluso expresando tendencias chovinistas o hegemónicas, en cuyo caso

 

«pueden producirse revoluciones –contra el Estado socialista– o guerras» [42].

 

Togliatti [43] no parece por su parte darse cuenta de la «enorme importancia de la cuestión nacional», incluso en el marco del campo socialista, cuando decide asociarse a la infamante condena de Tito, en 1948, y de Nagy, en 1956. Pero —digámoslo de una vez y por todas— sus opositores en el seno del PCI tampoco dan muestras de mayor lucidez, e incluso revelan un grado de comprensión ciertamente inferior.

 

Y es que, a pesar de que la descarta como revuelta regional, el dirigente está conciente de que la revolución nacional húngara tiende, en aquel momento y en aquel contexto, a ponerse bajo la dirección de fuerzas que no se limitan a cuestionar el «stalinismo».

 

Los «101» intelectuales que firman un manifiesto de protesta perciben, sin embargo, esta posición de Togliatti como un deseo de «calumniar a la clase obrera húngara» [44].

 

Un análisis histórico concreto, aunque distorsionado por la subestimación de la cuestión nacional, encuentra así la oposición de la visión ejemplar de una clase obrera que, por su sola presencia física, garantizaría supuestamente el carácter progresista y socialista del movimiento.

 

Los diferentes componentes de la tragedia de 1956 se perciben claramente hoy en día. Están, por un lado, los países de Europa oriental amenazados desde siempre, en su integridad y hasta en su existencia misma, por los vecinos más poderosos y que ahora ven el principio de la independencia nacional y la soberanía como Estado pisoteado también por la propia Unión Soviética.

 

Del otro lado está precisamente esa misma Unión Soviética que encuentra también en la «exportación» del socialismo un instrumento para ampliar y consolidar el contra-cordón sanitario que le parece desesperadamente necesario después de haber pasado por la experiencia del segundo conflicto mundial y como resultado del comienzo de la Guerra Fría.

 

El manifiesto de los «101» sustituye la dura realidad de ese conflicto por la imagen auto-consolatoria de todo un pueblo que en nombre del auténtico socialismo se revela contra el «stalinismo», contra un régimen que parece enraizado únicamente en los caprichos de un tirano.

 

Sobre este tema, hay que recordar un episodio revelador. Cuando publica en 1965 su Scrittori e popolo (Escritores y pueblo), Asor Rosa [45], quien 10 años antes había roto con el partido comunista precisamente en el momento del «inolvidable» 1956, condena

 

«la política de unidad nacional» que siguió el PCI durante la resistencia, «estrategia que llevará más tarde a concebir la vía italiana hacia el socialismo como necesariamente vinculada a la aplicación de la Constitución y de las reformas burguesas».

 

Y condena a Togliatti quien, de regreso en Italia después de su largo exilio, afirma que

 

«la clase obrera no se ha apartado nunca de los intereses de la nación».

 

Los «comunistas togliattianos y gramscianos» en su conjunto son acusados, por un lado, de repetir categorías y consignas stalinistas y, por otro lado, de ser

 

«los últimos representantes trasnochados» del «Risorgimento democrático garibaldino, mazzinista y carducciano» [46].

 

Hoy en día, la relectura de aquella acusación no puede dejar de suscitar un suspiro: ¡Si Stalin y Togliatti realmente se hubiesen atenido coherentemente a la orientación que hoy se les achaca tan duramente! ¡En vez criticar su error sobre la cuestión nacional en Europa, Asor Rosa y muchos otros «disidentes» reprocharían entonces a Stalin y a Togliatti la atención que prestaron a la cuestión nacional en Occidente!

 

El secretario del PCI no podía ciertamente sumarse a esa visión, que rechaza o ignora tanto la geopolítica como la historia. Él sabía, de algún modo, que unidades especiales al servicio de la CIA

 

«ya estaban trabajando en Budapest en el momento de la revuelta y que asistían a los insurgentes húngaros, mientras que otras se habían infiltrado en Praga y Bucarest» [47].

 

El dirigente comunista sabía que la CIA había heredado la estructura del espionaje del III Reich en Europa oriental y que había organizado

 

«operaciones paramilitares conjuntas en Europa oriental y en la Unión Soviética a finales de los años 1940 y a principios de los años 1950» [48].

 

El error de Togliatti fue focalizarse en ese aspecto del problema y considerar que la cuestión nacional estaba definitivamente superada en el seno del «campo socialista» o que su importancia era secundaria en el marco del conflicto planetario de aquel momento. ¿Por qué hubiese tenido entonces que conmoverse por las víctimas de los tanques soviéticos más que por las víctimas de los aviones ingleses y franceses y las de los tanques israelíes en el Medio Oriente?

 

Hoy sabemos por las autoridades húngaras que el número de muertos de aquellas trágicas jornadas es de 2 500 [49]. Nueve años antes, a principios de 1947, la represión del Kuomintang contra los habitantes de Formosa [50] había dejado unos 10,000 muertos [51]. Y en 1956 Chiang Kai-Shek seguía gozando del total apoyo de Estados Unidos, ¡que se obstinaba incluso en considerarlo como el legítimo y único representante del pueblo chino! Eran los tiempos en que

 

«los industriales, como Vittorio Valletta, iban a Washington para que los autorizaran a firmar un acuerdo con los soviéticos» [52]

 

¿Podemos entonces tomar en serio el desprecio de los periódicos de aquellos mismos industriales sobre la limitación de la soberanía en Europa oriental? ¿Acaso habían protestado anteriormente contra las intervenciones de la CIA en Irán y en Guatemala, donde fueron derrocados gobiernos mucho más democráticos que los instalados posteriormente con el respaldo estadounidense?

 

4. Tercer Mundo y conciencia sobre la cuestión nacional

 

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Los tres iniciadores del Movimiento de Países No Alineados, Nasser, Tito y Nehru, en Brioni, 1956.

 

Eran más o menos esos los términos de los argumentos de Togliatti y de buena parte de los dirigentes comunistas occidentales, que no estaban por demás tan aislados dentro de la opinión pública internacional. En la ONU, los representantes de los Países No Alineados, como la India y Yugoslavia, condenan a Inglaterra y Francia por su aventura de Suez pero se muestran mucho más prudentes y reservados sobre la intervención soviética en Hungría.

 

Esta diferencia en su actitud no es cuestión de ingenuidad ni de duplicidad. Los dirigentes de los Países No Alineados son en realidad muy lúcidos en cuanto al peso de la cuestión nacional, incluso en Europa oriental. En el discurso que pronuncia en Pola, el 11 de noviembre de 1956, Tito vincula los acontecimientos de Hungría y Polonia con el tratamiento que la URSS había infligido a Yugoslavia en 1948:

 

«Tenemos que referirnos al año 1948, cuando Yugoslavia dio por primera vez una respuesta firme a Stalin al decir que quería ser independiente y edificar su propia existencia, y que el socialismo en nuestro país no permitía la injerencia de nadie en nuestros asuntos internos […] ¡Advertimos que las tendencias que habían provocado una resistencia tan poderosa en Yugoslavia existían en todos los países y que también podían expresarse algún día en esos países (del campo socialista) y que esa situación sería, por consiguiente, mucho más difícil de enfrentar!» [53]

 

Posteriormente, sería Nehru quien haría este significativo balance:

 

«Los acontecimientos de 1956 muestran que el comunismo, si se impone desde el exterior, no puede durar. Lo que quiero decir es que si el comunismo va en contra del sentimiento nacional difuso, no será aceptado.» [54]

 

Aunque los dirigentes chinos apoyan la intervención soviética en Hungría, y quizás llegan incluso a solicitarla, tienen sin embargo la preocupación de lanzar una advertencia en contra de «la tendencia al chovinismo de gran nación», a pesar de que, más que atribuirlo a un país en particular, insertan esa tendencia en un marco histórico y de filosofía de la historia:

 

«La solidaridad internacional de los partidos comunistas es una relación de tipo completamente nuevo en la historia de la humanidad. Es natural que su desarrollo no esté exento de dificultades […] Cuando los partidos comunistas tiene entre sí relaciones basadas en la igualdad de derechos y concretan la unidad teórica y práctica a través de las consultas verdaderas y no formales, aumenta su solidaridad. Por el contrario, si en esas relaciones un partido impone su opinión a los demás, o si los partidos adoptan el método de inmiscuirse en los asuntos internos de uno u otro más que el de las sugestiones y críticas formales, se pone en peligro su solidaridad. Dado el hecho que los partidos comunistas de los países socialistas asumen ya la responsabilidad de dirigir los asuntos del Estado, y que las relaciones entre partidos a menudo se extienden directamente a las relaciones de país a país y de pueblo a pueblo, el correcto ordenamiento de esas relaciones se ha convertido en una cuestión que exige la mayor circunspección.» [55].

 

Por otra parte, a partir del comienzo de la guerra fría, Mao había observado que la visión bipolar del mundo distorsionaba la complejidad de las relaciones y contradicciones internacionales y que se hallaba en realidad al servicio de una lógica de dominación.

 

En agosto de 1946, durante una conversación con una periodista estadounidense de orientación comunista (Anne Louise Strong), el dirigente comunista había declarado:

 

«Estados Unidos y la Unión Soviética están separados por una zona muy vasta que comprende numerosos países capitalistas, colonias y semicolonias en Europa, Asia y África. Mientras los reaccionarios no logren dominar esos países, será imposible hablar de un ataque contra la Unión Soviética. [Estados Unidos] controla desde hace tiempo Centroamérica y Sudamérica, y está tratando de hacerse con el control del propio Imperio británico en su totalidad y de Europa occidental. Bajo diversos pretextos, Estados Unidos adopta posiciones unilaterales a gran escala e instala bases militares en numerosos países […] No es actualmente […] la Unión Soviética sino los países en los que se instalan esas bases militares quienes están siendo los primeros en sufrir la agresión estadounidense.» [56]

 

O sea que, al agitar la bandera de la cruzada antisoviética, Estados Unidos ponía bajo su control a sus propios «aliados». Es a partir de ese factor que resulta comprensible la advertencia de 1956 contra el «chovinismo de gran nación». Pero los dirigentes soviéticos no parecen prestar mucha atención a esta advertencia. Por el contrario, el sucesor de Kruschov, Leonid Brezhnev, llegará posteriormente a teorizar sobre la «dictadura internacional del proletariado», o sea sobre la soberanía limitada de los países que conforman una comunidad socialista internacional considerada a partir de entonces como una entidad única cuyo centro se sitúa en Moscú. Llegados a ese punto, Mao y los comunistas chinos aplicarán explícitamente a la propia Unión Soviética el análisis que habían hecho en 1946 al referirse a Estados Unidos.

 

Entonces, ¿por qué los dirigentes de los países no alineados y los más cercanos al Tercer Mundo dan muestras, a pesar de todo, de cierta comprensión hacia la URSS?

 

Tito, que supo resistir ante Stalin en 1948 y que años más tarde probablemente estimuló en Europa oriental las aspiraciones «titistas» ferozmente reprimidas por los grupos dirigentes más estrechamente vinculados a Moscú, llega 8 años después, al menos en lo tocante a la segunda intervención soviética en Hungría, a la conclusión de que esta

 

«a pesar de las objeciones contra la interferencia […] fue necesaria».

 

5. Europa oriental, Medio Oriente, Extremo Oriente

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En 1956, el presidente egipcio Nasser nacionaliza el canal de Suez. En respuesta, Francia e Inglaterra desembarcan en Port Said y toman el control del canal. Ante las protestas de la Unión Soviética y bajo la presión de Estados Unidos las fuerzas franco-inglesas no tendrán más remedio que retirarse.

 

¿Cómo explicar esa paradoja? La crisis en Europa oriental resulta estar estrechamente vinculada a la que se desarrolla en el Medio Oriente, y no sólo porque Gran Bretaña y Francia, protagonistas de la aventura colonial de Suez, estén en primera línea de la cruzada contra la URSS. Dulles niega a Nasser el financiamiento de la represa de Asuán después de que el presidente egipcio aceptara armas de Checoslovaquia, y el Mossad proporciona a la CIA el informe Kruschov, cuya publicación marca el comienzo de la crisis de 1956 en Europa oriental [57].

 

Ambas crisis, la de Europa oriental y la del Medio Oriente, están muy ligadas a su vez con la que se desarrolla en el Extremo Oriente. Nasser también provoca la cólera del secretario de Estado estadounidense porque Egipto decide reconocer la República Popular China: Estados Unidos se esfuerza en aquel entonces por aislar y bloquear por todos los medios los intentos del gran país asiático por concretar al fin la unidad nacional y dejar atrás décadas, o más bien siglos, de humillación colonial.

 

China trata sobre todo de recuperar Quemoy y Matsu, dos islas cercanas a Formosa / Taiwán, islas que —subraya Churchill en carta a Eisenhower fechada el 15 de febrero de 1955—

 

«están frente a la costa» y «son jurídicamente parte de China», país que persigue «un objetivo nacional y militar evidente»,

 

o sea eliminar una cabeza de playa que se presta de maravillas para una invasión contra la China continental (por parte del ejército de Chiang Kai-Shek, instalado en Taiwán y armado y respaldado por Estados Unidos) [58].

 

Esas consideraciones no impiden al presidente estadounidense blandir el arma atómica. Los dirigentes de la República Popular China no son los únicos que se sienten amenazados. Volvamos al discurso de investidura de Eisenhower, que expresa su apoyo a los franceses en la guerra de Indochina. Ese apoyo no es de carácter meramente político: en 1954, los gastos de la presencia militar francesa son respaldados por Estados Unidos en un 80% [59]. El aspecto más importante es el militar.

 

En sus memorias, Bidault, el ex presidente del consejo de Francia [Primer ministro. Nota del Traductor.], reporta que en vísperas de Dien Bien Phu, Dulles le propuso: «¿Y si nosotros les damos a ustedes 2 bombas atómicas?» (para utilizarlas, por supuesto, inmediatamente) [60].

 

Resulta por lo tanto comprensible la actitud que los dirigentes de los países no alineados y del Tercer Mundo adoptan en 1956. Concientes del carácter nacional de la revolución húngara, todo les indica, sin embargo, que la principal amenaza contra los movimientos de liberación y de independencia nacional proviene de Occidente, y no sólo debido a la presencia en Occidente de dos potencias explícitamente colonialistas como Inglaterra y Francia, sino también debido la política que Estados Unidos viene aplicando en Asia.

 

Hay que señalar, sin embargo, que, en lo tocante al Extremo y al Medio Oriente, las posiciones estadounidenses y las británicas son completamente diferentes. En el primer caso, es Estados Unidos quien advierte contra la posibilidad de un nuevo Munich. Veamos la respuesta de Eisenhower a Churchill:

 

«Si aún puedo referirme a la historia, al no actuar de forma unitaria y en el momento oportuno, no logramos bloquear a Hirohito, Mussolini y Hitler. Aquello significó el comienzo de largos años de oscura tragedia y de desesperado peligro. ¿No han aprendido nada nuestras naciones de aquella lección?» [61]

 

En ocasión de la crisis de Suez, Eden también trata en vano de recurrir al juego de las analogías históricas:

 

«Nasser es un paranoico y tiene la misma estructura mental que Hitler» [62].

 

El líder egipcio es comparado a veces con Mussolini, pero únicamente para poder describirlo como un lacayo del verdadero Hitler que reside en Moscú (Kruschov), siguiendo el modelo de la relación de subalternidad y servilismo que el Duce italiano mantenía con el Fuhrer alemán. Es en ese sentido que Eden definió a Nasser como

 

«una especie de Mussolini musulmán» [63].

 

Lo que sí está claro para los dirigentes de Gran Bretaña (y de Francia) es que toda concesión o compromiso en lo tocante a los derechos que Inglaterra y Francia reclaman sobre el canal de Suez habría significado una reedición de la funesta política de «apaciguamiento» que en su tiempo estimuló a Hitler en su ansia por alcanzar el poder mundial. Pero Estados Unidos, que ya se sabe a punto de poder suplantar a sus «aliados» occidentales en el Medio Oriente, no se deja engañar. En una conversación con Eisenhower, Dulles subraya que lo que está en juego no es tanto Suez «sino Argelia para los franceses y el Golfo Pérsico para los ingleses» [64].

 

O sea, que los franceses quieren dar una lección al Egipto de Nasser para desestimular y liquidar el movimiento de liberación nacional en Argelia y los ingleses para fortalecer su control sobre una zona de gran importancia estratégica y petrolera.

 

La administración estadounidense se mantiene inflexible. Si bien, según la observación ya citada de Kissinger, la URSS no paga ningún precio por la invasión de Hungría, ni siquiera en el plano económico, en el caso de la aventura de Egipto, Gran Bretaña se ve ante un terrible dilema:

 

«Washington recordaba brutalmente a Inglaterra su dependencia financiera vendiendo a todo tren la libra esterlina. Aquel ataque se desarrollaba con una rapidez tal que, según escribe Eden en sus memorias, “podía ponernos en una situación desastrosa”. [Eden] trató inútilmente de contactar a Eisenhower telefónicamente. Era la noche de las elecciones y recibió por toda respuesta una comunicación de su embajador en Washington según la cual, si se prolongaba la caída de la libra esterlina, el Reino Unido se vería en peligro de ir a la quiebra» [65].

 

Se trata de un comportamiento que resulta tanto más despiadado cuanto que parece inesperado para quienes tienen que sufrirlo. No dejó de haber quien emitiera la hipótesis de que Estados Unidos

 

«había tendido una trampa a sus aliados dejándolos actuar, y posiblemente incluso estimulándolos discretamente, para sustituir más fácilmente el imperialismo de ellos [de Gran Bretaña y Francia] por el suyo propio».

 

Hipótesis «muy audaz» o incluso fantástica, según parece juzgarla Fontaine, el historiador de la guerra fría a quien hemos citado [66]. Queda por explicar, sin embargo, el hecho que Estados Unidos se mantiene absolutamente más inflexible frente a sus aliados, Gran Bretaña y Francia, que ante la propia Unión Soviética.

 

La realidad es que hacía tiempo que la administración estadounidense sentía cierta «frustración» debido a la «permanente presencia imperial británica en la región».

 

El derrocamiento del régimen de Faruk por parte de los Oficiales Libres, en julio de 1952, se caracteriza no sólo por la «participación de Washington en el golpe de Estado» sino también por los «intentos de Estados Unidos, a espaldas de los británicos, de reorientar la política egipcia» [67].

 

Resulta significativo el hecho que la crisis de Suez concluye con la proclamación de la doctrina Eisenhower, que establece que

 

«Estados Unidos considera vital para sus intereses nacionales y para la paz mundial la conservación de la independencia y de la integridad de las naciones del Medio Oriente»

 

y precisa que Estados Unidos está dispuesto a recurrir al uso de la fuerza militar para alcanzar dichos objetivos [68]. Una ironía de la historia es que los más colosales cambios ocurridos en el Medio Oriente se producen precisamente después de la proclamación de esa doctrina., cambios que modifican continuamente el mapa de la región: Egipto, Siria y Líbano son obligados a ceder territorios a Israel, que cuenta con el respaldo de Estados Unidos, país que aún hoy en día [en 1996. NdlR.] sigue implicado en operaciones e intentos de desmembramiento contra Irak. A pesar de las apariencias, nada de esto está en contradicción con la doctrina Eisenhower que concluye, en esencia, el traspaso a Estados Unidos del control imperial sobre una zona de decisiva importancia estratégica dominada hasta entonces por la Gran Bretaña.

 

6. Una sola doctrina Monroe para concluir la «Tercera Guerra Mundial»

 

Al describir el periodo que transcurre entre 1945-46 y el derrumbe de la URSS, un autor estadounidense que trabajó por décadas en la CIA prefiere hablar de «Tercera Guerra Mundial» [69].

 

La categoría de guerra fría resulta inadecuada, y no sólo por el hecho de que fue terriblemente caliente en las áreas periféricas. Hasta en lo que concierne al enfrentamiento directo entre los dos principales antagonistas, e incluso aunque el frente más inmediatamente evidente es el de la batalla político-diplomática, económica y propagandística, no debemos perder de vista la terrible prueba de fuerza militar [70] que, a pesar de no llegar al enfrentamiento directo y total, no deja por ello de tener importantes consecuencias.

 

Se trata de una verdadera prueba de fuerza que tiene profundos efectos sobre la economía y la política del país enemigo y sobre todo el conjunto de su configuración; prueba de fuerza que tiene también como objetivo la desintegración de las alianzas, del «campo» del enemigo. Mientras que la crisis de Quemoy y Matsu estalla nuevamente en 1958, la URSS, conciente de la evidente superioridad de Estados Unidos, se limita a garantizar a China una cobertura que no va más allá del territorio continental.

 

El gran país asiático se ve obligado entonces a renunciar al objetivo que hasta el propio Churchill consideraba «evidente» y legítimo. De nada ha servido el respaldo que Mao había prestado 2 años antes a un Kruschov comprometido a restablecer el contra-cordón sanitario que necesitaba el país guía del campo socialista. Para los dirigentes chinos, el compromiso unívoco en el marco de la lucha entre los dos bandos ya no parece ser la vía que conduce al restablecimiento de la unidad nacional y al fin de la época de las humillaciones coloniales.

 

Si bien no es el uso de las armas, la amenaza de recurrir a ellas, y en primer lugar la amenaza de las armas nucleares, influyó de forma muy concreta, y probablemente incluso decisiva, en el desarrollo de la tercera guerra mundial. A la luz de todo ello, sería oportuno volver a discutir la lectura habitual, de «implosión», del derrumbe de la URSS y del campo que dirigía esta.

 

Pero la categoría de «Tercera Guerra Mundial» sólo resulta pertinente si no se la interpreta exclusivamente como una «guerra internacional a través de guerras civiles» entre dos ideologías opuestas y entre dos sistemas sociopolíticos opuestos. Aislar ese aspecto, a pesar de ser esencial, equivale a renunciar a la comprensión de todo el siglo 20. Es un problema que hemos abordado en otro contexto [71].

 

En el marco de este trabajo en particular es más conveniente que concentremos nuestra atención en Estados Unidos. En el momento de la intervención [estadounidense] en el primer conflicto mundial, [el presidente] Wilson compra a Dinamarca las Islas Vírgenes, anexa Puerto Rico, refuerza el control sobre Cuba, Haití, etc. y convierte el Mar Caribe en un lago estadounidense [72]. Estados Unidos no lanza todo su peso en la balanza hasta que el primer conflicto mundial alcanza su fase final, cuando los dos bandos beligerantes ya se hallan totalmente agotados. Inmediatamente después de la intervención, Wilson se refiere a sus «aliados», en carta dirigida al coronel House, de la siguiente manera:

 

«Cuando termine la guerra, podremos imponerles nuestra forma de pensar ya que, entre otras cosas, estarán financieramente en nuestras manos» [73].

 

En cuanto al segundo conflicto mundial, F. D. Roosevelt, que no por casualidad leyó a Mac Mahan (el teórico y apologista de la geopolítica y de la importancia estratégica de la marina de guerra y las bases navales), se preocupa en primer lugar por apoderarse de las bases inglesas a través de su compra en 1940, cambiándolas por barcos de guerra [74]. Algo parecido sucede durante la guerra fría o Tercera Guerra Mundial.

 

Antes de proceder a la ofensiva final contra la doctrina Monroe soviética, Estados Unidos tiene la precaución de absorber la doctrina Monroe británica. Por otra parte, al reforzar la presión militar y nuclear sobre China durante ese mismo periodo, Estados Unidos fragiliza la alianza de ese país con la URSS, que a su vez ha quedado ampliamente desacreditada por la crisis húngara. En ese sentido, el año 1956, o sea el que va de la crisis de Suez a la de Budapest, representa el giro de la Tercera Guerra Mundial: el momento en que comienza a concretarse el «siglo americano» que los teóricos y los apologistas del «excepcionalismo» de la república norteamericana habían profetizado e invocado por décadas.

 

Después de la crisis y del derrumbe del imperio soviético se produce el regreso triunfal de la doctrina Monroe de tipo clásico con las invasiones, ya sin problemas, de la isla de Granada en primer lugar, y más tarde de Panamá. Pero esta doctrina Monroe tiende ahora a cobrar dimensiones planetarias. Washington pretende imponer universalmente los embargos ya decretados unilateralmente contra Cuba o Irak.

 

La proclamación del excepcionalismo y de la supremacía estadounidense adquiere tonos cada vez más enfáticos. Bush declara:

 

«Yo veo en América un líder, como la única nación que tiene un papel especial en el mundo».

 

Para Clinton, Estados Unidos es

 

«la democracia más antigua del mundo» y «debe seguir conduciendo el mundo» ya que «nuestra misión es intemporal».

 

Según Kissinger, «el liderazgo mundial es inherente al poder y los valores americanos».

 

Apenas reelecto, Clinton declara: «Hoy he dado gracias a Dios por haber nacido americano».

 

En 1953, Eisenhower se comprometía a subrayar la diferencia «entre liderazgo mundial e imperialismo».

 

Hoy, en cambio, esa preocupación para haber desaparecido o haber disminuido drásticamente: los ideólogos que elaboran la política exterior en el partido republicano teorizan sobre un «hegemonismo global amable» desplegado desde Washington [75].

 

Por otro lado, un reputado politólogo estadounidense compara repetidamente a su país nada más y nada menos que con el imperio romano: al igual que la antigua Roma, que utilizaba la táctica del asedio, Estados Unidos debe recurrir al embargo para domar o aplastar a sus enemigos, reduciendo así al mínimo sus propias bajas [76].

 

Se ha cerrado un ciclo y otro se ha abierto. El hecho que también contribuirá poderosamente a la crisis de 1956 en Polonia es que el cargo de ministro de Defensa queda en manos del mariscal Rokossovski, quien tiene también la ciudadanía rusa. En la Rusia de Yeltsin, el cargo de vicesecretario del Consejo de Seguridad se mantiene durante un largo periodo de tiempo en manos del «banquero, petrolero, empresario de la televisión, comerciante y hombre de negocios Boris Berezovski».

 

El hecho de tener «la doble ciudadanía rusa e israelí, y los dos pasaportes que a ella corresponden» no obstaculizó el ascenso de Berezovski «a las más altas esferas de la política rusa».

 

Estados Unidos —comentaba irónicamente un reputado periodista italiano en el momento del «resonante descubrimiento»— «ya tiene en sus manos las llaves para el control» del ejército ruso y, por lo tanto, «¿Qué diferencia hay si se confía la seguridad de Rusia a un ciudadano israelí, americano o ruso?» [77].

 

Es algo que sólo puede molestar a políticos que son presa de nacionalismo, que la historia ha convertido en algo obsoleto. Era ese el punto de vista de las diferentes administraciones estadounidenses, que parecen utilizar nuevamente como base de razonamiento las consignas utilizadas por los propios dirigentes rusos en los tiempos dorados en que Moscú dirigía el «campo socialista».

 

¿Están destinadas esas consignas, ahora defendidas exclusivamente por Estados Unidos, a gozar de un éxito duradero? Ya están encontrando, en todo caso, la clara oposición de países (como China y Francia) que muestran una tradición de resistencia frente a las diversas doctrinas Monroe. Pero puede resultar interesante escuchar también una voz proveniente de un país que no tiene un papel de primer plano en las relaciones internacionales. Sergio Romano, ensayista cuyo historial incluye además una larga carrera de diplomático, llama a Italia a «corregir su desigual relación con Estados Unidos», señalando además que «este país es un vasallo de América».

 

Se trata de someter a discusión o de revisar la presencia militar estadounidense en nuestro territorio:

 

«Se pueden encontrar hoy en día situaciones en las que los americanos utilizan las bases con objetivos que no corresponden a los intereses italianos […] las bases, por lo tanto, se han convertido en el punto doloroso de las relaciones italo-americanas» [78].

 

Y volvemos a la observación de Mao Zedong, quien ya señalaba que las bases militares estadounidenses apuntaban más hacia las «zonas intermedias» que hacia la URSS.

Romano concluye lo siguiente:

 

«El problema de las relaciones italo-americanas es sobre todo un problema de dignidad nacional» [79].

 

La cuestión nacional no ha desaparecido. Es evidente que las tres doctrinas Monroe que mencionaba Bevin en 1946 y las dos a las que se refería Kennedy en 1961, se han reducido a una sola, pero nada hace pensar que esta doctrina Monroe a escala planetaria esté destinada a durar eternamente.

Domenico Losurdo

 

Este artículo se publicó por vez primera en 1996

 

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[1] Gilas, 1978, p.121.

[2] H. Thomas, 1988, p. 296.

[3] Schlesinger Jr., 1967, p. 338.

[4] Admiral Miklós Horthy de Nagybánya, regente del reino de Hungría de 1920 a 1944, ndlr.

[5] Schmitt, 1991, p. 409.

[6] in Lott, 1994, p. 304.

[7] Staline, 1953, p. 151-2.

[8] Staline, 1953, p. 153-4.

[9] In Ambrose, 1991, p. 377.

[10] in Sherry, 1995, p. 182.

[11] Sherry, 1995, p. 207.

[12] in Kissinger, 1994, p.553.

[13] in Hofstadter y Hofstadter, 1982, vol. III, p. 431.

[14] E. Thomas, 1995, p. 34-9, 70 et 142.

[15] Boyle, 1990, p. 33.

[16] Riccardi, 1992, p. 166-7.

[17] Riccardi, 1992, p. 165.

[18] Riccardi, 1992, p. 174.

[19] O’Toole, 1991, p. 466-7.

[20] Kissinger, 1994, p. 556-7.

[21] in Garton Ash, 1996, p. 18.

[22] E. Thomas, 1995, p.33.

[23] H. Thomas, 1988, p. 223.

[24] E. Thomas, 1995, p. 142.

[25] in Kissinger, 1994, p.557.

[26] in Garton Ash, 1996, p. 19.

[27] Klose, 1996.

[28] Kissinger, 1994, p. 563.

[29] Kissinger, 1994, p. 557-563.

[30] in Hofstadter et Hofstadter, 1982, vol. p. 431.

[31] Garton Ash, 1996, p. 19.

[32] Kissinger, 1994, p. 567

[33] Kolko, 1994, p. 159.

[34] Mayer, 1967, p. 554.

[35] in Mayer, 1967, p. 551-2.

[36] in Mayer, 1967, p. 540.

[37] in Kissinger, 1994, p. 561.

[38] Lénine, 1955, vol. XXI, p. 90.

[39] Lénine, 1955, vol. XXII, p. 308.

[40] Schlesinger jr., 1992, p. 25.

[41] Más exactamente «en los» mundos islámicos, como lo han demostrado Todd y Courbage, «Le rendez-vous des civilisations» (La cita de las civilizaciones), E. Todd y Y. Courbage, ediciones francesas Seuil, septiembre de 2007, ndlr.

[42] Lénine, 19(5, vol. XXII, p. 350.

[43] Palmiro Togliatti (1893 -1964), Secretario General, líder histórico del Partido Comunista Italiano (PCI), ndlr.

[44] in Ajello, 1979, p. 537.

[45] Alberto Asor Rosa, escritor y hombre político italiano.

[46] Asor Rosa, 1969, p. 156-7 et note.

[47] O’Toole, 1991, p. 470.

[48] E. Thomas, 1995, p. 35-6 ; O’Toole, 1991, p. 454.

[49] Vannuccini, 1996, p. 17.

[50] Antiguo nombre de la isla de Taïwan, ndlr.

[51] Lutzker, 1987, p. 178.

[52] Romano, 1995, p. 68-9.

[53] in Bass-Marbury, 1962, p. 57-9.

[54] Brecher, 1965, p. 47.

[55] Renmin Ribao, 1971, p. 36-7.

[56] Mao Zedong, 1975, p. 95-6.

[57] Black Morris, 1991, p. 168-9.

[58] Boyle, 1990, p.193.

[59] Boyle, 1990, p. 135.

[60] Fontaine, 1967 vol. II, p.114.

[61] Boyle, 1990, p.138.

[62] Freiberger, 1992, p. 165 et 252.

[63] Freiberger, 1992, p. 178 et 263.

[64] Freiberger, 1992, p. 190.

[65] Fontaine, 1967, vol. II, p. 280.

[66] Fontaine, 1967, vol. II, p. 270.

[67] Freiberger, 1992, p. 9 et 26.

[68] Commager, 1963, vol. II, p. 647.

[69] Gates, 1996. Robert Gates se convirtió posteriormente en el Secretario de la Defensa de EE.UU de George W. Bush y también en el gobierno de Barack Obama.

[70] Robert McNamara, antiguo Secretario de Defensa de EE.UU., había descrito en 1991 para una conferencia del Banco Mundial un resumen de las pérdidas subidas en los diferentes lugares de operaciones, cuyo total sobrepasa los 40 millones, ndlr.

[71] Losurdo, 1996.

[72] Julien, 1968, cap. IV.

[73] in Kissinger, 1994, p. 224.

[74] Losurdo, 1996, p. 143-4.

[75] Kristol et Kagan, 1996, p. 20.

[76] Luttwak, 1995, p. 116-7.

[77] Chiesa, 1996.

[78] Romano, 1995, p. 70 et 66-7.

[79] Romano, 1995, p. 77.